Czytaj książkę: «Hombre Tigre»

EKA KURNIAWAN
Hombre Tigre
Traducción de Jacinto Pariente
www.armaeniaeditorial.com
Título original: Man Tiger (Verso, 2015)
Primera edición: junio 2018
Segunda impresión: octubre 2018
Tercera impresión: noviembre 2018
Primera edición ebook: agosto 2021
Copyright de la fotografía del autor © Muhammad Fadli, 2013
Copyright de la ilustración de cubierta © AdobeStock, 2018
Copyright de la traducción © Jacinto Pariente, 2018
Copyright de la edición en español © Armaenia Editorial, S.L., 2018, 2021
Armaenia Editorial, S.L.
www.armaeniaeditorial.com
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ISBN: 978-84-18994-11-1

Uno
La tarde que Margio mató a Anwar Sadat, el kyai1 Jahro estaba trabajando alegremente en su estanque de peces. Un aroma marino flotaba entre los cocoteros, el océano gemía con tono agudo y una suave brisa agitaba las algas, los árboles del coral y las lantanas. El estanque se hallaba en el centro de una plantación de cacao, los árboles estériles por la falta de cuidado, los frutos resecos y marchitos como guindillas. Las hojas solo eran útiles a los fabricantes de tempeh,2 que las recolectaban por las noches. Por la plantación corría un arroyo lleno de anguilas y peces de cabeza de serpiente que, al desbordarse, anegaba la zona pantanosa que había en sus márgenes. Poco después de que la plantación se hubiese declarado en bancarrota, los lugareños habían puesto lindes, arrancado los jacintos de agua y los espesos matorrales de kangkong y convertido el pantano en un arrozal. El kyai Jahro estaba entre ellos, pero solo cultivó el arroz una temporada. Requería demasiado tiempo y atención. Jahro, que jamás había oído hablar del arroz orión, la variedad de crecimiento rápido, se pasó al cultivo de cacahuetes, más resistentes y menos engorrosos. Cuando llegó la cosecha, sus tierras rindieron dos sacos de vainas que le hicieron preguntarse cómo iba a comérselas todas. Así que convirtió su parcela de pantano en un estanque y arrojó en él un puñado de alevines de peces mujair y nila. Desde entonces, su pasatiempo favorito era alimentar a los peces antes de la caída del sol y verlos mordisquear la agitada superficie del agua.
Estaba echando salvado de arroz y hojas de mandioca y papaya al agua, en la que los peces aleteaban animadamente, cuando una motocicleta rugió en la distancia. Conocía tan bien aquel sonido que ni se molestó en alzar la cabeza. Era incluso más familiar que el sonido del tambor del surau,3 que se escuchaba cinco veces al día. Se trataba de la Honda 70 roja y brillante del comandante Sadrah, que transportaba a su dueño al surau o llevaba a su esposa al mercado, y en otras ocasiones, cuando Sadrah no tenía nada mejor que hacer, simplemente recorría las esquinas desiertas del barrio a la caída de la tarde.
El comandante Sadrah tenía más de ochenta años, pero se mantenía en buena forma. Aunque hacía ya mucho tiempo que se había jubilado del ejército, todos los años desfilaba con sus camaradas veteranos en el Día de la Independencia. Se decía que el ayuntamiento de la ciudad le había concedido una parcela en el cementerio de los héroes en recompensa por sus servicios, cosa que él interpretaba como una invitación a morirse pronto. Hizo un viraje con la motocicleta y se detuvo junto al estanque. Después de apagar el motor, se secó la boca, sobre la que pendía un oscuro bigote, gesto sin el cual no se sentía él mismo. Jahro no levantó la vista hasta que el comandante Sadrah llegó hasta su lado. Hablaron de la tormenta de la noche anterior, que por suerte había comenzado después de la película patrocinada por la compañía de tónico de hierbas que proyectaban en el campo de fútbol, aunque sin duda había dejado desolados a los dueños de los estanques.
Hacía unos meses, se había desatado una tormenta similar que había durado una semana. El caudal del arroyo, por el que normalmente corría más fango que agua, había subido dos metros, arrastrando montones de gansos corriente abajo, y se había tragado los estanques de la ribera. Los peces, que habrían llenado las panzas de los lugareños y sus hijos, desaparecieron casi por completo. Cuando bajó el nivel del agua, solo quedaban caracoles y tallos de plátano. Jahro miró al comandante Sadrah y le dijo que había preparado unas redes para cubrir sus estanques y proteger a los peces en el futuro.
En ese momento, un anciano montado en una bicicleta, agachándose para evitar las ramas de los árboles de cacao, llamó a Jahro. Ma Soma, que enseñaba a los niños a leer el Corán en el surau, saltó justo a tiempo de evitar que la bicicleta chocara con el dique. Con ambas manos en el manillar, la bicicleta piafó como un caballo al que tiraran de las riendas. Les contó jadeante que Margio había asesinado a Anwar Sadat. Lo dijo de una forma que sugería que Jahro debía acudir rápidamente a oficiar las oraciones fúnebres, pues esa había sido una de sus obligaciones durante los últimos años.
—Por Dios —dijo el comandante Sadrah. Intercambiaron miradas perplejas durante un momento, como si se tratara de una broma que no lograban comprender—. Lo he visto esta misma tarde. Llevaba en la mano una vieja espada samurái oxidada. Dichoso crío, espero que no recuperara esa maldita reliquia de la guerra después de que yo se la confiscara.
—No lo hizo —dijo Ma Soma—. Le ha mordido la yugular a Anwar Sadat.
Nadie había oído nunca una cosa semejante. En los últimos diez años se habían cometido en la ciudad una docena de asesinatos, y en todos se habían utilizado machetes o espadas. La causa de la muerte nunca había sido un arma de fuego o un kris y desde luego, jamás una mordedura. A veces la gente se atacaba a dentelladas, sobre todo las mujeres cuando peleaban entre sí, pero nadie moría de esa forma. Las identidades del asesino y su víctima hacían que el asunto fuera aún más extraño. Conocían perfectamente al joven Margio y al viejo Anwar Sadat. Era impensable que esos dos personajes protagonizasen semejante tragedia, por muchos deseos que Margio tuviera de matar a alguien y por muy odioso que fuera el hombre llamado Anwar Sadat.
Se sumieron en sus cavilaciones unos minutos, perdidos en pensamientos de sangre rancia brotando de un cuello agujereado y un adolescente paralizado por el pánico, atónito ante su propia monstruosidad, la boca y los dientes rojos como el hocico de un cuón4 después de acabar con su presa matutina. Aquellas escenas imaginarias eran completamente inverosímiles. Incluso el devoto kyai Jahro se olvidó de pronunciar el Innalillahi,5 mientras que, por su parte, Sadrah musitaba palabras inconexas y estaba tan asombrado que por una vez no se acordó de limpiarse la boca. Ma Soma se estaba cansando de estar allí de pie y le dio la vuelta a la bicicleta haciéndoles señas de que se apresuraran, así que se marcharon de allí más asustados aún, como si el asesinato no se hubiera producido y ellos se dirigieran a evitarlo.
Lo cierto era que, a su vuelta de las oraciones del principio de la tarde en el surau, Sadrah, que llevaba puesto su sarong, había visto al joven cargar la espada de samurái desde la garita donde montaba guardia el vigilante nocturno. Todo el mundo hablaba ya de la espada como si fuera la prueba de que hacía mucho tiempo que el joven albergaba intenciones asesinas. La garita del vigilante nocturno estaba en el centro del pueblo, frente a una difunta fábrica de ladrillos cubierta de malas hierbas. El joven caminaba lentamente con la espada de samurái colgando de la mano mientras la punta arañaba el suelo. Después se sentó en un banco y se dedicó a empuñar la espada y golpear con ella el tambor de hendidura hecho de madera que se utilizaba para dar la alarma. Varias personas lo vieron, pero no le dieron mayor importancia. La espada estaba tan vieja y oxidada que no se podía decapitar con ella ni al más raquítico de los pollos.
Décadas después del fin de la guerra, los montones de espadas que los japoneses habían dejado tras de sí se habían convertido en objetos de decoración o en talismanes. Según recordaba Sadrah, la mayoría no eran ya más que trastos abandonados y comidos por el salitre del aire. Quizá Margio la hubiera encontrado en el basurero o escondida en la fábrica de ladrillos. Sadrah decidió no pasar por alto el hecho de que, por muy estropeada que estuviera, una espada era una espada, si bien no sospechaba que Margio tuviera la intención de acabar con la vida de Anwar Sadat. Hasta donde los vecinos sabían, nada indicaba que estuvieran enemistados.
Le había confiscado la espada a Margio sobre todo porque le preocupaba que hubiera bebido demasiado licor de arroz glutinoso y anduviera buscando pelea. A los jóvenes les gustaba emborracharse, lo cual era la causa de innumerables problemas. Desde luego, el joven no iba a matar a nadie con aquel cacharro oxidado, pero quién sabe qué podía pasar si con la borrachera se le ocurría golpear al perro de un vecino y este le respondía con una pedrada y las cosas terminaban por salirse de madre. Además, la noche anterior se había congregado una multitud en el campo de fútbol para la proyección de la película patrocinada por la compañía de tónico de hierbas, ocasión propicia para que se escapara el demonio de las peleas que acechaba a los muchachos. La violencia podía prolongarse hasta el día siguiente y a menudo hasta varios días después. En todo caso, Sadrah tenía razón en preocuparse por el hecho de que alguien se pasease por ahí con una espada de samurái desnuda, por muy inofensiva que pareciera.
—¿Por qué? —preguntó Margio, al que no le apetecía entregar su juguete—. Mírelo, no es más que un trozo de metal viejo que no sirve para nada.
—Sí, pero puedes matar a alguien con él —replicó Sadrah.
—Eso es justo lo que estoy planeando.
A pesar de que el joven había manifestado claramente que tenía la intención de cometer un asesinato, Sadrah no le hizo caso. Después de intentar convencerle y de amenazarle con encerrarlo en el cuartel, le quitó la espada, se la llevó a su casa y la lanzó encima de la perrera del patio trasero.
Se olvidó rápidamente de la espada de samurái oxidada y no vio venir el desastre que se avecinaba. Quizá se hubiera vuelto autocomplaciente con la edad. Ahora lamentaba haberla confiscado. De no haberlo hecho, quizá Anwar Sadat seguiría aún con vida. Por mucho que le hubiera golpeado con ella, no le habría causado más que contusiones y huesos rotos. El comandante se estremecía al imaginarse al joven sujetando a Anwar Sadat mientras le clavaba los dientes en el cuello.
Esa tarde les había dicho a los muchachos que se tomaran un descanso y se dedicaran a ir detrás de las chicas si les apetecía, y que se aseguraran de tener alguien con quien divertirse ese fin de semana. Al día siguiente, como era habitual, los llevaría a cazar jabalíes. Durante la temporada de caza, los jóvenes se portaban bien y no se emborrachaban los sábados por la noche, pues de lo contrario Sadrah no los invitaba a la cacería o, peor aún, podían acabar atravesados por los colmillos de un jabalí. Se iban a la playa en grupos, arrastrando con ellos a las chicas salvajes o saludando a las señoras respetables con bolsas de naranjas y tímidas sonrisas. Volvían a casa antes de las diez, dóciles y obedientes, y dormían a pierna suelta hasta que la llamada a la oración los despertaba al alba. Condenado muchacho, maldijo el comandante Sadrah al pensar en Margio, que en vez de descansar y prepararse para la próxima cacería de jabalíes había ido a la casa del peludo y porcino Anwar Sadat y lo había asesinado.
La caza del jabalí era el pasatiempo favorito de los hombres del pueblo desde hacía muchos años, cuando Sadrah era aún la autoridad militar del lugar. El mismo Anwar Sadat siempre había sido un entusiasta de las cacerías, cuando terminaba la cosecha y la gente dejaba la tierra en barbecho un tiempo. Aunque jamás había empuñado una lanza o corrido por las colinas, siempre contribuía con cajas de comida llenas de arroz y huevos fritos, y una camioneta para transportar a los cazadores hasta el borde de la jungla. Disfrutaban de la caza tres veces al año, los domingos de la estación lluviosa en que no llovía. Entre una jornada de cacería y otra domesticaban a los cuones y los enseñaban a seguir un rastro.
De todos los cazadores que habían estado al mando de Sadrah, Margio era el campeón. Llevaba en la espalda la cicatriz de un afilado colmillo de jabalí y sus amigos sabían cuántos cochinos había doblegado su lanza antes de conducirlos hasta la trampa y encerrarlos vivos en ella. Los jabalíes muertos no les interesaban. Incluso cuando se enfrentaban a un jabalí enfurecido, los muchachos evitaban matarlo. Lo herían un poco y lo obligaban a meterse en la trampa. Los querían vivos para organizar peleas de jabalíes y cuones al final de la temporada de caza. Durante las cacerías de estos estúpidos animales, Margio se había ganado el título de jefe de batidores debido a su poderoso paso y a su lanza despiadada. No todos tenían el valor de asumir esa función, que exigía correr a la par del jabalí igualando su velocidad. Era una hazaña que le había granjeado a Margio la admiración de sus compañeros.
Unas semanas antes, Sadrah se quedó consternado al enterarse de que Margio había desaparecido. Se había largado y nadie sabía dónde. Algunos de sus amigos lo buscaron por la playa, donde a veces se le veía echando las redes o atrapando rayas con los pescadores, pero nadie sabía nada. Durante las dos semanas previas había acampado un circo cerca del campo de fútbol, así que la gente concluyó que lo más probable era que Margio se hubiera unido a la compañía y anduviera por ahí de pueblo en pueblo. A Sadrah, que ya tenía listos a los feroces cuones, le entró el pánico. El jefe de batidores era irremplazable. La semana anterior, la primera cacería había sido un desastre. Solo habían atrapado dos jabalíes, sobre todo gracias a la agilidad de los cuones. Ese mismo día se supo que el padre de Margio había muerto.
Se llamaba Komar bin Syueb y su muerte trajo a su desaparecido hijo de vuelta a casa. Nadie estaba más contento de su retorno que Sadrah, frustrado por el fracaso de la cacería, pero no se atrevió a invitarle a volver a la jungla el domingo siguiente por respeto al periodo de luto. Margio apareció cuando los cazadores se bajaban del camión con dos jabalíes chillando en una jaula y docenas de cuones atados con correas de cuero. Los saludó alegremente, a pesar de que su padre estaba aún por enterrar.
Poco después del funeral, Margio visitó a Sadrah. Acarició con cariño a los cuones en el patio trasero de su casa. Se acuclilló y los abrazó uno a uno, sacándoles la cera de las orejas y permitiéndoles mordisquearle las chanclas y el dobladillo de los pantalones. No había en su cara rastro alguno de tristeza. Por el contrario, parecía increíblemente feliz, como si hubiera ganado una apuesta inesperada.
El comandante Sadrah sabía muy bien que el muchacho no se llevaba bien con su padre e incluso sospechaba que lo quería muerto. Conocía a la familia desde que habían llegado al pueblo y Margio no era más que un mocoso con una bolsa de canicas con la que se camelaba a los otros niños para que jugaran con él. Sadrah llegó a conocer bien al padre, y más de una vez lo había visto golpear brutalmente a Margio por las faltas más insignificantes. Ahora que ya no estaba, el astuto muchacho era incapaz de ocultar su contento, pensaba Sadrah, así que cuando Margio lo vio acercarse no se lo pensó dos veces y le preguntó si habría cacería la semana siguiente. Deseaba participar incluso si tenía que llevarse su propio almuerzo y cederle el puesto de jefe de batidores a otro.
Por supuesto, Sadrah le devolvió su puesto.
Lo que era evidente ahora era que Margio no sería jefe de batidores en la cacería del domingo. Maldito crío, pensó Sadrah. Hasta el día que le quitó la espada y se la llevó a su casa apoyada sobre el hombro con las piernas envueltas en un sarong, sintiéndose como si viviera en la belicosa época de los califas, nunca había creído que Margio se metiera en peleas. Tanto sobrios como borrachos, los jóvenes se peleaban con frecuencia. Siempre estaban dispuestos a enzarzarse a puñetazos a la más mínima provocación: un tropezón involuntario durante un concierto de dangdut,6 una cabeza que tapaba la pantalla durante una película, o si se enteraban de que una chica que les gustaba salía con otro. Vivir en una época más o menos tranquila de la historia de la república, en la que los asuntos de la guerra estaban reservados a los militares, volvía temeraria a la juventud. En la época en que Sadrah estaba al mando de los soldados del pueblo, su ocupación principal era sofocar estos altercados. Pero hasta donde él sabía, Margio nunca había participado en la violencia, aunque era famoso por su fuerza.
Era un chico al que no le gustaba quedarse en casa, pero sabía comportarse. No era tan tonto como para perder el tiempo armando bronca, así que durante el día se ganaba la vida haciendo trabajillos y se gastaba el dinero que ganaba en cerveza y tabaco. Tenía mal genio, pero era amable. Todos sabían que odiaba a su padre y creían que era capaz de acabar con él, pero nunca lo había intentado. No era pendenciero. Cuando se enteró de que había matado a Anwar Sadat, Sadrah no daba crédito.
Estaba tan convencido de que el chico era inofensivo que había olvidado inmediatamente que Margio le había dicho que planeaba matar a alguien. Cuando caía la noche, después de dar de comer restos de carnicería fritos a los cuones, sacó la Honda 70. Se la había regalado un comisario de policía local hacía años y aunque no tenía papeles ni matrícula, por suerte nunca le habían puesto una multa. Posiblemente, el comisario se la habría confiscado a algún delincuente y como después de unos meses nadie la había reclamado, pasó a ser propiedad de Sadrah. Había muchas motocicletas requisadas y después de la Honda 70 el comisario le había ofrecido otros modelos más modernos, pero Sadrah permanecía fiel a su vieja favorita. Quizá le gustara su aspecto anticuado, aunque se estropeara con frecuencia e hiciera más ruido que un molino de arroz.
Se paseaba rugiendo con ella sin casco y en chanclas por los callejones en dirección a la playa y los arrozales por el camino que atravesaba la plantación. Le gustaba sentir la brisa de la tarde, contemplar el paisaje y saludar a la gente con la que se cruzaba por la carretera. De vez en cuando iba al taller a que le hicieran una puesta a punto y otras veces se paraba en un chiringuito a tomar café, antes de continuar su ruta con una pipa en la boca que soltaba más humo que el tubo de escape. Iba a detenerse tan solo un momento cuando vio a Jahro junto a su estanque, pero la noticia que traía Ma Soma acabó con su paseo vespertino.
El comandante Sadrah corrió hasta su motocicleta, que estaba apoyada contra un cocotero, se montó en ella e intentó ponerla en marcha, lo cual nunca era fácil. Logró arrancar varias veces, pero el motor se calaba. Finalmente, aprovechando que funcionaba, dio un acelerón que hizo que la motocicleta sonara como un tambor de lata. Por señas, indicó al kyai, el profesor de Corán, que se subiera él también, preocupado por que el motor se calara de nuevo. El kyai Jahro se sentó firmemente detrás del comandante después de arrojar el resto del salvado al estanque y lavarse las manos y los pies en el caño. Mientras recorrían el camino lleno de baches, aún resbaladizo por la lluvia de la noche anterior, la motocicleta parecía más frágil que un burro con fiebre. El peso de los dos hombres era un esfuerzo tan grande para el motor que tenían que ayudarle de vez en cuando empujando con los pies. Al llegar a la carretera recta y llana que pasaba frente al campo de fútbol, la moto empezó a coger velocidad; Ma Soma les seguía a distancia en su antigua bicicleta.
—Lo único que ese crío ha hecho de malo en su vida ha sido robar pollos —dijo Jahro—. Y encima eran de su padre.
No era ningún secreto. Todo el pueblo sabía que Margio le robaba los pollos a su padre. No porque lo necesitara, sino por venganza. —No tengo ni idea de cómo se le puede haber ocurrido arrancarle la cabeza a mordiscos a alguien —dijo Sadrah.
Anwar Sadat yacía inmóvil bajo una tela de batik de color marrón en el suelo de su habitualmente luminoso salón, ahora ensombrecido por la inconsolable pena y el ululante gemir de las mujeres. La tela estaba empapada de rojo y se había pegado al contorno del cadáver, mientras la sangre aún corría por el suelo. Oscura y coagulada. Nadie se atrevía a descorrer la cortina que separaba el mundo de los vivos del de los muertos, pues todos eran conscientes de la enorme herida, más pavorosa que cualquier fantasma. Solo pensar en ella provocaba náuseas y hacía que la gente se apartase del cuerpo.
Dos policías llegaron en un coche patrulla. La luz roja siguió girando después de que la sirena hubiera enmudecido. Permanecieron inmóviles en la puerta, eran las dos únicas personas que habían tenido la oportunidad de apartar la tela brevemente antes de volver a dejarla en su sitio. Aunque no tenían motivos para estar allí, se sentían parte del suceso. La mujer de Anwar Sadat no les permitió llevarse el cuerpo para que le practicaran la autopsia, lo cual era razonable. No había ningún misterio en cuanto a la causa de la muerte o la identidad del asesino. Anwar Sadat no necesitaba que lo examinasen, lo único que necesitaba era el lavado ritual, algodón para cubrir la herida y un entierro inmediato.
Lo más seguro era que no lo enterraran hasta la mañana siguiente. Maharani, su hija menor, estaba en la universidad y no llegaría al pueblo antes del amanecer. El hecho de que la hija se encontrara en casa la noche anterior aumentaba el dramatismo. Había pasado allí toda su semana de vacaciones antes de marcharse de buenas a primeras aquella misma mañana. La gente se imaginaba cómo la tragedia se extendía hasta la lejana habitación de Maharani, donde la joven, aún agotada, deshacía el equipaje. Tendría que volver a meter sus pertenencias en la bolsa o dejarlas allí y partir entre lágrimas y con mil preguntas en la cabeza, ya que cuando se había marchado su padre estaba perfectamente. No le dijeron que lo habían asesinado. Solo le enviaron un breve mensaje comunicándole su muerte, y ahora la chica estaría corriendo a toda prisa hacia el próximo tren o autobús que la trajera de vuelta a casa.
Por el jardín y la terraza de la casa del difunto había grupos de mujeres cuchicheando unas con otras y pergeñando sus propias versiones de lo sucedido. Decoraban el espacioso jardín cinco palmeras aceiteras y un carambolo, de una de cuyas ramas colgaba un neumático en el que se columpiaban los niños. Junto a la carretera, un majestuoso flamboyán sembraba de pétalos una alfombra de hierba japonesa en la que los niños jugaban a las peleas y daban volteretas y por la que deambulaba una familia de pavos. En dos de las esquinas había estanques con grandes carpas y flores de loto y pequeñas fuentes cantarinas. Los bordes y el centro de los estanques estaban adornados con estatuillas de piedra de lavanderas semidesnudas y niños nadando esculpidas por las hábiles manos de Anwar Sadat.
Otra de sus obras populares entre el vecindario era un tambor de hendidura con forma de pene colgado delante de la casa. Hacía las veces de timbre para las visitas. Anwar Sadat había llegado al pueblo hacía años. Antes de casarse y establecerse en el lugar se había licenciado en Bellas Artes y vendía cuadros por la playa. Siempre decía que era un gran admirador de Raden Saleh, y colgaba por la casa sus propias reproducciones de las obras del gran pintor, cuya técnica imitaba descaradamente, incluyendo el famoso cuadro de la batalla entre el tigre y el bisonte. No le preocupaba lo más mínimo que su reputación artística fuera conocida solo por los que vivían cerca de su casa.
Se casó con una aprendiz de comadrona que le había encargado un retrato. Anwar Sadat la pintó mucho más hermosa de lo que nunca había sido y ella se enamoró de él. Como no quería romperle el corazón, se casaron rápidamente, después de lo cual descubrió que se había hecho muy rico, ya que la joven era la heredera de la mitad de las tierras del pueblo. A partir de entonces, debido a la herencia de su esposa, que también trabajaba de comadrona en el hospital, dejó de perseguir la fama como artista. Pero, por supuesto, siguió pintando y haciendo esculturas, sobre todo retratos de personas que conocía y copias perfectas de las obras maestras de Raden Saleh. Excepto por un retrato del comandante Sadrah en su hogar, sus lienzos eran la exposición colectiva de una miríada de hermosas mujeres.
Nunca tuvo un verdadero empleo después de abandonar la profesión de pintor. Se pasaba su ilimitado tiempo libre jugando al ajedrez con Sadrah, patrocinando al equipo de fútbol local y seduciendo chicas. Al último de esos hábitos, la persecución y seducción de chicas, y ocasionalmente de viudas jóvenes o esposas dispuestas, le ponía mucha más pasión de la que jamás le había dedicado a la pintura. Esto tampoco era un secreto, porque los secretos no duraban mucho en las bocas de sus vecinos. Aun así, su reputación de inmoral nunca eclipsó el respeto que la gente sentía por él, y en las reuniones siempre le permitían pronunciar largos discursos, con los que demostró ser un elocuente orador. Tenía encanto, y la gente se lo perdonaba todo. Además, hay que considerar el hecho de que pocos de sus amigos podían afirmar con honestidad tener mejores modales.
Nadie vio a la Parca sentada sobre su hombro aquella mañana. Anwar Sadat era un diablillo risueño, siempre alegre como si la muerte no pudiera tocarle. Como de costumbre, fue a desayunar al puesto de tortitas, donde se apretujó en la cola con colegiales de uniforme que esperaban a que sonara la campana de la escuela con cara de preocupación. Los allí presentes lo oyeron bromear con la boca llena de tempeh frito y tortitas. Estaba sentado en el banco frente a los fogones mientras el vendedor vertía la masa en la plancha y revolvía los buñuelos en un wok lleno de aceite. Pellizcó las barbillas de las niñas de uniforme hasta que su indecencia las hizo protestar y se echaron a un lado para evitar sus súbitos intentos de besarlas en la cara.
Todos lo recordaban claramente con sus shorts blancos y una camiseta de tirantes con el logo de la joyería abc. Era rollizo y algo indolente debido a la edad y la falta de ejercicio, pero no por ello dejaba de presumir de que se le ponía la polla tan dura como una piedra, y jamás se había molestado en ocultar su explosiva lujuria. Aquella mañana habló mucho; estaba preocupado por su hija menor, que había decidido marchase de buenas a primeras, aunque aún estaba de vacaciones, y se había ido sola a la estación con su bolsa, negándose a que la acompañaran.
La noche anterior, después de ver la película en el campo de fútbol, no había querido hablar con nadie. No quiso cenar ni ver la televisión como siempre, y en toda la noche no se oyó ni un pitido de la radio que normalmente escuchaba. Ni siquiera había ido al baño, y a Anwar Sadat le sorprendió que, siendo una chica tan religiosa, no hubiera hecho las oraciones del amanecer. Por la mañana salió de su habitación aún sin hablar y con los ojos llenos de lágrimas. Anwar Sadat no tenía ni idea de qué le habría pasado y temía que le soltara un grito si intentaba averiguarlo. Se preguntaba si sería él la causa de su enfado. La chica simplemente pasó por delante con su toalla camino del baño. Y además sucedió otra cosa fuera de lo normal: salió del baño apenas un momento después. Volvió a su habitación y se maquilló levemente, como si creyera que estaba todo lo hermosa que tenía que estar. Después salió con una bolsa, no desayunó nada y dijo bruscamente, «tengo que irme».
Retrospectivamente, parecía que sus ojos abatidos y su semblante sombrío eran un presagio de que su padre iba a morir esa misma tarde. Salió de casa con prisas, insistiendo en irse sola a la estación de autobuses, como si les sobrara tiempo para verse en el futuro. En el puesto de tortitas, Anwar Sadat no paraba de refunfuñar sobre Maharani, pero en realidad no estaba enfadado; era solo una excusa para presumir de hija.
Anwar Sadat tenía tres hijas, nacidas en los primeros años de su matrimonio, cuando su mujer y él aún tenían fuego suficiente para agotarse el uno al otro en la cama. Años después, cuando su amor se había enfriado, la gente empezó a olvidar el nombre de su esposa, Kasia, y la llamaban simplemente Señora Comadrona. Anwar Sadat tenía suerte de no haber dejado embarazada a ninguna de sus amantes. Los hijos bastardos eran siempre mayor problema para la familia del padre que para la de la madre. Sus hijas habían heredado tanto su promiscuidad como su atractivo.
Su aspecto había cautivado a muchas mujeres a lo largo de los años, y Anwar Sadat seguía siendo guapo incluso en su vejez, cuando su cuerpo se había hinchado y solo le quedaba pelo en algunas zonas de la cabeza. Incluso entonces seguía llamando la atención de alguna que otra atrevida amante en potencia. El buen aspecto de Anwar Sadat contrastaba asombrosamente con el de Kasia. Con su nariz de loro, su mandíbula ancha y sus fríos modales aristocráticos, parecía más una bruja que una princesa. No es que fuera excepcionalmente fea, sino que la mayoría de los hombres no la encontraba atractiva en absoluto. La opinión general era que Anwar Sadat se había casado con ella por su dinero, y gracias a su dinero podía permitirse acostarse con tantas mujeres, de lo cual su esposa estaba al corriente en la mayor parte de los casos, si bien elegía no enterarse, siempre y cuando no dejara a ninguna embarazada.
Laila, la mayor de sus hijas, había heredado el atractivo sexual de su padre y su temperamento lascivo. Era hermosa y bien proporcionada y tenía un cuerpo escultural. A su rostro asomaba un poco más de arrogancia de la necesaria. Con dieciséis años era una colegiala excepcionalmente voluptuosa perseguida tanto por sus compañeros de clase como por sus profesores, hasta que un día su padre descubrió que estaba embarazada. Anwar Sadat buscó frenéticamente un chamán que se deshiciera de lo que tenía en la barriga. Su mujer se negó a ayudar y en la escuela se negaban a admitir a una alumna embarazada. En cuanto se sacó el graduado, Anwar Sadat la arrastró a ella y al compañero de clase del que se decía que era el responsable hasta un penghulu que ofició la ceremonia de matrimonio. Dos días después el joven esposo se la encontró en la cama con otro.
Fue el escándalo más sensacional de la historia del pueblo. A Anwar Sadat se le caía la cara de vergüenza a la más mínima alusión a lo sucedido y Kasia huyó unos cuantos días a casa de unos parientes. Después de aquello, tanto el marido como el amante la dejaron por imposible. La gente empezó a referirse a ella como La Viuda y al verla susurraban «esa se va con cualquiera».
Maesa Dewi, su segunda hija, y la más hermosa de las tres, era harina de otro costal. No tenía tantas curvas como su hermana mayor, pero sus modales eran misteriosamente dulces. Se comportaba con mayor respeto por el decoro, cualidad que sobrevivió a su padre muchos años. En la escuela, sus calificaciones demostraban claramente su inteligencia, logro que sus hermanas nunca consiguieron igualar. Maesa Dewi terminó los estudios sin una sola mancha en el expediente. Lo poco que a Anwar Sadat le quedaba de sentido moral lo obligó a querer y admirar a la chica, que, a diferencia de sus hermanas, no había sacado su naturaleza lasciva. Seguro de que aún era virgen, le permitió asistir a la universidad y convenció a su mujer de que vendiera una de sus parcelas para pagarle la educación, a pesar de que Kasia creía que ninguna de sus hijas estaba en sus cabales. Cuando La Dulce volvió a casa un año más tarde, no traía un diploma sino un bebé recién nacido y un novio desempleado con el que después se casó. De ella nadie decía que se iba con cualquiera. Parecía ser fiel. A pesar de todo, las historias de la primera y la segunda hija de Anwar Sadat crearon la impresión entre las personas que se consideraban morales de que las tres eran unas libertinas y que no había quien las metiera en cintura.
Apostaban entre ellos que el día menos pensado Maharani, la más joven, aparecería en casa con un recién nacido, por muchas pruebas que demostraran que aquello era algo completamente impropio de ella.
En el puesto de tortitas, después de su abrupta marcha, Anwar Sadat no podía dejar de hablar de Maharani. Hablaba de los regalos que había traído. Una navaja para su padre, un cepillo grande para el pelo rizado de su madre y una caja de música para su sobrinito. Anwar Sadat volvió a contar los chistes de su hija, aunque algunos ya los habían oído de boca de la propia Maharani durante las vacaciones. Kasia intentaba frenar aquella cháchara exagerada y las otras dos hijas no ocultaban sus celos, pero fue Margio quien le puso el punto final a todo.
Ahora Anwar Sadat yacía muerto, esperando a que cavasen su tumba y limpiaran el ataúd, y sobre todo a que su hija menor volviera y contemplara la horrible herida y rompiera a llorar más alto aún que Kasia, Laila y Maesa Dewi juntas. Cualquiera que mirara vería a Kasia más desaliñada de lo habitual, de rodillas, mordiendo la punta de un trozo de tela que tenía enrollado en el regazo. Por qué lo había traído, era un misterio. A su lado estaba Laila la Viuda intentando en vano calmar a su madre a pesar de haberse desmayado poco antes y no haber vuelto en sí hasta que alguien le salpicó la cara con agua. La más afectada era Maesa Dewi, la primera en ver la cabeza casi arrancada de Anwar Sadat. Aullaba de dolor como si tuviera el estómago lleno de agua hirviendo y abrazaba a su bebé, que gritaba casi tan alto como ella.
Las plañideras acompañaban el luto de la familia de Anwar Sadat con llantos más suaves, más contenidos, como un coro que armonizaba a diferentes niveles de dolor. Tenían los ojos hinchados y enrojecidos, visiblemente agotados por la tristeza que les producía la pérdida de aquel hombre infiel y sin corazón. Y dado que había sido Ma Soma quien en uno de sus paseos por el surau había encontrado el cadáver, se lo había llevado de la escena del crimen y lo había cubierto con una tela de batik, ninguna de las mujeres allí presentes se había ocupado del muerto como era debido. Mientras tanto, Ma Soma cogió su bicicleta y fue a buscar al kyai Jahro. Había cogido la tela del estudio del artista. La había diseñado la propia víctima. A Anwar Sadat nunca se le había pasado por la mente que un día cubriría su cadáver. Jahro y Sadrah llegaron poco después y la gente los miró con ojos que parecían suplicar piedad o ayuda. El kyai Jahro, además de profesor de Corán del pueblo, era también pariente de la viuda de Anwar Sadat, así que se hizo cargo de la situación inmediatamente.
Sadrah y él transportaron el cadáver, sin quitarle la mortaja de tela de batik, desde la casa al jardín delantero, dejando tras de si un oscuro rastro rojizo. El comandante Sadrah pensó que debía pesar ochenta kilos y que si hubiera sido un jabalí los cuones lo habrían hecho pedazos. Colocaron el cadáver sobre un banco junto al pozo, donde Ma Soma había colocado una pila de toallas, jabón de azufre, una palangana de agua, pétalos de flores y, por supuesto, bórax. Allí fue donde el kyai retiró por fin la tela, lentamente, preparándose para el shock. Con varios hombres como testigos, se desveló por fin el secreto oculto. La oración del Istighfar7 salió de la boca del kyai, suplicando el perdón de Alá una y otra vez mientras los hombres, siguiendo su ejemplo, murmuraban sin poder apartar la vista de la herida desflecada en el macilento cuello. La sangre borboteaba aún del cadáver ante sus ojos. La repugnante escena era peor que una pesadilla y más de uno tuvo que mirar hacia otro lado.
Estimulado por una curiosidad pueril, Sadrah examinó el cuerpo al detalle con la esperanza de descubrir qué había hecho Margio exactamente. Una arteria seccionada colgaba como el cable de una radio rota. Es más brutal de lo que me imaginaba, pensó al darse cuenta de que el cuello estaba prácticamente cortado en dos, como si un carnicero se hubiese dejado el trabajo sin terminar.
—Su padre murió hace unos días, y poco antes había muerto su hermana pequeña, con solo una semana de vida —dijo Jahro—. Creo que el muchacho se ha vuelto loco.
—Desde luego hay que estar loco para morder a alguien así —respondió Sadrah.
El aire se enfrió y el comandante Sadrah oyó a sus cuones aullar en la distancia, pidiendo que los metieran en su jaula, o más probablemente porque sus hocicos carnívoros habían detectado el olor de la sangre en la brisa de la tarde. Antes de que cayera la noche, Jahro pidió unos cubos de agua. Los surtidores chirriaban ruidosamente. Ma Soma reapareció con unas bolsas de bolas de algodón. Jahro limpió la herida con toda solemnidad, seguro de detener el incesante río de sangre como si el horrible tajo no fuera más que una rozadura infantil. Continuó murmurando oraciones. Sadrah, que había vivido los horrores de la guerra de guerrillas y había visto cuerpos humanos volar en pedazos por el fuego de mortero, admiraba la fría compostura de Jahro. Estuvo a punto de proponer que dejaran la herida tal y como estaba, de recordarle al kyai que al fin y al cabo el cuerpo acabaría pudriéndose en su tumba.
Las manos de Jahro danzaban recibiendo bolas de algodón que cambiaban de color en cuanto las introducía en la herida; después aplicó una venda y la cubrió con trozo de muselina. Parecía un pequeño corte en el cuello de una persona viva que llevara una bufanda de muselina arrugada. Mientras él se afanaba con esta labor, otros hombres desvistieron el cadáver, lo lavaron, lo frotaron y lo perfumaron con flores. Un aroma de bórax se desprendía del difunto y flotaba alrededor de sus cabezas.
Ma Soma trajo un sudario del surau y allí mismo amortajaron el cuerpo.
—No es decoroso dejarlo desnudo toda la noche —dijo el kyai Jahro. Después añadió, —si la joven Maharani quiere verle la cara a su padre podemos deshacer el nudo de la mortaja. Pero si tiene la más mínima idea de su aspecto, quizá no quiera. Su madre y sus hermanas perderán el apetito durante días y tendrán pesadillas durante el resto de sus vidas.
La noche trajo frío y silencio. Tres hombres transportaron rápidamente el cadáver al surau y la gente se dispuso a celebrar los ritos fúnebres después de la oración del Maghrib.8
A pesar de su obsesión por las mujeres, Anwar Sadat iba al surau con regularidad. Incluso cuando andaba ocupado, que era a menudo, nunca se olvidaba de asistir a las cinco oraciones diarias. Normalmente se ocupaba de golpear el tambor y de recitar el azhan o la iqama. Nadie le habría confiado el papel de imán. Sus hábitos religiosos se debían en parte al hecho de que la mayoría de los parientes de su esposa eran miembros activos del surau, algunos incluso habían hecho la peregrinación a la Meca o eran kyais. Otro motivo era su sentido de la responsabilidad, pues el surau estaba en sus tierras; lo había construido su suegro muchos años antes de que él apareciera por allí vendiendo cuadros. Nadie creía, y con razón, que Anwar Sadat estuviera muy cerca de Dios.
Según la opinión popular, el asesinato sucedió exactamente a las cuatro y diez, ya que diez minutos antes Margio estaba con sus amigos y diez minutos después había vuelto con ellos en estado de shock. Se habían reunido en el campo de fútbol para ver a la gente apostar a las carreras de palomas y había mucho jaleo de gritos y silbidos. Los jóvenes competían con sus palomas, que no regresaban si se aventuraban más allá de los límites del pueblo, por lo cual solo las soltaban desde el borde del campo de fútbol para que persiguieran a una paloma hembra que otro muchacho sujetaba en la mano al otro extremo. Las mejores volaban desde pueblos cercanos detrás de veloces mototaxis, revoloteando entre las nubes y lanzándose en picado cuando veían a las hembras. Diez minutos antes del asesinato Margio había estado allí, tumbado en la hierba mirando al cielo.
Laila estaba por allí también. De hecho, incluso habló con él. Sospechaba que tenía algo que ver con la súbita partida de Maharani porque aquella semana los había visto juntos todos los días. Era él quien la había acompañado a la película patrocinada por la compañía de tónico de hierbas la noche anterior. Margio lo negó e insistió en que no tenía nada que ver con la partida de Maharani y dijo que ya era mayorcita para ir y venir cuando quisiera. Laila se dio cuenta de su expresión abatida y pesarosa. No dijo nada más; como el resto del pueblo, no tenía ni idea de que Margio fuera a matar a su padre.
—Se me ha ocurrido una idea vergonzosa —le dijo Margio bruscamente a su amigo Agung Yuda, uno de los matones locales.
En vez de explicarle en qué consistía, se lo llevó al chiringuito de bebidas de Agus Sofyan, en una esquina del campo de fútbol. Dijo que tenía algo de dinero y le apetecía una cerveza. El chiringuito había sido anteriormente la cafetería de los lugareños y los empleados de la plantación y vendía sopa y aperitivos a las esposas demasiado holgazanas para cocinar. Pero como estaba en un lugar apartado, se había convertido en el punto de encuentro de los matones. Agus Sofyan empezó a despachar arak y cerveza a la sombra de la plantación de cacao. A veces también se podía comprar discretamente hierba y pastillas, lo cual lo convertía en el sitio perfecto para emborracharse y ligar con las mujeres. Era una versión diurna de la garita del guardián.
Laila La Viuda iba por allí a menudo y los chulos la acosaban e intentaban meterle mano. Normalmente se burlaba de ellos pero a veces, cuando se sentía generosa, se acostaba con alguno de buen grado. Había mujeres que se dejaban llevar a la plantación para follar, pero Laila no era de esas. En el chiringuito, mientras Laila miraba las carreras de palomas, Margio le pidió a Agus Sofyan una botella de cerveza fría, lo cual quería decir que Agus Sofyan tendría que meter la botella entre bloques de hielo en lugar de servirla fresca en un vaso con hielo picado. Margio se negaba a beber cerveza tibia porque según él no sabía igual. Compartió la botella con Agung Yuda. La sirvió en dos vasos, se sentó en un pequeño banco detrás del puesto y mientras la cerveza aún burbujeaba, empezó a hablar.
—En este momento, mucho me temo que me voy a cargar a alguien.
Un poco antes de que Margio desapareciera, Agung Yuda lo había oído comentar que iba a asesinar a su padre. Decía que había algo en su interior y que era capaz de matar sin vacilar. Agung Yuda no le preguntó qué era ese algo porque creía que incluso sin ello, el jefe de batidores podría matar a cualquiera sin esfuerzo. Pero por supuesto, nadie que no hubiese estado allí creería que Margio había dicho esas palabras. Era el más amable y educado de sus amigos. Todo el mundo sabía que su padre era violento, especialmente con su madre. Y sabían cuánto la quería Margio. Sin embargo, el muchacho normalmente cedía ante la brutalidad de su padre y contenía sus agresiones igual que frenaba a sus amigos cuando empezaban a pelearse.
Incluso si lo de matar a su padre iba en serio, había dejado pasar la ocasión. Komar bin Syueb estaba criando malvas. Había tan pocas posibilidades de que regresara a la vida como de que Margio se enemistase con alguien, así que no se vislumbraba una posible víctima en el horizonte. Puede que sus amigos se metieran en peleas, pero Margio nunca le ponía un dedo encima a nadie.
No hablaron más del tema porque Agung Yuda guardó silencio después de la confesión de Margio. Siguieron sentados, dando sorbos a sus cervezas y contemplando la plantación de cacao salpicada de arrozales, estanques y huertos de cacahuete. Allí ya había oscurecido y las nubes de mosquitos se habían adueñado del lugar, pero en el pantano aún había luz y se veía a la gente trabajando en sus estanques. Margio distinguió al kyai Jahro recogiendo hojas de mandioca y papaya, y un saco de cemento lleno de salvado de arroz. Su padre también había cultivado arroz allí, pero lo había abandonado porque no servía para la agricultura. En su parcela solo quedaban plantíos de mandioca, que no requieren cuidado, cuyas hojas se caían cuando los rebaños de ovejas que andurreaban por el lugar aplastaban las plantas. Margio no tenía la más mínima intención de ocuparse de ella.
Margio solía pasar el rato por los alrededores de un gran edificio colonial en uno de los lados del campo de fútbol. Iba allí con sus amigos cuando se saltaban una clase aburrida. Se escondían entre los árboles de cacao a fumar cigarrillos y una vez mezclaron el tabaco con semillas de estramonio para colocarse. Leían fotocopias de las novelas pornográficas de Enny Arrow o las «sexcapadas» de Nick Carter. Las noveluchas y los tebeos estaban prohibidos en el colegio y en clase nadie se atrevía ni a mencionar cómics como El ciego de la cueva embrujada o Panji la calavera, que trataba de un héroe que cargaba con el ataúd de su amada por todas partes. Esas cosas solo podían leerlas en la plantación de cacao.
Otras veces servía para darse de puñetazos con alguien o enrollarse con una chica y de cuando en cuando los delincuentes locales venían a matarse. Los capataces de la plantación eran el enemigo común, siempre acusaban a los jóvenes de robar semillas de cacao, y la verdad era que a veces tenían razón. Los capataces los perseguían en sus bicicletas. Si atrapaban a alguno lo llevaban de la oreja al profesor de educación física, que era muy severo. Algunas noches la plantación cambiaba de función, cuando la gente que no tenía baño en casa iba allí a cagar. Margio observaba el lugar como si viera lo peor de su propio pasado.
Agung Yuda había sido uno de los testigos de la enorme felicidad de Margio al volver a casa y encontrarse a su padre muerto. Pensaba que los problemas de la familia acabarían con la muerte de Komar bin Syueb. Ahora se daba cuenta de que aquello era una sandez. Agung Yuda pensaba que Margio estaba un poco deprimido y que toda aquella charla sobre ideas vergonzosas y matar a alguien no eran más que pamplinas. Lo decía, sencillamente, porque no se le ocurría nada mejor que decir.
«Laksmana Raja di Di Laut», una canción dangdut, sonaba en la radio de dos bandas de Agus Sofyan que, colgada de la puerta del chiringuito, amenizaba a todo volumen las mañanas, las tardes y las noches. Era una vieja Panasonic de pilas, enchufada torpemente con cables a la red eléctrica. Un cliente había cogido la carcasa para usarla como abanico y nunca la había devuelto, así que el cacharro medio difunto tenía las tripas colgando por fuera en un revoltijo. Sin embargo, aún hacía suficiente ruido como para ser audible a medio campo de fútbol de distancia. En determinadas ocasiones la gente se apiñaba en torno a la radio para escuchar los partidos de liga, pero el resto del tiempo tenía sintonizada una emisora especializada en dangdut y otros estilos de música pop. El estruendo del aparato se sumaba al griterío de los que apostaban en las carreras de palomas y animaban a los pájaros.
Agung Yuda se sacó medio paquete de Marlboro del bolsillo y le ofreció un cigarro a Margio, que se lo deslizó entre los dedos sin encenderlo. Era muy bueno con este truco, lo había aprendido practicando con un bolígrafo cuando se aburría en clase. Algunos de sus amigos lo imitaban e intentaban hacerlo con un cigarrillo encendido. Margio apuró la cerveza y se puso en pie para irse.
—Olvidaba que tengo que ir a ver a Anwar Sadat —dijo, sin explicar el motivo de su visita.
Encendió el cigarrillo antes de marcharse. Agung Yuda seguía sin tener la más mínima sospecha de que Margio fuera a matar a Anwar Sadat. Lo vio alejarse con pasos inseguros en los que se notaba que no sabía si irse o quedarse con él en el banco. Finalmente volvió la cabeza para mirar a su amigo un momento y se fue con el cigarrillo apretado entre los labios. El cigarrillo chisporroteaba y brillaba en la brisa del atardecer, las volutas de humo flotaban alrededor de su cabeza.
Veinte minutos más tarde, Agung Yuda lamentaba haberlo dejado marchar. Seguía despatarrado en el banco convencido de que no era necesario seguir a Margio porque no tenía problemas con Anwar Sadat. Le quedaba aún medio vaso de cerveza. Tenían la costumbre de saborear cada sorbo, un solo vaso les duraba horas de conversación. Pero Margio se había ido, así que era mejor que se la terminase. Se limpió con la costura de la camisa unas gotas que le corrían por el mentón, tiró la colilla al suelo y la aplastó con la sandalia. Una mujer se puso a coquetear con él. Agung Yuda le pasó el brazo por encima del hombro y ella río a carcajadas hasta que empezó a meterle mano por debajo del sujetador.
La mujer dio un respingo y lo insultó mientras se lo quitaba de encima, y Agung Yuda la dejó allí muerto de risa. Echó una meada contra un poste de electricidad y se fue hacia el campo de fútbol al mismo tiempo que, sin que él lo supiera, se aproximaba la hora en que Margio mataría a Anwar Sadat.
En ese preciso instante, Anwar Sadat les daba a sus pavos un plato de arroz que había sobrado de la cocina. Los estaba engordando para matarlos en la fiesta de Lebaran.9 Cerca de allí, Ma Soma barría el jardín del surau, es decir el jardín de Anwar Sadat, y recogía las hojas amarillas del carambolo y las frutas podridas, llenas de gusanos, blanduzcas por efecto de las fuertes lluvias. Cuando terminó, se fue a limpiar de musgo y helechos los depósitos de agua del surau y Anwar Sadat volvió a la cocina para dejar el plato sucio.
En la casa solo estaban él y Maesa Dewi, hecha un ovillo en la cama con su hijo, que dormía la siesta. Su hija no hacía gran cosa desde que había vuelto a casa con su bebé y su por entonces futuro marido. Se dedicaba sobre todo a quedarse en la cama con el bebé y a comerse los restos de arroz que hubiera en la alacena de la cocina. El marido, al que Kasia había mandado a buscarse un empleo, se había colocado de gerente en un cine medio en bancarrota lejos del pueblo y solo volvía una vez al mes con algo de dinero, que Maesa Dewi se gastaba en una semana. Kasia no se molestaba en prestarles atención y Anwar Sadat no podía ayudarles mientras la principal fuente de financiación de la pareja fuera su esposa, así que, igual que a Laila, simplemente les había permitido convertirse en parásitos.
Anwar Sadat no vio al joven pálido y tremendamente nervioso que merodeaba por el jardín. Margio se apoyó en el carambolo y observó el interior de la casa, donde Anwar Sadat aparecía de vez en cuando. Nadie habría pensado que tuviera verdaderamente intención de matarle. Varias personas lo vieron desde el campo de fútbol y Ma Soma, que salió a tirar un cubo de musgo y helechos en el sumidero del jardín, lo descubrió y observó que no llevaba armas. Nadie habría podido sospechar que estaba a punto de cometer un asesinato, pues para ello habría necesitado un puñal, un cuchillo de carnicero o una cuerda. ¿Quién habría podido predecir que acabaría con la vida de un hombre a mordiscos? Cuando Ma Soma pasó por allí de nuevo tampoco se dirigieron la palabra. Margio estaba dando patadas lánguidamente a la rueda que hacía las veces de columpio y por un momento pareció que iba a marcharse. Sin embargo, permaneció allí como un ladrón buscando un hueco por donde colarse, pensando que quizá alguien lo vigilaba. Sin duda, los que estaban en el campo de fútbol lo vieron, pero todos lo conocían demasiado bien para andarse con sospechas. A nadie le importaba un pimiento, y seguramente Ma Soma no volvería a aparecer porque estaba bombeando agua para llenar los depósitos del surau. La puerta delantera estaba abierta y parecía que Anwar Sadat iba a salir a dar una vuelta. Margio se puso en marcha.
Cuando daban las cuatro y diez, Anwar Sadat salió de casa a buscar alguien con quien hablar en el campo de fútbol. No le gustaban demasiado las peleas de gallos y tampoco las palomas, pero de vez en cuando asistía a una carrera y apostaba algo de dinero solo para alternar con la gente. Aún vestía los shorts blancos y la camiseta de tirantes de la joyería abc que llevaba en el puesto de tortitas por la mañana y con los que habría de morir. Cuando vio a Margio caminando hacia él, se detuvo en seco, no llegó a cruzar la puerta, y se quedó esperándolo con la sensación de que algo no marchaba bien. Pensaba en Maharani. Al igual que Laila, sabía que la noche anterior su hija había ido con Margio a la película de la compañía de tónico de hierbas. Tenía la esperanza de enterarse del porqué de su súbita marcha. Se quedó allí hasta que Margio entró y se le paró delante, pero no dijo nada sobre Maharani. Anwar Sadat tenía la cara pálida y sus labios temblaban como si fuera él quien iba a armar algún lío.
Tal y como Margio confesó más tarde a la policía, sí, lo mató mordiéndole una arteria del cuello. No tenía más armas a su disposición, dijo. Había pensado en matarlo a golpes, pues sabía que Anwar Sadat se había vuelto débil y no tendría fuerzas para defenderse. Pero no creía que sus puños pudieran acabar con la vida de un hombre. Tampoco se veía capaz de estrangularlo. Con una silla tan solo conseguiría romperle unos cuantos huesos y además el ruido despertaría a Maesa Dewi. No la había visto, pero sabía que estaba en su habitación como siempre.
La idea le vino de pronto, como un fogonazo de luz en el cerebro. Dijo que había algo dentro de su cuerpo, algo más que tripas y entrañas. Salió de él y lo poseyó y lo obligó a matar. Tenía tanta fuerza, le dijo a la policía, que no había necesitado armas. Agarró fuertemente a Anwar Sadat. Asombrado, el hombre se resistió un poco, pero la presión que le atenazaba los brazos era tremenda. Margio le cogió del pelo, le echó la cabeza hacia atrás y se la inmovilizó. Entonces le hundió los dientes en el lado izquierdo del cuello como el que besa bruscamente a su amante por debajo de la oreja, pasión y gruñidos incluidos. La víctima estaba demasiado confusa para comprender lo que estaba sucediendo. Sin embargo, el penetrante dolor y la sensación de sorpresa en el pecho lo hicieron resistirse y derribó una silla de una patada. El ruido despertó a Maesa Dewi, que se levantó de la cama.
—Papá, ¿qué ha sido eso? —preguntó desde su habitación.
Anwar Sadat solo pudo contestar con un aullido agónico. Margio respondió con un mordisco mortal que le arrancó a Anwar Sadat un trozo de carne y le hizo un agujero en el cuello. De la herida sobresalían venas delicadas y tendones y manaba la sangre. Margio se quedó con el desabrido trozo de carne en la boca hasta que por fin lo escupió al suelo, donde rebotó por aquí y por allá. Anwar Sadat agitaba los brazos, de su garganta salían ruidos grotescos mientras los borbotones de sangre teñían la cara de Margio.
—Papá, ¿qué ha sido eso? —preguntó de nuevo Maesa Dewi.
Anwar Sadat movía los brazos mientras caía en la inconsciencia. Margio lo tenía aún bien agarrado. Cuando oyó el agudo tono de la voz asustada de Maesa Dewi, el roce de una sábana, el crujido de una cama y el sonido de unos pies en el suelo, hundió los dientes de nuevo en la húmeda herida de color rojo oscuro, un segundo beso más mortífero que el anterior y poseído de un deseo brutal. Apretó más las mandíbulas, arrancó otro trozo de carne y lo escupió. Mordió una y otra vez, abriendo la herida y destrozando el cuello de Anwar Sadat como si un hambre insaciable lo dominara. Chorros y burbujas de sangre salpicaban el suelo en todas direcciones.
Siguió mordiendo hasta casi arrancarle la cabeza. La tráquea asomaba por la herida, un destello de marfil entre la riada de sangre roja. En la puerta del dormitorio se abrió una rendija y apareció Maesa Dewi con un pijama de satén blanco estampado con peonías y marcas de almohada en la mejilla. Se le abrieron de par en par los ojos medio dormidos y levantó la esbelta mano para taparse la boca con los dedos, incapaz de articular palabra.
La escena se le quedó grabada en las retinas para siempre, fija durante años, imborrable durante décadas, una imagen más brutal que todas las películas de terror. Vio la cabeza medio cortada; ni los cuellos de las vacas sacrificadas durante el Lebaran tenían un aspecto tan espantoso. Había trozos de carne esparcidos por todo el suelo como salsa de espaguetis derramada. Las baldosas blancas y las franjas de sangre roja parecían la bandera nacional. Y allí estaba Margio, con el rostro casi irreconocible como una máscara sanguinolenta, y las manos y la camisa igual de repugnantes. Se miraron un segundo en el más extraño umbral de la conciencia, en un estado en el que ambos comprendían el horror de lo que acababa de suceder.
Maesa Dewi percibió un extraño olor acre, como de ajo, que flotaba por el aire en nubes grises girando alrededor de su cabello rizado y rondando por sus hombros, tan intenso que la mareaba. La asaltaron otras sensaciones confusas: un sabor de boca rancio y agrio, un clamor de insectos que zumbaban, sus tripas revolviéndose. Vio una mancha brillante e irreconocible de la que irradiaba un resplandor que la hizo entornar los ojos y retroceder hasta que su cabeza chocó con la puerta, lo cual la despabiló por un instante antes de caer al suelo. Su cuerpo se desplomó no como el de alguien que duerme pacíficamente sino más bien como el de una princesa convertida de pronto en piedra. Se olvidó de gritar, olvidó dónde estaba. El ruido despertó a su bebé, que se sentó en la cama llorando con la boca desencajada, meándose encima, reclamando a su madre de la única forma que conocía. Maesa Dewi estaba dormida en el suelo, desmayada y sin una manta.
Margio soltó a Anwar Sadat, se alejó de él y descubrió un mechón de sus cabellos que se le desprendía de entre los dedos. El cuerpo de la víctima bailó un segundo sin ritmo antes de resbalar y chocar con el suelo. Margio lo observó atentamente hasta asegurarse de que estaba muerto. Si el mordisco en la yugular no hubiera sido suficiente para presentarle a Anwar Sadat al Ángel de la Muerte, el golpe en la cabeza había completado las formalidades. Allí estaba, con el ombligo al aire y la camiseta de tirantes de la joyería abc, como un viejo indefenso tras el ataque de un cuón rabioso. Así lo encontraron Ma Soma y los demás.
Margio estaba fascinado con su obra maestra, más espiritualmente arrebatadora que las copias baratas de los cuadros de Raden Saleh que colgaban por encima de la televisión. La cabeza le daba vueltas. Era incapaz de recordar dónde estaba la puerta, y echó a andar torpemente mientras todo se ponía negro de pronto. Como Anwar Sadat, bailó un instante, girando sin caerse antes de enfilar hacia la parte trasera del sofá dejando detrás un rastro de huellas sangrientas. Consiguió arrastrarse palmo a palmo hasta el exterior y se derrumbó en el porche.
El sabor de la sangre lo hizo recordar la carnicería que había cometido y el instinto animal lo obligó a huir de allí. Se puso de pie, no completamente derecho, y trastabilló hasta el carambolo, donde escupió el último trozo del cuello de Anwar Sadat. Lo vio golpear el suelo; era del tamaño de un trozo de tofu y al verlo, el contenido de su estómago salió disparado invadiéndole la garganta con su sabor amargo y agrio. Apoyado contra el árbol, el joven vomitó los fideos que había comido en el desayuno. Transcurrió algún tiempo antes de que cesara la agitación que reinaba en sus tripas. Seguía dando arcadas, aunque ya no le quedaba nada que vomitar. Se apartó del carambolo y se dirigió hacia el griterío de los apostadores y los silbidos de las colas de las palomas que cortaban el aire.
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