Czytaj książkę: «Canción del Machichaco»
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ISBN: 978-84-1114-254-0
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A mi amplia familia
y a todas aquellas que educan a sus hijos en los valores de su cultura y su tradición.
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CANCIÓN DEL MACHICHACO
DRAMA LÍRICO EN CUATRO ACTOS SOBRE
LA DAMA LE DEMANDA
Diferencias sobre el canto «La dama le demanda» es el título de una de las piezas más célebres y que mejor han soportado el paso del tiempo del compositor Antonio de Cabezón (1510-1566).
PRÓLOGO Y PRELUDIO
CAPÍTULO 1
1893. La explosión del Cabo Machichaco
Los días de viento sur en Santander, desde siempre, constituyen un libro ilustrado expuesto para todo aquel observador que, por motivos antropológicos, literarios o por simple curiosidad posea algún afán en los muy diferentes comportamientos de la comedia humana. Los santanderinos, en una demostración de que el saber popular debería ser considerado ciencia empírica, tienen a bien indicar al forastero: «Cuando sopla el sur, los locos a la calle».
El veranillo de San Martín vino con bochorno en 1893. Por doquier caminaban sin rumbo, sin premuras ni trajines, individuos solitarios —no diré personas—, almas en pena del dique a la alameda primera, de la cuesta del gas a la Magdalena, meditabundos y boquisumidos, como si fuesen los figurantes de una tragedia que perseveran en sus evoluciones sobre el escenario negándose a admitir que el telón cayó varias horas atrás.
Trataba don Marcelino de aliviar los calores aireándose con la elegante carpeta de piel que también llevaba al Congreso de los Diputados.
—¡Quién me manda salir hoy a pie! ¡Cago en el demonio colorao! No me creo que Pereda vaya a venir hasta el Sardinero con este sur, ¡con lo delicado que está!
Marcelino Menéndez Pelayo era más de veinte años más joven que José María de Pereda, motivo por el cual este se permitía tutearlo. Ambos mantenían una relación cordial y formaban parte de la ilustre tertulia en la que departía amigablemente una camarilla irrepetible de preclaros montañeses. Al llegar al cruce que denominan el alto de Miranda, se disponía a bajar la cuesta que lleva a la Magdalena cuando escuchó tras sí:
—¡Marcelino! ¿Bien y tú? ¿Cómo estás, gandul? —entonó el acento santanderino, placible y cantarín, en boca de Pereda. En su ofrecimiento de una mano laxa y enfermiza se reconocía en él un tremendo esfuerzo por mostrar la vitalidad de antaño.
Y, asiéndolo del brazo, enfilaron la cuesta abajo. Pereda estaba a punto de inaugurar su sexta década de vida y había desmejorado considerablemente los últimos meses tras el fallecimiento de su primogénito de tal modo que presentaba un aspecto de notorio abandono. Don Marcelino se percató de ello al instante y reparó en que la voz de su amigo consistía en un hilo quebradizo al que su dueño trataba de otorgar con escasa fortuna algún indicio de lozanía. Tras unos instantes de saludos de afable cortesía, el único tema de conversación de aquellas tardes surgió ineludible.
—Qué días tan malos, ¿verdad?
—Sí. Este ambiente de depresión general… no recuerdo haberlo vivido antes en la ciudad.
—Nunca, nunca.
—¡Qué desgracia tan grande! Nadie habla por la calle, no se oye ni un alma… ni siquiera hay niños…
—No hay más que tristeza y desolación.
—El Siglo de Oro, maestro, no siendo época de vino y rosas, fue tiempo de fiebre estética que dio luz a Lope, Calderón y Cervantes. También Plinio nos legó el relato descarnado de la erupción del Vesubio. Quiero decir que, pasados los días de este duelo tremendo, podría usted, José María, escribir una novela sobre este tragedión.
—Ay, mi joven amigo. Creo que mi tiempo como escritor se ha consumido. Acabaré la novela de la que ya te he hablado. Quisiera dejar en ella mi testamento literario, pero me está resultando en extremo dificultosa en sus últimos capítulos. Con sinceridad, me veo totalmente agotado como creador. Lo pensaré dentro de unos… pero será más adelante.
Con un ligero movimiento del brazo por el que Pereda lo prendía, don Marcelino dio a entender un gesto de complicidad:
—Se lo digo porque, si no lo hace usted, es posible que Galdós le tome la delantera.
Ambos se miraron con media sonrisa. Pereda sentía un franco afecto por su joven amigo. No solo admiraba su altura intelectual y su memoria prodigiosa, sino que, en lo personal, lo apreciaba con cariño sincero pues, tiempo atrás, el apoyo del brillantísimo joven había sido vital para enfrentar el cambio estilístico del que su novela Sotileza era el ejemplo más acabado, a la espera de finalizar Peñas arriba.
Y Pereda respondió:
—Preguntémosle directamente. Dice que quiere enseñarnos algo del Machichaco. ¿Te apetece que nos acerquemos a dar un sorbo de la fuente antes de bajar? Es de las pocas cosas que se han mantenido limpias tras la explosión.
—También yo os quiero mostrar una cosa del Machichaco. Me muero de sed. Pero la pena merece uno de esos refrigerios indianos de ultramar que siempre tiene Galdós fresquitos.
Pérez Galdós había escogido para construirse su «quinta de San Quintín» el emplazamiento estratégico del que parten, desde el comienzo del Sardinero, dos vías de comunicación con Santander, la una por la costa y la otra, subiendo el llamado camino de la Magdalena, por la calle alta de la ciudad. Quizás influyera en su decisión aquel escollo erosionado a capricho por el vaivén de la marea con la forma tan perfecta de un camello que quedaba justo enfrente del chalet, como recuerdo del animal que en Canarias emplean sus paisanos para los afanes agrarios que requieren de un noble bruto. ¡Quién supiera cuántas páginas, escenas y personajes de sus obras se generaron en su mente con la vista desmayada hacia la ensenada y la tal roca!
Don Benito los recibió en el jardín, donde se hallaba ya, pues gustaba de llegar a los sitios antes de lo acordado, Morante Serna, el cuarto pilar de aquella ilustrada asamblea. Morante, el más joven del cuarteto e hijo y nieto de ganaderos de vacuno, tuvo la oportunidad de venir a estudiar a Santander, donde se licenció, firmó una tesis doctoral y comenzó un envidiable cursus honorum. Una enjundiosa novela y varios premios literarios le habían otorgado los galones que justificaban su presencia en San Quintín. No ocultaba que era un tipo ambicioso, de tal modo que alguno de sus contertulios, aun reconociendo su valía, en privado no podía evitar considerarlo como un trepa. Recientemente había contraído matrimonio con una doctora parisina y planeaba trasladar su residencia a la capital francesa. Siempre había visto con claridad el futuro que anhelaba vivir, que invariablemente apuntaba a una elevada posición socioeconómica. Con los años, dicho destino había dado varios tumbos. Su apetencia primera pretendía el puesto de profesor universitario; más tarde, albergó la veleidad de codearse en Santander como escritor de iure con los grandes creadores patrios. Todo ello fueron deseos cumplidos. Tras haber sido aceptado de grado en la tertulia de sus amigos literatos, cosa de la mímesis, sintió el prurito de la carrera política, hasta que finalmente Estelle, una elegante francesita del Bulevar de los Capuchinos, se cruzó en su vida. Las luces de Europa lo atrajeron hacia la carrera diplomática y el destino rutilante de un consulado en París. Atlético y esbelto, en aquel momento sostenía un vaso de contenido naranja.
Durante la jornada de Todos los Santos, es decir, dos días antes de la explosión del vapor Machichaco, Menéndez Pelayo y Pérez Galdós habían abandonado Santander para cumplir con sus ocupaciones como diputados de Cortes, pero ante tamaña tragedia en la ciudad se vieron en la obligación de regresar para compartir duelo con sus gentes y supervisar el estado de sus bienes.
—Vean, vean la sarracina que hubo por aquí —indicó Galdós, señalando un extraño artefacto en el exterior del jardín—. ¿Ven aquel mamotreto de metal de allá abajo? No sé qué puede ser… tal vez un trozo de bastidor o vaya usté a saber… Pues debió de atravesar por aquí mismo, se llevó por delante tres manzanos que tenía plantados, destrozó el muro y fue a parar a donde ustedes lo ven. Si en su trayectoria hubiese volado cinco metros más hacia allá, habría destrozado la casa. En la prensa decían hace dos días que a una señora en Peñacastillo y a otra en Corbán las mató un calabrote de esos gruesos y bien trenzados que, claro, volando por los aires, son como un pesado proyectil capaz de destrozar cualquier cosa.
—¡Qué atroz! ¡Qué atroz! —se lamentaba Pereda—. ¿Hasta Corbán llegó? Eso serán más de cinco kilómetros.
—Y hasta Maliaño —puntualizó don Marcelino—. No sé si ustedes conocen, hay una ermituca románica allí en San Juan que dicen ha quedado casi en ruina también por el impacto de unos restos del barco.
Morante no quería quedar atrás en el tremendismo de los comentarios:
—Hay muchos desaparecidos que no creo que encuentren. Entre estos y los cadáveres contados, suman ya más de quinientos muertos. Es posible que lleguen a los seiscientos.
Esta última conclusión, que todos conocían, trajo unos instantes de silencio. Un silencio que no incomodaba a nadie, pues desde unos días antes estaban hechos a él. Todo había sido silencio durante varias jornadas. Ahora, bendito sea, los operarios, trabajadores, particulares y familias ya se permitían, sin duda como terapia, vocearse en las tareas de limpieza de la vía pública, arreglo de calles y casas, y transporte de restos y materiales. Eso sí, más allá de los gritos de organización, no quedaba más que silencio.
Galdós ofreció un vaso de naranjada con burbujas a los últimos en llegar.
—Gracias —se relamió Pereda. Y tras un primer sorbo añadió—: Este jugo de naranja es lo mejor de los últimos diez días.
—Según dicen —intervino Morante—, nos engañan: estos refrescos tan ricos no tienen nada de natural. Aunque pone que es de naranja, el sabor lo consiguen artificialmente.
Don Marcelino intervino con su sonrisa pícara:
—Eso mismo le dijo el dependiente del café de San Jerónimo al bueno de Juan Valera. ¿Y saben lo que le respondió el viejo tras beberse dos seguidos un día de ese calor madrileño que le deja a uno planchado? Le dijo: «¡Pues engáñame tú también, majadero!».
Todos quisieron reír, pero no se vieron capaces. Y, tornando el semblante a la severidad, añadió:
—Era la festividad de San Martín de Porres. El día del Machichaco cumplí treinta y siete.
—¿Lo vio usted, Pereda? —preguntó Galdós—. ¿Vio el incendio y la explosión?
—No. Había salido de la ciudad dos días antes, como ustedes…
Todas las miradas se dirigieron entonces a Morante Serna, que era quien más tiempo pasaba en Santander.
—Sí, lo vi.
Gran pausa.
—Y me acerqué al muelle como quien va a ver un espectáculo.
Tras unos segundos prosiguió.
—Salía yo del archivo de la catedral a media mañana, por cosas de música, ya saben, y en estas que escuché la conversación de dos muchachos que caminaban llevándome un par de metros la delantera. Algo les oí sobre un fuego a bordo y no le presté más atención. Pensé que, en caso de que fuese algo de cierta grosura como para despertar interés, ya nos enteraríamos por la prensa al día siguiente. No rumié el caletre en ello ni medio minuto, teniendo en cuenta que, habiendo lugar sobre el mar, poco bien ha de darse para no hallar una bomba que esparciese agua al foco del incendio, que había de estar ahí mismo. Fue durante el almuerzo cuando me llegaron voces a través de la ventana abierta y, al asomarme, un raquerillo desarrapado, de los que van siempre descalzucos vendiendo angula, le gritaba a otro que le preguntaba por qué corría:
»—¡A ver un vapor que se quema atracao al tercer muelle!
»La calle parecía tener solo un sentido, pues nadie subía: todo el mundo fluía hacia el puerto. Sí, como si fuese un espectáculo de ver. ¡Qué error!
Galdós interrumpió:
—No se culpe, amigo, ni culpe al vulgo por ello. No hay muchas cosas más de ver que la formidable escena de un gran vapor ardiendo. Sin dudarlo, de haber estado aquí, yo no habría faltado. Y en primera fila. Casi doy por hecho que habría muerto, porque no habría escatimado en codazos para situarme en buena perspectiva. Es más, no habría perdido detalle para poder escribir sobre ello. Claro, que nadie imagina que va a ocurrir tamaña desgracia. Y, aunque así fuera, háganse cargo: ¿acaso culparían a Plinio por haber narrado la destrucción de Pompeya?
Ni Galdós ni Morante repararon en la breve mirada y el ligerísimo conato de sonrisa cómplice que intercambiaron Pereda y don Marcelino. Serna retomó su relato:
—Así pasé a formar parte de aquel rebaño que se conducía solo hacia el muelle de Maliaño, donde se hallaba atracado el buque. La gente hablaba de «vapor», no de «barco», pues todos parecían conocer la diferencia técnica entre un navío que echa humo y se desplaza sin vela y una embarcación corriente. El Cabo Machichaco no era nada corriente. Como saben, fue armado en Inglaterra y adquirido por la compañía vascongada Ibarra. Era una mole compacta de acero, con aspecto de que ninguna contrariedad podría torcer su orgullo. Llevaba en Santander ya varias semanas, pues había estado atracado al fondo de la bahía, hacia Pontejos, debido a la cuarentena que traía al venir de Bilbao, ciudad que, por cierto, aún sigue declarada en epidemia de cólera. La mercancía que traía en su línea regular hacia Sevilla era cosa normal en un carguero, salvando la excepción de unas cincuenta toneladas de dinamita distribuida en un montón de cajas. ¿Se imaginan? ¡Cincuenta toneladas! ¡Cuando tan solo un cartucho es capaz de abrir un boquete en una peña y despedazarla! Para colmo, debía de estar toda amontonada en un mismo lugar hacia la proa. A mí me parece una imprudencia espantosa el transportar semejante carga toda junta. La cuestión ahora consiste en saber qué produjo el fuego. Hay quien dice que, entre la carga del barco, había una importante cantidad de ácido sulfúrico, que como ustedes saben, es un producto seguro cuando no entra en contacto con otros elementos, pero resulta altamente inflamable al contacto con agua, por ejemplo. ¿Será cierto que alguien pudo haber cometido la imprudencia de colocarlo en una sentina de proa, por donde circula el agua que entra y sale de los costados de la nave? En cualquier caso, a las dos de la tarde la columna de humo ya dominaba la bahía y el olor a quemado se percibía en varios kilómetros a la redonda, tal como dice la gente.
»—¡Al principio de to, el humo subía blanco! —escuché decir a alguien mientras aquella espantosa aparición de jirones naranjas crepitaba siniestra entre el humo negro y, como los antiguos ifrits, los genios de Las mil y una noches, ascendía metros y metros. La gente se maravillaba y casi adoraba a aquel nuevo becerro de oro, por ser un suceso absolutamente fuera de lo cotidiano. Ante la hipnótica visión, nadie parecía poseer de pleno sus facultades de cordura para dilucidar con claridad que nada bueno podía resultar de aquello. Al contrario, se ve que el poder de lo tremendo, cuando va unido a lo violento y lo feo, es percibido por el ser humano con una potencialidad de atracción muy superior a lo que es sencillamente bello. Somos seres débiles: admiramos no poco lo hermoso del crepúsculo, pero mucho más nos atrae la vesania que provoca el rayo. Vemos en ello una fuerza superior que tendemos a relacionar con lo extrahumano y, por tanto, con la divinidad. Embobada estaba la multitud, pues nunca habíase visto tal cosa en Santander y todos pensaban que jamás habríase de volver a ver, cuando de la negrura surgió súbitamente un rugido monstruoso que vomitó su fuego a una nueva altura. Del mismo modo en que la insignificante congregación de hormigas huye atemorizada de su hormiguero en todas direcciones cuando se manifiesta el peligro, así se espantó la muchedumbre, que trataba de escapar de la recién abierta puerta del infierno. En carrera hacia el norte, pero con el cuello girado hacia el sur me llegué hasta el pie mismo de la catedral, donde junto a centenares de otros huidos, permanecimos sin poder dejar de mirar aquella estampa bíblica.
»El buque era inmenso. Sobresalía varios metros por encima del nivel de la dársena a pesar de la marea baja. Y sobre aquel luciferino pebetero de proa, las llamas de mil demonios continuaban ofreciendo su sacrificio a la bestia del Apocalipsis. Sobre la popa, el alcalde y el gobernador civil, entre otro personal numeroso, seguían de cerca las labores de extinción y de evacuación de la carga del barco. Vimos cómo sacaban cajas y más cajas, que iban quedando apiladas a una distancia que, no me queda más que suponer, ellos consideraron prudente. De nuevo nos llegó el rumor de que la mayor parte de las cajas y contenedores que sacaban del buque poseían dinamita y que, por tanto, la mercancía peligrosa se encontraba ya a salvo. Al parecer, aquello debió de tranquilizar al gentío que, pertrechado de la confianza que otorgaba la visión de las autoridades municipales sobre el puente, tornó al borde del dique. Había allí de todo, niños, jóvenes, mujeres y ancianos. Los niños, sentados con las piernas colgando sobre el mismo muelle, como cuando echan sus aparejos para pescar salmonete, lanzaban sus infantiles exclamaciones hiperbólicas ante la visión del mismísimo Satán.
»Siempre, desde niño, me tuve por miedica y asustadizo. Hoy reconozco en ello no el defecto de la cobardía, sino la virtud de la prudencia. ¿Cuándo en nuestra tradición judeocristiana ha sido digna de adoración la imagen del infierno? ¿Cuándo el horror ha traído el bien? Decidí entonces que debía tratar de apartar de allí a cuanta gente pudiera. Me apresuré al muelle gritando como un poseso para que se alejase todo el mundo del lugar. Aquellos a los que zarandeaba y a los que desplazaba de su sitio a codazos me increpaban:
»—¡Oiga, oiga! ¡Deje de molestar! ¡No golpee a la gente, desvergonzado!
»Al llegar al dique agarré a varios de aquellos niños y les grité que se marchasen a lugar seguro inmediatamente. Ellos se zafaban de mí y volvían a sentarse. Sin duda me consideraron un loco de los que predican el fin del mundo y a los que había que ignorar. Me encontraba en un estado de enajenación a pesar del cual no dejé de entender a varios adultos que decían con evidente malestar:
»—¡Deje en paz a los niños, hombre! ¿No ve que no hacen ningún mal? ¡Que no es el demonio, hombre, que es solo un incendio!
»—¡Pero que hay dinamita! ¡Que puede explotar todo! ¡Márchense bien lejos! —me desgañitaba, seguramente con la apariencia de un fanático.
»—¡Que la dinamita la han sacao! —me trataba de explicar, cargado con la autoridad de toda la razón del mundo, uno que tenía aspecto de ser el sabiondo más bocazas de… de… de… Que Dios lo tenga en su Gloria.
»Algo me decía que la maldición aún no se había manifestado totalmente, sino que tan solo estaba gestándose en ese núcleo de llamas antes de expandirse por el puerto. Escapé de allí abriéndome paso a empellones y exhortando a todo quisque a grito pelado que se pusieran a salvo. Curiosamente mis lágrimas de rabia no se debían a que me sintiese avergonzado como cobarde, que es lo que con mayor lógica debía de sentir, sino a la impotencia por no poder convencer a aquella plebeya caterva de que lo que estaban viendo no era cosa digna de admirar. El fuego, lejos de extinguirse, perseveraba más vivo a cada hora. Me preguntaba cómo era posible que aquel bicho, que era puro acero, ardiera de aquel modo. ¿Qué podía estar consumiéndose en su interior para que el fuego no pudiera ser sofocado? ¿Madera? ¿Mercancía? ¿Tejidos? Cualquier cosa debería dejar de arder con el agua que le estaba cayendo encima. Todo excepto alguna sustancia especialmente peligrosa. La presencia de ese maldito ácido sulfúrico lo explicaría bien, pues el agua empleada para apagar el incendio, lejos de cumplir su cometido, alimentaba a la bestia, cada vez más poderosa y destructiva.
»Lo que ocurrió después ya lo conocen ustedes. Ante la imposibilidad de acabar con el incendio, hacia las cuatro y media de la tarde se decidió hundir el Cabo Machichaco, cosa que por sí sola implica veladamente la existencia de una evidente amenaza. ¿Por qué hundirlo si no suponía un peligro? ¡Y los niños seguían en primera fila sentaducos en el dique! ¿No pudo indicar… alguien, desde a bordo o desde tierra, qué sé yo, que se alejase la gente de allí, que aquello era peligroso? En fin. Comenzaron a reventar el casco del vapor por proa para abrir vías de agua que acabasen con la flotabilidad del barco y que este, al sumergirse, provocase con su propio sacrificio la extinción del fuego. Quiero suponer que las autoridades sabían que quedaba mucha dinamita en las bodegas y que su pretensión era la de que al empaparse bajo el mar los cartuchos no pudiesen ya hacer explosión al contacto con el fuego implacable que aún habría de continuar varias horas. Yo subía ya la rampa más pindia de la cuesta de la Atalaya, desde donde en dos ocasiones me detuve para sucumbir a la tentación de una pequeña idolatría y admirar aquella espantosa pero formidable figura en negro como un abismo. En el exterior mostraba el maligno formas orgánicas semejantes a los rostros sufrientes del tártaro que trataban de encarnarse desde las llamas encendidas del interior. Su furioso rugido había alcanzado el máximo en ruido y, desde la altura, me pareció ver que la multitud comenzaba a retirarse de la primera línea. Llegando al Alta me senté a rumiar mi rabia tras un sauce, de espalda al puerto, y allí colgué mi arpa al igual que los antiguos israelitas: es decir, sin fe y sin esperanza rompí a llorar. No duró mucho mi sufrimiento individual, pues justo entonces llegó el momento de la explosión.
»El estruendo es indescriptible. No hay un ruido en el mundo que se lo acerque. Un trueno… un trueno es una bendición de la naturaleza comparado con esto. El trueno que resuena tremebundo cuando cae a tu lado es la voz de un Dios superior que muestra con su poder implacable que todo está en orden en el universo. Pero esto es otra cosa. Si el mismísimo Satán se manifiesta en toda su maldad y decide romper la Tierra en dos… si el planeta revienta completo desde el núcleo… si la luna se precipita sobre una ciudad entera… son cataclismos que han de sonar parecido. Un violento golpe de viento caliente acompaña el estruendo. Los instantes posteriores quedan borrosos en mi memoria. Recuerdo un golpe seco en la espalda, que tenía apoyada al tronco del sauce, un zumbido en los oídos y la sensación de embotamiento de todos los sentidos. Creo que durante unos minutos me mantuve a gatas, aturdido, desorientado y sin consciencia de mí mismo, tratando simplemente de mantener el equilibrio. Ignoro el tiempo que transcurrió hasta que pude volver a escuchar. No había sino silencio, pero lo escuchaba entre la negrura de un humo que todo lo envolvía. Entonces comienzo a hacerme preguntas. Llevo un rato apoyado con las manos en la hierba, pero ¿por qué? Tampoco acierto a recordar el motivo que me ha llevado a este sauce, de cuyo tronco se desprende un velo de humo blanco, provocado por un objeto negro en él incrustado. Todo se ha ennegrecido. Veo árboles negros, edificios negros, mis brazos negros. El tronco del árbol me ha protegido de la sacudida principal. Recuerdo entonces la imagen del Machichaco en llamas y lo busco allá abajo, en la bahía hacia el sur… pero no se distingue nada, solo queda niebla negra. Miro el objeto humeante que ha ido a golpear el sauce e imagino de manera natural, sin más, que ese golpe en mi espalda se debió al impacto de dicho objeto en la madera. Mas sigo sin preguntarme el porqué de todo aquello. Poco a mi derecha según miro al mar se ha producido un gran destrozo, visible en un aparatoso socavón, el tronco negruzco de un plátano arrancado y desplazado varios metros de su raíz y, como prueba de la autoría de tan onírico ataque, un pesado objeto candente, no muy distinto a la mole de metal que nos ha enseñado don Benito ahí fuera. La luz se hace casi de súbito en mi mente con el sentimiento aterrador de reconocer lo que parecía la verdad. Yo estoy vivo y todo esto es real. He perdido la consciencia por una explosión que ha de venir del vapor, en el que, sin duda, debían de quedar unas cuantas cajas de dinamita. Y si la onda expansiva me ha alcanzado a mí a tal distancia y tal altura, ¿qué no habrá ocurrido a la multitud congregada en el muelle? Unas doscientas personas… tal vez trescientas… ¿quinientas? ¿Cómo pueden haber sobrevivido? No, no: no pueden haber sobrevivido, es imposible, pero no puede ser que hayan muerto doscientas personas así, eso nunca ocurre… no es concebible…
Los tres escritores de San Quintín respetaron el instante de silencio en el que, sin duda, Morante rememoraba su pulular por el purgatorio de la cuesta de la Atalaya hacia el infierno, el aire negro, el caos de despojos y lodo mezclado con sangre, la ausencia del barco en su muelle…
—Todas las autoridades locales han fallecido —indicó Galdós—. La gente está volcada en la recuperación y la recogida de restos. Demasiado bien nos hemos organizado para no contar con medios ni infraestructura.
—Cierto, cierto —intervino Pereda—. El ser humano es bueno por naturaleza ante la adversidad. Las muestras de caridad están siendo verdaderamente reconfortantes, tanto en la atención a heridos, como en ofrecer comida a los que trabajan en limpieza, en el consuelo a las familias…
—Nosotros hemos estado fuera los días más difíciles —dijo don Marcelino—, pero los santanderinos habéis estado bravos en el trabajo. Sois un ejemplo de abnegación, amigo Morante.
Continuó Morante Serna:
—Ya parece que la ciudad vuelve a querer empezar a funcionar con sus mercados, sus oficios. Tardaremos… sobre todo la reconstrucción de las casas del puerto, casi todas en ruina. Tenemos puesta nuestra fe en el Todopoderoso y nuestra mirada fija en un minúsculo halo de esperanza: concebimos la existencia de un nuevo Santander moderno y hermoso para el futuro.
—¡Qué gran regidor pierde la ciudad con tu partida a París, Morante! —exclamó don Marcelino tomando a su amigo por el hombro. Pereda y Galdós fijaron la vista en los vasos que sostenían—. Precisamente quería comentarles algo respecto a las labores de reconstrucción. Como saben, les convoqué hoy a nuestra tertulia de San Quintín con el fin de enseñarles algo relacionado con el Machichaco que ha caído en mi poder.
Antes de continuar tomó un sorbo de su naranjada y se aclaró la voz.
—Algo que, sin duda, va a despertar su interés.
CAPÍTULO 2
París, 1959. La gran ópera española del siglo XX.
Aún sin haber cerrado la puerta del taxi, el director de cine Gunter Miller y el productor Aaron Bernstein echaron un vistazo alrededor de la plaza Vendôme.
—Buen escenario este para un rodaje, ¿eh? —dijo el director.
—Si estás pensando en la última de Billy Wilder, te conviene saber que no pienso poner un dólar más de lo convenido —respondió el productor—. ¿Sabes cuánto se le disparó el presupuesto solo por las escenas rodadas en esta plaza? Si ya París es caro, los hoteles de Vendôme son prohibitivos.
—No te hagas el duro conmigo, Aaron. Ya hablaremos de extras económicos en cuanto te haga la previsión de ganancias de la película.
—Más ganaremos —zanjó Bernstein— si lo arreglamos con unos buenos decorados en los estudios.
Con su gabardina sobre el brazo, ambos hombres se presentaron ante la recepción del hotel Ritz. Un amabilísimo empleado les dio los buenos días en inglés, pues a dos norteamericanos en la Europa de los años cincuenta se los distinguía a la legua.
—¿Cómo puedo ayudarlos, señores?
—Buenos días. Tenemos una cita con el señor Simancas.
—Disculpe, ¿con quién?
—Simancas, compositor.
—Oh, sí. Los está esperando en su suite. La 301. Thierry los acompañará. Thierry, por favor, ¿puede acompañar a los señores a la 301?
Dos horas más tarde, los americanos salían del hotel con la mejor de sus sonrisas. Si todo iba según lo acordado, en dos años su película subiría a las pantallas con la garantía de éxito de una de las majors entre las productoras cinematográficas de Hollywood. En la 301, Emiliano Simancas se recostó en una confortable butaca, con los pies en alto, la prensa variada sobre la mesilla y un almuerzo recién traído por el servicio de habitaciones. Valoraba el alcance de su éxito. Desde el estreno de su única ópera, La enamorada Altisidora, en Madrid en 1958 había transcurrido un año dorado para él. La obra fue aclamada como nunca por el público madrileño. La crítica no escatimó en dedicarle los más encendidos elogios y su fama trascendió los ambientes culturales de todo el país. Emiliano Simancas se convirtió así en el faro intelectual de una España que necesitaba aclamar a nuevas glorias musicales. Barcelona apostó fuerte por su ópera, que esperaba con los brazos abiertos y París se quiso adelantar con un estreno europeo que no fue menos exitoso. El compositor paseó triunfante por el vestíbulo de la Ópera Garnier, recibiendo saludos de personalidades políticas y culturales del país; la orquesta recibió la orden de interpretar los himnos nacionales francés y español a la entrada de los ministros de ambos países, la prensa especializada estaba toda allí preparada para refrendar la opinión unánime que había vertido en Madrid el año anterior. Simancas alcanzó Le Figaro y comenzó a degustar desde la primera línea y por segunda vez el artículo que ya había leído por la mañana.
La última gran ópera
Cuando pensábamos que la Historia de la Ópera había dado ya sus postreros frutos dulces y se encaminaba irremediablemente a un terreno alejado de lo que comúnmente conocemos como «lo bello», un lugar para el disfrute exclusivo de los intelectuales y no del público de 1959, la figura grandiosa de Emiliano Simancas se alza majestuosa para ofrecer un prodigioso punto final a 359 años de género lírico. ¿Qué puede ofrecer la ópera después de Edipo Rey de Stravinski, de Lulú y de Wozzeck? ¿Hacia dónde se dirige el que ha sido el arte temporal favorito del público, cuando este mismo público manifiesta abiertamente su divorcio con las nuevas tendencias? No podemos saberlo, pero Simancas nos ha regalado un tesoro tardío, como el último de los cohetes de una sesión de pirotecnia cuya mecha fue prendida cuando el espectáculo parecía finalizado. Con ese mismo sabor de boca de sorpresa y deslumbramiento, La enamorada Altisidora ha encumbrado a su autor al olimpo de los compositores inmortales retomando el orgulloso yacimiento de material artístico español que es el tema cervantino.
Por lo menos a la misma altura que las grandes partituras operísticas españolas del presente siglo (de Falla, Roberto Gerhard, Penella…) no ha habido en lo que va de siglo al sur de los Pirineos una ópera tan perfecta en su factura ni tan artística en su inspiración y, en el caso de que sí las hubiera —como las de los compositores citados y alguno más— Altisidora es mucho más ambiciosa, más entretenida y sin duda más audible para el gran público. Lo tiene todo esta obra de arte.
Todas las aspiraciones de Emiliano Simancas quedaron colmadas cuando se le confirmó que el director Gunter Miller tenía intención de filmar una superproducción sobre su persona. El sueño de todo artista vivo siempre ha sido que Hollywood realice una película sobre alguna de sus obras. En su caso, la película no trataba sobre su obra, sino que lo tenía como protagonista a sí mismo, al compositor que había logrado situar su nombre en el cabo final de la línea inaugurada por Claudio Monteverdi, el punto final de la Historia de la Ópera.
Altisidora había sido el fruto de varios años de muy seria labor por parte de su compositor, quien dejó cincelado al detalle cada compás. A los americanos no les pasó desapercibido el potencial cinematográfico del autor como personaje.
Abrió Le Monde y releyó.
Una vida volcada en una sola obra
Los artistas que pueden permitirse vivir de sus obras son unos privilegiados. La mayor parte de ellos ha de buscar otras ocupaciones con las que ganarse el pan. Es común que los grandes compositores se hayan dedicado a la docencia, a la interpretación o incluso a la carrera militar. El caso de Emiliano Simancas es el de un profesor universitario de treinta y cinco años que lleva componiendo música desde la adolescencia, pero que no ha querido dar a conocer ninguna de sus obras por no considerarlas de suficiente calidad como para sentirse satisfecho. «No podría dormir si supiera que una de mis imperfectas obras anteriores estuviera expuesta a la opinión del público y a la crítica de mis despiadados colegas», afirmó Simancas. La modestia de un genio es uno de los más hermosos tesoros que puede ofrecerse a la humanidad. ¡Ojalá nos fuese dado el disfrutar una tarde de una de esas «imperfectas» partituras suyas!, pues a juzgar por su Altisidora a buen seguro nos asombrarían aun en el caso de que fuesen muy inferiores. Me temo que no ha de ser posible, pues afirma el autor haber ido destruyéndolas una tras otra, vocales e instrumentales, de modo que, hasta no haberse visto totalmente satisfecho con una de sus producciones no ha querido mostrarse como personaje público. Nunca buscó fama ni dinero, sino el arte visto en profundidad. ¡Eso es un monumento a la honradez! Tal sinceridad no es común en el mundillo fatuo de los artistas de toda condición. Por ello saludamos a nuestro profesor, le damos la bienvenida y le agradecemos que haya puesto a disposición del mundo su gran obra, su única obra sobreviviente, la bellísima ópera La enamorada Altisidora.
Un año entre halagos da alas a una persona para ofrecer opinión sin complejo alguno sobre aquellos aspectos que se presenten ante su capricho:
—Respecto al papel principal —le expuso Gunter Miller—, no quería dejar de consultarle su opinión, señor Simancas, pues se trata del personaje que le retrata a usted. En la productora tenemos acuerdo con Paul Newman… ¿Lo conoce usted?
—Eeee… le ruego disculpe mi ignorancia, señor…
Los cineastas intercambiaron una mirada cómplice.
—¡Me gusta! ¡Sí, señor! —exclamó Bernstein—. Es usted un tipo modesto que no quiere aparentar ante nadie.
—¡Exacto! —añadió Miller—. Tomamos nota de ello para ir perfilando el carácter de su personaje en el guion.
—Bueno, señores, yo creo que no deben exagerar… —Simancas se quitó peso de encima.
—Mire —retomó el director Miller—, Paul es un actor joven, más o menos de su edad, que acaba de lanzarse al estrellato compartiendo pantalla con Liz Taylor. Es bien parecido y con una enorme personalidad en la mirada. Aún ha de llegar mucho más alto y está en el momento de no resultarnos demasiado caro. Esta es su foto.
Simancas miró la fotografía.
—Es un tipo guapo. Mucho más guapo que yo, caramba. Saldré ganando en la pantalla. ¿Tienen otras opciones?
—Bueno… sí, claro. —Bernstein pareció un poco descolocado ante el remango del compositor—. Dentro del perfil alto que necesitamos, contamos con otros que son algo mayores que usted y por ello tal vez entraban peor en el personaje…
—James Stewart, por ejemplo —anotó Miller. Simancas asintió con visible interés—. Pero el problema es que sé de buena tinta que está metido en varios rodajes a la vez e inaccesible para los próximos dos años.
—También Cary Grant es algo mayor que usted… no sé qué tal lo haríamos… Luego hay otros actores más jóvenes que algún día serán estrellas. Podríamos contar con…
—Cary Grant está bien —interrumpió Simancas—. He visto algunas películas suyas.
—Sería fantástico, pero Cary está a tope de trabajo —volvió a apuntar Miller, muy al tanto de la actualidad—. Creo que ha terminado un rodaje con Blake Edwards, pero debe de estar ahora con Hitchcock. No sé si le pillaremos.
—Me encantaría Cary Grant, señores. Lo veo tan… tan… ya saben… tío serio y simpático a la vez…
—¿Qué? —Se miraron ambos—. ¿Lo intentamos? Cary es un todoterreno. Puede con todo. Y además toca bastante bien el piano. Se defendería en escenas musicales.
—¡Vamos allá!
—Precisaremos en breve —dijo Miller— concertarle una cita con el actor, ya sea finalmente Cary Grant o sea otro. Él necesitará conocerle a usted en su casa, su manera de pensar y de ser, su psicología, y también tomar nota de su aspecto físico, sus andares, sus gestos… dese cuenta de que lo que él tiene que hacer ante la cámara es parecerse a usted.
—Estoy a su entera disposición, señores.
Emiliano Simancas, profesor de universidad, dejó los periódicos, alumbró un puro y permaneció en su lujoso hotel, rodeado de atenciones, sin sentir una mínima necesidad de salir a conocer París. Su ambición aún no estaba colmada, pero se alimentaba a buen ritmo de buenas dosis de éxito y autoestima.
Ante la opinión pública ya era el compositor que siempre anheló ser y su historia iba a ser encarnada por Cary Grant. One man, one score (Un hombre, una partitura) sería el título de la película.
Incluso él mismo se creía su gran farsa.
Hasta el puro le supo bien.
ACTO I.
EL LIBRETO DE LA ÓPERA
CAPÍTULO 3
1893. Un escrito del siglo XVII
—Además de unas cuantas cajas de dinamita —comenzó don Marcelino—, del Machichaco salvaron, por lo que parece, una buena cantidad de mercancías de muy variada naturaleza. Ahora bien, con el zambombazo todo quedó desperdigado entre el fango y los restos de…
No era propio de Menéndez Pelayo el dejar frases sin terminar en su discurso, pero aún le costaba, como a todos, asumir que junto a la cantidad de agua desalojada por el estallido y acumulada en el muelle, el material que conformaba el légamo no era otro que sangre y desechos humanos de cientos de personas, gentes de Santander con apellidos y nombres que, en muchos casos, les eran conocidos.
—Al quedar la ciudad huérfana de autoridades civiles, la organización de este asunto ha sido llevada a cabo de la mejor manera posible, primero un poco a la buena de Dios, en manos de la disposición para ayudar de los ciudadanos y, una vez superados los cinco primeros días, con los heridos ya bien atendidos en hospitales y casas y los fallecidos debidamente enterrados en cristiana sepultura, diferentes instituciones se han hecho cargo del material que ha podido ser recuperado.
»De entre aquellas cajas que sacaron del Machichaco y pudieron ser salvadas —continuó don Marcelino—, algunas contenían documentación con la que no sabían muy bien qué hacer. A alguien en las labores de reconstrucción, organización y limpieza se le ocurrió, al ver papeles y carpetas, que, puesto que ignoraban a quién recurrir para la puesta en orden de legajos, folios y más folios, me fuesen enviadas a mi domicilio para que me encargase personalmente de dicha labor.
—Es público y sabido por todos que, en Santander, si hay que buscar a alguien que entienda de bibliotecas y archivos, la primera persona en la que piensa cualquiera es en usted, Marcelino —reconoció Galdós—. Pero si lo necesita, yo me presto voluntario para ayudarle en lo que haga falta.
—Sí, por supuesto. Y yo también —dijo Morante.
—Faltaría más —añadió Pereda.
—No, no se preocupen. El trabajo de clasificación ya está hecho. No piensen que había muchas cosas. Sacaron unas pocas cajas del vapor y, al ver que no tenían dinamita dentro, fueron a buscar otras más peligrosas. Así que supongo que entre la enorme cantidad de mercancía que se ha quemado o perdido, también hay mucho material de correspondencia y correo que jamás llegará a su destino. Como les decía, hay de todo en cuanto al origen variado de los escritos: administrativos, contratos, facturas, correspondencia, etcétera. Pero también he encontrado algo que creo puede ser de su interés. Se trata de unos pocos pliegos que se hallaban en un carpetón junto a otros documentos provenientes de La Habana y Puerto Rico y cuyo destino, según ven ustedes aquí anotado, era el Archivo General de Indias de Sevilla. Lo he traído porque en dos días sale el vapor de línea Henrietta hacia allá y quería mostrarlo a ustedes antes de embarcarlo con todo lo que es correo en una última travesía para que pueda completar su accidentado viaje desde América. Ignoro la intención del remitente, cuya identidad no se indica en ningún lugar, al enviarlo a Sevilla, pero supongo que ha de tratarse de una donación de herencia por parte de algún indiano de origen sevillano.
Los tres amigos se acercaron a la mesa sobre la que don Marcelino depositó cuidadosamente un rimero de pliegos de evidente antigüedad. Menéndez Pelayo sintió una pizca de satisfacción cuando la curiosidad vino a iluminar la mirada de sus colegas, pues los tres habían sido tocados con el don de la inquietud por conocer cosas del pasado.
—¡Qué interesante! —exclamó uno.
—Mmm… manuscrito.
—Evidentemente antiguo y no difícilmente datable.
Sobre papel grueso, en un tamaño aproximado de folio, y de un color amarillo viejo casi dorado, una caligrafía de formas alargadas, legible, no minuciosa ni preciosista, sino práctica y propia de una mano hecha a escribir a diario, presentaba lo que parecía ser algún tipo de narración.
—Parece literario —anotó Morante—. ¿Lo ha leído, Marcelino?
—Sí, claro. De pe a pa.
Galdós, que tenía abierto el escrito por un lugar al azar, leyó:
¡Dé Dios mal galardón a quien tal arma inventó! Cuántas veces, pecador de mí, la empuñé en variadas empresas creyéndolas justas, y aún hoy sigo creyendo que justas fueron sus causas, que por eso me confieso pecador. Mas no considero el arcabuz un ingenio diabólico por la potestad que otorga a quien la porta para defender lo que es justo de ataques viles y malintencionados, sino porque cualquier villana mano puede en cualquier momento con el movimiento de un dedo arrebatar la vida y los pensamientos de una persona justa y noble, sin siquiera ofrecer batalla a cuerpo, de la más ruin y cobarde forma.
Pereda tomó la palabra:
—Este tipo de papel, fíjense en su rugosidad añeja y en el color, apenas lo he visto en un par de ocasiones. En el contenido y en el continente aparenta estar escrito en el siglo XVII. La grafía, de pluma, evidentemente, podría ser objeto de estudio con el fin de reducir el círculo de posibles autores.
Y, deteniéndose un instante para mirar a don Marcelino, le preguntó:
—Tú ya tienes tus propias conclusiones, ¿verdad?
—Ciertamente.
Sabido era que la biblioteca del señor Menéndez Pelayo albergaba miles de manuscritos, muchos de ellos incunables, pero no añadió nada, dejando que aquello se convirtiese en un juego de deducción. Los amigos aceptaron el reto, encantados de poder desviar de su mente el pensamiento hostigador del trágico suceso que se había apoderado de sus horas de vigilia y sueño en los últimos días. Se preguntaron si aquella redacción poseía un comienzo y un final, es decir, si se trataba de una narración completa, y recibieron la respuesta de que, en efecto, el primer párrafo respondía a lo que pudiera ser el inicio de un relato, pero que, en cuanto al final, no estaba tan claro, pues quizá pudiera tratarse de un bosquejo de una obra mayor o tal vez de un capítulo de la misma. En todo caso, no constaba ni título en la cabecera ni firma alguna. Galdós pidió ver la página inicial y leyó en voz alta el primer párrafo.
En algún lugar de La Mancha, en aquella dichosa edad que vio tan altas y heroicas hazañas navales como no esperan ver los tiempos venideros, en los días venturosos que contaron con las leves e inspiradoras brisas de Aldonzas y Galateas vino a tener lugar esta verdadera historia, cierta como la entonación de un réquiem, que escuché en confesión directamente de la boca de su principal héroe cuando este se encontraba a un punto de su viaje postrero hacia las manos de Nuestro Señor.
Según leía iba realizando muecas con las que mostraba diferentes sensaciones, que se encadenaban desde el asombro inicial, hasta la incertidumbre, pasando por un moderado recelo.
—¿A quién podría ocurrírsele tomar un íncipit como este?
Morante Serna, que por su juventud era en el grupo quien más tenía que aprender, dijo:
—Nadie mejor que usted, Marcelino, conoce el estilo literario de esta época. ¿Considera que podría tratarse de…?
Algún complejo oculto de aspirante a intelectual le impidió finalizar su pregunta ante los tres gigantes que lo acompañaban. Evitaba deliberadamente pronunciar el nombre de Miguel de Cervantes.
—Algún admirador del estilo de Cervantes, sí, pero que solo trata de imitarlo en ocasiones para adornarse —completó la frase Menéndez Pelayo—. Hay varios guiños al Quijote y a otras novelas suyas. El fragmento que ha leído Benito, sin ir más lejos, está prácticamente calcado de aquel capítulo en el que don Quijote maldice al inventor de las armas de fuego.
Morante, que tenía alguna esperanza de encontrarse ante un autógrafo valioso, insistió:
—¿Y no cabe la posibilidad de cotejar esta caligrafía, la sintaxis y el estilo para asegurarnos de que no está aquí la mano de… —de nuevo hizo una pequeña pausa— de Cervantes o algún autor de relevancia?
—Solo por la antigüedad de la redacción, se trata ya de un escrito muy valioso —indicó Pereda—. No obstante, desconozco la grafía cervantina. No he visto antes otra cosa que su firma estampada en los estudios de Marcelino.
Galdós llevaba en los genes la capacidad para observar y analizar mentalmente a la velocidad del rayo antes de emitir palabra alguna. Dirigiéndose a este, dijo:
—Usted sí conoce su caligrafía y, como ha dicho, está seguro de que se trata de un imitador. Ya que lo ha leído entero, ¿puede darnos su opinión?
Menéndez Pelayo era ya por entonces una de las personas que en este mundo mejor conocía los entresijos de la escritura de Miguel de Cervantes, incluida la cuestión de su caligrafía, con la que estaba familiarizado gracias al puñado de autógrafos conocidos por entonces.
—No piensen ni por un momento en otra cosa que no sea un imitador poco avezado. El manuscrito ciertamente debió de ser escrito en algún momento del siglo XVII, lo que le otorga un crédito inequívoco como inestimable pieza histórica. Cualquier morrión del Siglo de Oro formaría parte del inventario de un museo. No obstante, su valor puramente literario es escaso, pues no se trata más que de una narración breve, un relatillo correcto y poco más. Lo he traído aquí simplemente para mostrarles a ustedes un documento de aquella época, que no es cosa que se encuentre todos los días, y por lo curioso de la crónica, pues una vez leído podremos entretenernos discutiendo la veracidad, improbable y lejana, de lo que aquí se cuenta. Ese comienzo que nos ha leído Benito, en el que afirma que se trata de una historia verdadera… ya saben: no es otra cosa que un recurso literario que hemos empleado todos más de una vez en nuestras obras.
Galdós tomó la palabra:
—Esta tarde toca por fin descanso de las labores de limpieza de calles y recogida de escombros, así que tenemos tiempo libre para departir entre nosotros. Si les parece, podemos leerlo en voz alta, como hacen los personajes de nuestros libros. Aquí fuera la temperatura es excelente. Les traeré unas sillas.
En el jardín de Galdós los tres camaradas aspiraron varias bocanadas de aire cálido de la bahía y dirigieron su vista hacia la playa en el instante en que la bajamar obsequiaba con un pedestal de espuma al monumento natural erigido al camello. Más allá, en los prados de la Magdalena, ignorantes de la tragedia que había lacerado a la ciudad, pastaban las afortunadas vacas que habían ganado su concurso de traslado a la costa santanderina, para envidia de sus parientes castellanas.
Tomaron asiento, posaron sus refrescos sobre un pequeño mármol circular, similar al de las mesas de los cafés madrileños y, ajustándose las lentes, Marcelino Menéndez Pelayo comenzó la lectura:
*****
En algún lugar de La Mancha, en aquella dichosa edad que vio tan altas y heroicas hazañas navales como no esperan ver los tiempos venideros, en los días venturosos que contaron con las leves e inspiradoras brisas de Aldonzas y Galateas vino a tener lugar esta verdadera historia, cierta como la entonación de un réquiem, que escuché en confesión directamente de la boca a su principal héroe, cuando este se encontraba a un punto de su viaje postrero hacia las manos de Nuestro Señor.
No lejos de las primeras fuentes del cauce meseteño que sonríe en la Extremadura y que con un suspiro en portugués languidece, plácido, en el mar de los descubrimientos, aún puede la vista avezada entrever vestigios de lo que en su día debieron de constituir, cual castillo a ojos de muchos, los muros recios de una de aquellas construcciones manchegas que servían de lugar de fonda y de muchos otros asuntos y que, por entonces, se daba en denominar ventas. Ejércitos de viñedos en formación, que alfombran sus alrededores hasta un lejano horizonte de olivar, ignoran los numerosos acontecimientos que allí tenían lugar casi de ordinario, no grandes ni heroicos, pero en ocasiones sí tan cercanos a lo divino en su rango como la condición humana permite alcanzar.
Las jornadas que en la venta se sucedían en los meses de rigores estivales, al tiempo que hacían propicio el descanso y la holganza durante las horas posteriores al mediodía, daban ocasión para el bullicio, la algarabía o sencillamente para la vigilia en cualquier momento de la noche, motivo por el cual, aquel lugar nunca parecía dormir, pues la vida y el movimiento no cesaban y encadenaban una aurora con otra.
Paréceme recordar que sería la del alba, cuando unos gritos pendencieros hicieron enmudecer la sinfonía de grillos que acompañaban el cuarto creciente que por Santiago o Santa Ana clareaba el encalado de la venta. Así oyeron mis oídos aquella y otras tumultuarias riñas:
—¡Voto a tal, maldito, si no has hecho trampa!
—¡Cierto! Que yo mismo he visto cómo te escondías un naipe en la manga.
—¡Mal rayo…! ¡Si os he ganado la mano limpiamente y un doblón me debéis cada uno! Uno tú y otro igual de grande tú, Gorrón. Y uno más aquel que acaba de levantarse para no tener que pagar. ¡Eh, tú! ¡El de Consuegra!
—Perico me llaman, pero por estas que tú has de llamarme Pedro y aun don Pedro, pues ningún tramposo me reclama para deudas de juego.
—¿Tramposo me dices tú, padre de todos los bribones? —respondió uno.
—¡Y embustero! ¡Tú y tu padre! Pues es notorio que tal descaro no se aprende, sino que ha de llevarse en la sangre desde muchas generaciones.
Levantose el primero, dispuesto a dar con la altura del de Consuegra en el suelo y de volarle varios de los dientes, pues pendencias muy menores en aquella época se resolvían con grandes daños y aun con algún que otro viaje al otro burgo, que es lugar de destino muy concurrido como consecuencia de disputas nimias entre hombres de toda nación. Y como cada muesca casa y platica con una cuña, entre cada violento arrebatado y su víctima potencial, suele hallarse algún bienintencionado que ponga sus medios para evitar la pelea. Así, uno de los que allí se hallaba, a quien no se conocía otro oficio que el de pícaro, y su compañero, de quien no supe cosa más que el sobrenombre de el Gorrón con el que todos le obsequian, a base de empellones, manotazos, voces y algún que otro tropezón, lograron volver a sentar a ambos, quienes tan pronto como tuvieron sendos jarros de vino en la mano, olvidaron su refriega y continuaron con su juego. El ventero, que de noche procuraba dormir menos que el lobo y que, cuando lo hacía, a buen seguro mantenía uno de los ojos bien abierto, murmuró dirigiéndose a mí al ver restablecido el orden en el grupo de pícaros:
—Ay, padre, no sé si estos malditos litigan de veras o si en buena hora aprendieron una treta para vaciarme de balde mis barricas de Valdepeñas. Más me vale perder dos jarros cada noche que afrontar los destrozos que estas chusmas me acarrean en la venta día sí y día también.
En estas, la alborada trajo tal sucesión de golpes en el portón de la venta que en verdad parecía que querían desencajarlo de sus goznes o, al menos, que a quien fuese que llamaba le apremiaba tal urgencia como si le persiguiera una horda de suevos, vándalos y alanos, todos revueltos en su barbarie. Dos sombras correspondientes a la hija de la ventera y a su criada, una mujerona no vieja y menos joven, que con generoso vaivén de bustos y cadera tomaba la delantera a su ama, se apresuraron a atravesar el patio para abrir.
—¡Vaaaa! —voceó Maritornes, que así se llamaba esta última—. Yo y Dios sabemos que me apresuro para que no me despierten a la venta entera, que ya imagino que quien así aporrea la puerta no tiene ni urgencia ni necesidad, sino que es cosa propia de maleducados y no menos de jóvenes insolentes y malencarados, que no conocen ni ocupación ni familia, sino tan solo la satisfacción inmediata de sus propios caprichos. ¡Que ya vaaaa!
No bien hubo abierto una pulgada del portón cuando, en efecto, varios jóvenes con más aspecto de maleantes y vagos que de otra cosa de orden lo empujaron ruidosamente y penetraron en el patio.
—¡Si sabía yo…! —exclamó Maritornes con la expresión de quien conoce de antemano que aquella morralla no deja ganancias a su amo, sino más bien problemas y deudas las más veces.
—¡Maritornes! —gritaron con alegría varios de aquellos individuos.
—¿Cómo está mi prometida? —rio uno.
—¿Es tu prometida? ¡Pues la mía también! —rio otro.
—¡A ver que te veamos! ¡Rolliza y trabucona, como siempre!
—No nos habrás engañado con otro estos meses, ¿no?
Maritornes, con resignación, les dijo:
—Hala, pasad. No me alborotéis, que tengo la venta llena y hay mucha gente durmiendo.
—¿Y esas gachas, Maritornes? ¡Vengan, que estamos sin desayunar!
—Si las tomáis bien calladitos y me prometéis tumbaros a dormirla en el corral unas horas os la sirvo en gamella grande.
—¡Viva Maritornes! —alborotaron todos.
—¡La condesa de Montiel!
—¿Cómo condesa? ¡Yo te he de hacer reina!
—¡Cásate conmigo y no cocinarás gachas más que para uno!
—¿Quiénes son estos? —preguntó la hija de los venteros, que no llevaba mucho tiempo trabajando con sus padres.
—Estos son unos sopistas que dejan más problemas que doblones. Dicen ser estudiantes, pero los conozco bien, no son sino unos zánganos que con la excusa de sus estudios viven malfundiendo la hacienda de quienes la vida les dieron.
Aquellos estudiantes viajaban ligeros de equipaje, tanto que el único peso que parecía colgar de sus talegas era algún libro con poca traza de haber sido hojeado en más de una ocasión. Hacia el corral se dirigían dispuestos a esperar sus desayunos cuando llamó la atención de algunos la figura de un hombre que, de no ser porque aparecía recién deslegañado y alborotados sus escasos cabellos canos, bien vestido y compuesto pudiera representar un capitán de infantería retirado, que en vano esfuerzo por abstraerse del ruido de aquellos infames populachos, trataba de escribir con pluma y tintero sobre un papel ajado.
Propinando un puntapié a un villano pelirrojo que roncaba sobre dos brazadas de heno apoyada la cabeza sobre una albarda, uno de los estudiantes quiso abrirse paso hacia un lugar mullido en pajas para asegurar un buen lugar de cama una vez hubiese acabado con las gachas prometidas. Mas aquel villano, al que se referían como el Escarramán, no era de los de bien encajar y poco contender, sino bien conocíalo yo como un pícaro más que bravucón al que las malas pulgas le saltaban de cada pelo del cuerpo, quien al mal despertar reaccionó a voces y, como basilisco, buscando a quién aplastar las narices. Enzarzáronse pícaro y estudiante y, voceando, llamaron la atención de cuantos allí se hallaban, que no se demoraron un parpadeo en acudir a la refriega. Un nuevo alboroto en la venta, el pan nuestro de cada día para los desdichados venteros, amenazaba con terminar de despertar hasta al último durmiente. Puños, bofetadas y empellones por doquier, enfrentaban a tirios y troyanos sin que nadie pudiera aplacar el festín de sillas y mesas desencajadas, dientes volanderos y narices sangrantes. En estas hallábase el tercer círculo de condenados del infierno cuando el hombre de porte capitanesco, que, según pensé al verlo, si no era aún sexagenario lo habría de ser en dos amenes, desenvainando su espada de barquilla, de las que solo hacen uso gentes de almirantazgo, asió de cerviz a aquel pícaro padre de los bribones y lo amenazó con la punta del acero al tiempo que bramaba con voz marcial:
—¡Silencio ya, villanos! ¿Es que no os alcanza el seso para no altercar por las más estultas razones? ¡Quienes no habéis conocido otra batalla que vuestras insignificantes pendencias tabernarias, sois incapaces de apreciar la paz que otorga el respeto al silencio! ¡Llenad vuestras panzas con esas gachas y quedad al servicio del sosiego, pues tal vez entonces dejaréis de pareceros más a caballerías cerriles que a seres de naturaleza humana con capacidad para el raciocinio; que si los unos como estudiantes representáis las profesiones del futuro y los otros como gentes sin oficio no generáis ganancia ni intercambio monetario, a fe mía que no puede ser más negro el porvenir de esta España, hoy sobrecargada de rémoras y otrora protagonista de los más eminentes avances en la ciencia y las artes!
Y en soltando al Escarramán, no sin antes haberle propinado, un buen pescozón con el mango de su durindana, por lo que quedó corrido y jurando en arameo, aquella canalla rehízo su camino al orden para contento del ventero y de quienes compartían espacio en la venta. De entre todas las escenas de costumbres que vi en venta alguna, si bien casi todas tienen pendencias similares a la que he contado, ninguna tuvo un final semejante. Cuantos allí fuimos testigos podemos dar fe de que, sin ser nada de contar como cosa heroica, la planta de aquel caballero resultó tan imponente en su talla y en su autoridad que no había uno que no preguntase al vecino si sabía de quién se trataba.
Cargado de curiosidad, yo mismo llegueme hasta el ventero e interroguele si conocía al misterioso caballero, a lo cual este respondió.
—Poco sé de él, salvo que se trata de un noble sevillano, creo que licenciado del ejército y tal vez también de los hábitos. Ya pasó por aquí hace un año y lo mismo la primavera pasada de camino a Toledo y ahora se encuentra en su regreso en la ruta contraria. Llega, descansa un día el caballo, paga cristianamente y se va sin dar ningún quehacer. A fe mía que si así fuesen todos mis clientes yo sería el hombre más rico de La Mancha. Puesto que ha llegado esta madrugada a la venta, descansará durante el día y partirá esta tarde, cuando apriete menos el sol, para viajar con fresco aprovechando la luna.
Observé a aquel caballero en el rato que estuvo escribiendo, tras el cual, enrolló su papel, recogió la tinta, envolvió su pluma y se retiró a un aposento con la intención de dormir hasta el mediodía, cosa en la que al parecer debió de hallar fortuna al quedar la venta excepcionalmente tranquila toda la mañana. Decidí dirigirme a él durante el almuerzo. Su rostro poseía ante el juicio joven de mi mirada de veinte y dos años los signos inequívocos de una edad provecta y la personalidad de una existencia pasada de interés, cuando en su juventud debió de contar con todas sus facultades en máximas condiciones. Yo no podía menos que imaginar su porte extraordinario sobre la popa de una de aquellas gloriosas galeazas que en buena hora pusieron rumbo al Peloponeso, y a buen seguro departiendo asuntos de trascendencia con don Álvaro de Bazán o con el mismísimo don Juan de Austria.
Fue mi sorpresa cuando estándome yo tomando por almuerzo un mendrugo de pan de a real con una frasca del buen vino que se despachaba en la venta, el hombre, que apareció sobre el umbral del portón que daba al patio ajustándose unos greguescos tazados, llegose hasta mi mesa dispuesto a dirigirme la palabra.
—Dios os guarde, padre. ¿Tendríais, por ventura, la bondad de acceder a escuchar a este pobre siervo de Dios en confesión? No por pecador mortal ni venial, sino por extrema necesidad, pues es posible que no vuelva a tener oportunidad de confesar en los días que me quedan de vida.
—Siempre, hijo, es ocasión de dar el sacramento de la penitencia a todo aquel que lo requiera y, aun tratándose de otra persona que menos mereciese atención que vuestra merced, a quien sin conocer cuna ni fortuna supongo hombre de bondad y de justicia, también dejaría cuantos menesteres hubiera entre manos para ofrecer de parte de Nuestro Señor el don precioso de la gracia sacramental.
Retireme en busca de discreción a algún rincón en el sombrío de una de las cámaras de la venta que no eran empleadas ni como estancia ni como alcoba, pero en la que hallé un recodo digno para la confesión, pues no hay lugar que no sirva para dispensar cristianamente el perdón de los pecados si la intención es piadosa. Allí escuché a aquel hombre, de cuyas palabras sin duda sinceras ante Dios colegí que no había errado en mis suposiciones acerca de su alta cuna y mejores mores. Compartimos posteriormente la mesa del almuerzo, que aunque no era él hombre de alimentarse a manteles encontrándose en viaje, sí demostró la gentileza de acceder a compartir una conversación que mantuvo nuestro entretenimiento cerca de una hora, después de la cual, por mor del camino que le aguardaba desde la puesta de sol, retirose para tratar de adelantar la holganza de que no habría de gozarse en toda la noche. Mas en lo que hallaba favor del cielo para serle concedido el sueño, su consuelo fue una guitarra que el ventero conservaba precisamente en esa alcoba y que rara vez era sostenida por una mano sabia. Con prudente lentitud para no forzar el quebranto de ninguna de las cuerdas, algunas de las cuales carecían de toda tensión, se afanó en templar el dicho instrumento como es menester según los cánones de las antiguas escuelas de vihuela. Y ocurrió que a todos los rincones del patio de la venta y a no pocas de las estancias comenzaron a llegar los sones de una música tan suave y extremada que los unos cesaron en sus conversaciones, los otros en sus risas, juegos y labores, para quedar todos paralizados como la esposa de Lot vuelto su rostro para contemplar el fuego sobre Sodoma. Mas no era fuego lo que provocó la inmovilidad estatuaria de aquellos bultos humanos, que en tal caso no podría ser sino el de las beatíficas llamas de Pentecostés sobre cada uno de ellos. No quería ninguno de los venturados pícaros y estudiantes, ni nadie entre los muros de la venta, que diera fin el caballero a sus armonías, pues con tan suavísimas notas tañía el viejo instrumento que todos hallaban placer en ello. Como necesitada de asiento, una mujer que a pesar de unas manos inequívocas de campesina poseía una luz especial de educación en la mirada, vino a sentarse en el mismo poyo desde el que yo miraba lo que del azul del cielo dejaban ver las ramas de dos frondosos álamos allí bien crecidos y, en un susurro con el que confesaba la necesidad de compartir su gozo, alcanzó a decir:
—Música de reyes, suavísimas notas. Un ciego insigne enseñó estas mismas armonías al rey Carlos y a su hijo Felipe en la real capilla. Música que fue llevada a las Indias para hacer el regocijo de los nuevos cristianos. La dama le demanda… La dama le demanda…
Era la segunda vez que escuchaba esa misteriosa expresión, cuyo significado había aprendido del caballero en nuestra charla del almuerzo, el cual no era otro que el título de aquella composición, que junto a otras obras de los músicos místicos españoles del siglo pasado, fue enseñada a los indios de México y del Perú.
Cuando finalizó la música, la venta había quedado amansada como si el mismísimo Orfeo hubiera tañido su lira desde el balconcillo primero. No escuchábase ni una voz, ni una risa, ni una carrera. Sobre todos nosotros había caído el don de la catarsis, una absolución de los pecados que afectó hasta a las piedras que formaban los muros, de las que emanaba la paz más auténtica que hubiéramos experimentado ninguno. Quién sabe el tiempo que se prolongó el estado de ensoñación, el silencio gozoso, la alegría del espíritu y la gracia santificante inmerecida y concedida gratuitamente por Dios para acercar nuestras almas a Él. Muchos minutos… tal vez casi una hora… Lo que sí recuerdo con nitidez fue la manera en la que, de un plumazo, acabó el efecto del milagro, pues fue cuando el villano aquel a quien el caballero había marcado un punto en el cuello con su espada al amanecer, el maldito Escarramán, daba entrada en el corral con sus calzones a medio caer, señal de que habíase aliviado a gusto en la trasera, regoldó como cabrón o más bien como cien sapos de torrente transformando así la santidad de los muros en una inmunda, canallesca e infecta resonancia. La vida vio así cerrado el paréntesis con que había obsequiado a sus pobres actores y por voluntad o sin ella, continuó en su tragicomedia como si nada.
La tarde avanzó como un día más en la venta, con sus escenas de costumbres, conversaciones de pícaros, dueñas, estudiantes, caballeros y la sombra siempre vigilante del ventero sobre sillas y platos rotos, alfalfas de menos y frascas de más, pues cierto es aquello que se dice: hacienda, tu amo te vea, mejor lo que avizora de cerca el ojo propio que lo que fíe de lo que le cuenten otros.
No quiso el sol de Santiago ocultarse hasta hora tardía, momento en que se produce un trasiego grande de gentes que llegan y otros que se parten. Disponíame también yo a partir con mi mula hacia Argamasilla de Alba, donde me requerían mis quehaceres, cuando se llegó a mí el ventero con la cara pálida como si le hubieran sacado de ella hasta la última gota de sangre.
—Antes de partir, tenga vuestra merced la caridad de acompañarme, pues es menester la actuación de un ministro de Dios.
Seguí sin interrogar al buen ventero y yo mismo debí de palidecer como merina por San Juan al ver sobre la cama el cuerpo inerte del caballero.
—Padre, por la sangre de Cristo, dispénsele la santa unción, que por llevar muerto poco tiempo y no haber sido posible antes, aún ha de ser válida ante los ojos de Dios misericordioso.
Acerqueme al catre y en comprobando la ausencia de pulso en el corazón y de respiración en sus narices, no pude sino lamentar la muerte de aquel excelente hombre que tan hondo habíame impresionado con su hacer, su pensar y su decir. Cerré sus párpados, que conservaba abiertos y también su mandíbula, apagando así una tétrica mueca con la que la muerte parecía burlarse de los que quedábamos vivos. Tras bendecir agua, al no llevar hisopo encima ni otra cosa similar, empleé mis propios dedos de la diestra mano como aspersorio para rociar al buen caballero y marcarle en varias ocasiones la señal de la cruz en la frente y en el pecho. Dije entonces al ventero:
—Mi señor dueño, a fe mía que este hombre no necesita extrema unción ni nada que se lo parezca, salvo la cantidad de oraciones que es cristiano y piadoso dedicar a cualquier muerto, ya que tan solo hace unas horas que le he oído en confesión y créame que si no faltase yo al mandato del santo secreto podría decirle tan solo que sus pecados ni siquiera eran de los veniales, que este hombre es más santo de lo que podría yo alcanzar en varias vidas si las viviera seguidas.
Miré el cadáver y fijeme en todos los detalles por tener el entendimiento pleno de cómo habíase producido el fallecimiento y al no hallar sangre ni violencia solo pude concluir que se había tratado de una muerte natural, mal que casara poco adecuadamente la tal teoría con la idea de un hombre tan lleno de vitalidad, y reparé que el único objeto que parecía fuera de lugar era un almohadón de lana caído en el suelo junto a la pata de la cama. Bien dicen que más sabe el diablo por viejo que por diablo y lo mismo aplícase a un cura como yo, que en esa época era joven, y no había tenido experiencia en las oscuras mañas de los asesinatos, pero aun así y con todo figuróseme que la única manera de morir en esa cama, no siendo por causas naturales de la raza humana, era el haber sido asfixiado con el almohadón caído. Imaginé por un momento al caballero con la cara aplastada bajo la fuerza de la lana, y reconocí en la mueca del cadáver el gesto que podía haber adoptado también durante el asesinato, si tal hubiese sido; pensé en la actitud defensiva del morituro y no pude menos que notar la tensión que aún denotaban sus manos ya inertes, con las que sin duda trató de herir a su agresor; mas fue un último detalle lo que turbó mi ánimo más que ninguno, y aún sigue haciéndolo hoy muchos años después, cual era la presencia de varios cabellos claros, entre sus dedos de la mano diestra. Para mí era evidente que ninguno de esos cabellos pertenecía al caballero, ni por largura ni por color, lo cual no podía evidenciar otra cosa que la presencia de otra persona en la alcoba en el momento de la muerte, la cual sería la dueña de los dichos cabellos que el caballero debió de arrancar en defensa legítima y, poniendo mis pensamientos en claro, troqué mi primera conclusión en esta otra, clara como el agua de Daimiel: el íntegro y virtuoso caballero había sido asesinado.
Allí fue entonces el más ruin acto de cobardía de los días de mi vida. No viéndome capacitado, ni por seso ni por autoridad, negué toda posibilidad de investigar el asesinato, pues estaba seguro de que de ello se trataba. ¿Con qué autorización civil o del Santo Oficio, podía yo obligar a los huéspedes de la venta a que permanecieran allí hasta la llegada del alguacil? ¿Quién era yo para erigirme en protagonista de nada? Un cura de pueblo se debe a su parroquia, a sus feligreses y a su púlpito, mas no se atribuye funciones de magistrado, no se erige en corregidor ni pretende mostrar apariencia de lo que no es. Viendo que lo más que podía sacar de todo ello era salir manteado si no corrido entre el escarnio del populacho, decidí que no era aquella mi misión en este mundo y que lo tuerto no tenía ya enderezo, por lo que me compadecí del buen hombre y con grande pesar dispúseme a la ruta de Argamasilla.
Venía el caballero, según él mismo me había dicho junto a otras muchas aventuras de las que daré cuenta a continuación, de poner en orden las cosas de su hacienda en Toledo para llegar al Guadalquivir, donde habría de embarcar rumbo a un lugar que, a mi entender, le haría santo aunque nadie nunca lo llegase a saber. Sin dar parte a ninguno de los huéspedes, pues fue deseo de los dueños otorgar la máxima discreción al asunto, tras haber rezado un responso entre los cuatro allí presentes y haber cuidado las cosas de los funerales, despedime de Maritornes, el ventero y su esposa y monté en mi mula Generosa, cargué mis numerosos enseres y adminículos en la otra, la Castellana, y, antes de traspasar el portón, cobré la mirada turbia y burlona de aquel rufián de cabellos rubicundos, el llamado Escarramán, que mostraba un reciente arañazo, largo y profundo, en el lado siniestro de su cuello. Al punto, mi celebro ató los cabos que por mi modestia de entendimiento no había sido capaz de discernir hasta entonces y vi claro que solo esta persona en la venta podía tener alguna inquina hacia el caballero debido al encontronazo de la mañana, pues de nadie más era conocido. Fue entonces en mi interior esa pugna entre el diablejo que me indicaba el camino adelante para cumplir mis obligaciones contraídas dejando en paz a los muertos y a los menesteres de juez y ministril que no me correspondían, y la obligación moral de investigar si había en la venta más huéspedes que tuvieran los cabellos claros como los de ese Escarramán con el fin de hacer justicia para finalmente encerrar en prisión al culpable. No obstante, ensimismado en estos pensamientos, cuando quise ser consciente de la decisión que había de tomar, me hallaba ya sobre la puente del barranco que llamaban del moro, a una legua alejado de la venta. Lloré desconsolado sin buscar alivio a mi culpa; sería mi penitencia de por vida cargar con el oprobio de mi propia cobardía.
Hoy, viejo y próximo a la llamada del Señor, muchos años han pasado desde mi encuentro de un solo día con aquel caballero que tan profundamente marcó mi existencia. Mi recuerdo de aquellas horas, no obstante, se mantiene intacto, pues como siervo de Dios no me he permitido incumplir mi penitencia de sentir la culpa de no haber actuado como debí. Me dispongo por ello a dejar por escrito en su recuerdo la narración de solo algunas cosas que me contó el venturoso caballero sobre los años de su mocedad, sobre el gran viaje en que se embarcó por mor de su fe y de la caridad que movía su bienaventurada alma.
Juan de Alanís fue su nombre.
*****
Pérez Galdós, que había relevado a Menéndez Pelayo en la lectura, realizó una pausa, bebió un sorbo de su naranjada y pidió a alguno de sus camaradas que tuviese la amabilidad de tomar la voz en el relato. En ese instante, don Marcelino se encontraba en pie con la vista puesta en un vapor que se disponía a hacer entrada en la bahía de Santander franqueando la isla de Mouro y las cien mil gaviotas y cormoranes que aún habitan sus acantilados. Morante Serna, sentado justo a su derecha, con el debido permiso tomó con cuidado el manuscrito y, tras un sonoro carraspeo, se dispuso a leer.
Un motivo para el entretenimiento era la mejor terapia que podían encontrar cuatro amigos cualesquiera que se hallasen en Santander. Durante varias horas de lectura compartida en voz alta, la tarde transcurrió casi a placer con los refrescos, una agradable temperatura y, en fin, la mente distraída tras casi dos durísimas semanas de trabajos físicos y de horrible conmoción.
No obstante, para uno de ellos, aquello no constituiría solo una lectura en voz alta, sino un punto de inflexión en su vida que condicionaría a su descendencia durante cuatro generaciones.
CAPÍTULO 4
El caballero Juan de Alanís
Sevilla, 1562.
—Con todos los respetos debidos a vuestra excelencia, la intención de este servidor al tomar los hábitos no fue la de empuñar la espada, sino la Biblia, a pesar de lo cual he cumplido como el primero de vuestros hombres con mi deber militar. Nadie puede poner en duda ni mi compromiso con la corona de España ni mi arrojo en el combate. Creo que es momento de cumplir mi vocación verdadera dentro del sacerdocio, aquello a lo que fui llamado por Nuestro Señor: en todo amar y servir, como nos enseñó Íñigo, nuestro fundador. Permita vuestra merced mi partida a la evangelización de los nuevos mundos, se lo ruego, y de esta forma ofreceré tanta gloria al cristianismo como la lograda en Lepanto, pues si con tal irrepetible victoria los miles de valientes que me acompañaban alcanzaron a librar a los europeos de la amenaza turca, la misión en lugares paganos debe ser establecida antes de que sean otras religiones las que primeramente lleguen allí.
Estas palabras pronunciadas por Juan de Alanís fueron todo lo que este necesitó para convencer al padre provincial de la Compañía de Jesús de que su intención era firme y sincera. El joven sacerdote había mostrado sobradamente su valor al servicio de la armada española de la Liga Santa, motivo por el que contaba con amplio crédito para alzar esta solicitud ante la autoridad de la congregación. Su valía intelectual como uno de los alumnos de la primera promoción del colegio de San Hermenegildo de Sevilla era conocida por los círculos jesuíticos de las provincias de Andalucía y Toledo, ciudad en cuya catedral contó con la protección del maestro de capilla Cristóbal de Morales, un sacerdote levantisco con quien era poco menos que imposible mantener buena relación personal, pero cuya influencia tras su estancia en Roma era enorme en todos los ámbitos eclesiásticos. Después de haber hablado durante cinco minutos seguidos, el provincial finalizó su perorata con tono paternalista:
—Mi joven amigo. Precisamos de nuevos valores que tomen el testigo de nuestros fundadores Íñigo y Javier, pues a pesar de habernos dejado con su partida un vacío irremplazable, nos han mostrado que su ejemplo es el verdadero camino que debemos seguir. Emprenderéis viaje con mi bendición en cuanto recibamos un salvoconducto firmado y sellado por su santidad Pío IV, que os reconozca como ministro de los Estados Vaticanos. —Y con un gesto de complicidad añadió—: Os proporcionará libertad de acción y movimiento por cualquier lugar del mundo civilizado.
Eran los comienzos del mes de abril cuando su carraca española de tres palos atracaba en Gran Canaria como escala en su ruta a las Indias. Una carabela portuguesa se encontraba amarrada en el muelle contiguo.
—¡Ved esa preciosidad! —le indicó a grandes voces, como era su costumbre, un contramaestre que ya pisaba tierra firme—. ¡Eso es una yegua lusitana de paso ligero! ¡Seguro que salió de Lisboa más de un día después que nuestro percherón!
—Disculpe vuestra merced: ¿me sabría indicar por dónde queda el Tribunal del Santo Oficio? —le preguntó el padre Juan.
El suboficial, algo cohibido al conocer el destino del pasajero, pues tuvo que recopilar sus recuerdos por ver si había jurado en exceso durante la travesía, no tardó en contestar:
—Es muy sencillo. Id al centro de la ciudad, hacia allá donde indico a vuestra merced, y una vez allí no encontraréis más que un par de edificios de entidad. Lo veréis en cuanto esté cerca.
El escudo portugués ondeaba orgulloso sobre el palo mayor de la carabela desafiando a otras embarcaciones a superar esa ligereza en la navegación con la que dichas embarcaciones habían conquistado los ultramares. El padre Juan lo observó un instante y continuó su paso hacia el interior de la muy noble y muy leal ciudad de Las Palmas, como indicaba un letrero en la entrada del puerto.
—Ruego me disculpéis, padre de Alanís, soy el padre Bentejuí. —Un curita más joven que él descendía precipitadamente unas escaleras penumbrosas con aspecto apurado—. No tenía constancia de vuestra llegada y no he previsto ninguna cama de más. No tenemos en este momento lugar, pero si no os causa enojo, puedo acompañar a vuestra merced al Obispado de la Diócesis Canariense, que, si bien queda un poco más alejado del puerto, encontraréis en él mucho mejor acomodo que aquí.
Palmeando el hombro del joven para tratar de aliviar su azoramiento, Juan recogió el coleto ligero en el que llevaba lo necesario para un día junto a sus documentos de valor y una buena suma de dinero, además de las botas que en ningún modo dejaría una noche en el barco por miedo a un robo y su vihuela de mano envuelta en una bolsa de tela fina, y le conminó a caminar con él. Parece que no les resultó difícil hablarse entre ellos con cierta familiaridad, pues no eran sino dos jóvenes con bastantes cosas en común. Juan le contó su intención de cruzar el Atlántico hacia el oeste para establecerse en algún lugar cuyo emplazamiento aún desconocía y que se decidiría a su llegada en función de las necesidades de evangelización. La confianza que el castellano le procuraba dio pie a la curiosidad del canario por el instrumento musical cuyo mástil sobresalía del bolso.
—Es una vihuela, un instrumento que inventamos los españoles. En otros lugares de Europa el laúd es más popular, pero debido a su origen árabe aquí no ha triunfado y en su lugar tocamos la vihuela de mano.
Lo que estaba a punto de suceder a continuación desencadenó un giro radical en la presente historia.
Juan sacó de la bolsa el instrumento y lo mostró a su colega pulsando las cuerdas al aire justo en el instante en que recibió un violento choque por detrás que le hizo empujar a su vez a su compañero y por el que ambos perdieron el equilibrio. En un abrir y cerrar de ojos, una sombra le había arrebatado la bolsa, otra se había hecho con la vihuela y ambas corrían cada una en direcciones opuestas.
—¡Son moriscos! —exclamó el canario.
Don Juan de Alanís ya se había levantado del polvo y estaba a la carrera con su sotana al viento detrás del primero, el que llevaba la bolsa, pues por muy cura que se hubiera ordenado, seguía siendo un militar en plena forma. El morisco, fácilmente reconocible como tal no por sus atavíos, pero sí por sus cabellos vistos desde atrás según lo perseguía, se desenvolvía con soltura entre los callejones y con liviandad una vez alcanzado el campo, barranco arriba y barranco abajo. Asumiendo la inasequible ligereza con que se le escapaba, echó un vistazo rápido al lugar por el que le perdió la pista al descender uno de esos ribazos y se detuvo a pensar no como una víctima de robo sino como un estratega. El morisco no podía seguir recto en aquella dirección, pues era en adelante todo un desierto de roca. Así pues, solo cabían dos posibilidades para escabullirse: o regresar a la ciudad por la izquierda y exponerse a ser visto o dar un rodeo hacia la derecha. La primera opción sería la elegida por un pícaro castellano, pero la segunda era la manera en que un morisco lleva en la sangre cómo escapar: un recorrido más largo para la huida, pero más seguro. Juan respiró, se persignó y se lanzó a la carrera en dirección a su derecha para atajar entre el pedregal, dejando atrás rocas, arbusto bajo y siempre con la vista hacia su izquierda por si en lontananza viera aparecer al ladrón.
Cinco minutos después se hallaba oculto tras un talud al borde del camino por el que suponía que había de pasar el ladrón. Paciencia y espera.
Un ruido de pisadas sobre el pedregal le hizo tensar los músculos y contener la respiración. Sin duda era el morisco. En cuanto consideró que el individuo se encontraba justo a su lado se lanzó como un demonio oscuro sobre su cuerpo sin apenas tiempo para reparar en que este portaba un pequeño alfanje al que se afanaba en quitar algo de mugre de la empuñadura. Ambos rodaron por el suelo y forcejearon tratando uno de hacer uso del alfanje y el otro de hacérselo soltar. El sacerdote golpeó la muñeca del bandido contra una piedra del suelo en repetidas ocasiones hasta que el arma quedó libre. Este, viéndose trabado de manos, escupía cuanto le era posible en la cara del infiel y se defendía sin fortuna tratando de alcanzar a rodillazos los testículos del cristiano. Juan decidió no prolongar la brega y, reconociendo que no era situación aquella para miramientos, en cuanto tuvo posibilidad le asestó un puñetazo duro y certero en la sien. El cuerpo del malhechor perdió al instante todo vigor y quedó inmóvil. Se limpió la cara, se irguió, respiró hondo varias veces, todo en este orden, comprobó que el ladrón tenía pulso y lo trasladó a la sombra del talud para protegerlo de la insolación, donde con su pulgar le dibujó la señal de la cruz en la frente y lo dejó a la espera de que recobrase el conocimiento. Acercóse entonces a recoger su bolsón, en el que no halló ningún papel, aunque sí la ropilla que había guardado, las botas y algunos altramuces que traía desde Sevilla. Al no encontrar el dinero volvió la vista hacia el morisco y lo recuperó de uno de sus bolsillos, donde este lo había escondido para sí.
—¡Maldito!
Y zarandeándolo gritó:
—¿Qué has hecho con el salvoconducto? ¿Dónde está?
El bribón solo pudo darse media vuelta y mascullar algún sonido gutural.
Anduvo el camino que había tomado el morisco por ver si encontraba el valioso documento y lo desanduvo hasta llegar de nuevo al lugar de la emboscada, donde ya no estaba el indeseable merodeador. Aún lo recorrió una vez más antes de entrar en la ciudad. El salvoconducto quedó perdido.
Sediento, preguntó por el emplazamiento de la sede episcopal, cuyo edificio encontró sin mayor problema. Fue recibido con gran expectación y casi con júbilo. El padre Bentejuí, tras presentarlo a los demás, le devolvió la vihuela que el segundo granuja había arrojado al suelo, sin conseguir romperla, para poder escapar. Cuando contó su aventura y describió el aspecto y las trazas del atracador, varios de ellos lanzaron su sospecha de conocerlo. Según ellos podría tratarse de un joven fanático apodado el Joraique, originario posiblemente de la zona del Almanzora. Desde unos meses antes, cuando llegó a la isla, delinquía con cierta frecuencia y se ocultaba en el interior, junto a otros moriscos, muy posiblemente esperando una oportunidad para embarcarse hacia la península.
Una vez hubo descansado, entre la cena y el rezo de las completas, quiso el padre Juan caminar para conocer los principales lugares de la pequeña y nueva ciudad a la que los lugareños denominaban simplemente Canaria. El joven Bentejuí se ofreció para acompañarlo. Juntos llegaron al puerto, donde se encontraban atracadas la carraca y la carabela.
—Y aquí veis, padre de Alanís, la hermosa catedral de Santa Ana, aún inacabada.
Bentejuí se interesó por el instrumento musical que Juan había traído consigo y, después de una apasionada respuesta de este, le preguntó:
—Con todo lo que os interesa esta vía musical, ¿cómo no habéis esperado a completar estudios doctorales antes de partir?
A lo que el sevillano respondió:
—Amigo Bentejuí: la música es cosa de Dios, puesto que a él nos acerca, como decía ya San Agustín. Pero también son de Dios todas aquellas criaturas en el confín del mundo que viven sin saber siquiera de su existencia. ¿Dónde mejor podría cumplir mi vocación que haciendo hablar al Padre a través de su música entre esas gentes? No es la música un don otorgado por Dios a unos pocos para disfrute de algunas minorías, sino que los músicos son los tocados por Él para hacer que mediante el lenguaje divino de la armonía la humanidad entera pueda hallar esperanza y alimentar la fe.
Las palabras de Juan de Alanís, de arrebatado sentimiento místico, consiguieron humedecer los ojos de Bentejuí. Juan sonrió y, según su costumbre, palmeó el hombro de su nuevo amigo, pero al mirarlo pudo percibir un movimiento rápido detrás de sí. No tuvo tiempo más que de escuchar un grito potente y profundo de una figura que se lanzaba a sus espaldas y de tratar de esquivarlo al tiempo que propinaba un violento empujón al curita canario. La trayectoria de un alfanje morisco erró en su intención de seccionar el cuello de su acompañante, pero no pudo eludir aquel una puñalada bajo el omóplato. Cayó al suelo Bentejuí y Juan quedó frente a frente con los dos moriscos de la mañana. El tal Joraique tenía la parte izquierda de su cara gravemente amoratada, pero aún podía abrir el ojo derecho, del que salía toda la ira que puede contener un ser humano. Los dos moriscos se lanzaron a un tiempo a por él blandiendo también el otro una navaja más pequeña, de factura cristiana. Juan esquivó la primera embestida haciéndose a un lado y rotando sobre sí para quedar agarrando el brazo del segundo moro, al que propinó acto seguido un rodillazo en la cara. Mientras este caía al suelo, el Joraique acertó a abrir de un mandoble una herida en el frontal del hombro izquierdo del sacerdote. Este se retiró un instante, pues todo había ocurrido demasiado rápido como para poder pensar y trazar un plan de ataque. No había tiempo para nada. Se trataba de una refriega callejera que requería de la improvisación. En esto llevaban ventaja los moriscos. El padre Bentejuí se dolía sobre el polvo, apartado a un lado de la calle. El segundo moro se mantenía de rodillas apoyada una mano en el suelo y sangrando abundantemente de la cara. Juan tuvo medio segundo para pensar que era capaz de vencer en rapidez de movimientos al Joraique, a pesar de su juventud, pues era casi un adolescente. Así que decidió no lanzarse a por él, sino esperar su inminente acometida. Al hacerlo esquivó de milagro la punta del alfanje, que descosió la sotana a la altura de un pectoral y atacó con una patada directa al estómago, tras la cual volvió a acertarle con su puño bien cerrado en el mismo lado izquierdo que aquel tenía ya herido. En ese mismo instante, el morisco que sangraba por la nariz saltó hacia su cuello empuñando su navaja. El sacerdote, con reflejos felinos, logró golpear la mano del moro con su antebrazo izquierdo y, recogiendo el alfanje del suelo con la diestra, antes de que aquel pudiera lanzarle una nueva puñalada, le atravesó el costado dejando el arma hundida en su cuerpo. El Joraique se incorporó, gritó unas palabras en árabe y escapó de allí, verecundo y lacerado en cuerpo y alma.
El padre Juan se arrodilló junto a su amigo. Rasgó su sotana para ver la herida y, al comprobar la gravedad de la misma aún tuvo dos segundos para teñir su pulgar derecho con aquella sangre cristiana y realizar la señal de la cruz en la frente del pagano, que si aún no era cadáver lo habría de ser en cuestión de minutos. Hecho lo cual, tomó en brazos al cura, lo que hizo brotar su propia sangre del hombro como de un surtidor, y lo llevó al Obispado, el único lugar donde sabía que sería atendido adecuadamente.
En unos días, el padre Bentejuí estaría prácticamente recuperado y tendría una buena historia para contar. Unas horas en compañía de Juan de Alanís constituían un recuerdo inigualable para toda la vida. Dos de los sacerdotes del Obispado fueron enviados a dar parte a la autoridad civil. El cadáver del moro fue recogido y puesto a disposición de quien lo reclamase. El alfanje, en una modesta operación provinciana nostálgica de la ocasión del pendón de las Navas de Tolosa, fue recuperado como pequeño trofeo y permaneció en la sede episcopal. Unas décadas más tarde quedaría expuesto en uno de los muros de la catedral como recuerdo de una hazaña que se encaminaba al grado de legendaria.
Por su parte, la herida del castellano no fue atendida hasta un buen rato después. Al retirársele la sotana, se descubrió un corte más profundo de lo esperado por donde había escapado una cantidad de sangre considerable. Fue curado durante un par de horas y a falta de un médico, el mismo obispo, puesto que se daba buena maña en habilidades manuales de todo tipo, se encargó de la sutura de lo que en adelante sería una llamativa cicatriz. Con todo, lo que preocupaba a los presentes era la palidez de su cara y de su cuerpo. Durante la cura de las heridas, Juan de Alanís perdió el conocimiento.
No recuperó la consciencia hasta veinticuatro horas después con su salud fuera de peligro. Mas su barco había partido rumbo a América.
CAPÍTULO 5
El viaje del caballero
Cuando abrió los ojos, Juan de Alanís, hombre de batalla, tuvo la cordura de asumir que se estaba recuperando de un desvanecimiento. Decidió, por tanto, darse unos minutos antes de tratar de comprender en qué parte del mundo se encontraba y qué azares le habían llevado hasta aquella situación, al menos hasta que las paredes y el techo tuviesen a bien dejar de moverse cada vez que abría los párpados. Una vez recuperado, aún era de noche, el padre Bentejuí, acostado en la cama contigua, le puso al corriente, a lo que él respondió con admirable flema:
—Pues si así es, bendito sea Dios.
Volvió a cerrar los ojos, se lamentó y pidió perdón a Dios por haber quitado la vida a un hombre, y continuó durmiendo.
Despertó unas horas más tarde. Bebió agua y el canario le ofreció algo de comer.
—Aquí lo llamamos gofio.
—Pues está excelente este gofio.
Comió a gusto y con tranquilidad, sin ningún plan pendiente de inmediato cumplimiento en su cabeza, quizá por vez primera en años. Bentejuí le informó de que los viajes a Indias solían tener lugar cada cuatro semanas, a veces no tanto.
—¿Puedo tomar más gofio, por favor?
Bentejuí rio ante la evidente mejoría de su amigo.
—Lo hace el padre Leão, que aunque es portugués, es el que mejor mano tiene para el gofio canario.
Sonrió Juan de Alanís. Mas una chispa dio luz a su mente y súbitamente todo su sistema nervioso comenzó a funcionar como un mecanismo bien engrasado.
—¿Portugués?
Y asiendo fuerte de la ropa a su compañero, tanto que le provocó un tirón en la herida, le preguntó:
—¿Sabes si ha partido la carabela portuguesa?
—Pues… no sabría decirte… quizás no. A veces permanece en el puerto unas cuantas jornadas.
Por algún motivo que no alcanzaba a comprender, su corazón aceleró el pulso de manera inusual.
—¿Crees que me dejarían embarcar en ella? Pagando un precio, claro está.
El curilla, desconcertado, no supo qué responder:
—Eeee, no sé. Habría que preguntarlo al capitán o a alguno de los oficiales. Pero no creo que vaya a las Indias… occidentales.
—¡Eso solo lo sabremos si voy a preguntar!
Con mucho dolor en la sutura se levantó cuidadosamente, lo que no impidió que sintiera un vahído. Logró mantener la vertical, dio cuenta de su gofio y, en sustitución del salvoconducto del papa, solicitó otro más doméstico y modesto, pero asimismo efectivo, a uno de los padres: una sotana. La suya había quedado muy deteriorada y necesitada de un buen lavado, por lo que le fue proporcionada otra confeccionada con tela más ligera que, por cierto, una vez puesta parecía hecha a medida, tal como le dijo Bentejuí.
En ocasiones el cuerpo humano sabe cosas de uno mismo que la mente aún desconoce y, como tal, muestra reacciones ciertamente curiosas. Juan de Alanís, un muchacho que inauguró su mayoría de edad destacando en el cuerpo de arcabuceros de los tercios españoles que vencieron en Gravelinas; el joven oficial que comandó una nave contra Ali Pasha en Lepanto; el mismo que cuarenta y ocho horas antes se había enfrentado a la muerte en dos ocasiones, era ahora presa de los nervios y de un temblor frío en sus miembros. Caminó sin percibir dolor ni calor esperando que el emblema portugués aún ondease en el muelle. Desconocía el rumbo que habría de tomar la carabela y apenas era capaz de comprender alguna palabra suelta cuando le hablaban en lengua portuguesa, pero por algún motivo que escapaba a su discernimiento acababa de descubrir una pulsión irrefrenable que surgía directa de sus instintos menos racionales. Esas ansias no aceptaban otra alternativa a la de embarcarse hacia un lugar desconocido para tal vez no regresar, pues así eran aquellos viajes de misión.
En su camino por las calles de Las Palmas su impulso irracional cedió un instante de tregua al pensamiento y al cálculo, lo justo para reconocer que su nerviosismo no se debía a la certeza de que comenzaba una vida nueva alejada del mundo tecnológico, sino a la incógnita de que en unos minutos conocería el nombre de un destino definitivo para el resto de su vida en algún lugar del mundo en el que tal vez jamás había pensado con anterioridad. Con toda posibilidad, se habría de tratar de territorio extranjero desprovisto de la comodidad de un establecimiento jesuítico previo. En ese momento dobló la esquina de un pequeño edificio encalado y allí la vio. Junto al muelle, con su bandera ondeando a los alisios, la carabela portuguesa, imponente y ligera, semejante a un gran felino que dispuesto a la carrera se agazapa para tomar impulso, lo esperaba bajo el azul y el sol. Y en ellos, con inmenso júbilo, vio el padre Alanís sendos símbolos de eternidad.
Con la expectación de un niño que va a descubrir en qué consiste su regalo de Navidad, se acercó al navío sin apartar la mirada de él. Lo anduvo de popa a proa y esta vez sí le concedió la importancia que le había negado al llegar a la isla. Un castillo de popa bien cuidado y de factura casi escultórica llamó su atención tanto como la maraña de cabos que parecían arropar los tres mástiles. No era la embarcación más moderna, pero continuaba siendo más rápida que las carracas y los lentos galeones modernos y además permitía una vasta capacidad de carga.
Sobre la proa, un hombre blanco de raza aunque no de piel, colgaba de la verga de trinquete, donde se hallaba aplicando algún tipo de brea a la madera. Juan de Alanís tuvo que realizar un esfuerzo para evitar que la emoción asomase a sus ojos en el momento en que leyó el rótulo que le daba nombre: Estrela de Belém.
El sacerdote alzó su voz pronunciando muy despacio, ya que desconocía si aquel hombre hablaba su idioma.
—Disculpad, señor. ¿Me sabéis decir hacia dónde va a partir esta carabela?
El hombre detuvo su labor, miró al sacerdote y voceó una sentencia larga en portugués de la que el padre Juan no entendió ni media palabra. Como viera que el sacerdote hacía mueca de no haber comprendido, añadió en una mezcla de español y portugués:
—Cabo Verde… Um dia… e depois Africa: Angola. ¡Muito lejos!
Y en una sonrisa a contraluz ofreció la vista de una dentadura bajo un bigote y la sombra de una visera, lo que equivalía en la distancia a un punto blanco en el centro de una sombra oscura.
El padre Juan sintió una emoción incontenible. ¡Jamás se le había ocurrido pensar en África! Desde ese momento, América ya no era una posibilidad en sus planes. No sabía nada de la colonia portuguesa de Angola, mas se encontraba poseído por el espíritu de aventura, que suponía para él una nueva vocación. Se trataba del lugar más ignoto del mundo, así que ¿qué mejor lugar para llevar la palabra de Dios?
—Os ruego me disculpéis de nuevo, señor. ¿Cuándo zarpáis?
La sonrisa se borró de súbito en el rostro del portugués devolviéndole la apariencia de lejos de una sombra oscura. Hizo el hombre un movimiento con el brazo para indicar que hablase con el capitán. No le hizo a este ninguna gracia saber que un pasajero quería embarcarse con ellos. Simplemente no estaba previsto. Se necesitaría un suplemento de agua y comida para ello, pues tenían hecho el cálculo aproximado para los siete tripulantes que habían traído de Lisboa junto a una gran carga de mercancía de todo tipo destinada a Cabo Verde. Mas la presencia de un sacerdote a bordo podía ser beneficiosa y de utilidad y además Juan se ofreció para realizar cualquiera de los trabajos de a bordo.
—Con que traigáis un barril de agua para uso de vuestra merced es suficiente —le dijo el capitán en castellano—. Zarpamos esta misma noche, en cuanto se calmen estos malditos vientos de calima africana que ya nos tienen aquí parados demasiados días. Si todo va bien, en cuatro jornadas estaremos en Cabo Verde. Allí descargamos el Estrela de Belém y en veinticuatro horas retomamos la navegación hacia el sur, circunnavegando el golfo de Guinea hasta el puerto de Luanda. ¿Cuánto tardaremos? Eso nunca se sabe, depende de los vientos, que en esa latitud son impredecibles, pero con las bodegas vacías, serán aproximadamente unas dos o tres semanas. Padre, os va a tocar trabajar duro.
Evidentemente, Juan no dijo palabra de su herida recién cosida.
Después de algunas idas y venidas en la gestión, se las apañó para que dos padres llevasen un barril con agua al Estrela de Belém en una tartana tirada por un burrito canario propiedad de una de las parroquias. Despidiose el sacerdote no sin antes haber regalado a sus colegas la experiencia inenarrable de una interpretación a la vihuela de una pieza que, por su propio bien, no requería esfuerzo de su inmovilizado hombro izquierdo. Casi todos los sacerdotes de la ciudad se encontraban en el palacio episcopal para conocer al singular héroe sevillano y fueron testigos de cómo los techos de la capilla se abrían sobre sus cabezas para dejar que la antesala del cielo invadiese terreno humano. La armonía, esa gran desconocida aún para tanta gente, se mostraba ante sus almas a través del oído, como la belleza más pura, sin duda una manifestación del amor del Padre. La pieza se basaba en la melodía de un himno conocido y frecuentado en sus oraciones, cantado sobre el texto del Ave Maris Stella. Y todos descubrieron que, si bien las palabras de la oración cantada constituyen el lenguaje de los hombres para alabar a Dios, la música instrumental, sin letras, ha de ser directamente la voz de Dios.
Cuando el padre Juan flameaba con el brazo derecho en alto su pañuelo desde la popa, el último rayo de sol del día resaltaba su blancura ante la penumbra. Varios de los padres lo vieron alejarse, un puñado de ellos con un nudo en la garganta, porque hacia lo desconocido y quizá para siempre partía un hombre tan lleno de vida que en solo dos días había dejado en la isla dos sucesos que cambiaron la manera en que afrontaron sus sermones en adelante. Habría sido un colega admirable llamado a lo más alto de la jerarquía por su inteligencia y su desenvolvimiento, pero sobre todo ello, habría sido un líder y un amigo. Bentejuí lloró, mas no por su herida de la espalda.
Al anochecer, cuando se calman los vientos del día y los navíos tienen posibilidad de aprovechar una brizna de brisa modificando la orientación de alguna de sus velas, la navegación de altura puede conmover los ánimos del más rudo marinero durante una mar llana. La imposibilidad de conciliar el sueño sobre el jergón condujo a Juan a visitar la cubierta. Las emociones de los últimos días ejercían mayor peso hacia el lado positivo de la balanza, a pesar de los sobresaltos. El aire era tibio y se respiraba con verdadero placer. El menguante de la luna se encontraba tan alto que el cielo estrellado parecía más extenso que el de Castilla.
—Según naveguemos al sur, la morena y el rubio estarán más altos en el horizonte —le dijo el capitán, que hacía la primera guardia—. Preparaos, padre, para tener el sol en vertical sobre la mollera cuando pasemos Cabo Verde.
Apenas debió de cerrar los ojos un par de ratos de media hora en toda la noche. Y en todas aquellas horas ocupó su mente en varias cosas: rezar, recordar música, pensar en su pasado y simplemente respirar.
Amaneció el primer día de travesía y el dolor de la herida se había agudizado. En su cura comprobó indicios de infección. Los tripulantes, que lo vieron, hicieron malas caras.
—Lave, senhor, com água do mar. A água do mar cura tudo.
Había trabajo para todos a bordo, mas una vez vista la herida, la tripulación no quiso asignar ninguna actividad manual al sacerdote. Preguntado por la forma en que se había lastimado, respondió sin dar detalles que había sido atracado por un maleante en Las Palmas. No obstante, a oídos de alguno de los marinos había llegado el día anterior en el puerto la anécdota que circulaba por la ciudad acerca de un cura forastero que en defensa propia dio su merecido por dos veces a un famoso salteador y que incluso había acabado con la vida de un segundo bandido. A partir de entonces todos procuraron admiración hacia el sacerdote, cuyo estado de salud no iba a ser en toda la travesía mejor que el actual, pues su empeoramiento estaba a punto de ser un hecho. Desde la segunda noche a bordo, tuvo que compartir su catre con la fiebre, una compañía cuya principal virtud consiste en no detenerse jamás a pensar si el momento de su visita pudiera resultar inoportuno para el anfitrión.
Tres jornadas más tarde, tras la escala del Estrela de Belém en la isla de Santiago, Cabo Verde, la fiebre atacó con toda la rabia que había estado reservando hasta entonces.
Los días que aún conservó cierta capacidad para el raciocinio logró escuchar en su cabeza la polifonía del salmo de su maestro Cristóbal de Morales En mi angustia invoqué al Señor y comprendió que era Él quien había trazado el plan. No llegó a Canarias por casualidad, ni fue casualidad el ataque del Joraique y el espadazo de su hombro; mucho menos cosa del azar fue perder el barco a las Américas y encontrar dispuesto para zarpar el Estrela de Belém. Dios no había encadenado todas estas circunstancias para hacerlo morir en altamar olvidado y anónimo. Los designios del Padre lo encaminaban a su destino. Así que se encomendó a Él y quedó en paz. Enfermo y febril, pero en paz.
Rebasada la duodécima jornada de travesía, el capitán, viendo que su salud no mejoraba un ápice, tomó la decisión de desembarcarlo en la isla portuguesa de Santo Tomé, donde en un hospital de tierra firme podría ser atendido con mayores garantías que a bordo.
—No aguantará las cinco o seis jornadas que quedan para Luanda —dijo.
Desenrolló el portulano de a bordo sobre la mesa de su camarote y al cabo subió las escaleras, desde las que gritó antes de llegar a cubierta:
—Vinte graus para o bombordo!1
Un día después, al alba, la carabela entró en el puerto de la hermosa bahía de Santo Tomé, al noreste de la isla, desde la que una alfombra verde de vegetación se veía interrumpida por un mar de nubes que dejaba ocultas las altitudes montañosas. Él mismo y cuatro tripulantes lo llevaron en persona al hospital de los franciscanos capuchinos.
—Padre Alanís: ¿podéis oírme? —le susurró al oído.
Un gesto en los labios del cura indicaba una respuesta positiva.
—Padre, estáis muy grave. Hemos atracado en la isla de Santo Tomé, una colonia portuguesa. Aquí os vamos a dejar en el hospital, donde seréis bien atendido. En el Estrela de Belém no podíamos hacer nada más por vuestra merced. Todas vuestras pertenencias y vuestro dinero están aquí. Yo mismo lo he revisado.
El padre, con un esfuerzo ímprobo, asió la mano del capitán y logró articular unas palabras:
—Coged una parte de mi dinero. Es de justicia.
—No, padre. Creed que no lo merezco.
—Bendito seas, amigo. Bendito sea Dios.
Varios padres capuchinos, algunos de la metrópoli portuguesa y otros originarios de África, atendían una modesta construcción con función hospitalaria dotada de unas pocas camas que, al estar junto a la bahía en su extremo sur, recibía y distribuía aire fresco entre sus estancias de modo que casi nunca se sentía calor excesivo en el interior. Durante todo el día le fue lavada la herida con antiséptico a base de agua de tomillo y sándalo, y entre cura y cura, con el fin de combatir la infección y favorecer el proceso cicatrizante, los frailes se organizaron para aplicarle emplastos de caléndula y arándano.
Al atardecer tuvo lugar un primer síntoma esperanzador que no había ocurrido en las últimas jornadas: por propia iniciativa, Juan pidió agua para beber. Durmió aquella noche un sueño extraordinariamente profundo y prolongado contando con los cuidados de varios frailes que se afanaban con diligencia en sus guardias.
Empapado en sudor, despertó con el nuevo día. Palpó su herida y miró alrededor. Un fraile negro que llevaba una paloma sobre la cabeza trajinaba de acá para allá entre las camas de los enfermos. Tan pronto intuyó algún movimiento en el camastro de Juan se dirigió hacia él.
—Bom dia, padre Juan. Estáis mejor.
En efecto, la fiebre era mucho más atenuada y en otras veinticuatro horas habría desaparecido definitivamente. En este tiempo trató de interesarse por el lugar en que se encontraba, por las características geológicas de la isla y por sus habitantes. No le fue permitido ponerse en pie, debido a la debilidad extrema provocada por tantas jornadas sin apenas alimentarse. El segundo día pudo hacer sus necesidades sin ayuda por vez primera en casi dos semanas y, ya sin fiebre, quiso caminar hasta el porche. De cara a la bahía, permaneció sentado sobre el tocón de un antiguo palmito, mas no sentía mayor interés por deleitar sus sentidos con tan hermosa vista. Lo que estaba deseando era conocer el lugar y su gente, saber quiénes eran los hermanos a los que estaba dispuesto a entregar su vida. Desde el primer instante en que, agotado, sentó su cuerpo en la madera tropical, supo que miraba en dirección contraria: no estaba su destino orientado al noreste sino al suroeste. Por ello, al día siguiente, sintiéndose con más fuerza, pidió dar su paseo al lado contrario del hospital, para contemplar el interior y, sí, entonces tuvo la sensación de estar mirando al lado correcto. La isla estaba muy poco poblada y nunca había trasiego de personas. Tan solo una parte exigua de la población era aún de raza blanca, judíos sefardíes descendientes de exiliados españoles integrados entre los portugueses provenientes de la península. Casi todas las personas que veía eran negros que caminaban en grupo sin mezclarse entre hombres y mujeres. Negros y negras que no se trasladaban por voluntad propia sino que lo hacían en todo momento bajo la mirada de un europeo armado con espada y arcabuz. En numerosas ocasiones antes de aquel día, Juan de Alanís había reflexionado de este modo:
—¡Dé Dios mal galardón a quien tal arma inventó! Cuántas veces, pecador de mí, la empuñé en variadas empresas creyéndolas justas, y aún hoy sigo creyendo que justas fueron sus causas, que por eso me confieso pecador. Mas no considero el arcabuz un ingenio diabólico por la potestad que otorga a quien la porta para defender lo que es justo de ataques viles y malintencionados, sino porque cualquier villana mano puede en cualquier momento con el movimiento de un dedo arrebatar la vida y los pensamientos de una persona justa y noble, sin siquiera ofrecer batalla a cuerpo, de la más ruin y cobarde forma.
El padre Mbongo se encargaba de procurarle todos los cuidados y de darle conversación en un español medianamente comprensible. Era este capuchino un monumento a la paciencia con el mejor y más bondadoso corazón que podía existir, y sin embargo le resultaba sencillo imponer respeto a quien no lo conociese, pues como no era muy proclive a la sonrisa, el rictus tan hierático que poseía de natural en un cuerpo compacto de más de seis pies de estatura daba la impresión de no admitir bromas por parte de extraños. Su gesto más característico era el de sujetar entre los labios un colgante sencillo consistente en una moneda de cobre horadada que dejaba caer cada vez que se disponía a hablar. Le puso al corriente, además de su afición a la cría y adiestramiento de palomas, de la colonización de la isla por parte de los portugueses cien años atrás, a finales del siglo XV. Sefardíes y portugueses, a base de mano de obra esclava, sacaron adelante grandes plantaciones de azúcar que proporcionaban importantes ingresos a la corona portuguesa. El azúcar y el estatus de la isla como puerto del comercio de esclavos entre África y América suponían las principales actividades económicas sobre las que se sustentaba el progreso de Santo Tomé. Juan de Alanís iba tomando conciencia de la misión que estaba llamado a cumplir en su vida sacerdotal.
—En territorios españoles —dijo al padre Mbongo, el principal confidente de su nueva vida—, la esclavitud está prohibida. En la ciudad de Burgos el rey católico Fernando firmó las leyes de colonización que protegen la vida de los indios de América. Cada persona es considerada hijo de Dios y como tal es merecedora de bautismo y libertad.
—Aquí no —respondió cortante en aquella ocasión el capuchino.
Había perdido mucho peso el padre Juan y mostraba un aspecto tan depauperado que los primeros días, vestido tan solo con la camisola del hospital, parecía que sus huesos se le iban a quebrar al caminar. Cierto día, de esta guisa ataviado y dispuesto a tomar algo de conocimiento de los alrededores, la curiosidad lo llevó a alejarse unos cuantos pasos del hospital. Su debilidad era aún muy acentuada y precisaba sentarse a descansar cada minuto. Un hombre blanco de aspecto macilento y frágil, retrepado bajo una acacia al borde de un camino constituía una presa fácil, una cría de gacela que llamaba a gritos a los depredadores cercanos. Varios negros comenzaron a acercarse cada vez en círculos más cerrados. Veíase acosado en un inminente peligro cuando de entre aquellas personas surgió el padre Mbongo sin aliento y con expresión desencajada:
—Mpangi, mpanti! —le gritó, ayudándole a incorporarse—. Avo ye ko mkongue! Make, make!
Las personas que allí se habían congregado perdieron su apariencia de peligrosas ante los gritos del franciscano, que tomando por el brazo al jesuita, lo acompañó de regreso al hospital.
—Hay muchas cosas que debes conocer de esta isla —le dijo, volviendo a tomar la moneda entre los labios—. La más importante es que un blanco al que nadie conoce es más que sospechoso de ser un negrero. Todos los blancos que estas personas han visto en su vida, a excepción de los pocos sefardíes que van quedando y algunos frailes, se dedican a separarlos de sus familias y de su mundo para llevarlos y traerlos como mercancía. No los culpes por responder a sus instintos.
Quedó pensativo Juan, algo que no pasó desapercibido para Mbongo, quien añadió:
—¿Qué motivo crees que llevaba tu carabela con la bodega vacía a Angola?
—Pero… el capitán es una persona generosa… doy fe de ello.
—¿Le preguntaste acaso qué negocio lo llevaba hasta Angola? ¿Cuántos negros crees que caben en su bodega? Créeme: en unos años, alguna de las islas de América estará totalmente poblada por negros africanos y será aquello una nueva África. Igual que Santo Tomé. Si viajas al suroeste, a menos de cincuenta leguas se encuentra una isla pequeña, Annobón, a la que también denominan San Mateo, que estaba despoblada hasta la llegada de los portugueses a finales del siglo XV. Hoy son todos negros, esclavos e hijos y nietos de esclavos y ya ni los portugueses quieren llevar allí ningún destacamento ni civil ni militar.
Y añadió dejando caer de sus labios la moneda de cobre de su colgante:
—Cuando quieras caminar fuera del hospital, viste el hábito si quieres sobrevivir. A los religiosos blancos sí se los respeta. ¿Ves esta monedilla? —añadió, simplemente para dar conversación a aquel pobre jesuita blanco—. La robó mi padre a un negrero antes de escapar. Él me la dio a mí antes de morir y solo tiene un significado: sobrevive.
El corazón de Juan de Alanís se había ausentado de la conversación y volvió a palpitar como aquel día en Canaria.
—¿Annobón?
Mbongo vio claro el interés en la expresión, la actitud y el tono de voz de Juan.
—Annobón. Se llama así porque se desembarcó en ella por vez primera un día de Año Nuevo. Era el año del Señor de 1472. Desde entonces, la isla se convirtió en un puerto ideal como escala segura para el comercio de esclavos negros traídos del continente y posteriormente fue empleada como prisión. Pero, como te digo, afortunadamente para ellos, sus habitantes viven desde hace décadas sin la presencia de blancos en su pequeña África.
—Pero, ¿no han sido cristianados?
—Tal vez alguno de los mayores, pero no la mayoría.
Hasta el anochecer, vio Juan pasar las horas puesta su imaginación en las gentes de Annobón. Se alimentó sin sentir gana con el fin de recuperar su vitalidad. Pensó en la isla también durante la noche y posiblemente soñó con ella. Los ratos de actividad del día siguiente los empleó en informarse sobre los misioneros que vivían en Santo Tomé. Mbongo le puso al tanto de la fundación de la diócesis, habida en 1534, y del censo de siete padres capuchinos que se sumaban a tres sacerdotes diocesanos y cuatro de la Orden de San Agustín.
—El mismo obispo, Gaspar Cão, pertenece a los agustinos. Es portugués. En total somos siete blancos y siete negros.
Tras una semana en el hospital, Juan de Alanís, tenía en el cuerpo metido el cizañero virus de la intranquilidad, ese que le hace pensar a uno que está perdiendo su tiempo y que debería encontrarse ya asentando los fundamentos de su misión. La visita del obispo al hospital supuso el golpe de espuela que estaba esperando para poner en marcha el plan que ya había decidido seguir.
—¿A Annobón? Son muy pocos los habitantes de aquella isla y carece de infraestructura de casi todo —le respondió el obispo.
—Pero, Su Excelencia, que sean pocos no significa que no sean de Dios, sino que son los más pobres de entre los pobres al no contar con una boca que les hable de Él. Aunque no seamos muchos sacerdotes aquí, parece que de momento somos suficientes. Os ruego me permitáis cumplir allí mi vocación.
El obispo, admirado por la determinación del padre Juan, señaló un humilde letrero de madera en el que se leía en portugués una máxima del fundador, San Francisco de Asís: Donde hay caridad y sabiduría no hay temor ni ignorancia. Y le dijo:
—Francisco era sabio. Y estas palabras sabias son toda la respuesta que puedo daros. Id con Dios y que Él os ilumine. Os admiro, padre Juan.
El padre Mbongo sonrió aliviado al comprobar que la locura de su amigo era refrendada por el obispo, pero su grado de preocupación, lejos de atenuarse, aumentó al pensar qué tipo de navío podría utilizar Juan para viajar. Ningún barco iba a Annobón. Nadie recordaba el último que zarpó con ese destino, por lo que tendría que alquilar alguno y eso supondría un buen desembolso monetario. Por otro lado, las pequeñas yolas de pescadores que se dejaban ver en la bahía, frágiles y endebles ante la marejada, eran totalmente desaconsejables para la navegación de altura.
Juan tomó la decisión de no demorarse en el traslado a Annobón por no criar apego a la tierra y cariño a Santo Tomé, con sus personas y sus montañas, según avanzasen los días. El viaje lo comenzó con el padre Mbongo casi un mes después de haber llegado moribundo a la isla, pero antes de hacerse a la mar en la última etapa de su viaje, dedicó buena parte del tiempo a organizar la travesía. En primer lugar, consciente ya de que un blanco puede no ser bien recibido en un lugar cuya existencia se desarrolla libre de amenazas exteriores, consideró que no debía aparecer allí con las manos vacías como una boca más a la que alimentar. Recorrió varias explotaciones de la isla para comprar dos docenas de gallinas y dos gallos, así como cuatro cabras y dos chivos, hachas, sierras y herramientas que pudieran servir de utilidad en los trabajos de la selva. El problema más serio era el de la travesía en sí. Cincuenta leguas por alta mar implican un enorme riesgo cuando se trata de alcanzar un minúsculo punto del mapa. Las posibilidades de que la navegación hacia el suroeste partiendo de Santo Tomé terminase en una tragedia eran ciertamente muy altas, ya que cualquier variación del rumbo en menos de un grado podría hacer que un navío pasase de largo a escasa distancia de Annobón sin reparar en la isla. Una ráfaga de viento imprevista o un descuido mínimo podían llevar a un marino a la deriva, haciéndole dar vueltas sobre un punto erróneo del océano en busca de un islote que se hallase varias leguas en otra dirección. Aconsejado por Mbongo, Juan desechó la opción de embarcarse en una de aquellas yolas. La solución apareció en la bahía un buen día en forma de una modesta balandra, un navío de un solo palo con envergadura suficiente para enfrentarse a travesías de varias jornadas.
—¿Que si he ido alguna vez a Annobón? —exclamó el patrón de la balandra, limpiándose con el dorso de su diestra los restos de un reciente salivazo—. Nadie ha ido a Annobón. ¡Quizá ni existe!
Y rio abiertamente, lo que le produjo un ataque de tos. Mbongo se ocupaba de traducir del portugués como bien podía lo que aquel hombre de voz aguardentosa afirmaba primero para negar después, diciendo una cosa y su contraria media docena de veces en cinco minutos. El padre Juan le mostró un mapa, del que el tal patrón, quien dijo llamarse Ventura a secas, aseguró en cuanto lo vio que era peor que el que él poseía en su barca. El cálculo realizado allí mismo de unas cuarenta y cinco leguas de distancia podría ser cubierto por la balandra en algo más de veinticuatro horas. De tal modo que, si todo se desarrollase según lo previsto, guardando un día en Annobón para recuperar horas de sueño, en cuatro jornadas la balandra estaría de regreso en Santo Tomé. Marcaron una fecha de partida que no perturbase los planes al patrón y solo quedó un fleco por determinar. Como era previsible, el precio impuesto por el dueño fue absolutamente desorbitado, y así lo hizo saber Mbongo a Juan con vehemencia a la vez que mordisqueaba su colgante, mas este, tomó cuatro escudos de oro españoles y se los mostró:
—Uno por cada día de trabajo. Tres os daré al zarpar y el cuarto lo hallaréis en el hospital al regreso. El padre Mbongo os lo dará.
Ni en sus mejores sueños había imaginado ese Ventura cruzarse con cuatro monedas de oro juntas, ni españolas ni de las Molucas.
—Dadme uno ahora, y lo demás como queráis.
El padre Juan era joven, pero había tenido tiempo de conocer mucha canalla en el ejército y en la vida.
—Tres al zarpar —zanjó.
Ante las protestas del capuchino por la estafa que Juan se había prestado a sufrir frente aquel blanco apestoso, el jesuita sonrió y le quitó importancia, entusiasmado ante la idea de hallarse a punto de conocer esa pequeña isla de San Mateo:
—Es posible que no vuelva a necesitar dinero.
Durante las jornadas previas a la partida, el padre Juan sufrió también sus tentaciones del desierto bajo la forma de duda. ¿Tal vez estaba confundiendo lo que él consideraba una sólida vocación misionera con su propio espíritu aventurero? Desde niño había experimentado esa doble inclinación por el mundo religioso y por el afán de conocer lugares y gentes lejanos. Su infancia eran recuerdos entreverados del canto piadoso en los seises de la catedral de Sevilla con las travesuras infantiles de capa y espada en las que soñaba con sultanes, princesas y largas travesías por el mar océano. No obstante, podría decirse que venció la debilidad unos días después al alcanzar la conclusión de estar culminando ambas tendencias de espíritu en un único afán: servir a Dios a través de los más pobres, los más apartados de la civilización, aquellos que vivían sin Él en el confín del mundo al que nadie quería llegar.
El día de la partida la balandra asemejaba el arca de Noé, algo que no parecía agradar a su patrón, que protestaba cada poco:
—¡Esto parece un corral asqueroso!
Además de las gallinas y cabras, una jaula de unos tres pies de alto, fabricada con ramas de sauce, contenía media docena de palomas. Desde que abrió los ojos en Santo Tomé, Juan había recibido de Mbongo enseñanza sobre el arte milenario de la paloma mensajera que, ciertamente, inauguró el mismísimo Noé. Esas seis palomas estaban en condiciones de aparearse y criar en Annobón donde la humedad y el clima eran prácticamente iguales.
—Con suerte, en unos meses nacerán algunos polluelos —le explicó Mbongo—. La paloma mensajera, cuando se ve en libertad vuela a su lugar de cría, por lo que todas ellas serán capaces de regresar si las sueltas en Annobón. Si están bien entrenadas podrían en un solo día cubrir el equivalente a cuatro veces este trayecto. Por el contrario, las nuevas palomas nacidas y criadas en Annobón no sabrán volar a Santo Tomé, salvo si realizan el trayecto siguiendo a otra paloma con la que mantengan lazos de convivencia. Si las aves annobonenses son capaces de seguir a la paloma adulta a Santo Tomé, también yo dispondré de palomas para enviarte mensajes.
—¡Qué maravilla de animal! —se admiraba el padre Juan—. Con suerte podremos enviarnos cartas que recibiremos de manera casi instantánea.
La cubierta de la balandra ciertamente asemejaba un corral. Los dos gallos se encontraban en sendas minúsculas jaulas; las cabras atadas en corto, dispuestos los nudos a lo largo de la borda y guardando una distancia entre sí; las gallinas quedaban sueltas por la cubierta y finalmente el palomar ocupaba un lugar en la proa.
El patrón recibió las tres monedas de oro y mirándolas como quien contempla un harén de concubinas, escupió al suelo. Los dos sacerdotes fueron despedidos en el muelle por la congregación de capuchinos al completo, quienes habían recibido la generosa donación de la fortuna de Juan de Alanís. Mbongo insistió en acompañar hasta la isla a su colega blanco por motivos evidentes:
—¿Crees que esas gentes, cuyos padres y abuelos fueron sacados de sus tierras y separados de sus familias por los únicos blancos que habían visto hasta la fecha, van a darte una bienvenida amistosa? Por lo menos te serviré de intérprete, para que puedas expresarles que tus intenciones no son las de un negrero. Yo regresaré con el blanco cuando tenga seguridad de que vas a ser aceptado.
Ambos consideraron que, si los annobonenses mostraban abiertamente una actitud hostil, el martirio no era la opción que buscaban, al menos no de manera tan inminente, por lo que regresarían juntos a dedicar su vida misional en Santo Tomé.
Con ligerísimo viento favorable, ejecutaron la maniobra de salida de la bahía y, tras rodear la isla hacia el sur, fijaron el rumbo suroeste-sur. Aquel blanco de aspecto innoble resultó ser más profesional de lo que esperaban y se mantuvo despierto y sereno las treinta horas de travesía. Cada media hora realizó una medición y tomó nota de su posición sobre el océano. Incluso apuntó el momento en que navegaron sobre la misma línea del ecuador. Era fundamental no desviarse ni un solo grado durante media hora si querían avistar la pequeña isla y no quedarse perdidos y desorientados. Habían calculado el tiempo de navegación para llegar a destino con el día, ya que, si lo hacían de noche, era muy probable que ninguna luz sobre la isla delatase su presencia provocando que pasaran de largo.
El patrón Ventura, tal vez debido al cansancio, comenzó a dar muestras de inquietud superada la vigésimo cuarta hora en alta mar. Una primera maldición salió de su boca después de varias horas de silencio por su parte. Una segunda, más agresiva, llegó un rato más tarde acompañada de un porrazo en el timón y, paulatinamente, la distancia temporal entre juramentos fue estrechándose hasta que una nubecilla al frente, la única en todo el cielo del mediodía, le hizo callar mientras se dejaba los párpados al entornarlos todo lo posible tratando de otear la lejanía.
Quiere la naturaleza, sin duda más por capricho que por ciencia, que la isla de Annobón permanezca invisible en lontananza ante ojos inexpertos y, con esa intención, vela su presencia con una discretísima masa de humedad condensada que oculta sus elevaciones principales. Sobre el horizonte, emplazada con tino en el mismísimo centro de la tierra, donde no existe latitud ni longitud, bajo el propicio parasol de una nube algodonosa, se hallaba por fin la isla olvidada por todos que ni esperaba ni deseaba recibir visitas en los siglos venideros.
—¡Ja! —gritó Ventura con alborozo y casi descoyuntando la espalda del padre Juan de una violenta palmada—. ¡Allí está vuestra isla!
El lugar al que apuntaba el patrón no significaba nada para los sacerdotes, pues no veían estos otra cosa que la nubecilla, pero se dejaron guiar por la intuición, la experiencia y la actitud positiva de aquel hasta que, finalmente, pudieron distinguir una silueta de tierra bajo la nube. Según fueron acercándose, Ventura cavilaba la manera de atracar en un lugar desconocido donde no habría ni un muelle. El padre Mbongo pedía a Dios una recepción amistosa por parte de los annobonenses al tiempo que no podía evitar considerar la locura de su amigo como un malgasto de su talento en un lugar tan poco poblado. Por la mente de Juan de Alanís habían circulado hasta entonces muchos proyectos, pero reconocía que solo una vez en tierra descubriría si era posible llevarlos a término. Ahora, al divisar la isla, su imaginario planeaba sobre cada una de las cabañas que se iban poco a poco distinguiendo y sobre los múltiples desasosiegos e inquietudes de supervivencia diaria a los que cada familia isleña se enfrentaba al anochecer bajo su tejadillo en Annobón.
CAPÍTULO 6
El canto del caballero
Benito Pérez Galdós portaba sobre una bandeja decorada con motivos canarios una segunda ronda de naranjadas para sus invitados.
—No recuerdo haber escuchado ese nombre antes. Annobón —dijo Morante Serna—. ¿Existirá de verdad?
—¿Cómo no? En la Guinea española —replicó Galdós—. No creo que sea ni la mitad de grande que la isla de El Hierro, pero sí: es un lugar real.
—Quien esto escribió, entonces —intervino José María de Pereda—, debía de estar bien documentado, y más teniendo en cuenta que lo redactó hace más de dos siglos, cuando los conocimientos de geografía de las gentes eran muy inferiores a los actuales.
—Puede ser que se trate de una historia verídica, entonces —inquirió Morante.
—Tengo que contrastar —Galdós siempre aportaba datos interesantes—, ese nombre del morisco al que hacen referencia, el tal Joraique. Creo recordar que es un personaje histórico relacionado con la revuelta de las Alpujarras, que tuvo lugar hacia el último tercio del siglo dieciséis. Buena pieza estaba hecho desde chavalín.
Marcelino Menéndez Pelayo escuchaba a sus amigos sin intervenir, como solía hacer en tantas ocasiones.
—Hemos llegado más o menos a la mitad del manuscrito —dijo—. Aún nos queda más de una hora de lectura. ¿Quieren que siga leyendo yo?
—¡Con uno que lo diga, vale! —concluyó Morante.
—Adelante, pues. —Pereda brindó con su vasito de naranjada.
*****
El islote de Annobón constituye la más austral entre las alturas emergidas de la cordillera oceánica proveniente del Camerún de la que, en rigurosa línea recta y en dirección sur-suroeste, forman parte las islas de Fernando Poo, Príncipe y Santo Tomé.
Posee un perímetro rocoso de acantilados y tan solo unas pocas playas, de las cuales, la de mayor entidad, se encuentra en el extremo norte de la isla al ser este el único emplazamiento llano. Unos seis kilómetros de largo por tan solo dos de ancho y una altitud máxima de unos seiscientos metros inducen a pensar en un origen volcánico, dato que se ve confirmado por el color negro de sus rocas, de la arena de sus calas y en especial por el lago que ocupa la altura central como el cráter del antiguo volcán que posiblemente dio origen a la isla. Con la excepción de la mínima llanura norteña, toda la superficie de la isla se encuentra en pendiente, por lo que para desplazarse a cualquier lugar inevitablemente hay que salvar desniveles. Precisamente por este motivo, la mayor parte de su población se ha establecido siempre en la playa norte, el mayor de los dos únicos arenales dorados, junto a un generoso curso de agua potable que surge directo de los hontanares de la montaña. Se podría decir que el lugar es tan minúsculo que la escasa población no vive junto a la playa, sino en ella.
Los pensamientos recelosos del patrón Ventura sobre el lugar en el que se podría desembarcar se mostraron bien fundados, pues pudo darse cuenta de que el acceso a Annobón por el norte era una trampa mortal para las embarcaciones debido a los arrecifes rocosos que apenas sobresalían de la superficie y que eran delatados por algún que otro espumarajo aislado. El ancla fue liberada a un vuelo de perdiz de la playa, antes de alcanzar un cinturón de madréporas y algas calcáreas que parecía rodear la isla y que desaconsejaba por completo un mayor acercamiento. Por entonces, unas cuantas figuras desnudas de niños y adultos ya fijaban desde la costa su mirada en la balandra con una mezcla proporcionada de curiosidad y suspicacia. Casi ninguno de los annobonenses recordaba haber visto un navío semejante, pero todos ellos conocían las historias de esclavitud y de hombres blancos transmitidas por sus padres y abuelos de cuando fueron traídos a la isla, algunos como esclavos, otros como prisioneros, hasta que, afortunadamente, el resto del mundo debió de perder el interés en ellos.
Los niños preguntaban a sus padres qué era aquello, pues para ellos no existía otro mundo poblado más allá del suyo.
—Padres, quedan un par de horas de sol —expuso Ventura—. Podemos intentar circunnavegar la isla por ver si hay algún lugar más accesible, pero se nos hará de noche antes de poner pie en tierra.
—No —respondió el padre Juan—. Entablaremos ahora un primer contacto y veremos cómo se desarrolla todo para descargar.
Un par de cayucos construidos en tronco de ceiba rondaban la balandra con un joven al mando de cada uno. Pero vieron seres humanos sobre el barco y dejaron de remar. Varios minutos transcurrieron entonces sin pronunciar palabra hasta que uno de ellos, al parecer el más resuelto, alzando su arpón de madera como quien muestra al enemigo el arma más poderosa y destructiva lanzó su grito:
—Ngueye nani! Vye ku kombo! Make! Ngami towi lueto!
Mbongo tomó aire un tanto aliviado, no ante las amenazas del annobonense sino al comprobar que su idioma continuaba siendo muy similar a su propio kikongo, una de las lenguas bantúes habladas con miles de variantes en el centro y occidente de África. Respondió el sacerdote dejándose ver por la borda.
—Mono i Mbongo! Mpangi Mbongo!
Desde sus cayucos, los muchachos no bajaban sus amenazantes arpones. Mbongo añadió:
—En nombre del único Dios, mi amigo, el padre Juan, os trae animales y herramientas que facilitarán vuestra vida, para fabricar nuevos cayucos y cocinar con huevos y leche de cabra.
—¿Por qué? —gritó aquel.
—Porque los habitantes de esta isla sois hermanos nuestros. El padre Juan ha venido desde muy lejos, mucho más que yo, porque quiere que conozcáis la verdad.
El muchacho más intrépido aproximó su cayuco a la balandra y sorprendentemente hizo ademán de querer subir a bordo. Le fue lanzado un cabo y trepó por él como si la gravedad tuviera suspendida su ley. Una vez arriba, miró al hombre blanco con su barba cobriza y Juan sintió que le observaba con cierto desprecio, como se mira a un ser desagradable a la vista. Ventura permanecía ausente de la escena, sentado en el rincón más alejado de popa, sin ninguna intención de mezclar un minuto de su vida con aquellos negros.
El jesuita le ofreció sus manos en señal amistosa.
—Dios te bendiga. Soy el padre Juan —le dijo en español.
Y añadió dirigiéndose a Mbongo:
—Dile que me gustaría quedarme en su isla; que tú y el patrón regresaréis al lugar del que vinimos; que si me permiten vivir como uno de ellos, trabajaré como uno más y respetaré a todas las personas y sus costumbres.
Habló y escuchó la traducción con una ligera sonrisa relajada y actitud de sumisión. El negro miró esas manos blancas y velludas, examinó la vestimenta eclesiástica de ambos sacerdotes mientras escuchaba a Mbongo y se fijaba maravillado en el colgante de la moneda de cobre. Por fin tomó al sacerdote de las manos y este procedió a realizar una especie de reverencia, casi una genuflexión. Cuando Mbongo finalizó la traducción, el annobonense dejando caer su arpón al suelo alzó una de las cabras con las dos manos gritando hacia la orilla:
—¡Badre Juam! ¡Badre Juam!
Quienes estaban en la playa se movían expectantes ante aquellas palabras pronunciadas en lengua desconocida.
—¡Ha traído muchos animales! ¡Son para nosotros!
Desató la cabra, un animal que nunca había visto y, tras comprobar que, a pesar de la resistencia que mostraba, no mordía ni hacía daño, la puso en los brazos de Mbongo y saltó por la borda con la misma agilidad con que volvió a montar en el cayuco.
—¡Pásamela, Mbongo!
Este obedeció. La cabra quedó en el cayuco mientras él volvía a asir el cabo con el que encaramarse de nuevo al barco. Una vez arriba persiguió una gallina y luego otra, a las que tomó por una pata y voló una vez más por la borda. Se situó en el centro del bote, entre la asustada cabra y las gallinas, y comenzó a remar con el orgullo de llevar a su gente algo que ninguno conocía. Unos minutos más tarde se encontraba remando de regreso hacia la balandra. Mbongo le entendió perfectamente gritar a sus paisanos, refiriéndose a los animales:
—¡Hay muchos animales más, pero no los matéis aún! ¡Venid con todos los cayucos!
Paulatinamente, el trayecto entre la embarcación y la playa fue poblándose de pequeños troncos ahuecados que partían de vacío y llegaban con algún animal, con calderos de metal y con herramientas. El muchacho que había tomado la iniciativa también había perdido la timidez, si es que alguna la vez mostró, dijo llamarse Muzombi y coordinaba la labor de descarga de los animales. Aún quedaba mucho material por llevar a la orilla, pero fue el propio Muzombi quien por señas hizo entender al padre Juan que le acompañase en el cayuco hacia la isla. Este se despidió del patrón:
—Llevad mañana a Mbongo a Santo Tomé y él os dará la moneda de oro que os he prometido. Solo él está autorizado a dárosla. Gracias, patrón. Dios os ilumine.
El sacerdote negro permaneció en el barco ayudando a desembarcar todo a bordo de los toscos cayucos que se cruzaban sin mantener orden ni preferencias de paso. El último de los viajes fue el que él mismo realizó con las herramientas más grandes y potencialmente peligrosas repartidas en dos botes. Con el fin del trabajo, hallábase el patrón descorchando con las muelas una botella de licor:
—En veinticuatro horas partimos, padre. Mañana al anochecer estad aquí y no me falléis. Me importa poco si os rebanan el pescuezo con uno de esos cuchillos que habéis traído a estos salvajes, pero sí me importa ese cuarto escudo de oro.
Cuando Mbongo llegó a la orilla, Juan ya había atado una cabra a una toza de cocotero y fue imitado por otros hombres, que hicieron lo propio con las demás. Él les enseñó allí mismo cuáles eran las hembras y cuáles los machos y por qué estos debían estar separados, todo lo cual le permitió entablar una primera relación entre iguales. Un segundo que tuvieron los dos padres para cruzar sus miradas les bastó para comunicarse y comprender que aquellas gentes no los veían como negreros ni invasores. Los niños, en particular, se arremolinaban en torno al padre Juan solicitando tocar su barba y carcajeando alegremente por ello. Mbongo se ocupó de comunicar qué era cada uno de esos animales y para qué servía. Aleccionó con especial hincapié en no matar a las criaturas. El padre Juan, en una hábil treta de acercamiento social, ordeñó una de las cabras directamente sobre su propia boca e invitó a los niños a acercarse para imitar la maniobra, con lo que terminó de ganarse su confianza. Allí tuvieron lugar intercambios de risa y de los primeros contactos físicos en forma de caricias, entre risas de los pequeños que no acertaban a ordeñar y otros que no atinaban con la leche en sus bocas, pero sí en ojos o nariz. Evidentemente todos los niños y adultos querían probar, por lo que Mbongo les indicó cuándo debía ordeñarse un animal y qué hacer para la conservación de la leche. Con las gallinas ocurría algo similar. El uso alimenticio de consumo de carne era el único que sabían dar a un ave, por eso necesitaban aprender cómo tratarlas para que pusieran huevos. Durante la noche, Mbongo pudo dar todas estas instrucciones y más aún a los annobonenses, mujeres y hombres, y vio cómo estos mostraban un interés especial en las armas y herramientas. No obstante, habiéndose puesto el sol no parecía ya buena hora para enseñar estas cuestiones y menos bajo el chaparrón con el que la isla quiso obsequiarlos a su llegada. En el extremo izquierdo de la playa según se mira al mar desde ella, una amplia oquedad en la roca ofreció lugar de cobijo a los hombres y a las mujeres jóvenes. No así a las madres, que se retiraron con los niños a sus chozas, en las que las hojas de platanera de la cubierta los mantenían secos.
—Esto es yuca —explicó Mbongo—. El padre Juan os enseñará a cultivarla. Si hay suerte y arraiga, dará un tubérculo muy rico. ¡Ñam, ñam! ¡Comer! —dijo frotándose el estómago.
Todos ellos, que no conocían otra comida que el pescado, el plátano y el coco, recibieron estas palabras con alegría y nerviosismo. Mientras, una jovencita llamada Ngonda curioseaba en la bolsa de tela de la que Juan no se había separado desde su llegada. Le había llamado la atención el celo con que había protegido su contenido de la lluvia. El sacerdote no tardó en darse cuenta y sacó la vihuela de su funda, hecho que provocó el silencio total por vez primera desde su llegada. En el exterior, la lluvia golpeaba con intensidad la arena de la playa. Cuando la vibración involuntaria de una de las cuerdas envió sus ondas a la piedra de la cueva, los oídos de los presentes recibieron el sonido enriquecido con su resonancia y al instante tornaron su curiosidad en verdadera expectación por un acontecimiento nunca antes vivido en aquel lugar. Al primer sonido le siguieron varios más de las cuerdas al aire siendo templadas por el sacerdote con cuidado, pues no quería tensarlas con brusquedad y arriesgarse a romper alguna de ellas. El pueblo compartió varias risas de nerviosismo.
—Vihuela —dijo mostrando el instrumento—. Música. Mú-si-ca. En el lugar del que vengo hay quien cree que la música es el lenguaje mediante el que Dios se comunica con las personas.
Mbongo lo tradujo.
—Nani Nzambi? —preguntó Muzombi, el muchacho que subió el primero a la balandra, dando voz al pensamiento de cada uno de los presentes.
Antes de que Mbongo pudiese traducir, Juan, que había comprendido la pregunta, respondió:
—Nzambi. ¿Así es como se dice Dios en kikongo? Os hablaré de Él mañana.
Y comenzó a tocar en su vihuela una de las múltiples piezas que conservaba en su memoria prodigiosa. Los annobonenses escuchaban y miraban cómo del movimiento de aquellos dedos blancos sobre el extrañísimo artefacto surgía un sonido nuevo y diferente que se proyectaba por la cueva. No obstante, la percepción de un mismo estímulo auditivo siempre ha excitado mecanismos diferentes en distintas personas. Algunos sintieron una paz profunda que les impulsó a amar su tierra y su familia; otros fueron presa de un sobrecogimiento del corazón que tendía a recordarles a sus antepasados ya fallecidos; y muchos de ellos, casi todos, sintieron una intensa gratitud por el mar y el viento que habían traído a esos hombres a su mundo. Juan tocaba y al tiempo sonreía mirando a los ojos de su público. Y en la expresión de muchos de ellos, en sus retinas, en las posturas que habían adoptado, en la mano que Muzombi le había impuesto en su propia cabeza mientras tocaba, sintió que, por fin, había llegado al destino que Dios le tenía reservado. Le dio gracias según avanzaba en las Diferencias sobre el canto del caballero, una obra muy nueva que, posiblemente apenas se había interpretado en un par de países fuera de España. Así pues, al coincidir su llegada con el día de San Antonio y haber interpretado música del compositor Antonio de Cabezón, decidió en adelante referirse a esta pieza en concreto como Variaciones de San Antonio. Por extensión, otorgó también el nombre del santo a la pequeña población del norte de la Isla.
Cada persona en Annobón no quería otra cosa que ver al blanco, tocarlo, hablarle diciéndole sus nombres imposibles para que él los repitiese, lo cual provocaba grandes carcajadas. Ante los exagerados agasajos en forma de agua de coco y trozos de pescado seco a todas horas, tuvo que ponerse serio para organizar el proyecto de un gallinero y de un corral rudo pero suficiente para las cabras. Al parecer, las gallinas no acusaron demasiado el cambio y en pocas jornadas ya empezaron a poner con regularidad. Los primeros días fueron fundamentales en cuanto a consejos sobre el cuidado de los animales. En este sentido, el padre Mbongo, con su colgante de moneda de cobre que todos los annobonenses se proponían fabricar para sí mismos, se mantuvo ocupado desde el amanecer hasta el momento final en que las olas solapaban sus gritos desde el cayuco al anochecer.
—¡Acordaos de traer verde a las cabras todos los días! ¡No las soltéis o será difícil recuperarlas! ¡Limpiad el gallinero para que no huela! ¡Mucho cuidado con los cuchillos: son muy peligrosos!
Se dio cuenta entonces de que no había regalado al padre Juan un colgante con una monedilla de la supervivencia como la suya y se lamentó por ello.
En el suspiro de la mayor parte de los annobonenses por su partida se hallaba la certeza de que no habría de regresar. En cuanto al padre Juan, raro fue el día de su vida en que se olvidó de rezar por Mbongo, el padre con el colgante de la supervivencia en los labios.
El pueblo lo vio desde aquel primer día como un trabajador incansable y cumplidor. Fue aprendiendo a desenvolverse en el manejo del cayuco y en el oficio del arpón, y si bien la aparición de un primer huevo en el gallinero supuso un motivo de celebración de la mañana a la noche, no fue menos festivo el día en que por vez primera regresó a la playa con un pez colorado atravesado en su arma pescadora. Los niños, que lo adoraban, se le echaron encima antes de que acertase a desembarcar, arrojándolo fuera del cayuco y vitoreando su nombre entre chapoteos:
—¡Badre Juam! ¡Badre Juam!
Una fiebre de actividad se apoderó de la isla desde las primeras semanas. Alentados primero por las virtudes del visitante y poco después por los resultados inmediatos de las novedades, visibles en primer término en la leche de las cabras y los huevos, se organizaron diferentes oficios entre la población. Las mujeres se afanaron en la siembra de la yuca, más preocupadas por comprobar que la planta agarraba y salía adelante en tierra volcánica que en comprender el poco misterio que encierra su cultivo. Hubo que lamentar varios accidentes con las herramientas y metales, algunos inevitables y otros causados por un uso incorrecto o imprudente. Se creó un pequeño taller de construcción de cayucos con una cadena de trabajo bien establecida consistente en la tala y transporte del tronco de ceiba, el corte aproximado de la madera, el vaciado en bruto del habitáculo y un acabado tanto del interior como del exterior en una especie de pulido final. Evidentemente, las nuevas herramientas no solo facilitaron el trabajo reduciendo los períodos de tiempo empleados en cada labor, sino que mejoraron de forma sustancial la calidad de los botes en cuanto a su navegabilidad y comodidad. Pronto hubo un maestro entre ellos, una persona que pasó a supervisar los trabajos de los demás en función de una destreza superior y cierta inclinación en la comprensión de su labor como un arte.
Annobón había despertado tras el día de San Antonio de 1562. Su población, dejada de la mano de Dios desde varias décadas atrás, o por expresarlo con mayor exactitud, afortunadamente olvidada por los comerciantes de esclavos que los llevaron allí, se había visto recluida en una minúscula porción de tierra alejada de cualquier punto del continente. No contaban con cultivos ni formas de alimentación que no fuesen autóctonas. No había en la isla mamíferos ni aves de tierra. Desconocían la tecnología para malear metal y carecían de ese mismo metal como materia prima. Al fin y al cabo, no eran sino la segunda y tercera generación de habitantes de la isla, descendientes de unos esclavos que fueron abandonados allí sin ciencia ni arte de ningún tipo, en el más profundo primitivismo.
Ahora bien, muchas décadas sin que un extranjero pisase su terreno provocaron de manera natural el recelo en algunos de los pobladores: no existe una Troya sin su Casandra. El respaldo y la admiración por el sacerdote no fueron reacciones unánimes. Junto al cariño con que era tratado por casi todos, una minoría procuraba no dirigirle palabra y apartarse de su presencia. Juan podía percibir algunas miradas que denotaban con claridad cristalina lo que esas personas guardaban en su mente.
—¡No necesitamos que ningún blanco venga a enseñarnos oficios de fuera!
—¡Si ha venido un blanco, vendrán más!
—¡En nuestra isla estábamos a salvo! ¡Nuestros abuelos no permitirían quedarse al blanco!
En todo tiempo y mitología, pesará sobre Casandra la maldición de no ser escuchada. La evidente e inmediata prosperidad que floreció en el ordinario de vida de los annobonenses se asentó como el firme pilar de apoyo para la corriente de simpatía y aceptación creada hacia el sacerdote. No obstante, como uno de los universales de la antropología humana, la premonición de Casandra es acertada y la tragedia de la esclavitud en Annobón, frisando el postrero cuarto del siglo XVI, aún no había firmado más que su prólogo.
CAPÍTULO 7
El vuelo de la primera paloma
Annobón
Día del apóstol Santiago. Anno Domini 1562
Mi muy querido amigo, padre Mbongo:
Recién pasado el primer mes de mi estancia en Annobón no he querido esperar más tiempo para enviarte esta carta, a pesar de perder así una de las palomas. Si todo se desarrolla de acuerdo con los planes que trazamos en Santo Tomé, no volveré a escribir hasta dentro de varios meses. No quisiera extenderme, pues como me enseñaste, el espacio de que dispongo es limitado con el fin de que el bendito animal que ha de transportar la misiva hasta Santo Tomé pueda hacerlo por el cielo sin sufrir el peso ni el rozamiento del aire.
El recibimiento por parte de estas gentes ha sido afectuoso y hospitalario. Sienten terror ante el hombre blanco y no les censuro por ello, pero han visto que yo no tengo nada que ver con los negreros de las historias de sus abuelos. Comprenden que mi intención es noble y desinteresada. Te pido que mantengas discreción respecto a mencionar la existencia de este lugar. Annobón es hoy tan solo un punto en el mapa carente de toda importancia. Permite que continúe siéndolo mientras siga existiendo comercio de esclavos.
Voy haciendo progresos con el idioma, tan diferente al nuestro que incluso las palabras que en todas las lenguas europeas muestran similitudes, aquí son totalmente distintas. También voy tratando de introducir la doctrina cristiana aprovechando el hecho de representar para ellos una personalidad influente. La cueva de San Antonio hace las veces de capilla y de pequeño parlamento. Allí toco música para ellos y les hablo de Dios padre, Nzambi, y trato de hacerles comprender que todos somos hermanos.
He visto con horror que entre ellos existe una especie de poligamia permitida, pues parece que hay algunos hombres que poseen varias esposas. No quiero, por el momento, atacar o indicar mi desagrado hacia sus costumbres, ni siquiera en relación a esta tan denigrante para los que hemos tenido la fortuna de nacer en una civilización cristiana. Su curiosidad por saber más de ese Dios que ama por igual a blancos, negros, hombres o mujeres, no ha hecho más que aumentar. Creo que ven en mí alguien que ha conocido mayor progreso que el que tienen en la isla y por ello consideran la palabra de Dios como un mensaje asimismo de prosperidad.
Como todos los pueblos de África, deberían emplear música en sus actividades cotidianas, pero no lo hacen. No se me ocurre otra explicación que la prohibición de toda actividad musical por parte de los patrones negreros que los trajeron aquí. De este modo, una vez extinguida la generación de esclavos nacidos en tierras de Angola, sus descendientes se criaron sin esa música y sin ningún otro recuerdo de los quehaceres de sus ancestros. Doy gracias al cielo por haberme conducido aquí porque creo, amigo Mbongo, que hasta nuestra llegada su vida era triste y desesperanzada.
Entre las nuevas ocupaciones que he podido enseñarles está también el juego de ajedrez, en el que yo soy muy poco hábil, y como en cualquier otra sociedad, ha despertado enorme interés en unos pocos, mientras que una mayoría no parece entender casi nada. Me resultó muy llamativo el hecho de que no comprendían qué representaba cada pieza. Desconocen el referente real de lo que es un caballo o una torre o los conceptos de rey y reina. Dos personas en concreto, un hombre mayor al que llamamos Nanasi y una jovencita, Ngonda —quien también es por cierto la más destacada entre los cantores de coro y luce orgullosa, imitando tu colgante de la supervivencia, su propia figura que me pidió que le tallara de la dama negra en un collar—, lo han tomado muy en serio y, como es lógico, al segundo día ya me ganaban las partidas. Ahora enseñan a más isleños con el fin de poder tener rivales dignos algún día.
Todos los días interpreto alguna pieza con la vihuela. Una melodía concreta que anda en boca de las gentes en España desde tiempos de nuestros abuelos se denomina Guárdame las vacas, y sobre ella han engalanado composiciones y sus propias series de diferencias varios autores. De algunos de ellos te hablé en Santo Tomé, como de aquel ciego recién fallecido organista de los reyes, llamado Antonio de Cabezón. Sus diferencias, junto a las de Luys de Narváez sobre esta misma canción, constituyen la obra favorita de los annobonenses, la que todos los días me piden que interprete y que ellos ya cantan conmigo imitando la pronunciación en castellano. Al principio traté de hacerles comprender que la música no consiste en nada sobrenatural, sino en un arte tan humano como cada uno de ellos y así permití que algunos tañesen mi vihuela para sacarle algún sonido. No lograron emitir otra cosa que ruidos anárquicos y siguieron considerando la música como un objeto de adoración divina ante lo cual surgió mi gran idea: enseñarles música, permitirles ver que todo se aprende como yo mismo aprendo de ellos a remar, pescar o partir cocos.
No me queda un minuto de asueto al día entre la pesca, fabricación de cayucos, labores agrícolas y cultivo de la yuca, que hemos plantado al sur, puesto que es la zona más húmeda de la isla. Espero darte buenas noticias en mi próxima carta respecto al arraigo y cultivo de dicho tubérculo. De momento, todas las plantas presentan buen aspecto. Perdona el desorden con el que me expreso. Voy escribiendo según me vienen las ideas y ¡tengo tantas cosas que contar que no me caben en este espacio! Por la tarde, como te decía, voy admitiendo a varios de ellos en una especie de lecciones de vihuela. Algunos van aprendiendo a tocar y parece que varios serán estudiantes destacados.
Con todo, aquella parcela de su instrucción musical que me produce mayor satisfacción es la práctica del canto polifónico, en lo que sí participan de forma generalizada. En ello se ve que conservan en la sangre la propensión musical de los africanos. El hecho de que no hayan tenido oportunidad de conocer experiencia melódica con anterioridad no ha restado un ápice de su potencial natural. Son mucho más capaces que los seises españoles de conservar en la memoria auditiva una melodía y reproducirla mientras suena una segunda voz que hace de acompañamiento.
Mis satisfacciones crecen día a día cuando compruebo que en cada reunión hay un progreso real respecto a la lección anterior. En primer lugar, pues para ellos es lo más sencillo, aprendemos la melodía. La canto varias veces y ellos repiten y van uniéndose a mí. En poco tiempo, son capaces de tararear dicha melodía, en lo que demuestran poseer un excelente oído musical, y entonces pasamos a colocar el texto. Esto les resulta más dificultoso, pero muestran asimismo una capacidad admirable en cuanto a la imitación de sonidos vocálicos y consonánticos.
De los álamos vengo, madre.
De ver cómo los menea el aire.
De los álamos de Sevilla,
de ver a mi linda amiga.
Tras algunas jornadas ya cantaban este villancico en castellano con perfectas entonación y pronunciación. La cueva de San Antonio arropa solícita nuestros sones con su acústica y permite que la población pueda experimentar el poder catártico de la música. Hombres, mujeres y niños juntos tienen la oportunidad de vivir su colectividad de manera productiva.
Una vez que tuvimos soltura para mantener la voz melódica de la canción, decidí tentar la posibilidad de la polifonía y no lo hice de una manera sencilla, sino con una apuesta por la calidad de la materia humana de la que disponía. Fui consciente, y en verdad así lo pienso, de que en cualquier lugar de Europa este desafío no habría resistido un primer día de ensayos, pero creí en mi pueblo y ellos me han dado la razón. Uno de los compositores españoles que en más alta estima tengo, Juan Vásquez, quien también habitó mi ciudad de Sevilla, escribió su polifonía a cuatro voces sobre esta canción, la cual conozco muy bien de memoria desde niño, cuando la aprendí con mi maestro, Cristóbal de Morales. Organicé a mis cantores en cuatro grupos: niños y niñas, mujeres, hombres altos y hombres bajos, y repartí las horas de ensayo de modo que me vi con cada grupo tres veces durante tres días. Como sabes, aquí no existen las horas ni los minutos, por lo que hablamos llanamente de «lecciones».
Confieso que llegué a dudar del éxito de mi arrogante apuesta personal, pues quería hacer cantar a gentes que no lo habían hecho nunca, nada menos que en estilo contrapuntístico, algo sumamente complicado y que solo los grupos mejor adiestrados de nuestra Europa musical son capaces de llevar a cabo con fortuna. El contrapunto, amigo Mbongo, consiste en que las voces no cantan el mismo texto a la vez, sino que entrando a destiempo y evolucionando de forma independiente entre ellas, ofrecen un resultado final armonioso y perfectamente ordenado.
Una vez superado el choque inicial que supone para un oído humano la exposición a una primera experiencia polifónica, todo fue cobrando forma: las líneas melódicas fueron adoptando disciplina rítmica en cuanto a la coordinación vertical indispensable entre las cuatro y en lo concerniente a cada una de las entradas, que yo procuraba indicar con la máxima claridad de mi gesto. Como habrás podido suponer, todo esto te cuento porque quiero compartir contigo el éxito de la experiencia. La obra de Juan Vásquez sonaba afinada y bien cuadrada al cuarto día. Pero las lecciones continúan y debemos cantar piezas nuevas.
Mi memoria, si bien es limitada, hasta la fecha y a Dios gracias conserva toda esta música en los recodos de sus archivos. Me pregunto qué sería de mí si no poseyera el don del recuerdo musical, que hoy día constituye mi principal y más eficiente herramienta de acercamiento al pueblo de Annobón. Por el momento dominamos dos piezas polifónicas. Tras la espinosa prueba que supuso De los álamos vengo, nos enfrentamos a otro villancico de un autor vascongado de muy probada finura llamado Juan de Anchieta, fallecido hace ya unas décadas y un poco anterior a esta prodigiosa generación de músicos españoles, de la que te voy dando cuenta (Morales, Cabezón, Vásquez, Luys de Narváez, etcétera). El padre Anchieta, emparentado en lejanía con Íñigo de Loyola, el fundador de mi Compañía, compuso una melodía extremada y sutilísima y, sobre ella como canto dado, elaboró una polifonía mucho más sencilla que la anterior referida de Vásquez. Su texto, popular y claro como la mañana, canta la pena de amor de una joven y dice así:
Con amores, la mi madre,
con amores me dormí.
Así dormida soñaba
lo que el corazón velaba
que el amor me consolaba
con más bien que merecí.
No puedo extenderme más, amigo Mbongo. Como ves, mi ánimo es entusiasta. La evangelización de Annobón está encauzada solo un mes después de haber llegado aquí. Mis expectativas han sido desbordadas en cuanto a los avances musicales, ya que si bien guardaba alguna esperanza de enseñar música, nunca imaginé semejante desenvoltura por su parte y que fuese este el mejor vehículo de adoctrinamiento. Quizá con el tiempo, cuando haya adquirido mayor dominio de su idioma, y establecido los cánones de la fe cristiana, podamos encarar la celebración solemne del sacramento eucarístico con sus partes cantadas, a la manera que en México un coro de indígenas celebró los funerales del rey Carlos con el Oficio de difuntos de Morales. Nada me satisface más que acercar a este querido pueblo a Dios mediante la música. Espero darte noticias de progreso en unos meses. Cuida a los demás padres. Rezo por todos ellos. Y cuida de ti mismo, amigo.
Te abrazo con todo afecto.
Padre Juan de Alanís, S. J.
Ad maiorem Dei gloriam.
CAPÍTULO 8
Annobón: Utopía musical
Annobón
In die Nativitatis Christi. Anno Domini 1562
Mi muy querido amigo, padre Mbongo:
Pleno de enardecimiento te envío esta segunda correspondencia. Estas gentes ya son mis gentes; esta pequeña tierra es ya mi tierra; y sobre todo, este humilde siervo de Dios ya es el siervo de todos estos hermanos annobonenses. Cinco meses han pasado desde que solté la primera paloma con la esperanza de que cruzase el océano. Cuando la liberé de su caseta no dudó ni regresó, como aquella del arca de Noé, sino que alzó el vuelo y milagrosamente tomó sobre mis ojos la dirección nordeste, hecho este que me produjo una intensa emoción al saber que en unas horas estaría de regreso en su casa. Tengo fe en que pudiera realizar el trayecto sin incidentes ni lances desgraciados y que el crepúsculo de ese mismo día de Santiago lo admirases con mi carta en la mano.
Los designios del Señor avanzan a buen paso. Tengo tantas cosas que contarte que tal vez tenga que anudar el mensaje en dos palomas para que transporten la misiva dividida en dos mitades. Con todo, para ahorrar peso, será escrita en frases escuetas y tal vez desordenadas. No, no tengo miedo ya a quedarme sin aves, puesto que se han reproducido con facilidad manifiesta y espero que las nuevas no tarden en empezar a poner, pues comienzan a entrar en edad fértil.
Con mayor facilidad se están reproduciendo las gallinas, para las que se construyó un amplio corral en el que permanecen picoteando semillas, y coco machacado, todo ello mezclado con la viruta preparada de las cáscaras de plátano y algo de aceite de palma. Espero que con la reproducción de las gallinas y el aumento en el volumen de la puesta de huevos, pronto haya un huevo diario para cada familia. Pienso que ha sido una excelente idea el traer estos animales junto a las cabras, que procuran alimentos tan importantes para completar la paupérrima dieta que mantenían.
Las nuevas herramientas permiten que casi todos ellos tomen diligencia en el arreglo de los tejados para protegerse cuando llegan las lluvias. Saben bien cómo tratar las hojas de platanera en las cubiertas, pero hasta ahora les faltaba motivación para el trabajo, lo cual les llevaba a tener en muchos casos unos tejados infames. A raíz de la mejora evidente de la calidad de vida de la primera familia con tejado nuevo, numerosos annobonenses se están afanando en realizar un trabajo similar. Parece que en poco tiempo este será otro de los aspectos más visibles de la evolución del poblado.
Desde que estoy aquí dos personas han fallecido. Aproveché esos momentos luctuosos para hablarles del amor de Dios y asegurarles que quienes han fallecido bajo el signo del sacramento gozarán del paraíso tras la muerte. Hace aproximadamente un mes comencé a proporcionarles el bautismo. No tardé en darme cuenta de que la ocasión de un bautizo requiere de un escenario especial. Del mismo modo que en Europa empleamos un objeto digno de admiración, la pila bautismal, como receptáculo del agua bendita, quise buscar algún arrecife singular cuya forma y ubicación invitasen a considerar su peculiaridad en adelante como un emplazamiento que provocase algún tipo de devoción. Pues bien, no tuve que azacanarme en la labor de exploración porque toda la isla es en sí una grandiosa pila bautismal: en el centro de la misma, a gran altura según hay que subir una empinada pendiente durante media legua, se halla una especie de cráter que parece pertenecer a un antiguo volcán hoy dormido, cubierto por un lago de aguas perpetuas. ¿No te parece una particularidad maravillosamente poética? Annobón es tanto una alegoría del bautismo como de la eucaristía, pues no en menor grado representa el modelado natural de un formidable y colosal cáliz.
¿No crees, amigo Mbongo, que esta isla con sus pobladores constituye un símbolo perfecto del Grial de Cristo? Mis hermanos annobonenses son verdaderamente para mí los santos de hoy sin necesidad de leyenda ninguna. A ellos me entrego y por ellos vivo cada día. De ser los más pobres de entre los pobres, los olvidados e ignorados, aquellos a los que nadie quería acristianar, son ya hoy equiparables a los más ricos en fe sobre la tierra.
La música posee ya importancia primordial en todas las actividades cotidianas. Los grupos de hombres que buscan leña lo hacen cantando; los que suben a zonas altas a recoger verde para las cabras, cantan también; quien ordeña, quien tala, quien pesca: todos ellos entonan canciones que han aprendido estos meses. Como en Europa, tenemos varios géneros musicales, a saber, el profano, el religioso y el instrumental. Las melodías profanas de autores españoles, que ponen una sonrisa en sus labios, hacen sus faenas más llevaderas. Todos tararean, e incluso cantan en algo similar al castellano, villancicos, canciones y romances con inequívoca afinación. Por otro lado, si bien toda esta monodia profana acompaña sus labores, el género religioso es casi siempre polifónico. Nuestros progresos han sido espectaculares en el canto polifónico, pues no solo dominamos ya multitud de piezas, sino que a medida que los annobonenses se escuchan cantar juntos lo hacen cada vez mejor como un solo ente, no como voces individuales. Te relataré a continuación el gran reto que vamos a culminar en siete días para celebrar el Año Nuevo, es decir, el Annobón.
Fue hacia el día de la Virgen del Pilar cuando tomé la decisión de acometer el estudio de una obra de gran envergadura de la que conozco desde la primera a la última nota. El acontecimiento luctuoso que te he mencionado me hizo meditar la posibilidad de cantar el texto de un oficio de difuntos, pero como puedes imaginar ahora que conoces tanto la fe que tengo depositada en mi pueblo como mi espíritu aventurero, no soy persona proclive a concebir apuestas menores, por lo que me propuse enseñarles una de las obras cumbre de la polifonía española: el Officium defunctorum de mi maestro Cristóbal de Morales. Las obras que habíamos cantado anteriormente eran piezas de breve duración. Esta, sin embargo, consiste en media hora de música en la que se alternan entonaciones en canto llano y polifonía con un volumen de texto en latín ciertamente extenso y prolijo. El pretender interpretar semejante composición con un coro de personas que tan solo hace medio año desconocía el significado de la palabra música no es otra cosa que una absurda temeridad. Sencillamente no es posible aprenderlo en tres meses. Pero he aquí la grandeza de este pueblo mío. No es posible en una cantoría europea; no es posible en nuestras scholae cantorum ni en nuestras escolanías de niños que poseen otras inquietudes en la vida. Eso es cierto. Y sin embargo, con la dedicación de las lecciones vespertinas de seis días semanales, toda la música ya estaba juntada el día de San Nicolás, es decir, hace ya tres semanas. Desde entonces hasta hoy llevamos a cabo una labor de perfeccionamiento que nos está permitiendo alcanzar una cota emocionante de calidad.
Quise crear una suerte de coro superior, para poder llevar a cabo los proyectos que requieren una mayor profesionalización. A él acceden quienes destacan de manera evidente e indiscutible. A este coro primo lo hemos bautizado como Coro San Antonio de Annobón, y representa la más exquisita manifestación de música vocal que yo haya podido escuchar jamás. Ojalá pudieras estar aquí y verificarlo con tus propios oídos para dar fe de que no exagero un ápice.
No obstante, nadie que quiera cantar queda fuera de un coro a su medida. En sentido piramidal hacia abajo, se han creado otras cuatro agrupaciones, de cuya instrucción se encargan algunos de los jefes de cuerda del San Antonio, unos muy aptos asistentes de dirección, cuando no puedo hacerlo yo mismo. Son los coros Estrella de Belén, Pico de Fuego y Niño Jesús. El primero consiste en una masa coral mixta numerosísima, de más de ciento cincuenta integrantes, capaz de hacer retumbar las entrañas mismas del antiguo volcán sobre el que nos encontramos. La denominación del segundo, integrado por adolescentes, chicos y chicas, hace referencia a una elevación rocosa muy característica, visible desde todo el norte de la isla y situada entre el poblado y el lago, que por su picuda formación geológica recibe ese mismo nombre de Pico del fuego. Por su carácter impetuoso y vivaracho está especializado en música profana, tanto monodia como polifonía. Niño Jesús es la escolanía, el lugar de formación para los futuros integrantes de los otros dos coros. Aún no puedo decir de ellos que sean voces angelicales… pero no les faltan ganas y varios de ellos muestran las cualidades que les permitirán cantar en el primer coro dentro de unos años.
Amigo mío, de nuestra recia y sobria Castilla a las exuberantes laderas de Annobón se extiende todo un universo de diferencias, mas ¡cuán cercanas y similares parecen ambas tierras en mi imaginación cuando interpretamos una música como este Officium defunctorum, que gracias al sentimiento místico del que escribió Teresa de Cepeda le hace a uno sentir la comunión con Dios y con cualquier lugar sobre nuestro mundo!
Mi idea, tal como la he transmitido a los jefes de cuerda, consiste en instaurar una festividad musical anual el día de Año Nuevo, en la que se interpretará dicha obra en dos ocasiones, siendo la primera por la mañana en nuestra cueva capilla y la segunda tras el atardecer arriba, sobre el lago. Para las convocatorias de los años sucesivos he elaborado un calendario en el que indico los pasos necesarios que hay que seguir en diversas fechas. Me interesa hacer especial hincapié en que la fiesta goce de continuidad. Es evidente que dentro de una semana seré yo mismo quien guíe la interpretación, pero quiero que cada año esta figura cambie de cara. Será el modo de conseguir un extra de motivación en los annobonenses.
Cada nuevo maestro será elegido al finalizar la actuación por los integrantes del Coro San Antonio y, como es de suponer, se tratará de una distinción de la máxima respetabilidad entre la población. Asimismo, y en consecuencia, se trata de un honor que igualmente no acarrea otra canonjía que la del servicio a la comunidad y no implica más distinción que la de formar parte de los turnos de aguada y leña con los demás coristas. Ya tienen decidido quién será la cabeza del entramado musical de la isla a partir del año que viene. Una jovencita dotada de un oído prodigioso —creo que ya te la mencioné en mi primera carta— y una capacidad para aprender fuera de lo normal, mucho más dotada para la música que yo mismo, llamada Ngonda, un nombre que como sabes significa «luna». La continuidad de la formación musical de la isla está a salvo con ella.
¿Puedes imaginar la pequeña civilización musical en que va a convertirse la isla de Annobón? ¿Imaginas el grado de perfección de una sociedad estructurada en sentido artístico? Aquí no habrá lugar para un cacique que maneje las armas, sino una cultura igualitaria en el duro trabajo de subsistencia en la que todos forman parte necesaria de una pirámide de naturaleza musical. Mi sueño, padre Mbongo, consiste en el cincelado de una sociedad tendente a la perfección basada en la fe cristiana y en el arte, lo que considero los mejores fundamentos para una convivencia civilizada.
He de finalizar mi carta para evitar mayor peso a la paloma mensajera.
Me arrepiento de no haber traído de Santo Tomé otros animales como algún cerdo o tal vez ovejas. Dos de las cabras están preñadas y cada año, si Dios quiere, habrá varias más, pero el progreso físico, a pesar de los huevos y la leche de que ya disponemos sigue su ritmo calmo. La yuca tardará aún varios meses en poder ser cosechada para dar los primeros frutos. En ella están mis mayores esperanzas de abonanzar la nutrición de este pueblo y también de elaborar un pan con el que poder celebrar el sacramento de la eucaristía, que tanto ansío día sí y día también. Viviremos el progreso con paciencia y a buen paso, pues bien pensado, tal vez un vuelco radical en sus costumbres, su alimentación, su fe y su modo de vida, implicaría un cambio demasiado violento y quizás no constituiría una solución eficaz a los avatares de su vida cotidiana. ¡Mas olvidaba contarte un detalle! Como cualquier festividad, la actuación de Año Nuevo ha de portar también una denominación. No me costó encontrar el nombre perfecto, amigo mío, como recuerdo de quien dio pie a iniciar la nueva etapa de la historia de este suelo bendito. De aquí en adelante, cada primero de año, el Officium defunctorum sonará en la festividad musical Padre Mbongo de Annobón. Dignum et iustum est.
Tan solo me queda hablarte de la última parcela de la música que cultivamos con éxito: la música instrumental. Creo recordar que en mi primera carta ya te comenté que habíamos comenzado una primitiva instrucción de vihuela con unas tablas alargadas en las que ellos imitaban la posición de mis dedos… ¡Qué lejos queda ya aquello! Con nuestras herramientas hemos sido capaces de elaborar cajas de resonancia, clavijas y mástiles con madera de ceiba, un árbol utilísimo que aquí empleamos con todo fin. Algunos instrumentos están muy logrados mientras que otros, la mayoría, son bastante rudimentarios, si bien es cierto que hay manos muy hábiles entre estos muchachos y que la calidad de las vihuelas es cada vez mejor. Las cuerdas constituyen la parte más delicada, pues el material más adecuado que hemos podido encontrar es la tripa de tiburón, convenientemente secada, tratada y estirada. Nuestra pequeña escuela de vihuela crece a medida que la gente se fabrica nuevos instrumentos y hay varios grupos de lecciones en función de la destreza que van mostrando los alumnos.
Me despido ya, amigo mío. Como intuí, esta carta es demasiado extensa y pesada para ir anudada en una sola paloma. Según la escribía he decidido enviarte, junto a una de las aves primigenias, dos de sus hijas, por ver si con suerte siguen a su progenitora hasta Santo Tomé, tal como planeamos en su día. De este modo, cuando las sueltes individualmente, si se cumplen las leyes de la cría, habrán de regresar a Annobón. ¡Bendito sea este animal prodigioso! ¡Ese instinto que le va a permitir estar en tus manos esta misma noche en Santo Tomé me tiene maravillado hasta el extremo!
Te agradezco más que nunca que pronunciases el nombre de este bendito lugar estando yo enfermo y recién llegado a Santo Tomé. Mi vida y mi vocación han cobrado sentido gracias ti, hermano.
Te abrazo con todo cariño.
Padre Juan de Alanís, S. J.
Ad maiorem Dei gloriam
CAPÍTULO 9
Echado está por tierra el fundamento que mi vivir sostenía
La naranjada, como el sol de noviembre, no tardó en descender en cada vaso hasta verse totalmente apurada. La noche trajo el fresco y Galdós preguntó a sus colegas si preferían continuar la lectura en el interior del chalet.
—No, no. Aquí se está divino —respondió Morante Serna.
—Esperen, que pongo una luz sobre la mesa… ¡así! ¡Mucho mejor ahora!
—¡Hay que cuidar la vista! —dijo Pereda—. Háganme caso, que soy más viejo y por eso sé más de esto. De otras cosas no, ¡pero de achaques…!
—José María, si está usted hecho un jovenzuelo —le dijo Galdós, que había entrado a buscar una mantita para abrigarlo.
—Muchas gracias, Benito —respondió buscando acomodo en el calorcito de la manta—. Ahora ya estoy en condiciones de aguantaros hasta el final. Si soportáis mi ritmo lento de lectura, puedo hacerme cargo de este tramo del relato.
—¡Es toda una Utopía musical lo que aquí se describe! —exclamó Galdós—. Una isla que encuentra su funcionamiento ideal sobre los pilares del trabajo, la fe y la música.
—Y los dos últimos de esos pilares —añadió Morante—, surgen desde cero en la narración: tanto la música como la fe cristiana no existían en la isla hasta la llegada del caballero.
—¿Cuánto puede haber de real en todo ello? —se preguntó Pereda.
—No creo que mucho —respondió Morante, que era un buen aficionado a la música—. Los estudios musicales no son cosa de unos meses, sino de años y años. Sinceramente, opino que es todo cosa de ficción.
—Es lo más probable —intervino Menéndez Pelayo—, pero no creo que eso importe ya demasiado. Habría que interesarse por la isla de Annobón, por su tradición musical y sus costumbres, para comprobar si algo de lo que se cuenta en el manuscrito se conserva en los usos de los isleños.
—Pero digo yo —dijo Pereda—, que por qué el autor de la historia iba a inventarse un relato sobre la música de un lugar real.
—Cierto —refrendó Menéndez Pelayo—. En ese caso, si nunca existió esa Utopía musical, el relato queda simplemente como una fábula ambientada en un escenario real. Y da la impresión de que ese lugar ofrece un topos incomparable, el marco escénico que cualquier escritor desearía para recrear en su suelo una historia como esta y muchas más. Su situación geográfica aislada en el centro del mundo, las historias de comercio de esclavos, ese lago elevado en el cráter…
—El lugar debe de ser espectacular, sin duda —señaló Galdós—. Todo escritor se inventa sus propias historias y casi siempre tienen lugar sobre ciudades o pueblos concretos, es decir, en escenarios reales. Yo supongo que sobre una base de realidad, el autor, construyó su relato, que pertenece en su mayor parte a la ficción narrativa. ¡Ojalá fuese todo verídico! ¡Eso sería fantástico! Pero me temo que no habrá manera de descubrirlo.
—A eso voy —añadió Menéndez Pelayo—. Nos quedamos con la curiosidad y el exotismo del relato. Y, como lectores que somos, nos complacemos fantaseando sobre la verosimilitud de la historia. Tal vez lo mejor de todo el relato es simplemente eso: el preguntarnos si esa Utopía musical existió alguna vez, así como ese protagonista de enorme personalidad y presencia, Juan de Alanís.
Morante, que permanecía pensativo, muy atento a los comentarios de sus ilustrados colegas, solo acertó a añadir:
—José María. Léanos, que escuchamos.
*****
Isla de Santo Tomé
26 de diciembre de 1562 a. D.
Estimado padre Alanís:
Recibimos ayer, día de la Natividad del Señor, vuestra segunda carta con alegría. Tal como previsteis, llegaron al palomar del padre Mbongo tres palomas, una anillada en Santo Tomé y dos sin anillar, que han de ser los pichones. En uno de estos anudaré la presente y tras darle el día de hoy, festividad de San Esteban, como descanso para recuperar fuerzas, lo soltaré mañana por la mañana con la confianza de que volará hasta su lugar de nacimiento y cría en Annobón. Desde que el padre Mbongo falta en Santo Tomé me ocupo yo, el padre Mario, de cuidar a sus palomas.
El padre Mbongo regresó de Annobón con bien en la fecha prevista. Era el día dieciséis de junio cuando muy de mañana, antes del amanecer entró en el hospital. Saludó al padre Gilberto, que estaba de guardia, y tras explicarle que las dos travesías se habían desarrollado según lo previsto y que habíais sido bien recibidos por los annobonenses añadió que tenía que regresar al puerto para entregar al patrón la moneda de oro que faltaba por pagar. Tomó la moneda y salió, pero nunca regresó. Nadie lo ha vuelto a ver. A los pocos minutos de haber salido el padre Mbongo, el padre Gilberto vio zarpar una balandra por la bahía. Poco después del amanecer, preocupados por su tardanza, varios padres nos acercamos al puerto, pero no había allí ninguna balandra ni ningún barco de tamaño medio. Solo había barcas de pescadores. Nos extrañó mucho que el patrón no hubiese permanecido fondeado al menos unas horas para dormir y descansar tras el viaje. ¿Por qué esa prisa por zarpar?
Nos tememos lo peor, padre Juan. Y cuando digo lo peor no pienso en la muerte. Si alguien ha asesinado al bueno del padre Mbongo, bendito sea, en la Gloria está ahora. Creemos que una vez hubo pagado al patrón, este empleó la fuerza para impedirle salir del barco y lo llevó para venderlo como esclavo a algún otro puerto quién sabe dónde, quizás en la costa de África para reembarcarlo con más esclavos hacia América. Todos los días rezamos por él, padre Juan, porque esté gozando de Dios y no sufriéndonos a los hombres blancos.
Un asunto importante más he de comunicaros, padre. Recibimos hace algo más de un mes un correo proveniente de España, firmado por el padre provincial de la Compañía de Jesús con el que contestaba a una carta previa que vuestra merced le envió estando aquí, en Santo Tomé. En él os insta a regresar de inmediato a España. Indica que se os otorgó permiso para viajar a vuestra misión, que se encontraba en las Américas, mas no para navegar a África. No os envío dicho correo por no cargar en exceso al pichón, pero os lo entregaré a vuestro regreso. Especialmente tajante se mostraba al señalar que vuestro campo de evangelización se reducía al número exiguo e incierto de una mínima población, los trescientos, cuatrocientos o mil habitantes de Annobón. Hacía referencia a la parábola de los talentos para significar que las múltiples habilidades y talentos con que vuestra merced fue obsequiado por Dios están siendo descuidados o más bien desaprovechados, pues podrían beneficiar a miles de personas y no solamente a esa pequeña población isleña. Así pues decidnos, si tenéis a bien, si queréis que enviemos un barco a buscaros a Annobón, pues conservamos el dinero que generosamente donasteis a nuestra institución y podríamos emplearlo en este asunto.
Darmowy fragment się skończył.