Czytaj książkę: «Asegurado en Cristo»
«Me encanta el mensaje de Greg Gilbert para el cristiano que sigue luchando, para el creyente que no tiene exactamente todo bajo control, para el seguidor al que le cuesta… seguir. Jesús ha dicho que el cambio está en marcha y que Él te dará una mano, pero no estará completo hasta el día del juicio final. Así que, deja de preocuparte. Lee Asegurado en Cristo, no te rindas y descansa en tu salvación».
Klyle Idleman, autor de No soy fan y Don’t Give Up [No te rindas]
«Si has sido cristiano por algún tiempo, te has hecho la pregunta. Quizás te está perturbando ahora mismo. ¿Cómo puedo saber que de verdad soy salvo? En este nuevo y brillante libro, Greg Gilbert corta la niebla de la confusión que rodea nuestras preguntas (y aprehensiones) relacionadas con la seguridad de la salvación. Saturado de vívidas imágenes y claras reflexiones bíblicas, Asegurado en Cristo volverá a afianzarte en Cristo, la roca firme. Todo lo demás es arena movediza».
Matt Smethurst, jefe de redacción, Coalición por el Evangelio
«El hecho de que los cristianos tengamos seguridad de salvación es una de las verdades más grandiosas de la Palabra de Dios, una de las afirmaciones más preciadas de la Reforma, y uno de los pilares centrales de la vida cristiana fiel. En este oportuno libro, Greg Gilbert, un pastor-teólogo tremendamente talentoso y fiel, presenta una defensa poderosa de la seguridad de la salvación con gran perspicacia pastoral y bíblica. El hecho de que Greg sea mi propio pastor solo hace que yo esté más agradecido por él y por este libro».
R. Albert Mohler Jr., presidente, Southern Baptist Theological Seminary

Publicaciones Faro de Gracia
P.O. Box 1043
Graham, NC 27253
www.farodegracia.org ISBN 978-1-629462-77-6
Assure by Copyright © 2019 by Greg Gilbert Originally published in English under the title Assured by Baker Books, a division of Baker Publishing Group, Grand Rapids, Michigan, 49516, U.S.A. All rights reserved.
©2021 Publicaciones Faro de Gracia. Traducción al español realizada por Julio Caro Alonso; edición de texto, diseño de la portada y las páginas por Francisco Adolfo Hernández Aceves. Todos los Derechos Reservados.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada en un sistema de recuperación de datos o transmitida en cualquier forma o por cualquier medio —electrónico, mecánico, fotocopiado, grabación o cualquier otro— excepto por breves citas en revistas impresas, sin permiso previo del editor.
©Las citas bíblicas son tomadas de la Versión Reina–Valera ©1960, Sociedades Bíblicas en América Latina. © renovada 1988, Sociedades Bíblicas Unidas, a menos que sea notado como otra versión. Utilizado con permiso.


Para Matt: ¡Qué gozo es que no solo seamos hermanos en este siglo, sino también en que ha de venir!
Contenido
1 EL PROBLEMA DE LA SEGURIDAD
2 FUENTES IMPULSORAS DE LA SEGURIDAD: El evangelio de Jesucristo
3 FUENTES IMPULSORAS DE LA SEGURIDAD: Las promesas de Dios
4 LA FUENTE SOBRENATURAL DE LA SEGURIDAD: El testimonio del Espíritu
5 EL DEBILITAMIENTO DE LA SEGURIDAD: Las mentiras que creemos
6 LA FUENTE CONFIRMADORA DE LA SEGURIDAD: Los frutos de la obediencia
7 USOS INADECUADOS DE UNA BUENA HERRAMIENTA: Errores que cometemos al considerar nuestras buenas obras
8 ¿Y QUÉ DE LOS PECADOS HABITUALES?
9 LA LUCHA POR LA SEGURIDAD
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1
EL PROBLEMA DE
LA SEGURIDAD
EL ministerio pastoral tiene una buena dosis de gozo pero también de quebranto. Por un lado, hay momentos y eventos que hacen que uno quiera cantar alabanzas a Dios: nacimientos de bebés, intercambios de votos nupciales, ocasiones en que un querido hermano o una querida hermana ve actuar la mano de Dios de forma sorprendente y su fe es fortalecida como consecuencia. Esos son los momentos hermosos, los que hacen que el ministerio pastoral valga todas las penas. Pero, por el otro lado, hay momentos de profunda tristeza que hacen que el corazón clame a Dios de una manera completamente diferente: momentos en que hay que sentarse junto a una pareja que acaba de sufrir la pérdida de su cuarto bebé en un período de tres años, ocasiones en que debemos aconsejar a alguien a quien le diagnosticaron cáncer, que perdió su trabajo o que sufrió la pérdida de un ser querido, momentos cuando hay que leerle suavemente la Biblia por última vez a un amado santo que por fin va a partir a casa.
Sin embargo, hasta ahora no he experimentado nada más desgarrador en mis años de pastoreo que ver el colapso de la fe de un cristiano profeso. En realidad, ahora que lo pienso, quizás colapso no sea precisamente la palabra indicada porque rara vez es algo dramático o veloz. Es probable que en Internet hayas visto videos de demoliciones controladas de edificios; son rápidas, pulcras y organizadas, y, de un cierto modo especial, aun ordenadas. La pérdida de la fe no se parece en nada a eso. Si alguna vez has visto un video en cámara rápida que muestra un árbol viejo desmoronándose y descomponiéndose con lentitud, allí tienes una mejor imagen. Cuando la fe da lugar a la incredulidad, no hay una explosión controlada ni un colapso ordenado, sino más bien una reducción lenta, a ratos incluso imperceptible, hasta que llega el día en que observas y notas que simplemente no queda nada. Todo ha sido consumido.
Hace algunos años, vi cómo ocurrió esa disminución de la fe en la vida de un joven al que llamaré Trent. Nos era imposible saberlo en ese entonces, pero él terminaría siendo un ejemplo clásico de la semilla caída en los pedregales de la parábola del sembrador de Jesús: brotó en una explosión de vida aparente, pero muy pronto se quemó por el sol y se secó. Cuando Trent apareció en la iglesia, era un creyente nuevo entusiasmado y deseoso, y parecía estar destinado a crecer hasta transformarse en un guerrero espiritual. Tenía agudeza teológica, se mostraba ansioso por pasar tiempo con otros cristianos y, sobre todo. era un voraz lector. Leyó todo lo que nosotros como sus pastores pusimos frente a él: la Biblia, libros de teología y eclesiología, material devocional, comentarios, todo. Con el tiempo, conoció a una maravillosa jovencita cristiana en la iglesia, y se casó con ella luego de un noviazgo que pareció un modelo de fidelidad y responsabilidad. Todo en la vida espiritual de Trent parecía ser fuerte y genuino.
Sin embargo, allí comenzaron los problemas. No recuerdo con exactitud cuándo se asentó la podredumbre, incluso luego de todas nuestras conversaciones: no creo que el mismo Trent haya identificado el momento con precisión. Pero nuestra mejor hipótesis es que Trent empezó a leer un libro en particular (un libro bueno, no malo ni herético) sobre cómo debe ser el gozo cristiano ―cómo los cristianos deben gozarse en el sufrimiento, amar a Jesús y hallar su gozo en la bondad divina de Dios―. Entonces, comenzó a comparar su propio corazón, mente y emociones con lo que estaba leyendo. Por supuesto que hacer eso no es necesariamente malo. De hecho, puede ser bueno que el cristiano lo haga y es muy posible que tenga el efecto saludable de animarlo a hacer que su corazón suelte las amarras de los placeres de este mundo y se aferre con mayor firmeza a Cristo. Sin embargo, en el caso de Trent el resultado de compararse con la descripción del libro fue radicalmente diferente. En vez de verse desafiado a seguir adelante en fidelidad, se aterrorizó. ¿Por qué? Porque no veía en su propia vida la clase de gozo de la que leía en ese libro, así que empezó a cuestionarse si en verdad era cristiano.
A partir de entonces, la corrupción penetró con rapidez. En el curso de los meses siguientes, Trent cayó en un torbellino desesperante de introspección y auto condenación. A pesar de la frecuencia y el fervor con que lo exhortamos a mirar a Cristo y encontrar paz en el evangelio, Trent perdió el equilibro. Al final, simplemente afirmó que no podía decir que era cristiano porque no tenía el gozo ni el amor apasionado por Jesús que los cristianos deben tener, y dejó la Iglesia y, por último, la fe.
No me malentiendan. Desde luego que no todas las luchas del cristiano con la seguridad de la salvación son iguales a la de Trent, y, gracias a Dios, no todas las batallas del creyente terminan de una forma tan catastrófica. Sin embargo, estoy bastante seguro de que el conflicto de Trent con la pregunta «¿Soy un cristiano verdadero?» asecha a muchos creyentes, si no a todos, en un momento u otro de la vida. Cuando digo esto no es una simple obviedad ni una corazonada barata, sino el producto de decenas de conversaciones que he tenido sobre este mismo asunto en las mesas de alguna cafetería. Estoy seguro de que las cafeterías de Louisville no lo saben, ¡pero a lo largo de los años, les he hecho ganar un montón de dinero hablando con personas sobre la seguridad de la salvación!
Quisiera poder decir que las preguntas de la gente y las dudas con las que luchan son siempre las mismas. Eso facilitaría las cosas para mí como pastor. Si ese fuera el caso, podría corregir ese único malentendido bíblico, responder esa única pregunta teológica, y todo estaría bien. Sin embargo, las preguntas y dudas nunca son exactamente iguales, y casi nunca son simples. Sí, a veces el conflicto de una persona con la seguridad de la salvación se debe a una pregunta teológica en particular que no ha sido resuelta, y es maravilloso poder responder esa interrogante y ver cómo todo comienza a ponerse en su lugar. Pero en ocasiones la falta de seguridad se debe a algo mucho más complejo que una pregunta específica sin responder. A veces es algo más emocional que racional. A veces se debe a toda una cosmovisión teológica que está un poco desviada catastróficamente. A veces no hay una razón identificable en absoluto, y la persona parece verse absorta en el pavor existencial de terminar convirtiéndose en un «profeso superficial», como lo señalan las antiguas confesiones.
Para mí, la cuestión de la seguridad de la salvación ―o, para ser más preciso, de la falta de seguridad― es una presencia indeseable, aterradora e incluso sorpresiva en la experiencia cristiana, algo así como la figura de traje oscuro que se apareció en el baile del príncipe Próspero.1 Después de todo, el cristianismo en su esencia afirma tratarse de certezas, no de preguntas ni de dudas. Sabemos que Jesús es el Hijo de Dios; sabemos que murió en la cruz en rescate por muchos; sabemos que resucitó de la tumba; sabemos que ofrece perdón a todo aquel que confía en Él. Toda nuestra cosmovisión está basada en certezas, tanto históricas como teológicas, y eso es lo que distingue al cristianismo de la mayoría de las demás religiones del mundo. Las demás tienen preguntas; el cristianismo tiene respuestas. Las demás tienen enigmas; el cristianismo tiene verdades. Las demás exploran; el cristianismo declara.
Por lo demás, los mismos autores bíblicos escriben con un sólido sentido de certeza que parece ir más allá del hecho de que ciertos eventos realmente ocurrieron. Su certeza no parece ser meramente histórica, sino también existencial, incluso personal. No solo parecen convencidos de los hechos del cristianismo, sino también del significado redentor de esos hechos, y parecen estar seguros de que ellos mismos han sido alcanzados por esa redención. Más aun, estos autores incluso parecen esperar que su certeza personal se plasme también en los otros creyentes. Escriben como si quisieran que tú y yo estemos igualmente seguros de nuestra fe. De esta manera, el apóstol Juan dice en su primera epístola: «Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna» (1 Juan 5:13, énfasis añadido). Pablo también escribe: «Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 8:38–39, énfasis añadido). El autor de Hebreos habla del juramento y la promesa de Dios como «segura y firme ancla del alma» (Hebreos 6:19, énfasis añadido). No hay mucho lugar para las dudas, ¿o sí? El lenguaje es fuerte y sólido: «para que sepáis»; «estoy seguro»; «firme ancla». La atmósfera de toda la Biblia no es un ambiente de dudas, sino más bien de una certeza tan fuerte que puede afirmar, como dijo Job, «Yo sé que mi Redentor vive» (Job 19:25, énfasis añadido).
Pero si ese es el caso, entonces ¿qué de esta figura dudosa, oscura y terrorífica que se desliza por la experiencia de tantos cristianos acallando el regocijo y el deleite de la seguridad? ¿De dónde viene? ¿Por qué tantos cristianos encuentran tan difícil decir con Juan, Pablo y el autor de Hebreos: «Sé, estoy seguro; esta es una segura y firme ancla de mi alma»? Esas son algunas de las preguntas que quiero que tratemos en este libro. Pero antes de empezar debo ser franco: al terminar de leer este libro, no vas a salir con una fórmula mágica que acabará con todas las dudas. ¿Por qué? Porque no existe tal fórmula. Tampoco existe un concepto teológico fiel ni una respuesta fácil que pueda expulsar de una sola vez a la figura de traje oscuro de la fiesta. Somos criaturas finitas, con mentes limitadas y almas dependientes. De una forma u otra, la duda siempre será parte de nuestra experiencia, y la búsqueda de la seguridad siempre será una lucha hasta el día en que estemos con Cristo y nuestra fe se transforme en vista.
Aun así, anímate, pues, ya sea que lo notes ahora o no, la duda puede ser domesticada. Puede ser resistida. Puede ser puesta de rodillas. De hecho, puede que te sorprenda descubrir que es posible que la duda se transforme, irónicamente, en uno de los medios que Dios usa para incrementar nuestra fe en Jesús y nuestra dependencia de Él, para llevarnos de vuelta a la cruz y a la confianza desesperada en Cristo. A fin de cuentas, mi esperanza al considerar la duda y la seguridad en este libro no es tanto que tus dudas se desvanezcan por completo, sino más bien que puedas entender mejor la arquitectura de la seguridad cristiana y que, en consecuencia, la duda comience a perder algo de su poder destructivo en tu vida y que, tal vez, incluso te lleve a aferrarte con más fuerza a Cristo como tu única esperanza de salvación.
Por supuesto, nada de eso es fácil. Esa es la razón por la que estás leyendo un libro sobre este tema, y no una entrada de blog ni un tweet. El asunto de la seguridad cristiana siempre ha sido difícil, y hay complejidades por todos lados. Para empezar, algunos pasajes de la Escritura parecen haber sido diseñados para inquietarnos, para hacernos dudar de si somos realmente salvos, de si estamos de verdad incluidos en las promesas divinas de la vida eterna. Por ejemplo, observa 2 Corintios 13:5–6: «Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?». Espera un momento… ¿«a menos que estéis reprobados»? ¿Cómo es posible que eso armonice con una seguridad de salvación firme y sólida? Luego tenemos los famosos (o infames) pasajes de advertencia, especialmente los del libro de Hebreos. Ciertas oraciones como «Es imposible que los que… recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento» (Hebreos 6:4, 6) y «¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!» (Hebreos 10:31) dejan a muchos cristianos con más miedo que confianza, y a veces incluso aterrados por la posibilidad de haber perdido la salvación.
Incluso sin considerar los textos bíblicos específicos, el tema de la seguridad de la salvación ha demostrado ser un sendero peligroso hablando en términos teológicos. Hay muchas maneras de extraviarse. Por ejemplo, algunos cristianos a lo largo de la historia simplemente se han rendido, afirmando que no puede haber seguridad de salvación en absoluto. En ocasiones, dicha afirmación en el fondo ha sido de naturaleza epistemológica ―o sea, la idea es que finalmente no podemos saber si somos salvos de verdad―. En otras ocasiones, ha sido una afirmación más objetiva, según la cual de hecho podemos perder la salvación que una vez tuvimos. Por otro lado, incluso para los que creen en la sólida doctrina de la preservación de los santos ha sido difícil responder la pregunta de cómo exactamente los cristianos pueden llegar a tener un sentido de seguridad. Cuando buscamos tener seguridad, es fácil que nos salgamos del camino y caigamos en dos errores opuestos: el legalismo y el antinomianismo. Si tenemos una predisposición legalista, tenderemos a procurar la seguridad de la salvación enfocándonos en nuestras propias obras, lo que es peligroso en sí mismo, pues nuestra seguridad puede transformarse sutilmente en un asunto de poner la fe en nuestras obras y no en Jesús. Por el contrario, si tendemos a tener un espíritu antinomiano (que significa literalmente «contrario a la ley»), descartaremos por completo las buenas obras como confirmación de la salvación y nos veremos expuestos al peligro de presumir de la gracia del Rey. Estas dos trampas ―el legalismo y el antinomianismo― deben evitarse si queremos tener una seguridad de salvación profunda, sólida y bíblica.
Pero seamos honestos. En el caso de la mayoría de nosotros, la cuestión de la seguridad de la salvación no está en nuestras mentes debido a un concepto teológico particular, ni siquiera porque tenemos curiosidad respecto a un pasaje de la Escritura con que nos topamos. Está en nuestras mentes debido a nuestro pecado. Vemos nuestras vidas, observamos el pecado que sigue existiendo en nosotros y nos preguntamos si es posible que la vida y el corazón de un cristiano verdadero sean así. Para algunos, el problema es que no vemos el crecimiento en la santidad que nos gustaría ver, incluso a lo largo del tiempo. Para otros, es que no experimentamos la victoria que quisiéramos tener sobre un pecado en particular. Y para otro grupo de personas (como Trent), es que el fruto, el gozo, la alabanza, la paciencia y el amor, que pensamos que debería caracterizar al cristiano simplemente no parece caracterizarnos a nosotros, al menos hasta donde podemos ver. Así que tememos y a ratos incluso nos desesperamos.
Entonces, con todas estas complejidades y dificultades, ¿cómo hallamos la seguridad? ¿Es siquiera posible? Bien, pienso que lo es, y pienso que la Biblia también dice que lo es. De hecho, creo que la Biblia enseña que la seguridad ―en un cierto grado― es la herencia de todo cristiano en virtud del nuevo nacimiento e incluso es inherente a la naturaleza de la fe. Sí, algunos cristianos experimentarán una seguridad más profunda y arraigada que otros. Y sí, el sentido de seguridad varía con las circunstancias y el paso de los años de la vida. Sin embargo, la seguridad no es como la olla de oro al final del arcoíris, un tesoro que solo unos pocos cristianos pueden disfrutar. No, más bien es como Juan explicó: «Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna» (1 Juan 5:13, énfasis añadido). Él no escribió para minar la seguridad, sino para establecerla y fortalecerla. Quería hacer eso con todos los que creen, no solo con algunos.
Nuestro objetivo en este libro es explorar la idea bíblica de la seguridad cristiana y hacer preguntas como las siguientes:
• Según la Biblia, ¿cuál es el fundamento correcto de la seguridad cristiana?
• ¿Qué papel desempeñan nuestras buenas obras en nuestra seguridad?
• ¿Qué mentiras que minan la seguridad tendemos a creer?
• ¿Cómo es que erramos al considerar nuestras buenas obras?
• ¿Cómo hacemos para fortalecer la seguridad o incluso recuperarla si se ha perdido?
Entonces, durante los siguientes capítulos, nuestra tarea principal será simplemente explorar juntos la arquitectura de la seguridad cristiana, es decir, cómo la Biblia busca que los cristianos estén seguros de su salvación en Cristo. Creo que la Biblia revela cuatro fuentes principales de seguridad: el evangelio de Jesucristo, las promesas de Dios, el testimonio del Espíritu y los frutos de la obediencia. Al hacer uso de ellas, estas cuatro realidades ―cada cual en su propia manera particular y todas juntas en armonía la una con la otra― crean un sentido de confianza y certidumbre en nuestros corazones de que de verdad somos hijos de Dios y herederos de la vida eterna. Sin embargo, el problema y la razón por la que la seguridad de muchos cristianos nunca despega es que estas cuatro fuentes de seguridad no funcionan exactamente de la misma manera en nuestras vidas; tampoco deberíamos tratarlas a todas de la misma manera. ¿Qué estoy tratando de decir?
La mejor manera de considerar el asunto es decir que la Escritura presenta dos de estas fuentes de seguridad, el evangelio de Jesucristo y las promesas de Dios, como fuentes impulsoras. Dicho de otro modo, son los manantiales donde se origina nuestro sentido de seguridad de salvación, y mientras más profundicemos en ellas con entendimiento y fe, mayor será nuestra sensación de seguridad. Con respecto a los frutos de la obediencia (nuestras buenas obras como cristianos), parece que las Escrituras no los presentan como una fuente impulsora de la seguridad, sino como una fuente confirmadora, es decir, no es una fuente en la que debamos poner la fe, pero así y todo, puede servir para confirmar nuestro sentido de que en verdad somos hijos de Dios o, en su defecto, para advertirnos de que nuestra sensación de seguridad en realidad es falsa. Por último, la mejor manera de describir el testimonio del Espíritu es como una fuente sobrenatural de seguridad, un don de Dios a través del cual el Espíritu Santo engendra directamente en nuestras almas un hondo y profundo sentir de comodidad, seguridad y certeza.
Tal vez una analogía nos ayudará a entender la diferencia entre las fuentes impulsoras, confirmadoras y sobrenaturales de la seguridad. Como es sabido, ninguna analogía es perfecta, pero esta tiende a ayudarnos especialmente a diferenciar entre las fuentes impulsoras y la confirmadora (o indicadora) de la seguridad. Considera esto: en el diseño de un automóvil, hay una gran diferencia entre lo que impulsa la velocidad y lo que confirma la velocidad, entre el acelerador y el velocímetro. Si queremos que el auto acelere, pisamos el acelerador; ponemos peso sobre él, y el auto anda. Ahora, por supuesto, cuando hacemos eso, uno de los resultados es que el velocímetro del panel indica, muestra o confirma que el auto se está moviendo. Pero el velocímetro es una muestra de la velocidad, no la fuente de la velocidad. Si queremos más velocidad, no basta con que metamos la mano en el panel y usemos los dedos para empujar la aguja a la derecha esperando que el auto vaya más rápido. Para aumentar la velocidad, tienes que enfocarte en la fuente de la velocidad y poner peso sobre ella, no sobre el indicador de la velocidad. Entonces ―puede que te preguntes―, ¿qué sentido tiene tener un velocímetro? Pues bien, el velocímetro puede mostrarnos con mucha rapidez si estamos poniendo el peso indicado en el acelerador. Si el velocímetro dice «0», es probable que derechamente no tengamos el pie en el acelerador.
Quizás ya puedes ver cómo este ejemplo se aplica a la cuestión de la seguridad. Si queremos tener una seguridad mayor y más robusta, la forma de obtenerla no es manipular el indicador ―es decir, asegurarnos de hacer unas pocas buenas obras más y un menor número de malas obras para que podamos sentirnos más dignos del cielo―. Este es un punto importante porque, tristemente, es la manera exacta en que muchos cristianos reaccionan ante la falta de seguridad. Como muchas veces el sentido de duda y temor es producido cuando ven su propio pecado, piensan que por eso la solución es enfocarse en su pecado, en sus buenas obras o en su falta de buenas obras, lo que, desde luego, a fin de cuentas, es enfocarse en ellos mismos en lugar de enfocarse en Dios. Sin embargo, si esa es la manera en que reaccionamos ante la falta de seguridad, ¡podemos pensar también que la forma de responder a la falta de velocidad en nuestro auto es manipular el velocímetro! Eso es absurdo. La manera correcta de responder ante la falta de seguridad es enfocarnos en las fuentes impulsoras de la seguridad y poner peso sobre ellas: las promesas de Dios y el evangelio de Jesucristo. Si lo hacemos, el resultado será una mayor confianza respecto a nuestra salvación y un aumento en la clase de vida y obras santas que indican la existencia de la salvación verdadera.
Aquí va otra analogía que puede ser de provecho. El fruto de un árbol puede indicar la salud del árbol, pero si queremos conseguir un árbol más saludable, la solución no es hacer que el fruto se vea mejor. Más bien, hay que preocuparse de la raíz, que impulsa y crea la salud del árbol. De la misma manera, el fruto de nuestras vidas puede ser un indicador importante de nuestra salud espiritual, pero no lograremos aumentar nuestro sentido de seguridad y confianza respecto a nuestra salvación si solamente tratamos de hacer que el fruto se vea mejor. No lograremos mejorar la salud del árbol pegándole manzanas con cinta adhesiva ni pintando de rojo las manzanas podridas. No, tenemos que ocuparnos de la raíz, y luego el fruto, el indicador de la salud, mejorará.
¿Y qué del testimonio del Espíritu, la fuente sobrenatural de la seguridad? Bien, toda analogía se desmorona en un cierto punto, y este es ese punto. Me temo que el testimonio del Espíritu, que Dios imparte de manera directa y sobrenatural en el corazón del creyente, no tiene un buen elemento análogo en la imagen del auto. ¡En el mejor de los casos, podríamos pensar en él como una inyección de nitro casi totalmente inesperada directamente desde el cielo! Pero el punto es que cuando el Señor decide darle al creyente un sentido inusual de consuelo y seguridad, estamos frente a un regalo hermoso y tremendamente valioso, y por lo general llega con mayor poder justo cuando más se necesita.
Así pues, esta parece ser la arquitectura de la seguridad cristiana. Nuestra certeza de que en verdad somos salvos está basada y cimentada en la confianza inquebrantable en que Jesús salva a pecadores y en que el Padre honrará a Su Hijo cumpliendo Sus promesas. Mientras tanto, nuestras buenas obras (o la falta de ellas) funcionan como confirmación de que realmente somos salvos, o nos advierten de que algo no anda bien, de modo que podamos reaccionar como corresponde. Además, Dios, por Su Santo Espíritu, imparte en nuestras almas un sentido precioso, profundo y a veces intenso de nuestra redención y adopción como Sus hijos.
Probablemente no te sorprenderá que esta arquitectura de la seguridad refleje la arquitectura teológica de la salvación misma. Considera como muestra el pasaje de Tito 3:4–8:
Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna. Palabra fiel es esta, y en estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras.
Pablo hace aquí dos afirmaciones con respecto a las buenas obras. La primera es que las buenas obras no son la base, la razón, el fundamento ni la causa de nuestra salvación. «Nos salvó», escribe Pablo, «no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia». No obstante, la segunda es que una vez que hemos creído y hemos llegado así a ser herederos de la vida eterna, debemos «procurar ocuparnos en buenas obras». Ahora, la mayoría de los cristianos reconocen de inmediato la importancia de esas dos afirmaciones para la cuestión de la salvación: no somos salvos por obras, sino que las obras fluyen de la salvación. Dicho de otro modo, el orden correcto es salvación y luego obras. De hecho, si invertimos el orden, si pensamos que es «obras y luego salvación», hemos puesto de cabeza todo el evangelio. Esa «arquitectura teológica», por llamarla de algún modo, es clave para entender correctamente la salvación.
Bien, la misma arquitectura parece ser aplicable no solo cuando se trata de recibir la salvación, sino también cuando estamos buscando la seguridad de nuestra salvación. Si queremos aumentar o fortalecer nuestro sentido de confianza respecto a nuestra propia salvación, la manera de hacerlo es aplicar presión sobre nuestra fe y confiar en las promesas inquebrantables del Dios Trino en el evangelio de Jesucristo, no simplemente hacer un mayor número de buenas obras para que podamos decir: «¡Vaya! Ahora me siento bien con respecto a mí mismo». Si hiciéramos eso, de hecho, estaríamos desviando nuestra fe, nuestra confianza y nuestra dependencia, sacándolas de Jesús y llevándolas a nosotros mismos.
Nuestro propósito en los próximos capítulos es entender mejor las fuentes de nuestra confianza: el evangelio de Jesucristo, las promesas de Dios, el testimonio del Espíritu y los frutos de la obediencia. A lo largo del camino, consideraremos unas pocas mentiras específicas que tendemos a creer, falsedades respecto a Dios y el evangelio que de forma lenta pero profunda corroen nuestra seguridad. También consideraremos algunas maneras específicas en que tendemos a usar indebidamente el indicador de las buenas obras y veremos cómo podemos asegurarnos de usarlo de forma correcta, como la Biblia indica, y no de una manera que mine sin razón nuestra seguridad o (¡incluso peor!) desvíe nuestra fe sacándola de Jesús y poniéndola en nuestras propias obras. Por último, cerca del final del libro nos volcaremos a algunas preguntas prácticas: cómo debemos pensar respecto a lo que los cristianos hemos denominado «pecados asediantes» y qué podemos hacer para fortalecer nuestra seguridad o incluso recuperarla si se ha perdido.
Entonces, para allá nos dirigimos. No sé exactamente por qué elegiste este libro y lo comenzaste a leer, pero supongo que es porque quieres tener un sentido de confianza profundo y robusto en que las bendiciones de la salvación en Cristo de verdad son tuyas. Quizás no estás luchando con una crisis de dudas en particular. Si eso es cierto, espero que este libro te anime a volver a enfocarte en las promesas del Dios Trino, que te ayude a regocijarte aún más en Su bondad para contigo y que te incentive a seguir creciendo en amor y buenas obras.
Sin embargo, quizá en tu caso la elección de este libro tuvo tintes de urgencia. Después de todo, una cosa es leer un libro sobre la seguridad de la salvación cuando te sientes bien asentado en la fe, y es otra totalmente distinta cuando el corazón está lleno de dudas y temores. Amigo, si es así como te sientes, quiero que me entiendas con claridad desde el principio: este libro es para ti. Estoy convencido de que nuestro bondadoso y amoroso Señor no desea que vivamos esta vida cristiana en un sentir perpetuo de preocupación y miedo, sino más bien con gozo, amor y la determinación piadosa de correr bien la carrera, y, a fin de cuentas, con una confianza deleitosa en que lo que nos espera en la meta es Su fuerte abrazo. Mi esperanza es que de aquí a que terminemos de considerar este tema juntos, habrá una nueva chispa de esperanza, certeza, confianza y seguridad ardiendo en tu corazón, una chispa encendida por un nuevo aprecio por las promesas de Dios en el evangelio y un renovado enfoque en ellas. Espero que también estés mejor equipado para cuidar tu propio sentido de seguridad de forma bíblica y fiel, reconociendo las mentiras que más tienden a minar tu confianza y aprendiendo a usar la evaluación de tu vida y tus obras para animarte en la fe.
«Estas cosas os he escrito», dice Juan, «para que sepáis que tenéis vida eterna» (1 Juan 5:13). Ese es el objetivo. ¡Ahora, comencemos!
2FUENTES IMPULSORASDE LA SEGURIDAD: El evangelio de Jesucristo
TENGO un hijo adolescente que juega básquetbol. Hasta ahora, no es un chico muy grande, pero ha desarrollado suficiente habilidad en el juego para, generalmente, poder contribuir a su equipo de manera considerable. Aun así, incluso un «jugador habilidoso», como se autodenomina, se vería beneficiado de no tener oponentes de una altura mucho mayor a la suya. ¡Solo es posible regatear y pasar la pelota entre las piernas de un jugador más alto una cierta cantidad de veces antes de que se acostumbre al truco!
Hace poco, el entrenador de mi hijo le recomendó que empezara a ir al gimnasio y levantara pesas ligeras. Por eso, en ocasiones me ha acompañado al gimnasio del que soy miembro para hacer ejercicio conmigo. El asunto es este: mi hijo no es miembro del gimnasio. Cuando nos acercamos al mesón, yo soy el que muestra el teléfono con los datos de membresía y hace que ingresemos. Cuando lo hago, apunto a mi hijo y explico que viene conmigo, entonces el asistente asiente con la cabeza y nos hace señales indicándonos que entremos. Sin embargo, una vez que ocurre eso, mi hijo tiene la libertad de hacer todo lo que yo puedo hacer en el gimnasio. Todas las máquinas que yo estoy autorizado a usar por la membresía que pagué, él puede usarlas porque está ahí conmigo. Todos los privilegios que tengo ―el derecho a usar el vestuario, la piscina, las pesas, la cancha de básquetbol― él también los tiene porque está conmigo. Yo tengo acceso al gimnasio por el derecho que me otorga mi membresía pagada; él tiene acceso a todo, pero no por derecho alguno, sino en virtud de su relación conmigo. ¿Ves? El derecho de mi hijo a estar presente en el gimnasio y aprovechar sus recursos no es menos real o menos válido que el mío. Simplemente está cimentado en un fundamento diferente: no en el pago de su propia membresía, sino en el de la de su padre.
¿Qué relación tiene todo esto con la seguridad de la salvación? Toda la relación del mundo. Mira lo que dice Hebreos 10:19–22:
Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.
Este pasaje se trata del acceso a la presencia de Dios; es decir, del derecho a estar de pie ante Él. De esta manera, el autor de Hebreos escribe que nosotros los cristianos debemos «tener libertad» para ingresar a la presencia de Dios, y que debemos «acercarnos» a Él, no con «mala conciencia» ―es decir, con miedo de estar fuera de nuestro lugar o de ser echados fuera―, sino «en plena certidumbre de fe». Ese es el objetivo: estar de pie en la presencia de Dios y gozar Sus bendiciones con plena seguridad y confianza de que ese es nuestro lugar.
Pero ¿viste cómo se crea esa clase de seguridad y confianza? Habría sido muy fácil que el autor escribiera: «Nos acercamos en la confianza de una membresía pagada, con la plena seguridad de haber hecho lo necesario para ganar el acceso a la presencia de Dios». Sin embargo, no fue eso lo que escribió. De hecho, el autor menciona tres razones, una tras otra, por las que podemos tener esta clase de seguridad confiada que nos permite estar de pie en la presencia de Dios sin miedo. Primero, tenemos esta confianza «por la sangre de Jesucristo»; segundo, «por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo», y tercero, porque tenemos «un gran sacerdote sobre la casa de Dios». Estas tres razones para tener confianza ―la sangre de Cristo, el velo rasgado del templo y el rol de Cristo como Sumo Sacerdote― tienen que ver con la muerte de Jesús en lugar de Su pueblo. ¿Ves la idea que el autor de Hebreos está buscando transmitir? Nuestra confianza y seguridad de poder entrar a la presencia de Dios, de realmente poder estar en pie ante Él sin miedo a ser echados fuera, en verdad se genera cuando reconocemos que nuestro acceso a Él no se basa en lo más mínimo en nada que haya en nosotros o que tenga que ver con nosotros, sino más bien en la obra de Jesucristo por nosotros.
Este es un punto crítico que debemos entender en nuestra lucha en pos de la seguridad. La mayoría de los cristianos afirmarían sin reparos que nuestro derecho a entrar a la presencia de Dios, a acercarnos a Él, fue ganado para nosotros por Cristo en Su vida, muerte y resurrección. No es esa la razón de nuestros problemas. Nuestros problemas empiezan cuando preguntamos: «Bueno, está bien, pero ¿cómo puedo acercarme a Dios con libertad, en plena certidumbre?». Lo que nos ocurre a muchos es que en el fondo de la mente comienza a acecharnos la respuesta de que aun si Jesús nos ha llevado a la presencia de Dios, no podemos atrevernos a disfrutar estar ahí, a tener certeza de que es apropiado que estemos ahí ni a tener la sensación de que es correcto y seguro que estemos ahí, a no ser que ahora nos ganemos esos privilegios nosotros mismos. Puede que Jesús nos haya traído aquí», pensamos, «pero necesitamos demostrar que este es nuestro lugar.
Sin embargo, ¿ves cómo estos versículos de Hebreos 10 se oponen con firmeza a esa clase de pensamientos? La sangre de Jesús no solo nos introduce furtivamente a la presencia de Dios, sino que de hecho nos da todo el derecho del universo a estar allí, y a estar allí con confianza y gozo. Por lo tanto, la obra de Cristo en favor nuestro en verdad crea confianza y seguridad; es una fuente de seguridad. Mientras más la entendamos, nos aferremos a ella y la amemos, mayor será nuestra sensación de confianza y seguridad. La realidad es que nuestras mentes y corazones siempre van a buscar una manera de hallar confianza en nosotros mismos. Más que cualquier otra cosa, estamos desesperados por justificar nuestra presencia ante el trono de Dios, por mostrarle al universo, y tal vez hasta a Dios mismo, que incluso si somos salvos por gracia, en el fondo Dios tomó una buena decisión. Queremos que primero quede claro que ese es nuestro lugar para después entrar a la presencia de Dios con confianza. No obstante, el autor de Hebreos claramente condena esa clase de pensamientos. Debemos estar en la presencia de Dios con confianza y seguridad, dice él, pero no porque hayamos pagado nuestras propias deudas ni demostrado de qué estamos hechos. Estamos allí con confianza solamente por lo que Jesús hizo por nosotros. Nuestra confianza de que ese es nuestro lugar, la presencia de Dios, no es confianza en nosotros mismos; es confianza en Cristo.
De hecho, el tono de todo el mensaje del evangelio está diseñado para minar y destruir la confianza en nosotros mismos. Pablo apunta a esto mismo en Romanos 3:27, cuando pregunta: «¿Dónde, pues, está la jactancia?». Su respuesta es: «Queda excluida». La jactancia es el fruto natural y esperable de la confianza en nosotros mismos. Si creemos que estamos en la presencia de Dios por derecho propio, es totalmente natural que nos demos con una piedra en el pecho y digamos: «¡Yo hice esto!» Pero según Pablo, el evangelio, en su mismísima raíz, es hostil a esa clase de confianza en nosotros mismos.
A decir verdad, el evangelio es tan hostil para la confianza en nosotros mismos que cada uno de los componentes de su mensaje combaten contra ella. Primero considera esto: uno de los aspectos más importantes que hay que entender respecto al evangelio es que es un mensaje. Si traduces la palabra griega que significa «evangelio», euangelion, el resultado literal es «buenas noticias», un mensaje que trae gozo. ¿Y cuál es ese mensaje? Es que a pesar de que somos pecadores ante el Dios que nos creó, Él ha actuado en amor al enviar a Su Hijo a vivir, morir y resucitar en nuestro lugar para que, si ponemos nuestra fe y confianza en Él, nosotros también resucitemos junto a Él, primero para andar en novedad de vida y finalmente para la vida eterna. Entonces, el evangelio es una noticia. Es un mensaje, y cada una de las partes de ese mensaje es un ataque directo contra la confianza en nosotros mismos. Veamos cómo.
Cómo nuestro pecado contra el Dios que nos creó ataca la confianza en nosotros mismos
El primer componente del evangelio es su declaración de que somos pecadores delante de Dios. Obviamente, esa no es una buena noticia, pero sitúa el contexto oscuro que las buenas nuevas vienen a contrastar. Este es el asunto: el hecho de que seamos pecadores se opone fuertemente a todas nuestras tendencias a confiar en nosotros mismos, pero no veremos esta realidad hasta que en verdad entendamos qué es realmente el pecado y qué tan profunda es su ofensa contra Dios. Uno de los mayores malentendidos frecuentes entre los cristianos es que no comprenden qué tan horrible en verdad es el pecado. Irónicamente, resulta que la comprensión inadecuada del pecado ―el no poder ver cuán catastrófica y enteramente hedemos ante Dios― termina haciendo que nuestro sentido de seguridad se corroa y debilite.
¿Cómo es eso? Es que, si no entendemos lo irremediablemente perverso y generalizado que es nuestro pecado, comenzaremos a pensar que podemos repararlo, curarlo, limpiarlo de la superficie de nuestras vidas y presentarle a Dios algo de lo que sentirnos orgullosos. Sin embargo, la Biblia enseña todo lo contrario. El pecado no es algo superficial, sino algo horrible. No es algo fácil de reparar, sino algo que nos mancha hasta los tuétanos y pide a gritos que se ejecute la justicia eterna. Con frecuencia, la forma en que pensamos sobre el pecado es totalmente distinta a la manera en que la Biblia habla de él. Pensamos que podemos curar el pecado; la Escritura dice que es una llaga incurable. Pensamos que con un paño podemos limpiar el pecado de la superficie de nuestras vidas; la Escritura dice que penetra hasta llegar a nuestros corazones. Pensamos que nuestro pecado es solo un error, que «no le dimos al blanco»; la Escritura dice que es rebelión altiva contra Dios. Pensamos que podemos esforzarnos un poco más y limpiarnos lo suficiente para lograr colarnos en la fiesta de Dios; la Escritura dice que por naturaleza somos hijos de ira y que merecemos ser arrojados de Su presencia para siempre.
Pero este es el resultado de todo ese razonamiento: dado que tenemos una noción tan barata, benigna, inofensiva y falsa del pecado, terminamos convenciéndonos de que en verdad puede ser posible que nos salvemos a nosotros mismos y nos aseguremos a nosotros mismos. Sin embargo, es precisamente esa falsa esperanza de salvarnos a nosotros mismos la que termina destruyendo nuestra seguridad.
Así es cómo lo hace: si pensamos que nuestro pecado es algo que existe a un nivel más o menos superficial en nuestras vidas, algo que podemos limpiar con relativa facilidad si tenemos suficiente fuerza de voluntad, entereza moral y determinación justa, nos veremos muy tentados a darle una oportunidad a la confianza en nosotros mismos. Nos convenceremos de que, si solo hacemos un poquito más de esto y un poquito menos de eso, finalmente llegaremos a un nivel de rectitud moral que justifique nuestra presencia en el tribunal de Dios. Sin embargo y desde luego, el error fatal de esta clase de pensamientos radica en que ese gran salto de confianza en nosotros mismos sale mal una y otra vez porque el pecado no es solamente un errorcito que podemos limpiar y borrar de nuestras vidas que, de otra manera, serían bastante buenas. Es rebelión contra Dios ―es quebrantamiento, corrupción y culpa que penetra hasta los tuétanos―, y merece el infierno. Así que una y otra vez nos encontramos dando el gran salto de la confianza en nosotros mismos, pero nos caemos porque chocamos con la realidad de nuestro propio pecado insuperable que nos hace merecedores del infierno. Y cuando alzamos la mirada desde el polvo, nuestro pecado está con los ojos fijos en nuestro rostro y una malévola sonrisa que dice «te lo dije»; entonces volvemos a caer en la duda y el temor de si en verdad tenemos el derecho a estar en la presencia de Dios. Nuestros intentos de alcanzar la confianza en nosotros mismos nos fallan, así que nos encontramos sin seguridad en absoluto.
Pero considera qué es lo que ocurre cuando pensamos sobre el pecado como lo plasma la Biblia: no como un problema menor que podemos resolver con algo de esfuerzo extra, sino como un fiasco catastrófico que nunca podremos solucionar. Entonces, si miramos nuestro pecado sin considerar a Cristo y Su evangelio, lo que sentiremos no será una determinación moral esperanzadora, sino más bien una desesperación total y absoluta. «La paga del pecado es muerte», escribe Pablo en Romanos 6:23. «Vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios», escribe Isaías en Isaías 59:2. «El alma que pecare», escribe Ezequiel, «morirá» (Ezequiel 18:20).
Un panorama bastante sombrío. Sin embargo, la gloriosa ironía del evangelio es que precisamente de este fundamento, esta clase de desesperación, brota la esperanza y, a fin de cuentas, la seguridad. Cuando nos damos cuenta de que es imposible salvarnos a nosotros mismos y de que confiar en nosotros mismos no es una opción, entonces comenzamos a buscar a un Salvador. Y cuando hallamos a ese Salvador en Jesús, nunca más saltamos perdidamente al vacío intentando llegar a una planicie moral de aceptación que nunca lograremos alcanzar. No haremos más intentos fracasados por demostrar que somos dignos de estar en la presencia de Dios. En cambio, nos aferraremos a Jesús. Oiremos Su promesa de que tenemos entrada plena a Dios, pero solo por Su sangre, y hallaremos que Su promesa (a diferencia de lo que nos promete la confianza en nosotros mismos) nunca falla. Por lo tanto, descansaremos.
Por cierto, este entendimiento bíblico de la real maldad e incurabilidad del pecado me muestra con claridad lo falsa que es la idea de que un cristiano verdadero puede perder la salvación. Por supuesto, ¡no es lo único que me convence de eso! La Biblia está llena de pasajes que dejan claro que Jesús nunca perderá a los que vienen a Él en fe. Aun así, a esto es a lo que me refiero: si piensas que puedes cometer un pecado tan malo que te haría perder la salvación, quiero saber por qué crees que aún no lo has cometido. Quiero saber por qué piensas que no lo estás cometiendo ahora mismo. De hecho, quiero saber por qué piensas que el pecado que cometes cada minuto de cada hora del día no es lo suficientemente malo como para minar por completo y aplastar tu salvación. ¿Ves a lo que me refiero? Si piensas que puedes perder la salvación si pecas, y si piensas que no la estás perdiendo en este mismo momento, entonces tu entendimiento del pecado que ahora mismo te está manchando hasta los tuétanos es errada e inadecuada. ¿Por qué? Porque la Biblia enseña que nuestro pecado está tan extendido, es tan profundo y tan horrible, Que si pudiéramos perder la salvación a causa de éste, entonces la perderíamos cada minuto del día.
Espero que puedas ver la profunda ironía de todo esto. Nuestra forma normal de pensar nos dice que si solo lográramos convencernos de que el pecado no es tan malo, de que podemos hacer cosas para excusarlo y repararlo, entonces tendríamos una razón para sentirnos seguros, entonces tendríamos la esperanza de poder vencerlo, de ganar. Sin embargo, lo que la Biblia realmente enseña es que la verdadera seguridad surge de la miserable conciencia de nuestro desespero. ¿Por qué? Porque ese desespero nos lleva a Jesús, que es infinitamente confiable y, por lo tanto, un fundamento sólido para la seguridad. Mientras pensemos que el pecado es un desafío difícil, pero a fin de cuentas superable, seguiremos tratando una y otra vez sin poder llegar al punto en que nos sintamos lo suficientemente dignos de estar en la presencia de Dios. Es solo cuando nos damos cuenta de que esos esfuerzos son inútiles ―de que estamos muertos en delitos y pecados, no solo un poco enfermos― que corremos a Jesús y hallamos la única forma legítima de acercarnos a Dios. De esta manera, sólo por Su sangre, es que podremos tener gozo y seguridad confiada.
Cómo la obra de Cristo por nosotros ataca la confianza en nosotros mismos
En la última sección, dijimos que la profundidad y la maldad de nuestro pecado, nuestra rebelión contra Dios, corta las raíces de la confianza en nosotros mismos. Sin embargo, es probable que hayas notado que no es la maldad del pecado contemplada por sí sola la que crea confianza y plena certidumbre de fe. Es que la horrible maldad de nuestro pecado y la absoluta impotencia de nuestra situación nos llevan a Jesús, en Cuya sangre finalmente hallamos confianza y seguridad duraderas.
Por supuesto, la misma naturaleza de la obra de Cristo en nuestro lugar le propina un nuevo ataque a la tendencia a confiar en nosotros mismos. ¿Por qué? Porque la obra que Él hizo para sacarnos de nuestro aprieto no fue realizada junto a nosotros. No fue una cooperación 50% – 50% entre Él y nosotros, ni siquiera 90% – 10%. Lo que Él hizo por nosotros, lo hizo por nosotros, sin nuestra ayuda, opinión, ni contribución. Recuerda esa verdad, descansa en ella, y seguirás cortando la raíz de la confianza en ti mismo; también comenzarás a cultivar en tu corazón la «plena certidumbre de fe».
El apóstol Pablo trata este mismo asunto en Romanos 5. Esto es lo que escribe:
Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios… Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros (v. 1–2, 6–8).
¿Notaste que la idea de la entrada aparece otra vez aquí? Esta vez, es una entrada «a esta gracia en la cual estamos firmes», pero la noción es la misma de Hebreos 10. Estamos firmes en la presencia de Dios, somos justificados y recibidos, y tenemos acceso completo a todas las bendiciones de Su presencia y de la eternidad, y derecho a gozar de ellas. Pero nota nuevamente lo que Pablo dice sobre cómo hemos obtenido esta entrada a la gracia. No es por nuestros propios esfuerzos o nuestras propias victorias morales. Es «por él»; es decir, «por nuestro Señor Jesucristo».
Entonces, ¿cómo exactamente ha ocurrido esto? Ha ocurrido porque «Cristo murió». Ahora, por supuesto, todos nosotros, que somos cristianos, sabemos eso; es el corazón del evangelio. Pero observa cómo Pablo describe a aquellos por los que Cristo murió. Su lenguaje es brutal, ni más ni menos. Son «débiles», «impíos» y «pecadores». Para empeorar las cosas, incluso los contrasta con una persona hipotética que es «justa» y «buena». Observa lo que Pablo está diciendo aquí. Los débiles, los impíos, los injustos, los pecadores que no son buenos, esas son las personas por las que Cristo murió. Esto significa que si eres cristiano, ese eres tú. Este no es precisamente un suelo fértil para que crezca la confianza en ti mismo, ¿o sí? Una vez que entendemos lo que la Biblia dice que éramos antes de Cristo, comenzamos a perder toda esperanza de llegar alguna vez a demostrar que somos dignos de Su amor o que por algún motivo merecemos Su obra en favor nuestro, y eso es gozoso y glorioso.
Sin embargo, el problema es que no es fácil que pensemos así acerca de nosotros mismos. Por sobre todas las cosas, queremos pensar que contribuimos algo, aunque sea poco, a todo lo que tenemos. Así pues, la «plena certidumbre de fe» que surge al confiar completamente en Cristo y ni en lo más mínimo en nosotros mismos requiere algo de esfuerzo para convencer a nuestros propios corazones de la absoluta soledad de la obra de Cristo por nosotros: nosotros no contribuimos a ella ni cooperamos con ella. De hecho, no tuvimos ni la menor participación en ella.
A decir verdad, aquí se encuentra el corazón del evangelio: cuando una persona cree en Cristo, ocurre un glorioso intercambio entre ese creyente y Jesús. Nuestra vida pecaminosa, injusta, débil e impía Le es transferida y acreditada a Él, Quien murió por causa de ella. Al mismo tiempo, Su vida perfecta e inmaculada de justicia constante nos es transferida y acreditada a nosotros, y vivimos por causa de ella. Martín Lutero en una ocasión describió este trueque entre Cristo y el creyente como un «glorioso intercambio»:
Gracias a un intercambio maravilloso, nuestros pecados ya no son más nuestros, sino de Cristo, y la justicia de Cristo ya no es de Cristo, sino nuestra. Él se ha despojado de Su justicia para poder vestirnos con ella y llenarnos de ella. Además, ha tomado nuestras maldades sobre Sí mismo para poder librarnos de ellas.2
Esta verdad ―que Cristo no murió por los piadosos o aceptables, ni siquiera por los apenas tolerables, sino por los impíos― ataca nuestro deseo innato de saltar a la confianza en nosotros mismos. Eso es bueno, pues la tendencia de nuestros corazones orgullosos siempre es tratar de volvernos dignos de lo que Cristo ha hecho por nosotros, mostrarle que tomó una buena decisión al tomar acción para salvarnos y que la rentabilidad de Su inversión será espectacular, o al menos no vergonzosa. Sin embargo, el problema es que simplemente nunca llegaremos a ese nivel. Por lo tanto, cada vez que lo intentemos, vamos a quedarnos cortos y terminaremos escabullidos en un rincón preguntándonos si Jesús lamenta haber hecho el esfuerzo. Pero una vez que aceptamos que Cristo murió por nosotros siendo aún pecadores, cuando lisa y llanamente éramos impíos, podemos descansar en el conocimiento de que nuestro acceso a Dios no depende de nosotros en absoluto. Nuestra recepción en el salón real del cielo no se debe ni en lo más mínimo a nada que haya en nosotros o tenga que ver con nosotros. Se debe a Jesús, completa y totalmente, sin salvedades ni excepciones. A través de Él hemos obtenido la entrada a esta gracia en la cual estamos firmes.
¿Qué significa esto para ti si tu sentido de confianza y seguridad de salvación es débil? Bien, al menos parte del problema puede deberse a que estás intentando ―y en vano― de demostrarte a ti mismo, y tal vez incluso a Dios, que eres digno de la salvación que Jesús te ha dado. Cada vez que tu esfuerzo se frustra (¡o sea, todas las veces!), caes en un espiral de desesperación que te hace pensar: «Pues bien, si no soy digno de ella, entonces no debe ser mía». Pero, amigo, ¿acaso no ves que tu vil, irreparable y asombrosa indignidad es justamente la cuestión del evangelio? Por definición, la gracia es inmerecida, no la pagamos, no la ameritamos y no nos corresponde. Así que piensa un poco en esto. Quizá parte de lo que necesitas es dejar de esforzarte tanto por merecer la gracia y, en cambio, comenzar a enfocarte en Aquel que actuó en amor para salvarte aun cuando eras ―y eres― una fatal miseria de pecador impío. Él lo sabe todo, querido amigo, y aun así te ama y actuó para salvarte.
Sin embargo, tal vez tu situación sea un poco diferente. Tal vez el problema no es tanto que no logres aparentar hacer lo suficiente para sentirte digno de la salvación, sino que tienes miedo de estar descalificado para la salvación, de que tu pasado esté tan lleno de basura que Dios nunca pueda perdonarte. Quizás estás paralizado por la culpa. Bien, considera esto: ¿sabes lo que le da el poder a la culpa? Es el miedo y la vergüenza, el deseo que el culpable siente de correr y esconderse de lo que hizo. Entonces, ¿sabes cómo puedes quitarle las armas a la culpa en tu vida?, ¿sabes cómo hallar descanso y confianza en Jesús incluso cuando tu pecado te observa con rostro severo? La solución es irónica, pero cierta: ¡deja de ocultarte de él! Deja de tratar de evitar sus acusaciones y, en cambio, míralo a la cara y concuerda con todo lo que dice sobre lo horrible que eres. Cuando Satanás u otra persona, incluso tu propia mente, te acuse de pecado y te diga lo horrible que eres y lo indigno que eres del amor de Dios, ¡no disputes! No digas: «No, por favor no menciones eso. No puedo tolerar pensar en ello». Tampoco te defiendas. No digas: «Bueno, había circunstancias mitigadoras cuando hice eso y estaba muy cansado ese día; además, todas estas buenas acciones que tengo aquí lo compensan». Sobre todo, no digas: «De acuerdo, de acuerdo, tienes razón. Pero dame tiempo, y lo arreglaré. ¡Permíteme intentarlo de nuevo y esta vez lo haré mejor!» En cambio, simplemente concuerda con el acusador y di: «Sí, hice todo eso; Soy todo eso. Soy un pecador injusto, débil e impío totalmente indigno del amor y la gracia de Dios. ¡Pero, aun así, Cristo murió por los impíos! Cristo murió por el impío que soy yo».
Escucha, tu acceso a Dios no depende de que tú lo merezcas ni tampoco de que hagas algo para ganarlo. Tu acceso a Dios está abierto, garantizado por la obra clemente e inmerecida que Cristo hizo en tu lugar, y eso es todo. Así que abandona el deseo imposible de hacer que la muerte de Cristo por ti valga la pena. Cuando lo hagas, empezarás a disfrutar la profunda y reconfortante seguridad de saber que en realidad jamás podrías valer la pena, pero aun así Él murió por ti.
Cómo la naturaleza de la fe ataca la confianza en nosotros mismos
Si es cierto que somos rebeldes encarnecidos e indefensos contra Dios, y si es cierto que Jesús ha hecho todo lo necesario para ganar nuestra salvación, entonces ¿cuál es la respuesta que se requiere de nosotros? La mayoría de los cristianos sabe la respuesta de esa pregunta. Es la fe. La fe, o el creer, es una de esas palabras incrustadas en el corazón del cristianismo. Los teólogos dicen que nuestra justificación ante Dios es por la sola fe, y Pablo escribe que la justica de Dios viene «por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él» (Romanos 3:22). En la porción de Romanos 5 que acabamos de considerar, escribe que «tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes» (v. 2, énfasis añadido).
"Así que, el instrumento mediante el cual nos apropiamos de la salvación que Cristo ganó por su vida y Palabra, es la fe (la respuesta correcta al evangelio). Ahora, los cristianos solemos dar esta realidad por sentada. Nos parece obvia, y nos resulta difícil imaginar que el medio para aferrarnos a la salvación pudiera haber sido diferente. Pero ¿por qué no podría haber sido diferente? ¿Por qué Dios no podría haber dicho que la salvación iba a ser solamente por otra cosa? Tal vez por el solo amor o la sola bondad o las solas buenas obras. Habiendo tantas virtudes que Dios podría haber elegido para que fueran el instrumento de la salvación, ¿por qué eligió la fe?
La respuesta a esa pregunta es fascinante, y además perpetra un nuevo ataque contra nuestra tendencia a confiar en nosotros mismos. Para decirlo de forma simple, ¡la razón por la que Dios eligió que la fe fuera el instrumento de nuestra salvación y no otra virtud, es que la fe no es una virtud en absoluto!
Meditemos un momento en la naturaleza de la fe. La definición que el diccionario ofrece de la palabra es «completa confianza o seguridad en alguien o algo»,3 pero una manera más simple de definir el concepto usando una sola palabra podría ser «dependencia». Tener fe es, esencialmente, depender de algo que creemos confiable. Ahora, si eso es cierto, luego, por definición, la fe no puede incluir en sí misma ninguna cualidad virtuosa. No puede existir por sí sola; de hecho, solo llega a existir cuando se apoya o descansa en otra cosa. Si la consideramos por sí sola, es fundamentalmente vacía.
Quizás podremos entender mejor este concepto si usamos una metáfora. La fe es como una mano: toma otras cosas si confía en ellas y depende de ellas, ya sean personas, cuentas bancarias, supersticiones o incluso Cristo. Cuando tenemos fe en algo, estamos extendiendo la mano y tomándolo con confianza. Sin embargo, lo que se infiere de esta ilustración es que la fe, al igual que la mano, está vacía hasta que toma otra cosa. La realidad es que no hay nada inherentemente bueno o malo, virtuoso o reprochable en la sola acción de que la mano tome algo; que dicha acción sea buena o mala depende totalmente del objeto que se tome. ¡Si te estás cayendo, es bueno tomar un pasamanos, pero no es bueno tomar una estufa encendida! Bien, de la misma manera, tampoco hay nada bueno ni malo en el solo hecho de confiar; depende por completo en el objeto de nuestra confianza. Entonces, esta es la realidad fundamental: la fe no es buena ni mala hasta que toma otra cosa.
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