Czytaj książkę: «Luchas inmediatas»

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Título original: Immediate Struggles. People, Power and Place in Rural Spain (University of California Press, 2006)

© Del texto: Los autores, 2010

© De la traducción: Josep Ribera, 2010

© De esta edición: Universitat de València, 2010

Coordinación editorial: Maite Simón

Fotocomposición y maquetación: Textual IM

Cubierta:

Fotografía: José Latorre Nicolás, el Charles. Cuadrilla trabajando el cáñamo en Catral en los años 70. (Archivo fotográfico de la Biblioteca Municipal de Catral, Alicante)

Diseño: Celso Hernández de la Figuera

Corrección: Communico C.B.

ISBN: 978-84-370-7729-1

Depósito legal: SE-6664-2010

ePub: Publidisa

A mi madre y a mi padre

S. N.

To Winnie, Corin, Laura, David and Tim

G. S.

Luchas inmediatas [son aquellas en las que] las personas critican a las instancias de poder más próximas a ellas, aquellas que actúan sobre los individuos. No buscan a su «principal enemigo», sino al enemigo más inmediato. Ni tampoco esperan encontrar la solución a sus problemas en el futuro (es decir, por medio de promesas de liberación, de revolución o en el final de la lucha de clases).

MICHEL FOUCAULT, «The Subject and Power», en H. L. Dreyfus y Paul Rabinow, Michel Foucault: Beyond Structuralism and Hermeneutics, 1982

PRESENTACIÓN

Este libro es el resultado final de un proyecto meditado durante mucho tiempo y de largas horas de investigación y escritura, por lo que tenemos que dar las gracias a muchas personas, sobre todo por su paciencia. La versión española del texto a su vez ha requerido la ayuda de otras muchas personas que con su dedicación han permitido sin duda mejorar la obra. A todas y todos ellos queremos agradecer sus diversas contribuciones. Antes de hacerlo, sin embargo, vamos a presentar brevemente este largo trayecto y sus meandros.

Cuando Gavin llegó a España en el año 1978, en plena Transición, no tenía claro dónde iba a asentarse para hacer trabajo etnográfico. Su interés se centraba en áreas de pluriactividad dónde trabajadores agrícolas, jornaleros y campesinos, hombres y mujeres, realizaban también algún tipo de trabajo industrial, ya fuera como trabajadores independientes en sistemas de ‘putting-out’, como pequeños empresarios o como obreros dependientes en fábricas de los centros urbanos próximos. Estos trabajos podían aparecer como complementarios a los ciclos estacionales agrícolas, o bien de forma simultánea, como modo de redondear los ingresos necesarios para la subsistencia o modo de conseguir algún tipo de recursos para la movilidad social, fundamentalmente en beneficio de las generaciones futuras. El interés hacia estas economías cotidianas plurales apuntaba también hacia una pregunta teórica de orden político: ¿Qué tipo de ‘estructuras’ y de ‘agencias’ se constituían como posibles en recorridos históricos en los que la determinación económica era tan diversa? ¿Qué sujetos políticos emergían en estos contextos y que ámbitos de posibilidad les estaban abiertos? Y cómo, finalmente, esta multiplicidad de posiciones estructurales tejía campos de significado diversos para organizar y sustentar diferentes modos de actuación política. Una actuación diversa pero no aleatoria y tampoco contingente, salvo excepcionalmente.

La situación particular de la Transición política española, desde una larga dictadura que se había ido transformando, hasta una democracia liberal cuyo objetivo era la integración en Europa, planteaba un interés adicional. Permitía demostrar, precisamente, que lejos de tratarse de un periodo de ‘excepcionalidad’ –un reino de la contingencia– tanto el franquismo como la Transición construían unos campos de fuerza estructurados por las relaciones sociales del pasado, en los que ciertas acciones eran posibles o imposibles para determinados sujetos históricos, mientras que otras no eran siquiera imaginables. Pero todo ello había que investigarlo en algún lugar. Gavin pidió consejo a los antropólogos y antropólogas locales así como a algunos historiadores económicos que le fueron dirigiendo hacia el espacio que ocuparía la etnografía: hacia la Vega Baja del Segura, en el sur de la provincia de Alicante. En este sentido, Gavin quiere dar las gracias a las personas que lo orientaron a trabajar en ese emplazamiento: Joan Martínez-Alier y Joan Frigolé, en Barcelona, y Josepa Cucó, Joan Romero y José María García Bonafé, en Valencia. Y a Antonio Gil Olcina, que le presentó a Primitivo Pla, a quien le debe una especial gratitud por su ayuda desinteresada, su increíble e ingente trabajo y su constante apoyo a lo largo de los muchos años que tuvieron su origen en el crepúsculo de los setenta.

Como ocurre muchas veces con el tiempo lento (o por lo menos así solía ser antes) de la reflexión antropológica, los materiales de este primer año largo de trabajo etnográfico quedaron a la espera de un futuro análisis, unos años durante los cuales se fueron decantando. A principios de la década de los 1990s Gavin decidió retomar su proyecto y realizar otra estancia etnográfica en una coyuntura histórica completamente diferente. Para ello decidió colaborar con un(a) colega local que pudiera aportar una visión diferente, más informada por la experiencia histórica y por los saberes antropológicos locales, en cierta forma menos ingenua. Conocía el trabajo de Susana sobre la articulación entre economía informal y explotaciones campesinas en Catalunya y compartía su orientación teórica que había tenido la ocasión de debatir recientemente, así que le propuso que colaboraran en esta segunda etapa del proyecto. Aunque los intereses iniciales se mantenían, a estos se había añadido un debate reciente sobre la idoneidad de un nuevo modelo de desarrollo económico –el de los ‘distritos industriales’–que enfatizaba la utilidad para el desarrollo económico local de relaciones sociales personalizadas, culturalmente circunscritas y homogéneamente distribuidas que sustentaban pequeñas empresas dinámicas y flexibles. Este debate situaba en el centro de interés la cuestión del ‘capital social’, de lo que pretendía describir y de su valor político y económico. Debíamos plantearnos ahora cómo intervenían estos conceptos no sólo en la ‘explicación’ científica de una realidad histórica sino también cómo intervenían en la producción de esa misma realidad a través de los discursos de una miríada de expertos y de agentes sociales locales. En esta segunda etapa además, intentamos combinar la minuciosidad etnográfica en atención a las relaciones sociales del presente con el rigor del análisis histórico de la construcción de sus condiciones de posibilidad. El resultado ha sido esta etnografía histórica sustentada en una metodología que hemos definido como ‘realismo histórico’. Por supuesto en este rastreo hemos utilizado material de archivo pero en general esto se refiere no tanto al Archivo que producen los distintos ámbitos del poder, sino más bien a los archivos intersticiales, documentos privados o documentos de diversas fuentes más o menos oficiales (Comunidad de Regantes, Municipio) pero no catalogados o registrados como tales. Pedazos de papel guardados en carpetas apiladas en estantes o en el suelo de alguna habitación de estas instituciones, o depositados en domicilios privados ‘por un tiempo’. Material propio de historiadores de la vida privada o de algunos historiadores sociales, pero que hemos enmarcado en los grandes movimientos económicos y políticos que han descrito los historiadores económicos, a la vez que lo hemos contrastado con las narraciones orales de las historias de vida de las personas con las que hablamos. Todo ello ha necesitado de la ayuda de numerosas personas a lo largo de estos años.

En la Vega Baja y sus alrededores, son muchas las personas a las que debemos gratitud; de hecho, son tantas que sólo citaremos a algunas de ellas, como punta de iceberg de las que no citamos, pero a las que también estamos muy agradecidos. Ricardo y María, Francisco y Eloina, así como Eloy, Manolo y Pilar y Manolín, sin olvidar a Paco Illán y Angelita, Manuel y Carmen, y todos los amigos de la cuadrilla han sido fundamentales en todo el recorrido de este trabajo desde la primera etapa. También tenemos que referirnos con especial simpatía a Victoria Navarro e Hipólito Guerrero, Natalia Cecilia y María Rocamora, que hablaron con nosotros muy abiertamente sobre su vida y sus sentimientos respecto a cómo apañárselas en un periodo histórico difícil para los que perdieron la guerra. En este mismo sentido queremos agradecer a Juan Gelardo, a su hijo y a su nuera, Juan y Conchita, y a las hermanas de ésta, las horas que pasaron contándonos su vida, sus ideas, proyectos y aspiraciones. Pero el número de los que nos ayudaron es innumerable e innombrable: esperamos que este libro sea un símbolo de nuestro respeto y gratitud tanto hacia los que comparten nuestro análisis como hacia los que no lo comparten. En el ámbito académico nuestra deuda con Josep-Antoni Ybarra, de la Universidad de Alicante, es difícilmente resarcible puesto que ha mostrado siempre un enorme interés por nuestro proyecto y nos ha ayudado a continuar, presentándonos a interlocutores fundamentales como son los representantes de los sindicatos y de otras instituciones locales. Asimismo, agradecemos su ayuda a Enric Sanchis, que fue director de la Institució Alfons el Magnánim en la época en la que trabajamos en la Vega Baja, en la primera mitad de los años noventa.

Esta obra también debe mucho a la persona que nos puso en contacto (primero epistolarmente), pensando que teníamos mucho que contarnos, mucho que debatir y pensar juntos. Esta persona fue William Roseberry a quien nunca podremos agradecer lo suficiente esta intuición y quién desgraciadamente no pudo ver el resultado de su idea. Su inteligencia y su creatividad en el campo de la antropología marxista de los años 1980s y 1990s, hasta su prematura muerte en el 2000, fue un estímulo incesante para nosotros como para tantos otros colegas. Este trabajo sería sin duda infinitamente mejor si hubiéramos podido beneficiarnos de sus agudas críticas y de su grandísimo saber bibliográfico.

Por otra parte, tenemos que dar las gracias a Maurice Godelier, Louis Assier-Andrieu y Dolors Comas, que en 1989 patrocinaron y organizaron, en Figueres, el taller sobre sociedades en transición en el que por fin nos conocimos personalmente. También le damos las gracias a Maurice por su constante interés en el proyecto y por hacer posible que Susana pasara un mes en la Maison des Sciences de l’Homme en enero de 2003, durante el que terminamos el manuscrito definitivo.

Nuestro agradecimiento también a la Rockefeller Foundation y sobre todo al personal de la Villa Serbelloni por ofrecernos la oportunidad de escribir un primer borrador de este libro durante nuestra estancia de colaboración en la investigación en el Bellagio Study and Conference Center en octubre-noviembre de 2000. A Arturo Escobar le debemos que nos informara de la existencia de esta posibilidad y que nos animara a solicitarla. Susana quiere agradecerle también una conversación en curso sobre la producción de conocimiento antropológico que sólo aparece en filigrana en el presente texto.

Otras instituciones han apoyado en diversos estadios este trabajo. Gavin agradece al Social Science and Humanities Research Council of Canada y a la Wenner-Gren Foundation for Anthropological Research su apoyo durante las diferentes fases de este proyecto. Por su parte, Susana expresa su agradecimiento a las diversas metamorfosis del Ministerio de Educación y Ciencia español, por los fondos aportados durante años a través de los proyectos PB98-1238, BS02003-06832 y SEJ66633 durante el periodo 1999-2009.

En la aventura de conseguir traducir el texto inglés publicado por la University of California Press en 2006 al presente texto en español tuvimos la suerte de contar con el apoyo entusiasta de Paula Godinho, de la Universidade Nova de Lisboa, que animó a Josepa Cucó a proponerlo a las Publicaciones de la Universitat de València, lugar que nos pareció idóneo por su conexión con el ámbito estudiado. En las PUV hemos contado con el interés, la dedicación y ayuda de Antoni Furió, Lluís Miró y Maite Simón que ha realizado una labor editorial difícil y delicada con una profesionalidad inigualable.

También estamos en deuda con los amigos y colegas que nos ayudaron a reflexionar sobre los temas que tratamos en este libro, y primus inter pares, con Eric Wolf, un maestro del pensamiento antropológico. Del lado americano del Atlántico, damos especialmente las gracias a Malcolm Blincow, Philip Gulliver, Winnie Lem, Nicole Polier, Katharine Rankin, Veronica Schild, Jane Schneider, Peter Schneider, Gerald Sider, Marilyn Silverman y Sydel Silverman: todos ellos han colaborado en este proyecto, consciente o inconscientemente.

En el lado europeo del Atlántico, queremos en primer lugar mostrar nuestra gratitud a las personas que nos ayudaron durante el breve estudio comparativo que realizamos en Italia y, de manera particular, a Enzo Mingione, un buen amigo y colega de muchos años. También damos las gracias a Vittorio Capecchi y Giovanni Mottura por su contribución inicial a nuestro proyecto italiano, a Nicoletta Carmi, por hacerlo posible, y especialmente a Claire Belanger y Simone Ghezzi por su perspicaz contribución. Tenemos una deuda permanente con otros colegas y amigos como Don Kalb o John Gledhill con los que hemos discutido muchos de los temas que aparecen en el libro en distintas ocasiones. Por último no hace falta decir nuestro más profundo agradecimiento intelectual hacia nuestros amigos de España: Jesús Contreras, Joan Frigolé, Ubaldo Martínez-Veiga, Lourdes Méndez, Isidoro Moreno, Paz Moreno, Gonzalo Sanz e Ignasi Terradas, a los que se han ido añadiendo colegas más jóvenes en los último años con los que hemos proseguido el debate que se inicia en este libro.

Durante la primera estancia de trabajo de campo Gavin compartió su vida con Corin, Laura (que llegó entonces) y Joanna Sworn, y quiere agradecerles los varios tipos de apoyo y ayuda que le ofrecieron durante aquellos años. En la segunda etapa de este proyecto Tim, Winnie y David compartieron algunos periodos de trabajo de campo y los dos primeros muchos de los innumerables viajes que hicieron posible la escritura. Susana quiere dar las gracias a José Antonio por su inteligencia, su amor y sobre todo su paciencia durante los largos vaivenes tanto físicos como espirituales que han acompañado a esta obra, y a Bruno y a Lucas por estar ahí y disfrutar de la vida.

Introducción
HACIA UN MODELO ANTROPOLÓGICO DE ESTUDIO DE LA EUROPA CONTEMPORÁNEA

Ante todo, este libro es una explicación histórica sobre las personas que se buscan los medios de vida entretejiendo ocupaciones agrícolas, industriales y de servicios en un área rural del sudeste español. Pero también es una exploración de las posibilidades de la etnografía como medio de comprensión de la historia del mundo actual, altamente complejo, fracturado y azotado por la crisis. Como tal, el libro va dirigido a los lectores preocupados por descubrir una perspectiva comprensible sobre ese mundo a la vez que están profundamente comprometidos con él, un público interesado por la gente y por los lugares, un público mucho más amplio que nuestros colegas antropólogos. La etnografía se ha asociado convencionalmente con «el espacio» en el sentido de que el antropólogo física o metafóricamente «viaja allí» (Clifford, 1997: 17-46) y, una vez «allí», hace un trabajo de campo «en el que todo el ser, físicamente y en cualquier otro sentido, entra en el espacio del mundo que el investigador trata de comprender» (Ortner, 1995: 173).

En una lectura más literal, en la medida en que la etnografía se ocupa del lugar –cómo se habitan los espacios y cómo se ubican las personas–, tiene alguna cosa en común con otras clases de estudio de la producción y la retención del lugar. Durante los pasados quince años, mientras las formas del capitalismo han experimentado continuas transformaciones en cinta de Moebius (Sabel, 1991), se ha producido un estallido de esos estudios en una amplia variedad de disciplinas de las ciencias sociales. Con la notable excepción del trabajo de David Harvey, una gran parte de la bibliografía sobre la constitución social del lugar ha pasado desapercibida para nuestra propia disciplina, aunque esos estudios asumen sin problemas conceptualizaciones largamente desarrolladas y debatidas entre los etnógrafos. Eso es especialmente cierto con respecto al uso de la historia y de la cultura para comprender el presente.

Probablemente, la mayoría de antropólogos actuales apoyarían una lectura más metafórica del lugar y del viaje, como sugiere la frase «en cualquier otro sentido» de la advertencia de Ortner que hemos citado en el primer párrafo. No tenemos ningún problema en admitir ese tipo de viaje, aunque sentimos que la necesidad de experimentar el espacio de los mundos de otras gentes es solo una parte de la etnografía. Limitándose a la exploración de «la experiencia», «la identidad», «las prácticas cotidianas» y cosas similares, los antropólogos corren el riesgo de reproducir la imagen superficial de su disciplina o su cultura, que de manera tan frecuente se encuentra en algunos estudios de lugares que no se basan en una etnografía plenamente multidimensional.

Aquí presentamos una visión particular de algunas gentes de España con las que hemos convivido, pero sobre las cuales tenemos también un punto de vista como intelectuales, científicos sociales o antropólogos. Tratamos de defender una manera particular de hacer nuestro trabajo que consideramos diferente de la de algunos estudios de lugar recientes en otras disciplinas y también distinta de la etnografía entendida solamente en términos culturales. Denominamos a nuestra perspectiva «realismo histórico», una noción a la que dedicamos una gran parte de esta introducción.

REALISMO HISTÓRICO

El mundo está cambiando. La economía y la sociedad capitalistas en las que las figuras fundacionales de la ciencia social afinaron sus instrumentos conceptuales ya no se parecen a lo que fueron para ellas. Aunque el capitalismo industrial o el estado moderno, que tanto obsesionaron a Marx, Simmel, Durkheim y Weber, quizá no han podido ser sustituidos, la Inglaterra industrial de Marx o la Francia moderna de Durkheim podrían parecer lugares idiosincráticos para empezar una exploración de la economía y la sociedad en el siglo XXI. Así pues, ¿cómo podríamos estudiar la economía y la sociedad actuales de un modo que sea sensible a las realidades contemporáneas sin evadirnos de las responsabilidades del saber que aquellos escritores pasados sintieron profundamente?

Tratamos de hacer todo ello mediante la etnografía. Pero, al hacer que nuestra investigación etnográfica sea sensible tanto a las complejidades de la realidad actual como al saber comprometido con el cambio político, tratamos de producir un tipo de etnografía especialmente riguroso e históricamente contextualizado (Smith, 1994). Como forma de investigación, la etnografía abarca habitualmente disciplinas académicas que van desde la antropología y la sociología hasta la geografía, la ciencia política y la historia, así como un amplio abanico de puntos de vista metodológicos y teóricos (Wacquant, 2003: 2). Sin embargo, esta centralidad renovada de la etnografía, en tanto que expresión de una comprensión diferente de nuestras responsabilidades como científicos sociales, tiene que ser destacada y, a la vez, cuestionada. Al definir la etnografía como «investigación social basada en la observación cercana sobre el terreno en tiempo y espacio real de personas e instituciones, en la que el investigador o la investigadora se incluye a sí mismo cerca (o dentro) del fenómeno para detectar cómo y por qué los agentes en escena actúan, piensan y sienten como lo hacen», Wacquant también destaca su papel como «forma de conciencia pública» (2003).

En este libro usamos la etnografía –como modo de investigación y como forma de compromiso político– desde la perspectiva del realismo histórico. Nuestro objeto de estudio son las relaciones sociales que producen –históricamente– un «factor» económico que ha sido recientemente descrito como «capital social» y ha sido asociado a espacios o territorios concretos en lo que ha sido calificado por los científicos sociales y los historiadores económicos como «economía regional», «distrito industrial» o incluso «nacionalismo económico». Metodológicamente, nos centramos en una aproximación multinivel que destaca la tensión dialéctica entre las prácticas sociales que observamos y los conceptos y modelos que construimos, que luego realimentan los discursos y las prácticas observadas, sobre todo a través de la implementación de programas y políticas de desarrollo. Así, tratamos de problematizar la cuestión del lugar en el contexto del capitalismo actual, un asunto que se dirige tanto al antropólogo o al sociólogo interesado en las expresiones de localidad revitalizadas en un mundo globalizado como al geógrafo o economista interesado en los beneficios que puede obtener una economía regional a partir de su «cultura local».

Para algunos científicos sociales, el análisis crítico de las grandes narraciones de la Ilustración condujo progresivamente a insistir en diferentes formas de etnografía en un intento de comprender las maneras en las que la gente corriente tiene experiencia de este vasto mundo sobre una base cotidiana. Pocos de los que invirtieron largos periodos de tiempo realizando trabajo de campo rechazarían este programa. Sin embargo, nos sentimos incómodos cuando nuestra atención minuciosa hacia las vidas de las personas, en su experiencia diaria, no nos deja espacio para explicar los flujos de fuerza y las tendencias que subyacen en esas experiencias cotidianas, unos flujos producidos históricamente algunas veces, emergentes otras veces de fuentes difusas situadas más allá del emplazamiento local de la experiencia cotidiana. Así pues, nuestro propósito en este libro es trabajar en la interfaz entre las experiencias y los sentimientos articulados de la gente y las conexiones escondidas, los flujos y las relaciones de reproducción y (siempre inmanente) de transformación social.

El reto de la etnografía es grande: ¿qué parte de la Hydra se ataca en primer lugar? Un reciente estudio antropológico de Europa apunta directamente a la cabeza(¿s?) –Cris Shore (2000), en Building Europe (véanse también Abélès, 1992, 1996; Bellier, 1999)– mientras que otro –Douglas Holmes (2000), en Integral Europe– aplica la directriz de George Marcus (1998) de hacer «etnografía multilocalizada». Ambos ofrecen importantes contribuciones al estudio de la coyuntura actual a través de la antropología política y de la historia cultural. A la vez, Producing Culture and Capital, la etnografía de Yanagisako (2002) sobre los empresarios en el distrito de Como, en la Italia septentrional, se centra en la cultura de los pequeños capitalistas (véanse también Blim, 1990; Rothstein y Blim, 1992). Con todo, echamos en falta algo. La dimensión de la reproducción capitalista y las formas de regulación necesarias que requiere siguen llamando a nuestra puerta mientras proseguimos con el estudio de la política y de la cultura de las vidas cotidianas de la gente.

Las especificidades que encontramos de un tiempo y lugar a otro nos conducen a un modo particular de decidir cuáles son los primeros pasos que debemos dar a la hora de intentar entender la Europa del siglo XXI, lo que tiene que ver con la manera como el espacio está siendo reconstituido en todo el continente. Un dato clave en el discurso de la Europa actual es el término ubicuo pero amorfo de región, con la integración de Europa percibida en la línea de «economías regionales». No hay ninguna razón para que tal historia de las formas espaciales no pueda ser entendida en términos de sus implicaciones de cambios en la experiencia social; esto es lo que hizo Raymond Williams al buscar «estructuras de sentimiento» en la Inglaterra del siglo XIX en su estudio The Country and the City (1973; véase también 1988). Por otra parte, también podría entenderse en términos de la lógica estructural de la producción y regulación capitalista, una tarea que David Harvey asumió en su Limits to Capital (1982). Nuestras propias exploraciones pasan por algún lugar intermedio entre esas dos geografías y buscan descubrir la constitución dialéctica de una por medio de la otra: una historia en la que la gente (re)produce artefactos concretos y abstractos para la vida, unas abstracciones concretas que ofrecen así el paisaje que condiciona la reproducción y transformación de las generaciones posteriores. Llamamos a este tipo de aproximación «realismo histórico» (Smith, 1999, 2004b), y en el siguiente apartado explicaremos cómo dicha aproximación originó un programa y una serie de prioridades –es decir, una problemática– que nos condujeron a un lugar concreto y a un entrelazado particular de nuestras historias.

EN BUSCA DE UN MUNDO SOCIAL

Nuestro análisis combina tres tipos diferentes de atención a la realidad. El primero requiere que el investigador o investigadora busque los elementos de la realidad que le ayuden a caracterizar los rasgos reproductivos de la economía política actual entendida de manera estricta. Si tuviéramos que separar el concepto en sus partes constituyentes, dentro de este modelo consideraríamos lo «político» en términos del poder «estructural» de Wolf y la «economía» en términos de lo que David Harvey (2001), siguiendo a Marx en el Grundrisse, llama abstracciones concretas que condicionan las posibilidades de reproducción social. Eso significaría prestar atención a la «organización del trabajo social» históricamente específica y a «cómo se insertan las personas en el conjunto de la sociedad» (Wolf, 1999: 289-290), así como a las condiciones de producción material (máquinas, tecnologías, etc.) y a la huella histórica de estos procesos sobre el paisaje en forma de carreteras, canales de irrigación y prisiones. En consecuencia, dedicaremos todo el capítulo 1 a la geografía histórica de la zona y, a lo largo de todo el libro, intentaremos situar las prácticas sociales y las expresiones culturales en el marco de estas abstracciones concretas de la reproducción capitalista, pero no por ello menos silenciosas y ocultas.

Nuestro segundo enfoque es más familiar para quien realiza trabajo de campo en la tradición de la antropología social. Lo llamamos enfoque de las «prácticas sociales instituidas». Añadimos el término instituidas al concepto habitual prácticas sociales para aludir al modo en el que las prácticas pasan a formar parte del marco que, aun siendo maleable, organiza la toma de decisiones. Este concepto se aproxima al de habitus de Bourdieu (1977). No obstante, mientras que el concepto de Bourdieu opera especialmente sobre la constitución dialéctica de las prácticas y las afinidades electivas emergentes que las estructuran después, nosotros remarcamos el efecto estructurador adicional de las abstracciones concretas, tal como han sido descritas.1 Sería difícil seleccionar una sola parte de nuestro libro para ilustrar este enfoque concreto, pero nuestra atención a la gente real, dirigida a las circunstancias presentes de sus vidas, es probablemente el mejor reflejo de nuestro compromiso con este elemento de la realidad social.

Finalmente, nuestro tercer tipo de atención al mundo social nos alerta sobre las maneras como la gente interpreta su mundo social en el momento práctico inmediato de vivirlo. En este caso, la «factitividad» del mundo tal como se presenta queda en suspenso en beneficio de un tipo particular de sensibilidad interpretativa. Invocamos la expresión de Raymond Williams estructuras de sentimiento, un concepto que él usaba en un sentido completamente historicista, para describir la sensibilidad esencialmente colectiva de una época. Al escribir sobre las novelas ambientadas en la mansión rural de la Inglaterra del siglo XIX, por ejemplo, Williams exploró cómo esos trabajos invocaban silenciosamente y, a la vez, constituían activamente una estructura de sentimiento que dio origen a un significado específico de «el campo» y «la ciudad» como comunidades «cognoscibles».2

De igual manera, usamos las historias (en plural) para mostrar que las abstracciones concretas, las prácticas instituidas y las estructuras de sentimiento se condicionan y refuerzan recíprocamente (Roseberry, 1989). En última instancia, el propósito, el proyecto de tal ejercicio sociológico es descubrir la praxis de la gente escondida bajo la maleza y desenterrada potencialmente por nuestra contribución intelectual. Es difícil seleccionar porciones de todo el pastel que pongan de relieve los momentos cuando nuestra atención se ve absorbida de este modo en la etnografía, aunque quizá el capítulo 7, sobre culturas políticas, ofrece el ejemplo más coherente. Pero el aspecto más importante es que, vistas en un periodo histórico, las abstracciones concretas cambiantes se combinan con la agencia implicada en las prácticas de la gente para modificar las condiciones a las que se enfrentan. El lenguaje, los gestos y los suspiros, modelados por las estructuras de sentimiento de un lugar y un tiempo concretos, permiten entonces conocer todos estos elementos. Y todos ellos –las abstracciones concretas, la puesta en práctica de la agencia y el sentimiento estructurado–, considerados conjuntamente, nos moldean a cada uno de nosotros como un tipo particular de persona: un sujeto/agente social historicizado.

Este estudio se centra en un área de la Comunidad Valenciana, al sur de Alicante, donde ha existido una larga historia de próspera agricultura de regadío, combinada con pequeña manufactura. Los focos de manufacturas de productos específicos se remontan muy atrás: una ciudad y sus alrededores que fabrican alfombras, otra ciudad, cuerdas y otra, zapatos. El cultivo de productos agrícolas para ser comercializados en mercados internacionales tiene aquí también una larga historia. Más que una separación entre ciudad industrial y campo agrícola, existe una historia significativa de estrecha interrelación entre producción industrial y agrícola. Además, tanto los hombres como las mujeres han experimentado de diferentes maneras la movilidad geográfica, la manufactura en la pequeña industria, el empleo en grandes empresas y el trabajo en el sector de servicios.

En los años setenta, las exigencias de la nueva división internacional del trabajo llegaron a estos modos de producción preexistentes; afectaron, en primer lugar y con mayor fuerza, a la producción local de zapatos, pero también alcanzaron otras manufacturas y actividades de servicios del sector no agrícola. Con los cambios que se produjeron durante los treinta años siguientes, el modelo general acabó siendo el de una pequeña empresa local, y en algunos casos ramificaciones de empresas más grandes, que organizaban la producción por medio de una fuerza de trabajo localizada en su fábrica legalmente registrada, más una fuerza de trabajo mucho mayor diseminada en un sistema de «putting-out» o subcontratación. El sistema de subcontratas implica tanto niveles de trabajo realizado en talleres semilegales como niveles realizados mediante el trabajo a domicilio. En el hogar, desde la contribución inicial de la esposa, nos movemos –a través de su red ya establecida– hacia una red extensa de trabajo a domicilio subcontratado y después subsubcontratado.

Durante los años setenta y ochenta, las mujeres que realizaban trabajo a domicilio formaban parte probablemente de un grupo doméstico agrícola y, como resultado, estaban sometidas a una presión extrema. Sobre aquel periodo, Smith (1990) escribió (véase también Sanchis, 1984; para Cataluña, véase Narotzky, 1989, 1990, 2000, 2001):

La necesidad de trabajo en la propia explotación familiar es irregular; por ejemplo, el marido/padre puede conseguir trabajo para un día y, si considera que una tarea de la huerta no está acabada, presionará a su mujer o a su hija para que dejen de lado el trabajo a domicilio y vayan a la huerta (...) [Mientras tanto] los distribuidores de trabajo, deseosos de minimizar la cantidad de viajes y de contactos que tienen que hacer (...) animan a las mujeres a aceptar grandes lotes mediante el pago de tarifas que aumentan en progresión geométrica hasta que se completa la última unidad. Con la intención de llegar a esas tarifas, las trabajadoras, que ya están bajo la presión de sus maridos agricultores, pueden pedir lotes de un volumen excesivo con la idea de pasarle una parte a alguna vecina.

Esta compleja serie de relaciones sociales se construye sobre una amplia historia de extensas redes interpersonales. A lo largo del tiempo, los derechos personales, que se extendían hacia fuera desde la familia inmediata a la familia ampliada, los vecinos, los miembros de la comunidad, etc., se convirtieron en un componente institucionalizado de la vida diaria. Además, estos complejos conjuntos de vínculos también sirvieron para compensar la inestabilidad regional producida en parte por el clima impredecible y en parte por los ciclos comerciales, pero sobre todo por el carácter cambiante de las propias empresas. Cuando a finales de los ochenta se dieron las condiciones políticas y económicas para el cambio, que permitieron al gobierno avalar prácticas laborales y empresariales «flexibles» y desregularizadas, a la vez que minaron gravemente la agricultura local, esta economía ya plenamente «informalizada» se hizo todavía más informal.

La invención de situaciones de crisis y la estimulación de la inseguridad general se convirtieron en medios elementales de regulación social. Por ejemplo, con frecuencia las empresas se transformaban de un nivel de productor a un nivel de intermediario, pero únicamente con un propósito de evasión. Empresas registradas se declaraban en bancarrota y cerraban un día para abrir al día siguiente con el caparazón de la empresa original ahora operando únicamente con capacidad comercial, arrendando la maquinaria vieja a una «cooperativa» o a un taller subcontratado ahora totalmente ilícito, compuesto por trabajadores que acceden a reducir sus salarios, la seguridad y los beneficios para conseguir el contrato de su antiguo patrón. El modelo es conocido: mientras las empresas oficialmente registradas y los datos de empleo en la industria decrecían, la producción global de calzado se incrementaba. Superficialmente, parece una respuesta a la recesión, pero, de hecho, la atmósfera de crisis y desorganización estaba construida ideológicamente para justificar formas de regulación del trabajo que generaran inseguridad personal y respuestas colectivas fragmentadas. Y todo esto tiene una larga historia.

Los intentos de los grupos dirigentes para controlar a la gente corriente por medio de la inseguridad inducida y los ataques contra las respuestas colectivas están bien establecidos en la zona. Así, junto a esta organización de la economía y la sociedad, encontramos una clase de alienación de las políticas públicas entre la gente con la que trabajamos, y eso se convirtió también en un elemento fundamental de la problemática que empezamos a conformar mientras configurábamos nuestro estudio.

Aunque es obvio que hay mucho de todo ello que es específico de esta región y de esta gente –en efecto, gran parte de nuestro razonamiento enfatiza la importancia de reconocer la especificidad–, las inseguridades, las tensiones sobre las familias y los individuos, el sentimiento de alienación respecto de la dirección que la economía está tomando y de la formulación de proyectos políticos desde «instancias más elevadas» son ampliamente sentidos entre la gente que intenta conseguir un modo de subsistencia en muchas partes de la Europa contemporánea. Se podría dar cuenta de esto mediante una «etnografía del presente», focalizando en la manera como la gente de esta zona experimenta su vida cotidiana hoy en día e intentando evocar el carácter particular de esa experiencia. Ciertamente, esta es una manera mediante la que nosotros, como antropólogos, nos hemos aproximado a la situación, pero, de nuevo, se trata solo de una dimensión en nuestra investigación. En efecto, consideramos que la antropología actual ha reducido demasiado su foco de atención a un programa que parece referirse solamente a asuntos de «cultura» o «experiencia» de «lo local» y «lo cotidiano». Nuestra incomodidad con esta tendencia actual de la antropología puede explicarse parcialmente por nuestros respectivos orígenes.

Ambos somos europeos inquietos. Susana, tras su formación inicial en España y Francia, se trasladó a Estados Unidos para hacer su doctorado y después volvió a España. Gavin, nacido en Inglaterra, donde recibió su primera formación, se fue a Norteamérica a los diecisiete, pero volvió a Inglaterra para su doctorado. Después de un trabajo de campo previo en Perú, Gavin inició un largo periodo como etnógrafo en la Valencia meridional. A medida que el material de aquel trabajo de campo –los datos, las interacciones personales, los vacíos y los hitos– empezaba a tomar cierta forma narrativa y teórica, sintió una urgencia creciente de aunar sus percepciones y su trabajo en curso con los académicos españoles que trabajaban en y sobre España. Y así nos encontramos en un taller, que formaba parte de una serie de talleres dirigidos por antropólogos franceses y españoles con la ayuda de Maurice Godelier, sobre la cuestión de las transiciones sociales.

Comprometidos con la importancia de la etnografía histórica, ambos sentimos con fuerza que la comparación también enriquece la etnografía. Aunque este libro no es formalmente de etnografía comparativa, está fundamentalmente inspirado por el trabajo de campo anterior de Susana en Cataluña y por el trabajo que hicimos juntos (con la ayuda de Clare Belanger y Simone Ghezzi) en La Brianza, una economía regional de la Italia septentrional. De esta manera, mientras hablábamos sobre nuestros intereses intelectuales y políticos, nos convencimos de que la suma de nuestras empresas individuales sería mucho más grande si trabajábamos juntos: Gavin, como europeo, hasta cierto punto autóctono, pero, como antropólogo canadiense, también alguien ajeno; Susana, tanto europea como española aunque muy familiarizada con la antropología anglófona; y ambos compartiendo preocupaciones políticas y teóricas, unos puntos en común que han aumentado durante los años que hemos trabajado juntos.

Para nosotros la investigación social siempre debería situarse claramente dentro de un proyecto político explícito, y ambos habíamos estado implicados en un debate en el que el concepto de clase era esencial para el proyecto político de comprensión de la diferencia cultural y social, así como un instrumento crucial en la transformación de las relaciones sociales desiguales para conseguir oportunidades de vida indiferenciadas. Así, trabajando contra corriente de lo que creíamos que era la tendencia tanto en la antropología como en las otras ciencias sociales, sentimos que necesitábamos una forma de hacer etnografía que retuviera un modo de entender la complejidad del mundo social usando la clase como guía conceptual. Sin embargo, no estábamos tan interesados en las propiedades estructurales varias de la clase, ya fueran estratos sociales weberianos o relaciones marxianas con los medios de producción (Ossowski, 1969), como en los principios que condujeron a los teóricos a enfatizar en primer lugar la clase. Pensábamos, por ejemplo, en la imagen de sociedad de Marx, en la que el proceso de reproducción social genera contradicciones estructurales que, a su vez, son resueltas tecnológicamente mediante una productividad general mayor, geográficamente por medio de desplazamientos de capital en el espacio o, aún más importante, por medio del resultado de conflictos sociales, conflictos que aglutinan a la gente en torno al control de la propiedad y la necesidad de ofrecer trabajo. Por mucho que hayamos avanzado hacia una condición posmoderna, o hacia una sociedad postindustrial, de ninguna manera nos hemos separado de un tipo de sociedad en la que «la reproducción de la vida cotidiana depende de la producción de mercancías mediante un sistema de circulación de capital que tiene la búsqueda de beneficios como su objetivo directo y socialmente aceptado» (Harvey, 1985: 128) y, por tanto, nos parece que los antropólogos tienen la responsabilidad de explicar esta característica fundamental de la reproducción social bajo el capitalismo. En consecuencia, esta es la razón principal por la que, para nosotros, la clase continúa siendo central para la investigación etnográfica.

Una segunda característica del espíritu que condujo a los autores de izquierdas a centrarse en los rasgos cruciales de la clase, fuertemente asociada con el trabajo de Edward Thompson, podría resumirse en la proposición de que solo a través de la acción colectiva la gente subordinada tiene alguna influencia sobre el poder y que, aunque hay muchas líneas y formas mediante las cuales las colectividades pueden expresarse, existe un nexo orgánico crucial entre las colectividades de clase y la retención o transformación del capitalismo. Este segundo elemento era especialmente importante para nosotros precisamente por su ausencia aparente de la vida cotidiana de nuestro escenario de campo. ¿Por qué ausente? Porque tales colectividades, como estructuras de sentimiento, como modelos de relaciones sociales y como punto de apoyo para la acción y el empoderamiento, han sido objeto de un ataque severo a lo largo de la historia y hasta el momento presente, un ataque que adquirió una fuerza particular en los años que siguieron a la Guerra Civil española.

En efecto, siguiendo la estela de este ataque, el tipo de mundo que hemos descrito antes se ha configurado en el discurso hegemónico reciente como un mundo de economías regionales, una «Europa de las regiones». Se trata de nuevas configuraciones que atenúan las características políticas y estructurales de clase como medio de comprensión de los procesos históricos. En cambio, favorecen una comprensión de las prácticas sociales, las experiencias y las relaciones en términos de valores colectivos corporativistas, conocimiento local y afinidad emocional. En lugar de una historia compleja cargada con las tensiones de la contradicción, el conflicto, la resolución y la transformación, conseguimos una auditoría de sus posibilidades empresariales (y, por tanto, de sus fracasos) «culturales» y «sociales», un balance de los más y los menos: «producción flexible», empresas reducidas y dispersas y «capital social». Así pues, una responsabilidad de nuestra investigación social fue encontrar los indicios a partir de los cuales las fuerzas colectivas podrían ser reconstruidas.

A pesar de todo, mientras nos familiarizábamos con la bibliografía, encontramos historiadores, economistas y sociólogos que trabajaban sobre Europa (Berg et al., 1983; Bagnasco, 1977; Piore y Sabel, 1984) prestando una atención creciente a algo parecido a un pequeño capitalismo organizado. Se hacía cada vez más popular como «tercera vía» un nuevo modelo de desarrollo de la economía de mercado que tenía en cuenta las «externalidades» sociales, un modo más viable e incluso más humano de organizar el capitalismo. A la vez que ello parecía confirmarnos que estos otros modos de organizar las relaciones trabajo/capital eran, en efecto, significativos, también nos hacía conscientes de que debemos entender simultáneamente dos fenómenos bastante diferentes: las prácticas y relaciones que podíamos encontrar en un área económica vagamente predefinida y los modelos económicos para desarrollar las regiones en la línea de redes, mercados sociales, empresas flexibles y similares que los expertos y los responsables políticos de Europa generan hoy en día. Además, pronto reconocimos una relación dialéctica entre los dos niveles porque las políticas de desarrollo (prácticas reguladoras o desreguladoras, subsidios, etc.) proporcionaban condiciones cruciales que encaminaban las prácticas y las relaciones que observábamos en el campo. Proporcionaban recursos materiales específicos que la gente tenía que reivindicar en formas particulares, por supuesto, pero también afectaban a las vidas de las personas de manera más general. El modo como las personas pensaban sobre sus propias vidas y el espacio social que habitaban se entretejía con los discursos hegemónicos que destacaban la región como cohesionada bajo la rúbrica general de una «cultura empresarial» o lo que se denominó «nacionalismo económico».3

Nuestra idea era que tales condiciones, notablemente en desacuerdo con el ya clásico modelo Manchester de desarrollo industrial, estaban extendidas y, por tanto, buscamos un escenario donde el modelo tuviera profundidad histórica, a la vez que vigencia en el momento presente. En España, Gavin había hecho trabajo de campo previamente en el área de la Comunidad Valenciana, descrita por algunos historiadores económicos (Nadal, 1990; Lluch, 1976; Aracil y Bonafé, 1978) como una de aquellas regiones donde se había desarrollado durante el siglo XIX un tipo diferente de capitalismo. El área del sur de Alicante presentaba un paisaje de pequeñas empresas familiares y una mezcla de agricultura comercial e industrias manufactureras. Menos conocida era la presencia allí de una mezcla de radicalismo político y conservadurismo extremo, que se remonta muy atrás, en el siglo XIX. Gavin se había interesado por la pluriactividad en su trabajo de campo de 1978-79, y este tema parecía resumir muchos de los principales asuntos que queríamos observar con detalle. La pluriactividad planteaba directamente la cuestión siguiente: ¿qué pasa con la clase cuando el proceso de reproducción social genera una estructura de fluidez e incertidumbre constantes en los destinos de la vida de las gentes, de manera que no prevalece la experiencia clásica de la oposición entre trabajo y capital?

Conscientes de los cambios radicales en el proceso del trabajo de la producción capitalista que tenían lugar entonces en Europa, buscamos a propósito un área que no entrara netamente dentro del marco del modelo de la definición capitalista clásica de una «economía desarrollada» con un sistema de mercado eficiente regulador de las relaciones trabajo/capital. En su lugar, buscamos una región que, aunque enraizada desde hacía tiempo en la producción de mercancías, incluso en el circuito global del comercio capitalista nacional e internacional, manifestara, sin embargo, formas de relaciones de producción que difirieran del modelo clásico.

Pero entonces la cuestión cambió hacia el terreno pragmático: considerando que ya no había una experiencia obrera homogénea entre la gente de la región, como la de la industria fordista clásica, por ejemplo, ¿seguía siendo útil el concepto de clase? Las experiencias de subsistencia de la gente se habían fragmentado tanto que se hacía cada vez más difícil seguir la manera como su inserción en los procesos de reproducción social se relacionaba con su identidad social y su praxis histórica. Trabajar con la complejidad de estos asuntos a lo largo de los años ha dado forma al modo en el que queríamos realizar la investigación: en primer lugar, en relación con la localización o el alcance de nuestra observación; en segundo lugar, respecto a la necesidad de insertar profundamente la historia en nuestras observaciones.

Si queríamos comprender las fuerzas principales de reproducción social, necesitábamos profundidad histórica, y sabíamos que podíamos conseguirlo mediante el trabajo realizado por los historiadores sociales y económicos valencianos de la zona. Pero si pretendíamos llegar a la experiencia vivida de la gente, también necesitábamos las narraciones matizadas de las historias particulares. Así pues, el hecho de que tuviéramos historias de vida para esta zona que se remontaban a principios del siglo XX fue clave para nosotros. Clave también fue el hecho de que el trabajo de campo valenciano había sido efectuado en un momento político especialmente importante, durante los primeros años de la transición del régimen de Franco a la democracia parlamentaria, cuando Gavin había observado y registrado de primera mano los debates que surgían con motivo de las primeras elecciones municipales democráticas después de cuarenta años de dictadura. Susana, en particular, pensaba que los datos de primera mano sobre aquel periodo de la historia de España serían extremadamente útiles para hacerse una idea de la expresión pública de las cuestiones de clase.

No obstante, no queríamos pensar que esto era el «retorno» del antropólogo, veinte años más tarde, para registrar los cambios que habían tenido lugar en el paso de un tipo de sociedad más tradicional a uno más moderno (véase Collier, 1999). Estábamos interesados, en cambio, en seguir un proceso de reproducción social –las continuidades y rupturas históricas– que produce y condiciona las prácticas de la gente. Pero no solo nos interesaban las prácticas; también queríamos prestar atención a cómo las experimentaban las personas en tanto que sujetos históricos y cómo se institucionalizaban después para constituir el entorno cultural. Por tanto, eso no era tan solo etnografía de la vida cotidiana de la gente corriente, ni era una evaluación con el propósito de enmarcar los éxitos y los problemas de una economía regional en Europa. Para nosotros, la historia no es tanto el trasfondo del presente como dos momentos sincrónicos, uno en el pasado, el otro en el presente. La historia es el camino necesario para entender la sociedad como los diferentes medios por los que la reproducción social de un tipo particular de sistema social, el capitalismo, se convierte en una parte vivida del presente.

NOMBRAR EL PRESENTE

El modo en que los científicos sociales nombran los fenómenos de este mundo real tiene implicaciones para el presente vivido por la gente corriente. En este apartado mostraremos cómo se ha desplegado este proceso –desde la noción de articulación de modos de producción a la de economía informalizada, y de ahí a la designación actual de «economía regional»–. Conscientes de estas designaciones cambiantes y de sus implicaciones, argumentaremos a favor de un tipo particular de antropología histórica que preste atención a las maneras concretas en que se usa el poder para hacer posible la explotación y que con el tiempo conforman tipos diferentes de persona social.

En los años sesenta en varias comarcas al oeste y al suroeste de la ciudad portuaria de Alicante se instalaron pequeñas y medianas empresas que producían zapatos para el mercado nacional e internacional. Se trata de las áreas alrededor de Elda y Novelda, el Vinalopó al oeste de Elche y el área por la que nos interesamos, la Vega Baja, al sur de esta ciudad. Mientras la demanda de zapatos crecía durante la década, tuvo lugar una forma concreta de integración vertical. En el polo comercial, algunas de las compañías con más éxito se vincularon fuertemente a empresas minoristas de Estados Unidos, conformándose no solo a requerimientos de diseño, sino a menudo a características concretas del proceso de producción, y, en la mayoría de casos, dependiendo de anticipos crediticios norteamericanos. En el polo de la producción, la mano de obra de la fábrica fue complementada por talleres situados en Elche, que habitualmente elaboraban accesorios primarios básicos, contratados a corto plazo, junto con mujeres que trabajaban a domicilio en una cadena que iba desde trabajos especializados recurrentes y estables hasta labores menores realizadas ad hoc y a corto plazo.

Cuando el sistema de distribución se hizo más sofisticado y la organización sindical de Elche elevó los salarios urbanos, la dispersión de la producción empezó a extenderse hacia núcleos de población más alejados del centro, a lo que siguió la construcción de fábricas en pueblos de la Vega Baja. Simultáneamente, la dependencia de capital de Estados Unidos se redujo porque los empresarios buscaron el desarrollo de un conjunto más amplio de mercados para sus mercancías. Como resultado, surgió un conjunto mucho más complejo de relaciones entre fábricas, talleres, distribuidores y trabajadores a domicilio.

En gran medida, lo que estaba pasando en Elche no era sino una variación de las transformaciones en la producción manufacturera a lo largo y ancho de Europa. Aunque la producción textil, ejemplificada por Laura Ashley en Gran Bretaña y Bennetton en Italia, es la más conocida, muy cerca de nuestro mismo emplazamiento, la Ford Motor Company, después de una investigación cuidadosa y muy publicitada, había establecido su planta de montaje del modelo Fiesta justo al sur de la ciudad de Valencia.

Esto fue considerado un gran triunfo para España frente a los países industriales más prominentes de Europa, y para el País Valenciano en particular; ¿pero cómo se llevó a cabo tal triunfo? Aparte del aspecto anodino de que el emplazamiento estaba bien situado en el enlace de ejes de comunicación claves, parece que la decisión se basó en la realpolitik de los poderes nacionales y regionales y en las estructuras de clase. Los tecnócratas franquistas utilizaron todos los medios para asegurar a Ford la continuidad futura del régimen autoritario (Lluch, 1976; Picó López, 1976). Al hacerlo, sin duda, insistieron no solo en la larga familiaridad de los trabajadores locales con las técnicas manufactureras, sino también en la ausencia de militancia colectiva asociada con empresas de producción a gran escala.

La planta del modelo Fiesta representó un giro significativo hacia el interés renovado del capital en el área del Levante o Valencia, conocida popularmente por sus naranjas y huertas. De manera creciente, los propietarios más acomodados de explotaciones agrícolas empezaron a orientarse hacia cultivos de trabajo menos intensivo, convirtiéndose ellos mismos en familias pluriactivas o agrupándose en explotaciones de siete u ocho familias y subcontratando todo el cuidado y la recolección de sus cosechas de cítricos a «contratantes de maquinaria».4 Como remarcó Arnalte Alegre (1980), estaba apareciendo un nuevo sistema social sutil y complejo que, por una parte, industrializaría la agricultura y, por otra, ruralizaría la industria.

¿Cuál fue, entonces, la imaginería que usaron los tecnócratas para representar esos procesos? Bajo la ruralidad bucólica de un área conocida superficialmente por su rica agricultura de regadío dirigida a los mercados internacionales, se descubrían importantes segmentos de la población instruidos en el uso de maquinaria industrial o expertos en la actividad comercial. El resultado fue una cultura especialmente adecuada a las necesidades de la Ford: dirigiendo su atención a la práctica diaria de hacer que sus pequeñas empresas respondieran a las oportunidades de cambio, estas personas eran económicamente adaptables y, al mismo tiempo, no tenían ninguna inclinación hacia las políticas redentorias de las clases trabajadoras. Encaradas con una transformación u otra en su entorno socioeconómico, su respuesta sería descubrir algún cambio en las metas económicas hacia las que pudieran dirigir sus tareas, no simplemente suspender la actividad y quejarse o, como los agricultores franceses del otro lado de la frontera, manifestarse en París, dirigir ataques relámpago sobre supermercados que venden productos agrícolas extranjeros o secuestrar el tren Barcelona-París (Lem, 1999).

Debemos recordar que aquí estamos hablando de los primeros setenta. En la prensa y en los documentos políticos, ciertamente se veía la industria como un tema importante para el futuro de Europa, pero se planteaba también la cuestión de la explotación agrícola familiar, su viabilidad y su supervivencia. Valencia parecía ofrecer una salida con la introducción de la industria en las áreas rurales. Entre los académicos, estaban en uso otras dos imágenes, ambas procedentes de estudios recientes del Tercer Mundo. Ampliamente inspirados por estudios marxistas, los investigadores destacaron la superimposición sobre un modo preexistente de producción (aunque en sí mismo fuera una variante del capitalismo rural) de un nuevo modo de producción que aprovechaba elementos del modo anterior, aunque distorsionando de este modo muchos de sus elementos (Servolin, 1972; Faure, 1978; Vergopoulos, 1978). Todo aquel que conociera bien el caso valenciano era muy consciente de que la industria estaba lejos de ser nueva, pues la mayor parte se sustentaba y apoyaba en el trabajo de transformación que producía el valor añadido crucial de muchos de los productos agrícolas tradicionales de la zona: cáñamo, esparto, algodón, cría del gusano de seda y viñas.5

Un segundo cuerpo bibliográfico, óptimamente representado en The Informal Economy: Studies in Advanced and Less Developed Countries (Portes, Castells y Benton, 1989; véanse también Redclift y Mingione, 1985; Pahl, 1984, 1988), empezó a atraer la atención hacia los rasgos particulares del trabajo que eran esenciales para la supervivencia de muchos trabajadores europeos, quizá incluso para la mayoría, y sin duda de significación creciente para el bienestar de las economías nacionales en su conjunto. Castells y Portes, en la introducción a su trabajo colectivo, muestran lo que hizo relevante el tema de la economía informal en el mundo occidental. La cuestión de cómo definir algo llamado «economía informal», dijeron, era mucho menos importante que registrar el proceso según el cual las economías occidentales estaban siendo crecientemente informalizadas, con sectores de la economía que hasta el momento funcionaban por medio de instituciones burocráticas, jerárquicas y relativamente estables, siendo reemplazadas por alternativas menos visibles, menos permanentes y menos estables. Que ese tipo de caracterización era muy adecuado a la realidad valenciana quedó reflejado por la publicación en la Institució Valenciana d’Estudis i Investigació de La otra economía: trabajo negro y sector informal (Sanchis y Miñana, 1988), así como por la traducción por parte de la institución de textos que trataban la industria rural y las economías sumergidas (e.g., Houssel, 1985). Fueron figuras especialmente notables en este trabajo Enric Sanchis (1984) y Josep Antoni Ybarra (1986). Lo que empezó a ocurrir en este segundo tipo de caracterización de los procesos económicos en Valencia fue un cambio que llevó de la investigación de la naturaleza del capital a la de la naturaleza del trabajo asalariado, y del trabajo, en general, y el modo de vida.

A pesar de sus diferentes focos de atención, el efecto de estas imágenes en su conjunto fue un cambio de paradigma en las teorías del desarrollo capitalista. Unos estudios que muestran la inserción histórica de una forma de producción capitalista en el sur de Europa, que tenía sus características propias bastante diferentes de los modelos hegemónicos de la industrialización septentrional, se combinan con estudios que muestran no solo que las formas informales de trabajo iban adquiriendo una importancia creciente en Europa (como, en efecto, ocurría), sino que, en grados y formas diferentes, habían sido parte de los medios de vida de la gente y, por ello, de las economías nacionales a lo largo del llamado periodo de la industrialización.

Tanto si fue por azar como si fue planificado de antemano, las empresas zapateras de Elche, las fábricas de muebles de Castellón o la planta Ford cerca de Valencia fueron capaces de aprovechar una serie de características sociológicas y culturales que venían con una sociedad que a la mayoría se nos dijo que ya no existía; una sociedad en la que una agricultura comercial relativamente efectiva operaba al lado de una producción artesana rural.6 Para los historiadores económicos de la región, la cuestión fundamental era por qué este camino no se transformó en autovía; para aquellos que trabajan sobre la informalización de la economía regional, lo apremiante era registrar los costes sociales de la transformación de disposiciones sociales anteriores en beneficio de lo que parecía ser un tipo especialmente depredador de capitalismo.

Sin embargo, la convergencia de estas dos corrientes intelectuales –más allá de España y de Valencia– iba a producir una lectura completamente opuesta. Las escenas de pesadilla de los cuentos de hadas de Grimm iban a generar una vida nueva «a lo Disney», reinventando la articulación de los modos de producción y la innegable informalización de la economía europea en forma de cadenas de producción diseminadas, mercados sociales, obreros y empresas más flexibles, todo reunido en el espacio de unas economías regionales prósperas. En manos de Piore y Sabel (1984), resultaba que el camino de los sistemas de producción diseminados a pequeña escala y entrelazados regionalmente no había fracasado en el sentido darwiniano. Su defunción temprana había sido acelerada por las atenciones paternalistas de un estado profundamente antirregional (véase también Sabel y Zeitlin, 1984). Allí donde estas atenciones habían sido especialmente completas, las utopías florecientes se habían suprimido, perdidas para los historiadores y silenciadas en los programas de desarrollo industrial. Por suerte, donde el Estado había sido más inepto, o quizá demasiado preocupado por otras circunstancias, notablemente en Italia, había signos de la capacidad de resistencia de este tipo de economía invertida, donde la lealtad era tan importante como la competencia, donde las estrategias de mercado se volvían «impuras» por la retención persistente de los cálculos sociales en las decisiones de los agentes, donde empresas formales bien protegidas y celosamente guardadas se transformaban en conjuntos de operaciones que se ensamblaban en redes que se formaban alrededor de proyectos a más largo o a más corto plazo.

Sin duda, las implicaciones para las políticas públicas fueron devastadoras. Donde una vieja escuela de pensamiento había buscado descubrir por qué una economía como la de la Valencia del siglo XIX no había conseguido despegar a causa de las características locales que la distinguían del modelo Manchester, septentrional y con más éxito, ahora resultaba que había joyas escondidas en la corona valenciana que esperaban ser descubiertas. Allí donde alguna gente veía trabajo infantil en Italia, Sabel era capaz de identificar la cuidadosa protección de un sistema de aprendizaje basado en la familia.

Sería ingenuo imaginar que estas diferentes imágenes de una realidad más o menos idéntica no tuvieron efecto alguno sobre la gente corriente, que intentaba día a día subsistir, así como, en la medida de lo posible, imaginar cómo podría ser un futuro realista para ellos y sus hijos. Los primeros trabajos sobre la informalización de la economía europea adoptaron una posición generalmente crítica hacia el fenómeno e incentivaron las políticas dirigidas contra su expansión. En claro contraste, la bibliografía más reciente sobre la economía regional se desarrolla invariablemente para generar unas políticas que intensifiquen los rasgos de vida social que vuelvan la economía regional más competitiva.

HISTORIAS DEL PRESENTE

La exploración histórica del papel de las relaciones de clase y las fuerzas cambiantes que aseguran la obtención continuada de plusvalía del trabajo de la gente está ausente de las dos imágenes sociológicas antes mencionadas –la informalización de la vida económica o su conceptualización en términos de una economía regional socializada–. Mientras que las estimaciones de los recursos locales de capital social y la elasticidad del trabajo flexible pueden tener algunos resultados prácticos en las políticas públicas, resulta más crítica la necesidad de explorar, a través de una historia del presente, las distintas influencias, restricciones, movimientos y bloqueos que fueron la expresión y constitución del poder y las piezas clave de las diferenciaciones: no una única historia de la economía regional neta y ordenada con una cultura local añadida, sino múltiples historias y una heterogeneidad de actores con nociones bastante diferentes de lo que podría ser valorado positivamente en la cultura local.

En realidad, la historia que los tecnócratas habían dibujado para Ford con respecto a la política era para su propia conveniencia, abreviada y superficial. No había nada natural –ni cultural– en la falta de inclinación de los valencianos por la política reivindicativa. Es posible que los tecnócratas de Franco fueran completamente inconscientes de que la Primera Internacional Anarquista se celebró cerca de allí, en Alcoy en los años setenta del siglo XIX, pero difícilmente podían haber olvidado que Valencia fue la sede final del Gobierno republicano en 1939, o que la provincia de Alicante, al sur, había dado un apoyo muy fuerte al sindicato socialista Unión General de Trabajadores. No obstante, la negación del pasado político de la gente trabajadora tiene una larga historia en la zona (si no, más extensamente, en el conjunto de España), que llega hasta el presente.

Sin embargo, empresas como Ford perseguían algo cuando investigaron y encontraron un grupo de personas que estaban preparadas para trabajar esa hora extra, que estaban en todo momento oteando el horizonte de las tendencias de cambio económico que exigirían un giro rápido a sus tácticas y cuya relación con la familia y las amistades reflejaba las necesidades picarescas de tales proyectos de subsistencia. Pero las historias de este presente son realmente complejas.

Cuando la industria del zapato empezó a tener una fuerte presencia en la Vega Baja, no supuso en modo alguno la introducción de un producto o proceso nuevo sobre una tabula rasa social y económica. Durante mucho tiempo, la comarca había sido la principal productora de alpargatas de España, usadas por la inmensa mayoría de la clase obrera durante la primera mitad del siglo XX (Bernabé Maestre, 1976).7 Dependientes de la producción agrícola y el procesamiento de la fibra de cáñamo, las alpargatas no salieron tampoco ex nihilo. Antes de ser la principal proveedora de calzado de España, la comarca había sido la mayor productora de velas –muy demandadas por las numerosas flotas marineras de España– y, posteriormente, de soga y de redes de pesca, siendo todos estos productos dependientes del cultivo de cáñamo y de su procesamiento en fibra. Incluso actualmente, los zapatos no son en absoluto la única manufactura producida en la comarca. Crevillente tiene un papel análogo en la producción de alfombras y esterillas al de Elche en la producción de zapatos; en la zona se producen también muñecas, ropa de muñeca y otros juguetes.

Todo esto podría sugerir que la industria manufacturera era complementaria del desarrollo agrícola. Y aunque puede haber sido así con respecto a los productos agrícolas, no lo fue en absoluto para el trabajo y menos aún para la tierra. Cuando se sitúa en el marco más amplio de la agricultura española del siglo XIX, la Vega Baja no es en muchos aspectos ni carne ni pescado, no es el emplazamiento de las pequeñas explotaciones agrícolas viables de algunas partes del norte ni está monopolizada por el sistema de latifundios de Andalucía. Beneficiaria de un antiguo sistema de irrigación basado en el río Segura, la zona no había tenido mucho éxito en usar este sistema para la agricultura intensiva que podría haber generado explotaciones de tamaño mediano, como, por ejemplo, las de Cataluña. Esto se explica parcialmente por la posesión de gran parte de la Vega Baja por grandes terratenientes aristocráticos, de manera similar al caso del sur de España. Estos propietarios hicieron uso de los recursos del poder derivados de una sociedad jerárquica para mantener bajos los costes del trabajo y de esta manera reducir la necesidad de inversiones de capital fijo (incluyendo el mantenimiento del suelo y el riego y la experimentación con semillas y fertilizantes, así como la maquinaria).

El resultado fue que cada avance en la producción industrial dentro o en la periferia de la comarca, si bien aparentemente de manera casi fortuita, producía una útil demanda de algún cultivo agrícola, también producía de manera mucho más obvia y amenazadora una demanda de trabajo. De hecho, aunque la demanda constante de productos agrícolas comerciales por parte de las manufacturas locales era beneficiosa, han sido mucho más destacables las enormes oscilaciones de un cultivo de exportación a otro. Productora durante mucho tiempo de aceite de oliva y, en menor medida, de trigo, el área se vio afectada por la crisis de la filoxera en Francia a finales del siglo XIX, lo que provocó un giro parecido a la fiebre del oro hacia la producción de vino. Los olivos fueron arrancados y reemplazados por vides, aunque en muchos casos para cuando la plantación había alcanzado los cinco años de madurez, el «boom» ya había acabado y la demanda de vino decrecía. Más tarde, después de 1939 y la Guerra Civil, la política de Franco de autarquía para España originó un «boom» del cáñamo más completo que el precedente del vino. De nuevo, con la apertura de España en 1959, el cáñamo se convirtió rápidamente en un reliquia y las habilidades y ocupaciones asociadas con él pasaron a ser obsoletas.

De estas tendencias históricas podemos aprender dos cosas. Quizá la más importante es la extrema volatilidad de la economía, respondiendo como hacía a corrientes nacionales y internacionales. Traducido al mundo de la gente trabajadora, tales cambios de dirección en periodos más cortos que una generación se tradujeron en una incertidumbre persistente y crónica. Combinada con los intentos de las clases terratenientes de resistirse a la mercantilización del trabajo mediante el recurso a contratos laborales y a relaciones de propiedad jerárquicos y personalistas, esta misma incertidumbre se hace inherente al sistema de producción y apropiación de valor, un engranaje crucial que dirige la mecánica de la reproducción social del capitalismo agrícola local.

Lo segundo que aprendemos tiene que ver con la historia, larga pero irregular, del papel de la manufactura en la comarca. Frecuentemente, investigadores de otras economías regionales han apuntado el simple hecho de una presencia de medios de subsistencia no agrícolas en el medio rural (para una crítica, véase Ghezzi, 2001), pero necesitamos más dimensiones del cuadro. La manufactura no estaba presente en todos los lugares del escenario regional y en modo alguno era coherente en su crecimiento o caída o en la manera como afectaba a la gente corriente de los pueblos de la Vega Baja.

Y esto nos lleva a nuestro tercer aspecto en la historia de la zona: la cuestión del movimiento. Durante muchos años, los costes del jornal pudieron ser minimizados mediante una simple manipulación de la inseguridad: los jornaleros necesitaban trabajo y, jugando con los riesgos del mercado de trabajo diario en cada plaza del pueblo, los propietarios agrícolas, sus encargados y los grandes arrendatarios eran capaces de satisfacer las demandas cambiantes del ciclo agrícola. Pese a ello, incluso en las mejores circunstancias, un mundo como ese no podía ser completamente contenido. La necesidad anual de recolectores de trigo en La Mancha o de vendimiadores en Cataluña era siempre una atracción. Esta era sobre todo estacional y, como el servicio militar para los jóvenes, el viaje se vivía individualmente. No obstante, los «molinos satánicos» de Elche, Crevillente o Callosa de Segura, por no mencionar otros atractivos más lejanos, ejercieron una presión constante sobre la obtención de plusvalía absoluta de los trabajadores agrícolas, y la principal manera de resolverlo fue el control del movimiento. El catalizador de tal estrategia fue la inseguridad. Hemos visto qué volátil era la economía, y a esto se tienen que añadir los riesgos naturales de un clima extremadamente incierto, no contrarrestado en absoluto por el riego. Simplemente ser capaz de asegurar comida suficiente para la propia familia era en sí mismo un logro.

Por tanto, las tensiones y contradicciones contenidas en el movimiento eran sentidas de manera bastante diferente por personas diferentes de la comarca. Con el tiempo, este fetiche de lo fijo y la sospecha del movimiento adquirieron un sentido más amplio y metafórico. Tanto para el trabajador itinerante como para el patrono local bien establecido había inevitablemente algo temible y desconocido en el mundo que esperaba tan cerca como Elche o Crevillente, aún más temible en Barcelona o quizá incluso más lejos. El sentimiento de que uno volvía «afectado» de alguna manera empezó a extenderse. Para muchos trabajadores se trataba de verse afectado por la experiencia. Algunas veces estas experiencias eran, a corto plazo, desagradables, incluso un revés, pero, consideradas en su conjunto y con la perspectiva de los años, podían significar una educación, un movimiento hacia un tipo de madurez más cosmopolita. En cambio, para aquellos que se había dejado atrás –no solo los patronos y sus agentes, sino sus dependientes más subordinados–, el viaje implicaba ser afectado por algo desconocido y casi inevitablemente amenazador e impuro –impuro en el sentido de que perturbaba el orden conocido del mundo local, introduciendo variables nuevas en la toma de decisiones y posibilidades más amplias para un futuro.

Si pretendiéramos preguntar cómo empezó a existir una cultura de la localidad en esta área o cómo podía ser la textura específica de su estructura de sentimiento, entonces podría valer la pena reflexionar sobre estos rasgos.

HISTORIAS DE REGULACIÓN

En cuanto a la política, como la Ford Motor Company, podríamos haber sido fácilmente engañados. Trabajando, como hemos hecho, durante la era posfranquista, descubrimos que la mayoría de gente tenía poco interés por la política nacional y mucho menos aún por sus ramificaciones institucionales locales en el nivel provincial o municipal, y nos inclinábamos a asumir que eso ponía en evidencia una actitud ya antigua en el mundo rural. Con todo, aunque en Valencia hubo un fuerte movimiento católico y conservador durante la República, la Vega Baja, en general, fue afín al Gobierno y los pueblos que conocíamos mejor estuvieron completamente controlados por el sindicato del partido socialista y después unieron sus esfuerzos con el sindicato anarquista. Una vez empezó la Guerra, se expropiaron muchas fincas mediante iniciativas locales, se acuñó dinero local y esas fincas fueron explotadas colectivamente. Mientras las fuerzas republicanas se retiraban al final de la Guerra hacia el puerto de Alicante y los nacionales, junto a sus apéndices políticos y sus cuerpos paramilitares, avanzaban sobre la región, se preparaba un nuevo régimen de vida cotidiana.

A la Guerra (1936-39) le siguió un vasto conjunto de sistemas de racionamiento controlados por el Estado. Ciertamente, ello se debió en parte a la necesidad de dirigir una economía extremadamente debilitada, pero sobre todo fue un medio de castigar y recompensar de manera selectiva a los miembros de la nueva sociedad franquista. Tanto la represión como el mercado negro fueron esencialmente selectivos casi por definición. La represión franquista fue muy efectiva cancelando un sentido colectivo de la alteridad (por no hablar de resistencia) y, de manera más general, cualquier sentido de terreno político público, ejerciéndose de forma altamente personal y selectiva. Los objetivos de la represión fueron seleccionados por personalidades muy concretas con posiciones de poder, y lo hicieron día a día sobre una base casi aleatoria.8 Además, fueron posiciones de poder planificadas explícitamente para el provecho propio de la persona que las ostentaba. Franco dio su sello personal de aprobación a este enriquecimiento de los vencedores a expensas de los vencidos igualándolo al derecho de saqueo y violación otorgado tradicionalmente a los ejércitos victoriosos en tiempos remotos.

Un efecto, intencionado o no, de todo esto fue que la desesperada búsqueda diaria de alimento produjera la renuncia a preocuparse o interesarse por cualquier otra cosa. Otro fue que muchos de los que habían sido afines a la República, incapaces de conseguir los documentos necesarios para llevar una vida normal, se vieron obligados a recurrir al mercado negro. A la vez, esta situación los hizo más vulnerables a ser descubiertos y castigados en cualquier momento, pero también produjo personas que conocían mejor a los funcionarios que se podía sobornar, los atajos menos vigilados y los «delitos» que en realidad no eran tan graves, y, en consecuencia, generó una vuelta de tuerca más en la soga retorcida de la selección.

Las diferencias que resultaron directamente del poder político se vieron amplificadas también por las ventajas subyacentes a la participación de la derecha en el estraperlo (mercado negro), que ofrecía enormes oportunidades de beneficio rápido. De hecho, la propiedad cambiaba de manos en tal medida que nos podríamos referir cínicamente al estraperlo como la reforma agraria de Franco. Una vieja clase de terratenientes, la mayoría de ellos absentista y enfrentada con un sector agrícola desmontado, que percibía oportunidades en los grandes centros urbanos, vendió sus propiedades a sus grandes arrendatarios, quienes, a su vez, vendieron a menudo sus parcelas a aquellos que se enriquecían con el estraperlo. Después, con la llegada de los años cincuenta, se presentaron nuevas oportunidades, a la vez que el área se veía progresivamente implicada en el lucrativo mercado de la fibra de cáñamo.

Así pues, las fuerzas de diferenciación económica, social y cultural cambiaron de dirección numerosas veces durante los cien años que van de 1890 a 1990, como sin duda ya lo habían hecho antes. Pero difícilmente pueden ser sobreestimadas las fuerzas que se hicieron con el poder en aquellos años letales que siguieron a la Guerra Civil, durante los cuales Franco imprimió su sello de hierro sobre la sociedad española. Es difícil discernir cómo se podría hablar de la economía informal de los años sesenta sin referencia alguna a aquel periodo previo, y es imposible hablar de la falta de inclinación «natural» de la gente local hacia la política pública sin referencia alguna a lo que hizo tan naturales tales actitudes.

La presencia ausente de esta historia crepuscular condicionó con toda seguridad el modo en que durante los años ochenta se pedía a la gente corriente de España que diera voz a una política pública renovada y cuando durante los noventa se estaba reestructurando la Vega Baja como economía regional. Sin embargo, fue más destacable la manera como estos dos momentos fueron enmarcados, sobre todo, por el discurso político presente. Ya hemos apuntado que el lenguaje sociológico usado para evocar las economías regionales emplea descripciones de los fenómenos que las sitúan dentro de las nociones de funcionalidad y ventaja competitiva, a la vez que se minimizan las referencias a las relaciones de clase y al papel del poder en la reproducción social. Este tipo de marco, que obviamente juega un papel en la marginalización de la historia de la que hemos estado hablando antes, es asimismo contextual: el campo político-económico, institucional y discursivo del corporativismo neoliberal. Esperamos que las pruebas etnográficas contenidas en este libro nos permitan volver a una crítica más exhaustiva de la conjunción históricamente particular de las formas capitalistas con las prácticas regulatorias. Queremos demostrar aquí el valor de la etnografía histórica, explorando cómo el pasado que acabamos de describir favoreció este tipo específico de conjunción.

Lo hemos llamado «corporativismo neoliberal». Hasta el momento, el corporativismo y el neoliberalismo se han comprendido como imágenes especulares uno del otro: uno sitúa la prioridad en la salud de todo el cuerpo social, el otro insiste en la salud del actor individual y niega la existencia de algo como la sociedad (como Margaret Thatcher señaló). Sin embargo, más recientemente, los investigadores han empezado a contradecir estas diferencias con términos tales como «el nuevo paternalismo» (Mead, 1997) y «autoritarismo liberal» (Dean, 1999, 2002), al menos en parte, para explicar el tema de las prácticas de gobierno de la Unión Europea, en general, y, más particularmente, de los estados donde se invoca algún tipo de «tercera vía». El corporativismo da una prioridad elevada al funcionamiento apropiado de la sociedad como un todo integrado y coherente. El conflicto interno al sistema es considerado una patología, como el suicidio o la delincuencia, que debe afrontarse reprogramando todo el conjunto considerado. Estos conjuntos se consideraban frecuentemente como sociedades nacionales, como en la Francia de Durkheim o en la Gran Bretaña de Marshall, pero no es necesario que lo sean.

Aunque tanto el corporativismo como el neoliberalismo se preocupan por la productividad global de la comunidad política en un mundo competitivo internacionalmente, difieren más concretamente por el hecho de que para el neoliberalismo este objetivo se alcanza trasladando una parte principal del gobierno al mercado y a otras instituciones de la llamada sociedad civil. Haciéndolo así, refunde en términos de «contratos» las interrelaciones funcionales de estas instituciones y lo que se espera normativamente de sus prácticas, desde los ayuntamientos a los hospitales, los juzgados, las universidades. Lejos de ser patologizado, en este caso, el conflicto es validado, sin embargo, solo en su variante darwiniana específica: la competición entre unidades –individuos, empresas y similares–. Por esta razón entre otras, la regulación, como insistió Polanyi (1957), siempre permanece como un aspecto que se ha de tratar; los neoliberales tienen tanto miedo de la anarquía como cualquiera. Así, la cuestión que se plantea tiene que ver con la relación entre orden y gestión –en resumen, gobierno– y ese elemento de la sociedad en el que ahora se confía por su productividad competitiva: la sociedad civil comercializada. La historia particular de la administración en la Europa continental (Holmes, 2000), si bien ha adoptado gran variedad de formas, ha respondido a esta cuestión con las diferentes versiones del corporativismo neoliberal.

En ese sentido, productividad y gobierno son los dos compañeros perpetuos de la modernidad. Y aunque los dos están tan unidos como las manos entrelazadas en la cordialidad o en la lucha, Marx tuvo mucho que decir sobre uno y Foucault sobre el otro. Aun reconociendo sus profundas diferencias, podemos comprender el corporativismo neoliberal cuando exploramos sus visiones complementarias de la productividad y el gobierno. Para exponer esta cuestión, establecemos una analogía entre la distinción de Marx entre plusvalía absoluta y relativa (y, por extensión, su distinción entre subsunción formal y real del trabajo al capital) y la distinción de Foucault entre gobierno monárquico y gobierno moderno. Esta analogía puede observarse haciendo hincapié en un rasgo esencial de la expropiación dentro del capitalismo y otro rasgo de la regulación en las sociedades modernas.

En cuanto a la primera, las inversiones en maquinaria mejor y las mejoras de los medios de organización del trabajo tienen como resultado una productividad global mayor. Esta dinámica particular fue denominada por Marx producción de plusvalía «relativa». Para Marx la emergencia de esta comprensión dinámica de los avances en la productividad fue en la historia real un camino tortuoso y difícil, porque el capitalismo a veces tomaba solo los elementos formales de estas relaciones y retrocedía a menudo hacia una forma menos dinámica que llamó producción de plusvalía «absoluta» (Capital, I: apéndice).

Si nos trasladamos al trabajo de Foucault sobre el gobierno, observamos algo bastante similar en su comprensión del paso de las viejas formas del poder monárquico al poder moderno, del poder absoluto al relativo, si mantenemos los términos de Marx. Como al inicio la noción de poder versa preeminentemente sobre la restricción, el «poder de la espada» fue sustituido por lo que podríamos llamar la potencia de la máquina, un poder productivo. De la plusvalía absoluta a la relativa, del poder monárquico al moderno, cada una de estas transformaciones tiene el efecto de conformar ideas bastante diferentes del mundo material y social (la fábrica y la sociedad), en primer lugar, y después de los sujetos sociales que se encontrarán allí.

Visto de esta manera, podríamos proponer que el equivalente de Marx al poder monárquico era la plusvalía absoluta, y en el apéndice al volumen I de El capital, él intentó estudiar los caminos desiguales por los que la plusvalía relativa y la absoluta se combinan de manera compleja en la vida real. Especialmente donde los capitalistas intentan aumentar las cantidades que pueden derivar como beneficios, pero no invierten en los medios técnicos para hacerlo, es probable encontrar un vasto conjunto de medios «extraeconómicos» para transformar el valor (trabajo) en beneficio. Y estos fueron precisamente los rasgos distintivos empleados en las relaciones y las prácticas sociales en la Vega Baja después de la Guerra Civil. A la vez, ello implicaba unas formas de regulación que afectaron a las familias, los amigos, los vecindarios y las comunidades y dieron como resultado, sería tentador argumentarlo, un tipo bastante específico de cultura local. Sin embargo, teniendo en cuenta lo que hemos dicho, insistir en «la cultura» parece engañoso; son más importantes las relaciones prácticas de explotación favorecidas por tipos específicos e identificables de poder mediante los cuales se reguló la totalidad.

Quizá no sorprenda, pero si estamos hablando de procesos de producción y de las formas para su regulación, y nos vemos obligados a recurrir a relaciones de clase y ámbitos de poder, ¿por qué se debería prescindir de estos conceptos cuando hablamos de las mismas cosas –producción y regulación social– pero ahora en las nuevas economías regionales evocadas por especialistas atrapados en la telaraña del discurso corporativista neoliberal?

Consideremos primero el neoliberalismo. El ideal del neoliberalismo es el de un estado que cede el gobierno a las instituciones económicas y civiles (Dean, 2002). ¿Por qué deberían estas instituciones ser inmunes al mismo ideal, subcontratando también hasta que la responsabilidad termina en los sujetos sociales autocontrolados que se comportan de una manera adecuada a un proyecto social entendido en los términos productivistas que hemos descrito antes? Si el experto taylorista se centró fundamentalmente en la empresa, mientras su sucesor fordista colonizó áreas suburbanas más allá de ella, para el experto neoliberal los sujetos sociales son empresas. Los obreros poseen un tipo de capital –capital humano– y ellos o sus predecesores han invertido en ese capital y han producido fuerza física y destrezas, por supuesto, pero también amor, afecto, moralidad y demás (Burchell, 1993). Foucault nos invita a destacar que el resultado podría ser un giro bastante importante en la manera como se concibe y se ejerce el poder. Por ejemplo, nuestro nuevo experto que trabaja a favor de este tipo de sistema en busca de beneficio podría llegar a la idea de que cuanto más libres y sin trabas se sientan los obreros mientras trabajan –horario flexible, una gama amplia de lugares de trabajo, etcétera–, más podrán contribuir a la potencia global de esa sociedad moderna. Entonces el poder, lejos de tratarse de restricción y coacción, podría presentarse como basado en lo contrario. Como había apuntado Adam Smith doscientos cincuenta años antes, «los lugares más seguros no son necesariamente aquellos donde existe una mayor regulación de policía, sino aquellos en los que la gente común es independiente y trabaja en manufacturas... Así pues, se puede recomendar el trabajo industrial para ayudar a desarrollar una buena policía» (Dean, 2002: 51; véase también Hindess, 2001).

En este mundo social imaginado, todas las prácticas y relaciones se pueden entender en términos de dos beneficiarios potenciales: el propio sujeto social y, por extensión (mediante su productividad incrementada), el proyecto social global en el que se inscribe la persona (la familia, la empresa, la nación, etc.). En este caso, la hegemonía funciona recompensando la colusión activa. La colusión surge de un intercambio en el que la participación en el proyecto social promete dar poder a aquellos a los que se reconoce como miembros legítimos a través de la productividad intensificada del cuerpo corporativo político global.9

No es difícil ver dónde se introduce insidiosamente el elemento corporativo en este programa neoliberal, por otra parte clásico. Pero ¿qué es un «cuerpo corporativo político global» con el que uno se puede identificar suficientemente bien como para observar sus aportaciones y sus ganancias? Ciertamente no es la pertenencia a un tipo neoliberal de estado, como se puede deducir de todo lo que hemos dicho antes; aún menos la extensa e impersonal Unión Europea. En este caso, las regiones se convierten en clave. La reelaboración de la relación entre trabajo y posesión de la propiedad en términos de capital humano se basa en concepciones muy particulares de la responsabilidad personal que van unidas a la redelimitación de los caminos de participación en el proyecto social más amplio. Con las intervenciones apropiadas de los intelectuales, las regiones ofrecen el tipo de escala local que permite a los miembros verificar el retorno de la inversión (de capital humano), mientras que a la vez se mide esa participación en términos económicos más que políticos. Por otra parte, como se puede dar cada vez más una forma reconocible a las economías regionales, por ejemplo mediante la alusión a las características positivas distintivas de la cultura local, se puede alcanzar una identificación mayor del trabajador emprendedor neoliberal con el enriquecimiento de una unidad social identificable –la región y su capital social–, aunque al precio de rediseñar las condiciones de pertenencia social.

ESTRUCTURA DE ESTE LIBRO

En este capítulo hemos tomado un camino selectivo y esquemático –desde la interfaz coercitiva de la posguerra civil mediante una economía en la sombra hasta el establecimiento de programas de desarrollo regional dentro de la doctrina neoliberal– no tanto para afirmar una verdad como para ilustrar cómo la etnografía histórica puede plantear ciertas preguntas. La mayor parte de lo que queda de este libro difiere bastante de esta vía esquemática. Existen muchas historias entrecruzadas que tienen que tratarse. Existen curvas y callejones sin salida a lo largo de los diferentes caminos que tomamos que desmienten la posibilidad de una historia única tan central tanto para el gobierno español actual como para el proyecto de construcción de una Unión Europea coherente en el futuro. Cuando se persiguen estos proyectos por medio de concepciones corporativistas neoliberales, se obtiene una historia políticamente vacía.

Con todo, seguramente es difícil negar la importancia de las diferencias de clase en lo que hemos estado discutiendo, y si aceptamos el concepto de clase tenemos también que aceptar los hechos de expropiación inherentes a las relaciones capitalistas de producción. Y esto a su vez hace difícil aceptar una imagen de la dinámica social que niega la importancia del conflicto. Por tanto, existe una conexión, por una parte, entre el modo en el que tiene lugar la expropiación y el modo en el que la sociedad es regulada y, por otra parte, entre el modo como las personas piensan sobre sí mismas como sujetos sociales y, en consecuencia, las posibilidades para la praxis.

En el capítulo 1 exploramos el espacio regional como emplazamiento histórico. Este emerge menos como territorio delimitado y más como una serie de campos de fuerza tales que cualquier lugar concreto –nos hemos centrado en el pueblo de Catral– parece estar en la intersección de varias corrientes históricas, sean estas las familias rurales relativamente poco polarizadas del vecino Dolores, las comunidades altamente polarizadas más cercanas a la antigua ciudad de Orihuela o las manufacturas de Callosa, Elche o Crevillente. Lo que emerge no es tanto un mapa claramente demarcado como un conjunto de caminos que se entrecruzan y de paisajes inestables en el tiempo.

Pasando del espacio a las relaciones sociales, encontramos otra historia de variación: conjuntos de vínculos sociales que tenían fuerza en un escenario, pero que en sus resultados reales generaron combinaciones mal trabadas, de manera que la estabilidad de una estructura era socavada precisamente por su disposición próxima a otra. Los regadíos no se extienden homogéneamente por la zona, sino que están salpicados de tierras yermas de monte bajo (saladares). La riqueza de la agricultura intensiva al principio parece ofrecer una ecología para el autoabastecimiento, pero enseguida vemos que hay que situarla en las cambiantes demandas internacionales de una agricultura comercial: las vides desplazan una cosecha de patatas, el sediento cáñamo se bebe el agua del trigo, etc. Lejos de ofrecer el tipo de emplazamiento claramente particular que pudiera conducir a una etnografía bien ordenada, nos enfrentamos con un tipo de incoherencia, una suerte de espacio sin lugar cruzado por los múltiples caminos de las discontinuidades históricas.

El capítulo 2 se sitúa en los años cuarenta y cincuenta. Quizá como resultado de la larga fascinación inglesa por la Guerra Civil española (véanse especialmente Thomas, 1977; Fraser, 1979), Gavin esperaba hacer el vistoso descubrimiento ocasional sobre el periodo; Susana, como viene de una generación que había cuestionado las apariencias del pasado español, esperaba igualmente la revelación fortuita. Ninguno de los dos estábamos preparados para la «totalidad» de aquel periodo terrible. Para algunos, este periodo de la posguerra civil representaba el final de una era; para otros, un periodo de oportunidad frenética; para otros, un periodo de hambre y miedo, y todos estos niveles se superponían entre sí. Se aprehendió el periodo en la extraña trinidad de la represión personalizada, la economía sumergida y la abundancia ambigua del cultivo y procesamiento del cáñamo. Algunos de los personajes, como los terratenientes de antaño o la imagen del comerciante corrupto, se hacían rápida y fácilmente visibles para el investigador de fuera. Otros no. El mundo del trabajador dependiente y el mundo casi inverso del ex republicano excluido eran más difíciles de indagar. Como veremos más adelante en el capítulo 7, estas clases de oscurecimientos y distorsiones del espejo retrovisor, con el aliento de la «versión oficial», fueron reproducidas en la forma que tomó la cultura política contemporánea.

En los capítulos 3 y 4 cambiamos la escala de la zona y el municipio al mundo cotidiano de la relaciones interpersonales y las prácticas de la gente corriente. Al hacerlo, nos dimos cuenta que un componente crucial de la regulación social tenía que ver con el movimiento y su negación. Era la propia naturaleza de las dependencias sociales y la ausencia de tales dependencias lo que hacía realidad el lugar. Y lo que daba su patrón de oro a este tipo de regulación era la inseguridad; sin la presencia perpetua de la incertidumbre en medio de la escasez, la regulación habría perdido su influencia esencial. Ello significó que, a la incertidumbre natural del clima y la volatilidad de la economía comercial, se añadió una política de inseguridad intencionada que se sintió (de nuevo útilmente) de manera desigual tanto cuantitativamente como cualitativamente. Intentamos mostrar que el engastamiento de la dependencia, por una parte, y la agotadora búsqueda de nichos de oportunidad, por otra, se componían simultáneamente de las condiciones estructurales que situaban a una persona o familia en un tiempo concreto y de la capacidad de acción inherente al carácter cada persona.

La segunda parte nos trae al presente (o al pasado reciente). En los capítulos 5 y 6 observamos cómo estas trayectorias múltiples y los patrones que se despliegan para originar diferentes tipos de sujeto social –diferentes nociones de autoconciencia socialmente recíprocas– producen la flexibilidad, autoexplotación, explotación intrafamiliar y explotación social más amplia, que hace posible la economía regional actual y su reproducción.

En el capítulo 5 dirigimos la mirada a figuras emprendedoras menores y, al hacerlo, cubrimos la transición del área desde una economía predominantemente agrícola en la que las manufacturas y los servicios jugaban papeles complementarios importantes a una economía en la que la industria empieza a ocupar el centro de gravedad. En el capítulo 6, introducimos la amplia variedad de actores que se entremezclan en las industrias «flexibles» contemporáneas de la comarca. Creemos que esta historia –económica, política, social y cultural– engendra relaciones entre la gente parecidas a las de clase y, por eso, produce personas que se relacionan unas con otras como miembros de clases. En consecuencia, en la conclusión de este capítulo empezamos a explicar cómo algunos de aquellos actores más jóvenes cuyas experiencias les han dado un cierto grado de movilidad ocultan la idea de clase –en parte por la naturaleza múltiple de las ocupaciones laborales familiares e individuales–, a la vez que la explicitan, si bien de manera elusiva. A pesar de las apariencias inmediatas, es imposible imaginar el personaje social o la figura cultural de quien trabaja a domicilio o la del trabajador dependiente, o el intermediario y su mujer (o hija), más allá de la historia de las relaciones de explotación de las que emerge cada generación y sobre las cuales cada individuo negocia su presente. No decimos esto dogmática ni alegremente. Creemos que es la esencia de lo que hace posible los tipos de regulación dispersos e imprevisibles inherentes a los regímenes de producción flexible regionalizada, de los que la Vega Baja es solo un ejemplo.

En el capítulo etnográfico final (capítulo 7), volvemos la vista hacia la política. Mostramos cómo las economías regionales, lejos de basarse en la cultura local en el sentido en el que la mayoría de antropólogos entenderían el término cultura, parecen relacionarse con algún tipo de déficit cultural, un fallo de las posibilidades dialógicas de la cultura colectiva. El vacío que deja un déficit como este hace posible la invención, la superimposición de otra cosa, algo bastante diferente de aquello que, desde nuestro punto de vista, debiera llamarse «cultura», pero que, pese a todo, se llama justamente así. Sin embargo, este sucedáneo de cultura pública no consigue inscribir a todo el mundo en su seno.

La cultura, tal como la veían los viejos socialistas, por ejemplo, evoca una conciencia crítica de la realidad vivida, conciencia casi en un sentido marxista clásico. Pero esta cultura más artificial se imagina bastante efímeramente como una «atmósfera», una abstracción deshistorizada, una «visión del mundo» que flota superorgánicamente sobre las fuerzas materiales y las ambivalencias de la vida real. Esta serie de categorías performativas deshistorizadas (ganadores y vencedores, los nativos y los foráneos, etc.), magníficamente ejemplificada por la fiesta de Moros y Cristianos o por la imagen comercial del carácter emprendedor propio de la zona, bien puede justificar un estudio propio. Sin embargo, nuestro foco de atención son los diferentes factores que parecen haber drenado cualquier posibilidad de una cultura pública de interrelación colectiva, algo que a veces se ha llamado «comunidad», un sentido del espacio y de la pertenencia. Creemos que una historia concreta de las prácticas de subsistencia y de la represión política se combina con el liberalismo neocorporativo actual para producir este resultado. Ha surgido una dialéctica particular entre los espacios y las prácticas íntimas y las públicas en el contexto de las formas de regulación siempre articuladas con y mediante una economía sumergida (o quizá fuera mejor escribir de superficie). Porque las prácticas reguladoras han variado a través de la historia y, a pesar de estas variaciones, que han operado selectiva y fortuitamente, han afectado a la gente de maneras muy diferentes y así han constituido una multiplicidad de subjetividades sociales.

En el capítulo 8, de conclusión, aprovechamos los datos de los capítulos precedentes para revisitar las imágenes de la sociedad y la economía que son hegemónicas hoy en día en la Unión Europea. Al hacerlo, no solo cuestionamos la bibliografía ahora extensa sobre las economías regionales y el desarrollo regional, sino que también exploramos cómo las estructuras institucionales surgidas de regímenes neoliberales han afectado a la producción intelectual de estas imágenes concretas del mundo social actual.

1. Véase Wolf (2001: 375): «Nos ocupamos de un poder estructural, unas capacidades que fluyen desde posiciones en un conjunto de relaciones, que están estratégicamente investidas con el poder de controlar la conducta mediante el control del acceso a los recursos naturales y sociales».

2. «Cognoscible» (knowable) necesita comillas irónicas, ya que para Williams la cognoscibilidad (knowability) es construida e ilusoria.

3. El economista Josep Antoni Ybarra (1998, 2001) es un defensor activo de un modelo económico regional («nacionalismo económico») que enfatiza la relevancia del desarrollo regional de políticas que apoyan los rasgos de identidad diferencial tales como la lengua y otros aspectos de la cultura local.

4. Las familias campesinas multiocupacionales han sido de interés durante mucho tiempo para los analistas de las sociedades rurales del Tercer Mundo (Shanin, 1973; Long y Roberts, 1978, 1984). Pluriactivité, un neologismo francés, empezó a usarse de manera creciente en la bibliografía anglófona sobre la agricultura europea a lo largo de los años sesenta.

5. Para los historiadores de la región –en contraste con los planificadores nacionales y de la Unión Europea–, la cuestión siempre había sido por qué Valencia, a diferencia de la vecina Cataluña, fracasó en su despegue industrial (Giralt, 1986) y esto continuó siendo tema de discusión de los historiadores más específicamente económicos. Así, a pesar de tener una audiencia y un lenguaje diferentes del de la bibliografía orientada a la política, sus interrogantes trataban también sobre capital, empresa y viabilidad y se ocupaban menos de las experiencias de la clase trabajadora. La generación posterior de historiadores económicos desafió ese punto de vista y apuntó la idea de que en la región se había desarrollado con bastante éxito un capitalismo endógeno basado en pequeñas empresas (Lluch, 1976; Picó López, 1976; Nadal, 1990). Es interesante destacar que esta nueva perspectiva estuvo influida desde el principio por los primeros desarrollos de los modelos de la «Tercera Italia» (Lluch, 1976).

6. En 1978, cuando Gavin trataba de localizar un emplazamiento para su trabajo de campo que tuviera precisamente esas características, los científicos sociales de Barcelona y Madrid –de mucha confianza, a menudo sin experiencia en la realización de trabajo empírico o de campo– le habían dicho a menudo que, como don Quijote, iba buscando algo que ya no existía. Los más radicales incluso citaron a Engels y Lenin como pruebas de sus afirmaciones.

7. Y la transformación de las alpargatas en calzado de cuero no había sido especialmente reciente. Inducida inicialmente por la demanda de los cuerpos armados y posteriormente por el crecimiento de la industria en otras partes de España, la producción de calzado de cuero empezó a principios del siglo XX, paralela a la constante producción de alpargatas.

8. Usamos el frase laxa «posiciones de poder» porque no se trataba solo de los que ostentaban cargos políticos formales. También tomaban parte los curas, así como las milicias de la juventud del Movimiento Nacional. Para comprender cómo funcionaba la posterior economía informal de Valencia de los años sesenta y setenta, es importante reconocer también esa tradición de una política informal.

9. Notemos que en esta imaginería –en la que la relación trabajo-capital se reemplaza por el concepto de capital humano y, en consecuencia, los trabajadores son meras miniempresas en el seno de las empresas– el concepto de explotación en su acepción técnica (frente a la peyorativa) no tiene sentido.

PRIMERA PARTE

Capítulo 1
LAS HISTORIAS DE LA ECONOMÍA POLÍTICA REGIONAL

Hay muchos aspectos que sugieren que nuestra zona de estudio pudiera reunir muchas de las características adscritas a las economías regionales con éxito, como la «Tercera Italia» y Baden-Württemberg. Combinando una zona árida de cultivos y un área litoral de regadíos (aunque con pocos recursos) y también la agricultura y la industria rural, la provincia de Alicante ha sido desde hace tiempo un lugar de pluriactividad rural. Durante años las actividades agrícolas se han complementado con una cantidad casi infinita de trabajos no agrícolas, desde el comercio al transporte y las manufacturas. Existía pluriactividad tanto a nivel familiar, con cada miembro ocupado en labores muy diferentes, como a nivel individual, realizando una única persona una variedad de ocupaciones muy diferenciadas en un único marco temporal simple o pasando por una serie de experiencias laborales muy diferentes durante el curso de su vida económicamente activa.

Tal pluriactividad es común a la mayoría de economías regionales, pero esta descripción bastante estática oscurece lo que para nosotros resultó ser un elemento crucial de la realidad histórica. Mientras investigábamos la historia del área, descubrimos que las diferencias cualitativas –de una microrregión a otra, en la mezcla ocupacional de un hogar, etc., lo que llamamos heterogeneidad– a lo largo del tiempo condujeron a la gente por caminos diferentes que produjeron efectivamente diferencias en el nivel local, tanto sociales como culturales.

EL ESCENARIO GEOGRÁFICO

Aparte de Alicante, importante ciudad portuaria mediterránea, la mitad sur de la provincia puede entenderse mejor como tres zonas geográficas: (1) El litoral que va desde el extremo sur hasta la ciudad de Alicante. (2) El valle del río Vinalopó, que discurre sur-sureste desde Almansa y Villena hasta Elche, un área de agricultura volátil que se benefició históricamente como eje principal en el tráfico de mercancías entre Alicante, el puerto mediterráneo más activo de España, y Madrid; dicha combinación proporcionó a su vez una larga experiencia de pluriactividad que sirvió de puente entre las ocupaciones agrícolas y las no agrícolas. (3) El resto, tierras altas áridas y marginalizadas limitadas a una agricultura pobre (véase mapa 1).

Una observación más detenida del litoral sugiere, en realidad, la existencia de dos subzonas. La primera forma una curva que va desde Orihuela hasta Crevillente, Elche y Alicante por Callosa del Segura. Esta área tiene patrones históricos de pluriactividad similares a los del Vinalopó, pero con diferencias derivadas de la naturaleza de la agricultura desigualmente irrigada de la llanura costera. Una segunda subzona se extiende por la costa desde el extremo sur de la provincia hasta Guardamar del Segura. Privada de la apertura que proporciona un sistema de comunicaciones bien mantenido y con una presencia más fuerte de grandes terratenientes, hubo muchas menos ocupaciones no agrícolas en esa zona (Censo de Floridablanca, 1787).

Hemos centrado nuestro estudio en el linde entre estas dos subzonas. Catral, nuestro epicentro, está a solo 7 kilómetros de Callosa y Crevillente y a 14 kilómetros de Elche. En consecuencia, a menudo ha caído dentro de la órbita de los desarrollos de estos centros. Además, Catral tiene la tercera tanda (turno) en el sistema de riego que se extiende desde Orihuela, en el bajo Segura (Vega Baja). Con frecuencia asociado a los bien conocidos y altamente efectivos trabajos de irrigación de los árabes, este brazo del sistema de la Vega Baja debe bien poco a esa herencia y fue casi inútil hasta finales del siglo XIX, cuando, después de que en 1879 una riada catastrófica destruyera una gran parte del centro y de los alrededores de la ciudad de Murcia, se introdujeron gradualmente una serie de mejoras.1 La actual Comunidad de Regantes de Catral fue fundada diez años más tarde, pero hasta 1907 no se puso por escrito oficialmente el sistema de rotación entre Orihuela, Callosa del Segura y Catral. Entre 1913 y 1977 el sistema de riego de la Vega Baja se extendió de 19.000 a 44.638 hectáreas (López Bermúdez, 1980: 285), para volver a disminuir en los años ochenta. El resultado es una zona altamente compleja. Por una parte, Catral ha estado vinculado desde hace tiempo a un viejo sistema de riego de gran rigidez y desigualdad en la posesión de la tierra. Por otra parte, está situado en el punto más lejano de este brazo de riego y ha sufrido tanto a causa de ello que existe la expresión local «tan seco como Catral». Una informante mayor recordaba que en su juventud «había pastos en el Hondo [un marjal drenado], donde se criaban caballos, yeguas y mulas: también puedo recordar que a veces los toros venían aquí a pacer» (GS 1978). Aunque, en teoría, Catral se benefició de un antiguo sistema de riego, de hecho, este sistema tuvo el efecto negativo de mantener un patrón de posesión de la tierra más polarizado que en Dolores, justo al otro lado del brazo de riego, o que en el área más seca cercana a Crevillente.


TERRATENIENTES, AGRICULTORES Y TRABAJADORES

Una gran parte de lo que se ha escrito sobre los antecedentes históricos del Alicante occidental como distrito industrial se refiere a un pasado de pequeños propietarios. Este no es el caso de Catral, que se encuentra entre dos clases bastante diferentes de estructura de propiedad de la tierra y, por tanto, es una mezcla de ambas. En el apartado siguiente apuntaremos que, justo al oeste de Catral, está Callosa, al norte Crevillente y al este Elche, actuando todos estos núcleos como polos de atracción de unas manufacturas dispersas. Pero el carácter agrícola del área deriva más de otros dos pueblos vecinos. Muy cerca, por el este, antes de llegar a Elche, está Dolores, y por el oeste, pasando Callosa, está la gran y antigua ciudad de Orihuela, con sus varias pedanías dependientes que se extienden hacia abajo a ambos lados del río Segura. El Resumen hecho por la Junta Consultiva Agronómica de las Memorias sobre Riegos de 1904 comentaba:

La propiedad territorial está muy dividida en toda la provincia [de Alicante], si se exceptúa la huerta de Orihuela, donde existen algunas fincas que ocupan todo un término; como, por ejemplo, el de Formentera, que pertenece al marqués del Bosch; el de Jacarilla, del barón de Petrés; el de Rocamora, del conde de Villa-Manuel, y el de Algorfa, del marqués de igual título; pero estas propiedades sólo en parte son llevadas por sus dueños y lo demás está repartido entre un número mayor o menor de renteros (1904: 161; citado en Gil Olcina, 1983).

Detengámonos un momento en las dos áreas situadas a cada lado de Catral y fijémonos cómo su agricultura y su cultura están conectadas.

La (agri)cultura de Orihuela

Aunque no fuera tan extrema como Formentera –o Cox, por ejemplo, donde la propiedad de la familia Ruíz-Dávalos se remontaba a 1458– Catral no quedó al margen del tipo de distribución de la propiedad de la tierra descrito en el apartado anterior. Cuando se preguntó a Paquita, la vieja viuda de un jornalero, si en el pasado la propiedad estaba muy concentrada en Catral, respondió:

Sí, en manos de seis. Entre los más ricos estaban los Lara, que eran tres hijos; ellos vivían aquí. Otros como el duque de Tamames nunca vivieron aquí, y tampoco su familia. Él tenía apoderados en Orihuela, que fueron los que más tarde vendieron las tierras. Muchos arrendatarios compraron las tierras. Hubo otras grandes fincas (además de las del duque y la familia Lara) como los Frailes, que fue arrendada por los Úbeda. Más tarde la dejaron y, en 1913, lo recuerdo bien, llegaron los Oriolanos, que se hicieron cargo de la finca (Notas de campo de GS 1979).2

Como deja claro la descripción de Paquita, los sedimentos en el presente no se limitan a los recuerdos de las personas, pues ella ofrece un sentido claro de la manera como las viejas relaciones sociales se modifican y se transcriben en el presente. Necesitamos retroceder por un momento a esas relaciones.

A principios del siglo XIX (1829), el 28,6% de la tierra de Catral estaba en manos de ocho familias nobles (especialmente el marqués de Dos Aguas y los condes de Santa Clara y Villapunt) y el 8% era propiedad de las órdenes religiosas (especialmente las monjas de San Juan y el Convento de la Merced). Pero el 42,8% estaba en manos de propietarios sin título nobiliario que vivían en el mismo pueblo. Casi la mitad de ellos tenía propiedades de más de 100 tahúllas, lo que los hacía agricultores comerciales viables por derecho propio.3 Solo el 19,6% era poseída por campesinos locales y el 38,8% de ellos tenía menos de 5 tahúllas (Archivos Municipales de Catral).4 Como se necesitaba un mínimo de 8 tahúllas para la subsistencia de una casa familiar (Millán, 1984), estos campesinos se veían obligados, de una manera u otra, a vender su mano de obra o trabajo a actividades no agrícolas.

Cien años más tarde, no habían cambiado mucho las cosas. En 1829 había catorce terratenientes con propiedades de más de 300 tahúllas, que controlaban el 54,6% de la tierra cultivable. Hacia 1935 la mayoría de los aristócratas se había ido, aunque el 60% de la superficie agrícola de Catral estaba aún en manos de solo diecisiete terratenientes, con más de 300 tahúllas cada uno (cinco de ellos con más de 600 tahúllas), y el 30,2% de campesinos propietarios tenía en total 185 tahúllas en propiedades menores de 5 tahúllas. En cualquier caso, cuando llegó la República la polarización había crecido. La cantidad de jornaleros de la zona, alrededor del 68,5% en el censo de Floridablanca de 1787, se incrementó durante el siglo XIX (70% en el censo de 1857) y llegó al máximo en los años treinta del siglo XX (Archivos Municipales, Registros de Impuestos).

Evidentemente, las desamortizaciones que siguieron al desmantelamiento del Antiguo Régimen no habían hecho mucho por transformar las relaciones de dependencia inherentes a este tipo de distribución de la tierra. Como resultado, el antiliberalismo impregnó el área durante el siglo XIX con el crecimiento rápido del carlismo,5 la respuesta política de la gente del campo a la inestabilidad y las múltiples dependencias en las que los arrendatarios estaban atrapados –desde terratenientes presionando por las rentas, a acreedores presionando por el interés y el pago del capital avanzado y corredores (agentes comerciales de la tierra y los productos agrícolas y especuladores) que cargaban grandes porcentajes por sus servicios (Millán, 1984)–. Hay que apuntar que estas expresiones políticas tuvieron lugar en el contexto de crisis a menudo producidas por factores económicos externos. Cuando productos comerciales tradicionales como la seda entraban en crisis, los arrendatarios se veían atrapados entre la necesidad de capitalizar su agricultura (mediante el incremento o el mantenimiento del riego y el uso creciente de guano) o invertir en cultivos comerciales nuevos y la imposibilidad de hacerlo a causa de las diferentes maneras por las que sus beneficios eran extraidos en forma de rentas, créditos y márgenes comerciales.

Los precios de las mercancías internacionales activaban crisis con efectos dominó, pero es significativo que la respuesta en estos tipos de relaciones agrícolas de producción era incrementar los lazos de dependencia de la inmensa mayoría de las personas. Aunque ocasionalmente desalojaron a los arrendatarios que no pagaban cuando la situación se hacía desastrosa, más a menudo los terratenientes se veían atrapados por la necesidad de mantener su tierra en producción, especialmente cuando las políticas agrícolas liberales tomaron como criterio fundamental de su reforma agraria si las propiedades estaban en cultivo productivo o abandonadas. Muchos señores aristócratas o eclesiásticos, a pesar de estar muy interesados en obtener el mejor provecho económico de sus tierras, se vieron forzados a aceptar la deuda creciente de sus rentas por parte de arrendatarios incapaces de pagar, incluso en especies. Entre tanto, entre los pobres la práctica generalizada de microsubarriendos y trabajo a jornal (véase más abajo) incrementó la situación de dependencia en el sentido de una subsistencia cada vez más frágil y desposeída.

Sin embargo, no todos sufrieron esos efectos. Los prestamistas (con frecuencia arrendatarios ricos que habían acumulado dinero en efectivo) y los agentes comerciales de la tierra (corredores) fueron capaces de evitar estos tipos de lazos de dependencia. El único interés de los corredores era el incremento del volumen de transacciones, lo que, de hecho, pudo beneficiar a los arrendatarios que tenían una posición mejor. Una vez habían concedido el crédito a los terratenientes contra el aval de sus tierras, ejerciendo después sus reclamaciones, esos agentes a menudo llevaron a la antigua clase rentista a traspasar una parte de sus propiedades a los arrendatarios. Así pues, la desamortización y la legislación liberal en general fueron provechosas para ambos grupos. Generalmente, los arrendatarios ricos y los corredores fueron los que se beneficiaron de la revolución liberal del siglo XIX y sus familias se convirtieron en los nuevos grandes terratenientes con la llegada del siglo XX.

Esa polarización de la propiedad y los complejos acuerdos de trabajo y arrendamiento que corrían paralelos a ella –tanto causa como consecuencia de un mundo incierto y arriesgado– produjeron un tipo de escisión personal y social. Por una parte, las personas buscaron activar para su mejor provecho los lazos de dependencia derivados del patronazgo; por otra, intentaron hacer transformaciones para beneficiarse de los diferentes recursos y oportunidades de la pluriactividad en el área.

La (agri)cultura de Dolores

Aunque cercano a Catral, Dolores no forma parte del sistema de riego de la Vega Baja. Con todo, los habitantes de Catral a menudo se refieren a Dolores como un lugar donde los agricultores han estado más comprometidos con su trabajo, menos condicionados por el yugo de la tradición. Una gran parte del agua de Dolores proviene del sobrante (excedente) de Catral, pero eso no es lo que explica el carácter particular de la posesión de la tierra, la estructura social y las prácticas de subsistencia de esas personas.

El 9 de abril de 1715 don Luis Belluga y Moncada, cardenal de Cartagena, pidió a la ciudad de Orihuela unos 44 kilómetros cuadrados al norte del río Segura – aproximadamente los actuales términos de San Fulgencio, San Felipe Neri y Dolores–. Se trataba de un marjal denso donde no se podía entrar para medirlo cuidadosamente, y el cardenal planeó drenarlo. Después de 1720, cuando Guardamar le cedió 13.000 tahúllas adicionales de marjal y empezó el drenaje, su zona alcanzaba un total de más de 38.000 tahúllas (aproximadamente 4.500 hectáreas) y pretendía que sus rentas se emplearan en la construcción de un orfanato y un hospital. Los marjales fueron drenados en un lago interior salado, la laguna del Hondo,6 y en 1734 se firmó un acuerdo con los jueces cequieros (árbitros de riego) de Callosa y Catral por el que concedía parte de sus aguas sobrantes a Dolores (Archivo del Sindicato de Riegos de San Felipe Neri). Los primeros colonos llegaron en 1730, la mayoría (1.227) de Murcia, pero unos pocos de Catral (176) y Almoradí (171). Cuatro años después, se fundó oficialmente el pueblo de Dolores, pero la gente descubrió rápidamente cuán insana era la zona; los documentos hablan de «graves enfermedades», «epidemias pestilenciales» e «infección de los aires»; así que hacia 1740 las rentas enfitéuticas se cambiaron de un cuarto a un sexto de la cosecha, para evitar que se marcharan (León Closa, 1962).

En consecuencia, a diferencia de Catral, Dolores fue un área sin grandes terratenientes y con un nivel muy bajo de polarización social. Con un poco de agua de riego por lo menos, las actividades no agrícolas de Catral fueron el resultado de las desigualdades en la distribución de la tierra, mientras que en Dolores lo que animó la pluriactividad de los pequeños propietarios fueron las condiciones áridas e inciertas (para circunstancias similares en el valle del Vinalopó, véase Bernabé Maestre, 1976). En siguientes capítulos observaremos que estas distinciones –entre Orihuela al sur y Dolores al norte– hicieron de estos pueblos un símbolo y un santuario de los dos extremos de la clase social.

UN MUNDO VARIADO E INCIERTO

El transporte y el intercambio comercial proporcionaron una experiencia temprana del movimiento geográfico en la zona durante el siglo XIX, y todos estos factores se combinaron para hacer surgir la comercialización de la agricultura antes que en otras áreas de España y de manera bastante generalizada en toda la zona hacia la mitad del siglo, a pesar de la escasez de agua de riego y los suelos generalmente pobres. A su vez, la combinación de la agricultura comercial y la artesanía hizo posible una densidad de población mayor que en otras partes de la España rural, lo que, por un efecto dominó, originó la necesidad de comprar y vender más mercancías en los mercados locales.

A un lado de Catral, la manufactura de soga y velas en Callosa se remonta al menos a principios de la década de 1700. Al otro lado, en Elche, el censo de Floridablanca de 1797 registra 900 trabajadores bajo la supervisión de cincuenta y cuatro empresarios que trabajan en textiles y producen diferentes tejidos, así como cintas y faldas de algodón. Aunque parece que en este estadio temprano la producción de alpargatas era todavía una actividad reducida emprendida por unos pocos artesanos para el mercado local, hacia mitad de siglo la racionalización del cultivo de cáñamo para la producción de suelas de alpargatas empujó el sector a otra escala y al más amplio mercado nacional. La apertura del Canal de Suez en 1869 proporcionó yute barato de la India (pero también facilitó la llegada de seda más barata de Asia, que, junto con la epidemia de pebrina, puso fin a la producción de seda valenciana). En 1875 llegó la primera máquina de coser al pueblo; durante los siguientes veinte años Singer vendió 5.713 máquinas en la zona, que impulsaron un incipiente trabajo de aparado. «Esta fue la especialidad de las mujeres que hasta entonces habían trenzado suelas. Como generaba más beneficios que sus cosechas, entre los agricultores de la huerta y de los pueblos cercanos creció ese tipo de trabajo» (Monbeig, 1930: 603). Este mismo autor proseguía:

En este momento se puede decir que toda la población de Elche se dedica a la producción de alpargatas. En la entrada de las casas, los hombres hacen suelas sentados en un banco adosado a una mesa inclinada. De dentro de las casas sale el ruido de las máquinas de coser. Por las calles, los niños llevan sobre las cabezas cestas llenas de zapatos y alpargatas, el trabajo de toda la familia, que transportan a la fábrica para su acabado. Es evidente que se trata de una industria esencialmente a domicilio: el hombre hace la suela y cose la pieza de tela que la mujer ha punteado y bordado. Pero este trabajo se combina con una moderna organización industrial: aunque existan unos cuantos pequeños talleres que trabajan para ellos mismos y venden en la zona, la mayoría de los trabajadores depende de grandes empresas que les distribuyen las tareas; al mediodía y durante la tarde, las mujeres y los niños devuelven a las fábricas los trabajos de las familias (Monbeig, 1930: 604).

El mismo observador comentó que, aunque era imposible proporcionar un dato exacto, dada la naturaleza de la industria, conocía una fábrica que repartía trabajo a quinientas mujeres. Cuando exploramos la economía regional casi cien años después, vemos que este observador podría haber pronunciado las mismas palabras describiendo la misma imposibilidad de obtener números válidos, la misma gran cantidad de mujeres que trabajan desde casa, la misma pluriactividad dentro de los hogares.

La producción de alpargatas surgió primero para satisfacer las demandas locales, más tarde el mercado nacional y a finales de siglo Latinoamérica, el norte de África y las pocas colonias que le quedaban a España. Pero fue la guerra en Europa lo que proporcionó el empuje mayor para el paso de la producción de alpargatas a la producción de zapatos en la región. A principios del siglo XX, la zona estaba en competencia salvaje con los productores de zapatos de Barcelona, pero hacia los años treinta ya se había establecido, sobre todo porque la combinación del trabajo en zapatos y el trabajo agrícola hizo posible unos costes de producción bajos.7 Hacer alpargatas proporcionó una gran parte de la experiencia necesaria para lo que iba a ser la industria zapatera de hoy en día, pero debemos destacar también los cambios que implicó el giro, ya que la producción de zapatos originó demandas de materias primas diferentes, maquinaria diferente y en última instancia necesidades de capital diferentes, así como un proceso de producción cambiante.

Lo que vemos en esta situación es la profundidad histórica de los medios de subsistencia no agrícolas. Entretanto, en el sector agrícola se había producido una cierta comercialización por lo menos desde mediados del siglo XVIII(muy por delante del interior de España y Andalucía) y hacia mediados del siglo XIX estaba muy generalizada en la zona. Esta situación tuvo varios efectos sociales. La proporción más elevada de tierra dedicada a cultivos comerciales hizo bajar la posibilidad de autoconsumo por medio de parcelas de subsistencia y, por tanto, originó la mercantilización y los negocios que esta implicaba: demanda de tejidos, jabón, aguardiente, equipamiento agrícola y talleres de reparación. A su vez, esto provocó la aparición de personas que proporcionaban servicios tales como dar información sobre el estado de los mercados y posibles nuevos equipamientos o variedades de semillas. El resultado fue que, junto a los centros más especializados como Callosa, Crevillente y Elche, muchas pedanías se convirtieron en centros mixtos de manufactura y pequeño comercio.

Durante un breve periodo, cuando la crisis de la filoxera golpeó los viñedos franceses a finales de la década de 1870, esta agricultura comercial entró en una suerte de frenesí mientras la uva alicantina, (aparentemente) no afectada, resistía la plaga y, con la ayuda de un acuerdo comercial con Francia en 1882, prometía cantidades ingentes de riqueza. Podemos captar claramente el sentido de esta especie de fiebre del oro a partir del testimonio de Julio de Vargas, que, en su Viaje por España: Alicante y Murcia del año 1895, comentó «los pasados diez años» en los términos siguientes:

Ocurrió, por ejemplo, que un agricultor que poseía mil cepas, que producían igual número de cántaras8 y que, por la repentina elevación de los precios, las vendía por término medio en 15.000 reales, aspiraba a ensanchar su propiedad para dedicarla al cultivo de una producción de tan segura y pingüe salida; y si tenía almendros, los derribaba, y si poseía olivos, los convertía en leña, con el afán de plantar vides, que le reportaban mayor beneficio en menor tiempo y a costa quizás de menos cuidados (1895: 25).

Es verdad que la fiebre del vino generó mucha más especulación salvaje con la tierra que plantación real de vid, y cierto que, a causa del patrón particular de posesión de la tierra en la Vega Baja, la fiebre de la vid no afectó a la gente corriente del mismo modo uniforme que Vargas describe para zonas donde los viejos latifundios habían sido reemplazados. Pero el hecho es que, cuando la burbuja estalló –como lo hizo cuando Francia, después de haber descubierto cepas americanas seguras para sus viñas, rompió su acuerdo comercial–, fue como un ataque cardíaco para el área, un ataque que llevó al colapso a más largo plazo cuando el hongo de la filoxera hizo su ruta hasta Alicante. De 1900 a 1901 las exportaciones de vino de Alicante disminuyeron a la mitad (Martínez et al., 1978: 39). Resulta irónico que, como la pluriactividad había hecho posible que una población inusualmente densa sobreviviera en el campo, la crisis económica en el cambio de siglo golpeara de manera tan dura y estimulara la migración. En Catral y sus alrededores las personas que conocían el cuidado de la vid empezaron una práctica migratoria, primero al norte de África y después a Francia, que solo acabaría en la década de 1950.9 Una mujer mayor, cuyo padre pasó muchos años en Orán, recordaba:

Iban una vez en invierno y una vez en verano. En invierno era para la poda de la vid. Iban unos pocos, diez, quizás doce. Era trabajo para aquellos que sabían cómo hacerlo. Iban más en verano, en junio y julio, si antes habían conseguido trabajo allí. Solo dos o tres meses, aunque algunos de los que habían ido para la poda se quedaban para la siega [sic] y estaban allí durante ocho o nueve meses (GS, 1978).

Por consiguiente, nuestra zona de estudio se sitúa en una serie de umbrales diferentes, entre una área de grandes terratenientes y otra de pequeños agricultores propietarios, entre tierra árida y regadíos y entre unas áreas fuertemente dedicadas a las manufacturas y otras casi enteramente agrícolas. El resultado es la heterogeneidad, en las relaciones y en las prácticas sociales, en las instituciones sociales y en el carácter de la persona social. Las relaciones de vínculo y dependencia de la agricultura dominada por el terrateniente forman como una red de dependencias establecidas firmemente en el lugar, lo que contrasta con el mundo inestable y fluido de las diferentes fuentes de sustento no agrícolas.

UN PUEBLO EN EL UMBRAL DE LA SEGUNDA REPÚBLICA (1931)

Hasta aquí nos hemos movido adelante y atrás a través de la historia. Antes de posicionarnos, mostraremos una imagen más detallada de cómo era la sociedad de la zona cuando llegó la República. La mejor manera de hacerlo es limitarnos a los datos que nos proporciona un único término municipal de la Vega Baja. Nuestro propósito es ofrecer una idea razonablemente completa de cómo era un pueblo a principios de los años treinta como trasfondo para entender el periodo contemporáneo.

Hacerlo no es una tarea fácil. Hemos considerado necesario evitar dos errores: el primero consiste en entender agricultura como sinónimo de rural, de manera que la propiedad de la tierra y las relaciones de trabajo agrícola gobiernen completamente la imagen que obtenemos de la sociedad rural; el segundo es confundirse debido al sesgo de los datos del censo según el cual los individuos y las familias parecen tener una única ocupación.

En los años veinte, Catral era una población de unos 3.000 habitantes. ¿Era un «pueblo de campesinos» o una comunidad bipolar de terratenientes y jornaleros? ¿Era una vibrante pequeña ciudad comercial o un perezoso remanso bucólico? Para responder a estas preguntas intentaremos dar una idea de lo que hacía la población activa durante ese periodo. Reservaremos para más adelante una discusión más extensa de las relaciones sociales de producción en diferentes ocupaciones y una discusión más en profundidad del sistema de clases.

Ya hemos apuntado que Catral era diferente de las áreas más secas que lo delimitaban a medida que uno se alejaba de la costa por el hecho de que tenía una clase terrateniente establecida. Con todo, era diferente del área más cercana a Orihuela y al cauce del Segura porque la elite de propietarios no era aquí tan dominante; también era diferente de aquellas áreas en el hecho de que una parte considerable de su término y sus alrededores estaba formada por saladares, tierras no irrigadas, normalmente pobres que apenas podían aprovecharse ni como dehesas.

Hacia los años veinte, la mayoría de los propietarios nobles se habían marchado, y habían dejado un pequeño grupo de terratenientes dominantes. El grado de concentración queda difuminado, en primer lugar, por el hecho de que las listas de propiedad registran esposas, hijos, hijas, etc., como propietarios diferentes y, en segundo lugar, porque la elite era un grupo que contraía matrimonio entre sí en gran medida. Por ejemplo, el terrateniente más importante en 1923 era Rafael Lara Moreno, de veintisiete años, que poseía 948 tahúllas de tierra en el propio Catral (111,8 hectáreas), todas de regadío, y otras 860 tahúllas de secano en San Miguel de Salinas, colindantes con el municipio.10 Sin embargo, tenemos motivos para creer que Rafael controlaba más tierra que la registrada directamente a su propio nombre, usando el de su mujer y el de otros miembros de su familia. Nos podemos hacer una idea de la concentración de la clase terrateniente por hecho de que, aparte de Rafael, otros nueve grandes propietarios se llamaban Lara, de los cuales cinco se llamaban Lara Lara (lo que indicaba que las dos líneas eran Lara), y otros ocho llevaban el segundo apellido de Rafael, Moreno.

Incluso dejando aparte negocios comerciales como las fábricas de conservas, las relaciones sociales asociadas a la propiedad de la tierra y al trabajo agrícola eran múltiples y complejas. Los grandes terratenientes con más de 35 hectáreas tenían muchas maneras de administrar su tierra. Algunos, como José Mariano Lara Fernández, que poseía 624 tahúllas, tenían unos pocos grandes arrendatarios, tres en su caso, mientras que otros tenían varios pequeños arrendatarios. Juana Aguilar Lara, por ejemplo, tenía 469 tahúllas y catorce arrendatarios, uno de los cuales trabajaba directamente 260 tahúllas, mientras que ella misma llevaba directamente 100 y el resto se distribuía entre pequeños arrendatarios (con 5-10 tahúllas). Otros, como Rafael Lara Moreno, llevaban directamente la mayoría de sus tierras. Los propietarios con menos tierra, pero aun así grandes agricultores (con 50-300 tahúllas), seguían los mismos tres patrones básicos: distribuían sus tierras entre unos pocos grandes arrendatarios, lo hacían entre arrendatarios menores, más numerosos, o las gestionaban en su mayor parte directamente.

Había dos combinaciones bastante comunes. En una, una gran parte de la tierra era llevada directamente, mientras que una pequeña parte era distribuida entre varios pequeños arrendatarios, quienes, en consecuencia, se veían atados a unas relaciones de gran dependencia; en la otra, una o dos propiedades considerables eran distribuidas entre grandes arrendatarios y estos después redistribuían parte de la tierra en pequeñas parcelas a otras personas dependientes de ellos. No obstante, parece claro que las estrategias de los terratenientes y de los grandes arrendatarios variaban. Algunos trabajaban la tierra directamente y hacían uso del jornal como forma principal de conseguir trabajo; otros usaban un sistema más complejo de articulación de dependencias y cadenas de explotación.

Así pues, cada finca ostentaba su propio sistema particular de combinación de relaciones y, como la tierra cambiaba de manos y los vínculos laborales estaban sujetos a condiciones económicas, legales y sociales diferentes, estas relaciones sufrieron giros y cambios de dirección. Como consecuencia, se llegó a usar un conjunto de términos extremadamente complicados y superpuestos que adquirieron una importancia social y cultural que superaba los límites reducidos del proceso del trabajo agrícola.

Aunque se hace referencia a los grandes terratenientes como dueños, este término se usaba a menudo también para los grandes arrendatarios, que usualmente eran llamados labradores, un término también usado en un sentido más amplio para referirse a cualquier agricultor que podía vivir solo de la tierra. Pero muchos de los grandes arrendatarios actuaban como propietarios y, por tanto, eran llamados dueños por los trabajadores que trabajaban para ellos. Pese a que no se destaca en los documentos, nuestros informantes más viejos dejan claro que estos grandes arrendatarios reproducían con los trabajadores las relaciones de producción halladas en las grandes fincas de los terratenientes, y eran percibidos como los propietarios efectivos de la tierra. De hecho, la mayoría de ellos acumuló capital eventualmente y compró cantidades de tierra considerables después de la Guerra Civil.

A aquellos con propiedades mucho más pequeñas (20-50 tahúllas), también se les llamaba labradores. A partir de los viejos contratos de arrendamiento, podemos ver hasta qué punto estas personas se veían atrapadas en redes de dependencia. Algunos arrendatarios y otros que eran propietarios de pequeñas parcelas intentaban romper el monopolio de cualquier tipo de vínculo único tomando tierra de varios terratenientes. Eso explica que el 26% de la gente a la que el registro de 1936 se refiere como colonos (arrendatarios) tuviera tierra de más de un terrateniente. Pero hacia el final de la guerra esta cifra había disminuido considerablemente, lo que expresaba su mayor dependencia.

Un contrato típico del periodo –habitualmente por un solo año, ocasionalmente hasta cuatro– hacía responsable al arrendatario de todos los costes excepto del impuesto de propiedad. Además, el arrendatario aceptaba dejar en depósito toda la cosecha al terrateniente hasta que hubiera sido pagada la renta anual completa en el día del santoral estipulado. Un contrato de 1901 dice: «[el colono] responde del pago del rento con las cosechas que depositará en manos del dueño, el cual podrá venderlas si dos meses después de la fecha del pago éste no se hubiere efectuado» (Archivo de Sebastián Sierras).

Treinta años más tarde se encuentran unas condiciones muy similares. A su vez, esos contratos no son muy diferentes de los que los historiadores de la zona describen para los siglos precedentes. Son a corto plazo; tratan de prevenir el impago o incluso las deudas a corto plazo con medios que incapacitarían al arrendatario, y cargan sobre este todas las aportaciones de capital. Normalmente, también tratan de mantener el control sobre qué cultivo se planta y cómo será comercializado. Además, las rentas parecen ser bastante altas. El contrato citado antes por un total de 23 tahúllas era de 750 pesetas anuales durante solo cinco años, cuando el salario medio diario de un jornalero de la provincia era de 1,84 pesetas (hombre), 1,01 pesetas (mujer) (Rodríguez Labandeira, 1991).

En consecuencia, sería engañoso considerar a estos pequeños labradores como agricultores independientes, incluso aunque este fuera un contexto con un potencial de mercado razonablemente bueno para los cultivos locales. Tanto si se trataba de pequeños propietarios con arrendamientos parciales complementarios como si eran arrendatarios a tiempo completo, se dibuja una situación en la que ellos solo tienen el control nominal de la tierra que arriendan y de la organización de la producción y la comercialización. En realidad, son dependientes del terrateniente o de alguna otra fuente local para obtener capital, y son igualmente dependientes del terrateniente o algún corredor (intermediario) para el procesamiento y la comercialización de las cosechas. Esta situación provoca un endeudamiento permanente y se expresa formalmente mediante la hipoteca sobre la producción total de la cosecha al terrateniente. De hecho, estos contratos de arrendamiento son muy parecidos a los acuerdos de aparcería, aunque son peores: todos los costes son asumidos por el arrendatario, tiene la cosecha entera hipotecada o vendida anticipadamente a un corredor a cambio de efectivo, para pagar la renta, conseguir capital de producción o enfrentarse a una crisis de subsistencia.

Como cabría esperar, estas condiciones draconianas pasaban de los pequeños labradores a las personas que trabajaban para ellos. El 70% de la población activa del censo de 1930 se describía como jornaleros, y a esta cifra se tiene que sumar el 41% de los arrendatarios que tenían menos de una hectárea. Es difícil obtener cifras exactas de los datos del censo (porque se asume que cada adulto tiene solo una profesión), pero había registradas 621 personas como jornaleras en la agricultura y otras 42 en la construcción. Además de los muchos trabajos en los que podríamos esperar que participaran estas personas (que discutiremos más adelante), debemos tener la misma precaución que ya hemos tenido con respecto a los labradores.

Jornalero, en este contexto, habría designado a una persona que depende del trabajo eventual. Normalmente, se le pagaría el jornal (salario diario establecido) por hacerlo. Los informantes que intentaban transmitirnos el grado de dureza a menudo recurrían a decir: «En aquellos días el jornal era de X pesetas». Sin embargo, algunos jornaleros habrían encontrado un trabajo de forma más regular que otros. Una manera de hacerlo era entrando en una relación aniaga (anual) con alguien que poseía o gestionaba una explotación (los diferentes tipos de relaciones de propiedad y de trabajo se tratan con gran detalle en los capítulos 3 y 4).

Nos hemos mantenido dentro de la órbita de la agricultura por su gran peso en la totalidad del mundo social; pese a todo, encontramos un conjunto complejo de términos que se solapan –dueño se solapa a veces con labrador, por ejemplo–. La complejidad se hace más densa cuando ampliamos nuestro foco de atención al escenario rural más extenso. A excepción de los ricos, la mayoría de esta población rural se ocupaba en diferentes negocios y los grupos domésticos se presentaban a menudo más como conjuntos de varias actividades. Además, cualquier hombre de unos cincuenta años había tenido la experiencia de tareas tales como la carpintería, el trabajo del cuero y la manufactura de soga, trabajos que requerían, respectivamente, un amplio conjunto de destrezas, y para las mujeres estaba el cosido de bordes de alpargatas, el tejido de alfombras y para unas pocas incluso el cultivo de la seda.

No obstante, a pesar del sesgo del censo, al permitir solo una ocupación por cada hogar, todavía encontramos muchas personas que se autoidentifican en un conjunto notablemente extenso de profesiones para un pueblo de apenas poco más de 3.000 habitantes. Cuarenta y dos se llaman a sí mismos espadadores y rastrilladores que trabajaban en el cáñamo. Fabricantes de arneses, herreros y carpinteros estaban muy solicitados, para el mantenimiento no solo de los animales de labranza, sino también de la maquinaria agrícola y los carros. Además de los jornaleros, que probablemente realizaban esta tarea de manera ocasional, había once herradores a tiempo completo, una profesión que incluía todo tipo de trabajos sobre yunque y trabajos de metal para los componentes y las piezas de los carros, arados y cosechadoras, así como la elaboración y reparación de palas, guadañas y hachas. Había más de treinta y cinco personas ocupadas a tiempo completo como carreros (carreteros) y muchas más no registradas que trabajaban como tales en algún momento del año, de manera que en un momento dado había por lo menos cien personas implicadas en alguna forma de transporte. Igualmente, aunque solo veintiséis personas se autodenominaban albañiles, muchas más solían encontrar trabajo en la construcción.

Un censador de 1920 podía hallar una o dos fábricas de conservas, un taller de manufactura de cuchillos con quince trabajadores más o menos y por lo menos tres negocios que elaboraban productos de bambú y rafia. Si uno se molestaba en contar, podía haber cinco calderos (caldereros) y hojalateros haciendo cubos, embudos y cañerías; cinco carpinteros a tiempo completo con sus propios locales; diez barberos; nueve tiendas de ultramarinos, tres de las cuales también vendían pan hecho en los mismos locales. Había también cuatro horneros, que como el nombre indica no eran solo panaderos, sino que también ofrecían sus hornos para que las familias cocieran su propio pan o cocinaran otras cosas. Catral todavía tiene una calle diminuta cerca de la iglesia llamada «Calle de los Carniceros», aunque, en realidad, la mayoría de la gente sólo comía carne en ocasiones especiales. A causa del clima caluroso, la carne se tenía que convertir rápidamente en longanizas y por razones de salud el ayuntamiento insistía en que los que mataban y curaban la carne como actividad complementaria –los tabladeros, como se les llamaba– fueran a aquella zona para ese propósito. Había cinco verduleros, un boticario y tiendas que vendían tela (no había ninguna gran tienda de ropa). Este era un pueblo pequeño aunque con bastante variedad de actividades comerciales, pero no se registra ningún bar ni restaurante; no obstante, sin duda había lugares donde la gente se juntaba para beber y pensiones donde se podía comer.

Si uno caminara por las calles de Catral un día de los años veinte, los hombres que no estuvieran en el campo u ocupados en los comercios que hemos mencionado participarían en el arduo trabajo de procesar el cáñamo, mientras que las mujeres, jóvenes y viejas, se juntarían para hacer varios tipos de trabajo a domicilio, sentadas en bancos que se entreveían en los patios o fuera en la calle y en grupo, buscando compañía. La mayor parte de su trabajo implicaba acabar las alpargatas para Elche o empaquetar elementos para su envío a Callosa del Segura, Santa Pola o Crevillente.

Todos estos elementos estaban de alguna manera relacionados con la producción y el procesamiento del cáñamo porque, después de la crisis de las viñas y de un largo periodo de estancamiento, durante el que muchos migraron, el área dedicada al cáñamo creció gradualmente. Es importante destacar que tanto la seda y la vid como el algodón –todo ello cultivado en el área en algún momento dado– implicaban una mayor o menor cantidad de procesamiento no agrícola antes de ser comercializados, y especialmente el cáñamo. Una vez cosechado, el cáñamo se deja remojar en una balsa de agua hasta que se descompone o se pudre. Entonces se seca y se pasa por una especie de guillotina (gramaera) para separar la fibra del resto (gramisas). Este trabajo era realizado normalmente por los propios agricultores y jornaleros.

Las siguientes fases del proceso eran realizadas por un espadador (de los que había dieciocho) y dos rastrilladores. El trabajo del espadador era batir los haces de cáñamo, que se colgaban sobre un soporte, con un largo palo de madera de bordes afilados para deshacerse del material no fibroso que quedaba. El producto resultante se pasaba entonces a los rastrilladores, cuyo trabajo era peinar las fibras con un rastrillo de hierro, un trabajo insalubre porque se inhalaban fibras.

En consecuencia, el cultivo y el procesamiento del cáñamo y la manufactura de productos de cáñamo para el mercado de fuera de la zona contribuyeron a la formación de una economía regional mixta agraria-industrial. Lo mismo se podría decir del vino producido anteriormente y de la seda antes de este. Sea por lo que fuere, encontramos cultivos comercializados cuyo valor añadido dependía en gran medida tanto del trabajo no agrícola posterior a la cosecha como de la demanda de consumo más allá de la región. Este era el escenario cuando España entró en el periodo de la República y la guerra civil posterior, del que nos ocupamos en el capítulo siguiente.

ALGUNAS CONCLUSIONES PRELIMINARES SOBRE LAS HISTORIAS

La idea que ofrece esta narrativa histórica es que no hay un único argumento que señale la ruta que tenemos que seguir en el viaje. Los caminos no están bien delimitados, las zarzas se nos enganchan a la ropa una y otra vez, justo cuando pensamos que hemos dejado una zona del bosque para adentrarnos en otra. Parece que no haya senderos y cuando surgen nos llevan a distancias muy cortas, para ser engullidos acto seguido por la maleza. La heterogeneidad de las experiencias históricas parece operar en contra de una única historia común. Así pues, concluiremos este capítulo con un intento de investigar algunas de las relaciones que se dan entre los elementos que integran esta heterogeneidad, mediante una exploración tentativa de cómo su interacción reconstituye recíprocamente cada uno de los componentes que intervienen.

En primer lugar, está la cuestión de la naturaleza especial del desarrollo industrial de la zona. Los historiadores de la economía valenciana tienden a considerar la última parte del siglo XIX como el periodo en el que se formó la base industrial en el País Valenciano (Aracil y Bonafé, 1978; Bernabé Maestre, 1975; Lluch, 1976). Las pequeñas empresas capitalistas estaban siendo reemplazadas en los sectores clave, de manera lenta y desigual, por manufacturas. Pese a todo, aunque eso implicaba un patrón menos aleatorio de organización industrial, quedaban ciertas características que distinguían esta industrialización del modelo de Manchester. El aprendizaje (la obtención del conocimiento en el lugar de trabajo, no a través de un tipo de institución técnica formal; para el caso de Bolonia, véase Capecchi, 1988) implicaba la adquisición por medios prácticos de toda la gama potencial de habilidades necesarias para la producción de un producto más que la especialización de habilidades. A pesar de ello, la mayoría de productos –alpargatas, escobas, muebles de bambú, zapatos, redes, alfombras y juguetes– eran susceptibles de fragmentación del proceso de producción y convirtieron el trabajo externo en una operación relativamente simple que no interrumpía el proceso global. Además, en muchos sectores el trabajo era de temporada. Por ejemplo, mientras la elaboración de alpargatas se transformaba en manufactura de zapatos, había un periodo de paro de cuatro meses (de diciembre a marzo) y después crecía la demanda, justo cuando llegaba la temporada baja (de marzo a junio) para la agricultura de la Vega Baja.

Este ritmo industrial iba de la mano de los hogares pluriactivos que tenían un pie en la agricultura y el otro en una ocupación no agrícola o a menudo en unas cuantas. No obstante, estos no eran los trabajos rurales generalizados asociados con frecuencia a una explotación campesina, en la que la actividad no agrícola podía reflejar la ausencia de mercados cercanos. Los campesinos hacen cosas por sí mismos –cuecen su propio pan, arreglan sus cubos y construyen sus casas– porque no hay panaderos, hojalateros o albañiles que ofrezcan estos servicios. Dicho de otra forma, los campesinos realizan labores no agrícolas para producir valores de uso, no valores de cambio. Evidentemente, ese no es en absoluto el caso de las personas de las que estamos hablando. La pluriactividad es búsqueda de ingresos (búsqueda de valores de cambio), a menudo hasta tal punto que se sacrifica el autoabastecimiento de la casa familiar, pasándose los trabajos domésticos no retribuidos a los miembros más viejos o más jóvenes de la familia, «económicamente inactivos» (un concepto claramente equivocado). La pluiriactividad familiar presupone el uso extensivo de todos los recursos disponibles, tales como la fuerza de trabajo, incluyendo la incorporación de los miembros de la familia normalmente inactivos.

Cabe puntualizar que la búsqueda de ingresos, aunque marcada por la diferencia de género, no lo era en el sentido de estar restringida a los hombres, sino con respecto a los trabajos asumidos. Además, es importante reconocer la extensión de la pluriactividad, sus múltiples manifestaciones. Lo hemos observado como fenómeno del grupo doméstico (Bernabé Maestre et al., 1984, hablan específicamente de pluriactividad familiar), pero era también un fenómeno individual, y en ese caso también de maneras diferentes. Una persona se podía emplear en dos o tres ocupaciones en un año determinado. Podía ser de temporada y obviamente lo fue a menudo. Pero podía ser también circunstancial. Un primo encuentra trabajo en Elche, por lo que cada día viaja –un informante contó que se levantaba a las cinco de la madrugada e iba andando de Catral a Elche para trabajar, una distancia de catorce kilómetros– y, mientras está allí, oye hablar de un trabajo de tres semanas. La oportunidad económica puede coincidir con el ciclo familiar: ese trabajo de tres semanas podría presentarse cuando el hombre joven tiene la edad adecuada o cuando sus padres han tomado una decisión estratégica particular, para darle la oportunidad de escoger una opción a más largo plazo (Hareven, 1982).

También tenemos que reconocer que es probable que a lo largo de su vida una persona pase por varios empleos. Cada vez puede tratarse de trabajos únicos, que en cualquier momento se registran estadísticamente como tales. Este último punto lleva a prestar atención a un tema que observamos claramente en el Catral de los años veinte. Incluso donde se documenta en uno u otro registro rural una amplia variedad de ocupaciones en regiones de industrialización dispersa como esta, la pluriactividad de los hogares y los individuos conlleva la subrepresentación de tal variedad. En ese sentido, descubrimos que los viajeros, ya en el siglo XIX, se apresuraban a destacar la propensión de las mujeres a registrar sus ocupaciones como «sus labores» como una prueba de lo contrario. Y un informante entrevistado en 1978 explicó la pérdida de su brazo derecho como consecuencia de un accidente industrial, pero estaba tan acostumbrado a las clasificaciones de los de fuera que insistía en que había sido toda su vida agricultor.11

Una tercera conclusión se relaciona con los bloqueos y la irregularidad. Términos como pluriactividad doméstica (que implica que los miembros de la familia intercambian experiencias de trabajo diversas), redes familiares, industrialización dispersa e incluso aprendizaje pueden tener el efecto de sobredimensionar hasta qué grado el conocimiento estaba distribuido en economías regionales como esta. Así que es importante destacar la magnitud de la irregularidad en el desarrollo regional que hemos observado y la desarticulación entre los sectores –de nuevo, esto es importante cuando tratamos de interpretar también el presente–. Por lo tanto, a pesar de esta visión fugaz de los tipos de transformaciones hacia relaciones de trabajo capitalistas que tuvieron que haberse dado en Elche mientras crecía la producción de zapatos quince veces entre 1896 y 1920 (Moreno Saez, 1987), se asumió la agricultura comercial a la vez que se mantuvieron los viejos principios de las relaciones de propiedad y trabajo, y esta actividad solo se expandió cuando se reforzó como un tipo de versión local del segundo feudalismo de la Europa oriental.

También queremos destacar el papel vital de las tendencias internacionales y sería erróneo llamarlas estrictamente económicas, a no ser que llamemos simplemente económicas a la Primera Guerra Mundial o a la atracción parisina por los materiales para esterillas de paja coloridos. Mientras la región se hacía más comercial, los factores internacionales no redujeron la volatilidad de la vida en el suroeste de Alicante tanto como cambiaron los coeficientes de volatilidad. Una razón para esa vulnerabilidad era el fracaso en la formación de una elite de poder regional. En Valencia habían ocurrido muchas cosas durante el siglo XIX que acabaron con la aristocracia agrícola de un modo que no sucedió en el interior de España, pero eso tuvo lugar mucho más lentamente en el Bajo Segura e, incluso cuando una nueva clase de terratenientes, como la familia Lara, surgieron de los restos de los viejos terratenientes nobles, estaban lejos de ser burgueses capitalistas aventureros y visionarios. No obstante, como clase, a principios del siglo XX, entre sus intereses se incluía buscar para sus productos un mercado internacional sin restricciones. Sin embargo, lo que necesitaban los propietarios textiles de Alcoy, los neófitos industriales de zapatos de Elche o las empresas de alfombras en transformación de Crevillente era protección arancelaria (inicialmente, la buscaron incluso contra Cataluña).

Lo que estamos describiendo es una expresión de clase de la desarticulación mencionada antes. Una restricción más para la formación de un bloque así fue la naturaleza efímera de los empresarios de Crevillente y Elche. Refiriéndose a principios del siglo XIX, García Bonafé argumenta que una característica particular de los capitalistas valencianos era su propensión a mantener un volumen de actividad relativamente pequeño en vez de buscar la expansión (Aracil y Bonafé, 1978), lo que se asemeja mucho a lo que dicen Bernabé Maestre et al. (1984: 25) con respecto al siglo siguiente: «No existe una historia de acumulación paralela a la formación de este [pequeño] capital. Las grandes empresas acaban cerrando. La historia de las empresas es bastante cíclica: crecen hasta que alcanzan un tope, seguido de un periodo en el que se mantienen en ese nivel y después, en un periodo de crisis general, acaban decayendo y cerrando».

Si eso es así, puede decirse que muchos empresarios eran siempre empresarios principiantes. Refugiados de una agricultura comercial volátil, artesanos independientes recientes, molineros ambiciosos, carreteros y corredores, todos se unieron en un punto u otro a manufactureros más expertos para proporcionar pequeñas cantidades de capital al sector industrial. Desde luego, llegaron con su cultura particular (o con la falta de ella).12 Son personajes cruciales del paisaje social de la Vega Baja, del Catral de los años veinte, y como veremos más adelante de finales del siglo XX. Todos estos factores se combinaron, pues, para reducir las posibilidades de una acción colectiva que protegiera la economía regional. A su vez, esto fracturó la continuidad de cualquier discurso político público alimentado por un bloque de poder regional, un factor de cuyas implicaciones culturales nos ocupamos en el capítulo 7.

Y finalmente, como desarrollamos el papel del movimiento y la restricción en este tipo de economía, acabaremos con un comentario sobre lo que nos dicen las pruebas históricas de este capítulo acerca de la movilidad. Destacaremos no tanto el hecho de que exista una fuerza de trabajo móvil y ágil, un comercio heterogéneo y un sector capitalista menor como la naturaleza particular de este movimiento. Tal como hemos puntualizado respecto a otras características de nuestra zona de estudio, ahora cabe también destacar el hecho de que ser «móvil» no era de ninguna manera algo compartido por toda la población trabajadora. Puede haber habido personas para las que el movimiento –la emigración al norte de África o Francia, la cosecha de trigo temporera en La Mancha o desplazarse a diario a Crevillente para trabajar– era una posibilidad especulativa que simplemente nunca se dio, pero había otros –más adelante nos ocupamos de ellos con detenimiento– para quienes este tipo de panorama cultural era impensable. Y su impensabilidad era por entero función de la política de España, de Valencia y de la Vega Baja.

Y, por lo tanto, en relación con aquellos que se movieron o que por lo menos pasaron mucho tiempo discutiendo y haciendo planes para emigrar, vale la pena apuntar hasta qué punto se trataba de decisiones familiares del grupo doméstico. Una y otra vez volvemos a este rasgo peculiar del grupo doméstico como una suerte de empresa para buscar ingresos (que no es lo mismo que el grupo doméstico como unidad de ganancia de salario o el trabajador asalariado como «trabajador empresarial»).

Basta señalar la diferencia entre, por ejemplo, la ola migratoria de jornaleros andaluces (Gregory, 1971) y esta migración a corto plazo y específica del grupo doméstico: una pareja se va de Catral a Elche durante seis años y deja su pequeña porción de tierra (arrendada, propia o en aparcería) en manos de un pariente de más edad para que el hombre pueda trabajar en una fábrica de zapatos mientras la mujer consigue el necesario trabajo a domicilio –una situación que cambia cuando el hombre vuelve a Catral y se desplaza diariamente, y la mujer dirige un pequeño taller de vecinos subcontratado a una fábrica de Crevillente.

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