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TEODICEA

Ensayos sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal

GOTTFRIED WILHELM LEIBNIZ

TEODICEA

Ensayos sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal

Introducción y revisión de la traducción de Jacobo Muñoz

BIBLIOTECA NUEVA

Teodicea: Ensayos sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal Gottfried W. Leibniz

Edición de Jacobo Muñoz

Ttraducción y notas de Patricio de Azcárate

Segunda reimpresión, primera en esta colección – enero de 2022

Diseño de cubierta: Ezequiel Cafaro

© Editorial Biblioteca Nueva, S. L., Madrid, 2014, 2022

© Malpaso Holdings, S. L., 2022

C/ Diputació, 327, principal 1.ª

08009 Barcelona

www.malpasoycia.com

ISBN: 978-84-18546-40-2

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Índice

INTRODUCCIÓN

BIBLIOGRAFÍA

CRONOLOGÍA

TEODICEA

PREFACIO

DISCURSO

Sobre la conformidad de la fe con la razón

ENSAYOS

Sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal

PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

TERCERA PARTE

INTRODUCCIÓN

Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) es autor de una vasta obra filosófica, lógica y matemática, dominada por varias ideas centrales —armonía universal, continuidad, substancia, mónada, relación, etc.—, en la que lejos de ser rechazada sin más, la tradición es revisada y renovada a la luz de los más audaces desarrollos de la filosofía y de la ciencia modernas, que su poderosa mente lógica hizo pronto suyos. Su radio de acción no se redujo, con todo, a la filosofía y la teología. Desarrolló también una gran labor como jurista y diplomático, que culminó en su propuesta de una alianza entre estados cristianos, algo así como una Europa Unida (frente al mundo no cristiano). En este orden de cosas trabajó también intensamente, aunque con igual escaso éxito, en la reconciliación de católicos y protestantes, primero, y de las ramas calvinista y luterana del protestantismo después. Su proximidad a la Casa de Brunswick Hannover le llevó, por otra parte, a oficiar de historiador de la misma. En 1682 fundó en Leipzig el Acta eruditorum y en 1700 paso a ostentar la presidencia de la Sociedad de las Ciencias de Berlín, germen de la Academia Prusiana.

Sus Ensayos sobre Teodicea deben ser asumidos como una de las obras filosóficas y teológicas más representativas e influyentes de la Europa del Barroco y de la primera Ilustración. O, si se prefiere, del proceso de construcción de lo que hoy se entiende como la Europa «moderna». Un proceso cuyas condiciones de posibilidad más conocidas serían el desarrollo del capitalismo industrial, la Reforma, las revoluciones científicas y tecnológicas, los grandes descubrimientos geográficos y, en fin, el lento pero imparable avance de la secularización. La lista quedaría, de todos modos, más completa de añadir a ella la rehabilitación plena de la Creación y la consiguiente aceptación gozosa del mundo en cuanto escenario real de nuestros actos y nuestras vidas en el que el mal quedaba más bien en un segundo plano.

Y, sin embargo, el mal, ese insondable y perturbador «misterio», no dejó de ser planteado una y otra vez, desde su vieja funcionalización como momento necesario del bien y de su plenitud final a la dolorosa exigencia de justificar por su existencia al Creador y a su Creación. ¿Es posible, se preguntarían muchos en una Europa que se preparaba para vivir el gran experimento de la Ilustración, justificar a Dios, un Dios sumamente bueno y sumamente sabio, por la presencia del mal en un mundo por Él mismo creado? ¿Es necesario? En cualquier caso, así lo creyó, asumiendo parte del legado estoico, Leibniz, a cuyo «optimismo» dedicaría Voltaire uno de sus panfletos más famosos.

Tiene, sin duda, una lógica poderosa que el Cristianismo llevara el justificacionismo al límite, como corresponde, por lo demás, a la condición-límite del problema mismo del mal. Pero el justificacionismo, que oscilará entre la desustantivación del mal y su consideración como presupuesto del bien global y la tesis según la cual Dios podría haber creado, hablando en términos absolutos, un mundo diferente, pero moralmente hablando, solo podía crear el mejor mundo posible, es, con todo, más antiguo que el Cristianismo. En efecto, y como mero ejemplo: «Dios quiso que todas las cosas fueran buenas: excluyó, pues, en la medida en que ello estaba en su poder, toda imperfección, y así toda esa masa visible, la tomó, desprovista de todo reposo, cambiante sin medida y sin orden, y la llevó del desorden al orden, porque estimó que el orden vale infinitamente más que el desorden» (Platón, Timeo, 30 A). Que nosotros no alcancemos a ver la armonía de ese todo, es cosa bien distinta. A fin de cuentas, somos una partícula que sirve a los fines del todo, sin percibir, por lo común sus conexiones generales. La divinidad tiene, en cambio, a la vista todo lo creado, de modo que puede dar cuenta de la funcionalidad cara a la concordia global de lo que a la mera parte ha de parecer negativo. Platón anticiparía, pues, la tesis moderna de una divinidad transcendente que se comporta como un optimizador global en la economía del Universo.

* * *

Es bien sabido que cuando en 1793 apareció la obra de Kant La religión dentro de los límites de la mera razón, cuya primera parte estaba dedicada al «mal radical» en la naturaleza humana, Goethe se escandalizó con toda la energía de quien era y se declaraba partidario de la tesis de que el hombre es bueno por naturaleza, razón por la que las raíces de su (posible) corrupción debían buscarse en otras instancias —como igualmente sostuvo, por ejemplo, Rousseau—. Como escribió a Heder, Kant había, a sus ojos, «manchado ignominiosamente su túnica filosófica» con el vergonzoso estigma del «mal radical». No otra fue, por lo demás, la reacción de Schiller, a quien la idea kantiana de una tendencia connatural al hombre al mal le pareció sencillamente «indignante». Otros contemporáneos suyos, más apegados a la tradición paulino-luterana, se dejaron, sin embargo, seducir por esa idea, dada la relación de la misma con lo que su fe les enseñaba sobre el pecado original, la gracia y la regeneración, tópicos que —contrariamente— repugnaban a los autores «clásicos» alemanes de observancia humanista.

Este pequeño incidente puede, con todo, servir para ilustrar la complejidad de un tema nunca resuelto en su problematicidad intrínseca y una y otra vez planteando al hilo de los desplazamientos semánticos que en nuestra cultura ha vivido el concepto que nos ocupa. Siempre, desde luego, y con muy contadas excepciones, en la dirección de su relativización: de la relativización del mal. Y así, en el mundo antiguo, y al hilo de la distinción clásica entre lo temporal-inesencial y lo temporal-esencial, el mal fue sometido, como ya hemos sugerido, a una depreciación ontológica. Lo sujeto al tiempo, debidamente separado de lo intemporal, pasó a ser definido como deficiencia, defecto o carencia del ser, lo que en el neoplatonismo se consumó en la definición del mal como privatio boni (sin que la consideración como mal inevitable en nuestras vidas del sufrimiento, de la culpa y de la muerte en el marco de la tragedia introdujera, por lo demás, cambios decisivos en ello). Cualificado en clave soteriológica como pecado tras la difusión del Cristianismo, el mal pasó a ser relativizado no ya en este mundo, sino con el mundo, lo que significó su negación escatológica. Una negación que alentó la tentación gnóstica dualista de achacar el mal al demiurgo creador del mundo presente, al que opuso un dios transcendente llamado a superar, con el mal, el mundo presente, con cuya fabricación con una materia preexistente nada había tenido que ver.

De hecho la «superación de la gnosis» fue una de las tareas centrales del pensamiento filosófico-teológico medieval, cuyo cumplimiento genuino solo se consiguió cuando el mal pasó a ser adscrito, por San Agustín, no al dios creador y a su creación, sino a la libertad humana. Cualificado en términos de historia de la salvación, todo mal posible, incluido el cósmico, fue, en consecuencia, asumido bien como pecado de un ser dotado de libre albedrío, bien como castigo por ese pecado. Con todo, a finales de la Edad Media ganó terreno, al hilo de la creciente e innegable existencia de males difícilmente justificables en dichos términos soteriológicos, la tesis de que el mal tiene que ser comprendido como momento de la creación aunque, lógicamente, sin desbordarse nunca los límites de la doctrina de la privación, ahora significativamente revitalizada. Si onme ens est bonum, al mal no se puede ser sino carencia, no-existencia, latrocinio óntico. Pero un momento también del ser: el de su déficit… Lo que significó la integración metafísica del mal, que vino a resolver alguno de los graves problemas que obligaron a San Agustín a retrasar siete años la publicación de los libros II y III de su tratado sobre el libre albedrío.

La rehabilitación escolástica antignóstica de la Creación fue el primer paso —entre otros condicionamientos más «básicos»— para la aserción plena, y en cualquier caso, optimista, de los modernos al mundo, al escenario real de nuestros actos y nuestras vidas. Con la particularidad de que este desplazamiento hizo que el mal no pudiera seguir siendo relativizado sin más en clave escatológica. Sin ser en modo alguno mitigado, el problema vivió un notable replanteamiento, como ya vimos, en los términos propios de una época y una metafísica «optimistas». Exactamente aquellos en los que Alexander Pope dio en asumir todo Mal parcial como «Bien universal» con su «cuanto hay, está bien». Nada más representativo del llamado «siglo de la teodicea»… Un siglo que daría de sí, según algunos, toda una bagatelización del mal, consumada, por ejemplo, en la degradación y pérdida de credibilidad del Maligno. O incluso a su reducción a mero recurso argumental en el contexto de la duda metódica. En cualquier caso, este es el marco en el que Leibniz decidió abordar con ánimo resolutorio el viejo problema, a conciencia de que no era plausible ya el recurso a relativizar el mal relativizando a la vez el mundo. De ahí el camino por él escogido para «justificar» a Dios por la existencia del mal en sus Ensayos de Teodicea, publicados en francés en Ámsterdam en 1710, en polémica con Bayle: relativizar el mal —metafísico, físico y moral— en el mundo, por la vía de asumir este mundo no ya como un mundo simplemente «bueno», sino como «el mejor de los posibles». Concibiendo, a la vez, dicho mal como condición de posibilidad y realidad de ese optimun. Lo que equivalía, ciertamente, a un nuevo enfoque de la cuestión: la funcionalización teológica del mal. El mal quedaba asumido como un factor molesto, pero en definitiva útil y positivo en el proceso del mundo, creado por un Dios sujeto a determinadas «constricciones lógicas».

El famoso terremoto de Lisboa del 1 de noviembre de 1755, que costó 225.000 vidas humanas, conturbó a la Europa culta de la época, despertando, por ejemplo, en Goethe amargas dudas sobre la justicia e incluso la existencia misma de Dios, de las que dejó vívido testimonio en Poesía y Verdad. O incitó a Voltaire a revisar su antiguo optimismo, proyectando los efectos de la catástrofe sísmica al entero sistema leibniziano, lo que no dejó de procurarle críticas por parte de un Rousseau al que tal mudanza le pareció excesiva. Y fue precisamente Rousseau quien más coadyuvó al subsiguiente cambio del viejo sujeto de imputación de la teodicea, pronto sustituido por un nuevo acusado: el hombre en sociedad, el hombre gregario, degenerado en la historia. Solo que Rousseau lo hizo a contrapelo de lo que terminaría por imponerse con el surgimiento de las nuevas filosofías (especulativas) de la historia: la sustitución de la providencia por la fe en el progreso histórico y el consiguiente desplazamiento del problema del mal a la sociedad y a la historia. Sin que por ello el esquema último variara, desde luego. El mal pasó, en cualquier caso, a ser asumido como motor del progreso hacia mejor en la historia, una historia que, como señalaría cierto Marx, «avanza del peor lado». La teodicea dejó, en fin, paso a las nuevas sociodiceas. Y en esas estamos, a pesar de ciertas ilusiones «posmodernas».

* * *

El imponente edificio de ese tratado sobre «la libertad del hombre y el origen del mal» que es la Teodicea leibniziana se alza, como no podría ser de otro modo, sobre algunos de los supuestos (o «principios») centrales de su autor. Ante todo sobre la idea del universo como un sistema armonioso en el que hay al mismo tiempo unidad y multiplicidad, coordinación y diferenciación de partes: un sistema así elegido, de entre todos los posibles, por Dios de acuerdo con la razón suficiente y según el principio de perfección. O sobre un concepto de Dios como un ser omnipotente y libérrimo, omnisciente y presciente, y a la vez justo y bueno. Y que escoge siempre lo mejor: un genuino optimizador global. Pero un optimizador que por mucho que sea la «causa inteligente» de un mundo armonioso, no obra por una necesidad absoluta, aunque tampoco escoja por capricho o llevando de una absoluta indiferencia: «siendo soberamente sabio, no puede dejar de observar ciertas leyes y de obrar según las reglas, tanto físicas como morales, que en su santidad ha escogido» (T. & 28). Se trata, pues, de un Dios que optimiza con constricciones, aunque su decisión de obrar con el propósito de lo mejor sea libre y no excluya la contingencia. Y que, como ya vimos, de entre los innumerables mundos posibles que pugnan entre sí en el Intelecto Divino por su derecho a la existencia, el mejor, el único que cumple tal condición: «la mayor realidad, la mayor perfección y la mayor inteligibilidad». Haciéndolo, además, llevado no de una necesidad metafísica ni «geométrica», sino «moral».

Pero este Dios no es, por mucho que concurra a todas las acciones de las criaturas e incluso las cree «continuamente», autor del pecado, por supuesto. Lo que lleva a Leibniz a sostener y «probar» en su magna obra que el mal culpable presente en el mundo tiene «otro origen» que la voluntad de Dios. Sin quererlo, Dios lo permite, simplemente, aunque sin menoscabo de su santidad y bondad supremas. Lo que indefectiblemente conllevará la consideración —harto tradicional, por otra parte— del mal como de «naturaleza primitiva». Sea como fuere, el Dios de Leibniz, no puede oponerse a la verdad metafísica —localizada en el propio Intelecto Divino, que es analiticidad pura— según la cual lo creado no puede igualar en perfección al Creador, lo que obliga a concluir que el mal metafísico derivado de la «imperfección» de un mundo que es, sin embargo, el mejor de los posibles por comparación con la perfección suma del Creador, no ha sido creado por Él. Nada más lógico, pues, que la decisión leibizniana de dedicar buena parte de sus esfuerzos intelectuales a exonerar a Dios, agente libérrimo dentro de un orden lógico —que no es, para él, otra cosa que la propia naturaleza de Dios, su propio entendimiento, que constituye las reglas para su propia bondad y sabiduría que son, pues, y en definitiva, asumibles como motor de una «necesidad feliz», esto es, moral— del tradicional reproche de ser incomprensiblemente el causante del mal. Y ello por mucho que este sea definido a la baja como cierta especie de «privación», como ya sabemos. Y nada más. En cualquier caso, según Leibniz, la Voluntad de Dios optimiza, como también sabemos, en pugna con las constricciones de su propio Intelecto, que hay que tener bien presentes en toda posible reconstrucción de la línea argumental leibniziana: «y allí (en el Entendimiento Divino) se encuentra no solo la forma primitiva del bien, sino también el origen del mal; es preciso colocar la región de las verdades en lugar de la materia, cuando se trata de buscar el origen de las cosas. Esta región es la causa ideal del mal (por decirlo así), lo mismo que del bien; pero, hablando con toda propiedad, lo formal del mal no tiene nada de eficiente, porque consiste en la privación… es decir, en aquello que la causa eficiente no hace. Por eso esta razón los escolásticos acostumbran a llamar deficiente a la causa del mal» (T. & 20).

La apelación leibniziana a un mundo definido como «el mejor de los posibles» presupone que algunos elementos —hechos, conjuntos de cosas y cualidades, etc.— sean «composibles» y otros no, siendo esta incomposibilidad de orden lógico. Dios —que no puede hacer, de acuerdo con la compleja y sutil construcción de Leibniz, lo que es lógicamente imposible— tuvo, pues que dar, con la combinación de elementos lógicamente posibles y composibles que encontrara, en su efectiva realización, un máximo de bien y un mínimo de mal. Una combinación óptima, en suma. Dada su omnipotencia, Dios hubiera podido crear, sin duda, un mundo habitado por autómatas incapaces de pecar. Pero decidió crear un mundo —el mejor de los posibles— habitado por sujetos humanos dotados de libre albedrío. Libres, pero imperfectos, sin que esta imperfección dependiera, sin embargo, de la elección divina. Dependía, por el contrario, de la esencia ideal —ínsita en el Intelecto Divino, del que el propio Dios no es autor— de la criatura humana.

Sin olvidar, por otra parte, que si Dios predetermina así a los hombres a elegir lo que eligen, de tal modo que todas las acciones son predecibles —esto es: pueden ser anticipadas por una mente infinita— tal predeterminación no implica que cuando los hombres escogen algo, lo hagan de manera forzada: se ven, simplemente, obligados en virtud de las causas finales, a elegir «libremente». En efecto: «Siempre hay una razón preferente para llevar a la voluntad a hacer su elección, y para conservar la libertad» —una libertad asumida como «espontaneidad junto con inteligencia— «basta con que esta razón incline sin necesitar» (T. & 45). Lo que indica una previa distinción: la que Leibniz establece entre una necesidad metafísica que no determina y una necesidad moral no absoluta, que rige en una determinación compatible con la libertad. O lo que es igual, que respeta la libertad de un agente cuya voluntad se ve inclinada, aunque no con necesidad insuperable, a elegir por alguna razón prevalente.

Leibniz distingue, por último, entre un mal metafísico o mera imperfección, un mal físico, que identifica con el sufrimiento, y un mal moral, que sitúa en el pecado (T. & 21). Ahora bien, Dios no es el creador de este mal que puede ser considerado desde las tres perspectivas apuntadas por Leibniz. Simplemente lo permite, como ya anticipamos: «aunque el mal físico y el mal moral no sean necesarios, basta con que, por virtud de las verdades eternas, sean posibles. Y como esta región inmensa de las verdades contiene todas las posibilidades, es preciso que haya una infinidad de mundos posibles, que el mal entre en muchos de ellos, y hasta en el mejor se encuentre también, y esto es lo que ha determinado a Dios a permitir el mal» (Ibíd.).

El hombre ha sido a su vez causa muchas veces de mal físico o moral. Pero —y eso es lo decisivo— «de una manera libre y activa, que le hace merecedor de censura y de castigo». Lo que lleva a Leibniz a concluir: «Dios ha creado bienes que se convierten en un mal por culpa de los hombres, lo cual les sucede muchas veces en justo castigo por el abuso que han hecho de sus gracias» (T. & 119).

Con ello el mal, debidamente minimizado, relativizado y funcionalizado, surgido no de un principio positivo propio, sino de una limitación, casi como «por accidente», queda remitido a la decisiva instancia de la libertad humana, de ese libre albedrío que nos caracteriza y que tantas veces hemos usado y usamos mal.

¿El mal como figura enigmática, una vez más, del bien?

* * *

No deja de tener su lógica que el devastador terremoto de Lisboa, posterior en más de cuatro décadas a la publicación de la Teodicea agudizara la dramática tensión entre la omnipotencia y la bondad del Creador dejada en herencia por Leibniz hasta el punto de convertirla en un tema central de debate entre los europeos cultos del llamado «siglo de la teodicea». En cualquier caso, la lista de participantes en él, de Kant a Voltaire y de Rousseau a Hume, por no citar sino algunos nombres decisivos, así lo atestigua. Como era de esperar, el debate pareció favorecer —y no es un dato baladí— la tendencia a salvar la bondad de Dios aun a costa de poner entre piadosos paréntesis su omnipotencia. El recurso a Voltaire parece obligado. Un año antes del terremoto dejó ya, en efecto, constancia clara en su Memius de su toma de posición en este sentido: «Si el único recurso que nos queda para disculparlo es reconocer que su poder no ha podido triunfar sobre el mal físico y moral, yo, la verdad, prefiero adorarlo como limitado antes que como malvado».

Fue, Kant, con todo, quien más explícitamente asumió la doble tarea de criticar el proceso «ilegítimo» de teodicea de Leibniz, sacando a la luz sus «fallos» y «deficiencias» y mostrando a la vez posibles perspectivas de reconciliación y consuelo ante, en y frente a un mundo caracterizado por la presencia en él del mal subjetivo y objetivo que discurrieran por caminos distintos. Relativamente joven todavía, en torno a 1753-1755, Kant redactó, en efecto, un conjunto de reflexiones «sobre optimismo» (Ak., 17, 3703-3705) en las que partía de la siguiente definición de tal fenómeno:

El optimismo es aquella doctrina que (desde el presupuesto de un protoser máximamente bondadoso, sabio y todopoderoso) busca justificar (la presencia de) el mal (Ubel) en el mundo (con el concepto) desde el presupuesto de un protoser (Urwesen) infinitamente perfecto, bueno, y todopoderoso, lo que efectúa probando que a pesar de todas las contradicciones aparentes que han sido escogidas por este ser infinitamente perfecto, no obstante ha tenido que ser (este mundo) el mejor entre todos los posibles y que la presencia del mal (Böse) no ha de ser imputada a la elección del árbitro divino, sino a la inevitable necesidad de las deficiencias esenciales de las cosas finitas (que) habiendo sido incluidas sin culpa suya en el plan de la creación por el recurso de la admisión, son, sin embargo, dirigidas a lo mejor del todo por su sabiduría y bondad, con la consecuencia de que el disgusto que puede provocar la visión de las mismas muta en el conjunto totalmente para bien mediante la compensación que sabe organizar la bondad divina, que, en fin, este mundo es entre todos los que eran posibles mediante el poder divino el mejor y aquel que en alguna de sus piezas pudiera ser mejor no lo fue…

Seguidamente Kant procedía a problematizar el empeño central de la teodicea preguntándose qué clase de disputa «imposible de investigar» era esta entre una voluntad como la divina, que solo podía venir encaminada a lo bueno, y una necesidad metafísica que se negaba a aceptar plenamente —es decir, sin excepciones— este dato decisivo. Y descifraba así la contradictoria clave de dicho empeño:

Si los males fuerzan a Dios a admitirlos a través de no sé qué tipo de fatalidad necesaria, sin despertar en él complacencia alguna ni inclinación a ello, entonces ponen a este ser máximamente santo en una cierta situación de censura (de exposición a la censura o a la crítica), que puede ser, directamente, dulcificada en parte por la justificación de su inocencia, pero que no puede ser anulada. Si todo era bueno globalmente hablando, o es bueno al menos en las partes, cabe, sin duda, esperar que la visión de todas las partes sea fuente de una satisfacción verdadera. ¿Por qué tiene que haber sido arreglada la cosa de un modo tal que en las partes todo sea desagradable y solo en el todo se despierte la complacencia? Si Dios odia los vicios y tormentos, si no los desea, sino que simplemente los tolera, ¿por qué era necesario que estuvieran presentes, incluso en el supuesto de que no haya que excluir que aún tengan que ceder su puesto a males mayores? Esta disculpa sirve, sin duda, para absolver a Dios de la culpa, pero no acabará nunca con la importante duda acerca de por qué la necesidad esencial tiene algo que contraviene y se opone a la voluntad general de Dios y le arranca la admisión sin haber conseguido su aquiescencia.

Y finalmente señalaba los fallos de dicho planteamiento general. El primero radicaba en el hecho de que Leibniz procedía a diseñar el plan de «mundo mejor» —esto es: el mejor de los posibles—

dotándolo por una parte de una especie de independencia, por otra, de una dependencia de la voluntad de Dios (El mundo no es realmente como es porque Dios así lo quiere, sino porque no se deja hacer de otra manera. La independencia de las naturalezas eternas va por delante. La dependencia radica solo en el plan mediante el que Dios intenta ordenarlas de acuerdo con las reglas de los mejor tan buenamente como sus determinaciones esenciales lo permiten).

En cuanto al «segundo gran fallo» de la doctrina del optimismo, este tenía que cifrarse en un segundo dato. Concretamente en el de que

El mal y las disonancias que son percibidos en el mundo solo pueden ser justificados desde el presupuesto de la existencia de Dios. Y que hay, por tanto, que creer que existe un ser infinitamente bueno e infinitamente perfecto antes de poder cerciorarse de que el mundo, que es asumido como obra suya, es hermoso y armonioso (regelmässig), en lugar de (asumir que) la regularidad (el acorde) general (y) las disposiciones ordenadas del mundo, si pudieran ser contempladas en y ante sí mismas, procurarían la más bella prueba de la existencia de Dios y de la dependencia general de todas las cosas respecto del mismo. La más segura y simple prueba, por tanto, de la realidad de un (ser) omnipotente, infinitamente bueno e infinitamente sabio, que se reconoce a partir de la contemplación de las extraordinarias disposiciones que el mundo muestra por doquier, es debilitada y vaciada por el Sr. von Leibniz. Pienso que un epicúreo contestaría lo siguiente a quien construyera a partir de esta prueba: «Si la armonía que percibís en el mundo os parece probar (la existencia de) una sabiduría ordenadora como autora, tendréis que reconocer que (aquella parte) la parte mayor del mundo no depende de esta, porque contiene en sí por doquier más de la mitad de disonancias y desviaciones repelentes… Si la causa máxima sabia no ha tenido a bien incluir todas las cosas en un plan de armoniosa belleza, entonces no todas las cosas han estado sometidas con su propiedades a la contemplación del mismo, y al destino eterno que limita el poder de la causa y le arranca la aceptación de grandes males, le roba al hacerlo la omnipotencia y le somete a la misma necesidad.

Con posterioridad a estas reflexiones Kant se ocupó ocasionalmente del tema, siempre desde la perspectiva de que el argumento de la «permisión» no solo no justifica a Dios, sino que le compromete y compromete su mundo. Finalmente, en su absoluta madurez «crítica» (1791), sistematizó sus puntos de vista sobre el problema general de la teodicea en un trabajo de ambición superior a la de la estricta confrontación con Leibniz: Sobre el fracaso de todo ensayo filosófico de la teodicea. De hecho, este opúsculo apuntaba a un doble blanco. Por un lado, al desarrollo de una punzante crítica de esa razón que osa auto-responsabilizarse de la causa del Creador, esto es, que en un pleito o litigio ante el «tribunal de la razón» carga con la tarea, como «presunto abogado de Dios», de refutar las objeciones de esa misma razón a la «sabiduría suprema» del creador del mundo por las disteleologías y miserias de este. Por otro, Kant procedía a dilucidar y exponer lo que él mismo entendía como una «auténtica teodicea».

Lejos de rendir lo que prometía, toda teodicea conocida era, para Kant más negativa, en sus resultados, que las propias lamentaciones por el mal presente en el mundo que llevaron a la razón a convertirse en abogado defensor de la causa de Dios. Por otra parte, Kant ponía en cuestión la posibilidad misma de futuros intentos de este tipo, que nunca fueron ni podrían ser otra cosa que «sofistería» de nuestra razón, hipocresía y lisonja bajo la máscara de una supuesta justificación de la Deidad. Por otra parte, Kant llamaba la atención sobre los dos argumentos —de consecuencias fatales en lo que afecta a los conceptos de Dios, de la Creación y de la propia acción humana— que retornaban siempre en los procesos de teodicea. El primero, que el mal objetivo y el mal subjetivo (das Ubel und das Böse), no son algo querido por Dios, sino algo simplemente permitido por Él, que no pudo impedirlo. El segundo defiende la justificabilidad del mal —en este caso «metafísico»— por y en orden al carácter creado y finito del mundo. Ambos llevaban, por último, a Kant a concluir que si los males y disfuncionalidades de este mundo son explicados por recurso a la permisividad divina, entonces Dios no puede ser ya convincentemente pensado como el Dios santo, bueno y justo que en su inescrutable libertad y omnipotencia ha creado el mundo y al hombre como un ser libre, capaz de responsabilidad e imputabilidad (moral).

En los procesos de teodicea Dios viene, en suma, a ser pensado, a ojos de Kant, de un modo tal que tiene, ante todo, que permitir el mal porque este se desprende del carácter creado de las cosas y de «los límites de la humanidad en cuanto naturaleza final». Seguidamente, dicho mal es —paradójicamente— cancelado en el proceso global del cosmos y en el marco superior de la harmonía mundi, de ecos platónicos y estoicos, como un factor evolutivo positivo, de obvias consecuencias destructivas. Finalmente, el hombre deja de ser responsable de lo disteológico o «no adecuado a fin alguno» de y en este mundo. Queda despojado de su libertad, de su moralidad y de su subjetividad, dado que es usado por Dios —o por la astucia de una razón superior— como medio para un fin.

En orden a todo ello, Kant se considera autorizado para rechazar todos los procesos de teodicea conocidos: «Esta apología, en la cual la justificación es peor que la queja, no precisa ninguna refutación; se puede dejar con seguridad a cargo de la reprobación de cualquier hombre que tenga el mínimo sentimiento de moralidad».

Una apología —fruto de «nuestra arrogante razón», que no reconoce que la naturaleza es muchas veces para nosotros «un libro cerrado» y que prefiere ignorar sus propios límites— en cuya génesis Kant no descifra, además, otra cosa que «motivos no piadosos»: insinceridad, hipocresía y adulación. Luterano consecuente al fin, Kant no durará, contrariamente, por su parte, en percibir en el Libro de Job una «auténtica teodicea». Y así, apelará a un Job que se aferra al derecho a lamentarse de su destino y de lo inhóspito del mundo sin caer en el falso halago ni en el filisteísmo. Un Job que rechaza el recurso al consuelo (y a las posibles razones del mismo) y que en absoluto pretende para sí el derecho de justificar a Dios por su experiencia del sufrimiento. Un Job «sincero», consciente de que no hay posibilidad ni necesidad de «justificar» a Dios, esa desmesura humana, demasiado humana…

En resumen:

Dios distingue a Job poniéndole ante los ojos la sabiduría de su creación, especialmente por su cara impenetrable. Dios le permite que eche una mirada al lado bello de la creación, donde los fines que el hombre puede comprender revelan en una luz inequívoca la sabiduría y la providencia bondadosa del Creador del mundo. Pero frente a esto, también deja que eche una ojeada al lado espantoso; le hace ver los resultados de su poder, y, entre ellos, también cosas terriblemente dañinas. Cada una de estas cosas parece que, en efecto, está ordenada conforme a un fin en pro de sí misma y de su especie: pero, con respecto a otras, e incluso a los hombres, parece que es destructiva, inadecuada a todo fin e incompatible con un designio universal regido por la bondad y la sabiduría. Y, sin embargo, en ello Dios le hace patente a Job la ordenación y la conservación del todo que revela al Creador sabio del mundo, aunque, al mismo tiempo, sus caminos —que son inescrutables— deban permanecer ocultos, y no ya solo en el orden físico de las cosas, sino con mayor razón todavía en el enlace de este con el orden moral (que es mucho más impenetrable para nuestra razón).

* * *

Y, si embargo, el paradigma justificacionista sobrevivió a tan aceradas críticas. Solo que, como ya apuntamos, al hilo del imparable proceso de secularización Dios fue lenta pero inexorablemente sustituido en los nuevos procesos de teodicea por otras instancias. La historia, por ejemplo. O la sociedad, con la consiguiente irrupción de las grandes sociodiceas de los siglos XIX y XX. Pero ya va siendo hora, sin duda, de ajustar cuentas con tanta apología indirecta. Si algo parece hoy, en efecto, obligado —moralmente obligado— es, un vez rendido el inexcusable homenaje al genio de Leibniz, hombre de principios y no solo «el filósofo de los principios», es asumir la evidencia de que lo que en este final de época se impone no es ya buscar «justificaciones» del mal en ninguna de las variantes que estas fueron asumiendo a lo largo de la historia. Ni menos «revitalizado» en alguna otra clave, ni siquiera bajo la forma de esa Entbösung des Bösen a que han procedido algunos partidarios de reducir el mal a causas de las que los individuos no son culpables (la finitud, el devenir, lo irracional o las exigencias de la negatividad emancipada), lo que equivale, en el fondo, a una variante —especialmente sofisticada— de la funcionalización del mal a que en definitiva proceden las teorías que hacen de él un instrumento de optimización. Urge, por el contrario, definir de modo más preciso y en toda su materialidad efectiva, el gran olvidado en las sucesivas y cada vez más sofisticadas tipologías clásicas del mal: el mal social. Y explicarlo causalmente, todo lo tentativa y provisionalmente que la complejidad de la cuestión impone, poniendo en juego recursos que habrá necesariamente que buscar tanto en la ética y la filosofía política como en las ciencias humanas y sociales, de la economía y la psicología a las neuroéticas. En el bien entendido, claro es, de que la explicación causal del mal social, siempre sometida al principio de concreción, deberá estar al servicio de la lucha —milenaria, por cierto— contra él.

JACOBO MUÑOZ

Bibliografía

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CRONOLOGÍA


VIDA Y OBRA DE LEIBNIZ ACONTECIMIENTOS FILOSÓFICOS Y CIENTÍFICOS ACONTECIMIENTOS HISTÓRICOS
1646 — Nace en Leipzig, 1 de julio.
1647 — Mueren B. Cavalieri y E. Torricelli.
1648 — Nace su hermana Ana Catalina. 1648 — Independencia de Holanda. Tratado de La Haya. — La Paz de Westfalia pone fin a la Guerra de los Treinta Años.
1649 — R. Descartes, Les passions de l, ame. — P. Gassendi, Syntagma philosophiae Epicuri. 1649 — Surgimiento de la Fronda en Francia. — Inglaterra, ejecución de Carlos I. Cromwell proclama la República.
1650 — Muere Descartes. — Bomba de aire de Von Guericke.
1651 — Th. Hobbes, Leviathan.
1652 — Muere su padre, profesor de filosofía moral en la Universidad de Leipzig. 1652 — Guerra entre Inglaterra y Holanda (1652-1654). — Unión de Inglaterra y Escocia.
1653 — Ingresa en la Escuela Nicolás de Leipzig (estudios elementales hasta 1661). 1653 — Francia. Fin de la Fronda. — Inglaterra. Cromwell es nombrado Lord-Protector.
1654 — Tiene acceso a la biblioteca de su padre. 1654 — B. Pascal, Mémorial. — Experimentando de Guericke. — M. Martini, De bello tartarico historia.
1655 — Th Hobbes, De corpore (Sectio 1 de los Elementa philosophae). — J. Vallis, Arithmetica infinitorum. 1655 — Se inicia el pontificado de Alejandro VII (1655-1667).
1657 — B. Pascal, Lettres provinciales.
1658 — Th Hobbes, De homine. — M. Martini, Sinicae Historiae Decas prima. 1658 — España pierde Dunkerque. — Muere Cromwell.
1659 — Termina la guerra de Francia con España (Paz de los Pirineos).
1660 — Luis XIV ordena quemar Las Provinciales de Pascal. — Fundación de Royal Society de Londres. — M. Malpighi, descubre los vasos capilares a través del microscopio. 1660 — Restauración de la monarquía en Inglaterra. Es proclamado rey Carlos II (1660-1685).
1661 — Ingresa en la Universidad de Leipzig. Estudia con el neoaristotélico Jakob Thomasius.
1662 — Muere B. Pascal. — A. Arnauld y P. Nicole, La logique ou l’art de penser. — M. Marci, Philosophia vetus restituta.
1663 — Obtiene el grado de Bachiller en Filosofía con la tesis, Disputatio metaphysica de principio individui. — Pasa el semestre de verano en la Universidad de Jena y estudia matemáticas con Erhard Weigel (1625-1699) — Se hace miembro de la Societas quae-rentium. — Inicia su especialización en Derecho. 1663 — A. Kircher, Polygraphia nova et Universalis ex combinatoria arte detecta.
1664 — Muere su madre Catalina Schmuck — Obtiene el grado de Maestro en Filosofía con la disertación Specimen quaestionum philosophicarum ex jure collectarum. 1664 — A. Geulincx, Ethica.
1665 — Obtiene el grado de Bachiller en Derecho con la tesis, Disputatio juridica de conditionibus. 1665 — Fundación del Journal des Savans. 1665 — Segunda Guerra Inglaterra-Holanda (1665-1667). — Muere Felipe IV. Carlos II el Hechizado (1665-1700). Regencia de Mariana de Austria.
1666 — Con la publicación de Disputatio aritmetica de complexionibus obtiene su Habilitationsschrift para la Facultad de Filosofía. — Se matricula en la Facultad de Derecho en la Universidad de Altdorf (Núremberg) y presenta su disertación de tesis De casibus perplexis in jure, con la que obtiene el grado de doctor en Derecho. — Dissertatio de arte combinatoria. — Se afilia a los Rosa-Cruz de Núremberg. 1666 — R. Boyle, The origin of forms and qualities according to the corpuscular philosophy. — G. De Cordemoy, Le discrement de l’ame et du corps. — Luis XIV y Colbert fundan la Real Academia de Ciencias de París.
1667 — Emprende la carrera político-diplomática al servicio del Elector de Maguncia. — Se publica Nova methodus discendae docendaeque jurisprudentiae (como anónima). 1667 — Luis XIV invade los Países Bajos. — Es elegido Papa Clemente IX (1667-1669).
1668 — Entra al servicio del barón Johann Christian von Boineburg, el cual le introduce en la corte del príncipe elector de Maguncia. — Para Boineburg elabora el documento Specimen demonstrationum politicarum pro rege Polonorum eligendo. 1668 — J. Glanvill, Plus ultra or the Progress and Advancement of Knowledge. — J. Wilkins, An Essay towards a Real Character and Philosophical Language. 1668 — Tratado de Aquisgrán, por el cual Francia se queda con parte del Condado de Flandes. — España reconoce la independencia de Portugal.
1669 — Gottlieb Spitzel publica, sin conocer la identidad del autor (Leibniz), Confessio naturae contra atheistas, en la Epistola ad Reiserum de eradicando atheismo. — Acompaña a Boineburg en su visita a Bad Schwalbach y allí conoce a Erich Mauritius. — Epistola ad Jacobum Thomasium. — Dissertatio de stilo philosophico Nizolii. 1669 — B. Pascal, Pensées sur la religión. — J. Newton, Methodus fluxionum et seriarum infinitarum. — J. Swammerdam, Historia insectorum generalis.
1670 — Prepara una edición del libro de Marius Nizolius Anti-Barbarus seu de veris principiis et vera ratione philosophandi contra pseudophilosophos 1670 — B. Spinoza, Tractatus theologico-politicus. — J. Caramuel, Mathesis bíceps vetus et nova. 1670 — Es elegido Papa Clemente X (1670-1676).
1671 — Se publica Hyphotesis physica nova como anónimo bajo las iniciales G. G. L. L. — Theoria Motus concreti y Theoria Motus abstracti. — La Royal Society publica una segunda edición de la Hypothesis physica nova. — Envía al duque Juan Federico dos escritos sobre temas religiosos, De usu et necesitate demostrationum immortalitatis animae y De resurrectione corporum. — Viaja a Estrasburgo y fruto del viaje escribe Dialogus de religiones rustici. — Informa al matemático Pierre de Carcavy de su invención de la máquina de calcular.
1672 — Permanencia en París (1672-1676). — Encuentros con A. Arnauld, Ch. Huygens, J. Ozanan y N. Malebranche. — Muere su protector el elector de Maguncia. 1672 — E. Pufendorf, De iure naturae et Pentium. — R. Cumberland, De legibus naturae disquisitio philosophica. 1672 Inglaterra declara la guerra a Holanda y Francia (1672-1674). Guerra de España contra Francia (1672-1678).
1673 — Primer viaje a Londres en misión de paz. — Visita a R. Boyle y a H. Oldenbourg. — Es elegido por unanimidad miembro de la Royal Society. 1673 — Ch. Huygens, Holorogium oscillatorum. — G. D. Cassini, Découverte de deux nouvelles planetes autour de Saturne. — E. Mariotte, Traité de la percusión ou choc des corps.
1674 — Bibliotecario en Hannover. Desde entonces intensísimo comercio epistolar. — Marii Nizolii anti-barbarus philosophicus. 1674 — N. Malebranche, Recherche de la vérité.
1675 — Inventa el cálculo diferencial. 1675 — J. Wallis, A discourse of gravity and gravitation. — I. Newton, An hipótesis Expolaning the Properties of Light.
1676 — Acepta el puesto de consejero del duque Juan Federico de Hannover. — Segundo viaje a Londres. — Paso por La Haya donde discute con Spinoza las ideas básicas de su Ética. — Fija su residencia en el Palacio del duque de Hannover. 1676 — Es elegido Papa Inocencio XI (1676-1689).
1677 — Recibe el nombramiento de consejero privado y encargado de la biblioteca del duque de Hannover. — Carta a Newton en la que expone los principios de su cálculo infinitesimal. 1677 — Muere Spinoza. Se publica en un volumen de Opera póstuma, su Ethica, un Tractatus politicus y un Tractatus de intellectus emendatione. — Leeuwenhoek descubre los espermatozoides a través del microscopio.
1678 — Descubre el principio de la conservación de la fuerza viva. — Analysis linguarium. — Quid sit idea. 1678 — R. Cudworth, The true intellectual system of the Universe. 1678 — Paz de Nimega. España pierde el Franco Condado y Flandes meridional.
1679 — Elementa calculi. — Elementa characteristicae universalis. — Muere el duque Juan Federico. Le sucede su hermano Ernesto Augusto. 1679 — Muere Hobbes. — P. D. Huet, Demonstratio Evangelica. — M. Malpighi, Anatomes plantarum. 1679 Inglaterra, decreto de Habeas corpus.
1680 — Entabla profundos lazos de amistad con la esposa del duque Ernesto Augusto, la duquesa Sofía.
1681 — Funda en Leipzig, junto con Otto Mencke, la revista Acta Eruditorum, y colabora asiduamente en ella. — Unicum opticae, catoptricae et dioptricae principium. 1681 — J. B. Bossuet, Discours su l’Histoire universelle.
1682 — Newton descubre la ley de gravitación universal. 1682 — Pedro el Grande se proclama nuevo Zar de Rusia. — La Declaratio cleri gallicani afirma la independencia del poder real con respecto a la Iglesia.
1684 — Publica su descubrimiento del cálculo infinitesimal en Nova methodus pro miximis et minimis. — Meditationes de cognitione, veritate et ideis. 1684 — N. Malebranche, Traité de morale.
1685 — Nace Berkeley. — J. Wallis, A treatise of algebra. 1685 — Luis XIV revoca el Edicto a Nantes, emigran cerca de medio millón de hugonotes. — Jacobo II, rey de Inglaterra (1684-1689).
1686 — Se publica Brevis demostratio erroris memorabilis Cartesii. — Discours de méthaphysique. — Correspondencia con Arnauld. 1686 — B. De Fontenelle, Entretien sur lapluralité desb mondes. — R. Boyle, Libera in ceceptam naturae notionem disquisitio.
1687 — En carta a Arnauld formula su Ley de la continuidad. — Viaja por el sur de Alemania, Austria e Italia (1687-1690) en busca de documentos para elaborar la historia de la Casa de Brunswick. — Inicia la correspondencia con los hermanos Bernoulli. 1687 — I. Newton, Philosophae naturalis principia mathematica. 1687 — Liga de Augsburgo, integrada por Austria, Suecia, Espàña, Holanda y Saboya contra Francia. — Dieta Imperial de Presburgo, fundación de la doble monarquía astrohúngara.
1688 — N. Malebranche, Entretetiens méta-physiques. 1688 — Intervención española en la guerra de la Liga de Augsburgo. — Inglaterra, «revolución gloriosa».
1689 — J. Locke, Letter concentring Toleration. — P. D. Huet, Censura philosophiae Cartesianae. 1689 — Guillermo III, rey de Inglaterra (1689-1702). — Es elegido Papa Alejandro VIII (1689-1691).
1690 — J. Locke, An Essay concentring Human Understanding. Dos Tratados sobre el gobierno civil. — P. Varignon, Nouvelles conjetures sur la pesanteur. — M. Rolle, Traité d algébre. — Ch. Huygens, Traité de la lumière. — D. Papin, máquina de vapor.
1691 — Presenta al duque Ernesto Augusto su proyecto de una historia de la Casa de Brunswick. — Con el consentimiento de los duques de Hannover y a petición de los duques Rodolfo Augusto y Antonio Ulrico, Leibniz pasa a ser director de la Biblioteca de Wolfenbüttel. 1691 — Inicia su papado Inocencio XII (1691-1700).
1692 — Animadversiones in paterm generalem principiorum cartesianorum. — Envía a Pellison para que presente a la Academia de Ciencias de París el manuscrito Essay de dynamique. 1692 — R. Bentley, Matter and Motion cannot Think. — J. Ch. Sturm, Idolum naturae. 1692 — Autorización del cristianismo en China.
1693 — Codex iuris Pentium diplomaticus. 1693 — J. Locke, Thougth on Education.
1694 — De primae Philosophie emendatione et de notione substantiae. 1694 — Primera edición del Diccionario de la Academia Francesa. — N. Hartsoeker, Essai de dioptrique. — Muere Arnauld. — Nace Voltaire.
1695 — Specimen dynamicum. — Systeme Nouveau pour expliquer la nature des substances. 1695 — P Bayle, Dictionnaire Historique et Critique. — J. Locke, Reasonabless of Christianity.
1696 — F. A. De l’Hopital, Analyse des infnitiment petits. — J. Toland, Christianity not Mysterious.
1697 — De rerum originatione radicali. — Novissima Sinica. 1697 — J. Ch. Sturm, Physica electiva sive hypothetica. — G. Ch. Schelhammer, Natura sibi & medicis vindicata. 1697 — El Tratado de Ryswick pone fin al conflicto entre Francia y la Liga de Augsburgo. — El príncipe Eugenio de Saboya obtiene el mando del ejército imperial.
1698 — De ipsa natura sive de vi insita actionibusque creaturarum. — Inicio de su correspondencia con De Volder. 1698 — Ch. Huygens, De terris coelestibus. 1698 — Muere el duque Ernesto Augusto y le sucede su hijo Jorge Luis.
1699 — A. Shaftesbury, An Inquiry Concerning Viture or Marit. 1699 — Paz de Carlowitz, Austria se afirma como gran potencia.
1700 — Es nombrado miembro de la Academia de Ciencias de París. — Con el apoyo de Sofía Carlota, electora de Brandeburgo (hija de Sofía y Ernesto Augusto de Hannover), funda la Sociedad de Ciencias de Berlín, y se convierte en su primer presidente. 1700 — Muere el rey Carlos II de España. — Es elegido Papa Clemente XI (1700-1721).
1701 — Envía a la Academia de Ciencias de París su Essay d’une nouvelle science des nombres. 1701 — N. Grew, Cosmologia sacra. 1701 — Guerra de sucesión española. — El elector de Brandeburgo se corona rey Federico I de Prusia (1701-1713).
1702 — Réplica de las reflexiones de Bayle sur le Systeme del’Harmonie preétablie. — Considerations sur la doctrine d’un sprit universel. 1702 — Ana Estuardo, reina de Inglaterra y, desde 1707, del Reino Unido de la Gran Bretaña, Unión de Inglaterra y Escocia.
1704 — Inicia la composición de Nouveaux Essais sur l’entendement humain. 1704 — Mueren Locke y Bousset. — I. Newton, Opticks. 1704 — Los ingleses ocupan Gibraltar.
1705 — Considerations sur le principie de vie y sur les natures plastiques. 1705 — S. Clarke, A Demonstration of the Being and Attributes of God. — B. Mandeville, The Fable of the Bees. 1705 — Muere Sofía Carlota, la gran protectora y amiga de Leibniz. — Austria, muere Leopoldo I. Le sucede su hijo José I (1705-1711).
1706 — Intensa correspondencia con Des Bosses sobre las mónadas, la materia y la sustancia corpórea.
1707 — I. Newton, Aritmethica universalis.
1708 — J. B. Vico, De nostri temporis studiorum ratione. — A. Shaftesbury, Letter Concerning Enthusiasm.
1709 — G. Berkeley, An Essay Howard a New Theory of Vision. — A. Shaftesbury, The Moralists. — Ch. Thomasius, Fundamenta iuris.
1710 — Essais de Theodicée sur la bonté de Dieu, la liberté de l’homme, et l’origine du mal. — Se publica el primer volumen de las Miscellanea Berolinensia ad incrementum scientiarium. 1710 — G. Berkeley, A Treatise Concerning the Principles Of Human Knowledge. — J. B. Vico, De antiquissima Italorum sapientia.
1711 — Conoce al zar Pedro I el Grande con ocasión del matrimonio de la princesa Carlota Cristina Sofía de Brunswick con el hijo del zar. — Proyectos de una Academia de Ciencias en Rusia. 1711 — Nace David Hume. — A. Shaftesbury, Characteristicks of Men, manners, Opinions, Times. — Th. Newcomen, máquina de vapor. 1711 — Austria, muere José I. Le sucede su hermano Carlos VI (1711-1740).
1712 — Es nombrado consejero imperial privado en Viena. 1712 — Nace J. J. Rousseau. — A. Collins, A Discourse of Free-thinking. — G. Berkeley, Three Dialogues between Hylas and Philonous.
1713 — En Viena es acogido como amigo por el príncipe Eugenio de Saboya. 1713 — Paz de Utrecht. Se reconoce a Felipe V como rey de España (1712-1724). — Federico Guillermo I, rey de Prusia (1713-1740).
1714 — Principes de la nature et de la grace fondés en raison. — Monadología. — Correspondencia con Des Bosses, Bourguet, Remond y Clarke. 1714 — D. G. Fahrenheit, termómetro de mercurio. — Fundación de la Real Academia Española. 1714 — Paz de Rastadt. — Inglaterra, Jorge I inicia la dinastía de los Hannover.
1715 — Muere N. Malebranche. 1715 — Muerte de Luis XIV. Le sucede Luis XV (1715-1774).
1716 — Muere en Hannover, el 14 de noviembre, a los setenta años. Aunque toda la corte había sido invitada, solo Eckhart, su secretario, acude a su entierro.

TEODICEA

PREFACIO

Se ha visto en todos los tiempos que la generalidad de los hombres se fija con preferencia en las fórmulas; la piedad sólida, es decir, la luz y la virtud, jamás han sido patrimonio del mayor número. No hay que extrañarse, porque esta tendencia cuadra a la debilidad humana; nos impresiona lo exterior, y lo interno exige una discusión de que muy pocos son capaces. Como la verdadera piedad consiste en los sentimientos y en la práctica, las fórmulas de la devoción la imitan, y así son de dos clases; las unas afectan a las ceremonias de la práctica y las otras a los formularios de la creencia. Las ceremonias se parecen a las acciones virtuosas, y los formularios son como sombras de la verdad, que se aproximan más o menos a la luz verdadera. Todas estas fórmulas serían saludables si los que las han inventado las hubieran hecho para mantener y expresar lo que con ellas se trata de imitar, es decir, si las ceremonias religiosas, la disciplina eclesiástica, las reglas de las comunidades, las leyes humanas fueran siempre como un valladar puesto a la ley divina, para alejarnos de los alicientes del vicio, acostumbrarnos al bien, y hacer que nos sea familiar la virtud. Este fue el objeto de Moisés y de otros buenos legisladores, de los sabios fundadores de las órdenes religiosas y, sobre todo, de Jesucristo, divino fundador de la religión más pura y más esplendorosa. Lo mismo sucede con los formularios de las creencias; serían pasables si en ellos solo apareciera lo que fuera conforme a la saludable verdad, aun cuando no contuvieran toda la verdad de que se trata. Pero las más de las veces sucede que la devoción queda sofocada por las formas, y la luz divina, oscurecida por las opiniones de los hombres.

Los paganos, que llenaban la tierra antes del establecimiento del cristianismo, solo tenían una especie de fórmulas; tenían en su culto ceremonias; pero no conocían artículos de fe, ni jamás pensaron en reducir a formularios su teología dogmática; no sabían si sus dioses eran verdaderas personas o símbolos de poderes naturales, como el sol, los planetas o los elementos. Sus misterios no consistían en dogmas difíciles, sino en ciertas prácticas secretas, a las que los profanos, es decir, los que no estaban iniciados, no debían asistir nunca. Estas prácticas eran muchas veces ridículas y absurdas, y fue preciso ocultarlas para evitar que cayera el desprecio sobre ellas. Los paganos difundían supersticiones, se alababan de tener milagros, y entre ellos todos eran oráculos, augures, presagios, adivinaciones; los sacerdotes inventaban signos de la cólera o de la bondad de los dioses, cuyos intérpretes pretendían ser. Se proponían gobernar a los espíritus por el temor o por la esperanza de los sucesos humanos; pero apenas si pudieron entrever el porvenir de otra vida, ni tampoco se tomaron el trabajo de inspirar a los hombres verdaderos conceptos de Dios y del alma.

Entre todos los pueblos antiguos, solo los hebreos tuvieron dogmas públicos religiosos. Abraham y Moisés proclamaron la creencia en un solo Dios, origen de todo bien y autor de todas las cosas. Hablaban de una manera digna de la soberana sustancia, y admira ver cómo los habitantes de este pequeño cantón de la tierra era más ilustrados que el resto del género humano. Los sabios de otras naciones han dicho quizá tanto como ellos, pero no tuvieron la fortuna de ganar prosélitos, ni llegaron a convertir el dogma en ley. Sin embargo, Moisés no introdujo en su legislación la doctrina de la inmortalidad de las almas, si bien era conforme a sus sentimientos, como que se enseñaba por tradición oral, pero no fue autorizada de una manera popular hasta que Jesucristo descorrió el velo y, aunque no disponía de la fuerza, enseñó con toda la autoridad de un legislador que a las almas inmortales les espera otra vida donde deben recibir el premio por sus acciones. Moisés había presentado ya preciosas ideas acerca de la grandeza y de la bondad de Dios, en que muchas naciones civilizadas convienen hoy día; pero Jesucristo desenvolvió todas las consecuencias e hizo ver que la bondad y la justicia divinas brillan perfectamente en el destino que Dios tiene reservado a las almas. No entro aquí en otros puntos de la doctrina cristiana; solo quiero hacer ver cómo Jesucristo acabó la obra de convertir la religión natural en ley, y de darle la autoridad de un dogma público. Hizo Él solo lo que tantos filósofos habían intentado hacer en vano, y como los cristianos llegaron a adquirir la superioridad en el imperio romano, dueño de la mayor parte de la tierra conocida, la religión de los sabios se hizo religión de los pueblos. Mahoma después no se desentendió de estos grandes dogmas de la teología natural; y sus sectarios los propagaron entre las naciones más remotas de Asia y de África, donde el cristianismo no había llegado aún, y abolieron en muchos países las supersticiones paganas, contrarias a la verdadera doctrina de la unidad de Dios y de la inmortalidad del alma.

Se ve que Jesucristo, al acabar lo que Moisés había comenzado, quiso que la divinidad fuese el objeto, no solo de nuestro temor y de nuestra veneración, sino también de nuestro amor y de nuestro afecto. Fue tanto como hacer a los hombres bienaventurados de antemano, y hacerles saborear la felicidad futura, porque nada más grato que amar aquello que es digno de ser amado. El amor es este efecto que nos hace gozar con las perfecciones de aquello que se ama, y nada hay más perfecto que Dios, ni tampoco nada más cautivador. Para amarle, basta conocer sus perfecciones, lo cual es muy fácil, porque en nosotros mismos encontramos la idea de aquellas. Las perfecciones de Dios son las de nuestras almas, solo que él las posee sin límites; es un Océano, del cual a nosotros solo han llegado algunas gotas. Hay en nosotros algún poder, algún conocimiento, alguna bondad; pero en Dios se dan todas estas cosas en su integridad. El orden, la proporción, la armonía, nos encantan, y de ello son muestras la pintura y la música, pero Dios es el orden en su plenitud, guarda siempre la exactitud de las proporciones, constituye la armonía universal, y toda la belleza es una expansión de sus irradiaciones.

De aquí se sigue claramente que la verdadera piedad, así como la verdadera felicidad, consisten en el amor de Dios, pero un amor ilustrado, cuyo ardor va acompañado de luz. De esta especie de amor nace la satisfacción que se tiene en las buenas acciones, que da realce a la virtud y que, refiriéndolo todo a Dios como a su centro, diviniza lo humano. Porque haciendo su deber y obedeciendo a la razón, se cumplen las órdenes de la Razón Suprema, dirigimos toda nuestra intención al bien común, que se identifica con la gloria de Dios, encontramos que no hay mayor interés particular que el de contribuir al interés general, y uno se satisface a sí mismo procurando ayudar a la verdadera conveniencia de los demás. Consígase o no el objeto, el hombre se manifiesta contento de lo que sucede cuando se resigna a la voluntad de Dios y cuando sabe que lo que él quiere es lo mejor; mas antes de que declare su voluntad, mostrándola en el hecho, debe salir a su encuentro haciendo lo que crea conforme con sus órdenes. Cuando nos hallamos en esta situación de espíritu, no hemos de disgustarnos por los fracasos; solo debemos lamentarnos de nuestras faltas, sin que la ingratitud de los hombres nos haga flaquear en el ejercicio de la benevolencia. Nuestra caridad es humilde y llena de moderación; no pretende querer mandar, e igualmente atentos a nuestros defectos y a la capacidad de los demás, nos vemos dispuestos a criticar nuestras acciones y a excusar y corregir las de los demás, es decir, que todo va dirigido a perfeccionarnos a nosotros mismos, y no ser injustos con los demás. No hay piedad donde no hay caridad, y el que no es bienhechor y benévolo no puede tener una devoción sincera.

El buen natural, una educación escogida, el roce con personas piadosas y virtuosas puede contribuir mucho a poner las almas en esta preciosa posición; pero aún contribuyen más a ello los buenos principios. Ya lo he dicho, es preciso unir la luz al ardor, es preciso que las perfecciones del entendimiento completen las de la voluntad. Las prácticas de la virtud, lo mismo que las del vicio, pueden ser resultado de un simple hábito, y hallarse complacencia en ellas; pero cuando la virtud es racional, cuando se refiere a Dios, que es la suprema razón de las cosas, entonces está fundada en el convencimiento. No puede amarse a Dios sin conocer sus perfecciones, y este conocimiento encierra los principios de la verdadera piedad. El fin de la verdadera religión debe ser imprimirlos en las almas; pero yo no sé en qué ha consistido que los hombres y hasta los doctores de la religión se hayan separado muchas veces de este camino. Contra la intención de Nuestro Divino Maestro, la devoción ha sido reducida a ceremonias, y la doctrina, abrumada con fórmulas. Esas ceremonias han sido con frecuencia poco propias para mantener el ejercicio de la virtud, y las fórmulas fueron a veces poco luminosas. Pues qué, ¿no hay cristianos que se han imaginado poder ser devotos sin amar a su prójimo, y piadosos sin amar a Dios; o que han creído poder amar a su prójimo sin servirle, y poder amar a Dios sin conocerle? Han pasado muchos siglos sin que la humanidad se haya hecho cargo de este defecto, y quedan todavía grandes restos del reinado de las tinieblas. Se ve a veces que personas que hablan mucho de piedad, de devoción y de la religión que ellas mismas están encargadas de enseñar, no están muy instruidas acerca de las perfecciones divinas. Conciben mal la bondad y la justicia del Soberano del universo; se figuran un Dios a quien no debemos imitar, ni tampoco amar. Esto me ha parecido que encerraba peligrosas consecuencias, puesto que importa grandemente que no esté contaminada la fuente misma de la piedad. Los antiguos errores, profesados por los que acusaban a la divinidad o suponían la existencia de un principio malo, han sido a veces renovados en nuestros días; se ha recurrido al poder irresistible de Dios, cuando debía fijarse más bien en su suprema bondad; y se ha considerado como un poder despótico el que debía concebirse como dirigido por la más perfecta sabiduría. He observado que estas opiniones, que pueden causar mucho daño, han sido sostenidas, apoyándose particularmente en nociones confusas tocantes a la libertad, a la necesidad y al destino; esto me ha movido más de una vez a tomar la pluma para aclarar puntos tan importantes, y finalmente me he visto obligado a condensar mi pensamiento sobre todas estas materias tomadas en conjunto, y darlo a conocer al público. Este es el objeto del ensayo presente sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal.

Hay dos famosos laberintos en que nuestra razón se extravía muchas veces. Uno es la gran cuestión de lo libre y de lo necesario, sobre todo, respecto de la producción y origen del mal; y el otro consiste en la discusión de la continuidad y de los indivisibles que constituyen sus elementos, y en donde entra la consideración de lo infinito. El primero inquieta a casi todo el género humano; el otro preocupa solo a los filósofos. Tendré quizá en otra ocasión oportunidad de decir mi opinión sobre el segundo punto, y de hacer ver que por no discernir bien la naturaleza de la sustancia y de la materia, se han afirmado falsos asertos, que originan insuperables dificultades, y cuya verdadera aplicación debería conducir a la ruina de esas mismas proposiciones. Pero si el conocimiento del principio de continuidad es de importancia para la especulación, el de la necesidad no lo es menos para la práctica, y este será el objeto del presente tratado, incluyendo además los puntos que se relaciona con él; a saber: la libertad del hombre y la justicia de Dios.

En todo tiempo se han dejado llevar los hombres de un sofisma, que los antiguos llamaban la razón perezosa, porque lleva a no hacer nada, o por lo menos a no cuidarse de nada, y a seguir solo la inclinación a los placeres del presente. Porque —se decía— si el porvenir es necesario, lo que debe suceder, sucederá, hágase lo que se quiera. Ahora bien; el porvenir —se añadía— es necesario, ya porque la divinidad lo prevé todo, y hasta lo preestablece de antemano al regir todas las cosas del universo; ya porque todo sucede necesariamente por virtud del encadenamiento de las causas; y ya, en fin, por la naturaleza misma de la verdad que está determinada en las enunciaciones que se pueden formar sobre los sucesos futuros, como lo está en todas las demás, puesto que la enunciación debe siempre ser verdadera o falsa en sí misma, aunque no siempre conozcamos lo que es. Y todas estas razones de determinación que parecen diferentes, concurren al fin como las líneas a un mismo centro, porque hay una verdad en los sucesos futuros, verdad que es predeterminada por las causas, y que Dios ha preestablecido al crear estas.

La idea mal comprendida de la necesidad, al ser empleada en la práctica, ha dado origen a lo que yo llamo Fatum Mahometanum, o el destino a la turca, porque se imputa a los turcos el que no evitan los peligros ni abandonan los lugares atacados por la peste, valiéndose de razonamientos iguales a los que acabo de exponer. Porque lo que se llama Fatum Stoicum no era tan negro como se le supone; no apartaba a los hombres del cuidado de sus negocios; sino que tendía a darles tranquilidad respecto de los sucesos, apelando a la consideración de la necesidad, que hace inútiles nuestras zozobras y nuestros disgustos; en lo cual estos filósofos no se alejaban enteramente de la doctrina de Nuestro Señor, que nos disuade de que tengamos tales inquietudes con relación al día del mañana, comparándolas con los esfuerzos que hiciera un hombre para agrandar su talla.

Es cierto que las enseñanzas de los estoicos (y quizá también las de algunos filósofos célebres de nuestro tiempo), como se limitan a esta supuesta necesidad, no pueden inspirar más que una paciencia forzada; mientras que Nuestro Señor inspira pensamientos más elevados, y hasta enseña el medio de estar contentos, cuando nos asegura que, cuidando Dios, que es perfectamente bueno y sabio, de todo, hasta de cada cabello de nuestra cabeza, debe ser nuestra confianza en él completa y entera; de manera que si fuéramos capaces de comprenderle, veríamos que no hay ni siquiera posibilidad de desear cosa mejor (así en absoluto como respecto de nosotros), que lo que él hace. Es como si se dijera a los hombres: cumplid vuestro deber, y mostraos satisfechos con lo que suceda, no solo porque no podréis resistir a la Providencia divina o a la naturaleza de las cosas (lo cual puede bastar para estar tranquilo, pero no para estar contento), sino también porque no podéis servir a mejor amo. Esto es lo que puede llamarse Fatum Christianum.

Sin embargo, sucede que la mayor parte de los hombres, hasta los cristianos, dejan entrar en su vida práctica alguna mezcla del destino a la turca, aunque no se den cuenta de ello. Es cierto que no permanecen en la inacción y en el abandono, cuando peligros evidentes y manifiestos y grandes esperanzas se presentan, porque de seguro que no dejarán de salir de una casa que amenace ruina, se alejarán de un precipicio que encuentren en el camino y no se abstendrán de cavar para desenterrar un tesoro medio descubierto, sin esperar a que el destino lo saque a flor de tierra. Pero cuando el bien y el mal son lejanos y dudosos y el remedio penoso o poco agradable, entonces la razón perezosa nos parece muy buena; y así, por ejemplo, cuando se trata de conservar la salud y aún la vida por medio de un buen régimen, si se aconseja este, muchos responden con frecuencia que nuestros días están contados y que de nada sirve luchar con lo que Dios nos tiene destinado. Pero estas mismas personas recurren a los remedios más ridículos cuando se aproxima el mal que habían despreciado. De igual manera se razona cuando la deliberación es un poco espinosa, como, por ejemplo, cuando se pregunta: quod vitae sectabor iter?, ¿qué profesión debe escogerse?, así como también cuando se trata del arreglo de un matrimonio, de una guerra que se va a emprender, de una batalla que debe librarse; porque en estos casos muchos no quieren tomarse el trabajo de discutir y abandonan todo a la suerte, como si la razón debiera emplearse solo en los casos fáciles. Entonces se razonará a la turca (aunque se llame esto sin razón fiarse a la Providencia, cosa que solo tiene lugar propiamente cuando ha cumplido antes uno su deber) y se aplicará la razón perezosa, deducida del destino irresistible, para dispensarse de razonar como es debido; sin considerar que si este modo de discurrir contra el uso de la razón fuera bueno, debería valer siempre, sea o no fácil la deliberación. Esta pereza es, en parte, también el origen de las prácticas supersticiosas de los adivinos, cosa a que los hombres se dan tan fácilmente como a buscar la piedra filosofal; porque querrían alcanzar la felicidad por caminos muy cortos y sin ningún género de trabajo.

No me refiero aquí a los que se abandonan a la fortuna porque hasta entonces han sido afortunados, como si en este punto pudiera haber fijeza. Su razonamiento, que deduce de lo pasado lo porvenir, es tan poco fundado como los principios de la astrología y de la adivinación; no consideran que en la fortuna hay ordinariamente un flujo y un reflujo, una marea —como dicen los italianos cuando juegan a la bazeta—, y hacen observaciones singulares sobre este punto, de las que, por mi consejo, nadie debe fiarse. Sin embargo, esta confianza que se tiene en la propia fortuna sirve muchas veces para dar valor a los hombres, sobre todo a los soldados, haciéndoles ver efectivamente el buen resultado que en tales situaciones alcanzan, al modo que las predicciones producen con frecuencia la realización de aquello que se predice; y, así, se afirma de los mahometanos que su creencia en el destino les hace ser valientes y determinados. Por esto sucede que a veces los errores mismos tienen su utilidad, pero ordinariamente es solo para remediar otros errores, mientras que la verdad vale más en términos absolutos.

De esta supuesta necesidad del destino se abusa principalmente cuando nos servimos de ella para excusar nuestros vicios y nuestro libertinaje. He oído decir muchas veces a jóvenes de talento, que se la echaban de despreocupados, que es inútil predicar la virtud, reprender el vicio, esperar recompensas y temer los castigos, puesto que puede decirse con el libro de los destinos, que lo que está escrito, escrito está, sin que nuestra conducta pueda mudarlo en nada; y que lo mejor es que cada cual siga su natural tendencia, fijándose solo en lo que nos complazca en el momento. Estos jóvenes no reflexionaban en las consecuencias extrañas a que conduce este argumento, el cual prueba demasiado, puesto que demostraría, por ejemplo, que debe tomarse una bebida agradable, aun cuando uno sepa que es un veneno. Si fuese válido semejante razonamiento, yo podría decir con la misma razón: si está escrito en el libro de las Parcas que el veneno me ha de matar al presente o ha de causarme daño, me sucederá eso mismo aun cuando no tome la bebida; y si no está escrito, no me sucederá nada, aun cuando lo tome y, por consiguiente, podré impunemente dejarme llevar de la tendencia a tomar lo que me es agradable, por pernicioso que sea, lo cual es un absurdo manifiesto. Esta objeción les convencía un tanto, pero volvían siempre a su razonamiento torciéndole de diferentes maneras, hasta que se les hizo comprender en qué consiste el vicio del sofisma; esto es, que es falso que el suceso se verificará hágase lo que se quiera; se verificará porque se hace aquello que conduce a él; y si el suceso está escrito, la causa que hará que se verifique, está escrita también. Y así la relación entre los efectos y las causas, lejos de fundar la doctrina de una necesidad perjudicial en la práctica, sirve para destruirla.

Pero sin tener intenciones malas o inclinadas al libertinaje, pueden apreciarse otros resultados de esa necesidad fatal, considerando que destruiría el libre albedrío, tan esencial a la moralidad de la acción; puesto que la justicia y la injusticia, la alabanza y la represión, la pena y la recompensa, no pueden tener lugar respecto de las acciones necesarias, en cuanto nadie está obligado a hacer lo imposible o a no hacer lo que es absolutamente necesario. No se tendrá la intención de abusar de esta reflexión para favorecer el desorden, pero no dejará de encontrarse embarazo cuando se trate de juzgar las acciones de los demás, y sobre todo de responder a las objeciones, de que hablaré más adelante, y entre las cuales las hay que afectan a las acciones de Dios. Y como una necesidad insuperable abriría la puerta a la impiedad, ya por la impunidad que pudiera inferirse de ella, ya por la inutilidad que habría en querer resistir un torrente que todo lo arrastra, importa fijar los diferentes grados de la necesidad y hacer ver que hay unos que no pueden dañar, así como hay otros que no pueden admitirse sin dar lugar a malas consecuencias.

Algunos van todavía más lejos. No contentos con valerse del pretexto de la necesidad, para probar que la virtud y el vicio no constituyen el bien ni el mal, tienen el atrevimiento de hacer a la divinidad cómplice de sus desórdenes, e imitan a los antiguos paganos, que atribuían a los dioses las causas de sus crímenes, como si una divinidad pudiera conducirlos al mal. La filosofía de los cristianos, que reconoce mejor que la de los antiguos la dependencia de las cosas del primer autor y el concurso de este en todas las acciones de las criaturas, ha aumentado, al parecer, esta dificultad. Algunos pensadores ilustres de nuestro tiempo han llegado hasta privar de toda acción a las criaturas; y M. Bayle, que se inclinaba a esta opinión extraordinaria, se ha servido de ella para resucitar el dogma desacreditado de los dos principios o de los dos dioses, el uno bueno y el otro malo, como si este dogma pudiera resolver mejor las dificultades sobre el origen del mal; aunque, por otra parte, reconoce que es una opinión insostenible, y que la unidad del principio está fundada incontestablemente en razones a priori; pero quiere inferir de aquí que nuestra razón se ve confundida y no puede satisfacer a las objeciones que ocurren, sin que por esto deba dejarse de mostrar una firme adhesión a los dogmas revelados que nos enseñan la existencia de un solo Dios perfectamente bueno, perfectamente poderoso y perfectamente sabio. Pero muchos lectores que se convenzan de que son insolubles sus objeciones, y que las consideren por lo menos tan fuertes como las pruebas de la verdad de la religión, deducirán de ellas consecuencias perniciosas.

Aun cuando no concurra Dios a las malas acciones, siempre nos encontramos con la dificultad de que las prevé, de que las permite, pudiéndolas impedir por virtud de su omnipotencia. Esto ha dado ocasión a algunos filósofos, y también a algunos teólogos, a que les pareciera preferible negar a Dios el conocimiento del pormenor de las cosas y sobre todo de los sucesos futuros, antes que conceder lo que creían incompatible con su bondad. Los socinianos y Conrado Vorstius1 se inclinan a esta opinión; y Tomás Bonartes2, seudónimo bajo el cual se oculta un jesuita inglés muy sabio, que escribió un libro de Concordia scientieae cum fide (concordia de la ciencia con la fe), de que hablaré más adelante, parece insinuar lo mismo.

Todos ellos incurren en un gran error; pero no caen menos en él otros que, persuadidos de que nada se hace sin la voluntad y sin el poder de Dios, le atribuyen intenciones y acciones tan indignas del más grande y mejor de todos los seres, que no parece sino que estos autores renuncian efectivamente al dogma que declara la justicia y la bondad de Dios. Han creído que, siendo dueño soberano del Universo, puede, sin menoscabo de su santidad, hacer que se cometan pecados, sin más razón que porque así le agrada o por tener el gusto de castigar; y hasta que podría tenerlo en afligir por una eternidad a esos inocentes sin ser por eso injusto, porque nadie tiene derecho ni poder para contrarrestar sus acciones. Algunos han llegado hasta decir que de hecho Dios lo hace así; y so pretexto de que nosotros somos nada con relación a él, nos comparan con los gusanos de la tierra, que los hombres destruyen al andar sin notarlo; o en general con los animales que no son de nuestra especie, y a los cuales ningún escrúpulo tenemos en maltratar.

Yo creo que muchas personas, por otra parte bien intencionadas, llegan a abrigar estos pensamientos porque no conocen lo bastante sus consecuencias. No ven que esto destruye la justicia de Dios, porque, ¿qué noción podemos formarnos de una especie de justicia que no tiene otra regla que la voluntad, es decir, en que la voluntad no es regida por las reglas del bien, sino que hasta se dirige directamente al mal? A no ser que esta noción sea la misma que la contenida en la definición tiránica de Trasimaco, en Platón, quien decía, que lo justo no es más que lo que agrada al más poderoso3. A esto vienen a parar, sin pensar en ello, los que fundan toda obligación en la coacción, y toman por lo mismo el poder como medida del derecho. Es seguro que se abandonarán estas máximas, tan extrañas y tan poco propias para hacer a los hombres buenos y caritativos a imitación de Dios, cuando los que las profesan hayan considerado que un Dios que se complaciera en el mal de otro, no podría distinguirse del principio del mal de los Maniqueos, en el supuesto que este se hiciera único dueño del universo; y por consiguiente, que al verdadero Dios deben atribuirse sentimientos que le hagan digno del título de principio del bien.

Por fortuna estos dogmas exagerados apenas se sostienen entre los teólogos; pero, sin embargo, algunas personas de capacidad, que se complacen en crear dificultades, los hacen revivir, aumentando así nuestros embarazos, al juntar las controversias, que la teología cristiana suscita, con las disputas de la filosofía. Los filósofos tratan las cuestiones de la necesidad, de la libertad y del origen del mal; y los teólogos, junto con estas, las del pecado original, la de la gracia y la de la predestinación. La corrupción original del género humano, procedente del primer pecado, nos parece que ha impuesto la necesidad natural de pecar, si falta el auxilio de la gracia divina; pero, siendo la necesidad incompatible con el castigo, se inferiría de aquí que debió darse una gracia suficiente a todos los hombres; lo cual no parece muy conforme con la experiencia.

Pero la dificultad es grande, sobre todo con relación a lo dispuesto por Dios respecto de la salvación de los hombres. Son pocos los salvados o elegidos; luego Dios no tiene la voluntad de decretar que sean muchos. Y puesto que se reconoce que los elegidos no lo merecen más que los que no lo son, ni son menos malos en el fondo, procediendo solo de Dios lo que tienen de bueno, la dificultad se aumenta y se agrava. ¿Dónde está, pues, la bondad de Dios? La parcialidad o preferencia en favor de las personas es contraria a la justicia, y el que limita su bondad sin motivo no puede suponerse que tenga mucha. Es cierto que los que no son elegidos se pierden por su propia falta, porque carecen de buena voluntad y de una fe viva, pero estas condiciones solo de Dios pueden recibirlas. Es sabido que además de la gracia interna, son las ocasiones externas las que de ordinario distinguen a los hombres, y que la educación, la conversación y el ejemplo corrigen muchas veces o corrompen la índole natural. Pero si Dios crea circunstancias favorables para los unos, y abandona a los demás a otras distintas que contribuyen a su desgracia, ¿no hay motivo para que uno se sorprenda? Y no basta (al parecer) decir con algunos, que la gracia interna es universal e igual para todos, puesto que estos mismos autores se ven obligados a recurrir a la exclamación de san Pablo, diciendo: ¡oh, profundidad! cuando consideran cuánto se distinguen los hombres por las gracias externas, por decirlo así; esto es, que aparecen en medio de una diversidad de circunstancias que Dios hace que se produzcan, de las cuales los hombres no son dueños, y que sin embargo, tienen una gran influencia sobre lo que se refiere a su salvación.

Tampoco se adelanta nada diciendo con san Agustín, que estando todos los hombres comprendidos en la condenación por el pecado de Adán, Dios podía dejarlos abandonados a su suerte miserable, así que solo por un acto de pura bondad saca a algunos de ella. Porque además de que es extraño que el pecado de otro pueda dañar a un tercero, siempre queda en pie la cuestión; ¿por qué Dios no los saca a todos de esa condición desgraciada, por qué solo salva a los menos, y por qué prefiere los unos a los otros? Dios es dueño de ellos, es verdad; pero es un dueño bueno y justo; su poder es absoluto, pero su sabiduría no le permite ejercerlo de una manera arbitraria y despótica, que sería realmente tiránica.

Además, como la caída del primer hombre se ha verificado con el permiso de Dios, y Dios no resolvió el permitirlo sino después de haber previsto sus consecuencias, que son la corrupción de la masa del género humano, y la elección de un pequeño número de elegidos con el abandono de todos los demás, es inútil que nos ocultemos la dificultad, ateniéndonos a esa masa ya corrompida; puesto que es preciso remontarse, por más que nos pese, al conocimiento de las consecuencias del primer pecado, el cual es anterior al decreto en que Dios lo ha permitido al mismo tiempo, que los reprobados se vieran envueltos en esa perdición de la que no habrían de ser sacados; porque Dios y el sabio nada resuelven sin tener en cuenta las consecuencias.

Espero poder resolver todas estas dificultades. Se hará ver que la necesidad absoluta, que se llama también lógica y metafísica y algunas veces geométrica, y que es la única temible, no se da en las acciones libres; y por tanto que la libertad está exenta, no solo de coacción, sino también de verdadera necesidad. Se hará ver que Dios mismo, aunque escoge siempre lo mejor, no obra por una necesidad absoluta; y que las leyes de la naturaleza que Dios le ha prescrito sobre la conveniencia, ocupan un punto medio entre las verdades geométricas absolutamente necesarias y los decretos arbitrarios; cosa que M. Bayle y otros filósofos modernos no han comprendido lo bastante. También se probará que hay una diferencia en la libertad, porque no hay necesidad absoluta ni de una ni de otra parte; pero que jamás hay una diferencia que produzca un equilibrio perfecto. Se mostrará igualmente que en las acciones libres hay una perfecta espontaneidad que se extiende más allá de todo lo que se ha concebido hasta ahora. Por último, se hará ver que la necesidad hipotética y la necesidad moral, que subsisten en las acciones libres, no producen ningún inconveniente, y que la razón perezosa es un verdadero sofisma.

En cuanto al origen del mal, con relación a Dios, haremos una apología de sus perfecciones, las cuáles no descubren menos su santidad, su justicia y su bondad, que su grandeza, su poder y su interpendencia. Mostraré cómo es posible que todo dependa de él, que concurre a todas las acciones de las criaturas, y hasta que crea a estas continuamente, sin ser, eso no obstante, el autor del pecado; con cuyo motivo se demuestra cómo debe concebirse la naturaleza privativa del mal. Haremos más; quedará probado cómo el mal tiene otro origen que la voluntad de Dios, y que hay por tanto razón para decir del mal culpable, que Dios no lo quiere, sino que solamente lo permite. Además, y esto es lo más importante, se demostrará que Dios ha podido permitir el pecado y la miseria y concurrir y contribuir a ella sin menoscabo de su santidad ni de su bondad supremas; aunque, absolutamente hablando, haya podido evitar estos males.

En cuanto a la materia de la gracia y de la predestinación, se justifican las expresiones más singulares, como, por ejemplo: que nosotros solo nos convertimos por la gracia proveniente de Dios; que solo podemos hacer el bien con su asistencia; que Dios quiere la salvación de todos los hombres, y que solo condena a los que tienen mala voluntad; que da todos una gracia suficiente, con tal que quieran aprovecharla; que siendo Jesucristo el principio y el centro de la elección, Dios ha decretado la salvación de los elegidos, porque ha previsto que seguirá la doctrina de Jesucristo con una fe viva; aunque sea cierto que esta razón de la elección no es la razón última, y que esta previsión misma es a la vez un resultado de su decreto anterior, tanto más cuanto que la fe es un don de Dios, y que él los ha predestinado a tenerla por razones derivadas de un decreto superior, que dispensa las gracias y las circunstancias según la profundidad de su suprema sabiduría.

Como uno de los hombres más entendidos de nuestro tiempo, cuya elocuencia iguala a su penetración, y que ha dado grandes pruebas de una erudición inmensa, se ha propuesto, llevado de no sé qué tendencia, a suscitar con empeño todas las dificultades que en conjunto acabamos de indicar, nos ha parecido que era este un ancho campo para entrar con él en una discusión circunstanciada. Se ve que M. Bayle (porque esta es la persona a que me refiero) tiene de su parte todas las ventajas para tratar estas cuestiones, salvo por lo que hace al fondo de ellas; pero espero que la verdad (que él mismo confiesa estar de nuestro lado) vencerá, desnuda y todo, a los adornos de la elocuencia y de la erudición, con tal de que se la desenvuelva en forma conveniente; y nos prometemos salir triunfantes con tanto más motivo, cuanto que es la causa de Dios por la que abogamos, y que una de las máximas que sostenemos aquí, muestra que la asistencia de Dios no falta a los que tienen buena voluntad. El autor de este discurso cree haber dado pruebas de tenerla en la atención que ha prestado a estas materias. Las ha meditado desde su juventud, ha conferenciado sobre ellas con los primeros hombres de nuestro tiempo, y se ha instruido también con la lectura de buenos autores. Y el triunfo que Dios le ha proporcionado (en opinión de muchos jueces competentes) en otras meditaciones profundas, algunas de las cuáles tienen mucha relación con este punto, le da quizá algún derecho hacerse la ilusión de que merecerá la atención de los lectores que amen la verdad y que sean capaces de hallarla.

Hay también razones particulares muy atendibles que le han movido a tomar la pluma para escribir sobre este punto. Conversaciones que ha tenido acerca de ellas con personas instruidas y hombres de Estado, en Alemania y en Francia, y sobre todo con una princesa de las más ilustres y competentes4, han contribuido a ello más de una vez. Tuvo el honor de exponer a esta princesa su juicio sobre muchas opiniones mantenidas en el diccionario maravilloso de M. Bayle, donde la religión y la razón aparecen en lucha, y donde su autor quiere imponer silencio a la razón, después de haberla hecho hablar demasiado; a lo cual llama él triunfo de la fe. El autor hizo saber ya entonces que era de otra opinión, pero que no dejaba por eso de celebrar que un ingenio tan precioso como el de M. Bayle diera ocasión a que se profundizaran materias tan importantes como difíciles. Confesó haberlas examinado con mucha asiduidad, y que había resuelto algunas veces publicar su pensamiento sobre este punto, cuyo objeto principal es estudiar el conocimiento de Dios, tal como debe hacerse para excitar la piedad y alimentar la virtud. Esta princesa le exhortó vivamente a que realizara su antiguo proyecto, a lo que se unieron las súplicas de algunos amigos, y se creyó tanto más obligado a hacer lo que le exigían cuanto que había motivo para esperar que en el curso de la discusión las luces de M. Bayle le ayudarían mucho a dar a la materia la claridad que podrá recibir con sus esfuerzos. Pero muchos obstáculos se atravesaron, y no fue el menor la muerte de la incomparable reina. Sin embargo, sucedió que M. Bayle se vio combatido por hombres excelentes que se propusieron examinar la misma materia; él les respondió ampliamente y siempre con el mismo ingenio. El autor que escribe esto, prestó atención a la polémica y estuvo a punto de tomar parte en ella. He aquí cómo.

Había publicado yo un sistema nuevo que parecía muy propio para explicar la unión del alma y el cuerpo, y que fue bastante aplaudido por los mismos que no estaban de acuerdo con él, y hasta hubo personas muy entendidas que, según me dijeron, habían tenido ya presentimientos de mi sistema, aunque sin haber llegado a una explicación tan clara y precisa; y esto antes de haber visto lo que yo había escrito. M. Bayle lo examinó en su diccionario histórico y criticó en el artículo Rorarius5. Creyó que mis concepciones originales merecían ser tomadas en cuenta, y dio a conocer su utilidad en ciertos aspectos, indicando también lo que podía criticarse. Yo no podía dejar de responder a tan afectuosas manifestaciones y a consideraciones tan instructivas como las suyas, y para aprovecharlas mejor, hice que aparecieran algunos trabajos míos en la Historia de las Obras de los Sabios, julio de 1690. M. Bayle contestó en la segunda edición de su Diccionario; y le remití una réplica, que aún no ha salido a luz, sin que yo sepa si ha respondido a su vez a ella.

Sin embargo, sucedió que M. Le Clerc6 insertó en su Biblioteca escogida, un extracto del Sistema intelectual del difunto M. Cudworth, en el cual explicaba ciertas naturalezas plásticas, que este excelente autor introducía en la formación de los animales. M. Bayle creyó (véase la Continuación de pensamientos diversos, capítulo XXI, artículo II), que careciendo estas naturalezas de conocimiento, si se las admitiera, se debilitaría el argumento que prueba por medio de la maravillosa formación de las cosas, que es imprescindible que el universo tenga una causa inteligente. M. Le Clerc replicó (artículo IV, tomo 5.º de la Biblioteca escogida), que estas naturalezas tenían necesidad de ser dirigidas por la sabiduría divina. M Bayle insistió (artículo VII de la Historia de las Obras de los Sabios, agosto de 1704), en que una simple dirección no bastaba a una causa desprovista de conocimiento, a no tomarla por un mero instrumento de Dios, en cuyo caso sería inútil. Se tocó con este motivo, aunque de pasada, mi sistema, y esto me dio ocasión para remitir una breve Memoria al autor célebre de la Historia de las Obras de los Sabios, que se publicó en el mes de mayo de 1705, artículo IX, donde traté de hacer ver que en realidad el mecanismo basta para producir los cuerpos orgánicos de los animales, sin que haya necesidad de otras naturalezas plásticas, con tal de que se añada la preformación orgánica ya completa en los gérmenes de los cuerpos que nacen, contenidos en los de los cuerpos de que ellos han nacido, hasta llegar a los gérmenes primeros; lo cual solo puede proceder del autor de las cosas, infinitamente poderoso e infinitamente sabio, quien, al hacerlo todo en un principio con orden, ha preestablecido todo el orden y lo que se ha de producir en lo futuro. De esta manera no hay caos en el interior de las cosas, y el organismo se da por todas partes en una materia cuya disposición procede de Dios. Esto se descubrirá y se verá más claramente cuanto más se adelante en el estudio de la anatomía de los cuerpos, y se seguirá observando, aunque se pueda caminar hasta el infinito, como hace la naturaleza, y continuar la subdivisión con nuestro propio conocimiento, como la naturaleza misma la ha continuado en efecto.

Como para explicar esta maravilla de la formación de los animales me valí de una armonía preestablecida, es decir, del mismo medio que había empleado para explicar otra maravilla, cual es la correspondencia del alma con el cuerpo, en la que hice ver la uniformidad y la fecundidad de los principios de que me había servido, parece que esto dio ocasión a M. Bayle para recordar de nuevo este sistema mío, que da razón de esta correspondencia, y que él mismo había examinado en otro tiempo. Declaró, pues (capítulo 180 de su Respuesta a las preguntas de un provinciano, página 1253, título 3.º), que no le parecía racional que Dios pudiera dar a la materia o a cualquiera otra causa, la facultad o poder de organizar, sin comunicarle la idea y el conocimiento de la organización; y que no estaba dispuesto a creer que Dios, con todo su poder sobre la naturaleza, y con toda la presciencia que tiene de los accidentes que pueden sobrevenir, haya podido disponer las cosas de manera que solo por medio de las leyes mecánicas un barco (por ejemplo) vaya al puerto a que está destinado, sin ser gobernado durante su camino por un director inteligente. Me sorprendió ver que se pusieran límites al poder de Dios sin alegar ninguna prueba, y sin hacer ver que resultaría alguna contradicción del lado del objeto, o alguna imperfección de parte de Dios, a pesar de que había ya demostrado antes en mi respuesta, que los hombres mismos hacen muchas veces, por medio de autómatas, algo semejante a los movimientos que nacen de la razón; y que un Espíritu finito (pero muy superior al nuestro), podría ejecutar también lo que M. Bayle cree imposible para la divinidad; además de que arreglando Dios de antemano todas las cosas a la vez, la exactitud del camino que el barco siguiera, no sería más extraño que el que hace un cohete que marcha a lo largo de una cuerda que los fuegos artificiales, en cuanto hay entre las reglas a que obedecen todas las cosas, una perfecta armonía y se determinan mutuamente.

Esta declaración de M. Bayle me comprometía a dar una respuesta, y me proponía hacerle ver que, a menos que se diga que Dios forma, él mismo, los cuerpos orgánicos por un milagro continuo, o que dé el encargo de hacerlo a inteligencias cuyo poder y cuya ciencia sean casi divinas, es imprescindible creer que Dios ha preformado las cosas de manera que las organizaciones nuevas sean solo un resultado mecánico de una constitución orgánica precedente, como cuando las mariposas nacen de los gusanos de seda, en lo cual M. Swammerdam7 ha demostrado que no hay más que una transformación. Hubiera añadido, que la preformación de las plantas y de los animales es una verdadera prueba que confirma mi sistema de la armonía preestablecida entre el alma y el cuerpo, en la que este es arrastrado por su constitución original a ejecutar, con el auxilio de las cosas externas, todo lo que hace siguiendo la voluntad del alma; a la manera que los gérmenes por su constitución original, ejecutan naturalmente las intenciones de Dios, por virtud de un artificio mayor aún que el que hace que en nuestro cuerpo todo se ejecute conforme a las resoluciones de la voluntad. Y puesto que el mismo M. Bayle cree, y con razón, que hay más artificio en la organización de los animales que en el más bello poema del mundo o en la más preciosa invención de que el espíritu humano sea capaz, se sigue de aquí que mi sistema del comercio del alma con el cuerpo es tan fácil como la opinión común sobre la formación de los animales; porque esta opinión (que me parece verdadera) muestra en efecto que la sabiduría de Dios ha creado la naturaleza de tal manera que ella es capaz, en virtud de sus leyes, de formar los animales; y yo he conseguido aclarar esto, y hacer patente su posibilidad por medio de la preformación. Visto esto, no se tendrá por extraño que Dios haya hecho el cuerpo de manera tal que en virtud de sus propias leyes pueda ejecutar los designios del alma racional, puesto que todo lo que esta puede ordenar al cuerpo, es menos difícil que la organización que Dios ha ordenado a los gérmenes. M. Bayle dice (Resp. a un prov., cap. 232, pág. 1294) que ha sido recientemente cuando ha habido personas que han creído que la formación de los cuerpos vivos no puede ser una obra natural; lo cual podría decir el mismo Bayle, conforme a sus principios, de la correspondencia del alma con el cuerpo, puesto que Dios es el que realiza por completo este comercio en el sistema de las causas ocasionales, adoptado por este autor. Pero yo no admito lo sobrenatural, sino en el comienzo de las cosas, respecto a la primera formación de los animales, o respecto a la constitución originaria de la armonía preestablecida entre el alma y el cuerpo; después de lo cual, sostengo que la formación de los animales y la relación entre el alma y el cuerpo son tan absolutamente naturales al presente, como las demás operaciones ordinarias de la naturaleza. Así es, sobre poco más o menos, cómo se razona comúnmente acerca del instinto y de las operaciones maravillosas de las bestias. Se reconoce en tal caso la razón, no en las bestias, sino en el que las ha formado. En este punto sigo la opinión común, pero espero que mi explicación le habrá dado más realce, más claridad y también más amplitud.

Ahora bien, debiendo justificar mi sistema contra las nuevas dificultades expuestas por M. Bayle, tuve también intención de comunicarle los pensamientos que hace largo tiempo tenía sobre las objeciones hechas por él a los que han defendido el acuerdo de la razón con la fe, respecto de la existencia del mal. Pocos hay quizá que hayan trabajado más que yo en esta cuestión. Apenas podía entender medianamente los libros escritos en latín, cuando ya tuve ocasión de registrarlos en cierta biblioteca, saltando, como quien dice, de uno a otro; y como las materias que piden meditación me agradaban tanto como las historias y las fábulas, me encantó la lectura de la obra de Lorenzo Valla contra Boecio8 y la de Lutero contra Erasmo, aunque conozco bien que tienen necesidad de alguna corrección. Leí también los libros de controversia y, entre otros escritos de esta naturaleza, las Actas del diálogo de Montbeliard que reanimaron la disputa y me parecieron instructivas. Tampoco descuidé las enseñanzas de nuestros teólogos; y lejos de turbarme la lectura de sus adversarios, sirvió para confirmarme en las opiniones moderadas de las Iglesias de la Confesión de Augsburg. Tuve, en mis viajes, ocasión de conferenciar con algunos hombres excelentes de diferentes partidos, como M. Pedro de Wallenburg9, sufragáneo de Maguncia, M. Juan Luis Fabricio10, primer teólogo de Heidelberg, y, por último, con el célebre M. Arnauld, a quien comuniqué mi diálogo latino de mi cosecha sobre esta materia, allá por el año 1673, donde ya afirmaba yo terminantemente que habiendo escogido Dios el más perfecto de todos los mundos posibles, ha permitido por su sabiduría el mal anejo al mismo, pero que esto no obstaba a que, teniéndolo todo en cuenta y atendiendo al conjunto, fuese este mundo el mejor que ha podido escogerse. Después he leído toda clase de buenos libros sobre estas materias, y he procurado adelantar en aquellos conocimientos que son a propósito para descartar todo lo que pudiera oscurecer la idea de la soberana perfección que es preciso reconocer en Dios. Tampoco me ha desentendido de examinar los autores más rígidos y que más lejos han llevado el principio de la necesidad de las cosas, tales como Hobbes y Spinoza, el primero de los cuáles ha sostenido esta necesidad absoluta, no solo en sus Elementos físicos y en otras obras, sino también en un libro escrito adrede contra el obispo Bramhall11. Y Spinoza pretende, poco más o menos como un antiguo peripatético llamado Estratón12, que todo procede de la primera causa o de la naturaleza primitiva por virtud de una necesidad ciega y geométrica, sin que este primer principio de las cosas sea capaz de elección, ni de bondad, ni de inteligencia.

Creo haber hallado el medio de demostrar lo contrario de una manera que instruye, y que hace que se penetre al mismo tiempo en el interior de las cosas. Porque con los nuevos descubrimientos que he llevado a cabo sobre la naturaleza de la fuerza activa y sobre las leyes del movimiento, he hecho ver que no son de una necesidad absolutamente geométrica, como Spinoza parece haber creído; pero que tampoco son puramente arbitrarias, por más que sea esta la opinión de M. Bayle y de algunos filósofos modernos; sino que dependen de la conveniencia, como he dicho antes, o de lo que yo llamo principio de lo mejor; y que en esto, como en todas las demás cosas, se reconocen los caracteres de la primera sustancia, cuyas producciones acusan una sabiduría soberana y constituyen la más perfecta de las armonías.

He hecho ver también, que esta armonía es la que funda el enlace tanto de lo porvenir con lo pasado, como de lo presente con lo ausente. La primera especie de enlace une los tiempos, y la otra une los lugares. Este segundo vínculo se muestra en la unión del alma con el cuerpo, y generalmente en el comercio de las verdaderas sustancias, de unas con otras y con los fenómenos materiales. Pero la primera tiene lugar en la preformación de los cuerpos orgánicos, o más bien de todos los cuerpos, puesto que hay organismo en todo, aunque no todas las masas constituyen cuerpos orgánicos; al modo que un estanque puede muy bien estar lleno de peces o de otros cuerpos orgánicos, aunque no sea él mismo un animal o cuerpo orgánico, sino solo una masa que los contiene. Y como había yo tratado de construir sobre tales fundamentos, sentados de una manera demostrativa, el cuerpo entero de los conocimientos principales que la pura razón nos puede enseñar, un cuerpo, digo, cuyas partes estuviesen bien ligadas, y que pudiera satisfacer a las dificultades más atendibles expuestas por los antiguos y por los modernos, establecí, con mis propios conocimientos, un cierto sistema fijo sobre la libertad del hombre y sobre el concurso de Dios. Este sistema me pareció distante de todo lo que pudiera chocar con la razón y la fe; y sentí el deseo de darlo a conocer a M. Bayle y también a sus contendientes. Y aunque acaba de fallecer, lo cual no es una pequeña pérdida, como que pocos le han igualado en la doctrina y penetración, como la cuestión está pendiente y hay otras muchas personas entendidas que trabajan en ella, llamando la atención del público, he creído que debía aprovechar la ocasión para dar a la prensa una muestra de mis pensamientos.

Bueno será observar, antes de concluir este prefacio, que al negar la influencia física del alma sobre el cuerpo o del cuerpo sobre el alma, es decir, la influencia que haga que uno de ellos turbe las leyes del otro, no por eso niego la unión entre ellos que forman su sostén; pero debe tenerse en cuenta que esta unión es algo metafísico que no produce ningún cambio en los fenómenos. Es lo que he dicho ya al responder a lo que el Reverendo Padre de Tournemine13, cuyo espíritu y saber no son comunes, me objetó en las Memorias de Trevoux. Por esta razón puede decirse, también en un sentido metafísico, que el alma obra sobre el cuerpo y el cuerpo sobre el alma. Es asimismo cierto que el alma es la entelequia o principio activo, mientras que lo corpóreo o lo puro material solo contiene lo pasivo, y por consiguiente que el principio de acción está en las almas, como ya he explicado más de una vez en el diario de Leipzig, y más particularmente al responder al difundo M. Sturm14, filósofo y matemático de Altdorf; donde he demostrado que si solo hubiera lo pasivo en los cuerpos, sus diferentes estados serían indiscernibles. Diré igualmente con este motivo, que habiendo sabido que el entendido autor del libro sobre El conocimiento de sí mismo15 consignó en él algunas objeciones contra mi sistema de la armonía preestablecida, le envié una respuesta a París, en la que le hacía ver que me había atribuido opiniones de que yo estoy muy distante; cosa que hace poco hizo también un doctor anónimo de la Sorbona sobre otra cuestión. Y estas equivocaciones las hubiesen advertido desde luego los lectores, si estos autores hubieran citado mis propias palabras, en que han creído poder fundarse.

Esta disposición de los hombres a equivocarse cuando exponen las opiniones de otro, me mueve también a observar que cuando yo he dicho en otro lugar que el hombre se ayuda con el auxilio de la gracia en la conversión, quiero decir tan solo que se aprovecha de ella en cuanto cesa la resistencia que es vencida, pero sin ninguna cooperación por su parte; a la manera que no hay cooperación por parte del hielo cuando se le rompe. Porque la conversión es pura obra de la gracia de Dios, a la cual el hombre solo concurre resistiendo; siendo su resistencia mayor o menor, según las personas y las ocasiones. Las circunstancias contribuyen también más o menos a fijar nuestra atención y a los movimientos que nacen en el alma; y el concurso de todas estas cosas, junto con la medida de la impresión y el estado de la voluntad, determinan el efecto de la gracia, pero sin hacerla necesaria. He explicado ya en otra parte, que, con relación a las cosas referentes a la salud espiritual, debe considerarse al hombre no regenerado como muerto; y apruebo mucho la manera en que los teólogos de la confesión de Augsburg se expresan sobre este punto. Sin embargo, esta corrupción del hombre no regenerado no le impide, por otra parte, tener verdaderas virtudes morales, y hacer algunas veces acciones buenas en la vida civil, las cuales proceden de un buen principio, sin ninguna intención mala y sin mezcla de pecado actual. En cuyo punto espero se me perdonará el que me haya atrevido a separarme de la opinión de san Agustín16, hombre grande, sin duda, y de una maravillosa inteligencia, pero inclinado a veces a exagerar las cosas, sobre todo en el calor de la polémica. Estimo mucho algunas personas que son por declaración propia discípulos de san Agustín, una de ellas el reverendo padre Quesnel17, digno sucesor del Gran Arnauld en la persecución de las controversias sostenidas con la más célebre de las Compañías. Pero he visto que ordinariamente en los combates entre las personas de insigne mérito (que las hay, sin duda, en ambos partidos), está la razón por ambas partes, pero en puntos diferentes, y que se halla más bien en las defensas que en los ataques; aunque por la malignidad natural del corazón humano son ordinariamente los ataques más agradables a los lectores que las defensas. Espero que el reverendo Padre Ptolomei18, honra de su compañía y que se ocupa de llenar los vacíos de la doctrina del célebre Belarmino19, nos dará sobre este punto pruebas de su penetración y de su saber, y, me atrevo a añadir, de su moderación. Y debe creerse que entre los teólogos de la confesión de Augsburg aparecerá algún nuevo Chemnice o algún nuevo Calixto20, como se puede esperar que algún Usserius21 o algún Daillé22 revivirán entre los reformados; y que todos trabajarán cada vez más activamente en deshacer las equivocaciones que reinan en la materia. Por lo demás, celebraré que los que quieran apurar este asunto, lean las objeciones puestas en forma con las respuestas que yo he dado a las mismas, en la pequeña disertación que va al fin de la obra, como sumario de la misma. He procurado salir al encuentro de algunas nuevas objeciones que pudieran hacerse, explicando, verbigracia, por qué he adoptado la voluntad antecedente y consiguiente como previa y final, a ejemplo de Tomás de Aquino, de Escoto23 y de otros; cómo es posible que haya incomparablemente más bien en la gloria de todos los salvados, que mal hay en la desdicha de todos los condenados, aunque sean estos últimos muchos más; cómo al decir que el mal ha sido permitido como una condición sine qua non del bien, yo lo entiendo, no según el principio de lo conveniente; cómo la predeterminación, que yo admito, es siempre inclinante, y nunca necesitante; cómo Dios no rehusará nuevas luces necesarias a los que han usado bien de las que tenían; y prescindo de otras aclaraciones que he procurado dar a ciertas dificultades que hace poco se me han propuesto. He seguido también el consejo de algunos amigos que han creído conveniente que añadiese dos apéndice: el uno sobre la controversia suscitada entre M. Hobbes y el obispo Bramhall, tocante a lo libre y a lo necesario, y el otro sobre la sabia obra, el Origen del mal, publicada hace poco en Inglaterra.

En fin, he tratado de referirlo todo a la virtud y la edificación, y si he dicho algo teniendo en cuenta la curiosidad, es porque me ha parecido conveniente amenizar una materia que, por lo árida, podría sin eso cansar. Con este objeto he introducido en este discurso la entretenida quimera de una cierta teología astronómica, sin temor de que seduzca a nadie, y creyendo que referirla y refutarla es todo uno. Ficción por ficción, en lugar de imaginarse que los planetas han sido soles, también podrá concebirse que han sido masas fundidas en el sol, y arrojadas luego de allí, lo cual destruiría el fundamento de este teología hipotética. El antiguo error de los dos principios, que los orientales distinguen con los nombres de Ormuz y de Ahriman, me han obligado a aclarar una conjetura referente a la historia remota de los pueblos; puesto que hay trazas de que estos nombres fueron los de dos grandes príncipes contemporáneos, el uno monarca de una parte del alta Asia, donde hubo después otros del mismo nombre; y otro rey de los Celto-Escitas, que penetró en los Estados del primero, y conocido además entre las divinidades de la Germania. Es de presumir que Zoroastro empleó los nombres de estos príncipes como símbolos de poderes invisibles a que por sus empresas se asemejaban en la opinión de los asiáticos. Aunque, por otra parte, si nos atenemos a las relaciones de los autores árabes, que deberían estar mejor informados que los griegos de algunas particularidades de la antigua historia oriental, resulta que este Zerdust o Zoroastro, que suponen contemporáneo del gran Darío, no consideró estos dos principios como absolutamente primitivos e independientes, sino como dependiente de un principio único supremo, y que, conforme a la cosmogonía de Moisés, creyó que Dios, que carece de padre, lo ha creado todo y ha separado la luz de las tinieblas; que la luz ha existido conforme a su designio primitivo, pero que las tinieblas han sido como su resultado, a la manera que la sombra sigue al cuerpo, y que no son otra cosa que la privación de aquella. Esto eximiría a este antiguo autor de los errores que los griegos le atribuyen. Su gran saber ha hecho que los orientales le hayan comparado con el Mercurio o Hermes de los egipcios y de los griegos, a la manera que los septentrionales han comparado a su Wotan u Odin, con ese mismo Mercurio. Por esta razón, el miércoles o el día de Mercurio se llama wodans-gad por los septentrionales, y día de zerdust por los asiáticos, puesto que se le llama zarschanmba o drearschanmbe por los turcos y los persas, zerda por los húngaros, procedentes del Oriente septentrional, y sreda por los eslavos, desde el extremo de la gran Rusia hasta los Wendes del país de Luneburg; habiendo tomado también los eslavos este nombre de los orientales. Estas observaciones no desagradarán quizá a los curiosos; y me lisonjeo de que el pequeño diálogo con que concluyen los ensayos sobre M. Bayle, satisfará a los que gustan de leer verdades tan difíciles y tan importantes expuestas de una manera sencilla y familiar. Esta obra se ha escrito en lengua extranjera*, corriendo el riesgo de incurrir en muchas faltas, porque esta materia ha sido recientemente tratada en ella por otros, y será así más leída por las personas para quienes se desea que sea útil este pequeño trabajo. Espero que las faltas de lenguaje procedentes, no solo de la imprenta y del copista, sino también de la precipitación con que la ha escrito el autor en medio de muchas ocupaciones, serán dispensadas; y si algún error se ha deslizado al exponer las opiniones expuestas, seré el primero en corregirlo tan pronto como lo eche de ver; y como ha dado, por otra parte, señaladas pruebas de su amor a la verdad, se lisonjea con que no se tomará esta declaración por un cumplimiento.

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1 Vors, ministro protestante, nació en 1624, en Holstein Wesselbourg, y murió en Berlín, en 1676. (Esta nota es de M. Janet, así como todas las que siguen).

2 Tomás Barton; véase más adelante.

3 República de Platón, lib. I.

4 Sofía Carlota, reina de Prusia, hermana de Jorge I.

5 Jerónimo Rorario nació en Pordenone en 1485 y murió en 1556. Sólo es conocido por el artículo en que Bayle se ocupó de él en su Diccionario. Su opúsculo: Quos animalia bruta saepe ratione utantur melius homine (Sobre el hecho de que a menudo los animales brutos hacen uso de la razón mejor que el hombre), publicado por Naudé con una disertación de este De anima brutorum (Sobre el alma de los brutos), es el único auténtico. Bayle le atribuye una Oratio pro moribus inserta en el primer volúmen de las Misceláneas de J. C. Estort. 1732, en 8.º

6 Juan Le Clerc, célebre crítico, nació en Ginebra en 1657. Se fijó en Holanda en 1683, y murió en 1736. Entre sus numerosas obras citaremos sus Conversaciones sobre diversas materias de Teología, Amsterdam, 1685, y su Biblioteca universal e histórica (1684.1693) de la que es continuación la Biblioteca escogida (1703-1713) formando en conjunto 54 volúmenes en 18.º. Es una mina bibliográfica inagotable sobre el siglo xvii.

7 Juan Swammerdam, célebre anatómico holandés, nació en 1637 en Amsterdam y murió en esta ciudad en 1680. Es conocido principalmente por sus trabajos sobre los insectos. Sus principales obras son Miraculum naturae, seu uteri mulieris fabrica, donde expone todo el sistema de la generación (Leyden, 1672, en 4.º). Historia general de los insectos, en holandés (Utrecht, 1669, en 4.º), traducción francesa, Utrecht, 1662, en 4.º). Historia de las efemérides que pasa por su obra maestra (en holandés, Amsterdam, 1675, en 8.º), traducida al latín (Londres, 1681, en 4.º); y finalmente, su Biblia naturae, obra póstuma (Leyden, 1727) traducida al francés en los tomos IV y V de la Colección académica de Dijon.

8 Boecio, uno de los últimos grandes hombres de la Antigüedad, nació en Roma en 470, fue ministro de Teodorico, quien después de haberlo tenido preso lo condenó a muerte en 526. Su obra más conocida es su Consolación de la filosofía (Leyden, 1656, en 8.º). La más antigua edición de sus obras es la de Venecia, 1491, en folio; la mejor, la de Basilea, 1570, en folio.

9 Pedro de Wallemburg o Wallemburch y su hermano Adriano, ilustres teólogos católicos del siglo xvii, que nunca se separaron. Nacidos en Rotterdam, se consagraron ambos a la Teología y a la defensa del catolicismo. Adriano murió en Colonia en 1669. Pedro, sufragáneo de Maguncia, murió en 1675. Sus obras completas las publicaron ellos mismos en dos volúmenes, en folio (Colonia, 1669-71).

10 Juan Luis Fabricio, profesor de Heidelberg, sabio teólogo que no debe confundirse con el célebre bibliógrafo (Juan Alberto), nació en Schaffouse en 1632, y murió en Francfort en 1697. Se conoce de él una Apología generis humanio contra calumniam atheismi (Apología del género humano contra la calumnia de ateísmo), y algunas otras obras teológicas.

11 Bramhall, teólogo anglicano y metropolitano de Irlanda, nació en el condado de York en 1593, y murió en 1663. Sus obras se han publicado en Dublín, 1667 (un volumen en folio).

12 Estratón de Lempsaco, filósofo peripatético, sucesor de Teofrasto, llamado el físico, vivió en el siglo III antes de Jesucristo. Solo se conoce su filosofía por algunos fragmentos. Véase Diógenes Laercio, 1, V., c. III.

13 El P. Tournemine, sabio jesuita, nació en Rennes, en 1661, y murió en París en 1739. Publicó numerosas disertaciones en las Memorias de Trevous, 1732 a 1736. Se conocen sus Reflexiones sobre el ateísmo y una Carta sobre el alma, dirigida a Voltaire.

14 Juan Cristóbal Sturm, ilustre sabio, nació en 1635, en Hilpostein (condado de Neubourg), fue profesor en la Academia de Altdorf, y murió en 1703. Se conoce su Filosofía ecléctica. Nuremberg, 1686, en 8.º, y una Física hipotética, 1697, en 4.º, dos volúmenes.

15 De Lom Lami.

16 San Agustín, ilustre padre de la Iglesia latina, nació en Tagaste, en África, en 354. Todo el mundo conoce la historia de su conversión referida por él mismo en sus Confesiones. Fue obispo de Hipona en 395; combatió enérgicamente a los Maniqueos, a los Donatistas y los Pelagianos. Su nombre va envuelto siempre en la cuestión de la gracia. Sus Obras completas fueron editadas por los benedictinos en once tomos en folio, en 1671.

17 El P. Quesnel, célebre jansenista, nació en París en 1634, y murió en Amsterdam en 1659. Se conocen sus Reflexiones morales, publicadas en 1694, que fueron origen de la segunda lucha con los jansenistas, y ocasión también de la famosa bula Unigenitus. Sus obras teológicas son muy numerosas.

18 Ptolomei o Tolomei, cardenal, aunque era jesuita, nació en Florencia en 1653, y murió en 1726. Hay de él una Philosophia mentis et sensuum (Filosofía del entendimiento y de los sentidos), Roma, 1696, en folio. Su Suplemento a las controversias de Belarmino, ha quedado inédito.

19 Belarmino, célebre controversista del siglo xvi, arzobispo de Capus, nació en Toscana en 1542, y murió en 1621. Es conocido por sus Controversias, entre las cuales hay que destacar la De Romano Pontífice, manual de las doctrinas ultramontanas.

20 Calixto, Papa en 218, murió en 222. Se encuentran detalles curiosos sobre su pontificado en la obra de san Hipólito, publicada en 1851 por M. Miller bajo el título de Philosophumena.

21 Santiago Usserius o Usher, teólogo anglicano, arzobispo de Armag, nació en Dublín en 1580, y murió en 1656. Escribió a la vez contra los católicos y los arminianos. Publicó gran número de obras teológicas y, entre otras, por orden de Carlos I, una sobre el poder del soberano, donde defiende la obediencia pasiva (1661).

22 Daillé, controversista protestante, nació en Châtellerault en el año 1594, y murió en Charenton en 1670. Fue muy estimado hasta por los católicos. Se conocen de él tratados teológicos sin ninguna relación con la filosofía.

23 Juan Duns Scoto, ilustre escolástico de la orden de los Franciscanos, nació en Escocia, en la villa de Duns, ignorándose la fecha. Se sabe que murió en 1308 en Colonia. Fue jefe de la escuela escotista, opuesta a los tomistas en la cuestión de la gracia y en la de los universales. Sus obras completas, publicadas por el P. Wadding (Lyón, 1639), comprenden doce volúmenes en folio.

* Los Ensayos de Teodicea fueron escritos originariamente por Leibniz en francés (N. del E.).

DISCURSO

Sobre la conformidad de la fe con la razón

§ 1. Comienzo por la cuestión preliminar de la conformidad de la fe con la razón, y de la utilidad de la filosofía en la teología, porque tiene mucha influencia en la materia principal que vamos a tratar, y porque M. Bayle se ocupa de ella en todas sus obras. Supongo que dos verdades no pueden contradecirse; que el objeto de la fe es la verdad que Dios ha revelado de una manera extraordinaria, y que la razón es el encadenamiento de las verdades, pero particularmente (cuando se la compara con la fe) de las que el espíritu humano puede alcanzar naturalmente, sin el auxilio de las luces de aquella. Esta definición de la razón, es decir, de la recta y verdadera razón, ha sorprendido a algunos, acostumbrados a declamar contra ella cuando se la toma en un sentido vago. Me han objetado que nunca habían oído que se le diera tal significación; lo cual nace de que jamás conferenciaron con personas que se expresaran con claridad sobre estas materias. Me han confesado, sin embargo, que nada tenían que decir en contra de ella, entendiéndola en el sentido en que yo lo hago. En este mismo sentido se opone a veces la razón a la experiencia. Consistiendo la primera en el encadenamiento de las verdades, hay que unir a estas las conclusiones que la segunda ha suministrado, para deducir de ellas conclusiones mixtas; pero la razón pura y neta, distinta de la experiencia, solo tiene que ver con las verdades independientes de los sentidos. Mas puede compararse la fe con la experiencia, puesto que la fe (con respecto a los motivos que la comprueban) depende de la experiencia de los que han visto los milagros en que se funda la revelación y de la tradición digna de crédito que la ha hecho llegar hasta nosotros, ya sea por medio de las Escrituras, ya por el testimonio de los que la han conservado; del mismo modo que nos fundamos en la experiencia de los que han visto la China y en la credibilidad de su dicho, cuando damos fe a las maravillas que nos cuentan de aquel país lejano. Decimos esto sin perjuicio de hablar en otra parte del movimiento interior del Espíritu Santo, que se apodera de las almas, las persuade y las conduce al bien, es decir, a la fe y a la caridad, sin que tenga siempre necesidad de motivos.

§ 2. Ahora bien, las verdades de razón son de dos clases. Unas se llaman verdades eternas, y son absolutamente necesarias, de manera que lo opuesto implica contradicción, tales como aquellas cuya necesidad es lógica, metafísica o geométrica, y que no es posible negar sin caer en el absurdo. Hay otras que se pueden llamar positivas, porque son las leyes que Dios ha tenido a bien dar a la naturaleza, o porque dependen de él. Las sabemos, o por la experiencia, es decir, a posteriori; o por la razón, o a priori, esto es, por las consideraciones de conveniencia que han motivado su elección. Esta conveniencia tiene también sus reglas y sus razones; pero la elección libre de Dios, y no una necesidad geométrica, es la que hace preferible lo conveniente y le da existencia. Y así puede decirse, que la necesidad física se funda en la necesidad moral, es decir, en la elección del sabio, digna de su sabiduría; y que la una lo mismo que la otra deben distinguirse de la necesidad geométrica. Esta necesidad física constituye el orden de la naturaleza, y consiste en las reglas del movimiento y en algunas otras leyes generales a que ha querido Dios someter las cosas al darles la existencia. Es cierto que Dios no las ha dado sin razón, porque Dios no escoge nada por capricho o como al azar, o por una absoluta indiferencia; pero las razones generales del bien y del orden, que le han movido, pueden en algunos casos ser sobrepujadas por razones superiores de un orden más elevado.

§ 3. Esto muestra que Dios puede, haciendo un milagro, dispensar a las criaturas de las leyes que les ha prescrito, y producir en las mismas lo que su naturaleza no consiente; y cuando ellas se ven elevadas hasta alcanzar perfecciones y facultades a que no pueden arribar por su naturaleza, los escolásticos llaman a esta facultad una potencia obediencial, es decir, que la cosa adquiere obedeciendo el mandato de aquel que puede darle lo que ella no tiene; aunque estos escolásticos citan comúnmente ejemplos de esta potencia, que yo tengo por imposibles, como cuando pretenden que Dios pueda dar a la criatura la facultad de crear. Es posible que haya milagros que haga Dios por el ministerio de los ángeles, y en los que no resulten violadas las leyes de la naturaleza, ni más ni menos que cuando los hombres auxilian a la naturaleza por el arte, diferenciándose solo el artificio de los ángeles del nuestro por el grado de perfección; sin embargo, siempre resulta cierto que las leyes de la naturaleza están sujetas a la voluntad del legislador; mientras que las verdades eternas, como las de la geometría, son en absoluto imposibles de dispensar, y la fe no puede ser contraria a ellas. Por esta razón no puede haber una objeción que sea invencible contra la verdad. Porque si se trata de una demostración fundada en principio o en hechos incontestables, formada por un encadenamiento de verdades eternas, la conclusión es cierta e indispensable, y lo que sea opuesto a ella debe ser falso; de otra madera, dos contradictorias podían ser verdaderas al mismo tiempo. Y si la objeción no es demostrativa, solo puede formar un argumento probable que no tiene fuerza contra la fe, puesto que todos convienen en que los misterios de la religión son contrarios a las apariencias. Ahora bien, M. Bayle, en su respuesta póstuma a M. Le Clerc, declara que no pretende que haya demostraciones contra la verdad de la fe, y, por consiguiente, se desvanecen todas esas dificultades invencibles y esos supuestos combates entre la razón y la fe.

Hit motus animorum atque haec discrimina tanta Pulveris exigui jactu compressa quiescunt.

(Estos movimientos de las almas y estas tan numerosas diferencias Descansan comprimidos por el golpe de una particulilla de polvo).

§ 4. Los teólogos protestantes, lo mismo que los del partido de Roma, convienen en las máximas que acabo de sentar cuando tratan detenidamente esta materia; y todo lo que se dice contra la razón solo afecta a una supuesta razón corrompida y engañada por falsas apariencias. Lo mismo sucede con las nociones de la justicia y de la bondad de Dios, de las que se habla a veces como si no tuviéramos ninguna idea y ninguna definición de ellas. Mas en tal caso careceríamos de fundamento para atribuir a Dios estos atributos, o para alabarle por ello. Su bondad y su justicia, lo mismo que su sabiduría, solo difieren de las nuestras en que son las suyas infinitamente más perfectas. Por tanto, las nociones simples, las verdades necesarias y las consecuencias demostrativas de la filosofía, no pueden ser contrarias a la revelación. Y cuando algunas máximas filosóficas son rechazadas por la teología, es porque se sostiene que solo son de una necesidad física o moral, que se refiere únicamente a lo que tiene lugar por lo común, se funda, por tanto en apariencias, y tal necesidad puede faltar, si Dios no tiene por conveniente.

§ 5. Por lo que acabo de decir se ve que hay con frecuencia alguna confusión en los términos de que se sirven los que se ocupan de filosofía y de teología, o de la fe y la razón; y esto nace de que confunden estas expresiones: explicar, comprender, probar y sostener. Y encuentro que M. Bayle, no obstante ser tan sagaz, no está exento de esta falta. Los misterios se pueden explicar hasta donde es necesario para creerlos, pero no se les puede comprender, ni hacer entender cómo se verifican; así como en la misma física explicamos hasta cierto punto muchas cualidades sensibles, pero de una manera imperfecta, porque no las comprendemos. Tampoco nos es posible probar los misterios por la razón; porque todo lo que se puede probar a priori, o por la razón pura, se puede comprender. Después de haber dado fe a los misterios en vista de las pruebas de la verdad de la religión (que se llaman motivos de credibilidad), lo único que nos falta por hacer es poderlos sostener contra las objeciones, sin lo cual no tendríamos fundamento para creerlos, en cuanto no puede menos de ser falso todo lo que puede ser refutado de una manera sólida y demostrativa; y las pruebas de la verdad de la religión, que producen solo una certidumbre moral, serían contrarrestadas y hasta superadas por objeciones que produjesen una certidumbre absoluta, si fuesen convincentes y completamente demostrativas. Lo dicho debería bastar para resolver las dificultades que se oponen al uso de la razón y de la filosofía con relación a la religión, si no tropezáramos harto frecuentemente con personas prevenidas. Pero como la materia es importante, y se ha embrollado mucho, será bueno entrar en mayores pormenores.

§ 6. La cuestión de la conformidad de la fe con la razón ha sido siempre un gran problema. En la Iglesia primitiva los autores cristianos más ilustres se amoldaron a los pensamientos de los platónicos, que era con los que más simpatizaban y los que entonces estaban más en boga. Poco a poco, Aristóteles fue reemplazando a Platón, cuando comenzó a desarrollarse el gusto por los sistemas, y cuando la teología misma se hizo más sistemática por virtud de las decisiones de los concilios generales que suministraban formularios precisos y positivos. San Agustín, Boecio y Casiodoro1 en Occidente, y san Juan Damasceno2 en Oriente, contribuyeron en primer término a dar a la teología forma científica, prescindiendo de Beda3, Alcuino4, san Anselmo y algunos otros teólogos versados en la filosofía; hasta que vinieron por fin los escolásticos, y dando ocasión el ocio de los claustros a las especulaciones, auxiliadas por la filosofía de Aristóteles traducida del árabe, acabó por formarse un compuesto de teología y de filosofía, cuyas cuestiones procedían en su mayor parte del deseo de conciliar la fe con la razón. Pero el éxito no fue tan bueno como era de desear, porque la teología estaba muy corrompida por lo calamitoso de los tiempos, por la ignorancia y la terquedad; y porque la filosofía, además de sus propios defectos, que eran muy grandes, se veía sobrecargada con los de la teología, la cual sentía a su vez los efectos de haberse asociado a una filosofía muy oscura e imperfecta. Sin embargo, es preciso confesar, con el incomparable Grocio, que a veces se encuentra oro entre la basura del latín bárbaro de los monjes; lo cual me ha hecho desear más de una vez que un hombre capaz, que, por razón de su función, estuviese obligado a aprender el lenguaje de la escuela, se hubiera consagrado a sacar lo mejor que hay en estos trabajos, y que otro Petavio5 o Thomassin6 hubiesen hecho, respecto de los escolásticos, lo que estos dos sabios han hecho con relación a los Santos Padres. Sería una obra muy curiosa e importante para la historia eclesiástica, y sería continuación de la de los dogmas hasta el renacimiento de las bellas letras (por cuyo medio las cosas han mudado de aspecto), y aun hasta más allá. Porque muchos dogmas, como el de la predeterminación física, el de la ciencia media, el del pecado filosófico, el de las precisiones objetivas y otros muchos de la teología especulativa, y también de la teología práctica de los casos de conciencia, han sido puestos en boga después del mismo Concilio de Trento.

§ 7. Un poco antes de estos cambios, y antes de la gran escisión del Occidente que dura aún, había en Italia una secta de filósofos que combatía esta conformidad de la fe con la razón que nosotros sostenemos. Se les llamaba averroístas7, porque seguían a un autor árabe a quien se apellidaba el Comentador por excelencia, y que era, al parecer, quien había penetrado mejor el sentido de Aristóteles entre todos los de su nación. Este comentador, desenvolviendo lo que los intérpretes griegos habían enseñado ya, pretendía que según Aristóteles, y hasta según la razón (cosas que en aquel tiempo se tenían por una misma), la inmortalidad del alma no podía subsistir. He aquí su razonamiento. El género humano es eterno según Aristóteles; luego si las almas particulares no perecen, es preciso volver a la metempsicosis rechazada por este filósofo; o si hay siempre almas nuevas, es necesario admitir una infinidad de ellas que duran toda la eternidad; pero la infinidad actual es imposible, según la doctrina del mismo Aristóteles, luego es preciso concluir que las almas, es decir, las formas de los cuerpos orgánicos, deben perecer con estos cuerpos, o por lo menos habrá de perecer el entendimiento pasivo, propio de cada uno. De manera que solo quedará el entendimiento activo, común a todos los hombres, que Aristóteles decía proceder de fuera, y que debe trabajar allí donde encuentre órganos dispuestos para ello; como el viento produce una especie de música en los tubos bien ajustados de un órgano.

§ 8. Nada más débil que esta supuesta demostración. No hay datos para decir que Aristóteles haya refutado debidamente la metempsicosis, ni que haya probado la eternidad del género humano; y de todos modos, es falso que un infinito actual sea imposible. Sin embargo, esta demostración pasaba por incontestable entre los aristotélicos, y en virtud de ella creían que había cierta inteligencia sublunar, constituyendo la participación en ella nuestro entendimiento activo. Pero otros menos afectos a Aristóteles llegaban a admitir un alma universal que era el Océano de todas las almas particulares, y creían que esta alma universal era la única que subsistía, mientras que las almas particulares nacían y perecían. Según esta opinión, las almas de los animales nacen, desprendiéndose como gotas de su Océano, cuando encuentran un cuerpo que pueden animar; y perecen, uniéndose al Océano de las almas cuando el cuerpo perece, como los arroyos se pierden en el mar. Y muchos llegaron a creer que Dios era esta alma universal, aunque otros creían que era subordinada y criada. Esta deplorable doctrina es muy antigua y muy capaz de alucinar al vulgo. Ella aparece en estos hermosos versos de Virgilio (En. VI, v. 724):

Principio coelum ac terram camposque liquentes, Lucentemque globum Lunae, Titaniaque astra, Spiritus intus, alit totamque infusa per artus Meus agitat molem, et magno se corpore miscet.

(Al principio sin aliento alimenta interiormente al cielo,

a la tierra, al globo refulgente de la luna y a los soles,

y difundido por los miembros agita toda la mole

y se mezcla al vigoroso cuerpo).

Y también en este otro pasaje (Geor. IV, v. 221):

Deum namque ire per omnes Terrasque tractusque maris coelumque profundum: Hinc pecudes, armenta, viros, genus omne ferarum, Quemque sibi tenues nascentem arcessere vitas; Scilicer huc reddi deinde hac resoluta referri.

(Porque Dios recorre toda la tierra, la extensión de los mares y el cielo

[profundo;

después infunde las vidas delicadas en las ovejas y en las vacas,

en los hombres, en todo género de animales y en todo ser viviente;

es decir, ahora las da y después, una vez fenecidos aquellos,

las vuelve a recoger).

§ 9. Algunos han tomado en este sentido el alma del mundo de Platón; pero hay más trazas de que los estoicos eran los que admitían esta alma común que absorbe todas las demás. Podrían llamarse monopsyquistas a las que son de esta opinión, puesto que, según ellos, no hay verdaderamente subsistente más que una sola alma. M. Bernier8 observa que esta creencia es casi universalmente recibida entre los sabios de la Persia y en los estados del Gran-Mogol; y parece que ha sido también acogida por los cabalistas9 y por los místicos. Un cierto alemán, natural de Suabia, que se hizo judío hace algunos años, y que se las daba de maestro bajo el nombre de Moisés Germanus, aceptó los principios de Espinoza y creía que este había renovado la antigua Kábala de los hebreos, y un hombre muy sabio10, que refutó a este prosélito del judaísmo, parece ser de la misma opinión. Es sabido que Espinoza reconoce una sola sustancia en el mundo, de la que no son las almas individuales más que modificaciones pasajeras. Valentín Weigel11, sacerdote de Tschopa, en Misia, hombre de talento y no escaso, aun cuando se la haya querido hacer pasar por un visionario, participaba también quizá algo de esta opinión; lo mismo que el que se llama Juan Angelus12, de Silesia, autor de ciertos versos cortos de devoción, en alemán, bastante preciosos y en forma de epigramas, que se acaban de reimprimir. Y, generalmente hablando, la deificación de los místicos puede tomarse en este mal sentido. Gersón13 ha escrito ya contra Russbroeck14, autor místico, cuya intención era buena, al parecer, pero cuyas explicaciones necesitaban excusa, y vale más escribir de manera que no sea esta necesaria; aunque confieso también que muchas veces las expresiones exageradas y, por decirlo así, poéticas, tienen más fuerza para mover y persuadir que lo que se dice con llaneza.

§ 10. El anonadamiento de lo que nos pertenece en propiedad, que ha sido llevado demasiado lejos por los quietistas, podría muy bien ser, en algunos, una impiedad disfrazada, como sucede, según se cuenta, con el quietismo de Foë, fundador de una gran secta en la China, quien, después de haber predicado su religión durante cuarenta años, como se sintiera próximo a la muerte, declaró a sus discípulos que les había ocultado la verdad bajo el velo de las metáforas, y que todo se reducía a la nada15, la cual era, según él, el primer principio de todas las cosas. Esta opinión era peor, al parecer, que la de los averroistas. Ambas doctrinas son insostenibles y hasta extravagantes; sin embargo, algunos escritores modernos no han tenido dificultad en adoptar esta alma universal y única en que se absorben las demás. También ha merecido el aplauso de los supuestos espíritus despreocupados, y el señor de Preissac, soldado y hombre de talento que presumía de filósofo, desenvolvió en otro tiempo esta doctrina públicamente en sus discursos. El sistema de la armonía preestablecida es el que mejor puede curar este mal; porque hace ver que necesariamente hay sustancias simples y sin extensión, que están derramadas por toda la naturaleza; que estas sustancias deben subsistir siempre independientemente de todo lo que no sea Dios, y que siempre van unidas a algún cuerpo organizado. Los que creen que las almas capaces de sensación, pero incapaces de razón, son mortales, o sostienen que solo las almas racionales pueden experimentar aquella, favorecen en gran manera la opinión de los monopsyquistas; porque será siempre difícil convencer a los hombres de que las bestias no sienten nada; y una vez concedido que lo que es capaz de sensación puede perecer, es difícil mantener por medio de la razón la inmortalidad de nuestras almas.

§ 11. He hecho esta pequeña disgresión, porque me ha parecido oportuna en un tiempo en que se advierte demasiada predisposición a trastornar hasta los fundamentos de la religión natural; y vuelvo a los averroistas, que estaban persuadidos de que su dogma era demostrable por la razón; lo cual les hacía suponer que el alma del hombre es mortal según la filosofía, mientras afirmaban su sumisión a la teología cristiana, que la declara inmortal. Pero esta distinción se tuvo por sospechosa, y este divorcio de la fe y de la razón fue terminantemente rechazado por los prelados y por los doctores de aquel tiempo, y condenado por el último Concilio de Letrán, celebrado bajo León X, en el que se exhortó a los sabios a que trabajaran con objeto de resolver las dificultades que presentaban a la vez la teología y la filosofía. La doctrina de su incompatibilidad no dejó de mantenerse en secreto. Pomponazzi se hizo sospechoso en este punto, aunque no lo fuera por lo que decía; y la secta misma de los averroistas continuó subsistiendo por tradición. Se cree que César Cremonini16, filósofo famoso en su tiempo, fue uno de sus principales sostenedores. Andrés Cesalpino17, médico autor de mérito, y que más se aproximó al descubrimiento de la circulación de la sangre después de Miguel Servet18, fue acusado por Nicolás Taurel19, en un libro titulado Alpes Caesae, de ser uno de estos peripatéticos enemigos de la religión. Igualmente se encuentran rastros de esta doctrina en el Circulus Pisanus Claudii Berigardi20, autor francés que pasó a Italia, habiendo enseñado la filosofía en Pisa; pero, sobre todo, los escritos y cartas de Gabriel Naudé, lo mismo que la Naudeana, muestran que el averroismo subsistía todavía cuando este sabio médico estaba en Italia. La filosofía corpuscular, introducida poco después, parece que acabó con esta secta; pues era demasiado peripatética, o quizá se mezcló con ella; y puede suceder que haya atomistas que estén dispuestos a dogmatizar como estos averroistas, si las conjeturas lo consintieran; pero este abuso no puede perjudicar a lo que hay de bueno en la filosofía corpuscular, y que se puede muy bien combinar con lo que hay de verdadero en Platón y en Aristóteles, y poner de acuerdo lo uno y lo otro con la verdadera teología.

§ 12. Los reformadores —y sobre todo Lutero, como ya he dicho—, han hablado algunas veces en el sentido de rechazar la filosofía, como si la tuvieran por enemiga de la fe. Pero tomándolo todo en cuenta, se ve que Lutero solo entendía por filosofía lo que es conforme con el curso ordinario de la naturaleza, o quizá lo que se enseñaba en las escuelas. Así sostiene, por ejemplo, que es imposible en la filosofía, es decir, en el orden de la naturaleza, que el Verbo se haga carne; y llega hasta sostener que lo que es verdadero en física podrá ser falso en moral. Aristóteles fue víctima de su cólera, y tenía intención de purgar la filosofía ya desde el año 1516, cuando no pensaba quizá aún en reformar la Iglesia. Mas al fin se aplacó y consintió que en la apología de la confesión de Augsburg se hablara con elogio de Aristóteles y de su moral. Mélanchton, espíritu severo y moderado, formó pequeños tratados de filosofía, acomodados a las verdades de la revelación, útiles en la vida civil, y que merecen aún hoy ser leídos. Después de él se presentó en primera línea Pedro de la Ramée21, cuya filosofía estuvo muy en boga, siendo poderosa en Alemania la secta de los ramistas cuya doctrina fue muy seguida por los protestantes, y empleada en la misma teología, hasta que renació la filosofía corpuscular que hizo olvidar la de Ramée y amenguó el crédito de los peripatéticos.

§ 13. Sin embargo, muchos teólogos protestantes, alejándose cuanto podían de la filosofía de la Escuela que reinaba en el partido opuesto, llegaron hasta despreciar la filosofía misma, que les era sospechosa; estallando al fin la tormenta en Helmstadt, a causa de la animosidad de Daniel Hofman, teólogo entendido por otra parte, y que había adquirido ya antes reputación en la conferencia de Quedlinbourg, donde Tilmann Heshusius22, y él, se decidieron por el partido del duque Julio de Brunswick, cuando este se negó a aceptar la fórmula de concordia. Yo no sé por qué el doctor se irritó contra la filosofía en vez de contentarse con atacar los abusos de los filósofos; pero le salió al encuentro Juan Casalius23, hombre célebre, estimado por los príncipes y por los sabios de su tiempo; y el duque de Brunswick, Enrique Julio, hijo de Julio, fundador de la Universidad, habiéndose tomado el trabajo de examinar por sí la materia, condenó al teólogo. Han habido algunas ligeras polémicas semejantes a esta con posterioridad, pero resultó siempre que todo nacía de malas inteligencias o equivocaciones. Pablo Slevogt24, profesor célebre de Jena, en Turingia, algunas de cuyas disertaciones muestran cuán versado era en la filosofía escolástica y en la literatura hebraica, publicó en su juventud con el título de Pervigilium un libro de Dissidia Theologi et Philosophi in utriusque principiis fundato, con motivo de la cuestión de si Dios es por accidente causa del pecado. Pero se veía claramente que su objeto era demostrar que los teólogos abusan algunas veces de los términos filosóficos.

§ 14. Viniendo ahora a lo que ha sucedido en mi tiempo, recuerdo que en 1666, cuando Luis Meyer25, médico de Amsterdam, publicó el libro anónimo titulado: Philosophia Scripturae interpres (que muchos achacaron sin razón a su amigo Espinoza), los teólogos de Holanda se alteraron dando lugar a que se escribiera contra este libro y a que se originasen entre ellos grandes disputas; muchos creían que los cartesianos, al refutar al filósofo anónimo, habían concedido demasiado a la filosofía. Juan de Labadie26 (cuando aún no se había separado de las iglesias reformadas bajo el pretexto de haberse deslizado en la práctica política algunos abusos que él tenía por intolerables) atacó el libro de M. de Wolzogue27 y lo calificó de pernicioso; y de otro lado M. Vogelsang y M. Van-der-Weyen28 y algunos otros anticoceyanos29 combatieron también el mismo libro hasta con acritud; pero el acusado consiguió que triunfara su causa en el sínodo. Se habló desde entonces en Holanda de teólogos racionalistas y no racionalistas, distinción que M. Bayle menciona con frecuencia, declarándose al fin contra los primeros; pero al parecer no se han consignado las reglas precisas en que unos y otros convienen o no convienen respecto al uso que debe hacerse de la razón en la explicación de las Santas Escrituras.

§ 15. Una disputa semejante ha venido a turbar hace poco las iglesias de la confesión de Augsburg. Algunos maestros de artes, de la Universidad de Leipzig, en lecciones particulares que daban en su casa a los estudiantes que lo solicitaban para aprender lo que se llama la Filología sagrada, según la práctica de esta Universidad y de algunas otras en que este estudio no está reservado a la Facultad de teología; estos maestros, repito, se fijaron en el estudio de las Santas Escrituras y en el ejercicio de la piedad más de lo que sus comprofesores tenían costumbre de hacer. Y se dice que exageraron ciertas cosas. haciéndose sospechosos de ciertas novedades en la doctrina, lo cual fue origen de que se les diera el nombre de pietistas, considerándolos como una secta nueva, nombre que después han hecho mucho ruido en Alemania, y que con razón o sin ella ha sido aplicado a aquellos de quienes se sospechaba o se aparentaba sospechar que eran reos de fanatismo, o aun de hipocresía, que ocultaban bajo ciertas apariencias reformadoras. Pues bien, como algunos de los discípulos de estos maestros se distinguieran por ciertas maneras y formas chocantes, una de ellas el desprecio que les inspiraba la filosofía —puesto que se jactaban de haber quemado los apuntes de las lecciones referentes a ella—, se creyó que sus maestros la rechazaban asimismo; pero estos se justificaron muy bien, y no fue posible convencerlos ni de este error ni de las herejías que se les imputaban.

§ 16. La cuestión del uso de la filosofía en la teología ha sido muy debatida entre los cristianos, y ha habido dificultades en llegar a un acuerdo sobre los límites de aquel, cuando se ha tratado de entrar en pormenores. Los misterios de la Trinidad, de la Encarnación y de la Santa Cena, son los que dieron más ocasión a las disputas. Los nuevos socinianos, para combatir a los dos primeros, se sirvieron de ciertas máximas filosóficas, que Andrés Kesler30, teólogo de la confesión de Augsburg, ha expuesto en los diversos tratados por él publicados sobre la filosofía sociniana. Pero, en cuanto a su metafísica, puede conocerse mejor leyendo la obra inédita todavía de Cristóbal Estegman, sociniano, que yo leí siendo joven y que hace poco se me ha remitido.

§ 17. Calovius y Schvzerus31, autores muy versados en la filosofía de la escuela, y muchos teólogos distinguidos han contestado ampliamente a los socinianos, y muchas veces con éxito feliz, no contentándose con aquellas respuestas generales un tanto desembarazadas que era costumbre darles, y que venían a decir, que sus máximas eran buenas en filosofía y no en teología, que era por el vicio de heterogeneidad, que se llama uetébadis eic awo yévoc, por lo que algunos las emplean cuando se trata de lo que está por encima de la razón; y que la filosofía debía considerarse como sirvienta y no como ama, con relación a la teología, de conformidad en el título del libro del escocés Roberto Baronius32: Philosophia Theologíce ancillans; y en fin, que ella era una Agar respecto de Sara, que era preciso arrojar de la casa con su Ismael cuando se rebelaba. Algo de bueno hay en estas respuestas; pero como podría abusarse de ellas y comprometerse indebidamente las verdades naturales y las reveladas, los sabios han procurado distinguir lo que hay de necesario e indispensable en las verdades naturales o filosóficas de lo que no lo es.

§ 18. Los dos partidos protestantes están bastante conformes cuando se trata de hacer la guerra a los socinianos; y como la filosofía de estos sectarios no es de las más exactas, han conseguido con frecuencia batirla en regla. Pero entre los mismos protestantes han surgido la desavenencia con ocasión del sacramento de la Eucaristía, cuando una parte de los que se llaman reformados (es decir, los que siguen en esto más bien a Zwinglio que a Calvino) ha reducido la participación del cuerpo de Jesucristo en la Santa Cena a una simple representación simbólica, valiéndose para ello de la máxima de los filósofos según la cual no puede estar un cuerpo más que en un solo lugar al mismo tiempo, mientras que los evangélicos (que se llaman así en un sentido particular, para distinguirse de los reformados) ateniéndose más al sentido literal, han creído con Lutero, que esta participación era real, y que en ello hay un misterio sobrenatural. Ellos desechan, a decir verdad, el dogma de la transubstanciación, que no creen que pueda encontrar fundamento suficiente en el texto sagrado, y no aprueban tampoco el de la consubstanciación o de la impanación, cosa que solo les puede imputar el que conozca bien su opinión, puesto que no admiten la inclusión de Jesucristo en el pan, ni exigen siquiera la unión de lo uno con lo otro, pero defienden que hoy, por lo menos, una concomitancia, de suerte que ambas sustancias son recibidas al mismo tiempo. Creen que la significación ordinaria de las palabras de Jesucristo, en una ocasión tan importante como es aquella en que se trataba de expresar lo que era su última voluntad, debe conservarse; y para sostener que este sentido está exento de todo absurdo que nos pudiera alejar de él, sostienen que la máxima filosófica que limita la existencia y la participación de los cuerpos a un solo lugar, no es más que un resultado del curso ordinario de la naturaleza. No destruyen por esto la presencia ordinaria del cuerpo de nuestro Salvador en los términos en que puede convenir al cuerpo más glorificado. No recurren a no sé qué difusión de ubicuidad que le disiparía, haciendo que no se le pudiese encontrar en ninguna parte; tampoco admiten la reduplicación multiplicada de algunos escolásticos, como si un mismo cuerpo estuviese al propio tiempo sentado aquí y de pie en otra parte. En fin, se explican de tal manera que, según muchos, la opinión de Calvino, autorizada por muchas declaraciones de fe de las iglesias que han aceptado la doctrina de este autor, cuando sienta una participación de la sustancia, no está tan distante de la confesión de Augsburg, como podría pensarse, y no difiere quizá sino en cuanto para esta participación exige él una fe verdadera, además de la recepción oral de los símbolos, quedando, por consiguiente, excluidos los indignos.

§ 19. Se ve por esto que el dogma de la participación real y sustancial se puede sostener (sin recurrir a las opiniones extrañas de algunos escolásticos) apelando a una analogía bien entendida entre la operación inmediata y la presente. Y como muchos filósofos han creído, que en el orden mismo de la naturaleza, un cuerpo puede obrar inmediatamente a distancia sobre muchos cuerpos lejanos al mismo tiempo, consideran con más razón que nada obsta a que la omnipotencia divina haga que un cuerpo esté presente en muchos cuerpos a la vez; no habiendo un gran trayecto de la operación inmediata a la presencia, y dependiendo quizá la una de la otra. Es cierto que hace algún tiempo los filósofos modernos han desechado la operación natural inmediata de un cuerpo sobre otro que esté distante, y confieso que soy de su opinión. Sin embargo, la operación a distancia acabada de ser rehabilitada en Inglaterra por el excelente M. Newton, quien sostiene que es conforme a la naturaleza de los cuerpos el que se atraigan y graviten los unos sobre los otros, en razón de la masa de cada uno y de los rayos de atracción que recibe; sobre lo cual el célebre M. Locke33 ha declarado, al responder al Obispo Stillingfleet34, que después de haber visto el libro de M Newton, se retracta lo que él había dicho, de conformidad con la opinión de los modernos, en su Ensayo sobre el Entendimiento; a saber: que un cuerpo no puede obrar inmediatamente sobre otro sin tocarle en su superficie y arrastrándolo en su movimiento; y reconoce que Dios puede dotar a los cuerpos de tales propiedades que pueden obrar a distancia. Así, los teólogos de la confesión de Augsburg sostienen que depende de Dios, no solo el que un cuerpo obre inmediatamente sobre otros muchos que estén distantes los unos de los otros, sino hasta el que exista cerca de ellos y el que sea recibido de una manera en la que no tienen influencia alguna los intervalos de los lugares y las dimensiones de los espacios. Y aunque este efecto supera las fuerzas de la naturaleza, no creen que pueda en modo alguno demostrarse que exceda al poder del autor de aquella, a quien le es fácil abrogar las leyes dadas por él mismo o dispensar de ellas como lo tenga por conveniente; a la manera que ha podido hacer que flote el hierro sobre el agua, y que quede en suspenso la operación del fuego sobre el cuerpo humano.

§ 20. Comparando el Rationale Thelogicum de Nicolás Vedelius, con la refutación de Juan Musaeus, he hallado, que estos dos autores, uno de los cuáles ha muerto siendo profesor en Francker, después de haber enseñado en Ginebra, y el otro ha sido nombrado teólogo decano en Jena, convienen bastante acerca de las reglas principales del uso de la razón, pero no en la aplicación de las mismas. Porque están de acuerdo en que la revelación no puede ser contraria a aquellas verdades cuya necesidad llaman los filósofos lógica o metafísica, es decir, cuyo opuesto implique contradicción; y admiten ambos que la revelación puede contradecir aquellas máximas cuya necesidad se llama física, y que solo se funda en las leyes que la voluntad de Dios ha prescrito a la naturaleza. Y así, la cuestión de si la presencia de un mismo cuerpo en muchos lugares es posible en el orden sobrenatural, solo afecta a la aplicación de la regla; y para decidir esta cuestión demostrativamente por la razón, sería preciso explicar con exactitud en qué consiste la esencia de los cuerpos. Los reformados mismos no están todos conformes sobre este punto; los cartesianos la reducen a la extensión, pero sus adversarios les contradicen; y creo haber dicho ya que Gisberto Voetius35, célebre teólogo de Utrecht, dudaba de la supuesta imposibilidad de la pluralidad de lugares.

§ 21. Por otra parte, aunque los dos partidos protestantes convienen en que es preciso distinguir estas dos necesidades que acabo de notar, es decir, la metafísica y la física, y que la materia es indispensable hasta en los misterios, no están conformes en las reglas de interpretación que pueden servir para determinar en qué caso es permitido abandonar la letra, cuando no se está seguro de que es contraria a esas verdades indispensables; porque se está conforme en que en algunos casos es preciso desechar una interpretación literal, aunque no sea absolutamente imposible, cuando por otra parte es poco propia o conveniente. Por ejemplo, todos los intérpretes están de acuerdo en que, cuando Nuestro Señor dice que Herodes era un zorro, habla metafóricamente, y en este sentido debe entenderse, y no imaginar, como algunos fanáticos, que durante el tiempo que empleó en pronunciar estas palabras Nuestro Señor, Herodes fue convertido efectivamente en zorro. Pero no sucede lo mismo con los textos fundamentales referentes a los misterios, respecto de los cuáles los teólogos de la confesión de Augsburg creen que es preciso atenerse al sentido literal; y como toca esta discusión al arte de interpretar, y no a lo que es propiamente del dominio de la lógica, no entraremos en ella, con tanto más motivo cuanto que nada tiene de común con las disputas que han surgido recientemente sobre la conformidad de la fe con la razón.

§ 22. Los teólogos de todos los partidos (fuera de algunos fanáticos) convienen, por lo menos, en que ningún artículo de fe puede implicar contradicción con demostraciones tan exactas como las de las matemáticas, en las que lo contrario de la conclusión puede reducirse ad absurdum; es decir, conducir a la contradicción; y san Atanasio36 se ha burlado, con razón, del galimatías de algunos autores de su tiempo, que sostenían que Dios había padecido sin pasión. Passus est impassibiliter. O Ludicram doctrinam, aedificantem simul et demolientem! De aquí se sigue que algunos escritores han concedido con demasiada facilidad que la Santa Trinidad es contraria a aquel gran principio, según el cual dos cosas iguales a una tercera, son iguales entre sí; es decir, si A es lo mismo que B, y si C es lo mismo que B, es preciso que A y C sean también lo mismo la una que la otra. Porque este principio es un resultado inmediato del de contradicción, constituyendo el fundamento de toda lógica, y sin él no hay medio de razones con certidumbre. Y así, cuando se dice que el Padre es Dios, que el hijo es Dios, que el Espíritu Santo es Dios, y que, sin embargo, no hay más que un Dios, aunque esta tres personas difieren entre sí, es preciso tener presente que la palabra Dios no tiene la misma significación al principio que al fin de esta frase. En efecto, significa en un caso la sustancia divina, y en otro una persona de la divinidad. Y puede decirse, en general, que es necesario no abandonar nunca las verdades necesarias y eternas para sostener los misterios; no sea que los enemigos de la religión aprovechan la ocasión para desacreditar la religión y los misterios.

§ 23. La distinción que es costumbre hacer entre lo que es superior a la razón y lo que es contrario a ella, concuerda perfectamente con la que acabamos de hacer entre las dos especies de necesidad. Porque lo que es contrario a la razón, lo es a las verdades absolutamente ciertas e indispensables; y lo que es superior a la razón, es contrario solo a lo que acostumbramos a experimentar y comprender. Por este motivo me sorprende que haya personas de claro entendimiento que combaten esta distinción, y que M. Bayle sea una de ellas. No cabe duda alguna de que está bien fundada. Una verdad es superior a la razón, cuando nuestro espíritu (y aún todo espíritu creado) no la puede comprender; como sucede, a mi parecer, con la Santa Trinidad; con los milagros reservados solo a Dios, como, por ejemplo, la creación; con la elección del orden del universo que depende de la armonía universal y del conocimiento distinto de una finalidad de cosas a la vez. Pero una verdad no puede nunca ser contraria a la verdad, y lejos de ser incomprensible un dogma combatido y vencido por la razón, puede decirse que nada es más fácil de comprender ni más manifiesto que el absurdo que él encierra. Porque ya he observado al principio, que por razón, no entendemos aquí las opiniones y los discursos de los hombres, ni tampoco el hábito que han tomado de juzgar las cosas según el curso ordinario de la naturaleza, sino el encadenamiento inviolable entre las verdades.

§ 24. Pasemos ahora a la gran cuestión que M Bayle ha suscitado recientemente, a saber, si una verdad, sobre todo, una verdad de fe, podría estar sujeta a objeciones insolubles. Este excelente autor sostiene resueltamente la afirmativa, citando teólogos importantes de su secta, y también de la de Roma, que al parecer dicen lo que él pretende; y filósofos que han creído que hay también verdades filosóficas cuyos defensores no pueden responder a las objeciones que se hacen a las mismas. Cree que son de esta naturaleza, la doctrina de la predestinación en teología, y la de la composición del continuum, en filosofía. Son estos, en efecto, dos laberintos que han ocupado mucho en todo tiempo a teólogos y filósofos. Liberto Fromondus, teólogo de Lovaina (gran amigo de Jansenio, como que fue el que publicó el libro póstumo de este titulado, Augustinus) que escribió mucho sobre la gracia, y expresamente un libro titulado: Labyrinthus de compositione continui, expuso con acierto las dificultades de ambos puntos; y el famoso Ochin37 ha mostrado muy bien lo que él llama los laberintos de la predestinación.

§ 25. Pero estos autores no han negado la posibilidad de hallar un hilo en este laberinto, y si han reconocido la dificultad, no han pasado de lo difícil para ir hasta declararlo imposible. Por mi parte, sostengo que no puedo seguir la opinión de los que mantienen que a una verdad pueden hacerse objeciones invencibles; porque ¿son estas otra cosa que argumentos cuya conclusión contradice nuestra tesis? Un argumento invencible ¿no es una demostración? Pues, ¿cómo puede conocerse la certeza de las demostraciones, sino examinando el argumento al pormenor, la forma y la materia, a fin de ver si la forma es buena, y después si cada premisa es reconocida o probada por otro argumento de igual fuerza hasta que no haya ya necesidad más que de premisas aceptadas? Ahora bien: si se puede hacer una objeción semejante a nuestra tesis, es preciso decir que la falsedad de esta queda demostrada, que es imposible que podamos tener razones suficientes para probarla; de otra manera, dos proposiciones contradictorias serían verdaderas a la vez. Es preciso ceder siempre ante las demostraciones, ya se propongan para afirmar, ya se las presente en forma de objeciones. Y es injusto e inútil querer debilitar las pruebas del adversario, so pretexto de que no son más que objeciones; puesto que aquel, en uso del mismo derecho, puede cambiar las denominaciones, honrando sus argumentos con el nombre de pruebas, y dando a los nuestros para rebajarlos, el despreciativo de objeciones.

§ 26. Es una cuestión distinta la de si estamos siempre obligados a examinar las objeciones que se nos puedan hacer y a abrigar dudas respecto de nuestra opinión, o lo que se llama formidinem oppositi, hasta que se haya hecho este examen. Me atrevo a decir que no, porque de otra manera jamás se llegaría a la certidumbre y nuestra conclusión sería siempre provisional; y creo que los geómetras entendidos no tomarán mucho en cuenta las objeciones de José Escalígero38 contra Arquímedes, o las de M. Hobbes contra Euclides; pero esto nace de que están bien seguros de sus demostraciones. Sin embargo, es bueno a veces dignarse examinar algunas objeciones, porque además de que puede servir esto para sacar a alguien de su error, también podemos acaso alcanzar nosotros mismos algún provecho; porque los paralogismo especiosos encierran con frecuencia alguna indicación útil, y dan ocasión a resolver ciertas dificultades graves. Por esta razón he gustado siempre de examinar las objeciones ingeniosas que se han hecho a mis propias opiniones, y nunca lo he hecho sin fruto; de ello son un testimonio las que M. Bayle dirigió contra mi sistema de la armonía preestablecida, para no hablar de las que M. Arnauld, el abate Foucher y el padre Lami39, benedictino, me han hecho sobre el mismo punto. Mas, volviendo a la cuestión principal, debo concluir, en vista de las razones que acabo de exponer, que cuando se propone una objeción contra alguna verdad, siempre es posible responder a ella como es debido.

§ 27. Puede suceder que M. Bayle no tome las objeciones insolubles en el sentido que acabo de exponer, y observo que varía, por lo menos, en las expresiones de que se sirve; porque en su respuesta póstuma a M. Le Clerc, no concede que puedan oponerse demostraciones a las verdades de fe. Al parecer, solo considera las objeciones invencibles con relación a las luces que tenemos al presente, y no pierde la esperanza —según dice en esta misma respuesta, pág. 35—, de que alguien pueda hallar con el tiempo una solución poco conocida hasta ahora. Más adelante hablaremos nuevamente de esto. Sin embargo, mi opinión, que quizá sorprenda, es que esta solución se ha encontrado ya, no siendo ni siquiera de las más difíciles, y que un genio mediano que sea capaz de fijar su atención y de emplear debidamente las reglas de la lógica vulgar, puede responder a la más embarazosa objeción que se haga contra la verdad, cuando esa objeción se hace en nombre de la razón, y se pretende que es una demostración. Cualquiera que sea el menosprecio que al vulgo de los escritores modernos inspire hoy día la lógica de Aristóteles, preciso es reconocer que enseña los medios infalibles de rechazar el error en estas ocasiones; porque con examinar el argumento según las reglas, habrá siempre el medio de ver si claudica en la forma, o si hay premisas que no estén todavía debidamente probadas por un buen argumento.

§ 28. No es lo mismo cuando se trata solo de probabilidades, porque el arte de juzgar por razones probables, no está aún formado; de suerte que nuestra lógica, en este punto, es todavía muy imperfecta, y hasta ahora solo tenemos el arte de juzgar por demostración. Pero esto basta, porque cuando se trata de oponer la razón a un artículo de fe, nadie fija la atención en las objeciones que solo conducen a lo probable, puesto que todo el mundo conviene en que los misterios son contra las apariencias, y que nada tienen de probable cuando solo se los mira por el lado de la razón; pero basta que no haya en ellos nada de absurdo. Y así, para refutarlos, se necesitan demostraciones.

§ 29. De este modo, sin duda, debe entenderse el pasaje de la Sagrada Escritura, en que se dice que la sabiduría de Dios es una locura a los ojos de los hombres así como cuando san Pablo observa que el Evangelio de Jesucristo es una locura para los griegos y un escándalo para los judíos; porque en el fondo una verdad no puede estar en contradicción con otra, y la luz de la razón no es menos un don de Dios de lo que lo es la revelación. Y así es cosa corriente entre los teólogos que saben lo que traen entre manos, que los motivos de credibilidad justifican, de una vez para siempre, la autoridad de la Sagrada Escritura delante del tribunal de la razón, a fin de que esta ceda ante aquella, como ante una luz nueva, sacrificando todas las apariencias o probabilidades; del mismo modo, más o menos, que un nuevo delegado enviado por su príncipe debe mostrar su despacho o nombramiento a la Asamblea que ha de presidir después. A esto tienden muchos y muy buenos libros que tenemos sobre la verdad de la religión, tales como los de Agustín Steuchus40, de Du-Plessis41 o de Grocio, pues es preciso que nuestra religión tenga los caracteres de que las falsas carecen; porque de otra manera Zoroastro, Brahma, Somonacodom y Mahoma serían tan dignos de crédito como Moisés y Jesucristo. Sin embargo, la misma fe divina, cuando se mantiene viva en el alma es algo más que una opinión, y no depende de las ocasiones o motivos que la han hecho nacer, como que va más allá del entendimiento, y se apodera de la voluntad y del corazón, para hacernos obrar con calor y con gusto, como la ley de Dios lo exige, sin que haya ya necesidad de pensar en las razones, ni de detenerse en las dificultades de razonamiento que el espíritu pueda entrever.

§ 30. Y así lo que acabamos de decir sobre la razón humana, que unos exaltan y otros rebajan, muchas veces sin regla ni medida, puede hacernos ver cuán poca es nuestra exactitud, y cómo somos cómplices de nuestros errores. Sería cosa facilísima terminar estas disputas sobre los derechos de la fe y de la razón, si los hombres quisieran someterse a las reglas más vulgares de la lógica y razonaran con atención por escasa que fuera. En vez de esto, se enredan empleando expresiones oscuras y ambiguas, que les da campo ancho para declamar y hacer valer su ingenio y su doctrina; de suerte que, al parecer, no sienten el deseo de ver la verdad pura y desnuda, quizá porque temen que les sea más desagradable que el error, todo por desconocer la belleza del autor de todas las cosas, que es la fuente misma de la verdad.

§ 31. Este descuido es un defecto general de la humanidad, que no debe achacarse a nadie en particular. Abundamus dulcibus vitiis, como Quintiliano decía del estilo de Séneca: nos complacemos en extraviarnos. La exactitud es para nosotros una traba, y las reglas nos parecen puerilidades. Por esta razón la lógica vulgar (la cual sirve, sin embargo, casi para el examen de los razonamientos que tienden a la certidumbre) se la deja a los estudiantes, y ni siquiera ha ocurrido ocuparse de la que debe arreglar el peso de las probabilidades, que tan necesaria sería en las deliberaciones de importancia. Es indudable que nuestras faltas, en su mayor parte, proceden del desconocimiento o de los defectos del arte de pensar; porque nada más imperfecto que nuestra lógica, cuando va más allá de los argumentos necesarios, y los filósofos más eminentes de nuestro tiempo, como los autores del Arte de pensar, de la Indagación de la verdad y del Ensayo sobre el Entendimiento, han estado muy lejos de señalarnos los medios verdaderos y propios para auxiliar esta facultad, a fin de poder pesar las apariencias de lo verdadero y de lo falso; y prescindo del arte de inventar, que es más difícil, y del cual solo existen algunos ensayos muy imperfectos en las matemáticas.

§ 32. Una de las cosas que más han debido contribuir a que M. Bayle creyera que no se puede satisfacer a las dificultades que la razón opone contra la fe, es que, al parecer, exige este escritor que Dios se justifique de una manera igual a la que emplea ordinariamente el abogado que defiende al que es acusado ante el juez. Pero no tiene en cuenta que en los tribunales de los hombres, que no siempre pueden llegar al conocimiento de la verdad, se ve el juez muchas veces obligado a atenerse a indicios y probabilidades, y sobre todo a presunciones o prejuicios; mientras que todos convienen —como ya hemos observado— en que los misterios no son verosímiles. Por ejemplo, M. Bayle no cree que se pueda justificar la bondad de Dios en lo referente al permiso del pecado, porque la probabilidad sería contraria a un hombre que se hallase en un caso que nos pareciera igual a este. Dios prevé que la serpiente engañará a Eva, si se coloca a esta en las circunstancias en que se halló después, y, sin embargo, la colocó en ellas. Ahora bien, si un padre o un tutor hicieran otro tanto respecto del hijo o del pupilo, o un amigo respecto de un joven que se le encomendara, el juez no se satisfaría con las excusas que alegara el abogado, diciendo que solo habían permitido el mal, pero sin hacerlo ni quererlo; sino que tomaría este permiso mismo por una señal de mala voluntad, y lo consideraría como un pecado de omisión que le haría cómplice del pecado de comisión cometido por el otro.

§ 33. Pero es preciso tener en cuenta, que cuando se ha previsto el mal, y no se le ha impedido, aunque parezca que se ha podido evitar fácilmente, y se han ejecutado cosas que lo han facilitado, no por eso se sigue de aquí necesariamente que sea uno cómplice; no es más que una presunción muy fuerte que ocupa de ordinario el lugar de la verdad en las cosas humanas, pero que se destruiría sometiendo el hecho a un examen exacto, si fuéramos capaces de hacerlo con relación a Dios; porque llaman presunción los jurisconsultos a lo que debe tenerse por verdad provisionalmente, mientras no se pruebe lo contrario; y significa más que conjetura, aunque el Diccionario de la Academia no haya aclarado la diferencia. Ahora bien, da lugar a creer indudablemente que se sabría por medio de este examen si se pudiera hacer, que razones muy justas y más fuertes que las que aparecen en contrario, han obligado al ser más sabio a permitir el mal y hasta hacer cosas que lo han facilitado. Más adelante volveremos sobre este punto.

§ 34. Reconozco que no es muy fácil que un padre, un tutor o un amigo puedan tener tales razones en el caso de que se trata. Sin embargo, la cosa no es absolutamente imposible, y un novelista de ingenio podría quizás encontrar un caso extraordinario, en que quedaría hasta justificado un hombre en las circunstancias que acabo de expresar; pero, respecto de Dios, no hay necesidad de imaginarse o valerse de razones particulares, que pudieran inclinarle a permitir el mal, pues bastan las razones generales. Es sabido que Dios cuida de todo el universo, cuyas partes están perfectamente enlazadas, y de esto debe inferirse que ha tenido una infinidad de consideraciones, cuyo resultado le ha hecho estimar conveniente no impedir ciertos males.

§ 35. Hasta debe decirse, que necesariamente ha debido haber esas grandes, o más bien, invencibles razones que han inclinado a la divina Sabiduría a permitir el mal con tanta sorpresa nuestra, por el hecho mismo de que este permiso haya tenido lugar; porque nada puede proceder de Dios que no sea perfectamente conforme a su bondad, a su justicia y a su santidad. Y así podemos juzgar por el resultado (o a posteriori), que este permiso era indispensable, aunque no nos sea posible demostrarlo (a priori) con el pormenor de las razones que Dios haya podido tener para ello, como tampoco es necesario que nosotros lo demostremos para justificarle. El mismo M. Bayle dice muy bien sobre este punto (Resp. a un Prov., cap. 145, T.III, pág. 1067): el pecado se ha introducido en el mundo, por consiguiente, Dios ha podido permitirlo sin contradecir sus perfecciones; ab actu ad potentiam valet consequentia. En Dios esta consecuencia es buena; Él lo ha hecho, luego lo ha hecho bien. No es, por tanto, que tengamos nosotros alguna noción de la justicia en general que no pueda convenir también a la de Dios; ni tampoco que la justicia de Dios tenga otras reglas que la conocida entre los hombres, sino que lo que sucede es que el caso de que se trata es absolutamente diferente de los que son comunes entre aquellos. El derecho universal es el mismo para Dios y para los hombres; pero el hecho es absolutamente diferente en el caso en cuestión.

§ 36. Podemos hasta suponer o aparentar, como ya he observado, que entre los hombres haya algo semejante a este caso que tiene lugar respecto de Dios. Podría un hombre dar pruebas tan grandes y tan fuertes de su virtud y de su santidad, que todas las razones, hasta las más verosímiles, que se intentaran hacer valer contra él, acusándole de un supuesto crimen, por ejemplo, de un robo, de un asesinato, debieran ser desechadas como calumnias de algún testigo falso, o como un juego extraordinario del azar, que hace que aparezcan a veces como sospechosos los hombres más inocentes; de suerte que, así como cualquier otro en igual situación correría el peligro de ser condenado o sometido al tormento, según la legislación del país, este hombre a que nos referimos, sería absuelto por los jueces por unanimidad. En este caso, que es raro en efecto, pero no imposible, podría decirse en cierta manera (sano sensu), que hay oposición entre la razón y la fe, y que las reglas del derecho son con relación a este personaje distintas de lo que son respecto del resto de los hombres. Pero bien explicado esto, significaría tan solo que las apariencias de razón cedían aquí a la fe que se debe a la palabra y a la probidad de este grande y santo hombre, que es privilegiado respecto de todos los demás, no porque haya otra jurisprudencia para él, o porque no se atendiese a lo que es la justicia cuando se trata de él, sino porque las reglas de la justicia universal no encuentran en este caso la aplicación que reciben en todos los demás, o más bien porque le favorecen, lejos de perjudicarle, puesto que hay cualidades tan admirables en este personaje, que, en virtud de los sanos principios lógicos acerca de las probabilidades, debe darse más fe a su palabra que a la de los demás.

§ 37. Puesto que es permitido inventar ficciones posibles, ¿no podremos imaginarnos que este hombre incomparable es poseedor de la bendita piedra que puede por sí sola enriquecer a todos los reyes de la tierra, y que hace todos los días gastos prodigiosos para alimentar y sacar de la miseria a una infinidad de pobres? Ahora bien, si hubiera todos los testigos y todas las apariencias que se quiera, que tendiesen a probar que este ilustre bienhechor del género humano acababa de cometer un robo, ¿no es cierto que todo el mundo se burlaría de la acusación, por especiosa que pudiera ser? Pues bien, Dios es infinitamente superior en bondad y en poder a este hombre, y, por consiguiente, no hay razones, por aparentes que sean, que puedan ir contra la fe, es decir, contra aquella seguridad y aquella confianza en Dios con que podemos y debemos decir, que Él ha hecho todo como es debido. Por lo tanto, las objeciones no son insolubles. Se fundan solo en prejuicios y en apariencias de verdad, pero que son arruinadas por razones incomparablemente más fuertes. Tampoco es preciso decir que lo que llamamos justicia, no es nada con relación a Dios, que es dueño absoluto de todas las cosas, hasta el punto de poder condenar a los inocentes sin mengua de su justicia, o que la justicia es una cosa arbitraria respecto de Él; expresiones temerarias y peligrosas, a que han llegado algunos con ofensa de los atributos de Dios, puesto que en este caso no habría motivo para alabar su bondad y su justicia; y esto sería como si el más maligno espíritu, el príncipe de los malos genios, el principio del mal de los maniqueos, fuese el único dueño del universo, como ya hemos notado en otra parte. Porque, ¿qué medio habría para discernir el verdadero Dios del falso de Zoroastro, si todas las cosas dependiesen el capricho de un poder arbitrario sin regla ni consideración a cosa alguna?

§ 38. Es clarísimo, por tanto, que nada nos obliga a seguir una doctrina tan singular; puesto que basta con decir que nosotros no conocemos bien el hecho, cuando se trata de responder a las apariencias de verdad que parecen poner en duda la justicia y la bondad de Dios, y que se desvanecerían si el hecho nos fuese bien conocido. Tampoco tenemos necesidad de renunciar a la razón para atender a la fe, ni de sacarnos los ojos para ver con claridad, como decía la reina Cristina; basta desechar las apariencias ordinarias, cuando son contrarias a los misterios; lo cual no es contrario a la razón, puesto que en las mismas cosas naturales salimos por medio de la experiencia o por razones superiores del error a que nos conducen las apariencias. Pero anticipamos todo esto solo para que se comprenda mejor en qué consiste el defecto de las objeciones y el abuso de la razón en el caso presente, en que se pretende que esta combate la fe con más fuerza. Entraremos muy pronto en la discusión rigurosa de todo lo relativo al origen del mal y al permiso del pecado con sus consecuencias.

§ 39. Por ahora será bueno que continuemos examinando la importante cuestión del uso de la razón en la teología, y que hagamos algunas reflexiones sobre lo que M. Bayle ha dicho acerca de este punto en diversos pasajes de sus obras. Como en su Diccionario histórico y crítico se propuso exponer con claridad las objeciones de los maniqueos y de los pirrónicos —y esto fue censurado por algunas personas celosas por la religión—, añadió una disertación al final de la segunda edición de aquel, en la cual trataba de mostrar con ejemplos, autoridades y razonamientos, la inocencia y utilidad de su procedimiento. Estoy convencido (como ya dije antes) de que las objeciones especiosas que se pueden oponer a la verdad son muy útiles, y que sirven para confirmarla y aclararla, dando ocasión a las personas inteligentes para hallar nuevas razones o para hacer valer más las antiguas. M. Bayle, por lo contrario, busca una utilidad enteramente opuesta, como sería la de hacer ver el poder de la fe, mostrando que las verdades que ella enseña no pueden resistir a los ataques de la razón, pero que no deja por eso de mantenerse en el corazón de los fieles. M. Nicole, según parece, llama a esto el triunfo de la autoridad de Dios sobre la razón humana, si hemos de juzgar por la cita que de él hace M. Bayle (en el tercer tomo de su Respuesta a un provinciano, cap. 117, pág. 120). Pero como la razón es un don de Dios, lo mismo que lo es la fe, decir que se combaten, equivaldría a poner a Dios en lucha consigo mismo; y si las objeciones de la razón contra algún artículo de fe son insolubles, será preciso decir que este supuesto artículo será falso y no revelado; no será más que una quimera del espíritu humano, y el triunfo de semejante fe puede compararse a las luminarias que se hacen después de una derrota. En este caso están la doctrina de la condenación de los niños no bautizados, que M. Nicole considera como una consecuencia del pecado original, y la de la condenación eterna de los adultos que hubieren carecido de las luces necesarias para alcanzar la salvación.

§ 40. Sin embargo, no hay necesidad de que todo el mundo entre en discusiones teológicas, y las personas cuyo estado es poco compatible con las indagaciones rigurosas, deben contentarse con las enseñanzas de la fe sin curarse para nada de las objeciones; y si por acaso les ocurre alguna dificultad grave apartar de ella su espíritu, ofreciendo a Dios el sacrificio de su curiosidad; porque cuando uno está seguro de una verdad, no hay ni siquiera necesidad de dar oídos a las objeciones. Y como hay gentes cuya fe no es tan segura ni está tan arraigada que pueda pasar por esta clase de pruebas peligrosas, creo que no debe presentárseles lo que sería para ellos un veneno; y si no se les puede ocultar por ser demasiado público, es preciso unir el antídoto, es decir, que la solución acompañe a la objeción, en vez de suponerla imposible.

§ 41. A los pasajes de los excelentes teólogos que hablan de este triunfo de la fe, puede y debe dárseles un sentido que sea conforme con los principios que acabo de exponer. En algunos asuntos de fe se encuentran dos cualidades que son capaces de hacerla triunfar de la razón: la una es la incomprensibilidad; la otra, la escasa verosimilitud. Pero es preciso guardarse bien de unir a esta la tercera, de que habla M. Bayle, y decir que lo que se cree es insostenible; porque esto sería hacer que triunfara la razón a su vez de una manera que destruiría la fe. La incomprensibilidad no nos impide creer en las mismas verdades naturales; así, por ejemplo (como ya he hecho notar), no comprendemos la naturaleza de los olores y de los sabores, y, sin embargo, estamos persuadidos por una especie de fe que debemos al testimonio de los sentidos, de que estas cualidades sensibles se fundan en la naturaleza de las cosas y que no son ilusiones.

§ 42. También hay cosas contrarias a las apariencias, y que, sin embargo, admitimos, cuando están bien comprobadas. Según un adagio tomado del español, no hay que creer siempre aquello que se ve. ¿Qué cosa más verosímil que la mentira del falso Martín Guerra, que se hizo reconocer por la mujer y por los parientes del verdadero marido, e hizo dudar por mucho tiempo a los jueces y a los parientes, aún después de haberse presentado el verdadero esposo? Sin embargo, la verdad se descubrió y fue reconocida. Lo mismo sucede con la fe. Ya he dicho, que lo que se puede oponer a la bondad y a la justicia de Dios, no son más que apariencias que podrían ser fuertes contra un hombre; pero que son nulas cuando se trata de Dios, y cuando se las pone en parangón con las demostraciones que nos garantizan la perfección infinita de sus atributos. Por eso la fe triunfa de las falsas razones por medio de las sólidas y superiores que nos han obligado a abrazarla; pero no triunfaría si la opinión contraria tuviese en su favor razones tan fuertes, o más fuertes aún que las que constituyen el fundamento de la fe, es decir, si hubiese objeciones invencibles y demostrativas contra ella.

§ 43. Es bueno observar aquí que lo que M. Bayle llama triunfo de la fe, es en parte un triunfo de la razón demostrativa contra razones aparentes y engañosas que se oponen indebidamente a las demostraciones. Porque es preciso considerar que las objeciones de los maniqueos son tan contrarias a la teología natural como a la teología revelada. Y aun cuando prescindiéramos —ante sus ataques— de la Sagrada Escritura, del pecado original, de la gracia de Dios en Jesucristo, de las penas del infierno y de los demás artículos de nuestra religión, no por eso nos veríamos libres de sus objeciones; porque no podría negarse que hay en el mundo un mal físico (es decir, padecimientos), y un mal moral (es decir, crímenes), y que el primero no se distribuye en esta tierra en proporción del segundo, como, al parecer, lo exige la justicia. Por consiguiente, queda en pie esta cuestión de la teología natural: cómo un principio único, absolutamente bueno, absolutamente sabio y absolutamente poderoso, ha podido admitir el mal y, sobre todo, cómo ha podido admitir el pecado, y cómo ha podido resolverse a hacer con frecuencia dichosos a los malos y desgraciados a los buenos.

§ 44. Ahora bien; no tenemos necesidad de la fe revelada para saber que existe ese principio único de todas las cosas, perfectamente bueno y sabio. La razón nos lo enseña por medio de demostraciones infalibles, y, por consiguiente, todas las objeciones tomadas del curso de las cosas, en que notamos imperfecciones, no están fundadas más que en falsas apariencias. Porque si fuéramos capaces de conocer la armonía universal, veríamos que lo que estamos dispuestos a criticar está ligado con el plan más digno de merecer la preferencia; en una palabra, veríamos, y no solo creeríamos, que lo que Dios ha hecho es lo mejor. Entiendo aquí por ver lo que se conoce a priori por las causas; y por creer lo que solo se juzga por los efectos, aunque lo uno sea conocido con tanta certidumbre como lo otro. Y puede aplicarse al caso lo que dice san Pablo (II. Cor. V.7); porque andamos por fe, no por visión; pues siéndonos conocida la sabiduría infinita de Dios, creemos que los males que experimentamos han debido ser permitidos, y lo creemos por el efecto mismo o a posteriori; es decir, porque existen. El mismo M. Bayle lo reconoce, y debería darse por satisfecho, sin pretender que hayan de hacerse cesar las falsas apariencias en contrario. Es como si se exigiera que no hubiera ensueños ni ilusiones ópticas.

§ 45. No hay que dudar que esta fe y esta confianza en Dios, que nos permiten entrever su bondad infinita y nos preparan para amarle a pesar de las apariencias de dureza que puedan chocarnos, es un ejercicio excelente de las virtudes de la teología cristiana, cuando la divina gracia en Jesucristo excita estos movimientos en nosotros. Esto es lo que Lutero ha expuesto muy bien contra Erasmo, diciendo que el colmo del amor consiste en amar a aquel que parece tan poco amable a la carne y a la sangre, tan riguroso contra los desgraciados, y tan pronto a condenar —por males de que es él, al parecer, causa y cómplice— a aquellos que se dejan alucinar por falsas razones. De suerte que puede decirse que el triunfo de la verdadera razón, iluminada por la gracia divina, es al mismo tiempo el triunfo de la fe y del amor.

§ 46. M. Bayle parece haber tomado esto en otro sentido, y así se declara contra la razón, cuando debía contentarse con atacar el abuso que de ella se hace. Cita las palabras de Cotta, de que habla Cicerón, el cual llega hasta decir que si la razón fuese un presente de los dioses, la Providencia merecería ser vituperada por haberla concedido, puesto que la convierte en nuestro mal. M Bayle cree también que la razón humana es un principio de destrucción, y no de edificación (Dic., pág. 2026 col. 2), que es una corredora que no sabe dónde detenerse, y que, como otra Penélope, destruye ella misma su propia obra.

Destruit, aedificat, mutat quadrata rotundis. (Destruye, edifica, cambia lo cuadrado en redondas).

(Respuesta a un provinciano. Tomo 3º, pág. 722). Pero lo que hace sobre todo, es amontonar muchas autoridades, para hacer ver que los teólogos de todas las sectas desechan el uso de la razón lo mismo que él, y que no desenvuelven las luminosas acusaciones que se dirigen contra la religión más que para sacrificarlas a la fe por una simple negativa, y sin contestar más que a la conclusión del argumento que se les dirige. Comienza M. Bayle por el Nuevo Testamento. Jesucristo se contentaba con decir: «Sígueme» (Luc. V, 27, IX, 59). Los apóstoles decían: «Cree, y te salvarás» (Act. XVI, 3). san Pablo reconoce que su doctrina es oscura (I Cor. XII, 12); que no se puede comprender, a no ser que Dios comunique un discernimiento espiritual, sin lo cual pasará por una locura (I Cor. II, 14); y exhorta a los fieles a estar en guardia contra la filosofía (I Cor. II, 8) y a evitar las contiendas de esta ciencia que había hecho perder la fe a algunas personas.

§ 47. En cuanto a los padres de la Iglesia, M Bayle nos remite a las muchas citas de los mismos contra el uso de la filosofía y de la razón reunidas por M. de Launoy42; (De varia Aristotelis Fortuna, c. II), y particularmente los pasajes de san Agustín, recogidos por M. Arnaud (contra Mallet), que hacen ver que los juicios de Dios son impenetrables; que porque nos sean desconocidos no son por eso menos justos; que es un abismo profundo que no es posible sondear, sin exponerse a caer en el precipicio; que es una temeridad querer explicar lo que Dios ha querido mantener oculto; que su voluntad no puede menos de ser justa; que por haber intentado muchos dar razón de esta profundidad incomprensible, han incurrido en vanas imaginaciones y en opiniones llenas de errores y de extravíos.

§ 48. Lo mismo han dicho los escolásticos. M Bayle refiere un precioso pasaje del Cardenal Cayetano43 (Primera Parte. Sum., cuestión 22, artículo 4º), en este sentido: «Nuestro espíritu, dice, descansa, no en la evidencia de la verdad conocida, sino en la profundidad inaccesible de la verdad oculta. Y como dice san Gregorio, el que solo cree, en lo tocante a la divinidad, lo que puede medir con su espíritu, empequeñece la idea de Dios. Sin embargo, no sospecho que haya precisión de negar ninguna de las cosas que sabemos, o que vemos que pertenecen a la inmutabilidad, a la actualidad, a la certidumbre, a la universalidad, etc., de Dios; pero creo que hay aquí algún secreto, ya respecto a la relación que hay entre Dios y el suceso, ya respecto de lo que liga el suceso mismo con su previsión. Y así, considerando que el intelecto de nuestra alma es como el ojo del mochuelo, no encuentro que pueda hallar reposo, sino en la ignorancia. Porque vale más, en obsequio de la fe católica y de la fe filosófica, confesar nuestra ceguera, que no asegurar como cosa evidente lo que no tranquiliza nuestro espíritu, puesto que la evidencia es la única que produce esa tranquilidad. No por esto acuso de presunción a todos los doctores que, balbuceando, han tratado de insinuar, como han podido, la inmovilidad y la soberana y eterna eficacia del entendimiento, de la voluntad y del poder de Dios, por medio de la infalibilidad de la elección y de la relación divina con todos los sucesos. Nada de esto empece a la sospecha que tengo de que hay alguna profundidad oculta para nosotros.» Este pasaje de Cayetano es tanto más atendible, cuando que era un autor capaz de profundizar la materia.

§ 49. El libro de Lutero contra Erasmo está lleno de observaciones punzantes dirigidas a los que quieren someter las verdades reveladas al tribunal de nuestra razón. Calvino habla muchas veces en el mismo tono contra la audaz curiosidad de los que intentan penetrar en los consejos de Dios. En su tratado de la Predestinación, declara que Dios ha tenido justos motivos para condenar a una parte de los hombres, pero que son para nosotros desconocidos. Por último, M. Bayle cita muchos escritores modernos que han hablado en el mismo sentido (Respuesta a un provinciano, cap. 160 y siguientes).

§ 50. Pero todas estas citas y otras muchas semejantes no prueban que sean insolubles las objeciones contrarias a la fe, que es lo que se proponía M. Bayle. Es cierto que los consejos de Dios son impenetrables; pero no hay objeciones invencibles que obliguen a concluir que son injustos. Lo que parece injusticia del lado de Dios, y locura del lado de la fe, no es más que aparente. El célebre pasaje de Tertuliano (De carne Cristhi): mortuus est Dei Filius, credibile est, quia ineptum est; et sepultus revixit, certum est, quia impossibile (es creíble que murió el Hijo de Dios, porque es absurdo; y es cierto que resucitó después de sepultado, porque es imposible), es un dicho que solo puede entenderse con relación a las apariencias de lo absurdo. Otros semejantes hay en el libro de Lutero, como cuando dice en el capítulo 174: Si placet tibi Deus indignos coronans, non debet displicere immeritos damnans (Si te agrada Dios coronando a los indignos, no debe desagradarte condenando a los que no lo merecen). Lo cual, reduciéndolo a términos más moderados, quiere decir: Si aprobáis el que Dios dé la gloria eterna a los que no son mejores que los demás, no debéis desaprobar el que abandone a los que no son peores que los otros. Y para creer que solo habla de las apariencias de injusticia, no hay más que tomar en cuenta otras palabras suyas, sacadas del mismo libro: «En todo lo demás, dice, reconocemos en Dios una majestad suprema, y solo es su justicia la que nos atrevemos a poner en duda, y no queremos creer provisionalmente (tantisper) que es justo, no obstante habernos prometido que llegará un día en que, revelada toda su gloria, todos los hombres verán claramente que lo ha sido y que lo es».

§ 51. Se hallará también que cuando los Padres han entrado en polémica, no han rechazado simplemente la razón. Cuando disputan contra los paganos, lo que de ordinario se proponen hacer ver, es que el paganismo es contrario a la razón, y cuán grande es la ventaja que en este punto tiene sobre él la religión cristiana. Orígenes44 probó contra Celso45 que el cristianismo era racional, y probó el por qué a pesar de esto la mayor parte de los cristianos deben creer sin examen. Celso se había burlado de la conducta de los cristianos, «que no queriendo, decía, escuchar vuestras razones ni dar las que ellos tienen para creer, se contentan con decir: no examinéis, creed solamente; o bien, vuestra fe os salvará; y sostienen la máxima de que la sabiduría del mundo es un mal».

§ 52. Orígenes responde como hombre entendido que era (L. I. Cap. II), de una manera conforme a los principios que acabamos de sentar. Y es que la razón, lejos de ser contraria al cristianismo, sirve de fundamento a esta religión, y hará que la acepten todos los que pueden llegar a examinarla. Pero como son pocos los capaces de hacerlo, el don celeste de una fe pura que conduce al bien basta para la generalidad. «Si fuese posible, dice, que todos los hombres abandonasen los negocios de la vida y se consagraran al estudio y a la meditación, no habría necesidad de seguir otro camino para hacerles aceptar la religión cristiana. Porque sea dicho sin ánimo de ofender a nadie (indica que la religión pagana es absurda, pero no quiere decirlo claramente), no se encontrará en la religión cristiana menos exactitud que en cualquiera otra cosa, ya se trate de la discusión de sus dogmas, ya de las aclaraciones de las expresiones enigmáticas de sus profetas, ya de la explicación de las parábolas de sus Evangelios y de otra infinidad de cosas acaecidas u ordenadas simbólicamente. Pero ya que ni las necesidades de la vida ni los achaques permiten a los hombres, fuera de un corto número, dedicarse al estudio, ¿qué medio puede encontrarse más provechoso para el resto del mundo que el que Jesucristo quiso que se empleara para alcanzar la conversión de los pueblos? Yo deseo que se me diga, con respecto al gran número de los que creen, y que por eso han salido del cenagal de los vicios en que antes estaban sumidos, si no vale más que hayan cambiado de esta suerte sus costumbres y corregido su vida, creyendo sin examen que serán penados los pecados y recompensadas las buenas acciones, que no el que hubiesen esperado, para convertirse, hasta haber, no solo creído, sino examinado con cuidado los fundamentos de estos dogmas. Ciertamente que si se siguiera este método, serían muy pocos los que llegarían allí donde su fe simple y pura los conduce, y que la mayor parte continuarían viviendo en la corrupción».

§ 53. M. Bayle (en sus comentarios a las objeciones de los maniqueos)46, que aparecen al final de la segunda edición del Diccionario), toma estas palabras, en que Orígenes expresa que la religión está sometida a la prueba de la discusión de sus dogmas, como si esto no se entendiera con relación a la filosofía, sino solo con relación a la exactitud con que se afirman la autoridad y el verdadero sentido de la Sagrada Escritura. Pero nada hay en ellas que autorice esta restricción. Orígenes escribía contra un filósofo que no la hubiera admitido. Y lo que este Padre quiso expresar fue, que los cristianos no son menos rigurosos que los estoicos y otros filósofos que fundan su doctrina ya valiéndose de la razón, ya de la autoridad, como hacía Crisippo, quien apoyaba su filosofía hasta en los símbolos de la antigüedad pagana.

§ 54. Celso hace también otra objeción a los cristianos en el mismo pasaje: «Si se encierran, dice, como hacen de ordinario en su ·no examinéis creed solamente», es preciso que me digan por lo menos cuáles con las cosas que quieren que yo crea.» En esto tiene razón, sin duda y va dirigido contra aquellos que, diciendo que Dios es bueno y justo, sostienen, sin embargo, que no tenemos ninguna noción de la bondad o de la justicia, cuando le atribuimos estas perfecciones. Pero no hay que exigir siempre lo que yo llamo nociones adecuadas, las que no envuelven nada que no pueda explicarse; puesto que ni las mismas cualidades sensibles, como el calor, la luz, la dulzura, pueden darnos tales nociones. Y así, convenimos en que los misterios son susceptibles de explicación, pero que esta es imperfecta. Basta que tengamos algún conocimiento analógico de un misterio, como la Trinidad o la Encarnación, a fin de que al aceptarlos no pronunciemos palabras enteramente destituidas de sentido; y no es necesario que la explicación vaya todo lo lejos que podría desearse, es decir, que llegue hasta la comprensión de misterio y del cómo.

§ 55. Parece, pues, tan extraño que M. Bayle recurra el tribunal de las nociones comunes en el tercer tomo de su Respuesta a un provinciano, págs. 1062 y 1140, como si no se debiera atender a la idea de bondad, cuando se refuta a los maniqueos; siendo así que él mismo se explica de una manera muy distinta en su Diccionario; y conviene ciertamente que los que disputan sobre si hay un solo principio, bueno, o si hay dos, uno bueno y otro malo, se pusieran de acuerdo en lo que significan los términos bueno y malo. Entendemos que se dice algo con el término unión, cuando se nos habla de la de un cuerpo con otro cuerpo, o de una sustancia con su accidente, de un sujeto con su adjunto, del lugar con el cuerpo que se mueve, del acto con la potencia; así como también cuando hablamos de la unión del alma con el cuerpo para constituir una sola persona. Porque aun cuando yo no sostengo que el alma cambie las leyes del cuerpo, ni el cuerpo las del alma, y me he valido de la armonía preestablecida para evitar esta confusión, no por eso dejo de admitir entre el alma y el cuerpo una verdadera unión, que constituye su sostén. Esta unión conduce a la metafísica, mientras que una unión de influencia lleva a la física. Pero cuando hablamos de la unión del Verbo de Dios con la naturaleza humana, debemos satisfacernos con un conocimiento analógico, como, por ejemplo, el que la comparación de la unión del alma y el cuerpo puede darnos; contentándonos, por lo demás, con decir que la Encarnación es la unión más estrecha que puede existir entre el Creador y la criatura, sin que haya necesidad de caminar más adelante.

§ 56. Lo mismo sucede con los demás misterios, con respecto a los cuales los espíritus moderados y prudentes encontrarán siempre una explicación suficiente para creer, pero jamás la que se necesita para comprender. Nos basta con saber, así de un cierto modo, lo que es (tí èsti); pero el cómo (pôs) sobrepuja a nuestros medios, y no nos es tampoco necesario. Puede decirse de las explicaciones de los misterios que corren por ahí, lo que la reina de Suecia hizo escribir en una medalla, puesta sobre la corona a la que había renunciado: non mi bisogna, e non mi basta.

Tampoco tenemos necesidad (según he observado ya) de probar los misterios a priori, o de dar razón de ellos; nos basta que la cosa sea así (tò öti) sin saber el por qué (tò dióti), que Dios se ha reservado. José Escalígero compuso sobre eso estos preciosos y célebres versos:

Ne curiosus quaere causas omnium, Quaecumque libris vis prophetarum indidit Afflata coelo, plena veraci Deo: Nec operta sacri supparo silentii Irrumpere aude, sed pudenter praeteri. Nescire velle, quae Magister optimus Docere non vult, erudita inscitia est.

(No indagues curioso las causas de todas las cosas,

Que en los libros escribiera la virtud de los profetas

Inspirada por el cielo, saturada por la veracidad de Dios;

Ni las cosas cubiertas por el velo del silencio sagrado

Te atrevas a penetrar, sino modestamente pásalas por alto.

Querer ignorar las cosas que el mejor Maestro

No quiere enseñar, es sabia ignorancia).

M. Bayle, que los menciona (Respuesta a un provinciano. Tomo III, pág. 1055), cree muy probable que Escalígero los hizo con motivo de la disputa entre Arminius47 y Gomarus48. Creo que M. Bayle les ha citado de memoria, porque pone sacrata en lugar de afflata; pero, en cambio, debe de ser una errata de imprenta al poner prudenter en vez de pudenter (es decir, modestamente), que es la palabra que pide el verso.

§ 57. Nada más en su lugar que el consejo que estos versos encierran, y M. Bayle tiene razón en decir (pág. 729) «que los que pretenden que en la conducta de Dios, respecto del pecado y de las consecuencias del mismo, no hay cosa alguna cuya razón no puedan ellos dar, se entregan a merced del adversario.» Pero ningún motivo hay para juntar aquí dos cosas que son muy diferentes, cuáles son: dar razón de una cosa y sostenerla contra las objeciones que se hagan; y eso es lo que él mismo hace cuando añade: «Se ven obligados a seguir al adversario por todas partes a donde quiera conducirlos; retrocederían vergonzosamente y pedirían cuartel si confesaran que nuestro espíritu es demasiado débil para satisfacer plenamente as todas las exigencias de un filósofo».

§ 58. Parece, pues, que, según M. Bayle, dar razón de una cosa es menos que responder a las objeciones, puesto que impone al que emprenda lo primero la obligación de caminar hasta lo segundo. Mas precisamente sucede todo lo contrario: un sustentante (respondens) no está obligado a dar razón de su tesis, pero está obligado a satisfacer las objeciones del contrincante. El demandado a juicio no está obligado (por regla general) a probar su derecho ni a presentar el título de su posesión, pero sí lo está a responder a las razones del demandante. Cien veces me ha sorprendido el ver que un autor tan grave, exacto y perspicaz como M. Bayle, mezcle aquí repetidamente cosas entre las que hay tanta diferencia, es decir, estos tres actos de la razón: comprender, probar y responder a las objeciones; como si cuando se trata del uso de la razón en teología lo uno valiera tanto como lo otro. Así es que, en sus Conversaciones póstumas, pág. 73, dice: «No hay principio que M. Bayle haya inculcado tanto como este: que la incomprensibilidad de un dogma y la insolubilidad de las objeciones que se hacen al mismo, no son razones legítimas para rechazarlo». Pase con respecto a la incomprensibilidad, pero no está en el mismo caso la insolubilidad. Porque vale tanto como si se dijera que una razón invencible que se aduce contra una tesis, no es una razón legítima para rechazarla. ¿Cuál puede serlo para desechar una opinión, si un argumento invencible en contrario no lo es? ¿Qué medio habrá entonces para demostrar la falsedad y hasta lo absurdo de una cualquiera?

§ 59. Conviene también observar que el que prueba una cosa a priori, da razón de ella por la causa eficiente; y el que puede dar tales razones de una manera exacta y suficiente, está igualmente en estado de comprender la cosa. Por esta razón los teólogos escolásticos censuraron a Raymundo Lulio por haber intentado demostrar la Trinidad por la filosofía. Esta supuesta demostración aparece en sus obras, y Bartolomé Keckerman49, autor célebre entre los reformados que hizo una tentativa igual sobre el mismo misterio, fue criticado también por algunos teólogos modernos. Así, pues, se censurará a los que trabajen por mantenerle contra las objeciones de los adversarios.

§ 60. Ya he dicho que los teólogos distinguen generalmente lo que es superior a la razón y lo que es contrario a ella. Ponen por encima de la razón lo que no puede comprenderse, y de que no se puede dar razón. Pero será contraria a la razón toda opinión que resulte combatida por argumentos invencibles, o bien cuando la contradictoria puede probarse de una manera precisa y firme. Reconocen, por lo tanto, que los misterios son superiores a la razón, pero no conceden que sean contrarios a ella. El autor inglés de un libro ingenioso, pero que ha sido condenado, cuyo título es: Cristianity not mysterious, quiso combatir esta distinción, pero salió mal de su empresa. M. Bayle tampoco se manifestó contento con ella tal como era comúnmente aceptada. He aquí lo que dice (Tomo III, Respuesta a un provinciano, cap. 158). Primeramente (pág. 998), distingue, como hace M. Saurin50, estas dos tesis: una, todos los dogmas cristianos concuerdan con la razón; otra, la razón humana conoce que concuerdan con la razón. M. Bayle admite la primera y niega la segunda. Yo soy de la misma opinión, si al decir que un dogma concuerda con la razón, se entiende que es posible dar la razón de él, o explicar el cómo por la razón; porque Dios podría hacerlo, sin duda alguna, y nosotros no podemos. Pero creo que es preciso afirmar ambas tesis, si por «conocer que un dogma concuerda con la razón», se entiende que podemos demostrar, casi necesario, que no hay contradicción entre este dogma y la razón, rechazando las objeciones de los que pretenden que aquel es absurdo.

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Data wydania na Litres:
13 listopada 2024
Objętość:
590 str. 1 ilustracja
ISBN:
9788418546419
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