Czytaj książkę: «El tesoro de Buenos Aires»
Gerardo Bartolomé
EL TESORO
DE BUENOS AIRES
La Invasión inglesa de 1806.
Un ataque que cambió el destino
de la tranquila capital colonial.


Bartolomé, Gerardo Miguel
El tesoro de Buenos Aires : la invasión inglesa de 1806 / Gerardo Miguel Bartolomé. - 1ª ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Gerardo Miguel Bartolomé, 2021.
256 p.; 22 x 15 cm. - (Historia Argentina Novelada / 1)
ISBN 978-987-86-9791-8
1. Narrativa Histórica Argentina. 2. Historia Argentina. 3. Invasiones Inglesas. I.
Título.
CDD A863
© 2021 GERARDO BARTOLOMÉ
ISBN 978-987-86-9791-8
Imágenes de tapa: Santiago de Liniers, por Rafael del Villar; William Carr Beresford, por Richard Evans; la Plaza Mayor de Buenos Aires, por Leonie Matthis.
Diseño y diagramación: Ricardo A. Dorr.
Todos los derechos reservados. Este libro no puede reproducirse, total o parcialmente, por ningún método gráfico, electrónico o mecánico, incluyendo los sistemas de fotocopia, registro magnetofónico o de alimentación de datos sin expreso consentimiento por escrito de los editores.
Aunque el autor y los editores han investigado exhaustivamente las fuentes para asegurar exactitud en los textos y fotos contenidos en este libro, ellos no asumen responsabilidad alguna por errores, inexactitudes, omisiones o cualquier inconsistencia incluida. Cualquier agravio a personas, empresas o instituciones es completamente involuntario.
Índice
Prólogo
Principales personajes históricos de este libro
Capítulo 1. La infidencia
Capítulo 2. La oportunidad
Capítulo 3. ¡Triunfar o triunfar!
Capítulo 4. Están aquí
Capítulo 5. Un río traicionero
Capítulo 7. La hora de la verdad
Capítulo 8. Soldados británicos
Capítulo 9. Un puente demasiado lejos
Capítulo 10. La marcha de los gaiteros
Capítulo 11. Una nueva joya en la corona del Rey
Capítulo 12. La búsqueda del tesoro
Capítulo 13. Los conspiradores
Capítulo 14. Los aljibes
Capítulo 15. Doña Clara
Capítulo 16. Anita
Capítulo 17. El teatro y El Perdriel
Capítulo 18. La Tormenta
Capítulo 19. Un último intento
Capítulo 20. El ataque
Capítulo 21. La falsa paz
Epílogo
Palabras del autor
A Paula, mi mujer,
y Francisco, mi hijo,
por su apoyo y paciencia.
Prólogo
En 1806 Buenos Aires era una pacata y pequeña ciudad que parecía totalmente aislada del drama que carcomía Europa: las Guerras Napoleónicas. Para la sociedad porteña, las noticias de las tragedias que ocurrían en el viejo continente parecían una lejana ficción al ser leídas en este lejano rincón del mundo. Nadie, absolutamente nadie, imaginaba que un coletazo de ese conflicto continental golpearía a esta tranquila capital virreinal para dar por terminada la larga era colonial del Río de la Plata. Sin embargo, el germen de este cataclismo estaba ya dentro de la propia ciudad. Un tesoro, una sociedad dividida por injusticias y una incipiente idea republicana-independentista fueron el combustible que una escueta carta hizo estallar.
Siempre me fascinó ese extraño evento histórico llamado las Invasiones Inglesas porque fue el desencadenante de una independencia gritada con furia cuyos ecos atravesaron desiertos, cruzaron cordilleras y derribaron un imperio de más de trescientos años. Con las Invasiones Inglesas se empezaron a escribir las páginas de nuestra historia, de las que más nos enorgullecemos.
Experimentados soldados, soberbios enviados reales, altaneros nobles, comerciantes decepcionados, mujeres y hombres de sociedad, esclavos y oportunistas se dan cita en este libro al que todos aportan creando una trama donde la realidad supera a la ficción.
Hace ya mucho tiempo que me propuse escribir la historia de los años fundacionales de nuestra historia en el estilo que me es más natural, el de la historia novelada. En ese sentido éste será el primero de una larga serie de libros donde intentaré sucesivamente exponer la historia argentina como lo que es: un relato verdadero, fascinante y muy nuestro. Espero lograrlo.
Gerardo Bartolomé
Principales personajes históricos de este libro
Álzaga, Martín de: Nació en Aramayona, España en 1755. Llegado a Buenos Aires en 1766. Destacado comerciante y miembro del Cabildo de Buenos Aires, al que accedió en 1785.
Arbuthnot, Robert: Nació en Irlanda en 1773. Era capitán del Regimiento 20 de Dragones Ligeros del ejército británico.
Arce, Pedro de Arce o Arze (en la antigua grafía original): Nació en la región de Extremadura circa 1860. Militar español, era Subinspector de Armas del virreinato al producirse el desembarco británico.
Azcuénaga, Miguel de: Nació en Buenos Aires en 1754. Militar criollo, era comandante del Batallón de Voluntarios de Infantería de Buenos Aires al momento del ataque inglés.
Baird, David: Nació en Escocia en 1757. General del ejército británico con diversas campañas en la India y Medio Oriente. Estuvo a cargo de la expedición que tomó por la fuerza a la colonia franco-holandesa de Ciudad del Cabo.
Barreda, Mariana Sánchez de: Nació en Buenos Aires en 1790. Era hija de Valeriano Barreda.
Barreda, Valeriano: Comerciante porteño que habiendo vivido en Inglaterra hablaba inglés.
Belgrano, Manuel: Nació en Buenos Aires en 1770. Su nombre completo era Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano. Hijo de un rico comerciante italiano, cursó estudios de Derecho en España y volvió al Río de la Plata al ser nombrado Cónsul de Comercio, cargo que ostentaba en 1806. Desde sus estudios en Europa se inclinó por las ideas republicanas y/o independentistas.
Beresford, William Carr: Nació en Waterford, Irlanda, en 1768. De familia noble, era hijo extra matrimonial del Conde de Tyrone. Militar británico de extensa foja de servicios. Fue ascendido al rango de general cuando fue puesto a cargo de las tropas del ejército en el ataque a Buenos Aires de 1806.
Castelli, Juan José Antonio: Nació en Buenos Aires en 1764. A través de su abuela materna era primo segundo de Manuel Belgrano. Formaba parte del núcleo de criollos republicanos independentistas.
Clara o Doña Clara: También conocida como Mary Clarke era una exconvicta inglesa escapada en el motín del buque Lady Shore, que se asentó en Buenos Aires.
De la Quintana, Hilarión: Nació en Maldonado (Uruguay) en 1774. Era hijo de José Ignacio De la Quintana. Ingresó a la vida militar muy joven. Se encontraba prestando servicios en Montevideo cuando los ingleses atacaron Buenos Aires.
De la Quintana, José Ignacio: Nació en Buenos Aires en 1736. Era el padre de Hilarión De la Quintana. Como militar, tuvo una destacada actuación en las Guerras Guaraníticas. Ostentaba el cargo de brigadier a cargo del Fuerte de Buenos Aires cuando sucedió el ataque inglés.
Gillespie, Alexander: Capitán del ejército británico. Entre otras funciones fue comisario de prisioneros de guerra españoles en el primer ataque a Buenos Aires en 1806. Llevaba un diario de sus vivencias.
Gutiérrez de la Concha, Juan Antonio: Nació en Esles, España, en 1760. Marino español llegado al Río de la Plata en 1790. Estaba asignado al apostadero naval de Montevideo cuando ocurrió el ataque inglés.
Kennet, George: Capitán británico y edecán del general Beresford durante la ocupación inglesa de Buenos Aires.
Mackenzie, Alexander: Capitán del Regimiento 71 de Infantería de Escocia.
Moreno, Mariano: Nació en Buenos Aires en 1778. Hijo de padre español y madre criolla. Estudió derecho en Chuquisaca y volvió a Buenos Aires en 1805. Su orientación política era el republicanismo independentista.
Mordeille, Hipólito: Nació en Toulon, Francia, en 1758. Su nombre completo era François-de-Paule Hippolyte Mordeille. Corsario inicialmente bajo bandera francesa, arribado al Río de la Plata en 1804 donde continuó en esa función, pero bajo bandera española.
Liniers, Santiago de: Nació en Niort, Francia, en 1753. Su nombre completo era Jacques Antoine Marie de Liniers et Bremond. Pertenecía a la nobleza francesa. Bajo el Pacto de Familia entre los borbones de Francia y España tuvo una extensa carrera militar en Europa y ostentaba la condecoración de la Cruz de los Caballeros de Malta. Se casó en 1783 con Juana Menvielle de la que enviudó en 1790. Se volvió a casar, con María Martina de Sarratea en 1791 para enviudar nuevamente en 1805. Su carrera militar lo trajo a América en 1788 pero desde el año 1800 sus cargos militares en el Virreinato del Río de la Plata perdieron relevancia.
O’Gorman, Thomas: Nació en Irlanda en 1760. Fue militar al servicio de Rey de Francia y fue enviado a la isla de Mauricio donde se casó con Ana Perichon. La Revolución Francesa implicó un cambio político en la isla que lo obligó a dejarla y, junto con su familia política, se embarcaron, en 1797, con rumbo al Rio de la Plata donde su tío, Miguel O’Gorman, era un médico muy reconocido.
Pack, Denis: Nació en Irlanda en 1772. Con el rango de coronel estaba al mando del Regimiento 71 de Infantería de Escocia. Participó activamente en la toma de Ciudad del Cabo en 1806.
Patton: El coronel Robert Patton era gobernador de la isla de Santa Elena cuando la flota inglesa se dirigía al Río de la Plata.
Perichon, Marie Anne Perichon de Vaudeuil, o Ana Perichon: Nació en 1775 en las posesiones francesas de la Islas Mascareñas. En 1792 contrajo matrimonio con Thomas O’Gorman con quien tuvo tres hijos. Toda su familia debió abandonar la isla Mauricio y se embarcaron hacia el Río de la Plata en 1797.
Popham, Sir Home Popham: Nacido en Gibraltar en 1862. Comodoro británico con una extensa experiencia militar. Autor del sistema telegráfico de señales por banderas que adoptó la Armada Real Británica en 1803. Estuvo a cargo de la flota británica que atacó Ciudad del Cabo en 1806 y Buenos Aires en el mismo año.
Pueyrredón, Juan Martin: Nació en Buenos Aires en 1777. Era el sexto hijo, de once, del rico comerciante francés del mismo nombre. Vivió en Francia y España, de 1795 a 1805, a cargo de negocios familiares. Una vez en Buenos Aires se conectó con el grupo independentista.
Riega (Obispo Benito Lué y Riega): Nació en Asturias, España, en 1753. En su juventud fue militar, pero al enviudar se inició en la carrera eclesiástica. En 1803 fue designado Obispo de Buenos Aires, cargo que ocupaba cuando Buenos Aires fue atacada.
Ruiz Huidobro, Pascual: Nació en Orense, España, en 1752. Fue militar y político español arribando al Río de la Plata en 1777. En 1803 fue nombrado Gobernador Civil y Militar de Montevideo, cargo que desempeñaba cuando Buenos Aires fue atacada.
Russell, Roger: Marino escocés que trabajaba como práctico del Río de la Plata.
Saavedra, Cornelio: Nació cerca de Potosí (Bolivia) en 1759. Su nombre completo era Cornelio Judas Tadeo de Saavedra. La familia se mudó a Buenos Aires en 1767. Desde 1797 ocupó cargos de relevancia en el Cabildo de la capital Virreinal.
Sánchez de Thompson, Mariquita: Nació en Buenos Aires en 1786. Su nombre completo era María Josefa Petrona de Todos los Santos Sánchez de Velasco y Trillo. Casada con su primo Martín Thompson. Se opuso al casamiento al que lo obligaban sus padres y logró una dispensa del virrey. De familia criolla con muchas vinculaciones, tenía una activa vida social que la mantenía al tanto de todo lo que acontecía en la ciudad.
Sarratea, Martin Simón de: Nació en Oñate, España, en 1731: Era comerciante y responsable de la Compañía de Filipinas en Buenos Aires. Era suegro de Liniers ya que su hija estuvo casada con este, muriendo pocos años antes del ataque inglés.
Sobremonte, Rafael, Marqués de Sobremonte: Nació en Sevilla en 1745. Su nombre completo era Rafael de Sobremonte y Núñez. Era el noveno virrey del Río de la Plata desde abril de 1804. Anteriormente había sido Gobernador intendente de Córdoba del Tucumán entre 1783 y 1797 para luego ser Subinspector general de las tropas veteranas y milicias (1797-1804).
Thompson, Martín Jacobo: Nació en Buenos Aires en 1777. Su padre, inglés murió en 1787 y su madre, criolla, entró a un convento, por lo que quedó al cuidado de su padrino José Altolaguirre. Se casó con su prima segunda María (Mariquita) Sánchez en contra de los deseos de los padres de ella, en 1805.
Wayne, Thomas: Comerciante y marino norteamericano dedicado al comercio de esclavos.
White, William Porter: Nació en Massachusetts, EEUU en 1769. Comerciante desde muy joven, conoció a Home Popham en la India. Luego de su paso por la Isla de Mauricio, en 1797 llegó a Buenos Aires donde amasó una fortuna con el comercio.
Capítulo 1. La infidencia
Fuerte de Buenos Aires, enero de 1806.
Si bien la puerta estaba abierta el hombre la golpeó como para anunciarse.
—¿Me mandó llamar, Su Excelencia? —dijo con un marcado acento francés.
—Señor Liniers. Adelante. Gracias por venir. Siéntese por favor —lo invitó el Marqués de Sobremonte.
Los dos hombres se trataban con mucha cortesía, pero ambos se tenían recelo. Liniers tenía una pobre opinión de los conocimientos militares del virrey. Años antes, cuando aquél era Subinspector de Tropas, había promovido la creación de numerosos cuerpos de milicia{1} pero sin proveerles ni equipamiento ni adiestramiento. En los papeles, durante su gestión, se había aumentado sustancialmente la capacidad bélica en el virreinato, pero la verdad es que eso sólo era cierto en los informes que el entonces Subinspector preparó para Sevilla. Le sirvió de mucho porque, ante la muerte del anterior virrey Joaquín del Pino y Rozas, el nombramiento como su sucesor recayó sobre su persona. Había que reconocer que el hombre tenía talento para todo lo administrativo, en Córdoba había hecho muy buen gobierno y era querido por la gente de allá. Pero en el centro del virreinato no había ninguna hipótesis de conflicto, en cambio en el Río de la Plata estaba siempre latente la amenaza portuguesa, cuando no la inglesa o la francesa. En definitiva, Rafael de Sobremonte era muy bueno administrando, pero ciertamente no era un hombre de acción. Sabedor de su debilidad, el virrey estaba permanentemente preocupado por su autoridad. Acostumbraba a impartir órdenes sin sentido cuya única finalidad era verificar la subordinación de su gente. En ese sentido Liniers no era su mejor subalterno, como responsable de la seguridad naval del virreinato, le discutía cada vez que se le ordenaba un sinsentido. Trataba de racionalizar su posición lo que exponía los desatinos del virrey enfureciéndolo.
Para Sobremonte, Liniers era un típico noble francés, es decir, soberbio y haragán. Sin duda tenía una enorme y probada experiencia militar, pero en esta pacata esquina del mundo no tenía mucho sentido la efectividad bélica. El francés tendía a dedicarse a la vida social y era muy bueno en ello. Había enviudado hacia un par de años y no faltaban señoritas, y no tan señoritas, que le sonrieran asiduamente. Para evitar eso y también como castigo por ser impertinente, lo había trasladado a Ensenada de Barragán, desde donde su pequeña flotilla debía patrullar las aguas exteriores de este gran río. Pero en esta oportunidad, Sobremonte precisaba la opinión sincera y certera de alguien con conocimientos militares y sentido común.
—Disculpe haberlo hecho venir desde tan lejos.
—Por favor, Su Excelencia. No solo es mi deber, sino que también me gusta estar en Buenos Aires —dijo en un tono que podía interpretarse como de reproche.
—Me imagino que se queda en la casa de su suegro para estar con sus hijos —Liniers había enviudado de la hija de Martín de Sarratea, un importante directivo de la Compañía de Filipinas.
—Así es.
—De lo que le quiero hablar también le interesará a su suegro. Excluyéndolo a él, que es una persona de mi confianza, le voy a pedir que no comente esta información con nadie más.
El virrey le entregó una carta al francés que la leyó atentamente. La letra retorcida y el hecho de que fuera en portugués le hicieron más complicado entenderla.
—¿Por qué le escribe el gobernador de San Salvador de Bahía, una colonia portuguesa? —preguntó el francés.
—Eso no es lo importante —lo interrumpió—. El buen señor tuvo una discusión muy fuerte con el comandante inglés y habrá sentido que, por su lealtad hacia la princesa Carlota Joaquina, debe advertirnos de este peligro. Al fin y al cabo, somos súbditos de la misma princesa{2}. Pero lo importante es lo otro.
—Sí, correcto. Lo importante es saber a dónde va esta flota inglesa de más de cien navíos.
—Exacto. Por lo que dice, estuvieron reaprovisionándose en esa bahía por casi un mes. Y fíjese bien que llevan una tropa de alrededor de cinco mil hombres. ¡Cinco mil hombres! ¿A quién van a atacar?

Rafael de Sobremonte, óleo de Ignacio de Cavicchia
—Comprendo su preocupación. Esta carta es de noviembre, hace dos meses. Si esa flota estuviera destinada a invadir el Río de la Plata o bien ya estaría aquí o por lo menos ya habría una avanzada inglesa relevando el río. Una flota con barcos de guerra y transporte, de gran tamaño, tendría mucha dificultad para navegar en aguas tan poco profundas. Los ingleses lo saben. Hasta ahora no hemos visto ninguna actividad en ese sentido.
El virrey no se tranquilizó por el comentario sino todo lo contrario. La pasividad del francés ante su preocupación lo ponía cerca de perder el quicio.
—¿A dónde cree que podría estar destinada esta inmensa flota?
—Solo puedo adivinar. Inglaterra está en guerra con medio mundo. Pero… —se tomó unos segundos para pensar—. Podría ser la India donde sé que hubo un levantamiento… Otro destino podría ser el Cabo.
—¿La colonia holandesa del Cabo de Buena Esperanza?
—Claro. Como Napoleón anexó a Holanda, técnicamente esa colonia es francesa y no holandesa y Francia es el gran enemigo de Inglaterra —dijo vanagloriándose de sus conocimientos de la política europea—. Por otro lado, si apuntaran a una colonia española creo que buscarían atacar a Veracruz o Santo Domingo, que son territorios más ricos y útiles desde el punto de vista del comercio.
—Es que hay algo que no le dije…
Ahora era Sobremonte el que disfrutaba de hacerse el misterioso. Para aumentar el suspenso se tomó unos segundos y sirvió agua para los dos. Liniers se mantenía imperturbable, aunque por dentro ansiaba saber de qué se trataba.
—Hay algo que no le dije —retomó el virrey—. Aquí en el fuerte hay acumulado un cuantioso tesoro. En parte está compuesto por los caudales públicos que debemos rendir a Sevilla, pero la mayor parte de él corresponde a la Compañía de Filipinas, que aguarda para embarcarlo a España. La guerra europea y la presencia de Inglaterra en los mares hace difícil el envío, por lo que los fondos se han ido acumulando.
—Entiendo —dijo Liniers sin mostrarse perturbado—. Todos recordamos el caso de la fragata Mercedes, cuando murieron la esposa de don Diego de Alvear y varios de sus hijos. Una tragedia.
—¡Un acto de piratería de los ingleses! Atacaron una flotilla que transportaba gente y llegaron a hundir esa nave para quedarse con el tesoro que terminaron repartiéndose los comandantes y la Corona de Inglaterra.
—Entiendo que por ese antecedente se tomen muchos recaudos para el envío de estos caudales. Seguramente habrá que esperar el momento oportuno, mientras tanto están bien resguardados aquí.
—¡Eso es lo que yo pensaba hasta que llegó esta carta! — exclamó el virrey—. Pero ahora que recibo esta advertencia me preocupa si el objetivo de esta flota no es este tesoro.
Liniers se levantó para mirar por la ventana. Ahora era él el que sacaba un pequeño provecho de esta situación, ya que el verdadero sentido de esta reunión era que Sobremonte precisaba de sus conocimientos militares.
—Verá, Su Excelencia, me parece que mover una flota de ese tamaño no puede relacionarse con estos caudales. Una cosa es abordar una nave en búsqueda de un tesoro, de lo que estos filibusteros ingleses sí son capaces de hacer, pero llevar adelante una invasión de toda una región para lograr un botín que fácilmente se les podría escapar, no parece lógico. Para mí, esta flota está destinada a un objetivo militar, no oportunista. Pero estoy de acuerdo con su preocupación. Es absolutamente razonable y debemos tomar en cuenta este factor que yo desconocía.
—Bien, gracias por entenderme —dijo Sobremonte—. Le creo que es más probable que esta flota de invasión esté destinada a tomar o atacar el Cabo o la India. A eso le agrego que no hay manera de que los ingleses sepan que tenemos este tesoro aquí. Pero le pido que hagamos el ejercicio mental de pensar como sería la situación si su objetivo militar fuera el Río de la Plata. ¿Cómo se desarrollarían los eventos?
Liniers se sentó y pensó unos segundos.
—En primer lugar, como dije antes, deberían mandar un par de naves a hacer reconocimiento de calado. Teniendo una idea de cómo y por dónde se puede navegar este río, el primer lugar a atacar debería ser Montevideo.
—¿Por qué no Buenos Aires?
—Primero porque a Buenos Aires nunca llegarían con sorpresa, sabríamos que navegan el río bastante antes. Además, Buenos Aires es una ciudad de cincuenta mil habitantes que debería estar protegida por una fuerza militar tan o más numerosa que la de ellos. En cambio, a Montevideo podrían llegar navegando aguas profundas, de manera rápida y sorpresiva.
—¡Pero es una ciudad amurallada! —protestó Sobremonte.
—Sí. Amurallada pero aislada. Fácilmente se la puede cercar y esperar hasta que se entregue, en cambio Buenos Aires puede recibir suministros del interior sin que un bloqueo la pueda afectar —dijo el francés con autoridad—. Si yo estuviera en su lugar, empezaría por Montevideo para luego avanzar sobre Colonia y recién cuando estuvieran bien asentados, atacarían Buenos Aires.
—En ese caso tendríamos tiempo suficiente para enviar los caudales a Córdoba donde estarían a salvo —se tranquilizó el virrey.
—Pero atención. Más allá de que, en los papeles, tengamos efectivos como para hacerle frente a una fuerza invasora de cinco mil hombres, la verdad es que apenas tenemos mil o mil quinientos verdaderamente entrenados y en condiciones de entrar en combate.
—Entiendo a dónde apunta su comentario —Sobremonte lo tomó como una crítica—. Es absolutamente cierto lo que usted dice. Pero como representante de la Corona me resisto a armar a los criollos. Hoy nos pueden defender de los portugueses o ingleses, pero mañana pueden apuntar sus armas contra España. Si no, mire lo que pasó en las colonias inglesas de Norteamérica. Prefiero tener pocos hombres, bien adiestrados, y cien por ciento leales hacia el Rey.
—Es decir, tropas peninsulares, no americanas. Es una decisión difícil pero razonable —dijo el francés.
—Pero bueno… volviendo a lo nuestro. ¿Usted que recomendaría?
—Reforzar Montevideo y rastrillar el río identificando a todos los barcos.
—Perfecto. Ya mismo doy órdenes para el envío de tropas a la Banda Oriental y le pido que vuelva cuanto antes a Ensenada de Barragán y coordine con Ruiz Huidobro el patrullaje del río.
* * *
Todos dormían en la casa, o casi todos. El hombre se vestía tratando de no hacer ruido.
—Tu t’en vas, dejá? (¿Ya te vas?) —preguntó la joven mujer.
—Tengo que partir hacia Ensenada muy temprano —se disculpó él.
—Pero unos minutos más seguro que te podrás quedar.
—Sí, claro.
Ana Perichon era una francesa muy atractiva, de unos treinta años oriunda de la Isla de Mauricio, una posesión de Francia en el océano Índico. Muy jovencita, se había casado con un inglés. Ya con tres niños viajaron a Buenos Aires donde vivían los padres y hermanos de aquel. Para entonces su matrimonio había fracasado y, al poco tiempo su marido, Thomas O’Gorman se embarcó por negocios y no se supo de él por años. Ana y sus hijos recibían ayuda de sus padres y de los de su desaparecido esposo, de esa manera podía llevar adelante su casa.
Hacía poco más de un año Ana había empezado una relación secreta con el francés más conocido de Buenos Aires: Santiago de Liniers. Ambos se esforzaban para que su vínculo no se hiciera público ya que la sociedad repudiaba enérgicamente los amoríos de mujeres casadas. De saberse él podría perder su cargo y ella sería enviada a un convento hasta el fin de sus días.

Santiago de Liniers, imagen de autor desconocido
exhibida en el Museo Naval de Madrid
Pocos días antes había ocurrido algo que los conmovió: Thomas O’Gorman había regresado de su largo y misterioso periplo.
—¿Él no sospecha nada? —preguntó Liniers.
—Ya te dije que no, además no me gusta hablar del tema —dijo ella, visiblemente disgustada—. Lo eché de casa, está en lo de su padre. El muy asqueroso está infectado por una enfermedad venérea por acostarse con rameras. Es increíble que la gente ande hablando por ahí en contra de mí, que soy malvada bla-bla-blá. Un hombre se puede acostar con mujerzuelas y no hay ningún problema, en cambio, se sospecha de una mujer ¡y zas! Encerrada de por vida.
—Siempre ha sido así —dijo él tratando de calmarla. —Me da mucha rabia. ¡Lo odio!
—Lo importante es que ni él ni nadie sospeche nada.
—¿No hay nada que se pueda hacer? —le dijo ella al oído.
El francés entendió hacia dónde apuntaba. Siendo él hombre de armas ella sugería una manera terminante de sacarse de encima a su marido, pero cuando le fue a contestar ella lo calló con un ardiente beso.
—Realmente me tengo que ir.
Ella lo acompañó hasta la puerta de la calle.
—¿Por qué tienes que salir tan temprano?
—Hay una flota inglesa navegando el Atlántico sur. Quizás venga en esta dirección. De ser así tenemos que detectarlos con tiempo. Sobremonte me pidió que organice un patrullaje intenso.
—¿Ingleses, por acá? —dijo ella con incredulidad—. ¿Y qué verían de interesante en esta ciudad tan chata y pobre?
—Hay un gran tesoro de la Compañía de Filipinas en el fuerte que no puede ser embarcado a España. Sobremonte se preocupa más por el tesoro que por los habitantes de la ciudad.
—¿Un tesoro? —preguntó ella interesada—. ¿Cuánto?
—No deberías saber nada de esto.
—¡Como si nosotros no tuviéramos secretos! Ja ja.
—Tienes razón… No sé el monto exacto, pero son alrededor de veinte cofres. Es más valioso que lo que los piratas capturaron cuando hundieron la Mercedes.
Se despidieron y ella cerró la puerta. Pero desde la oscuridad de una esquina del vestíbulo le llegó la voz de un hombre con acento inglés.
—Muy bien Anita —dijo su marido con tono irónico.
—Cómo te odio —respondió ella.
—¿Por qué? Nuestro acuerdo es perfecto. Tú sigues con tu francés y yo me quedo con el oro y la plata que generen tus infidencias. La alternativa no es buena para ninguno de los dos. Sería el convento para ti y la pobreza para mí, además de que todos comentarían mis cuernos.
—¡Te odio a ti y me odio a mí misma por haber caído en esta situación!
—Seamos prácticos Anita. Muy interesante la información de una flota inglesa y ¡ni hablar de lo del tesoro! Seguro que White va a saber cómo sacarles provecho a estos datos.
—¡White! Otro que aborrezco.
—Él también te aprecia mucho. Bueno… me voy a mi otra casa. Me podrías despedir de la misma manera que lo despediste a él, ¿no? —le dijo acariciando sus curvas descaradamente.
—Te odio.
Capítulo 2. La oportunidad
Ciudad del Cabo, marzo de 1806.
El comodoro Popham se apoyó sobre la baranda del HMS Diadem, el buque insignia de la flota inglesa, admirando la vista frente a él. La pequeña colonia holandesa, o mejor dicho excolonia holandesa, se emplazaba entre el mar y las laderas de una interesante montaña con forma de meseta. No pudo evitar sonreír al recordar lo mucho que había acontecido en las últimas semanas. La partida de Gran Bretaña, la larga navegación al mando de una flota inmensa, una tormenta que hundió uno de los barcos, el paso por el sorprendente Brasil, la llegada al sur de África, el desembarco, la fácil victoria y la anexión de la colonia franco-holandesa. Un éxito total que le sumaría muchísimo a su carrera militar y, posiblemente, le abriría las puertas a una promisoria carrera política.
La actitud de la población local fue buena. Para la mayoría holandesa, pasar de la soberanía francesa a la inglesa no era una tragedia, casi se diría que preferían depender de los británicos. Popham, como responsable naval, y Baird, como responsable de las fuerzas terrestres, se abocaron fuertemente a prepararse para un seguro intento de Francia por recuperar la colonia. Imposible que Napoleón permitiera que le sacaran una posesión si podía impedirlo. Pero entonces llegó la noticia de la enorme victoria inglesa en Trafalgar que dejó a Francia y España sin flota de guerra. El triunfo se vio algo agriado porque en la batalla murió el almirante Nelson, una leyenda.
Con esa victoria naval se sepultó la posibilidad de que los franceses intentaran recuperar el Cabo; simplemente no tenían con qué hacerlo. Si a eso se le agregaba el fin de la guerra contra los marajás de la India, Popham y Baird se encontraban al mando de una fuerza militar sin ningún objetivo próximo. Popham veía frente a sí un futuro promisorio. Su amistad con Pitt, el primer ministro de Gran Bretaña, seguramente le permitiría lograr un mando de relevancia en la guerra contra el Emperador. Y luego de esa victoria quizás el Rey quisiera intentar recuperar las colonias de Norteamérica.
Y hablando de Norteamérica… estaba esperando al capitán de un barco de ese país que se dedicaba al detestable comercio de esclavos. Popham despreciaba a ese tipo de gente, pero este hombre le había mandado una nota diciendo que lo enviaba un viejo amigo, otro estadounidense, William White.
Un bote se acercaba al Diadem. Seguramente era él.
* * *
—¿Popham?
—Sir Home Popham, para usted.
—¡Oh! Perdón. Cierto que ustedes, los británicos, son más formales —dijo el norteamericano.
—Más formales y más leales al Rey que ustedes.
—Claro, claro… Por eso hicimos una guerra y la ganamos. Pero no estamos aquí para discutir eso, ¿no? —el norteamericano no estaba dispuesto a ofenderse, era un hombre de negocios—. Mi nombre es Thomas Wayne.
—Bienvenido a bordo del HMS Diadem, señor Wayne — dijo Popham dándole la mano—. Pasemos a mi camarote.
Popham guió a Wayne por un laberinto de pasillos atestados de gente que iba y venía. Los barcos de guerra tienen mucha actividad aun en tiempos de paz.
—¿A qué debo su visita, señor Wayne?
—Tengo una carta de un amigo en común.
—Sí claro, el señor William White. Entiendo que él está en Buenos Aires. ¿Viene usted de allí? No sabía que hubiera trabajo para el comercio de esclavos en esa ciudad.
—Lo hay. No hay tanta necesidad de piezas africanas como en las plantaciones del Brasil, pero igualmente hay una necesidad.
—Piezas africanas… Veo que han buscado un nombre elegante para no decir “esclavos”. Pero bueno… Veamos la carta de mi amigo.
—Aquí la tiene —dijo Wayne, dándole un sobre cerrado y sellado—. White me dijo que me quedara mientras usted la leía porque seguramente tendría preguntas que yo le podría responder.
Popham abrió con cuidado el sobre y comenzó a leer el contenido de la carta. Había conocido a White en la India. En aquel entonces Popham había dejado la Marina para intentar hacerse rico con el comercio. Le fue muy mal y White lo ayudó a recuperarse financieramente tras lo cual volvió al servicio de Su Majestad. La carta arrancaba recordando aquella época, pero no lo hacía con nostalgia sino para remarcarle que aún tenía una deuda muy importante por saldar. White le había prestado mucho dinero que nunca había podido devolver. Pero parecía que se presentaba una oportunidad de hacerlo.
La carta se ponía interesante. White tenía información confidencial de que había un tesoro muy importante en Buenos Aires esperando la oportunidad de ser embarcado hacia España. El norteamericano estaba al tanto de que, por las leyes británicas, las tropas que incautan valores de potencias enemigas se pueden repartir un octavo del botín, debiendo mandarle a la Corona los siete octavos restantes. En este caso el tesoro era muy valioso por lo que White proponía una acción militar y luego repartir el dinero saldando, así, la vieja deuda.
El plan parecía sumamente audaz, no era alocado. Se estaban dando una serie de situaciones que hacían que esta oportunidad mereciera ser meditada.
—Señor Wayne, ¿cómo supo que me encontraría en el Cabo si en Buenos Aires no pueden haber llegado aún novedades de esta toma?
—De alguna manera White sabía que había una flota inglesa en el Atlántico sur y dedujo que el objetivo sería el Cabo. Como yo venía a África, por motivos obvios, me pidió que me desviara para tratar de encontrarlo. ¡Y así fue!
—No sé de dónde saca White la información, pero claramente la fuente es muy buena. ¿Sabe usted el contenido de esta carta?
—En términos generales sí. White me dijo que hay un tesoro en Buenos Aires y que la idea era convencerlo a usted para tomarlo y repartirlo. Me dijo que me pusiera a su disposición para darle toda la información que poseo de la navegación por el Río de la Plata y otras preguntas que usted pudiera tener. A cambio White compartirá conmigo parte de los beneficios.
—Mi pregunta es si usted sabe qué fuerzas militares españolas hay en el Río de la Plata.
—Muy pocas. No más de dos mil hombres, una parte de la guarnición fue enviada a Montevideo.
—Ya veo… —dijo Popham pensativo—. Pero habrá otras ciudades en el virreinato que podrían aportar tropas en caso de ataque, ¿no es así?
—El territorio es inmenso y casi totalmente despoblado. Hasta que llegaran tropas de refuerzo podrían pasar un par de meses.
—Interesante… Señor Wayne, voy a meditar el tema y estudiarlo. Le pido que durante los próximos días se mantenga cerca porque, seguramente, le estaré haciendo varias preguntas antes de tomar una decisión.
—Por supuesto —dijo el norteamericano con entusiasmo.
* * *
Dos días más tarde.
El bote dejó a Popham en el muelle. Se veía gran actividad en el puerto del Cabo. Había marinos ingleses, pescadores, comerciantes y esclavos, todos hablando un sinnúmero de idiomas europeos y africanos. Su vistoso uniforme de comodoro generaba respeto por lo que se hacía más fácil abrirse paso entre la multitud que ocupaba el muelle. Caminó por las calles de la pequeña ciudad, donde los holandeses lo miraban con resquemor. Siguió las instrucciones que le habían dado hasta que encontró la sede de gobierno donde, desde hacía poco tiempo, flameaba la bandera británica.
Los soldados de la guardia le abrieron paso respetuosamente y un oficial lo acompañó hasta el despacho del general Baird, el comandante en jefe de la expedición militar.
—Señor Popham, ¡qué alegría verlo! —dijo el general—. ¿Qué trae a un viejo lobo de mar a tierra firme?
—Señor Baird, me encanta caminar por la última joya que hemos agregado a la corona de Su Majestad —respondió el marino con una sonrisa al tiempo que tomaba el vaso de coñac que le alcanzaba el general.
—Una aventura más que se agrega a las muchas que hemos vivido juntos, ¿no? ¿Recuerda aquellos días en la India?
—Cómo olvidarlos. ¿Y la marcha en Egipto? Recuerdo verlos desembarcar para iniciar una larga marcha por el desierto.
—Aquella marcha nos hizo muy populares en Londres — dijo Baird con nostalgia—. Pero esta vez es más gratificante porque, como usted lo dijo, efectivamente le hemos agregado territorio y recursos a Gran Bretaña. Brindemos por nuestro éxito.
Ambos hombres chocaron sus vasos con alegría. Baird era general del Ejército y Popham comodoro de la Marina, pero para esta expedición el gobierno inglés había determinado que el comandante de toda la expedición fuera Baird, por lo que Popham estaba, circunstancialmente, subordinado al general.
—Creo que tenemos una oportunidad de agregarle otra joya a la corona —dijo Popham llevando la conversación al tema de su interés.
—Lo escucho con atención.
Popham le contó de la visita del norteamericano Wayne haciendo énfasis en que se daban especiales circunstancias por las que la ciudad de Buenos Aires se encontraba desguarnecida, aunque evitó hacer mención al tesoro. Prefería guardarse esa información para el último momento, de manera de negociar mejor el potencial reparto.
En lo que se esmeró, el comodoro, fue en explicar los antecedentes políticos de la conveniencia de ocupar el Río de la Plata.
—Recordará que soy muy cercano al primer ministro Pitt —dijo.
—Creo que nunca pasan quince minutos sin que usted lo mencione —bromeó Baird.
—Pues bien, hace tres años Pitt me convocó a una reunión con un español de Sudamérica, un tal Francisco de Miranda. El hombre traía una propuesta que iba en línea con los objetivos de la Corona.
—¿Cuál era ese objetivo?
—Lo de siempre, debilitar a Francia.
—¿Pero cómo se conectaba lo de Miranda con ese objetivo? —preguntó Baird.
—Sabemos que Francia tiene amenazada a España por lo que esta paga regularmente un tributo a Napoleón. La riqueza de España proviene de sus colonias de América. La propuesta de Miranda era que Gran Bretaña ayudara a generar la independencia de la América española. Esto haría que el oro de América no llegara más a las arcas de España y de allí a Francia.
—Entiendo —dijo el general—. ¿Y cómo se relaciona eso con nosotros?
—A eso voy. La propuesta era que Inglaterra facilitara medios para que independentistas iniciaran dos revoluciones. Una en el Virreinato de Nueva Granada{3} y otra en el Virreinato del Río de la Plata. El propio Miranda se encargaría de Nueva Granada ya que él es oriundo de allí. Pedía buques y armas para equipar a un grupo de criollos y con ellos iniciar la revolución.
—¿Y en el Río de la Plata?
—En Buenos Aires había un partido independentista, pero para iniciar la revuelta sería necesario una intervención militar de Inglaterra que anulara el poder de España. Nada muy importante. Estaba estudiado. Me encargué personalmente de conseguir la información de inteligencia por medio de innumerables comerciantes ingleses afincados allí que confirmaron los dichos de Miranda. Hicimos un completísimo informe que elevamos a Pitt a fines de 1804 recomendando la acción armada en el Río de la Plata. Le he traído una copia del informe para que usted lea. Aquí están todos los fundamentos de lo que le adelanté.
Popham le entregó una gruesa carpeta que Baird ojeó rápidamente, pero en seguida la dejó a un costado para leer más tarde.
—Este informe es de hace un año y medio. ¿Por qué no se ejecutó?
—La guerra con Napoleón se fue complicando y se dio prioridad a ocupar directamente colonias francesas, que es lo que nosotros hicimos. Pero iniciar la revolución de las colonias españolas sigue siendo una acción prevista para el futuro cercano. De hecho, cuando nosotros partimos de Cork, Miranda estaba iniciando su propia expedición con apoyo inglés.
Baird sirvió algo más de coñac a cada uno y se volvió hacia la ventana mirando las calles de la ciudad.
—En estos días —continuó Popham— me acaba de llegar una carta de uno de mis contactos en Buenos Aires diciendo que habían entrado en pánico porque pensaron que nuestra expedición, al salir de Brasil, se dirigía al Río de la Plata. Y el mismísimo virrey dijo que no tenían ningún medio para oponerse a nosotros, a lo que mi contacto agregó que los locales estaban dispuestos a rebelarse apenas nosotros apareciéramos.
—Entiendo. Pero nosotros estamos destinados al Cabo, no al Río de la Plata. Tenemos instrucciones de prepararnos para un posible intento de Francia de recuperar su colonia.
—¡Pero esa información es vieja, señor Baird! Desde que recibimos esas instrucciones el almirante Nelson liquidó a toda la flota francesa en Trafalgar. No hay posibilidad de que vengan. Al quedarnos aquí hasta nuevas órdenes estamos privando a Su Majestad de hacer un uso racional de esta poderosa fuerza militar durante varios meses.
—Estoy de acuerdo con usted, pero yo no siento que tenga la autoridad de disponer, así como así, de todos estos recursos para cumplir una misión que me es ajena.
—Pero…
—Entiendo que su posición es muy distinta, señor Popham, ya que es amigo del primer ministro, pero yo no puedo poner en riesgo mi carrera y mi prestigio actuando sin instrucciones precisas. Yo soy del Ejército y usted de la Marina. No se sienta atado por mis limitaciones. Usted puede actuar por su cuenta. Seguramente logrará el objetivo de generar la revolución con la mera presencia de sus naves frente a Buenos Aires.

Flota inglesa frente a Ciudad del Cabo en 1806
Las cosas no iban bien. Popham se tomó unos segundos para pensar. Tendría que jugar la carta que tenía guardada.
—Hay algo que todavía no le dije.
—Ah… Es usted una caja de sorpresas —ironizó Baird.
—En la carta, mi contacto en Buenos Aires me informa que hay un inmenso tesoro en el fuerte de Buenos Aires a la espera de ser embarcado hacia España. Recordará usted que la legislación permite que las tropas que se alcen con caudales enemigos se repartan un octavo del valor. En este caso es una verdadera fortuna.
Baird lo miró durante varios segundos sin decir nada. Dos reacciones casi opuestas peleaban dentro de su cabeza. Una era enojarse con Popham por esconderle ese importantísimo dato y la otra era la alegría que le generaba la codicia.
—Señor Popham, eso cambia notoriamente la reunión. ¿Es verdaderamente confiable su fuente de información?
—Muy confiable. La persona en cuestión, un norteamericano llamado White, tiene un interés especial en nuestra participación. Yo tengo con él una fuerte deuda de mis tiempos en la India y él ve esto como una oportunidad para que esa deuda sea saldada. El dato es bueno, créame.
—Entiendo… su posición es bastante comprometida, señor Popham. Ahora entiendo que precisa usted del ejército. Solo con sus buques no conseguiría sacar el tesoro del fuerte.
—¿Recuerda usted el caso de la fragata española cerca de Cádiz?
—Por supuesto. La Marina se alzó con un importante tesoro.
—Ese tesoro venía de Buenos Aires. Varios de mis compañeros de promoción se hicieron ricos con el reparto de ley. Este tesoro de ahora no llegará nunca a España. Si no lo hacemos nosotros lo interceptará otro barco de Su Majestad y habremos visto pasar un destino de riqueza frente a nosotros sin actuar —dijo Popham en un esfuerzo supremo por convencer al general.
—Lo entiendo perfectamente. No sólo de prestigio vive el hombre —bromeó—. Le pido un par de días para pensarlo bien. Es mucho lo que está en riesgo.
* * *
Al salir del despacho de Baird, Popham se encontró con un oficial del ejército que conocía con anterioridad y del cual tenía muy buena impresión.
—Señor Gillespie. ¡Que gusto encontrarlo! —dijo el comodoro—. Lo veo escribiendo con mucho esmero. ¿De qué se trata?
—Estoy llevando unos apuntes de esta expedición, señor. Creo que en un futuro pueden resultar interesantes para quienes deseen saber cómo son estos viajes y las aventuras que corremos. Me han dicho que podría publicarse como libro.
—¿Interés en aventuras? Espero poder darle aventuras para que escriba sobre ellas, capitán.
* * *
Diario del capitán Alexander Gillespie.
Por haber desempeñado un empleo civil en tierra durante nuestra permanencia en el Cabo, es mi deber reconocer las muchas atenciones recibidas. El clima es saludable pero los vinos mediocres. Hay numerosas fondas donde se puede comer suntuosamente por un duro, pero, al pedir vino extranjero se lo debe pagar extra.
Hay muchas casas de hospedaje tenidas por familias respetables por precios moderados con dormitorios particulares donde además se puede comer en una mesa elegante en la que los dueños de casa se sientan con las visitas. La manera de comer en Ciudad del Cabo fomenta, sin duda, la corpulencia de sus habitantes. No es raro ver que una dama come pescado flotando en las grasas usadas para freírlo y luego siga con una tanda de bifes con cebolla y luego una copa de ginebra.
* * *
A bordo del Diadem, dos días más tarde.
—Señor Baird, gracias por la visita.
Popham daba por sentado que la presencia del general lo acercaba un paso más a su objetivo del Río de la Plata, o mejor dicho… al tesoro que lo esperaba en el Río de la Plata.
—Buenos días, señor Popham. Como usted se imagina, mi visita se relaciona con la conversación que mantuvimos recientemente —dijo Baird con tono grave—. Por un lado, estuve estudiando casos y jurisprudencia, y es cierto que el gobierno otorga un amplio grado de libertad para que, comandantes de expediciones como la nuestra, puedan tomar decisiones y aprovechar oportunidades que de otra manera se perderían, ya que cuando aparecen oportunidades no hay tiempo para consultar a Londres.
—Estamos de acuerdo.
—Por otro lado, considero que no cuento con información fidedigna que me permita evaluar el caso. Entiendo que usted sí cree en la carta que ha recibido, pero debo remarcar que desconozco la fuente. Tampoco conozco los antecedentes políticos que usted tiene, según los cuales hay un interés genuino tanto en fomentar la independencia de las colonias españolas, como de interceptar sus caudales para evitar que caigan en manos de Napoleón. Nuevamente es usted mi única fuente de información al respecto por lo que me considero en inferioridad de condiciones para discutir su veracidad.
Baird se detuvo para tomar un sorbo de agua. Popham intentó aprovechar para dar su opinión, pero el general lo detuvo con la mano.
—Sin embargo, no soy necio ni tonto, señor Popham. Yo tampoco quiero perderme la oportunidad de lograr una pequeña fortuna, ni el prestigio de un logro histórico. En ese sentido lo he meditado profundamente y he decidido aceptar el reto, pero… —nuevamente lo detuvo a Popham— …he plasmado en esta nota mis condiciones para avanzar.
Baird le alcanzó un papel que Popham tomó nerviosamente. Lo primero que buscó con la vista eran números. Lo que vio le resultó decepcionante pero aceptable. Luego advirtió que había una larga lista de cláusulas que no le agradaban pero que eventualmente podría aceptar.
—Señor Baird, es injusto que exija que la parte a repartir entre los miembros del Ejército sea muy superior a la parte de la Marina. Le recuerdo que soy yo el que aportó la información y…
—Señor Popham —lo paró Baird— usted es amigo de Pitt, no corre ningún riesgo. Si la expedición fracasa el primer ministro verá de dibujar la situación para que usted salga bien parado. En cambio, yo no tengo ninguna garantía. Cualquier error significará el fin de mi carrera militar. Le agrego otro justificativo. Aquí hace falta tomar una ciudad por las armas. Se perderán vidas. Perderemos soldados. Mis oficiales se expondrán a las balas mientras los suyos observan con catalejos desde la borda de sus barcos.
—Es injusto que…
—Además, déjeme que le sugiera algo… En una acción de bloqueo naval la Marina puede decomisar carga comercial de barcos españoles y ese botín no lo tiene que compartir con el Ejército. Es decir que usted podrá recomponer su parte.
Popham se dio cuenta que Baird tenía el tema bien pensado y que la decisión estaba ya tomada. No tenía sentido discutirlo.
—Déjeme hacer algunas cuentas antes de darle mi respuesta —dijo Popham simulando dudas.
—Está en todo su derecho.
—Por otro lado, veo que usted no piensa venir.
—Claro que no —respondió Baird con firmeza—. No podemos dejar al Cabo en manos de subalternos. El principal y único objetivo de nuestra expedición era y sigue siendo, ocupar la colonia del Cabo de la Buena Esperanza. No debemos, o mejor dicho, no podemos poner en riesgo este logro en búsqueda de nuestra propia fortuna. Por ese motivo yo me quedaré aquí con el grueso de la fuerza militar y le cederé el mínimo de soldados que le permita capitalizar la oportunidad tal como sugiere la carta que recibió. Si la operación requiere una fuerza más importante, entonces no la ejecutaremos.
—No hay problema con eso, entiendo perfectamente que usted delegue el mando de las fuerzas del ejército en otra persona, pero… ¿en Beresford?
—Sí. ¿Qué problema hay? Él tiene mucho criterio para tomar decisiones. Es una persona sensata con muy buena llegada con la tropa.
—Pero Beresford no tiene experiencia en acciones militares. Lo hablamos y hasta no reímos de eso un par de veces —se quejó Popham.
William Carr Beresford era un oficial con una extensa foja de servicios cumplidos en los más diversos lugares del mundo, pero era un secreto a voces que, por diversas razones, nunca había estado en combate. Permaneció dos años cercado en Toulon, pero dentro de la ciudadela, fuera del alcance de las fuerzas francesas y cuando Napoleón doblegó el cerco, Beresford y su gente fueron rescatados por la Marina. En la India estuvo acantonado mucho tiempo, pero sin necesidad de combatir. En Egipto se hizo conocido por la marcha desde el Mar Rojo hasta El Cairo, pero fue una marcha, sin combate. Finalmente, en el Cabo fue destinado al desembarco en una playa norteña en una maniobra de distracción para esconder el verdadero lugar de ataque, razón por la cual tampoco participó de la acción de guerra.
—Tiene razón en eso, señor Popham —Baird sonrió por primera vez en la reunión—. Beresford es de alguna manera mi reaseguro.
—¿Cómo es eso?
—Usted será amigo de Pitt, pero Beresford es amigo de Wellesley{4}. Si las cosas no salen bien, tendremos un pez gordo que quiera defender el accionar del ejército.
—Entiendo, es una razón de peso —sonrió Popham—. Pero su falta de experiencia estaría socavando las posibilidades de éxito.
—Le daré una persona de acción. Denis Pack y su Regimiento 71, de escoceses.
—¡Bien! —se entusiasmó Popham. Pack había brillado por su audacia y decisión en la toma del Cabo. Ciertamente él era un hombre que Popham quería tener en su equipo.
Popham se levantó, abrió unas puertitas en un mueble del cual sacó dos elegantes vasos y una botella de un conocido whisky escocés.
—En honor al Regimiento 71 de escoceses —dijo sonriendo el comodoro.
Chocaron sus vasos. —¡Por Su Majestad!
* * *
Diario del capitán Alexander Gillespie.
Había bastante tráfico de barcos en la bahía del Cabo. Entre otros había anclado un bergantín norteamericano al mando de un tal capitán Wayne que se había ocupado del tráfico negrero y en sus correrías había visitado con frecuencia Montevideo y Buenos Aires. Estuvo hablando con el comodoro Popham y dos marineros los escucharon mencionar el estado indefenso de la capital. Su relajada disciplina y su seguridad sin recelo harían que cualquier golpe súbito fuera coronado por el éxito.
Una vez concebida la idea, fue fomentada y comenzaron los preparativos para una nueva expedición a fines de marzo.
Capítulo 3. ¡Triunfar o triunfar!
Diario del capitán Alexander Gillespie.
A principios de abril se decidió partir con medios escasos. Con nuestra débil fuerza la flota levó ancla el 14 de abril, pero el 22 el transporte Ocean, que tenía a bordo al mayor Tolley con doscientos hombres, desapareció durante una noche de fuerte borrasca. Esto representaba un muy serio accidente considerando nuestro disminuido número y la magnitud de la misión que teníamos por delante.
Este infortunio nos obligó a modificar la ruta hacia Santa Elena.
* * *
Isla de Santa Elena, Abril de 1806.
Mientras los marineros del Diadem bajaban un bote al agua, Popham y Beresford admiraban la silueta de la isla de Santa Elena{5}. Sus costas eran precipicios que caían al mar y con sólo una pequeña cala apropiada para el desembarque.
—Esta isla parece una fortaleza —dijo Beresford.
—Sí, claramente su importancia estratégica está en que es imposible tomarla por la fuerza. No requiere muchas tropas para defenderla y además cuenta con agua y ganado por lo que a un atacante de nada le serviría bloquearla.
El bote ya estaba en el agua y ambos se embarcaron en él. Bajaban a tierra para tener una reunión con el coronel Patton, gobernador de la isla. Mientras cuatro marineros remaban y las olas los sacudían, los dos hombres charlaban. Popham se sentía muy a gusto con Beresford. No había cambiado de opinión acerca de que no se trataba de un hombre de acción, pero ciertamente tenía gran capacidad de organización y administración.
—Es curioso que la isla está en manos de una empresa privada —acotó el comodoro—. La East India Company. Como se dedican al comercio, la ubicación de la isla les permite cambiar el destino de sus barcos en función de sus negocios sin necesidad de ir y volver a Londres.
—Las tropas de aquí son de ellos, ¿no? Son mercenarios de un ejército privado. No muy confiables.
—Sí, es cierto. Pero después de lo del Ocean precisamos los refuerzos que podamos obtener.
Durante la navegación desde el Cabo una tormenta había golpeado a la flota de Popham dispersándola. Les llevó un par de días reorganizarse, pero un barco de transporte, el HMS Ocean, había desaparecido. Popham no creía que nada realmente malo le hubiera pasado, pero lo cierto era que no sabían dónde estaba. El capitán del Ocean llevaba instrucciones secretas en un sobre que, seguramente, habrían abierto al perder contacto con el resto. Allí se les informaba que debían dirigirse a la boca del Río de la Plata. Si bien era probable que en unas semanas se encontraran con el barco perdido, Popham y Beresford debían asegurarse de tener una alternativa por si no lo hallaban; en ese barco viajaban doscientos hombres del Regimiento 71 y sin ellos la aventura se volvía mucho más incierta. Contaban con pocos hombres desde un inicio a tal punto que Popham había reclutado trescientos marineros de su flota para convertirlos en soldados de com bate, o por lo menos para que simularan serlo.
La potencial pérdida del Ocean no sólo implicaba contar con menos hombres, sino que encima eran del mejor regimiento. Eran un tercio del 71. Sin ellos Beresford no quería arriesgarse. La alternativa era seguir hacia el Rio de la Plata esperando encontrar al Ocean, pero si no aparecía Beresford desistiría de todo. Así fue como a Popham se le ocurrió dirigirse a Santa Elena y buscar interesarlos en compartir beneficios a cambio de contar con parte de sus hombres. Siendo una empresa privada, seguramente estarían interesados. Además, su parte de la recompensa se descontaría de la parte del ejército, no de la marina, así que a Popham la incorporación le salía gratis. A Beresford, en cambio, la recompensa parecía no importarle. Su preocupación era la acción militar…
—Estos mercenarios no son lo mismo que el 71 —dijo Beresford.
—No, pero la gente de Buenos Aires no lo sabe. Para ellos todos son soldados ingleses. Los quinientos hombres del 71 más mis trescientos marineros, más la tropa que sumemos aquí serán suficientes para que se evapore cualquier deseo de combate de los españoles.
—Lo ideal sería que consigamos que aquí nos presten gente y que además nos encontremos con el Ocean en el Plata.
—¡Si así fuera estaríamos más que cubiertos! —exclamó Popham entusiasmado.
—Los primeros en encontrarlos serán los del Leda.
El HMS Leda era el barco que Popham había despachado como avanzada desde el Cabo para que hiciera un relevamiento acerca de la navegación en el traicionero Río de la Plata. En esa nave había enviado al norteamericano Wayne, ya que él era el único que conocía la zona y tenía mapas que el Leda debía verificar.
Se acercaban a la costa de Santa Elena y de a poco las olas dejaban de zarandearlos.
—¿Quién será ese hombre con un sombrero con pluma? —preguntó Beresford.
—Seguramente es el gobernador. Yo avisé de nuestro desembarque a través de las banderas{6}.
* * *
Diario del capitán Alexander Gillespie.
Se requirió de la persuasión y destreza de nuestros dos comandantes para convencer al gobernador Patton y así reparar nuestra deficiencia por la pérdida del Ocean.
El destacamento de Santa Elena fue una adición valiosa pues la mayoría de ellos eran artilleros y tiradores excelentes.
* * *
—¡Bienvenidos a Santa Elena! —los recibió el gobernador Patton.
No era del todo extraño que en esta isla se detuviera algún barco de la Marina, pero lo que era absolutamente raro era que el comandante de una importante flota pidiera hablar con el gobernador. Por eso él mismo los fue a buscar al muelle y los guio por el pueblo hasta su oficina. Con una población tan pequeña hubiera sido demasiado pomposo llamar su casa la Casa de Gobierno. Patton cumplía una doble función, la de gobernador y la de administrador de la Compañía de Indias.
Al llegar les ofreció té frio y los tres se sentaron alrededor de una mesita.
—Ante todo, debo felicitarlos por el enorme éxito que obtuvieron en el Cabo. La noticia ya ha recorrido más de la mitad del Imperio.
—Gracias. Hubo una importante preparación y pla neamiento que nos permitió lograr el objetivo con menos pérdidas de lo que habíamos pensado —respondió agradecido Popham—. ¿Y ustedes aquí? ¿Cómo está todo?

Sir Home Popham, imagen de su carte de visite
—Dentro de todo bien. Todavía adaptándonos al enorme cambio que hubo en Londres.
—¿A qué cambio se refiere? —preguntó Beresford—. Nosotros venimos del extremo del mundo al que no llegan noticias.
—¿Entonces no se enteraron?
—¿De qué cosa? —preguntó Popham, impaciente.
—¡De la muerte de Pitt!
—¿Cómo? ¡No puede ser! ¿Estamos hablando de William Pitt?
—Sí, claro —respondió Patton—. El primer ministro.
—¡Oh Dios! —dijo Popham tomándose la cabeza con las manos—. Es una calamidad.
—¿Lo conocía usted? —preguntó el gobernador.
—Sí… —A Popham la cabeza le daba vueltas. Estaba como ausente—. Era un amigo cercano. Pero… me cuesta creerlo… ¿Qué le pasó?
—A todos nos costó. Era joven. Su muerte fue repentina, creen que a causa de una hemorragia interna.
—¿Quién lo sucedió? —preguntó esperanzado, Popham.
—Su primo Grenville, pero con una visión totalmente distinta de todo. Lo que antes estaba bien ahora está mal y bueno… ya sabe. Lo que los cambios de gobierno siempre traen aparejado.
Popham quedó mudo, sumido en sus pensamientos negativos. Su mundo se acababa de desmoronar. Nunca pensó que pudiera ser tan frágil. Sus certezas respecto a esta nueva expedición acababan de cambiar radicalmente. Muerto Pitt, perdía su garantía de salvación en caso de que las cosas no salieran bien. Su cabeza volaba en busca de una salida del embrollo en el que se había metido. ¿Podría cancelar la expedición? Ya se habían movido más de dos mil personas, decenas de barcos… No… no le parecía posible ni razonable.
Ante el silencio de Popham, Beresford tomó el mando de la reunión.
—Señor Patton, entiendo que el señor Popham le envió anoche una nota con una presentación de lo que venimos a hacer aquí.
—Sí, correcto. Me comentó que tienen una misión en Buenos Aires y que allí habría un rico tesoro listo para ser embarcado hacia España que ustedes intentarán alcanzar o interceptar, lo que permite una interesante remuneración para las fuerzas intervinientes.
—Perfecto, lo tiene clarísimo —dijo Beresford con satisfacción—. Creo que también le comentó que hemos perdido contacto con uno de los transportes por lo que no estamos seguros de que algo más de doscientos hombres se reúnan con nosotros para esta misión.
—Exactamente eso era lo que decía la nota y ya he evaluado que podría darles esa cantidad de hombres, aunque ciertamente no son de la misma calidad militar que los del 71 —aclaró Patton—. Nuestros soldados habitualmente cumplen un papel más disuasivo que operativo, para proteger operaciones comerciales tanto en barcos, como en puertos o en caravanas. Ellos son contratados, tienen diversos orígenes; si bien la mayoría son ingleses hay de todos lados del mundo. Nuestros soldados no pelean por ideales. Nuestros soldados en general no pelean ¡ja ja!
—Le agradezco la sinceridad. No pensamos en ellos para ponerlos al frente de importantes operaciones sino más bien en la retaguardia y haciendo número. Si tienen uniformes, se paran bien, tienen armas y cumplen órdenes simples, entonces nos serán de mucha utilidad.

William Carr Beresford, óleo de William Beechey
—Correcto, todo eso lo hacen y muy bien. Es más, también les estaré cediendo un grupo de artillería que manejan muy bien sus piezas.
—¿Le dijo el señor Popham cual sería el premio? —pre guntó Beresford.
—Me dijo que sería la parte proporcional, en función de la cantidad de hombres, que le toque en reparto al ejército. Me tomé la libertad de escribir un pequeño contrato al respecto para que ustedes estudien y firmemos antes de su partida.
—¿Un contrato? Muy bien. Un verdadero hombre de negocios.
—Es que para nosotros esto es un negocio. Nosotros vemos en esta expedición una gran oportunidad. Creemos que es una excelente idea, más allá del tesoro que se espera conseguir. Por eso tengo una exigencia adicional que no creo que sea problema para ustedes.
Escuchar “excelente idea” sacó a Popham de sus pensamientos y lo trajo de vuelta a la reunión.
—¿Cómo es eso, señor Patton? ¿Por qué cree que es una excelente idea? —preguntó el comodoro.
—Por el comercio. Buenos Aires ha estado asfixiada por el monopolio español por lo que hay una gran demanda reprimida de productos británicos, que son de mejor calidad que los locales —explicaba Patton con gran solvencia—. Nosotros esporádicamente hacemos algunos negocios “no santos” con comerciantes ingleses de esa ciudad, que nos dejan muy buenos dividendos. Créanme, allá tenemos una enorme oportunidad comercial.
—¿Y cuál sería la exigencia que mencionaba? —preguntó Popham con un poco más de optimismo.
—Tengo anclados dos barcos de la Compañía que están destinados a la India, pero dada esta oportunidad nos será mucho más rentable destinarlos hacia Buenos Aires, junto con su flota.
Popham y Beresford se miraron. Esto ciertamente no estaba en sus planes.
—Señor Patton, no tenemos ningún problema en que nos acompañen —dijo Popham—. ¿Es realmente tan importante la oportunidad comercial?
—¡Por supuesto! Es muy buena. Es incluso mejor que adueñarse de un tesoro.
—No lo creo… —puso en duda Popham.
—Claro que sí. Adueñarse de un tesoro es algo que se da una sola vez. Por más rentable que parezca, cuando se distribuye, se terminó. En cambio, abrir una oportunidad comercial es abrir un grifo que le dará riqueza año tras año, sin parar.
—Interesante… —dijo Popham poco interesado.
—Si les interesa, les puedo dar algunas ideas para que ustedes puedan participar —dijo Patton con un tono intrigante.
—¿En qué consistirían? —preguntó Popham con un poco más de interés.
—Una vez allá, ustedes podrían generar condiciones que mejoren nuestros márgenes y así nosotros les podremos retribuir —dijo el gobernador, con una sonrisa.
—¿Cuáles serían esas condiciones? —preguntó Popham, cada vez más interesado.
—Oh, algunas ideas… Por ejemplo, decomisar las mercaderías de barcos españoles que esperan ser desembarcadas, eso aumentaría el interés y la necesidad en nuestros productos.
—¡Buena idea! —aprobó el comodoro con entusiasmo.
—Otra idea es bajar las tasas de los impuestos de importación. Al bajar ese costo, sube el valor del producto sin impuestos, lo que mejora el margen.
—Muy interesante. ¿Y cómo podría ser nuestra participación?
—Veo que ya se están convirtiendo en hombres de negocios —dijo Patton con una sonrisa.
* * *
7 de junio de 1806, en la boca del Río de la Plata.
El comodoro Popham estaba en el puente de mando del HMS Narcissus, el barco más rápido de la flota. Desde que se había enterado de la calamitosa muerte de William Pitt, el marino había pasado de un profundo desaliento, que casi lo hizo cancelar la expedición, hasta el mayor de los entusiasmos.
Estaba claro que si la aventura fracasaba se trataría, como mínimo, del fin de su carrera militar; pero ahora veía que, en caso de triunfo, los beneficios serían mucho mayores que lo que había calculado cuando salieron de África. En ese momento, entre lo que le sacaba Baird y lo que le debía a White no le quedaba gran fortuna. En cambio, ahora veía clarísimo como hacerse rico con el comercio. Patton le había abierto los ojos. No solo había acordado con él compartir beneficios extraordinarios, sino que les había escrito a varios amigos de Londres para que compraran productos y los fletaran en barco hacia el Río de la Plata. Estaba claro que era a todo o nada y él apostaba todo al éxito. Había una sola alternativa: ¡triunfar o triunfar!
A poco de partir de Santa Elena, la ansiedad lo empezó a carcomer. Decidió pasarse al barco más rápido y adelantarse hacia el Plata, dejando la flota, lenta debido a los barcos de transporte, en manos de su segundo.
En el Narcissus navegaron con todas las velas a máxima velocidad, algo que disfrutan todos los marinos. La idea era llegar rápido al estuario y encontrarse con el Leda, que había despachado directamente desde el Cabo. Así se enteraría de la marcha del relevamiento y podría trazar una ruta para cuando llegara el resto de la flota.
La larga travesía había llegado a su fin, ya estaba en las aguas marrones del Río de la Plata buscando al Leda. En este momento, desde el puente de mando, escudriñaba el horizonte. Se veía una vela lejana y navegaban a máxima velocidad hacia ella. Quizás fuera el barco que buscaban.
—Tiene bandera norteamericana —dijo decepcionado el oficial a su lado, también con catalejo.
—Son ellos. Reconozco el Leda hasta a un millón de millas —afirmó Popham con confianza—. La bandera americana es una treta del señor Wayne para no levantar sospechas.
Cuando estuvieron más cerca dispararon el cañón de proa para llamar a la detención al otro barco, fuera el Leda o no. A los pocos minutos este bajó las velas y el Narcissus lo alcanzó rápidamente. Era el Leda. Ambos buques subieron banderas de salutación. Popham dio instrucciones para que le bajaran un bote y abordar el otro barco.
—Señores Desmond y Wayne. ¡Qué bueno verlos! —gritó saludando al comandante del Leda y al norteamericano que había conocido en el Cabo.
Todos en el Leda saludaron respetuosamente al comodoro Popham, máxima autoridad de esa inusual expedición.
—Señor Popham —saludó Desmond.
—Estimados señores. ¿Cómo anduvo todo? ¿Qué novedades hay?
—El relevamiento muy bien señor. Pero tuvimos un percance.
—¿Cuál? —preguntó Popham con ansiedad.
—Perdimos tres hombres. Fueron tomados prisioneros.
—¿Cuándo? ¿Cómo pasó eso?
—Desembarcaron para hacer un relevamiento a cinco millas de Santa Teresa{7} y parece que había una partida de españoles escondidos. Vi como sucedió desde el puente de mando. Una partida montada los rodeó y se los llevó prisioneros. Disparamos los cañones para ver si los asustábamos y los soltaban, pero nada. Hasta pasamos frente al fuerte de Santa Teresa y les disparamos, pero sin éxito.
—¡Maldición! —masculló Popham—. Ahora saben que estamos acá.
Capítulo 4. Están aquí
Ensenada, 24 de mayo de 1806.
Liniers fue caminando hasta la costa. El pequeño barco se acercaba con todas las velas desplegadas. Antes había hecho un par de disparos comunicando que tenía urgencia, razón por la cual el francés había salido del fuerte Barragán de Ensenada hacia la costa. Liniers conocía el barco y a su tripulación, si traían apuro era porque algo serio pasaba.
—¡De la Peña, parece que vio al diablo! —gritó.
—¡Ingleses, señor! —respondió apuntando hacia el este.
Cuando el barco tocó fondo el joven se subió a un bote y remó lo más rápido que pudo. Cuando el bote encalló, metió los pies en el agua y tiró de la soga arrastrándolo hasta la costa.
—Bienvenido a Barragán, De la Peña.
—Gracias, señor. Vine lo más rápido que pude.
—Cuénteme —dijo Liniers que se mostraba impaciente.
—La gente de Santa Teresa tomó prisioneros a ingleses que habían bajado a tierra para hacer algún tipo de relevamiento.
Santa Teresa era una gran fortaleza frente al mar en la costa este de la Banda Oriental. Si bien había sido construida por los portugueses, en las sucesivas idas y vueltas de acuerdos y desacuerdos finalmente había quedado en manos españolas. Su principal utilidad estratégica era la detección de un avance militar por tierra, que solo podía tratarse de portugueses, pero también era capaz de divisar barcos si estos entraban al Río de la Plata sin ser demasiado precavidos.
—Los nuestros habían visto un barco de guerra con bandera de Norteamérica que navegaba de un lado a otro.
—Estarían sondeando —afirmó el francés.
—De la fortaleza despacharon cinco hombres bien montados para que los siguieran desde tierra.
—¡Bien hecho!
—Y en un momento bajaron un bote con tres personas que estuvieron bastante tiempo haciendo algunas mediciones. Después quisieron cazar unos avestruces entonces se alejaron del bote. Así que los nuestros les cayeron con los caballos y los tomaron prisioneros.
—¿Qué dijeron?
—No hablaron, pero tenían unos papeles que indicaban que eran ingleses, no norteamericanos. Los llevaron a Montevideo. Ruiz Huidobro dice que con dos o tres días sin ver la luz van a hablar.
—Eso mismo —dijo Liniers con satisfacción—. ¿Cuándo sucedió?
—Hace cinco días señor. La idea era avisarle lo más rápido posible, pero… Santa Teresa queda lejos. Yo salí antes de ayer desde Montevideo. Traigo una carta de Ruiz Huidobro con más detalles.
—Perfecto. Ahora la leo y, cuanto antes, se la mando a Sobremonte.
—¿Qué piensa señor? Hay quien dice que podrían ser contrabandistas y nada más.
—Los contrabandistas jamás harían relevamientos —respondió el francés—. Ni estudiarían una zona lejos de las poblaciones. Si quisieran bajar mercadería de contrabando lo harían cerca de alguna de las ciudades, no en el medio de la nada.
—¿Entonces?
—Entonces es la avanzada de una flota de invasión. Tenemos que prepararnos para un ataque, pero es clave saber dónde va a ocurrir. Si estaban relevando aquella costa del río, probablemente estén pensando en Montevideo. Pero sería muy importante que los prisioneros hablaran.
—Ruiz Huidobro los hará hablar, señor.
—Estoy seguro de que sí —sonrió el francés que conocía muy bien al gobernador de Montevideo—. Estoy pensando que yo mismo voy a llevar la carta a Sobremonte.
* * *
Diario del capitán Alexander Gillespie.
El Río de la Plata está delimitado por las puntas de los cabos Santa María{8} y San Antonio separados unas ciento cincuenta millas náuticas{9}.
Navegando por el norte se abre la bahía de Maldonado que se encuentra protegida por la isla Gorriti. Dicho lugar ofrece abrigo de los vientos del sudeste, pero no de los Pamperos. Siguiendo por esa costa se encuentra Montevideo, tenido como el más seguro de los puertos durante nueve meses al año. En él los barcos deben mantenerse al Este porque allí el fondo es más profundo.
Siguiendo por esa costa se llega a Colonia, casi frente a Buenos Aires. La rada de la capital está tan atiborrada de barcos que los mismos prácticos se pierden.
Volviendo por la costa sur, la Ensenada de Barragán es el lugar preferido para fondear al abrigo del viento Pampero.
* * *
Como de costumbre, golpeó a la puerta como una manera de anunciarse.
—Señor Liniers, ¿qué lo trae por aquí en lugar de estar en su puesto de Barragán? —preguntó Sobremonte algo molesto.
—Los ingleses ya están aquí, Su Excelencia.
—¡Oh, que bien! Hágalos pasar, por favor —dijo el virrey con una ironía que el francés prefirió ignorar.
Le extendió la carta de Ruiz Huidobro. Sobremonte le indicó la silla para que se sentara mientras él la leía. Se tomó varios minutos para hacerlo.
—En otra situación le diría que se trata de un vulgar caso de contrabando, pero hace dos días me llegó otra noticia.
—¿Qué pasó? —pregunto el francés.
—Hace dos días entró un barco en la rada, el Cupido, proveniente de Algeciras. Su capitán vino inmediatamente a verme para decirme que había visto una gran flota inglesa navegando hacia el Sur. Específicamente hacia el Río de la Plata. De hecho, una de las naves inglesas se separó del resto de la flota para interceptarlos. Los persiguió hasta que se hizo de noche. Entonces el capitán cambió totalmente el rumbo y hacia la madrugada ya los había perdido.
—Claro, los quisieron capturar para evitar que trajeran la noticia.
—Sí, y de paso, piratear un poco. Así son los ingleses — agregó el virrey—. ¿Usted cree que atacarán Montevideo?
—Pienso que sí, más que nada porque estaban relevando la costa de ese lado.
—Hay otra cosa. Si quieren quedarse con colonias de sus enemigos, como hicieron con el Cabo, parece bastante razonable que le apunten a la Banda Oriental. Podrían hacerse inexpugnables. De un lado tienen a sus aliados, los portugueses, y por el otro tienen a los ríos Uruguay y Paraná que complicarían cualquier intento nuestro de reconquista por tierra.
—Además, es más fácil navegar de aquel lado, las aguas son más profundas.
Sobremonte se levantó y fue a un mueble cercano del cual sacó un mapa del Río de la Plata. Lo extendió sobre su escritorio. Liniers también se puso de pie para observar bien la carta.
—Las fortificaciones de la Banda Oriental son cuatro —dijo el francés, señalándolas sobre el papel—. Colonia, Montevideo, Maldonado y Santa Teresa. El barco inglés fue visto cerca de Santa Teresa. Seguramente están relevando las cercanías de los puntos fortificados. Quizás ahora estén a la altura de Maldonado, donde las fortificaciones son débiles.
—¿Piensa que podrían atacar Ensenada?
—Me parece que no, porque aun si el objetivo fuera Buenos Aires, Ensenada está a diez leguas. Mucha distancia para marchar con un ejército.
—Entonces voy a mandar refuerzos a Montevideo. Una cosa más.
—Diga Su Excelencia.
—Sigamos manejando esta información de forma confidencial. No quiero provocar un caos.
* * *
Golpearon la puerta de noche. William White, o Guillermo White, como le decían sus amigos criollos, no esperaba a nadie, pero no era totalmente extraño que alguien apareciera a esas horas.
—¡Señor O’Gorman! —dijo con sorpresa—. Una visita en medio de la noche debe tener un buen motivo.
—Ellos ya están aquí.
—¿Quiénes? —preguntó White.
—La flota inglesa. Ya navega por el Río de la Plata.
—¡Excelente! ¿Cómo lo sabe? ¿La Perichona?
—Si, si… —dijo O’Gorman con algo de pesadez—. Ella se encontró con el francés y le sacó esa información. Detectaron un barco que relevaba la costa y la flota fue vista acercándose hace pocos días.
—¡Excelente! —exclamó White—. Nuestra gran oportunidad se va convirtiendo en una realidad.
* * *
El Leda navegaba bastante por delante del Narcissus, ambos bajo bandera norteamericana para no despertar sospechas. Estaban a la búsqueda de una presa. El norteamericano Wayne había dicho que navegar por el Río de la Plata era peligroso porque había bancos de arena que podían hacer encallar a un barco grande. La solución que él proponía era conseguir un piloto, es decir un conocedor del río. La mayoría de los barcos contrataban alguno en el puerto de Buenos Aires y lo llevaban hasta donde las aguas no representaran peligro, entonces el piloto se volvía en un pequeño barco que se llevaba a remolque.
Popham observaba con el catalejo a la espera de alguna señal del Leda. De repente vio lo que buscaba. El Leda hizo señales con sus banderas. El catalejo de Popham se dirigió a un barco que se encontraba más al sur, con bandera portuguesa, esa era la presa. Leda y Narcissus viraron encerrando al portugués por el este y el oeste. Este trató de evadirlos poniendo todas las velas hacia el Sur pero no tenía la suficiente velocidad. Los ingleses se iban acercando inexorablemente. Cuando estuvieron algo más cerca Popham mandó hacer un disparo de cañón como advertencia, el Leda hizo lo mismo. Los portugueses achicaron las velas. No sabían lo que les podía pasar, pero claramente no tenía sentido pelear contra dos barcos de gran armamento.
Al acercarse con precaución Popham hizo aprestar a veinte infantes de marina en la cubierta y mandó a cargar y apuntar los cañones. La tripulación y pasajeros del barco portugués estaban sobre cubierta, todos con cara de miedo. Pensaban que serían presas de piratas.
—Este barco será revisado por orden de la marina de Su Majestad Británica —gritó Popham y Wayne tradujo al portugués como pudo. Del otro barco contestaron que no eran portugueses sino españoles y que no habían ofendido a Su Majestad.
—Ni ellos son portugueses ni nosotros norteamericanos. Nadie navega con su verdadera bandera en este río, ¡ja ja! —rió Popham.
No hubo violencia en el abordaje, pero sí mucha tensión. Lo primero que hicieron los infantes de marina fue buscar todas las armas que hubiera en el barco para que no tuvieran manera de defenderse. Cuando consideraron que la situación estaba bajo control Popham, Wayne y dos oficiales abordaron el barco español.
—Capitán Gillespie, haga una lista de todas las personas de esta embarcación indicando el cargo que ocupa cada uno. Señor Wright haga una requisa y anote todo lo que haya de valor, ya sea mercadería, dinero, oro, joyas. Averigüe donde está el cofre, que lo trasladaremos al Narcissus.
Mientras tanto el capitán español se quejaba airadamente. Wayne trataba de hablar con él, pero el hombre no se calmaba. Popham se cansó, lo hizo esposar y fue mandado al Narcissus.
—¿Encontró al piloto, señor Wayne?
—Sí, y es una sorpresa.
—¿Por qué?
—Es alguien que conozco. Le presento al señor Roger Russell, escocés de Aberdeen. Vive en Buenos Aires desde hace quince años.
—¡Señor Russell, bienvenido a un barco de Su Majestad! —dijo Popham con algo de ironía.
—No sé si ponerme contento —respondió el escocés no muy convencido—. Tengo mujer e hijos en Buenos Aires que dependen de mi para su subsistencia.
—Le puedo asegurar que enlistarse con nosotros le va a convenir. Como súbdito de Su Majestad usted ni siquiera tiene la posibilidad de sumarse a los prisioneros españoles, está obligado a servirnos. Pero créame, con su ayuda triunfaremos y me encargaré personalmente de que a usted y su familia les vaya muy bien.
—Le tomo la palabra comodoro. Muchas gracias.
—¡Señor Desmond! —le gritó Popham al comandante del Leda—. Precisamos quince marineros y tres oficiales de su tripulación para que, junto con los que yo aporte del Narcissus, formemos la nueva tripulación de este barco, el Santa Cruz.
—¿Qué hacemos con estos españoles?
—A los prisioneros los dejaremos en la Isla de los Lobos{10}. —Esa isla está pelada, señor. Morirán —objetó Desmond.
—Les dejaremos víveres y deberán esperar que algún barco español los rescate.
Gillespie subió de la cubierta inferior.
—Treinta y dos personas. Uno dice ser el gobernador de Valdivia en viaje hacia Cádiz. Reclama un mejor trato.
—¡Claro! Será el primero al que dejemos bajar en la isla de los Lobos —dijo Popham con suma ironía.
El comodoro estaba en su salsa. Daba órdenes a diestra y siniestra. El pesimismo había quedado atrás. Tenía un piloto para que lo guiara por el peligroso Río de la Plata, tenía un barco nuevo y ágil para navegar, habían encontrado una pequeña fortuna en alhajas del gobernador de Valdivia, solo faltaba que…
—¡Señor Popham! ¡Allá! —desde el Leda, Desmond, catalejo en mano, le indicaba enérgicamente hacia el Este.
El comodoro tomó un catalejo del puente de mando español y miró en esa dirección.
—¿Qué hay? —le preguntó Wayne con preocupación.
—Nuestros hermanitos perdidos —le respondió Popham con aire de misterio—. Es el HMS Ocean que creímos perdido, con doscientos de los mejores soldados del mundo.
El comodoro empezaba a sentir euforia. Todo estaba saliendo mejor de lo previsto. El destino lo estaba invitando a disfrutar del éxito.
* * *
Diario del capitán Alexander Gillespie.
La adquisición del práctico Russell, tan a tiempo, parecía un buen augurio, pero luego notamos que su utilidad no era efectiva si el hombre tenía acceso a una botella. Se le permitió, no obstante, una pequeña tolerancia siendo vigilados sus movimientos durante el día, así como también bajo su almohada por la noche. De esa manera se logró mantenerlo apartado de su inclinación.
Capítulo 5. Un río traicionero
Ensenada de Barragán, 11 de junio de 1806.
—Señor Liniers, qué gusto verlo. Está muy peligroso navegar por el río —saludó el joven De la Peña mientras bajaba del bote junto con un hombre de unos cincuenta años—. Le presento al señor Ureña, hasta hace pocas semanas era gobernador de Valdivia.
—Mucho gusto —dijo el francés dándole la mano.
El pequeño grupo se encontraba en la angosta playa frente al fuerte de Barragán a doce leguas{11} de Buenos Aires.
—El señor Ureña es uno de los que rescatamos de la isla de los Lobos. Prefirió venir a Buenos Aires en lugar de dirigirse a Montevideo —explicó el joven—. Pero le pedí que desembarcara aquí y siguiera por tierra porque debo volver a la Banda Oriental cuanto antes.
—¿Por qué no quiere volver a Montevideo? —preguntó Liniers.
—Porque no quiero volver a caer en manos de los ingleses —respondió Ureña.
—Está asumiendo que atacarán esa ciudad. ¿Escuchó algo cuando los abordaron?
—No entiendo nada de inglés. Es mi intuición, nada más. Pero además desde Buenos Aires me será más fácil volver a Chile. Lo que sí doy por seguro es que ya no se puede navegar a Europa, ni siquiera a Río de Janeiro.
—Bien pensado. ¿Qué me puede decir de los ingleses que lo abordaron? —preguntó el francés.
—Que son unos piratas. Elegantes y con buenos modales, pero piratas al fin. El único fin de su ataque fue quedarse con el barco y hacer botín. No se imagina con cuánta ansiedad buscaban joyas y alhajas. ¡Codicia pura!
—Bueno… no era ese el único motivo —aclaró De la Peña—. Se quedaron con el piloto, el pelirrojo.
—¿Russell? —preguntó Liniers con una leve sonrisa—. No sé si les será de utilidad. Solo está sobrio un par de horas al día.
—El abordaje se produjo a la búsqueda de un piloto. Eso demuestra su preocupación por la navegación en el río. Creo que vinieron para quedarse —sugirió el muchacho.
—Es correcto, pero de lo que no estoy tan seguro es que su objetivo sea Montevideo. Para una flota, depender de un piloto es un gran riesgo. Y no hace falta piloto para navegar a Montevideo. En cambio, sí lo es para navegar hacia Buenos Aires.
En ese momento se escuchó galope de caballos.
—¡Comandante Liniers! —gritó alguien.
—¡Aquí estoy! —gritó él.
—Carta urgente de Sobremonte, señor —dijo el soldado, visiblemente cansado.
—Gracias. Vaya nomás. Descanse. Si tengo que mandar respuesta lo haré con uno de los nuestros.
El francés abrió el sobre y leyó la carta ávidamente. El virrey acababa de recibir una comunicación de Ruiz Huidobro. Una gran flota inglesa se encontraba en las inmediaciones de la isla de Flores, muy cerca de Montevideo. En esa ciudad estaban esperando un ataque en cualquier momento. Sobremonte había ordenado que la mitad del Regimiento Fijo de Buenos Aires partiera cuanto antes para Colonia y de allí siguiera por tierra para reforzar a la ciudad amenazada. También pediría más tropas a Córdoba y Asunción, ya que preveía un largo sitio.
—¿Qué dice la carta? —preguntó Ureña con ansiedad.
—Parece que usted eligió bien en qué ciudad quedarse.
* * *
A bordo del Narcissus, frente a la isla de Flores cerca de Montevideo, 11 de junio de 1806.
Finalmente la flota completa había llegado al Río de la Plata. Con la aparición del HMS Ocean más los refuerzos de Santa Elena e incluyendo a todos los marineros que podían portar armas, sumaban alrededor de mil seiscientos hombres. No parecía un número despreciable, pero Beresford seguía mostrando preocupaciones y dudas. Por tal motivo Popham había convocado a un Consejo de Guerra a bordo del Narcissus. Estaban todos los oficiales de rango incluido a Pack, el segundo de Beresford, cuya audacia de alguna manera equilibraba a la exagerada prudencia de su jefe.

Mapa del Río de la Plata, por Carlos Roberts
—Señores, estamos acá para discutir las ventajas y desventajas de atacar primero a Buenos Aires o a Montevideo —dijo el comodoro a modo de introducción—. Como máximo oficial de la marina, estoy convencido de la conveniencia de hacerlo a la capital del virreinato, pero entiendo que varios de ustedes tienen dudas. ¿Señor Beresford?
—Mi preocupación acerca de Buenos Aires es que se trata de una ciudad de cincuenta mil habitantes. Con mil quinientos hombres quizás podríamos dar un golpe audaz, pero difícilmente podríamos mantener el control por mucho tiempo.
Popham sentía ganas de agarrarlo por la solapa y gritarle “¡El tesoro está en Buenos Aires!” pero no podía ponerse tan en evidencia de que su principal motivación era el dinero.
—Por un lado, tuvimos la confirmación del piloto escocés de que la ciudad está desguarnecida…
—Disculpe comodoro —lo interrumpió Beresford—. El piloto Russell no es una fuente confiable. Está tomado casi todo el día.
—Tiene razón. Pero se condice con lo que el norteamericano Wayne nos relata. Además, tanto él como mi amigo White, que vive en Buenos Aires, creen que la mitad de los habitantes nos dará la bienvenida para sacarse a los españoles de encima.
—Como le dije antes, señor Popham, creo que podríamos dar un golpe de audacia. Mi preocupación es el periodo posterior. No recibiríamos refuerzos por lo menos durante dos meses.
—Coincidimos en eso. Ahora mi pregunta es acerca de Montevideo. Como vimos es una ciudad amurallada ¿Cómo se imagina su captura? —preguntó Popham, algo desafiante.
—Bloqueándola por agua y cercándola por tierra.
—Un sitio, casi al estilo medieval. Podría llevar dos meses. Para entonces llegarían refuerzos de todo el virreinato y nuestras fuerzas terrestres podrían quedar entre dos fuegos.
—Dos meses no —protestó Beresford—. Podemos someter la ciudad con artillería de sus barcos.
—Déjeme entender su propuesta. Usted no quiere atacar Buenos Aires porque significa exponer a las tropas del ejército y propone atacar Montevideo exponiendo los barcos de la Marina —lo atacó Popham.
—¿Por qué dice exponer? —se defendió Beresford.
—Señor Desmond, ¿puede explicar cómo tendríamos que tomar la ciudad con artillería?
—Montevideo cuenta con una artillería poderosa, con igual o mayor alcance que la de nuestras naves. Para bombardearla deberíamos navegar dentro de su rango de fuego exponiéndonos al riesgo de ser alcanzados por sus disparos defensivos —explicó el capitán del Leda.
Por unos segundos todos permanecieron en silencio.
—Señor Pack, usted que manda nuestra tropa de elite, ¿qué piensa de Montevideo? —preguntó el comodoro, intentando sembrar cizaña entre los comandantes del ejército.
—Bueno… —empezó algo incómodo—. La verdad es que mis soldados nada pueden hacer contra esas murallas. Además, no creo que logremos bloquear la ciudad totalmente porque siempre le pueden llegar reabastecimientos a través de la bahía. La pequeña isla de las Ratas es inexpugnable ya que está defendida por la artillería del fuerte en la cima del cerro —concluyó señalando en el mapa que estaba sobre la mesa.
—¿Y sobre Buenos Aires, qué nos podría decir?
—Como dijo el general Beresford, tengo plena confianza en que podamos tomarla rápidamente si actuamos con decisión. Luego entre las tropas desplegadas, la artillería de la flota y la división que podamos crear entre los habitantes, me imagino que no deberíamos tener serios problemas de mantener el control hasta la llegada de refuerzos.

Plano antiguo del Puerto de Montevideo
—¡Bien! —celebró Popham con entusiasmo—. Además no olvidemos el tesoro de Buenos Aires.
El comodoro dejó que el silencio generara un ambiente algo teatral antes de tomar la decisión.
—Entonces señores… ¿Hay una decisión? ¿Vamos por Buenos Aires? —preguntó mirando al resto de los oficiales que, con mayor o menor entusiasmo asintieron con la cabeza—. ¡Allá vamos!
* * *
Diario del capitán Alexander Gillespie.
Después de un fastidioso curso por el Plata, se reunió un Consejo de Guerra en el cual se decidió ir por Buenos Aires. Sir Popham izó su insignia en la fragata Narcissus y se adelantó a la flota, pero, estando a cargo del práctico Russell, el Narcissus varó en el banco Ortiz.
* * *
Popham escribía en su camarote mientras Russell, el piloto escocés, debidamente controlado por el segundo oficial de abordo, guiaba al Narcissus, por entre peligrosos bancos de arena y barro. A medida que se acercaba a la costa sudoeste del gran río, las aguas eran más barrosas y la profundidad disminuía. Pero aun allí había como ríos dentro del río con mayor velocidad y profundidad. Los barcos de la flota inglesa no eran los ideales para navegar por esas aguas ya que habían sido diseñados para desplazarse en el mar abierto, donde no hay problemas de profundidad.
Era probable que fueran descubiertos en estas últimas millas hacia Buenos Aires y que la ciudad ya estuviera alertada cuando ellos pudieran desembarcar, pero el comodoro confiaba que su treta de aparecer cerca de Montevideo había logrado desviar refuerzos desde Buenos Aires hacia la ciudad amurallada y suponía que, aún avisados con uno o dos días de anticipación, sería poco lo que la defensa de la ciudad pudiera hacer.
Un gran sacudón en el casco frenó de golpe al barco tirando todo lo que estaba sobre su pequeño escritorio. “¡Encallamos!” murmuró Popham que salió corriendo de su cabina y subió inmediatamente al puente de mando. Todo era caos sobre cubierta. Russell tenía la mirada perdida y Mills, el segundo oficial, daba órdenes a los gritos. Varios marineros bajaban botes al agua para intentar desencallar el barco tirando con fuertes remadores. Era poco probable que eso funcionara, pero valía la pena probarlo.
—¿Qué pasó señor Russell? ¡Pensamos que usted sabía perfectamente cómo aproximarnos a Buenos Aires! —le reprochó Popham.
—No nos estamos aproximando por donde se hace habitualmente porque nos divisarían desde Colonia —se defendió el piloto—. Ustedes pidieron no ser vistos y eso sólo se logra navegando cerca de la costa sudoeste, pero esta es mucho menos profunda y no hay puntos de referencia que me permitan ubicarme, además el agua es color chocolate…
—Estuvimos tomando la profundidad todo el tiempo — intercedió Mills, también a la defensiva—, pero este banco apareció de golpe. Intentaremos remolcarlo desde los botes.
—¿Dónde está tocando? —preguntó el comodoro.
—En el estribor de proa.
—¡Señor Hickey! —gritó Popham llamando al carpintero de abordo—. Venga conmigo. Vamos a ver desde adentro si el casco está soportando la presión.
Ambos hombres bajaron corriendo las escaleras gritando “¡Permiso!” a diestra y siniestra. Dos cubiertas más abajo se dirigieron velozmente hacia la proa pasando por la zona de hamacas, donde intentaban dormir quienes no estaban de guardia. Allí había una puerta que, con la llave de Popham, pudieron franquear hacia el depósito en el cual, entre otras cosas, se guardaban bebidas alcohólicas con más resguardo que si se tratara de oro.
Finalmente, iluminaron con una antorcha las maderas del casco inferior. Estas chirriaban según las olas mecían al barco, lo que denotaba la tensión que soportaban. Había dos tirantes que estaban tomando gran parte del peso del barco, entre ellos surgía un chorro de agua.
—Por ahora están aguantando —dijo Hickey.
—Pero a medida que baje la marea el peso sobre estas dos maderas será mayor —señaló Popham preocupado—. Señor Hickey, le pido que, con maderas de su stock, haga un puntal que ayude a que estos tirantes transfieran la carga al resto de la estructura. Mientras tanto voy a mandar a un grupo de marineros para que achiquen el agua que se está juntando en este depósito.
—Perfecto señor.
Popham salió del depósito y, al pasar por el sector de hamacas, mandó a cinco hombres, para que, con baldes, realizaran esta tarea. Al resto los mandó a la cubierta superior.
—Señor Russell, ¿qué me dice de la marea? —preguntó el comodoro.
—Aquí no hay gran variación de marea, pero todavía va a bajar un par de pies. Después de la puesta del sol empezará a subir y por la noche llegará al máximo.
—Las maderas del casco no soportarán una marea más baja —le dijo al segundo oficial—. Si ceden, perderemos el barco.
—Los botes no nos están pudiendo sacar —dijo Mills apuntando a los remeros de las chalupas que hacían su mejor esfuerzo, pero sin lograr su cometido.
—El Narcissus no aguantará hasta la noche. Señor Mills, por medio de banderas, dígale dos cosas al resto de la flota. Primero, que no se acerquen, segundo, que manden todos los botes que puedan.
El segundo oficial salió rápidamente hacia popa. El comodoro dio instrucciones para que se bajaran al agua el resto de los botes.
—¿Cuál es su plan, señor? —preguntó Mills cuando volvió.
—Debemos descargar al barco de todo el peso que podamos. Hice unas cuentas en la cabeza. Si la marea baja dos pies perdemos desplazamiento por unas ciento cuarenta mil libras. Si descargamos ese peso del barco antes de la bajamar lograremos equilibrar el efecto y sobreviviremos.
—¿Ciento cuarenta mil libras? —exclamó Mills—. ¿Cómo podemos hacer eso?
—Tenemos que bajar treinta personas, veinte cañones y las anclas. Con eso deberíamos estar bien.
—Las anclas son tremendamente pesadas, ¿Cómo las bajaremos?
—Eso es lo más fácil —dijo Popham—. Mande soltarles cuerda y apoyarán en el fondo del río. ¡Hágalo ya!
Mientras Mills se iba, Popham dio órdenes a la tripulación de desarmar los cañones y subirlos a la cubierta superior.
Dos horas más tarde ya casi se había alcanzado la máxima bajamar y el ingreso de agua había aumentado. Pero no era eso lo que preocupaba a Popham sino que el casco se reventara. El puntal que había colocado había ayudado, pero aún así la presión era muy grande. Como última medida el comodoro había mandado sacar todo lo que fuera posible del depósito de proa para ser llevado a popa.
Al llegar la noche, el barco estaba casi deshabitado. Popham en su camarote esperaba lo que pudiera pasar. La tensión del día y la adrenalina se conjuraron para hacer que, contra su voluntad, sus ojos se cerraran y… ¡Bruuum!
El rugido del casco y el movimiento del barco lo sobresaltaron. “My God!” gritó, seguro de que estaba perdiendo su barco. Abrió la puerta del camarote y salió corriendo hacia la proa. Entró al depósito. Había agua en el piso. Se encontró con Hickey que alumbraba con una antorcha.
—¡Se soltó, señor Popham!
—¿Qué? —preguntó él sin entender.
—¡El Narcissus resistió! Subió la marea. ¡Estamos libres!
* * *
Más de medio día llevó volver a cargar el Narcissus. Cuando aún estaban en la tarea se escuchó un cañonazo de otro barco de la flota. Era el Diadem que le disparaba a un pequeño y ágil barco español. La bala rebotó en el agua y pasó por delante de la proa del fugitivo. Este viró de manera de alejarse y de presentar un menor blanco. El siguiente disparo quedó corto. Otro cañón le disparó con esquirlas buscando destruirle el velamen, si bien le hizo algún daño no fue lo suficiente como para frenarlo. El pequeño barco logró escapar.
—Llevará noticias de nuestro ataque —masculló Popham.
* * *
—¡Ingleses, mi comandante! —dijo De la Peña, que acababa de desembarcar—. Muchos. Y vienen hacia acá.
Desde la torre del fuerte de Barragán Liniers tomó su catalejo para observar. Vio velas lejanas que se acercaban.
—Conseguí escaparme, pero me siguieron. ¿Desembarcarán acá? —preguntó el joven.

HMS Narcissus
—No creo. No veo barcos de transporte de tropas —dijo el francés—. Pero es probable que traten de hacernos callar.
—¿Cómo es eso?
—Nos van a cañonear. Pero no es eso lo importante —ante la mirada de De la Peña aclaró—. Lo importante es que su objetivo no es Montevideo. ¡Van a atacar a Buenos Aires!
—¿Qué podemos hacer?
—¿Nosotros? Entretenerlos todo lo que podamos. Mientras tanto, ya estoy despachando un chasque para darle aviso a Sobremonte. Espero que esté a la altura de las circunstancias —dijo con muchas dudas.
Capítulo 6. El sí de las niñas
Buenos Aires 24 de junio de 1806.
Acababa de anochecer. Una multitud se daba cita en el teatro para ver la famosísima obra El sí de las niñas, la comedia de Leandro de Moratín que había sido furor en Madrid. La noche del estreno era muy importante ya que acudían las personas más renombradas de la ciudad, entre ellas el virrey. La muchedumbre buscaba lugar, los más acomodados en los palcos. El inicio se atrasaba porque Sobremonte se encontraba discutiendo con un hombre.
—¡No puede ser que me vengan a molestar cada vez que aparecen uno o dos barcos de contrabandistas! Es función de ustedes apresarlos o correrlos, así que ¡actúen! —dijo el virrey despachándolo.
María Sánchez de Thompson, a quien todos llamaban Mariquita, estaba en el palco contiguo al del virrey. Ella reconocía al hombre que se acababa de ir, era un empleado de su marido, Martín Thompson, el capitán del puerto. Justamente Martín no había podido asistir porque estaba pasando algo que él no le pudo precisar. Solo le dijo lo mínimo para que ella entendiera que había un serio problema por el cual él se perdería el esperado estreno.
Mariquita escuchó que el virrey hablaba con su yerno, que también era su secretario.
—No sé qué les pasa hoy. Todos se asustan porque ven dos velas. A la mañana Liniers me mandó una comunicación porque unos barcos merodeaban y le habían disparado. ¡Pero si él está para eso! Ahora Thompson me dice que ve velas en el horizonte. Está lleno de portugueses contrabandistas.
La obra comenzó. Enseguida la trama atrapó a Mariquita. Una chica de dieciséis años era obligada a casarse con alguien a quien ella no amaba, ya que su corazón pertenecía a otro joven, muy apuesto. Ella no podía dejar de sentirse identificada porque cuando tenía esa edad sus padres no querían darle permiso para casarse con el hombre que amaba porque tenían otros planes para ella. Claro que Mariquita no se dejó manejar. Les juró que nunca le diría que sí al cura en la iglesia. La amenazaron con recluirla en un convento de por vida. Así era la vida en un mundo mandado por hombres. Pero Mariquita, con mucha decisión se hizo atender por el mismísimo virrey que se comprometió a apoyarla en un juicio de emancipación. A la larga Mariquita consiguió lo que quería y poco después de la muerte de su padre se pudo casar con su galán.
—Señor Thompson ¿Qué hace aquí? ¡Esto es inaudito!

Mariquita Sánchez de Thompson, retrato de Johann Moritz Rugendas
La voz del virrey sacó a Mariquita de sus pensamientos. Allí estaba su marido. Finalmente había podido venir. ¡Qué alegría! Pero ¿cómo se atrevió a entrar una vez comenzada la representación? ¿Y porque se acercaba al palco de Sobremonte en lugar de al suyo? Ella levantó la mano llamándolo, pero él le hizo un gesto de que no podía ir. Algo le dijo, en voz baja, al virrey, que lo hizo explotar de rabia.
—¿Cómo se atreve a volver a molestarme? —clamó en voz alta buscando humillar a Thompson.
—Disculpe Su Excelencia —dijo Martín tratando de tranquilizar al español—, pero no se trata de dos barcos de contrabandistas.
—¿Qué son? —preguntó el virrey, moderando el tono.
El teatro era un sepulcro de silencio. Los actores se habían detenido y todos los asistentes se habían girado hacia el palco del virrey mirando con consternación. ¡Algo estaba pasando!
—Frente a la Reducción de los Quilmes hay por lo menos treinta barcos de los cuales la mitad son de guerra con decenas de cañones —le dijo Thompson al oído, pero aun así Mariquita lo llegó a escuchar.
—Acá no… —lo calló Sobremonte—. Vamos al fuerte.
El virrey se levantó y se escucharon voces de preocupación entre los asistentes. “Sigan sin mi” dijo el mandatario, despidiéndose y se fue junto a Thompson y su yerno.
—Inesita, yo también me voy —le dijo Mariquita a su prima que la acompañaba—. Algo malo está pasando.
* * *
Nuevamente había consejo de guerra a bordo del Narcissus. La flota había anclado frente a Quilmes, a bastante distancia de la costa. El lugar les había sido indicado por el piloto escocés, aunque después del evento de la varadura le habían perdido la confianza. Según él, ese era el lugar de la costa donde los barcos más se podían acercar a la ribera, pero aun así estaban a más de dos millas.
—Es mucha distancia para los botes a remo —argumentaba Beresford—. Recordemos que en el Cabo uno de los botes se dio vuelta y murieron treinta y seis soldados.
—Allí el mar era bravo. Aquí el río no tiene grandes olas. Nada de eso podría volver a pasar —lo refutó Popham, algo molesto porque Beresford siempre buscaba argumentos para evitar la acción en lugar de buscar cómo hacerla más efectiva. En ese sentido el comodoro se sentía mucho más cómodo con Denis Pack, el comandante del Regimiento 71—. ¿Qué opina usted, señor Pack?
—No cabe ninguna duda que sería mejor estar más cerca de la costa. En eso coincido con mi comandante, el señor Beresford. Pero con más o menos esfuerzo podremos desembarcar con todo el equipamiento que precisamos —respondió Pack con una buena dosis de diplomacia.
—Me preocupa que estaremos a la merced de su artillería durante todo el largo desembarco —continuó argumentando Beresford.
—Tengo algo pensado para eso. Haremos que el HMS Encounter se acerque lo máximo posible a la playa durante marea alta. Encallará apuntando sus cañones hacia la costa, para defenderlos. Tiene más alcance que cualquier cañón que los españoles puedan traer en carreta —afirmó Popham con decisión.
—Estuve mirando con el catalejo y sólo se ven unos quince jinetes —remarcó Mills.
—Llegarán más —dijo Beresford.
—Ustedes serán mil quinientos —respondió Popham, a punto de perder la paciencia—. Señor Mills ¿a qué hora es la pleamar?
—Tres de la tarde, señor.
—Bien. Entonces iniciaremos el desembarco a las trece horas para poder acercarnos a la costa lo máximo posible. El clima no parece muy prometedor —dijo el comodoro.
—Entonces, señor Popham, desembarcaremos mañana, seguramente acamparemos allí, al día siguiente avanzaremos sobre Buenos Aires. Quizás ese mismo día logremos el éxito, sino sería un día más —declaró Beresford, tratando de sonar un poco más confiado—. Las tropas deberán llevar alimento para tres días.
—Yo me ocupo de que las cocinas de los barcos les preparen las viandas —dijo Popham—. ¿Cómo se dividirán el mando usted y el señor Pack?
—El señor Pack comandará el 71, que es la mitad de la tropa, la más efectiva. Yo comandaré de manera directa los demás regimientos como ser: los marinos, los de Santa Elena y los artilleros.
—Me parece muy bien —dijo el comodoro, verificando que también Pack estaba de acuerdo—. Entonces señores: ¡allá vamos!
Los hombres se levantaron de la pequeña mesa y Popham le hizo una seña casi imperceptible a Pack para que se quedara. Cuando los demás se fueron…
—Señor Pack, quiero que sepa que dependemos de su bravura y audacia para el éxito de esta misión.
—Por supuesto. Siempre puede contar con ello. ¿Pero por qué lo aclara?
—Bueno, usted sabe que la experiencia en batalla de Beresford es… digamos… escasa. Y hemos visto que su actitud es algo… tal vez demasiado precavida. No quiero que me entienda mal, tengo mucho afecto por el señor Beresford, pero me parece que hay ciertas situaciones donde sus debilidades salen a la luz.
—Entiendo lo que dice, señor Popham. Puede estar tranquilo que junto con mis muchachos vamos a sumarle una joya más a la corona de Su Majestad.
—¡Excelente! Eso es lo que quería escuchar.
* * *Diario del capitán Alexander Gillespie.
Grandes dificultades se interpusieron antes de que llegásemos al punto de nuestro desembarco.
Haciéndole justicia a Sir Popham, esas ocasiones de prueba demostraron un gran equilibrio en su temperamento y una mente tranquila que uniformemente señalaban y dirigían tanto sus palabras como sus actos. Sus méritos adquieren más valor cuando consideramos la ansiedad que, necesariamente, debió estar anidada en su interior, cuando luchaba contra las adversidades y con el ánimo agobiado por la carga de sus responsabilidades.
* * *
Eran altas horas de la noche. Sobremonte había convocado a los principales referentes militares a su despacho en el fuerte. La presencia de la flota inglesa lo presionaba a tomar decisiones de manera urgente.
—Creo que deberíamos avisar ya mismo, por medio de luces, a todos los barcos anclados en la rada de Buenos Aires. Los ingleses pueden abordarlos en cualquier momento. Es importante que lo sepan para que puedan tomar algún recaudo.
—Me parece perfecto, señor Thompson. Siendo usted el capitán del puerto le pido que se encargue de eso inmediatamente —dijo el virrey.
En la reunión, además de Thompson y Sobremonte estaban, Pedro de Arce y Miguel de Azcuénaga, como capitanes del Regimiento Fijo y de milicias respectivamente, así como José Ignacio De la Quintana que ostentaba el pomposo cargo de Jefe Militar de Buenos Aires con el rango de brigadier, quién, con una edad que sobrepasaba los setenta años, no tenía la energía que la situación requería.
—Tenemos que convocar a todos los hombres que podamos —dijo Azcuénaga con nerviosismo y sugirió—: Propongo que disparemos ya mismo los tres cañonazos de alarma.
—Armaríamos un revuelo y la enorme mayoría de la gente no sabe lo que esos cañonazos significan —replicó Sobremonte cuyo interés principal parecía ser no alertar al vecindario.
—Disculpe Su Excelencia, pero la situación es única en nuestra historia y amerita toda la alarma que podamos generar.
—Pero de nada sirve generar un caos, señor Azcuénaga. Estoy de acuerdo en que precisamos convocar a todas las milicias, pero durante la noche no lograremos nada. Lo haremos con las primeras luces y a los cañonazos le agregaremos que los tambores circulen por la ciudad tocando la Generala{12}. El señor De la Quintana deberá, para entonces, tener organizada la Plazoleta del Fuerte{13} de modo que allí puedan formar los hombres de cada regimiento y pelotón antes de ingresar al fuerte a recibir sus armas y municiones.
La cara de De la Quintana daba fe de la poca confianza que tenía en poder lograr la organización que le requería el virrey.
—Entonces —dijo De la Quintana recapitulando— a primera luz disparamos tres cañonazos y enviamos tambores tocando la Generala.
—Correcto.
—¿Dónde vamos a hacerle frente a los ingleses? —preguntó Arce—. ¿En el lugar de desembarque o dentro de la ciudad?
—No me imagino que podamos ubicar una fuerza con potencia militar mañana a la mañana en Quilmes —respondió Sobremonte con una cuota de realismo—. Pero tampoco me parece que debamos someter a toda la ciudad al horror de una lucha cuerpo a cuerpo.
—Pero ¿y si eso es lo que hace falta para defender la ciudad…? —inquirió Azcuénaga.
—Los ingleses son piratas, vienen por el tesoro. Lo consigan o no, estarán muy poco tiempo aquí y se irán. No debemos cubrir la ciudad de mártires por ese motivo.
La afirmación de Sobremonte dejó a todos sin palabras. No sabían si lo decía con conocimiento de causa o meramente para evitar organizar una verdadera defensa. Fuera como fuera la posición ambigua del virrey desorientaba a los presentes. ¿Quería defender la ciudad o no?
—Señor Arce, a primera hora usted debe partir con la máxima cantidad de gente de su regimiento hacia la playa de Quilmes. Si considera que con su fuerza los puede vencer, hágalo, pero sino observe, mantenga distancia, hostíguelos y demórelos.
—¿Pero cuál es el objetivo?
—El objetivo es contar con el tiempo necesario para organizar una buena defensa en el Riachuelo. Allí irá el señor Azcuénaga con su gente. Nos haremos fuertes en ese lugar. Si es necesario quemen puente Gálvez{14}, después de que Arce haya vuelto con su gente, claro está.
Los hombres no parecían muy convencidos del éxito.
—Voy a precisar bastante artillería, para evitar que crucen los ingleses —señaló Azcuénaga.
—Lleve toda la que pueda. Es muy importante que no queden embarcaciones del lado sur, así ellos no tendrán como cruzar el río.
—Podrían cruzar por paso Burgos —dijo Arce.
—Para eso lo tendremos a usted, que nos irá informando hacia donde apuntan estos filibusteros. Si se internan buscando ese paso, se demorarán bastante, y mandaremos la caballería de los Dragones, que para esa hora tendremos operativa.
—¿Por qué no convocamos a Liniers? —preguntó Azcuénaga preocupado por las decisiones del virrey.
—¿Para qué lo precisamos? —replicó este algo molesto por la insinuación de sus escasos conocimientos militares.
—Es el único de todos nosotros que alguna vez combatió a los ingleses —justificó Azcuénaga defendiendo su idea.
La situación tensa se quebró cuando alguien golpeó a la puerta y un ayudante de cámara anunció. “El señor White quiere verlo, Su Excelencia.” Sobremonte, visiblemente molesto, salió de la sala para atender al norteamericano por quien no tenía mucha simpatía.
—Señor White, estoy muy ocupado. ¿Qué lo trae por aquí? —dijo el virrey sin molestarse mucho en parecer amigable.
—Disculpe la intromisión, Su Excelencia. Lo vi salir tan apresurado del teatro que me asusté. De hecho, todo el mundo quedó muy preocupado a tal punto que el estreno fue un fracaso porque la gente cuchicheaba sin escuchar a los actores.
—Me tiene sin cuidado el estreno, señor White. Me fui antes del inicio porque se vieron velas de contrabandistas cerca de la costa, solo eso —aseguró Sobremonte que no quería darle la primicia.
—Bien, menos mal —dijo este, simulando tranquilizarse—. Pensé que era algo más grave. No lo retengo más. Tenga usted buenas noches Su Excelencia.
—Buenas noches —dijo el virrey que se quedó unos segundos pensando cómo descifrar esa extraña visita.
Darmowy fragment się skończył.