Czytaj książkę: «Potencia tu mente en 21 días»

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Título original: Genio in 21 giorni

© Sperling & Kupfer Editori, S.p.A, 2012.

© de la traducción: Helena Aguilà Ruzola, 2015.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2021.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO734

ISBN: 9788491878759

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

PORTADA

PORTADILLA

CRÉDITOS

DEDICATORIA

PRÓLOGO

INTRODUCCIÓN

PRIMERA PARTE. EL ARTE DE APRENDER

1. LO QUE BIEN EMPIEZA...

2. APRENDER A APRENDER

3. RESPIRA HONDO

SEGUNDA PARTE. TÉCNICAS DE LECTURA RÁPIDA

4. PUEDES HACERLO RÁPIDO Y BIEN

5. ACOSTUMBRAR LA VISTA

6. TÉCNICAS DE LECTURA RÁPIDA

TERCERA PARTE. LOS MAPAS MENTALES

7. CÓMO CREAR UN MAPA MENTAL

8. UN MAPA PARA CADA SITUACIÓN

CUARTA PARTE. LAS MNEMOTECNIAS

9. MEMORIA Y CREATIVIDAD

10. ESCUELA DE PALABRAS

11. APRENDE A OBSERVAR

12. CONSTRUYE LA MEMORIA CON LEIBNIZ

13. LOS NÚMEROS Y TÚ

QUINTA PARTE. APRENDE A GESTIONAR EL TIEMPO Y POTENCIAR TU MENTE EN 21 DÍAS

14. EL TIEMPO: DE ENEMIGO A ALIADO

15. CUADERNO DE EJERCICIOS

APÉNDICE

NUESTRA MENTE

OTROS EJERCICIOS DE LECTURA

AGRADECIMIENTOS

BIBLIOGRAFÍA

A NUESTROS INSTRUCTORES Y COLABORADORES, POR EL ENTUSIASMO Y LA PASIÓN QUE DEMUESTRAN TODOS LOS DÍAS.

PRÓLOGO

Hay momentos en la vida que cambian tu destino.

El viernes 10 de julio de 1998 empecé mi primer curso de técnicas de memorización. Entonces tenía diecinueve años y no sabía que, gracias a aquel seminario, viviría una serie de experiencias maravillosas que he utilizado de la mejor manera posible para convertirme en el hombre que soy ahora.

Mi primer contacto con las técnicas de aprendizaje se produjo durante una feria de muestras en Padua, mi ciudad natal.

Mientras recorría los pasillos llenos de casetas promocionales, aburrido y disgustado porque me habían arrastrado hasta allí más bien por obligación, se me acercó un chico y me tendió un folleto.

Posiblemente, a ti también te habrá parado alguien por la calle con un folleto en la mano, y sé qué pensaste en los primeros instantes, porque es la misma reacción que tuve yo... ¡Hay que jorobarse! Entre tanta gente, ¿por qué ha tenido que pararme a mí? ¿Y ahora cómo me lo quito de encima?

En aquella época, yo era una persona muy poco paciente y, sin embargo, el chico logró captar mi atención.

Me explicó que habían organizado un curso de técnicas de memoria, me habló de los resultados que podía obtener y del tiempo de estudio que iba a ahorrarme. La palabra que utilizaba con mayor frecuencia era «extraordinario». La pronunció al menos diez veces.

Su explicación me impresionó, aunque mi temperamento algo «fanfarrón» me impidiese reconocerlo.

Hubo un momento que jamás podré olvidar: el chico memorizó delante de mí las veinte cifras de un número que le dicté. En ese instante, empecé a pensar en todos los exámenes que me quedaban por hacer (en un año de universidad, solo me había presentado a uno), en los cursos repetidos y en el tiempo que había desperdiciado al permanecer inactivo, mirando. Pensé que, con la técnica de estudio del chico, yo podría ser invencible. El Iron Man de la memoria. (Desde luego, no andaba falto de autoestima.)

Según Anthony Robbins, forjamos nuestro destino en el momento de las decisiones. Y, sin lugar a dudas, la decisión de asistir a la presentación gratuita que el chico me estaba proponiendo tuvo un impacto determinante en mi vida.

Volví a casa entusiasmado. Asistir al curso me permitiría adquirir los instrumentos necesarios para obtener unos resultados que, en aquel momento, eran cada vez más importantes para mí. Lamentablemente, no podía pagármelo, de modo que hablé con mis padres y ellos aceptaron adelantarme el dinero. Yo se lo devolvería trabajando durante las vacaciones.

Hice el curso y me pasé el verano siguiente embalando gomaespuma en una nave industrial, a 40 ºC, para reunir la cantidad que les debía a mis padres (1.080.00 liras de la época).

Imagina mi estado de ánimo cuando tomé asiento con mi manual del curso. Tenía que aprenderlo todo. Mientras estudiaba, creía sentir el calor de la nave que, al cabo de poco tiempo, se convertiría en «mi despacho», y tenía la impresión de que oía el ruido de la gomaespuma embalada... Debía aprovechar al cien por cien la inversión.

Quiero aclarar que el curso que hice a los diecinueve años era muy distinto al curso Your Magister actual. Me explicaron los mapas mentales en quince minutos, no existían las tutorías y la atención dejaba bastante que desear. Pero yo tenía una razón más que válida para sacarle partido a mi inversión.

Y eso fue lo que hice. Puse en práctica todo lo aprendido, busqué nuevos métodos y nuevas estrategias. Algunas las personalicé, otras las inventé después de varios intentos. Y resultó satisfactorio. Al año siguiente me presenté a todos los exámenes universitarios de primero y de segundo.

Desde entonces, mi vida dio un cambio decisivo.

Empecé a colaborar con la empresa con la que había hecho el curso. Dicha actividad me permitió acercarme al mundo del crecimiento personal. Me enseñó muchas cosas, sobre todo una: a ser el hombre que soy ahora.

Si quisiera enumerar todo lo que aprendí a lo largo del itinerario hasta convertirme en profesor de técnicas de aprendizaje y, después, en formador, tendría que escribir un libro... Y eso es exactamente lo que he hecho.

Ahora que he decidido centrarme exclusivamente en el área de «Crecimiento personal» y «Motivación», recuerdo a las personas que han asistido a mis cursos. Muchas caras, muchas sonrisas y, sobre todo, muchos resultados. Casi todas esas personas han alcanzado objetivos grandiosos. ¿Por qué digo casi? Porque solo quienes aplicaron lo que encontrarás en este libro obtuvieron resultados.

Así pues, te voy a dar un consejo, y lo hago de corazón: aplica, prueba, experimenta, personaliza.

Haz tuyas las técnicas.

Practica y arriésgate, sin prejuicios ni pensamientos del tipo ¡Nunca lo conseguiré!, o ¡No se me da bien, soy incapaz!

Este debe ser tu objetivo si estás a punto de leer el presente libro. Debes tener hambre de resultados. Debes tener ganas de exigirte cada vez más. No debes marcar la diferencia; tienes que ser la diferencia en tu vida.

En trece años de docencia, y más aún en cuatro años como padre de dos niñas maravillosas, he aprendido que quienes obtienen más resultados en la vida son quienes recuerdan haber sido niños.

Los niños que se lanzan con entusiasmo a nuevos retos no prejuzgan algo solo por ser nuevo, no conocen el significado de «estúpido», «tonto», o «vergonzoso». Los niños se divierten con todo y con nada, son capaces de confiar en los demás y tienen un impulso y una fuerza tan grandes que la palabra «imposible» les es completamente ajena.

Han escrito el presente libro dos personas que me acompañan en la historia maravillosa de mi vida desde hace muchos años: Massimo De Donno y Giacomo Navone.

Además de ser dos grandes docentes y formadores, son dos hombres y dos amigos extraordinarios.

Haberos «formado» personalmente me llena de satisfacción. Cada vez más. Ver lo que habéis construido y la pasión con que lo lleváis a cabo es uno de los principales motivos por los que estoy orgulloso de cuanto hago. Trabajar así con vosotros me hace sentir no ya que formo parte de una empresa, sino de una familia de verdad.

La coherencia de Massimo y Giacomo con las técnicas que enseñan es total. Y los resultados de las personas que asisten a sus cursos hablan muy claro.

Para concluir, quisiera felicitarte a ti, lector, por haber elegido invertir tiempo y energías en formarte y mejorar. Haz que sea una oportunidad para crecer y el comienzo de un itinerario lleno de resultados.

LUCA LORENZONI

INTRODUCCIÓN

Durante una presentación de nuestro curso de técnicas de memoria, lectura rápida y mapas mentales, una señora que asistía con su familia levantó la mano y dijo:

—Creo que estas técnicas cambian el aprendizaje como la lavadora cambió la manera de lavar la ropa. En vez de lavar a mano, nació un sistema igual de eficaz, pero mucho más rápido y mucho menos cansado.

El ejemplo es extremadamente gráfico.

Quienes aplican las técnicas que enseña este libro las perciben como una «tecnología» nueva e increíble, que transforma el aprendizaje en una actividad mucho más rápida y menos cansada.

La idea de publicar esta obra nace del deseo de dar a conocer las técnicas de memoria, la lectura rápida y los mapas mentales al mayor número posible de personas, porque, tal como le gustaba decir a Henry Ford: «Solo se puede hablar de progreso cuando las ventajas de una nueva tecnología son accesibles a todo el mundo».

Lamentablemente, el arte de aprender que les enseñan a los niños al comienzo de su itinerario escolar se basa en el clásico e inútil, aburrido y costoso «leer y repetir». Nada está más lejos del aprendizaje eficaz que explicamos en este libro. La maravillosa potencialidad del cerebro humano y su capacidad para asimilar nuevas nociones deben utilizarse siguiendo su propio «libro de instrucciones». Las páginas siguientes se pueden considerar un manual, una guía para aprovechar de lleno el potencial de nuestra mente. Al final de la lectura, si has seguido las indicaciones y has hecho los ejercicios, podrás transformar los resultados de tu aprendizaje y alcanzar objetivos que la mayoría de las personas consideran imposibles o increíbles.

Doblar tu velocidad actual de lectura manteniendo el mismo nivel de comprensión y de datos almacenados, o aprender mil palabras de una nueva lengua extranjera en un mes dedicando solo veinte minutos al día, solamente son dos ejemplos de las innumerables posibilidades que te ofrecen las técnicas de este libro.

En realidad, las técnicas de memoria, la lectura rápida y los mapas mentales solo son una parte del aprendizaje eficaz. El objetivo primario del libro es la globalidad y, por tanto, es posible potenciar y mejorar cada fase del proceso. Al terminar estas páginas habrás incrementado tu capacidad de:

• Lectura.

• Análisis del texto.

• Tomar apuntes y hacer esquemas.

• Memorizar rápidamente cualquier tipo de información y mantenerla a largo plazo.

• Gestionar el tiempo.

• Tener una mentalidad, un punto de vista y una actitud más funcionales para obtener tus objetivos.

Utilizar el presente texto es extremadamente sencillo. Cada tema desarrollado incluye ejemplos prácticos y explicativos, así como ejercicios que ayudarán a mejorar de inmediato tu capacidad de aplicar las nuevas estrategias.

Además, encontrarás una serie de ideas que invitan a la reflexión, así como ejercicios complementarios realizados por profesionales expertos con el fin de ayudarte a ser autónomo en 21 días.

Los ejercicios incluidos al final del libro te pueden servir como programa para dominar rápidamente las técnicas aprendidas y ser capaz de utilizarlas en breve según tus necesidades.

Puedes descargar gratuitamente otros ejemplos y aplicaciones en la página web www.yourtrainersgroup.com.

Las técnicas que contienen las siguientes páginas y todos los servicios vinculados al libro son instrumentos muy poderosos en manos de quienes deseen poner todo su empeño en obtener resultados extraordinarios. Y ahora solo queda empezar.

Disfruta de la lectura.

PRIMERA PARTE
EL ARTE DE APRENDER

El dudar del prójimo o el confiar en él está estrechamente vinculado al dudar de ti mismo o al confiar en ti.

JALIL GIBRAN

1
LO QUE BIEN EMPIEZA...

• Estudio, formación, aprendizaje y reciclaje: ¿a algunos se les da mejor?

• De dónde vienen las convicciones

• Cómo derribar los obstáculos que me impiden aprender

«NO SE ME DA BIEN...»

En el ámbito del aprendizaje, lo que a veces empieza siendo una pequeña dificultad en una materia puede transformarse en un problema más serio con el paso del tiempo.

Por ejemplo, error tras error, nos convencemos de que cierta disciplina no es para nosotros: seguimos equivocándonos y no comprendemos que los errores forman parte de un proceso de aprendizaje normal. Empezamos a asociar esa materia al dolor y al miedo al fracaso y a la crítica. En la mente se activa el diabólico mecanismo según el cual, ante una tarea pendiente, debemos enfrentarnos a dos dificultades: la dificultad intrínseca a la prueba y el temor a equivocarnos, que naturalmente nos predispone al fracaso.

Ello sucede en todos los campos. ¿Cuántas veces has tenido la sensación de no comprender una actividad de formación que podía haber sido fundamental para tu carrera? ¿O de abandonar un curso de lengua porque «el inglés no me entra en la cabeza»? ¿O de ser incapaz de organizar tu discurso en una reunión con los grandes jefes, razón por la que pareces mucho más incompetente de lo que eres? ¿O, sencillamente, de no poder con la cantidad de circulares, informes y lecturas necesarios para profundizar en los temas y estar siempre al día?

Así es como nace la «incapacidad adquirida». Nos convencemos de que no sabemos hacer algo, asociamos dicha incapacidad a nuestra forma de ser, a nuestra identidad, y la percibimos como parte de nosotros mismos, algo personal y persistente que nos invade. Es el famoso «no se me da bien...». Y renunciamos.

La culpa es de las tres P, pues creemos que nuestra incapacidad es:

1. Personal, es decir, asociada a nuestra identidad. Concebimos nuestra incapacidad como algo escrito en nuestro ADN.

2. Permanente, porque tenemos la sensación de que es imposible cambiar esta situación y, por tanto, creemos que no podemos mejorar.

3. Penetrante, porque la convicción general de que no somos lo bastante buenos puede invadir todos los ámbitos de nuestra vida.

La incapacidad adquirida tiene su origen en las «creencias despotenciadoras», esto es, en los pensamientos que disminuyen el poder personal y nos convencen de que tenemos menos potencialidades de las que realmente poseemos.

Todos activamos estrategias que nos permiten evitar la decepción ante un posible fracaso, con lo cual corremos el riesgo de quedarnos bloqueados cuando cometemos el error de asociar nuestra valía personal a la calidad de los resultados obtenidos.

BASTA CON CREER EN ELLO... CON TODAS TUS FUERZAS

Las creencias despotenciadoras minan la seguridad y nos impiden expresar todas nuestras capacidades. Sin embargo, el mecanismo mental negativo que causa las peores dificultades puede convertirse en positivo y generar «creencias potenciadoras» que nos permitan aprovechar al máximo nuestras aptitudes.

Muchos de los formadores más prestigiosos en el campo del crecimiento y el desarrollo de los recursos humanos resumen este mecanismo con la siguiente fórmula, realmente básica para sus enseñanzas:


La fórmula se lee así: «Los resultados de una persona son el fruto de sus acciones, que a su vez reciben la influencia de su energía y su estado emocional, directamente vinculado al tipo de pensamientos que la persona tiene sobre sí misma con respecto a lo que está haciendo». O, de un modo más sencillo:

Si crees en algo, se convierte en realidad.

El conjunto de creencias que constituyen el modelo de aprendizaje de cada uno está formado, en primer lugar, por las informaciones y programaciones recibidas en el pasado, especialmente en los primeros años de vida.

Es fácil imaginar las fuentes principales: padres, hermanos, amigos, profesores o autoridades del ámbito religioso, medios de comunicación, cultura, etc. A todo niño le enseñan cómo pensar y actuar, y dichas enseñanzas constituyen su condicionamiento y su programación. Así, cada uno adquiere un sistema de creencias, que a su vez se traduce en respuestas automáticas válidas para toda la vida, o al menos hasta que decida intervenir, participar activamente y cambiarlas.

Experiencias del pasado que condicionan el presente

Dicen que los pensamientos generan distintas emociones, y que estas influyen en la calidad y la cantidad de acciones que emprendemos para obtener cierto tipo de resultado.

Las preguntas más interesantes podrían ser:

1. ¿De dónde vienen los pensamientos?

2. ¿Por qué distintas personas atribuyen al mismo hecho significados completamente diferentes?

Los pensamientos nacen de las experiencias, la programación y los condicionamientos recibidos en el pasado.

Así pues, para obtener resultados debemos cambiar nuestro condicionamiento o nuestra programación si estos resultan ineficaces o improductivos.

El condicionamiento de las áreas de la vida suele producirse de tres maneras:

1. Programación verbal: lo que te decían sobre cierto tema cuando eras pequeño o joven. Por ejemplo, ¿cómo hablaban de tus aptitudes para el estudio, la lectura y la cultura en general? Todas las afirmaciones que oíste permanecen en tu subconsciente y contribuyen a formar tus creencias sobre el tema en cuestión.

2. Modelado: lo que has visto hacer. Los niños lo aprenden casi todo mediante la imitación y la emulación. ¿Cuál era la actitud de tus padres o tutores ante el aprendizaje?

3. Episodios específicos: lo que has experimentado personalmente. Todos hemos vivido hechos concretos que han consolidado las creencias básicas de nuestra forma de pensar. ¿Cuáles son las experiencias más significativas en el ámbito del aprendizaje? ¿Qué relaciones mantuviste con profesores y compañeros? ¿Cuáles son las emociones vinculadas al estudio?

Puesto que las experiencias forjan las convicciones y las creencias, es importante buscar aquellos episodios del pasado que estén condicionando las elecciones y sensaciones del presente, pues lo único importante de un hecho es el significado que le atribuimos. Tomar conciencia de ello es conditio sine qua non para afrontar el cambio.

CAMBIAR DE PERSPECTIVA

¿Cómo cambiar una actitud negativa? Existen cuatro elementos clave sobre los que podemos actuar para poner en marcha el cambio. Cada uno de ellos resulta esencial para reprogramar el modo en que aprendemos.

El primero es la conciencia: no es posible cambiar algo sin antes conocer su existencia. Debemos identificar los obstáculos personales (es decir, las creencias) que nos impiden alcanzar nuestros objetivos; solo así podremos derribarlos.

El segundo es la comprensión: si logramos entender de dónde viene nuestra forma de pensar, nos daremos cuenta de que procede del exterior. Por tanto, no es una característica intrínseca y como tal insuperable.

El tercero es la disociación: cuando comprendemos que esta forma de pensar provoca increíbles desventajas y dolor en nuestra vida, la mente percibe la necesidad de distanciarse y librarse de ella, siempre y cuando deseemos obtener mejores resultados. Es más fácil hacerlo si empezamos a observar nuestra forma de pensar como lo que realmente es: un «documento de programación» almacenado en nuestra mente hace mucho tiempo, que tal vez ya no tenga ningún valor ni verdad.

El cuarto y último elemento del cambio es el recondicionamiento. Quienes asisten a cursos de formación específicos cuentan con una guía para descubrir los resultados extraordinarios que permiten obtener las técnicas de aprendizaje. Vivir la sensación de haber alcanzado metas que jamás habíamos imaginado nos permite recondicionar nuestro modelo, y así volver a adiestrar la mente para que responda con más ánimo y confianza al estudio o el reciclaje.

Las personas que obtienen resultados con mayor facilidad han demostrado tener creencias comunes. Las investigaciones ponen de manifiesto que la «programación» de éxito posee determinadas características y que reprogramar nuestro modelo de pensamiento con tales creencias predispone a obtener mejores resultados. Estas son algunas de las «creencias» que debes hacer tuyas:

Lo que se ha hecho antes se puede hacer de nuevo.

Lo que ha hecho un hombre puede hacerlo otro.

Lo que puede concebir la mente de un hombre se puede realizar.

Lo más importante de cada hecho es el significado que le atribuimos. Aprendamos a atribuirles un significado útil y positivo a nuestras experiencias y a borrar los significados negativos que proceden del pasado. Nada sucede por casualidad, en cada situación podemos aprender algo que le dé más valor a nuestra vida.

El esfuerzo por mejorar siempre merece la pena. Y un esfuerzo extraordinario conduce a resultados extraordinarios.

2
APRENDER A APRENDER

• Cómo evitar trampas y errores

• Los mejores ejemplos: los niños

• Características fundamentales para aprender bien y de buena gana

ERRORES MÁS COMUNES

A lo largo de nuestra vida, todos desarrollamos nuestro método de aprendizaje personal. Generalmente aprendemos de manera autónoma, basándonos en la experiencia directa. Casi nunca nos enseñan la mejor técnica, de modo que solemos adquirir una serie de hábitos totalmente improductivos.

Si bien no existe un método infalible, en el transcurso de nuestro trabajo hemos comprobado que quienes desean aprender eficazmente necesitan adquirir como primera habilidad —necesaria aunque no suficiente— la flexibilidad, mediante la cual podrán adaptar su propio enfoque y plasmarlo según los objetivos que se propongan alcanzar, la tipología de prueba que vayan a realizar y los distintos temas de estudio. Por decirlo de un modo sintético: cada uno debe actuar según los resultados que pretenda obtener.

Hoy en día, el método más difundido para aprender es uno de los menos productivos: leer y repetir. Hay pocas actividades más aburridas y frustrantes. Si bien en las escuelas de primaria la carga de trabajo lo permite, lo cierto es que el aumento de la cantidad y la complejidad de las informaciones pone de manifiesto la necesidad urgente de encontrar un sistema más eficiente.

La falta de una metodología idónea nos lleva a cometer errores muy difundidos, como, por ejemplo, subrayar durante la primera lectura, señalar demasiadas informaciones, resumir por escrito un texto «copiando y pegando» las frases más importantes, leer y repetir mecánicamente de manera pasiva, estudiar demasiado rato sin hacer pausas, etc. A estos errores, que podemos calificar como «técnicos», se añaden otros vinculados a la actitud mental.

En la escuela no nos enseñan lo siguiente:

1. Gestión del tiempo.

2. Definición y persecución de objetivos.

3. Continuidad en la concentración.

4. Disciplina.

5. Automotivación.

6. Autoestima.

7. Gestión de la emotividad.

Este libro te enseña a eliminar de tu método de estudio todos los hábitos improductivos y a sustituirlos de inmediato por estrategias y técnicas que son fruto de años de investigación en el campo del aprendizaje eficaz.

EL ENFOQUE ADECUADO

¡No tengas miedo! Aprender es mucho más fácil de lo que parece. Todas las investigaciones realizadas con el fin de comprender el funcionamiento del cerebro humano en el aprendizaje han ido creando un «manual de instrucciones» detallado y preciso. Es más fácil obtener resultados de cualquier dispositivo cuando sabemos cómo funciona que cuando debemos ir probando. Con todo, para conseguir un resultado no basta con saber lo que tenemos que hacer, es necesario tener ganas de hacerlo. Eso significa que existen al menos dos parámetros imprescindibles: técnica y motivación.

Piensa en el deporte y considera la importancia que tiene en este ámbito gestionar lo mejor posible la emotividad trabajando en las aspiraciones, los sueños, los estímulos que impulsan al ser humano a buscar la excelencia. Lo que distingue a un buen jugador de un campeón no es la mera capacidad técnica, sino el modo en que la utiliza. Y, entre los grandes campeones, algunos han tenido una vida llena de éxitos y otros han sido estrellas fugaces, han desaparecido en poco tiempo.

En el aprendizaje,

como en la mayoría de las actividades humanas,

el 80%, del resultado se debe

al factor motivacional y a la actitud

y el 20%, a las técnicas.

Y surge espontáneamente esta pregunta:

¿Cuál es la actitud más funcional para obtener los mejores resultados en este ámbito?

La respuesta más correcta nos la indica quien logra los mejores resultados en el aprendizaje: el niño. Está demostrado que todo ser humano, durante su desarrollo en el cuerpo materno, utiliza del 90 al 95% de sus potencialidades para crecer. En esta fase de la vida, la mente humana está muy bien aprovechada.

TOMAR EJEMPLO DE LOS MEJORES

«Si deseamos cambiar algo en el niño, antes deberíamos examinarlo bien y comprobar si no es más bien algo que deberíamos cambiar en nosotros», decía Carl Jung. Desde que nacemos hasta los cuatro o cinco años, conocemos el máximo esplendor en cuanto a plasticidad de la mente y capacidad de aprendizaje. Se calcula que aprendemos más cosas durante los tres primeros años que en el resto de nuestra vida. Por desgracia, al llegar a los siete años no utilizamos más del 10% de nuestro potencial. Ello sucede a causa de la progresiva estratificación de esquemas y reglas, que limitan la libertad de la mente para ejercitar su plasticidad natural al producir nuevas redes neuronales, a diferencia de cuanto ocurre durante los primeros años de vida. Así pues, deberíamos tomar ejemplo de los niños, tal como comprendió Pablo Picasso: «Todo niño es un artista. El problema es cómo seguir siendo artista cuando se crece».

Basta con pensar en la facilidad con que un niño aprende varias lenguas a la vez. Pensemos en los hijos con padres de distintas nacionalidades: si el padre y la madre hablan en lenguas distintas con el pequeño, este le responderá espontáneamente a cada uno en su lengua. ¿Un adulto es capaz de hacer lo mismo? Desde luego que no. Le costará mucho más alejarse de su forma mentis y adquirir una nueva.

A menudo oímos decir que los niños aprenden sin dificultad porque son una tabula rasa. ¿Qué significa? ¿Quizá que aún no están llenos de nociones y es más fácil encontrar espacio vacío en su mente?

No, los niños no son contenedores.

Significa que poseen características naturales que con la edad cambian. Los niños no tienen prejuicios consigo mismos, ni con el mundo exterior, con los demás ni con todo cuanto representa una novedad. En su cabeza no hay rastro de pensamientos depotenciadores, ni de creencias que limiten sus potencialidades personales, ni de aquello que suponemos alcanzable. No existe el concepto de fracaso o de miedo al juicio que predispone al ser humano a equivocarse. Lleva razón Paulo Coelho cuando afirma que «un niño siempre puede enseñarle tres cosas a un adulto: a estar contento sin motivo, a estar siempre ocupado con algo y a perseguir con todas sus fuerzas lo que desea».

Si dejamos aflorar la parte infantil que a veces mantenemos medio dormida o acallada, pero que jamás desaparece del todo, será más fácil redescubrir las cualidades que nos han permitido andar, hablar, pensar, interaccionar, elegir, decidir y actuar.

UN JUEGO DE NIÑOS

Intenta imaginar a un niño de un año jugando en el salón. Intuimos que lo que hace lo absorbe por completo, pues los niños poseen una capacidad innata para aislarse del mundo y centrarse de lleno en lo que están haciendo.

La primera técnica de aprendizaje será una técnica de relajación y concentración, gracias a la cual aprendemos a relajarnos física y mentalmente entrando en una fase de vigilia relajada ideal para aprender (véase el cap. 3).

Otra característica congénita en el niño es la capacidad de hacerlo divirtiéndose. Está científicamente comprobado que si nos divertimos, nuestras capacidades sensoriales se estimulan de un modo relevante y el cerebro registra con mayor facilidad cuanto vivimos. Además, una de las características peculiares de la memoria es su vínculo con las emociones; a nadie le cuesta acordarse de un episodio de su vida en el que se divirtió muchísimo, y tampoco es necesario repetir mentalmente ciertos hechos para fijarlos en la memoria. No hay nexo más duradero que las emociones para imprimir los recuerdos durante mucho tiempo.

Pese a ello, el método tradicional prescribe el uso de la repetición. Paradójicamente, el instrumento más utilizado para recordar es el que menos aprovecha una de las características principales de la memoria.

El niño nos sugiere otra característica fundamental y muy importante en el aprendizaje. Imagínalo con un juguete en la mano. Ves que tiene ganas de descubrirlo, de entender cómo funciona, de mirarlo desde todos los puntos de vista, incluido el interior. Y tiene la misma actitud frente al mundo que lo rodea. La proverbial curiosidad de los primates no podía ser ajena a la naturaleza del ser humano. La curiosidad de los niños se expresa al máximo en esa fase de la vida llamada «del porqué». Quien la ha sufrido sabe muy bien que ciertas preguntas son muy insistentes y pueden crear dificultades. Preguntarse el porqué de las cosas representa un estímulo para buscar y descubrir, para aprender a elevarse. Einstein decía que «la curiosidad es la antesala de la inteligencia».

La mayoría de las personas que se aproximan a las técnicas de aprendizaje poseen dicha característica, esencial para mantener viva la atención, para cruzar siempre nuevos límites y llegar a incesantes y extraordinarios descubrimientos, que nos dejan maravillados de nuestras propias capacidades. Si nos preparamos para enfrentarnos a un texto, un informe o un curso con un espíritu de descubrimiento, será más fácil librarnos de la sensación de anquilosamiento que nos embarga cuando aceptamos pasivamente la idea de tener que estudiar.

Otra característica fundamental del niño es la creatividad. Sin duda, adoptar puntos de vista innovadores y originales sin quedar aprisionado en los esquemas preexistentes, así como acceder al tipo de curiosidad que más aproxima al hombre a su parte divina con gran desenvoltura y sin esfuerzo, son habilidades que se les reconocen a los creativos (también en el aspecto económico). La elasticidad mental, la capacidad de crear nuevos vínculos aparentemente inexistentes, de utilizar de manera innovadora sus conocimientos son aptitudes innatas que pueden ejercitarse a través de estímulos y ejercicios específicos (véase el cap. 9).

Por otra parte, un niño posee mucha confianza en sí mismo y en las personas que lo rodean, en particular en sus padres. También es necesario tener confianza en el aprendizaje, saber ponerse en manos de quien sabe cómo transmitir la capacidad de aprender y adoptar las técnicas y estrategias que contienen estas páginas. Además de confiar en las técnicas, lo más importante es fiarse de uno mismo. Gandhi enseñaba que «el hombre suele convertirse en lo que cree ser. Si insisto en que no puedo hacer algo, es posible que al final sea realmente incapaz de hacerlo. Por el contrario, si confío en poder hacerlo, sin duda adquiriré dicha capacidad, aunque al principio quizá no me fuera posible».

Desde luego, nadie está dispuesto a invertir una pizca de su energía o potencial en algo que considera imposible de alcanzar. Quien piense así no lo va a conseguir, y ello se deberá principalmente al hecho de que no lo ha intentado de verdad. Cuando creemos firmemente que podemos lograrlo y nos sentimos fuertemente motivados, las dificultades que encontramos a lo largo del camino no son obstáculos insalvables. De hecho, suelen convertirse en un motivo más para estar orgullosos de cuanto estamos dispuestos a hacer para alcanzar nuestro objetivo, y se transforman en retos, oportunidades para crecer y superar los límites. Cualquier persona con sentido común sabe que para obtener resultados extraordinarios deberá realizar un esfuerzo extraordinario.

Otra característica típica del niño es la tenacidad, las ganas de conseguirlo. Basta con pensar en un bebé que está aprendiendo a andar: no hay espacio en su mente para pensar algo como Creo que esto de andar no es lo mío, le pediré a mamá que me compre una silla de ruedas... El niño está decidido y solo hace dos cosas: cae y se levanta, y lo hace hasta que se tiene en pie. Después llega el momento de celebrarlo, porque un niño nunca olvida manifestar sin reservas su alegría cuando logra algo, sea pequeño o grande.

El niño posee la capacidad de expresar un enorme entusiasmo, que, como decía Bertrand Russell, «es a la vida lo mismo que el hambre a la comida», un recurso fundamental para conseguir resultados cada vez mejores y satisfacer plenamente nuestros sueños y aspiraciones.

DONES INNATOS Y NO INNATOS

Poseemos todas esas características maravillosas desde niños. Darnos cuenta de ello nos ayuda a expresarlas mejor junto con aquellas características que aprendemos al crecer: la programación, la racionalización de los recursos, la capacidad de superar nuestros límites y el ser exigentes con nosotros mismos. Debemos encontrar la confianza necesaria para ser mucho más que la suma de nuestras partes. Solo quienes lo consigan aprovecharán al máximo las enseñanzas que pueden extraerse de la lectura de este texto. Solo poniendo en tela de juicio lo que dábamos por cierto le dejaremos espacio a algo nuevo. Solo con una actitud mental positiva y con la mente abierta podremos dar el salto cualitativo que todos deseamos.

¿Cómo es posible aplicar todo esto al estudio?

Cambiando de método y esforzándonos. La respuesta está en la acción. Sin duda, al llegar al final del libro todo el mundo pensará que existe una manera de estudiar más eficaz y divertida. Pero solo quienes decidan pasar a la acción transformarán realmente sus objetivos en resultados.

La práctica es la madre de todas las habilidades, y quienes deseen obtener resultados deben tener en cuenta que la excelencia solo se alcanza mediante la ejercitación.

3
RESPIRA HONDO

• Las condiciones ideales para empezar

• Cómo relajarse

• Cómo lograr una buena concentración

UNA CUESTIÓN DE ESTRATEGIA

Para conseguir nuestros objetivos en la vida, y no solo en el trabajo, existen dos condiciones fundamentales que a menudo se subestiman, cuando en verdad resultan imprescindibles: la capacidad de relajarse y la capacidad de concentrarse. Ambas influyen en todas las esferas de la cotidianidad, y saberlas utilizar, en particular para controlar el estrés, puede modificar el nivel de nuestros resultados. Muchos creen que dichas habilidades son innatas en el ser humano. En realidad, entrar en un estado mental y emocional más productivo es algo posible y está al alcance de todo el mundo. Basta aplicar algunas estrategias simples que, de entrada, quizá parezcan superfluas. Sin embargo, cuando te acostumbres a utilizarlas, comprobarás en persona su eficacia.

PRIMERO RELÁJATE

En el lenguaje común se abusa tanto del término «estrés» que muchos ignoran su significado real y su acepción positiva. Hoy el estrés se define como la respuesta del organismo tras sufrir los efectos prolongados de varios tipos de agentes estresantes, como estímulos físicos (fatiga), mentales (esfuerzo laboral), sociales o ambientales (obligaciones o exigencias del contexto en que vivimos). Según las respuestas del organismo y la mente, el estrés puede ser:

• Eustrés: representa el aspecto positivo del estrés, esto es, la estimulación fisiológica, la respuesta constructiva del organismo que nos impulsa a utilizar mejor nuestros recursos.

• Distrés: representa el aspecto negativo del estrés, una respuesta del organismo que mina las fuerzas, crea ansiedad, miedo o pánico y suele volvernos improductivos.

Los efectos más comunes y no patológicos del estrés son la taquicardia, la respiración jadeante, las manos sudadas, el paladar seco, la salivación bloqueada y un estado de hiperexcitación e hiperactividad. ¿Quién no se ha sentido así antes de un reto importante, una entrevista de trabajo, una prueba o un examen?

Cuando no logramos controlar de manera eficaz nuestro nivel de estrés, nos encontramos en un estado mental negativo, con lo cual nuestra producción positiva resulta inferior a nuestras potencialidades.

A veces bastan unas pocas precauciones para mejorar los resultados y, sobre todo, la calidad de vida. Las técnicas de relajación son una estrategia maravillosa, que permite descender la actividad cerebral a un nivel más adecuado para almacenar nuevas informaciones, mantener la calma en los momentos de fuerte estrés y descargar el exceso de tensiones físicas y musculares. Cuando el cerebro está en plena actividad, la llamada «fase de vigilia activa» o «fase beta», somos plenamente conscientes de nuestras acciones, de cómo reaccionamos e interaccionamos con el mundo que nos rodea. En cambio, la «fase alfa» se define como fase de vigilia relajada y caracteriza los momentos de máxima concentración o la condición mental que sigue a la relajación psicofísica. Estamos relajados pero conscientes, el cerebro es capaz de producir espontáneamente pensamientos asociativos e intuitivos, gracias a lo cual nos hallamos en el estado ideal para memorizar y aprender.

Las técnicas de relajación pueden parecer sencillas, pero en realidad son muy potentes y su eficacia se nota de forma inmediata. En cuanto empieces a dominarlas, serás capaz de mantener el control en las situaciones de estrés o de miedo escénico que hasta ahora te han impedido dar el máximo. Además, por fin podrás aprovechar plenamente el tiempo que quieras dedicar a una actividad determinada.

Relájate en quince minutos

Adopta una postura cómoda, sentado, con los pies apoyados en el suelo, la espalda pegada al respaldo, sin cruzar las piernas ni los brazos y con las manos sobre los muslos. Haz respiraciones profundas y cierra los ojos. De este modo entrarás más fácilmente en un estado de relajación total.

La primera fase consiste en alcanzar la relajación física. Concéntrate en tu cuerpo y, poco a poco, detente en cada parte (cabeza, rostro, cuello, hombros, luego ve bajando hacia el pecho y las piernas hasta los pies). Libérate de todas las tensiones. Sentirás que las contracturas acumuladas a lo largo del día se van y te dejan en un estado de bienestar total. Si te brindas la oportunidad de implicarte por completo, será una experiencia muy agradable.

A continuación, empieza la fase de relajación mental. Visualiza la secuencia de los siete colores del arcoíris en orden, uno por uno. Comienza por el rojo, luego naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta. Cada color lleva asociada una longitud de onda distinta, que ayuda al cerebro a pasar de las ondas beta a las ondas alfa.

Durante la tercera fase de relajación, imagina que estás en un lugar muy agradable y tranquilo, por ejemplo, un prado en la montaña, o la playa de una isla al amanecer. Piensa en un entorno que te transmita calma y serenidad. Cuando te sientas completamente relajado, une los dedos pulgar, índice y corazón. Este movimiento crea un vínculo mental entre el estado emocional y la posición de las manos. Si repites el ejercicio varias veces a lo largo de tres o cuatro semanas, tu cerebro aprenderá a asociar el gesto al estado de relajación mental. Una vez que hayas adquirido este hábito, ya no necesitarás realizar el ejercicio completo. Para relajarte, solo tendrás que cerrar los ojos, realizar dos o tres respiraciones profundas, visualizar los colores y unir los dedos pulgar, índice y corazón.

LUEGO CONCÉNTRATE

La relajación no es suficiente. A la hora de enfrentarnos adecuadamente a una prueba, la concentración desempeña un papel esencial. La capacidad de focalizar con la mente las actividades que estamos desarrollando, por ejemplo, leer, resulta determinante para obtener un buen resultado.

Todos alcanzamos la concentración necesaria con mayor o menor facilidad, pero tampoco es una capacidad innata, sino que depende de múltiples factores y podemos mejorarla notablemente si le dedicamos un poco de atención. Aquí tienes algunas ideas para potenciar tu capacidad natural:

1. Condiciones físicas: hay factores, como el cansancio, que influyen en la concentración. Dormir lo suficiente, hacer pausas adecuadas y estratégicas (véase el cap. 14) y cuidar la alimentación son medidas sencillas que garantizan energía inmediata para tu organismo, mayor capacidad de reacción y una mente más fresca y receptiva. Todos lo sabemos por experiencia: estar descansados y sanos es la condición básica para poder concentrarnos.

2. Foco: saber dónde focalizas tu atención durante una actividad es un factor que influye en la concentración. El primer paso útil es hacerte preguntas que te conduzcan hacia los objetivos marcados. Por ejemplo: ¿Qué deseo obtener? ¿Cuáles son mis objetivos principales? Orientar la mente a través de preguntas específicas es lo mejor si quieres recibir respuestas precisas.

3. Finalidad: pregúntate por qué motivos positivos es fundamental realizar determinada acción en un momento determinado. Si focalizas la atención en el porqué estás realizando una actividad específica, estableces una implicación emocional inmediata y, cuanto mayor sea la dicha implicación, más elevado será tu nivel de concentración.

SEGUNDA PARTE
TÉCNICAS DE LECTURA RÁPIDA

Quien desee mover el mundo, primero que se mueva a sí mismo.

SÓCRATES

4
PUEDES HACERLO RÁPIDO Y BIEN

• Las condiciones ambientales para leer mejor

• Cómo evitar las distracciones

• Evalúa tu velocidad de lectura

LEER EN BUENAS CONDICIONES

Como ya hemos visto con las técnicas de relajación y concentración, las condiciones ambientales pueden influir notablemente en nuestro rendimiento. Lo mismo ocurre en el ámbito de la lectura. Todos conocemos la diferencia existente entre leer en un tren abarrotado o en un bar ruidoso y leer tranquilos en el sofá de casa. También hay una diferencia entre hacerlo con música heavy metal de fondo o en el silencio de nuestro dormitorio. Sobre todo si nos encontramos ante un texto difícil y aburrido que no invita a la lectura.

Antes de enfrentarte al texto, informe, manual, curso de reciclaje o cuaderno de ejercicios de inglés comprueba y corrige los factores físicos y ambientales que pueden condicionar tu rendimiento: iluminación, postura, altura de la silla y la mesa, y distancia a la que sostienes el texto.

1. Iluminación: la luz solar es la mejor para leer. Intenta colocarte cerca de una ventana, de modo que la luz entre por el lado opuesto al de la mano con que escribes y a una altura superior al hombro, para que no haya reflejos ni zonas de sombra. Si no es posible, utiliza una lámpara de lectura orientable, cuya intensidad oscile entre los 600 y los 800 lux. Es importante que no exista mucha diferencia entre el texto iluminado por la lámpara y el ambiente que lo rodea.

2. Postura: apoya los pies en el suelo, mantén una postura erguida y trata de relajar todos los músculos. Coloca los muslos en paralelo con el suelo y ligeramente elevados, de modo que el peso quede distribuido de forma correcta.

3. Altura de la silla: para adoptar una postura correcta y leer cómodamente sin provocarte contracturas ni rigideces, la silla no debe ser ni demasiado alta (ya que no podrías apoyar los pies) ni demasiado baja (ya que doblarías las piernas de forma innatural).

4. Mesa: debe ser unos veinte centímetros más alta que la silla.

5. Distancia del texto: el último elemento que debes considerar, aunque no el menos importante, es la distancia entre los ojos y el texto, que será de treinta o cuarenta centímetros. Es la distancia ideal, pues permite que los ojos enfoquen sin dificultad los grupos de palabras, con lo cual disminuyen la fatiga y el riesgo de sufrir dolor de cabeza.

Un bautismo de fuego

Las técnicas para hacer la lectura más rápida y eficaz se desarrollaron a principios del siglo XX. Los primeros estudios tuvieron un origen sorprendente: la aviación inglesa. Durante la Primera Guerra Mundial, algunos pilotos no eran capaces de reconocer los aviones avistados en la distancia. Un problema grave, sobre todo en situaciones de peligro extremo. Los tácticos británicos empezaron a trabajar para idear una solución y crearon un aparato llamado «taquistoscopio», que proyectaba imágenes en una pantalla a intervalos de tiempo modificables. Reduciendo gradualmente el tamaño de la imagen y su tiempo de permanencia en la pantalla educaban el ojo del piloto, y este se acostumbraba a reconocer con mayor facilidad y, sobre todo, mayor velocidad los aviones. Así descubrieron que el ojo humano es capaz de reconocer imágenes extremadamente pequeñas tras haberlas visto durante una cincuentésima de segundo.

Una vez identificada dicha capacidad, pensaron en utilizar la misma estrategia para mejorar la lectura. Con la ayuda del taquistoscopio, proyectaban en la pantalla una sola palabra durante un intervalo de tiempo bastante largo; después iban disminuyendo constantemente su tamaño y duración. Al final llegaron a mostrar cuatro palabras a la vez y a educar el ojo para leerlas en una cincuentésima de segundo.

Durante muchos años, los cursos de lectura rápida se basaron en este ejercicio, conocido como «entrenamiento en pantalla fija», realizado con tarjetas didácticas o con un taquistoscopio, que permitía a los alumnos doblar la velocidad de lectura. Pero muy pronto descubrieron que la mayoría de ellos perdía la nueva capacidad poco después de finalizar el curso.

En los años sesenta, algunos investigadores, entre ellos la estadounidense Evelyn Wood, impulsados por los grandes avances en la lectura que habían obtenido personajes célebres, como el presidente de Estados Unidos John F. Kennedy, empezaron a comprender mejor el funcionamiento del ojo en la fase de lectura y almacenamiento de datos, y añadieron a la técnica de entrenamiento en pantalla fija una nueva serie de ejercicios que, por primera vez, logró derribar la barrera de las 1.000 palabras leídas por minuto. Con estas nuevas bases surgieron las escuelas de lectura rápida o dinámica, que siguieron desarrollando las capacidades. Hoy en día, el lector más rápido del mundo, el estadounidense Sean Adams, ha alcanzado el nivel de 3.850 palabras leídas por minuto.

POR QUÉ LEER NO ES FÁCIL

Normalmente aprendemos a leer en la escuela, alrededor de los seis o siete años. Tal vez de ahí surja la errónea convicción de que se trata de una actividad banal. Quizá lo sea técnicamente, de un modo básico, pero según se complican los contenidos, se alargan los textos y se acorta el tiempo, todos debemos rendirnos ante la evidencia: leer, comprender y asimilar no es tan fácil como parece. Y el método didáctico con el que nos enseñaron a leer de niños genera mecanismos automáticos que, en vez de agilizar y simplificar la actividad, la obstaculizan y ralentizan. ¿Cuáles son los errores recurrentes?

1. Subvocalización: significa que tendemos a pronunciar mentalmente lo que estamos leyendo, como si tuviéramos una «vocecilla» en la cabeza que susurra las palabras del texto. Muchos expertos en lectura rápida sostienen que es necesario eliminarla por completo, ya que ralentiza la actividad y no ayuda a la comprensión. En realidad, no es del todo cierto: si logramos que la subvocalización pase a un nivel semiinconsciente, no distrae ni ralentiza. Y lo cierto es que tratar de eliminar totalmente un proceso que ya tenemos automatizado puede generar frustración y, en consecuencia, disminuir nuestra motivación. De hecho, si tras días y semanas de ejercicios la vocecilla no desaparece, tendemos a culpabilizarnos del fracaso y nos sentimos decepcionados.

En cuanto a la velocidad de lectura, algunos formadores sostienen que la subvocalización la ralentiza sensiblemente, puesto que esperamos a que la vocecilla termine de pronunciar lo que acabamos de leer antes de proseguir. En realidad, el cerebro es capaz de vocalizar hasta 2.000 palabras por minuto (y algunas personas pueden pronunciar 1.000) y, para alcanzar una velocidad de lectura equivalente, necesitaremos mucho esfuerzo y ejercicio.

2. Señalar con el dedo: es la modalidad de lectura de los niños, que acompañan la secuencia de palabras con el dedo por miedo a perder la señal. En realidad, como resulta evidente en las próximas páginas, utilizar un puntero para leer ayuda mucho a mantener un nivel de concentración alto. La única contraindicación es el tamaño del dedo, que oculta las palabras; por tanto, es aconsejable utilizar un puntero más fino y pequeño, como un lápiz o un bolígrafo.

3. Regresión: consiste en releer palabras, frases o párrafos enteros que creemos haber perdido o no haber comprendido bien. Obviamente, esta acción ralentiza la lectura y resulta inútil. Numerosos test hechos a base de preguntas específicas demuestran que cuando un lector relee lo que creía no haber comprendido, mejora poco o nada su nivel de comprensión.

Así pues, debemos esforzarnos por no volver atrás en el texto, ya que en realidad no recuperaremos mucho. En cambio, si aumentamos gradualmente la velocidad de lectura, el deseo de releer aparecerá solo de manera ocasional.

LA CABEZA EN LOS LIBROS

Muchas personas declaran que tienen dificultades de concentración mientras leen. Por ejemplo, algunos llegan al final de la página y no recuerdan casi nada, porque la mente se ha distraído. Tratemos de comprender por qué tendemos a pensar en otras cosas y qué soluciones hay, además de las expuestas en el capítulo anterior.

En primer lugar, es necesario contar con una buena organización, un concepto conocido pero poco aplicado en la lectura. A menudo, en cuanto empezamos a leer, nos detenemos para coger el lápiz, la goma o cualquier otro objeto; en estos casos, interrumpimos el flujo de información y desviamos nuestra atención del texto hacia otras actividades. Es importante comenzar con el pie derecho: antes de iniciar la lectura, es mejor pensar en lo que vamos a necesitar (goma, lápiz, sacapuntas, regla, papel para tomar apuntes, etc.), cogerlo y colocarlo sobre la mesa. De este modo, tendremos menos tentaciones de distraernos. Además, tener delante un espacio de trabajo organizado nos ayudará a focalizar la atención en el objetivo y a concentrarnos.

En nuestra lista de instrumentos útiles, hemos omitido adrede el diccionario; es necesario utilizarlo, pero hay que hacerlo con inteligencia. Todos nos enfrentamos a dificultades léxicas cuando el texto contiene palabras o frases enteras que no conocemos. Normalmente, mientras el ojo prosigue con la lectura, la mente permanece detrás para buscar el posible significado del punto oscuro.

Tu diccionario interior

La cantidad de palabras que conocemos es un indicador de la cantidad de lecturas, informaciones y nociones que hemos asimilado a lo largo de nuestra vida.

Muchas escuelas, universidades y empresas incluyen en las pruebas de idoneidad o admisión el «test del diccionario» con el fin de evaluar la preparación del candidato y su capacidad para aprender y elaborar datos. La propiedad de lenguaje es un bien muy preciado, tanto para un estudiante, que realiza exámenes orales y escritos, como para un profesional, que tiene que comprender a la perfección a sus interlocutores, participar de la mejor manera posible en cualquier diálogo o negociación y además sentirse a gusto en tales situaciones.

La mayoría de las personas utiliza tres tipologías de diccionarios al día. El primero contiene unas mil palabras y se emplea en las conversaciones cotidianas. El segundo se utiliza para escribir y suele ser más amplio y complejo que el anterior, puesto que dedicamos más tiempo a la construcción y análisis de las frases. La tercera tipología de diccionario es la que se denomina de «reconocimiento» y contiene todas las palabras que somos capaces de comprender, pero que por normal general no usamos en el lenguaje común ni en el lenguaje escrito.

Una lectura más rápida y eficaz permite encontrar y asimilar más palabras, con lo cual incrementamos la variedad y riqueza de nuestros tres diccionarios. Mejoramos la calidad de la comunicación y la comprensión, la exposición empieza a ser más articulada y convincente y nos permite presentar nuestro mejor perfil a nuestros interlocutores.

Sin embargo, la mejor estrategia es marcar en el texto las palabras que no están claras y continuar la lectura para no interrumpir el flujo de información. Solo al final consultaremos el diccionario para comprender el significado real de la frase. Así nos aseguramos de no saltarnos nada del texto y, a la vez, no perdemos el tiempo tratando de captar el sentido de cada uno de los términos.

A veces, los problemas de comprensión derivan de la complejidad del tema o del material que estamos analizando. En este caso, con un diccionario no basta; la solución es esquematizar y organizar mejor el texto (véase la tercera parte de este libro). En síntesis, tal estrategia consiste en una lectura múltiple, con distintos enfoques del texto; en el caso de que el número de lecturas aconsejadas no sea suficiente, puede resultar útil incrementar el número de lecturas globales (véase el cap. 6) hasta alcanzar una mejor comprensión.

¿CUÁL ES TU VELOCIDAD DE LECTURA?

Como ya hemos mencionado, las modalidades de lectura son objeto de estudio desde hace años, y existen criterios precisos y matemáticos para evaluar tus capacidades personales. Aquí tienes los llamados «parámetros de lectura», que te resultarán muy útiles para hacer los ejercicios sucesivos.

VELOCIDAD = PPM (palabras por minuto)

Es la velocidad de lectura. La media suelen rondar las doscientas palabras por minuto, pero no te preocupes si tu resultado es más bajo. Lo que cuenta no es el punto de partida, sino el punto de llegada.

CÁLCULO: palabras del texto multiplicadas por 60, y el total dividido por el tiempo de lectura expresado en segundos.

(Palabras del texto × 60) /

Tiempo de lectura en segundos

C = COMPRENSIÓN

Indica cuántas informaciones del pasaje que acabas de leer has almacenado. Se calcula mediante una serie de preguntas de distinta dificultad y puntuación. La media es de 50 sobre 100. Si tu valor de partida es inferior a 65, verás cómo aumenta notablemente al final del itinerario de ejercicios.

R = RENDIMIENTO

Es el indicador más importante. No tiene mucho sentido si lo consideramos de forma aislada, pero sirve para medir la eficiencia del lector. El fin de la lectura rápida es incrementar el rendimiento, un resultado que se obtiene al mejorar tanto la velocidad como la comprensión. El valor medio es de 100.

CÁLCULO: PPM (velocidad de lectura) multiplicada por la comprensión, y el total dividido por 100.

(PPM × C) / 100

A continuación encontrarás un test sencillo para probar tus capacidades de lectura actuales. Cronometra el tiempo que tardas en leerlo todo; no debes acelerar ni detenerte más de lo debido, pues de otro modo alterarías la evaluación del nivel de partida. Al final, responde a las preguntas sobre el texto, que sirven para cuantificar las informaciones almacenadas. Disfruta de la lectura. (Encontrarás muchos otros textos para practicar al final del libro.)

Test inicial

Fuentes de estrés

Al leer el libro de Brian Tracy Máxima eficacia, me pareció muy interesante uno de los capítulos, el dedicado a las fuentes de estrés que pueden influir negativamente en nuestra vida. Mientras leía empecé a reflexionar atentamente acerca de las situaciones que me producían estrés, y el solo hecho de reflexionar me permitió minimizarlas y, por último, afrontarlas.

Las fuentes de estrés son:

Preocupación

Las estadísticas nos informan de que la mayoría de la población occidental se preocupa por muchas cosas: en el 40% de los casos, por lo que al final no sucede; en el 30% de los casos, por hechos vinculados al pasado que no se pueden modificar de ninguna manera; en el 12% de los casos, por cuestiones hipotéticas de enfermedades que luego resultan infundadas; en el 10% de los casos, por cuestiones irrelevantes. Solo queda un 8% subdividido así: el 4% se preocupa por situaciones que están fuera de nuestro alcance, y el último 4%, por cuestiones que de alguna manera podemos modificar.

¿A que son unos porcentajes interesantes?

Lamentablemente, preocuparse en la vida genera mucho estrés, que luego puede incidir en la serenidad y, por tanto, en las relaciones con nuestros seres queridos. ¿Qué podemos hacer al respecto? Este es el método que sugiere el libro:

1. Escribir la situación que genera estrés, porque al hacerlo la definimos con claridad.

2. Pensar en la peor consecuencia que podría acarrear dicha situación. Yo en este punto me detuve, pues me di cuenta de que «lo peor que podía ocurrir» era algo completamente afrontable.

3. Aceptarla: quizás este sea el paso más complicado. Aceptar significa simplemente tomar conciencia de lo que podría suceder y estar dispuestos a afrontarlo. Y quizá darnos cuenta de que somos capaces de resolver la situación con la cabeza bien alta. En el momento en que «aceptas» todo cuanto pueda ocurrir, ya no tienes nada de que preocuparte.

4. Actuar: una vez definida la situación, decide las acciones concretas que puedes hacer para resolverla y actúa. Actúa, actúa y actúa. Dejarás de pensar en el problema para concentrarte en la solución.

Objetivos y prioridades

Muchas personas se declaran insatisfechas con su trabajo porque no sienten que tengan una «finalidad» precisa y definida. Se consideran como barcos en medio del mar que siguen navegando sin tener una meta. Carecen de objetivos en los que concentrar su atención. Las consecuencias son el estrés, la negatividad y una mala gestión del tiempo. Hace años, al empezar un nuevo trabajo, experimenté en primera persona dicha sensación. Tenía muchas cosas que hacer, no me sentía 100% preparado para hacerlas y no veía claro el «porqué» las estaba haciendo. El resultado fue que me organizaba mal, era incapaz de establecer una escala de prioridades entre las tareas por desempeñar y, a final de mes, no podía cumplir todos los plazos porque había hecho pocas cosas.

¿Mi solución? Cogí papel y bolígrafo y escribí los objetivos del mes en un papel. Una vez enumerados los objetivos, escribí lo que debía hacer para alcanzarlos. Prácticamente redacté un proyecto para llevarlos a cabo. Y adivina qué ocurrió... como por arte de magia, la situación cambió radicalmente. Por fin tenía un propósito, un motivo para realizar mis tareas. Si te parece satisfactorio, inténtalo.

Inconclusión

Si empezamos algo importante para nosotros o para nuestro trabajo y después no lo llevamos a cabo, ¿cómo nos sentimos?

En ese período «oscuro», cuando aún no había comprendido cómo organizarme, a menudo comenzaba un nuevo proyecto y después no lo llevaba a cabo, debido a otras obligaciones que se iban solapando. Era una sensación frustrante. Sentía que el peso de la acción inacabada, de aquel proyecto dejado a medias, me «aplastaba». La procrastinación es una verdadera enfermedad. Pero la buena noticia es... que tiene cura.

Cuando empecé mi «ascenso» me dediqué a trabajar mucho la autodisciplina. Al comenzar algo, me imponía llevarlo a término. No valían las excusas, ni el «poco tiempo», nada de nada. Me repetía: «Si has querido empezarlo, también querrás acabarlo». Esta enseñanza me resultó muy útil en muchos sectores de mi vida. Ser capaz de respetar los objetivos marcados es una cualidad indispensable. Guardo como un tesoro el recuerdo de lo que aprendí en aquel momento de mi vida e intento transmitírselo cada día a mis hijos.

Miedo al fracaso

No puedo: ¿quién no lo ha pensado alguna vez? El miedo a fracasar es una reacción condicionada y la adquirimos desde la niñez.

Si la gestionamos de manera productiva, nos permite ser prudentes y tomar decisiones tras valorar los riesgos. En cambio, cuando nos supera, se transforma en un gran obstáculo para nuestros proyectos.

¿Cómo podemos superarla?

Ante todo, tomando conciencia de que el fracaso nunca es definitivo. Es una oportunidad para aprender lecciones que nos servirán para tener éxito.

Thomas Watson (fundador de IBM) decía: «¿Quieren tener éxito? Doblen su índice de fracasos. El éxito es la imagen especular del fracaso».

Si aprendemos una lección a partir de unos resultados no deseados, el fracaso puede transformarse en una clave para el éxito. El verdadero fracaso solo se produce en el momento en que optamos por no aprender nada.

En la vida he constatado que, para mí, el miedo a no conseguir algo es inversamente proporcional a las ganas de obtener ese resultado en concreto.

Desde que lo comprendí, cada vez que aparece de nuevo el pensamiento No puedo, me concentro en lo que deseo, en por qué lo deseo, y me visualizo mentalmente con claridad mientras alcanzo el objetivo en cuestión. ¿Qué ocurrirá? ¿Cómo me sentiré? ¿Quién estará conmigo?

Utilicé esta técnica hace unos tres años, cuando tenía en mente un proyecto laboral muy rentable, pero muy difícil y complejo de realizar. Creía mucho en ello. Sentía que lograr ese objetivo mejoraría varios sectores de mi vida: mi trabajo, mis finanzas, mi bienestar mental...

No fue un camino de rosas. Tuve que enfrentarme a numerosos obstáculos y, a menudo, sobre todo al principio, creí que no lo conseguiría.

Pero la voluntad de tener éxito era mucho mayor que el miedo al fracaso y, al concentrarme en los pensamientos positivos, alcancé la meta más rápido de lo previsto. Todo ello deriva del poder del foco.

El rechazo

¿Habéis conocido alguna vez a personas que busquen constantemente la aprobación de los demás para todo lo que hacen y que se queden literalmente aterrorizadas si no la obtienen?

Dos cardiólogos de San Francisco (Rosenman y Friedman) tipificaron esta reacción como «comportamiento de tipo A» (su publicación, Type A Behavior and Your Heart, es reconocida en el ámbito médico como fuente de prestigio sobre la correlación entre enfermedades cardíacas y emociones).

Existen individuos A de distintos niveles, del más «leve» al más «grave». El nivel más extremo es estadísticamente más propenso a contraer enfermedades cardíacas mortales y puede llegar a sufrir trastornos psíquicos.

El tipo A se siente constantemente bajo presión, siente que tiene demasiadas cosas que hacer y dispone de poco tiempo. Su vida laboral siempre es una carrera hacia el éxito, pero lo es de un modo insano.

Por muy alto que llegue, jamás se siente satisfecho ni recompensado. Estos individuos están literalmente obsesionados por el rendimiento y no se fijan unos estándares medibles, pues ello significaría que, una vez alcanzado el resultado, podrían relajarse.

A los tipos A les importan más las «cosas» que las personas. Trabajan constantemente y van acumulando dinero, premios, éxitos, publicaciones... Suelen medir su valía a través de aquello que se puede «contar».

Se llevan el trabajo a casa, están obsesionados por la opinión del «jefe» y siempre buscan su aprobación. Generalmente, son agresivos y hostiles con sus colegas y siempre compiten con estos para recibir los elogios de su «superior». Con frecuencia se los ve enfadados, irritables y ariscos. Algunas empresas contratan adrede a personas con estas características, conscientes de que su productividad y dedicación al trabajo es mayor que la del resto. Son personas que producen muchísimo hasta el momento en que el estrés acumulado las «estropea», y muchas veces enferman y contraen patologías cardíacas.

Si te reconoces de forma más o menos precisa en la descripción, detente un segundo a reflexionar. Tal vez hayas perdido el control. Tal vez este minuto que has pasado leyendo te salve la vida.

La única manera de cambiar tal «síndrome» es decidir y elegir que deseas cambiar. No existe otro modo. En caso contrario, puedes cerrar tranquilamente este libro y volver a tu trabajo extenuante sabiendo perfectamente que nunca serás feliz.

Algunos estudios ponen de manifiesto que tal comportamiento puede deberse a una relación conflictiva con el padre.

La figura del padre se identifica con la del superior, y este se convierte en una especie de subrogado del progenitor.

Ello explica la búsqueda continua de aprobación y elogios.

Si partimos de la base de que todo individuo, para sentirse bien, debe estar «en paz» con sus raíces (los padres), quizá sería oportuno reflexionar sobre la relación que tenemos con ellos.

El comportamiento del tipo A no debe confundirse con el individuo «adicto al trabajo».

Entre ambos existe una diferencia de fondo esencial:

El individuo A es incapaz de sacar tiempo para dedicárselo a sí mismo sin pensar o hablar de trabajo. Presume de no irse de vacaciones desde hace muchos años; pasa el tiempo con su familia pegado al teléfono o trabajando con el ordenador; vive con una incapacidad total para «desconectar».

El individuo A repite con frecuencia la expresión «tengo que, tengo que, tengo que». Por tanto, posee un foco de control externo. No percibe el control de lo que hace, de su trabajo. Lo lleva a cabo porque los demás esperan que lo haga.

El adicto al trabajo, en cambio, trabaja por objetivos personales, por unas metas y satisfacciones bien determinadas.

Realiza su trabajo con placer.

Trabaja hasta 10, 11, 12 horas al día los 7 días de la semana, pero sabe desconectar completamente del trabajo durante un fin de semana o unas vacaciones familiares.

Tiene una personalidad positiva y en muchos casos atrayente.

Aprovecha sus capacidades y desarrolla su talento haciendo cosas importantes para él.

No experimenta sentimientos negativos, como rabia, hostilidad o resentimiento.

La diferencia sustancial entre el adicto al trabajo y el tipo A es el placer que el primero obtiene con su trabajo.

¿Y tú? ¿En cuál de los dos te reconoces?

Tu salud puede depender de la precisión de tu respuesta.


Tiempo de lectura: _____ Palabras del texto: 1.735

Preguntas

1. ¿Quién es el autor del libro Máxima eficacia?

a) Brian Tracy

b) Napoleon Hill

c) Anthony Robbins

2. ¿Qué le permitió al autor del texto minimizar el estrés?


3. Existen cuatro pasos para vencer la preocupación. ¿Cuáles son?


4. ¿Qué puede ocurrir cuando no hay un «porqué» en lo que hacemos y cómo podemos mejorar esta situación?


5. ¿Cuál es la tercera fuente de estrés descrita en el texto?


6. ¿Cuáles son las formas más productivas de afrontar el miedo al fracaso?


7. Describe al individuo de tipo A.


8. El individuo de tipo A extremo es más propenso que los demás a:

a) Ruptura de las relaciones fundamentales

b) Enfermedades cardíacas mentales y trastornos psíquicos

c) Enfermedades autoinmunes

9. Describe al individuo adicto al trabajo.


10. ¿Cuál es la diferencia sustancial entre el individuo adicto al trabajo y el tipo A?


Respuestas y puntos

Suma el total de puntos para obtener tu valor C (comprensión).

1. A. Brian Tracy. (5 puntos)

2. Simplemente reflexionar. (5 puntos)

3. Para vencer la preocupación necesitamos:

a) Escribir la situación que genera estrés para describirla con claridad.

b) Imaginar la peor consecuencia que podría acarrearnos dicha situación.

c) Aceptarla. Tomar conciencia de lo que podría ocurrir y estar dispuestos a aceptarlo.

d) Actuar. Una vez definida la situación, decidir las acciones concretas que podemos realizar para resolverla. (5 puntos por cada paso)

4. Muchas personas se sienten insatisfechas porque carecen de una «finalidad» precisa y definida. No tienen objetivos en los que concentrar su atención. Las consecuencias son el estrés, la negatividad y una mala gestión del tiempo. ¿La solución? Coger papel y bolígrafo y escribir los objetivos del mes. Acto seguido, escribir qué debemos hacer para alcanzarlos. (15 puntos)

5. Inconclusión. (5 puntos)

6. Ante todo, tomar conciencia de que el fracaso nunca es definitivo. Es una oportunidad para aprender lecciones que nos servirán para tener éxito. El verdadero fracaso solo se produce en el momento en que optamos por no aprender nada. Cada vez que aparece de nuevo el pensamiento No puedo, es mejor concentrarse en lo que deseamos, en por qué lo deseamos, y vernos mentalmente con claridad mientras alcanzamos el objetivo en cuestión. (10 puntos)

7. El tipo A se siente constantemente bajo presión, siente que tiene demasiadas cosas que hacer y dispone de poco tiempo. Su vida laboral siempre es una carrera hacia el éxito, pero, por muy alto que llegue, jamás se siente satisfecho y no se fija unos estándares medibles. A los tipos A les importan más las «cosas» que las personas. Trabajan constantemente y suelen medir su valía a través de aquello que se puede «contar». Generalmente son agresivos y hostiles con sus colegas, y siempre compiten con estos para recibir los elogios de su «superior». Con frecuencia se los ve enfadados, irritables y ariscos. (15 puntos)

8. B. Enfermedades cardíacas mortales y trastornos psíquicos. (5 puntos)

9. El adicto al trabajo es un individuo que trabaja por objetivos personales, por unas metas y satisfacciones bien determinadas. Realiza su trabajo con placer. Trabaja hasta 10, 11, 12 horas al día los 7 días de la semana, pero sabe desconectar completamente del trabajo durante un fin de semana o unas vacaciones familiares. Tiene una personalidad positiva y en muchos casos atrayente. Aprovecha sus capacidades y desarrolla su talento haciendo cosas importantes para él. No experimenta sentimientos negativos, como rabia, hostilidad o resentimiento. (15 puntos)

10. El placer que obtienen con su trabajo. (5 puntos)

C = _______

PPM = Palabras totales del texto x 60 / Tiempo de lectura en segundos = _______

R = PPM x C / 100 = _______

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Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
14 sierpnia 2024
Objętość:
236 str. 44 ilustracji
ISBN:
9788491878759
Wydawca:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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