Czytaj książkę: «Pilar Soler»
PILAR SOLER,
REBELDE CON CAUSAS
PILAR SOLER,
REBELDE CON CAUSAS
Emília Bolinches
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
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© De los textos, Emília Bolinches, 2013
© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2013
Publicacions de la Universitat de València
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Fotografía de la cubierta: © Emília Bolinches
Fotografías interiores: Archivo familiar de Pilar Soler y los autores
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Fotocomposición, maquetación y corrección: Communico, C.B.
ISBN: 978-84-370-9335-2
Edición digital
A Pilar, que me confió su vida a pesar de la reticencia que mantenía hacia los y las periodistas–por la figura paterna del periodista Azzati–y aguantó con paciencia infinita durante los últimos años de su vida sin apenas reclamarme por el retraso en dar a luz su historia. Hasta el punto de morir sin llegar a verla publicada.
A Rosa, sin cuya indicación no se habría escrito nunca esta historia, al menos yo no la hubiera escrito.
La literatura, por mucho que nos apasione negarla, permite rescatar del olvido todo eso sobre lo que la mirada contemporánea, cada día más inmoral, pretende deslizarse con la más absoluta indiferencia.
ENRIQUE VILA-MATAS
ÍNDICE
UN PREÁMBULO NECESARIO
LIBRO I: LA HISTORIA NOVELADA
I. PARIR EN LA CÁRCEL
II. EN LA PRISIÓN-CONVENTO DE SANTA CLARA
III. LA MADAMA, TAMBIÉN EN LA CÁRCEL
IV. OTRA VEZ CON LA RESISTENCIA
V. JOSEFINA PEÑA FRENTE A PILAR SOLER
VI. PILAR RECUPERA A SU HIJA
VII. LA VUELTA A VALENCIA
VIII. ENTRADA Y SALIDA DEL PARTIDO
IX. DEMOCRACIA Y DIVORCIO
X. DE LA FUE A LA GUERRA
XI. LA GUERRA EN VALENCIA Y BARCELONA
XII. LA RATONERA
XIII. TODAS EN LA CÁRCEL
LIBRO II: ESCRITOS DE PILAR
I. MI VIDA
II. ANGELITA
III. SUS DISCURSOS E INTERVENCIONES PÚBLICAS
LIBRO III: PILAR VISTA POR LOS OTROS
I. SU HIJA MARI LUZ
II. SU HIJO RAYMOND
III. SU HIJA POLÍTICA CHRISTINE
IV. CAMARADAS
V. AMIGAS Y FEMINISTAS
VI. UN PROGRAMA DE TELEVISIÓN
VII. ZONAS OSCURAS, SILENCIOS Y EQUÍVOCOS
VIII. CONCLUSIÓN
HOJA DE RUTA VITAL DE PILAR SOLER
BIBLIOGRAFÍA
UN PREÁMBULO NECESARIO
El día que murió Pilar Soler, el 22 de junio del 2006, yo no lo supe hasta las once y media de la noche. A esa hora sonó el teléfono y Rosa Solbes me lo dijo, tan suave y con tanta naturalidad que soy incapaz de encontrar las palabras que empleó para darme la trágica noticia sin que lo pareciera tanto. A pesar de su extraordinaria habilidad para minimizar al máximo todo lo negativo de la existencia humana que la noticia contenía, me alarmé mucho, aunque seguramente menos de lo que hubiera ocurrido de habérmelo comunicado cualquiera otra persona.
Como Rosa aparece en todo tipo de circunstancias penosas tan entera y como inafectada, incluso yo, que me tengo por su mejor amiga desde hace tropecientos años, ante ella siempre tiendo a colocarme a su nivel, y como jamás lo consigo me siento como si hubiera de explicar o excusar mi afectación y la exteriorización del dolor. También en esta ocasión ocurrió que la conmoción por la noticia recibida me hizo, seguramente, decir alguna frase incoherente y sin sentido, y luego, como para hacerme perdonar, le dije que precisamente tenía ya muy avanzada su biografía porque llevaba escribiéndola durante los últimos meses y que un día de estos pensaba presentarme en casa de Pilar con todo lo que ya tenía escrito. En otra ocasión Rosa me sorprendió metiéndome el dedo en la llaga con su contestación:
–Ya lo sé, si fui yo quien te obligó a que la escribieras, ¿no te acuerdas?
Nunca lo hubiera expresado así, pero era rigurosamente cierto. Hacía ya varios años que un buen día, no sé cómo, supongo que estaríamos hablando de las mujeres o que yo le contaría alguna cosa sobre la Asociación de Mujeres Separadas y Divorciadas, saldría a colación alguna intervención de Pilar Soler. El caso es que Rosa me dijo que podía aprovechar y escribir la historia de Pilar porque si no se iba a perder.
–Lo tienes que hacer tú –dijo– porque con el carácter tan fuerte que tiene…Seguro que a ti sí que te lo va a contar todo.
Y yo, sin pensarlo, acepté tomándolo al pie de la letra. Entonces no se me ocurrió pensar por qué no lo hizo ella misma, por ejemplo, o por qué no se lo dijo a alguna otra persona. Ahora ya sé la razón: Pilar posiblemente no le hubiera contado a ella su vida y sí me la contó a mí, sin que tuviera que convencerla, quizá porque yo le resultaba más próxima y porque no había coincidido con ella en ningún momento de su vida en el entorno del PCE como Rosa.Quiero decir que no le hubiera confiado su vida a nadie más porque estoy segura de que no se hubiera dejado convencer. Pilar aceptó encantada a narrarme su vida para que la escribiera. Y, en cambio, cuando Gregorio Morán le escribió una carta y vino a verla desde Barcelona para entrevistarla, con vistas a un libro que estaba preparando (ya había publicado Miseria y grandeza del Partido Comunista de España, y Pilar lo había leído y no le había hecho ni pizca de gracia), se fue sin sacarle ni una sola palabra. Pilar se negó en redondo a contarle nada. Me lo confesó ella misma una mañana en medio de la grabación, subrayando su negativa:
–Lo que quería era averiguar mi relación con Jesús Monzón, así que ni hablar, le dije que no. ¡A él le iba yo a contar algo…!
Y aquella misma mañana, al poco rato de hablarme de Gregorio Morán, me dijo entusiasmada:
–Emília, ahí tienes mi vida, haz con ella lo que quieras, la dejo en tus manos.
Esa sí que era una oferta envenenada. La he recordado muchas veces con relación a lo injusta que es la vida. Yo no tuve que esforzarme nada para conseguir que Pilar me hablara. Y ello a pesar de ser periodista, con la desconfianza innata que ella sentía hacia mis colegas. Ella confiaba en mí desde antes de empezar el trabajo, porque habíamos estado juntas en muchas historias de mujeres, sobre todo en la Asociación de Mujeres Separadas y Divorciadas, y seguramente pensó que yo podría escribir su vida cabalmente. Y, sin embargo, otros lo intentaron poniendo mucho esfuerzo y voluntad y no lo consiguieron.
Así que rápidamente me puse a la tarea de cumplir con esa indicación de Rosa, que para mí era evidentemente mucho más que una indicación. Estuve visitando a Pilar en su casa de la Malvarrosa durante todo aquel año de 1998 y parte del siguiente, muchos días por las mañanas. Empezábamos alrededor de las diez de la mañana, hora en que Pilar y Antonino ya habían desayunado y la comida estaba también medio hecha. La grababa varias horas hasta que se hacía la hora de comer o ella se cansaba o nos interrumpían o tenía algo que hacer, y entonces me despedía hasta el día siguiente. Esas entrevistas, en las que también estaba presente Antonino, aunque sin intervenir, excepto en la jornada que lo grabé a él como pareja de Pilar, las fui transcribiendo durante el verano, y en el otoño e invierno siguientes se las presenté a Pilar para su corrección. Efectivamente, las corrigió, les puso alguna nota a pie de página e incluso hizo alguna indicación al margen, y cuando llegó el momento de concretar algunas fechas, nombres completos y ese tipo de datos, Pilar me pidió que esperara algún tiempo porque se iba a Francia con Antonino a pasar unos días a casa de su hijo Raymond y su familia francesa. No era la primera vez que interrumpía las sesiones de grabación por tener que irse a Francia, siempre a visitar a Raymond y a su familia, o por algún otro motivo. Así que también esta vez, como en otras ocasiones, quedamos que al volver me avisaría para reanudar el trabajo. Pero ya no pudo ser porque en ese viaje Antonino enfermó, y después de volver a Valencia falleció en la Malvarrosa, la misma playa en la que años más tarde moriría ella.
Hasta ahí lo positivo de cumplir con el encargo de Rosa y el compromiso adquirido con Pilar. Pero el parón obligado por las circunstancias ajenas a mi voluntad, el alejamiento de Pilar tanto físico como psicológico, se transformó en la excusa perfecta para mí. Porque al parón protagonizado por Pilar se sumó el mío propio. Entré en una etapa de diletantismo tan estéril como inevitable. Una etapa negativa que no auguraba nada bueno. Todo era cuestionado por mí y tenía la nefasta sensación de estar atrapada. Además, ¿qué era eso de escribir una biografía si yo jamás había pensado en hacer una cosa así? Es más, jamás había leído una biografía porque nunca me había interesado ese género literario. Por tanto, no sabía cómo abordar la historia. Me recriminaba a mí misma que debería haber sido más selectiva o más realista, o más cauta o menos insensata. No sabía bien qué camino tomar ni cómo salir del atolladero. Era una encrucijada que me tenía paralizada.
Lógicamente, durante todo ese tiempo no busqué el contacto con Pilar, aunque la vi en alguna ocasión. Recuerdo que la saludé la noche de la entrega de los premios de Mujeres Progresistas. La habían colocado en primera fila y estaba sentada con su bastón a un lado. Enseguida que me vio me dijo que teníamos que hablar del libro, y añadió que para su edición, si hacía falta, podía contar con algún dinero que ella tenía ahorrado. Yo le dije, un poco avergonzada, que no se preocupara por el dinero, que la historia era lo suficientemente interesante como para que encontráramos a un editor apropiado. Y tuve la impresión de que mis palabras le quitaron de la cabeza una preocupación que le rondaba con persistencia.
Hasta que en la primavera del 2006, concretamente en Fallas, tres meses antes de morir Pilar, salí del impasse al poder decidir libremente que escribiría la historia de Pilar a mi aire, y no por obligación. Entonces fue cuando empecé a pensar en la estructura del libro. No quería que fuera una biografía clásica ni el típico tocho voluminoso, empezando por su nacimiento y acabando con su muerte. De ahí que no haya seguido el clásico orden cronológico y la historia empiece en un momento decisivo de la vida de Pilar: cuando da a luz en la cárcel a su hija en unas condiciones dramáticas e inhumanas. Iba a ser una biografía híbrida o, si se prefiere, una biografía heterodoxa, a mitad camino entre una sencilla historia novelada y unas entrevistas periodísticas complementarias. Incluso se podía recoger una entrevista de radio y otra de televisión que se le hicieron a Pilar en diferentes años y por diversas causas. Distintas miradas caleidoscópicas convergiendo en unos hechos y unos personajes. En ocasiones, esas miradas resultan contradictorias no solo en las opiniones, sino también en las percepciones. E incluso en los hechos, que varían según son contados o recordados por cada una de las personas que los rememoran. Y esas miradas podrían visualizarse mediante distintos colores. Creo que la contradicción es una auténtica mina de riqueza literaria y humana. Y, además, le añade un punto de misterio y zozobra al relato. Otro elemento no muy ortodoxo es la utilización del castellano y el valenciano según la costumbre y la libre elección de los y las hablantes. Considero más verídico mantener el lenguaje utilizado en origen y no traducirlo en un país en donde es tan usual su «barreja», signo de la diglosia crónica que padecemos.
Pilar Soler no es una intelectual ni una teórica del feminismo o la política. Es una activista autodidacta que no pudo completar ni el bachillerato elemental –cuando se declaró la guerra estaba en tercero–, pero que tuvo una voluntad de superación y una capacidad de trabajo admirables. Su historia es, por tanto, fruto de la acción y la pasión. Una vida dedicada a luchar por unas causas justas: la causa de las mujeres y la causa republicana. Persiguiendo estas dos ambiciones siempre estuvo en la vanguardia. Y jamás cedió ni un milímetro en sus convicciones ni se retiró a descansar. El libro debía adecuarse al relato ágil de los hechos dramáticos vividos por ella.
Y creo que a todo ello le corresponde también un gran despliegue fotográfico y abundante material visual. Así que durante las Fallas del 2006 comencé a escribir una biografía definitiva, tomando como base sus notas ya corregidas por ella misma, muy concienzudamente, mientras me preguntaba si sería mejor ir enseñando a Pilar los capítulos que ya iba teniendo escritos o esperar hasta el final y enseñárselo todo de golpe. También pensé que quizá Pilar me discutiera algunas cosas, y de ocurrir así, yo debería tener claro hasta dónde podía llegar a ceder. Porque en tal caso, y dado el carácter fuerte de Pilar, no estaba muy segura de si, finalmente, la biografía sería autorizada por ella o no. Jamás se me ocurrió pensar que con 91 años, y muy tocada tras la rotura del cuello del fémur en el 2000 y la muerte de Antonino en el 2001, Pilar podía morir en cualquier momento. De hecho, estaba pasando unos años muy difíciles con la salud quebrantada, sin vista y sin movilidad alguna. Su hija la cuidaba día tras día y seguía sus instrucciones al pie de la letra, sin permitir que ninguna de nosotras la viera en esas condiciones. Pero yo desconocía esa situación, y todavía recuerdo que por aquellas fechas pensaba que, en la primera visita que le hiciera, le llevaría el chal de seda gris que le traje de Vietnam el anterior verano. ¡Cuánta fantasía y qué poco realismo!
Se comprenderá que el día 24 de junio, a causa también del dolor ante la pérdida de Pilar, acudiera a su funeral con el sentimiento de frustración por haberme retrasado en la escritura, sabiendo como sabía que la hubiera hecho muy feliz el ver publicada su biografía y poder presentar su libro a mi lado. Sin embargo, nos pasamos la vida intentando aprender de nuestros propios errores y, a veces, incluso, lo hacemos a tiempo. La noche en que Rosa me trasmitió la noticia de la muerte de Pilar me hizo otro «encargo» envenenado: que escribiera su necrológica para El País.
–Creo que lo debes hacer tú –me explicó tranquilamente–, porque sabes más cosas de ella que nadie y puedes valorar qué es lo que ahora se puede decir de ella y evitar lo que todavía no es oportuno.
¡Es tan difícil negarle algo a Rosa, cuando además lo plantea con tanta naturalidad! Escribí la necrológica con la libertad de la amiga y de la periodista. Unos meses más tarde, en diciembre, celebramos un acto en su memoria y aquello me reafirmó en la necesidad de seguir adelante con la historia de Pilar y sacarla a la luz. Pero todavía tendrían que pasar cuatro largos años, durante los cuales me dediqué a escribir las entrevistas de la gente próxima a Pilar, ordenar y reunir documentos y fotos, y buscar editor. Al fin parece que lo he conseguido y con ello he cumplido mi compromiso con Pilar. Si le ha gustado o no, jamás podré saberlo. Pero seguro que más de una objeción habría puesto, como si la oyera…
EMÍLIA BOLINCHES
Valencia, 8 de marzo del 2010
P.D. Desde marzo del 2010, en que se firmó el contrato para la publicación del libro, hasta octubre del 2013, en que está prevista su salida a la luz, han pasado más de tres años. Durante ese tiempo se han cruzado, retrasando su publicación, algunos obstáculos imprevistos, como las elecciones de la Universidad con sus cambios de responsable y, ¡cómo no!, la crisis económica. Pero, al fin, parece que han sido superados y que pronto la biografía de Pilar Soler se hará pública, como ella quería.
Valencia, junio del 2013.
LIBRO I: LA HISTORIA NOVELADA
I. PARIR EN LA CÁRCEL
Cada día que pasaba resultaba un poco más pesado que el anterior para Pilar. Su embarazo cumplía ya los nueve meses y ahora, en cualquier momento, se podía producir el acontecimiento. Pero Pilar Soler no podía saber que justamente aquel 15 de septiembre de 1939 iba a ser el día. Y mucho menos podía imaginar que aquella noche iba a resultar la más larga de su vida. Se levantó, como todas las mañanas, muy temprano. Había dormido mal, en aquella sala grande de la cárcel de mujeres del paseo de la Pechina de Valencia, junto a cincuenta mujeres tiradas en el suelo encima de una manta doble; ni colchonetas ni nada. Ella, con su gran tripa de nueve meses, dormía entre su madre y su amiga y camarada Consuelo Barber porque así, entre las dos, le hacían más sitio. Las pobres mujeres de la sala se pasaban la noche protestando.
–¡Apártate que me aprietas!
–Oye, ¡que me haces daño!
–¡Que me acabas de dar una patada!
Así que pasó el día como pudo y con ganas de que llegara la noche para descansar porque ya se encontraba muy pesada. Pero al rato de haberse acostado, serían las 10 de la noche, Pilar dio la voz de alarma a su madre y a Consuelo.
–Que he roto aguas…
Y ellas rápidamente quisieron calmarla.
–No te preocupes, no te preocupes.
–No, si yo no estoy preocupada, si yo no sé qué es todo esto.
Y enseguida se armó un alboroto tremendo entre todas las mujeres de la sala.
–¡Buah, que Pilar va a dar a luz…!
Con el lío no tardó en llegar la Zapatones, la funcionaria encargada de la sala, y cuando le dieron la noticia se fue hasta Pilar y le conminó:
–Vístase enseguida. Ahora mismo vamos a llamar al hospital para que vengan a por usted con una ambulancia.
Mientras Pilar se vestía ayudada por su madre, empezó a pensar que no le gustaba nada eso de que le enviaran una ambulancia para llevarla al hospital porque sabía que a los hombres los sacaban por las noches de la cárcel Modelo en ambulancias y los llevaban a Paterna y allí los ejecutaban. Pero calló por no preocupar más todavía a su madre. A las doce de la noche llegó otra vez la Zapatones y le dijo:
–Están llamando al hospital para que vengan a por usted y no contesta nadie. Así que se queda aquí. Véngase conmigo a la enfermería.
Pilar se alegró. «Qué bien, aquí me quedo», se dijo para sus adentros, y siguió a la funcionaria hasta la enfermería, una habitación destartalada con seis camas, cinco de ellas ya ocupadas. Al llegar, La Zapatones le señaló la última cama del rincón, la única que había libre.
–Ahí se quedará usted.
Pilar se dejó caer como pudo en aquella cama y enseguida llegó hasta ella Carmina, una camarada asturiana responsable de la enfermería, y la tranquilizó. La Zapatones le dejaba mandar bastante porque en la enfermería había cinco mujeres infectadas con sarna y a una de ellas hasta se le había salido la matriz. Era un cuadro aterrador, así que la funcionaria había puesto de responsable a esa presa para evitar entrar en aquella sala. Carmina le anunció cariñosamente:
–Mira, ahora mismo voy a llamar a las mujeres de la cocina que están en sus celdas, ya sabes, las de arriba, y voy a decirles que enciendan el fuego y calienten agua. Yo no he asistido nunca a un parto y aquí el médico viene cuando viene, así que vamos a hacer todo lo que podamos para que salga bien.
Al rato de irse la buena de Carmina empezaron las contracciones y Pilar esperó con impaciencia la llegada de ésta, quien, al fin, acudió con noticias de su madre.
–Tu madre está la pobre desesperada pidiendo permiso para estar aquí contigo, pero la Zapatones le ha dicho que no, que ella se queda allí y tú te quedas aquí y que ya te asistiremos nosotras.
Y así ocurrió. Las contracciones eran cada vez más seguidas. Todas las mujeres vivieron el parto con una gran inquietud. Las de la cocina encendieron el fuego y llegaron con grandes peroles de agua caliente. La solidaridad de todas las presas y la entereza de Carmina animaron a Pilar, que gritaba como una loca, no tanto porque le doliera, que también, sino sobre todo como un gesto de rebeldía para que la oyeran desde la calle adonde daban las ventanas de la enfermería. A todo esto, a cada hora hacía su aparición la Zapatones acompañada de Manolita, otra funcionaria falangista que era quien se ocupaba de hacer el recuento diario de presas antes del desayuno. Y la tal Manolita no tenía otra preocupación más que su maldito recuento y cada vez que entraba le repetía a Pilar el mismo estribillo.
–¡Venga! A ver cuando acaba esto porque yo tengo que contar una presa o un preso más.
A lo que Pilar reaccionaba, como siempre que tenía miedo, con irritación y rebeldía. Así, se revolvía entre gritos como una fiera acorralada.
–¡Pues yo pariré cuando tenga que parir!
Y así hasta las seis de la mañana, cuando parió una niña. La lavaron muy bien y al final dejaron entrar a su madre.
–¡Ay, qué bonita, la niña…!
Pilar vio a su madre y se enterneció por todo lo que la había hecho sufrir. Era lo que más lamentaba de su vida. Pero poco tiempo iba a tener para lamentaciones porque inmediatamente después del parto se puso con unas fiebres altísimas y la niña se infectó de sarna. Tres días después de haber dado a luz, allí en la enfermería, acostada con su niña en aquel camastro, llegaba el médico de la cárcel y le preguntaba escuetamente.
–Usted ha dado a luz, ¿no? ¿Qué tal está?
–Bien.
–Pues hasta otro día.
Y sin tomarle siquiera el pulso ni mediar una palabra más se fue. Pilar se quedó boquiabierta, allí, con su pitusa con sarna y ella con fiebres y dolores de cabeza tremendos. Así pasó los cuarenta días en los que tanto a Carmina como a su madre, cuando iba a verla, siempre que le daban permiso, les decía la misma y repetida frase.
–Yo aquí me muero. No lo puedo soportar.
Porque no le daban nada, ni calmantes ni tratamiento alguno. Carmina, a modo de excusa, le musitaba:
–Si aquí no tenemos nada…
Un día recibió la visita de las catequistas de Valencia, que acostumbraban a hacer la catequesis entre las rojas. Querían bautizar a su hija el domingo siguiente. No les importaba si la niñita tenía sarna o estaba desnutrida, no. Solo querían bautizarla porque así, decían, si moría iría al Cielo. Y claro que la bautizaron. Pilar estaba tan mal que cuando su madre le preguntó si la bautizaban o no, ella no dudó en contestar.
–A mí me da lo mismo, con que me quiten el dolor de cabeza que me bauticen si quieren. Pregúntale a Carmen Riera o a otra amiga pero a mí no. ¿Que no ves que yo me voy a morir? A mí no me preguntéis. Claro que lo mejor sería que no la bautizaran pero…yo estoy muy mal.
Aquel domingo por la tarde llegaron las catequistas y le dijeron.
–Venga, que vamos a bautizar a su hija. Usted no se preocupe.
Y cogieron a la niña y se la llevaron. Lo tenían todo preparado. Organizaron el acto en el patio de la cárcel. Allí reunieron a todas las presas alrededor de una balsa sin agua que había en el centro del patio. El cura la bautizó allí, y mientras la ceremonia se celebraba, las presas no dejaban de hablar y de enredar, sin atender a las continuas quejas de las organizadoras.
–¡Cállense, cállense…!
Era la manera que tenían aquellas mujeres de boicotear el acto. Después de la ceremonia, en el mismo patio, repartieron un panecillo hecho de harina de naranjas ralladas, de esos que se deshacían cuando los cogías, con un trocito pequeñito de chorizo. Pero resulta que ese panecillo era el que les tocaba al día siguiente, así que cuando llegó el momento de repartir la comida y se quedaron sin pan, las mujeres armaron una buena.
Después de cuarenta días, la fuerte naturaleza de Pilar fue recuperando la salud poco a poco. Y un día le llegó la onda de que iba a haber una evacuación de mujeres de la cárcel de la Pechina a la del convento de Santa Clara porque en la Pechina ya no cabía ni un alfiler. Todas las salas, las celdas e incluso los pasillos estaban abarrotados con presas por los suelos. Ni corta ni perezosa, Pilar habló con la Zapatones y, para evitar problemas, le pidió con una educación exquisita que si habían de trasladar a su madre o a ella que las trasladaran a las dos juntas, que no las separaran. La respuesta no le hizo albergar ninguna esperanza.
–Ya veremos, ya veremos…
Unas semanas después, las dos mujeres, con la niña en brazos, eran trasladadas a la prisión del convento de Santa Clara. Un convento con celdas de monjas arriba y una gran sala abajo que daba a un gran patio muy parecido al típico patio carcelario. En aquella sala grande alojaron a todas las mujeres con niños de hasta ocho años. La niñita de Pilar apenas tenía tres meses y seguía infestada de sarna. Eran los primeros meses después de terminarse la Guerra Civil y las cárceles estaban llenas de rojos y rojas. Cuando llegaron a la sala grande se encontraron con un panorama desolador: suciedad por todas partes y unos camastros y colchonetas tirados por el suelo que les daban la bienvenida. Esperaban encontrarse con un convento decente, pero se encontraron con una cárcel llena de basura. No tenían ni idea de para qué había servido antes esa sala. Ni Pilar ni su madre podían saber, ni siquiera sospechar, que los anteriores inquilinos habían sido los fascistas que hasta hacía solo unos meses habían estado presos de los rojos en las mismas condiciones en que ahora iban a estar ellas. No podían imaginar que precisamente habían sido los rojos, sus camaradas, quienes habían desalojado a las monjas hacía años y habían convertido el convento en una cárcel miserable en donde habían alojado a sus presos. Ahora, simplemente, se había producido un complejo giro de tortilla.
II. EN LA PRISIÓN-CONVENTO DE SANTA CLARA
Cuando Pilar, su niñita y su madre llegaron a la prisión del convento de Santa Clara las separaron. A la madre la colocaron en una de las celdas del piso superior con siete u ocho presas más, pero como Pilar iba con su niña la instalaron en la sala grande de la planta baja. La sala quedaba en la parte izquierda del patio porque la derecha la ocupaban las cocinas y otros departamentos carcelarios. Pues bien, en aquella gran sala se veía un rincón situado a la izquierda en donde se alineaban seis o siete camastros. Allí habían colocado a las gitanas con sus churumbeles, como ellas los llamaban. Y en la cama libre que quedaba, al fondo de ese rincón, colocaron a Pilar y a su niñita, Mari Luz.
Pronto las dos mujeres se dieron cuenta de que en esa cárcel el régimen era muy severo. Después del desayuno todas las presas bajaban al patio, donde prácticamente pasaban todo el día. Incluso allí mismo les llevaban el rancho a mediodía. Un rancho que se hacía, lo hacían las presas de la cocina, con los restos de las verduras y los desperdicios que se recogían de los mercados, sobre todo del mercado Central, y que llegaban en camiones diariamente. Tenía que llover a cántaros para que subieran a las mujeres a las celdas antes de su hora acostumbrada. Únicamente las presas con niños estaban dispensadas de este régimen. Decían que el régimen de las madres era mejor porque en el patio, o hacía mucho frío, o hacía mucho calor y, por tanto, era mejor que se quedaran resguardadas de las inclemencias del tiempo en la sala con los niños.
Pero para Pilar el tiempo que pasó en aquella sala grande fue como un tormento añadido al que significaba estar en la cárcel. Se pasaba el día en aquel rincón tirada en su camastro, sobre una especie de bolsa con un poco de paja y con su niñita, que apenas tenía tres meses, en brazos. Como el rancho era tan malo y el suplemento que daban a las madres para los niños era solo un poco de leche para los biberones o para beberla en vaso, y se trataba de una leche que en su mayor parte era agua, los niños hambrientos se pasaban las horas llorando y las mujeres se pasaban el día, o bien pegando a los niños porque estaban nerviosas, o bien intentando hacerlos callar. Pero lo cierto es que no se callaban. Aquel rincón fue un auténtico calvario para Pilar. Su niña, mal alimentada y con sarna de arriba abajo, tampoco dejaba de llorar. Y las gitanas todo el tiempo pegaban a sus churumbeles. Las pobres mujeres no tenían ni idea de cómo cuidar a los niños en esas circunstancias. El único alivio de Pilar era el rato que podía ver a su madre porque era la única persona con la que podía desahogarse un poco.
–Si no me sacan de ese rincón me volveré loca…
Pero luego comprobaba que a su madre aquello le influía tan negativamente que le entraba un cargo de conciencia grande por haberle infringido ese dolor. Así que la situación se hizo tan insostenible que tuvieron que pedir a la familia de su marido, Gonçal Castelló, o sea, a sus suegros y a su cuñada, que vivía con ellos, que se llevaran a la niña. Se la llevaron y a Pilar la subieron a las celdas del primer piso con su madre. También fue un traslado traumático. Después de subir la escalera había que pasar por un rincón oscuro y luego por un pasillo de acceso a las celdas. Pues bien, en aquel rincón oscuro estaba una niñita que había muerto el día anterior. Su madre le había contado que cuando un niño o niña moría lo ponían en ese rincón y ella había contestado rápidamente:
–Si a mí se me muere mi niña y me obligan a ponerla ahí, eso sí que no lo soporto.
Porque sin haberlo visto ya se lo imaginaba y la horrorizaba. El cuadro era dantesco y las presas lo vivían como un castigo, aunque oficialmente las monjas decían que era para que al pasar pudieran rezar por la criatura. Pero ese día en que Pilar había entregado a su hijita, cuando vio aquello le pareció como una siniestra premonición. Aunque, afortunadamente, Mari Luz estaba ya a salvo y el sacrificio de no estar con ella había valido la pena. Solo alguna vez, desde aquella celda, subida a los petates y a todo lo que tenían a mano para alcanzar la reja de la alta ventana que daba a la calle, Pilar pudo ver a su niña de lejos, cuando su cuñada Concha Castelló la llevaba a pasear por allí para que su madre pudiera verla.
Durante todo el tiempo que Pilar estuvo en prisión, en la de Santa Clara y en la del paseo de la Pechina, no tuvo noticias de su marido. Ella intentó en vano contactar con él. Primero supo que estaba escondido en casa de sus padres y que allí entró en contacto con la resistencia, con compañeros que se habían quedado en Valencia. Con ellos fueron formando pequeños grupos y había debates entre ellos sobre qué podían hacer, quiénes de ellos debían quedarse y quiénes pasar la frontera. Y mientras estaban discutiendo todas estas cuestiones, lo detuvieron. Detuvieron a varios de ellos y parece que alguien había «cantado». Un día que Pilar está en misa, una mujer que hacía la cocina le dice al oído:
–Te traigo un papelito que anoche entregó una prostituta para ti.
Las putas eran muy solidarias con ellas y Pilar no se extrañó. Así que le pasaron el papelito escrito por Gonçal donde decía que estaba detenido en la cárcel Modelo y que habían preguntado por ella. «Y para que se callaran –le escribe su marido– les he dicho que estabas ahí condenada a treinta años». Pilar cae en la cuenta de que para salvarse, la ha metido en un buen lío. Porque resulta que Pilar estaba en la cárcel como una mujer detenida porque estaba en casa de Consuelo Barber, pero no estaba denunciada como Pilar Soler, ya que su expediente aún no había salido a relucir. Prueba de ello es que cuando llegaban algunas mujeres de la comisaría que iban a ingresar en la cárcel, al ver a Pilar se quedaban de una pieza.
–Nos han preguntado por ti y les hemos dicho que no sabemos nada. Si la policía se entera de que estás en la cárcel…
–Callad, a ver si aún me salvo.
A partir de ese momento Pilar vivió con el temor de que en cualquier momento apareciera el juez. Pero, afortunadamente, no se sabe por qué, no fue nadie. La verdad es que había mucha desorganización entre policía, militares y falangistas. Y eso la salvó.
Pilar supo que su marido, que estaba en la cárcel cumpliendo condena, había salido unos días con motivo de la muerte de su padre. Pero al parecer se había paseado por las calles de Valencia, y los falangistas lo habían visto y lo habían denunciado. Por eso volvía a estar de nuevo en la cárcel Modelo. Pilar quiso hablar con él, pero eso era imposible. Hubo de conformarse con escribirle unas notas. Entonces las comunicaciones entre presos y presas eran muy difíciles. Únicamente tenían permiso para escribir una tarjeta al mes. Así que Pilar no dejó de escribirle porque a fin de cuentas seguía siendo su marido y había cosas importantes que debía saber, como el nacimiento de la niña. Pero a pesar de los repetidos intentos de comunicarse, lo cierto es que él nunca le contestó. Pilar también supo que mientras Gonçal estuvo en la cárcel, su madre le llevaba comida todas las semanas. Y ni a Pilar ni a su niña les llegó jamás ni una sola botella de leche.
Poco a poco Pilar se fue haciendo a la idea de que, aun sin mediar ni una sola palabra, la separación de los dos era un hecho. Pilar y su madre solo recibían de tanto en tanto una cassoleta d’arròs que les traía la familia de Silla cuando iban a verlas. Pero había que salvar a la niña de una muerte segura si se quedaba en la cárcel, por eso, después de pedírselo a Gonçal, sin obtener respuesta, se dirigió directamente a la familia de éste y consiguió que se llevaran a la niña una vez muerto su suegro. Cuando Gonçal salió de la cárcel, gracias a las gestiones de los buenos abogados que contrató su familia, se refugió en casa de sus padres y tampoco entonces se comunicó con Pilar ni fue a verla. La dureza de la vida de la cárcel, la separación de su hija, el abandono de su marido y la derrota de la guerra la sumieron, durante un tiempo, en un estado de abatimiento fatal. Aquello la dejó fuera de combate, pero solo por unos días. El temperamento batallador, seguramente heredado de su padre, nunca la abandonaría del todo. De esta manera, en cuanto se recuperó encabezó una permanente y, en ocasiones, imprudente reivindicación carcelaria entre sus compañeras de celda.
Pilar inicia entonces una época unida a aquellas mujeres que pasaban el día entero sin nada que hacer, sin poder leer ni escribir y cada una con sus recuerdos de una guerra perdida. Pero a pesar de esa pérdida terrible, en Pilar continuaba firme el espíritu con el que había luchado. Es decir, que se seguía considerando una combatiente de aquello por lo que había sufrido su país. Y a falta de otra actividad, se pasaban el día hablando. También riñendo, porque había momentos en los que en ese estado de nulidad se riñe con la vecina por cualquier cosa.
Un día alguien les dijo que aquellos soldados que se paseaban por la cárcel haciendo la guardia habían sido prisioneros de los franquistas cuando se acabó la guerra porque pertenecían a un batallón disciplinario. Así que aquellas mujeres pensaron que esos soldados eran de los suyos y que podían hablar con ellos. Fue, claro está, una idea que se les ocurrió a Pilar y a Carmen Díaz, una compañera de Sevilla a la que fusilaron después. Sus compañeras de celda, asustadas, las tildaron de locas e intentaron disuadirlas. Pero las dos estaban muy decididas a llevar la idea a la práctica. Colocaron los petates uno encima de otro y se subieron a ellos hasta llegar a la ventana. Y, medio asomadas a esas ventanas, comenzaron a llamar a gritos a los guardias. Pero estos se hacían los distraídos. Uno pasaba, el otro giraba la cara y así todos. Hasta que pasó uno y se detuvo.
–Oye, ¿qué hay por la calle?
–Nada, no os preocupéis.
Entonces llegó otro soldado y entablaron una conversación. Ellas les contaron que eran muchas mujeres con niños y que el trato que recibían era muy malo. Al día siguiente volvieron a repetir la historia y cuando ya estaban subidas a los petates oyeron el runrún que producía la puerta de la celda al abrirse y apareció en ella una funcionaria a la que llamaban doña Manolita.
–Muy bonito. A ver, su nombre. No, el suyo, Pilar, ya lo sé, pero el de usted no.
–Soy Carmen Díaz.
–Muy bonito lo que han hecho ustedes. Mañana a las once de la mañana las quiero en mi despacho.
Aquella noche nadie pegó ojo. Aunque imprudentes, ni Pilar ni Carmen eran tontas y sabían que se habían jugado el pellejo y, lo que era casi peor, habían puesto en peligro a aquellos soldados, a los que podían juzgar y condenar por aquello. Ahora también comprendían que aquellos soldados tenían miedo, que obedecían una disciplina tremenda y que estaban siendo muy maltratados en el ejército. La madre de Pilar también estaba muy asustada y ella apenas podía consolarla. Se pasaron la noche mirando el reloj.
Al día siguiente a las once bajaron hasta el despacho de doña Manolita. Nada más llegar se dieron cuenta con horror de que aquel despacho daba justo debajo de su celda. Por tanto, estaba claro que doña Manolita lo había oído todo. Ella estaba de pie, muy seria, esperándolas.
–Ustedes ayer hicieron una barbaridad y no se dieron cuenta de que su celda está encima de este despacho. Han tenido la suerte de que yo estaba de servicio, porque si no esto se hubiera denunciado enseguida y los soldados hubieran ido a un juicio sumarísimo. Porque yo vi a los soldados y puedo enterarme de sus nombres.
Las dos se quedaron de una pieza pero doña Manolita no les dio tiempo a reaccionar.
–Que no se vuelva a repetir y esto se queda entre ustedes y yo. Pero ustedes me prometen que van a hablarlo con las compañeras suyas para que no salga de aquí.
El mal sabor de boca les duró varios días. Se rumoreaba que doña Manolita era una funcionaria de carrera y que durante la guerra había seguido siendo funcionaria de prisiones al servicio de la República. E incluso se decía que era de ideas republicanas. Desde luego se notaba que no era como la Zapatones. Y unos días más tarde Pilar tuvo constancia directa de que, efectivamente, doña Manolita había sido y era leal a la República. Fue un día en que la llamó y le preguntó:
–¿Usted tiene parientes en México?
–Pues no lo sé. Es posible que sí. Probablemente mi hermana, que salió de España, puede ser que esté en México pero no lo sé seguro, porque no he sabido nada de ella en todo este tiempo.
–Pues le voy a dar una cosa a usted pero tiene que prometerme que no se lo va a enseñar a nadie más que a su madre, porque esto se sale de mi servicio. Usted sabe que el correo está controlado por sor Pilar y me ha llamado la atención que en su mesa hubiese un sobre de avión. Así que lo he cogido cuando he comprobado que iba dirigido a ustedes, a su madre y a usted, y aquí está. ¿Me promete que esto se queda entre usted y yo?, porque yo a usted la tengo por una persona de bien y creo que me va a cumplir.
En el sobre figuraba el remite de su hermana. Así se enteró de que cuando Angelita se marchó de España pasó a Francia y de ahí a la Unión Soviética y luego a México, según contaba en la carta. Pues bien, una vez instalada en México se había preocupado de escribir a todas las cárceles de España preguntando por su madre y su hermana. Pilar le entregó la carta a su madre y lloraron juntas. En cuanto pudieron le contestaron contándole todos los avatares que habían pasado. Cuando mucho después su hermana volvió a escribirles, entonces ya les dieron la carta. Esta vez fue por medio del conducto oficial. La monja encargada del correo lo juntaba y con otra monja iban al patio y allí gritaban los nombres de las que tenían carta. Por aquel entonces a doña Manolita ya la habían expedientado. Como funcionaria de prisiones al servicio de la República le llegó el expediente de depuración. No supieron qué pasó con ella, simplemente desapareció y nunca la volvieron a ver ni supieron más de ella.
Pero antes de desaparecer, doña Manolita se acercaba de vez en cuando al grupo de Pilar y así supieron que antes de ser enviada a la cárcel de Valencia estuvo destinada en Madrid. Ella misma le contó a Pilar que estaba en la cárcel de las Ventas, en agosto de 1939, cuando se celebró el proceso de lo que se llamó las 13 rosas, aquellas trece chavalas de las Juventudes Socialistas Unificadas que, tras una pamplina de juicio, fueron fusiladas vilmente. Doña Manolita vivió todo el proceso y le contó a Pilar cómo la víspera de la ejecución las chicas fueron a la peluquería de la cárcel y pidieron a sus familias que les trajeran la mejor ropa que tenían porque querían estar bien arregladas.
III. LA MADAMA, TAMBIÉN EN LA CÁRCEL
Después de haber superado su enfermedad y ya sin su hija, poco a poco Pilar fue incorporándose a la vida cotidiana de la cárcel. Y fue ocupándose de cosas poco importantes pero que la entretuvieran para no pensar ni en su hija, ni en su marido, ni en la guerra perdida, ni en su familia dispersa. Algo había que hacer en aquella maldita cárcel durante las 24 horas del día para no enloquecer.
Una de esas distracciones eran los cigarrillos. Pilar era una fumadora empedernida y pronto se dio cuenta de que había varias formas de obtener cigarrillos. Pero también supo que era peligroso que las mujeres fumasen en la cárcel porque estaba estrictamente prohibido. Sin embargo, a los hombres se les permitía como un pasatiempo y sus familias les traían los cigarrillos en las visitas con toda naturalidad. En cambio, si a una mujer la pillaban fumando, la castigaban inmediatamente. Sin embargo, a pesar de los peligros, Pilar buscó enseguida formas de conseguir los escasos cigarrillos. Una de ellas era por medio de las prostitutas que entraban y salían de la cárcel continuamente. Una de aquellas mujeres con la que Pilar hizo alguna amistad solía estar una semana en la cárcel y a la semana siguiente salía. Luego, a las dos semanas, volvía a entrar y así siempre. Esta mujer entraba los cigarrillos a escondidas. Tan a escondidas que nunca nadie se los vio. La monja la desnudaba completamente y se lo registraba todo, pero jamás le pilló los cigarrillos. Pilar un día le preguntó asustada que dónde se los escondía, a lo que ella le contestó riendo.
–No, mujer, tú no te preocupes.
–Oye, no te los vayas a esconder en alguna parte sucia y nos cueste una enfermedad.
–Que no, mujer, que te aseguro que la monja no los ha visto pero yo los he pasado entre la ropa.
Había otra manera. Aunque parezca mentira, esa otra vía era el cura de la cárcel, un sinvergüenza de tomo y lomo que iba diariamente allí a confesar a algunas mujeres, sobre todo a bastantes de las que estaban condenadas por delitos comunes y que frecuentaban el confesionario. Este cura iba a sus casas y les llevaba los cigarrillos y ellas alguna vez le daban algunos a Pilar.
Y todavía quedaba una tercera forma de conseguir cigarrillos, y era a través de una mujer que había sido detenida por ejercer de lo que entonces se llamaba una madama de prostíbulo. Durante la guerra, esta mujer había tenido en Valencia un prostíbulo muy fino y bastante frecuentado por hombres importantes que venían del frente, militares, políticos y gente conocida. Era una mujer guapísima y muy lista. Además, Pilar pronto se dio cuenta de que tenía fuertes dotes de sociabilidad y una gran capacidad de seducción. Ella misma le contó que la habían detenido por pertenecer al Partido Sindicalista, liderado por Ángel Pestaña. Pero Pilar la conoció en la cárcel un día que le llevaron un mensaje de parte de ella para que fuera a verla. Cuando Pilar fue a su celda se quedó muy sorprendida, porque le contó que conocía a su padre, Félix Azzati, que había frecuentado su casa y que le gustaría conocer a su madre. Y para remachar la información le soltó con mucha naturalidad y tacto que también en ese momento estaba en la cárcel Esperanza Cutanda, la esposa de su padre. Aquella mujer se había enterado de que Pilar fumaba y, a partir de ese momento, ella se preocupó de proporcionarle los cigarrillos. Pilar era entonces una jovencita de 23 o 24 años, inexperta en las cosas de la vida, y aquella mujer sabía cómo enganchar a la gente, cómo convencerla y camelársela. Cuando Pilar le dijo a su madre que esta mujer quería conocerla, su madre no picó.
–Xe, envía-la a fer punyetes! Qué tinc que vore jo amb eixa dona?
La madama tenía a su alrededor a tres o cuatro mujeres que se ocupaban de arreglarla, de hacerle la toilette y de vestirla. Estuvo en la cárcel solo unos meses y, aunque Pilar le preguntó dónde tenía el prostíbulo, jamás se lo dijo. La trataba con mucho cariño y dulzura. Era muy zalamera y en cuanto salió de la cárcel envió a Pilar un saco grande con ropita preciosa para su niña. Era una mujer con muchos detalles. Pasado un tiempo del envío de la canastilla, Pilar y su grupo recibieron un buen día un perol enorme de cocido, del que comieron entre ocho y diez mujeres. Y ya no volvieron a verla ni a saber nada de ella. Bueno, supieron que al salir de la cárcel había vuelto a montar otro local. Realmente Pilar y su madre llegaron al convencimiento de que esta mujer pretendía conquistar a Pilar y convencerla para que se fuera con ella a su casa. Y, de hecho, consiguió llevarse de la cárcel a varias mujeres.
Pilar, su madre y Consuelo Barber estaban condenadas por el mismo expediente: a doce años y un día de reclusión mayor Pilar y su madre, y a treinta años Consuelo. Pero cuando ya llevaban cumplida una parte de la condena, salió un decreto de Franco que rebajaba sus penas a la mitad si conseguían obtener tres avales: el del Ayuntamiento, el de la Guardia Civil y el de Falange. Nadie supo cómo, pero lo cierto es que la cuñada de Pilar, Concha Castelló, consiguió los tres avales para Pilar y para su madre. En ese momento, Pilar, por su historial administrativo, estaba en la oficina de la cárcel, donde le habían encomendado el libro de registro de entradas y salidas de las presas. El administrador igual la llamaba a las tres de la tarde que a las tres de la madrugada, porque si venía un camión con mujeres que tenían que entrar, ella debía estar presente para registrar a las recién llegadas fuese la hora que fuese.
En aquella oficina trabajaban cuatro mujeres del Partido Comunista y una antifascista, y las cinco se llevaban muy bien. Estando en aquella oficina fue cuando Pilar vio que su madre tenía otro expediente abierto y que, por tanto, ella no podría salir de la cárcel. Aquella otra condena le venía de la última parte de la guerra, cuando su madre ejerció de enfermera en la sala de sarnosos del hospital instalado en la hoy avenida de Blasco Ibáñez, y uno de aquellos tipos, que era falangista, la denunció por esconder en su casa a los comunistas. Entonces las dos mujeres recordaron que, al poco de entrar en la cárcel, vino un juez militar y, basándose en aquella denuncia, le pidió a su madre treinta años más. Pero habían olvidado aquel incidente del juez, convencidas de que aquel caso había sido sobreseído.
Pilar comenzó a maquinar algo para conseguir que su madre saliera de la cárcel al mismo tiempo que ella, convencida de que si se quedaba sola no podría resistirlo. Con más de cincuenta años, la madre de Pilar ya había perdido 18 kilos y había pasado por una fuerte depresión. Así que, ni corta ni perezosa, se le ocurrió tirar una mancha de tinta sobre la línea del segundo expediente de su madre. Eso sí, antes de hacerlo se lo dijo a su madre.
–Estàs loca i vas a tornar-me loca a mi també. Tens unes idees!
Porque su madre siempre se expresaba en valenciano. En cambio, Pilar no lo hablaba porque su padre no quiso que sus hijas lo utilizaran hasta que tuvieran por lo menos treinta años: decía que los valencianos tenían un acento muy feo y que eso de hablar en valenciano era un atraso.
–Aquellos republicanos –asegura Pilar– eran unos anticatalanistas acérrimos.
Bueno, el caso es que discutió con su madre y con las compañeras de oficina, y aunque al principio a todas les parecía una idea descabellada, a ninguna se le ocurrió una solución mejor para evitar que su madre se quedara allí sola un montón de años más. Pilar les explicó lo que iba a hacer y dejó bien claro que ellas no tenían ninguna responsabilidad sobre nada, que era ella la que asumía todo el riesgo y que, en caso de que se descubriera, lo único que tenían que decir era que no sabían nada.
Pilar salió de la cárcel una soleada mañana de la primavera de 1944; tres días después salía su madre. Madre e hija se abrazaron emocionadas, pero Pilar enseguida le preguntó cómo había ido todo.
–No em preguntes, que jo no sé res. Jo només sé que he eixit i res més.
Su madre se fue a vivir a Silla con su madre de leche y su familia, que la querían mucho y que ya la habían recogido en sus momentos peores, cuando de soltera se había quedado embarazada de Pilar y había sido repudiada por su propia familia. Y Pilar se refugió temporalmente en casa de sus suegros y su cuñada para estar con su hijita. Estaba deseando verla y cogerla en brazos. Después de cuatro años y medio seguro que apenas sí la podría reconocer, porque habría crecido mucho y se habría hecho mayor. Pero en aquella casa, en la que no era ni querida ni bien recibida, solo pudo pasar unos pocos meses descansando y reponiéndose.
Por aquel entonces su cuñada, Concha Castelló, asistía a tertulias que organizaban intelectuales y artistas clandestinamente en sus casas. Entre los asistentes figuraban el pintor José Gumbau, Fernando Gaos, Pepita Salvador, la hermana de Matilde, y unos cuantos más. En los primeros días, como Pilar no tenía mucho que hacer, acude a las tertulias con su cuñada. Allí conoce al pintor Gumbau. Pilar está convencida de que se trata de un nombre de guerra, de la clandestinidad. Lo cierto es que José Gumbau (Vila-Real, 1907-Marsella, 1989) se enamora perdidamente de Pilar y comienza a hacerle un retrato en su estudio del barrio del Carmen. No era extraña la atracción que debió de sentir Gumbau hacia Pilar, porque era muy guapa, joven y vitalista. Y además, acababa de salir de la cárcel y se suponía que estaba con mucha necesidad de una relación afectiva. Pero aunque Gumbau era también muy atractivo, y a la vista está en las fotos de la época, a Pilar no le decía nada, no la atraía. Incluso reconoce que de lo guapo que era físicamente, casi le repugnaba, ¡qué cosas! Pilar estuvo posando durante un tiempo en el estudio de Gumbau, aunque al final dejó de ir porque no soportaba el asedio al que la sometía el pintor.
Pocos meses le duró a Pilar la vida reposada junto a su hija porque enseguida la volvieron a detener. Había buscado y conectado con la resistencia y la habían descubierto. Se la había jugado una vez más y, una vez más, había perdido.
IV. OTRA VEZ CON LA RESISTENCIA
Nada más conectar con la resistencia se implicó en reuniones y actividades clandestinas. Y muy pronto la policía, que estaba sobre aviso y seguramente la tenía controlada, se persona en casa de su suegra para llevársela. Llamaron a la puerta y salió la chacha a abrirles. Preguntaron por Pilar y ella salió con la niña en brazos.
–Pilar Soler, tiene que venirse con nosotros a comisaría.
Su hija, Mari Luz, de cuatro años y medio de edad, se pone a llorar. Al oírla salen su suegra y su cuñada. En medio de la sorpresa y los lloros de la niña, los policías se llevan a Pilar a la comisaría que habían instalado en el edificio que hay al lado del Palacio de Cervelló. Precisamente, en ese edificio, durante la guerra, estaba el cuartel general de Negrín, que había hecho construir como un búnker o cámara acorazada donde se metían los funcionarios cuando venía la aviación. Ese refugio era ahora el lugar donde la policía efectuaba los interrogatorios y las torturas a los detenidos. Pilar estuvo allí quince días con otras compañeras y compañeros. Recuerda especialmente a Carmen Riera, una camarada estupenda a la que llamaron y torturaron antes que a ella. Al final de la primera sesión, la trajeron arrastrando entre dos guardias porque no se tenía en pie. Y Carmen le advirtió de ello en cuanto se quedaron solas.
–Prepárate porque son unos bestias y unos cafres. Ya te llamarán.
Esa misma noche la llamaron y la bajaron al búnker. En aquella habitación había una mesa llena de llaves y de porras –eso ya la impresionó–, y la hicieron sentarse en una silla que estaba colocada delante. Le sacaron una lista con nombres y tenía que decir a quiénes conocía.
–Yo no conozco a nadie.
–Claro, ninguno se conoce. Ahora verás tú como te refrescamos enseguida la memoria.
Era verano y Pilar llevaba unos zapatos destalonados y con los dedos de los pies al aire. Pues le dieron un golpe con la porra en los dedos de los pies.
–Ahora, levántate.
–Tú cógela de la cabeza, y tú no te muevas y quédate donde estás.
Y, ¡zas!, otro golpe en la base de los tobillos.
–Ahora mueve la cabeza.
Y el instinto le dice que no la mueva porque sabe que le van a dar. Y le llega el golpe a la cabeza y se cae al suelo desvanecida. No sabe cuánto tiempo duró el interrogatorio ni cuánto estuvo inconsciente. Sí recuerda que al ir volviendo en sí oyó la voz de un hombre que decía:
–Ya habéis hecho lo que no debíais hacer.
Cuando pudo abrir los ojos vio a un hombre de uniforme, era el jefe de los guardias de asalto, que la ayudó a levantarse y le dijo:
–No se preocupe, señora, ¿quiere algo?
–No, gracias.
–Le van a traer un café y se lo va a tomar porque le va a sentar bien. Y vosotros, dejadla estar, ya está bien.
Más tarde llamó al guardia de la puerta y le dijo que la llevaran al calabozo. Y allí estuvo quince días sin que la volvieran a torturar. Solo la llamaban de vez en cuando para preguntarle por los nombres de la lista, pero ya un poco como de mero trámite, por si aflojaba. A Carmen Riera, que también la llamaban a interrogar, una de las veces le preguntaron:
–¿Cuántos días te van a durar las moraduras y los bultos negros que te hemos hecho?
–Pues no sé.
Porque, efectivamente, Carmen tenía el culo negro de los golpes. Pero aquella pregunta le hizo pensar y se lo comunicó a Pilar.
–Oye, Pilar, ¿es posible que nos vayan a poner en libertad?
–¿Cómo coño nos van a poner en libertad? ¡Qué va!
–Pues me han preguntado que cuántos días duran estas moraduras…
Efectivamente, pasados quince días las pusieron en libertad.
Ellas pensaron que era para seguirlas y ver si podían encontrar a los otros. Así que durante algún tiempo se mantuvieron alerta y no contactaron con nadie. Cuando Pilar comprobó que nadie la seguía volvió a conectar con la resistencia. Pocos meses después vino Cerveró de Madrid a buscarla para que se integrase en la delegación del Comité Central. Carrillo y Dolores estaban fuera, y la resistencia se había organizado en el interior clandestinamente. Pilar se pensó muy seriamente la propuesta, pero antes de tomar una decisión en firme se fue a la cárcel Modelo y le contó a Gonçal la propuesta que le habían hecho. Él le dijo que no, que no se fuera, que era una estupidez, que eso de creer en la lucha era una tontería porque había franquismo para rato. Se dio cuenta de que ella estaba decidida a irse y, erróneamente, persistió en sus ataques.
–Eres una tonta, una idiota, tú crees todavía en esto… ¡Pero si esto se ha acabado…!
–Pues yo me voy.
–¿Y la niña?
–Pues la niña se queda con tu madre y tu hermana porque es mejor así. Y yo ya volveré en cuanto pueda.
Ese fue, confesará Pilar tristemente mucho más tarde, su error histórico, porque ella creía, como la mayoría de los republicanos, exiliados o no, que el franquismo era cuestión de un año o algo así.
La entrevista entre rejas se convirtió en una discusión muy desagradable.
–No, no, tú no te vas. ¿Y, además, con quién te vas?
–A ti no te lo voy a decir…
–Pues eres una mala madre.
Finalmente, Pilar dejó a la niña con su suegra y su cuñada, se fue a Madrid para incorporarse a la resistencia. Aquello cayó muy mal en toda la familia. Nadie lo entendió y, por supuesto, su hija menos que nadie, porque jamás se ha recuperado de aquel abandono. El viaje a Madrid era clandestino y muy peligroso. Pilar había quedado con Cerveró en el autobús no sin que antes éste le hubiera advertido prudentemente:
–No te sientes a mi lado, pero procura no sentarte tampoco muy lejos de mí. Recuerda que no nos conocemos de nada. Y al llegar a Madrid me sigues y te vienes conmigo.
Pero de camino, cuando el autobús hace una parada en un pueblo en donde había bastante movimiento de gente, Pilar ve salir de la cafetería a la odiosa Zapatones, aquella funcionaria de prisiones que tan mal se había portado con todas ellas. Pilar se asustó mucho, pero logró escabullirse y no pasó nada porque por lo visto la Zapatones iba a Valencia, mientras que ella se dirigía a Madrid. Es decir, que la vio en el momento del cruce.
Nada más llegar a Madrid le presentan a Jesús Monzón, el camarada máximo responsable del Partido Comunista en el interior. Se instalan los dos en una pensión de la calle de San Bernardo aparentando ser un matrimonio. Ella trabajaba de enlace pero dormían en la misma habitación. A Pilar, aquel tipo, de una altura política tremenda, le llegó a gustar mucho. Procuran hacer una vida normal para no despertar sospechas. Van al cine, a alguna cafetería…Como Pilar hacía de correo iba a por la correspondencia a un sitio y la llevaba a otro. Todavía recuerda el miedo que pasó el día en que iba con el correo y se encontró en Colón metida en medio del entierro de dos falangistas a los que habían matado en la primera acción de los guerrilleros urbanos en Madrid, los llamados maquis. Allí estaba todo el mundo dando gritos como locos y ella aterrada pensando que si la cogían…Pero no fue así; llegó al sitio y entregó la correspondencia. Otro día también cometió una imprudencia que le podía haber costado muy caro y que le valió una buena bronca de sus camaradas. Tenía que llevar la correspondencia a una casa y le dieron unas instrucciones muy precisas.
–En la calle te espera una persona, un hombre leyendo el periódico. Si está leyendo el periódico es que puedes subir. Pero si no lo lee o no está, no subas.
Y ella va y no ve a nadie pero sube. Era una de esas casas con ventanas al pasillo interior. Pilar se asoma a la ventana y como no ve a nadie se va. Resulta que, efectivamente, la policía se lo había llevado todo hacía solo un par de horas.
Jesús Monzón y ella tienen que ir cambiando continuamente de domicilio para evitar ser localizados mientras los militantes de Madrid les buscan un alojamiento menos provisional. Al fin les encuentran un chalé vacío en Ciudad Lineal. Pilar había hablado con Monzón del problema que tenía con su madre, que estaba recogida temporalmente con los parientes de Silla. Así que Monzón accede a que su madre se vaya a Madrid a vivir con ellos al chalé, porque resultaba muy normal que el matrimonio estuviese con la suegra, ¿no? Sin embargo, su madre se va a vivir a Madrid y viola la ley, porque al salir de la cárcel lo había hecho con libertad condicionada a no salir de la provincia sin salvoconducto. El hecho es que el supuesto matrimonio vive con su madre, y en una vivienda aparte que había para los jardineros se pone a vivir una pareja de camaradas que el partido había buscado.
Pero aquella situación tampoco dura mucho, solo unos meses. Porque enseguida el partido hace trasladar a Monzón a Barcelona y cuando este se encuentra instalado llama a Pilar para que vaya también. Pilar deja a su madre en aquel chalé de Ciudad Lineal con los dos camaradas, Charo y Vicente, y viaja a Barcelona. Pero pronto los inquilinos del chalé tienen que marcharse porque al desaparecer Monzón de Madrid el partido ya no puede sostener económicamente el chalé, que no sirve para ninguna misión. Su madre, que ya no puede volver a Valencia porque se ha ido sin permiso y la pueden detener y llevar de nuevo a la cárcel, aunque le cuesta mucho tomar la decisión, escribe a su hija Angelita a México; no tiene otra salida.
Antes de irse a México había que conseguir el pasaporte, y eso le costó un año entero. La buena mujer ha de ir a solicitarlo a la famosa y temida Dirección General de Seguridad, que está en la Puerta del Sol. Aunque con mucho miedo, como ya no tiene a nadie que la ayude y no puede contar con su hija Pilar, que está en Barcelona, no tiene más remedio que resolver ella sola el problema de los permisos. En la Dirección General de Seguridad le hacen ir cada quince días y siempre le dicen lo mismo:
–No está, no está, vuelva usted otro día.
Durante ese año que tardan en darle el pasaporte, la madre de Pilar se va con Charo y Vicente a vivir a una casita de Ciudad Lineal. El matrimonio pertenece a una familia muy humilde y Vicente está casi sin trabajo. O sea, que viven en la pobreza, pero han tomado cariño a la madre de Pilar y no quieren que se vaya a México. Acaban llamándola madre, y como el papeleo se alarga están casi convencidos de que se quedará; creen que nunca le llegarán a dar el dichoso pasaporte. Pero entonces, finalmente, un día en que va a la Dirección General de Seguridad le dicen que tiene que quedarse. Le dieron un susto tremendo y se pasó la noche en los calabozos. Al día siguiente, por la mañana, la llaman y le dicen:
–Bueno, aquí tiene usted ya el pasaporte. Le hemos hecho todo esto para que usted se lleve un buen recuerdito de España.
La pobre señora, muy temerosa todavía por la noche que había pasado en los calabozos, e ignorando si la iban a encarcelar otra vez, se va sin saber muy bien si reír o llorar. Pero aún tardará algo en irse a México, pues tuvo que esperar a que su hija le enviase el pasaje. Un pasaje que costó una millonada, porque en aquel entonces para autorizar la entrada en México de alguien, había que depositar una cantidad muy grande de dinero. Afortunadamente, Florencio, el marido de Angelita, era rico y no hubo problema.
Cuando doña Ángeles llegó a México casi no conoció a su hija. Se había convertido en millonaria y se codeaba con la alta sociedad mexicana. Nada más llegar, su hija le advierte de que no debe decir nada a Florencio, su marido, ni a su familia mexicana de lo que ellas habían pasado antes, durante y después de la guerra. Angelita era tremenda. Cada domingo iba a misa con los niños. Desde luego, la madre de Pilar, una valencianahablante y republicana, no se encontraba nada a gusto en casa de su hija. Tanto es así que a los pocos meses de llegar le plantea que quiere regresar a España. Angelita se lleva un gran disgusto porque no entiende a su madre. Discuten y su hija le insiste una y otra vez para convencerla de que la idea de regresar es una barbaridad porque la pueden volver a detener y porque tendrá que vivir sola. Al final, doña Ángeles cede y se queda. Y de allí ya no pudo volver, porque en 1979 murió, un año después que su propia hija. Diez años antes, Angelita la había ingresado en el hospital español porque estaba muy delicada de artrosis y reuma y casi no se podía mover. Allí estuvo muy bien atendida hasta su muerte. Y en México está enterrada, junto a su hija Angelita, pero muy lejos de su amada Valencia.
Y mientras tanto, ¿qué era de Pilar y de su vida? La dejamos en Barcelona, en donde al poco tiempo de llegar se queda sola porque Carrillo, Dolores y toda la dirección del partido ya habían llegado a Toulouse, Carrillo desde Argel y Dolores desde la Unión Soviética. Llaman a Monzón y éste también se tiene que ir. Monzón le confiesa a Pilar que sospecha que se lo van a cargar por el camino, antes de pasar la frontera, así que Pilar lo despide con la sensación de que es posible que ya no lo vuelva a ver nunca más, como así ocurrió. Pero todo sucedió más rápidamente de lo que ambos suponían, porque Monzón fue detenido por la policía cuando iba a salir de Barcelona. Eso era julio de 1945. Ambos sospechaban que estaban infiltrados por la policía y los hechos les iban a demostrar que era muy cierto. Se habían instalado en Valvidriera, en casa de los padres de un chaval que hacía de correo con Pilar. Allí vivían además los abuelos, su mujer y su hija. Este chico aprovechaba las noches para venir a verlos. Se acostaba con su mujer y veía a su hija. Pilar advirtió a Monzón de que era peligroso y que la situación se estaba haciendo insostenible.
–Un día lo van a detener y si él canta caemos todos.
–Sí, tienes razón, vamos a cambiarlo.
Pero no hubo tiempo. Y poco después se enteró por el chaval de que la dirección del partido quería trasladarla también a ella a Francia. Sabían que había habido muchas detenciones y como ella había estado con Monzón suponían que sabía muchas cosas. Y era verdad, efectivamente, sabía muchas cosas porque Monzón le preguntaba su opinión sobre muchos asuntos y mucha gente. Pero sabía mucho menos de lo que imaginaba la dirección, porque Monzón trabajaba muy bien clandestinamente y, por seguridad, procuraba mantenerla al margen de todo aquello innecesario que la pudiera involucrar seriamente.
Unos días antes de emprender el viaje a Francia, Pilar escucha mucho ruido en la parte de delante del chaletito de Valvidriera, donde todavía vivía. Era muy temprano, antes de las siete de la mañana, y Pilar estaba en la cama, pero al escuchar los ruidos y los golpes en la puerta piensa enseguida que es la policía. Así que, instintivamente, salta de la cama, se pone una falda, una blusa y unas alpargatas y comprende que ha de salir de allí. Sin pensárselo coge un orinal y una toalla, simulando ser una mujer de la limpieza, y sale de la habitación decidida a llegar hasta la cocina para escapar por la puerta de atrás, que da a la montaña. Y así lo hace. Rápida y sigilosamente pasa a la cocina sin ser vista por los dos policías que estaban en el comedor pegando y gritando a los dos viejos.
Pilar se vio sola, sin dinero y con la necesidad de llegar hasta Barcelona para pedir ayuda. Como pudo, andando, consiguió llegar hasta la ciudad. En Barcelona solo conocía a los ocupantes de dos casas donde llevaba el correo. De una de ellas no se fiaba, no sabía bien por qué y así se lo había dicho antes a Monzón, por lo que se fue a la otra. Era la de un obrero que trabajaba en una fábrica de Barcelona. Fue a la salida del trabajo de este obrero, quien al verla le dijo:
–Algo te ha pasado.
–Pues sí. Me tienes que buscar algún sitio porque no tengo nada, ni dinero, ni casa. Mira cómo voy vestida, y ni siquiera he desayunado.
–Pero si yo no vivo ya en mi casa. Vivo en casa de la tieta con mi mujer y mi niña. Pero resulta que la tieta tiene un amante que es guardia de asalto.
–Pues en Barcelona yo no conozco a nadie y no me puedo ir ni a Madrid ni a ningún sitio.
El hombre la llevó a su casa, le presentó a su mujer y la escondió en su habitación. Decidieron decirle a la tieta que tenían a Pilar en la habitación. La tieta, contrariamente a lo supuesto, se portó muy bien y solo les aconsejó que hicieran las cosas de manera que el guardia no se diera cuenta de su presencia. Pilar cena allí, en la habitación, pero con tanto sobresalto le sobrevienen una diarrea muy fuerte y unas fiebres muy altas. Sus compañeros no saben qué hacer.
–Habrá que llamar a un médico.
Al final vino un médico, y pasados tres días Pilar se recuperó. Entonces le llega la orden de pasar a Francia. Le dan instrucciones: hay una persona que la va a acompañar y la verá a las afueras de Gerona. El hombre estaba en su vagón y le explica las dos opciones que tiene: un camino de quince días descansando en alquerías y otro de ocho días sin descansar. Pilar escoge el segundo y así se inicia el viaje hacia Toulouse. Un viaje larguísimo y lleno de peligros. Él era El Melilla y ella, Elena. El Melilla era un obrero muy culto y la respetó mucho. Le lavaba los pies y la cuidaba preocupándose por todo. Pasó la frontera caminando, bien entrado el otoño, por los montes helados, con zapatos y ropa inadecuados y con el miedo en el cuerpo de ser descubierta por la policía franquista antes de cruzar el paso. Tenía los pies completamente llagados y no hacía sino temblar, pero había que seguir la marcha. Solo podía descansar un rato cuando se detenían. Pero el guía la obligaba a seguir hasta que cruzaron la frontera y llegaron a un sitio más seguro donde les esperaban los contactos. Resulta que la frontera era una canal y El Melilla la ayudó a saltarla y luego la llevó hasta un barracón cerca de Perpignan. Allí estuvo hasta que los pies se le deshincharon.
Pero como tenía que ir hasta Toulouse, en Perpignan la meten en un tren, y cuando llega a su destino un hombre la lleva a un chalé y le presentan a Josefina, la camarada que está al cargo de la casa. Tiene que esperar. A los dos días aparece el camarada Ramón Ormazábal y le pide que haga un informe sobre lo que sabe del partido en España. Al día siguiente, vuelve y le dice que Carrillo quiere que lo amplíe. Y al otro día vuelve con Claudín y le dicen que hay cosas que ellos saben que Pilar no ha dicho. Y vuelta a empezar, otro informe. Además, los jefes de la dirección nacional la someten a unos interrogatorios exhaustivos. En aquel chalé pasa los tres meses más inquietantes de su vida, haciendo frente al examen que los suyos le hacen y esperando los resultados de los que dependía su futuro: si decidían que no era peligrosa, la rehabilitarían y le darían cobertura, pero si entendían que sabía demasiado en su condición de colaboradora de Monzón y que podía comprometer su seguridad, acabarían con ella entregándola a la policía o simplemente dejándola en la calle a su suerte. Allí también supo, mucho después, que Jesús Monzón, detenido y encarcelado en España, había sido expulsado del partido por acusaciones falsas. Aquello todavía la asusta más. Su vida pende de un hilo. Y Pilar guarda silencio.
V. JOSEFINA PEÑA FRENTE A PILAR SOLER
Cuando a Pilar la llevan a un chalé a las afueras de Toulouse le piden que redacte un informe sobre la situación del partido en España. Pilar escribe lo que considera importante y lo entrega. Pero no es suficiente. Quieren saber más y le piden que amplíe la información. Redacta otro informe ampliando el primero. Pero tampoco vale. Y escribe un tercero. Pero siguen sin conformarse. Pilar empieza a ponerse nerviosa y se siente secuestrada en aquel chalé del que no puede salir hasta que sus captores arreglen su situación y le den la necesaria cobertura legal. Al principio de su estancia aparecen por allí Carrillo y Dolores para darle la bienvenida, pero después ya no viene nadie y ella empieza a temer seriamente por su vida. Piensa que se la pueden cargar y siente miedo de sus propios camaradas, porque cuando pregunta siempre le contestan con la misma cantinela.
–Ya te llamarán, ya te enviarán a tu destino.
Pero pasan los días y sigue allí, en aquel chalé, aislada y sin saber nada de lo que pasa en el exterior. Ni siquiera sabe que a Monzón lo han detenido en España. Solo escucha de vez en cuando comentarios de que Monzón estaba traicionando la línea política y que era un provocador. Y ella, que sabe que no es cierto, no discute nada y guarda silencio. Al final, después de más de tres meses, en vista del punto muerto a que se ha llegado, un poco a la desesperada, pide hablar con Dolores, porque ella sabe que Dolores sigue en Toulouse.
Cuando Dolores acude al chalé la saluda muy contenta de verla y como si no pasara nada. Las dos se conocían porque habían trabajado juntas mucho tiempo en Valencia durante la guerra. Dolores llega acompañada de Claudín y Ormazábal y se celebra como una reunión de partido. Dolores inicia la sesión dirigiéndose a Pilar:
–Bueno, Pilar, ya estás en Francia. Aquí no te va a pasar nada. Ya hemos arreglado tu situación. Hay mucho trabajo que hacer con las mujeres, porque aquí hay muchas mujeres exiliadas.
Pilar se tranquiliza. La presencia de Dolores es para ella como una tabla de salvación. Y, efectivamente, a los pocos días le proporcionan la documentación. El partido le había aconsejado que se cambiara el nombre para solventar el problema de su entrada clandestina. Ellos saben, a través del Partido Comunista Francés, que hay agentes franquistas que circulan con asiduidad y que se llevan muy bien con la policía francesa. Si se hubiera presentado ante la policía como Pilar Soler, hubiese sido como declarar que había entrado clandestinamente y entonces la deportación a España habría sido más que probable. Por tanto, se inscribe como Josefina Peña Castillo, pensando en zafarse momentáneamente del problema, y así consta en su documentación y en los asuntos laborales. Ella sigue convencida de que aquello va a durar cuatro días, pero la solución que encuentran al problema inicial se transforma a la larga en otro problema de mayor envergadura. Un problema al que estuvo atada Pilar durante nada menos que la friolera de veintiséis años. Ante su mundo, el de la política, el partido, sus camaradas…, era Pilar Soler. Pero, oficialmente, ante las autoridades francesas, la policía, los contratos laborales, las cotizaciones a la seguridad social…, era Josefina Peña. Y esa doble personalidad, mantenida durante tantos años y añadida a todos los problemas a los que debía hacer frente, a punto estuvo de volverla literalmente loca.
A Pilar la llevan a trabajar de administrativa, ya como Josefina Peña Castillo, a una empresa de corte de madera. La empresa era legal y estaba dirigida por un camarada del PC francés. Empieza a trabajar en aquella serrería y la ponen en contacto con la organización del partido. Le preguntan de qué quiere ocuparse y ella dice que quiere trabajar con las mujeres, así que dedica su actividad como militante dentro del partido a las mujeres. Se siente integrada en el PC y, por tanto, liberada de la situación anterior de secuestro, pero en su interior sigue llena de dudas por las falsas acusaciones que ha oído de Monzón.
Bastantes meses después, un día Pilar lee en la Nueva Revista del PC, donde se publican las resoluciones del Comité Central, que en una de esas resoluciones habían expulsado del partido a Monzón, por provocador y agente del franquismo. Pilar se queda de piedra. Por supuesto no se lo cree ni un instante, pero se calla, porque si hubiera dicho que no era verdad, entonces la hubieran acusado a ella de provocadora y la habrían expulsado también. Y para Pilar, allí, sola en Francia, el partido lo era todo. Así que continúa su actividad en la agrupación asistiendo a las reuniones con normalidad. Parece que a la camarada Pilar Soler la tratan como a una camarada muy preparada y ella siente como que la están rehabilitando, pero solo la dejan trabajar a un nivel muy bajo. Se da cuenta enseguida de esto porque orgánicamente, por encima de ella, hay una tal Anita Martínez, que no es nada interesante y, sin embargo, está muy bien considerada, incluso por la Pasionaria. En su fuero interno, se siente muy rebajada, pero se cuida mucho de manifestarlo.
En aquellos primeros tiempos de su llegada a Toulouse, después de dejar el chalé e iniciar su ingreso en el mundo laboral y en las actividades del partido, Pilar convive con otras dos camaradas, Carmen de Asturias y Pilar Villar de Navarra. Las tres alquilan la buhardilla de una casa muy vieja y se encuentran con el problema de que hay ratas. No ratones, no. Ratas enormes, casi tan grandes como las de la cárcel. Pilar les tenía horror. Le recordaban a las de la cárcel de la Pechina, cuando, después de parir en aquella enfermería que estaba en la planta baja y que tenía dos grandes ventanales que daban al patio, las oía, sin poder pegar ojo, horrorizada, revolver los cubos de la basura de la cocina durante toda la noche. Cuando, después de trabajar y de asistir a las reuniones con las exiliadas españolas, volvían tarde, ya de noche, a dormir al piso las tres chicas, entraban corriendo hasta la cocina y allí se subían a la mesa grande que había en el centro. Ya por las mañanas, antes de irse, dejaban una escoba preparada cerca de la puerta para pegar escobazos y hacer ruido para espantarlas y así poder llegar hasta la mesa cuando volvieran por la noche. Con aquellas dos camaradas, Pilar se lleva muy bien. Se lo cuentan todo. Pili, que se escribía con su familia, le contaba que en Madrid tenía a su sobrina, que iba al Liceo Francés. Y pronto averigua que la hija de Pilar va también al Liceo.
Pero por aquella temporada de sus inicios en el asentamiento en Toulouse, recibe una carta muy inquietante de su marido, Gonçal Castelló. Pilar ignora cómo se ha enterado de su dirección, aunque después se entera de que lo ha hecho a través de las sobrinas de Pili, la camarada con la que comparte buhardilla. Las sobrinas de Pili, que casualmente también van al Liceo Francés de Madrid, están enteradas del problema de Pilar, porque ella se lo ha contado por carta y alguna gestión de buena voluntad han debido de realizar y Gonçal se ha enterado. Lo cierto es que le llega la carta, que la sume en una tristeza infinita. La carta es muy corta, de apenas cinco o seis líneas escritas a máquina, y en ella Gonçal le dice que está enterado de que quiere contactar con su hija y le explica que es inútil porque él ama muchísimo a la hija que ella ha abandonado y no va a permitir que arruine su vida. Acaba amenazándola con que si alguna vez existe la probabilidad de que ella vea a su hija o él llega a saber que puede verla, mandará a la niña al extranjero y ya nunca más la verá ni sabrá de ella.
En 1948 estamos en el momento álgido de la Guerra Fría de Estados Unidos, con Truman, que hace una política anticomunista en Europa. Por tanto, esa presión llega al Gobierno francés, que reproduce más que nunca esa política anticomunista. Aunque, el PC francés seguía teniendo una gran influencia social por su gran militancia, debió de advertir al Partido Comunista Español de que tuviera cuidado porque se avecinaban malos tiempos.
Y los malos tiempos no tardan en llegar. Tanto el hospital Varsovia, fundado por los guerrilleros españoles después de la Segunda Guerra Mundial, y considerado por la policía francesa como un nido de comunistas, como la serrería se cierran por decisión del Gobierno francés. A los médicos y a los militantes comunistas españoles se los envía a diferentes países comunistas, pero la oficina donde trabaja Pilar no la tocan, aunque la policía advierte a su director de que van a iniciar una investigación sobre las finanzas porque hay sospechas de que el dinero va a parar al PC español. Entonces deciden una reducción drástica del personal y a Pilar le proponen que vaya de ayudanta de cocinera a una cantina en donde la gente trabajadora suele ir a comer. Ella, por supuesto, acepta. Y un día en que está sirviendo a unos camaradas llega uno que había sido coronel de los guerrilleros durante la ocupación nazi. Está muy nervioso y le dice que tiene que hablar con ella. A Pilar ya le había llegado la onda de que éste era uno de los que habían sido interrogados por la policía.
–¿Qué quieres de mí? ¿Qué te pasa? Porque yo sé que te ha llamado la policía…
–Sí, sí, y a lo mejor también te llama a ti…
–No jodas…¿Y eso por qué? ¿Es que acaso les has hablado de mí?
–No, de ti no, pero de tu hermana sí.
–Pero si has hablado de mi hermana que está en México, ¿cómo no vas a hablar de mí que estoy aquí contigo?
–No, no. Tú no has salido en la conversación para nada.
–Eso es mentira…
Ella sube el tono de voz y los compañeros intervienen en la discusión para tranquilizarlos. A Pilar le entra el horror cuando piensa que la policía francesa puede devolverla a España, pero no puede contar a nadie sus miedos. Ni siquiera a su familia. Durante dos años no ha podido escribir ni a su madre, ni a su marido, ni a su hija. Lo tiene prohibido por el partido como norma básica de seguridad y ella lo ha cumplido a rajatabla.
Las sospechas de Pilar tenían su fundamento y pocos días después de aquella discusión en la cantina llega un señor muy elegante y se presenta como comisario de policía, monsieur Tataró. Les pregunta qué hacen y ellas le explican que recogen dinero y ropas para las mujeres que están en las cárceles españolas. Aquel señor se va, pero una semana después vuelve y muy correctamente le dice a Pilar:
–Bueno, de todas maneras usted no es Josefina Peña. Usted es Pilar Soler.
–No, no. Yo soy Josefina Peña.
Y riéndose, este le replica:
–No, no…Y además no es verdad que usted haya venido en el treinta y nueve. Usted ha venido después. Yo sé que usted es una mujer a la que le gusta mucho la música, que es una mujer culta y que también le gusta leer.
–Sí, me gusta la lectura.
–Pues, mire, le voy a dar mi número de teléfono y cuando usted quiera ir al teatro Capitol me llama y hablamos.
Pilar se queda preocupadísima, pero el hombre ya no volverá más. Lo cierto es que Pilar nunca llega a encontrarse bien en Toulouse. Hay como una lucha interna que le impide centrarse en aquella vida porque políticamente siente que debe volver a España y que siempre está yéndose al tiempo que la realidad le indica lo contrario.
Poco tiempo después de las visitas de aquel policía francés, la cantina cierra y Pilar tiene que buscarse de nuevo otro trabajo. Como todavía no sabe suficiente francés no puede aspirar a otra cosa que a limpiar casas por horas. Y así lo hace hasta que unas camaradas francesas la avisan de que hay una casa en la que buscan a una mujer seria como ella para todo el día. Se trata de la familia de dos camaradas del Partido Comunista francés, Susana y Louis Labry, ella profesora de segunda enseñanza y él abogado, que necesitan a alguien de confianza que se ocupe de todo lo referente a la casa y de cuidar de sus hijos mientras ellos se dedican a sus trabajos y a sus actividades como militantes. Pilar acepta enseguida y hace de gobernanta, ocupándose de todo, incluido el cuidado de una niña pequeña que tiene la pareja. Estará con ellos catorce años, hasta que mueren los dos abuelos de los Labry. Al quedarse solas, las dos abuelas han de mudarse a la casa familiar. Pilar ya no seguirá con ellos y se busca otra casa.
Hasta dos años después de llegar a Toulouse, el partido no le levanta la prohibición de mantener contacto con los suyos. Durante todo ese tiempo, Pilar siempre preguntará lo mismo.
–¿Puedo escribir ya a mi familia?
Pero la respuesta también será siempre la misma:
–Espera un poco. Ya te avisaremos.
Así que en cuanto se lo permiten, Pilar escribe a su madre, que ya está en México con Angelita, y a Charo a Madrid. A esta última le escribe para pedirle que localice a su hija, porque Pilar jamás ha renunciado a ella. Charo averigua que está viviendo en Madrid con su padre, que se ha casado con Lola Gaos, una mujer importante de la escena teatral y después también del cine. Más tarde averigua que la niña va al Liceo Francés, así que ni corta ni perezosa va a la salida de las clases y reconoce a la niña por las fotografías que Pilar le ha mandado de ella. Charo se acerca a las mamás que están esperando a la salida del colegio. Allí tiene una conversación con una de esas mamás, a la que le pregunta por Mari Luz y que le dice:
–Pues sí que conozco a esa chica que usted busca, porque es amiga de mi hija.
Charo se sincera con esa mamá, que resulta ser la hermana de Gabriela Miró, novia de Bernardo Clariana, un estudiante de los tiempos de cuando Pilar y Gonçal eran novios en Valencia y frecuentaban la tertulia del Lyon D’Or en la calle de la Paz. Y esa mamá, que se llamaba Luisa y estaba casada con un arquitecto que conocía a Pilar, se acordaba perfectamente tanto de Pilar como de Gonçal. Así que Charo hace amistad con ella, le cuenta toda la historia y Luisa se ofrece para hablarle a la niña. Charo va varias veces al Liceo y al final tiene un breve encuentro con Mari Luz, pero ella ve a Charo como una cosa rara y tiene miedo, porque a Mari Luz le habían dicho que su madre era una de esas mujeres que hace la calle. Así que la niña, muy asustada, huye, sin querer hablar con Charo. Se va corriendo, coge el autobús y desaparece. Charo se lo cuenta todo a Pilar por carta. Entonces Pilar le envía a Charo una carta para que se la entregue a su hija y Charo se la da a Mari Luz, pero le han hablado tan mal de su madre que la niña, en cuanto llega a casa, entrega la carta a su padre sin abrirla, y unos días después Pilar recibe una carta terrible, supuestamente escrita por su hija. Supuestamente, porque aunque va firmada con su nombre, Pilar se da cuenta de que aquella no es la caligrafía de su hija ni tampoco la del padre. Sin embargo, el impacto de la carta, en la que se le dice que si es verdad que la quiere tanto ha de demostrarlo no volviendo a escribirle ni a tener más relación con ella, deja a Pilar sumida en un estado de shock. Pasa ocho días en los que no hace sino llorar, porque no puede soportar el terrible rechazo. Los franceses para los que trabaja y los amigos que había hecho en esos primeros años empiezan a preocuparse por ella, tan fuerte y alegre siempre, al verla entonces tan abatida. Al final Pilar explica a algunos lo que le pasa y les enseña la carta. Todos coinciden en que esa carta no la ha escrito una chica de catorce años, por las expresiones que contiene y la forma en que está escrita. Pilar deduce que la carta está escrita por Lola y jamás llega a entender cómo una persona puede albergar sentimientos tan monstruosos. Sin embargo, Pilar nunca le hablará a su hija del rechazo que siente en su interior hacia Lola, porque ha vivido con ella y no quiere causarle más problemas.
Pilar va, poco a poco, recuperándose. Sabe que, por el momento, el tema de su hija es un callejón sin salida. Y aunque sigue sin conformarse piensa que quizá más adelante, cuando pase algún tiempo y la niña sea mayor, será el momento de volverlo a intentar.
Algunos años después, en 1955, Pilar conocerá a Antonino, un valiente guerrillero español con las cosas muy claras. En esos momentos, Antonino ha dejado el partido por discrepancias con la dirección y los dos coinciden en muchas cosas cuando se cuentan la situación en la que se encuentran. Se enamoran y, después de un noviazgo de dos años, deciden alquilar juntos una buhardilla pequeña. El encuentro con Antonino es providencial para Pilar, que ya no se separará de él; será el compañero de su vida. Nunca más se sentirá sola y compartirá con él todos los problemas y las alegrías. Ella sigue acudiendo todos los días al trabajo en casa de los Labry, y cuando se cumplen siete años, más o menos, de su entrada en la casa, Susana se queda embarazada y da a luz a Raymond, un niño que es cuidado amorosamente por Pilar y por Antonino, y al que considerarán siempre como su hijo. El niño también considerará siempre a Pilar y a Antonino como sus otros padres. No es que los padres de Raymond no lo quieran, sino que siempre tienen muchas cosas que hacer y quienes más se ocupan del niño son Pilar y Antonino. Y no solo lo hacen durante el horario de trabajo, sino que se lo llevan a su casa incluso los fines de semana. Además, pronto los Labry tienen problemas entre ellos, hasta que acaban separándose. El pequeño Raymond lo pasa mal, y Pilar y Antonino le dan el cariño, la atención y la estabilidad que necesita. Ese sentimiento mutuo irá creciendo y perdurará siempre porque, con el paso de los años, cuando Pilar y Antonino lleguen a la vejez, Raymond se ocupará de ellos con la misma dedicación y cariño que ellos le habían manifestado en aquellos difíciles años de la infancia y la adolescencia.
Entretanto, Pilar está ya metida de lleno en la actividad política, y como el partido comunista francés hace mucha campaña en contra de la España franquista y ella está muy bien considerada entre los franceses del partido, sube puntos ante sus camaradas españoles. Pero entre todo este tráfago vital, Pilar no olvida que tiene, como una espina clavada en el corazón, el asunto de su hija todavía por resolver.
VI. PILAR RECUPERA A SU HIJA
Después de recibir aquella fatídica carta, por lo que suponía de intento fallido a la hora de contactar con ella, deberán pasar diez largos años hasta que Pilar recupere a su hija. Durante este tiempo, Antonino la anima a persistir, a tener paciencia, a no desesperar. Él le decía que iban a volver a España y que la encontrarían, y Pilar va superando el bache gracias al apoyo de ese hombre que siempre está a su lado y que no le falla jamás.
Por fin, un buen día de febrero de 1962, va a verla un amigo de Toulouse que viene de París, adonde ha ido por una reunión del partido.
–Manolo Jimeno me ha dado esta carta para ti.
Sin esperar a que el amigo se marchara, Pilar abre nerviosamente la misiva, compuesta solo por unas pocas líneas en las que se leía: «Tu hija está aquí en París, trabaja aquí, tiene novio aquí y quiere verte. Ven lo antes posible».
Pilar da un respingo y se levanta como si le aguijonearan por todo el cuerpo. Habla con los Labry y lo prepara todo para ausentarse durante unos días, incluida la persona que se hará cargo del pequeño Raymond.
Tres días después Pilar coge un tren y llega a París. Es pleno invierno, pero ella está demasiado nerviosa para sentir el frío parisino. Va directamente a casa de Manolo Jimeno, y él le dice que su hija llegará muy pronto. Al cabo de un rato llega un chico, Antonio, que resulta ser el novio de Mari Luz. Manolo se lo presenta pero Pilar, muy nerviosa, le pregunta por su hija. Antonio le dice que está abajo, en el coche, esperándola. Así que Pilar baja corriendo y sube al coche que espera en la puerta.
Mari Luz tiene 23 años y está acurrucada en un rinconcito del coche. Su madre recuerda, como en un fogonazo, los gritos y lloros de aquella niña de cuatro años y medio cuando aquellos policías la arrancaron de sus brazos para llevársela detenida. Pero al entrar al vehículo y verla tan desvalida, Pilar piensa que no debe hacerle ninguna escena. Y no la hace. Pero se acerca a ella porque la ve con gesto asustado. Pilar la besa y se sienta a su lado. Su carita se parece bastante a la de la foto que tiene de cuando era niña. Se pregunta si quizá la habría reconocido de habérsela encontrado por la calle. Pilar, que es muy fisonomista, cree que si la hubiera visto en un café y la hubiese mirado fijamente sí la habría reconocido.
–Bueno, aquí tienes a tu madre. Pregúntame lo que quieras y yo te contaré cómo han sido las cosas. Si me crees, bien. Y si no…¿qué le vamos a hacer? Yo no puedo ni quiero obligarte a nada.
Poco a poco, con gran serenidad, Pilar va desgranándole su vida y sobre todo la situación que la había llevado a tomar la decisión de dejarla con sus abuelos para irse a Madrid a la clandestinidad.
–Ahora ya sabes por qué lo hice. Quizá no debiera haberlo hecho, no lo sé, nena, no lo sé. Tengo un lío…
Mari Luz no dice nada, absolutamente nada, solo escucha. Ese día comen en casa de Manolo Jimeno y después madre e hija tienen otro momento para estar solas. Pilar le anuncia que estará cuatro días en París con ella y que durante todos esos días tendrán ocasión de hablar y sincerarse. Son cuatro días que se pasan como un soplo. Como Mari Luz trabaja se ven solo a la hora de comer y ya por la noche, al acabar la jornada. Su novio, Antonio, que es técnico de televisión donde también trabaja Mari Luz, se une a ratos a ellas. Pilar tiene ocasión de explicar a su hija cómo había tratado de acercarse a ella y cómo su padre se lo había impedido. Le cuenta la carta amenazante que recibe de su padre al poco de estar en Toulouse. De alguna manera, Pilar percibe que su hija no quiere a su padre, que no se lleva bien con él y que en cuanto ha podido ha salido de su vida y se ha trasladado a París. La despedida entre las dos es muy del estilo de Pilar.
–Mira, nena, tú eres libre. Yo te quiero y estoy contentísima y muy feliz de verte.
Quedan en seguir en contacto. Y así lo hacen. En uno de esos encuentros Mari Luz explica a su madre su vida en Madrid, con su padre y Lola Gaos. Le cuenta que, de pequeña, Lola no estaba nunca en casa, que se pasaba el día en el teatro y que ella se iba con su padre a los juzgados porque él era procurador de los tribunales. Entre ellos tampoco había mucho en común porque cada uno hacía su vida y Mari Luz se da cuenta de que es un matrimonio que no funciona. Después, Lola tuvo a su hija cuando Mari Luz tenía siete u ocho años. Mari Luz va todos los días al Liceo Francés pero tiene miedo de su padre y no se siente nada a gusto en aquella casa. Así que cuando acaba los estudios se da cuenta de que es el momento de salir de allí. Aprovecha unos cursos que le ofrecen de perfeccionamiento de francés en los que se sigue estudiando durante media jornada en la Alianza Francesa de París, y trabaja la otra media jornada. Tiene entonces 21 años recién cumplidos y llega a París en octubre de 1961. Después del primer año sale con un certificado de saber leer y escribir correctamente el francés. Con ese certificado ya puede optar a un buen trabajo. Poco después conoce al que con el tiempo sería su marido, y en ese entorno periodístico comienza a hacer averiguaciones sobre dónde podría estar su madre.
Pilar se entera de que su marido se ha podido casar con Lola Gaos gracias a un decreto de Franco por el que quedaban anulados todos los matrimonios celebrados durante el periodo republicano. Por tanto, el matrimonio de Pilar y Gonçal era como si no existiera. Años después, todavía durante el franquismo, el Gobierno anularía el decreto franquista, con lo que vuelven a reconocerse esos matrimonios. Pero no se sabe bien cómo, muchos años después, cuando Gonçal ya se ha separado de Lola Gaos y quiere casarse por tercera vez con una catalana, puede hacerlo y lo hace sin problemas. A Pilar todo eso no le preocupa, pero a la hora de estabilizar su relación con Antonino ella se lo plantea y él le contesta de una manera clarividente:
–¿Y para qué demonios quiere casarse otra vez una feminista como tú?
Antonino no quiere casarse otra vez de ninguna manera. Para él es una cuestión de principios y la decisión la había tomado hacía ya mucho tiempo. Cuando su mujer le plantea la separación de bienes, él acepta inmediatamente y la firma. Pero nada más. ¿Para qué iba a divorciarse si hacía montones de años que todo se había acabado entre ellos? No, nunca más se casaría. La verdad es que si Pilar y Antonino hubieran considerado el matrimonio, hubiese sido muy difícil porque los dos estaban casados y habrían tenido que realizar muchos papeleos hasta conseguir los divorcios de los dos. Pero la verdad es que durante muchos años no se plantea seriamente esa posibilidad y cuando Pilar lo sugiere, Antonino ya había decidido que no valía la pena. Es algo que sus amigos franceses no entienden, y a menudo le preguntan intrigados:
–¿Por qué no quiere usted casarse con Madame Pérez?
Y Antonino contesta siempre con la misma determinación que no, que no es necesario.
Al poco tiempo, un año después del encuentro entre madre e hija, Mari Luz anuncia a su madre que va a casarse con su novio, con Antonio, y la invita a la boda, aunque le advierte que también ha invitado a su padre. Mari Luz le dice que va a ser una ceremonia muy sencilla, que se casarán en el ayuntamiento y que solo estarán unos pocos amigos de la pareja. Pilar ni se lo piensa y le contesta que no irá a la boda porque no quiere ver a su padre, pero le envía un regalo y le dice que ya se verán después de la boda. Al poco de casarse, Mari Luz tiene una hija y un año después otra. Madre e hija se ven con frecuencia porque unas veces Pilar va a París y otras veces Mari Luz va a Toulouse. Mari Luz comienza a contarle a su madre que Antonio no es como ella creía; tiene 18 años más que ella y es muy raro. Aunque es buena persona, como marido deja mucho que desear: no se preocupa en absoluto de su mujer y de sus hijas, y siempre está con los amigos…
Paralelamente al encuentro de Pilar con su hija, Antonino, su compañero inseparable, también tiene que resolver sus problemas familiares. Estaba casado y tenía dos hijas, pero ya en la guerra estaba prácticamente separado de su mujer, a la que únicamente había visto en dos ocasiones. Acabada la guerra, al llegar a Francia, Antonino escribe una carta a su madre pidiendo que envíen a Toulouse a sus hijas unos días porque las quiere ver. Las niñas hablan con su madre y al fin llega la hija mayor, Teresa, acompañada de la madre de Antonino. Teresa, de 21 años, tiene novio y quiere casarse, pero al poco de llegar a Toulouse conoce al que sería el amor de su vida. Es en una fiesta del partido donde conoce a Eduardo, responsable de la juventud comunista de Burdeos, donde vive. Enseguida se enamoran y Teresa ya no quiere marcharse a España. Antonino le facilita las cosas todo lo que puede. Curiosamente, Antonino había conocido a Eduardo en el campo de concentración, cuando con ocho años estaba con su padre, Eduard Bernard. Después de conocer a Teresa y saber quién es, Eduardo va a Toulouse a ver a Antonino. Y, efectivamente, Antonino reconoce en él al chaval del campo. Finalmente, Teresa y Eduardo se casan, tienen tres hijas y siguen viviendo en Burdeos.
Dos años después, cuando Antonino y Pilar acaban de conocerse e inician sus relaciones, llega Nieves, la segunda hija de Antonino, para conocer a su padre. Va vestida de hábito y al principio le sugiere a su padre que vuelva con la madre. Antonino, que lleva muchos años sin mantener ninguna relación con su mujer, le dice que no y la chica no insiste. En parte porque ve a su padre decidido y en parte también porque se da cuenta de la presencia de Pilar, y entiende que hay algo entre ellos. Nieves los deja y, al poco de llegar a Madrid, ingresa en un convento, aunque más tarde saldría de éste para unirse a los testigos de Jehová. Se casa con uno de ellos, con quien tiene ocho hijos, y sigue viviendo en Madrid, muy vinculada a la religión, con toda su familia. Durante los primeros años tras la vuelta de Antonino y Pilar a Valencia, Nieves va a ver a su padre de vez en cuando, sobre todo durante el verano, aprovechando las vacaciones. Va siempre acompañada de su marido y de los hijos que año tras año va teniendo. Pero, poco a poco, Nieves está más involucrada con la actividad religiosa y los contactos se van espaciando en el tiempo, hasta que desaparecen. Los testigos de Jehová tienden a relacionarse solo entre ellos; esa es al menos la explicación que Antonino cree entender de la interrupción de las visitas de su hija, y sin preguntarle nada la respeta.
Mientras se van recuperando los afectos de Pilar y Antonino con sus hijas, se robustece día a día el cariño de ambos hacia Raymond. Prácticamente lo crían ellos. Juegan juntos, comen juntos, salen juntos…Raymond es un chaval cariñoso, incluso muy zalamero, y vive en su casa los problemas de sus padres y la indiferencia hacia él. Así que vuelca en Pilar y Antonino el cariño que sus padres no le dan y que encuentra en esa pareja de españoles que están siempre pendientes de él. Y ellos lo consideran como el hijo de ambos. Incluso mucho más tarde, cuando la pareja deje Francia y se traslade a Valencia, y cuando Raymond se case y establezca su propia familia, continuarán relacionándose los tres como si fueran una familia y se visitarán periódicamente. Pilar y Antonino van a Toulouse dos o tres veces al año. Son los que están más libres porque pronto se jubilan. Y a su vez, Raymond también viaja hasta Valencia cuando sus ocupaciones se lo permiten.
A pesar de que Pilar ya no está con los Labry sigue viéndose con Raymond cada día. Ahora Pilar trabaja en casa de una pareja de arquitectos. Y Antonino trabaja con los Courtois de Viçose. Él es banquero, ella tiene una tienda de antigüedades y busca un tapicero para los trabajos de la tienda, así que Antonino se encarga de los trabajos de tapicería. Estos señores, que tienen un Mas en la provincia de Gerona, cuando oyen a Pilar decir que va a volverse a España siempre le advierten:
–Es una barbaridad que usted se vuelva a España, porque Franco aún está vivo y usted tiene un dosier muy negro…
Pero Pilar no afloja.
–No, no, yo tengo que volver ya…
Al fin, un día en que han proyectado pasar unos días en el Mas con unos amigos se les ocurre la idea de llevarse a Pilar y Antonino con ellos.
–No hay peligro porque ustedes van a pasar la frontera con nosotros, en coche.
Y así lo hacen. Pilar va con temor porque sabe que en la frontera tienen unos ficheros donde comprueban los pasaportes. Pero van en dos coches. En el de los Courtois de Viçose van Pilar y Antonino y en el otro coche viajan los dos matrimonios amigos de los Courtois, que van a pasar las vacaciones con ellos. Así pasan la frontera, sin hacerles bajar siquiera para sellarles los pasaportes. Seguramente piensan que son tres matrimonios franceses. Esa noche duermen en la masía de los Courtois y al día siguiente los llevan a la estación, donde cogen el tren que los llevará a Valencia.
Se alojan en Silla, el único lugar seguro, donde tiene a la familia de leche la madre de Pilar. Allí pasan quince días tanteando la situación para su vuelta. Y a finales de aquel mes de abril vuelven a Toulouse, pero ahora ya a preparar el regreso definitivo a Valencia, a casa.
VII. LA VUELTA A VALENCIA
En 1969 el Gobierno franquista decreta la prescripción de los delitos cometidos durante la guerra. Es el momento que todos esperaban para volver. Pero dos años antes, en 1967, Franco había ya decretado la prescripción de los delitos no de «sangre» y ya se habían atrevido a volver muchos exiliados. Antonino va al consulado español y solicita su certificado de nacionalidad. Cuando lo recibe desde Madrid, inmediatamente viaja a Valencia. Se aloja de nuevo en Silla, donde siguen viviendo los parientes de Pilar, y se dedica a buscar trabajo durante los quince días que tiene previsto quedarse. Encuentra un taller de tapicería en Valencia donde le aseguran que va a haber mucho trabajo. Con esta promesa inicial, Antonino vuelve a Toulouse muy esperanzado. Pero antes de poder volver definitivamente han de solucionar el problema legal de Pilar, porque si quiere obtener el pasaporte para volver a España, debe hacer una declaración jurada diciendo que Josefina Peña es Pilar Soler. Y claro que quiere, aunque sabe que aquello no va a resultar nada fácil. Lo que tampoco supone es que deshacer el entuerto les va a llevar nada menos que dos años. ¿Pero qué son dos años cuando se han esperado para la vuelta cerca de treinta?
Pilar viaja a París y busca a Julio Just, ministro del Gobierno de la República española en el exilio y muy conocido de Pilar. Consigue dar con él y le cuenta que ha estado viviendo de incógnito y con un nombre falso durante 26 años en Francia. El hombre le dice que es una barbaridad pero le promete ayudarla. Y, efectivamente, a través de sus relaciones con el Ministerio de Interior francés empieza a gestionar su caso en París y consigue solucionarlo. Un día llama por teléfono a Pilar y la avisa de que la prefectura de Toulouse la va a llamar. Y una semana después Pilar es convocada a la prefectura, donde finalmente firma los papeles necesarios para regularizar su situación de forma definitiva. Por fin había llegado el momento. Porque durante años Pilar se ha venido repitiendo de forma machacona e incansable.
–El día que yo tenga mi pasaporte, ese día nos vamos a España.
Y así lo hicieron. En abril de 1971 vuelven del viaje exploratorio a Valencia y se dedican a dejar en Toulouse todo arreglado para dejar el trabajo y los compromisos adquiridos y poder preparar la vuelta definitiva a Valencia.
Finalmente, es en julio de 1971 cuando Pilar y Antonino llegan a Valencia para quedarse. Y de nuevo van a Silla, donde están los parientes de Pilar, que los ayudan a encontrar una casa de pueblo de alquiler muy bonita. Pilar y Antonino se han traído con ellos a Raymond. El chico, con diez años, tiene una ilusión tremenda de ir a Valencia con ellos aprovechando sus vacaciones de verano. Pilar habla con su madre y las dos mujeres llegan a un acuerdo.
–Te lo llevas y dentro de un mes, antes de que nos vayamos nosotros de vacaciones, voy a Valencia y me lo traigo.
Así quedan y así se hace. El padre de Raymond, que era un gran orador, había hecho unas campañas muy importantes en Toulouse en favor de la España republicana. Por tanto, Raymond sabe que Franco es el que se ha levantado contra la República y que es el culpable de que Pilar y Antonino estén en Toulouse y no hayan podido vivir en España hasta ahora. Por eso el chiquillo está tan ilusionado en irse con ellos a España. Raymond habla estupendamente el español porque siempre lo había hablado con Pilar, así que al llegar a Silla enseguida hace amiguitos, porque además tiene mucha facilidad para las relaciones sociales. No obstante, aunque parece que se lo pasa bien, se siente un poco extranjero porque le falta su casa, su país, y porque ya no son los españoles que él conoce de Toulouse. A los pocos días de llegar, un día a Antonino, que es muy aficionado a jugar a los ciegos, le tocan 2.000 pesetas y propone ilusionado:
–Esto hay que celebrarlo.
Y se van a comer a la playa, al restaurante La Marcelina. Allí compran unas tarjetas postales para enviarlas a sus padres. El niño escribe también la suya, y cuando Pilar la coge para ponerle el sello lee lo siguiente: «Queridos papá y mamá, estoy bien pero en cuanto podáis venid a recogerme».
Pilar, que conserva la tarjeta bien guardada, se queda de piedra, pero no comenta nada. Y antes de salir del restaurante Antonino, con mucho cariño, le dice a Raymond.
–Oye, ¿no crees que en casa se van a quedar muy preocupados cuando lean tu tarjeta pensando que te ha pasado algo? Además, piensa que estamos muy lejos…
–Sí…
–¿Quieres que le escribamos a tu mamá y le digamos que venga antes a recogerte?
–Bien…
El niño acaba llorando, y aunque al día siguiente el chaval juega con sus amigos y parece que se ha recuperado, Pilar escribe a Susana contándole lo que ha pasado. Susana llega la semana siguiente y se lo lleva sin más problema.
Al principio, los días se suceden con rapidez, con la instalación y la búsqueda urgente de trabajo. Pero pasan por momentos económicamente muy difíciles, hasta que Antonino entra a trabajar en un taller de sillería. Sin embargo, la situación no mejorará mucho porque, poco después, el taller cierra. Pilar se ocupa de buscar a los suyos y se encuentra con que, treinta años después, muchos se han ido y otros han muerto. Le da un shock cuando se entera de que los Renau, a los cuales consideraba como su familia, no están. Tampoco están los Gaos. Y aunque Muñoz Suay sí está, no sabe dónde y por miedo a comprometerle no fuerza su búsqueda.
Pero a los primeros que busca Pilar nada más volver de Toulouse es a los Azzati y se queda de una pieza cuando se entera de que Magda Azzati, su hermana, vive borracha como una vagabunda por las calles de Valencia. Los taxistas de la Audiencia, que la conocen de verla todos los días, lo saben bien. Pilar se entera, por el quiosco de prensa cercano a la Audiencia, de que Magda ha estado trabajando en los juzgados para el despacho de Vicente Alfaro, el que fuera alcalde de Valencia durante la República, de 1932 a 1933. Alfaro, que había sido condenado a muerte y que se pasó en la cárcel muchos años, al salir monta su despacho de abogados, pero no puede resistir el peso del pasado y también se ha convertido en un alcohólico. Parece que entonces Magda, su secretaria, cae en picado, hasta el punto de que ya no puede trabajar. Vive en un pisito que tiene alquilado al lado del Teatro Principal, en la calle de Las Barcas, y con lo que sus hermanos le envían, Arnaldo, desde Madrid, y Paz, desde Italia, paga el alquiler. También le cuentan que Magda no quiere saber nada de nadie y que se niega a tener documentación porque dice que nunca tendrá la documentación de los franquistas. Al final Pilar se entera de que la única persona que tiene relación con Magda es María Montón, una compañera maestra que es prima de su cuñada Alejandra Soler, la mujer de Arnaldo. Pilar va a ver a Magda a su casa y la encuentra hecha un cadáver. Estando con ella llega María Montón, que va todos los días a verla. María intenta convencerla desde hace mucho tiempo de que se vaya a Italia con su hermana Paz, pero Magda no quiere porque también critica a todos los del exilio. Es una mujer muy inteligente, pero de una mentalidad bastante anarquista, así que Pilar tiene que aceptar que Magda es un caso perdido y que, de momento, no puede hacer nada por ella.
Pilar también busca a Gumbau, aquel pintor que no le gustaba pero que le hizo un retrato, y lo encuentra. Ella le pregunta por el retrato y él le dice que lo tiene en el estudio y que hace muchos años que no va por allí, pero que lo buscará y se lo dará. Así que unas semanas después se vuelven a ver y le da el cuadro.
–Tu cuñada no quiso guardártelo y yo lo he tenido en mi estudio todos estos años, con mis cosas.
Pilar se entera entonces de que Gumbau y su cuñada habían tenido una discusión muy fuerte porque el pintor le pidió que guardara en su casa el retrato y ella se negó en redondo. Ese mismo día cuelga el cuadro en su dormitorio y, salvo un brazo que a ella le parece que no consiguió acertarlo, se ve como era ella durante aquellos tiempos, después de acabada la guerra. Es un retrato muy interesante y hoy en día lo tiene su hija Mari Luz. Poco después de darle el cuadro, Gumbau se trasladó definitivamente a Marsella, donde murió en febrero de 1989. En la exposición retrospectiva que el museo de Bellas Artes de El Carmen montó sobre la obra de José Gumbau, de septiembre a noviembre del 2008, se pudieron ver, junto a los cuadros de diferentes formas expresivas según sus inquietudes y las épocas, los extraordinarios retratos de su esposa y de su hija Esmeraldina. Allí faltaba el espléndido retrato de Pilar, cuya existencia permanece ignorada por voluntad expresa de autor y modelo.
Durante todo este tiempo, Pilar se cartea abundantemente con su hija Mari Luz. En esas cartas le va contando todo lo que pasa y lo que siente por haber vuelto a Valencia. Influida por su madre y con creciente disgusto respecto de su matrimonio, a Mari Luz le entra la picazón y empieza a plantearle a su marido la posibilidad de irse todos a Valencia. Antonio le dice que él no se va porque no se le ha perdido nada en Valencia, que él donde tiene el trabajo, la familia y los amigos es en París. Mari Luz se lo piensa bien y, antes de tomar la decisión, escribe a su padre pidiéndole prestado un piso que tiene alquilado en la calle Aben Al Abar, y que utiliza para verse con su amante, la mujer catalana con la que se llegará a casar. Además, plantea a su madre si la puede ayudar con el trabajo en el caso de que vaya a vivir a Valencia con sus dos hijas. Por supuesto, Pilar le dice que sí, aunque piensa que deberá solucionar antes su propio problema laboral y económico. Sin embargo, no le dice nada para no desanimarla a volver.
Durante todo el primer año de aclimatación, Pilar no ha entrado adrede en contacto con el partido. En parte porque está agobiada por la búsqueda de trabajo y de casa, y en parte por su integración en Valencia. Tampoco el partido hace nada por contactar con ella, así que se toma su tiempo, planifica su vida y, después de los primeros años, tanto ella como Antonino contactan con el partido e ingresan oficialmente. Entonces el secretario general es Antonio Palomares. También en esta ocasión Pilar escoge para trabajar las actividades con las mujeres, así que se tiene que ver las caras con Rosalía Sender, mujer del secretario general, a la que siempre llamará «jefa».
–Porque era jefa de verdad –explica–. Es que no te dejaba hacer nada, lo controlaba todo.
Así, abiertamente contesta cuando se le pregunta; sin preocuparse mucho de quién la escucha y de si podía llegar a oídos de la dirección. Porque Pilar era así de expresiva.
Cuando pueden, Pilar y Antonino se mudan de Silla y se instalan en la casa de la Acequia de la Cadena, en el barrio de la Malvarrosa, pero Pilar no puede evitar estar alerta, pues piensa que en cualquier momento la policía la llamará para que explique por qué, cómo y cuándo había huido a Francia. Aunque tiene en su poder un pasaporte legal con su verdadero nombre, había estado en la cárcel y había pasado dos veces por comisaría, había sido torturada y vigilada…Pero pasan los días, los meses e incluso el primer año y la policía parece no interesarse por ella.
Después del primer año sin que nadie la moleste, Pilar comienza a sentirse un poco más segura, aunque sigue teniendo la duda de qué pasará con ella. Finalmente, se decide a ir a la Diputación Provincial, donde formaliza su petición laboral de reingreso. A los pocos días de haber presentado su solicitud, la policía va a su casa y tienen una corta conversación.
–Tenemos entendido que usted ha solicitado el reingreso en la Diputación. ¿Por qué quiere volver a la Diputación?
–Porque ya he vuelto de Francia definitivamente y quiero trabajar.
–¿Y por qué se fue usted a Francia?
–Porque no quería que me volvieran a detener. Yo siempre estaba vigilada y no podía vivir así…
–Bueno, nosotros únicamente hemos venido a informarnos.
Y fue verdad, la policía nunca más la volverá a molestar. Poco a poco, Pilar, más que tranquilizándose, fue olvidándose de la policía, pues tenía por delante el grave problema de su incorporación al mundo laboral. Conseguir trabajo le estaba resultando mucho más difícil y costoso de lo que creía. Pilar no consigue entrar en la Diputación hasta tres años después, así que en esas condiciones resulta urgente que Antonino encuentre un buen trabajo. Pilar se acuerda de la familia Roso y va a verlos. Él era un arquitecto muy conocido en Valencia que se había casado con una amiga de Pilar durante la guerra. Les cuenta su situación apurada y les pide ayuda. Al poco tiempo le consiguen un trabajo para Antonino en un buen taller que será un salvavidas mientras siga en curso el proceso de la reincorporación de Pilar a la Diputación. De este modo, superan el bache de los tres años en los que Pilar pone su caso en manos del abogado Alberto García Esteve hasta conseguir su reincorporación a la Diputación.
Porque cuando Pilar solicita el reingreso, inmediatamente la Diputación le abre un expediente informativo, y el asunto se estanca. La jueza, Julia Artal, es funcionaria de la Diputación y, en ese momento, el presidente es José Antonio Perelló Morales, un personaje considerado en aquellos tiempos como liberal, es decir, que no es franquista furibundo. En vista de que el caso está encallado, García Esteve sugiere a Pilar la conveniencia de que hable con el presidente de la Diputación.
–Pero antes tienes que hablar con Santiago Ninet, que es el secretario y es quien te dará la cita. No te preocupes porque Ninet es amigo mío y es antifranquista.
Pilar llama a Ninet y el día que le da cita va a hablar con el presidente. Se encuentra con un tipo muy elegante y educado que le dice abiertamente que su expediente está muy atrasado y que no avanza. Aquel caballero le infunde confianza y se lo explica todo. Se toma mucho interés y le dice que no se preocupe. Efectivamente, a Pilar le confirman después que el presidente ha intervenido en su caso.
Así que, hacia finales de junio de 1973, contando con el piso de su padre y con la ayuda de su madre para los primeros momentos hasta que consiga trabajo, Mari Luz llega a Valencia con sus dos hijas, Inés y Silvia, dispuesta a emprender una nueva vida cerca de su madre. Al principio Mari Luz trabaja en lo que puede, de limpiadora, y luego le irán saliendo otras cosas, como una representación de libros, hasta que su madre, que después de entrar en la Diputación, en 1984 ha pasado de comisión de servicios a la Conselleria de Transporta i Benestar Social, como secretaria del conseller comunista José Galán Peláez, consigue que contraten a su hija para unas jornadas que organiza la Conselleria de Transports. La van contratando de unas jornadas a otras, así hasta que, con los años, se queda como funcionaria fija.
Pero en el momento del traslado, seguramente quienes más sufren la ine-vitable adaptación son las dos niñas de Mari Luz. Ambas pasan unos años malos porque, acostumbradas a los colegios franceses, con una educación completamente diferente, su entrada en el Isabel de Villena les supone un shock. Las chicas comienzan a tener amiguetes, hay drogas y es un periodo muy difícil para ellas. Dos años después de la llegada de Mari Luz se inicia la etapa en que Pilar tiene una buena situación económica porque ya lleva tiempo trabajando activamente, primero en la Diputación y luego en la Conselleria, y le entra un buen sueldo en casa. Además, durante esos últimos años, después de llegar su hija, la situación política ha mejorado sensiblemente: Franco ha muerto, la democracia es un hecho tras las primeras elecciones y la preparación de la nueva Constitución y la España de las autonomías están ya en marcha.
VIII. ENTRADA Y SALIDA DEL PARTIDO
Pilar y Antonino se integran en el partido unos años después de llegar a Valencia. Pilar comienza con las actividades de las mujeres, pero si quiere hacer algo tiene que pasar por Rosalía Sender. A pesar de que se trata de actividades laterales y alejadas del poder del partido, sus divergencias con ella son continuas. Ella estaba acostumbrada a trabajar con las mujeres antifascistas y eso implicaba la suma de todas las mujeres, fuese cual fuese su procedencia política, y esa concepción choca con la imperante en el partido, donde solo trabaja con las mujeres comunistas. Pilar siempre quiere ir un poco más allá:
–Oye, ¿y qué hacen las mujeres socialistas? ¿Y las republicanas?
No hay interés por integrar a más gente, pero Pilar en 1976 comienza a asistir a algunas reuniones en el Ateneo Mercantil y luego se incorpora a las del Movimiento Democrático de Mujeres (MDM), una plataforma de mujeres de izquierda de varios partidos, y también mujeres sencillas de barrios, o de pueblos de distintas comarcas que no están en ningún partido, simplemente son amas de casa que quieren luchar por la democracia y por hacerse un hueco dentro de ella. En 1977 Pilar ya es miembro activa del MDM y participa, junto con Judith Hernández, en todas las actividades con las coordinadoras, hasta su desaparición.
El periodo inicial de la transición, una vez muerto Franco, es una etapa muy difícil para el Partido Comunista, que no es legalizado hasta el sábado de Gloria de 1977. La tarde en que llega la noticia de la legalización del Partido Comunista Pilar está reunida con el MDM en el piso viejo de la calle Don Juan de Austria. Y a media tarde, como a las seis y media, llegan unas mujeres con la noticia, que también están anunciando en la radio:
–Eh, ¡que han legalizado el PC!
Una alegría tremenda para todas…Tanto que ya no pueden seguir con la reunión y enseguida se van a la fiesta que se organiza en los locales del partido, donde van llegando los grupos de militantes. Por las calles se ve a mucha gente con la bandera del PC.
A partir de entonces, ya sí, se inician las actividades normales de un partido a la luz pública, con sus reuniones, congresos y todo tipo de actividades. Pilar sigue con el MDM pero se da cuenta de que hay otros grupos de mujeres muy diferentes. Por un lado, hay un grupo de mujeres, universitarias y muy preparadas, entre las que destacan Ana Sánchez, Olga Quiñones y Trini Simó, que tienen una visión y una orientación muy clara del trabajo que es necesario hacer. Por ejemplo, plantean que hay que hablar del aspecto sexual, y ahí está por desarrollar la campaña de los anticonceptivos. Hay otro grupo, el sector proveniente del PC, al que le parece que ese es un lenguaje demasiado radical y piensan que ir a los barrios y a los pueblos con esos planteamientos puede suponer una ruptura demasiado fuerte con unas mujeres sencillas que se van a escandalizar, lo que puede acabar con el movimiento. Unas y otras no tienen la suficiente paciencia para debatir el tema hasta llegar a un punto de convencimiento o de acuerdo. Eso coincide, además, con el desarrollo de la campaña electoral. Son las vísperas de las primeras elecciones democráticas desde la guerra civil, en junio de 1977, y a Pilar le parece que todo eso debe ser prioritario en ese momento histórico y que los temas de género se pueden abordar después de los políticos.
Lo cierto es que, a pesar de todo, la campaña de los anticonceptivos se hace, porque llegado a un punto del debate las defensoras del tema sexual dicen que si no se pone en marcha ese tema se van y lo organizan desde otra plataforma. Así que aquello supone un punto de inflexión importante. Pilar, que en aquel entonces sigue en el MDM participando en las coordinadoras, hace grupo con Magda, mucho más recuperada ya de su alcoholismo, y con Judith Hernández, la mujer de Alberto García Esteve. Con Rosalía funciona únicamente a nivel técnico. Despacha regularmente con ella y, por ejemplo, le dice:
–Tú ocúpate de esto, que es organización, y mira bien lo otro.
También coincide con esa época de campaña electoral el hecho decepcionante para Pilar de que en la lista que el PCPV confecciona para el Ayuntamiento de Valencia se incluya a Rosalía Sender y a Ana Cari, pero no a ella. Esta candidatura, según Pilar, se hace de manera antidemocrática y sin consultar con nadie. Ella se da cuenta de que, por una parte, la tienen considerada como histórica, pero que a la hora de la verdad no cuentan con ella para las ocasiones importantes y los asuntos de responsabilidad. Así que cuando Rosalía Sender y Ana Rodríguez, conocida como Ana Cari, locutora de Radio Valencia de la Cadena SER, se embarcan en la campaña electoral, le endosan a Pilar el MDM, ya tocado de muerte, con la advertencia siguiente:
–A esto hay que darle un cambio. Nosotras nos vamos pero vosotras tenéis que coger el testigo.
Pilar, aunque dolida, no lo aparenta y sigue con el MDM. Dados los acontecimientos con Magda y un grupo del PC se cuestionan si seguir o no con el movimiento:
–¿Y aquí qué va a pasar? ¿Cerramos el local?
Porque aunque ni Rosalía ni Ana salen elegidas como concejalas, ya no vuelven al MDM. Rosalía se queda en el partido, en el aparato, como secretaria de finanzas, y Ana Cari sigue en la radio y en el Ateneo. En el momento en que Pilar se hace cargo del MDM, en el escenario valenciano aparecen ya otras organizaciones de mujeres, como la Assemblea de Dones, un grupo de mujeres del Partido de los Trabajadores, otro del Movimiento Comunista y las mujeres de la Liga Comunista, a cuya cabeza está María José Obiol. También se organiza la Llibrería de Dones, un núcleo femenista cultural muy importante donde se reúnen todas las tardes muchas mujeres para hablar, discutir, leer, etc. Pues bien, Pilar tiene que entenderse con todas ellas y lo hace como pez en el agua, acostumbrada como estaba a trabajar por los derechos de las mujeres en el ámbito plural de las mujeres antifascistas.
Sin embargo, Pilar se siente incómoda en el MDM porque se da cuenta de que el partido siempre aparece detrás del movimiento, frenándola, controlándola, investigándola. Sigue discutiendo mucho con Rosalía porque ella solo piensa en ella y en el partido, y Pilar piensa en las mujeres como una familia de ideologías con las que quiere relacionarse, trabajar y entenderse. Por tanto, Pilar, sin abandonar el MDM, pasa después a liderar la Comissió per l’Alliberament de la Dona, al nombrarla en 1979 nueva responsable hasta 1982, cuando presenta su dimisión. Entra también a reforzar el grupo de mujeres del PC del Ateneo Mercantil, en franca caída a pesar de los esfuerzos de Ana Cari por mantenerlo. Pilar se entera de que existe una Asociación de Mujeres Separadas y Divorciadas a la cabeza de las cuales están Ana Sabater y Emília Bolinches. Esta organización de mujeres, que asumía los problemas de sus asociadas con los tribunales, se deja asesorar por las mujeres juristas, que en un principio le prestan para sus reuniones el despacho que su presidenta, la abogada Silvia Fajarnés, tiene en la calle Conde de Salvatierra de Álava. Pilar, ni corta ni perezosa y sin previo aviso, un buen día aparece por allí para ver por sí misma quiénes son y qué hacen aquellas mujeres que, como ella misma, están separadas o divorciadas. Así, toma contacto con ellas, y como hay sintonía inmediata, especialmente con las dos responsables, la presidenta, Ana Sabater, y la encargada de las relaciones con la prensa, Emília Bolinches, y le parece muy positiva la labor que se está haciendo allí, al poco tiempo pasa a formar parte de la directiva y, más tarde, ella misma será su presidenta. Es el momento en que tanto el MDM como el grupo de mujeres comunistas del Ateneo Mercantil están de capa caída, entre otras causas por las diferentes escisiones y fragmentaciones en el seno del PCPV. Y Pilar no ha nacido para velar muertos, sino para trabajar con los vivos. Pronto las mujeres separadas se sienten en condiciones de dejar de estar tuteladas por las abogadas y quieren independizarse. El primer paso es el de conseguir un local propio y la directiva se encarga de buscarlo y encontrarlo.
Todavía tendrán que pasar varios años en los que Pilar trabaja con las mujeres, y observa que en el Partido Comunista en Valencia ocurre lo mismo que en Toulouse: que todo queda supeditado a los personalismos de los miembros de la dirección. Así que Pilar sigue con las mujeres y espera, y cuando le proponen formar parte de la dirección del partido, sin pensárselo dos veces, accede. Es elegida miembro del comité central del PCPV en el primer congreso, que se celebra en Las Arenas después de legalizado el partido, en los primeros días de enero de 1979. Y es desde ese puesto desde el que accederá a la responsabilidad de liderar la Comissió per l’Alliberament de la Dona creada en 1972.
En los primeros años de la transición, el secretario general del PCE, Santiago Carrillo, viene a Valencia como líder indiscutible y Pilar se acerca a saludarle en el momento previo al mitin que va a protagonizar. Carrillo la saluda con gran respeto porque también se da cuenta de que Pilar, que ya está en la dirección del PCPV, es muy apreciada en Valencia. Además, asegura ella que es una época en la que Carrillo juega el papel de demócrata y se rehabilita a todos los que anteriormente se había denostado. Ahora el partido puede acogerlos a todos porque no está en peligro su liderazgo, porque es el momento en que vuelven masivamente del exilio y nadie se atreve a decir nada en contra de la dirección del partido. Pilar, desde Toulouse, supo que Monzón, expulsado del PCE en 1948, estuvo detenido 13 años en varias cárceles españolas y muchos años después de volver a España ella se entera de que muere antes de ser rehabilitado. También su amigo Manolo Jimeno, que le había puesto en contacto con su hija en París, un colaborador de Monzón en Toulouse, que había trabajado con él antes de su liderazgo en España, y que también fue defenestrado y estuvo expulsado ocho años del partido, ahora es recuperado por el propio partido en Valencia.
A nivel doméstico, llega un momento en que la pareja se da cuenta de que Antonino tiene la posibilidad de jubilarse en Francia, así que viaja hasta Toulouse y comienza a gestionar allí su jubilación, ayudado por Raymond, que ya es abogado. Cuando está la solicitud en marcha vuelve a Valencia. Después, Raymond les envía puntualmente desde Francia cada mes el plus de la jubilación de Antonino.
En la dirección del PCPV pronto se perfilan dos tendencias contrapuestas. Antonio Palomares, Rosalía Sénder, Pedro Zamora y Castillo encabezan el grupo de los ortodoxos o prosoviéticos. Muchos de ellos habían conducido el partido en la clandestinidad y tenían una idea muy personalista y cerrada de la organización. La otra tendencia es la que encabeza Ernest García, el grupo de los llamados críticos, que hablan valenciano y tienen una concepción del partido como algo abierto a toda la sociedad y no como un patrimonio personal e histórico. Muchos miembros del primer grupo están liberados y tienen todo el día para reunirse, organizarse y maquinar cómo mantenerse en el poder y cómo arrebatárselo al contrario. El segundo grupo lo forman profesionales jóvenes que en sus horas libres trabajan eficazmente para conseguir la expansión del PCPV en ámbitos sociales en donde jamás había tenido cabida ni consideración alguna. Son ellos, los críticos, quienes sacan el periódico Cal Dir, ejemplo de comunicación abierta y democrática y muy alejado del modelo considerado hasta entonces como prensa de partido. Las divergencias entre unos y otros se hacen más y más evidentes. Pilar sufre viendo las maquinaciones de un grupo, solo preocupado por seguir controlando los hilos del poder, frente al otro grupo, preocupado por cambiar la imagen del partido y posibilitar su acceso a sectores valiosos de la sociedad. Y pronto ve cómo se va perfilando que el sector ortodoxo acabará expulsando a los otros. Y así es como Ernest García, después de poco más de un año como secretario general del PCPV, se ve finalmente obligado a renunciar. Pero estas divergencias no solo aparecen en Valencia. También en el PCE se reproduce la dicotomía. Y así, tras hacer públicos sus desacuerdos con Carrillo, se produce la expulsión fulminante de Carlos Zaldívar, que después será asesor de Felipe González. También se produce el abandono de Solé Tura y de muchos otros. Todo esto va calando en Pilar hasta que en 1984, diez años después de haberse integrado en el partido, lo abandona junto a Antonino. Antes de tomar esta dolorosa decisión pasan largos meses discutiendo y analizando la política del PC, Y van confirmando más y más la falta de democracia interna, la imposición de los informes desde la dirección, las discusiones de las agrupaciones solapadamente dirigidas por comisarios políticos enviados por la dirección y un etcétera inacabable.
Pilar y Antonino abandonan el partido y, para poner distancia física además de psicológica, se van unos días a Toulouse, a ver a su hijo Raymond, convertido ya en uno de los mejores abogados de Toulouse. Durante todos estos años, el chaval les escribe unas cartas cariñosísimas y va a verlos a Valencia solo o con su hermana para pasar con ellos dos o tres semanas de sus vacaciones. Los primeros años, cuando aún es pequeño, Antonino va a Toulouse a recogerlo y luego a devolverlo porque siempre ha habido una relación de cariño muy grande. Durante sus visitas, Raymond se relaciona también con Mari Luz y con las hijas de ésta, que solo tienen cuatro o cinco años menos que él. Pilar, al principio, tiene miedo de que Mari Luz sienta celos, pero desde el principio parece que se llevan muy bien y no hay problemas entre ellos. Como Mari Luz estuvo viviendo dieciséis años en París y domina el francés perfectamente, entre ellos hablan en la lengua vecina y se entienden bien.
Pero Pilar tiene un cuidado especial con la relación que siempre ha mantenido con Susana, la madre de Raymond. Las dos mujeres han sabido valorar la amistad y la han cultivado. Pilar jamás quiso desplazar a Susana de su papel de madre ni ha pretendido suplantarla. Siempre que va a Toulouse, Pilar la llama para verse y va a visitarla a su casa. Susana vive a unos 40 kilómetros de Toulouse, en una casa de montaña en los Pirineos. Es alpinista y compró una casa preciosa en un lugar espléndido donde alquila habitaciones. Susana regala libros a Pilar y le escribe unas dedicatorias preciosas. Hace ya muchos años, cuando estaban en Toulouse y Raymond era muy pequeño, las dos mujeres habían puesto las cartas sobre la mesa y se habían entendido rápidamente. Pilar, que veía cómo Susana hacía dejación de su hijo por otras ocupaciones, podía haber alimentado el deseo de convertirlo en su hijo, puesto que había perdido a la suya, pero respetó a la familia de ese niño tan querido, a su madre y a su padre, y puso una sabia distancia entre unos y otros, se mantuvo en su posición, sin cruzar nunca esa frontera.
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