Czytaj książkę: «Nuestro maravilloso Dios»
Nuestro maravilloso Dios
Lecturas devocionales para adultos
Fernando Zabala

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Índice de contenido
Tapa
Presentación
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2 de enero
3 de enero
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Nuestro maravilloso Dios
Fernando Zabala
Dirección: Walter Steger
Diseño: Carlos Schefer
Ilustración de tapa: Shutterstock
Libro de edición argentina
IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina
Primera edición e - Book
MMXXI
Es propiedad. © 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-457-6
| Zabala, FernandoNuestro maravilloso Dios / Fernando Zabala / Dirigido por Walter Steger. - 1ª ed. - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo digital: OnlineISBN 978-987-798-457-61. Devocionario. I. Steger, Walter, dir. II. Título.CDD 242.2 |
Publicado el 22 de julio de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
Tel. (54-11) 5544-4848 (Opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)
E-mail: ventasweb@aces.com.ar
Web site: editorialaces.com
Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.
Presentación
Nuestro maravilloso Dios es una extraordinaria obra que abunda en relatos inspiradores de la vida real. Te hará recorrer cada día del año con las promesas del Señor para sus hijos. Presenta reflexiones sencillas que te llenarán de aliento para tus desafíos cotidianos. Los mensajes te recordarán el poder, el amor y las promesas del Señor de tal manera que, por radiante que sea el día, agradezcas a Dios; por sombrío que sea tu recorrido, dependas de él; por incierto que percibas tu futuro, confíes en sus maravillosas promesas.
Estas lecturas te recordarán que Dios está cerca de ti. Se complace en guiarte, fortalecerte y brindarte su perdón, para así prepararte para compartir con él la eternidad. Por lo tanto, cada día podrás recordar la gran verdad proclamada por el profeta Sofonías: “Porque el Señor tu Dios está en medio de ti como guerrero victorioso. Se deleitará en ti con gozo, te renovará con su amor, se alegrará por ti con cantos” (Sof. 3:17, NVI). Entonces, la vida cristiana no será solo una teoría, sino la participación práctica de Jesucristo en cada detalle de tus experiencias diarias.
1° de enero
“No miraré atrás”
“Nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:1, 2).
Primero la llamaron “La milla milagrosa”; luego, recibió el calificativo de “La milla del siglo”. Eso fue exactamente lo que resultó ser la competencia que enfrentó a los dos hombres más veloces del planeta en la carrera de una milla: Roger Bannister y John Landy.
El año, 1954. El lugar, Vancouver, Canadá. El escenario, los V Juegos de la Mancomunidad. Para ese entonces, los dos atletas habían logrado romper la barrera de los cuatro minutos, el récord para la distancia. ¿Quién de los dos prevalecería?
Cuando se dio la señal de partida, Landy salió al frente, como de costumbre. Bannister, lo seguía de cerca. Pronto los demás contendores quedaron lejos. Mientras tanto, en las gradas, una multitud de 35.000 fanáticos observaba, expectante.
Al entrar en el último cuarto de milla, Landy iba al frente. Cuando apenas faltaban unos ochenta metros para la meta, Landy escuchó un gran alboroto proveniente de la multitud. Eso podía significar solo una cosa: que Bannister se estaba acercando peligrosamente. Entonces, justo antes de la línea de llegada, Landy miró hacia atrás, a su izquierda. Quería asegurarse de la posición de su rival. En ese mismo instante, Bannister lo superó por el lado derecho, ¡justo cuando llegaban a la meta! Una estatua en Vancouver se erige hoy en recuerdo del dramático final.
El nuevo año ha comenzado. El mundo nos observa. ¿Cómo correremos “la carrera que tenemos por delante”? He aquí un plan con resultados garantizados.
Teniendo en cuenta:
Que no estamos solos en esta carrera, y que tenemos ante nosotros “tan grande nube de testigos”, los fieles hombres y mujeres que nos precedieron y que vencieron gracias a la sangre del Cordero.
Resolvemos:
1 Que nos despojaremos “de todo peso y del pecado que nos asedia”.
2 Que no miraremos hacia atrás; a menos que sea para recordar la manera en que Dios nos ha guiado hasta aquí.
3 Que correremos la carrera puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe.
Gracias, Padre celestial, porque estás, no solo al principio, sino también al final de nuestra carrera. Ayúdanos, en el año que comienza, a despojarnos de todo lo que deshonre tu santo Nombre. Por sobre todo, ayúdanos a mantener nuestros ojos fijos en Jesús. ¡Con él de nuestro lado, nuestra victoria está garantizada!
2 de enero
¡La misma vaca!
“He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz, ¿no la conoceréis?” (Isaías 43:19).
Un antiguo relato, que narra el pastor Robert H. Pierson, dice que hace años una locomotora se desplazaba por las praderas de la llanura central de los Estados Unidos, cuando tuvo que frenar bruscamente. De inmediato el conductor se bajó, resolvió el problema y regresó a su asiento, listo para seguir adelante con el viaje.
–¿Qué pasó? –le preguntó un pasajero al conductor.
–Una vaca estaba sobre los rieles.
En cuestión de segundos la locomotora continuó su pesado viaje. Por momentos todo marchó bien, hasta que nuevamente se oyó el chirrido de los frenos. Saltando rápidamente de su asiento, el conductor inspeccionó la situación y regresó a su puesto.
–¿Ahora qué pasó? –le preguntó el mismo pasajero–. ¿Otra vaca?
–No. ¡La misma vaca!
¿La moraleja? En opinión del pastor Pierson, “la misma vaca en los rieles” ilustra bien nuestra habitual tendencia a resistir el cambio. “En la obra de Dios, alrededor del mundo –escribe el pastor Pierson–, ‘la misma vaca’ está echada sobre los rieles bloqueando las ruedas del progreso” (How to Become a Successful Christian Leader, 1978). En otras palabras, para avanzar como iglesia, hemos de cambiar muchos de los mismos planes, las mismas estrategias, los mismos métodos, si queremos obtener mejores resultados.
Muy oportuna la observación del pastor Pierson. Al comenzar este nuevo año, ¿qué podemos hacer de modo que el mundo sepa del incomparable amor de un Dios que “ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna”? (Juan 3:16).
Y en un plano más personal, ¿qué cambios conviene introducir en nuestra vida de modo que no tropecemos vez tras vez “con la misma vaca”? ¿Qué cambios deberíamos introducir, por ejemplo, en nuestra vida familiar, de modo que pasemos más tiempo con nuestros seres queridos? ¿Cómo podríamos realizar nuestro trabajo diario para que sea más eficiente? Sobre todo, ¿qué cambios hemos de introducir en nuestro programa diario para tener más tiempo para la comunión con Dios?
Este es el primer día del resto de nuestra vida. ¿Qué tal si, comenzando hoy, imitamos más de cerca al Dios que hace nuevas todas las cosas?
Padre celestial, tú que “abres caminos en el desierto y ríos en la tierra estéril”, inspira en mí la frescura de nuevas ideas, nuevas resoluciones, nuevos planes, de un modo tan señalado que el resultado sea un reavivamiento y una reforma en mi vida.
3 de enero
El guion
“Si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).
De verdad, ¿quién recuerda los discursos de graduación? Esta pregunta vino a mi mente cuando leí un artículo en el que la autora, Jill Morikone, relataba la experiencia que vivió mientras escuchaba, precisamente, un discurso de graduación del octavo grado (“What’s in Your Dash?”, Adventist Review, 10 de marzo de 2011).
Cuenta Jill que todo comenzó cuando el orador habló de lápidas de cementerio, y de las inscripciones que usualmente la gente graba en ellas. “Esto no es usual”, pensó ella. “Este orador debería hablar de abrigar sueños, de tener aspiraciones, de apuntar bien alto...”
Seguidamente, el orador concentró toda su atención en el guion de la lápida, ese signo de puntuación que separa la fecha de nacimiento y el del fallecimiento de la persona que ha muerto. Fue entonces cuando Jill captó el mensaje del orador: el guion, esa rayita aparentemente insignificante, representa todo cuanto ocurre entre el momento de nuestro nacimiento y el fin de nuestra vida. Lo que el orador quería lograr era que los jovencitos graduandos se preguntaran: “¿Cómo usaré mi tiempo? ¿Viviré de modo que al final se pueda decir que mi vida valió la pena?”
Cuenta Jill que el orador continuó su discurso por largo rato, pero ella no pudo seguir escuchándolo. No podía evitar preguntarse: “¿De qué hablará el guion en mi lápida cuando yo muera? ¿De qué está hablando ahora mismo: de egoísmo o dadivosidad, de rencores o perdón, de vicios o victoria?”
Mientras yo leía el artículo, me sucedió algo similar a lo que ocurrió con Jill mientras ella escuchaba el discurso. Mi mente se desconectó del artículo, y se concentró en mi persona: ¿De qué habla el guion de mi vida? ¿Qué dice en cuanto a la clase de esposo, de padre, de amigo, de cristiano que soy?
Y el guion de tu vida: ¿de qué habla? He aquí una buena noticia para comenzar este nuevo día –y también el nuevo año–: no importa lo que tu vida haya sido hasta este momento, el poder de Dios la puede cambiar. Si al mirar hacia atrás solo ves caídas y fracasos, recuerda que Dios tiene poder para hacer nuevas todas las cosas.
Una nueva página se escribirá hoy en tu vida. ¡Escríbela de modo que glorifique a Dios!
Gracias, Señor Jesús, porque tú puedes hacer nuevas todas las cosas. Cambia, Señor, mi corazón, de modo que hoy y siempre yo viva para glorificar tu santo nombre.
4 de enero
Sin premura ni demora
“Así me ha dicho el Señor: ‘Estaré tranquilo y miraré desde mi morada, como el calor que vibra ante la luz, como una nube de rocío en el calor de la cosecha’ ” (Isaías 18:4, RVA 2015).
Para entender nuestro texto de hoy, es necesario leer los capítulos 18 y 19 del libro de Isaías, donde el profeta anuncia los juicios de Dios sobre Etiopía y Egipto. Al parecer, los etíopes habían enviado embajadores a Judá para enfrentar con éxito al poderoso ejército asirio, pero Dios no aprobaba tal alianza. De hecho, estaba condenada al fracaso. ¿Por qué Judá buscaba el apoyo humano, por poderoso que pareciera, en vez de confiar en el Dios de sus padres?
El dilema de Judá es el mismo que tú y yo confrontamos cuando atravesamos una crisis y nos parece que la ayuda de Dios no llega. Mientras tanto, sentimos que el mundo se nos viene encima y clamamos: “¿Dónde estás, Señor, cuando más te necesito?”
En medio de la crisis, ¿qué mensaje envió Dios a su pueblo por medio de Isaías? “Porque así me ha dicho el Señor: ‘Voy a mantenerme quieto, pero desde mi mansión estaré observando’ ” (Isa. 18:4; RVC, énfasis añadido).
¡Qué interesante! Mientras nerviosamente las naciones formaban alianzas aquí y allá para enfrentar a los asirios, el Señor le dice a su pueblo, por medio del profeta, algo así como: “¡No confundan silencio con inactividad! Ahora los asirios prevalecen, pero oportunamente recibirán su justa retribución”. Ese día de retribución llegó para los asirios, ¡y en qué forma! (ver Isa. 37:21-29).
El mensaje de Dios por medio de Isaías es también relevante hoy. Nos recuerda que, aunque por momentos este mundo parezca fuera de control, Dios continúa siendo el Soberano del universo. No confundamos su silencio con indiferencia porque, al igual que “las estrellas en la vasta órbita de su derrotero señalado, los propósitos de Dios no conocen premura ni demora” (El Deseado de todas las gentes, p. 23).
Por otra parte, si ahora mismo estás padeciendo bajo el peso de tus cargas, recuerda que en el momento oportuno Aquel que pareció demorar cuando Lázaro enfermó gravemente, acudirá en tu ayuda, y al final te dará más de lo que alguna vez pudiste imaginar. Mientras tanto, ¡sigue confiando en Dios! Como bien lo dice el himno: “Nunca desmayes, que en el afán Dios cuidará de ti”.
Padre celestial, ¡cuán reconfortante es saber que tus propósitos no conocen premura ni demora! Ayúdame a creer hoy y siempre que, además de velar mis pisadas, también tus planes se cumplirán oportunamente en mi vida.
5 de enero
En las manos de Dios
“Se acercó Abraham y le dijo: ‘¿Destruirás también al justo con el impío? Quizá haya cincuenta justos dentro de la ciudad: ¿destruirás y no perdonarás a aquel lugar por amor a los cincuenta justos que estén dentro de él?’ ” (Génesis 18:23, 24).
¿Con quién conversaba Abraham cuando intercedió para que Sodoma no fuera destruida? Según la Escritura, ¡conversaba con Dios! Por eso, después de mencionar la posibilidad de que en la impía ciudad hubiera al menos cincuenta justos, Abraham lo llama “el Juez de toda la tierra” (Gén. 18:25). Y porque Abraham sabía que hablaba con el Señor, y además sabía de su gran misericordia, decidió interceder por la impía ciudad. “¿Habría en Sodoma al menos cincuenta justos?” “¿Cuarenta y cinco?” “¿Cuarenta?” Gradualmente fue bajando el número hasta llegar a diez (vers. 32). Y hasta diez llegó, pensando quizá que la misericordia de Dios no podría llegar más lejos.
¿Qué habría sucedido si Abraham no se hubiera detenido en diez? No lo sabemos, pero esto sí sabemos: de acuerdo con el relato, solo había un justo en Sodoma: su sobrino Lot, y Dios, en lugar de destruirlo con los impíos, lo libró. Y no solo lo libró a él, sino también a su esposa, y a sus dos hijas. ¡Así actúa “el Juez de toda la tierra”! ¡Ese es nuestro Señor y Dios; nuestro misericordioso Padre celestial!
Con temor reverente, Abraham se atrevió a interceder por la degradada ciudad, pensando quizá que, con su conducta, estaba ofendiendo a Dios. ¡Cuán equivocado estaba! De su experiencia, el patriarca aprendió de primera mano una preciosa lección que todos hemos de aprender: Dios “no quiere que nadie se pierda, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Ped. 3:9, RVA-2015). Si Abraham, estaba interesado en la salvación de los perdidos, ¡más interesado estaba Dios!
¿Estás intercediendo por la salvación de algún ser querido? ¿O por alguien que está viviendo perdidamente? Cualquiera que sea el caso, recuerda que si tu amor por esa persona es grande, ¡mucho más grande es el amor de Dios! Como bien lo señala William G. Johnsson, ¡el mejor antídoto contra la ansiedad consiste en dejar todo en las manos de Dios! “Su cónyuge, su hijo, su amigo, esa persona por quien se preocupa: déjalos en las manos de Dios. Si nosotros nos preocupamos por ellos, ¡cuánto más nuestro Padre celestial!” (Contemplemos su gloria, p. 108).
Padre celestial, dejo en tus manos a los seres que más amo en este mundo; oro para que los cuides, los bendigas, y los salves para la eternidad.
6 de enero
Primero destrucción, luego consagración
“La noche está avanzada y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas y vistámonos las armas de la luz” (Romanos 13:12).
¿Sabes a qué victoria se refiere el Antiguo Testamento cuando habla de “la matanza de Madián” (Isa. 10:26)?
“La matanza de Madián”, también conocida como “El día de Madián” (Isa. 9:4), se refiere a la batalla en la que Gedeón y sus trescientos hombres, armados con cántaros vacíos y teas encendidas (Jue. 7:16), prevalecieron sobre un ejército de 135.000 madianitas, fuertemente armados y con tantos camellos “como la arena que se acumula a la orilla del mar” (7:12). ¡Con razón se la recuerda como una de las páginas más gloriosas en la historia del pueblo de Dios!
Sin embargo, lo que poco se recuerda es la manera en que todo comenzó. Dos detalles significativos destacan. En primer lugar, el Ángel del Señor se le aparece a Gedeón y le encomienda una misión: “Ve con esta tu fuerza y salvarás a Israel de manos de los madianitas. ¿No te envío yo?” (6:14). En segundo lugar, le da una orden: “Derriba el altar de Baal que tiene tu padre; corta también la imagen de Asera que se halla junto a él” (vers. 25).
¿Ves la secuencia? Dios asignó a Gedeón una misión, la de liberar a su pueblo del yugo madianita; pero antes de cumplir con el encargo divino, Gedeón debía primero derribar el altar idolátrico a Baal. En otras palabras, para recibir la bendición de Dios, primero los ídolos debían ser destruidos.
¿No hay aquí una preciosa lección para todos nosotros, especialmente al comienzo de este nuevo año? No importa cuántas buenas resoluciones hayamos tomado para impulsar nuestro crecimiento espiritual, de nada nos servirán mientras estemos acariciando algún pecado, o mientras en nuestra vida haya ídolos que nos impidan hacer una entrega completa del corazón a Dios.
Ahora la segunda lección. Según el mensaje del Ángel, Gedeón no solo debía derribar el altar idolátrico a Baal, sino además, en su lugar debía edificar un altar al Señor (ver Jue. 6:26). El mensaje está claro: no es suficiente con destruir los ídolos de nuestra vida; ¡sobre sus ruinas hemos de levantar en nuestro corazón un altar al único y verdadero Dios! En otras palabras, primero destrucción, luego consagración.
¿Qué ídolos hay ahora mismo en nuestra vida que nos impiden consagrarnos completamente a Dios?
Santo Espíritu, dame poder para expulsar los ídolos que de manera clandestina se han instalado en mi corazón; y para consagrar mi vida al único y verdadero Dios.
7 de enero
¡Él!
“Por eso mismo padezco esto. Pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro de que él es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Timoteo 1:12 RVC).
Si por alguna razón olvidaras todo lo que has leído en la Biblia, excepto un versículo, ¿cuál te gustaría que fuera ese texto? Muy probablemente sería Juan 3:16. Pero ocurrió algo diferente hace muchos años, según el siguiente relato que cuenta el autor Samuel D. Gordon (Real Stories for the Soul, p. 202).
Es la historia de una dama cristiana que había logrado memorizar muchos textos de la Biblia, pero que comenzó a olvidarlos a medida que envejecía. Llegó el tiempo cuando los olvidó todos, excepto un versículo: “Por eso mismo padezco esto. Pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro de que él es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Tim. 1:12, RVC). Con el tiempo, la anciana también comenzó a olvidar ese pasaje, menos la parte final: “Él es poderoso para guardar mi depósito para aquel día”. Dice el relato que cuando estaba en su lecho de muerte, la viejecita ya no podía articular palabra alguna. Solo movía sus labios. Cuando sus familiares se inclinaron para saber qué intentaba decir, escucharon que repetía la misma palabra: “Él, él, él...”
Como dice Samuel Gordon, la ancianita había olvidado todo lo que sabía de la Biblia, excepto una palabra, ¡pero en esa sola palabra tenía toda la Biblia!
¡Muy bien dicho, Gordon! Tenía toda la Biblia porque Jesucristo es la estrella de Jacob (Núm. 24:17); el príncipe de paz (Isa. 9:6); el sol de justicia (Mal. 4:2); el Cordero de Dios (Juan 1:29); el pan de vida (Juan 6:35); la luz del mundo (Juan 8:12); el Buen Pastor (Juan 10:11); el camino, la verdad y la vida (Juan 14:6); el autor y consumador de nuestra fe (Heb. 12:2); el león de la tribu de Judá (Apoc. 5:5); el Rey de reyes y Señor de señores (Apoc. 19:16).
En otras palabras, tener a Jesús es poseerlo todo, ¡aunque nos falte todo! Razón tuvo Elena de White cuando escribió que Jesús es “el disipador de nuestras dudas, la prenda de todas nuestras esperanzas [...]. Es la melodía de nuestros himnos, la sombra de una gran roca en el desierto. Es el agua viva para el alma sedienta. Es nuestro refugio en la tempestad. Es nuestra justicia, nuestra santificación, nuestra redención” (Reflejemos a Jesús, p. 13).
¡Alabado sea Dios! ¿Se puede pedir más?
Gracias, Padre, porque en Jesús “habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad”. Sobre todo, gracias porque él es mi bendito Salvador.
8 de enero
Como espada de doble filo
“Ciertamente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos” (Hebreos 4:12, NVI).
La espada de la que habla nuestro texto de hoy es, por supuesto, “la espada del Espíritu [...] la palabra de Dios” (Efe. 6:17). Es la palabra que tiene poder no solo para llevar luz a lo más profundo del corazón humano, sino también para transformarlo, según la voluntad de Dios. Esto es precisamente lo que sucedió en la siguiente historia que nos cuenta H. M. S. Richards (The Promises of God, p. 31).
Un colportor vendía ejemplares del Nuevo Testamento en Tolón, Francia, a soldados que se embarcaban para luchar en la Guerra de Crimea. Entonces uno de ellos preguntó al colportor qué clase de libros vendía.
–Es la Palabra de Dios –respondió el colportor.
–Deme uno –dijo el soldado–. Sus páginas me servirán para encender mi pipa.
Cuenta Richards que, al oír estas palabras, el colportor se entristeció mucho, pero continuó con su obra de “echar su pan sobre las aguas”, con la confianza de que después de muchos días lo recogería. Un año más tarde, el colportor se encontraba trabajando en el centro de Francia cuando buscó alojamiento en una posada. Ahí supo que los dueños habían perdido un hijo en la Guerra de Crimea. El joven había sido gravemente herido, pero pudo regresar a su hogar, donde murió poco después.
–Nuestro consuelo es que murió en paz y gozoso –dijo la madre–. Todo gracias a un pequeño libro que, según él nos dijo, llevaba para todas partes.
–¿Puedo ver ese libro? –preguntó el colportor.
Era un ejemplar del Nuevo Testamento, con esta inscripción: “Recibido en Tolón [fecha]; despreciado, descuidado, leído, creído. Aquí encontré la salvación”. El lugar y la fecha coincidían. Además, al libro le faltaban las últimas veinte páginas. Se trataba del mismo joven, y del mismo libro. Las páginas que al principio el joven usó para encender su pipa, al final encendieron la luz de la esperanza en su corazón. “La espada del Espíritu” había penetrado hasta lo más profundo de su alma, trayendo paz y salvación.
He aquí una excelente resolución, ahora que el año es todavía joven.
RESUELVO: Que no dejaré pasar un día sin que la Palabra de Dios, que “es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos”, penetre hasta lo más profundo de mi vida, y transforme “los pensamientos y las intenciones de mi corazón”.
Dios, ilumina con la luz de tu Palabra mi ser entero, y haz de mí una nueva criatura, para tu gloria.
9 de enero
“Recuerda siempre quién eres”
“¿Qué concluiremos? ¿Vamos a persistir en el pecado, para que la gracia abunde?” (Romanos 6:1, NVI).
Nuestro texto de hoy da a entender que en la iglesia cristiana de Roma algunos estaban tergiversando las palabras del apóstol Pablo cuando expresó que, al abundar el pecado, sobreabundaba la gracia. ¿En qué consistía, básicamente, el argumento de esos críticos?
Su argumento consistía en que si la gracia de Dios era, en verdad, tan abundante a la hora de perdonar, ¿entonces qué había de malo en seguir pecando, para que su gracia los siguiera perdonando? Dicho en pocas palabras, “hagamos lo malo para que venga lo bueno” (Rom. 3:8, NVI).
¿Cómo respondió el apóstol a esta lógica de “persistir en el pecado para que la gracia abunde”? Diciendo, enfáticamente: “¡Claro que no! Nosotros ya hemos muerto respecto al pecado; ¿cómo, pues, podremos seguir viviendo en pecado?” (6:2, DHH).
¿Cuál es la implicación para nosotros, los que vivimos en el siglo XXI? John R. Stott responde muy bien esta pregunta cuando escribe que constantemente hemos de recordarnos a nosotros mismos quiénes somos y lo que significa haber entregado nuestra vida al Señor Jesús. “¿No sé acaso quién soy?”, pregunta Stott. “A lo cual he de responder: Sí sé quién soy: una nueva criatura en Cristo, y por la gracia de Dios viviré como lo que soy” (The Message of Romans, p. 187).
¡Ahí está! ¿Cómo puedo seguir viviendo en pecado si ya no soy lo que antes era? ¿Cómo puedo seguir con un estilo de vida caracterizado por el vicio, la lujuria y la mentira, después de todo lo que ocurrió en la Cruz del Calvario? ¡De ninguna manera!
El mismo Stott ilustra bien esta hermosa verdad al recordar un detalle relacionado con la muerte del Duque de Windsor el 28 de mayo de 1972. Cuenta Stott que ese día los medios de comunicación trasmitieron los pasajes más importantes de su vida. En uno de ellos, aparecía él cuando, todavía siendo niño, recordaba las palabras de su padre, George V: “Mi padre era muy estricto. Cuando yo hacía algo malo, él me amonestaba diciendo: ‘Mi querido hijo, siempre debes recordar quién eres’ ” (ibíd.).
No encuentro mejor manera de comenzar este nuevo día que imaginando a nuestro amante Padre celestial diciéndonos desde su Trono: “Hijo mío, hija mía, recuerda hoy quién eres: un príncipe, una princesa, del Reino celestial”.
Oh, Padre celestial, ayúdame hoy a vivir como lo que soy: una nueva criatura en Cristo; un príncipe, una princesa, de tu Reino eterno.
10 de enero
“Y todo Israel con él”
“Cuando Roboam consolidó el reino, dejó la ley de Jehová, y todo Israel con él” (2 Crónicas 12:1).
Terco e insolente. Así es como se ha descrito al rey Roboam. Y parece muy acertada su descripción del hijo de Salomón y Naama, la amonita (1 Rey. 14:21).
Esos indeseables rasgos de carácter puso de manifiesto Roboam al inicio de su reinado, cuando tuvo la preciosa oportunidad de aliviar las cargas que Salomón su padre había impuesto sobre el pueblo. En esa ocasión, movido por el orgullo y encandilado por el deseo de ejercer su autoridad, prefirió ignorar el consejo de los ancianos para seguir el de los jóvenes príncipes que se habían criado con él. Y fue así que, en lugar de disminuir el yugo que su padre había impuesto sobre el pueblo, Roboam lo aumentó. El resultado fue la división del reino: dos tribus, las de Judá y Benjamín, quedaron bajo su mando, mientras que las otras diez formaron un gobierno separado bajo el mando de Jeroboam.
Sin embargo, el asunto no terminó ahí, porque Roboam, siguiendo el mal ejemplo de su padre, cometió el grave error de unirse a múltiples esposas (2 Crón. 11:21). Además, se aseguró de que sus hijos, esparcidos por todo el territorio de Judá y Benjamín, hicieran lo mismo (vers. 23). Esta fue una violación directa de la orden del Señor, en el sentido de que un rey no debía tener muchas mujeres, para que su corazón no se desviara (Deut. 17:17).
¿Cuál fue el resultado de sus extravíos? Nuestro versículo para hoy lo señala claramente: Roboam “dejó la ley de Jehová, y todo Israel con él”. Los efectos de su mal ejemplo no solo se sintieron dentro de su esfera familiar, sino también se extendieron por todo su reino: idolatría, sodomía y abominaciones similares a las que practicaban las naciones paganas que Dios había desechado (1 Rey. 14:24).
¡Cuán apropiadas, por lo tanto, resultan las palabras que leemos en el libro Profetas y reyes! “Nadie perece solo en su iniquidad […]. Conducimos a otros hacia arriba, a la felicidad y la vida inmortal, o hacia abajo, a la tristeza y la muerte eterna” (cap. 6, p. 69).
Por medio de tu influencia, ¿hacia dónde conduces a otros? ¿Hacia “arriba”, a la vida inmortal, o hacia “abajo”, a la muerte eterna?
Amado Padre celestial, capacítame para ser hoy una influencia positiva para las personas con las que me relacione, comenzando en mi propia familia. Sobre todo, ayúdame a vivir de manera tal que mi testimonio sea motivo de gloria y honra para tu nombre.
11 de enero
¿Qué es más difícil?
“Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes” (Santiago 4:6).
¿Qué es más difícil: la conversión de una persona que sabe que es mala o la de una que se cree buena?
Esta es una de esas preguntas que se pueden responder con otra pregunta. ¿Quién fue perdonado entre los dos hombres que fueron al Templo a orar: el fariseo, que daba gracias a Dios porque no era pecador como los demás, o el publicano, que ni siquiera se consideraba digno de levantar los ojos al Cielo porque se consideraba indigno? Según las palabras del Señor Jesús, fue el publicano quien “descendió a su casa justificado antes que el otro, porque cualquiera que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido” (Luc. 18:10).
¿Por qué Dios perdona al pecador convicto y confeso, mientras que pasa por alto los ruegos del fariseo? ¿No dice la parábola que este hombre vivía piadosamente? No robaba, no era infiel a su esposa, no cometía injusticias contra el prójimo... Además, ayunaba dos veces por semana y daba diezmos de todas sus ganancias. Sin embargo, salió del Templo sin la bendición de Dios. ¿Por qué?
Creo que Philip Yancey da en el clavo cuando escribe que para que la gracia de Dios sea efectiva, el pecador debe primero recibirla; pero para recibirla, sus manos deben estar vacías (What’s So Amazing about Grace, p. 180).* El publicano fue perdonado porque llegó al Templo “con las manos vacías”. Las manos del fariseo, en cambio, estaban llenas. ¿Cómo podía recibir la gracia de Dios, si sus manos ya estaban llenas de orgullo y de suficiencia propia?
Hay todavía una lección más en esta parábola, y es que ante Dios la humanidad no se divide en justos y pecadores. Solo hay pecadores: los pecadores que, como el publicano, reconocen su condición y piden misericordia; y los que, al igual que el fariseo, se creen justos y, por lo tanto, consideran que no necesitan arrepentirse.
¿Cómo están tus manos, al presentarte ante Dios? Antes de responder, quiero compartir contigo estas palabras: “La gracia es la mano de Dios que baja a la tierra. La fe es la mano del hombre que se extiende hacia arriba, para asir la mano de Dios” (Diccionario bíblico adventista del séptimo día, p. 501).
Ahora pregunto: para asir la mano de Dios, ¿no deberían nuestras manos estar abiertas y, además, vacías? ¿Entendemos ahora por qué el publicano fue perdonado, pero no así el fariseo?
Señor, ante ti estoy con mis manos abiertas. Por favor, límpialas de todo orgullo, y llénalas de tu perdón y de tu amor.
12 de enero
Dios de lo imposible
“El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo a Jehová: ‘Esperanza mía y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré’ ” (Salmo 91:1, 2).
María, una amiga a quien Sudha no había visto desde hacía 16 años, se presentó en su casa una noche y le pidió que cuidara de Tina, su hermana, quien había tratado de suicidarse. El problema se complicó para Sudha porque María nunca regresó por su hermana.
¿Qué hizo Sudha, entonces? No tenía ninguna experiencia sobre cómo manejar un caso tan delicado, y en su pueblo no había profesionales especializados. Así que, Sudha se limitó a orar por Tina, y a leerle porciones de las Escrituras. Poco a poco logró que comiera, y finalmente logró que hablara.
–Nunca debí haber nacido –fue lo primero que dijo Tina.
Su padre no la quería, porque siempre había deseado un hijo varón. Además de rechazarla, también la agredía física y emocionalmente. Para escapar de ese infierno, Tina se involucró en el mundo de las drogas.
Ahora le tocaba a Sudha inspirar en esta joven, de unos veinte años, el deseo de vivir. Un día logró convencerla de recibir ayuda psiquiátrica en otra ciudad. Para ello, viajaban unos setenta kilómetros, tres veces por semana. Pero cuando todo parecía marchar bien, Tina no quiso volver. La situación tocó fondo un día en que la encontró en la cocina de la casa bañada en gasolina con una caja de fósforos en su mano. Cuando Sudha logró persuadirla de que no se prendiera fuego, Tina gritó:
–¿Por qué no me dejas morir, tonta? ¡Esta es mi vida!
La luz al final del túnel brilló un día mientras Sudha leía en voz alta el Salmo 91. Para su sorpresa, Tina le pidió que lo leyera de nuevo. En poco tiempo, el Salmo 91 se convirtió en el caballo de batalla de Tina, al cual acudía cada vez que se sentía desfallecer en la lucha contra sus adicciones.
“Después de un año de intensa lucha”, escribió Sudha, “Tina logró la victoria sobre las drogas. En los dos años siguientes, ya hablaba de lo mucho que Jesús significaba en su vida”. Un año más tarde, había conseguido un trabajo estable.
¿Exagero si digo que nuestro Dios se especializa en casos imposibles; y que su Palabra es poderosa para traer esperanza a los corazones que están a punto de desfallecer?
Hoy te alabo, Señor, porque eres un Dios poderoso; porque te interesas personalmente en el bienestar del más pequeñito de tus hijos; y especialmente, porque también cuidas de mí.
13 de enero
¿Qué podría dar yo hoy?
“No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:6).
Los apóstoles Pedro y Juan habían ido al Templo a orar, como a las tres de la tarde. Ahí encontraron a un hombre que era cojo de nacimiento, de unos cuarenta años (Hech. 4:22), “que era llevado y dejado cada día a la puerta del Templo que se llama la Hermosa, para que pidiera limosna” (3:2). ¿Qué mejor lugar para pedir limosna?
Cuando el cojo vio a los apóstoles entrar al Templo, les pidió una limosna. Entonces, Pedro, mirándolo fijamente, le dijo: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”. ¿Qué ocurrió cuando el poderoso nombre de Jesús fue invocado? Dice la Escritura que “al instante [al hombre] se le afirmaron los pies y tobillos; y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el Templo, andando, saltando y alabando a Dios” (vers. 7, 8).
Ni siquiera en sus mejores sueños cruzó por la mente de este hombre lo que ese día ocurriría en el Templo. Fue a pedir limosnas, pero en lugar de unos pocos centavitos, ¡pudo caminar! Nunca había podido entrar en el Templo; al menos, no caminando. Pero eso fue lo primero que hizo, “andando, saltando y alabando a Dios”.
¿Quién podía culparlo de expresar así el gozo que inundaba su corazón?
Hay en este pasaje de la Escritura una preciosa lección. ¿No podían los apóstoles, al igual que otros, dar a este pobre mendigo algunas moneditas? Claro que podían, pero no lo hicieron porque tenían para él un don más grande, más valioso y más sublime que cualquier otro: el don de la salud, otorgado en el poderoso nombre de Jesús.
La implicación es clara: hay poder inconfundible, insospechable, incomparable, en el nombre de Jesucristo. Él no es un Redentor muerto. ¡Es un Salvador vivo! Como bien lo dijo Pedro ese día: él es el Santo y Justo (Hech. 3:14), el Autor de la vida (vers. 15), el Mesías de la profecía (vers. 18). Lo fue ayer, y lo será hoy y siempre.
¿Qué podrías dar tú hoy? ¿Qué podría dar yo?
Hoy es un excelente día para hablar a alguien del poderoso nombre de Jesús de Nazaret, y todo lo que eso significa.
Amado Jesús, no tengo oro ni plata, pero tengo tu amor en mi corazón. ¡Ayúdame a compartirlo hoy con quienes me rodeen!
14 de enero
¡Las cosas que hace Dios!
“El Señor le dijo a Samuel: ‘¿Cuánto tiempo vas a quedarte llorando por Saúl, si ya lo he rechazado como rey de Israel? Mejor llena de aceite tu cuerno, y ponte en camino. Voy a enviarte a Belén, a la casa de Isaí, pues he escogido como rey a uno de sus hijos’ ” (1 Samuel 16:1, NVI).
Nuestro texto de hoy nos introduce hacia uno de los pasajes más significativos de la Escritura. Dios ha desechado a Saúl y ordena al profeta Samuel ir a Belén, a casa de Isaí, porque de sus hijos escogerá al próximo rey.
¿Cuáles eran las posibilidades de que David resultara ser el elegido? Desde el punto de vista humano, muy pocas. Era el menor de los hermanos, en una cultura que otorgaba mucha importancia al orden de nacimiento de los hijos. Tampoco era el de mayor estatura. Eliab, en cambio, no solo era el mayor, sino además era el de mejor apariencia física. Tanto así que el mismo Samuel, al verlo, pensó: “Sin duda que este es el ungido del Señor” (1 Sam. 16:6, NVI). “Pero el Señor le dijo a Samuel: ‘No te dejes impresionar por su apariencia ni por su estatura, pues yo lo he rechazado. La gente se fija en las apariencias, pero yo me fijo en el corazón’ ” (vers. 7, NVI).
Fue así como uno tras otro desfilaron ante Samuel los hijos de Isaí, pero ninguno resultó ser el elegido de Dios. “Entonces dijo Samuel a Isaí: ‘¿Son estos todos tus hijos?’ Isaí respondió: ‘Queda aún el menor, que apacienta las ovejas’ ”.
La palabra hebrea haqqaton, usada para indicar que David era “el menor”, también podría sugerir la idea de “insignificante”, de “no importar mucho”. Sin embargo, fue precisamente David, el más joven, el menos impresionante, el que realizaba el trabajo más humilde, a quien Dios escogió para ser el siguiente rey de Israel. ¿No es esto maravilloso? Dios vio en David lo que nadie más vio. Vio los rasgos de carácter que un día lo convertirían en el más grande de los reyes de Israel.
¿Por qué es significativo este pasaje de la Escritura? Porque el mismo Dios que vio en David lo que nadie más vio, y lo escogió, también ha visto en ti los mejores atributos de tu carácter; y te ha escogido, no solo para reinar con él, sino además para que lo representes hoy dondequiera que estés.
¡Oh, las cosas que hace Dios!
Gracias, Padre amado, por ver en mí lo que nadie más vio; y por haberme elegido para reinar con Jesús por toda la eternidad.
15 de enero
¿Para quién trabajas?
“Que los hombres nos consideren como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1 Corintios 4:1, RVR 95).
¿Te has preguntado alguna vez de dónde obtuvo Moisés la paciencia necesaria para soportar las rebeldías del pueblo de Israel en su peregrinación por el desierto? La mejor respuesta que conozco la leí en un relato que narra Harold S. Kushner (Overcoming Life s Disappointments, p. 30).
Cuenta Kushner que un día se propuso visitar a varios miembros de su congregación que estaban hospitalizados. Cuando fue al hospital, solo pudo hablar con uno de ellos, pero lo único que esta persona hizo fue quejarse de sus dolores y culpar a Dios por sus achaques.
Desanimado por lo que consideraba una tarde perdida (había suspendido una salida familiar para ir al hospital), el rabino caminaba por los predios adyacentes al hospital cuando fue sorprendido por el saludo de un vigilante. El hombre estaba vigilando lo que parecía ser un edificio abandonado. Movido por la curiosidad, el rabino le preguntó por qué estaba vigilando un edificio en esa condición de abandono. El hombre le respondió que su trabajo consistía en asegurarse de que nadie robara las pocas cosas de valor que todavía quedaban. Entonces el vigilante, al ver al rabino vestido de traje y corbata en un domingo por la tarde, también sintió curiosidad.
–Y usted, ¿para quién trabaja?
Ya el rabino iba a responder, cuando cayó en cuenta de las implicaciones de la pregunta “¿Para quién trabaja usted?” Entonces, sacó de su billetera una tarjeta de presentación y, mientras la entregaba al vigilante, le dijo: “Amigo, aquí está mi número telefónico. Por favor, llámeme cada lunes en la mañana y pregúnteme: ‘¿Para quién trabaja usted?’ Prometo pagarle cinco dólares por cada llamada”. Según Kushner, este fue el secreto de Moisés: en medio de las pruebas más severas que un dirigente haya podido enfrentar, Moisés nunca olvidó que trabajaba para Dios; por lo tanto, nunca dudó de que la presencia de Dios siempre lo acompañaría.
Recuerda que trabajas para Dios. ¿Se te ha encomendado una obra especial de testificación en tu familia, en tu vecindario, en tu lugar de trabajo? Recuerda que trabajas para Dios. También recuerda que, sin importar las pruebas que tengas que enfrentar, es a Dios a quien sirves, y que él nunca te abandonará.
Padre, ayúdame a recordar hoy y siempre que no hay mayor honor en este mundo que ser un servidor del Señor Jesucristo.
16 de enero
Mis “25 centavos” de esfuerzo
“Mi Dios suplirá todo lo que les falte, conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19, RVC).
Todos los martes en la mañana el pastor Larry Yeagley les contaba una historia a los niños de la escuela de la iglesia. Uno de esos días, después de concluir el relato, ya se iba cuando se encontró en el pasillo con Cristina, una niña de primer grado, que estaba llorando por haber llegado tarde a la escuela.
–¡Me perdí la historia! ¡Me perdí la historia! –decía.
–No llores, Cristina –le dijo cariñosamente el pastor–. Hablaré con la maestra para que me permita contarte la historia solo a ti, mañana temprano.
A la mañana siguiente, ahí estaba Cristina, esperando. Entonces, con mucho amor, el pastor Yeagley le contó el mismo relato del día anterior. Al final, cuando el pastor se dirigía hacia su auto, la vocecita de la niña lo detuvo.
–Pastor, ¡espere! ¡Por favor, espere! –gritaba la niña, mientras corría hacia el pastor.
Cuando lo alcanzó, la niña colocó en manos del pastor una moneda de 25 centavos.
–Pastor, quiero que guarde esto para usted –le dijo.
Cuenta el pastor Yeagley que por momentos consideró la posibilidad de no aceptar la moneda. Ese era el dinero de su merienda, y probablemente todo lo que tenía. Pero el regalo era también la expresión de su corazón agradecido. ¿Cómo podría rechazarlo? Al final, lo aceptó, y de inmediato fue a la cafetería para pagar por la merienda de Cristina. “Siempre he conservado aquellos 25 centavos”, escribe Yeagley, “como recuerdo de mi sacrificada y agradecida amiguita” (La dádiva divina del perdón, p. 53).
Esos centavitos también nos recuerdan que, no importa cuán pequeños e insignificantes puedan parecer nuestros esfuerzos para agradar a nuestro Padre celestial, él los acepta como lo mejor que podemos hacer, y suple lo que falta, tal como lo declara nuestro texto de hoy y la siguiente cita de Elena de White:
“Cuando está en el corazón el deseo de obedecer a Dios, cuando se hacen esfuerzos con ese fin, Jesús acepta esa disposición y ese esfuerzo como el mejor servicio del hombre, y suple la deficiencia con sus propios méritos divinos” (Mensajes selectos, t. 1, p. 460).
Gracias, Jesucristo, porque aceptas mis “25 centavos” de esfuerzo para agradarte y obedecerte. Sobre todo, gracias porque suples mis deficiencias con tus propios méritos santos. ¿Qué puedo decir, si no que eres un maravilloso Salvador?
17 de enero
Seguir creyendo
“Mientras él [Jesús] aún hablaba, vinieron de casa del alto dignatario de la sinagoga, diciendo: ‘Tu hija ha muerto, ¿para qué molestas más al Maestro?’ ” (Marcos 5:35).
“Mientras haya vida, hay esperanza”, escribió Cicerón, el renombrado orador romano. Pero, de acuerdo con nuestro texto para hoy, la hija de Jairo, el jefe de la sinagoga, ya había muerto. ¿Para qué seguir importunando al Maestro? Temprano, ese mismo día, Jairo había salido en busca de Jesús y, al encontrarlo, de rodillas le había rogado que sanara a su niña, su hija única, de apenas doce años (Luc. 8:42). El solo hecho de pedir ayuda al Señor revela lo desesperado que Jairo estaba, porque para ese entonces ya los fariseos habían comenzado “a tramar con los herodianos cómo matar a Jesús” (Mar. 3:6, NVI). Se habían confabulado porque en sábado Jesús había sanado en la sinagoga a un hombre que tenía una mano paralizada (Mar. 3:1-6). ¡Y Jairo era, precisamente, un alto dignatario de una sinagoga!
Arriesgando su elevada posición en la comunidad, Jairo acudió a Jesús. Pero justo cuando Jesús se dirigía a casa de Jairo, lo detuvo el toque de una mujer que padecía de una hemorragia crónica (Mar. 5:25-34). No sabemos cuánto tiempo demoró el Señor atendiendo a la mujer enferma, pero en algún momento de esos preciosos minutos, la niña murió. ¿Y ahora qué podía hacer Jairo? Él había acudido a Jesús para que sanara a su niña enferma, no para que la resucitara.
–Tu hija ha muerto –dijeron los mensajeros.
Todavía repercuten en su mente esas palabras, cuando escucha la voz de Jesús:
–No temas, cree solamente –le dice el Señor.
Según se desprende del tiempo verbal en griego, lo que el Señor le dice es: “Sigue creyendo”. Ya Jairo había mostrado fe al acudir a Jesús, pero ahora debía seguir creyendo. Dice el relato que cuando llegaron a la casa de Jairo, Jesús “entró a donde estaba la niña, la tomó de la mano y le dijo: ‘Talita cum (que significa: Niña, a ti te digo, ¡levántate!)’ ”. Entonces “la niña se levantó en seguida [...] y todos se llenaron de asombro” (vers. 40-42, NVI).
¿Alguna lección para nosotros? ¡Por cierto que sí! Cuando a nuestro alrededor el mundo parezca desplomarse, todo lo que hemos de hacer es aferrarnos a las promesas de Dios.
Eso significa ¡seguir creyendo, a pesar de todas las evidencias en contra!
Querido Jesús, cuando todo a mi alrededor esté colapsando, y parezca que mis oraciones no tienen respuesta, ayúdame a seguir creyendo en tus preciosas promesas.
18 de enero
¿Contento en toda situación?
“He aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación” (Filipenses 4:11, RVR 60).
Cuando el apóstol Pablo insistió, en su carta a los filipenses que estuvieran siempre alegres, se encontraba encarcelado en una prisión romana. No porque hubiera cometido algún crimen, sino por haber predicado el nombre de Jesucristo (ver Fil. 1:12-14). ¿Cómo puede alguien que está injustamente recluido en prisión hablar de regocijarse y, más extraño aún, decir a otros que también se regocijen?
El hecho no es solamente que Pablo está en prisión, sino que está en peligro de ser condenado a muerte en cualquier momento. ¿Y él habla de alegrarse? Lo más interesante es que en la Epístola a los Filipenses el apóstol menciona palabras tales como “gozo” y “regocijarse” unas 16 veces. ¿De dónde saca el apóstol ese buen ánimo en circunstancias tan desfavorables?
He aquí su respuesta: “He aprendido a contentarme”, escribe Pablo, “cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:11-13).
Lo que Pablo está diciendo aquí es que, independientemente de cuál fuera su situación, “no era él quien tenía que hacer frente a las circunstancias, sino Cristo, que vivía en él” (Comentario bíblico adventista, t. 7, p. 183). Por eso habla de gozo, no de felicidad. Recordemos que la felicidad depende de circunstancias externas –dinero, fama, placeres–, que pueden desaparecer en un instante, mientras que el gozo que el apóstol experimentaba era producto del amor de Dios, que nadie le podía quitar.
¿Cómo logró el apóstol alcanzar este ideal? Dos palabras clave del texto anterior (Fil. 4:10-13) vienen en nuestro auxilio. Una es “aprender”. En medio de sus duras pruebas, Pablo aprendió a desarrollar la convicción de que bajo ninguna circunstancia Cristo lo dejaría solo. La otra palabra clave es “contentarse”. En el griego de entonces significaba “suficiencia propia”, pero Pablo aquí le da el sentido de “suficiencia en Cristo”. ¡Una gran diferencia!
Sea que al momento de leer estas líneas estés enfrentando duras pruebas, o que tu vida esté libre de luchas, recuerda que todo eso puede cambiar en un segundo. No así con el amor de Cristo. Eso nada ni nadie te lo puede quitar. Por lo tanto, cualquiera que sea tu situación, “regocíjate en el Señor”. ¡Todo lo puedes en Cristo que te da las fuerzas!
Padre celestial, cualquiera que sea mi situación hoy, quiero regocijarme en Jesús, mi Señor. Que en medio de mis pruebas yo pueda creer que todo lo puedo en Cristo, que me fortalece.
19 de enero
¿Quién está escribiendo tu agenda?
“Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios cambió todo para bien” (Génesis 50:20, RVC).
No se podría culpar a José, el hijo de Jacob, si durante años pensó que sus hermanos habían “escrito su agenda” al venderlo a una caravana de ismaelitas que iba rumbo a Egipto.
Por cuánto tiempo estos recuerdos hirieron el corazón de José, no lo sabemos, pero cabe imaginar que su mundo tuvo que haber sido muy pequeño; porque siempre es muy pequeño el mundo de quien se mueve solo dentro de los estrechos límites de sus circunstancias. Si solo vivo para lamentar lo malo que la gente me dice y me hace, si solo me muevo dentro del caprichoso ámbito de los dimes y diretes, al final otros terminarán escribiendo mi agenda.
No habían sido sus hermanos, sino los propósitos de Dios, los que habían llevado a José a Egipto. “Fue el plan de Dios”, escribió Elena de White, “que por medio de José fuera introducida en Egipto la religión de la Biblia. Este fiel testigo debía representar a Cristo en la corte de los reyes” (Desde el corazón, p. 262).
¿Cómo sabemos que José entendió que Egipto formaba parte del propósito de Dios? Porque eso fue lo que él mismo dijo a sus hermanos cuando les reveló su identidad: “Yo soy José, su hermano, el que ustedes vendieron a Egipto. Pero no se pongan tristes, ni lamenten el haberme vendido, porque Dios me envío aquí, delante de ustedes, para preservarles la vida” (Gén. 45:4, 5, RVC;). Y cuando dijo: “Fue Dios quien me envió”, pronunció una de las verdades más poderosas en la historia de la humanidad; a saber, que el propósito de nuestra vida no está en las manos de ningún poder terrenal –ya se trate de los gobernantes de las naciones, de los dirigentes de la comunidad o de los jefes en el trabajo–, sino en las manos del Dios soberano del universo.
Como bien lo expresa Walter Brueggemann, durante años la vida de José no fue más que la suma de sus pequeños temores, sus pequeños rencores y sus pequeños amores (The Threat of Life, p. 12). Hasta el glorioso día en que se vio a sí mismo como parte de un plan tan grande como el Dios de los cielos.
¿Es tu vida la simple suma de tus pequeños temores, tus pequeños rencores, tus pequeños amores? Por la gracia divina, muévete al siguiente nivel: el de los elevados propósitos de Dios para sus hijos en una hora como esta.
Santo Espíritu, capacítame para que, más allá de las pequeñeces del diario vivir, mis ojos puedan contemplar tu gran propósito para mi vida.
20 de enero
Número dos
“Es necesario que él crezca, y que yo disminuya” (Juan 3:30).
En una cultura como la nuestra, en la que casi se idolatra al ganador y se subestima al perdedor, ¿a quién podría agradarle ser el número dos, pudiendo ser el número uno? Por esta razón, siempre que pienso en el ejemplo de Juan el Bautista, no puedo evitar sentir una gran admiración hacia este héroe de la fe.
Según se desprende del relato bíblico, el ministerio de Juan el Bautista atrajo tantos seguidores que, en un momento dado, la gente llegó a preguntarse si él era el Cristo (ver Luc. 3:15). De hecho, de acuerdo con el libro El Deseado de todas las gentes, “la influencia del Bautista sobre la nación había sido mayor que la de sus gobernantes, sacerdotes o príncipes” (p. 150). ¿Podemos imaginar lo que habría ocurrido si Juan hubiera declarado ser el Mesías? Sin lugar a dudas, multitudes lo habrían seguido; pero los resultados habrían sido desastrosos.
Doy gracias a Dios porque Juan el Bautista sabía no solo quién era él, sino especialmente quién no era. Él sabía que no era el Cristo, sino uno enviado delante del Mesías para prepararle el camino (ver Juan 3:28, Mat. 3:3). Y también estaba consciente de que no era el Esposo, sino el amigo del Esposo (Juan 3:29). Y, precisamente porque sabía quién no era, pudo decir con referencia al Señor Jesucristo: “Es necesario que él crezca, y que yo disminuya” (Juan 3:30). ¡Esto es grandeza en su máxima expresión! La grandeza de un hombre que no tuvo problemas en ocupar el segundo lugar.
¿Quieres ser grande? Descubre cuál es tu lugar en la viña del Señor, y ocúpalo. Conoce cuál es tu misión, y cúmplela. Por sobre todo, cualquiera que sea la obra que realices, hazla fielmente y para la gloria de Dios, sin preocuparte por ser el número uno ante la vista de los demás. A fin de cuentas, ¿cuál es la razón de ser de nuestra vida: ser número uno o esforzarnos para que Cristo sea el número uno?
Haz de Cristo el centro y, al igual que el Bautista, serás llamado grande en el Reino de los cielos.
Padre celestial, ayúdame hoy y siempre a dar a Cristo el primer lugar, pues solo él es digno de honra y gloria. Además, destierra de mi corazón esa tendencia tan poderosa de querer ocupar siempre los primeros lugares, de esperar el aplauso y el reconocimiento de los demás. Al igual que Juan el Bautista, que mi mayor gozo sea cumplir mi obra de un modo tal que Cristo sea glorificado.
21 de enero
“El Salmo de Lutero”
“Estad quietos y conoced que yo soy Dios; seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra” (Salmo 46:10).
“El salmo de Lutero”. Así llaman algunos eruditos al Salmo 46, porque en él se basó el gran reformador para escribir su conocido himno “Castillo fuerte”.
De John Wesley se dice que, antes de morir, durante toda la noche repitió el versículo siete del Salmo 46: “¡Jehová de los ejércitos está con nosotros! ¡Nuestro refugio es el Dios de Jacob!” Y, según el libro Profetas y reyes, muchos siglos antes los israelitas cantaron este salmo cuando, en tiempos de Josafat, Dios los guio en una contundente victoria sobre los moabitas y los amonitas (cap. 15).
¿Qué hay en el Salmo 46 para que a este hayan acudido los creyentes en busca de seguridad a lo largo de las edades? Si lo lees desde su inicio, notarás que la primera imagen que transmite es de turbulencia: la tierra se agita, las aguas se turban y tiemblan los collados. ¿Dónde encontrar seguridad en medio de tanta agitación? El Salmo responde: “Dios es nuestro amparo y fortaleza” (vers. 1), “nuestro refugio es el Dios de Jacob” (vers. 7, 11). Por lo tanto, hemos de “estar quietos” y conocer al Dios que es digno de ser exaltado entre las naciones (vers. 10). Pero ¿cómo “estar quietos”, cuando alrededor hay tanta conmoción?
El caso es que la expresión “estar quietos” no significa aquí “cruzarse de brazos”, sin hacer otra cosa. Más bien quiere decir “desistir”, “dejar tranquilo”, “entregarse”. Lo que este Salmo nos está diciendo en nuestro texto de hoy es que en medio del caos reinante en el mundo y de lo agitada que pueda estar nuestra vida, hemos de permitir que Dios sea nuestro refugio. ¡Dejemos que sea nuestro Dios!
¿Hay conmoción en tu vida ahora mismo? La buena noticia es que el Dios poderoso, refugio en tiempo de angustia, es también un Dios personal, que quiere que lo conozcamos como el Padre amante que él es.
Esta es, por lo tanto, mi propuesta para ti: ¿Qué tal si, comenzando hoy, te propones en la quietud del amanecer, cuando todas las demás voces están acalladas, oír la voz de Dios hablando a tu corazón?
Dios de Jacob, gracias porque eres no solo mi refugio en tiempo de angustia, sino también mi Consejero y Amigo en tiempos de paz. Comenzando hoy, resuelvo tener un encuentro personal contigo en la quietud del amanecer. Quiero conocer más y más del Dios que es exaltado entre las naciones.
22 de enero
Perteneces a Dios
“¿Acaso no saben que su cuerpo es Templo del Espíritu Santo, quien está en ustedes y al que han recibido de parte de Dios? Ustedes no son sus propios dueños” (1 Corintios 6:19, NVI).
Uno de mis relatos favoritos de toda la Biblia tiene como protagonista al apóstol Pablo cuando navegaba rumbo a Italia para comparecer ante el César. Un centurión de nombre Julio representaba a la autoridad romana, y la nave trasportaba a unas 276 personas.
Según el relato de Lucas, la nave se desplazaba bajo una suave brisa, cuando repentinamente se desató un viento huracanado procedente de Creta. La tempestad embistió con tal fuerza a la nave que los marineros nada pudieron hacer, excepto dejarse arrastrar hacia donde los vientos los llevaran. Pasaron varios días sin que pudieran ver el sol ni las estrellas, y la situación se tornó tan crítica que en un momento dado tuvieron que arrojar al mar la carga, con el fin de aligerar la nave.
Ya habían pasado catorce días en medio del agitado mar, cuando el apóstol Pablo, poniéndose de pie, se dirigió a los descorazonados viajeros. ¿Qué les dijo, en un momento en el que toda esperanza de salvación se había extinguido?
“Ha estado conmigo el ángel del Dios de quien soy y a quien sirvo, y me ha dicho: ‘Pablo, no temas; es necesario que comparezcas ante César; además, Dios te ha concedido todos los que navegan contigo’. Por tanto, tened buen ánimo, porque yo confío en Dios que será así como se me ha dicho’ ” (Hech. 27:23-25).
“El Dios de quien soy y a quien sirvo”. ¡Qué declaración tan poderosa! Recordemos que Pablo era uno de los prisioneros a bordo. ¿Y qué dice este “prisionero”? Dice: “Soy de Dios y sirvo a Dios. Y ese Dios a quien obedecen los vientos me ha comunicado, por medio de su ángel, que ninguno de ustedes va a morir. Por lo tanto, ¡anímense!”
¿Sabes lo que más me gusta de este relato? Que tú y yo también podemos, en este instante, decir como Pablo: “Soy de Dios, y sirvo a Dios”.
Sea que sople la brisa fresca o que nos golpee la tempestad, pertenecemos a Dios por creación y por redención. Este es nuestro mayor privilegio. Un privilegio que ningún poder en esta Tierra nos puede arrebatar.
¿Se puede pedir más?
Padre, hoy te doy gracias porque te pertenezco, y porque es mi privilegio servirte. No importa cuán difíciles o desalentadoras parezcan las circunstancias que me rodeen hoy, que en todo momento yo pueda abrigar la convicción de que estás conmigo, y de que no hay en esta vida un privilegio que se compare con el gozo de servirte.
23 de enero
“¡Nunca me cansaré!”
“Oren también por mí para que, cuando hable, Dios me dé las palabras para dar a conocer con valor el misterio del evangelio, por el cual soy embajador en cadenas” (Efesios 6:19, 20, DHH).
Las palabras de nuestro texto de hoy fueron escritas por el apóstol Pablo mientras estaba preso en Roma, alrededor del año 62 d.C., siendo Nerón el emperador. ¿Qué pide el valiente guerrero a sus hermanos efesios? Les pide que oren por él; quiere recibir el poder de Dios, de modo que pueda proclamar valerosamente el nombre de Jesucristo.
¿No es esto asombroso? No pide que oren por su liberación; tampoco pide que oren para que mejoren las condiciones en el lugar donde está recluido. ¡Nada de eso! Pide a sus hermanos que oren para que él pueda proclamar el nombre de Cristo “sin ningún temor” (Efe. 6:20, RVC), como conviene a un “embajador en cadenas”. Lo que el apóstol está diciendo es que no había en este mundo circunstancia alguna que le pudiera impedir hablar de Cristo. ¡Porque en la misma cárcel improvisó un púlpito! Y desde ese púlpito improvisado dio a conocer “el misterio de la piedad” (1 Tim. 3:16). Los resultados no se hicieron esperar, como lo indican sus palabras a los filipenses: “Hermanos”, les dice, “quiero que sepan que, en realidad, lo que me ha pasado ha contribuido al avance del evangelio. Es más, se ha hecho evidente a toda la guardia del palacio y a todos los demás que estoy encadenado por causa de Cristo” (Fil. 1:12, 13, NVI). ¡Qué interesante! ¡Hasta los integrantes de la Guardia Imperial llegaron a saber de Cristo y de su plan de salvación!
Cuenta el pastor H. M. S. Richards que a un niño, de nombre Guillermo, lo hospitalizaron para extraerle un pedazo de hueso de un brazo. La operación fue todo un éxito, después de varios días el niño se recuperó. Antes de ser dado de alta, Guillermito pidió hablar con el médico que lo había operado.
–¿Querías hablar conmigo? –le preguntó el cirujano a Guillermito.
En lugar de responder, Guillermito alzó su brazo todo lo que pudo, hasta alcanzar el hombro del cirujano. Luego, con su rostro radiante de felicidad, dijo:
–Nunca me cansaré de hablarle de usted a mi mamá.
¡Así habla un corazón agradecido! Por esa razón el apóstol Pablo nunca se cansó de hablar de su Salvador, cualesquiera que fueran sus circunstancias. Y por esa misma razón yo también digo hoy: “Bendito Salvador, nunca me cansaré de hablar de ti”.
Amado Jesús, no importa dónde me encuentre, o cuáles sean mis circunstancias, nunca me cansaré de decir que siempre serás mi mayor tesoro.
24 de enero
Amor que libera y a la vez cautiva
“El amor de Cristo se ha apoderado de nosotros desde que comprendimos que uno murió por todos y que, por consiguiente, todos han muerto” (2 Corintios 5:14, DHH).
Cuenta Ty Gibson que, en una ocasión, él se encontraba viajando con su esposa Sue cuando Will, su hijo adolescente, decidió usar sin permiso el automóvil nuevo de la familia. Will no tenía licencia para conducir, y el automóvil no tenía seguro contra accidentes. Al parecer, Will había recibido el llamado de una amiga para “salvar” a un perro del ataque de un puerco espín. Con la desdicha de que chocó contra un árbol. Pérdida total. Y sin seguro.
Ahora le tocaba a Gibson y a Sue decidir cómo manejar la situación. Su primera reacción fue que Will pagara los daños, pero entonces experimentaron lo que ellos llaman “el dilema del amor”: ¿Absorber los daños y “liberar” al cautivo, o exigir el pago? Decidieron tomar el camino del perdón.
Cuando llegaron a casa, Will confesó su culpa, y les prometió pagar la deuda, aunque para ello tuviera que dejar sus estudios. Entonces Gibson lo interrumpió.
–Will, tu deuda es más grande que tú, pero no más grande que nosotros. Tu madre y yo estamos contentos de decirte que no nos debes absolutamente nada.
–¡De ninguna manera! –respondió Will–. ¡No pueden hacer eso!
–Claro que podemos, y ya lo hemos hecho –replicó Gibson.
Con lágrimas en sus ojos, el muchacho aceptó el perdón, y así fue liberado de su enorme deuda. Pero entonces ocurrió algo interesante: “Antes de saber que había sido perdonado”, escribe Gibson, “el sentido de culpabilidad impulsaba a Will a pagar una deuda impagable; pero ahora que el perdón lo había liberado de toda obligación, el sentido de gratitud lo impulsaba a restaurar el daño que nos había causado”. Fue así como, por gratitud, Will se las arregló para conseguir un trabajo durante el verano que le permitió comprar un automóvil a sus padres (Shades of Graces, p. 125).
¿Algún parecido con lo que Dios ha hecho por ti y por mí? Por nuestros pecados, adquirimos una deuda que era más grande que nosotros, pero no más grande que su amor. Por eso Dios, en lugar de darnos el castigo que merecíamos, entregó a su Hijo, y nos otorgó el perdón que no merecíamos. Ahora lo obedecemos por amor, al haber comprendido lo que ha hecho por nosotros.
Gracias, Jesús, porque tu amor es más grande que mi deuda de pecado. Ahora que estoy libre de culpa, quiero entregarte mi vida y servirte de todo corazón. ¡Es lo menos que puedo hacer!
25 de enero
Usa lo que tienes
“El sucesor de Aod fue Samgar hijo de Anat, quien derrotó a seiscientos filisteos con una vara para arrear bueyes. También él liberó a Israel” (Jueces 3:31, NVI).
Cuando Samgar salió de su casa para arrear la yunta de bueyes de su familia, nunca imaginó la magnitud del desafío que le tocaría enfrentar. Ese día, el hijo de Anat se enfrascó en una lucha desigual con los filisteos, y apenas con una aguijada de buey hirió a seiscientos enemigos del pueblo de Dios.
Una aguijada de bueyes es una “vara larga que en un extremo tiene una punta de hierro con que los boyeros pican a la yunta”. ¿A quién se le puede ocurrir enfrentar a un ejército con solo una vara? A Samgar. Su acción heroica liberó a Israel del yugo opresor y, de acuerdo con el Diccionario bíblico adventista, permitió que “los caminos, que habían estado bajo el control de los opresores, pudieran ser transitados libremente por los hebreos” (p. 1046).
El nombre de este desconocido personaje bíblico solamente se menciona en dos versículos (Juec. 3:31; 5:6), ¡pero qué lecciones tan valiosas nos enseña! La primera lección que salta a la vista es que cuando le llegó el llamado de Dios para liberar a su pueblo, Samgar estaba listo. No pidió pruebas ni señales, ni tampoco alegó ningún tipo de excusas para liberarse de la responsabilidad. Hizo lo que debía hacer, ¡y en qué forma!
La segunda lección no es menos importante. Samgar usó lo que tenía a la mano: “Una vara para arrear bueyes” (Juec. 3:31, NVI). Y con ella hirió a seiscientos filisteos. Aunque se trataba de un arma ordinaria, esa aguijada de bueyes logró más con la bendición de Dios de lo que sin la bendición de Dios logró la espada de Goliat (Matthew Henry’s Commentary in One Volume, p. 245).
No dudo en absoluto de que, ese día, fue el poder de Dios lo que permitió a Samgar lograr semejante proeza. Pero tampoco dudo de que ese día el poder de Dios se manifestó de manera tan portentosa en Israel porque encontró en Samgar un instrumento dispuesto e idóneo.
¿Puedes imaginar todo lo que Dios podría hacer si estuviéramos listos cada vez que él nos necesitara? ¿Todo lo bueno que sucedería si, al igual que Samgar, echáramos mano de los pocos o muchos recursos que Dios ha puesto en nuestras manos?
¿Qué tal si dejamos de quejarnos por lo que no tenemos, y comenzamos a usar los recursos que tenemos, con el poder de Dios, para la gloria de Dios?
Señor, no importa si mis talentos son poco o muchos, capacítame para usarlos hoy de un modo que glorifiquen tu nombre.
26 de enero
“Él se deleita en misericordia”
“¿Qué Dios hay como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en la misericordia” (Miqueas 7:18).
”¿Hay algún Dios como el nuestro?”, pregunta el profeta Miqueas. ¿Algún Dios para quien perdonar no sea una obligación, un simple trámite judicial, o parte de una rutina?
La pregunta de Miqueas se encuentra en la conclusión del libro que lleva su nombre, y cuán importante debió haber sido para él responderla. Por un lado, porque le recordaba el significado de su propio nombre (Miqueas significa “¿Quién se asemeja a Dios?”); por el otro, porque le recordaba al pueblo cuán ingrato habían sido al darle la espalda a un Dios compasivo “que se deleita en la misericordia”.
¿Puede haber mejor noticia para el pecador que saber que su caso será revisado no por un juez implacable, sino por un Dios misericordioso? Esta preciosa lección la encontramos en un antiguo relato que cuenta H. M. S. Richards (“The Promises of God”, Review and Herald, 2004, p. 207). Es la historia de un buen hombre que, en medio de una severa crisis espiritual, había acudido al pastor Alexander Whyte (1836-1921) en busca de ayuda.
–¿Tiene usted alguna palabra de ánimo para un viejo pecador? –preguntó el hombre.
El pedido sorprendió al Pr. Whyte, porque esta persona era muy activa en su iglesia, y había ayudado a mucha gente en necesidad. Entonces Whyte se le acercó y, poniendo la mano sobre su hombro, simplemente le dijo: “Dios se deleita en misericordia”.
Al día siguiente, el Pr. Whyte encontró una carta sobre su escritorio. Decía:
“Querido amigo, nunca dudaré de Cristo otra vez. Yo estaba al borde de la desesperación, pero esa palabra de Dios me consoló. Nunca más dudaré de él otra vez. [...]. Si el enemigo restriega mis pecados en mi rostro, le diré: ‘Todo eso es verdad, y ni siquiera son la mitad de todo lo que he hecho, pero yo he confiado mi vida a Uno que se deleita en misericordia’ ”.
Comencemos este nuevo día no recordando nuestros pecados –que son muchos–, sino las misericordias de Dios, ¡porque cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia!
“Debiéramos recordar siempre que todos somos mortales que cometemos errores, y que Cristo actúa con mucha misericordia hacia nuestras debilidades, y nos ama aunque erremos” (Testimonios para la iglesia, t. 1, p. 341).
Padre celestial, cuando pienso en lo mucho que te he fallado, y en lo mucho que me has perdonado, pregunto al igual que Miqueas: “¿Qué Dios como tú, que perdonas mis pecados y los sepultas en lo profundo del mar?”
27 de enero
Ver rostros
“Al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento” (Juan 9:1).
Una de mis historias favoritas de la Biblia es el relato de la curación del ciego de nacimiento, registrada en el capítulo 9 del Evangelio de Juan. Aunque parezca extraño, me gusta especialmente por la manera en que comienza el relato: “Al pasar Jesús vio a un ciego de nacimiento”.
¿Qué de especial tiene el hecho de que el Señor haya visto a este ciego? Lo especial es, precisamente, que Jesús lo haya visto; es decir, que se haya fijado en él. Es verdad que también la gente veía a este ciego cada día, ¿pero quién se fijaba en él?
Jesús vio en este hombre lo que los demás no veían: su rostro. Y en ese rostro pudo ver el dolor y el sufrimiento de un ser que era prácticamente invisible para la multitud. Este es uno de los atributos singulares de nuestro Señor: nadie es invisible para él. No importa cuán grande fuera la multitud, o cuán difíciles las circunstancias que lo rodearan, él siempre veía rostros; veía seres humanos; veía a hijos e hijas de Dios.
No hace mucho leí una experiencia que vivió el autor Mark Buchanan que ilustra bien este punto. Mark había sido invitado para que hablara a personas que estaban luchando con diferentes adicciones. Como pastor, él había planificado predicar un sermón apropiado para ese tipo de público y al final, como de costumbre, hacer una aplicación espiritual.
Cuenta Mark que, cuando llegó al salón, solo vio a un grupo de adictos al sexo, al alcohol, a las drogas... Entonces ocurrió algo que cambió radicalmente su percepción. El director del grupo pidió a cada persona que dijera su nombre y la razón por la cual estaba ahí. Cada uno dio su nombre y brevemente habló de sus luchas, de sus fracasos, de sus aspiraciones. Al instante, el cuadro cambió; en lugar de un grupo de adictos, Mark vio rostros, vio seres humanos con profundas necesidades. Entonces también cambió por completo el enfoque de su sermón. En lugar de hablar a un grupo de adictos, habló a personas, a hijos e hijas de Dios que desesperadamente estaban tratando de encontrar un punto de apoyo para su vida (Your God Is Too Safe, p. 156).
¿Qué vemos en nuestros familiares, en nuestros vecinos, en nuestros compañeros de trabajo? ¿Qué vemos en la gente que nos está haciendo la vida imposible? Que Dios nos ayude para ver en cada ser humano a un hijo, una hija, de Dios.
Padre amado, por medio de tu Santo Espíritu, capacítame para ver en cada ser humano un ser valioso por el cual Cristo sufrió y murió.
28 de enero
Lo que es adorar a Dios
“Dad a Jehová la gloria debida a su nombre; adorad a Jehová en la hermosura de la santidad” (Salmo 29:2).
¿En qué consiste adorar a Dios? Una de las mejores respuestas a esta pregunta la leí en un libro de Rosalie Zinke. Dice ella: “La adoración no es, sencillamente, un acto físico, como arrodillarse para orar. Más bien, es un corazón que ama y reverencia a Dios; un corazón que ha sido humillado ante un Creador grande y poderoso. Es un corazón que ha sido quebrantado en el Calvario, consagrado a la muerte al yo y comprometido con el señorío de Jesucristo” (Adoración: de lo terrenal a lo sublime, p. 57).
Dicho de otra manera, adorar a Dios significa que reconozco su soberanía, por ser mi Creador; y su derecho de propiedad sobre mí, por ser mi Redentor. Significa que confío en que ese Dios amante siempre desea lo mejor para mí, y que lo obedezco de todo corazón.
¿Falta algo en esta definición de lo que es la verdadera adoración? Aparentemente, nada. Sin embargo, intencionalmente omití la última parte de la cita de Zinke. Ahí ella dice que ese corazón que ha sido quebrantado en el Calvario, que ha muerto al yo y se ha comprometido con el Señor Jesucristo, “no está buscando la realización de sus propios deseos, sino la gloria de su Creador”.
¿Cómo puedo adorar a Dios de un modo que glorifique su nombre? La misma autora nos ayuda a responder, cuando señala que adorar a Dios es darle lo mejor de lo que tenemos: lo mejor de nuestros talentos, de nuestros recursos, de nuestro tiempo. Lo que esto significa es que adoramos a Dios no solamente cuando de rodillas reconocemos su grandeza y majestad, sino también cuando usamos para la gloria de su nombre los talentos que él mismo nos ha dado.
¿Qué talentos te ha dado Dios? ¿El de la elocuencia? Entonces predica para la gloria de Dios. ¿El del canto? Entonces canta para la gloria de Dios. ¿El de la administración? Entonces administra para la gloria de Dios. ¿El del liderazgo? Entonces dirige teniendo como tu modelo el estilo de liderazgo de nuestro Señor. Dale a Dios siempre lo mejor. Solamente así podrá ser aceptable ante el Trono de nuestro Padre celestial.
¿Puede haber una mejor manera de adorar a Aquel que es digno de recibir honra, gloria y majestad ahora y por la eternidad?
Padre celestial, a partir de hoy resuelvo darte lo mejor de mis talentos, mis recursos y mi tiempo. ¡Mereces eso y mucho más!
29 de enero
La grandeza de Moisés
“El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla cualquiera con su compañero” (Éxodo 33:11).
¿Qué había en la vida de Moisés que permitió a este hombre de Dios ganarse un lugar especial entre los grandes líderes en la historia de la humanidad? ¿Y cómo pudo soportar a un pueblo tan terco y rebelde durante cuarenta años en el desierto?
La respuesta nos la da el escritor de Hebreos, cuando dice que “por la fe [Moisés] dejó Egipto, no temiendo la ira del rey, porque se sostuvo como viendo al Invisible” (Heb. 11:27). Dicho de otra manera, su grandeza fue el resultado de su comunión con Dios. Una comunión tan íntima que, como bien lo señala nuestro texto de hoy, el Señor hablaba con Moisés sin intermediarios.
¿Por qué disfrutó Moisés de ese honor tan grande? Porque la presencia de Dios era para Moisés algo así como el oxígeno que respiraba. Así lo afirma Elena de White, cuando escribe que Moisés “no miraba solamente al futuro lejano esperando que Cristo se manifestase en la carne, sino que veía a Cristo acompañando de una manera especial a los hijos de Israel en todos sus viajes. Dios era real para él, siempre presente en sus pensamientos” (Testimonios para la iglesia, t. 5, 1971, p. 612). Un ejemplo ilustrativo de esta realidad lo encontramos poco después de haberse producido la apostasía en Horeb, cuando el pueblo adoró al becerro de oro. El Señor dijo entonces a Moisés: “Subirás a la tierra que fluye leche y miel, pero yo no subiré en medio de ti, pues eres pueblo de dura cerviz, no sea que te consuma en el camino” (Éxo. 33:3, RVR60). En lugar de su presencia, Dios enviaría a un ángel para acompañar al pueblo. ¿Cuál fue la respuesta de Moisés al Señor? “Si tu presencia no ha de acompañarnos, no nos saques de aquí” (vers. 15).
Tal como dicen Bruce Wilkinson y Larry Libby, con todo lo atractiva que fuese la tierra de la cual fluía “leche y miel”, el mayor interés de Moisés no era la tierra de Dios, sino el Dios de la tierra (Talk thru Bible Personalities, Walk Thru the Bible Ministries, p. 35).
¿Es la presencia de Dios una realidad viviente en tu vida, en mi vida? Al igual que Moisés, ¿podrías decir: “Señor, si tu presencia no ha de ir conmigo, no me saques de aquí”?
Santo Espíritu, mora hoy en mí de una manera tan plena, que yo pueda, al igual que Moisés, creer que Cristo camina a mi lado en todo momento.
30 de enero
¿El mundo de las cosas o el de las personas?
“¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” (Juan 7:46).
¿Podemos imaginar qué ocurriría, por ejemplo, si el maestro enseñara, no al salón de clases, sino al alumno? ¿O si el conferencista se dirigiera, no al auditorio, sino al individuo que es parte de la audiencia? El resultado sería, según Paul Tournier, una completa revolución.
Estas preguntas se derivan del tema que el Dr. Tournier examina en una de sus conocidas obras. Para ilustrar su punto de vista, relata una experiencia que vivió mientras asistía a una conferencia médica en Weissenstein, Suiza. Temprano en el día, él había dado una charla en la que un colega suyo había hecho un excelente trabajo como traductor. Cuando Tournier lo felicitó, el hombre aprovechó para explicar lo que lo motivó a esforzarse: “Antes de la charla”, explicó el traductor, “alguien me dijo que en el salón había un médico que estaba teniendo gran dificultad para entender lo que se decía. Así que, decidí traducir para él. En ningún momento le quité la vista, de modo que podía darme cuenta si estaba entendiendo lo que yo traducía” (The Meaning of Persons, p. 183).
¡Qué interesante! En ese salón había, probablemente, centenares de médicos participando de las conferencias, pero el intérprete estaba traduciendo para uno de ellos en particular. ¡Ese es el auditorio de una persona!
Cuando leí esta experiencia, recordé una declaración del libro El Deseado de todas las gentes según la que, mientras el Señor hablaba, “vigilaba con profundo fervor los cambios que se veían en los rostros de sus oyentes”. Cuando los que escuchaban se interesaban en lo que él decía, este hecho le causaba “gran satisfacción” (p. 220).
Sea que hablara a individuos o a muchedumbres, el Señor Jesús veía rostros. Su interés se concentraba en las personas: sus luchas, sus tristezas, sus pruebas. Y su mayor gozo se producía cuando comprobaba que sus palabras, cual bálsamo sanador, traían alivio a sus quebrantados corazones. Esta es la razón por la cual nuestro texto de hoy declara que nadie habló jamás como él. ¡Es que nadie amó como él!
Saber que, aunque son millones las personas que habitan en este planeta, Jesús se interesa personalmente en ti, ¿no crees que debería ser motivo para alabarlo hoy como el Salvador maravilloso que él es?
Él conoce las heridas de tu corazón, y ahora mismo está haciendo algo para sanarlas.
Gracias, Jesús, porque no solo sabes qué me causa dolor, sino porque además te interesas personalmente en mí. Gracias porque me amas incondicionalmente, aunque todavía no sé qué he hecho para merecerlo.
31 de enero
Dejar que brille nuestra luz
“La luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la dominaron” (Juan 1:5).
¿Qué tienen en común la sal y la luz? Podríamos pensar en varias similitudes, pero si hay una que destaca es que ambos elementos tienen que estar en contacto con algo más para ser útiles. La utilidad de la sal se pone de manifiesto cuando entra en contacto, por ejemplo, con la comida; la de la luz, cuando hay tinieblas.
Ilustra bien esta cualidad, tanto de la sal como de la luz, una escena de “The Saratov Approach”, una película basada en un hecho real: el secuestro, ocurrido en 1998, de dos jóvenes estadounidenses que servían como misioneros en Rusia. Los secuestradores habían amenazado de muerte a los dos jóvenes si no recibían la cantidad de 300 mil dólares.
Después de varios días de intensa agonía, los padres de uno de los jóvenes secuestrados recibieron una llamada de parte de Mark Larsen, un hombre que vivía en Denver, Colorado, y que unos veinte años atrás también había sido secuestrado en la Argentina. En su llamada, Mark describió lo que con toda seguridad estaba ocurriendo a los dos jóvenes en su cautiverio; y pidió a los padres que, aun en contra de su voluntad, oraran no solo por su hijo, sino también por los plagiarios.
Hacia el final de la llamada, Mark expresó lo que me pareció la tesis central de la película: “No importa cuán desalentadoras parezcan las circunstancias; quiero que recuerden esto: cuanto más tiempo esos dos valientes jóvenes permanezcan en cautiverio, tanto más difícil será para los secuestradores mantenerlos bajo su poder, porque la luz en las tinieblas resplandece”.
¡Tremenda declaración! No es solo que la luz, por pequeña que sea, prevalece sobre las tinieblas. Es también que cuanto más tiempo brille esa luz, tanto mayores serán las probabilidades de que disipe las tinieblas más profundas.
Dios espera que hoy dejemos brillar nuestra luz, no importa cuán pequeña parezca. Un solo talento, usado fielmente para la gloria de Dios, puede lograr más que cinco usados solo para engrandecer nuestro ego. Sin embargo, si queremos brillar para Cristo, antes hemos de estar en comunión con él. Cuanto más tiempo pasemos en su presencia, tanto menor será la posibilidad de que nos rodeen las tinieblas de la depresión y el desánimo.
La razón es muy sencilla: la luz en las tinieblas resplandece.
Hoy quiero, Padre celestial, brillar para Jesús, de modo que otros conozcan el precioso tesoro que he encontrado en mi Salvador. Quiero que tu luz resplandezca en mi vida, no importa cuán densas sean las tinieblas que me rodeen.
1° de febrero
Ayuda en el momento de mayor necesidad
“Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; lo pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre. Me invocará y yo le responderé; con él estaré yo en la angustia; lo libraré y lo glorificaré. Lo saciaré de larga vida y le mostraré mi salvación” (Salmo 91:14-16).
Si habláramos de los personajes bíblicos a quienes consideramos como los grandes héroes de la fe, ¿qué nombres vendrían a tu mente? ¿Abraham? ¿Job? ¿Moisés? ¿José? ¿Rut? ¿Daniel? ¿Ester? ¿Elías? ¿Pablo?
No sé quiénes están en tu lista, pero una cosa es segura: hoy los conocemos como héroes de la fe porque todos enfrentaron duras pruebas. Todos estuvieron en el horno de la aflicción. Claro está, el solo hecho de enfrentar severas tribulaciones no los convirtió en vencedores. Las pruebas por sí solas no convierten a nadie en un héroe. Si así fuera, los ladrones y los fugitivos de la ley también serían dignos de admiración, porque no han salido de un problema cuando ya se están metiendo en otro.
¿Qué factor, además de enfrentar tribulaciones, permitió a estos hombres y mujeres tener sus nombres inscritos en el Salón de la Fama de la fe? En medio de sus pruebas, todos ellos pusieron su confianza en Dios. Al igual que David, cualquiera de ellos pudo haber dicho: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo” (Sal. 23:4).
No sé qué prueba en particular estás enfrentado ahora mismo, pero una cosa sé: cualquiera que sea, Dios está contigo. Ángeles poderosos en fortaleza entran y salen contigo, y especialmente te acompañan en tus momentos de mayor necesidad.
Esta es, precisamente, la promesa del texto bíblico para hoy: “Me invocará y yo le responderé; con él estaré yo en la angustia”. Nota que la promesa que Dios hace aquí no es una vida libre de pruebas, de tribulaciones. ¡No! Siempre habrá pruebas. La promesa de Dios es aún más significativa: él estará con nosotros en la angustia.
Qué dificultades te esperan en los días que siguen, no lo sabes, pero puedes confiar en que, en tus momentos más difíciles, él Señor estará contigo, tal como lo ha estado con sus hijos a través de los siglos. Así será porque eso es lo que él ha prometido.
Señor, no te pido que me libres de las pruebas ni del horno de la aflicción. Lo que te pido es que, en el día de la angustia, al igual que los fieles de todas las edades, yo pueda creer que tu presencia estará muy cerca de mí.
2 de febrero
Un corazón limpio y recto
“Habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento” (Lucas 15:7).
¿Qué es lo primero que viene a tu mente cuando escuchas el nombre del rey David? Si hiciéramos una encuesta con esa única pregunta, serían muchos los que recordarían su doble pecado, al adulterar con Betsabé y luego propiciar la muerte de Urías.
¡Qué bueno es que Dios vea las cosas desde una perspectiva diferente! Aunque desaprobó de manera rotunda el pecado de David, y lo dejó cosechar sus terribles consecuencias, Dios lo perdonó por completo, según se desprende de la siguiente declaración: “David, mi siervo, que cumplió mis mandamientos y me siguió con todo su corazón, y cuyos hechos fueron rectos a mis ojos” (1 Rey. 14:8).
¡Qué impresionante! ¿Por qué el Señor habla de David en términos que parecen sugerir que nunca pecó? La realidad es que pecó, y gravemente; pero hay por lo menos dos razones que explican por qué Dios llama a David “mi siervo”. En primer lugar, ¿de cuántos otros pecados de David habla la Escritura?
Como ser humano, es obvio que pecó en otras ocasiones, pero parece que la práctica habitual de David era hacer lo recto. Y es la práctica habitual, la tendencia de nuestros actos, lo que revela nuestro carácter, como bien lo indica la siguiente declaración: “El carácter se revela, no por las obras buenas o malas que de vez en cuando se ejecutan, sino por la tendencia de las palabras y los actos habituales” (El camino a Cristo, p. 56).
La segunda razón por la que Dios lo llama “mi siervo”, no es menos importante: tan serio como fue su pecado, así fue su arrepentimiento. Basta leer, por ejemplo, el Salmo 51 para comprobarlo.
¿Qué podemos aprender de la experiencia del rey David? Que no importa cuán grave sea nuestro pecado, Dios nos perdonará si nos arrepentimos de todo corazón, tal como él promete en su Palabra: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Si has caído en pecado, ahora mismo puedes doblar tus rodillas ante tu Padre celestial y pedirle que tenga piedad de ti; y que, conforme a su misericordia, borre tus rebeliones. El resultado será que la sangre de Jesucristo, su Hijo, te limpiará de todo pecado, y te dará un corazón limpio y recto.
Santo Espíritu, capacítame de modo que hacer lo recto ante tus ojos se convierta en un hábito en mi vida, comenzando hoy mismo.
3 de febrero
La compasión en dos palabras
“Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo” (Gálatas 6:2, NVI).
¿Qué significa la verdadera compasión? Significa que no solo sentimos el dolor ajeno, sino además hacemos algo para aliviarlo.
Un buen ejemplo de la verdadera compasión lo encontramos en una experiencia que vivió el conocido autor Tony Campolo. Cuenta él que un día estaba en su oficina cuando su madre le avisó que había muerto una amiga de la familia, la Sra. Kilpatrick. Cuando Tony era todavía un niño, esta señora le había brindado mucho cariño, y se había preocupado por llevarlo a museos y conciertos musicales. Así que Tony fue a la funeraria, pero para su sorpresa solamente estaba en la sala una anciana. Entonces Tony se acercó al ataúd y dio una rápida mirada al cadáver. ¡Era el de un hombre! Sin lugar a dudas, estaba en el funeral equivocado. Ya se iba, cuando la anciana lo tomó del brazo y, con una expresión de dolor en su rostro, le dijo:
–Era tu amigo, ¿verdad?
De inmediato, Tony se dio cuenta de que estaba en aprietos. ¿Le diría que él había llegado ahí por accidente? ¿O le mentiría, para que ella no pensara que su esposo había muerto sin amigos? Tony optó por lo segundo.
–Su esposo era un buen hombre –le dijo.
Ese día Tony acompañó a la ancianita durante todo el servicio fúnebre. Fue con ella al cementerio y regresó con ella a la funeraria, pero ya no pudo ocultar más la verdad. Le dijo que quería ser su amigo, pero para poder serlo debía decirle la verdad.
–Yo no conocía a su esposo. Llegué a su funeral por accidente.
–Nunca sabrás –respondió ella, mientras apretaba su mano con fuerza – lo mucho que tu presencia ha significado hoy para mí.
Cuenta Tony que ese día, mientras iba de regreso a casa, lo embargó un sentimiento de gozo, y con razón. No solo lo había conmovido el dolor de la viuda, sino además había hecho algo para aliviar su tristeza. Entonces a su mente vino nuestro texto para hoy: “Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo” (You Can Make a Difference, p. 19).
Cerca de ti y de mí hay gente que está sufriendo. ¿Nos limitaremos a sentir pesar por ellos o haremos algo para aliviar su dolor? Al aliviar sus cargas, no solo estaremos cumpliendo la ley de Cristo; también estaremos imitando su ejemplo.
Querido Jesús, abre mis ojos para percibir el dolor ajeno, y dame un corazón compasivo como el tuyo para hacer algo al respecto.
4 de febrero
Todo es para bien
“Sabemos, además, que a los que aman a Dios, todas las cosas los ayudan a bien” (Romanos 8:28).
¿Podría ocurrir que la experiencia más amarga por la que una persona haya pasado se convierta en la mayor de sus bendiciones? Si le pudiéramos preguntar a Fiódor Dostoievski, el célebre novelista ruso, muy probablemente nos respondería con un sí rotundo.
Cuando Dostoievski era todavía un joven, fue arrestado por participar en reuniones de una agrupación política que el Zar consideró que tenía propósitos subversivos. Dostoievski y otros jóvenes fueron inicialmente condenados a ocho años de trabajo forzado, pero luego la sentencia fue cambiada por el fusilamiento.
Según nos cuenta Charles Colson, el día de la ejecución Dostoievski y sus amigos fueron colocados en frente del pelotón de fusilamiento, listos para ser abatidos. Pero su sorpresa fue mayúscula cuando, en lugar de disparos, lo que escucharon fue el sonido de tambores en señal de retirada. ¿Qué había sucedido? El Zar había cambiado la sentencia: en lugar de ser fusilados, irían al exilio en Siberia. Dice el relato que desde un principio la intención del Zar no era fusilarlos, sino hacerlos escarmentar. Sin embargo, el impacto de esa experiencia fue tan grande que, en una carta a su hermano, Dostoievski escribió: “He renacido para una nueva vida, hermano. Juro que nunca perderé la esperanza y que mantendré mi alma y mi corazón puros” (The Good Life, p. 23).
Lo que Dostoievski nunca imaginó fue que en Siberia le esperaba una experiencia aún más significativa, una que lo impactaría por el resto de su vida. Al llegar al lugar de su exilio, sin que los guardias se percataran, dos mujeres colocaron en sus manos un ejemplar del Nuevo Testamento. Según contó su hija Aimee, el gran escritor encontró en la Palabra de Dios la paz y el consuelo que su corazón tanto anhelaba. Dice ella que lo leyó de tapa a tapa y memorizó pasajes, razón por la cual la influencia de la Escritura se deja ver en algunas de sus obras.
¿Qué pasaje del Nuevo Testamento llegó a ser su favorito? Cuando la hora de su muerte se acercaba, reunió a la familia y pidió que le leyeran la Parábola del Hijo Pródigo. Al finalizar el relato, les dijo: “Nunca olviden lo que acaban de escuchar. Tengan plena fe en Dios y nunca duden de su perdón. Los quiero inmensamente, pero mi amor [por ustedes] en nada se compara con el amor del Padre por aquellos a quienes él creó” (Boreham, Life Verses, p. 97).
Señor, aunque ahora yo no lo entienda, ayúdame a creer que lo que tú permitas que me suceda siempre será para mi bien.
5 de febrero
Las tres listas
“Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, Jacob, y Formador tuyo, Israel: ‘No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú’ ” (Isaías 43:1).
¿Te ha sucedido alguna vez que, mientras lees, sientes el impacto de lo que el autor está diciendo? ¿Y, cuando esto ocurre, ya no sigues leyendo sino que te quedas por un rato procesando la información?
Algo así me pasó cuando leía una declaración de Max Lucado en la que este autor estaba reflexionando sobre lo que habrá significado para Dios haber entregado a su Hijo a una muerte que no merecía, con el único objeto de que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él. Entonces Lucado pregunta: “¿Entregarías a un hijo, a una hija, para que un enemigo muera?” Luego él mismo responde: “Hay personas por las que yo daría mi vida, pero pídeme que haga una lista con los nombres de aquellos por quienes yo mataría a mi hija. La hoja estaría en blanco” (He Did This for You, p. 36).
Ya puedes imaginar por qué esas palabras me dejaron pensando. ¿Por quiénes yo daría mi vida? En esa lista hay varios nombres, pero no muchos.
Luego pensé: ¿Por quiénes daría yo la vida de mis hijos? Esta pregunta, en comparación con la anterior, fue muy fácil de responder: ni siquiera tengo que pensarlo. ¡En esta lista no habría ningún nombre! ¿Quién en su sano juicio daría la vida de un hijo para que otra persona viva?
Y ahora la tercera pregunta: ¿Por quiénes entregó Dios la vida de su único Hijo? Esta es la tercera lista; la lista de Dios. En ella están los nombres de todos los seres que han nacido en este mundo. Están los nombres de los patriarcas, de los profetas, de los discípulos, y los nombres de los hombres y las mujeres que a lo largo de los siglos vivieron para servir a Dios y a la humanidad. También están los nombres de Judas, Caifás, Nerón, Hitler, y de todos los que hoy preferimos que nunca hubieran nacido. ¿No es esto asombroso?
Hay algo todavía más grande, más maravilloso: en la lista de Dios están tu nombre y el mío. ¿Qué hemos hecho para merecer estar ahí? La verdad es que hemos hecho mucho para no estar, pero “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16; énfasis añadido).
¡Bendito sea el nombre de Dios!
Gracias, Padre eterno, porque, a pesar de que no lo merezco, tu amado Hijo vino a este oscuro mundo a sufrir y morir por mí.
6 de febrero
¿Dar gracias por todo?
“Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:18).
Si eres como yo, entonces tienes la tendencia a discriminar las experiencias que has vivido en dos grandes categorías: las “buenas” y las “malas”; y, peor aún, al igual que yo, recuerdas con más facilidad las malas.
Porque sé que esta práctica no es buena, agradecí a Dios cuando leí una declaración de Henri J. M. Nouwen según la cual una persona verdaderamente agradecida da gracias a Dios por toda su vida: lo bueno y lo malo que le ha ocurrido, los éxitos y los fracasos que ha experimentado, los momentos de gozo y los de tristeza por los que ha pasado. Es decir, tal como lo dice nuestro texto de hoy, ¡agradece a Dios por todo!
Sin embargo, la declaración de Nouwen no termina ahí. Luego añade que, mientras sigamos dividiendo nuestra experiencia pasada entre lo que nos gusta recordar y lo que preferimos olvidar, “no podremos reclamar la plenitud de nuestro ser como un don de Dios por el cual deberíamos estar agradecidos” (Bread for the Journey, 12 de enero).
Hay sabiduría en sus palabras. En primer lugar porque ¿quiénes somos tú y yo para decidir qué calificar como bueno y qué como malo de lo que nos ha sucedido en el pasado? ¿No es cierto que algunas de las experiencias que inicialmente calificamos como malas terminaron convirtiéndose en una bendición? Solo Dios tiene la facultad de ver el fin desde el principio, de ver el cuadro completo; por lo tanto, pidámosle que nos ayude a poner fin a esta malsana práctica de dividir nuestra vida entre “lo bueno” y “lo malo” que nos ha sucedido.
En segundo lugar, ¿no dice la Palabra que “a los que aman a Dios, todas las cosas los ayudan a bien”? (Rom. 8:28). Si nuestros fracasos nos han convertido en personas más sabias, si nuestros errores han contribuido a que hoy seamos más maduros, si nuestros pecados nos han hecho depender más de Dios, ¿hay algo que debamos lamentar? Al contrario, ¡hay mucho por lo cual agradecer!
Siendo así las cosas, ¡no lamentemos nada! Al igual que los padres terrenales cuidamos de nuestros hijos, el buen Padre celestial ha cuidado de nosotros. Su mano guiadora nos ha traído hasta aquí. Y nos seguirá guiando hasta el día glorioso en que heredaremos todas las riquezas que él ha preparado para quienes lo aman.
Gracias, Señor, por toda mi vida. Ayúdame a creer que tu mano divina me ha guiado hasta aquí, y me seguirá guiando hasta el fin de mis días en este mundo.
7 de febrero
Un fiel “barómetro” de la vida espiritual
“Acuérdate del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día es de reposo para Jehová, tu Dios” (Éxodo 20:8-10).
Un fiel “barómetro” de la vida espiritual. Así llama M. L. Andreasen al Mandamiento de observar el sábado como día de reposo.
¿Por qué lo llama de esa manera? Porque ningún Mandamiento promueve la adoración a Dios y el compañerismo con nuestro Creador, tanto como lo hace la observancia del sábado. “En la medida en que una persona olvida el sábado”, escribe Andreasen, “en esa medida olvida también a Dios; y en la medida en que la observancia del sábado se torna descuidada, en esa misma medida se descuidan también otros deberes religiosos” (“The Sabbath”, Review and Herald, 1942, p. 28).
Alguien podría alegar que a Dios lo podemos adorar en cualquier otro día de la semana. El problema con este argumento es que se estrella de frente con esta declaración: “Acuérdate del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día es de reposo para Jehová, tu Dios” (Éxo. 20:8-10). Lo que nuestro texto de hoy nos está diciendo es que el sábado es un día especial porque así lo dijo Dios. No hay en la naturaleza nada que convierta al sábado en un día diferente de los otros seis. ¿Por qué, entonces, es un día especial? Porque después de crear en seis días los cielos y la tierra, el Creador no solo reposó en el séptimo día, sino además lo bendijo y lo santificó.
Sobre ningún otro día de la semana pronuncia Dios su bendición. De ningún otro día dice él que es señal de santificación (ver Eze. 20:12). Nos recuerda, además, que por ser el Creador, él es el único digno de nuestra adoración. “Para que esta verdad jamás se borrara de la mente de los hombres”, leemos en El conflicto de los siglos, “Dios instituyó el sábado en el Edén; y mientras el ser él nuestro Creador siga siendo motivo para que lo adoremos, el sábado seguirá siendo su señal y monumento” (p. 491).
¡Con razón el Mandamiento comienza con un “acuérdate”! Es decir, acuérdate de adorar “a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas”. Y acuérdate de que tu Creador quiere encontrarse personalmente contigo en el día que él bendijo y santificó.
¿Lo dejarás esperando?
Gracias, Padre celestial, por ese precioso “acuérdate”. Además de recordarme mi noble origen, tu día santo también me recuerda que eres digno de mi adoración y mi alabanza.
8 de febrero
¡Anímate!
“Todos los días del desdichado son difíciles, pero el de corazón alegre tiene un banquete continuo” (Proverbios 15:15).
¿Sabes lo que significa la palabra “oxímoron”? Básicamente, significa usar dos términos aparentemente contradictorios para dar lugar a un nuevo sentido: un silencio atronador, una tensa calma, un instante eterno.
He aquí un ejemplo más: un cristiano triste. ¿No es esta una contradicción de términos? No me refiero al hecho de que en ocasiones podamos estar tristes. Quiero decir, más bien, que no se espera que el cristiano pase por este mundo mirando solo el lado negativo y triste de la vida.
¡Así es! ¿Puede vivir bajo una nube negra quien tiene a Dios por Padre y a Cristo como amigo y Salvador? ¡Imposible! ¿Por qué, entonces, esparcimos tanta tristeza a nuestro alrededor? ¿Por qué con tanta frecuencia miramos el lado negativo de las cosas y nos quejamos de todo y por todo? ¿No podríamos, por ejemplo, mirar más a menudo el lado bueno de las cosas, reír un poco más y difundir más alegría a nuestro alrededor?
Esto último me recuerda un relato que narra Allen Klein acerca de un hombre que siempre se quejaba por todo (The Healing Power of Humor, p. 78). Cuando la esposa le traía jugo de naranja, él decía que lo quería de uvas. Cuando le servía pan con mantequilla, él lo quería con mermelada. Cuando le servía huevos fritos, él los quería hervidos.
Dice Klein que, cansada de la actitud del esposo, un día la señora tuvo una brillante idea: decidió freír un huevo y hervir el otro; así el hombre no tendría escapatoria. Le sirvió, pues, los huevos, y esperó. El hombre miró el plato durante unos segundos, y luego gruñó:
–Mujer, ¡freíste el huevo equivocado!
El punto está claro: ¿Por qué mirar siempre el lado negativo de las cosas?
“Todos los días del desdichado son difíciles”, dice el sabio, “pero el de corazón alegre tiene un banquete continuo” (Prov. 15:15). ¿Cómo disfrutar de ese banquete que Dios nos ofrece en este nuevo día? En primer lugar, recordemos que en el cielo hay un Padre que nos ama más de lo que jamás podremos imaginar. En segundo lugar, mostremos al mundo todo lo bueno que puede suceder cuando Cristo, el Señor, mora en el corazón.
Así que, si estás triste, ¡anímate! Y si estás alegre, asegúrate de comunicar esa alegría a tu alrededor. ¡Eso también es cristianismo!
Amado Dios, gracias porque eres mi Padre celestial; y gracias porque he encontrado en Cristo a un maravilloso amigo y Salvador.
9 de febrero
Dios perdonador
“Tú eres Dios perdonador, clemente y piadoso, tardo para la ira y grande en misericordia” (Nehemías 9:17).
¿En qué estaba pensando Abraham cuando le mintió a Abimelec, rey de Gerar, haciéndole creer que Sara era su hermana? Un rápido análisis de la situación dejaba ver con claridad que Sara corría menor peligro presentándose como la esposa de Abraham. Un esposo tenía derechos sobre su mujer, para esa cultura,precisamente por estar casados, pero ¿qué derechos tendría Abraham sobre Sara, si era solo su hermana?
En esta ocasión, al igual que cuando mintió en Egipto, Abraham estaba pensando en su propia seguridad. En esa oportunidad, le propuso a Sara que se presentara como su hermana debido a que los egipcios, al ver su hermosura, lo matarían a él mientras que a ella le preservarían la vida (ver Gén. 12:11-13). ¿Cuál fue el resultado de su plan? Sencillamente, no funcionó. Dice el relato bíblico que faraón hizo llevar a Sara a su casa, obviamente para convertirla en una de sus esposas; lo cual no ocurrió gracias a la oportuna y milagrosa intervención de Dios. Hay varias lecciones para nosotros en esta parte “oscura” de la vida de Abraham.
La primera es que ninguno de nosotros está exento de errores. Aun los gigantes de la fe tuvieron sus caídas; unas estrepitosas, como la de David; otras, inexplicables, como estas del patriarca Abraham.
Una segunda lección es que, después de sus caídas, estos héroes de la fe no permanecieron en el suelo. De David dice la Palabra que llegó a ser un varón conforme al corazón de Dios (ver Hech. 13:22). A Abraham, por su parte, Dios lo llama “mi amigo” (Isa. 41:8). De alguna manera, sus fracasos los ayudaron a depender cada vez más del Padre celestial.
Finalmente –y esta parece ser la lección más valiosa–, a pesar de que Abraham manifestó desconfianza al mentir con respecto a su verdadera relación con Sara, Dios en ningún momento lo abandonó. No solo protegió a su esposa, sino también dejó muy en claro que el patriarca, a pesar de su error, continuaba siendo su representante (ver Gén. 20:7).
Si, al igual que yo, has dado pasos equivocados, recuerda que nuestro Dios es “perdonador, clemente y piadoso, tardo para la ira y grande en misericordia”. No importa cuán bajo hayas caído, él nunca te abandonará.
Gracias, Padre celestial, porque a pesar de mis continuos errores y pecados me recibes cada vez que acudo a ti en busca de perdón. Gracias, además, por tu promesa de que siempre estarás conmigo hasta el fin del mundo.
10 de febrero
¿Debajo de un cajón?
“Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Tampoco se enciende una lámpara y se pone debajo de un cajón, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en casa” (Mateo 5:14, 15, RVC).
¿Qué significa que tú y yo seamos la luz del mundo? Básicamente, que no importa cuán densas sean las tinieblas que nos rodean, hemos de brillar para la gloria de Dios. El apóstol Juan nos dice por qué ha de ser así: porque “la luz alumbra en la oscuridad, ¡y nada puede destruirla!” (Juan 1:5, TLA). Esta realidad la ilustra muy bien una experiencia que hace años vivió Charles Colson al visitar la prisión estatal de Míchigan, Estados Unidos . Cuenta Colson que, después de haber hablado a un numeroso grupo de reclusos en el salón de actos de la prisión, lo llevaron a la sección donde se encontraban los asesinos condenados a muerte. Su sorpresa fue grande al ver que estos criminales, condenados a muerte como enemigos de la sociedad, estaban fuera de sus celdas, en compañía de personas que estaban desarmadas, incluyendo a una jovencita cristiana que había ido a cantar.
Cuando Colson y quienes lo acompañaban se disponían a salir, vieron que un miembro del grupo estaba en una de las celdas, orando con un preso. A su regreso, explicó por qué se había detenido en esa celda.
–Yo soy el juez Clement, el que sentenció a muerte a ese hombre. En aquel entonces él era un enemigo de la sociedad, y también mi enemigo. Pero conoció al Salvador, y nació de nuevo. Hoy es mi hermano, y nos sentimos como si fuéramos de la misma familia. Y todo, porque un grupo de cristianos vino a la cárcel y testificó de su fe en Cristo (“Vivamos por encima de las tinieblas”, Revista Adventista, marzo de 1982, p. 5).
En otras palabras, ¡brillaron para la gloria de Dios! ¿Qué significa, entonces, ser la luz del mundo? Significa, tal como lo señala nuestro texto de hoy, “sacar” nuestra la lámpara del cajón, y ponerla sobre el candelero, bien en alto, de modo que alumbre con la gloria de Jesucristo no solo a los que están en casa, ¡sino también al vecindario y el mundo entero!
Bendito Jesús, hoy quiero brillar para ti. Pero brillar de un modo que la atención se concentre en ti, porque solo tú eres digno de todo honor y toda gloria, hoy y siempre. Amén.
11 de febrero
“Estaré contigo”
“No temas, porque yo estoy contigo” (Isaías 41:10).
No sé si es la promesa que más se repite en la Biblia, pero “estaré contigo” es, en mi opinión, la más hermosa. ¿Por qué? Sencillamente, porque no tengo nada que temer si sé que el Señor está conmigo.
“Estaré contigo”. ¿Por qué esta promesa habla de una manera tan directa a mi corazón, llenándome de confianza y seguridad? Una historia que narra Jamie Buckingham lo ilustra bien. Cuenta Buckingham que, una noche, cuando él y su esposa Jackie fueron a cenar con unos amigos, dejaron solos en casa a sus dos hijos menores: Tim, de 17 años; y Sandy, de 14.
A eso de las diez de la noche, Buckingham recibió una llamada de su hija, Sandy. Le pedía a gritos que regresaran. ¿Qué había sucedido? Al llegar a casa, encontraron a Sandy sentada en un mueble, petrificada, con un cuchillo en la mano. Cuando se calmó, la niña explicó que, mientras veía la televisión, le pareció ver a un fantasma a través de la ventana. Encendió todas las luces y, tan rápido como pudo cerró las puertas, pero entonces vio en una ventana un mensaje que decía: “¡Voy a agarrarte!” Entonces entró en pánico.
Imaginándose “la causa” de lo ocurrido, Buckingham salió de la casa en busca de Tim. Lo encontró, sentado, riéndose a carcajadas. Después de darle un buen regaño, los dos padres procedieron a calmar a Sandy. Lo lograron a medias. Esa noche Sandy no podía dormir. Le explicaron que todo había sido una broma de su hermano, y que lo que vio fue el movimiento de una sábana.
Al fin lograron que Sandy se acostara sola en su cuarto, pero la niña no quería que apagaran la luz. A pesar de los razonamientos, ella insistía en que dejaran la luz prendida. Entonces Buckingham tuvo una idea. Después de apagar la luz, se acostó al lado de Sandy. En cuestión de segundos, la niña dormía profundamente (Where Eagles Soar, p. 110).
¿Era realmente la luz lo que Sandy necesitaba? ¿O, más bien, la seguridad de que su padre estaba a su lado?
Cuando en tu peregrinaje por esta vida sientas que te rodean las tinieblas del desánimo; cuando te asalte la duda y seas presa de la angustia, recuerda que, en tales momentos, la presencia de Dios está contigo. Lo que esto significa es que, no importa cuán difícil sea tu situación, tu Padre celestial será tu luz y tu seguridad.
Con él a tu lado, ¿qué más podrías necesitar?
Gracias, Señor, porque siempre estás a mi lado. ¡Siempre! De verdad, no tengo palabras para agradecerte esta gran bendición.
12 de febrero
“La niña de sus ojos”
“Acuérdate de lo que hizo Amalec contigo en el camino, cuando salías de Egipto; de cómo te salió al encuentro en el camino y, sin ningún temor de Dios, te desbarató la retaguardia de todos los débiles que iban detrás de ti, cuando tú estabas cansado y sin fuerzas” (Deuteronomio 25:17, 18).
“Ruin, cobarde e insidioso”. Así califican Jamieson, Fausset y Brown el ataque que los amalecitas perpetraron contra la desprevenida retaguardia de Israel, a su salida de Egipto (Comentario exegético y explicativo de la Biblia, t. 1, p. 77).
El traicionero ataque se produjo sin que hubiera provocación alguna de parte de Israel, y causó estragos en los miembros más débiles del pueblo que habían quedado rezagados. ¿Por qué hicieron algo tan vil? Según Patriarcas y profetas, los amalecitas habían “jurado por sus dioses que destruirían a los hebreos de modo que nadie escapara, y se jactaban de que el Dios de Israel sería impotente para resistirlos” (p. 307).
Según las Escrituras, apenas se produjo el sorpresivo ataque, Moisés dio órdenes precisas a Josué para repeler a los amalecitas, mientras él y Aarón intercedían por el pueblo. Al final, el resultado fue que “Josué deshizo a Amalec y a su pueblo a filo de espada” (Éxo. 17:13).
Pero el asunto no termina ahí. La malvada acción de los amalecitas no solo quedaría registrada, sino también a su tiempo sería castigada: “Escribe esto”, le ordenó el Señor a Moisés, “para que sea recordado en un libro, y di a Josué que borraré del todo la memoria de Amalec de debajo del cielo” (vers. 14).
¿Por qué esa sentencia tan dura sobre Amalec? Porque el brutal ataque, además de desafiar directamente el poder de Dios, se perpetró sin ninguna compasión sobre la gente más indefensa del pueblo; y eso Dios no lo podía ignorar.
La lección es contundente: quien daña a los hijos de Dios, especialmente a los más débiles, toca a “la niña de sus ojos” (ver Zac. 2:8). Y aunque él es Dios “misericordioso y piadoso [...] de ningún modo tendrá por inocente al malvado”. Que Dios nos libre de causar daño intencionalmente a uno de sus hijos; ¡pero que además otros se cuiden de hacernos daño, porque también nosotros somos hijos del Altísimo!
“La mano de Dios se extiende como un escudo sobre todos los que le aman y temen; cuídense los hombres de no herir esa mano; porque ella blande la espada de la justicia” (ibíd.).
Ayúdame, oh Dios, a ser siempre bondadoso hacia tus hijos. Y ayúdame también a recordar que quien me quiera hacer daño estará tocando “la niña de tus ojos”.
13 de febrero
“A las 12:45”
“Oren en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y manténganse atentos, siempre orando por todos los santos” (Efesios 6:18, RVC).
Para los lectores de la Adventist Review [Revista Adventista en inglés], el nombre del Dr. Peter N. Landless es familiar. Durante años escribió, junto al Dr. Allan R. Handysides, la columna semanal sobre salud.
Lo que yo no sabía era que el Dr. Landless había sido condecorado por el gobierno de su país (Sudáfrica) con la Southern Cross Medal, distinción que se otorga a oficiales del ejército que han prestado a su país un servicio excepcionalmente meritorio. Tampoco sabía que, mientras prestaba su servicio, el Dr. Landless estuvo a punto de perder la vida. La historia la cuenta el pastor Don Schneider.
Dice el relato que, unos dos años después de culminar sus estudios en Medicina, el Dr. Landless recibió una carta del gobierno de Sudáfrica indicándole que debía cumplir con el servicio militar obligatorio. Debido a su entrenamiento, serviría como médico. Aunque no de muy buena gana, se enlistó, deseando que los dos años de servicio pasaran rápido. En el segundo año de servicio, el Dr. Landless fue enviado a una zona que estaba siendo duramente golpeada por la guerrilla. Ahí –cuenta él– su mayor deleite era atender a los enfermos de una población rural que estaba cerca de la base militar. Cada día, seis días por semana, atendía entre cincuenta y doscientos pacientes de la localidad.
Un día, mientras regresaba de atender a un niño que estaba muy enfermo, dos minas antitanques estallaron y el vehículo en el que viajaba voló por los aires. Eran las 12:45. El conductor del vehículo murió días después, y el Dr. Landless sufrió varias heridas. Apenas se recuperó, llamó a su esposa Rosalind. Cuál no sería su sorpresa cuando ella le dijo: “Estábamos en la iglesia, almorzando después del servicio, cuando oramos por ti. Eran las 12:45”. Después de hablar con su esposa, llamó a su mamá, para decirle que estaba bien. Al oír la voz de su hijo, la señora le preguntó:
–¿Has estado involucrado en algún accidente?
–Sí –respondió Peter.
–Hoy, a las 12:45 –dijo ella– sentí que debía arrodillarme a orar por ti.
Las 12:45. Exactamente a la hora de la explosión, su esposa y su madre, en lugares diferentes, estaban orando por él. Mientras las lágrimas corrían por sus mejillas, Peter Landless pensó: “¡Qué bendición! Las oraciones de quienes nos aman, y en favor de quienes amamos, son eficaces” (Really Living, pp. 78-82).
¡Claro que lo son, doctor! Por eso, el apóstol nos exhorta a mantenernos atentos, “siempre orando por todos los santos”.
14 de febrero
¿Es ciego el amor?
“Si hablo en lenguas humanas y angelicales, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo que hace ruido” (1 Corintios 13:1, NVI).
¿Es ciego el amor? Esta es la pregunta que se discutía en una clase de la Escuela Sabática de una iglesia a la que asistí, precisamente cuando se celebraba el Día del Amor y la Amistad. Después de unos minutos de discusión, la conclusión fue que la ceguera no está en el amor, sino en la pasión. Muy de acuerdo. Recordemos que fue en un arrebato de pasión que Siquem violó a Dina, la hija de Jacob (ver Gén. 34); y fue también como consecuencia de una pasión descontrolada que Amnón, hijo de David, violó a Tamar, su medio hermana (2 Sam. 13). El amor, en cambio, no es ciego; todo lo contrario: ve muy bien. Ve en el ser amado lo que otros no ven; ve cualidades que para los demás pasan fácilmente inadvertidas. La razón por la que esto ocurre la expresa muy bien Jan Vanier, cuando dice que amar es revelar a una persona la belleza que hay en su corazón (The God Who Won’t Let Go, p. 98).
Ahora bien, ¿significa esto que somos ciegos a los defectos de la persona que amamos? No. Sabemos que tiene defectos, porque nadie es perfecto. Lo que sucede es que no permitimos que esos pocos defectos nos impidan percibir toda la belleza que hay en el corazón del ser amado. Para decirlo lisa y llanamente, ¿quién va a estar viendo defectos cuando hay tanta virtud, tanta bondad que ver? ¿Y quién va a querer hablar de uno que otro defecto, cuando esta persona tiene tantas cualidades?
Hoy es un buen día para dar gracias a Dios por nuestros seres amados. También lo es para decirles lo mucho que los amamos; lo mucho que significan en nuestra vida. Esto último es muy importante. No es suficiente con que percibamos la belleza que hay en su corazón, hemos de revelárselo; de hacérselo saber.
¿Por qué ha de ser así? Porque, como bien lo dice Elena de White, “el amor no puede durar mucho si no se le da expresión” (El hogar cristiano, p. 88). Claro, mañana también podríamos decírselo; pero ¿por qué dejar para mañana lo que podemos hacer hoy?
Padre celestial, dame ojos como los del Señor Jesús, para ver lo bueno que hay en las personas que están a mi alrededor, comenzando con mis seres queridos. Y dame palabras amables, palabras de aliento para hacerles saber lo mucho que significan en mi vida.
15 de febrero
Las cosas “extrañas” del amor
“Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguien tuviera el valor de morir por el bueno. Pero Dios muestra su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:7, 8).
Ayer dijimos que al amor, lejos de ser ciego, ve muy bien. Hoy diremos que el amor hace cosas extrañas.
¿Qué significa esto de “las cosas extrañas del amor”? Tomemos por ejemplo el caso de Jacob, el patriarca bíblico. ¿Cómo explicar el hecho de que haya trabajado siete años por el derecho a casarse con Raquel y, sin embargo, la Escritura dice que a él “le parecieron pocos días” (Gén. 29:20)? Siete años son muchos días, ¡pero no para el que está enamorado!
¿Cómo entender que Rut, la moabita, haya dejado atrás su tierra, sus parientes, sus raíces, sus dioses... y todo, por amor a su suegra? Todos recordamos sus palabras: “No me ruegues que te deje y me aparte de ti, porque a dondequiera que tú vayas, iré yo, y dondequiera que vivas, viviré. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios, mi Dios” (Rut 1:16). No parece haber lógica en su decisión, pero esas son las cosas extrañas del amor.
Ya puedes imaginar el siguiente ejemplo. ¿Cómo pudo Dios enviar a su Hijo a este mundo, a sabiendas de que sería maltratado, humillado, salvajemente golpeado y finalmente crucificado? ¿Puede alguien, por favor, explicarlo? ¿Puede alguien entender cómo es que, a pesar de que somos pecadores, tú y yo seamos llamados hijos de Dios?
No hay manera de explicar este misterio. Sin embargo, hay al menos dos cosas que podemos hacer. Una, es aceptar por fe el hecho de que “Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom. 5:8). Es decir, aceptar que, por amor, Dios pudo ver en ti y en mí lo que nadie más había visto: seres de tanto valor como para justificar el sacrificio de Jesús, nuestro Señor.
La otra cosa que podemos hacer es ¡dar gracias a Dios por su don inefable! (2 Cor. 9:15); agradecerle por ese regalo tan precioso que nos dio en la Persona de su amado Hijo. ¡Y esto es algo que podemos hacer en este mismo instante!
Gracias, Padre celestial, porque no esperaste a que me reconciliara contigo para hacer de mí el objeto de tu supremo amor. Gracias por haber visto en mí un ser de mucho valor; de tanto valor como para que tu amado Hijo muriera en una cruz donde debí morir yo.
16 de febrero
Dios sabe
“Los ojos de Jehová están sobre los justos y atentos sus oídos al clamor de ellos” (Salmo 34:15).
“Nunca sabes lo que un nuevo día puede traer”, escribe Warren W. Wiersbe, “así que, mantén tus ojos abiertos, y tus oídos atentos a lo que el Señor te quiera comunicar” (With the Word. A Devotional Commentary, p. 49).
Muy atento tiene que haber estado Moisés cuando, mientras apacentaba las ovejas de su suegro Jetro, vio una zarza que ardía pero no se consumía. “Iré ahora para contemplar esta gran visión, por qué causa la zarza no se quema”, se dijo Moisés a sí mismo. No imaginó que, al acercarse a la misteriosa zarza, tendría un encuentro personal con “el Ángel del Señor” (Éxo. 3:2, RVC).
¡Qué cosas tan extrañas a veces hace Dios! En ese momento Moisés ya no era un príncipe de Egipto. Era, por así decirlo, un fugitivo de la justicia, que había huido a Madián después de haber dado muerte a un capataz egipcio que golpeaba a un hebreo. Ya no tenía las mismas fuerzas y, seguramente, tampoco el mismo entusiasmo. Sin embargo, en el “cronograma” de Dios había llegado el tiempo de la liberación, y Moisés había sido escogido para cumplir esa gloriosa misión.
¿Exactamente qué mensaje tenía el Ángel del Señor para Moisés? Leamos: “Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus opresores, pues he conocido sus angustias. Por eso he descendido para librarlos de manos de los egipcios” (vers. 7, 8).
¿Te diste cuenta de lo personal que es ese mensaje? “He visto su aflicción”, “He oído su clamor”, “He conocido sus angustias”. Es difícil leer este pasaje y no experimentar cierta emoción. ¡Dios oye los clamores de sus hijos, y conoce sus angustias! Este es precisamente el mensaje de nuestro texto bíblico para hoy: “Los ojos de Jehová están sobre los justos y atentos sus oídos al clamor de ellos”.
¿Estás pasando por pruebas difíciles ahora mismo? ¿Has clamado por ayuda sin que veas respuesta alguna? He aquí el mensaje del Señor para ti: “He visto tu aflicción”; “He oído tu clamor”; “He conocido tus angustias”.
Sí, Dios sabe por lo que estás pasando en este mismo instante. No solo lo sabe; más importante aún es que, en el momento que él considere oportuno, vendrá tu liberación. ¿Por qué sabemos que es así? Porque “los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos, atentos a sus oraciones” (Sal. 34:15, NVI).
Gracias, Señor, porque conoces mis angustias. Sobre todo, gracias, porque en el momento oportuno vendrá mi liberación.
17 de febrero
El propósito fundamental de la vida
“Yo soy Jehová, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre” (Éxodo 20:2).
El propósito fundamental de la vida, en opinión de C. S. Lewis, es establecer una relación personal con nuestro Creador, pues nadie conoce mejor que él cómo funciona “la máquina humana”.
“Dios diseñó la máquina humana”, escribió Lewis, “para que funcionara con él. Él mismo es el combustible para nuestros espíritus, o la comida que fue designada para alimentarnos. No existe otra cosa” (Cristianismo ¡y nada más!, p. 59). Lo que Lewis nos está diciendo aquí es que, sencillamente, no existe la felicidad sin Dios. En vano la humanidad ha estado tratando de llenar el vacío de su existencia “bebiendo de otras fuentes” –las riquezas, el placer, el poder–, pero solo para volver a tener sed.
¿Cómo establecer esa relación personal con el Creador, de modo que la verdadera felicidad sea una realidad en nuestra vida? Leamos nuestro texto de hoy. Ya en la primera línea leemos lo que bien podríamos calificar como buenas noticias. Hablando al pueblo de Israel, al que recién ha liberado de la servidumbre egipcia, el Señor dice: “Yo soy tu Dios”.
¡Qué interesante esta manera de presentarse! Recordemos que los hijos de Israel estuvieron en Egipto durante unos cuatrocientos años. Decir “Egipto” es decir “idolatría”. Sabemos que los egipcios adoraban a toda una hueste de deidades: seres vivos, elementos de la naturaleza –como era el caso del Nilo y los astros–, y seres humanos, como el faraón. Lo que esto significa es que, como bien lo señala Andy Stanley, al salir de Egipto el pueblo de Israel no tenía la más mínima idea de un Dios personal; mucho menos cómo relacionarse con él personalmente.
Sin embargo, Dios les dice: “Yo soy tu Dios”. Decir “tu Dios”, obviamente, ya implica una relación. Es así como el Creador, el Soberano del universo, escoge a los hijos de Israel como su pueblo, y los convierte en el objeto de su cuidado y de su devoción, sin que ellos hubieran hecho nada en particular para merecer ese privilegio.
Entonces: ¿Felicidad sin Dios? ¡No existe tal cosa! Pero la buena noticia para empezar este día es que, cuando tú y yo estábamos perdidos, el amante Padre celestial nos buscó y nos encontró. Ahora somos sus hijos, y él es nuestro Dios.
¿Se puede pedir más?
Gracias, Padre celestial, porque soy miembro de tu pueblo, aunque nada he hecho para merecerlo. Quiero tener una relación personal contigo cada día, conocerte mejor y amarte cada vez más.
18 de febrero
Aún hay bálsamo en Galaad
“¿No queda bálsamo en Galaad? ¿No queda allí médico alguno?” (Jeremías 8:22, NVI).
¿Cuál es la diferencia entre “remendar” y “arreglar”? Nunca había pensado en ello hasta el día en que leí un ensayo de Susan Cooke Kittredge titulado “We all Need Mending” [Todos necesitamos remiendos]. En su obra, esta autora sugiere que cuando se arregla algo que está dañado, a simple vista no quedan evidencias de que alguna vez estuvo dañado. Tiene sentido lo que dice. El automóvil que ha sido chocado, la licuadora que ha dejado de funcionar, una vez que han sido arreglados, a simple vista no dan evidencia de que alguna vez estuvieron dañados.
Otra cosa sucede cuando hablamos de “remendar”. Según el Diccionario de la Real Academia Española, esta palabra significa, en su primera acepción, “reforzar con remiendo lo que está viejo o roto, especialmente ropa”. Es decir que, a diferencia de los objetos arreglados, la ropa remendada todavía muestra evidencias del daño que una vez existió.
¿Qué punto quería destacar Susan Cooke Kittredge al afirmar que no es lo mismo “remendar” que “arreglar”? Que el remiendo no oculta su historia. Como ella misma lo expresa, el remiendo no dice: “Aquí no ha pasado nada”. Muestra las huellas de que algo malo ocurrió. Pero no se detiene ahí. Además de preservar la historia del daño, también señala que todavía hay futuro. En otras palabras, el remiendo habla de nuevos comienzos; dice que, por muy rota que la tela haya estado, todavía tiene utilidad (This I Believe, t. 2, p. 138).
¿Es posible arreglar completamente lo malo que en el pasado hemos hecho, como si nada hubiera sucedido? No, porque las huellas quedan. Una relación rota, un corazón herido, un pecado cometido... Cómo desearíamos que todo fuera hoy como si nada hubiera sucedido. Pero no es posible, no solo porque hubo una caída, una herida, un pecado; sino también porque hubo consecuencias.
¡Ah, pero la vida no se detuvo en el pasado! Aunque es verdad que no podemos decir “aquí no ha pasado nada” –porque sabemos lo malo que hemos hecho– también podemos decir que Dios nos puede perdonar porque “la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). De manera que ¡alabado sea Dios!, aún queda “bálsamo en Galaad”.
Y si así son las cosas, ¿por qué entonces seguir viviendo en el pasado? ¿Por qué no agradecer a Dios porque la preciosa sangre de su Hijo nos ha dado perdón y redención?
Gracias, Padre celestial, porque la sangre de Cristo ha limpiado mi pasado, y porque me ha dado una nueva oportunidad, un nuevo futuro. ¿Qué más puedo desear?
19 de febrero
¿No te has dado cuenta?
“Al despertar Jacob de su sueño, pensó: ‘En realidad, el Señor está en este lugar, y yo no me había dado cuenta’ ” (Génesis 28:16, NVI).
A Jacob, el patriarca bíblico, le sucedió lo mismo que tantas veces nos sucede a ti y a mí: creemos estar solos, sin Dios, cuando en realidad estamos solos, pero con Dios.
¿Cuándo nos sentimos solos, sin Dios? Especialmente después de haber pecado. La gran noticia es que nuestro Padre celestial no nos abandona cuando más lo necesitamos. La experiencia de Jacob, después de engañar a su padre Isaac para apropiarse de la primogenitura, enseña precisamente esa preciosa verdad.
Conocemos los detalles de la historia. Después de engañar a su padre y a su hermano, Jacob debió huir a Harán para salvar su vida. Según el libro Patriarcas y profetas, durante su viaje Jacob se sentía tan atribulado por su vergonzosa conducta, que incluso “temía que el Dios de sus padres lo hubiese desechado” (p. 182).
Una noche, mientras dormía, Jacob soñó con una escalera que con un extremo tocaba la tierra y con el otro el cielo. Además, escuchó la voz de Dios que le dijo: “Yo soy el Señor, el Dios de tu abuelo Abraham y de tu padre Isaac. A ti y a tu descendencia les daré la tierra sobre la que estás acostado. […]. Yo estoy contigo. Te protegeré por dondequiera que vayas” (Gén. 28:13, 15, NVI).
Grande tuvo que haber sido la sorpresa de Jacob. Por haber pecado, él creía que el cielo estaba muy lejos de él, pero en el sueño Dios le reveló que estaba muy cerca. Tan cerca, que Jacob dijo: “El Señor está en este lugar, y yo no me había dado cuenta” (vers. 16, NVI).
¿Había estado Jacob solo mientras huía? Es decir, ¿solo sin Dios? Nunca estuvo solo. A pesar de su pecado, Dios no lo había abandonado. ¿Por qué no nos abandona Dios, ni siquiera cuando hemos pecado? Porque “el Salvador [...] nunca abandonará a un alma por la cual murió. A menos que sus seguidores escojan abandonarlo, él los sostendrá siempre” (El Deseado de todas las gentes, p. 446).
Cuando por haber pecado te sientas inclinado a creer que Dios te ha abandonado, recuerda que “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Tim. 1:15). Es decir, a salvar a gente como tú y como yo.
Lo que esto significa, en pocas palabras, es que Dios no te ha abandonado, y nunca lo hará. Ahora mismo está muy cerca de ti. ¿No te has dado cuenta?
Gracias, Jesús, porque a pesar de mis caídas no me has abandonado, y nunca lo harás. ¡Cuán alentador es saber que nunca abandonas un alma por la cual moriste en la Cruz!
20 de febrero
Difícil, pero no imposible
“Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mateo 6:12).
Perdonar. ¿Hay algo más difícil en la vida que perdonar? No estoy hablando aquí de perdonar al vendedor que miente descaradamente para hacer pasar su mercancía como una de las maravillas del mundo moderno. Ni del empleado en la oficina que te saluda con tanto cariño, pero tiene la vista puesta en el cargo que ocupas. Me refiero a cómo perdonar a quien dice ser tu mejor amigo, o amiga, y a tus espaldas está hablando mal de ti. Perdonar a ese ser querido en quien creíste y que terminó traicionando tu confianza.
Esta última experiencia la vivió Mike, según un relato que cuenta Graeme Loftus (“God’s Lesson in Grace”, Signs of the Times, octubre de 2003). El caso es que el mejor amigo de Mike lo había convencido de invertir en un negocio que, en su opinión, estaba “blindado”. Pero el negoció fracasó, y Mike perdió los ahorros de toda su vida.
Lo que más le dolió a Mike fue enterarse de que su “amigo”, en secreto, había protegido su propia inversión contra todo riesgo, de modo que cuando el proyecto se fue a pique, él nada perdió. Por si esto fuera poco, ni siquiera se dignó de ofrecer algún tipo de ayuda a Mike.
Dice el relato que, aunque el golpe fue severo, con el tiempo Mike “recogió los pedazos” de su fracaso, siguió adelante, y logró recuperar sus finanzas. Sin embargo, un día Mike supo que su amigo estaba en bancarrota y que su familia estaba pasando por tremendas dificultades. ¿Puedes imaginar lo que sucedió? Mike puso a un lado el pasado, y ayudó a su amigo a salvar su trabajo y también su familia.
Este es el milagro del perdón. Muy difícil, pero no imposible. ¿Por qué no es imposible? Porque nuestro Padre es un “Dios perdonador, clemente y piadoso, tardo para la ira y grande en misericordia” (Neh. 9:17). Él quiere morar en nuestro corazón, para que así como él ha perdonado nuestras ofensas, también nosotros perdonemos a quienes nos han ofendido.
¿Hay en tu corazón alguna amargura, algún rencor, por el dolor que alguien te ha causado? Hoy es un buen día para perdonar. El perdón no solo nos acerca a Dios, también hace que seamos más semejantes a él. Más importante aún, si Dios ha perdonado el mal que nosotros hemos hecho, ¿por qué no perdonar a quienes nos han hecho mal?
Padre, que tu Espíritu more hoy en mí, de modo que yo pueda perdonar de la misma manera que tú me has perdonado. Solo así habrá unidad donde antes hubo separación; gozo, donde antes hubo sufrimiento y pesar.
21 de febrero
Lo que llama la atención del Señor
“Jesús se detuvo a observar y vio a los ricos que echaban sus ofrendas en las alcancías del Templo. También vio a una viuda pobre que echaba dos moneditas de cobre” (Lucas 21:1, 2, NVI).
El Señor Jesús probablemente se encontraba frente a la sección del Templo conocida como “atrio de las mujeres”, cuando una viuda pobre echó en una de las arcas para ofrendas dos moneditas “de muy poco valor” (Mar. 12:42). Por ser viuda y pobre, esta mujer ocupaba el estrato más bajo de la sociedad.
Este estrato estaba integrado mayormente por quienes, por tener algún tipo de impedimento físico, no podían trabajar: ciegos, sordomudos, paralíticos, leprosos. Esta gente, por lo general, tenía que mendigar. También pertenecían a esta categoría los que dependían de la caridad pública: las viudas, los huérfanos y quienes, además de no poder trabajar, no tenían a nadie que les proveyera el sustento.
Con este trasfondo, no sorprende leer que Lucas, en su relato, diga que se trataba de una viuda “muy pobre”, y que el término que use en griego signifique “uno que vive con lo indispensable, y que tiene que trabajar cada día a fin de tener algo que comer al día siguiente” (Comentario bíblico adventista, t. 5, p. 634). Su ofrenda, por lo tanto, tuvo que haber sido muy pequeña, y muy inferior a la de los ricos; estos, según Marcos, “echaban grandes cantidades” (Mar. 12:41, NVI).
Al reflexionar en este episodio, no puedo evitar sentir una amorosa reprensión de parte del Salvador por lo poco que estoy dando –de mi vida, de mi tiempo, de mis recursos– a su iglesia y a quienes tienen menos que yo. No puedo evitar pensar que, mientras esta pobre mujer dio como ofrenda “todo el sustento que tenía”, yo, en cambio, estoy dando de lo que me sobra.
Pero así como en este relato recibo una amorosa reprensión, también encuentro un poderoso estímulo. De todo cuanto ese día ocurrió en el Templo, fue el sacrificio de esa pobre mujer lo que más llamó la atención del Salvador. El Templo era imponente, también lo eran las ceremonias, pero lo que cautivó su atención fue la ofrenda más pequeña, proveniente de la persona que ocupaba el lugar más bajo del estrato más pobre de la sociedad judía.
¡Alabado sea Dios! Él nota y aprecia nuestros mejores esfuerzos. No importa cuán débiles, cuán pequeños, puedan parecer ante la vista humana, para él tienen mucho valor.
Gracias, Padre celestial, porque notas mis esfuerzos por serte fiel. En el precioso nombre de Jesucristo, tu Hijo, te ruego que suplas lo que yo con mis mejores esfuerzos no puedo lograr. Amén.
22 de febrero
El lugar secreto de oración
“El Señor es bueno; es un refugio en el día de la angustia. El Señor conoce a los que en él confían” (Nahúm 1:7, RVC).
¿Tienes un lugar favorito de oración? Natanael, “el de Caná de Galilea” (Juan 21:2), estaba en su lugar favorito de oración cuando Felipe lo encontró para decirle que habían hallado “a aquel de quien escribieron Moisés, en la Ley, y también los profetas: a Jesús hijo de José, de Nazaret” (Juan 1:45). Pero bastó que Felipe dijera “Nazaret”, para que el prejuicio indujera a Natanael a preguntar: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” (vers. 46).
Nazaret no había sido mencionada por los profetas como lugar de origen del Mesías; además, era un pueblo muy poco distinguido. ¿Cómo podría, por lo tanto, provenir de Nazaret el esperado Mesías? Natanael, sin embargo, no poseía toda la información. Aunque Jesús había crecido en Nazaret, no había nacido en Nazaret, sino en Belén; y de Belén sí habían hablado los profetas (ver Miq. 5:2). Lo cierto del caso es que Felipe no respondió a la pregunta de Natanael, sino que se limitó a decirle: “Ven y ve” (vers. 46). Dice el relato bíblico que “cuando Jesús vio a Natanael que se le acercaba, dijo de él: ‘¡Aquí está un verdadero israelita en quien no hay engaño!’ ” (vers. 47). Grande tuvo que haber sido la sorpresa de Natanael.
–¿De dónde me conoces? –preguntó.
–Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi (vers. 48).
Estas palabras revelan que Natanael nunca estuvo solo en su lugar secreto de oración. En ese lugar ya lo había visto el Salvador. Aun más, según El Deseado de todas las gentes, cuando Felipe lo encontró, Natanael “oraba a Dios que si el anunciado por Juan [el Bautista] era el Libertador, se lo diese a conocer” (p. 113).
Apreciado amigo, amiga, cuando el desánimo quiera apoderarse de ti, y creas que Dios te ha olvidado, recuerda que Aquel que vio a Natanael debajo de la higuera, también te ve ti en tu lugar secreto de oración. Más aún, también te conoce de manera personal. Él sabe de las preocupaciones que ahora mismo te están robando la paz, así como también de los anhelos más arraigados en tu corazón. Lo mejor de todo es que, en el tiempo oportuno, responderá tu oración según lo que sea mejor para ti.
¿Qué tal si ahora mismo das gracias por ese maravilloso Salvador que es Cristo, el Señor?
Gracias, Señor Jesús, porque tus ojos no se apartan de mí, porque me conoces por nombre, y porque siempre estás atento a mis súplicas y oraciones.
23 de febrero
“El Dios de mi padre”
“El Señor es mi fuerza y mi cántico; él es mi salvación. Él es mi Dios, y lo alabaré; es el Dios de mi padre, y lo enalteceré” (Éxodo 15:2, NVI).
Entre tantas cosas buenas que un padre, una madre, pudiera legar a sus hijos, ¿cuál podría considerarse como el legado de mayor valor?
Los hijos de Israel se encontraban a salvo a orillas del Mar Rojo, después de que el ejército egipcio había sido literalmente destrozado gracias a la oportuna intervención de Dios. Guiados por Moisés, los israelitas prorrumpieron entonces en alabanza para agradecer por la gran liberación (ver Éxo. 15:1-18). El resultado fue un canto, el primero que registran las Escrituras, y que conocemos como el Canto de Moisés.
El Canto de Moisés se divide en dos partes. En la primera (vers. 1-12), el pueblo alaba a Dios por haberlo rescatado de las huestes egipcias. En la segunda (vers. 13-18), su nombre es exaltado por lo que hará por su pueblo una vez que posea Canaán. En la primera parte, justo en el versículo dos, Moisés y el pueblo exclaman: “El Señor es mi fuerza y mi cántico; él es mi salvación. Él es mi Dios, y lo alabaré; es el Dios de mi padre, y lo enalteceré” (Éxo. 15:1, 2, NVI).
¿Te fijaste? Moisés primero dice: “Él es mi Dios”. Luego añade: “Es el Dios de mi padre”. ¿No es esto maravilloso? ¡El Dios de su padre es también su Dios! Y ahora dime tú: ¿Puede haber una herencia más preciosa para legar a nuestros hijos que el conocimiento de Dios como su Padre, y de Cristo como su Salvador?
He leído que poco después de la muerte de Ronald Reagan, el 40° presidente de los Estados Unidos, su hijo adoptivo Michael Reagan comentó que de los muchos regalos que su padre le dio, ninguno logró superar al que recibió durante un vuelo aéreo que realizaron juntos en 1988, cuando Michael era todavía un niño: su padre le habló del amor de Dios y del amor de Cristo como su Salvador. “En ese momento no sabía todo lo que eso significaba, pero ciertamente lo sé ahora”, dijo.
¿Qué piensa hacer Michael con ese “regalo”? Dice él que se ha propuesto honrar la memoria de su padre al dar a sus hijos el mismo regalo que él recibió.
¡Esa es la idea! Que nuestros hijos puedan decir, sin avergonzarse: “¡El Dios de mi padre es también mi Dios!”
Dios de mis padres, hoy quiero que sepas que eres mi Dios, y que resuelvo hacer todo cuanto pueda para que también seas el Dios de mis hijos.
24 de febrero
¿Se puede pedir más?
“Ya no los llamo siervos, porque el siervo no está al tanto de lo que hace su amo; los he llamado amigos, porque todo lo que a mi Padre le oí decir se lo he dado a conocer a ustedes” (Juan 15:15, NVI).
¿Qué te gustaría que se dijera de ti?
1 Que eres una persona muy amada por Dios.
2 Que eres una persona “conforme al corazón de Dios”.
3 Que eres amigo de Dios.
Que era “muy amado” se dice del profeta Daniel (Dan. 9:23). Del Rey David se dice que era “varón conforme al corazón de Dios” (Hech. 13:22). Y que era “amigo de Dios”, se dice de Abraham (Sant. 2:23). De nuevo, ¿qué te gustaría que se dijera de ti?
Al igual que Abraham, y sin pensarlo dos veces, quiero ser llamado “amigo de Dios”. Mejor aún, quiero que el Señor diga de mí lo que en una ocasión dijo de Abraham: “Pero tú, Israel, siervo mío eres; tú, Jacob, a quien yo escogí, descendencia de Abraham, mi amigo” (Isa. 41:8).
Dice: “Mi amigo”. ¿Puede haber mayor honor que este? ¡Que el Soberano de todo el universo diga de ti, de mí: “¡Es mi amigo, mi amiga!”
Lo cierto es que ese honor ya es nuestro. Oigamos al Señor decirlo: “Ya no los llamo siervos, porque el siervo no está al tanto de lo que hace su amo; los he llamado amigos” (Juan 15:15, NVI). Lo que el Señor está diciendo aquí es algo así:
“Aunque yo soy el Señor y el Maestro, no tienen que relacionarse conmigo como siervos que temen a su amo; pueden hacerlo como amigos que me aman ¡porque ustedes ya son muy amados!” ¿No es esto maravilloso?
Volvamos por un momento a la amistad entre el Señor y Abraham. ¿Cuál era uno de los rasgos más significativos de esa amistad? El mismo Señor lo mencionó en ocasión de su visita a Abraham, cuando se acercaba el momento de la destrucción de Sodoma: “¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer?” (Gén. 18:17).
¡Ahí está! Entre amigos no hay secretos. ¿Cómo podía el Señor destruir a Sodoma sin que Abraham, su amigo, lo supiera?
Amigos de Dios; eso somos tú y yo. Como prueba de esa amistad, él nos dio a conocer todo lo que oyó decir al Padre. Y, más importante aún, dio su vida por nosotros.
¿Qué más se puede pedir?
No sé qué viste en mí, bendito Jesús, para que decidieras ser mi mejor amigo. Mientras yo viva, haré honor a esa amistad, y cuando vengas a buscarme, será para mí el mayor de los honores alabar tu precioso nombre por toda la eternidad.
25 de febrero
“Pagada completamente”
“Hermanos, quiero que sepan que les estamos anunciando el perdón de sus pecados por medio de Jesús” (Hechos 13:38, RVC).
Fue en su primera visita a Jerusalén, en ocasión de la Pascua, cuando Jesús dio evidencias de entender cuál era el propósito de su nacimiento en nuestro mundo.
Dice el relato bíblico que, una vez terminada la fiesta, José y María emprendieron el viaje de regreso a casa, sin darse cuenta de que Jesús se había quedado en Jerusalén. Después de tres días de angustiosa búsqueda, cuando finalmente lo encontraron, su madre le preguntó: “ ‘Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?’ [...]. Él les respondió: ‘¿Y por qué me buscaban? ¿Acaso no sabían que es necesario que me ocupe de los negocios de mi Padre’?” (Luc. 2:48, 49, RVC).
Con esta respuesta, Jesús por primera vez indicó que tenía una misión especial que cumplir. Y una vez que comprendió la naturaleza de esa misión, nunca la perdió de vista. Por ello pudo decir al principio de su ministerio: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y terminar su obra” (Juan 4:34). Y antes de expirar su último aliento, mientras pendía de la Cruz, exclamó: “Consumado es” (Juan 19:30).
¿Qué quiso decir con las palabras “Consumado es”? Que “Cristo no entregó su vida hasta que hubo cumplido la obra que había venido a hacer” (El Deseado de todas las gentes, p. 706). En este sentido, la expresión “Consumado es” (gr. tetelestai) hace referencia no a un hombre acabado, que ha llegado al fin de sus fuerzas, sino habla de una obra terminada.
Según Warren W. Wiersbe, tetelestai era una palabra de uso común en tiempos de Jesús. La usaban los siervos cuando completaban una tarea; y los artistas, cuando terminaban sus obras. También los sacerdotes griegos la utilizaban cuando los adoradores traían al Templo una víctima para el sacrificio. Si el animal cumplía los requisitos, el sacerdote decía tetelestai (“Es perfecto”). Y cuando una persona completaba el pago de una compra a plazos, el vendedor extendía un recibo con la palabra tetelestai: “Pagada completamente” (The Cross of Jesus: What His Words from Calvary Mean for Us, p. 105).
¿Qué es lo que estamos diciendo? Que es posible el perdón de nuestros pecados, gracias al sacrificio que nuestro Señor completó en la Cruz; porque al derramar su preciosa sangre, Jesús pagó completamente nuestra deuda de pecado, y nos dio una nueva oportunidad.
Dicho de otra manera: ¡Ya no estamos sujetos a servidumbre! ¡Cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia!
Gracias, Jesucristo, por haber cancelado mi deuda de pecado. Hoy quiero hacer uso de la libertad que me has devuelto para aceptarte como mi Señor y Salvador.
26 de febrero
¿Cómo quieres que te recuerden?
“Nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, sino que proclamamos a Jesucristo como Señor, y nos declaramos siervos de ustedes por amor a Jesús” (2 Corintios 4:5, RVC).
¿Qué te gustaría que se dijera de ti cuando ya no estés en este mundo? Esta pregunta pareciera no ser la ideal para comenzar el día; sin embargo, hay al menos dos buenas razones por las cuales vale la pena hacerla.
La primera razón la ilustra bien Peter Drucker, considerado por muchos el padre de la gerencia moderna. Cuenta él que cuando tenía unos trece años de edad su maestro de Religión una vez recorrió todo el salón de clases preguntando a cada alumno: “¿Cómo te gustaría que la gente te recordara?” Después de completar el recorrido, con una sonrisa en su rostro, el hombre dijo: “No esperaba que ustedes pudieran responder a mi pregunta, pero si cuando cumplan cincuenta años todavía no saben cómo responderla, habrán malgastado su vida” (The Daily Drucker, p. 176).
El caso es que la pregunta de su maestro impactó a Drucker durante toda su vida, al punto de que con frecuencia se la hacía a sí mismo y llegó a formar parte de sus charlas y sus escritos. ¿Por qué? Porque, en su opinión, esta pregunta lo animó a renovarse, a verse como la persona que algún día podía llegar a ser.
Tiene sentido. Siendo que vamos a pasar por este mundo una vez, ¿por qué no ser la mejor clase de personas que podamos: como estudiantes, amigos, trabajadores, esposos, padres...? ¿Por qué no esforzarnos siempre para hacer las cosas de la mejor manera que podamos?
Esforzarnos por llegar a ser la mejor clase de personas nos lleva a la segunda razón por la que conviene preguntarnos cómo queremos ser recordados: ¿Qué huellas dejaremos tú y yo a nuestro paso por este mundo? Por cierto, para dejar huellas, no se necesita ser una celebridad o un personaje famoso; solo basta con haber nacido.
Nuestras huellas quedarán en los lugares por donde pasamos, y sobre todo, en las personas con quienes tratamos. ¿Qué dirán esas huellas? ¿De qué hablarán?
¿Contarán la historia de una vida malgastada en la complacencia personal, o “gastada” en el servicio a Dios y al prójimo? Por sobre todo, ¿qué dirán del lugar que Cristo ocupó en nuestra vida?
Yo quiero que se me recuerde como un servidor de la humanidad por amor a Cristo. ¿Y tú?
Padre celestial, no quiero pasar por este mundo en vano. Ayúdame, por lo tanto, a cultivar en mi vida tus atributos de carácter, y a compartir con otros el maravilloso amor de mi Salvador.
27 de febrero
¿Un yugo fácil?
“Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Mateo 11:29, 30).
¿A qué se refería el Señor cuando dijo que su yugo es fácil?
Cuando Jesús pronunció estas palabras, en la multitud se encontraban los escribas y fariseos, para quienes la religión era una ronda interminable de ceremonias. También estaban los publicanos y pecadores. Tanto a unos como a otros el Señor extendió una “extraña” invitación: “Llevad mi yugo sobre vosotros”.
¿Qué quiso decir? ¿No llevaban ya un pesado yugo? Leamos primero algo sobre cómo se preparaba el yugo para los animales de carga en la antigua Palestina. Según William Barclay, el yugo de los bueyes era “hecho a la medida”. Primero, al buey se le “tomaban las medidas”; seguidamente, el yugo era elaborado y, finalmente, probado sobre el buey. De esa manera, el dueño se aseguraba de no perjudicar el cuello del animal (The Gospel of Matthew, t. 2, p. 17).
El punto importante aquí es que el yugo no libraba al buey del trabajo duro, pero lo facilitaba, porque estaba hecho a su medida. (De hecho, resulta interesante saber que la palabra griega traducida como “fácil” es chrestos, que significa “cómodo”, “a la medida”).
De acuerdo con esta información, podemos inferir que la promesa del Señor a sus seguidores no es una vida libre de pruebas; es, más bien, que en medio de las pruebas siempre tendremos su ayuda. Es la ayuda que él mismo nos brinda porque, en última instancia, es él quien lleva la mayor parte de la carga.
¿Estás ahora mismo enfrentando alguna prueba dura? ¿Sientes que te caes bajo el peso de la carga que llevas? La promesa de Dios es que hay descanso para tu alma; no en el sepulcro, sino en este momento. Jesús, el Hijo de Dios, ahora mismo está muy cerca de ti, a la espera de que le permitas poner tu carga sobre su hombro. Ya lo dijo el salmista: “Deja tus pesares en las manos del Señor, y el Señor te mantendrá firme; el Señor no deja a sus fieles caídos para siempre” (Sal. 55:22, RVC). Así, pues, coloca sobre él todos tus pesares, tus angustias, tus temores. Nunca podrás agobiarlo, ni tampoco sobrecargarlo. ¿No dice acaso la Escritura que “la soberanía reposará sobre sus hombros”? (ver Isa. 9:6, NVI)
Gracias, Señor Jesús, por tu promesa de estar conmigo en medio de mis pruebas. En este mismo instante te entrego mis cargas, para que las lleves sobre tus hombros; y a cambio recibo tu yugo, tu descanso y tu perdón.
28 de febrero
El verdadero perdón
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).
Hace unos años, mientras revisaba las revistas que en el mostrador de una iglesia se colocan para regalar, vi una portada que me llamó la atención. Aparecía la foto de LeBron James, para entonces el mejor jugador de basquetbol del mundo, con el uniforme de Cleveland Cavaliers, su “nuevo” equipo. Se trataba de un artículo escrito por Martin Surridge, profesor de Inglés de Lynden, Washington (“When Betrayal Deserves Forgiveness”, Insight, enero 24, 2015, pp. 8-10.).
El argumento del artículo era sencillo, pero poderoso: ¿Por qué los fanáticos de Cleveland estaban dispuestos a perdonar a LeBron, siendo que no había nada que perdonar? En opinión del autor, LeBron James no traicionó a su equipo Cleveland Cavaliers cuando, siendo agente libre, optó jugar para Miami Heat. Es verdad, fue Cleveland quien originalmente lo contrató, y fue en el Estado de Ohio donde LeBron nació; sin embargo, ¿no tenía él todo el derecho de firmar con el equipo de su preferencia?
Después de cuatro años en Miami, tiempo durante el cual LeBron fue el factor decisivo para que Miami Heat ganara dos campeonatos de la NBA, la superestrella del basquetbol decidió regresar a Cleveland. Entonces aparecieron, por miles, las pancartas estampadas con el mensaje: “Te perdonamos, LeBron”.
¿Qué estaban perdonando?, pregunta el profesor Surridge. ¡No había nada que perdonar!
Lo que dice el profesor Surridge tiene sentido. Si, por ejemplo, alguien me ha robado, mi perdón hacia el ladrón ha de producirse mientras el ladrón todavía está en posesión de mi dinero, no cuando me lo ha devuelto, ¡porque entonces cuán fácil me resultaría perdonar!
Leer el artículo de Surridge transportó mi mente a otras escenas de deslealtad, de traición y de perdón. Pensé en Pedro, en el patio del Templo, negando al Señor. En Judas, vendiéndolo por treinta monedas de plata. Recordé las palabras del apóstol Juan, al escribir de la misión que trajo al Hijo de Dios a nuestro mundo: “A lo suyo vino, pero los suyos no lo recibieron”. También recordé las escenas del Calvario...
¿Cuándo perdonó Jesús a sus detractores? Mientras sufría los intensos dolores de los clavos, y su sangre corría por sus sienes; mientras todavía se escuchaban los insultos, nuestro amado Salvador exclamó: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Luc. 23:34). Si esto no es perdón, ¿entonces qué es?
¡Oh, amor divino, que no esperaste a que nos reconciliáramos contigo para entregar a tu Hijo a la muerte, y muerte de Cruz!
Gracias, Padre, porque entregaste a tu Hijo a la muerte cuando todavía éramos tus enemigos; y porque hiciste provisión para perdonarnos antes de merecer tu perdón.
1° de marzo
El poder de las heridas
“Mas él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados. Por darnos la paz, cayó sobre él el castigo, y por sus llagas fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5).
Jessica era un bebé de apenas 18 meses cuando accidentalmente cayó en un pozo en Midland, Texas, el 14 de octubre de 1987. Gracias a la cobertura que los medios de comunicación le dieron al hecho, el mundo entero presenció en detalle los frenéticos esfuerzos de los rescatistas para salvarle la vida. Después de 58 horas de ardua labor, y mucha tensión, Jessica fue finalmente rescatada. Todavía hoy se puede ver la foto de su rescate (que, de paso, obtuvo el premio Pulitzer en 1988); donde aparece ella en brazos de uno de los rescatistas.
La experiencia que vivió la pequeña Jessica fue documentada y conservada para la posteridad en periódicos y revistas, canciones, libros y películas. Pero son las cicatrices que quedaron en su cuerpo las que cuentan su historia. No puede ser de otra manera. ¿Qué mejor que una cicatriz para traer a nuestra memoria experiencias que preferimos no haber vivido? ¿Qué mejor que una cicatriz para recordarnos que, a pesar de la dolorosa experiencia que vivimos, todavía estamos vivos? Esto es precisamente lo que Jessica McClure dijo en una ocasión en la que se celebraba un aniversario de su milagroso rescate: “Estoy orgullosa de mis cicatrices. Ellas me dicen que sobreviví” (“Stories in the Scars”, Signs of the Times, enero de 2000, p. 32).
¿Hay cicatrices en tu cuerpo, en tu corazón? ¿Qué historias cuentan? ¿La historia de un accidente que casi te quita la vida? ¿Historias de sueños rotos? Sea lo que fuere, lo importante es que todavía vives. Y porque hoy vives, puedes agradecer a Dios, no solo por esas cicatrices, sino también por las de su amado Hijo; las que Jesús padeció para perdonarte y darte vida eterna. De esas heridas habla nuestro texto de hoy: “Mas él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados. Por darnos la paz, cayó sobre él el castigo, y por sus llagas fuimos nosotros curados” (Isa. 53:5).
¡Gracias, Jesucristo, por las heridas del Calvario! ¡Gracias porque, pudiendo permanecer en el cielo, preferiste sufrir con tal de salvarnos! Además de declarar el elevado precio que pagaste para salvarnos, por “las edades eternas, las heridas del Calvario proclamarán su alabanza y declararán su poder” (El conflicto de los siglos, p. 732).
Gracias, Jesús, porque tus heridas nos dicen lo mucho que nos amas; y porque por tus llagas “fuimos nosotros curados”. ¡Bendito sea tu nombre, Señor, hoy y siempre!
2 de marzo
Dios continúa siendo fiel
“Dichoso aquel a quien se le perdonan sus transgresiones, a quien se le borran sus pecados” (Salmos 32:1, NVI).
¿Quién queda más agradecido al perdonársele una deuda: al que se le perdona poco o al que se le perdona mucho?
La respuesta la encontramos en el siguiente caso de la vida real, que relata Mark Finley. Es la historia de Steve y Kim, una pareja con problemas. Kim, la esposa, tenía un amante, y se proponía abandonar a Steve cuando ocurrió un hecho inesperado: Steve se ganó el premio de la lotería valuado en dos millones de dólares.
La noticia colocó a Kim frente a un verdadero dilema: ¿dejaría a su esposo millonario, o terminaría la relación ilícita con su amante? Kim decidió seguir con su esposo, pero sin dejar al amante. Sin embargo, ¿cómo lo haría? Decidió contratar a un asesino a sueldo. Solo le costaría 500 dólares.
Un día, mientras Kim discutía con su amante los detalles del plan, su hijo, de 21 años escuchó la conversación telefónica. Sin pérdida de tiempo, notificó a su padre, Steve, quien de inmediato contactó a la policía, y Kim terminó en la cárcel por intento de homicidio.
Entonces ocurrió lo inaudito: Steve retiró los cargos contra Kim. No solo eso; además, hizo cuanto pudo para reducir su sentencia, y al final terminó pagando la fianza que le dio la libertad. Cuenta Finley que el perdón de Steve no solo quebrantó el corazón de Kim, sino también le dio el valor que necesitaba para poner fin a su aventura y salvar su matrimonio (“Million Dollar Love”, Signs of the Times, noviembre de 1999, p. 20).
¿Cómo pudo Steve perdonar tanto? Solo hay una explicación: Steve le perdonó mucho porque la amaba mucho. Kim, por su parte, que hasta entonces había estado ciega, pudo conocer la magnitud del amor de su esposo: un amor que se puso en evidencia cuando ella menos lo merecía y más lo necesitaba. Fue así como el amor a su esposo revivió en su corazón, porque a quien mucho se le perdona, mucho ama.
¿Cuánto te ha perdonado Dios? ¿Y cuánto lo amas? A mí me ha perdonado mucho. Por eso hoy quiero invitarte para que juntos pidamos a Dios que nos permita conocer cada vez más de ese gran amor, que no merecemos, pero que desesperadamente necesitamos. Ese amor que prefirió sacrificarse antes que abandonarnos.
Gracias, Señor Jesús, porque a pesar de nuestra infidelidad y nuestras rebeliones, tú continúas siendo fiel. Gracias porque con tu muerte en la Cruz nos diste el perdón que no merecíamos, pero que tanto necesitábamos.
3 de marzo
¿Primero el abrazo?
“Muchos recaudadores de impuestos y pecadores se acercaban a Jesús para oírlo, de modo que los fariseos y los maestros de la ley se pusieron a murmurar: ‘Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos’ ” (Lucas 15:1, 2, NVI).
¿Por qué murmuraban los fariseos y los maestros de la ley contra Jesús? Nuestro versículo para hoy nos da la respuesta: porque el Señor recibía a los pecadores.
Sin que se dieran cuenta, cuando esos maestros de la ley declararon que Jesús recibía a pecadores, con sus palabras expresaron la misión que trajo al Señor a nuestro mundo: “Llamar pecadores al arrepentimiento” (Mat. 9:13). Por supuesto, Jesús no los contradijo; más bien, por medio de tres parábolas, confirmó que Dios no solo recibe, sino además celebra con gozo cuando un pecador decide “regresar a casa”. Según el relato de Lucas 15, el hijo menor reclamó la parte de su herencia y abandonó el hogar de su padre. “Cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia y comenzó él a pasar necesidad. Entonces fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, quien lo envió a su hacienda para que apacentara cerdos. Deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba. Volviendo en sí, dijo: ‘¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!’ ” (vers. 14-17).
Cuando el hijo errante volvió a casa, ¿cómo lo recibió el padre? Dice el relato que “cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y fue movido a misericordia, y corrió y se echó sobre su cuello y lo besó” (vers. 20).
¿Nos damos cuenta de lo que sucede en ese encuentro? El padre no pide explicaciones; ni tampoco hace recriminaciones. Abraza y besa al hijo que estaba perdido, sin siquiera esperar que primero pida perdón. Y luego celebra en familia a lo grande. Por lo menos esta vez, acertaron los fariseos: ¡Dios recibe a los pecadores! Hoy quiero dar gracias porque nos abraza, incluso antes de que le pidamos perdón; y porque celebra a lo grande cuando, arrepentidos, regresamos a casa. Sobre todo, alabo su nombre porque “él es bueno, [y] porque para siempre es su misericordia” (Sal. 107:1).
¿Verdad que no es difícil amar a quien tanto nos ha amado?
Gracias, Padre celestial, porque me aceptas sin recriminarme el mal que he hecho; y porque me amas, incluso antes de que te pida perdón. Quiero comenzar este nuevo día alabándote, y pidiéndote que me ayudes a vivir hoy de un modo que glorifique tu santo nombre.
4 de marzo
“Dios es amor”
“El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1 Juan 4:8).
Si has leído Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, recordarás la peste de insomnio que azotó a Macondo, el pueblo donde se desarrollan las escenas de la obra.
Aunque la peste fue inicialmente bienvenida, bajo la creencia de que tendrían más tiempo para disfrutar de la vida, los estragos de la enfermedad se hicieron evidentes cuando los pueblerinos se percataron de que estaban sufriendo de un mal aún mayor: el olvido. Preocupados ante la posibilidad de olvidar incluso los nombres de los artefactos cotidianos básicos, los pueblerinos recurrieron al método de marcarlos por nombre: mesa, silla, puerta, pared, cama... De esta forma, el problema estaría solucionado. Sin embargo, luego cayeron en cuenta de que podría llegar el día en que, aunque recordaran los nombres de las cosas, no recordaran para qué servían. Entonces decidieron ser más específicos. El letrero de la vaca, por ejemplo, decía: “Esta es una vaca. Hay que ordeñarla cada día para que produzca leche...”.
Al cabo de un tiempo, todo el pueblo estaba lleno de carteles. El más grande, en la calle central de Macondo, decía: DIOS EXISTE (Cien años de soledad, pp. 49-53). Por muy extendida que estuviera la peste del olvido, una cosa estaba clara en Macondo: aunque olvidaran todo lo demás, el letrero de la calle principal siempre les recordaría que Dios existe.
A nosotros, que vivimos en la era de la información –en la que literalmente nuestro cerebro registra muchísimos más estímulos de los que puede procesar e interpretar–, quizá también nos convendría definir qué cosas no podemos darnos el lujo de olvidar. E incluso podríamos pensar en escribir letreros que nos ayuden en este sentido. Yo sugeriría, por ejemplo, un cartelito con nuestro versículo de hoy: “El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”.
Y a su lado, o un poquito más abajo, colocaría esta cita explicativa; como hicieron en Macondo:
“ ‘Dios es amor’ está escrito en cada capullo de flor que se abre, en cada tallo de la naciente hierba. Los preciosos pájaros que llenan el aire de melodías con sus alegres cantos, las flores exquisitamente matizadas que en su perfección perfuman el aire, los elevados árboles del bosque con su rico follaje de viviente verdor; todo testifica del tierno y paternal cuidado de nuestro Dios y de su deseo de hacer felices a sus hijos” (El camino a Cristo, p. 15).
Gracias, Padre celestial, porque en toda la creación podemos leer de tu gran amor por cada uno de nosotros, y porque en tu Palabra nos recuerdas que somos tus hijos amados.
5 de marzo
Cuando Dios llora
“Entonces Jesús, al ver llorar a María y a los judíos que la acompañaban, se conmovió profundamente y, con su espíritu turbado, dijo: ‘¿Dónde lo pusieron?’ Le dijeron: ‘Señor, ven a verlo’. Y Jesús lloró” (Juan 11:33-35, RVC).
¿Por qué lloró Jesús ante el sepulcro de Lázaro? Algunos de los presentes en la escena dijeron que lloraba por lo mucho que lo amaba; pero sabemos que el Señor no lloraba por Lázaro, ya que sabía que lo iba a resucitar. Entonces ¿por qué lloró el Señor?
Jesús lloró porque “su corazón tierno y compasivo se conmueve siempre de simpatía por los dolientes”; porque, “aunque era Hijo de Dios, había tomado sobre sí la naturaleza humana y lo conmovía el pesar humano” (El Deseado de todas las gentes, p. 490).
Aquí estamos hablando de un Dios que “llora con los que lloran y se regocija con los que se regocijan”. Es decir, un Dios muy cercano a tu corazón y el mío.
La idea de un Dios compasivo tuvo que haber sido totalmente incomprensible para la mentalidad griega de aquel tiempo. En opinión de ellos, sus dioses no compartían el pesar de sus adoradores. Pero lo que para ellos era inconcebible, para nosotros es el corazón de las buenas nuevas. ¿Cuáles son esas buenas nuevas? Que Dios, además de ser infinitamente poderoso, es también supremamente compasivo. ¡Y que ese Dios, nuestro amante Padre celestial, se identifica plenamente con todo lo que suceda a sus hijos!
Hay, además, una segunda razón: Jesús lloró por el pesar que le causaba saber que “muchos de los que ahora estaban llorando por Lázaro pronto maquinarían la muerte de quien era la resurrección y la vida” (ibíd.). Aquí, de nuevo, tenemos una vislumbre del carácter de Dios; de ese Dios que “es tardo para la ira y grande en misericordia” (Núm. 14:18); del Dios que no quiere “que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Ped. 3:9).
Quiero comenzar este nuevo día dando gracias porque el Dios todopoderoso, que hizo los cielos y la tierra, es tu Padre celestial y también el mío. Quiero agradecer, además, porque a Jesucristo, su amado Hijo, lo conmueven profundamente nuestras aflicciones, y porque no permanece indiferente ante nuestros pesares. Finalmente, quiero dar gracias porque un glorioso día, quizás hace ya mucho tiempo, ese bendito Salvador nos invitó a darle nuestro corazón.
¿Qué le diremos hoy a nuestro maravilloso Salvador?
Gracias, Jesucristo, porque, además de poderoso, eres un Salvador compasivo. Te consagro de nuevo mi vida, y te pido que la uses para que otros también conozcan de tu incomparable amor.
6 de marzo
“¿Quieres ser sano?”
“El que estaba sentado en el trono dijo: ‘Yo hago nuevas todas las cosas’ ” (Apocalipsis 21:5).
“¿Quieres ser sano?” Esta fue la pregunta que hizo el Señor Jesús a un hombre que había estado imposibilitado durante 38 años, y que, según su propio testimonio, esperaba que las aguas del estanque de Betesda lo sanaran.
Siempre me ha llamado la atención esta pregunta. A simple vista, pareciera no tener sentido. Sin embargo, ¿hizo Jesús alguna vez una pregunta sin sentido? Bien podría haber sucedido que el paralítico ya se hubiese “acostumbrado” a su enfermedad; es decir, ya se hubiese acostumbrado a vivir sin responsabilidad alguna porque, debido a su condición, otros cuidaban de él. Si ese era el caso, ¿por qué cambiar la seguridad que le brindaba su condición de enfermo por un futuro desconocido?
Por supuesto, estas son solo suposiciones. Sin embargo, hay otra pregunta que conviene considerar: así como existe la posibilidad de que un enfermo no quiera ser sanado, ¿podría darse el caso de un pecador que no desee ser perdonado? La respuesta es, de nuevo, sí; porque el perdón tiene implicaciones. Una de ellas es que el pecador perdonado debe cambiar el rumbo de su vida, y ¿cuántos están dispuestos a cambiar?
Este punto nos trae de regreso al caso del paralítico de Betesda. Según el relato bíblico, después de haber sido sanado, Jesús lo encontró en el Templo. ¿Qué le dijo el Señor, entonces? “Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te suceda algo peor” (Juan 5:14). En otras palabras, la enfermedad del hombre había sido producto de una vida de pecado. ¿Habrá sido esta la razón por la que el Señor le preguntó si deseaba ser sanado? Ser sanado significaba que se abría la posibilidad de volver a la vida antigua, la clase de vida que lo había llevado a su deplorable condición. ¿Deseaba él eso?
Hoy el Señor se acerca a ti y a mí, y nos pregunta: “¿Quieres ser sano?” “¿Quieres ser perdonado?” Obviamente, la respuesta debería ser sí. Pero… Desear ser perdonados significa que no hemos de seguir viviendo como antes. Significa que ahora odiamos lo malo que antes amábamos. Significa, en resumen, que la vida antigua quedó atrás, porque ahora somos nuevas criaturas.
¿De verdad quieres ser sano? ¿De verdad quieres ser perdonado? Si este es tu deseo, ahora mismo puedes pedir a tu Padre celestial que transforme tu corazón.
Padre celestial, concédeme hoy tu sanidad, y también dame tu perdón. Pero ayúdame, por favor, a vivir como es digno de un hijo tuyo que ha sido perdonado por la preciosa sangre del Cordero que fue inmolado.
7 de marzo
Las primeras lecciones
“Instruye al niño en su camino, y ni aun de viejo se apartará de él” (Proverbios 22:6).
¿Cuán temprano en su vida ha de comenzar el niño a aprender las primeras lecciones relativas a su desarrollo espiritual?
Algunos padres consideran que primero se han de suplir las necesidades básicas del niño: alimentación, aseo, sueño... para luego, años después, suplir sus necesidades espirituales. No debe ser así, escribe Donna Habenicht, psicóloga y exprofesora de la Universidad Andrews, en Míchigan, Estados Unidos. Según ella, mientras la madre alimenta al niño, y suple sus necesidades básicas, ya le está enseñando las primeras dos lecciones de su vida espiritual: el amor y la confianza (How to Help Your Child Really Love Jesus, p. 7).
Las palabras de la doctora Habenicht no deberían sorprendernos. Muchos años antes, Elena de White ya había escrito que el amor de la madre representa ante el niño el amor de Cristo, y que los niños que confían y obedecen a su madre están aprendiendo a confiar y obedecer a Dios.
Recordé estas palabras cuando leí lo que, según Corrie Ten Boom, la ayudó a soportar las terribles experiencias que vivió en un campo de concentración nazi. Cuenta Corrie que cuando ella era todavía muy niña, su padre, Casper, era quien la acostaba a dormir, siguiendo un acostumbrado ritual: la acostaba, la arropaba, oraba con ella, le daba un beso de buenas noches y finalmente le decía: “Que duermas bien, Corrie... Te amo”.
¿Qué hacía Corrie, a todas estas demostraciones de amor? “Me quedaba muy quietecita, porque temía que si me movía, podía dejar de percibir el toque de su mano”.
Nunca imaginó el señor Casper lo mucho que el toque de su mano, y sus oraciones, significarían para Corrie mientras estaba recluida en Ravensbruck, un campo de concentración para mujeres. Cuenta ella que, durante las noches, le parecía sentir sobre su rostro el toque cariñoso de la mano de su padre. Entonces, mientras estaba “acostada en un inmundo colchón, en esa prisión deshumanizante, oraba: ‘Oh, Señor, permíteme sentir tu mano sobre mí [...]. Déjame esconderme bajo la sombra de tus alas’. En medio de mis sufrimientos, así encontraba seguridad en mi Padre celestial” (In My Father’s House, p. 78.).
Como padres, ¿estamos representando ante nuestros hijos el amor de Cristo? Nuestro versículo para hoy nos recuerda que esas primeras lecciones no se perderán. En el momento de la prueba, las recordarán.
Padre celestial, ayúdanos a compartir con “los más pequeñitos del rebaño” el amor de Cristo. Que ese amor llegue a ser tan real en sus vidas, que en los momentos difíciles ellos puedan encontrar seguridad bajo “la sombra de tus alas”.
8 de marzo
El poder de las promesas
“¿No ha quedado nadie de la casa de Saúl, para que yo lo favorezca con la misericordia de Dios? Respondió Siba al rey: ‘Aún queda un hijo de Jonatán, lisiado de los pies’ ” (2 Samuel 9:3).
En opinión de Lewis Smedes, el ser humano posee dos singulares poderes con los que puede crear un futuro mejor. Uno, el poder de perdonar, nos capacita para librarnos de un pasado que no podemos cambiar. El otro, el poder para cumplir nuestras promesas, nos ayuda a establecer relaciones estables en un mundo cambiante (Caring & Commitment, p. 147).
De estos dos poderes echó mano el rey David cuando, ya consolidado como rey de Israel, preguntó si había quedado algún descendiente de Saúl a quien él pudiera mostrar misericordia (2 Sam. 9:1-3). La práctica usual en aquellos tiempos de monarquías y dinastías era eliminar todo vestigio de la familia real depuesta. Pero David quiere hacer todo lo contrario.¿Por qué? Pues, ¡porque a él Dios lo había tratado con misericordia! Y porque, además, David nunca olvidó las promesas que había hecho, no solo a Jonatán, sino también a Saúl, en el sentido de no destruir su descendencia una vez que llegara al trono (ver 1 Sam. 20:12-15; 24:20-22).
¿Había algún descendiente de la casa de Saúl? Según el relato, sí: Mefi-boset, “un hijo de Jonatán, lisiado de los pies” (2 Sam. 9:3). Sin pérdida de tiempo, el rey envió a traerlo a su presencia. Temiendo por su vida, Mefi-boset se presenta en el palacio listo para escuchar su sentencia de muerte. Pero en lugar de su condena, escuchó: “No tengas temor”, le dijo David, “porque a la verdad yo tendré misericordia contigo por amor de Jonatán tu padre. Te devolveré todas las tierras de tu padre Saúl, y tú comerás siempre a mi mesa” (vers. 7). ¡Mejor, imposible! Viviría en la casa del rey y comería a su mesa, “como uno de los hijos del rey” (vers. 11); aunque era lisiado de los pies.
¿Algún parecido con lo que Dios ha hecho contigo y conmigo? Por nuestra rebelión perdimos todo derecho a estar en el palacio real, pero gracias a que Dios es “misericordioso y piadoso; tardo para la ira y grande en misericordia y verdad” (Éxo. 34:6), ¡hemos sido invitados a vivir en la casa del Rey, y a comer a la mesa del Rey!
¿Se puede pedir más?
Te alabo, Padre, porque, fiel a tus promesas, me has tratado con misericordia; y porque a pesar de no merecerlo, me has invitado a comer a la mesa del Rey. ¿Cómo puedo expresarte, oh Padre, lo mucho que agradezco este honor?
9 de marzo
Como un aguijón
“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar de coces contra el aguijón” (Hechos 26:14).
“Dar de coces contra el aguijón”. ¿A quién se le puede ocurrir? La palabra “aguijón” en este pasaje es una traducción del griego kéntron, el extremo puntiagudo de una vara con que se picaba a los bueyes para que apuraran el paso. ¿Captas la idea? ¿A quién se le podría ocurrir dar puntapiés a una vara puntiaguda? ¡Es como si uno mismo se diera “cabezazos contra la pared!” (Hech. 26:14, NVI).
Obviamente, la expresión “dar de coces contra el aguijón” es figurada. Cuando, en el camino a Damasco, Jesús se apareció a Saulo –entonces perseguidor de la iglesia–, le dijo algo así como: “¿Qué sentido tiene lo que estás haciendo al perseguirme? ¡Lo único que logras con esto es herirte a ti mismo!” El significado es claro: al igual que el agricultor aguijonea al buey para apremiarlo, así Jesús, por medio del Espíritu Santo, había estaba “pinchando” el corazón de Saulo desde hacía algún tiempo. Pero él se resistía. El resultado era que le estaba resultando doloroso, e incluso absurdo, seguir dando “coces contra el aguijón”.
Muy interesante resulta saber que la forma verbal que se traduce “dar coces” también puede traducirse “seguir dando coces”. Este hecho hace pensar que por un tiempo Saulo había estado resistiendo los llamados del Espíritu Santo; y que cuando finalmente reconoció en el Resucitado al Jesús que él tan fieramente perseguía, su conversión no fue tan repentina como parece. Fue, más bien, el resultado de un largo proceso.
Lo que estamos diciendo es que, así como Saulo perseguía a Jesús para destruirlo, también Jesús lo perseguía a él para salvarlo. Todo lo cual confirma, de nuevo, una de las verdades más hermosas de la Escritura: antes de que amáramos a Dios, “él nos amó primero” (1 Juan 4:19).
Además, confirma otra gran verdad: que tu conversión no fue tan repentina como pudieras pensar. ¡Durante mucho tiempo Jesús te estuvo siguiendo los pasos! De manera incesante, sin dar ni pedir tregua, estuvo “aguijoneando” tu corazón, hasta ese día glorioso cuando dijiste: “Señor, ¿qué quieres que haga?” Una obra paciente en la que un maravilloso Salvador poco a poco te atrajo “con lazos de ternura, con cuerdas de amor” (Ose. 11:4, DHH).
Gracias, Jesús, por haber sido tan paciente conmigo. Y porque, a pesar de que te di la espalda tantas veces, de manera incesante seguiste tocando a la puerta de mi corazón. ¿Qué quieres que haga por ti, Señor?
10 de marzo
“Dios proveerá”
“Entonces alzó Abraham sus ojos y vio a sus espaldas un carnero trabado por los cuernos en un zarzal; fue Abraham, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. Y llamó Abraham a aquel lugar ‘Jehová proveerá’ ” (Génesis 22:13, 14).
Si tuvieras que darle nombre a la peor experiencia de tu vida, ¿cuál le pondrías?
Abraham se encontró exactamente en esa situación. Dios le había pedido que se trasladara a la tierra de Moria, y ahí ofreciera a Isaac, su único hijo, en holocausto. Cuando el anciano patriarca, cuchillo en mano, estaba listo para ejecutar la orden, “el ángel de Jehová lo llamó desde el cielo” con una contraorden: “No extiendas tu mano sobre el muchacho ni le hagas nada, pues ya sé que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste a tu hijo, tu único hijo” (Gén. 22:12).
Dice la Escritura que cuando Abraham levantó la vista, “vio a sus espaldas un carnero trabado por los cuernos en un zarzal”. Entonces, “Abraham tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo” (vers. 13). Seguidamente, “lleno de felicidad y gratitud, Abraham dio un nuevo nombre a aquel sitio sagrado” (Patriarcas y profetas, p. 131).
¿Cuál fue ese nombre? Jehová-jireh; que significa “Dios proveerá”.
Hay aquí una preciosa lección espiritual para nosotros. Durante tres días, Abraham había sido sometido a una prueba demasiado dura para expresar en palabras. Durante tres días, su mente debió haber sido el escenario de una verdadera batalla entre los más dispares pensamientos. Sin embargo, ¿qué nombre escogió para “bautizar el monte” donde por poco sacrifica a su único hijo? No lo llamó “El monte de mi agonía”; tampoco “El monte de mi prueba”, ni nada que le recordara su viacrucis. Lo llamó “Dios proveerá”.
Al darle ese nombre, Abraham quería que se recordara, no su gran prueba, su gran agonía, o siquiera su obediencia. No. Solo deseaba dejar para la posteridad el recuerdo de lo que Dios, en su gran misericordia, había hecho en su favor.
¿Puedes recordar ahora mismo una prueba muy dura que hayas vivido? Seguramente, sí. ¿Qué nombre le pondrías? “¿Mi Getsemaní?” “¿Mi Calvario?”
¡Nunca! Ponle un nombre que te recuerde no lo malo que ocurrió, sino lo bueno que Dios fue contigo. Un nombre que, aún en medio de tus mayores pruebas, te recuerde la gran verdad de que Dios siempre proveerá: pan para suplir tus necesidades, un techo para cobijarte, una salida para tus dificultades...
Padre celestial, hoy quiero alabar tu nombre porque eres, y siempre serás, mi gran Proveedor. Y porque cuanto más grandes son mis pruebas, tanto más grande es tu misericordia.
11 de marzo
No es cómo comienzas…
“Procura venir pronto a verme, porque Demas me ha desamparado, amando este mundo, y se ha ido a Tesalónica. Crescente fue a Galacia, y Tito a Dalmacia. Solo Lucas está conmigo” (2 Timoteo 4:9-11).
No puedo imaginar los sentimientos que invadían al apóstol Pablo mientras, desde la cárcel en Roma, escribía las palabras de nuestro texto de hoy a Timoteo: “Demas me ha desamparado [...]. Solo Lucas está conmigo”. Es curioso. Cuando el apóstol Pablo escribió a los cristianos de Colosas, Lucas y Demas enviaron saludos a sus hermanos en la fe (ver Col. 4:14). Cuando escribió a Filemón, Pablo habla de Lucas y de Demas como “mis colaboradores” (vers. 24). Pero cuando escribe a Timoteo, dice: “Solo Lucas está conmigo”.
¿Qué pasó con Demas?
No tenemos los detalles. El apóstol solo dice que Demás lo desamparó, “amando este mundo”. ¿Qué te pasó, Demas, después de haber comenzado tan bien? ¿Fueron los atractivos de la gran ciudad? ¿O fueron las cadenas de Pablo?
Quizás otros factores contribuyeron a la apostasía de Demas, pero si lees el capítulo 1 de 2 Timoteo, compruebas que, además de Demas, hubo otros que también abandonaron al encarcelado apóstol, tal como él mismo lo señala: “Ya sabes que me abandonaron todos los que están en Asia, entre ellos Figelo y Hermógenes (2 Tim. 1:15-18).
¡Al parecer, esas cadenas estaban avergonzando a algunos! Por supuesto, no a Lucas, quien se mantuvo al lado del anciano apóstol hasta el final. Y tampoco a Onesíforo ( ver 2 Tim. 1:16, 17).
Si hay algo que nos enseña la triste experiencia de Demas, y de quienes desertaron en la hora difícil, es que en la carrera cristiana no es suficiente comenzar bien; también hay que terminar bien. ¿Cómo podemos lograr ese ideal? He aquí una fórmula imbatible: en primer lugar, no nos avergoncemos de la Cruz de Cristo; al contrario, digamos con el apóstol: “Yo sé a quién he creído, y estoy seguro de que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (vers. 12). En segundo lugar, “despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús (Heb. 12:1, 2; énfasis añadido).
Oh, Demas, ¡cuán diferente habría sido tu final si, en lugar de poner tus ojos en el mundo, los hubieses puesto en Jesús, el Autor y Cnsumador de nuestra fe!
Padre celestial, al igual que el apóstol Pablo, hoy quiero gloriarme en la Cruz de Cristo y, con tu poder, tener ojos solo para él. Solo así podré culminar victoriosamente la carrera de la fe.
12 de marzo
¿Una estrella más en la corona?
“Al ver las multitudes [Jesús] tuvo compasión de ellas, porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor” (Mateo 9:36).
¿Qué emoción embargaba el corazón del Señor Jesús al ver que las multitudes estaban desamparadas y dispersas como ovejas sin pastor?
Profunda compasión. Cada vez que nuestro Salvador estaba en presencia del sufrimiento humano, la Escritura dice de él: “Tuvo compasión”.
En griego, la expresión “tuvo compasión” significa “sentir con las entrañas”, y alude a los sentimientos más profundos que un ser humano pueda experimentar. En el caso particular de Jesucristo, ese sentimiento siempre iba acompañado de acción: él siempre hacía algo para liberar al oprimido y sanar al doliente, sin esperar nada a cambio.
¿Cómo respondemos tú y yo en la presencia del dolor? ¿Y cuál es la motivación que nos impulsa, por ejemplo, al dar una donación o un estudio bíblico? ¿Es el amor a las almas o es el interés por la corona?
El siguiente relato que narra el profesor Helmut Thielicke resulta muy iluminador al respecto (Life Can Begin Again, p. 83). Escribe Thielicke que, en una ocasión, fue testigo del interés especial que una enfermera mostraba por los pacientes que atendía. Él mismo había estado enfermo, y había podido comprobar de primera mano lo mucho que ella se esmeraba por cada enfermo. Durante veinte años, ella había realizado esa labor fielmente. Entonces Thielicke decidió preguntarle por qué lo hacía, y de dónde sacaba las fuerzas para realizarla, a pesar del sacrificio que su trabajo exigía.
–Pues, verá usted –respondió la enfermera, con una expresión radiante–, cada noche que trabajo le añade otra estrella a mi corona celestial. ¡Y ya tengo 7.175!
El chasco que sufrió el profesor Thielicke no pudo ser mayor. En un instante, tanto su admiración por la enfermera como su sentido de gratitud desaparecieron. Para esta mujer, los pacientes eran simplemente un medio para alcanzar un fin. Los veía, no como seres humanos en necesidad de ayuda, sino como estrellas que cada noche sumaba a su corona. ¡Y las tenía contadas: 7.175!
¡Cuán diferente el ejemplo que nos dejó el Señor Jesús! ¡Su corazón rebosaba de compasión por cada ser humano! ¡Esa era su motivación al servir! Esa fue también la razón por la que dejó el cielo, y por la que murió clavado a una cruz. ¿Deberíamos nosotros cumplir la misión que él nos dejó con una motivación diferente?
Bendito Jesús, lléname hoy de tu Santo Espíritu. Así mi única motivación al servirte será la gloria de tu santo nombre, ¡porque solo tú eres digno de llevar la corona!
13 de marzo
¡Gracias!
“Todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él” (Colosenses 3:17).
¿Conoces a alguna persona que nunca dice “gracias”? En su libro I Heard the Owl Call My Name [Escuché al búho decir mi nombre], Margaret Craven menciona el caso, no de una persona, sino de todo un pueblo, que no dice “gracias”. Se trata de los indígenas Kwakiutl, en la costa noroeste del Pacífico.
Cuando Mark, un joven misionero, fue enviado a servir en ese territorio, fue advertido al respecto: “Hay algo que debes entender”, le dijeron: “ellos no te van a dar las gracias. La palabra “gracias” no existe en su idioma (p. 20).
Durante el transcurso de su ministerio, Mark se dio cuenta de que los Kwakiutl eran muy generosos. ¿Cómo podía ser que no supieran decir “gracias”? En su momento, supo el porqué. Cada vez que alguien era objeto de un acto de bondad, esa persona a su vez lo retornaba con otro acto de bondad. Por cada favor, los Kwakiutl respondían con otro favor, en ocasiones superior al que habían recibido. Es decir, demostraban su gratitud, no con palabras, sino con hechos.
Curiosamente, la costumbre de los Kwakiutl armoniza con la manera en que el Diccionario de la Real Academia Española define “gratitud”: “Sentimiento que nos obliga a estimar el beneficio o favor que se nos ha hecho o ha querido hacer, y a corresponder a él de alguna manera”. Es decir, por un lado, la persona agradecida reconoce que ha sido objeto de un acto de bondad; por el otro, corresponde a ese favor de alguna manera.
¿Cuán agradecido eres? En primer lugar, pensemos por un momento en las bendiciones que a diario recibimos.
¿Hay pan en nuestra mesa? ¿Hay un techo que nos cobije? ¿Tenemos un trabajo que nos provea el sustento? ¿Una familia que nos quiere? ¿Buenos amigos? ¿Un Padre celestial que nos ama entrañablemente? La lista es interminable.
Ahora la segunda parte: ¿Cuán a menudo expresamos nuestra gratitud por estas bendiciones? Pues, ¿sabes qué? ¡Este es un buen momento para hacerlo! Primeramente, comencemos el día dando gracias a Dios por lo mucho que nos ama, y porque nada nos falta. En segundo lugar, resolvamos hoy decir “gracias” a alguien –el cónyuge, un hijo, un amigo o amiga– a la manera de los indígenas Kwakiutl; es decir, haciendo algo bueno por esa persona.
¿Puedes pensar en alguien a quien puedas agradecer hoy? ¿Qué podrías hacer por esa persona, o qué podrías decirle, que le muestre tu agradecimiento?
¡Gracias, Señor, porque nada me falta, y por tantas personas buenas a mi alrededor!
14 de marzo
Esperar en Dios
“Que el Dios de la esperanza los llene de toda alegría y paz a ustedes que creen en él, para que rebosen de esperanza por el poder del Espíritu Santo” (Romanos 15:13, NVI).
¿Cuál fue el gran descubrimiento del siglo XXI? En opinión de William James, considerado por muchos como el fundador de la Psicología moderna, ese gran descubrimiento consistió en entender que el ser humano puede cambiar su vida al cambiar su actitud (The Speaker’s Sourcebook, p. 57).
Hoy es un hecho generalmente aceptado en el ámbito de las ciencias sociales que la vida de una persona se ve afectada, no solo por los hechos que experimenta a diario, sino especialmente por la forma en que reacciona ante esos hechos, sobre todo, si son dolorosos.
Un ejemplo que ilustra bien esta gran verdad lo encontramos en el Nuevo Testamento, en la experiencia de Ana, la profetisa. Según la Escritura, Ana era una mujer de edad muy avanzada. “Había vivido con su marido siete años desde su virginidad, y era viuda hacía ochenta y cuatro años; y no se apartaba del Templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones” (Luc. 2:36, 37).
¿Te diste cuenta de lo que dice el texto anterior? Esta mujer perdió a su marido después de solo siete años de estar casada, y durante el resto de su vida había vivido sola. Sin embargo, no se había alejado de Dios; al contrario, había seguido orando y sirviendo en el Templo.
¿Qué permitió a Ana asimilar el golpe que significó la pérdida de su esposo? Esta buena mujer se contaba entre quienes “esperaban la redención de Jerusalén” (vers. 38). Es decir, en lugar de vivir mirando hacia atrás, hacia su pasado, Ana había puesto su esperanza en el futuro, en el día cuando la promesa del nacimiento del Mesías se cumpliría. ¡Y Dios le concedió ese privilegio! En el mismo momento en que Simeón tomaba al Niño en sus brazos y alababa a Dios, Ana se presentó y pudo contemplar al Redentor de Israel.
Tú y yo también hemos sido golpeados por las injusticias de la vida. ¿Cómo reaccionaremos hoy? ¿Seguiremos lamentando nuestro pasado? Mi recomendación es que, al igual que Ana, vivamos orientados hacia el futuro, hasta el día de nuestra redención. Mientras tanto, como dice nuestro texto para hoy, “oremos para que el Dios de la esperanza nos llene de toda alegría y paz”, y “rebosemos de esperanza por el poder del Espíritu Santo”.
Dios de toda esperanza, llena hoy y siempre mi corazón de alegría y paz, mientras espero el día de mi redención.
15 de marzo
¿Hijo de Abraham?
“Hoy ha venido la salvación a esta casa, por cuanto él también es hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:9, 10).
Otro de mis relatos favoritos de las Escrituras es la conversión de Zaqueo (Luc. 19:1-10), un hombre rico que, según las Escrituras, trabajaba como jefe de los cobradores de impuestos, y que cuando se enteró de que Jesús pasaría por Jericó, se trepó a un árbol para poder verlo. Hay varias preguntas que se derivan de este relato.
En primer lugar, ¿cómo podía Zaqueo ser rico con el salario de un cobrador de impuestos? La respuesta que Juan el Bautista dio a unos cobradores de impuestos que pidieron ser bautizados nos da la pista. Les dijo: “No cobren más de lo que deban cobrar” (Luc. 3:13). ¿Por qué los exhortó a no cobrar más de la cuenta? Porque en esos tiempos los cobradores de impuestos acostumbraban a quedarse ilícitamente con parte del dinero.
En segundo lugar, ¿qué razones tan poderosas indujeron a Zaqueo a correr y treparse a un árbol, acciones a todas luces impropias para un hombre de su posición? Lo que ocurría era que “Zaqueo había oído hablar de Jesús”, y se había enterado de que el Señor “se había comportado con bondad y cortesía para con las clases proscritas”. Entonces se despertó en él el anhelo de una vida mejor (El Deseado de todas las gentes, p. 506).
En tercer lugar, ¿cómo es que Jesús llama a Zaqueo por nombre sin que se hubieran conocido antes? La respuesta, en parte, está en el párrafo anterior. Jesús ya conocía a Zaqueo, y sabía de la obra que el Espíritu Santo estaba realizando en su corazón. Por ello, y porque nuestro Señor vino “a buscar y a salvar lo que se había perdido”, corrió el riesgo que suponía asociarse con un hombre repudiado por el pueblo. Además de hospedarse en su casa, lo reconoció como hijo de Abraham y le otorgó el don de la salvación (ver Luc. 19:9, 10). ¡Más no se puede pedir!
¿Quieres, al igual que Zaqueo, “ver” hoy a Jesús? Pues, de acuerdo con lo que hemos leído hoy, puedes confiar en que antes de que tú lo busques, el Señor te buscará; y antes de que lo llames, él te llamará. No importa cuán oscuro haya sido tu pasado, él con gusto te perdonará si, al igual que Zaqueo, le permites entrar en tu hogar y en tu corazón.
Gracias, Jesús, porque no te avergüenzas de ser mi amigo. Sobre todo, gracias porque entre tu reputación y mi salvación, escogiste mi salvación.
16 de marzo
“Compre cuatro, y lleve uno gratis”
“¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin el permiso de vuestro Padre. Pues bien, aun vuestros cabellos están todos contados. Así que no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos” (Mateo 10:29-31).
¿Cuántos pajarillos me darías por un cuarto? –pregunta el comprador.
–Dos –responde el vendedor–. Pero por dos cuartos te doy cinco. Uno te sale gratis.
Este el típico regateo en el mercado público. En Mateo leemos: “¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? (Mat. 10:29). Lucas, por su parte, dice: “¿No se venden cinco pajarillos por dos cuartos?” (12:6). Sin lugar a dudas, para quien estuviera dispuesto a pagar dos cuartos, un pajarillo le salía gratis.
¿Hay alguna contradicción entre los dos Evangelios? En absoluto. Tal como lo señala William Barclay, es muy probable que Jesús haya usado ambas versiones de lo que seguramente era un dicho popular en aquel entonces (The Mind of Jesus, p. 111).
¿Cuál es el punto importante del relato? Lo encontramos al leer el versículo completo en Lucas: “¿No se venden cinco pajarillos por dos cuartos? Con todo, ni uno de ellos está olvidado delante de Dios” (Luc. 12:6). Para el vendedor, ese quinto pajarillo no tenía valor alguno; por eso lo daba gratis cuando, en vez de dos, le compraban cuatro. Pero Jesús dice que ninguno de ellos está olvidado delante de Dios. ¡Hasta el quinto pajarillo tenía valor para él!
“¿No se venden dos pajarillos por un cuarto?” El “cuarto” era una moneda romana de cobre que valía 1/16 de un denario; y el denario era el pago diario de un agricultor (Comentario bíblico adventista, t. 5, p. 51). La implicación obvia es que el valor de un pajarillo en el mercado no era, por cierto, mucho; pero esto no impedía que fuera valioso para Dios. ¡Cuánto mayor es, por lo tanto, tu valor y el mío para Dios! Y para que no quedara la menor duda al respecto, el Señor añadió: “Más valéis vosotros que muchos pajarillos”.
¿Qué nos da tanto valor ante Dios? No son, por cierto, nuestros logros. Tampoco nuestra apariencia personal o la cuenta bancaria. Lo que nos da tanto valor es el hecho de que somos sus hijos amados. Tan amados, que por nosotros murió Cristo, en una cruz, para darnos vida eterna.
¿No es esta una gran noticia? De hecho, ¿no es esta la mejor noticia para comenzar un nuevo día?
Gracias, Padre celestial, por ver en nosotros un tesoro de gran valor. Ayúdanos a vivir hoy a la altura de nuestra dignidad como tus hijos, y como príncipes y princesas de tu Reino.
17 de marzo
El tema “favorito” de Cristo
“En aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os ama” (Juan 16:26, 27).
¿Cuál era el tema favorito de nuestro Señor, mientras caminó entre nosotros? Según Elena de White, era “el carácter paternal y el abundante amor de Dios” (Testimonios para los ministros, p. 210).
El amor infinito y siempre accesible del Padre celestial: de esa fuente el Señor “bebía” diariamente. De ahí obtenía fuerzas y sabiduría para lidiar con los líderes religiosos del pueblo, que a diario buscaban entramparlo. De ahí recibía poder para relacionarse con las multitudes que tan a menudo lo acosaban. Ese era su “secreto”, tal como lo expresa Peter van Breemen: “Debido a que sus raíces penetraban tan profundamente en el amor del Padre, sus ramas podían extenderse para alcanzar a todo ser humano” (Called by Name, p. 53).
Nada de esto, por supuesto, debería sorprendernos. ¿No dice la Escritura que Jesús se levantaba “muy de mañana, siendo aún muy oscuro”, para ir a un lugar desierto, y allí orar? (Mar. 1:35). ¿No dijo el mismo Señor a sus discípulos, cuando se acercaba la hora de su prueba, que lo dejarían solo, pero que en realidad no estaría solo, porque el Padre estaría con él?
Hay aquí una preciosa lección para nosotros. Si para Jesús su relación con el Padre lo era todo; si para él la presencia del Padre era una realidad indiscutible, al punto de que nunca se sentía solo, ¿qué implicaciones tiene este hecho para ti y para mí? Si nuestro Salvador encontraba consuelo y paz en la comunión con su Padre, ¿qué nos dice este hecho, siendo que su Padre es también nuestro Padre?
Lo que esto significa, simple y sencillamente, es que no importa la magnitud de las pruebas que te toquen enfrentar, nunca estarás solo, sola, porque el Padre estará contigo. Nunca te abandonará, por el simple hecho de que te ama. Es lo que dice nuestro versículo para hoy.
Resuelve hoy, por lo tanto, en el bendito nombre de Jesús, que cada día beberás de esa fuente inagotable que es el amor de nuestro Padre celestial. El resultado será que “tus raíces” penetrarán profundamente en su amor, y “tus ramas” se extenderán para compartir con quienes te rodeen el incomparable amor de nuestro maravilloso Salvador.
Gracias, Señor Jesús, por enseñarme que tu Padre es también mi Padre; y porque, en tu nombre, puedo tener acceso al Trono celestial. Al comenzar este nuevo día, quiero tener la seguridad de que siempre estarás conmigo, y de que tu gozo y paz inundarán en todo momento mi corazón.
18 de marzo
El valor de un regalo
“De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16).
¿Qué determina el verdadero valor de un regalo? En opinión del profesor Robert A. Emmons, el valor de un regalo, y el correspondiente sentimiento de gratitud que despierta en quien lo recibe, depende mayormente de dos factores (Thanks!, p. 126).
El primer factor se refiere al costo del obsequio, no en términos monetarios, sino cuánto le “costó” al dador en términos de esfuerzo personal, de haberse privado de algo que necesitaba, para darlo a alguien como expresión de amor o como muestra de aprecio.
Este primer aspecto del verdadero valor de un obsequio me recuerda una experiencia de mi boda. Esther, que para entonces trabajaba en la Administración Pública, envió tarjetas de invitación a varios ministros del gobierno nacional, aunque sabía que no asistirían a la ceremonia. Varios ministros nos enviaron obsequios de muy buena calidad. La pregunta aquí es: ¿Cuánto “costó” a estos funcionarios públicos, en términos de esfuerzo personal, el regalo que nos enviaron? No quiero aparecer como ingrato, pero me temo que no fueron ellos los que compraron personalmente los regalos.
El segundo factor, escribe Emmons, tiene que ver con el motivo que impulsa al dador. ¿Regalo solo para cumplir con una formalidad? ¿Para salir del paso? ¿Para no quedar mal? ¿O porque “esta persona ya me había dado un regalo”?
¿Puedes pensar en un ejemplo bíblico que ilustre bien lo que venimos diciendo? El primero que viene a la mente es la ofrenda de la viuda pobre, puesto que en esas dos moneditas ella dio “todo el sustento que tenía” (Luc. 21:4).
Sin embargo, mi mente se traslada al Calvario. Ahí contemplo la mayor de todas las ofrendas, el supremo regalo, que el Cielo nos dio en la persona de nuestro maravilloso Salvador, Cristo Jesús. ¿Cuánto le costó al Padre entregar a su amado Hijo? Las palabras no lo pueden expresar. ¿Y con qué motivo lo entregó? “Para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna”.
Lo más sorprendente en todo esto es que ese precioso regalo lo recibimos, no porque amábamos a Dios, sino porque “él nos amó y envió a su Hijo para que fuera ofrecido como sacrificio por el perdón de nuestros pecados” (1 Juan 4:10, NVI).
¡Gracias a Dios por su Don inefable! (2 Cor. 9:15).
Te alabo, Padre, porque en el don de tu Hijo diste todo el cielo con tal de salvarme. Ayúdame a compartir este supremo don con todos aquellos con quienes me relacione hoy.
19 de marzo
¿Precio de admisión?
“Sobre todo, ámense los unos a los otros profundamente, porque el amor cubre multitud de pecados” (1 Pedro 4:8, NVI).
¿Cuál es la diferencia entre amor incondicional y amor condicional? En opinión de la doctora Rachel Naomi Remen, la pregunta está mal formulada. Debería decir, la diferencia entre amor y aprobación. Por naturaleza, dice ella, el verdadero amor siempre es incondicional. La aprobación, en cambio, implica que la otra persona primero debe cumplir con ciertas condiciones para “merecer ser amada” (Kitchen Table Wisdom, p. 47).
Si, por ejemplo, mis hijos sienten que primero deben traer a casa excelentes calificaciones para ser amados, entonces lo que de mí están recibiendo es aprobación. Si para recibir muestras de cariño mi esposa primero debe cumplir con ciertas condiciones, pensar como yo, comportarse como a mí me gusta... entonces, lo que está recibiendo es aprobación.
¿Amamos a nuestros familiares y amigos por lo que son como personas, o por lo que hacen? ¿Podría suceder que, sin darnos cuenta, le estemos “poniendo precio” a nuestro amor, y ellos, en su deseo de agradarnos, se estén esforzando por pagarlo? El siguiente relato, publicado originalmente por Reader’s Digest, y comentado por John Powell, servirá de ilustración (Unconditional Love, p. 75).
Powell cuenta la historia de Katie, una joven considerada por sus padres y amigos como la joven perfecta. Sin embargo, una noche, mientras su madre estaba en la iglesia, Katie trató de quitarse la vida. Gracias a Dios, la joven sobrevivió. Según el psiquiatra que la atendió, Katie nunca había sido “ella misma”, sino que creía que tenía que ser todo lo maravillosa que sus padres pensaban que ella era.
Cuando su madre le preguntó al psiquiatra por qué Katie había llegado a esa conclusión, él respondió que, al actuar de manera agradable, ella pensaba que se hacía merecedora del amor de la gente.
John Powell concluye el relato diciendo que, por un lado, los padres de Katie habían edificado un pedestal, al cual ella había logrado subirse; y ella, por su parte, durante años había desempeñado ese papel creyendo que era el precio de admisión requerido para merecer su amor.
“Precio de admisión”. ¿Es eso lo que, quizá sin darnos cuenta, estamos cobrando a nuestros seres queridos para amarlos? Pero no es así como nos ama Dios. Por su gracia, él nos acepta como somos; y por su gracia, nos trasforma en lo que debemos ser. ¡Sin precio de admisión! ¿Por qué entonces ponerle precio a nuestro amor?
Padre celestial, quiero amar como tú me amas, sin requisitos previos ni condiciones. Te pido que hoy tu Santo Espíritu me llene del amor de Cristo, pues solo así podré reflejar su carácter ante quienes me rodean.
20 de marzo
¿Sacrificio o privilegio?
“Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mateo 16:24).
Tomar la cruz de Cristo y seguirlo: ¿Es esto un sacrificio? Dejemos que David Livingstone, el célebre misionero y explorador británico, responda. Livingstone ya era un héroe nacional cuando en marzo de 1866 decidió regresar al continente africano, con el objeto de continuar con la misión que había comenzado en 1840. ¿Cuál era esa misión? En una carta a su hermano Charles la menciona: “Soy un misionero de todo corazón. El Hijo de Dios fue misionero y médico. Yo soy, o deseo ser, una pobre imitación de lo que él fue. En su servicio deseo vivir, y en su servicio deseo morir” (God’s Witnesses. Stories of Real Faith, p. 205).
El caso es que, durante años, nada se sabía de él. “¿Dónde está Livingstone?”, era la pregunta que la gente se hacía. Entonces James Gordon Bennett, fundador y editor del New York Herald, decidió comisionar a su reportero estrella, Henry Morton Stanley, para que viajara al África y encontrara a Livingstone, sin importar el tiempo ni el dinero que debiera emplear.
Stanley llegó al África el 21 de marzo de 1871, pero fue el 10 de noviembre de ese año cuando pudo encontrar a Livingstone en una pequeña aldea en las orillas del Lago Tanganica. Lo encontró, pero no logró convencerlo de que regresara a casa. Al contrario, las provisiones y las medicinas que Stanley llevó solo sirvieron para que Livingstone continuara haciendo su obra en favor de las almas necesitadas. Hasta aquel 1˚ de mayo de 1873 cuando, de rodillas y en actitud de oración, fue encontrado muerto junto a su cama.
¿Por qué Livingstone no regresó con Stanley? ¿No podía, acaso, servir al Señor desde su hogar, estando cerca de sus parientes? Las siguientes palabras, escritas en su diario después de que Stanley regresara a Inglaterra, hablan por sí mismas:
“La gente habla del gran sacrificio que yo he hecho al dedicar tanto tiempo de mi vida al servicio en África. ¿Puede llamarse ‘sacrificio’ a lo que simplemente es un pequeño retorno de la gran deuda que tenemos con nuestro Dios? [...] Enfáticamente digo que no es un sacrificio. Más bien, digo que es un privilegio”. Y luego agrega: “Nunca he hecho un sacrificio. De esto no hemos de hablar, [sobre todo, al considerar] el gran sacrificio que hizo Aquel que dejó el Trono de su Padre en las alturas para entregarse a la muerte por nosotros”.
¿Un sacrificio llevar la Cruz de Cristo? ¡Es el mayor de los privilegios!
Gracias, amado Jesús, por el honor que nos das de llevar tu Cruz y servirte. ¡Por nada del mundo lo cambiaría!
21 de marzo
Del “botín” participamos todos
“Del botín participan tanto los que se quedan cuidando el bagaje como los que van a la batalla” (1 Samuel 30:24, NVI).
Tratemos de imaginar la escena. David y sus soldados regresan a Siclag, la ciudad que Aquis, el rey filisteo de Gad, les asignó como refugio temporal contra la fiera persecución de Saúl. ¿Qué encuentran al llegar? Encuentran que los amalecitas han quemado la ciudad y se han llevado cautivos a las mujeres y a los niños (ver 1 Sam. 27:1-7).
Después de “llorar hasta que les faltaron las fuerzas”, los soldados de David buscan a alguien a quien culpar. Y ese alguien es nada menos que... el mismo David, a quien quieren apedrear. Sin embargo, mientras sus hombres hablan de apedrearlo, David cobra ánimo y consulta a Dios (1 Sam. 30:6): “¿Debo perseguir a esa banda? ¿Los voy a alcanzar? ‘Persíguelos –le respondió el Señor–. Vas a alcanzarlos, y rescatarás a los cautivos’ ” (vers. 8).
Dice la Escritura que David salió con sus seiscientos hombres, a perseguir a los amalecitas, pero al llegar al arroyo de Besor, “se quedaron rezagados doscientos hombres que estaban demasiado cansados” para cruzarlo (vers. 9, 10). Con los cuatrocientos que aún tenían fuerzas, David derrota a los amalecitas, libera a los cautivos, recupera todo lo robado, y además, toma un cuantioso botín. Entonces se presenta un incidente de lo más interesante: “Entre los que acompañaban a David había gente mala y perversa que reclamó: ‘Estos no vinieron con nosotros, así que, no vamos a darles nada del botín que recobramos. Que tome cada uno a su esposa y a sus hijos, y que se vaya’ ” (vers. 22).
Notemos la respuesta de David: “No hagan eso, mis hermanos –les dice–. Fue el Señor quien nos lo dio todo. [...]. Del botín participan tanto los que se quedan cuidando el bagaje como los que van a la batalla” (vers. 23, 24).
“Fue el Señor quien nos lo dio todo”, dijo David. ¡Por lo tanto, todos hemos de participar del “botín” por partes iguales! ¿No suena eso a puro evangelio? Sea que prediquemos la Palabra desde el púlpito o que participemos en un grupo de oración detrás de los bastidores, todos participaremos del gozo de la salvación “por partes iguales”. ¡Porque es el Señor quien nos da la victoria!
Todos somos importantes en el pueblo de Dios: pastores, tesoreros, secretarias, evangelistas, maestros, enfermeras, médicos, amas de casa... y todos, por igual, recibiremos una corona inmortal.
Gracias, Señor, porque me has dado una obra que hacer en tu viña. No importa lo pequeña o grande que sea, quiero cumplirla fielmente, para la gloria de tu nombre.
22 de marzo
Dios al principio, y también al final
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1).
Son apenas cinco palabras, pero dicen tanto: “En el principio creó Dios...”
¿Qué significado han de tener para un cristiano esas milenarias palabras? Especialmente, ¿qué utilidad práctica pueden tener hoy para quienes vivimos en un mundo que dista mucho de ser lo que era cuando salió de las manos del Creador? ¿Qué sentido pueden tener para el padre que no sabe de dónde vendrá el dinero para alimentar a sus hijos? ¿Para el joven que ahora mismo está luchando por vencer una adicción? ¿Para el enfermo, el afligido, el solitario?
Estas cinco palabras significan que todo comienza con Dios. La Escritura no explica cómo, pero basta con saber que el principio del universo, y particularmente de la vida en este planeta, es personal. No somos el producto de un principio impersonal que durante millones de años, regido por las leyes del azar, culminó con la aparición de la vida. No. Un Ser todopoderoso pensó en nosotros, y nos creó a su imagen y semejanza. ¿Por qué nos creó, siendo que no nos necesitaba él para existir? Porque “Dios es amor” (1 Juan 4:8). Y ese amor consiste, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero (vers. 10).
“En el principio creó Dios”. ¿Cuáles son las implicaciones que se derivan de estas cinco palabras? Dos, entre muchas. Una la menciona John Stott cuando escribe que la religión de la Biblia es la religión de un Dios que siempre toma la iniciativa; un Dios a quien nunca podemos tomar por sorpresa, porque siempre está ahí “al principio” (Basic Christianity, p. 1).
Antes de que existiéramos, escribe Stott, ya Dios estaba ahí, “al principio”. Antes de que lo buscáramos, ya él nos buscaba. ¿No es esto maravilloso? Cuando por nuestros pecados merecíamos la muerte, ya Dios estaba ahí, “al principio”, proveyendo un Sustituto, el “Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apoc. 13:8, RVC). Cuando, cansados de vagar por este mundo, decidimos buscar a Dios, ya él había tomado la iniciativa de buscarnos. ¡Y nos encontró! La otra implicación: si Dios estuvo “al principio” de todas las cosas, ¿no es razonable pensar que también estará al final de la historia de este mundo? Y si, como dice la Escritura, fue Dios quien comenzó en nosotros su buena obra (ver Fil. 1:6), ¿no es razonable pensar que él mismo se asegurará de terminarla?
Gracias, Padre, porque siempre estás “al principio” de todo lo bueno. En el nombre de Cristo, te pido que completes la obra que comenzaste en mí.
23 de marzo
Cuando la sal pierde su sabor
“Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué será salada?” (Mateo 5:13).
¿Qué imágenes acuden a tu mente cuando piensas en Abraham? La verdad, no es difícil imaginar al patriarca colocando su tienda en un lugar desierto, para luego construir un altar donde adorar a Dios junto con su familia.
¿Y qué imaginas cuando piensas en Lot? No sé en cuanto a ti, pero tiendo a asociarlo con Sodoma. Una diferencia del cielo a la tierra. ¿Por qué?
Hablar de Abraham es hablar de la tienda y el altar. La tienda identificaba a Abraham como peregrino y extranjero en este mundo, “porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Heb. 11:10). Por su parte, el altar testificaba del Dios a quien adoraba. Alrededor de ese altar se reunían sus familiares y sus siervos, día tras día, para recibir instrucción que los prepararía como representantes de la verdadera fe.
En el caso de Lot, por el contrario, ni tienda ni altar. Por ello, no sorprende que cuando Lot quiso avisar a sus yernos de la inminente destrucción de Sodoma, ellos “pensaron que bromeaba” (Gén. 19:14).
¿Cómo explicar algo tan insólito? La única explicación posible para la actitud de los yernos es que Lot, para ese momento de su vida, había perdido, en gran medida, su credibilidad. Podía hablar o quedarse callado, el efecto era el mismo. Dicho en palabras del Señor, la sal había perdido su sabor. Y cuando esto ocurre, “no sirve más para nada” (Mat. 5:13).
Me pregunto qué habrá pasado por la mente de Lot después de haber perdido a su esposa y todo lo que había acumulado en Sodoma: cuando recordaba los días en los que moraba en tiendas con Abraham; cuando, alrededor del altar, adoraba a Dios; y sobre todo cuando, pudiendo establecerse en Canaán, prefirió vivir en la llanura del Jordán. ¡Grande ha de haber sido el sentimiento de pérdida que experimentó! El problema comenzó cuando, gradualmente, fue “poniendo sus tiendas hasta Sodoma” (Gén. 13:12). Hasta que llegó el día en que la sal perdió su sabor.
¿Cómo podemos tú y yo evitar el mismo error? Por un lado, nunca perdamos de vista que “nuestra ciudadanía está en los cielos” (Fil. 3:20); por el otro, procuremos que nada nos impida tener un encuentro diario con Dios alrededor del altar.
Amado Señor, al igual que Abraham, te pido que nada en este mundo me haga perder de vista que soy solo un peregrino, y que mi ciudadanía está en los cielos. Y que nada me impida tener un encuentro personal contigo, diariamente, alrededor del altar.
24 de marzo
¡Ciento por ciento limpios!
“No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Mateo 9:13).
¿Puede un pecador orar a un Dios del cual la Biblia dice que es justo y santo? Esta pregunta se la planteó una señora, miembro de iglesia, a Kent A. Hansen, abogado estadounidense y autor.
¿Cuál fue la respuesta de Hansen? “Si Dios solo se comunica con individuos de mente clara y de corazón exageradamente puro, que guardan los Diez Mandamientos sin falla alguna, entonces estamos en un verdadero aprieto” (Cleansing Fire, Healing Streams, p. 28).
Tiene mucha razón. Si Dios solo escucha a los que están limpios de pecado, ¿qué haríamos entonces con 1 Juan 1:9? Ahí dice la Escritura que “si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad”. Y ¿qué haríamos con nuestro texto de hoy: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento”?
Para ilustrar su respuesta, Hansen cuenta la historia de una joven que acudió a una clínica para el diagnóstico y tratamiento de enfermedades de transmisión sexual. Dice el relato que desde el primer momento en que la chica entró al cuarto de exámenes, lo hizo cabizbaja. Cuando el médico le preguntó si tenía algún problema, ella solo se limitó a decir: “No he debido hacerlo”.
Se refería a su conducta sexual. Luego dijo que era cristiana. El médico, que también era cristiano, le preguntó si había orado pidiendo perdón. Ella dijo que sí, pero sin mucho entusiasmo. Entonces él, tomando en sus manos un ejemplar del Nuevo Testamento, le leyó la promesa de 1 Juan 1:9: “Si confesamos nuestros pecados...”
–¿Crees que Dios te está mintiendo en esta promesa? –le preguntó.
–No –respondió ella.
–¿Qué crees que hizo Dios cuando le confesaste tu pecado?
–Me perdonó –dijo ella, por primera vez levantando su rostro.
–El texto de 1 Juan 1:9 –añadió el médico– dice que, además de perdonarnos, Dios nos limpia de toda maldad. ¿Cuán limpios crees que quedamos después de su perdón? ¿Cincuenta por ciento limpios? ¿Noventa por ciento?
–Ciento por ciento limpios –respondió ella.
–Entonces, ¿en qué condición has quedado tú al creer en su promesa?
–Ciento por ciento limpia –dijo, mientras su rostro exhibía, por primera vez, una sonrisa.
¡Ciento por ciento limpios! Eso es lo que Dios hace cuando, en el precioso nombre de Jesucristo, confesamos nuestros pecados. ¿Por cuánto tiempo seguiremos arrastrando la carga de pecados que ya han sido perdonados? ¿Por cuánto tiempo seguiremos pensando que no somos dignos del perdón?
Gracias, Señor Jesús, porque tu sangre es poderosa para perdonarme completamente.
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