Czytaj książkę: «El viejo puerto»

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ERNESTO OTTONE

EL VIEJO PUERTO
Un ejercicio de memoria


OTTONE, ERNESTO

El viejo puerto / Ernesto Ottone

Santiago de Chile: Catalonia, 2021

ISBN: 978-956-324-883-8

ISBN digital: 978-956-324-884-5

Historia social y cultural

NHTB

Diseño de portada: Guarulo & Aloms

Fotografía de portada: Escalera Cienfuegos y ascensor cerro cordillera (Valparaíso, Chile,1950), de Antonio Quintana. Colección fotográfica Archivo Andrés Bello, Universidad de Chile.

Corrección de textos: Hugo Rojas Miño

Diagramación: Salgó Ltda.

Diseño y diagramación eBook: Sebastián Valdebenito M. Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco

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Primera edición: octubre, 2021

Registro de propiedad intelectual: 2021-A-8724

ISBN: 978-956-324-883-8

ISBN digital: 978-956-324-884-5

© Ernesto Ottone, 2021

© Catalonia Ltda., 2021

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl – @catalonialibros

Índice de contenido

Portada

Créditos

Índice

Introducción

Parte Primera VALPARAÍSO DE CHILE

1. Una singular ciudad chilena

2. Hacia las glorias del siglo XIX

3. Cambio de siglo tormentoso

4. Camino a la medianía

Parte Segunda VIVIR EN EL PUERTO

1. Playa Ancha en los años cincuenta

2. La familia

3. El barrio

4. Valparaíso en los sesenta

Parte Tercera VEINTE AÑOS DESPUÉS

1. El regreso

2. Valparaíso en democracia

3. La ocasión

4. El Plan Valparaíso

5. Desde mi balcón

6. Cuesta abajo en la rodada

7. El Hilo de Ariadna

Agradecimientos

Apéndice fotográfico

A la memoria de mis padres,

Ernesto Ángelo Ottone Mortarino y

Otilia Belarmina Fernández Cruz,

que amaron Valparaíso.

“Pero este puerto amarra como el hambre

No se puede vivir sin conocerlo

No se puede dejar sin que nos falten

la brea, el viento sur, los volantines”.

Osvaldo “Gitano” Rodríguez

“Amo tus criminales

callejones, tu luna de

puñal sobre los cerros,

y entre tus plazas la marinería

revistiendo de azul la Primavera”.

Pablo Neruda

“Vida de puerto, vida de esfuerzo

vida que es digna de prosa y verso”.

Carlos Pezoa Véliz

“Yo fundo esta ciudad

en fundamento inconmovible

como el godo primero, de un

soplo convertido en aborigen de la noche.

Ciudad acorazada en roca viva”.

Gonzalo Rojas

“En la parte de la Cajilla

las mujeres nocturnas

llamaban a los marinos

diciendo luquía, camalón, esto es

look here come along. Lo mismo

pasaba en Hong Kong donde existe

una calle Cumalón”.

Joaquín Edwards Bello

Introducción

Con “El viejo Puerto” pongo fin a mis “ejercicios de memoria”. Junto a “El viaje rojo” (2014) y “El segundo piso” (2016) terminaron siendo una trilogía que se refiere a las experiencias vividas en tres etapas de mi vida.

Si las dos primeras tenían una secuencia en el tiempo, “El viejo Puerto” vuelve atrás, se retrotrae a la infancia y concluye ahora, más viejo, o mejor más grande, como dicen los argentinos, con esa palabra magnifica que inventaron para consolar a quienes el futuro se nos acorta, a ese periodo cuyo único consuelo es que la única alternativa es una muerte prematura. Por otro lado, la vejez poco tiene que ver con algo así como los años dorados, término engañoso, inventado seguramente por quienes tienen algo que vender a quienes atravesamos la vejez.

En verdad, la senectud tiene que ver con limitaciones físicas, tomar remedios y frecuentes visitas al doctor, aun en el caso en que la vida, a fin de cuentas, te haya tratado bien y puedas por ahora todavía vivir con agrado y lucidez.

Es cierto que los años, en muchos casos, te dan una pizca de serenidad en la mirada y algo de sabiduría, es cierto también que la más de las veces no sabes mucho cómo usarla.

Claro, mucho peor es cuando la senectud se vive acompañada de una febrilidad senil que suele ser exagerada y crecientemente categórica en sus juicios.

Pero dejemos tranquila a la gente grande y volvamos al libro. Entonces, decimos que este “ejercicio de memoria” gira en torno a una ciudad: Valparaíso.

Ello explica que los acontecimientos referidos a las personas aparecen y desaparecen, ocupan el primer plano y después se ocultan tras la historia y la geografía citadina.

Los pincelazos de historia y geografía que contiene no pretenden ser exactos, pues, cuando más quieren dar una idea general, pueden tener imprecisiones y caprichosas interpretaciones propias de un relato más bien impresionista e informaciones que no reemplazan un sólido trabajo propiamente historiográfico. Así, este relato está marcado por conocimientos y lecturas acumuladas a través de una vida que ha transcurrido solo parcialmente en mi ciudad, pero que la eligió como su ancla marítima y territorial.

En la magnífica película “Il mattatore”, de Dino Risi, traducido como “El farsante”, Vittorio Gassman, como parte de una estafa, se disfraza de Greta Garbo para vender una supuesta conversación con la esquiva estrella, fingiendo que se trata de una entrevista filmada a distancia.

Ante la pregunta absurda de su cómplice, quien pretende hacerse pasar por periodista: “¿Cómo encuentra el mar italiano?”, responde en un inglés aproximativo: “El mar italiano es extremadamente marítimo”.

El mar de Valparaíso es también un mar extremadamente marítimo, pero además omnipresente, tal como veremos en este relato.

Valparaíso tiene además un recorrido histórico tan enredado como su geografía, en el cual se suceden momentos de euforia y de extrema melancolía.

Los porteños estamos amarrados “como el hambre” a nuestra ciudad. Nunca en los largos años que he estado lejos de Valparaíso he dudado de que ella es mi ciudad, aunque esté hoy malherida y hasta zaparrastrosa.

Este libro, a fin de cuentas, es el de un amor asimétrico entre una ciudad y un habitante, porque es absolutamente cierto que, en las tardes de invierno, esperando “la micro” en la avenida Pedro Montt en la esquina de la Scuola Italiana y frente al templo bautista para volver a casa en Playa Ancha, en medio de la vaguada costera, me embargaba el sentimiento de que el viejo Puerto vigilaba mi infancia “con rostro de fría indiferencia”, como dice una vez más con acierto el “Gitano” Rodríguez.

El libro se divide en tres partes. En la primera se subraya la originalidad de esta ciudad chilena, en un país cuyas ciudades suelen tender a una cierta uniformidad.

Dice con razón Lukas en cuanto a que “las ciudades de Chile se dividen entre las que se parecen a Quillota y las que no se parecen a Quillota. Hay muchas Quillota. Bonitas, feas, extensas, modernas, rústicas, ricas, chicas, míseras, románticas, alegres o tristes. Santiago es la más grande de todas las Quillota. Valparaíso está entre las que no se parecen a Quillota”.

La segunda es el relato de la relación de una infancia y una adolescencia en ese espacio singular.

Y la tercera parte es del reencuentro después de un largo alejamiento no buscado, reencuentro primero privado y después público, hasta llegar al presente, momento en el que resulta dolorosamente obligatorio señalar su decadencia, la que puede perfectamente profundizarse.

No olvidemos ese dicho italiano que dice: “Anche quando si tocca fondo, si puó sempre scavare” (“Aun cuando se toca fondo, siempre se puede seguir excavando”).

Para salir del agobio actual es necesario comprender la gravedad de la situación en la que estamos, es la única manera de iniciar el difícil camino de la recuperación.

Ernesto Ottone.

Santiago-Valparaíso 2021.

Parte Primera

1. Una singular ciudad chilena

La tendencia demográfica de la ciudad de Valparaíso debe ser una de las más extrañas del mundo.

Según el censo de 1952, la ciudad tenía 223.598 habitantes, entre porteñas, porteños y porteñitos. En esos años, la población de Chile era de alrededor de seis millones de habitantes.

Según el censo de 1960, el número de porteños apenas había llegado a 252.865 almas cuando la población de Chile ya había superado los ocho millones de habitantes y hoy, cuando la población de Chile gira en torno a diecinueve millones de habitantes, la población de Valparaíso cuenta apenas con alrededor de 300.000 habitantes.

Se trata de un estancamiento poblacional enorme, pantagruélico incluso, para un país que como Chile tiene una transición demográfica avanzada, lo que significa un crecimiento moderado de habitantes, pues nacen pocos niños, sobreviven la enorme mayoría y tienden a vivir cada vez más años.

En esto nos parecemos a Europa, aunque, por cierto, más pobretones, con menos desarrollo, más desigualdades y con menos patrimonio artístico.

Pero lo que sucede con Valparaíso no puede ser achacado únicamente al poco crecimiento demográfico del país, se trata de un verdadero despoblamiento; algo les pasó a los habitantes de la ciudad que dejaron de vivir en la zona plana, aquella que en buena parte le robamos al mar.

El arquitecto y urbanista Iván Poduje me señalaba que hoy en esa zona que los porteños llamamos “plan” viven apenas 8.466 personas, lo que equivale al 3% de la población de la ciudad; de ellas, solo 177 viven en el otrora populoso barrio El Puerto.

El resto de quienes habitan en Valparaíso se encaramaron a los cerros, hasta quedar algunos casi a espaldas del anfiteatro, cerca del Camino La Pólvora, corriendo siempre el peligro de incendiarse. Aquellos con una mejor situación económica se fueron a Curauma o Placilla, o bien se acercaron a Viña a través de los cerros Placeres y Esperanza; es decir, se alejaron del casco histórico.

Hoy Viña del Mar tiene más habitantes que Valparaíso, lo que hace medio siglo parecía algo impensable.

El viejo Puerto no alberga más porteños, se estancó, no es una casa acogedora; hace ya tiempo que comenzó el éxodo.

Desde sus tiempos más prósperos hasta, hoy su crecimiento se chingó y, pese a los esfuerzos realizados, se sigue chingando.

Desde que tengo recuerdos nítidos, cuando tenía cinco años, en 1953, el porte del plan de la ciudad era más o menos el mismo, y cuando los cerros estaban menos poblados en su parte superior.

Cuando niño tenía claro que era la segunda ciudad de Chile, su puerto principal, y sabía que vivía en una ciudad grande. Sabía también, por lo que comentaban mis padres, que había un pasado mejor que les arrancaba suspiros y les hacía mover la cabeza con nostalgia.

En los años cincuenta, Chile llevaba más de veinte años de continuidad institucional. Desde 1932, cuando comenzó el segundo gobierno de Arturo Alessandri Palma, ese plano era un verdadero ejemplo para América Latina; en lo económico no tenía otra alternativa que volcar su desarrollo hacia adentro en un mundo proteccionista, y aunque había dado diversos pasos modernizadores no terminaba de alcanzar el crecimiento deseado y el bienestar social requerido.

En 1952, los gobiernos radicales ya estaban agotados y Gabriel González Videla, quien había partido con apoyo y ministros comunistas, se había cambiado de caballo al ritmo de la Guerra Fría: había excluido a los comunistas y además los había puesto fuera de la ley, a través de la Ley de Defensa Permanente de la Democracia.

Ya no quedaban trazas políticas del Frente Popular que encabezó Pedro Aguirre Cerda, y que, con apoyo de la izquierda, le había dado al periodo de “desarrollo hacia adentro” de la economía chilena un rostro progresista, industrializador y de mayores derechos sociales, logrando así una cierta recuperación de los efectos de la caída económica que venían de la Gran Depresión de 1929 y un cierto ambiente de paz social.

La sociología llamaría años después a ese período el “Estado de Compromiso”, durante el cual se desarrolló un Chile más urbano con un Estado conciliador y desarrollista, en el que la derecha, si bien estaba fuera del gobierno, estaba muy presente en el Parlamento y dominaba el espacio rural que en aquel entonces era decisivo. La estructura patrimonialista y hacendal permanecía impertérrita en el campo.

Después de la Segunda Guerra Mundial, a América Latina le fue bien económicamente; durante casi treinta años dio un gran paso, dobló su producto aun cuando al mismo tiempo dobló su población, y lo hizo manteniendo su marca histórica todavía presente de inestabilidad política, desigualdad social y altos niveles de pobreza.

Chile, que alcanzaba cada vez más prestigio por su continuidad democrática, progresaba muy lentamente en lo económico. Durante el periodo comprendido entre 1950 y 1970, su PIB per cápita aumentó con un promedio anual de 1,6 %, el proteccionismo que caracterizaba de manera transversal el manejo económico seguía dependiendo en buena parte de las exportaciones del cobre, pero su economía no lograba tomar altura y la inflación era un fenómeno estructural instalado de manera crónica desde 1880, que perjudicaba sobre todo a los asalariados y a los más débiles.

En la década del cincuenta, la inflación alcanzó un promedio de 36%, ningún programa para morigerarla dio resultados, provocando más bien un fuerte rechazo social.

En la medida en que el país se adentraba en los años sesenta fue creciendo la sensación de que se requerían cambios más profundos, particularmente en la estructura agraria, la que era percibida como anticuada, injusta e ineficiente.

A este país, en el año 1953, mi padre trajo a vivir a mis abuelos italianos, quienes no se acostumbraron, se aburrían sin su entorno de tierra adentro y sin sus amigos. La brisa marina le causó reumatismo a mi abuelo, y a mi abuela la mandaban a pasear conmigo, lo que era latoso para mí y para ella sobre todo, porque yo le hacía dar vueltas por horas a la manzana. Ella comentaba que todo le parecía idéntico.

Acostumbrado mi abuelo a andar en bicicleta, el cerro no se la ponía fácil, para peor me puso el sobrenombre ridículo de “Titin”, que venía de Ernestín; me duró algunos años hasta que afortunadamente murió de muerte natural.

Los abuelos se devolvieron después de un año a su pueblo y preferían que los fuéramos a ver allá, con justa razón.

Ese mismo año empecé a ir al jardín infantil de la señorita Consuelo, un jardín infantil casi familiar que quedaba muy cerca de nuestra casa; de él guardo recuerdos borrosos y amables. También comencé a estudiar italiano con la señora Firminia Burlando, quien vivía en la esquina de nuestra calle; ella había sido una de las primeras profesoras de la Scuola Italiana en la era fascista, cuando se fundó.

Tenía muchos gatos y un marido con aire distraído, que era lo único sin olor a gato en esa casa y a quien le daba órdenes continuamente.

La señora Burlando tenía un chichón sebáceo en la frente que me provocaba una fuerte obsesión. Cuando ya de grande visité Corea del Norte me pasó lo mismo con Kim Il-sung, el gran timonel de cuarenta millones de coreanos, quien tenía un cototo bastante parecido pero más grande en la parte de atrás de su cabeza donde normalmente está el cuello; no podía despegar los ojos del chichón, quedaba como hipnotizado, lo que me dificultaba seguir las clases o la conversación. Era buena gente, digo, doña Firminia…

De la elección de Carlos Ibáñez del Campo no tengo ningún recuerdo, salvo el de los comentarios desilusionados de mis padres a mediados de su mandato, cuando la inflación llegó al 84% en1955.

Mi madre había votado por él porque prometió combatir la corrupción. En la peluquería de Don Guillermo, en la avenida Playa Ancha, había un afiche amarillento donde Ibáñez salía con una escoba, al lado había otro que mostraba a una huasita en un tren saludando con un pañuelo a un huaso que decía: “Adiós Dolores con Aliviol”.

Su gobierno fue perdiendo popularidad; no contaba con “hombres de trabajo”, decía mi padre. El amor al trabajo venía inmediatamente después del amor a Dios en mi hogar. Mi padre añoraba al Ibáñez del primer gobierno, el de la dictadura y la mano dura, pero en esta vuelta era solo un león herbívoro que rugía muy de cuando en cuando y terminó aislado de la izquierda y la derecha.

Dicen que Ibáñez tenía un sentido del humor un tanto negro. Durante su gobierno encarceló catorce veces a don Clotario Blest, entonces presidente de la Central Única de Trabajadores, en un período de muchas huelgas; después de un tiempo a la sombra “don Clota”, como llamaban al líder sindical austero, católico de izquierda radical y mesiánico, quedaba en libertad y volvía a la carga.

Después de uno de esos períodos llegó a La Moneda con una delegación para conversar con Ibáñez. Este lo recibió muy cordialmente, diciéndole: “¿Cómo está don Clotario, qué gusto de verlo, tanto tiempo, donde se había metido?”.

De la elección de 1958 me recuerdo perfectamente, tenía nueve años durante la campaña. Aunque mis revistas preferidas eran Estadio, Barrabases y El Peneca también leía Topaze, una revista de sátira política y cada vez que llegaba a mis manos no entendía mucho, pero me hacían gracia las caricaturas.

El Pingüino que era una revista pícara, que hoy la encontraría inocente hasta un supernumerario del Opus Dei, estaba estrictamente prohibida en mi casa, pero la leía en casa de amigos. Tampoco eran bien recibidas la revista Okay y Simbad por razones que nunca logré comprender, y cuando recibíamos El Billiken de Argentina y el Corriere dei piccoli de Italia era fiesta.

Mi padre era alessandrista aunque no le disgustaba el lado moderno y europeo de Eduardo Frei Montalva. Por su parte, mi madre decía que no pasaría nada si ganaba Allende porque era de buena familia y no quería que volvieran los radicales con Bossay, a quien le atribuía ser masón; seguramente no sabía que Allende también lo era —los masones en mi casa no gustaban, se los consideraba enemigos de la Iglesia—, y a Bossay también se le atribuía un “negociado con el té”.

Para entender esto del rechazo a los masones, es necesario saber que en mi casa había un libro muy antiguo, de 1875, escrito por don Manuel Carbonero y Sol y Merás, quien era Parmenide Anfrisio entre los Arcades de Roma, camarero secreto de capa y espada de S.S. Pío IX, que se llamaba Fin funesto de los perseguidores y enemigos de la Iglesia, desde Herodes el Grande hasta nuestros días.

Entre ellos había muchos personajes históricos de los cuales uno inocentemente tenía buena opinión. La parte más escabrosa e interesante para un niño que, como yo, no estaba autorizado a leerlo, por ser lectura para mayores, eran las muertes aterradoras y los dolores por los que pasaban los protagonistas antes de su descenso a los infiernos. Entre las cosas que más me impresionaron era que Ana Bolena tenía seis dedos, y parece que algo tenía que ver eso con Belcebú.

En todo caso, Don Manuel, pese a ser muy piadoso, carecía de rigurosidad, pues Herodes el Grande reinó en Judea, Galilea, Samaria e Idumea entre el 37 y el 4 antes de Cristo, y si bien el hombre era malvado, disoluto, paranoico y servil con la dominación romana, mal pudo haber atacado a una Iglesia que por entonces no existía.

El papá de mi vecino y amigo Rolando Fuentes era jubilado de la Aduana y radical “de cogote colorado”, como dicen los mexicanos, quien tenía un gran cartel de Bossay en su casa.

De él recibí mi primera lección de práctica política.

Tomando “tecito” en su casa le pregunté qué era ser radical. Me miró con ojos pícaros detrás de sus gruesas gafas y me dijo: “Ni muy caliente que te quemes, ni muy frío que te hieles”.

Un día corrió la voz de que habría una concentración de Alessandri en la avenida Playa Ancha y que asistiría el candidato; para allá nos fuimos un grupo de amigos a ver qué onda.

Un tipo con voz picuda anunciaba: “Traemos ahora al hijo del León…”. Pero no pasó nada porque antes de que el cachorro comenzara a hablar desde un local electoral de Frei, que quedaba al frente, empezó a sonar estentóreamente un merecumbé.

Un tipo patilludo con el rostro congestionado gritó: “Juventud conservadora al ataque…” y se armó una gresca de proporciones.

Mis amigos y yo, valientes pero no temerarios, salimos corriendo y no supimos más. Fue mi primera participación en un evento político.

Para la elección de Frei Montalva en 1964 tenía quince años y era cadete de la Escuela Militar, por lo tanto debíamos observar una conducta imparcial como nos decía el teniente López, aunque cuando ganó Frei, en la formación de desayuno, nos dijo: “Los quiero bien formados y con cara de triunfo”.

Me había ido a la Escuela Militar no por una particular vocación castrense, sino porque quería tener más autonomía de mi padre quien poseía un carácter muy severo y controlador.

Transcurrido dos días en la Escuela me di cuenta de que no había sido la mejor decisión al menos para escapar de ese tipo de problemas, pues, en verdad, me daban más órdenes que en mi casa y al menos mi padre no me dejaba sin salir el fin de semana por tener el pelo ligeramente largo.

Digamos que el Chile de mi infancia y adolescencia era un país bastante ordenado, aun cuando el año 57 hubo una huelga que, aunque no fue larga, fue muy violenta y dejó varios muertos; también aconteció el terremoto más grande del mundo en el año 1960, sobre todo en el sur del país.

El año 65 hubo un terremoto en Valparaíso, menos fuerte, pero que también tuvo lo suyo y dejó algunos muertos y destrozos.

Chile era un país pobretón, orgulloso de su democracia y hacía gala de una cierta dignidad austera.

El año 62 se organizó con pocos recursos y mucho empeño un mundial de futbol. Para mí fue una fiesta y vi algunos partidos preparatorios que recuerdo como esos momentos de perfecta felicidad que suceden muy de cuando en cuando en la vida de las personas.

En Playa Ancha se presentó la selección de Chile B en la que jugaban varios futbolistas del Wanderers; le ganó una noche de verano 4-2 a Paraguay. Después vi un partido del Chile mundialista con Raúl Sánchez y Armando Tobar (ambos del Wanderers) en el estadio Sausalito en Viña, contra un equipo alemán llamado Karlsruhe, en verdad bastante tronco al que creo se le ganó 3-0. También vi a las selecciones que jugaron en Viña: Brasil, España, México, Checoeslovaquia, y en los cuartos de final, a Inglaterra.

O sea, vi al campeón, al vicecampeón y a la España de Puskas y Di Stéfano; no era poco para un niño de provincia.

Claro que la felicidad completa fue por el tercer puesto de Chile.

Era un espectáculo raro ver a los chilenos tan contentos, en ese tiempo no había barras bravas, más bien era una alegría recatada y modesta. Como modesto era el país, modestos eran sus servicios públicos de los que se hablaba mal pero que funcionaban por lo menos en las zonas urbanas. Por otra parte, nuestra burguesía era poco estridente, era de muy mal gusto hacer ostentación del dinero y había pocos automóviles elegantes.

El que tenía un coche este era pequeño, y los más baratos eran las citronetas. Adicionalmente, el que tenía una casa DFL2 y perseguidora (jubilación indexada a la inflación) era alguien a quien en la vida le había ido muy bien, qué más pedir.

La pequeña cantidad de jóvenes que llegaba a la universidad lo hacía en su mayoría para ser más bien un profesional —funcionario o de profesión liberal—. Se aspiraba más a un buen pasar que a convertirse en hombre de dinero o un emprendedor.

Los profesores, de salarios modestos, eran mirados con respeto y los médicos, venerados.

Los restaurantes eran pocos y la gastronomía casi inexistente, el vino era menos bueno de lo que creíamos, incluso el embotellado. Viajar al extranjero era un acontecimiento reservado a unos pocos; cuando alguien del sector medio incluso acomodado viajaba, lo hacía vestido de punta en blanco, iba la familia al aeropuerto Los Cerrillos y se despedían con abrazos y lágrimas aunque fueran a Buenos Aires.

Buenos Aires parecía una gran urbe elegante e interminable y Caracas, una película de ciencia ficción.

Sin embargo, la fama de la estabilidad de Chile y el contar con universidades prestigiosas le generaban respeto en la región.

Muchos intelectuales latinoamericanos cuyos países atravesaban situaciones políticas turbulentas vinieron en esos años a Chile.

Chile era el fin del mundo, cierto, pero un fin del mundo organizado y sensato, un lugar donde vivir, donde estudiar, donde enseñar.

Fue en Valparaíso, el 22 de agosto de 1959, en la Universidad Católica de Valparaíso que a las 19:20 horas se inauguró la planta transmisora y se dio el vamos a la televisión en Chile.

En 1960 comenzarían a existir los canales de la Católica de Santiago y de Valparaíso. Así, desde la Scuola Italiana pude ver el momento mágico en vivo y en directo.

La televisión en Chile llegaba décadas después de su aparición en el mundo. El mundial del 62 fue su primer estreno más o menos masivo en sociedad.

En los años 50, recién comenzaba a extenderse en sectores más acomodados el uso de lavadoras automáticas, los refrigeradores y los teléfonos en los hogares. Para obtener un teléfono instalado había que inscribirse y tener un buen amigo que fuera amigo de un amigo y que trabajara en la Compañía de Teléfonos de Chile; en caso contrario, la espera era eterna.

Los instrumentos domésticos que habíamos empezado a ver en las películas de Hollywood marcaban la frontera definitiva entre las clases medias acomodadas y aquellas que no lo eran; por supuesto, el mundo popular aún no actuaba en esta obra.

En Chile no solo había muchos pobres, sino que además la pobreza era una pobreza distinta, que iba mucho más allá de los niveles de ingreso. Tenía que ver con la cantidad de proteínas que se ingerían, las marcas que dejaban en el rostro las enfermedades infecciosas, con usar zapatos o andar a “pies pelados”, vestirse con harapos y usar una “pita” en vez de correa para sujetarse los pantalones.

La pobreza de esos años tenía que ver con poseer o no alcantarillado, agua potable, pasar frío en invierno y a veces hambre en cualquier estación del año. La frontera entre la pobreza y la indigencia era borrosa.

Llegados a una cierta edad, no tener todos los dientes era lo común entre los pobres e incluso en el mundo popular en su conjunto. Revisando unas viejas revistas “Estadio”, se puede ver a jugadores profesionales de fútbol enfrentando orgullosos la cámara con aquello que llamaban antes sonrisa de proverbio: “ojo por ojo y diente por medio”.

De acuerdo al Censo del año 1960, los estudiantes universitarios eran 22.284, de los cuales 13.687 eran hombres y 8.597, mujeres, de una población de casi siete millones y medio de chilenos. El número era bajo incluso para esa población.

La movilidad social era muy limitada, muchos nacían con un destino marcado en la frente.

Los mejores momentos de Valparaíso estaban en el pasado, pero, tal como esas familias semiarruinadas, de ese pasado la ciudad solo conservaba parte de la platería y un cierto atractivo algo ajado al modo de los viejos amores que narran los tangos, que con razón era la música más querida de la bohemia porteña, a la que le venía bien su melancolía y sus aires de nostalgia.

Osvaldo Rodríguez, el “Gitano”, era algunos años mayor que yo, cosa que se nota mucho en los años jóvenes; además era playanchino al igual que otro notable y divertido cantautor como era el Payo Grondona, ambos de familias de clase media acomodada, que habitaban en torno a la avenida Gran Bretaña. Formaron parte del movimiento de la Nueva Canción Chilena, con aires de rebeldía en los años sesenta y durante el gobierno de la Unidad Popular.

Tuvieron que exiliarse y pasar esos años azarosos componiendo y cantando.

El regreso no fue fácil, pues era un Chile muy distinto el que se conformaba después de la dictadura. Ambos murieron demasiado pronto y el reconocimiento ha llegado demasiado tarde.

Eran muy diferentes. El Payo se tomaba menos en serio y cuando conversaba era medio tartamudo, pero arriba del escenario se le pasaba de inmediato; muchas de sus canciones son chacoteras y simpáticas.

El “Gitano” era más histriónico, poeta, buen músico y dibujaba con talento. Su canción “Valparaíso” es una gran composición, tanto por su música como por su letra.

Es una canción que atravesará los años, para los porteños es “la canción”, aun cuando canciones a Valparaíso hay otras muy bellas: “Valparaíso en la noche”, de Ángel Parra, y “Cuando Valparaíso”, de Desiderio Arenas.

El himno popular en materia de canciones es “La joya del Pacífico”, compuesto por Víctor Acosta y Lázaro Salgado en 1941 y popularizada por Lucho Barrios; es la canción de la calle, el restaurante popular y la fiesta familiar.

Su letra es simple y exagera tanto las bellezas de la geografía del Puerto que hoy, con tanto maltrato recibido por la ciudad, podría casi parecer irónica.

El Valparaíso del “Gitano” es más real, complejo, nostálgico y tristón, es más el Valparaíso de los porteños.

Su letra quedó mejor cuando el “Gitano” le hizo caso a Nelson Osorio, un notable profesor de literatura del Puerto.

La letra originaria decía “por qué yo nací pobre y siempre tuve un miedo inexplicable a la pobreza”. Nelson le dijo: “No seas mentiroso, tú no naciste pobre y además los pobres no le tienen un miedo inexplicable a la pobreza”.

El “Gitano” hizo el cambio y el verso creció mucho.

Con esto de las letras de las canciones se producían muchos enredos en esos tiempos. Patricio Manns había escrito la hermosa canción “Arriba en la cordillera” en la que en un verso dice “llevó a mi viejo a robar ganado ajeno” que, digámoslo, es algo redundante porque es imposible robar ganado propio.

El problema es que la cantaba con tal realismo, que más de uno pensó que la canción era autobiográfica. Su madre, una buena señora, directora de una escuela en Chiloé, andaba desmintiendo lo del robo a quien quería oírla.

Como me lo contaron lo cuento.

En su canción Valparaíso, el “Gitano” obvía el tema del pasado omnipresente de Valparaíso cuando dice: “Yo no he sabido nada de su historia, un día nací allí sencillamente”, bellísima frase, aunque intelectualmente coqueta; el “Gitano” conocía de la historia y sobre todo la geografía urbana de Valparaíso.

Nosotros por el contrario haremos ese recorrido, primero lento, anodino, después vertiginoso, y más adelante decadente. Comencemos entonces.

2. Hacia las glorias del siglo XIX

Valparaíso, como no podía ser de otra manera, retorcido como es, tuvo un comienzo misterioso y aproximativo, sus habitantes iniciales parecen haber sido los changos, quienes vivían rudimentariamente, eran más bien nómades y pescadores, también colectores y llamaban Quintil a la zona donde se construyó poco a poco el caserío que llegó a ser Valparaíso. Parece que Quintil quería decir “bahía profunda”.

Los mapuches de la zona eran los picunches, quienes trashumaban entre Concón y el lugar donde se encuentra hoy el Molo de Abrigo, extensión que la llamaban Alimapu, que significa “tierra arrasada por el fuego”. Como vemos, los incendios no son unos recién llegados a la ciudad.

Parece que los picunches no vivían de manera muy diferente a los changos, el idioma común habría sido el mapudungún y ninguno de los dos vivía de manera floreciente.

En 1450 llegan los incas, quienes extendían su imperio y su cultura hacia el sur. Como el territorio costero no era lo de ellos, se quedaron más bien en Aconcagua y parece que establecieron una dominación bastante sofisticada y tranquila; puede ser que su interés haya sido puramente estratégico y quizás parcialmente agrícola. Hacia la costa no quedó gran huella civilizatoria salvo los nombres de lugares de origen quechua, como Quillota, Concón, Limache y Cochoa, entre otros.

El primer español que llegó lo hizo solo, se llamaba Gonzalo Calvo Barrientos y se instaló en las tierras de Quillota. El hombre venía del Perú donde —nos dice el cronista español Pedro Mariño de Lobera— había tenido ciertas “pesadumbres”, quizás deudas, algún adulterio, o una riña de sangre, el caso es que salió muy apurado y se instaló lo más lejos que pudo.

Los españoles llegaron con la expedición de Diego de Almagro en 1536, quien, junto con venir por tierra desde Perú, traía paralelamente una reducida expedición marítima al mando de Juan de Saavedra, que era un extraño marino porque en verdad llegó a la costa a caballo como avanzada de Almagro para encontrar la pequeña carabela el “Santiaguillo”, la que arribó como estaba previsto a la bahía de Quintil a la altura de donde hoy está la plaza Echaurren.

La carabela había zarpado desde el Callao al mando del piloto Alonso de Quintero, quien antes había pasado por otra bahía un poco más al norte, a la cual, dando muestras de poca imaginación pero de bastante engreimiento, la nombró Quintero.

Saavedra, más comedido, bautizó el lugar con el nombre de Valparaíso. Dicen que en honor a su pueblo natal, “Valparaíso de arriba”, en España.

Otras teorías dicen que el nombre se debe al navegante Juan Bautista Pastene, un italiano al servicio del imperio español que llegó varios años más tarde a las órdenes de Pedro de Valdivia en 1544, e impresionado por el anfiteatro de la bahía le habría puesto “Val del paraíso” (“Valle del paraíso”).

A Pastene también se le atribuye el hecho de que a los inmigrantes italianos les digan “bachichas”, ya que en el dialecto ligur sería el equivalente de Battista, pero eso es más fantasioso porque la inmigración italiana es mucho más tardía. Además, les dicen bachicha (baciccia) en dialecto o baicin, que sería algo así como bachichita, tal como les dicen a los italianos en Argentina y en Perú.

En todo caso, si la llegada de los españoles fue en 1536, la fundación real de Valparaíso fue en 1544, como puerto natural de Santiago de Nueva Extremadura.

Diego de Almagro quedó bastante decepcionado con su expedición, pues encontró que Chile junto con estar muy lejos carecía de riquezas y le pareció que el territorio era pobre de solemnidad, y que la anterior presencia inca había tenido un objetivo más bien de carácter militar.

Como no valía la pena tanto esfuerzo las endilgó de regreso al Cuzco a disputarle las riquezas que allí había encontrado Francisco Pizarro.

Pero maese Francisco no estaba dispuesto a compartir, así que se dieron con todo, sin miramientos, y finalmente nuestro buen Diego fue derrotado en la batalla de las Salinas en 1538.

Uno de los hermanos de Pizarro, Hernando, que no tenía un carácter dulce y menos aún compasivo, ordenó ejecutarlo en la plaza de armas del Cuzco por estrangulamiento de torniquete y para asegurarse de que no hubiera malos entendidos decapitó el cadáver.

Al rey de España cuando le informaron le pareció que Hernando había exagerado y le pidió explicaciones, que al parecer no fueron satisfactorias, porque lo llevó a España y lo encerró por veinte años en una fortaleza. Los demás hermanos Pizarro no terminaron mucho mejor: Gonzalo fue decapitado en 1548 y al Marqués Don Francisco Pizarro lo acuchillaron los almagristas en 1541. El hombre, pese a tener sus añitos, se defendió heroicamente pero finalmente murió en la riña y lo decapitaron, aunque a medias por el apuro.

No fueron pocos los grandes conquistadores que literalmente perdieron la cabeza en busca de la gloria y las monedas.

Pedro de Valdivia, en este cuadro turbulento, se interesó por Chile al que le encontraba ciertas potencialidades agrarias, además de militares. En 1540 comenzó los preparativos de la expedición que conquistaría Chile y lo haría a él gobernador y capitán general de estos territorios.

Algo de oro había en el estero Marga-Marga, hasta que se acabó.

Como sabemos, después de fundar Santiago siguió al sur, donde la cosa se puso cada vez más pesada y peligrosa para establecer las fronteras del imperio, pues los mapuches de más al sur resultaron quisquillosos, bravos y poco dispuestos a someterse.

No tuvo un fin sereno, don Pedro. Hecho prisionero en la batalla de Tucapel en 1553 gracias entre otras cosas al rol central de Lautaro, le hicieron todo tipo de torturas hasta que murió. Claro que él no había sido menos sanguinario en varias ocasiones con los jefes militares mapuche.

La relación de don Pedro con Valparaíso fue muy tenue, se hizo de algunas tierras y cometió una frescura mayor.

De acuerdo a la normativa imperial, quienes llegaban como colonos no se podían ir sin su autorización. Don Pedro necesitaba ir a Perú para no quedarse debajo de la mesa en las disputas del virreinato, porque requería de dinero y apoyo para continuar la conquista.

Citó para tal fin a varios vecinos de Santiago para pedirles un préstamo, pero su pedido no cayó en tierra fértil. Así, les propuso entonces que quienes juntaran la suma estarían autorizados para volver al Perú.

Muchos que estaban cansados de las guerras e incendios de Santiago recibieron la oferta con alborozo; juntaron 80.000 dorados, vendieron sus enseres, juntaron sus haberes y partieron a Valparaíso a subirse al barco “Santiago”.

Cerca de donde está la plaza Aduana, a los pies de la subida Carampangue, don Pedro organizó una despedida bien comida y bien regada y pronunció un sentido discurso de despedida. A renglón seguido, mientras los viajeros se enjugaban emocionados las lágrimas, se escabulló y zarpó en el barco con los 80.000 dorados en la bolsa, más el equipaje de quienes quedaron en tierra.

Lo acusaron ante las autoridades, todas ellas al servicio de don Pedro, y como era de esperar les fue mal. Algunos perdieron la vida y a otros, con más suerte, solo los trataron de “falsos y envidiosos”.

Quién sabe si este antecedente fue un aporte al surgimiento posterior de la famosa “picardía del chileno medio”.

Durante la conquista y el establecimiento del poder colonial, la movida estaba en otras partes, pero con Valparaíso no pasó mucho, pues creció muy lentamente operando un comercio casi exclusivamente con el puerto de Lima, el Callao.

Era un villorrio, a lo más una aldea con pocos habitantes.

Como su principal función era servir de puerto a Santiago, el camino a Santiago era lo más importante, aunque consistía en senderos ensanchados, agrestes e incómodos. Claro que en esos tiempos casi todo era incómodo en Chile.

En el Siglo XVII se estableció “el camino de las carretas”, el que pasaba por Melipilla. Otro camino era por Caleu y la cuesta de la Dormida. Recién en 1791 Don Ambrosio O’Higgins, muy buen administrador pero mal portado cuando se lo invitaba a pernoctar en familia, abrió un nuevo camino que siguió un curso similar a la actual Ruta 68. Saliendo de Santiago por San Pablo, Pudahuel, Curacaví y la cuesta Zapata, fue “el camino de las cuestas” que logró hacerse más transitable recién en 1797 para carretas y carruajes, que se demoraban, eso sí, varios días en llegar de una ciudad a otra.

Antes de estos acontecimientos poco excitantes, pasó muy poco. Solo en 1559 se establecieron unos pocos vecinos españoles en torno a la iglesia de la Matriz. Por otra parte, suponiendo quizás que había más riquezas de las que realmente existían, llegaban por saqueo barcos piratas, entre ellos el famosísimo Francis Drake, lo que obligó a instalar algunas fortificaciones, como el Castillo Viejo a los pies del cerro Artillería.

No fue Drake el único pirata, corsario en este caso, que saqueó Valparaíso; también estuvieron entre otros Cavendish, Gerritsz, Van Noort y Van Spilbergen, quienes se iban un poco decepcionados por el magro botín.

Bartolomé Sharp (es solo un alcance de nombre con el joven político actual), quien era parece muy cruel y destrozón, tuvo el tino de saltarse Valparaíso y seguir de largo hasta Coquimbo, no dejando títere con cabeza en La Serena, tanto así que por muchos años cuando un niño hacía muchas maldades había un dicho popular que decía: “Llegó Charqui a Coquimbo”.

La Colonia en Chile fue dura y belicosa, marcada por la Guerra de Arauco, por el espíritu de frontera, por la importancia del ejército, por el trabajo afanoso sobre una tierra fértil, por la riqueza mineral tardía.

Chile se construyó con guerra, tierra y religión, lo que estableció sus ventajas y sus límites.

A Valparaíso le faltaron en el período colonial la tierra y la guerra, y como puerto lo que necesitaba era comercio, finanzas, movimiento, de lo cual había muy poco.

Las tierras se repartieron pronto: Pastene, Juan Elías, Martín García y Juan Gómez de Almagro tuvieron lo suyo; el resto, los mercedarios, los franciscanos, los dominicos y los jesuitas.

“Ciudad de frailes y cañones”, dirá más tarde Benjamín Vicuña Mackenna en su Historia de Valparaíso.

Pero esos primeros personajes poderosos fue poco lo que construyeron. Como dicen los autores de la muy buena Guía de Arquitectura de Valparaíso (cuyos nombres cuesta encontrar entre los de las autoridades editoras), en el primer Valparaíso no se encuentra el barroco sino apenas su espíritu de oscuridad.

Gómez de Almagro era particularmente activo en materia de maldad, respecto de lo cual Leopoldo Sáez nos dice en su libro Valparaíso que el dueño de la quebrada Carampangue usaba a destajo su autorización para “atormentar y quemar cualquier indio para saber lo que conviene”. Así, los changos se fueron arrinconando hacia la costa del cerro Barón, hasta que tendieron a mestizarse o extinguirse en la aldea.

Lo que sí había era un activo mercado de esclavos: en 1660 se vendían negros, mulatos y mapuches, imagino prisioneros de guerra.

El esclavismo acompañó todo el período colonial. Solo en 1811 se declaró la libertad de vientre y en 1823 se abolió la esclavitud, lo que fueron fechas tempranas si consideramos lo sucedido durante el siglo XIX en otras latitudes.

Las cosas para Valparaíso recién mejoraron algo con las reformas borbónicas y sobre todo a fines del siglo XVIII con el empuje de Ambrosio O’Higgins.

Es necesario aclarar que entre 1544 y 1712 el mar llegaba hasta la calle Serrano de hoy y que el puerto estaba dividido por el mar del resto de la ciudad a la altura de la cueva del chivato, lugar lleno de mitos y fantasmas donde naufragaron muchas naves.

Al otro lado estaba el Almendral, lugar que pertenecía a Martín García a quien, vaya a saber uno por qué, le dio por plantar almendras.

En el siglo XVII se creó el Corregimiento y se declaró plaza militar, su gobernador residía en el Castillo San José en el cerro Cordillera, lo que convirtió a ese cerro en el más importante de ese tiempo.

En el siglo XVII poco a poco creció el comercio con el Perú; así, vino, cebo, carne salada, cueros y quesos constituían la mayoría de los cargamentos.

A principios de ese siglo había cuatro iglesias, cien casas y un buen número de chozas.

En 1791 se constituyó el primer cabildo y se logró que el rey de España la nombrara ciudad con el nombre de “Nuestra Señora de las Mercedes de Puerto Claro”, aunque todos siguieron llamándole por su nombre: Valparaíso.

Mientras tanto, tuvo fuertes terremotos. En 1730, magnitud 8,7 de la escala Richter, además de incendios a granel y naufragios.

Valparaíso llegaba entonces al proceso de independencia y la gestión de la República con unos pocos miles de habitantes, un modesto y primitivo muelle y una menguada actividad comercial que se expandirá velozmente en el Chile independiente. Será en este Chile que las cosas mejorarán para el puerto y darán un vuelco positivo, momento en que la libertad de comercio hará que el número de buques en la bahía aumente.

Era un paso obligado de las naves que venían de pasar el Cabo de Hornos y necesitaban llegar a distintos destinos en la costa del Pacífico, y ese fue el comienzo de la leyenda de Valparaíso, cuando muchos barcos comienzan a considerar a Valparaíso el lugar donde se celebra la sobrevivencia después de la tormenta y el peligro, el reparo frente a la inclemencia, el lugar donde se vuelve al mundo después de haber atravesado el último pedazo de tierra, la Tierra del Fuego.

Valparaíso comienza a aparecer en la literatura universal como una lejana pero conocida referencia y en las canciones marineras de aquellos que regresan a Europa, después de haber arriesgado sus vidas en largos y azarosos periplos.

La aldea comienza poco a poco y después mucho a mucho a transformarse en ciudad; empiezan a llegar extranjeros a hacer negocios y algunos comienzan a quedarse y a contarles a otros que aquí en el fin del mundo es posible tener un futuro próspero.

Autores como Blaise Cendrars, R.L. Stevenson y Walt Whitman se referirán a él como un punto en las rutas de comercio o como un lugar exótico, sin saber mucho qué diablos era en realidad.

La historia de Alexander Selkirk, quien en 1709 después de un naufragio sobrevivió solitario durante cuatro años en una isla del archipiélago Juan Fernández, inspiró a Daniel Defoe para escribir Robinson Crusoe.

La noticia de un barco destrozado por una ballena gigante frente a las costas de Valparaíso inspiró a Herman Melville en su célebre Moby Dick. También Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe, se inspira en relatos marineros sucedidos en torno al mar porteño.

Thomas Mann, en Los Buddenbrook, coloca el personaje Christian como hombre de negocios que ha vivido en Valparaíso, pero nuestro enorme escritor si bien se documentó bien acerca del carácter comercial del puerto no hizo lo mismo con el clima, al que Christian le atribuye un calor tropical.

En verdad lo mismo les pasó a varios cineastas de Hollywood, en películas en que aparecen porteños vestidos de peones mexicanos cantando “Cielito lindo” como música nativa.

Las viejas canciones de marineros hablan de Valparaíso como un lugar mágico y lejano. Una clásica canción marinera francesa, “Nous irons à Valparaíso”, dice en su letra frases como: “En el Cabo de Hornos no habrá calor”, “Cuando pesquemos cachalotes más de uno dejará su piel”. “Adiós miseria, adiós barco”. Todo ello entre gritos marinos y los “Yo, ho, ho”, como en las canciones de la Isla del tesoro y aquella inolvidable: “Quince hombres sobre el cofre del muerto. / Ron, ron, ron, la botella de ron. / La bebida y el diablo hicieron el resto. / Ron, ron, ron la botella de ron”. Canciones que cantan los piratas en la posada Almirante Benbow.

Desde Valparaíso zarpa la Escuadra Libertadora hacia el Perú, el último bastión del imperio español. San Martín comanda la expedición, desde tierra lo despide su amigo Bernardo O’Higgins quien ha empeñado hasta la camisa para que la expedición pueda realizarse en 1820. La mayor parte de la expedición estaba compuesta por chilenos, pues de los 4.642 soldados, 4.000 eran chilenos y en su mayoría porteños.

Entre 1818 y 1820 tuvimos corsarios chilenos que atacaban naves españolas con patentes de corso entregadas por O’Higgins para debilitar la presencia española en el Pacífico. Muchos comerciantes porteños invirtieron en este negocio cuya nobleza es discutible, pero que tenía la ventaja de generar riqueza y patriotismo al unísono; sin embargo, hubo que pararlo porque se hizo muy extenso, ya que hasta por Panamá habían llegado en la faena…

Pero esos tiempos republicanos no estarán ajenos a la desgracia. En 1822 un terremoto deja en el suelo la ciudad que ya tenía 16.000 habitantes. Como O’Higgins andaba por esos lados, se salvó por un pelo de morir aplastado.

A estas alturas del relato conviene buscar una visión ajena e inteligente para ver cómo eran las cosas en el viejo Puerto en esos años a través de la mirada curiosa de una mujer, una viajera avezada que pasará poco tiempo en Valparaíso. María Graham es su nombre, y ella llegará a Valparaíso estrenando su reciente viudez del capitán Thomas Graham, quien había entregado el alma en el paso del Cabo de Hornos.

Tenía, nuestra Mary, treinta y siete años, y de acuerdo a las pinturas que conocemos un cierto buen ver, salvo que el pintor haya sido muy generoso.

Ella recorrió la zona central de Chile y en 1824, estando ya en Brasil donde se había trasladado al mismo tiempo que Lord Cochrane, publicó su libro Diario de residencia en Chile en 1822, posteriormente regresaría a Inglaterra y volvería a casarse, esta vez con el pintor Augusto Wall Callcott.

Ella conoció al tout Chili de los primeros años posteriores a la independencia, entre ellos a O’Higgins y San Martín.

Culta, naturalista, buena dibujante, nos dejó un retrato del Valparaíso de la época. Nos cuenta que la ciudad tenía un plan pequeño donde el mar separaba el puerto del Almendral en la cueva del Chivato, allí donde ahora está El Mercurio o su abandonado despojo después del asalto incendiario del 2019 y la escalera del cerro Concepción.

La avenida Francia y la avenida Argentina eran en ese tiempo torrentes que bajaban de los cerros; el resto, calles polvorientas, casas en su mayoría modestas y un comercio cada vez más activo y pintoresco. Una élite reducida y beata combinaba su actividad comercial con actividades religiosas.

Se hizo amiga de Lord Cochrane, aristócrata inglés, aventurero, gran marino que jugó un rol no menor en las guerras de la independencia, lo que le valió ser nombrado jefe de la embrionaria armada chilena, a la cual le hizo ganar con más astucia que recursos muchas batallas.

Si bien su aporte fue enorme se fue enojado a Brasil, porque no le pagaron lo prometido; el hombre no era indiferente al dinero, y si bien lo llenaron de medallas la recompensa en metálico fue escasa, a lo menos en su opinión.

Con San Martín no se llevaban bien y terminaron en malos términos, pues San Martín lo acusó de fraude.

Como era de esperar, María tomó partido por Lord Cochrane en sus escritos y no habla con simpatía de San Martín. Ella dice que dicen que bebía demasiado, lo que no le consta, pero sí de que consumía opio y que tenía un genio de los mil demonios.

Lo del opio no era extraño en esa época y el mal genio es un rasgo extendido en quienes ejercen el poder, lo digo para equilibrar las cosas, pues San Martín, defectos aparte, fue un grande, con una enorme dignidad; empero, murió como tanto prócer: solitario, exiliado y más encima de peste.

A O’Higgins, quien ya tenía bastante oposición en esos años, lo trata bien: “Él es modesto, abierto, de modales sencillos sin pretensiones de ninguna clase, si ha realizado grandes hechos los atribuye a la influencia del amor patrio que, como él dice, puede inspirar a un hombre vulgar los más nobles sentimientos”.

Lo que sí Mary no encuentra es que sea buen mozo; lo describe como “bajo y grueso, con ojos azules y cabello rubio, su tez encendida y algo toscas facciones no desmienten su origen irlandés, a la par de que la pequeñez de sus pies y manos son signos de procedencia indígena”.

En relación con la parte de los pies, yo alertaría al lector de que se trata de la opinión de una señora inglesa, y las inglesas tienen al parecer los pies muy grandes. Independientemente del porte de sus pies, estamos ante retratos realizados por una persona sorprendentemente emancipada y libre.

Su opinión de los sudamericanos no es halagüeña: “Son ignorantes, oprimidos y quizás naturalmente indolentes y tímidos”, pero piensa que la independencia terminaría por despabilarnos.

En verdad Valparaíso se despabiló mucho en esos años en los que se avecindaron muchos extranjeros, como lo señalarán en sus relatos sobre la ciudad José Zapiola y Benjamín Vicuña Mackenna.

En 1823, Valparaíso cuenta ya con 23.000 habitantes, 5.000 son europeos y norteamericanos. Ese año zarparán 333 buques.

En 1827 se creará El Mercurio de Valparaíso, el diario más antiguo de circulación continua en lengua castellana.

En 1828, en un congreso constituyente, se redactó la Constitución de 1828, la Constitución liberal.

En 1837 se crea el colegio de los Sagrados Corazones, el colegio privado más antiguo de Chile, que dará origen al curso de leyes que precederá a la Facultad de Derecho de la Universidad Católica de Valparaíso. Ese mismo año se instala el faro Punta de Ángeles y el cerro Barón fue escenario del fusilamiento de Diego Portales, asesinato que popularizó sus ideas y su nombre en la historia de Chile.

Portales tuvo una fuerte relación con Valparaíso, aunque en los negocios le fue mal. Su conservadurismo pragmático tiene mucho que ver con el espíritu de ese Valparaíso comercial que nacía, que miraba con cierta amargura el “peso de la noche” de Chile y creía que había que remecerlo un tanto a golpes, alargando su mirada y su lugar en el Pacífico.

El Puerto se comienza a llenar de casas mayoristas, sobre todo de ingleses, casas de moda francesas, farmacias alemanas y artesanos italianos.

El cerro del Cabo (cerro Concepción) comienza a poblarse de gringos, al igual que el cerro Alegre, al que se le llama cerro de la gringuería o cuartel alemán. Surgen las primeras fábricas de calderas, fundiciones, la primera farmoquímica (creada por Antonio Puccio), el Banco Londres y el Banco Edwards.

La ciudad se extiende desde el cerro Barón al Artillería, pronto lo hará desde el cerro Esperanza hasta Playa Ancha.

En 1846 se construye la iglesia de San Francisco en el cerro Barón, de valor arquitectónico, cuyas torres se ven desde lejos al entrar a la bahía de manera muy nítida, de allí surge el sobrenombre de “Pancho” para Valparaíso.

En 1850 se produce un gran incendio, se quema todo el centro desde la Aduana hasta la cueva del Chivato, parte del cerro Concepción y la calle del Cabo (hoy Esmeralda). De este desastre surgirá el primer cuerpo de bomberos de Chile, en 1851, cuya acción y ceremonial se convertirán en un rasgo muy tradicional del Puerto.

En 1852 se instala agua potable y también el telégrafo conectado con Santiago, en 1856 el alumbrado a gas y en 1861 una empresa de tranvías a tracción animal.

En 1862 se crea el liceo de Valparaíso, hoy Eduardo de la Barra, que tuvo sus tiempos de gloria. También de allí surgirá un curso de leyes de orientación laica que culminará en la actual Facultad de Derecho de la Universidad de Valparaíso.

Se crea en esos años la primera óptica de Chile (la óptica Hammersley), aparecen navieras como la Grace, el francés Vigoroux establece en 1840 un servicio de diligencias a Santiago de cuatro ruedas, que reduce de tres a un día el viaje a Santiago. La aparición del ferrocarril en 1863 reduce todo ello a una antigualla.

En 1866 sucede una desgracia absurda como resultado de una de las guerras más ridículas de la historia, la guerra hispano-sudamericana, que no tuvo ni objetivos ni sentido, solo rencillas menores y miedo de escaladas. Chile, Ecuador y Bolivia apoyaron a Perú en las disputas iniciales con España, y la guerra únicamente tuvo un carácter naval, pero en los hechos combatieron solo Chile y Perú. Murieron cien chilenos.

Se puede decir que la guerra se extinguió por inútil, pero Valparaíso terminó pagando el pato de la boda. Fue bombardeado sin ton ni son, afortunadamente el almirante español anunció con anticipación el bombardeo y los porteños se prepararon para un espectáculo peligroso y adrenalínico, el que habría de dejar destrozos e incendios. Curiosamente, el reloj de la vieja intendencia recibió una bala que dejó fija la hora a las nueve y veinte de la mañana. Los españoles hundieron la flota mercante, después se fueron, pero el bombardeo fue muy criticado porque Valparaíso estaba bastante indefenso; eso no volvería a pasar, pues la ciudad comenzó un vigoroso plan de fortificaciones.

En su libro Valparaíso navega en el tiempo, Franklin Quevedo nos cuenta una anécdota tragicómica. Resulta que meses después del bombardeo se presentó ante el Presidente de Chile, José Joaquín Pérez, un alemán de apellido Flach para ofrecerle la construcción de un submarino de guerra de su invención.

El Presidente, dudoso, le dijo: ¿Y si se chinga? De todas maneras el alemán quiso hacer unas demostraciones y se subió a su máquina con su hijo ante cientos de porteños curiosos y las autoridades; el aparejo dio unas vueltas a la bahía semisumergido, luego el alemán agarró confianza salió a altamar y se perdió de vista.

Ese fue el último día que se supo de Flach, de su inocente hijo y también del que debería haber sido el primer submarino militar chileno. Los porteños, desilusionados, regresaron a almorzar a sus hogares, moviendo la cabeza con desaprobación.

En 1876 se crea el Camino Cintura. Camino de la Cintura lo llamó Rubén Darío en algunas páginas de su libro “Azul”, hoy se llama avenida Alemania, pero se usan ambos nombres y va desde Playa Ancha hasta el cerro La Cruz; la idea era que conectara los cuarenta y dos cerros de Valparaíso, pero como sucede a menudo se llegó hasta la mitad.

En 1880 se crea en Valparaíso la “Compañía de Teléfonos de Edison”, la que comenzó también a instalar teléfonos en otras ciudades de Chile.

En 1883 se crea el primero de los 23 ascensores funiculares de la ciudad; hoy existen 16 y funcionan apenas siete a duras penas y con muchos problemas, pese a su carácter patrimonial.

Valparaíso fue la base logística de la Guerra del Pacífico (1879-1884) y de su capacidad técnica dependió la suerte de las tropas; allí también fueron recibidas a su regreso. La experiencia nada gloriosa de la llamada Pacificación de La Araucanía también tuvo allí su base y en los alrededores de Valparaíso se dieron las batallas definitivas más duras y fratricidas de la guerra civil de 1891. Concón, Placilla y Curauma fueron sus escenarios.

Para bien y para mal, a esas alturas Valparaíso era un centro neurálgico de la vida nacional.

En 1892 se creaba la Bolsa de Valores de Valparaíso, ya que existían 160 sociedades anónimas y se requerían corredores de seguros y de acciones ante un comercio en plena expansión. Hoy está cerrada, falló la bolsa y también fallaron los valores.

Ese año se creaba además el decano del fútbol chileno, el Santiago Wanderers. Los ingleses del Puerto, que eran muchos, comenzaron con la práctica del balompié y crearon el primer Wanderers; al parecer, no les abrieron la posibilidad a los criollos porteños para que entraran al club y en un acto de afirmación nacional ellos crearon su propio Wanderers anteponiéndole el nombre de la capital.

No sé si será cierto, pero, como dicen en Italia, “se non é vero e ben trovato” (“si no es verdad está bien dicho”).

Se creó en una casa de la subida Carampangue, pero como sucede a menudo en mi ciudad no hay memoria sobre la casa en que se realizó.

Ese Valparaíso del siglo XIX se construía de manera caprichosa y original, se inventaban materiales que pudieran apuntalar desniveles y gradientes en los cerros, se construían escaleras retorcidas e interminables, amurallaban los bordes de los cerros. Era diferente a cualquier otra ciudad.

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207 str. 29 ilustracji
ISBN:
9789563248845
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