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Gusanos


Gusanos (2013) Eusebio Ruvalcaba

D. R. © Editorial Lectorum S.A. de C.V. (2019)

D. R. © Editorial Cõ

Leemos Contigo Editorial S.A.S. de C.V.

edicion@editorialco.com

Cõeditor digital

Edición: Febrero 2021

Imagen de portada: Daniel Moreno / Gabriela León

Prohibida la reproducción parcial o total sin la autorización escrita del editor.

Índice

1  .

2  El nombre de ella

3  Una noche con Leonard Cohen

4  Seudónimo: Kachuchín

5  El vuelo del búho

6  Mi madre

7  Mi mujer odia a los borrachos

8  En una esquina de la ciudad de México

9  —Podríamos pensar en un martes. —O en cualquier otro día.

10  Bajo el agua

11  Él era todo, menos cobarde

12  Ten

13  El coleccionista de almas

14  El robo

15  Jornada de trabajo completa

16  Ése era el día

17  Los héroes...

18  La traición

19  Sígase de frente

20  El tesoro

21  Estigma

22  El vaso delator

23  —¿Ya desayunaste? —No, ¿y tú?

24  Fokin sol

25  Examen en puerta

26  La Casa de Juan

27  Todas las decisiones son equívocas

28  Diego

29  El mensaje de una macana

30  Dios estaba de su lado

31  Así aceleraría su muerte

32  El ángel guardián

33  Un alma delicada

34  Semejante a un trueno

35  El contingente

36  —Y eso, ¿cómo se resuelve? —No tiene solución.

37  Viniera de quien viniera

38  El último de los evangelistas

39  Antisonata

40  Siempre es mejor estar a punto de irse que a punto de volver

41  Juego de luces

42  La mesa cuatro

43  Sus temores se pulverizaron

44  El buen Eucario

45  Flashazo

46  Un bicho en su estudio de escritor

47  Gusanos

48  Un padre ejemplar

49  La ofensa

50  Una noche en Oaxaca

51  El despojo soy yo

52  .

53  Borges no ha muerto

.

In memoriam

Jack London, Guy de Maupassant y Anton Chejov

El autor agradece el apoyo del Sistema Nacional de Creadores del Conaculta

Ésta ha sido la única ambición que he podido satisfacer,

sin experimentar la amargura de la desilusión.

William Somerset Maugham

El nombre de ella

Sintió que el piso se hundía bajo sus pies. Allí estaba, a sólo unos metros, la mujer de la que había estado perdidamente enamorado hacía apenas un año. O tal vez menos.

La miró en una combinación de incredulidad, fascinación y reclamo.

Vino a su mente uno de los múltiples pleitos que habían tenido, que al final de su historia, de la historia vivida por ambos, se había convertido en la marca de todos los días. Porque los pleitos eran el pan cotidiano. ¿Cómo había acontecido semejante cosa? No sabría responder a ciencia cierta. Sin duda, los celos eran elemento protagónico. Primero fueron los celos de él, y luego los de ella. Cada uno era proclive a la seducción del sexo opuesto. Se dejaba cautivar y perdía la cabeza. Les había pasado docenas de veces. Y lo que en un principio era divertido y peligroso, o cuando menos atractivo y emocionante, terminó convirtiéndose en una pesadilla. Porque llegaba un momento en que no había control alguno, y cada quien se precipitaba en su propio abismo. Del reclamo iracundo pasaban al insulto, a las palabras soeces y terribles que el uno y el otro dominaban, y que cada vez parecían adquirir tintes dramáticos, más bien insoportables. Al grado de que amigos mutuos —pues solían echarse en cara lo que fuera aun delante de terceras personas— les aconsejaban ser prudentes antes de que sobreviniera una tragedia sin V de vuelta.

Cuando sus ojos negros se depositaron en aquella mirada verde —la más hermosa del mundo, se decía él—, no pudo evitar una mal disimulada sonrisa. Que lo viera ella, aun de soslayo, pero que lo viera. Que advirtiera cómo alguien era capaz de reírse de tan extraordinaria belleza. Sabía que no podía hacer nada. Ni dirigirle palabra alguna. Iba acompañada de un hombre —seguramente LM, así le decían cuando pasaban lista a los numerosos hombres de los que ella se jactaba— que no le quitaba la mano de encima, es decir, que no la soltaba. Cuántas veces se la había imaginado en brazos de otro. Cuantas veces, con alcohol o sin alcohol, la había imaginado en la cama con otro hombre. Un hombre sin rostro, por cierto. Pero cuyas siglas —LM— lo desquiciaban. Aunque podía ser cualquier otro. Entonces perdía la noción de las cosas. Había extinguido al lado de esa mujer todos los niveles de su resistencia. Sólo verla era la provocación de un estallido. Su cuerpo parecía cargado de una bomba de tiempo. La adrenalina iba y venía desde su estómago hasta la última de sus terminaciones nerviosas. Un millón de veces se había jurado que sólo matándola encontraría la paz. Y esa idea merodeaba por su cabeza hasta que ella se lo propuso: ¿y si nos matamos? Tú no puedes ser mi hombre porque eres casado, y yo no puedo ser tuya porque no estás conmigo cuando me entra el deseo. ¿Y si nos matamos? Pero él se había limitado a responder: ¿Y tu hijo? Que se quede con su padre. Yo no quiero ni puedo vivir más sin ti. Consigo la pistola de mi papá, se la robo, y nos damos un balazo en la sien. Yo primero y luego tú, para que veas que no me voy a echar para atrás. En la sien. Y enseguida te disparas.

Eso hubiera hecho.

Se la imaginó en la cama con ese hombre. Con LM. Una punzada le atravesó la cabeza y lo hizo trastabillar. Los vio haciendo el amor. A ella arriba de él. A él arriba de ella. Nada le provocaba tanto placer, en la medida que nada lo torturaba más. Era algo que escapaba a su entendimiento, pero que ahí estaba. Maldito entendimiento, se repetía y descargaba un puñetazo en la pared.

Pero él también —por fortuna, se dijo— iba acompañado. Y no mal acompañado. De una mujer rubia, que en alguna época remota había sido su amante. La había localizado, le prometió el mejor banquete del siglo, y habían acudido a aquel restaurante. Aquel sitio en el que tantas veces había estado con ella, en el que se habían declarado su amor, en el que se habían besado por vez primera; pero también en el que se habían insultado, vejado, propinado cachetadas y dicho las más atroces maldiciones.

Sin quitarle la vista, no pudo evitar el impulso de acercarse. Así que dejó a la rubia en la mesa que habían reservado, le dijo aguántame un segundo, ahora vuelvo —esperar que le sirvieran el aperitivo era demasiado tiempo—, y encaminó sus pasos hacia aquella mujer, hacia aquel sitio que se le antojaba tan cerca que podía tocar a su ex amante con sólo estirar la mano, y tan distante como una estrella en la bóveda celeste.

Eso hubiera hecho, suicidarse, en lugar de dirigirse hacia aquella mesa. El nombre de ella lo llevaba en la punta de la lengua.

Una noche con Leonard Cohen

Pocos hombres como yo tienen conciencia —o acaso debería precisar: valor— de lo que voy a decir, pese al juramento de verdad que tengan hecho consigo mismos, o a su grado de honestidad probado en el trabajo o en las relaciones amorosas, terrenos ambos que exigen cierta entrega.

Odio a mi madre.

Odio a mi madre, es algo que me gustaría gritar en medio de una cantina ati- borrada de hijos dóciles y educados —como ésta en la que ahora mismo estoy—, de una función de cine para niños donde los mocosos sólo sueltan la mano de su mami para llevarse a la boca un puñado de palomitas, o de un espectáculo por el día de las madres. ¿Alguno de ustedes se ha preguntado qué pasaría? ¿A alguno de ustedes le gustaría hacer la prueba? Primero tendría que hacerse un examen de conciencia y atisbar muy dentro de sí, aunque sea con la luz de un cerillo alumbrar ese sórdido interior y descubrir la podredumbre.

La detesto por dos razones. Porque es mi madre, la primera, y porque está viva (porque vive, sería menos brutal decir), la segunda.

Y aquí no cabe aquello de que matamos todo lo que amamos, de que no he podido sublimar complejos o estupideces así. Si las palabras tienen algún signi- ficado es aquel que se manifiesta con su evidencia aplastante y brutal. Te dicen entra, y entras, así de simple; te dicen vete y te vas, así de sencillo; te dicen cállate y te callas, así de fácil. Las palabras son las palabras, y yo aquí, ahora y siempre las utilizo para lo único que sirven: para decir lo que siento y pienso.

¿Quién no odia a su madre?, alguno de ustedes se preguntará por ahí, y añadirá por lo bajo: el tema más trillado del mundo. Cierto, pero qué ocurre cuando el hijo ha sido educado bajo las imbatibles alas del amor, cuando su madre le cantaba canciones de cuna noche tras noche, le narraba cuentos de prodigio y maravilla, le preparaba sus tortas para el recreo, o le almidonaba los cuellos de las camisas, ¿qué sucede entonces? ¿Qué habrá de acontecer en el alma de esa persona cuando en

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Eusebio Ruvalcaba

lugar de guardarle gratitud al ser que lo trajo al mundo, sólo tenga por él despre- cio, repulsión que se traduzca en odio? ¿Qué tuvo que haber pasado? No sé en el caso de otras personas, ni me importa; en el mío, lo tengo claro: odio a mi madre porque me dio la vida.

Y eso es lo que estoy a punto de gritar. Quiero ver cómo se descompone la cara de todos estos pusilánimes, que no ponen en tela de juicio su presencia en este uni- verso. Porque no es cualquier cosa estar aquí. Y no me refiero a las hambrunas ni a los incendios forestales, todo eso me tiene sin cuidado. En lo que estoy pensando es en la ignominia que significa ser una persona. En el deshonor, en la degrada- ción que simboliza el desastre de estar vivos. Y estoy seguro que estos imbéciles se volverán contra mí a golpes. Que ni siquiera pensarán en la posibilidad de que les esté hablando con la verdad. Con su verdad. Quizás una sola voz se levante y me asegure que a quien hay que odiar es al padre. Que le rebata esa apreciación. Lo cual haría de las mil maravillas. Le preguntaría: ¿qué le duele más, que insulten a su padre o que insulten a su madre? Y cuando me respondiera que a su madre, lo acosaría brutalmente: ¿por qué, por qué? La respuesta es una: porque nunca esta- mos seguros de que nuestro padre sea nuestro padre. En cambio, siempre sabemos que nuestra madre es nuestra madre. Por eso digo que ella es la culpable, la ver- dadera causante de nuestro sufrimiento, de nuestra estulticia, de nuestra miseria.

Desconozco las consecuencias de esto que estoy a punto de hacer. Les abriré los ojos a todos estos estúpidos. Me escucharán. Por un segundo los aturdiré. Algunos fingirán que no han oído bien, o que no es asunto de ellos. Pero cuando identifiquen esa palabra de cinco letras, volverán su cabeza hacia mí. Alguno me dirá que soy un mal hijo, y que mi única salvación es el infierno. Otro me dirá que me calme, e incluso me ofrecerá una copa. Y alguno más se me quedará mirando desconcertado. Pero sin reflexionar, sin contemplar lo que ha sido ni lo que le espera. Por supuesto que existe la posibilidad de que uno entre todos estos me desafíe a golpes, o de plano se levante y me tunda a puñetazos y patadas. Todo esto es claramente posible. Y lo acepto.

Pero si hay uno solo, uno, que por un segundo odie a su madre, que luego de oírme coincida conmigo, entonces me daré por satisfecho.

No sé qué estoy esperando. ¡Una!, ¡dos!, ¡tres! ¡Escúchenme!

Seudónimo: Kachuchín

I

Le producía congoja y taquicardia; no lo dejaba conciliar el sueño de inmediato — como era su costumbre— y menos aún cenar a gusto sus tortas de cochinita pibil. La Convocatoria la tenía grabada tan firme (medidas, límite de tiempo, dirección, seudónimo) como el cochambre en las parrillas de su estufa. Desde que la había leído sus letras nítidas y negras las veía deslizarse cada vez que oteaba el horizonte. Carajo, Efrén, no te preguntes si puedes o no obtener el premio, ¡cien mil pesos te van a caer de perlas, maestro! Concentración, es lo que necesitas, concentración: que las imágenes coloquiales se conviertan en instantáneas de antología, que la preocupación y el desmadre cotidianos queden impresos en el archivero de tu gloria.

Efrén sorbió un trago más a su acostumbrado café (en su acostumbrada cafetería), dio una última chupada a su cigarro mirando de reojo con la típica pose bradpiteriana a su vecina (de grises ojos) más próxima. Pagó su cuenta y se dedicó a recorrer esas calles de Insurgentes que tanto le decían; pero esta vez no las caminaría sin rumbo fijo sino dirigiéndose a la casa de Arnulfo. Era forzoso.

En cada esquina donde existía un puesto de periódicos se aproximaba y se detenía hasta cinco o diez minutos observando. ¿Cuál, joven? No, ninguno, gracias. Con el paso lento, Efrén siguió caminando mientras reflexionaba en la mirada del periodiquero. Pinche expresión, cómo no tengo una cámara chingona, le hubiera tomado unas fotos de poca madre. Ernesto me tiene que prestar su Minolta, a huevo, él ya no necesita gloria, ya está muy bien paradito. Yo sí, yo sí quiero ver mi nombre en los periódicos, mis fotos en alguna galería de la Condesa, que haya reven y toda la cosa, una peda chingona, todo el mundo “felicidades, felicidades, sabíamos que lo lograrías”, “muchacho, qué alegría me da, déjame darte un abrazo, “gracias, eh, sé que no valgo nada, no es cosa de mérito, suerte nada más, muchas gracias”.

Aguascalientes, Campeche, Coahuila, San Luis Potosí, Zacatecas, fueron quedando atrás. Las micros pasaban veloces. Como embotado, caminaba Efrén Enríquez.

Nadie habría podido imaginarse lo que pensaba. Por lo tenso de sus puños, quizás alguien habría supuesto que se divertía estrangulando diminutas muñecas de aire. Por fin llegó a Álvaro Obregón para doblar a su derecha, cruzar Monterrey y meterse en un viejo edificio amarillo-naranja.

Ernesto se encontraba de pie, recargado en el barandal de su balcón. A sus espaldas, la música reverberaba en la estancia. Sin hacerse sentir, Efrén se sentó en la silla de bambú. Más de diez minutos permaneció en silencio, ora observando los bustos de Mozart y Beethoven simulados en bronce, ora mirando la fiel cámara de Ernesto, que descansaba de su click sobre la mesa esquinera, ora leyendo las inscripciones de los diplomas...

—Cabrón, ¿desde hace cuánto tiempo estás aquí?

—Ya ni la chingas. Tengo como 200 años y ni cuenta te habías dado. Te van a piñar. Fácil me hubiera chingado la camarita.

—¿Quieres un pegue?

—Yo diría. Mientras me la sirves te voy a tirar la neta, a qué vine. Porque ya sabes que estando uno pedo o se confunde el que habla o el que oye. Y... pues... ahorita de una vez. Para acabar pronto.

—Vas.

—Mira, wey, préstame tu cámara.

—No mames.

—Por qué no, si me gusta tanto. No, en buena onda, necesito tu cámara. —¿Y la tuya?

—Es una pendejada, no sirve.

—Seguro le vas a entrar al concurso...

—Sí.

—Si no ganas, que es lo más probable, va a ser una frustración doble. Le vas a echar la culpa a mi cámara. Ándale, chíngate esa cubeta.

—Mira, wey —la preparaste poca madre, ¿eh?—, voy a ganar. Doy el ancho,

estoy seguro. Dicen que este concurso sí va a ser legal. Cuando menos uno de los tres lugares me forro, neta.

—¿Me la vas a cuidar?

—Coño, me extraña.

—Pues va que va. Ojalá y te dé suerte.

—Puta madre, no sabes cómo me alivianas. Mira, wey, tengo un plan. Me voy a lanzar a los barrios más ojetes de la ciudad. Me voy a descolgar hasta los hospitales públicos, las beneficencias y la cruz. Y donde vea un pinche miserable, chíngale, lo retrato. Especialmente a las cabronas marías con sus escuincles y a los boebones de los teporochos. Yo creo que con eso me gano el premio. El pinche jurado se va a ir con la finta.

—Ya ni la chingas, Efrén.

—Mira, wey, la onda está así: hay que escribir sobre la violencia o sobre los pobres, hay que hacer estudios sobre la violencia o sobre los pobres, ¿no te has dado cuenta?

—Sí, y a mí me da hueva.

—¡Hay que fotografiarlos, para acabar pronto! La gente está harta de ver fotografías de la violencia, entonces la alternativa son los pobres. Neta... Total, uno de esos pinches miserables te puede dar el triunfo... y con una pinche Minolta, fácil.

II

Lo ves y te decides. Es algo que se siente, que se presiente, más bien. Este cabrón te va a dar el premio. Tiene un rostro poca madre. Y ahora que no venías a eso. Así pasa. Lo ves y te decides. No pudiste haberte encontrado a nadie mejor, ni antes ni después. Preparas la cámara y lentamente te vas acercando hacia la entrada del metro, donde puedas captar el anuncio del metro y la mano extendida pidiendo limosna; donde puedas captar su cara sucia —tan sucia, que el que vea la foto adivine que apesta, que huele a porquería—; donde brillen sus pelos asquerosos, y, sobre todo, donde resalte su ojo izquierdo, esa canica deforme que parece que le está colgando: roja, fija, sebosa —no te me vayas a mover, un segundo, un segundo y ahí muere. Tomas la foto (tuvo que haber salido, tuvo que haber salido), pasas junto a él y le das diez pesos (cabrón, no sabes cómo me vas a alivianar).

III

Efrén Enríquez, primer lugar. Cien mil pesos en efectivo y diploma. Título del trabajo premiado: La apatía ciudadana. Seudónimo empleado: “Kachuchín”.

Pablo Herrera Molina, segundo lugar. Cincuenta mil pesos en efectivo y diploma. Título del trabajo premiado: La estufa. Seudónimo empleado: “Spiderman”.

Arturo Domínguez, tercer lugar. Veinticinco mil pesos en efectivo y diploma. Título del trabajo premiado: Día de campo. Seudónimo empleado: “Mum, bolita mágica”.

El vuelo del búho

Para Rafael Pastelín

Te levantas, y sin ningún afán melodramático, sin ningún sui generis incentivo ni conducta esnob, decides —así, tan simple como escoger una camisa— echar la hueva, no ir a trabajar, pues.

Piensas —mientras la oficialía de partes se va a mejor vida— que un paseo por el centro, en cambio, te sentará bien. Tal vez quieras recordar antiguas épocas cuando acostumbrabas caminar sin rumbo fijo por aquellas calles colmadas de recuerdos para ti. Del lado de tu madre. Y alguna vez de tu padre también.

Te vistes ligero, desayunas peor, y en un abrir y cerrar de ojos te encuentras saliendo de la estación Juárez.

Ya estás donde querías estar. Con las manos en los bolsillos caminas hasta un edificio que te resulta familiar: el Museo Nacional de Arte. ¿Cuántas veces has estado ahí? Lo ignoras. Pero ahora mismo crees haber visto un cartel en el que se anunciaba a un pintor o escultor que presentaba sus obras más recientes. Un artista aclamado en cielo, mar y tierra. No importa quién sea, pero ya que estás ahí. Será buena oportunidad.

Dos colegialas —¿hermosas?, no lo sabes, pero a ti te lo parecen— ratifican con carne tu decisión. Ellas también van al museo, meneándose sobre sus piernas sólidas y anchas. Seguirlas, mirando el suelo, observando las paredes. Disimuladamente o no, y distraerse mientras transcurre la mañana. No pides más.

Intentas ir tras ellas, pero algo te hace perder el ritmo, te estropea la cadencia que habías empezado a afianzar y que te hacía sentir en las nubes. Entonces vuelves tu vista a uno de los cuadros de los que el museo se jacta: Hacienda de Chimalpa de José María Velasco. Lo ves y algo extraño salta a la vista. No es la primera vez que te detienes ante él. Pero ahora distingues que los colores se están desparramando. Como si se fugaran de la pintura. No es posible. Parpadeas numerosas veces. Como para que la realidad se reacomode. Pero no hay tal. Delante de ti los colores escurren.

Vuelves tu mirada y observas acuciosamente otros cuadros. Nada. Todo está perfectamente normal. Entonces miras uno más de José María Velasco. Su Valle de México de 1890. Y lo mismo. Los colores han terminado por escurrir y ahora empiezan a manchar la pared. Del asombro pasas al terror. Aunque quizás todo no sea más que una maldita confusión. Suele pasar. Algo inexplicable. Las colegialas están tomando apuntes, y te aproximas —en otras circunstancias jamás lo habrías hecho— y les señalas los cuadros de Velasco. Pero ellas deciden poner tierra de por medio. Les das miedo. Y es evidente que no están dispuestas a escucharte. Quién sabe qué piensen de ti. Caminando como si estuvieras ebrio recorres el resto de la sala. Todo está como debe estar. Hasta que te topas con otro cuadro de Velasco: Camino a Chalco con los volcanes. Cuando lo miras, pierdes el equilibrio y caes estrepitosamente al suelo. Como si alguien te hubiera dado una patada en los bajos. La gente se te queda viendo, y alguien se acerca y te ayuda a incorporarte. Te dicen que si necesitas ayuda y dices que no, que gracias.

No te atreves a mirar una vez más las pinturas de Velasco. Si era el artista favorito de tu madre. Mejor aún, de tus padres. Aficionados a la cultura en general y a la pintura en particular, aún tienes presente los libros que te mostraban de la vida y obra de aquel pintor. Paso a paso tu madre te explicaba la grandeza de su obra mientras tu padre observaba la escena, sonriente y ensimismado. Todavía hace poco tú mismo tomaste uno de esos libros y lo hojeaste. Incluso te encontraste una flor a modo de separador, en la lámina correspondiente a la pintura que le gustaba a tu madre por encima de cualquier otra: Los ahuehuetes. Reviviste entonces aquellas intimidades. Pero también vino a tu mente el momento en el que tu madre fue atropellada, precisamente en un recorrido por el centro, por estas calles que acabas de caminar. ¿Por qué no te atropellaron a ti?, siempre te lo preguntaste. Y seguramente tu padre también se lo preguntó cuando decidió darse aquel balazo en la cabeza.

Ves a un policía que acude hacia ti. Pero tú no estás dispuesto a hablar con nadie. Corres. Y el policía corre atrás de ti. Con el rabillo del ojo, ves Los ahuehuetes. Los colores le escurren como si fueran la sangre de la pintura. La sangre de Velasco. Avistas el vacío. La escalera de mármol en espiral. Tres pisos. La gente se hace a un lado para dejarte pasar. Que nadie te detenga. Miras a un hombre de traje que viene hacia ti en sentido opuesto. Su aspecto de guardia es inconfundible. El policía detrás y él delante. Cuando el hombre del traje cree haberte atrapado lo eludes. Él es ahora quien se cae. Prosigues tu carrera. El vacío te llama.

Mi madre

Mi padre era un borracho consumado. Todo lo que yo logré en la vida, lo hice por quitármelo de encima. Murió a dos calles de la casa. Un policía vino a darle la noticia a mi madre. Yo tenía once años. Mi madre me ordenó que la acompañara. Pero me negué. Inventé cualquier pretexto.

Han pasado muchos años desde entonces. Hasta el día de ayer, el nombre de mi padre estaba proscrito en la casa. Mis hijos crecieron sin abuelo, y, lo que es peor, sin memoria de él.

Pero hoy en la mañana me encontré una carta de mi madre que arroja luz en este asunto. No suelo escombrar cajones ni hurgar en los bolsillos de la ropa. Nunca lo he hecho. Y mi esposa menos. Esta carta me la encontré en un libro, El mundo de ayer de Stefan Zweig. No soy aficionado a la lectura, y ni el autor ni el título me dicen nada, pero mi madre lo ocultó toda la vida en el cajón de su buró, y, aunque me duela, quiero compartir el documento. Por la memoria de mi padre.

La carta está fechada hace cinco años y está dirigida a mí, el único hijo que tuvo. Y dice.

Mi hijo adorado: El diagnóstico del médico que visité ayer en la noche fue trágico. No me dio ni un mes de vida. Podría despedirme de ti y partir. Pero no tengo valor. Desde la muerte de tu padre —hace ya veinte años—, dejé que el tiempo pasara con el corazón hecho pedazos. Te di una carrera. Tuve suerte y las cosas se inclinaron a mi favor. Pero conforme tú ascendías en la vida, la figura de tu padre se volvía más y más oprobiosa. Por mi culpa él se convirtió en un alcohólico incorregible. Fíjate lo que te digo, que yo soy la culpable de su vicio. Tú no lo recuerdas, pero él no siempre fue así. Quizá si rascas en la corteza de tu memoria, lo recuerdes como un hombre alegre y trabajador, además de un excelente proveedor. Nunca dejó que el mundo se nos viniera encima, que nada nos faltara. Y así hubiéramos seguido. Pero la vida nos jugó una mala pasada. Y el solo hecho de contártelo hace que la cara me arda de vergüenza. Pero tengo que hacerlo. De una vez y para siempre. Tengo que sincerarme porque no puedo más con esta carga, y qué mejor que con mi hijo. Quiero decirte algo que me he venido guardando: yo traicioné a tu padre. Y él lo descubrió. Si te nace el impulso de romper esta carta, te suplico que aguardes hasta el final. Para mí representa la entrada al infierno, para ti el perdón a este ser inmundo que soy yo, y a tu padre, que no se merece el desprecio que sientes por él. Me acosté con tu tío Luis, el hermano de tu papá. Lo hice por amor, pero lo hice. Venía muy seguido a la casa. Con cualquier pretexto. Con tu papá o sin él. Aún recuerdo aquella vez que se presentó a cumplir una encomienda de tu padre. Un paquete que tenía que entregarme o algo así. Sé que llevo ese pasado a cuestas, pero déjame decirte, en descargo de nosotros dos, que no lo planeamos. Que no hubo dolo. Que fue espontáneo, como la caída de una hoja seca en el otoño. Después, pasó lo que tenía que pasar. No podíamos detenernos. Como si un frenesí se hubiera apoderado de nosotros. Un frenesí que no fue para siempre. Porque el día menos pensado tu papá nos descubrió. ¿Qué podíamos hacer? A partir de ese momento tu padre no hizo más que beber. Alguna vez me lo dijo: Si te hubiera matado a ti o a mi hermano, no bebería. Entonces murió. Y la historia ya la conoces. Pero una sola cosa te digo. Cuando enterramos a tu papá, le juré sobre su ataúd fidelidad absoluta. Tu tío Luis me rogó que nos casáramos, pero ya no quise ni siquiera verlo. Reconozco que fue un modo de castigarme. Pero no me quedaba de otra. También lo admito. Vivimos en una sociedad que señala y castiga, que te inyecta sentimientos de culpa. Y que exige pagar un precio. A costa de lo que sea. Lo único que tengo claro es que mi amor por ti no cambió un ápice; más bien aumentó. Se multiplicó hasta la bóveda celeste. Fuiste mi único hijo y eres mi adoración. No sé lo que pase de aquí hasta el día de mi muerte. Pero me urgía que supieras la verdad de las cosas. No juzgues con dureza a tu padre. Piensa en lo que habrá sufrido. Te escribo esta carta porque lo único que quisiera es que haya paz en tu corazón. Y de paso, perdones a tu madre. Si es que para ti, merezco perdón.

Mi mujer odia a los borrachos

Tengo dos enemigas a muerte: la diabetes y mi esposa. Y con ninguna de las dos puedo. Padezco una diabetes que no es precisamente lo que podría llamarse mortal. Es decir, sí me va a matar pero no en forma inmediata. Le va a llevar su tiempo. Creo. No soy insulino-dependiente; se manifiesta a través de lo que los médicos llaman neuropatías. Las padezco hacia la altura del estómago, debajo de las tetillas, de un extremo a otro de los costados, y son verdaderamente dolorosas, y hoy por hoy, ni el médico alópata ni el homeópata han logrado curarme. Ni modo, cada vez que me dan —son una especie de agujas por debajo de la piel— tengo que detenerme de una pared, de un mueble, o de lo que esté más cerca para no caer. Y según me aseguraron, mientras

beba tendré alta la azúcar, y mientras tenga la azúcar alta padeceré este castigo divino. La otra enemiga, digo, es mi esposa.

Desde antes que yo padeciera diabetes, odiaba el trago. Como mi madre. Que hizo un guiñapo de mi padre, y de cuya tiranía yo jamás pude librarme. Sin que hubiera mayor pretexto, mi esposa se ponía iracunda desde que me veía dirigirme hacia la cocina, donde tengo mis botellas. “¿Ya vas a emborracharte?”, me gritaba.

Y la verdad no estaba muy equivocada.

Siempre he considerado el trago como el placer por antonomasia de la condición masculina. Ningún otro —sea la mujer, el cigarro, la droga o el juego— provoca tanta aceptación. Y aun a pesar de que cada uno de aquellos individuos sepa los riesgos del acto de beber. Que son muchos y que no voy a repetir, por no ser estas palabras parte de una encíclica.

Mi mujer odia a los borrachos porque los considera los tipos más estúpidos del universo. Dice que la humanidad se divide en mitad hombres y mitad mujeres. Y que de la mitad correspondiente a los hombres, 95 por ciento son borrachos —es decir estúpidos—, y 5 por ciento individuos dueños de conciencia y principios —es decir aburridos, apuntaría yo. ¿Pues de qué otro modo se puede calificar a los borrachos, que a sabiendas de las consecuencias que provoca el alcohol beben como locos?

Eso dice.

Se la pasa horas en el Internet. Es como una detective cibernética. Y no tanto por seguir pistas absurdas sino para prohibirme beber —aunque en su descargo tengo que reconocer que de la invitación paso a la prohibición. Prohibición que llegó muy lejos. Al punto de que para mí resultó más un motivo de entretenimiento que de nerviosismo. Porque entre más me prohibía beber más lo hacía, y ese solo hecho inoculaba mi vida de valor. Me sentía un héroe. Mientras fuera así de testaruda yo me sentía a gusto en casa.

Pero en ese estira y afloja que significa todo vínculo matrimonial, las cosas se pusieron de cabeza. Tengo muy presente el grito que di cuando abrí la despensa de la cocina, y donde antes había botellas —de whisky, vodka, tequila y mezcal—, ahora sólo veía aceites de cocina, especias, vinagres y saborizantes de colores.

—¿Y mis botellas? —le pregunté azorado a una mujer sonriente que me contemplaba desde uno de los extremos del comedor, como se mira a un elefante mover la trompa en el zoológico.

—No hay más botellas. Se acabó el vino en esta casa. No voy a dejar que envenenes tu organismo por una estupidez —¡tenía que decirlo!—, ¿entiendes? Lo hago por tu bien. No me voy a quedar con los brazos cruzados mientras tú te emponzoñas.

—¿Emponzoñarme? Si no estoy tomando veneno de mamba negra —¿de dónde saqué la palabrita?, de un programa que había visto la víspera en Discovery. Punto a mi favor.

Como sea, me quedé pasmado. Jamás me imaginé que ella, mi mujercita linda, hubiera sido capaz de llegar a ese grado. No importaba que mi salud estuviera de por medio. Guardé silencio y me senté en mi sillón favorito. Sentí que las lágrimas sobrevendrían en cualquier momento. Silbé la primera melodía que me vino a la cabeza, con tal de quitar de mi cara esa expresión idiota que acompaña el llanto. Necesitaba hacerle creer que tenía la sartén por el mango. “Por fortuna quedan las cantinas”, dije, “el dinero que me gaste en la calle lo voy a tomar del gasto. Tú te lo buscaste. Y recuerda que en ese gasto van tus maquillajes y tus medias, y alguna que otra chuchería que siempre se te antoja”.

—No te vas a atrever a hacer eso.

—¿No? Tú serás la primera testigo.

Ahora la que se quedó callada fue ella. De pronto, entreabrió su exquisita boca y dijo: —Está bien. Creo que me precipité. Escondí las botellas en el clóset.

—Por mí puedes dejarlas ahí. Ya vi que supiste aprovechar el espacio —dije, y salí a la recámara por una de whisky. Qué sed tenía.

En una esquina de la ciudad de México

Apenas se puso el alto, el niño caminó entre las filas de los automóviles. Extendía la mano y pedía limosna. Él hubiera preferido lavar parabrisas, pero su madre se lo prohibió: “El día que te vea lavando los cristales de los coches te rompo el hocico. Y sabes que te lo cumplo”. Claro que lo sabía. Ya lo había hecho varias veces, siempre por situaciones que no se volvían a repetir.

Vino una a su mente.

Sucedió un par de años atrás, cuando él tenía seis años. En lugar de pedir las acostumbradas monedas, su mamá lo descubrió jugando al yoyo. Es hora de trabajar, le gritó al tiempo que le quitaba el juguete. Y antes de qué pudiera explicarse qué estaba ocurriendo, le soltó un golpe en la cara que lo aventó un par de metros más allá. Se tentó la boca y sus dedos se empaparon de sangre. ¿Por qué su madre no lo quería, si todas las madres querían a sus hijos?, no dejaba de preguntárselo. ¿Porque era feo?, ¿porque siempre andaba mugroso?, ¿porque tenía piojos? Pero si muchos niños andaban todavía más cochinos y sus mamás los besaban como si estuvieran recién bañados.

Nunca tendría respuestas para eso. Como las tenía para el juego. Porque de todo lo habido y por haber, lo que más lo atraía era el juego. Y aprovechaba cualquier momento que se encontrara lejos del campo de visión de su madre para jugar. Traía los bolsillos repletos de juguetes, que iban desde canicas y un trompo hasta corcholatas y suelas de zapatos. Todo le resultaba útil. En cualquier cosa hallaba la diversión. El juguete perdido. Que se había descuidado con el yoyo era un hecho. Le ganó el impulso. Sabía de sobra a lo que se exponía, pero aun así decidió atarse la cuerda al dedo índice y hacer el cochecito, una de sus suertes favoritas. Porque era bueno. Sobre todo con los lups. Vueltas y vueltas que describían una trayectoria parabólica, y así hasta el infinito. Que había suertes que le salían con maestría, nadie podía discutirlo. Como el perrito, la vuelta al mundo, el columpio...Ya había jugado el yoyo con los amigos que de pronto se cruzaban con él, y no sólo había salido airoso de la prueba; veía en aquellos ojos infantiles el asombro, o, más que eso, la incredulidad. Y su espíritu se hinchaba.

Se puso de pie y vio a su madre arrojar el yoyo a una alcantarilla, y dirigirse hacia su escondite. Ahí hacía lo que le venía en gana: emborracharse, aspirar solventes, escuchar el radio, leer periódicos atrasados, quedarse dormida. Muchos de los vagos del rumbo deseaban ese lugar, pero ella lo defendía como una hiena la carroña. Entre cartones de cajas, pedazos de tapetes de automóvil y trozos de papel periódico, lo había acondicionado a su gusto. Como estaba al pie de una de las columnas gigantescas que sostenían aquel paso a desnivel, el sol jamás le daba. Aspiraba el monóxido de carbono de los miles de autos que circulaban a unos metros, pero eso le daba igual; es más, lo agradecía. Porque gracias a eso, una vez al mes iba al Hospital General donde le obsequiaban medicamentos para despejar sus vías respiratorias, que luego ella vendía.

De pronto, una idea cruzó por su cabeza.

Su madre le estaba dando la espalda. No lo veía. Era la oportunidad de oro. Contó hasta tres.

Uno.

No sabía leer ni escribir. A sus ocho años, le daba vergüenza confesárselo a quien fuera. Siempre lo ocultaba. Cualquier mentira era buena para salir del paso. Ya lo había hecho innumerables veces. Y también había golpeado por esa misma razón. Si alguien se atrevía a hacerle un comentario burlón, soltaba un golpe despiadado. Ya había dejado a más de uno babeando sangre.

Dos.

Su madre aún distaba un par de pasos, más o menos, para llegar hasta su escondrijo. La vio caminar y la recordó panzona, o, más que eso, mucho más, con una panza enorme. La recordó porque durante esa etapa, ella no admitía siquiera que él le dirigiera la palabra. Ni siquiera que la mirara. Había sido la peor época. Cuando menos no recordaba ninguna otra tan atroz. Tan llena de miedo.

Tres.

Apoyó el pie derecho como si en eso le fuera la vida, y echó la carrera. Precisamente en el momento en que su madre volvía la cabeza. Escuchó su nombre, la orden de que se detuviera, pero no obedeció. Como si sus oídos estuvieran tapiados. Sentía en sus labios la sangre ya reseca, como pedregosa. Corrió aún más duro. La voz imperiosa de su progenitora no le hacía mella; al contrario, lo impulsaba a poner tierra de por medio.

Por fin el cansancio lo venció. Había llegado hasta un camellón. Aminoró el paso. Su madre había quedado muy atrás. Aquel crucero se había perdido sin más.

Se volvió cautelosamente. Nadie venía por él. Mucho menos su madre, quien con dificultad daba un paso tras otro. No como él, que era un verdadero tigre —así se veía. Un tigre pleno de vigor y juventud.

Era libre.

Caminó relajado por completo. Con una calma como no sentía hacía mucho. Se entretenía mirando los árboles que franqueaban el camellón. Uno de ellos le llamó particularmente la atención. Desde donde estaba, distinguió un corazón trazado en la corteza. Era un corazón de amor. Se aproximó. Por un instante se le olvidó de que no sabía leer, y quiso saber qué decían aquellas palabras. Sabía que en un corazón se escribían los nombres de las personas que se amaban. Puso los dedos en aquellos signos. Los acarició. ¿Y si era el nombre de su madre?, ¿y si era el nombre de él? Acarició la silueta del corazón, la flecha que lo cruzaba.

Se descubrió llorando.

—Podríamos pensar en un martes. —O en cualquier otro día.

Mi trabajo consiste en contratar gente para la empresa que me paga. O en despedirla. Tengo una oficina ad hoc. Sobria y dura, es decir, que refleje mi carácter. O mejor todavía, el carácter de la transacción que está a punto de realizarse.

Sé lo que significa una entrevista de trabajo. Y precisamente la delicadeza de mi trabajo estriba en no crearles expectativas a los candidatos. De ahí que no exista en mi oficina el menor detalle humano o personal. Nada de fotografías con la familia —ay, se ve que es una buena mujer—, menos referencias que le revelarían intimidades a un buen observador. Como por ejemplo, un suéter tejido a mano, un bolígrafo demasiado femenino; en fin, las personas que entran a mi oficina deben tener en el acto la idea de que no habrá un trato personal sino estrictamente profesional.

Con las personas que despido, las cosas toman otro cauce. Para empezar, procuro ser lo más precisa posible —la precisión obliga al futuro desempleado a admitir que se merece ser puesto de patitas en la calle. Si, por ejemplo, traigo una blusa, antes de abrirle al fulano me pongo un blazer y me recojo el pelo. Que sienta de este lado a una mujer enemiga de la amabilidad y comprensión. Una mujer severa, sin complacencias, a quien no va a resultar nada fácil convencer. Naturalmente que siempre hay quien se sale de control. Como un chofer de sesenta años —el chofer del señor Castillo— a quien corrí con especial elegancia. Lloró. Dijo que con su salario mantenía a sus nietos. Que vivían con él —aquí fue donde derramó sus lágrimas sebáceas—, y que de dónde iba a sacar dinero. Le ofrecí un klínex, me puse de pie, le indiqué que pasara a recursos humanos por su finiquito y abrí la puerta. Dejó impregnada la habitación de un perfume maloliente.

Como sea, tuve una ocurrencia —iniciativa, la llamaron algunos— que fue aplaudida en la última junta con el señor director y las cabezas de la empresa. Yo, Sonia Cantú Cantú, me entrevistaría con las candidatas a un empleo en un restaurante cinco estrellas. Y la coyuntura que se avecinaba era ideal, pues a la brevedad el señor Castillo —director general— requeriría una secretaria. Pero no la invitaría a comer ni mucho menos, sino nada más y únicamente valoraría su comportamiento en una situación comprometida. Porque ser secretaria del director general no es cualquier cosa. Hay que ser muy sutil e inteligente para decir mentiras, o bien de lo más atenta y dulce para engatusar a un posible socio. Pero para eso se requiere de una malicia peculiar, algo que no enseñan en las academias para secretarias.

Así pues —proseguí mi explicación en la junta—, no es difícil imaginar la situación. Digamos dos de la tarde; digamos el restaurante Les Moustaches; digamos que ahí la entrevistada se sienta enfrente de mí —para esto tiene que llevar su mejor atuendo, Les Moustaches no es cualquier restaurante, y ahí es donde yo empiezo a calificar. Porque vean. Imagínense que yo como una deliciosa sopa de ajo, o una ensalada mixta, o ya de plano una trucha almendrada, y que la probable secretaria —luego de haber esperado en el vestíbulo más de una hora— se le queda mirando a mis platillos, se me queda mirando a mí mientras los devoro, hasta que empieza a ponerse nerviosa. Notablemente nerviosa. A simple vista. Tache. No sirve. Inmediatamente yo le pongo tache a su solicitud. Que para que este cuadro funcione bien, lo mejor es que la entrevistada no haya comido; que a las dos de la tarde es lo más probable. Y si ya comió, tache. Aunque mi obligación —por mera cortesía— es invitarla. Nadie con la cabeza sobre los hombros, aceptaría. Por supuesto, la prueba se repetiría hasta que me topara con la candidata ideal. Bastante dinero se fuga en personal contratado que no da los resultados esperados...

Por cierto, la iniciativa no fue aprobada por unanimidad. Una sola voz se levantó en contra, la de Samuel Corona, el jefe del área de proveedores. Le pareció demasiado cruel, dijo que era una estrategia de abuso y prepotencia, típica de una mujer subvalorada. Iba bien, pero cuando pronunció esos dos vocablos se ganó una rechifla general. Nadie estuvo de acuerdo con él. Lo tildaron de antiguo y de previsible. Y así se lo hizo ver mi jefe.

Pues bien. Ahora mismo estoy esperando a la primera candidata. Ya me lo hizo saber el capi. Pobrecita. La tengo ahí desde hace veinte minutos. No son muchos en la vida de una persona si en cambio va a salir con un trabajo que le dará seguridad y solvencia.

Pero la gracia será entrevistar a varias. De lo contrario qué chiste tendría esta estratagema.

Bajo el agua

No hace mucho, me invitaron a la presentación de un libro —“de la novela más ingeniosa de los últimos tiempos”, decía la publicidad que me llegó vía Internet. Confieso que en mi condición de enfermero no soy afecto a ir a presentación alguna, concierto, exposición ni nada que se le parezca. Pero esta vez la situación era diferente porque justo un paciente era el autor de la dichosa novela. Se había establecido un click entre él y yo, y cuando dejó el hospital me preguntó si tenía correo electrónico, se lo di —que su esposa apuntó con letra grande y de imprenta en una bolsa de papel estraza—, y hete aquí que en un par de semanas me llegó el anuncio.

Fui a la presentación y me pareció lo más aburrido del mundo. Si la novela era tan ingeniosa, por qué los presentadores tenían que ser tan monótonos, me preguntaba yo, ¿o así serían todas las presentaciones? Tal vez.

Estaba a punto de ponerme de pie y marcharme cuando mis ojos se detuvieron en los ojos de una mujer que estaba sentada a un par de lugares, y que de casualidad se volvió a mirarme. Era evidente que venía sola.

Todo lo que para mí era aburrido, a ella parecía llamarle inmensamente la atención. ¿O no demostraba eso su cabeza que iba de un lado a otro, para no quitarle la mirada a quien en ese momento tuviera la palabra?, ¿o no delataban ese interés sus piernas, que las cruzaba de izquierda a derecha y a la inversa, con tal de tener una posición más cómoda?

En la misma medida sus facciones, su piel, su sedoso y brillante pelo me atrajo. Yo tengo 27 años —cinco de casado— y ella andaría por los 40 o los 45. No sé, siempre he sido malísimo para calcular edades. Pero de inmediato sentí el jalón de la carne —que fue exactamente lo que sentí cuando conocí a mi mujer, y que es exactamente lo que ha hecho que ella sea el monstruo de los celos personificado.

Decidí pues esperarme a que la presentación terminara y acercarme a la cuarentona. De vez en cuando un poco de adrenalina no está mal. Cada vez la veía más atractiva y deseable. Ella se percató de mi nerviosismo, se sonrió conmigo y me dirigió la palabra. Me preguntó si ya había leído la novela y le respondí que no —iba a responderle que en la vida había leído ni una sola, pero temí decepcionarla. Y enseguida investigó si el novelista era mi amigo. Claro que sí, hemos estado juntos en las buenas y en las malas. Oh, qué maravilla, ¿me contarías acerca de él?, estoy tomando un diplomado de literatura mexicana y me encantaría incluirlo. Por supuesto, yo la llamo, dije, extendí la palma de mis manos y escribí los números. Qué romántico, dijo ella, tenía siglos que no veía a nadie escribir en su propia piel.

Entonces la conversación comenzó a fluir. No soy casado, respondí. Y dije, muy quitado de la pena, que era subdirector de una clínica que se ubicaba en Polanco, en la esquina de Eugenio Sue y Ejército Nacional. Cuando me preguntó mi especialidad le dije que era ginecólogo, y que lo que yo perseguía era una suerte de misión imposible: atender a mujeres carentes de recursos que estuvieran embarazadas, que las había por miles en los cinturones de miseria de la ciudad de México. Qué maravilla, dijo, y entornó los ojos.

Pronto sirvieron el vino. Distinguí a lo lejos a la esposa del novelista. Ella también me vio, y a las claras me dio la espalda. Claro, mi profesión de enfermero seguramente no representaba para ella ningún atractivo. Yo tampoco insistí en mirarla. Al contrario, mejor que siguiera su vida y yo la mía. Lo único que me preocupaba era que mi acompañante tuviera su copa llena. Ser enfermero me permitía saber de las enfermedades. A simple vista identificaba a quien entraba con el coma diabético a punto de atacarlo, o con el infarto en puerta, o al que estaba a unos centímetros de la congestión alcohólica. Pero con la misma facilidad —cinco años de enfermero titulado y en activo me autorizaban— sabía las propensiones de cada quien. Y la mujer que estaba a mi lado —de nombre Alicia— no podía disimular su simpatía por el alcohol; ni creo que le hubiera interesado hacerlo.

Salí con el ánimo hasta arriba. Llegué a casa y mi esposa aún se encontraba despierta. Cuando me oyó salió a recibirme con la mejor cara. Te hice tu costilla a la mexicana, dijo. Quítate la chamarra y ve a lavarte las manos. Quiero que me cuentes todo, detalle por detalle.

Me miré al espejo mientras el agua escurría del grifo. ¿Ése era yo? ¿Un cobarde que pondría aquel teléfono bajo el chorro con tal de que su mujer no lo notara? Sí, ése era yo. Un antihéroe.

Los números finalmente habían desaparecido.

Él era todo, menos cobarde

Para Miguel Ángel Lozano

“Bueno, ahora sí se va a poner como Dios manda, siquiera...”, se dijo el violinista. Coronada por mechones de canas, su cabeza era grande, aleonada, de abundante caballera peinada hacia atrás. Siguió a los demás músicos hasta la mesa de donde los habían mandado llamar. En torno de ella había más de una docena de norteamericanos, tantos que parecían estar en las ruinas de Teotihuacan y no en una cantina del centro de la ciudad de México. En apenas una mirada, pasó lista a todos y cada uno de ellos. No distinguió más que caras irrelevantes, sin expresión. Con los belfos caídos, como en una exposición de perros. Excepto por una jovencita. Hermosa, sonriente, de mirada agridulce. Y con algo de coquetería y arrojo a flor de piel. O cuando menos eso le pareció a él. Seductor incansable, toda su vida se había mantenido cerca de las mujeres. Las olía, y sabía cuándo podría llevarse una mujer a la cama. A sus casi sesenta años, la mujer le seguía pareciendo el próximo bastión que habría de caer en sus manos.

Se puso el violín al hombro y dejó que el arco frotara las cuerdas. Se trataba de un violín corriente, cuya caja parecía de plástico, adornada con vetas en negro y blanco, a manera de una piel de cebra. Pero ése no era obstáculo para que el violín sonara bien o sonara mal. Porque su afinación era buena; no, más que eso: espléndida. Desde pequeño lo había oído decir. No en balde de niño se había esmerado en sus estudios, los de violín, aquellos que le impartió su maestro, cuya memoria veneraba. Estudios que él aprendió junto con las letras de las canciones. Eso había sido ayer; ahora, ya de grande, nunca cantaba, ni menos marcaba el ritmo como lo hacían los guitarristas. Pero se sabía elemento indispensable, sobre quien pesaba una gran responsabilidad. Por eso había violinistas en cualquier conjunto que se respetara, fuera mariachi, orquesta, tango o lo que fuera. Estaba convencido de que su instrumento sonaba bonito, como “la voz de un ángel”, y que bien tocado servía lo mismo para enamorar a una mujer que para hacer retumbar las paredes con los acordes del Himno Nacional. Y si él, ahí, en la cantina, no tenía oportunidad de demostrar sus habilidades, en casa les tocaba piezas difíciles, de concierto, a sus hijos y a sus nietos; para lo cual se preparaba. Una semana le dedicaba al estudio. Regresara como regresara del trabajo, cansado y de mal humor, o como fuera, se encerraba y no había poder humano que lo sacara de la recámara. Un hombre estudiando no podía ser interrumpido, le gustaba advertir a sus familiares.

Eso sí, qué elegante se veía. De reojo, mientras hacía unas florituras para terminar las Mañanitas que habían pedido los gringos, se descubrió de cuerpo completo en el espejo de enfrente. Alcanzó a mirar las puntas doradas de las botas y los estoperoles que adornaban sus pantalones —eran veinte, cosidos por cuatro puntos, y, le habían asegurado, tallados a mano. Cada uno lucía en su centro el perfil de un bronco. Las botas, la corbata de moño, el fino cinturón y la pistola en su funda de becerro, lo hacían verse apuesto, casi joven. Como jalado por un impulso, buscó en el espejo el rostro de la gringa jovencita, y lo localizó. Como lo esperaba, lo estaba mirando a él. La tenía en las manos. Era suya. “Todas las mujeres son mías”, solía decir en su juventud. No le quitó la mirada, hasta que la chica bajó la vista.

Recordó entonces cuando se había iniciado en esto de la tocada, en Guadalajara.

Hijo y nieto de mariachi, su maestro, en cambio, había sido violinista de orquesta. Eso le había ganado el respeto de todos, haber aprendido con un violinista profesional, desde que había decidido seguir la carrera de los hombres en su familia. Pero no nada más por eso lo respetaban. Desde luego y más que por eso, por su manera de tocar. Porque le imprimía a su técnica un sabor muy suyo. Como de enamoramiento. Como de salvajismo. Según.

—¿Y el sombrero? ¿Dónde estar... el sombrero? —preguntó una de las gringas, la única anciana y la más fofa de todas.

La verdad les cansaba el sombrero. A todos. Él siempre lo había dicho. No sólo era demasiado pesado y le impedía mover la cabeza libremente de un lado a otro, sino que la nuca le sudaba a torrentes... y eso no lo pagaban los gringos; ni los románticos, los pocos que sobrevivían y que les llevaban gallo a sus amadas. Ya no quedaban, pero de vez en cuando alguno que otro, con unos cuantos tragos encima y un poco de lágrimas o un mucho de alegría, se animaba.

Los gringos se habían unido al canto, y en su pésimo español se esforzaban por imitar al vocalista. En situaciones semejantes, prefería que su violín descansara. No valía la pena tocar su instrumento más allá de lo necesario. Esta vez era suficiente con hacerlo sonar apenas —para qué sacarle jugo, se dijo, si éstos no entienden nada. Bastaba con tener un poco de paciencia y sacar fuerzas de flaqueza.

Llevaba ahí cerca de diez horas. El cuerpo le pesaba como si fuera de plomo. Sus piernas no resistían más. Otro poco, entonces, no significaba gran sacrificio. Sea como fuere, tenía que llevar dinero a casa. Se lo estaban urgiendo. Y debía ahorrar para comprarse otras botas; qué se le iba a hacer: las suyas parecían, si se las veía por abajo, queso gruyere. Se talló los ojos, bostezó abriendo la boca como el gran rey de la selva, se paró en firme y se dispuso a seguir tocando medianamente. Pero en ese momento se percató, una vez más, de que aquella gringa lo miraba. Pero ahora se veía embelesada. Su hombría habló por él: le había gustado a esa mujer. Y él era todo, menos cobarde. Así que se sonrió con la gringuita —¿cuántos años tendría: veinticinco, veintiocho?, imposible saberlo— y decidió tocar como nunca lo había hecho. Tocar para ella. Desesperadamente. Intensamente. Todos los demás, todo lo que lo rodeaba, cantina y gentes, podía desaparecer. De hecho, ya había desaparecido. Tocaría para ella con todo el garbo del mundo. Como un grande. Como el más grande.

Ten

Cuando Jorge Alberto Montes entró con una botella en la mano, nunca pensé que se trataría de una Ten, la ginebra por antonomasia. Me sorprendí tanto, que no supe qué hacer. Aun antes que darle las gracias, tomé en mis manos aquella botella verde esmeralda y la miré a contraluz. Había ahí algo de espesura y de encanto que me provocó un fugaz temblor.

—¿La abrimos? —pregunté, cuando Jorge Alberto hubo aposentado en el sillón más grande de la sala su uno ochenta y tres y ciento 20 kilos de peso. Me sorprendió la botella pero no que proviniera de mi amigo. Porque él era dado a ese tipo de sorpresas. Escancié la ginebra en dos vasos old fashioned con tres hielos, y dijimos salud.

Nada parecía sobrevenir en el panorama que perturbara aquella mañana. Porque en efecto la hora no iba más allá de las 10, los niños y las mujeres respectivas se habían reintegrado a sus labores luego de vacaciones, y no había más camino que pasársela bien. Ni siquiera lo habíamos planeado. Por el celular de Jorge Alberto supe que estaba a una calle de mi casa y que únicamente quería verme para darme un abrazo. Y desde luego yo había accedido.

“Pon Mozart”, me rogó Jorge Alberto cuando escancié el tercer trago. Y lo hice. La música de la sinfonía Júpiter colmó la habitación, le aventé los brazos y me devolvió el impulso. Eso tiene Mozart, que une las almas desvalidas. ¿O acaso no era eso lo que estábamos celebrando? El mundo que de pronto parecía venirse abajo, cada uno por sus propios aconteceres.

Qué extraña sensación beber aquella ginebra mientras todo el mundo trabajaba. El primer sorbo de la ya quinta copa resbaló dulcemente por la garganta cuando repiqueteó el timbre del teléfono. Sólo los putos usan celular, le espeté a Jorge Alberto cuando me dirigí a contestar. Era Bertha, la cachondísima Bertha, que esperaba como loca que yo le diera luz verde para poner un pie en mi casa.

—Cariño —le dije—, estoy con mi hermano Jorge Alberto Montes. Mira, si yo soy guapo él me triplica. Le voy a pasar el fon nomás paque te vayas humedeciendo.

Y lo hice. Jorge Alberto, con una sonrisa que en mucho parecía la rúbrica del Guasón, le sentenció: “No sé si te vaya a ver o no, pero pásame tu teléfono para que te invite a comer donde tú quieras, cuando tú quieras”.

—Qué modo tan elegante de cortar una vieja —le dije, mientras Jorge Alberto doblaba un papelito y lo metía en su cartera.

—Esa vieja ya es mía. Te lo agradezco y sírveme la siguiente nomás padarte las gracias como te mereces.

—¿Cuánto vale esta botella, que ya va bajando más allá de cualquier medida matutina? —le pregunté en tanto servía la siguiente.

—Qué pregunta tan vulgar, no sé cómo oyes Mozart, y nomás te la voy a contestar paque veas que soy capaz de revolcarme en el pinche lodo: vale 540 varos.

Coño, pensé yo, con esa lana me compro cuatro botellas de tequila El Charrito. Y para que Montes se percatara de que me había yo dado cuenta perfectamente de lo que son 540 pesos, me preparé una más y, antes de llevármela a la boca, la olí como se aspira el mejor perfume, que no es otra cosa que la esencia de una mujer. Porque exactamente eso emanaba de aquella ginebra: el misterio y la sabiduría femeninas resueltas en feliz elíxir.

Empuñé la siguiente copa como un caballero medieval la espada que ha de hundirlo en el oprobio o elevarlo a la gloria. Ya pronto serían la una y media, y de un momento a otro vería desfilar delante de mí a todos los miembros de la familia. Y de verdad que poco me habría importado, pero Jorge Alberto Montes cometió el peor error que un hombre en estas circunstancias puede cometer. Palabras más-palabras menos, dijo:

—Quiero brindar por lo que más te duela... —y levantó su vaso como quien levanta el corno para convocar a los cazadores.

Había tantas cosas que me dolían, pero sobre todo una: la mujer que recientemente me había mandado al diablo y por la cual daría la vida ahora mismo, ¿qué podía compararse con eso?

—¿Y tú? —lo increpé—, tú brinda antes, cabrón.

Jorge Alberto Montes me respondió con la mirada, es decir no me miró a mí sino a la botella verde, de ese verde esmeralda, de ese verde pasto en el que más de uno se imaginaría la piel blanca de una mujer que nunca le pertenecería. Como si ahí mismo buscara la respuesta a aquella pregunta que aflige a todos los hombres, aunque pocos tengan el valor de hacérsela.

—Lo único que me duele —dijo—, es que esta botella esté por terminarse.

El coleccionista de almas

Cuánto tiempo tendré que esperar hasta que venga. Llevo aquí más de media hora como idiota. Esperando. Esperando. Menos mal que me traje mi anforita. Un trago, dos tragos me hacen menos arduo el tiempo. Con un alcohol entre pecho y espalda, la longitud del tiempo se acorta. De lo contrario la espera sería insoportable. La mitad de la vida de un sacerdote se reduce a la espera. Para que me salgan con idioteces. Como aquella señora que vino a confesarme que le pegaba a su nieto. Y eso a quién le importa. Me dieron ganas de salir y golpearla. Nada más para que aprendiera a distinguir entre un pecado y una estupidez. O aquel imbécil que quería más a su perro que a su mujer. Más bien debí aplaudirle su decisión. No cualquiera se atreve a ser tan hombre. Pero en vez de eso le dije lo que quería oír: dos padres nuestros y dos aves marías de penitencia. Eso de la penitencia nunca me lo he explicado. Cómo evaluar los pecados. Qué penitencia imponer. Y para lo que sirve. Todo mundo vuelve a pecar. Y vuelve a hacer exactamente lo mismo. El asesino vuelve a matar, ya probó lo que es el crimen y eso le dejó un delicioso sabor en la boca que no está dispuesto a sacrificar, así que a la primera oportunidad lo vuelve a hacer; el ratero vuelve a robar, le resultó fácil llevar dinero a su casa, o gastarse el dinero en el vicio, comprobó que robar es de lo más simple del mundo, y en consecuencia lo volverá a hacer. Lo trae en la sangre. Y allí no hay nada que hacer. Pero si ella viene, ya me hizo el día. Poco me importa todo lo demás. Si viene alguien más o no. Si alivio la angustia de alguien más o no. Pero que venga ella. Que me acaricie con su voz de ángel. Que colme mi espíritu de su delicioso perfume. Que me haga sentir que mi vida tiene un sentido. No sabe cómo la deseo. ¿O sí lo sabe? Yo no le he dado ninguna pista. Pero además de angelicales las mujeres son tremendamente intuitivas. Y adivinas. Saben todo lo que va a pasar. A ellas no se les debería imponer penitencia alguna. Son sabias. La penitencia no sirve para nada. Por más que quieran. ¿Pero qué penitencia imponer? Hete ahí lo complicado. Eso nunca te lo enseñan en el seminario. Porque no hay modo.

Te orientan pero el criterio siempre es personal. Yo cuando siento que debo ser blandito soy brutal, y al revés. Una mujer que me confesó que había torturado a su hijo hasta matarlo, le dejé de penitencia un padre nuestro todos los días en ayunas, apenas abriera los ojos. Hasta que sintiera que ya no había más remordimiento. Que ése era el momento de suspender la penitencia. Los que más gracia me producen son los sicarios. Porque matar no lo consideran un pecado sino una chamba. Y la chamba es chamba. Y así me lo dicen, muy quitados de la pena. Que yo comprenda, que tienen que hacerlo, que esa misión les tocó en la vida. Como a mí predicar. Que a cada quien le toca algo. Ni modo. Y que si ellos no acaban con los traidores la vida sería un infierno. Eso me dicen. Y hablando de chamba, ¿mandará el capo por mí para que le vuelva a oficiar? Una misa para los tres años de su hijito no estaría mal. Fue genial ese bautizo. El mejor que me ha tocado. Hinchó mi bolsillo. Yo cumplí mi destino. Debo sembrar la fe en Dios. Bautizar es cosa sagrada. ¿Pero vendrá ella? Hoy le toca. Un día sí y otro no. A esta hora. Cómo me encanta oírla. Me pregunto si lo hará a propósito. Que me cuente lo que me cuente y con esa voz. Si lo hace a propósito está en el camino correcto. Por la erección que me provoca. Endiablada. Mortal. Y no se baja por más que me masturbo. Cuando me describe a todos los hombres con los que se ha metido. Todos y cada uno. Como si en cada uno le fuera la vida. Siento que yo soy todos y cada uno de ellos. Que lo hace para excitarme a mí. Mejor que ni me hable de su marido. Para qué. Un idiota más en el imperio de los cornudos. Nunca he visto su dulcísima cara más que tras la cortina de esta inmunda habitación, si es que la puedo llamar así. Cómo me gustaría seguirla un día y enterarme de sus pormenores. Saber si me está mintiendo o hablando con la verdad. Suman varias las fieles que me he llevado a la cama. Pero ninguna me había excitado como ésta. Me tiene vuelto loco. Y eso que nada más conozco su voz. ¿Para qué quiero más? El mío es el amor más puro del mundo. Sin parangón posible. Sin parangón posible, eso mismo dije para mis adentros cuando me ordené. Me creía investido de una santidad prodigiosa. La llamaba la vocación divina. Me sabía perteneciente al ejército de los soldados de Cristo. De los elegidos. Habría dado la vida por Él. Y ahora no soy más que un mortal como cualquier otro. Un coleccionista de almas. El más asqueroso. ¿Por qué siempre llego a este punto? ¿Qué pruebas me está exigiendo Dios, a mí, el más grande pecador? ¿Por qué no puedo detenerme? ¿Y toda esta gente que cree en mí? Si mi padre me viera. Si mi madre me viera. ¿Por qué tuvo que morir la víspera de mi ordenación? Pobrecita. Si alguien quería verme hecho un sacerdote era ella. No le pude dar gusto. Nunca le pude dar gusto en nada. Ni a nadie. A ninguno de los dos. Toda mi vida no fui más que portador de malas nuevas. Siempre. Un cero a la izquierda. Pero eso fue ayer. No ahora. No este día. Mi olfato me dice que viene en camino. Ya percibo su olor. Ya se aproxima. Un trago. Un trago. Aunque me emborrache. Sólo así podré controlarme. Le pediré que sea más específica. Y me masturbaré cuando me cuente los detalles. Espero no gemir más de la cuenta. Que ella sabe el placer que me provoca. Estoy seguro. Es peor que yo. No, no hay nadie peor que yo.

El robo

Para Eugenia Montalván

Juan Jacinto aprovechó que la puerta estaba entreabierta y entró. Nunca se imaginó que finalmente la oportunidad se presentaría. Le había echado el ojo al departamento desde hacía casi dos semanas. Porque a leguas se veía que el nuevo inquilino del 101 era tan distraído como adinerado, o cuando menos esa impresión daba. Al contrario de los arrendatarios de los otros departamentos de ese edificio maloliente y maltratado, el ocupante del 101 tenía auto, por cierto un automóvil de modelo reciente, más caro que barato. Y todas las mañanas el hombre sacaba cosas de la cajuela —generalmente mochilas atiborradas de libros; lo sabía porque en una ocasión se le desfondó una, y todos los libros fueron a dar al suelo. Pero la cosa era que el tipo se pasaba de distraído. Del estacionamiento al edificio había como 200 metros, y el hombre de pronto se detenía en la tienda y compraba un refresco; de pronto se alejaba hasta la siguiente esquina —cincuenta pasos más— y compraba el periódico del día, de pronto se quedaba mirando hacia ninguna parte.

De soslayo, pero lo había espiado. Cada mañana, Juan Jacinto se levantaba con esa idea. Observarlo acuciosamente. Porque además sabía que el tiempo no se prolongaría indefinidamente. Lo tenía muy claro. Tarde o temprano ese hombre terminaría de transportar sus libros, y adiós. Cambiaría todos sus hábitos, se encerraría por horas. Y aquella oportunidad habría volado al cielo.

El problema de fondo consistía en que él no era un ladrón.

¿Qué ganaba entonces con meterse al departamento y robar todo lo que cupiera en la bolsa negra de plástico que llevaría consigo?

Dos cosas, cuando menos dos cosas ganaba.

Aceptación y autoestima.

Porque él quería pertenecer a la pandilla de la unidad. Mejor dicho, a una de las pandillas. Pues aunque era una unidad relativamente pequeña, había dos pandillas que se disputaban el territorio: los Nazis y los Sioux. Tenían de ser rivales un poco más de cinco años; de hecho, siempre lo habían sido —cuando menos siete u ocho años—, pero nunca lo habían declarado. Sus escarceos no pasaban de miradas intimidantes, amagos en algún corredor de la unidad, mensajes temerarios.

Su sueño era pertenecer a los Sioux. Ya había sondeado la posibilidad y muy solemnes le habían dicho: Tienes que asaltar una casa o a un pendejo. Y mostrarnos lo que te hayas clavado. Pero cuidado con engañarnos porque no te la vas a acabar.

Ésa era la primera cosa. La segunda, sentir que valía algo. Que él valía para algo. Para lo que fuera, eso no importaba.

Porque todos sus familiares lo veían como un joven despreciable. Ninguno de los suyos apostaría cinco centavos por él. Casi no había grado escolar que no hubiera reprobado. Le decían el litro porque había hecho cuatro cuartos. Ahora por fin estaba en el segundo año de preparatoria. Y por más que se esmeraba en demostrar su valía, en atraer la atención de alguna chica, todo era inútil. Si el día de mañana dejara de ir a la escuela, nadie notaría su ausencia. Y eso dolía.

Así que vio la puerta entreabierta y entró.

Tuvo una descarga de adrenalina.

Todos los departamentos eran iguales, pero a él éste le parecía absoluta y totalmente distinto. Lo sabía porque precisamente en ese edificio había vivido sus ya casi 18 años. Por relaciones con los vecinos, había pisado cada departamento. Con los propietarios del 101 había sostenido una relación que él calificaba de telenovelera. Porque toda su vida había permanecido enamorado de Evangelina, la hija más pequeña de la familia —él le llevaba apenas un par de años. Pero una cosa era haberse sentido poderosamente atraído por ella, y otra muy diferente que ella le hubiera siquiera devuelto una mirada. Cero. Por más que se la quedaba mirando —hasta la necedad misma, ¿o no la miraba sin despegar la vista, sin mover un párpado, diez minutos reloj en mano?

Pues una sola y misma cosa fue que cruzara el umbral del 101, y que se la imaginara saliendo de la cocina. Sintió que su corazón estallaba. Jamás en su vida había palpitado tan fuerte. Diablos, tenía que concentrarse. Eso era lo único verdaderamente urgente en ese momento. Reparó en que era muy posible que el ruco ya viniera en camino. Si entraba en ese instante a él no se le ocurriría nada, y las cosas se complicarían en serio. Miró un modular. No era nada de lujo, pero le serviría. Los Sioux sabrían de eso. Observó alrededor: discos de música clásica por aquí y por allá. Con seguridad el ruco oiría ese tipo de música, aburrida y sangrona como él mismo. No se requería mucha ciencia para darse cuenta de lo obvio: un ruco lleno de libros y de música insoportable, tenía que ser alguien insoportable. Se aproximó al aparato y estaba a punto de desconectarlo cuando la voz de Evangelina vino a sus oídos: ¿Qué vas a hacer, Juan Jacinto? ¿Te das cuenta de que estás a punto de convertirte en un delincuente? Fue como si le hubieran dado un mazazo.

Quitó la mano como si se hubiera dado un toque.

Y salió corriendo.

O esa era su intención. Porque a través de la celosía que daba al exterior, distinguió al ruco. Venía a paso regular. Con dos mochilas al hombro y otra sostenida en su mano derecha. No tardaría ni un par de minutos en llegar. Tres, con un poco de suerte. Se dio media vuelta. Desconectó el aparato, lo echó a la bolsa de plástico y una vez más salió corriendo. Pero ahora rumbo al piso de arriba, desde donde alcanzaría a ver cuando el ruco entrara a su departamento. Primero escuchó sus pasos subir lentamente, enseguida lo vio entrar. Instante que él aprovechó para bajar la escalera y salir como un suspiro, silencioso e impenetrable.

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