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SIMÓN DE ROJAS CLEMENTE
FERNANDO MARTÍN POLO
SIMÓN DE ROJAS CLEMENTE
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
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© Fernando Martín Polo, 2016
© De la presente edición:
Universitat de València, 2016
www.uv.es/publicacions publicacions@uv.es Coordinación editorial: Vicent Olmos
Diseño de la maqueta: Vicent Olmos
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Imagen de la cubierta: Simón de Rojas Clemente.
Museo Nacional de Ciencias Naturales
ISBN: 978-84-9134-042-3
Para Juan V. Botella por ser el primer entusiasta de
Simón de Rojas Clemente.
Y para tod@s aquell@s que me han ayudado con su
colaboración o ánimo y participan de los valores
de la virtud y del saber que (además de las ciencias
naturales) tanto cultivó el biografiado.
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
AGRADECIMIENTOS
CAPÍTULO 1. SIMÓN DE ROJAS CLEMENTE EN EL CONTEXTO DE LA ILUSTRACIÓN
1.1. Presentación de Simón de Rojas Clemente y Rubio (reseña biográfica)
1.2. El contexto ilustrado
1.2.1. Contexto histórico-literario
1.2.2. Las dos Españas
1.3. Contexto científico en el que se formó Simón de Rojas
1.3.1. La Universidad española a fines del siglo XVIII
1.3.2. La física sagrada
1.3.3. Instituciones y botánicos
CAPÍTULO 2. EL PERIODO DE FORMACIÓN DE SIMÓN DE ROJAS
2.1. Infancia y juventud de Simón de Rojas Clemente en el contexto de la Ilustración
2.1.1. Estudios en Segorbe y Valencia (1787-1799)
2.1.2. La oposición a la cátedra de hebreo
2.2. Simón de Rojas en Madrid (1800-1802)
2.2.1. Contacto con la nueva realidad
2.2.2. Currículum de Simón de Rojas en 1802
2.2.3. Las relaciones entre Clemente y Lagasca
2.2.4. Las sabatinas y las lecciones
CAPÍTULO 3. EL VIAJE A PARÍS Y LONDRES A TRAVÉS DE LA CORRESPONDENCIA
3.1. El viaje y su mundo
3.1.1. Preparación del viaje
3.1.2. Simón de Rojas en París y Londres
3.1.3. La pasión por la ciencia
3.2. La vuelta a España y el paso a Marruecos
3.2.1. La vuelta a España
3.2.2. El paso a Marruecos
3.2.3. Formas y fondos reservados
CAPÍTULO 4. SIMÓN DE ROJAS SE QUEDA EN ESPAÑA. EL TEMA DE LA CIRCUNCISIÓN
4.1. Simón de Rojas no pasa el Estrecho
4.1.1. Desenlace final
4.1.2. La circuncisión
4.1.3. El giro político
4.2. La política y los políticos
4.2.1. La salida de Alí Bey a Marruecos
4.2.2. La razón de Estado
4.2.3. Las razones de Alí Bey
CAPÍTULO 5. ANDALUCÍA: LA VOCACIÓN MERIDIONAL (1803-1805)
5.1. El paisaje y el paisanaje
5.1.1. De Muhamed ben-Alí a Simón de Rojas Clemente
5.1.2. Las colecciones para el Príncipe de la Paz
5.2. La política y la ciencia
5.2.1. “Viaje a Andalucía”
5.2.2. “Ensayo sobre las variedades de la vid común que vegetan en Andalucía”
5.2.3. La muerte de Cavanilles
CAPÍTULO 6. MADRID: LA FUERZA DEL CENTRO (1805-1808)
6.1. El puesto de bibliotecario en el Jardín Botánico de Madrid
6.1.1. El viaje a Madrid se retrasa
6.1.2. El día a día en su nuevo puesto
6.2. Publicación del Ensayo sobre las variedades de la vid común que vegetan en Andalucía y el Semanario de Agricultura y Artes dirigido a los párrocos
6.2.1. La publicación del Ensayo sobre las variedades de la vid común que vegetan en Andalucía
6.2.2. Difusión del Ensayo
6.2.3. El Semanario de Agricultura y Artes dirigido a los párrocos
6.3. El Jardín Experimental de Aclimatación de Sanlúcar de Barrameda
6.3.1. Andalucía de nuevo
6.3.2. Labor emprendida
CAPÍTULO 7. LA ACTIVIDAD INTELECTUAL Y POLÍTICA DURANTE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA (PERIODO 1808-1812)
7.1. El primer año de la guerra
7.1.1. Situación personal de Clemente al comienzo de la contienda
7.1.2. Entre el patriotismo y las luces
7.2. En los dos bandos
7.2.1. Simón de Rojas con la Junta Central
7.2.2. Simón de Rojas con José I Bonaparte
7.3. El afrancesado Simón de Rojas
7.3.1. Clemente y el movimiento afrancesado
7.3.2. Relación personal entre Clemente y Bory de Saint-Vincent
7.3.3. Clemente en la prefectura de Málaga
CAPÍTULO 8. ACTIVIDAD INTELECTUAL Y POLÍTICA AL FINAL DE LA GUERRA Y EN LA POSGUERRA (1812-1814)
8.1. Simón de Rojas vuelve a su pueblo
8.1.1. La llegada a Titaguas
8.1.2. Actividad en el pueblo
8.2. Tensa espera del afrancesado Simón de Rojas
8.2.1. Estado de la cuestión
8.2.2. La espera y la esperanza
8.2.3. El problema de la purificación
8.3. El plano topográfico y estadístico de la provincia de Cádiz
8.3.1. Entre Cádiz y Madrid
8.3.2. Proyecto frustrado
CAPÍTULO 9. LA PRIMERA ETAPA ABSOLUTISTA (1814-1820)
9.1. Entre la realidad y la ficción
9.1.1. Causa General
9.1.2. Simón de Rojas es purificado
9.2. Clemente, de nuevo bibliotecario del Jardín Botánico
9.2.1. El día a día en el Jardín
9.2.2. El problema de Clemente con el erario del Jardín
9.2.3. Simón de Rojas parte a Titaguas para curar de su enfermedad
9.2.4. Las cuentas del bibliotecario
CAPÍTULO 10. EL PASO DE LA CIENCIA Y EL POSO DE LA RELIGIÓN
10.1. La Ceres hispánica
10.1.1. El contenido científico
10.1.2. El contenido humano
10.1.3. La Agricultura general de Herrera
10.2. El proceso inquisitorial contra Simón de Rojas
10.2.1. Cargos por los que se le acusa
10.2.2. Seguimiento del proceso
CAPÍTULO 11. LAS VICISITUDES DE UN LIBERAL. DEL TRIENIO LIBERAL A LA DÉCADA OMINOSA
11.1. Simón de Rojas diputado en las primeras Cortes del Trienio (1820-1821)
11.1.1. Contexto general y particular
11.1.2. Simón de Rojas diputado
11.2. Ilusión y desencanto del liberal Simón de Rojas
11.2.1. Quehacer de Clemente en las Cortes
11.2.2. Clemente abandona la cámara por enfermedad
11.2.3. Caricaturas y retratos en el Trienio Liberal
11.2.4. Ideario social y político del biografiado
11.3. La caída del Trienio. Entre el pueblo y la Corte (1821-1823)
11.3.1. Acción armada de Simón de Rojas en Titaguas
11.3.2. Los problemas cotidianos con el fisco
11.3.3. Luz en la penumbra
11.3.4. Entre Titaguas y Madrid
CAPÍTULO 12. VUELTA AL ABSOLUTISMO
12.1. La historia se repite
12.1.1. Otra vez el exilio
12.1.2. De nuevo Simón de Rojas en su exilio interior
12.1.3. Y en el punto de mira Madrid, otra vez a causa de la paga y de la purificación
12.2. Fernando VII llama a Madrid a Simón de Rojas
12.2.1. La razón de la convocatoria
12.2.2. Simón de Rojas es nombrado director del Jardín Botánico
12.3. Ilusión y realidad en el nuevo cargo
12.3.1. De censurado a censor
12.3.2. Cobrar o no cobrar, he ahí la cuestión
12.3.3. Burocracia, responsabilidad y justicia social
12.3.4. Y como siempre las relaciones humanas
12.4. Historia natural del Reino de Granada y Nomenclátor ornitológico
12.4.1. Publicación de la Historia natural del Reino de Granada
12.4.2. El Nomenclátor ornitológico
CAPÍTULO 13. MUERTE DEL ILUSTRADO SIMÓN DE ROJAS CLEMENTE
13.1. El testamento de Simón de Rojas
13.1.1. Formalismos previos
13.1.2. Contenido del testamento
13.2. Muerte de Simón de Rojas
13.2.1. Instantes previos
13.2.2. Necrología
13.3. Post mortem
13.3.1. Cumplimiento del testamento
13.3.2. Clemente en la memoria próxima al deceso
BIBLIOGRAFÍA
ÍNDICE ONOMÁSTICO
INTRODUCCIÓN
Corría el año 1988 cuando tuve conocimiento de la existencia de la autobiografía del biografiado, fue el comienzo de la andadura en el tema de Simón de Rojas. Ya después todo fue una vorágine de investigación sobre su vida y su obra que, a su vez, cambió mi vida. Efectivamente, de una manera informal fui recogiendo todo el material que llegaba a mis manos tanto publicado como manuscrito ya fuera del botánico o sobre él, primero en París y después en Londres; más tarde vinieron otras muchas ciudades, archivos y bibliotecas de España y ya todo fue tomando cuerpo. La plasmación de toda la investigación –la vorágine de la que hablaba– fue la tesis citada y después este libro, que es también un resumen de la misma, donde cartas, oficios, informes, publicaciones de Clemente, documentos de la época y otros documentos han sido volcados en esta biografía; esta cantidad de información se acrecentó incluso tras la lectura de la tesis hasta el punto de que se puede afirmar que, en bastantes aspectos, ésta ha quedado superada. Una característica que ha marcado estos años de trabajo ha sido, pues, la documentación encontrada que ha sido enorme, lo que a su vez ha hecho que el trabajo haya sido muy gratificante. Hilvanar todos estos documentos que se complementaban entre sí con las explicaciones razonadas pertinentes ha sido el desafío que me propuse desde el principio para conseguir una biografía exhaustiva y objetiva de Simón de Rojas. La consecución o no de este reto tendrá que valorarla su “orbe literario” como diría el propio Clemente.
El primer capítulo nos introduce en las raíces del biografiado que no son otras que las de la Ilustración, la cual determinará toda la vida y la obra de Simón de Rojas. Después, en el capítulo 2, entramos en su infancia y juventud, y ya desde Madrid parte a París y Londres, viaje que llena el capítulo 3, y llegamos a Andalucía donde sufre la decepción de haber acabado allí su periplo viajero, pues en principio tenía que haber continuado junto a Alí Bey hasta África (capítulo 4). En Andalucía se queda precisamente para realizar la Historia natural del Reino de Granada y otros trabajos (capítulo 5); el capítulo siguiente es su vuelta a Madrid como bibliotecario del Jardín Botánico y la publicación del Ensayo sobre las variedades de la vid común que vegetan en Andalucía (1807). La Guerra de la Independencia lo sorprende en Sanlúcar de Barrameda y su continuación es un continuo ir de un lado a otro (física pero también políticamente). A la guerra le sucede una etapa florida en cuanto a investigaciones (Ceres hispanica, la Agricultura general de Herrera) aunque llena de penurias económicas e ideológicas; fue además cuando pudo tener problemas con la Inquisición (capítulos 9 y 10). En el Trienio Liberal tomó partido por el liberalismo siendo también diputado a Cortes en la primera legislatura; en este tiempo fue acechado por la enfermedad y por otros problemas, lo cual se refleja en el capítulo 11. Y tras ese periodo, en el capítulo 12 se cuenta su obligada partida a Titaguas a vivir su exilio interior hasta que el rey lo llamó para acabar la Historia natural del Reino de Granada siendo además elegido director del Jardín Botánico de Madrid, cargo que también le acarreó sinsabores; hasta que le llegó la muerte y el cumplimiento de lo dispuesto en el testamento que es el capítulo 13. Después, como es natural, viene la bibliografía.
Esta biografía pretende ser una aportación importante para el conocimiento de Simón de Rojas y un documento referente para la ciencia de la Ilustración española. Al respecto he de añadir también que este trabajo se centra más en su vida que en su obra a la cual únicamente me he aproximado de una manera general a excepción de algunos aspectos concretos, como los relacionados con el Ensayo y la Ceres hispanica (en colaboración con Mariano Lagasca); esto también ha sido así porque tengo previsto publicar otro libro más específico sobre su obra y relacionado precisamente con lo que ésta tenga que ver con la vida de Clemente que es mucho más de lo que, en principio, pueda parecer, es decir, la biografía del botánico sólo podrá considerarse totalmente acabada cuando se estudie su legado en relación con su vida, como estoy convencido de que puede suceder también con la biografía de cualquier persona.
Relacionado con la vida y la obra de Clemente es la referencia en sus memorias a sus apetitos científicos, así es posible entender el acomodo que buscaba consigo mismo y con los gobernantes que fueran. Su ánimo estaba, pues, del lado del partido de la ciencia que es el de la investigación y el progresismo, donde militó hasta el fin, con una inmensidad de trabajo en todos los sentidos que iremos viendo, de relaciones humanas y también de anécdotas. Pienso de todas maneras que la ciencia no ha valorado como se merecía a este sabio y ésta es una ocasión para que los historiadores de la misma y los científicos mismos reflexionen sobre ello, reconociendo al mismo tiempo que se están dando pasos importantes en este sentido.
Llega el momento de decir que soy natural de Titaguas (Valencia), al igual que Simón de Rojas. Como todos los de mi generación crecí en el pueblo con la idea de que el biografiado era un sabio pero sin saber claramente por qué, era un icono más, al igual que podían ser los mandatarios del momento. Todos estaban en la escuela; la foto de los políticos en la clase y el busto de Clemente en el pasillo, como los castigados. De aquéllos se hacían soflamas más o menos enardecidas, del naturalista apenas se decía nada, lógico, pues los maestros poco podían saber de él. Del naturalista hablaba, y habla, Fulgencio Rubio Dolz quien el último domingo de agosto ante el busto de la avenida principal del pueblo que lleva su nombre ha venido hablándonos desde hace más de 50 años, desde que fue nombrado presidente de la Colonia Titagüense “Rojas Clemente”; somos, pues, muchos quienes hemos oído de su boca por primera vez hablar sobre el biografiado.
En un plano mucho más personal, la sensación que he tenido en el transcurso de la elaboración de la vida de Simón de Rojas es la que tantos biógrafos experimentan, y es la identificación con el biografiado, a pesar de la distancia que he pretendido mantener durante la construcción de la biografía (la cual no está en contradicción con la objetividad buscada), pero en cuyo desarrollo me he sentido inmerso sin casi darme cuenta, hasta el punto de considerarme un seguidor de las formas y los fondos del dieciocho como “siglo educador”, según la expresión de José Ortega y Gasset. Seguramente también he llegado a esta situación porque alguna vivencia personal similar ha sucedido tanto en la vida de Clemente como en la mía, reconociendo al mismo tiempo que él era un sabio naturalista y yo estoy muy lejos de ello y de que si nos hubiéramos conocido personalmente más de una discusión habríamos entretenido. De todas maneras, en las similitudes, quiero resaltar que, aparte de ser de la misma patria chica, los dos vivimos en París y Londres en un periodo de nuestra existencia, a los dos nos gustó la libertad de trabajar por libre –solos y sin presión– lo que no siempre fue comprendido por “el tribunal de la opinión” (por utilizar una expresión de Clemente) y que encontramos –sobre todo encontramos– un estilo literario no necesariamente uniforme y no del todo afín con los cánones vigentes, conscientes ambos de que el estilo hace al hombre.
Acabo de citar Londres; pues bien, fue allí desde donde se dio el pistoletazo de salida en esta investigación de manera definitiva (antes –repito– ya había estado recogiendo información de una manera informal) al conocer dónde estaba el manuscrito de la Historia civil, natural y eclesiástica de Titaguas (en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales) cuya ubicación ya conocía Samuel Rubio (a él le corresponde, pues, el honor de haber llegado primero) y cuya edición coordiné. Y ya metido de lleno en la vida y la obra del biografiado he publicado artículos sobre Clemente y participado en las Jornadas Simón de Rojas en Titaguas, en una de las cuales se presentó el libro del sabio local Nomenclátor ornitológico o sea nombres españoles y latinos sistemáticos de aves cuya edición literaria también realicé (es importante decir que el gasto de la edición de los dos libros citados corrió a cargo del Ayuntamiento del pueblo). Sin embargo, mi aportación principal para el conocimiento de Clemente es precisamente esta biografía, a la cual seguro que le faltará, al menos, algún dato importante, por ello me gustaría que “el orbe literario” me indicara los fallos que ha podido haber con el fin de que puedan ser subsanados.
En fin, como ya he manifestado, espero que este trabajo ayude a que el biografiado tenga el reconocimiento debido en la historia de la ciencia ilustrada española para lo cual he puesto todo mi empeño, intentando seguir el ejemplo del compromiso que adquirió con su tiempo el ilustrado Simón de Rojas Clemente y Rubio. Feliz lectura.
FERNANDO MARTÍN POLO
AGRADECIMIENTOS
Empezar con los agradecimientos es agradecido (y no es un juego de palabras), para lo cual hago mío el principio de Simón de Rojas Clemente, celoso del respeto a la propiedad intelectual, para con los que le ayudaran al decir: “¡Con cuánta satisfacción publicaré yo sus nombres!”. Pues bien, es necesario que, de entrada, yo haga lo propio con los que me han ayudado y al mismo tiempo han estado conmigo.
Preciso comenzar dando las gracias de forma especial a tres personas que han sido fundamentales a lo largo de todo este trabajo (los nombro en orden de aparición en mis investigaciones). La primera es Alan Deyermond, ya fallecido, el cual representó para mí lo mismo que Cavanilles para Clemente en la primera parte de mi periplo investigador pues con su magisterio y ánimo escribí Las albadas de Titaguas y comencé la andadura clementina. El segundo es Samuel Rubio Herrero por haber escrito el primer libro consagrado a Simón de Rojas, biografía clave para cualquier estudioso del botánico, y por su ayuda. Y el tercero es Horacio Capel Sáez de la Universidad de Barcelona, el director de mi Tesis doctoral Simón de Rojas Clemente y Rubio. Vida y obra. El compromiso ilustrado o lo que es lo mismo, mi Cavanilles en el desarrollo y publicación de este libro (he tenido, pues, dos Cavanilles). Los tres confiaron en mí; y en el trabajo diario tanto Alan Deyermond como Horacio Capel también creyeron que el estilo hace al hombre y, cada uno con su estilo, dejaron que yo imprimiera el mío. Muchas gracias, pues, por el ánimo que me habéis dado y por creer en mí.
Respecto a las personas concretas que me han ayudado, ha habido archiveros, bibliotecarios o simplemente personas colaboradoras cuyo cometido ha ido más allá del cumplimiento de su obligación hasta el punto de que hacían suya esta investigación tratando de llegar al detalle o al documento que buscaba; así recuerdo con cariño a aquella bibliotecaria de la Universidad Queen Mary de Londres que hizo un esfuerzo titánico para hacerse comprender, dado que mi inglés no era precisamente muy fluido, para sugerirme que no fuera a Cambridge a buscar un trabajo sobre Simón de Rojas como indicaba el ordenador, que bien pudiera ser que estuviera en Londres mismo, como así fue, ¡lástima que en este caso como en otros no recuerde ni siquiera sus nombres!
En general tod@s los trabajadores de todos los archivos y bibliotecas que nombro en la bibliografía merecen que les dé las gracias. Evidentemente de los archivos tengo un recuerdo más personalizado. Me son familiares por haber visitado con frecuencia sus lugares de trabajo o haberme relacionado por teléfono o correo electrónico en el Jardín Botánico de Madrid, Esther García, conservadora del Archivo (y antes M.ª Pilar San Pío), Yara Mostazo, técnico del mismo (¡y qué esmero han mostrado Esther y Yara!), M.ª José Martínez, encargada de las publicaciones, Helena Velayos, de información general y préstamos, Mauricio Velayos, de investigación, Eugenia Insúa, responsable de biblioteca y Gloria Pérez de Rada, restauradora; en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, Manuel Parejo, oficial de gestión y Gregorio Adán, técnico de documentación; en la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, la encargada del Archivo-Biblioteca, Fabiola Azanza; en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, la bibliotecaria Leticia de las Heras y el archivero Juan Carlos Caro; en el Archivo del Congreso de los Diputados, Sofía Gandarias; en el Archivo de la Universidad de Valencia, Irene Manclús, directora de personal; en la Biblioteca del Jardín Botánico de Valencia, la bibliotecaria M.ª José Borrás; en el departamento de Archivos Personales y en la Biblioteca Valenciana Digital (Bivaldi), sus técnicos; en la Universidad de Granada, la conservadora de su herbario, Carmen Quesada, una de las pioneras, además, de los estudios sobre Clemente; en el Archivo Municipal de Sanlúcar de Barrameda, Nieves García; en el Archivo Histórico Municipal de Cádiz, Teo Cardoso; en el Archivo Municipal de Barcelona (Arxiu Històric de la Ciutat), Alicia Torres y Àngels Solà, y en el Archivo del Ayuntamiento de Titaguas todos los que por allí han pasado, lo mismo en el parroquial, sobre todo Antonio Polo. Del extranjero, Mr. Denis Lamy, bibliotecario, el ya fallecido Mr. G. G. Aymonin, profesor del Museo y la actual archivera de la Bibliothèque de Botanique Mme. Florence Tessier, todos del Museo Nacional de Historia Natural de París; en Londres, Mr. Carlos García-Minguillan, del equipo de consulta de Mapas y Manuscritos de la British Library y Mr. Michael St John-McAlister, conservador de la Sala de Manuscritos de la misma biblioteca, y Elaine Charwat, bibliotecaria adjunta de la Sociedad Linneana; en Munich, Genoveva Rausch, del Archivo de la Academia de Ciencias de Baviera, en Lund (Suecia), Marie Holmdahl-Svensson de la Sociedad Fisiográfica, y en Indiana (USA) Marcia C Stephenson, profesora de la Purdue University West Lafayette. Una persona, sin embargo, no ha querido salir en este capítulo de agradecimientos, de cualquier manera he ahí su nombre: Jordi. Todos los nombrados, o los sin nombrar, se esmeraron en ayudarme y, además, me dieron el ánimo necesario para que el intento del principio llegara a ser la realidad del final. Gracias, pues, por vuestra colaboración.
No quiero pasar por alto las Jornadas Simón de Rojas organizadas por el Ayuntamiento de Titaguas y lideradas por su alcalde, Ramiro Rivera, con la inestimable colaboración de Carles Ferrer. En ellas compartí momentos muy enriquecedores conversando sobre el biografiado con Juan Armada, Juan V. Botella, Manuel Cantos, Horacio Capel, Javier Cremades, Daniel Domergue, Francisco González de Posada, Emilio Laguna, Miguel Lara, Francesc Xavier Llimonà, José María López Piñero, Gonzalo Mateo, Rafael Ocete, Juan Piqueras, Carmen Quesada, Abilio Reig, Samuel Rubio, M.ª Pilar San Pío..., tod@s grandes especialistas de la historia de la ciencia.
Igualmente algunas personas que me han ayudado de forma puntual o me suministraron algún documento salen en el apartado de la bibliografía Archivos y Fuentes Originales (Archivos Varios), fueron Virtudes Badimón, Concepción Balaguer, Vicent Berenguer, Juan V. Botella, Vicente Cárcel, Juan Castañón, Jesús Ignacio Catalá, Maruja Clemente, Miguel Collado, Miguel Collado Ródenas, Lola Cosme, Félix Delgado, Eva García, Rosa M.ª Gómez-Casañ, Gonzalo González, Esteban Herrero, Arturo Iglesias, hijos de José Villar, Paco Mares, Fernando Martín Ródenas, Jenaro Martín Sánchez, Pascual Martín, Rafael Moreno, Ferran Pastor, Pascual Pérez (padre e hijo), Robert Pérez, José Polo, Mayte Polo, Salvador Polo, Ricardo Rodrigo, Fernando Rodríguez, Vicente Rubio, José Luis Sánchez, Nuria Soler, Vicente Soler, Eduardo Tello, Alfons Uris ..., y hasta mi sobrino Juan por haber solucionado mis problemas con la informática en el curso del trabajo. Y de Fulgencio Rubio ya he hablado en la introducción. Seguro que me olvido de algunos, “nuestras faltas perdonar”, pues, como suelen acabar las albadas de Nochebuena en Titaguas (precisamente omití el agradecimiento a Paco Gafas en el libro de las albadas y en éste queda compensado). Todos ellos saben que los llevo muy dentro de mí, como a los amig@s que sin cesar se han interesado por la marcha del libro (Juan V. Botella, Carles Ferrer, Paco Mares, Paqui Monreal, Ferran Pastor, Pascual Pérez, Pilar Polo, Andrés Rubio, José Tomás Ródenas, Rubén Sánchez, Paco Través Polo...). Y en este apartado quiero resaltar a quien más se interesó por esta biografía: fue José Alfredo Polo Rubio, amigo donde los haya, quien por desgracia no ha podido verlo impreso pues falleció, por lo que quiero que conste aquí mi más emocionado recuerdo hacia él.
Por último mi agradecimiento al corrector que me ayudó a fijar el texto del libro, fue el profesor de Historia de la Ciencia de la Universidad CEU Cardenal Herrera Oria, Jesús Ignacio Catalá Morgues (y a Vicent Berenguer que también echó una mano al respecto), quien en poco tiempo me hizo las sugerencias pertinentes al estilo de mis maestros sabedor igualmente de que el estilo hace al hombre. Y también, cómo no, al Servicio de Publicaciones de la Universidad de Valencia por hacer realidad que el libro haya salido a la luz.
CAPÍTULO 1
SIMÓN DE ROJAS CLEMENTE EN EL CONTEXTO DE LA ILUSTRACIÓN
El capítulo 1 empieza con una reseña necesaria sobre la vida y la obra del biografiado; considero que es lo que una persona culta –al menos en historia natural– y cualquier curioso debe saber perfectamente y que, evidentemente, se ampliará en el transcurso de este libro.
El apartado referido al contexto ilustrado en el que se formó Simón de Rojas Clemente y Rubio es fundamental para comprender la vida y la obra de este personaje. En ese contexto aparecerán las ideas ilustradas a través de algunos filósofos relevantes de este movimiento europeo, sin perder de vista al biografiado, lo que nos llevará a detenernos a concretar las ideas que entraban en España con hechos prácticos como son la publicación de libros y revistas, la formación de herbarios y el desarrollo de las instituciones de la época, particularmente del Jardín Botánico de Madrid, y la actuación de sus dirigentes, sobre todo de Antonio José Cavanilles que tanto influirá en el biografiado y en otros como Mariano Lagasca; hasta el punto que este ambiente intelectual y científico que vivió Clemente de la mano de Cavanilles es lo que Antonio González Bueno califica como la pasión por la ciencia.
1.1. PRESENTACIÓN DE SIMÓN DE ROJAS CLEMENTE Y RUBIO (RESEÑA BIOGRÁFICA)
Simón de Rojas Clemente y Rubio nació en Titaguas (Valencia) en 1777 y murió en Madrid en 1827. Tiene una gran cantidad de obras impresas y también muchas por imprimir (véase la bibliografía) y fue traducido en vida al francés y al alemán. Es importante citar también el herbario de 4.000 plantas que, a los 22 años de edad, ya había formado, y otras colecciones que iría ampliando a través de su existencia, además de numerosas cartas, artículos y estudios breves u observaciones sobre diversos temas, particularmente de botánica. Hay algún manuscrito, sin embargo, que se considera perdido; por ejemplo, dos cuadernos escritos en árabe, y él mismo dice en su autobiografía que en la Guerra de la Independencia perdió una parte de su obra.
Su vida fue corta, murió con 49 años y medio. Y a poco que entremos en ella y en su obra nos quedaremos enseguida perplejos de la cantidad de aspectos que dominaba, algo propio en la Ilustración, aspectos que irán siendo analizados poco a poco en su contexto histórico, donde no es fácil de situarlo a priori pues pertenece a la Ilustración tardía ya rayana con el Romanticismo. En este aspecto se puede decir de manera general que aquellos intelectuales educados en el XVIII –como Clemente– siguen las normas del Siglo de las Luces, los que todavía eran muy jóvenes en la Guerra de la Independencia serían ya románticos.
El aspecto más divulgado de él es el de botánico aunque desarrolló otras vertientes dentro de la historia natural (zoólogo, geólogo) y como buen ilustrado tocó muchos temas: fue profesor de árabe y hebreo en la Universidad, buen conocedor de lenguas ya que, aparte de las que acabo de nombrar y de su lengua materna, sabía latín, griego, francés, inglés, italiano y valenciano1; no es casualidad, pues, que colaborara en la confección del Diccionario de la Real Academia de la Lengua de 1817 dado que su autoridad como lingüista es manifiesta. Todo lo cual quiere decir que habría que definirlo como un sabio sin fronteras, según propone el profesor Emili Giralt i Raventós2, por ser una persona reconocida internacionalmente (no es partidario de calificarlo como intelectual por ser éste un término que no se manejaba en la época).
Otra vertiente de su vida es la de aventurero ya que en 1802 y 1803 estuvo, junto con Domingo Badía (más conocido como Alí Bey), en París y Londres, viaje sufragado por el Gobierno de Manuel Godoy (el Príncipe de la Paz) con el fin de preparar una incursión a África de carácter científico, por lo menos en principio, después el asunto tomó un giro claramente político y el de Titaguas al final no realizó ese viaje. También fue diputado a Cortes por Valencia en el Trienio Liberal 1820-23, de hecho lo fue hasta finales de 1821 en que se retiró por estar enfermo, de derecho hasta que acabó la legislatura extraordinaria el 14 de febrero de 1822, después ya no se presentó. Otros méritos suyos son el haber sido bibliotecario del Jardín Botánico de Madrid y director del mismo, miembro de diversas asociaciones como la Sociedad Linneana de París, el primero en medir el pico del Mulhacén, etc. Es normal, pues, que al consultar archivos y bibliotecas de España y del extranjero se encuentre documentación de él –o sobre él– importante y hasta inesperada.
Políticamente hablando fue liberal, se le persiguió como afrancesado y la Inquisición le abrió dos procesos, de los cuales conocemos uno que finalmente se archivó. Desde el punto de vista académico tenía un amplio currículum que iremos viendo; el grado más alto que poseía era el de Doctor en Teología (su formación inicial parte del Seminario de Segorbe).
Decía al principio que en su tiempo este valenciano de Titaguas era muy conocido; y de su prestigio basta decir que Manuel Godoy le dedica unas páginas muy elogiosas en sus memorias, después ha sido glosado por distintas personalidades de la ciencia, y más recientemente han sido realizadas tres tesis doctorales sobre este personaje: El herbario de algas marinas de Simón de Rojas Clemente de Javier Cremades Ugarte (1990); Estudio y transcripción de la Historia Natural del Reino de Granada de Simón de Rojas Clemente y Rubio (1777-1827) de Carmen Quesada Ochoa (1992), y la realizada por un servidor (se encuentra digitalizada), como indiqué en la introducción y cuyo título ya cité, que es precisamente la base de esta biografía. Estos trabajos y otros (véase la bibliografía) contribuyen a biografiar al personaje y a situarlo donde debe estar: en la historia de la Ilustración española.
Siquiera de pasada quiero acabar esta reseña biográfica con el problema de la nominación que ha sido muy grande para los investigadores, sobre todo cuando los archivos eran manuales pues en éstos estaba de varias formas posibles, incluida la de Rubio, así es que si no estaba de una forma se buscaba de otra; lo más corriente era buscarlo por Rojas Clemente o por Clemente, incluso podía haber noticia en las dos, aunque una solía remitir a la otra. Con la informatización, todo es más fácil y, sobre todo, rápido, y lo más práctico es buscar también por Rojas Clemente; así se le conoce normalmente y como se le suele honrar. No obstante, de esta forma es impropio por lo que simplificando todo veremos nombrado al biografiado de todas las maneras posibles pero especificando que como Rojas o como Rojas Clemente lo haré cuando transcriba textos que estén de esa forma (lo mismo puede decirse cuando aparezca la equis –Roxas– aunque este caso lo veo más normal pues de este modo era también en la época y como lo quería él3), por lo demás, en mis comentarios lo nombraré sobre todo como Clemente, Simón de Rojas o D. Simón (como también se le llamaba en su tiempo4, además de ser muy nombrado así en su pueblo) sin olvidar apelativos propios de este trabajo (el botánico, el de Titaguas, el biografiado, nuestro hombre...)5.
1.2. EL CONTEXTO ILUSTRADO
1.2.1. Contexto histórico-literario
Si a alguien le preguntaran en nuestros días qué quiere decir la palabra literatura, enseguida lo relacionaría con la creación literaria. Esto es así desde principios del siglo XIX, sin embargo, en la educación dieciochesca recibida por Simón de Rojas lo literario comprendía todo, tanto lo relacionado con lo que ahora llamaríamos científico como con lo creativo, o en palabras de Francisco Aguilar Piñal “donde el hombre de letras era sin distingos el erudito, el filósofo, el poeta, el científico, es decir, todo aquel que dejaba por escrito sus pensamientos, aunque no fuesen muy originales ni se adentrasen por el terreno de la ficción”6.
En este concepto de la literatura fue en el que se educó el biografiado; de hecho la ciencia y cierta dosis de creatividad están unidas (no hay más que verlo al leer sus obras). Él mismo entiende la literatura botánica como literaria; así en la Introducción a la criptogamia española, al hablar de obras botánicas realizadas, se añade: “Que verá luego el orbe literario”7 y, en fin, en la introducción al Ensayo sobre las variedades de la vid común que vegetan en Andalucía al nombrar el Reino de Granada apostilla: “Cuya grande historia no puede menos de fijar la atención de la Europa literaria”8. Con todo, al leer la obra de Clemente, este aspecto, esta simbiosis (particularmente en el Ensayo sobre las variedades de la vid común que vegetan en Andalucía) es preciso que choque. Y, aunque lo literario y lo científico en la Ilustración iban juntos, en la explicación que seguiremos irán paralelos, por ser, precisamente para nosotros, más comprensible.
Con respecto a su vocación enciclopedista él escribió que vivía “abrazando todos los ramos de instrucción, persuadido de que conservaría la fortaleza de mis 24 años hasta los 80, y de que me era posible, según había leído del Tostado y otros, llegar a abarcar un día cuanto saben los hombres”. Bien es verdad que un poco más adelante asegura que eso es imposible y que a causa de ello ha arruinado su salud dándose cuenta de que “una vez llena la capacidad humana, no puede recibir más sin vaciarse otro tanto; a la manera que un vaso lleno de líquido derrama la cantidad que se le aumenta”9.
Hechas estas pinceladas pertinentes sobre lo literario y lo enciclopédico en la formación de Clemente, propias de la Ilustración, pasamos al contexto histórico-literario (o filosófico se podía decir también) en que se desarrolló la vida del biografiado que estuvo enraizado en las coordenadas de las luces. Por ello vamos a entrar en esta época para comprender mejor su vida y hacer un bosquejo de su obra que es al fin y al cabo de lo que vamos a tratar en este trabajo. Y lo primero que hay que definir es lo que es la Ilustración en nuestro país.
No es descabellado afirmar que un ilustrado era un reformista, y un ilustrado español era consciente de que el prestigio y la influencia de España en Europa en el siglo XVIII eran muy limitados; también era consciente de que el imperio americano era un problema más que un poderío y de que el pueblo no estaba culturizado. Ante todo ello se planteó una especie de regeneración encabezada por los mismos reyes absolutistas cuyo poder era necesario para solucionar estos problemas aunque fuera de una forma impuesta, y en esto estaban de acuerdo desde la mayoría de los intelectuales hasta muchos políticos, y en algún caso éstos eran reformadores, o sea, ilustrados.
La idea de la reforma de la sociedad que abarcara todos los estamentos –a todos los hombres del universo con el fin de mejorar sus vidas– es una idea europea basada en el humanismo, el racionalismo y la secularización de la cultura, ideales del hombre renacentista que el ilustrado quiere convertir en realidad por medio, sobre todo, de la razón. Sólo con la razón, sin ninguna otra autoridad que ella misma, la cual se convierte en juez del propio individuo, la única capaz de derrotar el dogma y la superstición, y para ello “sólo se requiere libertad [...]: el hacer uso público de la razón en todos los terrenos”10; “Zadig se contentait d’avoir le style de la raison”11 [Zadig se contentaba con tener el estilo de la razón] es una aseveración del cuento de Voltaire, Zadig, que puede servir como paradigma de esta filosofía, y que Kant explica así: “Ilustración significa el abandono por parte del hombre de una minoría de edad cuyo responsable es él mismo”, que tan bien resume el lema: “Sapere aude! ¡Ten valor para servirte de tu propio entendimiento!”12.
Y con el abandono por parte del hombre de su minoría de edad y con la razón vendría el progreso y, por tanto, la felicidad. Ésta se quería conseguir fundamentalmente con la publicación de leyes que mejoraran la dignidad humana y con la educación, y de esta manera llegar a ser auténticos ciudadanos: “Instruire une nation, c’est la civiliser; y éteindre les connaissances, c’est la ramener à l’état primitif de la barbarie”13 [Instruir una nación es civilizarla; extinguir sus conocimientos es llevarla al estado primitivo de la barbarie] escribe Diderot. Según esta frase el hombre se civiliza –se libera– con la instrucción, para lo cual hacen falta los conocimientos, y además esa educación se constituye como un derecho de todos los súbditos de esa nación.
La escuela pública se instituye, pues, para todos sus habitantes, para los pobres y para los ricos, “parce qu’il serait aussi cruel qu’absurde de condamner à l’ignorance les conditions subalternes de la société”14 [porque sería tan cruel como absurdo condenar a la ignorancia a las clases subalternas de la sociedad]. Más todavía pensando sobre todo en los que menos recursos tienen porque “une école publique n’est instituée que pour les enfants des pères dont la modique fortune ne suffirait pas à la dépense d’une éducation domestique et que leurs fonctions journalières détourneraient du soin de la surveiller; c’est le gros d’une nation”15 [una escuela pública no está instituida más que para los niños de los padres cuya módica fortuna no bastaría para el gasto de una educación y cuyos quehaceres diarios estorbarían la tarea de vigilarla; esto es lo más importante de una nación].
En efecto, la educación, según Kant, es el más grave problema que tiene el hombre y su
práctica ha de ser perfeccionada a través de muchas generaciones. Cada generación, provista del conocimiento de las anteriores, puede ir reciclando constantemente una educación que desarrolle de modo proporcional todas las disposiciones naturales del hombre con arreglo a un fin y conduce así al conjunto de la especie humana hacia su destino16.
Todo lo cual para ser honrados, amables, instruidos, ilustrados, pacíficos y, por supuesto, felices. La felicidad era un objetivo inmediato y terrenal y hasta una especie de deber “siempre y cuando este método sea compatible con la libertad de los demás”17, una especie de deber, digo, difícil de explicar porque “la verdadera felicidad no se describe, se siente y se siente tanto más cuanto menos se puede describir, porque no resulta de una suma de hechos, sino que es un estado permanente”18. Ahora bien, el modo de conseguir esta felicidad no puede ser dictado por ningún gobernante “esperando simplemente de su bondad que éste también quiera que lo sean, un gobierno así es el mayor despotismo imaginable”19. Voltaire, al término del relato Candide, concluye que “il faut cultiver notre jardin”20 [tenemos que cultivar nuestro jardín] haciendo una similitud entre el trabajo cotidiano y el trabajo en el Jardín del Edén, en una especie de conformidad con lo que se tiene –sin imposiciones de ningún tipo–. En ese terreno (en ese jardín) se encontraría la felicidad.
No es muy distante esta forma de ver la felicidad por parte de Simón de Rojas Clemente para quien este estado es algo subjetivo, y radicaría en sentirse realizado con lo que uno hace en esta vida, y por lo tanto que crea en ello, por lo que su búsqueda es algo personal e intransferible, es decir, todo el mundo puede ser feliz. En efecto, en sus memorias afirma que “lo que entienden comúnmente los hombres por felicidad en el mundo consiste lisa y llanamente en que uno se la crea”21, aunque si vemos el contexto no hay que quedarse sólo con esta sentencia sino con la idea de que esta elección es moralmente correcta cuando el individuo está formado para elegir libremente lo que le gusta. Y ya que estamos con el ilustrado de Titaguas creo conveniente hacer constar esta cita que se comentará un poco más tarde y que está referida a una conversación con su padre respecto a su vocación: “El estado que yo deba elegir, debe dejarse enteramente a mi albedrío si en esa parte no quieren ustedes cargar sus conciencias y la mía. Mi vocación es la de saber, ser libre y hombre de bien”22. Saber, ser libre y hombre de bien; estas palabras resumen mejor que nada el ser ilustrado.
Los ilustrados utilizaban, pues, continuamente palabras como luces, felicidad, buen gusto, erudición, progreso, crítica..., conceptos que chocarán necesariamente con el orden eclesiástico establecido lo que llevará a muchos de ellos a ser perseguidos por la Inquisición (como le sucedió a nuestro botánico). Es más, para Kant el príncipe ideal es el que tiene por deber “no prescribir a los hombres nada en cuestiones de religión, sino que les deja plena libertad para ello [...], dejando libre a cada cual para servirse de su propia razón en todo cuanto tiene que ver con la conciencia”23, por lo que es incompatible con la Ilustración el hecho de que una religión “se autoproclame como la única fe verdadera e intente imponer para siempre a sus ciudadanos ciertos dogmas de su credo”24.
En general los ilustrados tenían un gran respeto por el concepto mismo de Dios y por las Sagradas Escrituras, eran creyentes pero muy críticos con la ortodoxia y con el estamento eclesiástico, sinónimos ambos conceptos para ellos, también como generalidad, de fanatismo y superstición, sobre todo para Diderot para quien los eclesiásticos “ce sont les sujets de l’État les plus inutiles, les plus intraitables et les plus dangereux” [son los sujetos más inútiles del Estado, los más intratables y los más peligrosos], porque los domingos y fiestas hacen creer al resto “au nom de Dieu, tout ce qui convient au démon du fanatisme et de l’orgueil qui les possède” [en nombre de Dios, todo lo que conviene al demonio del fanatismo y del orgullo que los posee], por lo que si él fuera soberano en estas condiciones “j’en frémirais de terreur”25 [me estremecería de terror].
Un cuarto de siglo más tarde Clemente percibe el liberalismo en materia de religión en París (allí nada es tan rígido como aquí; capítulo 3), pero sin llegar al radicalismo que manifiesta Diderot –situado en materia religiosa en un extremo de la Ilustración– para quien, a pesar de lo expuesto hace un momento, “la croyance à l’existence de Dieu, ou la vieille souche, restera toujours”26 [la creencia en la existencia de Dios, de rancio linaje, permanecerá siempre].
Así concreta José Antonio Maravall la posición de los ilustrados:
En la mayor parte de los casos, desde algunos como Newton, Voltaire, hasta incluso la de ciertos materialistas, como Holbach, habrá que seguir colocando en última instancia la referencia a una Creación, de carácter netamente teísta, que dé cuenta de haber sido puesta, dotada de su orden inmanente, por un Sumo Autor de la misma, esa inmensa máquina del universo, esa máquina que la naturaleza no hace sino reflejar; pero lo que no cabe, en adelante, es que una persona u ocasional intervención providente venga en socorro de unos o de otros. La naturaleza está puesta ahí y el hombre ha de emplear su instrumento mental para adueñarse de ella y ejercer su poder27.
Con respecto a la creencia en sí, Kant llega incluso a afirmar que el reino de Dios sobre la tierra se constituirá con la perfección más grande posible del hombre; imperará “entonces la justicia y la equidad en virtud de una conciencia interna, y no por mor de autoridad pública alguna [...], si bien sólo cabe esperarlo tras el transcurso de muchos siglos”28. Vamos a ver también un fragmento donde Rousseau (quien muestra, además, un cierto misticismo) escribe sobre sus relaciones con Dios:
Allí, mientras me paseaba, hacía mi oración, que no consistía en un vano balbuceo de labios, sino en una sincera elevación de corazón al autor de aquella amable naturaleza cuyas bellezas tenía a la vista. Nunca me ha gustado rezar en la habitación, pues me parece que las paredes y todas las pequeñas obras de los hombres se interponen entre Dios y yo. Me gusta contemplarlo en sus obras mientras mi corazón se eleva a él. Mis plegarias eran puras, y dignas por lo tanto de ser escuchadas29.
Nótese la libertad individual en la práctica cotidiana de la creencia en Dios, en la práctica, además, alejada de la liturgia eclesiástica y también del dogma30, y, por supuesto, de la tutela del Estado, el cual –tal como nos enseña Kant– debe garantizar la libertad para
que los ciudadanos hagan cuanto consideren oportuno para la salvación de su alma, pues esto es algo que no le incumbe de modo alguno; en cambio sí le compete impedir que unos perturben violentamente a otros al buscar su propia salvación o su propia felicidad, porque su misión es crear un marco jurídico de convivencia donde cada cual pueda “buscar su bienestar según le plazca, siempre y cuando ello sea compatible con la libertad ajena”, dado que la búsqueda de la felicidad es una tarea personal e intransferible31.
En el texto anterior se ve bien que la creencia religiosa es algo personal, que puede formar parte de la felicidad del individuo y que el Estado debe garantizar esa libertad “personal e intransferible” a la cual tiene derecho “siempre y cuando sea compatible con la libertad ajena”.
No quiero dejar escapar la ocasión de citar de nuevo a Rousseau para dar una definición de lo que para él es la libertad. Afirma el filósofo ginebrino sobre la misma: “Nunca he creído que la libertad del hombre consista en hacer lo que quiere, sino en no hacer nunca lo que no quiere”32; tras lo cual añade que este concepto escandalizaba a sus contemporáneos.
Pero estas ideas también se enfrentan al Estado mismo (y muchos ilustrados formaban parte del gobierno de las naciones); de ahí el despotismo ilustrado y la Revolución en el caso de Francia, que abandona el origen divino del poder y crea una nueva doctrina donde el hombre es un bien natural y libre puesto que la naturaleza no impone ninguna autoridad excepto la del respeto. Es importante añadir que la razón debía tener como guía a la naturaleza a la que se consideraba sabia y cuyas leyes había que imitar para llegar al progreso deseado, de ahí la pasión por las ciencias naturales (no en balde hubo tantos botánicos en esa época33), y al respecto pienso que no está de más citar una carta de Rousseau a Linneo34 donde le dice: “Acompañado tan sólo por la naturaleza y usted, he pasado horas felices paseando por el campo, y de su Philosophia Botanica he sacado más provecho que de todos los libros de ética”35. La contemplación de la naturaleza fue una constante de los pensadores de la Ilustración los cuales (en buen número) también practicaban “la botánica como una vocación vital”36.
Y es Linneo precisamente quien más convencido está de que acercarse a la naturaleza (a la clasificación del mundo natural) es acercarse a Dios. De esta manera lo manifiesta en la introducción a la duodécima edición de Systema Naturae:
He contemplado las manifestaciones del infinito, omnisapiente y omnipoderoso Dios, y he crecido vertiginosamente en el conocimiento. He seguido sus pasos por todos los campos de la naturaleza y he visto en todos los lugares su eterna sabiduría y poder, manifestándose con toda perfección37.
Para Linneo, incluso los géneros de las plantas “forman parte del divino plan de la Creación que él se propone escudriñar”38, y “todas las plantas de un mismo género procedían de una única especie, la creada por decisión divina”39. La aparición del resto de las especies habría aparecido por procesos de hibridación.
También los botánicos españoles exaltaron años más tarde el plan del Creador en la naturaleza, tanto Gómez Ortega como Cavanilles o Zea así lo hicieron; como ejemplo esta cita del valenciano: “Pero, ¿qué hay en el vegetal que no publique un Ser Supremo? Es tan patente esta verdad, que si existiese algún ateo, se buscaría en vano entre los que estudian con atención los vegetales”40.
La experimentación en física y química, el deseo de conocer, ante todo, el origen de las cosas, como si la naturaleza fuera legisladora por sí misma, dada la perfección que en ella se percibe en su orden (lo que implica un evidente deísmo41 –incluso místico como en la oración de Rousseau–); filosofía que viene expresada con las palabras del filosofo alemán: “Se puede considerar la historia de la especie humana en su conjunto como la ejecución de un plan oculto de la Naturaleza para llevar a cabo una constitución interior y, a tal fin, exteriormente perfecta”42, la cual “alberga como su propósito más elevado un Estado cosmopolita universal en cuyo seno se desplieguen alguna vez todas las disposiciones originarias de la especie humana”43. Es evidente que el ilustrado es, pues –y quizás sobre todo–, también un filósofo44.
De la filosofía alemana e inglesa partió el ideario del ilustrado, el cual en España se dio a conocer a través de Francia e Italia45; y en relación con Clemente, más bien a través del país vecino según se puede deducir por su afrancesamiento ideológico y porque nuestro biografiado nombra la Enciclopedia francesa hablando en su Memoria sobre el cultivo y cosecha del algodón en general y con aplicación a España, particularmente a Motril. La Enciclopedia francesa “es, en cierto modo, la cristalización y consagración de las formas políticas ilustradas, al tiempo que el punto de partida de la ideología revolucionaria, que se anuncia en alguno de sus colaboradores”46. Saco a colación la principal publicación de la Ilustración del país vecino y tal vez de todo el movimiento ilustrado para resaltar que Simón de Rojas se hace eco de una nota que debía incorporarse al artículo (entrada) coton (algodón) y cuyo autor (Bernabé Portillo) debía completar. Lo explica así:
Los franceses, que a pesar de las excelentes ideas anegadas en el difusísimo artículo coton de la Enciclopedia, conocían el enorme vacío que les restaba por llenar, pidieron a Motril ha más de quince años [principios del siglo XIX] una instrucción sobre la práctica seguida allí; y D. Bernabé Portillo [...] satisfizo sus deseos con una nota47.
Habla de la Enciclopedia como algo natural por lo que sería consultada por él, naturalmente la nombra para una cuestión científica que no puede comprometerle pero ahí está el dato. Pienso también que Clemente tendría acceso a la gran biblioteca que Cavanilles poseía y que amplió en su estancia en París; y también debió aprovechar su viaje a esta ciudad y a Londres para absorber todo lo que pudiera el soplo filosófico de moda, aunque no lo exprese (o se censurara) en sus memorias48; sin embargo veladamente lo podemos entrever cuando apunta: “Ni en París ni en Londres, dejé culto que no examinase en sus templos y sinagogas, abrazando todos los ramos de instrucción”49. Abrazar todos los ramos de instrucción era también respirar todo el ambiente ilustrado que había en esas capitales, desde las lecturas hasta las tertulias.
En la práctica, en la Ilustración existe un cambio sustancial en la manera de pensar, de ser y de estar con respecto al absolutismo que imperaba antes, un cambio que había que materializar. Este cambio es el que da lugar al despotismo ilustrado que había de abocar en el liberalismo. Todo se quería, sin embargo, hacer desde dentro, sin ni siquiera cambiar la estructura de la sociedad, sin ruptura, con reformas, no con revoluciones, y en esto es preciso volver a Diderot citando su parecer que es mantener la jerarquía social de siempre: “Il en faut moins à l’homme de peine ou journalier qu’au manufacturier, moins au manufacturier qu’au commerçant, moins au commerçant qu’au militaire, moins au militaire qu’au magistrat ou à l’ecclésiastique, moins à ceux-ci qu’à l’homme public”50 [Le hace falta menos al criado o al jornalero que al manufacturero, menos al manufacturero que al comerciante, menos al comerciante que al militar, menos al militar que al magistrado o al eclesiástico, menos a éstos que al hombre público]. Lo que significa que no reivindican precisamente la revolución social.
La Revolución Francesa no fue una revolución social pero como cualquier revolución que subvierte el sistema da miedo a la clase gobernante, por eso hubo esa censura en España a todo lo relacionado con la filosofía del país vecino, y los conservadores se hicieron más conservadores todavía, es decir, la familia, la religión, la comunidad local, el gobierno político, la autoridad, la propiedad, la historia como referente de la realidad social... se reafirmaron más.
Y aquí quiero hacer un pequeño inciso para aclarar que un conservador actual que no fuera extremista asumiría los postulados de la Ilustración. En este aspecto, Kant busca ese estado intermedio, y hasta utópico, donde –dicen– está la virtud ya que la libertad individual que predica no puede chocar con la libertad ajena, por ello “en toda sociedad tiene que haber una obediencia sujeta al mecanismo de la constitución estatal, con arreglo a leyes coactivas (que conciernen a todos), pero a la vez tiene que haber un espíritu de libertad”51. Lo que señalo como rasgo indicativo de que el ilustrado, en principio, no es un revolucionario, excepto que las ideas que propugna sean susceptibles de subvertir un sistema como puede ser el de cualquier régimen dictatorial. Sí creo, no obstante, que todos estos valores que comentamos debieron ser revolucionarios para los individuos que los interiorizaran como algo positivo, entre ellos para Simón de Rojas.
Hubo gradaciones en el hecho de ser ilustrado, como en tantas actividades de la vida52. De todas maneras no vamos a extendernos más en estos detalles, quedémonos con la definición que Francisco Aguilar Piñal da del intelectual de la época:
El ilustrado, o aspirante a serlo, completa su formación en amistosas tertulias y se ofrece voluntariamente, siempre que tiene ocasión, a participar en las instituciones culturales propias de la época, sean academias, sociedades económicas, jardines botánicos o bibliotecas públicas. En definitiva el ilustrado es la persona que participa en los intentos de europeización del país53.
Es, como el propio Aguilar Piñal apunta, la moda del momento, no siempre igual pues en cada generación del siglo es un poco diferente pero el axioma citado es el mismo. Este axioma que es europeo y cuya meta es la felicidad de todo ciudadano da lugar a la idea de las “luces”, de iluminar. En el caso español, además, se cambia la espada por la pluma, lo que significa un cambio definitivo en la mentalidad del honor y del caballero español. El espíritu medieval ya va formando, pues, parte del pasado.
En España se utiliza el término ilustrar que es un término menos intenso; tal vez por eso la Ilustración española no acabó de terminarse, un cierto miedo a la libertad paraba a los ilustrados españoles, querían libertad pero sin que el orden público se alterase (lo mismo puede hablarse de la educación y del resto de reivindicaciones: se demandaba lo justo para modernizarse, para ser europeos). Y, a pesar de que estaban orgullosos de vivir un cambio histórico y de ser protagonistas de la historia, siempre vieron el absolutismo compatible con las ideas ilustradas, en todo caso aquél desaparecería por sí mismo gracias a estas ideas.
En nuestro país es difícil separar la idea de iluminar con la de historia. En efecto, en el siglo XVIII el espíritu medieval va formando parte del pasado a la par que arranca “una neta conciencia histórica”54, y la palabra historia es muy utilizada como vamos a ver en ese siglo y en el periodo que nos ocupa: Mayans estudia la historia de la lengua castellana; García Villanueva, la del teatro; Sarmiento, la de la poesía; la obra del P. Andrés (Origen, progreso y estado actual de toda la literatura) dará lugar a la cátedra de “Historia Literaria” en los Reales Estudios de San Isidro, etc.55. Al mismo tiempo se aconseja que se compren fundamentalmente libros de historia donde las palabras felicidad y utilidad –tan de la Ilustración– forman parte de su vocabulario normal.
El sentido de estas palabras abarca otros campos: a todos los que pueden encuadrarse en el sustantivo que nos ocupa junto al adjetivo civil (o sintagma similar) donde se “incluye la filosofía y la ciencia, la moral, el arte, las costumbres”56, o sea, prevalece la idea de que “la energía conductora del acontecer histórico [...] se halla en trance de desplazarse de la realeza o de las armas, a la vida civil y a su máxima expresión [...], la ciencia”57, y como ejemplo más concreto de esta corriente la Historia civil, natural y eclesiástica de Titaguas de Simón de Rojas. Bien es verdad que existían “los descarados, o tal vez ingenuos, que acometían sin pestañear la Historia general, civil, natural, política y religiosa de todos los pueblos del mundo”58 (no es el caso de Clemente, basta leer la historia de Titaguas para darse cuenta59). El término sociedad prevalece frente al de Estado, monarquía y términos semejantes, y los hechos se plantean como efecto de una causa. Este cambio lo realizan las personas cultas y los ricos de origen burgués sobre todo, cambio que se palpa en el rigor histórico que los autores impregnan a las publicaciones donde los datos investigados son contrastados con una visión crítica, obrando en consecuencia a la hora de publicarlos o darlos a conocer, pensando en lo mejor; de esta manera se desmontan historias falsas como la de los falsos cronicones, en aras siempre de la verdad. Pero con los límites que la realidad aconsejaba en las reformas sociales y económicas ya que éstas eran miradas con recelo por la clase conservadora, procediéndose con cautela en este aspecto, por ello lo conseguido no fue mucho, pero ahí queda esa propuesta de transformación a todas luces interesante.
A través de la historia, pues, se quiere llegar al hombre, al modo de ser de un pueblo determinado, lo cual se identifica con la cultura, que puede ser variable y mejorable, de ahí la necesidad de un programa de educación adecuado.
De todo lo dicho participa el biografiado en su vida y en su obra.
Y, por supuesto, hay que dejar constancia del sentido que tiene el binomio “historia natural” en el campo de las ciencias naturales como material de los reinos animal, vegetal y mineral. Aunque la asociación de los términos viene de la antigüedad, era frecuente que se publicaran libros refiriéndose a estos reinos en cuyo título aparecía historia natural; así aparece en el título del libro de Guillermo Bowles, Introducción a la historia natural..., así dos libros de Clemente, la nombrada Historia civil, natural y eclesiástica de Titaguas y la Historia natural del Reino de Granada; también hay que recordar la revista Anales de Historia Natural; y en cualquier comunicación u oficio de la época lo vamos a ver.
1.2.2. Las dos Españas
La Ilustración no acabó de cuajar ni mucho menos con el siglo sino con la Revolución liberal (1808-14) primero y sobre todo con el Trienio Liberal (1820-23), y es porque el movimiento se aceleró en España en esos años, aunque sin completarse nunca (el exceso de violencia de la Revolución Francesa también frenó extremismos y más tarde adhesiones a la causa afrancesada –caso de Floridablanca–). Y la Guerra de la Independencia fue el comienzo, de hecho, de las dos Españas, las cuales ya habían comenzado a existir en el siglo XVIII en el marco de las tertulias y también de la vida social.
Las dos Españas, sin embargo, han llegado hasta casi nuestros días: hasta la democratización actual. Es importante subrayar, pues, que durante el siglo XVIII la Ilustración no cuajó en las masas populares, sólo una minoría siguió ese camino; la inmensa mayoría siguió aferrada en la seguridad que le daban las normas eclesiásticas y esto sucedió porque no hubo un grupo importante de filósofos que destacara. Lo que llegó vino de Francia y de forma clandestina normalmente, lo cual significó que le llegara a la minoría culta pero no a la mayoría; en Francia no sólo los filósofos del país eran leídos y celebrados sino también los de fuera, de ahí que triunfara la Revolución (aunque curiosamente quizás sea el país donde menos reformas se habían hecho, por ello también la Revolución); a nosotros nos faltó lo que diría Ortega y Gasset: el siglo XVIII tomado como “siglo educador”60. Pero la minoría ilustrada saltaba las barreras de las fronteras y los libros que la Inquisición prohibía entraban igual y, por eso mismo, eran más buscados.
Tomando como principio la Guerra de la Independencia en la existencia de las dos Españas hay que añadir que el pueblo reaccionó contra el invasor defendiendo la religión y la monarquía, y al mismo tiempo unos constitucionalistas en Cádiz redactaron una Constitución liberal y democrática con la que quisieron emparentar, ideológicamente hablando, España con Francia; lo mismo quisieron hacer, pero de otra manera, los afrancesados. Y para unos si una ideología era la verdadera, la otra la falsa, o sea si una España era la buena, la otra la mala; y el concepto de España y de anti-España subyació en el sentir español, curiosamente es en esta guerra donde también surgió la idea de España como nación61, incluso como única nación, sin embargo, el modo en que ha de encauzarse esta nación es el que va a dividir en dos partes –muchas veces realmente irreconciliables– el sentir del pueblo español62.
Sin embargo, tampoco hay que pensar que todo vino de repente con la Guerra de la Independencia, aunque este conflicto determinó definitivamente el concepto de Estado-nación, contestado en nuestros días. Con la Ilustración ya se asienta este binomio haciendo estos términos casi sinónimos o al menos inseparables; de hecho en la preparación de la batalla de Trafalgar, y antes con la creación de las Reales Fábricas y otros organismos, se evidenció esta realidad y el súbdito se convierte en español, de ahí el Estandarte Real cuya derivación es la actual bandera constitucional, y seguramente por todo ello la organización política española funcionó durante la guerra a pesar de que los reyes estuvieran secuestrados en Francia, y por eso también, en el concepto de Estado-nación, no había ninguna diferencia fundamental entre los afrancesados y los constitucionalistas ilustrados de Cádiz, de ahí también las dudas surgidas en la clase intelectual sobre el bando donde tenían que estar. Fue un momento en que el pueblo español toma conciencia del concepto de independencia de la nación frente al invasor francés (y las élites afrancesadas, a su manera también pues siempre defendieron la integridad territorial de la nación), de ahí el nombre de Guerra de la Independencia. Clemente no escapó a esta visión de España que, si no era nueva, sí que resultó definitiva al menos hasta la Segunda República de 1931, por lo que hay que concluir que esta guerra también ayudó a unir a los españoles al sentir éstos inseparables –repito– el Estado y la nación. La Guerra de la Independencia acelerará y potenciará, pues, la concepción de España como nación porque también –y por supuesto– constituirá de hecho el principio del fin del Antiguo Régimen (de derecho continuó hasta la muerte de Fernando VII)63.
No pienso, sin embargo, que los franceses influyeran tanto en el liberalismo español en el tiempo que estuvieron en España como se ha dicho; en todo caso la guerra fue el espolón que emprendió el planteamiento que tanto en las Cortes de Cádiz como en los afrancesados hubo de hacerse para acabar con el Antiguo Régimen de una manera real y no latente como existía en la clase intelectual en el seno de la Ilustración.
Tampoco vino de repente el afrancesamiento de muchos intelectuales pues los partidarios de Godoy ya lo eran antes de la guerra –sobre todo a partir de la batalla de Trafalgar, en 1805– ya que el primer ministro64 tenía como aliado a Napoleón, y como veremos en una carta de 1803, Clemente también se muestra afrancesado avant la lettre.
Con lo antedicho vemos el contexto histórico-literario y político en el que se desarrolla la vida de Clemente. Nacido en 1777, lo hace en plena ebullición ilustrada pues; si nos fijamos, en esos años –y en los siguientes– se publican muchos tratados filosóficos, científicos y literarios, algo que no es de extrañar pues estamos, como aquél que dice, en vísperas de la Revolución Francesa. En ese año gobierna en España Carlos III, un rey ilustrado tenido además como déspota ilustrado (“Todo para el pueblo pero sin el pueblo”) por la historia aunque, como opina Francisco Aguilar, hablemos mejor de reyes absolutos pues este rey, al igual que su hijo, era querido por el pueblo; en fin, su mandato acaba un año antes de la Revolución Francesa y su hijo Carlos IV ya llega con la obsesión de que esa revolución no se extienda en su reinado por lo que tiene de peligrosa para la monarquía que él representa teniendo como referencia la francesa que, aparte de ser depuesta, cortará la cabeza de su primo Luis XVI, y él, por supuesto, teme el mismo fin. Es en ese momento cuando en España empieza una represión implacable contra el que es culto y a la vez crítico a quien se le acusa de afrancesado, prohibiéndose todo libro que venga del país vecino o su traducción, así es que, en adelante, cualquier ilustrado está bajo sospecha. Con el tiempo Simón de Rojas no iba a ser una excepción.
1.3. CONTEXTO CIENTÍFICO EN EL QUE SE FORMÓ SIMÓN DE ROJAS
1.3.1. La Universidad española a fines del siglo XVIII
Interesa hablar de la Universidad española por cuanto el paso a las luces a nivel general debía pasar por la educación. Es más, cuando por ley no podía reformarse algo, los ilustrados creían ver en la educación “una oportunidad pacífica para realizar cambios en la sociedad española evitando de paso cualquier tipo de violencia social”65. Esta educación debía ser para todos pero cada uno en su sitio, o sea, era clasista como ya hemos visto que predicaba el mismo Diderot; cada clase debía recibir lo que su sector social requería; así, para la clase baja se buscaba el perfeccionamiento de la mano de obra, tanto en las primeras letras como en la formación profesional. A cada clase, pues, unos contenidos instructivos (instrucción era la palabra clave); a este respecto interesa decir que uno de los objetivos de los ilustrados era que la Universidad enseñara a las clases dirigentes del país más que al pueblo en general con el fin de que éste fuera mejor dirigido. Y en todas las etapas la educación debía cambiar en su continente (en su pedagogía) y en sus contenidos. Todo ello llevaba consigo que la educación, en general, se considerara ya tarea del Estado; por primera vez en España en el siglo XVIII el Estado toma las riendas de la educación de manera oficial en un intento de homogeneizar la enseñanza (o instrucción) en todo el país con la ayuda de la Iglesia66.
No sabemos cuál era la valoración de Simón de Rojas de la Universidad española ya que no emite ningún juicio sobre ella en ningún momento; veladamente critica los estudios teológicos que eran los más divulgados en España, estaban en todas las universidades, “en algunos casos eran los únicos existentes” y “no obedecían a un plan establecido, sino que se limitaban al conocimiento de los tratados más famosos, los autores más reconocidos y los sistemas más universales dentro de un ambiente de predominio escolástico”67.
Más o menos es lo que nos dice Simón de Rojas al afirmar que “me procuraban atraer a su bando los suaristas, tomistas y jansenistas, trayéndome cada uno sus libros favoritos, que devoraba con indecible anhelo, aunque ninguno satisfacía mi afición”68, aunque no nos aclara por cuál de estas corrientes se decidió al final (dada su evolución debió ser por los jansenistas) pues en un momento dado tenían que definirse por una corriente “con la obligación moral de permanecer fieles toda su vida a la escuela escogida”69. En verdad la realidad universitaria española dejaba mucho que desear, se impartían títulos pero se salía de allí sin saber prácticamente nada y para saber de verdad –incluso de la carrera cursada en la Universidad– había que acudir después a otras instituciones u organizaciones sobre todo en las disciplinas puramente científicas. Ésta era la tónica de las más de treinta universidades españolas del siglo XVIII, algo que es comprensible dado que esta institución estaba en manos de la Iglesia y la reforma y la secularización de la misma (de la cultura y de la ciencia) tenía que solventar primero el obstáculo eclesiástico, en donde siempre se topaba.
En todo aquel mare mágnum cada Universidad tenía sus propios planes de estudios donde la química, la física, las ciencias naturales –todas ellas ciencias innovadoras– entraban escasamente (la botánica y la química se enseñaban dentro de la medicina y la física experimental luchaba por entrar en las facultades de artes) a pesar de las reformas emprendidas desde los años 1770. Las facultades de medicina son las que más sufrieron el acoso de la escolástica por ser de enseñanza práctica y estar consideradas de segunda categoría, al final si alguien quería ser cirujano tenía que salir de esta institución para entrar en otra como el Colegio de Cirugía de Cádiz. Ante todo ello, ante lo mal que funcionaban, por añadidura, los colegios mayores con su corporativismo y sus prebendas, se imponía la reforma tan deseada por las mentes más preclaras (Mayans, Campomanes, Olavide, Pérez Bayer...) para estar a la altura de Europa con el objetivo primordial de que la enseñanza fuera secularizada pero esta reforma se quedó en un intento. Intentos de reforma, aunque tímidos pero intentos al fin y al cabo, sí que los hubo como sucedió en Valencia cuando fue suprimida la Universidad por ser partidaria de los Austria y no de Felipe V; la nueva fue concebida con tintes reformistas70.
Ni siquiera al transcurrir el XVIII se avanzaba apenas; “las reformas son mínimas. Apenas unos retoques en la disciplina y la aceptación de nuevos textos, ninguno revolucionario”71. Bajo el gobierno de Carlos IV era algo mejor que en los anteriores reinados; fue en la que se formó Clemente y los profesores que veremos que citará en sus memorias, Cister y Galiana, estaban, sin duda, entre las individualidades que destacaron en Segorbe y Valencia respectivamente, pero los acontecimientos revolucionarios franceses supusieron un freno importante a cualquier innovación comenzada, como igualmente frenaron la creación de la Academia de Ciencias, lo que potenció la importancia del Jardín Botánico de Madrid. Incluso se llegaron a suprimir las cátedras de Derecho Natural en 1794 para no enseñar a Rousseau ni a Montesquieu.
En fin, la resistencia eclesiástica fue total. “Los conservadores clericales españoles tenían en cierto modo razón al afirmar que una Ilustración ‘sin peligro’ era imposible” pues la base de su ideología era racionalista y hasta negaba la Providencia Divina; y eso que los ilustrados españoles se declaraban respetuosos con el dogma, e incluso contaban con clérigos (caso de Feijoo). A pesar de todo la Iglesia española no pudo de ninguna manera “preservar las mentes de los hombres de la herejía moderna”72; la Inquisición y la censura real sí que impidieron que estas ideas se expusieran en público, pero el mismo afán del estamento eclesiástico por prohibir los textos deístas o filosóficamente naturalistas produjo el efecto contrario. Los ilustrados saltaban, pues, las barreras de las fronteras y siempre tuvieron acceso a los libros prohibidos del tema que trataran, por ejemplo a la Enciclopedia como también hemos visto.
Lo único que permitió la Iglesia, siempre tímidamente, fue el de uniformar y centralizar la estructura de la Universidad, a través de la cual se introdujo algún saber nuevo, métodos diferentes de enseñanza..., pero casi nada. Todas las reformas se antojan utópicas, entre otras cosas porque “las rentas con las que se mantuvieron las universidades continuaron proviniendo de los fondos eclesiásticos”73. Sólo en 1807 se afrontó seriamente la reforma universitaria aunque con el carácter clasista que siempre tuvo pero el comienzo de la guerra volvió a detenerla.
En España se avanzaba más lentamente que en Europa. Ni siquiera los liberales lograron percatarse de la importancia de la ciencia; hubo una reforma general en los planes de estudios de la Constitución de 1812 pero la vuelta al absolutismo de Fernando VII frenó todo. La llegada del Trienio Liberal supuso la puesta en marcha de lo propuesto en Cádiz, sobre todo con el funcionamiento de la Dirección General de Estudios subdividida en secciones donde las ciencias tenían la importancia que no habían tenido nunca (particularmente la medicina) y, a imitación de los franceses, se impartirían en escuelas especiales, sin embargo, la botánica –considerada al igual que otras disciplinas como ciencia básica pero con menor aplicación– se impartiría sólo en una de las universidades centrales de Madrid (o en México y Lima) con lo que su desarrollo en el resto del territorio sería nulo, aunque dado el poco tiempo que duró el nuevo régimen puede decirse que todo fue papel mojado. En 1823 Fernando VII estaba más preocupado en depurar a los profesores y personas de ciencias (caso de Clemente) que en la enseñanza de las mismas74, aunque es verdad que hacia mediados de 1825 hubo una apertura en todos los sentidos (caso de la rehabilitación de Clemente también).
Un inciso que considero pertinente, por cuanto tiene que ver con esta biografía, es el referido a la Universidad de Valencia pues en 1787 se introdujo el Plan de Estudios aprobado por S.M. y mandado observar en la Universidad de Valencia cuyo autor fue Vicente Blasco y con el que estudió Simón de Rojas; fue un revulsivo para esta Universidad en general aunque en particular el estudio de la Teología no supuso ningún aliciente especial como hemos visto que muestra en su autobiografía (aunque la razón era que no le agradaba esta carrera). También es pertinente señalar que la Universidad de Valencia era de las pocas que contaba con cátedras de matemáticas –dentro de las cuales la enseñanza de la geografía– en el primer tercio del siglo XVIII (a veces la falta de presupuesto obligaba a esta situación). El dato tiene relevancia pues, como veremos en el capítulo 3, Carlos IV llega a preguntar en 1801 por el conocimiento de Clemente en esta materia, y la respuesta que se da relaciona las matemáticas con la cartografía pero utilizando el adjetivo geográficas junto a los planos y cartas, lo que significa que quien dio esa respuesta (Miguel García Asensio, profesor de Árabe del botánico de Titaguas) seguía utilizando como lenguaje corriente la geografía relacionada con las matemáticas, siendo que al final de siglo se iban separando estos dos conceptos (la separación se había realizado en la Universidad de Valencia en 1787, donde en el plan citado ya no aparece el término geografía dentro de las matemáticas) y el nombre con el que se designaba en adelante la construcción de planos y mapas era el de geodesia y más tarde, ya bien entrado el siglo XIX, se utilizó la palabra cartografía. La geografía quedó, pues, ya a finales del XVIII, relacionada con el enciclopedismo y con la descripción de los países aunque de hecho todavía se la identificara con la construcción de mapas y con la astronomía75.
Todas las pequeñas reformas fueron introducidas poco a poco desde principios del siglo XVIII por los novatores valencianos76 que hicieron que la Universidad española fuera un poco mejor, aunque no lo fue tanto pues al final del siglo continuaban predominando las facultades de artes, teología, leyes, cánones y medicina, igual que dos siglos antes. Es decir, la Universidad no estaba secularizada y las cátedras auspiciadas por los ilustrados (griego, árabe, matemáticas, música) eran muy pocas, y menos en el ramo de las ciencias, quizás también porque no había gente preparada para impartir clase; al menos en el caso de los matemáticos, que casi todos eran militares; además permanecían fuera de la Universidad las ciencias naturales, la historia, la filología, etc., que se podían aprender fuera de ella con no pocos problemas.
Evidentemente todo lo expuesto no lo daba la Universidad española, que estaba lejísimos de que se acercara aunque sea mínimamente al saber que pretendían los ilustrados. Ese saber se construía por medio de viajes (entre los cuales el de Clemente por Europa), de contactos que a veces los daba la institución pero muchas otras veces no: el autodidactismo y otras instituciones públicas o privadas llenaba lo que las universidades y otras instituciones no eran capaces de dar, así la Academia Latina Matritense ya nombrada (imitada fuera de Madrid), la Academia Médica Matritense, el Real Seminario de Nobles de Madrid, las academias de matemáticas del Ejército, el Colegio de Cirugía de Barcelona, Madrid y Cádiz, el Gabinete de Historia Natural, los jardines botánicos –principalmente el de Madrid–, las Sociedades Económicas de Amigos del País y hasta las tertulias...; todo ello sin nombrar las academias que podíamos encuadrar entre las humanísticas como la de la Lengua y la de la Historia. No es que esa situación fuera novedosa pero entonces se dio más. En el caso de Simón de Rojas sucedieron las dos cosas: la Universidad le enseñó y él completó lo que quería saber con la vida misma y con lo que otros establecimientos le aportaron. En su autobiografía apunta: “Antes de entrar en la latinidad, concebí y comencé a realizar el quimérico proyecto de reunir los nombres de todos los seres existentes”77. Más adelante añade:
Ni en París ni en Londres dejé culto que no examinase en sus templos y sinagogas; abrazando todos los ramos de instrucción, persuadido de que conservaría la fuerza de mis 24 años hasta los 80, y de que me era posible, según había leído del Tostado y otros, llegar a abarcar un día cuanto saben los hombres.
Todo ello por sí mismo o con ayuda de personas o libros al margen de la Universidad. En fin, ser una persona ilustrada, entonces y en todos los tiempos, es ser amante del saber, por ello el hombre ilustrado vivía, en general, fuera de la institución universitaria, pues si quería saber –y sobre todo quería saber–, de este modo tenía que ser. Como ejemplo el propio biografiado.
Y todavía estamos lejos en cuanto a la igualdad de la mujer en la máxima institución, reservada para unos roles distintos por la sociedad. Sin embargo, muchos ilustrados se ocuparon de la mujer, y así Simón de Rojas enseñó a Josefa Lapiedra en el Jardín Experimental de Sanlúcar de Barrameda botánica de lo que se siente orgulloso, la nombra incluso en su autobiografía como alumna aventajada pues “sostiene una correspondencia reglada con botánicos de suprema categoría, habiendo merecido de uno de ellos que haya inmortalizado su apellido con un género nuevo”78. Lo dice como algo normal, sin hacer ninguna distinción de género.
1.3.2. La física sagrada
Antes de seguir voy a hacer hincapié en la razón principal por la cual en España en esos momentos y en Europa poco antes, otras ciencias de la naturaleza, como la geología, no tuvieron la atención que también merecían pues planteaban problemas con la religión ante la disyuntiva entre lo que decían las Escrituras y lo que la ciencia demostraba o quería demostrar79 (el caso de Galileo Galilei es paradigmático al respecto, así como sus consecuencias). Esta dificultad entre la conciliación de la fe y la razón80 se convirtió en imposibilidad en la España de la Ilustración tardía; ya venía de antaño y fue el caballo de batalla de tantos ilustrados que, no obstante, al final del siglo XVIII y principios del XIX iban utilizando un lenguaje más abierto en la manera de plantear estos problemas. No olvidemos tampoco la existencia todavía de la Inquisición en la España de ese tiempo. Esta dificultad en investigar la vamos a ver de la mano de Horacio Capel, quien plantea este grave problema en su libro La Física Sagrada y que lo resume de esta manera:
En todo caso, ciñéndonos ya al problema de la historia terrestre, el punto de partida fue siempre la Biblia. En ella estaba narrada la historia de la Tierra, y a ella tenía que acudir necesariamente el científico cristiano, tanto católico como protestante. Para los cristianos la Escritura era la fuente primera de conocimiento del mundo. Otra era la misma naturaleza, en cuanto creada por Dios, pero ésta era interpretada con las lentes previas que aportaba la narración de los Libros Sagrados. El conocimiento de dicha narración es, pues, imprescindible para conocer el punto de partida así como las dificultades que podían encontrar los esfuerzos de racionalización del relato bíblico81.
A causa de todo ello, tras la Contrarreforma, la polémica entre la teología y la ciencia estaba servida, donde sólo los teólogos podían ganar a causa de la existencia de la Inquisición, sin embargo, donde esta institución iba desapareciendo, la posición de la razón era la que prevalecía. Para que se entienda bien, se puede hacer un paralelismo entre el avance de la Ilustración y el de la aceptación de las ideas críticas a lo que dicen las Escrituras sobre diversos puntos.
Era frecuente además –sobre todo en España– que los científicos fueran clérigos, lo que significaba que no se planteara, en general, dudas de fe a causa de la defensa de las posturas cientifistas. Pero, a pesar de ello, se puede afirmar que era obligado creer (de lo contrario se entraba en conflicto con la Iglesia) que las petrificaciones y la fosilización de cuerpos marinos fue obra del diluvio así como la aparición de diversas montañas, acaecidas por la misma causa82. Este tema venía de antiguo, siendo más polémico entre los siglos XVI y XVIII todo lo referente a la explicación de la historia de la Tierra.
De todas maneras, como decía, el lenguaje iba siendo más abierto y aperturista a medida que avanzaba el siglo de las luces y principiaba el siguiente. Bowles es un ejemplo de ello al escribir y publicar al hablar de las petrificaciones de Murcia y Mula: “Yo, solo por decir algo, pero con desconfianza, diría que la violencia de las aguas del Diluvio arrancó del fondo del mar estos cuerpos desconocidos, para dejarlos depositados en las tierras”83 (obsérvese que se dice todo esto “con desconfianza”); y Cavanilles, en un manuscrito del Jardín Botánico de Madrid, afirma que
la verdad ha de prevalecer sobre las opiniones [...] Las ciencias naturales han de concordar con los hechos para que sean perfectas, de estos han de partir los principios generales [...], por lo mismo no son reprehensibles los que generalizaron los seres que conocieron, sino los que se obstinan en adoptar las máximas antiguas contra los datos que nos suministran los nuevos conocimientos84.
Sin embargo –que sepamos– Cavanilles no hizo pública esta manera de pensar aunque sabemos que, como ilustrado, pensaba así. Parece ser que no pensaba del todo de esta manera José Cornide, un contemporáneo del botánico valenciano, pues en su Descripción física de España (1803) dice del hierro que “en esto se conoce la providencia del Ser Supremo, que ha querido que la materia más necesaria para los usos de la vida la hallasen los hombres tan a mano”85. La acción divina como justificante de la abundancia de la materia.
En la obra de Simón de Rojas (particularmente en el Viaje a Andalucía) se vislumbra un talante ilustrado al tratar la historia terrestre pero con reminiscencias igualmente del pasado, no sabemos si por miedo a la imposibilidad de publicar la obra (a lo que me inclino; él estaba, además, muy al tanto de la polémica) o por el desconocimiento de algún dato (en ese caso, lo mejor sería contemporizar; una manera también de quedar bien con todos). Así, es tradicional y hasta simple la afirmación de que los terremotos “se sienten principalmente en los días antes de mudar el sol de signo”86, sin embargo hace suya la afirmación de que las pizarras vienen del agua pero toma distancia (en boca del abad de Baza) ante la clásica explicación del diluvio como causa de la formación de las mismas al afirmar dicho abad en una carta a un cura: “Si esto se hizo o no en tiempo del Diluvio es asunto ajeno de esta carta”87. O sea, en realidad ni el abad ni Clemente creían en la acción del diluvio hasta ese punto (y el de Titaguas, pienso que sólo como metáfora creía en él; afirmación que hago a raíz de un proceso inquisitorial que se le abrió), pero no afrontan el problema directamente; más abajo –misma página– Clemente admira al abad precisamente por haber escrito (aunque no se publicara) esto y mucho más cuando no se sabía nada en España de historia natural y que “si hubiera vivido en otras circunstancias” se habría hecho inmortal, o sea, si hubiera vivido en tiempo de más libertades, en el tiempo de las luces, como el propio Clemente creía que ya estaba; pero que él mismo ese año de 1805 –el día 29 de mayo concretamente escribió esto– se iba a dar cuenta de que no había llegado aún, pues fue procesado por la Inquisición de Sevilla unos meses más tarde, el 21 de agosto en concreto; desconocemos el contenido del expediente por haber sido destruido por los franceses, pero seguramente por haber dicho cosas parecidas a las afirmadas por el abad. Posiblemente pensaba que –bien relacionado además con el poder (Cevallos, Godoy)– podía decir lo mismo que hemos visto que escribió su maestro Cavanilles, pero, eso mismo, el discípulo todavía no podía decirlo. No voy a redundar en ello pues entraríamos en lo que vendrá más tarde, sólo quiero destacar aquí que Clemente creía que las luces ya estaban instaladas en España en el quicio de los siglos, donde la apertura le pareció clara, sin embargo no era cierto por el poder de la Iglesia y por los distintos vaivenes políticos que hacían perdurar el Antiguo Régimen88.
Siguiendo con la admiración que le produce el abad (admiración que también testifica en el Ensayo sobre las variedades de la vid común que vegetan en Andalucía89), es preciso citar esta opinión de Clemente: “No se juzgan en nuestro país dignas de un hombre de seso las ocupaciones naturalistas, mucho menos de un eclesiástico”90, lo que da idea de las dificultades que entrañaba el estudio del naturalismo en la España de finales del XVIII. No obstante lo dicho, Cavanilles –quizás por ser él– puede considerarse el primero en investigar y en publicar en España (en sus Observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura, población y frutos del Reino de Valencia [1795-1797]) resultados independientes y libres del peso de la religión, con conclusiones sin tomar como punto de partida la Biblia, “no alude ya al diluvio al interpretar los fósiles”91. No creo que Clemente u otros podrían haber hecho lo mismo en los mismos años.
Lo cierto es que, poco a poco, las Sagradas Escrituras iban dejando de ser en el siglo XIX el punto de partida de todo; éste pasaba a ser “el dato obtenido de la observación [...] Para los científicos creyentes, y en particular para los que eran clérigos, el esfuerzo se dirigió ahora a reinterpretar adecuadamente la Biblia a partir de los datos de la ciencia”92.
1.3.3. Instituciones y botánicos
Pero Simón de Rojas ya no vivió esta época, le tocó vivir el Antiguo Régimen –excepto el paréntesis del Trienio Liberal– con todo lo que llevaba consigo, lo cual significa que estudiar la historia terrestre era, pues, problemático; la botánica, en cambio, no planteaba esas dificultades, puesto que la Biblia no contaba su historia. Lo cierto es que la botánica (y la química) siguió su camino en España y los historiadores resaltan el periodo para subrayar el gran impulso científico que se experimentó en nuestro país. Así es que voy a citar, sin ser exhaustivo y a la par que se habla de las instituciones y los botánicos, la producción más importante en el tiempo que se formaba nuestro D. Simón en materia de botánica pues esas obras fueron definitivas en el desarrollo de su formación científica; igual que el material que se iba incorporando a los jardines científicos, del que hay que destacar el traído de América sobre todo. La parte correspondiente al siglo XIX será precisamente lo publicado por el biografiado y su círculo.
Esta producción literaria es muy grande e importante, quizás podemos caer en el tópico de decir que es única en el caso de la historia de España (afirmación más discutible, sin embargo, para el resto de Europa) pues al fin y al cabo, tal vez aún no se ha estudiado bastante este aspecto como ya hace unos 40 años apuntaba Jean Sarraihl al afirmar: “No vaya a buscarse aquí, pues, una historia de las ciencias a finales del siglo XVIII; nos faltan los conocimientos necesarios para emprenderla de manera eficaz”93. El contexto español sí que puede entrar, pues, dentro de los parámetros de ser considerado como histórico en el desarrollo de las ciencias en general y la botánica en particular, incluyendo el primer tercio del siglo XIX en esta aseveración.
Hacia 1750 hay que destacar el ambiente que se formó en España en torno a la química y a la botánica. Y si se produce esta ilusión por las ciencias es gracias al entusiasmo que unos principiantes van a poner en seguir unos procedimientos científicos y un enriquecimiento que venía, sobre todo, del extranjero. Esta ilusión la heredará otra generación de entusiastas del saber entre los que se encuentra Clemente.
De esos principios, el Jardín Botánico de Madrid es la institución que más nos interesa para la biografía que tratamos, cuyo precedente es otro creado en Migas Calientes en 1755 (Madrid) y cuyo primer catedrático fue José Quer –el segundo catedrático lo fue Minuart– avalado por José Hortega a quien se le nombró subdirector del mismo (los tres eran militares). Nombro a Hortega por ser el hombre influyente del momento, el cual lo que deseaba a la postre era que el Jardín se convirtiera en el futuro en la Academia de Ciencias; era el tío de Casimiro Gómez Ortega (1741-1818) quien será citado en bastantes ocasiones.
El principio organizativo del establecimiento comienza con la Real Orden de 17 de octubre de 1755 donde se indica que el Jardín Botánico sería dirigido por un intendente o director, cargo que recaía en el presidente del Real Tribunal del Protomedicato94; el subdirector sería el presidente de la Real Botica; los dos estaban integrados, en razón de sus cargos, en la Real Academia Médica Matritense; en 1783 se redactan los primeros estatutos y el intendente, de designación regia, dirigiría el Jardín. En sus comienzos tuvo también sus problemas de competencia tanto a nivel interno (no estaban claras las responsabilidades de los cargos directivos y los docentes), como externo (al chocar con las competencias de otros organismos, como el Gabinete de Historia Natural); aunque importa decir que su creación fue motivada por un interés docente científico y de investigación solamente.
A José Quer (muerto en 1764) le sucede Miguel Barnades y a éste Casimiro Gómez Ortega (de 1771 a 1801) quien intenta reformar el funcionamiento del centro, convertirlo en una especie de Academia de Ciencias sólo controlable por el Secretario de Estado o por el Sumiller de Corps y no por el Protomedicato ni por la Real Botica. El intento (1780) se quedó a medio camino pues si bien el Jardín quedó facultado para la formación de boticarios al impartir una docencia científica, su ambición (quiso abarcar otros campos de la sanidad pero sin ser capaces de confeccionar una docencia eficaz para los farmacéuticos) llevó a que se quedaran apartados de la enseñanza de la Farmacia en 1799, cuyo liderazgo lo reasumió la Real Botica, aunque las reformas emprendidas más tarde en esta institución fueron comenzadas por estos farmacéuticos-botánicos. El botánico llegó a ser, pues, “un sanitario especializado, con unas prerrogativas sociales conseguidas por el hecho de sus estudios”95. La relación del Jardín (o de los jardines) con los medicamentos es un hecho, incluso en el primer tercio del siglo XIX; los estudiantes se beneficiaban y pagaban los conocimientos adquiridos, con lo que económicamente se dependió mucho de ellos.
Como consecuencia de lo dicho es fácil deducir que la docencia cobra especial importancia, sobre todo a partir del traslado del Jardín al Prado en 1781; después se puede decir que los más importantes botánicos (o boticarios) pasaron por el establecimiento; fue el caso de Clemente. No obstante es preciso decir que otros jardines también siguieron los pasos del de Madrid; el de Valencia, por ejemplo, empieza a construirse en 1798 y el de Zaragoza dos años antes pero ninguno tuvo la importancia, ni de lejos, que tuvo el madrileño.
No voy a entrar en detalles de los viajes a las Indias, aparte de nombrarlos de pasada más adelante, pues nos interesa lo acaecido en la metrópoli sobre todo, donde, en sentido estricto, la dirección de las ciencias naturales se la disputaban el Jardín Botánico de Madrid, el Gabinete de Historia Natural y la Real Botica. “El Jardín y el Gabinete eran centros complementarios y no competitivos [...], uno se dedicaba a las plantas y otro a las demás ramas del mundo natural”96, lo que pasa es que el Gabinete no se politizó tanto a causa de que no hubo personas ansiosas de poder como G. Ortega. Su sucesor, Cavanilles, no abusó de esas componendas (algún comportamiento sospechoso en este aspecto también tuvo97) y ya en el Jardín se practicó únicamente la ciencia; esta época y las siguientes irán apareciendo a lo largo del trabajo.
Visto el componente institucional de una manera generalizada, pasemos al contexto relacionado con el avance de la botánica, no exento de contenido humano y tampoco de polémica política. Del extranjero entre los botánicos relevantes del setecientos y que marcarán las ciencias naturales en general y la botánica en particular, debemos nombrar de forma ineludible al francés Joseph Pitton de Tournefort (1656-1708) quien, entre otras cosas, aportó la creación de una clasificación donde bajo un mismo género se agrupaban plantas con las mismas características de flor y fruto utilizando frases breves pero rigurosas. Carlos Linneo (1707-1778) en su Philosophia Botanica (1751) detalla las reglas que debe seguir la denominación de las plantas; con similitudes al sistema de Tournefort: se definen por el género caracterizado por otra palabra que es la especie (todo ello en latín), y que concretará en un intento de catalogar todas las especies del mundo en Species Plantarum (1753). Naturalmente Linneo va a ser el botánico de referencia en los años posteriores, el que definirá la ciencia botánica en España y fuera de ella. Como es normal, bajo su influencia científica se trabajó en el Jardín Botánico de Madrid.
Tras la muerte de Quer se adopta el sistema de Linneo y de 650 especies en 1772 se pasa a 1.500 en 1778. La botánica va siendo, cada vez más, una disciplina científica después de la inauguración del nuevo Jardín Botánico del Prado en 1781. Y también la flora americana era estudiada por los discípulos del Jardín, todos eran viajeros y botánicos: Ruiz, Pavón y sobre todo José Celestino Mutis (el alumno más aventajado que tuvo el Jardín antes del traslado a Madrid), pero también Humboldt y el mismo Gabinete estudiaron la flora de las Indias.
El material traído de América fue de especial importancia con la labor de médicos y botánicos por encontrar fármacos a raíz de las plantas medicinales y por el trabajo desarrollado en Madrid. Quer, Gómez Ortega, Mutis... trabajaron en este campo, fruto de lo cual fue la edición de 1762 de la Pharmacopea matritensi y las tres ediciones de la Pharmacopea hispana (1794, 1797 y 1803). El impulso en los avances botánicos se produjo sobre todo con la llegada de Löfling a Madrid –discípulo de Linneo– y será un estímulo que aprovecharán Joan Minuart, José Hortega, José Quer y Cristóbal Vélez, quienes de esta manera tendrán un conocimiento del sistema linneano, sistema que no se adoptará de inmediato (al respecto hay que citar el caso de Quer quien continúa con el de Tournefort en su Flora española [1862-1864]; tampoco José Manuel Gascó cambia el sistema en sus clases de Valencia), sin embargo, en adelante, la botánica se va especializando más, con técnicas disciplinarias, y Miguel Barnades publica en 1767 sus Principios de botánica. Mutis, discípulo de Barnades, herboriza de Madrid a Cádiz, desde donde parte para América; allí estudia la flora americana con mucha atención y en Santa Fe de Bogotá se hace sacerdote pero no por ello deja la medicina (que también era lo suyo), y además entra de lleno en la botánica, escribe Arcana de la quina; no publica, sin embargo, la Flora de la Nueva Granada pero prepara un herbario de cerca de siete mil dibujos coloreados que merecen la felicitación de Linneo (quien le dedicará el género Mutisia) y la amistad de Humboldt.
A Barnades le sucede al frente del Jardín el sobrino de Hortega, Casimiro Gómez Ortega (bajo su dirección científica se cambió a su emplazamiento actual), quien estudió en Bolonia, París y Londres, tradujo distintas obras, a resaltar las de Duhamel de Monceau (la Física de los árboles, el Tratado de las siembras y plantas de árboles y el Tratado del cuidado y aprovechamiento de los montes y bosques), se manifiesta en contra de las talas de árboles, y publica en latín (1773) y en castellano (1783) las Tablas botánicas. Él y Antonio Palau son los artífices del cambio del sistema de Tournefort al linneano, entre los dos escriben el Curso elemental de botánica (1785) con Linneo como pauta del mismo98; Palau llega incluso a publicar una traducción de la obra de Linneo Species plantarum con el título Parte práctica de botánica del caballero Carlos Linneo (1784-1788), impreso por la Imprenta Real en ocho volúmenes.
Con lo dicho vemos que la botánica se estaba convirtiendo poco a poco en una ciencia del Estado (su interés primero era más político que científico) pues es apoyada por el mismo Estado y si bien es verdad que al principio –mediados del setecientos– no había personas capaces de llevar a cabo lo que se hacía en Europa, la aportación de medios por parte de los distintos gobiernos hizo posible que la situación cambiara, pero además el hecho de que esta ciencia de la naturaleza no planteara problemas con la religión la hizo más apetecible en general. La ciencia de la botánica aumentaba también el currículum de los botánicos al permitir la nominación linneana de las plantas que éstas llevaran un apodo, el cual solía dedicarse a un botánico quien podía presentar esa credencial como un privilegio. El mejor ejemplo que se puede citar sobre lo que acabo de decir es la justificación de Cavanilles para nombrar a un helecho Clementea Cav.:
Llamo clementea a este género para perpetuar la memoria de D. Simón de Rojas Clemente, uno de los primeros y más aplicados discípulos de mi escuela, cuyos progresos admirables en Botánica y otras ciencias le hicieron acreedor a que nuestro gobierno le nombrase para la expedición difícil por lo interior del África, que emprendió felizmente. Quiera Dios conservarle para honor de la patria y de la escuela99.
Esta nota y esta nominación de parte del científico español más conocido en Europa debió ser un espaldarazo importante con el cual, siguiendo el término taurino, “recibió la alternativa” en el mundo de la ciencia. Cavanilles apostó pronto por Clemente de esta manera, de la manera que más podría agradar al de Titaguas: con admiración y amistad. El discípulo no defraudaría la apuesta hecha por el maestro100.
Por todo lo dicho se puede afirmar que la botánica era, sin duda, la ciencia de moda, aunque, como es natural, cada dirigente del Jardín de los primeros tiempos imprimió su personalidad en la institución que dirigía.
Antonio José Cavanilles, natural de Valencia (1745-1804) y sacerdote, sustituye a Gómez Ortega como primer catedrático del Jardín Botánico de Madrid; y, como Simón de Rojas se formó a su lado, es preciso hacer una semblanza general de él y de lo que realizó de la mano de Antonio González Bueno.
Cavanilles estudió en la Universidad de Valencia de donde recibió de Vicente Blasco una exquisita formación jansenista; tuvo varios trabajos pero el salto que le habría de marcar su vida fue la partida a Madrid en 1776 como preceptor y capellán de la Casa del Infantado de donde viajó a París (como también lo hizo Clemente) residiendo en la capital de Francia entre 1777 y 1789; allí estudió en distintos gabinetes y, a partir de 1783, en el Jardin du Roi bajo la dirección de André Thouin. En estos años Cavanilles mantenía correspondencia con el jesuita Juan Andrés, también valenciano, llegando a contactar con Voltaire a quien admiraba, con lo que su formación ilustrada es evidente (contó con el privilegio, además, de no ser registrado a su vuelta en la aduana pasando toda su biblioteca sin problemas) y por ende esta formación tuvo que tener una gran influencia sobre el de Titaguas. Había escrito en la Encyclopédie méthodique una apología sobre la nación española y a cambio el Gobierno del conde de Floridablanca le pagó parte de la publicación de Monodelphia. Saco a colación esta circunstancia porque pienso que en la forma de ser de Simón de Rojas –un tanto acomodaticia con el poder que hubiera en cada momento– debió influir, sin duda, su maestro Cavanilles. En 1787 ya estuvo a punto de ser director del Jardín al cesar el intendente que había pero una intriga palaciega de Gómez Ortega acabó con esa posibilidad y originará que éste lo desprestigie en escritos anónimos (evidentemente Cavanilles ejerció su derecho a la réplica). De ahí este deambular inicial del de Valencia a quien para frenar su ascenso (como antes a Jovellanos) se le comisiona la realización de una “Historia Natural de España”, fruto de la cual son las Observaciones sobre la historia natural, geográfica, agricultura, población y frutos del Reino de Valencia publicadas en dos tomos (como también más tarde Simón de Rojas hubo de conformarse con la Historia natural del Reino de Granada, aunque seguro que ni uno ni otro se arrepintió por el encargo, antes bien al contrario).
Decía que Cavanilles ejerció su derecho a la réplica en su enfrentamiento con Gómez Ortega, derecho que no quiero pasar de largo, el cual fue estudiado por Francisco Javier Puerto Sarmiento con el fin también de que veamos el clima de crispación alcanzado para acceder al cargo de director del Jardín nada más llegar Clemente a Madrid. El problema venía de antaño y llegó a su cénit –y al mismo tiempo acabó– con la publicación del libro de Cavanilles Colección de papeles sobre controversias botánicas en 1798, donde la polémica –más personal que científica incluso– estaba servida en cuanto a maneras de investigar101. Hay que tener en cuenta que Ortega dominaba desde siempre los manejos entre bastidores desde que tomó contacto con Linneo a la temprana edad de 17 años al hacer de mediador entre el sueco y su tío (y también del botánico italiano Monti) para la obtención de aquél y de éste de los manuscritos de Pehr Löfling, sorprendiendo su soltura en esos menesteres. Después hará elogios rimados de Fernando VI y Carlos III viéndose desde el principio que su formación es más humanista que científica pero para figurar como distinguido científico tuvo “una gran intuición para saber a quién dirigirse en cada momento y clara decantación hacia un modelo de Ilustración, basado más en el fortalecimiento del poder real que en la difusión de las nuevas disciplinas científicas o en la reforma de los modelos sociales”102.
Ésa es la razón por la que llegó a ser miembro de la Real Academia de la Historia, de la Médica Matritense, de distintas Reales Sociedades Económicas, etc., pero es desde el puesto de primer catedrático del Jardín Botánico donde va a incrementar su influencia. Sin embargo, poco a poco va a deteriorase su imagen merced a la evidencia de la superioridad científica de Cavanilles, puesta de manifiesto por el botánico alemán Link. Las autoridades españolas se van convenciendo poco a poco de la discutible sabiduría de Ortega; el prestigio de Cavanilles dentro y fuera de España iba en aumento, lo que dio origen a la publicación de la Colección de papeles sobre controversias botánicas que “dejaba absolutamente sepultado el poco prestigio de Ortega, con las bendiciones tanto de la Academia [Médica Matritense], como del Príncipe de la Paz”103.
En 1801 se jubiló Ortega siendo sustituido por Cavanilles; en cuyo nombramiento como director se expone que, en tiempos del primero, “el Rey ha visto que [...] no ha correspondido este establecimiento a sus beneficios”104. Y ya en Cavanilles se unifica la figura de primer catedrático con la de director del Jardín.
Volviendo a la obra del valenciano es necesario apuntar que Cavanilles publicó en 1795 las Observaciones citadas, donde aparte de sus descripciones botánicas hay que resaltar su trabajo geográfico y naturalista del reino valenciano, donde además subyace una crítica a cómo se desarrolla el pueblo y el porqué aunque sin ningún planteamiento rupturista, una descripción de los instrumentos de labranza, la manera con que se cultiva todo, etc. Es un trabajo de campo pero también realizado con la impagable ayuda de los corresponsales; esa manera de trabajar también será la de Clemente al hacer la historia de Granada. Esta inquietud por el saber y por el saber hacer es inherente a la cualidad de viajero siendo el irlandés Guillermo Bowles el impulsor –si no el iniciador– de la historia natural española como visitante de tierras, colector y maestro de científicos con su obra Introducción a la historia natural y a la geografía física de España publicada en Madrid en 1775 y escrita con ese interés de querernos contar todo105, lo cual caracteriza a los ilustrados (Cavanilles y después Clemente tomaron buena nota de esta manera de proceder aunque el último fuera crítico con su estilo).
Cavanilles se unirá a la Sociedad Linneana de Londres, lo que propició el que formara parte de una red de contactos a nivel internacional realmente envidiable (los corresponsales entre los botánicos de España y de fuera constituye otra característica ilustrada interesante). Todos los contactos y toda esta manera de ser se manifestarán en la creación en 1799 de los Anales de Historia Natural, título que el propio Cavanilles cambió por el de Anales de Ciencias Naturales en 1801 con el fin de que su denominación se ajustara también a los contenidos de astronomía, física y química a los que se quería dar también relevancia, y si antes la revista parecía a medida de J. Clavijo (vice-director del Real Gabinete de Historia Natural y entusiasta de la misma), en adelante parece obra de Cavanilles (tras su muerte en 1804 dejó de editarse, lo que da fe de la importancia del botánico en la existencia de esta revista científica)106. La dirección de esta revista también recuerda al equipo formado en torno al Semanario de Agricultura y Artes dirigido a los párrocos del cual –a partir de 1806– formaría parte Simón de Rojas (en ambas revistas publicó nuestro biografiado).
A finales de 1800 la progresión de Cavanilles era tanta que un enfrentamiento con el canónigo francés, afincado en Orense, P. A. Pourret por no seguir éste la Monodelphia con integridad le acarreará que el francés no pueda volver a Madrid a publicar sus manuscritos entre otras razones porque el informe de Cavanilles al ministro de Estado no le fue favorable, aunque M. Colmeiro apunta como causa el hecho de que “Cavanilles eliminó rápidamente a Pourret del Jardín Botánico de Madrid pues era el abate francés un hombre inteligente y Cavanilles siempre se preocupó de eliminar la competencia”107. Y es que en el quicio entre los dos siglos Cavanilles era muy considerado en la Corte, sobre todo desde el ascenso de Mariano Luis de Urquijo, un ministro volteriano, con quien el abate compartió la tertulia de María Francisca de Sales Portocarrero (Clemente acudió, entre otras, a la de doña Frasquita Larrea en Cádiz108) y cuyo círculo apoyó a Alexander Humboldt en su viaje de investigación a América. Con el nuevo secretario de Estado, Pedro Cevallos109, su progresión continuó siendo la misma.
Nombrado director del Jardín en 1801 y profesor único del mismo, “se inicia una etapa de florecimiento del centro, aumentarán los contactos internacionales, [...] se notarán cambios sustanciales en la enseñanza impartida para la que nuestro abate elaborará un manual, impreso en 1802”110, eran los Principios elementales de Botánica de base linneana. Dentro del Jardín realiza una nueva organización del mismo, hace construir un invernadero y un estanque, reorganiza la biblioteca adquiriendo libros (los suyos propios aunque reservándose el usufructo), pliegos..., los semilleros son reorganizados, y a nivel personal es nombrado socio de la Sociedad Económica de Amigos del País de Granada (1801), de Valencia (1802) y de muchas sociedades francesas y de otros países que sería prolijo enumerar (Simón de Rojas también fue honrado por varias sociedades y asociaciones como veremos). Todo este progreso tuvo una amplia repercusión no sólo en España (mediante las publicaciones nombradas) sino también en Europa a través de la red de corresponsales que tenía el abate con traducciones, extractos, reseñas, etc. Todo lo cual contrasta con la penuria económica del Jardín, que nos interesa menos ahora.
En cuanto a la filosofía sobre el estudio de la botánica, Cavanilles, formado en París como se ha dicho, desarrolla a nivel teórico el método de clasificación de Linneo pero al que plantea alguna crítica111. Las enseñanzas que introduce el valenciano atienden, sobre todo, a las categorías superiores a la especie, a la subordinación, por tanto, de los caracteres y a una mayor atención a la naturaleza, o dicho con sus palabras: “...las especies deberán resultar del examen atento y detenido de los individuos, los géneros que serán la base [de los sistemas] se formarán con exactitud a la vista de las especies”112. Cada individuo vegetal tiene que tener, pues, su propia resolución, en resumen de González Bueno.
Cavanilles se manifiesta muy práctico en su estudio; a ello se encamina su trabajo en el Jardín ampliando todo. En fin, en el Jardín el número de especies vivas continuó su aumento pero muy poco a poco: 3.000 en 1796 y 3.100 en 1803, aunque el herbario llegó a tener 12.000 plantas. Toda esta labor la realizó con la ayuda de Mariano Lagasca, José Demetrio Rodríguez, José Pozo y Simón de Rojas Clemente que formarían la Escuela de Madrid o de Cavanilles113. Estos discípulos, al igual que sucediera en Europa, siguieron las directrices del maestro a quien siempre le reconocieron su magisterio; no podía ser de otra manera, pues el valenciano, formado botánicamente en París, transmitió en España y en sus discípulos su aprendizaje que se concretó en investigaciones, desde el Botánico de Madrid sobre todo, y en una red de corresponsales en España y Europa cuyo fin principal era el intercambio de plantas y material científico para un mejor estudio de las mismas; todo ello sin olvidar los viajes, publicaciones y visitas a otros botánicos, llegando a formar parte estos botánicos (con los del resto de Europa) de lo que podía llamarse la “República de los botánicos”114.
Y el poder de Cavanilles en materia de botánica fue tal que desde julio de 1803 sólo se podía optar a las cátedras de botánica en todo el territorio de la Corona a condición de haber sido alumno suyo, de esta manera Vicente Soriano pudo ser nombrado catedrático de Botánica en Valencia, cargo que no llegó a ocupar pues el antagonista de Cavanilles (Gómez Ortega), tras su muerte, influyó para que lo fuera otra persona (Vicente Lorente), lo que cito para que se vea que hasta el final hubo intriga para el nombramiento de un cargo y para el cese del mismo. Esta forma de proceder en este caso concreto (y la manera de alejar a Pourret de la Corte antes), primero de Cavanilles y después de Gómez Ortega, llena de intrigas, no la habría realizado, en cambio, Clemente. Lo que es evidente es que los entresijos palaciegos no son una cosa de ahora sino que siempre han existido y que en el tiempo que nos ocupa no fueron una excepción.
El maestro murió el 10 de mayo de 1804, sus herederos se repartieron todo lo suyo pero nadie le redactó ninguna loa ni publicó a su muerte el Hortus Regius Matritensis ya acabado (no se publicó hasta 1991) y esperado por los botánicos de Europa ya desde principios del siglo XIX pues desde los Anales de Ciencias Naturales el propio Cavanilles había ido dando información sobre el contenido del libro.
Tras su muerte fue tarea complicada distribuir la herencia, como fue complicado hacerle un elogio, tanto que no se llegó a hacer; Gómez Ortega se ofreció –aunque parezca difícil creerlo– pero no parece que tuvo tiempo para hacerlo; a Zea, a quien el ministro de Estado le solicitó el “Elogio histórico”, le pasó algo parecido pues en 1808 lo tenía casi ultimado pero la entrada de los franceses hizo que no se pudiera acabar. En 1826 la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia convocó un concurso para premiar al mejor elogio; fue ganador José Pizcueta y Donday (catedrático de Botánica y Materia Médica) y se publicó el año 1830; el tono del mismo es realmente laudatorio115. Antonio Franseri, médico de Cavanilles, escribió de él (24-5-1804) que “supo cultivar un amigo desde su niñez hasta el último momento de su vida”116. Es un bonito elogio.
Una conclusión general de todo lo dicho debe hacerse diciendo que Antonio José Cavanilles inculcó en este grupo lo que González Bueno llama la pasión por la ciencia. Con respecto a nuestro biografiado además hay que notar los paralelismos citados en cada momento entre su vida y la de Cavanilles, también para entender muchos comportamientos suyos, tan parecidos a los de su maestro.
Antes de acabar este panorama voy a nombrar otras instituciones del país. Es preciso empezar por el Real Gabinete de Historia Natural (hoy Museo Nacional de Ciencias Naturales) fundado en 1772 y cuyo principio es un centro de coleccionismo científico desde donde se quiere controlar todas las producciones naturales. El Jardín Botánico mismo es una institución que pudo pertenecer administrativamente, al menos desde comienzos del siglo XIX, al Real Gabinete de Historia Natural; esta dependencia, que se matizará más tarde, abarcó hasta 1867 en que se separó del Real Museo.
Poco a poco el Real Gabinete se va llenando de lo que hace falta para investigar: biblioteca, instrumentos científicos y material de todo tipo, no sólo de historia natural sino etnológico, arqueológico, etc., lo cual va a dar de sí el que el Gabinete se preocupe por la enseñanza y por reunir las especies más importantes en España y América y se promueva la búsqueda de lo singular llegando a ser una institución científica, docente y de museo. El químico francés Luis Proust117 se incorpora a sus actividades al igual que Cristino Herrgen –de Maguncia– quien, en 1798, se hace cargo de la cátedra de mineralogía y poco a poco el Gabinete va perfeccionándose, publicándose además la revista nombrada: los Anales de Historia Natural (de 1799 a 1804) entre cuyos redactores se encuentra Antonio José Cavanilles (encargado, como es natural, del campo de la botánica) junto a los que se acaban de nombrar y Domingo Fernández (profesor de química y encargado en este caso de la inspección de monedas). La revista nació para que los españoles pudieran publicar su obra en España, para facilitar el estudio de la historia natural y para que se pudieran traer libros de ciencia del extranjero; los editores elegían los artículos y a los ilustradores de las láminas, que recibían a cambio una docena de ejemplares118.
Pronto la proyección internacional del Gabinete fue grande, y no es para menos pues Félix de Azara –elogiado por Darwin– envía en 1790 sus Aportaciones para la historia natural de las aves del Paraguay y la monarquía facilita el viaje de Humboldt a Hispanoamérica correspondiendo éste a su vez con el envío de material natural, sin olvidar la expedición que el mismo Gabinete realiza en 1794. Nombro estas actividades en el Real Gabinete sin otra pretensión que testimoniar y poner algún ejemplo de lo que en él se hacía.
Con respecto al mismo pienso que es importante nombrar su organización general, la cual interesa porque el Jardín Botánico fue un establecimiento muy ligado al Real Gabinete de Historia Natural que es como en principio se llamó la institución (desde su fundación en 1772), cuyo director en sus comienzos parece ser que dependía directamente del primer ministro Floridablanca; su presupuesto lo suministraba Hacienda directamente y al principio del siglo XIX la máxima autoridad fue el secretario de Estado, Pedro Cevallos. Después, con la reforma fernandina de 1815, su nombre fue el de Real Museo de Ciencias Naturales en el cual quedaron integrados los distintos centros que se ocupaban de estas materias, entre ellos el Jardín Botánico (el nombre de Gabinete de Historia Natural quedó también como una sección del Real Museo). El fin principal de esta reforma era que el Museo fuera el único establecimiento para la enseñanza de las Ciencias Naturales. A partir de 1868 su nombre es el de Museo de Ciencias Naturales y desde 1913 se llama Museo Nacional de Ciencias Naturales. Naturalmente, los dos primeros nombres son los que vamos a ver nombrados por razones obvias.
El cambio de nombre de 1815 va a llevar consigo una organización interna con el nombramiento de una Junta de Protección del Real Museo de Ciencias Naturales cuyo presidente (protector) era el primer secretario de Estado y del Despacho, fue el organismo superior; esta junta se suprime en 1821 (sustituida por la Dirección General de Estudios) y vuelve a formarse en 1824. A la par existía una junta de profesores del Museo, lo que, a su vez, lleva consigo una especie de rivalidad por las competencias de cada una, cuya solución pasó por la disolución de la junta de profesores del Museo, ya en 1828. Todo lo cual se anota para entender los oficios que irán apareciendo dirigidos al organismo rector del Jardín Botánico y los enviados por aquél a éste.
He apuntado antes el criterio (que no la certeza) de que el Jardín formara parte, desde el punto de vista administrativo, del Gabinete desde principios del siglo XIX. Es evidente que lo fue a raíz de la reforma de 1815, pudo ser antes pues a partir de la llegada a la dirección de Cavanilles (1801) se unifica el puesto de primer catedrático con el de director, el cual ya no recae en ninguna institución y además vemos que todo va dependiendo en última instancia de Pedro Cevallos, quien era el director del Gabinete, sin embargo, en la Guía de forasteros119 las instituciones aparecen como separadas hasta 1815 y juntas a partir de esta fecha excepto en el puesto de bibliotecario120. Es decir, la independencia científica del Jardín es clara hasta 1815 y después aunque hubo una dependencia administrativa, ésta “no habría de hacer perder su independencia” pues aun siendo una sección del Museo Nacional “sus designios serían dirigidos por una junta propia, formada por los profesores del Jardín”121. De cualquier manera, volviendo un poco atrás y por centrarnos en los años previos a la llegada de Clemente al establecimiento, dos hechos de 1799 anuncian que todo va moviéndose hacia una nueva organización del Botánico: uno es el cambio de la enseñanza de Farmacia de los jardines a la Real Botica122; el otro es la puesta en marcha de la revista Anales de Historia Natural representando a los dos organismos desde el punto de vista temático, y también las proposiciones del ya influyente Cavanilles en la reorganización del Jardín.
Otras instituciones que se dedican al desarrollo de la agricultura y de la ciencia son las Sociedades Económicas de Amigos del País (también frecuentadas por Clemente), cuyo principio es el Discurso sobre el fomento de la industria popular, publicado en 1774 por Pedro Rodríguez de Campomanes, donde propugna “la creación de instituciones en todas las ciudades para estudiar y fomentar la agricultura, la industria, el comercio y la navegación”123, o sea, las llamadas “artes útiles”. Las sociedades tuvieron como precursoras de las mismas a la Academia de Agricultura de Lérida (1763) y a la del Reino de Galicia (1764); y así se fueron creando sociedades económicas a lo largo de toda España. Y la fuerte demanda de alimentos en el siglo XVIII, a causa del aumento de la población, propició que las sociedades se preocuparan del incremento de la producción, de la importación de cereales y de la introducción de nuevos cultivos como el maíz y las patatas; la viticultura fue una de las parcelas que mereció una atención preferente por parte de las sociedades124, lo que cito porque, en ese contexto –estimulado por la de Sanlúcar–, Clemente publicó en 1807 su Ensayo sobre las variedades de la vid común que vegetan en Andalucía, y ni qué decir tiene que las sociedades ayudaron a desarrollar métodos para producir más y mejor, para la elección de abonos, el cuidado de los pastos, cultivos forrajeros, etc. Y, en fin, al calor de ellas se publicaron, pues, libros como el citado, y también publicados por las mismas sociedades (ejemplo, el Extracto de agricultura en Medina en 1778), se realizaron traducciones o recibieron herbarios como el donado por Asso a la de Zaragoza, etc.
La enseñanza de las técnicas agrícolas, y demás ramas de la ciencia, debería hacerse en el caso de las clases populares principalmente a través de los sacerdotes por su condición de iletradas, ya sea por medio de cartillas, ya, sobre todo, a través de la revista Semanario de Agricultura y Artes dirigido a los párrocos (a partir de 1797), cuyo título explica todo (los párrocos como transmisores del saber) y de la que se hablará pues Clemente escribió mucho en esa revista. En cambio, el aprendizaje de los agricultores ricos y de sus hijos se canalizó a través de las escuelas de agricultura; la de Zaragoza en 1773, creada por la Sociedad Económica de esa ciudad, y en tiempos de Carlos IV y más tarde otras sociedades siguieron ese camino, y también hay que resaltar las publicaciones que en ese tiempo se realizaron como las Observaciones de Cavanilles cuyas descripciones fueron un campo didáctico importante125. De la época de Carlos IV partió además el decreto de creación de veinticuatro institutos para la enseñanza de la agricultura, cuyos profesores debían formarse en el Jardín Botánico de Madrid.
Precisamente el Jardín Botánico no fue una institución que se ocupara con especial atención de la enseñanza de la agricultura. Gómez Ortega era reacio a ello por considerar que los agricultores repiten mecánicamente lo que vieron de sus antepasados (sin embargo había traducido varios libros sobre el tema, en especial los de Duhamel de Monceau) y Cavanilles se ocupó de la descripción de las plantas principalmente; fue en el mandato de Zea cuando se introduce la cátedra de agricultura (cuyo profesor fue Claudio Boutelou) que durará incluso durante la contienda contra los franceses.
Todo lo que se ha dicho sobre botánica y agronomía podría decirse sobre otros ramos de la ciencia, particularmente de la química –que, sin embargo, estaba más atrasada126–, aunque son las plantas lo que más interesó a los científicos de la segunda mitad del siglo XVIII. Quiero destacar que al celo de Carlos III para que progrese la botánica –y el resto de las ciencias– hay que atribuir estos
resultados útiles para la agricultura nacional y para el aprovechamiento de plantas hasta entonces olvidadas, como lo exponía Bowles en su Introducción a la historia natural de España. Es él quien, en los planes de estudios de las universidades, aprueba las iniciativas para fundar o mejorar jardines botánicos destinados a la botánica médica. Él quien organiza expediciones a tierras lejanas...127.
De estas expediciones lejanas precisamente, de la expedición de José Celestino Mutis (1732-1808) a Nueva Granada surgió la figura del colombiano Francisco Antonio Zea (1766-1822) como botánico, que fue incorporado por aquél en la empresa emprendida, incorporación que siempre le agradeció. Su llegada a España se produjo por cuestiones políticas ya que fue desterrado a Cádiz acusado de conspirar por la independencia de Colombia, aunque el verdadero motivo parece que se debió a estar relacionado con el comercio de la quina (febrífugo reconocido en Europa).
Desde Cádiz, Zea sigue comunicándose con Mutis, se relaciona con Cavanilles y en 1799 se declara su libertad hasta que a fines de 1800 viaja a París para completar su formación botánica. Allí divulga la calidad de la quina de Nueva Granada y proyecta en 1802 el envío de técnicos formados en Europa (bajo la dirección, no obstante, de Mutis) y su envío a Nueva Granada para formar establecimientos de historia natural semejantes a los europeos. En 1803 es nombrado segundo profesor del Jardín Botánico y a la muerte del maestro (1804) le sucede como director del mismo, elección que la autodenominada escuela de Cavanilles, en la que se encontraba nuestro Simón de Rojas, no califica como idónea precisamente y de la cual se tratará en su momento. Zea es una persona con muchas ideas –que, en general, no cuajaron– y que se valió para su difusión del Semanario de Agricultura y Artes dirigido a los párrocos.
Con Zea el trabajo en el Jardín se desvía de la descripción de las plantas adquiriendo importancia el estudio de la agricultura y el comercio de los vegetales con el objetivo de conseguir un país más desarrollado económicamente. Con esta idea propone crear los veinticuatro establecimientos botánicos nombrados con el fin de “acopiar los productos útiles del país, sujetar a cultivo los silvestres, indagar los usos de los vegetales autóctonos y promover en ellos la agricultura y el comercio” y aunque se utilizaran como jardines de aclimatación de especies exóticas, “su principal función sería el desarrollo agrícola de los productos locales”128. Los nuevos jardines tienen un objetivo docente para, en palabras de Zea, “enseñar la agricultura a los propietarios de su distrito y a los demás que quieran oír sus lecciones”129. El Jardín de Aclimatación de Sanlúcar de Barrameda (también llamado de la Paz en honor a Godoy quien tanto hizo por él y por la ciudad donde se ubicó) tuvo las características descritas. Este plan, elaborado por Francisco Terán, “relegaba a un segundo plano el estudio teórico de la botánica, la sistemática y las aplicaciones medicinales de las plantas e insistía en priorizar el estudio de las especies alimenticias”130; el director científico de este ambicioso proyecto agronómico y también botánico fue Simón de Rojas pero la Guerra de la Independencia (y el motín similar al de Aranjuez que hubo en Sanlúcar, incluso dentro del Jardín) hizo que su duración fuera corta. Y por la misma causa no llegaron a funcionar siquiera los establecimientos previstos131.
Tampoco Zea pudo desarrollar la reorganización del Jardín Botánico de Madrid, también a causa de la guerra, donde –reservándose la cátedra de Botánica General– creó una segunda cátedra cubierta por Claudio Boutelou132 que se ocuparía de la Agricultura y la Economía Rurales y otra tercera dedicada a la Botánica Médica cubierta por Mariano Lagasca. En 1812 el colombiano fue nombrado prefecto de Málaga y Clemente su colaborador en esa ciudad. Y con la retirada de José I partió a París y de allí a Londres, de donde embarcó para América abrazando la causa independentista llegando a ser vicepresidente de Colombia tras su independencia y presidente del congreso que la aprobó, por lo que fue Zea a quien correspondió esta declaración133.
Haciendo una escueta reseña de la concepción de la botánica de los primeros dirigentes del Jardín, Casimiro Gómez Ortega incide en la utilidad de las plantas en relación con la farmacología; Cavanilles únicamente en la descripción y clasificación de las mismas, y Zea en los usos de los vegetales autóctonos de la mano de la agricultura y con un sentido comercial. Clemente también tomó esta tercera vía en el contexto del estudio del rendimiento y producción de los alimentos según el terreno, clima, altura, etc.; representa el paso de una concepción teórica a otra práctica, hasta el punto de que la botánica médica está presente en su obra (ello ya se evidencia en un diario de 1800-1801 –capítulo 2–). De ahí que se le considere un botánico de transición.
Obsérvese además que estos hombres de finales de la segunda mitad del setecientos y principios del ochocientos se han educado, se han hecho científicos, en unas instituciones (Jardín Botánico, Real Gabinete, Sociedades Económicas, escuelas y cátedras de Agricultura...) que poco tienen que ver con las universidades y con la formación profesional clásica por las razones aducidas anteriormente. Fue una manera de burlar el rodillo asfixiante de la Iglesia en toda regla con la anuencia y ayuda de los políticos ilustrados y de los religiosos que en ellas había (como ejemplo el mismo Cavanilles) pero que tenían otro talante.
Llegó a haber, pues, en España un ambiente de exaltación científica alabado por los poetas de la época, no faltan églogas que canten al progreso. Véanse, por ejemplo, unos versos de Quintana que son un himno a la imprenta como emancipadora de la ignorancia de la gente: “Levántase Copérnico hasta el cielo, / que un velo impenetrable antes cubría, / y allí contempla el eternal reposo / del astro luminoso / que da a torrentes su esplendor al día”134.
Lo que hay que tener claro es que “los hombres de 1800 sienten que el triunfo de la ciencia está asegurado”135. Justo al lado de esta cita, Sarraihl extracta una de José Cadalso que extraigo de su fuente original; se trata del vaticinio que el escritor había dado en 1770 al escribir:
Trabajemos nosotros en las ciencias positivas para que no nos llamen bárbaros los extranjeros [...] Dentro de veinte años se ha de haber mudado todo el sistema científico de España insensiblemente, sin estrépito, y entonces verán las academias extranjeras si tienen motivo para tratarnos con desprecio [...] “Poco a poco fuimos oyendo otras voces y leyendo otros libros que si nos espantaron al principio, después nos gustaron. Los empezamos a leer con aplicación, y, como vimos que en ellos se contenían mil verdades en nada opuestas a la religión ni a la patria, pero sí a la desidia y preocupación, fuimos dando varios usos a unos y a otros cartapacios y libros escolásticos, hasta que no nos quedó ni uno. De esto ya ha pasado algún tiempo, y en él nos hemos igualado con ustedes, aunque nos llevan siglo y cerca de medio de delantera. Cuéntese por nada lo dicho, y pongamos la fecha desde hoy, suponiendo que la Península se hundió a mediados del siglo XVII y ha vuelto a salir de la mar a últimos del XVIII”136.
La cita no tiene desperdicio. Podíamos hacer un comentario de texto a la misma y veríamos el desarrollo de una mentalidad ilustrada en lo ideológico, cultural y científico. Pero para los ilustrados de la época la cita anterior a ésta de Cadalso (la de Sarraihl) es lo que cuenta: “Los hombres de 1800 sienten que el triunfo de la ciencia está asegurado”. Y además con optimismo, incluso sabiendo que todavía quedaba camino para asegurar el triunfo de la Ilustración ideológica pero estaban persuadidos de que nada de todo ello era opuesto “a la religión ni a la patria”, importante aseveración a retener.
Todo lo que antecede es para que veamos el ambiente en que llegó Simón de Rojas a Madrid y desarrolló sus conocimientos (ampliados más tarde en París y Londres). El ambiente era propicio para la investigación, era la obsesión por saber, la pasión por la ciencia en suma y por la cultura en general, y el biografiado se une al grupo de ilustrados que había en Madrid, “y, por tanto, puede considerarse en buena medida un botánico integrado en uno de los más importantes centros europeos de investigación científica sobre la materia”137.
Este ambiente general de pasión por la ciencia (y hasta de pasión por el poder científico a través de alguna que otra intriga) será determinante en la vida de Clemente y un referente para él y para nosotros a la hora de construir su biografía.
1 Nombra el valenciano y el lemosín de manera separada en la historia de Titaguas, considerando al primero una variación dialectal del segundo; así, al hablar de una clase de trigo llamado “redondillo”, él explica: “llamado redonell en nuestro dialecto lemosín” (Clemente y Rubio 1919, p. 21).
2 Giralt i Raventós 2002, p. 405.
3 En efecto, de su puño y letra solamente he visto una vez escrito Rojas.
4 Era corriente nombrarlo de esta forma en España según sabemos por una cita del conde de Odart quien alude a “Simon Roxas Clemente, que je nommerai simplement comme D. Simon, selon l’usage espagnol” (Odart, Cte. Pierre-Alexandre 1841, p. 14) [Simón Roxas Clemente a quien nombraré simplemente como D. Simón según el uso español].
5 Véase El problema de la nominación (capítulo 1) en Martín Polo 2010, pp. 20-25 (Tesis digitalizada).
6 Aguilar Piñal 1996, p. 9.
7 Clemente y Rubio 1802, p. 136. Esta obra fue escrita además por Mariano Lagasca y Donato García.
8 Clemente y Rubio 1807, p. XV.
9 Esta cita y la anterior en Clemente y Rubio 1827, p. 147.
10 Kant 2004, p. 85. (La letra cursiva se utiliza normalizada, incluso en ocasiones donde en el texto original aparece subrayada una o más palabras y se expresa esta circunstancia).
11 Voltaire 1972, p. 31.
12 Esta cita y la anterior en Kant 2004, p. 83.
13 Diderot 1966, p. 429.
14 Diderot 1996, p. 433.
15 Diderot 1966, p. 434.
16 Kant 2004, p. 45 (citado en el estudio preliminar por Roberto R. Aramayo). El problema que también plantea el filósofo alemán es si esta educación debe dirigirla el príncipe o los súbditos; no tiene inconveniente en que la dirija el príncipe pero a condición de que antes sea educado por un súbdito ya que así crecerá recto al igual que un árbol crece de esta manera en un bosque y, en cambio, lo hace torcido si lo hace en medio del campo.
17 Kant 2004, p. 113.
18 Rousseau 1996, pp. 156-157. Definición del estado de felicidad rayana también con el romanticismo. Un poco más utópico (se unen felicidad, libertad, amor y belleza) es el Rousseau de la Julie ou la Nouvelle Héloïse donde, por ejemplo, en una carta a Julie escribe: “Sitôt qu’on veut rentrer en soi-même, chacun sent ce qui est bien, chacun discerne ce qui est beau” (p. 30) [Tan pronto como se quiera entrar en uno mismo, cada uno siente lo que está bien, cada uno discierne lo que es bello].
19 Kant 2004, p. 207.
20 Voltaire 1989, p. 163.
21 Clemente y Rubio 1827, p. 146.
22 Clemente y Rubio 1879, p. XIII.
23 Kant 2004, p. 91.
24 Kant 2004, p. 29 (del estudio preliminar de Roberto R. Aramayo); incluso el gobernante al no prescribir nada en materia de religión debe rehusar al “altivo nombre de tolerancia” (p. 31).
25 Esta cita y las dos anteriores en Diderot 1966, p. 438.
26 Diderot 1966, p. 517.
27 Maravall 1991, p. 541.
28 Kant 2004, p. 45 (citado en el estudio preliminar por Roberto R. Aramayo).
29 Rousseau 1996, p. 156.
30 Rousseau era muy enemigo del cristianismo y otras religiones que defendían la revelación divina, proponiendo una religión civil que los jacobinos estuvieron a punto de llevar a cabo en el apogeo de la Revolución Francesa.
31 Kant 2004, pp. 30-31 (del estudio preliminar de Roberto R. Aramayo).
32 Rousseau 1983, p. 105 (la cursiva es mía).
33 Un filósofo como Jean-Jacques Rousseau fue muy aficionado a las plantas y herborizó muchas veces, incluso al lado del abate Rozzier, famoso botánico francés. He aquí dos citas que aluden a su gran afición a esta parte de las ciencias naturales que manifiesta en Las ensoñaciones del paseante solitario: “Emprendí la tarea de hacer la Flora petrinsularis [del lago Saint-Pierre situada en el lago de Biel –Suiza–] y describir todas las plantas de la isla, sin omitir una sola, con el suficiente detalle como para atarearme el resto de los días [...], iba con una lupa en la mano y mi Systema naturae [de Linneo]” (1983, p. 85). “Había vendido mi herbario [...], feliz con ver algunas veces las plantas comunes que encontraba en los alrededores de París durante mis paseos” (1983, p. 107).
34 Curiosamente no se puede decir que el botánico sueco fuera precisamente un ilustrado; González Bueno (2001, p. 14) considera que “presenta una visión oscura del mundo, más próxima a un arcaico pensador barroco que a una mente ilustrada”. Esta visión oscura del mundo relacionado con sus ideas religiosas contrasta con sus metáforas empleadas “para explicar su sistema de clasificación, en el que los estambres se comportan como maridos y las esposas se corresponden con los pistilos, [las cuales] divirtieron a alguno de sus contemporáneos y desataron la ira de otros [...] como una ‘repugnante prostitución’, irreverente para el dios creador” (González Bueno 2001, p. 78).
También es preciso citar que Linneo, sin ser evolucionista, en materia zoológica situó al hombre en el género Homo al lado de otros primates, y a nuestra especie la denominó Homo sapiens, lo cual fue una innovacion que provocó, naturalmente, no poca polémica en su tiempo.
35 Extraído de González Bueno 2001, p. 7.
36 Sigrist et al., 2011.
37 Extraído de González Bueno 2001, p. 85.
38 González Bueno 2001, p. 89.
39 González Bueno 2001, p. 91.
40 Extraída de González Bueno 2002b, p. 10. Y redundando en ello, también creo pertinente nombrar al que será gran amigo de Clemente, el magistral Antonio Cabrera, el cual en Chiclana (Cádiz) daba lecciones de botánica a doña Frasquita Larrea quien veía al Buen Dios en las explicaciones botánicas que recibía de aquél (Orozco Acuaviva 1977, p. 120).
41 El Diccionario de la Real Academia de la Lengua (2001) define el deísmo como “doctrina que reconoce un dios como autor de la naturaleza, pero sin admitir revelación ni culto externo”.
42 Kant 2004, p. 112.
43 Kant 2004, p. 115.
44 Es importante detenernos un momento en el significado de esta acepción y en la del término razón en el siglo XVIII a través de las siguientes citas de Soriano y Porras (1992) con el fin de ampliar también las ya expuestas:
“La razón es, respecto al filósofo, lo que la gracia es en relación con el cristiano. La gracia obliga al cristiano a actuar; la razón, al filósofo. Los demás hombres son presa de sus pasiones, sin que las acciones que ejecutan sean precedidas de la reflexión: son hombres que caminan entre tinieblas; mientras que el filósofo en sus propias pasiones no actúa sino después de la reflexión; camina en la noche pero precedido de una luz” (p. 60).
“[El filósofo] cuando no tiene motivo propio para juzgar permanece impasible” (p. 61).
“Nuestro filósofo no se considera en exilio en este mundo; no cree estar en país enemigo; [...] quiere encontrar el placer con los demás; [...] es un hombre honrado que quiere agradar y ser útil” (p. 62).
“Cuanto más razón encontréis en un hombre, hallaréis en él más honradez” (p. 63).
Esta nota enlaza con una carta (Archivo del Ayuntamiento de Titaguas, C-133/3) que veremos más tarde donde Clemente escribe a su abuelo que lo más importante es “la virtud y el saber”, y que el dinero es secundario para él. La virtud la identifica con la honradez y el saber con la razón.
Y la cita de Kant: “Lo sublime conmueve, lo bello encanta” (2010, p. 32) (que puede encuadrar tanto en la Ilustración como en el Romanticismo) va en la línea del comentario de D. Simón al clima de Motril:
“Un cielo alegre y despejado, que jamás se empaña, sino para regalarla con lluvias suaves y protegerla contra los rayos de la canícula; un ambiente puro que nunca se agita sino para verter rocíos de plata y producir céfiros que templen la influencia de aquel hermoso sol; todos los dones en suma, y todos los encantos que han notado, repartidos por la famosa Bética, la poesía y los filósofos, se reúnen en el corto recinto de Motril, como para representar, en miniatura, los Campos Elíseos de Homero y de Estrabón” (1818, pp. 3-4).
45 Artola 1953, p. 31.
46 Aguilar Piñal 2005, p. 13.
47 Clemente y Rubio 1818, p. 8.
48 Clemente es todo lo claro –y lo oscuro– que puede ser, pues su autobiografía llega hasta el comienzo del Trienio Liberal (hay que pensar que el resto fue censurado) y en ese momento el régimen no daba para más.
49 Clemente y Rubio 1827, p. 147.
50 Diderot 1966, p. 443.
51 Kant 2004, p. 228.
52 Los novatores de principios de siglo son tenidos como los precursores inmediatos, y tras ellos ya se califican ilutrados a los reformistas y a los ya rebeldes liberales a caballo entre los dos siglos. Se habla incluso de Ilustración “radical” de fin de siglo quienes veían en la monarquía un problema más que una solución, quizás por influencia, además, de la Revolución Francesa, ahora bien, opino como Aguilar Piñal, para quien la Ilustración “es un movimiento ideológico, sin solución de continuidad, entre varias generaciones de españoles, que conforme avanzan los años, van asumiendo los retos cada día más apremiantes de la emancipación del hombre” (2005, pp. 29-30).
53 Aguilar Piñal 1996, p. 26.
54 Maravall 1991, p. 113.
55 Evidentemente para un conocimiento profundo del tema véase Aguilar Piñal 1996; ó 2005, pp. 274-283.
56 Maravall 1991, p. 117.
57 Maravall 1991, p. 118.
58 Hazard 1985, p. 212. En la página siguiente da la razón: “historiadores verdaderos no los había”.
59 Y si entramos en los detalles, podemos observar el riguroso método utilizado, sobre todo en la parte botánica, trabajada con los requerimientos previstos para la realización de la Flora española: Nombre botánico, tiempo en el que florece, sitios en que se halla, naturaleza del suelo, usos...
60 Artola 1953, p. 11.
61 Véase al respecto Santos Juliá 2004.
62 Como vamos a ver, nuestro Simón de Rojas, que cohabitó con varios regímenes, se definió por la España liberal aunque de una manera conciliadora, como eran tantos científicos de la época.
63 Un dato significativo, que concierne a la concepción del Estado y que puede resultar anecdótico pero no lo es, es la nominación de los reyes los cuales hasta Carlos IV llevaban consigo más de veinte coronas: “Rey de Castilla, de León, de las Dos Sicilias, etc.”. En la Constitución de Cádiz se nombra a Fernando VII compendiando todo el protocolo como “Rey de las Españas”, lo que también indica un cambio de mentalidad, donde el Estado es consustancial a la nación.
64 A Godoy se le cita de muchas maneras: el ministro, el todopoderoso ministro, el primer secretario de Estado, el valido, el presidente del Consejo de Castilla..., de hecho y de derecho fue lo que hoy se llamaría primer ministro, y de esta forma se le asimila y se le cita también.
65 Fernández Díaz 2004, p. 309.
66 Véase Fernández Díaz 2004, pp. 308-312.
67 Esta cita y la anterior en Fernández Díaz 2004, p. 352.
68 Clemente y Rubio 1827, p. 146.
69 Aguilar Piñal 2005, p. 125.
70 Véase Fernández Díaz 2004, pp. 344-386, para este párrafo y el anterior.
71 Aguilar Piñal 2005, p. 137.
72 Esta cita y la anterior en Carr 2005, p. 87.
73 Fernández Díaz 2004, p. 366.
74 Véase Peset, Mariano y José Luis Peset 1992, pp. 22-25.
75 Véase Capel 1982.
76 Ya desde el 1680 y a través del siglo XVIII, el padre Zaragoza, Vicente del Olmo, Juan Bautista Corachán, Vicente Tosca... constituyeron en Valencia el movimiento novador a través de las tertulias y academias que llegó a influir en la Universidad. Las reformas de este grupo valenciano fueron pioneras en España de la reforma de las matemáticas y de la geografía y un precedente de la Ilustración española; después le seguiría Salamanca con Diego de Torres y Villarroel.
77 Clemente y Rubio 1827, p. 146.
78 Esta cita y la anterior en Clemente y Rubio 1827, p. 147.
79 Ese obstáculo sucedió tanto en el mundo protestante como en el católico; en el primero por la diversidad de corrientes que se originaron y en el segundo por lo mismo con “una pugna por el poder, tradiciones teológicas bien contrapuestas y cuyas raíces podían remontarse, incluso a los primeros siglos del cristianismo”; todo ello a pesar del monopolitismo “más aparente que real” (las dos citas en Capel 1987, p. 180). Como ejemplo a lo dicho baste decir que Descartes fue censurado por Roma y por los protestantes Países Bajos.
80 “Los dominicos se interesaron en la misma realidad del mundo, y pudieron convertirse en buenos científicos de la naturaleza, aunque con unas anteojeras interesadas, que conducían siempre a integrar la fe y la razón” (Capel 1985, p. 14); en cambio, los agustinos y los franciscanos hacían más hincapié en la contemplación de Dios a través del mundo y renunciaban a explicar la divinidad mediante la razón, lo que, a su vez, estimulaba más a investigar ya que no sentían la obligación de justificar a cada paso la fe ante la razón o al revés (“el gran libro de la revelación divina, es decir, las Escrituras, podía ser contemplado por otro visible, el de la naturaleza”, Capel 1987, p. 180). Al final, en esta pugna –con la posición favorable de los jesuitas–, por desgracia, ganó la vía aristotélico-tomista (o sea, la escolástica) y con más o menos ganas todas las órdenes la aceptaron, y las universidades formaban así a sus alumnos, incluso en las materias científicas. Todo ello, en Europa, hasta el siglo XVII; en España, el problema se alargó un siglo más (véase Capel 1985, pp. 14-27).
81 Capel 1985, p. 27.
82 Podíamos extendernos en consideraciones que derivan de lo dicho anotando disquisiciones que ahora nos parecen bizantinas como si, después del diluvio, lo que sucedió en realidad fue una segunda creación o si la imperfección de la misma corteza sucedió o no a causa del pecado original, así como si todo se reguló por el azar... pero todo esto excedería las pretensiones de este trabajo. Para tener una idea de conjunto véase La Física Sagrada de Horacio Capel.
83 Bowles 1789, p. 87.
84 Extraído de Capel 1985, p. 196.
85 Cornide 1983, p. 104.
86 Clemente y Rubio 2002b, p. 401.
87 Clemente y Rubio 2002b, p. 544.
88 A causa incluso de que las luces no estaban instauradas en España, de que faltaba mucho para que se instalaran (con el paréntesis del Trienio Liberal) y con la experiencia acumulada, Simón de Rojas preparó un discurso sobre las gramíneas (Archivo del Real Jardín Botánico de Madrid (A.R.J.B.M.) I, 16, 4, 4), que no sabemos si llegó a pronunciar, donde encuadra su origen en el contexto de la Creación, del Génesis, dentro de un discurso ilustrado, o pretendidamente ilustrado –según se mire–, con los límites que la temperatura del termómetro político del momento marcara y en consecuencia del religioso. No está fechado el discurso, pero está redactado con mucha cautela, lo que apunto para subrayar lo acomodaticio que había que ser con las circunstancias si, a pesar de todo, se quería seguir adelante.
89 Clemente y Rubio 1807, p. 24.
90 Extraído del prólogo de Horacio Capel, en Clemente y Rubio 2002b, p. 20.
91 Capel 1985, p. 199.
92 Capel 1985, p. 207.
93 Sarraihl 1957, p. 413. Casi todo lo que se cuenta sobre el contexto científico y literario de la época está extraído de este libro (pp. 413-472) que es un trabajo muy completo y ameno (y de Peset, J. L. y A. Lafuente 1987 [pp. 347-394]); otras obras, como las de Francisco Aguilar Piñal, se han acercado a la época en este sentido. También Godoy nos cuenta en sus memorias, de forma exhaustiva, lo que se publicó bajo su influencia política, de lo cual se siente orgulloso. Y la mayor parte de lo relacionado con Gómez Ortega, Cavanilles y Zea ha sido extractado de González Bueno 2002a y 2002b.
94 Esta institución empezó a tomar cuerpo ya en el siglo XV. Salvando todas las distancias cumplía la función del Ministerio de Sanidad actual aunque las desavenencias entre sus dirigentes originó su declive y desaparición en 1822.
95 Puerto Sarmiento 1988, p. 72.
96 Puerto Sarmiento 1988, p. 83.
97 Recuerdo al respecto una conversación privada con el profesor José María López Piñero quien era de la opinión de que Cavanilles era un verdadero intrigante, tanto que pensaba que, de haber vivido más años, también habría relegado a Clemente a causa de cualquier diferencia científica. Evidentemente Cavanilles había llegado al Olimpo (según expresión de González Bueno) y la botánica en España y en sus dominios marchaba según su dictado. No pienso, sin embargo, que le hubiera sucedido eso al de Titaguas porque la relación entre los dos era muy buena y porque Clemente iba aprendiendo que había que acomodarse a las circunstancias si quería preservar su pasión por la ciencia, y manifestarse, en todo caso, en el momento propicio.
98 Gómez Ortega en 1783 aboga por el sistema de Tournefort y dos años más tarde por el de Linneo por una cuestión pedagógica ya que, explica, “el primero [el del francés] se considera de más fácil inteligencia para los principiantes, haciéndose el segundo muy recomendable para los más doctos” (extraído de González Bueno 2002b, pp. 52-53).
99 Cita extraída de Pizcueta 2004, p. 369, quien cita la página 553, t. II, de la Descripción de las plantas de Cavanilles; esta planta hoy se llama Angiopteris; la dedicatoria debió hacérsela en el verano de 1803, cuando Cavanilles pensaba que el de Titaguas había pasado a África (carta del 20-7-1803, cap. 3). Después de la nominación de esta planta en honor de Clemente, Cavanilles, en Anales de Ciencias Naturales de febrero de 1804, también dedica a su discípulo otro género con el apodo Clementea Cav., descripción cuyo destino será el Hortus Regis Matritensis (González Bueno 2002a, p. 329).
100 Sin embargo, no tengo constancia de que Clemente le dedicara ninguna planta a su maestro. Sí que dedicó, en cambio, nombres de algas a amigos como Francisco Flores, Antonio Cabrera, Juliano Heredia y Mariano Lagasca con su correspondiente razonamiento en latín (Clemente y Rubio 1807, pp. 312-315 respectivamente).
101 Cavanilles 1798. El tono del libro alcanza este nivel de crítica (Cavanilles intenta demostrar que una carta anónima recibida que cuestiona la validez de su trabajo es de Gómez Ortega):
“Suya es la costumbre continuada en todos los citados escritos de reprobar mis géneros voluntariamente sin exponer fundamento alguno. Suya y muy peculiar la manía de menospreciar como inútiles las observaciones botánicas sobre plantas secas contra el parecer y uso de todos los profesores” (p. 6).
El libro tiene su atractivo no sólo por la interesante polémica sino porque es exponente de que en España se hacía crítica científica en la Imprenta Real; quizás porque ese año (hasta el 15 de agosto) Jovellanos era el ministro de Gracia y Justicia.
102 Puerto Sarmiento 1992, p. 38.
103 Puerto Sarmiento 1992, p. 109.
104 Extraído de Puerto Sarmiento 1992, p. 305.
105 En el libro de Bowles aparece Titaguas, el pueblo de Clemente –y pueblos colindantes– con estas líneas:
“De Tuéjar en dos horas y media se va a Titaguas atravesando una sierra de cal, arena, pinos, enebro y romero. A una legua de este último lugar sobre el camino real me mostraron una mina de carbón de piedra, que yo juzgué luego que era de la misma naturaleza que las precedentes; pero como quisieron que la examinase, hice cavar, y hallé que el terreno se compone de capas alternativas de piedra arenisca, de madera bituminosa, de piritas, de arena mezclada con tierra [...]” (Bowles 1789, p. 99).
106 Entre los artículos que publicó Cavanilles hay uno sobre polvos vegetales contra la rabia de los perros que dio mucho que hablar.
107 Cita extraída de Izco et al. 1996, p. 15. Pourret había sido subdirector honorario del Jardín con Ortega, lo que también jugaría en su contra.
108 González Bueno 1996, p. 6.
109 Con la denominación del cargo ministerial de Cevallos pasa lo mismo que con Godoy –ejerció su ministerio tanto con Carlos IV como con Fernando VII hasta julio de 1816–, lo vemos como primer secretario del Despacho, como secretario del Despacho y del Estado, como secretario de Estado, como primer secretario de Estado, como subsecretario de Estado, como ministro de Estado y también como ministro de Fomento, incluso, tras la Guerra de la Independencia, podría considerársele como “de hecho primer ministro” (Maldonado Polo 2013, p. 107); con José I llegó a tener la cartera de Negocios Extranjeros. Se ocupó de la política exterior (en ocasiones más de derecho que de hecho) y de los asuntos relacionados con la ciencia y la cultura. En este caso u otros la denominación no debe presentar problemas.
110 González Bueno 2002a, p. 19.
111 “Multiplicó las clases sin necesidad; prefirió el número de los estambres a la inserción [...], recurrió al nombre vago de Nectario [...], apoyó su sistema en órganos tan menudos que no se pueden discernir sin microscopio” (extraído de González Bueno 2001, p. 61). Estas críticas hacen proponer a Cavanilles un nuevo sistema de clasificación artificial surgido de la reflexión sobre la metodología utilizada.
112 Extraído de González Bueno 2002b, p. 110.
113 También podrían nombrarse aquí a Vicente Soriano y Francisco Gil, igualmente alumnos de Cavanilles pero no trabajaron con él.
114 Expresión de Sigrist et al. 7-12-2011 (en general, sobre el tema, véase este trabajo).
115 Pizcueta 2004, pp. 327-372.
116 Extraído de González Bueno 2002a, p. 361.
117 Clemente fue discípulo suyo. Proust también ejerció su especialidad en Segovia, lo que cito para que se vea que el trabajo del Gabinete no sólo se limitaba a Madrid.
118 El decreto de septiembre de 1799 que fundó la revista dice lo siguiente:
“Deseando el Rey, a ejemplo de otras naciones cultas, se publique en sus estados un periódico que no sólo presente a los nacionales los descubrimientos hechos y que vayan haciendo los extranjeros, sino también los que sucesivamente se hacen en España en la Mineralogía, Química, Botánica y otras ramas de Historia Natural, ha resuelto S.M. confiar a D. Christino Herrgen, D. Luis Proust, D. Domingo Fernández y D. Antonio José Cavanilles la redacción de esta importante obra, que se imprimirá en su Real Imprenta bajo el nombre de Anales de Historia Natural” (extraído de Barreiro 1992, p. 112).
119 El Kalendario manual y guía de forasteros se publicaba anualmente en muchas ciudades, contenía los datos normales de un calendario y otros datos útiles para el que llegaba de fuera (instituciones, establecimientos, parroquias y las personas que trabajaban en esos lugares). Había ejemplares lujosos con retratos de los reyes, planos de la ciudad... que son un antecedente de las guías turísticas actuales. Y a propósito de Cevallos con respecto al Jardín, su nombre aparece como protector en la Guía de forasteros de 1807 y 1808.
120 Efectivamente, en la Guía de forasteros de 1816 Manuel Castor González aparece junto a Clemente en el epígrafe de Bibliotecarios aunque el primero del Real Museo de Ciencias Naturales y el segundo del Botánico, en cambio, en los distintos apartados no hay distinción de establecimientos.
121 Esta cita y la anterior en Armada et al. 2005, p. 29.
122 Sin embargo todavía en 1826 –concretamente del 14 de julio– hay un borrador de un oficio de Clemente (A.R.J.B.M. I, 37, 1, 7), presidente de la Junta Económica del Jardín Botánico de Madrid, a la Junta de Protección sobre los fondos que la Junta de Farmacia debe aportar al establecimiento botánico, y en acta de la Junta Económica del Jardín de 16 de marzo de 1827 consta que se había cobrado la mesada de febrero de ese año (A.R.J.B.M. I, 38, 1, f. 252), o sea, Farmacia en 1827 aún no estaba del todo desvinculada del Jardín.
123 Cartañà 2005, p. 24.
124 Cartañà 2005, p. 25.
125 La manera de enseñar a los trabajadores iletrados y a los hacendados fue avalada por Jovellanos en su Informe sobre la ley agraria de 1795. Aprovecho el haber nombrado al ilustrado asturiano, incluso saliéndome del tema, pues no es usual que Simón de Rojas haga referencia a él, sin embargo, en Clemente y Rubio (2006a, p. 72) lo nombra en un pie de página refiriéndose a una clase de ave donde apunta un escueto: “De la antigua cetrería, citado por Jovellanos”.
126 De este atraso se hace eco Bowles quien llega a escribir: “No sé que hasta ahora se haya explicado ningún libro fundamental de química” (Bowles 1789, p. 43).
127 Sarraihl 1957, p. 449 (Humboldt tenía una consideración parecida, p. 450). También Bowles en la dedicatoria de su libro así como en la página 227 elogia a Carlos III.
128 Esta cita y la anterior en González Bueno 2002b, p. 132.
129 Extraído de González Bueno 2002b, p. 134.
130 Cartañà 2005, pp. 37-38. El plan de enseñanza del centro iba, pues, en la línea que el mismo Clemente apunta en el Ensayo al decir que “me resolví a emprender una obra que aunque imperfecta no dejaría de contribuir al adelantamiento de tan precioso ramo de nuestra Agricultura y de justificar la ciencia que profeso en el tribunal de la opinión” (Clemente y Rubio 1807, p. XII). Antes había calificado a los botánicos de inútiles por no atender a estas demandas de la gente de priorizar el estudio de la producción y rendimiento de las especies alimenticias.
131 Estos establecimientos debían estar en capitales de provincia. Sanlúcar tuvo ese rango el 1 de enero de 1805, quizás para poder erigir el jardín en esa población. La Real Orden que dio el visto bueno al proyecto en la ciudad andaluza es de 20 de noviembre de ese año (la aprobación definitiva será de 3-5-1806) y la de los otros veinticuatro centros el 18 de diciembre siguiente; la razón de esta anticipación en Sanlúcar es que para Godoy fue un “primer ensayo que yo hice de esta suerte de establecimiento” (cita extraída de Pascual Hernández [coord.] 2008, p. 183).
132 Después, entre 1815 y 1824, desempeña ese cometido Antonio Sandalio Arias, consolidando los estudios de enseñanza de la agricultura.
133 En 1820 partió para Londres con poderes para negociar contrataciones de técnicos en materia de historia natural para enviarlos a Colombia (como ya había pensado hacer en 1802), algo que realizó en París, mientras que el empréstito lo obtuvo en Londres (o los empréstitos pues tuvo éxito dos veces). También intentó crear un plan para la reconciliación entre España y Colombia que fracasó. Para detener la guerra estuvo en Madrid e intentó un acuerdo para lograr la independencia de su país que tampoco fructificó. En fin, desde Colombia se le fue despojando de los poderes que tenía hasta que en octubre de 1822 se le ordenó la vuelta al país para que diera cuenta sobre la política y lo hecho en materia financiera, orden que no llegó a conocer pues murió el 22 de noviembre a los 52 años. Hasta el final siguió con la idea del compromiso con Colombia y la explotación económica de sus riquezas naturales. Es conveniente añadir que fue miembro honorario extranjero de la Sociedad Linneana de París y que en el Proceso Verbal del día 28 de diciembre de 1822, el presidente de la misma, M. le Comte de Lacepède –al igual que hizo con otros fallecidos miembros de la Sociedad– le dedicó estas palabras: “Zea que tous les botanistes regardaient comme leur compatriote, et que réclamait la gloire d’une République naissante, destinée à faire briller d’un grand éclat les rives de l’Orénoque et les monts élevés de l’Amérique équinoxiale” (Mémoires de la Société Linéenne de Paris [t. 2] 1823, p. III) [Zea a quien todos los botánicos tenían como a su compatriota, y que reclamaba la gloria de una República naciente, destinada a hacer brillar con un gran resplandor las orillas del Orinoco y los montes elevados de la América equinoccial].
Es evidente que Zea, en sus periplos parisinos, hablaba mucho de política, quizás más que de plantas, no es, pues, raro que se le considere más político que botánico, y a las palabras de Lacepède me remito.
134 Extraído de Sarraihl 1957, p. 468.
135 Sarraihl 1957, p. 472.
136 Cadalso 1970, p. 155.
137 Clemente y Rubio 2002b, p. 34.
CAPÍTULO 2
EL PERIODO DE FORMACIÓN DE SIMÓN DE ROJAS
Para demostrar el efecto de la formación recibida por Simón de Rojas vamos a entrar en su autobiografía que abarca hasta 1819, y a lo corregido y ampliado por su amigo Mariano Lagasca (1776-1839), aragonés de Encinacorba (Zaragoza), quien al ver sus memorias publicadas en la Gaceta de Madrid aseguró que éstas estaban manipuladas, y completó o puntualizó los párrafos que consideraba falsos; en realidad hubo amputaciones del texto pues la letra de lo publicado en el periódico madrileño es del propio Clemente1. Esta manipulación se produce en el terreno ideológico, como es natural, lo que no sucede en el científico.
Asimismo vamos a considerar su infancia y juventud con los datos que tenemos, que no son muchos. En este apartado, pues, va a ser primordial el periodo de formación y algunos aspectos pertinentes para la vida del biografiado, subrayando que lo escrito en el subtítulo del capítulo anterior, 1.3.1. (La Universidad española a fines del siglo XVIII), interesa para entender mejor su periodo estudiantil en la Universidad de Valencia.
2.1. INFANCIA Y JUVENTUD DE SIMÓN DE ROJAS CLEMENTE EN EL CONTEXTO DE LA ILUSTRACIÓN
2.1.1. Estudios en Segorbe y Valencia (1787-1799)
La partida de nacimiento de Simón de Rojas no está en el Archivo de la parroquia de Titaguas por haber desaparecido el libro correspondiente de la casa abadía. Su contenido lo sabemos porque está transcrita en diversos estudios, entre otros en la edición ilustrada de 1879 del libro Ensayo sobre las variedades de la vid común que vegetan en Andalucía. Dice así:
En el día veintiocho de setiembre de mil setecientos setenta y siete: Yo, el doctor Alberto Castañer, presbítero, rector de esta iglesia parroquial de la villa de Titaguas, bauticé solemnemente y según el rito de Nuestra Madre Iglesia Católica Romana a Simón de Roxas, Cosme y Damián, hijo de Joaquín Clemente y Juliana Rubio, consortes; nieto por parte de padre de José Clemente y Teresa Collado, consortes; y por la de madre de Antonio Rubio y Josefa Polo, consortes; naturales todos de esta villa; nació a las ocho de la noche del día veintisiete de los mismos. Fueron padrinos Juan Clemente y Josefa López, a quienes expliqué la obligación que contrajeron y la cognación espiritual con el bautizado y sus padres. En fe de lo cual lo firmo.- Dr. Alberto Castañer, presbítero rector2.
Sin embargo sí que existe en el archivo parroquial del pueblo en la nota manual de bautizados de 1777 del Libro Racional la referencia a su bautismo que es un compendio del acta3. Su infancia y juventud pueden conocerse a través de su autobiografía y de otras fuentes de información. Simón de Rojas escribe en sus memorias sobre sus principios:
Vi la primera luz el 27 de setiembre de 1777, en Titaguas, pequeña y moderna villa del partido de Chelva, provincia de Valencia. Apenas empecé a andar, me enviaron mis padres a una escuela, cuyo cruel maestro me arredró tanto, que me escondía de su presencia, rehusando con tal tesón aprender, a pesar de los esfuerzos de mi padre, que llegué a nueve años sin conocer un signo del alfabeto. Tal sería hoy probablemente el grado de mi cultura, si la villa no hubiese despedido al inexorable vapuleador. Entregóme mi padre a otro maestro muy honrado y de suave carácter; y fue tanta la afición que tomé al estudio, que para evitar el exceso de mi aplicación, hubo de emplear mayores conatos de los que se habían usado para que asistiese a la escuela del primero4.
Es importante ver que cuando escribe esto –ya de mayor– rememora su niñez de esta manera, y cómo basa su educación y su vida en el devenir pedagógico de su tierna infancia. Ensalza lo que hoy llamaríamos la pedagogía moderna: la educación y la enseñanza ha de ejercerse con amor y con cariño, con mucho diálogo y sin violencia; el refrán “la letra con sangre entra” vemos que no está en la filosofía de Simón de Rojas sino que la afición al estudio implica el “suave carácter”. Esta premisa no es exclusivamente ilustrada, ya en los siglos anteriores era reivindicada por la clase culta y tiene también una tradición clásica que no debemos olvidar, pero ahora toma cuerpo de la misma manera que se toma conciencia de que el cambio debía pasar necesariamente por la educación, y tampoco debe extrañarnos que con el tiempo Clemente formara parte del Instituto Pestalozzi (funcionó sólo desde el 4 de noviembre de 1806 al 13 de enero de 1808) que iba en esa dirección pedagógica.
El texto que se ha citado antes se refiere a la educación primaria de Clemente. Lo primero que llama la atención es que en Titaguas había escuela, y es raro e importante esta circunstancia por cuanto era poco normal encontrar escuelas en el medio rural y más (como en el caso que nos ocupa) si esa población se encontraba lejos de la ciudad (los 90 km. que distaba de Valencia en ese momento, y con muy mala carretera, era una enormidad). También es importante señalar que la primera medida de obligatoriedad de la enseñanza en España data de 1781, algo que no se cumplió ni mucho menos; en todo caso sólo en las ciudades e ínfimamente5. Lo cierto es que en ese año aparece el Arte de escribir por reglas y sin muestras que era opuesto al método tradicional de enseñanza y de los castigos. Y es significativo cómo Simón de Rojas apunta el hecho de que el pueblo despidió al tal maestro por vapuleador.
Tampoco seguía las pautas más modernas otro maestro que había años más tarde. En la Historia civil, natural y eclesiástica de Titaguas que se empezó a escribir en 1812 se alude a él de forma crítica:
Ejemplo bárbaro de sencillez y avaricia: el maestro de primeras letras D. José Martín, tendero al mismo tiempo, no contento de traficar con el papel, libros, pautas y plumas que necesitan los pobrecitos muchachos, les impuso pena de proveerse de otra parte de estos artículos, pero no como quiera, sino que la ha ejecutado con sus brutales manos cargando de azotes a algunos por haber llevado cartillas traídas por sus padres de Valencia. ¡Auri sacra fames...! [¡La sed execrable del oro!]6.
Puede, pues, apreciarse que en el pueblo del biografiado se tenía por lo menos constancia de que corrían nuevos tiempos y, sobre todo, nuestro personaje se muestra verdaderamente crítico con determinadas conductas y asimismo alaba las suaves y pacíficas; estas conductas no eran bien vistas por muchos maestros quienes apostaban más bien por la tradición. Desde el punto de vista de la época basta decir que nuestro biografiado aprendió en la educación primaria normas de conducta moral o social, leer, escribir y contar, así como alguna enseñanza práctica para entrar en el mundo del trabajo. Naturalmente no todo el mundo en edad escolar iría a escuela –entonces la escolarización total era una utopía– pero Simón de Rojas sí que asistió con regularidad en su época infantil.
La enseñanza secundaria la pasó en Segorbe (diócesis a la que pertenecía Titaguas), circunstancia que cuenta con cierto detenimiento:
Quería mi padre aplicarme a la labor, y que mi hermano siguiese la Iglesia; pero como éste no quisiese dejar sus hogares, recibí yo la invitación con indecible gozo, y me enviaron a Segorbe a estudiar latinidad de 10 años, para seguir una carrera llena de afanes, riesgos y luchas peligrosas, de que no hablaré; ni de las enfermedades que me pusieron muchas veces al borde del sepulcro, por haber debilitado mi robustísima constitución con el afán de ver y saber, en que vivía contento; pues lo que entienden comúnmente por felicidad en el mundo consiste lisa y llanamente en que uno se la crea. En Segorbe me enseñó el excelente y malogrado profesor Cister la sintaxis, retórica y poética latina y castellana7.
Sabemos, pues, que el camino que tomó en la vida lo fue porque un hermano no quería estudiar para ser cura, profesión apetecida por los padres cuando había más de un niño varón8; el elegido en este caso debió ser Pedro Joaquín Antonio9, pero al no tener la vocación necesaria ni ganas de abandonar el hogar familiar y siendo más dotado Simón de Rojas para el estudio, el maestro del pueblo –y otras personas– también aconsejó que fuera éste el que partiera para el seminario10, por ello el ofrecimiento para el estudio de sacerdote le pareció en principio muy bueno pues ello significaba saber, saber latín sobre todo11. Porque Simón de Rojas fue un enamorado del latín, y del griego y hebreo. Al respecto dice en su autobiografía que, a pesar de que sus padres querían que se ordenara sacerdote, él estudiaba para ello por no disgustarles pero
distrayéndome con los autores del siglo de Augusto y con un poco de música; todo a hurtadillas y cercenando para ello algún dinerillo de mi alimento. Las lenguas griega y hebrea me parecían un paraíso comparadas con los más severos estudios; y en la segunda fueron muy aplaudidos mis progresos.
La afición a la cultura de nuestro personaje es manifiesta. El latín era, además, una lengua muy utilizada por los ilustrados lo que no era contradicción para defender lo autóctono o vernáculo (también existía la Academia Latina Matritense formada por preceptores de latín, imitada en otras ciudades españolas). Simón de Rojas seguía, pues, el camino más directo que se le ofrecía en aquellos años para ilustrarse –paralelamente al movimiento oficial de la Ilustración– gracias a que había escuela en el pueblo, a su espíritu ilustrado, al interés de sus padres que pusieron el esmero necesario para la educación del hijo (aunque no por el camino que él deseaba)... Y gracias a todo ello estamos hablando de un Clemente ilustrado.
Antes de la latinidad, Clemente tiene otras aficiones muy propias de la época y que va a continuar más tarde y quizás que le van a marcar en sentido positivo. Transcribo la siguiente nota de su autobiografía referida a su infancia pero extensible al resto de su vida y estudios donde afirma:
Sentíame yo irresistiblemente llamado a la contemplación de la naturaleza, que era la más permanente de mis pasiones, y desde mi infancia, antes de entrar en la latinidad, concebí y comencé a realizar el quimérico proyecto de reunir los nombres de todos los seres existentes12.
Vamos demostrando la implicación del personaje en la corriente apuntada y es importante reincidir en que si la infancia es la patria de cada cual (como diría Miguel de Unamuno) la patria de Simón de Rojas también es la cultura en general, incluyendo, evidentemente, ciencias y letras en este concepto.
Sabemos sus quehaceres en el pueblo durante las vacaciones del seminario. Un descendiente de la familia, D. Pedro Herrero Sebastián –resobrino de Clemente–, escribió las siguientes notas manuscritas sobre la actividad del biografiado:
El joven seminarista estaba siempre en constante actividad –lo estuvo desde muy niño–; ayudaba a su padre en tareas agrícolas, especialmente en la recolección de mieses y vendimias, pese a la oposición de sus padres y hermanos, que le adoraban, tanto por su conducta y carácter, como por el éxito en sus estudios, que les llenaba de gran satisfacción y orgullo.
Era frecuente verle muy de mañana con sus libros por el camino de la ermita del Remedio, el Hondón, la Fuente del Pino y barranco del Hornillo; visitaba casi a diario el huerto de la fuente, a la salida del pueblo, donde pasaba largos ratos entretenido, muy alegremente, en el cuidado de plantas y árboles frutales que él mismo regaba con el agua de la fuente, a la parte baja del pueblo.
En estas excursiones o paseos recogía plantas, flores, insectos y minerales, que constituían para él una obsesión y contemplaba gozosamente, si bien, en alguna ocasión, tuvo que aguantar la regañina amorosa de su madre por ocuparle espacios de la vivienda, no muy espaciosa de la calle de la Tajadera, donde vivían13.
D. Pedro Herrero Sebastián nos confirma lo escrito en la autobiografía y además nos da pelos y señales de cómo el joven Clemente ocupaba su tiempo, durante las vacaciones, en Titaguas. Sin duda era una ocupación del que quiere saber, del naturalista y hasta del filósofo, inquietudes éstas muy propias del que ansía ser ilustrado, pero teniendo en cuenta también que esta forma de actuar es privativa de todas las épocas, no sólo de la época de la Ilustración.
Acabo de nombrar sus aficiones en el estudio desde la infancia –estudios primarios– y primera juventud –estudios secundarios–. La vida universitaria, aunque empezaba más o menos a los 15 años, en Simón de Rojas fue a los 1414 según nos cuenta él mismo: “En 1791 empecé la filosofía en Valencia con el doctor Galiano [Galiana], y obtuve por oposición el grado de maestro en artes de premio, con que recompensa la Universidad al más sobresaliente de los que concluyen los cursos filosóficos”15. Lo cual significa que estudió durante tres años filosofía (así viene expresado en su currículum, que veremos más adelante), es decir, estudió dos años para obtener el título de Bachiller en Filosofía, hasta 1793, que complementó con el de Maestro en Artes con un curso más, siendo además el mejor alumno por lo que se ahorró el pago del año escolar que era la recompensa que se daba en estos casos16, pero este aspecto conviene completarlo con la siguiente información de La Agricultura Valenciana: “Desde el primer día que este experimentado profesor oyó la voz de tal discípulo, quedó extraordinariamente prendado” y la razón era que había comenzado el curso más tarde, sin embargo “preguntado por su catedrático dio razón de todo lo que había estudiado por sí y sin oír la explicación”17 de una manera clara, por lo cual el profesor formó de él “un pronóstico de su genio extraordinario y singular”18.
He citado antes la afición de Clemente por las lenguas (por la griega y la hebrea en concreto), pues bien, en 1794, a los 17 años “pronunció una conferencia sobre la lengua hebrea, ante la Academia Valenciana, que fue impresa por la misma Academia; el acto estuvo presidido por don Francisco Orchell y Ferrer, profundo conocedor del idioma y catedrático de hebreo por la Universidad de Valencia”19. Es de suponer que era una sabatina20.
Pero la Ilustración no era precisamente el objetivo de los padres del futuro botánico, quienes habían enviado a su vástago a Segorbe para que fuera sacerdote y sólo para eso (aunque él, como hemos visto, “a hurtadillas” hacía otras cosas): “Mis padres apartaban de mí con artes increíbles cuanto me pudiese separar del estado eclesiástico, que yo repugnaba; mas por no disgustarles, me avine a estudiar teología, en que empleé tres años”21. Dos generaciones chocan: una la de los padres, otra la del hijo, o mejor, dos concepciones de ver la vida: una la tradicional, la del sacerdocio, bien mirado en el pueblo –Titaguas era un pueblo muy católico– y en la familia; era un oficio cómodo, sobre todo si se disfrutaba de un beneficio, y daba prestigio. Es la posición que ha prevalecido en el ámbito rural hasta hace no muchos años. Tampoco es que esta posición pueda considerarse anti-ilustrada como principio; la Ilustración, además, era un movimiento urbano, por lo menos fundamentalmente. Simón de Rojas lo sabe y lo comprende, por eso no se enfrenta a sus progenitores, antes bien, los respeta y les obedece. No obstante, debió de haber fricciones entre ellos sobre el futuro del hijo, lo cual es normal, sucede ahora y seguirá sucediendo. En el apartado biográfico a la edición ilustrada de 1879 se consigna esta circunstancia:
Deseando los padres que la voluntad del hijo se identificara con los propósitos que ellos acariciaban, solían interrogarle sobre su verdadera vocación, y cuando más expansivo estuvo respecto de este punto, dijo: “El estado que yo deba elegir, debe dejarse enteramente a mi albedrío si en esa parte no quieren ustedes cargar sus conciencias y la mía. Mi vocación es la de saber, ser libre y hombre de bien”. Siguió, sin embargo, tres años la carrera eclesiástica, haciendo compatibles estos estudios con los de su inclinación predilecta22.
Este es un texto bastante elocuente del espíritu ilustrado que abrigaba el joven Clemente. Palabras como albedrío, saber, libre, hombre de bien, son propias de la Ilustración, y pronunciadas hacia el fin del siglo XVIII y de esa forma tan contundente indican no sólo un cambio generacional sino, sobre todo, cultural muy importante.
La concepción que Simón de Rojas tenía de su padre, Joaquín Clemente, no era precisamente la más halagüeña; en la historia de Titaguas compara a su abuelo paterno23, a quien admira más, y a su padre, de quien opina que “había heredado el espíritu emprendedor de sus mayores, y su viveza y genio, pero sin la fuerza de reflexión y gusto que distinguió al José Clemente Ródenas”24. Y Simón de Rojas no se enfrenta a sus padres y aunque llegó a estudiar Teología a fondo por una especie de amor propio ya que, al no estar motivado para ello, su nivel no era el que se esperaba de él (tampoco querría defraudar a los padres), al final se sale con la suya. A ello alude él mismo:
Casi decidido a ordenarme, aspiré a una beca de S. Pío V, que afortunadamente no me dieron; pero logré el grado de doctor de premio, con que ahorré los gastos a mi padre, que enajenado de contento, me permitió invertirlos en venir a Madrid a hacer oposición a la cátedra de hebreo, aunque no dejó de recelar, que podría ser ésta una disimulada fuga de la profesión eclesiástica en que debía entrar muy pronto25.
Sólo la presión de los padres lo sujeta, pues, al proyecto de ordenarse sacerdote, que pensaba realizar en el Colegio Seminario de San Pío V de Valencia (hoy Museo de Bellas Artes San Pío V) donde recibiría las órdenes menores y después del arzobispo las mayores. De la presión pudo librarse gracias a no haber recibido la beca correspondiente a pesar de haber sido “propuesto el primero entre los del primer lugar al muy Reverendo Arzobispo”26 a una de las becas, seguramente porque habría otros condicionantes, como el poder adquisitivo de los candidatos. También coadyuvó a esa circunstancia el grado de doctor de premio en Teología, el consiguiente ahorro a su padre en el pago de los gastos pertinente y, a su vez, su consiguiente partida a Madrid a opositar a la cátedra de hebreo. En el fondo su progenitor también estaría orgulloso de su hijo por haber obtenido ese premio.
Bien es verdad que los grados como premio a una puntuación alta eran de un mérito relativo, tanto que se intentó reformar esta calificación que era más difícil de conseguir en una Universidad de prestigio que en otra de menor categoría. Al final hubo consenso gubernamental en unificar criterios con lo que se prestigió este premio, pero la presión de la Iglesia hizo que las instituciones religiosas también lo pudieran otorgar, con lo que, de hecho, suponía que podían impartir enseñanzas universitarias al tiempo que eran un freno a las reformas ilustradas. De todas formas Simón de Rojas recibió tres premios de grado (también recibió el de Bachiller en Teología) de la Universidad así como otros grados y recompensas que aparecen en su currículum, por lo que sus méritos en estudios superiores fueron bien ganados.
Con lo expuesto vemos que Simón de Rojas ha seguido el proceso general educativo de los seminarios españoles: “La mayor parte limitaba su enseñanza a cuatro años de Gramática Latina [la Latinidad], más algunos cursos de Teología moral y dogmática. Cuando tenían proporción para ello, los seminaristas acudían a cursos de Filosofía y Teología”27.
Simón de Rojas estudió Filosofía y Teología en la Universidad de Valencia28 y, tras su marcha a Madrid, su quehacer y estudio en diversos ramos de la cultura y la ciencia es imparable, ya sin trabas. Y abandona la carrera eclesiástica y se queda en Madrid.
Vayamos a la carta escrita el 6 de agosto de 1799 que envía a sus padres desde la capital de España al día siguiente de llegar:
Mi muy estimados padres: Llegué a ésta ayer mañana lunes habiendo tenido un viaje muy bueno, sin calor, frío, hambre, sed, ni otros inconvenientes algunos, el arriero que me llevó se portó muy bien, me llevó 5 duros del porte y tres del gasto que hice en su casa y en el viaje por lo que me quedaron unos diez duros que se necesitan para algún libro y algún gastillo indispensable y así será menester algún dinero más, especialmente alargándose mi mansión en ésta por no comenzarse las oposiciones el día 18 de éste y lo despacio que después irán según me ha dicho el director con quien he estado hablando esta mañana [...]
Su hijo Q. S. M. B. [Que sus manos besa] Simón de Rojas Clemente29.
Es de destacar el ambiente familiar y humano que en ella se respira, denota cómo está su economía detallando todo como hace cualquier estudiante de familia pobre. La parte no transcrita de la carta habla de la idea de que no va a suspender y si sucediera esto “entraría sin duda en el colegio de [S]an Pío V.” (pagando), con lo cual quiere tranquilizar a su padre y cumplir el pacto que tendrían de volver a la profesión eclesiástica si suspendía. También habla la carta de lo bien que lo trata su primo Miguel30 y otras vicisitudes, a destacar la circunstancia de que podía haber ido gratis con un amigo “pero me hubiese expuesto a llegar tarde”..., en fin, la vida del estudiante al que no le sobra el dinero y que se expresa con la ternura del que está lejos y tiene que contar todo.
Sin embargo no obtuvo la cátedra de hebreo pues “concurrió a este certamen el sabio D. Francisco Orchell a cuyo gran mérito se hizo justicia”31. Es el momento de incluir un comentario a las oposiciones tal como se desarrollaron pues afortunadamente tenemos todo un dossier de esta prueba en el Archivo General de la Universidad Complutense de Madrid (AGUC), D-452 sin paginar –aunque tiene 35 páginas–32.
2.1.2. La oposición a la cátedra de hebreo
El desarrollo de la oposición fue como sigue. La primera página del expediente se compone del protocolo pertinente (en esencia que todo está en orden y debe admitírsele a la oposición a la cátedra de Lengua Hebrea)33. Después aparece el nombre de los tres jueces de la oposición (D. Juan Antonio Pastor y D. Estanislao Lugo) y del secretario del tribunal (D. Casimiro Flórez Canseco).
Las páginas siguientes son la petición hecha por Clemente para que su primo Miguel Jerónimo Collado, vecino de Madrid, fuera su apoderado para los trámites burocráticos necesarios. Se compone de la petición en sí firmada por el propio Clemente en Valencia el 13 de julio de 179934 donde se compromete a seguir las normas establecidas por los Reales Estudios de San Isidro de Madrid35. Esta petición está refrendada (compulsada diríamos ahora) por un escribano real por lo cual otros escribanos reales –se supone que de mayor rango– legalizan todo (estos refrendos datan del mismo día e igualmente desde Valencia)36. El siguiente papel está firmado por Miguel Collado ya en Madrid el cual firma la súplica de ser admitido en el concurso oposición el 16 de julio de 1799. (Sorprende que sólo hayan pasado tres días entre los documentos de Valencia y los de Madrid37.) Al margen de este último documento aparece: “Admítesele en la forma acostumbrada”38.
Lo que nos aparece en el expediente a partir de aquí ya es el primer ejercicio de la oposición como tal. Fechado el 30 de septiembre ante los testigos que se citan al margen aparecen los tres “puntos” (temas) que él mismo sacó en suerte, de los cuales él mismo eligió el segundo (De causis, quae in punctorum hebraeorum mutatione sunt observandae) [Sobre las causas que en el cambio de la puntuación hebrea están siendo observadas]. También “para la traducción de 30 versos de la Biblia ha sorteado tres puntos” eligiendo del punto 1.º el capítulo 9 de Job, “e inmediatamente fue conducido por D. Joseph Ascorta, conserje de los mismos Estudios al cuarto destinado para formar su disertación en el término de 24 horas encerrado en él con solo el auxilio del escribiente, y de los libros que pidiese, y lo rubrico”.
La cantidad de horas que dura la encerrona39 ya fue fijada por una Orden Real de 19 de enero de 1770; otras disposiciones también son del mismo año40. En fin, nuestro biografiado salió de allí al día siguiente (1 de octubre) a las 10 en punto, “el cual fue conducido por el mismo conserje desde el cuarto del encierro a esta secretaría, de que certifico”41. Un día más tarde, el 2 de octubre, fue el destinado a leer la disertación y la traducción que trabajó en la encerrona, y como siempre fue introducido en la sala por el conserje. Con respecto a la disertación De causis, quae in punctorum hebraeorum mutatione sunt observandae la “leyó en alta voz, aplicó sus fundamentos, y demás que contenía e inmediatamente los señores censores le hicieron sus réplicas sobre dicha disertación, y respondió a ellas, y a cada uno de los citados señores”.
El expediente incluye la disertación sobre las causas del cambio de la puntuación hebrea, consta de 23 páginas no muy copiosas escritas en latín por el escribiente. También poseemos en latín la traducción del hebreo a esta lengua de “los 30 versos que tradujo en las 24 horas de encierro del capítulo 9 de Job, todo lo cual se hizo en público, y sufrió las réplicas que tuvieron por conducente hacerles dichos señores, de que certifico”42 y que realizó oralmente; los 30 versos ocupan 3 páginas43.
Todavía sufrió otro examen Simón de Rojas, era el segundo ejercicio, donde debió traducir un tema entre tres (siempre de la Biblia), fue el 8 de octubre de 1799. Eligió el capítulo 29 de Isaías “en el que tradujo ocho versos, y respondió a las réplicas que le hicieron sus coopositores, D. Juan Francisco Pérez Cagigán y D. Nicolás [ilegible] Castrillón; de todo lo cual certifico”44. Que los coopositores pudieran interpelar a la competencia ha sido algo normal en las oposiciones a cátedras universitarias hasta fecha reciente, aunque pocas veces se ejercía este derecho.
Aquí acaba el expediente de oposiciones de Simón de Rojas. Y por una carpeta distinta a los expedientes pero de la misma signatura que trata del reglamento, edictos, censuras... sabemos que se presentaron seis candidatos para la plaza y que nuestro biografiado quedó empatado con Castrillón –ex aequo– en tercer lugar. Así consta en el acta del 14 de octubre de 1799: “En tercer lugar graduamos a D. Nicolás Mariano Castrillón [...] y a D. Simón de Roxas Clemente [...], y advertimos en ellos tal igualdad de instrucción que no hallamos razón ni motivo alguno para señalar superioridad ni preferencia entre los dos”. Ganó la cátedra el Dr. Orchell como ya sabemos quien había sido profesor del biografiado en Valencia, y en quinto y sexto lugar quedaron Cayetano Fernández y Juan Francisco Pérez. Puede haber una confusión con el puesto que ocupó el biografiado porque en su currículum afirma, escrito a mano, que “fue colocado en segundo lugar en la censura”45, seguramente quiso decir que los dos primeros sobresalían, después el segundo grupo era muy bueno (el del coopositor y el suyo formando ambos el segundo grupo) y los últimos “en bastante inferior grado”46.
Era pertinente detenernos en este expediente a todas luces curioso, sobre todo por la existencia del mismo y por ser el primer documento de relevancia que poseemos en orden cronológico sobre el biografiado. También porque nos hace conocer de forma práctica cómo se opositaba en la Universidad de la época.
2.2. SIMÓN DE ROJAS EN MADRID (1800-1802)
2.2.1. Contacto con la nueva realidad
Tras las oposiciones, Clemente se impone un trabajo y unos estudios. Y en Madrid, donde piensa quedarse; no lo duda. Una carta escrita a su padre el 8 de junio de 1800, después de haber sido superado en las oposiciones a la cátedra de hebreo, nos habla precisamente –aunque de forma lacónica– de la sustitución en esta asignatura (el padre ya está, pues, seguro de que sus recelos de que abandonaría la carrera eclesiástica se cumplieron). Dice así:
Mi muy querido padre: / No ocurriendo nada de particular ni de nuevo, digo que la sustitución del hebreo de nada me ha valido, sólo de algún mérito y de hacer ese favor al Dr. Orchell que es regular me lo agradezca dándome después algunos libros buenos, pues dinero no está bien que me lo dé ni que yo lo tome.
Las lenguas que he estudiado son árabe, griego y francés.
A la madre y Mariana [cuñada suya] que se mejoren del todo. Memorias a todos los demás y hasta el correo inmediato47.
En la carta vemos a un Simón de Rojas desapegado del dinero y amante del saber y de la cultura, pues en la sustitución al Dr. Orchell no busca el dinero precisamente sino “algunos libros buenos”, sí que busca, en cambio, saber (árabe, griego y francés). Él está en la Corte y los suyos en el pueblo y por este hecho, la información que llegara a los familiares debía ser muy valorada. Era su primer trabajo en la capital.
Gracias a su formación primera y a su disposición personal se atreverá a ir a Madrid y acometer empresas nada comunes. En su autobiografía dice:
Firmé también oposición en 1800 a las cátedras de lógica y ética del Seminario de Nobles48; en cuyos ejercicios logré sólo acreditar mi aplicación, en términos que se me confió en S. Isidro la sustitución de las tres cátedras a que había aspirado mientras asistía a las de griego y árabe. En este último idioma hice un alarde singular que desempeñé con aplauso. Abiertos en 1800 y 1801 los cursos de botánica, mineralogía y química, me precipité en ellos con la fuerza que van los graves a su centro, y contribuí con un tratadito sobre las criptógamas españolas. Entonces se desfogaba mi afición en el estudio de la naturaleza por las inmediaciones de Madrid y las alturas de Guadarrama, así en la canícula como en las escarchas del invierno, durmiendo donde quiera que me cogía la noche, lo que he hecho hasta el año 1817 semanas enteras en mis excursiones49.
Aparte de presentarse a la cátedra de hebreo se presentó también a las de lógica y ética, que tampoco obtuvo, pero que le mereció sustituciones de estas asignaturas (de forma interina). Y es impresionante leer que trabajara de ese modo; no es de extrañar, pues, que en 1817 tuviera problemas de salud, los cuales fueron aumentando. El alarde al que alude y el tratadito de criptógamas son, respectivamente, el Pequeño alarde de la Gramática y Poética arábiga que ofrece al examen y curiosidad pública en los Reales Estudios de Madrid Don Simón de Rojas Clemente, con asistencia de Don Miguel García Asensio, catedrático de Árabe-Erudito en ellos. En el día 16 de julio de 1801, a las 10 de la mañana que, como el mismo título indica, era una conferencia y a la vez prueba o examen donde se defendían conclusiones50 y la “Introducción a la criptogamia española” en colaboración con Mariano Lagasca y Donato García, en Anales de Ciencias Naturales, que fue publicada en 1802. Lo que nos cuenta en la carta y en su autobiografía es su nueva realidad.
2.2.2. Currículum de Simón de Rojas en 1802
Y ya que estamos en las primeras publicaciones del biografiado es pertinente citar su currículum en 1802 que se componía de las dos publicaciones que se acaban de nombrar (Pequeño alarde de la gramática y poética arábigas e “Introducción a la criptogamia española”) y otros méritos que, resumidos por el propio Clemente, eran a 14 de agosto de 1799 (cerca de cumplir los 22 años) los siguientes:
Diocesano de Segorbe. Estudió Retórica y Poesía. 8 años de estudios mayores en la Universidad de Valencia, a saber: 3 de Filosofia, y 5 de Teología, con arreglo al último Plan de Estudios de dicha Universidad. Una matrícula [curso] de Historia Eclesiástica, otra de Locis Theologicis [Pasajes Teológicos], dos de Escritura, y dos de Lengua Hebrea. Defendió conclusiones de Lógica y Ontología. Grados de Bachiller de Filosofía, y de Maestro en Artes con todos los honores. Oposición al grado de Premio, que anualmente concede la Universidad, y ganó el de Filosofía. Grados de Bachiller y de Doctor en Sagrada Teología con todos los honores. Oposición al grado de Premio en Teología, y también lo obtuvo. Defendió conclusiones de Lengua Hebrea. Asistió a las academias de este idioma. Acto público de esta lengua [...] para la candidatura de Hebreo, que le fue aprobado con general aplauso. Oposición a las becas del Colegio de San Pío V [...], mereciendo la mejor censura de todos los opositores, y ser propuesto el primero entre los del primer lugar para una de las dos becas, y algunos votos de seis vocales para la otra. Es sujeto pacífico y de loables costumbres51.
Hasta aquí impreso, es el currículum que presentó a la oposición a la cátedra de Lengua Hebrea. A mano anotó además lo que ya hemos visto sobre su puesto en la oposición a la cátedra de hebreo, así como su intento de obtener las cátedras de lógica y filosofía moral (ética) que cuenta en su autobiografía52; anota igualmente su asistencia a las clases de los idiomas árabe y griego53 y a las de botánica teórica y práctica “en el Real Jardín Botánico de esta Corte distinguiéndose notablemente entre sus condiscípulos”, e igualmente que “disfruta de un herbario de cuatro mil plantas cogidas y disecadas por su mano y examinadas prolijamente”. Todo ello lo anotó, como él mismo apunta, en 1801 añadiendo que “está en vísperas de dar un testimonio público de sus extraordinarios progresos en el idioma árabe”54, o sea, esos apuntes curriculares los incorporó poco antes del 16-7-1801 que es cuando dio el testimonio público sobre esa lengua; aún no había cumplido los 24 años. Y también “entiende los idiomas francés e italiano”55. Es evidente que Simón de Rojas en ese momento es un ilustrado, al menos vocacional.
El plan de estudios universitario vigente en la época de Clemente (el que alude en su currículum) es el realizado por el rector Vicente Blasco para la Universidad de Valencia en 1787 y aprobado por Carlos III, lo cual se hace constar en las actas de los títulos. Tenemos las actas de los exámenes de Bachiller en Filosofía, de Maestro en Artes, de Bachiller en Teología y de Doctor igualmente en Teología en la Universidad de Valencia del joven Simón de Rojas56, el grado superior al que podía aspirar en esta especialidad57. Los documentos nos proporcionan una valiosa información sobre estos títulos y la forma de acceder a ellos. No hace falta comentar el contenido de todas las actas nombradas para no extenderse demasiado, voy a resumir únicamente alguno de los puntos fundamentales de los dos últimos títulos nombrados con el fin de mostrar el fondo y la forma de estos exámenes; de los primeros señalo sólo la fecha de obtención del Bachiller en Filosofía que fue el 4 de junio de 1793 y el de Maestro en Artes el 8 de julio de 179458.
El grado de Bachiller en Teología está firmado el 12 de julio de 1799, en él aparecen los examinadores, la filiación del examinado, los años que había estudiado teología (por espacio de cuatro) y su disposición hacia estos estudios. El aspirante a bachiller tuvo que elegir un tema de tres sacados por él mismo a suerte que preparó durante veinticuatro horas, el cual lo expuso durante media hora con las interpelaciones posteriores pertinentes del tribunal examinador cuyas respuestas fueron satisfactorias. Por todo lo cual se le concedió el grado de Bachiller en Sagrada Teología; el examen de Simón de Rojas fue calificado de “benemerito, valde condigno et nemine discrepante” (benemérito, en gran manera digno de premio y sin discrepar nadie). Por ello mismo
en 18 de julio de 1799 se reunió el Muy Ilustre Claustro de Teología presidido por el Sr. Rector para votar el Grado de Premio que con arreglo al Plan de Estudios debía darse a los discípulos del Dr. D. Salvador Gómez que concluían el único curso de dicho año en virtud de las oposiciones que a este fin hicieron D. Simón de Roxas Clemente, D. Ramón García y D. Bernardo Fabuel y habiéndose votado en primer lugar que había mérito en los opositores, se adjudicó luego el premio a pluralidad de votos a D. Simón de Roxas Clemente quien tuvo tres votos, uno D. Ramón García y uno D. Bernardo Fabuel; por lo cual el Ilustre Claustro juzgó acreedores a estos dos últimos al accésit y a la gracia del grado de Bachiller que se confiere gratis por cada diez de paga [a Clemente]; y así lo resolvió y quiso59.
O sea, por cada diez estudiantes que pagaban uno era becado a condición de que el claustro entendiera que los candidatos eran acreedores al premio por sus buenas notas en los exámenes. Y ya vemos que nuestro biografiado ganó por votos la gratuidad de ese curso. No pagó, pues, el dinero de ese curso (“que se confiere gratis por cada diez de paga”) que, se entiende, se pagaba tras la realización del examen y el correspondiente aprobado como ya se ha apuntado en una nota.
El 25 de julio de 1799 tiene firmado el grado de Doctor en Sagrada Teología. Las dos pruebas (la de Bachiller y la de Doctor) presentan diferencias entre otras cosas porque en éste los doctorandos deben superar tres exámenes60. En el tercero hay similitudes con el de Bachiller pues también tuvo que elegir uno entre tres temas sacados por él mismo a suerte e igualmente la preparación fue de veinticuatro horas61, la exposición e interpelaciones pertinentes de este examen duraron una hora y las respuestas fueron igualmente satisfactorias. La calificación final es la misma que en Bachiller: extremadamente digno por unanimidad. Una cosa que llama la atención es que en el examen anterior se diga que Simón de Rojas estudió Sagrada Teología durante cuatro años y en el de doctor se asegure que lo hizo durante cinco años como era preceptivo según las normas de la Universidad de Valencia, siendo que entre un examen y otro no han pasado sino trece días, y todavía más, en páginas anteriores hemos visto que Clemente en su autobiografía habla de que estudió teología durante tres años. La única explicación que existe es que el plan universitario valenciano de 1787 posibilitaba a los estudiantes “que sin faltar a la obligación de su curso tengan lugar y talento para asistir a otra aula, y seguir su enseñanza con aprovechamiento podrán hacerlo y ganar al mismo tiempo dos matrículas, [...] la de su curso y otra matrícula de [...] Sagradas Escrituras”62. Con lo que hay que concluir que nuestro hombre, antes de llegar al examen de bachiller en un curso hizo dos, y también que en el último año de bachiller estudió y preparó igualmente los exámenes de doctor63.
Además de todo ello el de Titaguas afirma que
con los propios honores, precedidos los correspondientes actos y ejercicios, le fue conferido el grado de Doctor en dicha Sagrada Facultad en veinticinco del mismo mes de julio para el cual además hizo la oposición que previene el citado último Plan a los Premios que anualmente concede la expresada Universidad a los jóvenes más adelantados, y obtuvo el dicho grado de Doctor por Premio y remuneración de su aplicación y aprovechamiento64.
La oposición de la que habla era el trámite a la que “los jóvenes más adelantados” tenían derecho para obtener el grado de “Doctor por Premio”, el cual también obtuvo, ahora bien, no hubo ningún examen especial para obtener este premio que se concedía en los casos de “un grado mayor” al “primer graduado de su curso”65 que, entiendo, se daba al que mejor hubiera realizado el examen de ese grado mayor, y en los otros casos, tras la formación de una lista de aspirantes se confería “a pluralidad de votos”, después de las oposiciones realizadas al efecto, como consta en el caso del de Bachiller66. En el caso del doctorado, además, el premio se dirimió el mismo día que el título de doctor, razón añadida para pensar que no hubo ningún examen especial. Así aparece en el Archivo de la Universidad de Valencia: “En el mismo día [25 de julio de 1799] se confirió igual grado [grado mayor de Teología] al Bachiller Simón Roxas Clemente, fue de premio”67, o como explica Giralt i Raventós “atesos els seus mèrits li fou otorgat gratuïtament el grau de doctor”68, grado que comportaba un enorme gasto, de ahí la alegría del padre que estaba “enajenado de contento” como ya sabemos, al ahorrarse ese gasto cuyo título “se reducía a mera función académica, llena de pompa y colorido, tan costosa que sólo era accesible a una renta saneada”69, y la de los Clemente lo era70. Lo que está claro es que los padres de Simón de Rojas se ahorraron bastante dinero con los tres grados de premio que obtuvo (el de Maestro en Artes y los de Bachiller y Doctor en Teología).
Precisamente las actas de doctor se extienden en este apartado de citación de reconocimientos en que los honores (muy parecidos a los que consta en el título de Maestro en Artes), simbólicos algunos, y protocolarios, pero al fin y al cabo honores, que le dispensó el tribunal eran relativos al derecho a opositar a una cátedra71, a ser inscrito en el libro de los que sobresalen, a que se rubriquen sus méritos con el sello del anillo, a que le trasladen estos distintivos con el manto que usan los doctores de la facultad, a la imposición de la diadema doctoral en la cabeza, y por último se le da el beso de la paz con bendición en atención a sus merecimientos.
2.2.3. Las relaciones entre Clemente y Lagasca
Una de las nuevas realidades de Clemente tras la llegada a Madrid que va a marcar su vida definitiva y positivamente es el conocimiento del botánico Mariano Lagasca quien se encontraba exiliado en Londres a su muerte, tras la cual y en paralelo a la autobiografía de Clemente, inserta comentarios a estas memorias al principio y en notas a pie de página. Así, ya desde el segundo párrafo de la primera página valora esta amistad:
Unido con él desde el verano de 1800 por una estrecha amistad, que no pudieron romper, ni la ausencia, ni los esfuerzos repetidos de almas mezquinas, ni las amenazas de la vil adulación, ni las vicisitudes políticas que han agitado nuestra desgraciada patria desde aquella época, pudiera yo presentar original una noticia bastante circunstanciada de su vida [...] siendo tal nuestra mala fortuna, que ni hablar podemos la verdad, ni menos defendernos de las calumnias...72.
En la página siguiente apunta que la autobiografía de Clemente está tergiversada pues hay datos de su vida que “se omiten concernientes a sus opiniones y vida política” por lo que “se insertará aquí íntegra la noticia biográfica publicada [...] añadiendo la parte concerniente a su vida política en estos últimos años, ilustrando, corrigiendo o ampliando por medio de notas algunos pasajes que están indicados ligeramente u omitidos del todo”. El documento, pues, no tiene desperdicio y en cada uno de los capítulos irá apareciendo la corrección o puntualización que el aragonés haga de lo que se publicó en la Gaceta de Madrid.
Un pie de página que aparece más tarde es interesante por cuanto permite ver cómo se forma un ilustrado, al margen de la normativa, llámese Universidad, jardín botánico o cualquier otro centro oficial; también interesa porque esta gran amistad que hubo entre ellos llega a hacer que el aragonés ponga las cosas en su sitio a la muerte de su amigo, explicándonos muchos detalles que habrían pasado desaparecidos, dándonos las luces –como gustaba decir a ellos– de muchas incógnitas, entonando así la mejor de las laudatio, desde su exilio de Londres. Escribe Lagasca:
Yo tuve la fortuna de conocerlo en la clase de botánica, cuya enseñanza desempeñaba en 1800 D. Casimiro Gómez Ortega, a la cual concurría a pesar que yo había ya reconocido botánicamente una gran parte de España, poseía un herbario de unas 4.000 plantas españolas o connaturalizadas en la península y había comunicado una porción al célebre D. Antonio José Cavanilles, y entre ellas dos especies nuevas de gramíneas que él publicó en el tomo 6 de sus Icones. Se me aficionó Clemente de resultas de una sabatina que le encargó Ortega, en la cual objeté muchos reparos a la doctrina establecida en su curso elemental, que el tierno discípulo no pudo resolver, y el maestro tuvo que confesar eran demasiados fundados73.
Se conocieron, pues, en las clases de Gómez Ortega y a causa de una exposición que Clemente no supo explicar bien, Lagasca (con un currículum personal botánico importante ya) intervino a favor del “tierno discípulo” y en contra del profesor a quien objetó que su método no era el adecuado para poder aprender, lo que el mismo maestro tuvo que reconocer. Esa intervención de Lagasca sirvió de impacto para encender la chispa de la futura amistad entre los dos. Volveremos al principio de esta amistad, pero antes veamos cómo Eduardo Reyes Prósper en su libro Dos noticias históricas del inmortal botánico y sacerdote hispano valentino Antonio José Cavanilles explica este incidente:
Desarrollaba el entonces alumno Simón de Rojas Clemente, una conferencia que le encargara el profesor, cuando el intrépido aragonés le hizo públicamente observaciones, exponiendo la errónea y anticuada marcha, que seguía en el curso Gómez Ortega, dejando al auditorio maravillado de su suficiencia y erudición.
También incide en que ése fue el revulsivo de una amistad que ya no iban a perder nunca, y “dotados ambos de ideas levantadas y sentimientos nobilísimos, se compenetraron en sus aspiraciones y en la senda de su perfeccionamiento caminaban juntos”74. Y tras haber comenzado la amistad que nadie pudo romper, el botánico aragonés cuenta que
Desde entonces principió a visitarme, y yo a abrirle francamente cuanto sabía; le comuniqué el método que creía mejor para adelantar en poco tiempo, que era muy diverso del que seguía el profesor; salía conmigo a herborizar por los contornos de Madrid, le regalé las plantas de mi herbario, y le inspiré el gusto que yo tenía para las plantas grameñas y criptógamas, de que una sola se había hablado en la clase. Así preparado hizo progresos muy rápidos, en el siguiente año en que por una felicidad para la nación y para la ciencia fue nombrado encargado del Jardín Botánico el referido Cavanilles, y yo su primer ayudante con el modesto título de alumno. Al fin del curso demostró Cavanilles la familia natural de los helechos, y entusiasmado con las observaciones microscópicas sobre dicha familia, y deseoso de conocer mejor las demás de la clase de criptogamia, hizo una expedición a la sierra de Guadarrama en compañía del actual profesor de mineralogía D. Donato García con el objeto ya de ver si se aumentaban las que existían en el herbario de Cavanilles y el mío para publicar la Introducción a las plantas criptógamas [“Introducción a la criptogamia”] que después publicamos en los Anales de Ciencias Naturales, bajo el nombre de los tres, aunque realmente solo yo la escribí a excepción del prólogo que extendió D. Donato García, pues que mientras se escribía, Clemente estaba en París y en Londres75.
Vemos cómo el alumno Lagasca llega a ser profesor del alumno Clemente, cómo la didáctica de la naturaleza se ejerce en la misma naturaleza con la observación de la misma, sobre todo con eso; enseñanza que va a ser el santo y seña de Simón de Rojas y quizás será el motivo de cierta aversión por las clases teóricas. Así lo sugiere el propio Lagasca cuando en 1815 le quería proponer como catedrático de Agricultura del Jardín Botánico y Clemente no aceptó, pero antes en la dedicatoria a Godoy del Ensayo le agradece el que la aprobación del viaje a París y Londres le evitó enseñar en colegios y universidades por considerar esta ocupación como estéril, lo que quizás era una manera de reconocer que la Universidad oficial no funcionaba porque había otra institución que sí que funcionaba –la Iglesia–y que actuaba de freno para que la Universidad oficial funcionara bien. Lo cierto es que el autodidactismo era una de las mejores maneras de saber. Y hay que recordar que los ilustrados fueron, fundamentalmente, autodidactas.
Vemos también en este añadido que Clemente fue alumno del sabio Cavanilles de quien quedó “entusiasmado con las observaciones microscópicas” sobre la familia de los helechos, lo cual fue el acicate que le hizo ir con el profesor de mineralogía para contribuir al tratado citado. E igualmente sabemos que no redactó nada del trabajo sobre las criptógamas por encontrarse por Europa, será por eso que está en tercer lugar en el orden de autoría.
Con el tiempo ambos botánicos colaborarán en proyectos muy importantes para la vida intelectual del país, no sólo en botánica sino en otros aspectos científicos y humanísticos que intentaron difundir y es que “sus escritos, desde el punto de vista científico, son excelentes. Clemente, sobre todo, expone con claridad y en términos muy castizos, con fluidez y gracia peculiares, los temas más áridos, sin menoscabo de la precisión científica”76. Los dos escribían en latín77 (Lagasca lo escribía incluso como el castellano), y los idiomas extranjeros les eran familiares. En fin, “En el elojio de D. Mariano Lagasca y Segura”, Agustín Yáñez afirma que Clemente era “su rival y amigo”78 y también que el de Titaguas siempre le fue fiel; fue así; en todo caso si hubo alguna rivalidad, ésta fue sana y hasta de admiración mutua.
2.2.4. Las sabatinas y las lecciones
Relacionado con el incidente que acabamos de ver en el cual Lagasca objetó a Gómez Ortega “muchos reparos a la doctrina establecida en su curso elemental” y que hizo que naciera una verdadera amistad entre Lagasca y Clemente es el “cuaderno de apuntes” donde el de Titaguas toma notas en sus clases entre 1800 y 1801 en el Real Jardín; en él tenemos una información variada de la personalidad del biografiado, es un Clemente en estado puro de 23-24 años donde aflora el buen estudiante y hasta el futuro sabio, pero también es el Clemente irónico (la ironía nunca le abandonará) y por lo tanto el humor no falta. El cuaderno no está firmado, pero la letra es inconfundible; tampoco está paginado, y va anotando primero por lecciones y sabatinas, después por días, el contenido de lo que aprende y cómo vive esa experiencia, ya definitiva e irreversible en su vida. Es un diario, y hasta un diario íntimo; es también el primer documento importante que tenemos de su vida escrito por él79, y que voy a comentar ahora siendo como es la mejor información sobre su estancia en Madrid en aquellos momentos.
Como sabemos Simón de Rojas llegó a la capital de España a mediados de 1799 a unas oposiciones de hebreo que no aprobó pero se quedó haciendo sustituciones en las asignaturas de hebreo, lógica, ética y más tarde de árabe, asistiendo igualmente como alumno a las de griego y árabe también; pero lo suyo era la naturaleza, por eso también, como hemos visto, se precipitó en los cursos de botánica, mineralogía y química a fondo. De esa precipitación nace este diario al que le faltan muchas páginas por llenar y no está completo, pues nada dice de las clases de mineralogía.
Los profesores que nombra fueron Gómez Ortega (botánica), Proust (química) y Barnades (hijo del que fuera primer profesor del Jardín –en ese momento, segundo profesor de botánica–), y como en muchos cuadernos donde se anotan datos de manera informal, algunos apuntes son inconexos, y es normal, al fin y al cabo eran para él; la elección de los textos ha sido realizada en base a lo que me ha parecido más significativo y singular por lo que tiene de relación con su vida; por ello sólo he escogido esas frases de esas lecciones o días80. El diario tiene su interés biográfico por el contenido en sí pues, aparte del humor que destila, vemos también a un Clemente con las inclinaciones de su edad y hasta con su jerga, al joven Clemente en toda su extensión.
Vayamos, pues, al cuaderno81 y a comentar las frases extraídas. Es importante recalcar que en estos diarios anotaba –se suele anotar, en general– detalles que nada tienen que ver con las clases en sí, detalles curiosos, incluso, como el primer apunte que nos puede interesar que se refiere a la lección 11 donde alude a los árabes de los cuales “queda el sentarse las mujeres en tierra, lo que no usa ninguna mujer de Europa”.
Sabatina 3.ª: Según explica “la dijeron Lagasca y un botaratuelo que lo hizo muy mal...”. “Botaratuelo”. A pesar de lo comedido que es en la forma de utilizar el lenguaje, no falta la palabra despectiva en este cuaderno escrito sólo para él, pero que, en la distancia, nos podemos permitir la licencia de transcribirlo. También anota (lección 16) que Ortega “no se fía en su inteligencia”82.
Sabatina 4.ª: Este sábado “no la hubo por falta del enfermo sabatinizador (el que daba la sabatina), por lo que en la lección siguiente tuvo que decirla el orate de Blas o βλας ακος [letras griegas] que es el tonto autor o compilador de estos apuntamientos indigestos, y fue la parte que trata de los arreos e invernáculos sin que le arguyesen por falta de tiempo aunque estaban alarmados el pretendiente Rodríguez, Lagasca y Pozo. Pero ya lo pagará el sábado”. Las palabras “orate” y “Blasacos” formaba parte, sin duda, de su jerga juvenil. “Quer autor de la imperfecta Flora española83: no tiene otra la pobre España como la tienen tantas ciudades particulares de otros reinos”. “Explicó el vaso dileniano [...] La gloria de este invento quiso usurpar sin tener necesidad de ella Dillenio a su maestro Jussieu. Contó la borrachera y muerte desgraciada del célebre amigo y condiscípulo de Linneo”. “Encargó que nos guardáramos de la codicia de los arrieros conductores de plantas”. También se contaban, pues, en las clases sucesos paralelos a la misma, como el caso de los arrieros o la borrachera de Dillenio, y por contemporaneidad el Jussieu que se nombra debe ser Antonio.
En la lección 22 afirma que “aún no se ha perdido ninguna especie de las [plantas] que Dios crió y mandó multiplicasen”. La afirmación de que “aún no se ha perdido ninguna especie” también lo dice en otro lugar, y un poco más tarde –lección 28– escribe: “No debe doler el estropear flores para asegurarse pues la naturaleza no es escasa”84.
Con referencia a la sabatina 5.ª escribe:
En la que dije yo las 10 primeras hojas aunque sin obligación por haberlo entendido mal; pero a gusto de Ortega βουταλου κοiυως [el compañero Boutelou]
85 θηριωυ άκ∈στήρ [amansador de fieras] el cual dijo dos o tres hojas y a quien nada preguntaron. A mí preguntaron Lagasca, ιατρου τ∈κυον [hijo de médico], Rodríguez αλαζων [fanfarrón] que no quedaron aún satisfechos, y el προστατης [jefe] Hernández quiso hacer una pregunta a su τροφιμος ∈ταιρουτ∈ [pupilo y amigo] pero se quedó sin mojar por falta de tiempo.
En esta sabatina fue –desde mi punto de vista y por el contexto– el momento en que se produjo la discusión entre Lagasca y Ortega donde aquél objetó reparos a éste “a la doctrina establecida en su curso elemental”, como hemos visto que decía Lagasca, o sea, que metódicamente no estaban bien estructuradas sus explicaciones previas en clase, y, por lo tanto, su libro Curso Elemental de Botánica; el resultado fue, como sabemos, la futura amistad entre el botánico aragonés y el valenciano. No obstante, en esta sabatina Clemente admira “la excelente edición de Duhamel traducido por Ortega”.
El objetivo de intercalar palabras en griego es para disimular algún término despectivo o incluso de alabanza y hasta tal vez para practicar esa lengua. Lo que está claro es que deja bien retratados a sus compañeros. También hay términos griegos en otros contextos. La lección 25, por ejemplo, contiene palabras y un texto largo en esa lengua, en el cual se puede traducir que el bético José Demetrio Rodríguez no es orgulloso sino amable y que le había invitado a catalogar plantas cerca de él como aliado suyo. El concepto que tenía Clemente de Rodríguez era, pues, un tanto variable.
He aquí una batería de aseveraciones hechas en diversas sesiones de trabajo: Lección 26: “No supe distinguir la vaina de la legumbre”. “Cavanilles, dice Ortega, ha dado honor a nuestra nación con su tratado Monodelphia que es el mejor en su línea, que compuso después de recogidas y comparadas todas las especies de ella con sus láminas dibujadas por él mismo”. Lección 28: “Me hizo varias preguntas, y encargó para el otro día explicar las dos repartidas y los órdenes”. “El número cinco es favorito en la botánica”. Lección 29: “Ortega no sabe el número y nombres de los órdenes”. “Ortega fue el 1.º que hizo los experimentos de los gases concurriendo mucha gente a verlo, el primero que en España hizo otros experimentos químicos”. “Dije bien la lección, no supe el nombre de las plantas de la roseta bilabiada”. “Linneo, el hombre de más talento en su siglo, después de Newton”. Sabatina 6.ª: “Que dijeron Pozo y D. Joseph Rodríguez, éste añadiendo varia erudición. Sólo preguntó
[el hijo de Rafa]86 y González. Se enojó Ortega con el andaluz que se mantuvo arrogante. Me dio los Fundamentos que cuestan 5 reales como la Filosofía, 21”, lo cual significa que, para el profesor, era un alumno aventajado pues sólo a estos los repartía87 (En la lección 18 nos dice: “Repartió este día Fundamenta botánica Ortega a todos los que habían dicho lección, comprometió Filosofía botánica a todos los que dijesen sabatinas”). Lección 30: “El bético [Rodríguez] no cede a Ortega. Éste equivoca las plantas”.
Y tras las aseveraciones anteriores vayamos al comentario. Tanto en la última como en las anteriores Clemente habla de Ortega y de sus lecciones, de cómo le va a nivel personal tanto en lo bueno –“dije bien la lección”– como en lo malo –“no supe distinguir la vaina de la legumbre”, “no supe el nombre de las plantas de la roseta bilabiada”–, pero también a nivel de profesor, con una crítica más bien negativa hacia Gómez Ortega: “Ortega no sabe el número y nombres de los órdenes”, o, un poco después, “éste equivoca las plantas”, y antes había dicho que no se fiaba de su inteligencia, pero también hace constar que, según Ortega, Cavanilles “ha dado honor a nuestra nación”, sabiendo como sabía la polémica que subyacía entre estos dos botánicos. Clemente también manifiesta que el entonces primer catedrático del Botánico “fue el 1.º que hizo los experimentos de los gases concurriendo mucha gente a verlo”, que premia a los buenos estudiantes con libros y que tiene problemas de disciplina con el díscolo J. Demetrio Rodríguez quien igual aparece como bromista y fanfarrón que como serio, y en este caso Clemente parece que lo realza nombrándolo D. Joseph Rodríguez88.
En la lección 31 cuenta cómo entró al lugar del Jardín donde se realizaban siembras por primera vez: “Tuvimos la audacia de presentarnos al Jardinero que nos dio la facultad para entrar en los cuadros con Pozo y Lagasca todos los lunes, miércoles y viernes. El primer día trajimos más de 40 plantas, el 2.º más de 25”. Aquí se ve la “audacia” o la timidez, según se mire, en dar el paso para entrar “en los cuadros” (cuadro es la parte labrada, regularmente en cuadro) del establecimiento botánico más famoso.
En la sabatina 7.ª anota la puntuación botánica: “Los botánicos tienen su particular ortografía. No se pone coma en cada adjetivo cuando se describe una planta. Cuando se pasa a describir diferente parte de la planta se pone punto y coma. Y dos puntos cuando se va a decir cosa que parece opuesta a lo dicho”. Matizaciones en materia de puntuación pues. “Vino D. Joseph Rodríguez que no se atrevió por el mucho calor a herborizar”. Banal esta aseveración pero vemos que eran tan humanos como podemos serlo ahora.
Lecciones 33, 34, 35, 36, 37 y sabatina 8.ª: “El gran número de plantas que se trató y el haberme encargado por una lección todo lo de las hojas fue estorbo para que no se pudiesen notar todas las cosas notables que dijo Ortega”. “Estuvo Urquijú89 con Espiga en el Jardín, y luego contó Ortega la conversación de media hora que con él había tenido. 4.000 reales tiene de renta el catedrático de Astronomía y no le parece mucho a Urquijú”. Otra vez reconoce sus limitaciones “para que no se pudiesen notar todas las cosas notables que dijo Ortega”, y nótese que habla de él con reconocimiento, quien hasta les cuenta la conversación mantenida con Urquijo. “Floridablanca llamaba su capellán botánico a uno que él había acomodado de resultas de un acto de botánica”. “En la historia natural debe comprenderse la botánica, sin embargo, la han separado”. La primera aseveración es anecdótica, la segunda ya plantea una idea científica. Igualmente el biografiado es portador de una idea (nada ilustrada) basada en testimonios populares al afirmar que “se ha visto clavar a un perro agujereándole la cabeza y poniéndole la dicha agua [cuya base es el Teucrium marum, base además del agua pontificia] levantarse luego sano”, evidentemente Clemente también arrastra un poso de ideas viejas y tradicionales de las que se irá desprendiendo.
Lecciones 38, 39, 40, 41: “La multitud de plantas estorbó que se escribiese cada una por sí, se dijo por fin la lección, se dio un duro al ayudante 2.º, se entró en los cuadros interiores, el 27 de julio se irá con Rodríguez al monte negro”. Lección 47: “Fue la última, día último de agosto. Dio Ortega las gracias a los constantes y les pidió perdón. Dijo presentaría la lista original de ellos al ministro, y daría certificados a quien lo necesitase, desde luego y cuando se volviese a la práctica a todos. A quienes enviaría a llamar para el día en que se comenzase la práctica, cuando sería un día de lección más útil que ahora”. “Pozo explicó la raíz a vista del lienzo”. “Fuimos Rodríguez y yo hacia la puerta de yerro”90. Y así acabaron las clases de Ortega quien les pidió perdón por los fallos que pudiera haber tenido, lo que no deja de señalar Clemente.
Después del 31 de agosto de 1800 hay un parón en la información de las clases del Jardín, debió haber un paréntesis vacacional y continuaron con las que recibió de mineralogía (según el orden que aparece en sus memorias) de las que nada se nos dice. El diario de Simón de Rojas continúa en enero de 1801 con anotaciones por días, que nos siguen permitiendo conocer alguna circunstancia de su personalidad.
El día 22 de enero de 1801 Clemente anota: “Parece que el gato se me comió el ornithogalum mutans que era buen ejemplar a no ser que yo le equivocase con otro”, lo cual es una anécdota, no lo es tanto lo que señala el 26 de enero: “Fui despedido del Jardín con pretexto de no tener que sentir el Julián. Su hija me intimó después de haberme entretenido un mes con razones”. El hecho de haber sido echado del Jardín por no discutir con Julián (quien debe ser un compañero de clase), cuya hija, por lo que se desprende, le hizo la corte y quizás algo más –“me intimó”– durante un mes tiene su importancia personal; no sabemos hasta qué punto llegó la intimidad pero ya sabemos, por lo menos, que tuvo una pretendiente.
El 23 [de marzo] se produce un encuentro especial: “Visitamos a Cavanilles que nos trató por dos horas como sabio hombre [...] Sus papeles originales de controversia, un cuadernito impreso sobre lo mismo, 600 plantas en el Reino de Valencia [...] Se ofreció mucho y quedó el andaluz en enviarle plantas, él mismo se consiguió permiso, para entrar en el Jardín, del subdirector y jardinero mayor”. Aquí hay que resaltar en lo que parece ser la primera vez que visitó a Cavanilles en su vida. Le impresiona la entrevista (“nos trató por dos horas como sabio hombre”), también por lo que ha oído hablar de él, miró sus papeles, sus plantas pero destaca los papeles de controversia, se refiere al libro publicado por el valenciano titulado Controversias botánicas que es el libro donde cuenta el enfrentamiento personal con Casimiro Gómez Ortega ya comentado en el capítulo anterior.
Es normal, por lo dicho, que a Clemente le llamara la atención las Controversias por lo que de polémico y atrayente sería para los jóvenes botánicos. Por todo ello es de valorar que el estudiante constatara antes el hecho de que Ortega alabara a Cavanilles, o sea, respeta a los dos pero admira a Cavanilles, más admirado por la sociedad científica por otra parte (ya vimos la opinión de Lagasca al respecto), lo que también influiría en el joven Simón de Rojas. Va a ser la tónica de su vida; suele respetar todas las posturas pero él sólo en su círculo más íntimo –como en este diario– lo manifiesta con claridad. Sin embargo, aquí esta admiración por Cavanilles no supone ninguna devaluación de Gómez Ortega, evita tomar partido; con probabilidad, además, siempre se relacionaron, hasta el punto de que, durante la Guerra de la Independencia, Clemente es transmisor de recuerdos de su parte en una carta (capítulo 7). También valora el que el famoso botánico valenciano se ofreciera a ellos mucho y el que –seguro que con sus recomendaciones– Rodríguez, el andaluz, más abierto que Clemente, aprovechara para poder entrar al Jardín. A todos, de todas maneras, les iba a ir bien esta amistad: Cavanilles fue nombrado director del Jardín tres meses después de haberlo conocido.
En adelante continúa con las clases, en este caso las impartidas por el químico Proust que para él fue otro encuentro importante; sucedió el día 9 de abril de 1801: “Comenzó Proust su análisis de los vegetales. ¡Cuánto dejó y cuán bueno!”. “Concluyó su lección (día 16 de abril) comenzando el análisis del Reino animal y yo me alisté en la botánica”. Poco tiempo recibió clases de química Clemente de Proust: apenas una semana, pero no deja de hacer constar que era un gran profesor aunque lo suyo era la botánica.
El siguiente grupo de días anotados en su diario se refieren a Miguel Barnades hijo, el nuevo profesor de botánica de quien posee una idea de su manera de enseñar un tanto distinta a los profesores que había tenido antes. Día 16 a las 5: “Comenzó su curso de botánica Barnades con numerosísimo concurso y asistencia del subdirector y jardinero mayor, tres semanas había que se habían puesto los carteles”. Día 17 de abril: “Por la tarde concluye Barnades su historia de la Botánica, habla de sus utilidades, promete que hablará de propiedades de plantas y de la física de ellas y requiescat in pace. Laus Deo” [descanse en paz. Alabanza a Dios]91. Día 22: “Habló mucho Barnades y dijo poco”. Día 30: “Una despreciable sabatina”. Día 31: “Yo a los cerros de S. Bernardico donde me quisieron llevar preso [palabra ilegible]”. Día 32: “Barnades muy hablador, de la viola, se saca un jarabe, es hermético, sudorifica, purgante, según la dosis”. Día 33: “Barnades [...] al menos no habló tanto”. No tiene una opinión óptima de Barnades, una persona populista tal como la pinta, un tanto parlanchín por lo que nos cuenta y con algún problema de salud. Y entremedias, una broma: “Yo a los cerros de S. Bernardico donde me quisieron llevar preso”, probablemente no querría ir a herborizar por el motivo que fuera, y de ahí la broma. Y, por supuesto, los días 31, 32 y 33 referidos a abril no pueden ser (y el 32 y 33 para ningún mes), sería otra manera de escribir 1, 2 y 3 de mayo –para sí mismo otra gracia–.
Después vendría un receso. A mediados de junio de 1801 Cavanilles fue nombrado profesor único del Jardín, quien tuvo también como alumno a nuestro hombre, pero de cuyas clases no apunta nada, pensaría que eran perfectas y no cabía la crítica.
1 La autobiografía que incluye Chiarlone et al. (1865, pp. 481-486) dice lo mismo que la Gaceta de Madrid pero en ella se concreta que ha sido extraída “de un manuscrito que se nos ha remitido desde Chelva por nuestro comprofesor D. Ignacio Llopis [fue 1.er teniente de alcalde de ese pueblo]. Extractados estos datos por la misma mano del célebre Rojas Clemente, cuya letra es la que conocemos” (p. 480), con el añadido de que “sin duda pertenecen a una biografía más extensa”. Hubo, pues, una amputación de la autobiografía. Incluso aunque podamos pensar que fue el propio Clemente quien, por razones políticas, quitó esos párrafos comprometedores (harto improbable porque lo lógico, en este caso, es que los hubiera destruido), también podemos hablar de una manipulación o autocensura obligada por las circunstancias.
2 Clemente y Rubio 1879, p. XXI, también en Pardo (1927a, pp. 8-9) donde hay alguna variación de la puntuación, además de la variante Roxas que es la incorporada en el texto. El contenido de la partida de nacimiento transcrita está refrendada en 1877 por D. Cándido Herrero (muerto en 1909), hijo del resobrino político de Clemente, Pedro Herrero Sebastián, y presbítero de Titaguas en sustitución del titular, y el mismo D. Cándido certifica que se encuentra –o mejor se encontraba pues ha desaparecido el libro, como he apuntado– en el Quinque-libri, título de bautizados, libro primero, parte cuarta, folio 17 vuelto, tal como estaba clasificado el archivo en la época. No hay constancia de cuándo desapareció este tomo, igual pudo ser robado que guardado para que no fuera destruido en la Guerra Civil (curiosamente el resto del archivo está intacto); lo cierto es que la partida original del biografiado está desaparecida. Como apunte suplementario nótese que el nombre completo del biografiado era el de Simón de Rojas, Cosme y Damián y es pertinente decir que Simón de Rojas “fue tomado, según costumbre generalizada en la época, del santo del día, que correspondía en el de su bautismo (28 de septiembre) al beato tri-nitario Simón de Rojas, religioso trinitario calzado del siglo XVI” (Rubio Herrero 1991, p. 28). Quizás no sea casualidad la elección de ese nombre (habría más en el santoral de ese día) que debió ponerse también por ser trinitario (en la zona siempre hubo mucha devoción a esta orden).
3 Dice así: “28 [de febrero, día del bautismo]. Simón de Roxas, Cosme y Damián, hijo de Joaquín Clemente y Juliana Rubio, nieto por parte de padre de Josef y Teresa Collado, por la de madre de Antonio Rubio y Josefa Polo, nació a las ocho de la noche del día 27. Padrinos Juan Clemente y Josefa López” (Archivo parroquial de Titaguas, Libro Racional VI [1750-1779]).
4 Clemente y Rubio 1827, p. 146.
5 El texto citado anteriormente también se refiere a 1786 y antes, lo que da pie para suponer que con anterioridad a 1781 ya existía escuela en el pueblo, o por lo menos hacia esa fecha; al respecto hay que añadir que se universaliza la educación primaria en el siglo XIX. Samuel Rubio Herrero (1991, p. 32) concreta unos apuntes de D. Cándido Herrero de mayo de 1890 donde anota que la escuela del niño Simón de Rojas tenía un aula de 52 niños llevados por un solo maestro y otra aula donde recibían clases 55 niñas dirigidas por una maestra. La labor de los maestros también era difícil de llevar.
6 Clemente y Rubio 2000, p. 351.
7 Clemente y Rubio 1827, p. 146.
8 Tal vez en las familias aristocráticas lo normal era que el segundón (como se lee en el artículo de Piqueras [2002, p. 5] y en Pascual Hernández [2008, p. 27]) fuera el destinado a seguir la carrera eclesiástica pero el caso de Clemente es el contrario y si fue el destinado lo fue por renuncia de uno de los hermanos mayores. En Clemente y Rubio (1879, p. XIII) se afirma al respecto que “era muy general entonces, particularmente cuando en las familias había más de un varón, y en ésta sucedía así, dedicar uno de ellos a la carrera eclesiástica, y con tal propósito fue enviado Simón de Rojas (al Seminario)”.
9 Simón de Rojas era el tercero de los hermanos vivos en el momento de partir al Seminario, antes estaban Juan de la Cruz, nacido en 1762, y Pedro Joaquín Antonio, nacido en 1775; deduzco que el hermano elegido era Pedro porque era de la misma generación que el biografiado, además, a Juan, como hermano mayor, le estaba destinada la escribanía del juzgado del pueblo por herencia.
10 Rubio Herrero 1991, p. 34.
11 El estudio del latín era una obligación en aquel tiempo en lo que ahora llamaríamos la educación secundaria, y era una asignatura básica. El objetivo de estudiar latín no era otro que el de preparar al alumnado para entrar en la Universidad, que daba su enseñanza en esta lengua clásica, y capacitarlo para poder leer y comprender los textos en ese idioma. En la enseñanza superior era obligado enseñar en castellano pero, de hecho, el latín era el idioma vehicular. Jovellanos criticó este hecho y personalidades como Mayans o Sarmiento también estaban por la labor de dar la enseñanza universitaria en la lengua vernácula.
12 Esta cita y la anterior en Clemente y Rubio 1827, p. 146.
13 La información está extraída de Rubio Herrero (1991, pp. 35-36) quien para hacer su biografía ha tenido el privilegio de contar con apuntes manuscritos inéditos ya que es descendiente de la familia del biografiado. En este caso del nombrado D. Pedro Herrero Sebastián, autor de estas notas, a todas luces interesantes y que nos ayudan a completar esta época de su vida.
14 Efectivamente, según el plan de estudios de 1787, “ninguno será admitido al estudio de la Filosofía, sin que tenga la edad de catorce años, y sin presentar antes certificación de sus maestros de Latinidad, por donde conste de su buena conducta, y de haber asistido a todas las clases” (Blasco 1787, p. 6).
15 Clemente y Rubio 1827, p. 146.
16 Para estos estudiantes tan aventajados el premio en “Filosofía, Medicina, Leyes, Cánones y Teología [será] un grado mayor, que se conferirá gratuitamente” (Blasco 1787, p. 47), lo que hay que interpretar como la disponibilidad de pasar al curso superior sin pagar nada quienes recibían el grado de premio, pues, por lo que puede deducirse, se pagaba al final del curso los gastos del mismo.
17 Esta cita y la anterior en La Agricultura Valenciana 1971, p. 51.
18 La Agricultura Valenciana 1971, pp. 51-52. El doctor se llamaba Galiana y no Galiano, Antonio Galiana exactamente, el cual aparece como miembro del claustro que nombró a Clemente Maestro en Artes, Archivo Histórico de la Universidad de Valencia (AHUV), Llibre n.º 53, f. 283v. En la Biblioteca Valenciana de los escritores que florecieron hasta nuestros días de D. Justo Pastor Fuster aparece el currículum de este profesor del botánico, e incluso se señala que “contándose entre ellos [los discípulos] el célebre D. Simón de Rojas Clemente, que fue premiado con el grado de Maestro por el Claustro de filosofía, y ocupa un destacado lugar en esta Biblioteca” (p. 450).
19 Rubio Herrero 1991, p. 39. Esta información es original de Samuel Rubio quien no desvela la fuente, de todas maneras es interesante saber que a los 17 años, el de Titaguas ya había dado una conferencia en Valencia, y que el doctor Orchell, profesor del biografiado, más tarde fue aspirante igual que Clemente a una plaza de hebreo en los Reales Estudios de San Isidro de Madrid.
20 La sabatina era un “ejercicio literario [exposición desarrollada] que se usaba los sábados entre los estudiantes a fin de acostumbrarse a defender conclusiones” (Diccionario de la Real Academia de la Lengua 2001). En Valencia también podía hacerse cuando el profesor daba una lección magistral y el acto era público, acepción parecida a otra del mismo diccionario: “Lección compuesta de todas las de la semana, que los estudiantes solían dar el sábado”. En el Diccionario de la Lengua Catellana de 1803 aparece: “La conferencia que suelen tener los estudiantes los sábados por la tarde”.
21 Clemente y Rubio 1827, p. 146.
22 Clemente y Rubio 1879, p. XIII. Esta conversación sucedió en 1796 (el joven Simón de Rojas tenía 19 años) puesto que su salida a Madrid fue en 1799 tras estudiar los tres años de Teología a los que se alude.
23 A su abuelo, José Tomás Cipriano Clemente, se le nombró Notario Apostólico en 1731 y “fue dos años administrador de los efectos de la bailía de Alpuente, Aras y Titaguas. Se estableció a su favor y de sus herederos la escribanía del juzgado de Titaguas” (Clemente y Rubio 2000, p. 302).
24 Clemente y Rubio 2000, p. 303. Esta enunciación negativa de Clemente se ha llegado a interpretar que fue dicha porque su padre tuvo que fragmentar la herencia a causa de haber tenido tantos hijos (quince, de los cuales sólo cinco sobrepasaron la pubertad), sin embargo, también puede referirse a su actitud ante problemas como el que se está planteando.
25 Clemente y Rubio 1827, pp. 146-147.
26 A.R.J.B.M. I, 11, 1, 1. Cita perteneciente a su currículum en 1802 que se compone de dos folios y lleva por título Relación de los méritos, grados y ejercicios literarios del Doctor Don Simón de Roxas Clemente y Rubio. En el Archivo Municipal de Barcelona (Arxiu Històric de la Ciutat) (A.M.B.), existe una copia en Ms. B –n.º 164 (vol. IV), doc. 15; en este archivo en la misma signatura también aparece el Pequeño alarde de la gramática y poética arábigas (13 páginas).
27 Aguilar Piñal 2005, p. 125.
28 No tengo constancia, no obstante, de dónde pudo vivir en Valencia.
29 Esta carta está tomada de una transcripción realizada por José Luis Sánchez el 10-10-1977, de otra transcripción a su vez hecha por Pascual Martín, ambos de Titaguas; el original se considera perdido. Es fácil imaginar que en el original estaría escrito Roxas y no Rojas.
El criterio seguido en la transcripción de las cartas (u oficios, borradores...) de Simón de Rojas ha sido el de transcribir la totalidad de las referentes a sus vivencias personales o cuando se han combinado éstas y las científicas; otras se han extractado cuando ha interesado únicamente algún detalle humano o información concreta, y sólo se han reseñado si el contenido ha sido puramente burocrático.
30 Miguel Collado y Castañer (1760-1822) era hijo de María Castañer y de Enrique Collado (Clemente y Rubio 2000, pp. 287 y 335); éste último debió ser primo hermano del padre de Clemente –por lo tanto Miguel era primo segundo del biografiado–. Era el familiar con el que Simón de Rojas se relacionaba en Madrid; en ese momento debía ser “académico en Madrid de la Real de Cánones y Disciplina eclesiástica” (p. 287). Se doctoró en Sagrada Teología el 26 de julio de 1782 por la Universidad de Valencia (AHUV, Llibre n.º 41, ff. 253r-254r). (No contemplo la posibilidad de que fuera hijo de un Miguel Collado casado con una tía carnal de Clemente por no tener constancia de que fuera doctor que es con el título que lo nombrará más tarde.) Miguel Collado y Castañer fue una referencia para Clemente, sobre todo en sus primeros años en la capital. De él dice Clemente que en Madrid adquirió “un caudal de luces, a que se aspiraría en vano desde las provincias” (Clemente y Rubio 1808, p. 210, del artículo en el n.º 588, t. XXIII, del Semanario de Agricultura y Artes dirigido a los párrocos), lo que cito para dejar constancia de la consideración que se tenía de la capital de España como centro del saber.
31 Clemente y Rubio 1827, p. 147.
32 La paginación es la que, de manera mecánica, ha realizado el Archivo General de la Universidad Complutense de Madrid donde se encuentra el documento, la cual ha sido preciso corregir pues no presentaba un orden cronológico, necesario en estos casos. De cualquier manera, en la citación, sigo las páginas marcadas por el Archivo de la Universidad.
33 Archivo General de la Universidad Complutense (AGUC) de Madrid, D-452, p. 1.
34 El calificativo de premio en el grado de Doctor lo obtuvo el 25 de julio aunque los papeles para presentarse a la cátedra de hebreo ya se habían tramitado desde Valencia el 13 de julio de ese mes, al día siguiente de sacar también la misma mención en el grado de Bachiller. Clemente tramitó los papeles donde consta que es Doctor; esto significa que se matriculó con la condición de obtener este título antes de examinarse, lo que también se hace ahora (todos darían por hecho, además, que conseguiría el título).
35 Los Reales Estudios de San Isidro fue una institución de enseñanza perteneciente a los jesuitas fundada por Felipe IV donde se impartían estudios con prestigio pero no dispensaba títulos superiores. Tras la expulsión de los jesuitas se restablecieron en 1770 los Reales Estudios y en 1787 las disciplinas que impartían ya tuvieron carácter universitario; las cátedras se cubrían por oposición y las convocatorias eran para toda España publicándose en la prensa, de ahí que tanto el Sr. Orchell como Clemente pudieran presentarse a las de hebreo. Hasta el siglo XVIII su biblioteca era la mejor de Madrid pues “se había enriquecido con las [librerías] que habían pertenecido a los jesuitas madrileños hasta su expulsión” (Aguilar Piñal 2005, p. 228) en 1767.
36 AGUC, D-452, pp. 3-6.
37 Miguel Collado debió recibir antes otro poder de Clemente que condicionaba su validez al recibo del poder normalizado, al igual que sucedió con el título de Doctor que fue exhibido más tarde de matricularse para la oposición.
38 AGUC, D-452, p. 2.
39 “[...] ejercicio que consiste en la preparación, durante un tiempo determinado y en un lugar aislado, de un tema que luego habrá de exponerse ante el tribunal” (Diccionario de la Real Academia de la Lengua 2001).
40 Tal vez con el tiempo evolucionarían pero en 1770, para lo que nos interesa, la norma en cuanto a los sorteos era que “se efectuasen con cédulas [papeles que harían referencia a los temas] o barajas”, y en cuanto a la encerrona: “La alimentación durante el día de aislamiento corría por cuenta del Estado, que solía suministrar gallina y ensalada para las comidas y pan y chocolate para merendar” (las dos citas en Simón Díaz 1992, p. 252).
41 Esta cita y las dos anteriores en AGUC, D-452, p. 33.
42 Esta cita y la anterior en AGUC, D-452, p. 34.
43 AGUC, D-452, pp. 7-32. En estas páginas se contiene la disertación y la traducción que realizó en la encerrona; al final de cada prueba aparece de puño y letra de Clemente el lugar del examen, la fecha y su firma; es una especie de certificación de haber realizado esas dos partes del primer ejercicio de la oposición (en la primera prueba este requisito ocupa una página).
44 AGUC, D-452, p. 35.
45 A.R.J.B.M. I, 11, 1, 1.
46 Esta cita y la anterior en AGUC, D-452, carpeta “Reales Estudios de San Isidro. Reglamentos...”.
47 Archivo del Ayuntamiento de Titaguas, C-133/3. En total hay 12 cartas donadas en 1945 por Cándida Herrero Collado, familia lejana del biografiado; el paquete de cartas está encabezado por esta leyenda: “Cartas del preclaro hijo de esta villa, don Simón de Rojas Clemente y Rubio, legadas para el archivo municipal por la vecina de Titaguas doña Cándida Herrero Collado. 12 abril 1945”. Después hay un cuño. Al margen de lo que se acaba de reseñar he de añadir que no en todas las cartas (u oficios, minutas o borradores) transcribiré el saludo y la despedida, en algunas es preciso pues tienen connotaciones significativas pero si no lo considero así, no pondré estas fórmulas para hacer todo más fluido y menos prolijo.
48 El Real Seminario de Nobles fue inaugurado en 1725 por Felipe V en los mismos Reales Estudios, después se trasladó en torno a la que ahora es la calle Princesa (esquina con Serrano Jover); la diferencia entre ambos centros era que la entrada del alumnado en el Seminario era más restringida, reservándose en principio para la nobleza y más tarde también para la burguesía. La enseñanza impartida –que gozaba de prestigio– iba encaminada a la formación de militares.
49 Clemente y Rubio 1827, p. 147. También afirma –misma página– que, precisamente por trabajar tanto, había arruinado su salud, no siéndole “posible resistir a 14 ó 17 horas de trabajo al día”.
50 Simón Díaz 1992, pp. 376-377.
51 A.R.J.B.M. I, 11, 1, 1 (los puntos y aparte se han puesto seguidos).
52 En su autobiografía sitúa estas oposiciones en 1800 y en este currículum en 1799; el tema es irrelevante, probablemente sería en el quicio de estos años. Es pertinente decir que, en lo anotado por Clemente a mano, no transcribo el resumen que también hace sino lo que escribe en los espacios en blanco del currículum pues se extiende más e interesa por ser lo que ya ha realizado en Madrid.
53 Fue en 1799, 1800 y 1801.
54 Esta cita y las dos anteriores en A.R.J.B.M. I, 11, 1, 1.
55 A.M.B. Ms. B –n.º 164 (vol. IV), doc. 15. Esta cita aparece en el Archivo Municipal de Barcelona pero no en el del Jardín Botánico de Madrid.
56 Respectivamente tienen las siguientes signaturas: AHUV, Llibre n.º 52, ff. 8r-9r; AHUV, Llibre n.º 53, ff. 282v-284v; AHUV, Llibre n.º 58, f. 232(r-v); y AHUV, Llibre n.º 58, ff. 243r-245r. Por otra parte utilizaré la mayúscula para nombrar el título concreto de una persona (en este caso de Clemente) mientras que si tiene un carácter general será con minúscula.
57 Además de Teología la Universidad de Valencia también ofertaba el doctorado en Leyes, Cánones y Medicina.
58 “Podrán los estudiantes graduarse de Bachilleres después de ganadas dos matrículas [cursos], y de Maestros después de concluido el curso y ganada la tercera matrícula” (Blasco 1787, p. 21), lo que significa que tras los dos cursos preceptivos para obtener el título de Bachiller en Filosofía, Clemente cursó el tercero que le titulaba en Maestro en Artes y que, en este caso, era un curso superior de filosofía.
59 AHUV, Llibre n.º 91, f. 181v (en el Plan de Estudios, en Blasco 1787, p. 47).
60 Al respecto Joseph Townsend explica cómo se llegaba al grado de doctor, al margen de que fuera por premio (en Blasco 1787, pp. 23-24):
“En Valencia, los aspirantes a este grado tienen que someterse primero a un examen privado ante los profesores, y si lo aprueban deben pasar un ejercicio público, al final del cual, éstos se reúnen en capilla y emiten sus votos en secreto. Cuando son favorables, vuelven a examinar públicamente al candidato; y en caso de que vuelva a responder satisfactoriamente, tras una votación quedará honrado con su nuevo título” (p. 395).
61 Ni en el examen de Bachiller ni en el de Doctor se explican circunstancias de la preparación, que es de 24 horas, la cual hay que asimilarla a las actuales encerronas.
62 Blasco 1787, pp. 20-21.
63 En el currículum que comentamos aparece que principió el conjunto de estudios en la Universidad de Valencia en octubre de 1791 y los acabó en julio de 1799, no obstante, nada especifica del curso 1795-1796, que bien podría haber estudiado el primer curso de teología con lo que pudiera ser que en realidad hubiera cursado cuatro cursos reales (hasta alcanzar el de bachiller) y que la expresión que aparece en sus memorias “me avine a estudiar teología, en que empleé tres años” pudiera significar “tres años más”, sin embargo, este detalle hay que considerarlo irrelevante.
64 A.R.J.M. I, 11, 1, 1. La calificación en Bachiller y Doctor de Miguel Collado (primo del biografiado) es la misma y además el primer título lo consiguió sólo un mes antes que el segundo (AHUV, Llibre n.º 41, ff. 131v-132v y ff. 253r-254r, respectivamente), sin embargo, estos títulos se refieren a 1782 (y el plan era distinto al que le tocó a Clemente [de 1787]) en que no existían los premios pero sí la posibilidad de hacer dos cursos en uno.
65 Esta cita y la anterior en Blasco 1787, p. 47.
66 La expresión “un grado mayor” que se acaba de anotar, en este caso, se refiere al último curso de la carrera, deducción que hago dado que en el acta del grado de premio de bachiller del biografiado sí que se realizaron las oposiciones marcadas por la ley, y no consta así en el acta de grado de premio de doctor donde el estudiante premiado (al ser de un grado mayor) era “el primer graduado de su curso”.
67 AHUV, Llibre n.º 91, f. 132v.
68 Giralt i Raventós 2002, p. 401.
69 Aguilar Piñal 2005, p. 135. Por el contrario Joseph Townsend valoraba mucho el Plan Blasco.
70 Al menos José Clemente, abuelo del biografiado, “fue el propietario más rico de su tiempo en Titaguas” (Clemente y Rubio 2000, p. 303). Su padre también debió serlo, quizás menos, por lo apuntado en una nota anterior, pero lo suficiente para que Simón de Rojas se matriculara de doctor.
71 El derecho a opositar a las cátedras de Lengua Hebrea le había sido concedido en realidad por haberse presentado el 27 de febrero de 1799 en Valencia a un ejercicio público donde, basándose en el Plan Blasco (1787, pp. 34-35), hubo de traducir tres trozos del texto hebreo de la Biblia (se entiende que al latín) “y respondió a las dificultades que le propusieron los censores, quienes restituido[s] a la Capilla, hecho a mi presencia el juramento [de que el juicio era imparcial] y votación prevenida en el Plan, resultó aprobado el acto que se le hizo saber y certifico / Joseph Bayona” (AHUV, Llibre 119, f. 231 [r-v]).
72 Lagasca 1827, p. 401.
73 Lagasca 1827, p. 404.
74 Esta cita y la anterior en Reyes Prósper 1917, p. 222.
75 Lagasca 1827, p. 404.
76 Clemente y Rubio 1952, p. 13.
77 Sobre la formación clásica del biografiado, véase “El mundo clásico en el botánico Simón de Rojas Clemente” de Jordi Sanchis Llopis 2012.
78 Yáñez y Girona 1842, p. 19.
79 Se encuentra en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid, en la caja P 133.
80 No he entrecomillado la indicación de las lecciones o de las fechas por no considerarlo necesario al estar todo, además, más claro de esta manera.
81 Existe también otro cuaderno (igualmente en la caja P 133 del M.N.C.N.) estrecho y largo de Clemente –reconocible también por su letra– donde hay notas de su trabajo en el Reino de Granada, Mediciones y cuentas con un tal Morote. El primer apartado es de animales, plantas, etc., y consta la fecha de 1819; en el segundo hay mediciones de Andalucía; y el tercero son las cuentas con Morote donde señala lo que le pagó, que va a llevar la casa él (Clemente), etc., pero todo está tachado, no parece además relevante. Y dentro de este cuaderno estrecho se intercalan muchos poemas, un relato corto y otros escritos, incluso uno en francés pero no pertenecen de ninguna manera a su pluma directamente pues no es su letra.
82 Este diario no está paginado ni foliado aunque están las citas bien referenciadas ya que al comentarlas por sabatinas, lecciones y por días del mes ya quedan bien localizadas.
83 La crítica es muy corriente en Simón de Rojas y, como vemos, ya desde muy joven.
84 Ahora Clemente no diría lo que dijo hace más de 200 años. La naturaleza no es escasa pero se han perdido muchísimas especies a causa de la acción del hombre sobre todo en relación con el cambio climático y los incendios, ni siquiera respetamos, pues, el mandato bíblico.
85 Dos especialistas que han leído esta palabra consideran que es propia de un principiante sin ningún dominio de la lengua árabe (en efecto, era entonces cuando principiaba a aprenderla), por lo que ha parecido más prudente no aventurar ninguna traducción. También en aquellos momentos estudiaba el griego.
86 La palabra hebrea ha sido traducida por Miguel Collado, profesor de hebreo de la Facultad de Teología de Valencia a quien le agradezco su ayuda.
87 En efecto, en su Curso Elemental de Botánica (1795, p. 5 del prólogo a la segunda edición) incluye: “En obsequio de los mismos discípulos más adelantados he cuidado de reimprimir en Madrid los Fundamentos Botánicos del mismo Linneo en latín y castellano, y su Philosophia Botanica con varias anotaciones, explicaciones y adiciones, que facilitan a los principiantes la inteligencia de una obra tan clásica e importante”, detalle que habla bien del controvertido Gómez Ortega.
88 También es posible que esta persona –con esta denominación– sea Joseph Rodríguez González (1770-1824), matemático y astrónomo del cual se sabe que al menos entre 1801 y 1803 estudiaba botánica (al tiempo que impartía Matemáticas en la Universidad de Santiago).
89 Debe ser Mariano Luis de Urquijo, primer ministro cesado el 13 de diciembre de 1800; la grafía Urquijú es, pues, una gracia.
90 Debe referirse a la puerta que da al Museo del Prado pues, ya desde su construcción, parte de su perímetro “quedó cerrado por una verja de hierro” (Maldonado Polo 2013, p. 93) que da a ese lugar.
91 Curiosamente Barnades murió ese mismo año de 1801. Aunque, en este caso, el sentido de la expresión latina es “¡uff!, gracias a Dios que acabó la clase”.
CAPÍTULO 3
EL VIAJE A PARÍS Y LONDRES A TRAVÉS DE LA CORRESPONDENCIA
En la sala de manuscritos de la British Library hay unas cartas de Simón de Rojas, el cual no aparece como botánico ni ornitólogo ni nada por el estilo, el apelativo con el que se le nombra es el de traveller (viajero), y es normal que así sea porque estar en Londres y en París en 1802 sólo lo podían hacer los viajeros vocacionales, o sea, los auténticos viajeros1. También contamos con cartas de la Sociedad Linneana de Londres y otra documentación que nos adentran en ese mundo.
Para Clemente esta aventura en París y Londres fue, sobre todo, científica y cultural; pero tengamos presente que, desde el principio, el viaje presenta aspectos de novela; esta característica continuará durante todo el trayecto. Efectivamente, desde el planteamiento del mismo, su planificación, la vida de nuestro hombre y del catalán Domingo Badía, jefe de la expedición, en la capital de Francia y del Reino Unido, los trayectos mismos de ida y vuelta, sobre todo el de vuelta con el cambio de personalidad de los dos viajeros..., todo, absolutamente todo, da argumentos suficientes para que este capítulo sea considerado el más novelesco de todos, sin dejar de tener en cuenta que este viaje fue el más instructivo para Simón de Rojas Clemente, instrucción y saber que será lo que a la postre más interese al biografiado y que hará que fuera el viaje de su vida.
3.1. EL VIAJE Y SU MUNDO
3.1.1. Preparación del viaje
De ninguna manera nuestro sabio perdió el tiempo, es el viaje de su vida y él lo sabe, y él sabe también la inquietud de su familia, el vértigo incluso. Vamos a ver este viaje a la luz de sus cartas y desde otras perspectivas –la política, la más importante– sin perder de vista lo expuesto. Pero antes es interesante y curioso que nos detengamos en los preparativos del mismo.
En el expediente de Badía que se encuentra en el Archivo Municipal de Barcelona (Arxiu Històric de la Ciutat) y en ediciones de los viajes de Alí Bey a cargo de Salvador Barberá Fraguas2 y de Augusto Casas3 tenemos datos, algunos anecdóticos y otros relevantes, de la preparación de este periplo, y por supuesto de cómo se gestó; y también –y esto es lo más importante– de la participación de Simón de Rojas. Es pertinente señalar que este expediente incluye una serie de documentos transcritos por algún secretario debajo de cada uno de los cuales, Badía firma y rubrica asegurando que es conforme con el original. El estilo de la Exposición histórica de todo lo ocurrido en el expediente del viaje a África4 es muy característico del autor, lo narra en tercera persona (y él se nombra a sí mismo), expresa sus sentimientos sobre cualquier situación o persona –siquiera de manera suave– y da la impresión de que es consciente de la importancia que tiene este escrito para la historia. La narración refiere continuamente a dichos documentos, órdenes, etc., que debidamente numerados (y con la “compulsa” correspondiente) adjunta. En fin, la exposición, incluidos los documentos adjuntos excepto alguno, se conserva manuscrita y en lo que podríamos llamar portada consta por escrito de lo que trata, o sea, estas noticias: “Comprende desde la confección del Plan por D. Domingo Badía y Leblich hasta su salida de Madrid a la ejecución del Viaje”, y también “Con inserción del mismo Plan y todos los demás documentos y referencias de las escenas verbales”. Naturalmente voy a hacer hincapié en todo lo que interesa respecto a nuestro biografiado sin olvidar a Badía ni mucho menos puesto que es el responsable de todo, lo que significa también que muchas cosas que se refieran al catalán interesan directamente al de Titaguas.
Vayamos primero al expediente empezando por la génesis del viaje. Veremos que se dan motivos y razones de todo:
Don D. B. [Domingo Badía] habiendo visto el poco suceso de varios viajes emprendidos en el interior de África con el fin de descubrir lo que encierra aquella parte del globo, examinando maduramente la causa de este corto éxito, halló que el escollo en que naufragaron todos los viajeros era el fanatismo de las naciones musulmanas que mirando como enemigo detestable a todo profesor de distinto culto que el suyo y aún mucho más si es cristiano juzgan un acto meritorio de su religión todo ultraje o atentado que conspire a la destrucción de un infiel [a partir de aquí cuenta que los musulmanes de generación en generación hacen excursiones por el interior de África sin grandes problemas].
¿Por qué pues sólo los europeos naufragan?
[...] El religioso musulmán que mira con un cariño fraterno a todo sectario de Mahomet detesta con horror a todo incrédulo; al primero le ofrece todos los auxilios de la hospitalidad más oficiosa; al segundo le impropera su infidelidad, le roba, le asesina, y luego muy tranquilo ofrece al Eterno este sacrificio. Las operaciones en uno y otro caso no pueden ser más contrapuestas, siendo una misma la causa que las produce.
Bien pensado este razonamiento, hizo nacer en Badía la idea de que un europeo que ocultando su religión y patria representara en África con aspecto de musulmán sería bueno de visitar todas sus regiones.
Para esto sólo era necesario poseer un poco el árabe, aprender algunas oraciones del Corán, vestir su traje, sujetarse a la circuncisión, a todas sus ceremonias o gestiones ostensibles, y tomando un nombre musulmán hacerse reputar sectario del islamismo.
Esta idea le fue confutada por algunos devotos malentendidos que la creían opuesta a la religión cristiana, pero lejos de eso, practicada como corresponde puede tener resultados gloriosos para la misma religión.
En primer lugar, las palabras y acciones (mientras no se opongan a una sana moral) no tienen más valor que el de signo representativo de las ideas faltando este enlace quedan reducidas a cero o a un mero movimiento del aire del cuerpo sin relación [...], cuando de ellas no puede seguirse escándalo del espíritu y por consiguiente, de valor ninguno. Por esta causa un actor sobre el teatro no tiene inconveniente alguno en doblar la rodilla y dar incienso a la estatua del sol u otro ídolo aún en presencia del auditorio cristiano más austero que jamás se lo imputará a delito [...]
El Viejo y Nuevo Testamento están llenos de ejemplares semejantes, Judith se viste de ramera para provocar a Holofernes, y ¿cuándo dejó de graduarse heroica esta acción, visto el gran objeto de ella? Nuestro gran Macario se adorna de petimetre para introducirse con una ramera que convierte, ¿y quién ha sido bastante atrevido para tachar esta acción?
El objeto del disfraz de Badía no es menos digno, se trata de descubrir nuevas naciones, de cuyo descubrimiento puede originarse la introducción en ellas de la verdadera religión. ¿Y se podrá tachar el ardid de Badía? Las naciones de los países que va a viajar no le darían paso de otra suerte. Badía no va de misionero, él va de explorador y como tal debe sujetarse a las gestiones ostensibles de los habitadores que encuentre cuando éstas no sean contra una sana moral. Tal fue el designio de Badía, y jamás se le podrá tachar cosa en contrario.
Sobre este principio formó Badía el designio de atravesar el centro del África [...] Y para ello formó su plan de viaje en el que procuró reunir a los objetos políticos que se proponía, todos los científicos que juzgaba poder desempeñar en sus travesías por aquellas desconocidas regiones5.
Tenemos la razón del viaje: explorar una parte de África. La forma de hacerlo: fingiendo ser un musulmán. Motivo: los musulmanes de África son muy fanáticos y fracasaría en la empresa si no se hiciera así. Queda claro en esta exposición que si no actúa de esa manera el fracaso es evidente y la vida de cualquier viajero cristiano estaría en peligro6. Es interesante la justificación teológica (bastante convincente, por cierto) de esta actuación desde el punto de vista cristiano; antes de la Ilustración quizás no habría podido razonarse con esa seguridad, aunque siempre, en el fondo, también subyace que este viaje puede revertir en resultados “gloriosos” para el cristianismo. Es importante resaltar que ya desde el principio, desde el plan del viaje, se habla de los “objetos” (objetivos) políticos y científicos, y Badía es calificado como un explorador, lo cual es ciertamente ambiguo porque bajo ese califi-cativo puede esconderse un científico o un espía. La política no está ajena al viaje desde su misma gestación; probablemente Simón de Rojas no estaba al tanto de ello, al menos no poseemos datos en este sentido.
La continuación de la exposición del viaje es el detalle de las diferentes vicisitudes por las que pasó Domingo Badía para que su plan fuese aprobado: presentación al Príncipe de la Paz, paso por la Academia de la Historia, entrevistas con Pedro Cevallos (ministro de Estado), conocimiento de los reyes del asunto, opinión desfavorable de la Academia (quien en todo caso sugiere que vaya acompañado7) y del ministro, por el contrario, los reyes son favorables y Manuel Godoy se mantiene en un terreno neutro tirando unas veces a favor y otras en contra con respecto a todo este asunto. Pero veamos el momento en que se nombra por primera vez a Simón de Rojas. Están hablando Badía y Cevallos:
–Bien, bien, yo me veré con S.E.
–¿Y en cuanto al sujeto que la academia quiere que venga conmigo?
–V.M. que está embebido en su plan, y ha propuesto ir sólo, sólo irá.
–Sí, Sr., sólo iré, pero diré a V.E., yo propuse ir sólo por aminorar los gastos, conformándome al estado actual del erario y aún por esto pedí para mí mismo una dotación tan corta. Además también por la dificultad de hallar un hombre dotado de las raras prendas que una empresa tal exige, un hombre que no se acobarde o que relajando su conducta me comprometa a mí o a la expedición. Pero viendo el dictamen de la academia, desde luego cedo en este punto, y por esta causa he buscado personalmente por Madrid un hombre que llenase mis ideas, el cual hallé en los Reales Estudios de San Isidro, y está adornado de los conocimientos particulares que acreditan estos documentos (presentándole los de Don Simón de Roxas Clemente) [esta entrevista es del 7 de agosto de 1801 y “los conocimientos particulares” se refieren al currículum citado en el capítulo anterior8].
–También esto sería un aumento de gastos, y aquí tenemos que los gastos son ciertos y las utilidades son inciertas.
–Perdone V.E.: las utilidades científicas son tan ciertas como los gastos, parte de las políticas también lo son, lo restante es probable, y a eso vamos.
–Ya, eso sería bueno cuando V.M. estuviese seguro de poder traer esas utilidades que dice pero, ¡la vida de un hombre es tan frágil...!
–Por esto se trata de que vayan dos. Y en fin Sr., ¿qué le digo a este hombre?, ¿que no piense más en esto? Quedó parado el Ministro y respondió:
–No, no le diga V.M. nada. Venga V.M. por ahí y se le dará el Real Despacho de Comisión.
Despidióse Badía conociendo evidentemente por esta sesión cuán opuesto se hallaba el Ministro a su expedición y por consiguiente se preparó a la lucha [...]
Se le envió a Madrid la Real Orden cuyo contexto le pareció singular pues suponía que Badía iba al África a instruirse como se envía un muchacho a correr Cortes para instruirse en la carrera diplomática9.
La Orden de 20 de agosto de 1801 (la cual adjunta Badía en el expediente) fija el salario de Badía: 3.000 reales mensuales. Y, en efecto, es un poco “singular”, habla del “objeto de instruirse” sobre África, además, al catalán no le gusta que el rey se reserve la posibilidad de determinar qué instrumentos deben comprarse y cuáles no. Para nuestro estudio interesa sobre todo la parte de la misma donde el rey quiere estar al tanto de quién va a acompañarle “reservándose S.M. [...] elegir el compañero en la comisión a cuyo efecto quiere que V.M. proponga los sujetos que le parezcan más a propósito para elegir al más digno”10.
A partir de aquí el viaje se pone en marcha de forma oficial, aunque las dudas entre Badía y los gobernantes continúan, como se puede suponer. Y es el oficial de la Secretaría de Estado (D. Eusebio de Bardaxi y Azara) quien desbloquea las dudas de Badía sobre la citada Orden, aconsejándole que indique al ministro el compañero idóneo y entregue la lista de instrumentos, o sea que lo presente todo si no como hechos consumados sí como hechos necesarios (aunque la última palabra la tendrá el rey), lo que realiza Badía el 22 de agosto entregándole a Cevallos los documentos pertinentes. Veamos cómo presenta de manera oficial a nuestro biografiado en el citado oficio:
En punto al ayudante o sujeto que debe acompañarme [...], siendo el éxito de la expedición el interés primario que me anima busqué personalmente algún sujeto que hallase dotado de aquellas morales cualidades que exige una empresa de esta clase, el cual hallé en los Reales Estudios de S. Isidro: se llama Don Simón de Roxas Clemente de cuyos adelantamientos literarios darán a V.E. alguna idea las relaciones adjuntas y el cuaderno de conclusiones de árabe que presencié como también sus progresos botánicos habiendo reconocido yo mismo su herbario que cita. Después de haber yo examinado y observado largamente las disposiciones físicas y morales y este individuo confieso a V.E. que no he hallado otro que pueda comparársele y así lo recomiendo muy particularmente a la atención de V.E. y a la Real Piedad de S.M. como sujeto único para cooperar mis tareas, o continuarlas si yo falleciese11.
Simón de Rojas no puede ser tratado mejor por el que va a ser su superior, se nota una gran admiración por él (siempre aparecerá, no obstante, como su ayudante). Vuelve a nombrar su currículum haciendo hincapié en el cuaderno de conclusiones de árabe (en cuya conferencia sobre el árabe estuvo el 16 de julio) y en el herbario.
He nombrado que la primera vez que aparece citado Clemente por Badía es el 7 de agosto de 1801; efectivamente, es en ese año cuando traban amistad pues Domingo Badía fue a recibir clases de Simón de Rojas. Así lo cuenta en sus memorias:
En 1802 [180112] me hallaba sustituyendo la cátedra de árabe por enfermedad del propietario [Miguel García Asensio], cuando se presentó a las lecciones un desconocido que en poco tiempo hizo muchos progresos; y no tardó en proponerme un viaje científico, que habríamos de emprender disfrazados, para hacer descubrimientos en el interior del África. Yo le contesté sin vacilar que estaba presto a seguirle; y en pocos días me hallé con el nombramiento Real de asociado a esta empresa con la dotación de 18.000 reales [por año], que fue el primer sueldo que he disfrutado, sobrándome siempre para las necesidades de la vida, y faltándome muchísimo para mis apetitos científicos. No pudo retrotraerme de este viaje el respetable Cavanilles, ni otros13, que me pintaban al incógnito como un aventurero loco; y salí de Madrid en mayo de dicho año a tan atrevida expedición, a que debía preceder un rápido paseo por Francia e Inglaterra, con el fin de acopiar noticias, instrumentos de observación y otros artículos indispensables [...]14.
Vemos que el primer contacto se produce en las clases, que Badía hizo grandes progresos rápidamente y que enseguida le propuso realizar el viaje en calidad de asociado. Evidentemente esta proposición se realizó tras el dictamen de la Academia de Historia según el cual debía ser acompañado y vemos que Badía se adelantaba a todo.
En este momento es muy importante subrayar el hecho de que ni siquiera Cavanilles pudo convencerle de lo contrario, hasta ese punto estaba obsesionado por hacer este viaje, además de que le decían que Domingo Badía estaba loco, algo que suscribirían en la época bastantes personas: los académicos, los gobernantes, el propio Manuel Godoy... Afirmación fácil de deducir con sólo leer la Exposición histórica; y es verdad, para llevar a cabo aquella empresa entonces había que estar un poco loco por lo menos. También nuestro sabio D. Simón debía estarlo, sobre todo tras los consejos en contra recibidos; pero es lo que dejaba caer en el capítulo 1, es la pizca de romanticismo que empezaba a existir donde ese mínimo grado de locura hacía que la razón ilustrada se subordinara al corazón romántico por lo menos en algunas ocasiones, en esas ocasiones que se consideran únicas en la vida de cualquiera; en este caso en el viaje a África. De cualquier manera, con el corazón y con la mente a nuestro sabio le avalaba su currículum para acompañar a Badía a África. Y ya desde el principio, anotémoslo, Clemente sigue con su desapego personal al dinero (como vimos en el capítulo anterior con ocasión de la sustitución del hebreo) que siempre le sobra “para las necesidades de la vida”, en cambio le falta “para mis apetitos científicos”.
En esta preparación aparece una orden interesante hecha el 26 de agosto que transmite el ministro Cevallos en nombre del rey al catedrático de árabe Miguel García Asensio queriendo información sobre los conocimientos de Clemente sobre árabe y matemáticas antes de dar el visto bueno para que sea el acompañante idóneo del que se llamará Alí Bey. Dice así: “El Rey quiere que V. informe sobre los conocimientos que posee en lengua árabe D. Simón de Roxas Clemente y al mismo tiempo si tiene algunos en matemáticas, y a este efecto lo prevengo a V. en Real Orden”15.
A lo que el catedrático le responde en septiembre –no inserta día exacto–:
Excmo. Señor: Satisfago a la Real Voluntad de S.M. (que Dios guarde) comunicada por V.E. [...] asegurando la asistencia de D. Simón de Roxas Clemente por espacio de dos años académicos a mi cátedra de árabe, erudito de estos Reales Estudios. Su constante aplicación y singular talento le han hecho el más aventajado de mis discípulos y facultado de una inteligencia vasta y profunda de lo más delicado y sublime del idioma no solamente en lo que respecta a la gramática sino también en lo que pertenece a la poética, de la que dio una excelente prueba en los ejercicios de las dos artes que tuvo en el día 16 del próximo julio en los mismos Reales Estudios con general aplauso.
Asimismo sé que ha extendido su curiosidad y anhelo a las matemáticas en general y especialmente a la inteligencia y manejo de planos y cartas geográficas y a las operaciones de longitud y latitud, y que ha adquirido estos conocimientos primeramente en el estudio de la filosofía que se enseña con grandes principios de matemáticas en la Universidad de Valencia en donde ha cursado y después de una aplicación privada, y que por esta razón no se ha hecho particular mención de ellos en la relación de sus méritos que tiene presentados16.
Decía antes que la orden donde se pregunta sobre los conocimientos de matemáticas era interesante (la pregunta y la respuesta sobre sus conocimientos de árabe parecen obvias). Desde la perspectiva de entonces (ya desde el Renacimiento y todavía en el siglo XVIII) las matemáticas eran una materia unida a la geografía (la cual era una ciencia físico-matemática), de hecho en la respuesta de Miguel García así aparece. Es verdad que “el estudio matemático de la esfera terrestre y el de las propiedades físicas de la tierra [...] pasa a ser en los siglos XVIII y XIX tema de estudio de otras disciplinas”17 como la geodesia primero y la cartografía después. Pero para Miguel García Asensio (y con toda seguridad para Carlos IV y Cevallos) las matemáticas van unidas con “los planos y cartas geográficas y a las operaciones de longitud y latitud”. En fin –como se ha dicho en el capítulo 1– se utiliza el lenguaje corriente aunque ya estuvieran separadas más de derecho que de hecho por lo que se ve, pero es interesante el uso más popular del adjetivo “geográficas” que empezaba a estar en desuso para estos casos. En todo caso era necesario conocer matemáticas para construir mapas, planos y en el manejo de las operaciones de longitud y latitud para emprender el viaje a Europa y a África.
En ésas, el 9 de septiembre Domingo Badía responde a nuestro hombre que es asignado como asociado a esta empresa y ya oficialmente. El oficio dice así:
Acabo de recibir aviso por la primera Secretaría de Estado del despacho de que el Rey Nuestro Señor se ha dignado acceder a la propuesta que hice de V.M. a S.M. para que me acompañe en el viaje de descubrimientos que de Real Orden voy a ejecutar por los países del interior del África a cuyo efecto se ha dignado S.M. conceder a V. el sueldo de un mil y quinientos reales mensuales18.
El problema del ayudante está solucionado pero no el de los instrumentos cuyo desarrollo, para que se hagan como quiere Badía, es realmente pintoresco; pero no vamos a entrar en esos detalles pues nos saldríamos del guión. Sí que me parece interesante que veamos hasta qué punto van juntos los dos problemas pues se tratan en el mismo oficio, también de 9 de septiembre; el director de la expedición empieza su oficio a Cevallos notificándole que el funcionario de turno “en cuya mesa se halla el expediente a mi viaje al interior de África que queda admitida mi propuesta de D. Simón de Roxas Clemente para que me acompañe en esta empresa como ayudante de mis operaciones [por lo que] doy a V.E. las gracias por este nuevo favor”19.
Los preparativos se aceleran. Badía llega a pedir el sueldo de los dos por adelantado20 el cual corresponde a cuatro meses que es lo que piensa que va a durar el viaje por Europa. Badía, incluso, es felicitado porque todo va bien21, en esas circunstancias escribe una esquela (carta breve) –sin fecha y sin poner destinatario aunque presumiblemente sería para el Príncipe de la Paz– donde dice:
D. Domingo Badía y Leblich comisionado por S.M. a los países interiores incógnitos del África suplica permiso para besar la mano de los Reyes Nuestros Señores: entregar a SS.MM. el Papel de Despedida y presentar al doctor D. Simón de Roxas Clemente destinado por S.M. a que le acompañe y coopere en esta expedición22.
Y llega el momento de la despedida de los reyes. El Papel de Despedida es toda una declaración de intenciones dirigido al rey donde el jefe de la expedición aprovecha para encomendar a su mujer y a sus hijos al soberano23. Veamos cómo cuenta el propio Badía el acto de presentación:
En este intermedio [de los problemas con los instrumentos] con conocimiento y anuencia del Príncipe de la Paz, [Badía] besó la mano a los reyes en la Sala de Guardias a quienes presentó también a su ayudante Clemente que obtuvo la misma honra y entregó a ambas majestades dos copias del Papel de Despedida visto y aprobado antes por el Príncipe de la Paz.
El Rey le recibió con su acostumbrada benignidad y a la peroración de Badía respondió varias veces: “Bien, muy bien”. Tomó el Papel de Despedida y el Memorial y se despidió risueño.
Lo mismo sucedió con la Reina que además añadió también la particular cláusula de: “Estoy segura de que lo desempeñaréis bien”. Y a la recomendación de Badía por su familia respondió otra vez: “Muy bien” y se retiró tomando el Papel de Despedida y el Memorial24.
En fin, puede parecer anecdótica toda la presentación pero vemos fehacientemente que nuestro biografiado se entrevistó con los reyes de España, Carlos IV y su esposa María Luisa. Esta entrevista no está datada pero es de antes del 3 de noviembre. En efecto, Simón de Rojas Clemente y Rubio informa a su familia por primera vez de este viaje en carta escrita a su padre en esta fecha. La misiva dice así:
Mi querido padre: / La cera se vende en Madrid a diez reales y cuarto; este tiempo no es el mejor para venderla porque no pueden solearla25. Yo temo que Vd. haga un viaje tan largo, al paso que me alegraría mucho de verle; es regular que Vd. me halle en Madrid pero puede ser que no porque acabo de lograr el destino más apetecido por mí que es el de hacer un viaje por las Cortes de Europa y África con dieciocho mil reales al año de sueldo por espacio de cuatro años que nos dan para hacerlo, aunque nosotros lo haremos en menos, y concluido él, no dude Vd. que el menor premio será dejarnos el mismo sueldo para toda nuestra vida. El otro con quien voy es muy buen hombre. Fui al sitio donde nos despedimos de los reyes, ministros y Príncipe de la Paz. Como ahora hay paces podremos escribirnos a menudo. Es regular nos den pronto el dinero para comenzar el viaje y entonces no podemos ya detenernos.
Enviaré a Vds. la Orden original del Rey. / Creo que Vds. se alegrarán mucho, y no dudarán de que me han de volver a ver pronto lleno de gloria, bienes, salud y sabiduría.
Este es el mayor deseo de su hijo que S.M.B. [sus manos besa] / Simón de Roxas Clemente.
Al abuelo digan Vds. que todavía lo veré a la vuelta. / En el correo siguiente hablaré más largo26.
El grueso de la carta lo emplea Clemente en informar a su familia sobre el viaje que él y Domingo Badía, en quien cree ciegamente, debían emprender por Europa y África, denotando un gran entusiasmo por el recorrido a realizar; hay que notar que lo califica como “el destino más apetecido por mí”. El optimismo es total, hasta confía que guarde ese sueldo de por vida. Su única preocupación es tranquilizar al abuelo. La familiaridad de Simón de Rojas es otra característica de su personalidad.
Pero a pesar de haberse despedido de los reyes en aquel momento, por problemas con Hacienda –no había dinero– la cosa no estaba tan clara y hasta Badía sospechaba que se urdía algo contra él, pero éste es otro tema.
Vayamos al problema del dinero. En un oficio del ministro a Badía del 3 de octubre, el de Titaguas sale nombrado dos veces, una citando que es el elegido para acompañarle y otra para indicar lo que tiene que cobrar al mes (1.500 reales, la mitad que Badía) durante cuatro años, y de que hay otro adelanto de cuatro mesadas (sueldo de cada mes) a cada uno pues ellos tienen que vivir y por problemas técnicos aún no se ha verificado la salida; en fin, es la respuesta a la petición de que se le adelanten cuatro meses hecha dos días antes. En el mismo oficio vuelve el problema de los instrumentos27. Además existen dos oficios que son el apremio de Badía para que se materialice el anterior pues en él se comunica el adelanto, lo que no significa que se cobre inmediatamente28. Se notaba que los viajeros estaban desesperados por cobrar, particularmente Badía; no hay que olvidar que tiene familia la cual nombra constantemente y además los dos han dejado el trabajo a la espera de salir. Pues bien, la desesperación por tener dinero se aplacaría no mucho tiempo más tarde, no consta fecha exacta pero coligiendo los documentos disponibles fue después del 20 de octubre que es cuando el de Titaguas recibe la comunicación oficial de ser el acompañante del barcelonés. En el expediente del viaje se expresa así: “Mandó el tesorero entregar cuatro mil reales a Badía y dos mil a su ayudante Clemente a buena cuenta de sus sueldos”29.
Y en el segundo apremio de Badía, enviado a Cevallos, el jefe de la expedición le cuenta además que “también hago presente a V.E. que mi ayudante D. Simón de Roxas Clemente se halla sin documento alguno que acredite su misión por lo que suplico a V.E. se digne mandar pasarle una orden en que directamente se le avise la Real Gracia que ha merecido”30. La contestación a esta misiva la hace el ministro de Estado el 20 de octubre directamente a Simón de Rojas y le dice:
Con fecha de 2 del corriente hice saber de oficio a D. Domingo Badía y Leblich que el Rey había elegido a V.M. para que en su compañía hiciese el viaje por el interior del África conforme al plan que había presentado y que S.M. se había dignado conceder a V.M. mil quinientos reales vellón al mes durante los cuatro años que debía durar; y a efecto de que V. tenga un documento que lo acredite lo participo a V. para su satisfacción31.
Éste es, pues, el primer escrito oficial acreditativo como asociado a la empresa del viaje por el interior de África que recibe nuestro biografiado.
A partir de aquí se perciben una serie de intrigas y de juicios de valor entre Badía y los gobernantes, más propios de una película de suspense que de una empresa que ya está aprobada; la cosa no acaba de arrancar. Los gobernantes no acaban de tener nada claro; la personalidad de Domingo Badía, con ese aire altanero que debía de tener32, con ese insistir tanto en todo, debió jugar más bien en contra, sobre todo para quien lo conociera de cerca. Podemos imaginar a los viajeros con una gran incertidumbre. Estamos ya en marzo de 1802 y Badía cobra los adelantos que va pidiendo; de Clemente sabemos menos al respecto, probablemente no le harían tanta falta y además es tímido, no tiene el descaro del otro. No es peyorativa esta calificación; de la lectura completa de estos documentos uno se encuentra con que el catalán tira siempre adelante en todo, toca a todas las ventanillas y además en momentos en que se ve que no va a tener éxito, y hasta parece que van aprobándole todo para que les deje en paz de una vez.
Al hilo de lo que llevamos diciendo es muy interesante la conversación entre el tesorero y Badía sobre el pago del viaje a Clemente el día 18 de marzo de 1802. Los dos viajeros van a pedir dinero para el de Titaguas (evidentemente Clemente va acompañado de Badía) porque en lo estipulado no se contempla lo que cuesta el transporte hasta París (la primera parte del viaje). He aquí la transcripción; son el tesorero y Badía quienes hablan:
Vuelve al instante Badía a Madrid. Preséntase al tesorero con su ayudante pidiendo algún dinero para el transporte de éste, y responde el tesorero:
–No puedo dar más dinero.
–¿Con que el señor [Clemente] tendrá que quedarse aquí?
–Que se quede... ¿Y cuándo hace V.M. ánimo de marchar?
–Yo, al instante, pero no me he atrevido a pedir los pasaportes hasta ver si el señor podría venir conmigo según está mandado.
–Pues bien, pida V.M. sus pasaportes para ambos y en teniéndolos venga V.M. por acá, y se le dará lo que se pueda33.
Al final Badía se sale otra vez con la suya: Clemente tendrá su pasaporte y su dinero. Esta vez todo ha sido fácil, pero es curioso, hace tiempo que se despidieron de los reyes, es oficial el nombramiento del de Titaguas para la empresa y todavía hay alguna duda sobre si va a ir o no. De cualquier manera el catalán se da prisa y pide esa misma noche del 18 de marzo a Cevallos los pasaportes:
Recopilada por mí las medidas y pesos y hallándome pronto a marchar con mi ayudante D. Simón de Roxas Clemente suplico a V.E. se digne mandar librarme los correspondientes pasaportes para Francia e Inglaterra en la inteligencia de que sólo pasaré en París unos 20 días para tomar algunas obras y dos higrómetros y reconocer las colecciones mineralógicas y botánicas34.
Este oficio fue trasladado a Hacienda, según las normas de la época, pues llevaba consigo el dispensar dinero, y además en el extranjero; al final se dan órdenes para que así se haga pero como las cosas de palacio van despacio, el 21 de abril vuelve a reincidir en lo mismo con otro oficio al ministro de Estado, con este texto:
Suplico a V.E. me permita molestar su atención rogándole se digne mandar se me expidan los correspondientes pasaportes para mi marcha con D. Simón de Roxas Clemente al obedecimiento de las órdenes que se me han prescrito según tengo solicitado de V.E. con fechas de 18 de marzo último, y l0 del corriente a cuyo favor quedaré reconocido35.
Todo tiene su fin y el día 4 de mayo reciben sus pasaportes, cuya redacción es muy parecida a la que ahora se hace con los pasaportes de servicio. Los mismos están firmados el día anterior. Es el último trámite que faltaba para salir. El de nuestro Simón de Rojas está redactado así:
D. Pedro Cevallos, Consejero de Estado de S.M., Gentil Hombre de Cámara con Ejercicio, Primer Secretario de Estado y del Despacho Universal, Superintendente General de Correos y Postales en España e Indias.
Por cuanto ha resuelto el Rey (que Dios guarde) conceder pasaporte a D. Simón de Roxas Clemente para ir a Londres a emprender desde allí un viaje científico a los países interiores del África en compañía de D. Domingo Badía y Leblich. Por tanto ordena S.M. a los Capitanes Generales, Comandantes, Gobernadores, Intendentes, Corregidores y demás justicias, Ministros o personas a quienes tocare no pongan embarazo alguno en su viaje al referido D. Simón de Roxas Clemente, antes bien, le den todo el favor y ayuda que necesitare, que así es la voluntad de S.M.36.
El mismo día Badía con otro oficio agradece la entrega de los pasaportes, aparte de plantear algún que otro problema, o mejor reivindicación. Pero la cuestión es que el paso definitivo ya está, por fin, dado37. Las dudas importantes ya se han despejado totalmente, queda ultimar algún detalle a cargo de Domingo Badía y, sobre todo, prepararse para partir. Ahora ya no hay excusa.
Antes Clemente debió despedirse de todos sus familiares, amigos y conocidos; sólo tenemos una nota de despedida a su amigo Mariano Lagasca que no está fechada, la cual dice:
Sr. D. Mariano, mi amigo: Al fin nos marchamos, por eso no he podido acudir a casa nuestro maestro. Veré si puedo ir al Jardín esta tarde; si no me hará V. el favor de decir al señor D. Antonio [Cavanilles] disponga cuanto quiere mandarnos según toda la extensión de nuestras pocas facultades y del muchísimo deseo y obligación de servirle mientras llega la hora de repetir personalmente estas expresiones38.
Debió dejar esa nota a Lagasca en su casa algún día antes de partir; en ella vemos la especial deferencia al maestro de ambos y el deseo de despedirse de él.
Clemente tenía motivos para estar muy ocupado; así los dos viajeros –conjuntamente– vuelven a visitar al Príncipe de la Paz para darle el penúltimo adiós (el último se lo daría Badía el día 7 con su familia). En efecto, el día 5, un día después de haber recibido los pasaportes
se presentó Badía al Príncipe de la Paz con su ayudante y le dio las gracias por la expedición de los pasaportes. El príncipe le dijo:
–Y, ¿cuándo marcha V.M.?
–Señor, la semana próxima.
–Con que, ahora, ¿a circuncidarse? (Sonriéndose ambos.)
–Eso es hablar de las gentes.
–Compadezco a V.Ms. Van a pasar muchos trabajos.
–Veremos39.
Y, tras saltar los últimos obstáculos: “Finalmente, el miércoles 12 de mayo por la tarde, salió Badía de Madrid para París acompañado de D. Simón de Roxas Clemente. / Madrid, 12 de mayo de 1802 / Domingo Badía y Leblich”40.
Del trayecto de la ida tenemos dos documentos. Uno es una carta fechada en Bayona que Badía envía al valido de Carlos IV el 24 de mayo:
Excmo. Sr.: Anteayer 22 llegamos aquí, donde estamos detenidos hasta que la municipalidad vise nuestros pasaportes haciendo ya tres días que ando sobre ello.
Aunque no siendo la Europa el objeto de nuestra misión, viajamos encajonados en un carruaje a jornadas tiradas, no obstante, aprovechamos lo posible las circunstancias, practicando las observaciones posibles y colectando algunos objetos, cuyo diario y colección general de Europa remitiré a V.E. a nuestra salida de Inglaterra para el África si se digna admitirlo aunque el carecer de tiempo, disposición e instrumentos circunscribe nuestros trabajos a muy estrechos límites.
Dígnese V.E. hacer que no se nos abandone privándonos de los auxilios necesarios en París y Londres, pues por no meterme en más contestaciones, confieso a V.E. que salí de Madrid, extremadamente vacilante sobre este punto. Y viva V.E. feliz cuanto deseo41.
El detalle de los pasaportes no nos incumbe. Debemos resaltar el hecho de que viajaban “encajonados” y hacían cada jornada de un tirón, sin ninguna comodidad pues. La otra circunstancia a tener en cuenta es la colección de los objetos que empieza en Bayona aprovechando este receso de tres días y cuyo comienzo se realiza con toda seriedad, con el día a día de la misma, pero observemos que Domingo Badía personaliza mucho la colecta de los objetos y habla en plural cuando se trata del trabajo de hacerla pero en primera persona del singular cuando se trata de dirigirla al Príncipe de la Paz. Otro dato a reseñar es que pensaban partir directamente desde Inglaterra a África, ésa era la idea desde Madrid, por eso se habla de enviar la colección a Godoy desde Inglaterra.
Y al final de la carta anterior, como a pie de página, escrito en fecha posterior consta: “Con fecha de 7 de junio, escribí a S.E. nuestra llegada a París”. Los viajeros llegaron el día 6 según informe a la Academia de Ciencias de París de 15 de noviembre de 1813 del catalán: “Je suis arrivé à Paris le 6 juin”42 [llegué a París el 6 de junio], pero la notificación la hace Badía al día siguiente.
El otro documento al que aludía es una carta de Clemente fechada en Burdeos el 30 de mayo, la envía a su primo Miguel Collado. Dice así:
Mi amado primo y dueño: Llegamos anoche a ésta y partimos mañana para París donde estaremos el día 8. Hasta ahora nos ha ido muy bien; las detenciones indispensables han sido precisamente donde había algo que ver; la que hacemos en Burdeos es demasiado corta para tan gran ciudad. El tiempo es bellísimo. Espero con ansia en París noticias de la salud de Vd. y carta de mis padres para quienes servirá también ésta puesto que el tiempo escasea. A Lagasca [dígale] que desde Bayona ha habido menos comodidad para buscar plantas y que éstas abundan también menos, que espero en París carta suya desde donde yo le escribiré también; entréguele las inclusas en ésta. Mil saludos a la Sra. Pepa, D. Rafael y esposa, Fr. Pedro, Dña. Micaela y D. José y su hermana; Vd., cuídese mucho. Mi padre dará expresiones en Titaguas a los de nuestras casas, etc., etc. Badía también saluda a Vds. / Su primo que S.M.B. / Simón de Roxas Clemente43.
Hasta aquí la carta a su primo. Esta carta es para él pero también para sus padres “puesto que el tiempo escasea”. Es decir, el primo –que vivía en la Corte– centralizaba el correo y reenviaba las cartas de Clemente a Titaguas y a quien hiciera falta (en este caso también a Lagasca), lo que entra dentro de una lógica ya que, sobre todo para la familia, sería más cómodo que todo pasara por la intermediación del pariente dada la movilidad del botánico y también por el hecho de residir en el extranjero.
Dice en la misiva la información normal que se suele dar. Esperan llegar a París el día 8 (ya hemos visto, sin embargo, que llegaron el 6).
La carta tiene una segunda parte sin fechar pero escrita por el propio Miguel Collado tras recibir la anterior, lo que evidencia la condición de intermediario del primo: envía a la familia la anterior misiva de Clemente, y a su vez asegura que reenviará a éste a París una escrita por su padre, etc., etc.
Los viajeros ya están en París. Atrás ha quedado casi un año de incomprensión, de dudas, sobre todo para Domingo Badía que es quien ha llevado todo el peso de las negociaciones. Simón de Rojas se ha mantenido en un segundo plano, y así seguirá todo el periplo en el que estén juntos; tampoco D. Domingo se habría dejado arrebatar ese segundo plano. A D. Simón le quedará de este viaje todo lo que aprenda, todo lo que interiorice. Podríamos decir que el de Titaguas representa más a la Ilustración y el catalán al Romanticismo quien parece incluso que busque la utopía, si no, cómo iba a insistir tanto en todo; el titagüeño (o titagüense) también pero menos.
Gracias a este expediente de Domingo Badía hemos podido conocer los pormenores de ambos viajeros, y resaltado lo referente a nuestro biografiado. En él hemos visto también que se han guardado para la historia detalles como la entrevista con los reyes, el interés del rey sobre los conocimientos de árabe y de matemáticas de Clemente, la última entrevista de ambos con el Príncipe de la Paz o el parón en la municipalidad de Bayona para que los pasaportes fueran visados, detalles si no pintorescos, sí curiosos; y si leemos el expediente vemos que el futuro Alí Bey utiliza un estilo ameno e irónico en todo, lo que puede quitarle algo de objetividad al barrer siempre para él, para casa, sin embargo, no se le puede negar una subjetividad sincera. También vemos a una España remisa a la hora de invertir en ciencia (situación un tanto endémica en nuestro país) y en descubrimientos que no están claros, o tal vez una prudencia comprensible. Y hasta da la impresión de que todo se cocía entre bastidores –como casi siempre–, de esta manera, por ejemplo, vemos que Simón de Rojas se había enterado oficialmente de su elección por el propio Badía, pero la comunicación oficial, y a petición de éste, se produce más de un mes después.
Y esto lo vemos con claridad pues hasta la incongruencia es transparente aquí. Efectivamente, todo se hace con mucha transparencia, quizás con demasiada, incluso con demasiados oficios, órdenes y cartas; y es un viaje que, en principio, era secreto, pero en realidad era un secreto a voces, tanto es así que, incluso, Cevallos escribe a Cavanilles desde San Lorenzo del Escorial el 10 de octubre de 1801 una misiva con el fin de “dar a D. Domingo Badía y Leblich tres ejemplares de la obra de V.M. Icones plantarum y Monodelfia, que pide para llevar consigo al viaje por el interno del África que va a emprender”44. Es decir, el mismo ministro de Estado cuenta a Cavanilles que Badía va a ir a África, al tiempo que se preocupa de que el catalán tenga los libros del maestro de la botánica española. También fue anunciado en el Diario de Madrid del 28 de noviembre de 180145; Badía (y también Clemente como veremos) lo comunicó a diestro y siniestro en París y en Londres y puede considerarse un milagro que las autoridades de los países adonde debían ir no estuvieran al tanto de todo. Salvador Barberá ve en esta despreocupación la poca relación que había entre África y Europa en aquel momento46, porque de haber habido una relación algo más fluida nuestros viajeros habrían sido descubiertos enseguida, pero claro, van a África porque esa relación no existe y también van para que exista. De todas maneras la despreocupación con la que es tratado el tema en el sentido de saberlo tanta gente siendo que era un viaje secreto es muy grande; no obstante, hay que resaltar que nadie que pudiera perjudicarlo se enteró por lo que tampoco estaban tan desencaminados. Y hablo hasta la salida de Londres para España; desde entonces, y después cuando llegan a Andalucía sí que hay un secretismo total –y hasta inquietud por la pérdida de cartas, de lo que se hablará más adelante–, porque Andalucía está llena de árabes y al lado de África, en ese momento ya existe lo que se puede llamar un secreto de Estado; antes no fue considerado así. Transparencia que nos hace ver –repito– incluso aspectos incongruentes.
Los viajeros llegan a París el 6 de junio de 1802 como sabemos. El trayecto de Madrid a París ha durado, pues –con las retenciones pertinentes–, 25 días. Pronto contactan con los botánicos del lugar. Uno de los encuentros es con Francisco Antonio Zea; en aquellos momentos también estaba allí, así lo indica Clemente en una carta que vamos a ver enseguida y también tenemos otra de Zea escrita desde París a Cavanilles en la que habla de nuestro hombre; ésta está fechada el 14 de junio. Dice lo siguiente sobre el de Titaguas: “Mucho me ha agradado su discípulo Clemente; pero no me agrada que sin acabar de formarse salgan a correr los mozos de quien más se puede esperar. Ése es el secreto de hacer meros colectores de los que pudieran ser grandes botánicos”47. O sea, critica el hecho de que salga al extranjero antes de formarse y teme que este viaje estropee su formación. Evidentemente Zea se equivocó con estas apreciaciones.
3.1.2. Simón de Rojas en París y Londres
Ahora vamos a ver el viaje bajo el prisma de D. Simón a través de su correspondencia que, como es natural, adquiere un protagonismo periodísti co y científico, pero sobre todo humano. Es el viaje de un gran observador y además culto y eso lo vamos a constatar en las cartas que veremos a continuación que nos informan en algunas ocasiones de lo que hace, de lo que aprende y de lo que vive, dándonos también una visión social de la época y aportando mucha luz al viaje y al contexto en que se desarrolla. Hay que notar que el estilo de estas cartas familiares es descuidado, otra cosa es cuando escribe a personalidades, como a Cavanilles, cuyo esmero literario es mayor.
Vamos a ver la de 4 de julio de 1802 a su primo (Miguel Collado) desde la capital francesa dice:
Mi querido primo y dueño: / Todavía estaremos aquí unos quince días; esa dilación nos es muy útil porque entretanto oiré el curso de conchiología completo y el de crustáceos y tal vez todo el de insectos y cuadrúpedos, y recogeré algunas plantas. Zea dice que va a partir, él llevará un cartoncito que puede Vd. encargar a Lagasca que recoja y lo entregue a Vd., pues es regular que vaya dentro algo para él, como irá para Vd. algún libro, según el dinero que haya. Lagasca creo que lo hará de buena voluntad y sabrá regularmente la llegada de Zea luego de que se verifique. Sobre lo que me dice mi padre en la que Vd. me remitió, puede Vd. hacer lo que le parezca conveniente. Estuvimos antes de ayer en la lección pública que da el abate Sicard a los sordomudos cada 15 días. La pieza que debía ser más grande y más decente, llena, el abate hombre de 45 años pero de espíritu muy metafísico y cartesiano. Los sordomudos muy instruidos hasta en los puntos más abstractos, escriben, leen, hablan entre sí y con Sicard, e imprimen con mucha destreza y prontitud. Se les preguntó qué era la Iglesia y la definieron en dos acepciones exactamente por escrito. Los repetidos aplausos hicieron resonar varias veces el gimnasio. Asistiremos luego a la escuela de los ciegos que dirige Haüy, hermano del profesor de Mineralogía. Hemos visto los obispos y clérigos vestidos de corto con pañuelo blanco al cuello y sin corona, y creemos que esto sea por orden del gobierno. Dijo Sicard al público que el Rey de España le había enviado un hombre para que le instruyera en el arte que después debe enseñar en España. El tiempo se mantiene aquí aún fresco y muy nebuloso. Vemos muchos musulmanes venidos de Egipto con los franceses, entre ellos hay mamelucos48 que tiene a su servicio Bonaparte. No ocurre más de particular por ahora. Dé Vd. expresiones a los mismos y a D. Diego, con Rodríguez y el curita; a Lagasca puede Vd. franquearlo todo como él merece y entregarle la adjunta. Espero que Vds. no serán omisos en escribirme a Londres. Dirija Vd. ésta a mis padres cuyas cartas con la de mi abuelo y hermanos me causaron el mayor placer como también la adjunta de Domingo.
A Neyra, catedrático de Clínica en el hospital, que irá por ahí por unas semillas puede Vd. darle las que quiera de las que dejé en el cajón junto a la despensa. Lo mejor sería apartarle de cada papelito la mitad y ponérselas nombradas con separación para que quedasen ahí de todas; pero si no hay tiempo para esto, puede Vd. dárselas como están sin decir nada de esto a Lagasca.
Besa las manos de Vd. quien desea saber de su salud49.
El objeto de este viaje es, repitámoslo, “acopiar noticias, instrumentos de observación y otros artículos indispensables” para la proyectada expedición a África. Y en el Museo de Historia Natural de la capital de Francia, Clemente colectaba objetos al igual que haría más tarde en Londres en la Casa Banks, lugares que, afirma en su autobiografía, llegaron a ser su morada.
Vale la pena, una vez más, seguir el hilo de sus memorias para confirmar lo que se dice en la carta anterior:
Ni me contentaba con asistir a las lecciones públicas, sino conversaba diariamente con los sabios de una y otra capital [...] Al mismo tiempo salía a herborizar a gran distancia de dichas capitales y tuve el gusto de presentar a aquellos sabios, algunas plantas, o no descubiertas, o no bastante conocidas.
Ni en París ni en Londres, dejé culto que no examinase en sus templos y sinagogas, abrazando todos los ramos de instrucción50.
Clemente recoge plantas aparte de asistir a las lecciones públicas y también se puede deducir que lo que le envía a Lagasca son eso, plantas, podrían ser criptógamas pues es en esta ciudad donde se aficiona a ellas y aprende mucho de Persoon como señala el propio Lagasca en la autobiografía que él completa. Las lecciones públicas en París son los cursos de conquiología, de crustáceos, de insectos, de cuadrúpedos, de clases a sordomudos (admirando incluso el método pedagógico del cual se ha interesado el rey de España) y a ciegos, lo que supone abrazar todos los ramos de la instrucción y hasta, aunque no lo diga expresamente, asistir también a cualquier debate, tertulia o lectura de tipo ilustrado.
El viajero no dejó de visitar en las dos capitales los templos y las sinagogas. Con respecto a la religión hay una observación en la carta: “Hemos visto los obispos y clérigos vestidos de corto con pañuelo blanco y sin corona, y creemos que esto sea por orden del gobierno”. Observación interesante teniendo en cuenta el liberalismo laicista imperante en Francia tras la Revolución Francesa, aunque ya de corte bonapartista.
Evidentemente Clemente va tomando nota de todo ello, deja entrever una cierta admiración por lo francés y se va forjando en él un espíritu liberal y afrancesado que le traería con el devenir del tiempo muchos problemas y sinsabores. En ese momento Simón de Rojas tenía 24 años, no perdió el tiempo en ningún sentido, ni siquiera en la observación ideológica; vive el París de Napoleón y lo cuenta, al tiempo que no se olvida de sus compromisos.
El día 4 de julio de 1802, el mismo día que escribe a su primo lo hace también a su amigo Lagasca a quien no podía olvidar. Dice en la carta:
Lagasca mío: ¡Qué deseos tengo de ver letra de Vd.! Escribí a Vd. y a nuestro profesor en el correo pasado. No me acuerdo si dije a Vd. que aquel liquen que Vd. cogió viniendo a Madrid y después yo en S. Bernardino y en el 3 molino blanco empirañado con las peltas rojizas le tienen aquí por el lentigerus. Alguno de los otros no le he visto hasta ahora en los herbarios. Sentí no poder acabar de ver la colección de Persoon por haberse marchado a los Alpes tan pronto. Los mismos franceses dicen que quien entiende de eso son los alemanes. Yo procuraré hacer las consultas que me faltan y trasladarlas a noticia de Vd. quien no extrañará la falta de método y orden en mis cartas considerando las muchas cosas a que debo atender y el espíritu de distracción que aquí reina. Mi pariente podrá darle a Vd. alguna otra noticia de mis ocupaciones. Las de Vd. no serán tampoco cortas. Puede Vd. tomar para Boutelou alguna criptógama de mi herbario siempre que a mí me queden dos ejemplares, los mejores. Y con la misma condición si necesita Vd. alguna otra como para Clarión51 a quien debe Vd. enviar cuanto antes buena colección de buenos ejemplares, pues él podrá proporcionarle a Vd. muy exquisitos.
Diga Vd. a García que su antagonista (Decandolle), jovencito, pantalonáceo y vivaracho, delgadito y de mediana estatura, ojos chicos y un poco hundidos, color claro y pelo a la cabalia acaba de hacerle la mayor injuria pues acaba de casarse con una excelente moza a quien enseña a buscar los dos cotiledones de la Nimfea, y lleva a los sabinetes, etc., etc.
Expresiones a D. Claudio, / Su Roxas52.
Esta carta es una de ésas en que se toca la evidencia, y la evidencia es que nuestro hombre está investigando en París, no está ni de vacaciones ni pensando en el viaje a África. Su pensamiento lo centra en la carta que espera del mismo Lagasca, la que ha enviado a Cavanilles, de las plantas de Madrid y de París, de Persoon, de sus ocupaciones (emplaza a que sea informado por su primo Miguel Collado, no en balde también le ha escrito ese mismo día), su criterio del intercambio de plantas, de los amigos, sin faltar para nada el humor centrado en la descripción del suizo Augustin Pyrame de Candolle (1778-1841), su reciente matrimonio y García (Donato García casi con toda seguridad); ellos (Lagasca y Clemente) sabrían con exactitud de qué se trataba la broma, siempre relajante si, sobre todo, se está lejos de los suyos (caso del de Titaguas), entre los cuales Lagasca, de ahí “Su Roxas”, apelativo que reserva para los íntimos. Pero no se acuerda para nada del que dirige la expedición, de Domingo Badía, a quien ni siquiera nombra, y es que sus motivaciones son muy otras, son las que manifiesta.
Las siguientes cartas ya están fechadas en Londres, son dos del 24 de agosto de 1802. Una está dirigida al padre, lo que sucede es que escriben dos: Clemente y Badía. El primero saluda a la familia y amigos del pueblo con una información que no fue cierta: “Aún estaremos aquí más de un mes” (varios meses más continuaron allí). La cortedad de la misiva se justifica porque el resto de la carta lo emplea Badía en lo que parece ser la presentación al padre de Clemente a quien saluda, afirma que su hijo “lo mismo que yo, va perfectamente, a Dios gracias” y lo tranquiliza asegurándole que volverán “coronados de gloria con el fruto de nuestra expedición”. Mensaje optimista.
En el reverso de la carta hay una nota del primo de Clemente que dice: “Mi estimado tío Joaquín. No envío una carta de Rojas para Vicente porque es larga y he de copiar algunos artículos de ella y no hay tiempo pues se ha recibido muy tarde el correo. Irá en el siguiente. Hasta entonces y siempre de V. [¿Servidor?] / Collado”53. En la misma página está la dirección de Miguel Collado en Madrid, lo que potencia la idea de que las misivas se enviarían desde Inglaterra a Titaguas (y viceversa) vía Madrid; su primo sería, además, el primero en enterarse de cualquier vicisitud importante, entre otras cosas por vivir en la capital.
Y en el paquete para Miguel Collado también incluyó (también del 24 de agosto) otra (tenemos la copia) a su antiguo profesor de Filosofía en la Universidad de Valencia, Antonio Galiana (aquí lo nombra catedrático de Matemáticas, que también lo fue). La carta dice:
Mi amado maestro: Si es Vd. el que me mostró el camino de la ciencia y de la virtud, el que me volcanizó en el amor de entrambos, el que me hizo gustar sus frutos e hizo conocer su valor y el que sobre cuanto puede expresarse me hizo el objeto de las efusiones de su gran corazón, es terminante que, cuando menos, debo reconocerme a Vd. tan deudor como a mis padres. La abundancia de estos sentimientos me ponía en el agradable compromiso de noticiar a Vd. el estado de mis progresos siempre que experimentaren alguna novedad: la que voy a anunciar a Vd. no ha tenido consistencia hasta ahora, motivo porque [por el cual] no se la anticipé.
He sido nombrado con 18.000 reales en compañía de Badía para una expedición que éste propuso al interior del África. Para el surtido de instrumentos de observación y libros, etc., ha señalado el gobierno 40.000 reales que están ya invertidos. Con este objeto y el de tomar algunas noticias preliminares hemos estado dos meses en París y estaremos dos meses y medio en Londres.
Aunque el gobierno no ha hecho distinción expresa de los trabajos que cada uno de nosotros debe tomar; mi compañero que es buen astrónomo, geógrafo y músico se encargará principalmente del desempeño de estas partes, y yo que me dediqué particularmente en Madrid a las ciencias naturales e idiomas trabajaré en aquellas y parte filológica y lo que tenga relación con los cultos; a los demás objetos atenderemos indiferentemente.
Si en adelante tengo ocasión y tiempo para dar a Vd. noticia de nuestros descubrimientos y trabajos lo haré con la mayor prolijidad que pueda. Ahora sólo podría hablar a Vd. de sabios, sociedades, libros, etc., etc., que Vd. conoce: entre aquellos, hemos visto aquí a Mendoza de los Ríos que ha impreso en inglés y español una colección de Tablas para varios usos de la navegación y está trabajando aquí en otras relativas al mismo objeto; veremos si es verdad lo que aquí se dice de Herschel: que no permite a nadie mirar por su gran telescopio.
Si Vd. tiene la bondad de escribirme o mandarme alguna cosa en Londres podrá hacerlo inmediatamente, de otra manera arriesgará Vd. un placer a su más obligado discípulo, / Simón de Roxas Clemente54.
La carta es entrañable, el alumno se acuerda de su antiguo maestro, “el que me mostró el camino de la ciencia y la virtud” por lo que “debo reconocerme a Vd. tan deudor como a mis padres”; a cualquier maestro o profesor le gustaría recibir estas palabras de un antiguo alumno o alumna, las cuales dicen muy bien de Simón de Rojas.
Como novedad sabemos que el gobierno ha empleado ya 40.000 reales en gastos de infraestructura del viaje europeo, aún se gastaría más pues estuvieron más tiempo del previsto; en París estuvieron dos meses justos, lo sabemos también porque en el herbario que los viajeros hacían paralelamente consta la fecha del 6 de agosto como último día de recolección en Francia (del día siguiente es ya la recolección de Inglaterra), más de los 20 días de que se hablaba con ocasión de la petición de los pasaportes, y en Londres también alargaron su estancia.
Vemos igualmente que se han impuesto unos roles; Badía tendrá primacía en la toma de decisiones en astronomía, geografía y música, y nuestro hombre en ciencias naturales, idiomas, filología y cultos, y esa disposición tendrá que seguir siendo válida para África. Por lo demás habla a Galiana de lo suyo: de planos y mapas (geodesia) que es como hablar de matemáticas en aquel momento.
Creo conveniente insertar también aquí una carta en inglés escrita por Joseph Banks (presidente de la Royal Society e impulsor de la creación de la Asociación Africana entre otros méritos55; no consta destinatario exacto) donde pide ayuda en metálico para los dos viajeros. Hemos estado viendo lo remiso que era el gobierno español para dispensarles lo necesario y lo que se hacía de rogar; pues bien, Joseph Banks en persona escribe:
Soho Square August 29th 1802
Dear Sir:
As the African association is at the present in vacation I take the liberty to recommend to you in their name the bearers of this D. Domingo Badia y Leblick and D. Simon de Roxas Clemente; they are Spanish gentlemen employed by their court to explore the interior of Africa a business they undertaken with a zeal and ardour equal; I trust to the difficulties they will have to encounter and they are consequently intittled to the warmest protection from the African association whose views they are likely so essentially to promote.
Money they have no occasion for as that is supplied to them by their employers but if any unexpected necessity should befell them, I have reason to the African association pecuniary assistance would be granted, for friendly civilities of country enables you to administer to those who are strangers in it, I trust to your friendship to grant to them and I beg to assure that in rendering them use full services you will not only lay me under personal obligations to you but you will essentially oblige the very respectable association in whose name I have taken the liberty to address you.
I am Sir / With much regard and consideration / Your obedient humble servant / Joseph Banks56.
[Muy Señor Mío: Como la Asociación Africana está por el momento de vacaciones me tomo la libertad de recomendarle en su nombre a los portadores de esto (sin duda algún documento de recomendación), D. Domingo Badía y Leblick y D. Simón de Roxas Clemente; son unos caballeros españoles encargados por su Corte de explorar el interior de África, un asunto que han asumido con un celo y un ardor equivalentes; como van a encontrar dificultades, en consecuencia ellos son merecedores de la más calurosa protección de la Asociación Africana cuyas ideas es con seguridad muy importante que ellos den publicidad.
Todavía no les han suministrado sus patrones el dinero, sin embargo si alguna necesidad imprevista les sucediera, tengo motivos para esperar que una adecuada solicitud de asistencia pecuniaria de usted a la Asociación Africana sería otorgada, por la amistosa hospitalidad del País que permite administrar a los que desconocen todo esto; confío en su amistad para que se les conceda y pido que se les asegure revirtiéndoles en servicios útiles que no se traducirá solamente en obligaciones personales para usted sino que obligará esencialmente a la muy respetable asociación en cuyo nombre me he tomado la libertad de dirigirme a usted].
En la carta se evidencia la solidaridad internacional entre individuos –que no entre Estados–, algo propio de la Ilustración también, donde, en general, la gente se ayudaba. Está claro que los ingleses nos llevaban mucha ventaja en organización, previsión, etc. Por eso están allí, y por eso existía incluso la Asociación Africana, algo muy lejos de pensar en España. Ello lo confirma la Gazette de France: “Él [Alí Bey] sabía que una sociedad instituida en Inglaterra, cuyo único fin era hacer descubrimientos en África, no había obtenido ni con mucho resultados proporcionales a sus esfuerzos”57. Esta sociedad era la Asociación Africana y por la razón que aduce la Gazette a ella se dirige.
Con lo dicho redundo en lo que afirma Salvador Barberá: es un milagro que el Estado marroquí no se enterara de todo este asunto.
La siguiente carta que va a comentarse está datada en Londres el 24 de noviembre de 1802 y dice:
Mi muy querido abuelo: Tiempo ha que no aprecio yo otros objetos en el mundo que los que están adornados de virtud y saber, o al menos de aquélla; mas este convencimiento no quita que yo abrace gustoso las reflexiones de Vd. que conspiren a lo mismo, antes por esa razón misma me deberán ser más agradables. Que nos veremos en Titaguas lo espero firmemente; si con renta aunque parece regular, no lo sé, pero esto último importa menos de lo que parece a muchos.
Mi compañero [Badía] estima mucho las expresiones de Vd. y las devuelve afectuoso. Los alimentos aquí han sido por lo común carne regularmente bien asada y siempre muy buena: pavos, liebres y otros animales así, y una cosa muy buena como pasteles que llaman pudding; muy buen queso, manzanas, peras, ensalada, buen pan y patatas, buena cerveza, etc., el agua mala; pero tampoco tan necesaria como ahí. Así tengo perfectísima salud. De aquí iremos a un puerto de Marruecos y tal vez toquemos en Lisboa o Cádiz; iremos por mar, muy bien acomodados en un buen navío. / Su nieto que S.M.B.
Esta carta de Clemente a su abuelo difiere un tanto de las otras, y es precisamente porque es para su abuelo (su abuelo materno, Antonio Rubio, el paterno, José Clemente murió en 1758). Nótese que no hay alusión alguna a vicisitudes puntuales; el nieto se limita a contarle al abuelo cómo le va. Empieza con una reflexión donde pone en la cima de los valores humanos, como buen ilustrado, a la virtud y al saber (sobre todo al primer valor), objetivos que coinciden, aunque, presumiblemente, por caminos diferentes, con el del abuelo, a quien espera ver en Titaguas (como ya le decía en una carta anterior). Es normal que el nieto intente tranquilizar a su abuelo pues la idea de la lejanía, históricamente, ha hecho que éstos piensen que ya no verán más a sus nietos, y sobre todo hay que tener en cuenta que hablamos de Londres y de 1802 y que después le espera Marruecos, y después el reencuentro “con renta” pero con la afirmación de que el dinero no es lo más importante, lo que nos confirma una vez más su manera de ser desinteresada y culta, desapegado del dinero y amante del saber. En la parte final de la carta, de contenido gastronómico, hay que resaltar el conocimiento que ya tiene del pudding.
La siguiente carta también está fechada en Londres y es del mismo día (24-11-1802); en ella dice:
Mi muy querido padre: Dentro de un mes nos habremos embarcado tal vez para Marruecos. Hasta ese día escribiré aún a Vds., y después si puedo desde el camino, para esto último es regular no tendré ocasión, pero apenas desembarque en África enviaré carta. El viaje por mar podrá durar unos 20 días aunque algunas veces es cosa de 30. Tendremos excelente viaje porque vamos en un navío muy bueno y estaremos muy bien asistidos; para el África llevamos las mejores recomendaciones y seremos muy bien tratados desde que echemos pie a tierra.
No me escriban Vds. hasta que yo envíe a decir dónde. / Dé Vd. muchas expresiones a la madre y hermanos y recíbalas de mi compañero. / En este mismo correo escribo a Juan.
En esta carta se nota cierta desinformación con respecto a alguna circunstancia de tiempo o lugar sobre la empresa que él y Badía van a realizar. Si en la carta anterior anuncia que irán a un puerto de Marruecos pasando por Lisboa o Cádiz, en ésta el adverbio de duda “tal vez” se refiere a si van a ir realmente a Marruecos, adonde no obstante confía en llegar (al hablar de África lo propio es que piense en Marruecos). Nótese que las dos cartas están fechadas el mismo día y, casi estoy por decir, van a la misma casa, una para el abuelo y otra para el padre; la del abuelo es más tierna y más segura porque quiere dar eso, seguridad y tranquilidad. Y no olvidemos que, en principio, era un viaje secreto, era un secreto a voces como vengo diciendo y si no, véase, en este caso, cómo no ahorra detalles del mismo a la familia a la que, además, como viene siendo habitual, tranquiliza.
Por fin anuncia la salida de Londres en la siguiente carta fechada el 29 de marzo, no se indica el lugar ni el año desde donde se escribe pero por el contexto se ve que está escrita allí, y el año no puede ser otro que el de 1803:
Mi muy querido padre: Mañana o después de mañana saldré de Londres embarcado para Cádiz a donde espero llegar dentro de un mes si el viento no es contrario, luego salte a tierra escribiré a Vds. y entre tanto puede Vd. escribirme por el mismo medio que hasta aquí para que tenga yo el gusto de hallar en Cádiz carta de ustedes después de tanto tiempo que carezco de ella. El motivo de mi tardanza en salir de aquí ha sido que el Rey ha cogido toda la gente de mar para servir en los navíos de guerra temiendo se declarase la guerra con Francia, lo que al fin tal vez se verifique, aquí se preparan muy bien por mar y tierra. He estado esta semana a más de 40 leguas de Londres a ver unos amigos en Norwich y Yarmouth, amigos que me han regalado muy bien, sabios de mucho crédito y ricos. Aquí hace ahora el más hermoso tiempo de primavera y es delicioso recorrer las cercanías como yo lo he hecho hasta unas 7 leguas. Tan bello tiempo no es regular aquí en el mes de marzo y así se espera que volverán aún otra vez los fríos. Ya ven Vds. que no es posible pasarlo mejor que yo lo paso y más hallándome en todo el vigor de la robustez y en los mejores años de la vida. Tampoco dudo que Vds. saben ser felices. A mí nada puede incomodarme la guerra, ni faltarme dinero y socorros abundantes mientras dure esta expedición. Escríbame Vd. más largo que acostumbra y dé mis expresiones a la madre, abuelo, hermanos y demás de casa y amigos de su hijo que sus manos besa58.
En efecto, unos días más tarde saldrá de la capital del Reino Unido hacia Cádiz (concretamente el 3 de abril). En esta carta ya está seguro de que su destino será Cádiz por lo que insta a que su padre le escriba a esta ciudad.
También sabemos por esta carta que se movió por Inglaterra, no se limitó a vivir en Londres y visitar sus alrededores sino que estuvo en Norwich y Yarmouth. Norwich se encuentra al este de Inglaterra –en aquel momento era la segunda ciudad en importancia de este país, después de Londres–, cerca del Mar del Norte, y Yarmouth al sur, en el Canal de la Mancha, en concreto en la isla de Wight59; los amigos deben ser botánicos famosos como James Edward Smith. Al hilo de lo que se viene diciendo vemos a un viajero a quien le gusta recorrer en su tiempo libre los alrededores de la capital cuando hace buen tiempo, y en aquel momento lo hacía. Lo cierto es que el botánico titagüeño está pletórico de fuerzas viviendo “los mejores años de la vida”. Tenía 25 años.
3.1.3. La pasión por la ciencia
La pasión por la ciencia es la constante de los dos viajeros, mucho más del biografiado, de quien se podía decir que es el lema de su vida, es un tema que, directa o indirectamente, sale en todos los capítulos y en cualquier epígrafe, pero no está de más que se subraye aquí por ser un momento clave en la vida de nuestro hombre.
Es decir, ¿qué hacían Clemente y Badía en París y Londres? Ya lo sabemos, lo hemos ido viendo en las misivas comentadas sobre todo en la carta que Simón de Rojas escribe a su primo Miguel Collado desde París. En Londres hay otras donde vemos detalles de su quehacer cotidiano. Dos se encuentran en la Sociedad Linneana londinense, se las escribe a Smith, su presidente; la primera está fechada el 24 de octubre de 1802; y dice así:
Sir: / Among the motives which made it desirable to me to go to England, it was non the least to pay you my respects personally and to see the Linnean collections. If you did not live so far from this metropolis I should have begged your leave to go to satisfy my affection and curiosity in this respect, and should have consulted you at the same time respecting some plants. I send you these specimens (it being impossible to include a greater number in a single letter) upon which I request your opinion if your health (which I am sorry to hear is but indifferent) and business should permit it. If you please send me a specimen of Hypnum myosuroides Lin. I shall be much obliged to you for it.
I shall leave England before a month to go to Morocco from whence I shall endeavour to make my way into the interior of Africa in the company of D. Domingo Badía author of the plan for institute discoveries in this interesting country to the execution of which we have been commissioned by the Spanish government.
Cavanilles wished much that I might visit you which I should be very glad to do. If you should please to honour me with some commission or else remarks relative to our undertaking you will give the greatest pleasure to one who wishes to you so long and happy a life as the progresses of science requires.
Dr. Simón de Roxas Clemente.
My direction at Mister Torre, Finsbury Square.
[Sir: / Entre los motivos que hicieron deseable para mí ir a Inglaterra, no fue el menos importante presentarle mis respetos personalmente y ver las colecciones linneanas. Aunque usted no viva tan lejos de esta metrópoli, me gustaría obtener su permiso para ir a satisfacer mi afecto y mi curiosidad, y le consultaría al mismo tiempo sobre algunas plantas. Le envío estos especímenes (es imposible incluir un número mayor en una simple carta) en la que solicito su opinión si su salud (que lamento escuchar es, sin embargo, regular) y ocupación lo pudieran permitir. Si por favor me envía un espécimen de Hypnum myosuroides Lin., le estaré muy agradecido por ello.
Abandonaré Inglaterra antes de un mes para ir a Marruecos desde donde voy a intentar hacer mi camino hacia el interior de África en compañía de D. Domingo Badía, autor del plan de iniciación de descubrimientos en este interesante país de cuya ejecución hemos sido encargados por el Gobierno español.
Cavanilles deseaba muchísimo que pudiera visitarle, de lo que estaría muy feliz de hacer. Si desea, por favor, honrarme con algún encargo o bien con comentarios relativos a nuestra empresa me hará el mayor placer a quien le desea una vida tan larga y feliz como requiere el progreso de la ciencia.
Dr. Simón de Roxas Clemente.
Mi dirección en Mister Torre, Finsbury Square].
Nada más llegar a Londres ya sabemos que se comunicaron con Joseph Banks y dos meses y medio más tarde Clemente escribe una carta a James Edward Smith (1759-1828). La primera parte de la carta es deseo personal de entrevistarse con el presidente de la Sociedad Linneana para ver sus colecciones, consultarle..., y entretanto le adelanta por carta algunos ejemplares “en la que solicito su opinión”. El enlace ya estaba trazado.
El resto tiene su interés por cuanto Simón de Rojas habla a Smith del viaje a África asegurando que saldrán de Inglaterra “antes de un mes”, algo que no fue cierto, con lo cual vemos que no sólo Badía hablaba del viaje sin ningún recato, también Clemente lo hacía. Al final echa mano de la influencia de Cavanilles para que Smith lo reciba, y también le pide que el británico le encargue material natural de Marruecos o “comentarios relativos a nuestra empresa”. El de Titaguas quiere quedar bien atado a él.
También sabemos que, al menos al principio de llegar a Londres, Clemente se alojó en casa de Manuel de la Torre (encargado de la fabricación de los instrumentos necesarios para la aventura africana) en Finsbury Square, o bien el botánico centralizó allí su correspondencia al igual que la tenía centralizada en Madrid en casa de su primo Miguel.
La siguiente carta está fechada el 8 de noviembre de 1802. Dice así:
Sir: / Your letter has given me the greatest satisfaction; and I hasten to answer it as I expect soon to leave this metropolis, and I should be happy to be favoured with another letter of yours previous to my departure. If by determining the enclosed plants you would add to the pleasure you gave me by setting the first, I should consider myself highly obliged to you.
The lichen virellus with the other, for acquaintance of which I am indebted to you, belong to a collection of Spanish cryptogams made given an account of (as far as the musci inclusively) in the Anales de Ciencias Naturales by three pupils of M. Cavanilles one of them being myself.
I always have thaught necessary to revisit London soon after my return from Africa in order to avoid the danger of commiting errors in publishing the fruit of my expedition, which may best be effected by consulting you: your kindness in this particular increases the enthusiasm with which I undertake that.
Your English Botany has cleared up some doubts wich I harboured especially in the family of lichens.
I desire you to lighten the burden of kindness you have laid on me, by some orders to that part of the world to which I am going.
I am with great respect your most obliged and humble servant. / Simon de Roxas Clemente60.
[Sir: / Su carta me ha dado la mayor satisfacción; y me apresuro a responderla, pronto espero salir de esta metrópoli, y estaría feliz de ser favorecido con otra carta suya anterior a mi partida. Si mediante la determinación de las plantas adjuntas usted agregara el placer que me dio fijándolas primero, me consideraría altamente agradecido a usted.
El liquen virellus con el otro, por cuyo conocimiento estoy en deuda con usted, pertenecen a una colección de criptógamas españolas dada a la imprenta (en lo que respecta a la musci inclusive) de los Anales de Ciencias Naturales por tres alumnos del Sr. Cavanilles, siendo uno de ellos yo mismo.
Siempre he pensado volver a visitar Londres poco después de mi regreso de África a fin de evitar el peligro de errores entregando la publicación del fruto de mi expedición, que mejor podrá efectuarse consultándole a usted: su amabilidad, en este particular, aumenta el entusiasmo con el que me comprometo.
Su English Botany ha aclarado algunas dudas que albergaba especialmente en la familia de los líquenes.
Deseo hacer menos pesada la amabilidad que me ha puesto con algunos encargos de esa parte del mundo al que voy.
Con gran respeto su más obligado y humilde servidor. / Simon de Roxas Clemente].
Simón de Rojas aprende en Inglaterra y aprende mucho de Smith, quien le ha respondido a la carta anterior, no le defrauda en el campo de la criptogamia y así líquenes y musgos, su English Botany, los encargos que el británico le hace para el viaje a Marruecos, son el centro de la misma, dentro del cual la alusión al libro Introducción a la criptogamia española también trabajado por Clemente.
El valenciano es optimista hasta el punto que da por hecho que tras el viaje a África volverá a Londres para que el inglés consulte lo investigado en aquel continente antes de su publicación, es decir, Clemente cree que el mejor corrector intelectual del trabajo que desarrolle en el continente africano no puede ser otro que Smith respecto a las criptogramas.
Fue precisamente James Edward Smith quien debió sugerir al biografiado que se hiciera miembro de la Sociedad Linneana de Londres, ofrecimiento que Clemente rechazó dada su repugnancia en inscribirse “en las asociaciones, y más en las que abrigan espíritu de cuerpo o de partido, especialmente si exigen otra contribución que la de las luces. Por esta última circunstancia dejé de alistarme en la famosa Sociedad Linneana de Londres”61. No sabemos qué otra contribución podía exigirle la sociedad londinense. Pienso que pudo percibir alguna influencia de la masonería; el presidente de la Royal Society, Joseph Banks, era masón y en el caso de que en la Linneana hubiera percibido lo mismo, esta sociedad le demandaría otra contribución distinta a las luces. La relación con la linneana londinense (y, por tanto, con Smith) debió acabar precisamente con este rechazo a inscribirse en la sociedad, será por eso que no tenemos más cartas del de Titaguas con Smith en la misma.
Sí que hay, sin embargo, varias misivas en la British Library de Londres bajo el epígrafe “Letters to A. B. Lambert” donde también vemos detalles de su quehacer cotidiano en esta capital relacionado con esa pasión por la ciencia. He aquí una en inglés a Lambert (1761-1842) y la copia de otra incluida en la misma, enviada a Cavanilles, está fechada en Moorfields (Londres) y data del 6 de noviembre de 1802. Dice así:
Sir: I send to you a copy of the letter I wrote to Cavanilles past night according to your wishes and my desirs in order to serve you.
I hope I shall have the leisure and complasance of visiting you in the next week.
I am sir your most obedient and humble servant. / Simon de Roxas Clemente62.
[Señor: Le envío una copia de la carta que escribí a Cavanilles la noche pasada según sus deseos y los míos de servirle.
Espero que tendré tiempo libre y satisfacción de visitarle la próxima semana.
Soy, señor, su más obediente y humilde servidor. / Simón de Roxas Clemente].
La transcripción de la carta a la que se refiere Clemente, dirigida a Cavanilles, y que en realidad forma parte de la carta anterior, siendo además centro de la misma, está adjunta a la misiva transcrita. Está fechada en Londres y es del 5 de noviembre, y dice:
Mi más amado favorecedor: Voy a distraer un momento la atención de Vd. que supongo útil y dulcemente ocupada en el juicio cuya expectativa tiene suspensos a esos dignos y ardorosos jóvenes que acaban de disputarse la corona en el campo de Flora.
Estuvimos la otra tarde en casa de Lambert que nos introdujo después en la Sociedad Linneana de que es vicepresidente, volví la mañana siguiente a su casa y pasé el más agradable rato en ver alguna familia de su colección que es la mayor de Londres después de la de Banks. Me dio un ejemplar de su Descripción del género Cinchona para que se lo remita a Vd. lo que haré a la primera ocasión. Su franqueza y celo para con la Historia Natural sólo pueden compararse con la de Banks en esta metrópoli. Ahora está para dar al público una Monografía del género Pinus de la que vi las más magníficas láminas. Yo no sé si piensa hacer lo mismo con los demás géneros de las coníferas como sería de desear. Dijo que tendría la mayor complacencia en recibir de España el Juniperus oxycedrus y cualquier otra planta de la misma familia. Pero sus propuestas se extienden a mucho más. Me instó con el mayor interés a que le escribiera inmediatamente a Vd. sobre entablar una correspondencia que podrá ser muy ventajosa a ambos y a la ciencia. Lambert podrá enviar a Vd. semillas y plantas de las Indias orientales con cuyo Jardín de Calcuta está en relación. De aquí y de varios puntos del globo de que ya tiene muchas y espera más, y Vd. podrá hacer otro tanto con las de América que son por las que él más suspira.
Él queda deseando vivísimamente carta de Vd., y yo esperando que Vd. no la diferirá ni se olvidará de su más reconocido discípulo. / Simón de Roxas Clemente / Reciba Vd. expresiones de D. Domingo Badía que se está preparando para observar el paso de Mercurio63.
Esta carta es una información exhaustiva al maestro sobre lo que hace Lambert, a quien admira, le informa de lo que ha hecho y está haciendo y, sobre todo, hace de intermediario para que pueda haber una correspondencia “muy ventajosa a ambos y a la ciencia” con el fin de intercambiar semillas y plantas entre las Indias orientales (Lambert) y América (Cavanilles). Me quedo con la amistad de los tres y con el intento de aprender todos de todos y, principalmente, de internacionalizar la ciencia. Es muy evidente que las cartas que escribe a los botánicos tienen un contenido y un continente distinto a las familiares, el discurso es distinto, lo cual es normal; en unas y en otras nos informa de lo que hace (en unas más y en otras menos) y en todas se ve ese espíritu observador que aprehende todo y que después lo explica. El espíritu del saber es totalmente ilustrado, y a él se le nota eufórico con esta sabiduría que va adquiriendo; no creo que me equivoque si digo que nuestro sabio se formó sobre todo en este año europeo, y además en francés y en inglés (de Badía he visto cartas en francés pero no en inglés, igual que de Cavanilles).
Hay algo curioso y es que las cosas que hacen los dos no las hacen a la vez, parece como si cada uno llevara su marcha. En esta carta Clemente dice que Badía se prepara “para observar el paso de Mercurio”. Aparentemente el catalán está realmente preparando el viaje a África y haciendo observaciones como la expuesta mediante la utilización de los instrumentos necesarios que se fabricaban allí; su manejo y todo lo concerniente a la aventura emprendida le ocupaba su tiempo, en cambio al valenciano se le ve poco implicado en la empresa que tanto obsesiona al otro. No es que hubiera contradicción entre lo que hace el de Titaguas y su superior, aprender y experimentar vienen a ser lo mismo y, en todo caso, se complementan pero el objetivo de Clemente es aprender (al margen del viaje) y el de Badía es el viaje en sí que además quiere manejar él directamente.
Efectivamente, al hilo de la carta anterior hay otra del mismo Badía a Lambert escrita en francés que no está fechada en cuyo matasellos se adivina borroso el año de 1802 (aunque en el catálogo consta 1803), enviada también desde Moorfields, Dove Court (casa donde se supone que vivían en ese momento los viajeros) e igualmente fechada en Finsbury (probablemente Clemente y Badía irían juntos a postar sus respectivas cartas [6-11-1802] y de paso visitarían a Manuel de la Torre). Pues bien, en ella el catalán dice que no puede estar con él por tener que observar el paso de Mercurio sobre el disco solar y que Clemente será más feliz disfrutando de las bondades de Lambert64. Confirma lo que Clemente contó a Cavanilles.
La siguiente carta desde Londres a Lagasca evidencia lo que se está diciendo; aquí sí que hay una información exhaustiva de lo que lleva entre manos el joven Simón de Rojas. Está escrita el 3 de enero de 1803 y dice:
Mi íntimo amigo: Diga Vd. a nuestro profesor que Lambert está loco con él y dice que le enviará toda su colección. Él recibe continuamente remesas, acaba de llegarle una de varias islas de África y le va a llegar otra muy copiosa de Egipto y la China y espera otras mil. Es el más afortunado en esta parte, me ha dado un paquete de semillas que enviará muy pronto a nuestro profesor para quien son; y unas pocas conchas de la India para Vd. y para mí. Puede Vd. ponerle una esquela dentro de las de nuestro profesor o una carta separada en francés o en español si no hay otro medio dándole las gracias de las conchas y prometiéndole plantas que le enviará Vd. junto con las de nuestro profesor entendiéndose con éste para que las de Vd. sean diferentes y rotulándolas en nombre de Vd. No se olvide Vd. del respetable y amable joven Clarión en París, ni de Koenig y Sowerby aquí. Me he resuelto a comprar a Dickson una coleccioncita de los líquenes que nos faltan que son muchos, que extenderé si el dinero alcanza a toda la criptogamia y a los cárex. Esto me parece todavía más necesario que los libros. Dije a Vd. que era el L. ventosus el que teníamos por tal, ahora estoy convencido de que no lo es por su costra siempre [ilegible por estar deteriorado el documento como así consta en el mismo] escudillas más chicas no rubro-fuscas sino rubro-flavae y otros caracteres que Vds. descubrirán cotejándolos pues yo no tengo aquí el de Madrid, así éste es una especie nueva que no he visto en las copiosas colecciones de París y Londres. Otro tanto digo del que nos parecía el [ilegible por lo mismo] tartareus cogido con el otro. El verdadero tartareus tal vez es el único cogido en Guadarrama y creído el parellus; y nuestro tartareus una especie nueva. Cuando llegue la colección saldrá Vd. de muchas dudas cotejando.
El verdadero [¿larteus?] tampoco es el que dio Boutelou, por tal éste le tiene Dickson como especie nueva en su colección, yo le dije que podría ser una variedad del subfuscus y dijo que tal vez si sobre los líquenes de Walfen en [¿Tarquin?], lea Vd. a Smith en las transacciones de la Sociedad Linneana.
De los demás no tengo el menor escrúpulo.
No sé si dije a Vd. que había comprado unos pocos fucos, espero coger más hasta Marruecos y mucho de todo desde que salga de Londres hasta volver a España y aun en Londres me darán más plantas. Ricos seremos, Dios mediante; cargue Vd. de todo producto natural o inflame a los de esa escuela, haga que le envíen de todas partes y entable correspondencia en todos los puntos del globo sin olvidar a España. El catedrático de Burgos trabajaba mucho cuando pasé por allí, tenía criptógamas y mucho celo y creo que buena fe, escríbale Vd. [¿urgente?] y no deje de visitar a Pozo.
Memorias a éste, al ilustre cura y nuestro capellán, Dña. Micaela y hermana y el marido de aquélla si ha llegado. En una carta a aquélla puse para Vd. unos ejemplaritos.
La familiaridad con la naturaleza es un recurso el más fecundo en placeres enajenantes, y a que los hombres no pueden atentar. La naturaleza es al mismo tiempo el más digno templo del hombre.
Su Roxas
Cuidado con los clavarios que deben Vdes. hallar con abundancia en esos troncos y que suelen quedarse por su pequeñez y parecerse a veces mucho a los líquenes y ocultarse entre la corteza y el tronco65.
Desde el punto de vista biográfico, llama la atención el trato que tiene –y seguirá teniendo– con Lagasca: “Mi íntimo amigo” como principio y “su Roxas” para acabar; es remarcable, pues, esta intimidad que los identificará tanto que, en muchas ocasiones, parecerá que hablemos de la misma persona. Cavanilles aparece con un peso específico importante: es “nuestro profesor”, referencia española de ellos, y también en el extranjero, y quien siempre apreció y apoyó tanto a Lagasca como a Clemente.
Otra información que nos interesa es la que aporta al decirnos, hablando de las plantas, que irá a Marruecos, no habla de África, lo que es más específico. Ya sabemos, pues, que en el viaje a París los viajeros pasaron por Burgos. Posiblemente también pasó antes por León o su comarca, según Abilio Reig, dada la gran cantidad de vocablos de aves que recoge en el Nomenclátor ornitológico procedentes de esa zona sin que señale la procedencia de estas voces, por lo que es verosímil que los recogiera durante este trayecto66. Tenemos, eso sí, constancia del “ahínco con que me apresuraría a satisfacer mi sed de ciencia colectando objetos en todo el tránsito”67, lo que indica ese espíritu emprendedor desde el comienzo mismo del trayecto.
La despedida es como si de un emigrante se tratara. Nombra a todos los conocidos en Madrid a quienes envía un saludo, con la nostalgia de quien quiere volver a verlos después de casi ocho meses de haber partido. También el hecho de que se inaugurara un nuevo año, y la Navidad, todavía reciente, debió influir en este estado.
El penúltimo párrafo (el último es una especie de posdata que ha olvidado antes) es una auténtica declaración de filosofía de la naturaleza que vuelvo a transcribir: “La familiaridad con la naturaleza es un recurso el más fecundo en placeres enajenantes, y a que los hombres no pueden atentar. La naturaleza es al mismo tiempo el más digno templo del hombre”. La naturaleza como familia, como lugar relajante, como locus amoenus, libre de la maldad de los hombres, por supuesto es “el más digno templo del hombre”. En la naturaleza encuentra nuestro sabio D. Simón, en el lejano Londres, a la familia, la relajación, la seguridad y la espiritualidad. Rousseau le daría la razón.
Y un detalle de esta larga carta llena de sabiduría y filosofía: tampoco nombra para nada a su compañero Domingo Badía. Las cosas que hacen no las hacen juntos como se ha dicho, no obstante, a los dos se les quiere y se les admira. Eso es lo que vemos en unos versos que se les dedicó en Londres; el poema es el siguiente:
Versos de una inglesa a los dos viajeros de África
God of mercy to my prayers attend,
Grant protection and assistance lend!
To sooth te toil these two great men do take,
On Afric’s coast discovery to make!
O lit them pass the uncouth shore along,
Free from the insults of it’s sable throng!
Ah lit them not to savage fury fall,
Or to moorish cruelty, worse of all!
May every province give the same relief,
As that wich last, poor Park68 had from it’s chief!
Oh may they with his good old woman meet,
Then rain doth fall, and stormy winds do beat!
O may my prayers meet allmightys car,
And guide these friends return, to friends most dear!
Crown’d with success, with every wish repleet,
With hono’rs cover’d, by all sought to meet!69.
[Dios misericordioso atiende a mis oraciones
Concédeles protección y asistencia
Para aligerar la labor que estos dos grandes hombres van a emprender
En los descubrimientos en la costa de África.
Permíteles atravesar la abrupta costa
¡Libres de insultos de las multitudes nativas!
¡Ah, no permitas que caigan en la furia de los salvajes
o en la crueldad de los moriscos, la peor de todas!
A ser posible, cada provincia les dé el mismo trato
Sobre esto, ¡el pobre Park podría decir mucho!
¡Oh, que puedan volver aunque su buena mujer sea anciana!
Aunque la lluvia caiga y los fuertes vientos azoten
Espero que mis oraciones lleguen a Ti, Dios mío,
Y guíes a estos amigos en el retorno a sus amigos más queridos
Coronados con el éxito de cada uno de sus deseos
Cúbrelos de honores a través de todos los que encuentren a su vuelta]70.
El viaje tuvo, pues, su reconocimiento poético.
Sigamos con la correspondencia. He aquí resúmenes de cartas en la British Library que llevan consigo amistad personal y científica. El 22 de noviembre de 1802 Cavanilles escribe a Lambert en francés donde le dice sobre nuestro hombre: “Mon cher élève Don Simon de Roxas Clemente se loue beaucoup de l’accueil que vous lui avez fait, et me fait part de l’invitation que vous avez la bonté de me faire, invitation que j’accepte avec plaisir et reconnaissance”71 [Mi querido alumno Don Simón de Roxas Clemente está muy satisfecho de la acogida que usted le ha hecho, y me da a conocer la invitación que usted tiene la bondad de hacerme, invitación que acepto con gusto y reconocimiento]. Sin duda esta carta es la respuesta a la enviada desde Londres por Simón de Rojas el 5 de noviembre de ese año. En otra misiva de 17 de febrero de 1803, en francés, dentro de un contenido botánico, otra vez Cavanilles se alegra de que Simón de Rojas esté bien y le ruega (a Lambert) que le enseñe cosas, y algo curioso que le indica es que “puisque nous sommes sur le point d’economie je vous prie de ne jamais mettre mon nom sur l’adresse parce que le frais tombent sur moi [...] Cela est conforme aux ordres du Roi au Jardin et pour la correspondance botanique, telle est la notre”72 [puesto que estamos con problemas económicos le ruego que no ponga nunca mi nombre en la dirección porque los gastos caen sobre mí (le indica que ponga sólo la del Jardín). Son las órdenes del rey para el Jardín y para la correspondencia botánica, como es la nuestra]. La reglamentación es clara, pues, y ni siquiera el director del centro se libra: si la carta es personal debe pagarla la persona y si es botánica, como ésta, el Jardín, aunque en la correspondencia se incluyan temas personales.
Del 8 de abril de 1803 data la carta de Mariano Lagasca quien en español le agradece lo bien que ha tratado a su amigo Clemente “proporcionándole medios para su mayor instrucción, y recomendaciones que le serán muy útiles para los apartados países por donde ha de viajar. Estos favores los estimo y agradezco como hechos a mí mismo en un amigo que es otro yo”. Vemos también de forma clara el poco recato que hay para hablar de “los apartados países”, que era tema reservado si se relacionaba con los viajeros, pero con lo que hemos de quedarnos es con la afirmación de que Simón de Rojas “es un amigo que es otro yo”. La empatía es tal que Lagasca se considera el alter ego de Clemente, y al revés hemos de verlo también, no en vano le da las “gracias por las conchas que ha tenido la bondad de remitirme por medio de ese mi amigo”73.
Como vemos, fehacientemente el viaje se constituye en el medio ideal para aprender botánica y otras disciplinas, se aprovecha siendo una fuente de conocimientos en sí, incluso sin caer en el tópico de que la vida de por sí es un viaje. También queda patente la amistad entre el mundillo intelectual de la época. Un buen resumen de lo que hizo en París y Londres nos lo proporciona Mariano Lagasca en su biografía comentada. No añade mucho a lo que D. Simón nos dice en sus memorias y en sus cartas y en lo que venimos comentando en general. El botánico aragonés, pues, desde su exilio londinense, refiriéndose a lo que el valenciano hizo en estas ciudades científicamente hablando, confirma y concreta:
Clemente llevó consigo la afición a las plantas criptógamas que cultivó con esmero en París y en Londres, habiéndose dado a conocer en esta última capital, entre otras cosas, por su sagacidad en distinguir las pequeñas diferencias de estas plantas. Alimentaron su afición en París el célebre criptogamista Persoon, y en Inglaterra los célebres Dawson Turner, Dillwyn, Sowerby, Smith, Koenig, y el Dr. Sims; y contribuyó a perfeccionar mis conocimientos en este ramo, porque habiendo traído [llevado] consigo ejemplares duplicados de cuantas criptógamas yo tenía, me comunicó por cartas el resultado de las comparaciones que pudo hacer con los herbarios originales, y el de sus consultas con dichos sabios. Por una fatalidad no llegaron a tiempo algunas observaciones útiles sobre las plantas publicadas en la referida Introducción a la criptogamia española, y los pocos errores que en ella hay son enteramente míos74.
Desde el principio Simón de Rojas muestra un gran entusiasmo por el viaje y si no, recuérdese la carta a su padre desde Madrid el 3 de noviembre de 1801 donde le comunica: “Acabo de lograr el destino más apetecido por mí que es el de hacer un viaje por las Cortes de Europa y África”75. Y después del periplo continúa agradecido al mismo, como acabamos de ver por lo que apunta Lagasca, como cuenta en sus memorias y como estamos viendo en las cartas comentadas. Así se expresa en el reconocimiento a Godoy por la publicación de su Ensayo “que me empeñó en la carrera de las ciencias útiles: que me hizo ver los sabios y la Europa”76. Y en la introducción al mismo Ensayo: “Después que los museos de París y Londres, los bellos jardines de Kew y de Versalles, y los nombres de Banks, de Jussieu, Haüy, Lacepède, Cuvier y otros no menos grandes y famosos habían acabado de fijar mi vocación a la Historia Natural”77. Y así lo reconoce también en Tentativa sobre la liquenología geográfica de Andalucía:
Mi viaje a Inglaterra me proporcionó con el herbario y biblioteca de Banks, y con el trato científico de Sowerby, Smith, Sims, Turner y Dillwyn un caudal de luces, que me intimidó a mí y a toda la escuela de Cavanilles, haciéndonos diferir la impresión de la Liquenografía nacional para cuando supiésemos más78.
Fue, pues, sin lugar a dudas, el viaje de su vida.
El aporte de Domingo Badía redunda en lo apuntado; en el Archivo de la Academia de París aparece expresado de una manera parecida:
Sus bibliotecas, sus herbarios, sus colecciones, sus instrumentos, todo estuvo a mi disposición y a la del Sr. Clemente, y debemos el más alto reconocimiento a la filantropía de estos distinguidos sabios; pero puesto que yo respeto la modestia de los que existen, que me sea por lo menos permitido nombrar y pagar el tributo de una lágrima a la memoria de un Lalande, de un Mechain, y de un Ventenat, cuyos nombres serán siempre grabados en mi corazón79.
El mismo concepto tiene de Londres de donde nombra a Maskelyne, Sir Joseph Banks, Hamilton, Turner, Rennell, Lambert, Dryander, Goodenough y otros. Cito a Badía en este momento para reafirmarme en lo dicho de que el viaje fue un aprendizaje inmenso para ambos donde cada uno tenía su cometido, por ello los nombres que cita Alí Bey no son exactamente los mismos que los que se relacionan con Clemente.
3.2. LA VUELTA A ESPAÑA Y EL PASO A MARRUECOS
3.2.1. La vuelta a España
Volvamos al viaje, al trayecto de vuelta, de nuevo echamos mano de las cartas del Ayuntamiento del pueblo. Los viajeros están ya en el barco que los llevará a Cádiz. De nuevo Simón de Rojas escribe a su padre, esta vez desde el Canal de la Mancha, el 4 de abril de 1803 (figura 15):
Mi amado padre: Estoy ahora enfrente de las Dunas donde desembarcaré tal vez por tres o cuatro horas según el tiempo; éste ha sido muy bueno hasta ahora y no dudamos seguirá de la misma manera hasta Cádiz a donde esperamos llegar dentro de 15 días. Ayer mañana salimos de Londres y la calma o viento contra popa de la noche pasada ha hecho que el navío no haya adelantado un paso hasta la madrugada. La cámara en que somos los dos solos es tan cómoda como el cuarto que teníamos en Londres y se come grandemente. Es muy divertido ver el gran número de bajeles que cruzan el Támesis y el Canal en todas direcciones, ahora acaba de pasar por nuestro lado un navío francés, y hace un sol hermoso, yo lejos de marearme tengo las mejores ganas de comer y beber lo que hago a todas horas. Si Vds. no me han escrito aún a Cádiz háganlo sin parar por medio del Sr. Dr. Miguel o por Valencia poniendo en el sobre a Muhamed ben Alí. Ahora no ocurre más, mil expresiones a madre, hermanos, abuelo, amigos [...]
Expresiones de mi compañero80.
En esta carta vemos de nuevo a un buen observador a quien le apasiona todo y que sabe sacar fruto y placer de cualquier situación y circunstancia por medio de la observación: es la condición sine qua non del viajero, para quien, además, el tiempo debe detenerse en los momentos tensos de la observación, y eso es lo que le sucede a Clemente al ver “el gran número de bajeles que cruzan el Támesis y el Canal de la Mancha en todas direcciones”. Y vemos también a una persona a quien le interesa contar lo bueno que le sucede, porque lo vive y para transmitir esa vivencia a su familia que se quedará así más conforme y tranquila: es también otra característica del viajero.
Lo más reseñable de esta misiva para nuestro comentario es el encargo que hace a su familia de que en adelante las cartas sean expedidas a nombre de Muhamed ben Alí, el nombre con el cual debía pasar (junto con Badía) a Marruecos disfrazado de árabe, nombre que además subraya. Anteriormente veíamos la poca cautela que había en hablar de un viaje que, aunque oficialmente era secreto, ni siquiera de forma oficial se guardaba la prudencia necesaria. Ahora ya están metidos de lleno en el proyecto, ya están abocados –en principio de forma irrevocable– en la empresa que casi dos años antes (el 20 de agosto de 1801) había sido dispuesta por Real Orden; el momento de la verdad llegaba y la seriedad requería que Clemente, incluso para su fami-lia, cambiara su nombre por el de Muhamed ben Alí. En Londres ya había embarcado con ese nombre, de la misma manera que Domingo Badía –de quien provienen los recuerdos a la familia de Clemente que constan en esta misiva– mudó el suyo por el de Alí Bey el Abbassi. Iban a Cádiz, a Andalucía, muy cerca de Marruecos, donde había muchos árabes y adonde a Clemente se le iba a poner como mote El Moro Sabio. El viaje ahora se hace totalmente secreto.
Y en ese contexto es preciso nombrar aquí lo que apunta el mismo Alí Bey en su discurso a la Academia de Ciencias de París donde asegura que tanto el capitán como la tripulación lo conocían con el nombre musulmán81, y lo mismo sería con Muhamed ben Alí. Lo que no nos cuenta Muhamed ben Alí en esta carta (imposible pues fue escrita desde el Canal de la Mancha) ni en otra es si hubo algún problema en el viaje de vuelta, y sí lo hace Alí Bey donde en el mismo discurso en la Academia parisina afirma que “en esta travesía tuve la fortuna de salvar el buque por una observación de la longitud”; quizás se refiere a un desvío del buque en alta mar que corrigió el aparente musulmán pero también puede ser una forma de darse importancia.
A la bahía de Cádiz llegaron el 23 de abril, unos días más tarde de lo previsto por Clemente en la misiva. La llegada la cuenta de esta manera el ya Alí Bey en una carta enviada el mismo día 23 de abril a Tomás Morla (capitán general de Andalucía):
Excmo. Sr.: Acabo de llegar de Londres a esta Bahía en el mercante inglés el George, capitán Collins. Vengo vestido de moro, y conocido en el buque sólo bajo el nombre de Alí-bek-abd-Allah siendo este disfraz de la mayor consecuencia para mi introducción en África, por lo que en Cádiz no debo manifestarme a persona alguna.
No sé si habrá llegado ya de la Corte algún aviso a V.E. sobre ello, porque mi travesía ha sido bastante pronta; pero en todo caso suplico a V.E. se digne enviarme un ayudante u otra persona que me acompañe a casa de V.E. con orden de que en las puertas o muelle no se me exija la identidad de mi persona pues, no trayendo para ello documentos como moro, sería publicar el negocio.
En cuanto a registro, sanidad, etc., sé que debo sujetarme a todo; pero teniendo V.E. a bien darme esta audiencia privada, le hablaré sobre algunos efectos que traigo para el Excmo. Sr. Príncipe de la Paz de que tiene S.E. noticia. / A bordo aguardo las órdenes de V.E.82.
Por la información anterior sabemos el nombre del buque (George) y del capitán incluso (Collins) y que los viajeros embarcaron con el traje de árabe y con el nombre musulmán adecuado con la intención de no darse a conocer sino como árabes, aunque el problema es que no poseen la documentación correspondiente por lo que pide –en primera persona pero se refiere a los dos– la ayuda necesaria; sabe que debe pasar como cualquier ciudadano por la aduana correspondiente pero trae unos efectos que deben pasar sin pagar peaje: es la colección para el Príncipe de la Paz.
Sin embargo, por lo que se desprende de la siguiente carta el desembarco se produjo tres días más tarde; la revisión de la aduana, el control de sanidad, etc., llevaba ese tiempo. En una carta datada el día del desembarco, el joven Simón escribe a su padre el 26 de abril de 1803 desde Cádiz:
Mi muy amado padre: Esta mañana he desembarcado en ésta después de un viaje aunque algo más largo de lo que yo pensé por haber tenido calmas y alguna vez vientos contrarios, muy feliz con todo y muy divertido por las muchas cosas peculiares al mar que entretienen e instruyen. Estamos grandemente y más barato que en Londres y como venimos por el Rey no se nos ha registrado en Aduana sino que al contrario nos han hecho mil obsequios viendo cómo nos distinguía el General y Gobernador. El tiempo que estaré aquí será tal vez un mes o algo más según las proposiciones que haya para embarcarme para Mogador en África; como quiera y donde quiera lo pasaré muy bien según las órdenes que van y las buenas recomendaciones que llevamos.
Esta ciudad merece bien la fama que tiene de bella y abunda en ricos comestibles; la gente muy buena excepto los ladrones que son muchos. El puerto todo el mundo sabe lo que es aunque ya no tan concurrido como cuando era el primero del mundo. Hace más calor que en Valencia pero hay muchos medios para echarlo de sí. Ya ven Vds. que en poco tiempo se puede andar mucho; me atrevería a estar en Titaguas dentro de 15 días y tal vez en 8 ó 10.
Espero con ansia carta de Vds. que he tenido el chasco de no encontrar aquí. Muchas memorias a madre, abuelo y hermanos, Domingo, su casa y la de su padre, el Sr. Cura, tío Mr. Joaquín y Mr. Salvador y el buen amigo Solaz, tía Eusebia e Ignacia si están ahí, médico, etc. y ponga Vd. en el sobre: a Muhamed ben-Alí. Por Valencia en Cádiz [...]
Mi compañero da a Vds. muchos saludos83.
La carta es entrañable, Simón de Rojas pisa tierra y casi lo primero que hace es escribir a la familia, a su padre, para decirle que acaba de llegar, al tiempo que le cuenta lo que vive y siente. Un cierto frenesí se apodera de él, es como la vuelta a casa de un emigrante a quien sólo le falta llegar a Titaguas, lo que, en ese contexto, también considera posible. Dice que los ladrones son muchos, será por eso que un año más tarde compró dos pistolas en Gibraltar.
Pero lo que más nos interesa es su aportación respecto a la información de dónde van a ir: a Mogador (Marruecos). Es la primera vez que da un dato preciso sobre el viaje, no tan preciso es al decir el tiempo que ha de estar en Cádiz esperando la partida definitiva (“tal vez un mes o algo más”). Es muy probable que no tuviera derecho a informar a su familia de estos detalles pero no resiste a la tentación y lo hace, tranquilizándolos como es habitual en él (“lo pasaré muy bien según las órdenes que van y las recomendaciones que llevamos”). Y, por supuesto, aunque dice a la familia que pongan en el sobre Muhamed ben-Alí84, para ellos firma Simón de Rojas Clemente.
Decía que nombraba Mogador como primer punto de destino, lo mismo hace Badía al escribir, ya en tierra, a Cevallos el día 26 donde reafirma que ha desembarcado este día y espera no tener ningún “obstáculo invencible” para dirigirse a esa ciudad85, mientras, encuentra acomodo en Cádiz y van ultimando –él y Clemente– la colección de objetos86. El 31 de mayo otra carta a Morla por parte de Badía denota ciertos nervios de éste pues no recibe ninguna contestación del cónsul de Tánger a un pliego que se le dirigió y que debía entregarse en Mogador, al tiempo que apunta que ya está clasificando los efectos –la colección– para la Corte, sin embargo, el mismo día el gobernador de la plaza le responde que ya ha recibido el acuse de recibo pero la respuesta completa tardará un mes dada la distancia de Mogador “y el caminar a pie los correos”87. Ante tal perspectiva –tras realizar parte del envío de la colección88–, las dudas le empiezan a aflorar a Badía y por eso en oficio de éste a Cevallos de 19 de junio el director de la empresa anuncia que “he tomado el partido de marchar yo a Tánger, dejando aquí a mi ayudante, y mis efectos [...] para disponer desde allí lo más conveniente a su segura introducción en aquel continente. En virtud de esto marcho esta tarde a Tarifa por tierra, y allí me embarcaré para mi destino”89.
Badía es claro, no duda de lo que tiene que hacer ni de cómo hay que hacerlo en ese momento; es evidente que él mismo toma la iniciativa de dar el primer paso, seguramente aconsejado por Francisco Amorós, ante la perspectiva de que todo se alargara más.
Del 24 de junio es la comunicación del catalán al cónsul en Tánger, Antonio González Salmón, donde ya ultima su paso definitivo, en él le cuenta su estado físico, su documentación (o falta de ella), los instrumentos que lleva, y el papel que debe representar para los árabes, su relación con él, su aspecto físico; pero también –y es lo que nos interesa– incluye: “Habiendo dejado, por ahora, en Cádiz a mi ayudante”90; o sea, aparentemente, por lo menos sobre el papel, Clemente queda en España de forma temporal. Pero ya se va viendo que ya no se cuenta con él como persona precisa para el viaje. En principio ya se ve que el biografiado va siendo desviado del proyecto, ya no parece necesario que ocupe un lugar preeminente.
Pero, ¿qué hace el de Titaguas en ese momento? Lo de siempre: herborizar e investigar, ajeno casi del todo al trajín político que absorbe a su compañero. Hay una carta que no está ubicada pero es casi seguro que se escribiera desde Cádiz, la cual es significativa de lo que apunto, la envía a Cavanilles y aunque está datada el 27 de mayo de 1803 fue remitida más tarde pues sobre la fecha aparece “R. en 7 de junio 1803”, que es cuando realmente se envió; y además en la misma carta da a entender que quería escribirle un poco más tarde. Vayamos con ella.
Mi maestro el más amado: Había determinado no enviar a Vd. las semillas de Lambert sin una carta mía adjunta, y no podía escribir ésta, cual me había propuesto, antes de ordenar las plantas que cogí en estos alrededores y en una excursión de ocho días a Alcalá de Sidonia, porque quería enviar a Vd. una lista de las plantas muy particulares, especialmente criptógamas, dulce premio del tiempo y trabajo empleados, para que sirviese a la Liquenografía española que creí estaba por publicarse muy pronto, ahora que Lagasca me dice va a retardarse algo más para que salga más acabada digo que apruebo mucho esta dilación y que no sabían Vds. el pormenor de mis esfuerzos en aumento de ella hasta que llegue a sus manos la colección de muestras que enviaré cuando esté para salir de Cádiz. Me tiene también ocupadísimo la coleccionita que dispongo para el Príncipe, y como debo marchar pronto al África y quiero hacer alguna otra excursión antes, no puedo expresar a Vd. cuán atropellado ando.
He recibido 3 ejemplares del Icones y Monadelphia de Vd., que sabe pidió mi compañero, los que me han servido ya para varias plantas andaluzas.
Celebro mucho haya Vd. vengado en parte a los alumnos de la intrusión de Zea. Si hay caudales, ahora se halla Vd. en las mejores circunstancias para dar una Flora hispánica que forme época: quisiera se hiciera Vd. traer el English Botany de Smith, que aunque no sea un modelo y tenga la imperdonable falta de estar todo en inglés excepto las definiciones, tiene excelentes láminas de todas las especies descritas en él y a veces observaciones preciosísimas.
Pido a Vd. dé mis expresiones al respetable Herrgen, cuya última obrita me hace desear mucho las que deben sucederla, a Zea y a Boutelou. Siento mucho no haber recibido el segundo curso que dice me enviaron Vds.
Si mi ardor, no menos que mi gratitud, es émulo cuando menos del Löflingiano porque no he de [sus]cribirme.
Su hijo.
Simón de Roxas Clemente?
Prescindiendo de que estoy en camino de tener un fin semejante al suyo. Las semillas son todas de la Nueva Holanda91.
A través de estas cartas vemos que el aprecio entre los dos botánicos era total, y así se lo dispensa con el saludo92. Evidentemente también, al hilo de la amistad entre los botánicos en general (y entre el remitente y receptor de esta misiva en particular) está todo lo que se dice en ella, que rezuma intercambio y amistad y sobre todo un quehacer científico importante desde el punto de vista botánico. Es la continuación del viaje por Europa.
Por lo que podemos deducir, Lambert es el botánico inglés que más debió ocuparse de Badía y de Clemente en su estancia en Londres; a la sazón era vicepresidente de la Sociedad Linneana como el mismo Clemente afirma en una carta anterior, y por lo que se ve tenía muy buenas relaciones con los botánicos españoles.
Además, el viaje que acaba de hacer también nos interesa con respecto a esta carta por el hecho de que Lagasca y Clemente preparan una Liquenografía española (o nacional) (debe estar relacionada con la Liquenografía bética existente en el Jardín Botánico93) que se va a retrasar para que “salga más acabada”, dilación que aprueba Clemente. Acabamos de ver también que en la Tentativa sobre la Liquenología geográfica de Andalucía afirma que se difirió “la Liquenografía nacional para cuando supiésemos más”. Queda claro, pues, que Clemente piensa que aún no saben lo suficiente para concluir –y en ese momento, tal vez, ni siquiera para emprender– una empresa de tales características. Sin embargo esa empresa nunca se realizará, lo más que se hizo –que hizo Clemente– fue un intento de lo que se quería hacer, o sea, como dice en la carta “el pormenor de mis esfuerzos en aumento de ella [de la pretendida Liquenografía española] hasta que llegue a sus manos [a las de Cavanilles y Lagasca] la colección de muestras”, lo cual “no sabían Vds.”. Lo que no sabían –no podían saber– es que desde su llegada se ha dedicado a recoger plantas para enviarlas, como estamos viendo, para hacer ese libro que se quedó en ese intento, en esa tentativa que son precisamente esas plantas y que dará lugar precisamente a la Tentativa sobre la Liquenología geográfica de Andalucía publicada en 186394.
Clemente prepara también “la coleccioncita que dispongo para el Príncipe”. Esta coleccionita es una nueva, distinta a la que habían estado haciendo juntos Badía y Clemente, y que el de Titaguas quiso hacer solo para enviársela al Príncipe y de la que hablaremos en el capítulo 5. Como siempre nuestro botánico no pierde el tiempo, andaba muy atareado como él mismo dice. Y no le falta el humor tampoco a pesar de tanta tarea y se permite ironizar acerca de las clases de Zea, en favor de Antonio José Cavanilles.
Lo que no hace es preparar el viaje a África con la intensidad que lo hace Alí Bey, sólo lo nombra indirectamente en el contexto de las herborizacio-nes: “y como debo marchar pronto al África” y quiere hacer más excursiones antes, anda muy atropellado. El otro –Alí Bey– iba atropellado pero mirando al interior de África, Muhamed ben-Alí miraba hacia Madrid. Visto todo desde el punto de vista de Badía no nos puede extrañar tampoco que no lo sintiera como idóneo para el destino inminente; desde el punto de vista de Clemente no es motivo para ello pues el viaje fue concebido como una aventura científica. Evidentemente, como una aventura política no lo vive el biografiado.
El final de la carta es ciertamente enigmático, o cuando menos confuso y una palabra no está nada clara (“suscribirme”): “Si mi ardor, no menos que mi gratitud, es émulo cuando menos del Löflingiano95 porque no he de [sus]cribirme”; creo que ha querido decir: “Si mi ardor, no menos que mi gratitud, es émulo cuando menos del Löflingiano, por qué no he de suscribirme”, o bien: “Sí, mi ardor, no menos que mi gratitud, es émulo cuando menos del Löflingiano porque no ha de escribirme”. De cualquier manera se compara con Löfling quien estuvo en la América española en una expedición científica donde murió, y es lo que pienso que intuye con respecto a su viaje a África, y de cualquier manera también se despide definitivamente de su “maestro más amado”, porque se va, porque piensa que morirá más allá del Estrecho y de que no volverá a verlo jamás. También crea muchas dudas el “Su hijo”. Algunas hipótesis se pueden barajar para entender esto; puede que se refiera a una relación botánica donde el discípulo se considera hijo intelectual del maestro, también porque, como he dicho, piensa que ya no va a volver (como le sucedió a Löfling), tal vez sean las dos cosas, o las tres porque pienso que la tercera es la más creíble: Simón de Rojas se despide así porque tiene que simular su verdadera identidad, algo le impide firmar como Muhamed ben-Alí ante Cavanilles y quiere pasar como su hijo, al fin y al cabo intelectualmente lo era, y prefiere pasar de esa manera, pero tampoco le convence y firma con su verdadero nombre: Simón de Rojas Clemente, aunque con una interrogación evidente al final, contraviniendo lo impuesto por el Gobierno pero cuya contraseña –filiación e interrogación–su maestro comprendería y hasta sentiría. Tras la firma sigue la incógnita: “Prescindiendo de que estoy en camino de tener un fin semejante al suyo”; sería más lógico: “Presintiendo de que estoy en camino de tener un fin semejante al suyo”, y entonces nos pondría en la pista de que él, verdaderamente, sentía que encontraría su muerte en África, al igual que Löfling en América, o bien, al estar tras su firma, también se puede interpretar como una posdata por el cual ya sospechaba que no iba a pasar el Estrecho y de que su fin era el Jardín Botánico de Madrid (como el de Cavanilles). La palabra “prescindiendo” está clara, y el texto es, verdaderamente, equívoco; parece que esté escrito en clave. Está claro que el de Titaguas en ese momento sufre una especie de vértigo ante su futuro inmediato.
Y es que Clemente en el terreno de la botánica no ofrece ninguna duda, en la política, incluso en la política científica, el equívoco nos lo vamos a encontrar, en este caso, además, la duda le asalta desde el momento en que la escribió pues tardó once días en remitirla. Pronto se daría cuenta, sin embargo, de que su fin iba a ser semejante al de Cavanilles y no al de Löfling. Sin embargo, es casi seguro que el maestro Cavanilles comprendiera lo contrario –o tal vez hubo más cartas entre ésta y la que voy a nombrar–, o sea, que se iba seguro, porque el 20 de julio desde Madrid escribe a Lagasca y entre otras cosas le dice: “He sabido que nuestro D. Simón está ya en África”96. Evidentemente estaba equivocado, no obstante, interesa saber que la Escuela de Madrid o de Cavanilles seguía el evento.
Pero Clemente no se olvida de la persona que se ocupó de él y de Badía en Londres. Entre las cartas a Lambert hay otra, ya desde Cádiz, fechada el 19 de junio de 1803 en inglés, la cual dice:
Sir: The parcel I send to you non is but for showing that I do not forget all my duty with regard to you and your collection.
I pray you to present my respects to Mss. Lambert, Mr. Jackson and that lady who sticks your plants to the paper.
Send for the packet at Mr. Perez Artillery Place.
Your most obedient and humble servant. / Simon de Roxas Clemente97.
[Señor: El paquete que le envío no es sino para mostrar que no olvido todo mi deber hacia usted y hacia su colección. / Le ruego que presente mis respetos a la Sra. Lambert, al Sr. Jackson y a aquella señora que pegaba sus plantas al papel. / Envíe a por el paquete donde el Sr. Pérez en Artillery Place. / Su más humilde y obediente servidor. / Simón de Roxas Clemente].
Es realmente agradecido nuestro biografiado, en breves líneas lo demuestra, pero además cita incluso a las personas que le ayudaban. Estos recuerdos a la señora son significativos de la llaneza y humanidad de Simón de Rojas, al fin y al cabo, esa señora era una desconocida pero su entrega a ese cometido le hace acordarse de ella en unos momentos realmente difíciles para el de Titaguas. Las pequeñas cosas de la vida.
Y el paquete en sí con material botánico se envía a Lambert a través del Sr. Pérez, quien era, entre otros cometidos, el encargado de suministrar el salario a los viajeros en Londres como veremos, es decir, se hizo por valija diplomática. No firma como Muhamed ben Alí (en Londres no lo habrían comprendido).
El viaje en sí sigue pasando a un segundo plano, el viaje es toda esta vivencia intelectual y personal (y seguramente hasta emocional) que lo rodea. En esta última carta, por ejemplo, para nada nombra el objetivo científico del viaje, o le preocupa poco o le preocupa más el intercambio cotidiano, lo que parece evidente. ¿Quizás porque ya era secreto de verdad, sobre todo de cara a los ingleses? Puede ser, pero los ingleses sabían de sobra el objetivo primero de la misión, y muchos españoles también y hasta su familia, de hecho es en las cartas a la familia donde vemos su predisposición al mismo. Parece que nuestro biografiado estaba obsesionado por el mundo de la botánica en primer lugar y por otras facetas culturales; el viaje sólo era el vehículo, el instrumento y hasta la excusa para llegar a todo ello.
3.2.2. El paso a Marruecos
Poco a poco, no obstante, la realidad se abre paso, y lo que siempre ha sido amistad e intercambio científico se convierte en política, ahora sí política pura y dura. He aquí la siguiente carta de Clemente a su padre fechada en Cádiz el 5 de julio de 1803:
Mi muy amado padre: Por la de Vd. y última de Juan sé gozan Vds. de salud, la mía no puede ser más perfecta ni más acompañada de dulces inherentes placeres, sólo me falta el de estar más cerca de Vds., ¿pero cuándo estuvo el hombre tan satisfecho que nada le faltase? Tal vez cuando vaya a Vds. será acompañado de la pobreza; mas nunca estaré desnudo del contento y de la tranquilidad del ánimo, estas reflexiones solo recaen sobre la inestabilidad de las cosas que están bajo la luna principalmente las conexas con los Políticos.
De mi compañero sé por carta suya que pasó el día de San Pedro de Tarifa a Tánger. Del recibo que tuvo en la última espero saber mañana, y en consecuencia de la noticia disponerme yo a salir de ésta para el puerto más seguro del África, que nunca haría tal faltando la seguridad y aun la comodidad.
De resultas de haber tomado los franceses a Hannover con mucho prisionero inglés, parece que tratan otra vez de componerse; si esto no se verifica seguirá la toma de Portugal por los franceses aunque al gobierno de España parece le incomoda. El comercio de Cádiz está en agitación y todos enemigos del inglés: han perdido éstos mucha opinión en España desde la última guerra, así les detesto yo después que les conozco excepto un buen número de hombres estimabilísimos que tienen.
Yo he estado hasta antes de ayer 12 días fuera en el Puerto, Rota, Jerez y Sanlúcar; en la última pasé 8 días en casa de un labrador riquísimo que habita un palacio y tiene las mejores bodegas del mundo: todos los de la casa son muy instruidos y virtuosos, por consiguiente tan felices como merecen. No es para escrito ni hablado cuanto me han favorecido, el dueño se despidió de mí llorando.
No ocurre más, memorias a madre, abuelo, hermanos y demás de sus casas y la nuestra de su hijo que S.M.B98.
El primer párrafo de la carta nos muestra a un Clemente nostálgico de la familia y con la íntima sospecha de que todo el proyecto de África puede quedarse sólo en eso, en un proyecto fallido a nivel personal, claro, y aunque llegue a no tener nada siempre estará contento y con el ánimo tranquilo. Culpa de todo ello a los políticos, palabra subrayada y puesta en mayúscula, razón de más de que no puede referirse sino al frustrado viaje a Marruecos, y cuando habla de “la inestabilidad de las cosas” no puede hablar sino de la inestabili-dad de su viaje, lo que conllevaría la pérdida del sueldo que recibía, por ello antes ha dicho que cuando vaya a ver a los suyos tal vez “será acompañado de la pobreza”; sin embargo, no especifica con exactitud por qué piensa que no va a pasar el Estrecho, sería muy interesante su punto de vista. El proyecto tomaba cada vez más un cariz político distinto al primigenio que era netamente científico, ahora sin abandonar éste, tomaba plaza también el primero, ¿lo sabía Clemente y mostraría reticencias por ello? Manuel Godoy sí que las tenía con respecto a él y decidió que partiera sólo Domingo Badía. Sin duda, en el momento de escribir esta carta justo unos días después de la partida de Alí Bey, se discutirían todas estas cuestiones; Clemente ya sospechaba el final y Godoy y Badía lo sabían seguro, si no, habrían pasado juntos, el haberse quedado en tierra no era más que una forma de “retrasar la desilusión de años de preparativos” como opina Salvador Barberá99. Ahora bien, en el siguiente párrafo Clemente asegura que partirá “para el puerto más seguro del África” a condición de que no le falte “la seguridad y aun la comodidad”, ¿significa esto que Clemente no era tan atrevido como Badía como opina Godoy en sus memorias?, ¿o era una forma de tranquilizar a la familia?100.
La siguiente carta desde Sanlúcar de Barrameda el 24 de septiembre de 1803 es más evidente:
Mi muy querido padre: Sé por las últimas de Vd. se ven Vds. otra vez en el apuro de las quintas cuyo resultado deseo saber. Dígame Vd. si Mariana y la niña están fuertes. Mi compañero marchó delante al África por ver qué tal estaba el paraje: él lo ha hecho con dificultad aunque con felicidad pues lo tratan muy bien después de haber sufrido algunas incomodidades y temores; pero para mi introducción hay algunas dificultades nacidas de su mismo pasaje que tal vez nos expondrían a los dos si yo lo intentase ahora, por esto me estaré muy quieto entretanto y si no puedo ir no dudo que el gobierno me atienda dándome otra comisión.
Esto es cuanto por ahora ocurre y el que yo lo paso grandemente corriendo pueblos y viñas y recibiendo mil atenciones de los primeros personajes. Así deben Vds. estar enteramente tranquilos sobre mi suerte que parece no deberá ser sino muy buena. Aquí cogen mucha gente de leva entre ella muchos caballeritos, mas no se habla de quintas101; entre tanto se dice que los franceses pasan a Portugal. Muchas memorias a madre, abuelo, hermanos, etc. y la enhorabuena al Mn. Vicente. ¿Marchó ya el P. Fco. Antonio? [...] / Muhamed ben Alí102.
Empieza la carta haciendo alusión al problema de las quintas, o sea, al servicio militar103. Saco a relucir este problema nacional para hacer hincapié en la personalidad de Clemente quien vive inmerso en todas las vicisitudes humanas y familiares del momento. Simón de Rojas está preocupado seguramente por la suerte de algún hermano suyo, probablemente por la de Mariano de la Cruz Clemente que entonces tenía 15 años y aunque no podía ir de inmediato, las quintas no se hacían anualmente por lo que es probable que también sortearan a los mozos menores de 16 años y se incorporaran estos a filas una vez que cumplieran esta edad. No tiene razón al afirmar que “se dice que los franceses pasan a Portugal”. Los franceses intervinieron en Portugal en 1807, lo que fue el preludio de la Guerra de la Independencia española; tal vez se refiere a una intervención encubierta (de mercaderes, diplomáticos...: espías en suma) para preparar la posterior invasión militar, lo que es aventurado afirmar.
A resaltar las últimas noticias sobre la situación de su compañero que ciertamente son un tanto ambiguas con palabras positivas y negativas (dificultad, felicidad, buen trato, incomodidad y temor). La situación del biografiado es otra muy distinta.
Del 5 de julio es la carta que envía a su padre en la que no veía claro su viaje a Marruecos, ahora a 24 de septiembre ve cada vez más claro que él va a quedarse, que no va a partir por lo menos por el momento, eso sí, no duda que el Gobierno le auxiliará, algo que en la carta del 5 de julio sí que dudaba, y es que, en ese tiempo, ha debido de haber ya conversaciones para dejar todo un poco más atado. La razón para no pasar el Estrecho son algunas dificultades que podrían exponer “a los dos si yo lo intentase ahora”. ¿Cuáles son esas dificultades? Evidentemente sería interesante saber de qué dificultades habla, me inclino a pensar que estas dificultades están relacionadas con las pérdidas de unas cartas, según consta en la misiva a Tomás Morla que Alí Bey el 17 de junio le envió:
Marchando yo al África con alguna desconfianza por la circunstancia de haber[se]me extraviado dos cartas en el correo [...] Por la misma causa dejo aquí a mi ayudante D. Simón de Roxas Clemente bajo el nombre de Muhammet Ben-Alí quien pasará diariamente a tomar las órdenes de V.E. [...] Si el extravío de las cartas no ha producido consecuencia alguna, desde Tánger incomodaré la atención de V.E. suplicándole que mi ayudante y efectos pasen a aquel continente104.
Darmowy fragment się skończył.