Czytaj książkę: «El castillo encantado»


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Nesbit, Edith
El castillo encantado / Edith Nesbit. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Letra Impresa Grupo Editor, 2019.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-4419-65-1
1. Narrativa Inglesa. 2. Novela. I. Título.
CDD 823
Reservados todos los derechos.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin permiso escrito de la editorial.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
EL CASTILLO ENCANTADO
PARA MARGARET OSTLER,
CON AMOR,
DE E. NESBIT
/ CAPÍTULO 1
Los chicos eran tres: Jerry, Jimmy y Kathleen. Claro que el verdadero nombre de Jerry era Gerald, y no Jeremías, aunque ustedes hayan pensado otra cosa. El nombre de Jimmy era James, y a Kathleen nunca la llamaban así, sino que casi siempre era Cathy, o Catty. También Catalinda, cuando sus hermanos estaban bien con ella, o Cato Salvaje en caso contrario.
Estudiaban en un pequeño pueblo del oeste de Inglaterra. Por supuesto, los niños estaban pupilos en una escuela y la niña en otra, porque el sensato hábito de mandar a los varones y a las niñas a la misma escuela no es tan común todavía como espero que algún día lo sea.
Solían pasar juntos los sábados y domingos en la casa de la señorita Hervey, una amable solterona. Pero aquel era uno de esos lugares donde es imposible jugar. Conocen ese tipo de casa, ¿no? Hay algo en el aire que te impide hasta hablar cuando te dejan solo, y allí cualquier juego parece raro y hasta fingido. Así que esperaban ansiosamente las vacaciones, cuando irían a casa y compartirían todo el día, en un lugar donde jugar era natural y la conversación posible, y donde los campos y bosques de Hampshire ofrecían miles de cosas para hacer y para ver. Su prima Betty también estaría ahí, y ya tenían planes.
Betty terminó las clases antes que ellos y llegó primero a la casa de Hampshire. Pero en cuanto estuvo allí, se enfermó de sarampión. Por eso ese verano nuestros tres amigos no pudieron volver a su hogar. Se imaginan cómo se sintieron. No toleraban siquiera pensar en pasar siete semanas en lo de la señorita Hervey, y los tres escribieron a casa y contaron todo. Esto sorprendió mucho a sus padres, que estaban convencidos de que se divertían en lo de la querida señorita Hervey. Sin embargo, se portaron “bastante bien al respecto”, como dijo Jerry, y luego de una seguidilla de cartas y telegramas, se decidió que los chicos se quedarían en la escuela de Kathleen, donde ya no había niñas ni maestras, salvo la de Francés.
–Será mejor que estar en lo de la señorita Hervey –reflexionó Cathy, cuando los varones fueron a preguntarle a Mademoiselle cuándo podían mudarse–. Además nuestra escuela no es tan fea como la de ustedes. Nosotras tenemos manteles en las mesas y cortinas en las ventanas, mientras que en la de ustedes solo hay pupitres y pizarrones de pino, y oscuridad.
Mientras los chicos empacaban sus cosas, Kathleen adornó los cuartos lo mejor que pudo, con flores que puso en frascos de mermelada. Más que nada caléndulas, ya que no había mucha variedad en el jardín de atrás. Sí había geranios en el jardín del frente, y zapatitos de Venus y lobelias. Pero, por supuesto, los alumnos no estaban autorizados a cortarlas.
–Deberíamos pensar en algún juego para entretenernos durante las vacaciones –dijo Cathy después de tomar el té y de desempacar la ropa de los varones. Se sentía muy madura y meticulosa mientras apilaba con cuidado las diferentes prendas en montoncitos prolijos dentro de los cajones–. ¿Qué tal si escribimos un libro?
–No podrías –sentenció Jimmy.
–No me refería a mí, obviamente –respondió ella, un poco dolida–. Me refería a nosotros.
–Demasiado aburrido –dijo Gerald, brevemente.
–Si escribiéramos un libro sobre cómo son en realidad las escuelas por dentro, la gente lo leería y pensaría que somos muy inteligentes –insistió.
–Más bien nos expulsarían –bromeó Gerald–. No. Mejor un juego de bandidos al aire libre, o algo así. No estaría mal encontrar una cueva donde guardar provisiones y juntarnos a comer.
–No hay cuevas –aseguró Jimmy, a quien le encantaba contradecir a todos–.Y además, casi seguro que tu querida Mademoiselle no nos va a dejar salir solos.
–Eso ya lo veremos –respondió Gerald–. Voy a hablar con ella.
–¿Así como estás?
Kathleen lo señaló burlonamente, y él se miró al espejo.
–Peinarse y cepillar sus ropas y lavar su cara y sus manos tomó a nuestro héroe solo un momento –dijo Gerald, y fue a poner en práctica sus palabras.
El chico que golpeó a la puerta de la sala donde Mademoiselle leía un libro de tapa amarilla, mientras deseaba deseos imposibles, era moreno, delgado y de aspecto interesante. Gerald tenía la virtud de adoptar una apariencia agradable en un santiamén, habilidad muy útil cuando se trata de enfrentar a adultos extraños. Para lograrlo, abría mucho sus grandes ojos grises, arqueaba los labios un poco hacia abajo, y asumía una expresión amable y simpática.
–Entrez! –dijo Mademoiselle, con un marcado acento francés. Y él entró–. E bien? –agregó bastante impaciente.
–Espero no molestarla –murmuró Gerald, con cara de ternero degollado.
–Por supuesto que no –dijo ella, más suavemente–. ¿Qué es lo que deseas?
–Pensé que debía venir a saludar a la dama de la casa –respondió Gerald y extendió su mano recién lavada, todavía algo húmeda y colorada.
Ella la estrechó.
–Eres un niñito muy educado.
–Para nada –dijo Gerald, más educadamente que nunca–. Siento mucha pena por usted. Debe ser espantoso tener que cuidar de nosotros durante las vacaciones.
–Para nada –dijo Mademoiselle, a su vez–. Estoy segura de que serán muy buenos niños.
La actitud de Gerald le aseguró que tanto él como los otros serían lo más parecido a ángeles que los niños pueden ser, sin dejar de ser humanos.
–Lo intentaremos –prometió con toda seriedad.
–¿Puedo hacer algo por ustedes? –preguntó amablemente la institutriz francesa.
–Oh, no, gracias. No queremos causarle ningún tipo de inconveniente. Y estaba pensando que sería menos pesado para usted si mañana nos fuéramos todo el día al bosque, y nos lleváramos el almuerzo, algo frío, usted sabe, para no molestar a la cocinera.
–Eres muy considerado –dijo Mademoiselle, también seriamente.
Entonces los ojos de Gerald sonrieron. El truco era que sus ojos hicieran eso mientras sus labios permanecían bien serios. Mademoiselle captó el gesto y se rió, y Gerald rió también.
–¡Pequeño impostor! ¿Por qué no dices directamente que quieren liberarse de la vigilancia, mmm…, cómo decirlo, del control, en lugar de fingir que intentan complacerme?
–Hay que ser muy cuidadoso con los adultos –respondió Gerald–. Pero tampoco le estoy mintiendo. No queremos molestarla y no queremos que usted…
–Que yo los moleste a ustedes. E bien! Y tus padres… ¿ellos les permiten pasar el día en el bosque?
–Oh, sí –respondió Gerald con toda honestidad.
–Entonces no seré más estricta que tus padres. Voy a avisarle a la cocinera. ¿Satisfecho?
–¡Muy! Mademoiselle, usted es una diosa.
–¿Una osa? –repitió ella–. ¿El animal?
–No, no, un… un cherie –dijo Gerald–, un verdadero cherie sin igual. Y no se va a arrepentir. ¿Hay algo que podamos hacer por usted? ¿Ovillarle la lana, o buscar sus anteojos, o…?
–¡Me tomas por una abuela! –exclamó Mademoiselle, riendo con más ganas que nunca–. Vayan, y no se porten peor de lo que deben.
****
–Bueno, ¿cómo te fue? –preguntaron los otros chicos.
–Todo en orden –contestó Gerald, haciéndose el indiferente–. Les dije que saldría bien. El ingenioso joven se ganó el respeto de la institutriz extranjera, quien en su juventud había sido la más bella de su humilde comarca.
–No creo que haya sido bella jamás. Es demasiado severa –comentó Cathy.
–¡Ah, es que no sabes tratarla! –exclamó Gerald–. No fue severa conmigo.
–Lo que yo digo es que, más allá de todo, eres muy buen actor –dijo Jimmy.
–No. Soy un dip… ¿cómo se dice? Como un embajador. ¡Dipoplomático!, eso es lo que soy. Como sea, conseguimos el permiso. Y si no encontramos una cueva, dejaré de llamarme Jack Robinson.
Mademoiselle, menos severa de lo que Kathleen la había visto nunca, presidió la cena, que consistió en pan untado con melaza varias horas antes y ahora más duro y seco que cualquier otra comida que se puedan imaginar. Gerald fue muy cortés al pasarle el queso y la manteca, y al presionarla para que probara el pan con melaza.
–¡Ajjj! ¡Es seco como arena en la boca! ¿Es posible que a ustedes les guste esto?
–No –dijo Gerald–, no es posible, pero tampoco es correcto que los niños hagan comentarios sobre su comida.
Ella se rió y nunca volvió a haber pan y melaza para la cena.
–¿Cómo lo haces? –murmuró Cathy, asombrada, mientras más tarde se deseaban las buenas noches.
–Ah, una vez que entendiste a un adulto, es muy fácil saber a qué te enfrentas. Ya vas a ver. Después de esto, voy a manejarla con un hilo.
A la mañana siguiente, Gerald se levantó temprano y cortó un ramito de claveles rojos de una planta que encontró escondida entre las caléndulas. Lo ató con un hilo negro y lo dejó sobre el plato de Mademoiselle. Ella sonrió. Se la veía muy elegante con las flores prendidas de su cinturón.
–¿Piensas que es correcto esto de, digamos, sobornar a la gente con flores y cosas, y pasándoles la sal, para que te dejen hacer lo que quieres? –le preguntó Jimmy más tarde.
–No es eso –reaccionó Cathy–. Yo sé a dónde va Jerry, solo que a mí nunca se me ocurren buenas ideas a tiempo. Verás, si quieres que los grandes sean amables contigo, lo menos que tienes que hacer es ser amable con ellos, y pensar en pequeños gestos para agradarles. A mí nunca se me ocurre ninguno. A Jerry sí, y es por eso que todas las mujeres viejas lo quieren. No se trata de soborno. También es una especie de honestidad, como pagar por las cosas.
–Bueno, de cualquier manera –dijo Jimmy, dejando de lado las preocupaciones morales– es un día hermoso para ir al bosque.
Y así era.
La ancha calle principal, silenciosa como la calle de un sueño aun en las horas transitadas de la mañana, estaba bañada de sol. Las hojas brillaban frescas después de la lluvia de la noche anterior, pero la carretera estaba seca. Y con la luz del sol, la tierra también brillaba como polvo de diamantes. Las hermosas casas antiguas, enormes y fuertes, parecían estar disfrutando un día al sol.
–¿Pero hay bosques por aquí? –preguntó Cathy, después de pasar por el mercado.
–No es muy importante que haya bosques –dijo Gerald con tono soñador–. Seguro que encontraremos algo. Un amigo me contó que su papá le dijo que, cuando era niño, había una cuevita bajo una loma, en un sendero cerca de la calle Salisbury. Pero además le dijo que ahí había un castillo encantado, así que tal vez también sea mentira lo de la cueva.
–Si consiguiéramos unas trompetas y las sopláramos todo el camino para que sonaran muy fuerte, tal vez encontraríamos un castillo mágico –propuso Cathy.
–Si tienes dinero para desperdiciar en trompetas… –comentó Jimmy, despectivamente.
–Bueno, hete aquí que tengo dinero, así que hagámoslo –concluyó la niña.
Y compraron las trompetas en un pequeño negocio que tenía una vidriera repleta de un lío de juguetes, caramelos, pepinos y manzanas verdes.
La tranquila plaza a la entrada del pueblo, donde están las casas de la gente más respetable, resonó con el ruido de las trompetas que los niños soplaron sin parar. Pero ninguna se convirtió en un castillo encantado. Entonces caminaron y caminaron por la calle Salisbury, tan polvorienta y calurosa que decidieron tomar uno de sus refrescos de jengibre.
–Es lo mismo llevar el refresco de jengibre dentro de nosotros que en la botella –analizó Jimmy–. Y podríamos esconder la botella y recogerla a la vuelta.
Inmediatamente llegaron a un lugar donde la calle tomaba, como dijo Gerald, dos direcciones a la vez.
–Esto suena a aventuras –se entusiasmó Cathy.
Siguieron el camino de la derecha. Y la próxima vez que debieron doblar, lo hicieron hacia la izquierda, “para ser lo más justos posible” –como dijo Jimmy– y luego hacia la derecha, y a la izquierda, y así, hasta que se encontraron absolutamente perdidos.
–Absolutamente –aseguró Cathy–. ¡Qué emoción!
Ahora los árboles se arqueaban sobre sus cabezas. Hacía rato que los aventureros habían dejado de tocar sus trompetas porque era cansador y porque, además, no había nadie a quien molestar con el ruido.
–¡Basta! –gritó Jimmy de repente–. Sentémonos un rato y comamos algo de la vianda. Hasta podríamos llamarlo almuerzo, si les parece –agregó persuasivamente.
Así que se sentaron sobre un cerco, y comieron las grosellas rojas y maduras que les habían preparado como postre. Y mientras estaban descansando y deseando que sus botas no estuvieran tan llenas de pies, Gerald se recostó contra los arbustos, y los arbustos se quebraron y casi cayó de espaldas. Algo había cedido a la presión de su cuerpo, y habían escuchado el sonido de algo pesado al caer.
–¡Ay, diablos! –exclamó, levantándose de repente–. Ahí hay un hueco. La piedra en la que me apoyé se cayó.
–Ojalá fuera una cueva –dijo Jimmy–, pero por supuesto que no lo es.
–Tal vez si tocáramos las trompetas aparecería una –propuso Cathy, e inmediatamente hizo sonar la suya.
Gerald estiró su mano y tanteó entre la maleza.
–No siento nada más que aire. Es solo un agujero lleno de vacío.
Los otros dos apartaron los arbustos. En efecto, en la loma había un agujero.
–Voy a entrar –afirmó Gerald.
–¡Ay, no lo hagas! –rogó su hermana–. Te pido que no lo hagas. ¡Imagina si hubiera serpientes!
–No es probable –dijo Gerald, pero se inclinó hacia adelante y encendió un fósforo–. ¡Es una cueva! –gritó, y apoyó su rodilla en la piedra musgosa sobre la que había estado sentado, gateó sobre ella, y desapareció.
Después hubo una pausa llena de ansiedad.
–¿Estás bien? –preguntó Jimmy.
–Sí. Vamos. Mejor entren con los pies para adelante. La caída es muy brusca.
–Yo voy primero –dijo Cathy, y bajó con los pies hacia adelante, siguiendo el consejo. Sus pies se agitaron descontrolados en el aire.
–¡Cuidado! –gritó Gerald desde la oscuridad–. Me vas a sacar un ojo. Baja los pies, niña, no los tengas hacia arriba. No tiene sentido tratar de volar aquí: no hay lugar.
Para ayudarla, tiró fuertemente de sus tobillos y luego la sostuvo por debajo de los brazos. Ella sintió el crujir de hojas secas bajo sus botas, y se preparó para recibir a Jimmy, que entró de cabeza, como si se estuviera zambullendo en un mar desconocido.
–Es una cueva –dijo Cathy.
–Los jóvenes exploradores –explicó Gerald, bloqueando el agujero de entrada con sus hombros– encandilados en un primer momento por la oscuridad de la cueva, no podían ver nada.
–La oscuridad no encandila –lo corrigió Jimmy.
–Ojalá tuviéramos una vela –dijo Cathy.
–Sí que encandila –lo contradijo Gerald, y continuó hablando–: No podían ver nada. Pero su intrépido líder, cuyos ojos se habían habituado a la oscuridad mientras las formas toscas de los demás bloqueaban la entrada, había hecho un descubrimiento.
Sus dos hermanos estaban acostumbrados al modo en que Gerald narraba una historia mientras era parte de ella. Pero a veces deseaban que no hablara tan largo y tan como los libros, en momentos de tanta emoción. Aun así, el siguió:
–No revelaría el horrible secreto a sus fieles seguidores hasta que todos y cada uno de ellos le diera su palabra de honor de que conservaría la calma.
–Conservaremos la calma –aceptó Jimmy, impaciente.
–Bueno, entonces –continuó Gerald dejando de repente de ser un libro y convirtiéndose en un niño–, ahí hay una luz. ¡Miren atrás de ustedes!
Miraron. Y era verdad. Un suave gris sobre las paredes marrones de la cueva, y un gris más brillante que terminaba de golpe en una línea oscura mostraban que, más allá de la curva o ángulo en la cueva, era de día.
–¡Atención! –dijo Gerald o, por lo menos, eso fue lo que quiso decir, porque lo que dijo en realidad fue: “¡Fir-mes!”, como corresponde al hijo de un soldado. Los otros obedecieron mecánicamente.
–Van a permanecer firmes hasta que les dé la orden de “Marche”. Entonces avanzarán en fila, lenta y cautelosamente, y seguirán a su heroico líder, con cuidado de no tropezar con los muertos y heridos.
–¡Me gustaría que no hicieras esto! –se quejó Cathy.
–No hay muertos ni heridos –agregó Jimmy, tanteando en la oscuridad para encontrar la mano de su hermana–. Solo quiere decir que tengamos cuidado de no tropezar con piedras y cosas.
Justo entonces la tocó y ella gritó.
–Soy yo –dijo Jimmy–. Pensé que querrías que te diera la mano. Pero eres completamente una niña.
Entonces sus ojos empezaban a acostumbrarse a la oscuridad, y todos podían ver que estaban en una cueva de piedra que se extendía unos tres o cuatro metros y luego giraba bruscamente hacia la derecha.
–¡La victoria o la muerte! –gritó Gerald–. ¡Ahora, marchen!
Avanzó con cuidado, eligiendo dónde poner cada pie entre las piedras y el terreno movedizo de la cueva.
–¡Un barco, un barco! –gritó, en cuanto dobló la esquina.
–¡Es increíble! –Cathy suspiró mientras salía a la luz del sol.
–No veo ningún barco –dijo Jimmy, que la seguía.
El angosto pasadizo terminaba en un arco, adornado de helechos y enredaderas. Cruzaron bajo el arco y llegaron a un río angosto y profundo. En sus orillas, pedregosas y cubiertas de musgo, crecían más helechos y árboles. Sus ramas se arqueaban sobre el agua, la luz del sol las atravesaba en parches de brillo que se movían y convertían el lugar en un corredor techado de verde y dorado. El camino de piedras, en el que se habían amontonado pilas de hojas, bajaba vertiginosamente y terminaba en otro arco, bastante oscuro por dentro, sobre el que asomaban rocas y pasto y arbustos.
–Es como la parte de afuera de un túnel de tren –comentó James.
–Es la entrada al castillo encantado –dijo Cathy–. Toquemos las trompetas.
–¡Silencio! –ordenó Gerald y retomó su estilo libresco–: El valiente capitán desaprobó el tonto parloteo de sus subordinados…
–¡Eso me gusta! –dijo Jimmy, indignado.
–Me imaginé –respondió Gerald. Y siguió–: …de sus subordinados, y les pidió que avanzaran en silencio porque, después de todo, podía haber alguien en los alrededores y el otro arco podía ser una casa para almacenar hielo o algo peligroso.
–¿Qué? –preguntó Cathy, nerviosa.
–Osos, tal vez –dijo Gerald– brevemente y ordenó–: ¡Marcha rápida!
Y marcharon, arrastrando los pies sobre montañas de hojas húmedas, bajo las que el camino era firme y pedregoso. Al llegar al arco oscuro que habían visto antes, se detuvieron.
–Hay escalones para bajar –observó Jimmy.
–Es una casa para almacenar hielo –afirmó Gerald.
–No propongas nada –le advirtió Cathy.
Pero Gerald continuó:
–Nuestro héroe, al que nada desalentaba, para estimular las abatidas esperanzas de sus cobardes subalternos, dijo que por supuesto él seguiría adelante, y que ellos podían hacer lo que tuvieran ganas.
–Si me insultas, puedes seguir solo –se quejó Jimmy–. ¡Vamos!
–Es solo parte del juego, tonto –explicó Gerald, amablemente–. Puedes ser el capitán mañana, así que ahora deberías cerrar la boca y comenzar a pensar en los insultos que nos dirás cuando llegue tu turno.
Bajaron los escalones muy despacio y con mucho cuidado. Una roca se arqueaba sobre sus cabezas. Gerald encendió un fósforo cuando notó que el último escalón no tenía borde y que era, de hecho, el principio de un pasadizo que giraba hacia la izquierda.
–Este camino nos llevará nuevamente hacia la calle –dijo Jimmy.
–Más bien debajo de ella –lo corrigió Gerald–. Hemos bajado once escalones.
Siguieron adelante, detrás de su líder, que avanzaba muy lentamente porque temía, según explicó después, que hubiera otros escalones.
–¡No me gusta nada! –murmuró Jimmy.
El pasadizo estaba muy oscuro. Luego se iluminó con una tenue luz de sol que creció y creció, hasta que llegaron a otro arco. Detrás de él se veía un jardín tan hermoso que a todos se les cortó la respiración, y simplemente avanzaron en silencio, contemplándolo. Un corto paseo de cipreses que se iba ensanchando conducía hacia una terraza de mármol amplia y blanca y bañada por la luz del sol.
Los chicos, pestañeando, apoyaron sus brazos sobre la baranda ancha y plana, y observaron. Justo debajo de ellos había un lago con cisnes y una isla y sauces llorones. Más allá, había lomitas verdes salpicadas por bosquecitos. Y entre los árboles, relucían las blancas extremidades de varias estatuas. Hacia la izquierda, contra una pequeña montaña, había una terraza redonda con columnas, y hacia la derecha, una cascada que caía entre piedras cubiertas de musgo y que, finalmente, chapoteaba en el lago. Unos escalones conducían desde la terraza hasta el agua, y otros hacia los verdes jardines que la rodeaban. A cierta distancia, a lo largo de las cuestas cubiertas de gramilla, pastaban algunos ciervos. Y más lejos, donde las arboledas se hacían más tupidas y se transformaban en algo muy parecido a un bosque, había enormes estatuas talladas en piedra grisácea que no se comparaban con nada que los niños hubieran visto antes.
–Ese chico de la escuela… –dijo Gerald.
–Es un castillo encantado –agregó Cathy.
–Yo no veo ningún castillo –la contradijo Jimmy.
–¿Cómo llamas a eso, entonces? –Gerald señalaba hacia unas torres y torrecitas que, más allá de unos árboles de lima, se clavaban en el azul del cielo.
–No parece que hubiera nadie por aquí –observó Cathy–. Y sin embargo, todo se ve tan prolijo. Creo que hay algo mágico.
–Cortadoras de césped mágicas –sugirió Jimmy.
–Si estuviéramos en un libro, seguro que habría un castillo encantado.
–Es un castillo encantado –murmuró Gerald.
–Pero si no existen –dijo Jimmy, seguro.
–¿Cómo sabes? ¿Crees que en el mundo solo existe lo que tú has visto? –respondió Gerald, y su tono burlón era aplastante.
–Creo que la magia se acabó cuando la gente empezó a usar motores y diarios y teléfonos y telégrafo inalámbrico –insistió Jimmy.
–Si lo piensas, lo inalámbrico tiene bastante de magia –dijo Gerald.
–¡Ah, estás hablando de esas cosas! –Jimmy estaba muy molesto con su hermano.
–Tal vez la magia se acabó porque la gente ya no creía en ella –arriesgó Cathy.
–Bueno, no arruinemos el espectáculo solo por viejas sospechas –dijo Gerald con decisión–. Voy a hacer el mayor esfuerzo posible por creer en la magia. Este es un jardín encantado, y aquel es un castillo encantado, y estoy decidido a ir a explorarlo.
El valiente caballero lideró la marcha y permitió a sus ignorantes escuderos elegir si querían seguirlo o no, según fuera su real voluntad. Se deslizó tomado de la baranda y con largas zancadas descendió hacia el jardín. Y mientras avanzaba, sus botas taconeaban llenas de determinación. Los otros lo siguieron.
Solo en los cuentos de hadas se han visto jardines semejantes. Caminaron muy cerca de los ciervos, que apenas levantaron sus hermosas cabezas y no se asustaron para nada. Y después de un largo trecho de césped, pasaron bajo el bosquecito de árboles de lima. Hasta que llegaron a un jardín de rosas que, rodeado de un cerco de espesos y cuidadosamente podados pinos, se veía rojo y verde y rosado y blanco al sol, como el pañuelo multicolor de un gigante, perfumado con diferentes esencias.

–Sé que nos encontraremos con un jardinero en un minuto, y nos preguntará qué hacemos aquí. ¿Qué vas a decirle? –preguntó Cathy, mientras sumergía la nariz en una rosa.
–Le diré que nos perdimos, lo que se parece bastante a la verdad –le respondió su hermano mayor.
Pero no se encontraron ni con un jardinero ni con nadie, y la sensación de magia se fue volviendo más y más intensa, hasta que el sonido de sus propios pasos en ese enorme y silencioso lugar comenzó a asustarlos. Detrás del jardín de rosas había una especie de pared de pinos, con un arco podado en ella: era la entrada a un laberinto como el que hay en el Palacio de Hampton Court.
–Recuerden lo que voy a decirles –les advirtió Gerald–. En el centro de este laberinto encontraremos el hechizo secreto. Desenvainad vuestras espadas, mis alegres camaradas, y esperad el grito de guerra en el más profundo silencio.
Así lo hicieron. Hacía mucho calor en el laberinto, entre sus angostos pasadizos de pino, y el camino hacia el centro estaba bien disimulado. Una y otra vez se encontraron en el arco de la entrada que daba al jardín de rosas, y se alegraron de haber llevado, los tres, pañuelos grandes y limpios. Fue cuando llegaron por cuarta vez a ese mismo lugar, que Jimmy de pronto gritó:
–¡Desearía que…! –y se interrumpió de repente y luego agregó en un tono bastante diferente–: ¡Ay! ¿Dónde está nuestro almuerzo?
Y entonces, todos recordaron que la canasta con la vianda había quedado a la entrada de la cueva. En vano pensaron en las rodajas de cordero, los seis tomates, el pan con manteca, el papel que envolvía un poco de sal, los pastelitos de manzana, y la botella con refresco de jengibre.
–Volvamos ahora mismo, busquemos nuestras cosas y almorcemos –dijo Jimmy.
–Intentemos una vez más con el laberinto. Odio darme por vencido –propuso Gerald.
–¡Tengo mucha hambre! –protestó Jimmy.
–¿Por qué no lo dijiste antes? –preguntó Gerald, amargamente.
–Antes no tenía.
–Entonces no puedes tener ahora. No puedes morirte de hambre de un momento a otro.
–¿Qué es eso…?
Eso era un reflejo rojo al pie de unos pinos, una línea muy fina, que no habrían notado a menos que fijaran la vista, enojados, en las raíces de los árboles. Era un hilo de algodón.
Gerald lo levantó. Uno de los extremos estaba atado a un dedal con agujeros, y el otro…
–¡Falta la otra punta! –exclamó, triunfalmente–. Es un ovillo, eso es lo que es. ¿Ahora qué importa la comida? Siempre presentí que algo mágico sucedería algún día, y sucedió.
–Supongo que el jardinero lo puso ahí –dijo Jimmy.
–¿Y lo ató al dedal de plata de una princesa? ¡Miren! Hay una corona en el dedal.
La había.
–Vamos –continuó Gerald en un tono bajo y urgente–. Si son aventureros, sean aventureros. Además, supongo que alguien ya pasó por la calle hace horas y se embolsó el cordero.
Avanzó mientras enroscaba el hilo rojo alrededor de su dedo. Sí, era un ovillo que los dirigió justo hasta el centro del laberinto. Y en el exacto centro del laberinto, se encontraron con la maravilla.
Siguiendo el ovillo rojo, subieron dos escalones hasta un espacio circular cubierto de césped. En el medio había un reloj de sol y, todo alrededor, contra el cerco de pinos, un asiento de mármol bajo y ancho. El hilo rojo corría a lo largo del césped, pasaba por el reloj de sol y terminaba en una manito con preciosos anillos en todos los dedos. La mano estaba unida, naturalmente, a un brazo que llevaba muchas pulseras resplandecientes con piedras rojas, azules y verdes. El brazo lucía una manga de seda bordada en rosa y oro, algo desteñida aquí y allá, pero aun así, extremadamente imponente. Y la manga era parte de un vestido que llevaba puesto la mujer que dormía al sol, sobre el asiento de piedra. El vestido rosa dorado cubría en parte una enagua bordada de color verde claro. Había encaje amarillo, del color de la crema caliente, y le envolvía la cara un velo muy fino y blanco con lentejuelas en forma de estrellas.
–Es la princesa encantada –dijo Gerald, ahora verdaderamente impactado–. Se los dije.
–Es la Bella Durmiente –agregó Cathy–. ¡Claro que es ella! Miren qué antigua es su ropa, como las damas de María Antonieta en las figuras del libro de Historia. Debe haber dormido cien años. Ay, Gerald, tú eres el mayor, tú debes ser el príncipe y nunca lo supimos.
–No es una princesa realmente –dijo Jimmy.
Pero los otros se rieron de él, en parte porque bastaba con que dijera cosas así para arruinar cualquier juego, y en parte porque no estaban tan seguros de que esa mujer inmóvil como la luz del sol no fuera realmente una princesa. Cada etapa de la aventura: la cueva, los maravillosos jardines, el laberinto, el ovillo, había hecho más fuerte la sensación de magia, y ahora Kathleen y Gerald estaban casi completamente hechizados.
–Súbele el velo, Jerry –murmuró Cathy–. Si no es hermosa, sabremos que no puede ser una princesa.
–Levántaselo tú –respondió Gerald.
–Supongo que está prohibido tocar las estatuas –dijo Jimmy.
–No es de cera, tonto –lo retó su hermano.
–No –agregó su hermana–. La cera no aguantaría este sol. Y, además, se nota que respira. Seguro que es la princesa.
Y de inmediato levantó muy cuidadosamente la punta del velo y lo echó hacia atrás. La cara de la princesa se veía pequeña y blanca entre largos mechones de pelo negro. La nariz era recta y sus cejas estaban hermosamente delineadas. Tenía algunas pecas en las mejillas y en la nariz.
–No me sorprende –murmuró Cathy–, ¡después de dormir todos estos años bajo este sol!
Su boca no era un pimpollo de rosa. Pero de todas maneras Kathleen suspiró:
–¡Es hermosa!
–No está cubierta de polvo. –Entendieron que fue lo que Gerald respondió.
–Vamos, Jerry, tú eres el mayor –dijo Cathy, firmemente.
–Claro que lo soy –afirmó él, inquieto.
–Bueno, entonces tienes que despertar a la princesa.
–No es una princesa –repitió Jimmy, con las manos en los bolsillos de sus pantalones–. Solo es una niña disfrazada.
–Pero lleva puesto un vestido largo.
–Sí, pero mira qué cortas son sus piernas dentro del vestido. Si se parara, no sería más alta que Jerry.
–Vamos, Jerry, no seas tonto. Tienes que hacerlo –le pidió Cathy.
–¿Hacer qué? –preguntó Gerald, pateando su bota izquierda con la derecha.
–¿Cómo qué? Besarla para que se despierte, por supuesto.
–¡No voy a hacerlo! –fue la decidida respuesta del niño.
–Bueno, alguien tiene que hacerlo.
–Seguramente me atacaría apenas se despertara –señaló Gerald, nervioso.
–No tengo ningún problema en hacerlo, pero no creo que sirva para nada que yo la bese –dijo Cathy.
La niña probó y, claro, no funcionó. La princesa seguía sumergida en un profundo sueño.

–Entonces, tienes que hacerlo tú, Jimmy. Sé que lo harás. Salta rápido hacia atrás antes de que pueda golpearte.
–No lo golpeará porque es un niño pequeño –dijo Gerald.
–¡Más pequeño serás tú! –gritó Jimmy–. No me importa besarla. No soy un cobarde, como “otras personas”. Pero si lo hago, seré el intrépido líder durante el resto del día.
–¡No, espera! –gritó ahora Gerald–. Tal vez yo debería…
Pero mientras tanto, Jimmy ya había dado un sonoro beso en la mejilla pálida de la princesa, y ahora los tres estaban inmóviles, sin respirar, esperando el resultado.
Y el resultado fue que la princesa abrió sus grandes ojos oscuros, estiró los brazos, bostezó un poquito, cubriendo su boca con su manito, y dijo sin dar ningún lugar a confusión:
–¿Entonces ya pasaron los cien años? ¡Cómo han crecido los cercos de pino! ¿Cuál de ustedes es mi príncipe, el que me despertó de este sueño profundo de tantos largos años?
–Soy yo –respondió Jimmy sin temor, ya que no parecía que ella fuera a cachetear a nadie.
–¡Mi noble defensor! –exclamó la princesa, y extendió su mano.
Jimmy la estrechó con fuerza y preguntó:
–¿No eres realmente una princesa, verdad?
–Claro que lo soy. ¿Qué otra cosa podría ser? ¡Miren mi corona!
Se quitó el velo con lentejuelas, y mostró debajo de él una corona que ni el propio Jimmy pudo negar que era de diamantes.
–Pero… –dijo Jimmy.
–Bueno –lo interrumpió ella, abriendo muy grande sus ojos–, ustedes debían saber que yo estaba aquí, o nunca habrían venido. ¿Cómo lograron pasar a través de los dragones?
Gerald ignoró la pregunta y le preguntó a su vez:
–Digo yo, ¿realmente crees en la magia y en todo eso?
–Debo creer más que nadie. Mira, aquí es donde me pinché con el huso –y mostró una pequeña cicatriz en su muñeca.
–¿Entonces este es realmente un castillo encantado?
–Claro que lo es. ¡Qué tontos son! –dijo la princesa y se levantó. Su vestido de seda rosa se amontonó en olas brillantes alrededor de sus pies.
–Les dije que el vestido sería muy largo –recordó Jimmy.
–Era del largo correcto cuando me fui a dormir –dijo la princesa–. Se debe haber estirado en estos cien años.
–No creo que seas una princesa –insistió Jimmy–. Al menos…
–Si no quieres creerlo, no te preocupes. No importa lo que creas, sino lo que yo soy. Volvamos al castillo –les dijo a los otros dos hermanos, exclusivamente–, y les mostraré mis hermosas joyas y otras cosas. ¿Les gustaría?
–Sí, pero… –dudó Gerald.
–¿Pero qué?
El tono de la princesa era de impaciencia.
–Pero estamos muertos de hambre.
–¡Oh, yo también!
–No hemos comido nada desde el desayuno.
–Y ya son las tres –dijo la princesa, mirando el reloj de sol–. Bueno, no han probado bocado por unas cuantas horas, pero ¡piensen en mí! No he comido nada en cien años. Vamos al castillo.
–Los ratones se deben haber comido todo –advirtió Jimmy con tristeza. Ahora se daba cuenta de que era verdaderamente una princesa.
–¡Claro que no! –exclamó ella, alegremente–. Se olvidan de que todo está encantado aquí. El tiempo simplemente se detuvo por cien años. Acompáñenme. Alguno de ustedes deberá ayudarme con la cola de mi vestido o no podré moverme, porque se ha vuelto espantosamente larga.

/ CAPÍTULO 2
Hay muchas cosas difíciles de creer cuando eres joven. Sin embargo, la gente más aburrida insiste en que son verdad cosas como, por ejemplo, que la Tierra gira alrededor del Sol, y que la Tierra no es chata sino redonda. Aunque, según lo que dicen los grandes, las cosas que parecen creíbles, como los cuentos de hadas y la magia, no son ciertas. Pero son muy fáciles de creer, especialmente cuando las ves suceder. Y, como siempre les digo, a toda clase de personas les ocurren las cosas más maravillosas, solo que nunca te enteras porque la gente piensa que nadie creerá en esas historias, y no se las cuentan a nadie excepto a mí. Y me las cuentan a mí porque saben que yo puedo creer cualquier cosa.
En el momento en que Jimmy despertó a la Princesa Durmiente y ella los invitó a acompañarla a su palacio a comer algo, los tres supieron con certeza que se encontraban en un lugar donde sucedían cosas mágicas. Y caminaron lentamente, uno detrás del otro, a lo largo de los jardines hacia el castillo. La princesa presidía la marcha y Kathleen llevaba su brillante cola. Luego iba Jimmy y Gerald cerraba la comitiva. Todos tenían la seguridad de que caminaban hacia el centro de un cuento de hadas. Y estaban más predispuestos a creerlo porque se sentían terriblemente cansados y hambrientos. De hecho, estaban tan hambrientos y cansados que apenas registraron hacia dónde iban o disfrutaron la belleza de los jardines por donde la princesa vestida de seda rosa los conducía. Avanzaban en una especie de ensueño, del cual solo se despertaron a medias cuando se encontraron en un gran vestíbulo, con armaduras y viejas banderas colgando de las paredes, pieles de animales en los pisos y pesadas mesas de roble y bancos dispuestos a lo largo de ellas.
La princesa entró, lenta y graciosamente. Y una vez adentro, arrancó la brillante cola de su vestido de las manos de Kathleen y se dirigió hacia los tres.
–Deben esperar un momento aquí –les dijo–. Y les advierto: no hablen mientras no estoy. Este castillo está abarrotado de magia y no sé qué puede suceder si hablan.
Y luego levantó los gruesos pliegues rosa dorados, y corrió hacia afuera “de la manera menos princesesca”, como más tarde describiría Jimmy, dejando ver al salir sus medias negras y sus zapatos negros con cordones.
Jimmy no daba más de ganas de decir que no creía que nada fuera a suceder. Pero temía que algo sucediera si abría la boca, así que solo hizo un gesto y se llamó a silencio. Los otros simularon que no lo habían visto, lo que fue mucho más incuestionable que cualquier cosa que pudieran haber dicho. Se sentaron en silencio y Gerald apoyó el talón de su bota sobre el piso de mármol. Entonces volvió la princesa, despacio y pateando sus largas polleras hacia adelante con cada paso. Ahora no podía levantar su falda porque traía una bandeja. No era una bandeja de plata, como podrían haber esperado, sino una ovalada y de lata. La instaló ruidosamente al final de la larga mesa y suspiró aliviada.
–¡Ah, pesaba tanto!
No tengo idea qué clase de banquete maravilloso habían imaginado los niños. Lo que fuera, esto no tenía nada que ver con eso. La bandeja sostenía un pan, un trozo de queso y una jarra marrón con agua. El resto del peso se debía a platos, vasos y cubiertos.
–Acérquense –dijo la princesa amablemente–. No encontré más que pan y queso. Pero no importa, porque todo aquí es mágico. Y a menos que tengan un defecto secreto y atroz, el pan y el queso se convertirán en cualquier cosa que deseen. ¿Qué les gustaría?
–Pollo asado –pidió Cathy sin dudar.
La princesa rosada cortó una rodaja de pan, la puso sobre un plato y aseguró:
–Aquí tienes: pollo asado. ¿Lo corto, o lo haces tú?
–Hazlo, por favor –respondió Cathy, y recibió un trozo de pan seco sobre un plato.
–¿Arvejas? –preguntó la princesa, cortó una feta de queso y la puso al costado del pan.
Kathleen comenzó a comer el pan, usando el cuchillo y el tenedor como si comiera pollo. No podía reconocer que no veía ni pollo ni arvejas, sino solo queso y pan seco, porque eso habría sido como admitir que tenía algún defecto secreto y atroz. “Si lo tengo, es secreto, incluso para mí”, se dijo a sí misma. Los demás pidieron carne asada y repollo, y ella supuso que eso fue lo que obtuvieron, aunque solo veía pan seco y queso Holanda. “Me pregunto cuál será mi defecto secreto y atroz” pensaba, mientras la princesa decía que a ella le apetecería una rodaja de pavo real asado.
–Esto está delicioso –agregó, levantando en su tenedor un segundo bocado de pan seco.
–¿Es un juego, no? –preguntó de repente Jimmy.
–¿Qué es un juego? –preguntó a su vez la princesa, frunciendo el entrecejo.
–Quiero decir, hacer de cuenta que el pan y el queso es carne.
–¿Un juego? Pero es carne. Míralo –respondió la princesa, abriendo bien grande sus ojos.
–Sí, claro –dijo Jimmy tímidamente–. Solo estaba bromeando.
El pan con queso tal vez no sea tan rico como la carne o el pollo o el pavo real asado (no estoy tan segura respecto del pavo real. Nunca comí pavo real, ¿y ustedes?). Pero en todo caso, el pan con queso es mucho mejor que nada cuando no probaste bocado desde el desayuno (las grosellas y el refresco de jengibre casi no cuentan) y ya pasó hace rato la hora en que habitualmente almuerzas. Todos comieron y bebieron, y se sintieron mucho mejor.
–Bueno –dijo la princesa, mientras sacudía las migas de su sedosa falda verde–, si están seguros de que no quieren más carne, pueden venir a ver mis tesoros. ¿Seguro que no quieren un poquito más de pollo? ¿No? Entonces síganme.
Se puso de pie y la siguieron a lo largo del largo pasillo hasta el final, donde dos amplias escaleras de piedra subían, una de cada lado, y se unían en un gran descanso que conducía a la galería de arriba. Había tapices colgados debajo de las escaleras.
–Detrás de estas telas está la puerta que conduce a mis aposentos privados –informó, sostuvo el tapiz con ambas manos, porque era muy pesado, y mostró la pequeña puerta escondida–. La llave está colgada arriba.
Y allí estaba, enganchada en un largo clavo oxidado.
–Colócala en la cerradura y gírala.
Gerald hizo lo que le indicaba la princesa, y la gran llave chirrió y crujió.
–Ahora empujen, empujen con fuerza, todos.
Todos empujaron con fuerza. La puerta cedió y cayeron uno encima del otro, en el espacio oscuro delante de ellos.
La princesa los siguió, corrió la cortina y cerró la puerta.
–¡Cuidado! –advirtió–. ¡Cuidado! Hay dos escalones hacia abajo.
–Gracias –dijo Gerald, mientras se frotaba la rodilla al pie de los escalones–. Ya lo descubrimos nosotros mismos.
–Lo siento, pero estoy segura de que no se lastimaron mucho. Sigan. No hay más escalones.
Los chicos avanzaron en la oscuridad.
–Cuando lleguen a la puerta, solo giren el picaporte y entren. Luego, quédense quietos hasta que busque los fósforos. Sé dónde están.
–¿Usaban fósforos hace cien años? –preguntó Jimmy.
–Quise decir, la cajita de yesca –se corrigió la princesa, rápidamente–. Siempre la llamamos “fósforos”. ¿Ustedes no? A ver, déjenme pasar primero.
Ella entró y, cuando los demás llegaron a la puerta, los estaba esperando con una vela encendida. La puso en las manos de Gerald.
–Sostenla firmemente –le dijo y abrió los postigos de una larga ventana. Primero un rayo amarillo y luego un gran rectángulo de luz los iluminó, y la habitación quedó bañada de sol.
–Hace que la vela se vea bastante tonta –comentó Jimmy.
–Es verdad –dijo la princesa y la sopló. Luego tomó la llave del lado de afuera de la puerta, la puso del lado de adentro y cerró.
El cuarto en el que estaban era pequeño y alto. El techo en forma de bóveda era azul oscuro, con estrellas doradas pintadas en él. Las paredes estaban revestidas de madera tallada y no había ningún mueble.
–Esta es mi habitación de los tesoros –anunció la princesa.
–¿Pero dónde están los tesoros? –preguntó Cathy, educadamente.
–¿No los ves? –se asombró la princesa.
–No, no los vemos –dijo Jimmy, sin vueltas–. Y no me vengas otra vez con ese juego del pan y del queso. ¡No lo hagas!
–Si de verdad no los ven –continuó la princesa–, supongo que tendré que decir las palabras mágicas. Cierren los ojos, por favor. Y denme su palabra de honor de que no mirarán hasta que les diga, y que nunca le contarán a nadie lo que vieron.
Su palabra de honor era algo que los niños habrían preferido no dar en ese momento, pero de todos modos lo hicieron y cerraron bien cerrados los ojos.
–Abracadabra ¿creerabras ahorabra locabra verabras? –dijo la princesa rápidamente, y escucharon el frufrú de la cola de seda moviéndose a través de la habitación. Luego se oyó un chirrido, un crujido.
–¡Nos está encerrando! –exclamó Jimmy.
–Tu palabra de honor –resopló Gerald.
–¡Ay, apúrate! –se quejó Cathy.
–Ya pueden mirar –dijo la voz de la princesa.
Y miraron. El cuarto ya no era el mismo cuarto, aunque sí, el cielo abovedado con estrellas estaba ahí y, debajo de él, el revestimiento oscuro. Pero abajo de eso, las paredes brillaban y relucían de blanco y azul y rojo y verde y oro y plata. Había estantes alrededor del cuarto y, sobre ellos, tazas de oro y platos de plata, y bandejas y copas adornadas con piedras preciosas, coronas de diamantes, collares de rubíes, cadenas de esmeraldas y perlas, todo acomodado con un lujo inimaginable sobre un terciopelo azul oscuro. Eran como las joyas de la corona que ven cuando van a la Torre de Londres. Solo que acá parecía haber muchas más joyas que las que ustedes o cualquiera haya visto jamás en la Torre o en cualquier otra parte.
Los tres se quedaron sin aliento, boquiabiertos, observando las centelleantes maravillas que los rodeaban. Mientras, la princesa permanecía allí, con su brazo extendido como mostrando que era dueña de la situación, y una sonrisa orgullosa en los labios.
–¡Increíble! –murmuró Gerald.
Pero nadie dijo nada en voz alta y todos esperaron, como hechizados, que la princesa hablara. Ella habló:
–¿A quién le importan los juegos de pan con queso ahora? –preguntó triunfante–. ¿Puedo hacer magia o no?
–Sí que puedes. ¡Claro que puedes! –respondió Cathy.
–¿Nos permites…? ¿Nos permites tocar? –pidió Gerald.
–Todo lo que es mío es de ustedes –aseguró la princesa, agitando generosamente su mano. Y rápidamente añadió–: Solo que, por supuesto, no pueden llevarse nada.
–¡No somos ladrones! –se quejó Jimmy, mientras los otros ya estaban moviendo los maravillosos objetos sobre los estantes de terciopelo azul.
–Tal vez no lo sean, pero tú eres un niñito muy desconfiado. Crees que no sé lo que estuviste pensando, pero te equivocas.
–¿Qué? –preguntó Jimmy.
–Vamos, lo sabes muy bien. Piensas en el pan y el queso que transformé en carne, y en tu defecto secreto –respondió, e inmediatamente cambió de tema–. Miren, podríamos disfrazarnos y ustedes serían príncipes y princesas también.
–Coronar a nuestro héroe es lo que correspondería en este momento –dijo Gerald, levantando una corona de oro con una cruz en el frente.
Puso la corona sobre su cabeza, y agregó una condecoración y una faja de brillantes esmeraldas. Como no podía abrochar la faja alrededor de su cintura, se las ingenió para engancharla en su cinturón. Cuando terminó de hacer eso, encontró a los otros adornados con collares y anillos.
–¡Están espléndidos! Cómo me gustaría que su ropa fuera más linda. ¡Qué horrible es la ropa que la gente usa hoy en día! Hace cien años…
Kathleen permanecía inmóvil con un brazalete de diamantes en su mano levantada.
–¿Dónde están el rey y la reina? –dijo.
–¿Qué rey y qué reina? –preguntó la princesa.
–Tu padre y tu madre, tus tristes padres –aclaró Cathy–. Ya se deben haber despertado. ¿No crees que querrán verte, después de cien años? Tú sabes…
–Ah, sí, claro. Abracé a mis dichosos padres cuando fui a buscar el pan y el queso. Están almorzando. No me esperan por ahora. ¡Toma! ¡Mira qué maravilloso es! –agregó, poniendo de prisa un brazalete en el brazo de Cathy.
Kathleen podría haber estado todo el día probándose joyas y mirándose en el espejito con marco de plata que la princesa sacó de uno de los estantes. Pero los varones pronto perdieron el interés.
–Ya sé. Si estás segura de que tu padre y madre no te necesitarán, podemos ir afuera y jugar a algo entretenido –propuso Gerald–. Estaría buenísimo jugar a los castillos sitiados en ese laberinto, a menos que sepas hacer algún otro truco de magia.

–Te olvidas de que soy adulta –respondió ella–. Ya no me entretengo con juegos. Y no me gusta hacer muchos trucos de magia al mismo tiempo, porque me agota. Además, nos llevará un buen rato volver a poner todas estas cosas en su lugar.
En verdad les llevó mucho tiempo. Los chicos hubieran dejado las joyas desparramadas por cualquier lado, pero la princesa les mostró que cada collar o anillo o pulsera tenía su ubicación en el terciopelo azul: un pequeño agujero en el estante, de modo que cada piedra encajaba en su propia casita.
Mientras Kathleen ubicaba el último adorno en su lugar, descubrió que parte del estante no contenía joyas brillantes, sino anillos y broches y cadenitas, y otras cosas extrañas que no conocía. Todo era de metal oscuro y con formas exóticas.
–¿Qué es toda esta porquería? –preguntó.
–¡Cómo que porquería! –gritó la princesa–. ¡Son objetos mágicos! Cualquiera que se ponga este brazalete, solo podrá decir la verdad. Esta cadena te hace tan fuerte como diez hombres. Si usas esta espuela, tu caballo correrá mil seiscientos metros por minuto, y si estás caminando, sería lo mismo que llevar puestas botas de siete leguas.
–¿Y qué hace este prendedor? –preguntó Cathy, extendiendo su mano.
La princesa la tomó de la muñeca y respondió:
–No debes tocar. Si alguien que no sea yo los toca, la magia se va para siempre. Ese broche te concede cualquier deseo.
–¿Y este anillo? –señaló Jimmy.
–Ah, ese te vuelve invisible.
–¿Qué es esto? –quiso saber Gerald, mostrando una curiosa hebilla.
–Eso deshace el efecto de todos los otros hechizos.
–¿De verdad? –preguntó Jimmy–. ¿No estás bromeando?
–¿Qué quieres decir con bromeando? –repitió enojada–. ¡Pensé que ya les había revelado suficiente magia como para que le hables de ese modo a una princesa!
–Supongo que podrías mostrarnos cómo funcionan algunas de estas cosas –sugirió Gerald, visiblemente entusiasmado–. ¿No nos concederías un deseo a cada uno?
La princesa no respondió enseguida. Y los tres soñaron despiertos con deseos concedidos. Se trataba de espléndidos deseos, aunque absolutamente razonables, la clase de deseo que no suele aparecer en los cuentos de hadas, cuando de pronto alguien tiene la oportunidad de que se le concedan sus tres deseos.
–No –dijo la princesa de pronto–, no. No puedo dejarlos pedir deseos: solo me los concede a mí. Pero les mostraré cómo el anillo me vuelve invisible. Solo que deben cerrar los ojos mientras lo hago.
Cerraron sus ojos.
–Cuenten hasta cincuenta y después pueden mirar. Y luego deben cerrarlos de nuevo, contar hasta cincuenta y reapareceré.
Gerald contó en voz alta. A lo largo de la cuenta, escucharon un chirrido y un crujido.
–¡Cuarenta y siete, cuarenta y ocho, cuarenta y nueve, cincuenta! –gritó, y abrieron los ojos.
Estaban solos en el cuarto. Las joyas habían desaparecido junto con la princesa.
–Se fue por la puerta, por supuesto –dijo Jimmy.
Pero la puerta estaba cerrada con llave.
–Es magia –aseguró Cathy, agitada.
–Maskelyne y Devant hacen el mismo truco. Y yo quiero tomar el té –concluyó Jimmy.
–¡Tomar el té! –exclamó Gerald en un tono lleno de enojo. Y continuó en su estilo libresco–: La hermosa princesa reapareció ni bien nuestro héroe terminó de contar hasta cincuenta. Uno, dos, tres, cuatro…
Gerald y Kathleen habían cerrado sus ojos, pero Jimmy no lo había hecho. No quería hacer trampa, sino que simplemente se olvidó. Y mientras la cuenta llegaba a veinte, vio que debajo de la ventana, un panel se abría suavemente. “¡Ahí está! ¡Sabía que era un truco!” se dijo a sí mismo, e inmediatamente cerró sus ojos, como un niño honorable.
Al escuchar la palabra “cincuenta”, seis ojos se abrieron. El panel estaba cerrado pero no había ninguna princesa.
–No lo logró.
–Tal vez debas contar de nuevo, Gerald –propuso Cathy.
–Yo creo que hay un armario debajo de la ventana y ella está escondida ahí. Un panel secreto, ya saben… –dijo Jimmy.
–¡Tú espiaste! ¡Eso es trampa! –gritó la voz de la princesa tan cerca de su oído que casi lo hizo saltar.
–No hice trampa.
–¿Dónde diablos, qué diablos…? –dijeron los tres a la vez, porque todavía no había princesa a la vista.
–Princesa querida, vuelve a la visibilidad –rogó Cathy–. ¿Quieres que cerremos los ojos y contemos de nuevo?
–¡No sean tontos! –volvió a gritar la voz de la princesa, y sonó muy enojada.
–No somos tontos –respondió Jimmy, y su voz también sonó enojada–. ¿Por qué no vuelves y terminamos con esto? Si sabes que solo estás escondida.
–Basta –dijo Cathy, suavemente–. Ella es invisible.
–Yo también sería invisible si me metiera dentro del armario –insistió Jimmy.
–Oh, sí –dijo el tono burlón de la princesa–, se creen muy inteligentes, me imagino. Pero no me importa. Vamos a hacer de cuenta que no pueden verme, si eso es lo que quieren.
–Bueno, pero de verdad no te vemos. No tiene sentido que te enojes. Si te estás escondiendo, como dice Jimmy, será mejor que salgas. Si realmente te volviste invisible, es mejor que te vuelvas visible de nuevo –aclaró Gerald.
–¿Quieren decir que realmente no me ven? –preguntó una voz bastante cambiada, pero así y todo, aún la de la princesa.
–¿No ves que no? –preguntó a su vez Jimmy, bastante irrazonablemente.
El sol en la ventana quemaba. En el cuarto de ocho lados hacía mucho calor y todos comenzaban a enojarse.
–¿No pueden verme?
En la voz de la princesa invisible había un sollozo.
–No, te digo que no –rezongó Jimmy–, y yo quiero tomar el té y…
Lo que estaba diciendo fue cortado en seco, como uno cortaría una barrita de lacre. Y luego, en el dorado atardecer, algo realmente horrible ocurrió: de repente Jimmy se movió hacia atrás, luego hacia adelante, abrió los ojos desorbitados y también la boca. Se agitó hacia adelante y hacia atrás, rápido y de golpe, y luego se detuvo.
–¡Ay, está sufriendo un ataque! ¡Jimmy, querido Jimmy! –gritó Cathy, corriendo hacia él–. ¿Qué te pasa, hermanito, qué te pasa?
–No es un ataque –refunfuñó Jimmy, enojado–. Ella me sacudió.
–Sí, y lo haré de nuevo si sigue diciendo que no puede verme –dijo la voz de la princesa.
–Entonces mejor sacúdeme a mí –la desafió Gerald, enojado–. Yo soy de tu tamaño.
E inmediatamente lo hizo. Pero no por mucho tiempo. En cuanto Gerald sintió que lo tomaban por los hombros, levantó sus manos y agarró esas otras manos por las muñecas. Y allí estaba, sosteniendo muñecas que no podía ver. Era una sensación horrible. Una patada invisible lo hizo estremecer, pero sostuvo las manos con firmeza.
–¡Cathy –gritó–, ven y sostén sus piernas! ¡Me está pateando!
–¿Dónde? –preguntó Cathy, ansiosa por ayudar–. No veo ningunas piernas.
–¡Yo estoy sosteniendo sus manos! Es invisible, no se puede negar. Toma esta mano y podrás tocar abajo sus piernas.
Kathleen lo hizo. Me gustaría que entendieran qué incómodo y terrorífico es sentir, a plena luz del día, brazos y manos que no puedes ver.
–No dejaré que me agarren las piernas –dijo la princesa invisible, forcejeando violentamente.
–¿Por qué te enojas tanto? –preguntó Gerald, muy calmado–. Dijiste que te harías invisible y así estás.
–No, no estoy así.
–Sí lo estás, de verdad. Mírate al espejo.
–No soy invisible. No puedo serlo.
–Mírate en el espejo –repitió Gerald, conservando la calma.
–Entonces, suéltame –dijo ella.
Gerald la soltó e inmediatamente le pareció imposible que había estado sosteniendo manos invisibles.
–Solo están fingiendo que no me ven ¿no? –aseguró la princesa, nerviosa–. Vamos, digan la verdad. Ya se rieron de mí. Ya no es gracioso. No me gusta este chiste.
–Te doy nuestra sagrada palabra de honor que todavía eres invisible –dijo Gerald.
Se hizo un silencio hasta que la princesa volvió a hablar:
–Vamos. Les mostraré el camino, así pueden irse. Me cansé de jugar con ustedes.
Siguieron su voz hasta la puerta y a través de ella y a lo largo del pasadizo, hasta el pasillo. Nadie dijo una palabra. Todos se sentían muy incómodos.
–Vámonos de acá –murmuró Jimmy cuando se acercaban al final del pasillo.
Pero la voz de la princesa dijo:
–Salgan por este lado. Es más rápido. Creo que son perfectamente odiosos. Me arrepiento de haber jugado con ustedes. Mi madre siempre me decía que no jugara con niños extraños.
Una puerta se abrió de golpe, aunque no se vio que ninguna mano la tocara.
–¡Salgan de una vez!
Era una pequeña habitación, con largos y angostos espejos entre largas y angostas ventanas.
–Adiós –dijo Gerald y agregó, extendiendo su mano–: Gracias por todo, nos hemos divertido muchísimo. Despidámonos como amigos.
Una mano invisible se acercó suavemente a la suya, que se cerró sobre ella como una tenaza.
–Ahora te juro que tendrás que mirarte al espejo y reconocer que no somos mentirosos.
Gerald llevó a la princesa invisible hasta uno de los espejos y la sostuvo frente a él.
–Bien, solo mírate.
Hubo un silencio y luego sonó un grito desesperado en la habitación.
–¡Ay, ay, ay! Soy invisible. ¿Qué voy a hacer?
–Quítate el anillo –dijo Cathy, en un brote de sensatez.
Otro silencio.
–¡No puedo! –exclamó la princesa–. No me sale. Pero no puede ser por el anillo, los anillos no te hacen invisible.
–Tú dijiste que este sí, y lo hizo.
–Pero no puede ser –insistió la princesa–. Solo estaba jugando a la magia. Solo me escondí en el armario secreto. Era un juego. Ay, ¿qué voy a hacer?
–¿Un juego? –murmuró Gerald–. Pero puedes hacer magia: las joyas eran invisibles y tú las volviste visibles.
–Es solo un resorte secreto que hace que los paneles se deslicen hacia arriba. Ay, ¿qué se supone que debo hacer?
Kathleen caminó hacia la voz y, a tientas, puso sus brazos alrededor de una cintura vestida con seda rosa que no podía ver. Unos brazos invisibles la abrazaron, una mejilla tibia e invisible se apoyó en la de ella, y cálidas e invisibles lágrimas rodaron húmedas entre las dos caras.
–No llores –dijo Cathy–. Voy a ir a contarles al rey y a la reina.
–¿A quiénes?
–A sus excelencias, tu padre y tu madre.
–¡Ay, ya no te burles de mí! –rogó la pobre princesa–. Tú sabes que eso solo era un juego también, como…
–Como el del pan y el queso –dijo Jimmy triunfante–. ¡Lo sabía!
–Pero tu vestido, y estabas dormida en un laberinto, y…
–Me disfracé solo para jugar, porque todos se fueron a la feria, y puse el ovillo para que pareciera más real. Primero estaba jugando a que era una dama de la corte, pero después los escuché hablando en el laberinto y pensé: “¡Qué divertido!”. Y ahora soy invisible y nunca volveré a mi estado normal, ¡nunca! ¡Sé que nunca lo haré! Es lo que merezco por mentirosa, pero de verdad nunca pensé que lo creerían, no por tanto tiempo, es decir…
–Pero si no eres la princesa, entonces ¿quién eres? –preguntó Cathy, todavía abrazando un cuerpo que no se veía.
–Soy… Mi tía vive aquí –dijo la princesa invisible–. Va a llegar a casa en cualquier momento. ¿Qué voy a hacer?
–Tal vez ella conozca algún hechizo…
–¡Ay, tonterías! –juzgó la voz con severidad–. Ella no cree en los hechizos. Se enojaría tanto. ¡No me atrevo a dejar que me vea en este estado! –añadió con desesperación–. ¡Y encima todos ustedes aquí! Se enfurecería terriblemente.
El hermoso castillo mágico en el que los niños habían creído ahora parecía derrumbarse sobre ellos. Todo lo que quedaba de él era la invisibilidad de la princesa. Pero eso, deben admitirlo, era bastante.
–Solo lo dije y se hizo realidad –gimió la voz–. Ojalá nunca hubiera jugado a la magia. Ojalá nunca hubiera jugado a nada.
–No digas eso –intervino Gerald, comprensivamente–. Salgamos al jardín, caminemos hasta el lago, donde esté más fresco, y reunámonos en solemne asamblea. Te gustaría eso, ¿no?
–¡Ah! –exclamó de repente Cathy–. ¡La hebilla! ¡Eso deshace la magia!
–En realidad, no –murmuró la voz que parecía hablar sin tener labios–. Solo lo inventé.
–También “solo inventaste” lo del anillo –le recordó Gerald–, así que de todos modos, intentémoslo.
–Ustedes no, yo lo haré –dijo la voz–. Ustedes vayan a la terraza, cerca del lago. Yo volveré sola a la habitación de las joyas. Mi tía podría verlos.
–A ti no te verá –aclaró Jimmy.
–Deja de recordárselo –lo retó Gerald–. ¿Dónde queda esa terraza?
–Es por allá, bajando esos escalones, por el camino zigzagueante que atraviesa los arbustos. Ya van a verla. Es de mármol blanco, y en el centro tiene una estatua.
Los tres chicos caminaron hasta la terraza de mármol blanco muy cercana a la ladera de la pequeña montaña. Alrededor tenía arcos, excepto detrás de la estatua, en el lado que daba a la montaña. El ambiente era fresco y apacible.
No habían pasado cinco minutos ahí, cuando escucharon los sonoros pasos de alguien corriendo sobre la grava. Una sombra, muy negra y nítida, se reflejaba sobre el piso de mármol blanco.
–Tu sombra no es invisible, a pesar de todo –dijo Jimmy.
–¡Al diablo con mi sombra! –respondió la voz de la princesa–. ¡Dejamos la llave puesta del lado de adentro, y la puerta se cerró con el viento, y es una cerradura automática!
Hubo una pausa. Luego Gerald dijo, en un tono de lo más serio:
–Siéntate, princesa, y analicemos este asunto hasta el fondo.
–No me extrañaría si nos despertáramos y descubriéramos que solo estábamos soñando –comentó Jimmy.
–No tendremos esa suerte –se lamentó la voz.
–Bueno, antes que nada, ¿cuál es tu nombre? Y si no eres una princesa, ¿quién eres?
–Soy…, soy… –respondió una voz entrecortada por los sollozos–, soy la sobrina del ama de llaves que trabaja en el castillo, y mi nombre es Mabel Prowse.
–Es exactamente lo que pensé –aseguró Jimmy, y en sus palabras no había ni una pizca de verdad, porque ¿cómo habría podido saber?
Los otros permanecieron callados. Fue un momento de mucha ansiedad y lleno de ideas confusas.
–Bueno, como sea –dijo Gerald–, tú eres de aquí.
–Sí –afirmó la voz que venía desde el piso, como si su dueña se hubiera rendido a la locura de la desesperación–. Ay, sí, yo soy de aquí, pero ¿qué sentido tiene ser de ningún lado si eres invisible?

/ CAPÍTULO 3
Aquellos lectores que hayan compartido aventuras con un amigo invisible no necesitarán que les cuente lo incómodo que resulta todo el asunto. En primer lugar, porque no importa qué tan convencido estés de la invisibilidad de tu amigo, estoy segura de que te encontrarás a cada rato diciendo: “¡Esto debe ser un sueño!” o “¡Sé que en menos de un segundo me despertaré!”. Y así les pasaba a Gerald, Kathleen y Jimmy, mientras estaban sentados en la terraza de mármol blanco, mirando a través de los arcos hacia el parque que relucía bajo la luz del sol, y escuchando la voz de la princesa encantada, que no era en realidad ninguna princesa, sino solo Mabel Prowse, la sobrina del ama de llaves. Aunque, como Jimmy dijo, “sin duda estaba encantada”.
–No tiene sentido hablar –repitió una y otra vez, y su voz llegaba desde el espacio vacío entre dos columnas–. Nunca creí que nada sucedería y ahora sucedió.
–Bueno –dijo Jerry amablemente–, ¿hay algo que podamos hacer por ti? Porque si no, creo que ya deberíamos irnos.
–Sí –coincidió Jimmy–. ¡Yo quiero tomar el té!
–¡El té! –gritó Mabel burlonamente, sin que nadie la viera–. ¿Quieren decir que se irán a tomar sus tesitos y me dejarán después de haberme metido en este lío?
–¡Mira, de todas las injustas princesas que he conocido…! –comenzó Jerry, pero Cathy lo interrumpió:
–No te burles. ¡Piensa en lo horrible que debe ser volverte invisible!
–No creo que a mi tía le agrade mucho así como estoy –dijo la oculta Mabel–. No me permitió ir a la feria porque me olvidé de guardar un viejo zapatucho que había usado la reina Isabel. Lo saqué de su cajita de cristal solo para probármelo.
–¿Y te lo pudiste calzar? –preguntó Cathy, muy interesada.
–Para nada. Es muy pequeño. No creo que nadie se lo pueda haber calzado jamás.
–¡Yo quiero tomar el té! –repitió Jimmy.
–De verdad deberíamos irnos –dijo Gerald–. Es que, sabes, creo que no hay mucho que podamos hacer por ti.
–Tendrás que contarle a tu tía –agregó Cathy, dulcemente.
–¡No, no, no! –gimió Mabel, invisiblemente–. Llévenme con ustedes. Le dejaré una nota diciéndole que me escapé para embarcarme como marinero.
–Las niñas no se embarcan.
–Pueden hacerlo como polizones, si nadie quiere un grumete, o una grumete, mejor dicho –dijo el piso de piedra, detrás de las columnas.
–Estoy segura de que eso no es buena idea –afirmó Cathy.
–¿Y qué se supone que debo hacer?
–Honestamente, no sé qué podría hacer esta niña –dijo Gerald–. Que venga con nosotros y entonces podremos…
–¡Tomar el té, ah, sí! –gritó Jimmy mientras pegaba un salto.
–Y reunirnos en asamblea y debatir.
–Después de tomar el té –aclaró Jimmy.
–Pero su tía se dará cuenta de que ella no está.
–Si me quedara sucedería lo mismo.
–Bueno, vamos ya –reclamó Jimmy.
–Pero su tía pensará que le pasó algo.
–Y algo le pasó.
–E irá a la policía y me buscarán por todos lados.
–Nunca te encontrarán. ¡Hablando de buenos disfraces…! –se rió Gerald.
–Estoy segura de que mi tía preferiría no verme nunca más, antes que verme así. Nunca podría superarlo. Incluso esto podría matarla, ya que suele tener sus ataques. Voy a escribirle, y cuando salgamos pondremos la carta en el gran buzón de la entrada. ¿Alguien tiene un lápiz y un pedacito de papel?
Gerald tenía una libreta con hojas de esas brillantes, sobre las que tienes que escribir, no con un lápiz negro común, sino con un objeto de marfil con una mina de verdad en la punta. Y este objeto no escribe sobre ningún papel excepto este cuaderno, cosa que puede ser muy fastidiosa cuando estás en un apuro. Entonces vieron frente a ellos el espectáculo de un pequeño palito de marfil, con una mina en la punta, suspendido en una extraña e imposible inclinación, y moviéndose solo, pero igual que como hacen los lápices comunes cuando uno escribe con ellos.
–¿Podemos ver? –preguntó Cathy.
No hubo respuesta. El lápiz siguió escribiendo.
–¿Podemos ver? –repitió.
–¡Claro que pueden! –dijo la voz cerca del papel–. Les dije que sí con la cabeza, ¿no? Ah, lo olvidé, mis gestos también son invisibles.
El lápiz dibujaba letras redondas y claras sobre la página arrancada de la libreta. Esto es lo que escribió:
“QUERIDA TÍA: me temo que no me verás por un tiempo. Una señora vino en un auto y me adoptó. Vamos camino a la costa y luego tomaremos un barco. Es inútil que trates de seguirme. Adiós, y espero que seas feliz. Ojalá te hayas divertido en la feria. MABEL”.
–Pero eso es un montón de mentiras –dijo Jimmy, categóricamente.
–No, no es mentira, es fantasía –replicó Mabel–. De todos modos, si le cuento que me volví invisible pensará que estoy mintiendo.
–Está bien, vamos –aceptó Jimmy–. Podemos discutir mientras caminamos.
Gerald dobló la nota y Mabel los condujo fuera del parque, por un camino más corto.
La vuelta a casa fue también mucho más corta que la ida. El cielo se había nublado cuando estaban en la terraza, y las primeras gotas de lluvia cayeron mientras regresaban a la escuela, demasiado tarde para el té.
Mademoiselle estaba mirando por la ventana, y les abrió la puerta.
–¡Llegan muy tarde, muy tarde! –exclamó–. ¿No han tenido un accidente, verdad? ¿Está todo bien?
–Lo lamentamos muchísimo. La vuelta nos llevó mucho más de lo que suponíamos –mintió Gerald–. Espero que no se haya puesto nerviosa. Estuve preocupado por usted todo el camino a casa.
–Bueno, vayan, tendrán que hacer las dos comidas al mismo tiempo: el té y la cena –dijo la dama francesa, sonriendo.
Y así fue.
–¿Cómo pudiste decirle que todo el tiempo pensabas en ella? –preguntó una voz bien cerca del oído de Gerald, cuando Mademoiselle los dejó solos con el pan, la manteca, la leche y las manzanas asadas–. Eso fue tan mentiroso como que a mí me adoptó una dama con un auto.
–No, no es mentira –respondió Gerald, entre panes con manteca–. Me preguntaba si ella estaría furiosa con nosotros o no. ¡Ahí tienes!
Había solo tres platos, pero Jimmy le dejó el suyo a Mabel, y él compartió el de Kathleen. Era bastante horrible ver el pan con manteca agitarse en el aire y desaparecer, mordisco a mordisco, sin aparente intervención humana. Y la cuchara, levantarse cargada con manzana y volver al plato vacía. Incluso la punta de la cuchara desaparecía mientras estaba en la boca invisible de Mabel, y por momentos parecía que el mango se había separado del resto. Todos estaban hambrientos y necesitaron más pan con manteca. La cocinera gruñó cuando tuvo que llenar el plato por tercera vez.
–Te diré una cosa: yo realmente tenía ganas de tomar el té –dijo Jimmy.
–Te diré otra cosa –repitió Gerald–: va a ser realmente difícil que Mabel tome el desayuno. Mademoiselle estará con nosotros. Le daría un ataque si viera desaparecer parte del tenedor con panceta pinchada, y luego reaparecer, pero con la panceta perdida para siempre.
–Tendremos que comprar cosas para comer y alimentar a nuestra pobre cautiva en secreto –propuso Cathy.
–Nuestro dinero no durará mucho –dijo Jimmy, melancólico–. ¿Tienen dinero?
Giró hacia donde un tazón de leche se suspendía en el aire sin que nada visible lo sostuviera.
–No tengo mucho dinero pero tengo montones de ideas –fue la respuesta que llegó desde cerca de la leche.
–Debemos hablar sobre esto mañana –opinó Cathy–. Despidámonos de Mademoiselle y después podrás dormir en mi cama, Mabel. Te prestaré un camisón.
–Mañana traeré uno mío –dijo Mabel, alegremente.
–¿Volverás a buscarlo?
–¿Por qué no? Nadie me puede ver. Creo que empiezo a creer que muchas cosas divertidas van a suceder. No está tan mal ser invisible.
Kathleen pensó que era muy raro ver la ropa de la princesa aparecer de la nada. Primero fue el velo de gasa colgando en el aire. Luego la corona destelló, de repente, sobre la cajonera. Más tarde apareció una manga del vestido rosa, luego la otra, y luego el vestido completo apoyado en el piso, formando un aro brillante mientras las invisibles piernas de Mabel saltaban fuera de él. Porque cada prenda se volvía visible a medida que se la quitaba. Y el camisón desapareció, apenas se lo puso.
–Métete en la cama –dijo Cathy, algo nerviosa.
La cama crujió y un hueco se formó en la almohada. Kathleen apagó la lámpara y se acostó. Tanta magia la había inquietado un poco y estaba un poquito asustada. Pero se dio cuenta de que no todo andaba tan mal. Las dos niñitas se dieron las manos en la apacible oscuridad, donde lo visible y lo invisible eran lo mismo.
–Hasta mañana –dijo Mabel–. Eres un amor, Cathy. Has sido terriblemente buena conmigo y nunca lo olvidaré. No quería decir esto delante de los niños, porque sé que los varones piensan que te pones pesada si eres agradecida. Pero lo estoy. Que descanses.
Kathleen estuvo despierta un rato. Justo se estaba durmiendo cuando recordó que la mucama los despertaría en la mañana y vería la maravillosa ropa de la princesa. “Tendré que levantarme y esconderla”, se dijo. Y mientras pensaba en la cama la pereza que le daba tener que levantarse, se durmió.
Cuando se despertó, ya era la mañana y Elisa estaba parada frente a la silla en que Mabel había dejado su ropa, contemplando el vestido rosa de princesa que inauguraba su pila y exclamando: “¡Dios!”.
–Huy, no lo toques, por favor –le pidió Cathy saltando de la cama, mientras Elisa extendía su mano.
–¿Dónde diablos encontraste esto?
–Vamos a usarlo para representar una obra –respondió la niña, empleando la desesperada inspiración del momento–. Me lo prestaron para eso.
–Me lo podrías mostrar –sugirió Elisa.
–¡Ay, por favor, no! –gritó Cathy, y se paró frente a la silla en camisón–. Ya nos verás actuar cuando estemos disfrazados. Y no le digas a nadie, ¿sí?
–No si te portas como una buena niña –prometió Elisa–. Pero no dejes de mostrarme cuando te disfraces. De todas maneras, ¿de dónde…?
En ese momento sonó una campana y Elisa tuvo que irse, porque era el cartero y ella tenía especial interés en verlo.

–Y ahora tendremos que representar una obra –dijo Cathy, mientras se ponía una media–. Todo se complica.
–No es difícil actuar –comentó Mabel mientras una media que nadie sostenía se agitó en el aire y rápidamente desapareció–. Me encantará hacerlo.
–Te olvidas de que las actrices invisibles no pueden actuar a menos que sean obras de magia.
–¡Ay, tengo una idea magnífica! –exclamó una voz desde abajo de una enagua que colgaba en el aire.
–Nos la contarás después del desayuno –dijo Cathy, mientras el agua de la palangana empezaba a salpicar y a chorrear desde ningún lado hacia la misma palangana–. ¡Ah! Y cómo desearía que no le hubieras escrito esas mentiras a tu tía. No debemos decir mentiras por nada del mundo.
–¿Para qué decir la verdad si nadie te creería? –se escuchó de entre las salpicaduras.
–No lo sé, pero estoy segura de que debemos decir la verdad.
–Si quieres puedes hacerlo –dijo una voz desde los pliegues de una toalla que se movía solitaria frente al lavatorio.
–Muy bien. Entonces lo haremos inmediatamente después de desayunar. Quiero decir, tú tendrás que esperar hasta que podamos pescar algo y traértelo hasta aquí. Ten cuidado de esquivar a Elisa cuando venga a hacer la cama.
La invisible Mabel encontró este juego de lo más divertido. Incluso para hacerlo más interesante, cuando Elisa no miraba, se dedicó a tironear y desordenar las esquinas de las sábanas y frazadas que ya había estirado.
–¡Caramba con estas sábanas! Cualquiera diría que las cosas están embrujadas –rezongó y miró alrededor buscando el maravilloso traje de princesa que había visto más temprano.
Pero Cathy lo había escondido en un lugar seguro: debajo del colchón, pues sabía que la mucama nunca lo daba vuelta.
Elisa barrió el piso para levantar esas pelusas que solo Dios sabe de dónde vienen en las casas más pulcras. Mabel, terriblemente hambrienta y nerviosa por la ausencia de quienes se demoraban con su desayuno, no pudo resistir murmurarle al oído:
–Siempre tienes que barrer bajo las alfombras.
La mucama se sobresaltó y se puso pálida.
–Debo estar volviéndome loca –murmuró–. Lo mismo que mamá solía decirme. Espero no estar chiflándome como la tía Emily. Es increíble lo que puede hacer la imaginación, ¿no?
De todos modos, levantó la alfombrita frente a la chimenea y barrió debajo. Fue tan cuidadosa y estaba tan asustada que, cuando Cathy entró con un gran pedazo de pan que Gerald había rapiñado de la despensa, exclamó:
–¡Todavía no terminaste! ¡Por Dios, Elisa, pareces enferma! ¿Qué te pasa?
–Creo que el cuarto necesitaba una limpieza a fondo –respondió ella, que seguía pálida.
–¿No sucedió nada que te haya alterado? –preguntó Cathy, pues tenía sus dudas.
–Nada, solo mi imaginación. Siempre he sido muy fantasiosa, desde que era niña.
Cuando se deshicieron de ella, Mabel comió el pan y tomó agua del jarro para lavarse los dientes.
–Me temo que tiene gusto a pasta de dientes sabor cereza –dijo Cathy a modo de disculpa.
–No importa –replicó una voz desde el jarro inclinado–. Es más interesante que el agua normal. Me imagino que el vino debe tener más o menos este gusto.
–Nos dieron permiso para irnos de nuevo –le informó Cathy, cuando el último pedacito de pan había desaparecido–. Y Gerald piensa como yo respecto de las mentiras, así que le diremos a tu tía dónde estás realmente.
–No les va a creer.
–No importa. Tenemos que decir la verdad.
–Supongo que se arrepentirán por eso –dijo Mabel–. Pero vamos. Y te pido: ten cuidado de no cerrarme la puerta en la cara cuando sales. Casi acabas de hacerlo.
****
A la luz enceguecedora del sol que bañaba la calle principal, las cuatro sombras de tres niños llamaban la atención peligrosamente. Un joven carnicero miró con demasiado entusiasmo la sombra extra, y su enorme perro de caza color marrón olfateó las piernas de la dueña de esa sombra, y aulló salvajemente.
–Ponte detrás de mí, así nuestras dos sombras parecerán una sola –dijo Cathy.
Pero la sombra de Mabel, muy visible, cayó sobre la espalda de su amiga, y el cochero de la hostería Davenant Arms levantó la vista para ver qué gran ave producía esa enorme sombra. Una mujer que iba con un carro con pollos y patos gritó:
–¡Señorita, su espalda está negra! ¿Sobre qué se apoyó?
Todos se aliviaron cuando dejaron atrás el pueblo. Pero decirle la verdad a la tía de Mabel no resultó como nadie, ni siquiera Mabel, esperaba. Encontraron a la tía leyendo una novelita rosa en la ventana del cuarto del ama de llaves que, rodeada de clemátides y trepadoras verdes, daba a un lindo patiecito hacia el que Mabel dirigió la comitiva.
–Perdóneme –dijo Gerald–, pero tengo entendido que perdió a su sobrina, ¿no?
–No la perdí, mi niño –respondió la tía, que era delgada y alta, con un flequillo grisáceo y una voz muy gentil.
–Podríamos darle información sobre ella –agregó Gerald.
–Sin quejas, por favor –advirtió la tía, en tono de alerta–. Mi sobrina se marchó, y creo que a nadie más que a mí le molestan sus pequeñas travesuras. Si les hizo alguna broma, es solo su carácter alegre. Váyanse, chicos. Estoy ocupada.
–¿Recibió su carta? –preguntó Cathy.
La tía mostró bastante más interés que antes pero, así y todo, dejó el dedo dentro del libro.
–Ah, ¿entonces ustedes fueron testigos de su partida? ¿Parecía contenta de marcharse?
–Bastante –dijo Gerald sinceramente.
–Entonces solo puedo alegrarme de que esté bien preparada para eso. Me imagino que los habrá sorprendido. Estas aventuras románticas pueden ocurrir en nuestra familia. Lord Yalding me eligió entre nueve candidatas para el puesto de ama de llaves. No tengo la menor duda de que la niña fue cambiada al nacer y sus parientes millonarios vinieron a reclamarla –fantaseó la tía.
–¿Pero usted no hará nada? ¿No dará aviso a la policía o…?
–¡Sh! –chistó Mabel.
–No me callaré –dijo Jimmy–. Su sobrina Mabel es invisible, eso es lo que pasa. Ahora está aquí, justo a mi lado.
–Detesto la falta de honestidad en todas sus formas –lo retó la tía, severamente–. ¿Podrían, por favor, llevarse a este niñito? Estoy contenta con lo que le pasó a Mabel.
–Bueno ¡no es usted más que una tía, no hay duda de eso! –gritó Gerald–. Pero, ¿qué dirán el papá y la mamá de Mabel?
–El papá y la mamá de Mabel están muertos –respondió la tía tranquilamente, y un suave sollozo se oyó cerca del oído de Gerald.
–Muy bien, entonces nos vamos. Pero después no diga que no le contamos la verdad. Eso es todo.
–No me han dicho nada, ninguno de ustedes, excepto ese niñito, que me ha dicho una tonta mentira.
–Traíamos buenas intenciones –aclaró Gerald con cortesía–. No le molesta que hayamos venido por el parque, ¿verdad? Somos muy cuidadosos de no tocar nada.
–No se admiten visitas –respondió la tía, y desvió la vista impacientemente hacia su novela.
–¡Ah! Pero no nos considerará visitantes –continuó el niño, con su tono más educado–. Somos amigos de Mabel. Nuestro padre es Coronel de las…
–¡Ya lo creo! –lo interrumpió la tía.
–Y nuestra tía es Lady Sandling, así que puede estar segura de que no romperemos nada.
–Estoy segura de que no matarían ni una mosca –dijo la tía, distraída–. Adiós. Sean buenos niños.
Y después de eso, se fueron rápidamente.
–Diablos, tu tía está loca como una cabra –comentó Gerald–. ¡No le importa lo que te pase y se tragó esa tonta historia de la dama motorizada!
–Cuando lo escribí, sabía que iba a creerlo –dijo Mabel, modestamente–. No está loca, solo que se la pasa leyendo novelitas rosa. Yo leo los libros de la gran biblioteca. Es un lugar tan agradable. Y hay un olor tan extraño, como a botas, y libros antiguos con tapas de cuero y polvorientos en las esquinas. Los llevaré algún día. Ahora que sus consciencias están tranquilas respecto de mi tía, les contaré mi gran idea. Vayamos a la terraza. Me alegro de que les haya dado permiso para andar por el parque. Habría sido muy incómodo para ustedes tener que estar escondiéndose detrás de los arbustos cada vez que un jardinero se acercara.
–Sí, había pensado en eso –dijo Gerald.
El día estaba tan luminoso como el anterior y, desde la terraza de mármol blanco, el paisaje se veía más que nunca como un cuadro pintado a mano. Una vez que los tres niños se acomodaron en los escalones que conducían hacia la estatua, la voz de la cuarta dijo:
–No quiero ser desagradecida, pero tengo hambre. Y ustedes no pueden estar todo el tiempo sacando cosas de la despensa para mí. Puedo volver a vivir en el castillo. Se supone que está embrujado. Digamos que puedo rondar por él como cualquier otro fantasma. Ahora soy algo así como un fantasma y si quieren, lo haré.
–No, debes quedarte con nosotros –afirmó Cathy, gentilmente.
–El problema es la comida. No soy desagradecida, de verdad que no, pero el desayuno es el desayuno, y el pan es solo pan.
–Si pudieras sacarte el anillo, tal vez volverías.
–Sí, pero no puedo –dijo la voz de Mabel–. Intenté otra vez anoche en la cama, y de nuevo esta mañana. Y sacar cosas de la despensa es como robar, aunque solo sea pan.
–Sí, lo es –acordó Gerald, quien se había encargado de esa osada tarea.
–Entonces lo que debemos hacer es ganar algo de dinero.
Jimmy dijo con ironía que esa era la mejor idea del mundo. Pero Gerald y Cathy escucharon con atención.
–Lo que quiero decir –continuó la voz–, es que estoy segura de que todo esto es una ventaja, digo, que yo sea invisible. Podemos vivir muchas aventuras, ya lo verán.
–Las aventuras, dijo el valiente pirata, no siempre dan dinero.
El que murmuró esto fue Gerald.
–Esta sí lo dará, ya verás. Lo único es que no deben ir todos. Miren, si Jerry pudiera lucir como un hombre sencillo…
–Eso no puede ser difícil –dijo Jimmy, y Cathy le dijo a él que no fuera tan horriblemente antipático.
–No lo soy, es solo que…
–Es solo que tiene el presentimiento de que Mabelita nos va a meter en problemas –acotó Gerald–. Y él no quiere que lo encuentren en el futuro, solo y vencido, vagando por ahí.
–No los meteré en problemas. De verdad que no –dijo la voz–. Ustedes no me abandonaron ayer y, después de eso, somos una banda de hermanos por el resto de nuestras vidas. Lo que quiero decir es que Gerald puede ir a la feria y hacer trucos de magia.
–No conoce ninguno –afirmó Cathy.
–En realidad yo haré el trabajo –aclaró Mabel–. Y Jerry puede hacer como si lo hiciera él, mover objetos sin tocarlos y todo eso. Pero creo que no funcionará si van los tres. Cuantos más niños haya, y cuanto más chicos parezcan, creo que la gente más se pregunta qué están haciendo solos.
–El talentoso prestidigitador juzgó sabias estas palabras –dijo Gerald. Y ante el apesadumbrado “Bueno, ¿y qué con nosotros?” de su hermano y su hermana, sugirió que deberían meterse entre la multitud–. Pero no demuestren que me conocen y traten de actuar como si fueran los hijos de algún adulto que está en la feria. Si no, seguramente aparecerá un amable policía a llevarse de la mano a los niñitos perdidos para devolverlos a su hogar, a sus afligidos padres o, en este caso, a la institutriz francesa.
–Vamos –dijo la voz a la que nunca podían acostumbrarse del todo, porque venía desde diferentes partes del aire, ya que Mabel se movía de un lado al otro.
Y entonces fueron.
La feria se hacía en un pequeño terreno baldío, más o menos a ochocientos metros del portal del castillo. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca como para escuchar la música de la calesita, Gerald propuso que, como tenía nueve centavos, se adelantaría y compraría algo para comer. Y aclaró que la suma gastada se descontaría del dinero que juntaran haciendo magia. Los demás esperaron en el sendero, escondidos tras una loma, hasta que volvió. Lo hizo bastante rápido, aunque mucho después de que empezaran a comentar que hacía demasiado que se había ido. Había comprado avellanas, manzanas rojas, pequeñas y dulces peras amarillas, pan de jengibre pastoso y blanco, más de cien gramos de caramelos de menta y dos botellas de refresco de jengibre.
–Esto es lo que llaman una inversión –dijo cuando Cathy mencionó algo sobre la exageración–. Todos necesitaremos una alimentación especial para mantener la fortaleza. Especialmente el talentoso prestidigitador.
Comieron y bebieron. Fue una excelente merienda, y la música lejana de la calesita agregaba a la escena el toque definitivo de festejo. Los niños nunca se cansaban de ver comer a Mabel. Mejor dicho, de ver desaparecer la comida de esa manera extraña y mágica, que era la única prueba de que Mabel estaba comiendo. Quedaban extasiados frente al espectáculo, y le ofrecían más que la porción que le correspondía del banquete, solo por el placer que les daba verlo desaparecer.
–¡Claro que sí! –gritó Gerald, una y otra vez–. ¡Eso los impresionará!
Y así fue.
Jimmy y Cathy partieron antes que los otros. Ya en la feria, se mezclaron con la multitud y trataron de pasar lo más inadvertidos que pudieron. Se pararon cerca de una señora alta que miraba el tiro al coco. Inmediatamente vieron una extraña figura con las manos en los bolsillos, que paseaba por el pisoteado pasto amarillo entre los montones de pedacitos de papel y las pajitas que siempre se desparraman por el suelo en una feria inglesa. Era Gerald, pero al principio apenas lo reconocieron. Se había quitado la corbata y, alrededor de su cabeza, enroscada como un turbante, llevaba la bufanda del uniforme. La corbata, se supone, haría las veces de pañuelo. ¡Y su cara y sus manos eran de un negro brillante, como el de las cocinas bien lustradas! Todos se daban vuelta para mirarlo.
–¡Parece un negro! –murmuró Jimmy–. No creo que esa pintura salga, ¿no?
Lo siguieron a cierta distancia. Él se acercó a la puerta de una carpita. Sobre ella estaba apoyada una mujer de cara larga y melancólica, sin hacer nada. Los niños se detuvieron e hicieron de cuenta que eran los hijos de un granjero que intentaba marcar un récord martillando un bloque de madera con una maza.
Gerald encaró a la mujer.
–¿Ganó dinero hoy? –preguntó.
Y la respuesta, aunque no grosera, fue que se fuera a otro lado con su imprudencia.
–Estoy en plan de negocios. Soy un mago y vengo de la India.
–¡No es cierto! No eres ningún mago –replicó la mujer–. Mira, la parte de atrás de tus orejas es blanca.
–¿En serio? ¡Qué astuta estuvo al notarlo! ¿Mejor ahora? –preguntó Gerald, después de frotarse las orejas con las manos.
–Está bien, ¿cuál es tu jueguito?
–La magia, real y verdadera. En la India, hay niños más pequeños que yo que se dedican a esto. Bueno, te debo una por haberme avisado lo de mis orejas. Si quieres ayudarme con mi show, repartiremos las ganancias. Préstame tu carpa para hacer mi magia y tú puedes relatar los trucos desde la puerta.
–¡Por Dios! Yo no puedo relatar nada. Y tú solo tratas de sobornarme. A ver, quisiera ver un poquito de tu magia, ya que eres tan listo.
–Tienes razón –dijo Gerald, con seguridad–. ¿Ves esta manzana? Bien, haré que se deslice suavemente por el aire, y cuando diga “¡ya!”, desaparecerá.
–¡Sí, dentro de tu boca! Fuera de aquí con tus tonterías.
–Eres demasiado inteligente para ser tan descreída –se quejó Gerald–. ¡Mira!
Tomó una de las manzanitas, la alzó, y la mujer vio cómo se movía lentamente por el aire, sin que nadie la sostuviera.
–Ahora, ¡ya! –le gritó a la manzana, y desapareció–. ¿Qué tal eso? –preguntó en tono triunfal.
El entusiasmo había atrapado a la mujer y sus ojos brillaban.
–¡Es lo mejor que vi en mi vida! –murmuró–. Acepto la sociedad, compañero, si sabes hacer más trucos como ese.
–Sé hacer miles –dijo Gerald con confianza–. Dame tu mano.
La mujer estiró su mano y de la nada, porque eso parecía, la manzana apareció y se apoyó en su palma. La manzana estaba un poco húmeda.
La miró un momento y luego murmuró:
–¡Vamos! Tenemos que asociarnos, solo tú y yo. Pero no en la carpa. Tienes que armar un puesto aquí, al costado. Rinde el doble al aire libre.
–Pero la gente no va a pagar si puede ver todo por nada.
–No la primera vez, pero pagarán después de verte. Y tú mismo tendrás que relatar tus trucos.
–¿Me prestarías tu chal? –preguntó Gerald.
Ella se lo desprendió. Era escocés, a cuadritos rojos y negros. El niño lo extendió en el suelo, como había visto que hacían los magos de la India, y se sentó atrás, con las piernas cruzadas.
–Eso sí, nadie debe pararse detrás de mí.
Rápidamente, la mujer delimitó un pequeño espacio con viejas bolsas de arpillera que colgó de dos de los tensores de la carpa.
–Ahora estoy listo.
La mujer sacó un tambor de la carpa y comenzó a tocarlo. Una muchedumbre se juntó bastante rápido.
–Damas y caballeros, vengo de la India y puedo hacer un show de magia como nunca antes han visto. En cuanto pongan dos chelines en el chal, comienzo –anunció Gerald.
–¡Apuesto a que sí! –gritó alguien que estaba allí, y hubo varias risitas desagradables.
–Por supuesto, si no pueden juntar dos chelines entre todos ustedes –ya había unas treinta personas en ese momento–, no tengo nada más que decir.
Dos o tres centavos cayeron sobre el chal. Luego algunos más, hasta que cesó la catarata de moneditas.
–Nueve centavos –contó Gerald–. Bien, soy un hombre generoso. Verán el mejor show que hayan visto jamás, por nueve centavos. No quiero engañarlos: tengo un compañero, pero mi compañero es invisible.
La multitud resopló, pero Gerald continuó:
–Con la ayuda de este compañero, leeré cualquier carta que tengan en su bolsillo. Si alguno de ustedes se para a mi lado, mi compañero invisible leerá esa carta por encima de su hombro.
Un hombre grandote y de cara roja dio un paso adelante. Sacó una carta de su bolsillo y se paró frente a todos, en un lugar donde podían ver que no había nadie mirando por encima de su hombro.
–¡Ahora! –ordenó Gerald.
Hubo una pequeña pausa. Luego, desde el otro lado de las arpilleras, detrás de Gerald, llegó una voz suave y distante, que cantaba al hablar y que dijo:
–Señor: recibí su carta del 15. Respecto a la hipoteca de sus tierras, lamentamos no poder…
–¡Deténgalo! –gritó el hombre, volviéndose hacia Gerald, amenazante.
Salió diciendo que no había nada de eso en su carta. Pero nadie le creyó. Un cuchicheo se extendió entre la interesada multitud y paró de golpe cuando Gerald empezó a hablar.
–Ahora –dijo mientras señalaba los nueve centavos sobre el chal– no dejen de mirar estas monedas. Las verán desaparecer una a una.
Y por supuesto que desaparecieron. Después, una a una fueron devueltas a su lugar por la mano invisible de Mabel. La multitud lo aclamó:
Darmowy fragment się skończył.