Czytaj książkę: «Sugar, daddy»


Lista de contenidos:
• Heterosexual
• Contenido explícito y vulgar
• Contenido maduro +18
• Violencia (psicológica, física y verbal)
• Temas delicados
Inicio: 9/7/2019
Final: 26/6/2020
Todos los derechos reservados @yourspanishunnie
Sugar, daddy
E. M. Valverde
ISBN: 978-84-19367-03-7
1ª edición, febreromês de 2022.
Editorial Autografía
Calle de las Camèlies 109, 08024 Barcelona
www.autografia.es
Reservados todos los derechos.
Está prohibida la reproducción de este libro con fines comerciales sin el permiso de los autores y de la Editorial Autografía.
Índice
1. [samsung × hyundai]
2. [noche de gamberradas]
3. [su despacho borgoña]
4. [castigo de novata]
5. [un café bien cargado]
6. [formalidades rechazadas]
7. [a su merced]
8. [cambio de actitud]
9. [bonito mientras duró]
10. [de buen humor]
11. [lenguas desconocidas]
12. [miraditas en educación física]
13. [ahogándose en azúcar]
14. [cumpleaños con drama]
15. [manos gucci]
16. [confrontación doble]
17. [otoño enigmático]
18. [malentendido]
19. [hentai cute]
20. [el príncipe mata al dragón]
21. [el hechizo del príncipe]
22. [areumsexual]
23. [técnica atleta]
24. [rota por completo]
25. [hipertensión]
26. [madrugada en las alturas]
27. [emergencia en los baños]
28. [la furia del dragón]
29. [atrapada en la rosaleda]
30. [estás muerta]
31. [castigo interno]
32. [anime and chill]
33. [mayoría de edad]
34. [por los suelos]
35. [el taller de las muñecas]
36. [tiritas]
37. [a escondidas]
38. [entre músculos y almohadas]
39. [los caminos trágicos a roma]
40. [tocando madera]
41. [el príncipe pierde el reino]
42. [escapada de la torre]
43. [mami y papi no me quieren]
44. [patada al corazón]
45. [la pócima del príncipe]
46. [azúcar, papi]
47. [azúcar, papi] II
48. [azúcar, papi] III
49. [las esquirlas que se clavan]
Epílogo
1. [samsung × hyundai]
Sede de Samsung, Japón.
Areum
—Cielo, sé amable con el hijo del señor Takashi. La colaboración dependerá de que os llevéis bien.
—No te preocupes, mamá.
Mi madre se metió en su despacho a zanjar el acuerdo colaborativo con el señor Takashi, un hombre de su misma edad. Faltaba por llegar el hijo, que llegaba veinte minutos tarde. Aquello era toda una descortesía en cualquier primer encuentro comercial, pero decidí no destacar demasiado sus carencias.
Me asomé a la ventana para hacer tiempo, mirando los infinitos edificios de cristal con cansancio. Suspiré, ¿por qué tenía que perder yo mi tiempo por gente incompetente?
Aunque en verdad no tenía tanto que hacer, toda la faena y documentos importantes los llevaba mi madre. Mi deber como hija única era ser la futura heredera de Samsung, estar presente en las reuniones y poco más.
El reloj en la pared marcó las 21:30, un horario laboral para nada decente. El chico todavía no venía y yo mañana tendría instituto. Pffttt.
Afortunadamente mi teléfono vibró, aportándome una chispa de dinamismo a mi burbuja empresarial
Kohaku 
Ya me contarás mañana qué clase de pardillo es el heredero de Hyundai 
21:27
Mañana te llevo a hacer vandalismo;)
[Foto sonriente]
21:27
Ah...lo que daría por irme a hacer cualquier gamberrada con mi amigo en vez de estar aquí.
No estaba ni mucho menos nerviosa por el encuentro, había hecho estas reuniones miles de veces con los hijos herederos. Por razones culturales cuestionables, todavía faltaban mujeres en el mundo empresarial, y era por eso que la mayoría de ellos se sorprendían al verme.
Algunos de los herederos más jóvenes a veces se llevaban impresiones incorrectas, y por ello ya había aprendido a sonreír lo justo y necesario.
—Buenas noches –una voz desarrollada irrumpió en el nocturno pasillo de ventanales, llamando mi atención.
A diferencia de otros muchos herederos de mi edad, este era un hombre joven, alto y unos años mayor que yo. Iba formalmente vestido, con accesorios en los dedos y el pelo desaliñado. Pero tenía esa típica sombra en los ojos, de aquella gente que no se ríe demasiado y que tiene ojos depredadores, que ni su sonrisa pudo ocultar.
Me habría gustado decirle que odiaba la impuntualidad, pero tenía que (fingir) ser amable.
—Buenas noches –le miré de soslayo, sin apartarme de la cristalera–. Mi nomb...–
—¿Por qué han dejado entrar a una colegiala aquí? –escupió con una sonrisa educada, con las manos en los bolsillos.
Oh. No solo se cree gracioso sino que encima me interrumpe.
Dejé pasar el hecho de que estaba todavía con el uniforme del instituto, de que recorrió mi cuerpo con un brillo raro en los ojos, también oscuros como el vacío.
—Mi nombre es Areum. So Areum –me presenté formal, tendiéndole una mano–. Este es mi edificio –me recordé.
—Takashi –estrechó mi mano con una seriedad tan bien cultivada que me puse nerviosa. Solo me dijo su apellido, por lo que supuse que no quería que le tuteara–. Bonito nombre –se mofó desde su altura, con cierta prepotencia y una sonrisa de mofa–, ¿es Coreano, verdad?
No os tengo que recordar la tensa relación postcolonial entre los japoneses y los coreanos, y tampoco era la primera vez que alguien japonés remarcaba mi nombre para sentirse superior.
—Sí es –me adelanté cuando vi que iba a hacer un comentario malicioso–. Nuestros padres nos esperan en el despacho, estaba esperando a que se dignase a aparecer –esperé a que se avergonzara, a que se diese cuenta de que era la heredera de Samsung y no cualquier niñata. Pero su mirada arrogante no cambió, sino que creció.
—¿Eres tú la niña de la colaboración? –se inclinó curioso hacia mí, inspeccionándome de forma intrusiva.
—¿Niña? –repetí, camuflando la molestia con sarcasmo. Me estaba subestimando, como todos.
Ignoré su descortesía porque no me quedaba otra, y saludé por décima vez en lo que iba de mañana cuando entré en el despacho sola, ambos progenitores ya sentados y discutiendo sobre la colaboración.
—Señorita So, un gusto conocerla por fin –el señor Takashi padre sacudió mi mano con cordialidad, y a continuación miró a su hijo con los ojos entrecerrados, como advirtiendo–. Le pagaré el psicólogo si lo necesita.
Asentí educadamente sin entender; parecía que ni su propio padre podía confiar en él.
El señor Takashi padre tenía una expresión amable de abuelito, no parecía un multimillonario, sino más bien tu vecino que se dedica a cuidar su jardín de tulipanes con cariño.
Su hijo era más bien todo lo contrario. Zapatos y pendientes Gucci de diseño extravagante, el pelo despeinado como si no le importase arreglarse para una reunión importante, y los dedos llenos de anillos vistosos. No le conocía, pero a primeras impresiones me generaba desconfianza. Cómo caminaba con sus zapatos negros, como si fuera el amo del lugar.
Siendo la viva imagen del derroche y del placer propio, algo tenía aquel hombre, desde luego.
—Areum, la sala está preparada, el papeleo también –mi madre señaló la puerta auxiliar en la misma habitación.
Caminé sin pensármelo dos veces a la tan familiar sala, con el chico pisándome los talones. Bueno, realmente no era un chico, era un hombre bastante desarrollado y bien formado. Sus cejas imponían bastante, pero intenté que no se notara. No es como si me fuera a comer.
En esa sala discutía los temas empresariales con el resto de herederos, y a menudo mis ideas tenían más trasfondo que las suyas.
—¿Tiene alguna sugerencia para la colaboración? –rompí el hielo bajando la pantalla de proyección, y me extrañé cuando tardó más medio minuto en contestar.
¿Estaba sordo o qué?
—¿Siempre eres tan directa? –cerró la puerta tras de sí y se apoyó contra esta, las manos en los bolsillos y la lengua contra los dientes. No me habló de usted y me sentí inferior–. Porque de ser así podría ahorrarme un par de cosas contigo –sus brazos se marcaron cuando los cruzó, y una sonrisa turbia apareció en su masculina cara.
Ignoré el doble sentido de sus palabras, porque pensé que no podía ir en serio.
—¿No me va a hablar de usted? –incliné la cabeza a un lado, aumentando la batalla de poder con silencio. No me asustaban los hombres, y él no iba a ser el primero en hacerlo.
—No tienes mi edad, ¿por qué debería hablarte con honoríficos? –se sentó en el borde de la mesa frente a la pizarra digital, con las piernas abiertas y el semblante para nada amigable–. ¿No deberías de estar haciendo los deberes del instituto en vez de aquí? –se mofó, arqueando las cejas con fingida pena, casi con paternalismo–. Qué trabajadora...
¿Por qué no me veía como a una adulta a la que respetar? ¡Que era la heredera de Samsung, joder!
—Empezaré mi parte de la presentación, pues –le contesté sin perder las formas ya que así me habían criado, y volví mi atención al proyector para exponerle el esquema de mi idea.
Atrapé más de una vez su mirada inquisitiva en mis piernas descubiertas, e hice un esfuerzo por que no se notara mi incomodidad. Claro que más herederos habían mirado, pero desde luego no con tanto descaro.
¿Por qué me miraba así? Cualquiera se pondría nervioso.
Tiré del dobladillo de la falda hacia abajo, pero ya estaba a la altura correcta, mostraba lo justo. Por llegar a tiempo a la reunión, no me había dado tiempo a cambiarme el uniforme del instituto, todo para que luego él llegara impuntual y orgulloso en ello.
—¿No crees que deberíamos diseñar cámaras inteligentes en las esquinas interiores del coche? –propuso enigmático, sus dedos tamborileando secos contra la mesa, acompañando su voz ronca.
¿Qué ideas de mierda se le ocurrían? ¿Era este el heredero de la Hyundai? Porque sinceramente estaba preocupada por el futuro de su compañía.
—Definitivamente no... Sería un desperdicio de dinero y de mi tecnología –junté convincente las manos en un triángulo–. Ya está la alarma para avisar a las autoridades en caso de robo, ¿para qué desperdiciar dinero en eso?
Takeshi estalló en una risa contenida en la que pareció burlarse de mi lógica. No entendí nada, y no supe qué le parecía tan gracioso.
Se puso en pie, y en silencio, sus zapatos negros avanzaron hasta a la pizarra electrónica con una lentitud casi cruel. No reaccioné hasta que su altura me hizo sombra, y retrocedí cuando le vi a centímetros de mí.
¿Pero qué hacía invadiendo mi espacio personal así?, ¿qué iba a hacer?
Su cara quedó a un palmo de la mía, y aprecié de cerca sus rasgos severos disfrazados de piel suave y sana. Intenté mantener la calma, ya que tal vez solo se quisiera imponer, la masculinidad tóxica...
—Creo que está malinterpretado la situación... –susurré, encogida de hombros contra la pared.
—¿Cuántos años tienes, cielo? –preguntó condescendiente, apoyando la mano larga y anillada al lado de mi cabeza, encajándome en la pared–. ¿Dieciocho? –inquirió, con una sonrisa seductora que no pasé por alto. Hubo algo en sus ojos oscuros que me dejó prendada, pero también avergonzada.
—No se lo diré. Me tratará de inmadura solo por ser más pequeña que usted –concluí, desviando la mirada cuando sentí la cara caliente por el contacto visual; ¿qué me pasaba?–. Apártese.
—Me temía que dijeras eso –me miró de arriba a abajo hasta que me sentí terriblemente cohibida–. A los mayores nos gusta tener sexo de vez en cuando en el coche, grabar la experiencia. Es obvio que no tiene ni idea de eso, Señorita So –una de sus espesas cejas se alzó, sus nocivos ojos riéndose silenciosamente de mí.
Me acababa de llamar virgen en toda la cara
¿Por qué hablaba de sexo en una situación como esta?
—Pero el modelo que vamos a sacar es un coche familiar donde también van niños, no un prostíbulo con ruedas –espeté, intentando imponerme–. ¡Y le he dicho que se aparte! –en un arrebato de ansiedad, le di un manotazo a su brazo, desequilibrándole y aprovechando para salir entre la pared y su cuerpo–. D-Doy la reunión por acabada.
Sintiéndome patética e incomodísima, recogí mis apuntes lo más rápido que pude. Me forcé a desoír la pesada respiración a mis espaldas. No parecía muy contento, pero yo me seguía preguntando cómo podía haber tenido tan poco filtro y ser tan obsceno en la primera reunión.
¿Tal vez había sido mi uniforme? Era consciente del fetiche que algunos adultos tenían con eso, pero no era ni el momento ni el pretexto para eso. No era justificación.
Justo cuando me escabullí para abrir la puerta, una mano huesuda y esquelética se estampó contra la madera, cerrándola de nuevo. Me quedé paralizada, siendo consciente de que estaba detrás.
—No das nada por acabado porque el mayor aquí soy yo. No seas maleducada y ten una conversación cuando tu mayor te la pide ¿sí, cielo? –por primera vez me percaté de lo estricta que era su voz, como si no admitiera las opiniones de los demás. y también del calor que emitía su cuerpo–. No me gusta su exceso de autoridad, Señorita So...
Se me puso la piel de gallina cuando apartó mi cabellera tras mi oreja, y rozó mi hombro de forma innecesaria e intrusiva.
—¿Qué está hac... –enmudecí cuando me presionó contra la madera de la puerta, su cuerpo cubriendo el mío casi sin esfuerzo. Algo sólido se presionó contra mi espalda baja, y aunque sentí una angustia tremenda, tampoco hice nada para moverme–. Esto no está bien.
¿El heredero de la Hyundai era un adulto que no podía controlar su polla?, ¿de verdad la inmadura era yo?
—¿Y por qué no está bien, hmnn? –me susurró en el oído, con una voz tan claramente maliciosa, que comencé a temblar contra él.
Su cuerpo se sentía musculado y seguro contra mí, razón de más que me hizo sentir confundida. Y agradecí que estaba contra la puerta y así no podía ver mi cara.
—Está malinterpretado la situación, esto no es nada sexual –entrometió los dedos por debajo de mi falda, acariciando la piel–. Señor Takashi –atrapé su mano y clavé las uñas en el dorso como última advertencia–, creo que es suficiente.
¿Qué estaba haciendo?, ¿acaso mi mentalidad era un juego para él?
—¿Va a venir en uniforme a trabajar, señorita So? –me empujó más contra la puerta, haciendo que me callara–. Porque me ponen las chicas con falda y no creo que me pueda contener mucho.
—No me puede tocar así –me quedé inmóvil sin saber qué hacer, mareándome con los roces casuales que sus labios dejaban en mi piel.
—Pues ya lo estoy haciendo, Señorita So –uno de sus brazos rodeó mi cintura por diversión pura, y jadeé cuando me cortó la respiración debido a la brusquedad–. Tampoco estoy viendo que pongas mucha resistencia... ¿Acaso te gusta esta clase de toques? –tocó mi trasero por encima de las bragas, tan suavemente que no parecía una amenaza.
Sabía que esto era más que inmoral, pero el incendio de mi vientre comenzó a crecer con la fricción de su erección en mi trasero.
No, ¡mierda! ¿Por qué mi cuerpo reaccionaba así?
—No... –no solté su muñeca ni abrí los muslos, y con toda calma trasladó la mano a la parte delantera, subiendo la senda prohibida hacia mi intimidad–. Voy a gritar si no se aparta –dije, hiperventilando contra la madera–, ¡n-no pienso tolerar que me acose en mi propio edificio! –desesperada y en conflicto mental, le clavé las uñas hasta hacerme daño yo misma.
¿Y si ya había entrado aquí con la idea de tocarme cuando estuviéramos solos?
—No sé cuántas veces he oído eso... –desenterró mis uñas de su piel rota con una fuerza que no esperaba, y habló anormalmente calmado–. ¿Te ha parecido una buena idea hacerme eso?
Aprisionó mis muñecas en mi espalda y me empujó con impaciencia contra la puerta. Grité debido al golpe seco contra mi mejilla, con el poco cuidado que había tenido.
—No puede hacer esto. ¡Avisaré a mi madre!
—¿Para qué, cielo? –su mano libre acarició mis clavículas por encima de la blusa, y el contraste suave me desconcertó–. Solo atraerá a la prensa en un escándalo que no nos beneficia a ninguno de los dos. ¿Para qué quieres un escándalo sexual en tu inmaculado expediente cuando te lo puedes pasar bien conmigo? –lamió el cartílago, poniéndome los pelos de punta–. Además, aquí no creerían a una adolescente coreana –se río en mi oído, subiendo los dedos a mi cuello y rodeándolo–. ¿Para qué vas a gritar, eh?
Si esto salía a la luz, no solo sería una verdadera vergüenza para mí, sino que arruinaría la colaboración estimada en millones, y también la reputación de la empresa, la de mi madre...
—Quiero que sepas que no me gusta repetir las cosas –me dió la vuelta con la mano en mi cuello, e hice mi mayor esfuerzo por no mostrar que estaba asustada–. Si te hago una pregunta, la respondes al instante.
Guardé silencio, analizando sus facciones rectas y masculinas. No debía de tener más de veinticinco años, pero ya había alcanzado un atractivo físico que justificaba su extraña aura autoritaria.
¿Qué clase de heredero era él?, ¿por qué era tan abusivo?, ¿qué me iba a hacer?
—¿Es así de poco profesional con todas las herederas?
Mi comentario pareció hacerle gracia porque elevó una comisura de sus labios rellenos. Me sentía como un juguetito.
—He preguntado yo primero, ¿vas a gritar? –dio un apretón opresivo, y me quedé tiesa cuando sentí su respiración contra mi cuello.
—No.
—Muy bien, nena –me apremió con un tono de voz denso y sugerente, y noté mi cara roja como un tomate, porque me gustó–. Corregiré su exceso de autoridad, Señorita So, no se preocupe. Me gustan las chicas obedientes y no parece una. Va a ser todo un reto, especialmente siendo coreana.
Al decir lo último, me apretó la garganta con firmeza, como si me fuese a ahogar, y le miré con los ojos aguados, totalmente humillada y mentalmente colapsada.
—No me mires así, nos lo vamos a pasar muy bien, ya verás –sus ojos se dilataron, y no pude decir nada porque me quedé totalmente muda frente a su preciosa cara–. Takashi –remarcó, dando un toque final en mi nariz con la yema del dedo–, Señor Takashi. Acuérdate de ese nombre, nena. Lo vas a usar mucho.
2. [noche de gamberradas]
Areum
No sé cómo aguanté el día siguiente de instituto, porque lo cierto es que el acoso del heredero no me dejó dormir más de tres horas.
Al cerrar los ojos sentía sus manos en mí, el calor de su atrayente cuerpo. Había que ser estúpida para negar que Takashi era guapo, pero el trato tan frío y dominador que me dio...algo no iba bien.
—Oye, llevas todo el día ausente –la voz melosa de mi amigo Ito Kohaku me devolvió a la realidad. Me pasó el brazo cálidamente por los hombros cuando le miré–. ¿Qué te pasa?
—No he dormido demasiado bien, pero no tienes de qué preocuparte –le sonreí para que se tranquilizase, y aunque mi argumento pareció no convencerle, no volvió a hablar del tema, cosa que agradecí.
—Bueno, me encargaré de que te lo pases de puta madre esta noche –me acercó a él con el brazo, sonriendo de oreja a oreja, sin ser invasivo como Takashi–. Mientras tanto háblame sobre el heredero de la Hyundai, me quiero reír un rato.
Kohaku y yo siempre hacíamos eso, nos burlábamos de lo mimados que eran los herederos, cuando en realidad nosotros éramos igual. Íbamos a un colegio privado, vestíamos ropa de diseñador y podíamos tener cualquier capricho que quisiéramos, fuera lo caro que fuera.
Sí, éramos asquerosamente ricos y supuestamente enemigos. Kohaku, era el heredero a director general de Apple Japón, actualmente ocupado por su padre. Era mi misma situación con Samsung, solo que yo había dejado mi tierra para estar en el país nipón, más asilado y protegido del mundo exterior.
—Voy a buscar una foto suya en internet –tecleó con dificultad en el buscador, leyendo la pantalla–. Aquí dice que tiene 25 años, que a veces modela para diseñadores exclusivos y que es muy...”guapo” –leyó lo último con asco–. ¿Y por qué narices tiene su propia página en Wikipedia? La información ni siquiera es objetiva, qué falta de profesionalidad...
—Déjame ver –me puse de puntillas, solo para recordar la cara de mi pesadilla. Vi una entrada en la Wikipedia con el nombre entero. Takashi Kaito, así se llamaba el enigmático heredero. Me enfadé conmigo misma al pensar que salía guapo.
—No es más guapo que yo –Kohaku me miró con algo de timidez, esperando aprobación, y le pellizqué una mejilla regordeta.
—Nadie es más guapo que tú, Kohie.
...
A pesar del ambiente condensado de la discoteca, era difícil no centrarse en la naturalidad de Kohaku, quien parecía estar en su salsa a pesar de ser introvertido.
—Kohaku, ¡me encanta esta canción! –no disimulé mi ilusión, ya que cuando estaba con él, podía ser sincera.
—¿Esto es reguetón? –a mi amigo le costó pronunciar la palabra extranjera, pero cuando asentí, un brillo travieso despertó en sus ojos.
¿Qué tramaba?
Acortó un paso entre nosotros, hasta que su respiración me hizo cosquillas en la sien; me percaté de la irregularidad de esta. ¿Estaba nervioso? Porque no lo pareció en absoluto cuando apreció cómo el vestido entallado abrazaba mis curvas con devoción, y se relamió los labios al ver mi boca pintada de rojo.
—¿Kohaku? –incliné la cabeza a un lado, y carraspeó y pronto se recompuso.
—¿Esto se baila...pegados? –dijo con una sonrisa desenvuelta. En sus tiempos libres, bailaba, y a pesar de que sabía perfectamente la respuesta, quería oírme decirlo.
—Así es, se baila de forma anti-elitista –solté una risita al verle negar con la cabeza de forma juguetona.
—¿Y a qué esperas para acercarte? Que no muerdo –alzó una ceja, desafiándome de esa forma que solo él sabía hacer.
Noté un bulto en su pantalón a pesar de que no toqué su cuerpo, y si no fuese por las luces moradas y azules de la discoteca, habría visto sus mejillas sonrojadas. Hice como que no vi nada.
Tenía la teoría de que hace meses que le gustaba a Kohaku, pero era tan tímido que me hacía dudar. Y pensé que a veces a los chicos se les empalmaba cuando bailaban con una chica atractiva, así que seguí en dudas.
—Ari –me tocó el hombro al acabar la canción, llamando mi atención con el apodo de siempre. Tenía perlas de sudor en la frente y se mordía el labio con impaciencia–, necesito...ir al baño, ¿te importa?
—No me moveré de aquí –le sonreí, y desapareció. Bebí la amarga mezcla de zumo tropical y vodka, y cuando estudié mis alrededores, una figura alta se interpuso en mi campo de visión.
¿Por qué había un guardia de seguridad en mis narices?
—Disculpe, no debería... –cerré la boca cuando subí la vista a la cara del hombre trajeado, y la copa comenzó a temblar con mis dedos.
—Señorita So, qué agradable sorpresa –con tranquilidad, Takashi le dio un trago demasiado largo a su copa de vino, sin despegar los ojos de mi cuerpo. Sin disimulo alguno, se relamió los labios, y yo me tensé muchísimo–. No la había reconocido con ese...vestidito. Mucho mejor que el uniforme escolar, desde luego.
No solo me trataba de inferior por mi edad, sino también por la altura de mi vestido.
No le contesté, solo dándole razones para que se fuese y me dejaste tranquila con mi amigo.
—¿Te vas a hacer la muda conmigo? Ayer te pusiste muy gritona para que no me acercase a ti... –se inclinó hasta hacer contacto visual directo, depredativo. Miró por encima de mis hombros, buscando algo–. ¿Estás sola, cielo?
Su mirada se oscureció varios tonos, y no solo por las luces psicodélicas de la discoteca. No tuve un buen presentimiento.
—Estoy con un amigo –hice énfasis en la última o, sacándole una sonrisa de autosuficiencia–. ¿Qué haces aquí? ¿Has venido a molestarme?, ¿no eres muy mayor como para venir a estos sitios?
—¿Ya no me hablas de usted? –bebió con una ceja duramente arqueada.
—No te los mereces después de faltarme al respeto como lo hiciste –le levanté la voz, intentando no irritarme porque todavía me quedaba mucha noche por delante–. Si quieres que te respete, entonces tú también me tienes que res...–
—Ari –una tercera voz entró al dúo, y el Señor Takashi se irguió en su traje– ¿conoces a este tipo? –el brazo protector de Kohaku se enredó en mis hombros, dándome un pequeño infarto pero a la vez alivio de que hubiera cortado mi conversación con Takashi. Por lo calmado que parecía Kohaku, deduje que no habría escuchado mucho.
—Este es Takashi, el heredero de Hyundai con el que voy a colaborar –le presenté educada, intentando no mirarle ya que me pondría de los nervios su presencia autoritaria. Di palmaditas en el brazo de mi amigo, pero no lo retiró–. Este es Ito Koh... –el mayor me cortó.
—Presumo de que usted es Ito Kohaku, de Apple –la sonrisa felina de Takashi me dió miedo en ese momento, porque escondía algún secreto muy turbio mientras sus ojos se posaban en Kohaku y en mí–. Interesante combinación de amistad, la vuestra. Prácticamente enemigos empresariales.
Noté el brazo de mi mejor amigo apretarse más en mi hombro, dándome una clara señal de que había tocado un tema sensible. Nuestra relación controversial ya era demasiado abordada por la prensa, por el colegio entero y por nuestros propios padres, no hacía falta otra opinión más.
—Nosotros ya nos íbamos –empujé a Kohaku hacia el lado opuesto cuando vi su mandíbula tensada–. Buenas noches, Señor Takashi, le veré en el trabajo –antes de encaminarme hacia la salida, una mano grande aprisionó mi muñeca y me arrastró de vuelta. Reconocí el toque autoritario–. Señor Takeshi...
Ignoré la cercanía tan poco política que había entre los dos, y lo acepté con mentalidad de discoteca.
—Qué ganas tengo de volver a verte en el despacho, Areum –dijo ronco en mi oído, dejándome algo encaprichada.
...
—Kohaku... –admiré su graffiti con admiración–. Sabía que dibujabas bien, pero no tan bien –a pesar de que las mascarillas nos cubrían la mitad de la cara para no correr riesgos con la prensa, vi sus ojitos sonrientes con mi cumplido –. Deberías crear una serie animada para Apple, te juro que triunfaría.
—Estás loca –me despeinó de forma cariñosa, mirando la mierda de graffiti que había hecho yo, el cual consistía en letras de canciones que me gustaban.
—Oye, yo sí que vería la serie...pero solo si es de dibujitos, eh –me sentía somnolienta por el alcohol de la discoteca, así que me apoyé en su pecho, el latido de su corazón nublando el sonido de fondo.
—¿De dibujitos? –repitió, un poco aturdido con mi gesto–. Suenas...bastante adorable cuando hablas así –me rodeó la espalda para darme calor, a pesar de que ya me había dejado su chaqueta de cuero, y el ambiente era utópicamente perfecto hasta que mi móvil comenzó a vibrar.
—¿Mamá? –estabilicé mi voz sin apartarme de él.
—Cariño, me han informado de que estás con Ito Kohaku. Creía que estabas en casa de tu amiga, pónmela al teléfono, quiero hablar con ella.
Mierda
—Mamá, ahora no puedo hablar... –
—Si te atreves a colgar habrán consecuencias –espetó, y por su tono sabía que me iba a castigar.
—Ari –Kohaku me llamó en un susurro, y le miré con pena. Cogió mi muñeca, acercándose el teléfono a pesar de que puse resistencia y le amenacé con no hacerlo–. ¿Señora So? Kohaku al habla –su cara se fue apagando conforme mi madre le gritaba, y no quise saber qué estaba escuchando. Hundí la cara en su pecho, a punto de llorar–. Soy perfectamente consciente de ello... Sí, Señora...
—Kohie, no tienes por qué darle explicaciones... –hice un amago de quitarle el teléfono, pero ciñó el brazo en mi cintura y me callé.
Era la misma mierda de siempre de mantener distancias con la competencia, cosa que tal vez consideraría en caso de que Kohaku no fuese mi mejor amigo.
Cuando colgó la llamada, ya había llegado un coche privado para devolverme a casa.
—¿Qué te ha dicho? –ver su mueca de amargura me hizo sentir fatal–. No le des importancia, sabes que no hay nada de dañino en nuestra amistad –le abracé más fuerte, y solo me devolvió el abrazo con pena–. Siento haber fastidiado la noche, Kohaku.
—No has jodido nada –apartó algunos mechones despeinados de mi pelo, y me obligué a no pensar en lo suave que se sentía su tacto–. Me lo he pasado muy bien perreando y vandalizando las calles contigo, como siempre –acarició mi cintura tímido, y noté el tenue latido de su corazón–. No es culpa de ninguno representar a dos compañías enemistadas –suspiró con pesadez, visiblemente afectado.
—Tienes razón –el puto coche pitó en mi búsqueda y me despedí a pesar de que no quería–. Buenas noches, Kohaku –envalentonada por el alcohol en sangre, me puse de puntillas y besé su mejilla–, a ver si descansas bien.
—B-Buenas noches...Areum –ocultó su cara severamente sonrojada, y le devolví la chaqueta al desaparecer dentro del coche.
Lo que ninguno de los dos sabía era que el Señor Takashi sonreía siniestramente desde su coche, aparcado al final de la oscura calle, con el registro de llamadas abierto e iluminando su cara.
3. [su despacho borgoña]
Areum
—No tengo fuerzas para ir a trabajar –escupí el hueso de la cereza lloriqueando, apoyada contra el árbol de siempre del instituto–. No quiero ver su cara...
—No suenas muy convencida –observó Kohaku, tirando también el hueso de la cereza a la tierra–. ¿Cuánto durará la colaboración?
—Seis largos meses.
—Todavía no me has contado por qué no te cae bien el heredero de la Hyundai –miró al cielo reflexionando, pero no lo compartió conmigo y yo me quedé callada. Se metió otra cereza a la boca–. A mí no me da nada de confianza, sobre todo después de lo de la discoteca –oí el crujido seco cuando sus dientes reventaron el hueso, su expresión fastidiada–, ¿y si llegas a estar sola de verdad?
—No saldría de fiesta sin ti –dije tensa, evitando el tema.
—Ya –hizo una pausa–, pero si llego a tardar más en el baño... El tal Takashi tenía la mirada muy oscura, Areum. Eso no es buena señal, ¿sabes?
“También me ha acosado y cogido del cuello” pensé.
—La discoteca estaba oscura –me hice la tonta, cogiendo otra cereza y evitando sus ojos.
—No me refiero a eso. A la gente mala se le ensombrece la mirada cuando quieren hacer el mal, y es justo lo que le pasó a ese.
Me saltó la alarma al oír el tono defensivo y seco de Kohaku, ya que no quería que supiera lo del Señor Takashi. Prefería lidiar con ello en silencio en vez de pedir ayuda, cosa que no volvería a hacer jamás.
—Es muy egocéntrico, me saca de quicio –apoyé la mejilla en su hombro, con cuidado de no manchar su camisa de Yves Saint Laurent de maquillaje.
—Yo también soy egocéntrico... –Kohaku apoyó su cabeza contra la mía, un ambiguo gesto entre amigos. A ninguno de los dos le pareció mal la cercanía, así que la disfrutamos miserablemente en silencio.
No me pasó por alto su voz necesitada de aprobación, y pensé que Kohaku tal vez se sintió amenazado por el Señor Takashi. No me extrañaría, ese hombre tenía algo extraño...
Lo cierto era que Kohaku era un bombón que se empeñaba en hacer de chico malo, pero él había sido el primer alumno japonés en dirigirme la mirada, cuando muchos otros me miraron con burla. Se había convertido en mi único y mejor amigo, y quería mantenerlo así.
—Pero a ti te lo perdono. Me regalas cerezas para comprar mi amistad –sonreí un poquito, apartándome para llevarme otra cereza a la boca. Bajo sus cejas rectas y negras, se le dilataron los ojos por la sombra del árbol. Tuvo la misma mirada oscura que Takeshi, pero no dije nada.
—Las que quieras –desvió la mirada solo para ubicar las cerezas, y cuando cogió una pensativo, sus ojos estaban más negros, y ya no sabía si era por la sombra o porque estaba viendo algo que le gustaba. Tal vez yo.
No quise hablar para no romper la intimidad que se había formado, así que miré curiosa a Kohaku, cuyos dedos me ofrecían la cereza directamente en la boca. Sentí una chispa de algo, al mirarle directamente a los ojos, y ahí comencé a sentir las primeras mariposas en el estómago, que tendría que haber matado.
—¿No abres la boca?
Sentí mi cara arder y no supe exactamente de qué, pero no tuve que ponerme más nerviosa ya que mi chófer hizo sonar el claxon e interrumpió el momento.
Kohaku abultó fastidiado la mejilla con la lengua, pero no dijo nada.
—Bueno...intenta no morir en el trabajo –carraspeó incómodo, tirando la cereza fríamente al suelo y cogiendo su mochila del césped. Y no sé por qué pero aquel gesto me afectó.
—Nos vemos mañana –le despedí con la mano e hice el amago de irme, pero un urgido tirón en mi muñeca me devolvió a atrás–. ¿Kohaku...?
—Espera –buscó en el bolsillo del pantalón con dificultad, sacando un pañuelo de papel. Me miró confiado y se inclinó hacia mi cara–. Estás manchada de cereza –me quedé quieta y pretendí calma–. Si vas a ir a ver al gilipollas ese, tienes que ir presentable, ¿no crees?
—Claro –dije automática.
Cogió mi barbilla con una mano y limpió con extrema delicadeza las comisuras de mis labios. Y aunque era imposible que se fuesen a romper, los trató como si fuesen de cristal, aquello me dio paz.
El claxon volvió a sonar y me subí al coche privado, destino la sede de la Hyundai.
Vi la sonrisa triste de Kohaku por el espejo retrovisor, la primera de muchas.
...
Ya subiendo en el ascensor gigante, alisé las arrugas invisibles de mi pantalón de traje, sintiéndome mucho más cómoda que con el uniforme de clase. Hoy sí me había dado tiempo a cambiarme, y esperaba que eso resolviese el conflicto erróneamente sexual con el heredero de la Hyundai.
Y hablando del mismo diablo, las puertas del ascensor se abrieron y ahí apareció él, apoyado tranquilamente contra una pared. ¡Uh! ¡¿Pero cómo podía dormir por las noches?!
Aproveché que estaba distraído con su teléfono, y caminé sigilosa para entrar al despacho que rezaba “Sr. Takashi”. Pero cuando mis dedos casi rodearon el pomo de la puerta, una voz gruesa demasiado cerca me hizo saltar del susto.
—Te estaba esperando –levantó mi mano del picaporte, y me giré con pánico para encararle. No me soltó la mano, sino que tiró sutilmente de mí–. ¿A dónde ibas con tanta prisa? Ese es el despacho de mi padre –algo en su voz me hizo sentir pequeña, tal vez el reproche–. Ya sé que estás ansiosa, pero mi despacho está en la planta superior.
Comenzó a caminar hacia la disimulada y pulida escalera que había a un lado del ascensor, donde había que subir a pie.
—No me toques –espeté, y subí primero las escaleras, enfadada. Oí sus pasos calmados detrás de mí, casi como si no tuviera prisa en subir. Curiosa, giré la cabeza hacia atrás, y vi claramente cómo subió la mirada de una zona baja de mi cuerpo, y encima sonrió y fui yo la que se avergonzó. ¡Me acababa de mirar el culo, el muy sinvergüenza!
—¿Llegaste bien a casa anoche, nena?
—No me llames así.
El último piso tenía una sola puerta, la que supuse que era su despacho, y añadiendo que no había ascensor sino escaleras, no me agradó para nada la idea de estar tan aislada con él.
Fue jodidamente incómodo entrar a su despacho, y me sentí todavía más pequeña al enfrentar las dos paredes acristaladas. La única pared de yeso estaba pintada de rojo borgoña, ese mismo color de su copa de vino de la discoteca, y ahí había un escritorio grande y con dos documentos rectos y alineados. Frente a las paredes/ventanas, residía un sofá con una mesita de centro, y me imaginé cómo sería ver las luces de neón de Tokio desde aquí.
El despacho le complementaba bastante, y pensé que sería una buena guarida de villano.
—¿Quieres vino? –sacó dos copas de un armario tras el escritorio, y no pude evitar fijarme en cómo el traje marcaba su complexión atlética–. Hay que celebrar que has entrado al despacho –añadió, enigmático.
—No es muy políticamente correcto ofrecerle vino a una menor –revelé sutilmente mi edad al acercarme al escritorio, con una mueca.
—Soy de todo menos políticamente correcto, Señorita So –vertió el vino en ambas copas, dando por hecho mi respuesta–, pero eso lo descubrirá más adelante –señaló el asiento frente a él–. Siéntate, tienes algo que leer.
Me hizo gracia cómo alternaba los honoríficos con un tono casual, tomándose la confianza de jugar conmigo verbalmente. Pero acabé sentándome y él se quedó de pie, bebiendo de vez en cuando.
Cogí el papel y lo leí. Me tuve que obligar a no gritar de rabia cuando leí el título. Era la aprobación de su idea estúpida, la de instalar cámaras inteligentes en el interior del coche. ¿Pero cómo se había atrevido a hacerlo cuando claramente le dije que no?
—¿Pero qué es esto? –espeté indignada, agitando los papeles en mi mano–. Te dije que no me gustaba tu idea –se relamió los labios tintados de vino, sonriendo con ánimos de triunfo.
Menudo hijo de puta
—Pero tu madre y mi padre sí han dado el visto bueno, y ya sabes que ellos son los jefes –se levantó, posicionándose detrás de mi asiento. Me puso nerviosa no verle y su presencia tan invasiva, y se me pusieron los pelos de punta. Apoyó las manos en la mesa, y su respiración cosquilleó contra mi oído a propósito. Tuve un espasmo involuntario–. Yo ya he firmado, tú también lo tienes que hacer...
Señaló el recuadro destinado a las firmas, la suya ya trazada con una tinta igual de negra que su alma. Cero presión, claro.
—Pero yo no aprobé esta idea, ¿cómo ha podido enviarla sin mi consentimiento? –mis palabras cayeron al vacío poco a poco–. Ni siquiera ha escuchado mi opinión.
—Hay mayoría absoluta y tiene que firmar, Señorita So –habló, de nuevo, demasiado cerca de mí, y cogió mi muñeca para que firmara–. Tampoco es una idea tan loca la de las cámaras –me consoló, y rayé mi nombre con la pluma con el único propósito de que se alejase de mí.
No solo el modelo Hyundai x Samsung saldría a la venta dentro de seis meses, sino que también tendría inútiles cámaras inteligentes para aquellos conductores más pervertidos.
Takashi caminó de vuelta a su butaca con aires vencedores, mirándome con una sonrisa descarada mientras volvía a beber de la copa, manteniendo el contacto visual de una forma provocativa.
¡Por Dios! ¡Que dejase de mirarme así!
—Espero que estés contento –me levanté violentamente de la silla, humillada, irritada y enfadada–. Si no vas a escuchar mi opinión, será mejor que trabajes con algún asistente. Buenas tardes –di un golpe nervioso contra la mesa y me di la vuelta dispuesta a irme, pero algo tiró de mi muñeca y volví a caer sentada, pero en sus piernas.
Me quedé totalmente atónita de que hubiera cruzado la línea.
—¿Puedo saber a dónde ibas? –preguntó casual, rodeando la cinturilla de mi pantalón con su ancho brazo. Yo solo podía pensar en que estaba sobre sus piernas, en el maldito descaro que tenía con las mujeres. Giró la butaca hasta que el borde de la mesa chocó contra mis costillas, encerrándome un poquito más–. Qué mona estás calladita.
No me salían las palabras, ni tampoco podía mover el cuerpo debido a la parálisis momentánea. ¿Cómo salía de esta?, ¿por qué su cuerpo se sentía tan reconfortante?, ¿ por qué mis mejillas estaban tan calientes?
—Señor Takashi –aquello no fue más que un susurro desorientado, y permití que me absorbiera cuando rodeó mi cuerpo con algo de posesividad, como si fuera una simple muñeca manejada por y para él–, esto no está bien.
—¿Quién dice que no esté bien? –me retiró el pelo a un lado, presionando una sonrisilla malvada contra la sensible zona–. No te voy a hacer nada malo todavía, no hace falta que estés tan tensa cada vez que me acerco.
¿”Todavía”? ¡Qué gran consuelo!
Mi móvil comenzó a sonar en el bolso, y sabía que era Kohaku, quien llamaba justo a tiempo.
—Suéltame –me removí para tratar de levantarme, pero apretó más mi cintura, como un candado.
—Harás la llamada después –comenzó–, ahora estás en mi despacho y aquí hay unas normas que seguir –habló contra mi pelo, y agradecí que mi traje cubriera la piel de gallina que se me puso. ¿Por qué se empeñaba en ponerme nerviosa?–. ¿Lo has entendido, nena?
¿”Bajo su autoridad”? ¿Acaso tenía complejo de Takashi Jong-un?
—Te he dicho que no me llames nena... –susurré, cerrando los ojos para evitar pensar demasiado, pero me lo puso muy difícil.
—¿Sabes? Creo que no hemos empezado con buen pie y por eso me guardas rencor –subió los dedos por mi nuca, acariciando complaciente con las yemas de sus dedos.
¿”Creía”? ¡Se me había tirado encima prácticamente en la primera reunión!
—Nos vamos a estar viendo todos los días, no me gustaría que las cejas tan bonitas que tienes se arrugaran cada vez que me ves –bajó el tacto por mi brazo, trazando patrones imaginarios más suaves que una pluma. Me sentí avergonzada de mí misma al no querer levantarme, al creerme sus palabras aduladoras.
—Llegas bastante tarde para una disculpa... –arrastré las palabras, columpiando la pierna adelante y atrás, sabiendo que me miraba satisfecho por estar dócil.
—Vaya, ¿te debo una disculpa? –su pecho reverberó con una risa egocéntrica, y mi respiración escaseó cuando abrazó mis costillas opresivamente–. La verdad es que no te veo muy incómoda sentada encima de mí –apoyó su recta nariz en mi pómulo, y sentí unas tremendas ganas de llorar porque lo que dijo tenía algo de cierto–. ¿Acaso no me da la razón, Señorita So?
—¡Pues no! –le arañé el dorso de la mano con fuerza, hasta que se quejó y me soltó–. No sé qué pretende con esto, Señor Takashi, ¡pero no me puede tocar así!
Corrí hacia la puerta, pero cuando fui a abrirla, me di cuenta de que nos había encerrado. El muy cabrón nos había encerrado en su despacho, aislándome del mundo. Podía hacer lo que quisiese conmigo y nadie se enteraría. Y esa idea me aterró.
El Señor Takashi no lucía feliz mientras analizaba los pequeños cortes en su piel, y cuando cruzó la mirada por toda la habitación, se sintió como una sentencia.
Mierda, ¿dónde me había metido?
No dijo nada cuando me vio luchar inútilmente contra el pomo de la puerta, y en su lugar avanzó hasta mí sin prisa, un poquito de silencio sepulcral entre cada pesado paso que daba.
—Señor Takashi...abra la puerta –estiré las manos frente a mí para evitar que se acercase más, y por algún motivo, me tomó en cuenta y frenó justo cuando su trabajado pecho quedó en contacto con las yemas de mis dedos–. No se acerque más, por favor.
—¿Esto no cuenta como agresión? –me enseñó petulante el dorso con varios cortes–. Tskkk...en mi propio despacho y por una maldita coreana –arrugó la nariz en desagrado y estampó la mano solo unos centímetros arriba de mi cabeza. Me quedé quieta por precaución, mirándole a los ojos con pánico–. Me gustaría haberte conocido en 1910 –dijo, como si me estuviera contando un envenenado secreto–, seguro que se te quitaba la tontería con los trabajos forzados en el Imperio Japonés –me estremecí extremamente, pero no del frío–. Putos coreanos, siempre os creéis mejor que los demás.
—¡Déjame! –le grité, con los ojos vidriosos–. Voy a llamar a mi mad...–
—Cállate, me estás poniendo de los nervios –me sujetó las mejillas con una sola mano, hundiendo los dedos y logrando a la fuerza que guardara silencio. No había ninguna situación en la que eso pudiera ser un toque cariñoso, y mi cuerpo se tensó al no saber qué haría–. Señaló su escritorio con el mentón–. Siéntate. Tengo que mostrarte algo antes de que te vayas.
4. [castigo de novata]
Areum
Sin opción, caminé detrás del Señor Takashi con miedo, cogiéndome las manos nerviosa, en silencio para no molestarle.
—Levanta esos papeles de ahí –su venosa mano señaló una ligera pila de folios, y los aparté, revelando una carpeta azul acartonada–. Ábrela, estoy ansioso de verte la cara.
Me quedé a su lado, él prácticamente riéndose de mis trémulos dedos.
Abrí la carpeta de mala gana, y los ojos casi se me salen de las cuencas cuando vi aquellas imágenes comprometedoras. Fotos de la noche de graffitis con Kohaku, los dos en escena y con las mascarillas bajadas en un oportuno momento de carcajadas histéricas.
Había otra imagen de mí, pintando la pared del callejón y vestida con la chaqueta de Kohaku. Otra foto, le captaba más en detalle a él, sonriendo y también vandalizando el callejón.
Y cada vez que pasaba las fotos, surgían otras peores. La más comprometedora, sin duda, era una en la que los dos estábamos abrazados. No se nos veían las caras por completo, pero había que ser tonto como para no conectar los hilos.
La enemistad empresarial no nos permitía la amistad, y sobra decir que si esto salía a la luz,la prensa nos molestaría por semanas, por no hablar de nuestros padres.
—¿Has hecho esto tú? –pregunté apática, segundos antes de romper las fotos por la mitad, rompiendo el silencio de aquel despacho rojo infernal–. Fuiste tú quien avisó a mi madre de que estaba con Kohaku, ¿verdad?
Podría pegarle un bofetón como mínimo, pero una rabia más profunda se instaló dentro de mí. ¿Por qué había violado así mi privacidad?
—No te preocupes, tengo varias copias de seguridad –se pegó a mí por detrás, las manos apoyadas en el escritorio y hablando sereno–, una para tu madre, otra para la prensa, otra para ti de recuerdo, para tu amiguito...las que quieras, cielo.
Apreté las manos a los lados, prácticamente al borde de un ataque de ansiedad.
—¿Qué quieres de mí...? –fingí debilidad anímica, mientras enfocaba la vista en las tijeras del portalápices–. Esto ya no es gracioso, Señor Takashi –cogí el objeto como arma, girándome y apuntándole violenta al cuello. No se movió ni un centímetro y cubrió una extraña mueca/sonrisa enternecida, pero después de recomponer la postura, retrocedió un paso. Qué mal rollo no saber qué significaban sus expresiones.
—¿Que qué quiero de ti? Hmmn... –pensó en voz alta, haciéndose el interesante y también dándome tiempo para alejarme–. De momento que te estés quietecita de una puta vez, ¿qué te parece eso? –el tono tan seco de su voz me perturbó, como si se hubiera cansado de ser “simpático”.
—No avances más –me temblaron las manos y las piernas, llegando a un punto de descontrol que nunca había experimentado. Que me sintiera tan vulnerable y amenazada delante de este hombre solo me hundía más, ¿cómo serían los siguientes seis meses de la colaboración?
Se le veía, que disfrutaba destrozándome los esquemas y haciéndome dudar, que no era un hombre bueno.
—Nena...¿tijeras de punta redonda? –miró enternecido las tijeras y luego a mí, como si fuera inferior–. Creía que ibas a tener algo mejor preparado para mí –su gélida risa sonó seca, diciéndome en silencio lo patética que veía en sus ojos, que no era rival para él.
Noté mi máscara quebrarse, pero por motivos de orgullo no dejé caer las lágrimas cuando su cuerpo me acorraló contra una esquina.
—Dame eso antes de que te hagas daño, anda –sujetó mi muñeca y yo no me resistí, y el tono paternal de su voz se me clavó en el subconsciente.
Sin mucho esfuerzo, arrojó las tijeras a una esquina perdida y me inmovilizó ambas muñecas.
—Señor Takashi, me quiero ir a casa.... –me sorprendí de lo apagada que sonó mi voz, pero a él pareció gustarle que ya no tuviera fuerzas–, mañana tengo instituto.
—Ni siquiera hemos empezado a negociar –me alzó el mentón para que le mirara, y me tembló el labio de humillación. No quería mirarle, quería irme de aquí–. ¿Vas a llorar, nena?
Esa falsa dulzura de sus ojos vacíos era solo era para provocar, y apreté los ojos para no llorar ahí mismo.
Pensé en cosas agradables como las meriendas con Kohaku, o en un profundo y agradable sueño en mi mullida cama.
—¿Qué pasa si le enseño las fotos a tu madre y le cuento que haces graffitis por las calles de Tokio? O mejor, ¿a la prensa?
Realmente no podía pensar en las consecuencias de aquellas imágenes, mi cerebro no podía procesar la información debido al nulo espacio personal que tenía. Era como si me quisiera anular con su presencia.
—No solo te causaría problemas a ti –apartó un mechón de mi cara–, a tu amiguito del alma también. Estás jodidísima Areum, tengo el poder para acabar contigo en mis manos, literalmente... –remarcó lo último rodeando mi garganta, dando un apretón que finalmente me hizo sollozar como un niño.
—¿Q-Qué quieres de mí? –le hablé con lágrimas precipitándose por mi cara–. Te puedo dar todo el dinero que quieras, solo tengo que...–
—Nena, creo que no lo estás entendiendo –apoyó la frente en la pared acristalada, respirando en mi cuello profundamente–. ¿Tú crees que de verdad quiero dinero? –se rio contra mi oído–. Más bien, yo diría que me he encaprichado contigo. Tú sí que me haces falta, Areum –suspiró nostálgico–. Todo hubiese sido más fácil si no hubieses llegado el primer día con ese uniforme arrancable...
—¿No puedes marear a cualquier otra chica? –inquirí, ya que verdaderamente Takashi era atractivo, tendría más de una a la cola, seguro–. ¿O es que eres tan gilipollas que ninguna quiere estar a tu lado?
—Hmmn...¿te intimido y me sigues vacilando? –algo antinatural en su voz me alarmó–. ¿Te voy a tener que castigar, Areum? No puedo permitir que una coreanita me sea tan insolente... –me empujó con menosprecio contra la pared, como si no fuera más que un simple trapo.
—¿”Castigar”? –repetí, con una idea ambigua en mi cabeza. ¿Acaso no era suficiente castigo haber invadido mi privacidad con fotos infraganti?–. Dime qué quieres. Pero promete dejarme tranquila si te lo doy.
—Quiero que firmes algo más –me dejó de tocar, como si se hubiera dado cuenta de que no quería su contacto–. Tu sumisión.
—¿Pero qué estás diciendo?, ¿mi sumisión? –hice una mueca confundida y asqueada, pero ni siquiera le afectó, se quedó recto y observador, calculando fríamente desde la distancia de medio metro–. No sabía que era de ese tipo de hombres, Señor Takashi –expresé con desdén–. Aunque lo tendría que haber sabido desde que comenzó a mirarme así. Desde luego, se lo diré a m...–
Cerré la boca de forma natural, no había nadie a quien pudiese contactar para sacarme de esta. ¿Mi madre? Probablemente no me creería, el heredero era más mayor y la clave de la colaboración. ¿Los medios de comunicación? Escandalizarían cualquier cosa con tal de causar polémica y atención. Y a Kohaku...realmente no veía el momento ni el porqué de contarle esto.
—Dime, ¿a quién se lo dirás? –repitió cruel, sonriendo satisfecho con mi repentina mudez–. Olvidaba que estás totalmente sola en esto, es una verdadera casualidad que solo me tengas a mí, ¿no crees?
Ya harta, me despegué del cristal para rehuir, pero no le costó nada clavarme a la pared por los hombros. Me sentí mentalmente exhausta, y esto solo era la segunda reunión con él.
—¿Te rindes ya o voy a tener que usar la fuerza? –se inclinó autoritario contra mí, y bajó las manos a mi blusa cuando no me moví. Sus dedos irrumpieron contra uno de los botones, y reaccioné.
—No, ¡por ahí sí que no! –levanté la mano, y sin pensarlo demasiado, le crucé la cara de un bofetón. Hubo un silencio sepulcral, ese que hay antes de una tormenta. Y...¡mierda! No tendría que haberle pegado–. He tenido suficiente con usted, no voy a permitir que un degenerado me acose.
Yo no era una persona violenta, por lo que ya me había quedado suficientemente conmocionada por mi propia acción; situación que él no desaprovechó para nada.
Regresó la mirada a mí con una lentitud demasiado cruel, acondicionando el ambiente tenso para una película de terror, un lado de su comisura elevándose falsamente antes de que el caos se desatara.
—No digas que no te lo advertí, te has metido tú solita en esto y tú misma lo vas a arreglar –su invasiva boca rozó el cartílago de mi oreja, su voz demasiado tranquila para el bofetón que le había dado–. Te voy a castigar como te lo mereces, no me volverás a faltar al respeto mientras yo viva.
Tiró mis muñecas a los lados de mi cuerpo, y ahí las dejó aprisionadas durante todo el tiempo que pasé entre la pared acristalada y su cuerpo. También clavó una de sus fuertes piernas entre las mías temblorosas, e hice una mueca sin mirarle a los ojos, con miedo.
—Apárt... –cubrió mi boca, silenciándome sin darme más opciones.
—Te juro –prometió, apretando la mano en mi cara, mis ojos abiertos como dos platos–, que como hables sin permiso te voy a coser la boca con hilo de metal.
Nunca me habían dicho algo así, y aunque no creía que realmente me fuese a coser la boca, tampoco quise averiguarlo de verdad; porque hasta cierto punto, sí le veía capaz de hacerlo.
Su recta nariz trazó un sendero por mi mandíbula y se hundió sin previo aviso en mi hombro, abrió los primeros botones de la blusa a la fuerza. Intenté por todos los medios no llorar, estar callada y cerrar los ojos, y no sé cómo permanecí así cuando mordía con tanta fuerza mi cuello.
Reconocía ese movimiento de labios y succión fuerte que no necesitaba el uso de dientes, me estaba haciendo chupetón. Y había mordido simplemente por la diversión de hacerme daño.
El agarre en mis muñecas desapareció cuando estuve quieta durante un rato, y lo trasladó a mi cintura, cogiendo de una forma que no era cariñosa, sino más bien como si fuese una marioneta.
Succionó muy fuerte y en diferentes lugares, llegando a un punto en el que me hizo daño. Se notaba a leguas que era para darme una lección, y apenas moví la cadera en protesta y agobio, presionó más su muslo en mi entrepierna con rudeza.
—Me duele –gruñí cuando volvió a clavar los dientes, sus labios curvados hacia arriba.
—Esto ni siquiera son los preliminares –frenó para recobrar el aliento, escrutando mi mirada sombría con una sonrisa satisfecha–. ¿Vas a llorar, Areum? ¿No te gusta que te castigue?
¿Qué había hecho yo para merecer algo así? No había sido tan mala con los herederos, ni con nadie. Apoyé la mejilla en la pared cuando sentí que mi cuerpo se rendía, lo había hecho hace tiempo, pero solo notaba lo muerto que estaba ahora.
No llores, no llores, no llores
—¿No te he dicho que no me gusta repetir las cosas dos veces? –espetó dictatorial–. Y me gusta que me mires cuando te hablo –me cogió bruscamente de la mandíbula y me obligó a mirarle, sus dedos apretando con la misma fuerza con la que su boca succionó.
Mis pestañas estaban húmedas, y una vez hice contacto visual con él, las lágrimas cayeron una detrás de otra, mojando sus nudillos. No hubo freno para las cascadas ni tampoco para su mirada sádica y satisfecha, para el sentimiento de vacío en mi interior, para lo humillada que me sentí bajo él.
—¿Interpreto que eso es tu rendición? –miró el recorrido de las lágrimas, sonriendo satisfecho al notar sus dedos humedecidos. Era un sádico.
Mi teléfono volvió a vibrar en mi bolsa antes de que le diese tiempo a hundirse en mi cuello.
—Continuamos esto mañana, ¿te parece? Todavía no he acabado mi obra de arte y detesto las prisas –pellizcó la enrojecida piel, y apreté los labios para no sollozar más cuando se autoconcedió el permiso de acariciarme la mejilla con mimo–. No puedes estar así de destrozada en media hora, así no durarás nada.
En solo media hora había sufrido lo que no había sufrido en muchos años.
—Por favor apártese –eché la cabeza hacia atrás para apartarme de su bífido toque, y esa vez lo dejó pasar. Mientras esperaba a que Takashi se alejase de mí aunque fuese un centímetro, vi de reojo cómo se quitaba el pañuelo de seda que llevaba al cuello.
Necesitaba mi espacio personal de vuelta cuanto antes, por mi seguridad mental.
Me tensé al sentir de nuevo sus manos en mi cuello, y cuando pensé que me iba a ahogar, envolvió la base con su suave pañuelo, para tapar la escena del crimen. Iba a quemarlo cuando llegase a casa.
No pude mover el cuerpo incluso cuando caminó hacia su escritorio antípodo, mi cuerpo seguía temblando y frío, tal vez así se sentía una degradación.
—Nos vemos mañana para establecer una serie de normas de convivencia –oí el tintineo de llaves cuando abrió la puerta, él impasible como siempre–. ¿Areum?
—¿Sí?
—Si vienes con tu uniforme escolar... –me dedicó una mirada que a sus ojos fue jovial, pero a los míos solo era mofa–, te prometo que estaré de buen humor la próxima vez.
Apagó las luces para darme privacidad, y me dejé caer al suelo cuando por fin escuché la puerta cerrarse, y sollocé miserable en un despacho oscuro entre los miles de rascacielos de Tokio.
En vez de ayudarme a prosperar, ya deduje que esta colaboración acabaría conmigo.
5. [un café bien cargado]
Areum
Sabía que si me quedaba “enferma” en casa iba a rememorar la tarde anterior, y al menos en el instituto estaba con Kohaku y me distraía.
Y aunque tampoco le quería mentir a mi mejor amigo, no pude explicarle lo que me pasaba por la cabeza.
—¡¿Quieres que te parta las piernas, pedazo de gilipollas?! –¿Kohaku estaba gritándole a alguien?, pensé, ¿con lo bueno que es él?–. Ari, ¿te encuentras bien?
Su voz de preocupación reverberó a mis espaldas, y estaba tan anímica, que me daba igual que una pelota de fútbol me hubiese hecho caer al cemento del patio. Notaba la picazón de la rodilla ensangrentada, pero tampoco me molestaba.
Tenía ganas de llorar pero lo contuve, y aunque Kohaku se pensase que era por la rodilla, era por otra cosa, por otro alguien.
—Areum, levántate –me cogió de la cintura con cuidado, y me mordí el labio casi hasta el punto de sangrar cuando el viento sopló directo en mi herida–. Vamos a la enfermería.
Me hizo pasar un brazo por sus hombros para poder caminar, y me tensé cuando tiró sin querer del pañuelo de seda que todavía no me había quitado del cuello.
—Cuidado Kohie –le advertí, ciñendo el pañuelo–, tengo frío.
...
—¿Eso que oigo son suspiros somnolientos? –una voz grave acarició el tímpano de mi oído con sigilo, y me tranquilicé cuando recordé que estaba con Kohaku..
—¿Y tú has puesto voz grave a propósito? –inquirí, inspeccionando los quehaceres en el patio del instituto; todos los alumnos almorzando, y algunos curiosos mirándonos.
Ignoré las miradas y me centré en la pequeña zona de jardín donde Kohaku y yo estábamos, él recostado en el árbol y yo en su pecho. Era un gesto ambiguo entre amigos y propio de pareja, pero lo cierto era que me importaba una mierda.
—Relaja la mirada, fiera –Kohaku me cubrió los ojos juguetonamente bajo sus plácidas manos, y me movió la cabeza en un suave círculo, para que destensara–. Podemos hundirles las acciones en bolsa, no hay necesidad de fulminar con la mirada.
—Últimamente estoy un poco paranoica –bajé sus manos–. Desde que mi madre llamó el viernes que estábamos de fiesta... –dejé caer los párpados, acordándome de las fotos que Takashi había hecho.
—¿Qué?
—Siento que nos observan.
¿Y si Takashi también podía acceder al instituto?
—Ari, de verdad necesitas relajarte. Compaginar la empresa con el colegio es jodido, y no me extraña que te esté dando un chungo cerebral por el cansancio –su cara apareció por el lateral de la mía, dándome un apretón con sus brazos–. ¿Quieres que te dé un masaje antes de volver a clase.
Asentí y me puse recta, a pesar de que eso significase dejar el seguro pecho de Kohaku. No lo llamaría exactamente hogar, pero desde luego era un lugar seguro.
—Te tienes que estar muriendo de calor con esto –no entendí sus palabras hasta que noté un tirón en la bufanda, sus dedos ya maniobrando para deshacer el nudo.
—¡No! –me aferré a la bufanda y me levanté automáticamente del césped, como si tuviese un resorte en el trasero. Kohaku se levantó, esperando en silencio una respuesta por mi anormal comportamiento–. Es que de verdad tengo frío –mentí seria.
—Estamos a 29 Cº –la sospecha nubló sus ojos. No tenía razones para desconfiar de mí ya que nunca le había mentido; hasta esta semana complicada.
—¡Creo que estoy comenzando a resfriarme! ¡No te preocupes!
Si hacía sospechar a Kohaku de lo de Takashi, algo me decía que saldría muy mal. Aunque no supe hasta qué punto escalaría aquello...
...
—Joji, ¿a dónde estamos yendo? –pregunté confundida, tras dejar atrás el edificio Samsung.
El joven chófer no desvió la mirada de la carretera ni un solo segundo, y la luz nocturna engullía el coche en el que íbamos.
—Al edificio Hyundai, Señorita So –su pendiente se movió con el suave giro del volante, mis ojos desamparados al oír sus palabras. ¿Al edificio del Señor Takashi...? ¿Pero por qué?–. Su madre no me ha dado más instrucciones excepto llevarla hasta allí, debería hablarlo con ella cuando llegue.
Y eso fue lo que hice.
Detesté cada hilo de la alfombra roja que me recibió a las puertas del edificio, las letras rojas estratosféricas del logotipo, la iluminación moderna del infierno de Dante. Rojo, rojo, rojo.
Parecía que aquel hombre tenía una pasión por ese visceral color. Una pesadilla con sonrisa bonita de mirada seductora y engañosa.
Para mi mala suerte, mi madre estaba tomando un café con el señor Takashi padre antes de comenzar a trabajar, por lo que me senté en la mesa más apartada de la cafetería.
—Areum, Kaito ya debe de estar arriba –se me hizo raro escuchar su nombre y más de la boca de mi madre, ¿era yo la única tonta que solo le llamaba por su apellido?–. No le hagas esperar –se paseó brevemente por mi mesa, mirándome desde arriba.
—Pero mamá, ¿por qué estamos en la sede de Hyundai? Hoy la reunión estaba organizada en nuestro edificio –me sentí como una niña pequeña cuando mi madre alzó una ceja, con cierto aire de superioridad. A veces mi propia progenitora se sentía como un completo desconocido.
—He tomado la decisión de perpetuar las reuniones aquí, es menos jaleo de transporte y horarios. Además, es mucho más viable transportar el material de Samsung que los coches de Hyundai, nuestros técnicos harán las pruebas aquí.
Eso significaba que me quedaba aquí por seis meses, cinco días a la semana en ese infernal despacho vertiginoso, cuatrocientas ochenta horas con Takashi... ¿Qué podría salir mal? (Nótese el sarcasmo).
El ascensor me dejó en el veinteavo piso, y subí el pequeño tramo de escaleras hasta dar con la puerta al inframundo del piso veintiuno. Me armé de valor y toqué con los nudillos la madera de cerezo, y su severa voz me gritó desde dentro que esperase.
Eran las 21:45, y como siempre, se le daba genial atrasar las cosas un cuarto de hora. ¡Mejor, así le veía la cara menos y antes me iba a casa! Si por mí fuera, me quedaba sentada afuera una hora y media más.
Le mandé un simple mensaje a Kohaku preguntándole qué tal iba, ya que estaría acabando de trabajar en Apple. Creo que más que preocupación por él, fue más bien una forma de evadirme de mi situación actual.
Recordé el táper que me había dado con cerezas, para los días en los que no nos daba tiempo a merendar juntos.Y hoy era un día de esos.
Justo cuando me acerqué la cereza a los labios, recordé cómo él mismo me la había intentado dar la otra tarde, y sonreí en el peor momento.
La puerta de enfrente se abrió, revelando dos figuras: una que no quería ni mirar y otra desconocida. A estaba despidiendo a B, y parecían ser amigos por las palmaditas íntimas que se dieron en la espalda. Qué raro que tuviese amigos.
Me comí más cerezas para mitigar la ansiedad y el nudo que se me formaron en el estómago, atrayendo la mirada de los dos hombres con el movimiento.
Levanté la mirada lentamente cuando se formó un silencio sepulcral importante. Me encontré a los dos sonriéndome, el desconocido de forma amistosa y Takashi de forma sombría.
—Soy Yoshida Hiroto, de Nespresso –la cara nueva me tendió la mano, y unos hoyuelos suaves enmarcaron una sonrisa ya de por sí perfecta. Me levanté apresurada y empujé la cereza a una de mis mejillas, no importándome la posibilidad de parecer una ardilla. Él al menos sí me decía su nombre.
—So Areum, encantada –le sonreí de forma profesional, pero se me escapó un poco de coquetería cuando sacudimos las manos. Era muy guapo, y no me importaría para nada hacer una colaboración Samsung × Nespresso, aunque las empresas fuesen incompatibles.
Noté como a Hiroto se le fueron los ojos al táper que sostenía, y le ofrecí una cereza.
—¿Quiere? –le tendí el recipiente, e hizo una reverencia con la cabeza antes de coger una.
Takashi nos miraba desde el marco de la puerta, con una sonrisa meramente de cortesía, ya que debajo de esta, se moría de anticipación por que entrara a su maldito despacho.
Escupí el hueso de la pequeña fruta en una planta cuando ninguno miró, e inevitablemente Hiroto se fue. Takashi salió al pasillo para sostenerme la puerta con petulancia, su alta figura casualmente estirada.
—Las damas primero.
Me crucé de brazos permaneciendo estática, mirándole con soberbia. No me importaba entrar primero, ¿...pero darle la razón? Eso sí que no.
—¿Buscando problemas, Areum? –apretó los dedos en la madera, su lengua jugando nerviosamente en su comisura antes inspeccionar mi cuerpo cubierto–. Veo que no llevas el uniforme... –que dejara la frase en el aire me puso nerviosa, y tras unos segundos más, su mirada cambió, como si le hubiera desafiado–. Entra, no te lo vuelvo a repetir –mantuve mi posición, pero se cansó y me arrastró al despacho del brazo.
—¡Que no me toques! –me zafé de él, mirando con rabia cómo el brazo que había frotado con la esponja la noche pasada, ahora volvía a estar contaminado.
—Acabas de llegar, no me vaciles y siéntate –cerró de un portazo–. No me quieres enfadar, te lo advierto –echó la llave y se la llevó consigo a algún cajón perdido de su escritorio. Me hizo un gesto con los dedos para que me acercase a él, como si fuera un puto perro al que ordenar.
Busqué en mi mochila los papeles que había traído, y los dejé sobre la superficie de madera pulida con cuidado.
—Es el software del sistema de navegación –murmuré automática la información sobre el GPS, y Takashi reventó en una sonrisa.
—Lo leeré después –hizo la pila de papel a un lado, infravalorando mi trabajo durante la medianoche, ya que apenas había dormido por eso.
—No, lo vas a leer ahora –todavía no había tomado asiento, por lo que estaba más alta que él. Vi cómo le molestó que le diese una orden, pero yo era igual de dictatorial que él cuando me enfadaban.
Alzó una ceja, escéptico antes de ponerse en pie y hacerme sentir menos, su cuerpo estático frente a mí.
—He dicho que te sientes –dijo calmado e inclinado sobre el escritorio–. Tengo fotos comprometidas de ti, ¿de verdad piensas que te conviene desobedecer?
¡Agh, menudo estúpido!
Apreté los puños antes de sentarme en la silla, pero Takashi no pareció estar de acuerdo con eso tampoco.
—Ahí no. Acércate –dijo sin moverse un milímetro, sus ojos nunca dejando de recordarme la potestad que tenía sobre mí. Giró su silla, se sentó y palmeó su regazo como ofrenda–. Aquí, nena.
No, ¡ni de coña me sentaba sobre él voluntariamente! Aquello sería rendirme por completo.
—No has perdido la oportunidad de zorrearle a mi amigo Hiroto cuando has podido, ¿eh, cielo? –entrecerró los ojos con malicia y me rodeó la muñeca, y tiró hasta sentarme encima de él de mala gana.
—Es un hombre atractivo con el que no tengo relación laboral, le puedo zorrear si me da la puta gana –le giré la cara, visiblemente abochornada por dónde me había sentado–. Suéltame...
—Al único al que le vas a zorrear es a mí, nena –comentó sereno, como si diera por hecho que le iba a obedecer–. Estoy harto de que me faltes al respeto, está claro que lo de ayer no fue suficiente para ti –me mareé cuando rodeó mi muslo y lo apretó con una extraña posesividad, pero también agradecí llevar pantalón–. Esa bufanda es casi tan espantosa como tu traje, ¿y el pañuelo Gucci que te di? –asomó hasta rozar mi mejilla con la suya, y me regañé por lo cálido que se sintió.
—Lo he quemado –balbuceé rápido–, no acepto cosas de gente de mierda –respondí, con una sonrisa nerviosa.
En realidad no lo había quemado, pero él no tenía por qué enterarse de eso.
Tensó la mandíbula pero me dio igual, porque realmente llegó un punto en el que no entendí por qué había pasado tanto miedo ayer. Sí, era un manipulador de mierda, un acosador y un sádico, pero como él había muchos así sueltos por el mundo.
—¿Te hago un regalo y lo quemas? Eres una maldita desagradecida –no supe qué exactamente, pero me hizo sentir como un estorbo. Me dio un escalofrío cuando quitó la bufanda y la piel amoratada quedó descubierta por primera vez en el día.
Pellizcó la piel con el solo propósito de ver mi cara de dolor, y noté algo duro contra mi espalda baja. Me rodeó el cuello, y dejó una escalofriante lamida lineal y fría.
—No –aparté su cara de forma brusca, y respondió cerrando más la mano alrededor de mi garganta, esta vez tan fuerte que sentí que había agotado su paciencia–, tan fuerte no.
—Pasemos a las formalidades, ¿te parece?
—¿Ya estás desvariando otra vez? –bufé/lloré–, ¿qué estás diciendo ahora?
—Las normas, Areum. Las normas para que no acabe perdiendo los papeles y te castigue tan jodidamente fuerte que acabes llorando.
¿Dónde me había metido?
6. [formalidades rechazadas]
Areum
—Antes de que vuelvas a abrir esa boca necesitada de mordaza, te enseñaré algo más –cubrió mi boca para que no le interrumpiera, y ahí me quedé patidifusa. Abrió un cajón y sacó la misma carpeta azul del otro día, haciéndome desfallecer cuando vi más fotos mías con Kohaku–. ¡Mira lo que tengo! –exclamó con exagerado júbilo, como si quisiera hacerme llorar.
Me incliné a verlas. Estas fotos no eran vandalizando calles, sino simplemente de esa misma mañana en el patio del instituto, cuando estaba acostada de forma cariñosa sobre mi amigo.
Ya era suficientemente aterrador no tener claro lo que estaba pasando con Kohaku, y que Takashi tuviera cámaras sobre mí...no me permitía nada de libertad y/o privacidad. Si el muy desgraciado compartía esto con la prensa...
¿Habría ido a mi instituto solo para tomar más fotos? ¿Cuántas más tendría y llegará a tener?
—¿C-cómo has...–
—Solo por si acaso te olvidabas del poder que tengo, reservado solo para ti –acarició mis brazos en dirección norte, intentando reconfortarme en vano.
Llegué a la conclusión de que si quería proteger a Kohaku y mantener las fotos ocultas, debería cooperar con Takashi.
—¿De qué normas hablabas antes? –dejé la mirada gacha en mis zapatos–. Quiero acabar con esto cuanto antes.
—No te costaba tanto estar calladita y escucharme, ¿a que no? –me sorprendió al hundir los dedos en mi pelo y acariciar de forma dulce, casi una recompensa por mi pasividad. Sentí sus voluptuosos labios rozar contra mi oreja, y la indiferencia no me dejó llorar, ¿de qué serviría?–. A lo mejor al final acabas dándome tu sumisión y todo, quién sabe... –abrazó mi cintura, y movió la pierna como si estuviera ansioso–. Tú y yo nos lo pasaríamos muy bien, Areum.
Lo dudaba mucho
—Las normas son sencillas, pero si tienes alguna duda no dudes en preguntarme; te enseñaré la respuesta encantado –no me gustó cómo su voz se hacía más oscura conforme hablaba–. Te dirigirás a mí con honoríficos y solo toleraré que me llames Señor Takashi, por algo no te he dado mi nombre –susurró tétrico, abrazándome contento–. Quiero que ese traje kilométrico lo quemes como has hecho con mi pañuelo, ya sabes que prefiero el uniforme. Hoy lo dejaré pasar por ser tu primer día. Y no me hagas repetir las cosas.
Asentí no muy convencida, y recibí una palmada en el muslo, una llamada de atención.
—Responde con palabras, nena.
—Llevaré el uniforme para usted –soné tan muerta que me di miedo a mí misma. Oí su sonrisa sin necesidad de mirarle, y qué impotencia me daba ver sus ojos triunfales.
—Joder –dijo áspero, moviendo la pierna con un tic más fuerte, moviéndome a mí también–, no sabes lo que me pone cuando te comportas así –me rodeó el cuello hasta acercarlo a él, y se tomó su tiempo en aspirar y reconocer la colonia que llevaba–. Una última cosa antes del contrato –alertó–. No me importa que te juntes con el niñato de tu amigo, pero si por algún imprevisto mete las narices en nuestro acuerdo, me enfadaré –memoricé sus palabras sin querer–. Me enfadaré mucho, Areum; no aviso dos veces.
—¿Acuerdo? ¿Qué acuerdo? –me giré a verle, y me sujetó el mentón con una delicadeza agradable y nueva. Nuestras respiraciones se mezclaron, la mía muriendo con cada palabra que Takashi decía.
—El mismo que formaliza todo lo que te acabo de decir, dulzura –retiró un mechón detrás de mi oreja con tal de provocarme algo, pero fue un intento fallido. Hacía tiempo que no sentía nada más que un vacío existencial interior, tal vez estaba perdida.
Busqué en su escritorio algún tipo de documento como el que decía, y me dio una punzada cuando vi a los dos adolescentes de la foto, ignorantes de que estaban siendo fotografiados. Kohaku estaba sonriendo, y me encargaría de que así fuese siempre, aún si eso significa entregarme a Takashi.
Me entregó un papel que cogí con manos temblorosas, y me apretó contra él con tal de intentar disminuir mis nervios. Cuando no me trataba de forma abusiva, las caricias que me daba se sentían bien, incluso calmantes.
Intenté leerlo, porque no se podían firmar contratos sin ser leídos a menos que quisieses cavar tu propia tumba; pero Takashi me distraía cada vez que me acariciaba la mejilla, intentando acostumbrarme a su toque o distraerme del papel, cualquiera podría ser.
—¿Qué repercusión tiene este contrato en mí? –me envalentoné para mirarle, su cara a centímetros de la mía. Esto no podía estar bien, esta falta increíble de profesionalidad por su parte no era normal, pero tampoco parecía que fuese la primera vez que lo hacía.
—Esto es un cambio en nuestra relación –me cogió el mentón y alzó ambas cejas con un aire casual. Sus ojos lucían oscuros, justo como había dicho Kohaku–. Una sexual.
Aquello no fue ninguna sorpresa por cómo me estaba tocando estos días, pero sí pareció notar que me quedé perturbada, porque comenzó a acariciarme el pelo de forma reconfortante. Intenté no cerrar los ojos del placer, auto convenciéndome de que estaba aterrada.
¿Qué enferma manía tenía de tocarme como si fuese una muñeca?
—Cuando firmes te explicaré cosas de menor importancia –prosiguió, olvidándose de que en un contrato debían estar escritas absolutamente todas las cláusulas.
—¿Cómo qué?
—Mis fetiches, y tú me hablarás de los tuyos –sus toques de porcelana surcaron por la fina piel bajo mis ojos, tal vez solo encubriendo su discurso. Y lo peor es que me derretí por dentro.
Definitivamente no, esto se acababa aquí.
—No puedo hacer esto –despegué su mano para poder pensar con claridad–. Búsquese a otra, Señor Takashi.
La mandíbula se le tensó, y me levanté de sus piernas temblando para sentarme en la silla de enfrente. Estaba enfadado, conteniendo todas sus emociones, y yo estaba a punto de llorar de ansiedad y pánico.
¿Cómo iba a firmar ese contrato si era virgen? Mi primera vez tendría que ser con alguien con quien estuviese cómoda, y definitivamente no iba a ser con alguien como él, ni muerta.
¿Aquel hombre no tenía moral? Sabía que era menor de edad, y claramente yo no era su tipo de mujer ideal. Él las quería sumisas, que le besasen la punta de los zapatos arrodilladas en frente de él. Obedientes incluso si iba en contra de sus propios valores. Quería idólatras.
Fingí leer los informes del GPS para evitar su mirada penetrante, era patético pretender ignorar lo que había pasado hace segundos pero igualmente lo hice.
—¿Estás segura de que no vas a firmar el contrato? –entrelazó sus dedos y apoyó la cabeza entre estos, sus ojos desprendiendo llamas.
—No, no estoy preparada –apoyé las manos en la mesa para evitar que se viese lo mucho que temblaban las hojas de papel.
—¿Mental o físicamente? –lució como un villano en esa pose. Acababa de preguntarme si era virgen.
—No voy a firmar, Señor Takashi. No lo intente más –recalqué y me levanté con cuidado para que no me fallaran las piernas. Señalé la montaña de papel que había traído, desmotivada–. Mañana cerraremos el asunto del GPS.
Silencio, silencio de cementerio.
Recogí mi bolsa del perchero dispuesta a volver a casa, pero cuando fui a abrir la puerta una mano la volvió a cerrar. Había sido sigiloso, y me estaba comenzando a hacer una idea de lo silencioso e invisible que podía llegar a ser cuando quería conseguir cosas a su favor, como las fotos.
—Es tarde, debo volver a casa –argumenté, intentando escapar.
Oí su risa seca directa en mi oído, y sus manos no tardaron en serpentear mi piel y retirar el pelo a un lado. Me hacía una idea de lo que iba a hacer, por lo que ya estaba preparada físicamente, pero no emocionalmente.
—Si te doy un adelanto de lo que podrías disfrutar conmigo... –su nariz analizó mi piel como si no la conociese ya, y comenzó a dejar besos húmedos en los que su respiración alterada se dejaba escuchar–, ¿...firmarás el contrato?
—No –rodeé mi cuello con las manos para protegerlo, todavía tenía los chupetones y no quería más. Gruñó cuando aparté su boca, y me escabullí de la espalda que me presionaba contra la puerta.
Sorprendentemente no actuó ni me gritó, y aquel indescifrable hombre permaneció en silencio, mirándome durante los segundos más largos de mi vida. Y eso es lo que me dio miedo: todo lo que se ocultaba detrás de esa faceta actualmente callada.
A veces el silencio era una de las peores manifestaciones, e ignoré que esta fue una de ellas.
7. [a su merced]
Areum
Como si fuera novedad, al insomnio se le estaba haciendo costumbre visitarme por las noches.
Me puse los auriculares y me subí al coche privado. No había visto a mi madre porque se había ido temprano a trabajar, y yo todavía tenía que ir al colegio. Incluso con la carga emocional de saber que por la tarde también vería a Takeshi.
—Que tengas un buen día, Joji –me despedí y abrí la puerta del coche, y había estado tan centrada en evadirme con la música, que no me había percatado de que había una marabunta de gente con cámaras afuera del coche, esperando en el recinto colegial. Paparazzis.
¿Qué querrían ahora? No había sucedido nada impactante en público
—Abróchese de nuevo el cinturón de seguridad, Señorita So –Joji giró el volante con brusquedad, cerrando la puerta de un golpe, y los periodistas abrieron un camino cuando oyeron el derrape del coche. El joven chófer maniobró el automóvil por la acera de una forma bastante ilegal pero maestra, hasta dejarme justo en la puerta del instituto. Se dispararon los flashes y las caras boquiabiertas de los estudiantes–. Salga rápido y no les dé ni los buenos días –me despidió, con un tono cortante pero también cauto.
Me cubrí la cara al apearme del coche, y alcancé a oír algunas preguntas intrusivas de la prensa.
“¿Están saliendo?”
“¿Significa eso una colaboración entre las dos empresas?”
“¡¿Cómo se les ocurre hacer eso en un parque?!”
A pesar de que intuí de qué y quiénes hablaban, no entendí por qué me acosaban como a las famosas que se ven involucradas en escándalos amorosos o demás cotilleos. ¿Acaso era mi vida como heredera de interés público? ¿Por qué a todo el mundo le gustaba invadir y criticar lo que se hacía en privacidad?
El resto de alumnos me miró con un descaro increíble; cotillas. Recordé por qué no tenía demasiados amigos aquí en Japón. Una vez estuve resguardada dentro del edificio, percibí la magnitud de la situación: la fachada llena de ansiosas cámaras sin cara, ya que siempre llevaban mascarillas para evitar problemas. El coche de Joji se perdió al girar una esquina, dejándome abandonada aquí; suspiré.
De las taquillas oí los cuchicheos de un grupo de chicas de curso inferior, y me irrité hasta detonar. ¿Qué les importaba a ellas?, ¿no podían cotillear a solas? ¡Qué despreciables!
—¿Qué coño miráis? –les hablé seca, y conseguí que desaparecieran de mi vista. Caminé hasta las escaleras del final y el teléfono comenzó a vibrar como loca cuando quité el modo avión. No me importó, subí las escaleras con parsimonia y desgana, dejando que los auriculares filtraran Problems, de Mother Mother. ¿Estarían mis problemas ya en boca de todos?
Doo-do-doo, I’m a loser, a disgrace
Al pie de los últimos escalones, apareció la regordeta y preocupada cara de Kohaku.
You’re a beauty, a luminary in my face
Me arranqué los auriculares. Todos los compañeros del curso nos miraban, y me dio el tic de morderme el carrillo de la mejilla para mitigar estrés y/o agobio. ¿Qué sabían exactamente?, ¿qué coño pasaba?
—Areum, ¿has visto los artículos? –susurró Kohaku desgastado, haciendo marcha hacia clase, ignorando las miradas curiosas y miserables.
—¿Cuáles?
—¿Es que no has recibido mis mensajes? –frenó en seco en clase, mirándome demasiado serio para mi gusto. Sacó su teléfono con algo de irritación; ¿qué mosca le había picado?
—Siempre pongo el teléfono en modo avión por la noche –argumenté–. ¿Qué ha pasado exactamente?
—Te he llamado mil veces –se frotó la sien nervioso, desbloqueando su iPhone y apretando la mandíbula cuando me enseñó la pantalla.
Era una foto nuestra del viernes cuando nos fuimos de fiesta, estábamos tiernamente abrazados en la acera. No era para tanto, pero la sociedad escandalizaba cualquier rumor con tal de tener de qué y de quién hablar.
—Kohaku, no veo el problema... –tal vez el problema era simplemente tener una amistad como Kohaku en la competencia, pero me daba igual.
—Sigue leyendo –poco a poco fui leyendo crítica a crítica, y también que la foto había sido enviada por un donador anónimo. Y yo ya había visto esta foto en otras manos.
Takashi había cumplido su promesa, había contactado a la prensa como una sentencia para mí. Aunque...podría haber enviado una foto peor, como la del graffiti. Eso me dejó reflexiva.
—Está por todos lados, y veo que a ti también te están comenzando a seguir los entrevistadores.
—Mi madre me va a matar –peiné mi pelo hacia atrás, las manos comenzando a temblarme cuando caí en la gravedad del asunto–. Todavía no he cruzado palabra con ella porque se fue pronto a trabajar. ¿Tu padre te ha dicho algo?
—La pregunta es: ¿qué no me ha dicho? –hizo una sonrisa que no le llegó a los ojos, como si estuviera a punto de llorar–. Estoy hasta los cojones de vivir con mi padre, qué ganas tengo de irme –se frotó la ceja, así desprendiendo el maquillaje que cubría un moratón rojo color burdeos que ayer no estaba.
Su padre le había vuelto a pegar. Mi madre solo me reñía cuando me veía con él, pero al menos no me agredía como el padre de Kohaku.
—¿Te duele mucho? –sentí preocupación y pena, pero negó nerviosamente mi carente ayuda.
—No es nada –tiró su mochila a un lado de su asiento, sentándose despreocupado, cambiando radicalmente el chip de buen chico a uno insumiso–. Me lo pasé muy bien el viernes, así que no me arrepiento de nada.
—Pero Kohaku, ¿cómo que no es nada? –apoyé las manos en su mesa para captar su atención–. ¡La que te va a pegar voy a ser yo, como vuelvas a decirme que no me preocupe!
A pesar de que mi mirada no desprendía nada más que angustia, a él la situación le pareció de lo más divertida. Se cruzó de brazos, con una sonrisa de chulería, y estuvo muy atractivo.
—¿Pero qué me vas a pegar? Si no me llegas ni a la cara –su comentario de mi altura no era nada nuevo, pero por el cariño reprimido con el que me miró, se me contagió una sonrisa sincera.
Kohaku me podía hacer sonreír hasta cuándo estaba en sus peores, ¿pero quién le hacía reír a él?
...
Se oían mis zapatos subiendo aquel tramo de escaleras, el compás asesino y amenazador en dirección a su despacho. Ahora que ya había visto el artículo con las fotos, debía tener una charla con él.
Le iba a matar
Pero la puerta estaba entreabierta, algo que me desconcertó dado su obsesivo control. Tal vez la había dejado entreabierta para tenderme una trampa, tal vez secretamente tenía ganas de verme.
—Takashi –irrumpí en el despacho abriendo la puerta de un golpe, y mi mirada cayó sobre su figura sedente, rellenando papeles como si no hubiese hecho nada malo. La gota que colmó el vaso fue su sonrisa felina, como de orgullo por su perversidad.
—¿Qué formas son esas de dirigirte a mí? –no se dignó a mirarme, ni tampoco a borrar esa desvergonzada línea de su cara, estaba demasiado ocupado rellenando los putos documentos–. Siéntate nena, en un momento estoy contigo.
¿Estaba tomándome el pelo o qué?
Me acerqué a su descomunal escritorio con otros fines, y con el brazo barrí todo lo que había en la superficie. Todo cayó como una estruendosa cascada de agua al suelo, y solo oí cómo Takashi hizo una inhalación profunda antes de mirarme con dureza. Probablemente le había molestado, pero lo ignoré y proseguí.
—¡¿Qué coño has hecho?! –estampé las manos abiertas en su escritorio, ahora vacío–. ¿Cómo te atreves a hacer públicas las fotos? Vas a tener una charla con mi abogado, y te vas a pudrir en la cárcel –solté las palabras atropelladamente, sin importarme que se estuviese levantando de la butaca–. Te voy a denunciar por acoso, intimidación, manipulación, chantaje...¡y seguro que alguna más!
El sprint que hizo me tomó desprevenida, y solté un grito cuando me cogió del pelo y me reclinó sobre su escritorio con demasiada brusquedad.
—¡No! ¿Qué haces?
Sus piernas se clavaron a los lados de las mías para inmovilizarme, y percibí su musculatura cuando se pegó a mi espalda, aplastándome un poquito. Mi mejilla dolió por el impacto contra la madera, aturdiéndome momentáneamente los sentidos. pero preferí no pensar en la comprometida posición.
Menudo desalmado sexual, joder, ¿pero qué clase de enfermo era?
—¿Qué?, ¿ahora ya no eres tan valiente? –tiró de mi pelo con fuerza, acercando mi oreja a su boca, y me sentí increíblemente humillada con cada sílaba que arrastró–. He hecho lo que tendría que haber hecho desde que me comenzaste a vacilar: cada vez que me enfades, haré pública una foto. He empezado con la más suave, ya que tener un amiguito a tu edad no es para tanto... ¿pero vandalizar las calles de Tokio? Tskk...no quiero saber qué dirá la prensa si finalmente alguien pone nombre y cara a los graffitis que arruinan el barrio más rico de la ciudad –me apretó las mejillas como si fuese el amo del lugar–, serás el foco constante de atención. Y siendo coreana... –dijo, como decepcionado–, te destrozarán en cuestión de días.
Me dolía tanto el poco tacto con el que me estaba tratando...
—¿Qué te he hecho yo para que me trates así? –volví a pegar la mejilla a la madera, cerrando los ojos para no llorar, escondiendo la cara–. ¿T-Te divierte acosar a una adolescente? ¿Tan triste es tu vida?
—¿”Acosar”? –repitió serio, acariciando mis costados–. Yo creo que solo soy dinamismo para tu aburrida vida, Areum, ¿hace cuánto no tenías una experiencia que te quitase el sueño por las noches? –tiró de mi cintura y se pegó por completo, marcando su dura erección. Se me fue la sangre de las venas; ¿por qué se me erizaron los pelos de la nuca?–. ¿Lo notas? Solo te he puesto en tu lugar y ya me he excitado.
Solo le faltaba decir que mi lugar estaba en la cocina para darme luz verde y darle otro bofetón, era repugnante.
—Ayer fui muy benevolente cuando te propuse el contrato –su voz se hacía pesada conforme me clavaba más las caderas, y me comenzaron a sudar las palmas de las manos a cámara lenta, a arder el vientre–, ¿y qué haces tú? Rechazarme y venir a mi despacho con complejo de heroína.
—... –no dije nada a pesar de que tenía ruido mental en la cabeza. Una sensación que no quería sentir bajó a mi intimidad, y no sabía qué hacer.
—A veces es mejor cerrar la boca en el momento justo –me apremió Takashi, inclinándose encima de mí con una reverencia de amante, el calor de su cuerpo sofocando mi cara de rojo. Me quedé hiper quieta con lo que me susurró, con la saliva –. Si todavía tuviéramos Corea anexionada a Japón...ten por seguro que ya te habría lavado la boca con jabón y cosido los labios. No habrías durado nada allá, nena.
No sabía cómo responder, ni tampoco encontré una voz para manifestarlo. Tenía claro que no me iba a escuchar, ¿así que para qué hablar?
—Areum-ssi –el diminutivo que hizo en mi lengua nativa me sacó una sonrisa amarga; vaya, Takashi sabía algo de coreano–, ¿no te dije que odio el traje este? –descubrió mi oreja, y besó la piel con un erotismo que pocas veces había sentido, con cuidado, con atención, con morbo–. Tienes demasiadas capas encima –serpenteó la mano por mi pecho, zigzagueando bajo la chaqueta hasta acunar mis senos, no agresivo sino como un caballero, y ese era el dilema, que tenía mucho tacto cuando le interesaba. ¿Notó mi pulso alterado?–, ¿te gusta que te toque así? –preguntó ladino en mi oído, y al ver que no pude contestar, cambió el tono a uno protector–. Ven, nena.
Me cogió la cara dulcemente desde atrás, y me atrajo dominante hasta que nuestros labios chocaron. Apretó mis pechos con ansia, sacándome así un gimoteo sensible a traición. Lloré al darle esa satisfacción de verme mal, y cuando se separó para mirarme, sonrió complacido.
—No seas así...bésame bien –se lamentó, trazando tétricamente la línea bajo mi pómulo–. Tengo el correo con más fotos preparado en borradores, un click y la prensa las publicará –atrapó una gota salada de mi mejilla con su lengua, y el tétrico gesto solo me hizo llorar más. Era imposible llevarle la contraria.
Takashi se levantó en silencio y se sentó en su butaca, dejándome ahí tirada en su escritorio. Tardé unos minutos en incorporarme, de lo anulada que me sentía. Tiró suave de mi muñeca, ofreciendo confidente su regazo, sus brazos grandes y abiertos, una mirada íntima. Me senté sin decir mucho, sin entender mucho, y comenzó un suave sendero vertical por mi pelo, mimándome sobre sus piernas, sin segundas intenciones.
No sé por qué, pero apoyé la frente en su pecho y lloré en silencio mientras él calmaba el ruido mental. Pretendí que era el pecho de Kohaku pero ni siquiera oí latidos, confirmando mi teoría de que no tenía corazón. Qué extraño era compartir algo tan íntimo con él.
¿Era esta actitud reposada la verdadera personalidad de Takashi? Así no daba miedo.
—Señor Takashi –susurré decaída, con los ojos pesados de llorar y de cansancio, y la mejilla caliente contra su camisa–. Deme la pluma.
Con una sonrisa imposible de ocultar, me entregó el contrato y la pluma, y firmé mi sentencia de muerte abrazada y sin saber lo que unos meses con él me podían cambiar.
8. [cambio de actitud]
Areum
Señor Takashi. Honoríficos. Uniforme. Sumisión
Las normas no eran difíciles, pero sí degradantes de llevar a cabo.
—¿A que no ha sido tan difícil? –levantó mi barbilla 90º, examinándome como si me fuera a comprar, midiendo la longitud de mis pestañas y las finas curvas de mi nariz. Grité cuando de repente me atrajo del cuello para besarme, y giré la cara.
—Tengo una duda –dije pensativa, mis piernas todavía temblando. Me ponía extra nerviosa notar la gruesa protuberancia de sus pantalones contra mi costado, ¿de verdad se ponía así por mí? Oh...–, ¿se ha esperado a tener mi firma para poder tocarme?
Aquello era en algún tipo de consentimiento, ¿no...?
—¿Firmando el contrato sin leerlo, eh? –extendió la mano abierta en mi muslo, con una perlada sonrisa de desquiciado de la cual no podías deducir nada específico. A veces Takashi parecía estar en otra onda–. Tienes suerte de que soy trigo limpio en todo lo relacionado con papeleo –dijo ambiguo.
—¿Qué pasa si rompo el contrato? –todavía no me levantaba de las piernas de este hombre, y pude estudiar de cerca su rostro. Cómo sus labios estaban muy llenos hiciese la mueca que hiciese, su expresión seria y naturalmente atrayente, cómo alzaba las cejas milimétricamente cuando algo no le agradaba.
Sonrió con los ojos idos.
—Debes pensar que es buena idea romper el contrato, ¿entiendo? –lo dijo tan neutral que me arrepentí de haber hablado, y bajó la mano, dándome palmaditas pausadas encima del trasero, como advirtiéndome–. Bueno, Areum, si eso pasa me enfadaré mucho. Te advierto de que soy un hombre de temperamento fuerte, no deseo que acabes llorando veinte veces más de lo que has lloriqueado estos días si me descontrolo –cogió mis mejillas, mirándome a los ojos, los labios apretujados entre sus dedos–. Pero no tiene que pasar nada malo si me obedeces, porque es lo que vas a hacer...¿a que sí, nena? –me acarició el pelo para embobarme, sus oscuros ojos brillando en perversión, y me dio la sensación de que era un experto en el campo del sufrimiento.
—Le obedeceré, Señor Takashi –asentí para que me creyese, y cogí su mano para que no me rompiese la mandíbula, porque lo cierto era que apretó bastante.
Se relamió los labios ligeramente antes de besarme, y no supe cómo reaccionar, por lo que le devolví las caricias con timidez y lentitud. Manoseó mi pecho por encima de la blusa, apretando por encima del sujetador con destreza, consiguiendo que gimoteara–. Creo recordar que te dejé el cuello a medio acabar –gruñó, precipitándose contra mi piel.
—Espera –pedí ingenua, inventándome una excusa–, no puedo llegar con más chupetones a casa, ¿qué dirá mi madre? –o Kohaku–. Mañana... –pestañeé más de lo necesario, y entreabrí los labios para hacerme la vulnerable, que parecía ser que le gustaban las mujeres trofeo–, le prometo que vendré con otra actitud, Señor Takashi.
Se mordió el labio mientras escrutó cómo estaba sentada encima de él, deteniéndose más de lo necesario en algunas zonas. Con esa actitud desenfadada y controladora, me hizo sentir algo suyo. Es decir, ¿qué hacía yo teniendo una relación así con un heredero con el que iba a trabajar? ¿Qué mierda había firmado?
—Qué preciosa estarías con el uniforme –reflexionó, bufando cuando me reacomodé nerviosa en su regazo. Lo peor es que noté mis bragas húmedas. Un familiar tono de llamada cortó el momento, y me palmeó el muslo de nuevo–. Me entregarás el teléfono en modo avión cada vez que entres en mi despacho, odio las interrupciones.
—Es mi madre –leí la pantalla atemorizada, pues todavía no había hablado con ella desde anoche. Tenía una ligera idea de porqué llamaba–. Tengo que coger la llamada –me excusé, sin levantarme de sus piernas–. ¿Mamá? –descolgué mirando el ventanal de mi izquierda, negándome a centrarme en los ojos depredadores que me perforaban la nuca.
—Hija, ¿qué son esas fotos con Ito Kohaku que están por toda la prensa? Antes te has librado del sermón porque me he ido pronto a trabajar pero ahora no t... –aparté el teléfono cuando se puso a gritar por el altavoz, y contuve la respiración al sentir unas manos frías trazar mi cartílago.
—¿Problemas con el chico manzana? –percibí las vibraciones de su grave voz en mi oído, y se me puso la piel de gallina cuando lamió el lóbulo de mi oreja. Ahora no...
—¿Se puede saber por qué te vas de fiesta con él? –reclamó mi madre al otro lado de la línea, avergonzándome por el alto volumen de su voz–.¡Ya hemos hablado de esto demasiadas veces!
—Y yo también te he dicho que Kohaku es mi amigo –intenté mantener la calma–. Que hayan invadido mi privacidad y nos hayan sacado fotos... –recordé con pena–, no es mi culpa –colgué cansada, encima del responsable de las fotos.
—Tu amiguito tiene complejo de niño abandonado, ¿es que no te gustan los chicos mayores? –inquirió Takashi, apretándome contra él en un abrazo, su barbilla en mi coronilla–. Tenemos más experiencia, nena –insistió cómico.
—No sé si me gustan, pero a ti sí te gustan jovencitas...
Me besó aquella noche, fue el comienzo de un delirio laberíntico del que sería exhaustivo salir.
9. [bonito mientras duró]
Areum
Llegó el momento más estratégico del día, el de hacer educación física sin bufanda que cubriese los chupetones. Entré la primera al vestuario de chicas. Kohaku me había seguido, y oí sus lamentos sobre que estaba solo y sin con quién hablar en el vestuario de chicos.
La equipación de educación física era unisex, una camiseta con cuello redondo y unos pantalones cortos sueltos; No exponía más piel de la necesaria, y aquello era perfecto para tapar el destrozo que quedaba en mi cuello.
Me hice una coleta, frente al espejo, y mientras recogía los mechones, vi la tremenda depresión que se había instalado en mi cara. Mi piel lucía apagada, tenía ojeras y algunos granos por el estrés, pero aún así hoy Kohaku me había dicho que estaba muy guapa.
—Venga mujer, que no tengo todo el día –se recostó en el marco de la puerta, y fingí no haber visto la dirección sur de sus ojos por mi cuerpo.
Me cogí a su brazo y dejé que me guiara al pabellón de deporte. Había un silencio impropio y anormal, y aunque no quería que Takashi afectara a mi vida diaria, no podía evitar en qué pasaría cuando visitara de nuevo su despacho.
—¿Vas a poder hacer educación física con la rodilla mal? Estoy preocupado por si te vuelves a caer y se te abre la herida –agachó un poco la cara en mi sien, tal vez para acercarse físicamente todo lo que no había podido emocionalmente estos días.
—¿Por qué buscas las situaciones más rebuscadas? –le sonreí dulcemente, agradecida de que fuese tan detallista conmigo–. ¿Y si alguien te pega a ti “accidentalmente” en la ceja? –contraataqué, recordando la violencia de su progenitor.
Hoy Kohaku llevaba la herida al descubierto, pero también había un nuevo corte en su mejilla. No era un chico de muchas palabras, especialmente al hablar de su escasa familia: su padre.
Le hice sentarse en el banquillo mientras los compañeros de clase llegaban, y noté un roce tímido en mis dedos. Bajé la mirada, y no pude evitar sonreír enternecida al ver sus dedos temblar. Qué mono era.
—Me puedes dar la mano cuando quieras, Kohie –le dije, dándole un apretón cariñoso hasta que sonrió.
—Tú también puedes –distinguí pequeñas estrellas en sus ojos almendrados, y pude apreciar que lo decía desde el fondo de su corazón. Cada vez estaba más claro que le gustaba, y también me hacía dudar de mis propios sentimientos.
Al acabar la clase, hubo un problema, y es que era que ya no estaba sola en el vestuario, y mucho menos en las duchas. Me tapé el cuello como pude e intenté desconectar bajo el agua y el champú, no prestando atención a las demás chicas.
...
A la hora de la merienda juntos, Kohaku se enzarzó en una conversación con una compañera de clase. Y por la forma en que abrió sus ojos, parecía que le estaba contando algún cotilleo. Me gustaba verle así, despierto, presente.
Me senté en la acera paciente, y cuando Kohaku se acercó, no tenía una cara amigable.
—¿Se han podrido las cerezas? –intenté hacerle reír, pero se sentó a mi lado en silencio mientras me tendía el envase lleno.
—No, las cerezas están bien –sonó seco, sus ojos ocupados estudiando el pañuelo que llevaba al cuello. Mierda–. ¿Es nuevo?
—No –involuntariamente la recoloqué escondiendo la piel–, lo tengo ya desde hace tiempo.
—Es que nunca has llevado pañuelo y me ha extrañado –Kohaku se encogió de hombros, peinándose el pelo hacia atrás, inquieto–. ¿No tienes calor?
Había algo raro en su voz, algo que estaba fuera de lugar: sospecha.
—No, estoy bien.
—Areum, pareces de todo menos bien –me fulminó con la mirada.
—¿Por qué me dices esto ahora? –no estaba molesta, pero sí asustada de que desconfiase.
—¿Sabes lo que me ha dicho esa chica? –se inclinó hacia mi sien, y sus ojos congelaron los míos cuando me miró. No daba crédito a lo que estaba pasando–. Me ha dicho que tienes moratones en el cuello.
Me congelé allí mismo, y abrí los ojos en shock, ideando qué decir.
—Kohaku, yo no... –
—¿Te estás autolesionando? –se aferró a mis manos como si desapareciera–. Sé que estos días no has estado bien, siento si no te he preguntado lo suficiente, n-no te quería agobiar porque sé que...que no te gusta preocuparme con tus problemas pero... –
¿Autolesión?
—...pero no te tienes que hacer daño, no estás sola, yo estoy a tu lado –su mirada se estropeó por unas lágrimas traicioneras, y me sentí como la mierda en ese momento.
Kohaku se pensaba que me había autolesionado, y que mi cuello estaba así por aquello y no por un hombre con alto deseo sexual. ¿Era lo suyo ingenuidad o ceguera voluntaria?
—Yo no hago esas cosas.
—¿Seguro? –me subió la manga de la blusa en busca de marcas horizontales en mis antebrazos, y me quedé fría; sí, Kohaku de verdad pensaba eso.
—Sí, te lo prometo. No tengo nada, ¿ves? –le hablé con voz suave, con una con la que tratabas a un niño pequeño. Le rodeé en un abrazo, y apoyó la cabeza en mi hombro mientras sujetaba mi espalda.
—¿Y entonces por qué tienes moratones? –susurró cauteloso, y me tensé con el solo pensamiento de tenérselo que explicar–. ¿Los puedo ver?
Noté sus dedos tirar de la seda, pero frené su muñeca.
—He dicho que no te preocupes –me aparté del abrazo, cortando el apacible ambiente apacible de hace unos segundos. Entrecerró los ojos sospechoso, y a pesar de que no dijo nada más, supe que estaba molesto por que le mintiera.
¿Pero qué le iba a decir? Si el Señor Takashi me había repetido que no quería entrometidos...era mejor no decirle nada a Kohaku.
Le di una cereza como gesto de reconciliación. Copió mi gesto, y le di el placer de que me alimentase directamente él.
—¿Ha sido tu madre? –supe a qué se refería por el escrutinio a la bufanda.
—No, solo me ha dado el sermón de siempre –escupí el hueso de la cereza de una forma muy poco femenina que le hizo sonreír, y vi cómo se contuvo de hacer más preguntas. Me rodeó los hombros con un brazo y me atrajo a su pecho.
Sorprendida, me quedé en silencio, acostumbrándome poco a poco a lo bien que se sentía; la seguridad a la que me podría acostumbrar.
—Oye Areum, me puedes decir lo que sea, ¿vale? –acunó mi nuca, peinándome de una forma extática–. Absolutamente lo que sea.
Me encantaría hablarle sobre el contrato con el heredero autoritario que me provocaba tantas emociones, pero no podía.
—Esto se siente muy bien –me apoyé en su hombro y aprecié los pequeños detalles: el cielo azul, la fresca colonia masculina de su camisa, los dedos de Kohaku en mi pelo.
—A veces me siento en un cuento... –dijo nostálgico, un poco tenso por la cercanía. Estuvimos unos minutos en un silencio agradable, y fue bonito mientras duró.
—Tienes el pelo muy suave –su voz maduró como la miel, y sus dedos tomaron mi mentón con un descaro impropio de él. Nuestras caras se quedaron a menos de un palmo y le miré desconcertada, ¿qué pretendía?
Kohaku desvió la mirada por el aparcamiento, y desencajó la mandíbula, disgustado. Me soltó de golpe.
—¿Qué cojones hace ese aquí? –su pecho se abrió en defensa, y al seguir su mirada, vi una figura alta y sonriente devolviéndonos recargado contra un coche negro, fumando–. ¿No venía Joji a recogerte del instituto?
—No sé por qué está aquí –confesé, poniéndome en pie y acomodando la falda para disimular el incipiente temblor de mi cuerpo.
La pantalla de mi móvil se iluminó, con un mensaje de un número desconocido.
¿A qué esperas para venir a saludarme?
—T
No estaba en posición de insultarle y negarme, y mucho menos delante de Kohaku. No había especificado qué pasaría si rompía alguna cláusula del contrato, pero me prometió que acabaría llorando.
—¿Areum? –dijo Kohaku tras ver que no reaccionaba y Takashi seguía sosteniéndole la mirada.
—Me tengo que ir, nos vemos mañana –le di un abrazo antes de que pudiese decir nada, y sentí cómo los dos se quemaban el uno al otro con la mirada, porque Kohaku me arañó sin querer.
—Mándame los mensajes de mierda que siempre me mandas, ¿vale? –susurró aquello en mi oído como si fuese la cosa más secreta y prohibida del mundo, y noté un tinte triste en su voz–. Y ten cuidado con la rodilla.
—Voy a estar bien –me agaché para recoger la mochila de la acera, y oí una maldición enfadada mientras estaba inclinada.
—Menudo hijo de puta... –miré extrañada a mi amigo, y me devolvió la mirada, nervioso–. ¿No llevas pantalón corto debajo de la falda?
—Hoy hacía bastante calor –me excusé, intentando no pensar demasiado en que probablemente se me hubieran visto las bragas.
Kohaku se quedó callado, mirando mi pañuelo y midiendo mis palabras hipócritas. Hondeé la mano hacia él, y me correspondió pero más rígido..
A mi cuerpo no le costó nada ponerse serio conforme me acerqué al coche y a su propietario.
Señor Takashi. Honoríficos. Uniforme. Sumisión.
¿En qué momento mi realidad se había vuelto una comedia barata de internet?
Me obligué a mirarle a la cara, y él ya me regalaba una sonrisa lasciva mientras tiraba la colilla y la pisaba con su zapato, mirándome de soslayo.
—Buenas tardes, Señor Takashi –dije educada, y me abrió la puerta de copiloto–. ¿Qué hace aquí?
La respuesta era tan obvia que ni se molestó en contestar, pero tuvo la cortesía de abrirme la puerta.
En el espejo retrovisor, vi los puños cerrados de Kohaku.
Dejé las manos sobre mi regazo, incómoda con el ronroneo del motor; ni de coña iba a entablar conversación con Takashi.
—Hacía tiempo que no veía una escena tan enternecedora –giró el volante con una mano, sentado elegante en su traje azul, poderoso y orgulloso–. Los gestos de tu amigo son muy obvios, seguramente ya te hayas dado cuenta –hizo una pausa, creando expectación–. ¿No crees que es gracioso?
—¿El qué?
—Que le gustes –numeró–, que no te des cuenta, y que vaya a ser yo quien te disfrute –Takashi sonó oscuro, como si estuviera advirtiendo el futuro próximo. Me pegué con disimulo a la puerta de copiloto, lo cual fue idóneo para captar su atención. Cubrió mi rodilla con su mano, deteniéndose en caricias superfluas–. Hoy estoy de muy buen humor, Areum.
—Me alegro –mantuve la falda en su lugar bajo mis manos cruzadas, blancas de tanto apretar por el estrés que me producía no saber qué iba a pasar. De reojo, vi la sonrisa enorme que cruzaba su cara.
Desconocía si Takashi era capaz de sentir emociones básicas más allá de furia y superioridad, pero suspiró como si hubiera tenido un pensamiento inmoral.
—Aprecio que obedezcas las normas, pero yo de ti no me llamaría así mientras conduzco –sentí un cosquilleo cuando subió los dedos por la cara interna de mi muslo, pero frenó en la barrera que suponían mis manos–. Prefiero tener la erección después.
10. [de buen humor]
Areum
Para la suerte de mi salud mental, Takashi no subió la mano más durante el corto trayecto en coche, aunque lo haría tarde o temprano.
—¿Por qué no ha venido Joji a recogerme? –le seguía los pasos con lentitud, porque se paraba cada dos por tres a saludar a algún empleado del edificio. Parecía un jefe profesional y piadoso, nada que ver con la faceta que me había mostrado a mí.
—¿Tu chófer? No lo sé, pero tu madre habló conmigo –pulsó el botón del ascensor–. Después de la riña por teléfono sobre tu amiguito, me convenció para recogerte algunos días del instituto –examinó mi reacción cuando fui entendiendo el enrevesado plan de mi madre–. Ya sabes, así no estás tanto tiempo con ese niñato.
Me coloqué en la esquina opuesta cuando las puertas del ascensor se cerraron. Eran veinte pisos con él, más un tramo de escaleras después. Pftt.
—Señor Takashi –me peiné la melena oscura tras mi hombro, mirándole con seducción vacía–, apuesto a que es un hombre muy ocupado, no debería perder el tiempo en recogerme del colegio. Es el trabajo de Joji llevarme en coche –miré disimuladamente el panel de botones, ¡todavía íbamos por el séptimo piso! El tiempo se hacía eterno con él.
Dos zapatos negros y formales avanzaron contra los míos hasta acorrarlarme en silencio. Alcé lentamente los ojos de su camisa estampada, sobrecogida por los centímetros nulos de distancia. Su flequillo oscuro y partido le daba un aspecto más agudo a su mirada parda y nublada, y si hubiera tenido un buen corazón, los ojos de Takashi habrían permanecido en mi memoria.
Se inclinó, sus labios brillantes al haberlos relamido.
—Te recogeré algunos días –dijo conciso–. Me gusta la idea de recoger a mi sumisa del colegio, así te veo en tu entorno natural antes de que te tenses al verme –cogió mi mandíbula con gentileza, sonriéndome burlonamente.
Sumisa, porque eso era en lo que me había convertido al firmar. Pues lo llevaba claro...
—Además, adoro ver la cara de embobado del niñato manzana en ti –se refirió a Kohaku–. Me hace disfrutar más lo de después –desató el nudo del pañuelo hasta revelar mi piel, pellizcando de forma suave pero igualmente dolorosa una marca.
Intenté retroceder cuando vi sus intenciones sádicas, pero la pared no me dejaba y todavía íbamos por el catorceavo piso.
—Me gustó mucho el beso del último día, es gratificante saber que esa lengua puede hacer algo más que contestarme –apoyó el brazo al lado de mi cabeza, creando una jaula que se sentía muy opresiva, pero a la vez también sentía curiosidad–. ¿Me das otro?
Cogió mis mejillas sin permiso alguno y me besó de la misma forma: con fiereza, sin pausa que demostrara su piedad. El timbre del ascensor sonó antes de que fuera a más, y sentí alivio cuando las puertas se abrieron.
—Las damas primero –me hizo un gesto con la mano para que le adelantara, y subí el pequeño tramo de escaleras hasta el último piso–. Tengo unas excelentes vistas desde aquí, Señorita So...
Observé el mar de rascacielos, pero por el sonido gutural, no tenía pinta de que él estuviese mirando eso. Me giré para comprobar que seguía subiendo detrás de mí, con la mirada perdida bajo mi falda.
Mierda, ¿no me había visto las bragas antes cuando estaba con Kohaku? ¡Ah, qué maldita perversión!
Presioné la tela contra mi trasero, también haciéndome a un lado de la pared para dejarle pasar. Soltó una risita seca de suficiencia cuando metió la llave en la cerradura, pero yo comencé a arrepentirme de no haberme puesto unos shorts bajo la falda. ¿Y si se le ocurría sentarme encima de él otra vez?, ¿íbamos a tener sexo? Demasiado ruido mental y poca seguridad.
—No me digas que estás nerviosa, nena –apoyó la mano en el marco de la puerta, su voz asquerosamente paternal–. Ya casi no me vacilas –se abrió paso hasta mí oído, en el que susurró de forma gélida–, no sabes lo que me pone...
Quería hablar, pero no podía articular las palabras. Mi cuerpo temblaba extraño cuando se acercaba, cuando me acariciaba la mejilla con los nudillos como si fuera una muñeca, pero no me aparté.
—Soy bastante nacionalista, pero tengo que admitir que para ser una coreana... –perfiló la cuenca con una dulzura difícil de resistir–, me habría dislocado el cuello viéndote si nos cruzáramos en la calle –susurró cálido en mi sien, y cometí el error de cerrar los ojos–. Qué bien te portas cuando quieres.
Las cosas que me decía...aunque todo fuese manipulación, me provocaban algo en el vientre.
De repente, algo duro y alargado rodeó mi estómago,pegándome a su pecho en una especie de abrazo raro desde atrás. Rozó mi oreja con los labios y tuve un escalofrío en sus brazos.
—Dame el teléfono, nena –ordenó, ciñendo más los brazos en mi cintura, subiéndolos disimulado hasta mis pechos, caldeando mis mejillas.
¿Y quién era yo para decirle que no cuando era en su despacho donde estábamos?
Takashi me soltó una vez le di el teléfono en modo avión, y maldije por lo desolada que me dejó su falta.
—¿No es todo más fácil así, cielo? –se guardó mi móvil y me apretó las mejillas como si fuera una niña–, ¿cuando no opones resistencia y me dejas mimarte?
¿”Mimarme”? Era más fácil, sí, ¿pero a qué precio? Mi dignidad vendida, rebajada a llevar el uniforme prácticamente por fetiche sexual, y solo me faltaba un collar que indicase que era su mascota.
—¿No respondes, nena? –me puso cara de pez al apretarme los cachetes juntos, y apretó posesivo–. No me gusta repetir las cosas dos veces.
—No sé si es más fácil, pero es igual de...exhaustivo –susurré moribunda, reteniendo unas lágrimas traicioneras de humillación, sentimientos encontrados y ansiedad.
—¿Tienes miedo?
—Un poco... –cerré los ojos cuando el labio me comenzó a temblar, clara señal de que iba a llorar. No quería que él me viera así y luego se burlara, pero no me dejó ir cuando hice el amago de apartarme.
—No tendrás ningún problema siempre y cuando no rompas ninguna cláusula –me consoló–. No te castigaré a menos que me desobedezcas –sus ojos se mostraron piadosos, como si entendiera mi conflicto mental–. Ven, vamos al escritorio.
Me tendió la mano de forma paternal, como si todos los males se resolvieran de su mano, y caí. Se sentó en su espaciosa butaca, abriendo las piernas para dejarme espacio. Me miró vicioso a través de las hebras oscuras que caían por sus cejas, escrutando mi fina silueta.
—¿Señor Takashi? –apreté sus dedos como una cría abandonada, turbada por su silencio. El vendaje de mi rodilla parecía tenerle fascinado.
—¿Te has hecho pupa en la rodilla? –se mofó, frotándose el labio con la yema del dedo–. Déjame adivinar, ¿se la has chupado a tu amiguito en los baños y el suelo estaba demasiado duro?
—Me caí al suelo.
—¿Te duele? –asentí cabizbaja, y tiró de mi mano hasta acercarme a él como una princesa, cerrándome entre sus piernas y el escritorio a mis espaldas–. Si te gusta hacer exhibicionismo, nena, puedo l...–
—No hago esas cosas, Señor Takashi –cancelé las imágenes mentales obscenas que se le estaban formando, y las mías también. No quería pensar en hacerle una mamada a Kohaku, ni tampoco en si estaría bien dotado o en si se pondría sonrojado al verme entre sus piernas. Porque probablemente sí.
—Eso puede cambiar –introdujo las manos bajo la falda, y preferí mirar al frente mientras me estrujaba el culo cual crío con un peluche–. A tu amigo parece haberle molestado que le mire las bragas a su crush en el aparcamiento, en cierto punto me da pena el chaval.
No dije nada para no entrar más a su juego, ya que todavía no estaba segura de poder salir del actual.
Levantó la falda para echar un vistazo a mis bragas pasteles de lacitos, y mantuve la mirada en el cuadro, temblorosa por la crítica. ¿Me tendría que haber puesto un tanga más sexy...? ¡No!, ¿pero qué cosas se me ocurrían?
—Es una pena que ahora no te puedas poner de rodillas...esperaré a que te cures –me recostó en la fría madera, y se me atascó el aire en la garganta cuando me subió a la mesa. Se le marcaron los bíceps bajo el traje, y Takashi me abrió los muslos, exponiendo mi ropa interior–. Mientras tanto, yo también te puedo mimar. Vamos a desvestirte un poco... –desabrochó los botones de mi blusa uno a uno, animado por mi pasividad. Hacía mucho tiempo que un hombre no me desvestía, y por impulso me cubrí, mirándole con miedo–. Nada de eso, nena. Quiero ver lo que hay debajo del uniforme.
Me sentí más pequeña que nunca, ahí expuesta para él en sujetador, viendo cómo se aguantaba las ganas de tocarme con voracidad, lo que se le dilataron las pupilas ya de por sí negras. Si ahora estaba siendo suave conmigo, ¿cómo sería en su momento más carnal?
Se puso en pie, y rodeó mis piernas en sus caderas. Noté el pulso de mis orejas, la sarve hirviéndome al sentir su erección. Madre mía.
—Tienes las mejillas sonrojadas y los ojos entrecerrados...qué mona –dejó un beso húmedo en mis blanquecinas clavículas, apretando mi cintura desnuda entre sus manos de hombre–. Cuanto antes te entregues a tus deseos inmorales, antes podrás disfrutar tu naturaleza sumisa. ¿Sabes lo placentero que es ver el conflicto de dualidad por el que pasas cada vez que me ves?, ¿cada vez que entras por la puerta de mi despacho? Me pone muchísimo –el tono grave de su voz activó algo en mi cuerpo, y él parecía saber cómo apagarlo.
Takashi comenzó a tocar mi torso: la caída libre de mis hombros, mis vacías clavículas, mis escasos abdominales, mis pechos recubiertos por el fino sujetador; los amasó.
—No hay nada de malo que te excite que te toque así –pareció leer mi expresión dudosa. Pero...¿de verdad no estaba mal?, ¿incluso si mi reacción era totalmente contraria a mis valores? Nunca me habría visto en esta situación con alguien tan gilipollas y machista, pero qué vueltas daba la vida. No me reconocía a mí misma–. ¿Te gusta que haga esto? –su cálida boca se hundió en la curva de mi cuello, y me sorprendí lo mucho que me gustó cuando humedeció mi piel. Asentí, y me mojé muchísimo cuando se rio. Él tenía todo el control, era el amo el lugar–. Claro que te gusta, nena. Túmbate.
Se adelantó y me presionó al escritorio por los hombros, mis piernas flojas todavía en su cadera, y advertí el bulto de sus pantalones.
—Debe de ser frustrante que tu cuerpo no te obedezca –atrapó su labio con los dientes, mientras observaba el tirante caído del sujetador por mi brazo, mientras bajaba el tacto por mis muslos–. ¿Cómo estarán tus bragas, hmnn?
Muy mal, a mi pesar
Arrugó la falda en mi cintura para poder ver mejor, y con dos dedos en V, los pasó por encima de la fina tela, provocando y haciendo que mis bragas se transparentaran. Mordí mi labio sin descaro,algo retraída, pero aún así abrí las piernas con docilidad para darle más acceso. Si tenía que estar seis meses con él, al menos lo disfrutaría. Sería una lástima que yo también me torturara por sentir placer físico, ¿no crees?
Takashi enterró las caderas en mí como un animal, sus dedos trazando patrones secretos en un punto sensible centímetros más arriba. Arqueó una ceja condescendiente, y sus labios no fueron gentiles cuando me besó. Me rodeó la nuca como un animal, y yo fui tan blanda que me derretí en sus manos, le correspondí con la misma obscenidad, rodeé los brazos en sus hombros, y tiró de mi pelo hacia atrás.
—Hmmnn... –me oteó reflexivo, enfocado de más en mis labios. ¿Acaso tenía monos en la cara?, ¿estaban mis labios tan hinchados e irresistibles como los suyos?–. Menudos labios tienes –delineó mi boca, absorto como si estuviera en éxtasis–, no preguntaré si te los has pinchado, ya que ahora todas las jovencitas tenéis cirugía como regalo de graduación –los pellizcó con mofa, acariciando también la hendidura marcada entre mis bragas–, pero pfft...
Noté una palpitación contra mi coño, y miré su paquete con descaro. Yo también comenzaba a sentirme sensible...¿qué narices hacía o decía? Apartó un mechón de pelo de mi frente, y me susurró como si fuera un obsceno secreto.
—Me vas a manchar los papeles de lo mucho que estás goteando.
11. [lenguas desconocidas]
Areum
—Eh... –sintiendo la cara caliente y sin saber qué decir, intenté cerrar las piernas, pero grité cuando me abrió los muslos con sus esqueléticos dedos–. Señor Takashi...
Quise decirle que no estaba para nada excitada y que me dejara irme a casa, pero notaba la tela de las bragas húmeda, y eso era imposible de ocultar. ¿Acaso no había decidido que lo disfrutaría?, ¿pues por qué me comía tanto la cabeza? Estaba mal, sí...pero al menos no estaba haciendo daño a nadie.
—Quédate tumbada –tomó asiento en su butaca de rey, examinando mis piernas abiertas frente a él, como si fuera una ofrenda virgen y me fuera a despojar de algo–, relájate, no te voy a morder si no quieres–
Clavé la vista en el techo cuando noté cómo bajó mis bragas, y entre tanto silencio, oí la caída de la tela al suelo, y también cómo Takashi se lamió los labios.
—¿Hace cuánto no te comen? –apoyó mis piernas en sus hombros, inspeccionándome sin el pudor que sentía yo. ¿Qué más le daba a él cuando fue la última vez? Mi última relación sexual ni siquiera tuvo penetración, por no decir que fue más bien un desastre.
—No tanto como cree –dije cortante, mis manos sobre mis costillas sin saber qué hacer.
Tiró de mis tobillos hasta ponerme casi al borde de la mesa, y pasó las yemas de los dedos por mi sexo desnudo, tanteando, esparciendo la lubricación, analizando mi respiración. Bajé la mirada por primera vez, y me fundí con los mordisquitos que empezó a dejar en la cara interna de mis muslos, cosquillas pero con algo más, con saliva, hambre y placer.
Tanteó mi entrada vaginal con dos dedos, solo rozando, solo introduciendo lo mínimo, mientras sus dientes me dejaban marcas en los muslos. Subió los mojados dedos a mi clítoris, pero no más de dos segundos, y luego recreó la línea de antes hacia abajo. Me comencé a desesperar por los fugaces roces del heredero, pero tenía el presentimiento de que lo estaba haciendo a propósito, que tal vez quería que se lo pidiera.
Succionó más fuerte la cara interna de mis muslos y lloriqueé, cerrando las piernas alrededor de su cabeza, desesperada por que me diera más. Le noté sonreír perverso, y contrariamente, me mojé más.
—¿Quieres algo, Areum? –conectó sus ojos con los míos, su respiración caliente contra mi coño. Palpité y me mordí el labio abochornada, siendo consciente de que se estaba riendo de mí.
—Me gusta cuando no es tan brusco, Señor Takashi –toqué mis dedos buscando refugio, un poco embobada con las manchas rosas esparcidas por mis muslos, sonrojada por estar abierta frente a su cara.
—¿Te gusta que te traten como a una princesa, hmmn? –sonrió satisfecho en su butaca, mirando casi con crueldad cómo emanaba la lubricación–. Tienes suerte de que a mí me encanta consentir a las princesas.
Enterró la cara entre mis piernas sin previo aviso, y estaba tan mojada que cada depravado rastro de su lengua sonaba. Comencé a gemir bajito y suave, cohibida pero también cachondísima.
—Mmnng –enterré los dedos en su oscuro y bonito cabello, apretándole contra mi centro, humedeciéndole la cara, haciéndome presa de él sin darme cuenta.
—¿Hmmn? –el tono gutural de su ronca voz vibró directamente contra mí, mi clítoris. No quería ser ruidosa para no subirle el ego más, pero se me complicó la tarea cuando introdujo una falange. Era una táctica que creaba dependencia a base de insuficiencia–. ¿Quieres más?
—Sí...
Metió un segundo dedo, sus falanges vacías de los anillos que se había quitado.
—¿Te mojas tanto de normal?
Si miraba abajo, una imagen muy erótica acechaba: sus ojos descaradamente oscuros y seductores mientras me sonreía con los labios brillantes, cómo sonaban sus dedos cada vez que los metía y sacaba y a veces los curvaba hacia arriba, cómo parecía encantarle comerme y dejarme hecha un desastre con su lengua, o en general, tal vez le gustaba hacerme un desastre. ¡Ah, qué impotencia!–. ¿Te gusta que te meta los dedos hasta los nudillos? –su mejilla se abultó cuando la presionó con la lengua, y me obligué a cogerle del pelo y hacerle desaparecer entre mis piernas cuando la imagen comenzó a afectar a mi juicio–. Me están chorreando con tu lubricación, cielo.
Me intenté calmar a pesar de que la temperatura de mi cuerpo no bajaba, tan extasiada por sus palabras y gestos. ¿Por qué lo hacía tan bien? ¡Pftt!
—...qué calor –me escuchó a pesar de que lo susurré, y sustituyó los dedos por algo más sólido y mojado por mi propia lubricación y su saliva, pero paró. Oí cómo la butaca se movió, y cuando abrí los ojos, Takashi ya se había reclinado sobre mi cuello, calculador.
Había que ser estúpida para no admitir que me gustaba cómo lucía su cuerpo sobre mí, los músculos que se marcaban a través de su camisa abierta, sus rasgos rectos y masculinos, el bulto que presionaba contra mi muslo... Era bastante vergonzoso admitirlo.
—Si te pudieses ver la cara desde aquí –frotó mi clítoris muy fuerte, y aunque le cogí el brazo con urgencia, él siguió hasta que comenzaron a temblarme las piernas–, te juro que no me culparías por todos los pensamientos que estoy teniendo.
—Señor Takashi, no aguanto más... –toqué su pectoral a modo de plegaria, mirándole inocente y con cierto patetismo, casi llorando–. ¿Señor Takashi?
—En el fondo –comenzó, cogiéndome la mandíbula con una sonrisa prepotente–, sabes que no te arrepientes de haber firmado el contrato. Ni siquiera te he dado ni un 20% del placer que te prometí y no dejas de pringarme de fluidos.
Takashi cesó los movimientos por completo, y cuando me incorporé para gritarle, me tapó la boca.
—No seas impaciente, Areum –aconsejó calmado y me guiñó un ojo, acariciando mi mano entre la suya con una suavidad que me relajó. Se sentó y enterró la cara de nuevo entre mis muslos, y cada húmedo trazo que daba me desestabilizaba más el cuerpo, hasta llegué a manosearme por encima del sujetador cuando sentí que se me iba a salir el corazón.
—¡A-Ah...! –me convulsionaron los muslos alrededor de su cabeza, pero me retuvo contra el escritorio mientras el orgasmo me destensaba, mientras bajaba por mis piernas, mientras mi respiración se regulaba.
Permanecí acostada durante unos instantes, aún incluso cuando Takashi dejó de tocarme. Su risa seca y corta rompió el silencio y un poquito de mi salud mental. El desgraciado me había dado uno de los mejores orales de mi vida, y le complacía saberlo aunque no se lo hubiera admitido.
—¿Todo bien, princesa? –prendió un cigarrillo, mirando mi figura tumbada y semidesnuda, con una expresión deleitada de la que pocos hombres podían presumir. En otra ocasión, el apodo me daría vergüenza ajena, pero en la boca de Takashi, me hizo sentir singular. Tal vez el orgasmo me había afectado las neuronas–. Qué paz –suspiró extasiado, disfrutando el silencio del despacho, y me permitió verle cerrando los ojos por segundos, en un estado de calma absoluta–. ¿No estarías más cómoda en el sofá? –oí cómo dio otra calada desde arriba, y pasó los dedos suavemente por mis rodillas desnudas, por mi brazo, mi estómago, mi cara. No tenía por qué ser dulce, pero tuvo el gesto.
—N-No, ya me voy –dije apresurada, poniéndome en pie y arreglando mi uniforme un poco. Me dejó un paquete de toallitas húmedas en el escritorio, fumando fumando y fumando. El mustio olor de la nicotina comenzó a impregnar toda la estancia, y recogí todas mis pertenencias una vez estuve limpia y vestida. Fui a ponerme las bragas, pero no estaban en condiciones–. Oh... –genial, tendría que ir sin bragas y con falda de vuelta a casa, ojalá no cogiera una hipotermia.
—¿Siempre te corres tan fuerte? –Takashi me miró a través del humo, apoyado en el ventanal como si esperara algo.
—A veces –mentí sin mirarle, cogiendo mi mochila y precipitándome hacia la puerta y despidiéndole–. Buenas noches, Señ...–
—¿Te vas sin el móvil?
Frené en seco mis pasos, y giré la cabeza dramática hacia él. Tenía razón, le había dado el teléfono al entrar. Pues qué mierda.
—¿Me lo devuelve? –retrocedí hasta su cómoda silueta, y me espiró el humo en la cara.
—¿Por qué no lo coges tú? –se humedeció los labios con la lengua, y antes de que pudiera preguntarle dónde estaba mi móvil, señaló sus bolsillos con la mirada. Oh. Quería que rebuscara en sus bolsillos delanteros.
El único problema era que ambos tenían algo dentro, por lo que no pude distinguir dónde estaba mi teléfono. Ah...¿pero por qué no me lo daba él mismo?
Me decanté por el bolsillo de la izquierda, y tuve la estúpida esperanza de que me hiciera alguna caricia en el pelo cuando me acerqué. Prefirió fumar y sonreír enigmático. Le miré abochornada al meter la mano en su bolsillo, y tragué duro al palpar una protuberancia para nada plana. Oh.
—Creo que te has equivocado de bolsillo –retuvo mi mano en su paquete, escondiendo el deseo sexual tras una expresión ladina. Tiró la colilla y acunó mi mejilla entera en su mano–. Espero que mejore la herida de tu rodilla –apretó más mi mano contra su erección, gruñendo–, vas a estar mucho tiempo arrodillada, Areum.
12. [miraditas en educación física]
Kohaku
—¡Vamos, que te quedas atrás! –Areum pasó corriendo a mi lado, con varias vueltas por detrás de mí.
Me agaché y fingí atarme los cordones de la zapatilla, aunque analicé en detalle la rellena parte trasera de sus pantalones cortos. Uf. Últimamente se me enrojecían las orejas si le miraba demasiado tiempo, y también notaba tensión constante en mi zona sur. Me estaba pillando por mi mejor amiga y todo pronosticaba una tragedia.
—¿Estás bien? Normalmente soy yo la que se queda atrás –Areum se acercó en vez de seguir corriendo por el campo, ignorando los constantes pitidos del profesor por parar de correr.
—¡Todavía quedan diez minutos, Señorita So! –puso mala cara con el comentario del entrenador. No le gustaba que le llamaran por su apellido coreano si no era de forma profesional, por eso, a veces le llamaba Ari. A cualquier hombre le gustaba un apodo con el que llamar a su querida.
—Continúa la carrera y ahora te alcanzo –le miré desde abajo, cubriendo los cordones perfectamente atados. Hice un esfuerzo descomunal por no pensar con la polla, ya que desde este ángulo, todos sus atributos se agrandaban. Su genital estaba a veinte centímetros de mi cara.
—Estás tardando una eternidad en atarte los cordones –desvió la mirada a mis dedos, y entonces se me pusieron más torpes que de normal–. Oh, creía que se te habían desatado...
De repente no me parecía tan buena idea haber parado para verle correr en esos shorts blancos. Mierda.
—¿Qué dices, tonta? –mentí–. Claro que estaban desatados.
—Vale... –dijo no muy convencida, apretándose la coleta que se había hecho–, pero no tardes mucho eh –casi me comí el suelo con los dientes cuando me guiñó un ojo. El carmín de mis mejillas era por el esfuerzo físico de la carrera, por supuesto.
No miré mucho más sus piernas temblorosas al acabar la carrera, pero sí me quedé con la sugerente imagen. En sueños, mi mente cambiaría la razón de ese exquisito temblor.
...
—Alguien que conozco cumple años el viernes... –Areum estaba sobre mis pies, aferrada fuertemente a mis manos como soporte, y yo caminaba con ella encima a pesar de que se me ensuciaban los zapatos. Era un juego muy tonto, pero me sentía cómodo con que se diese el capricho de comportarse como una niña conmigo, de que fuera jovial y olvidara el estrés de la colaboración con Takashi. Porque aunque no me lo dijera, sabía que el proyecto le estaba dando por culo.
—¿Ah, sí? –pegué mi nariz a su pelo todavía húmedo de la ducha, olisqueando el agradable perfume de su champú. Si sus sábanas olían así...allí deseaba morir tumbado junto a ella. Pensé en invitarle a casa en el futuro, pero no la de mi padre, desde luego.
Mi progenitor había esperado hasta que cumpliese diecinueve para darme total libertad. Con la mayoría de edad por fin tendría acceso a mi herencia de Apple, y pensaba independizarme del hogar opresivo de mi padre. Invitaría a Areum a dormir conmigo, y por fin podríamos estar solos y sin cámaras.
—Hazme hueco en tu apretada agenda, eh –le pinché, bajándola cuando llegamos al árbol centenario del instituto. Saqué el táper con cerezas y se lo tendí.
—Creo que tengo muchas cosas que hacer esta semana... –se hizo de rogar, pero por sus cejas dramáticamente alzadas, supe que era mentira. También se llevó una brillante cereza a la boca, y me fijé de más en cómo sus labios se envolvieron alrededor; parecía hentai1, y sentí envidia por la puta cereza.
—Es una pena, Señorita So –dije formal, siguiéndole el juego–, tenía pensado emborracharme ilegalmente con usted.
—¿Quieres algo específico como regalo?
—Me conformo con que bailes conmigo, Areum –palpé el césped al atrasar las manos, dejando caer la cabeza hacia atrás para que me diera el sol.
—Eso está hecho –me abrazó súbitamente como despedida, y agradecí que fue breve porque así no notó lo ridículamente rápido que iba mi pulso.
Le dejé ir, tranquilo cuando oí el claxon de su chófer. Hice un saludo militar con los dedos a Joji. Al menos no había venido el gilipollas ese a por Areum.
...
—¿No tiene alguno en forma de corazón? –mis ojos se perdían entre las inmensas vidrieras con joyas, pero yo ya tenía en mente lo que deseaba comprar.
—Sígame, joven –el dependiente me guió hacia el interior de la tienda, y sonreí cuando vi el collar que quería–. Este colgante está compuesto de circonitas cúbicas, bañado en plata de primera ley con...–
—Ese, ese es perfecto –el señor se molestó visiblemente con mi interrupción, pero se le borró el ceño fruncido cuando abrí la cartera.
Me brillaron los ojos como a las gemas al pensar en el bonito cuello de Areum con mi regalo, pero mi mente se encargó de trastocar la imagen cuando vi la cifra con un interesante número.
¿Por qué últimamente todo a mi alrededor parecía más sexual?
—Me lo llevo.
Areum
Esperé en el pasillo a que Takashi abriera la puerta, ya que no quería interrumpir nada de su tan privada vida. Era un poco maníaco con su despacho y lo que había dentro, con la jerarquía del control.
Abrí el buscador de Google para hacer tiempo, y busqué las colaboraciones que Hyundai había tenido, para investigar si había hecho guarradas con más herederas. Takashi no me aclaró la duda cuando se lo pregunté, pero con lo jodidamente atractivo que era y lo bien que follaba, aunque fuera un capullo...entendía que tendría a alguna mujer más. Tipos como él no se conformaban solo con una.
Google solo me dio resultados de Wikipedia, empresas vehiculares y fotos de Takashi para promociones de Gucci, pero ni rastro de mujeres. No había ninguna con quien pudiera empatizar.
—Qué paciente, Señorita So –casi se me cayó el móvil de las manos cuando su voz rompió el silencio, y me senté recta y tensa–. Pasa, cielo.
Ahí estaba, apoyado en el marco de la puerta como si fuera el dueño de todo y todos. Abrí la puerta entreabierta de una patada, molesta sin saber por qué. Un pesado suspiro a mis espaldas me indicó que ese no había sido el comportamiento de niña buena que se esperaba de mí. Uy qué pena.
Me quedé extrañada al ver al heredero de Nespresso dentro, pero supuse que en breve se iría.
—Me alegro de verle, Señor Yoshida –doblé mi torso en una reverencia formal, dedicándole una sonrisa coqueta que se disipó cuando sentí unas manos grandes y anilladas en los hombros, controlando.
—Se porta muy bien cuando le conviene –la voz y comportamiento de Takashi me puso incómoda, y traté de que me soltara aún manteniendo la sonrisa. ¿Qué hacía diciendo eso en público?–, pero a veces es una maldita niñata.
Miré al chico cafeína, quien parecía acostumbrado al comportamiento de su amigo. Tampoco quedaba rastro de la bonita sonrisa de dentista, ahora no era más que una línea seria, atenta y también algo incómoda.
¿Por qué parecía tan despreocupado?, ¿acaso era como Takashi? Dicen que entre amigos se sobrellevan los vicios...
—Yo le veo cara de niña buena –Yoshida se encogió en hombros, y el atractivo que una vez vi en sus hoyuelos se apagó. Era como Takashi, definitivamente, y me comencé a sentir muy incómoda.
Algo fino y alargado se paseó por mi cuello, y decidí mantener la calma para no empeorarlo todo, pero aquel nudo en la garganta permaneció.
—¿Se te ha curado ya la herida de la rodilla, Areum? –Takashi me cortó la respiración durante milisegundos, su susurro intencionadamente alto para que su amigo lo escuchase. Genial, esto era una exposición de poder para él y una humillación para mí.
—Sí.
—Ponte de rodillas –aflojó la mano en la base de mi cuello pero no me soltó del todo, nunca dejando que olvidara mi posición. ¿Había oído bien?, ¿que me arrodillara aquí y ahora?
—Pero no estamos solos... –me giré mirándole horrorizada, pero forzó un dedo sobre mis labios para hacerme callar, y por esa vez guardé silencio.
—Todavía está en esa época en la que me hace repetir las cosas dos putas veces –habló con Yoshida como si yo no estuviese delante, y había aprendido de mala mano, que cuando decía palabrotas se acababa enfadando. Volvió a acercarse a mi oreja, susurrando en una octava más baja e intimidatoria–. Venga nena, pórtate bien y arrodíllate.
Ya me temblaban las rodillas desde hace rato, por lo que no fue muy difícil dejarse caer contra el duro suelo. Dejé las manos sobre la falda, ignorando las miradas altivas de los dos. cogí la falda solo para aferrarme a algo, la mirada recta en los rascacielos.
—Nena –unos largos dedos me acariciaron la mejilla desde arriba como si fuera porcelana, y permanecí neutral–, estamos aquí arriba –Takashi me levantó la cabeza, y ya no oculté la vergüenza al estar a la altura de sus zapatos, al lado de su pierna, arrodillada. Quería llorar. La mano grande y anillada me acariciaba con tal de reconfortarme, me daba náuseas, y necesitaba estar sola.
—Estáis de foto, tío –Yoshida no fue tan depredador sexual como imaginé, pero aún así miró a Takashi durante unos segundos largos en los que pareció pedirle permiso. Sentí ganas de vomitar cuando me acarició el pelo como a los perros, como si fuera una mascota.
Aquella exhibición no duró mucho, y los dos hombres caminaron hacia la puerta para despedirse.
Casi me eché a llorar ahí sola, intentando adivinar por qué me había hecho eso.
La puerta se cerró, hubo silencio. Respiré como las guías de meditación sugerían, y extendí el brazo con tal de alcanzar el bolsillo pequeño de mi mochila, pero cuando cogí el teléfono, sus zapatos negros se pararon a escasos centímetros de mi cara. Olía el perfume nuevo de su traje, la colonia herbal, su sonrisa desde aquí abajo.
Mis dedos temblaron raquíticos. Takashi no dijo nada y lo dijo todo con su silencio, porque me sentí obligada a mirar hacia arriba. Tenía un brillo sádico en los ojos, le gustaba verme de rodillas frente a él.
—El móvil –dejó la mano extendida con total seguridad de que le iba a obedecer, y lo hice. El Samsung desapareció en su bolsillo, y mi conexión con el mundo exterior también–. ¿Quieres ver las fotos nuevas que tengo, Areum?
1. hentai: sub-género de manga (en papel) o anime con escenas explícitas para adultos.
13. [ahogándose en azúcar]
Areum
—¿Por qué tienes más fotos?
—Simplemente me es divertido –miró unos papeles desinteresado–. ¿Esta mañana no has tenido clase de educación física? –una pregunta retórica, genial. ¿Y cómo sabía él mis horarios de clase?–. He captado el momento exacto en el que tu amiguito te miraba el culo –la actitud nerviosa de Kohaku de esta mañana cobró sentido.
No me había dado cuenta de que Kohaku me veía de esa manera. Sí, sabía que le gustaba, pero no podía relacionar su aparente inocencia con hormonas adolescentes.
—¿Y qué quieres que haga? –proyecté mi voz, violenta y maleducada, cansada de sucumbir–. No puedo hacer nada respecto a eso. Ya firmé el contrato, ¡no tomes más fotos!
Más que estremecido, me dedicó una sonrisa obscena, y se metió las manos en los bolsillos para cubrir algo.
—¿Qué pasa...? –seguía incómoda mirándole desde abajo, tenía una parte concreta de su cuerpo demasiado cerca para mi gusto. Pero cuando me fui a levantar, presionó mi cabeza en su lugar.
—Quédate ahí –extendió la otra mano, tendiéndome una cajita negra alargada–. Esto es más difícil de quemar que mi pañuelo. Ábrela.
Había una inscripción minimalista en una esquina. Swarovski. Al levantar la tapita, unos reflejos me dejaron ciega por microsegundos. Cambié el ángulo para que la luz no diera en el objeto, y entonces aprecié el fino collar de cristales.
—¿Te gusta? –bajó la mano para acariciar mi cara, pellizcando una mejilla, tocando mis labios, y luego volviendo a acariciar mi pelo. Era complicado describir lo que me gustaba cuando se ponía así de “afectuoso”.
—¿Por qué me lo has comprado? –le pregunté, un poco más tranquila debido al chantaje oculto con caricias. Era un detalle precioso y delicado, pero no me daba buena espina viniendo de él. ¿Y si me lo había comprado porque esperaba algo de mí? ¿No había mujeres que prostituían su compañía a sugar daddies? ¿Era eso lo que Takashi quería de mí? Yo también tenía dinero de sobra para mis caprichos...algo no cuadraba.
—Quería tener un detalle contigo –sonrió natural, dejando relucir su sonrisa cuadrada que no duró mucho–. ¿Es que no te gusta, nena? –dejó de tocarme, ahora mirándome con la cabeza inclinada a un lado, sopesando.
—Sí, sí me gusta, solo que...no lo esperaba.
—Apártate el pelo –hizo un gesto con el dedo para que me girara, y respiró en mi nuca cuando hice lo dicho–. Están mis iniciales escritas para que no te olvides de mí –sujetó el pequeño corazón frente a mis ojos, su aliento haciéndose más pesado tras de mí, casi besándome la coronilla. Sentí mi cara caliente, mi piel erizarse con la cercanía de Takashi, mi piel de gallina. Joder, ¿pero qué me pasaba?
Abrochó el collar y el charm de plata cayó contra mi garganta. Y ahora que ya tenía un collar suyo, ¿podía considerarme un perro?
Sus mocasines de cuero se alejaron por detrás sin dar ninguna explicación más, y por extraño que pareciese, permanecí de rodillas y sin girarme, obediente sin que me lo pidiese. La butaca chirrió leve bajo el peso del Señor Takashi, y se me erizó poco a poco la piel por la devastadora quietud que había; que se podía cortar con un cuchillo.
Cuando la curiosidad me pudo, me giré a mirarle. Diría que estaba bastante cómodo ahí, con las piernas abiertas y un brazo en el reposabrazos, mirándome lascivo desde la distancia, y con el pómulo apoyado en sus nudillos de gemas de colores. Oh...vale.
—¿Señor Takashi? –dije elegante, volviendo a sentir esos nervios incontrolables en la boca del estómago.
—Areum-ssi –usó el diminutivo en coreano de nuevo, inclinado sobre las rodillas como si quisiera reducir los metros que había entre él y yo–, ven aquí –palmeó sus piernas, pero cuando fui a ponerme en pie, me llamó la atención–. Sin levantarte –concretó, y me quedé quieta sobre mis manos y rodillas, pensando. Solo se me ocurría una forma de ir hasta allí, y parecía que él quería lo mismo.
Adelanté mi mano tímidamente delante de mí, y moví la rodilla para avanzar. Gateé hasta él sin poder aguantarle la mirada por la humillación, y permanecí quieta y sentada sobre mis pantorrillas cuando sus zapatos negros aparecieron enfrente.
Su respiración calmada chocaba en mi frente, y me arrancó las manos sobre la falda para ponerlas sobre sus rodillas vestidas. Observé lo grandes que eran sus manos en comparación a las mías, cómo las cubría sin esfuerzo, y aquello extrañamente me dio sosiego.
—Qué guapa estás de rodillas y entre mis piernas –cerré los ojos al sentir cómo trazó la curva de mi nariz, con un tacto demasiado dócil para ser suyo–. Te haría una foto y la enmarcaba en un cuadro –sus dedos serpentearon en mi pelo, y caí en su truco de provocarme paz.
—Te dije que no me hagas más fotos –añadí, bastante débil cabe decir. No quería bajar la guardia mucho, pero fue tarde cuando me apoyó la cabeza en su sólido y trabajado muslo. Abrí los ojos para mirar hacia arriba, y paniqueé un poco porque Takashi ya me estaba observando desde hace tiempo, con la mirada oscura de siempre. La quietud me hacía querer dormir, pero no acababa de confiar en él–. Señor Takashi...
—Shhh...quédate ahí –pasó la mano por mi suave pelo, y empecé a notar lo caliente que se puso mi mejilla contra su pierna. Con tanto masaje placentero, la parte inconsciente que me ordenaba desconfiar de él, se durmió. ¿Y si Takashi no era tan hijo de puta como me había demostrado?
—Qué imagen tan plácida... –me miró a los ojos desde arriba, haciéndome sentir minúscula–. Sé que te gusta que te toque así, con cuidado. Tu cuerpo se ha relajado tanto que estás en el muslo de la persona que más odias. Podría ser así siempre que me obedecieses –hizo una pausa en la que rodeó mi mata de pelo, y tiró severo hasta despegarme de su pierna–, ¿no sabes que las chicas buenas tienen la vida más fácil?
El fastidio de su cara, su mandíbula desencajada en disgusto, me hizo pensar que me iba a escupir en la cara. Casi me caigo cuando me soltó, y palmeó su entrepierna antes de maniobrar con el cinturón de oro que llevaba.
—Si no le hubieses zorreado a Yoshi –recordó a su amigo con un apodo, y me hirvió la cara al recordar la degradante escena–, no te habría pedido que te arrodillaras –me tensé cuando se desabrochó el cinturón, pero solo eso se quitó–. ¿Te ha humillado mucho? –preguntó con una sonrisa de suficiencia–. Casi te pones a llorar a nuestros pies.
—No lo vuelva a hacer –era consciente de que, arrodillada entre sus piernas, no estaba en la mejor posición para pedir respeto básico.
—No decides tú lo que te hago, Areum –dio unas palmaditas flojas contra mi mejilla, como si fuera una única y última advertencia. Cogió mi pelo en un puño, y rodeó el ostentoso cinturón en mi cuello, abrochándolo y sujetándolo en su otra mano como si fuera una correa. Mi pelo cayó como una cortina de alquitrán sobre mis hombros, y Takashi se reclinó en el respaldo para verme mejor–. Qué guapa estás con eso al cuello –dio un tirón del cinturón, para desequilibrarme y que me tuviera que apoyar en sus piernas. Estaba claro lo que pasaba por su retorcida mente–. Dame la mano –extendió la palma, y cuando tuvo la mía, la subió por su pierna, hasta el rígido bulto de su pantalón de traje. Madre mía.
—Señor Takashi –no le pude mirar de la vergüenza, e intenté hacer conversación–, ¿le ha gustado humillarme delante de su amigo? –soltó mi mano, y me sorprendí a mí misma al descubrir que comencé a trazar patrones sobre su miembro erecto, porque me daba curiosidad y también morbo.
—Siempre es divertido humillar a una sumisa –se relamió al notar el tacto de mis dedos, y tragué duro cuando los trasladó al botón metálico.
—¿Cuántas sumisas tienes? –desabroché su pantalón y bajé la cremallera de la bragueta sin saber muy bien por qué. Me había hecho chantaje y también acosado, pero aquí estaba yo a punto de chupársela, atada de una puta correa.
—No me agradan los interrogatorios, Areum –peinó mi pelo encandilado, y apretó el cuero negro con maldad, hasta que me ahogó un poco y le puse cara de pena y ojitos llorosos–. Aunque dentro de unos minutos tendrás la boca llena –apretó mis labios rechonchos con lascivia pura en su angular cara–, no te harán falta las palabras.
Ay madre, ¡que le iba a hacer una mamada!
Sin dejar de mirarme con superioridad y mofa, él mismo se acarició por encima de los calzoncillos, y aunque no lo iba a admitir jamás, su aura me pareció muy sensual.
—Un poco más y se te cae la baba, nena –me pilló infraganti mirando su paquete, y se palmeó más toscamente, cachondísimo. Se inclinó sobre mi cara y lamió mis labios como un salido mental, sin besar, solo dejando su huella en mí–. Me la vas a chupar así de bien, ¿a que sí? – lamió el cartílago de mi oreja, y me aparté brusca por lo sensible que se sintió.
Me echó hacia atrás, y liberó su miembro de los pantalones con una naturalidad difícil de ignorar. Tenía la polla tan grande como su ego, qué rabia.
—Ehm, ¿Señor Takashi...? –despegué la mirada de su miembro hinchado y rojizo, simplemente porque me entraban ganas de lamerme los labios y eso iba en contra de mis valores. Me alzó el mentón, y me sonrojé cuando empezó a masturbarse lento. Aquello fue tan estimulante, que tuve que cerrar los ojos cuando sentí una ola de calor marearme.
—Sé que esto te excita –declaró firme, observando mi boca como si me fuera a besar, tan cerca que creó una intimidad que no había y yo me lo creí–, tócame –ordenó en mi oído, rozando los labios en la piel, dándome escalofríos por la columna vertebral.
Yo misma rodeé su pene con la mano, y mi memoria recordó sola los movimientos que embelesaban a los hombres. Siseó amargo cuando pasé el índice por el glande, y entonces me hizo una extraña pregunta mientras acariciaba mi cabeza.
—Areum, creo que ya te haces una idea de que tengo un fetiche por la degradación femenina –asentí, confusa–. Dime el primer antónimo que se te venga a la mente cuando piensas en mí –decretó, su mano guiando a la mía en un vaivén mientras yo pensaba.
¿Algo contrario a Takashi, un hombre que ni me había dicho su nombre pero que me deseaba? Dominante, hiriente, estricto, formal, tétrico, sádico... Solo eran algunos sinónimos, pero no fue eso lo que me pidió.
—Azúcar –confesé repentina, moviendo los dedos por su miembro. Me cogió las mejillas con una imperiosidad nueva, como si algo hubiera cambiado. Y qué satisfecho le vi cuando no me resistí.
—Escúchame bien –empezó–, esa será tu palabra de seguridad –su pene palpitó contra su camisa, más rojo que antes–. Cuando esté haciendo algo extremo que no te guste, cuando quieras que pare, cuando sea demasiado para ti; dirás azúcar. Si no lo pronuncias claramente, continuaré follándote –dio un toque de atención en la punta de mi nariz–. ¿Entendido, nena?
—Sí, Señor Takashi.
—Pues abre la boca y chúpamela –hizo un puño en mi pelo para tener el control, y bajó mi cabeza hasta que mis labios envolvieron la punta. Salado, nada parecido al azúcar, parecía un chupachups, y al subir los ojos a los suyos, sentí un vicio que no era normal.
—Me gusta que me mires –confesó, tirando hacia sí el cinturón de mi cuello y produciéndome una arcada por la profundidad. Me dijo que usara la lengua, que la sacara, que le salivara alrededor. Me dijo que le gustaba mi boca.
Cerré los ojos cuando un líquido espeso me bañó la cara tras un rato. No dijo nada después, sus pasos moviéndose por la habitación, y miré mi blusa y falda salpicadas de blanco. ¿Qué había hecho?
—Ven que te limpie la carita –me tendió la mano, y la cogí porque estaba conmocionada y débil. Distinguí su pecho contra mi mejilla, y cerré los ojos mientras pasaba la toallita por mi cara.
—Esta semana te has portado muy bien –abrazó mi cintura, y me dio el cariño que cualquiera merecía–. El viernes te llevaré a cenar, así te conozco un poco mejor, ¿te parece?
—El viernes ya tengo planes –me bajé y recogí mis cosas cuando me sentí apagada–. Buenas noches, Señor Takashi –hice una reverencia de despedida.
—Areum –me llamó nostálgico, encendiéndose un cigarrillo–. No te quites el collar –pidió, lejano en su butaca–, prométemelo. Te castigaré, tengo cámaras vigilándote las veinticuatro horas.
Sí, sí que era tan hijo de puta como parecía.
—No me lo quitaré si usted se porta bien conmigo, Señor Takashi.
14. [cumpleaños con drama]
Jueves
Areum
Solo tenía cuatro clases al siguiente día, y toda la tarde de estudio en la biblioteca con Kohie. Me vendría genial para desconectar.
Lo que el profesor de economía decía me parecía tan aburrido que me distraje con la primera notificación del móvil.
Mamá
Hoy no tienes que ir a trabajar, el Señor Takashi me ha dicho que su hijo está de viaje de negocios
13:58
Deseé que Takashi no volviera a Tokio en una temporada.
...
—¿Acaso te pesa el culo? –Kohaku cogió mi brazo para que le siguiese el paso hacia nuestra mesa en la biblioteca.
—Mucho –dije amarga, ya que las curvas no eran algo distintivo en mi país–. ¿Estás ilusionado por lo de mañana?
—Mucho –me copió–, nada más me transfieran la herencia a la cuenta bancaria, compraré un apartamento.
—Te va a ir bien, Kohie –bajé el tacto por la manga de su sudadera azul marino, arropando su mano–. Estarás mejor lejos de tu padre.
Brillaron pequeñas estrellas en su mirada, y me dio un apretón con los dedos que no cesó hasta que nos pusimos a estudiar.
Kohaku
Llevaba ya un tiempo considerable centrado en mis apuntes, sin embargo Areum no dejaba de ojear una revista femenina.
—¿Qué estás leyendo? –me incliné sobre la página, y fruncí el ceño al ver al musculitos de turno del anuncio de perfume–. ¿Te gustan los chicos así?
Abandonó la revista para mirarme, y mordí uno de mis carrillos ansioso. Joder, ¿por qué le había preguntado eso?
—¿Cómo?
—Los modelos occidentales –cogí la revista, y tracé los marcados pómulos del hombre blanco con el pulgar–, si te gustan.
—Me conformo con que no sean estadounidenses –palpó mi brazo, y escondió una sonrisa ambigua tras las páginas de cotilleos–, además, tu bíceps está más duro.
Contuve las ganas tan fuertes de apretar a Areum entre los brazos, y simplemente me la quedé mirando como un pardillo.
—¿Me quieres ayudar con la mudanza?
—Claro, hace mucho que no visito Ikea,
...
Viernes, 00:32 a.m
Bajé del coche, y sonreí al ver a Areum esperando contra la pared de la discoteca. Llevaba un vestido blanco y con mangas de princesa, y se había rizado el largo pelo. Estaba guapísima.
También llevaba puesta una chaqueta para evitar los comentarios obscenos de algunos subnormales.
—Buenas noches –me cargué la chaqueta sobre el hombro, sintiéndome como cien modelos norteamericanos no podrían.
—Qué guapo estás, Kohaku.
—Hoy voy de Gucci –ajusté el ya perfecto cinturón, y sonreí internamente cuando sus ojos bajaron más allá del objeto de cuero.
—Creía que eras más de Yves Saint Laurent –murmuró, su cara de repente seria–. ¿Vamos dentro?
—Guíame –caminé detrás suyo, y no me opuse cuando me cogió la mano para no perdernos entre la multitud.
Areum ya tenía una copa en la mano pocos minutos después de haber ingresado en la pista de baile, y me dio a probar varios tragos de su ron con cola. Había 70% de alcohol y 30% de refresco, y tal vez por eso no dejé de bailar con confianza.
No me salían las palabras ni tampoco hacían falta, y es que Areum había dejado la chaqueta en el guardarropa y no podía dejar de mirarla. Si yo pensaba que me veía bien sin la chaqueta, ella me multiplicaba por diez.
Su vestido blanco no dejaba sin resaltar ninguna parte de su cuerpo: su pecho parecía haber crecido en todo el tiempo que había dejado de estar tapado por el uniforme, y su miraba su cintura demasiado me ponía a sudar.
Agradecí que no me dio la espalda, porque si no el asunto pasaría a asuntos mayores.
—¿Me das más? –señalé su copa, sintiendo la boca seca de repente, y la compartió conmigo sin pensárselo dos veces.
—Estás tan guapo que te he confundido con un top-model –su voz me pareció la mejor miel del mundo, y me guiñó un ojo bajo las luces azules y rosas de la sala llena.
Inconscientemente me relamí los labios cuando bebió de la copa.
Repasé mi outfit, y la camisa de seda abierta y pantalones ceñidos no me parecían para tanto. No cuando estaba a su lado y ella me opacaba.
—Las chicas de atrás no han dejado de mirarte desde que has llegado.
Ojeé al grupo femenino detrás de mí, y al mirar a las chicas, comenzaron a reírse con flirteo.
—Ah... –le devolví mi atención a Areum, y sonreí sin saber muy bien qué decir.
—¿Por qué no vas a hablar con alguna de ellas? Te puede alegrar la noche de cumpleaños.
No quería empezar un flirteo sin futuro con una chica desconocida mientras ella bailaba sin mí, incluso prefería hablar con el puto Takashi.
—Pero he venido aquí contigo –me acerqué atrevidamente a ella y le arrebaté la copa de la mano, rozando sus dedos por nanosegundos. Me acabé el contenido en tres segundos. El alcohol no era el mejor método para asalvajarme, pero era bastante difícil actuar despreocupado delante de la chica que me gustaba.
Arrugué la cara con el sabor fuerte, y Areum me miraba con una ceja enarcada.
Una canción lenta y sexual comenzó, e intuyó por mi sonrisa felina que quería bailar. Me relamí el líquido restante de los labios antes de inclinarme a su oído.
—Eres la chica más guapa de la discoteca, ¿por qué tendría intenciones de abandonarte?
Me miró patidifusa a través de sus espesas pestañas, y sonreí cuando los roles se intercambiaron. Ahora eran sus mejillas las que sufrían la rojez.
No nos separamos para bailar, y no me importó el calor que había entre su cuerpo y el mío, porque valía la pena verle así de cómoda y sensual mientras se dejaba llevar.
Quería pensar que estaba cómoda tan cerca de mí
Era imposible no mirar sus piernas enmarcadas en medias negras o sus hombros escultóricos que quedaban restringidos únicamente por los tirantes de mierda. Se los quería arrancar. El balanceo de sus caderas tampoco ayudaba.
Areum me miró con el mismo interés, y la temperatura de mi sangre se calentó.
—¿Estás bien? –me agaché para airearle con la mano, y le dio un escalofrío cuando soplé directamente en su cuello–. ¿Quieres que te ayude en algo?
El perfume artificial de su piel capturó mi voluntad, y antes de que me quisiera dar cuenta mi nariz estaba pegada a su cuello con aroma floral.
¿Por qué tenía que ser tan atractiva?
Este nuevo Kohaku parecía haberse comido a la anterior versión, un depredador sexual que precisaba de perfumes femeninos florales para sobrevivir.
Tenía el cuello suave y vacío, y quise darle el collar cuanto antes.
—Estoy bien –murmuró en un hilo de voz que no sé cómo fue audible por la música, y me estiré para devolverle su espacio personal. Notaba que no dejaba de mirar por encima de mi hombro con el ceño fruncido, y cuando hice lo mismo, vi a las chicas de antes mirándole con recelo.
—No merece la pena que les des atención –le animé, bajo un abrasante contacto visual. Areum no pudo disimular bien la incomodidad de su cara, intentando no mirar a las chavalas celosas de su vestido, apariencia o vete tú a saber qué–. Ven –extendí las manos hacia su fina cintura, y quedamos tan cerca como pensé en mi mente.
Me rodeó los hombros con algo de decadencia, como si estuviera ida. Dio un trago a su copa y dejó los ojos fijos en mi pecho descubierto por los primeros botones de la camisa. Le pegué más a mí hasta que su nariz rozó la piel expuesta, y me mordí la lengua con las ganas que sentí de besarla.
—Oye, ¿te estoy incomodando? –pensé que a lo mejor estaba siendo demasiado intenso.
—Estoy bien –asintió con una pequeña sonrisa, posando la mejilla en mi pecho. Colé uno de mis muslos entre los suyos sin romper el contacto visual permisivo–. ¿Has estado yendo al gimnasio? –acarició mi nuca cada vez que me rozaba la pierna al bailar, y sé que notaba la consistencia de mis cuádriceps cada vez que rozaba su parte más sensible contra mi pantalón.
—Uh... –le temblaron las falanges y mi pantalón se tensó al oír el sonido extasiado. ¿Había suspirado?, ¿de placer? ¿En mi muslo?
—Sí, me estoy poniendo...fuerte –me escondí de nuevo en su cuello, dejando que su perfume me embriagase. Tenía la mejilla contra mi pecho, y me sentía excitado y enternecido a la vez–. Hueles muy bien.
Tuvo un espasmo contra mi pierna, y pensé que sus piernas estarían genial alrededor de mi cara. Ninguno decía nada, pero era más que palpable que los nuestros cuerpos habían reaccionado a la cercanía. Me comencé a alterar por el hinchado tamaño de mi amigo.
—Areum –le separé bruscamente de las mangas de princesa–. Necesito ir al baño, un momento.
Areum
—Estoy bastante borracha –me tapé la boca cuando me empecé a reír sola, y Kohaku no me soltó la mano mientras salíamos de la discoteca. Eran más de las dos de la madrugada, pero los dos estábamos cansados y necesitados de un parque tranquilo en el que descansar un momentito de las luces psicodélicas.
—Es que te has bebido cuatro copas –me regañó, guiándome a un banco de madera alejado del gentío–, pero te lo dejo pasar porque me lo he pasado muy bien.
Nos sentamos hombro con hombro, pero subió mis pantorrillas a sus muslos y quedé perpendicular y con la mejilla en su camisa.
—Mi madre me va a matar si me ve así de borracha...
—La semana que viene te vendrás a dormir conmigo –su mano cayó en mi coronilla, y hundió los dedos en un profundo masaje; vaya, el movimiento me era familiar–. Me he despertado con una transferencia billonaria de Apple, y mañana si no tienes resaca te puedo enseñar mi nueva casa.
—¿Me dejarás dormir contigo? –le miré a los ojos, con el foco un poco distorsionado por el alcohol en sangre.
—Claro, te puedes venir cuando quieras.
Se me había pasado la excitación del baile de antes, pero mis hormonas volvieron a subir a flote con las líneas imaginarias que comenzó a hacer por mis piernas desnudas.
—¿De verdad que no te he incomodado antes? –susurró, en su voz un ápice de miedo; miedo al rechazo, ¿tal vez?
—No me incomodas, Kohaku –mi culo se estaba quedando cuadrado por el banco, y aunque tuve ganas de sentarme encima de él, me contuve. Los hombres tenían una comprensible tendencia a excitarse cuando lo hacías. Y aunque me gustaba, se sentía...particular hacerlo con mi amigo.
Una vibración ahuyentó el silencio, y aunque sabía que era de mi teléfono, lo ignoré. ¿Quién coño me hablaría un viernes por la noche?
—Es el tuyo, Areum, no tengo notificaciones emergentes.
Escondí la pantalla contra mi pecho, y mis ojos flojearon.
Detrás de ti...de vosotros, más bien
—T.K
Tienes dos minutos para subirte en el coche
—T.K
Giré la cabeza como un búho, y me caí del banco cuando mi cuerpo se congeló. Había un range rover negro con la luces encendidas en la acera de enfrente, con los intermitentes encendidos.
—Hostia menuda caída, ¿estás bien? –Kohaku pronto estuvo agachado a mi lado y me ayudó a levantarme–. Menos mal que no te has manchado el vestido, que vas de blanco.
¿Pero qué hacía Takashi aquí? ¿No estaba de viaje de negocios?
—¿Ari? –mi amigo pelinegro llamó mi atención, y le miré nerviosa sin saber qué hacer–. Se te ha puesto la cara muy pálida.
Cogió mi cara para examinarla, pero sabía que Takashi nos estaba mirando, y le aparté delicadamente.
—Debe ser el alcohol –me excusé, señalando el todoterreno a sus espaldas–. Joji –mentí–, ha venido a por mí.
—Ah, vale... –Kohaku estaba tan distraído que no se fijó en que ese no era el coche de siempre–, pero no te vayas todavía. Tengo algo para ti.
Chequeó mi cuello por segundos, y sonrió nerviosamente al sacar una cajita alargada del bolsillo de su chaqueta. El claxon sonó impaciente, y simulé que no tenía los nervios a flor de piel.
—Es para ti –susurró, entregándome la caja. Pandora. Últimamente las joyas me perseguían.
—¿Para mí? ¿Por qué me haces un regalo cuando el cumpleañero eres tú? –me reí tontamente, pero al ver su cara íntimamente ilusionada, me obligué a callar. Abrí la caja aterciopelada, y se me calentó el pecho al ver un fino collar de plata.
—Es mi forma de agradecerte que seas mi amiga, te...aprecio mucho.
Joder, yo no le había regalado nada
—Yo también te quiero mucho, Kohie –le tendí el collar, y aparté el pelo para que me lo pusiese. Noté sus dedos temblorosos en el broche, y algo frío cuando el metal cayó en mis clavículas–. Todavía no tengo tu regalo, de verdad que lo siento mucho...
Su cara regordeta apareció delante de mí, e ignoré el segundo aviso del claxon. No sabía qué pasaría si había un tercero.
—No hace falta que me compres nada, tu compañía me hace muy feliz –algo caliente tocó ambas mejillas, y me di cuenta de que eran sus manos acunando mi cara con la misma delicadeza que a un bebé.
—Te daré tu regalo igualmente –sonreí, temiendo por el espectador del coche.
—¿Me ayudarás con la mudanza?, ¿me visitarás de vez en cuando? –sus dedos temblaron ligeramente contra mis mejillas, inseguridad.
—Eso está hecho –avancé para darle un abrazo, y rodeó mi espalda de forma protectora y cariñosa. Me sentía bien, sus abrazos eran de esos que te calmaban con dulzura en vez de anestesia.
—Gracias por bailar conmigo, aunque creo que ha sido un poco...intenso –soltó una risita contra mi coronilla, sus brazos apretándome más, y me agobié un poco.
—Pero me ha gustado –le guiñé un ojo al separarme, y caminé de espaldas hacia el coche mientras me despedía silenciosamente de él–. Buenas noches, Kohaku.
—Adiós, Ari –movió la mano, y solo le hacía falta un sonrojo excesivo para recrear una escena típica de un manga romanticón. Tenía más estrellas en sus ojos que en el cielo contaminado.
No vi nada a través de los cristales tintados del coche, por lo que abrí la puerta de copiloto y tomé asiento rápidamente, esperando mi sentencia.
Pasó un minuto en completo silencio, en el que solo se oían sus dedos repiquetear contra el volante. Kohaku miraba en nuestra dirección con la cara inclinada, seguramente pensando en por qué no me iba ya.
—Creía que estaba de viaje de negocios, Señor Takashi –dije fría, mirando de reojo a Takashi. No parecía contento.
Cogió mi mandíbula con brusquedad y me hizo mirarle. Me sentí pequeña cuando sus ojos enfadados buscaron algo específico en mi cuello, y se rió amargamente al ver el colgante de plata sobre mis clavículas
—¿Qu... –
—Estás castigada.
15. [manos gucci]
Areum
Vaya, se me había pasado la borrachera de repente.
—¿Por qué estoy castigada? –logré murmurar–. No he hecho nada.
Me apoyé contra la puerta y le di mi peor mirada. Me había arruinado la noche con mi mejor amigo, ¿y para qué? Era cansino jugar en su tablero y ser su peón.
—Ni siquiera sé por qué me he subido a tu puto coche –espeté seca, alcanzando el asa para abrir la puerta y largarme. Kohaku seguía confundido en el banco. Había pasado un minuto, y Joji era un conductor excelente y rápido que no se demoraría tanto, Kohaku lo sabía. Comenzaría a sospechar.
—¿Que no lo sabes, dices? –me hizo gritar al sentir el familiar ardor en el cráneo, y no soltó mi pelo hasta que me tiró sobre sus piernas. No me clavé la palanca de cambios en la espalda de milagro. Le miré con rabia y lágrimas, su mirada siniestra vista desde abajo–. Te has subido en mi puto coche porque sabes qué es lo que te conviene –acarició mi mejilla con cinismo, su sonrisa mostrando sus malas intenciones.
Noté cómo su muslo se estiró bajo mi cabeza, pisando suavemente el acelerador hasta que el motor ronroneó. Quería levantarme de sus piernas para ver a Kohaku, pero hundió suave los dedos en mi pelo y cerré los ojos involuntariamente.
De repente ya no me quería mover de ahí, y él sabía perfectamente la magia de la que sus dedos eran capaces.
—Llego cansado de hacer negocios en el extranjero y ansioso de jugar un poco contigo...¿y qué me encuentro cuando vengo a por ti? –inquirió, su masaje consistente y relajante.
—¿Hmmn? –le miré a escondidas, concentrado en la carretera a pesar de tener la mandíbula en tensión.
—Que sigues igual de insolente que siempre –el reflejo rojo del semáforo proyectaba una imagen turbia en su cara–. Zorreando con el primero que pasa y rechazando mis regalos... –el desprecio en su voz me hizo sentir menos–. Tskk...debería haber llamado a Soyeon.
¿”Soyeon”? ¡Ese también era un nombre coreano! ¿Era también una de sus sumisas?
—Eres muy poco original, Takashi –hice el amago de apartar su mano para recolocarme en el asiento de copiloto, pero intensificó el agarre.
—Cuidado con lo que dices, te recuerdo que sigues castigada. Vacilarme no te va a beneficiar para nada –paseó los dedos por mi piel hasta engancharlos en la cadena de plata de Kohaku–. ¿Dónde está el collar?
En el bolsillo de mi chaqueta, pero no tenía por qué enterarse de eso.
—Desde luego, aquí no –espeté entre dientes, y aparté sus dedos anillados de un manotazo para incorporarme. Bajé el dobladillo del vestido al sentarme, y miré los neones que se difuminaban por la velocidad del vehículo–. ¿A dónde vamos?
No me respondió, y me tuve que resignar a esperar de brazos cruzados durante el trayecto a casa. Acabé dormida con la cara enfadada, y desperté al oír el golpe de una puerta.
Vi la cara angulosa de Takashi a través de la ventanilla, y abrió mi puerta de copiloto en silencio.
—¿Dónde estamos? –pregunté de nuevo, mirando el frío aparcamiento afuera.
—Si no bajas en los próximos diez segundos te puedo asegurar que te arrepentirás –se apoyó contra la puerta, presionándome para que bajase–. Diez...
Crucé las piernas y los brazos con bravuconería, esperando a que acabase el numerito.
—Cinco...
Le miré de reojo solo para ver cómo estaba manejando mi desobediencia, y se me escapó una sonrisa cuando vi su lengua apretada contra su mejilla. Me daba satisfacción darle de su propia medicina, para qué negarlo.
—Uno... –contó más lento los últimos segundos para crear más expectación–, cero.
Permanecí en la misma postura, incómoda con su silencio sepulcral. El brillo de su teléfono me cegó cuando me lo acercó a la cara, y eché la cabeza hacia atrás para poder leer la pantalla. Más fotos comprometidas de la discoteca con Kohaku, nada nuevo ni sorprendente pero sí enfermizo.
Bajé del coche para arrebatarle el teléfono y borrarlas, pero él me atrapó el brazo antes.
—Te pillé –bajó hasta mi oído, y se posicionó detrás de mí para rodear mi cintura. Me dio un empujón, y tuve que avanzar forzosamente hacia el edificio que se alzaba sobre nosotros–. ¿Te has dado cuenta de que siempre te tengo que hacer chantaje con las fotos del niñato manzana? A lo mejor estoy siendo demasiado benevolente y las tendría que publicar ya.
—N-no, Señor Takashi –mi espalda se tensó contra su pecho, y agité la cabeza en negación–, no tiene que hacer...–
—¿Ahora sí soy el Señor Takashi? –un amago de risa irónica arañó mi oído a la vez que me empujaba hacia el lujoso edificio con luces.
—¿Por qué estamos aquí? –mis piernas no estaban por la labor de obedecer, pero Takashi no me dejaba quedarme quieta en el pavimento.
—No lo sé, Areum, ¿qué suele hacer la gente a las dos de la madrugada en un hotel?
Me aferré a la chaqueta para evitar hiperventilar cuando vi el letrero del Four Seasons.
...
Takashi no había pronunciado palabra alguna en el ascensor, y yo disimulaba el temblor de mis manos bajo la chaqueta. A veces metía las manos en los bolsillos, solo para comprobar que no había perdido su collar, aunque tampoco me lo quería poner.
Sus zapatos marcaron un compás siniestro al avanzar por el pasillo enmoquetado, y seguí sus piernas kilométricas hasta que (muy a mi pesar) se detuvieron frente a una puerta blanca. La abrió con un pitido de tarjeta, y me planteé darme la vuelta y correr por el pasillo.
Entró en la gran estancia de tonalidades café y sujetó la puerta a mi espera. Había un brillo desafiante en su mirada, y en la mía solo inseguridad e incertidumbre.
No sabía qué iba a pasar y eso me asustaba, pero aún así di un paso adelante.
—Sabes...no tenía pensado traerte aquí tan tarde, pero no me he podido resistir –cerró la puerta tras él, y volví a sentirle cerca, escaneando mi cuerpo–. Estás espectacular –rozó mi brazo con los dedos–, ¿a qué se debe la ocasión?
—Eso no es importante –concluí, evitando mencionar a Kohaku, con la mirada militar en las cortinas.
Cubrió mi espalda baja con la mano, tocando mis curvas sobre el vestido, analizando.
—¿Sabes por qué estás aquí? –subió la mano tan poco a poco que me pudo rodear el cuello, y me sentí como un pato mareado.
—¿Porque me quieres follar? –mi comentario le hizo reír entre dientes, así que supuse que no estaba realmente enfadado.
—Hoy no tenía pensado ir tan lejos, pero si me lo pides así... –me inclinó la cabeza hacia atrás, y vi su larga sonrisa en un ángulo turbio. El deseo casi goteaba de sus ojos castaños, y me costó tragar saliva teniendo tanta atención encima.
Me dio la vuelta y cortó la distancia agachándose para besarme, sus labios igual de insaciables que siempre. Intentó pegarme más a él aunque mis manos estuvieran en medio.
Era una tontería negar que era un buen besador, y me sorprendí al no tener la cara de ningún famoso en mente, simplemente disfruté el toque.
—Suelta eso –señaló la chaqueta entre mis manos, y como las rodeó en su nuca, mi chaqueta cayó al suelo con un sonido metálico impactando en el suelo; su collar. Takashi bajó la cara para mirar al suelo, pero en un arrebato de desesperación porque no viese el objeto, cogí su cara angulosa para besarle.
Me empujó contra la pared, satisfecho con mi iniciativa, y mientras tocaba su pecho para distraerle, moví la chaqueta con la punta del zapato de tacón. Si veía el collar, me mataría. Ya había insistido con que no me lo quitara, pero yo no era propiedad de nadie.
—Si no supiese lo insolente que eres, podría pensar que hay un ángel bajo este vestido apretado –rompió el beso obsceno, sonriéndome de una forma que me hizo humedecer las bragas. Se relamió sin pudor al mirar mi pronunciado escote–. Me puedes soltar ya la cara, princesa –se deshizo de su chaqueta, hasta quedar en una camisa beige que le favorecía bastante.
Se le marcaban los bíceps descaradamente, e ignoré que pedían a gritos que los tocara.
Antes de volver a mí, se agachó con detalle para recoger mi chaqueta, y me mordí el carrillo al oír el familiar ruido metálico que marcaba mi sentencia. Mierda.
—Oh...qué interesante –dijo severo, escaneando la gruesa gargantilla Swarovski entre sus largos dedos Clavó un brazo en la pared tras mi cabeza, y se mantuvo en silencio con la mirada fija en las iniciales. Pasaron dos incómodos minutos así, y parecía pensativo cuando no me miraba las tetas en momentos puntuales.
—¿Señor Takashi? –mi voz le hizo despertar del trance, y no me gustó el tinte profundo que sus ojos me devolvieron.
—¿Lo has llevado todo este tiempo en el bolsillo? –en contraste con sus frías palabras, acarició mi mejilla con delicadeza, haciéndome rememorar los instantes de aparente tranquilidad sobre su muslo–. No te lo has puesto delante de Ito –sonrió paradójicamente, observando el otro colgante de plata que adornaba mi cuello. Enrolló los dedos en mi nuca, acercándome forzosamente a él–. Te dije que no te quitaras el collar, Areum.
Me miraba desde su altura enfadado, y noté algo frío en mi escote que no pude ver debido a su sujeción.
—Esto me lo voy a quedar –recogió el objeto de mis pechos, y aprovechó para apretar uno superficialmente. Tanteé mi cuello con sospecha, y me quedé en blanco al darme cuenta de que el regalo de Kohaku no estaba.
—¡No! –intenté despegarme de la pared para tomar mi collar de vuelta, pero me presionó del cuello y alzó el brazo a una altura que me era imposible alcanzar–. Devuélvamelo, Señor Takashi, es un regalo que me han hecho.
No quería ponerme a llorar, pero se me hacía difícil al ver cómo disfrutaba mi dolor.
—Dame una sola razón para hacerlo.
—Es un regalo de Kohie –concluí penosa entre lágrimas, forzándome a no dejarlas desbordar de mis ojos.
—¿Así le llamas? –dio un apretón en mi garganta, haciéndome toser–. Estoy seguro de que él también tiene un ridículo apodo para ti.
Sujeté su muñeca entre mis dedos, rogándole con la mirada un poco de piedad física y emocional.
—Me has desobedecido, vacilado y tuteado, ¿y cuántas veces te he dicho que no me gusta repetirme? –presionó su nariz angulosa en mi mandíbula, mi pulso disparándose–. ¿Sabes por qué no te has querido poner el collar, Areum? –susurró cínico–. Porque te niegas a aceptar que eres la sumisa de alguien, te destroza cuando las cosas no siguen tus planes y alguien te planta cara. Y te jode muchísimo que esa persona sea yo, que tengas que estar sometida a la persona que más odias y que más te enciende.
No dije nada, mi mente gritándome a voces lo mucho que le odiaba por tener razón.
—En realidad no somos tan distintos –noté la extendida línea de su boca contra mi piel–, a los dos nos gusta tener el control de las cosas. A mí en el sexo y a ti a nivel emocional con Ito. Pretender que no te das cuenta de lo pillado que está por ti, pero zorreando con él en la discoteca... Dime, ¿quién es el verdadero manipulador aquí?
—Basta ya –no se me ocurrió ninguna explicación decente, ya que me había abierto en canal.
—No te tienes que preocupar del control, para eso estoy yo –me hizo mirarle, sus cejas serias enmarcando su mirada oscura–. Te devolveré el collar si aguantas el castigo como una buena chica.
Asentí como pude, y me devolvió mi espacio personal con una expresión aprobadora.
Me quería dejar caer al suelo y llorar, pero aguanté con los tacones que me destrozaban los pies. Me sentí vacía y no supe por qué, pero acepté su mano cuando me la tendió.
—Vamos a la cama –tiró suavemente de mi mano, y afiancé el agarre al sentirme rota y necesitada de cariño, aunque fuese de la mano enemiga.
Takashi se sentó a los pies de la cama, y me hizo hueco entre sus piernas abiertas. Incluso sentado seguía siendo alto, lo suficiente como para tener mis pechos a su altura visual.
—Acércate, nena –apoyó mis manos en sus anchos hombros, y me aferré a ellos de la misma forma en la que él cogió mi nuca para unir nuestras bocas.
Estaba desanimada y tal vez por eso se tomó su tiempo de ir lento, y me relajé al no tener que seguir movimientos voraces y violentos. Humedeció mis labios con su lengua de forma suave, y dejé que acariciara a la mía con más pasión. Manoseó, estiró y jugó con mi culo, y me excité por segunda vez en la noche y con otro hombre diferente. Todo genial.
De un movimiento rápido, me desequilibró al tirar de mi muñeca, y caí de bruces sobre el colchón. Frente a mí solo se veía un desierto pacífico y blanco de sábanas y coSeiichies, y no me moví demasiado. Había quedado recostada sobre su pierna abierta, y sabía que me estaba mirando el culo en pompa por el silencio que había. Qué poco casual parecía aquello.
—¿Me...levanto?
—No, estás castigada –impactó mi trasero con la mano de forma vaga, y me tensé cuando la comenzó a subir por mi espalda–. No tienes permiso para hablar.
Enrrolló los dedos en mi mata de pelo, y tiró hasta que mi espalda no se pudo arquear más. La otra mano subió por el interior de mi muslo vestido, haciéndome estremecer con el frío contraste de sus dedos.
—Esta vez no me voy a quitar los anillos –advirtió, dejando un pequeño beso en mi frente antes de soltarme y apoyarme la cara en el edredón.
Ahora sus acciones eran delicadas y firmes, y me confundí hasta pensar que podía tener empatía.
Amasó mi trasero, mesurándome por encima del vestido. Estaba convencida de que podía verme las bragas debido a la posición, pero por supuesto eso a él le tendría encantado.
Cerré los ojos al sentir un nuevo impacto en la nalga derecha, y dejó la mano ahí, observando mi reacción. Parecía que me iba a dar azotes, como en las historias sexuales de internet.
—Ha sido un placer, Señor Takashi –me incorporé tras un minuto entero de silencio, convencida.
—¿A dónde vas? Eso solo era el calentamiento –me devolvió a la cama sin cuidado alguno, su índice acariciando mi mejilla de forma tétrica–. No te habrás pensado que eso era todo, ¿verdad?
—N-No...claro que no.
Me acomodó sobre su muslo, trazando líneas ascendentes por encima de las medias. Sus dedos se enrollaron en el dobladillo del vestido, y me hizo levantar las caderas para apartar el vestido y bajar las medias.
Oí lo más parecido a una risa en él, y enganchó el borde de las bragas.
—¿Y este tanga diminuto? –me azotó antes de que pudiera decir algo, y algo en mi cabeza hizo click cuando noté una ligera molestia directamente en la piel. Ese golpe había picado un poco. Me mantuve con la mejilla en el edredón, observando en silencio su sonrisa de disfrute–. ¿Te ha dolido? –conectó miradas, uno de sus mechones interponiéndose de forma lúgubre. Mentí al negar con la cabeza, y ahogó una sonrisa antes de volver a pegarme.
Enterré la cara en la cama para evitar hacer cualquier ruido, mi trasero ardiendo con el golpe.
—Me has dicho que no te dolía... –se mofó, propinándome otro azote en la otra nalga–, y las chicas buenas no mienten.
Su mano hacía un ruido sonoro cada vez que repetía el gesto, y al séptimo, no pude evitar removerme un poco en su pierna. Sus dedos quemaban y los anillos lo intensificaban todo.
Me estaba castigando por todo: por haberle mentido, por el puto collar y a saber por qué mierda enfermiza más. Estaba desquitándose conmigo.
—No tan fuerte, por favor –pedí en un susurro, teniendo fe en que fuese bueno.
—¿Notas cómo escuece el metal? Te van a dejar marcas durante días –apretujó la piel entre sus dedos, sus anillos fríos incomodándome físicamente. Asentí solo por si acaso se molestaba por no responderle, y me mantuvo pegada a la cama con una mano sobre mi espalda–. Probablemente esto te duela como mil demonios.
A pesar de que intenté prepararme mentalmente, grité al sentir la palma de su mano arremeter de forma seguida en mi trasero.
No me dio tiempo a descansar, y por cómo me escocía la piel, estaba segura de que los anillos me estaban dejando marcas.
—Seño Takashi, duele...duele mucho –se lo hice saber, pero continúo abusando mi piel con sadismo, creando una atmósfera hostil en la habitación de hotel–. Los anillos me hacen daño.
Solo se oía su respiración pesada en la habitación, como si hubiese estado follando. Le daba placer esta situación, hacer daño a los demás, a mí.
Quitó la mano de mi espalda, y me apoyé sobre los codos, con las piernas sacudiéndose solas.
—¿Vas a llorar? –preguntó ido en mi oído, ronco–, ¿vas a llorar porque te destrozan unos azotes en el culo?
—No me castigue más –pedí fría–, he aprendido la lección.
—No te esperabas que te fuesen a reventar el culo a azotes cuando estabas borracha con tu amiguito, ¿a que no? –apretó los dedos en mi garganta, coloreando mis mejillas por el mareo.
—Me...pondré el collar a-ahora mismo, se lo prometo.
Se me grabó mentalmente su risa macabra, y traspasó el fuerte agarre a mi pelo.
—Es un poco tarde para eso, ¿no crees? –encerró un tramo de piel de mi cuello entre sus dientes, y no pude evitar gemir de dolor al sentir otra palmada bestial contra mi ahora frágil piel–. Ponértelo ahora no te libraría mágicamente de lo que te estoy dando.
—Señor Takashi... –saboreé el metálico sabor de la sangre cuando mordí demasiado fuerte mi labio, temblando como todo mi cuerpo.
—Después de mamármela me dijiste que no te quitarías el collar si me portaba bien contigo –gruñó enfadado en mi cuello, mordiéndolo de forma brusca con otro azote–, ¿quién te crees que eres para exigirme cosas? Solo eres una puta niñata malcriada.
Grité que me estaba haciendo daño y que me estaba agobiando.
—No te quiero oír más, Areum –tomó el control de mi mandíbula, y metió el índice y el corazón en mi boca de forma forzosa para callarme, un tramo de saliva bañando sus dedos–. Chúpalos como me chupaste la polla el otro día, vamos.
Apenas podía tragar saliva debido al brusco mete-saca que estaba haciendo, pero lo intenté con la lengua, lagrimeando.
Me azotó otra vez con todas sus fuerzas, y ahogó mis gritos entre sus dedos. Dolía tanto que dejé las manos abiertas sobre la zona reventada.
—Quita las manos –no reconocí su voz animal, y comencé a temblar violentamente de pánico.
—Déjeme un momento para descansar...p-por favor –mis manos estaban estiradas en señal de rendición, como una bandera blanca, mi cuerpo temblando sobre su pierna.
Sacó los dedos empapados de mi boca, y cuando abrió los dedos de golpe, caí de bruces a la cama. No oculté más las lágrimas mientras seguía protegiendo mi trasero magullado, y lloré como no había llorado en semanas. Mojé el edredón bajo mi cara.
—Te voy a dar la vuelta –su voz volvió a sonar dentro de mi espacio personal, y lo que era peor, en mi cabeza. Me sentó en sus piernas, evitando la zona sensible.
No sabía si seguía enfadado, si estaba complacido con el destrozo o si quería seguir abusando de mi sumisión, pero lloré en silencio y mirando al suelo, con ganas de irme a casa.
—Ya tienes el cuello bien... –cambió de tema, pasando las yemas de los dedos por el nombrado. Mi piel soportó más mordiscos, con el suave masaje en el pelo de fondo, claro–. Abre los ojos –dio una palmada suave en mi muslo, y estudió mis ojos llorosos. Me puso de pie y me dió la vuelta.
Pasó medio minuto en silencio, estudiando mi trasero enmarcado en secuelas, unos leves sonidos plásticos de fondo. No sabía qué estaba haciendo, pero no me sentía capaz de darme la vuelta. Siseé cuando pegó lo que supuse que era una tirita, y la idea me parecía absurda.
¿De qué me iba a servir una puta tirita?
Recolocó mi vestido y medias, y apresó mi cintura, sentándome encima suyo con extraño cuidado. Alzó mi mentón, sus pestañas dejando entrever sus bonitos ojos, y depositó un beso en mis labios hinchados de llorar.
—Estás guapa cuando lloras –me apremió, victorioso de haberme destrozado. Qué maldito enfermo.
Apartó mi pelo y abrochó el collar de Kohaku en mi cuello amoratado, parecía una masacre.
—¿Ha acabado el castigo, Señor Takashi?
—Sí, cielo –acunó mi mejilla, e intenté no llorar con las caricias de su pulgar. Abrochó su choker de Swarovski más arriba del otro collar–. No me importa que lleves el collar del niñato, pero no te quites el mío, ¿sí?. A menos que quieras otro castigo, claro –sonrió ladinamente.
—No me lo quitaré –aparté su toque educadamente y me bajé de sus piernas, lista para recoger mi chaqueta y largarme de allí–. Buenas noches.
—Espera –me cogió la muñeca antes de que abriera la puerta, su erección descaradamente dura–. Resérvame la noche del viernes.
Todavía quedaba una semana para eso, ¿qué prisa tenía?
—Nos vamos a ver en el trabajo durante toda la semana –le encaré neutral, y flexionó los brazos para acercarse a mi cara. Ahora no quería ni verle en pintura.
—No seas así –se inclinó hacia mis labios, mirándome de una forma muy sensual que habría correspondido si no tuviese una crisis mental ahora mismo–. El castigo te lo has ganado tú solita.
Rodé los ojos de forma visible, aferrándome a la chaqueta como al principio de la noche.
—¿Me has acorralado contra la puerta para decirme eso? –dije sin educación.
—No, pero si me sigues hablando así, a lo mejor no sales de la habitación. El viernes que viene me puedes zorrear a mí...
—Revisaré mi agenda...
—¡Deja de ser así, me cago en la puta! –golpeó la pared con la palma abierta, y me quedé quieta–. Déjame comerte la boca y no me enfadaré.
Sonó un poco desesperado, pero fingí no saberlo y limitarme a besarle. Tal vez se estaba enganchando a verme. Tocó mi muslo en dirección ascendente, y temí.
—Lo sabía, joder –una risa muy macabra salió de sus labios rojos e hinchados, y me manoseó por encima de las medias, encontrando zonas mojadas–. Te ha gustado que te degrade así, casi estarías chorreando de no llevar las medias...¿me equivoco?
No dije nada, y me limité a jugar nerviosamente con mis manos.
Lo cierto era que tenía las bragas más mojadas que un charco. No me podía defender.
—No te pongas tímida ahora. Te compensaré por lo de esta noche –acarició mi sien a cámara lenta–. Si quieres una noche fetichista solo me la tienes que pedir –apretujó mis labios como si fueran un corazón–, todavía no me he olvidado de que no me has dicho tus fetiches sexuales, Areum.
Le besé con desesperación, y me levantó de los muslos para empotrarme contra la pared. Gemí sin pudor al notar su gran erección contra mi húmedo centro, y succioné su labio sintiéndome caliente.
Me odié a mí misma por disfrutar de los besos húmedos de Takashi Kaito. Señor Takashi.
16. [confrontación doble]
Sábado
Kohaku
—Ya está –Areum se dejó caer sobre el sofá con olor a nuevo. Sonreí sin poder evitarlo, y cerré la puerta cuando metimos la última caja.
—Quién nos iba a decir que hacer una mudanza era tan agotador, ¿eh? –observé su espalda, aguantándome las ganas de acariciarla hasta que se durmiera–. ¿Quieres que te haga un tour de la casa?
...
—Parece una cama de película medieval –tocó los postes de madera que culminaban en un dosel, y vi cómo se contuvo de deshacer el lazo para que la cortina cayera y fuera más fantasioso–. Me gusta mucho tu apartamento, no es una mansión fría como en casa.
Sabía a lo que se refería, a un hogar con sirvientes y ausencia paternal.
Anduvo por la estancia murmurando cosas que me costaba entender, y paró frente al escritorio donde había libros de clase y una foto con ella.
Me acerqué a ella cuando continuó susurrando para sí misma, y le toque el hombro preocupado. Había estado así toda la mañana, y me daba la sensación de que su mente no estaba aquí.
—Areum, ¿quieres quedarte a comer? Luego podemos hacer la siesta –propuse contra su pelo, cerca de su espalda pero sin agobiarle físicamente–, tengo Netflix en la tele.
Desde aquí vi cómo sus mejillas se abultaron muy poquito en una sonrisa, y me encaró para darme una confirmación.
Pedimos comida china, y le hice caminar hasta el sofá al notar su cansancio. Me hacía pensar que había dormido poco a pesar de hacer abandonado la discoteca pronto.
Aún así se las ingeniaba para estar igual de guapa que siempre.
Me gustaba hacer planes con ella fuera del instituto porque no le veía con el uniforme, sino con su ropa; con su personalidad propia.
Hoy se había puesto un jersey de cuello alto que marcaba su figura de formas que no me atrevía a describir, y vaqueros normales. Se veía achuchable y sexy, si eso tenía sentido alguno.
Me tumbé antes que ella a lo largo del sofá, y di palmaditas en el espacio que quedaba a centímetros de mi pecho.
—¿Te molesta si nos ponemos así?
—No, está bien –me dio una pequeña sonrisa antes de agacharse para quitarse las pantuflas.
Aproveché lo cerca que estaba para estudiar mejor su cara. Tenía los ojos un poco rojos, como si hubiese fumado maría o llorado; un corte reciente en el labio y ojeras que se filtraban a través de su maquillaje. También me había fijado en que estaba más seria, pero en vez de preguntarle le ofrecí una siesta de consuelo entre mis brazos.
Hice un esfuerzo abismal por no suspirar al sentir su cuerpo contra el mío, y nos tapé con la manta cuando la intro del capítulo estaba sonando.
Sí, su pelo sí que olía tan bien como parecía
Buscó mi mano, y dejó el lío de dedos rozando su estómago.
Estábamos haciendo la cucharita y me parecía lo más encantador del mundo, sobre todo con el calor corporal que me transmitía. Era muy difícil no quedarse dormido a su lado.
No solté su mano durante el capítulo, ni siquiera con los tres que le siguieron; solo cuando ella quiso.
—Kohie... –se recostó sobre su otro lado, nuestras caras a escasos centímetros por la postura. Llevó sus manos a su pecho con los ojos entrecerrados, y me mordí el carrillo al verla dormida y susurrando en sueños.
Coloqué el brazo bajo el hueco de su cuello para que estuviese más cómoda, y enterró la cara en mi pecho. Se durmió a mi lado y pensé que estaba enamorado de ella. No encontraba otra explicación al latido de mi corazón o la felicidad y satisfacción extremas al ver la paz de su cara.
Tracé su pelo con los dedos, convencido de que le haría el sueño más placentero.
El capítulo del anime creó un fondo diluido y acogedor, y memoricé cada facción de su cara con detalle. No me quería olvidar este momento en el que los dos estábamos tan seguros el uno con el otro, porque no sabía si se volvería a repetir.
El cuello de su jersey se había movido un poco y vi una cadena plateada familiar. Quise colocar el colgante por fuera del cuello alto, así que con cuidado, tiré del collar que le había regalado.
Vi algo raro.
Areum llevaba un chocker que parecía estar hecho de diamantes, y me extrañó demasiado porque precisamente ella era más de anillos y pendientes.
Comprobé que seguía igual de dormida y enganché la tela del jersey con el dedo, bajándola un poco para ver qué tipo de collar era; para el futuro, para saber qué tipo de collares comprarle para su cumpleaños.
“T.K” rezaban las iniciales grabadas en un charm con forma de corazón, pero no me centré en averiguarlo porque algo más captó mi atención.
—¿Qué cojones...? –susurré, apartando el collar, asustado al ver manchas violáceas, y dejé de acariciarle el pelo para no distraerme.
Eran chupetones, unos intensos que le habían destrozado el cuello. No era agradable de ver, y objetivamente podías sentir dolor solo con verlos.
¿Eran estos los moratones que también me escondió la otra vez?, ¿los mismos que me enteré gracias a la chica de su clase? Joder, ¿pero quién le había hecho eso?
Recoloqué la tela como en un inicio, sintiendo cómo las mariposas de hace minutos se habían quemado con la cruda verdad.
Estaba preocupado, celoso y enfadado, y sentí la súbita necesidad de apartarme de ella. ¿Por qué no me había dicho que tenía novio?, ¿o follamigo?, ¿o lo que aquel desgraciado tuviese el honor de ser? Esas cosas se contaban entre mejores amigos, ¿no?
Apoyé su cabeza en el sofá, pero todavía dormida se movió hacia mí. Sentí unas tremendas ganas de llorar cuando enterró la cara en mi pecho, y para colmo enredó los dedos en mi camiseta. Así me lo ponía imposible para apartarme, o para no quererle.
—¿Areum? –rocé con los nudillos su mejilla caldeada pero no obtuve respuesta alguna, entonces lo supe.
Mis sentimientos tenían que permanecer ocultos, no quería salir dolido por un amor no correspondido ni joder nuestra histórica amistad. Ahora que podía y que no era tan intenso, me tenía que olvidar de las historias imaginadas con ella. Nada de futuros ficticios, adiós a aprender a cocinar y acabar haciendo otras cosas sucias en la cocina.
No le besaría, y mucho menos llegaría a tocar las partes prohibidas de mis sueños.
Areum
—Perdona por haber estado toda la tarde durmiendo, Kohie –descolgó la chaqueta y me ayudó a ponérmela, a pesar de que no hacía falta–, anoche me costó conciliar el sueño.
Asintió en silencio, con una mueca vaga que no hacía justicia a su sonrisa de hoyuelos. Estaba muy callado.
Opté por ir a lo seguro, y lo abracé de despedida.
—Eres una buena almohada para las siestas –confesé, hundiendo la cara cálidamente en su sudadera, suspiré–. Estás un poco serio...
Mis palabras se perdieron en su hombro, y me apretó más fuerte contra él, como si alguno de los dos se fuese a ir de viaje por mucho tiempo.
No sabía qué le sucedía, pero que me lo contara cuando estuviese cómodo, no le iba a presionar. Tal vez su padre le había dicho algo de nuevo, y sabía lo que le costaba lidiar con la violencia traumática.
—Areum –me pausó–, no te metas en líos, por favor –su despedida escondía un trasfondo complejo, pero no lo supe identificar en el momento.
Lunes
Kohaku
Esperé afuera del vestuario de chicas. ya que probablemente Areum ya estuviera cambiándose. Había estado todo el fin de semana sin hablarle.
No había podido ver su cuello de nuevo, pero los moretones me perseguían cada vez que cerraba los ojos. ¿Qué había más desgarrador que pruebas físicas de que tu amada está con otro cuando la estás abrazando? Según mi joven corazón, nada.
Necesitaba madurar y hacerme fuerte. Además, ella probablemente estuviera con otro. Qué jodido subnormal estaba hecho.
—No pensaba que estarías aquí –asomó la cabeza para mirar a ambos lados del vacío pasillo, y salió. Todavía llevaba el uniforme colegial puesto, no el de gimnasia–, me voy a saltar educación física.
Caminó hacia las escaleras sin mirarme por segunda vez, y le cogí la muñeca algo molesto por su nula explicación.
—Tú nunca haces novillos –espeté, observando su cara sorprendida con mi reacción. Intenté no ser tan intenso y suavizarme, le solté–, es la última hora de clase, ¿por qué no te quedas?
—Es que...no puedo, me duele un poco el cuerpo.
—¿Dé qué?, ¿y dónde? –me acerqué a ella, comenzando a cansarme de que tuviese que llevar la puta bufanda, porque sabía qué había debajo. ¿Y si tenía moratones nuevos?
—Pues...me duele el culo...¡de hacer sentadillas! También tengo contracturas en el cuello de hacer incorrectamente los abdominales, ¿contento?
Se cruzó de brazos a la defensiva con lo último, intocable. Yo también me había entrometido demasiado, pero ella me estaba mintiendo.
—¿Abdominales? –sabía lo que era el dolor en el cuello por unos mal ejecutados abdominales, pero definitivamente no te dejaban esos moratones en la piel–. Vale –chasqueé la lengua, metiendo las manos en los bolsillos con dejadez.
Me sentí encolerizado de que tuviese el valor de mentirme a la cara.
—¿Qué pasa? –sus cejas maquilladas se fruncieron. Primero me ocultaba información y luego la negaba, ¿por qué?
—Nada. Que te lo pases bien sin hacer nada en casa –espeté, marchándome amargado.
—Vale, ¡pásatelo bien atándote los cordones imaginarios cuando corras!
Golpe bajo, golpe muy bajo.
—Vale –incliné la cabeza con chulería y mala hostia, acercándome a la suya con intenciones de hacerle callar.
—¡Vale! –creía haber notado el batido de sus pestañas de lo cerca que estábamos, y estábamos montando una escena en el pasillo. Se apartó y se desapareció por las escaleras bufando, y me entraron ganas de descargar mi rabia contra algo.
...
Me había duchado y relajado un poco con el ejercicio físico, e intenté no pensar en la cara dormidita de Areum, imperturbada por el destrozo de su cuello. Pft.
Caminé empantallado al teléfono por el aparcamiento, y choqué con un estudiante de último año, de mi mismo curso.
—Perdona, no miraba por dónd...–
—No soltáis el teléfono ni para caminar, tskk... –me tensé, ya que reconocí esa voz madura y altiva, una sonrisa arrogante que brillaba como sus anillos.
Takashi Kaito. El colaborador de Areum. Un mal presentimiento.
—¿Qué se te ofrece? –no le perdonaba que le hubiera mirado las bragas a Areum la pasada vez en el aparcamiento, ni el acercamiento en la discoteca. No me fiaba de él.
—Vengo a por Areum –se crujió el cuello sin dejar de mirarme, y guardé mi iPhone para no estampárselo en la cara de rabia. ¿Por qué me daba la sensación de que se creía el dueño de todo?–, ¿dónde está?
—Simplemente no está –contesté seco, dispuesto a irme al coche. Me tocó mucho los cojones cuando se interpuso en mi camino.
—Eso ya lo veo, si no estarías detrás de ella como siempre.
—¿Quién coño te crees que eres? –le planté cara cansado, aguantándole la mirada, sombría como pocas.
—¿Con esa boca besas a tu madre? –hizo una pausa, una mueca que se asemejaba a una sonrisa partiendo su cara–. Oh, es verdad...no tienes. Tu padre no te debe de haber criado de esa forma, así que haz el favor de hablarme bien.
Ignoré el pinchazo que sentí en el pecho, presa de su manipulación.
—¿No tienes nada mejor que hacer? Te he dicho que no está aquí, se ha ido en educación física –quería que me dejara tranquilo y que dejara de mencionarla, porque ni siquiera yo podía hacerlo.
—Vaya, qué interesante... –miró algo por encima de mi hombro, y señaló con el mentón al grupo de chicas de mi clase–, ¿ese es el uniforme de la asignatura? –miró de más las piernas de las chicas, y coquetearon con él. Pftt qué puta grima. Él tenía veintitantos y ellas apenas dieciocho–. La última vez que vi a Areum estaba un poco adolorida –se encendió un piti haciendo cueva con la mano y el mechero, tirándome el humo en la cara–. Supongo que averiguaré qué le pasa cuando la vea esta tarde. No puede saltarse la obligación.
—Me alegro por ti –respondí sarcástico, y choqué su hombro al rodearle y seguir caminando. Oí su risa gutural–. Hijo de puta.
—Por cierto, muy tierno tu collar, Ito –se mofó–. Casi cubre los chupetones que tiene por todo el cuello.
17. [otoño enigmático]
Kohaku
Algunas cosas empezaron a encajar.
—¿Son tus iniciales, verdad? “T.K” –recorrí los pasos hacia él, sacando pecho a punto de reventarle la puta cara–. Le has dado tú el collar ese con diamantes.
Le di un empujón, y sonreí satisfecho cuando trastabilló hacia atrás y se le cayó el cigarrillo. Se recompuso al segundo, reajustándose la chaqueta de traje de forma innecesaria. Se acercó a mí hasta quedar a menos de medio metro, pero permanecí inmóvil a pesar de lo mucho que me intimidaba.
—¿Te das cuenta ahora? –una risa malévola me enfrió los huesos–. Estás tan cegado por el amor que no ves que tu amada puede ser una zorra cualquiera.
—No hables así de ella –le enseñé los dientes enfadado, mis dedos ansiando cogerle la camisa cuando ni siquiera me consideraba una persona violenta–. Ella no tocaría a escoria como tú.
—¿Y a pardillos como tú sí? –bajó la vista a mis dedos tensos–. ¿Lo ves? Pierdes la calma por cualquier tema relacionado con ella, no me extraña que no te haga ni puto caso.
Era una verdad universal, pero aún así intenté no venirme abajo frente a él.
—No vas a conseguir nada comprándole cosas, ella misma es su sugar daddy –mi recordatorio me inspiró una sonrisa, sintiendo que por fin tenía un punto válido en la conversación–. ¿Qué crees que vas a conseguir regalándole mierdas caras? Ya lo tiene todo.
—No me hace falta cortejarla, voy varios pasos por delante de ti –sopló aire y me despeinó el flequillo, y le cogí del cuello de la camisa harto–. ¿Te has visto en el espejo? Eres una vergüenza de hombre, ni siquiera puedes mirarle sin sonrojarte... Creo que nunca he visto nada tan patético. No me extraña que tu padre esté decepcionado contigo.
Estaba tocando temas sensibles, y sentí los trocitos de mi corazón bajo mi zapatilla. El muy desgraciado había investigado mi pasado familiar, genial.
—Si fueses mi hijo ya te habría quitado la tontería a palizas –repitió lo último a centímetros de mi cara, algo sádico en sus ojos. Desvié el tema.
—¿Le has hecho tú eso del cuello? –escupí, dando un tirón en su camisa. “Tengo contracturas en el cuello de hacer mal los abdominales” Había dicho Areum.
—Y no solo en el cuello, “Kohie” –noté algo frío oprimir mi mandíbula, y vi su mano anillada sujetándome. Sabía coger fuerte y hacer daño psicológico a la vez.
—No me llames así –le zarandeé menos de lo que me habría gustado, pero todavía seguíamos en el aparcamiento del instituto a punto de pegarnos. El apodo de Areum me había afectado tanto que se me escapó el suyo–, eso está reservado solo para Ari.
Suspiró cansado, como si estuviese lidiando con un niño pequeño. Se crujió el cuello de nuevo, un sonido rompiendo el silencio más aguzado que el filo de un cuchillo.
—Me estás comenzando a tocar los cojones, Ito –algo largo y fino se enroscó en mi camisa, y tiró hacia él para luego empujarme hacia atrás–. Desprecio a la gente entrometida, así que no metas tu puta nariz en mis asuntos a menos que quieras acabar mal.
—Has empezado tú con el collar –perdí el equilibrio por lo fuerte que me había lanzado, y cuando me levanté me quedé en el mismo punto.
Varias personas nos miraban desde la distancia, y muy a mi pesar, el instituto no me parecía el mejor lugar para pegarme con Takashi, aunque tuviese muchísimas ganas.
“Me duele el culo de hacer sentadillas”
Para hacerle eso, mínimo le tendría que haber visto desnuda. Pero Areum era una chica prudente, no tocaría a Takashi ni con un palo, ella misma me había dicho lo mucho que odiaba al heredero de Hyundai.
Él no podría ser su follamigo, ¿verdad?
—Ya sabes que hay que tener mano rígida con las coreanas –tensé la mandíbula con la bromita post-colonial–, y tú no la tienes, Ito. Deja el trabajo para un hombre de verdad.
—¿Qué le has hecho? –la vena del cuello me iba a explotar, los moratones violáceos de nuevo en mi mente.
—¿Qué no le hecho? –apartó la manga de su chaqueta para mirar su reloj, e inclinó la cabeza en un ángulo siniestro–. Debo de ir a trabajar, alguien me espera de rodillas en mi despacho.
Me habían criado a ser modesto, a no presumir de ser heredero de Apple o de tener contactos importantes; pero en este momento necesitaba sentirme superior a él de alguna forma.
Nunca había sentido tantas ganas de matar a alguien, nunca.
—Como le toques un pelo te juro que te arruino las acciones en bolsa –apreté los puños cuando se dio la vuelta, pero frenó sus zapatos negros–. Expondré a toda la puta prensa lo que estás haciendo con una menor de edad.
—¿Que tú me vas a exponer? –se rió, desencajando la mandíbula–.Da gracias que no sabes toda la información comprometida que tengo de ti. No estoy haciendo nada malo, solo follándome a mi colegiala colaboradora –su ojo se cerró en un guiño, y tragué duro por cómo la había llamado.
—No te lo vuelvo a repetir, Takashi. Como le hagas algo...–
—Como me sigas hinchando los cojones lo siguiente que le dejaré morado será el culo, aunque por supuesto, tú no lo verías. Es una pena, ¿sabes? Se le quedó rojo por la estampa de mi mano, se puso a llorar la otra noche, es un espectáculo precioso.
Se lo estaba inventando para hacerme rabiar, era su naturaleza cruel. Se lo estaba inventando, se lo estaba inventando.
Areum
Había llegado una hora antes de la cita “laboral” a la Hyundai, y como estaba en un estado anímico complicado, me apetecía estar sola.
Me había subido al último piso, ese que estaba escondido del ascensor y tenía una imponente puerta de cerezo. Aquí arriba nadie me molestaría.
Me había sentado en el suelo para hacer los deberes atrasados, los libros desperdigados por el sofá del pasillo.
Kohaku no me había mandado ningún mensaje ni yo a él, y dudaba mucho que esta tarde fuese a pasar. No entendía por qué se había molestado tanto porque hiciese novillos, y como tampoco me lo había explicado, no podía hacer nada. Ya se aclarará.
Un sonido acompasado me sacó del problema de contabilidad. Eran pasos del piso inferior, ascendiendo por el pequeño tramo de escaleras. Se me resolvieron las dudas al ver unos zapatos negros con decoraciones metálicas. Subí la mirada hasta su cara angulosa, y sus cejas se elevaron en un saludo.
No le veía desde la noche en el Four Seasons, y no supe cómo actuar. Me había dejado el culo adolorido, y como siempre, el cuello. Aún así estaba tranquila.
Caminó por detrás de mí todavía en silencio, y sus piernas alargadas protegieron mi espalda encorvada en los deberes.
—Buenas tardes, Señor Takashi –levanté la cabeza 180º para verle del revés, pero volví la mirada a mis apuntes cuando sentí un ligero mareo. Sus dedos alargados se perdieron en mi pelo, y me incliné hacia su toque sintiéndome calmada por primera vez en el día.
Estaba muy callado, pero no me molestaba. Incluso me ayudó con los deberes.
—Estoy bastante seguro de que la respuesta al problema no tiene decimales, cielo –noté que se había acercado por cómo su respiración suave mecía algunos de mis pelos rebeldes. Asentí, todavía presa del masaje de sus dedos, y me cogió dulcemente el mentón para inclinarme hacia atrás–. ¿Me das un beso, nena?
Entecerré los ojos cuando no pude estirarme más, esperándole. Dio un apretón (¿cariñoso?) en el cuello, y me dio un beso demasiado suave para ser suyo.
Me soltó y recogió mis libros del sofá, y oí el tintineo de sus llaves cuando abrió la puerta. Me levanté con esfuerzo del suelo, estaba cansada emocional y físicamente y no sabía si iba a tener fuerzas para aguantar una sesión con Takashi Kaito.
Apiló los libros en su escritorio, y se refugió en su butaca con la cabeza echada hacia atrás, su nuez de Adán expuesta y sus brazos en los reposabrazos. Parecía igual de cansado que yo, pero era tan enigmático que no lo supe confirmar.
—¿Señor Takashi? –no reconocí la miel dulce de mi voz, pero se incorporó para sonreírme vagamente.
—Ven aquí, Areum –palmeó su regazo, y me rodeó el estómago cuando apoyé la cabeza en su hombro. Éramos dos extraños compartiendo intimidad y calor humano, pero ninguno lo comentó.
—¿Qué vamos a hacer hoy? –noté su pecho desinflarse por la respiración pesada. Si estaba agotado no lo mostró en ningún momento.–. Estoy un poco cansada.
—En ese caso, ¿te parece que tengamos una tarde tranquila? –paseó los dedos por su collar, toqueteando el charm en forma de corazón que se escondía el hueco de mis clavículas, erizándome la piel–. Puedes continuar los deberes y yo hago papeleo, ¿te parece bien?
¿Por qué estaba siendo tan bueno?
—Sí, Señor Takashi. Eso estaría genial.
Me apoyé en el borde del escritorio para levantarme, pero sus dedos se hundieron en mi cintura al segundo.
—No te levantes –no me presionó violentamente hacia abajo como normalmente hacía, y giré la cabeza para mirarle–, puedes hacerlo en mis piernas.
¿Por qué hoy sus ojos parecían hojas otoñales y no oscuridad abismal?
Retomé mi posición sobre él, y acercó la silla al escritorio para que cada uno comenzase a trabajar. Estaba a gusto así, su pecho fuerte como respaldo, de vez en cuando su aliento chocando en mi coronilla.
Hoy los dos protagonistas masculinos de mi vida diaria parecían haber intercambio papeles.
Intentaba no moverme demasiado por las molestias que el roce provocaba en mi trasero magullado, pero Takashi se percató. Mi intención no era provocarle una erección, pero sinceramente, me dolía el culo.
—Si quieres cancelar la tarde de abstención sexual solo me lo tienes que decir –hundió la nariz en mi mandíbula, su mano en el teclado.
—Perdón, todavía me duele un poco el trasero.
No entendí el silencio a continuación, pero me dio palmaditas en las pantorrillas para que me levantase. Se pegó a mi espalda sutilmente al apartar mis libros, y me dio la vuelta para subirme al escritorio.
—Nena –me abrió las piernas para colocarse entre estas, y se apoyó a los lados de mi cadera–. Si los castigos fuesen placenteros, volverías a repetir las cosas y no habría ninguna lección aprendida. Aún así –me peinó el pelo gentil–, te excitaste el viernes, ¿crees que no me di cuenta?
—...
—No temas, nena –Takashi escondió el collar de Kohaku por dentro de mi camisa, respirando contra el cartílago–. Mientras lleves mi collar, no me enfadaré –retorció un chupetón, y arrugué la cara con la picazón–. Insisto en que el morado es tu color. ¿Quieres jugar un poco, Ari?
—¿Q-qué? –le miré desconcertada, ya que no le había dicho el apodo en ningún momento.
—Sabes...el puto Ito no es capaz de responder una simple pregunta como decirme dónde estás sin ponerme nervioso –empezó un reparto de besos por mi piel, y me mordí el labio cuando se enterró entre mis muslos.
—¿Ha ido a mi instituto, Señor Takashi? –mi cabeza se dispersó ante la necesidad que tenía de mantenerme vigilada.
—Sí, y un pajarito me ha contado que te has saltado educación física... –su voz volvió a tomar el matiz grave de la excitación, y noté cómo el bulto de su pantalón cada vez se hacía más grande–, ¿quieres que te azote otra vez o qué? –susurró indecente–. Te lo estás ganando a pulso por saltarte clases.
—He hecho novillos porque no puedo llevar bufanda en educación física... –suspiré–. No lo he podido cubrir con maquillaje.
—Solo son algunos moretones, no es nada de lo que avergonzarse como para saltarse clase –se me erectaron los pezones debido al frío repentino. Takashi me había desabrochado la blusa, y su discurso del mal me había distraído–. Nena –insistió, rodeándome la garganta como si fuera suya–, ¿te acuerdas que te dije que no me importaba que llevases el collar de tu amiguito?
Asentí.
—Pues he cambiado de opinión. No lo lleves cuando vengas a verme –me quitó el fino collar, y ni siquiera dije nada. Recordé la pequeña discusión con Kohaku y me puse mal.
Bajó los ojos oscuros a mis pechos, y se mordisqueó el labio sin pudor alguno.
—Joder, estoy más duro que una piedra, ¿sabes? –Takashi quitó el sujetador, y se me erizó la piel por el frío, por estar expuesta encima de su escritorio–. Me pone mucho saber que llevas mis marcas bajo la ropa.
Se desabrochó la bragueta del pantalón, y vi la banda de sus calzoncillos durante dos segundos antes de que liberase su miembro. Creo que notó que estaba dispersa, porque se volvió más atento.
—No pienses en él ahora, solo te pondrás más triste –me besó por primera vez en toda la tarde, sus labios algo adictivos. Me dejé llevar en su juego, para así callar el ruido mental de mi cabeza. Manoseó mis muslos en dirección ascendente, y me removí cuando me acarició.Algo duro se frotó contra mí, y apreté sus bíceps al ver que estaba frotando la punta de su miembro en mis bragas–. No voy a hacer lo que estás pensando –rompió el beso y capturó mi labio, sus dientes apretando demasiado fuerte para mi gusto. No solté sus brazos, y gemí con la estimulación en mi entrada–. Estás tan vulnerable que me está poniendo a cien, mierda...
Su mano libre cogió mi nuca, mientras que la otra deslizaba su pene por encima de mis bragas. Aquello me dejaba con ganas de más y solo aumentaba el vicio.
—Me gusta eso, Señor Takashi –rodeé sus caderas con las piernas, y le abracé los hombros como si fuera mi novio. Cerré los ojos y simplemente pensé en el morbo que me daba aquello.
Ahogó una risita en mi cuello, su aliento caliente provocándome emociones nuevas. Yo también tenía calor.
—Claro que te gusta, te encanta que te hagas cosas guarras en el uniforme –rodeé su cuello para que no se apartase, y bajé la mano por su camisa, buscando su erección–. ¿También me vas a masturbar tú, hmmn? Qué buena chica...te autofollas en ropa interior.
Mis mejillas ardieron con el apodo, y aunque no me desagradó, no quería que me viese el sonrojo.
Estaba tan duro que no me costó cogerlo, y cerré los dedos alrededor del tronco para empezar un vaivén, asegurándome de que su glande me frotase por encima de la tema. Era algo muy obsceno, pero los dos lo estábamos disfrutando como enfermos. Ya tendría tiempo para sentirme culpable por la noche.
—Señor Takashi... –estiré el cuello cerca de su cara, ansiosa por obtener más.
—Areum –grité cuando me dio un golpe en el coño con la mano abierta, y se rió–. Si quieres algo solo me lo tienes que pedir –me retorció un pezón, produciéndome un profundo calor por toda mi anatomía.
—Bésame el cuello... –le tuteé porque tanta formalidad a veces me hacía sentirme más usada, todos necesitábamos cercanía de vez en cuando.
Ciñó los dedos en mi nuca con dominancia, y aunque pareciera una escena de vampiros, me daba igual. Me gustaba que me cogiese así, que me comiera el cuello, que dejara su saliva, que se me erizasen los vellos de la piel.
—Tienes las bragas mojadísimas –la ronquez no solo apareció en su voz, sino también en sus ojos, gravemente dilatados por el deseo; no parecía algo normal el cómo me miraba como si me quisiera destrozar–. Sube los pies –me cogió los tobillos para hacerlo el mismo, dejando mis pies en el borde del escritorio y mis piernas abiertas y flexionadas–. Pfft... –gruñó cuando algo invadió mi intimidad.
Me estaba penetrando parcialmente, pero las bragas estaban de por medio.
—Señor Takashi, me había dicho que no me iba a f... –me puso un dedo sobre los labios, y prensé los labios en una línea cuando su cara quedó a la altura de mis ojos.
—Solo estoy jugando con la punta –sus dedos movían el glande arriba y abajo, y cuando bajaba por mi hendidura, presionaba en la entrada hasta adentrarse un poco–. Se te transparenta todo con las bragas y es jodidamente obsceno.
Se acercó para besarme, e inclinó la cabeza para profundizar el beso. No sé cómo tenía tanta concentración para hacer dos cosas a la vez, pero su lengua acariciaba la mía con el mismo fuego que siempre.
Me dejó un poco desubicada cuando se separó de repente, pero bajó a mordisquear y chupar mi pecho. Su lengua cálida se sentía muy bien, y quería que la usase en otros lugares.
Tras varios minutos en los que comenzó a embestir con más frecuencia, estirando y mojando la tela, se me secó la boca por completo cuando me volvió a mirar. No sabía qué significaba, pero daba un poco de miedo.
Había un atisbo sádico en el brillo de sus ojos, y vi su mano acercarse a mi cuello. Apretó los dedos, y le sostuve la mirada paciente y dócil.
—¿Señor Takashi? –pareció gustarle el tono suave y ahogado de mi voz, e introdujo la mano en mis bragas para estimular el clítoris. Arrugué la cara al notar lo rápido que iba, mis piernas tensándose en su cadera.
—Me muero por follarte como es debido –me mostró los dientes blancos tan bonitos que tenía, su sonrisa desalmada creciendo conforme movía los dedos contra mí. Todavía estaba ligeramente enterrado en mí, y las bragas se sentían raras, como que sobraban.
—No tan fuerte –cogí su muñeca cuando advertí el orgasmo que amenazaba con abatirme en cualquier momento, pero apretó mi cuello hasta el punto de no poder tragar saliva.
—¿Has olvidado quién manda aquí? –sus cejas enfadadas me hicieron sentir mal, y me mordí el labio para no gritar bajo los frenéticos movimientos de su mano. Me comenzaron a temblar los muslos, la frente a sudar.
—No, Señor Takashi –susurré, perdiéndome en sus ojos castaños. Se cogió el miembro para darme golpecitos en mi intimidad, y grité cuando se adentró de nuevo, y el sonido húmedo y obsceno de la fricción me ruborizó severamente. Pero no a él, los hombres carnales no sentían pudor, entre otras muchas cosas.
—Nena no hace falta que grites –fanfarrón, forzó dos dedos en mi boca para callarme, metiéndolos hasta el fondo, mordiéndose el labio–. Sé una buena chica y córrete en las bragas, ¿sí?
Dio una estocada final con la punta, y rodé los ojos al alcanzar el orgasmo intenso. Mi cuerpo se desestabilizó tanto que me tuve que coger a sus brazos, y debido al temblor de mis piernas, casi me caigo cuando mis pies resbalaron del escritorio, pero Takashi me sujetó la cintura.
—Túmbate –me recostó en el escritorio con suavidad, observando mi pecho subir y bajar, mis ojos levemente aguados–. ¿He ido muy fuerte? –dijo paternal. Meneó triunfante sus dedos en el aire, brillantes por mi orgasmo.
—Un poco –miré atenta cómo se masturbó con frenesí, y algo caliente y espeso se derramó en mis bragas. Las expresiones de su cara extasiada se me grabaron en la cabeza, y se recostó sobre mí sin avisar. Notaba su corazón bombear sangre, su cara escondida en la curva de mi hombro–. Soy capaz de dormirme aquí encima, Señor Takashi –la escasa distancia permitía los susurros como única forma de comunicación, y sonrió con sinceridad ante mi somnolencia.
Se me estaban cerrando los ojos literalmente, y el calor que su bien formado cuerpo desprendía, no ayudaba.
Levantó mi mentón ligeramente con el índice, y se quedó mirándome en silencio, analizando, paciente, feroz. Me había metido en las fauces del lobo, pero este lobo sabía tratarme, ver a través de mis vicios.
—
—Creo que irás más cómoda sin las bragas, Areum –se rio natural, y pasó la lengua por mi labio de forma bífida, dejando su huella–. Arréglate la ropa y sal de aquí antes de que no te lo permita.
Kohaku
A pesar de que me limpié la cara con el dorso de la mano, al segundo volvieron a caer más lágrimas sobre los papeles.
—Por favor deja de llorar –me autoconsolé tembloroso, y cubrí mi cara al notar un doloroso sollozo raspar mi garganta. Y tras intentar retenerlo y no poder, sucumbí a la debilidad humana y lloré como no había llorado en años.
Areum no me había mandado ningún mensaje, y posiblemente se estuviese follando a Takashi.
La puerta de mi despacho se abrió, e intenté recomponerme cuando mi padre apareció en el umbral, el humo del tabaco pinchando mi corazón con memorias de mi infancia.
—Ito, ¿has acabado los informes que te ped... Oh –sentí el asco en su voz al ver el estado de mis ojos, y se llevó a los labios la causa de muerte de mi madre–. Cuando acabes de llorar como un maricón mándame las cuentas, ¿quieres?
—Sí, Padre –le sostuve la mirada como pude, y sin querer memoricé su mirada ojerosa y con desprecio. Dio una calada más, su intención no otra que hacerme daño, pero si lloraba frente a él, me pegaría de nuevo.
Agradecí que no vio el temblor de mis piernas y se cansó justo cuando estaba a punto de desmoronarme. Dio un portazo, y solo entonces me permití llorar con las deprimentes luces de los rascacielos, pensando en lo solo que estaba.
Mi padre no me quería, mi mejor amiga tampoco, y mamá ya no estaba. Suspiré vacío.
18. [malentendido]
Areum
—Joji, ¿podemos parar un momento en la librería más cercana? –busqué la mirada del joven chófer en el espejo, y vi el conflicto en sus ojos–. Puedes entrar conmigo si quieres, no le diré nada a mi madre.
—Estoy en horario laboral, Señorita So –giró el volante con gracia, aparcando en frente del comercio y sosteniéndome la mirada con una sonrisa educada.
—Aún así puedes bajar, ¿vale? –desabroché el cinturón para colarme entre los dos asientos delanteros, mirándole de forma amistosa y directa–. No tardo mucho.
Me apeé del coche, sosteniendo la tela de la falda a mis muslos. Aunque en el momento me hubiese parecido excitante, se me habían manchado las bragas con mis fluidos y los del Señor Takashi, y me daba bastante asco llevarlas puestas, así que no llevaba nada debajo.
Unas campanitas metálicas anunciaron mi entrada a la librería, e instantáneamente me relajé cuando las páginas de papel capturaron mi olfato. Aprovechando que le gustaba leer, iba a comprarle el regalo de cumpleaños a Kohaku.
Me acerqué al mostrador que había al final, con un bonsái al lado del chico. Ocultaba su cara tras el cómic que leía.
—Hola –esperé a que me prestara atención, y me sorprendí al ver lo atractivo que era, probablemente fuera universitario–, ¿me puedes ayudar a buscar un libro?
—Claro –clavó el marcapáginas en el cómic antes de levantarse, y vi lo alto que era en realidad. Le tendí la lista de libros, manteniéndome firme, y observé el mullet rubio-sucio que enmarcaba su cara. En el pin de su camiseta rezaba “Mon”.
Al mirar la lista de los sugerentes títulos, arqueó una ceja.
—Son para un amigo... –sonreí un poco avergonzada, pero aún así le seguí hasta la estantería más oculta de la tienda.
—No juzgo las compras de mis clientes –le hizo una seña a los estantes +18, sonriéndome con un poco de chulería. Yo hice lo mismo.
—Gracias, “Mon” –leí su etiqueta, y volvió a desvanecerse entre montañas de libros. Estaría bien trabajar aquí, muy bien.
Busqué algunos títulos entre los perfectamente alineados lomos, y mi curiosidad de vez en cuando sacaba algún volumen de su alineación solo para ver la portada. Era una imagen peculiar, una colegiala en la sección de hentai y sin bragas. No se veía todos los días.
Di un pequeño saltito al encontrar el título, y sonreí al ver cerezas en la portada. Porque sí, le había buscado a Kohaku hentai que tuviese cerezas, que parecían gustarle mucho. Recopilé algunos más que creí que podrían gustarle, y cuando me quise dar cuenta, ya tenía más de cinco entre los brazos.
Circulando hacia el mostrador, eché una ojeada a las estanterías +18 para chicas, y salté del susto con la voz.
—Creía que eran para un amigo –carraspeó el tal Mon, su voz tan cerca que me desubicó por un momento. Estaba colocando mangas en la otra parte de la estantería, su mirada filtrándose a través del hueco que yo había dejado.
Me dispuse a pagar, justo cuando las campanitas metálicas anunciaron el ingreso de un nuevo cliente. Sonreí al ver la cara seria de Joji, que a pesar de ser la imperturbable mirada de siempre, me saludó de forma militar y cómplice.
Mon siseó sin motivo alguno.
—¿Pasa algo?
Señaló mi pecho, y fruncí el ceño un poco confundida.
—Tengo varios amigos que van a ese instituto de pijos –chasqueó la lengua un poco fastidiado, pero era la reacción normal de la gente de clase media, no les culpaba–. ¿Conoces a Seiichi, Takashi Seiichi?
—Hmmn... –hice memoria–, creo que el nombre me suena –me encogí de hombros de forma casual, oyendo el tarareo lector de Joji y el papel que Mon plegaba para mi compra.
—¿Y a Takashi Kaito? Hace tiempo que no le veo, tendré que hacerle una visita algún día...
—¿Takashi Kaito? –repetí pálida, y las pequeñas heridas que me quedaban en el culo comenzaron a arder. Su nombre no era lo único que conocía.
—Es un capullo, todos los de los colegios de pijos lo sois –vi la sonrisa de anuncio que tenía, tan blanca como la espuma del mar–, pero es mi amigo.
—No deberías generalizar, ¿sabes? –recogí los libros que había envuelto, rodando los ojos con su crítica.
—No voy a discutir con alguien a quien nunca le han cortado la luz por impago –abrió su cómic de forma desinteresada, como quitándole importancia a sus palabras.
Era de clase acomodada y a mi familia nunca le había faltado el dinero, algo con lo que el chico rubio no se identificaba. Podría haber empezado cualquier discurso sobre la multimillonaria herencia de mi padre, pero Mon también llevaba un uniforme y la corbata aflojada. Era estudiante y trabajaba como yo, aunque con distintos fines.
—Bueno –comencé, sus ojos desconfiados en mí–, cuando te apetezca te invito a un café y tenemos una charla sobre toda la corrupción en la bolsa de acciones de Tokio.
Sonreí antes de irme, dejando el cambio sobre su mesa. Me sobraba el dinero y el chico me había sacado una sonrisa, no me importaba que se lo quedase.
Joji me siguió segundos después, y cuando el joven rubio salió de la tienda con mis billetes en la mano y la cara agitada, el coche arrancó.
Al día siguiente
Miré preocupada el reloj, pues mi compañero de pupitre siempre solía llegar veinte minutos antes de la primera clase.
Prefería no enviarle un mensaje ahora y verle la cara, hablar con él.
La silla de la esquina del fondo estaba vacía, y moví los pies nerviosamente aislada de los compañeros de clase. Aunque sonase muy triste, Kohaku era mi único amigo.
Voces graves y agitadas penetraron mis oídos, y rodé los ojos al ver cómo el séquito de Seiichi se reía sonoramente. Era el típico chico popular y creído, y su aparente amistad con el chico de la librería no parecía concordar. Tampoco sabía qué pintaba Takashi en ese rompecabezas.
Hablando del rey de Roma (o más bien de su destrozo), había sustituido el pañuelo por maquillaje waterproof, estaba cansada de pasar calor y sentirme agobiada.
Oí una aguda y familiar risa, con un toque muy feo de falsedad. Kohaku estaba con Seiichi.
—¡Kohaku! –me levanté de la silla para llamar su atención, y me falló el cortocircuito mental al ver cómo no me sostuvo la mirada–. Pero qué...
¿Por qué se estaba sentando en primera fila con ellos?
—Ey Kohie –toqué su hombro, ganándome la mirada reprobatoria de Seiichi y sus amigos. No necesitaba pedirle permiso para hablar con mi amigo, y le quería dejar muy claro que no iba a permitir que lo convirtiera en otro superficial de su séquito. Ya no me extrañó tanto la posible afinidad entre los dos egocéntricos Takashi.
Mi mejor amigo pareció acordarse de mí, y se disculpó con ellos antes de prestarme atención.
—¿Te vas a sentar aquí? –cerré los dedos alrededor del asa de papel, su regalo tardío de cumpleaños dentro. Me miró con indiferencia. Kohaku tenía los ojos un poco hinchados, tal vez por la temprana hora.
—Sí, hoy estaré con Seiichi.
—Vale, cojo mis cosas y me siento contig...–
—No te molestes, Areum –cogió mi muñeca cuando hice el amago de ir a mi sitio al fondo, y le miré en busca de explicaciones. Areum, no Ari...
—¿No quieres que me siente contigo? –fui brusca y directa, mirando el todavía duradero agarre de sus dedos.
Aflojó los dedos como aflojó su sonrisa. No había nada peor que el rechazo de Kohaku, al menos para mí.
—Vale –dejé la bolsa sobre su nuevo pupitre, y al abrir los ojos asombrado por mi actitud defensiva pude ver el brillo peculiar de sus ojos–, no entiendo por qué te ha molestado tanto que hiciese novillos, pero si te quieres enfadar, pues adelante.
Mi voz creció varios decibelios en la clase, la puta risa de Seiichi llegando a mis oídos. Seguro que a él también le parecía ridícula.
—Siéntate con quién quieras –me zafé de él, recogiendo mis cosas del pupitre para irme de clase. No iba a centrarme en la lección con este cabreo, ¿para qué quedarme? Levanté la mirada para ver la arrepentida de Kohaku, pero la sonrisilla de Seiichi captó mi atención–. ¡Como te vuelvas a reír te quedas sin dientes!
Me colgué la mochila de un golpe y casi corrí hacia el pasillo, siendo el punto de mira de toda la clase. Nadie me frenó, nadie me habló, y salí disparada hacia la biblioteca antes de que algún profesor apareciese. Oí la risa del grupito, y la de Kohaku también estaba entre ellos.
—Joder... –bajé la cabeza al sentir mis mejillas mojadas, y me enjugué las lágrimas antes de que alguien me cogiera el hombro–, lo siento, ahora no...
—Areum –sentí una espina con la voz de Kohaku, y me giré a la defensiva, con las mejillas mojadas. Ya parecía preocupado de por sí, y vi horror en sus ojos al observarme–, lo siento –se rascó la nuca–. ¿Por qué lloras?
Le sostuve la mirada, y encogí los hombros, conteniendo otra serie de cataratas. Si el Señor Takashi no me hubiese dejado tantas marcas no estaría así con Kohaku.
—No entiendo por qué estás tan molesto conmigo –busqué explicaciones en sus ojos estrellados, y me hizo caminar hasta un lugar más privado como las escaleras–. Ya te dije que no me encontraba bien para hacer la clase de gimnasia. No lo volveré hacer si tanto te molesta, pero...–
—No te disculpes. Soy un poco gilipollas por haberlo exagerado tanto –sonrió con la calidez de siempre, pero en el fondo supe que algo le pasaba. No se enfadaba por cualquier gilipollez.
—Yo no estoy enfadada...
—Yo tampoco –hubo una pausa en la que nos miramos, rodilla con rodilla en los escalones–. Anda, dame un abrazo –Kohaku me abrió sus brazos, y no dudé en reconciliarnos. Inspiré tranquila cuando apoyé la cara en su pecho, pocas cosas me daban tanta paz como aquello.. Se me nubló la mente–. No quiero que me dejes sola, Kohie.
Apreté más su camiseta, presa de unas lágrimas traicioneras que había recordado en soledad.
—No llores por mí, no te voy a dejar sola –acunó mi nuca con caricias, respirando cálidamente en mi coronilla–. Venga tonta, que no te voy a dejar sola, ¿vale? Mira cómo me he puesto solo porque no has sido mi compañera en educación física, soy un dependiente de mierda –su risa sonó muy triste.
Me apartó a la fuerza de sus pectorales, y me cogió la cara con determinación. Agachó el cuello hasta mi altura, enjugándome las lágrimas con los pulgares y mirándome a los ojos. Seguro que le daba pena, era una patética por no poder contarle lo del contrato.
—Perdón por ser tan insegura...a veces me pasa.
—Que no te disculpes, tonta –negó quitándole importancia, y zarandeó un poco mi cara, sus dedos dulcemente pegados a mis mejillas mojadas–, lo importante es que estés mejor.
Asentí, disfrutando del momento íntimo que estábamos compartiendo. Bajó la mirada a mi cuello, y algo parecido a una mueca feliz cruzó su cara.
—Hoy hace mejor tiempo –entendí la alusión que hizo al pañuelo, y escondí el pánico como escondí las marcas con maquillaje. Me soltó la cara–. ¿Es nuevo el collar?
La gargantilla se hizo más pesada que nunca, y abrí los ojos de forma desorbitada al darme cuenta de que no tenía el dulce collar de plata que me había regalado. Si no lo llevaba puesto...¿dónde coño estaba?
—Ehm...sí –sentí la súbita necesidad de coger su mano, y Kohaku no me negó el contacto a pesar de que no llevaba su regalo.
—Me gusta más cuando no llevas bufandas que te cubran la cara –dio un apretón cariñoso–, así te veo.
—Acabo de llorar, seguro que parezco un mapache. ¿Se me ha corrido el maquillaje? –abrí los ojos para que lo comprobara.
—¿Que si se te ha corrido? –repitió, procesando–. No, está intacto. Estás igual de guapa que siempre.
Se quedó estático cuando me puse de puntillas y me atreví a besar su mejilla.
—Kohaku, te quiero mucho –expresé lo primero que cruzó mi mente, apoyándome en su hombro más tranquila.
—Yo también –le costó un poco decirlo–, nunca lo dudes –peinó mi pelo, frotando mi mejilla con parsimonia. Se mordió el carrillo, dando la sensación de que estaba conteniendo algunas palabras. El estridente timbre sonó.
—Vas a llegar tarde a clase... –no quería que se fuera.
—Me la suda, la salud mental de mi mejor amiga es más importante que contabilidad –se rió con su vocabulario soez, y su lengua lamió los labios al estudiar mi cara. Me tendió la bolsa de papel–. No sé qué es, pero no quiero que me lo des de malas formas ¿vale? –volvió a acercarse, su respiración caliente cosquilleando mi frente. Asentí con sumisión, y se tomó su tiempo para besar el hueso de mi ceja.
Entrelacé mis dedos con los suyos, y pude sentir como él tampoco se quería ir.
—¿Entramos a clase? –subió la mano por mi brazo, sus dedos anhelando mi contacto de la misma forma que yo anhelaba el suyo.
—No voy a entrar después de haber hecho el ridículo, ¿mejor nos vemos en el patio? He traído cerezas para almorzar... –soné insegura, pero asintió con una sonrisa.
—No te metas en líos sin mí –me sonrojé cuando me guiñó un ojo, y no supe muy bien el porqué.
...
Abandoné la mochila bajo el árbol del patio, tecleando nerviosamente en mi teléfono.
Señor Takashi, necesito hablar con usted. Es urgente.
11:23
Vibró momentos después con un tono de llamada pop. Lo descolgué enseguida.
—¿Necesitabas oír mi voz, cielo? –ignoré sistemáticamente su petulancia, yendo directa al tema.
—¿Tiene usted el collar? –hubo un tenso silencio en la línea, y alcé la vista a la ventana de mi clase, distraída.
—Lo llevas puesto, ¿no? –interpretó la pregunta cómo él quiso, y apreté la mandíbula.
—El collar de Kohaku –aclaré–, me lo quitó el otro día y no me lo devolvió. ¿Lo tiene usted, verdad?
—No sabría decirte, Ari –oí su risita desinteresada y sus anillos tintinear contra una copa. A raíz de él ya había tenido una discusión con mi mejor amigo, a parte de las constantes mentiras que me tenía que inventar para que Kohaku no sospechara. No iba a dejar que Takashi me mareara más.
—Kaito, ¿yo no te llamo por tu nombre, verdad? –hice una pausa, y pude advertir que aquello no le gustó–. Pues de la misma forma, ese apodo está reservado para alguien más– comencé, apretando el móvil a medida que notaba cómo me calentaba con la ira–. No soy nada tuyo fuera del despacho, no me hables con cercanía.
Oí su respiración hastiada a la otra línea, pero me dió igual, me gustaba hablarle con desobediencia.
—Si no me devuelves el collar, no pisaré el despacho nunca más. Puedo trabajar telemáticamente, no me verás más por allá.
—Entonces tendrás que venir a por él –oí cómo se le agravó la voz, esta vez con un matiz diferente–, a lo mejor te llevas un castigo y todo. Los dos salimos ganando, nena.
19. [hentai cute]
Kohaku
—Nos vemos mañana –repeiné mi pelo y acomodé la corbata del uniforme al acabar el partido de fútbol con Seiichi y sus amigos, y el mayor se apoyó en mi hombro. Miré a Areum desde la distancia.
—Te tiene cogido de los huevos –su voz me puso los pelos de punta, los dos mirando a través de la valla de metal.
Areum leía recostada contra el tronco del milenario árbol, la tranquilidad idílica en su cara, un libro entre sus delicadas manos. Tenía las piernas abiertas y flexionadas hacia nosotros, y sabía que era eso lo que estaba llamando la atención de Seiichi, aunque ella siempre llevase pantalón debajo de la falda.
—Es muy rarita pero está muy buena, gran elección –me dio palmaditas en la espalda, y sentí la necesidad de escupirle en la cara para compensar por su repugnante observación–. Avísame cuando te la tires.
—No hables así de ella, no es un objeto. Y me puede coger los huevos y todo lo que ella quiera –soné firme y autoritario y también ridículo, pero no me podía importar menos. Me estaba cansando de ser el chico dulce que aguantaba toda la mierda de las bocas ajenas.
Me planté frente a ella, y me regaló una acaramelada sonrisa desde abajo que me hizo recordar el beso de la mejilla.
—¿Comemos ya? –asentí sin pensármelo dos veces, y me senté en la hierba junto a ella. Por muy infantil que sonase, el casto beso de antes me había dado esperanzas de continuar intentándolo–. Dame un momento –se giró para hurgar en la bolsa misteriosa de papel, esa que me había dado antes.
Ya me había olvidado de por qué me había enfadado ayer, pero al mirar su cuello, me sentí un fracasado. Sí, Areum ya no llevaba el pañuelo ni los moretones, pero sí el collar de Takashi. Él mismo me lo admitió ayer. No quería pensar por qué razón no llevaba el mío.
Tampoco entendía por qué no me había comentado nada sobre el heredero gilipollas de la Hyundai, pero tenía esperanzas de que Takashi se lo hubiese inventado todo. Aunque no se regalaba un collar de diamantes con tus iniciales a cualquiera...
—Oye, ¿qué tal va la colaboración con Takashi? –me recosté sobre el tronco del árbol disfrutando de la tranquilidad, los chicos ruidosos jugando a fútbol en la otra punta. Este árbol era nuestro rinconcito sagrado.
—Pues ya solo quedan cinco meses –dijo evasiva, sin contestar realmente. Me distrajo con la bolsa, extendiendo los brazos–. Es tu regalo de cumpleaños, siento haber tardado tanto.
Sus ojos se rasgaron más por su preciosa sonrisa, y le robé la bolsa para no robarle un beso.
—No tenías por qué regalarme nada.
—Tú tampoco me tenías que regalar nada en tu cumpleaños.
Contuve las ganas de mirar mi inexistente collar en su cuello, y en su lugar le pedí permiso para abrir el regalo. Saqué la caja de cerezas que había encima de todo lo demás, y las compartí con Areum como siempre. Pero los pequeños volúmenes de abajo me secaron la garganta.
—¿Pero y esto...? –miré el manga con más detenimiento, la diminuta y sugerente ropa de la chica de la portada. No era manga común, era hentai. Joder, Areum ¿me había regalado hentai?
—¡Pero sácalos todos! –dio palmas animada.
—Madre mía... –dejé los libros sobre el césped, y casi se me salen los ojos al ver la cereza que la chica de la portada chupaba con provocación. ¡¿Cerezas?! ¿No podían ser manzanas?, ¿o incluso limones?
—Había un montón de libros en la sección +18, ¡voy a ir más a menudo! –distraída, Areum cogió un volumen para ojearlo, y al mirarla, casi toso como un imbécil al ver la cereza que sus labios sujetaban. Era la misma imagen que la del hentai, solo que ella no se la estaba comiendo como si le estuviese haciendo una felación a la fruta.
Aún así, si me diesen a elegir, descartaría el hentai explícito ante Areum comiendo cerezas. Era adorable, Areum podía ser mi hentai cute personal.
Debí de quedarme mirándole de forma indiscreta, porque chasqueó los dedos en mis narices con una risita de querubín.
No me iba a desenamorar en un tiempo cercano, lo tenía muy claro
—Oye –sujeté su muñeca con urgencia antes de que se apartara, mordiendo mi labio para no morder los suyos–, de verdad que siento mucho haber sido tan dramático ayer. Y gracias por el regalo guarro, me encanta.
No me lo pensé dos veces y tiré de su muñeca, desequilibrándola. Le rescaté con mi pecho, su mejilla impactando contra mí cuando me tumbé en el césped.
Areum no dijo nada, y aunque me dio miedo haber sido tan obvio, igualmente acaricié su mejilla pálida, el rabillo de la cereza serpenteando entre sus labios.
Había ojos que enamoraban, y luego estaba su par castaño que me sosegaba el corazón. Seguro que lo notaba palpitar contra mi pecho.
—¿Quieres una cereza? –no se despegó de mis ojos ni de encima de mí, y parecía una correspondencia a mis sentimientos. Si ella era quien me las daba, me comía todos los suministros de cerezas del mundo.
Me incorporé un poco a modo de respuesta, y sus delgados dedos me alimentaron la pequeña fruta con elegancia. La atrapé con los dientes sin dejar de mirarle, y me protegió la mano que descansaba en su mejilla.
Se me ocurría otra cosa diminuta y rosada que podía mordisquear, pero eso lo aparté para la sección adulta de mi imaginación.
Me olvidé del puto Takashi a pesar de que la gargantilla de su cuello brillara grotescamente, porque los delineados ojos de Areum me ofrecían paz. Y qué bonito era cuando un hombre encontraba galaxias en los ojos de una mujer.
Me atreví a acercarle más a mí, y ninguno dijo nada con los escasos centímetros entre nuestras caras.
—Te despertaré cuando sean las seis –le dije–, duérmete un rato.
Forcé su mejilla en mi camisa para evitar hacer una locura de enamorado, y alcé una muralla de brazos alrededor de su cabeza para que nadie le molestara, para que tuviese el sueño de princesa que se merecía.
Y si no podía ser el príncipe, al menos sería el dragón que le protegiera, abrasaría a cualquiera que se atreviera a dañarla.
Areum
—Ari –la suave voz de Kohaku me despertó, y aunque abrí los ojos, no me levanté de su cálido torso–. Tienes carita de dormida.
Me contagió la sonrisa, y cuando me acarició la mejilla, cogí su mano sin pensármelo demasiado.
—No quiero ir a trabajar –me quejé–, me quiero quedar contigo.
Lo cierto era que me sentía más que protegida entre los brazos de mi mejor amigo, y la sola idea de ver un traje Gucci después me daba ansiedad.
—Te mandaré mensajes para que te animes –casi me caí de su pecho cuando se incorporó, pero él fue más hábil y me sujetó la cabeza–. Mañana volveremos a hacer la siesta, y si quieres me traigo los hentai y los leemos en clase de contabilidad.
De repente tenía unas tremendas ganas de llorar, y no sabía si era porque ahora iba a ver al Señor Takashi o porque Kohaku me estaba haciendo sentir increíblemente querida.
—No sé si será buena idea leer eso en clase –me sentí como un bebé por la forma en la que acunó la cara, y cerré los ojos con el beso que dejó en mi frente.
Se merecía un beso solo por tratarme como una princesa, por ser tan buen chico y por ser mi pilar fundamental, pero no se lo di. Sería demasiado raro, después de todo, éramos amigos. Siempre era controversial cruzar esa fina línea entre amigos y amantes.
Nos levantamos cuando Joji apareció con su coche y el chófer de Kohaku con el suyo.
—Queda una cereza –dijo intentando ralentizar el tiempo–, para ti.
Su cuerpo me hizo sombra, su respiración en mi frente con una desgarradora intimidad y tensión en el ambiente.
—¿Y por qué no para ti? –contradije, sus dedos ya listos con la pequeña fruta. Me la quería dar directamente a la boca, como en el hentai que le había regalado.
—Me da la sensación de que tú la necesitas más, abre la boca –hice lo dicho, y absorbí la cereza con los labios. Kohaku reposó un dedo en la comisura de mis labios, con la mirada ida, embobada.
Tuve el descaro de mirar cómo se relamió los labios, ¿ y de qué exactamente fueron los nervios que sentí?
—Nos vemos mañana –murmuré exaltada. Y Kohaku estaba tan cerca que olía su cítrico perfume a menos de tres palmos.
—Vale –me miró de arriba a abajo de una forma que me sonrojó las mejillas, y por alguna razón me empecé a fijar de más en lo bien que le quedaba a Kohaku el pelo corte coco, en sus pómulos marcados y sus finos labios–. Ten cuidado, y si quieres algo me llamas.
—V-Vale, ¡adiós! –asentí como una quinceañera que ve a su crush hacer ejercicio semidesnudo, y corrí despavorida hacia el coche, directa a mi pesadilla borgoña personal.
...
Salí del baño del veinteavo piso de la Hyundai, alisándome los pantalones de mi traje de trabajar. Así es, había vuelto a ponerme mi traje holgado y cómodo, nada de uniforme escolar. Takashi me había quitado el collar sin que me diera cuenta, así que yo también desobedecería.
El tramo de escaleras se me hizo más corto que de normal, y escuché unas voces desde dentro del despacho.
Me asomé por la puerta entreabierta del despacho, viendo la alta figura del heredero abrazada a otra más débil y estrecha, la de una mujer; una muy joven, diría yo. Uy, aquello era demasiado íntimo como para que estuviese mirando.
¿Qué hacía el Señor Takashi abrazando a alguien?, ¿era su sumisa? Resulta que sí que tenía emociones básicas...
Su encuentro acabó en breve y la chica salió por la puerta, e hice un esfuerzo por no abrir la boca con su aspecto. Era tan guapa como frágil, y daba la impresión de que si la tocabas se caería, sus huesos demasiado débiles. Yo no era quién para opinar del físico ajeno, pero estaba demasiado delgada como para ser sano. Y la chica estaba llorando.
¿Qué le había hecho Takashi?
—Perdona –le abordé, intimidada por sus ojeras púrpuras–, ¿quieres un pañuelo? Para secarte la cara –le señalé con ojos comprensivos. Saqué uno de la mochila y se lo tendí, una pequeña sonrisa hospitalaria para que lo aceptara. No tardó en agradecérmelo, y por el collar negro que llevaba, la identifiqué–. Perdona –repetí, recordando el nombre–, ¿eres tú Soyeon?
—Sí –dijo a duras penas, sonándose la nariz con la fuerza de un mosquito–, encantada
—Yo soy So Areum; es un nombre coreano –añadí. Le pregunté con la mirada qué había pasado en el despacho, sin escuchar los pasos de dentro que se aproximaban–. He visto tu collar –señalé–. ¿Cuánto tiempo te queda de contrato con él? No sé qué te habrá hecho pero no parece m...–
—¿”Contrato”? –de la confusión, Soyeon inclinó la cara a un lado.
—Sí, con el sádico ese –señalé la puerta de cerezo, y sonrió incómoda. Tenía una sonrisa muy bonita, de esas que exteriorizan inestabilidad mental. Sentí pena, y quise invitarla a un café y charlar del malnacido de Takashi.
—No deberías hablar así de él... Es una persona muy buena y noble, me está ayudando mucho..–.
¿Qué cojones?
—No creo que estemos hablando de la misma persona, Soyeon. ¿A ti no te ha...–la puerta se abrió del todo y cerré la boca automáticamente. Me hice la loca y miré a la planta semi-mustia del final del pasillo, notando la penetrante mirada del Señor Takashi.
—¿Hablando mal de mí, Areum? –el estúpido tono parental de su voz me hizo sonrojar, qué incómodo–. Veo que ya os habéis conocido –bajó la vista a Soyeon y le acarició la mejilla con dulzura, justo como me hacía a mí. Qué miserable.
Inesperadamente, la chica se echó a los brazos al llorar, buscando refugio.
—¿Quieres que te acompañe al baño? –inquirí, siendo ya bastante entrometida. Se veía que Soyeon sí confiaba en él, que Takashi no tenía intenciones de lastimarla... Entonces, ¿qué podía hacer yo ahí?
—No, gracias –respiró hondamente, y cuando miró a Takashi le sonrió levemente–. Gracias, Maestro.
Una alerta me hizo tilín en la cabeza. ¿”Maestro”?
—Cuídate, Soyeon.
La chica hizo una pequeña reverencia antes de desaparecer por las escaleras, pero no me quedé tranquila. La acompañaría al baño, o aunque fuese al vestíbulo. Pero no di ni dos pasos cuando Takashi me cogió del brazo.
—Estate quieta –amenazó, su voz asquerosamente cerca de mi oído.
—No me toques –me intenté zafar de él, pero ahogó mi muñeca con los dedos, lastimándome los huesos hasta que me quedé quieta por el dolor.
—Buena chica –me rodeó el cuello desde atrás, empujándome hacia el despacho tan bruscamente que me asusté–. Entra al despacho, tenemos cosas de las que hablar seriamente, como por ejemplo tu puto uniforme. Ya me estás vacilando de nuevo como al principio.
Darmowy fragment się skończył.