Czytaj książkę: «Los Ungidos»
Los Ungidos
Elena G. de White

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Los Ungidos
Serie Conflicto
Elena G. de White
Título del original: From Splendor to Shadow, Pacific Press Publishing Association, Nampa, ID, E.U.A., 1984.
Dirección: Natalia Jonas
Traducción: Claudia Blath
Diseño del interior: Nelson Espinoza
Diseño de tapa: Marisa Ferreira, Levi Gruber, Nelson Espinoza
Ilustración de tapa: Thiago Lobo
IMPRESO EN LA ARGENTINA
Printed in Argentina
Primera edición, e–Book
MMXIX
Es propiedad. © Pacific Press Publ. Assn. (1984).
© ACES (2018).
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-701-828-8 (Obra completa)
ISBN 978-987-798-023-3
| White, Elena G. deLos Ungidos / Elena G. de White. – 1ª ed . – Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2019.Libro digital, EPUBArchivo Digital: onlineTraducción de: Claudia Blath.ISBN 978-987-798-023-31. Religión. I. Blath, Claudia, trad. II. Título.CDD 289.92 |
Publicado el 30 de octubre de 2019 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
Tel. (54-11) 5544-4848 (Opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)
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Índice de contenido
Los Ungidos
Prefacio
Introducción
Capítulo 1
El comienzo espectacular de Salomón
El sueño que Dios le dio a Salomón
Cómo triunfar como líder
El éxito fenomenal de Salomón
Capítulo 2
El Templo magnífico de Salomón
La belleza incomparable del Templo
La gloria de Dios llena el Templo en su dedicación
La oración de Salomón
La mayor gloria de Israel
Capítulo 3
La prosperidad y el orgullo acarrean desastre
La advertencia y el primer desacierto de Salomón
La riqueza y la fama acarrean una maldición
Las mujeres atractivas resultan ser una trampa
Ninguno de nosotros es más sabio que Salomón
Capítulo 4
Salomón perdió su oportunidad
Los pasos que llevaron a la apostasía
Visita de la reina de Sabá
Otra enorme perversión del plan de Dios
Capítulo 5
El profundo arrepentimiento de Salomón
Una advertencia profética sobresalta a Salomón
Salomón reconoce su pecado
Consejos para los jóvenes
Solo la obediencia nos mantiene alejados de la apostasía
Los efectos de la apostasía de Salomón
Capítulo 6
La arrogancia de Roboán: el reino despedazado
El error que nunca se pudo enmendar
Roboán fracasa
Las secuelas de la apostasía de Roboán
Capítulo 7
Jeroboán lleva de vuelta a Israel a la adoración de ídolos
La rebeldía del rey es reprendida
Un profeta es engañado para que desobedezca
El juicio de Dios sobre Jeroboán
Capítulo 8
La apostasía nacional lleva a la ruina nacional
La buena regla del rey Asá
Una victoria extraordinaria ganada por confiar en Dios
Comienza el malvado reinado de Acab
Capítulo 9
Elías confronta al rey Acab
Los sacerdotes de Baal engañaban al pueblo
Sequía y hambruna durante dos años
Capítulo 10
La voz de la reprensión severa
Hospitalidad recompensada
Tres años de sequía
El pueblo finalmente está listo para la reforma
Profeta valiente, rey culpable
Necesidad de reforma hoy
Capítulo 11
Dios es reivindicado en el Monte Carmelo
Nadie tiene el coraje de apoyar a Elías
Los profetas de Baal se rinden
Fuego del cielo responde la sencilla oración de Elías
Los impenitentes sacerdotes de Baal
Capítulo 12
El profeta pierde la fe y se deja llevar por el pánico
Jezabel pone en peligro la vida de Elías
La falta de fe de Elías
El total abatimiento de Elías
Capítulo 13
“¿Qué haces aquí?”
Hay muchos hoy que no se han inclinado ante Baal
En tiempos de debilidad, confíen en Dios
Capítulo 14
El llamado de Dios a los apóstatas modernos
Cristo exaltó el sábado
¡Se necesitan Elías hoy!
La prueba vendrá sobre todos
Capítulo 15
Josafat, el rey que creyó en Dios
Josafat comete un error
Ejércitos que amenazan con destruir Judá
Una batalla ganada por un coro
Capítulo 16
La caída de la casa de Acab
Ocozías sigue los caminos de su padre y su madre
Formas satánicas modernas de adoración
Jehú asume el reinado
Capítulo 17
El llamamiento de Eliseo para suceder a Elías
Un joven que rechazó el llamado de Cristo para servir
Los extraordinarios resultados de la obra de Elías
Muchos serán trasladados sin probar la muerte
Capítulo 18
La purificación de las aguas
El Señor todavía sana los manantiales amargos
Capítulo 19
Eliseo, el profeta apacible
La hospitalidad de una familia es recompensada
El guiso envenenado se vuelve comestible
Capítulo 20
El capitán Naamán fue sanado de la lepra
Una niña cautiva anima a Naamán a buscar curación
El siervo de Eliseo tiene el espíritu de Judas
Capítulo 21
Termina el ministerio de Eliseo
Dios honra la profecía de Eliseo
El mensaje de Eliseo llegó a los de corazón honesto
Sean valientes y tengan esperanza
Los últimos días Eliseo
Eliseo es fiel hasta el final
Capítulo 22
Jonás, el profeta que huyó
Jonás es arrojado por la borda
Los días de Jonás y los nuestros
Capítulo 23
La decadencia y caída de Israel
Las apelaciones misericordiosas de Oseas
Los juicios son refrenados por un tiempo
El fin llegó rápidamente
Capítulo 24
Una nación “destruida por falta de conocimiento”
Israel sería “errante entre las naciones”
Capítulo 25
Profeta con un mensaje de esperanza
Isaías es enviado cuando los planes de Dios parecían fracasar
El éxito final está asegurado
Capítulo 26
El mensaje de Isaías: “¡He aquí vuestro Dios!”
El evangelio a todo el mundo
Dios aceptará a los pecadores indignos
El Señor los recibirá
Capítulo 27
Acaz casi acaba con el reino
Gran peligro para la nación escogida
Capítulo 28
El rey Ezequías repara el daño
La celebración de la Pascua
La reforma se expande
Capítulo 29
Visitantes de Babilonia ven las cosas equivocadas
El trágico orgullo de Ezequías
Nuestras palabras pueden ayudar a otros
Capítulo 30
Un ángel destruye al ejército asirio
La fe inspira fe
Los líderes de Judá oran contritos
Las provocaciones del enemigo
El Señor responde los ruegos de Judá
Llega la liberación
Lecciones del orgulloso imperio asirio
Capítulo 31
Las “buenas nuevas” de Isaías para todas las naciones
La cautividad trajo “buenas nuevas” a muchos
La iglesia lleva las “buenas nuevas” al mundo
Capítulo 32
Manasés y Josías: lo peor y lo mejor
Josías resuelve ser fiel a su fe
Habacuc se inclina en sumisión al Señor
La fe sostendrá al pueblo de Dios hoy
Capítulo 33
Se descubre el libro de la Ley perdido por mucho tiempo
El joven Josías hace todo lo posible
El rey consulta a la profetisa de Dios
Se cumple una profecía de trescientos años
Capítulo 34
Jeremías, el hombre que sintió la angustia de Dios
Un profeta verdadero siempre “construye”
La maravillosa misericordia de Dios
El coraje de Jeremías le salva la vida
La disposición pacífica de Jeremías
Capítulo 35
La asombrosa terquedad de Judá
Los jóvenes fieles fueron alentados
La perversidad del rey Joacim
Dios trata de salvarnos
El segundo libro de Jeremías
Capítulo 36
Sedequías, el último rey de Judá
Por qué era tan importante la sumisión
Jeremías se enfrenta a falsos profetas arrogantes
Se le muestran abominaciones en el Templo a Ezequiel
Capítulo 37
Sedequías pierde su última oportunidad
Cita secreta de un rey vacilante
Un etíope le salva la vida a Jeremías
Sedequías no tiene resistencia moral
Los babilonios respetan a Jeremías
Capítulo 38
¡No estaba todo perdido!
Jeremías se siente abrumado con la tentación de dudar
Aliento cuando todo parecía perdido
La iglesia de Dios es consolada
El nuevo pacto resolverá el problema de la apostasía
Capítulo 39
Daniel, un cautivo en Babilonia
La idolatría y la tentación seductora
Daniel apela a otra autoridad
Resultados extraordinarios de la verdadera reforma pro salud
El secreto del éxito de Daniel
Capítulo 40
El sueño de Nabucodonosor de los imperios mundiales
Llegó la oportunidad de Daniel
La reconfortante honestidad de Daniel
El rey es humillado
Por qué caen las naciones y los imperios
Capítulo 41
Tres hebreos en el horno de fuego
La imagen de oro: la gloria eterna de Babilonia
El rey intenta presuadir a los hebreos
Dios en el horno de fuego
Un tiempo de prueba cual nunca hubo
Capítulo 42
Los siete años de locura de Nabucodonosor
Descubriendo el significado
El efímero arrepentimiento de Nabucodonosor
Capítulo 43
La fiesta de Belsasar: la última noche de Babilonia
Una señal de condenación
Daniel le presenta al rey su pecado
Interpretación de la escritura en la pared
Se retira la mano refrenadora de Dios
Profecía cumplida
Un poder invalida los asuntos humanos
Capítulo 44
Daniel en el foso de los leones
El remordimiento de un rey vanidoso
Daniel es arrojado al foso de los leones
Dios puede librar
Daniel es el mismo en la adversidad o la prosperidad
Capítulo 45
Ciro libera a los exiliados
La profecía de tiempo se revela
El fiel Daniel se identifica con el Israel infiel
Un remanente de la incredulidad del antiguo Israel
Capítulo 46
Fracasa la terrible oposición
Por qué rechazaron la ayuda de los samaritanos
El pueblo de Dios debe evitar las influencias sutiles
Dios envía un mensaje consolador
La promesa de prosperidad temporal
Las alentadoras visiones de Zacarías
Capítulo 47
Satanás, el acusador; Cristo, el defensor
Cómo obra Satanás
Satanás trata de desanimar al pueblo de Dios
Los pecados son borrados
Capítulo 48
El secreto del éxito en la obra de Dios
Los caminos humanos contrastados con los caminos de Dios
La verdadera gloria del segundo Templo
Capítulo 49
Ester, la niña hebrea que llegó a ser reina
El decreto de muerte contra el pueblo de Dios
La gran reunión de oración
Capítulo 50
Esdras, el amigo de confianza del rey
Esdras estudia para presentarse aprobado
Esdras se convierte en el portavoz del Señor
El tercer decreto hace provisión completa
La dirección de Dios es evidente en el decreto de Artajerjes
Solo los dignos de confianza son escogidos
Capítulo 51
Esdras inicia un reavivamiento espiritual
El comienzo de la reforma
La causa de la corrupción: dejar de lado la Ley de Dios
Estamos entrando en la última batalla del Conflicto
Capítulo 52
Nehemías, hombre de oración y de acción
Nehemías espera la oportunidad de Dios
Dios le dio valor a Nehemías
Capítulo 53
Nehemías logra lo “imposible”
Cómo obtuvo apoyo Nehemías
El ejemplo de Nehemías prevalece
Construir con una mano, luchar con la otra
Capítulo 54
Nehemías valientemente reprende el egoísmo
El evangelio puede curar la injusticia económica moderna
Capítulo 55
La unión con el mundo entorpece la causa de Dios
El sirvo de Dios ve a través del complot
Capítulo 56
El gozo del perdón y la sanidad
Capítulo 57
La difícil obra de reforma de Nehemías
Los líderes habían favorecido a las personas equivocadas
Lucha constante con elementos contrarios
Los “Nehemías” de hoy lideran la reforma sabática
Capítulo 58
La oscuridad precede al amanecer
Cómo revelaban al Salvador los servicios del Santuario
El verdadero carácter del Mesías revelado
La obra importante: la liberación del pecado
Se especifica el tiempo de la primera venida de Cristo
Capítulo 59
¿Dónde está el verdadero Israel de Dios?
Malaquías revela el secreto de la prosperidad
Cómo se pervirtieron los servicios del Santuario
Israel rechaza a su Mesías
Una autoaplicación
La tarea del Israel espiritual
La luz penetrará la oscuridad del mundo
Capítulo 60
Visiones de un futuro glorioso
El orgullo humano será humillado
La resurrección de los muertos
Cómo será la vida en la Tierra Nueva
Prefacio
Este libro es una traducción y adaptación del libro From Splendor to Shadow, la edición condensada del clásico de Elena de White Profetas y reyes. El libro condensado incluía todos los capítulos del original, y utilizaba las palabras de Elena de White, pero con un texto reducido.
Esta adaptación, Los Ungidos, da un paso más en ese sentido, y utiliza algunas palabras, expresiones y estructuras más familiares para los lectores del siglo XXI. El libro, sin embargo, no es una paráfrasis. Sigue el texto de la edición condensada frase por frase, y mantiene la fuerza de la composición literaria de Elena de White. Esperamos que los lectores que se acercan por primera vez a los escritos de Elena de White disfruten de esta adaptación y desarrollen el deseo de leer otros libros de su autoría.
Salvo que se indique lo contrario, los textos bíblicos fueron extraídos de la Nueva Versión Internacional. Otras versiones utilizadas son la Reina-Valera, revisión de 1960 (RVR); la Reina-Valera Antigua (RVA); la Biblia de Jerusalén (BJ); y la Versión Moderna (VM).
Muchos de los capítulos están basados en textos bíblicos, explicitados al comienzo. Las citas bíblicas que están dentro de esos textos se detallan solo con número de capítulo y de versículo.
Los Ungidos comienza con el relato del glorioso reinado de Salomón sobre Israel. Aquí repasamos la historia de un pueblo favorecido y escogido, que oscilaba entre la lealtad a Dios y a los dioses de las naciones limítrofes. Lo más importante es que en el fascinante estudio de personajes de reyes, líderes y profetas de una era turbulenta, encontramos evidencias dramáticas del conflicto furioso entre Cristo y Satanás por el corazón de hombres y mujeres. Los capítulos finales del libro hablan de la venida de Cristo a la nación judía, y al mundo, como su verdadera Realeza, y de su Reino, que finalmente deshará toda la ruina que la humanidad –regia o no– ha acarreado sobre la Tierra mediante el pecado.
Es nuestro deseo y oración que muchos más lectores puedan acercarse a Dios por medio de estos libros y su presentación de temas bíblicos.
LOS EDITORES.
Introducción
El destino glorioso que Israel podría haber tenido
Cuando Dios llamó a Abraham para que saliera de entre su parentela idólatra, y lo invitó a que morase en la Tierra de Canaán, lo hizo con el fin de otorgar los más ricos dones del Cielo a todos los pueblos de la Tierra. “Haré de ti –le dijo– una nación grande, y te bendeciré; haré famoso tu nombre, y serás una bendición” (Gén. 12:2). Abraham recibió la alta distinción de ser padre del pueblo que durante siglos habría de conservar la verdad de Dios para el mundo, el pueblo por medio del cual todas las naciones iban a ser bendecidas en el advenimiento del Mesías prometido.
Los hombres casi habían perdido el conocimiento del Dios verdadero. Sus mentes estaban entenebrecidas por la idolatría. Sin embargo, en su misericordia, Dios no les quitaba la existencia. Quería que los principios revelados por su pueblo fuesen el medio de restaurar la imagen moral de Dios en el hombre.
La Ley de Dios debía ser exaltada, y esta obra grande fue confiada a la casa de Israel. Dios la separó del mundo, y quiso conservar por su medio el conocimiento de sí mismo entre los hombres. Así debía oírse una voz que suplicara a todos los pueblos que se apartasen de la idolatría para servir al Dios vivo.
Dios sacó a su pueblo elegido de la Tierra de Egipto para así llevarlos a una Tierra buena, una Tierra que había preparado para que les sirviese de refugio contra sus enemigos. En reconocimiento de su bondad y misericordia, ellos debían exaltar su nombre y hacerlo glorioso en la Tierra. Milagrosamente protegidos de los peligros que toleraron en su peregrinación por el desierto, quedaron finalmente establecidos en la Tierra Prometida como nación favorecida.
Isaías relató patéticamente cómo Dios llamó y preparó a Israel: “Mi amigo querido tenía una viña en una ladera fértil. La cavó, la limpió de piedras y la plantó con las mejores cepas. Edificó una torre en medio de ella y además preparó un lagar. Él esperaba que diera buenas uvas, pero acabó dando uvas agrias” (Isa. 51:1, 2).
El profeta declaró: “La viña del Señor Todopoderoso es el pueblo de Israel; los hombres de Judá son su huerto preferido” (vers. 7).
Estaba cercado por los preceptos de su Ley, los principios eternos de verdad, justicia y pureza. La obediencia a estos principios debía ser su protección, porque le impediría destruirse a sí mismo por causa de prácticas pecaminosas. Como torre del viñedo, Dios puso su santo Templo en medio de la Tierra. Cristo era su instructor, su maestro y guía. En el Templo, su gloria moraba en la santa Shekina sobre el propiciatorio. El propósito de Dios les fue manifestado por medio de Moisés y fueron aclaradas las condiciones de su prosperidad. “Porque para el Señor tu Dios tú eres un pueblo santo; él te eligió para que fueras su posesión exclusiva entre todos los pueblos de la Tierra. [...] Hoy has declarado que el Señor es tu Dios y que andarás en sus caminos, que prestarás oído a su voz y que cumplirás sus preceptos, Mandamientos y normas. Por su parte, hoy mismo el Señor ha declarado que tú eres su pueblo, su posesión preciosa, tal como lo prometió. Obedece, pues, todos sus Mandamientos. El Señor ha declarado que te pondrá por encima de todas las naciones que ha formado, para que seas alabado y recibas fama y honra. Serás una nación consagrada al Señor tu Dios” (Deut. 7:6; 26:17-19).
Dios quería que mediante la revelación de su carácter por parte de Israel, los hombres fuesen atraídos a él. La invitación del evangelio debía ser dada a todo el mundo. Por medio de la enseñanza del sistema de sacrificios, Cristo debía ser elevado, y todos los que mirasen a él se unirían con su pueblo escogido. A medida que aumentase el número de los israelitas, debían ensanchar sus términos hasta que su reino abarcase el mundo.
Pero el Israel antiguo no cumplió el propósito de Dios. El Señor declaró: “Yo te planté, como vid selecta, con semilla genuina. ¿Cómo es que te has convertido en una vid degenerada y extraña?” “Yo esperaba que diera buenas uvas; ¿por qué dio uvas agrias? Voy a decirles lo que haré con mi viña: Le quitaré su cerco, y será destruida; derribaré su muro, y será pisoteada. [...] Él esperaba justicia, pero encontró ríos de sangre; esperaba rectitud, pero encontró gritos de angustia” (Jer. 2:21; Isa. 5:3-7).
Al negarse a cumplir su pacto, se separaría de la bendición de él. A veces, en su historia se olvidaron de Dios y lo privaron del servicio que él requería de ellos, y privaron a sus semejantes del liderazgo religioso y el ejemplo santo. Su codicia los hizo ser despreciados aun por los paganos; y el mundo se vio así inducido a interpretar erróneamente el carácter de Dios y las Leyes de su Reino.
Con corazón paternal, Dios le señaló sus pecados, y esperó su reconocimiento. Envió profetas y mensajeros para instarlos a aceptar los derechos de su Señor; pero en vez de ser bienvenidos, esos hombres de discernimiento y poder espirituales fueron tratados como enemigos. Dios mandó a otros mensajeros, pero también fueron odiados y perseguidos.
El hecho de que el favor divino les fuera retirado durante el destierro indujo a muchos a arrepentirse. Sin embargo, después de regresar a la Tierra Prometida, el pueblo judío repitió los errores de generaciones anteriores, y se puso en conflicto político con las naciones circundantes. Los profetas a quienes Dios envió para corregir los males prevalecientes, fueron recibidos con suspicacia y desprecio. Así, de siglo en siglo, los guardianes de la viña fueron aumentando su culpabilidad.
La buena cepa plantada por el Labrador divino en las colinas de Palestina fue despreciada por los hombres de Israel, y finalmente fue arrojada por encima de la cerca. El Viñatero sacó la vid, y volvió a plantarla, pero al otro lado de la cerca, de modo que la cepa ya no fuese visible. Las ramas colgaban por encima de la cerca, y podían unírseles injertos, pero el tronco mismo fue puesto donde el poder de los hombres no pudiese alcanzarlo ni dañarlo.
Para la iglesia de Dios hoy, que custodia su viña en la Tierra, resultan de un valor especial los mensajes de consejo y reprensión dados por los profetas. En las enseñanzas de los profetas, el amor de Dios hacia la raza perdida y el plan que trazó para salvarla quedan claramente revelados. El tema de los mensajeros que Dios envió a su iglesia a través de los siglos transcurridos fue la historia del llamamiento dirigido a Israel, sus éxitos y fracasos, cómo recobró el favor divino, cómo rechazó al Señor de la viña, y un remanente que lleva adelante su plan.
El Señor de la viña está ahora mismo juntando de entre los hombres de todas las naciones y todos los pueblos los preciosos frutos que ha estado aguardando desde hace mucho. Pronto vendrá por ellos; y en aquel alegre día se habrá cumplido finalmente su eterno propósito. “Días vendrán en que Jacob echará raíces, en que Israel retoñará y florecerá, y llenará el mundo con sus frutos” (Isa. 27:6).
Capítulo 1
El comienzo espectacular de Salomón
Durante el reinado de David y de Salomón, Israel tuvo muchas oportunidades de ejercer una influencia poderosa en favor de la verdad y la justicia. El nombre de Jehová fue ensalzado y honrado. Los paganos que buscaban la verdad no eran despedidos insatisfechos. Se producían conversiones, y la iglesia de Dios en la Tierra prosperaba.
Salomón fue ungido y proclamado rey durante los últimos años de su padre David. La primera parte de su vida fue muy promisoria, y Dios quería que progresase cada vez más a semejanza del carácter de Dios. De este modo inspiraría en el pueblo el deseo de desempeñar su cometido sagrado como depositario de la verdad divina. David sabía que para desempeñar el cometido con el cual Dios se había complacido en honrar a su hijo Salomón, era necesario que el joven gobernante no fuese simplemente un guerrero, un estadista y un soberano, sino un hombre fuerte y bueno, un maestro de justicia, un ejemplo de fidelidad. Con fervor, David instó a Salomón a que fuese noble, a mostrar misericordia hacia sus súbditos, y a que en su trato con las naciones de la Tierra honrase el nombre de Dios y manifestase la belleza de la santidad. “Habrá un justo que gobierne entre los hombres, que gobierne en el temor de Dios” (2 Sam. 23:3, 4, RVR).
En su juventud Salomón tomó la misma decisión que David, y por muchos años rindió estricta obediencia a los Mandamientos de Dios. Al principio de su reinado fue a Gabaón, donde todavía estaba el tabernáculo construido en el desierto, y con los consejeros que había escogido y “los jefes de mil y de cien [...] los gobernantes y [...] todos los jefes de las familias patriarcales de Israel” (2 Crón. 1:2), participó en el ofrecimiento de sacrificios para adorar a Dios y para consagrarse plenamente a su servicio. Salomón sabía que quienes llevan pesadas responsabilidades deben recurrir a la Fuente de sabiduría para obtener dirección. Esto lo indujo a alentar a sus consejeros para que se aseguraran la aceptación de Dios.
El sueño que Dios le dio a Salomón
Sobre todos los bienes terrenales, el rey deseaba sabiduría y entendimiento, un corazón grande y un espíritu tierno. Esa noche el Señor apareció a Salomón en un sueño y le dijo: “Pídeme lo que quieras”. En respuesta, el joven e inexperto gobernante expresó su sentimiento de incapacidad y su deseo de ayuda. Dijo: “Ahora, Señor mi Dios, me has hecho rey en lugar de mi padre David. No soy más que un muchacho, y apenas sé cómo comportarme. [...] Yo te ruego que le des a tu siervo discernimiento para gobernar a tu pueblo y para distinguir entre el bien y el mal. De lo contrario, ¿quién podrá gobernar a este gran pueblo tuyo?
“Al Señor le agradó que Salomón hubiera hecho esa petición.
“Como has pedido esto –dijo Dios a Salomón–, y no larga vida ni riquezas para ti, ni has pedido la muerte de tus enemigos, sino discernimiento para administrar justicia, voy a concederte lo que has pedido. Te daré un corazón sabio y prudente, como nadie antes de ti lo ha tenido ni lo tendrá después.Además, aunque no me lo has pedido, te daré tantas riquezas y esplendor que en toda tu vida ningún rey podrá compararse contigo.
“Si andas por mis sendas y obedeces mis decretos y Mandamientos, como lo hizo tu padre David, te daré una larga vida” (1 Rey. 3:5-14; 2 Crón. 1:7-12).
El lenguaje de Salomón al orar a Dios ante el antiguo altar de Gabaón revela su humildad y su intenso deseo de honrar a Dios. No había en su corazón aspiración egoísta por un conocimiento que lo ensalzase sobre los demás. Eligió el don por medio del cual su reinado habría de glorificar a Dios. Salomón no tuvo nunca más riqueza ni más sabiduría o verdadera grandeza que cuando confesó: “No soy más que un muchacho, y apenas sé cómo comportarme” (1 Rey. 3:7).
Cuanto más elevado sea el cargo que ocupe un hombre y mayor sea la responsabilidad que ha de llevar, tanto mayor será su necesidad de depender de Dios. Debe conservar delante de Dios la actitud del que aprende. Los cargos no dan santidad de carácter. Honrar a Dios y obedecer sus Mandamientos es lo que hace a alguien realmente grande.
El Dios que dio a Salomón el espíritu de sabio discernimiento está dispuesto a impartir la misma bendición a sus hijos hoy. Su palabra declara: “Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, pídasela a Dios, y él se la dará, pues Dios da a todos generosamente sin menospreciar a nadie” (Sant. 1:5). Cuando el que lleva responsabilidades desee sabiduría más que riqueza, poder o fama, no será chasqueado.
Cómo triunfar como líder
Mientras permanezca consagrado, el hombre a quien Dios dotó de discernimiento y capacidad no manifestará avidez por los cargos elevados ni procurará gobernar o dominar. En vez de contender por la supremacía, el verdadero conductor pedirá en oración un corazón comprensivo, para discernir entre el bien y el mal. La senda de los líderes no es fácil. Pero verán en cada dificultad una invitación a orar. Fortalecidos e iluminados por el Artífice maestro, se verán capacitados para resistir firmemente las influencias profanas y para discernir entre lo correcto y lo erróneo.
Dios le dio a Salomón la sabiduría que él deseaba más que las riquezas, los honores o la larga vida. “Dios le dio a Salomón sabiduría e inteligencia extraordinarias; sus conocimientos eran tan vastos como la arena que está a la orilla del mar. [...] En efecto, fue más sabio que nadie [...]. Por eso la fama de Salomón se difundió por todas las naciones vecinas” (1 Rey. 4:29-31).
Todos los israelitas “sintieron un gran respeto por él, pues vieron que tenía sabiduría de Dios para administrar justicia” (1 Rey. 3:28). Los corazones del pueblo se volvieron hacia Salomón. “Salomón hijo de David consolidó su reino, pues el Señor su Dios estaba con él y lo hizo muy poderoso” (2 Crón. 1:1).
El éxito fenomenal de Salomón
Durante muchos años Salomón mantuvo una clara devoción a Dios y una estricta obediencia a sus Mandamientos. Manejaba sabiamente los negocios relacionados con el reino. Los magníficos edificios y obras públicas que construyó durante los primeros años de su reinado; la piedad, la justicia y la magnanimidad que manifestaba en sus palabras y hechos, le conquistaron la lealtad de sus súbditos y la admiración y el homenaje de los gobernantes de muchas Tierras. Durante un tiempo Israel fue como la luz del mundo, y puso de manifiesto la grandeza de Jehová.
A medida que transcurrían los años y aumentaba la fama de Salomón, él procuró honrar a Dios incrementando su fortaleza mental y espiritual e impartiendo de continuo a otros las bendiciones que recibía. Nadie comprendía mejor que él que era gracias al favor de Jehová que había entrado en posesión de poder, sabiduría y comprensión, y que esos dones le habían sido otorgados para que pudiese comunicar al mundo el conocimiento del Rey de reyes.
Salomón se interesó especialmente en la historia natural. Mediante un estudio diligente de todas las cosas creadas, tanto animadas como inanimadas, obtuvo un concepto claro del Creador. En las fuerzas de la naturaleza, en el mundo mineral y animal, y en todo árbol, arbusto y flor, veía una revelación de la sabiduría de Dios; y a medida que se esforzaba por aprender más y más, su conocimiento de Dios y su amor por él se incrementaban.
La sabiduría divinamente inspirada de Salomón halló expresión en cantos y en muchos proverbios. “Compuso tres mil proverbios y mil cinco canciones. Disertó acerca de las plantas, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que crece en los muros. También enseñó acerca de las bestias y las aves, los reptiles y los peces” (1 Rey. 4:32, 33).
Los proverbios expresan principios de una vida santa y ambiciones elevadas. Fue la amplia difusión de estos principios, y el reconocimiento de Dios como aquel a quien pertenece toda alabanza y honor, lo que hizo de los comienzos del reinado de Salomón una época de elevación moral tanto como de prosperidad material.
Él escribió: “Bienaventurado el hombre que halla la sabiduría, y que obtiene la inteligencia; porque su ganancia es mejor que la ganancia de la plata, y sus frutos más que el oro fino. Más preciosa es que las piedras preciosas; y todo lo que puedes desear, no se puede comparar a ella. Largura de días está en su mano derecha; en su izquierda, riquezas y honra” (Prov. 3:13-18, RVR). “El principio de la sabiduría es el temor del Señor” (Sal. 111:10). “Quien teme al Señor aborrece lo malo; yo aborrezco el orgullo y la arrogancia, la mala conducta y el lenguaje perverso” (Prov. 8:13).
¡Ojalá que en sus años ulteriores Salomón hubiese prestado atención a esas maravillosas palabras de sabiduría! El que había enseñado a los reyes de la Tierra a tributar alabanza al Rey de reyes, con “boca perversa” y con “orgullo y [...] arrogancia” tomó para sí la gloria que pertenece solo a Dios.
Capítulo 2
El Templo magnífico de Salomón
Durante siete años Jerusalén se vio llena de obreros activamente ocupados en nivelar el sitio escogido, construir vastos muros de contención, echar amplios cimientos, dar forma a las pesadas maderas traídas de los bosques del Líbano y erigir el magnífico Santuario (ver 1 Rey. 5:17). Al mismo tiempo, progresaba la elaboración de los muebles para el Templo bajo el liderazgo de Hiram de Tiro, “hombre sabio e inteligente [...]. Sabe trabajar el oro y la plata, el bronce y el hierro, la piedra y la madera, el carmesí y la púrpura, el lino y la escarlata” (2 Crón. 2:13, 14).
El edificio se levantaba silenciosamente sobre el Monte Moriah con “piedras de cantera ya labradas, así que durante las obras no se oyó el ruido de martillos ni de piquetas, ni de ninguna otra herramienta” (1 Rey. 6:7; 2 Crón. 4:19, 21). Los hermosos muebles incluían el altar del incienso, la mesa para los panes de la proposición, el candelabro y sus lámparas, así como los vasos e instrumentos relacionados con el ministerio de los sacerdotes en el Lugar Santo, todo de oro finísimo. El altar de los holocaustos, la gran fuente sostenida por doce bueyes, los muchos otros vasos “el rey los hizo fundir en moldes de arcilla en la llanura del Jordán” (vers. 17).
La belleza incomparable del Templo
De una belleza insuperable y esplendor sin rival era el palacio que Salomón erigió para Dios y su culto. Adornado con piedras preciosas, rodeado por atrios espaciosos y recintos magníficos, forrado de cedro tallado y de oro pulido, la estructura del Templo, con sus cortinas bordadas y muebles preciosos, era un emblema adecuado de la iglesia viva de Dios en la Tierra, que a través de los siglos ha estado formándose de acuerdo con el modelo divino, con materiales comparados con “oro, plata y piedras preciosas”, “esculpidas para adornar un palacio” (1 Cor. 3:12; Sal. 144:12). De este Templo espiritual es “Cristo Jesús mismo la piedra angular. En él todo el edificio, bien armado, se va levantando para llegar a ser un Templo santo en el Señor” (Efe. 2:20, 21).
Por fin Salomón terminó el Templo, “llevando a feliz término todo lo que se había propuesto hacer en ellos” (2 Crón. 7:11). Entonces, con el fin de que el palacio que coronaba las alturas del Monte Moriah fuese en verdad, como tanto lo había deseado David, una morada no destinada para el “hombre, sino para Dios el Señor” (1 Crón. 29:1), quedaba por realizar la solemne ceremonia de dedicarlo.
El sitio en que se construyó el Templo se venía considerando desde largo tiempo atrás como lugar consagrado. Fue allí donde Abraham se había demostrado dispuesto a sacrificar a su hijo en obediencia a la orden de Jehová. Allí Dios había renovado la gloriosa promesa mesiánica de liberación gracias al sacrificio del Hijo del Altísimo (ver Gén. 22:9, 16-18). Allí fue donde, por medio del fuego celestial, Dios contestó a David cuando este ofreciera holocaustos y sacrificios pacíficos con el fin de detener la espada vengadora del ángel destructor (ver 1 Crón. 21). Y una vez más los adoradores de Jehová estaban delante de su Dios para repetir sus votos de fidelidad a él.
La gloria de Dios llena el Templo en su dedicación
Salomón escogió la Fiesta de las Cabañas para la dedicación. Esta fiesta era preeminentemente una ocasión de regocijo. Las labores de la cosecha habían terminado, y la gente estaba libre de cuidados y podía entregarse a las influencias sagradas y placenteras del momento.
Las huestes de Israel, con representantes ricamente ataviados de muchas naciones extranjeras, se congregaron en los atrios del Templo. La escena era de un esplendor inusual. Salomón, con los ancianos de Israel y los hombres más influyentes, había regresado de otra parte de la ciudad, de donde habían traído el arca del testamento. De las alturas de Gabaón había sido transferido el antiguo “tabernáculo de reunión, y todos los utensilios del santuario que estaban en el tabernáculo” (2 Crón. 5:5); y esos preciosos recuerdos de los tiempos en que los hijos de Israel habían peregrinado en el desierto y conquistado Canaán, hallaron albergue permanente en el magnífico edificio.
Con cantos, música y gran pompa, “los sacerdotes llevaron el arca del pacto del Señor a su lugar en el santuario interior del Templo” (vers. 7). Los cantores, ataviados de lino blanco y equipados con címbalos y arpas, se hallaban en el extremo situado al este del altar con 120 sacerdotes que tocaban las trompetas (vers. 12).
“Los trompetistas y los cantores alababan y daban gracias al Señor al son de trompetas, címbalos y otros instrumentos musicales. Y, cuando tocaron y cantaron al unísono [...] una nube cubrió el Templo del Señor. Por causa de la nube, los sacerdotes no pudieron celebrar el culto, pues la gloria del Señor había llenado el Templo” (vers. 13, 14).
La oración de Salomón
“En medio del atrio” del Templo se había erigido “un estrado de bronce”. Sobre esta plataforma se hallaba Salomón, quien, con las manos alzadas, bendecía a la vasta multitud delante de él. “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, que con su mano ha cumplido ahora lo que con su boca le había prometido a mi padre David cuando le dijo [...] elegí a Jerusalén para habitar en ella” (vers. 4, 6).
Luego Salomón se arrodilló sobre la plataforma, alzó las manos hacia el cielo y oró: “Si los cielos, por altos que sean, no pueden contenerte, ¡mucho menos este Templo que he construido! […] Oye las súplicas de tu siervo y de tu pueblo Israel cuando oren en este lugar. Oye desde el cielo, donde habitas; ¡escucha y perdona! […]
“Si tu pueblo Israel es derrotado por el enemigo por haber pecado contra ti, y luego se vuelve a ti para honrar tu nombre, y ora y te suplica en este Templo, óyelo tú desde el cielo, y perdona su pecado […].
“Cuando tu pueblo peque contra ti y tú lo aflijas cerrando el cielo para que no llueva, si luego ellos oran en este lugar y honran tu nombre y se arrepienten de su pecado, óyelos tú desde el cielo y perdona el pecado de tus siervos […].
“Cuando en el país haya hambre, peste, sequía, o plagas de langostas o saltamontes en los sembrados, o cuando el enemigo sitie alguna de nuestras ciudades; en fin, cuando venga cualquier calamidad o enfermedad, si luego en su dolor cada israelita, consciente de su culpa, extiende sus manos hacia este Templo, y ora y te suplica, óyelo tú desde el cielo, donde habitas, y perdónalo. […] Así todos tendrán temor de ti y andarán en tus caminos mientras vivan en la Tierra que les diste a nuestros antepasados.
“Trata de igual manera al extranjero que no pertenece a tu pueblo Israel, pero que atraído por tu gran fama y por tus despliegues de fuerza y poder ha venido de lejanas Tierras. Cuando ese extranjero venga y ore en este Templo, óyelo tú desde el cielo, donde habitas, y concédele cualquier petición que te haga. Así todos los pueblos de la Tierra conocerán tu nombre y, al igual que tu pueblo Israel, tendrán temor de ti […].
“No hay ser humano que no peque. Si tu pueblo peca contra ti y tú te enojas con ellos y los entregas al enemigo para que se los lleven cautivos a otro país, lejano o cercano; y si en el destierro, en el país de los vencedores, se arrepienten y se vuelven a ti, y oran a ti diciendo: ‘Somos culpables, hemos pecado, hemos hecho lo malo’; y si en la Tierra de sus captores se vuelven a ti de todo corazón […] oye tú sus oraciones y súplicas desde el cielo, donde habitas, y defiende su causa. ¡Perdona a tu pueblo que ha pecado contra ti!
“Ahora, Dios mío, te ruego que tus ojos se mantengan abiertos, y atentos tus oídos a las oraciones que se eleven en este lugar.
“Levántate, Señor y Dios; ven a descansar, tú y tu arca poderosa. Señor y Dios, ¡que tus sacerdotes se revistan de salvación! ¡Que tus fieles se regocijen en tu bondad!” (vers. 14-42).
Cuando Salomón terminó su oración, “descendió fuego del cielo y consumió el holocausto y los sacrificios”. Los sacerdotes no podían entrar en el lugar, porque “la gloria del Señor llenó el Templo”. Entonces el rey y el pueblo ofrecieron sacrificios. “Así fue como el rey y todo el pueblo dedicaron el Templo de Dios” (7:1-5). Durante siete días las multitudes celebraron un alegre festín. La muchedumbre feliz dedicó la semana siguiente a observar la Fiesta de las Cabañas. Al final del plazo, todos regresaron a sus hogares, “contentos y llenos de alegría por el bien que el Señor había hecho en favor de David, de Salomón y de su pueblo Israel” (vers. 8, 10).
Y nuevamente, como sucediera en Gabaón al principio del reinado de Salomón, Dios le dio una evidencia de la aceptación divina. En una visión nocturna, el Señor se le apareció y le dio este mensaje: “He escuchado tu oración, y he escogido este Templo para que en él se me ofrezcan sacrificios. Cuando yo cierre los cielos para que no llueva, o le ordene a la langosta que devore la Tierra, o envíe pestes sobre mi pueblo, si mi pueblo, que lleva mi nombre, se humilla y ora, y me busca y abandona su mala conducta, yo lo escucharé desde el cielo, perdonaré su pecado y restauraré su Tierra. [...] Desde ahora y para siempre escojo y consagro este Templo para habitar en él. Mis ojos y mi corazón siempre estarán allí” (vers. 12-16).
Si Israel hubiese permanecido fiel a Dios, aquel edificio glorioso habría perdurado para siempre, una señal perpetua del favor especial de Dios. “Y a los extranjeros que se han unido al Señor para servirle, para amar el nombre del Señor y adorarlo, a todos los que observan el sábado sin profanarlo [...] los llevaré a mi monte santo; ¡los llenaré de alegría en mi casa de oración! [...] porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos” (Isa. 56:6, 7).
El Señor indicó claramente el deber que le incumbía al rey. “En cuanto a ti, si me sigues como lo hizo tu padre David, y me obedeces en todo lo que yo te ordene y cumples mis decretos y Leyes, yo afirmaré tu trono real, como pacté con tu padre David cuando le dije: ‘Nunca te faltará un descendiente en el trono de Israel’ ” (2 Crón. 7:17, 18).
Si Salomón hubiese continuado sirviendo al Señor con humildad, todo su reinado habría ejercido una poderosa influencia para el bien sobre las naciones circundantes. Previendo las terribles tentaciones que acompañarían la prosperidad y los honores mundanales, Dios advirtió a Salomón contra el mal de la apostasía. Le dijo que aun el hermoso Templo que acababa de dedicarse llegaría a ser “el hazmerreír de todos los pueblos” si los israelitas dejaban “al Señor, Dios de sus antepasados” (vers. 20, 22) y persistían en la idolatría.
La mayor gloria de Israel
Fortalecido en su corazón y muy alentado por el aviso celestial, Salomón inició el período más glorioso de su reinado. Todos los reyes de la Tierra procuraban acercársele para “oír la sabiduría que Dios le había dado” (9:23). Salomón les enseñaba lo referente al Dios Creador, y regresaban con un concepto más claro del Dios de Israel y de su amor por la familia humana. En las obras de la naturaleza contemplaban una revelación de su carácter; y muchos eran inducidos a adorarlo como Dios suyo.
La humildad de Salomón al reconocer delante de Dios: “Yo soy un niño pequeño” (1 Rey. 3:7, BJ); su notable reverencia por las cosas divinas, su desconfianza de sí mismo y su ensalzamiento del Creador infinito, todos estos rasgos de carácter se revelaron cuando al elevar su oración dedicatoria lo hizo de rodillas, en la humilde posición de quien ofrece una petición. Los seguidores de Cristo hoy deben precaverse contra la tendencia a perder el espíritu de reverencia y temor piadoso. Deben acercarse a su Hacedor con reverencia, por medio de un Mediador divino. El salmista declaró:
“Vengan, postrémonos reverentes,
doblemos la rodilla
ante el Señor nuestro Hacedor” (Sal. 95:3, 6).
Tanto en el culto público como en el privado, es nuestro privilegio arrodillarnos delante de Dios cuando le dirigimos nuestras peticiones. Jesús, nuestro ejemplo, “se arrodilló y empezó a orar” (Luc. 22:41). Acerca de sus discípulos quedó registrado que también Pedro “se puso de rodillas y oró” (Hech. 9:40). Pablo declaró: “Por esta razón me arrodillo delante del Padre” (Efe. 3:14). Daniel “tenía por costumbre orar tres veces al día” (Dan. 6:10).
La verdadera reverencia hacia Dios está inspirada por un sentido de su infinita grandeza y un reconocimiento de su presencia. La presencia de Dios hace que tanto el lugar como la hora de la oración sean sagrados. “Su nombre es santo e imponente” (Sal. 111:9). Los ángeles velan sus rostros cuando pronuncian ese nombre. ¡Con qué reverencia debieran pronunciarlo nuestros labios!
Jacob, después de contemplar la visión del ángel, exclamó: “En realidad, el Señor está en este lugar, y yo no me había dado cuenta. [...] Es nada menos que la casa de Dios; ¡es la puerta del cielo!” (Gén. 28:16, 17).
En lo que dijo durante el servicio de dedicación, Salomón había procurado eliminar las supersticiones relativas al Creador que habían confundido a los paganos. El Dios del cielo no queda encerrado en Templos hechos por manos humanas; sin embargo, puede reunirse con sus hijos por medio de su Espíritu cuando ellos se congregan en la casa dedicada a su culto.
“Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová,
el pueblo que él escogió como heredad para sí.
“Santos, oh Dios, son tus caminos [...] Tú eres el Dios que realiza maravillas;
el que despliega su poder entre los pueblos” (Sal. 33:12-14, RVR; 103:19; 77:13, 14).
Dios honra con su presencia las asambleas de su pueblo. Prometió que cuando se reuniesen para reconocer sus pecados y orar unos por otros, él los acompañaría por medio de su Espíritu. Pero los que se congregan para adorarlo deben desechar todo lo malo. A menos que lo adoren en espíritu y en verdad, así como en hermosura de santidad, de nada valdrá que se congreguen. Los que adoran a Dios deben adorarlo “en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren” (Juan 4:23).
Capítulo 3
La prosperidad y el orgullo acarrean desastre
Al principio, aun cuando obtenía riquezas y honores mundanales, Salomón permaneció humilde. “Salomón gobernaba sobre todos los reinos desde el río Éufrates hasta la Tierra de los filisteos y la frontera con Egipto. [...] y vivieron seguros” (1 Rey. 4:21, 24, 25).
Pero después de un amanecer muy prometedor, su vida quedó oscurecida por la apostasía. Había sido honrado por Dios con manifestaciones de favor divino tan notables que su sabiduría e integridad le dieron fama mundial. Había inducido a otros a loar al Dios de Israel. Ahora se desvió del culto a Jehová para inclinarse ante los ídolos de los paganos.
Previendo los peligros que asediarían a quienes fuesen escogidos príncipes de Israel, el Señor dio a Moisés instrucciones para guiarlos. Las leerán todos los días de su vida. Así aprenderán a temer al Señor su Dios, cumplirán fielmente todas las palabras de esta Ley y sus preceptos; no se creerán superiores a sus hermanos ni se apartarán de la Ley en el más mínimo detalle, y junto con su descendencia reinarán por mucho tiempo sobre Israel.
La advertencia y el primer desacierto de Salomón
El Señor previno en forma especial al que fue ungido rey: “El rey no tomará para sí muchas mujeres, no sea que se extravíe su corazón, ni tampoco acumulará enormes cantidades de oro y plata” (Deut. 17:18-20, 17).
Durante cierto tiempo Salomón obedeció estas advertencias. Su mayor deseo era vivir y gobernar de acuerdo con los estatutos dados en el Sinaí. Su manera de dirigir los asuntos del reino contrastaba en forma sorprendente con las costumbres de las naciones de su tiempo: naciones que no temían a Dios y cuyos gobernantes pisoteaban su santa Ley.
Al procurar fortalecer sus relaciones con el poderoso reino situado al sur de Israel, Salomón se aventuró en terreno prohibido. Satanás conocía los resultados que acompañarían a la obediencia, y procuró minar la lealtad de Salomón a los buenos principios e inducirlo a separarse de Dios. “Salomón entró en alianza con el faraón, rey de Egipto, casándose con su hija, a la cual llevó a la Ciudad de David” (1 Rey. 3:1).
Desde un punto de vista humano, este casamiento pareció resultar en una bendición; porque la esposa pagana de Salomón fortaleció aparentemente su reino a lo largo de la costa del Mediterráneo. Pero al formar alianza con una nación pagana, y al sellar esa alianza por su casamiento con una princesa idólatra, Salomón despreció temerariamente la sabia provisión hecha por Dios para conservar la pureza de su pueblo. La esperanza de que su esposa egipcia se convirtiese era una excusa muy débil para pecar.
Por un tiempo, Dios, en su misericordia compasiva, pasó por alto esa terrible equivocación; y el rey, por medio de una conducta prudente, podría haber mantenido en jaque, al menos en gran medida, las fuerzas malignas que su imprudencia había desatado. Pero Salomón había comenzado a perder de vista la Fuente de su poder y gloria. Aumentaba su confianza propia, y procuraba cumplir a su manera el propósito del Señor. Razonaba que las alianzas políticas y comerciales con las naciones circundantes comunicarían a esas naciones un conocimiento del verdadero Dios. Con frecuencia estas alianzas quedaban selladas por casamientos con princesas paganas.
Salomón se había congratulado de que su sabiduría y el poder de su ejemplo desviarían a sus esposas de la idolatría al culto del verdadero Dios, y que las alianzas así contraídas atraerían a las naciones de alrededor a la órbita de Israel. ¡Vana esperanza! El error cometido por Salomón al considerarse bastante fuerte para resistir la influencia de asociaciones paganas, fue fatal. Las alianzas y las relaciones comerciales del rey con las naciones paganas le reportaron fama, honores y riquezas de este mundo. “El rey hizo que la plata y el oro fueran en Jerusalén tan comunes como las piedras, y que el cedro abundara como las higueras en la llanura” (2 Crón. 1:15). En el tiempo de Salomón era cada vez mayor el número de personas que obtenían riquezas; pero el oro fino del carácter quedaba contaminado.
La riqueza y la fama acarrean una maldición
Antes de que Salomón se diera cuenta de ello, se había extraviado lejos de Dios. Comenzó a confiar cada vez menos en la dirección y la bendición divinas, y cada vez más en su propia fuerza. Poco a poco, fue rehusando a Dios la obediencia inquebrantable y conformándose cada vez más estrechamente a las costumbres de las naciones circundantes. Cediendo a las tentaciones que acompañaban sus éxitos y sus honores, se olvidó de la Fuente de su prosperidad. El dinero que debería haber considerado como un cometido sagrado para beneficiar a los pobres dignos de ayuda y para difundir en todo el mundo los principios del santo vivir, se gastó egoístamente en proyectos ambiciosos.
Al glorificarse delante del mundo, perdió su honor e integridad. Las enormes rentas adquiridas al comerciar con muchos países fueron suplementadas por gravosas contribuciones. Así el orgullo, la ambición, el desperdicio y la complacencia dieron frutos de crueldad y exacciones. Después de haber sido el gobernante más sabio y más misericordioso, degeneró en un tirano. El guardián del pueblo compasivo y temeroso de Dios llegó a ser opresor y déspota. Cobraba al pueblo un impuesto tras otro, con el fin de que hubiese recursos con qué sostener una corte lujosa. El respeto y la admiración que antes tributaran a su rey se trocaron en desafecto y aborrecimiento.
Las mujeres atractivas resultan ser una trampa
Cada vez más el rey llegó a considerar los lujos, el desenfreno y el favor del mundo como indicios de grandeza. Hizo traer cientos de mujeres hermosas y atractivas de Egipto, Fenicia, Edom, Moab y muchos otros lugares. Su religión se basaba en el culto a los ídolos, y se les había enseñado a practicar ritos crueles y degradantes. Hechizado por su belleza, el rey descuidaba sus deberes hacia Dios y su Reino.
Sus mujeres gradualmente lo indujeron a participar de su culto a los dioses falsos. “En efecto, cuando Salomón llegó a viejo, sus mujeres le pervirtieron el corazón de modo que él siguió a otros dioses, y no siempre fue fiel al Señor su Dios como lo había sido su padre David. Por el contrario, Salomón siguió a Astarté, diosa de los sidonios, y a Moloc, el detestable dios de los amonitas” (1 Rey. 11:4, 5).
Frente al Monte Moriah, Salomón erigió edificios imponentes como centros de idolatría. Con el fin de agradar a sus esposas, colocó enormes ídolos entre los huertos. Allí, delante de los altares de las divinidades paganas, los adoradores practicaban los ritos más degradantes del paganismo.
Al separarse Salomón de Dios para relacionarse con los idólatras, se acarreó la ruina. Perdió el dominio propio. Desapareció su eficiencia moral. Sus sensibilidades delicadas se embotaron, su conciencia se cauterizó. Durante la primera parte de su reinado había manifestado mucha sabiduría y simpatía al devolver un niño desamparado a su madre desafortunada (ver 3:16-28). Posteriormente degeneró, al punto de consentir en que se erigiese un ídolo al cual se sacrificaban niños vivos. En sus últimos años se apartó tanto de la pureza que toleraba los ritos licenciosos y repugnantes conectados con el culto a Quemos y Astarot, o Astarté. Consideró erróneamente la libertad como licencia. Procuró, pero ¡a qué costo!, unir la luz con las tinieblas, el bien con el mal, la pureza con la impureza; a Cristo con Belial.
Salomón se transformó en licencioso, un instrumento y esclavo de otros. Su carácter se volvió afeminado. Su fe en el Dios viviente quedó suplantada por dudas ateas. La incredulidad debilitaba sus principios y degradaba su vida. La justicia y grandeza de la primera parte de su reinado se transformaron en despotismo y tiranía. Poco puede hacer Dios en favor de los hombres que pierden el sentido de cuánto dependen de él.
Durante aquellos años de apostasía, el enemigo obraba para confundir a los israelitas acerca del culto verdadero y del falso. Se amortiguó su agudo sentido del carácter elevado y santo de Dios. Los israelitas transfirieron su reconocimiento al enemigo de la justicia. Vino a ser práctica común el casamiento entre idólatras e israelitas, y estos pronto perdieron su aborrecimiento por el culto a los ídolos. Se toleraba la poligamia. En algunas vidas, una idolatría de la peor índole reemplazó al servicio religioso puro instituido por Dios.
Dios tiene pleno poder para guardarnos mientras estamos en el mundo, pero no debemos formar parte de él. Él vela siempre sobre sus hijos con un cuidado inconmensurable, pero requiere una fidelidad indivisa. “Nadie puede servir a dos señores [...]. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas [Mamón]” (Mat. 6:24).
Los hombres de hoy no son más fuertes que Salomón; son tan proclives como él a ceder a las influencias que ocasionaron su caída. Dios hoy amonesta a sus hijos para que no pongan sus almas en peligro por la afinidad con el mundo. Les ruega: “Salgan de en medio de ellos y apártense. No toquen nada impuro, y yo los recibiré. Yo seré un padre para ustedes, y ustedes serán mis hijos y mis hijas, dice el Señor Todopoderoso” (2 Cor. 6:17, 18).
Ninguno de nosotros es más sabio que Salomón
A través de los siglos, las riquezas y los honores han hecho peligrar la humildad y la espiritualidad. No es la copa vacía la que nos cuesta llevar; es la que rebosa la que debe ser llevada con cuidado. La aflicción y la adversidad pueden ocasionar pesar; pero la prosperidad es más peligrosa para la vida espiritual. En el valle de la humillación, donde los hombres dependen de que Dios les enseñe y guíe cada uno de sus pasos, están comparativamente seguros. Pero los hombres que están, por así decirlo, en un alto pináculo, y quienes a causa de su posición son considerados como poseedores de gran sabiduría, estos son los que arrostran el peligro mayor.
El orgulloso, por no sentir necesidad alguna, cierra su corazón a las bendiciones infinitas del Cielo. El que procura glorificarse a sí mismo se encontrará destituido de la gracia de Dios, mediante cuya eficiencia se adquieren las riquezas más reales y los goces más satisfactorios. Pero el que lo da todo y lo hace todo para Cristo, conocerá el cumplimiento de la promesa: “La bendición del Señor trae riquezas, y nada se gana con preocuparse” (Prov. 10:22). El Salvador destierra del alma la inquietud y la ambición profanas, y transforma la enemistad en amor y la incredulidad en confianza. Cuando habla al alma diciendo: “Sígueme”, queda roto el hechizo del mundo. Al sonido de su voz, el espíritu de codicia y ambición huye del corazón, y los hombres, emancipados, se levantan para seguirlo.
Capítulo 4
Salomón perdió su oportunidad
Parte de lo que llevó a Salomón a oprimir a su pueblo fue que dejó de conservar el espíritu de abnegación. En el Sinaí, Moisés habló al pueblo de la orden divina: “Me harán un santuario, para que yo habite entre ustedes”, “y todos los que en su interior se sintieron movidos a hacerlo llevaron una ofrenda al Señor” (Éxo. 25:8; 35:21). Para la construcción del Santuario se necesitaban grandes cantidades de materiales preciosos, pero el Señor aceptó tan solo las ofrendas voluntarias. El mandato para la congregación fue: “Traigan una ofrenda. La deben presentar todos los que sientan deseos de traérmela” (25:2).
Otra invitación similar a manifestar abnegación fue hecha cuando David entregó a Salomón la responsabilidad de construir el Templo. “¿Quién de ustedes quiere hoy dar una ofrenda al Señor?” (1 Crón. 29:5). Debían siempre recordar esta invitación a consagrarse y prestar un servicio voluntario los que tenían algo que ver con la edificación del Templo.
Para la construcción del Tabernáculo en el desierto, ciertos hombres escogidos fueron dotados por Dios de una habilidad y sabiduría especiales. “El Señor ha escogido expresamente a Bezalel [...]de la tribu de Judá, y lo ha llenado del Espíritu de Dios, de sabiduría, inteligencia y capacidad creativa [...] para realizar toda clase de diseños artísticos y artesanías. [...] Dios les ha dado a él y a Aholiab hijo de Ajisamac, de la tribu de Dan, la habilidad de enseñar a otros” (Éxo. 35:30-36:1). Los seres celestiales cooperaron con los obreros a quienes Dios mismo eligiera.
Los descendientes de estos obreros heredaron en gran medida los talentos conferidos a sus antepasados. Pero gradual y casi imperceptiblemente dejaron de estar relacionados con Dios, y perdieron su deseo de servirlo desinteresadamente. Basándose en su habilidad superior como artesanos, pedían salarios más elevados por sus servicios. Con frecuencia hallaban empleo entre las naciones circundantes. En lugar del noble espíritu de abnegación de sus ilustres antecesores, albergaron un espíritu de codicia y fueron cada vez más exigentes. Con el fin de ver complacidos sus deseos egoístas, pusieron al servicio de los reyes paganos la habilidad que Dios les había dado, y dedicaron sus talentos a la ejecución de obras que deshonraban a su Hacedor.
Entre esos hombres buscó Salomón al artífice maestro que debía dirigir la construcción del Templo. Se le habían confiado al rey especificaciones minuciosas acerca de toda porción de la estructura sagrada; y él podría haber solicitado a Dios con fe que le diese ayudantes consagrados, a quienes se habría dotado de habilidad especial para hacer con exactitud el trabajo requerido. Pero Salomón no percibió esta oportunidad de ejercer la fe en Dios. Solicitó al rey de Tiro “un experto para trabajar el oro y la plata, el bronce y el hierro, el carmesí, la escarlata y la púrpura, y que sepa hacer grabados, para que trabaje junto con los expertos que yo tengo en Judá y en Jerusalén” (2 Crón. 2:7).
El rey fenicio contestó enviando a Hiram, “hijo de una mujer oriunda de Dan y de un nativo de Tiro” (vers. 14). Hiram era por parte de su madre descendiente de Aholiab, a quien, centenares de años antes, Dios había dado sabiduría especial para la construcción del Tabernáculo. De manera que Salomón puso a la cabeza de los obreros a un hombre cuyos esfuerzos no eran impulsados por un deseo abnegado de servir a Dios. Los principios del egoísmo estaban entretejidos en las mismas fibras de su ser.
Considerando su habilidad extraordinaria, Hiram exigió un salario elevado. Gradualmente, los principios erróneos que él seguía llegaron a ser aceptados por sus asociados. Mientras trabajaban día tras día con él, hacían comparaciones entre el salario que él recibía y el propio, y empezaron a olvidar el carácter santo de su trabajo. Perdieron el espíritu de abnegación. Pidieron salarios mayores, y les fue concedido.
Los pasos que llevaron a la apostasía
Las influencias funestas así creadas se extendieron por todo el reino. Los altos salarios daban a muchos la oportunidad de vivir en el lujo y el despilfarro. Los ricos oprimían a los pobres; casi se perdió el espíritu de altruismo. En los efectos abarcantes de estas influencias puede encontrarse una de las causas principales de la terrible apostasía de Salomón.
El agudo contraste entre el espíritu y las motivaciones del pueblo que había construido el Tabernáculo en el desierto y los que impulsaron a quienes erigían el Templo de Salomón, encierra una lección de profundo significado. El egoísmo gobierna el mundo hoy. En todas partes la gente busca los puestos y los sueldos más altos. Muy rara vez se ve la gozosa abnegación de los que construían el Tabernáculo. Pero un espíritu tal es el único que debiera impulsar a quienes siguen a Jesús. Cuando dijo: “Vengan, síganme, y los haré pescadores de hombres” (Mat. 4:19), no ofreció ninguna suma definida como recompensa por sus servicios. Debían compartir su abnegación y sacrificio.
Al trabajar, no debemos hacerlo por el salario que recibimos. La devoción abnegada y un espíritu de sacrificio han sido siempre y seguirán siendo el primer requisito de un servicio aceptable. Nuestro Señor quiere que no haya una sola fibra de egoísmo entretejida con su obra. Debemos dedicar a nuestros esfuerzos el tacto y la habilidad, la exactitud y la sabiduría, que el Dios de perfección exigió de los constructores del Tabernáculo terrenal; y sin embargo, en todas nuestras labores debemos recordar que los mayores talentos o los servicios más brillantes son aceptables tan solo cuando el yo se coloca sobre el altar, como un holocausto vivo consumido.
Otra de las desviaciones de los principios correctos, que condujeron finalmente a la caída del rey de Israel, se produjo cuando este cedió a la tentación de atribuirse a sí mismo la gloria que pertenece solo a Dios. Desde el día en que fue confiada a Salomón la obra de edificar el Templo hasta el momento en que se terminó, su propósito abierto fue “construir un Templo en honor del Señor, Dios de Israel” (2 Crón. 6:7). Este propósito lo confesó ampliamente delante de las huestes de Israel congregadas cuando fue dedicado el Templo. Uno de los pasajes más conmovedores de la oración elevada por Salomón es aquel en que suplica a Dios en favor de los extranjeros que viniesen de países lejanos a aprender más de él. Salomón elevó esta petición en favor de cada uno de esos adoradores extranjeros: “Cuando ese extranjero venga y ore en este Templo, óyelo tú desde el cielo, donde habitas, y concédele cualquier petición que te haga. Así todos los pueblos de la Tierra conocerán [...] que en este Templo que he construido se invoca tu nombre” (vers. 42, 43).
Uno Mayor que Salomón había diseñado el Templo. Los que no sabían esto admiraban y alababan naturalmente a Salomón como arquitecto y constructor; pero el rey no se atribuyó ningún mérito por la concepción ni por la construcción.
Visita de la reina de Sabá
Así sucedió cuando la reina de Sabá vino a visitar a Salomón. Habiendo oído hablar de su sabiduría y del magnífico Templo que había construido, resolvió “ponerlo a prueba con preguntas difíciles” y conocer por su cuenta sus obras famosas. Acompañada por un séquito de sirvientes, hizo el largo viaje a Jerusalén. “Al presentarse ante Salomón, le preguntó todo lo que tenía pensado”. Salomón la instruyó acerca del Dios de la naturaleza, del gran Creador, que mora en los cielos y lo rige todo. Y “él respondió a todas sus preguntas. No hubo ningún asunto, por difícil que fuera, que Salomón no pudiera resolver” (10:1-3; 2 Crón. 9:1, 2).
“La reina de Sabá se quedó atónita al comprobar la sabiduría de Salomón y el palacio que él había construido”. Reconoció: “¡Todo lo que escuché en mi país acerca de tus triunfos y de tu sabiduría es cierto! No podía creer nada de eso hasta que vine y lo vi con mis propios ojos. Pero, en realidad, ¡no me habían contado ni siquiera la mitad! Tanto en sabiduría como en riqueza, superas todo lo que había oído decir” (1 Rey. 10:4-8; 2 Crón. 9:3-6).
La reina había sido cabalmente enseñada por Salomón con respecto a la Fuente de su sabiduría y prosperidad, y ella se sintió constreñida, no a ensalzar al agente humano, sino a exclamar: “¡Y alabado sea el Señor tu Dios, que se ha deleitado en ti y te ha puesto en el trono de Israel! En su eterno amor por Israel, el Señor te ha hecho rey para que gobiernes con justicia y rectitud” (1 Rey. 10:9). Tal era la impresión que Dios quería que recibiesen todos los pueblos.
Si Salomón hubiese continuado desviando de sí mismo la atención de los hombres para dirigirla hacia quien le había dado sabiduría, riquezas y honores, ¡cuán diferente habría sido su historia! Pero, elevado al pináculo de la grandeza y rodeado por los dones de la fortuna, Salomón se dejó marear, perdió el equilibrio y cayó. Constantemente alabado, permitió finalmente que los hombres hablasen de él como del ser más digno de alabanza, por el esplendor incomparable del edificio proyectado y erigido para honrar el “nombre de Jehová Dios de Israel”.
Así fue como el Templo de Jehová llegó a ser conocido entre las naciones como “el Templo de Salomón”. El agente humano se atribuyó la gloria que pertenecía a Aquel que “más alto está sobre ellos” (Ecl. 5:8). Aun hasta la fecha el Templo del cual Salomón declaró: “Comprenderán que en este Templo que he construido se invoca tu nombre” (2 Crón. 6:33), se designa más a menudo como “Templo de Salomón”.
No podemos manifestar mayor debilidad que la de permitir a los hombres que le tributen honores por los dones que el Cielo les concedió. Cuando exaltamos fielmente el nombre de Dios, nuestros impulsos están bajo la dirección divina y somos capacitados para desarrollar poder espiritual e intelectual.
Jesús, el Maestro divino, enseñó a sus discípulos a orar: “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre” (Mat. 6:9). No debían olvidarse de reconocer: “Tuya es... la gloria” (vers. 13, RVR). Tanto cuidado ponía el gran Médico en desviar la atención de sí mismo a la Fuente de su poder, que la multitud, asombrada, “al ver a los mudos hablar, a los lisiados recobrar la salud, a los cojos andar y a los ciegos ver”, no lo glorificaron a él, sino que “alababan al Dios de Israel” (15:31).
“Así dice el Señor: Que no se gloríe el sabio de su sabiduría, ni el poderoso de su poder, ni el rico de su riqueza. Si alguien ha de gloriarse, que se gloríe de conocerme y de comprender que yo soy el Señor” (Jer. 9:23, 24).
Otra enorme perversión del plan de Dios
La introducción de principios que inducían a la gente a glorificarse a sí misma, iba acompañada de otra grosera perversión del plan divino. Dios quería que la gloria de su Ley resplandeciera a través de su pueblo. Había dispuesto que la nación escogida ocupase una posición estratégica entre las naciones de la Tierra. En los tiempos de Salomón, el reino de Israel se extendía desde Hamat en el norte hasta Egipto en el sur, y desde el Mar Mediterráneo hasta el río Éufrates. Por este territorio cruzaban muchos caminos naturales para el comercio del mundo, y las caravanas provenientes de Tierras lejanas pasaban constantemente. Esto daba a Salomón y a su pueblo oportunidades para revelar a todas las naciones el carácter del Rey de reyes, y para enseñarles a reverenciarlo y obedecerlo. Mediante la enseñanza de los sacrificios y ofrendas, Cristo debía ser ensalzado delante de las naciones, para que todos pudiesen conocer el plan de salvación.
Salomón debiera haber usado la sabiduría que Dios le había dado y el poder de su influencia para organizar y dirigir un gran movimiento destinado a iluminar a los que no conocían a Dios ni su verdad. De esta manera se habría ganado a multitudes, Israel habría quedado protegido de los males practicados por los paganos y el Señor de gloria habría sido honrado. Pero Salomón perdió de vista este elevado propósito. No aprovechó sus magníficas oportunidades para iluminar a los que pasaban continuamente por su territorio.
El espíritu de mercantilismo reemplazó el espíritu misionero que Dios había implantado en el corazón de todos los verdaderos israelitas. La gente usó las oportunidades ofrecidas por el trato con muchas naciones para enriquecerse. Salomón procuró fortalecer su situación políticamente edificando ciudades fortificadas en las cabeceras de los caminos dedicados al comercio. Las ventajas comerciales de una salida en el extremo del Mar Rojo fueron desarrolladas por la construcción de “una flota naviera en Ezión Guéber, cerca de Elat en Edom, a orillas del Mar Rojo. “Los oficiales de Salomón”, tripulaban esos navíos en viajes “a Ofir”, y sacaban de allí oro y “grandes cargamentos de madera de sándalo y de piedras preciosas” (1 Rey. 9:26-28; 10:11; 2 Crón. 8:17, 18).
Las rentas del reino aumentaron enormemente. Pero ¡a qué costo! Debido a la codicia de aquellos a quienes habían sido confiados los oráculos de Dios, las innumerables multitudes que recorrían los caminos fueron dejadas en la ignorancia de Jehová.
En sorprendente contraste con Salomón, el Salvador poseía “toda potestad”, pero nunca la usó para engrandecerse a sí mismo. Ningún sueño de conquistas terrenales ni de grandezas mundanales manchó la perfección de su servicio por los demás. Los que hayan comenzado a servir al Artífice maestro deben estudiar sus métodos. Él aprovechaba las oportunidades que encontraba en las grandes arterias de tránsito.
En los intervalos de sus viajes de un lado a otro, Jesús moraba en Capernaum. Situada sobre un camino que llevaba de Damasco a Jerusalén, así como a Egipto y al Mediterráneo, se prestaba para constituir el centro de la obra del Salvador. Por ella pasaba gente de muchos países. Allí Jesús se encontraba con gente de todas las naciones y de todas las jerarquías, de modo que sus lecciones eran llevadas a otros países. Esto despertaba el interés en las profecías que anunciaban al Mesías, y su misión era presentada al mundo.
En nuestros días, esas oportunidades son aún mayores que en los días de Israel. Las avenidas de tránsito se han multiplicado mil veces. Como Cristo, los mensajeros del Altísimo deben situarse hoy en esas grandes avenidas, donde pueden encontrarse con las multitudes que pasan de todas partes del mundo. Ocultándose en Dios, deben presentar a otros las verdades preciosas de la Santa Escritura, que echarán raíces profundas y brotarán para vida eterna.
Solemnes son las lecciones del fracaso de Israel cuando tanto el gobernante como el pueblo se apartaron del alto propósito que Dios los había llamado a cumplir. En aquello en que ellos fueron débiles, los representantes modernos del Cielo deben ser fuertes, porque a ellos les toca la tarea de terminar la obra confiada al pueblo de Dios y de apresurar el día de las recompensas finales. Sin embargo, es necesario hacer frente a las mismas influencias que prevalecieron contra Israel cuando reinaba Salomón. Solo por el poder de Dios puede obtenerse la victoria. El conflicto exige un espíritu de abnegación, que desconfiemos de nosotros mismos y dependamos de Dios solo para saber aprovechar sabiamente toda oportunidad de salvar almas.
El Señor bendecirá a su pueblo mientras avance unido, revelando a un mundo en las tinieblas del error la belleza de la santidad manifestada en un espíritu abnegado como el de Cristo, en el ensalzamiento de lo divino más que de lo humano, y sirviendo con amor a quienes necesitan del evangelio.
Capítulo 5
El profundo arrepentimiento de Salomón
Dios le dio a Salomón amonestaciones claras y promesas maravillosas. Sin embargo, la Biblia dice: “Su corazón se había apartado de él, a pesar de que en dos ocasiones se le había aparecido y le había prohibido que siguiera a otros dioses” (1 Rey. 11:10, 9). Tanto se endureció su corazón en la transgresión, que su caso parecía casi desesperado.
Salomón se desvió del goce de la comunión divina para hallar satisfacción en los placeres de los sentidos. Dice: “Realicé grandes obras: me construí casas, me planté viñedos, cultivé mis propios huertos [...]. Me hice de esclavos y esclavas [...]. Amontoné oro y plata [...].
“Me engrandecí en gran manera, más que todos los que me precedieron en Jerusalén [...]. No les negué a mis ojos ningún deseo, ni privé a mi corazón de placer alguno. [...] Consideré luego todas mis obras y el trabajo que me había costado realizarlas, y vi que todo era absurdo, un correr tras el viento, y que ningún provecho se saca en esta vida. Aborrecí entonces la vida [...]. Aborrecí también el haberme afanado tanto en esta vida” (Ecl. 2:4-18).
Por su propia amarga experiencia, Salomón aprendió cuán vacía es una vida dedicada a buscar las cosas terrenales. Pensamientos lóbregos lo acosaban día y noche. Para él ya no había gozo de vivir ni paz mental, y el futuro se le presentaba sombrío y desesperado.
Sin embargo, el Señor no lo abandonó. Mediante mensajes de reprensión y castigos severos procuró despertar al rey y hacerle comprender cuán pecaminosa era su conducta. Permitió que adversarios lo atacaran y debilitasen el reino. “Por lo tanto, el Señor hizo que Hadad el edomita [...] surgiera como adversario de Salomón” Y “también se rebeló contra el rey Salomón uno de sus funcionarios, llamado Jeroboán” (1 Rey. 11:14-28).
Una advertencia profética sobresalta a Salomón
Al final, el Señor envió a Salomón, mediante un profeta, este mensaje sorprendente: “Te quitaré el reino y se lo daré a uno de tus siervos. No obstante, por consideración a tu padre David no lo haré mientras tú vivas, sino que lo arrancaré de la mano de tu hijo” (vers. 11, 12).
Despertando como de un sueño al oír esta sentencia de juicio, Salomón empezó a ver lo insensato que había sido. Con la mente y el cuerpo debilitados, se apartó cansado y sediento de las cisternas rotas de la tierra, para beber nuevamente en la fuente de la vida. Durante mucho tiempo lo había acosado el temor de la ruina absoluta que experimentaría si no podía apartarse de su locura; pero discernió finalmente un rayo de esperanza en el mensaje que se le había dado. Dios estaba dispuesto a librarlo de una servidumbre más cruel que la tumba, de la cual él mismo no podía librarse.
Salomón reconoce su pecado
Con contrición, Salomón comenzó a desandar su camino para volver al exaltado nivel de pureza y santidad del cual había caído. Jamás podría tener la esperanza de escapar de los terribles resultados del pecado, pero confesaría humildemente el error de sus caminos y alzaría su voz para amonestar a otros, no fuese que se perdiesen por causa de las malas influencias que él había desencadenado. El verdadero penitente no se espacia en su conducta errónea, sino que erige las señales de peligro, con el fin de que otros puedan precaverse.
Salomón reconoció que “el corazón del hombre rebosa de maldad; la locura está en su corazón” (Prov. 9:3). “El pecador puede hacer lo malo cien veces, y vivir muchos años; pero sé también que le irá mejor a quien teme a Dios y le guarda reverencia. En cambio, a los malvados no les irá bien ni vivirán mucho tiempo. Serán como una sombra” (8:11-13).
Por inspiración divina el rey escribió para las generaciones ulteriores lo referente a los años que perdió, junto con sus lecciones de advertencia. Y así la obra realizada por Salomón en su vida no se perdió por completo. Con mansedumbre, Salomón “impartió conocimientos” durante la última parte de su vida. “Procuró también hallar las palabras más adecuadas y escribirlas con honradez y veracidad”.
Escribió: “Teme, pues, a Dios y cumple sus Mandamientos, porque esto es todo para el hombre. Pues Dios juzgará toda obra, buena o mala, aun la realizada en secreto” (12:9-14).
Consejos para los jóvenes
Los últimos escritos de Salomón revelan que él fue comprendiendo cada vez mejor cuán mala había sido su conducta, y dedicó atención especial a exhortar a la juventud acerca de la posibilidad de caer en los errores que le habían hecho malgastar inútilmente los dones más preciosos del Cielo. Con pesar y vergüenza, confesó que en la flor de la vida, cuando debiera haber hallado en Dios consuelo, apoyo y vida, reemplazó el culto de Jehová por la idolatría. Al fin, su anhelo era evitar que otros probasen la amarga experiencia por la cual él había pasado.
Con expresiones patéticas escribió acerca de los privilegios de la juventud: “Alégrate, joven, en tu juventud; deja que tu corazón disfrute de la adolescencia. Sigue los impulsos de tu corazón y responde al estímulo de tus ojos, pero toma en cuenta que Dios te juzgará por todo esto. Aleja de tu corazón el enojo, y echa fuera de tu ser la maldad, porque confiar en la juventud y en la flor de la vida es un absurdo” (11:7-10).
“Acuérdate de tu creador
en los días de tu juventud,
antes que lleguen los días malos
y vengan los años en que digas:
‘No encuentro en ellos placer alguno’ ” (12:1-7).
La vida de Salomón rebosa de advertencias. Cuando su fortaleza debiera haber sido inconmovible, fue cuando resultó más endeble. En la vigilancia y la oración se halla la única seguridad para jóvenes y ancianos. En la batalla contra el pecado interior y las tentaciones externas, incluso el sabio y poderoso Salomón fue vencido. Su fracaso nos enseña que cualesquiera que sean nuestras cualidades intelectuales y sin importar cuán fielmente hayamos servido a Dios en lo pasado, nunca podemos confiar con seguridad en nuestra sabiduría e integridad.
Las palabras dirigidas a Israel acerca de la obediencia a los Mandamientos: “Así demostrarán su sabiduría e inteligencia ante las naciones” (Deut. 4:6), son tan verdaderas hoy como cuando fueron pronunciadas. Encierran la única salvaguardia para la integridad individual, la pureza del hogar, el bienestar de la sociedad o la estabilidad de la nación. “Los preceptos del Señor son rectos” (Sal. 19:8), y “el que así actúa no caerá jamás” (15:5).
Solo la obediencia nos mantiene alejados de la apostasía
Los que escuchen la amonestación que encierra la apostasía de Salomón evitarán el primer paso hacia los pecados que lo vencieron. Únicamente la obediencia a los requerimientos del Cielo guardará a alguien de la apostasía. Mientras dure la vida, habrá necesidad de resguardar los afectos y las pasiones con propósito firme. Ni un solo momento podemos estar seguros, a no ser que confiemos en Dios y tengamos nuestra vida escondida en Cristo. La vigilancia y la oración son la salvaguardia de la pureza.
Todos los que entren en la ciudad de Dios lo harán por la puerta estrecha, por medio de un esfuerzo agonizante; porque “nunca entrará en ella nada impuro” (Apoc. 21:27). Pero nadie que haya caído necesita desesperar. Hombres y mujeres de edad, que fueron una vez honrados por Dios, pudieron haber manchado sus almas y sacrificado la virtud sobre el altar de la concupiscencia; pero si se arrepienten, abandonan el pecado y se vuelven a su Dios, sigue habiendo esperanza para ellos. “Que abandone el malvado su camino, y el perverso sus pensamientos. Que se vuelva al Señor, a nuestro Dios,que es generoso para perdonar” (Isa. 55:7). Dios aborrece el pecado, pero ama al pecador.
Los efectos de la apostasía de Salomón
El arrepentimiento de Salomón fue sincero; pero el daño que hiciera su ejemplo no pudo ser deshecho. Durante su apostasía, hubo algunos en el reino que conservaron su pureza y lealtad. Pero las fuerzas del mal desencadenadas por la introducción de la idolatría y de las prácticas mundanales no pudieron ser detenidas fácilmente por el rey penitente. Su influencia quedó grandemente debilitada. Muchos vacilaban en depositar plena confianza en su liderazgo. El rey jamás podría esperar que fuese totalmente destruida la influencia funesta de sus malas acciones. Envalentonados por su apostasía, muchos continuaron obrando mal. Y en la conducta descendente de muchos de los príncipes que lo siguieron, puede rastrearse la triste influencia que ejerció al prostituir las facultades que Dios le había dado.
En la angustia de sus amargas reflexiones sobre lo malo de su conducta, Salomón declararó: “Vale más la sabiduría que las armas de guerra. Un solo error acaba con muchos bienes”. “Las moscas muertas apestan y echan a perder el perfume. Así mismo pesa más una pequeña necedad que la sabiduría y la honra juntas” (Ecl. 9:18; 10:5, 6, 1).
Sin que lo sepamos y sin que podamos evitarlo, nuestra influencia afecta a los demás con bendición o maldición. Puede ir acompañada de la lobreguez del descontento y del egoísmo, o del veneno mortal de algún pecado que hayamos conservado; o puede ir cargada del poder vivificante de la fe, el valor y la esperanza, así como de la suave fragancia del amor. Pero lo seguro es que manifestará su potencia para el bien o para el mal.
Un alma extraviada es una pérdida inestimable. Y sin embargo, un acto temerario o una palabra irreflexiva de nuestra parte puede ejercer una influencia tan profunda sobre la vida de otra persona, que resulte en la ruina de su alma. Una sola mancha en nuestro carácter puede desviar a muchos de Cristo.
Cada acto, cada palabra dará fruto. Cada acto de bondad, de obediencia, de abnegación, se reproducirá en los demás, y a través de ellos en otros aún. Así también cada acto de envidia, malicia y disensión, es una semilla que producirá una “raíz amarga” (Heb. 12:15) por la cual muchos serán contaminados. Así prosigue para este tiempo y para la eternidad la siembra del bien y del mal.
Capítulo 6
La arrogancia de Roboán: el reino despedazado
“Y durmió Salomón con sus padres [...] y reinó en su lugar Roboán su hijo” (1 Rey. 11:43).
Poco después de ascender al trono, Roboán fue a Siquem, donde esperaba recibir el reconocimiento formal de todas las tribus, “porque todos los israelitas se habían reunido allí para proclamarlo rey” (2 Crón. 10:1).
Entre los presentes se contaba Jeroboán, que durante el reinado de Salomón se había mostrado “valiente y esforzado”, y a quien el profeta silonita Ahías había dado este mensaje sorprendente: “Ahora voy a arrancarle de la mano a Salomón el reino, y a ti te voy a dar diez tribus” (1 Rey. 11:28, 31).
Por medio de su mensajero, el Señor había hablado claramente a Jeroboán. Esta división debía realizarse, había declarado: “Salomón no ha seguido mis caminos; no ha hecho lo que me agrada, ni ha cumplido mis decretos y Leyes como lo hizo David, su padre” (vers. 33). Además, a Jeroboán se le había instruido que el reino no debía dividirse antes que terminase el reinado de Salomón. “Lo dejaré gobernar todos los días de su vida, por consideración a David mi siervo, a quien escogí y quien cumplió mis Mandamientos y decretos. Le quitaré el reino a su hijo, y te daré a ti diez tribus” (vers. 34, 35).
Aunque Salomón había anhelado preparar a Roboán para que pudiera afrontar con sabiduría la crisis predicha, nunca había podido ejercer una influencia enérgica que modelara en favor del bien la mente de su hijo, cuya educación temprana había sido muy descuidada. Roboán había recibido de su madre amonita la estampa de un carácter vacilante. Hubo veces en que procuró servir a Dios, pero al fin cedió a las influencias del mal que lo habían rodeado desde la infancia. Los errores que cometió Roboán en su vida y su apostasía final revelan el resultado funesto que tuvo la unión de Salomón con mujeres idólatras.
Las tribus habían sufrido durante mucho tiempo graves perjuicios bajo las medidas opresivas de su gobernante anterior. El despilfarro cometido por Salomón durante su apostasía lo había inducido a imponer al pueblo contribuciones gravosas y a exigirle muchos trabajos serviles. Antes de coronar a un nuevo gobernante, los líderes de las tribus resolvieron averiguar si el hijo de Salomón tenía el propósito de aliviar esas cargas. “Cuando lo mandaron a buscar, él y todo Israel fueron a ver a Roboán y le dijeron: ‘Su padre nos impuso un yugo pesado. Alívienos usted ahora el duro trabajo y el pesado yugo que él nos echó encima; así serviremos a Su Majestad’ ”.
Deseando consultar a sus consejeros antes de delinear su conducta, Roboán contestó: “Váyanse por ahora, pero vuelvan a verme dentro de tres días. Cuando el pueblo se fue, el rey Roboán consultó con los ancianos que en vida de su padre Salomón habían estado a su servicio. ‘¿Qué me aconsejan ustedes que le responda a este pueblo?’, preguntó. Ellos respondieron: ‘Si Su Majestad trata con bondad a este pueblo, y condesciende con ellos y les responde con amabilidad, ellos le servirán para siempre’ ” (2 Crón. 10:3-7).
El error que nunca se pudo enmendar
Disconforme, Roboán se volvió hacia los jóvenes con quienes había estado asociado durante su juventud: “¿Ustedes qué me aconsejan? ¿Cómo debo responderle a este pueblo que me dice: ‘Alívienos el yugo que su padre nos echó encima’?” (1 Rey. 12:9). Los jóvenes le aconsejaron que tratara severamente a los súbditos de su reino, y les hiciera comprender claramente desde el mismo principio que no estaba dispuesto a tolerar oposición alguna a sus deseos personales.
Así ocurrió que el día señalado, cuando “vino Jeroboán con todo el pueblo a Roboán” para que les declarara qué conducta se proponía seguir, Roboán “les respondió con brusquedad: Si mi padre les impuso un yugo pesado, ¡yo les aumentaré la carga! Si él los castigaba a ustedes con una vara, ¡yo lo haré con un látigo!” (vers. 12-14). La resolución que expresó de perpetuar e intensificar la opresión iniciada durante el reinado de Salomón estaba en conflicto directo con el plan de Dios para Israel, y dio al pueblo amplia ocasión de dudar de la sinceridad de sus motivos. En esa tentativa imprudente y cruel de ejercer el poder, el rey y sus consejeros escogidos revelaron el orgullo que sentían por el puesto y la autoridad.
A los muchos millares a quienes habían irritado las medidas opresivas tomadas durante el reinado de Salomón, les pareció que no podían hacer otra cosa que rebelarse contra la casa de David. “Cuando se dieron cuenta de que el rey no iba a hacerles caso, todos los israelitas exclamaron a una: ‘¡Pueblo de Israel, todos a sus casas! ¡Y tú, David, ocúpate de los tuyos! ¿Qué parte tenemos con David? ¿Qué herencia tenemos con el hijo de Isaí?’ ” (vers. 16).
La brecha creada por el discurso temerario de Roboán resultó irreparable. Las doce tribus de Israel quedaron divididas. Judá y Benjamín constituyeron el reino inferior o meridional, bajo el gobierno de Roboán. Las diez tribus norteñas formaron un gobierno separado, el reino de Israel, regido por Jeroboán. Así se cumplió la predicción del profeta concerniente a la división del reino, “por voluntad del Señor” (vers. 15).
Cuando Roboán vio que las diez tribus le negaban su obediencia, se sintió incitado a obrar. Mediante uno de los hombres influyentes de su reino, Adonirán, hizo un esfuerzo para conciliarlos. Pero “pero todos los israelitas lo mataron a pedradas”. Asombrado, “a duras penas logró el rey subir a su carro y escapar a Jerusalén” (vers. 18).
En Jerusalén, “movilizó a todas las familias de Judá y a la tribu de Benjamín, ciento ochenta mil guerreros selectos en total, para hacer la guerra contra Israel y así recuperar el reino. Pero la palabra de Dios vino a Semaías [...]. Así dice el Señor: ‘No vayan a luchar contra sus hermanos, los israelitas. Regrese cada uno a su casa, porque es mi voluntad que esto haya sucedido’. Y ellos obedecieron la palabra del Señor” )vers. 21-24).
Durante tres años Roboán procuró sacar provecho del triste experimento con que inició su reinado; y fue prosperado en este esfuerzo. Edificó ciudades para fortificar a Judá. “Así fortificó completamente todas las ciudades” (2 Crón. 11:5, 11, 12). Pero el secreto de la prosperidad de Judá durante los primeros años del reinado de Roboán se debía a que el pueblo reconocía a Dios como el Gobernante supremo, y esto ponía en terreno ventajoso a las tribus de Judá y Benjamín. Nos dice el relato: “Tras los levitas se fue gente de todas las tribus de Israel que con todo el corazón buscaba al Señor, Dios de Israel. Llegaron a Jerusalén para ofrecer sacrificios al Señor, Dios de sus antepasados. Así consolidaron el reino de Judá, y durante tres años apoyaron a Roboán hijo de Salomón y siguieron el buen ejemplo de David y Salomón” (vers. 16, 17).
Roboán fracasa
Pero el sucesor de Salomón no ejerció una influencia enérgica en favor de la lealtad a Jehová. A pesar de ser por naturaleza de una voluntad fuerte y egoísta, lleno de fe en sí mismo y propenso a la idolatría, si hubiese puesto toda su confianza en Dios habría adquirido fuerza de carácter, fe constante y sumisión a los requerimientos divinos. Pero con el transcurso del tiempo, el rey puso su confianza en el poder de su cargo y en las fortalezas que había creado. Poco a poco fue cediendo a las debilidades que había heredado, hasta poner su influencia por completo del lado de la idolatría. “Después de que Roboán consolidó su reino y se afirmó en el trono, él y todo Israel abandonaron la Ley del Señor” (12:1).
El pueblo al que Dios había elegido para que se destacase como luz de las naciones vecinas, se apartaba de la Fuente de su fuerza y procuraba ser como las naciones circundantes. Así como con Salomón, sucedió con Roboán: la influencia del mal ejemplo extravió a muchos.
Dios no permitió que la apostasía del gobernante de Judá quedase sin castigo. “Por eso en el quinto año del reinado de Roboán, Sisac, rey de Egipto, atacó a Jerusalén. Con mil doscientos carros de combate, sesenta mil jinetes y una innumerable multitud de libios, suquíes y cusitas procedentes de Egipto, Sisac conquistó las ciudades fortificadas de Judá y llegó hasta Jerusalén.
“Entonces el profeta Semaías se presentó ante Roboán y los jefes de Judá que por miedo a Sisac se habían reunido en Jerusalén, y les dijo: ‘Así dice el Señor: “Como ustedes me abandonaron, ahora yo también los abandono, para que caigan en manos de Sisac” ’ ” (vers. 2-5). En las pérdidas ocasionadas por la invasión de Sisac, reconoció la mano de Dios, y por un tiempo se humilló. “Sisac, rey de Egipto, atacó a Jerusalén y se llevó los tesoros del Templo del Señor y del palacio real. Se lo llevó todo, aun los escudos de oro que Salomón había hecho. Para reemplazarlos, el rey Roboán mandó hacer escudos de bronce. [...] Por haberse humillado Roboán, y porque aún quedaba algo bueno en Judá, el Señor apartó su ira de él y no lo destruyó por completo” (vers. 6-12).
Las secuelas de la apostasía de Roboán
Pero cuando la nación volvió a prosperar, muchos cayeron de nuevo en la idolatría. Entre ellos se contaba el rey Roboán mismo. Olvidando la lección que Dios había procurado enseñarle, volvió a caer en los pecados que habían atraído castigos sobre la nación. Después de algunos años sin gloria, “cuando Roboán murió, fue sepultado en la Ciudad de David. Y su hijo Abías lo sucedió en el trono” (vers. 14, 16).
A veces, durante los siglos que siguieron el trono de David fue ocupado por hombres dotados de valor moral. Bajo el liderazgo de esos soberanos, las bendiciones que descendían sobre los hombres de Judá se extendían a las naciones circundantes. Pero las semillas del mal, que ya estaban brotando cuando Roboán ascendió al trono, no fueron nunca desarraigadas por completo; y hubo momentos en que el pueblo que una vez fuera favorecido por Dios cayó tan bajo que llegó a ser objeto de burla u oprobio entre los paganos.
A pesar de estas prácticas idólatras, Dios estaba dispuesto, en su misericordia, a hacer cuanto estuviera en su poder para salvar de la ruina completa al reino dividido. Y a medida que transcurrían los años, y su propósito concerniente a Israel parecía destinado a quedar completamente frustrado por los ardides de hombres inspirados por los agentes satánicos, siguió manifestando sus designios benéficos mediante el cautiverio y la restauración de la nación escogida.
La división del reino fue tan solo el comienzo de una historia admirable, en la cual se revelan la longanimidad y la tierna misericordia de Dios. Los adoradores de los ídolos iban a aprender al fin la lección de que los falsos dioses son impotentes para elevar y salvar. Únicamente siendo fiel al Dios vivo, Creador y Gobernante de todos, es como puede el hombre hallar descanso y paz.
Capítulo 7
Jeroboán lleva de vuelta a Israel a la adoración de ídolos
Bajo el gobierno de Salomón, Jeroboán había demostrado buenas aptitudes y juicio seguro. Sus años de servicio fiel lo habían preparado para gobernar con discreción. Pero Jeroboán falló en hacer de Dios su confianza.
Su mayor temor era que en algún tiempo futuro el corazón de sus súbditos fuese reconquistado por el gobernante que ocupaba el trono de David. Razonaba que si permitía a las diez tribus que visitasen a menudo la antigua sede de la monarquía judía, donde los servicios del Templo se celebraban todavía como durante el reinado de Salomón, muchos se sentirían inclinados a renovar su lealtad al gobierno centrado en Jerusalén. Consultando a sus consejeros, Jeroboán resolvió, por medio de un acto atrevido, reducir hasta donde fuese posible la probabilidad de una rebelión en contra de su gobierno. Lo iba a obtener creando dentro de los límites del nuevo reino dos centros de culto: uno en Betel y otro en Dan. Se invitaría a las diez tribus a que se congregasen para adorar a Dios en esos lugares, en vez de hacerlo en Jerusalén.
Al ordenar este cambio, Jeroboán pensó apelar a la imaginación de los israelitas poniendo delante de ellos alguna representación visible que simbolizase la presencia del Dios invisible. Mandó, pues, hacer dos becerros de oro y los colocó en altares situados en los centros designados para el culto. Al hacer esto, Jeroboán violó el claro Mandamiento de Jehová: “No te harás imagen [...] no te inclinarás a ellas, ni las honrarás” (Éxo. 20:4, 5, RVR). No consideró el gran peligro al cual exponía a los israelitas cuando puso delante de ellos el símbolo con que se habían familiarizado sus antepasados durante los siglos de servidumbre en Egipto. Su propósito firme de inducir a las tribus norteñas a interrumpir sus visitas anuales a la ciudad santa, lo impulsó a adoptar la más imprudente de las medidas. Declaró con insistencia: “¡Israelitas, no es necesario que sigan subiendo a Jerusalén! Aquí están sus dioses, que los sacaron de Egipto” (1 Rey. 12:28).
El rey procuró persuadir a los levitas, algunos de los cuales vivían dentro de su reino, a que sirviesen como sacerdotes de los recién erigidos altares en Betel y Dan; pero este esfuerzo suyo fracasó. Se vio, por tanto, obligado a elevar al sacerdocio “a toda clase de gente” (vers. 31). Alarmados, muchos huyeron a Jerusalén, donde podían adorar en armonía con los requerimientos divinos.
La rebeldía del rey es reprendida
El atrevido desafío del rey hacia Dios, al poner así a un lado instituciones divinamente establecidas, no quedó sin reprensión. Durante la dedicación del extraño altar en Betel, se presentó ante él un hombre de Dios del reino de Judá, enviado para condenarlo por su intento de introducir nuevas formas de culto. El profeta “gritó: ‘¡Altar, altar! Así dice el Señor: En la familia de David nacerá un hijo llamado Josías, el cual sacrificará sobre ti a estos sacerdotes de altares paganos que aquí queman incienso. ¡Sobre ti se quemarán huesos humanos!’.
“Aquel mismo día el hombre de Dios ofreció una señal: ‘Esta es la señal que el Señor les da: ¡El altar será derribado, y las cenizas se esparcirán!’ ”. E inmediatamente “el altar se vino abajo y las cenizas se esparcieron, según la señal que, en obediencia a la palabra del Señor, les había dado el hombre de Dios” (13:2, 3, 5).
Al ver esto, Jeroboán intentó hacer violencia a aquel que había comunicado el mensaje. Clamó con ira: “¡Agárrenlo!” Su acto impetuoso fue castigado con presteza. La mano extendida contra el mensajero de Jehová quedó repentinamente inerte y desecada, de modo que no pudo retraerla. Aterrorizado, el rey suplicó al profeta: “¡Apacigua al Señor tu Dios! ¡Ora por mí, para que se me cure el brazo! El hombre de Dios suplicó al Señor, y al rey se le curó el brazo, quedándole como antes” (vers. 4, 6). Esta experiencia debiera haber inducido al rey de Israel a arrepentirse y a renunciar a sus malos propósitos, que desviaban al pueblo de la adoración que debía tributar al Dios verdadero. Pero el rey endureció su corazón, y resolvió cumplir su propia voluntad.
El Señor procura salvar, no destruir. Da a sus mensajeros escogidos una santa osadía, para que quienes los oigan teman y sean inducidos a arrepentirse. ¡Con cuánta firmeza reprendió al rey el hombre de Dios! De ninguna otra manera podía encararse los males existentes. Los mensajeros del Señor deben permanecer sin vacilar en apoyo de lo recto. Mientras ponen su confianza en Dios, no necesitan temer; porque el que los comisiona les asegura también su cuidado protector.
Un profeta es engañado para que desobedezca
El profeta estaba por volverse a Judea, cuando Jeroboán le dijo: “Ven a casa conmigo, y come algo; además, quiero hacerte un regalo”.
“Aunque usted me diera la mitad de sus posesiones, no iría a su casa. Aquí no comeré pan ni beberé agua, porque así me lo ordenó el Señor. Me dijo: ‘No comas pan, ni bebas agua, ni regreses por el mismo camino’ ” (1 Rey. 13:7-9).
Mientras viajaba hacia su casa por otro camino, fue alcanzado por un anciano que se presentó como profeta y, mintiendo al varón de Dios, le declaró: “También yo soy profeta, como tú. Y un ángel, obedeciendo la palabra del Señor, me dijo: ‘Llévalo a tu casa para que coma pan y beba agua’ ”. El hombre repitió su mentira una y otra vez, e insistió en su invitación hasta persuadir al varón de Dios a que volviese.
Dios permitió que el profeta sufriera el castigo de su transgresión. Mientras él y el que lo había invitado a regresar a Betel estaban sentados juntos a la mesa, la inspiración del Todopoderoso embargó al falso profeta, “Entonces el profeta le anunció al hombre de Dios que había llegado de Judá: ‘Así dice el Señor: Has desafiado la palabra del Señor y no has cumplido la orden que el Señor tu Dios te dio. Has vuelto para comer pan y beber agua en el lugar donde él te dijo que no lo hicieras. Por lo tanto, no será sepultado tu cuerpo en la tumba de tus antepasados’ ” (vers. 18-22).
Esta profecía condenatoria no tardó en cumplirse literalmente. “Cuando el hombre de Dios terminó de comer y beber, el profeta que lo había hecho volver le aparejó un asno, y el hombre de Dios se puso en camino. Pero un león le salió al paso y lo mató, dejándolo tendido en el camino. [...] Al ver el cuerpo tendido, y al león cuidando el cuerpo, los que pasaban por el camino llevaron la noticia a la ciudad donde vivía el profeta anciano. Cuando el profeta que lo había hecho volver de su viaje se enteró de eso, dijo: ‘Ahí tienen al hombre de Dios que desafió la palabra del Señor’ ” (vers. 23-26).
Si después de que desobedeciera a la palabra del Señor se hubiese pemitido al profeta seguir su viaje sano y salvo, el rey habría usado ese hecho en un intento por justificar su propia desobediencia. En el altar partido, el brazo paralizado y la terrible suerte de quien se había atrevido a desobedecer una orden expresa de Jehová, Jeroboán debiera haber discernido prestas manifestaciones del desagrado de un Dios ofendido, y estos castigos debieran haberle advertido que no debía persistir en su mal proceder. Pero, lejos de arrepentirse, Jeroboán no solo cometió él mismo un pecado gravoso, sino además hizo pecar a Israel, y “esa conducta llevó a la dinastía de Jeroboán a pecar, y causó su caída y su desaparición de la faz de la Tierra” (vers. 33, 34; 14:16).
El juicio de Dios sobre Jeroboán
Hacia el final de un reinado perturbado de 22 años, Jeroboán sufrió una derrota desastrosa en la guerra con Abías, sucesor de Roboam. “Jeroboán no pudo recuperar su poderío. Al final, el Señor lo hirió, y Jeroboán murió” (2 Crón. 13:20).
La apostasía introducida durante el reinado de Jeroboán finalmente resultó en la destrucción completa del reino de Israel. Aun antes de la muerte de Jeroboán, Ahías, anciano profeta que muchos años antes había predicho la elevación de Jeroboán al trono, declaró: “El Señor [...] los desarraigará de esta buena Tierra [...] Y el Señor abandonará a Israel por los pecados que Jeroboán cometió e hizo cometer a los israelitas” (1 Rey. 14:15, 16).
Sin embargo, el Señor hizo todo lo que podía hacer para que volviera a serle fiel. A través de los largos y oscuros años durante los cuales un gobernante tras otro lo desafiaba, Dios mandó mensaje tras mensaje a su pueblo apóstata. Mediante sus profetas, le dio toda oportunidad de regresar a él. Elías y Eliseo iban a aparecer y trabajar, e iban a oírse en la Tierra las tiernas súplicas de
Oseas, Amós y Abdías. Nunca iba a ser dejado el reino de Israel sin nobles testigos del gran poder de Dios para salvar del pecado. Por medio de estos fieles iba a cumplirse finalmente el eterno propósito de Jehová.
Capítulo 8
La apostasía nacional lleva a la ruina nacional
A partir de la muerte de Jeroboán y hasta el momento en que Elías compareció ante Acab, Israel sufrió una constante declinación espiritual. La mayoría del pueblo rápidamente fue perdiendo de vista su deber de servir al Dios vivo, y adoptó muchas de las prácticas idólatras.
Nadab, el hijo de Jeroboán que ocupó el trono de Israel tan solo durante unos pocos meses, fue asesinado con toda la parentela que podría haberle sucedido, “según la palabra que el Señor dio a conocer por medio de su siervo Ahías el silonita. Esto sucedió a raíz de los pecados que Jeroboán cometió e hizo cometer a los israelitas”(1 Rey. 15:29, 30).
El culto idólatra que Jeroboán había introducido atrajo los juicios del Cielo; y sin embargo, los gobernantes que siguieron –Basá, Elá, Zimri y Omrí– continuaron en la misma mala conducta fatal.
La buena regla del rey Asá
Durante la mayor parte de este tiempo de apostasía, Asá gobernaba en Judá. “Asá hizo lo que era bueno y agradable ante el Señor su Dios. Se deshizo de los altares y santuarios paganos [...]. Además, ordenó a los habitantes de Judá que acudieran al Señor, Dios de sus antepasados, y que obedecieran su Ley y sus Mandamientos. [...] y durante su reinado hubo tranquilidad” (2 Crón. 14:2-5).
La fe de Asá se vio muy probada cuando “Zera el cusita marchó contra ellos al frente de un ejército de un millón de soldados y trescientos carros” (vers. 9), invadiendo su reino. En esa crisis, Asá no confió en las “ciudades fortificadas” de Judá, con “murallas con torres, puertas y cerrojos”, ni en los “guerreros valientes” (vers. 6-8). El rey confiaba en Jehová de los ejércitos. Mientras disponía a sus fuerzas en orden de batalla, solicitó la ayuda de Dios.
Una victoria extraordinaria ganada por confiar en Dios
Los ejércitos oponentes se hallaban frente a frente. Era un momento de prueba para los que servían al Señor. ¿Habían confesado todo pecado? ¿Tenían los hombres de Judá plena confianza en que el poder de Dios podía librarlos? Desde todo punto de vista humano, el gran ejército de Egipto habría de arrasar cuanto se le opusiera. Pero en tiempo de paz Asá no se había dedicado a las diversiones y al placer, sino que se había preparado para cualquier emergencia. Tenía un ejército adiestrado para el conflicto. Se había esforzado por inducir a su pueblo a hacer la paz con Dios. Ahora su fe no vaciló.
Habiendo buscado al Señor en los días de prosperidad, el rey podía confiar en él en el día de la adversidad. Dijo en su oración: “Señor, solo tú puedes ayudar al débil y al poderoso. ¡Ayúdanos, Señor y Dios nuestro, porque en ti confiamos, y en tu nombre hemos venido contra esta multitud!” (vers. 11).
La fe del rey Asá quedó señaladamente recompensada. “El Señor derrotó a los cusitas cuando estos lucharon contra Asá y Judá. Los cusitas huyeron” (2 Crón. 14:12, 13), y fueron aniquilados.
Mientras los victoriosos ejércitos regresaban a Jerusalén, “Azarías hijo de Obed [...] salió al encuentro de Asá, y le dijo: [...] El Señor estará con ustedes, siempre y cuando ustedes estén con él. Si lo buscan, él dejará que ustedes lo hallen [...]. Pero ustedes, ¡manténganse firmes y no bajen la guardia, porque sus obras serán recompensadas!” (15:1, 2, 7).
Muy alentado, Asá no tardó en iniciar una segunda reforma en Judá. “Se animó a eliminar los detestables ídolos que había en todo el territorio de Judá y Benjamín. Luego hicieron un pacto, mediante el cual se comprometieron a buscar de todo corazón y con toda el alma al Señor [...]. Y él se había dejado hallar de ellos y les había concedido vivir en paz con las naciones vecinas” (vers. 8-12,15).
Los largos anales de un servicio fiel prestado por Asá quedaron manchados por algunos errores cometidos. Cuando, en cierta ocasión, el rey de Israel invadió el reino de Judá y se apoderó de Ramá, ciudad fortificada situada a tan solo ocho kilómetros de Jerusalén, Asá procuró su liberación mediante una alianza con Ben Adad, rey de Siria. Esta falta de confianza solo en Dios en un momento de necesidad fue reprendida severamente por el profeta Jananí, quien se presentó delante de Asá con este mensaje: “También los cusitas y los libios formaban un ejército numeroso, y tenían muchos carros de combate y caballos, y sin embargo el Señor los entregó en tus manos, porque en esa ocasión tú confiaste en él. [...] Pero de ahora en adelante tendrás guerras, pues actuaste como un necio” (16:7-9).
En vez de humillarse delante de Dios por haber cometido este error, “Asá se enfureció contra el vidente por lo que este le dijo, y lo mandó encarcelar. En ese tiempo, Asá oprimió también a una parte del pueblo” (vers. 10). Finalmente, “en el año treinta y nueve de su reinado, Asá se enfermó de los pies; y aunque su enfermedad era grave, no buscó al Señor, sino que recurrió a los médicos” (vers. 12). El rey murió el año 41º de su reinado y le sucedió Josafat, su hijo.
Comienza el malvado reinado de Acab
Dos años antes de la muerte de Asá, Acab comenzó a gobernar en el reino de Israel. Desde el principio su reinado quedó señalado por una apostasía extraña y terrible. “Hizo más para provocar la ira del Señor, Dios de Israel, que todos los reyes de Israel que lo precedieron”. Actuó como “si hubiera sido poco el cometer los mismos pecados de Jeroboán hijo de Nabat” (vers. 33, 31). Encabezó temerariamente al pueblo en el paganismo más grosero.
Habiendo tomado por esposa a Jezabel, “hija de Et Baal, rey de los sidonios” y sumo sacerdote de Baal, Acab “se dedicó a servir a Baal y a adorarlo. Le erigió un altar en el templo que le había construido en Samaria” (vers. 31, 32).
Bajo el liderazgo de Jezabel erigió altares paganos en muchos “altos”, hasta que casi todo Israel seguía en pos de Baal. “Nunca hubo nadie como Acab que, animado por Jezabel su esposa, se prestara para hacer lo que ofende al Señor” (21:25, 26). El casamiento de Acab con una mujer idólatra fue desastroso para él y para la nación. Su carácter fue modelado con facilidad por el espíritu resuelto de Jezabel. Su naturaleza egoísta no le permitía apreciar las misericordias de Dios para con Israel, ni sus propias obligaciones como guardián y conductor del pueblo escogido.
Bajo la influencia agostadora del gobierno de Acab, Israel se alejó mucho del Dios vivo. La oscura sombra de la apostasía cubría todo el país. Por todas partes podían verse imágenes de Baal y Astarté. Se multiplicaban los templos consagrados a los ídolos. El aire estaba contaminado por el humo de los sacrificios ofrecidos a los dioses falsos. Las colinas y los valles repercutían con los clamores de embriaguez emitidos por un sacerdocio pagano que ofrecía sacrificios al sol, la luna y las estrellas.
Se enseñaba al pueblo que estos ídolos eran divinidades que gobernaban por su poder místico los elementos de la tierra, el fuego y el agua. Todas las bendiciones del cielo –los arroyos y las corrientes de aguas vivas, el suave rocío, las lluvias que refrescaban la Tierra y hacían fructificar abundantemente los campos– se atribuían al favor de Baal y Astarté, en vez de al Dador de todo bien y don perfecto. El pueblo olvidaba que las colinas y los valles, los ríos y los manantiales, estaban en manos del Dios vivo; y que este regía el sol, las nubes del cielo y todos los poderes de la naturaleza.
Mediante mensajeros fieles, el Señor mandó repetidas amonestaciones al rey y al pueblo apóstatas; pero esas palabras de reprensión fueron inútiles. Cautivado por la ostentación del lujo y por los ritos fascinantes de la idolatría, el pueblo seguía el ejemplo del rey y su corte, y se entregaba a los placeres embriagantes y degradantes de un culto sensual. En su ciega locura, prefirió rechazar a Dios y su culto. La luz que le había sido daba con tanta misericordia se había vuelto tinieblas.
Nunca había caído tan bajo en la apostasía el pueblo escogido de Dios. Los “profetas de Baal” eran “cuatrocientos cincuenta”, además de los “cuatrocientos profetas de la diosa Aserá” (18:19). Nada que no fuese el poder prodigioso de Dios podía preservar a la nación de una ruina absoluta. Israel se había separado voluntariamente de Jehová. Sin embargo, los anhelos compasivos del Señor seguían manifestándose en favor de los que habían sido inducidos a pecar, y él estaba por mandarles uno de los más poderosos de sus profetas.
Capítulo 9
Elías confronta al rey Acab
Este capítulo está basado en 1 Reyes 17:1 al 7.
Entre las montañas al este del Jordán moraba un hombre de fe y oración cuyo ministerio intrépido estaba destinado a detener la rápida diseminación de la apostasía. Sin ocupar un puesto elevado en la vida, Elías inició su misión confiando en que Dios le daría abundante éxito. La suya era la voz de quien clama en el desierto a fin de reprender el pecado y rechazar la marea de mal. Y aunque se presentó para reprender el pecado, su mensaje ofrecía consuelo a las almas enfermas de pecado.
Mientras Elías veía a Israel hundirse cada vez más en la idolatría, se despertó su indignación. Dios había hecho grandes cosas por su pueblo “para que ellos observaran sus preceptos y pusieran en práctica sus Leyes” (Sal. 105:44, 45). Pero la incredulidad iba separando rápidamente a la nación escogida de la Fuente de su fortaleza. Mientras consideraba esta apostasía desde su retiro en las montañas, Elías se sentía abrumado de pesar. Con angustia en el alma rogaba a Dios que detuviese en su impía carrera al pueblo una vez favorecido, que le enviase castigos si era necesario, para inducirlo al arrepentimiento.
La oración de Elías fue contestada. Había llegado el momento en que Dios debía hablarle por medio de castigos. Los adoradores de Baal aseveraban que los tesoros del cielo –el rocío y la lluvia– provenían de las fuerzas que regían la naturaleza, y que la Tierra se hacía abundantemente fructífera mediante la energía creadora del sol. Se iba a demostrar a las tribus apóstatas de Israel cuán insensato era confiar en el poder de Baal para obtener bendiciones temporales. Hasta que se volviesen a Dios arrepentidas y lo reconociesen como Fuente de toda bendición, no descendería rocío ni lluvia sobre la Tierra.
A Elías fue confiada la misión de comunicar a Acab el mensaje relativo al juicio del Cielo. Él no procuró ser mensajero del Señor; la palabra del Señor le fue confiada. No vaciló en obedecer la orden divina, aun cuando obedecer era como buscar una presta destrucción a manos del rey impío. El profeta partió enseguida, y viajó día y noche hasta llegar al palacio. Vestido con la burda vestimenta que solía cubrir a los profetas, pasó frente a la guardia, que aparentemente no se fijó en él, y se quedó un momento de pie frente al asombrado rey.
Elías no pidió disculpas por su abrupta aparición. Uno mayor que el gobernante de Israel lo había comisionado para que hablase. Declaró: “Tan cierto como que vive el Señor, Dios de Israel, a quien yo sirvo, te juro que no habrá rocío ni lluvia en los próximos años, hasta que yo lo ordene”.
Mientras se dirigía a Samaria, Elías había pasado al lado de arroyos inagotables y de bosques imponentes, que parecían inalcanzables para la sequía. El profeta podría haberse preguntado cómo iban a secarse los arroyos que nunca habían cesado de fluir, y cómo podrían ser quemados por la sequía esos valles y colinas. La palabra de Dios no podía fallar. Como un rayo que baja de un cielo despejado, el anuncio del castigo inminente llegó a oídos del rey impío. Pero antes de que Acab se recobrase de su asombro, Elías desapareció. Y el Señor fue delante de él, allanándole el camino: “Sal de aquí hacia el oriente, y escóndete en el arroyo de Querit, al este del Jordán. Beberás agua del arroyo, y yo les ordenaré a los cuervos que te den de comer allí”.
El rey hizo diligentes averiguaciones, pero no pudo encontrar al profeta. La reina Jezabel, airada por el mensaje que los privaba a todos de los tesoros del cielo, consultó inmediatamente a los sacerdotes de Baal, quienes se unieron a ella para maldecir al profeta y desafiar la ira de Jehová. Se difundieron prestamente por todo el país las noticias de cómo Elías había denunciado los pecados de Israel y profetizado un castigo inminente. Algunos empezaron a temer, pero en general el mensaje celestial fue recibido con escarnio y ridículo.
Las palabras del profeta entraron en vigencia inmediatamente. La tierra, al no ser refrigerada por el rocío ni la lluvia, se resecó y la vegetación se marchitó. Empezó a reducirse el cauce de corrientes que nunca se habían agotado, y los arroyos comenzaron a secarse. Pero las autoridades instaron al pueblo a tener confianza en el poder de Baal y a desechar las palabras ociosas de la profecía hecha por Elías, ya que Baal era quien producía las mieses en sazón, y proveía sustento para hombres y animales.
Los sacerdotes de Baal engañaban al pueblo
La profecía de Elías se oponía en solitario a las palabras de seguridad que ofrecían centenares de sacerdotes idólatras: si Baal podía seguir dando rocío y lluvia, entonces el rey de Israel debía adorarlo y el pueblo declararlo Dios. Resueltos a mantener al pueblo engañado, los sacerdotes de Baal continuaron ofreciendo sacrificios a sus dioses, y a rogarles noche y día que refrescasen la tierra. Con una perseverancia y un celo dignos de una causa mejor, pasaban mucho tiempo en derredor de sus altares paganos y oraban noche tras noche fervorosamente por lluvia. Pero no aparecían nubes en el cielo. No había lluvia ni rocío que refrescasen la tierra sedienta.
Pasó un año. El calor abrasador del sol destruyó la poca vegetación que había sobrevivido. Los arroyos se secaron, y los rebaños vagaban angustiados, mugiendo y balando. Campos que fueran florecientes quedaron como las ardientes arenas del desierto. Los árboles de los bosques, como lúgubres esqueletos de la naturaleza, ya no proporcionaban sombra. El aire reseco y sofocante levantaba a veces remolinos de polvo que enceguecían y casi cortaban el aliento. El hambre y la sed hacían sus estragos con terrible mortandad entre hombres y bestias. El hambre, con todos sus horrores, apretaba cada vez más.
Sin embargo, Israel no se arrepentía, ni aprendía la lección que Dios quería que aprendiese. Dominada por un corazón orgulloso y enamorada de su culto falso, empezó a buscar alguna otra causa a la cual pudiese atribuir sus sufrimientos.
Inexorable en su resolución de desafiar al Dios del cielo, y acompañada en ello por casi todo Israel, Jezabel denunció a Elías como la causa de todas sus miserias. Sostenía que si se lo pudiese eliminar, la ira de sus dioses quedaría apaciguada y terminarían las dificultades. Instado por la reina, Acab instituyó una búsqueda muy diligente del profeta. Envió mensajeros a las naciones circundantes para encontrar al hombre a quien odiaba y temía. Y en su ansiedad, exigió a esos reinos y naciones que jurasen que no conocían el paradero del profeta. Pero la búsqueda fue en vano. El profeta estaba a salvo de la malicia del rey.
Frustrada en sus esfuerzos contra Elías, Jezabel resolvió vengarse matando a todos los profetas de Jehová. La mujer enfurecida masacró a muchos. Pero no a todos. Abdías, gobernador de la casa de Acab, había tomado a cien profetas, y arriesgando su propia vida, “los había escondido en dos cuevas, cincuenta en cada una, y les había dado de comer y de beber” (1 Rey. 18:4).
Sequía y hambruna durante dos años
Transcurrió el segundo año, y los cielos sin misericordia no daban señal de lluvia. La sequía y el hambre continuaban devastando todo el reino. Padres y madres se veían obligados a ver morir a sus hijos. Sin embargo, los israelitas apóstatas parecían incapaces de discernir en su sufrimiento un llamamiento al arrepentimiento, una intervención divina para evitar que diesen el paso fatal que los pusiera fuera del alcance del perdón celestial.
La apostasía de Israel era un mal más espantoso que todos los horrores del hambre. Dios estaba procurando ayudar a su pueblo a recobrar la fe que había perdido, y tuvo que imponerle una gran aflicción.
“¿Acaso creen que me complace la muerte del malvado? ¿No quiero, más bien, que abandone su mala conducta y que viva? Yo no quiero la muerte de nadie. ¡Conviértanse, y vivirán!” (Eze. 18:23, 31, 32; 33:11).
Dios había mandado a Israel mensajeros para suplicarle que volviese a su obediencia. Se había despertado su ira contra los mensajeros; y ahora consideraban con odio intenso al profeta Elías. Si hubiese caído en sus manos, con gusto lo habrían entregado a Jezabel; como si al silenciar su voz pudieran impedir que sus palabras se cumpliesen.
Solo había un remedio para el castigado Israel: apartarse de los pecados que habían atraído sobre él la mano correctora del Todopoderoso. Se le había hecho esta promesa: “Cuando yo cierre los cielos para que no llueva, o le ordene a la langosta que devore la tierra, o envíe pestes sobre mi pueblo, si mi pueblo, que lleva mi nombre, se humilla y ora, y me busca y abandona su mala conducta, yo lo escucharé desde el cielo, perdonaré su pecado y restauraré su tierra” (2 Crón. 7:13, 14). Con el fin de obtener este resultado bienaventurado, Dios continuaba privándolos de rocío y lluvia hasta que se produjese una reforma decidida.
Capítulo 10
La voz de la reprensión severa
Este capítulo está basado en 1 Reyes 17:8-24; 18:1-18.
Durante muchos meses Dios proveyó milagrosamente de alimento a Elías mientras permaneció escondido en las montañas donde corría el arroyo Querit. Cuando debido a la prolongada sequía se secó el arroyo, Dios ordenó a su siervo: “Levántate, vete a Sarepta de Sidón, y mora allí; he aquí yo he dado orden allí a una mujer viuda que te sustente”.
Esta mujer no era israelita. Nunca había gozado de los privilegios que había disfrutado el pueblo escogido por Dios, pero creía en el verdadero Dios y había andado en toda la luz que resplandecía sobre su senda. Y ahora, cuando no hubo seguridad para Elías en la tierra de Israel, Dios lo envió a aquella mujer para que hallase asilo en su casa.
“Así que Elías se fue a Sarepta. Al llegar a la puerta de la ciudad, encontró a una viuda que recogía leña. La llamó y le dijo: ‘Por favor, tráeme una vasija con un poco de agua para beber. [...] Tráeme también, por favor, un pedazo de pan’ ”.
En ese hogar azotado por la pobreza, el hambre apremiaba, y la viuda temía verse obligada a renunciar a la lucha para sustentar su vida. Pero en su extrema necesidad, reveló su fe. En respuesta a la petición que le hacía Elías, la mujer dijo: “Tan cierto como que vive el Señor tu Dios, no me queda ni un pedazo de pan; solo tengo un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en el jarro. Precisamente estaba recogiendo unos leños para llevármelos a casa y hacer una comida para mi hijo y para mí. ¡Será nuestra última comida antes de morirnos de hambre!”. Elías le contestó: “No temas. Vuelve a casa y haz lo que pensabas hacer. Pero antes prepárame un panecillo con lo que tienes, y tráemelo; luego haz algo para ti y para tu hijo. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: ‘No se agotará la harina de la tinaja ni se acabará el aceite del jarro, hasta el día en que el Señor haga llover sobre la Tierra’ ”.
No podría habérsele exigido mayor prueba de fe. Sin tener en cuenta los sufrimientos que pudiesen resultar para ella y para su hijo, y confiando en que el Dios de Israel supliría todas sus necesidades, dio esta prueba suprema de hospitalidad haciendo “lo que le había dicho Elías”.
Hospitalidad recompensada
Dios recompensó admirablemente su fe y generosidad. “De modo que cada día hubo comida para ella y su hijo, como también para Elías. Y tal como la palabra del Señor lo había anunciado por medio de Elías, no se agotó la harina de la tinaja ni se acabó el aceite del jarro.
“Poco después se enfermó el hijo de aquella viuda, y tan grave se puso que finalmente expiró. Entonces ella le reclamó a Elías: ‘¿Por qué te entrometes, hombre de Dios? ¡Viniste a recordarme mi pecado y a matar a mi hijo!’
“Dame a tu hijo –contestó Elías–. Y quitándoselo del regazo, Elías lo llevó al cuarto de arriba, donde estaba alojado, y lo acostó en su propia cama. [...] Luego se tendió tres veces sobre el muchacho y clamó [...] El Señor oyó el clamor de Elías, y el muchacho volvió a la vida.
“Elías tomó al muchacho y lo llevó de su cuarto a la planta baja. Se lo entregó a su madre y le dijo: ‘¡Tu hijo vive! ¡Aquí lo tienes!’ Entonces la mujer le dijo a Elías: ‘Ahora sé que eres un hombre de Dios, y que lo que sale de tu boca es realmente la palabra del Señor’ ”.
La viuda de Sarepta compartió su poco alimento con Elías; y en pago, fue preservada su vida y la de su hijo. Y a todos los que en tiempo de prueba y escasez ofrecen simpatía y ayuda a otros más necesitados, Dios ha prometido una gran bendición. Su poder no es menor hoy que en los días de Elías. “Cualquiera que recibe a un profeta por tratarse de un profeta recibirá recompensa de profeta” (Mat. 10:41).
“No se olviden de practicar la hospitalidad, pues gracias a ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles” (Heb. 13:2). Nuestro Padre celestial continúa poniendo en la senda de sus hijos oportunidades que son bendiciones disfrazadas; y aquellos que aprovechan esas oportunidades encuentran mucho gozo. “Si te dedicas a ayudar a los hambrientos y a saciar la necesidad del desvalido [...] Serás como jardín bien regado, como manantial cuyas aguas no se agotan” (Isa. 58:10, 11).
Hoy dice Cristo: “Quien los recibe a ustedes me recibe a mí”. Ningún acto de bondad realizado en su nombre dejará de ser reconocido y recompensado. En el mismo tierno reconocimiento incluye Cristo hasta a los más humildes y débiles miembros de la familia de Dios. Dice él: “Y quien dé siquiera un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños –a los que son como niños en su fe y conocimiento de Cristo–, por tratarse de uno de mis discípulos, les aseguro que no perderá su recompensa” (Mat. 10:40, 42).
Tres años de sequía
Durante los largos años de hambre, Elías rogó fervientemente mientras la mano del Señor caía pesadamente sobre la tierra castigada. Mientras veía sufrimiento y escasez por todos lados, su corazón se agobiaba de pena y suspiraba por el poder de provocar una presta reforma. Pero Dios estaba cumpliendo su plan, y todo lo que su siervo podía hacer era seguir orando con fe y aguardar el momento de una acción decidida.
La apostasía que prevalecía en el tiempo de Acab era el resultado de muchos años de mal proceder. Poco a poco, Israel se había estado apartando del buen camino, y al fin la gran mayoría se había entregado a la dirección de las potestades de las tinieblas.
Había transcurrido más o menos un siglo desde que, bajo el gobierno del rey David, Israel había unido gozosamente sus voces para elevar himnos de alabanza al Altísimo, en reconocimiento de la forma absoluta en que dependía de Dios por sus mercedes diarias. Podemos escuchar sus palabras de adoración mientras cantaban:
“Tú, oh Dios y Salvador nuestro,
tú inspiras canciones de alegría.
Con tus cuidados fecundas la tierra,
y la colmas de abundancia.
Los arroyos de Dios se llenan de agua,
para asegurarle trigo al pueblo.
¡Así preparas el campo! [...]
Tú coronas el año con tus bondades,
y tus carretas se desbordan de abundancia” (Sal. 65:5, 8-13).
“Desde tus altos aposentos riegas las montañas [...],
Haces que crezca la hierba para el ganado,
y las plantas que la gente cultiva. [...]
¡Oh Señor, cuán numerosas son tus obras!
¡Todas ellas las hiciste con sabiduría!
¡Rebosa la Tierra con todas tus criaturas!” (Sal. 104:10-15, 24-28).
La tierra a la cual el Señor había llevado a Israel fluía leche y miel, un país donde nunca necesitaría sufrir por falta de lluvia. Esto era lo que le había dicho: “Esa tierra, de la que van a tomar posesión, no es como la de Egipto, de donde salieron; allá ustedes plantaban sus semillas y tenían que regarlas como se riega un huerto. En cambio, la tierra que van a poseer es tierra de montañas y de valles, regada por la lluvia del cielo. El Señor su Dios es quien la cuida”.
La promesa de una abundancia de lluvia les había sido dada a condición de que obedeciesen. El Señor había declarado: “Si ustedes obedecen fielmente los Mandamientos que hoy les doy, y si aman al Señor su Dios y le sirven con todo el corazón y con toda el alma, Entonces él enviará la lluvia oportuna sobre su tierra, en otoño [la temprana] y en primavera [la tardía].
“¡Cuidado! No se dejen seducir. No se descarríen ni adoren a otros dioses, ni se inclinen ante ellos, porque entonces se encenderá la ira del Señor contra ustedes, y cerrará los cielos para que no llueva; el suelo no dará sus frutos, y pronto ustedes desaparecerán de la buena tierra que les da el Señor” (Deut. 11:10-17).
“Si no obedeces al Señor tu Dios ni cumples fielmente todos sus Mandamientos y preceptos [...] sobre tu cabeza, el cielo será como bronce; bajo tus pies, la tierra será como hierro. En lugar de lluvia, el Señor enviará sobre tus campos polvo y arena; del cielo lloverá ceniza” (28:15, 23, 24).
Estas órdenes eran claras; sin embargo, con el transcurso de los siglos, mientras una generación tras otra olvidaba las medidas tomadas para su bienestar espiritual, las influencias ruinosas de la apostasía amenazaban con arrasar toda barrera de la gracia divina. Ahora la predicción de Elías recibía un cumplimiento terrible. Durante tres años, el mensajero que había anunciado la desgracia fue buscado. Muchos gobernantes habían jurado por su honor que no podían encontrar en sus dominios al extraño profeta. Jezabel y los profetas de Baal aborrecían a Elías y no escatimaban esfuerzo para apoderarse de él. Y mientras tanto, no llovía.
El pueblo finalmente está listo para la reforma
Al fin, “después de un largo tiempo“, esta palabra del Señor fue dirigida a Elías: “Ve y preséntate ante Acab, que voy a enviar lluvia sobre la tierra”. Obedeciendo a la orden, “Elías se puso en camino para presentarse ante Acab”.
Más o menos en esa época, Acab había propuesto a Abdías, gobernador de su casa, hacer una cuidadosa búsqueda de los manantiales y los arroyos, con la esperanza de hallar pasto para sus rebaños hambrientos. Aun en la corte real se hacía sentir agudamente el efecto de la larga sequía. El rey, muy preocupado por lo que esperaba a su casa, decidió unirse personalmente a su siervo en busca de algunos lugares favorecidos donde pudiese obtenerse pasto. “Acab se fue en una dirección, y Abdías en la otra. Abdías iba por su camino cuando Elías le salió al encuentro. Al reconocerlo, Abdías se postró rostro en tierra y le preguntó: ‘Mi señor Elías, ¿de veras es usted?’ ”
Durante la apostasía de Israel, Abdías había permanecido fiel. El rey no había podido apartarlo de su fidelidad al Dios viviente. Ahora fue honrado por la comisión que le dio Elías: “Ve a decirle a tu amo que aquí estoy”.
Aterrorizado, Abdías exclamó: “¿Qué mal ha hecho este servidor suyo, para que usted me entregue a Acab y él me mate?” Esto era buscar una muerte segura. Explicó al profeta: “Tan cierto como que vive el Señor su Dios, que no hay nación ni reino adonde mi amo no haya mandado a buscarlo. Y a quienes afirmaban que usted no estaba allí, él los hacía jurar que no lo habían encontrado. ¿Y ahora usted me ordena que vaya a mi amo y le diga que usted está aquí? ¡Qué sé yo a dónde lo va a llevar el Espíritu del Señor cuando nos separemos! Si voy y le digo a Acab que usted está aquí, y luego él no lo encuentra, ¡me matará!”.
Con solemne juramento Elías prometió a Abdías que su diligencia no sería en vano. “Tan cierto como que vive el Señor Todopoderoso, a quien sirvo, te aseguro que hoy me presentaré ante Acab”. Con esta seguridad, “Abdías fue a buscar a Acab y le informó de lo sucedido”.
Con asombro mezclado de terror, el rey oyó el mensaje enviado por el hombre a quien temía y aborrecía, a quien había buscado tan incansablemente. ¿Sería posible que el profeta estuviese por proclamar otra desgracia contra Israel? El corazón del rey se sobrecogió de espanto. Recordó cómo se había desecado el brazo de Jeroboán. Acab no podía dejar de obedecer a la orden, ni se atrevía a alzar la mano contra el mensajero de Dios. De manera que, acompañado por una guardia de soldados, el tembloroso monarca se fue al encuentro del profeta.
Profeta valiente, rey culpable
El rey y el profeta están frente a frente. En la presencia de Elías, Acab parece acobardado y sin poder. En las primeras palabras que alcanza a balbucear: “¿Eres tú el que le está creando problemas a Israel?”, reveló inconscientemente los sentimientos más íntimos de su corazón y procuró culpar al profeta de los gravosos castigos que apremiaban la tierra.
Es natural que el que obra mal tenga a los mensajeros de Dios por responsables de las calamidades que son el seguro resultado que produce el desviarse del camino de la justicia. Cuando se los confronta con el espejo de la verdad, los que se colocan bajo el poder de Satanás se indignan al pensar que son reprendidos. Cegados por el pecado, consideran que los siervos de Dios se han vuelto contra ellos, y que merecen la censura más severa.
De pie, y consciente de su inocencia, Elías no intenta disculparse ni halagar al rey. Tampoco procura eludir la ira del rey dándole la buena noticia de que la sequía casi terminó. Lleno de indignación y del ardiente anhelo de ver honrar a Dios, le declaró intrépidamente al rey que eran sus pecados y los de sus padres lo que atrajo sobre Israel la terrible calamidad. “No soy yo quien le está creando problemas a Israel –asevera audazmente Elías–. Quienes se los crean son tú y tu familia, porque han abandonado los Mandamientos del Señor y se han ido tras los baales”.
Necesidad de reforma hoy
Hoy también es necesario que se eleve una reprensión severa; porque graves pecados han separado al pueblo de su Dios. La incredulidad se está poniendo de moda. Miles declaran: “No queremos a este por rey” (Luc. 19:14). Los suaves sermones que se predican con tanta frecuencia no hacen impresión duradera; la trompeta no deja oír un sonido certero. El corazón de los hombres no es conmovido por las claras y agudas verdades de la Palabra de Dios.
Muchos dicen: ¿Qué necesidad hay de hablar con tanta claridad? Podrían preguntar también: ¿Qué necesidad tenía Juan el Bautista de que provocase la ira de Herodías diciendo a Herodes que era ilícito de su parte vivir con la esposa de su hermano? El precursor de Cristo perdió la vida por hablar con claridad.
Así han argumentado hombres que debieran haberse destacado como fieles guardianes de la Ley de Dios, hasta que la política de conveniencia reemplazó la fidelidad, y se dejó sin reprensión al pecado. ¿Cuándo volverá a oírse en la iglesia la voz de las reprensiones fieles?
“¡Tú eres ese hombre!” (2 Sam. 12:7). Es muy raro que se oigan en los púlpitos modernos, o que se lean en la prensa pública, palabras tan inequívocas y claras como las dirigidas por Natán a David. Los mensajeros del Señor no deben quejarse de que sus esfuerzos permanecen sin fruto, si ellos mismos no se arrepienten de su amor por la aprobación, de su deseo de agradar a los hombres, lo cual los induce a suprimir la verdad.
No es el amor a su prójimo lo que induce a los ministros a suavizar el mensaje que se les ha confiado, sino el hecho de que procuran complacerse a sí mismos y aman su comodidad. El verdadero amor se esfuerza en primer lugar por honrar a Dios y salvar las almas. Los que tengan este amor no eludirán la verdad, para ahorrarse los resultados desagradables que pueda tener el hablar claro. Cuando las almas están en peligro, los ministros de Dios no se tendrán en cuenta a sí mismos, sino que pronunciarán las palabras que se les ordenó pronunciar, y se negarán a excusar el mal.
¡Ojalá que cada ministro revelase el mismo valor que manifestó Elías! A los ministros se les ordena: “Corrige, reprende y anima con mucha paciencia, sin dejar de enseñar”(2 Tim. 4:2). Deben trabajar en lugar de Cristo animando al obediente y amonestando al desobediente. Las políticas del mundo no deben tener peso para ellos. Deben ir adelante con fe, recordando que los rodea una nube de testigos. No les toca pronunciar sus propias palabras, sino que su mensaje debe ser: “Así dice el Señor”. Dios llama a hombres como Elías, Natán y Juan el Bautista; hombres que darán su mensaje con fidelidad, indiferentes a las consecuencias; hombres que dirán la verdad con valor, aun cuando ello exija el sacrificio de todo lo que tienen.
Dios llama a hombres que pelearán fielmente contra lo malo, contra principados y potestades, contra los gobernantes de las tinieblas de este mundo, contra la impiedad espiritual en las altas esferas. A los tales dirigirá las palabras: “¡Hiciste bien, siervo bueno y fiel! [...] ¡Ven a compartir la felicidad de tu señor!” (Mat. 25:23).
Capítulo 11
Dios es reivindicado en el Monte Carmelo
Este capítulo está basado en 1 Reyes 18:19-40.
Estando delante de Acab, Elías ordenó: “Ahora convoca de todas partes al pueblo de Israel, para que se reúna conmigo en el monte Carmelo con los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal y los cuatrocientos profetas de la diosa Aserá que se sientan a la mesa de Jezabel”.
Acab obedeció enseguida, como si el profeta fuese el monarca y el rey, un súbdito. Mandó veloces mensajeros con la orden. En toda ciudad y aldea, el pueblo se preparó para congregarse a la hora señalada. Mientras viajaban hacia el lugar designado, en el corazón de muchos había presentimientos extraños. ¿Por qué se los convocaría en el Carmelo? ¿Qué nueva calamidad iba a caer sobre el pueblo y la tierra?
El Monte Carmelo había sido un lugar hermoso, cuyos arroyos eran alimentados por manantiales inagotables, y cuyas vertientes fértiles estaban cubiertas de hermosas flores y lozanos vergeles. Pero ahora su belleza languidecía bajo la maldición. Los altares erigidos para el culto de Baal y Astarté se destacaban ahora en bosquecillos deshojados. En la cumbre de una de las sierras más altas, se veía el derruido altar de Jehová.
Las alturas del Carmelo eran visibles desde muchos lugares del reino. Al pie de la montaña había sitios ventajosos desde los cuales se podía ver mucho de lo que sucedía en las alturas. Elías eligió esta elevación como el lugar más adecuado para que se manifestase el poder de Dios y se vindicase el honor de su nombre.
Temprano por la mañana del día señalado, las huestes de Israel se reunieron cerca de la cumbre. Los profetas de Jezabel desfilaron en un despliegue imponente. Con toda la pompa real, el monarca apareció y ocupó su puesto a la cabeza de los sacerdotes, mientras los clamores de los idólatras le daban la bienvenida. Pero los sacerdotes recordaban que a la palabra del profeta la tierra de Israel se había visto privada de rocío y de lluvia durante tres años y medio. Se sentían seguros de que se acercaba una terrible crisis. Los dioses en quienes habían confiado no habían podido demostrar que Elías fuera un profeta falso. Esos objetos de su culto habían sido extrañamente indiferentes a sus gritos frenéticos, sus oraciones, sus lágrimas, su humillación, sus ceremonias repugnantes, sus sacrificios costosos.
Frente al rey Acab y a los falsos profetas, y rodeado por las huestes congregadas de Israel, Elías estaba de pie, el único que se había presentado para vindicar el honor de Jehová. Aquel a quien todo el reino culpaba de su desgracia se encontraba ahora delante de ellos, aparentemente indefenso en presencia del monarca de Israel, los profetas de Baal, los hombres de guerra y los millares que lo rodeaban. Pero en derredor de él estaban las huestes del cielo que lo protegían, ángeles excelsos en fortaleza.
Sin avergonzarse ni aterrorizarse, el profeta permanecía en pie delante de la multitud, reconociendo plenamente el mandato que había recibido de ejecutar la orden divina. Con ansiosa expectación el pueblo aguardaba su palabra. Mirando primero al altar de Jehová, que estaba derribado, y luego a la multitud, Elías clamó en los tonos claros de una trompeta: “¿Hasta cuándo van a seguir indecisos? Si el Dios verdadero es el Señor, deben seguirlo; pero, si es Baal, síganlo a él”.
Nadie tiene el coraje de apoyar a Elías
El pueblo no le contestó una palabra. En toda esa vasta asamblea, nadie se atrevió a revelarse leal a Jehová. El engaño y la ceguera se habían extendido sobre Israel, no de repente sino gradualmente. Cada desviación del recto proceder, cada negativa a arrepentirse, había intensificado su culpa, y los había alejado aun más del cielo. Y ahora, en esta crisis, seguían rehusando decidirse por Dios.
El Señor aborrece la indiferencia y la deslealtad en tiempo de crisis en su obra. Todo el universo contempla con interés indecible las escenas finales de la gran controversia entre el bien y el mal. ¿Qué podría resultar de más importancia para los hijos de Dios que el ser leales al Dios del cielo? A través de los siglos, Dios ha tenido héroes morales; y los tiene ahora en quienes, como José, Elías y Daniel, no se avergüenzan de ser conocidos como parte de su pueblo. La bendición especial de Dios acompaña las labores de los hombres de acción que no se dejan desviar de la línea recta ni del deber, sino que con energía divina preguntan: “¿Quién está por Jehová?” (Éxo. 32:26). Son hombres que piden a quienes decidan identificarse con el pueblo de Dios que se adelanten y revelen inequívocamente su fidelidad al Rey de reyes y Señor de señores. Tales hombres no consideran preciosa su vida. Su lema es ser fieles a Dios.
En el Carmelo, mientras Israel dudaba, la voz de Elías rompió de nuevo el silencio: “Yo soy el único que ha quedado de los profetas del Señor; en cambio, Baal cuenta con cuatrocientos cincuenta profetas. Tráigannos dos bueyes. Que escojan ellos uno, lo descuarticen y pongan los pedazos sobre la leña, pero sin prenderle fuego. Yo prepararé el otro buey y lo pondré sobre la leña, pero tampoco le prenderé fuego. Entonces invocarán ellos el nombre de su dios, y yo invocaré el nombre del Señor. ¡El que responda con fuego, ese es el Dios verdadero!”.
La propuesta de Elías era tan razonable que el pueblo “estuvo de acuerdo”. Los profetas de Baal no se atrevieron a disentir. Elías les indicó: “Ya que ustedes son tantos, escojan uno de los bueyes y prepárenlo primero”.
Con terror en su corazón culpable, los falsos sacerdotes prepararon su altar, pusieron sobre él la leña y a la víctima; y luego iniciaron sus encantamientos. Sus agudos clamores repercutían por los bosques y las alturas cercanas: “¡Baal, respóndenos!” Con saltos, contorsiones y gritos, arrancándose el cabello y lacerándose la carne, suplicaban a su dios que los ayudase. Transcurrió la mañana, llegó el mediodía, y todavía no se notaba que Baal oyera los clamores de sus seducidos adeptos. El sacrificio no era consumido.
Mientras continuaban sus frenéticas devociones, los astutos sacerdotes procuraban de continuo idear algún modo de encender un fuego sobre el altar y de inducir al pueblo a creer que ese fuego provenía directamente de Baal. Pero Elías vigilaba cada uno de sus movimientos; y los sacerdotes, esperando en vano que se les presentase alguna oportunidad de engañar a la gente, continuaban ejecutando sus ceremonias sin sentido.
“Al mediodía Elías comenzó a burlarse de ellos: ‘¡Griten más fuerte!’ les decía. ‘Seguro que es un dios, pero tal vez esté meditando, o esté ocupado o de viaje. ¡A lo mejor se ha quedado dormido y hay que despertarlo!’ Comenzaron entonces a gritar más fuerte y, como era su costumbre, se cortaron con cuchillos y dagas hasta quedar bañados en sangre. [...] Pero no se escuchó nada, pues nadie respondió ni prestó atención”.
Gustosamente habría acudido Satanás en auxilio de aquellos a quienes había engañado, y que se consagraban a su servicio. Gustosamente habría mandado un relámpago para encender su sacrificio. Pero Jehová había puesto límites y restricciones a su poder, y ni aun todas las artimañas del enemigo podían hacer llegar una chispa al altar de Baal.
Por fin, enronquecidos por sus gritos, los sacerdotes cayeron presa de la desesperación. Perseverando en su frenesí, empezaron a mezclar con sus súplicas terribles maldiciones de su dios, el sol, mientras Elías continuaba velando atentamente; porque sabía que si mediante cualquier ardid los sacerdotes hubiesen logrado encender fuego sobre su altar, lo habrían despedazado a él inmediatamente.
Los profetas de Baal se rinden
La tarde seguía avanzando. Los sacerdotes de Baal ya estaban cansados y confusos. Uno sugería una cosa y otro sugería otra, hasta que finalmente, desesperados, se retiraron de la contienda.
Durante todo el día el pueblo había presenciado las demostraciones de los sacerdotes frustrados. Había contemplado cómo saltaban desenfrenadamente en derredor del altar, como si quisieran asir los rayos ardientes del sol con el fin de cumplir su propósito. Había mirado con horror las espantosas mutilaciones que se infligían, y había tenido oportunidad de reflexionar sobre las insensateces del culto a los ídolos. Muchos estaban cansados de las manifestaciones demoníacas, y aguardaban ahora con el más profundo interés lo que iría a hacer Elías.
A la hora del sacrificio de la tarde, Elías invitó así al pueblo: “¡Acérquense!” Se puso a reparar el altar frente al cual hubo una vez hombres que adoraban al Dios del cielo. Para él, este montón de ruinas era más precioso que todos los magníficos altares del paganismo.
En la reconstrucción del viejo altar, Elías reveló su respeto por el pacto que el Señor había hecho con Israel cuando cruzó el Jordán para entrar en la Tierra Prometida. Elías “luego recogió doce piedras, una por cada tribu descendiente de Jacob [...]. Con las piedras construyó un altar en honor del Señor”.
Los desilusionados sacerdotes de Baal, agotados por sus vanos esfuerzos, aguardaban para ver lo que haría Elías. Sentían odio hacia el profeta por haber propuesto una prueba que había expuesto a sus dioses; pero al mismo tiempo temían su poder. El pueblo, con el aliento en suspenso por la expectación, observaba. La calma del profeta resaltaba en agudo contraste con el frenético fanatismo de los partidarios de Baal.
Una vez reparado el altar, el profeta cavó una trinchera en derredor de él, y habiendo puesto la leña en orden y preparado el novillo, puso esa víctima sobre el altar. “ ‘Llenen de agua cuatro cántaros, y vacíenlos sobre el holocausto y la leña’. Luego dijo: ‘Vuelvan a hacerlo’. Y así lo hicieron. ‘¡Háganlo una vez más!’, les ordenó. Y por tercera vez vaciaron los cántaros. El agua corría alrededor del altar hasta llenar la zanja”.
Recordando al pueblo la larga apostasía, Elías lo invitó a humillar su corazón y a retornar al Dios de sus padres, con el fin de que pudiese borrarse la maldición que descansaba sobre la tierra. Luego, postrándose reverentemente delante del Dios invisible, elevó las manos hacia el cielo y pronunció una sencilla oración. Desde temprano por la mañana hasta el atardecer, los sacerdotes de Baal habían lanzado gritos y espumarajos mientras daban saltos; pero mientras Elías oraba, no repercutieron gritos sobre las alturas del Carmelo. Elías rogó con sencillez y fervor a Dios que manifestase su superioridad sobre Baal, con el fin de que Israel fuese inducido a regresar hacia él.
Dijo el profeta en su súplica: “Señor, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, que todos sepan hoy que tú eres Dios en Israel, y que yo soy tu siervo y he hecho todo esto en obediencia a tu palabra. ¡Respóndeme, Señor, respóndeme, para que esta gente reconozca que tú, Señor, eres Dios, y que estás convirtiéndoles el corazón a ti!”.
Sobre todos los presentes pesaba un silencio opresivo en su solemnidad. Los sacerdotes de Baal temblaban de terror, conscientes de su culpabilidad.
Fuego del cielo responde la sencilla oración de Elías
Apenas terminó Elías su oración, del cielo bajaron sobre el altar llamas de fuego como brillantes relámpagos y consumieron el sacrificio, evaporaron el agua de la trinchera y devoraron hasta las piedras del altar. El resplandor del fuego iluminó la montaña y deslumbró a la multitud. En los valles que se extendían más abajo, donde muchos observaban, se vio claramente el descenso del fuego, y todos se quedaron asombrados por lo que veían.
La gente que estaba sobre el monte se arrojó al suelo. No se atrevía a continuar mirando el fuego enviado del cielo. Convencida de que era su deber reconocer al Dios de Elías como Dios de sus padres, gritaron a una voz: “¡El Señor es Dios! ¡El Señor es Dios!” El clamor resonó por la montaña y repercutió por la llanura. Por fin Israel se despertaba, desengañado y penitente. Por fin el pueblo veía cuánto había deshonrado a Dios. Quedaba plenamente revelado el carácter del culto de Baal, en contraste con el culto racional exigido por el Dios verdadero. El pueblo reconoció la justicia y la misericordia de Dios al privarlo de rocío y de lluvia hasta que confesara su nombre.
Los impenitentes sacerdotes de Baal
Sin embargo, aun en su derrota y en presencia de la gloria divina, los sacerdotes de Baal rehusaron arrepentirse. Querían continuar siendo los sacerdotes de Baal. Demostraron, así, que merecían ser destruidos.
Con el fin de que el arrepentido pueblo de Israel se viese protegido de las seducciones de aquellos que le habían enseñado a adorar a Baal, el Señor indicó a Elías que destruyese a esos falsos maestros. La ira del pueblo ya había sido despertada; y cuando Elías dio la orden: “¡Agarren a los profetas de Baal! ¡Que no escape ninguno!”, el pueblo estuvo listo para obedecer. Los llevó al arroyo Cisón y allí, antes que terminara el día que señalaba el comienzo de una reforma decidida, se dio muerte a los ministros de Baal.
Capítulo 12
El profeta pierde la fe y se deja llevar por el pánico
Este capítulo está basado en 1 Reyes 18:41-46; 19:1-8.
Una vez muertos los profetas de Baal, quedaba preparado el camino para realizar una poderosa reforma espiritual. Los juicios del Cielo habían sido ejecutados; el pueblo había confesado sus pecados y había reconocido al Dios de sus padres, y ahora iba a retirarse la maldición del Cielo y la tierra iba a ser refrigerada por la lluvia. Elías dijo a Acab: “Anda a tu casa, y come y bebe, porque ya se oye el ruido de un torrentoso aguacero”. Luego el profeta se fue a la cumbre del monte para orar.
El profeta no veía nubes en los cielos; ni oía truenos. Durante todo el día había revelado su confianza implícita en las profecías de la palabra de Dios; y ahora sabía que el Cielo otorgaría libremente las bendiciones predichas. El mismo Dios que había mandado la sequía había prometido abundancia de lluvia como recompensa del proceder correcto. En actitud humilde, Elías suplicó a Dios en favor del penitente Israel.
Vez tras vez, mandó a su siervo a un lugar que dominaba el Mediterráneo, para saber si había alguna señal visible de que Dios había oído su oración. Cada vez volvió el siervo con la contestación: “No se ve nada”. El profeta no perdió la fe, sino que continuó intercediendo con fervor. Seis veces el siervo volvió diciendo que no había señal de lluvia. Sin desanimarse, Elías lo envió nuevamente; y esta vez el siervo regresó con la noticia: “Desde el mar viene subiendo una nube. Es tan pequeña como una mano”.
Esto bastaba. En esa pequeña nube vio por fe una lluvia abundante, y de acuerdo con esa fe obró: mandó a su siervo que fuese prestamente a Acab con el mensaje: “Engancha el carro y vete antes de que la lluvia te detenga”.
Por el hecho de que Elías era hombre de mucha fe, Dios pudo usarlo. Su fe se aferraba de las promesas del Cielo; y perseveró en su oración. No aguardó hasta tener la plena evidencia de que Dios lo había oído, sino que estaba dispuesto a aventurarlo todo al notar la menor señal del favor divino. Y lo que él pudo hacer bajo la conducción de Dios, todos pueden hacerlo en su esfera de actividad mientras sirven a Dios. “Elías era un hombre con debilidades como las nuestras. Con fervor oró que no lloviera, y no llovió sobre la tierra durante tres años y medio” (Sant. 5:17).
Una fe tal es lo que se necesita en el mundo hoy: una fe que se aferre a las promesas de la palabra de Dios, una fe que nos imparta fuerza para luchar contra las potestades de las tinieblas. Por la fe los hijos de Dios “conquistaron reinos, hicieron justicia y alcanzaron lo prometido [...] sacaron fuerzas de flaqueza; se mostraron valientes en la guerra y pusieron en fuga a ejércitos extranjeros” (Heb. 11:33, 34).
La fe es un elemento esencial de la oración que prevalece. “Cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan”. Con la persistencia inflexible de Elías, podemos presentar nuestras peticiones al Padre. El honor de su Trono está empeñado en el cumplimiento de su palabra.
Las sombras de la noche se estaban asentando en derredor del Monte Carmelo cuando Acab se preparó para el descenso. “Las nubes fueron oscureciendo el cielo; luego se levantó el viento y se desató una fuerte lluvia. Y Acab se fue en su carro hacia Jezrel”. Mientras viajaba hacia la ciudad real a través de las tinieblas y de la lluvia cegadora, Acab no podía ver el camino delante de sí. Elías lo había humillado delante de sus súbditos y había matado a sus sacerdotes idólatras, pero el profeta todavía lo reconocía como rey de Israel. Ahora, como acto de homenaje, corrió delante del carro real para guiar al rey hasta la entrada de la ciudad.
En este acto misericordioso del mensajero de Dios hacia un rey impío hay una lección para todos los que aseveran ser siervos de Dios. Hay quienes vacilan en cumplir los servicios necesarios, temiendo que se los sorprenda haciendo trabajo de sirvientes. Elías había sido señaladamente honrado por Dios cuando el fuego había fulgurado del cielo y consumido el sacrificio; y su deseo había sido atendido cuando pidió lluvia. Sin embargo, después de los excelsos triunfos con que Dios se había complacido en honrar su ministerio público, estaba dispuesto a cumplir el servicio de un criado.
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