Czytaj książkę: «Fuera de mi cabeza»

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FLAVIA CARRIÓN



Carrión, Flavia Inés

Fuera de mi corazón / Flavia Inés Carrión. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-2085-2

1. Superación Personal. I. Título.

CDD 158.1

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com

Diseño de portada: Natalia Padilla

Modelo de portada: Juliana Padilla

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Introducción
Una guía para liberar la mente

Cuando comencé a asistir personas en el desarrollo de sus proyectos, descubrí que independientemente del contexto cultural de crianza, edad, condiciones de vida y cualquier otra circunstancia, había algo que todos tenían en común.

Todos se quejaban de los límites que imponía a sus decisiones y acciones el diálogo mental, pernicioso y voraz, que permanentemente presentaba frases como:

 … no soy capaz

 … nadie me quiere

 … no lo merezco

La sabiduría ancestral ha reconocido el fenómeno desde hace siglos. Recibe muchos nombres: es el “predador interno” de los tolteca del antiguo México, el “uhane” de los hawaianos, el “wetiko” o virus malicioso de los nativos Cree, y muchos más.

Diversas filosofías coinciden en que –independientemente del nombre que le pongamos– la actividad desbordada del yo mental drena nuestra energía, al igual que un parásito se alimenta de su huésped. Como consecuencia, nos resulta prácticamente imposible alcanzar un desarrollo pleno y feliz.

Al darme cuenta de que la triste experiencia del parásito mental estaba tan extendida y de que las alternativas conocidas para detener sus efectos no parecían suficientes, comencé una intensa búsqueda de herramientas de trabajo interno que pudieran servir a las personas que yo orientaba. Así fue como encontré la obra de J. Stevens y un modelo de arquetipos de comportamiento que respondía bastante bien a las situaciones que iba encontrando. A partir de allí, me dediqué a integrar dicho modelo con las técnicas de administración y uso de la energía que ya utilizaba, surgiendo así un sistema propio. Casi de inmediato, empecé a ver efectos increíblemente transformadores en las personas a quienes recomendaba su aplicación.

Con el transcurso de los años, me fui dando cuenta de que no sólo era posible evitar las consecuencias destructivas del parásito mental, sino que su presencia podía convertirse en un recurso interno que, en lugar de hundirnos en la postergación y la frustración, impulsara los sueños de crecimiento que nos sentimos llamados a concretar.

Aun más, entendí que el proceso de redireccionamiento de la conciencia que es necesario realizar para disolver al parásito mental, facilita la tarea de descubrir nuestros talentos ocultos, nuestras cualidades creativas únicas y –finalmente- el legado que hemos venido a compartir con el mundo.

Después de más de 10 años de aplicar este sistema con éxito, he decidido compartir muchas de sus herramientas en esta guía práctica, para que cualquier persona pueda aplicarlas a su propia aventura de desarrollo personal.

No intento aquí un análisis psicológico del parásito mental, ni tampoco reemplazar con estas páginas la consulta a un profesional competente cuando se siente necesaria. Es importante buscar asistencia cuando la tarea de superar el diálogo mental se nos presenta como inmanejable.

Lo que me propongo brindar aquí son pautas claras para identificar sus trucos y dinámicas habituales, y recursos para superarlos.

De esa manera, el lector se encontrará mejor preparado para liberarse de las ataduras con las que el parásito mental amarra su pensamiento, retomar el comando de su energía y avanzar decididamente hacia su felicidad.

Flavia Carrión

¿quién habla en mi cabeza?
Algunas preguntas esenciales para comprender el fenómeno
¿Cómo funciona el parásito mental?

Hay algo que debes saber de inmediato: todas las personas procesamos la información intelectual a través del diálogo interno, pero esto no implica necesariamente algo perjudicial para nosotros. El problema es que en nuestra sociedad, ese diálogo se ha vuelto tan desbordado, desgastante y tóxico, que se ha convertido en el obstáculo más importante para la concreción de nuestros proyectos de crecimiento.

Dado que las personas no somos un conjunto de compartimentos estancos, cualquier fuga de energía en un área (por ejemplo, la mente), repercute negativamente en las otras: nuestro estado emocional, nuestra salud y hasta nuestras perspectivas de crecimiento.

Te daré algunos ejemplos para que veas cómo funciona:

 Carlos es un joven empleado. Sale de la oficina del director habiendo recibido una crítica injusta o un reclamo que no correspondía. Sin embargo, no ha podido expresar claramente su situación. Entonces, mientras camina resignado, la voz que tiene en su cabeza le dice “Deberías haberle dicho que se vaya al infierno”. Minutos después, mientras regresa a su cubículo, esa misma voz en su cabeza le dice “Todos en la oficina te están mirando y saben que te acaban de destruir”. Más tarde, en el trayecto de regreso a su casa, esa misma voz le dice “Nunca vas a llegar a nada”. Con el correr de los días Carlos se sentirá triste, agitado o deprimido, y físicamente agotado. Quizás piense que es por su alimentación o su ritmo de trabajo, pero de lo que se trata es de ese parásito acosador y martirizante que no deja su mente en paz.

Otro ejemplo:

 Una mujer de unos 50 años decide volver a intentar el camino del amor luego de que transcurriera una década desde su divorcio. Durante ese lapso, se ha dedicado exclusivamente a criar a sus hijos y mantenerse vigente en su trabajo, lo cual le ha demandado mucha energía. Se lanza, entonces a una nueva etapa, haciendo espacio para el romance, pero sus primeros encuentros con el sexo opuesto no resultan como esperaba. La voz en su cabeza no deja de repetirle: “Es que estás vieja”, o “Ya no hay hombres”, o “Deberías dejar estas frivolidades y ocuparte de lo que es importante”. Aun cuando se encontrara frente a frente con el hombre perfecto para ella, probablemente no se daría cuenta. Su parásito mental no se lo permitirá.

El parásito mental es una voz que expresa –a través de frases clave e imágenes mentales– ciertas creencias acerca de ti mismo y del mundo. Dado que se manifiesta en forma de diálogo, podemos llegar a percibirlo como una pseudo-identidad, un “otro yo” que vive en nuestra cabeza.

Cuando sueñas con algo maravilloso que quieres lograr y de pronto surgen cadenas de ideas pesimistas al respecto, que finalmente te convencen de que no vale la pena el proyecto, eso es una manifestación del parásito. Cuando te encuentras enredado en fabulaciones acerca de aquello que pudo haber sucedido o que puede llegar a suceder, y esto te llena de temor o preocupación –y aunque lo intentas no logras salir del circuito– ahí tienes a tu parásito. Cuando te sientes compelido a consumir algo en exceso aun sabiendo que te daña, eso es el parásito. Cuando tu pensamiento no se detiene, incluso cuando intentas dormir, eso es tu parásito.

El parásito es algo que no nos hace bien. Impugna nuestro crecimiento personal conduciéndonos a la errónea creencia de que nunca alcanzaremos el éxito, o nos empuja a acciones temerarias sólo para demostrarle algo al mundo. Nos aleja del presente conduciéndonos a fantasías negativas acerca de un doloroso pasado o un inquietante futuro. Propicia, si se le permite dominarnos el tiempo suficiente, enfermedades físicas. Nos empuja a vincularnos con personas abusivas o nos lleva al borde de la autodestrucción. En síntesis, nos aleja de la posibilidad de ser felices.

¿De dónde viene el parásito?

Luego de reconocerlo como fenómeno universal, el segundo dato que debes tener en cuenta es que esta voz en tu mente, a pesar de que la llamamos “parásito”, no es algo que se “ha pegado a ti”.

El parásito mental acompaña tu propio paso por el mundo. Se forma a partir de las experiencias vividas en el hogar, en nuestra interacción con padres, hermanos y abuelos, así como con los primeros espacios de socialización (escuela, clubes, barrio, iglesia, amigos de la infancia, primos con los que nos reuníamos a jugar, etc.). En una fase posterior, el parásito consolida su discurso, apoyado en nuestra asociación con otras personas que sufren del mismo mal. Las herramientas de nuestra cultura (publicidad, medios de comunicación, opiniones consensuadas) lo autorizan y solidifican aun más.

La manera en que surge un parásito adquiere formas muy diversas en cada persona, pero en general obedece a una de estas tres perspectivas (o su combinación):

 La perspectiva de nuestros padres (o abuelos), sus frases, sus ideas, su forma de ver el mundo, sus principios éticos, sus conceptos acerca de trabajo, dinero, y sus opiniones acerca de nosotros. Es como si la voz de nuestros padres (o abuelos), hablara en nuestra cabeza. Por ejemplo, una persona a quienes sus padres repetían la frase “eres tan torpe…”, desarrollará un parásito que repita el lema “nunca llegaré a nada porque soy muy torpe”.

 La perspectiva opuesta a la de nuestros padres, con frases, ideas, y una forma de ver el mundo (y a nosotros mismos) que constituyan una reacción de rechazo con respecto a las suyas. Es la voz del niño rebelde la que habla en nuestra cabeza. Por ejemplo, siguiendo el caso anterior, una persona distinta ante la misma situación podría haber desarrollado otro estilo de parásito, uno que en lugar de aceptar el lema recibido dijera “ellos no me valoraron, pero yo sé que soy mejor que todos, se los voy a demostrar”.

 La perspectiva resultante de las estrategias de supervivencia que desarrollamos en esa infancia a partir de las situaciones adversas vividas, lo cual incluye ideas, frases y una forma de ver el mundo que buscan compensar los daños. Es la voz del niño herido la que habla en nuestra cabeza. Por ejemplo, siguiendo el caso anterior, una persona diferente podría haber desarrollado un parásito que ni acepte ni rechace el lema paterno, sino que opte por la estrategia: “ya me hicieron sufrir lo suficiente, ahora los haré sufrir a ellos”.

Sea cual fuere el camino que tome, al llegar a adultos el parásito ya está construido y consolidado. En algún momento, está tan naturalizado en nosotros que se vuelve invisible. No logramos reconocer que su perspectiva es la copia de la de nuestros padres, abuelos o la del niño herido o enojado que fuimos. Su voz se confunde con la de nuestra propia conciencia.

¿Todos lo sufrimos?

Todos experimentamos un diálogo mental, con diversos niveles de presión o desequilibrio. Algunas personas han aprendido a reconocer cuándo la voz que escuchan en su mente es la voz del parásito, y no permiten que éste consuma su energía y cancele sus oportunidades. Sin embargo, en el tiempo que llevo trabajando este tema, debo aceptar que son muy pocos los que aseguran estar libres del flagelo. La mayoría de las personas lucha diariamente para desembarazarse de sus ataduras.

Muchas personas registran un ir y venir del parásito en sus vidas. Durante breves lapsos, quizás en momentos ideales de bienestar o conexión, sienten que han superado el problema. No obstante, el parásito sobrevive a esos fugaces paraísos mentales, esperando agazapado a que se abra la brecha, -una duda, un contratiempo, una desilusión- para volver a atacar. Y, cuando lo hace, lo hace con fuerza, por eso es necesario tener listas las herramientas adecuadas para detener sus efectos.

Su regreso es esperable, ya que –como todo en el Universo– nuestro parásito mental requiere energía para sobrevivir. Toma esa energía –sobre todo- de la atención que le damos a sus frases y los estados emocionales en los que nos hunde. Dispone de una serie de trucos para obtener esa atención, por ejemplo, exagerar o distorsionar los datos que recibimos, obsesionarnos con pequeñeces o hacernos perder de vista las oportunidades que se presentan.

Existen siete estrategias generales que utiliza para dominar esa atención. Estas siete estrategias se diferencian por el contexto de infancia en el que se construyó el parásito e incluyen diversidad de trucos y trampas que te mostraremos a lo largo de este libro. De todas formas es importante destacar que no es posible predecir a partir de un escenario de infancia cómo se presentará un parásito mental. Diferentes personas responden en forma diferente a los estímulos, desafíos y condiciones de su infancia. Muchos factores individuales entran en juego, sobre todo la sensibilidad particular de cada ser a su circunstancia. Somos únicos.

Sin embargo, el modelo general es útil para enmarcar las situaciones que vamos viviendo en relación con nuestro parásito. Identificar cuál es la estrategia dominante en tu caso te resultará entonces muy práctico para contrarrestar sus efectos nocivos. Al conocer su patrón de comportamiento habitual podrás anticiparte a sus resultados. Al reconocer adecuadamente sus estrategias, podrás aplicar las herramientas específicas y descubrir el sentido profundo detrás de él.

¿Desde cuándo se lo conoce?

Las corrientes filosóficas y espirituales que se han ocupado de nuestra conciencia hicieron mención de lo que en este libro llamamos “parásito mental”. Como dijimos en la introducción, los pueblos ancestrales se ocuparon de él. Las religiones también, alertando sobre posibles legiones de demonios, monstruos y tiranos que ponen en peligro al alma. El paradigma moderno lo llamó súper yo, identidad construida, diálogo interno, y ha intentado analizarlo a fondo.

Es alentador descubrir que las diversas corrientes espirituales de la Humanidad, en toda su larga historia, coinciden en algunos conceptos fundamentales:

1 Existe una construcción mental con la que nos identificamos pero que no constituye nuestra auténtica identidad y que incluso bloquea su expresión,

2 Esa construcción mental nos hunde en lo ilusorio, apartándonos de la verdad,

3 Para alcanzar la libertad total y la plenitud de la existencia es necesario liberarnos de la influencia de esa construcción mental.

Los distintos enfoques parecen confluir en una misma idea, la de que el ser auténtico permanece a lo largo de su vida atado a una máscara que le impide expresar todo su valor y poder. A lo largo del camino se han hecho esfuerzos para comprender quiénes somos en realidad. El psicoanálisis ha analizado los procesos mentales de los seres humanos, las disciplinas orientales han dejar de identificarnos con la mente, las religiones han decidido rescatar al alma de un destino que parece desastroso.

Lo cierto es que muchas personas reconocen que ese diálogo mental es nefasto para su crecimiento, pero les cuesta mucho encontrar vías para superarlo. La mayoría se ha entregado mansamente a la naturalización de esa voz mental permanente y erosiva, conformándose con seguir adelante a pesar de los límites que les impone.

¿Por qué tenemos que pasar por esto?

La sabiduría ancestral de los pueblos originarios de América, Asia y África nos propone explorar el estudio de los grandes temas de la vida desde una filosofía que considera que “todo es sagrado”. Esta filosofía implica buscar, debajo de las apariencias, cuál es el propósito profundo de nuestras experiencias.

“No es posible que algo en la existencia no sea sagrado”, piensa quien comulga con esta perspectiva, y a partir de entonces se dedica a bucear en los desafíos o problemas hasta dar con la puerta escondida detrás de esa circunstancia. Inexorablemente, esa puerta lo conducirá a una versión más auténtica de sí mismo. Para eso están las crisis. Para ayudarnos a crecer.

El parásito mental no escapa a este modelo.

El sentido último de que tengamos un parásito mental es que podamos descubrir y desarrollar las cualidades únicas que tenemos para compartir con nuestra comunidad. Los nativo americanos llaman a esas cualidades la “medicina personal” de cada individuo. Es ese poder específico que cada hombre o mujer posee y que lo convierte en un ser único e imprescindible para el funcionamiento armónico de la totalidad. Esas cualidades que le permiten concretar su labor trascendente, aquel legado que dejará en el mundo.

El parásito mental es el gran entrenador, al obligarnos a superar todos los desafíos que implica esa tarea.

¿Y por qué tiene que ser tan difícil? ¿Por qué no podríamos las personas vivir con absoluta claridad acerca de cuan luminosos somos y evitarnos todos los trastornos de este bichito voraz?

La respuesta reside quizás en nuestra comodidad. Si no existiera un parásito llamando nuestra atención hacia la necesidad de cambio, probablemente no haríamos el esfuerzo que implica desarrollar nuestro poder único, y difícilmente nos haríamos cargo de todos los talentos que poseemos. Desde esta mirada, entonces, el parásito es, en el fondo, una herramienta de la conciencia para que podamos encontrar –en el esfuerzo por evitar ser devorados por él– todo lo que necesitamos para consolidar una vida plena.

¿Cómo llevo esto a la práctica?

Comparto absolutamente la filosofía de vida que considera que “todo es sagrado”. No creo que exista en nuestra realidad nada arbitrario. He aprendido que cada obstáculo es un puente a una vida mejor.

En el caso del parásito y los contenidos de este libro, intento brindarte herramientas para cruzar ese puente con firmeza y dirección:

 Identificando a tu parásito mental y sus trucos,

 Descubriendo cuando está intentando influirte negativamente,

 Recuperando el comando de tu energía,

 Accediendo a todos tus recursos internos.

Es claro que el trabajo interno que se requiere para disolver el accionar del parásito es arduo y requiere coraje, pero vale la pena. He sido testigo de demasiados dones que quedan sin florecer, personas que se postergan a sí mismas hasta la desaparición, hombres y mujeres que permanecen adheridos a los círculos engañosos de esa voz en su cabeza, una y otra vez.

Nunca olvides que tú eres el diseñador de tus circunstancias, que posees libre albedrío para tomar el comando de tus recursos internos, y construir una existencia alineada con tus sueños o –por el contrario– totalmente alejada de ellos, según sea tu deseo y voluntad.

¿Cómo hacemos para vivir mejor?

Somos seres sagrados. Tenemos derecho a ser felices por el mero hecho de estar aquí, plantados en la existencia, mirando de frente los desafíos y teniendo que dejar atrás, a cada paso, al pasado que se va esfumando con sus recuerdos dolorosos y sus nostalgias de felicidad.

Atravesamos con infinita fortaleza, cada día, los problemas de la supervivencia, tanto en la obtención de recursos como en las luchas de la jungla social, tratando de no quedarnos solos mientras sostenemos nuestra esencia única, balanceando permanentemente la versión consensuada de la realidad con nuestro propio criterio, haciendo equilibrio entre lo políticamente correcto y la necesidad de la conciencia de “patear el tablero”.

Nos enamoramos y entramos inocentemente en el aprendizaje del amor, preguntándonos ¿cómo abrir el corazón?, ¿cómo confiar?, pero muchas veces nos vemos forzados a aprender a decir adiós antes de poder hacerlo.

Sostenemos con relativa entereza los altibajos caprichosos de lo cotidiano, porque intuimos que debajo de las apariencias de azar existe un Orden que da sentido a todo. Algunos lo entienden como karma, otros como el designio de Dios, algunos como las infinitas probabilidades cuánticas... La cuestión es que todos los seres humanos buscamos respuestas con la misma irreverencia de niños o de locos.

Benditos seamos por hacerlo así, porque es lo que nos salva de caer en la disolución, y constituye la clave de la poesía que brindamos a la eternidad.

En medio de nuestro viaje heroico lleno de trampas y pruebas, la presencia de esa molesta voz en la cabeza parece empecinada en quitarnos energía.

Energía que necesitamos para aventuras más sublimes: concretar nuestros sueños, compartir nuestro arte, servir con plenitud a la comunidad, descubrir nuevas formas de amar, dar soluciones brillantes a los viejos dilemas de la Humanidad.

Todo esto resulta imposible de realizar si esa voz dentro de nuestra cabeza insiste en que no podemos, no debemos, o no nos lo merecemos.

En nombre de nuestra dignidad y de aquello que venimos a compartir con nuestra comunidad, es necesario que superemos los límites impuestos por esa vocecita y seamos libres, para desarrollar con felicidad nuestra tarea sagrada. El trabajo que esto requiere excede las páginas de este libro, pero el camino para lograrlo comienza aquí.

El modelo de ideas y herramientas que aquí presento está pensado para servir de guía tanto a quienes trabajen este tema en sí mismos como para quienes ayudan, asisten y acompañan procesos de crecimiento personal y espiritual de otras personas. Unos y otros encontrarán aquí un espejo donde a veces es duro mirarse, pero que finalmente les abrirá las puertas a una nueva etapa de su vida.

Una etapa que es plena, luminosa y auténtica.

CEREMONIA DE INICIACIÓN
Esto es lo que el parásito puede hacer contigo

Relájate y escucha esta historia que voy a contarte.

Imagina que estás en la sabana africana.

Eres un niño, vives en una aldea.

A lo lejos puedes ver el atardecer, recortándose en las copas de las acacias. El cielo tiene el mismo color rojizo y cálido del suelo que te rodea. El día ha estado agobiante, como casi todo el verano, pero a medida que se acerca la noche y el aire se va tornando púrpura, un frescor te va envolviendo.

A ti, y a los otros niños que están contigo, sentados junto al fuego.

Apenas puedes ver desde aquí la choza de tu madre pero puedes imaginar que en este preciso momento están preparándose para cenar, ella y tus hermanos mayores que ya han atravesado esta iniciación en la que estás a punto de ingresar.

Una parte de ti desearía estar allí, incluso si tu madre se enojara porque olvidaste traer el agua desde el pozo al distraerte persiguiendo una comadreja. Una parte tuya añora la seguridad y la rutina como si se tratara de un refugio rocoso durante una tormenta de arena.

Pero hay una parte de ti que espera lo que ahora va a suceder con una excitación eufórica, y con la certeza de que más allá del cansancio de las pruebas físicas, el miedo que te producirán ciertos desafíos, el dolor de las marcas de la iniciación que te hagan en la cara y el regaño de los ancianos maestros cuando no puedas evitar alguna lágrima, este ritual va a convertirte en una persona completa. Un miembro útil para tu tribu. Alguien con un lugar en el círculo, responsabilidades y derechos. Y podrás elegir a alguien para acompañarte en la vida adulta y construir tu choza, y cazar todas las comadrejas que quieras, y nadie te enviará a buscar agua porque lo harás por ti mismo, por tu propio placer y el beneficio de tu familia.

Pero sobre todo, conocerás los secretos que sólo los adultos conocen. Los secretos del origen del mundo, y también, las trampas que existen dentro de los hombres y los hacen flaquear y perder poder.

De eso se trata exactamente lo que estás a punto de escuchar. El anciano se prepara para explicarles eso. Ya algo dijo acerca de cuidarse más de los monstruos internos que de los externos, que los pensamientos de un ser humano pueden ser tan peligrosos como leopardos hambrientos y que una mente que no se controla es como colocar la estera de dormir encima de un hormiguero a punto de reventar.

Ese último comentario fue suficiente como para que los niños de tu grupo empezaran a revolverse incómodos en sus lugares y revisar el sitio donde están sentados, lo cual pudo ser muy gracioso, pero el anciano maestro no sonrió. Sencillamente, les dijo:

“Comandar sobre la propia mente tiene que ser tan importante para ustedes como comandar la propia mano cuando empuña una lanza. La diferencia entre dominarla o ser dominado por ella es la diferencia entre ser libre o vivir como esclavo.”

Y entonces, a la usanza de tu aldea, y de todas las aldeas en donde se ha transmitido el conocimiento de manera ceremonial desde el principio de los tiempos, el anciano les contó la siguiente historia:

La fiesta de los animales con cuernos

Se organizó en la sabana una fiesta de los animales con cuernos. Búfalos, antílopes, gacelas, oryxes, kudus e impalas –entre otros– estaban invitados.

La liebre, con ganas de burlarse de la hiena –como era su costumbre–, fue a visitarla. La encontró tranquila y despreocupada, sacudiéndose las moscas en el agobiante verano africano. Entonces, súbitamente, le dijo:

“Se organizó una fiesta para los animales más rápidos de la pradera. Me imagino que ya te habrán invitado…”

“No… –contestó la hiena– a mi no me llegó ninguna invitación…”, y pensó para sí misma con cierta melancolía, “tal vez no sea tan rápida como creía…”

“Mmm… –continuó la liebre, que ya empezaba a disfrutar de su juego– será por eso que solo vi animales con cuernos entrando en la fiesta…”

La hiena comenzó a pensar cosas tristes y a recordar otros momentos en los que había sido excluida.

La liebre siguió echando leña al fuego: “¡Es indignante! Siendo tú la más veloz de cuerpo y mente… Te aseguro que han de tener algo en tu contra.”

“Puede ser –consideró la hiena, pensando en voz alta–. El otro día, el búfalo me miró de manera extraña y el impala pasó corriendo sin saludar…”

“Yo creo –siguió la liebre, mostrando convicción– que sencillamente ¡te tienen envidia por la hermosa dentadura que tienes!”

“Puede ser… –razonó la hiena– porque, de hecho, ellos sólo pueden comer hierbas y yo puedo alimentarme de lo que sea. Soy especial… estarán resentidos por eso…”

“Seguramente –confirmó la liebre–. Y en la fiesta, no harán otra cosa que burlarse de tu dentadura y hablar mal de ti.”

A medida que la liebre hablaba, la hiena iba irritándose cada vez más. La imagen de un grupo de animales herbívoros, reunidos junto al fuego, riéndose de sus dientes, era algo que no podía soportar.

“¿Que harás entonces? –le preguntó la liebre, sabiendo que el éxito de su broma estaba asegurado– ¿Dejarás que ganen esta partida o les mostrarás con quién están tratando?”

La hiena pensó que sería muy difícil entrar a la fiesta sin ser vista y la liebre adivinó sus pensamientos.

“¡Vamos! Utiliza tu talento…”, insistió la liebre.

A la hiena, entonces, se le ocurrió una idea. Cortó dos ramitas de la medida adecuada y las pegó con cera de abejas a su cabeza, simulando un par de cuernos. Espolvoreó luego ceniza sobre su cuerpo para que su pelaje pareciera un poco más claro. Cuando estuvo conforme con su disfraz, se dirigió a la fiesta.

En la entrada, fue interceptada por un enorme búfalo.

“Buenas noches. ¿A qué clan de animales con cuernos perteneces, querida?”, le preguntó.

La hiena, afinando la voz y disimulando su dentadura le respondió “Al Clan de las cabras grises del Norte.”

El búfalo nunca había oído hablar de las cabras grises, pero como nunca había viajado al norte asumió que era posible que no conociera a todos los clanes, así que aceptó a la forastera y la hizo pasar.

En breve, la hiena se encontraba disfrutando de la fiesta. Las gacelas bailaban con gracia alrededor del fuego, los kudus contaban leyendas acerca de los seres de las estrellas, los oryxes entonaban alegres canciones…

Sin darse cuenta de lo que hacía, la hiena comenzó también a bailar y cantar alrededor del fuego. En breve, la cera que sostenía las ramitas que simulaban ser cuernos sobre su cabeza comenzó a derretirse, haciendo peligrar su disfraz.

La liebre, escondida tras unos matorrales para no perderse detalle del momento, notó lo que pasaba y comenzó a reír a carcajadas.

Los búfalos, alarmados, se dirigieron al lugar de donde salía la voz, pero no lograban distinguirla en la oscuridad.

La liebre, entonces, improvisó una canción:

“Qué tienen tus ojos que no pueden ver…

Cuando un par de cuernos comienzan a caer…”

Los animales se miraban sin entender que sucedía. La hiena continuaba bailando, despreocupada, junto al fuego. Sus supuestos cuernos, caídos en el suelo; y la ceniza, esfumada tras tanta sacudida de la danza…

Entonces, la liebre, continuó su canción:

“El que piensa demasiado cae solo en su trampita.

Las ramitas no son cuernos ni los cuernos son ramitas.”

Los animales, entonces, dirigieron su atención a la forastera, descubriendo el engaño.

La hiena, sabiendo que allí se venía la estampida de los rebaños, furiosos por la intrusión, salió corriendo a todo lo que le permitían sus delgadas patas. Quizás, finalmente, pudo comprobar cuán rápida era…

Mientras tanto la liebre, detrás de unos matorrales, seguía riendo.

Y dicen que todavía lo está haciendo...

Esperando que llegue la siguiente ocasión para hacer caer a la hiena, en alguna de sus maliciosas bromas.

***

La historia que acabas de conocer es la adaptación de una leyenda zulú que me fuera transmitida por uno de mis Makhosi (maestros) de esa cultura.

“Esto es lo que el parásito puede hacer contigo... “ dijo, y la frase quedó vibrando en mi y me prometí compartir esta sabiduría tan simple.

Reconocer que también nosotros caemos a veces en las trampas de nuestro parásito es la mejor manera de empezar a liberar nuestra mente de sus efectos.

Habrá que confrontar miedos, superar cansancios, trascender enojos y dolor, pero finalmente, podremos avanzar hacia una conciencia plena.

Exactamente como en una iniciación tribal.

ESTÁS INVITADO A LA FIESTA DEL PARÁSITO
Un viejo conocido, un antiguo enemigo

En las culturas ancestrales, la enseñanza de temas espirituales, filosóficos o de conciencia personal, muchas veces se realizaba a través de cuentos como el que acabas de leer. Parábolas, mitos e historias tienen muchos niveles de comunicación y significados alternativos, lo que permite un sinfín de aplicaciones prácticas a la hora de instruir a los jóvenes en los grandes principios de la vida.

Además, son fáciles de recordar, y en las épocas en las que los humanos aun no habíamos desarrollado escritura, constituían una herramienta efectiva de garantizar que el conocimiento se transmitiera de una generación a otra.

En las culturas que aun mantienen sus tradiciones de épocas remotas, estas historias forman parte de los rituales de iniciación, en donde los niños son conducidos, a través de pruebas físicas y desafíos a sus miedos, a atravesar la frontera entre la infancia y el estado adulto. Estos ritos de pasaje consagran a ese nuevo hombre o mujer a su tarea en la tribu, y colocan en sus manos el compromiso con sus semejantes. Es natural que se le brinden también aquellas verdades que los preparen para las situaciones desafiantes de su vida interior.

Aunque hoy imaginemos que en la prehistoria nuestros ancestros sólo tenían que protegerse de los ataques de animales salvajes y de las inclemencias del tiempo, lo cierto es que también descubrieron los peligros que residen de manera natural en la mente humana. Lo que hoy llamamos “ego” fue descubierto mucho antes de que naciera el psicoanálisis y aunque recibiera otro nombre, es evidente que nuestros antepasados conocían los procesos internos humanos lo bastante bien como para ocuparse de su tratamiento.

El ego y sus peligros es un tema muy tenido en cuenta en la sabiduría ancestral. En la filosofía espiritual hawaiana, por ejemplo, se establece la existencia de tres almas en cada ser humano: unihipili –energía vital del cuerpo físico–, aumakua –esencia auténtica de cada ser– y uhane –el yo mental. El entrenamiento espiritual de esta cultura apunta enfáticamente a mantener alineadas a estas tres almas, teniendo muy en cuenta que el yo mental puede distorsionar nuestra percepción de la realidad cuando analiza demasiado o intenta controlar de manera total nuestras circunstancias. Otros grupos humanos –como los pueblos nativo americanos, los tolteca, las milenarias culturas orientales, los sabios del Antiguo Egipto y muchos más– nos proveen numerosos ejemplos y entrenamientos en la misma línea. El mismo fenómeno, con distintos nombres.

El chamanismo es una forma de conectar con lo sagrado que floreció en la antigüedad y cuya función principal consistió en salir de la perspectiva del yo individual para poder alcanzar una percepción más auténtica de la realidad. Habiendo notado ya que los ojos y la mente pueden a veces ser engañosos (las ilusiones ópticas y los fantasmas imaginarios son tan solo dos ejemplos de lo universal que es esto) los chamanes se propusieron “ver lo que realmente está allí”.

Desarrollaron distintos métodos para lograrlo: danzas agotadoras, ayunos, plantas medicinales, escuchar ritmos repetitivos, etc. En todos los casos, a través de esos métodos se busca que el cerebro abandone el modo habitual de considerar la realidad (con el control dominante del hemisferio izquierdo, numérico, clasificatorio, apegado a lo concreto y lineal) y acceda a respuestas alternativas (las que ofrece el hemisferio derecho: intuición, creatividad, interconexiones, captación holística de la realidad).1

Explorando de esa forma, los chamanes descubrieron muchas cosas, entre ellas que el yo con el que nos identificamos es sólo un recorte de la totalidad que somos, y que las personas no podían conocer su capacidad y poder “reales”, hasta que no se liberaran concientemente de aquello que se los impedía: el parásito mental.

Se diseñaron entonces numerosas prácticas: ejercicios corporales, respiraciones especiales, técnicas para despertar en sueños, rituales de creación transformadora, entre otras. El objetivo de estos desarrollos era encontrar formas para que los individuos no sucumbieran ante una mente desbordada de miedos y limitaciones, y pudieran llevar así una vida digna y plena.

En la actualidad, el parásito sigue siendo quien distorsiona nuestra visión de nosotros mismos. Es más, su influencia parece haber aumentado. La vida urbana, con su reemplazo de la sensibilidad por el culto a las apariencias; el abandono de la franqueza en nombre de la cortesía victoriana; la mecanización de la educación, que inhibe el desarrollo de los talentos individuales; el descuido de los aspectos trascendentes de la vida humana; el ensalzamiento de la ambición material; y el aislamiento del individuo respecto a la comunidad (entre otros muchos factores) han hecho crecer y multiplicarse las acechanzas de nuestra propia mente.

Y por ende, los dolores del alma.

Ideas obsesivas, preocupaciones interminables, revisiones del pasado que desgastan, patrones mentales repetitivos, ahogan a los miembros de nuestra sociedad. La conciencia dice “quiero” y la cabeza dice “no puedes, no debes, no saldrá bien”. Un talento comienza a asomar en nosotros y el monstruo interno dice “sin embargo, no eres tan bueno como para tener éxito en esta tarea”. Una bella situación de amor es súbitamente invadida por el miedo: un detalle al pasar dispara nuestros celos, no podemos evitar decir algo desafortunado… y dos personas se separan antes de conocerse.

Los ancianos maestros de la sabiduría ancestral contaban historias como la que te he relatado en el capítulo anterior, como parte de las iniciaciones de los jóvenes, porque eran concientes de que el parásito debe ser identificado para poder desarticular sus juegos y expresar nuestro auténtico ser con plenitud.

Sólo así seremos libres.

Perdidos en nuestra jungla mental

La fiesta de los animales con cuernos es un ejemplo brillante de lo que puede suceder con nosotros si permitimos que las maquinaciones de la mente nos dominen.

Leer el cuento, una y otra vez, y aprender los diversos registros que esconde, nos permitirá alcanzar un profundo conocimiento de lo que hemos denominado “parásito”, así como de sus trucos, generando la conciencia necesaria como para detectar su “juego”.

Utilizaremos el cuento como esquema de trabajo durante el siguiente tramo del libro, así que, si habitualmente no te sientes atraído por las “historias” y te salteaste el capítulo anterior, te recomiendo que vuelvas atrás y lo leas antes de continuar.

La historia que he relatado nos muestra diversos personajes con caracteres bien diferentes, interactuando en una situación clave: la hiena, la liebre y un grupo de animales con cuernos en el contexto de una fiesta.

Cuando he narrado este cuento a mis alumnos de los talleres de desarrollo personal, ellos se han sentido inmediatamente identificados con “la pobre hiena”.

Sentirnos invadidos por esa voz mental que instala en nosotros miedos, rencor, resentimiento y que nos insta al conflicto, es una experiencia que todos podemos reconocer como propia. Caer en la trampa de nuestros enredos mentales, especulando con lo que se dijo, interpretando la mirada del otro, sobre-preocupados por la opinión ajena y ahogados en las comparaciones, es un infierno por el que todos, en menor o mayor medida, hemos transitado.

La hiena representa nuestro “yo-identidad”. Es la parte de nosotros que se reconoce en un nombre y apellido, un contexto de vida (edad, lugar de residencia, profesión, etc.), una historia personal, una descripción psicológica de uno mismo y una lista de virtudes o defectos. Es la parte de nosotros que ignora el hecho de ser mucho más que un listado de características, y se pierde en la lucha por el control de sus circunstancias. Habitualmente, este yo mantiene una especie de “diálogo consigo mismo” que le resulta funcional en la toma de decisiones. Sin embargo, cuando las presiones del afuera se sienten demasiado duras, ese inofensivo diálogo interno se convierte en un incesante ir y venir de preguntas y respuestas acerca de sí mismo, en donde sobran las interpretaciones, las suposiciones, las repeticiones de escenas del pasado y las proyecciones acerca del futuro.

Es claro que para funcionar en el mundo necesitamos tener individuación, reconocernos como un ser aparte, para después contribuir con la comunidad, integrándonos. Sin la función psicológica del “yo”, no habríamos sobrevivido a los duros tiempos de la prehistoria y no podríamos resolver un asunto tan simple como cruzar la calle sin ser atropellados por el tránsito. Pero es evidente que esa función se ha desequilibrado en el contexto vital de nuestros tiempos, y que el “yo-identidad” está enfermo, intoxicado, lleno de obsesiones con respecto a sí mismo, los demás y el mundo que lo rodea.

En la hiena podemos apreciar que nuestra conciencia está dormida la mayor parte del tiempo.

La liebre representa la consecuencia de ese estado de cosas: el parásito mental. El parásito es la manifestación personificada del interlocutor del “yo” durante el proceso del diálogo interno cuando éste se desboca. Es una construcción psíquica, una especie de “otro yo” con el que conversamos dentro de nuestra mente. Es el que nos hace pensar que somos el peor o el mejor, pero nunca nos permitirá ver nuestro auténtico valor. Es el que nos susurra que nadie nos entiende porque somos especiales o que nadie nos quiere porque somos feos. Es el que aviva el fuego de nuestras ansias por salir a comprar (o comer, o fumar, o coquetear) sin límites. Es el que nos dice “la vida es insoportable, tomemos un trago para apaciguar el dolor”. Es la voz estereotipada de mamá o papá, o la del niño herido, enojado o desesperado que fuimos.

Con argumentaciones engañosas, intenta hacernos caer en sus trampas, volviéndonos contra “los otros”, desnudando nuestras inseguridades y nuestra adicción al control, creando escenarios futuros de dolor para que actuemos con la certeza del fracaso, convenciéndonos de que todas las miradas están puestas sobre nosotros y de ese modo, alejarnos del amor y el disfrute.

A partir del juego del parásito –la “broma” de la liebre–, nos encontramos presos de fantasías especulativas que tarde o temprano terminan derrumbándose, exponiéndonos al ridículo o a la confrontación absurda, alejándonos de personas queridas, haciéndonos perder oportunidades creativas o construyendo problemas aun más graves que los que habíamos imaginado en nuestra mente excitada.

Cuando, a partir del diálogo mental, tomamos decisiones que nos conducen al dolor, podemos decir que la broma se ha consumado y que el parásito (la liebre) ha triunfado.

La liebre es quien aprovecha que nuestra conciencia está dormida para divertirse a costa de ella.

El búfalo y los otros animales invitados a la fiesta nos muestran a los “otros”. Aquí podemos ver cómo las otras personas, inconcientemente, forman parte de nuestro entrenamiento en el tema del parásito y sus trucos, convirtiéndose en ejecutores involuntarios de la “gran escena” final.

A partir de las reacciones emocionales o acciones irreflexivas que encaramos como consecuencia de escuchar demasiado al parásito, otras personas pueden llegar a abandonar los proyectos que comparten con nosotros, apartándose de nuestro camino. Algunos pueden intentar conducirnos a una mayor conciencia, aconsejándonos amorosamente, pero si estamos atrapados por el juego del parásito es probable que sus frases nos suenen como ataques personales y huyamos de allí, igual que la hiena. Sentimos como si una estampida viniera hacia nosotros, y nos preguntamos ¿de dónde salió esto?

La liebre/parásito insistirá en que veamos a estas personas como enemigos, cuando en realidad el único enemigo es nuestra falta de dominio sobre nuestros procesos mentales. Si pudiéramos tomar distancia de esa voz en la cabeza en el momento en que suceden los hechos, podríamos ver a estas personas como auténticos maestros para que nuestra conciencia despierte.

El lector del cuento es el cuarto personaje. Es el observador. Representa la sabiduría interna, la parte de nosotros que comprende todo el proceso y que toma la decisión de cambiar. En algunas corrientes de pensamiento ha sido llamado “yo superior” o “supraconciencia”. Puede ver todo el desarrollo del guión desde una perspectiva amplia, y reconocer que es un juego. Le pone marco al drama, en lugar de enredarse en él, como la hiena. Puede encontrar patrones y revisarlos, hasta alcanzar la profundidad buscada. Luego, puede tomar esa información y convertirla en herramientas concretas para abandonar definitivamente el rol de la víctima que suele jugar en su propia vida.

Cuando estamos meditando, relajados mirando un paisaje, o en cualquier situación en donde podamos apartarnos de la habitual aceleración de nuestra mente, experimentamos esta clase de perspectiva fácilmente. Lo difícil suele ser mantener la claridad todo el tiempo, sobre todo cuando sentimos que se ataca nuestra personalidad o que se nos rechaza. En esos momentos, perdemos la lucidez de la conciencia y caemos en la trampa del parásito. Es como si el actor olvidara que está representando un personaje.

En el lector, la conciencia ha despertado y elige una vida mejor.

El Círculo de nuestro cotidiano

La pradera es nuestra realidad cotidiana. Allí suceden cosas todo el tiempo. Diversas especies interactúan entre ellas. Hay predadores, hay presas. Hay carnívoros, herbívoros y animales que comen lo que encuentran. Hay quienes viven de día, hay quienes prefieren la noche. Hay quienes se mueven en grandes manadas y hay quienes prefieren las largas caminatas en soledad. La sociedad animal nos muestra que en la diversidad está la armonía, que en el Gran Círculo de la Vida cada uno tiene su lugar y su rol esencial.

La noción de círculo es muy importante en la filosofía de los pueblos ancestrales. El círculo es la única figura geométrica en donde cada punto se encuentra a la misma distancia del centro. En toda visión del mundo que considere la existencia como un círculo, cada ser humano, animal, planta, roca o fenómeno natural, tiene el mismo valor espiritual. Cada uno resulta imprescindible para el funcionamiento del Todo. Si alguno falta o es excluido, la integridad del círculo se rompe, afectando a la totalidad. Es la forma ancestral de explicar el principio de la diversidad. Hoy sabemos que el quebrar ese principio –sobre todo en cuestiones del medio ambiente– provoca innumerables e irreparables daños. En la sociedad humana no es tan visible, pero el impacto es igualmente dañino.

Los animales con cuernos de la sabana africana expresan la sabiduría del círculo a la perfección. Existen muchas especies diferentes y sin embargo, uno puede ver esas diversas especies compartiendo territorio amigablemente, armónicamente. Búfalos, cabras, gacelas y antílopes beben agua de las mismas lagunas y comen en los mismos pastizales. Sus colas espantan las mismas moscas y sus hijos disfrutan del mismo sol.

Los animales que tienen cuernos comparten varias características que podemos apreciar desde un punto de vista de la maestría espiritual, lo que explica que los zulúes los hayan elegido al componer esta historia.

Aunque a primera vista uno pudiera pensar que los cuernos están hechos para atacar, en realidad sólo los utilizan en forma social. Apelan a ellos en los rituales de competencia entre machos durante la época de apareamiento y como estrategia de cortejo. En ciertos casos puede que ahuyenten a sus predadores mostrando la cornamenta, pero no constituyen elementos demasiado eficientes para atacar. Recuerden que los animales con cuernos son herbívoros, y su comportamiento en general es pacífico y sereno.

Los maestros de sabiduría ancestral zulú agregan que los cuernos tienen como propósito señalar hacia las estrellas, donde se encuentra nuestro hogar original, el sitio del cual ha venido la vida y la materia. Con su presencia, los animales con cuernos nos instan a no olvidar que este planeta es sólo un lugar de paso.

Los zulúes los consideraron –por esto y mucho más– animales sagrados. Su ritmo apaciguado los vuelve maestros de la paciencia, muy conectados con la Tierra. El movimiento de sus patas va aireando el suelo y sus excrementos lo abonan, por lo que se los considera fundamentales dentro del ciclo agrícola. Su capacidad para convivir y compartir recursos en rebaño, por otro lado, con todo lo que esto implica, hizo que los antiguos zulúes vieran en ellos a animales dignos de imitar.

Con tantas ricas cualidades en común, es natural entonces que los animales con cuernos decidieran reunirse entre ellos y conversar acerca de sus asuntos, ¿verdad?

Bien, mientras tanto, exploremos lo que sucedía afuera de la fiesta.

TRUCOS DEL PARÁSITO PARA OBTENER TU ATENCIÓN
Suposiciones, comparaciones y el peso de tu pasado

El parásito mental cuenta con un bagaje enorme de trucos para hacerte caer en su juego. No los despliega de manera arbitraria sino siguiendo un plan ordenado. Conocer ese plan te permitirá identificar con facilidad en qué etapa del juego del parásito te encuentras, y así estarás mejor preparado para impedir sus efectos nocivos sobre ti. En cada fase utilizará elementos y recursos muy específicos que determinarán –junto con tu docilidad al recibirlos– el éxito de su obra.

La estructura del juego del parásito cuenta con los siguientes movimientos:

1 Obtener tu atención. El primer paso del parásito consiste en llamar tu atención lo suficiente como para que –por ejemplo– te resulte más llamativa su voz que el disfrute de un buen momento.

2 Drenar tu energía. El segundo paso consiste en quitarte gradualmente los recursos energéticos (los cuales necesitas para contrarrestar sus efectos). El debilitamiento es sobre todo emocional.

3 Impulsar una reacción desatinada. Finalmente, el parásito te incita a reaccionar. A través de esa reacción, se produce el gran final del acto del parásito. Es la concreción de su juego, el clímax de su obra. Te dejará agotado o atrapado en un circuito sin fin.

En este y los próximos capítulos iremos explorando los pasos y trucos que utiliza en cada fase, basándonos en el maravilloso cuento zulú que constituirá nuestro marco de estudio.

Detectando a su víctima, o sea: tú

“La liebre, con ganas de burlarse de la hiena, –como era su costumbre...”

La frase inicia el movimiento de la trama, y empieza a mostrarnos la esencia del problema.

La liebre, el parásito, llega con ganas de burlarse de la hiena, nuestra conciencia dormida. El relato nos recuerda que esto es algo habitual en la liebre.

Nuestro parásito mental siempre anda con ganas de burlarse de nosotros. Como la mayoría de las veces estamos desatentos, tiene innumerables oportunidades para divertirse. Y sabrá aprovecharlas.

La clave de todas las burlas está en nuestra confusión acerca de lo que llamamos “yo”. Resulta que lo que llamamos “yo” no siempre es lo que creemos que es.

Si te preguntan “¿Quién eres tú?”, probablemente responderás con tu nombre, agregando tu profesión o el rol que estás cumpliendo en el ámbito donde te hicieron la pregunta, como una especie de tarjeta de presentación.

“Hola, soy Susy, la mamá de Pablito”, sería una respuesta típica si estás en la puerta del colegio de tu hijo. Si, en cambio, estás acompañando a tu marido en su cena de negocios quizás la respuesta cambie a “Mucho gusto, soy la Sra. de Pérez”. Ahora bien, si estás presentándote en una reunión de trabajo en tu empresa, la respuesta podría tomar otra forma, como “Buenos días, soy la Lic. Susana López, psicóloga”.

¿Quién eres tú en realidad?

Estas formalidades y códigos son necesarios para manejarnos en el mundo, y no resultarían dañinos si tomáramos algunos minutos al día para recordar que no somos nuestro nombre y lugar en la sociedad sino algo más profundo, si cada día tomáramos unos minutos para sentir quiénes somos en lugar de pensarlo. El problema es que habitualmente no hacemos esa pausa y esa reflexión, y comenzamos a identificarnos con esas tarjetas de presentación.

Ese “yo-etiqueta” que solemos confundir con nuestro yo real está compuesto por una serie de rasgos. Es nuestra descripción de nosotros mismos. Es la continuidad natural a la pregunta “¿Quién eres?”, es la respuesta a la pregunta “¿Y cómo eres tú?”.

“Soy ordenado, sensible y considerado”, decimos cuando estamos de buen humor con nosotros mismos o cuando estamos tratando de agradar a nuestro interlocutor. “Soy desordenado, insensible y egoísta”, dice esa misma persona cuando está enojada consigo misma o trata de espantar al otro. Estas generalizaciones, obviamente, son falsas. Ninguna persona puede ser absolutamente ordenada, ni puede serlo todo el tiempo y ni siquiera expresa el orden de la misma manera en todas las áreas de su vida.

Esas listas de rasgos con las cuales nos identificamos constituyen –como ya sabían los antiguos– recortes de lo que somos, porciones que seleccionamos para presentarnos ante el mundo. Muchas veces, son el resultado de los estigmas que nos colocaron cuando éramos niños y cuya veracidad nunca nos propusimos evaluar.

“Yo pinto muy mal”, “mi voz es desafinada”, “me cuestan los números”, son frases hechas que he escuchado hasta el cansancio en mis talleres. La duda surge cuando les preguntamos a esas mismas personas: “Pero, ¿intentaste alguna vez aprender a hacerlo mejor?”. La respuesta suele ser un silencio atónito. Nunca se habían planteado que esas etiquetas pudieran cambiar.

Más allá del yo-etiqueta y las descripciones que hacemos de nosotros mismos, está tu yo real : un ser que constituye en sí mismo un universo de cualidades, colores, misterio y poesía, una conciencia que expresa diversidad de matices, que no puede describirse con palabras y que ha nacido con infinitas posibilidades de expansión y creatividad. Eso sí eres tú.

No podemos ser felices mientras no le permitamos expresión al ser completo que somos, y para hacerlo debemos superar la versión limitada que tenemos de nosotros mismos.

¡Momento! ¿Cómo sucedió esto? ¿Cómo fui encapsulado de esta manera?

La infancia fue el momento en que esto pasó. Mamá y papá –siguiendo el ejemplo de sus padres y abuelos– se encargaron de indicarnos cuáles eran los rasgos que nos caracterizaban, y nosotros fuimos incorporándolos a nuestra descripción de nosotros mismos. “Eres una niña muy distraída” o “eres un niño muy mentiroso”.

Las diversas experiencias posteriores –escuela, grupos de amigos, familia extensa– fueron reforzando la convicción de que “somos esa lista de caracteres”. Los variados mecanismos de la sociedad en la que vivimos nos demostraron una y otra vez que “así es como son las cosas”. “Distraída, ¡claro, porque es mujer!”, “Mentiroso, ¡claro, porque es un hombre!”. Lugares comunes que refuerzan el sistema.

Hace unos cuantos años, en una reunión de padres en la escuela de una de mis hijas, la maestra de matemáticas comenzó su charla con una joyita de esta forma de clasificar al mundo. Nos dijo muy explícitamente: “Con las nenas, vamos a tener especial atención. Como ya se sabe, a las mujeres nos cuestan mucho los números…”

El sistema de entrenamiento en el “yo-etiqueta” no se hace deliberadamente, sino en forma automática. Lo que sucede entonces, es que la tarjeta de presentación se va fundiendo con nosotros, al punto de que ya no distinguimos entre la tarjeta y quien la lleva. Naturalizamos ese recorte de nosotros mismos e ignoramos que puede haber desarrollo en aquellas áreas que no están incluidas en la descripción. Esto conduce a que muchas personas se mantengan debajo del nivel de expansión real que podrían alcanzar en distintos ordenes de la vida: profesional, personal, creativo…

Conozco a una mujer que durante toda su vida se negó a manejar un auto, convencida como estaba de que era incapaz de hacerlo sin atropellar a alguien o destrozar el auto. “En mi familia, no manejamos”, decía habitualmente, casi como una broma. “No tenemos concentración, somos distraídos, torpes”. Estas características estaban tan incorporadas a su lista de rasgos acerca de sí misma, que le resultaba imposible imaginarse ante el volante de un vehículo. Sin embargo, la vida la condujo a casarse con un hombre que amaba los autos y que soñaba compartir su pasión con su compañera, por lo que –después de muchos intentos fallidos y luchas contra su parásito mental– esta mujer descubrió no sólo que podía manejar, sino que tenía un talento especial para la mecánica.

El parásito perdió esa batalla.

Truco 1: Instalar suposiciones como verdades

“Se organizó una fiesta para los animales más rápidos de la pradera”, le dice la liebre a la hiena.

Y agrega: “Me imagino que ya te habrán invitado…”

El primer movimiento del parásito consiste en llamar tu atención. Tú estás ocupado en gratas tareas –o no tan gratas– y escuchas esa voz en la cabeza que dice “algo”.

Ese primer “algo” es muy significativo, ya que el primer truco del parásito suele ser instalar una información falsa en nuestra mente. Es la piedra fundacional de su juego.

Una falsa información se puede generar de muchas maneras. Algunas están ligadas al instinto de supervivencia, como por ejemplo, cuando asumimos que unas sombras en el patio indican la presencia de intrusos tratando de ingresar a nuestra casa, y luego verificamos que fue un error. La consecuencia no habrá pasado de un susto.

Otras veces, la falsa información puede tener consecuencias mucho más serias, cuando asumimos, por ejemplo, que “están despidiendo a todo el personal” y empezamos un doloroso recorrido de pensamientos negativos.

Lo cierto es que cualquier lectura superficial de la realidad brinda información falsa, ya que es muy difícil alcanzar la perspectiva total en una primera mirada, pero en nuestra acelerada vida actual, se nos ha obligado a sacar conclusiones rápidas a partir de un puñado de datos, se nos urge a resolver situaciones sin demasiada reflexión. Este culto a la inmediatez tiene un costo.

Un cliente que atendí hace unos años me comentaba al empezar cada sesión conmigo: “Están preparando una reestructuración en la empresa donde trabajo… seguro habrá despidos… seguro estoy en la lista”. Cuando le preguntaba de dónde había sacado la idea, me contestaba: “lo escuché en un pasillo” o “hay movimientos raros”. Las noticias, finalmente, resultaron ser falsas, pero tuvo que pasar un año entero para que desaparecieran los rumores, y mientras tanto, el parásito mental de mi cliente disfrutó –a costa suya– de un festín de pensamientos negativos y emociones dolorosas. En vano. La cadena de temores y análisis mentales de su situación había sido disparada por información falsa.

Darle valor de realidad a ese pensamiento inicial disparador –falso o sin fundamentos– es lo que desencadena el proceso posterior.

Recuerda esto:

Somos nosotros los que nos disponemos –o no– para el juego del parásito. No hay nada de inocencia en el hecho de caer en la trampa, sólo falta de entrenamiento mental conciente. Tenemos la posibilidad de asumir el comando de nuestra mente todo el tiempo.

Una manera sencilla y eficiente de asumir ese comando es interceptar esta primera mentira del parásito formulando mentalmente afirmaciones o frases de poder, como por ejemplo “Cancelo este pensamiento” o “No lo acepto”.

Si detienes este truco del parásito, te resultará más sencillo minimizar los efectos de las etapas siguientes. Respóndele a sus sugerencias con un “eso es sólo una suposición” o afirma “eso no me afectará a mí”. Utiliza el sentido del humor o dirige tu atención a otro asunto.

También puedes recordar en esos momentos que existe una verdad universal acerca de que “todo lo que nos sucede es en nuestro beneficio” y aplicar tus recursos mentales para tratar de obtener el mayor provecho de la situación en lugar de protegerte de un supuesto ataque.

Eres tú quien elige el contenido que permite en su mente.

Truco 2: Utilizar interpretaciones como decretos

La hiena no pensó en la fiesta hasta que llegó la liebre con su provocación, por eso cuenta la historia que andaba “tranquila y despreocupada”.

De haber sabido la verdad en ese momento (que la fiesta era sólo para animales con cuernos y no para los más rápidos de la pradera, como le dijo la liebre), tampoco se hubiese preocupado, porque ella no tiene cuernos, y que no la invitaran hubiera resultado de lo más normal.

Sin embargo, a la hiena no le preocupa que no ha sido invitada, lo que le preocupa es lo que eso implica con respecto a ella, a su valor, a sus cualidades, y sobre todo, la aprobación o no, de los demás.

“… a mi no me llegó ninguna invitación… (para la fiesta de los más rápidos)

Tal vez no sea tan rápida como creía…”

El parásito –al instalar la falsa información en nuestra mente– quita nuestra atención de los estados de bienestar o serenidad en los que estamos, para dirigirla a supuestos escenarios negativos, pero este movimiento no resultaría tan destructivo si nosotros no colaboráramos con él a partir del procedimiento terriblemente tóxico de la interpretación.

La hiena, al igual que nos sucede a nosotros, empieza a cuestionarse su capacidad en ciertos aspectos de su competitividad en el mundo y la opinión de otros acerca de ella. Comienza a dudar de su valor y sobre todo su pertenencia o no a ciertos círculos.

En el fondo, cuando entramos en estas interpretaciones, lo que genera temor es la aterradora posibilidad de no ser queridos, de ser excluidos, y por ende, privados del amor de los otros. La atención de las demás personas es el gran motor de la supervivencia humana, el instinto vital de todos los seres y por eso luchamos tanto por mantenerlo.

Sólo que en este caso, sobredimensionamos el riesgo. Nadie va a dejar de querernos porque no seamos tan rápidos como los demás…

…O tan jóvenes, o tan inteligentes, o tan lindos, o tan comunicativos, o tan talentosos…

Quedan expuestos así dos trucos clave del parásito para captar nuestra atención: la suposición y la interpretación. La primera consiste en afirmar algo acerca de la realidad como si fuera una verdad absoluta, cuando tan sólo es una posibilidad entre tantas, mientras que la segunda consiste en analizar de qué manera esa supuesta verdad nos afecta en lo personal.2

Esta secuencia puede volverse muy dolorosa para cualquier persona. He conocido mujeres muy inteligentes hundidas en cadenas interminables de suposiciones e interpretaciones nacidas de una lectura distorsionada de un mensaje de texto. He escuchado durante horas argumentaciones de mis clientes basadas en un correo electrónico mal redactado que confunde.

Como la hiena, esas personas se han dejado atrapar por los trucos del parásito.

Truco 3: Aplicar el pasado como dato

La hiena comenzó a pensar cosas tristes

…y a recordar otros momentos en los que había sido excluida.

Para continuar atrayendo tu atención hacia sí mismo y su versión de la realidad, el parásito tomará como recurso tu historia personal.

Nuestra historia personal es la serie de eventos pasados que están –en apariencia– relacionados con el tema que nos preocupa en determinado momento. Por ejemplo, si estamos enfrentando una decisión respecto a una cuestión económica, la historia personal es aquella serie de eventos vinculados con decisiones económicas en el pasado.

El parásito utiliza nuestra historia personal para dar sustento a sus versiones porque tampoco es absolutamente fidedigna, sino una construcción. La historia personal que recordamos no relata los hechos tal cual sucedieron y ni siquiera es completa, sino que es una selección de episodios.

¿No te ha sucedido alguna vez, con el paso de los años, que ciertas anécdotas van cambiando sensiblemente o que reparas en detalles esenciales –no considerados previamente– que cambian el sentido de lo ocurrido? Esto sucede así porque nuestra memoria es selectiva. El recuerdo de lo que pasó no es como una fotografía, o en todo caso, es como una fotografía muy distorsionada.

Aprovechando esta característica selectiva de la memoria como recurso, el parásito se ocupa de hacer llegar a nuestra conciencia presente sólo aquellos momentos que parecen confirmar su versión de los hechos. De esa forma, le da sustentabilidad a la visión de nosotros mismos que pretende imponer.

La historia personal suele estar compuesta por un conjunto de eventos aislados, pero nuestro parásito los conecta a través de un hilo común. Este hilo común suele ser una creencia desfavorable acerca de nosotros mismos, por ejemplo: que no somos capaces, que no tenemos suerte, que estamos atados por el destino al fracaso o a la desilusión.

Recuerdo el caso de una alumna que llegó a mí para buscar ayuda tras una serie de interminables casos de abandono por parte de sus parejas. Durante una hora me relató su pasado, haciendo frecuente mención a tal o cual de aquellos ex novios que la habían abandonado. En todo momento me pareció que algo en su historia sonaba demasiado vago, así que al finalizar la entrevista le indiqué un ejercicio para el próximo encuentro. Era algo simple: que escribiera una lista con los nombres de todas sus ex parejas y junto a cada nombre una breve descripción de la escena final de la separación.

Regresó estremecida por el resultado. Al intentar cumplir con la consigna había descubierto algo impactante: solamente en el primero de los casos podía describir la situación como de “abandono”. En el resto de los episodios de la lista había habido otras salidas: un civilizado común acuerdo para concluir una relación desgastada, oportunidades en donde había sido ella quien diera el portazo final o apartamientos sin demasiada claridad. Sin embargo, se había instalado en ella la “idea” de haber sufrido sucesivos abandonos y esto aparecía en sus diálogos mentales cada vez que asomaba la posibilidad de una nueva relación. Claramente, su parásito no deseaba que llegara a la causa real de su soledad, que era su inmenso temor a abrir su corazón y mostrarse auténticamente.

En nuestro cuento, la hiena recuerda otros momentos en los que ha sido excluida. Nunca sabremos si fue efectivamente excluida por alguien, pero eso tiene sin cuidado a la liebre, que sabe utilizar muy bien sus debilidades.

No estoy diciendo que nunca nos hayan sucedido cosas terribles. Por supuesto que hemos vivido situaciones desagradables. Pero el parásito mental tomará un par de casos y los exagerará, agrandará y multiplicará. Convertirá cuestiones resueltas en heridas abiertas, distorsionará recuerdos, dibujará anécdotas y aplicará cualquier clase de bizarro recurso para convencernos de que realmente, esto horrible que nos preocupa es lo que “siempre nos pasa”.

Paralelamente, el parásito es capaz también de disimular, soslayar, esconder o minimizar todos aquellos episodios que contradicen aquella idea, es decir, los eventos en donde hemos sido amados, asistidos, incluidos, contenidos, o que hemos salido exitosos y triunfantes. El recuerdo de cualquiera de estos episodios luminosos podría hacer peligrar la argumentación central, la de que no somos lo “suficientemente (atractivos, buenos, valiosos, etc.) para (tener éxito, formar pareja, ser prósperos, etc.)…”. Por lo tanto, el parásito debe hacer un esfuerzo extra para que no los tengamos presentes.

De todas maneras, es una lucha absurda, porque el pasado, en realidad, no existe.

Lo que sí existe es su efecto sobre nosotros.

Lo que pensamos acerca de lo que sucedió no es lo que sucedió, sino que es nuestra interpretación actual acerca de lo que sucedió y en ese sentido, se la puede modificar.

Naturalmente, lo que sucedió dejó rastros emocionales en nosotros, heridas en nuestro campo emocional, en nuestra energía, hasta en nuestra memoria celular, además de las consecuencias en nuestra vida actual. Sin embargo, las heridas pueden curarse, la energía puede recuperarse y la memoria traumática puede trascenderse. Existen técnicas que ayudan a reformular el pasado, traer de regreso la energía perdida, sellar las fugas y hasta cambiar la trayectoria de los eventos a través de experiencias de retro causalidad.

Por lo tanto, el pasado tampoco nos domina.

No estamos sometidos a un destino inexorable, como intenta hacernos creer la liebre. Tenemos el poder de crear nuestra experiencia de vida desde el presente, con las condiciones que a nosotros nos resulten atractivas o deseables.

Somos libres.

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Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
31 października 2024
Objętość:
201 str. 3 ilustracji
ISBN:
9789878720852
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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