Czytaj książkę: «Una prosperidad inaudita»

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Título original: Mass Flourishing

© Edmund S. Phelps, 2013.

© de la traducción: Albino Santos Mosquera, 2017.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO085

ISBN: 9788490568484

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

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Índice

Prefacio

Introducción: El advenimiento de las economías modernas

PRIMERA PARTE. LA EXPERIENCIA DE LA ECONOMÍA MODERNA

1. Cómo adquirieron su dinamismo las economías modernas

2. Efectos materiales de las economías modernas

3. La experiencia de la vida moderna

4. Cómo se formaron las economías modernas

SEGUNDA PARTE. CONTRA LA ECONOMÍA MODERNA

5. El atractivo del socialismo

6. La tercera vía: corporativismo de derecha y de izquierda

7. Valoración de los sistemas rivales en sus propios términos

8. La satisfacción de las naciones

TERCERA PARTE. DECADENCIA Y REFUNDACIÓN

9. Causas del declive tras los años sesenta

10. Análisis del declive tras los años sesenta

11. La vida buena: Aristóteles y los modernos

12. Lo bueno y lo justo

Epílogo: Recuperar lo moderno

Cronología: «Modernismo» y modernidad

Bibliografía

Agradecimientos

Notas

De entre las numerosas obras sobre temas económicos que aparecen hoy en día a nivel internacional, la colección ECONOMÍA de RBA tiene como objetivo seleccionar solo las mejores, las que recojan con mayor claridad las ideas más innovadoras en torno a los problemas y debates de mayor actualidad en la realidad económica mundial. Siguiendo los criterios de calidad, lucidez y modernidad, un comité editorial dirigido por ANTONI CASTELLS y formado por JOSEP MARIA BRICALL, GUILLERMO DE LA DEHESA y EMILIO ONTIVEROS seleccionará regularmente los ensayos más sobresalientes en este ámbito. Así, con la aparición de media docena de títulos anuales, RBA quiere conformar una selecta biblioteca de actualidad económica que cumplirá dos grandes objetivos: por un lado, reunir libros de un alto nivel de calidad, escritos por economistas de reconocido prestigio y, por otro, convertir la colección en un atlas que radiografíe la realidad económica que vivimos, de un modo ameno y comprensible para quienes no estén profesionalmente familiarizados con los temas tratados.

La colección ECONOMÍA abordará los más diversos aspectos vinculados a esta ciencia social en constante evolución sin restringir los ámbitos de sus análisis, que podrán ser nacionales, europeos o globales. De este modo, el lector interesado podrá encontrar libros que luchan por acabar con ideas profundamente arraigadas en la política y el pensamiento económico actuales (como es el caso de El Estado emprendedor, de Mariana Mazzucato), trabajos que desde una interesante perspectiva histórica ofrecen una visión alternativa sobre los fundamentos del actual sistema capitalista y propuestas innovadoras (tal es el caso de El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty) o certeros estudios sobre una realidad concreta, escritos por los mejores expertos sobre cada tema (como por ejemplo Europa sin euros, de David Marsh). Una colección, en definitiva, destinada a lectores con inquietudes y con afán de comprender mejor el mundo cambiante de la economía.

PREFACIO

La primera vez que vi Los Ángeles, me di cuenta de que nadie la había pintado tal cual se ve.

DAVID HOCKNEY

¿Qué ocurrió en el siglo XIX para que la población de algunos países disfrutara —por vez primera en la historia humana— de un crecimiento ilimitado de sus salarios, de una expansión del empleo en la economía de mercado y de una satisfacción generalizada con sus trabajos? ¿Y qué causó que muchas de esas naciones —diríase incluso que la totalidad de ellas— perdieran todo eso en el siglo XX? Este libro se propone analizar cómo se logró tan inusual prosperidad... y cómo se malogró.

En estas páginas, expongo una perspectiva nueva sobre la verdadera naturaleza de la prosperidad de las naciones. El florecimiento es el meollo de la prosperidad: el comprometerse; el afrontar desafíos; la expresión y el crecimiento personales. El florecimiento de una persona surge de la experiencia de lo novedoso: nuevas situaciones, nuevos problemas, nuevas visiones de las cosas y nuevas ideas que desarrollar y compartir. Pues del mismo modo, la prosperidad a escala nacional —el florecimiento masivo— nace de una participación generalizada de las personas en los procesos de innovación: la concepción, el desarrollo y la difusión de métodos y productos nuevos; la innovación autóctona que se origina hasta en las bases mismas de la sociedad. Este dinamismo puede verse estrechado o debilitado por unas instituciones surgidas de una interpretación imperfecta de la nueva realidad o de unas prioridades que chocan con las de esas novedades. Pero lo que no pueden hacer esas instituciones es crearlo. El dinamismo generalizado debe venir alimentado por los valores correctos sin quedar demasiado diluido en otros valores.

Es de enorme importancia que un pueblo sepa reconocer que su prosperidad depende de la amplitud y la profundidad de su actividad innovadora. Las naciones que ignoran cómo se genera su prosperidad pueden dar pasos que les cuesten buena parte de su dinamismo. Estados Unidos, a juzgar por los datos disponibles, no produce ahora la tasa de innovación ni la elevada satisfacción laboral que producía antes de la década de 1970. Y los participantes en la economía tienen derecho a que sus posibilidades de prosperar —de autorrealizarse, como John Rawls las denominó— no se echen a perder. En el siglo pasado, los gobiernos se esforzaron por que las personas desempleadas se reubicaran en otros empleos a fin de que pudieran volver a prosperar. La tarea pendiente es ahora mayor: subsanar las pérdidas de prosperidad que están experimentando también las personas que tienen empleo. Para ello serán precisas iniciativas legislativas y reguladoras que no tengan nada que ver con la potenciación de la «demanda» ni de la «oferta». Se necesitarán iniciativas basadas en un conocimiento correcto de los mecanismos y las mentalidades de los que la alta innovación depende. Ese es un propósito que, aún hoy, los Estados y sus gobiernos seguramente pueden cumplir de forma bastante adecuada. A fin de cuentas, algunos de ellos comenzaron a despejar vías de paso para la innovación dos siglos atrás. Estas eran las reflexiones que tenía en mente cuando concebí la idea de escribir el libro. Yo creía que el único problema era la desgraciada falta de conciencia de esa realidad.

Pero, con el tiempo, comencé a percibir otro problema de carácter distinto: me refiero a la resistencia a los valores y la vida modernos. Los valores que sustentaron la prosperidad elevada chocaron a lo largo del tiempo contra otros valores que obstaculizaban y devaluaban el florecimiento. La prosperidad ha pagado un fuerte peaje por ello. Continuamente nos planteamos preguntas sobre cuál es la clase de vida que idealmente deberíamos tener y, por consiguiente, sobre cuál es la clase de sociedad y de economía que debería contribuir a aquella. En Estados Unidos, son comunes hoy los llamamientos a poner nuestras miras en metas tradicionalistas con las que Europa está familiarizada hace tiempo, como son una protección y una armonía sociales mayores, y diversas iniciativas públicas de interés nacional. Esos fueron los valores que condujeron a buena parte de Europa a tener una visión tradicional —medieval incluso— del Estado a través de la «lente del corporativismo». También hay quienes invocan una mayor atención a los valores comunitarios y familiares. Poca conciencia parece existir de lo valiosa que fue la vida moderna (y su florecimiento). No se tiene ya en Estados Unidos ni en Europa una sensación real de cómo fue aquel florecimiento masivo. En naciones que podían presumir de unas sociedades deslumbrantes hace un siglo (Francia en los locos años veinte o, sin ir más lejos, apenas medio siglo atrás, Estados Unidos a comienzos de los sesenta) no queda ya un recuerdo vivo de lo que es un florecimiento generalizado. Cada vez más, los procesos de innovación de una nación —la vorágine creativa, el desarrollo febril, y la dolorosa recogida de bártulos y cierre de puertas que acompaña a las novedades que no arraigan— son considerados como una molestia que aquellas advenedizas sociedades materialistas se tomaron gustosas para aumentar su renta y su poder nacionales, pero que nosotros no estaríamos ya dispuestos a soportar. Hemos dejado de ver que los procesos son el material constructivo del florecimiento: el cambio, el desafío y la búsqueda permanente de la originalidad, el descubrimiento y el objetivo de marcar la diferencia.

Este libro es mi respuesta a esa evolución de los acontecimientos. Por un lado, es un reconocimiento del valor que para el florecimiento supuso el legado humanista (un verdadero tesoro) de la era moderna. Pero también pretende instarnos a restablecer lo que se ha perdido y a no rechazar sin más los valores modernos que inspiraron la prosperidad generalizada de las sociedades modernas.

Lo primero que hago en este libro es exponer un elaborado relato de la prosperidad en Occidente en el que se cuenta de dónde y cómo se obtuvo esta, y cómo se ha ido perdiendo (en grado diverso) en una nación tras otra. A fin de cuentas, toda interpretación correcta del presente depende en buena medida de que intentemos encajar ciertas piezas de nuestro pasado. Pero también introduzco un estudio comparativo de la situación actual en los diversos países.

En el hilo central de ese relato, hallamos la prosperidad que se desbordó en el siglo XIX, encendiendo la imaginación de muchos individuos y transformando la vida de muchos trabajadores. El florecimiento a gran escala resultante de un trabajo motivador y lleno de retos llegó primero a Gran Bretaña y Estados Unidos y, luego, a Alemania y Francia. La emancipación paso a paso de las mujeres en esos países y, en el caso estadounidense, la abolición final de la esclavitud ensancharon el florecimiento. La creación de nuevos métodos y productos que acompañó a ese florecimiento fue también un componente principal del crecimiento económico que coincidió con él en el tiempo. Luego, en el siglo xx, el florecimiento terminó por angostarse y el crecimiento se extinguió.

En este relato, el periodo histórico de prosperidad —que se extiende desde una década tan temprana como la de 1820 (en Gran Bretaña) hasta otra tan reciente como la de 1960 (en Estados Unidos)— fue el producto de una innovación autóctona de base muy extendida, consistente en la adopción de métodos o bienes nuevos, salidos de ideas locales originadas en la economía nacional misma. Las economías de esas naciones pioneras desarrollaron dinamismo: el apetito y la capacidad de innovación autóctona. Yo las llamo economías modernas. Otras economías se beneficiaron siguiendo la estela de las modernas. No me refiero a la tesis clásica de Arthur Spiethoff y Joseph Schumpeter: no es que los emprendedores se decidieran entonces a intervenir para fabricar las innovaciones «obvias» insinuadas por los descubrimientos de «científicos y navegantes». Las economías modernas no eran las viejas economías mercantiles, sino toda una novedad.

Para conocer mejor las economías modernas debemos tomar como punto de partida una noción igualmente moderna: me refiero a las ideas originales nacidas de la creatividad y basadas en la singularidad de los conocimientos, la información y la imaginación privados de cada persona. Las economías modernas fueron impulsadas por las ideas nuevas de todo el conjunto de pobladores del mundo de la empresa y los negocios, muchos de ellos ya olvidados: hombres con ideas, emprendedores, financieros, promotores y vendedores, y usuarios finales pioneros. De la creatividad y la incertidumbre a ella asociadas acertaron a ver pálidos reflejos en las décadas de 1920 y 1930 algunos de aquellos modernos, como Frank Knight, John Maynard Keynes o Friedrich Hayek.

Gran parte del libro se ocupa de la experiencia humana misma en el proceso innovador y el florecimiento que de ella se sigue. Los beneficios humanos derivados de la innovación son un producto básico de toda economía moderna que funcione bien: me refiero al estímulo mental, los problemas a los que se buscan soluciones, la llegada de una nueva idea o conocimiento, etcétera. He tratado de transmitir cierta impresión de la rica experiencia que representa el trabajar y el vivir en una economía así. Mientras perfilaba tan extenso lienzo que pintar, hallé un acicate muy especial en el hecho de descubrir que nadie había retratado nunca esa sensación general de vivir en una economía moderna.

Mi teoría del fenómeno del dinamismo reconoce que esa multitud de libertades económicas son un elemento clave: son libertades que podemos agradecer a nuestra democracia occidental. También son capitales diversas instituciones habilitadoras que surgieron en respuesta a las necesidades de empresas y negocios. Pero el ascenso de la modernidad económica requirió de algo más que la simple existencia e imposición de unos derechos legales y diversas instituciones comerciales y financieras. Mi tesis sobre el dinamismo no niega que la ciencia ha avanzado y avanza, pero no liga la prosperidad a la ciencia. En mi versión de lo acontecido, las actitudes y las creencias fueron la fuente del dinamismo de las economías modernas. Hablamos principalmente de una cultura que protegió e inspiró la individualidad, la imaginación, el conocimiento y la expresión propia personal, que son los factores que impulsan la innovación autóctona en una nación.

Allí donde la economía de un país se vuelve predominantemente moderna, sostengo aquí, pasa de producir solamente bienes o servicios conocidos y específicos, a soñar y trabajar con ideas sobre otras cosas que se pueden intentar producir (bienes o servicios que, hasta entonces, no se sabía que eran producibles y que puede que incluso nunca antes hubieran sido concebidos). Y allí donde una economía se echa atrás a la hora de traspasar el umbral de lo moderno (porque está privada de las correspondientes instituciones o normas, porque hay frenos que bloquean su avance, o porque hay oponentes que inhiben la modernización), se limita ostensiblemente el flujo interno de ideas. Dependiendo del polo hacia el que gravita la economía (hacia lo moderno o hacia lo tradicional), varía profundamente la textura de la vida laboral.

De ahí que la historia de Occidente aquí expuesta haya sido impulsada por una lucha central. No se trata de la lucha entre capitalismo y socialismo (pensemos que la propiedad privada aumentó en Europa hace ya décadas hasta niveles similares a los estadounidenses). Tampoco me refiero a la tensión entre catolicismo y protestantismo. La lucha fundamental es entre valores modernos y valores tradicionales (o conservadores). Desde el humanismo renacentista hasta la Ilustración y lo que vino después, incluidas las filosofías existencialistas, se produjo una evolución cultural que fue acumulando un nuevo conjunto de valores: valores modernos como la expresión de la creatividad, la exploración del conocimiento por la exploración en sí, y el crecimiento personal por el simple prurito de crecer. Y esos valores inspiraron el auge de las sociedades modernas en Gran Bretaña y Estados Unidos. En el siglo XVIII, promovieron la democracia moderna, como bien sabemos, y en el XIX, dieron origen a las economías modernas. Estas fueron las primeras economías del dinamismo. Tal evolución cultural llevó también las sociedades modernas (sociedades suficientemente modernas para la democracia, se entiende) a la Europa continental. Pero los trastornos sociales causados por las economías modernas emergentes en esas naciones constituían una amenaza para las tradiciones. Y los valores tradicionales —la anteposición de la comunidad y el Estado al individuo, y la prioridad de la protección sobre el avance— tenían tal fuerza que, en general, pocas economías modernas realizaron avances muy sustantivos en ese terreno. Allí donde los hicieron o amenazaron seriamente con hacerlos, fueron tomadas a la fuerza por el Estado (en los años de entreguerras) o maniatadas a fuerza de restricciones (en los años de posguerra).

Son muchos los autores que mencionan haber librado una larga lucha por liberarse de las ataduras de las ideas heredadas y preconcebidas, y, para poder hablar de la economía moderna, de su creación y de su valor, yo mismo he tenido que huir de una selva de descripciones irreconocibles en la realidad y de teorías inaplicables. Hubo que lidiar con los postulados clásicos de Schumpeter —según los cuales, las innovaciones son solamente consecuencia de descubrimientos exógenos— y con el corolario neoschumpeteriano de que la única manera de potenciar la innovación es fomentando la investigación científica. Estas dos tesis daban por sentado que una sociedad moderna podría seguir existiendo como tal sin una economía moderna. (No me extraña que Schumpeter pensara que la llegada del socialismo estaba a la vuelta de la esquina.) También hubo que tener en cuenta el concepto (originario de Adam Smith) de que el «bienestar» de las personas se deriva únicamente del consumo y del ocio y que, por consiguiente, toda su vida laboral y empresarial tiene esos fines como propósito, sin que la experiencia en sí valga nada. Luego estaba también el bienestarismo neoclásico de Keynes, en el que los fallos de mercado y las fluctuaciones de los ciclos son los grandes males modernos a combatir, pues los retos y las iniciativas empresariales responsables de los mismos carecen de valor humano alguno. A esto siguió en el tiempo el enfoque neoclásico, que es el dominante en las facultades de economía y administración de empresas hoy en día, y según el cual, lo importante en cualquier negocio es la evaluación del riesgo y el control de costes, pero no la ambigüedad, la incertidumbre, la exploración ni la visión estratégica. Y, por último, estaba la perspectiva del optimista incurable, según la cual las instituciones de una nación no nos han de preocupar, pues la evolución social siempre produce las instituciones necesarias y todo país tiene la cultura que mejor se adapta a su carácter. Por poco que este libro se haya acercado a la verdad, estaremos en condiciones de afirmar que todas esas ideas previas eran tan falsas como perjudiciales.

El libro dedica muchas páginas a describir con admiración la experiencia que la economía moderna brinda a quienes participan en ella. Después de todo, ahí radicó la verdadera maravilla de la era moderna. Pero ese homenaje nos invita también a preguntarnos por la comparación entre esta vida moderna que las economías modernas hicieron posible y otros modos de vida. En el penúltimo capítulo, sostengo que el florecimiento —ese producto por antonomasia de la economía moderna— concuerda bastante con el concepto que algunos antiguos tenían de la vida buena, un concepto sobre el que se han escrito numerosas variaciones con posterioridad. La vida buena requiere del crecimiento intelectual que acompaña al acto de afrontar el mundo, y del crecimiento moral que se deriva de crear y explorar en un contexto de gran incertidumbre. La vida moderna que introdujeron las economías modernas ejemplifica a la perfección el concepto de la vida buena. He ahí un factor justificador más de una economía moderna que funcione bien: la potencial contribución de esta a la vida buena.

Pero cualquier justificación de una economía así debe solventar antes las objeciones de que esta ha sido objeto. Una economía estructurada para ofrecer posibilidades de una vida buena (para todos los participantes incluso) no podría ser considerada una economía justa si causara injusticias en el proceso de alcanzar esa buena vida o proveyera esta de un modo que se juzgara injusto. Las personas menos favorecidas y, en general, todos los participantes en una economía moderna sufren —desde los trabajadores que pierden sus empleos hasta los empresarios cuyas empresas quiebran, pasando por las familias que ven mermada gravemente su riqueza— cuando el nuevo rumbo tomado por esa economía demuestra ser el equivocado o, incluso, poco menos que una estafa, como durante la burbuja inmobiliaria desatada en esta pasada década. Y los gobiernos no regulan la distribución de los beneficios de una economía moderna (incluida la vida buena, que sería el principal de tales beneficios) del modo más favorable posible a los menos favorecidos. (Pero eso bien podría ser más culpa del gobierno en cuestión que de la economía moderna propiamente dicha.)

En el capítulo final, me atrevo a bosquejar la concepción de una economía que es moderna y, al mismo tiempo, justa en tanto en cuanto va todo lo lejos posible a la hora de proporcionar posibilidades de vida buena a participantes cuyo talento o cuyos antecedentes los desfavorecen respecto a otros. Señalo que una economía de tipo moderno que funcione bien puede regirse con arreglo a nociones ya conocidas de justicia económica, como la mencionada atención especial a los menos favorecidos. Si todos anhelan la vida buena, estarán dispuestos a asumir el riesgo de unas grandes oscilaciones individuales para tener esa vida. Añado también que, bajo una amplísima variedad de condiciones, una economía moderna que funcione de forma justa es preferible a una economía tradicional —basada en valores tradicionales, quiero decir— por muy justo que sea el funcionamiento de esta. Pero ¿y si algunos de los participantes se rigen por valores tradicionales? En un estudio introductorio como este, no podemos extendernos más allá de un cierto punto. Pero si algo está claro, es lo siguiente: quienes en una nación quieran tener unas economías propias basadas en sus valores tradicionalistas particulares deben ser libres para hacerlas efectivas. Pero quienes aspiren a la vida buena tienen derecho a ser libres de trabajar en una economía moderna y a no verse confinados en una economía tradicionalista, privada de cambios, retos, originalidad y descubrimiento.

Puede parecer paradójico que una nación valore (o incluso potencie) la posibilidad de hacer más efectivo un tipo de economía para el que el futuro es desconocido e incognoscible, una economía proclive a enormes fallos, cambios y abusos en los que las personas puedan sentirse como dejadas «a la deriva», cuando no «aterradas». Pero la satisfacción de obtener una nueva y mejor percepción de la realidad, la emoción de afrontar un desafío, la sensación personal de abrirse uno (o una) su propio camino, y la gratificación que produce el hecho de haber crecido en ese proceso —es decir, todo aquello que, en esencia, vendría a ser la vida buena— exigen precisamente eso.

INTRODUCCIÓN
EL ADVENIMIENTO DE LAS ECONOMÍAS MODERNAS

Cierto es que la modernidad se concibió en la década de 1780. [...] [Pero] fue durante los años 1815-1830 cuando en buena medida se formó la matriz del mundo moderno.

PAUL JOHNSON,

El nacimiento del mundo moderno

En el transcurso de la mayor parte de la existencia humana, los agentes de la economía de una sociedad rara vez hicieron nada que expandiera lo que podríamos llamar su conocimiento económico: aquellos conocimientos referidos a qué producir y cómo producirlo. Ni siquiera en las economías tempranas de la Europa occidental eran habituales las variaciones con respecto a la práctica habitual previa: me refiero a variaciones que pudieran repercutir en nuevos conocimientos y, por ende, en nuevas prácticas o en innovaciones. La Grecia y la Roma antiguas introdujeron alguna que otra innovación, como el molino de agua y la fundición del bronce, entre otras. Pero lo que verdaderamente llama la atención de la «economía antigua», sobre todo durante los ocho siglos que siguieron a Aristóteles, es la escasez innovadora. El Renacimiento realizó descubrimientos capitales en ciencia y arte, y reportó riquezas para las coronas de la época. Pero los avances resultantes en el plano del conocimiento económico fueron demasiado exiguos como para repercutir en un aumento de la productividad y los niveles de vida de la gente corriente, como bien apreció ese gran historiador de la vida cotidiana que fue Fernand Braudel. La familiaridad y la rutina eran la norma en aquellas economías.

¿Acaso lo eran porque los agentes de aquellas economías no querían apartarse de las prácticas pasadas? No del todo. Hoy sabemos que los seres humanos ya ejercitaban la imaginación y hacían gala de su creatividad mil generaciones atrás.1 Creo que no nos arriesgamos a equivocarnos si damos por sentado que los participantes en las economías tempranas no adolecían de ninguna falta de afán creativo, y que inventaron y pusieron a prueba algunas cosas para su uso propio. Pero carecían de la capacidad de desarrollar y proveer nuevos métodos y productos para la sociedad: las economías tempranas no habían adquirido aún las instituciones y actitudes que posibilitarían y alentarían posteriormente esos intentos de innovación.

El mayor logro de esas economías tempranas fue la difusión del comercio en el interior de cada país, así como del comercio exterior con otros países. El comercio del Hamburgo del siglo XIV y de la Venecia del siglo XV —dos prominentes ciudades-Estado— se desplegaba por rutas como las hanseáticas, la de la Seda y las oceánicas llegando hasta rincones cada vez más remotos del planeta. Con el establecimiento de las colonias del Nuevo Mundo en el siglo XVI, el comercio se expandió dentro de los Estados-nación al tiempo que se incrementaba el comercio exterior. En el siglo XVIII, en Inglaterra y Escocia sobre todo, la mayoría de la población producía ya bienes para el «mercado» más que para sus propias familias o vecinos. Cada vez eran más los países que exportaban e importaban a niveles significativos hacia/desde mercados distantes. El negocio seguía consistiendo principalmente en producir, pero también tenía que ver con la distribución y el intercambio.

Aquello era ya capitalismo, por supuesto, pese a que el término no existía todavía en aquellos tiempos. Pero, para ser más precisos, se trataba de capitalismo mercantil: alguien que dispusiera de riqueza podía convertirse en mercader e invertir en carros o barcos con los que transportar bienes hasta lugares donde los precios estuvieran más altos. Así, desde 1550 hasta 1800, aproximadamente, este sistema fue el motor de lo que los escoceses llamaban una «sociedad comercial». Desde luego, en Escocia e Inglaterra eran muchos los que sentían una profunda admiración por esa forma de sociedad. Había otros que, sin embargo, consideraban que le faltaba cierto «espíritu heroico».2 Aun así, no puede negarse que, en aquella era mercantil, las sociedades no escatimaban agresividad. Los comerciantes y mercaderes estaban enfrentados en una lucha por conseguir suministros o una buena cuota de mercado, al tiempo que sus naciones estaban absorbidas por una particular carrera por establecer colonias. Los conflictos militares estaban a la orden del día. Tal vez, ante la escasez de elementos que desafiaran la mente de las personas y que las tentaran a dar grandes saltos en sus actividades de negocio, el espíritu heroico buscara vías de escape en las empresas militares.

Bien es cierto, en cualquier caso, que, durante la era mercantil, la vida comercial y empresarial se caracterizaba por un grado de familiaridad y rutina bastante menor que el típico durante la Edad Media. Descubrir nuevos mercados y penetrar en ellos —y ser descubiertos como mercado y penetrados por otros— debió de favorecer la irrupción de ocasionales fragmentos de nuevo conocimiento económico. No cabe duda de que la expansión del comercio brindaba con frecuencia nuevas oportunidades para los propios productores nacionales, cuando no para los competidores foráneos y, por consiguiente, nuevos conocimientos a propósito de qué producir. Esos avances podían ser de dominio público y caer en manos de quienes se dedicaban «a los negocios», o podían ser difíciles de conseguir y mantenerse en forma de conocimiento privado. Menos frecuente, quizá, resultaba el hecho de que el estímulo de producir un bien no producido hasta entonces pudiese traducirse en avances en la manera de producir. Ahora bien, ¿en qué medida se incrementaron los conocimientos económicos durante la era mercantil?

EL CONOCIMIENTO ECONÓMICO EN LA ERA MERCANTIL

No dejan de ser reveladores ciertos datos fragmentarios tempranos sobre la economía de Inglaterra. Cabe suponer que —manteniendo el resto de factores sin variaciones— el aumento del conocimiento a propósito de qué producir activa la productividad: impulsa al alza la producción en relación con el aporte de mano de obra. Por lo tanto, si este conocimiento técnico en manos de los participantes en aquella economía (ya fuera conocimiento privado o público) creció de forma apreciable durante la era mercantil, lo veríamos reflejado en un incremento de la producción con respecto a la aportación de la mano de obra entre el inicio de esa era (allá por el año 1500) y su final (hacia 1800). Si apreciamos escasa o nula mejora en esa relación, tendríamos motivos para dudar de que hubiera habido un crecimiento del saber práctico productivo durante la era mercantil. Pues, bien, ¿qué nos muestran los datos?

El producto por trabajador en Inglaterra no aumentó en absoluto entre 1500 y 1800, según las estimaciones realizadas por Angus Maddison y recogidas en The World Economy: Historical Statistics (2006), una fuente fiable. No obstante, la población general (y, por lo tanto, también la población activa y la empleada) creció espectacularmente durante ese mismo periodo, en el que se recuperó de las pérdidas experimentadas durante las epidemias de peste bubónica (la peste negra) del siglo XIV. Es de imaginar que eso hizo disminuir el producto por trabajador (en virtud de la ley de los «rendimientos decrecientes») en grado suficiente como para absorber un simultáneo impulso al alza en el producto por trabajador ejercido por el incremento de conocimientos, si es que realmente hubo tal subida. No obstante, las estimaciones por década efectuadas por Gregory Clark muestran que el producto por trabajador era tan elevado en las décadas de 1330 y 1340, cuando la población no había caído aún muy por debajo de su pico previo a la peste, como en la década de 1640, cuando la población casi había recobrado ya los niveles de ese pico previo. Algunos de los raros datos «micro» de que disponemos para esa época dan a entender que el producto por trabajador agrícola no era más alto todavía en la década de 1790 de lo que lo había sido a comienzos del siglo XIV. En otro estudio, sin embargo, se ha calculado un incremento de un tercio a lo largo de todo ese periodo.3 Podemos concluir con bastante certeza, pues, que las técnicas agrícolas disponibles no mejoraron mucho durante casi cinco siglos. De todos modos, cuando medimos el producto por trabajador separándolo por tipos de producción diferentes, perdemos de vista las ganancias continuas experimentadas en producto agregado por trabajador que se deben a la transferencia de mano de obra hacia ámbitos productivos donde los precios o la productividad son mayores. En este sentido, los salarios resultan más informativos.

Y es que los salarios reales por trabajador —el salario medio en función de una cesta de bienes de consumo— reflejan, entre otras cosas, los conocimientos a propósito de cómo producir y qué producir. Los proyectos que se ponen en marcha para desarrollar métodos o productos nuevos crearían puestos de trabajo y esto, a su vez, impulsaría al alza los salarios tarde o temprano. La introducción de métodos nuevos tiende también a ejercer un empuje ascendente. ¿Experimentaron las economías mercantiles un aumento marcado de los salarios reales, lo que se correspondería con incrementos importantes de los conocimientos económicos? En la agricultura inglesa, los salarios reales cayeron (al igual que el producto per cápita) durante la primera mitad de la era mercantil, de 1500 a 1650, debido al rebrote demográfico posterior a la peste. Los salarios crecieron entre 1650 y 1730, aunque aproximadamente la mitad de esa mejora se había perdido ya hacia 1800. El resultado neto es que los salarios en 1800 eran inferiores a los de 1500. Sin embargo, los salarios en 1800 sí eran más altos que en 1300 (en torno a un tercio más elevados). Pero ¿se trataba de una mejora suficientemente grande como para confirmar la existencia de un incremento del conocimiento económico adquirido a través de innovaciones inglesas en productos y métodos? Para empezar, los salarios reales crecieron considerablemente por mor del descenso de precios de bienes de consumo importados y de la «llegada de nuevos bienes como el azúcar, la pimienta, las pasas, el té, el café y el tabaco», según documenta Clark en su libro de 2007 (p. 42). Así pues, la mejora de un tercio en los salarios reales no puede entenderse como una señal de la innovación autóctona inglesa, sino más bien como un reflejo de los descubrimientos de navegantes y colonizadores. En segundo lugar, 1300 marcó el final de un siglo de descenso salarial. Y los salarios reales en 1800, según muestra la tabla 4 de Clark, eran menores... ¡que los de 1200! No nos equivocaríamos de mucho, pues, si, sumadas las ganancias y restadas las pérdidas, conviniéramos en que Inglaterra no registró apenas avances en el nivel de los salarios entre la Edad Media y la Ilustración.4

Debemos concluir que las economías mercantiles trajeron consigo unos avances en conocimiento económico llamativamente escasos, incluso en el momento de máximo apogeo de aquellas, entre 1500 y 1800. Habría sido de esperar que, a medida que la población aumentó espectacularmente en el siglo XVIII y, más aún, durante la mayor parte del XIX, centurias en las que, año tras año, se fueron registrando máximos consecutivos en muchos países, el carácter fijo de la superficie de tierra disponible hubiera ralentizado el aumento de la productividad que el crecimiento de los conocimientos económicos estaría aportando. Pero, en plena época de rápida expansión demográfica en Gran Bretaña, la economía del país se dedicó cada vez más a la industria, el comercio y otros servicios, que eran actividades que precisaban de menos tierra que la agricultura. Por ese motivo, el aumento de la población fue teniendo cada vez menor importancia en lo referente al incremento de los salarios y del producto por trabajador. La idea de que el crecimiento demográfico impidió o limitó seriamente la productividad y los salarios —y, con ello, desbarató y contrarrestó un auge paralelo del conocimiento económico— no resulta en absoluto convincente. Era otra cosa la que estaba constriñendo el crecimiento de los salarios y del producto per cápita.

La notable similitud del desarrollo económico observado en los diferentes rincones del mundo mercantil también nos da una pista de qué impulsaba ese mundo y qué no. Hoy sabemos que, en la era mercantil, once países (o regiones que se convirtieron luego en países) se encontraban en la misma categoría de producto per cápita y salarios por trabajador: Austria, Gran Bretaña, Bélgica, Dinamarca, Francia, Alemania, Holanda, Italia, Noruega, Suecia y Suiza. (En el siglo XIII y primera parte del XIV, Inglaterra no era ese páramo de atraso socioeconómico con respecto a Europa que se creía que era.) En 1800, Estados Unidos se había unido ya a ese club. Podríamos decir que esas naciones (y no solo esas) desfilaban al son de los mismos tambores, aunque con paso irregular: cada una tenía sus fluctuaciones propias sobre una misma línea de tendencia aproximada. Italia iba en cabeza en 1500 y Holanda ya la había sustituido en 1600 (y allí se mantuvo hasta comienzos del siglo XIX). Ese hecho indica que la pequeña tendencia al alza de la época fue producto de fuerzas específicamente mercantiles —que, siendo de carácter global, se dejaron sentir por igual, al menos entre los países del mencionado club— y no de factores específicos de cada nación.5

Alguien de aquella época bien habría podido prever que, en cuanto la comercialización se hubiera extendido todo lo que podía extenderse, las economías nacionales se estabilizarían en la rutina de antaño, aunque a una escala más globalizada. La realidad, sin embargo, desmintió esa idea, pues la era mercantil no sería la etapa final del desarrollo económico, al menos no para esas partes desarrolladas del mundo. En varias de las sociedades comerciales, la economía, sin dejar de lado el comercio y el intercambio, adoptaría en poco tiempo un nuevo carácter. Sucedió algo extraño para su época, algo que lo cambiaría todo.

SÍNTOMAS DE UNA EXPLOSIÓN DEL CONOCIMIENTO ECONÓMICO

Los indicadores que tan mínimo tono de tendencia mostraron desde 1500 (y, según algunos datos, incluso desde 1200) hasta 1800 registraron una espectacular inflexión ascendente en cuestión de solo unos pocos decenios. De la década de 1820 a la de 1870, Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia y Alemania se despegaron del pelotón de naciones una tras otra. La trayectoria que los dos indicadores ya mencionados —la producción per cápita y el salario real medio— siguieron en esos países representó una fenomenal novedad evolutiva en la historia del mundo.

El producto per cápita en Gran Bretaña, según las mediciones calculadas en nuestros días, inició un ascenso sostenido en 1815, al término de las guerras napoleónicas, y ya no volvió a retroceder. Creció espectacularmente entre las décadas de 1830 y 1860. Según los estudiosos actuales del tema, el producto per cápita en Estados Unidos entró también en una dinámica de subida sostenida allá por 1820.6 En Francia y Bélgica, inició un ascenso con altibajos en la década de 1830, una dinámica que Alemania y Prusia siguieron a partir de la década de 1850. Estas extraordinarias subidas están indeleblemente ligadas al primer experto que las desveló: el historiador económico estadounidense Walt Rostow. El las llamó despegues: despegues de un crecimiento económico sostenido.7

En general, el salario real medio siguió simultánea dinámica. Así, en Gran Bretaña, el jornal en los oficios para los que disponemos de datos inició un aumento continuo hacia 1820, no mucho después de que hubiera despegado el producto por trabajador. En Estados Unidos, los salarios comenzaron a subir a finales de la década de 1830. Los países que experimentaron, uno tras otro, una explosión en su productividad registraron también una explosión de sus salarios reales. (En el capítulo 2 se cuantifican esas subidas.) Los despegues salariales fueron descubiertos en la década de 1930 por Jürgen Kuczynski, un historiador económico alemán nacido en Polonia. Marxista extremo como era, él no vio en aquellas economías transformadas más que «un deterioro de las condiciones laborales» y un «aumento de la miseria». Pero sus propios datos, aun ajustados por él mismo, revelan que los salarios despegaron con fuerza antes de la mitad del siglo XIX en todos los países por él estudiados: Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Alemania.8

Esos países fueron tirando el uno del otro. Con la aceleración del crecimiento del producto per cápita y de los salarios en los cuatro países que encabezaron ese cambio, todos los demás miembros del mencionado pelotón pudieron crecer más rápido aunque solo fuera en virtud de la actividad comercial con dichos líderes, una actividad que, además, aumentó aprovechando las diferencias que esos distintos ritmos de aceleración estaban creando entre naciones: en definitiva, crecieron nadando a la estela de las precursoras, cual peces tras una ballena.

Las observaciones pioneras de los despegues, a cargo de nuestros dos verdaderos Galileos de la historia económica moderna, Kuczynski y Rostow, sacaron a relucir el extraordinario viaje emprendido por Occidente en el siglo XIX. ¿Cuáles fueron los orígenes de semejantes fenómenos sin precedentes?, se preguntaron historiadores y economistas. Los segundos acudieron al pensamiento económico tradicional para dar respuesta a ese interrogante.

Muchos economistas tradicionales supusieron que tal respuesta residía en el pronunciado incremento de las dotaciones de capital —instalaciones y equipo— en granjas y fábricas durante el siglo XIX. Pero la formación de capital no podía explicar convincentemente —ni siquiera en parte— la subida del producto per cápita en Estados Unidos a partir de mediados de ese siglo y hasta bien entrado el XX. De hecho, solo una séptima parte de la mencionada subida se debía al aumento de capital y tierra utilizados.9 El crecimiento del capital en el siglo XVIII podría bastar para explicar el aumento bastante escaso e irregular de la productividad durante ese periodo. Pero el crecimiento del capital en el siglo XIX, aun habiéndose acelerado con respecto a la centuria previa, no podría haber bastado para impulsar el ascenso de la productividad y los salarios. Por la ley de los rendimientos decrecientes, sabemos que un aumento sostenido del capital no puede producir por sí solo un crecimiento sostenido del producto por trabajador ni del salario real medio.

Intuyendo ese problema, otros economistas tradicionales insinuaron que la respuesta debía buscarse en las economías de escala. A medida que se multiplicaba la mano de obra y que el capital seguía aumentando, sugerían ellos, también se incrementaba el producto por trabajador (y por unidad de capital).10 Pero el hecho de que la productividad casi se triplicara entre 1820 y 1913 en Estados Unidos y Gran Bretaña representa un aumento demasiado grande como para atribuirlo a las economías de escala resultantes de la expansión del factor trabajo y del factor capital. Y si tal expansión obró milagros en ese periodo, ¿por qué la expansión muy similar registrada entre las décadas de 1640 y 1790 no surtió un efecto comparable (o efecto alguno, para ser más precisos)? Además, si las economías de escala potenciaron la productividad y los salarios de manera tan significativa, ¿por qué no propiciaron ese mismo efecto en Italia y España? En estos dos países, los excedentes de población partieron hacia América (del Norte y del Sur) en busca de mejores oportunidades económicas. Por otra parte, la obtención de nuevas economías de escala debió de resultar mucho más difícil en el transcurso del siglo XX en las economías que ya habían experimentado el despegue. Los incrementos en el volumen de mano de obra y los aumentos consiguientes en la dotación de capital capaces de alimentar la aparición de nuevas economías de escala se mantuvieron. Y, sin embargo, el producto por trabajador y los salarios siguieron creciendo sólidamente durante la mayor parte del siglo XX, hasta principios de la década de 1970. (La productividad se disparó vertiginosamente entre 1925 y 1950, incluso en plena Gran Depresión de los años treinta, y volvió a hacerlo entre 1950 y 1975.)

Otros economistas tradicionales supusieron que la respuesta radicaba en la expansión del comercio dentro de cada país —y entre unos y otros— que tuvo lugar durante buena parte del siglo, pues muchos productores salieron entonces del autoabastecimiento propio de la economía de subsistencia, y se crearon nuevos canales y ferrocarriles para conectar mercados. Por supuesto, la ampliación de horizontes así generada añadió elementos de conocimiento a las economías —a las que despegaron y a las otras— a propósito de qué producir e, incluso, de cómo producirlo. Pero eso ya había pasado antes. Si toda la comercialización y el comercio en lugares como la Venecia y la Brujas medievales, o el Glasgow y el Londres del siglo XVIII, no fueron suficientes para elevar el producto por trabajador ni los salarios, difícilmente podemos creer que las expansiones finales del comercio intra- e internacional en el siglo XIX incrementaran la productividad y los salarios de forma tan espectacular. Además, aun en el caso de que el comercio fuera importante para alguna que otra de las economías en despegue, no podría haber alimentado por sí solo el crecimiento de la producción y de los salarios que parecía estar produciéndose. El comercio como motor del crecimiento se queda sin combustible en cuanto la globalización se hace total.

En el mundo social, casi nada puede considerarse cierto del todo. Pero sí diríamos que solo el incremento del conocimiento económico —es decir, de los conocimientos sobre cómo producir y de los conocimientos sobre qué producir— pudo haber hecho posible el pronunciado ascenso de la productividad nacional y de los salarios reales en los países en despegue. Por decirlo con las palabras de Deirdre McCloskey, «imperó el ingenio más que la abstinencia». Y, añadiríamos también, el ingenio más que el comercio.

Con el tiempo, el énfasis moderno en la potenciación del conocimiento —y la suposición de que siempre hay más conocimiento que adquirir— triunfó sobre otros énfasis tradicionales en el capital, las escalas, el comercio interno y el comercio exterior. Pero ¿de dónde vino ese conocimiento? ¿De quién era ese «ingenio»?

LA BÚSQUEDA DEL MANANTIAL DEL CONOCIMIENTO ECONÓMICO

La mayoría de los historiadores que han abordado después de Rostow el fenómeno de los despegues no han tenido tantas reservas filosóficas para aceptar la posibilidad de que la mente puede producir nuevas ideas y que, de estas, pueden surgir nuevos conocimientos. Más aún: si buena parte del ulterior conocimiento importante para la sociedad no era inevitable en el sentido de que no estaba predeterminado, el futuro de la sociedad tampoco lo estaba. Y lo indeterminado es impredecible, como bien escribió Karl Popper en 1957 en su libro contra el «historicismo» (es decir, contra la idea de que el futuro es una consecuencia prescrita por la situación histórica previa).

Sin embargo, incluso estos historiadores, aun sin adherirse al determinismo histórico, basaron su visión de las economías —tanto las del siglo XIX en general como las economías en despegue en particular— en una concepción heredada del siglo XVIII y legada por Adam Smith, Thomas R. Malthus y David Ricardo. Según esa concepción clásica, una «economía de mercado» está siempre en equilibrio. Y el concepto mismo de equilibrio implica que esa economía incorpora todos los conocimientos del mundo potencialmente útiles para su funcionamiento: si el mundo descubre un nuevo conocimiento, estas economías de mercado actúan al momento para aprovecharlo. Pero ese enfoque no deja margen a que se produzcan descubrimientos dentro de los confines de la economía de una nación —es decir, que en él no tiene cabida aquello que podríamos llamar innovación autóctona, avances locales en el conocimiento económico—, pues, desde esa perspectiva, la economía ya sabe todo lo que puede saber. Una nación tiene que mirar fuera de su economía —ya sea al Estado (el legislativo o la corona), ya sea a instituciones privadas sin ánimo de lucro (nacionales o extranjeras)— para encontrar ideas o hallazgos que puedan aportarle nuevos conocimientos económicos. Se deduce de ello, pues, que la aparición en el siglo XIX de un crecimiento sin tregua de la productividad y los salarios fue el reflejo de alguna fuerza externa no presente hasta entonces, antes que de alguna nueva fuerza en la economía nacional misma.

Esta perspectiva de la historia económica se hizo explícita en los trabajos de la última generación de la escuela histórica alemana de economía. En todos ellos, se consideró que todos los avances materiales en un país vienen impulsados por la fuerza de la ciencia, es decir, por los descubrimientos de los «científicos y navegantes», externos por definición al funcionamiento de las economías nacionales en sí. Sin esta especie de figuras divinas, no habría progreso material ni evolución alguna que reseñar. Cuando todavía no había cumplido la treintena, el deslumbrante economista austriaco Joseph Schumpeter añadió un aspecto más al modelo de aquella escuela: concretamente, la necesidad de la intervención de un emprendedor para desarrollar el método o el bien nuevos posibilitados por una innovación en el conocimiento científico.11 En la que terminaría siendo una obra inmensamente influyente —publicada originalmente en Austria en 1911—, Schumpeter expuso el dogma de la escuela, que podríamos parafrasear del modo siguiente:

Lo cognoscible en el momento actual en la economía ya se conoce. Por lo tanto, dentro de la economía misma no hay margen para la originalidad. Son los descubrimientos exógenos a aquella los que posibilitan el desarrollo de cualquier método o bien nuevo. Aunque la apertura de una posibilidad así no tarda enseguida en respirarse «en el ambiente», su materialización o implementación requiere de un emprendedor capaz y dispuesto a asumir tan exigente proyecto y a velar para que «el trabajo se haga»: reunir el capital, organizar la necesaria empresa emergente incipiente y desarrollar ese producto que no había sido viable hasta entonces. Pese a lo oneroso de tal proyecto, la probabilidad de éxito comercial del nuevo producto —la probabilidad de una «innovación»— es tan cognoscible como lo son las perspectivas a las que se enfrentan los productos ya consolidados en el mercado. No hay margen para el error de cálculo si se siguen las diligencias debidas. La decisión de un emprendedor experto cuando acepta un proyecto, y la decisión de un banquero veterano cuando lo respalda, son correctas de antemano (hasta extremos asombrosos, incluso), aun cuando la intervención a posteriori de la mala suerte o de la buena fortuna pueda propiciar pérdidas o beneficios anormales.12

De ese modo, Schumpeter vino a proponer un modo de concebir la innovación que no se apartaba apenas de la senda marcada por la teoría económica clásica. Esos dos flautistas de Hamelín, Schumpeter con su cientificismo y Marx con su determinismo histórico, confundieron gravemente a los historiadores y al público en general. La economía teórica siguió siendo eminentemente clásica a lo largo de todo el siglo XX.

A este modo de pensar se le presentaron pronto ciertas incongruencias empíricas difíciles de resolver desde su propia óptica. Los historiadores que fundamentaban sus estudios en la teoría alemana se dieron cuenta de que, para cuando se produjeron realmente los despegues, los grandes navegantes casi habían agotado ya las rutas navegables por descubrir. Los historiadores recurrieron a los «científicos» como factor explicativo y trataron de ligar los mencionados despegues con un incremento en el ritmo de descubrimientos en el ámbito de la ciencia durante el periodo de la Revolución Científica, de 1620 a 1800, que incluiría también el de la Ilustración (que se define como el periodo transcurrido entre los años 1675 y 1800, más o menos). Y no cabe duda de que, durante esos años, se registraron algunos éxitos científicos legendarios: el Novum Organum de Francis Bacon en 1620, en el que expuso una nueva lógica con la que sustituir la Organon [Lógica] de Aristóteles; el brillante análisis del «movimiento de la sangre» presentado por William Harvey en 1628; el trabajo de Anton Leeuwenhoek sobre los microorganismos realizado en 1675; la mecánica de Isaac Newton de 1687; la obra matemática de Pierre Simon Laplace en torno a 1785; y el trabajo de Eugenio Espejo sobre patógenos en 1795. Pero ¿es posible que esos hallazgos y los subsiguientes estudios de un puñado de científicos de Londres y Oxford (y de algunos centros más) fueran las fuerzas que propulsaron los explosivos despegues de crecimiento sostenido?

Hay sobrados motivos para mostrarse escépticos ante semejante tesis. Resulta difícilmente concebible que los descubrimientos científicos realizados durante (y después de) la Ilustración tuvieran aplicaciones tan amplias y profundas como para que las naciones en despegue triplicaran sus productividades y sus salarios reales en menos de un siglo —y en la mayoría de los sectores, no solo en unos pocos— cuando todos los descubrimientos pasados en el mundo no habían servido más que para propiciar incrementos inapreciables de la productividad. Para empezar, los nuevos hallazgos científicos eran simples aditamentos en el inmenso almacén de conocimientos ya existente. El propio Newton insistió en su momento en que él y todos los científicos trabajaban «subidos a hombros de gigantes» que les habían precedido en el mundo del saber. Pero, además, los nuevos hallazgos tenían una aplicabilidad bastante escasa en el terreno de la producción económica. Si acaso, los descubrimientos de los científicos posibilitaron nuevos productos y métodos por una vía puramente accidental. Por otra parte, la mayor parte de la innovación —como resulta especialmente obvio en sectores como los del entretenimiento, la moda y el turismo— tiene lugar lejos de la ciencia. Y allí donde la una y la otra aparecen más juntas, suele ser la primera la que precede a la segunda: la máquina de vapor precedió a la termodinámica, por ejemplo. El historiador Joel Mokyr descubrió que, en casos en los que los emprendedores podrían haber empleado mayores dosis de conocimiento científico, los innovadores tendieron a aventurarse por delante de la ciencia valiéndose de sus corazonadas y experimentando con ellas.

El cientificismo de Schumpeter llegó hasta el punto de atribuir a la ciencia el mérito del auge del conocimiento económico hasta el siglo XIX. Pero esa es una tesis que presenta igualmente problemas cuando se contrasta con otros tipos de pruebas. Cualquier conocimiento científico nuevo e importante está accesible en las publicaciones académicas especializadas a un coste mínimo o nulo: de hecho, por eso decimos de él que es un bien público. El saber científico, pues, tiende a estar más o menos igualado entre países. Por consiguiente, si aceptáramos los avances en el conocimiento científico como principal factor explicativo de los enormes incrementos del conocimiento económico en las naciones en despegue, nos resultaría muy difícil explicar las crecientes disparidades (desarrolladas a partir de una situación de aproximada igualdad allá por el año 1820) en nivel de conocimientos económicos observadas a lo largo del siglo XIX: la Gran Divergencia han llegado a llamarla. Haría falta hilar media docena de explicaciones ad hoc para dar cuenta del temprano e insostenible liderazgo de Gran Bretaña, seguido del (ya más duradero) de Estados Unidos, así como de los avances de Bélgica y Francia, y del progreso de Alemania en un momento posterior. También habría que explicar desde la perspectiva que atribuya a la ciencia el papel de factor decisivo cómo pudo Estados Unidos tomar la delantera a Francia, a Bélgica y, por último, a Gran Bretaña, cuando Estados Unidos era precisamente el país menos versado en asuntos de ciencia y, por el hecho de su excepcional lejanía respecto a los otros, el que menos acceso tenía a los nuevos descubrimientos científicos. Más dificultad aún representaría explicar cómo los Países Bajos e Italia se mantuvieron mucho más pegados a la línea de salida pese a su sofisticado historial científico. (Los historiadores schumpeterianos podrían replicar que esas dos naciones iban por detrás de las otras en lo que a espíritu emprendedor y competencias financieras se refiere. Pero el propio Schumpeter no podría haber empleado esas mismas dudas para justificarse, pues su teoría no estaba erigida sobre el afán de los emprendedores y la pericia de los financieros.)

Debemos concluir, en definitiva, que los avances en ciencia no pudieron ser la fuerza impulsora de la explosión del conocimiento económico en el siglo XIX.

Algunos historiadores atribuyen todo el mérito a los inventos de los científicos que se fueron aplicando durante la Ilustración, entre los que destacarían los inventos señeros de la llamada Primera Revolución Industrial. En Gran Bretaña, tendríamos como ejemplos la máquina hiladora hidráulica de Richard Arkwright en 1762; la máquina hiladora multibobina (de 1764) atribuida a James Hargreaves, un humilde tejedor de Lancashire; la máquina de vapor mejorada que diseñó la empresa Boulton & Watt en 1769; el método de producción de hierro forjado a partir de arrabio que se desarrolló en la fundición de Cort & Jellicoe en la década de 1780; y la locomotora de vapor inventada en 1814 por George Stephenson. En Estados Unidos, destaca por ejemplo el barco de vapor, inventado en 1778 por John Fitch. Pero no hay motivo para que esos historiadores se centren exclusivamente en las grandes innovaciones de cabecera, por así llamarlas. Es muy posible que otros múltiples avances, demasiado pequeños como para que haya quedado rastro documental de ellos, también contribuyeran a una dosis de innovación —medida por la ganancia registrada en el nivel de producción o de salarios— muy superior incluso al total de innovación propiciada por los inventos destacados. Bien podríamos asumir que los historiadores de la Revolución Industrial se hicieron eco de las invenciones más notorias con el único fin de transmitir más gráficamente la idea de la incansable inventiva que comenzó a propagarse por Gran Bretaña a partir de la década de 1760. Pero ¿podemos realmente interpretar esos inventos como propulsores de avances en el conocimiento científico (es decir, como progresos científicos en sí, solo que registrados sobre el terreno y no en la «torre de marfil» de los sabios)? ¿Y de verdad fueron ellos en calidad de tales avances científicos los impulsores de las explosiones del conocimiento económico experimentadas en el siglo XIX?

El problema de entrada contra el que choca esta tesis es que casi ninguno de aquellos inventores (ni siquiera los de las invenciones más destacadas) era un científico formado como tal, ni tampoco alguien que hubiera completado estudios muy avanzados. Watt fue la excepción que confirma la norma. Arkwright era un fabricante de pelucas metido a industrial, pero no un científico ni un ingeniero. Hargreaves, un tejedor de Lancashire, era de origen humilde: demasiado humilde para todo un inventor de la máquina hiladora mecánica. El gran Stephenson era poco menos que analfabeto. Paul Johnson ha señalado al respecto que la inmensa mayoría de los inventores nacieron pobres y pudieron permitirse muy pocos estudios. Pero les bastó con ser creativos y listos:

La Revolución Industrial, que inició su desarrollo en la década de 1780, cuando Stephenson era un niño, nos ha sido presentada muchas veces como una época terrorífica para los trabajadores. Lo cierto es que fue un inigualable momento histórico de incomparables oportunidades para hombres que no tenían dinero, pero que, dotados de cerebros e imaginaciones potentes, descollaron con asombrosa rapidez.13

Esta caracterización de los inventores más señalados de aquel periodo es también aplicable sin duda a quienes inventaron la infinidad de avances en métodos diversos que, por ser mucho más reducidos, pasaron más inadvertidos. Así que, si los historiadores que apuntan a las invenciones famosas creían que sus inventores eran albercas repletas de nuevos conocimientos científicos con los que regar el fértil terreno de las economías del siglo XIX, estaban muy equivocados. Además, este cientificismo no explica por qué la explosión de las invenciones dio comienzo a principios del siglo XIX y no antes ni después, ni por qué ocurrió en unas naciones de renta elevada y no en otras.

Habrá quienes piensen que aquellos talentosos inventores, aun sin tener formación previa, sumaban conocimientos al acervo científico cuando su método de ensayo y error daba como resultado un invento. Pero, en realidad, aquellos inventores eran tan creadores de conocimiento científico como los camareros que inventan nuevas bebidas puedan ser creadores de conocimiento químico: unos y otros carecían de los estudios formativos para tal creación. Solo puede considerarse que se produce una verdadera adición al saber científico cuando unos teóricos versados en la materia logran entender por qué funciona un invento, sea este suyo o de otros. (Hizo falta un musicólogo para entender cómo «funcionan» las cantatas de Bach, por ejemplo.) Sin embargo, cuando una invención en fase de «prueba de concepto» es luego desarrollada y adoptada, y se convierte así en una innovación, crea conocimiento económico. (Incluso si falla, también puede decirse que añade cierto conocimiento: concretamente, un conocimiento económico sobre aquello que, al parecer, no funciona.)

Considerar las invenciones como el motor del conocimiento económico es engañoso porque da a entender que existen fuerzas exógenas que actúan sobre la economía. (En ese caso, hasta el más casual descubrimiento se produce y tiene una repercusión únicamente porque el descubridor se encontraba en el lugar y el momento adecuados.) Pero los inventos que se hicieron famosos por las grandes innovaciones a las que dieron origen no fueron causas primeras, ni rayos caídos desde fuera del sistema económico. Nacieron de la percepción de unas necesidades en el mundo comercial, o de una inspirada intuición de lo que negocios y consumidores querrían tener, impresiones extraídas en cualquier caso de la experiencia y las conjeturas de los innovadores en ese entorno de la actividad económica. James Watt tal vez fuera un ingeniero en cuerpo y alma, pero su socio, Matthew Boulton, quería una máquina de vapor que tuviera un uso muy extendido. Ni la invención, ni la curiosidad, ni el ingenio que había detrás de aquel invento tenían nada de nuevo, en realidad. Los verdaderamente novedosos —y vinculados a las causas más profundas— eran los cambios que inspiraron, alentaron y capacitaron a muchas personas para inventar a escala masiva.

Las innovaciones destacadas rara vez consiguen mover la montaña que es la economía. Las muy brillantes aparecidas en la industria textil de la Gran Bretaña del siglo XVIII ocasionaron grandes avances en producto por trabajador, pero, como la propia industria textil no era más que una pequeña parte de la economía, era imposible que causaran más que un muy moderado incremento del producto por trabajador en el conjunto de la economía británica (tan moderado que el producto por trabajador apenas si aumentó entre 1750 y 1800). Abundando en esa misma lógica, el historiador económico Robert Fogel causó un pequeño terremoto en su campo con su tesis según la cual el desarrollo económico estadounidense habría tenido lugar de todos modos aun si no hubiera habido ferrocarriles. Los frutos de la Revolución Industrial son todos acontecimientos puntuales y singulares, y no manifestaciones de un sistema o de un proceso. No explican ni el espectacular despegue acaecido en Gran Bretaña ni otros despegues posteriores. Mokyr así lo entendió: «La Revolución Industrial en sí misma y en su sentido clásico no bastó para generar un crecimiento económico sostenido».14

Debemos concluir entonces que ni los conmovedores viajes de exploración ni los espléndidos descubrimientos científicos ni las invenciones destacadas que siguieron pudieron ser la causa de las pronunciadas y sostenidas subidas de la productividad y los salarios en el siglo XIX en las economías en despegue en Europa occidental y América del Norte. Más bien diríamos que las explosiones del conocimiento científico en el siglo XIX debieron de ser consecuencia de la aparición de un tipo de economía completamente nuevo: un sistema de generación de innovación endógena década tras década mientras el sistema siguiese funcionando. Solo la estructuración de esas economías en sentido favorable al ejercicio de la creatividad autóctona, y la existencia de vías de conexión de esa creatividad con la innovación —de cara a la aparición de lo que se ha dado en llamar una «innovación autóctona»—, pudieron haber situado a tales naciones en la senda del crecimiento sustancial sostenido. Si alguna «invención» fundamental hubo ahí, fue la configuración de unas economías que aprovecharon la creatividad y la intuición que bullían en su propio seno para intentar innovar. Hablamos de las primeras economías modernas del mundo. Su dinamismo económico las convirtió en la maravilla de la era moderna.

De los datos sobre el crecimiento de la productividad no cabe inferir la presencia (ni la ausencia) de dinamismo como desde la física se infirió la existencia de la materia y la energía oscuras. La revolución en las sociedades poseedoras de economías en despegue fue mucho más allá del fenómeno sin precedentes del crecimiento sostenido (y, en apariencia, sostenible). A medida que proliferaron los emprendedores pioneros y terminaron por eclipsar a los mercaderes, a medida que cada vez más personas se dedicaron a hacer probaturas modificando métodos y productos o imaginaron otros nuevos, la experiencia del trabajo cambió radicalmente para un creciente número de participantes en tales economías. Desde el comercio minorista hasta la industria de las partituras musicales del Tin Pan Alley, pasando por el textil, masas enteras de personas estaban activas en esas sociedades concibiendo, creando, evaluando y probando las novedades, y aprendiendo de la experiencia.

Fue así como las economías modernas trasladaron a la sociedad algo de aquel «espíritu heroico» que Smith echaba en falta: con actitudes como el destacarse de la multitud o el aceptar un desafío. Estas economías aportaron también a personas corrientes de talentos diversos una forma de florecimiento: la experiencia del compromiso y el crecimiento y la realización personales. Incluso personas con aptitudes más escasas y modestas —que apenas les alcanzaban para conseguir un puesto de trabajo— pudieron vivir la experiencia de usar sus mentes: de aprovechar una oportunidad, resolver un problema e idear una vía o una cosa nuevas. En definitiva, la chispa del dinamismo creó la vida moderna.

Estas economías modernas presentes y pasadas —sus recompensas y sus costes, las precondiciones de su auge, el cómo algunas se echaron a perder, su justificación y, en la actualidad, el debilitamiento de las que aún se mantienen— son el tema de este libro.

PRIMERA PARTE
LA EXPERIENCIA DE LA ECONOMÍA MODERNA

Él estaba [...] atrapado por la nostalgia por los de su propia condición, por su propia época, por el hombre europeo y su gloriosa historia de deseos y sueños.

WILLA CATHER, La muerte llama al arzobispo

1
CÓMO ADQUIRIERON SU DINAMISMO
LAS ECONOMÍAS MODERNAS

El secreto de una productividad brillante siempre estará en descubrir problemas nuevos y en intuir teoremas nuevos que abran la puerta a nuevos resultados y conexiones. Sin la creación de nuevos puntos de vista, sin el planteamiento de objetivos inauditos, las matemáticas se agotarían fácilmente en el rigor de las pruebas lógicas y comenzarían a estancarse, pues se quedarían vacías de contenido. En cierto sentido, mayor servicio prestaron a las matemáticas quienes se distinguieron más por sus intuiciones que por sus demostraciones rigurosas.

FELIX KLEIN, Lecciones sobre el desarrollo

de la matemática en el siglo XIX

En esta primera parte del libro, examinamos las economías modernas como elementos nucleares de las sociedades modernas que surgieron en Occidente a comienzos del siglo XIX. Su dinamismo sin precedentes se vio reflejado en más dinamismo en otros ámbitos de la sociedad también. El relato que aquí se presenta describe cómo esas economías cambiaron no solo los estándares de vida y de trabajo, sino también el carácter mismo de la vida. Y es que el dinamismo se manifiesta de múltiples modos. El relato examina también cómo y por qué surgieron esas economías que hicieron historia.

Una economía moderna, según emplearemos el término aquí, no significa una economía actual, sino una economía dotada de un grado considerable de dinamismo: es decir, de la voluntad y la capacidad y aspiración de innovar. Cabría preguntarse, entonces, qué es lo que hace que una economía moderna sea moderna, del mismo modo que podríamos preguntarnos qué hace que la música moderna sea moderna. Si una economía nacional constituye un complejo de instituciones económicas y un tejido de actitudes económicas —una cultura económica, en definitiva—, ¿qué modo de estructurar tales elementos equipó y alimentó las economías modernas disponiéndolas al dinamismo? Para empezar, es necesario tener muy claro el concepto de dinamismo y su relación con el crecimiento, términos que a menudo se confunden el uno con el otro.

Una innovación es un método o un producto nuevos que devienen en una práctica nueva en algún lugar del mundo.1 La novedosa práctica en cuestión puede aparecer solamente en una nación —previamente a su propagación posterior— o en una comunidad transnacional. Cualquier innovación así entendida implica tanto la creación de la cosa nueva —su concepción y su desarrollo— como la adopción pionera de esa cosa. Por lo tanto, las adopciones dependen de un sistema. Las personas y las empresas innovadoras son solo el principio. Para tener buenas perspectivas para la innovación, una sociedad requiere de personas con la pericia y la experiencia necesarias para decidir correctamente si vale la pena intentar desarrollar una novedad, financiar una propuesta de proyecto, y probar el producto o método nuevo una vez desarrollado.

Hasta décadas recientes, se suponía que el sistema de la innovación era la economía nacional. Para innovar, un país tenía que llevar a cabo su propio desarrollo y su propia adopción. Pero, en una economía global, en la que las economías nacionales están abiertas a novedades externas, el desarrollo y la adopción pueden tener lugar en países distintos. Si una innovación, conjunta o individual, es luego adoptada en otro país, esta adopción no se considera innovación (o no, al menos, desde una perspectiva global). Pero para seleccionar productos foráneos que tengan perspectivas favorables de aceptación en el propio país, es posible que se necesite tanta perspicacia como para seleccionar una concepción nueva que desarrollar. La distinción entre innovación e imitación es básica, pero la línea que divide lo uno de lo otro tal vez sea bastante borrosa.

También debemos entender el concepto de dinamismo de una economía. Se trata de un compuesto de las fuerzas profundas y los componentes que subyacen a la innovación: el impulso para cambiar cosas, el talento para cambiarlas y la receptividad a las novedades, sumado a la presencia de las instituciones facilitadoras de todo ello. Así pues, el dinamismo, tal como aquí se emplea el término, es la voluntad y la capacidad de innovar, dejando a un lado las condiciones y los obstáculos de un momento dado. Esto contrasta con lo que habitualmente denominamos vitalidad: la actitud alerta a las oportunidades, la disposición a actuar y el afán por que «el trabajo se haga» (por citar a Schumpeter). El dinamismo determina el volumen normal de innovación. Otros determinantes —como las condiciones de mercado, por ejemplo— pueden variar los resultados. Y siempre puede haber una sequía de ideas nuevas o una riada de ellas, del mismo modo que un compositor puede tener un periodo de nula fertilidad creativa o una época ubérrima. Por consiguiente, el ritmo real de la innovación puede dibujar marcadas oscilaciones sin que cambie el dinamismo (en la tendencia normal a crear). La Europa de posguerra recibió un aluvión de innovaciones en la década de 1960 (el biquini, la Nouvelle Vague o los Beatles, por poner algunos ejemplos). Pero para 1980, cuando la riqueza había recuperado sus antiguos niveles con relación a la renta, la innovación ya había decaído. Empezaba a hacerse evidente que el dinamismo de Europa no había recobrado —ni parcialmente siquiera— sus saludables niveles de los años de entreguerras, si bien la constancia definitiva de ello solo llegó tras la acumulación de suficientes pruebas y datos.

Un modo de medir este dinamismo es calculando las mencionadas fuerzas y componentes: los insumos que producen el dinamismo. Otro método consiste en medir el tamaño de su producto estimado: el volumen anual medio de innovación en años recientes —el crecimiento del PIB total no atribuible al crecimiento del capital y la mano de obra— descontadas las condiciones de mercado inusuales y las «falsas innovaciones» copiadas de otros países. Si pudiéramos observarlos, los ingresos decenales medios percibidos por quienes participan en el proceso de innovación serían una medida más o menos aproximada de ese «producto». También podríamos evaluar otras muchas clases de pruebas circunstanciales: la formación de nuevas empresas, la renovación de personal, la facturación de las veinte principales empresas, la facturación de los comercios minoristas y la vida media de los códigos universales de producto, por ejemplo.

La tasa de crecimiento económico de un país no es un indicador útil del dinamismo. En una economía global impulsada por una o más economías de dinamismo elevado, cualquier economía de dinamismo bajo (o incluso nulo) podría registrar frecuentemente el mismo índice de crecimiento que el de las economías modernas más pujantes: la misma tasa de crecimiento de la productividad y de los salarios reales, entre otros indicadores económicos. Y crecería tan rápido, en parte, por comerciar con las economías pujantes, pero, sobre todo, por tener la vitalidad suficiente como para imitar las adopciones de productos originales en las economías modernas. Italia representa un buen ejemplo: entre 1890 y 1913, el producto por horapersona creció allí al mismo ritmo que en Estados Unidos, pues siguió siendo un 43% más bajo, sin recortar ni ampliar distancias en las tablas clasificatorias de la particular liga aquí descrita (las clasificaciones de países en función de los niveles relativos de su productividad —es decir, su producto por hora trabajada— y sus salarios reales), pero ningún historiador económico se atrevería a sugerir que la economía de Italia presentaba un gran nivel de dinamismo, y menos aún que estaba a la altura del estadounidense.

Una economía con un dinamismo bajo puede incluso evidenciar durante un tiempo un índice de crecimiento superior al de una economía moderna dotada de dinamismo elevado. Un incremento transitorio de la tasa de crecimiento podría ser el resultado de cualquiera de varios cambios estructurales posibles en la economía, como un aumento de su vitalidad o una subida del dinamismo desde niveles bajos hasta niveles no tan bajos. Aunque la economía remonta puestos en las tablas clasificatorias —recuperando parcialmente terreno con las economías modernas e incluso poniéndose «a la altura» de estas—, lo que hace en realidad es crecer a su ritmo normal (el global) más un añadido temporal que va perdiendo intensidad a medida que se aproxima a los líderes de la clasificación. Pero lo cierto es que ni siquiera una tasa de crecimiento que sea la más alta del mundo debería darnos a entender que la economía en cuestión acaba de adquirir un dinamismo elevado (y, menos aún, el más elevado de todos). Suecia fue buen ejemplo de ello. Se alzó con el campeonato mundial de tasa de crecimiento de la productividad entre 1890 y 1913. Puso en marcha un buen número de empresas nuevas, de las que varias perduraron en el tiempo y se hicieron famosas. Pero en ningún momento dio la impresión de haber adquirido el elevado dinamismo de Estados Unidos o, siquiera, de Alemania. En las décadas siguientes, su tasa de crecimiento cayó por debajo de la estadounidense y ninguna nueva empresa sueca ha entrado en el olimpo de las diez primeras por capitalización bursátil tras 1922. El alto crecimiento de Japón entre 1950 y 1990 es otro ejemplo. Muchos observadores dedujeron de él la presencia en aquel país de un elevado dinamismo, pero esa racha de crecimiento no reflejó tanto la llegada de la modernidad más vanguardista a todos los rincones de Japón —pues tal transformación no tuvo lugar— como la oportunidad que los japoneses tuvieron de importar o imitar prácticas de las que las economías modernas habían sido precursoras durante decenios. El récord mundial de crecimiento registrado en China desde 1978 es el ejemplo más reciente. Pero allí donde el mundo ve un dinamismo inigualable, los chinos ven la necesidad de adquirir el dinamismo necesario para propiciar la innovación autóctona, sin la cual tendrán muchos problemas para dar continuidad a ese rápido crecimiento suyo.

En consecuencia, el «dinamismo» de una nación no es otro modo de referirse al crecimiento de la productividad de ese país. De hecho, no es necesario siquiera que tenga un dinamismo propio para que crezca, siempre y cuando el resto del mundo tenga dinamismo: bastará con que tenga vitalidad. Pero tampoco esta última será suficiente si la nación es tan pequeña que su dinamismo no puede ir muy lejos. El dinamismo extendido por una parte apreciable del mundo conduce a un crecimiento global, si la mala suerte no lo impide. Las economías modernas, con su elevado dinamismo, son los motores del crecimiento de la economía global: lo son hoy como ya lo eran en el siglo XIX.

De todos modos, aunque la tasa de crecimiento de la productividad en una economía —expresada, por ejemplo, en forma de producto por hora-persona— durante un mes o, incluso, durante un año no es ningún indicador de su propio dinamismo, sí podría pensarse que el nivel de su productividad comparado con los niveles análogos en el extranjero sí sería tal indicador. Es cierto que, salvo pocas excepciones (o ninguna), las economías con niveles de productividad iguales o muy próximos a los máximos deben esa posición a un alto nivel de dinamismo. Pero la baja posición del nivel de productividad de un país puede reflejar un dinamismo bajo, una vitalidad baja o ambas cosas. Así pues, el nivel relativo de productividad no es un indicador en absoluto seguro del dinamismo de una economía.

Para calcular más concienzudamente el dinamismo de una economía, tenemos que mirarle el motor bajo el capó, por así decirlo, y ver qué elementos en la estructura de dicha economía podrían estar nutriendo o inhibiendo con fuerza su dinamismo.

FUNCIONAMIENTO INTERNO DE LAS ECONOMÍAS MODERNAS HISTÓRICAS

La teoría casi clásica de Schumpeter, con su concepto de equilibrio puntuado (entiéndase «intermitente»), bloqueaba toda reflexión sobre la existencia y el papel de una economía moderna tal como la entendemos aquí (es decir, una economía generadora de conocimientos económicos por medio de su propio talento y perspicacia a la hora de innovar). El predominio de esa teoría ha tenido consecuencias: aún a día de hoy, cuesta encontrar políticos o comentaristas que establezcan una distinción entre economías modernas, menos modernas y nada modernas. Para ellos, todas las economías nacionales —incluso las que son ejemplos de modernidad— son esencialmente máquinas que producen productos de un modo más o menos eficiente, aunque algunas tienen que soportar el coste de unas desventajas naturales o de unas políticas onerosas.

Pero basta con mirar con atención para que veamos el material característico del que las economías modernas están hechas: las ideas. Los «bienes y servicios» visibles de las estadísticas de la renta nacional son principalmente encarnaciones presentes de ideas pasadas. La economía moderna está dedicada primordialmente a unas actividades encaminadas a la innovación. Hablamos de actividades que son fases de un proceso y entre las que se incluyen:

• la concepción de nuevos productos o métodos;

• la preparación de propuestas para desarrollar algunos de ellos;

• la selección de algunas propuestas de desarrollo para su financiación;

• el desarrollo de los productos o métodos seleccionados;

• la comercialización de los nuevos productos o métodos;

• la evaluación y la posible prueba de los mismos por parte de los usuarios finales;

• la adopción significativa de algunos de esos nuevos productos y métodos;

• la revisión de los nuevos productos tras su prueba o su adopción iniciales.

En una economía de un tamaño sustancial, es normal que se gane en conocimiento y experiencia técnicos a partir de una división «smithiana» del trabajo. La actividad innovadora no es ninguna excepción: algunos participantes trabajan a tiempo completo en un equipo dedicado a concebir y diseñar nuevos productos; otros trabajan en una compañía financiera que escoge empresas nuevas que sufragar; otros trabajan con un emprendedor pionero en el desarrollo de un producto nuevo; otros son empleados especializados en evaluar nuevos métodos; otros se especializan en marketing; etcétera. Y en una economía dotada de dinamismo —y esto no es menos importante—, una parte del tiempo de la mayoría de los participantes en la misma se dedica a observar la práctica actual con la expectativa de que surja una idea nueva sobre un modo mejor de hacer las cosas, o sobre una cosa mejor que se pueda producir. Este surtido de actividades conforma el sector de las ideas. En una economía de dinamismo elevado, la actividad impulsada por las ideas puede representar hasta una décima parte del total de horas-persona trabajadas. Sin embargo, el trabajo de invertir en nuevas ideas y prácticas —por mucho que pueda desplazar parte del trabajo que se realizaba en algunas líneas familiares de actividad inversora— puede activar una cantidad ilimitada de actividad inversora dirigida a producir componentes e instalaciones para fabricar los nuevos productos. El resultado es un fuerte efecto positivo sobre el empleo. (La actividad innovadora —en particular— y la actividad inversora —en general— son mucho más intensivas en mano de obra, y, por consiguiente, menos intensivas en capital, que la producción de bienes de consumo: la producción de alimentos, por poner un caso, emplea mucho capital —alambradas, por ejemplo— y mucha energía; la producción de energía, por poner otro caso, también emplea mucho capital en forma de torres de perforación, presas y parques eólicos, por ejemplo.)2

¿Cómo funcionan estas economías modernas (y me refiero también a las de los siglos XIX y XX)? Podríamos analizarlas partiendo de un nivel prácticamente fisiológico, casi como el de la Anatomía de Henry Gray (1862). En estas economías modernas, apreciamos múltiples líneas de actividad innovadora. Se trata de esfuerzos paralelos que representan una competencia entre ideas. En una economía de un tamaño apreciable, cada día se incuban nuevas ideas comerciales, mayormente en el seno de empresas. El desarrollo de tales ideas precisa por lo general de compañías que cuenten con la experiencia técnica adecuada. Entre los proyectos impulsados por algún emprendedor entusiasta, no todos encuentran apoyo financiero. El capital fluye únicamente hacia aquellos proyectos que tanto un emprendedor como un patrocinador financiero juzgan susceptibles de ser desarrollados y comercializados con éxito. Entre los proyectos que se llevan adelante, no todos logran encarnar la idea inicial en un producto que sea suficientemente barato como para tener salida en el mercado. Entre los nuevos productos que se sacan a ese mercado, solo se venderán o recibirán encargos de compra aquellos que los usuarios finales —gerentes de negocios o consumidores— juzguen merecedores del riesgo de una adopción pionera. Solo una pequeña proporción de ellos mostrarán señales de una adopción suficientemente amplia como para continuar con su producción o para justificar un aumento de la misma para compensar costes o alcanzar niveles rentables. Este mecanismo de selección puede dejar con vida una sola idea donde había miles de ellas para empezar. (Según un estudio de McKinsey, se estima que, por cada diez mil ideas de negocio surgidas, se contabilizan mil empresas fundadas, de las que cien reciben capital riesgo para iniciar su actividad, veinte hacen luego ampliación de capital a través de una oferta pública inicial de acciones y solo dos se convierten en líderes de su mercado.)

Imaginémonos ahora la competencia correspondiente en una economía socialista: en ella, las «empresas» son propiedad del Estado y el patrocinio proviene de un banco estatal de fomento empresarial. También podemos imaginarnos la competencia correspondiente en una economía de corte corporativista: las empresas, pese a ser de titularidad privada, están controladas por el Estado y su financiación viene asignada por bancos igualmente sujetos a control estatal. Sin embargo, las economías modernas de ese insigne (y no muy lejano) pasado estaban exentas de estructuras de cualquiera de esas dos clases. Las economías modernas de los últimos dos siglos —y sobre todo, las de Gran Bretaña, Estados Unidos, Alemania y Francia— fueron, y en diversa medida todavía son, especímenes de capitalismo moderno.

En estas economías modernas de la vida real —y en cualquier economía capitalista moderna— las decisiones de proveer capital para financiar los primeros pasos dirigidos a una innovación son tomadas predominantemente por inversores, financieros y compradores de acciones que se valen para ello de su propia riqueza particular, o por directivos de compañías financieras privadas. El conjunto de las inversiones y los préstamos de estos «capitalistas» (algunos de ellos, poseedores de una muy modesta riqueza) determinan por qué direcciones —entre todas las presentadas— discurrirá la economía. Las decisiones a la hora de tomar la iniciativa de planificar y buscar financiación para el desarrollo de una idea nueva son cosa principalmente de los productores —normalmente, gerentes empresariales— que ponen en marcha una compañía privada o actúan en el seno de empresas privadas ya establecidas. Para diferenciar los productores de este tipo de los productores de productos ya establecidos, a los primeros los llamamos emprendedores. Normalmente, los emprendedores aportan también algo de capital a la nueva empresa. Lo que tanto el emprendedor de un proyecto como quienes invierten en él esperan ganar con el mismo es cualquier rendimiento pecuniario que tal proyecto pueda reportar, pero también es en ellos en quienes repercute la pérdida si los rendimientos resultan negativos. Por supuesto, hablamos de unos rendimientos que no dependen solamente de la naturaleza del proyecto: este compite con otros y esa competencia impulsa a la baja los rendimientos privados y hace subir los alquileres del terreno y los salarios de la mano de obra. El rendimiento pecuniario puede tener mucha importancia para un inversor que se juega mucho en un proyecto o para un emprendedor, pues arriesgan en ello sus medios y su nivel de vida. Un emprendedor puede necesitar que la perspectiva de obtener ganancias sea alta para procurarse el apoyo moral de sus familiares, por ejemplo.

La expectativa de la rentabilidad que emprendedores e inversores obtendrían tras saldar deudas con los acreedores no es el único rendimiento futuro que se tiene en cuenta a la hora de decidir poner en marcha una nueva empresa. Tanto los emprendedores como quienes invierten fuerte en las iniciativas que aquellos emprenden prefieren proyectos que estimulen su imaginación y capten sus energías. Puede que también quieran tener un papel en el desarrollo de la comunidad local o de la nación.3 (Algunos emprendedores y financieros crean empresas principalmente por la satisfacción de producir un beneficio social, añadido a cualesquiera rendimientos pecuniarios esperados. Estos «emprendedores sociales» pueden coexistir con los emprendedores clásicos, los financie el Estado o no. En cualquier caso, si este sistema paralelo tiene dinamismo, contribuye también a hacer que las economías modernas sean modernas.)

Desgraciadamente, la mayoría de los análisis sobre el tema —salvando las distinciones triviales entre la era de los barcos y la de las fábricas— no distinguen entre capitalismo moderno y capitalismo mercantil (también conocido como capitalismo temprano o sociedad comercial). El capitalismo moderno nació del capitalismo temprano, por supuesto. Fue ese primer capitalismo el que consolidó los derechos de propiedad, el que hizo que los intereses, el lucro y la acumulación de riqueza fueran aceptados socialmente, y el que inculcó el valor social de la responsabilidad individual. El capitalismo mercantil dio a luz también (en Venecia y Augsburgo) a una banca que prestó dinero a los negocios o participó en ellos. Pero el capitalismo moderno difiere tanto del mercantil como los innovadores difieren de los mercaderes. La economía mercantil estaba centrada en la distribución de productos para los consumidores. (Exagerando un poco, diríamos que aquellos hombres y mujeres recogían los frutos de la naturaleza y llevaban los excedentes de las cosechas al mercado para intercambiarlos por excedentes de otros cultivos.) El capitalismo moderno, sin embargo, inyectó la innovación en el capitalismo. Los emprendedores no tardaron en eclipsar a los mercaderes. A medida que afloraban nuevas prácticas, muchos gremios fundados en la época medieval se vieron incapaces de imponer sus antiguos criterios de producción. El Estado tampoco podía emitir cédulas de constitución o fueros con la rapidez suficiente como para seguir el ritmo de una demanda en plena ebullición.

Más desgraciado aún resulta que aquellas economías de diversos lugares del mundo que reprimen la competencia a base de circunscribir la entrada solo a aquellos participantes que «tienen contactos», y que no hacen nada que pueda potenciar o facilitar la innovación, sean consideradas ejemplos de capitalismo por quienes sufren penurias dentro de esas economías y por quienes las dirigen. (Siguiendo esa misma lógica, la economía estadounidense es vista entonces como un caso «excepcional» de capitalismo.) En el norte de África, un estrecho círculo de políticos, élites y militares bien conectados entre sí se reservan el sector empresarial y de negocios para sí mismos: a quienes no pertenecen a esa camarilla se les niega la licencia para introducirse en segmentos de actividad en los que puedan competir con las empresas ya establecidas. Se dice que estas economías son «capitalistas» porque se entiende que es «el capital» el que manda en ellas: es decir, la riqueza de la oligarquía de las familias dirigentes. Pero si una seña de identidad básica tiene el verdadero capitalismo, es que los capitalistas son independientes, no actúan coordinados, y compiten entre sí: no hay ninguna monarquía ni ninguna oligarquía al mando. Y un sello distintivo del capitalismo moderno es que permite e incluso invita a nuevos participantes que tengan una idea novedosa a buscar capital de capitalistas dispuestos a apostar por el proyecto propuesto. Para hablar de las otras economías, las oligárquicas, sería más preciso utilizar el término corporativismo, un sistema en el que el sector empresarial y de los negocios está sometido a cierto tipo de control político.

Este capítulo comenzaba con la pregunta de qué estructura «equipó y alimentó» las economías modernas disponiéndolas al dinamismo. El análisis hasta aquí expuesto ha arrojado algo de luz sobre en qué sentido están equipadas las economías modernas con lo necesario para seleccionar ideas nuevas que desarrollar y adoptar. Pero ¿qué alimenta la creación de esas ideas novedosas?

El de las ideas económicas nuevas es un concepto al que han sido ajenos el creciente número de estudiosos que, atraídos por el embrujo del cientificismo, terminaron dominando la economía académica en el siglo XX (y ya no digamos a los atraídos por el historicismo, que descartaba la posibilidad misma de las ideas nuevas). Como se señalaba en la introducción, la escuela histórica alemana de economía trabajó con el supuesto de que solo los científicos tenían ideas nuevas que, tras ser debidamente contrastadas, se añadían al acervo del saber científico. Esa teoría nunca funcionó bien: desde la época de Colón hasta la de Isaac Newton, hubo poca innovación, y entre la máquina de vapor y la energía eléctrica, no se produjo ningún avance científico de gran trascendencia histórica. Pero que una teoría falle no basta para ponerle fin. Schumpeter, unos treinta años después de su primer libro, reafirmó que solo los científicos pueden tener ideas, aunque admitió, eso sí, que podían tenerlas en los laboratorios industriales de las grandes empresas, como DuPont.4 La teoría más popular hoy en día es «neogermana»: son las talentosas mentes que conciben nuevas «plataformas» tecnológicas (como Tim Berners-Lee, creador de la World Wide Web, Jack Kilby y Robert Noyce, desarrolladores iniciales del microchip, o Charles Babbage, inventor del ordenador) las que se considera que proporcionan los avances subyacentes que hacen posibles las sucesivas oleadas de aplicaciones. El público en general se dejó persuadir fácilmente por este cientificismo. Nadie tenía que preguntarse entonces de dónde «sacan sus ideas» los científicos y los ingenieros, pues todo el mundo sabía que estas venían de sus observaciones en el laboratorio y de los hallazgos referidos en las revistas de investigación especializadas. Se entendía así que los investigadores y los experimentadores se hallan inmersos en sus ámbitos de la ciencia y la ingeniería, aunque no más que los emprendedores y los financieros lo están también en sus campos respectivos.

Pero lo cierto es que el advenimiento de la economía moderna trajo consigo una metamorfosis: una economía moderna convierte a personas próximas a la economía en sí (donde son más propensas a ser impactadas por ideas comerciales novedosas) en los investigadores y los experimentadores que gestionan el proceso de innovación a partir del desarrollo, e incluso, en muchos casos, gestionan el proceso de adopción también. (De hecho, se produce una inversión de papeles hasta el punto de que son los científicos y los ingenieros quienes son llamados a posteriori para que asistan a los agentes económicos con los asuntos más técnicos.) En realidad, transforma a toda clase de personas en «hombres de ideas»: a los financieros en pensadores, a los productores en comercializadores, y a los usuarios finales en pioneros. La fuerza impulsora de la economía moderna en los dos últimos siglos ha sido ese sistema económico, un sistema construido tanto con una cultura económica como con unas instituciones económicas. Este sistema, y no los relumbrantes personaggi de la teoría popular, es el que genera el dinamismo de la economía moderna.

Así pues, la economía moderna es un inmenso imaginarium: un espacio para imaginar productos y métodos nuevos, para imaginar cómo podrían fabricarse, para imaginar cómo podrían usarse. Su proceso de innovación aprovecha recursos humanos no utilizados por ninguna economía premoderna. En la teoría de Schumpeter, el desarrollo premoderno depende de las capacidades de unos emprendedores premodernos para organizar los proyectos posibilitados por unos descubrimientos externos (él se refirió a recursos humanos como el empuje y la determinación para que «el trabajo se haga»). Pero como los teóricos de la modernidad económica han escrito, los emprendedores modernos son dueños o gestores de negocios que, aun sin estar en posesión de mucho conocimiento real (micro o macro), demuestran «capacidad para tomar decisiones de éxito pese a no disponer [ni poder disponer, añado yo] de ningún modelo ni regla de decisión manifiestamente correctos», por decirlo con las palabras que empleó Mark Casson en un artículo de 1990. Sabemos que esta capacidad, que depende de unos financiadores y de unos emprendedores para materializarse, requiere de unos recursos que denominamos criterio (o sagacidad) —una cierta valoración de la probabilidad desconocida de las cosas— y prudencia (la conciencia de que hay fuerzas que ni siquiera hemos concebido aún, a las que llamamos incógnitas desconocidas). Ese buen criterio implica imaginar para prever las consecuencias de modos de actuar alternativos. Esa capacidad emprendedora es el espíritu emprendedor (o emprendimiento) moderno. Pero este no constituye por sí solo una fuente de cambio radical o, siquiera, de novedad. No es lo mismo que el espíritu innovador.

El proceso de innovación autóctona del imaginarium se basa en un conjunto diferente de recursos humanos. Uno de sus recursos básicos es la capacidad imaginativa (o creatividad) para concebir cosas no concebidas todavía que una empresa podría tratar de desarrollar y comercializar. No puede haber mucho cambio con respecto al saber presente si nadie es capaz de imaginar la existencia de otro modo de hacer o de otro objetivo, o si nadie puede imaginar la oportunidad de obtener resultados beneficiosos. La capacidad imaginativa es fundamental para un cambio efectivo, como bien constató David Hume en su profunda obra, fundamental para la era moderna.5 La capacidad de innovación también requiere de perspicacia, la intuición necesaria para ver un nuevo rumbo o dirección que pueda resultar propicio para satisfacer unos deseos o necesidades que no podían conocerse de antemano. Esa perspicacia es lo que a menudo llamamos visión estratégica: una intuición que no podemos explicar y una capacidad de percibir por adelantado si otras empresas adoptarán aquella misma estrategia. Steve Jobs debió su enorme éxito a su creatividad y sus profundas intuiciones. También cabe mencionar la curiosidad de explorar y la valentía para hacer algo diferente.

Sin embargo, no hay imaginarium posible en aquellas economías en las que las personas no están motivadas ni animadas para innovar, o en las que no están en disposición de hacerlo. El combustible que alimenta el funcionamiento de este sistema es una mezcla de motivaciones pecuniarias y no pecuniarias. Las recompensas pecuniarias tienen una influencia clave: la perspectiva de ganar una cantidad significativa de dinero tiende a ayudar mucho a la hora de convencer a la familia de un individuo a apoyarlo en aquella iniciativa en la que se haya embarcado. Así que pocos participantes en una economía estarán en disposición de concebir y desarrollar una idea comercial si no gozan de libertad legal para rentabilizarla monetariamente: es decir, para venderla a un emprendedor a cambio de una participación en las ganancias resultantes o, en el caso de conceptos patentables, para recaudar las regalías que les correspondan por la patente o para vender esta a otras personas. Ni los emprendedores ni los inversores desarrollarán una idea si no son legalmente libres de poner en marcha una empresa, introducirse en un sector, vender sus acciones de la empresa posteriormente (o, en el momento, a través de una oferta pública inicial) y cerrar la compañía en caso de que no surjan compradores. Los emprendedores tienen que saber que los usuarios potenciales finales son libres de abandonar un método o producto actual para optar por otro método o producto nuevo. Sin el aliciente de tales protecciones e incentivos pecuniarios, la mayoría de los emprendedores rehusarían embarcarse en tales empresas, fueran cuales fueren las recompensas no pecuniarias de las mismas.

Pero algunas motivaciones no pecuniarias, o deseos, son también importantes —puede que cruciales incluso— para la buena marcha de la economía moderna. Esta funciona nutriéndose, no solo de incentivos pecuniarios, sino también de una cultura económica motivacional. Para que una sociedad presente un dinamismo elevado, se necesitan personas que hayan crecido con las actitudes y las convicciones que las atraigan hacia oportunidades que consideren que las entusiasmarán por su novedad, las intrigarán por su misterio, las desafiarán por los nuevos retos que les plantean, y las inspirarán por los novedosos panoramas que les abren. Se necesitan personas en el ámbito de los negocios que hayan sido educadas en el uso de su capacidad imaginativa y de su perspicacia para imprimir un nuevo rumbo; emprendedores impulsados por las ganas de dejar huella; inversionistas de capital riesgo dispuestos a guiarse por una corazonada («tiene buena pinta»); y muchos usuarios finales —consumidores o productores— con la voluntad de ser pioneros en la adopción de un producto o un método nuevo cuyo valor esperado no es cognoscible de antemano. Esto requiere de impulsos o motivaciones como la ambición, la curiosidad y el deseo de expresarse. Para que haya un dinamismo alto en el sistema, tiene que haber un dinamismo alto en todas sus partes.6

Innovar también es el resultado de las observaciones y los conocimientos particulares de las propias personas. Las nuevas ideas de negocio son patrimonio exclusivo de aquellos individuos que llevan tiempo observando de cerca un determinado ámbito de actividad comercial y empresarial, aprendiendo cosas sobre cómo funciona y reflexionando acerca del mercado que pudiera tener un nuevo tipo de producto en ese ámbito, o sobre la posibilidad de mejorar un método de producción. Rara vez llegan ideas de negocio válidas a personas que están alejadas del correspondiente sector de actividad. Los individuos situados en un determinado ámbito del sector empresarial y comercial adquirirán conocimientos y verán oportunidades de las que, de otro modo, no habrían sido conscientes (o cuya existencia desconocerían).

Dar con una idea para un mejor uso de un espacio de venta al público, o para una mejor ruta para el reparto y entrega de paquetes, no encaja exactamente en el perfil de lo que aquí estamos entendiendo por innovación. Pero podría decirse que el conocimiento empresarial o comercial detallado que inspira ideas nuevas para la inversión empresarial o comercial también inspira ideas que pueden conducir a la innovación empresarial o comercial. (Asimismo, las actitudes que ayudan a activar la formación de nuevas ideas de inversión también activan ideas para la innovación.)

He ahí, pues, una respuesta muy directa a la pregunta de cuál es la fuente de la que manan las ideas innovadoras de las personas que participan en el sector empresarial y comercial: provienen del sector empresarial y comercial mismo. Esas personas se basan en su observación personal y su saber particular, combinados con el acervo compartido de conocimientos públicos (la economía teórica, por ejemplo), para idear conceptualizaciones que conduzcan a un método o un producto nuevo que pueda «funcionar», de un modo muy parecido a como un científico, inmerso en sus propios datos experimentales y sus conocimientos (tanto de carácter técnico especializado como de índole científica general), obtiene una nueva formulación o una nueva hipótesis contrastable, susceptible de sumarse al saber científico existente. Las personas de negocios y los científicos utilizan unos conocimientos privados, basados en la observación individual, pero también unos conocimientos que son públicos de la comunidad a la que esos individuos pertenecen. (De todos modos, los científicos continuarán creyendo sin remedio que las ideas de los hombres y las mujeres de negocios vienen de fuera del mundo comercial y empresarial mismo, igual que la mayoría de las personas están convencidas de que los compositores encuentran sus ideas fuera de la música. Desmintiendo una falsa impresión tan extendida como esa, Robert Craft relató la siguiente conversación entre unos periodistas e Ígor Stravinski: «Maestro, ¿puede decirnos de dónde saca usted sus ideas?», preguntaron. «Del piano», les replicó él.)

Friedrich Hayek, que, además de ser natural de Austria, ocupó un lugar preponderante en la escuela austriaca de economía, fue el primer economista en enfocar las economías desde esta perspectiva. En sus obras capitales, escritas entre 1933 y 1945, él caracterizó a los productores y los compradores de las economías complejas como individuos dotados de un valioso conocimiento práctico a propósito de cuáles podían ser los productos idóneos que producir y cuál el mejor modo de producirlos. Normalmente, por su carácter local, contextual y caleidoscópico, no es fácil que unos conocimientos así puedan ser adquiridos por otras personas o puedan serles comunicados a estas: continúan, pues, siendo conocimientos particulares privados. (Aunque todos ellos fueran accesibles a coste cero —y que, por lo tanto, estuvieran abiertos al público—, su volumen es demasiado grande como para que pueda abarcarse y, menos aún, asimilarse íntegra o rápidamente.) Por consiguiente, tales conocimientos están —y continúan estando— dispersos entre los participantes en la economía: cada industria dispone de muchos conocimientos específicos de su sector, y cada participante tiene además algún que otro conocimiento adicional específico suyo o de unos pocos individuos. De aquí se derivan dos proposiciones. En primer lugar, una economía dotada de complejidad se beneficia de un modo crucial de la existencia de mercados donde individuos y compañías puedan intercambiar bienes y servicios porque, de ese modo, la especialización del conocimiento práctico puede continuar y no es necesario que nadie sepa un poco de todo y mucho de nada. Cuando en una industria o sector se adquiere un nuevo conocimiento, este se «comunica» a la sociedad a través del mecanismo del mercado: mediante una bajada de precios u otra señal similar. En segundo lugar, de no mediar otros obstáculos, una economía así es un organismo que no deja de adquirir avances en conocimientos económicos sobre qué producir y cómo producirlo (al tiempo que va abandonando conocimientos obsoletos cuando estos dejan de ser útiles). Los precios correctos se «descubren» durante ese proceso. Cada empresa o participante es como un oteador del horizonte (o una hormiga exploradora) que responde al punto introduciendo ajustes en el nivel o el rumbo de la producción en función de las observaciones y los análisis de cualquier evolución o novedad local. Si aumenta la producción de un producto, la reducción de su precio en el mercado señalará a la sociedad que ahora cuesta menos que antes.7 Esto era lo que Hayek entendía por economía del conocimiento.

Pero ese trabajo de Hayek no trata de las innovaciones. No contempla la posibilidad de innovaciones autóctonas que se desarrollan a partir de ideas suscitadas por la creatividad de los participantes en la economía en cuestión. En un citadísimo artículo de 1945, deja muy claro que lo que él analiza son adaptaciones (así las llama él) a «circunstancias cambiantes». Eso sí, estas adaptaciones se basan en algunos de los recursos del emprendimiento moderno antes mencionados: el criterio y la prudencia, por ejemplo, así como el deseo de dejar una impronta.

Pero las adaptaciones están rodeadas de un aura de previsibilidad de la que no se acompañan las innovaciones. No suponen un salto intuitivo, pues constituyen repercusiones que tendrían lugar tarde o temprano siempre que hubiera otro cambio que erradicara la necesidad de la adaptación. Y no perdurarán mucho tiempo si las «circunstancias» dejaran de «cambiar». No son disruptivas: más que causar nuevas disrupciones, les ponen fin. Las innovaciones, sin embargo (como su propia raíz latina —nova— indica), no son un efecto determinado por el conocimiento presente y, por lo tanto, no son predecibles. Al ser nuevas, es imposible que las conociéramos de antemano. Aun así, muchas personas de negocios tienen la equivocada impresión de que innovar significa salir ahí fuera a descubrir qué quieren los clientes. De la falacia de que las innovaciones se prevén hacía crítica Walter Vincenti del modo siguiente:

El «imperativo técnico» del tren de aterrizaje retráctil es algo [...] [construido] a posteriori. Sabemos por su propio testimonio que quienes tuvieron que diseñarlo en su momento no lo previeron. [...] Los innovadores ven adónde quieren ir y qué medios se proponen utilizar para llegar allí. Lo que no pueden hacer, si su idea es verdaderamente novedosa, es prever con certeza si esta funcionará, es decir, si cumplirá con todos los requisitos relevantes.8

Al no ser prevista, una innovación puede resultar disruptiva y dar lugar a un nuevo rompecabezas en el que haya que encajar las piezas (es decir, un nuevo escenario al que haya que adaptarse). Las innovaciones son los sucesos a los que las «adaptaciones» se adaptan. (Una gran adaptación que llegue mucho antes de lo que se suponía también podría ser disruptiva.) Una innovación puede ser efímera, pero la mayoría de las innovaciones del mañana se erigen a lomos de las innovaciones del presente. Tienen el efecto acumulado de guiar la nave de la «práctica» de una economía por una sucesión de puertos de escala que, de otro modo, habrían pasado desapercibidos. Por consiguiente, las innovaciones pasan una prueba más exigente que las adaptaciones.

Las innovaciones, aun requiriendo de una persona facultades intelectuales como la capacidad imaginativa y la perspicacia para imaginar un objetivo nuevo, pueden también precisar de ella el atrevimiento para aventurarse por un territorio desconocido y, por ende, para seguir un rumbo o dirección distinto del de sus iguales o sus mentores. De ahí que veamos a los innovadores como si fueran unos héroes que anteponen la creación a otras comodidades de la vida y que no temen fracasar ni perder si se da el caso. No obstante, no existe razón alguna para pensar que a los innovadores les encanta el riesgo. Harold y Owen Bradley, dos innovadores de Minnesota, dijeron una vez a ese respecto que una innovación nace de concebir un modelo del negocio o del mundo que sea nuevo en algún sentido. Así que es posible que los innovadores, tanto si son los fundadores o los directores generales de empresas, como si son usuarios finales pioneros, actúen movidos por una necesidad interior de demostrarse a sí mismos (o a los demás) que su concepción de una determinada cosa es superior.

El empeño de Henry Ford en conseguir la producción en masa de automóviles es un caso paradigmático de innovación. En una conferencia de 2011 titulada «El mito del “eureka”», Harold Evans contaba así la historia:

Muchos estadounidenses creen que Henry Ford inventó el automóvil. Desde luego, otros se le adelantaron tanto en Europa como en Estados Unidos, incluso en Detroit, su ciudad natal. Él mismo dijo: «Yo no inventé nada. Simplemente monté en un coche los descubrimientos de otros hombres». Pero lo cierto es que sí hizo algo asombrosamente nuevo. Y no tanto por haber creado la cadena de montaje automática: Oliver Evans ya había diseñado en 1795 una cadena de montaje con la que quintuplicó la productividad de las fábricas. [...] La genialidad de Henry Ford radicó en una idea: la idea igualitaria de que todo el mundo debería tener un coche.

Aunque para algunas personas (comenzando por él mismo), Ford no podía considerarse muy innovador, su gran avance consistió en imaginar con admirable clarividencia un nuevo modo de vida, cuya viabilidad él mismo demostró. Otro caso instructivo es el del glorioso ferrocarril transcontinental estadounidense. Precisamente el libro de Evans They Made America (2004) aborda esa historia:

Theodore Judah, de Sacramento, tuvo la osadía de ser el emprendedor y el planificador del primer ferrocarril transcontinental de Norteamérica. Su esposa, Anna, escribió que «aquello [...] demostró qué tenía aquel hombre dentro [...] su afán de afrontar lo gigantesco y lo audaz». Sus detractores dijeron que la idea llevaba ya años rondando la cabeza de muchas personas y que «solo era cuestión de tiempo» que el ferrocarril se construyera.

Como bien comenta Evans, hubo quienes consideraron que la hazaña de ingeniería de Judah era demasiado previsible como para clasificarse como una innovación. Pero lo único que realmente era «cuestión de tiempo» era el intento de construirlo. El éxito no estaba nada claro de antemano. Muchos ingenieros creían que una línea férrea así de directa hasta el norte de California no era viable. Así que la construcción efectiva de aquella infraestructura distaba mucho de ser un hecho predecible. Judah tuvo una intuición sensacional y demostró que tenía razón.

Algunas innovaciones son casuales. Thomas Edison creó sin proponérselo un filamento incandescente porque asió un hilo con la mano manchada de alquitrán, y Alexander Fleming fabricó penicilina dejando destapada por error una placa de Petri. También en la economía tenemos incontables ejemplos de innovaciones que nadie soñó siquiera conseguir. Siempre hay una «cara B» o una creación de bajo presupuesto que se convierte en un éxito insospechado. Pixar se formó para desarrollar una nueva práctica informática, pero cuando un técnico enseñó a unos visitantes que podía usar aquella técnica para crear dibujos animados, el entusiasmo de aquellos primeros espectadores externos terminó por transformar la compañía en un estudio de animación. Estas innovaciones accidentales fueron tan novedosas que quienes las concibieron ni siquiera habían soñado con tener el nuevo producto que tenían entre manos.

Y lo cierto es que prácticamente todas las innovaciones poseen un componente casual o aleatorio. El éxito a la hora de desarrollar el nuevo producto y de conseguir que sea adoptado para su posterior producción comercial constituye, en parte, una cuestión de suerte. El emblemático entrevistador televisivo Larry King comentó en más de una ocasión que todos sus invitados más famosos le dijeron que su enorme éxito dependió de un golpe de buena fortuna. Pero el éxito o el fracaso de un intento de innovación no es como el resultado (afortunado o desafortunado) del lanzamiento al aire de una moneda conocida. Los innovadores se embarcan en un viaje a lo ignoto, en el que hay incógnitas conocidas, pero también incógnitas desconocidas; de modo que no tienen manera de saber —ni siquiera tras varios guiños favorables de la fortuna— si su creatividad y su intuición producirán la innovación que esperaban. Hayek, quien tocó por fin la cuestión de la innovación en 1961, no podía creer que el economista estadounidense John Kenneth Galbraith diera por supuesto que las empresas sabían de antemano cuáles eran las perspectivas de éxito de sus nuevos productos. Para Hayek, una compañía no puede saber la probabilidad de ganar o perder dinero con el nuevo diseño de un automóvil en mayor medida que la escritora de una novela pueda saber antes de publicarla cuáles son las probabilidades de que entre en la lista de las más vendidas.

Curiosamente, los economistas cedieron a Hayek el honor de completar la rudimentaria teoría de la que él mismo perdió la oportunidad de ser el iniciador (aun cuando es muy posible que fuera su inspirador). En 1968, escribió por fin que las economías —refiriéndose, por supuesto, a las que aquí llamamos economías modernas— generan un «crecimiento del conocimiento» gracias a la intervención de un mecanismo que él bautizó con el nombre de procedimiento de descubrimiento. Ese término hace referencia al proceso por el que se determina si el producto o método imaginado puede desarrollarse y, en caso de que se desarrolle, si será adoptado. A través de ensayos internos y pruebas de mercado, una economía moderna va añadiendo así nuevos elementos a su conocimiento de lo que puede producirse y de qué métodos funcionan, y a su conocimiento de qué no se acepta y qué no funciona.9 Podría añadirse que el avance del conocimiento empresarial y comercial de este tipo podría muy bien no tener límite, pues, a diferencia de lo que sucede con el saber científico, no está constreñido por el mundo físico. Son más bien los científicos quienes deberían estar preocupados por la posibilidad de que se estén quedando ya sin cosas que descubrir.

Otra fuente de crecimiento de ese conocimiento —si bien esta sí tiene límites— nos la proporciona la corrección: es decir, el hecho de que buena parte de los conocimientos presentes sean incorrectos tanto en el nivel «micro» de los productos concretos como en el nivel «macro» del conjunto de la economía.10 Las condiciones y las relaciones estructurales son propensas a cambiar siguiendo derroteros que todavía no podemos percibir. (En Northrop, a partir de los datos obtenidos con un túnel de viento, consideraron que la resistencia añadida al avance representada por un tren de aterrizaje fijo con respecto a uno retráctil era desdeñable; no se percataron entonces de que esa resistencia adicional sí debía ser tenida en cuenta con aviones mucho más rápidos.) Además, las observaciones tomadas de la economía no son como los resultados de un experimento controlado: los datos mismos están en constante cambio en la misma medida en que los conocimientos (y las concepciones erróneas) varían en la economía. Así pues, hay margen en las economías para detectar y analizar los errores de otros.

La economía moderna afronta asimismo «el problema de descubrir —o de inventar— posibilidades y hacer buen uso de ellas», como escribió Brian Loasby. Cuanto más se dedica una economía a esta actividad, más moderna es. Una economía puede poseer la vitalidad necesaria para formular, la diligencia para evaluar y el afán para explotar nuevas oportunidades comerciales abiertas por descubrimientos externos, como Schumpeter ya apreció y creyó posible en su momento. Pero esa misma economía (u otra) puede también poseer la creatividad para concebir sus propias nuevas ideas comerciales en respuesta a las condiciones o las novedades que van evolucionando en su seno, y tener la imaginación (o la intuición) para orientar esa creatividad hacia rumbos viables. La creatividad y la imaginación son recursos; existen en todas las economías humanas. Pero, a lo largo de la historia, algunos países no fueron capaces o no tuvieron la voluntad de emplearlos, mientras que otros dejaron de usarlos tras haberlos empleado inicialmente. Una economía moderna da rienda suelta a la creatividad y la imaginación, pero también consigue ponerlas al servicio del saber experto de los emprendedores, del criterio de los financieros y de la iniciativa de los usuarios finales.11

Hemos expuesto los elementos básicos de la economía moderna: el cómo funciona como sistema de innovación. Hay en ella participantes que tienen ideas comerciales nuevas que surgen de su implicación profunda en sus respectivos sectores y profesiones y de la prolongada observación que han ido haciendo de ellos. El proceso de desarrollo de nuevos métodos y productos comprende diversas entidades financieras (inversores ángel, fondos «superángel», inversionistas de capital riesgo, bancos industriales, bancos comerciales y fondos de cobertura), así como diversos tipos de productores (compañías emergentes [start-ups], grandes sociedades anónimas y sus derivadas) y toda una gama de actividades comercializadoras (estrategias de mercadotecnia, publicidad, etcétera). Por el lado de los usuarios finales, encontramos a directivos de empresa realizando valoraciones pioneras de métodos novedosos, y a consumidores que deciden qué productos nuevos probar. Ambos están aprendiendo a usar los métodos y productos nuevos que han adoptado. Hacia mediados del siglo XIX, los elementos constituyentes básicos de la economía moderna estaban ya presentes en Gran Bretaña y Estados Unidos; poco después lo estarían también en Alemania y Francia:

Había allí una multitud de emprendedores que gozaban de las ventajas del derecho de propiedad y la libertad de empresa, y que estaban también protegidos por derechos contra la intervención arbitraria del Estado, así como por las garantías contenidas en el derecho contractual.

Estos emprendedores, en las empresas o sociedades que fundaban, tenían por costumbre hacer probaturas con (o ajustes en) nuevos métodos e imaginar nuevos productos. Los bancos difícilmente prestaban o invertían fondos en aquellos emprendedores que no tuvieran ya un historial. Familiares y amigos ejercían muchas veces de «inversores ángel» para la puesta en marcha del proyecto del emprendedor. Muchos negocios nuevos tenían que reinvertir ganancias para expandirse. En Inglaterra, había bancos locales que proveían crédito a corto plazo a los emprendedores, y abogados de confianza que aceptaban depósitos de sus clientes y prestaban luego fondos a largo plazo a los emprendedores. Y, a veces, había también individuos que se convertían en socios de una empresa o que ponían el dinero de la inscripción de una patente. Algunos bancos llegaron incluso a actuar como empresarios, como los Fugger (o Fúcares) hicieran siglos antes en el sur de Alemania, algunos de ellos incluso invirtiendo en (y asesorando a) sectores enteros. En Estados Unidos, los bancos locales tendían a tener un carácter más propiamente «empresarial». De hecho, no era extraño que, en Nueva Inglaterra, las empresas hicieran también sus pinitos en el terreno de la banca, llegando incluso a vender acciones de sí mismos como bancos para financiar sus iniciativas como empresas comerciales. Otros bancos prestaban a familiares y amigos. (Pensemos que no muchos de aquellos protoinversionistas de capital riesgo pudieron emitir acciones —como sí pueden hacerlo las compañías actuales— hasta que los emprendedores crearon las modernas sociedades participadas por acciones cotizables.)12

La economía moderna, entendida como un inmenso e incesante proyecto dedicado a concebir, desarrollar y probar ideas de lo que puede funcionar y lo que puede gustar a la gente, ha tenido unas repercusiones profundas en el trabajo y en la sociedad. Su antecesora, la economía mercantil, ofrecía poco trabajo y, en cualquier caso, lo que se ofrecía con este era un salario y poco más. Tal vez supusiera una válvula de escape de la domesticidad, pero solía ser un quehacer tedioso. En las economías modernas, el trabajo es un factor casi universal: la inclusión en la economía está así mucho más extendida que en la era mercantil. Y este trabajo es un elemento central de la experiencia de las personas, sobre todo en lo referente a su vida mental, e influye en su desarrollo. De ahí que podamos afirmar que la economía moderna instituye un modo de vida. La verdadera manzana de la discordia en las feroces guerras entre sistemas económicos que alcanzaron su apogeo en el siglo XX era el cómo tenía que ser el conjunto de las experiencias humanas que acompañaban a la economía moderna y a la pérdida de lo que había existido antes.

UN SISTEMA SOCIAL

La mayoría de las ideas innovadoras se lanzan con la perspectiva en mente de que sean adoptadas por otros, y no solo por quien las concibe o por su emprendedor. Y siempre hay múltiples proyectos de emprendimiento en marcha en cualquier momento dado. La mayor parte del «combustible» que alimenta el motor del sistema moderno —y la mayor parte de sus peores complicaciones, también— viene dado por el hecho de que este sistema funciona en el seno de una sociedad, no en islas solitarias de individuos aislados. La multiplicidad misma de los agentes y el hecho de que actúen los unos independientemente de los otros añaden una dosis ingente de incertidumbre en el sentido que los economistas dan a este término. Frank Knight, un influyente economista estadounidense, comparó el riesgo conocido de lanzar una moneda al aire de la que sabemos que es «justa» con el riesgo desconocido de lanzar al aire una moneda de la que no sabemos nada, un riesgo que él denominó incertidumbre. Él detectó que en el mundo de la empresa y los negocios abundaba esa clase de incertidumbre y dio incluso a entender que esta (la incertidumbre) es una de las características distintivas de la economía moderna.13

En parte, la incertidumbre sobre los resultados finales del proyecto de nuevo producto de un emprendedor coincide con la incertidumbre micro en torno a si a los usuarios finales les gustará lo suficiente ese producto nuevo como para comprarlo. El emprendedor convive también con el temor a que a los usuarios finales les guste pero prefieran el nuevo producto de otro emprendedor. (Crusoe solo habría tenido que temer que a él mismo no le gustara su propio nuevo producto.) Además, los resultados de las iniciativas lanzadas por otros emprendedores afectarán a los resultados de la iniciativa lanzada por el propio emprendedor. (La incertidumbre micro a propósito de si gustarán o no esos otros productos que se están preparando aumenta a su vez la incertidumbre acerca de si el producto y la renta en el conjunto de la economía se sostendrán. Y eso crea una incertidumbre macro en torno a si los usuarios finales de un nuevo producto podrán permitirse comprarlo.) Así pues, como John Maynard Keynes supo captar antes que nadie, el carácter no coordinado de los proyectos de emprendimiento de la economía moderna genera un futuro que va desplegándose por vías y magnitudes muy indeterminadas. El futuro, a partir de un margen temporal mínimamente importante, es algo básicamente incognoscible para nosotros. Sobre el futuro, precisamente, Keynes escribió: «Simplemente, no sabemos». En el plazo de una generación, una economía puede adoptar una forma que habría resultado inimaginable para la generación anterior.14

Un principio fundamental tanto para Keynes como para Hayek era el carácter de motores impulsores de la historia económica que cabe atribuir a las ideas —contrariamente al crudo determinismo propuesto, por ejemplo, por Thomas Hobbes o por Karl Marx— pues entendían ellos que las ideas nuevas son impredecibles (si fueran previsibles, ya no serían nuevas) y, por eso mismo, ejercen una influencia independiente sobre la historia. Ahora bien, la incognoscibilidad del futuro vuelve más inciertas si cabe las consecuencias de desarrollar las ideas de hoy. Eso significa que no es posible realizar proyecciones verosímiles del desarrollo económico en una economía moderna, como tampoco lo es que la teoría de la evolución de Darwin prediga el curso venidero de la evolución. Aun así, siempre aprendemos algunas verdades estudiando procesos para «crecer en conocimiento» y en innovación: las ideas fallidas no siempre están exentas de valor, pues pueden indicarnos dónde no seguir intentando. Las ideas que funcionan —las innovaciones— pueden inspirar a su vez innovaciones adicionales en un círculo virtuoso sin fin. La originalidad es una energía renovable que guía el futuro por sendas incognoscibles, que crea nuevas incógnitas y nuevos errores y, con ello, nuevos márgenes para la originalidad. Haremos bien en estudiar el fértil terreno que el dinamismo económico elevado precisa para existir.

El sistema moderno prospera gracias a la diversidad interna existente en una sociedad. Es evidente que lo dispuesta y lo capacitada que esté una sociedad para innovar —la propensión a innovar o, en resumidas cuentas, el dinamismo económico de una sociedad— no depende solamente de la variedad de situaciones, orígenes y personalidades de los «ideadores» potenciales de ideas nuevas. (Las introducciones en el negocio de la música de los judíos en la década de 1920 y de los negros en la de 1960 son ejemplos conocidos.) El dinamismo de un país depende también del pluralismo de puntos de vista entre los financiadores. Cuanta más oportunidad tiene una idea de ser evaluada por alguien que pueda apreciarla, menos probable resulta que se deje pasar una buena idea por falta de financiación. (Si dejáramos que el rey eligiera todos los proyectos creativos que terminan recibiendo financiación, estaríamos garantizándonos un país bastante monocromático.) El dinamismo depende, entre otras muchas cosas, de la variedad de emprendedores entre quienes escoger aquel (o aquella) que esté más en sintonía, o más preparado, para materializar la nueva idea en un método o un producto viable. No cabe duda de que el pluralismo entre los usuarios finales también es importante. Si todos fueran idénticos, hallar una innovación que les gustara a todos sería como preparar un ataque con bombas de precisión.

Si toda esta diversidad es tan importante, obtenemos respuesta a una pregunta eludida anteriormente: en su origen histórico, el sistema de creatividad e imaginación descrito más arriba —y, por lo tanto, de crecimiento del conocimiento y la innovación— eclosionó en el sector privado, no en el público. ¿Sería posible que un sistema comparable de crecimiento del conocimiento y la innovación funcionara dentro del sector público? No si la diversidad entre financiadores, directivos y consumidores tiene tan absoluta importancia.15

El éxito de este sistema depende también del grado de interactividad que se dé en su seno. Lo normal es que un proyecto para imaginar un producto nuevo comience por la formación de un equipo creativo. Cuando se trata de un proyecto para desarrollar un producto recién concebido a fin de producirlo comercialmente o promocionarlo, el paso inicial suele ser la formación de una empresa dotada de un personal. Cualquiera que tenga experiencia trabajando en grupo sabe que, en general, los grupos son capaces de producir un conjunto de intuiciones e ideas de mucho mayor alcance que el que los miembros individuales habrían podido generar aislados los unos de los otros. La idea que desde cierta crítica social se ha intentado promocionar en el sentido de que es perfectamente posible que las personas desarrollen unas buenas carreras profesionales trabajando en casa pasa por alto el valor de las lucecitas que pueden encender en nuestras cabezas las ideas y las preguntas de otras personas, sobre todo de aquellas a quienes llegamos a admirar y de quienes nos fiamos. Y la creencia de que una empresa puede situar a un gran número de sus empleados en puestos solitarios aislados (en sus propios hogares, por ejemplo) sin que ello comporte ningún coste en su nivel de innovación se contradice con la importancia que las interacciones de los empleados junto a la fuente de agua refrigerada o en los almuerzos pueden tener para propiciar inesperados golpes de ingenio afortunados.

Las interacciones también potencian las competencias individuales. En una ocasión, felicitaron al trompa principal de la Orquesta Real del Concertgebouw de Ámsterdam por el alto nivel que había alcanzado, a lo que él respondió que jamás habría podido hacerlo sin las interacciones que mantenía con el resto de aquella formación musical. Un equipo —uno que funcione bien, al menos— consigue no solo la productividad que se deriva de combinar los talentos complementarios de sus miembros, como diría un economista clásico, sino también, por emplear la terminología de los teóricos de la gestión, la «superproductividad» que resulta del hecho de que cada miembro del grupo vea realzados sus respectivos talentos gracias a las preguntas y las respuestas que se cruzan entre ellos, a las ganancias resultantes en un mejor entendimiento de su propia labor, y a las exhortaciones que se dirigen unos a otros para sacar su tarea adelante y cada vez mejor, un aspecto este último que puso de relieve el filósofo de la gestión Esa Saarinen.

Hay también una interactividad que se produce a través de la distancia y el tiempo. Las ideas de una sociedad se combinan y se multiplican. La fertilidad de una persona a la hora de producir ideas nuevas se ve enormemente acrecentada cuando se expone a otras ideas recientes generadas por la economía en la que esa persona opera y, en nuestro momento actual, por la economía global en general. Si actuara aislada, la persona en cuestión podría tener una racha de ideas fallidas y dejar de ser capaz de generar ninguna más. En Robinson Crusoe, el economista-novelista Daniel Defoe nos enseña qué lastimosamente escasas son las ideas que tiene Crusoe sin una sociedad en la que hallar inspiración. La opinión de que, para maximizar su prosperidad, un país como Argentina debe mantener un carácter agrario y no convertirse en urbano en vista de su ventaja natural para la producción ovina pasa por alto el hecho de que la vida rural no conduce a la estimulación intelectual y el intercambio a gran escala que tan crucial contribución realizan a la creatividad.16 Así pues, la participación extendida y la ingente aglomeración en las ciudades de personas dedicadas a actividades diversas contribuye a ampliar la creatividad del sistema.

Este capítulo ha examinado la anatomía y el funcionamiento de las economías modernas: me refiero a las históricas de los siglos XIX y XX. En las primeras décadas de vida de dichas economías, los participantes en las mismas tenían muy poca constancia de la presencia de los elementos de un sistema nuevo y de lo rápido que estos se estaban desarrollando. Pero a medida que creció la conciencia de la existencia de ese sistema moderno en el que estaban operando, se afianzó también la sensación de que el nuevo sistema estaba abriéndoles unas posibilidades fantásticas. Los dos capítulos siguientes cuentan la poco conocida historia de los avances en productividad y nivel de vida que ese sistema trajo consigo —sus beneficios materiales— así como las mejoras en el carácter del trabajo y en el sentido de la vida mismo.

2
EFECTOS MATERIALES
DE LAS ECONOMÍAS MODERNAS

Babilonia tenía sus jardines colgantes; Egipto, sus pirámides; Atenas, su Acrópolis; Roma, su Coliseo... ahora Brooklyn tiene su puente.

Pancarta en la inauguración

del Puente de Brooklyn en 1883

Aunque identifiquemos el tipo de economía que caracteriza a una nación por su estructura, como hemos hecho en el capítulo previo, lo cierto es que su importancia y significado verdaderos radican en sus consecuencias. El crecimiento sostenido de la productividad que la llegada de la economía moderna comportó para varios países ya desde comienzos del siglo XIX fue una consecuencia trascendental. Karl Marx, aun desde su oposición de base al sistema que veía desarrollarse a su alrededor, jamás consideró que aquel crecimiento sostenido fuera irrelevante. En 1848, antes incluso de que las economías modernas comenzaran a avanzar a velocidad de crucero, él señaló el «progreso» visible en dichas economías.1 Como se comentó en el capítulo 1, este crecimiento de la productividad tuvo una significación mundial, pues los nuevos métodos y productos creados pudieron ser adaptados y usados por otras economías, incluso por algunas que distaban mucho de ser modernas. Es muy posible que algunas economías que adquirieron un carácter moderno en fecha temprana se fueran volviendo menos modernas a lo largo del siglo XX: sería justo decir que Francia perdió aparentemente buena parte de su dinamismo a los pocos años de terminada la Segunda Guerra Mundial. (Algunas economías, como sería el caso de la alemana, rayaron en lo desmoderno o lo antimoderno en la década de 1930.) Pero en otros países, las economías se han vuelto más modernas (Canadá y Corea del Sur son ejemplos claros). En suma, pues, la economía moderna sigue viva: varias economías están realizando extensos esfuerzos por innovar y están teniendo éxito en ese intento (al menos, bajo condiciones de mercado no demasiado adversas).

El objetivo, en estas páginas, es que nos hagamos una idea de la fuerza y el efecto del dinamismo de una economía moderna cuando funciona bien. Un marciano recién aterrizado en nuestro planeta no sabría muy bien a qué atribuir cada cosa nueva que observara aquí. Pero incluso a él le resultaría verosímil atribuir al nacimiento de lo moderno los milagrosos advenimientos de la economía moderna (y las notorias diferencias entre la vida del siglo XIX y la del XVIII), que se produjeron cuando pocas otras novedades se estaban registrando en ese terreno. De hecho, el examen de las magnitudes de los elementos atribuibles a la llegada de lo moderno es lo más parecido que tenemos a un experimento de laboratorio. Debemos recordar aquí que no basta con que un país alcance unos niveles elevados si esos niveles no siguen creciendo. (Como solía decirse en la industria del cine, «uno vale lo que la última película que haya hecho».) Y el crecimiento por sí solo tampoco compensa unos niveles que no pasen de ser abismalmente bajos.

Nos interesan fundamentalmente las consecuencias de la economía moderna para la vida humana o, para ser más precisos, para la vida que las personas viven en sociedad: es decir, para la vida social. Los datos de producto por trabajador y del salario medio por trabajador son tan fríos como el hielo: no dan a entender suficientemente lo que es la vida en las economías modernas, lo que la abundancia generada por ese producto y ese salario real consiguió comprar en el espacio de unas pocas décadas, ni cuáles fueron las recompensas derivadas de las experiencias mediante las que se lograron ese producto y ese salario. Queremos saber mejor cómo las economías modernas transformaron el trabajo y, por ende, la vida, y queremos hacer un repaso (lo más vívido y amplio posible) de la variedad de beneficios y costes que la participación en las economías modernas comportó para los participantes.

En este capítulo y el siguiente, se argumenta que las economías modernas y la modernidad que las trajo consigo tuvieron hondas consecuencias (positivas la mayoría de ellas). En el capítulo presente, en concreto, se recogen algunos de los efectos tangibles de dichas economías modernas (los «placeres y preocupaciones materiales»). En el siguiente, se dedica un amplio espacio a sus extensos efectos sobre los aspectos intangibles, aquellos «intangibles» que dan sentido a la vida de las personas.

ABUNDANCIA DE BENEFICIOS MATERIALES

La subida del producto por trabajador —la llamada productividad del trabajo o productividad a secas— propiciada por las economías modernas fue sostenida y continúa siéndolo. En términos cualitativos, las naciones con economías modernas (y, aunque con diversos grados de desfase o retraso, otros países conectados a la economía global) pasaron de un estado estacionario a otro de crecimiento explosivo y sin tope. Si el índice de crecimiento de la productividad hubiera sido solo de medio punto porcentual o menos, no se habría dejado sentir de forma tan amplia. A ese ritmo, un país necesitaría 144 años para duplicar su actual producto por trabajador. Las economías modernas, sin embargo, no solo aportaron un crecimiento sin límite: trajeron también un crecimiento rápido.

Impresiona ver hasta qué punto se disparó el producto por trabajador durante el llamado «siglo largo» (el que se dio por concluido en 1913, en vísperas de la Primera Guerra Mundial). Para 1870, el producto interior bruto per cápita en Europa occidental en su conjunto había aumentado ya un 63% con respecto a su nivel de 1820. Hasta 1913, se registró un incremento adicional de un 76% sobre el nivel de 1870. En Gran Bretaña, el primero de esos aumentos fue del 87% y el segundo, del 65%. En Estados Unidos, fueron del 95 y del 117%, respectivamente. (Tal vez esas subidas no impresionen demasiado al lector actual, teniendo como tenemos la experiencia reciente del —más espectacular aún— crecimiento registrado en China entre 1980 y 2010. Pero China tuvo la oportunidad de adquirir —de otros países— y adoptar una inmensa cantidad de conocimientos sobre producción, mientras que ni Europa ni Norteamérica tuvieron en su momento una tercera área geográfica de la que absorber todos esos conocimientos.)

El incremento acumulado desde el momento del despegue inicial hasta 1913 (que casi triplicó la cota de partida en Gran Bretaña y que la cuadruplicó en Estados Unidos) facilitó un nivel de vida para las personas corrientes que en el siglo XVIII nadie habría imaginado posible. El cambio en los niveles de vida tuvo efectos transformadores, algunos de los cuales se mencionan más abajo. Hubo también una consecuencia indirecta: al aumentar sin límite el producto agregado y, consiguientemente, la renta, la proporción de la riqueza de los hogares con respecto a esta última ya no volvió a recuperar sus anteriores niveles. Las familias, que no ahorraban mucho cuando imperaba el antiguo estado estacionario, comenzaron a ahorrar más e intentaron ganar más también (a fin de ahorrar más todavía) que en el siglo XVIII, pero solo para evitar que su riqueza decayera más de lo que ya estaba decayendo con respecto a la renta por culpa del ritmo al que crecía esta. Según esto, cabría esperar que los índices de participación en la economía moderna pasaran a ser muy superiores de lo que eran en la economía mercantil. Por desgracia, no disponemos de los datos para contrastar el escenario previsto por esa hipótesis.

Pero son los salarios, y no la productividad, el indicador más importante de los beneficios materiales disponibles para aquellas personas que se introducían en la economía sin disponer de una riqueza heredada apreciable ni de perspectivas de tenerla. Unos sueldos adecuados pasaron a ser —y siguen siendo— la puerta de acceso al disfrute de unos beneficios importantes. En el siglo XIX sobre todo (y algo menos ahora), el salario que una persona lograba ganar era el factor determinante principal de los bienes primarios que ese perceptor corriente de salarios podía permitirse: nos referimos a bienes materiales básicos, como la vivienda y la sanidad, pero también a bienes inmateriales de los que prácticamente todas las personas tienen igualmente una elevada necesidad, como el trabajar en un empleo que no sea peligroso ni embrutecedor, el tener una familia o el poder acceder en condiciones a la vida de la comunidad.

Un incremento de la productividad no garantiza un aumento de los salarios, como tampoco una subida salarial tiene por qué deberse necesariamente a un incremento de la productividad. Como ya se señaló en la introducción, Fernand Braudel, el más insigne historiador francés del periodo de posguerra, descubrió que los cargamentos de plata que los grandes exploradores y colonos del siglo XVI trajeron de vuelta para sus gobernantes no impulsaron al alza los salarios.2 Aunque hay una conexión entre el salario por trabajador y el producto por trabajador (alguien dijo una vez que, en economía, todo depende de todo lo demás en, al menos, dos sentidos diferentes), diversos factores especiales pueden modificar el canal que comunica la productividad y los salarios. Pero eso da igual aquí. Lo importante es que las economías modernas subieron los salarios de la gente corriente mientras barcos enteros de plata no fueron capaces de hacerlo en su momento.

Como ya se daba a entender en lo comentado sobre los salarios en la introducción del presente libro, la llegada de las economías modernas rompió el poco prometedor patrón de aquella época anterior que Braudel había sabido detectar. (Fue en el siglo XVI, como ya se ha señalado en páginas previas, y en el siglo XVIII —entre 1750 y 1810—, y no en la era moderna —la era de las economías modernas, quiero decir—, cuando cayeron los salarios, al menos en Gran Bretaña, que es el país para el que disponemos de datos.) Los salarios diarios por trabajador expresados en términos reales (por su poder adquisitivo) en los oficios para los que disponemos de datos iniciaron un ascenso sostenido en Gran Bretaña hacia 1820, en torno a la misma época en que comenzó el incremento paralelo del producto por trabajador. (En Estados Unidos, apenas si existen datos para fecha tan temprana.) En Bélgica, los salarios iniciaron una subida de ese tipo en torno a 1850. En Francia, los salarios despegaron poco después y avanzaron a la par de los británicos hasta 1914. En las ciudades alemanas, la dinámica de la evolución salarial había sido muy parecida a una montaña rusa antes de 1820 y, en torno a ese año, inició un nuevo descenso que duró hasta la década de 1840, lo que contribuyó a cebar los levantamientos de 1848; luego, en 1860 (o, según otra fuente, en 1870), comenzó una subida sostenida. Así pues, los salarios reales de la mano de obra de la construcción, de la industria y de la agricultura en las economías modernas despegaron en el momento en que lo hizo la productividad.

La pregunta que se nos plantea entonces es la de si el de los salarios fue un incremento tan impresionante como el del producto por trabajador. Puede que los sueldos anduvieran algo rezagados con respecto al crecimiento de los niveles de la productividad, pues la cuota de participación del factor trabajo en el crecimiento del producto total se redujo en su conjunto. Pero lo cierto es que el jornal nominal de un «varón urbano sin cualificación medio» expresado en moneda local no solo se mantuvo a la par del valor monetario del producto per cápita, sino que incluso ganó terreno con respecto a este. Desde 1830, la ratio salario-productividad en Gran Bretaña decayó un poco hasta 1848 (he ahí de nuevo ese año fatídico), se recuperó con creces en la década de 1860, perdió terreno de nuevo en la de 1870 y, finalmente, se disparó en la década de 1890 y había crecido más todavía para 1913. En Francia, esa ratio siguió una pauta similar. En Alemania, la ratio se mantuvo constante entre 1870 y 1885, se debilitó algo en la década de 1890, pero terminó en niveles máximos en la década de 1910, hasta el estallido de la guerra. Y esos datos no recogen el hecho de que los trabajadores no estaban comprando solamente unidades del producto interior bruto con su paga, sino que, en un grado bastante importante, también estaban comprando bienes de consumo importados a precios que iban en franco declive a medida que aumentaba la oferta y se abarataban los costes de transporte. Según un estudio británico, «tras un prolongado estancamiento, los salarios reales [...] casi se duplicaron entre 1820 y 1850».3 No se sostiene, pues, la tesis de que, en las economías modernas, los salarios perdieron terreno con respecto a formas de renta no salarial. No obstante, es posible que lo ocurrido con los salarios de los sectores menos favorecidos de esas economías fuera distinto.

En la mentalidad popular, el nuevo sistema que el siglo XIX trajo consigo fue una especie de economía infernal para los trabajadores más desfavorecidos que tenían que trabajar en fábricas, minas y otros empleos manuales. Hay quienes creen que las condiciones sociales apenas si mejoraron hasta un siglo después, cuando las ideas socialistas cambiaron Europa, y el New Deal cambió Estados Unidos. Puede que las obras literarias contribuyeran muy especialmente a transmitir esa impresión. Pero las fechas a las que estas hacen referencia suelen interpretarse mal. Los miserables de Victor Hugo está centrada en las tensiones que surgieron entre 1815 y 1832 y que se manifestaron a comienzos de la monarquía de Luis Felipe de Orleans, y no en el presunto lado negativo de la economía moderna que llegó a Francia décadas después. Aun así, hay también obras impresionantes que toman como referencia los años de mediados del siglo XIX. Son el microscopio que Charles Dickens enfocó sobre la pobreza londinense en su novela Oliver Twist (de 1839) y las gráficas descripciones de las luchas de los obreros parisinos que Honoré Daumier hizo en sus libros hasta 1870 las que nos dan la impresión de que, cuando despegó la productividad, la inmensa masa de la población en edad de trabajar se vio perjudicada por un descenso en los salarios, o de que, cuando menos, se quedó estancada durante mucho tiempo en las mismas condiciones de miseria, desconexión e insatisfacción que ya le había tocado sufrir hasta entonces. Pero esa es una tesis por demostrar.

Una manera de contrastarla sería comprobando si los salarios de la llamada clase obrera —los salarios de los trabajadores «de cuello azul», denominación que designa a quienes realizaban trabajos manuales y físicos en general— se estancaron (o decayeron incluso) al tiempo que las economías modernas se afianzaban y se volvían más eficaces. La pregunta, entonces, es si los salarios del trabajo «de cuello azul» se estancaron o cayeron de verdad. La impresión popular general es que los trabajadores menos cualificados sí padecieron un recorte salarial absoluto (o, por lo menos, relativo en comparación con la remuneración de la mano de obra cualificada) a lo largo del siglo XIX por culpa de la mecanización.

Pero ese es otro error de concepto. Según el estudio británico antes mencionado, el salario medio por trabajador superaba el sueldo de los trabajadores de cuello azul en un 20% aproximadamente entre 1815 y 1850. Pero buena parte de esa diferencia se explica como resultado del hecho de que los salarios de los trabajadores manuales en la agricultura fueron bastante a la zaga durante esos años, y la mala situación relativa de la mano de obra en el campo en aquel entonces no puede atribuirse tan directamente a la aparición y expansión del sector moderno. Las estimaciones para el caso británico tomadas de otra fuente muestran que el salario medio de todos los trabajadores cualificados en el sector no agrario de la economía subió solo un poco más (un 7%) durante ese periodo que el salario medio de los trabajadores no cualificados.4 Los datos publicados por Clark en 2005 sobre el jornal de los obreros cualificados y el salario de los «aprendices» en el sector de la construcción en Gran Bretaña muestran que los aprendices comenzaron a perder terreno con respecto a los operarios cualificados en la década de 1810 —tras unos setenta años en los que no se había observado tendencia ascendente o descendente alguna—, pero también muestran que, a mediados de siglo, se produjo un punto de inflexión y los aprendices habían recuperado ya en la década de 1890 su anterior nivel de ingresos en relación con el de los trabajadores cualificados, y siguieron ganando terreno con respecto a estos en la década que siguió. Esa era también la impresión que se tenía en aquel entonces, por cierto. El primer ministro Gladstone, a la vista de la efusión de ingresos fiscales recaudados por el Estado de manos de todo tipo de perceptores de salarios, comentó lo siguiente en la Cámara de los Comunes:

No podría menos que ver con cierto dolor y mucho temor este extraordinario crecimiento si creyera que está circunscrito a la clase de personas de quienes diríamos que viven en condiciones acomodadas. [...] Pero [...] me consuela profunda e inestimablemente comprobar que, aunque los ricos se han hecho más ricos, los pobres también se han vuelto menos pobres [...]. Si nos fijamos en la situación media del trabajador británico (campesino, minero, operario o artesano), hoy sabemos por datos diversos e incontrovertibles que podríamos calificar el aumento que su medio de subsistencia ha experimentado durante los últimos veinte años de incremento sin parangón en la historia de ningún país o época.5

En Gran Bretaña, pues, la economía moderna no exacerbó la desigualdad salarial: desde luego, no de forma sistemática y, en ningún caso, permanente. Marx, con su confusión de los datos, nunca llegó a reconocer los hechos sobre los Gladstone llamó la atención de los parlamentarios aquel día.

La creencia de que, en el siglo XIX, a la mano de obra en general le tocó perder en comparación con el capital no tiene más sólida base empírica que las otras impresiones equivocadas. Recientemente, se han publicado datos que muestran el salario diario (o jornal) por trabajador empleado expresado como un índice sobre el producto nacional per cápita. En Gran Bretaña, ese índice subió, no bajó: concretamente, de 191 hacia 1830 hasta 230 hacia 1910. En Francia, creció de 202 hacia 1850 hasta 213 hacia 1910. En Alemania, pasó de 199 a comienzos de la década de 1870 a 208 a principios de la década de 1910.6 Robert Giffen, periodista y estadístico jefe de la administración pública británica, ya había trazado en 1887 un retrato estilizado de la situación usando datos de la renta de los individuos recopilados con la puesta en marcha del impuesto sobre la renta en Gran Bretaña en 1843. Según dichos datos, la renta agregada de «los ricos» se duplicó a lo largo de los cuarenta años siguientes, pero también se multiplicó por dos el número de ricos en suelo británico; por su parte, la renta agregada de los trabajadores manuales se multiplicó por más de dos al tiempo que su número total aumentaba relativamente poco.

Los ricos se han vuelto más numerosos, pero no más ricos a nivel individual; los «pobres» [...] son individualmente el doble de ricos (de media) que cincuenta años atrás. Así pues, los pobres han cosechado casi toda la ganancia correspondiente al gran avance material registrado en los últimos cincuenta años.7

Es de suponer que la evolución favorable de los salarios reales, aun a pesar de un prolongado mínimo en el salario relativo de la mano de obra no cualificada durante varias décadas del siglo XIX, tuviera dos grandes beneficios a los que generalmente se atribuye un alto valor social. Uno de esos beneficios es el efecto liberador que cualquier incremento en el nivel general de los salarios tiene para sus perceptores: permite que personas que estaban confinadas en los tramos más bajos de los salarios disponibles (trabajadores no cualificados, según la terminología habitual) pasen de realizar trabajos a los que antes no podían permitirse renunciar a ocupar empleos más apetecibles. Una persona que trabajara en la «economía doméstica» como ama de casa o como asistenta con paga en casas de otras personas podía de pronto permitirse cambiar de trabajo e incorporarse a una labor menos aislante; alguien que trabajara en la economía subterránea podía de pronto permitirse aceptar un empleo en la economía legítima, con la mayor respetabilidad y la menor dependencia que ello suponía para él o para ella; alguien podía de pronto permitirse dejar un trabajo en la economía comercial para ocupar otro con niveles de iniciativa, responsabilidad e interacción superiores que lo hacían más gratificante. Así pues, los salarios más altos se traducen también en lo que podríamos denominar una mayor inclusión económica. Son más las personas que terminan participando así en el proyecto central de la sociedad y contribuyendo a él, y encontrando de ese modo los premios y gratificaciones que solo una implicación así puede ofrecer. No ahondaremos aún en la descripción y la confirmación del valor de la inclusión económica, pues requieren de un análisis más extendido (como el que se recoge en el capítulo siguiente de este libro).

El incremento de los salarios tiene el beneficio social añadido de que reduce la pobreza y la indigencia. Según las observaciones de dos distinguidos economistas de su tiempo, se confirma que, en todas las economías modernas que emergieron en el siglo XIX (o, al menos, en todas aquellas para las que disponemos de datos), tuvo lugar una destacada disminución de la pobreza. Refiriéndose a las tendencias en Inglaterra y Escocia, Giffen señaló en 1887 el constante descenso en el número de indigentes (individuos declarados insolventes), aun en medio del más rápido crecimiento demográfico conocido: del 4,2% de la población que representaban en la primera mitad de la década de 1870 pasaron a ser el 2,8% en 1888. A propósito de Irlanda, a la que la economía moderna llegaría tiempo después, Giffen comentaba que había «habido un aumento de la indigencia, acompañado de un descenso de población». En la década de 1890, David Wells escribió un libro sobre la situación en Estados Unidos del que dedicó un par de páginas al «pauperismo», páginas en las que destacó que el «número de pobres como proporción del total de la población ha ido disminuyendo en líneas generales, y ello a pesar de los grandísimos obstáculos para [...] frenar el pauperismo con los que se enfrenta un país como Estados Unidos, que recibe anualmente batallones enteros de pobres procedentes de los países europeos».8 Otro modo de sopesar la tesis de que la economía moderna perjudica a las masas populares es examinando las pruebas —un tanto sorprendentes— de que disponemos referidas a enfermedades infecciosas, nutrición y la mortalidad resultante. El relato que nos cuentan, como los ya referidos en páginas previas del libro, no sigue una evolución lineal. Nos muestra más bien unas sociedades que florecen en el siglo XIX tras haber soportado de todo en el XVIII. Curiosamente, las muertes por viruela, que se registraban sobre todo entre niñas y niños pequeños, aumentaron a lo largo del siglo XVII hasta el momento de apogeo de la economía comercial (a mediados del siglo XVIII), cuando dos tercios de todos los niños y las niñas fallecían antes de cumplir los cinco años de edad. Es imposible que la causa de la epidemia de viruela fuera la economía moderna y el funcionamiento de esta, pues apenas si estaba en ciernes en aquel entonces. La causa ha de buscarse más bien en el aumento del comercio internacional y, más concretamente, en «la importación de cepas más virulentas a raíz del crecimiento del comercio mundial». Luego, las muertes por viruela comenzaron a remitir. En el segundo cuarto del siglo XIX, la mortalidad infantil había caído en dos terceras partes con respecto a los niveles máximos del siglo anterior. Ese descenso parece haberse debido más a la introducción de la economía moderna a partir de la década de 1810 que a los efectos de la primera fase de la Revolución Industrial en la década de 1770, la cual, como ya se ha señalado anteriormente, se circunscribió a un único sector y durante un periodo temporal breve.9 A medida que las economías modernas cobraron fuerza a lo largo del siglo XIX, el descenso de la incidencia de la viruela se hizo más acusado. Wells informaba en su día que, «para el periodo 1795-1800, la cifra anual media de muertes por viruela en Londres fue de 10.180; pero durante el quinquenio 1875-1880, solo se registraron 1.408».10

La incidencia de enfermedades infecciosas que afectan más a personas adultas que a niños también experimentó un pronunciado descenso en el siglo XIX. Wells escribió al respecto que «la peste y la lepra prácticamente han desaparecido [de Gran Bretaña y Estados Unidos]. Y, al parecer, también la fiebre tifoidea, que fuera en tiempos el azote de Londres, ha desaparecido por completo de dicha ciudad». De resultas de ello, las tasas de mortalidad también bajaron en picado. «En Londres, el índice anual de muertes, que había promediado 24,4 ‰ en la década de 1860, bajó hasta el 18,5 ‰ en 1888. En Viena, la tasa de mortalidad había llegado a ser de 41 y disminuyó hasta 21. En los países europeos, el promedio de descenso osciló entre una tercera y una cuarta parte. Para el global de Estados Unidos, la tasa se situó entre 17 y 18 en 1880».11

¿Cabía atribuir a la ciencia en exclusiva el mérito de toda esa variación? No es eso lo que opinan los expertos. En referencia a las disminuciones observadas en las enfermedades infecciosas registradas en Londres —viruela, «fiebres» (tifus y fiebre tifoidea) y «convulsiones» (diarrea y trastornos gastrointestinales)—, Razzel y Spence apuntan a las medidas de salud pública e higiene que el incremento de las rentas hizo posibles:

La mayoría de aquellas enfermedades estaban relacionadas con la suciedad. [La caída de la mortalidad] tuvo lugar por igual entre la población adinerada y la no adinerada. [...] Es posible que la transformación del contexto ambiental repercutiera en el grado de incidencia de toda una serie de afecciones. [...] La sustitución de prendas interiores de lana por otras de lino y algodón [...] y la mayor eficacia del lavado —gracias al hervido de la ropa, por ejemplo— fueron probablemente factores responsables de la erradicación progresiva del tifus y de los piojos.12

Wells señaló en su momento también el mejoramiento de la dieta que acompaña a una subida de los ingresos:

Ahora bien, aunque la mejora de los conocimientos y las regulaciones sanitarias han contribuido a semejantes resultados, estos se han debido principalmente a la mayor abundancia y el descenso del precio de los productos alimentarios, atribuibles casi enteramente a mejoras en los métodos de producción y distribución. [...] Parece ser que el estadounidense medio está aumentando de tamaño y peso, lo que no podría haber ocurrido de haberse registrado un retroceso en términos de un aumento de la pobreza de las masas populares.13

Así fue como la economía moderna ayudó a reducir enfermedades y mortalidad. Las mejoras en productividad propiciadas (a diario incluso) por la economía sirvieron a familias y colectivos los medios con los que combatir la enfermedad a través de medidas privadas y de políticas de salud pública. Las mejoras en la práctica hospitalaria —el uso de antisépticos, por ejemplo— contribuyeron a reducir numerosas enfermedades infecciosas. Además, los hospitales modernos son un componente propio de la economía moderna. Las averiguaciones y el aprendizaje que se realizan típicamente en los hospitales y su difusión a través del sector sanitario fueron un elemento notable de la explosión del conocimiento producida por las economías modernas.

Con el desarrollo de dichas economías y las mejoras en productividad que viajaron a otros países, el mundo se dejó atrapar por la dinámica de un círculo virtuoso. La menor mortalidad se tradujo en un incremento de la presencia de personas jóvenes en la población, lo que significó también más personas capaces de inventar, desarrollar y probar nuevos conceptos, y por consiguiente, una nueva ronda de incrementos salariales y descensos de la mortalidad.

NO FUE UN JARDÍN DE ROSAS

Los lectores a quienes hayan sorprendido todas estas buenas noticias sobre los salarios en las sociedades modernas tal vez esperen ahora que los datos sobre la evolución del empleo y el desempleo en aquellas economías modernas en ciernes corrijan tanta positividad. En 2009, un periodista británico, Maev Kennedy, a raíz de la publicación en línea de todo un siglo de archivos de periódicos de ese país por cortesía de la Biblioteca Británica, escribió que «toda aquella persona que se sienta abrumada por los escándalos políticos, las guerras, los desastres financieros, el desempleo por las nubes y los jóvenes borrachos agresivos de nuestra época actual, puede buscar refugio en el siglo XIX, con sus guerras, sus desastres financieros, sus escándalos políticos, su desempleo por las nubes y sus jóvenes borrachos agresivos». Pero fue la economía comercial del siglo XVIII, al crear las primeras grandes ciudades, la que marcó el nacimiento del fenómeno del desempleo masivo. Señaló el inicio de la migración de población activa desde la agricultura de subsistencia (donde solo ocasionalmente realizaban trabajos remunerados), en la que nadie estaba desempleado, a una vida urbana en la que carecer de empleo retribuido suponía tener pocas opciones alternativas de ganarse el sustento y un techo bajo el que cobijarse. Las personas tenían que buscar por su cuenta modos de asegurarse frente a una situación de paro. ¿Cómo? Ahorrando lo suficiente para sobrevivir a épocas de vacas flacas... si podían. Si no podían, había también sociedades benéficas (las Verein) a las que podían acudir los trabajadores cualificados en busca de ayuda; y muchos podían recurrir también a la asistencia de familiares o amigos. Asimismo, los programas estatales de seguro de desempleo acudieron al rescate de estas personas, pero no hasta 1905 en Francia y 1911 en Gran Bretaña.

El auge de las economías modernas en el siglo XIX multiplicó el número de ciudades, con lo que se multiplicó también el número de personas desempleadas. Al expandirse la parte urbana del país —con su consiguiente nivel propio de desempleo— y contraerse la parte rural —en la que solo se registraba subempleo—, inevitablemente aumentó el nivel de paro a escala nacional. Eso no fue algo del todo negativo. Los habitantes urbanos corrían el riesgo de quedarse desempleados, sí, pero también tenían la oportunidad de hallar en las ciudades algunas de las ventajas que llamaban a las personas a agruparse en esos entornos urbanos. Muchos y muchas huían de la vida agrícola en busca de la vida de la ciudad porque era un cambio que les salía a cuenta.

Carecemos de datos que nos indiquen si la economía moderna impulsó la tasa media de paro en las ciudades existentes por encima del promedio de un siglo antes. No obstante, los datos disponibles sí muestran unas tasas crecientes de participación laboral de la población activa a lo largo del siglo XIX (entre las mujeres, sobre todo) y unas tasas de paro que no eran superiores a las tasas registradas en nuestro momento presente (desde 1975, por ejemplo). En un estudio de hace unos años sobre Francia, se detectó «un cambio de tendencia, apreciable por vez primera en la década de 1850, que se produjo de la década de 1860 en adelante: hubo entonces una acusada aceleración del crecimiento [del número] de personas ocupadas [a pesar de] un marcado freno al incremento de la población en edad de trabajar».14 El advenimiento de la economía moderna en Francia parece haber sido el factor que hizo que un número creciente de personas en edad de trabajar gravitara hacia ocupaciones no agrarias, pues no se conoce fuerza alguna en el sector agrario propiamente dicho que les diera ese empujón para salir de él. En el caso de Gran Bretaña, el trabajo clásico de A. W. Phillips sobre el desempleo en relación con la inflación nos ofrece datos que se remontan a 1861. En ellos no se aprecian indicios de ninguna tendencia al alza en el desempleo en las décadas inmediatamente posteriores a esa fecha, cuando el sistema económico moderno se extendió y, con él, lo hizo también su capacidad de creación de nuevos conocimientos y, por ende, de facilitación de cambios. Además, de la evolución de la tasa de paro en el primer periodo de la serie (digamos que entre 1861 y 1910) no parece seguirse que esos índices fueran más altos entonces que en el periodo transcurrido entre 1971 y 2010, durante el que Gran Bretaña no ha sido precisamente un país líder en conocimiento o en invenciones en comparación con sus iguales. La lección que cabe extraer de ello es que el rápido crecimiento del conocimiento, y, por lo tanto, de la productividad y los salarios, procedió a través de uno o más canales que contuvieron el desempleo, una contención que la Gran Bretaña contemporánea, dotada de una economía menos inventiva en una sociedad menos creativa, ha tenido mucho más dificultad en conseguir. La infinidad de subsidios y organismos estatales dedicados a ello han logrado moderar el paro entre quienes participan con niveles salariales bajos en la economía, pero no han podido invertir la tendencia general.

Entonces, ¿a qué viene esa mala reputación que ensombrece las economías modernas (las que emergieron en el siglo XIX y sus manifestaciones posteriores)? Se les quedó adherida la imagen de las «aciagas fábricas satánicas» que William Blake viera esparcidas por el paisaje británico en 1804, una década antes de que llegara la verdadera invasión fabril al país. Cierto es que la pesadez de las tareas y las penurias del trabajo rural fueron reemplazadas básicamente por el tedio, la mugre y el ruido característicos de muchas fábricas (o de la mayoría de ellas). Pero la imagen de Charlie Chaplin en la cadena de montaje en su película de 1937 Tiempos modernos inspiraba más una sensación de automatismo y mecanicismo que de opresión. En cualquier caso, la fábrica no fue un elemento privativo de las economías modernas del siglo XIX y de la primera mitad aproximada del siglo XX, pues también aparecieron fábricas similares o peores en algunas de las economías menos modernas jamás conocidas: en la Rusia de Lenin y Stalin, y en la China de Deng Xiaoping, por ejemplo. Además, el auge de las fábricas no es un acompañamiento consustancial a una economía moderna en cualesquiera de las fases de esta. Es muy posible que el próximo país que avance hacia la modernidad se salte la parte de las fábricas y entre directamente de lleno en la fase de las oficinas y los webcasts interactivos.

Podría haber otra explicación de tal negativa fama. Y es que a nosotros, incluso ahora, en el siglo XXI, puede aún horrorizarnos la suciedad y la asfixiante contaminación de las ciudades que tan rápido crecieron en las economías modernas surgidas en el siglo XIX. Ahora bien, cuando pensamos de ese modo, olvidamos tener en cuenta lo que aquellas significaron para personas que, huyendo de sueldos propios del Medievo, encontraron allí rentas entre dos y tres veces superiores a las medievales, ingresos que fueron los que terminó disfrutando la mayoría de la población de Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia y los países germanos en el siglo XIX. La renta es algo ciertamente abstracto e inerte. Pero la realidad es que los incrementos de renta reducen la incidencia de la pobreza.

La economía moderna trajo consigo beneficios materiales inmensos para los países a los que llegó e, incluso, para algunos a los que no llegó. Al aumentar las tasas salariales, proporcionó la dignidad característica de la independencia económica a un número mayor de personas: las liberó para salir a participar en la sociedad e hizo posible la vida urbana como opción alternativa a las costumbres rurales. Al incrementar los ingresos de la población, mejoró el nivel de vida en aspectos básicos, lo que a su vez redujo los riesgos de una muerte temprana por enfermedad y permitió así que se pudiera disfrutar durante más años las ventajas de ese nivel de vida mejorado. Surgió también una nueva clase media que podía salir a comer fuera, ir al estadio o al teatro, e introducir a sus hijos en las artes. (En Estados Unidos se decía que parecía haber un piano en cada sala de estar.)

Podría parecer que ese «crecimiento sostenido» ya no nos importa como importaba entonces. Y lo cierto es que el incremento de renta es menos importante para los perceptores actuales que cuando las condiciones de consumo y de salud de partida eran tan desesperadamente bajas (como pone de manifiesto el considerable acortamiento de la jornada y la semana laborales registrado entre las décadas de 1860 y 1960). De hecho, uno de los temas centrales del presente libro es que cada vez es mayor el número de personas participantes en las economías modernas para las que el crecimiento continuado de sus tasas salariales y sus sueldos no es una de las cosas más importantes de su vida. Ciertos estudios sobre la «felicidad» realizados una década atrás han dado pie a una tesis relacionada, aunque un tanto diferente. Tomando como base datos extraídos de encuestas de hogares se ha llegado a la conclusión de que, a partir de cierto punto, las personas situadas en posiciones más altas de la escala de renta no declaran tener unos niveles proporcionalmente más elevados de «felicidad» (entendida como una especie de estado budista de anulación de todo deseo de más consumo u ocio). Y esa conclusión se deduce aun a pesar de la mayor responsabilidad y la más amplia perspectiva que las situaciones de percepción de ingresos más altos permiten tener. (Otros investigadores han deducido posteriormente de datos similares que esa conclusión no es del todo correcta.) Sea cual sea la veracidad de esa tesis, siempre hemos sabido que «el dinero no compra la felicidad» y que, por lo tanto, esta no está ligada a la renta. Ganar ingresos elevados es un medio de obtener satisfacciones no clasificables como «felicidad», pues, si no, las personas no tratarían de conseguir esa renta adicional que la mayoría persiguen sabiendo que nunca va a reportarles un aumento de su felicidad declarada. Un déficit de ingresos es un impedimento para alcanzar objetivos clave relacionados con el desarrollo personal y con una vida gratificante. Uno de los grandes logros de las economías modernas es que, a lo largo de su dilatada historia, cada vez hayan sido menos los participantes en ellas que hayan carecido de la renta necesaria para tratar de alcanzar sus metas inmateriales.

Es evidente que, si en Occidente no hubiera surgido la economía moderna y nos hubiéramos tenido que conformar con la economía mercantil de la época del Barroco, las tasas salariales y los ingresos tal vez habrían crecido como consecuencia de algunos de los avances científicos (fueren cuales fueren) que habrían tenido lugar de manera exógena a las economías en sí. Pero los salarios y la renta no habrían crecido ni de lejos al ritmo al que realmente lo hicieron. Si la ciencia exógena hubiera sido el principal motor del crecimiento decimonónico en las selectas economías occidentales que experimentaron un crecimiento rápido, dichos avances habrían provocado una especie de subida de la marea que habría elevado el nivel de todos los barcos, incluidos los de los holandeses y los italianos, que eran relativamente productivos al inicio del siglo XIX. Pero el hecho es que, aunque casi todos los países occidentales partieron de un origen parecido allá por 1820, los éxitos materiales de algunos de ellos (los imponentes logros de las economías modernas) superaron con mucho a los de otros.

En definitiva, este capítulo no solo ha cuantificado el rápido crecimiento que la llegada de la economía moderna trajo a varios países, sino que también ha aportado pruebas de que, en los países en los que esta arraigó, gracias a su incesante creación de nuevos conocimientos económicos, cambió radicalmente las condiciones materiales de vida. Las economías modernas lograron tal proeza haciendo aquello que estaban más que facultadas para intentar y conseguir gracias a su propia estructura interna: concretamente, innovando en masa.15 Es evidente que aquellas naciones se impregnaron de tan masivo esfuerzo innovador desde los cimientos hasta la cima. Como corresponde al carácter social de base de esa innovación, algunos de aquellos beneficios —la renta, por ejemplo— alcanzaron equiproporcionalmente a los sectores menos favorecidos; otros beneficios, como la salud y la longevidad, favorecieron principalmente a los más desfavorecidos. Según una historia reciente de la evolución de este fenómeno, aquella fue una «revolución» económica que puede considerarse «en muchos sentidos lo mejor que jamás le haya ocurrido a la gente corriente de Estados Unidos».16

Pero el cambio material no es la única de las hazañas de la economía moderna. El mundo inmaterial (o intangible) de la experiencia, la aspiración, el espíritu y la imaginación se vio modificado de forma no menos radical para cada vez más personas. Ese es el tema del capítulo siguiente.

3
LA EXPERIENCIA DE LA VIDA MODERNA

Europa fue transformada por la novedosa experiencia de la vida metropolitana entre 1860 y 1930. El expresionismo fue una expresión visionaria de la sensación de desorientación y euforia que nos embarga en un mundo vertiginoso e incomprensible.

JACKIE WULLSCHLAGER, Financial Times

El joven Estados Unidos [...] siente una gran pasión, un verdadero furor, por lo nuevo.

ABRAHAM LINCOLN, «Second Lecture on

Discoveries and Inventions»

Con las economías modernas llegó también algo radicalmente nuevo: la vida moderna. Los resultados en términos de consumo, ocio y longevidad señalados ya en el capítulo previo fueron de una gran magnitud, suficiente en algunos casos para influir en lo que las personas fueron capaces de hacer a partir de entonces. Con una vida más prolongada en perspectiva, es más fácil que las personas estén dispuestas a prepararse para unas carreras profesionales que requieran de una mayor inversión inicial. No obstante, estas ganancias materiales, si bien cambiaron el nivel de vida (y de las condiciones laborales), no variaron radicalmente el modo de vida: no cambiaron el «cómo éramos». De esas ganancias materiales, tal vez la que se acerque más a semejante trascendencia sea el descenso de la mortalidad infantil, pues sin duda debió de reducir el sufrimiento moral y el temor de tener hijos. Pero ¿modificó fundamentalmente la experiencia de tener y criar a un hijo o una hija?

Donde la economía moderna tuvo una trascendencia verdaderamente radical en aquellas ciudades o naciones donde emergió fue en el ámbito de sus resultados inmateriales. Transformó el trabajo y las carreras laborales de un gran (y creciente) número de participantes en ella. Sí representó, pues, un cambio vital: me refiero a que la novedosa experiencia del trabajo en la economía moderna y, con ella, la igualmente nueva experiencia de la vida de la ciudad modificaron el carácter de la vida y no solo el nivel de esta. Lógicamente, el efecto completo de ese cambio tardó un tiempo en materializarse y, en algunos trabajos, lo hizo más tarde que en otros (o no llegó a materializarse nunca). Así que no sería de extrañar que los observadores tempranos de esta evolución advirtieran menos esas consecuencias que los observadores posteriores, que difícilmente podían ya pasar por alto el nuevo tenor de los tiempos.

Hay que reconocer que algunos de los grandes economistas de la modernidad se dieron perfecta cuenta de la importancia central que la experiencia del trabajo en sí tenía para las vidas de la población trabajadora. Alfred Marshall, el más destacado economista británico del cuarto de siglo iniciado en 1890, hizo hincapié en el hecho de que las personas empleadas en el sector empresarial y comercial de las economías modernas se dan cuenta de que la mayoría de los problemas que tienen que resolver surgen en el transcurso de su trabajo en dichas economías:

La actividad económica que proporciona a una persona su medio de vida ocupa generalmente su pensamiento durante la mayor parte de las horas en que su mente está más activa. Durante ellas, su carácter va siendo moldeado por [...] su trabajo [...] y por sus relaciones con sus colaboradores en ese trabajo.1

Muy probablemente, había algo de comedimiento muy británico en esas palabras y Marshall tenía en realidad una disposición bastante más favorable aún a la estimulación y la ejercitación mentales que ofrecían los puestos de trabajo que él conocía en su tiempo. Unas décadas después, el economista sueco Gunnar Myrdal presentaba un parecido argumento en un estilo más contundente y con la explicitud que siempre le caracterizó:

En economía es una frase hecha [decir que] el consumo es el fin único de la producción. [...] Es decir, que el hombre trabaja para vivir. Pero hay muchos que viven para trabajar. [...] La mayoría de las personas que gozan de una situación razonablemente buena obtienen más satisfacción como productoras que como consumidoras. [...] Muchos caracterizarían incluso el ideal social como aquel estado en el que el máximo de personas posibles puede vivir conforme a esa prioridad.2

Marshall y Myrdal se apartaron de la teoría económica ortodoxa al reconocer que la vida empresarial, comercial y laboral (y, más concretamente, el dar con el modo de producir mejor y el valorar qué sería mejor producir) constituía un elemento motivador en el que estaba centrada la mente de un número creciente de personas.

Aquella observación de Marshall y Myrdal resulta sorprendente en un par de sentidos. Y es que, si enfatizaron de ese modo el aspecto mental del trabajo, es porque consideraban que ese había sido un aspecto muy desatendido hasta entonces. Las personas —o la mayoría de ellas, al menos— no obtienen estímulos ni desafíos parecidos dedicando su vida al cuidado de los niños pequeños o a otras actividades domésticas. (Si el mundo rebosara estímulos y retos mentales por los cuatro costados, hallar eso mismo en el lugar de trabajo no habría tenido nada de reseñable ni habría sido merecedor de mención escrita alguna.) Y también debieron de entender que se trataba de algo verdaderamente nuevo. De hecho, daban tácitamente por supuesto que el trabajo en tiempos pretéritos no había tenido esa capacidad tan amplia para captar la atención del trabajador (quizá con la excepción del trabajo que necesitaba el monarca para conservar el poder). Son el estímulo mental y el desafío intelectual del trabajo en la economía moderna los que son ricos en satisfacciones, y no las labores agrarias de las economías tradicionales. Marshall y Myrdal entendieron implícitamente que los lugares de trabajo eran escenarios de implicación intelectual, pero dejaron sin especificar cuáles eran los estimulantes y los retos que provocaban tal implicación.

UN MUNDO DISTINTO: TRANSFORMACIÓN DEL TRABAJO Y DE LAS CARRERAS PROFESIONALES

La diferencia de las experiencias en la economía moderna proviene de lo diferente que es también su actividad de creación, desarrollo, comercialización y prueba de ideas nuevas. En muchas ocupaciones, si bien no en todas, la experiencia del trabajo se transforma y sustituye la monotonía —o estasis— típica en las economías tradicionales por el cambio, el desafío y la originalidad que encontramos en la economía moderna. Con un poco de observación y algo más que un poco de interpretación, podemos identificar algunas de las experiencias (o categorías de experiencias) característicamente modernas, aun cuando puede que se nos escapen algunas. Quizá no todas esas experiencias puedan considerarse recompensas (véase más a este respecto en párrafos posteriores). E incluso las que claramente sí lo son no constituyen condiciones suficientes para hacer de una economía moderna que funciona bien una economía justa, aunque sí puedan resultar necesarias para que lo sea (véanse los capítulos 7 y 8). Pero comencemos por las experiencias.

La modernidad trajo consigo el cambio continuo, en marcado contraste con la uniformidad y el tedio del trabajo en las economías tradicionales. El cambio incesante procedente del exterior de una empresa aportaba estimulación mental a los participantes. Cuando llega un producto nuevo, un usuario (actual o potencial) del mismo puede sentirse estimulado a preguntarse si no podría obtenerse algún beneficio de usarlo de algún modo que todavía no se ha explorado. Un productor puede sentirse estimulado también a preguntarse si habría algún modo de mejorar o cambiar su funcionamiento. En una economía tradicional, podía haber productos ya existentes que fueran susceptibles de recibir nuevos usos o de ser mejorados —es decir, productos a los que les quedaran posibilidades inaprovechadas por descubrir—, lo que significa que también podríamos hallar margen para el estímulo incluso en entornos tradicionales. Pero la estimulación que proviene de todo un aluvión de productos nuevos es mucho más potente.

Otra experiencia que la economía moderna trajo consigo es el proceso de resolver problemas nuevos que se van planteando en los intentos de crear cambio desde dentro. Aunque artesanos y agricultores fueron superando paulatinamente en época antigua y medieval obstáculos planteados desde tiempos ancestrales, es evidente que durante los siglos XVI, XVII y XVIII habían agotado ya los desafíos de ese tipo y sus correspondientes soluciones. Varios descubrimientos schumpeterianos habían tenido lugar con anterioridad y aún algunos más irían ocurriendo ocasionalmente. Pero un país no puede depender de la fuerza y la frecuencia de tales hallazgos, ni de la posibilidad de ser la nación mejor situada para desarrollar una nueva oportunidad. Solo la economía moderna de un país es capaz de crear para su población en edad de trabajar la inacabable sucesión de problemas nuevos requeridos para que su trabajo siga teniendo ese carácter de desafío. Algunos filósofos emplean el término autorrealización para referirse a la «expansión de talentos» resultante, por entender que supone la plena realización del potencial de una persona. Las direcciones de las empresas y organizaciones hablan de employee engagement (compromiso o implicación de los empleados) para indicar que su personal se siente estimulado por los avances novedosos y absorbido por los problemas inexistentes hasta entonces que estos plantean ahora. Las palabras antes citadas de Marshall y Myrdal podrían interpretarse como si ambos autores tuvieran ya en mente estas cualidades del trabajo moderno.

Relacionada con lo anterior, está también la experiencia social del intercambio de ideas e impresiones con los colegas del lugar de trabajo en el transcurso de la actividad laboral. No cabe duda de que tanto las interacciones como los problemas y la resolución de estos están presentes también en el hogar, donde un padre o una madre interactúa con sus hijos y con otros padres y madres. Pero el lugar de trabajo moderno brinda constantemente nuevos intercambios y no se limita a reciclar otros ya antiguos, lo que sin duda representa una diferencia trascendental.3 En una economía moderna, también se desarrolla un intercambio fuera del lugar de trabajo. Empresas que compiten entre sí —y no solo aquellas que se compran productos unas a otras o que se abastecen de una misma reserva de mano de obra o de capital— pueden considerar conveniente fusionarse o coludir. Un empleado o una empleada puede beneficiarse en varios sentidos distintos participando en conversaciones de trabajo al término de la jornada laboral. Una empresa con mayor accesibilidad a la rumorología de su sector de actividad puede hacerse una idea mejor de qué no producir.

A otra categoría pertenecen las experiencias de dirigir (o participar en) una iniciativa de índole innovadora. Para el emprendedor o el líder de un equipo (y para otros miembros de ese equipo también), esos proyectos brindan oportunidades de inyectar dosis de creatividad y criterio propios en las decisiones finales: oportunidades, en definitiva, de expresión o afirmación personal. Para muchas personas, esta actividad resulta propicia para derivar de ella una mayor sensación de éxito o realización que la que pueda derivarse de la mera resolución de problemas. En las economías tradicionales de las eras mercantil y anteriores, el trabajo consistía principalmente en una rutina y, salvo algún que otro incendio ocasional que apagar, la oportunidad y la necesidad de ejercer la iniciativa personal eran solo ocasionales.

Hay otra categoría de experiencias laborales que es la más característicamente moderna. Y es que, en la economía moderna, las carreras profesionales casi obligan a los participantes a embarcarse en un sinuoso viaje de exploración, a lanzarse en un salto al vacío. Algunas de las impensadas experiencias y de los desafíos que las personas afrontan a lo largo de esas trayectorias pueden ser incluso los episodios más valiosos de su vida profesional, y constituyen sin duda los beneficios más característicamente modernos de la economía moderna. En economías más antiguas, las expediciones de descubrimiento eran casos excepcionales: el viaje de Marco Polo a China o los de Leif Eriksson a Vinlandia, por ejemplo. En la economía comercial del capitalismo mercantil, se daban de vez en cuando saltos a lo desconocido que, en cualquier caso, estaban reservados a un reducido grupo de personas. En la economía moderna, sin embargo, estas recompensas característicamente modernas de autodescubrimiento tienen un carácter endémico.

Varios de los resultados finales del trabajo y la carrera profesional se cuentan también entre las recompensas inmateriales del trabajo moderno. La economía moderna hace posible que los participantes acumulen logros, y muy visibles, además. La gratificación que esos éxitos reportan es un beneficio nada desdeñable. Hablamos de satisfacciones que estaban fuera del alcance de los participantes en las economías tradicionales (salvo para un reducido número de ellos), incluidas las economías mercantiles de la era comercial, ya que en aquel entonces era difícil que se lograra nada que se saliera de lo corriente, a excepción, tal vez, de conseguir comerciar bienes a distancias cada vez mayores. De todos modos, en algunas encuestas de hogares no parece detectarse que las personas busquen empleos que les ofrezcan perspectivas de alcanzar logros, sino que les interesa más vivir experiencias personales y cierto crecimiento interior, así que debemos ser cautelosos y no exagerar la importancia de este aspecto.

También hay que valorar la experiencia de la libertad. Para un economista clásico, tener en cuenta los beneficios materiales de la economía moderna posibilitados por sus instituciones habilitadoras y por su cultura estimuladora y, luego, añadirles los pros de las libertades que permiten que las personas produzcan esos beneficios materiales sería como contabilizar dos veces una misma cosa. Pero en cualquier economía moderna de la vida real —que no se limite a un modelo teórico en el que todo factor presente y futuro se supone conocido—, los agentes pueden intuir o valorar oportunidades y peligros sobre los que se tenga mínimo o nulo conocimiento público. Las libertades de los individuos para actuar (o para no actuar) en función de su conocimiento, su criterio y su intuición particulares pueden resultar indispensables para la sensación de independencia (y, por lo tanto, de autoestima) de las personas. Así entendida, la libertad de asumir la dirección de nuestra propia vida y de cometer nuestros propios errores es un bien primario en sí mismo, y de enorme importancia, por cierto.

En algunos análisis sobre la cuestión de las recompensas que reporta el trabajo en tiempos modernos, aparece también el concepto de consecución o conquista. Algunas conquistas materiales, como puede ser la riqueza amasada por una persona, no pertenecen al conjunto de resultados finales que se derivan de la participación en la economía moderna. La riqueza es esencialmente un medio de consecución de beneficios diversos (de los que los más obvios son los beneficios materiales señalados en el capítulo anterior), así como de diversas experiencias laborales también. (Los hogares pueden ahorrar ahora para poder permitirse aceptar un trabajo que ofrezca experiencias más adelante, aun a costa de una remuneración monetaria más baja.) Y ciertas conquistas inmateriales, como pueden ser los honores y la influencia acumulados, presentan también problemas de clasificación. Por su condición de bienes posicionales, tienen valor para la persona en la medida en que otras no los tienen. (Se ha llegado a decir que la felicidad de los ganadores del Premio Nobel es menor que la infelicidad que provoca en el resto de favoritos el hecho de no ganarlo ese año.) No obstante, no es razonable pensar que una sociedad no valora las conquistas de sus miembros y que solo gana en la medida en que la búsqueda de la consecución de tales conquistas impulsa la asunción de riesgos y sacrificios que sirven para generar algunos de los otros beneficios inmateriales nombrados más arriba.

¿Cuál es la sensación de vivir en un país dotado de una economía moderna? ¿Cuál era, en concreto, la sensación de participar en las economías modernas que surgieron en el siglo XIX y en las que siguieron siendo modernas en el XX? Responder a esa pregunta requiere de cierto ejercicio de imaginación por nuestra parte. No contamos con pruebas directas y evidentes de la significación que la experiencia del trabajo y la carrera profesional tenían para aquellos participantes. Pero sí disponemos de algunos elementos e indicios, algunos de ellos directamente observables e incluso medibles (otros, sumamente circunstanciales y especulativos). La importancia de esa experiencia es lo que va a centrar nuestra atención aquí. Cabe suponer que, si era importante, las personas la considerarían valiosa.

Sobre la importancia del intercambio —una característica del mundo moderno—, disponemos de ciertos datos demográficos directos. En las economías mercantiles, era excepcional la industria que se concentraba en una localidad o región. Cuando mantenerse al día de las ideas novedosas no era un imperativo, la mayoría de las industrias se dispersaban por el territorio. Pero cuando, durante el siglo XIX, ese mantenerse al día de las nuevas ideas pasó a resultar crucial para la toma de decisiones, el paisaje se transformó. La gente fue allí donde estaban las ideas y de ello resultó una fuerte tendencia a la aglomeración. Las empresas de un sector se apiñaban en un mismo lugar (los talleres textiles franceses en Lyon, por ejemplo, o los metalúrgicos ingleses en Birmingham, o los fabricantes de ropa italianos en Nápoles). Más tarde, en el siglo XX, es el momento de la industria del cine alemana en Berlín, o de las empresas automovilísticas estadounidenses en Detroit, etcétera. Las áreas rurales se despoblaron y surgieron ciudades. Alemania, pese a registrar un reducido incremento de población, pasó de tener cuatro localidades clasificadas como ciudades en 1800 a una cincuentena de ellas en 1900. En 1920, los estadounidenses habían dejado ya de vivir predominantemente en zonas rurales para vivir mayoritariamente en ciudades. Por vez primera en la historia, las personas podían interactuar cómodamente unas con otras por razones comerciales, profesionales o de otro tipo. Y aprovecharon esa nueva situación. El número de tabernas y cafés donde las personas podían conversar se disparó en Gran Bretaña y en Francia durante el siglo XIX (después de que se detectara ya un aumento de esos establecimientos durante la época inmediatamente previa). Lo que, desde la perspectiva de Marx, podía considerarse un hacinamiento generador de miseria urbana fue, desde ese otro enfoque, favorable tanto para los trabajadores como para los capitalistas (hasta cierto punto, al menos). (Ninguna empresa huyó de la ciudad seguida por una plantilla de trabajadores encantados de efectuar ese cambio de aires... o, por lo menos, no hasta que algunas empresas de internet lo han hecho en fecha mucho más reciente.)

Sobre otra experiencia netamente moderna —el placer de encontrarse con la novedad y, sobre todo, con problemas nuevos y resolverlos—, existen pruebas clínicas directas del anhelo de estimulación mental y de resolución de problemas que experimentan algunos primates. Algunos trabajadores de parques zoológicos han compartido sus descubrimientos en ese terreno:

Los animales del zoo del Bronx solían pasar el tiempo aburridos sin hacer nada, dando vueltas por sus pequeñas jaulas y comiendo lo que les daban en una bandeja. Eso los volvía apáticos. A medida que fueron apareciendo nuevos estudios sobre la fauna salvaje y sobre la conducta animal, se hizo cada vez más evidente que el aburrimiento minaba la salud de los animales. [...] Actualmente, los animales no tienen tiempo para aburrirse. Desde mediados de los años noventa, los zoos de Nueva York manejan una concepción más amplia de lo que se entiende por una atención adecuada, que incluye el estado mental del animal. [...] Básicamente, se trata de evitar el aburrimiento. Pero los científicos tienen objetivos más altos aún, según comenta la doctora Diana Reiss, científica titular del Acuario de Nueva York. «Nos estamos preguntando “¿Cómo podemos dar a los animales [...] la oportunidad de hacer sus propias elecciones? ¿De afrontar retos? ¿De resolver problemas y usar su cerebro? ¿Cómo podemos enseñarles a aprender por su propia cuenta?”». [...] Los cuidadores del zoo están experimentando formas de reproducir esas tareas y esos ejercicios de resolución [...] en condiciones salvajes. Para ello, están usando juguetes diversos, escondiendo comida [...]. «La novedad es muy importante», comentaba el doctor Richard Lattis, vicepresidente primero de la Sociedad de Conservación de la Vida Salvaje, que gestiona los cinco parques zoológicos de la ciudad y el acuario. El problema es que «no podemos dejar de inventar cosas nuevas. Los animales se cansan de los juguetes conocidos».4

Aunque no se han realizado experimentos idénticos a esos con seres humanos, podemos estar bastante seguros de que en las personas hay tanto anhelo (o más) de nuevos estímulos mentales y de resolución de problemas. Las reformas introducidas en las prisiones hace unas décadas pusieron de manifiesto que, cuando a los internos se les permitía jugar al ajedrez o a otros juegos, y estudiar libros, su salud (tanto emocional como física) mejoraba. Hay naciones que han experimentado con una reducción drástica de las horas de trabajo. En la Europa continental, donde la mitad de los hombres ya están jubilados a los 55 años de edad y donde las mujeres se jubilan antes incluso que los hombres —poniendo así fin prematuro a los cambios, los desafíos o la originalidad para ellos y ellas—, un médico ha publicado que la tasa de mortalidad de sus pacientes se dispara en los meses inmediatamente posteriores al momento en que inician su jubilación.

Hay también pruebas estadísticas. En la Encuesta Social General de 2002, nueve de cada diez personas adultas estadounidenses que trabajaban más de diez horas a la semana dijeron estar «muy satisfechas» o «bastante satisfechas» con sus trabajos. La satisfacción laboral es menor entre quienes realizan trabajos menos enriquecedores, por supuesto. Pero incluso entre quienes se clasificaban a sí mismos como de clase trabajadora, un 87% declaraban estar «satisfechos». Entraría dentro de las posibilidades lógicas que a las personas simplemente nos encante esforzarnos hasta la extenuación, aun en ausencia de recompensas mentales e intelectuales. Pero posible no significa probable. Si los encuestados hubieran contestado que estaban insatisfechos con sus ocupaciones, habría resultado difícil defender que la vertiente mental e intelectual del trabajo está altamente valorada, pero que dicha valoración se ve contrapesada y superada por la dureza del esfuerzo mismo del trabajo. Pero la gente declara niveles considerables de satisfacción con sus trabajos pese a la fatiga, el estrés, la pesadez de algunas tareas y las tensiones interpersonales, y eso no deja de resultar muy llamativo. (Y, además, desmiente a Robert Reich, ex secretario de Trabajo de Estados Unidos, quien, en un programa radiofónico en el que coincidió en octubre de 2006 con quien aquí les escribe, no tuvo reparo en afirmar rotundo que «los estadounidenses detestan sus trabajos».)

Tal vez estas primeras observaciones hayan dejado razonablemente claro que el advenimiento de la economía moderna fue una bendición para las personas participantes en ella, pues les reportó beneficios y recompensas que, en épocas anteriores, habían estado reservados a unos pocos afortunados, como, por ejemplo, la implicación con el puesto de trabajo, la gratificación intelectual e incluso el placer de algún que otro descubrimiento ocasional. Podría valer la pena, pues, examinar esa llegada de la modernidad a través de un prisma distinto.

LA EXPERIENCIA MODERNA SEGÚN SU REFLEJO EN EL ARTE Y LA LITERATURA

¿Existen otras pruebas del hondo cambio que la economía moderna introdujo en la vida laboral y, por consiguiente, en la vida misma? Tenemos la literatura y el arte que se produjeron en la era de la economía moderna. Normalmente, esperamos que la literatura ilumine aspectos de la vida de nuestro tiempo de cuya existencia quizá no fuéramos muy conscientes. «Sí —nos decimos al leer las obras más evocadoras—, esa justamente es la sensación que tengo». Y el simple hecho de que haya personas que escriben novelas y otras que componen sinfonías puede ser un síntoma del entusiasmo de la gente en ese momento y de sus esfuerzos por expresar y comprender el nuevo sistema que tanto ha transformado la vida, como bien ha comentado Vargas Llosa en ese sentido. Así que resulta razonable echar un vistazo a las obras de ficción más destacadas con el propósito de apreciar en ellas pistas de cómo cambió la vida con el surgimiento de las economías modernas. Evidentemente, pocos escritores reflexionaron en términos concretos sobre la experiencia del trabajo y de la carrera profesional en la época que les tocó vivir. Pero lo que nos ha llegado de ellos sobre esa cuestión puede indicarnos bastantes detalles al respecto.

Siempre ha habido escritores que han escrito sobre la aventura, incluso cuando no había mucha que ver en el mundo real. Los países más destacados de la era del Barroco, con sus economías mercantiles y sus exploradores patrocinados por el Estado, no brindaban a los autores literarios una experiencia de cambio, retos y originalidad sobre la que escribir, que digamos. En España, la novela Don Quijote de Miguel de Cervantes (1605) no dejaba de ser, desde el punto de vista literario, una sátira sobre las novelas de caballerías que algunos autores populares en aquel entonces trataban de vender al público lector de la época. Pero, vista desde otra perspectiva, su temática central es la de las privaciones propias de una vida desprovista de desafíos y de creatividad. Don Quijote, atrapado en el desierto español, tenía vedada toda experiencia que pudiera asemejarse (aun de lejos) a la del trabajo y la carrera profesional modernos. Junto a su «escudero», Sancho Panza, el caballero manchego se siente impulsado a inventar causas y retos caballerescos. Cuando, postrado ya en su lecho de muerte, anuncia que sus aventuras han terminado, Sancho prorrumpe en sollozos, pues se da cuenta de que también él necesitaba aquellas fantasías. En Gran Bretaña, Daniel Defoe, a quien su imaginación le fue de mucha mayor utilidad que sus conocimientos en economía, se interesó por la innovación, pero, para escribir sobre ella, tuvo que ambientar su novela de 1719 Robinson Crusoe en una isla alejada de las rutas marítimas: una isla en la que Crusoe, un marinero náufrago, queda atrapado durante 28 años. Allí Crusoe hace lo que no podía haber hecho en una Gran Bretaña que todavía era eminentemente premoderna: llevar una vida de innovación, al principio para sobrevivir, pero luego simplemente porque puede llevarla. Comienza trabajando durante meses para construirse un barco y, luego, descubre que este es demasiado pesado para navegar. (En la novela de Defoe de 1721 Moll Flanders, la aventurera protagonista roba un caballo y, luego, al no saber qué hacer con él, lo devuelve.) No en vano Defoe ha sido llamado el poeta de los errores, las dificultades y los contratiempos.

Cuando las economías modernas brotaron por fin, pocos fueron los escritores que se dedicaron a transmitir sensaciones de esa nueva situación. Pero tres inmensas novelas destacan por su capacidad para insinuar que algo de trascendencia épica estaba aconteciendo. La más temprana de todas data de 1818 y es Frankenstein, o El moderno Prometeo, de Mary Shelley (cuyo nombre de soltera era Mary Wollstonecraft Godwin). Para los poetas y artistas románticos en Gran Bretaña, la heroica figura de Prometeo simbolizaba la capacidad del libre albedrío, la creatividad y la destrucción. Frankenstein se convirtió en la más influyente versión de dicha figura.5 Es imposible que la autora previera en fecha tan temprana cómo sería la economía moderna ni que, menos aún, nos estuviera advirtiendo contra ella, pero a medida que esa economía fue haciéndose más fuerte, los lectores que siguieron sintiéndose atraídos por la novela comenzaron sin duda a apreciar paralelismos entre el monstruo creado por el doctor Viktor Frankenstein y las innovadoras empresas creadas por los emprendedores. Cuando, en la versión cinematográfica rodada por James Whale en 1931, el doctor Frankenstein, al ver que su monstruo se mueve, exclama «¡está vivo!», bien podría haber estado diciéndolo de la incipiente economía moderna de la Gran Bretaña o del Estados Unidos de los tiempos de la novela. Las empresas tienden generalmente a ser amables con clientes y patronos igual que el monstruo lo solía ser. Pero ¿era la novela una crítica contra el prometeísmo? ¿Contra la economía moderna? El poeta Percy Shelley, preocupado por que la novela de su esposa fuese entendida como una advertencia contra esas novedades, desmintió toda interpretación de ese tipo en el prefacio que escribió para prologar el libro. Pero tenía pocos motivos para tal preocupación. El libro no es un ataque contra la innovación. Sí es, por el contrario, un lamento por la incapacidad del propio Frankenstein y de los lugareños para aceptar al monstruo. Y es también una declaración sobre la incapacidad de la ciencia para reproducir fielmente las capacidades creativas de las mentes humanas.

Otra novela de la época romántica que es una especie de boya indicadora de la presencia de la economía moderna es Cumbres borrascosas, que Emily Brontë publicó en 1847. El telón de fondo de la trágica historia de amor que allí se narra es la tensión entre la vida rural en la que Cathy está recluida y la fuerza irresistible que atrae a Heathcliff hacia la gran ciudad, donde uno puede labrarse una carrera profesional importante.6 A mediados del siglo XIX, el dinamismo de Londres había conquistado ya la imaginación de la generación de los jóvenes de entonces, aun cuando algunos de ellos tendrían que quedarse atrás. En la versión cinematográfica clásica, cuando Heathcliff se marcha de Cumbres Borrascosas, Cathy expresa el entusiasmo del momento —el que ella siente o, quizás, el que ella adivina en él— con una exhortación muy directa: «Vete, Heathcliff, sal corriendo de aquí, ¡tráeme el mundo a tu vuelta!».7

Charles Dickens tenía unas percepciones del mundo del trabajo que resultaban más complejas de lo que se cree normalmente. Su fuerza como escritor era tal que podía despertar pública compasión por los huérfanos indigentes y por los trabajadores no cualificados oprimidos por la naturaleza mecánica de la mayoría de las tareas en una fábrica, y así lo hizo en su novela de 1837 Oliver Twist y en otra novela suya, de 1854, Tiempos difíciles. La dureza de la propia introducción de Dickens en la vida de Londres tras su llegada a la ciudad cuando apenas era un niño de doce años le permitió entender muy de cerca la onerosa carga consustancial al trabajo no cualificado. Pero su sensibilización fue aumentando también con respecto a todo un abanico creciente de problemas en la sociedad inglesa.

Ni siquiera Tiempos difíciles es una novela centrada en los padecimientos de los trabajadores descritos por la señora Trollope. [...] El foco de atención satírico de la novela se ocupa menos de lo laboral industrial [...] que de aquellas fuerzas que oprimían la vida individual e imaginativa. Los problemas de Stephen Blackpool nacen, no de la industrialización, [...] sino (en primera instancia) de la incapacidad del Sistema, encarnado por el Parlamento y el establishment, para responder a las dificultades de su matrimonio, y (en segunda instancia) por su negativa a sumergir su individualidad en otro sistema deshumanizador: el del sindicato de Slackbridge.8

También cambiaron las percepciones de Dickens acerca de la industrialización. En la década de 1850, se mostraba ya encantado con el alza de las nuevas oportunidades de trabajo que surgían por toda Gran Bretaña, aun conservando cierta nostalgia por la vida tradicional y una compasión sin par por las personas menos afortunadas. Le fascinaban la vitalidad y la variedad que descubría en sus extraordinarios paseos nocturnos por la ciudad: la «agitación de una gran ciudad y los giros y vueltas que da en su cama antes de quedarse dormida». En su libro de 1836 Escenas de la vida de Londres por «Boz», Dickens describe el lento despertar de la ciudad: tenderos, funcionarios judiciales, oficinistas y todo un nuevo conjunto de personas que ya han entrado en escena antes de las once de la mañana. «Las calles están abarrotadas con una enorme concurrencia de personas, alegres y decaídas, ricas y pobres, ociosas y laboriosas, y llegamos así al calor, el bullicio y la actividad del mediodía». Tras una segunda mirada a las fábricas de Birmingham, escribe: «He visto en [sus] factorías y talleres tal [...] consideración por las personas que allí trabajan [...] que he notado los efectos en la actitud de sus trabajadores, excelentemente equilibrados por un instinto amable, tan libres de la servidumbre por un lado como del engreimiento por el otro».9 Pero Dickens no era tan ingenuo como para pensar en soluciones como la que George Orwell le atribuyó tiempo después («dar pavos a todo el mundo»). Por ejemplo, Dickens advirtió a los operarios de las fábricas de que no se dejaran utilizar por ningún organizador sindical manipulador que se aprovechara de ellos para procurarse ventajas personales o para perseguir unos fines políticos que a ellos no los beneficiarían en nada.

Dickens llegó incluso a concebir las carreras profesionales como un medio (cuando no como el medio por antonomasia) para alcanzar el crecimiento personal. En su novela David Copperfield, de 1850, rinde homenaje al desarrollo seguido por David desde la infancia hasta la madurez y lo compara con la estrategia de su personaje contrapuesto, el empalagoso arribista Uriah Heep:

El egocentrismo de Heep le impide ver el trabajo como un medio de liberación y autoafirmación genuinas. Es [...] la vida de David la que cobra sentido porque encuentra el trabajo que le hace tener un norte y una identidad. La autorrealización que David experimenta a través de su vocación de escritor representa el aval del propio Dickens a la valía del trabajo en sí. [...] Las situaciones de opresión a las que Dickens se opuso en tantas de sus novelas eran perversiones de la ética del trabajo. [...] [Dickens], el más impactante modelo decimonónico de éxito conseguido a través de una labor y un esfuerzo caracterizados por una enorme iniciativa, compartía la idea fundamental de que el trabajo es bueno en general y de que hay que respetar la individualidad y el valor intrínseco de los trabajadores.10

David constituye uno de los muchos personajes de la obra de Dickens que asumen el control de sus propias vidas. Asombran la riqueza y la valentía que él supo ver en las personas corrientes. De ahí que Dickens demostrase no ser menos vitalista que un Shakespeare o que un Cervantes.

La comparación de la escritura de una novelista como Charlotte Brontë, nacida en 1816, pero que alcanzó su plenitud creativa a mediados de siglo, con la de Jane Austen (nacida en 1764 y mucho más próxima al ambiente del siglo XVIII) podría ofrecernos también una visión más cercana de la transformación de la vida en la Inglaterra del siglo XIX. La novela de Brontë Jane Eyre, publicada en 1847, puede leerse como el «relato de una mujer que “llega lejos en la vida” (gets on). Ella afronta lo que le viene con valentía y espíritu independiente, y va forjando así su propia trayectoria laboral, primero como institutriz, luego como maestra autónoma por cuenta propia. [...] Al término del libro, vemos que “ha llegado muy lejos” luchando contra la pobreza y la adversidad durante la mayor parte de sus años de juventud, sin haber disfrutado nunca de entrada las ventajas de la alta alcurnia o las altas influencias».11 En la obra de Austen, sin embargo, las experiencias de las mujeres tienen lugar en la economía doméstica y sus protagonistas femeninas se orientan más bien hacia el matrimonio como meta para sus potenciales logros económicos. Para ellas, el dinero —sobre el que, legalmente, no tenían derecho alguno en tiempos de Austen— era básicamente una oportunidad para elevar su nivel de vida y clase social. Así, en Sentido y sensibilidad (1811), las hermanas Dashwood, Elinor y Marianne, discuten por lo difícil que les resulta cubrir el presupuesto familiar anual. Aunque muchas personas en la actualidad y también muchas voces de aquella época, como la de Samuel Coleridge en Gran Bretaña, o la de Thorstein Veblen en Estados Unidos, han deplorado el materialismo reinante a mediados y finales del siglo XIX, las pruebas de que disponemos indican que fue en el siglo XVIII cuando el empeño por ganar dinero alcanzó niveles obsesivos. William Blake, la escritora feminista Mary Wollstonecraft y Thomas Carlyle fueron críticos contemporáneos de aquel materialismo. En época de Austen, en torno al cambio de siglo, hasta los terratenientes de buen rango social mostraban un intenso interés por incrementar las ganancias procuradas por sus tierras. Pero, curiosamente, en una de las últimas novelas de la escritora, Mansfield Park (1814), se aprecia un cambio: el ganar dinero comienza a ejercer una fascinación diferente, más intelectual. Henry Crawford afirma en un pasaje del libro que «lo más interesante del mundo [es] cómo ganar dinero: cómo convertir una buena renta en [otra] aún mejor» (p. 226).

En los otros países donde surgió una economía moderna, encontramos también obras literarias que reflexionan sobre la nueva vida comercial y empresarial, desde luego. En Francia, Balzac dedicó todo un libro a ensalzar el fenómeno de los cafés franceses en el siglo XIX, y Émile Zola escribió sobre los cambios que estaban acaeciendo en París. En Alemania, Johann Wolfgang von Goethe, novelista pionero del desarrollo personal, escribió —con uno ojo puesto en lo nuevo, pero con el corazón anclado todavía a lo viejo— acerca de la modernidad económica que brotaba en la ribera del Rin allá por la década de 1820. Los Buddenbrook, novela de Thomas Mann publicada originalmente en 1901, narra la historia de cuatro generaciones de una familia, comenzando por la primera generación que hizo su fortuna en el mundo de los negocios. El libro registra gráficamente la vitalidad que se va perdiendo a medida que cada nueva generación se va alejando de ese mundo comercial y empresarial.

Cabría suponer que Estados Unidos fue un país especialmente prolífico en literatura que abordara el tema de la nueva vida económica, dado lo amplia y profundamente que esta se extendió al conjunto de la población. Los estadounidenses fueron absorbidos por la vorágine de construir cosas nuevas, instalarse en lugares nuevos, buscar aventuras, ponerse a prueba a sí mismos, mejorarse a sí mismos y avanzar. Pero, quizá por esa misma razón, no fueron muchos los que optaron por escribir sobre esa nueva vida antes que participar en ella. Tampoco puede decirse que hubiera mucha demanda literaria. Si Estados Unidos hubiera publicado tantos títulos nuevos como Europa por aquella misma época, pocos habrían encontrado compradores dispuestos a dedicarles el tiempo necesario para leerlos. De todos modos, en las novelas de Herman Melville, el más grande maestro de la ficción estadounidense decimonónica, resuena de fondo la música del mundo empresarial y comercial en auge.

Dos de las principales novelas de Melville tratan sobre la confianza en uno mismo y en los demás, y sobre la incertidumbre. En The Confidence-Man, novela de 1857 ambientada a bordo del buque Fidele (y traducida al español como El estafador y sus disfraces), el meollo del negocio radica en si se puede confiar dinero a un emprendedor o socio potencial. Como dijo un amigo de Melville, «es bueno [...] y habla muy bien de la naturaleza humana que esta pueda ser estafada». El gran éxito de Melville de 1851, Moby Dick, dedica páginas enteras a describir el proceso de la caza de las ballenas, insinuándonos la excitación de esos momentos e indicándonos los riesgos, que deducimos que son incuantificables. Las «cuerdas de arpón» en las que los marineros pueden quedar atrapados (puede que incluso con resultado fatal) sirven de metáfora de las novedades en las que los agentes participantes en la economía pueden quedar trágicamente enredados.12 Aunque la vida comercial y empresarial —la buena y la mala— y la profusión de nuevas ocupaciones causaron honda impresión en Dickens, tuvo que ser un observador estadounidense con una especial voz poética quien captara la fascinación y el suspense de esa nueva vida.

La Crónica del caballero Geoffrey Crayon, de Washington Irving, tuvo muy buena acogida en Inglaterra y Estados Unidos en 1820 con sus relatos que aludían a ciertos cambios profundos que se estaban produciendo en los entornos urbanos. En «La leyenda de Sleepy Hollow», un lugar imaginado a unos cuarenta kilómetros de Nueva York, río Hudson arriba, Irving describió un pueblo aislado de los arrolladores cambios económicos que estaba viviendo Estados Unidos: en Sleepy Hollow, «la población, los modales y las costumbres permanecen fijos, mientras el gran torrente de las migraciones y las mejoras, que está introduciendo incesantes cambios en otras partes de este agitado país, corre desbocado e inadvertido a su lado». Un hombre relativamente culto, Ichabod Crane, viene a trabajar y enseñar en esta localidad de «lánguido reposo», pero acaba siendo evitado por sus tozudos y supersticiosos nuevos vecinos. Irving insinuó sutilmente en esas páginas su opinión crítica con aquellos que posiblemente no habían «entendido nada sobre el trabajo del intelecto». La implicación con el trabajo contrasta crudamente con la ociosidad, que Irving relaciona con la pérdida de oportunidades y con el aislamiento respecto al cambio.

El surgimiento de la economía moderna impulsó cambios no solo en la literatura, sino también en la pintura. Hasta el siglo XIX, la pintura había sido generalmente estática y pintoresca. Y no solo en los bucólicos lienzos de Claude Lorrain o de Thomas Gainsborough, y en los retratos de la vida doméstica de Joshua Reynolds o de Diego Velázquez, sino incluso también en aquello que Willard Spiegelman denomina (con no excesiva fortuna) «pintura de acción»:

La pintura de acción —tanto la que trataba temáticas mitológicas, como la que plasmaba motivos religiosos o acontecimientos históricos, incluso aunque tuviera un contenido violento— solía carecer de verdadera energía. En Francia, los preciosos colores y simetrías de Poussin en el siglo XVII, la cincelada nobleza de David a finales del siglo XVIII, y la lacada belleza de Ingres a comienzos del XIX, cedieron ante la explosión del Romanticismo.13

En Francia, este movimiento romántico arrancó en la década de 1820 con el tempestuoso cuadro de Théodore Géricault titulado La balsa de la Medusa, en el que, como bien escribe Spiegelman, los supervivientes, a merced del viento y del oleaje, expresan todo un abanico de emociones al ver la nave que acude a rescatarlos: «Desde el entusiasmo y el júbilo hasta la incredulidad [y] la histeria». No tardaron en seguirlo los inmensos lienzos de Eugène Delacroix. Sobre su composición de 1834 Fantasía árabe, E. H. Gombrich comenta que «no hay en ella claridad de contornos, ninguna afectación ni compostura [...], [ningún] motivo patriótico ni edificante. Lo único que el pintor pretende es hacernos partícipes de un momento de intensa emoción, y que compartamos su gozo ante el movimiento y el romanticismo del mar».14 En Gran Bretaña, J. M. W. Turner, en pinturas tan señaladas como Barcos holandeses en una galerna (1801), Tormenta de nieve: Un vapor a la entrada del puerto (1842), y Lluvia, vapor y velocidad (1844), evocó de forma casi palpable los peligros y las emociones de las aventuras empresariales modernas:

Turner es un artista de la ansiedad, del movimiento turbulento sin descanso, de un mundo que, en su superficie, puede parecerse al viejo planeta preindustrial pintado por los maestros con quienes pugnaba por rivalizar, pero que, en realidad, está siendo sacudido de sus amarras por la guerra, la industria y la revolución.

Este Romanticismo [...] nos arrastra como si fuéramos un corcho en un temporal. [...] Si en Una galerna, [el pintor del siglo XVII] Van de Velde nos pinta una estampa del mar salvaje, [Barcos holandeses] hace que ese anterior modelo se nos antoje tan pintoresco como un molinete de juguete. [...] Turner capta en pintura el movimiento y la amenaza de las olas: su pintura es el mar, no una imagen de este. Él confiere a los objetos y la energía una realidad física [...] mientras Van de Velde parece limitarse a crear una naturaleza virtual en una pantalla de ordenador.

La pintura de Turner nos hace dudar de la solidez del suelo que pisamos. Su tierra no es una plataforma precopernicana, sino un orbe que gira en el espacio. [...] Turner, como bien proclamaba su gran valedor, John Ruskin, es la definición misma del «pintor moderno».15

El mar y los trenes se convirtieron en símbolos del tipo de economía que había emergido en aquel siglo: poderosos, peligrosos y demasiado impredecibles para ser controlables, aunque fascinantes y emocionantes a la vez.

Este movimiento romántico en el arte, como ya se ha explicado muchas veces, rechazó el equilibrio ordenado del neoclasicismo del siglo XVIII por mecánico e impersonal. Los románticos recurrieron al carácter directo de la experiencia personal y a la imaginación y la aspiración individuales. El paralelismo con la transformación de la economía es bastante evidente. Las economías del siglo XVIII, en las que los recorridos temporales de la producción, la inversión y el trabajo podían suponerse bastante determinados y, por consiguiente, bastante cognoscibles de antemano —salvo por la intervención de conmociones exógenas ocasionales como la peste o el descubrimiento del Nuevo Mundo—, cedieron su lugar a las economías modernas, en las que, en virtud del elevado ritmo de las innovaciones, constantemente se descubre qué puede producirse y qué no, y en las que las decisiones sobre qué producir y en qué invertir reflejan la imaginación de los emprendedores. Pero hasta ahí llega el paralelismo nada más. ¿Simbolizaron esas pinturas creadas hasta la década de 1850 la alta implicación y la profunda gratificación asociadas al trabajo en las emergentes economías modernas? ¿Reflejaron momentos de felicidad como la consecución de un empleo ansiado o la demostración del valor de una idea comercial nueva? Parece que no. Pero sí representaron la emoción que acompañaba a las oportunidades y los peligros consustanciales a aquella nueva era.

El expresionismo trató de captar otros aspectos de la vida económica que hasta entonces no se habían conseguido representar con acierto. Vincent van Gogh, precursor de los expresionistas y otro de los grandes candidatos a ser considerado fundador del arte contemporáneo, aportó un elevado grado de emoción a temas de la vida cotidiana en la incandescente obra que pintó en Arlés: he ahí ejemplos como El sembrador (a la puesta del sol), El pintor en el camino a Tarascon, o Terraza del café de la Place du Forum en Arlés por la noche, todos ellos cuadros de 1888. En este último, la terraza del café al aire libre es tan resplandeciente como el cielo nocturno y nos vienen ganas de estar allí charlando, bebiendo y comiendo con amigos. En las voluminosas cartas que escribió a su hermano, Van Gogh evidenció que tenía ciertos conocimientos sobre las economías modernas. Como audaz innovador que era, comprendía la necesidad de que las personas crearan y dejaran su huella innovando. Como profesional, también entendía que la innovación no puede ir muy lejos si no se tienen posibilidades de observar (y aprender e inspirarse con) las actividades innovadoras de otros:

El hombre no ha sido puesto en este mundo para ser feliz; ni ha sido puesto aquí simplemente para ser honrado. Está aquí para lograr grandes cosas en sociedad.16

Los expresionistas, desarrollando los grandes avances introducidos por Van Gogh, se sintieron fascinados por la rápida expansión de la vida urbana. Con anterioridad a ellos, había habido cuadros como el Desfile en la Opernplatz de Kruger (1822), en el que un tema tradicional, con sus figuras de la realeza, se transforma en la imagen de una «multitud moderna» formada por ciudadanos corrientes y personalidades famosas.17 El expresionista Ernst Ludwig Kirchner, con su media docena de cuadros titulados Escena callejera de Berlín que datan de entre 1913 y 1915, aportó una nueva nota transmitiendo la vitalidad, el glamur y las prisas de la nueva vida urbana finisecular. Sin embargo, unos años más tarde, Oskar Kokoschka y George Grosz mostraron una imagen extraordinariamente sombría de la vida moderna que les rodeaba tras haber sobrevivido a los horrores de la Primera Guerra Mundial y a las convulsiones de los años veinte. Más optimista fue la mirada presentada desde la región mediterránea por los pintores futuristas de Italia, que captaron el acelerado ritmo de la vida en su país. Cabe mencionar un ejemplo temprano de ello como es la obra de 1910 de Giacomo Balla Dinamismo de un perro con correa. Más tarde, Gino Severini exaltó en su Tren de la Cruz Roja atravesando un pueblo (de 1915) la sobrecogedora velocidad y el estilizado diseño de los trenes modernos que comenzaban a circular por Italia. (Sin embargo, los pintores que siguieron el camino de John Constable —como Paul Cézanne y los grandes cubistas— se interesaron más por el espacio y la perspectiva que por la vida de los negocios y la ciudad.)

Poco se expresó en las artes visuales acerca de una dimensión clave de la vida que introdujeron las economías modernas. La vida de la actividad económica y comercial solía estar señalada antes de esa época por un marcado componente hazañoso o heroico: el de quienes «se subían a los barcos y se hacían a la mar» lanzándose a la aventura, como los vikingos. Con la economía moderna, la vida pasó a estar llena de elucubración: de «subo al desván a pensar». En pintura y escultura, hubo cierto reconocimiento de esa nueva vida mental. Un retrato pintado en torno a 1900 por un artista de Filadelfia representa a un hombre de negocios que parece profundamente sumido en sus pensamientos. El pensador, una de las estatuas más famosas de todos los tiempos, fue terminada en 1889 por Auguste Rodin, progenitor de la escultura moderna y muy reconocido por su representación de hombres y mujeres corrientes. Es posible que El pensador sea el Prometeo de la mitología clásica, pero lo cierto es que «prometeico» es un adjetivo que se emplea desde hace tiempo en referencia a las economías modernas. De hecho, nadie esculpió una figura así hasta que llegaron las economías modernas y, con ellas, la escultura moderna.

Tampoco hallamos en la literatura ni en las artes visuales una especial valoración de esas satisfacciones y gratificaciones interiores que seguramente surgieron y se generalizaron por vez primera durante el siglo XIX. En el penúltimo capítulo de su Notas de campo desde otra parte, una meditación que llega al fondo mismo de la vida, el filósofo Mark C. Taylor se pregunta: «¿Por qué cuesta tanto escribir sobre la felicidad?». Él supone que los escritores tienden a escribir menos cuando están contentos y que, cuando esa felicidad pasa —como siempre ocurre con la felicidad—, afrontan su infelicidad escribiendo sobre esta, pues, quizás al hacerlo, encuentran una salida a ese estado no deseado. Otro motivo tal vez sea que, aunque siempre es posible representar momentos de alegría, regocijo o éxtasis si se sitúan en un contexto particular, las satisfacciones y gratificaciones cotidianas poco reseñables que resultan de la implicación personal en proyectos (en solitario o en equipo) no se prestan tanto a la representación escrita o pictórica.

La música, sin embargo, sí parece haber demostrado una mayor capacidad para evocar esas sensaciones interiores, esas dimensiones internas de buena parte de nuestra experiencia. Diríase que la música ha conseguido captar mejor la vivencia del afrontamiento de problemas y hasta los obstáculos y el gozo de crear. Quizá se deba a que una composición musical puede estar formada por centenares de estrofas y miles de compases, mientras que una pintura consiste en una única toma o encuadre. Sus posibilidades, pues, son diferentes.

No cabe duda de que el producto musical no es una mera descripción de la creatividad y la innovación, ni de la lucha, la derrota y el triunfo consiguientes vividos por otros. La música es suya y particular; salvo excepciones, no representa ningún elemento del mundo social. Lo que el compositor expresa es su propia sensación a propósito de su propio esfuerzo por crear y, si hay suerte, por dar pie a una innovación musical. Y si, por una de aquellas casualidades, el público «conecta» con la labor y la lucha así expresadas, la composición se convierte en un éxito comercial.

El XIX fue un siglo que, en Europa y en Estados Unidos, se vivió cada vez más al son de la música. Esta había dejado de ser una especie de tesoro reservado a los obispos y príncipes europeos. La música considerada seria pasó a gozar de gran aceptación entre la clase media del mundo comercial y empresarial, y la música llamada «popular» pasó a ser accesible para la clase trabajadora también. El público seguidor de la música era muy numeroso en Estados Unidos. En 1842, se fundó la Musikverein de Viena para apoyar a la Orquesta Filarmónica de esa ciudad; ese mismo año, se fundó la Sociedad Filarmónica de Nueva York para crear allí una orquesta de alto nivel. Pero en aquel siglo XIX, los grandes productores de música —seria o popular, da igual— fueron todos europeos. No sería hasta el siglo siguiente cuando Estados Unidos asumiría el liderazgo en el terreno de la composición de temas populares; a partir de la década de 1930, se puso también a la altura en el ámbito de la música para orquesta.

Algo debía de estar evolucionando en la música para que sintonizara tan bien con la vida de la época. Hoy es evidente de qué se trataba. Los compositores de los periodos barroco y clásico de los siglos XVII y XVIII se inspiraron por sistema en el acervo de melodías populares preexistentes y seguían fórmulas preestablecidas para desarrollar sus temas: fórmulas tan rutinarias como lo eran las economías mercantiles de aquel entonces. Trabajando con arreglo a ese estilo, un compositor de talento como Joseph Haydn fue capaz de producir más de cien sinfonías. Los compositores de las eras posteriores se dedicaron a derribar esas reglas. En una encuesta de hace unos años, se pidió a los musicólogos que nombraran a los tres compositores más innovadores de todos los tiempos. Los ganadores fueron Ludwig van Beethoven, Richard Wagner e Ígor Stravinski. (Seguramente, habría sido imposible llegar a consenso alguno en torno a un cuarto.) Todos ellos rompieron las reglas de la composición musical entre 1800 y 1910 acompañados por la ascensión de las economías modernas y por la elevada innovación comercial y profesional resultante.

Beethoven —sobre todo en su Tercera Sinfonía (Eroica) de 1804— abrió una vía a la innovación al dejar por determinar (hasta cierto punto) el cómo se desarrollaría la composición, algo muy similar a cómo la trayectoria futura de las economías modernas estaba bastante indeterminada de entrada dadas las posibilidades de innovación que los emprendedores y sus financiadores tenían abiertas ante sí. En la música de Beethoven puede irrumpir inesperadamente un tema nuevo —por ejemplo, el movimiento final de la Segunda Sinfonía, con sus cuerdas frenéticas, se nos antoja caótico, y también la Novena rompe reglas para expresar desorden— exactamente igual que un emprendedor podría poner en marcha inopinadamente un nuevo producto. Por supuesto, la fuente de inspiración de Beethoven no puede buscarse en un contexto social y económico de enorme innovación comercial como el de las economías modernas, pues estas apenas empezaban por entonces a estar suficientemente desarrolladas como para probar y desplegar innovaciones comerciales y empresariales exitosas. Lo más probable es que la flecha causal funcionara a la inversa, y que Beethoven alcanzara cotas siderales de éxito durante las décadas siguientes porque sus sinfonías sintonizaban muy bien con personas que estaban viviendo la innovación —impulsada por ellas mismas o, en la mayoría de los casos, por otras— en sus propias vidas laborales y comerciales. Fue la burguesía culta la que aupó a Beethoven. Fueron esos burgueses quienes le rindieron así homenaje, no él a ellos.

La siguiente generación de compositores aumentó la exaltación del héroe hasta cotas febriles. La obertura Manfred de Robert Schumann captó el espíritu del poema homónimo de Lord Byron y la impulsividad de su cuarteto para piano en mi bemol mayor —tocado a velocidad de vértigo— expresó brillantemente la celeridad de su época. Franz Liszt rompió esquemas con Los preludios (según Lamartine), una obra orquestal que él calificó de «poema sinfónico» y que no estaba estructurada con arreglo a las líneas clásicas. Se cree que el título hace referencia a una oda del poeta Alphonse de Lamartine y, de hecho, un epígrafe de la partitura publicada evoca ese poema:

¿Qué otra cosa es nuestra vida sino una serie de preludios? [...] ¿Qué destino es aquel en el que los primeros gozos de la felicidad no se ven interrumpidos por alguna tormenta cuya embestida mortal disipa las bellas ilusiones de aquella, [...] donde el alma [...] al salir de una de esas tempestades, no ansía reposar en el recuerdo de la calmada serenidad de la vida en los campos? Y, sin embargo, el hombre difícilmente se entrega por mucho tiempo al deleite de la benéfica quietud de la que, en el principio, fue partícipe en el seno de la naturaleza. [...] Cuando «la trompeta toca a rebato», corre presto al peligroso puesto de combate, sea cual sea la guerra que lo llama a sus filas, con tal de recuperar al fin en la batalla la plena conciencia de sí mismo y la entera posesión de su energía.

(El electrizante toque de trompeta que suena en ese momento avisa a los espectadores de cuándo ha llegado tal «recuperación».)

El poema sinfónico de Richard Strauss Una vida de héroe está inspirado en los altibajos de los primeros años de una carrera creativa: la suya propia. Su última ópera, Capriccio, está ambientada en un entorno de actividad económica: la del negocio teatral, para ser más precisos. Con el personaje del director de teatro La Roche, Strauss dibuja una imagen convincente (con todas sus imperfecciones) de un hombre tan vanidoso como grande. Pero, en esa ópera y en algunas más, lo que principalmente interesa a Strauss es dramatizar la búsqueda de autoconocimiento de la protagonista. Las mujeres, y no solo los hombres, deben salir al mundo a averiguar quiénes son. En época de Strauss, las economías modernas habían forjado ya una verdadera revolución cultural y psicológica, y estaban comenzando a derribar incluso las ancestrales barreras de género.

La ópera decimonónica reflejó las nuevas aspiraciones de liberación y de expresión propia de muchas personas. Richard Wagner y Giuseppe Verdi, nacidos ambos en 1813, se hicieron eco de las tensiones y las emociones despertadas por la vida social moderna que se desarrollaba en el mundo que les tocó vivir. En Wagner, son protagonistas femeninas las que se sitúan en el centro de la acción y es la pasión (el amor, por ejemplo) la que da sentido a la vida. En ninguna otra obra fue eso más cierto que en su ciclo de cuatro óperas titulado El anillo del nibelungo, que se estrenó en 1869. Él no afirma que no haya pasiones en los negocios, ni que el hecho de afrontar retos, de experimentar y de explorar en ese mundo comercial y empresarial dote igualmente de sentido la vida. Pero el ciclo de El anillo trata también de la absurdidad y la posible perdición que aguardan a quienes se entreguen a una obsesiva y desenfrenada búsqueda de la riqueza material o del poder arbitrario. El ansiado anillo de oro está maldito. El ciclo también expresa la aprensión que produce que el orden antiguo de trono y altar sea barrido por la llegada de las naciones industriales y del final del Sacro Imperio Romano Germánico. Cuando Wotan, soberano del mundo, roba el anillo a Alberico, quien lo había robado primero, desautoriza todos los viejos tratados y obligaciones: es un sálvese quien pueda. Pero Wagner no es pesimista. La caída de los dioses en la ópera final de El anillo representa, según el propio Wagner, el comienzo del mundo moderno, donde los seres humanos serán más libres que antes para conformar sus destinos. Y, como corresponde a un artista de su talento y audacia, Wagner tampoco era un conservador social. Puede que fuera un poco socialista en cierto sentido etéreo del término, pero no era ningún corporativista: la única comedia que compuso, Die Meistersinger (Los maestros cantores de Núremberg), rinde un afectuoso tributo a las tradiciones del gremio medieval, pero termina decantándose por el individuo y por la apertura a lo nuevo.

Otras óperas estrenadas más tarde en Italia, y, en especial, La traviata de Verdi y las posteriores obras del verismo de Giacomo Puccini y Pietro Mascagni, dramatizan la temática moderna de la emancipación frente a la opresión y la represión. Ya en el siglo XX, otras composiciones más jazzísticas de Maurice Ravel, Darius Milhaud y Jacques Ibert exaltaron la libertad y la diversión de la vida moderna en la Francia de aquel momento. El auge del jazz en Nueva Orleans y Chicago en los años veinte fue una expresión de individualidad y de espíritu imaginativo.

Evolucionando a la par que la música moderna, la danza contemporánea concede a los espectadores una tregua ante el heroísmo y las venganzas de la ópera. Marius Petipa, el bailarín francés que, tras sendas etapas en Estados Unidos y Europa, terminó en San Petersburgo, creó el ballet moderno de saltos y giros extáticos en colaboración con Piotr Ilich Chaikovski. El lago de los cisnes, en su versión original de 1877, se centra en el conflicto entre la recta y diligente Odette, convertida en reina cisne, y Odile, una sofisticada mujer de mundo que desea seducir al Príncipe, enamorado de Odette. La pieza puede ser vista como una alegoría de las tensiones morales en la vida moderna, donde el compromiso representa nuevos riesgos, aunque la senda de la virtud puede ofrecer importantes recompensas también (la virtud se recompensa sola). Pero a la danza aún le quedaba mucha modernidad que recorrer. Fue otro ruso, George Balanchine, quien más la ayudó a avanzar por esa senda cuando emigró de San Petersburgo a París, y de allí a Londres y a Nueva York. Sus revolucionarias composiciones, desde Apolo en 1928 («aprendí que también yo podía simplificar») y El hijo pródigo en 1929, hasta Agon en 1957 y Stravinski Violin Concerto en 1972, retrataron elementos de la vida moderna: los viajes sin destino característicos de esta, su carácter extraño y sus momentos excitantes. La economía de Rusia distaba mucho de ser moderna en aquel entonces (todavía está lejos de serlo). Pero, empapándose del espíritu de las ciudades modernas de Occidente desde época muy temprana, Stravinski y Balanchine devinieron los gigantes de la modernidad que fueron.

Cabría preguntarse si el declive del arte y la música contemporáneos durante los años sesenta —cuando el «make it new!» («¡hazlo nuevo!») de Ezra Pound fue sustituido por los bucles sin fin de Philip Glass y la ironía del pop art— y el declinar del dinamismo económico que se hacía ya visible en toda Europa y comenzaba a instalarse también en todo Estados Unidos simbolizaban toda una pérdida de compromiso con los ideales de la exploración y la innovación.

EN RESUMEN

La economías modernas que brotaron en buena parte del mundo occidental tuvieron hondas consecuencias para el temperamento de toda una época. El nacimiento de lo moderno en las artes y las letras está conectado sin duda con el espíritu de la economía moderna en aquellos países donde esta surgió y mantuvo su fuerza. Pero se trata de una conexión bidireccional. Las expresiones más tempranas de lo moderno, sobre todo en música y filosofía, parecen haber anticipado (y puede que incluso incubado) ese espíritu sin el que las economías modernas no habrían podido existir; aquellos novedosos avances precoces en arte y filosofía fueron presagios de las economías modernas que estaban por llegar. No obstante, las extraordinarias oleadas de innovación artística durante el siglo XIX y la primera mitad del XX fueron, a un tiempo, un reflejo de, y un comentario a, las nuevas dimensiones de la vida generadas por la economía moderna. Por lo general, el arte, crítico normalmente con la sociedad y, con frecuencia, sombrío, se mostró positivo con la vida moderna, de la que exaltó sus nuevas dimensiones. (De hecho, los dos capítulos finales del libro abordarán la pregunta suprema de qué modo razonable tendríamos de comparar los efectos positivos de la modernidad económica con sus costes.)

Los lectores ya se habrán hecho una idea a estas alturas de cuáles serán las escalas que iremos visitando en el viaje descrito en este libro y cuál es el destino del mismo. El capítulo 4, que cierra la primera parte del libro, dedicada al auge de lo moderno, aborda la cuestión de la evolución de las instituciones (tanto las económicas como las políticas) y la cultura económica que posiblemente dieron a luz las economías modernas nacidas en el siglo XIX. La segunda parte del libro la dedicaremos a analizar las batallas y las controversias del siglo XX a propósito de la economía moderna, algunas de las cuales se tradujeron en modificaciones (para bien o para mal) de ese sistema moderno.

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CÓMO SE FORMARON LAS ECONOMÍAS MODERNAS

Los bolcheviques comprendieron que la cultura [tiene] una fuerte influencia en las personas. [...] Supieron que la partida había terminado cuando se dieron cuenta de que los propios hijos de los comunistas querían ser capitalistas y empresarios.

JOSEPH JANICEK,

«Czechs’ Velvet Revolution», New York Times

El hecho de que, a mediados del siglo XIX, hubiera aparecido ya una economía predominantemente moderna en gran parte de Occidente cambió la experiencia humana en general captando la creatividad, incitando a la experimentación y fomentando la innovación. Se ganó así el mérito de ser un hito decisivo en la historia mundial. Cabría suponer, entonces, que los historiadores hubieran abordado ya desde muy temprano los grandes interrogantes sobre el origen de aquel fenómeno: ¿cuáles fueron las condiciones necesarias para que surgiera la modernidad económica y cómo llegaron a darse en ciertos lugares?, ¿qué había allí que no hubiera en otras partes?, ¿qué había entonces que no hubiera habido antes?

Pero los historiadores generalistas han rehuido esas cuestiones. Lo que han escrito bajo el encabezamiento temático del «auge de Occidente» han sido más bien crónicas de la ascensión del Estado y la democracia. Sus sagas comienzan con la imprenta de Gutenberg en 1444, el expansionismo de los monarcas europeos en el siglo XVI, las «95 tesis» de Lutero de 1517 cuestionando a Roma, y el reconocimiento gradual de la Carta Magna a lo largo del siglo XVII. Grandes acontecimientos todos ellos, sin duda. Pero de las economías de la época se ha tendido a resaltar poca cosa salvo el crecimiento del comercio a larga distancia durante el periodo comprendido entre 1350 y 1750.

Un muy reducido grupo de historiadores, sociólogos y otros estudiosos sí han escrito sobre la pujanza de varias economías occidentales, un fenómeno tratado a menudo bajo el título «el auge del capitalismo». Por ejemplo, aplicando un enfoque ecológico, Jared Diamond ha argumentado que la abundancia de las cosechas, y los animales y ciudades que estas pudieron sustentar a partir de entonces, permitieron una mayor especialización del trabajo en Eurasia de la que fue posible en el África subsahariana, Australia y América. De ahí que Eurasia fuese más rica que el resto del mundo. Pero esa tesis no explica el posterior ascenso de la innovación ni por qué este se dio en Gran Bretaña, Bélgica, Francia y Alemania, pero no en Holanda, Portugal, Irlanda, Grecia o España. Y eso nos hace sospechar de las instituciones y la cultura económicas.1

El sociólogo Max Weber apuntó a la existencia de un cambio cultural concreto al que atribuyó la clave para explicar dónde había florecido el capitalismo y dónde no. Él sostenía que el calvinismo y el luteranismo dieron origen a una cultura económica de ahorro y trabajo que nos indica por qué el capitalismo arraigó en los países protestantes del norte de Europa. Aunque el tratado de Weber tuvo una buena acogida entre un público muy amplio, varios críticos han señalado desde entonces que algunas de las naciones no protestantes, como Italia, exhiben niveles de ahorro privado y riqueza neta que dejan muy atrás a los de Alemania, así como semanas laborales más prolongadas que las alemanas también. Pero lo más revelador del análisis de Weber es que, en su vocabulario, no hubo espacio para conceptos como la experimentación, la exploración, la audacia y la incognoscibilidad: las señas de identidad de la innovación autóctona. Su tesis tal vez sirva para explicar los elevados niveles agregados de actividades inversoras de todo tipo alcanzados en varios países. Pero el ahorro elevado no es una condición necesaria de la innovación elevada. (Un país puede financiar la actividad innovadora incrementando el ahorro o manteniéndolo constante, pero canalizando una parte hacia la innovación tras retirarlo de otros proyectos, relativamente poco innovadores, como pueden ser los relacionados con la construcción de viviendas o con inversiones comerciales convencionales, sin olvidar que también podría valerse del ahorro de inversores extranjeros.) Y es evidente que el ahorro elevado no es condición suficiente para la innovación.2

Hubo estudiosos que sí abordaron aquellos «despegues de un crecimiento económico sostenido» acaecidos en el siglo XIX de los que hablara Walt Rostow. Alexis de Tocqueville, el pensador político francés que tan penetrantes observaciones escribiera sobre los estadounidenses en 1837, consideró que la riqueza de los recursos naturales del país era la razón por la que los habitantes de Estados Unidos eran tan enérgicos emprendedores. Pero la innovación floreció tanto en Gran Bretaña en aquellos primeros años del siglo XIX como en Estados Unidos. Y varios países ricos en recursos, como Argentina, fracasaron llamativamente a la hora de desarrollar un dinamismo económico propio (hubo incluso quienes llegaron a sospechar que los recursos materiales eran —o podían ser— una «maldición»). El historiador británico Arnold Toynbee adoptó el punto de vista opuesto al de Tocqueville. Él argumentó que los británicos fueron los primeros en adoptar la innovación porque, ante la pobreza de su clima y de sus recursos naturales, eran quienes más tenían que ganar con ella. Y nada ganarían si no arriesgaban de su parte antes.3 Pero si la riqueza natural era el peso muerto que Toynbee pensó que era, los estadounidenses habrían sido menos emprendedores e innovadores en general, lo que parece contradecirse con los hechos históricos. La idea de Toynbee —per aspera ad astra— tiene cierto sentido: a fin de cuentas, los niños ricos tienden a crecer faltos de la concentración y del empuje necesarios para alcanzar un gran éxito. Pero las excepciones en este caso son notables.

El problema general de estas cuatro historias es que nunca llegan a abordar el meollo de la cuestión. Dan fe de que en algunas naciones la demanda de mano de obra fue más elevada que en otras (Diamond, Tocqueville), o que la oferta era alta (Weber, Toynbee), y concluyen a partir de ahí, a través de una serie de saltos, que de ello se derivaron niveles elevados de trabajo, ahorro, riqueza y disposición a asumir grandes riesgos. Pero por mucho que los aumentos del volumen de trabajo se saldaran con un incremento de la riqueza y de la asunción de riesgos en aquellos lugares donde aquellos tuvieron lugar, no podemos deducir de ello que se acompañaran automáticamente de procesos de innovación. La idea de que el dinamismo económico emanó de causas naturales y casuales implica que los países no tuvieron que diseñar un conjunto de instituciones económicas ni poseer una cultura económica favorable a la innovación comercial para que esta tuviera lugar: significa más bien que el sistema estaba ya ahí, aguardando el momento propicio para activarse. Aunque todo parece indicar que la mayoría —si no la totalidad— de los pueblos han hallado una forma de expresarse actuando de manera creativa y aceptando la novedad desde tiempos prehistóricos, sería extraño excluir la posibilidad de que algunos países gozaran de ciertas ventajas previas (políticas o culturales) de cara a reconocer y construir instituciones que hicieran posible y facilitaran la innovación, y de cara también a potenciar actitudes favorables a la experimentación, la exploración y la imaginación que inspiraran y estimularan a las personas. Un caso relevante es el de la región afgana, hoy sinónimo de atraso, pero escenario mil años atrás de deslumbrantes ciudades y descubrimientos científicos inimaginables en el resto del mundo. Esa región, con la que la naturaleza no ha sido cicatera en dádivas, nunca pudo desarrollar instituciones económicas ni elementos de una cultura económica que abrieran la puerta de acceso a una modernidad económica, es decir, a unas carreras profesionales y empresariales florecientes, y a unos elevados grados de realización humana para la totalidad (o la mayor parte) de la población.4

Para conocer razonablemente bien cuáles fueron las fuerzas causales, las condiciones y los mecanismos que dieron lugar al nacimiento de un sector moderno que desplazó al sector feudal y robó el protagonismo al sector mercantil, tendremos que considerar qué fuerzas y condiciones fueron capaces de impulsar el proceso innovador de la economía. Admitimos, claro está, que la historia que contemos a ese respecto no será algo que esté a prueba de todo error, ni, menos aún, será toda la historia completa. Igual que los agentes que participan en una economía moderna solo pueden disponer de un conocimiento imperfecto de los efectos que las acciones realizadas en el momento presente van a tener en el futuro —pues siempre hay demasiadas cosas nuevas en ese momento y demasiados agentes que pueden estar dando pasos novedosos a la vez—, quienes teorizan sobre la economía moderna solo pueden hacerse una idea imperfecta de cómo las creencias, las instituciones y las culturas formadas en el pasado posibilitan y alientan la creatividad y la innovación del presente (si es que de verdad las posibilitan y las alientan). En las naciones a las que llegaron las economías modernas, había también demasiadas novedades introducidas y evolucionadas durante las décadas o los siglos previos como para que podamos aislar tan alegremente un conjunto de elixires cruciales a partir de ellas. Para nuestra labor, nosotros, como los financiadores astutos, debemos emplearnos con buen criterio e imaginación. A fin de cuentas, la competencia entre ideas ha dejado en pie más de un relato (o «mito») de la creación de lo moderno.

Son relatos importantes, por supuesto. Cualquier historia que una nación cuente acerca de su modernización o de su no modernización revela cómo entiende ese país los atributos a los que debe el hecho de que se haya modernizado o no. Esa historia y el repetido relato de la misma pretenden transmitir cierta concepción de qué ha sido lo que la nación ha hecho bien y lo que no. Algunas de esas historias (si no todas ellas) pueden ser considerablemente influyentes. No cabe duda de que el ya desaparecido economista Paul Samuelson tenía esa influencia en mente cuando escribió, a propósito de su propio relato de la historia, que «no me importa quién redacta las leyes de una nación [...] si yo puedo escribir sus manuales de economía». Desde luego, la verdad importa y no solo la influencia (algo que Samuelson nunca perdió de vista). Un relato más verdadero siempre sería más valioso que cualquier otro, pero solo en el caso de que no sea mucho más difícil de captar que el siguiente en la lista de relatos veraces. Una mejor comprensión de los hechos ayudaría a una nación a encontrar (o a reencontrar) la senda de la economía moderna o a no poner en peligro la economía moderna que ya tiene. A ningún intento de obtener un relato más verdadero le vendrá mal tomar como base ciertas ideas centrales de las historias ya contadas. Pero el eje de nuestro relato no puede ser otro que el surgimiento de la innovación que hizo que ciertas economías se hicieran modernas e, incluso, grandes.

INSTITUCIONES ECONÓMICAS: LA LIBERTAD, LA PROPIEDAD Y LAS FINANZAS

Una parte de la historia de la ascensión de las economías innovadoras crónicas, incipientes o maduras, tiene que ver con la creación y la evolución de una serie de instituciones económicas varias, llamadas en algunos contextos «condiciones marco». Es necesaria la presencia de cierto conjunto de instituciones económicas para proteger y facilitar las actividades y los esquemas organizativos que se requieren para que haya innovación. No todas esas instituciones tienen por qué ser imprescindibles por sí solas, tomadas por separado. Pero, en general, cada una de ellas hace que la economía esté mejor facultada o mejor dispuesta para innovar.

Es un tópico decir que el abanico de libertades individuales instauradas en fecha relativamente temprana en Occidente fue un objetivo muy querido de quienes las conquistaron. Adam Smith escribió sobre la importancia de la «dignidad» y John Rawls hizo lo propio refiriéndose al «respeto propio» por uno mismo o una misma. Es también un lugar común afirmar que la aparición de diversas libertades económicas, como la libertad de intercambiar los bienes o servicios propios por los bienes o servicios de otros, permitió a las personas materializar oportunidades de beneficio mutuo. Además, como por sí solos los contratos de intercambio de una cosa por otra son siempre susceptibles de incumplimiento, las personas necesitan tener el convencimiento de que el Estado vela por la efectividad de las libertades económicas haciendo cumplir los contratos para tener la confianza necesaria para suscribirlos. Así pues, las libertades —de efectuar trueques o de recibir ingresos, por ejemplo— ayudan a depurar ineficiencias económicas, como ya dijo Adam Smith. Pero, en un estudio de la ascensión de las economías dinámicas como es este, lo que tenemos que considerar es el papel de las libertades individuales a la hora de propiciar el avance del dinamismo económico.

Las libertades económicas tuvieron una importancia clave de cara a hacer posibles los procesos de innovación. En este punto, el argumento básico se resume en que dos cabezas piensan más que una sola. Cabe esperar, pues, que la innovación esté menos extendida en la economía de una nación si amplios sectores de su sociedad están excluidos de dicha economía o si, aun estando incluidos en ella, se les niega el derecho legal a participar de los frutos de su trabajo. Según los historiadores de la libertad personal (entendida como «propiedad de uno mismo o una misma»), en las sociedades tradicionales de Oriente se tendía a otorgar al padre la propiedad de sus hijas, a quienes podían así poner a trabajar para ellos o simplemente vender, mientras que en las de Occidente lo habitual era conceder a los maridos la propiedad sobre todo aquello que sus esposas trajeran consigo al matrimonio. Y no olvidemos que, tanto en Oriente como en Occidente, las personas negras podían ser vendidas como esclavos. En el siglo XIX, sin embargo, las sociedades modernas abolieron definitivamente la esclavitud. Un poco más tarde, instituyeron el derecho legal de las mujeres casadas a ser dueñas de propiedad. Una de las teorías a ese respecto es que la naturaleza cambiante del trabajo en una economía innovadora hizo que para la sociedad resultara ventajoso que las mujeres fueran propietarias de sí mismas, pues, de ese modo, tendrían motivación para adaptarse e improvisar según vieran más oportuno.5 Igualmente, la innovación en la economía de un país tenderá a estar más extendida si los proveedores potenciales de ideas ingeniosas gozan de libertad para abrir nuevas empresas en industrias o sectores ya existentes. Esa libertad de entrada permite que los emprendedores desarrollen y lancen nuevos productos para ser probados en el mercado, o que introduzcan nuevos métodos para producir productos existentes. Además, la innovación está más extendida cuando las empresas ya establecidas tienen más libertad para ofrecer nuevos productos o para gestionar de forma novedosa sus negocios. De ahí que el surgimiento de tales libertades tuviera beneficios imprevistos que superaran con mucho los del intercambio en sí: beneficios que terminarían por llevar el desarrollo humano a un nuevo nivel.

También resulta evidente que las personas son más capaces y propensas a implicarse en cambios que pueden derivar en innovaciones cuando se les ha dado libertad para salir del ámbito de sus familias de origen, de sus regiones de procedencia e incluso de sus países a fin de imbuirse de información sobre productos (viejos y nuevos) y sobre otros estilos de vida novedosos. Como bien habría dicho el mismísimo Weber, las personas no pueden entender ni de lejos la estructura y el funcionamiento de una economía o, siquiera, de un pequeño sector de la misma —una economía o un sector en el que tendrán lugar futuras innovaciones— a menos que cuenten con una experiencia considerable en él o en ella. Para que la innovación se produzca, consumidores y empresas tienen que ser libres (a la hora de tomar decisiones como potenciales usuarios finales) de adoptar un producto novedoso, de juzgar si es el que mejor satisface una necesidad y de aprender a usarlo.

Afirmar que las libertades son buenas, y que lo son especialmente para expresar la creatividad y para conseguir la innovación, no implica que sean buenas en todos los casos, pues incurriríamos así en la clase de exageración que hizo famosa a Ayn Rand y su liberalismo libertario. No todas las libertades son positivas para el dinamismo. Ciertas regulaciones que frenen la libertad de algunos productores pueden servir para que un consumidor se arriesgue a probar un producto nuevo sin temor a electrocutarse, intoxicarse u otros perjuicios de ese estilo. Una ley de quiebras ordenadas que limite la capacidad de los acreedores para confiscar lo que se les debe puede hacer posible que un emprendedor se arriesgue a intentar lanzar un producto innovador sin temor a perder todo lo que tiene (aun cuando ese tipo de leyes puede desincentivar la concesión de créditos). Por otra parte, hay también regulaciones que bloquean las innovaciones en lugar de facilitarlas. (En el extremo opuesto al de los liberales libertarios, que defienden sin descanso que prácticamente todas las regulaciones son malas, los estatistas insinúan más bien que difícilmente puede concebirse un producto innovador que no deba someterse a la aprobación de un órgano regulador antes de ser probado en el mercado para evitar que cause perjuicios en sus usuarios pioneros.) A medida que las economías modernas se fueron desarrollando, fue formándose también todo un fárrago de regulaciones con las que las administraciones locales, regionales y nacionales erigieron barreras a la introducción de nuevos productos y a la apertura de instalaciones para producirlos, lo que posiblemente hizo más mal que bien. En Estados Unidos, la construcción de aeropuertos ha alcanzado un tope, no porque los viajeros prefieran la congestión y los retrasos con tal de que no carguen en sus billetes el impuesto o la tasa adicional que eso comportaría, sino porque todas las localidades tienden a negarse a que los construyan allí diciendo aquello de «pónganlo en otra parte». Hay quienes opinan, sin embargo, que, mejor que vetar algunos proyectos, sería exigir al constructor una compensación a la localidad afectada suficientemente generosa como para ganarse el apoyo de esta. Pero ese sobrecoste también tendría un efecto desalentador sobre muchos proyectos innovadores.

Existen buenos motivos para creer que otras dos libertades —el derecho legal a acumular la renta obtenida por un producto nuevo exitoso, como una canción o una película superventas, y el derecho legal a invertirla en propiedad privada (capital, principalmente)— han tenido una importancia histórica de cara a potenciar el dinamismo. (Podemos dejar a un lado, de momento, cuánta riqueza sería suficiente, es decir, si para conseguir un dinamismo más que suficiente podría bastar con que a las personas se les permitiera ser propietarias de abundantes efectos personales, como ropa y otros objetos domésticos no perecederos, un coche, un barco, un apartamento en la ciudad, y una casa en el campo, por ejemplo.) Lo que queremos argumentar aquí va mucho más allá de afirmar que el derecho legal a recibir dinero a cambio de bienes o servicios es un primer paso elemental de cara a convertir la innovación en un ejercicio rentable a gran escala. La hipótesis que manejamos es si fue (y es) importante que las personas gocen también de la libertad de poseer riqueza como propietarias de empresas (ya sea como dueñas únicas o como socias de estas) e, incluso, como partícipes o accionistas de las mismas (ya sea de compañías privadas sin salida a bolsa o de aquellas cuyas acciones cotizan oficialmente). El argumento de que tal libertad generalmente ayuda a la innovación y de que la propiedad de una empresa (sea cual sea la modalidad en la que sus dueños son propietarios de ella) es también un elemento posiblemente esencial para la innovación no debería sorprendernos a estas alturas. Si queremos que broten ideas creativas de la base misma de la sociedad y que los emprendedores y los financiadores privados juzguen cuáles son aquellas por las que les merece la pena apostar, no nos interesa limitar el universo de hombres de ideas, financiadores y emprendedores a aquellos que harían tal labor solo a cambio del estipendio habitual que un Estado pagase a todos sus ciudadanos, o solo por la oportunidad de percibir la renta salarial anual que los trabajadores ganan con un riesgo muy escaso o nulo. Ningún país obtendría así una buena selección de personas, y las así seleccionadas tendrían muy pocos incentivos para tomar decisiones con la perspectiva del lucro personal en mente (más allá de la mera diversión o de la fama). Y no parece que haya ninguna otra manera evidente de retribuir al inventor de una idea, a su desarrollador y a su financiador, si no es mediante un sistema que pague unas cuotas del beneficio a esos agentes clave. Tiene que haber un mecanismo social que recompense a quienes realizan un trabajo innovador de forma acorde con los frutos de sus ideas, intuiciones y criterios —acorde con la innovación conseguida, en definitiva—, y no con las horas invertidas. (Dejo para el capítulo siguiente el análisis del argumento socialista según el cual sería mejor que la sociedad dejara la mayor parte —o la totalidad— de la inversión en capital de su economía —incluida la inversión en conocimientos económicos— en manos del Estado.)

Si estamos de acuerdo en la importancia que para la innovación tienen estas libertades económicas, ¿debemos ceñirnos entonces a un relato explicativo del nacimiento del dinamismo económico del siglo XIX basado en el papel capital de dichas libertades? Está claro que, en época prehistórica, cuando las familias vivían en grupos reducidos, muchas decisiones familiares que hoy se toman con absoluta libertad eran seguramente sometidas a la aprobación del grupo. Las interdependencias cotidianas no podían permitir demasiado margen para la iniciativa individual. Pero cualquier relato explicativo del florecimiento final de la innovación que esté basado en la libertad choca frontalmente con un problema: la mayoría de esas valiosísimas libertades no se implantaron en Gran Bretaña ni en ningún otro país hasta transcurrido un breve periodo de gestación inmediatamente anterior al nacimiento (en torno a 1815) de la economía moderna. A decir verdad, el registro histórico nos muestra que los derechos de propiedad se remontan a más de tres mil años antes de la mencionada explosión de la innovación. En la antigua Babilonia, el código del rey Hammurabi, dictado en torno al año 1760 a.C., instituyó una legislación que presumía la existencia de la posesión individual de la propiedad y que protegía a los dueños frente al robo, el fraude y el incumplimiento de los contratos. La ley judía que se instauró más o menos por la misma época y que terminaría formando la base del common law (el derecho consuetudinario y jurisprudencial anglosajón) incluía también derechos de propiedad. En la antigua Roma, el derecho civil se codificó para que fuera accesible para los ciudadanos, cuyos derechos de propiedad se definieron y se protegieron frente a posibles confiscaciones gubernamentales. La ley también respaldaba los acuerdos contractuales y definía lo que se entendía por sociedades empresariales privadas y su facultad para adquirir propiedades. Estos principios tuvieron vigencia a lo largo y ancho del inmenso Imperio romano.

Tan antiguas libertades de la propiedad privada no llegaron tal cual al siglo XIX, pues entretanto sufrieron serios retrocesos, sobre todo en tiempos de la Alta Edad Media:

Cuando el Imperio romano flaqueó y cayó, debido principalmente a la corrupción de las altas esferas de su gobierno, el debilitamiento consiguiente de la autoridad de Roma hizo disminuir la vigencia del derecho romano. [...] Los tratos comerciales lejanos se volvieron más arriesgados y, de resultas de ello, los contextos de las transacciones pasaron a ser más localizados y compactos. [...] La propiedad privada fue dejando paso a la propiedad colectiva. La tierra y otros recursos se convirtieron —en mayor medida que antes— en propiedad de abadías locales, pueblos feudales y haciendas agrícolas [regidas por familias] [...] [que] aspiraban a obtener (y obtenían) un amplio grado de autonomía. Las obligaciones mutuas y el control colectivo de los recursos reemplazaron a la propiedad privada. [...] La Iglesia y las instituciones feudales se gestionaban como cooperativas [...] y las haciendas agrícolas como feudos familiares.6

Pero la propiedad privada nunca desapareció del todo. Las ciudades preservaron extensos ámbitos de propiedad privada de los recursos. Y a medida que el comercio a larga distancia entre ciudades fue recuperando paulatinamente su importancia, aumentó también la influencia del derecho de propiedad. En el common law que surgió en Gran Bretaña y en el derecho civil que se desarrolló en el continente europeo pervivieron varios elementos del derecho romano. Muchos principios de ese derecho se trasladaron directamente al derecho civil francés mediante el Código Napoleónico de 1804. De ahí que podamos decir que, si bien las libertades económicas implicadas en la configuración de la propiedad privada habían comenzado a surgir ya en la Antigüedad (por irregularmente que fuera), la difusión y la codificación paulatinas de dichas libertades estaban aún en proceso a comienzos del siglo XIX y no terminaron (aun en las sociedades más modernas de Occidente) hasta bien avanzada la centuria. Tras la Edad Media, «se reanudó la transición desde el estatus hasta el contrato, y desde la propiedad colectiva hasta la privada», por decirlo en palabras de Demsetz. Pero, como ya se ha señalado, la extensión de esos derechos de propiedad a las personas esclavizadas y a las mujeres no se aprobó formalmente hasta mediados del siglo.

Cabe reseñar que sí había ya un tipo muy determinado de propiedad relacionado con la innovación que había comenzado a recibir protecciones legales antes incluso de iniciado el siglo XIX. Me refiero a las patentes, los derechos de autoría y las marcas registradas, que se desarrollaron (con éxito desigual) con la intención de proteger la propiedad intelectual. Sentando las bases de ese cambio, Gran Bretaña se convirtió en 1623 en el primer país en emitir un volumen significativo de patentes en las que otorgaba protección frente a la violación de los «proyectos de nueva invención» previo pago de una elevada suma en concepto de inscripción. La Ley de Patentes de Estados Unidos brindó posteriormente una protección de ese tipo, pero mucho más barata, lo que hizo que se disparara el número de solicitudes de patente. (Gran Bretaña modificó su sistema durante el siglo XIX para que las patentes fueran igual de asequibles que en Estados Unidos, pero jamás alcanzó un volumen comparable de estas.) El sistema francés de patentes se creó durante la Revolución, en 1791. A juzgar por esas fechas, cualquiera diría que las patentes fueron el elemento clave —el «ábrete sésamo»— que despejó el camino a la innovación en el siglo XIX. Los estudios económicos no apoyan tanto esa tesis como podría suponerse. De hecho, ha sucedido siempre que buena parte de la propiedad intelectual permanece en poder del propietario incluso sin necesidad de protección legal alguna al respecto. Muchas de las mejoras crónicas que una compañía introduce en los bienes que vende y en los métodos que emplea para fabricarlos pueden simplemente pasar inadvertidas a los competidores (reales o potenciales). Como dirían los economistas hayekianos, muchos de los conocimientos más detallados se quedan entre las propias personas que están «in situ», inmersas suficientemente en ellos como para entenderlos bien. Aunque un nuevo método de producción de una empresa pueda ser fácilmente copiado por una compañía rival, esta temerá que, construyendo unas instalaciones similares para competir con aquella, no consiga más que enjugar toda la rentabilidad o reducirla hasta tal punto que ya no cubra el coste de tal construcción, y por lo tanto, no emprenderá la inversión. En cine, por ejemplo, gran parte de las ganancias que se obtienen estrenando una película se recaudan durante las dos primeras semanas, y el resto, durante el primer año transcurrido desde el estreno: una imitación podría funcionar, sí, pero no sería a costa de la cinta pionera. Igualmente, aunque un libro o una obra nueva tenga muy buena acogida inicial, es raro que otra editorial u otra compañía teatral lo imiten o lo mejoren lo suficiente como para superar las ventajas adquiridas por aquel trabajo pionero (en forma de reputación, fama o repercusión). Además, en aquellos casos en que un innovador esté seguro de que podría fijar su precio a niveles suficientemente bajos como para frenar la entrada de depredadores potenciales sin renunciar a la rentabilidad, la pérdida resultante del carácter apropiable de su innovación podría no ser suficientemente grande como para disuadirlo de intentar la innovación.

Pese a todas esas ganancias consustanciales, la presión para que el Estado proporcionara una adecuada protección de los derechos de propiedad (entre otros servicios) tuvo como consecuencia la creación —tanto en la Edad Media como en la era del mercantilismo— de unos poderes estatales sin parangón. Y ni las monarquías ni las baronías feudales que protegían a los plebeyos de la acción de otros plebeyos los protegían frente al propio poder estatal. No obstante, en Inglaterra, Escocia y la Norteamérica colonial hubo una reacción contra ese poder, pues los plebeyos (los commoners) comenzaron a insistir en el reconocimiento de unos «derechos ante el rey», amén de los derechos de cada uno de ellos ante los demás.

El concepto de unos derechos ante al rey halló ya su primera expresión pública en la Magna Carta Libertatum dictada por el rey Juan de Inglaterra en 1215, confirmada en 1297 y reiterada en un estatuto de 1354. Los reyes ingleses tendrían que gobernar a partir de entonces conforme a la ley y la costumbre, un concepto que sembraría la semilla del gobierno constitucional. Pero los monarcas desacataban abiertamente tan grandes principios con bastante frecuencia. (No impidiero al rey Juan, por ejemplo, gravar a los campesinos —políticamente débiles y económicamente pobres—, a quienes un indignado Robin Hood se esforzaba por resarcir.) La Carta Magna no adquirió verdadera vigencia hasta que se resolvió la contienda que enfrentó a lo largo del siglo XVII a los reyes de la casa de Estuardo y al Parlamento, y que culminó en la Revolución Gloriosa de 1688 y la Carta de Derechos de 1689. Esta última abolió definitivamente prerrogativas reales como la capacidad de suspender las leyes del Parlamento, o de imponer gravámenes sin el concurso de este, o de interferir en el funcionamiento de los tribunales de justicia. La law of the land o «ley del reino» pasó a significar a partir de aquel momento la aplicación del «debido proceso legal», entendido como la garantía de que nadie puede ser privado de su libertad ni de su propiedad sin intervención de la autoridad judicial competente.7

Muchos han entendido que esa modificación constitucional sometió a Gran Bretaña y (posteriormente) a otros países al imperio de la ley y al Estado de derecho. Puede que esa protección de los negocios y de los hogares frente a la confiscación arbitraria a instancias de la corona y frente a los edictos dirigidos a beneficiar a los favoritos a expensas de los no favorecidos fuese una especie de señal de salida para emprendedores e inversores, convencidos así por fin de que Gran Bretaña y otros países similares eran ya seguros para emprender en general y para innovar en particular. Se entiende también, por ejemplo, que la cláusula de protección contractual incluida en la Constitución de Estados Unidos de 1787 obedece a ese espíritu del Estado de derecho, aplicable por igual a los débiles y a los poderosos. De hecho, se convirtió en una especie de baluarte de defensa frente a aquellas acciones gubernamentales tomadas en interés de los políticamente poderosos y a expensas de los políticamente débiles.

Pero también hay quienes dudan de que la activación de los nuevos derechos en 1689 marcara una diferencia tan trascendental, como entre el día y la noche. La noción de que el único gobierno legítimo es «el gobierno de la ley» y de que las autoridades deben ser «servidoras de las leyes» era ya familiar en tiempos de Aristóteles en la Grecia antigua, y en la ley judía antes incluso de eso. Que se tardara casi un siglo y medio desde 1689 en que la innovación explotara de verdad nos indica que la mera institución de la constitución no fue suficiente para ocasionar una honda ruptura en la trayectoria de la historia que, por sí sola, abriera la puerta a semejante intensidad innovadora. Y la poca concisión de algunos elementos del concepto mismo de «imperio de la ley» (¿es injusto entonces todo cambio en la ley fiscal?, ¿y no resultaría concebible un impuesto legal que constituyera una apropiación indebida de recursos de unos oponentes políticos?) nos invita a considerar con cierta dosis de escepticismo la presunta trascendencia de las protecciones de las libertades por parte de las autoridades.

Aunque esas libertades fueron incuestionablemente necesarias para la transformación de las economías mercantiles en modernas, el hecho de que la explosión de la innovación no tuviera lugar a finales del siglo XVII ni durante el XVIII hace difícil creer que esas libertades, aun tomadas en su conjunto, fueran suficientes para provocar el nacimiento de lo moderno. No hemos hallado todavía la chispa a la que pudiéramos atribuir con total seguridad el honor de haber prendido el fuego de la innovación: algo así como el equivalente de aquella vaca de la señora O’Leary que se cree que inició el incendio de Chicago. Pero sí podemos buscar instituciones posteriores que nos proporcionen una explicación verosímil de la formación de unas economías empedernidamente innovadoras como, en especial, fueron aquellas que surgieron en el segundo cuarto del siglo XIX.

De hecho, hay instituciones económicas cuya aparición inicial data de una fecha mucho más próxima al nacimiento de lo moderno. Algunas instituciones clave tuvieron su origen en tiempos del mercantilismo o incluso en la Antigüedad, pero no alcanzaron un estadio de madurez hasta mediados del siglo XIX. El desarrollo de la compañía empresarial moderna es un ejemplo de ello. La forma más antigua y (aún hoy) más común de organización de una empresa es la titularidad única, dirigida por un individuo o, en muchos casos, por una familia. Esa forma de propiedad unipersonal cuesta poco de constituir o de mantener y no presenta los riesgos morales a los que los propietarios se enfrentan en organizaciones de raigambre histórica más reciente. Para operaciones de mayor envergadura, la forma empresarial preferida siempre fue la sociedad. Las sociedades podían llevar a cabo negocios con necesidades de capital que estaban fuera del alcance de las típicas empresas de propiedad única, y contaban con la ventaja de combinar los talentos y los conocimientos personales de individuos con experiencia en los ámbitos de la gestión y la inversión. Además, desde tiempos de la antigua Roma, las compañías han tenido reconocidos una serie de derechos legales. Podían realizar negocios en nombre propio, por ejemplo. A principios del siglo XIX, las sociedades empresariales generaban seguramente un mayor volumen de producción que los negocios o empresas de cualquier otra forma en Gran Bretaña y Estados Unidos (mientras que las empresas unipersonales —familiares, se entiende— ocupaban muy posiblemente el segundo puesto en esa clasificación). Y no todas las sociedades eran pequeñas. Algunas habían adquirido un gran tamaño convirtiéndose en holdings con sedes centrales dirigidas por algún socio de muy alto nivel, y varias filiales dirigidas por otros socios. En Estados Unidos, los «bancos de inversiones» de finales del siglo XIX eran sociedades en las que los socios arriesgaban toda su riqueza.

La dificultad de muchas sociedades es que ponen a cada socio individual ante un dilema. Si los socios tienen libertad para actuar por su cuenta, siempre existe la posibilidad de que a cualquiera de ellos se le exijan responsabilidades por los actos (poco escrupulosos o poco prudentes) de otro. Pero si se les deja muy poco margen para actuar, se ven obligados a negociarlo todo entre sí con lo farragoso que eso resulta y con el riesgo consiguiente de que no logren alcanzar ningún acuerdo. En vista de semejante inconveniente, no es de extrañar que los socios se lo pensaran mucho antes de asumir los complejos retos e incertidumbres propios de aventurarse a iniciar un proyecto muy innovador. Además, ampliar una sociedad podía multiplicar los riesgos que ya de por sí pesaban sobre los socios. Por todo ello, es muy posible que los temores a las responsabilidades financieras exigibles limitaran sensiblemente el tamaño y el ámbito de acción de la mayoría de las sociedades mercantiles hasta bien entrado el siglo XIX, y constituyesen por tanto un lastre a la hora de emprender proyectos innovadores, aun cuando para entonces existieran ya otras condiciones que sí fueran propicias a la innovación.

Con el tiempo, terminó por desarrollarse una forma más nueva de organización empresarial mucho más viable como vehículo para la asunción de riesgos y, al menos en ese aspecto, para la innovación. Me refiero a la sociedad o compañía participada por acciones: lo que hoy muchos conocen como la corporación empresarial. Se trata de sociedades mercantiles que dividen su propiedad en participaciones y, normalmente, limitan las pérdidas asumibles por los partícipes a lo que cada uno de estos accionistas haya desembolsado para adquirir las acciones. Los propietarios tienen así una responsabilidad limitada. Esta estructura participativa podía representar un aliciente para los emprendedores y, conscientes de ello, los gobiernos de los Estados otorgaron cédulas o cartas de constitución de ese tipo a compañías específicamente privilegiadas por ellos. En los siglos XVI y XVII, por ejemplo, los gobiernos británico y holandés constituyeron así varias sociedades participadas por acciones para que se encargaran de la realización de proyectos público-privados en los ámbitos del comercio, la exploración y la colonización: la Compañía de las Indias Orientales, la Compañía de la Bahía de Hudson o las malhadadas Compañía del Misisipí y Compañía del Mar del Sur. En pleno apogeo del mercantilismo, aproximadamente la mitad de los ingresos por exportaciones de Gran Bretaña eran generados por compañías constituidas bajo cédula real. En el siglo XVIII, la corona británica comenzó a expender cédulas de constitución de compañías dedicadas a diferentes sectores de producción y actividad económica, como los seguros, los canales y los licores, con las que creaba cuasi monopolios de los que tanto los propietarios como el Estado se beneficiaban. Pero hablamos de unos monopolios que no tenían nada de innovadores. Además, aquellas compañías participadas por acciones dejaron de ser atractivas para los inversores, pues estos recelaban de adquirir participaciones en esas sociedades después de la burbuja del Mar del Sur y de otros escándalos posteriores. Así pues, el coste del capital se volvió seguramente demasiado elevado como para que posibilitara que las compañías participadas por acciones financiaran algún tipo de expansión novedosa o de cambio radical. Y la mayoría de industriales —Boulton & Watt y Eli Wedgwood entre ellos, nada menos— veían demasiados inconvenientes en ese tipo de cédulas de constitución otorgadas por el Estado. Las licencias estatales eran caras, el proceso resultaba bastante engorroso, las ganancias derivadas de una compañía participada por acciones estaban sometidas a gravámenes adicionales a los impuestos sobre la renta aplicables por norma general, la licencia gubernamental venía con una serie de regulaciones estrictas y la cédula de constitución podía ser modificada a voluntad de las autoridades. En Estados Unidos, esas cédulas estatales siguieron estando circunscritas al ámbito de las «obras públicas»: canales, universidades y organizaciones benéficas.

Pero los cambios radicales en la organización accionarial llegaron a Estados Unidos y Gran Bretaña en plena víspera (o inmediatamente después) de la aparición inicial de la economía moderna. La cláusula sobre protección de los contratos que incluye la Constitución de Estados Unidos y que se ratificó en 1788 prohibió desde entonces que ninguna ley de ninguno de los estados de la Unión perjudicara retroactivamente los derechos adquiridos por contrato, pero, obviamente, las cédulas no se consideraban «contratos». Sin embargo, en 1819, a raíz de una demanda presentada por la Corporación del Dartmouth College, el Tribunal Supremo sentenció que todas las corporaciones tienen derechos, incluido el derecho a que su cédula o carta de constitución no sea modificada o reformulada por nuevas leyes de los estados. En la década de 1830, las restricciones a la constitución de corporaciones fueron desapareciendo o relajándose en un estado tras otro: el legislativo de Massachusetts derogó la práctica de limitar a las obras públicas tales cartas de constitución de corporaciones, y Connecticut autorizó que las compañías se constituyeran como corporaciones sin necesidad de acto legislativo previo. En Gran Bretaña, el Parlamento, cansado de aprobar cartas de constitución de corporaciones ferroviarias, aprobó en 1844 la Ley de Compañías Participadas por Acciones, que permitía que estas sociedades se constituyeran como corporaciones simplemente registrándose como tales (aunque sin dotarlas del aliciente de la responsabilidad limitada, pues este era un asunto muy discutido por entonces). La posterior Ley de Compañías Participadas por Acciones de 1856 sí reconoció finalmente a esas corporaciones la responsabilidad limitada. Francia tomó nota y siguió ese mismo ejemplo en 1863, al igual que Alemania, que aprobó una medida muy similar en 1870.8

Una nueva criatura andaba suelta por el mundo occidental, al que había llegado demasiado tarde como para atribuirse la paternidad de la economía moderna nacida en torno a la década de 1820, pero no tan tarde como para no realizar una contribución impresionante a las grandes innovaciones de la era industrial: desde las introducidas en las décadas de 1840 o 1850, hasta las producidas en las décadas de 1910, 1930 o 1960. Adam Smith había criticado la sociedad mercantil participada por acciones porque entendía que presentaba unos incentivos muy mal diseñados. Tenía razón en lo de la insuficiente atención que prestaban tales instituciones a los costes y a su excesiva debilidad por las ganancias a corto plazo. Pero Smith, al analizar el fenómeno desde la óptica clásica, pasó por alto lo verdaderamente importante. Una corporación empresarial, actuando en beneficio de su núcleo duro de uno o más partícipes principales, podía aventurarse hacia lo desconocido, reclutar un amplio surtido de talentos y absorber periodos más prolongados de pérdidas. Eso le confería la capacidad de conseguir innovaciones significativas gracias a su facilidad para hallar accionistas que, dotados de la posibilidad de diversificar, aceptaran el riesgo y, capaces también de conservar la participación accionarial durante años o de venderla a otros que quisieran conservarla, valoraran la obtención de ganancias en un futuro bastante lejano. El beneficio que los inversores y la sociedad en general obtendrían de las innovaciones resultantes podía muy bien anular cualquier objeción menor planteada a propósito del despilfarro y los problemas de gestión propios del modelo empresarial corporativo.

John Stuart Mill estaba afirmando posiblemente eso mismo cuando señaló que la responsabilidad limitada reducía un importante factor disuasorio del establecimiento de un nuevo negocio o empresa (disuasorio muy especialmente para las personas pobres).9 Esta era una observación muy oportuna, sobre todo en época de Mill, cuando la responsabilidad limitada se reconocía solo durante veinte o treinta años a lo sumo. (De hecho, aún hoy en día sigue debatiéndose si tiene sentido en compañías de edad ya muy avanzada. El ya desaparecido Peter Martin, economista especializado en empresa, insinuó en una ocasión en el Financial Times que las compañías debían liquidarse a los veinte años de la fecha de su constitución inicial.)

Una de las últimas instituciones nuevas en instaurarse fue la bancarrota legal. En Estados Unidos, muchas personas fueron encarceladas por no haber podido afrontar sus deudas hasta 1833, cuando se abolió la pena de prisión federal por quiebra financiera. Muchas son las razones para celebrar semejante paso adelante, y entre ellas cabe contar que las personas no tuvieron que temer ya más que si ponían en marcha un negocio pudieran terminar dando con sus huesos en la cárcel por culpa de la mala suerte o de un error. Siguieron produciéndose insolvencias, por supuesto: incluso se incrementó su frecuencia. En una litografía de 1836, se ve una panorámica de Liberty Street, en el corazón del distrito financiero de Nueva York: cuatro de las nueve empresas allí mostradas habían quebrado apenas cinco años más tarde.10 Las Leyes de Bancarrotas de 1841, 1867 y 1898 aligeraron aún más las penalizaciones por insolvencia al autorizar la declaración de quiebra voluntaria y el acuerdo en tribunales federales específicos de una solución pactada para la satisfacción de la deuda pendiente. En Gran Bretaña, las penas evolucionaron desde la deportación y la ejecución en épocas previas hasta la reclusión en prisión en la era victoriana, si bien las cárceles para morosos no tenían nada de agradables. (Hay reiteradas alusiones en Dickens, pues el padre del escritor cumplió pena en la prisión londinense de Marshalsea.) Con la ley de 1856, a los dueños de negocios registrados como de responsabilidad limitada se los liberó de tal eventualidad. Más tarde, la Ley de Deudores de 1869 abolió las penas de prisión por deudas al autorizar tanto a las empresas unipersonales (o familiares) como a las sociedades mercantiles y a cualquier individuo a declararse en bancarrota. Este, con casi total seguridad, fue un factor muy positivo para la innovación.

Por último, entre las instituciones económicas, cabe destacar también el importantísimo auge de las instituciones financieras orientadas (aunque no necesariamente dedicadas por entero) a la financiación del desarrollo temprano de nuevos negocios. Las instituciones crediticias se remontan (como otras muchas instituciones) a tiempos de los inventivos babilonios. Los terratenientes ricos y los templos concedían préstamos a las empresas unipersonales y a las sociedades empresariales para que estas se dedicaran a la producción o al comercio, préstamos que estas avalaban con terrenos de cultivo, casas, esclavos, concubinas, esposas y hasta hijos como garantía. En época medieval, algunas familias crearon bancos a los que se dedicaron a tiempo completo: destacaron muy especialmente los Fugger en el sur de Alemania y los Medici en Florencia. Se hicieron famosas por sus préstamos a reyes y príncipes de toda Europa. En el siglo XVIII, tenemos a dos destacadas familias: los Baring de Londres y los Rothschild, cuyos cinco hijos se instalaron en Fráncfort, Londres, París, Viena y Nápoles. Los Baring eran famosos por los préstamos que concedían a los gobiernos (por ejemplo, al de Estados Unidos para la compra de la Luisiana). Los Rothschild, por sus préstamos a Gran Bretaña para financiar su guerra contra Napoleón. Todos ellos se introdujeron también en el negocio de la banca industrial. Pero cuesta ver en aquellos primeros bancos industriales algún tipo de novedad o cambio que pueda considerarse facilitador de la llegada de toda una era de la innovación.

De los bancos de comienzos del siglo XIX en Estados Unidos podemos extraer ciertas lecciones básicas. Se los ha considerado generalmente una fuente de inestabilidad y, por ende, un lastre para el emprendimiento y el desarrollo económico, un fracaso como promotores de la «movilidad» del capital encomiada por la teoría económica neoclásica, y de éxito muy limitado en cuanto impulsores del desarrollo económico en comparación con el que el «banco universal» evolucionado paralelamente en Europa se considera que alcanzó. Pero lo cierto es que el sistema estadounidense tenía dos tipos de bancos. Unos eran los bancos comerciales, constituidos bajo licencia de los gobiernos de los estados con la función de aceptar depósitos, emitir billetes y financiar la producción y el comercio. Los otros eran la banca privada, que no podían emitir billetes ni aceptar depósitos, y que dependían de su capital propio. Tanto uno como otro tipo de banca prosperaron. (Las entidades del segundo tipo atrajeron mucho capital extranjero y terminaron evolucionando hacia la banca de inversión, dedicada a prestar dinero a empresas y negocios para la financiación de proyectos de inversión.) Un sistema tan complejo y sutil no se presta fácilmente a una valoración rápida e inmediata. Algunas reflexiones y estudios recientes, sin embargo, han argumentado que estos bancos eran bastante apropiados para prestar servicio al emprendimiento y el desarrollo regionales: no eran perfectos, desde luego, pero ayudaban más que molestaban. Al ceñirse básicamente a la región que conocían, estaban siempre en primera línea de las respuestas a los cambios de oportunidades. Y practicaban la norma de conocer a sus clientes y hacer un buen seguimiento de sus prestatarios:

Para que hubiera desarrollo económico, tuvieron que surgir y crecer empresas manufactureras. [...] Para que ese crecimiento se produjera en el momento oportuno, los fabricantes necesitaron acceso a financiación externa, sobre todo a créditos bancarios. [...] Los banqueros —que solían ser comerciantes también— tendían a prestar a empresas y emprendedores con quienes estuvieran familiarizados: es decir, a otros comerciantes.11

Según ese enfoque revisionista, la ausencia de bancos universales en los contextos estadounidense y británico no fue un impedimento para el desarrollo, fueran cuales fueren las ventajas que Francia y Alemania derivaron de aquellos.

INSTITUCIONES POLÍTICAS: LA DEMOCRACIA REPRESENTATIVA

Las instituciones políticas desempeñaron posiblemente un papel significativo en la creación de la economía moderna. Una de ellas fue la democracia representativa, que surgió muy próxima en el tiempo a la aparición misma de la modernidad económica. El desarrollo de la democracia moderna en paralelo al de la economía moderna parece, cuando menos, bastante indicativo.

En la mayoría de los países, los escaños de los parlamentos nacionales siguieron estando ocupados durante toda la era del mercantilismo por nobles y aristócratas terratenientes. Actuando siglos antes de que imperara un mínimo sentido de la justicia económica, su actividad legislativa se inspiraba mayormente en el más puro interés propio. Sin embargo, en el siglo XVIII, la idea de una democracia representativa —o más representativa, por lo menos— cautivó la imaginación popular tanto en Norteamérica como en Europa, en gran parte, como respuesta a las crecientes reivindicaciones de igualdad de representación procedentes de la clase trabajadora y empresarial y comerciante urbana. La Declaración de Independencia estadounidense de 1776 proclamó el derecho del pueblo al autogobierno, libre de reyes y aristocracias, aunque ese ideal no se hizo verdaderamente realidad hasta la abolición de la esclavitud unos noventa años más tarde. La Revolución Francesa de 1789 representó la llamada a las armas en Europa para la creación de la democracia. La Constitución polacolituana de 1791 instauraba la igualdad política entre plebe y nobleza. Algunos historiadores argumentan que la corte de Versalles distrajo tanto a los aristócratas terratenientes que estos no pensaron lo suficiente en cómo mejorar las prácticas agrarias y ello se tradujo en que la innovación no llegó a Francia hasta que el Estado dejó de ser un obstáculo.

No cabe duda de que la democracia ha comportado desde siempre ciertos riesgos negativos para la economía. Es más cortoplacista de lo que las monarquías hereditarias tendieron históricamente a ser. Puede dejar margen a una tiranía de la mayoría, algo a lo que las constituciones modernas han puesto límites. También ha situado a veces a personas en el gobierno que andaban tan cortas de dinero en comparación con muchos de los gobernados que eran más vulnerables al soborno que los legisladores aristocráticos. Pero es más que posible que, en conjunto, haya sido bastante positiva para la innovación.

Hace mucho que se cree que el derecho de las personas a gobernarse a sí mismas ha supuesto beneficios para el rendimiento económico en general. Y existen motivos para pensar que creó unas condiciones propicias para el ascenso del dinamismo económico. Por ejemplo, una democracia representativa puede instaurar instituciones y políticas económicas que un autócrata rechazaría o reprimiría. Las democracias impulsaron el sector público para apoyar a los intereses de las clases bajas y medias y, con ello, protegieron y alimentaron las iniciativas individuales, por ejemplo, ayudando a la actividad comercial y empresarial y fomentando la educación popular. Es de suponer que la innovación, que tanto debe a la inspiración, la exploración y la experimentación que tienen lugar en la base misma de la sociedad, se benefició de esta característica de la democracia. De una autocracia, por el contrario, se espera más bien que emplee el sector público para proyectos que estén al servicio de intereses autocráticos, como el poder o el aura nacionales. (En el reverso de la moneda, cabe señalar que una democracia puede empantanarse en intercambios de favores entre legisladores que representan intereses de sectores diversos de la sociedad, favores de los que resulte un sector público tan inflado que, más que potenciar la innovación, la perjudique. Aun así, eso era bastante improbable en el siglo XIX, cuando los gobiernos y sus administraciones eran todavía muy reducidos en todos los países salvo Francia.)

La democracia representativa puede sustentar de forma natural ciertas instituciones y cierta cultura favorables a la economía moderna que una autocracia no sería tan proclive a apoyar. Cuando los gobiernos legislan y, con ello, legitiman instituciones que protegen el funcionamiento económico frente a la incertidumbre, los cambios, los reveses de la fortuna, las ganancias y las pérdidas, etcétera, el emprendedor y el innovador potenciales pueden estar más seguros de que su compañía no se verá sometida a requisamientos abusivos de parte de organismos gubernamentales o agentes sociales, ni a amenazas poscontractuales de acreedores o empleados, ni a la acción de turbas toleradas por las autoridades que se dediquen a saquear comercios y fábricas sin intervención de la policía. El argumento en que se basa esa afirmación es que, cuando una sociedad formada por infinidad de votantes con opiniones diversas instaura una institución, la probabilidad de que la suma neta de sus cambios de opinión sea lo suficientemente grande como para causar la revocación de una ley previa es menor que la probabilidad de que un mandatario autócrata tuviera semejante cambio de opinión y actuara en consecuencia. (Esta es una conclusión que se infiere de lo que, en teoría estadística, se conoce como la ley de los grandes números.)

Esta tesis guarda relación también con la cuestión de si el Estado de derecho es suficientemente robusto como para ser fiable. Y todo el mundo coincide en señalar que los gobernantes autocráticos solo obedecen el imperio de la ley cuando les conviene; ni siquiera una constitución como la Carta Magna garantiza que la ley no vaya a ser eludida mediante algún que otro subterfugio. Los parlamentos democráticos pueden modificar leyes, sí, e incluso soslayarlas aprobando leyes añadidas. Pero, siguiendo el argumento del párrafo anterior, es de suponer que el legislativo de una democracia poblada y diversa tendrá más dificultades a la hora de contravenir o sortear una ley existente que las que se le presentan a un autócrata en situaciones parecidas. El «gobierno del pueblo» confiere credibilidad al Estado de derecho.

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Data wydania na Litres:
14 listopada 2024
Objętość:
763 str. 23 ilustracji
ISBN:
9788490568484
Wydawca:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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