Czytaj książkę: «El jugador»

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Fiódor Dostoyevski

El Jugador

e-artnow, 2021

EAN 4064066498207

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Fiódor Dostoyevski
El Jugador

Capítulo 1

Índice

Por fin estaba de regreso, después de dos semanas de ausencia.

Los nuestros llevaban ya tres días en Ruletenburg. Yo creía que me estarían aguardando como al Mesías; pero me equivocaba. El general, que me recibió indiferente, me habló con altanería y me envió a su hermana. Era evidente que, fuese como fuese, habían conseguido algún préstamo. Hasta me pareció que el general rehuía mis miradas.

María Philippovna, muy atareada, apenas si dijo unas palabras. Sin embargo, aceptó el dinero que le traía, lo contó y escuchó mi relato hasta el fin. Estaban invitados a comer Mezontsov, un francés y también un inglés. Desde luego, aquí, cuando se tiene dinero, se ofrece un gran banquete a los amigos. Costumbre moscovita.

Paulina Alexandrovna, al verme, me preguntó en seguida porqué había tardado tanto en volver, y sin esperar mi respuesta se retiró inmediatamente. Naturalmente que aquello lo hizo adrede. Pero era indispensable, sin embargo, tener una explicación. Tengo el corazón oprimido.

Me habían destinado una pequeña habitación en el quinto piso del hotel. Aquí todo el mundo sabe que pertenezco al séquito del general. Todos se dan aires de importancia, y al general se le considera como a un aristócrata ruso, muy rico.

Antes de la comida, el general tuvo tiempo de hacerme algunos encargos, entre ellos el de cambiar varios billetes de mil francos. Los cambié en el mostrador del hotel. Ahora, durante ocho días por lo menos, van a creernos millonarios.

Quería acompañar a Miguel y a Nadina de paseo; pero cuando estábamos ya en la escalera, el general me mandó llamar. Le parecía conveniente enterarse de a dónde llevaba yo a los niños. Es evidente que este hombre no puede mirarme con franqueza, cara a cara. El de buena gana lo querría, pero a cada tentativa suya le lanzó una mirada tan fija, es decir, tan poco respetuosa, que se desconcierta. Con frases grandilocuentes, retorcidas, de las que perdía el hilo, diome a entender que nuestro paseo debía tener lugar en el parque, lo más lejos posible del casino. Por último se enfadó, y bruscamente dijo: —¿Es que va usted a llevar a los niños a la ruleta? Perdóneme —añadió inmediatamente—; tengo entendido que usted es débil y capaz de dejarse arrastrar por el juego. En todo caso yo no soy, ni deseo ser su mentor; pero al menos, eso sí, tengo derecho a velar porque no me comprometa…

—Usted olvida, sin duda —respondí tranquilamente—, que carezco de dinero. Hace falta antes tenerlo para perderlo en el juego.

—Voy a dárselo —respondió el general, sonrojándose ligeramente.

Buscó por su mesa, consultó un cuaderno, y resultó que me debía unos ciento veinte rublos.

—¿Cómo lo arreglaremos? —dijo—. Hay que cambiarlos en talers… Pero aquí tiene cien talers… Lo demás, naturalmente no lo perderá.

Tomé el dinero sin pronunciar palabra.

—Supongo que no interpretará mal mis palabras. Usted es tan susceptible… Si le hice esta observación fue sólo como una advertencia y creo tener derecho…

Al volver antes de la comida, con los niños, me encontré en el camino con toda la partida. Iban a contemplar no sé qué ruinas. Se veían dos carruajes soberbios y dos caballos magníficos. La señorita Blanche ocupaba uno de los coches con María Philippovna y Paulina; el francés, el inglés y nuestro general, les daban escolta a caballo. Los transeúntes se detenían a contemplar el lúcido cortejo.

Producía un efecto estupendo, aunque al general no le hacía ninguna gracia. Yo calculaba que con los cuatro mil francos que les había traído, y lo que ellos, por lo visto, habían pedido prestado, tendrían ahora siete u ocho mil francos. Muy poco, evidentemente, para la señorita Blanche.

La señorita Blanche se hospedaba también en nuestro hotel en compañía de su padre.

Nuestro francés igualmente. Los lacayos y camareros llamaban a éste señor conde. A la madre de la señorita Blanche, señora condesa. Bueno, después de todo, tal fueran conde y condesa.

Ya suponía yo que el señor conde no me reconocería a la hora de sentarnos a la mesa. Por supuesto, el general no pensaba en presentarnos, o al menos en nombrarme, y el señor conde, que había vivido en Rusia, sabía perfectamente cuán insignificante es la personalidad de un outchitel, como allí nos llaman.

Pero me conoce perfectamente. A decir verdad, nadie me esperaba todavía. Según parece, el general se olvidó de dar órdenes, y de buena gana me habría enviado a comer a la mesa redonda.

Debí, pues, presentarme personalmente, lo que me valió una mirada furibunda del general. La buena de María Philippovna me designó inmediatamente un sitio, La presencia de Mr. Astley favoreció mis planes, y quieras que no, resulté formando parte de aquella sociedad.

Este inglés es un hombre estrafalario. Le conocí en Prusia, en el tren, donde íbamos sentados uno frente a otro, cuando yo iba a reunirme con los nuestros. Luego le encontré en la frontera francesa y finalmente en Suiza. Nos vimos dos veces en quince días… y ahora, de pronto, volvía a encontrármelo en Ruletenburg. Nunca en la vida he visto un hombre más tímido. Lo es en grado máximo y no lo ignora, pues no tiene un pelo de tonto. Es agradable, modesto, encantador. Cuando nuestro primer encuentro en Prusia, conseguí hacerle hablar. Me contó que el pasado verano había hecho un viaje al cabo Norte y que tenía grandes deseos de visitar la feria de Nijni-Novgorod.

Ignoró cómo haría amistad con el general. Creo que está locamente enamorado de Paulina. Al entrar ésta, púsose colorado como una amapola. Manifestó gran satisfacción de tenerme como vecino de mesa, y me consideraba ya como a uno de sus más íntimos amigos.

En la mesa, el francés se puso en evidencia por sus incorrecciones. Trataba a todo el mundo con altanería. En Moscú, por el contrario, si no recuerdo mal, procuraba pasar desapercibido. Habló mucho de hacienda y de política rusa. El general se permitió algunas veces contradecirle, aunque muy poco: lo imprescindible para dejar a salvo su prestigio.

Yo estaba de mal humor. No hay ni que decir que, antes de la mitad de la comida, me había formulado ya la eterna pregunta: “¿Porqué andaré ligado a este general y por qué no le habré abandonado desde hace largo tiempo?”

De cuando en cuando miraba furtivamente a Paulina Alexandrovna, la cual no me prestaba la menor atención. Finalmente la cólera se apoderó de mí y decidí estallar. Empecé por mezclarme en voz alta a la conversación. Deseaba, sobre todo, provocar una discusión con el francés. Dirigiéndome al general (creo, incluso, haberle interrumpido mientras hablaba), le hice notar que aquel verano los rusos no podían sentarse a comer en la mesa redonda. El general me asestó una mirada de asombro.

—A poco que uno se respete —continué—, se experimenta una gran molestia. En París, en el Rin, incluso en la misma Suiza, las mesas de los hoteles están hasta tal punto llenas de polacos y de sus buenos amigos los franceses que a un buen ruso no le es posible pronunciar una palabra.

Me expresaba en francés. El general me miraba fijamente, no sabiendo si debía enfadarse o sólo mostrar sorpresa por mi falta de tacto.

—Eso significa que alguien le ha dado a usted una lección —dijo el francés despectivamente.

—En París —respondile—tuve un altercado con un polaco, y luego con un oficial francés que salió en su defensa. Pero muchos de los franceses se pusieron de mi parte al oírme contar cómo casi escupí en el café de un Monseñor.

—¿Escupir? —preguntó con altivez el general y lanzó una mirada en torno de la mesa. El francés me miró con recelo.

—Así es —contesté—. Durante dos días supuse que vuestros asuntos me retendrían en Roma.

Fui a la Nunciatura para hacer visar mi pasaporte. Me recibió un cura bajito, delgado y glacial, que me rogó aguardase, en tono amable pero muy seco. Yo tenía prisa. Me senté, sin embargo, y sacando de mi bolsillo La Opinión Nacional empecé a leer un artículo insultante contra Rusia. Mientras leía pude oír cómo a través de la habitación contigua otra visita había sido introducida hasta la presencia de Monseñor.

Vi cómo el introductor se deshacía en reverencias. Repetí entonces mi petición y él me reiteró —mucho más secamente esta vez—que debía aguardar. Pasado un momento, un recién llegado, austríaco al parecer, fue igualmente conducido, sin hacerlo esperar, al primer piso. Muy molesto me dirigí al cura y le declaré, perentoriamente, que puesto que Monseñor recibía, podía perfectamente ocuparse de mi asunto. El cura retrocedió, asombrado. ¿Cómo un insignificante ruso osaba ponerse al nivel de los visitantes de Monseñor? De la manera más insolente del mundo, como si estuviese muy satisfecho de poderme humillar, me miró de cabeza a pies y exclamó: —¿Cree usted, pues, que Monseñor va a dejar su café para recibirle?

Fui entonces yo, quien, a mi vez, exclamé en voz mucho más alta que la suya: —¡Me tiene sin cuidado el café de vuestro Monseñor! ¡Escupiría en su taza! Si usted no resuelve inmediatamente el asunto de mi pasaporte, iré a verlo a él en persona.

—¡Cómo! ¡En el preciso momento que está hablando con un Cardenal! —exclamó el cura, retrocediendo asustado hacia la puerta y extendiendo los brazos como para hacerme comprender que estaba dispuesto a morir antes de dejarme pasar.

Le contesté que yo era ruso; por tanto, un bárbaro y hereje y que me tenían sin cuidado todos los arzobispos, cardenales, monseñores, etcétera. En una palabra, me mostré intratable.

El cura, con mirada llena de odio, me arrancó el pasaporte de las manos y se lo llevó. Al poco rato estaba visado. ¿Quieren ustedes verlo?

Saqué el pasaporte y mostré el visado pontificio.

—Permítame… —intentó decir el general.

—Hizo usted bien en declararse bárbaro y hereje —observó con sonrisa irónica el francés—. Fue un gran acierto suyo.

—¿Debería, pues, haber seguido el ejemplo de nuestros rusos, que no se atreven nunca a decir una palabra y están dispuestos a renegar de su nacionalidad? Les aseguro que en Paris, o por lo menos en mi hotel, me trataron con mayores miramientos desde que se enteraron de mi incidente con el cura. Un polaco gordo, el que me mostraba más hostilidad entre los huéspedes, quedó relegado a segundo plano.

Los franceses mismos incluso me dejaron relatar que hace unos dos años vi un individuo contra el cual, en 1812, había disparado un soldado francés por el simple placer de descargar su fusil. Era entonces aquel individuo un muchacho de diez años, cuya familia no había tenido tiempo de abandonar Moscú.

—¡Eso no es posible! —protestó el francés—. Los soldados franceses no disparan sobre los niños.

—Sin embargo, es la pura verdad —contesté—. Sé el hecho por un honorable capitán retirado digno de todos los respetos, y pude ver en la mejilla del niño la cicatriz de la herida.

El francés empezó a hablar con volubilidad. El general intentó defenderlo, pero yo le recomendé que leyese, por ejemplo, las Memorias del general Perovski, prisionero de los franceses en 1812. Finalmente, para cortar la discusión, María Philippovna abordó otro asunto. El general se mostró muy descontento conmigo, dado que el francés y yo habíamos llegado ya a disputar violentamente. Por el contrario, nuestra disputa pareció agradar a Mr. Astley, y al levantarse de la mesa, me invitó a beber un vaso de vino.

Por la noche, en el paseo, pude sostener con Paulina Alexandrovna una conversación de un cuarto de hora. Los otros se habían ido al casino a través del parque. Paulina se sentó en un banco, ante el surtidor, y permitió a Nadina que fuese a jugar no lejos de allí con sus amiguitas. Dejé también ir a Miguel y nos quedamos solos.

Naturalmente, en seguida hablamos de negocios. Paulina se molestó mucho al ver que no le entregaba más que setecientos florines. Estaba persuadida de que en París habría podido empeñar sus diamantes por dos mil florines o tal vez más.

—Necesito dinero a toda costa —declaró—, y he de encontrarlo; de lo contrario, estoy perdida.

Le pregunté qué había ocurrido durante mi ausencia.

—Nada absolutamente, salvo que hemos recibido dos nuevas noticias de Petersburgo. Que la “abuela” estaba gravemente enferma, y luego, dos días después, que había muerto. Recibimos ese último aviso por conducto de Timoteo Petrovitch, que pasa por ser muy veraz—añadió Paulina—. Esperamos ahora la confirmación definitiva.

—Así todo el mundo espera.

—Sí, todos. Desde hace seis meses ésta es la única esperanza.

—¿Y usted, también espera? —inquirí.

—Ha de tener en cuenta que yo no soy parienta; no soy más que la nuera del general. Sin embargo, me consta que no me olvidará en su testamento. Lo sé de muy buena fuente.

—Me parece que heredará usted una bonita suma —dije con aplomo.

—Sí, la pobre abuelita me quería mucho; pero, ¿por qué se figura usted eso?

—Y dígame —repliqué, preguntándole a mi vez—, ¿el marqués está también al corriente, según creo, de todos estos secretos de familia?

—¿Por qué le interesa a usted eso? —contestó Paulina lanzándome una mirada seca y dura.

—Si no me equivoco, el general ha encontrado ya el medio de pedirle prestado dinero.

—Es usted buen adivino.

—Así, vamos a ver; ¿cree usted que si hubiese ignorado el estado de la pobre babulinka hubiese abierto su bolsa? ¿No ha notado usted que, durante la comida, al referirse a la abuela, la ha llamado por tres veces babulinka? ¡Qué conmovedora familiaridad!

—Tiene usted razón. Cuando se entere de que yo también heredo, pedirá inmediatamente mi mano. ¿Era esto lo que deseaba saber?

—¡Cómo! ¿Todavía no lo ha hecho? Yo creía que ya la había pedido.

—¡Usted sabe perfectamente que no! —exclamó Paulina con enojo—¿Dónde encontró usted a ese inglés? —añadió tras unos instantes de silencio.

—Estaba seguro de que iba usted a hacerme esta pregunta.

Le conté entonces mis anteriores encuentros con Mr. Astley.

—Es tímido y fácilmente inflamable —añadí—, y, naturalmente, ya estará enamorado de usted.

—Sí, está enamorado de mi —confesó Paulina.

—Es diez veces más rico que el francés. ¿Tiene fortuna ese francés? ¿Es cosa segura?

—Absolutamente segura. Posee un château. Ayer mismo me lo confirmó el general. ¿No le basta?

—Yo, en lugar de usted, no dudaría en casarme con el inglés.

—¿Por qué? —inquirió Paulina.

—El francés es más buen mozo, pero peor persona. Además de su honradez, el inglés es diez veces más rico —dije.

—Sí, pero en cambio, además de su marquesado, el francés es más inteligente —objetó ella con la mayor tranquilidad.

—¿De veras? —pregunté en el mismo tono.

—Absolutamente de veras.

Mis preguntas no eran en modo alguno del agrado de Paulina. Comprendí, por el tono y la dureza de sus contestaciones, que deseaba irritarme; así se lo espeté en seguida.

—¡Qué quiere usted! Me encanta hacerle enfadar. Y además, por el hecho de tolerar sus preguntas y suposiciones, me debe usted una compensación.

—Si me concede el derecho de hacerle toda clase de preguntas—repliqué tranquilamente es porque estoy dispuesto a pagar cualquier compensación; con mi vida, si es preciso.

Paulina se echó a reír.

—La última vez que hicimos la ascensión al Schlangenberg dijo usted que estaba dispuesto a una señal mía, a precipitarse de cabeza desde la cima. Llegará un día en que haré esta señal, únicamente para ver cómo cumple usted su palabra. Le odio precisamente porque le he consentido demasiadas cosas, y todavía más porque necesito de usted. Pero como le necesito, debo, por ahora, tratarle bien.

Iba a levantarse. Su voz sonaba irritada. Desde hacía tiempo nuestras entrevistas terminaban siempre en exasperación, en animosidad; sí, ésa es la palabra: animosidad.

—Permítame una pregunta: ¿quién es la señorita Blanche?—inquirí, deseoso de no dejarla marchar sin haber llegado a una explicación.

—Usted mismo sabe perfectamente quién es la señorita Blanche. Ningún hecho nuevo ha ocurrido desde que usted se fue. La señorita Blanche será seguramente generala —desde luego en el caso de que el rumor de la muerte de la “abuela” se confirme—, pues la señorita Blanche, lo mismo que su madre y su primo el marqués… conocen nuestra ruina.

—¿Y el general está definitivamente prendado de ella?

—No se trata de eso ahora. Escúcheme bien. Aquí hay setecientos florines; tómelos y gáneme la mayor cantidad que pueda a la ruleta. Necesito dinero inmediatamente, sea como fuere.

Después de hablar así llamó a Nadina y fue a reunirse con los nuestros cerca del casino. En cuanto a mí, tomé el primer sendero, a la izquierda, y di rienda suelta a mi perplejidad.

Su orden de jugar a la ruleta me había producido el efecto de un golpe en la cabeza. Cosa extraña: entonces, que tenía tantos motivos de meditación, me absorbía en el análisis de los sentimientos que experimentaba respecto a Paulina. A decir verdad, durante esos quince días de ausencia tenía el corazón menos oprimido que en el día de regreso. Sin embargo, durante el viaje había sentido una angustia loca, desvariando constantemente y viéndola en todo instante como en sueños. Una vez —fue en Suiza—me dormí en el vagón y empecé a hablar, según parece, en voz alta con Paulina, lo que motivó las risas de mis compañeras de viaje.

Una vez más hoy me pregunto: “¿La amo?”, y una vez más no sé qué contestarme. O más bien por centésima vez me he contestado que la odiaba. Sí, me era odiosa. Hubo momentos —al terminar cada una de nuestras entrevistas—en que hubiese dado la mitad de mi vida por estrangularla. De haber sido posible hundirle un puñal en el pecho, creo que lo habría hecho con placer.

Y, sin embargo, palabra de honor, si en el Schlangenberg, en aquella cima de moda, me hubiera, efectivamente, dicho: “Tírese abajo de cabeza”, me habría lanzado inmediatamente, incluso con satisfacción.

Ya lo sabía yo. De un modo o de otro la crisis debía resolverse. Ella lo comprende perfectamente y la idea que tiene de que se me escapa, de que no puedo realizar mis caprichos, le causa, estoy seguro de no equivocarme, una satisfacción extraordinaria. ¿Podría, sino fuese así, tan prudente y avispada como es, mostrarse tan familiar, tan franca conmigo?

Tengo la impresión de que, hasta ahora, me ha considerado como aquella emperatriz de la antigüedad que se desnudaba delante de su esclavo por no considerarlo hombre. Sí, muchas veces ella no me ha tenido por hombre.

Sin embargo, me había confiado una misión: ganar a la ruleta, fuere como fuere.

No tenía tiempo para reflexionar el porqué ni en qué plazo era preciso ganar ni qué nuevas fantasías estarían germinando en aquella cabecita que constantemente calculaba. Además, durante aquellos quince días era evidente que habían ocurrido una multitud de nuevos hechos, de los que no me había dado todavía cuenta. Era menester averiguarlo, aclararlo todo lo más pronto posible. Pero, por lo pronto, no era cuestión de eso… Yo debía ir a jugar y ganar a la ruleta.

Capítulo 2

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Confieso que aquella misión me era desagradable. Aunque decidido a jugar, no pensaba empezar por cuenta ajena.

Me sentía incluso desconcertado y penetré de muy mal humor en la sala de juego. Nada de todo aquello me agradó a la primera ojeada. No puedo soportar el servilismo de los cronistas de todos los países, y especialmente de Rusia, que al comenzar la primavera celebran a coro dos cosas: primero, el esplendor y el lujo de las salas de juego en los balnearios del Rin, y luego los montones de oro, que, según afirman, cubren las mesas. No se les paga por hacer estas descripciones, que sólo están inspiradas en una complacencia desinteresada.

En realidad, aquellas tristes salas están desprovistas de esplendor, y, en lo que se refiere al oro, no solamente no está amontonado sobre las mesas, sino que se le ve muy poco.

Sin duda, durante la temporada llega de pronto algún ser extravagante, algún inglés o algún asiático o turco, como ha ocurrido este verano, que gana o pierde sumas considerables. Los demás jugadores no arriesgan, en general, sino pequeñas cantidades, y, regularmente, hay poco dinero sobre el tapete verde.

Cuando, por primera vez en mi vida, puse los pies en la sala, permanecí algún tiempo dudando antes de jugar. Además, la gente paralizaba mis movimientos. Pero aunque hubiese estado solo habría ocurrido exactamente lo mismo. Creo que, en vez de jugar, quizá me habría salido en seguida. Lo confieso: el corazón me latía con violencia y no estaba tranquilo. Desde hacía tiempo estaba persuadido de que no saldría de Ruletenburg sin una aventura, sin que algo radical y definitivo se mezclase fatalmente a mi destino. Así debe ser y así será.

Por ridícula que pueda parecer una tal confianza en la ruleta me parece todavía mucho más risible la opinión vulgar que estima absurdo el esperar algo del juego. ¿Es que es peor el juego que cualquier otro medio de procurarse dinero, el comercio, por ejemplo? Verdad es que de cien individuos uno solamente gana, pero… ¿qué importa eso? En todo caso estaba decidido a observar primero y no acometer nada de importancia aquella noche. El resultado de esa primera sesión no podía ser más que fortuito e insignificante. Tal era mi convicción en aquellos momentos.

Además, era preciso estudiar el mecanismo del juego, pues, a pesar de las innumerables descripciones de la ruleta que había leído con avidez, nada comprendía acerca de ello. En primer lugar, todo me pareció sucio y repugnante. No hablo de la expresión ávida e inquieta de aquellos rostros que, por docenas, por centenares, asedian el tapete verde. No veo absolutamente nada sucio en el deseo de ganar de prisa la mayor cantidad posible. Siempre me ha parecido absurda la idea de un moralista rentista que al argumento de que “se jugaba flojo” contestó: “Tanto peor, puesto que se obedece entonces un deseo mezquino y se gana menos. “ Como si la avidez no fuese siempre igual, cualquiera que sea el objeto. Todo es relativo en este mundo.

Lo que es mezquino para Rothschild es opulento para mí, y en lo que se refiere al lucro y a la ganancia, no es solamente en la ruleta, sino en todas las cosas, donde los hombres procuran enriquecerse a costa del prójimo. Otra cosa es saber si el lucro y el provecho son viles en ellos mismos… Pero no se trata ahora de eso.

Como yo experimentaba en mí mismo un vivo deseo de ganar, esa ansia, ese pecado general si se quiere, me era familiar en el mismo momento de entrar en la sala. Nada tan encantador como no hacer ceremonias, como conducirse abiertamente y con desenfado. Además, ¿para qué censurarse a sí mismo? ¿No es la ocupación más vana e inconsiderada? Lo que no gustaba, a primera vista, en esa reunión de jugadores, era su modo respetuoso de proceder, la seriedad y la deferencia con que todos rodeaban el tapete verde. He aquí por qué existe una precisa demarcación entre el juego llamado de mal género y el que es permitido a un hombre correcto.

Hay dos clases de juego: uno para uso de caballeros; otro plebeyo, rastrero, propio para la plebe. La distinción se halla aquí bien expresada; pero en el fondo, ¡qué vileza hay en esta pasión!

Un caballero, por ejemplo, arriesga cinco o diez luises, raramente más —si es rico llegará hasta mil francos—, pero los arriesga por amor al juego sólo por placer. Se proporciona el placer de la ganancia o de la pérdida sin apasionarse por el lucro. Si la suerte le favorece tendrá una sonrisa de satisfacción, bromeará con su vecino, quizá se atreva a doblar de nuevo la postura, pero únicamente por curiosidad, para observar el caprichoso azar, para hacer cábalas; en ningún caso obedecerá al plebeyo deseo de ganar.

En una palabra, un “gentleman” no debe considerar el juego más que como un pasatiempo organizado con el único objeto de divertirle. No debe ni siquiera sospechar las trampas y los cálculos sobre los que está fundada la banca. Obraría muy delicadamente suponiendo que todos los demás jugadores, todas las gentes que le rodean y tiemblan por un florín, se componen de ricos caballeros, que, como él mismo, juegan únicamente para distraerse y divertirse.

Esta ignorancia completa de la realidad, esta credulidad inocente, serían, sin duda alguna, sumamente aristocráticas. He visto a algunas madres hacer avanzar a sus hijos, graciosas e inocentes criaturas de quince a dieciséis años, y entregarles algunas monedas de oro explicándoles las reglas del juego. La ingenua jovencita ganaba o perdía y se retiraba encantada, con la sonrisa en los labios.

Nuestro general se aproximó a la mesa con majestuoso aplomo. Un criado se apresuró a acercarle una silla, pero él ni se dio cuenta siquiera. Con una lentitud extrema sacó su monedero, retiró de él trescientos francos, los puso al color negro y ganó. No retiró la ganancia. El negro salió de nuevo. Dejó todavía su postura y cuando a la tercera vez fue el rojo el que salió, perdió mil doscientos francos de un golpe.

Se retiró impasible y sonriente.

Un francés, ante mis ojos, ganó primero, y luego perdió, sin la menor sombra de emoción, treinta mil francos. El verdadero “gentleman” no debe denotar emoción aunque pierda toda su fortuna. Debe hacer poco caso del dinero, como si fuese cosa que no mereciera la pena de fijar atención en él.

Evidentemente es muy aristocrático el fingir que se ignora la suciedad de esa chusma y del medio en que evoluciona. Algunas veces también resulta distinguido hacer lo contrario. Fijarse, observar los manejos de esa gentuza, examinarla incluso a través del monóculo, pero afectando que se contempla a esa multitud sórdida como una distracción, como una comedia destinada a divertir al espectador. Uno se puede mezclar a esa muchedumbre, pero entonces es preciso testimoniar con su actitud que se ha ido allí como un aficionado, sin tener nada de común con ella.

Aunque, después de todo, tampoco está bien eso de mirar con insistencia; sería también indigno de un caballero, pues este espectáculo no merece una atención persistente. No son muy numerosos, para un caballero, los espectáculos dignos de interés. Sin embargo, me parece que todo esto merecería una seria atención, sobre todo para el que no ha venido como simple espectador, sino para mezclarse sinceramente y de buena fe entre esa gentuza.

En lo que se refiere a mis convicciones morales íntimas, no pueden, naturalmente, encontrar sitio aquí.

He de manifestarlo así tan sólo para descargo de mi conciencia. Anotaré, sin embargo, que desde hace cierto tiempo experimento una viva repugnancia a aplicar a mis actos y pensamientos una autocrítica moral. Mi impulso es otro…

Por otra parte, yo estoy aquí observando y fijándome; estas notas y observaciones no tienen por objeto describir simplemente la ruleta. Me pongo al corriente para saber cómo habré de comportarme en lo sucesivo. He notado especialmente que, a menudo, resbala entre los jugadores de la primera fila una mano que se apropia de la postura ajena. Resulta de esto un altercado, con protestas y gritos. ¡E id a probar, con la ayuda de testigos, que se trata de vuestra postura! ¡Que os han levantado un muerto, como se dice en el argot del juego!

Al principio, todo aquel mecanismo me pareció un verdadero enigma. Adiviné confusamente que se hacían posturas en los números, en los pares e impares y en los colores. Decidí no arriesgar más que cien florines del dinero de Paulina Alexandrovna. La idea de que empezaba a jugar por cuenta ajena me desconcertaba. Era aquélla una sensación muy desagradable de la que tenía prisa de liberarme.

Parecíame que al comenzar por cuenta de Paulina aniquilaba mi propia suerte. ¿Es posible acercarse al tapete verde sin que la superstición se apodere en seguida de nosotros? Empecé por tomar cinco federicos, es decir, cincuenta florines, y los puse sobre el par. El disco empezó a girar y salió el trece.

Había perdido.

Presa de una sensación mórbida, únicamente para terminar cuanto antes, puse cinco florines al rojo. El rojo salió. Dejé los diez florines. El rojo se dio de nuevo. Hice nueva postura con el total. Salió también el rojo. En posesión de los cuarenta federicos coloqué veinte sobre los doce números del centro, sin saber lo que iba a resultar. Me pagaron el triple.

Los diez federicos del principio se elevaban ahora a ochenta.

Pero entonces una sensación desacostumbrada y extraña me causó tal malestar que decidí no repetir la postura.

Me parecía que, por mi propia cuenta, no habría jugado de aquel modo. Sin embargo, puse de nuevo los ochenta federicos sobre el par.

Esta vez salió el cuatro. Me entregaron ochenta federicos. Recogí los ciento sesenta y salí en busca de Paulina Alexandrovna.

Estaban todos paseando por el parque y no pude verla hasta después de cenar. Aquella vez el francés estaba ausente y el general se despachó a su gusto. Entre otras cosas juzgó oportuno hacerme observar de nuevo que no deseaba verme en la mesa de juego. Según él, se vería muy comprometido si yo sufría una pérdida importante.

—Pero aunque ganase usted mucho, me comprometería también—añadió gravemente—. Sin duda que no tengo derecho a dirigir su conducta, pero convenga usted mismo en que si…

No terminó, según su costumbre. Le repliqué en tono seco que, teniendo muy poco dinero, no podía distinguirme por mis pérdidas aunque me diese por jugar.

Al subir a mi habitación pude entregar a Paulina su ganancia y declararle que, en lo sucesivo, no jugaría más por cuenta de ella.

—¿Por qué? —preguntó alarmada.

—Porque quiero jugar para mí —contesté, mirándola con sorpresa—, y eso me lo impide.

—¿Así, persiste usted en creer que la ruleta es su única probabilidad de salvación? —me preguntó con tono zumbón.

Afirmé, con gran seriedad, que así lo creía. En lo que se refiere a mi seguridad de ganar a toda costa, siempre admití que ello sería ridículo. “Deseaba que me dejaran tranquilo. “ Paulina Alexandrovna insistió en repartir conmigo la ganancia de la jornada y me entregó ochenta federicos, es decir, ochocientos florines, proponiéndome continuar jugando con esta condición.

Me negué categóricamente y declaré que no podía seguir jugando por cuenta ajena, no por mala voluntad, sino porque estaba seguro de perder.

—Y sin embargo, por estúpido que esto parezca, yo no tengo otra esperanza que la ruleta —dijo ella, pensativa—. Por esta causa debe usted continuar jugando conmigo, a medias… y estoy segura de que lo hará.

Dicho esto, se alejó de mí sin querer escuchar mis objeciones.

Capítulo 3

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Ayer, sin embargo, Paulina no volvió a hablarme del juego. Evitó durante todo el día dirigirme la palabra.

Su modo anterior de conducirse conmigo no había cambiado.

Cuando nos encontramos sigue tratándome con absoluta indiferencia, a la que añade incluso un desdén hostil. No intenta, lo veo claramente, disimular su aversión hacia mí. Por otra parte, tampoco oculta que le soy necesario y que me tiene como reserva para otras ocasiones propicias.

Una relación extraña se ha establecido entre nosotros. No me lo explico, dada la arrogancia y el orgullo con que trata a todo el mundo.

Sabe, por ejemplo, que yo la amo con locura, y me permite, incluso, hablarle de mi pasión, francamente, sin trabas. No podía demostrarme mejor su desdén con este permiso: “Ya ves, hago tan poco caso de tus sentimientos, que todo lo que puedas decirme o experimentar me tiene absolutamente sin cuidado.”

Ya antes me hablaba mucho de sus asuntos, pero jamás con entera confianza. Por si eso fuera poco, en su desprecio hacia mí ponía refinamientos del siguiente género: sabiendo que me hallaba al corriente de tal o cual circunstancia de su vida, de una grave preocupación, por ejemplo, me contaba sólo una parte de los hechos si creía necesario utilizarme para sus fines, o para alguna combinación, como un esclavo. Pero si ignoraba todavía las consecuencias de los acontecimientos, si me veía compartir sus sufrimientos o sus inquietudes, no se dignaba jamás tranquilizarme con una explicación amable.

Como ella me confiaba a menudo misiones no solamente delicadas, sino peligrosas, estimo que debería haber sido más franca. Pero, ¡a qué inquietarse de mis sentimientos, por el hecho de que yo también me alarmase, y quizá me atormentase tres veces más que ella por sus preocupaciones y sus fracasos!

Yo conocía desde hacía tres semanas su intención de jugar a la ruleta. Me había incluso avisado de que yo debía jugar en su lugar, pues las conveniencias prohibían que ella lo hiciese. En el tono de sus palabras comprendía, entonces, que ella experimentaba una honda inquietud y no el simple deseo de ganar dinero. Poco le importa el dinero en sí. En eso hay un objetivo, circunstancias que puedo adivinar, pero que, hasta este momento, ignoro.

Naturalmente, la humillación y la esclavitud en que ella me tiene, me darían —se da a menudo el caso— la posibilidad de preguntarle a ella misma derechamente y sin ambages. Puesto que soy para ella un esclavo, que no merece consideración a sus ojos, no tiene que impresionarse por mi atrevida curiosidad. Pero aunque me permita que le dirija preguntas, no por eso me las contesta. Algunas veces ni siquiera me atiende. ¡Así estamos!

Ayer se habló mucho, entre nosotros, de un telegrama enviado a Petersburgo hace cuatro días y que no ha sido aún contestado. El general está visiblemente agitado y pensativo. Se trata, seguramente, de la abuela.

El francés también está desasosegado. Ayer, por ejemplo, tuvieron, después de la comida, una larga conversación. El francés afecta hacia nosotros un tono arrogante y despreocupado. Como dice el proverbio: “Dejad que pongan un pie en vuestra casa y pronto habrán puesto los cuatro. “ Con Paulina finge igualmente una indiferencia que bordea la grosería. Sin embargo, se une de buena gana a nuestros paseos familiares por el parque y a las excursiones a caballo por los alrededores.

Conozco desde hace tiempo algunas de las circunstancias que han puesto al francés en relación con el general. En Rusia proyectaban establecer, en sociedad, una fábrica. Ignoro si su proyecto ha fracasado o si hablan todavía de él.

Además, me he enterado, por casualidad, de una parte de un secreto de familia. El francés sacó efectivamente de apuros al general el año pasado, facilitándole treinta mil rublos para completar la suma que éste debía al Estado, cuando presentó la dimisión de su empleo. Naturalmente, el general se halla a merced suya, pero ahora, sobretodo ahora, es la señorita Blanche la que desempeña el principal papel en todo eso. Estoy seguro de no equivocarme.

¿Que quién es la señorita Blanche?

Aquí, entre nosotros, dicen que es una francesa distinguida, a la que acompaña su madre, una dama muy rica. Se sabe también que es una prima lejana de nuestro marqués. Parece ser que antes de mi viaje a París el francés y la señorita Blanche habían tenido relaciones mucho más ceremoniosas, vivían en un plan más reservado. Ahora su amistad y su parentesco se manifiestan de una manera más atrevida, más íntima. Quizá nuestros asuntos les parecen en tan mal estado que juzgan inútil hacer cumplidos y disimular. Noté anteayer que Mr. Astley hablaba con la señorita Blanche y su madre como si las conociera. Me parece también que el francés se había entrevistado con anterioridad con Mr. Astley.

Por otra parte, Mr. Astley es tan tímido, tan púdico, tan discreto, que verdaderamente se puede fiar de él. No sacará, seguramente, la ropa sucia. El francés apenas le saluda ni le mira, lo que quiere decir que no le teme.

Esto es todavía comprensible, pero ¿por qué la señorita Blanche tampoco le concede ninguna importancia?

Hay que tener en cuenta que el marqués se traicionó ayer diciendo durante la conversación, no sé con motivo de qué, que Mr. Astley era colosalmente rico y que él lo sabía. Era, pues, la ocasión para que la señorita Blanche le mirase.

En resumen, el general es presa de la mayor inquietud. ¡Se comprende la importancia que puede tener para él en estos momentos un telegrama anunciando la muerte de la abuela!

Aunque estaba seguro de que Paulina evitaba una entrevista conmigo, afecté un aire frío, indiferente.

Pensaba que iba a hablarme de un momento a otro. Para desquitarme, ayer y hoy he concentrado mi atención sobre la señorita Blanche. ¡Pobre general, está perdido! Dejarse dominar a los cincuenta y cinco años por una pasión tan ardiente… es, evidentemente, una desgracia. Añádase a eso su viudez, sus hijos, su ruina, sus deudas y, finalmente, la clase de mujer de que se ha enamorado. La señorita Blanche es elegante, pero tiene una de esas caras que infunden miedo.

No sé si comprenderán bien lo que quiero decir. Por mi parte siempre he temido a semejantes mujeres.

Debe tener unos veinticinco años. Es alta y bien formada, de hombros redondos, busto opulento, tez bronceada, cabellos negros muy abundantes, suficiente para dos peinados. Tiene los ojos negros, la esclerótica amarillenta, la mirada cínica, los dientes muy blancos; los labios siempre pintados. Sus piernas y sus manos son admirables. Su voz tiene un timbre de contralto enronquecida. Se ríe algunas veces a carcajadas, enseñando todos los dientes; pero generalmente su mirada es insistente y silenciosa, al menos en presencia de Paulina y de María Philippovna.

A propósito, una noticia inesperada. María Philippovna regresa a Rusia. La señorita Blanche me parece desprovista de instrucción; es una mujer de cortos alcances. Creo que en su vida no han faltado aventuras. Para decirlo todo, es muy posible que el marqués no sea pariente suyo y su madre pudiera muy bien ser una madre fingida. Pero está comprobado que en Berlín, que fue donde los encontramos, su madre y ella tenían buenas amistades. En lo que se refiere al marqués, aunque dudo en estos momentos que tenga tal título, el hecho es que pertenece a la buena sociedad, tanto entre nosotros como, por ejemplo, en Moscú o en Alemania. Esto es indudable. Me pregunto lo que es en Francia.

Se dice que posee un castillo.

Creía que pasarían muchas cosas durante esos quince días, pero, sin embargo, no sé aún de cierto si la señorita Blanche y el general han cambiado palabras decisivas.

En resumen, todo depende ahora de nuestra situación, es decir, de la mayor o menor cantidad de dinero que el general pueda ofrecerle. Si, por ejemplo, se afirmase que la abuela no había muerto, estoy seguro de que la señorita Blanche se apresuraría a desaparecer. Para mí mismo es un motivo de extrañeza y de risa el ver que me he vuelto tan entrometido. ¡Cómo me repugna todo eso! ¡Con qué placer lo abandonaría todo y a todos! Pero, ¿puedo alejarme de Paulina? ¿Puedo dejar de realizar el espionaje en torno de ella? El espionaje es seguramente una cosa vil, pero ¿a mí qué me importa?

Ayer y hoy, Mr. Astley ha excitado igualmente mi curiosidad. Sí. ¡Estoy persuadido de que está enamorado de Paulina! ¿Cuántas cosas puede expresar a veces la mirada de un hombre púdico, de una castidad enfermiza, precisamente en el momento en que este hombre preferiría hundirse debajo de tierra a manifestar sus sentimientos con una palabra o con una mirada? Es a la vez curioso y cómico.

Mr. Astley se encuentra con nosotros a menudo en el paseo. Se descubre y pasa muriéndose de ganas de acercarse a nosotros. Si se le invita, se apresura a rehusar. En los lugares donde nos sentamos, en el casino, en el concierto o delante de la fuente, no deja de pararse cerca de nosotros. Allí donde estemos —en el parque, en el bosque, en el Schlangenberg—basta mirar en torno nuestro para que, indefectiblemente, en el sendero vecino o detrás de una maleza, aparezca el inevitable Mr. Astley.

Creo que busca la ocasión para hablarme en privado. Esta mañana nos hemos encontrado y hemos cruzado dos o tres palabras. Habla casi siempre de un modo entrecortado. Antes de darme los buenos días comenzó por decir: —¡Ah, la señorita Blanche! ¡He visto muchas mujeres como ésa!

Se quedó luego callado, mirándome con aire significativo. Ignoro lo que intentaba expresar con eso, pues a mi pregunta “¿Qué quiere usted decir?”, se encogió de hombros con sonrisa maliciosa y añadió:

—Esto es así…

Y luego preguntó, de pronto:

—¿Le gustan las flores a la señorita Blanche?

—No lo sé —le contesté.

—¡Cómo! ¿Ignora usted esto? —exclamó con sorpresa.

—No, no sé nada —añadí riendo.

—¡Hum! Esto me da que pensar.

Hizo un movimiento con la cabeza y se alejó. Parecía muy satisfecho. Habíamos conversado en un francés bastante malo.

Capítulo 4

Índice

Hoy ha sido un día ridículo, escandaloso, incoherente.

Son las once de la noche y me hallo en mi cuartito concentrando mis recuerdos. Comencé la mañana yendo a jugar a la ruleta por cuenta de Paulina Alexandrovna. Tomé sus ciento sesenta federicos, pero con dos condiciones: la primera, que no quería jugar a medias, y la segunda, que Paulina me explicara por qué tenía tal necesidad de ganar y me indicara, concretamente, la suma que le era necesaria.

Yo no podía suponer que ella quisiese jugar únicamente por el dinero. Con seguridad lo necesita, y lo más pronto posible, para fines que ignoro. Me prometió darme esa explicación y nos despedimos.

En las salas de juego había mucha gente. Se veían rostros cínicos en cuyos ojos se pintaba la avidez.

Me abrí paso hacia la mesa del centro y me senté cerca del croupier. Mis principios fueron tímidos, no arriesgaba más que dos o tres monedas cada vez. Sin embargo, hice diversas observaciones. Me parece que en el fondo todos esos cálculos sobre el juego no significan mucho y no tienen la importancia que les atribuyen muchos jugadores. Estos se hallan allí con papeles cubiertos de cifras, anotan cuidadosamente las jugadas, cuentan, deducen las probabilidades. Después de haberlo calculado todo se deciden por fin a jugar… y pierden, exactamente lo mismo que aquellos que como yo, simples mortales, juegan al azar.

He hecho, sin embargo, un descubrimiento que parece cierto: en la sucesión de las probabilidades fortuitas hay no un sistema, sino algo parecido a un orden… Lo que, sin duda, es extraño.

Por ejemplo, que los doce últimos números salen después que los doce del centro, supongamos dos veces. Luego vienen los doce primeros, a los cuales siguen de nuevo los doce del centro, que salen tres o cuatro veces alineados. Después de esto vienen los doce últimos, lo más a menudo dos veces. Luego son los doce primeros, que no se dan más que una. De este modo la suerte designa tres veces los doce del centro, y así seguidamente durante una hora y media o dos horas. ¿No es curioso esto?

Tal día, una tarde por ejemplo, ocurre que el negro alterna continuamente con el rojo. Esto cambia a cada instante, de forma que cada uno de los dos colores no sale más que dos o tres veces seguidas. Al día siguiente, o a la misma tarde, el rojo sale solo, jugada tras jugada, por ejemplo, hasta veintidós veces seguidas, y continúa, así, infaliblemente, durante algún tiempo. Algunas veces un día entero.

Muchas de estas observaciones me han sido comunicadas por Mr. Astley, que permanece a todas horas junto al tapete verde, pero sin jugar ni una sola vez. Por lo que a mí se refiere, perdí todo mi dinero en muy poco tiempo. Primero puse veinte federicos al par y gané. Los puse de nuevo y volví a ganar. Y así dos o tres veces seguidas. Salvo error, reuní en algunos minutos unos cuatrocientos federicos.

Era el momento de marcharse, pero una ansia extraña se apoderó de mí. Experimentaba una especie de deseo de desafiar a la suerte, de hacerle burla, de sacarle la lengua. Arriesgué la mayor postura permitida, cuatro mil florines, y perdí. Luego, poseído por la exaltación, saqué todo el dinero que me quedaba; hice la misma postura y perdí del mismo modo.

Salí de la sala como aturdido. No podía comprender lo que me pasaba y no anuncié mi pérdida a Paulina Alexandrovna hasta el momento antes de cenar. Hasta esa hora había vagado por el parque.

Durante la comida me sentí de nuevo excitado, exactamente igual que dos días antes. El francés y la señorita Blanche comían con nosotros. Esta última se hallaba por la mañana en el casino y había presenciado mis proezas. Esta vez se fijó más en mí.

El francés procedió más francamente y me preguntó “si había perdido todo mi dinero particular”. Tuve la impresión de que sospechaba de Paulina. Mentí y dije que si, el mío…

El general no salía de su asombro. ¿De dónde había sacado yo aquella suma? Le expliqué que había empezado con diez federicos y que al doblar mi postura seis o siete veces había llegado a ganar cinco o seis mil florines, y que luego en dos jugadas me quedé sin un céntimo.

Todo lo cual era verosímil. Al dar estas explicaciones miraba a Paulina, pero no pude leer nada en su rostro.

Me había dejado hablar sin interrumpirme, de lo que deduje que era necesario mentir y disimular que había jugado por ella. En todo caso, pensaba yo, me debe la explicación que me ha prometido esta mañana.

Esperaba que el general hiciese algún comentario, pero guardó silencio. En cambio, tenía un aire agitado e inquieto. Quizás, en la situación en que se hallaba, le era penoso saber que todo ese oro había estado en poder de un imbécil atolondrado como yo.

Presumo que hubo ayer noche una discusión borrascosa con el francés. Estuvieron encerrados mucho tiempo, hablando acaloradamente. Al salir, el francés parecía estar furibundo, y esta mañana, muy temprano, ha visitado de nuevo al general, sin duda para reanudar la conversación de la víspera.

Al enterarse de mis pérdidas el francés me hizo observar, con malicia, que era preciso ser más prudente.

—Aun cuando hay numerosos jugadores entre los rusos —añadió no sé con qué intención—los rusos no me parecen capaces para el juego.

—Pues yo —repliqué—estimo que la ruleta no ha sido inventada nada más que para los rusos.

Como el francés sonreía desdeñosamente, le dije que la verdad estaba de mi parte. Al aludir a los rusos como jugadores, les censuraba más bien que alababa, y, por lo tanto, se me podía creer.

—¿En qué funda usted su opinión? —preguntó el francés.

—En el hecho de que la facultad de adquirir constituye, a través de la historia, uno de los principales puntos del catecismo de las virtudes occidentales. Rusia, por el contrario, se muestra incapaz de adquirir capitales, más bien los dilapida a diestro y siniestro. Sin embargo, nosotros, los rusos, tenemos también necesidad de dinero —añadí—, y por consiguiente, recurrimos con placer a procedimientos tales como la ruleta, donde uno se puede enriquecer de pronto, en unas horas, sin tomarse ningún trabajo.

Esto nos encanta, y como jugamos alocadamente… perdemos casi siempre.

—Eso es verdad… en parte —aprobó el francés con aire de suficiencia.

—No; eso no es verdad, y debería sentirse avergonzado de hablar así de nuestros compatriotas —intervino el general con tono impresionante.

—Permítame —le respondí—, se puede discutir qué es más vil: la extravagancia rusa o el procedimiento germánico de amasar fortunas con el sudor de la frente.

—¡Qué idea tan absurda! —exclamó el general.

—¡Qué idea tan rusa! —exclamó el francés.

Yo reía y me moría de ganas de hacerles rabiar.

—Preferiría mucho más permanecer toda mi vida en una tienda de kirguises —exclamé— que adorar al ídolo alemán.

—¿Qué ídolo? —exclamó el general poseído por la cólera.

—La capacidad alemana de enriquecerse. Estoy aquí desde hace poco tiempo y, sin embargo, las observaciones que he tenido tiempo de hacer sublevan mi naturaleza tártara. ¡Vaya qué virtudes! Ayer recorrí unos diez kilómetros por las cercanías. Pues bien, es exactamente lo mismo que en los libros de moral, que en esos pequeños libros alemanes ilustrados; todas las casas tienen aquí su papá, su Vater, extraordinariamente virtuoso y honrado. De una honradez tal que uno no se atreve a dirigirse a ellos. Por la noche toda la familia lee obras instructivas. En torno de la casita se oye soplar el viento sobre los olmos y los castaños. El sol poniente dora el tejado donde se posa la cigüeña, espectáculo sumamente poético y conmovedor. Recuerdo que mi difunto padre nos leía por la noche, a mi madre y a mi, libros semejantes, también bajo los tilos de nuestro jardín… Puedo juzgar con conocimiento de causa. Pues bien, aquí cada familia se halla en la servidumbre, ciegamente sometida al Vater. Cuando el Vater ha reunido cierta suma, manifiesta la intención de transmitir a su hijo mayor su oficio o sus tierras. Con esa intención se le niega la dote a una hija que se condena al celibato. El hijo menor se ve obligado a buscar un empleo o a trabajar a destajo y sus ganancias van a engrosar el capital paterno. Sí, esto se practica aquí, estoy bien informado. Todo ello no tiene otro móvil que la honradez, una honradez llevada al último extremo, y el hijo menor se imagina que es por honradez por lo que se le explota. ¿No es esto un ideal, cuando la misma víctima se regocija de ser llevado al sacrificio? ¿Y después?, me preguntaréis. El hijo mayor no es más feliz. Tiene en alguna parte una Amalchen, la elegida de su corazón, pero no puede casarse con ella por hacerle falta una determinada suma de dinero. Ellos también esperan por no faltar a la virtud y van al sacrificio sonriendo. Las mejillas de Amalchen se ajan, la pobre muchacha se marchita. Finalmente, al cabo de veinte años, la fortuna se ha aumentado, los florines han sido honrada y virtuosamente adquiridos. Entonces el Vater bendice la unión de su hijo mayor de cuarenta años con Amalchen, joven muchacha de treinta y cinco años, con el pecho hundido y la nariz colorada… Con esta ocasión vierte lágrimas, predica la moral y exhala acaso el último suspiro. El hijo mayor se convierte a su vez en un virtuoso Vater y vuelta a empezar. Dentro de cincuenta o sesenta años el nieto del primer Vater realizará ya un gran capital y lo transmitirá a su hijo; éste al suyo y después de cinco o seis generaciones, aparece, en fin, el barón de Rothschild en persona, Hope y Compañía o sabe Dios quién… ¿No es ciertamente un espectáculo grandioso? He aquí el coronamiento de uno o dos siglos de trabajo, de perseverancia, de honradez, he aquí a dónde lleva la firmeza de carácter, la economía, la cigüeña sobre el tejado. ¿Qué más podéis pedir? Ya más alto que esto no hay nada, y esos ejemplos de virtud juzgan al mundo entero lanzando el anatema contra aquellos que no los siguen. Pues bien, prefiero más divertirme a la rusa o enriquecerme en la ruleta. No deseo ser Hope y Compañía… al cabo de cinco generaciones.

Tengo necesidad de dinero para mí mismo y no deseo vivir únicamente para ganar una fortuna.

Ya sé que he exagerado mucho, pero me alegro de que ésas sean mis convicciones.

—Ignoro si tendrá o no razón en lo que ha dicho —insinuó el general, pensativo—, pero el hecho es que usted es un charlatán insoportable cuando le aflojan la rienda…

Según su costumbre, no acabó la frase. Cuando nuestro general, aborda un tema que rebasa, por poco que sea, el nivel de una conversación corriente, no termina jamás sus frases.

El francés escuchaba tranquilamente, abriendo mucho los ojos. No había comprendido casi nada de lo que yo decía. Paulina afectaba una indiferencia desdeñosa. Parecía no enterarse de nuestra conversación de sobremesa.

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Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
11 października 2024
Objętość:
180 str.
ISBN:
4064066498207
Wydawca:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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