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Quantas o de los burócratas alegres

Efectos de las cuantificaciones

y las mediciones en la educación superior

Germán Ulises Bula Caraballo

Sebastián Alejandro González Montero


Vicerrectoría de Investigación y Transferencia

2020

Bula Caraballo, Germán Ulises

Quantas o de los burócratas alegres : efectos de las cuantificaciones y las mediciones en la educación superior / Germán Ulises Bula Caraballo, Sebastián Alejandro González Montero. - Primera edición. - Bogotá :

Universidad de La Salle, 2020.

140 páginas ; 23 cm.


Incluye referencias bibliográficas

ISBN 978-958-5486-99-7 (impreso)

ISBN 978-958-5136-00-7 (digital)


1. Educación superior – Mediciones - Investigaciones 2. Mediciones y pruebas educativas – Investigaciones 3. Evaluación educativa - Investigaciones I. González Montero, Sebastián Alejandro II. Título


CDD: 371.26 ed.22

CEP-Universidad de La Salle. Dirección de Bibliotecas


ISBN: 978-958-5486-99-7

e-ISBN: 978-958-5136-00-7

Primera edición: Bogotá, D. C., abril del 2020

© Universidad de La Salle

Edición

Ediciones Unisalle

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PBX: (571) 348 8000, extensiones: 1224 y 1226

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Dirección editorial

Alfredo Morales Roa

Coordinación editorial

Andrea del Pilar Sierra Gómez

Corrección de estilo

Sabina Ojeda

Diseño de carátula

Milton Ruiz

Diagramación

William Yesid Naizaque Ospina

Conversión ePub

Lápiz Blanco S.A.S


Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier procedimiento, conforme a lo dispuesto por la ley.

Hecho en Colombia.

Contenido

Introducción

Primera parte

Medición

Take thou thy pound of flesh

Metrocosmética

Gorgias

Educación

Referencias

The winter of our discontent

Psicopolítica

Delirio

Desconfianza

Homo academicus

Rankings

Referencias

QS

There are more things on Heaven and Earth than are dreamt of in your philosophy

Singularidad

Episteme

Referencias

Segunda parte

Sentido práctico

Measure for measure

Practical metrology

Guía de lectura

Practical ways

Reasonable man

Referencias

Burócratas alegres

Love’s labour’s won

Juicios prácticos

Pragmatismo y creatividad

Educación

Jovialidad adulta

Wu wei

Referencias

Conclusiones

A midsummer’s night dream

Though this be madness, yet there is method in it

Educación no-trivializante

Medición

Cerebro mundial

Diversidad

El juego de los dados

Referencias

Introducción*

* Este libro nació en el contexto del proyecto de investigación Quantas. Sobre los procesos de cuantificación y medición en educación superior, convocatoria interna de la Vicerrectoría de Investigación y Transferencia de la Universidad de La Salle en el 2018. El proyecto, que estuvo a cargo de los profesores Sebastián Alejandro González Montero, investigador principal, y Germán Ulises Bula Caraballo, coinvestigador, contó con el apoyo de la Facultad de Filosofía y Humanidades.


Escribir es una forma de mantenerse cuerdo en tiempos desquiciados. Hoy navegamos en aguas turbulentas, entre la búsqueda del sentido y la marea de noticias falsas, de imágenes que no reflejan realidades, sino proyecciones de expectativas y deseos —verbi gratia, selfies, regresiones econométricas, etcétera—, de redivivos discursos autoritarios que hacen dudar del éxito del proyecto ilustrado. Tenemos expertos para cada cosa que haga falta. Nunca sobra dónde leer algo sobre automejoramiento y siempre habrá algún emprendedor quejándose de la actitud poco propositiva de quienes se toman molestias y tiempo para hacer preguntas incisivas.

Los imperativos de mejoramiento personal y los amantes de listas de cosas por hacer para alcanzar la felicidad, el éxito profesional, el dinero, la fama, etcétera, inundan los medios de comunicación. El discurso público bascula entre la banalidad de lo políticamente correcto y la tediosa derecha de siempre, quizás vestida de jeans o chaqueta de cuero, pero con el mismo discurso oligárquico, violento y nudo de toda compasión.

Las cosas no andan bien. Y no andan bien porque hasta las viejas y dignas instituciones encargadas de la reflexión han caído en la vorágine. Es mejor inventar delirios y viajes en eternos tormentos del pensamiento que aceptar que el mundo se ha convertido en un escenario de títeres y titiriteros desalmados, de masas embebidas de pasión, en un reino de cruda utilidad y miope pragmatismo. Las cosas no andan bien. Y no andan bien porque hasta las dignas instituciones del pasado recaen en actitudes así. La vida en la academia representa algo de lo mismo en lo cotidiano. Allí vemos adultos con los que no vale la pena conversar e instituciones enfocadas en ganar puntuaciones en rankings mientras adelgazan nóminas en función de criterios de eficiencia y funcionalidad. Este libro busca la lucidez en tiempos de locura.

***

La universidad está en movimiento: investigamos, realizamos procesos de acreditación y de seguimiento de egresados, creamos programas. Ahora bien, se puede estar en movimiento en dos sentidos diferentes, como quien se mueve por decisión propia y como quien es arrastrado por la corriente. Y, sin duda, en los últimos años, las corrientes que nos arrastran se han hecho fuertes: las exigencias, venidas de fuera, de internacionalización, de estandarización de procesos, de ISO 9001, de producción en investigación, de publicación en Scopus, de grupos en A1, son cosas que nos mueven. Pensar el movimiento propio, sin desconocer la fuerza de las corrientes, es un ejercicio de soberanía, de reflexividad ante la autoridad abstracta de los estándares y jerarquías, para pensar el asunto de la educación.

¿Por qué hablar de paranoia? ¿Qué tienen que ver las emociones con la universidad? ¿No son estas meros epifenómenos que apenas acompañan los procesos históricos e institucionales? Tal abstracción positivista era posible antes de que finalizara el 2016, cuando ciertas pasiones tristes fueron guías para que se dieran resultados electorales desastrosos en el Reino Unido, los Estados Unidos, Filipinas, Colombia… Muchas veces, el odio, la desconfianza y la ira guían la historia.

Soberanía también quiere decir bregar para que lo que nos pase venga de la alegría, del amor, de la biofilia, de la simpatía con aquello que sorprende, que crea, que crece. Lo cierto es que las instituciones están hechas de personas. Y de personas que participan, cuerpo y alma, en un colectivo. El trabajo universitario es imposible sin el compromiso personal: no se dedican dos horas a explicarle personalmente a un alumno de primero cómo funcionan las comas si no se ha incorporado a la propia subjetividad la misión de la universidad; no se lee un artículo entero para que quede más preciso un pie de página si no se piensa que lo que uno hace tiene sentido. Y ese sentido deriva de la participación en un nosotros.

Solo se es miembro de una comunidad si en ella se tiene una voz; quienes hacen parte de un colectivo participan en su soberanía. Pero hay que cumplir con las normativas ISO 9001, hay que publicar o perecer, hay que aumentar los programas de extensión si queremos conservar la acreditación, hay que competir… Ante la deriva, la corriente, es muy poco lo que se puede decidir con soberanía. Y aquí es donde lo emocional se interseca con lo institucional. La falta de soberanía afecta el sentido de pertenencia al nosotros y esto produce una erosión de las relaciones de cooperación, que se reemplazan por vínculos de competencia, con toda la carga emocional que esto implica. Lo institucional afecta lo emocional y viceversa. De hecho, entre las funciones de las emociones positivas están la exploración libre y curiosa de nuevos horizontes y la creatividad y el humor que ocurren en situaciones de seguridad contextual.

Estas ideas no tienen que ver con el carácter personal de los involucrados: más bien, la situación hace el carácter. Una cosa es lo que es por ser un nodo en una red, por ocupar un lugar determinado debido a los nodos con los que está conectada y los nodos con los que estos se conectan a su vez. Un error persistente en la percepción del funcionamiento de las sociedades e instituciones es atribuirles a las personas —o al carácter individual de las personas— las fallas de las estructuras de estas. De nuevo, cabe referirse a los desastrosos resultados electorales de los últimos tiempos: la gente no atribuye los fracasos de las instituciones a su estructura, sino a la debilidad de quien lleva el timón, y concluye que se necesita de un strong man, al que se le perdona todo con tal de que sea fuerte.

¿Cómo se encuentra la estructura de una institución? Hay una respuesta sencilla, pero errada, a dos clics de distancia: consultar el organigrama. Los organigramas son constructos más bien imaginarios, que no capturan los verdaderos procesos de información y decisión en una organización. Siguiendo a Latour, proponemos que hace falta un trabajo cartográfico más arduo, que consiste en seguir las redes de afectos y efectos en una organización: ¿qué hace que algo haga otra cosa? Se puede comenzar desde cualquier lugar, no hay que discriminar entre cosas y personas: una orden de un superior puede desencadenar actividades o no; una mala cara de una secretaria también; o el cambio de la ubicación espacial de una oficina; o una ligera modificación en el funcionamiento de un formato. Una de las intuiciones poderosas de la teoría del actor en red de Latour es darse cuenta de que las cosas no son solo cosas inertes: todo profesor universitario sabe que un formato, por ejemplo, de evaluación de investigación, no es solo un formato.

El organigrama es un mapa, no es el territorio. Y, sin embargo, los mapas pueden incidir sobre el territorio: los mecanismos de medición no son neutras herramientas de valoración, cargan consigo valoraciones y prescripciones. ¿Qué hacen nuestros mapas? Entre otras cosas, producen tensiones: la tensión, por ejemplo, entre las horas laborales asignadas en un plan de trabajo y el tiempo real que toman las tareas; o la tensión entre las aspiraciones grabadas en el syllabus y la realidad del salón de clase.

A menudo, se invierte la relación de medios y fines: las mediciones dejan de ser una ayuda para el trabajo académico —una forma de diagnosticar problemas y rendir cuentas— y empiezan a convertirse en el fin del trabajo universitario. Es necesario comprender cómo funciona la dinámica entre las metas y los planes trascendentes de una institución y el trabajo inmanente que allí se realiza.

No es que los sistemas de medición, los organigramas, etcétera, sean mentirosos: son modelos. Y un modelo implica, siempre, una simplificación selectiva de la realidad que está modelando. Los mapas son útiles; sin embargo, no hay que confundirlos con el territorio. El mapa es una abstracción que, por ejemplo, bajo el título de “misión y visión” se cuelga en la página web; el territorio es lo que se juega en lo inmanente de las infinitas transacciones cotidianas entre cosas y personas que constituyen la universidad. Es necesario rendir cuentas; es necesario que un sistema tenga un mapa de sí mismo y hojas de ruta respecto a donde quiere ir. Pero la atención a mapas trascendentes no puede llevar al olvido del terreno inmanente, en el que se juega la vida cotidiana, en el que nace lo nuevo.

¿Cómo nace lo nuevo? Las líneas de fuga son aquellos movimientos que producen nuevas conexiones, alterando así la red, produciendo nuevos ensamblajes. Si reconocemos que la nuestra es una sociedad necesitada de cambios profundos, tenemos que ver con cariño el brote de pasto que sale por entre los quiebres del asfalto —y que frustra nuestros planes de una acera limpia, uniforme—, tenemos que cultivar la biofilia, el amor por lo nuevo y lo naciente. No obstante, lo nuevo y naciente es, justamente, lo que no está en los formatos, lo que no aparece en los organigramas, lo que no se deja categorizar en sistemas de medición basados en la homogeneidad. El brote de pasto crece en los intersticios, en los espacios en blanco que se dejan para lo creativo.

La Universidad de La Salle, en particular, no puede desconocer el entorno en que vive ni las exigencias económicas y gubernamentales que este le impone; pero, si ha de ser soberana, tiene que pensar en formas propias de abrigar lo vivo y lo nuevo que sean consistentes con su propio ethos y misión. Este libro se ofrece como un primer paso en esta dirección.

Primera parte

Medición

¿Qué es la metrocosmética? En el 2017, el cereal Quaker de manzana y canela comenzó a aparecer con un anuncio: “35 % menos azúcar”. Quien examinaba la información nutricional en el lomo de la caja descubría que se redujo el azúcar manteniendo exactamente el mismo sabor, utilizando exactamente la misma receta: la empresa decidió disminuir el tamaño de las porciones sugeridas un 35 % (Doctorow, 2017).

“Metrocosmética” es el nombre de un síntoma ubicuo de alguna grave enfermedad que afecta nuestros tiempos. Los académicos publican textos con un ritmo febril, atendiendo mucho más a la cantidad que a la cualidad, mucho más a los rankings que a la promoción del conocimiento. Las escuelas incurren en el teaching to the test, en entrenar a los alumnos para salir bien en las pruebas estandarizadas, a expensas de la calidad de su educación. Los gobiernos en todo el mundo hacen esfuerzos por incrementar el producto interno bruto (PIB) de sus países —supuestamente es una medida de bienestar—, a menudo en detrimento de la prosperidad de sus ciudadanos.

En Colombia, el Gobierno y los medios han equiparado un aumento en el número de hectáreas de sembrados de coca fumigadas con herbicida con el éxito en la guerra contra las drogas, pero estas son cada vez más abundantes en las calles (Caracol Radio, 2016). Por otra parte, en los Estados Unidos, los jueces y policías castigan crímenes menores con excesiva severidad para que la opinión pública vea que “obtienen resultados” (American Civil Liberties Union, 2015).

En resumen, las instituciones buscan sacar buenos resultados según los indicadores numéricos, a costa de un buen desempeño en las funciones sociales que dichos indicadores se supone que miden (Bula, 2012). En todos los casos reseñados, la acción institucional es metrocosmética: una reacción cosmética a la introducción de un indicador cuantitativo. En lo que sigue, exploraremos la curiosa relación de nuestro tiempo con lo cuantitativo, daremos la definición, sintomatología, etiología y patología de la metrocosmética y la discutiremos a la luz de algunos pasajes interesantes del Gorgias de Platón, para finalizar con una discusión sobre la metrocosmética en el caso concreto de la educación.

Take thou thy pound of flesh

Para el pensador esotérico y tradicionalista Guénon (2001), nuestros tiempos, profundamente atípicos, constituyen el final de un largo ciclo cósmico, que comienza con una Edad de Oro —conectada a la trascendencia, ordenada, jerárquica, cualitativa— y se va desordenando por sucesivas rebeliones: la espiritualidad lunar contra la solar, la casta guerrera contra la sacerdotal y contra esta los comerciantes y esclavos. Le siguen la Edad de Plata, la Edad de Bronce y, finalmente, la nuestra, la Edad de Hierro, Kali Yuga, la más burda, la que más se ha alejado del principio sagrado; en la que, por primar el desorden, se difuminan las distinciones cualitativas y tiende a quedar la mera materia nuda, la mera cantidad. El nuestro es el reino de la cantidad.

Según Guénon (2001), el ascenso de la ciencia moderna —matemática en esencia— es consistente con la progresiva indiferenciación de los seres en el mundo moderno. En efecto, contar solo es posible si los elementos que se cuentan se tratan como homogéneos: a riesgo de sumar peras con manzanas, todo lo que se cuente debe pertenecer a la misma clase, bien porque ontológicamente lo es o porque se le trata así mediante la abstracción o la observación incompleta, que deja a un lado las diferencias individuales.

Procusto, hijo de Poseidón, residía en las afueras de Eleusis —ciudad de la antigua Grecia— y ofrecía su casa a los viajeros solitarios. Cuando el viajero dormía sobre su cama de hierro, Procusto lo asesinaba de una entre varias maneras: si su víctima era más pequeña que la cama, tomaba un martillo y la descoyuntaba hasta que la ocupara en su totalidad; si era alta, serraba las partes que sobresalían —pies, cabeza, brazos—. Para Guénon (2001), de forma análoga, la abstracción cuantitativista hace violencia epistemológica a sus objetos, homologa lo que no se puede homologar. La queja del misterioso tradicionalista ha encontrado eco en lugares improbables: Nussbaum (2012) ha promovido el enfoque de capacidades para combatir el efecto reductivo que tiene en la política la atención excesiva al PIB, que no solo deja de dar cuenta de los factores reales que afectan las posibilidades de vida y las capacidades de las personas, sino que distrae la atención sobre estos; el enfoque del PIB:

[…] agrega diversas partes componentes de la vida humana, sugiriendo con ello que un único número bastará para decirnos todo lo que necesitamos saber sobre la calidad de las vidas de las personas, cuando, en realidad, este no nos proporciona buena información. Hace pasar por una especie de embudo unificador aspectos de la vida humana que, no solo son diferenciados, sino que están escasamente correlacionados entre sí: salud, longevidad, educación, seguridad física, derechos y accesibilidad políticos, calidad medioambiental, oportunidades de empleo, ocio y otros más. (pp. 70-71)

Para el tradicionalismo (Evola, 1987), la Revolución francesa representó un punto de quiebre, la señal de que el mundo entraba en la fase final de la Edad de Hierro, en la pura disolución. Justo en ese momento, Burke (1999), en Reflections on the Revolution in France, se quejó de la “metafísica” del gobierno republicano, que asume de forma acrítica que todos los seres humanos son iguales:

los legisladores que diseñaron las repúblicas antiguas sabían que su emprendimiento era demasiado arduo para lograrse con la mera metafísica de un bachiller y la matemática de un recaudador. Su asunto eran los hombres, y tenían que estudiar la naturaleza humana. Su asunto eran los ciudadanos, y estaban obligados a estudiar los efectos de aquellos hábitos que se comunican a través de la vida civil. Eran sensibles a los efectos que esta segunda naturaleza, los hábitos, tiene sobre la primera, produciendo una nueva combinación; de aquí surgieron muchas diversidades entre los hombres, de acuerdo con su nacimiento, su educación, sus profesiones, el largo de sus vidas, su vivir en el campo o la ciudad […], todo lo cual los diversificó como si fueran especies animales diferentes. Por ello, los legisladores se vieron compelidos a tratar a los ciudadanos como perteneciendo a clases diferentes, y ponerlos en diferentes situaciones en el Estado, acordes a lo que sus hábitos diferentes les capacitaban para ocupar, y darles privilegios diferentes […] de modo que hubiera protección contra la diversidad de interés que debe existir y competir en una sociedad compleja; pues al legislador antiguo le habría dado vergüenza que, mientras que el pastor sabía cómo clasificar y darles uso a sus ovejas, caballos y bueyes, y tuviera suficiente sentido común como para no abstraer e igualarlos a todos como ‘animales’ sin darle a cada uno su comida, cuidado y empleo adecuados, él, el estadista, organizador y pastor de hombres, se diera aires de abstracto metafísico y resolviera a no saber nada de su rebaño excepto como ‘hombres en general’. (pp. 185-186, traducción propia)1

La tendencia hacia la cantidad que diagnostica Guénon (2001) no es exclusivamente epistemológica; más bien, para que los mecanismos cuantitativistas que gobiernan el mundo moderno puedan funcionar, el mundo en sí mismo se debe homogeneizar, incluyendo a los seres humanos; por ejemplo, la globalización de la industria requiere la estandarización de los productos y procedimientos (Timmermans y Epstein, 2010). En el reino de la cantidad se busca el mayor número de objetos posible, tan similares entre sí como se pueda (Guénon, 2001), lo que, a su vez, requiere de trabajadores similares entre sí y, en últimas, máquinas, que son los mejores trabajadores en este reino.

Asimismo, la acción burocrática busca la homogeneización (Guénon, 2001; Weber, 1946). Los estándares, en principio voluntarios, se hacen obligatorios por presiones del mercado o regulaciones tecnocráticas y ejercen poder sobre nuestras vidas; no son neutrales: la selección de una dieta estándar —verbi gratia, para almuerzos escolares—, de un tamaño estándar de asiento de avión, de un aguacate estándar para el comercio internacional, privilegia a unos grupos por sobre otros (Timmermans y Epstein, 2010).

Para Porter (1995), la naturaleza cuantitativa de la ciencia moderna, así como la confianza que los modernos ponemos en los números, tiene que ver con una cierta ética de la objetividad: en efecto, pensamos que la objetividad consiste en la supresión de todo lo subjetivo o personal; el científico debe omitir en su investigación todo lo que sea único, interesado o individual y adoptar una ética de la renuncia. El número es la lingua franca de la ciencia moderna y tiende a rechazar los conocimientos que no se obtienen a través de métodos cuantitativos y replicables (Porter, 1999); como contracara, propende a considerar serios e importantes los datos cuantitativos:

tendemos a sucumbir a lo que podríamos llamar la ‘falacia de la medición’, o, lo que es lo mismo, al convencimiento de que, como una determinada cosa (pongamos por caso el PIB) es fácil de medir, esta ha de ser la más pertinente o la más central. (Nussbaum, 2012, p. 82)

En la academia se vive el reino de la cantidad. Neave (2012) describe los cambios recientes en la administración de la educación superior como el ascenso del “estado evaluativo”: profesores y universidades se ven abocados cada vez más a someterse a todo tipo de evaluaciones cuantitativas, sistemas de rankings y procesos de acreditación de los que depende su viabilidad; estos procesos tienden a homogeneizar a los profesores, alumnos e instituciones.

En términos de Lazzarato (2012), podemos decir que el Estado, a manera de acreedor frente a las universidades, se arroga poderes evaluativos sobre estas y restringe su poder de acción. Así, la cuantificación es un instrumento de poder disfrazado de objetividad, que permite jerarquizar a instituciones e individuos y presionar su normalización (Foucault, 2002): las universidades adoptan políticas para satisfacer los rankings; quien mide decide hacia dónde se encaminan los esfuerzos.

Más que la prisión, la escuela resulta aquí paradigmática: es un aparato de examen ininterrumpido, un ritual perpetuo del poder. La mirada es coactiva de suyo, sin importar que haya consecuencias explícitamente atadas al examen; la evaluación “puramente diagnóstica” también pone nerviosos a estudiantes, profesores o directivos (Foucault, 2002, p. 200).

En esta Edad de Hierro, en la que —como con las células cancerígenas— la cualidad deviene mera cantidad, en la que se acaban las castas y no quedan sacerdotes ni guerreros, solo comerciantes, en la que el huevo cósmico se convierte en un cubo inmóvil puramente material y en la que todo se prepara para la última conflagración y el comienzo de un nuevo ciclo cósmico, aparece la enfermedad de la metrocosmética.

Metrocosmética 2

La metrocosmética es el esfuerzo que hacen individuos e instituciones para sacar buenos puntajes en indicadores cuantitativos que miden su desempeño, cuando este esfuerzo está desligado de modo total o parcial del desempeño en el campo que, se supone, miden dichos indicadores (Bula, 2012).

¿Cómo es posible, en general, el desajuste entre un indicador y aquello que mide? Para entender esto, es necesario saber qué implica hacer un indicador cuantitativo. Solo se pueden contar instancias de lo mismo: no es viable sumar manzanas y naranjas; si quiero hacer esta operación, debo sumar, más bien, “trozos de fruta”, pero, mediante esta abstracción, he perdido exactitud y bien podría estar hablando de peras. Todo lo contado se debe homogeneizar con anterioridad, se debe tratar como idéntico. Este rasgo definitorio de la operación de contar marca sus límites en lo que hace al saber; no todo saber se puede matematizar. Con base en esto, se ponen de relieve cuatro problemas con la operación de contar:

1. Si bien se suele tener mucho cuidado en el manejo de los números —operaciones estadísticas, modelos matemáticos, etcétera— y se vela por su exactitud e imparcialidad, no existe el mismo rigor con las decisiones que los hacen posibles, es decir, con las abstracciones homogeneizadoras mediante las cuales se decide que los individuos X y Y se deben tratar como miembros de la clase A, como idénticos en los cálculos.

Piénsese en las categorías residuales, por ejemplo, “otros”: en Colombia, dice la estadística, un 92,5 % de las personas son católicas, un 10,8 % son protestantes y el resto se reparte entre no-creyentes y “otras denominaciones”, es decir, en un mismo rubro se pone a los budistas, judíos, islámicos, mormones y cienciólogos, como si fueran iguales (Bowker y Leigh, 2000). No solo eso, se pone en el mismo rubro a los católicos que nunca van a la iglesia, a los que profesan la teología de la liberación, a los que siguen al Opus Dei, a los que usan condón con sentimiento de culpa y a los que lo usan sin remordimiento. La ilusión de exactitud que dan los números hace que las decisiones homogeneizadoras que los producen a menudo no se vigilen de un modo suficiente.

2. Mientras más compleja es una clase de cosa, mayor es la pérdida de información, de detalle, que implica el categorizarla como idéntica a otras (véase Guénon, 2001, pp. 70-73). No hay problema en contar una papa y otra papa como “papas”, pero sí lo hay en tratar a Chile y al Congo, indistintamente, como “economías basadas en el sector primario”. Si un amigo me da a cuidar su pez dorado y lo pierdo, quizás lo puedo resarcir comprando otro pez dorado —un pez dorado es igual a otro pez dorado—; si me da a cuidar a su hijo por una tarde y lo pierdo, no sería válida una operación análoga.

Los problemas de la cuantificación son mayores en la medida en que ascendemos en la escala del ser. Corolario: si a un grupo de personas que antaño no ha sido sometido a procesos cuantitativos de control se le introduce una medida de este tipo, sentirá que se le trata por debajo de su dignidad; piénsese en una universidad en la que, al comienzo de un nuevo semestre, se anuncia a los profesores que se les controlará con tecnología biométrica la cantidad de horas que pasan trabajando en las aulas.

3. El poder predictivo o explicativo de un modelo está limitado por la calidad de la información bruta con que se alimenta; si esta es de baja calidad, también lo será el desempeño del modelo: garbage in, garbage out (Andrade, 2016). Por lo tanto, y siguiendo el punto anterior, mientras más compleja y heterogénea sea la clase de cosas que estoy contando, más inexactos serán mis cálculos. Sin embargo, la sofisticación matemática de los cálculos que se realizan sobre las cantidades producto de dicha abstracción da la impresión de exactitud.

Se dice que un estudiante escolar tiene un promedio de 7,23 —dos puestos decimales: ¡cuánta exactitud!—, pero esta medición homogeneiza cosas tan dispares como su asma no diagnosticada —que afecta su rendimiento en Educación Física—, su capacidad de razonamiento abstracto y su mala nota en Biología, la cual tiene que ver con que es la primera clase de la mañana y, por su fisiología particular, este alumno solo comienza a pensar con claridad después de las 9:00 a. m.

Así, en sentido técnico, hacer cálculos finos y complejos con datos producto de la abstracción es un sinsentido (Beer, 1994); como limpiarse las manos con jabón antibacteriano antes de comer un perro caliente callejero. La operación de contar nos da una idea falsa de con cuánta exactitud conocemos.

4. La ilusión de exactitud que producen los números causa, a su vez, un sesgo en la selección de los datos y modelos para dar cuenta del mundo; se pone un énfasis excesivo en los datos contables y que se prestan a un tratamiento matemático. Krugman (1994) argumenta que la disciplina de la economía abandonó el campo de la economía del desarrollo, a pesar de que este es útil y fértil, principalmente porque no es posible modelar sus ideas matemáticamente. Según un adagio que a veces se le atribuye a Einstein, pero viene de Bruce Cameron (1936): “no todo lo que cuenta se puede contar, ni todo lo contable cuenta”.

Totemismo de control 3

¿En qué consiste el atractivo del cuantitativismo? Los modelos cuantitativos producen la ilusión de exactitud. A su vez, esta ayuda a crear una ilusión de control sobre fenómenos que nos exceden en su complejidad. La ilusión de exactitud de la cuantificación guarda en sí la promesa del control (véase Schumacher, 2004, p. 120); pensamos así: “por ahora, no podemos, por ejemplo, predecir y controlar el crimen, pero en el futuro, una vez tengamos suficientes datos y suficiente poder computacional, podremos”.

Por otra parte, al producir un modelo de un fenómeno, podemos realizar operaciones sobre el primero y crear la ilusión de que tenemos algún grado de control sobre el segundo. Piénsese en los comentaristas deportivos que le otorgan un significado especial a que un jugador haya anotado su centésimo gol o a que un equipo nunca haya ganado más de tres partidos seguidos —hasta que ocurre y, entonces, eso también tiene un significado especial—. O piénsese en los funcionarios de gobierno que, ante un problema espinoso como la pobreza o el microtráfico de drogas, dan la apariencia de control y competencia citando incrementos del 2,3 % en esta u otra métrica.

El atractivo de los indicadores cuantitativos se explica, en parte, porque estos posibilitan un totemismo de control, la ilusión de control sobre el fenómeno que produce la manipulación del modelo de este. Otros ejemplos del totemismo son la cartomancia, la cleromancia, la astrología o el I Ching: “no puedo conseguir que ella me ame, pero sí puedo manipular las cartas o las monedas perforadas”. Un posible corolario del totemismo de control: en las sociedades más impunes se dan los castigos más severos y crueles a quienes sí se judicializan.

Pleromatización

Una raíz más profunda del atractivo del cuantitativismo se encuentra en nuestra epistemología. En concreto, en nuestra tendencia a pensar el mundo desde la perspectiva de la física clásica (Capra, 1996) y, por consiguiente, a tratar la totalidad de la realidad como pléroma en lugar de creatura (Bateson, 1993): el primero es la materia no organizada, sin individualidad ni historia, que se puede entender a plenitud mediante las leyes de la física; por su parte, la segunda es la materia organizada, los sistemas complejos adaptativos que no solo lidian con energía, sino con información.

Siguiendo un ejemplo del que gustaba Bateson (1993): si pateo una piedra, puedo predecir su trayectoria si conozco su peso, la fuerza de mi patada, el ángulo de incidencia, etcétera; por el contrario, si pateo a un perro, tengo que saber, y esto es mucho más importante, de cuál perro se trata y en qué contexto lo he pateado: si es Rufo o Rintintín, si siente que acaba de hacer algo malo, si soy su amo o un extraño… Y esto en adición a la consideración de las leyes newtonianas, que también operan sobre el perro: es más difícil entender a las creaturas que al pléroma. Pero las ciencias que tratan con creaturas —como la psicología o la economía— a menudo intentan parecerse a las del pléroma, principalmente a la física, en detrimento de una verdadera comprensión de su objeto de estudio (Capra, 1996).

Willke (1987) ha llamado a este complejo de inferioridad un anacronismo, el cual no entiende lo que son los sistemas complejos. La diferencia entre pléroma y creatura es una variable continua, una escala deslizante: un cristal es más complejo y autoorganizado que el agua, pero menos que una hormiga, y esta lo es menos que un venado, dado que es el nido, no la hormiga, la verdadera unidad completa de autoorganización, reproducción y alimentación de esa especie. Hay un life ratio (Gershenson, 2012), un grado en el que lo que le ocurre a una cosa es producto de su propia organización, de sus propias leyes internas, no de las leyes más amplias que rigen su entorno. Entonces: mientras más viva está una cosa, es más difícil medirla… y, presumimos, queremos que nuestras escuelas y universidades estén vivas, no muertas, ¿no?

Hay dos diferencias claves entre pléroma y creatura ante la posibilidad de entenderlos mediante indicadores cuantitativos. La primera es que las creaturas no funcionan con máximos, sino con óptimos: en efecto, si pateo una piedra, la distancia que viaja es casi linealmente una función de la fuerza con que la pateo; no obstante, una planta no crece en proporción a la cantidad de agua o estiércol que recibe; hay niveles tóxicos para una y otra cosa (Bateson, 1993).

Piénsese si el desempeño escolar, medido en notas, es un buen indicador del estado del sistema “joven de catorce años”: por ejemplo, para un individuo, una mejora repentina y desmedida en las notas puede ser un indicador de peligro, de que se trata de una persona bipolar que está entrando en una fase maníaca. Otro ejemplo: como lo muestra el empobrecimiento de vida que reportan los ganadores de la lotería o las crisis que a veces sufren las celebridades, se puede tener demasiado dinero y no tener plenitud (Bula, 2017).

Para poner un ejemplo más, es posible argumentar que no se debe maximizar la publicación académica, sino que tiene un óptimo: después de todo, su propósito es que los investigadores se encuentren los unos a los otros. Si se llena el espacio de búsqueda de artículos insulsos producidos por la presión de publicar, de hecho, se hace más difícil que se cumpla el objetivo; entonces, el número de publicaciones no es necesariamente un indicador del buen funcionamiento de un sector de la academia.

La segunda diferencia es que las creaturas son sistemas homeostáticos. Lo que hace que una silla o una piedra permanezcan en el tiempo es que persiste la misma configuración de la materia; lo que hace que una colonia de hormigas, un ecosistema, una universidad o un ser humano permanezcan es que se mantiene la misma organización, a través de la cual fluye materia, energía e información.

Para lograr la persistencia de la organización se necesitan muchos cambios (Bateson, 1993): los humanos sudan cuando tienen calor, las universidades reducen su planta de profesores cuando reciben menos dinero, los ecosistemas alteran su proporción de depredadores y presas respondiendo a modificaciones en el clima.

Este proceso de cambios en respuesta a transformaciones en el entorno implica que ciertas magnitudes medibles de un sistema no se comprenden bien sin tener en cuenta el momento por el que está pasando dicho sistema: un aumento desmedido en un sector de la economía —por ejemplo, el inmobiliario— puede ser una señal, no de la salud de este, sino de un descontrol, de una repentina reacción homeostática; verbi gratia, la burbuja del 2008. Asimismo, una reducción en el nivel de actividad de un organismo puede ser algo positivo, una sana respuesta a una enfermedad o lesión que requiere de reposo para la restauración; que un académico no publique por un largo tiempo quizá es un síntoma, no de pereza o ineficiencia, sino de una reestructuración mental que impulse una revolución en la filosofía: como fue el caso de la “década silenciosa” de Kant (Werkmeister, 1979). En este sentido, en sistemas complejos adaptativos, no siempre más es más ni menos es menos.

Otra razón por la que la aplicación de indicadores de desempeño a creaturas resulta difícil es que estas reaccionan de modo homeostático a su implementación. Esto se ilustra mediante una fábula propia: en algún lugar del Magreb, un grupo de arqueólogos descubre que hay valiosos papiros y decide buscar ayuda de los bereberes locales, por lo que anuncia que pagará trescientos dólares por cada fragmento de papiro que le traigan. ¿Qué hacen los bereberes cuando encuentran un papiro? Siendo creaturas y no pléromas, lo fragmentan: ni bobos que fueran.

Hasta el momento, hemos descrito la razón por la cual los indicadores pueden estar desfasados respecto a aquello que miden —en especial cuando se trata de un sistema complejo, creatura— y las causas del atractivo del cuantitativismo, que hace que, a pesar de los problemas, se siga aplicando este tipo de mediciones. Ahora podemos discutir la causa de la metrocosmética, la razón por la cual los individuos e instituciones eligen responder de forma cosmética a los indicadores que se les aplican. El motivo es que estos son creaturas, por tanto, al tener noticia de cómo los afecta un indicador, se ajustan de modo homeostático.

Cuando se introduce un indicador para estimular un comportamiento —por ejemplo, métricas de producción intelectual para promover la investigación—, parece que se asume que el sistema al que se le aplica va a responder de manera mecánica a este, como una piedra responde a la fuerza de una patada; sin embargo, mientras el pléroma opera por fuerzas, las creaturas operan por relaciones (Bateson, 1993)4.

¿Qué quiere decir para un investigador la exigencia, de un semestre a otro, de aumentar su producción intelectual para responder a un indicador? El investigador es un sistema complejo, tiene familia y ciclos de sueño y descanso, así como cierto estilo intelectual u objetos de estudio que determinan su ritmo de producción: es lógico que intentará conservar todas estas cosas, alrededor de las cuales está organizado su operar como sistema, y que buscará la homeostasis. ¿Cuál será su respuesta? Probablemente, repetir sus ideas en múltiples artículos para aumentar su producción intelectual de manera cosmética.

En el mejor de los casos, habrá un esfuerzo sincero por cumplir, pero, tratándose de un sistema complejo que maneja múltiples variables, este será a expensas de la salud del sistema total; en este sentido, habrá una medida cosmética, dado que el indicador, se supone, elige una variable para valorar la salud global del sistema. Por ejemplo, en la lucha contra el crimen, el público y los políticos piden “resultados”, los cuales se reflejan en el número de arrestos y condenas: esto es un estímulo para la persecución y la condena excesivas por faltas triviales, cuya trivialidad no se ve en los “resultados” que presenta un departamento de policía.

Así, podemos dividir la metrocosmética en dos: 1) metropseftía, el obrar fraudulento para cumplir indicadores, y 2) metrohipertrofía, el obrar desproporcionado para cumplir indicadores. Al primer grupo pertenece la decisión del Gobierno colombiano de medir el éxito de su combate contra las drogas contando hectáreas fumigadas con glifosato solo porque ese indicador presenta un cuadro favorable, otro indicador más exacto mostraría que los esfuerzos contra el cultivo de drogas han fracasado; al segundo, la persecución policial excesiva y el énfasis de los colegios en dar buenos resultados en pruebas estandarizadas en detrimento de la educación integral de los alumnos.

También es metropseftía el escándalo de los “falsos positivos” en Colombia (Cárdenas y Villa, 2013): el gobierno de Álvaro Uribe Vélez premiaba por guerrilleros dados de baja; los entes de orden público, de modo homeostático, disfrazaban de guerrilleros a jóvenes de sectores pobres y los mataban. Haciendo abstracción de lo horroroso de este crimen de Estado, desde el punto de vista sistémico, lo que se hizo es análogo a lo que hacen los científicos cuando también producen “falsos positivos”: ante la exigencia de generar correlaciones positivas, nuevo conocimiento, los investigadores manipulan estadísticamente los datos para forzar correlaciones o se basan en muestras demasiado pequeñas (Ioannidis, 2005). En general, parece claro que la metrocosmética, en sus dos vertientes, es una enfermedad sistemática de nuestro presente cuantitativista, que da resultados que van desde lo inútil hasta lo horroroso.

¿Qué hacer? El indicador, que debe ser un medio —de diagnóstico, de comprensión, de rendición de cuentas—, se ha hecho un fin en sí mismo. Esta inversión de medios y fines es síntoma de otra enfermedad diagnosticada por la cibernética de las organizaciones: la burocracia. Un sistema viable, es decir, capaz de permanecer en el tiempo por sí mismo, se compone de cierto número de sistemas primarios que también son viables —por ejemplo, los negocios individuales que integran un sector de la economía— y de un número de sistemas auxiliares, los cuales organizan la interacción y el uso de recursos comunes entre los primeros —en una empresa: el Departamento de Contabilidad; en un país: las entidades que salvaguardan el orden público; en una universidad: la biblioteca—. Los primeros pueden existir sin los segundos: hay tiendas de empanadas sin un Departamento de Contabilidad, pero no un Departamento de Contabilidad “suelto”, como la sonrisa del gato de Cheshire.

Ahora bien, en parte porque, a menudo, se les otorga autoridad y en parte porque todo sistema tiende a volverse autopoiético —a reproducirse, a bregar por prosperar—, los sistemas auxiliares propenden a un estado patológico, llamado burocracia, en que se conciben a sí mismos como servidos por los sistemas primarios, no al servicio de estos (Beer, 1994). Por ejemplo, como escribe los cheques, la División de Nómina de una universidad se inclina a pensar que los profesores están a su servicio y que, cuando se paga a fin de mes, se está repartiendo “su” dinero. En términos biológicos, de una relación mutualista entre sistemas auxiliares y primarios se pasa a una parasitaria.

Otro ejemplo: una porción de la partida presupuestal de los departamentos de policía de los Estados Unidos viene de la venta de bienes decomisados vinculados con arrestos por tráfico y posesión de drogas —aun si el arrestado resulta inocente—, lo que estimula a los policías a perseguir en exceso a los ciudadanos y a crear motivos ficticios para un arresto (Hari, 2015): en este punto, la policía ha pasado de servir a la sociedad a comer de ella, se ha vuelto un parásito. En general, se puede reflexionar sobre cuál es el propósito de la Administración para el Control de Drogas (DEA, por sus siglas en inglés), ¿crecer y prosperar como institución o acabar con las drogas?, nótese que lo segundo contradice lo primero.

Esta autopoiesis perversa también ocurre con las agencias de rankings de universidades y revistas académicas: pasan de ser evaluadoras a, por ejemplo, vender asesorías para obtener un buen ranking. Como la metrocosmética resulta de la autopoiesis perversa de los sistemas auxiliares —en concreto, de los de medición y control—, se alivia si se concibe e implementa una cibernética de las organizaciones, un modo de administración específico para estos sistemas. La idea consiste en pensar en instituciones suicidas o permanentemente anoréxicas; por ejemplo: con fecha de caducidad, con presupuestos que disminuyan cada año y con funcionarios prestados de otras instituciones, quienes, por lo tanto, no tendrán un interés laboral en la persistencia de la institución de control.

Ante esto, se necesita un cambio epistemológico: si comprendemos que medir creaturas no es lo mismo que medir pléromas, entenderemos que las primeras requieren otro tipo de sistema de diagnóstico y rendición de cuentas, que aborde la singularidad e historicidad de los sistemas que se manejan. Esto implica el diseño, caso por caso, de sistemas de medición: ¿quiénes deben diseñarlos?, en principio, las personas que viven el día a día de una institución y, en consecuencia, la conocen mejor: los académicos de un campo deben diseñar sus indicadores de desempeño; los ciudadanos de un país deben diseñar los indicadores de de-sempeño de su gobierno, dado que ¿quién conoce mejor su propio bienestar?

Para modelar creaturas se necesitan matemáticas más complejas que para modelar pléromas; pero esto, hoy en día, no es un obstáculo: contamos con la sofisticación matemática y con el poder de procesamiento suficientes para producir modelos tan sofisticados como lo requieran aquellas instituciones e individuos cuyo desempeño queramos medir. Sin embargo, también hay que cambiar los valores: debemos cultivar un gusto por la autenticidad.

Gorgias

En una etapa embrionaria de la presente investigación (Bula, 2012), al fenómeno de la metrocosmética lo llamamos por otro nombre: la enfermedad de Gorgias —queda abierta la pregunta sobre si, con los años, hemos aprendido a bautizar mejor las cosas—. En un importante diálogo de Platón (1932), Sócrates le pregunta a Gorgias y sus seguidores por la naturaleza de la retórica: ¿qué clase de saber es?, ¿cuál es su objeto? Exasperado, Polo le exige a Sócrates que ponga las cartas sobre la mesa, que diga qué considera la naturaleza de la retórica. Sócrates, con cierta renuencia, le dice a Gorgias:

me parece, Gorgias, que existe cierta ocupación que no tiene nada de arte, pero que exige un espíritu sagaz, decidido y apto por naturaleza para las relaciones humanas; llamo adulación a lo fundamental de ella. Hay, según yo creo, otras muchas partes de esta; una, la cocina, que parece arte, pero que no lo es, en mi opinión, sino una práctica y una rutina. También llamo parte de la adulación a la retórica, la cosmética y la sofística, cuatro partes que se aplican a cuatro objetos. (462e-4633)

Para Sócrates, la adulación es un quehacer en el que se simula la práctica de artes legítimos: los últimos producen salud real, la primera su apariencia (464a). Sea cual sea el objeto de la salud, cuerpo o alma, produce la base para clasificar las partes de la adulación:

[…] puesto que son dos los objetos, hay dos artes, que corresponden una al cuerpo y otra al alma; llamo política a la que se refiere al alma, pero no puedo definir con un solo nombre a la que se refiere al cuerpo, y aunque el cuidado del cuerpo es uno, lo divido en dos partes: la gimnasia y la medicina; en la política corresponden la legislación a la gimnasia, y la justicia a la medicina. (464b)

Así, el mantenimiento de la salud del cuerpo le corresponde a la gimnasia y su reparación a la medicina; en cuanto al alma, la política mantiene y la justicia corrige. Entre las partes de la adulación hay un imitador para cada una de estas artes:

[…] la adulación […] sin conocimiento razonado, sino por conjetura, se divide a sí misma en cuatro partes e introduce cada una de estas partes en el arte correspondiente, fingiendo ser el arte en el que se introduce; no se ocupa del bien, sino que, captándose a la insensatez por medio de lo más agradable en cada ocasión, produce engaño, hasta el punto de parecer digna de gran valor. Así pues, la culinaria se introduce en la medicina y finge conocer los alimentos más convenientes para el cuerpo, de manera que si, ante niños u hombres tan insensatos como niños, un cocinero y un médico tuvieran que poner en juicio quién de los dos conoce mejor los alimentos beneficiosos y nocivos, el médico moriría de hambre. A esto llamo adulación y afirmo que es feo […] porque pone su punto de mira en el placer sin el bien. (464c-465a)

La adulación, de suyo inferior a las artes que imita, sale triunfal frente a quienes son como niños, porque se enfoca en el placer: las golosinas del cocinero, por ejemplo, frente a los sanos alimentos del médico. No solo no produce los bienes propios de las artes que imita, sino que no se puede llamar arte en absoluto, puesto que no opera con conocimiento de causa: “[…] no tiene ningún fundamento por el que ofrecer las cosas que ella ofrece […] Yo no llamo arte a lo que es irracional […]” (465a).

Según venimos diciendo, la metrocosmética produce la apariencia de buen desempeño. ¿Estamos ante otra parte de la adulación? Curiosamente, la metrocosmética, basada en la medición cuantitativa, se alimenta de formas de pensar cientificistas y cuantitativistas; sin embargo, si estamos en lo cierto, este cuantitativismo solo crea la apariencia de objetividad y cientificidad: los niños a los que engaña no buscan el placer, pero sí el atajo de parecer serios sin serlo. Así como hay aduladores respecto al cuerpo, los hay respecto al alma e instituciones:

así pues, según digo, la culinaria, como parte de la adulación, se oculta bajo la medicina; del mismo modo, bajo la gimnástica se oculta la cosmética, que es perjudicial, falsa, innoble, servil, que engaña con apariencias, colores, pulimentos y vestidos, hasta el punto de hacer que los que se procuran esta belleza prestada descuiden la belleza natural que produce la gimnástica […] la cosmética es a la gimnástica lo que la culinaria es a la medicina; o mejor, la cosmética es a la gimnástica lo que la sofística a la legislación, y la culinaria es a la medicina lo que la retórica es a la justicia […]. (465b-c)

Es preciso generalizar, en los cuatro objetos de la adulación, lo que se dice de la cosmética: hace que “los que se procuran esta belleza prestada descuiden la belleza natural”. La retórica no solo no produce justicia, sino que va en su detrimento. Del mismo modo, la metrocosmética no solo no da los resultados que buscan medir los indicadores, sino que da unos contrarios: el teaching to the test afecta la calidad educativa, la búsqueda ciega del aumento del PIB desmejora la calidad de vida los ciudadanos. Veamos cómo opera la metrocosmética en algunos ejemplos del campo de la educación, a la luz del incremento, en años recientes, de la cantidad y del peso de las evaluaciones cuantitativas; veamos si va en detrimento del asunto sustancial de la educación.

Educación

Hay que rendir cuentas. La sociedad, dice el neoliberalismo, tiene derecho a saber qué hacen los educadores con los fondos que reciben —y si, quizás, no es más eficiente privatizarlo todo o hacerlo por computador—. Como la rendición de cuentas está atada a la posibilidad de recibir recursos, sirve para mantener una dependencia respecto a estos y para reificar una jerarquía (McNeil, 2008): en esta, burócratas y administradores que no saben nada de filosofía, filología o biología molecular deciden detalles grandes y pequeños sobre cómo se deben enseñar estas disciplinas.

El discurso de accountability es un sistema panóptico en el que, mediante la visibilización y estigmatización de lo deficiente —real o artefacto del sistema de medición—, se presiona a la conformidad en un clima de precariedad permanente (Lipman, 2008). Nótese que esto funciona en todos los niveles de recursión: partiendo del alumno que día a día siente la presión del fracaso —desde una edad ridículamente temprana— hasta la institución que, como colectivo, suda en época de acreditación, pasando por el profesor; por caso, el profesor universitario que siente la presión constante de publicar y se ve compelido a correr sin parar, como si lo persiguiese una enorme piedra rodante que lo alcanzaría si alguna vez se detiene a recuperar el aliento.

El ámbito de la vigilancia no siempre se limita a la producción académica. En los Estados Unidos, a raíz de la seguidilla de matanzas escolares, los colegios de secundaria viven un clima intenso de vigilancia que incluye tanto detectores de metales a la entrada de las instituciones como una permanente mirada clínica sobre los hábitos, discursos y vestimenta de los estudiantes, por si alguno de ellos resulta ser el próximo Dylan Klebold o Adam Lanza.

Ahora bien, la evidencia empírica sugiere que la panoptización de las aulas es tanto desproporcionada como ineficaz respecto a la amenaza real a la seguridad; lo que se busca y se consigue, más bien, es la ilusión de vigilancia: Gorgias en las aulas militarizadas; el sistema inventa riesgos, en una creciente y paranoica escopofilia, ansiosa de que no queden resquicios por fuera de la mirada.

En las escuelas secundarias estadounidenses, la presión de la rendición de cuentas tiene efectos sobre los profesores: se hacen menos agudos, menos complejos, menos creativos, lo mismo que sus clases (Lipman, 2008). Así, la rendición implica una redefinición de lo que quiere decir “ser una buena institución educativa”, “ser un buen profesor”, una redefinición en términos estrechos, técnicos e instrumentales, en cuanto estandarizados (Lipman, 2008).

En este sentido, la enseñanza se hace defensiva: los contenidos de clase se trivializan y simplifican para garantizar que todos los alumnos puedan asimilarlos, los profesores suspenden su conocimiento personal y su capacidad de problematizar los contenidos (McNeil, 2008). Los profesores y alumnos —que son creaturas, no pléromas— responden al control excesivo reduciendo su compromiso, perdiendo su entusiasmo; los administradores perciben esta reacción y la ven como un problema de control, lo que los lleva a aumentar el nivel de este, acción que desata un círculo vicioso: los profesores incrementan su control por sobre los estudiantes, los administrativos por sobre los profesores. Esto configura una pirámide de control, en la que cada quien trata al de abajo como resiente al de arriba (McNeil, 2008).

Los alumnos adolescentes son capaces de percibir la inautenticidad del ejercicio y, aunque hacen la tarea de asistir a clase y escuchar al profesor, no creen demasiado en el conocimiento que reciben en la escuela (McNeil, 2008); en suma, toda la educación parece permeada por un aire de farsa: “usted simule que enseña, yo simulo que aprendo”. Gorgias en el aula simulada. Esta es solo una pequeña muestra de la metrocosmética en el mundo educativo. Pero el sentimiento es ubicuo: “usted simule que escribe artículos de investigación, yo simulo que los reviso antes de publicarlos”, después de todo, ambos necesitamos los puntos. Y siempre, como una pulsación rítmica que acompaña todas las disonancias del ámbito educativo, está el miedo, el miedo a la piedra de la evaluación que nos alcanzará si no seguimos corriendo: paranoia.

Referencias

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Notas

1 Texto original:

the legislators who framed the ancient republics knew that their business was too arduous to be accomplished with no better apparatus than the metaphysics of an undergraduate, and the mathematics and arithmetic of an exciseman. They had to do with men, and they were obliged to study human nature. They had to do with citizens, and they were obliged to study the effects of those habits which are communicated by the circumstances of civil life. They were sensible that the operation of this second nature on the first produced a new combination; and thence arose many diversities amongst men, according to their birth, their education, their professions, the periods of their lives, their residence in towns or in the country, their several ways of acquiring and of fixing property, and according to the quality of the property itself— all which rendered them as it were so many different species of animals. From hence they thought themselves obliged to dispose their citizens into such classes, and to place them in such situations in the state, as their peculiar habits might qualify them to fill, and to allot to them such appropriated privileges as might secure to them what their specific occasions required, and which might furnish to each description such force as might protect it in the conflict caused by the diversity of interests that must exist and must contend in all complex society; for the legislator would have been ashamed that the coarse husbandman should well know how to assort and to use his sheep, horses, and oxen, and should have enough of common sense not to abstract and equalize them all into animals without providing for each kind an appropriate food, care, and employment, whilst he, the economist, disposer, and shepherd of his own kindred, subliming himself into an airy metaphysician, was resolved to know nothing of his flocks but as men in general. (pp. 185-186)

2 Esto se puede ilustrar contrastando el papel que juega el cero en el pléroma y la creatura. Para el primero, no tiene efecto alguno: si pateo una piedra con una fuerza de cero, se moverá cero; en cambio, en un contexto determinado —y, justamente, las creaturas funcionan en contextos—, la ausencia de mensaje, la llamada que no llegó, el saludo no regresado, etcétera, tienen efectos importantes (Bateson, 1993).

3 Esto se puede ilustrar contrastando el papel que juega el cero en el pléroma y la creatura. Para el primero, no tiene efecto alguno: si pateo una piedra con una fuerza de cero, se moverá cero; en cambio, en un contexto determinado —y, justamente, las creaturas funcionan en contextos—, la ausencia de mensaje, la llamada que no llegó, el saludo no regresado, etcétera, tienen efectos importantes (Bateson, 1993).

4 Esto se puede ilustrar contrastando el papel que juega el cero en el pléroma y la creatura. Para el primero, no tiene efecto alguno: si pateo una piedra con una fuerza de cero, se moverá cero; en cambio, en un contexto determinado —y, justamente, las creaturas funcionan en contextos—, la ausencia de mensaje, la llamada que no llegó, el saludo no regresado, etcétera, tienen efectos importantes (Bateson, 1993).

The winter of our discontent*

* Una versión preliminar de este capítulo se publicó con el título “Paranoia: emociones públicas y universidad” en la revista Universitas Philosophica, 36 (72), 221-249.

Tantas ganas de publicar y sumar puntos, tantos indicadores por llenar para ver cómo se mejoran los resultados… hay tanta banalidad académica y tanto fundamentalismo teórico que pasamos los días haciendo lo mismo: buscando listas o recetas, plagiando actitudes de desenfreno y lucha, usando el tiempo en formatos y en innumerables reuniones para discutir sobre cómo lidiar con procedimientos administrativos, sobre cómo evitar desgastes en el capital político de quienes ocupan puestos de dirección.

El desgaste es inmenso. Cualquiera lo puede percibir: los maestros se quieren largar. Quieren dejar de lidiar con lo de siempre: los clientes de la educación, los burócratas con sus formatos de seguimiento y oficinas de control interno, la eterna trotadora de las diligencias administrativas, la miopía de quienes deciden el presupuesto, los clientelismos y diplomacias, las pausas activas y el vocabulario de coaching, el turismo inoficioso de los congresos, eventos en los cuales, con cultivada cortesía, participamos en el delirio colectivo de que se dicen cosas nuevas, de que esa es la forma, en pleno siglo XXI, en que el conocimiento circula y se difunde.

Por su cuenta, en las reuniones de acreditación, cada académico sueña con poder pagar un par de inmuebles para vivir de la renta, quizás en el campo, y tener tiempo para pensar, escribir de manera gratuita, hablar “del mundo” con los estudiantes que aún se entusiasman y aún tienen ideas; quizás dictando una o dos clases por semana, sin decanos, secretarios académicos ni sistemas de calidad ISO tal y tal...

Frente a esto, cabe hablar de los organigramas: estructuras verticales y arborescentes en las que crecen frutos de timidez, desconfianza, sentimientos de persecución, victimización y explotación. Academia speculum mundi. Las personas sin orgullo (thymos) tienden a la ira, a sospechar de los intentos de los demás. Esto porque en condiciones de verticalidad los demás aparecen como competidores. Así, aparece la paranoia, la alienación: cuando estamos a merced de otros, de lo Otro, pensamos que el universo conspira en nuestra contra. Ante el fatalismo, autonomía: por ejemplo, escribir este memorial de agravios para cumplir con nuestra cuota de investigación.

Es bastante usual la idea de acabar con los demás en nombre de Dios, es decir, de la trascendencia. Ahora también es posible hacerlo en nombre de la ley, los indicadores, las reglas, los modelos. La aprehensión de lo real desde el punto de vista de valoraciones genéricas, pruebas estandarizadas y modelos de medición es engañosa. Un calco, una imitación mal hecha. Entre las sofisticadas gráficas de los expertos y el mundo real se intuye una brecha siniestra. Y, como mala hierba, en la brecha crece una reacción: buscar los puntos, salir bien en las mediciones, incluso en detrimento de la educación, de la investigación.

Para nadie es sana la inseguridad de si se está o no bajo las líneas rojas de los expertos. Los que pierden andan tristes por la vida; algunos se adaptan mediante la zalamería, otros capitalizan el clima de desconfianza para alcanzar y mantener posiciones de mando. Desde la perspectiva técnica, el problema tiene que ver con la suposición trascendente de que existe una especie de registro superior sobre el cual hacemos comparaciones prácticas. Es la vieja trampa de la idea, en la actualidad, repetida en los escenarios culturales de la belleza, la justicia, el bien, los rankings.

Se dirá que ya nadie cree en esas cosas, que hicimos la tarea hermenéutica: ya no es el bien, sino lo bueno; ya no es la justicia, sino lo justo, etcétera. No estamos tan seguros. La idea aún vive en los escenarios de los indicadores y mediciones de las instituciones contemporáneas —Estado, universidad—, cuyos modelos siguen presos de la trascendencia: de valoraciones generales abstractas a la acción, en las que el paso entre niveles todavía es abrupto. Ciertamente, el efecto colectivo de las valoraciones abstractas resulta perverso en el sentido de que corrompe el escenario de construcción de vínculos y redes. Internal power struggles. Si hace falta grabar una conversación, pedir firmas de recibido, tener el registro de input-output en los sistemas de seguimiento —sean estos dispositivos biométricos o correos electrónicos impresos que demuestran la hora de envío de las tareas— y recurrir a las cámaras o los vigilantes —que no son solo las personas que cubren los oficios de seguridad— es porque la academia se ha vuelto un escenario de conflictos abiertos y velados, de un sentimiento generalizado de malestar.

Lo expuesto revela climas de desconfianza, cuyas características y condiciones expresan cohesiones lineales, restringidas, finitas y sobrecodificadas bajo la premisa de las causas comunes —todo lo contrario de las asociaciones colectivas abiertas, fuertes, consistentes con el orden de lo vivo—. Así, la “desconfianza” es más que la expresión de sentimientos humanos específicos: se refiere a la erosionada vitalidad de los vínculos sociales; es sinónimo de inhabilidad, impotencia, aridez, sequedad, desconexión.

En estos climas, ¿cómo funcionan las causas comunes? Los que compiten son fieles e inquebrantables en su lealtad al proyecto; lo que hoy se llama “sentido de pertenencia”. Son muy distintos el hecho de compartir motivaciones o exploraciones hacia el futuro y la pertenencia ciega a proyectos institucionales y la adherencia a consentimientos tácitos. Hoy se observa un patrón común: el jefe habla y los que escuchan atienden, toman nota, asienten con la cabeza. Se sabe que, a veces, el jefe es carismático; otras veces, es buen orador. Es apabullante y vehemente. Tiene datos. Usa referentes. No siempre dice cosas inteligentes, aunque siempre trata de hacerlo —o al menos intenta parecer serio—. Pero los que secundan sus discursos, no. Estos son tímidos, timoratos. Por eso consienten, confirman. No preguntan. No se arriesgan a la crítica. Y, si algo se pregunta, es solo para avalar lo dicho. Es que, en realidad, no hacen preguntas: son contestaciones muy parecidas a los responsos litúrgicos. La verticalidad en la toma de decisiones se puede volver patológica para las instituciones.

Lo anterior significa que el miedo y la paranoia yacen en los gestos. Esto es un asunto estructural y relativo a la imagen de los árboles como principio de organización; también es relativo a los más básicos y cotidianos asuntos. Miedo y paranoia expresan su conexión en los rumores de los pasillos, en las sutilezas, en las conversaciones con voz baja, en los momentos de defensa y protección cuando la gente acude a los imperativos, las demandas, las griterías, los reclamos, las peticiones de respeto. Malestar. Son momentos de notoria evasión en las conversaciones —esa cosa tan horrible de no poder hablar de manera abierta—. Son instantes de evidentes sarcasmos. Y lo cierto es que hace falta estar pendiente de las entonaciones y del uso de las palabras porque son equívocas, están llenas de ambigüedad.

Eavesdropping: escuchar secretamente o hablar bajito signan las situaciones de malestar entre nosotros. El otro extremo es igual de sintomático: pasar de rango en rango, de cargo en cargo, de formato en formato, por el tortuoso camino del conducto regular para solucionar lo que, con facilidad, se podría arreglar de modo amistoso e informal. La gente termina gritando, diciendo a mil voces que todo es una mierda, que todo el mundo se puede ir al infierno, que no permitirá tal abuso. Y tira la puerta al salir.

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Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
22 października 2025
Objętość:
211 str. 2 ilustracji
ISBN:
9789585136007
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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