Czytaj książkę: «El viaje y su sentido»

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EL VIAJE Y SU SENTIDO

EL VIAJE Y SU SENTIDO

Cuando los filósofos se hicieron nómadas

Emily Thomas

Traducción de Silvia Moreno Parrado


El viaje y su sentido

Título original: The Meaning of Travel

© Emily Thomas, 2020

© Traducción: Silvia Moreno Parrado

© 2021, de esta edición, Shackleton Books, S.L.


@Shackletonbooks

www.shackletonbooks.com

Realización editorial: Bonalletra Alcompas, S.L.

Diseño de cubierta: Pau Taverna

Ilustración de cubierta: César Sánchez

Diseño de tripa (edición papel): Kira Riera

Maquetación (edición papel): Manel López (GRAFCO)

Composición ebook: Iglú ebooks

Créditos de las ilustraciones

The Meaning of Travel was originally published in English in 2020. This translation is published by arrangement with Oxford University Press. Shackleton books is solely responsible for this translation from the original work and Oxford University Press shall have no liability for any errors, omissions or inaccuracies or ambiguities in such translation or for any losses causes by reliance thereon. (El viaje y su sentido se publicó originalmente en inglés en 2020. Esta traducción se publica mediante un acuerdo con Oxford University Press. Shackleton books es el único responsable de esta traducción del trabajo original y Oxford University Press no tendrá ninguna responsabilidad por los errores, omisiones o inexactitudes o ambigüedades en dicha traducción o por cualquier pérdida causada que dependa de la misma.)

ISBN: 978-84-1361-077-1

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.

Para Erin, Eva y Mar

Índice de contenido

Viajar bien

¿Por qué les interesa el viaje a los filósofos?

¿Qué son los mapas?

Francis Bacon sobre la filosofía de la ciencia y el pollo congelado

Ideas innatas en Descartes, Locke y los caníbales

¿Por qué empezó el turismo?

Literatura de viajes, experimentos mentales y El mundo resplandeciente, de Margaret Cavendish

Montañismo y la filosofía del espacio de Henry More

Edmund Burke y el turismo de lo sublime

Filosofía de la naturaleza salvaje, Henry Thoreau, y la obsesión por las cabañas

¿Viajar es cosa de hombres?

La ética del turismo de última oportunidad

¿Los viajes espaciales demostrarán que la Tierra es insignificante?

Volver a casa

Agradecimientos

Agradecimientos del editor

Bibliografía seleccionada

Créditos de las ilustraciones

Lista de ilustraciones

Teoría de la Tierra, de Burnet

Un mapa elaborado utilizando una proyección de Mercator

Lessons in Geography, de Monteith

La Gran Restauración, de Bacon

Sitios en los que vivió Descartes

Espectro de la literatura de viajes

Un mapa de Utopía

El paso del Noroeste en 1631

Micrografía, de Hooke

¿Qué relación guarda el cubo con el espacio que ocupa?

La portada de Enchiridion Metaphysicum, de More

Avalancha en los Alpes, de Philip James de Loutherbourg

La portada de Walden

Mary Kingsley

Gulliver y los liliputienses

Viajar bien
Diez grandes consejos de antaño

1. Prohibir viajar a la gente joven

Al menor de cuarenta años no debe permitírsele para nada viajar al exterior en ningún tipo de viaje, ni tampoco a nadie de forma privada, sino que las salidas al exterior deben ser en misiones públicas y realizadas por heraldos, embajadas o también por una especie de observadores.

PLATÓN, Leyes (c. 360 a. C.)

2. Evitar las novedades del extranjero, las costumbres y la afectación

En su comportamiento, su Señoría no debe obnubilarse por la novedad, que agrada a los hombres jóvenes; ni dejarse contaminar por la costumbre, que nos hace aferrarnos a nuestras antipatías, y participar en las que vemos a diario; ni entregarse a la afectación (un defecto muy común en la mayoría de los viajeros ingleses), que resulta tan desagradable como ridícula.

FRANCIS BACON, «Advice to the Earl of Rutland on his Travels» (1596)

3. Cuidado con los monstruos

¿Has previsto debidamente los riesgos, los gastos, la dificultad, la probabilidad, el resultado de cometido tan grande y lo has pasado todo por el rodillo de una severa crítica? Hay unos cielos, dices, pero unos, quizá, que apenas podrás contemplar a causa de las continuas tinieblas. Hay una tierra, pero tal vez no te atrevas a pisarla por las muchas serpientes y fieras. Hay hombres, pero unos de cuyo trato preferirías abstenerte. ¿Qué pasaría si un polifemo patagón [un cíclope] te raja por la mitad y te devora mientras aún estás vivo y palpitando?

JOSEPH HALL, Un mundo distinto pero igual (1605) (trad. Emilio García Estébanez)

4. Prohibir viajar a locos, personas coléricas y mujeres

Podría dudarse de si todo el mundo puede […] emprender un viaje. […] Los niños pequeños y personas decrépitas, […] locos, hombres desquiciados y personas coléricas cuyas debilidades mentales sean tales que no pueda albergarse esperanza alguna respecto de los unos ni los otros. Por último, en la mayoría de los países el sexo excluye a las mujeres, que son más para la casa que para el campo.

THOMAS PALMER, EL VIAJADOR, An Essay of the Means how to make our Trauailes, into forraine Countries, the more profitable and honourable (1606)

5. Cartografiar el universo

Resulta de utilidad informarse (antes de emprender el viaje), mediante el mejor mapa corográfico y geográfico de la situación del país al que vaya, tanto en sí mismo como en relación con el universo.

EDWARD LEIGH, Three Diatribes (1671)

6. Adoptar los usos locales y evitar ser devorado

Todas las personas que viajen por Turquía deben cambiar sus costumbres por las de ese país, y apartar el sombrero y usar turbante, y, cuanto más sencilla sea la costumbre, más a salvo estarán de extorsiones y robos. […] Los dineros más aconsejables para llevar consigo son los reales españoles de a ocho, siempre que sean los de peso completo, y no los del Perú. […]

Es muy necesario llevar buenas armas para defenderse en cualquier ocasión, pero, más concretamente, para combatir a los árabes y otros andariegos. Sobre todo, es imperativo en Turquía que los viajeros se armen de paciencia para soportar las muchas afrentas que los infieles cometen contra ellos, y de prudencia y moderación para evitar, en la medida de lo posible, insolencias de ese tipo. […] Cuando viajen con la caravana, deben tener la precaución de no alejarse nunca de ella, ante el peligro de ser devorados por bestias salvajes o por los árabes, aún más salvajes.

ANÓNIMO, «The History of Navigation», en A Collection of Voyages and Travels (1704)

7. No tenerle miedo a la muerte

Un hombre joven con buena constitución, rumbo a una empresa que cuente con la aprobación de viajeros experimentados, no corre grandes riesgos. Quienes alberguen dudas pueden consultar la historia de las diversas expediciones alentadas por la Royal Geographical Society, y verán qué pocas muertes se han producido. […] Solo muy rara vez matan los salvajes a los recién llegados.

FRANCIS GALTON, The Art of Travel (1855)

8. Hacer un equipaje adecuado para los viajes en tren y recordar que las señoras necesitan más tiempo

– Reparta el equipaje en varios bultos y sujete en la cara interna de la tapa de cada uno de ellos una lista de los diversos artículos que contiene; a continuación, numere todos los bultos y, por último, anote en su cuaderno de bolsillo una relación de estos lotes, con sus números correspondientes.

– Etiquete el equipaje de forma legible y clara. Recuerde, además, que el nombre del lugar debe ir en letras más grandes que el de la persona, y, por mucho que esto pueda herir nuestro orgullo, hay que tener en cuenta que, con las prisas y el ajetreo de la partida, el destino es lo primero que debe conocerse, y el nombre del propietario es una circunstancia menor.

– Llegue a tiempo: el tren no espera a nadie. Y, si hubiera señoras, es absolutamente necesario dejar un margen más amplio de lo que se suele prever para los preparativos de la marcha. El bello sexo debe acicalarse hasta quedar satisfecho, sean cuales sean las consecuencias. También ha de recordarse que no captan el espíritu de la puntualidad tradicional que observan las autoridades ferroviarias, y que, si el horario establece la salida a las 13.20, ellas leerán, por instinto, las 13.45.

ANÓNIMO, The Railway Traveller’s Handy Book (1862)

9. Huir de prisas y preocupaciones

– Seguramente, el estadounidense que visite Europa por primera vez, tendrá mucha prisa y tratará de ver demasiadas cosas. Es muy probable que vuelva con una idea muy confusa de lo que ha vivido, y que se vea obligado a consultar su cuaderno para saber qué ha hecho. Se han dado casos de turistas que no saben decir si la catedral de San Pablo estaba en Londres o en Roma, o que tienen la vaga impresión de que la tumba de Napoleón está bajo el Arco del Triunfo.

– No hay que alterarse con pensamientos desagradables sobre lo que puede ocurrir en la niebla. En lugar de ello, conviene recordar que, de los miles de travesías que se han hecho a través del Atlántico, solo unas cuantas decenas han terminado en desgracia, y que, de todos los vapores que han surcado estas aguas, solo del President, el City of Glasgow, el Pacific, el Tempest, el United Kingdom, el City of Boston y el Ismailia (siete en total) no han vuelto a tenerse noticias. Hay una probabilidad entre miles, a favor del viajero.

– En zonas en las que haya salteadores de caminos, que los californianos llaman irónicamente «agentes de carretera», hay que llevar cuanto menos dinero sea posible y dejar en casa el reloj de oro. […] En general, el primer indicio de su presencia es la profusión de rifles o pistolas en las ventanillas del carruaje, junto con la petición, más o menos educada, de que se les entreguen los objetos de valor. Cuando no haya más alternativa que entregárselos, hágalo con celeridad y deje a los asaltantes creyendo que ha sido el momento más feliz de su vida.

THOMAS W. KNOX, How to Travel: Hints, Advice, and Suggestions to Travelers by Land and Sea all over the Globe (1881)

10. En el tren, ojo con los sombreros y los bocadillos de jamón

– Las gorras orejeras son las favoritas de muchas mujeres para viajar, pero favorecen a muy pocas.

– Evite los pasteles como si fueran una plaga […]. Pueden comerse bocadillos, siempre que no sean de jamón.

– El té que se sirve en las cantinas de las estaciones de tren y a bordo de los barcos de vapor suele ser una simple parodia de la verdadera bebida: una terrible decocción.

LILLIAS CAMPBELL DAVIDSON, Hints to Lady Travellers (1889)

¿Por qué les interesa el viaje a los filósofos?

Los momentos supremos del viaje nacen de la hermosura y la extrañeza.

ROBERT BYRON, First Russia, Then Tibet (1933)

El tren no iba abarrotado, pero sus pasajeros hacían mucho escándalo. Dos asientos por detrás de mí, había una pareja discutiendo sobre Trump y Hillary. Dos por delante, había una pareja enfrascada en un ruidoso acto sexual.

Esto provocó un debate en voz baja al otro lado del pasillo.

—Es que ella tiene la cara metida en los pantalones de él.

—Bueno, cariño, pues más motivo para no decirle nada.

Los susurros me llevaron otra vez a mirar por la ventanilla.

Era principios de primavera, la época de deshielo en Alaska. Al otro lado del cristal, las rachas de aguanieve, al derretirse, hacían que se confundieran los árboles con la nieve y borraban las montañas. Me había subido al Aurora Winter en Anchorage, la ciudad más grande del estado, y me dirigía tierra adentro, hacia Fairbanks. A mí el viaje iba a llevarme todo el día, pero la mayoría de los pasajeros permanecía a bordo unas pocas horas, o incluso menos. Algunos paraban el tren en un ventisquero solo para bajarse en otro ventisquero, aparentemente idéntico, veinte minutos después. Miré hacia los bosques, más allá de las pilas de nieve, e imaginé senderos cubiertos de hojas que llevaban hasta cabañas de troncos.

Retomé mi libro y traté de no hacer caso a los gemidos y quejas que iban en aumento a mi alrededor. Luego dicen que viajar ensancha la mente.

Hay un mito que dice que los filósofos no viajan. Lo alimentan Sócrates, quien nunca puso un pie fuera de las murallas de Atenas, y Kant, quien nunca se alejó más de ciento cincuenta kilómetros de Königsberg, la ciudad donde nació. Es más, la «filosofía del viaje» no se reconoce como ámbito de investigación. No hay libros sobre ella ni clases magistrales universitarias ni congresos.

A pesar de todo, a muchos filósofos les interesa el viaje. El concepto de «filósofo viajero» es antiguo. Estrabón, geógrafo y viajero que escribió en torno al comienzo del siglo I, incluyó a quienes «buscan el sentido de la vida» entre los fanáticos de los «paseos por la montaña». Decía:

Los poetas, al menos, presentan como los más juiciosos de los héroes a aquellos que más se ausentaron de su tierra y más anduvieron errantes por doquier, pues sitúan en la cima de los méritos el «ver ciudades de muchos pueblos y conocer su manera de pensar».1

Algunos filósofos viajaron muchísimo. Confucio dedicó años a recorrer estados que hoy forman parte de China, y cuenta la leyenda que su contemporáneo Lao-Tse escribió casi todas sus enseñanzas en un puesto fronterizo. Descartes fue soldado en Europa Oriental y luego se convirtió en una especie de vagabundo. Thomas Hobbes, Margaret Cavendish y John Locke vagaron por el continente europeo como exiliados políticos. En el siglo XX, W. V. Quine subió a vapores y aviones para visitar 137 países, y Simone de Beauvoir aprovechó su viaje a China para escribir un libro.

Los filósofos también han sostenido que viajar es importante. Francis Bacon decía que hacerlo traería el apocalipsis (en el buen sentido). Jean-Jacques Rousseau lo consideraba fundamental para la formación. Henry Thoreau creía que todos seríamos más felices si nos aventurásemos en la naturaleza y nos dedicásemos a recolectar arándanos.

Viajar está imbricado con la filosofía. Hace que nos planteemos preguntas filosóficas. ¿Conocer a gente nueva nos puede enseñar algo sobre la mente humana? ¿Es ético viajar a la Gran Barrera de Coral cuando sus corales se están muriendo? ¿Viajar es algo exclusivo de hombres? Es más, la filosofía ha influido en el viaje. La filosofía del espacio fomentó el turismo costero. Las ideas filosóficas sobre lo sublime espolearon el alpinismo y la espeleología. La filosofía de la ciencia hizo que surgieran científicos viajeros, como John Ray y Charles Darwin, y animaron a todos los marinos de altura a recopilar piedras y plantas remotas y objetos crípticos «de extraño funcionamiento».

La filosofía del viaje no existe, pero debería. Hacer preguntas sobre el viaje y estudiar las formas en que la filosofía ha cambiado el viaje puede ayudarnos a pensar con más profundidad en los que hacemos nosotros. Suele merecer la pena pensar las cosas con más profundidad: puede aumentar nuestro aprecio y disfrute hacia ellas. De camino, esta expedición demostrará que no todos los filósofos son tan rígidos como podría pensarse: muchos tuvieron vida más allá del sillón. George Berkeley tuvo que defenderse de unos lobos en un puerto de montaña francés. Isaac Barrow luchó contra los piratas mientras navegaba hacia Turquía (aunque pierde puntos de macarra por describir más tarde esta refriega en métrica latina).

¿Por qué les interesa el viaje a los filósofos? Michel de Montaigne, filósofo francés del siglo XVI, propuso una respuesta. Montaigne se pasó años recorriendo Suiza, Alemania e Italia, y sus Ensayos de 1580 están plagados de reflexiones sobre el viaje.2 Sostiene que viajar nos muestra la diversidad y variedad del mundo, lo que obliga a la mente a observar constantemente «cosas desconocidas y nuevas». Viajar nos enseña la otredad.

Experimentamos la otredad cuando entramos en contacto con lo desconocido; es la sensación de que las cosas son distintas, ajenas. Mis libros de viaje preferidos describen lugares remotos: Terra Incognita, de Sara Wheeler, habla de la Antártida; El gran bazar del ferrocarril, de Paul Theroux, abarca Europa, Oriente Próximo y Asia; Una vuelta por el Hindu Kush, de Eric Newby, cuenta cómo es recorrer Afganistán haciendo senderismo. Estas narraciones transmiten una intensa sensación de otredad. Wheeler escribe que, en la Antártida, sus puntos de referencia se disolvían, igual que las columnas de humo del volcán Erebus. Theroux describe un cuenco de sopa que contenía pelos y trozos de intestino cortados de forma que parecían macarrones. Al citar ejemplos de una guía de conversación de la lengua kati, Newby revela la dureza de la vida diaria en las montañas afganas: «Esta mañana vi un cadáver en el campo»; «Yo tengo nueve dedos, tú tienes diez»; «Ha venido un enano a pedir comida».

La otredad puede explicar las distinciones que hacemos entre desplazamientos. Todos ellos implican movimiento, un cambio de lugar con el tiempo. Nuestras vidas están llenas de pequeños movimientos. Nos movemos del dormitorio a la cocina, vamos en coche a ver a amigos, paseamos perros por los parques. Y, sin embargo, cuando hablamos de «irse de viaje», pensamos en términos más elevados: pensamos en desplazamientos como los de Wheeler o Newby. ¿Cuál es la diferencia entre una excursión a la tienda de comestibles y una excursión al Sáhara? ¿Por qué ir en coche a visitar a la familia es distinto de conducir por Botsuana?

La diferencia entre los desplazamientos cotidianos y los desplazamientos de viaje no tiene que ver con la distancia. Muchos de los segundos implican largas distancias; Wheeler, Theroux y Newby han recorrido miles de kilómetros. Sin embargo, el viaje en el sentido más elevado no siempre implica esa distancia. Samuel Johnson viajó únicamente unos pocos cientos de kilómetros para escribir su Viaje a las islas occidentales de Escocia, y Bill Bryson empieza su ¡Menuda América! en su ciudad natal. También es posible partir en largos desplazamientos que no son de viaje. En La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne, Phileas Fogg da la vuelta al mundo, pero intenta no tener ninguna vivencia en los lugares por los que pasa, porque pertenece «a aquella raza de ingleses que hacen visitar por sus criados los países por donde viajan». Por ponernos en una situación más cercana, imaginemos a una abogada que viaja en avión de Londres a Hong Kong, asiste a varias reuniones y vuelve a Londres. Su desplazamiento ha abarcado casi diez mil kilómetros, pero parece un desplazamiento cotidiano, no de viaje.

Creo que la diferencia entre los dos tipos de desplazamientos reside en cuánta otredad experimente quien viaja. Los cotidianos implican solo un poco de otredad, mientras que los de viaje implican mucha. Los escritores de viajes buscan, por lo general, aumentar sus vivencias de lo desconocido. En una entrevista de 1950, la aventurera suiza Ella Maillart explicaba que prefería viajar sola porque la compañía, cualquiera que sea, se convierte en «un trozo desgajado de Europa». Sus reacciones serán europeas y eso la obligará a ceñirse a un esquema mental europeo: juntas, construyen una célula extranjera. «Quiero olvidar mi perspectiva occidental —decía Maillart—, notar todo el impacto que produce en mí lo nuevo que me encuentro a cada paso.»3 En la actualidad, muchos viajeros recomiendan viajar «a la antigua usanza», salir al extranjero sin teléfonos móviles ni ordenadores portátiles.4 La tecnología puede envolvernos como en un capullo hecho de redes sociales y nuestras aplicaciones de siempre para saber qué tiempo va a hacer. Un motivo para viajar sin estar siempre conectados es evitar aislarse de lo nuevo.

¿Cuándo y dónde percibe la gente la otredad? Depende de quiénes seamos. Cada ser humano posee un conjunto exclusivo de recuerdos, deseos, creencias. El idioma, la comida o la arquitectura que a una persona le resultan familiares pueden no resultárselo a otra. De ahí que los libros de viajes tengan tanto que ver con sus autoras y autores como con los lugares. Si una especialista en glaciares viviera en la Antártida y escribiera un cuaderno de viaje sobre ello, le saldría un libro muy diferente al Terra Incognita, de Wheeler. Su experiencia habría sido diferente, porque, para ella, lo diferente habría sido diferente.

Montaigne recuerda constantemente a sus lectores que lo que a una persona le resulta nuevo es, para otra, un hábito diario: la promiscuidad, el parricidio, el infanticidio. Algunas sociedades condenan estas prácticas, mientras que otras las permiten. Montaigne se manifiesta contrario a «exotizar» a pueblos desconocidos, a hacer que parezcan demasiado diferentes de los conocidos. En su ensayo Los caníbales, habla de un grupo de gente de Brasil que, según dice, practicaba el canibalismo. Sostiene que esta práctica no es tan rara como podría parecer, pues, a lo largo de la historia, los soldados europeos se han alimentado de cadáveres durante las hambrunas. No se hace ningún mal al «servirse» de nuestra carroña, y supone una «barbarie» mucho menor que el arte francés de la tortura. Montaigne describe además el entorno en el que vive ese pueblo, sus casas, bailes, bodas y dioses. Estos aspectos de sus vidas podrían parecerles familiares a sus lectores, en cuyas vidas también había baile, matrimonio y devoción. La conclusión a la que llega sobre este pueblo remoto es sarcástica: «Todo eso no está demasiado mal; pero, ¡vaya!, no llevan pantalones».

Viajar puede ser bueno para nosotros, porque la otredad es buena para nosotros. Montaigne nos dice que viajar trae beneficios: enseña las ventajas de bañarse, y, respecto a las amistades maritales, «la vicisitud [aviva] el deseo». Es más, experimentar lo distinto nos ensancha la mente. Tener en cuenta cosas nuevas y desconocidas nos obliga a ampliar y reconsiderar lo que sabemos. Tal como dijo el viajero James Howell en 1624, entre los frutos de viajar al extranjero se cuentan «ideas deliciosas y mil pensamientos diversos».5

René Descartes coincide en lo útil que es experimentar lo desconocido. Escribe que es bueno saber algo de las costumbres de distintos pueblos, para que no creamos que todo lo que sea contrario a nuestras modas es «ridículo y opuesto a la razón».6 Las costumbres son formas convencionales de conducta. Por ejemplo, a los británicos les gusta que las patatas fritas vayan acompañadas con puré de garbanzos. En cambio, los neerlandeses prefieren la mayonesa. Por muy extraños que puedan parecer estos hábitos, ninguno es ridículo ni opuesto a la razón. Viajar nos enseña que quizá nuestras propias costumbres no sean las mejores; nos lleva a cuestionarnos lo que aceptamos como obvio.

Bertrand Russell, filósofo del siglo XX, también sostenía que viajar es bueno para nosotros y que vivir en el extranjero reduce los prejuicios. Sin embargo, advierte jocosamente contra el ensalzamiento de todas las costumbres extranjeras:

En el siglo XVII, cuando los manchúes conquistaron China, era costumbre entre los chinos que las mujeres tuvieran los pies pequeños y, entre los manchúes, que los hombres llevaran cola de caballo. En lugar de que cada pueblo abandonara su ridícula costumbre, cada uno adoptó la ridícula costumbre del otro, y los chinos siguieron llevando cola de caballo hasta que se libraron de la dominación de los manchúes en la Revolución de 1911.7

Los viajes y los intercambios culturales son deseables, pero siempre debemos recelar de las colas de caballo.

Algunos filósofos han comparado sus búsquedas con los viajes, y creo que apuntan a la misma idea. Berkeley vinculaba una de sus investigaciones a un «largo viaje» que entrañaba dificultosos desplazamientos por los «laberintos agrestes de la filosofía». David Hume, hacia la mitad de su Tratado de la naturaleza humana, reflexiona sobre el viaje que ya ha emprendido y sobre lo que aún está por venir: «Me parece asemejarme a un hombre que, habiendo embarrancado en muchos bajos y escapado difícilmente a un naufragio […] tiene ahora la temeridad de volverse a embarcar en el mismo navío resquebrajado». Se siente tentado de quedarse en la «infecunda roca» sobre la que se halla, en lugar de aventurarse «en un océano sin límites que se pierde en la inmensidad». Igual que los viajeros, Berkeley y Hume abren, con sus filosofías, caminos nuevos en la naturaleza salvaje. Parten hacia lo desconocido (lo que no les es familiar), pero, de manera implícita, creen que las recompensas merecen la pena. Están ensanchando la mente, buscando nuevas verdades. Berkeley describe con orgullo sus conclusiones filosóficas como una vuelta a casa. Hume, escéptico, está menos satisfecho consigo mismo, aunque añade que, cuando sus especulaciones filosóficas se vuelven demasiado frías y forzadas, siempre puede divertirse con sus amigos y echar una partida de backgammon.8

Por desgracia, me da la impresión de que en la época de Montaigne era más fácil emprender desplazamientos de viaje que hoy. Esto se debe a que muchos de los procesos diseñados para facilitar los viajes en el siglo XXI también reducen la otredad. Para explicar esto, veamos un argumento del historiador Paul Fussell.

En su revolucionaria obra Abroad, Fussell le echa una reprimenda al turismo. Sostiene que viajar no es igual que hacer turismo. Viajar es lo que se hacía en los siglos XVIII y XIX y principios del XX. Al viajar, se combinaba la emoción «impredecible» de la exploración con la placentera sensación del turista de «saber dónde se está». De acuerdo con Fussell, ya no hay viajes, solo turismo. Fussell rastrea sus orígenes hasta mediados del siglo XIX, «cuando Thomas Cook tuvo la brillante idea de mandar grupos de turistas al continente». Los turistas buscan cosas que ya han sido «descubiertas por un espíritu emprendedor» y preparadas «por las artes de la publicidad de masas». Fussell apunta a instituciones turísticas como los campamentos de vacaciones Butlin’s, en el Reino Unido, o las ciudades de vacaciones Club Med, francesas, «donde la desnudez y las cuentas de plástico sustituyen a la ropa y el dinero».9

Fussell publicó su distinción entre «viaje» y «turismo» en la década de 1980, y en ella hay bastantes aspectos problemáticos. Si tiene razón, casi todos los «viajeros» eran europeos, ricos, blancos y varones.10 Da igual lo lejos o el tiempo que viaje alguien en el siglo XXI: nunca será un «viajero».

Aunque no creo que tuviera razón en eso, sí que acertó en algo. Comparto la intuición de Fussell de que, para un europeo, desplazarse a una ciudad de vacaciones francesa es menos viaje que, por ejemplo, el de Maillart a Beijing a través del desierto de Taklamakán. La diferencia reside en la otredad. Los paquetes y ciudades de vacaciones amortiguan lo desconocido. No hay que vérselas con páginas web de reservas en idiomas extranjeros, no hay que leer paneles indicadores autóctonos para averiguar adónde se está yendo. Se puede pasar el rato con gente del mismo país que también está de vacaciones. Pedir platos conocidos en un idioma conocido. Viajar tiene que ver con la experiencia de la otredad, y algunos mecanismos turísticos interfieren con eso.

Desde la época de Montaigne, el propio mundo se ha transformado. Los escritores de viajes suelen lamentarse de una inminente «homogeneización global», de que el mundo se está volviendo el mismo en todas partes. Bill Bryson describe un lugar típico de Estados Unidos así: «Esos innominados parajes que parecen surgir de golpe en las intersecciones de las carreteras interestatales, diminutas islas de reflejos púrpura con fluorescentes de gasolineras, moteles, centros comerciales y cantinas de condumio acelerado».11 Estos afloramientos pueden verse por todo el mundo y suelen estar abarrotados con los mismos champiñones publicitarios: Best Western, Shell, McDonald’s, KFC.

Y, sin embargo, las quejas sobre la homogeneización son más antiguas de lo que podría pensarse. En el siglo XVIII ya se quejaba Rousseau: «Todas las capitales se parecen» o «París y Londres no son a mis ojos sino la misma ciudad». En el siglo XIX, John Stuart Mill albergaba unas preocupaciones parecidas cuando afirmaba que Europa estaba perdiendo su «extraordinaria diversidad de carácter y cultura» y haciendo «a todo el mundo semejante».12

Si el mundo se está homogeneizando, será más difícil vivir cosas nuevas mientras se viaja. Pero está lejos de ser imposible. El truco consiste en apartarse de lo que se conoce. Para el viajero occidental, implica alejarse de los aeropuertos de fórmica, evitar los pubs irlandeses y los Starbucks, tratar directamente con la gente y con los lugares. Como afirma Maillart, podemos sentir el mismo arrojo que un explorador rumbo a lo desconocido la primera vez que nos dirigimos a un «ocurrente» taxista en París o si nos arriesgamos a adentrarnos en un bar tibetano para comer algo que «huele a carne podrida».13 Tal vez nos cueste más encontrar la otredad, pero, desde luego, está ahí fuera.

Mi viaje a lo desconocido empezó en Groninga, una ciudad en la parte más septentrional de los Países Bajos. Está tan al norte que, en invierno, anochece a las tres de la tarde. Llevaba varios años viviendo allí y había pasado casi todo ese tiempo escribiendo una historia sobre las teorías del tiempo en el siglo XVII. El libro se había convertido en algo demasiado familiar. Era descomunal y difícil y, por fin, había conseguido terminar un borrador completo. Pulsé «enviar» para mandárselo por correo electrónico al editor y luego salí trastabillando a la oscuridad exterior.

Estuve vagando por canales y straten, las calles adoquinadas, asomándome a tiendas y cafés iluminados. Necesitaba un descanso y empecé a planear unas vacaciones a algún lugar totalmente distinto de la pintoresca Groninga, tan bonita que parece sacada de una postal de Navidad. En el Vismarkt encontré un puesto del mercado donde vendían esculturas de cartón. Un alce plateado, cuyo hocico era todo planos y ángulos, me miraba fijamente. Sus astas de origami azul despuntaban hacia lo alto. Decidí visitar Alaska.

En las semanas que siguieron, la investigación para mi viaje al 49.º estado de los Estados Unidos de América terminó mezclándose, por algún motivo, con la filosofía del viaje. Antes de entender del todo qué estaba pasando, me vi saliendo de la biblioteca con pilas de libros: How to Lie with Maps, The British and The Grand Tour, The Idea of Wilderness. Me embutí información en los ojos con las dos manos. Pronto tuve el cerebro lleno de datos curiosos aunque inútiles, como una caja polvorienta de adornos navideños. Descartes se llevó consigo dos mil libros en su último (y fatal) viaje a Suecia. Las exploradoras victorianas tenían motivos ocultos para viajar con falda. Los turistas antárticos olvidan todo lo que consiguen aprender sobre los pingüinos. Y así es como terminé en una de las tierras del sol de medianoche, leyendo a Montaigne.

El trayecto en tren hasta Fairbanks se anunciaba como majestuoso, y así fue. Los vagones rugían a través de bosques escarchados, junto a lagos salpicados de caribús. Un trecho de las vías se estilizaba sobre Hurricane Gulch, un puente que dibujaba un arco de noventa metros de altura. Me asomé por la ventanilla con el gorro de lana calado hasta las orejas y contemplé el mundo monocromo de roca y píceas que se desplegaba más abajo.

A pesar de su belleza, para la mayoría de los pasajeros ese trayecto en tren era cotidiano, normal. Iban a visitar a unos parientes en Wasilla, o a trabajar en Talkeetna, o de compras. Yo era una de las pocas personas que se lanzaban a territorio desconocido, rumbo a las tierras polares de Trump. Lo que para una persona es extraño, no lo es para otra.

Al final, los culpables del estruendo sexual se retiraron al baño. Mientras tanto, los analistas políticos encontraron algo que los unía en su desprecio hacia Bernie Sanders: «Es que es socialista».

Todos íbamos haciendo la misma ruta en el espacio, pero nuestros viajes eran diferentes.


'Un billete de Cook le llevará a cualquier parte a bordo del ferrocarril de Londres, Brighton y la Costa Sur o a dar la vuelta al mundo.'

¿Qué son los mapas?
Brian Harley sobre el engaño cartográfico

Iba caminando a buen ritmo por la Quinta Avenida, entre jadeos, con las manos embutidas en los bolsillos. Había llegado en avión desde Ámsterdam la noche antes y el jet lag me tenía bien agarrada. El congreso había empezado aquella mañana, pero las mesas redondas sobre Spinoza y los vacíos me parecieron irreales, alucinatorios. Intentaba echarlo todo fuera saliendo a la calle. Los olores de Nueva York flotaban en el aire. Pan horneándose, peperoni, basura. Apareció un tímido sol de marzo que doraba las aceras. Miré hacia arriba, a través del zigzag de escaleras de incendios. Las palomas zureaban con los destellos azules del cielo.

Busqué en Google una librería de segunda mano. Sobre la puerta tintinearon unas campanitas, la única cosa de allí que tenía brillo. Localicé a un dependiente y le pregunté por mapas.

—¿Grapas? —Me miró perplejo—. No, aquí no vendemos de eso.

—No, no —respondí con mi problemático y británico acento.

Tras una breve charla sobre Harry Potter, quedé libre para recorrer la sección de mapas. Pasé entre unas estanterías hasta llegar a un rincón sombrío en el que me adentré con cuidado para no tirarlo todo al suelo. Los mapas naranja de Ordnance Survey sobresalían de su estante. Varias filas de atlas formaban una dentadura irregular. Me arrodillé para rebuscar entre unos Rand McNally rojos. Al cabo de dos semanas estaría en Anchorage y quería hacer planes. En el extremo de una hilera encontré un mapa del estado de Alaska. Le alisé los dobleces en acordeón y el papel formó ondas sobre mis zapatos.

Una vez desplegado, el mapa iluminó el espacio. El mar estaba bordeado de islas y crestas litorales. Los blancos y verdes hacían fulgurar el paisaje, delicadamente surcado por carreteras y ríos que parecían venas. El río Yukón dividía el papel y una sucesión de puntos señalaba el oleoducto de Alaska. Livengood, Deadhorse, Moose Creek, Coldfoot.14 Los topónimos hacían pensar que al cartógrafo le gustaban las aventuras.

Estamos siempre, por todas partes, rodeados de mapas. Pocas veces me había detenido a pensar en su naturaleza. ¿Qué es un mapa? Mi copia amarillenta de First Lessons in Geography, de James Monteith, define un mapa como «una imagen total o parcial de la superficie de la Tierra».15

Antes de empezar mi investigación, aquello sonaba bien; la descripción encajaba con mi mapa de Google de Manhattan. Por supuesto, los mapas no tienen que ser «imágenes» en el sentido tradicional del término. Podemos fabricarlos de arcilla o tejerlos en un tapiz. Podemos tatuarnos uno en el cuerpo (los tatuajes de mapamundis16 estuvieron de moda en 2016). Los mapas tampoco tienen por qué representar la superficie de la Tierra. Pueden representar cosas que tenemos por encima y por debajo: sistemas meteorológicos, metros subterráneos, yacimientos de petróleo. También pueden representar cosas que hay más allá de la Tierra: lunas, estrellas, agujeros negros. Si Monteith hubiera querido ser más preciso, tal vez debería haber dicho que un mapa es una «representación gráfica» de «cualquier parte de la realidad». Pero en lo esencial tenía razón, pensé.

Eso es lo que creía hasta que empecé a leer sobre la filosofía de los mapas. El término «mapa» procede del latín mappa, que designa una tela blanca, como un mantel liso. Los seres humanos ya los elaboraban antes de inventar el latín. El mapamundi más antiguo que se conserva se pintó hace unos ocho mil años en la pared de una cueva de Jaora, en el estado indio de Madhya Pradesh. Hasta el siglo XX, la gente definía los mapas más o menos igual que Monteith.17 En esta definición, son «transparentes», son lo que aparentan ser: representaciones de la realidad.

Esto no significa que deban ser completos ni precisos. Los mapas históricos no son ninguna de estas dos cosas. En el siglo I, Plutarco se quejaba de que los geógrafos rellenaban los márgenes de sus mapas de tal forma que, más allá del mundo conocido, solo había «desiertos de arena plagados de bestias salvajes, ciénagas infranqueables, hielo como el de Escitia o un mar helado».

Un ejemplo de este tipo se halla en Theory of the Earth (1684), de Thomas Burnet (véase la ilustración). Burnet calificó de incognita, «desconocida», amplias zonas de estos mapas, que hoy conocemos como el estado de Washington, Canadá y la Antártida. Sus mapas son extremadamente imprecisos. Falta casi toda Australia. El cartógrafo ha cortado y convertido en isla un pedazo de la franja occidental de Estados Unidos.


Mapas de Thomas Burnet en su Theory of the Earth (1684).

Los mapas del siglo XVIII contenían tantas imprecisiones que a los viajeros se les recomendaba llevar brújulas consigo y señalar los errores.18 Los avances en las ciencias sociales y la tecnología se han visto reflejados también en la precisión de la cartografía. Las imágenes por satélite representan nuestro planeta con una exactitud nunca vista. Podemos tener la seguridad de que no nos estamos dejando atrás ninguna gran extensión de tierra.

Yo siempre he mantenido que los mapas son transparentes. ¿Los atlas? Un tipo de libro, sin más. ¿Los mapas de países? Perfectos para planificar viajes por carretera. ¿Los planos de ciudades? Útiles para buscar museos. Un artículo de Brian Harley, «Deconstructing the Map», de 1989, me hizo ver otra cosa. Harley usaba la filosofía para enseñarnos el lado oscuro de los mapas.

La «metafísica» es la rama de la filosofía que investiga la realidad. Se pregunta: ¿Qué es real? ¿Qué podría ser real? ¿Cómo son las cosas reales? Suele estudiar las cosas que nos rodean: átomos, cuerpos materiales, nuestra mente. Sin embargo, podemos aplicarla a cualquier cosa, y Harley la aplicó a los mapas. Sostenía que podemos descomponerlos en trozos y demostrar que, lejos de ser claros, los mapas son complejos y opacos. Son objetos de influencia y poder. Metafísicamente, son engañosos.

Harley aportaba dos líneas de argumentación. En primer lugar, demostraba que los mapas son artefactos «retóricos»: buscan convencer o influir en sus lectores. A lo largo de toda la historia, los cartógrafos han situado su país de origen en el centro de sus mapamundis. Harley sostenía que lo que está centrado en un mapa y lo que no lo está es una decisión retórica. Centrar Atenas o Jerusalén añade un subtexto de «fuerza geopolítica» a lo que aparenta ser una representación clara del planeta.

De igual modo, pensemos en qué se representa y qué no se representa en los mapas. Tomemos mi mapa de carreteras de los Países Bajos. En él se destacan castillos e iglesias, mientras que las casas pasan desapercibidas. Aparecen dibujados los límites entre grandes fincas, pero no los límites entre granjas. Esto se consigue ampliando unos símbolos y reduciendo otros, poniendo unos topónimos en negrita y otros en cursiva. Algunas líneas son de puntos, mientras que otras son gruesas y de colores vivos. Harley sostenía que los mapas incorporan normas de «orden social». En la sociedad de un cartógrafo, se «da por sentado» que un castillo es más importante que la casa de un campesino. La finca de un caballero tiene más peso que la de un granjero. Esto significa que los cartógrafos no se limitan a registrar la forma del paisaje físico y humano: también están registrando los contornos del feudalismo o la clase social.19

Podemos ilustrar el argumento de Harley mediante mapamundis.20 En 1569, el cartógrafo flamenco Gerardus Mercator creó el mapamundi «de Mercator» (véase la ilustración siguiente), en cuyo centro se sitúa, de manera bien clara, Europa Occidental. A pesar de que se usa en las escuelas, el mapa de Mercator contiene diversas imprecisiones. África y Australia aparecen más pequeñas de lo que son y la Antártida domina el conjunto.


Un mapa elaborado utilizando la proyección de Mercator.

Al escribir «mapamundi americano» en Google Imágenes, salen muchísimos mapamundis que sitúan Estados Unidos en el centro. Del mismo modo, los mapamundis chinos están centrados en China. En 2006, el ministro noruego de Asuntos Exteriores financió un nuevo juego de mapas centrado en el «Alto Norte»: Noruega y las regiones polares circundantes. Explicó en un discurso que había que dejar de ver el Alto Norte como «una tierra salvaje fría e inhóspita». Es un lugar importante de Europa, una «provincia energética» emergente.21 El ministro noruego aspiraba a situar Noruega en el centro del mapa en más de un sentido.

Lo que el mapa representa tiene importancia. Pensemos en las fronteras. Algunos colocan el Tíbet dentro de China. Algunos trazan la frontera entre Palestina e Israel muy lejos de Jerusalén. Otros meten Cachemira dentro de Pakistán. Un equipo de investigadores ha analizado dónde coloca Google Maps las fronteras entre territorios en disputa y su estudio demuestra que su situación varía según la ubicación de cada servidor web. Por ejemplo, en los servidores rusos, Google Maps enseña el territorio en disputa de Crimea como si fuera ruso, en lugar de ucraniano.22 Reino Unido, con consecuencias menos drásticas, está redibujando las fronteras de las circunscripciones electorales, pero, aunque en teoría es una respuesta a los cambios demográficos de la población, ciertos críticos han planteado que el Gobierno intenta obtener ventaja política sobre la oposición.23

Tras demostrar que los mapas pretenden influir en las personas, Harley pasa a su segunda línea de argumentación. Los mapas representan el poder. Monarcas, Gobiernos e iglesias han financiado la cartografía para sus propios fines. El servicio nacional de cartografía de Reino Unido se llama Ordnance Survey. Es un nombre curioso, ya que ordnance suele hacer referencia a suministros militares. La explicación reside en los orígenes de la propia institución, que se remonta a la década de 1740. Un duque inglés, Cumberland el Carnicero, decidió que para vencer a los rebeldes escoceses era fundamental cartografiar las Tierras Altas, en Escocia.

Los mapas contienen conocimiento y, por lo tanto, al igual que la inteligencia del enemigo, solían estar protegidos. Harley señala un artículo de 1988 del New York Times, «Soviet Aide Admits Maps Were Faked for 50 Years»,24 en el que se describe que los mapas rusos estaban falsificados de forma deliberada. Había ríos y calles mal situados, fronteras distorsionadas, accidentes geográficos omitidos. (El Ejército estadounidense detectó esos errores y elaboró una lista de ciudades que «peregrinaban»; es decir, que cambiaban de sitio de manera desconcertante.) En 2016, la CIA publicó una cantidad enorme de mapas recién desclasificados en los que aparecían Moscú, la Berlín dividida, Bagdad y Cuba. Los mapas representan el conocimiento y el poder.

Harley nos ha proporcionado una metafísica de los mapas alternativa. En su descripción «opaca» de estos, no son representaciones de la realidad, sino paquetes de información creados por unos seres humanos para comunicarse con otros seres humanos. Esas comunicaciones van encaminadas a persuadir a sus lectores. Esta parte del mundo es un centro militar o intelectual, un país tiene «estas» fronteras, los yacimientos de petróleo están aquí. En lugar de representar la realidad, los mapas pueden pretender crearla.

Y eso no es lo único raro de los mapas. Más recientemente, hay quienes han cuestionado la idea de que estos existan fuera de nuestras mentes. Mientras investigamos la metafísica de una cosa, podríamos preguntarnos: ¿Su existencia depende de la mente? Si somos realistas respecto a algo, creemos que ese algo existe con independencia de aquella. Yo soy realista respecto a los árboles, las montañas y las estrellas. Si un virus erradicara de la faz de la Tierra toda forma de vida consciente, creo que esas cosas seguirían existiendo.

En cambio, si somos idealistas respecto a algo, creemos que su existencia depende de la mente. Podemos ser idealistas respecto a todo tipo de cosas. Algunos filósofos son idealistas respecto a las emociones. Creen que, si no existiera la mente, no podría haber tristeza ni felicidad. Algunos filósofos de la percepción son idealistas respecto al color. Creen que el color es una peculiaridad mental de los seres conscientes y que, en realidad, el mundo solo contiene rayos de luz y partículas. Los azules, verdes y amarillos no existen más que en nuestra cabeza.

Si todos los mapas de este mundo se destruyeran y desaparecieran por obra de una mano malvada, los hombres estarían ciegos de nuevo, las ciudades se ignorarían entre sí y cada mojón sería una señal sin sentido apuntando a la nada.

Con todo, al mirarlo, al sentirlo, al pasar un dedo sobre sus marcas, resulta algo frío; los mapas son sosos y anodinos, hijos de un calibrador en la mesa del dibujante. Esa línea costera, el trazo abrupto de tinta encarnada, no indica ni arena ni el mar ni las rocas; no revela a un marinero con las velas desplegadas en un mar, preparando, sobre una piel de cordero o una tableta de madera, un preciado garabato para la posteridad. Ese borrón pardo que señala una montaña no tiene, para el observador ocasional, mayor sentido, por más que veinte hombres o diez o uno solo puedan haber malogrado su vida para escalarla.

Beryl Markham, Al oeste con la noche (1942).

¿Deberíamos ser realistas o idealistas respecto a los mapas? Podría pensarse que, evidentemente, deberíamos ser realistas. Son objetos sólidos que podemos sostener en la mano, no pensamientos ni percepciones. Sin embargo, Rob Kitchin y Martin Dodge han defendido hace poco que los mapas solo se convierten en tales cuando se leen. Un mapa sin leer no es más que un «conjunto de puntos, líneas de colores […] tinta sobre una página». Afirman que esa página solo se convierte en mapa cuando se lee o interpreta, cuando «se pone a funcionar en el mundo».25 Solo entonces se descodifica, se sitúa en un contexto humano y se dota de sentido a sus puntos y líneas. Podría pensarse que eso mismo ocurre con los libros. Sin nadie que lo lea, un ejemplar de Orgullo y prejuicio no es más que tinta impresa sobre finísimas láminas de pulpa de celulosa.

Si Kitchin y Dodge tienen razón, los mapas son objetos que dependen de la mente. Si dependen de que se los lea, y solo la mente humana sabe leer, entonces dependen de la mente humana. Deberíamos ser idealistas respecto a ellos. Si los humanos nos extinguiéramos, dejaríamos tras de nosotros papeles garabateados, pero no mapas.

Y he aquí una última curiosidad sobre ellos. Puede que no sean objetos en absoluto. Pensemos en los mapas en línea. No sabemos cuándo se creó el primero, pero sí cuándo se creó el más reciente: hace una milésima de segundo. La World Wide Web se inventó en 1989, el mismo año en que Harley publicó su artículo. (Tengo un recuerdo borroso de la vida antes de la web, y mis alumnos no tienen ninguno.) Internet revolucionó la cartografía. Antes de que se inventara, los mapas dependían del papel y de la tecnología de impresión. Resultaban caros de elaborar y comprar. Hoy en día, podemos crear y usar mapas de manera gratuita, un proceso que les arrebata a monarcas y Gobiernos el poder de la cartografía para ponerlo en las manos de la población general.26 Los expertos calculan que cada día se distribuyen más de doscientos millones de mapas en línea, cifra que supera la de los mapas impresos que existen en todo el mundo.27

Los mapas en línea no solo son gratis, sino también procesuales. La metafísica distingue entre «objetos» y «procesos». Un objeto es, por ejemplo, una silla, un hervidor de agua, un florero. Los objetos son estáticos, inmutables. En cambio, un proceso puede ser un río o una tormenta. Una tormenta no es estática, sino que está en constante evolución y cambio.

¿Los mapas son objetos o procesos? Normalmente, pensamos en ellos como en objetos: los mapas de estas páginas están inertes. Sin embargo, los que encontramos en línea no están quietos. Google Maps, Apple Maps y OpenStreetMap están siempre cambiando, se actualizan de un minuto a otro. Podríamos pensar en los mapas en línea como en objetos con una vida cortísima. Cada vez que se actualiza Google Maps, uno nuevo ve la luz. La siguiente vez que se actualiza Google Maps, el mapa anterior deja de existir y surge otro en su lugar. Si esto es así, cada mapa de Google Maps existe solo unos pocos segundos, por mucho que dure el intervalo entre actualizaciones.

El problema de considerar que Google Maps está siempre creando y destruyendo mapas es que eso no encaja con nuestra vivencia del uso del programa. No nos da la impresión de que haya mapas naciendo y muriendo todo el rato. Más bien, nos da la impresión de que solo uno que está siempre cambiando, a través de sus actualizaciones. Quizá sea mejor concebir los mapas de Google Maps como procesos. Tienen más en común con las tormentas y los ríos que con las sillas y los hervidores de agua.

Algunos mapas antiguos parecen estar también más cerca de los procesos. Una vez vi en la British Library uno del centro de Londres elaborado en tiempos de guerra. Las líneas originales del mapa estaban parcialmente cubiertas por rectángulos de papel que se habían superpuesto y pegado de manera meticulosa. Conforme los bombarderos destruían las calles de Londres, la gente las iba borrando del mapa. El mapa de la Tierra Media de J. R. R. Tolkien fue creciendo de un modo similar. Conforme avanzaba su pensamiento, Tolkien pegaba nuevas secciones sobre partes más antiguas.28

Por muy extrañas que sean esas criaturas, disfruto muchísimo con los mapas y ni de lejos soy la única. Ya en 1589, el geógrafo Thomas Blundeville señalaba que muchos «se complacen en la observación de los mapas», aunque añadía que mucha gente no los entendía.29

Muchos escritores han hablado de los mapas. En su poema «The Map», Elizabeth Bishop mezcla en broma varias ciudades de Nueva Escocia con los mapas que las representan. (Bishop también ve belleza en las austeras lecciones geográficas de Monteith y las utiliza en su obra.) En «Topography», Sharon Olds describe los cuerpos de dos amantes como si fueran mapas.30 Hoy se pueden comprar mapas curiosos, con las destilerías de whisky de Escocia o los lugares de Islandia donde viven las hadas. Tal vez nos preocupe que la visión que tiene Harley de los mapas como objetos de poder ligados a un destino aciago pase por alto esa extravagancia. Tomemos los de Mordor creados por Tolkien. Representan un lugar llamado Monte del Destino, sí, pero ni de lejos ese destino es aciago. La cartografía puede tener un reverso más luminoso.31

La filosofía me ha convencido de que los mapas contradicen su aparente sencillez. En la primerísima lección de las Lessons in Geography, de Monteith, se dice: «Esta es una imagen del mundo, o tierra, sobre el que vivimos. Es una bola inmensa. La parte que se ve es el exterior o superficie, y puede ser tierra firme o agua» (véase la ilustración siguiente).


Lessons in Geography, de Monteith.

A pesar de lo elegante que es la descripción de Monteith, falta la complejidad que esconde el mapa en el refajo. Los mapas son como el hojaldre: están hechos de capas muy finas e invisibles. Me pregunto si esto es parte de lo que les da glamur. Nos suelen atraer las cosas poderosas: gente, coches, tormentas. A través de sus capas, los mapas pueden ser igual de poderosos.


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Francis Bacon sobre la filosofía de la ciencia y el pollo congelado

Cuando me bajé del tren en Fairbanks, el aire ártico me azotó el rostro. Sabía a lata. Al ir menguando la luz del día, los vagones resplandecían con un rosa crepuscular. Intenté no sonreír cuando la pareja lujuriosa me adelantó de un empujón para quedarse con el primer taxi. Me eché la mochila al hombro y me despedí de la gente con quien había hablado durante el viaje: la señora del gorro de lana azul que repartió huevos duros mientras explicaba que Obama había falsificado su partida de nacimiento, el cobrador que creía que el Gobierno estaba transformando las auroras boreales en armas.

Tras haberme pasado todo el día encogida en un asiento, decidí ir a pie hasta Fairbanks. Hacía buena temperatura cuando eché a andar, aunque no vi ni un alma en las calles. Las afueras de la ciudad me parecieron pobres y vacías. Había nieve en los tejados y en las zonas verdes, y el río seguía congelado. Casi todos los edificios parecían cubos de poca altura apiñados unos contra otros. Supongo que eso facilita la calefacción. Cuando entré en los barrios residenciales, ya con más vegetación, empezaron a aparecer casas recubiertas de listones de madera, todo franjas y triángulos. Yo me alojaba en una de ellas, en un bed and breakfast de estilo antiguo cuyo anuncio prometía cocina de hierro fundido y bañeras de patas con forma de garra. Resultó ser tan cursi como me esperaba: recargadísimo de historia estadounidense, lleno de volutas doradas y encaje e invadido por los tapetes.

Yo era la única huésped del edificio; ni siquiera la chica que me atendió al llegar se quedaba allí.

—No es temporada alta de turismo —me explicó—. Ya es tarde para las cosas de invierno y aún es pronto para las de verano.

—No pasa nada. ¿Hay algo que hacer por la noche?

Hizo una mueca y me dedicó una clarísima mirada de «otra turista gilipollas».

—Vale.

Me pasé la tarde escribiendo. Me instalé en el salón, que era grande pero daba sensación de agobio. Una mesa de caoba inmensa dominaba el espacio y se mataba con las vitrinas que cubrían las paredes y sobresalían formando ángulos extraños. Las lámparas de araña arrojaban curiosos rectángulos de luz que insinuaban marcos de foto chapados en oro y teteras de plata. Las bombillas no tenían potencia suficiente para iluminar la sala en condiciones, por lo que los bordes eran sombras oscuras y burdas agazapadas en las esquinas. Mi ordenador portátil emitía un resplandor hacia arriba y dibujaba los contornos de lo que me pareció un buey almizclero disecado. Me pregunté qué habrían hecho con él los primeros científicos.

La ciencia occidental tiene una deuda enorme con Francis Bacon, uno de los primeros pensadores modernos. Hace mucho mucho tiempo, los europeos creían que era posible entender las plantas y los animales solo con reflexionar sobre ellos. Podías sentarte en un sillón y razonar que el musgo es un tipo de planta, mientras que los líquenes son una mezcla de alga y hongo. A comienzos del siglo XVII, Bacon tumbó ese mito. Transformó la filosofía europea de la ciencia al sostener que no se podía entender el mundo de la naturaleza solo con reflexionar sobre él. Y los viajes fueron fundamentales para llegar a esa conclusión.

Estudió en Cambridge y viajó por Francia antes de empezar su carrera política. Su estrella creció y menguó a lo largo de su vida. En el punto más alto de esa estrella, Bacon fue miembro del Parlamento, consejero de la reina, Lord Canciller. Y, en el punto más bajo, estuvo en la cárcel por deudas económicas y fue destituido por corrupción. Durante su vida profesional, escribió sobre religión, ética, derecho, sociedad, filosofía y ciencia. Incluso tuvo tiempo de escribir parte de una novela utópica, Nueva Atlántida.

En la época de Bacon, la «ciencia» tal como la conocemos no existía. La filosofía, sí. En su sentido más amplio, la filosofía es el estudio de la realidad y de nuestras relaciones con ella. Hoy en día, incluye de todo, desde la metafísica hasta la ética. En el pasado, era incluso más amplia: llegó a incluir la «filosofía natural». El filósofo natural investigaba el mundo natural y estudiaba la biología de plantas y animales, la química de líquidos raros, la física de los cuerpos en movimiento y los planetas.

Aunque la filosofía natural se parece bastante a la ciencia que conocemos hoy, hay diferencias. Mientras estudiaban aves y rocas, los filósofos naturales también investigaban la inmortalidad del alma humana y las obras de Dios en la tierra. De ahí que la ciencia primitiva esté tan mezclada con la filosofía y la teología. La vanguardista teoría de las mareas de Descartes se basa en su metafísica de la materia. La teoría de la gravedad de Newton, así como su revolucionaria explicación del movimiento de los planetas, hunde sus raíces en Dios. Se dice que la ciencia occidental surgió como disciplina independiente en el siglo XIX: William Whewell acuñó el término inglés scientist (‘científico’) en 1883 (tras señalar que Coleridge prohibía a los hombres de ciencia describirse a sí mismos como «filósofos»).32 Mediante la filosofía de la ciencia, Bacon dio comienzo al proceso por el que la ciencia se distinguió de la filosofía.

Mesas, aves, colinas, rocas, estrellas: todas estas cosas componen el mundo material en el que vivimos. Cuando este mundo se investigaba, tradicionalmente, a través de la razón, un filósofo medieval que quisiera entender los robles se ponía a reflexionar sobre ellos. Podía empezar por sopesar la naturaleza de la materia, después la de la materia viva y llegar por fin a la naturaleza de los árboles.

Bacon sostenía que este planteamiento medieval era absurdo; lo comparaba con el hecho de que una tela de araña salga del interior de la propia araña. En lugar de este planteamiento tradicional, defendía el «experimentalismo». Los experimentalistas recopilan información sobre el mundo a través de la observación y la experimentación. Bacon los comparaba con las abejas: recogen los productos de la naturaleza, «flores del jardín y del campo», y los transforman en la miel del auténtico conocimiento.33

A Bacon no le interesaba únicamente la recopilación de datos científicos. También le interesaba la filosofía que subyace en el experimentalismo. Poco a poco, fue desarrollando una nueva filosofía de la ciencia. Sostenía que debemos recopilar información sobre el mundo a través de la observación y la experimentación, y usar esa información para crear axiomas (principios). Luego, esos axiomas se han de comprobar a través de más observación y experimentación, lo que da lugar a axiomas más generales.

El método de Bacon se puede imaginar como una especie de escalera. En el peldaño inferior, los científicos recopilan información sobre cosas concretas. Por ejemplo, una bióloga que esté observando los animales de Norteamérica se da cuenta de que muchos alces mudan el pelaje en mayo. Sube un peldaño y formula un axioma: «Los alces de Alaska mudan el pelaje de invierno en primavera». Podría comprobarlo con más observación. Si parece sólido, puede combinarlo con otros axiomas sobre los alces, por ejemplo: «Los alces de Yellowstone mudan el pelaje de invierno en primavera». Subiendo un peldaño más, podría formular una observación más general: «Todos los alces mudan el pelaje de invierno en primavera».

La ciencia iría avanzando con la recopilación de datos y la creación de axiomas sobre ellos. Aunque Bacon subrayaba la importancia de la observación y la experimentación, no pretendía suprimir del todo el «pensamiento de sillón». Nuestro mundo contiene algunas cosas cuya naturaleza solo podemos entender a través de la reflexión, incluida la propia ciencia.

A la mañana siguiente, cogí el autobús hasta el Museo del Norte de Fairbanks. Es un edificio impactante, todo modelado con cornisas y curvas blancas. Una mezcla entre la Ópera de Sídney y un iceberg. Pasé una hora curioseando por la Galería de Alaska, mirando vitrinas y leyendo cartelas. Se centraba, sobre todo, en la historia natural: huesos de mastodonte, oro y otras maravillas minerales, águilas, castores y caribús disecados. En medio de todo, el «bebé azul», un bisonte estepario momificado de la Edad de Hielo, excavado del permafrost.

Creo que a Francis Bacon le habría parecido bien este museo. En La Gran Restauración (Novum Organum), de 1620, sostenía que el ser humano debía crear una historia natural completa. El Museo del Norte está trabajando en una pequeña pieza de este rompecabezas, al aportar una historia natural de Alaska. Bacon era muy consciente de que una historia natural del universo entero sería inmensa: calificaba la obra de «regia», pues requeriría de «mucho esfuerzo y muchos gastos».34

En La Gran Restauración se destacan, como temas de estudio, los siguientes:

 Historia de los cuerpos celestes o historia astronómica.

 Historia de los relámpagos, de los rayos, de los truenos y de las centellas.

 Historia de las lluvias normales, tempestuosas, prodigiosas y de las llamadas cataratas celestes y similares.

 Historia de las nubes, según se ven en lo alto.

 Historia del aire en su totalidad o según la configuración del mundo.

 Historia del granizo, de la nieve, del hielo, de la escarcha, de la niebla, del rocío y similares.

 Historia de la tierra y del mar, de su figura, disposición y configuración recíprocas, de su extensión mayor o menor, de las islas de tierra en el mar, de los golfos, de los lagos salados en la tierra, de los istmos, de los promontorios.

 Historia de los movimientos (si los hay) del globo de la tierra y del mar y de los experimentos por los que dichos movimientos pueden ser establecidos.

 Historia de la llama y de los cuerpos ígneos.

 Historia química de los metales y de los minerales.

 Historia de los peces, de sus partes y de su generación.

 Historia de los flujos y reflujos del mar, de las corrientes, de las ondulaciones y restantes movimientos del mar.

 Historia de los restantes accidentes del mar, de su salinidad, de sus diversos colores, de su profundidad y de las rocas, montes, valles submarinos y similares.35

Desde luego, ambición no le faltaba. Hasta reclamaba una historia natural de los prestidigitadores y saltimbanquis.

En este proyecto, los viajes eran fundamentales. Según Bacon, no podemos entender los mares y sus peces si nos quedamos sentados en el sillón. Hay que salir al mundo y buscar por ahí. El frontispicio de la versión original de La Gran Restauración (véase la ilustración siguiente), subraya la importancia de viajar. Uno de los barcos está zarpando rumbo a un océano infinito y el otro viene de regreso, con la línea de flotación muy arriba debido al peso de los tesoros que trae.


La Gran Restauración, de Bacon.

Los barcos aparecen entre las columnas de Hércules, sobre las rocas que flanquean el estrecho de Gibraltar. En las mitologías griega y romana, Hércules (Heracles, para los griegos) es el intrépido hijo de Zeus o Júpiter. En un mito, Hércules llegó hasta las columnas, que en ese momento pasaron a representar los límites del mundo conocido. En ellas estaba tallada la inscripción «nada hay más allá» (nec plus ultra), una advertencia a los barcos para que no siguieran avanzando. (En Guía para viajeros inocentes, Mark Twain se queja de que los antiguos escribieron libros y libros sobre las columnas, pero jamás mencionaron el continente americano: «… y, sin embargo, debían de saber que existía»).

En el frontispicio del libro de Bacon, los barcos navegan más allá de las columnas. Esto simboliza la opinión de que debemos ampliar los límites de nuestro conocimiento. Bajo los barcos, figura la frase: «Muchos correrán de aquí para allá, y el conocimiento aumentará» (Multi pertransibunt et augebitur scientia). Es decir, viajar acrecentará nuestro entendimiento del mundo.

Las exigencias de Bacon llegaron en un buen momento. Europa estaba viviendo su «Era de los Descubrimientos», un tramo de la historia occidental que abarca desde finales del siglo XV hasta el XVII. Las técnicas navieras y de construcción de buques habían avanzado hasta el punto de que las travesías largas eran razonablemente seguras y los barcos partían para ver qué había más allá del horizonte. Buscaban nuevas rutas comerciales y nuevas tierras que colonizar (sin preocuparse de los pueblos que ya vivieran en ellas).

Los navegantes portugueses, franceses, españoles, holandeses y británicos iban en cabeza. En la década de 1490, Cristóbal Colón partió hacia las Américas, en un intento fallido de arribar a la costa occidental de Asia. En 1500, Pedro Alvares Cabral zarpó desde la India hacia Brasil y reclamó Brasil para Portugal. Martin Frobisher exploró Canadá y trató de encontrar el esquivo paso del noroeste: una supuesta ruta comercial de Europa a Asia por el Ártico. En torno a 1520, Fernando de Magallanes circunnavegó la Tierra. En 1578, Francis Drake llegó al Pacífico y se convirtió así en el primer inglés en recorrer el recién bautizado estrecho de Magallanes. En las décadas de 1660 y 1670, James Cook cartografió y reclamó partes de Alaska, Nueva Zelanda y Australia.

A los europeos les entusiasmaban estos viajes. En el Atlas Maritimus británico, de 1670, John Seller enumera con orgullo «los descubrimientos que han llevado a cabo en estos doscientos años los valiosos hombres de nuestra nación, así como extranjeros».36 Describe, por ejemplo, cómo Richard Chancellor encontró una ruta marítima hasta Rusia; cómo Henry Hudson llegó hasta la latitud de 81 grados en su intento de descubrir el Polo Norte y descubrió la bahía de Hudson; cómo Hugh Willoughby descubrió Groenlandia, a la que puso el sobrenombre de «Nueva Tierra del rey Jacobo» antes de «morir por congelación».

Bacon creía firmemente que, al igual que Colón había ido más allá de Europa, los intelectuales debían ir más allá de su herencia medieval. En algunas ilustraciones posteriores de las columnas de Hércules, la inscripción cambió de «nada hay más allá» a «id aún más lejos».

¿Fue una coincidencia el hecho de que Bacon empezara a ensalzar los viajes durante lo que se conoce como Era de los Descubrimientos? Por supuesto que no. Al igual que Seller, Bacon se vio envuelto por la marea que amplió el mundo europeo. Y eso me ayudó a responder a una pregunta que me había surgido durante el proceso de investigación. Al comienzo, me di cuenta de que este libro iba a tratar solamente de la filosofía occidental del viaje. Tendría que haber nuevos libros que trataran los viajes en la filosofía china, india o africana. (Aunque las filosofías también viajan, y la filosofía occidental hunde sus raíces en la filosofía griega clásica, que, a su vez, puede derivar de la filosofía africana: Aristóteles atribuye a los egipcios muchas ideas importantes.37) Aparte de alguna que otra observación de Platón, los enfoques occidentales más antiguos sobre filosofía y viaje que encontré eran los de Montaigne, Bacon y Descartes. ¿A qué se debía eso? Me di cuenta de que la respuesta estaba en la Era de los Descubrimientos europea. Los viajes se estaban convirtiendo en una parte importantísima de la sociedad, y los filósofos se implicaron igual que todos los demás.

La ambición de Bacon no debe subestimarse. Mientras que los exploradores europeos trataban de crear mapamundis, Bacon intentaba, literalmente, crear un nuevo mundo. No creía, sin más, que su nueva filosofía de la ciencia llevaría a una historia natural completa: también creía que llevaría al apocalipsis.

En la actualidad, el término «apocalipsis» suele hacer referencia al fin del mundo, del peor modo posible. Surge cuando se habla de guerra nuclear o de cambios climáticos drásticos. En la Europa del siglo XVII, el término también hacía referencia al fin del mundo, pero con la posibilidad de renovación. Como la mayoría de sus contemporáneos, Bacon creía que los humanos habían caído de la gracia divina, pero que serían devueltos a ella. El libro del Génesis describe «la caída» de la humanidad. Dios creó a Adán y Eva en un paraíso, el Jardín del Edén. Una serpiente tentó a Eva para que comiera de una manzana prohibida, Eva convenció a Adán para que también comiera de ella y Dios los expulsó a los dos del Edén. Más adelante, la Biblia dice que Dios, al final, devolverá al ser humano al paraíso y hará «nuevas todas las cosas». En pasajes como los del Apocalipsis 21:1-5 se menciona la renovación de Jerusalén, de forma que la ciudad estará en el centro del nuevo paraíso. En el centro de Jerusalén está el templo de Salomón, que será reconstruido.

El título de La Gran Restauración, de Bacon, hace una referencia especial a la reconstrucción del templo de Salomón. Bacon dedicó su libro al rey Jacobo I, conocido como «el nuevo Salomón». De esta forma, está diciéndoles a los lectores que su nuevo método científico acabará restaurando el templo de Salomón y devolviendo a los humanos al paraíso.

Tras descubrir unos cuantos símbolos religiosos en la obra de Bacon, es imposible no verlos por todas partes. Volvamos al frontispicio de La Gran Restauración. La frase que hay debajo de los barcos está sacada de una profecía bíblica sobre lo que precederá al apocalipsis:

Será un tiempo de angustia cual nunca hubo desde que existen las naciones hasta entonces […]. Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán, unos para la vida eterna, y otros para la ignominia, para el desprecio eterno. Los entendidos brillarán como el resplandor del firmamento […]. Muchos correrán de aquí para allá, y el conocimiento aumentará. (Daniel 12:1-4)

Aumentar los viajes y el conocimiento es una señal de que el fin del mundo se acerca, pero en el buen sentido.

Bacon era muy consciente de la simbolización que estaba introduciendo, y en otro punto escribe lo siguiente:

Por eso sería vergonzoso para los hombres que si el ámbito del globo material (es decir, de las tierras, mares, astros) se ha abierto e iluminado inmensamente en nuestra época, el globo intelectual permanecerá, sin embargo, clausurado dentro de los límites estrechos de los descubrimientos de los antiguos. Estas dos empresas, la apertura de la Tierra y la apertura de las nuevas ciencias, no están ligadas y engarzadas entre sí de un modo trivial. Los viajes y travesías remotos han dado a conocer muchas cosas de la naturaleza que pueden arrojar una luz nueva sobre la filosofía y la ciencia humanas y corregir, por vía de la experiencia, las opiniones y conjeturas de los antiguos. No solo la razón, sino la profecía, las conecta. ¿Qué otra cosa iba a decir el profeta, si no, cuando, al hablar de los últimos tiempos, afirma: «Muchos correrán de aquí para allá, y el conocimiento aumentará»? ¿Acaso no se refiere a que la exploración de la Tierra redonda y el aumento o multiplicación de la ciencia estaban destinados a producirse en la misma época y el mismo siglo?38

Esta profecía respalda la conexión que establece Bacon entre viajar y la ciencia.39

El filósofo inglés subrayó durante toda su vida la importancia de salir al mundo, y esto al final acabó matándolo. Según lo que se cuenta de sus últimos días, Bacon estaba viajando en carruaje por Highgate cuando lo sorprendió una nevada impropia de la estación. Sabía que la carne podía conservarse con sal y quería comprobar si el frío surtiría el mismo efecto. Le compró un pollo a una mujer pobre, le pidió que lo degollara y luego él mismo lo rellenó de nieve. Por llevar el pollo de vuelta al carruaje, quizá incluso por mantener el gélido animal en su regazo, pilló un resfriado que resultó fatal.

En su lecho de muerte, le escribió a un amigo:

Casi corro la misma suerte que Cayo Plinio el Viejo, que perdió la vida intentando llevar a cabo un experimento sobre el monte Vesubio, pues yo también estaba deseoso de probar un experimento o dos relativos a la conservación y endurecimiento de los cuerpos. En cuanto al experimento en sí, resultó en un éxito rotundo.40

Bacon había descubierto el pollo congelado. Y, en un sorprendente giro de guion, se dice que el fantasma del pollo ronda por Pond Square, la plaza donde murió. El espectro a medio desemplumar lleva siglos apareciéndose; durante la Segunda Guerra Mundial hubo varios avistamientos entre quienes vigilaban por si había ataques aéreos.41

Tras la muerte de Bacon, su filosofía de la ciencia galvanizó la investigación científica. Inició una sucesión de acontecimientos que condujeron, entre otras cosas, a la creación de los museos de historia natural como los conocemos en la actualidad. Su influencia alcanzó el culmen durante mediados del siglo XVII, cuando un grupo de filósofos naturales inspirados por Bacon fundaron la British Royal Society. Encabezados por pensadores como Robert Hook y Robert Boyle, aspiraban a convertir en realidad la visión baconiana de una historia natural completa.

Al igual que Bacon, la Royal Society estaba obsesionada por recopilar datos sobre tierras remotas. Sus miembros se reunían para comentar los libros y «curiosidades» de viajes más recientes (como el último paquete de semillas que les hubiera llegado), y publicaban sus hallazgos en su propia publicación periódica, Philosophical Transactions of the Royal Society, que suele citarse como la primera revista científica.

Aunque el trabajo de la Royal Society progresaba, a veces se estropeaba por culpa de una borrachera. En 1664 se creó en su seno un comité especial para leer literatura de viajes. Confeccionaron una lista de libros y cada miembro eligió uno para leerlo todos con detenimiento. Sin embargo, uno de ellos explicó más tarde en una carta que, en lugar de leer, se retiraban a la cava de vinos de su anfitrión. «Dejo en tus manos adivinar que nuestros intercambios y entretenimiento tenían lugar bajo tierra, en la Gruta, y cerca del pozo, que es donde se conservan decenas y decenas de botellas de vino».

Además de leer (o intentar leer) nuevos libros de viajes, la Royal Society empezó a publicar peticiones de información. Robert Boyle, el padre fundador de la química, elaboró una de estas peticiones, titulada Instrucciones generales para una historia natural de un país, grande o pequeño. Boyle pedía los siguientes tipos de información sobre países extranjeros:

 la longitud y latitud del lugar;

 la temperatura del aire;

 qué fenómenos meteorológicos es más o menos propenso a producir el aire;

 qué tipos de peces cabe encontrar en el país: su número, tamaño, calidad, temporadas, pescas, peculiaridades de cualquier tipo.42

Del mismo modo, Edward Leigh preguntaba por el clima de un país, la «riqueza o aridez de la tierra», la densidad de población, sus productos, plantas, bestias, aves, peces e insectos.43

Esta nueva concepción de los viajes como forma de recolección de datos que tenía la Royal Society afectó al viaje europeo en muchos aspectos. En primer lugar, dio lugar a un nuevo tipo de viajero: el científico. Para ilustrar esto, veamos una taxonomía de los viajeros, creada en 1606 por un caballero inglés.

Sir Thomas Palmer, el Viajador, se centraba en el viaje «regular», «una actividad honorable u honrada de los hombres». No explicaba qué entendía por viaje «irregular», aunque escribía, con pesimismo, que «casi todos los hombres lo averiguarán con la experiencia». Palmer distinguía tres tipos de viajeros regulares. Los viajeros involuntarios no han elegido salir al extranjero, están proscritos o exiliados. Los viajeros no voluntarios están en el extranjero para desempeñar asuntos de Estado: mediadores, embajadores, «hombres de guerra» y espías. (Palmer dedicó este amable consejo a los espías: «Han de guardarse de que se los conozca como miembros de la inteligencia».) Los viajeros voluntarios han elegido ir al extranjero para cumplir sus propios intereses: mercenarios, comerciantes, estudiantes y médicos.44 El tipo de viajero que está totalmente ausente de la taxonomía de Palmer es el filósofo natural o científico. Ese concepto de viajero no existía a comienzos del siglo XVII, pero, gracias a la Royal Society, sí que existió a finales.

Entre los primeros científicos viajeros se encuentran Henry Blount, John Ray y Francis Willughby. En el siglo XIX, Charles Darwin continuó esta tradición con su expedición en el Beagle. De hecho, Darwin comienza El origen de las especies con una cita de Bacon, en la que se dice que ningún hombre puede «indagar mucho o aprender demasiado» en la teología o en la filosofía.45

El proyecto de la Royal Society se enriqueció con las aportaciones de muchos otros tipos de viajeros: capitanes de la armada, gobernadores coloniales, embajadores, comerciantes. Su ayuda era especialmente bien recibida en la Royal Society porque a esta le salía «gratis», ya que los salarios los pagaban otros.

El segundo efecto que tuvo la Royal Society sobre los viajes está relacionado con los destinos. A partir de la década de 1660, la sociedad empezó a pedir información acerca de lugares concretos, como Groenlandia, el Caribe, Hungría, Transilvania, África, Egipto, Persia, Virginia y Brasil. Sus miembros espigaban datos sobre estos sitios en libros de viajes, pero la escasa información que tenían solía motivar más preguntas:

 «¿Habrá hombrecillos enanos en las bóvedas de las Canarias, como se cuenta?»

 ¿Existe un lugar en Brasil en el que «hay una madera que atrae a los peces y un pez que mira hacia el viento cuando está colgado de un hilo»?

 En Brasil, ¿es posible crear sapos «arrojando un tipo de agua mora»?

 En Egipto, «¿siguen apareciendo el Viernes Santo piernas y brazos de hombres como salidos del suelo, en número abundante y en un lugar situado a cinco millas de la ciudad de El Cairo?». «¿Cómo puede llevarse a cabo ese engaño?»

 Respecto a Islandia, «¿qué se dice sobre la lluvia de ratones?».46

La relación entre viaje y ciencia se ha mantenido a lo largo de toda la historia de los exploradores británicos. Pensemos, por ejemplo, en la carrera del Polo Sur. En muchos testimonios anglófonos se afirma que a Amundsen «solo» le importaba llegar al polo, al tiempo que se elogia a Scott por su interés en la investigación sobre la Antártida.

El tercer efecto es que se desarrolló una obsesión por las curiosidades. Una oleada de viajeros con intereses científicos empezó a colmar la Royal Society de objetos pintorescos. En 1704, un europeo se regocijaba:

La Historia natural y moral se embellece con el valiosísimo aumento de muchos miles de plantas que nunca antes había recibido, de innumerables fármacos y especias, de gran variedad de bestias, aves y peces, de incontables variedades de minerales, montañas y aguas, de una diversidad inconmensurable de climas y hombres.47

Cuanto más extraños fueran estos objetos, mejor.

Esto se debe a que, en la filosofía de la ciencia de Bacon, las cosas raras son importantes. Las cosas raras pueden ser naturales o elaboradas: elefantes o relojes de péndulo a la última. Bacon también creía que había que estudiar a los «monstruos». La recopilación de información sobre criaturas biológicas anómalas, como las cabras de dos cabezas, mejoraría nuestro entendimiento de las obras de la naturaleza. Las colecciones de esos objetos extraños se conocían como «gabinetes de curiosidades».

A mediados del siglo XVII, Robert Hubert amasó gran cantidad de objetos de este tipo, descritos en su obra A Catalogue of the Many Natural Rarities, with Great Industry, Cost, and Thirty Years Travel into Foreing Parts ('Catálogo de las muchas rarezas naturales, con gran tesón, coste y treinta años de viajes por lugares del extranjero'). Su gabinete contenía «peces enteros» y «partes de peces», una momia egipcia «adornada de jeroglíficos», «piedras de forma extraña», un trozo de «vieja corteza de árbol comida por los gusanos en piedra», el hueso de un gigante sirio, una «rosa de Jericó, que tiene cien años» y otros «objetos de funcionamiento extraño». Robert Hooke, científico y arquitecto, compró la colección de Hubert para la Royal Society. Había nacido el concepto de «museo de historia natural».

Las «curiosidades» no siempre eran inanimadas. Los exploradores traían a su regreso plantas y animales vivos, como cactus y tigres. Lo espantoso es que a veces también traían «seres humanos». Cristóbal Colón volvió a España con siete indígenas. En los desfiles reales franceses se exhibía a nativos brasileños. Frobisher expuso a un esquimal. Estas personas no solían sobrevivir mucho tiempo. A veces se las sometía aún a más indignidades después de muertas y sus cuerpos se exponían públicamente.48

Por último, la Royal Society influyó en la forma de escribir sobre los viajes. En distintos textos, Bacon echaba pestes de las florituras del lenguaje; en La Gran Restauración nos dice que eliminemos «lo que hace referencia al ornamento del discurso, las similitudes, el acopio de elocuencia y todas las vanidades de ese tipo». Así, instaba a los viajeros a que, en cambio, escribieran «con brevedad y de forma estricta».49 En una recopilación de ensayos de 1669, Boyle explica que ha intentado escribir con una tensión «filosófica». Aspira a que su escritura sea «clara y pertinente», en lugar de «curiosamente ornamentada». Compara el uso de «adornos retóricos innecesarios» con pintar el ojo de un telescopio.50

Por muy bonito que pueda ser pintar la lente de un telescopio, no nos sería muy útil para ver las estrellas. La idea era que los informes deben ser claros «y» fiables. Bacon aconsejaba precaución respecto a lo que admitamos en nuestra historia natural. Por ejemplo, los autores deben especificar si han observado algo de primera mano o si están reproduciendo una descripción que les ha llegado por otra fuente. En este caso, debían indicar «si el autor era vanílocuo y ligero o bien sobrio y severo».51

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Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
30 lipca 2024
Objętość:
268 str. 31 ilustracji
ISBN:
9788413610771
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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