Czytaj książkę: «Biblioteca histórica. Libros XVIII-XX»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 411
DIODORO DE SICILIA
BIBLIOTECA HISTÓRICA
LIBROS XVIII-XX
INTRODUCCIÓN, TRADUCCIÓN Y NOTAS DE
JUAN PABLO SÁNCHEZ

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL.
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JORGE CANO CUENCA.
© EDITORIAL GREDOS, S. A., 2014.
López de Hoyos, 141, 28002-Madrid.
www.editorialgredos.com
Primera edición: marzo de 2014
REF.: GEBO476
ISBN: 9788424937737
INTRODUCCIÓN
DIODORO Y EL MUNDO HELENÍSTICO
Unos pocos, empezando desde los tiempos antiguos, se propusieron describir los hechos universales hasta su propia época, pero, entre esos, unos no llegaron a los tiempos propios de cada cual, otros omitieron los hechos de los bárbaros; otros aún despreciaron las viejas mitologías por la dificultad de la obra y otros no culminaron el plan de su proyecto privados de la vida por el destino. Ninguno de los que realizaron esa obra ha llevado a cabo la historia más tarde de la época macedónica; unos terminaron sus composiciones en los hechos de Filipo, otros en los de Alejandro, algunos en los diádocos o los epígonos, pero aunque omitidos muchos y grandes hechos de después de eso hasta nuestros días, ningún historiador se propuso elaborarlo en una sola composición a causa de la magnitud de la empresa1.
Tal como declara al comienzo del libro I, aquí citado, Diodoro pretendía con su obra llenar un hueco en la historiografía, y, sin duda, como vamos a ver, los libros XVIII-XIX y XX de la Biblioteca histórica son los que mejor plasman estas intenciones.
La idea de una historia universal debió de surgir en su mente ante los vastos horizontes del mundo helenístico que había abierto Alejandro Magno y que había hecho posible que un griego como Megástenes pudiera acabar como embajador de Seleuco I en Pataliputra, en la India; o que el filósofo Clearco de Solos pudiera llevar las máximas del oráculo de Delfos hasta Ai Khanum (Alexandria ad Oxum en la antigüedad), una ciudad en las riberas del Amur Darya a los pies del Hindu Kush. Los ideales del panhelenismo, que tan paradigmáticamente hubiera formulado Isócrates en el siglo IV a. C., habían hecho que el limitado mundo de las modestas ciudades-Estado del Egeo se abriera a los vastos confines del exótico mundo oriental.
Además, no hay que olvidar que, cuando Diodoro escribe su magna obra, Roma ya se había hecho con todo el Mediterráneo en poco más de medio siglo tras la victoria en la Segunda Guerra Púnica. A diferencia de Alejandro Magno que, guiado por una idea ecuménica del mundo, aspiraba a unificar bajo su égida los territorios todavía dispersos entre la India y las columnas de Hércules, Roma se había alzado con el poder supremo con una simple consigna: «divide et impera». Esta divisa la practicaron precisamente a partir del siglo II a. C. sobre el mosaico de reinos helenísticos surgidos tras la muerte de Alejandro Magno. En época de Diodoro y en su Sicilia natal, el poder absoluto del emperador quiso manifestarse con la fundación de una colonia militar en Tauromenio en el año 36 a. C. (Diod., XVI 7, 1); pero en los libros XVIII, XIX y XX, sin embargo, Diodoro nos introduce en una época en la que Roma aún era una potencia local en Italia que surgía balbuciente e iba avanzando posiciones frente a sus sofisticados vecinos de Etruria y las montaraces tribus samnitas del sur.
Ese vasto mundo por descubrir animó a nuestro autor a emprender largos viajes. Durante treinta años Diodoro, que era natural de Agirio, una ciudad de segundo orden en las inmediaciones del Etna, viajó por Asia Menor, Europa (Diod., I 4, 1) y Egipto (Diod., III 11, 3); lugares donde principalmente transcurre la acción que se desarrolla en estos tres libros del presente volumen. Nuestro autor ostenta su experiencia personal y la presenta como un factor determinante en su labor como historiador (Diod., I 4, 1), mientras, a su vez, la combina con una concienzuda labor de investigación en la propia Roma, donde afirma (Diod., I 4, 2-3) que él residió durante largo tiempo; y, además, sabía latín, lo que le permitió acceder a fuentes escritas en esa lengua.
Muchos estudiosos han tachado a Diodoro de ser un acrítico compilador sin ambición de estilo, un erudito que no trataba más que de adaptar sus diversas fuentes para convertir su vasto (y a veces, confuso) material en una enciclopedia realmente accesible. Diodoro puede cometer errores, es cierto, pero es tan bueno como le permiten serlo las fuentes a las que accede y toma como referencia. Su estilo discursivo es predominantemente sencillo, claro, sin perder el hilo de la narración con amplios y elaborados discursos (práctica que Diodoro critica de sus contemporáneos en Diod., XX 1-2, 2). Todo esto redunda en la inteligibilidad del texto griego original2.
A su favor, podemos decir que los libros XVIII-XX de la Biblioteca histórica son nuestra principal fuente para el período comprendido entre la muerte de Alejandro Magno (323 a. C.) y la batalla de Ipso (301 a. C.)3. El libro XVIII, en concreto, es especialmente denso y abundante en detalles; se centra casi en exclusiva en los sucesos de Asia, Grecia y Sicilia entre los años 323 a. C. y 318 a. C., e incluye citas de inscripciones, como el decreto de los exiliados emitido por Alejandro Magno y el edicto de Poliperconte en nombre de los reyes del año 318 a. C. A estos libros de Diodoro solo cabría añadir otras fuentes como las Vidas de Eumenes, Demetrio, Foción de Plutarco, la Vida de Eumenes de Nepote y el epítome de Justino de la Historia Filípica de Pompeyo Trogo4. Algunas noticias sueltas y singulares anécdotas podemos extraerlas de la lectura de autores de época imperial como Estrabón, Pausanias, Polieno, Eliano, Arriano y Ateneo; y también de fragmentos papiráceos, como el que preserva fragmentariamente el discurso pronunciado por Hiperides en el funeral del general ateniense Leóstenes, el héroe caído en la guerra Lamíaca.
Es poco, desgraciadamente, lo que queda de la producción literaria de una época, la helenística, que debió de ser ingente; especialmente si consideramos que algunos de los principales protagonistas de este período, como Ptolomeo I, fueron autores de obras históricas donde aportaron su propio testimonio; o, como en el caso de Antígono el Tuerto, fueron patronos de las artes y de las ciencias. Para la guerra de los diádocos, por ejemplo, es especialmente lamentable la pérdida de la obra del historiador Jerónimo de Cardia, autor que Diodoro menciona en estos libros. Jerónimo desempeñó un papel destacado en los eventos que él describe, primero al servicio de su compatriota Eumenes y, posteriormente, al servicio de Antígono el Tuerto, Demetrio Poliorceta y Antígono II Gónatas. La muerte le alcanzó a la avanzada edad de ciento cuatro años; lo que le permitió escribir una vasta obra consignando sucesos que acaecieron desde la muerte de Alejandro Magno hasta la muerte de Pirro de Epiro, cincuenta años después5. Para los sucesos acaecidos en Sicilia, Diodoro usa principalmente como fuente a Timeo de Tauromenio, y para los eventos en Italia usa como fuente la analística romana. Otro historiador importante es Duris de Samos, a quien se le conoce una historia universal desde la muerte de Amintas III, abuelo de Alejandro Magno, en el 370 a. C., hasta la muerte de Lisímaco en la batalla de Curupedion en el año 281 a. C.; pero a nuestro autor quizá le debió interesar más la monografía que Duris dedicó a Agatocles de Siracusa y que se cree que, efectivamente, fue la fuente para los eventos ocurridos en Sicilia, y recogidos en los libros XIX y XX6.
Hay, pues, una relativa riqueza de fuentes directas que ayudan a corregir o confirmar el texto de Diodoro: aparte de los decretos preservados en inscripciones, especialmente abundantes en Atenas a partir del año 307 a. C. (año de la instauración de un gobierno plutocrático controlado por Macedonia) y el Marmor Parium, resulta interesante la colección de tablillas cuneiformes de Babilonia conocidas como la Crónica de los diádocos, que nos permiten evaluar el impacto del avance de Seleuco en estos territorios7.
Resulta lógico pensar que Diodoro usó para los libros XVIII, XIX y XX las variadas fuentes que tenía a su disposición, dada la amplia geografía en la que se desarrollan los eventos que narra. Dicha diversidad, además, se intuye en el diferente estilo y enfoque con los que trata a los personajes y los acontecimientos que narra. Aquellos capítulos que versan sobre los asuntos de Grecia y Asia aportan detalles técnicos, como la configuración y el número de tropas o el tipo de armamento y maquinaria pesada de guerra del que disponen las fuerzas de combate, así como detalles topográficos y cronológicos que llegan a especificar los momentos del día en que se desarrolla la batalla; lo que contrasta con el tratamiento que lleva a cabo cuando su narración se desarrolla en relación a otras regiones. Entre las personalidades tratadas descuellan Antígono el Tuerto y Demetrio Poliorceta, cuyos retratos son los que mejor se perfilan con unos trazos muy positivos, lo que denota el uso de una fuente promacedonia, como el ya mencionado Jerónimo de Cardia; pero no podemos excluir el uso de fuentes alejandrinas para el relato de los eventos de Egipto, dado el perfil tan favorable que Diodoro traza de Ptolomeo I.
También los capítulos sicilianos divergen sustancialmente en su tratamiento de los capítulos italianos. Mientras que Diodoro trata la progresiva expansión de Roma de una manera sobria y escueta (a veces en breves apuntes que no llegan ni a un solo capítulo), se narra con todo lujo de detalles el ascenso y la caída de Agatocles, el tirano de Siracusa que se proclamó rey tras su victoriosa campaña en Africa contra Cartago. En los numerosos capítulos en los que se trata la vida de este estratega se incluyen todo tipo de digresiones etnográficas y mitológicas, prodigios y señales divinas, milagrosas huidas, lances amorosos e incluso comentarios del propio Diodoro (que, por otra parte, era de la propia Sicilia), haciendo el relato más ameno y apasionante.
Con todo, en una época de grandes y opuestas personalidades en continua lucha, Diodoro sabe ofrecer en breves pinceladas concisos retratos de los protagonistas de esta historia (probablemente inspirados por las fuentes que usa): el generoso y diplomático Ptolomeo frente al arrogante y ambicioso Pérdicas que, con sus rudos métodos, precipita su muerte a manos de sus propios hombres; o el impulsivo carácter y el oportunismo de figuras menores de esta historia, como son los jóvenes generales Alcetas, Teutamo y Antígenes; frente al más inteligente y taimado Antígono el Tuerto, un genio militar de la vieja escuela, de probada experiencia en el campo de batalla, pero de una desmesurada ambición que le conduce a la muerte.
A la hora de organizar todo este ingente material, Diodoro se comporta como un historiador analista: cada año viene encabezado con una indicación del nombre del arconte eponimo, de los cónsules en Roma y, cada cuatro años, de la pertinente edición de las Olimpiadas que se celebraron ese año con el nombre del vencedor en la prueba más importante y más antigua, esto es, la carrera del estadio. Los problemas surgen a la hora de distribuir los eventos acaecidos anualmente, ya que las fuentes principales de Diodoro (es decir, Jerónimo de Cardia) parecen seguir una cronología por campañas militares, casi coincidiendo con el calendario juliano; mientras que el año ateniense comenzaba a mediados del verano y acababa con la designación del arconte epónimo en el verano del año siguiente. Hay, en definitiva, una diferencia de meses que provoca no pocos desajustes cronológicos8 con la omisión de algunos datos y la dificultad de datar eventos muy poco documentados9.
El principal problema es que Diodoro suele ser impreciso a la hora de establecer una cronología relativa de los acontecimientos. Suele usar expresiones vagas del tipo «poco después» (μετὰ ὀλίγον χρόνον, μετὰ τινα χρόνον) o «al mismo tiempo (ἃμα)10. En otras ocasiones, sin embargo, puede llegar a ser bastante preciso, como cuando especifica que los samios recuperaron su isla en el 322 a. C., cuarenta y tres años después de que esta fuera capturada por el general Timoteo (XVIII 18, 9); o que Pérdicas murió en el 320 a. C., tres años después de haber asumido su regencia (XVIII 36, 7); que Casandro reconstruyó Tebas en el año 316 a. C., veinte años después de la destrucción de la ciudad ordenada por Alejandro (XIX 54, 1); o que Demetrio de Falero partió al exilio quince años después de la guerra Lamíaca (XX 46, 3).
En suma, la Biblioteca histórica es una fuente histórica de primer orden y, como su propio nombre indica, intenta proporcionar a todo intelectual curioso u hombre de cultura una información básica sobre una variedad de cuestiones geográficas, etnológicas, mitológicas, históricas, e incluso zoológicas. Quizá se deba a la pluma de Jerónimo de Cardia lo más colorido y sofisticado del relato de Diodoro en estos libros, como son las digresiones etnográficas sobre el origen de la ceremonia india del satí (Diod., XIX 33-34), sobre el estilo de vida y las costumbres de los nómadas nabateos de Petra, o sobre el betún del mar Muerto, o las leyendas fundacionales y especulaciones etimológicas con las que Diodoro explica los orígenes de la ciudad de Tebas (XIX 53, 3-6).
Diodoro trata de ser claro en todo momento, aportando indicaciones de los temas que va a tratar y terminando sus explicaciones con algunas conclusiones y lecciones morales que se pueden extraer del suceso narrado, siempre con ese estilo claro y desafectado tan propio de él que ya se apreciaba en la Antigüedad. No obstante, tan magna obra como la planeada por Diodoro —y que, debemos recordar, ha llegado a nosotros parcialmente— no puede evitar repeticiones: por ejemplo, la descripción del mar Muerto (XIX 98) reproduce casi verbalmente otra descripción del mismo lugar en los primeros libros (II 48 6-9); lo que revela que nuestro autor acude a las mismas fuentes cada vez que tiene que tratar un tema determinado, ya sea este histórico, geográfico o etnográfico, y que las reproduce fielmente.
LA ÉPOCA DE LOS DIÁDOCOS
(323 a. C.-281 a. C.)
Alejandro, a punto de fallecer en Babilonia y con su último aliento, al ser preguntado por sus generales a quién iba a designar como rey, dijo: «al mejor, pues yo predigo que como honras fúnebres se me ofrecerá una gran contienda entre mis camaradas». Y eso fue exactamente lo que ocurrió; pues, en efecto, tras la muerte de Alejandro, sus más destacados compañeros se enzarzaron en numerosas y épicas batallas por el poder supremo.
Alejandro había abandonado la corte de Pella, en la capital de Macedonia, como un rey heredero de la más pura tradición tribal balcánica, pero alentado por el ideal heroico del Aquiles de Homero; y moría en el corazón de Asia como un fabuloso conquistador, fascinado por la suntuosidad del lujo oriental, y con las vastas riquezas del Imperio persa a su disposición para continuar sus guerras en Oriente y Occidente. La idea de que Alejandro falleciera súbitamente en Babilonia y, sobre todo, a una edad tan temprana y en el cénit de su poder, simplemente era algo para lo que nadie estaba preparado. Pero Alejandro murió sin ver acabada su obra y los compañeros de Alejandro Magno, los diádocos11, y sus hijos, los epígonos12, lucharon en vano por mantener unificado el vasto imperio alejandrino durante los siguientes cuarenta años, desde el año 321 a. C. hasta el 281 a. C., fecha en la que tuvo lugar la última gran batalla en la llanura de Curupedio13.
Para los generales era impensable una división del imperio: lo que Alejandro había conquistado pertenecía a Macedonia, y Macedonia pertenecía a la dinastía argéada; y todos tenían en mente que Roxana, la princesa sogdiana esposa de Alejandro, estaba encinta. Roxana dio a luz ese mismo año a un varón al que llamaron Alejandro IV. Aparte de él, el único candidato posible era un hijo bastardo de Filipo II, Filipo Arrideo, un débil mental hermanastro de Alejandro que se había quedado en la corte de Pella. Ante tal situación, los generales de Alejandro llegaron a una solución de compromiso: nombraron reyes a ambos, pero hasta que el hijo de Roxana alcanzara la mayoría de edad, Pérdicas, el lugarteniente a quien Alejandro había hecho entrega ante testigos del anillo real, sería el regente y el reino se dividiría en satrapías administradas por generales leales y de confianza.
A pesar de todo, la muerte de Alejandro fue una auténtica debacle: los macedonios, que se habían batido bravamente el cobre durante los once años de campaña con Alejandro Magno, no tenían, en realidad, ningún interés en propagar la cultura griega (como sostenía una dignificante propaganda panhelénica), sino que consideraban que esos nuevos territorios del Imperio persa eran un botín de guerra que se habían ganado merecidamente en el campo de batalla; y la perspectiva de un largo período de regencia no hizo, pues, otra cosa más que espolear las ambiciones de una docena de generales que se apoyaron en sus subordinados para alzarse con el poder supremo. Que los planes de Alejandro para erigir una lujosa tumba para su padre, Filipo II, y otra para su compañero, Hefestión, se abandonaran; o que nunca se construyeran los templos que Alejandro había proyectado en toda la ecúmene griega; o que sus grandiosos planes de conquista del Mediterráneo occidental fueran inviables; o que se disolvieran los matrimonios mixtos con nobles persas celebrados en Susa y los colonos griegos en el Lejano Oriente empezaran a elevar sus protestas; todo eso realmente no constituía ningún problema.
En primer lugar, los diádocos tuvieron que afrontar las rebeliones que se produjeron en los confines del imperio de Alejandro Magno a la muerte de este. Pérdicas reprimió rápida y eficazmente una rebelión de los colonos griegos en Bactria, los cuales reclamaban con sus armas la vuelta a casa14; pero, en cambio, en Grecia, donde la muerte de Alejandro Magno se vio como una oportunidad para liberarse definitivamente del yugo macedonio, la lucha fue más larga y arriesgada. Una coalición, formada por tropas procedentes de casi toda Grecia al mando del ateniense Leóstenes, consiguió asediar al regente macedonio de Europa, Antípatro, en la ciudad de Lamia en Tesalia (de ahí el nombre de la guerra Lamíaca) en el invierno del año 323-322 a. C. Sin embargo, la muerte de Leóstenes, en una escaramuza durante el asedio, privó a la alianza de su más hábil general. Así Antípatro, aun con escasos efectivos y a la desesperada, fue capaz de volver a Macedonia cuando las tropas griegas se dividieron. Atenas se vio obligada a negociar, tras ser derrotada en Amorgos en una batalla naval ante la flota enviada por Cratero en apoyo de Antípatro. Una guarnición macedonia se apostó en el puerto de Muniquia y se estableció un nuevo gobierno promacedonio de carácter oligárquico, en manos de doce mil ciudadanos de clase alta, al frente del cual Antípatro puso a Foción15.
Para agudizar más el conflicto, poco después del reparto de las satrapías, los diádocos trataron de manipular a la familia real en su propio beneficio. En realidad, no podía ser más patética la imagen de la degeneración de la dinastía argéada: el poder nominalmente recaía, por un lado, en manos de Filipo III Arrideo, un hombre de pocas luces, comportamiento errático y recién casado con Eurídice Adea, una adolescente orgullosa y de lengua afilada; y, por otro lado, en un recién nacido todavía en brazos de su madre, Roxana, una noble bárbara que apenas balbuceaba el griego. Algunos de los diádocos trataron de entroncar con la familia argéada, tendiendo lazos matrimoniales con Cleopatra, la hermana de Alejandro Magno, o con Tesalónica, una hija que Filipo II tuvo con una princesa tesalia. Otros fueron incluso más allá: Eumenes de Cardia afirmaba estar siguiendo las instrucciones que Alejandro Magno le dictaba en sueños, y Ptolomeo lanzó el bulo de que él era uno de los hijos bastardos del propio Filipo II y logró, así, desviar la marcha del cortejo fúnebre que portaba el cuerpo embalsamado de Alejandro Magno, con el propósito de custodiarlo en un mausoleo en Alejandría.
Pérdicas, el comandante supremo al que todos temían por su autoritarismo y rudas maneras, no supo ganarse a sus soldados mercenarios, mucho más atentos al dinero que a la legitimidad dinástica: la soldadesca de voluble carácter ya no era una simple leva de soldados fieles a Macedonia, sino que era una curtida tropa de profesionales que había conquistado el Imperio persa; y así se lo demostraron los generales de Alejandro, no teniendo ningún empacho en expresar su desacuerdo, amagar con cambiar de bando o tratar de imponer sus condiciones a cada ocasión. Por ello, no extraña que Pérdicas, tras fracasar estrepitosamente en Egipto en una campaña que costó la vida a miles de soldados, muriera asesinado a manos de sus oficiales16.
Tras la desaparición de Perdicas, la máxima autoridad recayó en Antípatro. Su muerte, pocos años después, creó otro vacío que originaría nuevos conflictos. Antípatro ignoró a su hijo Casandro a favor de su general Poliperconte, a quien designó su sucesor como regente de Europa y tutor de los reyes. Pero el caos, propiciado por la fulminante caída de los más brillantes generales que podrían haber puesto algo de orden, no le facilitaron las cosas a Poliperconte. Por ello, invitó a Olimpia a volver a Macedonia y hacerse cargo de su nieto Alejandro IV; intentando así dar más estabilidad a la dinastía Argéada, ya que la presencia de Olimpia era más familiar y aceptable en la corte macedonia que la de la extranjera Roxana.
La reina madre llegó a sobrevivir a su hijo Alejandro durante siete tumultuosos años, demostrando su determinado carácter y llegando hasta el punto de enfrentarse con los reyes Filipo III y Eurídice en defensa de su nieto. En un curioso capítulo de la historia, el año 317 a. C. vio algo insólito hasta entonces, el enfrentamiento de dos ejércitos al mando de dos mujeres de la dinastía Argéada: Eurídice y Olimpia. La reina consiguió derrotarlos e hizo asesinar a Eurídice, a Filipo III Arrideo y a otros nobles familiares de Casandro, lo que tuvo como efecto que el pueblo macedonio se volviera contra ella. Casandro asedió a la reina, que se había refugiado en Pidna en el año 316 a. C. junto a su nieto, su nuera Roxana, su hijastra Tesalónica y otras mujeres macedonias. Sintiéndose abandonada por todos, Olimpia se rindió y Casandro la hizo ejecutar a manos de los familiares de sus víctimas, apedreada vilmente, en el año 315 a. C.17.
Aunque no pudo alcanzar sus objetivos políticos, Olimpia desempeñó un papel singular y sin precedentes, en ese complejo e inestable equilibrio de fuerzas en el que se desarrolló la política internacional de su época. El destino más común de las mujeres era el matrimonio concertado; y así, por ejemplo, el anciano Antípatro, regente de Europa en ausencia de Alejandro Magno, consolidó su poder mediante este tipo de alianzas matrimoniales con algunos de sus más poderosos colegas: Nicea se casó con Pérdicas, cuando este fue nombrado regente en Babilonia en el 323 a. C.; Eurídice se casó con Ptolomeo I, tras ratificar los acuerdos de Triparadiso en el 321 a. C.; y Antípatro casó a Fila con Cratero en agradecimiento por su ayuda en el asedio de Lamia en el 322 a. C. Esta última destacaba entre las hijas de Antíparo, pues ya de soltera daba su parecer a su padre y siguió aportando sus consejos, con una devota serenidad y un afecto casi maternal, al impetuoso Demetrio Poliorceta, el hijo de Antígono el Tuerto con el que acabó casada cuando Cratero murió (lo que no fue óbice para que, sin embargo, Demetrio protestara amargamente ante su padre porque su esposa era doce años mayor que él18).
Dado el papel de la mujer en aquella época, no resulta extraño que el poder de los diádocos se viera entorpecido, no solo por su continuo enfrentamiento en el campo de batalla, sino también por las intrigas dentro de su propio entorno familiar. La armonía que reinaba en la casa de Antígono el Tuerto y el modélico entendimiento que tenía este con su hijo Demetrio fueron una excepción que ya los antiguos destacaron con admiración. Lo normal era justamente lo contrario: Lisímaco de Tracia ordenó la muerte de su hijo Agatocles a instancias de su segunda esposa, Arsínoe, que había acusado a su hijastro de querer seducirla; Ptolomeo Cerauno, hijo primogénito de Ptolomeo I y Eurídice, se marchó de Egipto al verse humillado ante su hermanastro, el futuro Ptolomeo II Filadelfo, hijo de la concubina Berenice; y Antípatro ignoró a su hijo Casandro en sus planes sucesorios en beneficio de su amigo Poliperconte, lo que provocó mucha inestabilidad entre los partidarios de uno y otro bando en Macedonia y Grecia.
Al mismo tiempo, los diádocos acentuaron el carácter absoluto de su poder, rodeándose de esa pompa regia, antes reservada a Alejandro, y distanciándose de sus soldados, ya entonces súbditos, hasta casi hacerse inalcanzables como héroes épicos o divinidades olímpicas. Por ello, resultan extrañas estas aspiraciones absolutistas de los diádocos con un ostentoso afán por respetar la autodeterminación de las ciudades de Grecia, expresado en hueros ejercicios retóricos y pomposas proclamas, que pretendían mantener la ficción de una libertad de la que realmente estas no gozaban. Los reyes helenísticos confirmaron la autonomía de las ciudades griegas para simplemente ganarse unos aliados, ya que Grecia proporcionaba mercenarios (especialmente aquellos asentados en el cabo Ténaro) y llenaba los palacios helenísticos de hombres de cultura atraídos, sin duda, por estos generosos mecenas.
Otros generales, en cambio, como Eumenes, se mantuvieron obstinadamente leales a la casa argéada. Eumenes curiosamente no era macedonio, sino un griego hijo de un simple carretero de Cardia y, a pesar de su humilde condición, recibió una educación esmerada. Siendo todavía un muchacho, atrajo la atención de Filipo II, que lo llevó a su corte para servir como paje. Luego ascendió a secretario personal de Filipo II y posteriormente con Alejandro Magno, a pesar de la envidia que suscitó entre los nobles macedonios, desempeñó todo tipo de cargos tanto administrativos como militares. Eumenes dio todo su apoyo a los herederos legítimos de Alejandro Magno y trató de mantener la unidad del imperio, atemperando los ánimos de los soldados macedonios y de sus generales. Luchó lealmente al lado de Pérdicas hasta su muerte en el 321 a. C., obteniendo resonantes victorias contra los generales que intentaron invadir su satrapía en Capadocia, y aún más tarde, en el bando de Poliperconte, cuando este lo nombró estratego de Asia para defender la legitimidad de los reyes. Sin embargo, acosado en Asia Central por el todopoderoso Antígono el Tuerto, Eumenes acabó derrotado en la batalla de Gabiene mientras iba de camino a las satrapías superiores con sus tropas. Finalmente fue entregado a traición por sus propios soldados que lo despreciaban por el simple hecho de ser griego19.
Cuando una serie de asesinatos a sangre fría acabó con todos los miembros de la familia real —Casandro ordenó asesinar a Alejandro IV y a Roxana en el 309 a. C.—, los diádocos intentaron, por turno, hacerse con el poder supremo. El que más cerca estuvo de conseguirlo fue Antígono el Tuerto, contando con la inestimable ayuda de su hijo, Demetrio Poliorceta (el «asedia-ciudades»). Antígono se había quedado como sátrapa de la Gran Frigia desde el año 333 a. C. (territorio al que añadió Licia y Panfilia desde el año 330 a. C.) con la misión de proteger la retaguardia de Alejandro Magno y las comunicaciones con Macedonia desde el Lejano Oriente. A la muerte de Alejandro Magno era un hombre de sesenta años, curtido en crudas batallas (había perdido un ojo en un asedio ayudando a Filipo II, el padre de Alejandro Magno), de una gran fortaleza física, atronadora voz e indómito carácter. Si Alejandro hubiera vivido hasta los cincuenta o los sesenta años, Antígono el Tuerto habría quedado reducido a una nota a pie de página en la historia. La inesperada muerte de Alejandro le ofreció la oportunidad de acaparar todo el poder.
Antígono fue el primero que adoptó el título de rey, atreviéndose a desenmascarar ese ficticio respeto que los otros mantenían a los monarcas argéadas. Desde su satrapía en Asia Menor trató de ampliar progresivamente sus territorios, conquistando todos los dominios orientales en el 315 a. C. (expulsando a Seleuco que se refugió en Egipto) y organizando administrativamente un imperio con unas instituciones y un protocolo real que sirvieron de modelo para otros reinos helenísticos. Pero, en contraste, fue el que más decididamente respetó la autonomía local de las ciudades helenas de Asia Menor y Grecia.
En el año 306 a. C. creó una corte radicada en una nueva capital, Antigonia, cerca de la moderna Antioquía en Turquía, en la frontera con Siria. Allí se asentó junto a su esposa, Estratónice, y mientras otros reyes tenían otras aventuras amorosas y mantenían una legión de hijos legítimos y bastardos (de manera notoria, Ptolomeo I), Antígono se mantuvo fiel a la mujer con la que se casó a los cuarenta años (cuando esta se quedó viuda del hermano de Antígono) y veló con cariño por el bienestar y la educación de sus hijos y sobrinos a los que asoció al trono. Resulta sorprendente, pues, la incansable energía física y agudeza mental que desplegó este hombre para forjar un imperio, cuando se encontraba ya al final de su vida, siendo aún capaz de compartir con sus subordinados el penoso día a día del soldado en sus campañas20.
Sin embargo, al final, una coalición formada por los demás diádocos dio al traste con las aspiraciones de Antígono en la batalla de Ipso en el 301 a. C. Tras la victoria, estos se repartieron los despojos de un gran imperio: Casandro se proclamó rey de Macedonia, fundando allí las ciudades de Casandrea y Tesalónica21; Lisímaco gobernó Tracia y todo el Asia Menor hasta el Tauro; Seleuco añadió a su imperio iranio-babilonio el norte de Siria, y Ptolomeo se afianzó definitivamente en Egipto, Cirenaica y Celesiria. Sin embargo, el hijo de Antígono, Demetrio Poliorceta, un bravo e inteligente general (pero de voluble y errático carácter), aún mantenía el dominio del Egeo y algunas posesiones minorasiáticas. Desde allí Demetrio aprovechó la inesperada muerte de Casandro y las peleas entre sus hijos para invadir Macedonia y ser proclamado rey por la asamblea macedonia. Sin embargo, tras una azarosa sucesión de victorias y derrotas, Demetrio fue definitivamente neutralizado en el 288 a. C., cuando una nueva coalición, formada esta vez por Lisímaco, Pirro de Epiro y Ptolomeo I, lo expulsó de Macedonia. En el año 283 a. C., tras vivir varios años como prisionero de Seleuco, Demetrio se hundió en el alcohol hasta inducirse una extenuante muerte, siendo este un ignominioso final para quien se había ganado el título de rey en el campo de batalla y había llegado a ser aclamado por los atenienses como el único dios.
Lisímaco, rey de Tracia, que durante mucho tiempo había actuado con cautela para consolidar sus dominios, acarició entonces la idea de alzarse con el poder supremo. Lisímaco había llegado a Tracia en el año 321 a. C. para disminuir el poder que, como regente de Europa, poseia Antípatro y para poner orden en una región que se había alzado en armas al mando del rey Seutes III, tras la muerte de Alejandro Magno22. La ofensiva de Seutes intentó evitar que Lisímaco afianzara su control macedonio de las ciudades de la costa póntica. Con un ejército que superaba en número a las tropas de Lisímaco, las esperanzas de una victoria por parte de Seutes eran altas. Sin embargo, el inesperado triunfo de la disciplinada falange macedónica frente a la caballería enemiga inauguró una etapa de triunfos que anticiparon los proyectos imperiales de Lisímaco23. Desde su privilegiado puesto central en Tracia, Lisímaco llegó a extender sus dominios por ambas orillas del Egeo, cerniéndose amenazante sobre Grecia y controlando el acceso por el estrecho de los Dardanelos. Fundó, además, una ciudad con su nombre, Lisimaquea (a imitación de Alejandro en Egipto, Antígono en Siria-Palestina y Casandro en la vecina Macedonia), y atrajo a su corte a literatos y filósofos como Crates de Malos.
Lisímaco tenía un marcado carácter práctico, razón por la que sus consejos siempre habían sido tomados muy en serio por Casandro, y era un ambicioso hombre de batalla que, todavía en su vejez, solía vanagloriarse de cómo había conseguido reducir, solo con sus manos, un león en presencia de Alejandro, mientras mostraba con orgullo las cicatrices que testimoniaban ese episodio. Por ello, se alió con Pirro, rey de Epiro, e invadieron juntos Macedonia en el año 288 a. C., para repartirse entre los dos el reino que, a la sazón, gobernaba Demetrio Poliorceta. Pero poco después Lisímaco expulsó a Pirro de sus posesiones en Macedonia
Lisímaco tenía fama de ser un tirano sin escrúpulos: no le había temblado la mano a la hora de destruir por entero la ciudad griega de Cardia (de donde eran originarios Eumenes y Jerónimo), trasladando a su población a su nueva fundación de Lisimaquea. Nadie se extrañó, por lo tanto, de que Lisímaco protagonizara este truculento episodio familiar: Lisímaco se había casado en segundas nupcias con una de las hijas de Ptolomeo I, Arsínoe, y no dudó en ejecutar a su hijo Agatocles24, que engendró con Nicea (la hija de Antípatro), al ser este acusado falsamente de querer seducir a su madrastra. La viuda de Agatocles huyó con sus hijos a Asia, pidiendo venganza a Seleuco I, que, receloso del poder que ostentaba Lisímaco, decidió invadir los territorios que este poseía en Tracia, reclamándolos como suyos. Seleuco y Lisímaco se enfrentaron en la llanura de Curupedion (Lidia) en el 281 a. C. En esta última batalla Lisímaco murió y, con su muerte, no hubo nada ni nadie que pudiera impedir el avance de Seleuco25.
Seleuco fue el último de los diádocos que se embarcó en la aventura de unificar un imperio dividido. Seleuco había ido progresando en su carrera con los mismos altibajos que habían experimentado sus coetáneos desde aquella época en que, siendo aún un adolescente, había sido nombrado paje de honor del rey Filipo II. A la muerte de Alejandro Magno, en Babilonia, Seleuco no obtuvo ninguna satrapía, pero sí que fue nombrado general del batallón de caballería, un prestigioso título que, antes que él, había ostentado el leal compañero de Alejandro Magno, Hefestión. Sin embargo, como Seleuco había sido uno de los generales que participó en el complot que acabó con la vida de Pérdicas en Egipto, logró ser nombrado sátrapa de Babilonia en los acuerdos de Triparadiso en el 320 a. C.
Su reinado en Babilonia fue, sin embargo, muy breve, ya que pocos años después, en el 316 a. C., Antígono llamó a capítulo a Seleuco para que este le rindiera cuentas de la satrapía que él administraba y Seleuco, viendo su vida en peligro (otros sátrapas habían muerto a manos del ambicioso Antígono en similares circunstancias), decidió escapar y abandonar su satrapía, refugiándose en la corte de Ptolomeo en Alejandría. Permaneció allí exiliado durante varios años, participando como lugarteniente de Ptolomeo en importantes confrontaciones, como la batalla de Gaza del 312 a. C. Poco después, Seleuco, en una empresa aparentemente temeraria, regresó a Babilonia con un escaso contingente que no llegaba ni a mil hombres. Sin embargo, fueron muchos los soldados que, sobre la marcha, se unieron a Seleuco. Fue así como se produjo su entrada triunfal en Babilonia en el 311 a. C., marcando el comienzo de la era seléucida y de los grandes triunfos que estaban por venir.
Seleuco fundó una nueva capital a orillas del Tigris, Seleucia, poblada por colonos macedonios, griegos y persas, que se convirtió en una importante capital comercial, cultural y de gobierno en la región. No contento con recuperar la que había sido su satrapía, Seleuco siguió avanzando hasta la actual Pakistán, paseando sus tropas por las colinas del Hindu-Kush y los desérticos parajes a orillas del mar de Aral, como antes lo hubiera hecho Alejandro acompañado por sus hombres apenas unos decenios antes. De todos los diádocos, Seleuco fue el que llegó a gobernar sobre las más vastas regiones del antiguo imperio de Alejandro Magno, haciéndose con un reino que comprendía pueblos de distintas etnias y religiones. Con buen olfato político, Seleuco no había repudiado a Apama, la princesa persa que le había asignado Alejandro Magno en los esponsales de Susa en el 324 a. C.; esta le dio un heredero, Antíoco I, que, aún siendo educado a la griega, gobernó al más puro estilo iranio y revitalizó con sincera devoción los tradicionales cultos de la antigua Babilonia26.
Con la muerte de Antígono el Tuerto en la batalla de Ipsos, Seleuco amplió sus dominios por Siria-Palestina. Fundó Antioquía a los márgenes del río Orontes, al pie del monte Silpio, cerca de donde en su día se alzó la ciudad de Antigonia fundada por Antígono el Tuerto. Esta cosmopolita ciudad, que Seleuco fijó como la capital occidental del reino seléucida, pronto rivalizó en esplendor con las grandes metrópolis del mundo antiguo27. Seleuco erigió su palacio real en el centro de una gran isla en el río Orontes, dominando la ciudad que se extendía por ambas orillas. Para ello, basó su construcción en la planta hipodámica, con grandes avenidas porticadas y templos (como el de Tyche, la diosa Fortuna de Antioquía cuya estatua ha pervivido en numerosas copias), por donde paseaban colonos griegos originarios de Antigonia, sirios, macedonios y judíos, y comerciantes orientales que venían atraídos por la prosperidad económica de esta nueva fundación28.
Sin embargo, la gloria de Seleuco fue efímera. Como casi todos los compañeros de Alejandro, Seleuco tuvo una existencia azarosa y murió de forma violenta, víctima de una traición. Tan solo unos meses después de la muerte de Lisímaco de Tracia, Seleuco pasó a Europa y, mientras organizaba una gran campaña de conquista desde Lisimaquia, fue asesinado arteramente por Ptolomeo Cerauno, el hijo repudiado de Ptolomeo I y Eurídice, que se había refugiado en la corte seléucida tras su expulsión de Egipto29.
De entre todos los sucesores, Ptolomeo I quizá fue el primero que intuyó que nunca nadie lograría mantener la unidad del imperio de Alejandro Magno. Por ello decidió establecer lo antes posible su corte en Egipto, un extenso y próspero territorio que era casi inexpugnable por los desiertos que rodeaban la región y por las marismas del delta del Nilo. Ptolomeo era sobre todo un hábil diplomático que hizo pasar sus calculadas acciones como actos de generosidad y que supo hacerse fuerte en Egipto, una tierra de larga historia, extrañas y atávicas tradiciones religiosas, pero llena de recursos. Ptolomeo I apenas salió de este territorio sino para aliarse con Chipre y algunas islas del Egeo, y hacerse con la Cirenaica y con Celesiria; un territorio, este último, que él y sus sucesores disputaron a los seléucidas en continuas guerras durante los siglos III y II a. C.30.
Ptolomeo I continuó las obras de Alejandría, la capital que se alzaba sobre un puerto, cerca de la isla de Faros, donde atracaban los barcos en busca del agua fresca del ancho y profundo lago Mareotis. Este lugar fue donde Alejandro Magno consideró que se encontraba el enclave más apropiado para fundar una gran ciudad con su nombre, mientras soñaba cómo soplaría en verano el refrescante viento etesio por las amplias calles y los vastos edificios diseñados con grandeza. Ptolomeo I y su sucesor, Ptolomeo II, convirtieron esta ciudad en ese singular lugar cuya evocadora mística aún nos sigue atrayendo hoy, como atrajo en su momento a sabios de toda la ecúmene para enseñar, aprender, discutir y enriquecer con su presencia y sus obras la más grande y completa biblioteca del mundo antiguo. Alejandría fue la capital más estable de un reino helenístico en manos de una dinastía que reinó durante casi trescientos años (desde el 323 a. C. hasta el 31 a. C.) y se convirtió en el centro del mundo en época helenística, ejemplo de megalōpolis que todas las demás capitales reales quisieron imitar31. Ptolomeo I murió en paz en su palacio de Alejandría en el año 282 a. C., poco tiempo después de haber abdicado en favor de su hijo Ptolomeo II32; un final inusual en comparación con las repentinas y cruentas muertes que habían sufrido sus coetáneos.
La época de los diádocos fue, en definitiva, una época convulsa y apasionante. La inconstante fortuna de aquellos que ambicionaban hacerse con el poder supremo se fue forjando en todos y cada uno de sus enfrentamientos que se libraron en el campo de batalla; y allí no fue extraño ver a los propios diádocos batirse el cobre, enzarzarse en contiendas singulares contra sus oponentes e inspeccionar las tropas en acción o la construcción de la maquinaria de asedio, porque sabían que cada una de sus victorias era el sustento moral de sus tropas, la manera de pagar a sus mercenarios y, en definitiva, la base del prestigio personal, sostén de la dinastía que pensaban instaurar, una vez hubieran acabado con todos su enemigos. La paz, sin embargo, solo llegó tras cuarenta años de guerra con el advenimiento de Ptolomeo II (283-246 a. C.), Antíoco I (281-261 a. C.) y el hijo de Demetrio Poliorceta, Antígono Gónatas (279-239 a. C.). Se inició entonces un nuevo período de auge y equilibrio entre tres nuevas dinastías que subsistirían hasta la aparición de Roma como potencia hegemónica en el Mediterráneo oriental: la dinastía ptolemaica en Egipto, la dinastía seléucida en Asia y la dinastía antigónida en Grecia.
CRONOLOGÍA
323 a. C. Muerte de Alejandro Magno en Babilonia; comienzo de la guerra Lamíaca.
322 a. C. Batalla de Cranón y de Amorgos: Antípatro derrota a los griegos e impone a los atenienses un régimen oligárquico. Ptolomeo conquista la Cirenaica.
321 a. C. Traslado del cuerpo de Alejandro Magno a Egipto. Pérdicas conquista Pisidia y se casa con Nicea, hija de Antípatro, pero corteja secretamente a Cleopatra, hermana de Alejandro.
320 a. C. Pérdicas invade Egipto y es asesinado en campaña, pero Eumenes vence en Asia Menor a Crátero. Acuerdos de Triparadiso y nuevo reparto de las satrapías.
319 a. C. Antípatro vuelve como regente a Macedonia pero muere poco después. Le sucede su lugarteniente, Poliperconte como regente y su hijo, Casandro, como quiliarco.
318 a. C. Revolución democrática en Atenas. Casandro invade el Pireo y Poliperconte asedia Megalópolis. Eumenes acepta la comandancia suprema de los ejércitos reales y planta sus cuarteles de invierno en Babilonia. Antígono lo sigue hasta Mesopotamia, preparándose para la campaña del año siguiente.
317 a. C. Batallas de Coprates y Paretacene librada por Eumenes y Antígono. Vuelta de Olimpia a Macedonia y ejecución de los reyes Eurídice y Filipo III. El ateniense Demetrio de Falero gobierna Atenas en nombre de Casandro, rey de Macedonia.
316 a. C. Batalla de Gabiene. Rendición y muerte de Eumenes. Ejecución de Pitón y deposición de Peucestas. Casandro invade Macedonia y asedia a Olimpia en Pidna. Rendición y asesinato de Olimpia. Fundación de Casandrea.
315 a. C. Antígono expulsa a Seleuco de Babilonia y comienza su asedio de Tiro. Proclamación de la libertad de los griegos. Casandro preside la celebración de los Juegos Nemeos.
314 a. C. Roma vence a los samnitas cerca de Terracina (Lacio).
313 a. C. Antígono conquista Caria, pero Chipre acaba en manos de Ptolomeo. Lisímaco se hace fuerte en Tracia.
312 a. C. Batalla de Gaza: Ptolomeo I y Seleuco derrotan a Demetrio Poliorceta. Campaña de Demetrio Poliorceta en Nabatea.
311 a. C. Seleuco invade Babilonia y las satrapías superiores. Comienzo de la dinastía seléucida.
310 a. C. Asesinato de Alejandro IV y Roxana por orden de Casandro. Agatocles, tirano de Siracusa, invade Libia.
309 a. C. Asesinato de Heracles, el hijo de Alejandro y Barsine, por orden de Poliperconte. Asesinato de Cleopatra por orden de Antígono. Fundación de Lisimaquea.
307 a. C. Demetrio libera Atenas, donde se le otorgan honores divinos.
306 a. C. Batalla de Salamina (Chipre). Victoria de Demetrio. Demetrio y Antígono se proclaman reyes.
305 a. C. Comienzo del asedio de Rodas.
304. a. C. Concluye el asedio de Rodas y la segunda guerra entre samnitas y romanos.
301 a. C. Batalla de Ipsos. Casandro, Seleuco, Lisímaco derrotan a Antígono y Demetrio. Muerte de Antígono el Tuerto en el campo de batalla.
NUESTRA TRADUCCIÓN
Desde la segunda mitad del pasado siglo, al calor del debate historiográfico acerca de Diodoro y su obra y su rehabilitación crítica, han proliferado las traducciones a varias lenguas modernas de los libros que nos ocupan. Entre las bilingües destacan la traducción pionera al inglés, completa y en doce tomos, de la Loeb Classical Library (London-Cambridge Mass., 1953-1967) a cargo de C. H. Oldfather, C. L. Sherman, C. B. Welles et alii; y en francés, la supervisada por François Chamoux de las que tenemos para nuestro período el libro XVIII (P. Goukovsky, 1978) y XIX (Fr. Bizière, 1975), así como los fragmentos de los libros XXI-XXVI (P. Goukowsky, 2006), pero no el libro XX. Completa también es la italiana, coordinada por el profesor Ambaglio (Rusconi, Milano, 1985-2008); pero también de la editorial Sellerio de Palermo disponemos de un volumen con los libros XVIII-XX (D. P. Orsi, I. Labriola y P. Martino, 1993) y XXI-XL (P. Martino, 2000). Recientemente ha concluido la publicación íntegra de los libros de Diodoro en la Bibliothek der griechischen Literatur (O. Veh, Th. Nothers, W. Will et alii, Hiersemann-Verlag, Stuttgart, 1992-2009).
La traducción en la Biblioteca Clásica Gredos, con cinco volúmenes ya editados, libros I-III (F. Parreu Alasá, Madrid, 2001), IV-VIII, IX-XII y XIII-XIV, XV-XVII (Madrid, 2004, 2006, 2008 y 2012, respectivamente, a cargo de J. J. Torres Esbarranch), avanza con buen ritmo y se está trabajando en el último, con los fragmentos. Nuestra traducción va acompañada de notas a pie de página que tratan, fundamentalmente, de cuestiones de historia, prosopografía, cronología, equivalencias de medidas y reenvíos internos.
1 Esta parte de la introducción se centra específicamente en los tres libros de la Biblioteca Histórica que presenta este volumen. Para una noticia biográfica de Diodoro, aspectos generales de su obra y una bibliografía más completa, véase la Introducción de F. PARREU ALASÁ, Diodoro de Sicilia. Biblioteca Histórica Libros I-III (BCG 294), Madrid, 2001. La traducción del texto que reproducimos es de esa edición.
2 La lengua de Diodoro no presenta especiales problemas de comprensión. El vocabulario también es sencillo, propio de la koiné de su época. No obstante, algún excurso, como la descripción del carro fúnebre de Alejandro Magno, está lleno de tecnicismos y detalles que probablemente se encontraban ya en la fuente que Diodoro usó. Los estudiosos han destacado, igualmente, la originalidad de los proemios que encabezan cada uno de los libros que se conservan. Cf., en general, K. S. SACKS, «The Lesser proemia of Diodorus Siculus», Hermes 110 (1982), 434-442; y más en concreto, I. ACHILI, Il Proemio del Libro 20 della «Biblioteca Storica» di Diodoro Siculo, Lanciano, 2012.
3 También Diodoro es la fuente más coherente y completa que tenemos para la época clásica y sin él sería imposible escribir sobre la historia de Sicilia o sobre la hegemonía ateniense durante la pentecontecia (480-431 a. C.) y la guerra del Peloponeso. Esta importancia de Diodoro de Sicilia ha sido justamente valorada en los últimos años. Cf. P. GREEN, Diodorus Siculus. Books 11-12.37.1. Greek History, 480-431 BC. The Alternative version, Austin, 2006; Diodorus Siculus, The Persian Wars to the Fall of Athens: Books 11-14.34 (480-401 BCE), Austin, 2010.
4 Concretamente los libros XIII-XV de este epítome cubren el período que va desde la muerte de Alejandro Magno hasta la muerte de Casandro (323-297 a. C.).
5 Diodoro es, de nuevo, nuestra fuente principal para la vida y la carrera de Jerónimo de Cardia: DIOD., XVIII 42, 1, 50, 4; XIX 44, 3 y 100, 1-3 = FGrH 154 (JERÓNIMO DE CARDIA) T 3-6. Sobre el uso de la obra histórica de Jerónimo en Diodoro, cf. I. L. MERKER, «Diodorus Siculus and Hieronymus of Cardia», Ancient History Bulletin 2 (1988), 90-93; y R. H. SIMPSON, «Abbreviation of Hieronymus in Diodorus», American Journal of Philology 80 (1959), 370-379. Sobre Jerónimo de Cardia en general, cf. J. HORNBLOWER, Hieronymus of Cardia, Oxford, 1981.
6 La mayoría de los fragmentos de Duris de Samos proceden de citas de Ateneo y Plutarco. Sobre Duris de Samos, cf. R. B. KEBRIC, In the Shadow of Macedon: Duris of Samos, Wiesbaden, 1977; y F. LANDUCCI GATTINONI, Duride di Samo, Roma, 1997. Otro importante historiador para este período cuya obra no se ha conservado, pero que Diodoro menciona en otros libros, es Diyllus de Atenas, que trató los eventos de Grecia y Sicilia en veintiséis libros desde el año 356 a. C. hasta el año 297 a. C. Cf. DIOD., XVI 14, 5; 76, 6 y XXI frag. 5. Finalmente hay que mencionar a Demócares, sobrino del orador Demóstenes, que, en línea con su tío, fue un firme enemigo de los tiranos de Atenas, como Demetrio Poliorceta y Demetrio de Falera
7 El Marmor Parium, en sus lacónicas indicaciones, preserva los principales eventos acaecidos entre el 323 a. C. y 302/301 a. C. La Crónica de los diádocos da cuenta de los sucesos acaecidos entre el cuarto año del reinado de Filipo III (320/319 a. C.) y el octavo año del reinado de Alejandro IV (309/308 a. C.). Para una visión general de esas fuentes, cf. M. M. AUSTIN, The Hellenistic World from Alexander to the Roman conquest. A selection of ancient sources in translation, Cambridge (MΑ), 2006 (2.a edición aumentada); R. S. BAGNALL y P. DEROW, The Hellenistic Period: Historical Sources in Translation, Maiden (MA), 2004. Para el uso de estas fuentes en Diodoro de Sicilia, cf., en general, R. DREWS, «Diodorus and His Sources», The American Journal of Philology 83 (1962), 383-392; y, en concreto, C. BOTTIN, «Les sources de Diodore de Sicile pour l’histoire de Pyrrhus, des successeurs d’Alexandre le Grand et d’Agathocle», Revue belge de philologie et d’histoire 7 (1928), 1.307-1.327; M. J. GELLER, «Babylonian Astronomical Diaries and Corrections of Diodorus», Bulletin of the School of Oriental and African Studies 53 (1990), 1-7.
8 Por ejemplo, en DIOD., XVIII 44, 1, nuestro autor menciona el nombre del arconte de los años 319/318 a. C., Apolodoro, pero omite el nombre de los dos arcontes anteriores, Arquipo (321/320) y Neecmo (320/319) y de los cónsules para esos años y el vencedor de la carrera de las Olimpiadas del año 320 a. C. Cf. R. M. ERRINGTON, «Diodorus Siculus and the Chronology of the Early Diadochoi, 320-311 B. C.», Hermes 105 (1977), 478-504; L. C. SMITH, «The Chronology of Books XVIII-XX of Diodorus Siculus», American Journal of Philology 82 (1961), 283-290, y J. WALSH, «Historical Method and a Chronological Problem in Diodorus, Book 18», en P. WHEATLEY y R. HANNAH. Alexander & His Successors: Essays from the Antipodes, Claremont (CA), 2009, 72-87.
9 Como los acuerdos de Triparadiso. Véase en concreto, E. M. ANSON, «Diodorus and the Date of Triparadeisus», The American Journal of Philology 107 (1986), 208-217.
10 Por ejemplo en DiOD., XVIII 9, 1 y 18. 1 se dice que el decreto revocando el exilio de los griegos fue promulgado «poco antes» de la muerte de Alejandro, cuando realmente en un párrafo anterior (en XVIII 8, 3) ha dicho que la vuelta de los exiliados fue proclamada en los Juegos Olímpicos del año 324 a. C.; es decir, un año antes.
11 Los «sucesores», porque habían recibido (diadéchomai) el poder de Alejandro Magno.
12 Propiamente los «nacidos después» (epigígnomai), pues eran los hijos de los compañeros de Alejandro Magno.
13 En general, sobre el mundo helenístico, cf. S. M. BURSTEIN, The Hellenistic Age from the Battle of Ipsos to the Death of Kleopatra VII, Cambridge, 1985; C. MIRALLES, El helenismo: épocas helenística y romana de la cultura griega, Barcelona, 1989 (2.a edición); G. SHIPLEY, El mundo griego después de Alejandro. 323-30 a. C., Barcelona, 2001; G. PRÉAUX, Le monde hellénistique: La Grèce el l’Orient de la mort d’Alexandre à la conquête romaine de la Grèce. (2 vols.), París, 1978; F. W. WALBANK, A. E. ASTIN, M. W. FREDERIKSEN (eds.), The Cambridge Ancient History. 2nd edition. Vol. VII Part 1. The Hellenistic World, Cambridge, 1984. En concreto sobre el convulso período de los diádocos, cf. principalmente H. BEGNSTON, Die Diadochen. Die Nachfolger Alexanders (323-281 V. Chr.), Múnich, 1987; A. B. BOSWORTH, The Legacy of Alexander. Politics, Warfare, and Propaganda under the Successors, Oxford, 2002; M. J. FONTANA, Le Lotte per la successione di Alessandro Magno dal 323 al 315, Palermo, 1960; PH. HARDING, From the End of the Peloponnesian War to the Battle of Ipsos, Cambridge, 1985; W. HECKEL, The marshals of Alexander’s empire, Londres-Nueva York. 1992; y Who’s who in the Age of Alexander the Great. Prosopography of Alexander’s Empire, Malden (MA), 2006; J. ROMM, Ghost on the throne: the death of Alexander the Great and the war for crown and empire, Nueva York-Toronto, 2011; J. SEIBERT, Das Zeitalter der Diadochen. Darmstadt, 1983; R. WATERFIELD, Dividing the Spoils. The War for Alexander the Great’s Empire, Oxford, 2011.
14 F. HOLT, Alexander the Great and Bactria: the Formation of a Greek Frontier in Central Asia. (Mnemosyne Suppl. 104), Leiden-Nueva York, 1988. La Bactriana estuvo en manos de los seléucidas hasta mediados del siglo III a. C., cuando esta región se declaró independiente, creándose un nuevo reino greco-bactriano que sobrevivió hasta finales del siglo II d.C. Cf. F. HOLT, Thundering Zeus: the Making of Hellenistic Bactria, Berkeley, 1999.
15 Sobre la guerra Lamíaca, cf. O. SCHMITT, Der Lamische Krieg, Bonn, 1992. Sobre Foción y el régimen oligárquico que se instaló en Atenas tras ese desastre, cf. C. BEARZOT, Focione tra storia e trasfigurazione ideale, Milán, 1985, y L. TRITLE, Phocion the Good, Nueva York, 1988. Sobre la historia de Atenas en época helenística, cf. CH. HABICHT, Athens from Alexander to Antony, Cambridge (MA), 1997, y G. J. OLIVER, War Food and Politics in Early Hellenistic Athens, Oxford, 2007.
16 Sobre Pérdicas y su papel en esos convulsos primeros años, cf. M. RATHMANN, Perdikkas zwischen 323 und 320, Viena, 2005.
17 Sobre Olimpia, cf. J. C. CHIRINO, La reina de los cuatro nombres: Olimpia, madre de Alejandro Magno, Madrid, 2005; y E. CARNEY, Olympias. Mother of Alexander the Great, Londres-Nueva York, 2006.
18 Sobre el papel desempeñado por la mujer en el mundo helenístico, cf. D. OGDEN, Polygamy, prostitutes and death. The Hellenistic dynasties, Londres, 1999.
19 Para la vida de Eumenes de Cardia, cf. E. M. ANSON. Eumenes of Cardia. A Greek among Macedonians, Boston-Leiden, 2004.
20 Aparte de la ciudad de Antigonia en el Orontes, Antígono fundó otras «Antigonias» en Asia Menor, como la que posteriormente fue rebautizada como Nicea por Lisímaco (hoy Iznik) y Antigonia de la Tróade, rebautizada como Alejandría de la Tróade (cuyas ruinas se encuentran en la provincia turca de Çanakkale). Sobre estos dos personajes, cf. R. A. BILLOWS, Antigonos the One-Eyed ad the Creation of the Hellenistic State, Berkeley-Los Ángeles-Oxford, 1997; P. BRIANT, Antigone le Borgne, París, 1973; O. MÜLLER, Antigonos Monophthalmos und ‘Das Jahr der Könige’. Untersuchungen zur Begründung der hellenistischen Monarchien 306-304 v. Chr., Saarbrücken, 1972, y CL. WEHRLI, Antigone et Demetrios, Ginebra, 1968.
21 Ambas ciudades trataban de legitimar su poder en Macedonia y regenerar el reino. Casandrea, edificada sobre las ruinas de la antigua Potidea (arrasada por Filipo II en el 356 a. C.), recibió el nombre del propio fundador en el año 316 a. C.; mientras que Tesalónica, fundada en el 315 a. C., homenajeaba a la princesa argéada a la que había desposado Casandro. Sobre Casandro y el breve dominio de la dinastía que él fundó, cf. en particular, F. LANDUCCI GATTINONI, «Cassander’s Wife and the Legacy of Phillip II and Alexander III in Diodorus’ Library» en E. Carney, D. Ogden (ed.), Philip II and Alexander the Great: Father and Son, Lives and Afterlives, Nueva York-Oxford (2010), 113-121; y, más en general, del mismo autor antes mencionado, L’arte del potere. Vita e opere di Cassandro di Macedonia, Stuttgart, 2003.
22 Sin lugar a dudas Seutes III no era un don nadie. Ya en el año 331 a. C. sus hijos gozaban de la ciudadanía ateniense, quizá como una manera de legitimar sus pretensiones de alzarse con el poder independiente. Su ciudad, Seutópolis (Kazanluk), capital fundada en el 320 a. C., estaba en contacto con las principales colonias griegas del mar Negro e incluso con la propia Atenas, y con Tasos, cuyo afamado vino regaba las comidas de la mesa de la élite tracia. En aquella época el griego aparece usado como lengua oficial de su corte. Sobre Seutes III y el reino odrisio, cf. Z. H. ARCHIBALD. The Odrysian Kingdom of Thrace: Orpheus Unmasked (Oxford Monographs on Classical Archaeology), Oxford, 1998.
23 El primer encontronazo entre el rebelde Seutes y Lisímaco aparece en Diodoro de manera un tanto brusca: aparte de revisar las tropas de uno y otro bando, no da detalles del desarrollo de la lucha, la orografía del campo de batalla, la disposición de los ejércitos en combate o la táctica utilizada.
24 No debe confundirse, pues, este Agatocles con el tirano de Siracusa del mismo nombre.
25 Para la vida y obra de Lisímaco, cuyo estudio es imprescindible para comprender estos convulsos años, consúltese, además de la clásica monografía de H. S. LUND, Lysimachus. A Study in early Hellenistic kingship, Londres-Nueva York, 1992, la monografía en italiano de F. LANDUCCI GATTINONI, Lisímaco di Tracia nella prospettiva del primo ellenismo, Milán, 1992.
26 Para cuestiones más generales sobre el reino seléucida, cf. S. SHERWIN-WHITE, A. KUHRT, From Samarkhand to Sardis, Berkeley, 1993, y L. CAPDETREY, Le pouvoir séleucide. Territoire, administration, finances d’un royaume hellénistique (312-129 avant J. C.), Rennes, 2007.
27 La ciudad de Antioquía (Antakya) formaba parte de la tetrápolis siria, las cuatro ciudades que Seleuco I fundo en sus últimos años de reinado en Siria-Palestina: Antioquía, Seleucia Pieria, en la desembocadura del Orontes (cuyas ruinas se encuentran cerca de la moderna ciudad turca de Samandağ), Laodicea (Latakia, fundada en honor a su madre, Laodice) y Apamea (Afamiyya, fundada en honor a su esposa persa, Apama).
28 En época romana, Antioquía se convertiría en la tercera ciudad más poblada del imperio (después de la propia Roma y de Alejandría) y un centro cultural heleno que aún en el siglo IV a. C. produjo figuras tan relevantes como el prolífico escritor Libanio, quizá el último gran representante de la cultura pagana. Un terremoto la destruyó en el siglo VI a. C. y los cruzados y los otomanos la despojaron de prácticamente todos sus tesoros, pero el Museo Arqueológico de Antakya alberga una espléndida colección de mosaicos, que dan una idea del lujo cotidiano de los habitantes de la villa y sus suburbios. Cf., recientemente, CH. KONDOLEON, Antioch: The Lost Ancient City, Princeton, 2000; además de otras obras más clásicas como GL. DOWNEY, Ancient Antioch, Princeton, 1963.
29 J. D. GRAINGER, Seleukos Nikator: Constructing a Hellenistic Kingdom, Londres-Nueva York, 1990; A. MEHL, Seleukos Nikator und sein Reich, Lovaina, 1986.
30 Sobre Ptolomeo I, cf. W. E. ELLIS, Ptolemy of Egypt, Londres-Nueva York, 1994, y CH. A. CAROLI, Ptolemaios I. Soter – Herrscher zweier Kulturen, Constanza, 2007.
31 Sobre la ciudad de Alejandría, la monografía clásica sigue siendo P. M. FRASER, Ptolemaic Alexandria, Oxford, 1972. Sobre la famosa biblioteca de Alejandría, cf. L. CANFORA, The Vanished Library. A Wonder of the Ancient World, Berkeley-Los Ángeles, 1990: R. MACLEOD (ed.), The Library of Alexandria. Centre of Learning in the Ancient World, Nueva York-Londres, 2004 (2.a edición).
32 Ptolomeo I murió un año antes de que Lisímaco y Seleuco se enfrentaran en la batalla de Curupedion y este último saliera victorioso, haciéndose con toda Asia y Europa. Lógicamente, Seleuco puso sus miras en Egipto, pero su repentina muerte dio al traste con sus planes e inauguró una época de inestabilidad en su propio reino, que Ptolomeo II aprovechó para extender sus dominios por Siria-Palestina, Arabia, Asia Menor, Tracia, Chipre y las islas del Egeo. El reinado de Ptolomeo II es considerado el período más glorioso de la dinastía ptolemaica en Egipto. Cf. J. G. MANNING, The Last of the Pharaohs. Egypt Under the Ptolemies, 305-30 BC, Princeton-Oxford, 2010.
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LIBRO XVIII
SINOPSIS
1. La tensión y la defección que se produjeron entre las tropas tras la muerte de Alejandro Magno.
2. Toma de posesión de Pérdicas de la regencia y distribución de las satrapías.
3. Revuelta de los griegos de las satrapías superiores y envío del general Pitón contra ellos.
4. Descripción de la distribución de las satrapías en Asia.
5. De cómo Pitón luchó contra los rebeldes griegos.
6. De cómo los atenienses desencadenaron la guerra llamada Lamíaca contra Antípatro.
7. De cómo Leóstenes, tras ser elegido general al frente de un ejército, venció en la batalla a Antípatro y le cercó en la ciudad de Lamia.
8. Muerte de Leóstenes y su epitafio.
9. Toma de posesión de las satrapías por los que las habían dividido.
10. Lucha de la caballería ateniense contra Leonato y victoria griega.
11. De cómo Antípatro, tras la muerte Leonato en la batalla, se hizo cargo del ejército de este.
12. De cómo Clito, el almirante de la escuadra macedonia, venció en dos batallas navales a los griegos.
13. De cómo Pérdicas, tras vencer al rey Ariarartes en una gran batalla, capturó al rey y a otros muchos.
14. De cómo Crátero acudió en ayuda de Antípatro, venció a los griegos y acabó la guerra Lamíaca.
15. Acerca de las gestas de Antípatro contra los atenienses y otros griegos.
16. Acerca de las gestas de Ptolomeo en la guerra de Cirene.
17. De cómo Pérdicas invadió y esclavizó la ciudad de Laranda en Pisidia y cómo, al asediar a los de Isauria, estos se vieron obligados a suicidarse y a reducir a cenizas la ciudad.
18. Campaña de Antipatro y Crátero en Etolia.
19. Traslado del cuerpo de Alejandro Magno desde Babilonia hasta Alejandría y descripción de la riqueza del catafalco.
20. De cómo Eumenes, tras vencer en batalla a Crátero, ejecutó a este mismo y a Neoptólemo.
21. De cómo Pérdicas murió en campaña en Egipto a manos de su camarilla.
22. De cómo Pitón fue elegido tutor de los reyes, Arrideo después de él, y después, Antípatro.
23. De cómo Antípatro al ser nombrado comandante supremo repartió de nuevo las satrapías en Triparadiso en Siria.
24. De cómo Antígono tras ser nombrado general por Antípatro venció a Eumenes.
25. Acerca de Eumenes y de los azarosos cambios de fortuna a los que se vio sujeto.
26. De cómo Ptolomeo tomó posesión de Fenicia y de Celesiria.
27. De cómo Antígono venció a Alcetas en una brillante confrontación.
28. De cómo Antígono, alentado por la muerte de Antipatro y de todos sus partidarios, se postuló para el trono real.
29. El inesperado ascenso de Eumenes, al asumir la tutoría de los reyes y de los ejércitos de Macedonia.
30. Ascenso de Casandro, guerra contra Poliperconte, el tutor de los reyes, y alianza con Antígono.
31. De cómo Eumenes se puso en camino hacia las satrapías superiores con el destacamento de los argiráspidas desde Cilicia y reunió un ejército muy digno de reseñar.
32. Sobre la sagacidad de Eumenes y su mando y de sus gestas hasta el momento de su muerte.
33. De lo que le ocurrió a Casandro en el Ática, y a Nicanor en la guarnición de Muniquia.
34. De la muerte de Foción apodado «el Noble».
35. De cómo Poliperconte, tras pasar muchos trabajos en el asedio de los megalopolitanos, se retiró sin haber conseguido nada.
36. De cómo Clito, el almirante de Poliperconte, venció a Nicanor, el almirante de Casandro, en una batalla naval.
37. De cómo Antígono se proclamó señor de los mares tras su ilustre victoria en la batalla naval contra Clito.
38. De cómo Eumenes, aún asediado por Seleuco en Babilonia en un momento de extremo peligro, consiguió salvarse por su astucia.
39. De cómo Poliperconte, aun despreciado y humillado por los griegos, continuó su lucha contra Casandro.
LIBRO XVIII
Pitágoras de Samos1 y algunos otros hombres de ciencia [1] antiguos2 demostraron que el alma de los hombres es inmortal, y de acuerdo con este dogma también demostraron, en consecuencia, que el alma predice el futuro en el mismo trance de morir, momentos antes de que esta abandone el cuerpo. Con [2] ellos parece estar de acuerdo el poeta Homero, pues muestra a Héctor en ese trance, prediciendo a Aquiles que él también lo va a seguir poco después3. Igualmente, en épocas más recientes, [3] se cuenta que pasó lo mismo que acabamos de decir con otros muchos al final de su vida, y este fue especialmente el caso de Alejandro el macedonio a la hora de morir. Este, a punto de [4] fallecer en Babilonia y con su último aliento, al ser preguntado por sus camaradas a quién iba a dejar el reino, dijo: «al mejor, pues yo predigo que como honras fúnebres se me ofrecerá una gran contienda entre mis camaradas4». Y eso fue exactamente [5] lo que ocurrió: en efecto, sus más destacados compañeros se enzarzaron en numerosas y grandiosas batallas por el poder supremo tras la muerte de Alejandro.
Este libro, que contiene las hazañas que llevaron a cabo estos hombres, probará la verdad de esta teoría a los lectores interesados. [6] El anterior libro trató las gestas de Alejandro hasta su muerte. El presente libro versará sobre las de sus sucesores y terminará con el año anterior a la proclamación de la tiranía de Agatocles, abarcando, pues, siete años.
[2] En Atenas había sido nombrado entonces como arconte Cefisodoro y los romanos habían elegido como cónsules a Lucio Furio y a Decio Junio5. En ese año, Alejandro Magno murió sin descendencia6, lo que originó un vacío de poder que provocó [2] una gran contienda por el poder supremo. La falange de infantería postulaba a Arrideo, el hijo de Filipo, para el trono real, a pesar de que sufría problemas mentales7. Pero los cortesanos de mayor influencia y la guardia personal de Alejandro8 se coaligaron con la unidad de caballería denominada los «compañeros», y, tras deliberar, decidieron primero levar armas contra la falange de infantería y les enviaron a estos soldados embajadores elegidos de entre los mandos de alto rango, entre los que destacaba Meleagro9, para urgirlos a que los obedecieran. Pero Meleagro, [3] en cuanto se presentó ante los soldados de la falange, no hizo mención alguna del propósito de su embajada, sino que, al contrario, los alabó por su resolución y los animó en sus protestas. Por ello, los macedonios lo erigieron como su líder y se enfrentaron con las armas a los que se oponían a ello. Pero en cuanto la [4] guardia personal se puso en marcha desde Babilonia, presta a presentar batalla, los más proclives a la paz los convencieron para que llegaran a un acuerdo. Al punto nombraron a Arrideo, el hijo de Filipo, como rey y cambiaron su nombre por el de Filipo; Pérdicas10 fue nombrado regente del reino, ya que el rey, al morir, le había dado el anillo, y finalmente decidieron que los más destacados cortesanos y miembros de la Guardia de Corps se hicieran cargo de las satrapías y obedecerían al rey y a Pérdicas.
Después de arrogarse el poder supremo sobre todas las cosas, [3] Pérdicas, tras celebrar un consejo con el resto de los generales concedió Egipto a Ptolomeo, el hijo de Lago11, Siria a Laomedonte de Mitilene, Cilicia a Filotas y a Pitón Media12; a Eumenes le concedió Paflagonia, Capadocia y todas las regiones que Alejandro no había llegado a someter por la urgencia de acabar la guerra contra Darío; a Antígono le dio Panfilia, Licia y la llamada Gran Frigia13; después a Asandro14, Caria; a Menandro15, Lidia y, a Leonato, la Frigia Helespóntica. Así se [2] repartieron estas satrapías. En Europa, se le dio a Lisímaco Tracia y todos los pueblos a orillas del Ponto Euxino, mientras que Antipatro se quedó con Macedonia y las comunidades de la región vecina. Sin embargo, Pérdicas decidió no redistribuir el resto de las satrapías de Asia, sino que las dejó en manos de los mismos reyes. De la misma manera, tanto Taxiles16 como Poros17 quedaron como señores en sus propios dominios, ya que el mismo Alejandro así lo había dispuesto. A Pitón le cedió [3] la región vecina a los dominios de Taxiles, pero la región del Caucaso llamada Paropamiso18 se la dio a Oxiartes de Bactria, con cuya hija, Roxana, Alejandro se había casado. Y a Sibirtio19 le dio Aracosia20 y Gedrosia21; a Estasánor de Solos22, Ariana23 y Drangiana24; a Filipo le dejó Bactriana25 y Sogdiana26; a Fratafernes27, Partia28 e Hircania29; a Peucestas30, Persia31; a Tlepólemo32, Carmania33; a Atropates, Media34; a Arcón, Babilonia, y a Arcesilao35, Mesopotamia. A Seleuco le [4] puso al frente de la caballería de los «compañeros», el cargo más ilustre, ya que Hefestión36 fue el primero que lo ocupó, y después de él vino Pérdicas y el tercero fue Seleuco. Designaron a Arrideo para escoltar el cuerpo y hacerse cargo del catafalco que iba a portar el cadáver del difunto rey hasta el santuario de Amón37.
Crátero38 era el más prominente de los diez mil hombres que [4] habían sido enviados de vuelta a Cilicia por Alejandro, tras licenciar este sus ejércitos. Llevaba consigo un escrito con los planes que el rey le había mandado llevar a cabo, pero el parecer de sus sucesores fue que no se cumpliera la voluntad de Alejandro tras su muerte. En efecto, entre las notas del rey, Pérdicas [2] se encontró con las instrucciones para erigir la pira funeraria de Hefestión39, lo que requería de mucho dispendio, junto a otras numerosas y extravagantes peticiones que exigían un gasto sin precedentes y que Pérdicas juzgó que no convenía atender. [3] Pero para que no pareciera que por su parte quería deslucir la gloria de Alejandro, hizo que la asamblea de los macedonios lo tomara en consideración.
[4] Lo más importante y digno de recordar del contenido de esas notas es lo siguiente: mil grandes naves, de mayor tamaño que las trirremes, serían construidas en Fenicia, Siria, Cilicia y Chipre para una campaña contra Cartago y contra el resto de poblaciones que vivían junto al mar en Iberia y Libia y la costa adyacente hasta Sicilia40; luego se construiría una vía por la costa de Libia hasta las columnas de Hércules y a continuación, considerando la envergadura de tal expedición, se construirían puertos y muelles, según la disposición del terreno en los lugares apropiados. Se construirían seis lujosos templos, con un coste de mil quinientos talentos cada uno y, aparte, se fundarían nuevas ciudades con población emigrante desde Asia hasta Europa, y viceversa, desde Europa hasta Asia, para que los más grandes continentes se unieran en una armoniosa y común unidad familiar cimentada en matrimonios y relaciones de parentesco. [5] Los templos mencionados se tendrían que construir en Delos, Delfos, Dodona; y también en Dión, en Macedonia, se construiría un templo de Zeus; en Anfípolis, uno a Ártemis Taurópola; y en Cirno41, uno a Atenea; y además en Ilión, en honor de esta misma diosa, se construiría un templo que no tendría parangón con ningún otro. La tumba de Filipo se construiría rivalizando con la mayor de las pirámides de Egipto, que se [6] cuentan entre las siete maravillas del mundo42. En cuanto se hizo lectura del contenido de estas disposiciones, los miembros de la asamblea, aunque eran muy leales a Alejandro, al ver que sus planes eran descabellados e imposibles, decidieron, a pesar de todo, que ninguna de ellos se llevara a cabo.
Primero, Pérdicas ejecutó a los soldados más rebeldes y [7] especialmente a aquellos treinta que estaban en su contra de una manera u otra. Después, también castigó a Meleagro, que le había traicionado en el momento de la revuelta y luego en la embajada43, usando como excusa unas rencillas personales y la acusación de que estaba intrigando contra él. Después, como las colonias griegas de las satrapías superiores se habían rebelado y habían reunido un importante ejército, envió a Pitón, uno de sus hombres más distinguidos, a luchar contra ellos.
Nosotros creemos que, en relación a los hechos que vamos [5] a narrar, es necesario mostrar en primer lugar las causas de la revuelta y la situación de Asia entera, dando cuenta tanto del tamaño de las satrapías como de su idiosincrasia. Así mi relato pondrá de relieve la topografía en general y las distancias, para que la lectura sea más fácil de seguir.
Un sistema montañoso cruza toda Asia desde el Tauro, en [2] Cilicia, hasta el Cáucaso y el océano Índico44. Este sistema está formado por cimas de diversas alturas, cada una con su propia denominación. De esta manera, al estar Asia dividida en dos [3] partes, una mira al norte y otra al sur. Teniendo en cuenta estas pendientes, las corrientes de los ríos siguen dos cursos contrapuestos: unos desembocan en el Caspio, y otros, en el Ponto Euxino, y otros incluso se extienden hasta el océano del norte. Los ríos opuestos a estos, unos desembocan en el océano enfrente de la India45, otros lo hacen en el océano cercano a ese continente46, y algunos fluyen hasta en el mar llamado Eritreo [4] (Rojo). De manera similar a estos se dividen las satrapías entre las del norte y las del sur. Las primeras de ellas, orientadas al norte, se extienden por el valle del río Tánais47, esto es, Sogdiana y Bactriana; y cerca de ellas, Ariana, Partía e Hircania, por donde discurre el mar de Hircania48, un mar independiente. Después está Media, donde se encuentran lugares con diversos nombres, y es la más grande de las satrapías. Cerca está Armenia, Licaonia y Capadocia, todas con un fuerte viento. Limítrofes con esta última, dibujando una línea recta, se encuentran la Gran Frigia y la Frigia Helespóntica, y en las proximidades, Lidia y Caria y, a la derecha de Frigia y paralela a ella, está Pisidia y cercana a [5] ella, Licia. En las regiones costeras de estas satrapías se encuentran algunas ciudades griegas de las que no es necesario dar indicación alguna de momento. Las satrapías orientadas al norte están dispuestas, pues, de la manera que hemos contado.
[6] La primera de las satrapías que se encuentra al sur, a lo largo del Cáucaso, es la India49, un gran y populoso reino habitado principalmente por multitud de pueblos indios, en su mayor parte de la tribu de los gandáridas50, contra los que Alejandro no luchó por la gran cantidad de elefantes que poseían51. Esta región [2] y la región vecina de la India la separa el Ganges, el mayor río de la región, que tiene una extension de treinta estadios de ancho52. El resto de la India contiene a esta región que conquistó Alejandro, tierra que está regada por las aguas de varios ríos y la más destacada por su opulencia. En esta región se encuentran, entre otros muchos, los reinos de Taxiles y de Poros por donde fluye el río Indo; de ahí la denominación de la región. Limitando con la satrapía de la India se encuentra Aracosia, [3] Gedrosia y Carmania y, junto a ellas, Persia, que engloba Susiana y Sitacine. Hasta el desierto de Arabia se extiende Babilonia. Desde esta última región, ascendiendo, se encuentra Mesopotamia, que está dividida por dos ríos, el Eúfrates y el Tigris, por los que recibe esta denominación53. Cerca de la región de Mesopotamia se encuentran Siria Superior y las regiones cercanas al lado del mar, Cilicia y Panfilia y Celesiria, por la que se desciende a Fenicia. La región de Celesiria y el desierto circundante, por el que discurre el Nilo, sirve de frontera entre Siria y Egipto54; esta última destaca por ser la mejor de todas las satrapías y la que produce los mayores beneficios. Todas estas son [4] regiones muy calurosas, ya que reciben el viento del sur, muy diferente del viento del norte. Estas son las satrapías que Alejandro conquistó de la manera que se ha narrado y que fueron distribuidas a los hombres más prominentes.
Los griegos que habían sido puestos por Alejandro en las [7] satrapías de las regiones llamadas superiores, añoraban el estilo de vida griego y sus costumbres. Desarraigados en las regiones más alejadas del reino, mientras vivió el rey, el miedo que le tenían los mantuvo obedientes; pero al morir este, se rebelaron [2] abiertamente55. De común acuerdo eligieron como comandante a Filón56, el hijo de Eneas, y reunieron un considerable ejército: agruparon más de dos mil soldados de infantería y tres mil caballeros, todos ellos curtidos en las muchas batallas, con una [3] probada experiencia militar y coraje reconocido. Pérdicas, en cuanto se enteró de la revuelta de los griegos, eligió por sorteo a tres mil soldados de infantería y a ochocientos caballeros macedonios. Al mando de este ejército puso a Pitón, que había sido miembro de la guardia personal de Alejandro; era de fuerte carácter y tenía dotes de mando, y le confió los soldados que habían salido por sorteo. Le dio cartas para los sátrapas, en las que estaba escrita la orden de facilitarle a Pitón diez mil soldados y ocho mil caballeros de refuerzo, y le envió contra los rebeides. [4] Pitón, hombre con grandes pretensiones, aceptó con gusto salir en campaña, pero con la idea de ganarse a los griegos con su clemencia, ampliar su ejército aliándose con ellos, y actuar en su propio interés para gobernar las satrapías superiores. [5] Pero Pérdicas, que sospechaba de sus intenciones, ordenó que tras derrotarlos acabara completamente con ellos y distribuyera el botín entre sus soldados.
Pitón partió junto con los soldados que se le había confiado y, tras recibir las tropas auxiliares de los sátrapas, se presentó con un gran ejército ante los rebeldes. Con la mediación de un tal Enianio, sobornó a Letodoro57, que se encontraba al mando de tres mil soldados rebeldes, y consiguió una victoria completa. [6] En efecto, en cuanto empezó la refriega, aún con la victoria indecisa, el traidor dejó a los aliados y se marchó sin avisar con los tres mil soldados a una colina. Los otros, que creían que estos se retiraban, se dispersaron y salieron en desbandada. Pitón, [7] proclamándose vencedor en la lucha ante sus adversarios, les ordenó que depusieran las armas y que confiaran en él para volver a sus propias colonias. Tras prestar juramento y mezclar [8] macedonios con griegos, Pitón se sintió feliz, porque sus planes salían según lo previsto, pero los macedonios, que recordaban la orden de Pérdicas, no tuvieron consideración por esos juramentos recién prestados y traicionaron a los helenos. Se pusieron [9] junto a ellos de improviso y lancearon a todos cogiéndolos desprevenidos, y se llevaron sus posesiones como botín. Viendo así Pitón defraudadas sus esperanzas, volvió de nuevo junto a Pérdicas con los macedonios. Esto es, pues, lo que pasó en Asia en ese tiempo.
En Europa, mientras, los rodios habían expulsado la guarnición [8] macedonia y habían liberado la ciudad; y los atenienses, por su parte, habían iniciado contra Antipatro la llamada «guerra Lamíaca»58. Es necesario exponer las causas de esta guerra para que queden más claras las acciones que se llevaron a cabo en ella. Alejandro, poco tiempo antes de su muerte, decidió hacer [2] regresar a todos los exiliados de las ciudades griegas59, en parte para ganar fama, en parte por el propio deseo de tener en cada ciudad un buen número de individuos que le fueran leales para contrarrestar las revoluciones y revueltas en el territorio griego. Por ello, cuando estaban a punto de celebrarse las Olimpiadas60, [3] envió a Nicanor el estagirita61 con un decreto en el que se trataba el asunto de la vuelta de lo exiliados, y se ordenaba que en la celebración de ese festival se hiciera lectura del [4] mismo a la multitud por parte del heraldo vencedor62. Se hizo como se le había ordenado, el heraldo recibió el decreto y lo leyó:
El rey Alejandro a los exiliados de las ciudades griegas: Nosotros no somos responsables de vuestro exilio, pero sí que lo seremos del regreso a vuestras respectivas patrias, excepto en el caso de aquellos que estén bajo una maldición. Hemos escrito a Antípatro acerca de ello para que, si alguna de las ciudades se opusiera, él las obligue a cumplir la ley.
[5] El pueblo celebró con un cerrado aplauso lo anunciado. Los que se habían beneficiado de la gracia del rey la recibieron regocijados y ensalzaron su generosidad. Estaban presentes en la fiesta todos los exiliados, que eran más de veinte mil.
[6] La mayoría recibió entonces la vuelta de los exiliados como algo que sería para bien, pero a los etolios y los atenienses les sentó mal y se sintieron agraviados por esta decisión. En efecto, por un lado los etolios habían exiliado a los enéadas de su patria y esperaban recibir su castigo por sus injusticias. De hecho, incluso el rey los había amenazado con que no serían los hijos de los enéadas, sino él mismo el que en persona haría justicia63. Al igual que ellos, los atenienses, que ya habían plantado sus colonias en Samos64, no estaban dispuestos a abandonar la isla. Pero como no podían medir sus fuerzas con las del rey, se comportaron con discreción, esperando a que se les presentara una ocasión propicia, que la suerte no tardó en proporcionar.
Así, poco después, al morir Alejandro sin hijos que le sucedieran [9] en el trono, los atenienses se atrevieron a reclamar su libertad y la hegemonía en el mundo griego. Podían recurrir para la guerra al dinero que había dejado Hárpalo, de cuyo destino en parte hemos hablado en el libro anterior65, e igualmente a los mercenarios que habían sido licenciados en Asia por los sátrapas, que eran unos ocho mil y que estaban aguardando en el Ténaro en el Peloponeso66. Así les había dado instrucciones en [2] secreto al ateniense Leóstenes67 para que, en primer lugar, los tomara consigo como si se tratara de algo personal, sin autorización oficial, y así Antípatro, que despreciaba a Leóstenes, fuera más moroso en sus preparativos y los atenienses tuvieran tiempo y ocasión para poner a punto lo necesario para la guerra. Y así Leóstenes, después de pagar a las susodichas tropas con [3] mucho sigilo, tenía ya sorprendentemente un ejército considerable listo para la acción68. En efecto, estos hombres, que mucho tiempo antes habían sido atletas participantes de muchos e importantes juegos, se habían curtido en la guerra en la campaña en Asia.
[4] Todo esto se estaba haciendo, ya que aún no se había confirmado la muerte de Alejandro. Pero cuando vinieron algunos procedentes de Babilonia y confirmaron como testigos la muerte del rey, entonces el pueblo se preparó a todas luces para la guerra y envió parte del dinero de Hárpalo a Leóstenes y gran cantidad de armas, pidiéndole que no se escondiera más, sino [5] que actuará decidida y convenientemente. Tras haber dado la soldada a sus mercenarios y equipar a los que carecían de armas, marchó a Etolia para marcar una estrategia común. En cuanto los etolios le escucharon con agrado y le dieron ocho mil soldados, Leóstenes convocó a los locrios, a los foceos y a los otros pueblos vecinos y los exhortó a que reclamaran su autonomía y liberaran a Grecia del yugo macedonio.
[10] Mientras, en Atenas, la clase acomodada aconsejaba actuar con prudencia; en cambio, los demagogos iban espoleando al pueblo y abogaban vigorosamente por la causa de la guerra. También eran mayoría aquellos que preferían la guerra porque estaban acostumbrados a ganarse la vida como mercenarios. Para estos últimos —dijo una vez Filipo69— la paz significaba [2] guerra y solo en la guerra encontraban paz. Al punto, los oradores dieron forma a los deseos del pueblo y redactaron un decreto declarando que el pueblo de los atenienses se haría cargo de la común libertad de los helenos, que liberaría las ciudades sometidas con guarniciones militares, que se construirían cuarenta cuatrirremes y doscientas trirremes, y que todos los atenienses de hasta cuarenta años serían reclutados y que se formarían tres tribus para guardar el Ática, aparte de los siete que ya estaban [3] preparadas para plantar batalla. Además se enviarían embajadores a las ciudades griegas para recordarles que, de la misma forma que en el pasado el pueblo de los atenienses, por juzgar que Grecia entera era la común patria de todos los griegos, había combatido a los bárbaros que intentaban esclavizarlos por mar70, también ahora creía necesario arriesgar de nuevo sus vidas, sus posesiones y sus naves por la común salvación de los griegos.
Debido a que este decreto fue promulgado antes de lo conveniente, [4] los de más juicio dijeron que el pueblo de los atenienses había tomado una gloriosa resolución pero que esta pecaba de improcedente, ya que se había ratificado antes de tiempo; que se arriesgaban al enfrentarse a unos grandes ejércitos que no habían conocido la derrota; y que, aunque tenían fama por su buen discernimiento, parecía que no habían tomado en cuenta las desgracias sufridas por los tebanos, bien conocidas71. En todo caso, en cuanto los embajadores pasaban por las ciudades, convocándolas a la guerra con su acostumbrada facundia, la mayoría se unía a la alianza: algunas ciudades por tribus, otras individualmente.
En el caso de los otros griegos, unos se inclinaban por los [11] macedonios y otros estaban a favor de mantenerse neutrales. Los etolios fueron los primeros que se unieron a la alianza, como ya se ha dicho anteriormente; y junto con ellos estaban todos los tesalios a excepción de los de Pelinna72, los eteos a excepción de los de Heraclea y los aqueos de la Ftiótide, con la excepción de los tebanos, los de Melia menos los de Lamia, después las ciudades dorias por entero73, los locrios y los focios, e incluso los enianos, los aliseos, los dólopes, y además de estos, también los atamanes, los leucadios y los molosos, súbditos de Aripteo74. Este último, tras haber hecho una alianza de mala gana, posteriormente se pasó a traición al bando macedonio. Algunos de los ilirios y de los tracios se unieron a la alianza [2] porque odiaban a los macedonios. Después, entraron en esta guerra los caristios de Eubea, y, por último, los argivos en el Peloponeso, Argos, Sición, Elea, Mesene y los pueblos que viven en Acte. Estos eran los griegos que formaban parte de la gran alianza de los griegos.
[3] El pueblo mandó ciudadanos como tropas de refuerzo a Leóstenes: cinco mil soldados de infantería, quinientos jinetes, y dos mil mercenarios. Atravesaron Beocia, pero resultó que los beocios estaban en contra de los atenienses por la siguiente razón: Alejandro había destruido Tebas y había cedido la región [4] al resto de los beocios. Estos últimos, tras haber repartido la región entre los desposeídos, habían conseguido sacar muchos beneficios. Por ello, al saber que los atenienses, si resultaban vencedores, les devolverían la patria y su territorio a los [5] tebanos, se pasaron al bando macedonio. Mientras los tebanos estaban acampados en Platea, Leóstenes tomó una parte del ejército y se presentó en Beocia. Colocó a los atenienses junto a los locales, vencieron en la lucha y, tras erigir un trofeo, se apresuraron de nuevo a volver a las Termopilas. Allí se entretuvo un tiempo bloqueando las entradas del lugar y entonces recibió al ejército macedonio.
[12] Antípatro, al que Alejandro había dejado como general de Europa, en cuanto se enteró de la muerte del rey en Babilonia y del reparto de las satrapías, mandó llamar a Crátero, que estaba en Cilicia (este, a la sazón, había sido enviado allí y estaba a punto de devolver a Macedonia los ejércitos macedonios que habían abandonado la campaña, que eran unos diez mil75), para que viniera presto en su ayuda. Mandó también llamar a Filotas76, a quien le había correspondido la Frigia Helespóntica, requiriendo igualmente su pronta ayuda con la promesa, a cambio, de darle una de sus hijas en matrimonio. Enterado de la [2] campaña emprendida por los griegos contra él, dejó a Sipas como general en Macedonia77, dotándole de un ejército suficiente, pero urgiéndole a que reclutara a la mayor cantidad posible de soldados. Él mismo, acompañado tan solo de trece mil soldados macedonios y seiscientos jinetes (Macedonia estaba, de hecho, falta de soldados por la cantidad de personas que habían sido enviadas a Asia como tropas de reemplazo en el ejército), se dirigió desde Macedonia hasta Tesalia, mientras por mar los seguía una flota entera que Alejandro había enviado, cargada con una gran cantidad de dinero de los tesoros reales persas a Macedonia y compuesta por unas ciento diez trirremes. Los tesalios, [3] al principio, eran aliados de Antípatro y enviaron jinetes de calidad y en gran número, pero después, persuadidos por los atenienses, se pasaron al bando de Leóstenes y, ocupando sus puestos a lado de los atenienses, lucharon por la liberación de los griegos. Juntándose en un gran ejército con los atenienses, [4] los griegos, superiores a los macedonios, se impusieron con facilidad. Antípatro fue derrotado y no se atrevió ni a plantar batalla, al no poder volver de nuevo a Macedonia en condiciones de seguridad, por lo que se refugió en la ciudad de Lamia78. Allí mantuvo sus fuerzas y pertrechó las murallas, además de preparar las armas, catapultas, víveres, mientras esperaba con ansia a sus aliados de Asia.
[13] Leóstenes se apostó en Lamia junto con todo su ejército y construyó un campamento con una profunda fosa y una empalizada. Al principio se acercaba a la ciudad, plantaba su ejército y trataba de atraer a los macedonios a la lucha. Al ver que no se decidían a luchar, cada día lanzaba continuos ataques contra [2] las murallas; pero los macedonios oponían una enconada resistencia y muchos de aquellos griegos que cargaban con ardor morían en la lucha. Pero como había un considerable ejército en la ciudad y disponían con abundancia de todo tipo de armas e incluso las murallas eran de una inmejorable disposición, los [3] asediados pudieron resistir fácilmente el ataque. Leóstenes, entonces, renunció a tomar la ciudad por la fuerza y cortó los suministros que le llegaban, pensando que sería más fácil que los sitiados allí dentro se rindieran por hambre; así que reforzó la muralla y cavó una gran y profunda zanja, bloqueando todas las salidas a los sitiados.
[4] Después de esto, los etolios pidieron a Leóstenes permiso para poder retirarse en ese momento por unos asuntos propios, así que se volvieron todos a Etolia. Así, cuando ya Antípatro y los suyos estaban exhaustos y a punto de rendirse por la falta de comida, por fortuna tuvieron un inesperado golpe de suerte; [5] pues Antípatro lanzó un ataque contra los que estaban cavando la fosa y en la refriega Leóstenes, mientras convocaba a sus tropas, fue golpeado con una piedra en la cabeza, perdió el conocimiento y fue trasladado al campamento. Murió al tercer día y fue enterrado como un héroe por la gloria que había alcanzado en la lucha79. El pueblo de Atenas pidió a Hipérides80, destacado entre los oradores por su elocuencia y por su odio a los macedonios, que pronunciara el elogio fúnebre. En ese momento, [6] Demóstenes, el más conspicuo de los oradores de los atenienses, estaba en el exilio condenado por haberse apropiado de parte del dinero de Hárpalo. En el puesto de Leóstenes se entregó el mando militar a Antífilo, un varón de destacable genio militar y gran coraje81.
Y esto fue lo que ocurrió en Europa.
Con respecto a Asia y a aquellos que se habían repartido las [14] satrapías, Ptolomeo se hizo con Egipto sin dificultad y trató a los nativos con deferencia. Con los ochocientos talentos que se encontró, fue reuniendo mercenarios y organizando ejércitos. Logró crear una gran corte por su ecuanimidad. Inició contactos [2] diplomáticos con Antípatro firmando una alianza, ya que era claramente consciente de que Pérdicas intentaría invadir su satrapía en Egipto82.
Lisímaco, tras invadir el territorio tracio, se encontró con que el rey Seutes83 le había salido al encuentro con un ejército de veinte mil soldados de infantería y ocho mil jinetes, pero no se amilanó ante la magnitud de ese ejército; y aunque él tenía en total no más de cuatro mil soldados de infantería y dos mil jinetes, [3] consiguió imponerse a los bárbaros. La verdad es que eran superiores técnicamente, a pesar de que eran inferiores en número. Sostuvieron una encarnizada batalla y, aunque tuvieron muchas bajas propias, volvieron a su campamento, tras ocasionar aún mayores bajas en el bando contrario y con una victoria [4] sin decidir. Entonces se alejaron de ese lugar ambos ejércitos en liza y se prepararon con mayor ahínco para un encuentro definitivo84.
Leonato, por su parte, recibió al embajador Hecateo85 que solicitaba ayuda urgente para Antípatro y los macedonios, y él [5] contestó que le ayudaría. Tras pasar a Europa, se dirigió a Macedonia. Reunió a más de veinte mil soldados de infantería y mil quinientos jinetes y los condujo a través de Tesalia para derrotar a sus enemigos.
[15] Los griegos, tras disolver el asedio y prender fuego a su campamento, enviaron a la ciudad de Melitia86 las guarniciones que les resultaban inservibles en la batalla y la impedimenta, y el ejército ligero, presto para la lucha, se puso en marcha para interceptar las fuerzas de Leonato, antes de que Antípatro se [2] juntara con ellas y lograran reunirse en un solo lugar. Los soldados de infantería hacían un total de veintidós mil, ya que los etolios se habían vuelto en masa a su patria y no pocos griegos pidieron que se les permitiera regresar a sus casas en aquella ocasión. Los jinetes eran más de tres mil quinientos, de los que dos mil eran unos tesalios de excelso coraje en los que se depositaban todas las esperanzas para una victoria. En el encarnizado [3] combate de caballería que se entabló, los tesalios se impusieron por su valor, y por ello Leonato, aunque luchó con evidente vigor, incluso cuando estaba atrapado en un lugar pantanoso, cayó rodeado por todas partes tras recibir numerosas heridas, murió y fue rescatado por los suyos, que lo llevaron donde se encontraba la impedimenta. En la lucha de la caballería [4] los griegos vencieron claramente al mando del tesalio Menón87, y al punto la falange macedonia, amedrentada, retiró sus jinetes del campo de batalla hacia un difícil paso por arriba, donde lo escarpado del terreno ofrecía protección. La caballería tesalia siguió cargando, pero debido a la imposibilidad de conseguir algo por la dificultad del terreno, los griegos se hicieron con el triunfo, y tras hacerse cargo de sus muertos, se alejaron del campo de batalla.
Al día siguiente, cuando Antípatro hizo acto de presencia [5] con su ejército y se reunió con los derrotados, formaron todos los macedonios un solo ejército y confiaron el mando de todas las tropas a Antípatro. Así, tras considerar que por el momento [6] era más conveniente mantener la calma, al ver que los enemigos eran superiores, decidió iniciar la retirada no por la planicie, sino avanzando por pasos complicados después de apoderarse de los lugares estratégicos; y así se alejó de esas regiones. Antífilo, el estratego griego vencedor en esta deslumbrante [7] batalla contra los macedonios, esperó en Tesalia, alerta a los movimientos del enemigo. Así Grecia parecía estar de suerte [8] y, como los macedonios dominaban el mar, los atenienses construyeron nuevas naves añadiéndolas a las que ya tenían, de tal forma que llegaron a tener ciento setenta. Con todo, las naves macedonias, al mando de Clito88, eran doscientas cuarenta. [9] En la batalla naval contra Evetión89, el almirante ateniense, Clito venció en dos encuentros por mar y destruyó un gran número de embarcaciones enemigas en las llamadas islas Equinadas90.
[16] Mientras esto sucedía, Pérdicas, llevándose consigo al rey Filipo y el ejército regio, inició una campaña contra el rey Ariarartes de Capadocia. En efecto, Alejandro había pasado por alto que no obedeciera las órdenes de los macedonios, a causa de sus luchas con Darío y otras distracciones, así que Ariarartes gozó por largo tiempo de un respiro como rey de Capadocia. Así amasó una gran fortuna de los tributos y se hizo con ejércitos [2] nativos y extranjeros de importancia. Por ello, estaba dispuesto a luchar contra Pérdicas para defender su reino, poniéndose al mando de treinta mil soldados de infantería y de quince mil jinetes. Pérdicas luchó contra él y tras proclamarse vencedor en la batalla aniquiló a cuatro mil e hizo prisioneros a más de cinco mil, entre los que se encontraba el propio Ariarartes. A [3] este y a sus familiares los crucificó tras someterlos a tortura91. Pero a los vencidos los perdonó y tras reorganizar toda Capadocía confió la satrapía a Eumenes de Cardia, como desde el principio se había dispuesto92.
Al mismo tiempo, Crátero se presentó en Macedonia desde [4] Cilicia para ayudar a los hombres de Antípatro y compensar así las derrotas pasadas de los macedonios. Bajo su mando se encontraban seis mil soldados de infantería que habían acompañado a Alejandro en su paso por Asia, y cuatro mil más que habían sido alistados sobre la marcha; además de mil arqueros y honderos persas y mil quinientos jinetes. Tras entrar por Tesalia, [5] cedió con gusto el mando de sus tropas y montaron un campamento conjunto al lado del río Peneo93. Todos se juntaron con los soldados que habían pertenecido anteriormente a Leonato, haciendo un total de más de cuarenta mil con armamento pesado, tres mil honderos y arqueros, y cinco mil soldados.
En ese momento los helenos acudieron a la lucha con un [17] contingente inferior ya que muchos de ellos, despreciando al enemigo por sus pasadas victorias, habían vuelto a sus respectivas patrias para ocuparse de sus asuntos. Por esa razón, tras la [2] deserción de muchos soldados, solamente quedaban en el campamento veinticinco mil soldados de infantería. En ellos principalmente se depositaban las esperanzas de una victoria porque estos eran valientes varones y se encontraban en una planicie.
[3] Finalmente, aunque día tras día hacían avanzar las fuerzas de Antípatro y les provocaban para entrar en batalla, los griegos, primero, aguardaron a que llegaran refuerzos de las ciudades, mas, cuando las circunstancias apremiaron, se vieron obligados a plantar cara al peligro. El ejército se puso en formación, con su caballería enfrente de la infantería, ya que deseaban decidir [4] la batalla con ellos. En cuanto la caballería se enzarzó en la lucha, los caballeros tesalios fueron tomando ventaja por su valor, pero los de Antipatro adelantaron su propia falange y, tras dispersar a los soldados de la infantería enemiga, causaron una gran masacre. Los griegos, al no poder oponer resistencia al número y fuerza de los enemigos, se retiraron a toda prisa a un lugar escarpado, guardando bien su retaguardia. De esta forma, al hacerse con los salientes, se defendieron fácilmente de los [5] macedonios desde una posición ventajosa en las alturas. Pero entonces, los jinetes griegos se dieron cuenta de que la infantería estaba huyendo y, aunque iban ganando, rápidamente salieron a la carrera detrás de ellos. Tras combatir del modo que hemos descrito, el ejército se dispersó, inclinándose la victoria a favor de los macedonios. Murieron en la lucha más de quinientos soldados griegos, mientras que de los macedonios solo murieron ciento treinta94.
[6] Al día siguiente, Menón y Antífilo, los generales griegos, discutieron en una reunión si debían esperar a los aliados de las otras ciudades para, luchando en igualdad de condiciones, librar una batalla final; o si, considerando la situación presente, debían enviar embajadores para firmar una tregua. Al final se decidió que se enviarían heraldos para solicitar el cese de las [7] hostilidades. Lo hicieron al cabo y Antípatro contestó que cada ciudad debía enviar sus representantes, ya que no estaba dispuesto, de ninguna manera, a llegar a un común acuerdo con todos. Los griegos no aceptaron esa exigencia de ir pactando con cada ciudad en particular, por lo que Crátero y Antípatro asediaron las ciudades de Tesalia y las tomaron por la fuerza, sin que los griegos pudieran acudir en su ayuda. Tras esto, el resto de las ciudades, por temor, enviaron cada una embajadas particulares para negociar el fin del conflicto y con todas ellas Antípatro llego fácilmente a un acuerdo concediéndoles la paz. Así se originó un trasiego de ciudades que se movilizaron independientemente [8] para reclamar su libertad y todas firmaron la paz rápidamente. Sin embargo, aquellos que continuaban siendo enemigos de los macedonios, como fue el caso de etolios y atenienses, aun sin sus aliados, decidieron con sus generales continuar la guerra por su cuenta.
Tras acabar con la alianza de todos los griegos de esta manera, [18] Antípatro cargó con todo su ejército contra los atenienses. El pueblo, que no podía recurrir a la ayuda de sus aliados, se encontraba en una situación sin salida. Todos se volvieron a Démades y le espetaron a gritos que tenía que acudir como embajador ante Antípatro para negociar la paz, pero este, aunque había sido llamado como consejero, no hizo caso. De hecho, en [2] tres ocasiones95 había sido condenado por contravenir las leyes y por ello había sido despojado de su ciudadanía y se le había prohibido por decreto participar en las sesiones de la asamblea. Aun así, al serle restablecidos sus derechos como ciudadano por decisión del pueblo, fue enviado como embajador junto con Foción y algunos otros. Tras escuchar sus razones, Antípatro [3] dio como respuesta que no daría fin a la guerra contra los atenienses si no se sometían a sus deseos —de hecho, los que habían acorralado a Antípatro en Lamia le habían dado la misma respuesta, cuando él envío heraldos para negociar la paz— y así el pueblo, al no poder oponerle resistencia, se vio obligado a [4] ceder en sus peticiones y entregarle la ciudad. Sin embargo, en una muestra de buena voluntad, Antípatro permitió a los atenienses que retuvieran la ciudad, sus posesiones y todo lo demás, pero abolió su sistema político democrático, haciendo depender el gobierno del poder adquisitivo, otorgando a aquellos que tenían una renta de más de dos mil dracmas la autoridad y el derecho al voto, mientras que a todos los que tenían menos de esta cantidad los retiró de la vida política, como si fueran miembros de la oposición y favorables a la guerra, ofreciendo propiedades en colonias tracias a aquellos que quisieran. [5] Estos, más de veintidós mil, fueron expulsados de su patria, pero los que tenían la requerida cantidad, unos nueve mil, fueron nombrados gobernantes de la ciudad y su territorio y la administraron según las leyes de Solón. A todos estos se les permitió mantener sus propiedades sin verlas menoscabadas. Sin embargo, se vieron obligados a acoger una guarnición al mando [6] de Menilo para evitar nuevas revueltas96. La cuestión de Samos fue referida al resto de los reyes. Los atenienses, contra todo pronóstico, se vieron bien tratados, consiguieron la paz y, desde entonces, llevaron a cabo sus tareas políticas sin problemas y su región de nuevo prosperó y se desarrolló económicamente.
[7] Antípatro, al volver a Macedonia, colmó a Crátero de los oportunos honores y regalos y lo casó con una de sus hijas, la mayor de ellas, Fila97, y lo ayudó en los preparativos de su viaje de vuelta a Asia. Se mostró exquisito en su trato con el resto de [8] las ciudades griegas, tras reformar sus constituciones y reordenarlas convenientemente, y estas votaron coronas en su honor. Pérdicas devolvió a los samios su ciudad y su territorio y llamó [9] de nuevo a la ciudad a los ciudadanos que habían permanecido en el exilio más de cuarenta y tres años98.
Nosotros, una vez narrados los sucesos de la guerra Lamíaca, [19] vamos a continuar con la guerra en Cirene99, para que no nos alejemos en exceso del orden cronológico en el transcurso de nuestra historia. Es necesario retroceder en el tiempo un poco para aclarar algunos hechos. Hárpalo huyó de Asia y navegó a [2] Creta en compañía de los mercenarios, como ya hemos mostrado en el libro anterior, y Tibrón100, uno al que consideraba su amigo, mató a Hárpalo dolosamente y se apoderó del dinero y de los soldados, que eran unos setecientos. Tras tomar posesión [3] también de las naves y embarcar en ellas a los soldados, puso rumbo a la región de Cirene101. Él había tomado consigo a los exiliados de Cirene, ya que ellos tenían un buen conocimiento del terreno, pero los cireneos le plantaron cara y en la consecuente batalla Tibrón salió vencedor, mató a muchos e [4] hizo prisioneros a no pocos. Después se hizó con el puerto y conquistó a los cireneos tras someterlos a un asedio, obligándolos a firmar un acuerdo en virtud del cual ellos le darían quinientos talentos de plata y le enviarían para su próxima campaña la [5] mitad de su armada. Mandó embajadas por distintas ciudades, pidiéndoles que se unieran a la lucha, ya que él estaba a punto de invadir la cercana Libia. Requisó las posesiones de los mercaderes del puerto que había tomado y se las entregó a los soldados como botín, avivando sus deseos de entrar en guerra.
[20] Aunque los planes de Tibrón salían adelante, la suerte, siempre inconstante, le hizó caer de la manera siguiente. Uno de sus generales, un cierto cretense de nombre Mnesicles102, que tenía experiencia en la guerra, discutió con él por el reparto del botín; y como, por naturaleza, era temerario y bizarro, se pasó [2] al bando de los cireneos. Tras emitir numerosas acusaciones contra Tibrón, por su crueldad y deslealtad, convenció a los cireneos para que rompieran su trato y reclamaran su libertad. Cuando solo se habían dado sesenta talentos y no se había entregado el resto del dinero, Tibrón denunció a los rebeldes, convocó a los cireneos que estaban en al puerto, que eran unos ochenta, y llevando presto un ejército contra la ciudad, asedió [3] Cirene. Al no poder conseguir nada, regresó al puerto103. Como los de la ciudad de Barca y los de Hesperis104 estaban aliados con Tibrón, los cireneos habían dejado parte del ejército en Cirene, mientras que con la otra parte saqueaban las regiones vecinas. Estas llamaron en ayuda a Tibrón, que desplazó todos los [4] ejércitos contra la alianza105. En ese momento, el cretense, dándose cuenta de que el puerto estaba indefenso, convenció a los que quedaban en Cirene para que lo atacaran. Le obedecieron y [5] al punto, liderando el ejército personalmente, atacó el puerto y se hizo dueño de él; y gracias a la ausencia de Tibrón, fácilmente tomó posesión de los barcos de carga que circundaban el puerto, pudo devolvérselos a los comerciantes, y sometió el puerto a una estrecha vigilancia.
Tibrón, al principio, se desanimó, ya que había perdido un [6] lugar estratégico y la impedimenta de sus soldados, pero después cobró ánimos y se sintió esperanzado tras la captura de la ciudad conocida como Tauquira106. Pero poco después le sucedieron de nuevo nuevas desventuras. Pues los que estaban en [7] las naves, al no haber puerto, faltos de comida se habían acostumbrado cada día a invadir la costa y proveerse allí de alimentos. Los africanos contraatacaron, mientras ellos estaban merodeando en su territorio, y mataron a muchos y capturaron a no pocos. Los que pudieron escapar del peligro se refugiaron en las naves y pusieron rumbo a las ciudades aliadas. Pero cuando una gran tormenta se levantó, la mayoría de las naves se hundieron en el mar y solo algunas de ellas llegaron a Chipre, y otras, a Egipto.
Tibrón, a pesar de tal desgracia, de todas formas continuó [21] con la guerra, y tras escoger a lo más granado de sus amigos, los envió al Peloponeso para que recogieran a los mercenarios que estaban esperando en el cabo Ténaro. Muchos de ellos estaban todavía sin empleo y vagaban buscando ofrecerse al mejor postor. Había entonces en el cabo Ténaro más de dos [2] mil quinientos mercenarios. Los que allí habían sido así enviados se hicieron con ellos y se embarcaron para Cirene. Mas, justo antes de su llegada, los cireneos, alentados por los triunfos pasados, se unieron a la guerra y vencieron a Tibrón [3] y mataron a muchos de los soldados A causa de estas derrotas, Tibrón estaba ya a punto de abandonar Cirene, pero cobró ánimos de manera inesperada, pues, tan pronto como los soldados llegaron desde el cabo Ténaro y un gran contingente se unió a las tropas anteriores, nuevamente albergó esperanzas en su corazón.
[4] Los cireneos, al ver que se reanudaba la guerra, solicitaron ayuda a las poblaciones vecinas de Africa y a la vecina Cartago, consiguiendo reunir más de treinta mil soldados en total, incluyendo los soldados ciudadanos, y se prepararon para alzarse con una decisiva victoria. En la gran confrontación que se produjo, Tibrón resultó vencedor en la batalla y estaba gozoso al haber aniquilado a miles, como si fuera a capturar las vecinas [5] ciudades. Los cireneos, a pesar de que todos sus generales habían perecido en la lucha, eligieron al cretense Mnesicles como comandante de sus tropas junto a otros. Tibrón, exultante en su victoria, asedió el puerto de los cireneos y día a día asaltaba la ciudad de Cirene.
[6] Como la guerra se dilataba en el tiempo, los cireneos, faltos de comida, empezaron a enfrentarse los unos con los otros. El partido demócrata se hizo con el poder y expulsó de la ciudad a los terratenientes. Los exiliados partieron de su patria buscando [7] refugio: unos junto a Tibrón y otros en Egipto. Estos últimos persuadieron a Ptolomeo para que les restituyera su poder y así llegaron con un considerable ejército de infantería y una armada al mando del general Ofelas107. Los exiliados que estaban con Tibrón, al enterarse de la llegada de este ejército, intentaron unirse a ellos subrepticiamente durante la noche pero, tras ser descubiertos, fueron ejecutados. Los generales del partido democrático [8] de Cirene, temerosos de la vuelta de los exiliados, llegaron a un acuerdo con Tibrón y formaron un frente común para luchar contra Ofelas. Pero Ofelas se impuso en la lucha, [9] hizo prisionero a Tibrón e incluso se apoderó de las ciudades y su región, que entregó al rey Ptolomeo. De esta forma los cireneos y las ciudades circundantes perdieron su libertad y entraron a formar parte del reino de Ptolomeo108.
Pérdicas y el rey Filipo, tras haber vencido al rey Ariarartes [22] y haber hecho entrega de su satrapía a Eumenes, partieron de Capadocia. A su paso por Pisidia decidieron castigar dos ciudades, Laranda109 e Isauria110. Estas, ya incluso en vida de Alejandro, habían dado muerte a Balacro, el hijo de Nicanor, al que había designado general a la vez que sátrapa111. Los soldados se [2] hicieron en un simple ataque con la ciudad de Laranda, mataron a los jóvenes en agraz, al resto los esclavizaron y destruyeron la ciudad. A la ciudad de Isauria, en cambio, al ser una ciudad grande y fortificada y más poblada de recios varones, aunque la sometieron a un asedio incesante durante dos días en los cuales [3] perdieron muchos de sus propios hombres, la respetaron. Los lugareños, al estar bien provistos de armas arrojadizas y de todo tipo de parafernalia para aguantar un asedio, pudieron resistir con extraordinario coraje ante tal terrible prueba, dispuestos a [4] entregar su vida por su libertad. Pero al tercer día, cuando muchos ya habían sido aniquilados, y las murallas estaban desguarnecidas por la falta de hombres que las defendieran, la gente de la ciudad llevó a cabo un gesto heroico, digno de ser recordado. Viendo que el castigo, que se cernía sobre ellos, era inexorable y que no tenían un ejército que pudiera mantenerlos a salvo, resueltos a no entregar la ciudad y estar a merced de los enemigos (lo que sería una clara ofensa unido a su castigo), decidieron durante la noche precipitarse a una honrosa muerte, encerrando a sus mujeres, hijos y padres en las casas y prendiéndolas fuego, eligiendo así compartir su muerte y su tumba [5] en la hoguera. Las llamas se alzaron precipitadamente a las alturas, ya que los isaurios echaron mano de todas sus posesiones y todo lo que pudiera ser de utilidad a sus captores para avivar el fuego. Los hombres de Pérdicas se quedaron maravillados ante lo que sucedía, rodearon la ciudad con el ejército e intentaron [6] entrar en ella por todas partes, pero los habitantes de la ciudad se defendieron desde las murallas y repelieron a los macedonios e incluso Pérdicas, atónito, se preguntaba por qué los que tan alegremente habían arrojado al fuego sus casas y todo lo demás, guardaban con tanta determinación las murallas. Al [7] final, cuando ya Pérdicas y los macedonios se disponían a abandonar la ciudad, los isaurios se arrojaron a las llamas y encontraron su tumba en sus casas junto a sus familiares. Pérdicas, al [8] pasar la noche, entregó la ciudad a los soldados para que la saquearan. Estos, tras extinguir el fuego se encontraron con mucha plata y oro, como si la ciudad hubiera sido próspera durante mucho tiempo112.
Tras el fin de esta ciudad, llegaron dos mujeres para casarse [23] con Pérdicas. Una era Nicea113, la hija de Antípatro, que el propio Pérdicas había cortejado como pretendiente. La otra era Cleopatra, hija de Filipo, el hijo de Amintas, y hermana del propio Alejandro114. Pérdicas había tomado primero la decisión de [2] aliarse con Antípatro y, por ello, se había ofrecido como pretendiente para su hija ya que, dadas las circunstancias, su situación no era segura. Sin embargo, en cuanto se hizo con los ejércitos del rey y se proclamó tutor de los reyes, cambió de parecer. [3] Para asegurarse el trono ansiaba casarse con Cleopatra, creyendo que así convencería a los macedonios para que le entregaran todas sus posesiones. Sin embargo, como todavía no quería revelar sus designios, por el momento se casó con Nicea, para que Antípatro no sintiera hostilidad hacia él por las decisiones que había tomado. Pero después, Antígono se enteró de sus intenciones y como le tenía amistad a Antípatro y, principalmente, porque era el más activo de los generales, decidió deshacerse de [4] Pérdicas. De esta forma lanzó falsas, injuriosas e injustas acusaciones, con la visible pretensión de acabar con él. De hecho, Antígono, que destacaba por su sagacidad y su temeridad, manifestó abiertamente que quería que Pérdicas se defendiera de los cargos que se le atribuían, pero en secreto se preparó para salir huyendo, y con sus hombres de confianza y su hijo Demetrio, a escondidas y en plena noche, se embarcó en unas naves atenienses. En ellas fue a Europa para unir sus fuerzas a las de Antípatro.
[24] En ese momento Antípatro y Crátero invadieron Etolia con una tropa de treinta mil soldados de infantería y veinticinco mil jinetes, pues los etolios eran los que habían quedado sin domeñar del contingente que había luchado en la guerra Lamíaca. [2] Sin embargo, a pesar de las importantes huestes que se habían movilizado contra ellos, no se amilanaron, sino que convocaron a los jóvenes en la flor de la edad y desplazaron a las montañas y a los lugares escarpados a hijos, a mujeres, a sus mayores y todas sus pertenencias de valor. Las ciudades fueron abandonadas a su suerte, pero las que eran especialmente importantes las reforzaron con considerables guarniciones y esperaron la llegada de los enemigos.
[25] Los hombres de Antípatro y Crátero entraron en Etolia y al ver que las ciudades eran fáciles de capturar, porque estaban desiertas, comenzaron el ataque contra los hombres que se habían resguardado entre las peñas abruptas. Al principio, los macedonios perdieron muchos de sus soldados, al adentrarse por esos accidentados parajes y fortificaciones, ya que precisamente el arrojo de los etolios, unido a la aspereza del terreno, fácilmente repelía a los que se aventuraban sin refuerzos. Pero después, los etolios se vieron en un delicado trance, porque Crátero había construido cuarteles de invierno y forzó a los enemigos a pasar el invierno y permanecer faltos de alimento en regiones cubiertas por la nieve. De hecho, la opción era o bajar de las [2] montañas y luchar contra ejércitos muy numerosos y renombrados generales o permanecer a la intemperie y ser consumidos por el hambre y el frío115. Y cuando ya estaban a punto de rendirse, de repente, un alivio a sus males se presentó espontáneamente, como si algún dios se hubiera apiadado de su coraje. En [3] efecto, Antígono, que tras huir de Asia se había unido a las tropas de Antípatro, le hizo saber todo el complot de Pérdicas y cómo mediante su matrimonio con Cleopatra estaba a punto de marchar con un ejército a Macedonia como si fuera ya rey para arrebatarle el poder supremo. Crátero y Antípatro quedaron [4] sorprendidos ante tales extrañas nuevas y se reunieron con todos los jefes. Tras una deliberación se tomó la decisión de manera unánime de firmar la paz con los etolios en los términos en los que se pudiera, llevar las tropas lo antes posible a Asia, para asentar allí en el poder a Crátero y en Europa a Antípatro, y enviar una embajada a Ptolomeo para firmar una alianza, ya que él era hostil a Pérdicas, pero era amigo de ellos, para actuar de manera conjunta ya que el complot le perjudicaba. Al punto [5] firmaron la paz con los etolios, pensando que los conquistarían más adelante y que los deportarían a todos hacia el más lejano desierto de Asia, y estos mismos dejaron por escrito sus planes y se prepararon para la campaña.
Por su parte, Pérdicas se reunió con consejeros y generales [6] para discutir si era necesario atacar Macedonia primero o movilizar las tropas contra Ptolomeo. Como todos eran del parecer que había que atacar primero a Ptolomeo, para que no tuvieran ningún frente abierto en su ataque a Macedonia, Pérdicas envió a Eumenes con un destacamento considerable con la orden de que vigilara el estrecho del Helesponto y cortara el paso y él mismo, al mando de un ejército, pasara a Egipto desde Pisidia.
Estos fueron los hechos que sucedieron ese año.
[26] Durante el arcontado en Atenas de Filocles fueron cónsules en Roma Gayo Sulpicio y Gayo Elio116. En ese año, Arrideo, que estaba al cargo de organizar la escolta del cuerpo de Alejandro, una vez que se terminó el carruaje en el que sería transportado, [2] se puso en camino. El carro fúnebre ya estaba a punto y este era una obra de arte que hacía honor a la gloria de Alejandro, no solo por el dinero que se había gastado en comparación a otros, ya que la cantidad ascendía a muchos talentos, sino por la notoria maestría técnica con la que había sido construido; por lo que creemos que estará bien que la describamos.
[3] Primero prepararon un sarcófago para el cuerpo todo bañado en oro, forjado por el martillo, y esparcieron por él todo tipo de especias para que el cuerpo permaneciera incorruptible y a la [4] vez tuviera un olor suave y dulce. Sobre el sarcófago colocaron una tapa de oro que se ajustaba perfectamente y cubría la parte superior en su totalidad. Por encima pusieron una tela de púrpura con bordados de oro, junto a la que pusieron la armadura del fallecido, ya que querían que se relacionara al muerto con el [5] recuerdo de sus gestas guerreras. Después, colocaron la caja en el carruaje en el que se había construido un baldaquín dorado, con un techo en la parte de arriba macizo y cuajado de piedras preciosas de ocho codos de alto y doce de ancho. El artesonado por debajo estaba totalmente cubierto por un relieve dorado rectangular, de donde sobresalían las formas de las cabezas de unos machos cabríos en altorrelieve. De ellas colgaban dos anillos dorados de dos palmos de ancho, de las que estaban suspendidas guirnaldas de todo tipo de colores bellamente dispuestas. En la parte superior había un ribete de cuerda de la que [6] colgaban grandes campanas para que desde una gran distancia pudiera oírse que se acercaba. En las cuatro esquinas de la cámara se erigía una imagen de la Victoria que portaba un trofeo. El peristilo dorado que soportaba la cámara mortuoria tenía una columnata de orden jónico. Dentro del peristilo había un cesto dorado, trenzado con cuerdas del grosor de un dedo, y cuatro pinturas sobre tabla en paralelo de la misma proporción que los muros de la columnata.
En la primera de estas tablas se encontraba un carro de [27] combate adornado en relieve, en el que se mostraba sentado a Alejandro portando en sus manos un cetro espléndido. Cerca de la figura del rey había un grupo de sirvientes, unos armados al estilo macedonio, otros al estilo persa, pertenecientes a la guardia personal del rey, y delante de ellos, soldados armados. La segunda de estas pinturas representaba los elefantes, prestos para la lucha, que seguían a los sirvientes. Estos elefantes portaban delante sus mahouts de la India, y detrás de ellos iban macedonios armados con el acostumbrado equipamiento. La tercera de las pinturas representaba tropas de caballería en formación de batalla, y la cuarta, naves preparadas para entrar en acción en una naumaquia. A la entrada de la cámara mortuoria había unos leones de oro que atemorizaban con su mirada a los que se atrevían a entrar. En medio de cada una de las columnas [2] había un dorado acanto, que brotaba desde el centro de la columna hasta poco menos que el capitel. Encima de la cámara, hacia la mitad del techo visto desde fuera, se extendía un tapiz de purpura al aire libre, en el que se encontraba una gran corona de olivo hecha en oro por la que se reflejaba el sol con sus rayos y era tal el brillo que arrojaba, tan vibrante su resplandor, que desde lejos era posible verlo como un impresionante destello de luz.
[3] En el cuerpo de la cámara mortuoria se encontraban dos ejes en los que había cuatro ruedas persas, cuyos radios y llantas estaban bañados en oro, pero estaban protegidas con hierro. Las partes finales e interiores de los ejes eran de oro, y [4] tenían la forma de leones que portaban en sus dientes una espada. Hacia la mitad de su longitud habían fijado con arte una viga, de tal forma que podía permanecer la cámara mortuoria quieta a pesar de los movimientos en los terrenos no nivelados. [5] Había cuatro maderos en cada uno de los lados, a cada uno de los cuales estaban fijados cuatro juegos de yugos; y a cado uno atadas cuatro mulas, haciendo un total de sesenta y cuatro mulas, con la mejor selección que podía hacerse por su fuerza y corpulencia. Cada una de ellas estaba tocada con una corona dorada y en cada una de sus mejillas tenían una campanilla colgada de oro y en el cuello tenían collares con piedras preciosas.
[28] El carruaje tenía, pues, este aspecto y la descripción de su aspecto deslucía la visión del mismo; y afluían muchos curiosos que llegaban atraídos por la insigne reputación de este sarcófago. Los que acudían desde las ciudades, por las que una y otra vez pasaba el cortejo, iban y acudían continuamente, sin [2] sentir saciados sus sentidos con su sola visión. Además, y en consonancia con ese esplendor, el carruaje fúnebre iba acompañado por una turba de peones de caminos y operarios, e incluso de soldados que lo escoltaban.
Arrideo, que había pasado casi dos años para llevar esta [3] obra a cabo, guio el cuerpo desde Babilonia hasta Egipto. Ptolomeo, en honor de Alejandro, fue al encuentro del cuerpo con un gran ejército hasta Siria y le tributó los mayores honores. En ese momento decidió que no lo llevaría hasta el santuario de Amón, sino que lo custodiaría en la propia ciudad que Alejandro había fundado, que en poco tiempo se convertiría en la más afamada de las capitales de la ecumene117. Construyó un recinto [4] sagrado de una grandeza y apariencia dignas de la gloria de Alejandro, en el que quedó custodiado y honrado con sacrificios propios de un héroe y con juegos esplendorosos que ganaron la aprobación no ya solo de los hombres, sino de los propios dioses. Los hombres, llamados por la nobleza y grandeza [5] de espíritu de Ptolomeo, acudieron de todas partes a Alejandría, y voluntariamente se enrolaron en la campaña, aunque era precisamente el ejército del rey el que se iba a enfrentar contra Ptolomeo. Y aunque eran considerables y evidentes los peligros, todos estaban dispuestos de buen grado a correr tales riesgos con tal de defender la integridad de Ptolomeo. De hecho, los [6] dioses, por su rectitud y la honestidad con que trataba a todos sus amigos, ya le habían salvado, inesperadamente, de grandes peligros118.
En efecto, Pérdicas, suspicaz por el auge de poder de Ptolomeo, [29] decidió, en común con los reyes, invadir Egipto con la mayor parte del ejército en una campaña contra Ptolomeo; y envió a Eumenes al Helesponto para que impidiera que las tropas de Antípatro y Crátero pasaran a Asia119, cediéndole un nutrido ejército. Envió también con él a lo más escogidos generales [2] de renombre, entre los que se encontraba Alcetas120, su hermano, y Neoptólemo121, y Ies ordenó a todos ellos que cumplieran puntualmente las órdenes que Eumenes les diera y que se mantuvieran [3] firmemente leales. Eumenes pasó al Helesponto en compañía de las tropas que se le habían asignado y, tras enjaezar un contingente de caballos de su propia satrapía, formó un buen ejército, que en este aspecto se encontraba vulnerable.
[4] Cuando las huestes de Crátero y Antípatro pasaron desde Europa, Neoptólemo, por envidia a Eumenes y como tenía en su poder un considerable ejército macedonio, entró en contacto con Antípatro de manera subrepticia para atentar contra Eumenes. Pero al ser descubierto, viéndose obligado a luchar, estuvo [5] a punto de perder la vida y perdió casi todo su ejército. Eumenes, tras una victoria en la que mató a muchos, se hizo cargo del resto del ejército enemigo y su poder se encumbró en no poco gracias a esa victoria, pero también porque se hizo con un buen [6] número de recios macedonios. Neoptólemo, que salió indemne junto a trescientos de sus jinetes del campo de batalla, cabalgó con ellos al encuentro de Antípatro. Estos celebraron una reunión en la que acordaron dividir en dos el ejército: una parte la tomaría Antípatro y con ella iría hasta Cilicia para luchar contra Pérdicas, mientras que la otra parte sería para Crátero y con ella iría contra Eumenes y, una vez derrotado este último, iría en busca de Antípatro para que, una vez aunados ambos ejércitos y Ptolomeo se hubiera agregado a esa alianza, fueran capaces de formar un ejército que superara a las fuerzas reales
Eumenes, en cuanto se enteró de que el enemigo estaba [30] avanzando contra él, reunió todas las tropas disponibles por todas partes, especialmente la caballería, y ya que, de hecho, con sus tropas de infantería no podía igualar a la falange macedónica, decidió preparar un ejército de caballería con los que esperaba aniquilar al contrario. En cuanto ambos ejércitos se encontraron. [2] Crátero convocó a la multitud y la arengó en la batalla con las correspondientes palabras y le prometió que daría a los soldados, si vencían en la lucha, todo el equipamiento que pudieran capturar. Con el ánimo exaltado reunió todo el ejército, [3] reservándose el ala derecha, que quedó bajo su mando, mientras que delegó el mando de la izquierda a Neoptólemo. Tenía en [4] total veinte mil soldados de infantería de los que, en su mayor parte, había macedonios de destacado coraje, en los que él depositaba sus esperanzas de una victoria, y más de dos mil jinetes como tropas auxiliares de caballería. Eumenes, por su parte, [5] tenía veinte mil soldados de infantería, de todo pelaje, y cinco mil jinetes con los que confiaba decidir ese lance.
Una vez que ambos hubieron dispuesto en sus alas la caballería y hubieron cabalgado hasta muy avanzada la línea de la falange, el primero en cargar contra los enemigos luchando denodadamente fue Crátero en compañía de sus tropas selectas, pero su caballo vaciló y él cayó a tierra, y allí, sin ser reconocido en el confuso trasiego de los caballos, acabó su vida de la manera más deshonrosa. A la muerte de este, los enemigos estaban [6] tan animados que acudieron en masa por todas partes, con lo que hubo una gran masacre. El ala derecha, reducida de esta manera, se vio obligada a resguardarse tras la falange de los soldados de infantería, al sufrir una aplastante derrota.
En el ala izquierda, en cambio, Neoptólemo hacía frente al [31] propio Eumenes en una gran exhibición de fuerza y ardor guerrero en la que estos dos generales porfiaban al ataque. De hecho, [2] al reconocerse por sus caballos y estandartes, se enzarzaron el uno contra el otro e hicieron que la victoria dependiera de una lucha singular. Tras una inicial escaramuza con sus puñales, se enzarzaron en un insólito y absolutamente extraordinario duelo. Dejándose llevar por su furia y por el mutuo odio que ambos se tenían, soltaron las riendas que colgaban de sus respectivas manos izquierdas para sujetar al otro con ellas. Lo que ocurrió seguidamente fue que los caballos, ante el movimiento, [3] salieron corriendo y los hombres cayeron al suelo. Aunque les resultaba especialmente difícil a ambos levantarse por lo repentino y lo violento de la caída, ya que sus cuerpos se encontraban impedidos por sus pesadas armas, Eumenes fue el primero que [4] consiguió alzarse y golpeó a Neoptólemo en su corva. Al ser importante el golpe, el herido quedó incapacitado para moverse porque la herida le impedía levantarse. Pero igualmente su valentía superó la debilidad de su cuerpo y, manteniéndose en sus rodillas, pudo herir a su oponente con tres golpes en piernas y [5] brazos. Ninguna de estas heridas era, con todo, de consideración y con los golpes aún frescos, Eumenes propinó a Neoptólemo un segundo golpe mortal directamente en el cuello.
[32] Al mismo tiempo que esto sucedía, por el otro lado, el grueso del ejército de caballería se unió a la batalla causando una matanza considerable. Al principio, por ello, entre muertos y heridos, el resultado del combate parecía incierto para ambos bandos, pero en cuanto se supo de la muerte de Neoptólemo y de la huida del ala del otro lado, todos salieron en desbandada, y se resguardaron tras la falange, como si fuera una muralla [2] infranqueable. Eumenes, al que le bastaba ya con esta ventaja, tras apoderarse de los cuerpos de ambos generales, llamó con la trompeta a sus soldados. Tras elevar un trofeo y enterrar a los muertos mandó traer la falange del bando derrotado, invitándolos a que se unieran a él y dándoles a cada uno permiso para que [3] se fueran, si así lo querían. Tras firmar la paz con los macedonios que le juraron fidelidad, dio permiso para que se aprovisionaran en algunas de las vecinas localidades. Pero ellos mintieron a Eumenes, pues tras hacer acopio de provisiones, durante los preparativos de la noche se alejaron y se pasaron a escondidas al bando de Antípatro. Eumenes se dispuso a castigar esta [4] afrenta, perpetrada por aquellos que habían quebrantado sus juramentos, y salió en busca de la falange; aunque no pudo hacer nada por la rapidez con la que habían huido y por la gravedad de sus heridas, por lo que abandonó la persecución. Sin embargo, Eumenes obtuvo mucha popularidad tras esta resonante victoria en la batalla y con la muerte de dos poderosos generales.
Tras recibir a los que habían salido sanos y salvos de la huida, [33] Antípatro fue a Cilicia a toda prisa para acudir en ayuda de Ptolomeo. Pérdicas, al enterarse de la victoria de Eumenes122, se mostró más determinado en su campaña en Egipto. Cuando estaba ya cerca del Nilo, plantó su campamento no muy lejos de Pelusio123. Mientras estaba limpiando un antiguo canal, de repente [2] el río empezó a desbordarse de manera violenta y se arruinó todo su trabajo. Entonces muchos de sus amigos le abandonaron y se pasaron al bando de Ptolomeo; pues, en efecto, él era [3] un hombre sanguinario, ansioso por usurpar el poder de los demás generales y por entero deseoso de gobernar con violencia sobre todos; en cambio Ptolomeo era todo lo contrario, un hombre generoso, ecuánime, y que concedía libertad de palabra a todos sus generales; y no solo eso, ya que también había equipado bien todas las regiones más importantes de Egipto con considerables guarniciones y con todo tipo de armas y el resto [4] de cosas. Ello explica por qué con frecuencia en sus ataques llevaba las de ganar, ya que tenía a muchos de su lado que gustosamente [5] daban la vida por él. Sin embargo, Pérdicas, en un esfuerzo por paliar sus defectos, cortejó a los generales, deshaciéndose con unos en regalos y con otros en grandes promesas y a todos hablándoles con bienintencionados discursos, con lo que consiguió hacerse con todos para que afrontaran en su favor este lance. Tras avisarlos para que estuvieran preparados para salir en campaña, se puso en marcha por la tarde con el ejército, sin dejar claro a nadie el lugar hacia el cual él tenía intención de [6] ir. Toda la noche estuvieron en camino y con rapidez plantó su campamento al lado del Nilo cerca de un cuartel que se llamaba «Fortín de los Camellos124». Al despuntar el día lanzó su ejército con los elefantes en la vanguardia, seguidos de los hipaspistas125 y de los que portaban escaleras y de los demás con los que esperaba asaltar la muralla. Tras todos ellos se encontraban los más feroces jinetes que él planeaba mandar contra los de Ptolomeo, si se daba la ocasión de que se presentaran.
[34] A medio camino, Ptolomeo y sus hombres hicieron acto de presencia, acudiendo a defender la guarnición. Como se habían adelantado y habían entrado en la región, dando señal de su llegada con toques de trompeta y gritos, las tropas de Pérdicas no se amilanaron, sino que continuaron de manera valerosa hacia [2] las empalizadas. Enseguida los hipaspistas construyeron las escalas para escalar por ellas y los que montaban los elefantes destrozaron las empalizadas y parapetos. Pero Ptolomeo, que tenía en su haber a los mejores soldados, resuelto a animar a los otros generales y amigos a que se mantuvieran firmes ante la adversidad, empuñó él mismo su larga lanza y, colocándose en el lugar más elevado de la muralla, cegó al elefante que lideraba la manada enemiga, ya que él ocupaba una posición superior, hirió al indio que lo conducía y de manera temeraria cargó contra los que iban subiendo por las escaleras a golpes y los precipitó al río con sus armaduras. Siguiendo su ejemplo, los compañeros [3] de Ptolomeo se unieron a la lucha e hicieron que el siguiente animal quedara postrado al herir al indio que lo dirigía. Como el asalto a la muralla se prolongaba por mucho tiempo, los [4] hombres de Pérdicas que iban lanzando ataques a intervalos pusieron todo su afán en conseguir violentamente la plaza fuerte, pero Ptolomeo, que iba venciendo, animaba a sus compañeros a demostrar su lealtad a la vez que su coraje, ofrecieron una resistencia heroica. Fueron muchos los que perdieron la vida en ambos [5] bandos (tal era la saña de ambos generales, aunque los hombres de Ptolomeo tenían ventaja por la geografía del terreno, y los de Pérdicas eran superiores en número); y después de que ambos ejércitos finalmente hubieran luchado durante el día entero, Pérdicas disolvió el asedio y se volvió a su campamento.
Por la noche salió a hurtadillas, hizo una inspección secreta [6] y pasó a la zona opuesta a Menfis, el lugar donde el Nilo desemboca, forma el delta y crea una isla que puede servir de campamento seguro para un gran ejército. Entonces él empezó a pasar [7] su ejército a esa zona, pero con cierta dificultad, ya que los soldados no podían franquear el río a causa de su profundidad. De hecho, la corriente llegaba hasta la barbilla y arrastraba a los que intentan cruzar, sobre todo a los hombres que iban cargados con sus armas.
Pérdicas, que se daba cuenta de la dificultad que causaba el [35] curso del río, colocó a los elefantes a la izquierda para que suavizaran la fuerza de la corriente, y parte de los caballos los puso a la derecha para que ellos recibieran a los hombres que fueran arrastrados por la corriente y los llevaran sanos y salvos al otro [2] lado. Pero algo inesperado y sorprendente ocurrió mientras cruzaba el ejército, ya que, si bien los primeros pasaron sin problemas, [3] los que iban detrás de ellos sufrieron grandes peligros. El río, sin ninguna causa aparente, se hizo mucho más profundo que antes y así se hundían todos los cuerpos sin poderlo remediar de ningún modo. Aunque incluso buscaron una causa lógica para esa crecida, no encontraron ninguna que tuviera visos de ser verdad: algunos dijeron que río arriba un canal que estaba cerrado se había vuelto a abrir de nuevo y que, mezclando sus aguas con las del río, su lecho se había vuelto más profundo; otros dijeron que la lluvia, río arriba, había aumentado el [4] nivel de las aguas del Nilo. Nada de esto era cierto, ya que lo que ocurrió fue que al principio había sido más fácil cruzar, ya que la arena no se había removido al paso del ejército, pero tras la marcha de los caballos, los elefantes y todos los soldados, la arena, aplastada y removida por los pies, fue arrastrada por la corriente, siendo así que se ahuecó el lecho y se hizo más profundo el paso por el medio del río.
[5] Dado que por esta causa era imposible que el ejército pudiera cruzar, Pérdicas se vio en un grave aprieto, ya que no solo los que habían cruzado no eran suficientes para entablar combate con el enemigo, sino que los que estaban al otro lado no podían acudir en ayuda a los otros, por lo que ordenó que todos retrocedieran. [6] Así pues, todos se vieron obligados a volver a cruzar la corriente. Los que sabían nadar bien y tenían un robusto cuerpo cruzaron el Nilo sin grandes problemas, ya que arrojaron todas sus armas; otros, ya fuera por su torpeza o por la fuerza de la corriente, se ahogaron; otros cayeron del lado enemigo, y muchos otros, la mayoría, tras ser arrastrados durante largo tiempo, fueron devorados por las bestias del río126.
Murieron más de dos mil, entre los que se encontraban algunos [36] de los más distinguidos generales, con lo que la mayoría se puso en contra de Pérdicas. Ptolomeo, tras incinerar los cuerpos de los caídos en combate en su área y tras honrarlos con un digno funeral, envió los huesos a los familiares y amigos de los caídos.
Después de esto, los macedonios que estaban con Pérdicas [2] se encolerizaron aún mucho más con él y mostraron su favor a Ptolomeo. Al llegar la noche, el campamento estaba lleno de [3] llanto y dolor, ya que eran muchos los hombres que sin razón habían perecido, sin ni siquiera recibir una herida de guerra, y de estos, no habían sido menos de mil los que habían sido pasto de los animales. Por ello, muchos de los generales se alzaron y [4] acusaron a Pérdicas, y también toda la falange de infantería, totalmente en su contra, mostró su hostilidad de manera clara con insultos y amenazas. Así, primero iniciaron la revuelta [5] unos cien generales; el más ilustre de ellos era Pitón, el general que había sofocado la revuelta de los griegos y que no desmerecía en coraje y fama a ninguno de los leales camaradas del propio Alejandro Magno. Después, algunos jinetes, de mutuo acuerdo, se lanzaron contra la tienda de Pérdicas y precipitándose en grupo contra él, lo apuñalaron.
Al día siguiente se celebró una asamblea y Ptolomeo, haciendo [6] acto de presencia, saludó a los macedonios y habló en su propia defensa, y como los víveres escaseaban, Ptolomeo proporcionó abundante pan a los ejércitos de sus propias reservas y colmó el campamento de todo lo necesario. A pesar de encontrarse con un gran recibimiento, y de tener la posibilidad de asumir la tutela de los reyes por el favor de la masa del que gozaba, no la aceptó, sino que, tras dar las gracias a Pitón y a Arrideo, se sirvió de su influencia para que se les otorgara [7] a ellos el supremo mando de todas las tropas. Todos los macedonios, en cuanto en la asamblea surgió el asunto de la hegemonía, por iniciativa de Ptolomeo, estuvieron de acuerdo en elegir de buen grado como tutores de los reyes y regentes a Pitón y a Arrideo, ya que ellos habían sido los encargados de llevar el cuerpo del rey. Pérdicas, tras haber reinado tres años, perdió el poder y la vida de la manera que se ha contado.
[37] Después de su muerte, al punto llegaron los mensajeros anunciando que Eumenes había resultado vencedor en la batalla de Capadocia y que Crátero y Neoptólemo, derrotados, habían perdido la vida. Si esto se hubiera sabido dos días antes de la muerte de Pérdicas, nadie se habría atrevido a alzar las manos [2] contra Pérdicas por la magnitud de esta victoria. Pero entonces los macedonios, al enterarse de la victoria de Eumenes, lo condenaron a muerte a él y a otros cincuenta hombres ilustres, entre los que se encontraba Alcetas, el hermano de Pérdicas. Mataron a los más fieles compañeros de Pérdicas y a su hermana Atalanta127, que se había casado con Átalo, el hombre al que se le había confiado el gobierno de la armada.
[3] Después de la muerte de Pérdicas, Átalo, que tenía bajo su mando la escuadra y estaba a la espera en Pelusio, en cuanto se entero de la muerte de su mujer y de Pérdicas, tomó las naves y [4] zarpó en dirección a Tiro. El gobernante de este lugar era Arquelao128, un macedonio que acogió a Átalo de buen grado y que le hizo entrega de la ciudad y del dinero que le había confiado Pérdicas para que lo guardara. Átalo permaneció en Tiro y allí recibió a los que se habían salvado de entre los compañeros de Pérdicas procedentes del campamento de Menfis.
Los etolios, tras la salida de Antípatro a Asia, siguiendo los [38] acuerdos a los que habían llegado con Pérdicas, fueron a Tesalia con la intención de desviar a Antípatro de su camino. Tenían doce mil soldados de infantería y cuatrocientos jinetes, al mando de los que estaba el etolio Alejandro. A su paso, asediaron la [2] ciudad locria de Anfisa, arrasaron con la región y capturaron alguna de las áreas circundantes. Vencieron en batalla al general de Antípatro, Policies129, y mataron a este y a no pocos de sus soldados. De los que capturaron, a algunos los vendieron y a otros los liberaron a cambio de un rescate. Después de esto, pasaron [3] a Tesalia y allí convencieron a buena parte de los tesalios para que los ayudaran a hacer la guerra contra Antípatro. Rápidamente lograron reunir a veinticinco mil soldados de infantería en total y a mil quinientos jinetes. Mientras intentaban ganarse a [4] las ciudades, los de Acarnania, que estaban enemistados con las poblaciones etolias, invadieron su región, y saquearon sus ciudades. Los etolios, al enterarse de que su propia patria estaba en [5] peligro, enviaron a Tesalia al resto de sus tropas al mando de Menón de Farsalia y ellos mismos, tomando a los soldados alistados entre los ciudadanos, acudieron a toda prisa a Tesalia con un considerable ejército y, tras pillar a los acarnanios por sorpresa, liberaron a su patria del peligro. Mas mientras ellos estaban [6] ocupados en estos menesteres, Poliperconte130, el general que había sido designado para Macedonia, acudió a Tesalia con un gran ejército y venció a su enemigo en combate, aniquiló a Menón y acabó con el resto de los enemigos, conquistando Tesalia.
[39] Mientras, en Asia, Arrideo y Pitón, los tutores de los reyes, partiendo del Nilo en compañía de los reyes y de un ejército, [2] fueron a Triparadiso, en la Siria Superior131. Allí, como la reina Eurídice132 manipulaba mucho y desobedecía las órdenes de sus guardianes, Pitón y su colega se sentían impotentes ante ella; y viendo que los macedonios iban atendiendo con más frecuencia sus peticiones, se reunieron con la asamblea, renunciaron a su cargo de guardianes y los macedonios eligieron como guardián [3] con poderes absolutos a Antípatro. Este hombre llegó a Triparadiso poco tiempo después y se encontró con Eurídice sembrando la discordia y poniendo a los macedonios en contra de [4] él. Ante tamaño conflicto en el ejército, Antípatro se dirigió a las masas para sofocar la revuelta y, mediante amenazas, persuadió a Eurídice para que se estuviera tranquila.
Después hizo una nueva repartición de las satrapías desde [5] el principio: a Ptolomeo le concedió la que ya antes tenía en su poder, ya que era imposible desplazarlo porque parecía que administraba Egipto por sus hazañas, como si fuera un territorio ganado en la batalla. A Laomedonte de Mitilene le [6] concedio Siria; a Filoxeno133, Cilicia; a Anfímaco, las satrapías superiores de Mesopotamia y la región de Arbela134; Babilonia a Seleuco, la Susiana a Antígenes135, ya que había sido el que había destacado en el ataque de Pérdicas; Persia a Peucestas, la Carmania a Tlepólemo136, Media a Pitón, Partia a Filipo137, Ariana y Drangiana a Estasandro de Chipre, la Bactriana y la Sogdiana a Estasánor de Solos, que era de la misma isla138; la región de Paropamisia139 se añadió al reino de Oxiartes, que era el padre de Roxana, la esposa de Alejandro; y las regiones de la India que lindaban con Paropamisia140 fueron dadas a Pitón, el hijo de Agénor. En el caso de las regiones que se encontraban en el valle del Indo estas quedaron en manos de Poros141, y la región de Hidaspes pasó a Taxiles ya que no era posible derrocar a estos reyes sin la ayuda de un ejército real y un destacado general. En cuanto a las satrapías del norte, Capadocia fue dada a Nicanor142; la Gran Frigia y Licia, a Antígono; de la misma forma que antes, Caria, a Asandro; Lidia, a Clito; Frigia Helespóntica, a [7] Arrideo. Antígono fue designado comandante en jefe de las tropas reales, con las que esperaba poder combatir a Eumenes y a Alcetas. Sin embargo, él, junto a Antígono, puso a su hijo Casandro como quiliarca143, para que no pudiera cumplir sus ambiciones sin que quedaran al descubierto. Él mismo, tomando a su cargo a los reyes y a los soldados, marchó para Macedonia para poder instaurar a los reyes en su patria.
Antigono, tras su designación como comandante en jefe en [40] Asia con el propósito de acabar la guerra contra Eumenes, sacó a las tropas de sus cuarteles de invierno144. Tras haber hecho los preparativos para la batalla se dirigió contra Eumenes, que estaba en Capadocia145. Eumenes, que vio que uno de sus más destacados [2] generales, de nombre Pérdicas146, había desertado y estaba asentado en su campamento a tres días de camino con tres mil soldados de infantería y quinientos jinetes que se le habían unido a él, envió contra él a Fénix147 de Ténedos, al mando de cuatro mil selectos soldados de infantería y de mil jinetes. Este, tras una dura marcha nocturna, cayó sobre los traidores de [3] manera imprevista en la segunda guardia de la noche. Tras sorprenderlos a todos mientras estaban durmiendo, capturó a Pérdicas y se hizo con el mando de la tropa. Eumenes ejecutó a los [4] generales que habían sido más responsables del levantamiento. Sin embargo, admitió a los soldados entre sus propias filas y se aseguró su lealtad con su trato amigable.
Después de esto, Antígono envió mensajes a un tal Apolonides148, [5] que era el comandante de la caballería con Eumenes, y con buenas ofertas le convenció para que secretamente le traicionara y desertara durante la batalla. Así, mientras Eumenes se encontraba [6] en su campamento en Capadocia en una llanura muy adecuada para la lucha a caballo, Antígono tomó las estribaciones [7] de la montaña que dominaban esa llanura. Antígono disponía en esa ocasión de no menos de diez mil soldados de caballería —de los cuales la mitad eran macedonios de extraordinario arrojo—, dos mil jinetes y treinta elefantes, mientras que Eumenes estaba al mando de no menos de veinte mil soldados de infantería [8] y sus jinetes eran cinco mil. Cuando la batalla estaba en pleno auge, de manera imprevista Apolonides desertó de su ala junto a sus caballeros, con lo que Antígono ganó y mató a ocho mil soldados del bando contrario. Igualmente se hizo dueño de toda su impedimenta, de tal forma que los soldados de Eumenes se vieron diezmados por la derrota y desanimados al verse faltos de esos víveres.
[41] Después de esto, Eumenes se dio a la fuga en dirección a Armenia en busca de la alianza de los pueblos que vivían en esa región, pero fue interceptado y al ver que los soldados se pasaban al bando de Antígono, se atrincheró en una plaza fuerte que se [2] llamaba Nora149. Había allí una guarnición muy pequeña que, en efecto, no tendría más de dos estadios150 de circunferencia, pero estaba admirablemente pertrechada, ya que se habían construido las estancias sobre un alto peñón y, ya fuera por la naturaleza del terreno, ya fuera por la mano del hombre, el lugar estaba admirablemente [3] fortificado. Tenía igualmente unos silos con abundante grano, madera y sal, de tal forma que podía mantener durante muchos años a todos los que buscaran refugio en ella. Huyeron junto con él aquellos compañeros fieles a Eumenes y que estaban dispuestos a correr riesgos hasta el último extremo. En total tenía unos seiscientos entre jinetes y soldados de infantería151.
Antigono, tras hacerse con el ejército de Eumenes y enseñorearse [4] de las satrapías y de los tributos que obtenía de ellas, se había hecho dueño de unos buenos dineros, pero aún aspiraba a más. Jamás, en efecto, ninguno de los reyes de Asia había tenido a su disposición un ejército tan considerable con el que luchar por la hegemonía. Por ello, aunque en las circunstancias [5] presentes pretendidamente rendía honores a Antípatro, ya había decidido que una vez estabilizado su reino no se sometería a ningún rey ni a ningún Antípatro. Al principio, asedió a los que [6] se habían pertrechado en la guarnición con dobles vallas, fosas y portentosos parapetos. Después, comenzó una serie de negociaciones con Eumenes para renovar su antigua amistad y convencerle de que colaborara de nuevo con él. Pero aquel, sabedor de los cambios radicales de la fortuna, exigió aún más concesiones de las que sus presentes circunstancias le permitían exigir. Creía que era necesario que se le devolvieran las satrapías que [7] se le habían concedido originalmente y la absolución de todos los cargos. Antígono derivó esa cuestión a Antípatro, y dejando una guardia suficiente para defender el lugar, marchó al encuentro de esos generales enemigos que habían sobrevivido las guerras y que poseían ejércitos: Alcetas, el hermano de Pérdicas, y Átalo, el comandante de toda la escuadra152.
Después de esto, Eumenes envió a Antípatro embajadores [42] para tratar los términos de la rendición, en una comitiva encabezada por Jerónimo, el historiador de las guerras de los diádocos153. Eumenes, que había experimentado muchos y muy variados cambios de fortuna en su vida, no había visto menoscabado su espíritu, ya que era bien consciente de que la fortuna hace [2] oscilar la balanza hacia ambos lados. De hecho, vio que los reyes macedonios ostentaban un huero título, ya que eran muchos y muy ambiciosos los hombres que se sucedían en los puestos de mando y todos actuaban tan solo en su propio beneficio. Esperaba además, cosa que ocurrió de verdad, que muchos serían los que recurrirían a él por su sentido común y su experiencia militar, pero sobre todo por su respeto a la palabra dada, algo poco común entonces.
[3] Viendo que los caballos, al no poder ejercitarse debido a la estrechez del escarpado terreno, no servirían de nada en caso de que se necesitaran en la lucha, se le ocurrió un extravagante e [4] inusitado ejercicio de entrenamiento. Así, tras ceñir las cabezas de los caballos con cuerdas a ciertas vigas o estacas y elevarlos dos o tres palmos, obligó a los caballos a caminar sobre sus patas traseras, sin dejarlos apenas rozar el suelo con las delanteras154. Enseguida, el caballo, en un esfuerzo por posar sus pezuñas, movía todo el cuerpo y sus miembros, ejercitando conjuntamente [5] todas las articulaciones por el movimiento. A todos los soldados les dio la misma comida; compartiendo con ellos esa frugalidad, con su afable trato se ganó el cariño de todos y acogió con cordialidad a todos los que se refugiaban a su lado. Así era la situación de Eumenes y de todos los que habían huido con él155.
[43] En Egipto, tras deshacerse Ptolomeo de manera inesperada de Pérdicas y de las tropas militares reales, mantenía Egipto como si fuera un botín de guerra. Viendo que Fenicia y que la llamada Celesiria eran tierras prósperas que se encontraban cerca de Egipto, tomó mucho interés en hacerse con estos lugares. Envió un ejército importante y un general que era su fiel mano [2] derecha entre sus cortesanos, Nicanor156. Este, en campaña militar por Siria, hizo prisionero al sátrapa Laomedonte y se apoderó de toda la región. Igualmente se hizo con la fidelidad de las ciudades de Fenicia y tras colocar allí guarniciones volvió a Egipto tras esta breve y exitosa campaña157.
Durante el arcontado de Apolodoro en Atenas, fueron nombrados [44] cónsules de Roma Quinto Publilio y Quinto Publio158. En ese tiempo Antígono, tras haber derrotado a Eumenes, decidió seguir la lucha con Alcetas y Átalo, pues estos eran los más importantes generales, de entre los cortesanos y familiares de Pérdicas, que disponían de suficientes soldados como para hacer cambiar las tomas. Salieron en campaña, pues, con todo su ejército desde Capadocia y pasó a la Pisidia, donde se encontraba esperándole Alcetas. A marchas forzadas, en tal solo siete [2] días con sus siete noches, Antígono se hizo los dos mil quinientos estadios159 que había hasta la así llamada Cretópolis160. Pasó desapercibido al enemigo por la rapidez de su marcha y, cuando ya se encontraba cerca de él, sin que él aún se hubiera dado cuenta de su llegada, interceptó su paso apostándose en algunos peñascos y precipicios. Alcetas, al enterarse de la presencia del [3] enemigo, rápidamente organizó la falange a toda prisa y con una tropa de caballería cargó contra los que acechaban en las alturas, intentando por todos los medios conseguir echarlos de [4] los peñascos. En pleno apogeo de la batalla y siendo muchos los caídos en combate por ambos bandos, Antígono cargó con todas sus fuerzas con seis mil jinetes contra la falange enemiga, [5] ansiando cortar la huida de Alcetas. Con esta maniobra, los que estaban en las alturas, que eran muy numerosos y tenían una enorme ventaja por la dificultad del terreno, pusieron en fuga a sus atacantes. Alcetas, dado que la infantería no tenía vía de escape, se encontró atrapado en medio de una multitud de enemigos encarando una muerte segura. Por ello, aunque su supervivencia era difícil, Alcetas abandonó a muchos y a duras penas pudo escabullirse por entre sus soldados de infantería.
[45] Antígono desde esas alturas movilizó desde arriba a sus elefantes y todo su ejército para acabar con sus enemigos, ya que eran bastante superiores en número. De hecho, eran en total dieciséis mil soldados de infantería, novecientos jinetes; mientras que los de Antígono, sin contar con los elefantes, eran más de cuarenta mil soldados de infantería y unos siete mil de caballería. [2] Al mismo tiempo que los elefantes atacaban la vanguardia enemiga, los jinetes se fueron distribuyendo por todas partes por su gran número, mientras que los soldados de infantería, que los superaban en número y en valentía, se mantuvieron a la derecha. Esto produjo un gran alboroto entre las temerosas tropas de Alcetas, ya que ante el dinámico y enérgico ataque de [3] sus enemigos no podían mantener sus filas en posición. Se produjo entonces una gran y desordenada estampida y Átalo, Dócimo, Polemón y muchos de sus más distinguidos generales fueron hechos presos; Alcetas, en cambio, acompañado de sus hipaspistas y sus hijos, pudo huir escoltado por los aliados pisidios [4] hacia la ciudad pisidia de Termeso161. Tras obtener la rendición de los que se habían quedado atrás, Antígono los integró a todos dentro de sus propias formaciones y tras dispensarles un trato amable consiguió aumentar su ejército de una manera nada desdeñable. Los pisidios, que eran en total unos seis mil y [5] de impresionante coraje, infundieron ánimos a Alcetas con la firme promesa de que de ninguna manera le traicionarían, ya que ellos estaban bien dispuestos para él por las razones siguientes.
Al carecer de aliados en Asia tras la muerte de Pérdicas, [46] Alcetas había decidido cortejar a los pisidios en la creencia de que así conseguiría unos aliados belicosos en una región infranqueable y llena de inexpugnables guarniciones, difíciles de tomar. Por ello, en sus campañas, los honraba por encima de todos [2] sus aliados y compartía con ellos el botín capturado en sus incursiones, dándoles la mitad. Además usaba persuasivas palabras en cada una de sus entrevistas y cada día, en los banquetes, les cedía sitio en su mesa a los más honorables, agasajándolos mucho con impresionantes regalos, de tal forma que consiguió tenerlos de su parte. Por ello, en ese momento él tenía puestas [3] esperanzas en ellos, y no se vio defraudado. Así, cuando Antígono acampó con todo su ejército cerca de Termeso, demandando la entrega de Alcetas, incluso cuando el consejo de ancianos estimaba que había que entregarlo, los más jóvenes, haciendo causa común en oposición a sus padres, votaron soportar todo envite, por terrible que fuera, con tal de salvar a ese hombre.
Los más ancianos, al principio, intentaron que los jóvenes [4] entraran en razón y que no permitieran que su patria se convirtiera en despojo de guerra por un solo macedonio. Pero al comprobar que tenían una ciega determinación, tras deliberaciones secretas, enviaron una embajada a Antígono, prometiéndole [5] que entregarían a Alcetas vivo o muerto. Le pidieron que en pocos días hiciera amago de atacar la ciudad y, tras atraer fuera de ella a sus habitantes en una simple escaramuza, se retirara como si estuviera huyendo. Así, mientras los jóvenes estuvieran en plena lucha fuera de la ciudad, ellos aprovecharían la [6] mejor ocasión para entrar en acción. Antígono, persuadido por ellos, asentó su campamento lejos de la ciudad y con una breve [7] incursión invitó a la lucha a los jóvenes fuera de la ciudad. Los ancianos, viendo que Alcetas se había quedado solo, tras seleccionar a los esclavos de más confianza y a los más excelsos ciudadanos que no estuvieran en campaña con Alcetas, intentaron llevar a cabo sus planes mientras los jóvenes estaban ausentes. Sin embargo, lo cierto es que no pudieron cogerle vivo (pues él se suicidó mientras se defendía, para que no lo capturaran los enemigos), pero pusieron su cuerpo sobre unas parihuelas, envuelto en unos rudos ropajes y, sin que se dieran cuenta los que estaban en plena escaramuza, se lo entregaron a Antígono.
[47] Mediante esta estratagema libraron su patria del peligro y así acabaron la guerra, pero no pudieron librarse del odio que les profesaron desde entonces los jóvenes en la ciudad. Estos, a su vuelta de la batalla, al escuchar lo que habían hecho, se enfadaron con sus conciudadanos ya que eran exageradamente devotos [2] a Alcetas. Al principio se apoderaron de una parte de la ciudad y votaron que debía ser pasto de las llamas, y que saldrían en armas de la ciudad y desde las montañas se dispondrían a arrasar la región que estuviera en manos de Antígono; después, tras cambiar de idea, renunciaron a prender fuego a la ciudad, pero dándose al saqueo y a las correrías, acabaron con [3] buena parte del territorio enemigo. Antígono, por su parte, tras apoderarse del cuerpo, durante tres días lo maltrató, y cuando ya estaba el cuerpo descomponiéndose, lo dejó sin sepultura y se dirigió a la Pisidia. Los jóvenes de Termeso, que todavía mostraban respeto por la víctima, levantaron el cuerpo y le dieron una sepultura honorable. Así es intrínsecamente la bondad: es como un particular filtro de amor que repercute en aquellos que han hecho buenas obras, obteniendo una lealtad hacia ellos inquebrantable. Antígono partió de Pisidia y se dirigió rumbo a [4] Frigia con todo su ejército. Y en cuanto llegó a Cretópolis, acudió ante su presencia Aristodemo de Mileto, anunciándole que Antípatro había muerto y que la regencia y la tutela de los reyes había recaído en manos del macedonio Poliperconte. Compiacido [5] ante lo que había sucedido, se mostró exultante y optimista y tomó la determinación de no cejar en sus empeños en Asia y no ceder a nadie su poder en esa zona.
Y eso fue lo que le ocurrió entonces a Antígono162.
En Macedonia, Antípatro había sucumbido a una grave [48] enfermedad, que la vejez contribuyó a hacerla fatal y mortal para su vida. Los atenienses enviaron a Démades como embajador ante Antípatro, ya que este tenía fama de ser buen negociador con Macedonia, para pedirle que, como desde un principio se había acordado, les retirara la guarnición de Muniquia. Antípatro, al principio, se mostró receptivo con Démades, pero [2] después de la muerte de Pérdicas leyó una serie de cartas en los archivos reales en las que Démades invitaba a Pérdicas a que pasara lo antes posible a Europa contra Antípatro y cambió su actitud hacia él, pero mantuvo oculto su rencor. Por ello, cuando [3] Démades, siguiendo las instrucciones que se le habían dado en la ciudad, pidió el cumplimiento de la promesa y se atrevió a proferir amenazas en referencia a la guarnición, Antípatro no respondió, pero entregó él mismo a los verdugos a Démades y a su hijo, que estaba acompañando a su padre en la embajada, y ellos se encargaron de administrarles su castigo. Ambos fueron [4] conducidos a una prisión común donde se les dio muerte por las razones que se han dicho anteriormente163.
Antípatro, en los estertores de la muerte, nombró como tutor de los reyes y supremo comandante a Poliperconte, que era casi tan viejo como los que habían ido en las campañas de Alejandro (y por ello era respetado por los macedonios164), y dispuso que su [5] hijo Casandro fuera el quiliarca y segundo al mando165. El puesto y rango del quiliarca había sido primero creado por los reyes persas para otorgar simplemente nombre y fama, pero después, de nuevo en tiempos de Alejandro, se le había dotado además de una función y un rango, cuando este se convirtió en seguidor de otras tantas prácticas persas. Por ello, Antípatro, siguiendo ese ejemplo, nombró quiliarca a su joven hijo Casandro.
[49] Sin embargo, Casandro no estaba de acuerdo con las disposiciones de su padre, pues consideraba una afrenta el hecho de que una persona que no era pariente suyo hubiera recibido el poder de manos de su padre; y eso a pesar de que él, que era su hijo y estaba capacitado para dirigir los asuntos del reino, ya [2] había dado muestras suficientes de su arrojo y buen hacer. Al principio, se fue al campo en compañía de sus amigos y con ellos habló oportunamente a sus anchas de cómo hacerse con el poder supremo. Tomando a cada uno de ellos por separado, les conminó a unirse a él para conquistar el poder y con muchas promesas acabó persuadiéndolos para que colaboraran con él. En [3] secreto envió embajadas a Ptolomeo, recordándole su amistad y pidiéndole que se aliara con él en la lucha y le enviara una flota lo más rápido posible desde Fenicia hasta el Helesponto. Igualmente envió embajadores a otros reyes y ciudades para pedirles que se le unieran. Él mismo, sin embargo, para evitar que las sospechas de un complot recayeran sobre él, se entretuvo con unos preparativos de caza durante muchos días. Poliperconte, [4] tras asumir la tutela de los reyes, mandó llamar a Olimpia con la aprobación de sus consejeros y la invitó a que asumiera el cuidado del hijo de Alejandro que aún era un niño y permaneciera en Macedonia con el título de reina. Olimpia, por aquel entonces, se encontraba exiliada en Epiro por el odio que tenía a Antípatro.
Y esto es lo que pasó en Macedonia por aquel entonces166.
En Asia167, tan pronto como se expandió la noticia de que [50] Antípatro había muerto, hubo un primer conato de revuelta, ya que cada uno de los que ostentaban el poder actuaba por sus propios intereses. El caso más claro de ellos era Antígono, que, tras vencer a Eumenes, se había apoderado de la Capadocia y de sus soldados, y tras haber derrotado a Alcetas y a Átalo se había hecho con sus ejércitos y con Pisidia. Además de esto, Antípatro le había nombrado comandante en jefe de Asia, por lo que, al estar al mando de un impresionante ejército, estaba lleno de orgullo y soberbia. Envanecido con sus ilusiones, decidió no [2] obedecer ni a ningún otro rey ni a los tutores de estos, y ya que él estaba en posesión de un ejército más que considerable, decidió hacerse con los tesoros de Asia, sin que nadie pudiera plantarle cara. En efecto, tenía en ese momento sesenta mil soldados [3] de infantería, diez mil jinetes y treinta elefantes; y además de estos, esperaba poder tener listos otros ejércitos si hiciera falta, ya que Asia podía proporcionar emolumentos sin fin a aquellos [4] mercenarios que se ofrecieran a cambio de una soldada. Con estos planes en mente, también hizo llamar al historiador Jerónimo, el amigo y conciudadano de Eumenes de Cardia que había huido al fortín de Nora. Así, tras invitarle a unirse a él con cuantiosos presentes, lo envió como embajador ante Eumenes para pedirle que se olvidara de la batalla de Capadocia que había librado contra él, que se hiciera su amigo y aliado y que aceptara sus regalos, que serían más valiosos que los que antes había tenido, y además de una satrapía más grande y un puesto destacado, en definitiva, como su principal consejero entre los [5] suyos y compañero en todas sus empresas. Al momento, Antígono convocó una reunión de sus consejeros para conceder a algunos de sus más importantes camaradas las satrapías y a otros las comandancias, lo que hizo que todos albergaran muchas esperanzas, y los estimuló con el relato de sus propios planes, pues pensaba recorrer Asia y arrojar a los sátrapas y colocar en su lugar en el poder a sus amigos de confianza.
[51] Por su parte, Arrideo, el sátrapa de la Frigia Helespóntica, consciente de las intenciones de aquel, decidió salvaguardar su propia satrapía y proteger las ciudades más importantes con guarniciones. Siendo la ciudad de Cícico la más importante y más grande, marchó a ella con más de diez mil soldados mercenarios, mil macedonios, quinientos honderos y arqueros persas, ochocientos jinetes, totalmente avituallados con todo tipo de armas arrojadizas y catapultas para proyectiles y balistas para [2] piedras, y todas las provisiones necesarias para un asedio168. Tras atacar repentinamente la ciudad y capturar a mucha gente que merodeaba por la región, empezó a asediarla y atemorizar a la población, para intentar obligarla a aceptar en su seno una guarnición. Al ser un ataque sorpresa, la mayoría de los ciudadanos de Cícico estaban fuera de la región y eran pocos los que quedaban en la ciudad, por lo que no estaban en absoluto preparados para un asedio. Con todo, decidieron claramente defender [3] su libertad y escogieron embajadores y los enviaron a pedir a Arrideo que levantara el asedio, diciendo que la ciudad haría cualquier cosa por Arrideo, salvo aceptar una guarnición. Pero, a la vez, secretamente reunieron a los jóvenes y eligieron a los más adecuados de sus sirvientes y los armaron y llenaron la muralla de defensas. Arrideo insistió en que se le aceptara una [4] guarnición, pero estos contestaron que querían tratar este asunto con el pueblo. El sátrapa estuvo de acuerdo, por lo que obtuvieron una demora de un día con la noche siguiente para prepararse mejor para el asedio. Sin embargo, Arrideo, burlado por [5] sus enemigos, perdió una ocasión propicia para sus planes y vio defraudadas sus esperanzas. Los ciudadanos de Cícico que tenían la ciudad pertrechada y totalmente protegida por tierra, al ser por otra parte una península, controlaban igualmente el mar, con lo podían fácilmente plantar cara a los enemigos. Además, [6] mandaron traer desde Bizancio armamento y soldados y todo lo necesario para un asedio. Como de todo ello, con prestancia y de buen grado, los de Bizancio dieron cuenta, los de Cícico se sintieron esperanzados y ánimados para afrontar ese peligro en ciernes. También enseguida lanzaron al mar grandes naves y [7] navegaron por la costa, trayendo de vuelta a la ciudad a los que se encontraban en la región. Al punto estuvieron bien provistos de soldados, con lo que consiguieron matar a muchos de sus asaltantes y pudieron levantar el asedio. Arrideo, derrotado entonces por los de Cícico, se volvió sin haber conseguido nada en su propia satrapía.
Antigono se enteró del asedio que habían sufrido los de Cítico [52] cuando se encontraba en Celenas169, y entonces decidió atraerse como propia la ciudad en peligro, en consideración a sus planes futuros, y eligió a veinte mil soldados de infantería y [2] a tres mil jinetes que eran los mejores de su ejército. Tras prepararlos en muy poco tiempo, los envió a Cícico como refuerzo. Llegó tarde por muy poco, pero dejó clara su buena disposición [3] para con la ciudad, aunque había fallado en sus intenciones. Envió embajadores a Arrideo, acusándole, en primer lugar, de haber osado atacar una ciudad griega sin culpa ninguna, que además era su aliada; después, diciéndole que él estaba dispuesto a rebelarse y a convertir su satrapía en parte de sus dominios. Finalmente le ordenó que abandonara sus satrapías y que escogiera una ciudad para retirarse a disfrutar de una vida en paz. [4] Arrideo, tras escuchar a los embajadores y reprocharles la arrogancia de sus palabras, les contestó que no abandonaría su satrapía sino que, defendiendo con guarniciones las ciudades, se batiría con él en la batalla. De acuerdo a sus designios, protegió las ciudades con parte de su ejército y envió a un general con ellos. Además, ordenó que se intentara establecer contacto con Eumenes, que se levantara el asedio de su guarnición y tras librar [5] a Eumenes del peligro convertirle en su aliado170. Antígono, que estaba ansioso por acabar con Arrideo, envió su ejército para que luchara contra él, y él mismo, tras tomar consigo un ejército considerable, lo condujo hasta Lidia con la intención de [6] echar a Clito, que estaba en esa satrapía. Él, enterado de antemano de la venida de Antígono, protegió las ciudades más importantes con guarniciones y él mismo navegó hasta Macedonia para revelar a los reyes y a Poliperconte las intenciones de Antígono y su traición y pedirles ayuda. Antígono tomó de camino [7] Éfeso con la ayuda de algunos hombres de la ciudad. Después, requisó los seiscientos talentos de plata que Esquilo de Rodas171 llevaba a Éfeso y traía desde Cilicia en cuatro naves y que habían sido enviados a Macedonia para los reyes, con la excusa de que los necesitaba para pagar a sus mercenarios. Con esta acción [8] quedó claro que actuaba en provecho propio y en contra de los reyes. Después, tras asediar Sime172, marchó contra las ciudades que estaban a continuación de las que tomó ya fuera por la fuerza o tras rendirse voluntariamente.
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