Czytaj książkę: «Paranoia»

Czcionka:



Bula, Germán

Paranoia : emociones públicas y universidad / Germán Bula, Sebastián Alejandro González Montero. -- Bogotá : Ediciones Unisalle, 2016.

180 páginas ; 21 cm.

ISBN 978-958-8939-96-4

1. Sociología de la educación - Colombia 2. Comunidad y universidad - Colombia 3. Emociones - Aspectos sociales 4. Paranoia 5. Conducta colectiva I. González Montero, Sebastián

Alejandro, autor II. Tít.

306.43 cd 21 ed.

A1551595

CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango

ISBN impreso: 978-958-8939-96-4

ISBN digital: 978-958-8939-97-1

Primera edición: Bogotá D. C., octubre de 2016

© Universidad de La Salle

Edición:

Oficina de Publicaciones

Sede Chapinero, Cra. 5 # 59A-44, Bogotá, Colombia

PBX: (571) 348 8000 exts. 1224 y 1225

Correo electrónico: publicaciones@lasalle.edu.co

Dirección general:

Guillermo Alberto González Triana

Coordinación editorial:

Ella Suárez

Corrección de estilo:

John Fredy Guzmán Vargas

Diseño de carátula:

William Yesid Naizaque Ospina

Diagramación:

William Yesid Naizaque Ospina

Fotografía de carátula:

Sebastián Alejandro González Montero

Diseño de ePub:

Hipertexto

Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier procedimiento, conforme a lo dispuesto por la ley.

Contenido

Agradecimientos

Introducción

Climas de desconfianza

§ 1. Paranoia

§ 2. Climas de desconfianza

§ 3. Homo academicus

Conclusión

Nosotros

§ 1. ¿Qué es lo social?

§ 2. Motivos y causas de la acción

§ 3. Humanos y no-humanos

§ 4. Multiplicidad y ensamblaje

Conclusiones

Notas para La Salle por venir: realidades, planes y proyectos

§ 1. Rizoma

§ 2. Principios

§ 3. Lineamientos institucionales

Conclusión

Conclusiones

§ 1. Paranoia

§ 2. Comunidad

§ 3. Líneas de fuga

§ 4. Posibilidades de investigación

Excursus. Líneas de fuga

§ 1. Organización y dinámica: hipótesis sobre la fluidez social

§ 2. Hipótesis: las líneas de fuga

§ 3. Sociología de las fugas

§ 4. ¿Qué huye en una sociedad?

Conclusión

Bibliografía

Notas al pie

Agradecimientos

La vida universitaria de La Salle está llena de interesantes debates internos. Mencionemos algunos de ellos sin la intención de profundizar, ahora mismo, en las muchas implicaciones que representan. Por ejemplo, en la universidad se formula insistentemente la pregunta de qué hacer para que los profesores sean mediadores de sus muchachos y catalizadores de sus potencialidades en vez de vigilantes de la tradición, rajones guardianes de los exámenes y adormecedores catedráticos. También discutimos mucho sobre qué hacer en el terreno de la investigación. Todos los días son las mismas cuestiones: ¿investigación en qué? ¿Investigación para qué? ¿Investigación con qué? ¿Dedicamos tiempo a la investigación? O ¿hacemos otras cosas? Calidad y pertinencia son palabras recurrentes en el escenario de la evaluación y el seguimiento de resultados, avances y logros de la universidad.

Posicionamiento nacional e internacionalización son capítulos que van a reglón seguido. La sostenibilidad administrativa y financiera es un tema abisal en la universidad, en la medida en que los horizontes de sentido de La Salle están impregnados con la idea de ofrecer educación de alto nivel sin quebrar a nuestros estudiantes y a sus familias, pero sabiendo al tiempo que es importante atender la preocupación por que la universidad siga, perdure, se sostenga y mejore.

Extensión es un tema recurrente en el que surgen sin cesar asuntos heterogéneos. ¿Cómo puede la Universidad de La Salle conectar con la vida y los problemas que están más allá de los límites de sus instalaciones? ¿Qué acciones podrían conducir a diversificar los ingresos de la universidad? ¿Cómo alimentar las actividades académicas de personas con experiencia de recursos, de posibilidades de trabajo, de lecciones internacionales, etc.? De nuevo, solo mencionamos (e injustamente) algunos de los dilemas de La Salle para ilustrar, al menos medianamente, los retos que todos los días nos convocan.

Ahora bien, todas las recalcitrantes dudas y los retos que tenemos en la Universidad de La Salle siempre son acogidos con el carisma de una comunidad con la capacidad de pensarse y de cuestionarse abiertamente. Nos parece digno y exaltante el reconocimiento de que la Universidad de La Salle incorpora el carisma de la discusión y el debate vehemente y pacífico como fuente de perspectivas y elaboración de caminos futuros. Ninguno de los asuntos mencionados nos parece vedado. Ninguna argumentación nos parece señalada. Ninguna perspectiva nos parece estigmatizada. Sí hay pasión y entrega. Y muchas dudas que resolver. Y la universidad no hace más que ofrecer el escenario y garantizar las libertades para enfrentarlas y proponer eventuales soluciones. Ello es motivo de inmenso agradecimiento, pues la investigación que estamos presentando tiene asiento justo en ese carisma. Usamos las fuentes que quisimos. Incluimos los temas que consideramos relevantes. Aplicamos las perspectivas teóricas que, según nuestro criterio, son adecuadas al problema planteado. En fin, hemos trabajado sin restricciones, presiones o riesgos.

Por supuesto, es fundamental recordar la generosidad y el apoyo de las diversas instancias que propician nuestra investigación: la Vicerrectoría de Investigación y Transferencia, la Vicerrectoría Académica y la Facultad de Filosofía y Humanidades fueron los escenarios administrativos y académicos que permitieron conseguir los resultados alcanzados. Si son buenos, de calidad y pertinentes, no habremos de juzgarlo nosotros. Los conceptos, las tesis teóricas, las aproximaciones metodológicas, los datos y las referencias, etc., tienen valor en quienes puedan alguna vez usar todo eso para sus propios asuntos. Si conseguimos hacer conexión en el devenir de cualquier otro en la universidad; si, por otra parte, logramos agenciamientos con el afuera de nuestras mentes, intereses y sentimientos; y si, finalmente, extendemos en vías complejas y diversas nuestra existencia, a propósito de lo que alguien más pudiera pensar, querer o lograr; si todo lo anterior llega a darse, tendríamos justificados el tiempo y la dedicación que le hemos entregado a esta investigación. Agradecer las posibilidades de devenir nos resulta así un gesto más honesto y amoroso con la universidad.

Introducción

Dicho con absoluta precaución: aquí no hacemos otra cosa que preguntarnos por las condiciones ético-políticas de la Universidad de La Salle bajo la presunción de que tal reflexión es inevitable si queremos enfrentar adecuadamente el escenario de los tiempos por venir de la educación superior.1 Por supuesto, no tratamos, en ningún momento, de identificar y defender alguna idea genérica de universidad. La investigación no versa sobre las distintas concepciones de universidad que existen y sobre las que se debate álgidamente desde hace ya bastante tiempo (cfr. Bartnett 2012; Harkavy 2006). Tampoco se trata de saber qué es lo que sería mejor para la Universidad de La Salle a la luz de los cambios culturales recientes y los cuestionamientos actuales de la educación. Esto seguramente sería propio de adivinadores o estafadores. Es importante tener presente que nuestra investigación asimila los debates acerca de la educación superior en Colombia a la pregunta general de cuáles son las condiciones que necesita nuestra institución para garantizar la duración y el crecimiento de las comunidades humanas y las redes que la componen. Eso quiere decir que la investigación sobre las condiciones institucionales de la Universidad de La Salle (e. g., las normas, los procedimientos, los objetivos misionales, la visión y la estructura administrativa de la universidad) va de la mano y precisa entre nosotros de la discusión sobre los acuerdos por lo superior que recientemente se han dado en nuestro país.

Es difícil negar que los temas de acceso, permanencia, graduación, calidad y pertinencia, investigación, regionalización, articulación de la educación media con la educación superior, formación para el trabajo, nuevas modalidades educativas e internacionalización son motivo de serias preocupaciones (CESU 2014, 90-112); pero lo cierto es que estos temas no son los únicos que deben ser considerados. Permítasenos aclarar las cosas. Lo siguiente es algo que todo el mundo sabe, pero también es un lugar común que no parece tomarse realmente en serio: no se puede hablar del asunto de las finalidades morales, las necesidades financieras y administrativas, el sentido y las justificaciones políticas de la universidad sin correr el riesgo de enfrentar el vacío abisal en el que esta ya no tendría otro destino que convertirse en una empresa más dedicada a reproducir el mundo así como es (cfr. Derrida 1997, 135-138). Digámoslo una vez más: el debate sobre los horizontes de sentido de la universidad no puede llevarse a cabo sin tener en cuenta la posibilidad de comprender y cuestionar el carácter procesual y polémico de las identidades laborales, los contextos institucionales y los escenarios normativos de la educación superior. Al menos no sin el riesgo de minimizar y hacer superfluo el debate sobre la calidad de la educación y sin correr el riesgo de que la universidad sea el escenario de reproducción de la injusticia social, de la segmentaciones políticas, de los malestares anímicos, etc.2

Pues bien, en el marco de esas problemáticas complementarias instalamos la presente investigación, cuyo objetivo central es elaborar un modelo conceptual que permita aprehender el hecho de que la Universidad de La Salle es una institución en peligro de incorporar ciegamente la autoridad abstracta de indicadores y estándares, así como la jerarquización académica y administrativa de las organizaciones centralizadas y endurecidas, y descuidar, de este modo, la discusión académica y ético-política sobre la calidad de la educación.3 Todo, con el efecto de asegurar las semillas fértiles para la incidencia de competitividades, agresividades, individualismos, iras, medidas cada vez más sorprendentes, dogmatismos y fundamentalismos.

En La Salle, esto de querer aparecer en los rankings y ajustarse a los esquemas organizacionales allí supuestos no hace más que proporcionar las semillas favorables a las crudas competencias universitarias de estos tiempos. No hay que juzgar rápidamente. El asunto, en el fondo, es la expresión de los intestinos y convulsivos procesos y dinámicas que las comunidades hoy enfrentan ampliamente en las instituciones de educación superior. De allí que sea importante acentuar el hecho de que es terriblemente peligroso basar los horizontes de sentido y las orientaciones normativas de las instituciones en ilusiones trascendentales y abstractas.4 Hablamos del riesgo de moldear la comunidad según prescripciones genéricas y atendiendo solamente la operación jerarquizante de cobijar las diferencias con la mismidad. En el terreno de la educación y la vida universitaria es importante subrayar que los indicadores y los estándares relativos a modelos de medición y las estructuras de organización vertical y centrada tienen una profunda tendencia a reducir lo diferente en el plano cualitativo a lo mismo en el plano cuantitativo.5

Por otra parte, vamos a insistir en que las valoraciones extrínsecas de las mediciones y los criterios de centralización administrativa, en sus consabidas reducciones, se traducen en el complejo de la paranoia, en cierto despotismo de las comparaciones (ranking), en la ultraburocratización y otros modos de rigidez estructural en la praxis universitaria, lo que representa un precio muy alto que debe ser calibrado y cuestionado propositivamente.

En los debates sobre la calidad de la educación nunca está de más percatarse y reflexionar sobre el impacto emocional y político de la problemática de las mediciones, los estándares y las jerarquías; reflexión que se justifica sencillamente en la necesidad de saber qué es lo que hace crecer o disminuir las comunidades académicas y las capacidades institucionales de la universidad. Si puede mostrarse que los indicadores, los estándares y las jerarquías administrativas son menos absolutas, inevitables y autofundamentadas de lo que normalmente se acepta, cabe preguntar con toda legitimidad cómo evitar los decisionismos centralizados y el formalismo abstracto de los criterios gerenciales y los sistemas de evaluación construidos a partir de indicadores genéricos.

Quizá podamos alcanzar mayor precisión si lo decimos así: ¿cómo evitar que las consideraciones normativas de la universidad obedezcan únicamente a la racionalidad de los estándares y la competitividad institucional, sin desconocer, al tiempo, el escenario donde los procesos y las actividades de la universidad requieren medición y valoración? Además, ¿cómo evitar que la universidad no obedezca más que a la voluntad de medición y organización administrativa jerarquizada? En el vocabulario de la filosofía: ¿cómo matizar los procesos molares de formación y estructuración de las organizaciones para poder garantizar y fortalecer la heterogeneidad de los modos de existencia en la universidad?

Evidentemente, la respuesta a tales interrogantes no es sencilla de construir. De hecho, puede que cada institución universitaria deba elaborar sus propios protocolos a la hora de resolver tales asuntos. Nosotros hemos optado por señalar aquí, en la Universidad de La Salle, el siguiente punto de vista como paso metodológico previo a la formulación de estrategias y planes de desarrollo: lo político y lo social lejos están de constituir esferas aisladas entre sí. Aceptamos que la discusión normativa sobre la visión y misión de la universidad no puede quedarse en planteamientos tercamente internos y sitiados. Simplemente, no podemos pensarnos por fuera del mundo. Pero, al revés, tampoco es deseable que la universidad asimile, sin reflexividad, los condicionamientos externos bajo la creciente necesidad de responder a las exigencias sociales de internacionalización, sostenibilidad financiera, estandarización administrativa, clasificación, etc.

Al recordar este último punto de vista pragmático junto a la preocupación sobre la ampliación de los horizontes de sentido de la universidad, defenderemos la concepción de una comunidad abierta, múltiple y duradera que crece en la conectividad multinivel y dinámica de la comunidad. Trabajamos, pues, en el sueño de aceptar que el mundo de la educación no es tan homogéneo y nivelado como los modelos muestran. Trabajamos en el sueño de debatir la concepción de la universidad según argumentaciones de amplio alcance, cuyo léxico no puede ser excesivamente cuantitativo ni exclusivamente técnico y burocrático. Trabajamos en el sueño de entender que las dinámicas colectivas y el trabajo inmanente de las comunidades es fuente de desarrollo, en oposición a la mirada paranoica sobre lo superior como principio general.

Un comentario más: ¿defender la multiplicidad y el devenir inmanente de la comunidad universitaria de La Salle contra todo gesto paranoico unificador, iracundo y totalizante es lo mismo que defender la esterilidad nihilista de la creencia de que no existe ética interesante o significativa para los posmodernos seres humanos de los tiempos actuales? ¿Defendemos una especie de eclecticismo universitario indiferente a criterios, miradas externas, exigencias materiales, pertinencia social, ordenamiento administrativo, vigilancia y control interno, etc.? ¿Queremos una universidad aislada del compromiso con proyectos de transformación social? ¿Nos anima la idea de la Universidad de La Salle como nicho de narcisismos académicos y engalanada de altos conocimientos inservibles y decorativos? ¿Nos gustaría ver la universidad como una comunidad autogestionada sin más potencia que la de su propia construcción aleatoria? Definitivamente no. No es cierto que la afinidad por las multiplicidades conduzca necesariamente a la anulación de la ética de la responsabilidad social ni a la renuncia de la deliberación ético-política sobre cómo orientar la praxis universitaria de La Salle hacia los problemas sociales y los requerimientos culturales de la actualidad. La defensa de la multiplicidad comunitaria tampoco excluye la necesidad de administrar y seguir procesos. Resulta algo fastidioso pensar que cualquier aproximación a la heterogeneidad de lo real, a la diferencia como rasgo ontológico constitutivo y al pluralismo de las conexiones es lo mismo que dedicarse a la empresa de validar una especie de “todo vale”, sazonado con la victoria del punto de vista de la persona privada egotista o, en el otro extremo, de las comunidades “libres”.

De nuevo, nada más lejano de lo que nos ocupa aquí. Tenemos pretensiones sobrias, pero interesantes. En general, adoptamos deliberadamente el punto de vista del análisis político de las redes (networks) y de las emociones públicas con el objetivo de mostrar que los desafíos recientes de la educación superior someten a la comunidad de la Universidad de La Salle a presiones cuyo resultado se traduce en comportamientos patológicos de carácter competitivo.

Así, la discusión central del primer capítulo: “Climas de desconfianza” se desarrolla en torno al concepto paranoia. Justificadas algunas definiciones, nos ocupamos de considerar las condiciones institucionales de la universidad en las que la paranoia se hace evidente bajo la forma de potenciales psicológicos con efectos negativos. La conclusión principal del argumento, en su primera parte, es la siguiente: llamamos la atención sobre el hecho de que, en determinadas condiciones de competitividad y jerarquía, los seres humanos experimentamos emociones negativas y disminución de capacidades.

En la segunda parte de la investigación, nos las arreglamos para construir una idea de comunidad que sirva a los fines de la compresión de la Universidad de La Salle. Defendemos la tesis de que lo social tiene que ver con la investigación sobre los modos heterogéneos de existencia, y no tanto con la empresa de caracterización sustancial. Intentamos responder a la pregunta de cómo llenar el concepto de lo social sin coparlo de reflexiones sobre sustancias o propiedades. Nuestra tesis es que lo social se define mejor como network, con la ventaja adicional de abrir al escenario en que es posible describir sus variadas dimensiones y diversos agentes. Así, procedemos siguiendo la definición de lo social como red o rizoma. Luego, nos ocupamos del problema de la acción y la interrelación entre humanos y no-humanos. El paso siguiente tiene que ver con la noción de ensamblaje. Finalmente, tratamos de caracterizar los aspectos relevantes al tipo de investigación de lo social que se deriva de su concepción como network.

Finalmente, en “Notas para La Salle por venir” tratamos de mostrar que el problema de la comunidad universitaria se entiende bien si se lo acerca a los conceptos nosotros, red y rizoma. En sentido amplio, consideraremos los aspectos básicos de la construcción de comunidad siguiendo el concepto de rizoma, para luego derivar las características generales de lo que pensamos sería una adecuada compresión de la vida universitaria. Hablaremos de principios para referir los aspectos de la comunidad que permiten entender la Universidad de La Salle como multiplicidad. Cercano al cierre de este capítulo, formulamos algunas directrices institucionales que aportan elementos de discusión en torno al fortalecimiento colectivo y el desarrollo de capacidades en la universidad. Concluimos con el concepto de nosotros.

A manera de excursus agregamos la reflexión sobre el concepto de líneas de fuga. En amplio sentido, intentamos mostrar que estas presentan una imagen de pensamiento no dialéctica que sirve para enfrentar el problema de los rasgos de ruptura substancial de lo real. Diremos que a través de la hipótesis de las líneas de fuga se gana en la caracterización y compresión de los fenómenos de transformación social. En su momento vamos a sostener la idea de que, al asumir la existencia de eventos de transformación y de devenires imperceptibles, cuya naturaleza no responde necesariamente a los procesos de organización y flexibilización de las sociedades, es posible percibir verdaderas condiciones y oportunidades de cambio. No sobra decir que el excursus sirve para caracterizar, con detalle, la hipótesis de las líneas de fuga en el escenario de la concepción network de lo social, en una aplicación de conceptos amplia con respecto a la vida universitaria. Así, nos damos ciertos lujos con la filosofía para ampliar, en su terreno, varias de las cosas que se dicen a lo largo de la investigación.

Climas de desconfianza

¿Cuál es el resultado de las muchas veces inflexibles jerarquías? ¿A qué obligaciones conduce el clima de las competencias y el malestar de quienes se relacionan más bien como adversarios que como colegas y amigos? ¿Qué ha de pasar entre nosotros si los horizontes de trabajo son más bien metas a las que cada quien quiere llegar como el mejor de los demás? Poder académico, prestigio intelectual o científico, búsqueda de recursos económicos y personales, sectarismo, etc.: síntomas de la situación asoman insistentemente. Hablamos de actitudes de desquicio, de personalidades aisladas y estrés. Hablamos de la notable y asfixiante burocracia, de los acosos laborales y de las luchas feroces por los ascensos, los altercados agresivos, los combates. Podría decirse que los procesos de individuación en medios de competencia continua son condición de permanentes presiones en el mundo del trabajo, al punto de que resulta sencillo percibir las fragmentaciones que alejan las dependencias, las oficinas, los directivos, los trabajadores.1

Esto es especialmente cierto en el campo universitario, donde los escenarios de disputa son tan frecuentes que ya no es extraño pensar que academia y toxicidad van de la mano en estos tiempos. En la educación tenemos dilemas de gran calibre: acceso, permanencia, graduación, calidad y pertinencia, investigación, regionalización, articulación de procesos (educación media, educación superior, formación para el trabajo), bienestar universitario, nuevas modalidades de educación, internacionalización, financiación.2 Son grandes e importantes temas, nadie lo duda. Pero la educación no solo es asunto de política pública ni de discusiones sobre perspectivas estratégicas y prospectivas institucionales. También es cierto que, en un sentido más sutil, recientemente enfrentamos el problema de saber qué sentido tiene la educación y para qué trabajamos en ella. Esta es una cuestión más singular —“micro”, si se quiere. Y tiene relación con la pregunta vital de qué es lo que ha pasado con el encanto de trabajar con los demás en beneficio del conocimiento y en contra de la ignorancia. Mejor dicho, ¿qué ha pasado entre la que es una grata e incondicionada empresa: la educación y la institucionalidad de la educación —la que transparenta papeleos y trámites infinitos, la que parece inclinarse ante los afanes de ranking, la que corre tantos riesgos de elitismo y sectarismo, la que está llena de aspiraciones, astucias y oportunismos?

Permítase un pequeño paso adicional para presentar el problema que aquí tratamos. Digamos que las instituciones, en general, operan según lineamientos explícitos que se expresan bajo la forma de reglamentaciones. Se trata de orientaciones normativas de amplio alcance: misión, visión, estatutos, reglamentos, acuerdos, resoluciones, etc. Por otra parte, las instituciones guardan funcionamientos que figuran latentes como presupuestos implícitos que determinan, más o menos sutilmente, los comportamientos de quienes conviven en ellas. Las instituciones tienen, pues, normas y una pragmática específica.

Con esta idea es posible apostar por una línea de investigación en el terreno más particular del ethos académico de las instituciones de educación superior, y es la siguiente: si se quiere alcanzar una compresión adecuada del devenir de la educación, siempre es correcto revisar el marco de normas institucionales que definen, según consensos y públicamente, el modo en que deberían ser las cosas. Ahora bien, debemos tener en cuenta que este punto de vista es limitado. Los seres humanos somos agentes de actividad mental y emocional, además de agentes racionales en el terreno de lo político. Si esa prescripción es aceptada como correcta, entonces vale decir que la compresión social de las instituciones depende tanto del entendimiento normativo como del marco de motivaciones humanas. Las instituciones son tanto asunto de imperativos como asunto de voluntades. Pues bien, la fórmula nos da la oportunidad de ver la importancia de la investigación sobre las condiciones psicoanímicas de las instituciones que trabajan como correlatos funcionales todo el tiempo, presentes en las actividades de sus integrantes. Aceptamos así que las normas son fundamentales, pero también que lo son las emociones políticas.3

Con este punto de vista, vamos a pensar algunos aspectos de la vida académica e institucional de la universidad. Adelantemos el razonamiento que vamos a desarrollar en unas breves líneas: en esencia, vamos a tratar de mostrar que existen protocolos no vedados (inconscientes) de las instituciones que suelen estar asociados a lineamientos patológicos y condiciones enfermizas con severas consecuencias en el deterioramiento de la salud físicoanímica y política de los individuos. Es cierto que las instituciones de educación superior requieren normatividades y estándares en su devenir, pero no lo es que alcancen cimientos inquebrantables o que mejoren necesariamente por homogeneizar actividades y creencias a través de férreos proyectos, inamovibles directrices, fijos reglamentos, clasificaciones internacionales, etc. Es más, con frecuencia es notable el modo en que la cristalización estricta de actividades y creencias se hace motivo de decaimientos, ruinas y daños. Es una prescripción teórica conocida la idea de que las imposiciones funcionales, de hecho, pueden atentar contra el curso de las instituciones (cfr. Merton 2010, 98-101).

No vamos a suponer que son necesariamente nocivos los planes a largo plazo, las reglamentaciones internas, los estatutos que definen la misión y la visión de las instituciones y las pretensiones de categorización según los estándares que proliferan aquí y allá, las necesidades de financiación, la afinidad con el mercado, la productividad, el afán por conocimiento útil y el desarrollo de tecnologías nuevas e innovación, etc. Queremos tratar de mostrar que el ahogamiento en procesos de decisión del estilo top-down tiene efectos en la tendencia a las desconfianzas, las sospechas, las soledades, los aislamientos… Ver los asuntos de la universidad con el punto de vista inclinado siempre hacia arriba tiene profusas consecuencias, como la tendencia a las prelaciones solitarias, el florecimiento de intestinas luchas por los prestigios académicos y científicos, la formación de relaciones paranoicas y desconfiadas.

Así, pues, nuestra hipótesis de trabajo es que la combinación del punto de vista de la reflexión política con el punto de vista del análisis de las emociones (análisis psicopolítico) sirve como clave de interpretación de los climas de desconfianza y estrés asociados con frecuencia al trato profesional y académico en las instituciones de educación superior. Por supuesto, no nos proponemos alcanzar valoraciones sobre el devenir de las instituciones; es decir, no vamos a usar expresiones generales (bueno o malo, correcto o incorrecto, negativo o positivo, etc.).

En su lugar, buscamos considerar el recuadro en el que es posible aislar las condiciones de los comportamientos patológicamente competitivos y del contagio de miedo y tristeza en el laburo institucional en el que la educación superior se juega a diario. Lamentablemente, cierto es que la jerarquía y la inflexibilidad de las instituciones, sumada a la investidura intimidante de los estándares, las orgullosas categorizaciones, la competitividad y ansias de triunfo sobre los demás, los jefes intimidantes, etc., no ofrecen, en el fondo, otra cosa que la semilla de patologías cuyos signos nefastos son el malestar paranoico, las sospechas insanas, los miedos, las envidias…

***

Por supuesto, los lectores ya habrán notado, con correcta suspicacia, con qué orientación teórica estamos tratando. Ya sabrán, pues, que hablamos en la dirección de Luigi Zoja y su bello ensayo Paranoia. La follia che fa la storia. El ensayo de Zoja nos llega, sin que lo hubiéramos pretendido o anticipado, como un regalo en primera edición en español con el título fiel de Paranoia. La locura que hace la historia. Pero ¿qué nos llega con este bello ensayo? Quizá algo más que la excusa para debates académicos. Paranoia, por lo demás enteramente sugestivo, guarda intuiciones valiosas articuladas en razonamientos psicopolíticos lanzados intempestivamente en el horizonte de la compresión de la historia y de la cultura contemporánea.4 ¡Qué regalo! Zoja nos concede aires nuevos para pensar y para escribir. ¡Un libro como el suyo autoriza búsquedas y vocabularios nuevos en tiempos de filosofías de salón! (cfr. Palacios 2014).

Ahora bien, no se nos confunda. Lejos de querer una aproximación árida según el comentario “crítico” ya tantas veces usado, nuestro interés por el ensayo de Zoja tiene que ver con la caracterización axiomática del comportamiento paranoico en individuos y colectivos en determinadas circunstancias y condiciones institucionales. Quizá el ensayo de Zoja alcance su luz en el análisis y la investigación social si puede ser asumida como fuente de investigación la hipótesis según la cual la paranoia es el arquetipo de comportamientos humanos sintomáticos de organizaciones institucionales jerarquizadas, con semióticas centralizadas y apoyadas en el paradigma de los hombres que quieren reconocimiento de autoridades abstractas (desde líderes hasta reguladores externos) y se someten a delirios insanos y a pujas internas con otros entendidos adversarios.

§ 1. Paranoia

Pequeños indicios de competitividad insana se notan en el instante mismo en que seguimos la (falsa) creencia de que es posible conquistar altas metas sin intervención o ayuda de los demás. A menudo, esta creencia afecta a las personas cuyas actividades son objeto de cuantificación según parámetros e indicadores de productividad, eficiencia, rendimiento, impacto. Desde deportistas hasta educadores, el componente de competitividad mina la vida afectiva con cargas insanas de verticalidad.

Esto es una locura en estos tiempos. Y tiene nombre: paranoia —diría Zoja (2011, 13). Locura que tiene ingredientes explosivos: tendencia a la sospecha infundada y granítica, renuncia a los hechos, necesidad imparable de ensalzamiento, soledad. Querer triunfar por encima de los demás hace correr el riesgo de nutrir el sentido de las actividades cotidianas con pensamientos enfermizos y con afirmaciones que llevan a resoluciones agresivas. Es más, los asuntos que conllevan malestares anímicos no son más que las pesadillas y las obsesiones de quienes pierden el sentido de lo comunitario por dedicarse al problema de hacerse más y más competitivos, más y más ganadores. Es la tragedia de los fuertes pero obstinados, de los reactivos, para quienes solo existe una empresa con valor y un único motivo de acción: conquistar, vencer, obtener réditos, triunfar. Habrá que insistir en que el carácter del que compite por la vía de razonamientos no sabe decir más que esto: “Nadie sino yo debe ganar”, “Los mayores puntajes deben ser míos”, “Los reconocimientos y los aplausos solo valen si son para mí”, “El prestigio me corresponde y es solo mío, y quien lo quiera se ha de convertir en mi rival”. “Estoy solo” —última cosa que no debe olvidarse, pues “el culto de la fuerza pone en competencia con todos y aumenta el aislamiento”; y esto lleva a la desconfianza —“que se autoalimenta, es un círculo vicioso” (Zoja 2011, 16).

Todo muy pomposo. Todo muy viril. Muy contrario a las características necesarias a las actividades donde la asociación y la compañía son requeridas y buscadas: introspección, curiosidad, sensibilidad, gusto por los vínculos y los lazos, afecto, familiaridad, cordialidad, buenos modos. En la competencia con los demás están presentes otros rasgos: ansiedad, perturbación, incertidumbre, instinto defensivo, afinidad a la burla (que no es igual a la risa), gusto por el escarnio, lógica simplificadora, agrado por los rankings, por la élite. Ivy League. Podría decirse que, en la situación de competencia, los requerimientos para el triunfo exacerban las luchas y la búsqueda de demostración de fuerza, además del culto por la victoria. Nos sentimos tentados a resumir la trama en una sencilla y terminante frase:

Quien vive en medio de los hombres vive entre los deberes colectivos que los unen: los valores comunes, como el respeto por la familia. Pero quien vive en medio de la desconfianza no vive entre hombres, sino entre adversarios. Y el único deber en relación con los adversarios es vencerlos. (Zoja 2011, 19)

Es probable que la paranoia asome en variadísimos escenarios de la vida social.5 Pero no nos hagamos ideas sencillas. No hablamos de locos ni de individuos arrebatados o gritones dementes, ni de personajes extraños que en cualquier esquina son capaces de darse golpes contra las paredes. La cuestión es que la paranoia constituye una experimentación delirante y una racionalidad expresa que se asoma al dintel de la puerta de cualquiera de nosotros.

La paranoia es muy extraña, pues se manifiesta entre gradaciones de razón y delirio. Las expresiones Folie raisonnante o Folie lucide ya dicen mucho:

Todas las reflexiones acerca de la paranoia nos recuerdan que pertenece, al mismo tiempo, a dos sistemas de pensamiento: al de la razón y al del delirio. La paranoia es infinitamente más difícil de diagnosticar que otros trastornos mentales porque sabe disimularse tanto en el interior de la personalidad del paranoico, en su totalidad, que no es demencial en absoluto, como entre los sujetos circundantes [“los normales”, diríamos nosotros]. (Zoja 2011, 28)

Eso significa que la paranoia traduce “posiciones psicológicas”, y no fases de comportamientos erráticos o desequilibrados. En realidad, implica “potenciales psicológicos a los cuales pueden retrotraernos determinadas situaciones, incluso siendo adultos” (Zoja 2011, 30). Así, es comprensible menos como una enfermedad clínica y más como una situación afectiva presente en las personas comunes. La paranoia deviene arquetipo con el que pueden anticiparse rasgos de agresividad y tendencias a la proyección de delirios de persecución y competencia, aparte de otros atributos como la necesidad de justificación de la desconfianza, la tentación de negar las responsabilidades propias, la atribución de planes secretos y otras disputas con los demás.

Si se quiere, la paranoia es palmaria cuando afloran una serie de específicos comportamientos. La soledad, en primera instancia —“que de manera circular es al mismo tiempo causa y consecuencia de la desconfianza” (Zoja 2011, 33). En segundo lugar, “la sensación de ser poca cosa”:

[Esta sensación,] negada durante largo tiempo, encuentra una solución en apariencia definitiva en la fantasía contraria de grandeza: justamente porque son cada vez más numerosas las personas que toman conciencia de su valor, estas se alían, por celos, para impedir que se reconozcan [los] méritos [propios]. (33)

Ellos no me aprecian. Pero verán cuánto valgo. ¡Se los demostraré! Miedo y envidia son motor en el paranoico. Así como lo es la sospecha extrema. El paranoico siente que existen planes que se desarrollan en contra suyo y que los enemigos están por todas partes, llenos de motivos que lo permean todo: conflictos, pujas, ansiedad de recursos (económicos y personales), provocaciones, intereses, etc. El paranoico delira las razones que lo llevan a actuar. La competencia por sobrevivir y por hacerse el mejor lo convierten en un personaje altamente agresivo. Y no necesita de hechos para confirmar sus suposiciones. Él ya lo sabe. En su fuero interno él está convencido. Las suposiciones le son autoevidentes. De antemano, parte de un “presupuesto de base falsificado” que lo conduce a invertir las causas de las cosas que ocurren (cfr. Zoja 2011, 33). La realidad no lo desmiente. Sus delirios no nacen de la experiencia. Al contrario, fantasea causas y las hace reales para sí, al punto de que la realidad es entendida como objeto de prueba de sus fantasías, lo cual invierte el origen de las cosas. Así lo expresa Zoja:

La interpretación paranoica procede por acumulación: lo que podría contradecirla encuentra una lógica al revés y se convierte en una confirmación. De este modo, se activa otra característica de esta enfermedad, el autotropismo: una vez puesta en movimiento, la paranoia se alimenta por sí misma. (2011, 34)

§ 2. Climas de desconfianza

No se nos malentienda. No es que pensemos que en cada pasillo u oficina de las academias uno se encuentre con potenciales enfermos mentales. Lo que estamos señalando es que la paranoia es la imagen perfecta para captar el registro (y riesgo) de emociones y comportamientos subsiguientes en las organizaciones demasiado jerarquizadas y demasiado obedientes de pruebas estandarizadas y medidas cuantitativas de desempeño. Incluso estamos tentados a decir que los rasgos paranoicos son potenciales condicionados por específicas circunstancias. Las características del paranoico se retroalimentan en medidas, a veces peligrosas, y redundan en escenarios que aseguran poderosos climas de desconfianza y lucha; climas que son situaciones compartidas que exacerban el potencial paranoico de cualquiera de nosotros. Siendo una posibilidad latente, la paranoia debe ser entendida como un trastorno cuyo origen no remite necesariamente a leyes bioquímicas o génesis familiares, sino a circunstancias difíciles (cfr. Zoja 2011, 61-64). De allí que no sea tema exclusivo del tratamiento clínico. Un enfoque más denso, el del análisis psicopolítico, permite asumir el hecho de que el delirio paranoico es el delirio del campo social, esto es, el delirio de la relación con los demás en las muchas dimensiones en que esto ocurre. Si se acepta esto, describir la paranoia es, entonces, asunto de comprender los entornos que conducen a ella y en los que se compromete la salud pública de los vínculos sociales. Veamos.

En lo compacto de un sistema de organización cerrado y con jerarquías indelebles en el que existe poco margen para comprender y asimilar variaciones en las capacidades de los individuos y los grupos, se agota de manera vertiginosa el crecimiento y la ampliación institucional. Recientemente se ha mostrado que las emociones en las organizaciones tienen un papel fundamental en el desempeño de las personas. Las emociones positivas promueven la exploración y la ampliación de horizontes. Por su parte, el incremento de ansiedad, angustia, recelo, etc., conlleva desempeños institucionales precarios; incremento que es auspiciado por procesos de decisión tipo top-down y por el excesivo impacto de los reguladores basados en estándares extrínsecos —por ejemplo, el Academic Ranking of World Universities.

Y, sin embargo, que los planes generales, los reglamentos y las directrices institucionales se complementen con plataformas de seguimiento y cuantificación homogeneizantes de las actividades humanas no es lo complicado del asunto. Lo es, en cambio, el medio de competencia en el que florecen tantas actitudes negativas. La desconfianza y la sospecha, como base de las actividades colectivas, no hacen más que apresurar estilos de comportamientos paranoicos. Si en condiciones perturbadas todos compiten por alcanzar una misma meta incondicionada y abstracta, los individuos se harán adversarios y enemigos agresivos, excluyentes y con tendencias a acabar —simbólica o materialmente— con los demás. Si se nos permite decirlo, considérese la fórmula como refiriéndose a una función patológica latente en el devenir colectivo de las instituciones y a un axioma del comportamiento humano de atracción a veces irresistible en la época actual.6

En la vida institucional asistimos a una combinación de varios factores encaminados a configurar escenarios así. El afán por los indicadores y por las mediciones, las aspiraciones de prestigio y reconocimiento, sumadas a las necesidades de seguridad laboral, económica, afectiva, etc., componen atmósferas en la que se debe desconfiar, sospechar y competir para sobrevivir. Y en condiciones de supervivencia no hacemos otra cosa que explotar en emociones terribles. Y el sujeto, que entre desconfianza y sospecha no quiere más que un respiro y algo que lo haga sentirse mejor, no encuentra otra cosa que la miseria del malestar que le espera. Las amenazas no ceden. Las agresiones se perpetúan. Los rumores circulan. Las mediciones no faltan. Pero este sujeto —que es cualquiera de nosotros— no desea quedar marginado. No busca ser explotado. Y tampoco aceptaría perder los medios para sostenerse. No quiere perder su integridad social. Anhela ser aceptado, que lo aprecien. Espera ser escuchado. Aspira a que su trabajo sea valorado. También aspira a compartir tiempo con los demás. Quiere sentirse a gusto en las reuniones. Ser saludado. Necesita sonrisas. Por supuesto, reconocimiento. Pero no sabe de confianzas ni de simpatía para con los demás.7 Solo sabe tramar sus estrategias, preventivamente más sofisticadas, para alcanzar los estándares que le sobrecogen.

Así olvida (o quiere olvidar) la necesidad profunda que tiene de compañía. Sin los amigos, los compinches, los colegas, los compañeros, los compadres, etc., el tiempo de la vida se llena con prejuicios, con ideas solitarias, con resoluciones peligrosas, trampas. Podemos preparar la mente y el cuerpo para los altos rendimientos exigidos, pero, en el fondo, algo oscuro es cultivado: al inhibir las capacidades de colaboración, se multiplican los impulsos destructivos (cfr. Zoja 2011, 49). Si las circunstancias son favorables, las personas normales, trabajadoras y honestas, pueden convertirse en odiosos contendientes en una carrera de alta tensión emotiva en la que proliferan insanas concentraciones de intereses banales (publicidad, adulación, loa, aplausos, etc.) y negativos estímulos (miedo, agresión, coerción), todo en contra de la inteligencia y la capacidad de acción, y con la desaparición de los principios morales y los valores éticos precisos a la vida en comunidad.8

Queremos decir con esto que los climas de competitividad son escenarios ideales para la paranoia. Decirlo tan escuetamente sirve para resaltar el hecho de que, en ciertas condiciones, nos hacemos a la peor parte de la actividad afectiva. En las condiciones propicias, los oscuros comportamientos dan cuenta de lo que somos capaces. En alguna medida, ellos nos descubren.9 En escenarios históricos, Zoja ha descubierto que “el hombre inmerso en la multitud, que pide a gritos la muerte de una minoría, es simultáneamente el mismo que, hace unos minutos, ayudaba a sus hijos a hacer su tarea escolar” (2011, 54).

Este punto de vista es fundamental porque pone en evidencia la posibilidad de reconocer, en cualquiera de nosotros, el potencial para la envidia, el miedo, la vergüenza, el desvalimiento, el narcisismo. Así, se entiende que no es asunto de los “malos por naturaleza” o de los irracionales, de los que tienen poca estima de sí, de los iracundos, de los irresponsables que no entienden nada de nada. Es asunto de ver en qué situación nos vemos con la condición latente del malestar y de ver en qué medida nos “obliga” a la ira, los celos, la envidia, la soledad.

Los caracteres de la situación o el medio patológico en el que la paranoia se gesta son:

1) Sectarismo. Tendencia relativa al interés por la formación de “parches”. La paranoia conduce a la masa, y esta es el resultado de la diferenciación entre ellos y nosotros según topos excluyentes.10

2) Limpieza ideológica y censura discursiva. Tener que pensar dos veces qué decir, saber que hace falta cierta “diplomacia”, cierto toque en la entonación, pensar que es importante saber escoger las palabras, susurrar, etc., son recursos que revelan situaciones en las que predominan ideas, parámetros, valoraciones, etc., contra las que no se debe ir porque están respaldadas por mayorías o por alguna autoridad. Entre los patriotismos y los fanatismos, pasando por la simple afinidad o cercanía a los ideales que implican entregas incondicionales, se urden condiciones en las que los sujetos arriesgan su visión crítica para entregarse a directrices rígidas y a actividades masivas. Así, hace falta cuidarse de los grandes proyectos, las enormes tendencias institucionales y las masivas incorporaciones, los icónicos y carismáticos líderes aun si son loables tales proyectos, aun si tales tendencias son de alta estima, aun si las palabras del dirigente estimulan “la parte buena” en cada uno de nosotros. No pensar prestado: siempre debe preservarse la sensatez crítica y la resistencia moral, pues en esto radica la capacidad de pensar con autonomía.

3) Eliminación de diferendos. No poder desmentir u oponerse y no poder discutir abiertamente son limitantes que no solo implican silenciamientos explícitos o prohibiciones. Presupuestos implícitos de censura en el discurso hacen imposible algunos razonamientos y el planteamiento de problemas. Esto pasa por muchos lugares: desde la autoridad del interlocutor, hasta el temor a perder el trabajo, la dignidad, la posición ante los demás, etc., incluyendo el rechazo en los pasillos o el miedo a que ya no te inviten a las reuniones… Todo forma parte de una pragmática que determina comportamientos en las discusiones —en las grandes y en las pequeñas, está claro.11 Cuando se institucionalizan vocabularios y lenguajes, se deja lugar al riesgo de las convicciones ciegas, lo que es tan solo el paso anterior a las desconfianzas feroces destinadas a quienes se expresan de modos diversos.12

4) Captura de bienes materiales o simbólicos. Semióticas paranoicas son las que centralizan signos, las que se apropian de los espacios, las que cercan las interpretaciones. Una cartelera, una firma, un sello, el orden de las sillas en la sala, el color de las paredes, los libros y autores por leer, el tema de las pláticas, el estilo de las opiniones y muchos otros detalles más son ejemplos de centralización paranoica y elocuentes datos sobre el modo en que las aptitudes, los gestos y los signos son homogeneizados.

5) Chivo expiatorio. Ellos planean, conspiran. Eso está pensado así porque lo que quieren es destruir, acabar. No ayudan. No colaboran. Allá están, mírenlos, esperando ver cómo nos joden… “Quien tiene la sensación de ser perseguido intentará reaccionar eliminando lo antes posible a su ‘perseguidor’. El motivo consciente es prevenir la destrucción, el inconsciente es eliminar la sensación de persecución atribuyéndoles a los otros la intención de perseguir” (Zoja 2011, 61). Los razonamientos sobre conspiraciones reproducen escenarios institucionalizados en los que es fácil encontrar culpables en vez de proceder mediante autocrítica y reflexividad. Normalmente, se trata de nociones generales: ellos, el Comité, la Junta, el Ministerio, la Rectoría, Control Interno, el Departamento Administrativo (de lo que sea: de ciencia, de transporte, de educación, de salud), los profesores, los estudiantes, el Capital, etc. En condiciones enfermizas se renuncia al razonamiento fundado y a la crítica de uno mismo, para dar paso a imágenes que cristalizan los monstruos más temidos. Se trata de un plano de existencia mental en el que uno se siente frágil, en el que parece existir coherencia entre lo que pasa y la convicción de que todo está pensado para atentar contra uno. De nuevo: lejos de la autocrítica y de la reflexividad, la paranoia hace que cualquier exigencia, cualquier llamado, cualquier requerimiento sean entendidos como una maniobra diseñada para hacer que uno renuncie, que uno se vaya y se aleje, para que uno lo pierda todo —“el empleado irreprochable, que teme perder su trabajo, le dispara a su jefe y se quita la vida, para evitar que lo despidan” (Zoja 2011, 37). Es el rédito paranoico despertado por la desconfianza (478-479).

6) El rumor, las voces. “El secreto como forma paranoica eminentemente viril” (Deleuze y Guattari 1994, 289). En la paranoia no se sabe qué es realidad y qué es delirio fantasioso; indistinción que es fortalecida por los rumores. Me contaron… Y me lo dijo alguien que sabía porque otro también le dijo y pidió que no fuera revelado su nombre. Y a él, otro —que tampoco quiso decir quién le contó, pues a este le pidieron que no dijera nada. Es como escuchar el bajo fondo de las opiniones de muchos que traslucen hechos, pero en las que es imposible saber qué es habladuría y qué no. Voces: es el murmullo en el que transitan informaciones inverificables, de fuente incierta y que narran eventuales hechos como testimonios oscuros que se hacen en voz baja. En ellos se combinan pensamientos, unas veces sensatos, otras veces contradictorios, pero que, en suma, solo desorientan, confunden. Los rumores se difunden más velozmente que la información crítica bien fundada.13

§ 3. Homo academicus

Al recordar los rasgos de comportamientos erráticos y patológicos, se hace notorio el hecho de que la perturbación insana de la vida de las personas proviene de situaciones que cercan la exploración de posibilidades y limitan las perspectivas de acción en función de cuadros interpretativos distorsionados por los que cedemos a feroces males en vez de construir medios estables para el desarrollo mutuo. En esa dirección, hemos intentado mostrar que el concepto de paranoia sirve para subrayar los agotamientos anímicos que acarrean la competitividad y la lucha por la supervivencia. Paranoia es un buen concepto por dos razones: la primera es que concentra psicología y política y abre así posibilidades de análisis de las emociones públicas; la segunda es que permite la compresión crítica de las situaciones de desconfianza y competencia. Varias de las características de la paranoia representan el molde de pensamientos, sentimientos y aptitudes promovidas en escenarios enfermizos que no deben ser descuidados ni pasados por alto. Hacerlo sería olvidar la tremenda influencia que tiene la economía afectiva en la existencia de las organizaciones. De hecho, mientras siga ocurriendo que en estas se desatiendan los asuntos anímicos de las comunidades que las activan y sustentan, no habrá lugar a la crítica institucional sensata y prospectiva, ni habrá lugar a la formulación de horizontes distintos de trabajo mancomunado.

Pues bien, creemos que ese punto de vista es aplicable a la universidad. Ciertamente, el Homo academicus corre el “privilegiado” riesgo del malestar, el agotamiento y la perturbación por convivir en el centro de difíciles condiciones institucionales; condiciones que traducen en la cotidianidad el debate universitario entre los valores y objetivos políticos y culturales de alta estima y la influencia de modelos de producción estandarizados en los que son necesarios “patrones culturales medios y conocimientos instrumentales útiles para la formación de una mano de obra calificada” (Santos 2005, 11). Nuestro país no está al margen de esa situación. El medio universitario está impregnado de dudas acerca de cómo orientar el contenido, la estructura y la pedagogía del conocimiento: si en torno a los procesos de investigación, innovación y transferencia mejor apreciados por los estándares internacionales, o si en torno a las necesidades de formación superior coherente con los supuestos de la movilidad social —i. e., generación de empleo.14

Por supuesto, también estamos hablando de la manera en que se han “viciado” los caminos para construir conocimiento (sobre todo por la égida del comercio y los acuerdos mundiales sobre el tema de servicios), de la cercanía de la universidad a criterios administrativos y empresariales y del excesivo énfasis dado a las demandas de aplicación y rentabilidad que pesan sobre el desarrollo tecnológico y científico.15 Esto todo el mundo lo sabe: la redefinición de la investigación y la enseñanza, que se ha promovido a través de las políticas de transferencia, no solo ha impactado la concepción acerca de cómo se produce y para qué produce conocimiento; también ha impactado la valoración general que hacemos sobre las disciplinas y los profesionales (cfr. Rosovski 2010, 136-138). Lidiamos con dudas de todo tipo por cuanto se considera la idea supuestamente decorativa del conocimiento y la alta cultura en contraste con la cuestión del conocimiento socialmente útil y la ambivalencia con respecto al problema del conocimiento potencialmente rentable (cfr. Peters y Olssen 2005, 57-69).

Por otra parte, son notables los entornos insanos a las libertades necesarias de los procesos de formación, investigación y extensión: con el deterioro moral y anímico y el conflicto de las facultades se puede ver que no hay nada especial en la academia en lo que a juegos de poder y estructuras de posición se refiere.16 Es muy alto el interés por la dirección de organismos (consejos, comités, etc.), por la participación en instancias de decisión, por las distinciones académicas, por los rangos de titulación, por las menciones mediáticas (como apariciones en televisión y colaboración en diarios), por las citaciones, por las invitaciones a eventos, por los niveles en las categorizaciones, etc. Por lo anterior, es preocupante ver el modo en que el funcionamiento jerarquizado de la academia tiende a la constitución de luchas y competitividades en sentido análogo al de otros campos de poder.

Para decirlo ampliamente, se sabe a través de algunos de los intelectuales más comprometidos en la discusión sobre la idea de universidad en Latinoamérica que competencia científica y competencia social se aúnan en el conflicto entre la facultad de conocer, la razón práctica y la lógica de la pertinencia y la aplicabilidad de la técnica (cfr. Hoyos 2011, 2013; Santos 2005). La cercanía de la universidad a las políticas de comercio y las necesidades de mercado, sumada a la preocupación por la calidad de la educación y por la posibilidad de reducir las brechas en las clases sociales, tiene causa en las variaciones de la relación contemporánea entre educación y sociedad. La universidad ya no es como antes. Y la sociedad pide cosas que también son distintas. Los cambios recientes ahondan en ciertas renuncias al conocimiento especulativo en beneficio del conocimiento con relevancia práctica.

También es cierto que los cambios recientes representan la defensa de la solidez administrativa y la cuantificación de procesos académicos, así como el énfasis en la responsabilidad social y la importancia dada a la formación continua. La integración de la academia al ámbito de los servicios y el consumo es perfectamente visible en el prestigio de los profesionales, etc. Se trata de modificaciones históricas que impactan la organización universitaria y el ethos institucional de maneras que son objeto de constante análisis, crítica y reflexión (cfr. Wende 2011, 233-253; Pechar y Lesley 2011, 25-52).

Ahora bien, es tiempo de reconocer que el impacto de los procesos asociados al mercado, las necesidades económicas, la calidad de la educación, etc., envuelven y enredan algo tan profundo como las discusiones en torno a los recientes desafíos de la universidad —financiación, transnacionalización, paso del conocimiento universitario al conocimiento aplicable y contextual, educación a distancia, innovación, empleabilidad, transformación social, etc. (cfr. Santos 2005, 13-36). Este sería nuestro modesto aporte en el escenario de la inmensa discusión sobre la universidad: pensamos que no solo la crisis de la idea de universidad en el siglo XXI es la que conduce a los problemas más interesantes. Digamos que la universidad merece más que reflexiones acerca de las características culturales y sociales que ha perdido en el devenir del Capital en los últimos años. Es igual en el otro extremo: es insuficiente la apología al conocimiento práctico y a las búsquedas de justicia social que a veces suelen usarse como tutela institucional de los intereses de financiación —y en algunos casos de simple rédito (cfr. Wæraas y Solbakk 2009, 449-462). Quizá se pueda pensar que son los motivos y el sentido mismo de las actividades de formación, investigación y extensión los que están puestos en juego en el escenario que podríamos llamar —con de Sousa Santos— el mercado emergente y competitivo de los servicios universitarios.17

En esta cuestión estamos profundamente embrollados. Los jefes de unidades y departamentos, los secretarios académicos, los profesores universitarios e investigadores, los estudiantes, los representantes administrativos, los asistentes, el personal de servicios generales, etc., todos nos situamos en una carrera burocrática, seguimos el interés por los ingresos regulares, tenemos el signo de la evaluación, enfrentamos el tema de la productividad y mantenemos relaciones institucionales —más o menos— jerarquizadas en un armazón de prácticas y luchas dominadas por la síntesis de competitividades empresariales y las nuevas relaciones entre investigación, saber y docencia. Ello tiene efectos directos sobre la producción de conocimiento, sobre las estructuras administrativas y curriculares y sobre el ejercicio libre, independiente e incondicionado del pensamiento y la crítica. Pero, sobre todo, la competitividad empresarial y el espíritu de la técnica tienen efectos negativos en la flexibilidad institucional y los esquemas adaptativos necesarios en la producción de conocimiento nuevo y en el ejercicio de la ciudadanía, el cultivo de las emociones y el fomento de horizontes plurales de trabajo y vida. Creemos que es importante atender el hecho de que el éxito académico y el prestigio universitario son valorados según estrictos criterios de productividad y eficiencia.

Por otra parte, tenemos la situación de ver que la universidad está cada vez más preocupada por el conocimiento socialmente útil y el conocimiento rentable en una indistinción que —de no ser resuelta— deja las puertas abiertas a transformaciones problemáticas en los objetivos, los valores y los procesos de formación, investigación y extensión;18 transformaciones que tocan temas como la erosión de la libertad académica, la seguridad laboral, la valoración de la producción intelectual, las actividades de docencia, investigación básica e incondicionada e investigación aplicada, así como la relación entre docencia e investigación, las identidades profesionales, la construcción de programas académicos, etc. (cfr. Naidoo 2005, 49-53; Peters y Olssen 2005, 62-69). Nuestra tesis sostiene que el riesgo de comportamientos paranoicos es propio del Homo academicus.

Los temas, problemas y factores que hemos mencionado ofrecen terrenos, y bien interesantes, de trabajo e investigación en torno a los efectos en la vida universitaria de la pujante búsqueda da calidad y otros horizontes de la educación superior. Si se nos permite decirlo una vez más: Homo academicus es, pues, la expresión de quienes coexistimos en el escenario universitario reciente, donde es impresionantemente fortalecida la búsqueda de prestigio académico y capital científico y las necesidades de generación de ingresos y aplicabilidad técnica por la vía de un sistema de recompensas y sanciones que favorece actividades de competencia con resultados en las interrelaciones humanas y en los procesos institucionales que hace falta interrogar constantemente.

Conclusión

Todo está ahí: las instalaciones, los recursos, las personas, las convocatorias, los premios, los proyectos y las metas, el sueldo, el tiempo, las descargas. Pero algo pasa: las personas están mal. No se sonríe mucho. Hay malestar y rumores. Angustias. Pesadumbre. La situación es triste. Empobrece. ¿Qué pasa?19 En escenarios enfermizos no tenemos más que patrones de colegialidad hueca: podemos estar juntos, sentarnos en las mismas reuniones, compartir eventos, transitar en los mismos pasillos, comprometernos con las responsabilidades del departamento, vernos cotidianamente, tomar café y saludarnos, pero nada de esto traduce —al menos no necesariamente— acercamientos, proximidades, sociabilidad.20 La estructura institucional, aunque eficiente, rentable y con prestigio y calidad, puede al mismo tiempo esquivar aspectos fundamentales de los vínculos humanos. Por ejemplo, el hecho de que la comunicación horizontal es más efectiva que los controles administrativos y las sanciones.21 O que la situación de cercanía institucional no conlleva directamente el trabajo mancomunado. La competencia entre colegas, y también entre dependencias y oficinas, por alcanzar mejores resultados y por obtener mayores puntajes en los indicadores de eficiencia y productividad puede producir distorsiones y luchas intestinas en las comunidades académicas (cfr. Naidoo 2005, 45-56).

Ahora bien, mucho del asunto se relaciona con el hecho de que la universidad ha crecido en envergadura y con el hecho de que la calidad de la educación se ha convertido un asunto de indicadores, productividad, etc. La universidad opera —a veces sin restricción y a veces con autonomía— en función del capital académico y científico de sus instancias, procesos, agentes, productos, servicios, programas —todos, de nuevo hay que decirlo, evaluados según patrones externos y estándares.

En efecto, es impresionante el número y la diversidad de instituciones de educación superior existentes a lo largo del mundo; todas, de alguna manera guiadas por sistemas internacionales de clasificación y por criterios de gestión pensados para la medición, comparación y valoración de las actividades de formación, investigación y extensión, además de las actividades de administración institucional. Nos atreveríamos a decir, incluso, que la competitividad es un rasgo estructural de la educación, en el sentido de que el devenir de las instituciones universitarias se conforma según patrones de posicionamiento estratégico correlativos a lineamientos para la medición y valoración de procesos, agentes, productos, actividades. Todo este asunto de las mejores universidades, de las jerarquías de los programas (técnico, tecnológico, profesional, de posgrado), de la selectividad en la admisión, de la necesidad de recursos, de la ideología del conocimiento útil, de la valoración social de las profesiones, de la cualificación de los profesores… —no somos exhaustivos en la lista— es expresión de la existencia de tales patrones y lineamientos de la educación superior.

Es una realidad circunscrita. Es más, podemos aceptar, sin demasiada resignación y sin pesimismo, que son más o menos forzosas las presiones que produce el mercado, la búsqueda de ranking, los criterios y jerarquía administrativos y las necesidades de calidad y prestigio, etc. Tan forzosas son que existen pocas posibilidades de que dejen de aparecer, en el horizonte de las instituciones universitarias, los cálculos realistas y el jalonamiento político e institucional que producen. Y, sin embargo, llamamos la atención sobre los desgastes anímicos y las consecuencias laborales que tiene el vaciamiento de orientaciones y sentidos polémicos respecto de la compresión de la educación como un producto que debe presentar diferenciaciones y de la universidad como una empresa que se alimenta de ventajas comparativas. Ninguna organización es perfecta. Ni las universidades privadas ni las públicas.

Por otra parte, ninguna organización —y la universidad menos— está fuera de lo real o de las reglas de juego de la sociedad en la que se instala. La escena económica, de mercado y competitividades (que está en la base de la situación) no parece presentar un afuera —algo así como una instancia en la que el Capital estaría suspendido y en la que podríamos asumir criterios incondicionados de acción en los procesos de educación universitaria y de otra índole. Lo que podemos ver es, ciertamente, muchos esfuerzos, y de naturaleza diversa, a la hora de enfrentar los asuntos actuales de la educación y la sociedad. Pero, aun en la imperfecta organización universitaria y con todo el realismo que se pueda tener, no debería olvidarse el palpable hecho de que la universidad concentra actividades de dignidad superior y que, sobre todo, trata con comunidades de personas.

Sobre la dignidad superior de la universidad es fácil encontrar reflexiones elocuentes —simplemente prolífica es la documentación sobre el tema. Aquí hemos hablado de climas de desconfianza y de condiciones institucionales enfermizas pensando en otra cuestión: que en la universidad —y en las instituciones, podría decirse ampliamente— existen campos o regiones de influencia donde resulta fundamental la vida anímica de la gente y las emociones. Ira, miedo, envidia, culpa, aflicción, etc., son íntimos factores que afectan la estabilidad y los cambios en el devenir de las organizaciones. Las emociones no solo son parte de la interioridad anímica de los individuos y se hacen relevantes justo cuando se piensa en los compromisos de las instituciones con el fomento de las capacidades humanas. Permítanse unos brevísimos instantes para “cerrar” con el exposición sucinta de la cuestión.22

Compartir el espacio común pone en juego los altos y valorados compromisos de los conciudadanos. Es muy fácil aceptar la importancia de los imperativos morales y de las normas en el devenir de las organizaciones. Pero las emociones y los episodios anímicos de la vida común y cotidiana son los que, en el fondo, pueden ofrecer vigor y hondura a las prospectivas y los horizontes de las instituciones. Las emociones son el motor de la acción humana. Ofrecen terreno de luchas y refuerzan proyectos. Y también hacen eclosionar divisiones, acentuar jerarquías, promover desatenciones, cerrilidad, angustias, miedo. Las emociones son asunto político en esa medida. Y no solo por el hecho de expresarse en el ámbito público. Lo son porque forman parte de las instituciones que influyen en la existencia humana y porque afectan (potencian o limitan) las oportunidades de acción y pensamiento. Así, tomarse en serio la tarea de valorar su impacto en los procesos de individuación y en la cultura política significa pensar el miedo, la culpa, el resentimiento y la tristeza como el origen y el destino de las comunidades paranoicas más reactivas e impotentes.23

Por supuesto, es bueno recordar que siempre existe el camino de investigación que conduce a la posibilidad de “apreciar todo aquello que nos ayude a ver el desigual, y con frecuencia poco agraciado destino de los seres humanos, con humor, ternura y goce, en vez de con un furor absolutista por una perfección imposible” (Nussbaum 2014, 31). Al lado de la crítica sobre los escenarios en que nos entregamos a episodios emocionales enfermizos (paranoia, como en el caso de Zoja, o ira, como en el caso de Sloterdijk), también se encuentran los caminos de investigación sobre otros recursos emocionales, entre los cuales están la compasión, el amor y la alegría (cfr. Nussbaum 2014, 139-197).

Un último paso. Hemos dicho: es asunto político la preocupación por las emociones y su rol en el espacio de convivencia pública. Ahora es igualmente importante subrayar que la compresión política de las emociones se refuerza si se atiende el problema de ver en qué condiciones es posible promover afectos y vínculos anímicos guiados por la búsqueda de desarrollo en uno mismo y en los demás. El énfasis en los logros personales y en el entrenamiento individual para las salvajes competencias recientes de la cultura contemporánea conllevan escenarios enfermizos, donde resulta palpable la ocasión de querer proteger nuestra frágil interioridad mancillando y doblegando a otras personas a punta de gritos, amenazas, presiones, memorandos, notificaciones, censuras, exclusiones, etc.

La lección presente aquí puede nombrarse a través de dos fórmulas: por una parte, hay que estar alerta y someter a crítica toda disposición autoritaria. Y no solo con respecto a los hombres del poder. Rasgos de imposición yacen también en las valoraciones y los ajustes a criterios. Evaluaciones cognitivas y presupuestos ontológicos se hayan secretamente guardados en los estándares, lineamientos e indicadores que aparecen aquí y allá —es lo que arriba llamamos procesos del tipo top-down. Evaluamos, clasificamos y valoramos aquello que es importante y aquello que no está de acuerdo con el modo en que describimos y comprendemos el mundo. Por otra parte, hay que estar alerta respecto de todo aquello que pueda originar paranoia en la complejidad de la psicología humana. Es necesario escarbar en los mecanismos psicológicos y políticos tendientes al menoscabo de las posibilidades de acción. Se trata del trabajo institucional con una pregunta recalcitrante: ¿cómo cultivar las emociones públicas en beneficio de vínculos sociales prospectivos, alegres, potencialmente abiertos y heterogéneos —al tiempo que se hace todo por desalentar e inhibir aquellas emociones que limitan las metas de desarrollo, progresión y búsqueda de posibilidades?

Darmowy fragment się skończył.

Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
22 października 2025
Objętość:
222 str. 5 ilustracji
ISBN:
9789588939971
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

Podobne książki