Czytaj książkę: «Obras I»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 146

Asesores para la sección latina: JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO.
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por ANTONIO FONTÁN PÉREZ.
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1990.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO256
ISBN 9788424931858.
Ausonius Gallus ubique argutus et excitans, nec lectorem sinit dormitare.
(L. VIVES, De tradendis disciplinis III 9).
ABREVIATURAS DE LAS OBRAS DE AUSONIO


Apéndices:
| De rosis nascentibus: | De rosis nasc. |
| Septem sapientium sententiae: | Sept. sap. sent. |
INTRODUCCIÓN GENERAL
I. VIDA Y OBRA DE AUSONIO
Ausonio representa un ejemplo arquetípico de homo nouus en el Bajo Imperio, tanto más transparente por cuanto él mismo ofrece numerosos datos autobiográficos y de la sociedad que vivió; además, su condición de profesor y creador le permite enlazar el mundo cultural del pasado —la tradición literaria grecolatina— con el suyo propio —la cultura y la literatura de su época— y proyectarse hacia el futuro, gracias a un prestigio literario cuyos méritos no se pueden negar. Esa dualidad provoca que la obra de Ausonio refleje un universo de matices desde los de carácter estrictamente sociohistórico hasta los más genuinamente filológicos; si a ello se añaden las especiales condiciones de la transmisión de su obra —cuya historia aún no parece cerrada—, a nadie debería sorprender el interés que suscita la figura de Ausonio.
De ahí que hayamos creído muy necesario abordar de un modo extenso cada uno de esos aspectos, para poner al alcance del lector no especializado, pero también del estudioso del mundo antiguo, una presentación en profundidad de la figura tan compleja como variada del escritor Décimo Magno Ausonio. Tal presentación se hace tanto más necesaria por no existir ninguna similar en nuestra lengua y apenas en otras.
1. Los retratos de Ausonio
Cualquier biografía que se precie, ha comenzado siempre por colocar en el frontispicio de la obra el retrato del héroe; si no era auténtico, se inventaba. También nuestra historia empieza así.
Probablemente no es Ausonio el personaje retratado en una estatuilla de la Biblioteca de Auch1. Un ilustre convecino, si eso pretenden los de Auch, un cónsul, merecería algo más; ese retrato de hombre maduro pero imberbe, de cabellos ondulados y largos, regordete y vestido con gruesa y elegante toga, bien puede ser del siglo IV, incluso de un rétor o un magistrado de la ciudad, mas en ese caso sería preferible suponer que se trate de Estafilio, nacido en la vieja Auscia (Auch), a quien Ausonio dedica un encendido elogio, pues fue su maestro en Burdeos2.
Tampoco pasa de ser una sugestiva pregunta la que H. Jucker plantea a propósito del Hermes de Welschbillig3. Pero no es necesario ir tan lejos; el propio Ausonio ha hecho su autorretrato y lo ha dejado en la boca de su padre:
El mayor alcanzó la cumbre de los honores como prefecto de las Galias y de Libia y del Lacio, hombre tranquilo, clemente, sereno en su mirada, su voz, su rostro, un niño siempre para su padre, por su mente y su corazón4.
Los defectos del hijo eran culpa de los malos tiempos, y en ningún momento el poeta traiciona esa imagen que pretende dar de sí mismo. Ausonio habla mucho de sí y de los que le rodean, y de ese modo nos introduce como un guía en el siglo IV, en su Burdeos natal. Nada más abrir su obra podemos leer su autobiografía en 40 versos5: «he dejado dicho quién soy… para que tú, querido lector, quienquiera que fueres, lo sepas y, al conocerme, me respetes con tu recuerdo» (vv. 2-4). Él, que gustaba como pocos de las glorias de este mundo, ansía la inmortalidad de su obra6 y con ella entreteje su vida para que nunca obra y vida, vida y obra, puedan vivir la una sin la otra. Ausonio es el mejor biógrafo de Ausonio y, gracias a él, su familia, la escuela de Burdeos, sus amigos, su tiempo, resultan cercanos. Pero también sabe, que para algo es maestro de retórica, esconder las sombras y adornar lo vulgar.
2. Las raíces y la niñez de Ausonio
Durante la anarquía militar del siglo III, cuando el poder imperial se usurpa en cada provincia de los vastos dominios romanos y los emperadores se suceden vertiginosamente, la ciudad de Autun, el centro principal de los heduos, se subleva contra Victorino, recién nombrado emperador de la Galia en Colonia, y tiende sus brazos hacia el emperador de Roma, Claudio; se interpreta este acontecimiento como la expresión del descontento de la aristocracia provincial hacia los pillajes de las tropas —fundamentalmente bátavas—, de los ejércitos romanos destacados en la frontera germánica. Los refuerzos de Claudio no llegaron a tiempo: después de siete meses de asedio, a finales del año 269, la ciudad es saqueada por los soldados de Victorino, y sus principales, muertos o exiliados7.
Un noble heduo, cuya familia y apellido se extendían por la provincia lugdunense y sobre todo en la ciudad de Vienne, debe huir con su hijo, que en aquel momento contaría pocos años de edad; ese joven, llamado Cecilio Argicio Arborio8, desposeído y alejado de su tierra, se casó en Tarbela con una mujer de origen modesto, morena de tez y llena de austeras virtudes. Con esfuerzo lograron vivir si no ricos, al menos sí con desahogo; Arborio y su esposa, Emilia Corintia9 «la mora», que así la llamaban sus amigas por el color de su rostro, tuvieron cuatro hijos, tres niñas y un niño. Una de ellas, Emilia Eonia10, se casó hacia el 307/8 con un médico, aún mozo, de costumbres sanas y prudentes, y poco aficionado a la palabra, aunque sabía hablar con ingenio en los momentos propicios; ese muchacho que debía rondar los veinte años, se llamaba Julio Ausonio11, y procedía de Bazas, junto al Garona, en Aquitania. El matrimonio prosperó sin llegar a la opulencia en Burdeos. Emilia Melania12, la primera niña nacida de ambos, murió cuando aún mamaba. El más pequeño de los hermanos, Aviciano13, que parecía seguir los pasos del padre, también murió joven. Julia Driadia14, la tercera hija del matrimonio, enviudó pronto de Pomponio Máximo15, que le dejó, a su vez, tres hijos16; llena de virtudes y tal vez convertida al cristianismo, vivió sesenta años, cuidando a un padre longevo, pues Julio Ausonio alcanzó casi los noventa años de edad. Pero el hijo que dio nombre y gloria a la familia fue el segundo, Décimo Magno Ausonio, nacido apenas un año después de la primera, hacia 31017.
El abuelo materno, Cecilio Argicio Arborio, no pudo evitar que la madre del niño desvelase el futuro que él había adivinado leyendo los astros del recién nacido18. Pero los espléndidos augurios no parecían confirmarse cuando Ausonio había alcanzado ya la edad madura.
Durante los primeros años de su vida, fueron su madre y sus tías, Emilia Hilaria19 y Emilia Driadia20, las que se ocuparon de su educación; también Julia Catafronia21, hermana de su padre, veló por él y, por supuesto, la exigente abuela materna. Pronto se hizo cargo del niño su tío materno Emilio Magno Arborio22, que dejó en su alma una huella imborrable, a pesar de haber vivido tan sólo treinta años. Casado con una mujer noble y rica, gozó de inmenso prestigio como rétor, primero en Burdeos, luego en Tolosa; finalmente, cumbre del honor y la gloria, fue llamado por el emperador Constantino para que educase a uno de sus hijos en Constantinopla23. La fama de Arborio debió llegar a Oriente a través de los hermanos de Constantino —Dalmacio, Constancio y Constante—, que a la sazón, y tras la muerte de otros miembros de la familia del emperador en 324 y 325 (Licinio y Crispo), vivían en Tolosa una especie de exilio24.
Puede que Ausonio siguiera a su tío a Tolosa, para continuar estudiando con él; en Ordo urbium nobilium 18, llama a esa ciudad altricem nostri, y en Parentalia 3, vv. 9-10 afirma que su tío lo educó hasta ser virum. De ahí que se sitúe la estancia de Arborio en Tolosa con Ausonio entre el 325 y el 330, y el viaje a Constantinopla hacia el 330, donde poco después moriría. Si esto es cierto, ha de suponerse que en el momento de abandonar el tío la Galia, nuestro poeta regresaría a Burdeos para acabar su formación.
3. La formación de Ausonio y la escuela de Burdeos
Del mismo modo que conocemos la familia de Ausonio hasta detalles insospechables25, gracias al propio poeta que nos ha dejado en sus Parentalia (opúsculo III) una magnífica colección de retratos de ciudadanos medios de la Galia del s. IV, también podemos seguir, con igual fidelidad, el ambiente en que estudió Ausonio; su Commemoratio Professorum Burdigalensium (opúsculo IV) repite, esta vez con los gramáticos y los rétores de Burdeos, maestros o colegas, el mismo esquema seguido con la familia26.
Gracias a esta colección de poemas, sabemos cuáles fueron los primeros maestros de Ausonio y quiénes le enseñaron el arte de la retórica. El gramático Macrino27 le hizo aprender las primeras letras, si bien nuestro poeta apenas guarda de él más que el recuerdo de su nombre. También tuvo profesores de griego, Rómulo, Corintio y Menesteo28, todos ellos llenos de vocación por su tarea, a pesar de sus escasos conocimientos; Ausonio confiesa no haber sido capaz de entusiasmarse con la lengua helénica cuyo estudio abandonó tan pronto como pudo. Su celo profesional le obliga a defender a sus maestros, culpando a su propia incapacidad de tal fracaso. Pero este gesto de humildad, lleno de valor en quien tan alto concepto tenía de sí mismo, no debe ser absolutamente sincero: Julio Ausonio, su padre, dominaba mejor el griego que el latín y el propio Ausonio muestra en su obra un conocimiento suficiente de esa lengua; aceptando que haya retomado su estudio en otra época de su vida, parece más imputable el fracaso de los primeros años a la impericia de los docentes que a la ruda mente de los alumnos.
Muy pronto, como he adelantado, entraría bajo la tutela de su propio tío29, tal vez primero en Burdeos y luego en Tolosa. Al regresar a su ciudad natal, continuó sus estudios con otros rétores ilustres, como Tiberio Víctor Minervio30, a quien recuerda como el primero entre sus profesores y de quien hace un entrañable elogio; como Luciolo31, antiguo condiscípulo y futuro colega; y muy probablemente Latino Alcimo Alecio32, de quien no dice de un modo expreso que haya sido su profesor, pero se deduce a partir del lugar de excelencia que le asigna en su recuerdo. Puede haber escuchado también las lecciones de Estafilio33, venido de Auch, y a quien ama como padre y tío.
Una vez terminados sus estudios, se inició en la carrera forense, que abandonó pronto por sentirse poco dotado para ella34; así comenzó su actividad docente —primero como gramático, luego como rétor—, que duraría treinta años en su ciudad natal35 y que le abriría las puertas de una gloria tardía cuando su fama como profesor le llevó al palacio imperial para educar al príncipe heredero.
No es difícil imaginarse el ambiente de la escuela en esos momentos; el propio Ausonio nos lo describe en varios lugares de su obra y muy especialmente en el encantador Liber protrepticus ad nepotem (opúsculo VII)36, utilísimo para conocer los métodos de enseñanza usados en el siglo IV y lo que un profesor que los ha experimentado durante decenios, piensa de ellos. Un maestro serio, de áspera voz y sereno semblante, doma a fuerza de golpes y varas, cuando su palabra no resulta agradable, a un puñado de pequeñuelos que esperan aturdidos la llegada del recreo. La escuela da miedo, aunque no debiera ser así; la solemnidad del lugar, donde se cultiva a las Musas, ha cedido su puesto al desasosiego temeroso. Allí se debe leer a Homero y a Menandro, a Terencio y Salustio, marcando el ritmo, motivando los sentimientos, haciendo correctamente las pausas. Es el camino del progreso: una raíz amarga que luego hará brotar dulces frutos. Y por su parte, el maestro debe armarse de infinita paciencia para no recoger sino éxitos muy escasos y siempre demasiado tardíos.
Ausonio, con todo, ha amado esa escuela y la ha vivido intensamente; también le ha dado lo mejor de sí mismo; es su oficio y se siente satisfecho. El esfuerzo está sobradamente justificado porque él no conoce otro camino para que el niño llegue a ser un día hombre en el sentido pleno del término. Esa creencia profunda en el método y en los objetivos romperá su alma al final de su vida al comprobar que el mejor de sus discípulos no participa de esa convicción. Pero todavía no ha llegado el momento del fracaso; al contrario, Ausonio cobra cada día nueva fama como profesor y pronto deja de ser gramático para convertirse en rétor. Todos estos años de su vida, sin embargo, habrían quedado olvidados para nosotros, si ese amor intenso por el oficio y la inquietud al ver cómo tantos esfuerzos se borraban de la memoria de los hombres, no le hubieran obligado a dejar escrito, muchos años después para recuerdo de las generaciones venideras, una colección de poemitas dedicados a sus colegas. Esos dos sentimientos son, a mi entender, los que animan la Commemoratio professorum Burdigalensium; y más que el sistema de educación, que evidentemente surge aquí y allá, más que la escuela como institución, le interesará honrar a sus servidores, por modestos que sean.
4. Su familia
Ausonio debió de casarse en torno a esos años; hacia el 334, cuando contaba unos veinticuatro, se sitúa el momento de su matrimonio con una muchacha, probablemente nueve años más joven, llamada Atusia Lucana Sabina37, de origen senatorial y noble sobre todo por sus costumbres; su padre, Atusio Lucano Talisio, ofrecía la imagen de ese señor que desdeña la gloria pública y abraza voluntariamente la tranquilidad de la vida privada; él quería que el joven maestro fuera su yerno, pero murió poco antes de que se realizara su deseo38.
De la unión entre Ausonio y Sabina nacieron tres hijos; el primero, que llevó el nombre del padre39, murió cuando comenzaba a balbucear las primeras palabras, pero su premura por irse de este mundo, no impidió al poeta escribir una carta hermosísima, la 17, dirigida a su padre Julio; pocas veces un antiguo ha dejado testimonio tan íntimo y lleno de pietas filial, manifestando ese sentimiento de amor, comprensión y respeto que todo hombre bien nacido experimenta por su padre al traer un hijo a la vida. Luego vendrían Hesperio y una niña, cuyo nombre, extrañamente, no nos ha sido revelado por el poeta. Ambos vivieron la vejez del padre: Hesperio compartió muchos momentos de la vida de Ausonio; la hija, por su parte, se casó en primeras nupcias con Valerio Latino Euromio40, escogido cuidadosamente por el poeta como yerno; su pronta muerte no le impidió ejercer el cargo de praeses en la prefectura de Iliria y un puesto en la hacienda imperial. De ambos nacería un hijo que colmaría el gozo del anciano Ausonio; a él, muy verosímilmente van dirigidos el Liber Protrepticus primero, y el Genethliacos (opúsculo VI) después, con motivo de su décimo sexto cumpleaños41. El segundo matrimonio fue con el vicario de Macedonia, Talasio42, que a la sazón tenía ya un hijo recién nacido de un matrimonio anterior; ese pequeño, nacido en Pela mientras Talasio ejercía su magistratura macedona y querido por Ausonio como un verdadero nieto, será conocido con el nombre de Paulino de Pela.
Poco duró el matrimonio de Ausonio y Sabina; una pronta muerte, como ocurrió con su hermana Namia, la arrebató de su lado cuando sólo contaba veintiocho años de edad. Ausonio la amaba y ese sentimiento se fue acrecentando después de su muerte; si no basta como prueba la fidelidad del poeta, que no se volvió a casar, ahí está el poema 9 de Parentalia, uno de los más intensos de la colección:
En mi vejez ya no puedo apaciguar el dolor sufrido: pues de continuo se recrudece como recién pasado. Admiten el sosiego del tiempo otros enfermos: estas heridas las hace aún más graves el paso lento del día. Rizo, sin más compañía, mis canas pacientes y cuanto más solo, más triste vivo. La herida aumenta porque calla la casa silenciosa y tiene frío nuestro lecho, porque con nadie comparto ni lo malo ni lo bueno43.
Es patética la imagen de soledad de ese anciano que recuerda tan vivamente a su esposa muerta treinta y seis años antes. Sin duda, el sentimiento que destila esa composición es más profundo que los epigramas, simpáticos, formalmente correctos, incluso con cierta vena interior algunos, que le dedica en vida44.
Porque Ausonio, como hemos dicho antes, había comenzado a escribir ya; al principio, con pocas ambiciones. Como tantos otros jóvenes, buscaba la poesía fácil, juguetona, picante, y naturalmente, la forma ideal la ofrecía el epigrama45; seguramente no conservamos todos los que intentó en esos años, pero a los dedicados a Sabina, habría que añadir los números 38 y 65; tal vez, otros también: Peiper, en su edición ya citada, pág. XCV, sugiere la posibilidad de que pertenezcan a los años de docencia en Burdeos los epigramas referentes a gramáticos y rétores (núms. 6-13, 60 y 61) y el 34, dirigido a Gala, cuya juventud ha desaparecido; aquéllos, por tener una temática vinculada al oficio del poeta en esos momentos; éste, porque no parece probable que Ausonio haya osado escribir unos frívolos dísticos a una mujer que se llamaba igual que la hermana de Graciano, la futura esposa de Teodosio, después del nacimiento de ésta.
De la primera época, cuando el abogado deja su lugar al gramático, podemos leer también la Epistula 17, a la que ya me he referido antes, dedicada a Julio Ausonio, su padre, y escrita al nacer el primogénito del poeta, que poco después moriría.
Pero también está presente entonces ese gusto por lo complicado, lo barroco, lo erudito, que tanto daña su poesía como acto de creación, por más que sirva para ilustrar con vigor la estética del siglo IV, tan vinculada a la estética de la época de los Flavios; la Epistula 13, enviada a Teón, un amigo que se las da de poeta y que tiene el raro privilegio de recibir cuatro cartas, en general insultantes, de nuestro Ausonio, está rehecha a partir de un escrito de juventud46 y es todo un modelo de esa manera de concebir el «arte» tan grata a los sabios versificadores.
5. La llamada al Palacio
En febrero del año 364, tras la muerte del efímero emperador Joviano, el ejército aclama a Valentiniano, oficial oriundo de Panonia y cristiano de religión, como nuevo emperador, al tiempo que le obliga a designar un colega; Valentiniano asocia al poder a su hermano Valente con el título de Augusto y le encomienda el gobierno de Oriente47. Este acontecimiento va a cambiar radicalmente la vida de Ausonio, hasta entonces modesto rétor en una ciudad modesta. Valentiniano I decide, en un momento incierto pero que debe situarse poco antes o durante el 36748, llamarlo como preceptor de su hijo Graciano, nacido en el 359. Peiper49 corrige justamente a Schenkl50 que sugiere la posibilidad de que el bordelés haya sido llamado a la corte por su fama de literato; es cierto que Valentiniano, a pesar de su rudo carácter, sentía cierta inclinación hacia las letras e incluso se atrevía a componer en verso51, pero Ausonio a la sazón había escrito muy poco y no había publicado probablemente nada52. Hace falta convenir, pues, con Peiper, en el hecho de que debía su fama a la docencia; tal vez, incluso, estaba todavía vivo el recuerdo de su tío Arborio, llamado a Constantinopla como educador de un hijo de Constantino.
Ausonio se traslada a Tréveris, residencia acostumbrada del Augusto de Occidente, y logra imponer su personalidad como educador, primero, como político, después, en un medio, hasta entonces ajeno a él y a su familia, tan viciado como la corte del siglo IV53. Con ingenuo orgullo, con vanidad candorosa, lo repite varias veces, desde el comienzo de su obra:
y llamado al palacio áureo de Augusto fui el gramático de su hijo y luego el rétor. No se trata de presunción vana ni de orgullo basado en débiles razones. Puede que haya habido maestros de prestigio superior pero nadie tuvo mejor discípulo. El Alcida, alumno de Atlas, y el Eácida, de Quirón (éste casi pertenece a la misma cepa que Júpiter y aquél es hijo suyo) tuvieron por hogar Tesalia y Tebas: pero el mío reina sobre el orbe completo, que está bajo su poder54.
Y la misma infatuación aflora en el Liber protrepticus, vv. 80-88, cuando se propone a sí mismo como modelo para su nietecillo, animándole a seguir sus estudios:
Eso aguanté yo hasta que la pena misma me resultó útil y un buen hábito ablandó con el uso el trabajo, hasta que fui llamado para cumplir el regalo sagrado de la educación imperial y fui provisto de honores diferentes, cuando los palacios de oro obedecían mis mandatos. Que Némesis se aleje y la fortuna acompañe mis bromas: yo goberné el imperio mientras que el emperador, vestido aún con la pretexta, prefería, en medio de su púrpura, su cetro y su trono, las leyes de su maestro, y pensaba que mis méritos eran mayores que los suyos55.
Incluso, la Gratiarum actio (opúsculo XXIV) está empapada de esa convicción y, en definitiva, su lectura sugiere más las virtudes del poeta que las del emperador; son especialmente ilustrativos los párrafos 30-33 y 68-69.
Resulta difícil valorar si Ausonio era el preceptor más adecuado para Graciano; indudablemente no es un talento excepcional. Pero tenía virtudes dignas de aprender por un niño: su amor al estudio, su pietas, su bondad de corazón; también tenía virtudes dignas de aprender por un príncipe: su patriotismo, su conocimiento de la historia y la literatura de Roma, su suave dureza, su sentido pragmático. Y los defectos, esa vanidad desmedida, esa untuosidad protocolaria, esa superficialidad vital, esa sequía de ideas, ¿no son defectos demasiado generalizados en su siglo? Mas no resulta desdeñable el hecho de que Amiano Marcelino lo apreciara como maestro56.
6. Ausonio junto al poder
Ausonio, en cualquier caso, vence las dificultades indudables que la vida en la corte debía suscitar y gana el cariño de Valentiniano y, sobre todo, de su discípulo Graciano. Ausonio ha sabido ser discreto durante el mandato de Valentiniano I. El emperador es cristiano y su hermano, Augusto de Oriente, también, pero su actitud con respecto a la religión dista de ser intransigente; bastaría con señalar que mientras Valentiniano sigue el credo de Nicea, Valente es más propicio al arrianismo. El emperador, al mismo tiempo, hijo de un oscuro pero valiente militar, gusta de los placeres que agradan a los soldados y puede ser chocarrero. Ausonio se deja llevar por ese doble juego y en torno a la Pascua del 368 escribe los Versus paschales (opúsculo IX); en ellos, después de invocar al Magne Pater rerum y de mencionar el pecado de Adán seducido por Eva, se leen estas palabras:
Tú, padre nutricio, regalas a las tierras tu palabra, tu hijo además de Dios, en todo similar e incluso igual a tí, verdad nacida de la verdad y vivo desde el principio de la vida. Él, conocedor de tus consejos, añadió uno tan sólo: que el espíritu que flotaba sobre las olas del mar, vivificase con un baño inmortal nuestros miembros estériles. Fe triple en un único creador, esperanza segura en la salvación para quien abrace ese número junto con las virtudes57.
Ausonio no tiene dificultad para presentarse como piadoso cristiano en una corte cristiana pero tal vez en esta ocasión va demasiado lejos y al final de la oración, llevado de su solicitud hacia la familia que gobierna, desliza esos chocantes versos en los que la Trinidad celeste aparece reencarnada aquí en la tierra en las figuras de los Augustos, Valentiniano, Valente y Graciano58.
Tal vez por esas mismas fechas, compone su famoso Cento nuptialis (opúsculo XIX) por orden del emperador59. Se trata de la descripción de una noche de bodas, con todo género de detalles, hecha con versos o fragmentos de versos de Virgilio. El propio Ausonio era consciente de la crudeza de determinados pasajes y se justifica ante Paulo, destinatario del centón, años después. El espíritu de Ausonio está hecho para adaptarse a las circunstancias, al tiempo que ama cada obra salida de su mano: ese poema, bandera de quienes sostienen el paganismo de su autor, ese poema que tantas excusas exige de quien lo escribió, también era amado por Ausonio, que lo salva de la destrucción definitiva y lo envía a su amigo cuando Valentiniano había muerto.
Son momentos difíciles para el imperio. Los bárbaros presionan en las fronteras: los pictos, y los escotos y los sajones penetran en la diócesis de Bretaña; los francos y los sajones también someten al pillaje las regiones del norte de la Galia. El emperador encomienda al conde Teodosio, padre del futuro emperador, la limpieza de Bretaña hasta el muro de Adriano, al tiempo que él organiza una expedición punitiva contra los alamanes que a comienzos del 368 habían saqueado Maguncia, en la orilla izquierda del Rin, y se habían llevado como prisioneros a numerosos habitantes de la ciudad. Durante el verano de ese mismo año, los alamanes sufren una dura derrota en su propio territorio del alto Neckar, si bien las hostilidades continuaron durante años. Al parecer, Ausonio estaba presente en esa campaña, como preceptor que era de Graciano. En la carta dedicatoria del Griphus a Símaco le dice:
Este fue el motivo que tuve para escribir tal insignificancia: durante una campaña bélica, tiempo que, como sabes, es propicio a la licencia militar, se hizo en mi mesa una invitación…60.
Las victorias, si bien no definitivas61, logradas por el emperador, le dieron pie al poeta para elogiar en diversos pasajes de su obra la gloria de Valentiniano; también le dieron una hermosa esclava.
Así, en el Mosella 422-424, se alude a las batallas de Nicro, Lupoduno y junto a la fuente del Histro62, ganadas por Valentiniano y Graciano. El poema entero, como veremos más adelante, tiene una intencionalidad propagandística bien perceptible. También algunos epigramas de ocasión celebran la fuerza recuperada de las tropas romanas; no se duda del desenlace de los combates aunque al mismo tiempo que el emperador de Occidente intenta reforzar las fronteras, el Augusto de Oriente se tiene que enfrentar a los godos. Todo el limes septentrional del Imperio Romano, desde el muro de Adriano hasta el mar Negro, está en peligro y se combate a la vez en todos los frentes, pero Ausonio canta victoria:
Yo, el Danubio, dueño de las aguas ilíricas, inferior sólo a ti, Nilo, saco mi alegre cabeza fuera de mi fuente. Mando saludar a los Augustos, hijo y padre, a quienes crié entre los belicosos panonios. Ahora ya quiero correr, mensajero, al Ponto Euxino, a que Valente, mi preocupación segunda, conozca las hazañas de aguas arriba: los suevos han caído, derribados por la matanza, la huida, las llamas, y el Rin no es ya la frontera de las Galias. Y si, por ley del mar, mi corriente pudiera regresar a sus fuentes, aquí podría anunciar que los godos han sido vencidos63.
La guerra, ya lo he adelantado, le dejó al poeta, como esclava, una hermosa muchacha sueva, rubia y de ojos azules. Él le concedió la libertad antes de que ella sintiese el yugo de la servidumbre. Y además, con el corazón inflamado de ternura, le escribió una serie de poemitas de los que sólo nos ha llegado una parte: Bissula (opúsculo XV); fue para Ausonio delicium, blanditiae, ludus, amor, uoluptas, / barbara (Biss. 5, 1-2); el hombre de buen corazón, de sesenta años de edad y más de veinte de viudez, cree soñar al sentir ese rayo de luz entre tanta muerte y miseria y dice a su lector: sed magis hic sapiet, si dormiet et putet ista / somnia missa sibi (Biss. 3, 15-16)64.
Valentiniano está legítimamente obsesionado por el problema de la debilidad de las fronteras; durante los años de su mandato, la política imperial se dedica de modo muy principal primero a redibujar el perfil de los dominios de Roma, borrado por años de despreocupación, y después a consolidarlo mediante la construcción de fortalezas a lo largo del limes. Si no se puede recuperar el antiguo territorio germano-rético perdido desde hace un siglo, al menos sí se debe lograr que el Rin sea infranqueable para las tribus bárbaras. Tréveris, a orillas del Mosela, es centro de operaciones y capital del Imperio; y todo el territorio que le rodea, hasta el limes, debe considerarse como la misma entraña de los vastos dominios romanos. Ausonio, como en otro tiempo hiciera Virgilio, se siente llamado a sostener con su voz la empresa imperial y escribe el más largo de sus poemas, el Mosella (opúsculo XX), para mostrar que la paz romana no sólo es posible sino un hecho fructífero. De ahí que el país de Tréveris pueda compararse, sin miedo a sufrir una humillación, a Constantinopla y a Roma, a Burdeos y a Bayas, al menos en la imaginación del poeta, pues en realidad la comarca estaba en aquellos años arruinada por las invasiones precedentes.
F. Marx fue el primero en ver que el epilio superaba una pura intencionalidad poética o arqueológica, intentando alcanzar lo que en otros tiempos y con otro emperador logró Virgilio65. También F. Paschoud parecía conforme con esa sugerencia66, pero tal vez es Ch. M. Ternes quien se ha preocupado más de profundizar en esta idea. En un estudio reciente67 insiste en que «le caractère didactique, panégyrique et essentiellement politique forme comme l’armature de base du poème mosellan» (pág. 357; el subrayado es del autor). El lirismo es un medio de expresión y ayuda a transmitir, cuando es original y brillante, el mensaje anterior. El Mosella es algo más que una imitación literaria y poética de Virgilio; es una obra del presente para el futuro, futuro nada utópico, apoyado a lo largo del poema numerosas veces con la descripción de la realidad presente, hasta el punto de que, por ello, en numerosas ocasiones se le ha considerado como un simple catálogo de arqueólogo. Tréveris y el país que le rodea, como consecuencia de la división territorial de la Tetrarquía, heredan la voluntad romana, mal llevada a la práctica, de establecer una frontera sólida en el Rin y en ese momento alcanzan su plenitud histórica: Tréveris defiende Roma para defenderse a sí misma, pues la «patria» de Tréveris se defiende al mismo tiempo en todos los rincones del Imperio desde Armenia a España, desde Gran Bretaña a África.
Valentiniano I ha intentado corregir la defectuosa política precedente que desde Adriano se limitaba a intentar impedir el paso del Rin a los bárbaros: los fortines del limes no son ejemplo de romanización sino de la imposibilidad de conseguirla, tanto en el plano militar como en el cultural. Hay que retomar la única solución válida, la emprendida por Augusto, modelo de actuación de Valentiniano, que además de la idea de la grandeza tiene la de la utilidad68 : asimilar a los bárbaros de la otra orilla del Rin, como se hizo en su día con los que habitaban el Mosela, para que ellos, integrados voluntariamente en el Imperio, impidan nuevas oleadas de pueblos lejanos. Fruto de esa política organizada, que pasa de una defensa totalmente pasiva a una actividad con objetivos bien definidos, es la victoria sobre los alamanes del 369; a pesar de que no fue muy brillante, tuvo efectos sobre todo de orden psicológico: Roma toma la iniciativa y mejora la situación desde Gran Bretaña al Mar Negro. En este momento, cuando Valentiniano va a intentar por última vez ganar la amistad —y no simplemente la sumisión— de los germanos, Ausonio escribe el Mosella. Ternes resume así su significación: «Elle exalte le caractère exemplaire de l’oeuvre romaine en pays trévire et constitue, nous semble-t-il, une oeuvre de propagande où l’auteur, très inspiré par Ovide et par Virgile, essaye, à sa manière, d’évoquer un pays où l’empire romain a accompli le chef-d’oeuvre d’une réussite provinciale hors de pair»69. Pero era demasiado tarde; Valentiniano fracasó, pues tampoco su carácter colérico e inconstante era el más adecuado para tarea tan delicada.
Personalmente, no creo que Ausonio haya influido en la orientación de esta política; cuando llega a la corte en torno al 367, las líneas maestras del mandato de Valentiniano ya estaban dibujadas; pero sí ha intentado servirla y lo ha hecho lo mejor que ha podido; tanto que el Mosella acaba descubriendo, por forzar la realidad y quererla llevar más allá de su modesta evidencia, la debilidad de este programa; pero es digno de aprecio todo ese intento por emular los mejores tiempos de Roma, cuando Augusto gobernaba y Virgilio aseguraba su grandeza.
No resulta fácil, sin embargo, datar con exactitud la composición del Mosella; hay una fecha ante quam, absolutamente segura: la muerte de Valentiniano el 17 de noviembre del 375, pues en el texto figura aún como emperador reinante; en el discutido verso 450 se lee: Augustus pater et nati, mea maxima cura; Augustus pater es sin duda Valentiniano. Término post quem absolutamente seguro debería ser la celebración de los triunfos tras las batallas del Neckar y de Lupodunum (Ladenburg) y tras de la expedición a las fuentes del Danubio, pues se alude a ellos en los vv. 420-425:
Que no son sus únicos trofeos las ondas: viniendo él de las murallas de la ciudad augusta, contempló los triunfos unidos de hijo y padre, tras haber sido vencidos sus enemigos sobre el Nicro y Lupoduno y junto a la fuente del Histro, desconocida para los anales del Lacio. Poco ha llegó esa corona de laurel celebrando la guerra que ya termina.
Estos triunfos se celebraron en Tréveris o bien en el invierno del 368, al regresar las tropas tras las batallas citadas70, o bien al año siguiente al finalizar la campaña, o incluso más tarde. La crítica moderna no ha fijado la fecha de esa celebración, a la que tampoco alude la historiografía antigua.
Pero hay otros datos que deberían permitir precisar aún más la fecha de composición del poema; por ejemplo, la interpretación de ese verso 450 ya citado: nati se entiende en las mejores ediciones como nominativo plural y, por tanto, aludiría a Graciano y a Valentiniano el joven, segundo hijo del emperador, nacido en otoño del año 371. Esta alusión bastaría para fijar la fecha de composición tras el 371; pero L. A. A. Jouai opina que ese nati debe entenderse como genitivo singular y que, de acuerdo con ello, el Mosella habría sido escrito antes del nacimiento de Valentiniano el joven71. No parece esta hipótesis demasiado fundada, pues mea maxima cura es una expresión fija en nuestro poeta como aposición a otro sustantivo72. Bastaría leer el modelo virgiliano puer ire parat, mea maxima cura (Eneida I 678) para comprender que nati no puede ser genitivo singular sino pura y simplemente nominativo plural.
Como elementos complementarios para la datación del poema debe señalarse que Ausonio no conoció personalmente a Símaco hasta la primavera del 369, cuando éste se unió a la corte en Tréveris para participar en la expedición contra los alamanes como conde de tercer orden. Cuando regresó a Roma, tras hacer el panegírico de Valentiniano I y de Graciano el 1 de enero del 370, el Mosella no estaba publicado73, y hasta finales de ese año no hace llegar a nuestro poeta la Naturalis Historia de Plinio, usada sobre todo en el último tercio del epilio74. Desgraciadamente no conocemos la fecha exacta de la carta I, XIV de Símaco a Ausonio, donde aquél se queja de que el autor no le haya hecho llegar el poema (uolitat tuus Mosella per manus sinusque… sed tantum nostra ora praelabitur). No obstante, Símaco, que se encuentra en Roma (luego la carta es del 370 o después), ya se ha hecho con un ejemplar del raro librito y en la carta se refiere a la expedición contra los alamanes como cosa que se aleja en el tiempo.
Tampoco han ayudado a la datación del poema los vv. 409 y ss., pues aún se ignora a qué personaje se refiere el poeta en ellos75. Conviene, pues, ser prudente y aceptar que sólo se puede dar como fecha segura para la publicación del Mosella alguna entre la campaña del 368-369 y la muerte de Valentiniano el 17 de noviembre del 375; sin riesgos, incluso podría ser aceptada una fecha a finales del 371 (ya ha nacido el segundo hijo de Valentiniano, Símaco está en Roma y ha enviado la Naturalis Historia a Ausonio) o el 372. En cualquier caso, no se debe excluir que el poeta haya podido redactar el epilio durante un período dilatado de tiempo (uno o dos años), sometiéndolo a retoques que, al final, translucen ciertas incoherencias76.
7. Ausonio en el poder
Los servicios prestados por el poeta a la educación del heredero y a la política imperial fueron bien gratificados. Ese profesor de provincias que ya entra en la vejez, emprende una rápida carrera de honores que le llevará a ocupar un lugar de privilegio en la historia política del último tercio del siglo IV. Fue primero comes77, como consecuencia de su cargo de preceptor, y en virtud de tal acompaña a los Augustos en la campaña contra los alamanes ya tantas veces citada. Luego, quaestor sacri palatii, por voluntad de los Augustos, padre e hijo78; durante el desempeño de la cuestura escribió la carta 11 a un gramático de Tréveris, llamado Úrsulo, haciéndole llegar un regalo por año nuevo, correspondiendo al que el gramático había enviado al emperador. Igualmente durante ese período recibe una carta de su amigo Símaco (I, XXIII 3: quaestor es, memini; consilii regalis particeps, scio; precum arbiter, legum conditor, recognosco), que se queja de la pereza de Ausonio para escribirle, injustificable por muchas ocupaciones que tenga, y que evidencia la importancia que ya entonces había alcanzado el poeta en el gobierno del Imperio79.
Incluso Ausonio llegó a concebir la esperanza de un consulado inmediato, si los versos 449-452 del Mosella no han sido retocados mientras Valentiniano fue emperador; alguna diferencia debió suscitarse entre ambos porque, si no, son difícilmente comprensibles estas palabras que el poeta dirige a Graciano en su discurso de acción de gracias por el consulado en el 378, ya muerto Valentiniano:
¿qué lugar hay, te digo, que no goce, que no esté henchido de tus beneficios? (…) ni el palacio que, por más que era terrible cuando lo recibiste, lo transformaste en amable; ni el foro y las basílicas, antaño llenas de agitación, y ahora de votos tomados por tu salud (…) ni la curia, alegre ahora con decretos que la honran, antaño triste por tantas quejas llenas de inquietud80.
No se cargan tanto las tintas sólo por adular al benefactor.
Es evidente que el preceptor esperaba ver acrecida su influencia durante el principado de su alumno, como efectivamente sucedió al menos durante la primera parte del mismo. A poco de morir Valentiniano, Graciano lo hace prefecto del pretorio, primero de las Galias (año 378-79), es decir, casi de todo Occidente81. Pero aún hay más: al mismo tiempo que Ausonio es elevado a los más altos honores, otros miembros de su familia y de su círculo ocupan también importantes cargos de la administración estatal82. Parece increíble, pero su padre Julio Ausonio, ya casi nonagenario, es nombrado igualmente prefecto del pretorio del Ilírico hacia el 37783. Tras este título, nec adfectans nec detrectator honorum, Julio Ausonio bien podía desear el final de su vida ne fortunatae spatium inuiolabile uitae / fatali morsu stringeret ulla dies. Y así, la muerte le llegó a finales del 378 cuando su hijo se preparaba a tomar los fasces de su consulado84.
Hesperio, el hijo de Ausonio, se ve colmado igualmente de honores; primero, como procónsul de África entre 376 y 377; luego, fue creado prefecto del pretorio de las Galias como colega de su padre (378), de Italia y las Galias (378-379) y, finalmente, de Italia y África (379-380)85. Durante su proconsulado en África tuvo que investigar, junto al vicario Flaviano, el penoso episodio de Leptis Magna narrado por Amiano Marcelino86, que le considera lleno de sentido de la justicia y de auctoritas.
No creo que sea atrevido decir que Ausonio también preparaba la carrera política de Valerio Latino Euromio, su yerno, pero una muerte temprana la truncó; no obstante, logró ser praeses ¿de Dalmacia, en el Ilírico? y probablemente aduocatus fisci87. La irreparable pérdida fue pronto remediada, pues la hija del poeta e influyente cortesano se casó en segundas nupcias con Talasio, vicario de Macedonia en 376-7 y procónsul de África en 377-888. Por si esto no bastase, otros miembros de la familia también ocupaban cargos señalados, como Paulino, yerno de la hermana del poeta, que fue secretario de prefecto, intendente de Libia y gobernador de la Tarraconense, muerto a los setenta y dos años. Dado que tenía la misma edad, ha de suponerse que ejerció esos cargos durante el período de poder del poeta89; como Flavio Santo, marido de la muy querida cuñada de Ausonio, gobernador de Bretaña90.
De modo que entre el 377 y el 380 el gobierno de Occidente estaba, en buena medida, en manos de Ausonio y su familia. Además, la amistad con otros ilustres magistrados de los que hablaré más abajo, hacía aún más tupida la red de influencias.
Creo que es extraordinariamente significativo el hecho, no suficientemente tenido en cuenta, de la unión de las prefecturas del pretorio de las Galias, Italia, África y el Ilírico a finales del 378 bajo el mando de Ausonio y de su hijo Hesperio91. La situación en el Imperio es, en estos momentos, de extrema gravedad: Valente, el emperador de Oriente, tío de Graciano, se ha enfrentado a los godos en Adrianópolis el 9 de agosto y ha desaparecido en la batalla; el ejército romano ha sufrido una derrota probablemente sin precedentes en los anales del Imperio, pues dos tercios de las tropas han sido aniquilados dentro del propio territorio romano y Valente ha muerto junto con otros oficiales de primer rango (Sebastián y Trajano). Adrianópolis, Heraclea, Constantinopla, todo el imperio de Oriente están en manos de los bárbaros que, sin embargo, embriagados de victoria, no supieron dar el golpe de gracia.
Graciano, en Occidente, dueño de un imperio moribundo, tiembla y busca la ayuda de Teodosio (a pesar de que su padre había sido ejecutado por el propio Graciano, poco después de la muerte de Valentiniano), para rehacer la situación en Oriente, asociándolo como emperador92, y deja prácticamente todo el Occidente en manos de otra persona de absoluta confianza, pues sólo si todo el Occidente está bajo la misma mano, se podrá evitar el surgimiento de un usurpador, o la defección de una provincia. Pero esa persona debe carecer, al mismo tiempo, de una ambición personal tan señalada como para inclinarle a aprovecharse en beneficio propio de la situación. Esa persona es Ausonio, nuestro profesor de provincias, el preceptor de Graciano. Y, junto a él, su hijo Hesperio, ambos con jurisdicción conjunta sobre las cuatro prefecturas. Y por si ello fuera insuficiente, Graciano decide conferirle para el año siguiente, el 379, la dignidad consular, nombrándolo por delante de su colega, Q. Clodio Hermogeniano Olibrio, y manteniendo su poder como prefecto del pretorio de cuatro prefecturas coyuntural y excepcionalmente unidas en una sola.
Es el momento de plenitud en la vida de Ausonio: elevado a la cúspide, más arriba aún de lo que su abuelo hubiera sido capaz de profetizar, con sus familiares compartiendo el poder, gozando de la amistad y la adulación de sus contemporáneos. Al darle la vuelta a la página de su vida, comprendemos mejor las razones de esa candorosa vanidad, de esa presunción superficial que tantas veces aflora en su obra. Ausonio, en ese momento, cumplió con lealtad fervorosa el papel que de él se esperaba, pero también resultaba de una claridad meridiana que no era el tipo de hombre que el imperio necesitaba para su reconstrucción: falto de sentido del gobierno, de energía, de conocimientos militares, de visión de futuro, da la impresión de haber sido desbordado por la realidad que le tocó vivir. Tanto amaba como erudito el pasado esplendoroso de Roma, que caminaba de espaldas y la historia pasó a su lado sin que él llegara a vivirla. ¡Qué ocasión perdida! Su obra no supo impregnarse, como debiera haberlo hecho, de su experiencia: los fasces del consulado y la toga orlada colmaban su espíritu incapaz, al parecer, de asimilar la gravedad del desastre de Adrianópolis y la tragedia del Imperio.
Tanto le cegaba su propia buena estrella que siente cómo el tiempo y la historia de Roma se paran para ver el inicio de su consulado y escribe en situación tan trágica estos versos vacíos:
Ven, Jano; ven, año nuevo; ven, Sol renovado, a ver la silla curul latina del cónsul Ausonio ¿Hay, acaso, ahora tras la majestad imperial otra cosa que debas admirar? La Roma aquella y la casa de Quirino y la rutilante toga pretexta del senado purpúreo señalan sus años en los fastos eternos con este nombre mío93.
Escribe esa plegaria invocando a Jano para que le traiga un año propicio y escribe otra plegaria el primer día del 379 como acción de gracias por haberse iniciado su consulado bajo auspicios favorables94’. El erudito magistrado no desaprovecha la ocasión para dejar grabada en hexámetros dactílicos la cuenta de los años que van desde la fundación de Roma hasta el momento de su consulado, para él tan importante que creía que también lo era para la Ciudad Eterna:
A once veces cien años, une otros cuatro, y suma sobre tres años once veces uno. Esta será la cuenta desde el origen de Roma Eterna95.
¡Con semejante mente, llena de inutilidades y lejos de la realidad, se enfrentaba a su delicada tarea!
Pero todas esas evidentes limitaciones no pueden anular el hecho puro y simple de que Ausonio tuvo el poder en sus manos. Y los historiadores modernos no dudan en reconocer la fuerte influencia que sobre Graciano ejerció el poeta96. Hay cierta humanización del ejercicio del poder que diferencia netamente el gobierno de Valentiniano I y el de su hijo; Stein la condensa así:
Sous la direction d’Ausone, Gratien rompit complètement avec les principes de gouvernement de son père. Le nouveau régne débuta par une amnistie générale: les exilés furent autorisés à rentrer; les héritiers de ceux qui avaient été exécutes, se virent restituer leurs biens confisqués; les procès en cours furent conclus par le non-lieu; tous les arriérés d’impots furent remis et bientôt une loi du 17 septembre 376 interdit pour l’avenir de mettre à la torture les curiales lors de la levée des impots. Il va de soi que le nouveau régime était favorable à la culture rhétorique… Les relations amicales qu’Ausone entretenait personnellement avec les membres de la haute noblesse cultivée, que exerçaient souvent une activité littéraire, transformèrent de fond en comble la position de la Cour à l’égard du sénat; le préfet des Gaules Maximin, si terrible pour les sénateurs païens sous Valentinien Ier, fut destitué de sa fonction au printemps de 376, puis traduit en justice sur la plainte du sénat et exécuté (pág. 184).
Dentro de esta política general de renovación se sitúa también el famoso edicto de Graciano que concierne a las retribuciones de los profesores97. La mano de Ausonio se siente en este caso de un modo muy particular. Todo ese espíritu nuevo está tan empachosamente loado en la Gratiarum actio98, que no resultaría fácil negarse a ver la influencia del poeta bordelés en la orientación de esta política. Él, maestro de rétores, sabe dar las gracias por un favor recibido, de manera que el elogio revierta con indiscreto disimulo sobre sí mismo.
Un año después de la batalla de Adrianópolis, la situación ha mejorado notablemente; Graciano ha acertado encomendando a Teodosio la recuperación del Imperio de Oriente, y el 19 de enero del 379 lo hace Augusto. Él mismo no ha dejado de batirse en todos los frentes; si no llegó a tiempo para evitar el desastre, se debió a la necesidad inaplazable de castigar duramente a los alamanes que no cesaban de penetrar en territorio romano. Después, junto con Teodosio en 379, combatió a los godos y durante el verano a los francos y, de nuevo, a los alamanes. Esa actividad enloquecedora no le impidió, y el hecho también es significativo, acudir a la ceremonia de final de la magistratura consular de Ausonio y escuchar entonces la acción de gracias que el poeta había elaborado en su honor. Para poder estar presente, tuvo que desplazarse a marchas forzadas desde Tracia a Tréveris99, colmando de felicidad con su gesto a ese anciano bueno aunque limitado, que lo quería como si de su nieto se tratase. Ausonio, que probablemente unos años antes había escrito para Graciano los epigramas 27 y 30100, le dedica ahora el 26 donde se hace referencia a las campañas del 378-379 y a su afición por las letras; ambos elementos están también presentes en la Gratiarum actio101.
8. El círculo de Ausonio
Pero el mismo día en que el profesor vestido de cónsul colgó la bella trábea decorada con palmas y bordada con la imagen del divino Constancio102, que Graciano le había hecho llegar como regalo desde el Ilírico, empezó a declinar su buena estrella. La política imperial cambiaba lentamente de orientación y Ausonio perdió su influencia. Puede resultar normal que un septuagenario que ha llegado a la cúspide en el último momento, sienta su vida absolutamente colmada y desee el descanso103; no lo es tanto que ninguno de sus familiares, tan cuidadosamente colocados en elevadas magistraturas, se mantenga en ellas a partir del 380104.
Hay un hecho que merece consideración. La corte del emperador de Occidente se traslada de Tréveris a Milán el año 381; y Graciano, que ya conocía al obispo de esa ciudad, Ambrosio, desde el año 378105, se ve dominado e influido por él, por Dámaso y también por Teodosio. Ausonio desaparece del corazón del emperador y la política religiosa, mantenida en discreto equilibrio durante el mandato de Valentiniano I y los primeros años de Graciano, se decanta ahora sin reservas a favor del cristianismo: tras haber renunciado al título de pontifex maximus, en el 382 el emperador niega las exenciones fiscales y las donaciones del Estado a los colegios sacerdotales paganos, les confisca los bienes heredados, prohíbe nuevos donativos y retira el altar de la Victoria del Senado. También se modifica su acción de gobierno en otros aspectos, por ejemplo, al conceder cada vez mayor importancia a los soldados bárbaros provocando el descontento de otros cuerpos106; y algunas medidas económicas, como la suspensión de ciertos privilegios a las clases más elevadas, desembocaron en una ruptura del período de buenas relaciones entre la Corte y el Senado de comienzos de su mandato107.
Entiendo que todo este cambio sustancial en la actitud del emperador se ve favorecido por el hecho de que desde finales del 378 los asuntos en el Imperio de Oriente y la fragilidad de las fronteras en Panonia y Recia reclamaban su atención lejos de Tréveris, cuyo territorio había quedado relativamente apaciguado tras las victoriosas campañas contra los alamanes del verano del 379. El emperador convierte durante el período que va del 379 al 383 a Sirmio, sobre el Danubio, en su cuartel general, mientras Milán es la auténtica sede de la Corte y allí acude Graciano cuando la paz se lo permite. Los nuevos problemas, los nuevos lugares van acompañados de nuevas personas y, poco a poco, se sustituye el vacío dejado por el septuagenario Ausonio que ya no puede seguir a su joven señor. Ausonio espera en Tréveris como la brasa que después de haber sido fuego aún cree poder recobrar su vigor antes de ser ceniza. No hubo ruptura abierta entre profesor y discípulo; al menos, aquél siempre fue fiel a éste y en sus escritos tras la muerte de Graciano sólo se encuentra gratitud y sumisión; no amargura, que ciertamente sufrió como trataré de mostrar más adelante.
La actitud vital del poeta es absolutamente acorde con la política imperial de los primeros años; el cambio de ésta provoca el primer gran fracaso en la vida de Ausonio, y ese fracaso lo recibe mudo. ¿Merecía la pena mostrar los verdaderos sentimientos cuando el vertiginoso desarrollo de los acontecimientos no hacía sino dar la razón al profesor? La obra del poeta da algunas pistas para intentar penetrar en esa actitud vital; entre ellas hay una a la que no se le ha prestado demasiada importancia: el círculo de sus amistades durante los años de Tréveris y los siguientes. De todos estos amigos, quisiera ahora entresacar algunos que pueden ilustrar esa armonía entre la política imperial de los primeros años y la actitud vital de Ausonio.
El paso del poeta por la corte no ha servido únicamente para colocar a sus familiares en altos cargos, o para influir, sin éxito definitivo, en Graciano. También se ha abierto el mundo del escritor, que ha tenido la oportunidad de conocer y tratar a la flor y nata de la intelectualidad y la política del momento108. Desde el instante de comenzar a leer su obra, encontramos el nombre de Siagrio, a quien van dedicados sus opúsculos109. No resulta fácil saber cuál de los dos Siagrios, distinguidos por la PLRE, es el amigo de Ausonio; ni siquiera es seguro que sean dos personajes y no uno sólo, hasta tal punto están mezcladas sus vidas. Si ese Siagrio es Flavio Afranio Siagrio, nuestro poeta habría tenido la ocasión de conocerlo cuando ejerció Siagrio el proconsulado de África el año 379, pues ese año Ausonio y su hijo Hesperio ocupaban varias prefecturas del pretorio, entre ellas la de esa provincia. Pero si es Flavio Siagrio, no sería difícil que el primer encuentro hubiera tenido lugar cuando en el 369 era notario en la Galia y fue castigado por Valentiniano por haber sido el único en sobrevivir a la expedición militar narrada por Amiano Marcelino en XXVIII 2, 5-9. Flavio Siagrio fue cónsul el 381 y, según la PLRE, es el destinatario de las cartas 94-107 del libro I de Símaco; su amistad con éste, compartida por Ausonio, nos inclina a pensar, frente a la opinión de la PLRE, que es él, y no Flavio Afranio Siagrio, cónsul el 382, quien como un «otro yo» habita en Ausonio (Praefat. 2, 2).
Otro amigo del bordelés es Latino Pacato Drepanio110, también natural de la Galia y poeta, que llegó a ser procónsul de África el 390, tras haber escrito el año anterior un panegírico en honor de Teodosio por la derrota de Máximo; en el 393 era comes rei priuatae. Ausonio le dedica nada menos que tres obras: el Eclogarum liber, (opúsculo XIII), el Technopaegnion (opúsculo XVI) y el Ludus septem sapientium (opúsculo XVII)111, las dos últimas durante su proconsulado. La intensidad de esa amistad lo prueba el número de dedicatorias, mientras que las características de cada una de ellas, las más retóricas entre toda la poesía de Ausonio, descubren los gustos del procónsul. También Drepanio es amigo de Símaco.
Y Gregorio. Próculo Gregorio112 es uir clarissimus, praefectus annonae del año 377, posiblemente quaestor sacri palatii en el 379, autor de un discurso de elogio por las virtudes de Graciano, leído por Símaco ante el Senado; y por fin prefecto del pretorio de las Galias el 383, antes de la sublevación de Máximo. A él le dedica Ausonio el Cupido cruciatus (opúsculo XIV)113 y le profetiza un consulado cinco años después del que obtuvo el poeta (es decir, para el 384) en Fasti (XXIII 4); además le ofrece su libro de Epigrammata114. También Gregorio recibe cartas de Símaco.
Siagrio, Drepanio y Gregorio, poderosos magistrados y hombres cultivados comparten con Ausonio la amistad de Quinto Aurelio Símaco115, una de las personalidades más interesantes de los últimos años del siglo IV y principios del v. Ausonio y Símaco se habían conocido personalmente, como dijimos más arriba, en los primeros meses del 369, cuando éste acudió a Tréveris para acompañar a los Augustos en la expedición alamánica de ese año; en la corte ambos trabaron amistad y el poeta nos da una de las claves de su vida al referirse a esos momentos en la única carta que conservamos de las escritas a Símaco:
Esto, Símaco, señor e hijo mío, no temo que te parezca dicho sobre ti de un modo más untuoso que verdadero. Además, bien conoces la lealtad de mi corazón y de mis palabras, desde que vivimos en la corte los dos, a pesar de nuestras edades tan diferentes. Cuando tú, todavía recluta por la edad, mereciste los premios de un servicio militar antiguo, yo, ya veterano, estaba haciendo aún el aprendizaje. En la corte te fui sincero; por eso no creas que fuera de ella digo cosas falsas. En la corte, digo, que descubre las caras de los hombres, mientras cierra sus pensamientos; allí notaste que yo te era más querido que un padre, un amigo o que cualquier otro ser querido116.
Ausonio escribió otras cartas a Símaco, que desafortunadamente no conservamos, y además le envió, tal vez para compensarle por no haberle remitido a tiempo el Mosella (vid. supra), el Griphus (opúsculo XVIII)117, compuesto tiempo atrás. Símaco, por su parte, escribió al menos treinta cartas al poeta bordelés; treinta cartas, que, ordenadas tras las enviadas a su padre, constituyen uno de los conjuntos más destacados de su extenso epistolario118. Este conocidísimo orador, uir clarissimus, cuestor, pretor, pontífice, corrector Lucaniae et Brutiorum, comes ordinis tertii, procónsul de África en el 373, prefecto de la ciudad de Roma desde el verano del 384 a enero-febrero de 385, cónsul el año 391, princeps senatus de facto desde el 380 y oficialmente desde el 388, es además el más ilustre y terco defensor del paganismo y la aristocracia senatorial del último cuarto del siglo IV. Es decir, el principal antagonista de la política de Graciano desde el 380; tan es así que cuando, en el 382, presidiendo una delegación del Senado, acudió ante el emperador para solicitar la restauración del altar de la Victoria, Graciano se negó a recibirlo, mostrando de ese modo su temor y su desprecio por todo lo que Símaco representaba. El princeps senatus devolvió el desplante haciendo el panegírico del usurpador Máximo en el 388, que tampoco se mostró más favorable al polemista; Símaco estuvo a punto de pagar con su vida ese panegírico cuando Teodosio venció a Máximo el 27 de agosto de ese mismo año. Sin duda, el paso al bando del usurpador, si no la enemistad frontal con Graciano, habían cortado ya la amistad con el fiel Ausonio, pues ninguna de las cartas ni dedicatorias cruzadas entre ambos puede fecharse más allá del 380.
Mas esa ruptura, motivada, desde mi opinión, más por el mantenimiento de una lealtad que por razones ideológicas, no puede ocultar el hecho sobradamente atestiguado de la simpatía mutua durante una decena de años.
Ausonio es amigo de los paganos más destacados, ama a sus Musas y las cultiva. ¿Es pagano? La corte de Tréveris119 es un lugar de encuentro entre cristianos y paganos desde los tiempos del emperador Valentiniano; allí,
il credo ausoniano, del resto, è comune al milieu degli intellettuali, i quali, fieri della loro cultura, guardavano con compatimento certe espressioni del rito cristiano, sebbene, abituati a amitizzare e a comprendere, si accostassero talora alla fede e alla religiosité dei grandi credenti, nell’adorazione pura di un Summus Deus e nell’ossequio devoto a Roma imperiale120.
Todo ello junto a unos emperadores que profesaban la religión cristiana. Nadie que hubiera adoptado una actitud violenta contra la nueva doctrina, podía caber en ella. Pero eso no impide que Ausonio ataque con dureza al obispo de la ciudad, Britón (373-386)121, cuya hipocresía y vileza le habían llevado a censurar las poesías del bordelés, muy probablemente el Cento nuptialis. No es difícil imaginar los celos del obispo al ver la influencia del rétor sobre el futuro emperador Graciano. Sin embargo, tampoco en este caso reacciona Ausonio por motivos ideológicos; no se trata de un enfrentamiento entre un profesor pagano y un obispo cristiano, sino más bien entre un poeta y un crítico rencoroso.
Porque también en la obra de Ausonio se encuentran amistades con destacados cristianos; inútil referirse de nuevo a Valentiniano y a Graciano. Cuando los peores años de la vida del poeta han pasado, cuando de nada sirve ya fingir, pues nada tiene ya más fuerza que la verdad que espera al final de la vida, otro emperador, Teodosio, llama «padre» al anciano y le ruega en carta autógrafa, llena de amor y admiración, una copia de sus escritos122, y Ausonio cumple obediente el deseo de «un dios»: certus iussa capesse dei (Praefat. 4, 8). Y a él dedica la última edición de sus obras.
Si la lealtad a esos emperadores cristianos puede esconder el fondo de su alma, otros ejemplos ayudarán a mostrar que ese fondo no es hostil, ni mucho menos, a la doctrina de Cristo; tal vez ninguna de sus cartas conservadas esté más llena de elogios que la dirigida a Probo123, hombre también de impresionante cursus honorum: cuestor, pretor urbano, procónsul de África entre el 368 y el 375, cónsul con Graciano el año 371 y prefecto del pretorio del Ilírico, Italia y África nuevamente el año 383. Además, y como sucede habitualmente con los amigos de Ausonio, era un hombre culto: escribió poemas que dedicó en forma de colección a Teodosio, y Avieno le ofreció su Ora Maritima. Si observamos la cronología de sus magistraturas, podrá sorprender el vacío entre el 375 y el 383, es decir durante todo el mandato de Graciano; se explica esta evidente pérdida de poder por haber participado activamente Probo en la nominación como Augusto de Valentiniano II a la muerte de su padre y sin el conocimiento (tal vez también sin la aprobación) de su hermano Graciano. Buena parte de esos años corresponde al momento de poder de Ausonio que, de ese modo, ha ocupado un lugar que parecía reservado al ilustre Probo. Símaco también se jacta de la amistad que les une, pero conviene señalar que Probo era cristiano (al menos catecúmeno, bautizado poco antes de morir) y ejercía, en buena medida, la dirección del grupo cristiano del Senado124. No es casual que Amiano Marcelino (XXX 5, 4-11) pinte su retrato como el de un hombre injusto y cruel en la recaudación de impuestos, precisamente en una provincia, el Ilírico, recién devastada por los bárbaros.
La carta que Ausonio le escribe (Epist. 10) debe datarse en torno al 371, pues en ella se menciona su consulado con Graciano (vv. 21-26) y se puede asegurar que ha sido escrita mientras ejerce una prefectura del pretorio (w. 16-20), que le retiene en Sirmio (v. 1); en esos momentos ha nacido un hijo de Probo, muy posiblemente Anicio Hermogeniano Olibrio125, nieto de Quinto Clodio Hermogeniano Olibrio126. Al escribirle, Ausonio desliza sabiamente algunas expresiones gratas a oídos creyentes, como los versos 47-50:
¿acaso el que conoce el futuro, el árbitro
supremo del mundo, mandó llamarte con un
nombre acorde con las costumbres que te dio
al crearte?
O los versos 94-95:
añade a eso un deseo que, como pecador,
he formulado a Dios piadoso127.
Si el poeta se siente pagano de formación y cultura, también es verdad que puede vivir cómodamente junto a cristianos, sobre todo si éstos aprecian el valor del estudio y cultivo de la Roma eterna; a cambio, no le duelen prendas para aceptar la nueva moral y sus sanos preceptos. Esa actitud vital es la que rige su conducta en la corte de Tréveris, pero también después, y no parece haber roto el equilibrio voluntariamente deseado, cuando los representantes de una y otra orilla han perdido su confianza. No son las personas, ni siquiera las más cercanas, las que mueven su corazón, pues pueden fallar, sino las ideas que encarnan.
9. La actividad literaria de Ausonio durante el período de poder
A lo largo de las páginas precedentes han ido aflorando algunos de los escritos que Ausonio elaboró durante el período que va desde el año 378, en que fue designado cónsul, hasta el 383, cuando —al ser muerto Graciano cerca de Lión el 25 de agosto por orden de Máximo— cambia definitivamente el signo de la suerte del poeta.
Si bien es cierto que en esta época de poder político no logra componer ninguna obra de empeño semejante al Mosella, sí conservamos un conjunto de escritos, de valor desigual, pero que evidencian una actividad literaria paralela a la política. Incluso, algunos de los escritos conservados están directamente relacionados con su actividad pública, como sucede en el caso de las Precationes (opúsculo VIII)128, plegarias en que hace votos por la prosperidad de su consulado, redactadas para el 31 de diciembre del 378 y para el 1 de enero del 379. Al acabar el ejercicio de la magistratura lee la Gratiarum actio (opúsculo XXV), o acción de gracias al emperador Graciano por haberle nombrado cónsul. Corresponden también a estas fechas —y están de algún modo relacionados con la vida pública del poeta— los opúsculos XXII, Caesares129, y XXIII, Fasti. Ambos están dirigidos a su hijo Hesperio, aunque han sufrido una reelaboración posterior y figura, en el segundo de los casos, otro destinatario, a saber, Gregorio Próculo. La intencionalidad de estos dos escritos, a pesar de conservarse en estado fragmentario, parece vislumbrarse: el poeta, desde la cumbre del poder, quiere ejercer su ministerio de profesor y remite a su hijo, magníficamente situado por su cursus honorum para alcanzar un pronto consulado, dos obras con las que pretende ilustrarle sobre aspectos que debe conocer a propósito de la historia de Roma, sus emperadores y la cronología desde que la ciudad fue fundada hasta los momentos en que el poeta y excónsul escribe.
Ausonio, en efecto, no había perdido con el ejercicio del poder su condición de maestro; al igual que hace con su hijo Hesperio, dedica a su nieto Ausonio un Liber protrepticus (opúsculo VII)130, o programa de vida para que, obteniendo el mejor rendimiento de sus estudios, pueda seguir los pasos de su padrastro Talasio, de su tío Hesperio y, sobre todo, de su abuelo. Bien es cierto que ese programa es el habitual en las escuelas paganas pero ahora tiene un interés especial. El mensaje se puede sintetizar en esta idea: la cultura pagana, el cultivo de las letras clásicas te permitirán, nieto mío, alcanzar como he podido hacerlo yo, la gloria suprema, el consulado. Nada nuevo, y si leemos las páginas que H. I. Marrou dedica en su libro Historia de la educación en la antigüedad a la educación y a la cultura bajoimperial131, incluso demasiado conocido. Pero, sin pretender ahora destacar la emoción con que el abuelo, al cabo de la vida, se dirige a la esperanza intacta de su nieto, creo que insertando adecuadamente estos versos en la propia obra de Ausonio resultan muy ilustrativos para conocer la posición intelectual y espiritual del poeta en ese momento. Toda transformación cultural pasa necesariamente por la escuela y por ello es absolutamente imprescindible conocer los sistemas pedagógicos y sus contenidos para comprender las claves de cada momento cultural. Al plantear las coordenadas en que se debate el siglo IV, en lo que concierne a la vida espiritual, la característica esencial es, como resulta sabido, la tensión entre el paganismo y el cristianismo; y ese debate, que en principio afectó tan sólo a la vida espiritual, impregnó precisamente, a partir de ese siglo, de un modo fundamental la vida intelectual; no olvidemos que una de las escaramuzas más señaladas se libró en las escuelas durante el mandato de Juliano. Si hasta entonces habían convivido pacíficamente la teología y la moral cristianas con la escuela pagana, a lo largo de estos años comienza a sentirse de uno y otro lado la necesidad del distanciamiento o de la integración totales: Tertuliano, en el siglo anterior, y Juliano son los paladines del distanciamiento, cada uno desde un bando. Dámaso, Hilario, Ambrosio, pero sobre todo Jerónimo y Agustín intentan la empresa monumental de la adecuación entre la cultura pagana y clásica con la buena nueva. Es el momento en que comienzan a florecer las escuelas netamente cristianas y a conformarse una paideía cristiana. Esa es la gran tarea de los intelectuales cristianos del siglo; ésa es la gran revolución, no sólo espiritual, sino también intelectual, que se emprende cuando el Imperio agoniza; el objetivo era encontrar las nuevas coordenadas que, sustituyendo o integrando las antiguas, las clásicas y paganas, permitiesen situar el mundo que se avecinaba.
En medio de este contexto, lleno de tensión como he subrayado ya, Ausonio se levanta como defensor, firme y convencido, de la formación tradicional clasicista. En este Liber protrepticus nada hay que pueda destilar moral o ascesis cristiana; y cabe pensar que el cariño con que lo ha escrito, le incitaría a dar los mejores consejos.
Señalaba más arriba que Julio Ausonio, padre del poeta, murió nonagenario el año 378, cuando su hijo iba a ejercer la magistratura consular. Ausonio, en ese momento decisivo, escribe en su honor el Epicedion in patrem (opúsculo XI) con honda emoción, como si sintiese que con él desaparecía no sólo el autor de sus días, sino también un modelo de hombre tanto en su vida privada como en su actitud pública; es posible que, ya al final de sus días, el hijo desengañado introdujese algún retoque en la redacción del lamento fúnebre132.
Poco después de abandonar el consulado, nuestro maestro debió viajar a su Burdeos natal para hacerse cargo de una finca, herencia que le había dejado la muerte de su padre, todavía cercana. A propósito de esa posesión compuso Ausonio un poema, De herediolo (opúsculo XII)133, donde la describe con ecos horacianos. Mucho se ha discutido sobre las propiedades del poeta de las que habla no sólo aquí, sino también en sus cartas y en algún epigrama134. Pero ni la toponimia, ni las descripciones que hace Ausonio, parecen asegurar el éxito de las diversas hipótesis emitidas, que oscilan entre la propuesta inaceptada de Grimal —de acuerdo con la cual sólo poseyó una finca rústica llamada Lucaniacus, cerca de Bourg-sur-Gironde, que le servía de puerto en sus desplazamientos fluviales135— y la de Loyen, que le atribuye una casa en el suburbio oeste de Burdeos (Nouants) con viñedo, la herencia del padre cerca de Burdeos, una villa en Lugaignac (Lucaniacus) cerca de Libourne, una villa cerca de Saintes (campi Santonici), una posesión en el Poitou y, además, con toda probabilidad, una casa en Bazas también heredada de su padre, y una posesión en las Maioralicae thermae cerca de la Bigorre136. Bistaudeau, por su parte, parece dar la razón a Grimal a propósito de la principal propiedad de Ausonio: el poeta habría dispuesto de una casa en la ciudad de Burdeos —probablemente dote de su esposa Sabina de la que sólo guardaba el usufructo— y una finca (Lucaniacus) heredada de su madre Eonia y compartida con su padre (cf. De herediolo; pero tampoco sería extraño que la villa hubiera sido recibida como herencia de su esposa Atusia Lucana Sabina); tal vez, a esas posesiones habría que añadir otras tres propiedades rurales de menos importancia, cerca de Bazas, en el país de Buch y en el sudoeste de Poitiers (en Roma, sobre la carretera de Saintes)137. Sean cuales hayan sido los dominios de Ausonio, lo cierto es que, como veremos más adelante, le sirvieron de refugio en su última vejez138.
El momento de esplendor político arrastró también el prestigio literario del escritor. Su arte y su capacidad versificatoria eran admirados unas veces con sinceridad y otras por adulación; y así, hacia el 381-383 hizo una primera recopilación de sus obras y las editó, dedicándolas a su amigo Siagrio. Ignoramos qué escritos estaban incluidos en esta primera edición; naturalmente se contarían entre ellos los señalados hasta ahora, y otros que también guardaba en su escritorio por entonces. Algunos ya habían visto la luz por separado, como ocurrió con el Mosella diez años antes139. Parecen escritos antes de esa edición de las «obras completas», y por tanto han podido figurar dentro de ella, además de los ya mencionados, otros opúsculos como Technopaegnion (primera versión), Epigrammata (primer y segundo conjuntos) y Oratio uersibus rhopalicis. Si, en efecto, Technopaegnion, en su primera versión140, ha sido escrito antes del 383, sirve para ejemplificar —tal vez junto con las cartas 19 y 20— la estrecha relación literaria que mantenían Ausonio como maestro y Meropio Poncio Paulino, discípulo, incluso después de haber ejercido ambos el consulado; esa relación duraría algunos años más (carta 21), hasta romperse, como se dirá más adelante, en los últimos momentos de la vida de Ausonio, según prueba la famosa correspondencia que mantuvieron los dos en torno al 390.
En cuanto a los Epigrammata, fueron redactados a lo largo de muchos años: ya se ha dicho que algunos corresponden a la primera época bordelesa —desde el 334-338 hasta la llamada a la corte—, pero ninguno parece alcanzar una fecha más allá del consulado del poeta. También este opúsculo parece haber sido editado en dos veces141.
Mayor atención merece la tercera de las obras mencionadas, la Oratio consulis uersibus rhopalicis (opúsculo X). Hemos hecho referencia ya al ambiente espiritual de la corte de Tréveris entre Valentiniano y los primeros años del reinado de Graciano, donde se respiraban no sólo aires cristianos propiciados por la conversión del joven monarca sino también, y al mismo tiempo, un sentido pagano de lo que suponía la corte imperial de la vieja Roma, cargada de tradición y orgullo intelectual. De ahí que en ese medio se perciba la existencia de una categoría diferente, ni pagana, ni cristiana, sino de «semicristianos» cuya hondura de creencias resulta difícil de valorar142. Ausonio, en este caso, compone una nueva oración (que debe sumarse a las dos anteriores, los Versus Paschales, opúsculo IX, y la Oratio de Ephemeris, opúsculo II 3) impecablemente ortodoxa, pero donde las exigencias formales si no prevalecen sobre el contenido, al menos sí limitan su fuerza, pues está escrita en versos «ropálicos»143, excepcionales en la literatura latina conservada y de una dificultad sólo superable por un experto versificador.
A este conjunto de obras, pues, Ausonio antepone dos poemas a modo de dedicatoria (Praefat. 1 y 2) y se da a conocer con él como escritor de variados gustos, hábil en recursos métricos y sabio conocedor de la tradición literaria latina; en definitiva, como digno maestro del mejor de los mortales, como él mismo declara en Praefat. 1, y el primero —por sus honores públicos resumidos en el consulado del año 379— entre los hombres. Ausonio, según se desprende de ese prefacio al lector, ha logrado sintetizar al modo de los antiguos patricios republicanos la dignitas intelectual con la dignitas honorum. En definitiva, se siente plenamente dichoso al ver cumplidos los hados que su abuelo no quiso desvelar al nacer. Y así se comprenden las razones que le animaron a escribir lleno de orgullo desmedido las Precationes (opúsculo XXIV) y los Fasti (opúsculo XXIII), la Gratiarum actio (opúsculo XXIV) y el Epicedion in patrem (opúsculo XI). Todo queda recogido en Praefat. 1. Su poder y su grandeza son los que le han permitido afrontar también en estos momentos formas literarias prácticamente inéditas hasta él, como la Oratio uersibus rhopalicis o el Technopaegnion.
10. El final de la gloria
Graciano está en Milán donde la influencia poderosa del enérgico Ambrosio le ha hecho cambiar su política inspirada por Ausonio. Desde el 381 Graciano muestra signos muy preocupantes de intransigencia religiosa, que culminan con un descontento generalizado, entre la minoría senatorial pagana con Símaco a la cabeza por una parte y entre sectores del ejército por otra. El año 383 fue un año lleno de infortunios: a la situación interna ya muy delicada por la nueva política, se añadieron catástrofes naturales como lo fueron unas cosechas escasas y el hambre consiguiente en la ciudad de Roma; además, los bárbaros presionaban de nuevo en Recia. Graciano se disponía a enfrentarse con ellos cuando recibió la noticia de que un hispano de origen oscuro pero que había llegado a ser comes Britanniae —tal vez por sus brillantes servicios junto al conde Teodosio, padre del emperador, hispano también él—, se había sublevado. Máximo y Graciano se encontraron cerca de París y tras cinco días de escaramuzas, buena parte de las tropas del emperador se había pasado al campo del usurpador. Graciano intentó la huida hacia Italia con trescientos jinetes, pero fue alcanzado por Andragacio, su antiguo jefe de caballería, cerca de Lión, y muerto el 25 de agosto del 383144. Máximo quedó dueño de Occidente, con el tácito consentimiento de Teodosio.
Es fácil imaginar el terrible dolor que debió sentir Ausonio, impotente ante la tragedia. Había esperado recuperar a su alumno, pero los hechos fueron más rápidos; su vida, desde casi veinte años atrás entregada al joven Graciano —que le había dado todos los honores y toda la confianza que un discípulo príncipe puede dar a su maestro—, carecía ya de sentido. Tal vez la salvó, sin embargo, precisamente porque en los últimos tiempos había perdido su influencia. Dónde estaba Ausonio cuando se cumplió el desastre y qué ocurrió después, es algo que tan sólo puede reconstruirse de modo hipotético y fragmentario.
Entre el año 383 y su retiro bordelés, de que nos da cuenta él mismo en sus cartas, tan sólo conservamos un escrito; se trata de la carta 18, dirigida a su hijo Hesperio, que por desgracia no se conserva completa, pero cuyo interés es grande. El editor póstumo de la obra de Ausonio encontró un borrador incompleto del texto en el escritorio del poeta y lo publicó con una nota introductoria que explica las circunstancias de su redacción:
Pater ad filium cum temporibus tyrannicis ipse Treueris remansisset et filius ad patriam profectus esset. Hoc inchoatum neque impletum sic de liturariis scriptum.
En realidad no es el final del poema lo que parece faltar, sino más bien el principio. En él se nos presenta el poeta lleno de melancolía mientras ve cómo su hijo se aleja aguas arriba del Mosela para un largo viaje; la tristeza no se debe tan sólo a la despedida, sino más bien a las circunstancias adversas que exigen de padre e hijo la separación. Ausonio, rodeado de amigos, se encuentra profundamente solo y pasea impaciente junto a las frías aguas del río, desahogando su angustia contra los brotes de los sauces que cubren la ribera y arrastrando los pies sobre los guijarros. Negros presagios turban el corazón del anciano que cree no volverá a ver nunca más a su hijo; tan sólo pide que, al menos, regrese para honrar los restos del padre que se siente morir.
Los estudiosos se han puesto de acuerdo en entender el temporibus tyrannicis del título como una referencia al período de usurpación de Máximo (383-388) y, en concreto, al año 383, poco después de la muerte de Graciano, pues parece flotar todavía en el corazón de Ausonio el impacto del terrible acontecimiento: nunca Ausonio se nos había mostrado tan abatidamente triste (vv. 2-3: … quamquam titulo non digna sereno /, anxia maestarum fuerit querimonia rerum). Sin embargo, resulta más difícil de precisar a dónde se dirigía Hesperio y con qué finalidad; pues el ad patriam (a Burdeos) no es sino una corrección de Peiper a la lectura incomprensible del ms. V (el único que conserva la carta): ad patrem. Pero desde Escalígero se ha propuesto otra corrección, menos comprometida, a saber, a patre.
Sea cual fuere el destino de Hesperio145, lo cierto es que la separación se presumía larga; tal vez para siempre. Desde H. G. Evelyn White146, se ha supuesto que Ausonio fue retenido en Tréveris a la fuerza por orden de Máximo. Pero creo que es G. W. Bowersock quien hace la reconstrucción más aguda de los hechos147: Ausonio está en Tréveris rodeado de amigos y, si se quiere, incluso en una situación delicada. Hesperio parte durante los meses más fríos, entre fines del 383 y principios del 384 (iam super egelidae stagnantia terga Mosellae, v. 4); resulta claro que debe volver a Tréveris, donde de nuevo se encontrará con su padre (restituant donec tua me tibi fata parentem, v. 20), pero el navío parece habérselo llevado para siempre, pues no volvemos a tener, aparentemente, noticias de él; no obstante, una interpretación correcta de la Relatio 23 de Símaco148 nos indica que es Hesperio, el hijo de Ausonio, quien se encuentra en Roma el año 384 como emisario de la corte de Milán (de Valentiniano II, hermano de Graciano, que aguanta frente a Máximo); la misión no parece tener nada que ver con el antiguo amigo de Ausonio, pero en cualquier caso se desempeña publicae utilitatis gratia. Si la identidad de ese Hesperio de quien habla Símaco (y no se olvide que en el epistolario de este escritor se guardan cartas dirigidas al hijo de Ausonio) es la supuesta, resulta claro que actúa de enlace entre los restos de la corte de Tréveris (Ausonio y sus amigos), la corte de Valentiniano II y el Senado Romano. También Valentiniano envió por las mismas fechas a S. Ambrosio a Tréveris con una embajada. La diplomacia jugaba sus bazas para tratar de restablecer una situación gravemente comprometida y la familia de Ausonio, a través de su hijo Hesperio —pues el poeta a sus setenta y tantos años carece ya de la agilidad exigida para tan delicada misión—, cumple su papel.
Es muy posible que Hesperio no lograse nada definitivo. Ausonio, hacia el 385, debió regresar a sus posesiones de Burdeos, retirándose así ya de la vida pública hasta su muerte. Su alma desgarrada quedó para siempre del lado de Graciano, a quien jamás reprochó, ni vivo ni tras su derrota, el distanciamiento y el olvido de los últimos años. La amargura contenida por la tragedia de su discípulo brotaría unos años después, cuando al escribir Ordo urbium nobilium (opúsculo XXI), incluye entre las ciudades más importantes del mundo a Aquilea por la sola razón de que en ella, el 388, encontró la muerte, vencido por Teodosio, Máximo el «ladrón rutupino»; entonces exclama triunfante:
Feliz tú que, alegre espectadora de tan gran victoria,
castigaste con Marte Ausonio al ladrón rutupino149.
11. Los últimos momentos
Ausonio se encuentra en Burdeos, anciano casi octogenario y cansado de la vida pública. Se refugia en su patria pequeña y sueña con nostalgia los lejanos tiempos en que él enseñaba allí; entonces el mundo era más pequeño, pero también más confortable; carecía de los brillos de la Corte y también de sus mordiscos. Ausonio descubre que ésa es la vida de verdad, por más que sea un viejo tópico literario. Tal vez se acuerda de que en la obra que más fama le dio, su querido Mosella, prometió escribir en su retiro bordelés sobre las grandes hazañas de los belgas:
Llegará un tiempo —decía el poeta— en que, mientras calmo mis cuitas con los afanes de un ocio que no da gloria, y busco los soles de mi vejez, la importancia del tema me dará valor, y entonces cantaré una a una las hazañas de los belgas y las costumbres de su patria que son sus más excelsos adornos; las Piérides me tejerán con hilo fino cantos suaves y acabarán corriendo telas apropiadas de trama delicada…150.
Mas no fue una obra al modo de la Germania de Tácito, ni un De uiris illustribus a propósito de los belgas, lo que nos dejó, sino unas colecciones de endechas a hombres y mujeres, en su mayoría modestos y de su entorno inmediato. Sospecho que la amargura y la melancolía, bien nutridas en su azarosa vida, le hicieron buscar al final el refugio de lo que nunca le había fallado, de lo que verdaderamente había colmado su espíritu sensible pero pequeño, y huyendo de la hipócrita vida cortesana, a la que él mismo se refería en la carta dirigida a Símaco citada más arriba151, la nostalgia le condujo hacia los recuerdos apacibles y juveniles de su primera etapa bordelesa. Cuando se ha recorrido paso a paso la vida de Ausonio, y al enterarnos de que tanto Parentalia (opúsculo III) como la Commemoratio professorum Burdigalensium (opúsculo IV) fueron escritos en el declive de su fortuna, cuando la buena estrella de los años palaciegos se había extinguido, se comprenden bien las razones que le indujeron a componerlos152.
Ausonio es discreto al expresar sus sentimientos más profundos: por debajo de su orgullo desmedido, a estas alturas de la vida ya muy temperado, fluye una veta de profunda humanidad. Entretiene su ocio con la literatura, y lee y escribe sin cesar, poniendo continuamente a prueba su ingenio y su capacidad versificadora; pero entre sus juegos literarios desliza en alguna ocasión una pista que nos permite rastrear su interior, como ocurre con los vv. 35-39 de la carta 6, dirigida a Axio Paulo y que sin duda pertenece a estas fechas:
Si fueras de ánimo sereno y prefirieras aprobar todo, se olvidarían el sufrimiento y la pobreza. Pero lo más bonito de todo es que con las Musas por todas partes y con una copa y con vino, compañero de las verdaderas Musas, busques blando solaz a tu ánimo afligido153.
Ése parece ser también el espíritu que le animó a corregir un dístico del Epicedion in patrem154; de acuerdo con la crítica más reciente, que interpreta bien las lecturas incompatibles de los diferentes manuscritos, Ausonio retocó la versión del Epicedion, compuesta poco después de la muerte del padre (a fines del 378), y sustituyó el dístico
Fácilmente irascible, me afané por ocultar ese sentimiento y me castigué a mí mismo por esa ligereza
(vv. 35-36), por los vv. 29-32:
Lejos la ira, lejos las vanas esperanzas, lejos la preocupación ansiosa y lejos las alegrías falsas en las cosas que los hombres consideran buenas. Las intrigas fueron evitadas, las revueltas rechazadas; siempre resultaron fingidas las amistades de los hombres principales155.
El poeta vive semiescondido en su rincón bordelés y desde allí sólo parece haber escrito a viejos amigos bien alejados de las glorias mundanas. Frente a los Siagrios, los Próculos, los Símacos, los Anicios Probos de su etapa cortesana, ahora los destinatarios de su correspondencia son Teón, Tetradio, Axio Paulo, su propio hijo Hesperio o, finalmente, su discípulo querido, Poncio Paulino; también, como excepciones a su aislamiento deseado, Drepanio y el emperador Teodosio.
Conservamos cuatro cartas dirigidas por Ausonio a Teón; la primera (que lleva el número 12 en nuestra traducción) fue escrita durante el período de poder del poeta156.
Nada sabemos de este amigo157 con quien el preceptor de Graciano mantiene correspondencia desde la década de los sesenta hasta el final de su vida, casi treinta años más tarde; nada, excepto lo que nos dice el propio Ausonio. Se trata de un oscuro terrateniente de aspecto extravagante, que, apartado de la civilización, habita una choza humeante en los terrenos arenosos del Médoc, en la desembocadura del Garona. Su afición a las Musas espolea la curiosidad de nuestro poeta y le zahiere con bruscas ironías para que le haga partícipe de sus creaciones. Pero, entre tantas bromas incluso de mal gusto, no faltan las súplicas de Ausonio a Teón para que vuelva a visitarle, como ocurre en la carta 14, escrita, sin duda, durante el retiro del poeta.
Tetradio158 fue alumno de Ausonio, según se desprende del v. 17 de la carta a él dirigida (la número 9 en nuestra traducción), y enseñó probablemente en Angulema y en Saintes. J. Matthews159 ve en él la misma persona que bajo el nombre de Taetradius aparece como procónsul en la Vita Martini 17 de Sulpicio Severo, y, de acuerdo con ese episodio, se habría convertido al cristianismo al curar a un esclavo suyo el santo galo. A nada de ello alude Ausonio en su carta, si bien está escrita tras el consulado del poeta y, con más precisión, durante los últimos años de su vida160. ¿Corresponde el episodio de Sulpicio Severo a una época posterior? Al igual que en otros casos, Ausonio le pide que vaya a verlo pronto para compartir con él las creaciones de sus musas respectivas.
También su hijo Hesperio recibe una carta que con bastante verosimilitud ha sido escrita por estas fechas161. Se trata de la número 16 en nuestra traducción, donde el padre envía a su hijo, seguramente como regalo por los Saturnalia o Año Nuevo, una veintena de tordos y unos patos. A esta carta dirigida a un familiar, habría que añadir la felicitación de cumpleaños, en su decimosexto aniversario, que bajo el título de Genethliacos (opúsculo VI)162 envía a su nieto Ausonio, que ya había recibido años atrás de su abuelo el Liber protrepticus.
Pero quienes reciben un número más elevado de cartas son Axio Paulo (siete en total) y Paulino de Nola (otras siete según casi todos los editores; ocho según Prete, a quien seguimos en nuestra traducción).
Axio Paulo, destinatario de las cartas 2 a 8, parece el amigo ideal del anciano Ausonio163. Todas las epístolas a él dirigidas parecen corresponder al período final de la vida de Ausonio; con seguridad lo son las cartas 3164, 6165 y 7166, pero las demás participan del mismo tono que éstas y son frecuentes en ellas las quejas de Ausonio por su vejez avanzada. Paulo parece ser el mejor confidente y con él se intercambia cualquier producto de las Musas para la mutua corrección y el mutuo conocimiento. Pasan muchos momentos juntos y de ahí que se haya creado entre los dos una amistad propia de iniciados en los sagrados misterios de una actividad, la literaria, hermética a los demás. En las cartas que Ausonio envía a Paulo abunda no sólo el griego (prueba de la cultura de Paulo, en una época en que cada vez menos personas cultas conocían esa lengua) sino los juegos de palabras a base de neologismos grecolatinos descabellados pero que debían de resultar muy divertidos a ese par de ancianos aburridos, dedicados a sus experimentos versificatorios167. En cualquier caso, los dos debieron de componer, a tenor de lo que se dice en las cartas y de acuerdo con los opúsculos conservados de estas fechas, un gran número de obras, desde juegos dramáticos —el Delirus por parte de Paulo, el Ludus septem sapientium (opúsculo XVII) por la de Ausonio— a historias, pasando por poemas polimétricos de todo tipo. Además, Paulo, que debía de conectar como nadie en el espíritu literario —o poetica scabies, por decirlo con palabras de Ausonio— de su amigo, logró que éste sacara de su escritorio y diera a la luz dos obras de tono cercano, un tanto escabrosas, escritas por la misma época, bastantes años atrás, pero celosamente guardadas con púdico velo por sus contenidos: Bissula y Cento nuptialis; ambas están dedicadas a Axio Paulo168.
Las creaciones ausonianas de este período, como ocurre con las cartas dirigidas a Paulo, o intentan unas formas imposibles o pretenden reducir la realidad a un orden propio de coleccionista; a veces actúan las dos fuerzas simultáneamente. De ahí que se pretenda, con metros variados, someter las ocupaciones de un día cualquiera al rigor de la creación poética (como es el caso de Ephemeris169, opúsculo II), o que, tras haber pintado una galería de familiares o bien otra de profesores, se intente —aproximándose cada vez más de la vida al arte, o de las personas de carne y hueso a las estatuas— una más con los héroes que lucharon en la Guerra de Troya (Epitaphia, opúsculo V)170. En el caso del Ludus septem sapientium (opúsculo XVII)171, los retratos de los Siete Sabios de Grecia se logran mediante la invención de un mimo en el que las estatuas se mueven como seres arquetípicos y fosilizados. La misma voluntad de labrar con versos pulidos la realidad variopinta anima el Ordo urbium nobilium (opúsculo XXI)172, esta vez con la pretensión de sintetizar la imagen de las ciudades más célebres del mundo romano en un orden jerárquico y riguroso.
Ausonio no se conforma con crear estos conjuntos poéticos que recuerdan mucho los objetos expuestos en las vitrinas de un museo. A esta misma época final de su vida parecen corresponder el Eclogarum liber (opúsculo XIII)173 y la segunda redacción del Technopaegnion174.
El Eclogarum liber destila el mismo gusto formal de alguna de las cartas escritas durante este período, como es el caso de la número 6, dirigida a Axio Paulo, por citar tan sólo la más significativa. En cuanto al contenido, se trata de una aventurada excursión del poeta por el mundo de las ideas, con una intención pseudofilosófica de lejano sabor pitagórico en unos casos, didáctico en los más. Paralelos semejantes se encuentran en otros escritos de Ausonio, como sería para el caso de la Ecl. 2 (De uiro bono), el Epicedion in patrem o también el Ludus septem sapientium; para el caso de las Ecl. 9 y 10, las Precationes consulis designati; y en las otras églogas, donde se describen los signos del Zodíaco, 16, las fiestas romanas, 23, los trabajos de Hércules, 24, los meses del año, 9, 10, 11, 12, 13, 14, y tantas otras, las clasificaciones continuas no hacen sino recordarnos cualquiera de las obras de este período, a las que aludíamos poco antes, y en concreto las clasificaciones que hace sobre las mejores ostras en la carta 3 a Axio Paulo, o en la 13 a Teón. Los cálculos matemáticos presentes en buena parte de estas mismas églogas, y en particular en las que tratan sobre las edades de los seres vivientes, 4, 5, la medida de la libra, 6, el parto correcto, 7, la medida de los días en el transcurso del año, 15, etc., nos devuelven a opúsculos ya conocidos como el Griphus o los Fasti.
En cuanto al Technopaegnion, sólo cabe señalar que Ausonio ha añadido a la primera versión del mismo (que parece haber comprendido tan sólo la dedicatoria a Poncio Paulino y el primero de los poemas conservados), otros diez poemas donde la regla de que todo verso debe acabar con un monosílabo se cumple con el mayor escrúpulo, como si de un rito religioso se tratara. Los versos ropálicos del opúsculo X, los semigriegos de la carta 6 a Axio Paulo, el Centón nupcial y algunos epigramas (como el dedicado a las letras griegas), reciben así un colofón igualmente descabellado donde Ausonio se nos muestra en todo su «esplendor» versificatorio que, por lo demás, tan grato resultaba a sus contemporáneos.
El mundo literario y autosuficiente del poeta, replegado en su propia actividad creadora y en la intercomunicación con quienes vivían su misma onda intelectual, sólo se abre para dos personas, ajenas a él, durante este período. La primera de ellas es Latino Pacato Drepanio, de quien ya hemos hablado al referirnos al círculo de los amigos del poeta. Sin duda, la amistad que debía unir a los dos cortesanos no se había roto; y cuando Pacato, a quien Ausonio llama «hijo» en el Eclogarum liber, pronunció en el 389 ante Teodosio un discurso panegírico en acción de gracias por la muerte de Máximo, acaecida el año 388 en Aquilea175, el corazón del antiguo preceptor de Graciano —muerto a manos del usurpador— se llenó de gratitud y le dedicó tres de sus últimas obras: el Eclogarum liber primero y, después, durante el proconsulado de Pacato del 390, el Ludus septem sapientium y la segunda versión del Technopaegnion.
La segunda de estas personas es el mismísimo emperador Teodosio. No es fácil precisar cuáles fueron las relaciones entre Ausonio y el emperador de Oriente entre el 378 y la muerte del poeta. Sin duda, debieron de existir, pues no en vano ambos gozaron de la confianza de Graciano cuando el Imperio fue sacudido por el desastre de Adrianópolis. Pero la actitud de Teodosio estuvo revestida de una cierta ambigüedad durante los amargos momentos de la usurpación de Máximo, y manejó como un excelente político —no tanto con lealtad sincera a la causa del joven Graciano— la situación. Cinco años después, tras derrotar a Máximo, quedaba dueño del Imperio entero. A esta época parece corresponder la carta que envía a nuestro poeta (Praef. 3), rogándole le envíe sus escritos176. La carta autógrafa, por más que se pretende de tono familiar, exhala un vago perfume coercitivo: Teodosio hace saber al poeta, a quien en dos ocasiones llama «padre», que desea conocer todas sus obras y por tanto le ruega se las envíe, no en virtud del juramento regio que Ausonio le debe, sino por el amor que existe entre los dos. Teodosio compara al poeta con los que ofrecieron sus obras a Augusto, «sin esperar nada a cambio», y le reitera su amor y admiración.
La contestación de Ausonio (Praefat. 3), con medidas expresiones que la retórica suaviza, parece obedecer con cierto disgusto. Si él envía sus escritos al emperador es porque está obligado a hacerlo; humildemente considera sus obritas como de poca importancia y más bien dignas de desaparecer, y así le advierte a Teodosio:
Tu modo te iussisse, pater Romane, memento
inquis meis culpis da tibi tu ueniam.
(vv. 22-23)
De este modo, Ausonio coleccionó por segunda vez en su vida sus escritos para darlos a la luz pública, en esta ocasión, sin duda, incluyendo buena parte, si no la totalidad, de los que había compuesto durante su retiro bordelés177.
La apacible tranquilidad lograda por Ausonio en su discreto retiro se vio, no obstante, conmocionada por un hecho final que le produjo una sensación definitiva de fracaso y tristeza. Él, que había soportado con silencio resignado a veces, indiferente otras, algunas estupefacto, los graves acontecimientos que habían jalonado su vida privada y su vida pública, desde la muerte de su esposa Sabina —a quien lloró muchos años después de su pérdida— al desastre de Adrianópolis —del que no hay vestigios en su obra— o a la tragedia de su discípulo Graciano —a la que se refiere indirectamente cinco años después expresando su júbilo por la muerte de Máximo—, no pudo, sin embargo, soportar su último fracaso en silencio e hizo brotar de su alma los más tristes sentimientos, que prueban, de modo definitivo, su bondad de corazón y su sinceridad humana, tantas veces veladas por el frío rostro de la artificiosidad poética.
Meropio Poncio Paulino178 es el causante del último desgarro vital de Ausonio. Nada parecía indicar que pudiera suceder algo entre los dos amigos, maestro y discípulo, capaz de poner fin a sus entrañables relaciones, que habían sido heredadas de sus padres. Paulino había nacido alrededor del año 355179, en una de las familias más ricas de Burdeos, pues sus propiedades se extendían por Aquitania, Campania e Hispania; sus padres eran cristianos, tal vez ya desde el nacimiento de su hijo, por lo que en él no se debió de producir una «conversión» que justificara su celo religioso, tan intenso a partir de los treinta y cinco años. Había recibido una educación esmerada, propia de su linaje, en su Burdeos natal, pero ignoramos quiénes fueron sus maestros; aunque Ausonio lo reclama como su mejor discípulo y Paulino reconozca su magisterio180, es difícil creer que Ausonio haya podido educarlo, a no ser que lo hiciera en privado, pues se encontraba en Tréveris ya cuando Paulino apenas habría cumplido doce años. No obstante, los fuertes vínculos que unían a ambas familias y la preeminente posición del poeta en la corte pudieron facilitar una presencia del joven muchacho en Tréveris que, gracias a su elevada posición familiar y a sus indudables dotes, pudo ser propuesto como consul suffectus hacia el año 378, muy probablemente para sustituir a Valente, muerto en la batalla de Adrianópolis. La mano de Ausonio parece evidente, pues Paulino apenas contaba veintitrés años; a esa magistratura hará alusión en varias ocasiones el maestro en la correspondencia que mantuvo con él181. Más tarde, en 381, ejerció una magistratura efectiva, no simplemente honorífica, en la Campania, como consular o incluso como procónsul, y fue entonces cuando por vez primera entró en contacto directo e intenso con la fe cristiana ante la tumba de S. Félix en Nola. Su carrera civil, comenzada de un modo tan brillante, no duró, sin embargo, más allá de la muerte de Graciano.
De regreso a Burdeos pasó algún tiempo en Milán, donde conoció a Ambrosio, obispo de la ciudad. Tras una estancia en su tierra natal, viajó a España, en torno al 389, donde se casó con Terasia, también inmensamente rica, y tuvieron un hijo, Celso, que murió a los pocos días de nacer182. Por esa misma época, un hermano de Paulino fue muerto violentamente183 y, poco después, él y su esposa decidieron comprometer sus haciendas y sus vidas por la nueva religión, y así vendieron las propiedades para poder hacer obras de caridad. Es en estos momentos cuando se sitúan las cartas más intensas de entre las que se cruzaron maestro y discípulo. Más tarde, muerto Ausonio, Paulino llegaría a ser sacerdote en Barcelona (el día de la Navidad del año 394); el 395 se establecieron él y Terasia en Nola, de donde fue obispo no mucho después, dedicados ambos a la vida ascética, lo que causó un impacto muy considerable en su tiempo dado el origen de cada uno de ellos, según atestigua Ambrosio184.
De la correspondencia que mantuvieron Ausonio y Paulino de Nola nos han llegado siete cartas del maestro al discípulo185 y dos poemas de éste a aquél (concretamente los núms. X y XI).
Las primeras cartas que le escribe Ausonio, 19 a 22, corresponden a un período en que las relaciones entre ambos en nada se diferenciaban de las que mantenía el poeta con otros amigos queridos; en ellas muestra un cariño y una simpatía evidente por el discípulo y elogia sus cualidades y dotes literarias. Con él se permite artificios versificatorios y jeux d’esprit (las cartas suelen alternar prosa y metros variados) semejantes a los que solía utilizar cuando se dirigía a su íntimo amigo Axio Paulo. Además, las protestas de vejez avanzada por parte del maestro son frecuentes 186, por lo que parece muy probable que todas las cartas correspondan al período de retiro del poeta, cuando, por su parte, Paulino, de regreso de su magistratura en la Campania, se encontraba en Aquitania187.
Ciertamente, en los continuos elogios del maestro a los versos o a las obritas que le envía su discípulo y amigo para que los corrija, aflora la misma íntima satisfacción que experimentaba al adular la capacidad literaria de Graciano en la Gratiarum actio. En definitiva, el elogio alcanza por igual al alumno y al maestro que se siente verdaderamente orgulloso de lo que ha enseñado a esos jóvenes; incluso no tiene escrúpulos en reconocerse inferior como poeta, pues siente un afecto hondo y paternal por sus mejores alumnos.
Estas cuatro cartas son una muestra evidente de las excelentes relaciones y de la profunda armonía que reinaba entre Ausonio y Paulino. Por eso, la lectura de las siguientes y las contestaciones del discípulo causan sorpresa, por la intensidad de los sentimientos en ellas manifestados y por la lucha espiritual que evidencian; no falta en ellas la cortesía, el cariño y las muestras de respeto, pero, por encima de todo, hay una sinceridad profunda y conmovedora que denuncia la existencia de dos mundos espirituales diferentes e incluso irreconciliables.
El orden en que fueron escritas estas cartas, resulta difícil de establecer; véase, si no, cómo las presentan los últimos editores de la obra ausoniana188:

En realidad, el desorden remonta a los manuscritos y afecta no sólo a la sucesión de las epístolas de Ausonio sino también a las contestaciones de Paulino. El problema fundamental se refiere a la posición de las cartas 23-24 (Prete) con respecto a las otras dos; secundariamente, si esa carta es una sola, como quiere la crítica moderna, o son dos, como refeja el mejor ms. de Ausonio, el V 111, que presenta una carta desde el verso 1 al 102 y otra desde el 103 al 132 (ésta es la elección seguida por Prete); finalmente, el último de los problemas concierne a cómo han de situarse las respuestas de Paulino frente a las cartas de Ausonio.
De la lectura de estos textos parece desprenderse la conclusión de que, en cualquier caso, carecemos de la correspondencia completa, si bien Prete pretende salvar esa laguna desdoblando la carta que comienza por Discutimus; así, el principio de la carta 26, Quarta tibi haec… epistula, resulta comprensible sin necesidad de tener que suponer la existencia de otras cartas, hoy perdidas. Muy posiblemente, además, Paulino recibió tres de las cartas enviadas por Ausonio, a la vez, pues dice en Carm. X 8: trina etenim uario florebat epistola textu; esas cartas serían las que en Prete (y en nuestra traducción) llevan los números 24, 25 y 26 (en esta última Ausonio dice que es la cuarta que escribe sin recibir respuesta). La carta 23, si fue la primera escrita por Ausonio, debió de llegar por separado y, tal vez, en último lugar a Paulino, pues en Carm. XI 30 se responde al Discutimus iugum de 23, 1, con discussisse iugum.
Algunos autores, como Schenkl o Pastorino, han sostenido razones de tipo psicológico para defender la carta 23 como la última de las escritas por Ausonio, pues en ella se lee una queja amarga («Hemos sacudido, Paulino, el yugo que una moderación bien conocida sostenía…») a la que da respuesta el Carmen XI de Paulino que por su tono seco, y más breve que el X, evidencia el deseo de poner punto final a una relación amistosa, ya sin futuro. Pero una lectura cuidadosa de la carta 23 (y de la 24 si se quiere), muestra que la queja del poeta abre paso, en realidad, al inmenso deseo, expresado con las palabras más afectuosas, de volver a ver a Paulino. No hay ruptura, sino reproche de un padre a un hijo que quiere abandonar el hogar para siempre a cambio de nada. La amargura ante lo inevitable surge, por el contrario, en la bellísima carta 26, donde Ausonio comienza hablando a Paulino y ante el silencio impresionante de su antiguo discípulo, acaba implorando a las Musas, pues ya carece de sentido intentar mover, con sólo las palabras salidas del corazón de un hombre, la firme actitud de Paulino.
Pastorino sugiere este orden: 389 (final del verano): Paulino deja Aquitania y marcha a Hispania; 390: primera carta de Ausonio (perdida); 391: segunda carta de Ausonio (Epist. 25: Proxima…); 392 (final del verano): tercera carta de Ausonio (perdida); 393 (primavera): cuarta carta de Ausonio (Epist. 26: Quarta…); 393 (inicio del verano): respuesta de Paulino (Carm. X); 394: quinta carta de Ausonio (Epist. 23-24: Discutimus + Agnoscisne); 394: respuesta de Paulino (Carm. XI)189.
El orden sugerido por Prete, y seguido por nosotros con algún matiz más preciso, es, por el contrario, el siguiente: 389: Paulino marcha a Hispania con la firme decisión de vender sus propiedades; es posible, incluso, que previamente haya visto a Ausonio y le haya expresado sus propósitos, por lo que se produce un enfrentamiento brusco; 390: Ausonio escribe a Paulino la carta 23 (Discutimus), en la que hace referencia al enfrentamiento censurándole su actitud y manifestándole la tristeza que se ha apoderado de su corazón; Ausonio intenta la reconciliación desde la posición de un padre afrentado por su hijo. Paulino no recibirá esta carta hasta bastante tiempo después; 390: Ausonio escribe la carta 24 (Agnoscisne) insistiendo en la culpa de Paulino y soñando con su regreso; 391: Ausonio escribe la carta 25 (Proxima), que comienza haciendo referencia a la 24; en ella se sospecha que el silencio de Paulino puede estar motivado por la nociva influencia de su mujer, Terasia; 392: Ausonio escribe la cuarta carta, la 26 (Quarta), en donde llora con honda tristeza el silencio de su antiguo amigo y se vuelve, impotente, a las Musas para que ellas le escuchen; 393: Paulino recibe las tres últimas cartas de Ausonio y le contesta con su extenso Carm. X; 393-394: Paulino recibe la carta 23 de Ausonio (Discutimus) y contesta con el Carm. XI190.
En las cartas de Ausonio no hay, a pesar de lo que muchos suponen, una posición encontrada frente al cristianismo. Muy al contrario, incluso él implora al Padre y al Hijo de Dios rogando la vuelta del amigo191; es sólo de la parte de Paulino de donde nos viene la impresión de que Ausonio está contra la fe de Cristo. ¿Qué es pues lo que ha sacudido el confortable retiro del poeta? ¿Por qué su espíritu se conmueve ante la actitud del discípulo? Naturalmente, ha de suponerse que la paz y la armonía que reinaba entre ambos, cuyos frutos se leen en la primera parte de la correspondencia del maestro, se ha turbado por alguna razón esencial y profunda.
No es, pues, que Paulino quiera ser cristiano lo que inquieta al poeta; es su forma de querer serlo. Pues Paulino, con celo de neoconverso, ha decidido poner punto final a la casa de su padre y a su linaje, ha comenzado a vender —a malvender— sus propiedades y ha tomado la resolución, dando la espalda a su brillante carrera pública, de retirarse a practicar las virtudes cristianas desde el más intenso ascetismo. Eso es lo que a Ausonio deja perplejo, pues esa actitud supone una ruptura total con todo el mundo que el poeta ha vivido y ha querido proyectar en su discípulo. Paulino muestra el rostro más descarnado (en cuanto que alejado de la carne) y, por tanto, más irracional de la fe cristiana. Se ha apoderado de él una especie de locura que hace sufrir profundamente a sus amigos más íntimos.
La sorpresa no fue sólo de Ausonio. Hemos hecho referencia más arriba a las palabras de Ambrosio en que se hace eco de la estupefacción que causó Paulino entre la clase senatorial, su clase, con la decisión adoptada. Él sabía muy bien el precio de lo que hacía y por eso se muestra con una dureza inhumana, rayana en la ingratitud.
Ausonio y Paulino hablan en sus respectivas cartas dos lenguajes distintos, si bien ambos están arropados por una forma común, la que el maestro había enseñado al discípulo, la propia de la poesía pagana, pues ambos epistolarios están escritos en verso: en el caso de Ausonio, en hexámetros dactilicos, porque ese metro serio es el que conviene al dolor que sufre, frente a las cartas anteriores, escritas en prosa, hexámetros, dísticos elegíacos, trímetros yámbicos, como alegre expresión del gozo que siente por la amistad de su joven y brillante discípulo; en el caso de Paulino, los dísticos elegíacos, las estrofas yámbicas, los hexámetros dan la respuesta al maestro, respuesta alegre y segura de la decisión tomada, seria cuando evoca la tristeza de Ausonio.
Pero Paulino no parece, o no quiere, entender a su viejo amigo; sus poemas, aunque llenos de protestas de lealtad, de afecto y reconocimiento, incluso con alguna promesa de recuerdo perpetuo, prefieren en el fondo la ruptura de la amistad como si mantenerla fuera signo de debilidad y con ello se corriera el riesgo de abandonar la causa fervientemente abrazada. Fabre192 ha hecho un análisis lúcido de la actitud de Paulino y su dureza de espíritu: en su carta 1, dirigida a Severo en el momento de ser ordenado sacerdote (Navidad del 394, por tanto, muy próxima a la correspondencia con Ausonio), recomienda a este recién converso que huya de las gentes de su alrededor porque pueden hacerle desviarse del camino escogido; y ello, sin hacer excepción de ninguna persona, por querida que sea193. La actitud de Paulino está inspirada en las palabras de Cristo y posee una fuerza intransigente, que, sin duda, también a él le debió de causar dolor y sufrimiento, según se desprende de las nostálgicas evocaciones de amistades de antaño, en su carta 38, dirigida al converso Apro en el 397.
Es, precisamente, este convencimiento de la inutilidad, incluso del peligro, que pueden suponer los vínculos con amistades ajenas a su mundo espiritual, lo que lleva a contestar a Ausonio con dos poemas donde, a pesar de asegurar que se siente más conmovido por la amargura de su maestro que por sus reproches, responde con dureza sus antiguas enseñanzas:
¿Por qué haces venir en mi ayuda, padre, a las Musas, por mí rechazadas? Los pechos consagrados a Cristo rehúsan a las Camenas y no se abren a Apolo194.
Es absurdo pretender cultivar las vanas fantasías literarias, el arte de la retórica, la filosofía o la poesía; todo eso no son sino impedimentos para llegar a Dios195. Sólo por Dios merece la pena vivir, la única Verdad es Cristo, que nos pide todo y que a cambio nos dará más de lo que le entregamos196.
Y en el poema XI también está presente la dureza, si bien se quiere enmascarar bajo fórmulas de cortesía y promesas de recuerdo imborrable. Pero, en definitiva, tras intentar Paulino —y no debía ser la primera vez— hacer comprender a su maestro la necesidad de un cambio profundo y comprometido en la vida (de ahí que en el Carm. X insista a modo de catequesis en los fundamentos y en la validez de su conversión a Cristo), en el XI, mucho más breve que el anterior, tan sólo se intenta consolar al anciano de lo inevitable, renunciando a hacerle entender, pues Paulino conoce bien a su maestro y sabe que ya nunca le entenderá. Paulino habla el lenguaje de lo transcendental; Ausonio el de los más nobles sentimientos humanos, llenos de amistad y gozo por la vida. Por eso no se entienden, o mejor, por eso Paulino no quiere entender a Ausonio y Ausonio no puede entender a Paulino.
Y así, este conmovedor episodio, que para muchos simboliza de un modo arquetípico las tensiones espirituales entre la vieja Roma y la Buena Nueva, cierra con un sorbo de amargura la vida del poeta bordelés, una vida que se abrió cuando el siglo IV comenzaba a vivir sus primeros años y se cerró cuando ya apuntaba hacia su final; fue, por tanto, testigo —y además de primera fila— de buena parte de las convulsiones apasionantes que lo sacudieron, desde el conflicto entre paganos y cristianos, al problema de la estabilidad interna y el inminente peligro de los bárbaros en las fronteras. Por ello la vida de Ausonio y su obra se constituyen de un modo natural en hilo argumental que ilustra con luces variadas los más diversos aspectos —públicos y privados— de la apasionante época que le tocó conocer.
II. AUSONIO COMO ESCRITOR
1. El renacimiento constantino-teodosiano
El período de actividad literaria de Ausonio comprende más de cincuenta años del siglo IV, entre la década de los cuarenta —en que pueden situarse sus primeros epigramas— y los años noventa —a los que corresponden las últimas cartas dirigidas a Paulino de Nola—; es decir, cubre en buena medida el llamado ‘renacimiento constantino-teodosiano’.
Como consecuencia de la estabilidad política proporcionada al Imperio por Diocleciano y la Tetrarquía, tras el conflictivo siglo III, se extiende una relativa prosperidad económica y una paz social que permiten, a su vez, el cultivo de las letras por doquier, hasta niveles ni siquiera imaginables para el siglo anterior197. Este nuevo ambiente, con que comienza la cuarta centuria, está básicamente caracterizado por una restauratio que pretende, no sin una cierta aspiración nostálgica, fundamentar en la vieja Roma las realizaciones del nuevo momento histórico. Pero las buenas intenciones de los dueños del Imperio, frecuentemente impregnadas de un despotismo intransigente, tenían que ser aplicadas a un mundo que ya ni era ni podía ser el mismo que había sido. Hubo quienes creyeron, como ocurrió con los poetas de la edad de Augusto, que era posible la regeneración de las virtudes romanas tradicionales. Otros, necesariamente, intentaron proyectar sus esfuerzos hacia el futuro.
De modo que en los aspectos de la política interna, el gran debate del siglo IV es en realidad resultado de la tensión entre las fuerzas que miraban al pasado en un esfuerzo admirable pero inútil, y las fuerzas que, con el vigor de lo nuevo, se nutrían en la fe cristiana para construir sobre ella la verdadera Roma, la ciuitas Dei. El siglo IV ve, en sus inicios, el Edicto de Milán (313), edicto de la tolerancia hacia el cristianismo; y, cuando ya se disponía a expirar, el de Tesalónica (380), por el que la religión nueva alcanza status de única legalmente reconocida. Ambos hitos, si se quiere jalonados a su vez por el Concilio de Nicea del 325 en que se reconoce la oficialidad del cristianismo, testimonian de un modo evidente cuál ha sido el resultado de la pugna entre el viejo paganismo y la nueva espiritualidad.
Y en lo que concierne a la política exterior, verdadera justificación de la existencia del Estado, el siglo IV se caracteriza por el progresivo debilitamiento de las fronteras militares, que conlleva la inseguridad generalizada y, finalmente, la desintegración, primero de la unidad —con la partición del 395 hecha por Teodosio a favor de sus hijos Arcadio y Honorio—, luego, del Imperio Romano de Occidente en el siglo siguiente. La unidad, que parecía inquebrantable, y la eternidad, que se creía garantizada, desaparecen para siempre ante los ojos de la generación nacida en pleno siglo IV; no es éste el lugar para discutir la relación existente entre la pérdida definitiva de la vieja religión y el fin del Imperio de Occidente. Pero lo cierto es que quienes vivieron hasta bien avanzado el siglo IV fueron testigos del final de un mundo, cuando todavía no se habían asentado las bases del nuevo.
Dentro de esta doble perspectiva, el conflicto espiritual y la presión externa, se entiende mejor por qué los escritores paganos del s. IV y principios del V (Símaco, Amiano Marcelino, Avieno, Claudiano, Rutilio Namaciano) destilan amor y veneración por Roma; por qué los cristianos (Dámaso, Hilario, Ambrosio, Jerónimo, Agustín, Sulpicio Severo, Paulo Orosio, Salviano, Juvenco, Cipriano, Prudencio, Paulino) buscan infatigables con su obra la creación de unas nuevas coordenadas en las que situar el mundo espiritual, intelectual e, incluso, político que se avecinaba. La actividad intelectual, nacida al amparo de la mejor situación interna, muestra una y otra vez las coordenadas en que se mueve el siglo; y sorprende contemplar hasta qué punto la literatura del momento es hija de esa situación, hasta qué punto, también, la condiciona.
A pesar de la dualidad del Imperio, que cada vez más presenta la línea de fractura entre Oriente y Occidente —inevitable por muchos motivos, pero más desde que el centro de gravedad se trasladó a Constantinopla—, los escritores tanto griegos como latinos están todavía impregnados de un ideal artístico en buena medida común.
En Oriente es la época de florecimiento de la llamada «Segunda nueva sofística», adornada con la elocuencia ática y la filosofía neoplatónica; entre los escritores griegos paganos, es la hora de Himerio de Prusa, Temiscio, Libanio de Antioquía y, por supuesto, del propio emperador Juliano el Apóstata, nieto de Constantino. Junto a ellos, los escritores griegos cristianos, como Atanasio de Alejandría, Gregorio de Nisa, Basilio de Cesarea, Gregorio Nacianceno, Juan Crisóstomo o Sinesio de Cirene, se han educado en las mismas escuelas, con los mismos maestros y participan de los mismos gustos literarios; es decir, practican unos y otros el culto a lo bello, la pasión por los grandes escritores de la Hélade —desde Homero a Platón— y la admiración por todo ese pasado esplendoroso. El resultado, desde el punto de vista estrictamente literario, es una sistemática imitación de los modelos, que prevalece sobre la creación, y una valoración hiperbólica de la forma sobre el contenido.
Si, en líneas muy esquemáticas, ésta es la situación de Oriente, cabe decir lo mismo para Occidente y su literatura latina; no en vano los contactos con el mundo helenizante eran todavía muy estrechos a lo largo del siglo IV, al menos en lo que a los intelectuales se refiere. Bastaría señalar como hechos sintomáticos de esa vinculación, que Plotino y, sobre todo, Porfirio enseñaron en Roma, y que uno de los más relevantes poetas paganos de lengua latina en aquel tiempo, Claudiano, y el mejor historiador, Amiano Marcelino, habían nacido en Oriente (en Alejandría y en Antioquía, respectivamente) y que, por tanto, eran grecoparlantes.
De la misma manera, el mundo literario latino, de un modo muy particular en lo que concierne a sus escritores paganos, pero también a los cristianos, se vuelca hacia su pasado, en un movimiento intelectual que recuerda, a varios efectos, el vivido durante el siglo II bajo los Antoninos. La restauración de la grandeza romana se intenta de un modo sistemático y coherente a todos los niveles de actuación posibles: a través de la creación, o mejor, imitación literaria; a través de la escuela, y a través de la reflexión gramatical o filológica a propósito de la antigua literatura. No es de extrañar que sea precisamente este siglo el que conozca la difusión de técnicas versificatorias, por poner un ejemplo ilustrativo, en las que la creación mediante la imitación es llevada al paroxismo, como ocurre con los centones: es el momento en que la autoridad poética de Virgilio puede ser utilizada para recrear, con las mejores palabras y de la mejor forma, la Buena Nueva, tal como intentan Proba, Juvenco y otros. Por su parte, algo similar había emprendido en territorio griego Apolinar el Joven con su centón homérico titulado Metáfrasis de los Salmos.
La escuela, por su parte, practica hasta la saciedad el arte de leer y releer, de memorizar y comentar las grandes obras de la literatura grecolatina, por las que se siente una veneración sagrada. De este modo, la escuela transmite un patrimonio cultural, sin preocuparse, paralelamente, de adaptarlo a los nuevos tiempos, de manera que sólo interesa el patrimonio en sí y por sí mismo; no se pretende ni robustecerlo, ni crear a partir de él uno nuevo. Por eso, la cultura que nace en la escuela es, necesariamente, una cultura erudita con fines básicamente instrumentales: el espléndido apogeo de la escuela del siglo IV se debe en buena medida a la necesidad de dotar a la administración imperial de un nutrido cuerpo de funcionarios, formados intelectualmente, y con un conocimiento y un respeto profundos, adquiridos a través de la literatura, por todo lo que significaba el Estado al cual habían de servir. De ahí que la reacción paganizante del emperador Juliano intentase vetar mediante el famoso edicto sobre la enseñanza (362) a los profesores cristianos que, al utilizar a los autores paganos, no lo hacían con limpieza de ánimo, sino para servirse de ellos en la creación de su propia paideia.
Necesariamente, de esa escuela vuelta hacia el pasado y fosilizada en sus técnicas y expectativas, tenía que nacer una abundante producción erudita de carácter gramatical y filológico, indispensable para una aproximación mayor a sus modelos. Por ello, es este siglo también el que ve florecer los estudios de Nonio Marcelo, Carisio, Mario Victorino, Donato, Servio, Macrobio, y tantos otros, cuya obra en muchos casos sigue causando sorpresa por su rigor y profundidad. La dignidad alcanzada por esta ciencia, que tanto deleite causaba en los medios escolares e intelectuales, permitió que un abogado en la centuria siguiente escribiera una extraña enciclopedia sobre las siete artes liberales que constituían la estructura de la escuela bajoimperial; el De nuptiis Philologiae et Mercurii de Marciano Capela eleva la doctissima uirgo, la filología, a la categoría de inmortal, colocándola como señora de las siete artes, prueba sintomática de los efectos causados por la refinadísima erudición de este período.
Junto a esta cultura erudita que nace de la escuela y a la escuela se debe muy principalmente, el resto de la vida intelectual actúa movido por similares intereses, entre los que prima el empeño por recuperar la grandeza de Roma. Los más ilustres pensadores de este período, como los Símacos, Pretextato o los Nicómacos, formados en la escuela bajoimperial, ponen todas sus fuerzas, toda su elocuencia y toda su inteligencia al servicio de esa idea; y hasta tal punto se empeñan en conseguirla, que resulta anacrónica su obstinada actitud por mantener los viejos símbolos, como sucedió a propósito del famoso episodio de la retirada del altar de la Victoria del Senado. Dan la impresión de haber perdido ya el sentido de la realidad, de carecer de una propuesta política que no sea la de perpetuar sin fin las costumbres tradicionales, por más que hayan perdido su sentido, y los adornos del Imperio, a pesar de su fosilización.
Los historiadores, por su parte, tampoco disponen ya de fuerza creadora, excepción hecha de Amiano Marcelino. Es el momento de los autores de epítomes, o resúmenes, de las extensas obras que había producido la historiografía anterior. Son muchos los historiadores que, sin saber prestar la atención adecuada a los graves problemas del momento, mantienen fija su mirada en un pasado lejano, cuya utilidad primera y última consiste básicamente en servir de modelo —como si eso fuera posible en tales circunstancias— de actuación para los nuevos tiempos. La eternidad de Roma no parece sentirse amenazada y se da por descontado que su grandeza está por encima de cualquier contingencia. Eutropio, Festo, Julio Obsequente, Aurelio Víctor son escritores cuyas obras, sin embargo, han gozado en algunos casos de gran éxito posterior. Sólo Amiano Marcelino posee auténtica personalidad literaria y capacidad creadora que, no obstante, también están puestas al servicio de la misma causa que las anteriores.
Finalmente, la producción poética de este período adolece del mismo defecto que los otros géneros literarios, y sus cultivadores pecan del mismo gusto por la imitación o reelaboración de los modelos escolares. El estudio continuo de la literatura clásica y su memorización en la escuela produjeron una poesía de carácter eminentemente erudito tanto por sus contenidos como por sus formas. Los versificadores de este período, frecuentemente profesores —gramáticos y rétores—, utilizan la creación poética como medio de aprendizaje o como juego de recreación artificiosa, donde se ponen de manifiesto sus habilidades para superar cualquier dificultad propuesta. No había que dar nada más que un paso para que esta poesía entrase en los salones literarios y sirviera de entretenimiento en las veladas de sociedad; si en el siglo I el epigrama se había convertido en el rey de tales ‘divertimentos’, el siglo IV exige de sus «poetas» la erudición más asombrosa puesta bajo las formas más extravagantes, de modo que ahora versificar es, sobre todo, un tour de force, donde unos se superan a otros, desde los carmina figurata de Optaciano Porfirio a los versos ropálicos de Ausonio, pasando por los centones, acrósticos, versos recurrentes y ecoicos, etc.
No es de extrañar que, cuando en medio de toda esta sequía de ideas, algún escritor conseguía un producto literario medianamente aceptable, donde brillase algo de novedad, conseguía el aplauso unánime de sus contemporáneos y la consideración de ‘nuevo Virgilio’.
2. Períodos de la actividad literaria de Ausonio
Ausonio es un hijo ilustre de ese siglo IV. Vivió consciente o inconscientemente en medio de las coordenadas espirituales, políticas, sociales, culturales y literarias que hemos resumido en las páginas precedentes, y su obra es claro reflejo del momento; en él confluyen o con él se ejemplifican las líneas maestras que recorren su tiempo. Al trazar las páginas de su vida hemos tenido oportunidad de comprobar la extraordinaria vinculación que buena parte de su producción tiene con la situación histórica, política y espiritual que le tocó vivir. Pero, además, su obra está finamente engarzada en la cultura y en la estética literaria de su tiempo.
La actividad creadora del poeta suele dividirse en tres etapas: la primera comprendería todo lo escrito hasta la llamada a la corte, en realidad muy poco de lo que ha llegado hasta nosotros (algunos epigramas, alguna carta); mas esa etapa es interesante porque en ella se formó el gusto literario de Ausonio y en ella adquirió, ejerciendo como grammaticus y rhetor, su inmensa erudición.
La segunda etapa sería la de su estancia en la corte, entre el 367 y el 383, durante la que se dio a conocer como escritor con variadas obras, casi ninguna de gran empeño, a excepción del Mosella; esta etapa culminaría con la primera edición de sus «obras completas» ofrecida a Siagrio. Incluso podrían señalarse dos momentos diferentes: el primero, entre su llegada a la corte y su consulado, correspondería al momento de ascensión personal y familiar en las esferas del poder; es la época en que escribe Versus paschales, Cento nuptialis, Griphus, Mosella, Bissula, Cupido cruciatus, buena parte de Epigrammata (que ya había comenzado en la etapa anterior), y algunas Epistulae. El segundo momento, entre su consulado y el retiro a Burdeos, supone el descenso en su influencia política sobre los asuntos de gobierno y el debilitamiento de su posición personal y la de su familia; es la época en que escribe Precationes consulis designati, Oratio consulis uersibus rhopalicis, Epicedion in patrem, De herediolo, Technopaegnion (primera versión), Caesares, Fasti, Liber protrepticus ad nepotem, Gratiarum actio y el resto de los Epigrammata. A todo ello habría que añadir las dos Praefationes (ad lectorem y ad Syagrium) con que encabeza la primera edición de sus obras. La actividad literaria del poeta durante sus años de vida en la corte está dominada por creaciones de carácter oficial y conmemorativo, o muy vinculadas a su actividad pública; es, en general, una poesía de carácter «externo», pero hay, no obstante, algún opúsculo de gusto más íntimo y privado, como es el caso de Epicedion in patrem, De herediolo o el Liber protrepticus ad nepotem; también el dedicado a Bissula, que debe contarse entre los escritos de sabor más personal y sincero, al menos por la motivación que le indujo a componerlo.
La tercera y última etapa corresponde a los años de retiro en su tierra natal, desde la usurpación de Máximo hasta su muerte en la década siguiente. Es la época en que escribe Ephemeris (salvo, tal vez, la Oratio, redactada en años anteriores), Parentalia, Commemoratio professorum Burdigalensium, Epitaphia, Genethliacos, Eclogarum liber, Technopaegnion (segunda versión), Ludus septem sapientium, Ordo urbium nobilium y la mayor parte de sus Epistulae, entre otras, todas las enviadas a Axio Paulo y a Paulino de Nola. Esta etapa culminaría, finalmente, con la segunda edición de la obra del poeta, a requerimiento del emperador Teodosio, a quien la dedica con la tercera de sus Praefationes. Para entonces, Ausonio ya estaba consagrado —desde mucho antes— como el más grande poeta de su tiempo y era admirado y apreciado por todos los intelectuales de su generación. Las obras escritas en esta tercera etapa oscilan entre dos motivaciones diferentes: de una parte, algunos opúsculos son de carácter rememorativo —es una poesía de recuerdos personales— y otros son fundamentalmente eruditos y fríos, pero motivados por una imperiosa necesidad de vivir la creación poética como pasatiempo aséptico, alejado de la vida pública, como medio de entretener la vieja soledad de los últimos años. Sin embargo, alguna de sus poesías de recuerdo y, sobre todo, las últimas cartas a Paulino de Nola deben contarse como modelos de creación auténtica y emocionante.
3. La obra de Ausonio en el marco estético y literario del siglo IV
A pesar de la enorme cantidad de estudios que se han escrito sobre Ausonio y sobre sus opúsculos, ninguno se ha propuesto profundizar en el conjunto de su creación literaria. En general, las consideraciones que de él se hacen como escritor oscilan entre las páginas apresuradas que le dedican M. J. Byrne198 o A. Pastorino199 y los pormenorizados trabajos que conciernen a aspectos muy concretos de su obra, como los recientes de F. Benedetti200 o E. di Lorenzo201. En general, siguen siendo imprescindibles, para encuadrarlo en su época y para destacar sus aportaciones a la literatura latina, los magníficos índices de las ediciones de Schenkl y de Peiper, y sus aparatos literarios202. Por supuesto, son muchos más los autores que proporcionan análisis de interés, pero siempre sobre lugares particulares; de ahí que sea necesario acudir, además, a las presentaciones de conjunto sobre este período literario, como las de los grandes repertorios de la historia de la literatura latina o los ensayos de R. Pichon203, J. K. Wagner204, R. Étienne205, E. Castorina206, H. Isbell207 o J. Fontaine208, por citar algunos.
Al lector de Ausonio le sorprende la extensión y la variedad de registros de su obra; esa primera impresión viene, además, seguida de otra no menos intensa que descubre la desigual inspiración poética y verdaderamente personal de sus escritos. Y en general domina tras su lectura la sensación de que no estamos en presencia de un verdadero poeta, sino de un rétor erudito y pedante, cuyo éxito entre sus contemporáneos apenas es explicable, sino por el pésimo gusto literario que domina la época que le tocó vivir209; pero nunca se le niega su utilidad para ilustrar numerosos aspectos de la vida cotidiana de su tiempo210.
Sin embargo, es inútil pretender valorar el arte de un escritor, y más si de siglos lejanos, con los gustos literarios de nuestro momento; con esa actitud estética, difícilmente podrían pasar la prueba algunos de los autores «clásicos» y, sin duda, serían censurados muchos pasajes de la mayoría de los escritores. La obra de Ausonio ha de ser contemplada en función de sus coordenadas espaciales y temporales, y para acercarnos a ella merece la pena, además, escuchar el juicio de sus contemporáneos con el fin de poder comprender mejor el quehacer literario de la latinidad del siglo IV. No puede, en efecto, minusvalorarse el aprecio inmenso que por su obra sentían Símaco, Paulino de Nola o Teodosio, por no citar autores de generaciones siguientes211.
Como ocurre con la literatura del renacimiento constantino-teodosiano, la de Ausonio está impregnada de un profundísimo sentimiento romano, en el sentido más nostálgico y romántico del concepto. Porque, además, durante toda su vida fue exquisitamente fiel a esa idea básica que movía su espíritu desde la realidad histórica que le cupo afrontar en primer plano, hasta la imagen dorada de la vieja Roma; él mismo, con frase lapidaria, que ha sido subrayada en varias ocasiones, dejó dicho:
haec [Burdigala] patria est: patrias sed Roma / superuenit omnes.
diligo Burdigalam, Romam colo…
(Ordo urb. nob. 20, 39-40)212.
Las circunstancias de su biografía condicionaron de un modo decisivo las características de su creación. El hecho de haber pasado los cincuenta primeros años de su vida dedicado a la escuela, bien como alumno, bien como profesor de provincias, le proporcionó una formación básica que es absolutamente esencial para comprender su obra; esa formación fue la propia de la escuela bajoimperial, nutrida hasta la saciedad de la lectura, memorización y comentario de los escritores clásicos grecolatinos. Él mismo dejó sentadas las reglas de esa educación en el Liber protrepticus ad nepotem (opúsculo VII) donde, además de indicar los autores que deben ser conocidos por su nietecillo ya desde la escuela del grammaticus, alude en varias ocasiones a la conveniencia de saberlos de memoria213.
Y tras esos cincuenta años en que estuvo aprendiendo de memoria y haciendo que otros aprendieran, pasó otra buena porción de su vida cumpliendo la misma función con su discípulo Graciano. ¿Cómo podría, entonces, sustraerse su propia obra de la influencia abrumadora de los escritores «clásicos», es decir, estudiados y aprendidos por ser modelos de perfección literaria? En consecuencia, no sólo no podía sustraerse a ellos, sino que deliberada, necesariamente, tenía que respetarlos, imitarlos y emularlos. No era posible, desde esa perspectiva estética, otro camino para ser un gran artista.
De ahí que se hayan podido señalar en innumerables ocasiones las deudas contraídas por Ausonio con los escritores anteriores214. Esas deudas conciernen, esencialmente, a evocaciones conscientes o inconscientes que de un modo sistemático afloran en su obra215. Como es de suponer, el autor que, como un telón de fondo, está detrás de la poesía de Ausonio es Virgilio; él nutre, en este caso de un modo deliberado, todo el Cento nuptialis, según explica el propio autor; pero el mantuano es además el punto de referencia en otros opúsculos, como Periochae, Eclogarum Liber, Parentalia, Commem. prof. Burd., Cupido cruciatus, Mosella, amén de haber proporcionado abundantes materiales para la confección de los demás216; lógicamente es la Eneida la obra que más veces se evoca, y tras ella las Geórgicas y las Bucólicas.
Horacio sigue en segundo lugar, aunque de un modo menos evidente; Ausonio ha utilizado buena parte de sus Odas pero mucho más raramente las Epístolas o las Sátiras217. Ovidio proporciona abundantes recursos con sus Metamorfosis, Tristes y Heroidas; también con Fasti y Halieutica, mientras que sus obras de amor apenas son recordadas218; Catulo es un autor citado en varias ocasiones por Ausonio e imitado otras con evidente intencionalidad, como ocurre en la carta a Símaco, dedicatoria del Griphus, donde escribe:
dein cogitans mecum, non illud Catullianum:
cui dono lepidum nouum libellum
sed ἀμουσότερον et uerius :
cui dono inlepidum rudem libellum…219.
También los elegíacos parecen haber proporcionado ingredientes para los versos del poeta de Burdeos, aunque no son mencionados expresamente y a veces sus ecos son dudosos220. Al uso de los poetas de la Edad de Oro, habría que añadir las evocaciones de los prosistas, como Cicerón —cuyos períodos imita en la Gratiarum actio—, Varrón, Nepote, Salustio, Livio, Plinio el Viejo y Plinio el Joven, Quintiliano, Apuleyo y Suetonio; además de otros escritores a los que menciona, pero cuya obra no nos ha llegado (como ocurre con los Apólogos de Ticiano o los Fesceninos de Aniano)221.
No obstante, Ausonio utiliza también otros autores, algunos de los cuales forman parte del curriculum escolar, como es el caso de Plauto y Terencio222, cuya presencia —particularmente del primero— en obras como Ludus septem sapientium es innegable.
Pero un profesor, el mejor profesor, como Ausonio imaginaba ser, no podía servirse tan sólo de los autores generalmente conocidos; al igual que los gramáticos contemporáneos, que —según decíamos anteriormente— florecieron en este siglo, nuestro poeta gusta el sabor de las voces arcaicas, uerba insperata atque inopinata, que daban a sus escritos un carácter de uetustulus color; Ausonio se sentía muy orgulloso de esa sabiduría suya que le permitía igualar, si no superar, el movimiento arcaizante del siglo II223; de ahí que en sus escritos se vean huellas de Nevio o Accio, Pacuvio o Lucilio, Afranio o Enio224.
Finalmente, un lugar muy significativo entre los escritores utilizados por Ausonio, lo ocupan los poetas de la Edad de Plata, desde Lucano a Juvenal, incluyendo Persio, Silio Itálico, Valerio Flaco, Marcial y Estacio; sobre todo, estos dos: las Silvas le sirven en varias ocasiones como modelo que debe imitarse o superarse; en cuanto a Marcial, no cabe decir que lo evoque tan sólo en sus Epigrammata, pues el sentido del humor del bilbilitano le resulta grato y se sirve de él en otros lugares. Y tras ellos, no falta en el versificador un gusto muy similar al exhibido por los neotéricos del siglo II, como Septimio Sereno, o del siglo IV, como Optaciano Porfirio225.
Por si no bastara esta copiosa erudición, Ausonio también conoce la literatura griega y se sirve de ella: entre los prosistas, menciona a Tucídides, Heródoto, Platón, Jenofonte, Demóstenes e Isócrates; entre los poetas demuestra conocer a Homero, Hesíodo, Íbico, Simónides, Píndaro, Safo, los trágicos y Menandro; además, utilizó el Peplos pseudoaristotélico para sus Epitaphia y tradujo numerosos epigramas de la Anthologia Palatina226.
La utilización que Ausonio hace de todos estos autores, tanto latinos como griegos, es muy diversa y oscila entre la traducción o la imitación deliberada, mencionando la fuente con más o menos rigor, y la evocación inconsciente de algún pasaje concreto por paralelismo métrico; en estos últimos casos, palabras utilizadas por Ausonio figuran en el mismo lugar del verso que esas mismas palabras utilizadas por otros poetas, en contextos y con significado diferente; véanse, a modo de ejemplo, los siguientes casos:
| Mosella, v. 241 | populatrix turba profundo |
| Estac., Silu. II 2,3 | speculatrix villa profundi |
| Mosella, v. 415 | dilata et laude uirorum |
| Ovid., Met. Ill, 174 | dilata parte laborum |
| Mosella, v. 455 | moeniaque antiquis te prospectantia muris |
| Virg., Geórg. II, 157 | fluminaque antiquos subter / labentia muros227. |
La mayor parte de las veces se trata de usos conscientes de grupos de palabras que, con ligeras modificaciones y sin que cite al autor de dónde los toma, son utilizados con un sentido de la aemulatio muy distinto del puro y simple furtum, pues Ausonio, además de preparar con indicaciones desveladas al lector medianamente entendido228, recurre en numerosos lugares a dos o más autores, o a varias obras de un mismo autor, en una especie de contaminatio; se infiere, por tanto, que su intención es más bien lograr una obra brillante, donde la erudición y los clásicos ocupen un lugar privilegiado229. Ausonio utiliza esos autores con la ayuda exclusiva de su prodigiosa memoria, adiestrada y desarrollada a lo largo de muchos años; a pesar de que en los versos arriba citados del Liber protrepticus ad nepotem, confiese haber olvidado lo que aprendió, es seguro que todavía en su retiro de Burdeos, con más de setenta años, cuando escribió buena parte de su obra, aún utilizaba con soltura sorprendente su memoria.
No cabe, pues, la posibilidad de imaginárnoslo utilizando florilegia de sus autores favoritos —Virgilio, Horacio, Ovidio, Estacio, Marcial, Lucano o Juvenal—230. Él mismo desvela, y sus contemporáneos lo creen con facilidad, que algunas de sus obras —y no las más sencillas— las compuso de un tirón, como es el caso —nada más y nada menos— del Cento nuptialis, el Griphus o la Epist. 21 a Paulino231.
Gracias a su erudición, magníficamente pertrechada con sus lecturas de los clásicos, y a la poetica scabies, o «comezón por la poesía»232 que él declara sufrir, se siente capaz de emprender cualquier empresa en verso, aunque indudablemente le faltaba el vigor indispensable para lograr verdadera poesía de un modo sostenido y duradero. Él mismo lo sabe y lo dice en varias ocasiones: aun quitando lo que de cortesía y fingida humildad haya en sus peticiones de ser corregido o en el reconocimiento de la insignificancia de sus escritos233, es lógico que al contemplar su obra con una visión de conjunto, no se atreva a llamarse poeta como sí hace de vez en cuando234. Sus obras no son perfectas, pero a él le gustan y en algún caso le emocionan; al enviar su Cupido cruciatus a Próculo Gregorio le asegura con excesivo rigor:
Yo he contemplado con admiración este cuadro, tanto por su calidad como por su tema. Después, el sentimiento intenso de admiración se me convirtió en necio deseo de componer un poema. Excepto el título, nada de lo escrito me satisface; mas pongo bajo tu protección mi error: sentimos aprecio por nuestros lunares y cicatrices; y no contentos con haber cometido nuestra falta en solitario, aspiramos a que otros la aprecien.
Ausonio no desdeñaba ni las peores de sus creaciones y celosamente las iba guardando en su escritorio, de donde más tarde las sacaba para obsequiar con ellas a sus amigos; algunas fueron encontradas allí, sin pulir tal vez, al hacerse la última edición de sus obras, tras su muerte. Pero por encima de todas, confiesa que hay una que le emociona, y le gusta leerla una y otra vez: es el Epicedion in patrem, en cuyo prefacio, escrito con una seriedad muy lejana de la jovialidad que suele animar otros prefacios, dice:
… estos versos están escritos bajo su imagen y también fueron unidos al conjunto de mis obritas. Todas mis otras cosas me traen sin cuidado; esto, por el contrario, me gusta releerlo.
La poesía de Ausonio es, ante todo, por inspiración, recursos e intención, la poesía de un maestro erudito, del más erudito maestro si se quiere. Por eso, junto a obras de cierto empeño, como el Mosella, las hay nacidas como utensilios didácticos; es el caso de Periochae, pero también del Eclogarum liber que, en buena medida, ha sido considerado del mismo modo que los uersus memoriales de la Edad Media, versos cuya finalidad era ayudar a retener en la memoria conceptos o series complejos; y no pueden sustraerse a esa misma consideración el Technopaegnion, el Griphus y tampoco Caesares, Fasti o bien Ordo urbium nobilium. M. J. Byrne cita como ejemplo diáfano de esa intencionalidad didáctica la égloga 12, comparable a nuestro «treinta días tiene septiembre». Las enumeraciones, las descripciones exhaustivas, propias de un disciplinado maestro, recorren toda su poesía desde las cartas, con sus famosas clasificaciones de las ostras, hasta el Mosella, con sus no menos de los peces; al fin y al cabo, Parentalia, Commem. prof. Burd., Ordo urb. nob., Epitaphia, etc. son otros tantos ensayos por reducir la realidad o el mito al rigor de una clasificación.
Desde esa perspectiva, según la cual la poesía de Ausonio es esencialmente la poesía de un maestro erudito, se entenderá mejor por qué usa ritmos y esquemas métricos tan variados235, por qué intenta tantos temas, con tantos tonos poéticos, y todo ello dentro de una estricta clasicidad de lenguaje236, que a duras penas nos permite vislumbrar que es fruto del siglo IV. Es esa misma perspectiva la que puede ayudar a comprender la trivialidad poética de buena parte de sus escritos, sus ensayos de versificaciones imposibles —como ocurre con los versos ropálicos o con el latín macarrónico de la carta 6237—, sus excentricidades, en suma.
Y entre estas excentricidades cabe referirse a la affectata obscuritas de quien pedantescamente tan sólo quiere ser entendido por los iniciados en su jerga, es decir, por sus colegas; y así, cuando escribe a Paulino de Nola la carta 19, tras componer diez hexámetros dactílicos para decir únicamente en qué día ha recibido una carta de su querido amigo y discípulo238, corta el verso y sigue en prosa:
… ignoras, creo, qué quieren decir tantos versos y a buen seguro que yo tampoco los entiendo bien.
De ese prurito hace gala igualmente al dedicarle a Símaco el Griphus, donde evoca a Horacio, y su profanum uulgus (Od. III 1, 1). Su absoluta convicción de que es dueño del lenguaje y de toda la tradición literaria, le hace sentir un complejo de superioridad con el que zahiere a Teón, sirviéndose de dudoso humor y de seguro mal gusto, al sugerirle que se sirva de un intérprete para descifrar quiénes son las «morenas hijas de Cadmo»239. Podrían citarse muchos otros ejemplos de pedante oscuridad240.
A esta condición de poesía propia de un erudito maestro, se pueden achacar otras facetas del estilo de Ausonio, como son su innegable capacidad para servirse de cualquier figura retórica241 —a veces con indudable acierto, tal y como sucede con la hermosa prosopopeya de la naturaleza en la carta 26 a Paulino de Nola—, su utilización del mito con la misma función que posee en la poesía de la edad augústea, o su inclinación a crear nuevas palabras, fundamentalmente adjetivos242. Todo ello no hace sino reproducir, dos siglos más tarde, las técnicas versificatorias de los neotéricos243.
¿Cuál es, pues, la aportación personal de Ausonio a la poesía latina? La gruesa losa constituida por la tradición literaria, conocida a través de la escuela, y por la vocación romana del escritor del siglo IV, no es capaz, sin embargo, de ocultar la voz personal y distinta del poeta; si su obra está revestida del engalanado atuendo de la erudición y la retórica exigidas por la cultura de su tiempo, no puede evitar que una vena de sinceridad y de intimidad la recorra por doquier. No cabe, por tanto, denunciar lo que afea, desde nuestra estética literaria, tal o cual pasaje donde el alma del poeta se expresaba con autenticidad y naturalidad. Lo que debería admirarse es que, a pesar de todos los rigurosos condicionamientos de su edad, pueda hacerse oír aquí o allá como poesía desnuda, tan sólo llena de sensibilidad; porque desde la Edad de Oro —y si se quiere, desde la tradición literaria griega—, el escritor ha debido someterse a unos rigurosos cánones compositivos y a una depurada técnica que causan al arte, con el correr de los siglos, agostamiento y penuria.
Ausonio, a pesar de sus innegables limitaciones, ha sido capaz de manifestar sus buenas cualidades con inspiración y sencillez. Basta con leer y comparar algunos de los poemas contenidos en Parentalia, por ejemplo, con el Eclogarum liber o el Technopaegnion, y se hará evidente la existencia de registros poéticos antitéticos y difícilmente explicables en un autor de la época clásica; si a esos registros extremos, se suma los que ofrecen obras como el Mosella, el Cupido cruciatus o la Gratiarum actio, el autor se nos presentará entonces como verdaderamente polifacético; y aún mayor contraste se podrá observar enfrentando el Cento nuptialis a la Oratio de Ephemeris o a los Versus Paschales. Difícilmente toda la inspiración y toda la técnica contenida en cada una de las obras de Ausonio podrán explicarse, tan sólo, desde la perspectiva de la creación de un erudito maestro. Hay algo más.
Es cierto que Ausonio no ha sido capaz de engendrar una obra de gran empeño y, cuando lo ha intentado, como es el caso del Mosella, parece quedarse a mitad de camino. Tampoco es un artista destacable cuando de disponer ordenadamente los materiales de su musa se trata. Incluso, su pluma se desmaya allí donde parece más segura. Todo eso es cierto, pero nadie le niega vigor en numerosos pasajes felices que responden, siempre, a dos vetas de inspiración: la intimidad y la descripción del paisaje. En esos momentos, Ausonio logra mostrarnos las auténticas posibilidades de su talento artístico, escapando de los corsés cada vez más estrechos de la poesía neotérica. M. Principato ha sabido poner de relieve esos dos aspectos positivos de su creación244, y conviene subrayar algo que me parece importante: a medida que el peso de la tradición y de la escuela se hace más agobiante y estéril para la creación artística, surgen nuevas formas de expresión liberadas por completo, tal vez no plenamente desarrolladas, pero sí frescas, como brotes de una nueva manera de componer. Dicho de otro modo: mientras los escritores que siguieron a la Generación de Oro, fueron capaces de asimilar e interiorizar sus enseñanzas —por ser el mundo que les rodeaba afín al de aquella generación—, lograron crear su obra dentro del marco del clasicismo y sin necesidad de trascender sus límites: todo el barroquismo de la Edad de Plata tiene antecedentes ilustres bien cercanos. Sin embargo, cuando los posibles caminos han sido hollados una y mil veces, cuando nada nuevo se puede lograr siguiendo a los maestros, hay otros escritores que tímidamente al principio, y con más decisión después, emprenden nuevos rumbos sin que, en su humildad, les sonroje la nueva empresa.
Éste es el caso de Ausonio y su poesía íntima. Hemos señalado la deuda contraída con Estacio al escribir, por ejemplo, el Genethliacos, o el Epicedion in patrem245; pero basta leer unos y otros, para comprender la inmensa distancia espiritual y creativa que media entre ellos. No se trata de esfuerzos fallidos, como se podría aceptar de comparar los epigramas de Marcial con los de Ausonio. Es, pura y llanamente, una manera antitética de expresar emociones que se suponen similares: Estacio es el paroxismo del genus superbum; Ausonio cultiva un sencillo pero agradable genus humile246.
Y esa manera de escribir, tan distinta de la que anima otros lugares de su obra señalados en las páginas precedentes, es la que ha atraído la atención de quienes leen con detenimiento la poesía de Ausonio247. Se trata, en general, de todos aquellos momentos en que el poeta escribe por su padre (Parentalia 1; Epicedion in patrem y Epistulae 17), por su mujer (Parentalia 9; Epigrammata 39, 40, 53-55), por su hijo (Epistulae 18), por su nieto (Genethliacos ad Ausonium nepotem; Liber protrepticus ad nepotem), por ese amor tardío llamado Bissula, o por otros familiares (Parentalia) y amigos (Commem. prof. Burd. y Epistulae 23-26)248.
Aunque se quiera minusvalorar la importancia de cualquiera de esos poemas, porque aquí o allá pueda brotar inesperada la vena erudita y artificiosa o el eco de algún escritor lejano, es absolutamente evidente la emoción que los anima y la sinceridad de su expresión, tanto más notable por nacer de sentimientos estrictamente familiares, ajenos y ausentes de la mayor parte de los poetas latinos.
Por centrarnos tan sólo en una de esas composiciones, la dedicada a su esposa Sabina en Parentalia 9, conviene subrayar la cuasi excepcionalidad del hecho249: no existe en toda la literatura epigramática griega —si exceptuamos la epigráfica— ni un solo poema escrito por un marido a su mujer; y en cuanto a la literatura latina, apenas son señalables dos paralelos tan conmovedores: uno, anterior a Ausonio, en prosa; otro, contemporáneo. En el primer caso se trata de Plinio el Joven, que, sin observar el recato tradicional de los romanos por las cosas íntimas, dirige a Calpurnia, su tercera esposa, varias cartas —por lo demás, destinadas a la publicación—, donde sin rubor manifiesta encendido afecto250. En el segundo caso, se trata de las conocidas inscripciones en verso de Vetio Agorio Pretextato —uno de los personajes de los Saturnalia de Macrobio— a su mujer, Paulina, y de ésta a su marido251. Ese matrimonio pagano, lleno de prisca grauitas, ferviente defensor del neoplatonismo y de las sagradas virtudes de antaño, grabó su mutuo amor para siempre con emocionantes elogios, mientras S. Jerónimo se alegraba de la muerte de su enemigo252 y proponía como modelo —bien a su pesar— a la esposa frente a las cristianas de espíritu débil253.
Y junto a tan intensa expresión de soledad y nostalgia, absolutamente contrapuesta al neoterismo de que se suele calificar a nuestro poeta, Ausonio nos ha regalado otros poemitas de gracia alada, que remontan muy por encima de sus formas cuidadas y exquisitas —propias del s. II—, por la ternura del sentimiento en ellas contenido; son los dedicados a Bissula.
No merece la pena aducir nuevos ejemplos; son los enunciados más arriba, y en otros lugares los señalamos.
Tampoco cabe dentro del más convencional neoterismo del Bajo Imperio la especial sensibilidad que Ausonio demuestra para percibir y describir el paisaje; y, aún más, las sensaciones inasibles y etéreas. Nadie como él, que se nos revela como auténtico amante de las bellas artes254, ha sabido pintar lo difuso y lo transparente, las luces y las sombras. También en estas ocasiones, al poeta verdadero le da la réplica el rétor erudito255, pero quedan para siempre sus logros felices. Ausonio pinta lo imposible con palabras, aceptando el reto que él mismo propone a otro artista:
¿Por qué intentas, vano pintor, darme un rostro y colocar a la diosa invisible ante las miradas? Del aire y de la lengua soy hija, madre de incorpóreo aliento y, sin cabeza, emito mi voz. Haciendo volver los últimos tonos —al acabar de oírse—, sigo divertida las palabras ajenas con las mías. En vuestros oídos habito yo, la escurridiza Eco; y si deseas pintarme tal como soy, pinta el sonido256.
Al situarse ante la naturaleza, no se conforma con la descripción fotográfica y objetiva de la misma; son sus descripciones, con harta frecuencia, prolongación natural de su intimidad y, por tanto, subjetivas. En alguna ocasión se ha señalado la antitética disposición anímica con que describe el Mosela, primero en el poema a ese río consagrado, después, en la carta 18, dirigida a su hijo Hesperio; basten estos dos pasajes contrapuestos: en Mosella, vv. 23-28, canta exultante, tras la expedición alamánica por los bosques oscuros e inhóspitos de Germania, la belleza y la transparencia, la paz y el color, la luz y el perfume intenso del río:
¡Salve (…) río de viñosas colinas sembradas de Baco perfumado, de riberas herbosas sembradas, verdegueante río! Navegable como el mar (…), semejante a un lago de profundo cristal (…)257.
Sin embargo, cuando en momentos menos dichosos, el Mosela se lleva, aguas arriba, a su hijo, el anciano siente el frío en su alma y gime abatido:
Ya sobre las espaldas tranquilas del gélido Mosela te había llevado, hijo mío, la nave y la corriente envidiosa te había separado de los besos de tu triste padre y de sus abrazos (…) Abandonado, me atormento en esas riberas vacías y solas. Ahora rompo los incipientes brotes de los sauces, ahora deshago los asientos de hierba y entre las verdes aliagas arrastro mis pasos por encima de los guijarros258.
Darmowy fragment się skończył.