Czytaj książkę: «Una mujer libre»

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Gilberte Beaux

UNA MUJER LIBRE

Traducción:

Laurence Thouin y Florence Baranger-Bedel



Beaux, GilberteUna mujer libre / Gilberte Beaux. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2019.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineTraducción de: Laurence Thouin ; Florence Bedel.ISBN 978-987-599-576-51. Narrativa Francesa. 2. Memoria Autobiográfica. I. Thouin, Laurence, trad. II. Bedel, Florence, trad. III. Título.CDD 843

Traducción: Laurence Thouin y Florence Baranger-Bedel

Diagramación: Carlos Almar

Diseño de tapa: cafeimagen.com

Título original: Une femme libre

Publicado en Francia por Librairie Arthème Fayard.

© Libros del Zorzal, 2019

Buenos Aires, Argentina

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la ley 11.723

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Índice

Prólogo | 5

Capítulo I

Del castillo al tugurio | 8

Capítulo II

Los señores Seligman y Cía. | 31

Capítulo III

Simca-Fiat, la experiencia internacional | 48

Capítulo IV

Los tres mosqueteros | 68

Capítulo V

“Jimmy”, sir James | 86

Capítulo VI

“Mi” banco | 114

Capítulo VII

La política | 142

Capítulo VIII

Basic | 170

Capítulo IX

El Consejo Económico y Social - Japón - Otras misiones | 202

Capítulo X

Adidas | 223

Capítulo XI

La estancia y el huevo; el huevo y la estancia | 249

Epílogo | 271

Prólogo

Todo por construir y un apetito de león.

Laurent Gaudé

Nada en mi entorno familiar me destinaba a la vida llena de aventuras que tuve. Nada, al inicio de mi vida profesional, permitía predecir que tendría tantas oportunidades.

Mujer en un ambiente profesional muy masculino, pequeña corsa que “subió” al continente, pobre y sin un título entre los ejecutivos a menudo ricos y egresados de las instituciones académicas más prestigiosas (y me permito agregar “zurda en un medio dominado por los diestros”), pude abrirme camino con tesón.

Este libro no tiene otra finalidad que ayudar a quienes me rodean, a quienes me leerán, a creer que la palabra “imposible” no existe y que todo puede suceder a los que tienen voluntad, tenacidad y gozan de buena salud.

Todo puede ocurrir siempre y cuando, cada vez que ascendemos un nivel en el confort de la carrera que hayamos elegido, nos esforcemos por atraer hacia nosotros y ayudar a los que están más abajo, formándolos y creando así una larga cadena de hombres y mujeres capaces de brindarse ayuda y mejorar por medio del trabajo y el amor.

He trabajado más de 60 horas por semana, tomé muy pocas vacaciones a lo largo de mi vida y sigo trabajando con alegría a mis casi 90 años. Lamento que este amor por el trabajo, que me fue inculcado por mi padre, en nuestra civilización occidental a menudo haya sido reemplazado por una inclinación demasiado marcada hacia el ocio, que no ofrece las mismas satisfacciones profundas ni desarrolla el mismo apetito por la vida. Me alegra encontrar el gusto por el trabajo bien hecho en muchas personas en los países en desarrollo, y es por eso que ahora estoy tratando de construir más allí.

Mis setenta años de ocupaciones variadas me han valido muchos epítetos: “la banquera”, “la francesa de rasgos prusianos”, “la petrolera”. A menudo se ha hecho mención a mi dureza y es cierto que, en los negocios, ganan los que más aguantan en las negociaciones, los que se esfuerzan por entender a la otra parte y sus razonamientos, mostrándose flexibles pero sin perder nunca de vista los propios objetivos. Sin embargo, ¿acaso alguien percibió cómo me divertí, cómo se divirtieron también aquellos que me rodeaban, al construir y lograr objetivos que parecían tan poco realistas? Por eso, en este libro intento recordar historias divertidas, y no quise describir técnicas o estrategias, porque todo evoluciona y muchos otros libros sobre mis “jefes” relatan con más brío lo que hemos conseguido. Con frecuencia se destaca mi papel, a veces con humor, por lo barroco que resulta que haya sido capaz de acompañar, asesorar e imponerme a estos importantes personajes.

A veces, no respeté el orden cronológico en el que ejercí mis diferentes puestos, porque en ocasiones se superponían. Me pareció más interesante reunir mis diversas aventuras en capítulos coherentes. Espero no haberme equivocado.

Tuve la suerte de tener “jefes” fuera de lo común, aunque muy diferentes. La estima que nos teníamos, el humor que con frecuencia caracterizó nuestras relaciones, los lazos de amistad, de afecto que se crearon entre nosotros nos ayudaron a enfrentar los buenos tiempos tanto como los malos, con total confianza. He tenido momentos maravillosos, aunque a menudo difíciles.

La Parca que ha tejido el hilo de mi vida debía tener otras ideas en mente para cortarlo y retomarlo varias veces, obligándome a hacer, deshacer y rehacer mi trabajo. Es lo que intentaré recordar en las siguientes páginas.

Capítulo I

Del castillo al tugurio

1929-1946

La felicidad es olvidarse de lo que no se puede cambiar.

El murciélago

1929, año del crac en los Estados Unidos, el mejor año para el vino desde hacía tiempo y por muchos años. En 1929 nací en París, primera hija después de dieciocho años de matrimonio de una pareja de orígenes muy distintos: mi padre, descendiente de una antigua línea de campesinos corsos; mi madre, nacida de padres nobles y orgullosos de serlo, que habían malgastado toda su fortuna. Poco tiempo después nació mi hermano Francis. Nos llevamos apenas dos años: toda nuestra vida fuimos –y somos– muy unidos el uno con el otro.

No conocí a mis abuelos paternos porque murieron antes de que yo naciera, pero sé que apenas hablaban francés y preferían hablar en corso con mi padre. En las fotos que vi, mi abuela tenía la cara de una mujer buena, obstinada, que parecía tener un conocimiento innato de la tierra y de los hombres, tal como me contó mi madre. Mi abuelo era agricultor, trabajador y autoritario. Sus hijos se fueron poco a poco a Marsella para escapar a su dominación y encontrar trabajo, con la esperanza de una vida menos difícil. Mi padre, por su parte, no tuvo que tomar semejante decisión: su padre, furioso porque un día usó su escopeta sin su permiso para ir de cacería, lo alistó durante cinco años en la Marina de Guerra como represalia. Mi padre honró el compromiso, pero luego él también decidió irse a Marsella. Rápidamente, demostró una inteligencia aguda a la hora de elegir y gestionar los negocios. Se convirtió en banquero, creó y más tarde compró pequeñas empresas, en particular en el sector de la construcción.

De esta forma, mi padre corso se convirtió en “el más rico” del clan, el que más autoridad tenía, sobre quien se apoyaba toda la familia, el verdadero jefe de familia aun sin ser el hijo mayor. Dotado de una inteligencia poco común, además de ser apuesto, tuvo mucho éxito y muchos amigos. Sin embargo, no supo discernir a la hora de elegir a sus amistades, en particular en relación con los negocios. Así fue como compró compañías de petróleo en Azerbaiyán y Rumania y minas en otros países, pero no vio venir la recesión en Francia luego de la crisis de 1929 en los Estados Unidos, un hecho que le costó muy caro.

De mi familia materna, apenas tengo presente a mi abuelo, que murió cuando yo tenía 3 años; mi único recuerdo es el de la habitación donde yacía, rodeado de flores, a la luz de las velas, con todas las ventanas cerradas, los relojes parados y los espejos velados. Me habían hecho entrar en esa habitación en voz baja y me pidieron que le diera un beso... Me acordaré hasta el día de mi muerte de ese beso, la sensación helada del rostro inmóvil y sereno sobre mis labios. Descubrí la muerte sin temor, como una especie de etapa que debía desembocar en un reino que, según me prometieron, estaba lleno de luz.

Más adelante, supe que mi abuelo había sido militar toda su vida, que había terminado su carrera con el grado de coronel, que había llevado a mi abuela con él a los sucesivos destinos asignados y que cada uno de sus hijos había nacido en una ciudad diferente. Mi madre, por ejemplo, nació en Perpiñán, única hija mujer después de cinco varones, razón por la cual lleva como segundo nombre Soledad. Además de Francia, mi abuela había conocido Marruecos y Argelia. Los hermanos mayores de mi madre recordaban, años después, sus juegos, sus cabalgatas por las llanuras y montañas y su conocimiento de las costumbres de la gente local. Habían incorporado expresiones árabes que nosotros también aprendimos sin distinguir lo que venía del francés o del árabe. Mi hermano y yo nos sorprendimos mucho al darnos cuenta de que éramos los únicos en nuestras clases que utilizábamos tales expresiones con amigos de nuestra edad.

Mi abuelo amaba su carrera militar, aunque no le generara muchos ingresos: gastaba sin reparos su fortuna y la de mi abuela dando hermosas fiestas cuyo brillo se asemejaba más al del siglo xviii que al de fines del xix. Ante todo, era artista, pianista, pintor, poeta, actor e incluso, al final de su vida, postrado en una silla por culpa de una gota tenaz –resultado de su gusto por el ajenjo–, ¡se dedicó con pasión al bordado! Todavía conservo la almohada que me obsequió en honor a mi nacimiento.

Mi abuelo tenía un apellido muy bonito, el de un pueblo de los alrededores de París: barón Henri Thierry de Ville-d’Avray. Su familia había sido ennoblecida en la época de Luis XVI, aunque los Thierry ya eran cercanos a la corte desde el reinado anterior. El primer barón tuvo el privilegio de servir al rey hasta la Revolución. Vivía en el Palacio de Versalles, cerca del monarca, y más tarde, en el Hôtel de la Marine, plaza de la Concorde, o en el hermoso castillo que hizo construir en Ville-d’Avray, cerca de la iglesia que había mandado edificar. También fue oficial del Mobiliario de la Corona y, como tal, responsable de la elección y la conservación de los muebles fabricados por los mejores ebanistas de la época. Algunos de estos muebles, de excelente factura, fueron comprados por los estadounidenses durante la Revolución y todavía están en el museo de Boston, con la indicación de su primer propietario. Finalmente, fue nombrado primer alcalde (pero no elegido) de Versalles por Luis XVI, cuando se decretó el nombramiento de alcaldes en los municipios. Murió durante las Masacres del 2 de septiembre de 1792, antes que Luis XVI, al grito de “¡Viva el rey!”, hasta que los revolucionarios le hundieron en la boca una antorcha en llamas. Dejó un libro de memorias sobre su vida, del cual todavía conservo una copia. Tuvo numerosos descendientes, ya que los Ville-d’Avray tuvieron por lo general muchos hijos, y mis primas y primos, tanto como mi hermano y yo, estamos muy orgullosos del pasado de nuestra familia.

Mi abuela materna, Julie de Pétigny, provenía por parte de su madre de una antigua familia noble de la región de Dauphiné: los Brunier, cuya genealogía se remonta a la época del rey Luis IX. Uno de ellos tuvo el honor de negociar la incorporación de esa provincia a Francia, y la tradición familiar lo identifica como el responsable de haber pedido y obtenido que el heredero al trono galo fuera llamado Dauphin –oriundo del Dauphiné–. Después de la incorporación de dicha región a Francia, los Brunier se instalaron en las Cevenas, se convirtieron al protestantismo y, más tarde, un Brunier, que fue médico de Enrique IV, se convirtió de nuevo al catolicismo, tal como lo hizo su rey. Esta es la razón por la que, hoy día, algunos Brunier son protestantes y otros, católicos. Una mujer de la familia Brunier acompañó a Luis XVI y a María Antonieta en su huida a Varennes. Ya estaba establecido un vínculo entre los Brunier, tan cercanos a María Antonieta, y los Ville-d’Avray, cercanos al rey, pero fue necesario esperar un siglo más para que sus descendientes –mis abuelos– se conocieran y se casaran.

Tuve una prima Brunier que mantuvo una casa de familia en pleno centro de Vendôme hasta los años cincuenta, y cuando la tuvo que vender me propuso adquirirla. ¡Ay! No tenía entonces los medios para hacerlo y todavía lo lamento. Al menos pude comprar algunos muebles y cuadros de la familia, y la mitad de una batería de cocina de cobre que tiene más de 400 años y que, de vez en cuando, utilizo en mi casa de campo de Tronçais.

Mi bisabuelo, Jules de Pétigny, era un hombre de letras, académico, que publicó muchos libros y tenía también linaje de hombres de letras. Su abuelo materno, Pierre-Charles Lévesque, había vivido varios años en la corte de Rusia, estuvo a cargo de la biblioteca de Catalina la Grande y fue uno de los tutores de su hijo, el futuro zar Pablo I. Él también ingresó a la Academia, y sus libros sobre la historia de Rusia continúan siendo de interés para los historiadores. Tuve la alegría de poder comprar un ejemplar. Fue así como, doscientos años más tarde, se tejió un vínculo entre uno de mis antepasados y yo. Ambos nos sentimos atraídos por Rusia y sus habitantes, ya que ese es el país de mi marido.

Mi abuela nació en el Val de Loire, en Clenord, cerca de Cour-Cheverny, en una hermosa mansión, Le Vivier, que debió entregar a la familia de Jean-François Deniau para pagar las deudas familiares. Pude ver la mansión hace poco, perdida en su parque mal mantenido por sus habitantes actuales, pero tranquila y llena de dulzura. Me trajo muchos recuerdos, pero no por lo que había visto, sino por todo lo que mi madre me había contado: las partidas de caza, los juegos en el parque, las fiestas. Con emoción y nostalgia, contemplé aquella tierra en la que durante tanto tiempo se enraizaron mis antepasados.

Mi doble ascendencia me permitió pasar todas las tormentas con el sentido común y la resistencia de los campesinos, y con el fatalismo y el desprendimiento de los nobles caídos en desgracia. También me dio el gusto por la vida, la alegría de emprender con confianza, de empezar de nuevo si fuera necesario, de mantener unidos a mis equipos para valorizar sus fuerzas y sus cualidades. Nunca podré agradecer lo suficiente a mis padres por todo lo que me dieron.

k k k

Mis primeros recuerdos están marcados por los viajes que emprendíamos desde París hacia Marsella. Nunca olvidaré la cadencia de las ruedas del tren que nos llevaba de París a la casa que mi padre había comprado en Beaupin. Mi hermano Francis y yo no podíamos dormir, entusiasmados con la idea de recuperar nuestra libertad y ver las colinas durante las vacaciones. Observábamos el desfile de praderas a partir de Aviñón, mientras se hacía de día. Las amapolas rojas, el calor del vagón, el olor del café servido por el mozo del tren, mamá ocupada en cerrar el equipaje en el compartimiento, nuestra impaciencia, la alegría, “empezaban las vacaciones”.

Benditas vacaciones de nuestra infancia, cuyos numerosos recuerdos tienen todos un punto en común: la casa de Beaupin, nuestro hogar. Una amplia construcción de mediados del siglo xix, sólida, abierta hacia el exterior con grandes ventanales, pero siempre fresca gracias a sus gruesos muros. La entrada principal con columnatas se abría hacia un parque con plantas de achiras, alhelíes y muchas otras flores. Más adelante, un largo camino bordeado de tilos conducía hacia los límites de la propiedad, al portal que se encontraba frente al pequeño camino de Paragon, perdido entre las fincas que lo rodeaban, tanto casas señoriales como granjas.

Del otro lado, la casa daba a un bosque que bordeaba un pinar en el medio del cual se encontraba un gran tanque de agua de lluvia, que también recibía agua de la ciudad, y nos servía de piscina durante las calurosas tardes de verano.

Más lejos, a la derecha de la casa, mi padre había hecho construir una casita para nuestros abuelos, pequeña pero muy acogedora. Cada mañana escuchaba a la vendedora de queso de cabra fresco que hacía sonar su bocina en forma de cuerno anunciando su llegada a la casa de mi abuela, y me abalanzaba para probar el queso recién salido del molde, que mi abuela endulzaba. ¡Qué rico era ese queso! ¡Todavía recuerdo su sabor!

Más lejos aún, se encontraba la cantera de arena que ya no se usaba y donde mis primos, mi hermano y yo organizábamos bajadas inolvidables, solo interrumpidas brutalmente por una piedra u otro objeto antiguo que emergía de la arena cuando nos deslizábamos con más fuerza. Así fue que trajimos a casa una antigua lámpara de aceite romana y una carroza en miniatura, que debía ser un juguete del siglo xviii. En cambio, allí perdí mi cruz de bautismo y todas mis medallas. La arena entrega, pero también toma lo que quiere.

Teníamos también muchas higueras y nos encantaba ir a recoger sus frutos. Estaban bastante lejos de casa. Un día, mientras caminaba hacia las higueras, un ganso malhumorado que se había escapado del corral comenzó a morderme las pantorrillas. Corrí y busqué refugio en los brazos de mi madre. Desde entonces, detesto a esos animales.

Nuestras jornadas tenían todas el mismo ritmo. Por la mañana, íbamos al mar; después del almuerzo y de una breve siesta, nos adentrábamos en el bosque de pinos; en la cantera nos bañábamos en el tanque de agua, juntábamos piñones que rompíamos con piedras para comerlos en seguida, nos peleábamos... Después nos escapábamos hacia el desván, donde podíamos abrir la baulera para descubrir ropa antigua –en su mayoría, trajes de carnaval o de bailes temáticos– que nos probábamos, muertos de risa, y ajustábamos a nuestro tamaño con alfileres dobles.

Una tarde, un amigo y yo aparecimos disfrazados de novios: él en un traje blanco Luis XV, yo con un vestido con miriñaque, seguidos de los otros chicos que acompañaban la boda, disfrazados de torero, bretón o arlequín.

Nuestras vacaciones estuvieron marcadas por travesuras cuyo recuerdo humillante sigue vigente. Por ejemplo, cuando apostamos quién sería capaz de subir hasta la cima de un viejo ciprés. Dos de nosotros logramos llegar, pero tuvimos que bajar a gran velocidad, cubiertos de hormigas rojas que nos picaron sin piedad. Corrimos gritando hacia la casa, donde nos metieron en la bañera con ropa y todo para ahogar a nuestras torturadoras. Con el mismo amigo, André, esperando –demasiado, según nuestro criterio– la salida para una boda, decidimos bajar a la bodega y bombardearnos con bolas de carbón. Nuestra ropa terminó negra, nuestros cuerpos también; después de una paliza y un buen baño, nos vestimos –esta vez en forma más sencilla– y, colorados de vergüenza, salimos con mucho atraso.

También nos gustaba mucho jugar a la guerra: mi hermano, mis primos y yo, por un lado, y los niños de una propiedad cercana, por otro. Un día, buscando identificarse, uno de ellos dijo: “Somos comunistas”. Fui a ver rápidamente a papá y le pregunté qué era lo contrario de “comunista”. Con una sonrisa, él me respondió: “Croix de Feu”. Fue así que sostuvimos memorables batallas entre las dos facciones durante todo el verano. El placer que me procuraba el mando y la batalla me persiguió durante mucho tiempo, y hasta que terminé la escuela no tuve en el cuerpo –y en particular en las rodillas– las marcas de esas luchas.

Pero las madres también hacen tonterías (o más bien las tías). Mi hermano todavía no sabía hablar y lo habían vestido para la boda de un primo. Tenía que caminar delante de los novios y... nunca quiso poner un pie en el suelo. Gritaba tan pronto trataban de ponerlo en pie. Recién a la noche nos dimos cuenta de que una tía le había puesto sus zapatos de charol nuevos sin quitar el bollo de papel de gasa que tenían en la punta.

Las vacaciones también se llenaban de olores familiares y deliciosos, como el del gran árbol de tilo que nos embriagaba con el dulce perfume de sus flores; en la cocina, cuando pelábamos los grandes tomates del jardín, henchidos por el sol; los perfumes del “día de las mermeladas”, cuando mamá revolvía en una gran olla de cobre las frutas mezcladas con azúcar. Podíamos acercar pequeñas rebanadas de pan que untábamos con la capa superior de las mermeladas, una suerte de espuma todavía caliente. Nos deleitábamos con esta merienda observando cómo mamá ordenaba las masas de membrillo sobre las fuentes y luego las cortaba en pedazos para que pudiéramos comerlas durante el invierno. Recuerdo también un almuerzo al aire libre, cerca de la cocina, preparado solo para mí: nuestra empleada me traía pajaritos, producto de la caza de su hijo. Cocinados en una cazuela, comidos con la mano, tenían un sabor inolvidable y un aroma que todavía me hace cosquillas en la nariz.

Las vacaciones, fiestas perpetuas, estaban salpicadas de verdaderas celebraciones rituales o espontáneas, tanto en invierno como en verano. ¡Qué felicidad despertarse por la mañana el día de Navidad! Buscábamos los regalos yendo de chimenea en chimenea. Recuerdo el asombro de mi hermano frente a un largo auto con pedales, mi decepción frente a una muñeca demasiado linda, demasiado bien vestida, que unos días más tarde dejé olvidada bajo el gran árbol de tilo despojado de hojas, justo antes de una tormenta. ¡Terminó totalmente arruinada! Navidad, la mesa preparada con los trece postres provenzales tradicionales, entre los cuales podíamos elegir después de comer un ganso relleno cuidadosamente preparado.

Pero el día más hermoso, sin duda, era el de Pascua. Lo esperábamos con ansiedad, y era precedido por el Domingo de Ramos, cuando asistíamos a misa para hacer bendecir el boj y nuestros ramos, que parecían pequeños arbustos pero que, en realidad, estaban hechos con hierro y papel rellenos con golosinas. Semana Santa: todos los primos que vivían desparramados por la Costa Azul se reunían para compartir la Pascua. La misa era larga, cantada por todos con ganas, y luego volvíamos a Beaupin. Teníamos que buscar en la casa y en el parque los huevos de Pascua que habían sido escondidos por nuestros padres. ¡Qué alegría! ¡Qué orgullo encontrar la mayor cantidad posible! Pero cada año uno o dos se perdían y más tarde solíamos encontrar la cinta de un huevo que se había convertido en un charco de chocolate.

Luego almorzábamos en una gran mesa cubierta con un mantel blanco y limpio que, como el resto de la casa, había pasado por su “limpieza de primavera”. No se trataba solamente de encerar pisos, lavar azulejos con cepillo, limpiar los objetos de cobre para que brillaran, sacar la vajilla de los armarios para eliminar cualquier rastro de polvo, lavar las cortinas en el lavadero y secarlas en el césped; también incluía la revisión de toda la ropa de casa, que se desplegaba para comprobar su limpieza y luego era ordenada en los armarios, poniendo los manteles y las sábanas que solían estar debajo en la parte superior de las pilas para permitir un uso más parejo.

También nos gustaba transformarnos en actores de teatro, no faltaba ningún cuento o fábula y, una vez más, el desván nos proveía de nuestros trajes. Entonces organizábamos, frente a nuestros padres, representaciones teatrales tales como Los Tres Cerditos o Caperucita Roja. Mis padres amaban las fiestas, las celebraciones. Por la noche, al acostarnos, mamá y papá venían a darnos un beso, y tengo grabados en mis pupilas los vestidos largos que ella solía ponerse. Un paquete de caramelos depositado por ellos al pie de la cama cuando volvían compensaba su ausencia. No siempre nos dormíamos, y con los ojos apenas abiertos, mirábamos con fervor a nuestros padres, que nos parecían los más lindos del mundo.

¡Bendito tiempo de mi infancia en Beaupin! Pero también en París, donde el departamento era más pequeño pero nos permitía disfrutar más de nuestros padres. Hacía mi tarea bajo una gran lámpara verde, papá me ayudaba, y esos momentos de dulzura profunda están grabados para siempre en mi memoria. Sin alzar la voz nunca, él me enseñó todo. Una noche, la víspera de Navidad, alguien tocó a la puerta: era un hombre agotado, que llevaba un cartel publicitario que debía ponerse encima en la calle (era un hombre-sándwich). Sabía que papá lo conocía y poco después supe que era marqués, de una antigua familia que se remontaba al Renacimiento, y que su atracción por el juego le había hecho perder la herencia de sus padres y de su tía hasta el punto de tener que rebajarse a la categoría de hombre-sándwich. Papá lo ayudó dándole dinero y mamá lo alimentó. Tan pronto como se fue, papá me explicó cómo había llegado a tal situación y me hizo entender el valor del dinero, mientras me mostraba que también había que saber compartir. Nunca olvidé la lección.

Durante el mes de agosto, íbamos de vacaciones a la montaña. A papá le gustaba recordar su infancia y llevarnos a hacer senderismo por los Alpes (cada uno de nosotros tenía un bastón para sostenerse), y nos deteníamos en las granjas, donde nos servían leche tibia de vaca o de cabra recién ordeñada. Durante uno de esos paseos, mi padre demostró un extraordinario valor y una gran calma cuando estuvo a punto de perderme. En efecto, teníamos que cruzar el Mar de Hielo, un glaciar ancho y profundo. Papá tomó a mi hermano en brazos y, con su vara afilada y sus zapatos con crampones, empezó a cruzar el glaciar y me pidió que esperara hasta que él volviera a buscarme. ¿Por qué esperar? Todo parecía tan fácil, caminaba con tal soltura, que sentí que yo podía hacer lo mismo... Y me dispuse a seguirlo, sin que se diera cuenta. Me resbalé y, a los gritos, empecé a deslizarme por el glaciar con la cola, paralizada de frío y miedo. Gracias a Dios, más adelante me detuvo una gran piedra en punta que me desgarró el muslo. Grité con más fuerza, pero mi caída se había terminado afortunadamente sin demasiado daño. Papá depositó a mi hermano del otro lado del glaciar, me sacó de la piedra, ató un pañuelo grande alrededor de mi muslo que sangraba a borbotones y me tomó en sus brazos, sin decir nada. Sabía que había entendido cuán imprudente había sido y no quiso añadir nada. ¡Su calma, determinación y amor me dieron una gran lección!

Mi infancia fue brutalmente interrumpida por la enfermedad y la muerte de papá. Después de verlo sufrir sin quejarse, después de que me hubiera contado unos días antes de su muerte todos los proyectos que tenía para mi hermano y para mí, murió a principios de enero de 1939, y ya nada fue igual.

Vi salir la procesión fúnebre que lo llevaba, mi hermanito adelante con mis tíos, mientras que, según los ritos del sur de Francia, mamá, mis tías y yo permanecimos en la sala de estar. Me escapé tan pronto como se alejó el coche y me escondí para llorar sola mi dolor en el bosque de pinos. Lo había perdido todo, ya lo intuía, y rápidamente lo comprobé.

Un tío, hermano mayor muy cercano a mi papá, había arreglado para recuperar el control de las acciones de la empresa creada por papá, donde se encontraban reunidos todos nuestros bienes. ¡Las acciones al portador pertenecían en aquel entonces a las personas que las poseían físicamente! Este tío había tenido una situación modesta toda su vida. Con la asistencia de abogados deshonestos, pudo apropiarse de las acciones al portador, quedarse así con la casa de Beaupin y echarnos. La guerra recién empezaba. Mamá pudo conservar sus muebles de familia y sus joyas, pero tuvo que venderlos más adelante en peores condiciones (recuerdo unos pendientes de diamantes que Luis XVI había regalado a una de mis antepasadas y que desaparecieron en el desastre). Nos alojamos en un departamento con un pequeño jardín, cerca del mar, en el barrio Malmousque de Marsella.

La Segunda Guerra Mundial empezó mientras éramos reducidos a la condición de huérfanos pobres: nuestra madre nunca había aprendido a trabajar, lo que significaba un grave problema. Los tíos y tías, primos y amigos desaparecieron, y nos quedamos solos los tres, con nuestro amor y nuestro dolor compartidos, pero en situación de necesidad.

Los años de guerra en esas condiciones fueron espantosos, pero ricos en aprendizajes. ¿Cómo olvidar los dos inviernos, los más fríos desde hacía mucho tiempo, durante los cuales la nieve cubrió Marsella? ¿La dificultad para alimentarse, las colas sin fin en las que nos turnábamos desde la medianoche hasta el mediodía, primero yo hasta las 5 de la mañana, después mi hermano hasta que partiera para la escuela, y finalmente mamá hasta que la atendieran? Y todo ese tiempo solo para obtener unas galletas de castañas y ¡azúcar falsa! Cómo olvidar la ropa de cama bordada que entregábamos de a poco a la panadera para pagar el pan, los trabajos cansadores que mamá aceptaba cuando se los ofrecían, recurrir a subsidios para vivir: tener derecho a formar parte de los pobres, que diariamente recibían una “sopa popular”; acceder a una participación de los beneficios del Estado en la venta del tabaco en los estancos [débits de tabac], gracias a los largos trámites realizados por mamá y porque papá había sido herido durante la guerra. Todavía recuerdo las tardes que pasé ayudándola a rehacer sus cuentas, sus adiciones, y consolándola frente a una situación que dominaba con dificultad, pero con un valor ejemplar. ¡Mi corazón se cerraba al ver los dedos y los pies de mi hermano con quemaduras causadas por el frío y la privación de alimento! Nuestra ropa era confeccionada con las cortinas y otras telas para muebles que mamá había logrado sacar de Beaupin. Excepto nuestros zapatos (con suelas de cartón), que por desgracia tuvimos que cambiar con frecuencia, no volvimos a usar nada nuevo hasta que yo empecé a trabajar. Teníamos hambre, frío y estábamos solos, o casi. De nuestra familia, únicamente la hermana mayor de mi padre, la tía Brigitte, seguía en contacto. Fuimos a su casa en Marsella, en una zona algo especial porque las casas estaban construidas en la ladera de la colina. Se entraba por una escalera que corría paralela al techo, hasta bajar al primer piso, donde vivía mi tía la mayor parte del tiempo. La escalera desembocaba en un pequeño jardín en la parte inferior del valle. La tía Brigitte nos preparaba sopas corsas y conseguía broccio fresco, que tanto nos gustaba. Toda la vida tuvo una gran pasión por mi padre y concentró en Francis y en mí su amor fraternal, pero ella tenía ideas fijas acerca de todo. Un día, para no tener que escucharla despotricar sobre no me acuerdo qué cosa, agarré una escoba y subí al techo del lado de las escaleras, dispuesta a romper las tejas si me perseguía. Tuvimos un intercambio desagradable, ella en la escalera y yo sobre el techo, pero todo terminó con risas; a pesar de todo, la quería. Mi primo Marcel Jullian –con el cual me reencontré años más tarde, en 1967– relató también en uno de sus libros su infancia provinciana y corsa y sus controversias con la tía Brigitte, de la cual solo tenía malos recuerdos. Intercambiamos entonces nuestras fotos y fue una gran alegría recordar nuestra infancia.

Una familia que vivía cerca de nuestro departamento también trató de ayudarnos. La abuela y la madre eran de Provenza; el padre era corso y la pareja tenía un hijo de mi edad. Se llamaba Maurice Pianelli, y se convirtió en nuestro amigo. Íbamos juntos a bañarnos al mar, jugábamos en el jardín, lo queríamos mucho y aún hoy seguimos viéndonos e intercambiando recuerdos comunes en las Calanques o en otros lugares. El padre de Maurice había llegado a ser un poco nuestro segundo padre. Nos ayudaba a hacer los deberes y nos dio mucho afecto. La madre nunca me quiso, ¡tenía miedo de que le sacara a su hijo! Eso nos tenía sin cuidado, y cuando nadábamos delante de su casa lográbamos escondernos detrás de las rocas para que no pudiera vernos. Nos recibía a regañadientes y, como yo le contestaba, la situación no era nada fácil. Maurice, para alejarse de su madre, se convirtió en capitán y pasó la mayor parte de su vida surcando los mares asiáticos.

Mamá intentó mejorar nuestro menú comprando una cabra, con la intención de que nos diera cabritos y leche. También me pidió que la llevara a las afueras de Marsella, a pie, para que se aparease con un chivo, lo que hice, muerta de vergüenza por tener que cruzar muchas calles y vecindarios con semejante animal. Pero nuestra Blanchette nunca nos dio cabritos ni tampoco leche; al contrario, comió cuidadosamente la corteza de los arbustos de nuestro pequeño jardín, que pronto murieron. Sin embargo, se quedó con nosotros mientras permanecimos en Marsella, y tuve que rehacer una vez más el horrible trayecto a pie con mi acompañante. ¿Hace falta contar que Blanchette parió poco después de nuestra partida?

Iba a la escuela en bicicleta para no tener que pagar el pasaje del tranvía, y volvía con mi botellón lleno de la sopa popular que iba a buscar después de clase, la cabeza llena de sueños y de lecciones aprendidas en los libros que devoraba con apetito. Viví la épica napoleónica, la fuerza de un clan corso, recordé lo que mi padre había podido hacer y, con ingenuidad, imaginaba lo que podría hacer yo también para ayudar a mi familia a salir de la pobreza y, en primer lugar, para comer lo suficiente. Todavía siento la fuerza del mistral en mi cara, mi dificultad para respirar, para luchar contra los elementos, y al mismo tiempo mis ganas de vivir, sobre todo de vivir mejor.

Mi alegría, mi florecimiento los encontré en la escuela, en particular en la secundaria. Devoraba mis libros escolares desde el comienzo del año, escuchaba con pasión las lecciones de mis profesoras y las admiraba. Una de ellas, una profesora de Latín y Griego, me conmovía particularmente. Tenía una cara triste, grandes ojos azules y una larga trenza de pelo rubio. A ella le debo el gusto por el latín, que no nos enseñó como una lengua muerta, sino proponiéndonos actuar escenas de autores latinos. Así fue que al final del año escolar hicimos una representación teatral ¡en latín! Sentía que ella se aislaba de las otras profesoras y busqué acercarme. También me invitó a su pequeño departamento, donde vivía sola con su bebé. La escuchaba, la veía vivir, llenaba mis ojos de todo el cariño que sentía por ella y fueron momentos eternos.

Al año siguiente, no la tuvimos más como profesora, nos dijeron que se había ido. Mucho más tarde supe que era judía, pero nadie pudo decirme si había podido reunirse con su marido en Londres o si los alemanes la habían enviado a un campo de concentración. ¡Nunca me voy a olvidar de ella! Me gustaban todas las materias, y sobre todo las Matemáticas. Recuerdo un episodio: una mañana llegué a la escuela con la solución a un problema. Me di cuenta rápidamente de que era la única que había encontrado esa respuesta: todas las demás alumnas habían elegido otra. Sostuve mi posición porque no entendía lo que había hecho el resto. Fui la única en tener razón, y eso me enseñó a no cambiar de opinión sin entender.

Por el contrario, no me gustaba, mejor dicho, odiaba a mi profesora de Costura y Manualidades. Dedicaba sus clases a explicarnos cuán responsables éramos de la derrota de nuestro país, cuántas más cualidades tenían los alemanes que nosotros, por qué teníamos que acercarnos a ellos, y que debíamos aceptar ser alimentadas con topinambures y aguaturmas, a modo de penitencia. Nos enseñaba a cocinar estas verduras, a zurcir y coser. Siempre fui zurda, cosa que la profesora no podía soportar, y siempre me ponía un cero, independientemente del cuidado con el que realizara mi labor. Es mi único recuerdo malo de la escuela. ¿Cómo podíamos aceptar lo que nos decía después de ver a las Fuerzas Armadas italianas bombardear nuestra catedral un día de primera comunión, y después de ver los cuerpos de niñas de nuestra edad vestidas de blanco, yaciendo sin vida en la puerta de la iglesia? Teníamos mucho odio contra los alemanes y los italianos, y al mismo tiempo los profesores de la secundaria y mamá nos decían que había que respetar al mariscal Pétain porque “había permitido a Francia no sufrir el mismo destino que Bélgica”. Aprendíamos canciones y hacíamos gimnasia para participar en las extensas festividades en el estadio Jean-Bouin, cuando el mariscal pasaba por Marsella. El llamamiento del 18 de junio, la Resistencia, los campos de concentración en Alemania... nadie hablaba de eso, nadie hablaba de eso a nuestro alrededor. Solo se comentaban las victorias o el hundimiento de la flota francesa en Tolón. Mi hermano y yo éramos probablemente demasiado jóvenes para saber qué pasaba realmente en Alemania. Los indicios más evidentes de la guerra eran la privación de comida y de ropa, y el aislamiento total de la parte norte del país, que dividía a Francia en dos.

Nuestro aislamiento cesaba durante las vacaciones. Mamá nos enviaba de campamento, Scouts para mi hermano, Printemps, el equivalente para chicas, para mí. Nos íbamos de vacaciones a Auvernia, a un pueblo cuyo nombre ahora es conocido por todos: Pompidou. Caminábamos en medio de una vegetación densa y verde, hacíamos juegos en equipo, asistíamos al izamiento de la bandera cada mañana y cantábamos viejas canciones nostálgicas desde el anochecer hasta el amanecer. Quería a nuestras guías, rápidamente me convertí en jefa de un equipo y de esta forma comencé a aprender a liderar; me gustaba que cada persona pudiera desarrollarse tanto como fuera posible. Mantuve a lo largo de mi vida el gusto por el trabajo en equipo, la alegría del esfuerzo y de la investigación en común. Nuestras vacaciones fueron también el único momento durante el cual podíamos comer sin pasar hambre, porque la vida en Auvernia era menos dura que en la Costa Azul. El pan era distribuido con parsimonia en función de los tickets de racionamiento; en la sopa, en cambio, las verduras eran más abundantes y las daban mezcladas con un poco de carne. La manteca, cuyo gusto habíamos olvidado, era distribuida en pequeñas cantidades. Vi a veces robar pan de los armarios, rivalidad frente a las porciones servidas y las mentiras que conllevaban.

Nuestra vida en Marsella, la armonía que supimos encontrar en esa situación de reclusos, se vio de repente interrumpida. Los alemanes, frente al avance de las fuerzas aliadas, decidieron construir el “muro del Mediterráneo”, como lo habían hecho al oeste con el “muro del Atlántico”, y en dos días tuvimos que dejar nuestro departamento. Obtuvimos, como una excepción, la autorización para ir hacia la región de París, porque era el único lugar donde un hermano de mamá nos podía recibir.

Mamá preparó las valijas, llenó los baúles y nos pidió ponerlos, al final del día, en el jardín, para facilitar el trabajo de los hombres que iban a venir a la mañana siguiente a hacer la mudanza. Por la noche, unos vándalos saquearon las cajas, y fue así como lo que mi tío no había podido robarnos y lo que mamá todavía no había vendido quedó en manos de ladrones: libros raros y platería, entre otras cosas.

A pesar de la escasez de vivienda, mi tío Marc había podido encontrar para nosotros un departamento decente en Bécon-les-Bruyères, cerca de París, para alquilar por un año. Pudimos así asistir a los liceos Condorcet y Racine, cerca de la estación Saint-Lazare. Mi hermano se acostumbró a estos cambios; yo no. No encontraba en estas nuevas profesoras, distantes, la calidez humana de mis profesoras de Marsella. Me empecé a aislar, muchos se burlaban de mi acento, de mi torpeza, de mis trajes pobres. Comencé a escaparme de la escuela con un primo de mi edad, Jacques. Así recorrimos París disfrazados de zazús, nos bañamos en el río Sena, nos unimos a una banda de jóvenes indolentes, fue la buena vida... ¡hasta que nuestros padres se enteraron de nuestras escapadas! Mi primo Jacques era el nieto de mi tío Marc, el mayor de los hermanos de mamá. Este último era muy alto, medía como dos metros, y era muy flaco. Comía mucho picante como recuerdo de su pasado en las colonias. Sus intestinos lo pagaron caro, se los fueron seccionando en sucesivas operaciones. Tenía una imaginación desbordante y había presentado varias patentes, aunque sin éxito comercial. Se la pasaba escribiendo a los muchos amigos que había acumulado durante su vida de viajero solitario. En efecto, se había casado muy joven con una mujer alemana de la alta nobleza, que le había dado una hija. El segundo embarazo de mi tía, de gemelos, le costó la vida. Uno de los gemelos murió, y mi tío Marc no quiso ver al segundo, que fue criado por mi abuela. Nunca volvió a casarse. El primer contacto con él era bastante particular debido a su nariz aguileña y a su único ojo, que miraba como si tratara de perforarte (había perdido el otro en la guerra y llevaba uno de vidrio), pero en realidad tenía un corazón enorme, y su diferencia de edad con mamá (más de 17 años) lo convirtió para ella en un padre más que un hermano. Ella le tenía un gran afecto. Él siempre se esforzó por ayudarnos en función de sus limitados recursos. Había logrado adquirir un pequeño chalet en las afueras de París –en Asnières, no lejos de Bécon–, y a menudo íbamos a visitarlos a él y a su hija. Así pude ver el Sena crecer y desbordarse durante las grandes inundaciones de la posguerra. La planta baja del chalet estaba bajo el agua; la familia vivía en el primer piso y lo íbamos a visitar en barco. ¡Era como estar en Venecia! Nosotros, los niños, estábamos entusiasmados, pero ¡cuántos daños!

Llegó el verano de 1944, cada vez más se hablaba de la avanzada de las tropas aliadas hacia la capital, por lo que no podíamos irnos de vacaciones. Seguía bañándome en el río Sena hasta que me contagié gravemente de fiebre tifoidea y meningitis, probablemente debido a la contaminación del agua. Estaba tumbada en mi cama con las ventanas del departamento cerradas, el sol no atravesaba ni las persianas; Francis se había ido a casa de unos primos. Mamá me cuidaba y el médico venía a menudo. Desde el fondo de mi cama podía oír, sin reaccionar, las palabras del doctor tratando de consolar a mamá, diciéndole que tenía pocas posibilidades de restablecerme. Estaba luchando sin ruido, sin movimiento: perdí el pelo, absorbía la penicilina que una prima que pertenecía a la Resistencia había pedido a las Fuerzas Armadas estadounidenses y me curé.

Los aliados habían llegado a París y, tan pronto como me fue posible, fui hasta la Torre Eiffel, donde acampaban los estadounidenses, para tratar de conseguir algunos cigarrillos, chocolate o corned beef, que luego revendía, como hacía la mayoría de los franceses; así le llevaba algo de dinero a mamá. Tiempo después me propusieron un trabajo durante un mes en una fábrica de radios. Obviamente, acepté: de esa forma, aprendí las presiones del trabajo en cadena y la alegría de tener mi primer sueldo. Mis compañeros, apenas mayores que yo, me recibieron muy bien, y de esa experiencia guardé una amistad entrañable con Gina, una joven de origen italiano con quien hice unas cuantas escapadas. El objetivo era conseguir de unos agricultores, a 50 kilómetros de París, huevos, pollos y queso a precios inferiores a los que se podían encontrar en el mercado negro en París. Vendíamos nuestros productos con ganancia y nos quedábamos con una parte para nuestras familias. Un día, mientras regresábamos del campo en tren con nuestro queso, huevos y pollos escondidos en unas bolsas pesadas, pasamos la vergüenza de oír cómo cacareaba una gallina frente a nuestros vecinos desconcertados. Más tarde, al llegar a casa, para nuestro asombro y el de mamá, teníamos un huevo adicional en la canasta.

Otro cambio nos esperaba durante el otoño: el departamento de Bécon, en el cual nos habíamos quedado más tiempo de lo esperado inicialmente, debía ser liberado, y mi tío Marc nos ayudó, una vez más, a encontrar un nuevo hogar en Montmartre, o, mejor dicho, un reducto, donde finalmente nos instalamos. Tenía una única habitación con una ventana y un tragaluz, y una pared de por medio: el lado del tragaluz correspondía a una cocina muy estrecha, y el de la ventana daba a la sala de estar, que también servía de cuarto de dormir para mamá y para mí. Dormíamos en la misma cama. Detrás, otro pequeño tabique separaba la sala de un gran armario, que se convirtió en el cuarto de Francis, con una cama chica. El baño estaba situado en el palier. Mamá utilizaba como bañadera su fuente de cobre de Beaupin que servía para hacer dulce, y nos enjuagábamos con una esponja grande. Ella, al recordar su juventud en amplias casas, en Beaupin –que tanto amaba y que hubiera debido convertirse en mi casa en el futuro–, en la mansión de su madre, miraba esta casa con desesperación; sin embargo, con toda la energía de la que disponía, empezó a buscar pequeños trabajos para hacer y visitó a nuestros vecinos.

Así fue como conocimos a nuestra vecina de enfrente, una anciana encantadora, y a su sobrino, que venía a verla a menudo. Era un artista, bailarín, y solía bailar de telonero antes de la proyección de películas, como era costumbre en aquel tiempo. Mamá tenía muchas ganas de que yo aprendiera a bailar. A falta de un profesor para señoritas, preguntó si el sobrino de la vecina podría enseñarme a bailar, y él aceptó. Conocí entonces el placer de la danza, de todos los bailes modernos, en un estudio para artistas en Montmartre, hasta que mi profesor-pareja de baile me preguntó si quería acompañarlo en su carrera profesional y en su vida. Era un buen muchacho, pero no me atraía la vida bohemia; tampoco lo amaba, así que el asunto terminó ahí.

A menudo, los fines de semana salíamos de campamento con Gina y otros amigos hacia las afueras de París. Éramos todos pobres, pero compartíamos con alegría lo poco que teníamos y pasábamos noches enteras alrededor de un fogón cantando viejas canciones francesas. Entre los muchachos que nos rodeaban, había uno que parecía siempre distante y triste, y vi que sus compañeros solían ponerlo en medio de ellos, como para ocultarlo, tan pronto como nos acercábamos a un pueblo. Una noche, después de nuestras canciones, cuando estuvo todo tranquilo, le pregunté suavemente por qué estaba tan lejano en su pensamiento. Dudando un poco, me contó sus experiencias. Un año antes del final de la guerra había entrado en la Legión de los Voluntarios Franceses (LVF) porque le gustaba el ejército, la guerra. Apenas tenía 18 años y no entendía lo que estaba sucediendo. Participó de duras batallas, luego había huido cuando se declaró el cese de las hostilidades, pero era buscado por combatientes de la Resistencia que querían matarlo, como a otros miembros de la LVF. Tenía miedo y se sentía diferente a todos nosotros. Me dio lástima y decidí ayudarlo con mi amistad, acompañándolo a las estaciones cuando tomaba un tren para que tuviera una actitud más normal. Después de unos meses, la caza de los exmiembros de la LVF se calmó, él decidió salir del país, y no lo vi nunca más.

Gina tenía un novio que era contrabajista en una famosa orquesta de la época, y así pude asistir a espectáculos de jazz. Siempre había un lugar para nosotras, y fue maravilloso ver a esos cantantes, ¡esos músicos que nos traían un poco de Estados Unidos, que tanto nos hacía soñar! Estas veladas, los fines de semana de campamento, fueron probablemente los únicos entretenimientos de mi adolescencia.

Mamá estaba cada vez más cansada: agotada de cuidar a niños y con una dieta demasiado pobre en alimentos, no podía continuar viviendo de esta manera. Tomé la decisión de abandonar mis estudios. Atrás quedaban mis sueños de convertirme en profesora de Francés, Latín y Griego, tenía que trabajar y ayudar a mi hermano a seguir estudiando para tener más tarde una profesión. Después de ocho meses de estudio, obtuve un título en una escuela de taquigrafía y dactilografía. Mi profesora, una señorita malhumorada pero con buenas intenciones, me encontró trabajo en un banco que buscaba reemplazante para los meses de julio y agosto de 1946. Acepté de inmediato. Para esas vacaciones de verano, mamá se fue con mi hermano a casa de unos tíos en el sur y me encontré sola en mi reducto, comiendo pastas y arroz hasta mi primer sueldo. ¡Qué alegría poder trabajar! Siempre llevaba la ropa que mamá me confeccionaba, hacía mis zapatos con plataforma yo misma, pero no tenía cartera y necesitaba una máquina taquigráfica, ya que el banco no tenía. ¡Yo era su primera estenotipista! Le pregunté a una prima lejana si podía prestarme el dinero para comprar esta máquina, lo que hizo sin mucho entusiasmo, convencida de que utilizaría el dinero para divertirme. Dejé la máquina en la oficina y su caja se convirtió en mi cartera durante un tiempo. Fue así como me presenté, el 1° de julio, en el banco, con el corazón latiendo después de haber bajado la colina de Montmartre a pie hasta el bulevar Haussmann. Mi sueldo era de 3.000 francos antiguos al mes, que incluso para la época era un salario muy bajo, pero fue mi primer sueldo y estaba por cumplir 17 años. Mi segundo nacimiento, mi verdadera libertad, comenzaba. Recuerdo que uno de mis primeros sueldos me permitió comprarle a mi hermano, que en aquella época tenía 15 años, su primer traje con pantalones largos. Nos fuimos de compras a una gran galería y pidió llevarlos puestos. En el camino de regreso a la colina de Montmartre se miró en todas las vidrieras. ¡Éramos tan felices! Seguimos toda nuestra vida haciéndonos regalos fraternos. Mamá podía ver el futuro con menos incertidumbre. Francis continuó sus estudios, llegó a ser doctor en Medicina y, más tarde, director de la clínica que él mismo había fundado.

Capítulo II

Los señores Seligman y Cía.

1946-1956

La libertad pertenece a aquellos que la han conquistado.

Napoleón

El banco de negocios no tenía ninguna ventanilla a la calle y ocupaba tres plantas de oficinas sobre el bulevar Haussmann, del tercer al quinto piso. El tercero era el que correspondía a los socios y el cuarto era utilizado para las filiales que no fueran del banco, que estaba en el quinto piso. Una escalera se sumaba al ascensor común a todos los propietarios. Me acompañaron hasta el quinto piso, el de los servicios de relación con el cliente, y fui presentada a varios jefes de departamento: de caja, cartera de inversiones, cambio, títulos, bolsa de valores.

Los negocios importantes se trataban en las plantas inferiores, ya que nuestra clientela de base, poco numerosa y rica, rara vez pasaba por las cajas. Poco a poco, aprendí a escribir por mi cuenta los consejos a los clientes, a utilizar las máquinas donde se inscribían los movimientos de las cuentas, a descontar las letras de cambio, a saber los nombres de las empresas que cotizaban en bolsa y el nombre de sus accionistas, clientes del banco. La guerra había provocado, por desgracia, muchas pérdidas entre el personal, y toda sangre nueva era bienvenida. Fui, pues, muy bien recibida. Me mantenía ocupada aprendiendo acerca de las operaciones de tesorería y de cambio. La velocidad con la que el cambista, un suizo, hacía malabares con las tarifas y sus contrapartes me fascinaba, y me juré que yo también podría actuar de manera similar si lograba permanecer en esa casa.

Los dos meses pasaron rápidamente y mi contrato temporal se transformó hasta el punto de que permanecí 10 años en aquel banco. Mi jefe suizo me enseñó a realizar inversiones de dinero en efectivo y a hablar con los brokers, dejándome primero a cargo de operaciones pequeñas. Viendo que no cometía errores, a pesar de la aprensión de algunos en el banco y porque no había otra persona para hacerlo, me dejó a cargo del manejo de este servicio al año siguiente, durante sus vacaciones. Me ocupaba de llamar a los corredores, discutir la tasa y la duración de las inversiones, por teléfono, según era la costumbre. Por lo general, se asombraban, cuando me invitaban a almorzar, al ver a la chica con quien habían trabajado por teléfono. ¡No podían imaginar que era tan joven!

Mi jefe también tenía bajo su responsabilidad la compra y venta de monedas de oro o lingotes; pero este comercio pronto estuvo muy regulado, ya que permitía lavar algún ingreso en el mercado negro. Una tarde, un comisario de la policía ingresó de improviso y comenzó a registrar con su equipo todas las oficinas de nuestros diferentes servicios. Empezaron por el servicio más alejado al nuestro y vi cómo mi jefe palidecía. Me explicó en voz baja que tenía algunas monedas de oro no declaradas. Tomé la bolsa en que estaban guardadas, la puse en mi bolsillo y bajé por las escaleras internas al piso de abajo, adonde, en principio, no debían ir los oficiales. Dejé la bolsa en una carpeta y volví a subir con aire inocente ante la mirada desconfiada del comisario. Mi edad y mi sexo hicieron que él no buscara más, y yo estaba feliz de haberle hecho un favor a mi jefe. Sin embargo, significaba un desvío para mi conducta, que no volví a cometer.

Después de la guerra, había que volver a aprender todo de nuevo: el banco ya no se administraba de la misma manera. En particular, cualquier relación con el extranjero debía ser aprobada previamente por la Oficina de Cambio, que emitía nuevas reglas casi a diario, y dicha proliferación de textos rápidamente daba lugar a contradicciones. Nadie en el banco era especialista en estas nuevas normas ni quería llegar a serlo. Ese era el nicho que yo necesitaba. Leí todos los textos, intenté entender el propósito; iba todos los días a la oficina con las solicitudes de permisos, y preguntaba acerca de aquello que me parecía confuso. Fue así que comprendí que tenía que observar los objetivos de los textos, pero que el no cumplimiento de la forma no era importante. ¡Me convertí en una especialista!

No éramos el único país con tales regulaciones y, a veces, se contradecían. España, por ejemplo, prohibía a sus ciudadanos exportar cítricos a menos que sus exportaciones fueran pagadas previamente, o si antes habían recibido una carta de crédito. En aquel tiempo, las cartas de crédito documentario eran muy utilizadas porque facilitaban el comercio. De hecho, los exportadores, separados del exterior por la guerra, conocían poco a sus clientes importadores y no tenían posibilidad de apreciar su peso financiero. Al recibir una carta de crédito “confirmada” por un banco (es decir, con respaldo bancario), podían estar seguros de recibir el monto de sus exportaciones en la medida en que trajeran las pruebas de que los productos habían sido exportados. Esta evidencia consistía en brindarle los documentos de envío al banco. Francia, por su parte, prohibía el pago de estos mismos cítricos hasta que hubieran cruzado la frontera. Todo estaba paralizado. Sugerí a mi jefe que se reabrieran los créditos documentarios confirmados con los bancos españoles, pero que entre los documentos necesarios para obtener el pago figurara también la prueba del paso por la aduana de las mercaderías. De este modo, respetaba la base de las acciones tomadas de ambos lados, aunque no se respetara la forma. Mi jefe me dijo que solo mi juventud y mi inexperiencia podían haberme llevado a esta línea de razonamiento que nadie en el banco hubiera concebido, pero que tenía razón, y durante tres meses nuestro cliente fue el único en importar cítricos de este modo. Ganó mucho dinero, me llevó a comer con su pareja a un restaurante cerca de París, el Coq Hardi (algo que nunca me había ocurrido), y me ofreció un maletín de piel de cocodrilo Hermès con mis iniciales, maletín que siempre me acompañó. También me aumentaron el sueldo y compré mi primer vestido.

Trabajaba hasta tarde en la noche para completar el trabajo que me había sido encomendado y entender su significado. Pronto, mis colegas, sin dejar de ser muy amables con la joven, casi niña que era, me explicaron que no tenía ninguna razón para hacer horas extras. Algunos eran de izquierda, en particular uno de ellos, que su jefe mantenía al margen debido a sus tendencias y a la posición que había tomado con la llegada del Frente Popular, antes de la guerra. Expliqué que quería aprender, lo cual me tomaba tiempo, y que si me quedaba más allá de la hora era para recuperar la lentitud con la que realizaba mi trabajo en aquellas condiciones. Poco a poco dejaron de hacerme observaciones, pero ya comenzaban las grandes huelgas de fines de los años cuarenta y principios de los cincuenta.

Por aquel entonces, los sindicatos prohibían trabajar a todos los empleados. Éramos muchos los que, de todos modos, íbamos a la oficina: pensábamos que estar en las plantas superiores nos ayudaría. Un día, sin embargo, algunos hombres, entre los más difíciles de esos sindicatos, entraron en nuestras oficinas tirando la puerta abajo y comenzaron a arrojar nuestros equipos y documentos por la ventana. Así fue como vi que mi máquina de escribir caía a la calle desde el quinto piso. Todavía tiemblo al evocar aquellos momentos. También recuerdo el caos total que fue la vida cuando pararon trenes y autobuses y la oficina de correos permaneció cerrada durante casi tres meses. Los cheques no llegaban, no se pagaban los sueldos, la vida quedó paralizada. El Partido Comunista intentaba tomar el poder.

Este tipo de eventos hizo que algunos de mis colegas reflexionaran y aquel, el que no era apreciado por su jefe por las razones que acabo de exponer, vino a verme y comenzó a trabajar con mayor entusiasmo y deseos de mejorar. Se convirtió en mi amigo, al igual que su esposa, y me siguió en mi carrera hasta su muerte. Empezó como simple empleado, y más adelante llegó a ser jefe de departamento. Unos años después, en la década de 1950, cuando tuve mi primer auto, un Renault pequeño, fuimos a pasar el día a Le Touquet con él, su esposa y sus hijos, y fue muy divertido. Más tarde, él también pudo comprarse un auto: el trabajo daba sus frutos.

En aquella época decidí aprender inglés y me dirigí a una escuela que tomaba alumnos a la tarde-noche, después de la oficina. Tuve como profesor a un joven inglés, Valentin Dawson: más tarde supe que había sido uno de los ases de la Royal Air Force durante la guerra. Éramos tan pobres uno como el otro, pero nos encantaba caminar y charlar luego del curso. Me acompañaba hasta Montmartre y éramos felices con una bolsa de papas fritas mientras soñábamos con proyectos para el futuro o escapadas a los alrededores de París.

Una noche dijo que Isabel de Inglaterra, heredera del trono británico, vendría en visita oficial; me contó que estaba invitado al baile que daría la embajada británica, debido a su trayectoria de servicio. Añadió que podía invitar a una joven y que deseaba que pudiera acompañarlo. No podía creer que fuera a asistir a un baile, como mis padres lo hacían antes de la guerra, cuando ya había dejado olvidadas, escondidas dentro de mí, esas oportunidades. Sí, pero no tenía un vestido largo, ni nada. Pedí un préstamo al banco hasta el final del mes, me compré un vestido largo, mamá me hizo con entusiasmo una capa de terciopelo dorado confeccionada con la última cortina de Beaupin, me fabricó una faltriquera, y la gran noche llegó. Salí de nuestro cuchitril llevando un vestido blanco largo, una orquídea en el ojal comprada por Val, mi dulce maestro, y pasamos una noche inolvidable junto a invitados muy elegantes, mientras que la embajada brillaba gracias a las velas que ardían generosamente frente a la abundancia del bufé, que me parecía irreal después de años de privaciones. Hice mi reverencia a la princesa Isabel y, sonrojada de emoción, ya no me alejé de Val, con quien bailé durante toda la noche. Creo que fuimos los últimos en la pista. Cuando salimos, al amanecer, regresamos a pie a Montmartre para ver el amanecer desde el Sacré-Cœur, subiendo las escaleras a toda velocidad. ¡Qué hermosa era París vista desde lo alto, tan temprano, después de una noche como aquella! Salimos rápidamente, solo tenía tiempo para lavarme y prepararme para la oficina, con los ojos y el corazón todavía deslumbrados.

No tardé en agregar a mis clases de inglés otros cursos en el Institut Technique de Banque, para aprender diferentes técnicas de nuestra profesión. Este, luego de dos años de formación, ofrecía un diploma de posgrado a aquellos que hubieran pasado con éxito los exámenes. En esa época, los cursos se dictaban por la noche, después del horario laboral, y los sábados. Además, nos proponían reunirnos en pequeños grupos de ocho para realizar algunos trabajos, en particular el estudio de casos concretos. No conocía a nadie, porque ningún empleado del banco Seligman había tomado estos cursos antes que yo. Y añadiría que los socios no habían tomado bien mi decisión, ya que consideraban que aprendía más de mi trabajo con ellos que haciendo esos cursos. El profesor de trabajos prácticos, Maurice Schlogel, director del Crédit Lyonnais, al ver mi desconcierto, impulsó a un equipo de gente joven de su banco para que me tomaran. Estuvieron de acuerdo, pensando –según me dijeron más tarde– que podía pasar a máquina nuestros trabajos, algo que en realidad nunca hice. Todos nos hicimos amigos y lo fuimos durante mucho tiempo. Más tarde, Schlogel, por quien sentía total admiración dado su éxito profesional (como yo, había empezado bien desde abajo, como cadete en la Bolsa de Valores), también se convirtió en un querido amigo, que me ayudó a lo largo de mi carrera.

El Institut Technique de Banque resultó ser un gran aporte. Me apasionaban las lecciones de un profesor, Branger, quien nos explicó el banco a través de los siglos: desde los Fugger, en Austria, hasta los Rothschild, en Alemania. Los cursos de Henri Ardant, que había creado el instituto, me permitieron entender los vínculos entre la macroeconomía, que ignoraba por completo, y la microeconomía, que vivía todos los días en mi empleo. El trabajo en equipo al que nos sometía Maurice Schlogel me enseñaba a resolver los problemas de una manera distinta, y muy rápido percibí que mis análisis a menudo partían de diferentes parámetros, aunque conducían a conclusiones similares a las de mis colegas varones. Me di cuenta, entonces, de que el estudio de un caso dado, de un negocio, siempre resultaba más completo, mejor hecho, cuando era realizado por un equipo de hombres y mujeres, porque teníamos un enfoque distinto de los temas, hecho que comprobé durante toda mi vida profesional.

Aprobé mis exámenes, y fui la primera mujer que obtuvo este grado y la mejor estudiante de mi promoción. En aquel tiempo, los diplomas se otorgaban en un acto público del que participaban las familias de los estudiantes, al igual que los principales dirigentes de los bancos que habían enviado a su personal al instituto. Todos los miembros del jurado que nos habían hecho pasar el examen oral estaban presentes, y el diploma era entregado por el presidente de la asociación profesional de los bancos: el barón Hottinguer. Cuando fui llamada, hacia el final del acto (los mejores eran los últimos en pasar), emocionada, me puse de pie. Yo llevaba un sombrerito azul con velo (no era cuestión de salir sin sombrero), y empecé a caminar hacia el escenario entre los aplausos. El barón me besó, tuve mi diploma, y los socios de Seligman y Cía. entendieron rápidamente lo que me habían dado esos estudios.

Mucho después, en los años sesenta, me solicitaron que fuera profesora en el Instituto Técnico de Banco, miembro y luego presidenta de los jurados anuales que otorgaban los diplomas. Me ocupaba en particular de los seminarios organizados en el interior de Francia y en París para alumnos extranjeros. Disfruté mucho de esa tarea, que me permitía devolver en parte lo que me había sido dado. También conocí a jóvenes muy interesantes, que más tarde fueron gerentes de su banco provincial o jefes de departamento de cambio en el banco emisor de sus países.

Pero volvamos a Seligman y a mis primeros años de banco.

Teníamos que reinventar el sistema bancario considerando la inflación que nos afectaba, los efectos del Plan Marshall (plan implementado por los estadounidenses ¡y cuán benéfico!), las diferentes variables del franco según sirvieran para la regulación de las importaciones o las exportaciones, o para permitir el pago de inversiones directas en el exterior. Aquellas cotizaciones de la moneda de entonces condujeron a abrir cuentas por categoría, pero no era posible efectuar ningún tipo de transferencia entre ellas: las cuentas de “capital” eran utilizadas para las inversiones; las cuentas comerciales, para los intercambios comerciales; las cuentas EFAC incentivaban la exportación. Estas últimas se acreditaban, en divisas, de un pequeño porcentaje de las exportaciones realizadas por los industriales, y estos podían utilizar (o ceder), de acuerdo con su conveniencia, sin ninguna autorización, su cuenta EFAC. Las cuentas EFAC servían para importar productos para los cuales ninguna licencia hubiera sido acordada de otra manera, por lo que pudimos ver el dólar EFAC fluctuar y llegar a tres o cuatro veces la tasa de dólar establecida por nuestras autoridades cambiarias para los intercambios comerciales sometidos a licencia. La compra de las primeras medias de nailon fue realizada entonces por medio de las cuentas EFAC y gracias a la exportación de acero...

Para paliar la falta de liquidez y animar a nuestras empresas a la exportación, se otorgaron créditos de mediano plazo acordados con los compradores extranjeros de productos franceses. Era el comienzo de un proceso que más adelante conduciría a la venta de mercancías, ¡cada vez más con crédito! Uno de los primeros préstamos concedidos por Francia a mediano plazo fue a través de Seligman y sirvió para la exportación de productos siderúrgicos a Israel, país que venía de ser creado tras una larga guerra entre británicos y judíos.

Uno de nuestros socios de origen ruso, Nicolas Kagan, se interesaba solamente por el ámbito internacional y fue la base para la creación de empresas de explotación de los bosques de Camerún y Gabón. Construyó y financió también un puerto en Colombia. Nos hizo participar en operaciones de crédito en mercancías con los soviéticos a través de un banco, lo cual fue considerado un escándalo porque estaba en manos de la unión soviética: el Banque Commerciale pour l’Europe du Nord. Recuerdo las precauciones que debíamos tomar para trabajar con este banco y me sorprendió ver que su presidente era un noble francés: Guy de Boysson, que se convirtió en un amigo con quien mucho más tarde, en la década de 1960, viajé a un congreso de la Cámara de Comercio Internacional en Turquía.

El banco Seligman era pequeño y yo participaba en todo, porque siempre estaba disponible; pero a veces cometía errores o asumía riesgos que no hubiera debido correr: por ejemplo, un banco argentino, corresponsal del nuestro, nos solicitó confirmar un crédito documental para uno de nuestros clientes del acero. Preparé este crédito confirmado y mi colega refrendó mi carta antes de ser enviada. Cuando el socio a cargo de estas operaciones se enteró de que habíamos confirmado un crédito de un banco argentino, nos convocó y nos sermoneó diciendo que si el banco argentino no pagaba, pondríamos a nuestro banco en un problema, porque tendría que pagar de todos modos. Habíamos cometido –en realidad, yo había cometido– una falta grave. Esperé, angustiada, que la mercancía partiera un mes más tarde, que tuviéramos los documentos de embarque para informar a nuestro corresponsal argentino que los teníamos y solicitar el pago. Nos pagaron sin problema, ¡pero qué angustia durante aquel mes y qué lección!

Mi nicho cambiario también me sirvió para conocer a personajes importantes que yo nunca hubiera soñado. François Michel, uno de los socios del banco, tenía un primo que era un autor muy conocido: Henri Bernstein, que entonces tenía un teatro frente a la embajada estadounidense donde la mayoría de las veces se presentaban sus propias obras. Bernstein buscó ayuda en su primo para resolver un problema con la Oficina de Cambio, y Michel me pidió que fuera a verlo. Así comenzó la relación excepcional entre ese autor y yo. Muy alto, con un porte orgulloso, consideraba que el mundo entero debía rendirle homenaje y estar a su disposición, según su buena voluntad. Me llamaba a medianoche, al final de su espectáculo, para hablar de sus problemas, y consideraba normal que me liberara a esa hora, o incluso íbamos a cenar con sus amigos, también a medianoche, por los alrededores de París. Recuerdo asimismo una comida en el Trianon Palace con Marcel Achard, Mireille (la cantante tan tierna) y muchos otros. Me invitaba a todos sus ensayos y así amplié mi círculo de conocidos, que era bastante restringido. Una vez ordenados sus asuntos cambiarios, seguimos siendo amigos, a pesar de nuestra gran diferencia de edad. A veces dábamos largos paseos en los jardines cerca del teatro, durante los cuales me contaba acerca de sus proyectos; luego se lo llevó una conmoción cerebral y yo me quedé huérfana de un gran amigo. El teatro fue confiado a su colaboradora, Gilberte Refoulé, pero quebró al poco tiempo por carecer de nuevas obras y de las cualidades de su antiguo propietario.

Mi servicio crecía y tuve que contratar empleados. Pude recurrir a mi profesor de taquigrafía que, poco a poco, me envió a cuatro jovencitas que entrené. Formé un equipo, el primero de mi vida adulta. Llamaba a estas jóvenes “mis chicas”. También nos veíamos fuera de las horas de trabajo y pasábamos el tiempo del almuerzo paseándonos por las Tullerías, mientras comíamos un sándwich. Algunas me acompañan hasta ahora.

Si mi vida profesional me acaparaba mucho, mi vida familiar también estaba cambiando. Mi hermano estaba estudiando en Tolón porque quería ser médico de la Marina de Guerra. Había podido encontrar un departamento para mamá gracias a un cliente que me retribuía por ayudarlo. Todavía recuerdo verla llegar a la oficina y decir a mis colegas: “Soy la persona más feliz del mundo”. Yo misma había podido tener un pequeño departamento gracias a un compañero del banco. Todos habíamos dejado la calle Trois Frères, en Montmartre: mamá ya no trabajaba y se conformaba con la pequeña pensión que yo le pasaba; mi hermano estaba exultante y me enviaba largas cartas desde Tolón. Siempre mantuvimos esa correspondencia y estuvimos muy cerca sin importar las circunstancias. En definitiva, habíamos logrado salir de la miseria y ahora yo era jefa del servicio de cambios y con facultades de peso (es decir, los socios me habían otorgado el poder para firmar documentos que comprometían al banco). Los años de lucha nos habían fortalecido a los tres en nuestro amor común y nos permitían imaginar un futuro más sereno. Francis llevó a cabo sus estudios de manera brillante, pero no pudo ser médico de la Marina de Guerra, porque su vista no era lo suficientemente buena. Se trasladó a la isla Reunión, donde se casó y más tarde construyó la clínica más grande y hermosa de la isla. A pesar de la distancia, siempre fuimos muy cercanos y prácticamente no hubo día en que no nos hayamos llamado.

Los recuerdos más dolorosos de aquella época corresponden a una tarea que los socios me habían confiado. Seligman era uno de los pocos bancos a los cuales el Estado había asignado la misión de devolver a los deportados o a sus familias una pequeña suma pagada por los alemanes, a modo de indemnización de guerra. Fue así como vi llegar al banco, a partir de 1946, a seres marcados por su vida en los campos de concentración, a menudo incapaces de completar su registro, llevando en su cuerpo y en su mente las secuelas de las penurias que habían sufrido. Intentaba ayudarlos, aceptaba su impaciencia, sus carencias, y regresaba a casa con la cabeza y el corazón colmados de angustia. Recibían muy poco comparado con lo que habían perdido, lo que habían padecido. Algunos se encontraban completamente aislados en nuestro mundo, había que obligarlos a luchar. Uno de ellos, un anciano, luego de varias reuniones conmigo para preparar su caso, vino a darme las gracias y a traerme unas flores y un pequeño monedero de género que él mismo había cosido. Este gesto me conmovió profundamente y conservé aquel monedero largo tiempo.

A veces debía tomar decisiones difíciles. Un hombre vino a la ventanilla para solicitar un préstamo para una operación que quería emprender. Lo escuché con especial atención, puesto que físicamente me recordó a mi padre. No tardé en entender que era lo que en nuestro medio llamamos un born loser, un perdedor, incapaz de tener éxito en los negocios. Su expediente hubiera sido rechazado y preferí decírselo. Pude ver sus ojos acostumbrados a ese tipo de respuesta, y dio media vuelta con los hombros encorvados, mientras yo sentía que mi corazón se estrujaba por la decisión que había tomado, que era necesaria pero que me había costado tanto.

Otras decisiones propuestas a nuestros socios fueron más positivas y han posibilitado la creación de grandes grupos. En particular, el banco autorizó al Club Méditerranée, en aquel entonces propiedad de Gérard Blitz, los primeros préstamos necesarios para ofrecer estadías vacacionales absolutamente originales. El éxito no hizo más que confirmarse desde entonces, pero los requerimientos de capital eran tales que el fundador tuvo que ceder el control al grupo Trigano, que buscaba diversificarse. La operación había sido montada por nuestra casa. Permanecí en contacto con Gilbert Trigano hasta su desaparición.

Los socios me pedían cada tanto que me ocupara de los pasantes propuestos por sus corresponsales o sus familias. Sabían que yo les dedicaría algo de mi tiempo, lo que los otros jefes no estaban dispuestos a hacer. Uno de ellos era el hijo de un socio del banco, joven inteligente pero sin experiencia práctica. Un análisis apresurado de nuestro servicio le hizo concluir que no éramos rentables, y escribió un largo informe a los socios. Pero ellos sabían perfectamente cuán útiles resultábamos para los otros servicios, y que era necesario sumar los resultados del negocio en su totalidad para saber si realmente era rentable o no. Lo cierto es que inteligencia y sentido común son cualidades muy diferentes.

Me llegó otro pasante de Inglaterra, hijo de un agente de bolsa inglés. Estaba decidido a no trabajar, ya que consideraba que el cargo de su padre un día sería suyo de todos modos y que su equipo trabajaría para él. Conservo solo el recuerdo de un joven alto y desgarbado que me llevó una noche a una comida en el Pavillon Elysée.

Un tercero, holandés, inteligente y trabajador, pronto se convirtió en un amigo. Carecía de confianza en sí mismo, sin que yo entendiera la razón, y estaba tratando de averiguar de dónde yo había sacado la mía. ¡Cómo decirle que, si había sobrevivido, había sido gracias a la confianza en nosotros mismos que habíamos tenido mamá, Francis y yo! Confianza en nosotros, en la vida; la esperanza nos había apoyado.

Durante mis primeros años en el banco, los socios me habían ofrecido tomar la dirección de la secretaría ejecutiva, después de haberme probado dictándome cartas en francés e inglés. Con mucha honestidad, me dijeron que de este modo ganaría dinero inmediatamente, pero que sería una suerte de techo de cristal, porque entonces no podría acceder a un puesto superior. También estaban dispuestos a aceptar que permaneciera en los servicios, ganando menos dinero pero con la posibilidad de aspirar, quizá, a largo plazo, a mayores oportunidades de progreso. Elegí esta segunda vía y todavía me felicito. Fue una primera elección en mi larga carrera...

Había aprendido inglés gracias a Val Dawson, quien me ofreció pasar las vacaciones con su familia en Kent. Solicité al banco si podía, luego de mis vacaciones, hacer una pasantía en nuestra casa inglesa, Seligman, y los socios estuvieron de acuerdo. Esta estancia en Inglaterra sigue siendo uno de mis grandes y más hermosos recuerdos. Fui muy bien recibida por una familia amiga de los padres de Val Dawson, los Brett. El padre había perdido una pierna en la guerra del 14-18, que no le había impedido encontrar un empleo y convertirse en un hombre importante en la masonería inglesa (movimiento del cual escuchaba hablar por primera vez). La madre era ama de casa y su hija, Joyce, era apenas mayor que yo. Me hicieron visitar todo el sur de Inglaterra, paseaba por la campiña inglesa, asistía a representaciones teatrales u óperas al aire libre con Val y su hermano John. Me familiaricé con la práctica del inglés, iba a tiendas, mejor provistas que en Francia, me fui acostumbrando al aroma de los jabones ingleses, aprendí a probar las gelatinas que se sirven como postre después de haber comido cordero a la menta. En fin, estaba tratando de parecerme a una integrante de una familia inglesa. Este gusto por adaptarme a los habitantes de otros países ha sido confirmado desde entonces. Sin embargo, con los Brett me ocurrió un episodio de lo más cómico.

El día después de mi llegada la señora Brett, pensando que estaba cansada, decidió servirme el desayuno en la cama, un verdadero “desayuno” inglés, y estuvo charlando conmigo mientras comía. Puse una cucharada de azúcar en mi café, comí el huevo pasado por agua con apetito y tomé un sorbo de café. Horror: había confundido la sal (para el huevo) y el azúcar, y el café era intomable. ¿Qué hacer? Preferí no decir nada y, con valentía, beber aquel brebaje infecto. Hasta hoy me produce asco recordar esta aventura. La señora Brett no había reaccionado al verme poner sal en el café y cuando, al final de mi estadía, le conté la confusión que había cometido, ella dijo que se había dado cuenta, pero que pensaba que era una costumbre francesa...

Cuando terminaron mis vacaciones, tomé el tren a Londres después de prometer que llamaría desde la estación cuando llegara. Lo hice, pero mis amigos –para no hacerme gastar mis libras esterlinas– habían indicado a la central telefónica que ellos pagarían por mí. Mis monedas eran rechazadas una y otra vez: colgué sin haber entendido la razón y, ante mi incompetencia, lloré sola en la cabina del andén de la estación. Mi hotel, cerca del British Museum, estaba lejos de la City, pero al día siguiente pude llegar sin ningún problema a Seligman. Me esperaban con curiosidad, porque hasta ese entonces la casa de París nunca había enviado a un pasante. Me presentaron a un miembro de la firma, un Seligman, y aprendí poco a poco de los diferentes jefes de departamento qué era un banco de negocios inglés.

Yo, sin embargo, seguía siendo un objeto de curiosidad por mi edad, mi sexo, mi nacionalidad... y mi ropa, porque la revolución causada por Christian Dior con el New Look apareció en París en la calle y mis faldas eran largas en comparación con las de las inglesas, salvo por las de la esposa de un joven socio, que eran del mismo largo que las mías. Entonces oí susurrar a una de mis colegas inglesas: “Ha visto, usted está vestida del mismo modo”. Resultaba muy chocante esa falta de decencia: ¡imitar a la mujer de un socio!

El personal del banco se turnaba para que yo pudiera salir todas las noches: teatro, ópera, comidas, cócteles, museos los fines de semana... Los días se sucedían a un ritmo acelerado y cada vez me gustaba más ese país, al cual regresé a menudo desde entonces y donde más tarde Jimmy Goldsmith y yo realizaríamos nuestra primera operación importante en 1968. Pero esa es otra historia, como veremos luego.

A mi regreso a París tuve que contarles todo. Al parecer, mi experiencia no había resultado mala porque otros compañeros tuvieron después las mismas oportunidades.

Sin embargo, el clima en el banco había cambiado. Los tres socios, muy distintos unos de otros, ya no se llevaban bien y en 1955 comenzó un juicio que obligó a cada uno de nosotros a tomar posición. Fueron momentos terribles porque cualquier artimaña era buena: cartas abiertas con vapor y luego vueltas a cerrar, denuncias o cambios de actitud de unos respecto de los otros, testimonios ante un tribunal de arbitraje... Este desagradable juicio solo sirvió para destruir el banco, luego de la separación de los socios en dos grupos: François Michel y Nicolas Kagan conservaron el banco, que pronto se fusionó con otro banco, mientras que el tercer socio, François Gambérini, adquirió un banco de poca importancia con la ayuda del grupo Simca-Fiat. Permanecí en este último y comenzó para mí una vida muy diferente de la que había experimentado hasta entonces.

Esos primeros diez años serán para siempre los de mi formación, en la que me ayudaron los hombres que confiaron en mí y que me impulsaron a superarme cada día. Esos años me han permitido rodearme de amigos que pude mantener durante toda mi carrera. Esos años también me posibilitaron salir de la pobreza con mamá y mi hermano, y del aislamiento en el que vivíamos. Finalmente, fue también durante aquellos años cuando me casé con un hombre asombroso. Más adelante contaré nuestra historia.

Capítulo III

Simca-Fiat, la experiencia internacional

1956-1962

La esperanza es un germen de vida, los lamentos no son más que cenizas.

Henry de Monfreid

Durante años, el grupo Simca-Fiat buscó tomar el control de un banco en Francia, porque consideraba que la tesorería de sus sucursales podría ser mejor gestionada por un banco del grupo. Además, los “bancos de grupo” estaban de moda en aquel momento, a tal punto que se habían reagrupado en una asociación informal para discutir sus problemas y sus objetivos comunes.

Sin embargo, las autoridades bancarias todavía dudaban, en 1956, si conceder una licencia a Simca, empresa relativamente nueva que había sido creada por Henri Pigozzi y que Fiat había comprado pero conservando a su fundador. Fue entonces cuando nos enteramos de que había un banco a la venta. Las autoridades bancarias querían que sus accionistas fueran reemplazados tan pronto como fuera posible y agregaban que si Simca quería comprarlo, sería con la bendición de las autoridades. De hecho, este banco había tenido una existencia tumultuosa. Había pertenecido a Basil Zaharoff, financiero de alto vuelo pero dudoso, que se había suicidado saltando de un avión. Luego, aparentemente se había convertido en el banco de los servicios secretos británicos durante la guerra o, al menos, eso se rumoreaba; finalmente, había caído bajo el control de personas de dudosa reputación. Luego de negociaciones rápidas aunque difíciles, la firma Simca se convirtió en banquera: cambió el nombre del banco a Compagnie Financière de Paris y puso en la presidencia al señor Faure, exdirigente del Banque de France. El socio de Seligman que había permitido la compra, François Gambérini, se convirtió en el director general y, para sorpresa del nuevo presidente, fui nombrada directora del banco a los 27 años por recomendación del director general.

Fue un verdadero desafío en un grupo donde las mujeres no éramos en absoluto bienvenidas. Recuerdo que Henri Pigozzi venía a mi escritorio y me miraba trabajar sin decir una palabra. Luego pasaba por la oficina del director general y le decía que si yo llevara pantalones, habría entendido la posición que ocupaba. Aun así, pude llegar a hacerlo cambiar de parecer, a tal punto que a menudo me pedía que lo representara en reuniones a las que no tenía ningún deseo de asistir. Él venía seguido a comer al banco, donde habíamos abierto un comedor para el personal y un salón comedor para nuestros clientes. Siempre era recibido con un aperitivo italiano, el Punt e Mes, que a él le encantaba. Años más tarde, conocí a sus hijos Caroline y Johnny, que siempre le profesaron una gran admiración, y con razón.

El grupo Simca y los representantes de Fiat en Francia eran todos condottieri: hombres del Renacimiento más que del siglo xx. Todos eran originarios de Turín y del norte de Italia: eran altos, con ojos azules y cabello claro. Tenían un aspecto magnífico, ¡y entre ellos me sentía muy pequeña con mi metro sesenta! El crecimiento del grupo y su dominio sobre otras marcas eran sus metas, y en aquel mundo de posguerra, lleno de escollos burocráticos, tropezaban constantemente con problemas que no querían aceptar. Fueron mis primeros “soles”: siempre llamé así a estos hombres llenos de ambición, dotados de grandes cualidades, a veces poco escrupulosos en los medios para alcanzar sus objetivos, dispuestos a aplastar a aquellos que los molestaban y queriendo ser siempre los primeros en todo, pero incapaces de matices y de ceder cuando no había otra elección, incapaces de saber “irse por la tangente”. ¡Hombres, tipos duros, pero qué encanto! Pigozzi era uno de ellos; también Aurelio Peccei, de la Accademia dei Lincei, a quien conocí más tarde. Sabían rodearse de directivos de alta calidad. Mi “jefe”, nuestro director general, François Gambérini, era físicamente tan alto como ellos, también provenía del norte de Italia, hablaba varios idiomas –como ellos– y era un trabajador encarnizado.

En 1957 fui nombrada a la cabeza de la Comisión de Exportaciones de Simca, conservando, por supuesto, mi puesto en el banco. Esta comisión debía estudiar los créditos solicitados por los “comerciantes” del grupo para vender autos en el extranjero. Se había formado cuando la dirección de Simca había entendido que, cada vez más, un auto era vendido con crédito, particularmente en los países de América Latina y África. Los comerciantes, después de algunas dudas, entendieron hasta qué punto podía ayudarlos, y nos hicimos amigos muy rápido. Tenían la costumbre de ponerles a sus superiores apodos generalmente poco agradables. Fue así como un director financiero había sido apodado “mea-vinagre”. Me llamaron, lo supe más tarde, “tía Gilberte”, a pesar de mi corta edad, lo cual era más bien simpático.

Un día, el que estaba a cargo de América Latina me llamó porque se había enterado por nuestro concesionario en Uruguay de que el gobierno de ese país estaba preparando un nuevo reglamento. Se pretendía prohibir la importación de autos durante al menos un año. Este concesionario nos pidió, incluso nos suplicó, que le enviáramos su contingente de inmediato, pero explicaba que solo podría pagar a medida que ocurrieran las ventas. Estaba dispuesto a poner los autos en un depósito perteneciente a terceros, con la prohibición de sacar los vehículos sin nuestra previa autorización. Estudiamos muy rápidamente con nuestros corresponsales bancarios en Uruguay la puesta a punto de las garantías que nos proponía y tomamos el riesgo de enviar los autos. La norma fue implementada, nuestro concesionario fue el único capaz de proveer vehículos, nos pagaron y estuvimos felices de que Simca se convirtiera así en el primer importador de automóviles en ese país.

El grupo construía camiones bajo la marca Unic, en aquel entonces muy conocida, por intermedio de una filial dirigida por un gran nombre de la industria automotriz: el barón Petiet. Su equipo de ventas era muy fuerte y activo. Ellos fueron los primeros en firmar un contrato muy importante en 1958 con la China comunista, cuando aún no tenía representación en Francia. La negociación tenía lugar en Berna, donde los chinos inventaron una nueva tortura: a las delegaciones de empresas que querían vender productos las agrupaban en oficinas de cristal insonorizado, situadas una al lado de la otra. De este modo, los chinos pasaban de una empresa a otra: cada delegación podía ver a sus competidores, pero no podía oír lo que decían. Los chinos ingresaban en una oficina y exigían descuentos, afirmando que habían recibido esas garantías de la competencia; entonces pasaban a la oficina siguiente y todo volvía a empezar.

Fuimos escogidos, fue maravilloso, y nos tenían que pagar por carta de crédito confirmada por un banco fuera del sistema comunista. Lamentablemente, la carta de crédito tal como la habíamos recibido contenía un error y era necesario modificarla. Los camiones debían salir en barco en una fecha determinada, caso contrario se rompería el contrato. No teníamos posibilidades de implementar este cambio a tiempo mientras que la batalla entre China y Taiwán por la soberanía de las islas de Quemoy y Matsu hacía rugir la costa asiática. Por último, había comenzado el período vacacional: el director financiero de Simca y mi jefe no estaban accesibles. ¿Qué hacer? Tenía que asumir la decisión. Lo hice pidiéndoles a mis vendedores que eligieran el barco que tuviera la mayor cantidad de escalas entre Francia y China, pidiéndoles también el costo de la repatriación de estos camiones en cada escala dada, por si tuviéramos que hacerlo, para tener conciencia del riesgo que estábamos tomando. Los camiones partieron a tiempo, llegó la modificación, nos pagaron y China se convirtió en un cliente muy importante hasta el momento en que decidieron construir sus propios camiones copiando a los nuestros...

Un banco bajo control italiano, que se había especializado en América Latina, era dirigido por amigos cercanos de los dirigentes de Fiat. Nos pidieron vender a crédito automóviles a un grupo argentino que nos recomendaban. El dueño y creador de este grupo vino a vernos a París. Era un “sol”, pero en mi opinión casi un descenso a los infiernos. Su grupo estaba profundamente endeudado y, además, los autos que quería importar no contaban con una licencia de importación clara. Sus amigos banqueros nos dijeron que conseguirían una licencia sin problema y se enojaron ante nuestras reticencias. Lo aprovechamos y los autos partieron solamente luego de que los banqueros de nuestro contacto argentino nos hubieran dado una carta de crédito confirmada por ellos. Nunca se obtuvo la licencia y los autos a nombre de los ricos banqueros se pudrieron en un depósito en Buenos Aires. El grupo Simca terminó por canjearlos a bajo precio más adelante.

En aquella época, mi jefe me llamó para decirme que el grupo deseaba entender mejor el resultado de sus instalaciones en América Latina y que una misión, conformada por un técnico y un contador, y conmigo a la cabeza, iba a ser enviada allí. Nos dieron dos meses para organizar y avisar a nuestras oficinas y concesionarios de nuestra ida. Usé aquellos dos meses para aprender lo básico del español en cursos acelerados, y también para poder disfrutar aún más de mi bebé. En efecto, seis meses antes había dado a luz a una niña encantadora, que nació un domingo para no perturbar mi trabajo. ¡Había trabajado hasta el viernes antes del parto! Mi esposo tenía que enviarme telegramas frecuentes para darme sus noticias; partí tranquila y curiosa ante esta nueva aventura.

La primera etapa: Brasil, Río de Janeiro y San Pablo. Teníamos allí una fábrica en construcción, pero las sucesivas devaluaciones de la moneda brasileña y los retrasos en la construcción hacían que tuviéramos que enviar dinero constantemente. Convertido a moneda local, perdía rápidamente valor, mientras que los contratos con los constructores locales aumentaban a través de la indexación, por lo que nos volvían a pedir dinero ¡y todo empezaba de nuevo! Luego de negociar con el Banco Central do Brasil logramos que nuestros envíos de divisas se consideraran préstamos y que funcionaran como swaps; es decir, como garantía de cambio de Brasil. En el momento era algo poco frecuente, a tal punto que el director financiero de Simca llegó a preguntarme el significado de la palabra swap antes de dar luz verde. Este primer resultado nos animó para continuar nuestra misión. Dejé a mis dos colegas en Brasil para que inspeccionaran la fábrica y la contabilidad y partí sola hacia Argentina, donde me esperaba nuestro representante para toda América Latina, Paul de Préville. Debíamos encontrarnos en el aeropuerto de Buenos Aires para ir juntos a Santiago de Chile.

Paul de Préville era un francés que no entendía por qué la casa matriz enviaba una misión de tan poco prestigio, encabezada por una mujer, cuando estábamos en países de hombres, de “machos”, cuando hacía tiempo que él solicitaba sin éxito una “misión en serio”. Me recibió, pues, con frialdad. Había vivido ya durante una década en Argentina y se había convertido un poco en un argentino más. Él “jugaba” con el dinero en efectivo de nuestras oficinas porque las tasas de interés eran muy altas y así compensaba, por medio de sus operaciones financieras, una muy baja rentabilidad de los sectores comerciales e industriales. Me di cuenta rápido de esto, aunque me había dejado sola con su contador, que no hablaba una palabra de francés. Mis dos meses de clases de español acelerado fueron de gran utilidad. Entonces, me enteré por nuestros corresponsales bancarios que pronto habría una devaluación del peso, lo que explicaba las altas tasas de interés. Envié un telegrama a Francia pidiendo que todo el efectivo disponible en Buenos Aires fuera inmediatamente repatriado a París. Y así se hizo. La devaluación del 40% tuvo lugar tres meses más tarde; nuestro corresponsal, “seco”, se enojó un poco conmigo en aquel momento, pero ahora es un gran amigo y aún recordamos con nostalgia aquel primer viaje.

Los horarios de América Latina eran muy diferentes de los nuestros en aquel entonces. Fácilmente se trabajaba hasta las 9 o 10 de la noche, y las comidas empezaban después de la medianoche. Fue así como el jefe de Fiat para toda América Latina y futuro creador del Club de Roma, me recibió una noche a las 9 en su enorme despacho, en la parte superior de uno de los primeros rascacielos de Buenos Aires. Me sentía muy intimidada por este personaje tan importante. Algunos pensaban en aquella época que él hubiera podido ser el futuro presidente de Fiat si su pasado durante la guerra, bajo Mussolini, no lo hubiera llevado a estar demasiado cerca del régimen. Se había construido un imperio a su medida en América Latina, donde pasaba de un país a otro en su avión particular. Su papel fue muy importante para Fiat, que le debe una implantación fuerte y sostenible en esos países. Me recibió muy amablemente, me explicó lo que había hecho y, muy orgulloso de sí mismo, dijo que los trabajadores de Córdoba y San Pablo eran tan buenos como los de Turín, lo cual no era un elogio menor viniendo de él; me hizo hablar de mi misión y me invitó a una comida que daría dos días más tarde para diferentes personalidades argentinas. Nunca lo olvidé, aunque años más tarde no compartí las conclusiones del Club de Roma que él impulsaba.

No puedo olvidar la visita a Buenos Aires de nuestro representante en Bolivia, que quería a toda costa reunirse con nosotros. Más adelante conocí ese país, pero durante esta primera misión fue Bolivia la que se acercó a nosotros. Nuestro concesionario era un francés que se había involucrado unos años antes en el “tráfico de piastras” entre Francia e Indochina. Era buscado en Francia y salía poco fuera de Bolivia: sabía que no existían tratados de extradición entre ambos países. También imagino que había obtenido el apoyo de las autoridades locales. Era el representante de prácticamente todas las marcas francesas establecidas en Bolivia, había consolidado su fortuna y casado a su hija con un paraguayo. Es uno de los primeros aventureros franceses que conocí en el extranjero y, a pesar de su pasado, era simpático y serio en los negocios.

Mi misión se magnificó con Paul de Préville. Encontré a mis dos colegas en el aeropuerto. Uno de ellos, buen fotógrafo, pasó todo el vuelo tomando fotografías de la Vascongada, en memoria de los primeros pilotos que cruzaron este paso entre Buenos Aires y Santiago de Chile. Era la primera vez que Simca enviaba una misión y, no bien bajamos del avión, fuimos recibidos por la prensa a pedido de nuestros concesionarios locales. ¡Una mujer joven, de 30 años, a la cabeza de la delegación fue una sorpresa para todos! Especialmente para las mujeres jóvenes de nuestros concesionarios –con las cuales simpatizaba–, que estaban felices de poder hablar de cualquier cosa, sin la barrera de la diferencia de edad.

Nuestro primer objetivo consistía en juzgar el valor de nuestro concesionario en Chile; luego, debíamos llegar al norte del país, a Arica. De hecho, habíamos construido una planta de ensamblaje de automóviles en esa área. Arica es una zona franca chilena en el límite entre Chile, Bolivia y Perú. Es un territorio conquistado por los chilenos durante la guerra con Bolivia en el siglo xix, conflicto a partir del cual Bolivia se había visto privada de su acceso al océano Pacífico.

Nuestro distribuidor en Chile nos intrigaba mucho por el volumen de sus importaciones de automóviles, en especial para su agencia de Punta Arenas, pequeña ciudad en el sur del país. Queríamos apreciar sus capacidades financieras y las razones del éxito que estaban llevando a Simca a convertirse, en aquel momento, en el segundo mayor fabricante del mercado. La geografía del país muy rápidamente nos dio la respuesta, así como también la sonrisa avergonzada de nuestro concesionario: los derechos a la importación de automóviles eran mucho más altos en Argentina que en Chile. Sin embargo, la cordillera de los Andes se desvanece frente al canal de Beagle, por lo que resultaba fácil transportar los autos de un país a otro. Decidimos cerrar los ojos ante un tráfico que, después de todo, no nos afectaba y que significaba un riesgo para nuestro concesionario. Él era un hombre rico y le solicitamos ratificar el compromiso de su compañía con Simca. No lo aceptó y, por primera vez, oí a un hombre explicarme que, en los países latinoamericanos, todo podía ser cuestionado de un día para otro: la estabilidad política, el valor de la moneda, las leyes y los reglamentos, y que sería una locura realizar proyectos a más de dos años y así comprometerse a un plazo determinado. Sin ir más lejos, él era en ese entonces concesionario, pero podría ser banquero o industrial mañana. No estaba seguro de nada y estaba dispuesto a cambiar de trabajo, si era necesario. En el momento en que, en Francia, estaba de moda no cambiar nunca de empresa, me di cuenta de la enorme diferencia existente entre un país rico y desarrollado y un país pobre que buscaba salir de su miseria. No tenía más remedio: acepté su posición y, de hecho, siguió siendo durante mucho tiempo un buen distribuidor.

Después de Santiago de Chile, partimos en auto hacia Valparaíso, ciudad cuyo nombre me seducía tanto y de la que no conservo ningún recuerdo en particular, excepto el de una estatua de la isla de Pascua frente al mar. El concesionario local no era un problema: Pablo de Préville y yo regresamos rápidamente a Santiago y, desde allí, a Arica, ya que nuestros colegas se nos habían anticipado un día. Fue uno de los peores vuelos que tomé: lo padecí porque nuestro viejo aeroplano chileno debió hacer frente a una auténtica tormenta, atravesando turbulencias, y por momentos pensamos que el avión no resistiría. Así fue que llegamos a Arica tarde y cansados, donde las primeras notas de La Marsellesa nos recibieron apenas salimos del avión. Luego de sobrevolar un desierto, con la noche bien entrada y cuando en nuestros oídos todavía repiqueteaban los sonidos de la tormenta, ser tan bien recibidos en ese pequeño aeropuerto vacío por casi una orquesta y un coro encabezados por dos de nuestros colegas borrachos como cubas fue una experiencia surrealista. Llegamos al hotel poco después y supe que nuestros compañeros, tras la visita a la fábrica, habían ido al burdel local, lo que explicaba su aspecto un tanto peculiar. Prudentemente, entregué la rendición de cuentas al día siguiente...

La fábrica era pequeña pero adecuada para el montaje de nuestros automóviles y, gracias a esta zona franca, durante mucho tiempo fuimos los primeros –y, a veces, los segundos– fabricantes de autos. Nuestras instalaciones en Arica tenían otra ventaja: su cercanía con el desierto de Atacama, el más árido del mundo y donde los autos absorbían más arena por kilómetro, lo que nos permitió probar los autos en ese entorno tan particular.

Antes de partir a Perú, visitamos el mercado de Arica. Era una calle larga, sin pavimentar, bordeada de casuchas de madera sin electricidad y sin agua, y a cada lado se ubicaban las bolivianas, enormes con sus doce enaguas y sus bombines, y cubiertas de mantas de todos los colores. En el suelo exhibían los últimos modelos de frigoríficos, aparatos de televisión y radio, fotos y otros dispositivos. Tal era el mercado de Arica donde se aprovisionaban chilenos, bolivianos y peruanos. Esa ciudad fue nuestro primer acercamiento a un país realmente indígena por sus casas y sus habitantes. Y, aun hoy, ese territorio es motivo de disputa entre Chile y Bolivia: ahora los bolivianos quieren prohibir la exportación de gas a los Estados Unidos por ese territorio que, consideran, les ha sido robado.

Tras un vuelo sin problemas, una recepción en el aeropuerto de Lima igualmente cálida por parte de nuestros distribuidores y un estudio rápido sobre las formas de vender más autos de Simca en Perú, me aboqué al propósito principal de mi visita en ese país: el cobro de un crédito con unos camioneros que habían adquirido una flota de camiones Unic, cuyo pago nos estaba garantizado por un banco solvente. Esta operación no era un problema, pero también habían encargado repuestos por un monto equivalente al de los camiones. Nuestros vendedores los habían enviado sin exigir las mismas garantías y sin importar la razón de un pedido tan importante con respecto al número de camiones adquiridos. El monto era considerable y los reclamos de Simca, a nivel local así como desde el punto de vista diplomático, no habían dado resultado. Peor aún, los depósitos donde se conservaban las piezas almacenadas a nuestro nombre parecían haber sido “visitados” gracias a la intervención de los empleados de esos depósitos. Rápidamente, entendí que este grupo de camioneros trabajaba en condiciones comparables a las de los conductores de la película El salario del miedo. Sus camiones debían pasar por caminos en muy mal estado, bordeando barrancos y en condiciones climáticas difíciles. Así que tenían que estar muy estropeados y muchas piezas debían ser sustituidas a menudo. Los bancos que habían respaldado el crédito de los camiones tenían problemas para recuperar el dinero y no estaban dispuestos a ayudarnos. Tanto ellos como nosotros estábamos frente a deudores que sabían perfectamente que nos habían “tendido una trampa”.

Al principio de mi estadía,vi al representante de estos conductores, que también era camionero. Estaba correctamente vestido y afeitado. Me dijo que había sido capaz de reunir los fondos que nos debían. Me pidió que lo acompañara a su banco, y así lo hice. Un viejo francés empleado del banco escuchó al camionero, me preguntó si realmente tenía que hacer la conversión de monedas y preparar la transferencia. Indignada ante su pregunta, respondí afirmativamente. Desapareció detrás de su escritorio mientras el camionero y yo esperábamos. El camionero me pidió permiso para estacionar su auto correctamente, el empleado regresó habiendo realizado sus cálculos, pero... no así el camionero. Una vez más, se había burlado de nosotros y yo había sido ingenua.

Intenté volver a verlo sin éxito y entonces tomé la decisión de retirar los repuestos del depósito y dejarle las piezas a una empresa más confiable. Fue la decisión correcta, porque el día antes de mi partida vi a mi camionero, sucio, sin afeitar, bajar de su vehículo luego de una noche de trabajo para devolverme los fondos adeudados. No podían continuar sin esos repuestos debido a las condiciones bajo las cuales hacían funcionar los camiones. Pude, entonces, regresar con los fondos previstos, muy feliz.

Había tenido tiempo para adquirir, en una tienda de antigüedades de Lima, un cofre peruano de cuero de casi 500 años de antigüedad, hecho por los indios según los métodos utilizados en Toledo. Pude hacerlo enviar sin problema y todavía lo sigo disfrutando.

Luego pasamos por Colombia, de donde guardo un recuerdo amargo por el robo de la billetera que llevaba en mi cartera mientras caminaba por el aeropuerto, acompañada a mi derecha y a mi izquierda por mis dos colegas. Al igual que yo, no se dieron cuenta de nada.

Fue así como llegó a su fin mi viaje a América Latina. Poco después, Simca me pidió realizar una auditoría comercial y financiera de su filial en Portugal. Pasé allí unos 10 días, principalmente en nuestras oficinas y sucursales para darme cuenta de que no vendíamos solo automóviles, ¡sino sobre todo créditos personales! Los préstamos duraban tanto tiempo que, de hecho, ¡el auto ya no valía nada cuando el crédito aún no había sido terminado de pagar! Esto explicaba el alcance de nuestro riesgo en aquel país de ventas relativamente modestas, inconsistencia que Simca no había advertido hasta entonces. Se implementó una reorganización allí, pero también un mayor control de nuestro riesgo en otros lugares.

Cada vez me gustaba más mi trabajo y el apoyo que tenía por parte de los dirigentes de Simca y de François Gambérini. Sin embargo, el presidente del banco no me apreciaba particularmente: le desagradaba mi carácter internacional y él no podía soportar la idea de una mujer con tales responsabilidades. No obstante, con él hice una de las operaciones más rentables de mi carrera.

De hecho, Simca había despedido a un director de la Oficina de Cambio, Paul Hedde, ex inspector de finanzas, que rápidamente confió que él temía no una, sino varias devaluaciones del franco francés aquel mismo año. Ahora bien, Simca tuvo que negociar un crédito importante con un banco de Suiza, en francos suizos, y tuvo que utilizarlo de inmediato para sus necesidades, pero sin ser capaces de cubrir el riesgo cambiario. La Oficina de Cambio prohibió, entonces, las corporaciones para cubrir tal riesgo, con la excepción de los bancos, que no podían hacer su trabajo sin el beneficio de esa cobertura de intercambio.

Nuestro banco tenía fondos propios y préstamos desembolsados por Simca para consolidar nuestro capital y que nos permitían dedicarnos a las actividades bancarias. Esta había sido una de las obligaciones planteadas por el Banque de France cuando Simca ingresó en el mundo de los bancos. Los préstamos se correspondían con una cantidad aproximadamente equivalente al crédito otorgado por el banco suizo a Simca. Me pareció, por lo tanto, que la sustitución del banco por Simca en los préstamos necesarios para nuestro banco podía permitir resolver nuestro problema: de este modo, se podía cubrir el riesgo de cambio de los préstamos que el banco suizo depositaba. Simca, al tener la libertad de sus fondos en francos franceses, no necesitaba cubrir este riesgo, sino que el banco suizo debía aceptar el cambio de beneficiario de su crédito. Aceptó, a condición de que Simca diera una garantía.

Primero tuve que conseguir la aprobación de mis superiores. Paul Hedde fue entusiasta, el director financiero de Simca, Henri Chardon, también, al igual que nuestro director general, François Gambérini. Faltaba la luz verde del presidente Faure que, después de haber estudiado mi diagrama e interactuar con el Banque de France, me dio su acuerdo. Partí de inmediato a Suiza para encontrarme con uno de los condottieri de Simca, que se alojaba allí, y llegamos juntos a la dirección general del Banco de Zúrich para proponer nuestro plan. Frente a un areópago compuesto exclusivamente por hombres, con el director general de la casa presente, tuve que explicar nuestro problema y la solución propuesta. Primero no me creyeron y nos pidieron que esperáramos en un salón mientras verificaban con su corresponsal en París nuestro conocimiento de las normas de nuestro país. Después de muchas discusiones, algunas con nosotros presentes, tuvimos su acuerdo sobre el fondo y la forma de los nuevos textos. Mi condottiero parecía desconcertado ante sus conceptos machistas: yo me había hecho amigos para toda la vida en el banco suizo, amigos que me siguieron desde entonces con total fidelidad hasta su jubilación. Sobre todo, Paul Hedde había tenido razón: aquel año hubo dos devaluaciones del franco de cerca del 40% en total, sin que nuestro grupo tuviera que soportar pérdida por el cambio. Me reconfortó la confianza que tenía de no dudar nunca a la hora de proponer “recetas poco tradicionales”.

Esta época apasionante también me permitió aprender la profesión de administradora de inversiones bursátiles, gracias a un equipo que François Gambérini había constituido con sus amigos, directivos de corredores de bolsa. Necesitaban a una secretaria para registrar los debates y las decisiones que estaban tomando. Me convertí en esa secretaria, con los ojos y los oídos abiertos, y aprendí mucho, ampliando mis conocimientos sobre análisis financiero. De hecho, gracias a uno de mis pasantes de Seligman, Pierre Cabon, ingresé a ese nuevo mundo, prácticamente desconocido en Francia, pero muy establecido en los Estados Unidos. Todo estaba por construirse en aquel ámbito, y algunos de nosotros profundizamos acerca de lo que se hacía allí, y buscamos implantar esta profesión en Francia. Este club informal, compuesto por una veintena de altos ejecutivos de banco y corredores de bolsa, pronto se volvió una asociación real: la Sociedad Francesa de Analistas Financieros, que poco a poco se convirtió en el interlocutor ineludible de las empresas que cotizaban en bolsa.

Este pequeño grupo inicial tenía fe en lo que estaba haciendo y quería que los analistas se establecieran en Europa (hasta aquel momento se encontraban en Gran Bretaña). Organizamos un primer congreso europeo en Courchevel. No teníamos ninguna experiencia en organización de eventos, pero estábamos dispuestos a pasar noches en vela para que fuera un éxito. Estuve a cargo de la comisión de la consolidación de cuentas, una de las cuatro comisiones creadas para profundizar acerca de las cuestiones más importantes para la profesión. Me apasioné por ese tema, que me traería muchísimas gratificaciones en los años siguientes. Se trataba, en definitiva, de que las empresas presentaran su grupo mediante la consolidación de la empresa madre con sus subsidiarias, con el fin de mostrar una situación general, eliminando los movimientos entre los grupos. Así, la rentabilidad, el endeudamiento y los capitales del grupo eran más confiables, más transparentes. Era necesario establecer reglas para dicha consolidación, de modo que los balances “consolidados” de los grupos pudieran ser investigados, por comparación, según las mismas reglas. Mi comisión se centró en ello.

Este primer congreso reunióa cerca de 150 personas de diferentes países de Europa. Los ingleses, en mayor número debido a su antigüedad en la profesión, llegaron a Courchevel con zapatos de ciudad, bombín y paraguas... Para llevarlos desde su hotel a las salas de reunión nos vimos obligados a sostenerlos por el brazo mientras se deslizaban en la nieve. Éramos todos jóvenes y nos divertíamos mientras trabajábamos. Otros grupos habían llegado mejor equipados, pero era la primera vez que algunos tenían que volver a convivir, lo que causó algunos problemas, por ejemplo, entre holandeses y alemanes. La guerra estaba todavía muy presente, y los abusos y las humillaciones no habían sido olvidados. Tuve que arbitrar algunos puñetazos verbales. También nosotros estábamos empezando a crear la nueva Europa.

El congreso fue un éxito y tuvo mucha repercusión en la prensa. Los resultados fueron positivos y numerosos, se crearon muchas asociaciones de analistas en todos los países que formaban el mercado común de entonces y más allá. La profesión comenzó a atraer a los candidatos, y las autoridades gubernamentales y profesionales solicitaron nuestro apoyo. Fue así como pasé a ser miembro de la comisión creada en Francia para implementar las reglas de consolidación de cuentas. Dicha comisión estaba integrada por abogados, profesionales de las finanzas, contadores y... una analista financiera. Nadie discute hoy la necesidad de consolidación de los grupos y las comisiones continúan mejorando las reglas.

Se organizaron congresos cada dos años, se creó una federación europea y durante 10 años fui su secretaria general. Las reuniones se celebraban de forma trimestral en el país de los miembros individuales de la federación: fue así como fui descubriendo nuestra Europa y me hice amigos en todos los países. Más adelante tuve la necesidad de sumar a una colaboradora a tiempo completo y, en 1968, elegí a una mujer inteligente, llena de carisma, que se convirtió en una de mis mejores amigas, Hélène de la Baume, pero para aquel entonces ya no estaba más en la Compagnie Financière de Paris.

Había otra actividad que ocupaba algo de mi tiempo, a pedido del director general: la construcción y gestión de barcos de pesca. De hecho, para ayudar a la reconstrucción de la flota francesa, el gobierno había concedido incentivos fiscales a las personas que se convirtieran en copropietarios de barcos. “Quirataire” es el término en francés (poco conocido) que designa a los socios de un barco. Es probable que el vocablo provenga de una construcción legal de hace varios siglos, cuando el riesgo que corría un barco que partía hacia tierras remotas en mares poblados de piratas y corsarios era tal que debía ser compartido por varios. Algunos amigos de François Gambérini también querían participar en estas actividades, y él encontró a un pequeño grupo familiar, de origen pied noir, que tenía los mismos objetivos. Todos juntos podíamos encargar un primer barco, que era un arrastrero. Creamos una naviera, Armement Eurafricain, y Jean Puybareau-Manaud, la persona que dirigía el grupo pied noir, y yo fuimos los responsables de la administración de esa empresa. En particular, había que encontrar un grupo local para gestionar nuestro barco, supervisarlo y preparar los informes y los balances. El barco fue registrado en Concarneau. En menos de dos años estábamos a la cabeza de una naviera de cinco barcos, de los cuales dos eran atuneros y tres arrastreros. Nuestros atuneros tenían como territorio de pesca África occidental, particularmente Senegal y Costa de Marfil. Esta experiencia, que duró varios años, me hizo conocer la alegría y el temor que da la construcción de un barco, me permitió penetrar en el mundo de la pesca en Bretaña y de los aventureros franceses que pueblan los países africanos.

Tres historias me marcaron. La primera ocurrió durante el bautismo del atunero que llevaba el nombre de mi hija Nathalie y del cual ella fue madrina. El barco había sido construido en los astilleros de Cherburgo y tenía que ser bautizado con brillo porque era el primero de una nueva serie. Nathalie tenía entonces 2 o 3 años de edad y no entendía exactamente lo que se esperaba de ella. Elevada sobre un podio, tenía en la mano, con mi ayuda, una botella de champagne atada a una soga. Le dije que la soltara, así lo hizo y el barco se precipitó hacia adelante, directamente al mar. La emoción fue demasiada para Nathalie, que ante los numerosos aplausos de todos los presentes, naturalmente abrió los dos brazos agitándolos como lo hacía el general Charles de Gaulle cuando se dirigía a los franceses. Fue un gran éxito.

La segunda refiere a uno de nuestros barcos pesqueros, que se encontraba en África. Luego de su campaña de pesca de unos 10 días, había ido a vender sus pescados a un puerto africano. Como es natural, el barco estaba equipado con una cadena de frío completa y nuestros pescados eran frescos. El capitán los vendió a un mayorista y partió a una nueva campaña. A su regreso, el mayorista le dijo que no podía comprar ese pescado, que no tenía gusto. En efecto, los africanos estaban acostumbrados a comer un pescado que había sido conservado dos o tres días en la bodega, sin hielo, y estaban habituados al gusto “descompuesto” de este tipo de pesca. Después de buscar una solución, tuvimos la idea de comprarle una mezcla a un químico holandés que, agregada al pescado, le daba ese gusto. Siempre hay una solución a los problemas, ¡pero esta fue bastante especial!

La tercera tuvo lugar hacia el final de esta experiencia de la naviera. De hecho, los incentivos fiscales habían sido reducidos, los jefes de barcos pesqueros y atuneros ya no querían ser pagados en quirats, sino cobrar un salario, lo que aumentaba el riesgo. Por lo tanto, tomamos la decisión de vender nuestros barcos. Nuestros compradores fueron sobre todo los europeos del sur. Uno de ellos, un griego, vino a buscar, con su tripulación, el barco que nos había comprado. No quiso saber nada acerca de los riesgos de la navegación cerca de Concarneau y partió casi de inmediato. Vimos el barco cruzar la bahía y dar un poco más lejos contra unos arrecifes, que sin embargo eran muy conocidos. Los marineros se salvaron, pero el barco se hundió...

La Compagnie Financière de Paris también tenía clientes fuera del grupo que se dirigían a nosotros por recomendación de amigos comunes. Fue así que entre mi clientela tuve al importador de las muñecas Barbie en Francia, un alsaciano que todavía conservaba en sus ojos la inocencia de la infancia y que supo importar y fabricar los juguetes con que soñaban los niños. Venía a presentarme sus cuentas y el desarrollo de su actividad, pero me sorprendí al ver que estos informes no reflejaban la evolución de la sociedad tal como él me la describía. Se lo dije, él revisó sus cuentas y comprendió que su contador “tomaba prestado de la caja”.

Otra vez recibí a un hombre discreto que vino a presentarme la sociedad que acababa de crear y que era una subsidiaria de un grupo estadounidense. Quería implementar en Francia el trabajo temporario, actividad de su casa matriz en los Estados Unidos. Esta empresa tenía en aquel momento solo 50.000 francos de capital, pero el proyecto me pareció bueno y decidimos financiarlo. Se convirtió en Manpower en Europa, y su gerente siguió siendo un gran amigo.

Mis siete años en ese grupo me habían traído una real experiencia internacional, amplios conocimientos técnicos, amigos en todas partes del mundo, un principio de notoriedad en mi profesión y en la prensa. Me faltaba poner en valor mis habilidades en una nueva estructura. Tomé la decisión de partir al ver hasta qué punto cambiaría el grupo. Se habían iniciado negociaciones con Chrysler, que iba a tomar el control de Simca. Estábamos entonces en 1962.

Capítulo IV

Los tres mosqueteros

1962-1968

No soy partidario sistemático del desorden, pero precisamente no me gusta que se diga que nadie se mueva, cuando todavía nadie está en su lugar.

André Gide

Luego de tres meses de vacaciones con mi familia, lo que nunca me había sucedido y tampoco me volvió a ocurrir, entré a un grupo relativamente joven encabezado por cuatro socios que pertenecían a la élite parisina. El primero, Thierry de Clermont-Tonnerre, era inspector de finanzas; el segundo, Sacha Guéronik, ingeniero egresado de la École Polytechnique y de la École des Mines; el tercero, Jacques du Closel, y el cuarto, Olivier de la Baume, eran industriales reconocidos. El grupo, la Union Financière de Paris (UFP), había sido formado por esos “mosqueteros” con fondos provenientes básicamente de entidades bancarias francesas y extranjeras. Tenían la ambición de crear un holding diversificado y habían tomado participaciones, a menudo mayoritarias y heterogéneas, en sectores tan diversos como el inmobiliario, el editorial, el petróleo, el café y las actividades financieras. Aquellas participaciones habían sido adquiridas con un efecto de apalancamiento, es decir que se habían endeudado considerablemente para lograr un mayor número de participaciones.

Cuando me propusieron unirme a ellos, en primer lugar tenía la misión específica de comprender el grupo que habían creado y, luego, gestionar sus actividades financieras. La UFP tenía, en efecto, calidad de establecimiento financiero, y además venía de crear con terceros la firma Lomico, una empresa de leasing (arrendamiento financiero). Conocer el grupo me llevó tiempo y me resultó apasionante. Tenía sostenidos intercambios con el responsable del leasing, un ingeniero egresado de la École Polytechnique, y con el jefe de contabilidad: uno consideraba que Lomico debería tener una rentabilidad considerable, el otro preveía una rentabilidad casi nula. La verdad se encontraba en el centro, como es frecuente. Hice mi informe, fui nombrada presidenta de esa compañía que comenzó a progresar; no obstante, Lomico estaba obstaculizada por grandes competidores y, más tarde, fue absorbida por la principal empresa en este sector: Locafrance. Yo venía de experimentar que no hay que seguir la moda. El leasing, la nueva técnica, era útil, pero no era necesario que todos los bancos y las instituciones financieras estuvieran dispuestos a contar con una filial especializada en ese sector demasiado competitivo.

Hice muchos viajes a España, donde tuvimos participación en una compañía ibérica creada por un uruguayo, Arturo Olascoaga, que había construido un holding diversificado, y otra vez tuve que hacer frente al machismo reinante de la época. No fue fácil, y fue necesario que estuviera acompañada por uno de los socios para ser aceptada en los consejos de administración de la firma. Otras inversiones en España me permitieron conocer ese país, la forma de vida de sus habitantes, que adopté con placer, como la alegría de vivir de la gente de Madrid y de los andaluces. Entre nuestras actividades se encontraba, a través de una filial, la construcción de plantas “llave en mano”. Fue así como construimos un matadero en Andalucía para una cooperativa española. Nuestros técnicos habían hecho un buen trabajo y el presidente de la cooperativa, que había ordenado el matadero, decidió inaugurarlo con todas las autoridades del gobierno de Andalucía; también nos invitó a los miembros de la UFP y a mí. Pasamos tres días entre Jerez de la Frontera y Sevilla, escuchando canciones flamencas en el casco antiguo de la ciudad hasta tarde en la noche para regresar al amanecer bordeando este casco hasta llegar a nuestro gran hotel, el Alfonso XIII. Comíamos tarde y dormíamos poco, apreciamos los suntuosos jardines sevillanos creados por los árabes, que unían la belleza de plantas y flores con sus diferentes aromas para encantar tanto la vista como el olfato, prendados de esos colores y esas fragancias que combinaban a la perfección. Regresamos de nuestro viaje colmados de la luz de Andalucía.

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Data wydania na Litres:
31 marca 2025
Objętość:
328 str. 15 ilustracji
ISBN:
9789875995765
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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