Czytaj książkę: «Chicago»

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Título original inglés: Chicago.

Publicado por acuerdo con Custom House, un sello editorial de Harper Collins Publishers.

© David Mamet, 2018.

© de la traducción: Efrén del Valle Peñamil, 2018.

© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2018.

Av. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona

rbalibros.com

Primera edición: noviembre de 2018.

REF.: ODBO385

ISBN: 978-84-9187-218-4

DEPÓSITO LEGAL: B. 16.381-2018

EL TALLER DEL LLIBRE · REALIZACIÓN DE LA VERSIÓN DIGITAL

Impreso en España - Printed in Spain

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Todos los derechos reservados.

A LA MEMORIA DE J. M.

370.ª DIVISIÓN DE INFANTERÍA 1917-1919

SAINT-MIHIEL, SOISSONS

DEPARTAMENTO DE POLICÍA DE CHICAGO

1924-1953

... En tu mar, tierra adentro,

se halla CHICAGO, grande y libre;

el mundo entero se vuelve a mirarte,

Illinois Illinois.

CHARLES H. CHAMBERLIN, 1898

PRIMERA PARTE

1

Parlow y Mike estaban sentados en silencio en el apostadero. Delante de ellos habían colocado una malla de camuflaje fabricada con hojas y ramitas del pantano; el apostadero medía un metro y medio de profundidad. Habían excavado la tierra blanda y lo habían recubierto de leña desechada. No había llovido y el refugio estaba seco.

Ambos estaban medio recostados en el borde del apostadero. Parlow era, con diferencia, mejor cazador que su compañero; Mike había ido para hacerle compañía y pasar un día al aire libre.

Parlow miraba hacia el oeste y Mike hacia el este. El viento provenía del oeste, pero las posibilidades estaban igualadas: para posarse podían volar con el viento a favor o en contra. En el pantano cabeceaban quince señuelos. «No, podrían venir de cualquier lugar», pensó Mike. Para él era una alegría disfrutar del sol invernal.

—Envidio el éxito de los demás, sí —dijo Parlow—, pero nunca he envidiado los logros de nadie.

—Ajá —repuso Mike.

—Un cabrón ganó más dinero que yo —prosiguió Parlow—. Vendió un artículo a Harper’s, engañó a un crítico. Hay gente que cae de pie y, a partir de entonces, todos los que los ven piensan: «Ese tío huele a éxito». Ya sabes cómo se llaman. Edmon Harper Gaines, Lucille Brandt Williams, cualquiera con tres nombres. Lee la reseña, soporta la prosa de lo que estaba pensando el público lector.

—No, no es imposible que la cultura sea un sembrado. Puede tener potencial o no tenerlo, pero supuestamente es capaz de dar algún fruto. ¿Qué hace falta para fomentar el crecimiento...?

—Mierda —contestó Mike.

—Hace falta estiércol —respondió Parlow—. Animal o vegetal.

—Escríbelo para Little Review —dijo Mike.

—Les mandé mi artículo sobre la escuela Prairie de arquitectura.

—¿Y?

—Me contestaron que estaban pensándoselo y me dio vergüenza. Pero a la mierda; todo viene de los japoneses. Para quienes han visitado esa Tierra de Flores de Cerezo e inhalado las sugerentes fragancias de ese lugar ancestral, el anhelo insaciable de regresar es un precio muy bajo por haberla visto.

—El anhelo de regresar podría saciarse montándose en un puto barco —dijo Mike.

—¿Y quién tiene tiempo para eso? —preguntó Parlow—. Por no hablar del mareo.

—¿Qué fue lo que más te gustó de Japón? —preguntó Mike.

—Las mujeres diminutas a un precio razonable —respondió Parlow—. ¿Qué es lo que mueve el mundo? El mundo es como una rueda de hámster que da vueltas cuando se ejerce una fuerza motriz contraria. El mundo gira porque todos corren en la dirección equivocada.

—Y, por supuesto, allí llevan la dirección equivocada —apostilló Mike.

—Decir eso es terrible —replicó Parlow—. ¿Por qué van a llevar la dirección equivocada?

—Porque están en el hemisferio sur —precisó Mike.

—Japón está en la misma latitud que Cleveland —dijo Parlow—. ¿No has leído mi libro? Hablando de envidia: ese puto libro figuraba en la breve, brevísima lista de candidatos al Premio Literario Más Prestigioso.

—¿Qué te impidió recibirlo? ¿Unas fuerzas malignas? —dijo Mike.

—Yo atribuyo esa injusticia a un público harto de relatos sobre incendios, terremotos, tifones y maremotos. Ya se han acostumbrado a la labor mundana pero necesaria de la reconstrucción y no les interesa —zanjó Parlow.

—Deberías haber vuelto antes a casa —dijo Mike.

—Sí, tienes razón.

Parlow había regresado en la primavera de 1924. Pidió una excedencia de seis meses en la sección local y se fue a Japón. Cuatro días antes de que finalizara la excedencia sobrevino el terremoto y Parlow era el Hombre sobre el Terreno. Cuando se restablecieron las comunicaciones telegráficas, aunque fuera intermitentemente, ofreció el artículo al Tribune.

La competencia, pues había varios centenares de periodistas intentando enviar telegramas, pidió a Parlow que se ciñera estrictamente a los hechos. Y él sabía que, después, los editores los colorearían, reformularían e hincharían. Así era el periodismo y así era su trabajo. Pero él no quería plasmar solo los hechos, sino la historia de la tragedia.

Cuando hubo pasado el terremoto y trascendió que los muertos ascendían a cien mil y, como dijo Parlow, «es lo que hay», la mayoría de los periodistas volvieron a casa. Muchos escribieron libros y artículos para revistas, pero Parlow permaneció allí durante las primeras labores de reorganización y reconstrucción. Zarpó medio año después del desastre. Acertó al suponer que todos debían de conocer ya la historia del terremoto; él mismo estaba harto de ella, así que escribió sobre reconstrucción, instalaciones sanitarias y arquitectura, una materia que había estudiado antes de la guerra. Nadie compró su libro.

—Por eso no se vendió —le había dicho Mike—. Esto es lo que deberías haber escrito: un joven alférez, llamémosle Yoji, está enamorado de la hija pobre pero hermosa de un artesano japonés. Supongamos que es alfarero. Las montañas que se elevan detrás de su cabaña tradicional de papel de arroz, únicas en todo el territorio japonés, contienen la arcilla, reconocida a lo largo de los tiempos, con la que los emperadores japoneses, y solo ellos, ordenaron que se fabricaran los cuencos ceremoniales que...

Al oírlos, Parlow entrecerró los ojos. Mike hizo lo propio y solo acertó a distinguirlos: eran cuatro y llegaban escalonados, volando bajo y rápido de izquierda a derecha. El lado izquierdo era el de Parlow, quien en opinión de Mike esperó admirablemente el momento adecuado, que era justo antes de «demasiado tarde». Entonces se puso en pie, alcanzó al pato que volaba en cabeza y luego al segundo. Mike disparó al tercer pato por detrás y, cuando el cuarto estaba fuera de su alcance, abrió fuego nuevamente a sabiendas de que sería inútil.

Los pájaros de Parlow habían caído cual piedras y se encontraban unos cuarenta metros pantano adentro. Parlow ya estaba apartando la malla. Luego pasó la escopeta a Mike y salió. «Bueno, él los ha oído primero», pensó Mike. «Yo perdí audición por culpa de un motor radial y él tiene mucha mejor puntería. Es bueno disparando».

Parlow vadeó torpemente con el agua hasta la cintura. Era de estatura media, con un cuerpo fornido y la cara redonda, y estaba quedándose calvo. Llevaba gafas de montura metálica y fumaba una vieja pipa bulldog. En invierno vestía tweed y en verano trajes de lino de color crema.

Él y Mike eran de la misma edad y medían lo mismo, pero cualquier testigo habría descrito al segundo como el más alto.

Regresaron al anochecer, siguiendo el río Fox hasta el club de caza del mismo nombre. Delante de la puerta, Mike se dio la vuelta.

—¿No te parece espléndido? —dijo.

—¿El qué? —preguntó Parlow.

Mike señaló el horizonte con el dedo índice, contemplando la hermosa panorámica, el pantano y el día que ya se apagaba.

El club consistía en una pequeña cabaña adquirida en un campamento de turistas y trasladada desde allí, y en ella cabían una estufa de leña y dos catres. Cada centímetro de pared estaba cubierto de ganchos hechos con hierro forjado, varillas de madera, puntas o astas y clavos que hacían las veces de percheros. De ellos colgaban enseres de caza, botas de pescador, abrigos, sombreros, cananas, bolsas para presas, correas de perro y portacazas para aves. En las paredes había también varias hileras de señuelos baratos confeccionados por campesinos y, en un alféizar, dos magníficas serretas talladas.

Cuando Parlow y Mike entraron en la cabaña, el ayudante estaba ocupándose de la estufa. Era un polaco pelirrojo de quince años, ancho como un establo. Parlow levantó el portacazas con los patos y dijo:

—¿Puedes preparar ocho?

El muchacho sonrió y cogió el portacazas. Los pájaros estaban ensartados por las patas en las anillas de la correa.

—Si lo cuelgas en la pared —dijo Parlow—, parece un magnífico cuadro de un holandés que se hartó de la lluvia y solo pintaba pájaros muertos.

—Mucha gente los ensarta por la cabeza —comentó el chico.

—Siempre me ha parecido monstruoso —repuso Parlow.

El chico cogió los patos y se dirigió al cobertizo, donde los limpiaría y prepararía.

—¿Cuántos quieres? ¿Uno? ¿Dos? —dijo Parlow—. Quédate dos, avaro de mierda. A ver si creces algún día.

El chico había preparado los patos y envuelto las pechugas con papel de estraza.

El propietario del Tokio hizo una reverencia a Parlow y a Mike en la puerta del restaurante. Parlow le entregó el voluminoso paquete de color marrón y le habló en japonés.

El propietario aceptó el detalle extendiendo las manos, y con una reverencia indicó que no merecía semejante regalo. Después, él y Parlow se dedicaron unas cuantas frases ceremoniosas.

—Corta ya, necesito una copa —intervino Mike—. Hay que querer a esos hijos de puta. Le dieron una buena tunda al zar.

—¿Y qué? —preguntó Parlow.

—Bueno, el mérito de la victoria es suyo —respondió Mike.

El propietario les llevó una tetera y dos tazas. La tetera contenía whisky del malo y Parlow llenó las tazas. Entonces, de la cocina salió un camarero con una bandeja en la que había dos cuencos pequeños de sopa, que dejó delante de ambos. A continuación hizo una reverencia, se alejó de la mesa y entró de nuevo en la cocina justo cuando salía una joven. Intercambiaron una palabra, cosa que, según observó Mike, hizo sonreír a Parlow. La joven pasó junto a su mesa y todos asintieron cortésmente. Después cruzó el pequeño salón-comedor hasta su puesto en la caja registradora y el chico volvió a hablar con ella.

Mike señaló la cocina.

—¿Qué ha dicho ese chaval? —preguntó.

—Algo en japonés —contestó Parlow.

Por supuesto, guardaba relación con Parlow y la joven. Se llamaba Yuniko y aparentaba entre dieciocho y treinta y cinco años. Había sido la amante de Parlow desde que este regresó de Japón.

Parlow ladeó la cabeza en dirección a la chica, que sonrió y se tapó la cara con la mano.

—Creo que, en algún momento —dijo—, ese momento en el que estemos a punto de concluir nuestra cena, me ausentaré un rato de Felicity y pasaré la noche con una amiga.

—¿Quién es esa tal Felicity? —preguntó Mike.

—Yo nunca venderé mi vida privada —respondió Parlow—. Pero sé que el Imperativo Biológico no te es desconocido.

—Madre mía —dijo Mike.

—Te has ofendido. Crees que tu amor es prístino mientras que el mío tiene un regusto a cosas más terrenales. ¿Se trata de eso?

—No está en la ciudad —dijo Mike.

—¿La irlandesa? —preguntó Parlow.

—La irlandesa, sí.

Parlow negó con la cabeza ante los antojos de un mundo incierto.

—Ahí lo tienes —dijo—. Pobre chico. Me recuerda a la vieja historia del joven pretendiente que muere de amor. El amor le ha sido denegado; ella tiene el típico padre cruel que se la lleva de allí. El joven pretendiente modela su imagen con paja...

—¿Por qué se la lleva? —preguntó Mike.

—«La pareja es inapropiada. Más detalles a continuación». Una imagen hecha de paja. Gasta sus últimas monedas en ropas elegantes y viste la imagen de paja con ellas. La adora. ¿Y la chica? Languidece. «¿Cómo podéis ser tan cruel, oh, padre?». El padre cede y lleva a la chica a casa. «Si tanto lo quieres, ahí lo tienes». Vuelven. El joven pretendiente acaba de ser decapitado por adorar a ídolos.

—¿Eso sucedió de verdad?

—Es demasiado bueno para contrastarlo —respondió Parlow—. Además, ¿dónde está tu sentido de la poesía?

—Se la han llevado a Wisconsin —dijo Mike.

—Vaya, es una lástima.

Los padres de la chica de Mike la habían llevado a Milwaukee a pasar el fin de semana.

Todos sabían que era demasiado mayor para que la obligaran a ir a esa excursión, pero fue de todos modos, y no hizo falta pronunciar el motivo real de su condena.

Mike se sentía solo.

En la sección local reinaba el silencio. La primera edición estaba terminada y la mayoría de los hombres se encontraban en el Sally Port bebiendo por alivio, por fatiga, por hábito o porque les daba la gana. Mike había decidido «emprender la Gran Hégira», como dijo Parlow en una ocasión, y acompañarlos.

La Hégira consistía en alejarse del escritorio, de la botella anexa y de la compañía de los periodistas y bajar cuatro pisos hasta el Sally Port para beber más o menos el mismo licor más o menos en la misma compañía.

Cuando se puso el abrigo, miró con aire distraído una galerada clavada en la pared:

... en el arsenal de la Guardia Nacional faltan setenta y cinco metralletas Thompson del calibre .45, doscientas cincuenta pistolas Colt 1911 y doce mil balas del calibre .45. Cada metralleta iba acompañada de un manual de instrucciones, dos cargadores con capacidad para veinte balas, un cargador de tambor con capacidad para cincuenta balas, un estuche de lona y un asa y material de limpieza rudimentario.

—Sí, vale... —farfulló Mike antes de bajar rumbo al bar.

A menudo le parecía que las historias que contaban allí eran muy superiores a las que publicaba el periodicucho. Cuando expresaba su opinión solía recibir una reprimenda.

—¿Por qué crees que nos pagan? —le había dicho Crouch.

—Por publicar noticias curiosas —respondió Mike.

—Y una mierda —dijo Crouch—. Las curiosidades son demasiado interesantes para ser noticia.

—Entonces ¿qué es noticia?

—Es noticia —dijo Crouch— lo que hace que el consumidor se sienta lo suficientemente importante, cabreado o lo que sea para llegar hasta la página doce y encontrarse el anuncio de las alfombras de oferta.

—Yo creía que las noticias tenían que generar interés —dijo Mike.

—Por eso descartan tus artículos —repuso Crouch—. Si genera interés al ayuntamiento, te despiden. Si genera interés a Al Capone, acabas tan muerto como Jake Leiter. Si genera interés al coronel McCormick, a lo mejor la has cagado; él se lleva la impresión de que tu nombre es más importante que el suyo y no solo te echan, sino que te es imposible encontrar trabajo. Porque, escúchame bien, chaval, hay fuerzas vivas en la tierra. No somos uno de ellos, sino una distracción de la inquietante idea de su presencia.

Cogió el periódico doblado que tenía junto a él, sobre el banco.

—Mira esto —añadió—: «Desaparecen más coches de lujo en el North Shore. El aluvión de desapariciones de vehículos Packard, Duesenberg...» —leyó. Le dio la vuelta al periódico—. «Clamor ciudadano por los reiterados robos en el arsenal de la Guardia Nacional...» —dijo, y dejó caer el ejemplar—. Un periódico es un chiste. Existen para complacer a los anunciantes, para timar a los ciudadanos, gratificar su estupidez, permitir que los propietarios recuperen parte de la inversión y ofrecer empleo putativo a sus pálidos y holgazanes hijos en ese circuito de jóvenes ilustres entre el Club Fort Dearborn y la Casa de Instrucción Everleigh.

—Que te den por culo —repuso Mike—, como decíamos en la Gran Guerra.

Los allí presentes hicieron un brindis y soltaron murmullos de aprobación. Algunos se incorporaron y dijeron: «Tiene razón».

—Que te den a ti también —había replicado Crouch—, como decíamos en la Gran Guerra, en la cual, aunque por edad no podían luchar, muchos no solo sufrieron aciagas bajas para nuestra juventud y nuestro bolsillo, sino el dolor constante de la desilusión y la calidad uniformemente precaria de los reportajes.

—Las mejores mentes estaban combatiendo —dijo Mike.

—Las mejores mentes siguen combatiendo —precisó Crouch—. No en un campo olvidado de Francia, no, ni en los campos de Flandes, oscurecidos por esas desafortunadas «amapolas», sino aquí, aquí, amigo mío, en las calles de nuestra hermosa ciudad, por el derecho al control del territorio y las rutas y métodos de distribución de esa sustancia que, en lo que antes de este contratiempo yo interpretaba como «camaradería», denominábamos licor. Esta batalla...

Mike se había puesto en pie.

—Tengo una confesión que hacer —dijo, y el bar enmudeció—. Igual que a la valerosa Bélgica y a sus célebres monjas, me han estado jodiendo —se oyó un tímido aplauso, que Mike silenció alzando las manos—. Me he visto corrompido por el periodismo, pero... Pero... Y ahora os pediré que contengáis vuestra incredulidad y, si acaso, vuestro desprecio: avergonzado, he llegado a una conclusión tan ajena al conocimiento general que...

—Vete al grano —interrumpió Crouch.

—He decidido no escribir una novela —dijo Mike.

En la respetuosa pausa, la mayoría de los presentes pidieron otra copa y esperaron. Mike encendió un cigarrillo, dirigiéndose todavía a sus oyentes.

—¡Escribe para el periodicucho! —gritó un periodista.

—Eso haré —respondió Mike—, pero no escribiré sobre el pequeño tiburón de agua dulce, sacado de los mejores acuarios y metido en la piscina del Club Fort Dearborn; tampoco sobre el capitán de policía arrepentido que, a media hora de una desgracia irremediable, tratando de saltarse la tapa de los sesos en el confesionario, le pegó un tiro a un monaguillo, aunque no a aquel cuya historia estaba a punto de llevar a la ruina al penitente.

Desde la barra se oyeron rumores de «mezquina decisión» y similares.

—No escribiré sobre el sastre judío pobre pero honesto...

—Un elemento esencial de nuestra profesión —apostilló un gracioso.

—... que descubrió, cosidos en el forro de un abrigo que le habían dado y que debía arreglar para el funeral de un señor esos doce billetes de mil dólares, ni de la pugna con su conciencia, que lo empujaba a quedárselo todo, ni de su decisión de presentárselo al faraón (el señor Brown), ni de la generosidad del señor Brown al entregarle cincuenta pavos y prometerle trabajo ilimitado.

»Tampoco escribiré sobre el plutócrata abotargado al que mordió el tiburón, ni sobre los intentos de echar tierra sobre el asunto, lo cual, según he descubierto, igual que habéis descubierto todos, es la misión más sagrada de nuestra profesión. No emplearé mi pluma ni las pequeñas habilidades que pueda atesorar en esos artículos ni en la senda que pudiera elevarlos, si no al estatus de arte, sí al menos al de literatura.

—¿Por qué no? —preguntó Hanson.

—Porque está enamorado —respondió Parlow.

Los periodistas gritaron, aplaudieron o lanzaron vítores.

—El amor —dijo Crouch— es la muerte del periodismo igual que el coño es su analgésico. Es como la gonorrea para la fornicación o los remordimientos para el adúltero.

—¿Quién es la afortunada? —preguntó Kelly.

—Estos labios no pronunciarán su santo nombre —repuso Mike antes de sentarse.

2

Se llamaba Annie Walsh.

Al principio del cortejo, Mike pasó bastante tiempo coqueteando con ella.

Como era su costumbre, abordó la operación con cautela, una cautela que, a su juicio, consistía en evaluar con precisión el momento en el que su intenso anhelo de poseerla superara lo que él concebía como un respeto decente por su juventud e inocencia.

—Es como pilotar un avión —le dijo a Parlow—. Está diseñado para que exista un desequilibrio. La única manera de mantenerlo nivelado es hacer que vaya a algún sitio. Solo permanece inmóvil antes o después de ir a algún sitio o cuando ya no va a ninguna parte...

—Es demasiado joven —respondió Parlow.

—... por ejemplo, cuando el huno ha dado la puntada prohibida a la cola de tu avión y te ha dejado buscando un buen lugar donde morir.

—Guárdatelo para el libro —dijo Parlow.

—Todo estará en el libro de un modo u otro. Porque está en mí y, por tanto, debe salir.

—Estoy convencido de que fue una experiencia traumática —observó Parlow—. Pese a todo, fue pura diversión.

—Sí, fue divertido —dijo Mike—. Ese es el oscuro y sórdido secreto que llevamos los combatientes: una úlcera en el corazón.

—Has dicho que no estabas escribiendo un libro.

—El corazón es una amante veleidosa.

—La muchacha es demasiado joven —dijo Parlow—. Y como andes jodiendo a la irlandesa, su padre te matará, y no es una metáfora.

—¿Y si me caso con ella? —preguntó Mike.

—Madre mía —dijo Parlow.

—Hay gente que se ha casado por menos.

—Pero ¿ya sabes si le gustas?

—Yo le gusto a todo el mundo —sentenció Mike—. Soy un tipo agradable... Tengo trabajo...

—¿Me ha parecido oír que quizá escribirás la novela?

—Puedo hacer ambas cosas.

—«Un hombre no puede servir a dos amos» —replicó Parlow—. ¿Quién dijo eso?

—El perro Lad* —dijo Mike.

—¿De qué hablas con esa niña? Porque sabe hablar, ¿verdad?

—No le hace falta —dijo Mike.

—¿Sabes qué? Ni siquiera te enamoras como lo haría un negro. Tú te enamoras como un paleto: ves a la chica, la metes a ella, a sus dos hijos y el banjo en la parte trasera de la camioneta y arrancas.

—Tienes razón —respondió Mike.

Mike había visto por primera vez a Annie Walsh detrás del mostrador de The Beautiful, donde había ido siguiendo una corazonada nacida de un recuerdo tras asistir a funerales de la mafia.

Cuando estuvo perfeccionada, le pareció una de esas ideas tan nítidas y sencillas que el receptor no podía creerse que nadie la hubiera explotado antes. Porque, pensaba Mike, como le ocurre a cualquiera que posea verdadera inspiración, ¿lo elegiría Dios a él, un tonto y un pecador, para dotarlo de este signo de Gracia? Y, sin embargo, lo había hecho.

Allí, en el funeral, cuyo homenajeado era un representante del South Side, un tal Alfonse Mucci, se hallaban las facciones enemigas, congregadas en la habitual muestra de «paz en el abrevadero». Y allí estaban Mike y sus compañeros, representantes de la sección local de los otros periódicos de Chicago, buscando un punto de vista que a ellos les resultara evidente pero fuera opaco para su competencia igualmente alerta.

La inspección de Mike peinó los rostros cabizbajos de los compañeros y asesinos de Mucci y luego los tributos florales, donde vio las habituales coronas, cruces y herraduras con sus típicos mensajes sentimentalistas y, atada con alambres a sus soportes de madera, una pequeña tarjeta.

La multitud se alejó de la tumba y aparecieron los enterradores, pero Mike se quedó allí. Rodeó la sepultura y se acercó a las flores. Después se agachó a leer las pequeñas tarjetas blancas y descubrió que cada una de ellas era una dirección para el repartidor: A. Mucci/Lakeside, 14:00 h. Todas llevaban el logotipo de su proveedor. En general, las más elaboradas habían sido enviadas por dos empresas: Flessa’s, situada en el 2331 de Michigan Avenue y, por tanto, proveedora del South Side, y «The Beautiful: floristas distinguidos», en el 1225 de North Clark Street.

Mike había empezado a frecuentar ambos comercios, pues creía que podían surtirlo de cotilleos sobre el mundo del crimen, y no lo decepcionaron.

De los dos, los gerentes de Flessa’s eran los más parlanchines, y les gustaba obsequiar a los clientes, cosa que Mike fingía ser, con historias sobre los grandes, aderezando el relato potencialmente árido del mundo de los negocios con las habladurías, cazadas al vuelo o confiadas al propietario, sobre los extravagantes antojos de la banda de Capone. Mike cribaba esas historias, ocurrencias, anécdotas y comentarios en busca de hechos, varios de los cuales fueron lo bastante acertados como para valerle un par de advertencias educadas de, como solía decirse, «los amigos del Pez Gordo». El Pez Gordo, también conocido como señor Brown, era Al Capone; esos amigos habían hablado con Flessa, quien, por su renovada reticencia, había trasladado el edicto a Mike, el cual restringió acto seguido sus pesquisas allí.

La respuesta de Mike a la Llamada de la Aventura, como tantos otros héroes, se había enfriado tras esa primera oposición. La Llamada reapareció una sosegada mañana de mayo. Había ido a buscar a Parlow para llevarlo a almorzar y lo encontró tecleando. Mike se sentó junto a la mesa y observó.

—Los ricos, los ricos, los ricos me ponen triste —había dicho Parlow—. En esta fabulosa tierra que Dios siempre tuvo el buen criterio de bendecir. Cuando cualquier...

—¿Ascensorista? —preguntó Mike.

—Ascensorista, sí —dijo Parlow—, puede amasar riqueza al instante por la mera posesión de un chivatazo; cuando quienes no tienen el más mínimo sentido común pueden lanzar dardos a una diana y comprar acciones cuyo potencial solo se ve limitado por la fe y las creencias del pueblo estadounidense.

—¿A quién conoces que se haya hecho rico?

—Mi hermana, me parece, tenía una amiga en el salón de belleza cuyo marido, novio, contrabandista, amante, conocido... Y te diré más.

—Soy todo oídos.

—Estoy harto y quiero ver exclusivas colgadas de la pared. «Aquí tenemos» —pasó la mano por el montón de libros que había sobre la mesa— ejemplares anticipados de, ¿qué? Exclusivas: envasado de productos cárnicos, vías ferroviarias, teléfono, el mercado de valores, por el amor de Dios, la crianza. Cualquier picha brava con una máquina de escribir puede elaborar una denuncia contra el estilo de vida americano.

—Muchas son mujeres —precisó Mike.

—Me reafirmo en el comentario anterior —dijo Parlow—. Y en eso también hay dinero. «¡Una exclusiva!». El Consumidor de Littacher exclama: «Dios, qué astuto señalar y qué valiente relatar que todos somos cerdos corruptos echando raíces en la marga de la vida alimentada con heces».

—Yo te acuso de haber estado leyendo en francés —dijo Mike.

—¿Y qué si lo he hecho? —respondió Parlow—. ¿Acaso no es una lengua, como sin duda habrás notado en tu viaje allí, entre las antigüedades, sus siluetas desgastadas por el devenir del tiempo, los Gran Berta alemanes y el Tratado de Versalles?

—¿Qué te entristece de los ricos? —preguntó Mike.

—Lo mismo que a todos los que no son como ellos —dijo Mike—. Que viven mejor que nosotros. Y nosotros soportamos estoicamente nuestra inmerecida pobreza mientras ellos navegan en sus yates y se deleitan en sabe Dios qué depravaciones en cobertizos para barcos.

—Pero ¿no odias también a los pobres porque no tienen dinero? —dijo Mike—. Por tanto, ¿qué pueden ofrecerme, con la salvedad de una ira impotente porque de cuando en cuando llevo el cuello de la camisa limpio? Que les den por culo a los pobres. Además, exceptuando siempre a los delincuentes, han malinterpretado la situación, porque, ¿cómo proponen aumentar su patrimonio? Por apelación última al gobierno.

—Que les den por culo a los pobres —dijo Parlow.

—¿Y qué hay de...?

—No he terminado.

—¿Qué hay de las huelgas?

—No he terminado —insistió Parlow—. ¿Y qué es el gobierno sino el nombre de guerra de matones y putas, de la avaricia, que, de ser practicada por quienes no ostentan un cargo político, provocaría su descuartizamiento? Yo apruebo las huelgas, pues comparten una inútil apelación a la «autoridad» y el delito. Así, la mente desconfiada podría abarcarlas bajo dos titulares con igual potencial para ser publicados.

—¿Existe un tercer titular? —preguntó Mike.

—Sí —dijo Parlow—. Su nombre es la legítima petición de la reparación de agravios.

—¿Y quién lo solucionará? —preguntó Mike.

—El American no —sentenció Parlow—, ni el Daily News, ni el Tribune, sino los garrotes de la Agencia Pinkerton, hechos con árboles plantados a tal propósito. —Sacó la hoja de la máquina de escribir y exclamó—: ¡Chico!

Luego colocó una hoja en blanco y empezó a escribir de nuevo.

—Ponlos contra una pared —dijo Parlow, que levantó la vista y gritó—: ¡CHICO, por el amor de Cristo!

Mike cogió la hoja escrita y la hizo ondear por encima de la cabeza.

—Y el chico no aparecía por ningún sitio —dijo.

Entonces, bajó la hoja y se puso a leer:

—«Página dos: de la Mejora Cívica. Los parques, obtenidos por Abraham Lincoln para nuestro uso perpetuo, son esa zona de transición tan querida por los arquitectos. No contienen la belleza de Chicago, sino que la hacen brotar. Contemplémoslos desde el este, cuando el ojo y el espíritu se alejan de la desolación del lago y ponen rumbo a la sutileza, la urbs in horto, de un jardín de cuarenta y dos kilómetros de extensión; una pausa, si se quiere, entre Naturaleza y Comercio, y se dirigen a...».

Parlow buscó a un becario.

—No leas esa mierda —le dijo a Mike.

—¿Qué es? —preguntó este.

Parlow se puso en pie.

—¡CHICO, por el amor de Cristo sangrando en la cruz! —gritó—. ¿Es que no hay nadie en esta empresa que haga su trabajo excepto yo?

En ese momento entró con parsimonia un becario en la sección local.

—¿Dónde te habías...? Inútil de mierda —dijo Parlow. El chico apretó el paso—. Sí, corre, corre, parásito de los cojones.

Mike le tendió la hoja y el becario la cogió y salió corriendo.

—¡Y vuelve! —gritó Parlow.

—¿Qué es esta porquería? —preguntó Mike.

—Un artículo sobre el embellecimiento —respondió Parlow.

—¿Por qué lo escribes?

—Es un favor.

—¿A quién? —preguntó Mike.

—No te lo voy a decir —repuso Parlow.

—Si lo hicieras, ¿qué me dirías?

—Es para la nueva señorita de la sección de cultura —dijo Parlow.

—Eres un vendido.

—Lo hago por dinero —dijo Parlow.

—¿Ella te paga? —Parlow se llevó un dedo a los labios—. ¿Por qué?

—Por lo visto, no sabe escribir —dijo Parlow.

—Todo el mundo sabe escribir —sentenció Mike.

—Ha tenido una vida acomodada. El nepotismo, ese gran igualador, le ha conseguido un trabajo, pero cuando le han impuesto el primer plazo de entrega, le ha entrado el pánico. Necesito una copa.

—Vamos a tomar algo —dijo Mike—. Podrías invitar tú.

Parlow negó con la cabeza y continuó escribiendo.

—De acuerdo, cuando termines —añadió Mike.

—No, necesito una copa ahora.

Mike abrió el cajón inferior del escritorio. La botella estaba allí, pero vacía. Parlow meneó la cabeza.

—Vete abajo —dijo Mike—. Vete, ya lo acabo yo.

Parlow se levantó y Mike ocupó su lugar frente a la máquina de escribir. Parlow le dio un beso en la cabeza, cogió el abrigo del perchero y salió de la sección local.

La página que había en la máquina de escribir decía: «... el amor de los nativos de Chicago por las flores...».

Parlow había bajado a emborracharse y Mike se quedó con el artículo inacabado: la única pista, aunque suficiente, sobre su contenido era «el amor de los nativos de Chicago por las flores».

La versión anterior había sido enviada a los tipógrafos y Mike solo podía intuir la identidad de los clichés aún disponibles. «Qué coño», pensó. «Que lo averigüen los de edición».

Después de «el amor de los nativos de Chicago por las flores» escribió «lo cual», e hizo un alto.

¿A la gente de Chicago le gustaban las flores?

A las mujeres sí, eso lo sabía. A los hombres les daban igual. Los habitantes de Chicago no parecían sentir más amor por las flores que cualquier otro grupo, y probablemente les gustaban menos, pensó, pues eran personas más terrenales.

Pero a alguien le gustaban; de lo contrario, no habría floristas. Mike, como cualquier escritor que se enfrentara a una prueba o plazo estricto, empezó a soñar despierto. ¿Quién mantenía a los floristas? Los hombres que deseaban complacer a una mujer, las mujeres, los ricos y, recordó, los gánsteres. Y pensó que, en aquel sosegado día, tal vez pudiera recurrir de nuevo a la temática que lo había hecho célebre.

Parlow encontró a Mike en el Depósito de Cadáveres del periódico leyendo un ejemplar de 1923. Era una fotografía de un gran tributo floral.

—Los floristas —dijo Mike—. North Side.

—Sí, los irlandeses tienen los floristas y su entrada al North Side, sus apartamentos de lujo, felizmente abastecidos por los recaderos. «Espere aquí, joven. Voy al dormitorio a buscarle algo, etcétera, etcétera, etcétera». ¿Por dónde iba?

—Por los floristas —respondió Mike.

—El North Side —dijo Parlow— ha ampliado su actividad comercial con la venta de licor de contrabando, coca, opio y el control de los bares situados al norte de nuestro Rubicón, el río Chicago.

—La Nación de Ausonia en el Exilio es responsable de los enclaves negros en el South y el West Side, números, chicas y los analgésicos anteriormente mencionados. El North Side...

—Nails Morton —dijo Mike.

—Nails —añadió Parlow—. Sí, sobre el papel era florista. Y también el defensor del pueblo hebreo, pero era El judío Süss para O’Banion y su alegre pandilla de horticultores.

—Nails —dijo Mike—. De joven lo detuvieron por matar a alguna que otra alma cándida y por varias bromas pueriles, incluyendo «parsimonia sin intención de cooperar con la policía».

—El juez le pregunta: «¿Stateville o Francia?». Nail elige Francia y vuelve a casa convertido en un héroe. Se hace rico de la hostia y lleva guantes de piel amarillos. Un día, cabalgando por Lincoln Park, el caballo lo tira al suelo, le da una coz y lo mata. Es buenísimo.

—¿Y qué pasó con el caballo? —preguntó Mike.

—Aquella noche, el caballo está dándose un festín a costa de su amo, entran los esbirros de O’Banion y ra-ta-tá.

Mike siguió mirando el periódico.

—El caballo —dijo—. ¿Con qué le dispararon?

—¿Dónde estabas? —dijo Parlow—. Le dispararon con una metralleta. ¿No tienes sentido de la idoneidad...?

—En los tiempos de Roma lo habrían degollado —dijo Mike con aire distraído.

—El tiempo pasa. Por cierto, dejaron la metralleta encima del caballo muerto. Se deshicieron de ella porque estaba contaminada por «contacto con el animal». Es buenísimo. Weiss y Teitelbaum debieron de lamentar el derroche de cuatrocientos pavos.

—Yo también lo lamentaría —dijo Mike, que acercó la lupa al periódico.

—¿Qué estás mirando? —preguntó Parlow.

Mike observaba la fotografía sosteniendo la lupa encima de la inscripción, formada con margaritas en medio de la herradura.

—«Los mejores deseos de quienes te desean lo mejor» —leyó.

—Oh, sí, el lenguaje de las flores es el «lenguaje del amor» —dijo Parlow.

—Estoy siguiendo una pista, ¿vale?

—¿Así lo llaman ahora?

—Así lo llaman —dijo Mike.

La reiteradas excursiones de Mike a The Beautiful eran cada vez menos productivas, pues su informante, Annie Walsh, era la hija increíblemente hermosa del propietario, que la vigilaba de manera constante y eficaz desde su despacho. Y, para demostrar su inquietud paterna, redujo su discurso a monosílabos. Aunque ello obstaculizaba los intentos de Mike por entablar una conversación útil, no impidió que este, silenciosa e irremediablemente, se enamorara de la chica.

—¿Qué puedo hacer? —dijo a Parlow.

—Si tuvieras lo que denominaré «preferencias personales», ¿qué harías?

—Entraría en la tienda y diría: «Ponte el abrigo». Luego me la llevaría lejos de aquí y no la dejaría salir nunca de la cama.

Pero, hasta la fecha, apenas había hablado con ella, más allá de encargar flores que sirvieran para justificar su presencia en la tienda.

Evidentemente, Mike no engañaba al padre, quien, además de desconfiar de cualquier hombre sin importar la edad, era especialmente hábil a la hora de detectar el semblante de la lujuria, por disfrazado que llegara; tampoco engañaba a la hija, quien, como todas las mujeres sin importar la época, era perfectamente consciente de la presencia y el grado de interés de los hombres. El único ingenuo en aquella farsa era él. Y no solo lo pagaba con un anhelo no correspondido y con indecisión, sino con un disgusto no analizado pero persistente hacia cualquier duplicidad relacionada con su amor por la inocente chica. Porque, ¿acaso no se personaba ante ella bajo banderas doblemente falsas? ¿Acaso su burdo espectáculo como cliente no enmascaraba su concupiscencia y su carácter más vil como espía? ¿Y no podría decirse, pensaba, que la información que les sacara a ella o a su establecimiento podía valerles un castigo de la organización de O’Banion? Esta última reflexión no se le pasó por la cabeza en sus aventuras en el South Side, donde, en caso contrario, Mike se habría considerado tan «obligado a correr riesgos como el resto de nosotros».

Pero la chica no. No quería implicar a la chica.

Para ella no componía poesía, sino esa prosa, a su juicio superior y más adecuada para un periodista. Aquellas incursiones prosísticas nacieron en su imaginación como sencillas y, por tanto, valiosas declaraciones, pero pronto degeneraron en la silenciosa aquiescencia de la joven y en imágenes de él quitándole la ropa (la fantasiosa escena se trasladaba de la floristería a su apartamento de Wisconsin Street) y la iniciación de la muchacha en el arte del amor.

Mike había hablado de su inspiración floral con JoJo Lamarr, ladrón reformado o, como le gustaba decir a él, «momentáneamente no apresado», y hombre para todo.

El currículum de JoJo incluía trabajos como conductor de una banda de estafadores, ratero y proveedor de información general. No mantenía ninguna afiliación en particular y, cuando le preguntaban, achacaba su habilidad como contratista independiente a que era «amigo del mundo».

Lucía siempre camisa y vaqueros ajustados con remaches. Para los entendidos, era una alusión a la temporada que había pasado en la cárcel de Stateville y a su estatus allí, si no como líder, sí al menos como amigo de uno de ellos.

Encima de los vaqueros llevaba un abrigo de fina piel marrón que le llegaba hasta las rodillas. Para quienes supieran leer, el atuendo proclamaba: «Aquí es donde he estado y allá es a donde voy. Por el momento, estoy aquí. “¿Y tú?”».

Mike había llegado tarde a su encuentro con JoJo y esgrimió la excusa universal de los periodistas, esto es, que andaba muy atareado, respaldada en este caso por la superflua: «Vengo de la floristería».

JoJo ignoró la doble excusa, conocida entre aquellos que caminan cerca del precipicio como una revelación estéril.

Una vez que hubo archivado la inexplorada ofuscación, preguntó:

—¿Qué estabas haciendo en el trabajo? ¿La treta?

—¿Cuál de tantas? —preguntó Mike.

—La treta del funeral —respondió Mike.

—¿Por qué la treta del funeral?

—Porque has dicho que estabas en la floristería —repuso JoJo.

—«La treta del funeral» —repitió Mike—. Explícate.

—El tío se muere —dijo JoJo igual que haría un mago desvelando a un neófito la más básica de las ilusiones—. Está muerto. ¿Qué hacen todos?

—Van al entierro —dijo Mike.

—Eso es —respondió JoJo—. Mientras están fuera, ¿quién vigila la tienda y la casa?

—Hum... —balbuceó Mike.

—Exacto —dijo JoJo—. Nadie lo sabe. Nadie lo sabe. Eso es lo bonito de la muerte: que deja un hueco en el funcionamiento aceptado de las cosas. Todo el mundo da por sentado que alguien estará «ocupándose de ello».

—¿En este caso? —preguntó Mike.

—¿«Ello»? —dijo JoJo—. «Ello» es la casa. El director de la funeraria da por hecho que alguien ha llamado a un proveedor de comida. El proveedor de comida da por hecho que alguien traerá las flores. Ponle ropa bonita a una chavala, apropiada para el barrio, y que lleve un guiso. ¿Quién va a cuestionarla? Y entonces desvalija la casa. Es dinero caído del cielo.

—¿Y qué hay de...? —dijo Mike.

—Sí, sí, sí. La gente rica que sabe de qué va el asunto contrata seguridad, desde luego. Tienen una lista. Uno, puedes distraerlos o, dos, la tía Mabel entra con una maleta; estaba fuera de la ciudad y acaba de enterarse de la noticia. Como mínimo podrá inspeccionar el lugar. ¿Demasiada protección? O dices que te vas al hotel y volverás luego o simplemente te largas. Al menos habrás conseguido información. Con el tiempo, las aguas se calman. La familia lo supera. La mujer está fuera, tirándose al jardinero, y los niños en el colegio. A lo mejor de tanto llorar se van de vacaciones. Así que, aunque de primeras tengas que irte, la información que has recabado no tiene precio.

—¿En qué sentido?

—Has visto el sitio, ¿no, Mike? Cuando eras la tía Mabel preguntaste al mayordomo, al jardinero o a la niñera cómo se llamaba. Vuelves, y posiblemente los niños anden por allí. «Soy el hermano de Forstairs. Venía a traerle un...». Sabes que Forstairs es el jardinero, así que no habrá problema. Quizá ganes un minuto, nunca se sabe.

»Y lo que es más importante: los vigilantes. Si entras durante el funeral, ¿qué están custodiando? ¿Retroceden hasta una pared? Seguramente ahí está la caja fuerte. La información es oro y te salvará el trasero más a menudo que una Smith and Wesson Modelo 3, que al final solo te meterá en jaleos.

—Tú llevas una —dijo Mike.

—Mentira —repuso JoJo—. No la he llevado en mi vida. Bueno, sí, cuando era niño. Antes de ir a la universidad, sí. ¿Y después? Tenía una profesión y nunca llevaba pistola.

»¿Por qué? Si cometes un asesinato, alguien saldrá a buscarte, no más tarde, sino ahora, porque se arma un escándalo. Parte de mi trabajo es planificar; no necesito la pistola. Otra parte del plan es “QUE SALGA MAL”. Si sale mal, al menos tengo recursos. He pensado una salida, un plan de huida, excusas que pueden librarme, concederme tiempo para volver a intentarlo o dar explicaciones a la policía para que de camino a la trena me ofrezcan una copa en lugar de pegarme una paliza por arrogante.

»¿Para qué quieren algunos la pistola? Para amenazar a la gente. En mi opinión, solo sirven para disparar.

—¿No puedes utilizarla para amenazar a la gente? —preguntó Mike.

—Sí, claro que puedes —dijo JoJo—. Solo hay dos opciones: o el tío se asusta o no se asusta. Si no se asusta, ¿de qué ha servido la amenaza? Tú no lo sabes, pero a lo mejor él también lleva un arma. Y entonces ¿qué? ¿Está asustado? A lo mejor quiere salvar el pellejo, la saca y te dispara. Sí, sí, sí. Pero esa es mi opinión.

»¿De camino a la silla dispararía al carcelero? ¿Y cómo cojones voy a saberlo? Probablemente sí, o a lo mejor tendría dignidad y probaría de mi propia medicina. ¿Por naturaleza soy incapaz de dispararle a alguien? No lo sé. No soy tonto. Por otro lado, no quiero hacerle daño a nadie.

»Me gusta ayudar a la gente —añadió—. Tú nunca has estado en la cárcel, nunca has recibido una educación. De lo contrario, lo primero que aprendes allí es: ¿qué es un problema? Ya sabemos lo que es. Es un problema. ¿Dónde te los encuentras?

—En el lugar más inverosímil.

—¿Y bien, Mike? Que te sirva de lección: cuanto más inocente es algo, más intentará alguien —dijo señalándose a sí mismo a modo de ejemplo— buscar la manera de engañarte.

»Palomitas. Trabajé en la feria ambulante vendiendo palomitas. Llenabas el fondo de la bolsa con un dedo de arena: “palomitas”. El cielo es el límite.

El auténtico progreso en la educación de Mike se había producido observando a la chica tomar té en el Café Budapest.

La intimidad del lugar era una proclama. Antes, Mike solo podía disfrutar de su compañía como reportero que está siguiendo una pista.

La ficción les parecía bien a ambos y, después de tres visitas a The Beautiful, cayó prácticamente en el olvido.

Mike se dio cuenta de que podía recabar información asistiendo a entierros. No seguía el hilo de la pista y se pasaba las mañanas en el invernadero de The Beautiful interrogando de cuando en cuando a la chica, simplemente por guardar las formas. Ambos interpretaban el valor y significado de las preguntas como una especie de arrullo. La chica agradecía la decente protección que ejercía Mike sobre una castidad atribulada cuyos sonrojos, en ausencia de un tema neutral, se revelaban de forma irremediable.

En sus conversaciones en la floristería, Mike se sentaba en el taburete alto y fumaba cigarrillos. Annie llevaba un guardapolvos verde, que a él le parecía la prenda más elegante que había visto nunca. Llevaba también guantes de algodón blancos y utilizaba uno para apartarse el pelo de la frente. Los guantes se le manchaban al trabajar. Al principio buscaba una parte limpia, lo cual era cada vez más difícil, y acababa manchándose. Mike estaba hipnotizado.

Confiaba a Parlow los secretos de Annie.

—¿Sabías que puedes resucitar una flor escaldándola? —dijo.

Como periodista, siempre se podía cautivar a Parlow con algo que oliera a artimaña.

—Sí —dijo Mike—. Tienes que cortar los tallos a lo largo, en diagonal, para permitirles más acceso al agua. El agua debe ser potable y fría. Luego puedes verter el agua caliente de la tetera en los tallos nuevos. Los metes en el jarrón y vivirán un día o dos más.

Parlow empezó a hablar.

—Y nunca hay que usar tijeras para cortar los tallos —añadió Mike.

—¿Por qué? —preguntó Parlow, que en aquel momento se consideraba el amigo más útil del mundo.

—Porque eso comprime el tallo —explicó Mike— y entra menos agua en la planta. Este es mi favorito: alambre de florista.

—Alambre de florista —repitió Parlow.

—Es una sonda muy fina. La insertas en el tallo hasta la flor y corriges la inclinación. Por ejemplo, coges una rosa ya caduca... —Parlow asintió comprensivo—. Practicas un corte nuevo en el tallo, hierves agua, arrancas los pétalos muertos, dejas los frescos, insertas el alambre, la corola de la rosa se yergue y puedes venderla otra vez.

—¿Otra vez? —preguntó Parlow.

—La gente compra flores —respondió Mike. Vio que Parlow asentía y añadió—: ¿Dónde las llevan?

—Se las regalan a su chica —dijo Parlow.

—Sí...

—O a su madre.

—Sí, sí, y las llevan a alguna ceremonia —dijo Mike.

—Exacto —sentenció Parlow.

—Pagan las flores y luego las dejan en la ceremonia. ¿Y qué pasa con ellas cuando termina?

—Que alguien las lleva a los hospitales para los pobres —dijo Parlow.

—Je, je —dijo Mike—. Los empleados, el personal de limpieza o los botones vuelven a enviarlas a las floristerías.

—No tenía ni idea.

—Bueno —dijo Mike—. Y puedes pintar las flores, teñirlas. Atento a esto: la misma flor... —prosiguió, al tiempo que movía las manos, como diciendo «después de haberle hecho lo anteriormente mencionado»—. Sin duda, lo que nos atrae de ella es que simboliza la juventud.

—La juventud y el sexo —precisó Parlow.

—Con tu madre no.

—Piensa en Hamlet... —dijo Parlow.

—Juventud. «Frescura cubierta de rocío» —interrumpió Mike.

—Madre mía.

—Ese brillo —continuó Mike— que solo aflora en la juventud. «Si bien, con el tiempo y apoyo mutuo, se puede reemplazar por un entendimiento de camaradas, que...».

—Sí, vale —dijo Parlow.

—...por «la vieja flor» me refiero a la rosa —dijo Mike—. Y si tiras un centavo en el agua de los tulipanes, se conservan mejor. La rosa, sobre todo, representa el amor joven.

—Nunca lo he dudado —repuso Parlow.

—Los capilares del tallo...

—Yo creía que el propio tallo era un capilar —dijo Parlow.

—Pues no lo es —respondió Mike—. Cuando el tallo envejece se viene abajo, se seca, y llega menos agua a la flor. Por supuesto, la rosa nueva del escaparate ha sido rociada con agua. ¿Qué es más hermoso que una reluciente...?

—Vale —dijo Parlow.

—Sin embargo, en los pétalos de la rosa vieja, da igual como se seleccione, enderece y pode, no se aprecian gotas de agua.

—Evidentemente, en la rosa nueva hay gotas porque está repleta de agua y no puede contener más.

Mike lanzó una mirada acusadora a Parlow, que ignoró su afrenta.

—Pero la apariencia de ese frescor puede estropearse rociando la rosa con glicerina —dijo Mike.

Los tutoriales en The Beautiful continuaron. Una mañana se vieron interrumpidos cuando Annie recibió instrucciones de acompañar al repartidor al cementerio.

La chica se montó en la pulcra furgoneta roja, que llevaba rotulado el nombre de la tienda. Mike, como cabría esperar, subió detrás de ella, cosa que, ambos coincidieron silenciosamente, era lo lógico.

La furgoneta roja franqueó la entrada de piedra del cementerio de Waldheim y el repartidor aparcó junto a la caseta de material. Mike siguió a Annie al interior.

Pasaron junto a los cortacéspedes y los rodillos. Los encargados de mantenimiento estaban sentados a una mesa en la parte trasera. Uno de ellos saludó al repartidor y lo acompañó hasta una puerta doble, al otro lado de la cual había varias ofrendas florales.

Las más ornamentadas contenían símbolos o sentidos mensajes; muchas contenían ambas cosas. Estaban el trébol, el cardo, los corazones entrelazados, la cruz y los nombres de familiares o cargos oficiales de los difuntos.

Las ofrendas estaban organizadas por grupos.

El repartidor llegó antes que los trabajadores de mantenimiento hasta el grupo que reconoció como suyo. El dinero cambió de manos y Mike los ayudó a él y a Annie a cargar las ofrendas en la furgoneta.

Mike y Annie iban en la parte trasera, cada uno sentado en un paso de rueda. Las flores, que llenaban toda la furgoneta, se alzaban entre ambos y para hablar tenían que mirar a través de ellas y apartarlas. Todos los aspectos del brusco trayecto eran motivo de diversión compartida.

Mike ayudó al repartidor a descargar las ofrendas en la puerta trasera de The Beautiful.

Habían recomprado las flores, los soportes y los caballetes sobre los cuales descansaban.

En cada uno de los caballetes había una pequeña tarjeta: WALSH’S THE BEAUTIFUL, 1225 NORTH CLARK STREET. Mike vio que en el reverso de cada tarjeta figuraba el nombre y el número de teléfono del comprador. Y vio algunos nombres que, sumados al del homenajeado, denotaban una conexión suficientemente corrupta para ser digna de investigación.

Mike se guardó las tarjetas en el bolsillo.

Con el paso de los meses, podía intentar excusarse aduciendo que simplemente estaba haciendo el trabajo que fingía hacer; pero nunca podría aceptar ese pretexto, ya que, antes de guardar las tarjetas, volvió la cabeza para cerciorarse de que nadie lo veía. Se odiaba a sí mismo por los robos.

3

Mike llevaba casi un año cortejando a Annie.

El galanteo había empezado con cruces de miradas y conversaciones banales cuyo verdadero significado estaba a la vista de todos. A Mike le permitían acompañarla al tranvía después del trabajo, al principio alguna que otra noche y más tarde de forma rutinaria.

Primero, Mike iba a la tienda por negocios; una vez concluidos esos negocios, volvía para admirar y cortejar a la chica que, como supo desde el primer instante, era y sería siempre el amor de su vida.

Y así, durante el verano y el otoño iba a buscarla al trabajo. La mayoría de sus encuentros se producían en la esquina de la tienda y bajo la mirada de desaprobación de la familia de Annie, pues Mike no era de su clase, no era católico y, como bien sabían, solo le interesaba una cosa, que, en ausencia del sacramento del matrimonio, significaba perdición y desgracia.

Annie salía al terminar la jornada; su padre y sus hermanos se quedaban para ocuparse de las flores, hacer los últimos repartos del día y cerrar la tienda hasta el día siguiente.

Annie asistía a un curso de secretariado en la Escuela de Negocios de Armitage, así que, cuando tenía clase, podía salir de la tienda a las cinco. Si Mike no estaba trabajando en un artículo, la esperaba y recorrían lentamente las seis manzanas que los separaban de la parada de tranvía.

En una ocasión pasó junto a ellos el hermano de Annie en la furgoneta roja de The Beautiful. No los vio, pero Annie sí lo vio a él, y Mike, que siendo periodista estaba acostumbrado a leves fluctuaciones de conducta, quedó sumamente impresionado al percibir que la chica no se había alterado lo más mínimo, desdeñando a un tiempo el disimulo y la firmeza. Ambos intercambiaron miradas, y la de ella decía que el cortejo había progresado al punto de poder confiarle su más profundo secreto, que era que conocía el amor de Mike y se sentía orgullosa.

La lluvia y, meses después, la nieve aconsejaban esperar el tranvía a cubierto.

El toldo del Café Budapest los cobijaba y la propia cafetería se encontraba justo al lado del toldo. Ambos se sentían satisfechos de la intachable elección de refugio. Había café, té, tartas, hojaldres de Bohemia y comida étnica ligera.

El Budapest era un local para la merienda, lo bastante superior a una cafetería o cantina como para atraer a personas refinadas, a personas harapientas pero refinadas y a quienes disfrutaban de su compañía o no les importaba.

Los manteles eran de un tono amarillo pálido; las tazas de té y café estaban colocadas encima de unos tapetes de papel. La clientela se componía exclusivamente de mujeres de mediana edad. A Annie y a Mike les gustaba que el ambiente protegiera y limitara y, por tanto, intensificara su deseo.

Para él, Annie poseía la inviolable pureza de la mujer embarazada, la madre joven, la novia joven. Lo había visto en Francia, en el frente, en mujeres cuya única defensa era su indefensión y su confianza en la inviolabilidad sobreentendida de su estado.

En su opinión, probablemente era fruto de una religiosidad común, pues no hacía falta explicar que quien tocara a una mujer desvalida, ya fuera virgen, madre o novia, iría al infierno. Los franceses y los belgas compartían la adoración católica por la madre. Los alemanes no.

Parlow creía que ese podía ser el motivo de las violaciones cometidas en Bélgica, cuyas primeras víctimas, según el mito, habían sido las monjas. Aunque no era combatiente, daba por hecho que los relatos de atrocidades eran leyendas y que la mayoría de las crónicas que enardecían o ratificaban las pasiones también lo eran, como ocurría con la mayoría de las historias que se presentaban como noticias.

—Si fuera una auténtica tragedia —decía—, apartaríamos la mirada. Y puede que matáramos o montáramos en cólera, pero creo que no se lo contaríamos a nadie, desde luego no por dinero. Así es. Todos los periodistas se desprecian a sí mismos.

Annie le había preguntado a Mike por la guerra. Parecía un tema exento de riesgos: ni amor ni su trabajo, así que Mike le habló de la guerra con simplicidad, adaptando o embelleciendo, aunque nunca inventando, la diversión.

Mike se esmeraba en dejar claro, por su tono, que consideraba que su cometido era entretenerla y divertirla, siempre con ligereza, pues el tiempo que pasaban juntos era el único significado que ambos deseaban.

Con el paso de las semanas, Mike vio que ella cuidaba cada vez más su aspecto. Se sentía cautivado y pensaba que ni siquiera un toque casi imperceptible de colorete o pintalabios era capaz de atenuar su asombrosa belleza virginal. Crouch y la sección local se habían percatado del comportamiento de Mike e intuían el motivo. Pero solo Parlow conocía el nombre.

—Solo hay una cura para eso —le había dicho—. Pero, por desgracia, nadie sabe cuál es.

El propietario del Budapest, un húngaro gordo, era lo bastante bueno en su trabajo como para ahorrar a la pareja miradas de complicidad, sonrisas y una actitud obsequiosa; Mike agradecía su cortesía. No sabía si Annie se daba cuenta, pero llegó a la conclusión de que no tenía necesidad de hacerlo. Era una chica de convento, a ojos de Mike incapaz de ardides o pecados. Para bien o para mal, mediaría, si podía, entre la magnífica y triste reserva de ella y un mundo por el cual, si Mike se salía con la suya, Annie nunca se vería agraviada.

Mike no sabía a ciencia cierta cómo evolucionaría su amor. Percibía la gratitud de Annie por la contención de él y estaba encantado de haber descubierto cómo hacerla feliz.

Una noche, después de dejarla a salvo en el tranvía, se descubrió cantando en voz baja. Entonces se detuvo y pensó: «Supongo que esto debe de ser un cortejo».

4

Jackie Weiss, escribió Mike Hodge, había muerto por un corazón roto; un corazón roto por las balas de un .45.

Su funeral fue sonado porque la viuda había mostrado la ropa interior al saltar encima del ataúd, momento en el cual empezó a gritar «Jackie, no me dejes» y se resistió a los esfuerzos de los principales dolientes por sacarla de la tumba.

Fue, decía Mike, tan predecible como una boda gitana, con su intento ritual de secuestro por parte del novio y la correspondiente oposición de los hermanos de la novia.

Al ver el texto, Parlow había comentado que Mike tenía a la chica irlandesa en mente y que, si deseaba «contar la historia de su amor», debía solicitar la columna del consultorio sentimental y mantenerse alejado de la sección local.

Si creemos a los vieneses, añadió, la mente la controlan varios timoneles independientes, todos ellos enfrentados entre sí, y el jefe era aquel que se complacía en gritar al mundo los secretos que los otros vivían para esconder.

Mike encendió un cigarrillo.

—En este caso... —prosiguió Parlow.

—De acuerdo —dijo Mike.

—La idea de que vas a arrebatar a la chica, sin duda muy rubia, a su familia y el temor aún más profundo de que te vayan a matar por ello ES UNA FANTASÍA DE CASTRACIÓN.

—Déjate perilla —le espetó Mike.

—Sí, sí, tengo mis manías —dijo Parlow—, y también mis aficiones. Una de ellas es la contemplación de lo que denominaré naturaleza humana. Porque, ¿no es el hombre la medida de todas las cosas?

—Nunca he sabido qué significa eso —respondió Mike.

—Nadie lo sabe. Es un misterio.

La mujer de la tumba había gritado el tiempo justo para observar las exequias y no superó la tolerancia de los dolientes al frío de febrero. Rodeaban el sepulcro quince judíos, cinco irlandeses del Chez y dos forasteros. Apartados del grupo había dos hombres con abrigos no autóctonos. Parlow comentó que no le gustaban aquellos abrigos.

—Jack, Jack forjó una máquina en Chicago —gritó la mujer— y creará otra ahí arriba.

Mike consideró que la escena entrañaba suficiente sublimidad y patetismo como para incluirla en su artículo.

Parlow discrepaba.

—Fue por poco margen —dijo Mike—, pero lo hizo bien y me pareció que merecía ser contado, qué coño.

Por respeto, había omitido el comentario del rabino, según el cual, Jackie no había tocado a su mujer desde hacía treinta años, excepto cuando le pegaba de vez en cuando. Pero Mike se lo contó a Parlow.

—Qué triste —dijo este—. Además, ¿cuál es esa máquina que supuestamente forjó aquí abajo? Si no me equivoco, era propietario de dos confiterías y parte de un bar.

—Como mucho —había respondido Mike, porque el bar, llamado Chez, aunque era regentado por Weiss, pertenecía nominalmente al hombre de paja, Morris Teitelbaum, y en realidad era propiedad, como todos sabían, del North Side, es decir, de Dion O’Banion. Y nadie excepto la viuda, en su comprensible tristeza, había verbalizado jamás la idea de que el señor O’Banion fuera copropietario de nada con nadie.

—Es más, hay gente que ha muerto por esa idea —afirmó Mike.

—Y con razón —subrayó Parlow—, porque, ¿qué es la propiedad?

—La propiedad es un robo —sentenció Mike.

El teléfono de Mike empezó a sonar.

—Discúlpame —dijo. Luego cruzó la sección local y lo cogió.

Mike Hodge y Clement Parlow trabajaban en el Rincón de los Ataúdes de la sección local del Chicago Tribune.

Lo llamaban el Rincón de los Ataúdes porque era el lugar donde iban morir los artículos.

La pared norte estaba revestida de corcho y el corcho revestido de numerosas capas de noticias consideradas insuficientemente acuciantes —y el interés humano considerado demasiado culto— como para difundirlas entre el público lector: la muerte de un caballo de polo que, después de huir de su establo en el North Shore, irrumpió en una tienda de antigüedades y fue abatido; sus compañeros del reino animal, perros perdidos y gatos capaces de advertir a sus propietarios del riesgo de un incendio; gemelos separados al nacer y reunidos tiempo después; limusinas de lujo que desaparecían del garaje y no se encontraban nunca más; alguna Virgen llorosa, crías de ocelote, un niño prodigio del ajedrez y cosas por el estilo.

Los periodistas sospechaban que los directivos mantenían la pared a rebosar como lección práctica para las abejas obreras.

Sin embargo, Parlow y Mike habían estado en Francia y se preciaban de gozar de inmunidad contra insinuaciones y profecías, y habían adoptado el viejo escritorio de la esquina como lugar de retiro y ocio.

Parlow estaba recostado en su silla giratoria, con la panza cómodamente apoyada sobre sus piernas cortas. Sacó un fósforo de cocina del bolsillo de la vieja americana de tweed y lo encendió en la suela del botín. Luego lo acercó a la pipa. El fósforo se apagó y Parlow sacó otro, negó con la cabeza y se puso a jugar con la varilla.

—No se enciende porque la pipa está rota —dijo Mike.

—Rota... —respondió Parlow—. Roto acabas después de una noche en el Levee, y lo sabes.

A sus treinta años, Mike parecía una década más joven que Parlow, que tenía treinta y dos. Observó a Parlow encender el segundo fósforo en la suela desgastada del botín, un recuerdo de su guerra, que se había pasado como controlador ferroviario en Vesy-le-Duc. Mike, que había sido piloto en Francia, consideraba los botines una afectación y así se lo había hecho saber a Parlow. Este encendió por fin la pipa y le indicó a Mike que empezara.

—Jackie Weiss —dijo— cometió el clásico error de confundir su posición con sus intereses. Porque, cuando los tíos entran por la puerta, la respuesta correcta no es «he trabajado toda mi vida por este negocio y no os debo nada», sino «pum, pum, pum». Sin embargo, Jackie pagó por lo que consideraba una práctica financiera segura, pero resultó que era una economía falsa.

—Iba justo —dijo Parlow.

—Iba más justo que el culo de Wilson, te lo garantizo. Y eso contribuyó al desastre. Su error, su verdadero error, fue la falta de esa perspicacia para los negocios que te permite elegir entre dos caminos putrefactos.

—¿Y cuáles son esos caminos? —preguntó Parlow.

—Bueno, la elección estaba clara —dijo Mike—. Al final tendría que pagar los intereses o pedir a Teitelbaum que hablara con O’Banion. No había una tercera opción.

—Si es que realmente se había atrasado con los intereses —precisó Parlow.

—¿Y por qué se lo cargaron, sino? ¿Qué pensaba que iba a conseguir cuando entraron los dos matones y se puso a hablar de Voltaire o lo que fuera y del derecho del hombre a regentar un restaurante y alguna puta que otra sin pagar tributos? No lo entiendo, porque la cosa va a acabar en enfrentamiento, joder. Por el contrario, si Jackie, que Dios lo tenga en su gloria... —Mike bajó los pies de la mesa. Se inclinó hacia Parlow y cogió el maltrecho encendedor plateado de encima de un paquete de Camel, sacó un pitillo y lo encendió. Después volvió a dejarlo en su sitio y puso los pies encima de la mesa—. Por el contrario, si, desdeñando los cobardes consejos de la indecisión, hubiera...

—¿Quién dijo eso? —preguntó Parlow.

—Napoleón dijo que lo único que lo diferenciaba de los generales de menor rango era que sabía a qué dedicar cinco minutos —respondió Mike.

—¿Y Jackie? —dijo Parlow.

—Los matones entran por la puerta del Chez —continuó Mike—, el más atrevido va a buscar la pistola antidisturbios que hay detrás de la barra y «pum, pum, pum». Luego se dirige a Teitelbaum, lo saca de allí a rastras, le pega un tiro y le echa la culpa de todo a él.

»Su problema ahora no es de dónde saca cuatrocientos o quinientos pavos a la semana que no tiene para pagar intereses, sino cómo tratar con O’Banion, una responsabilidad que, por lo visto, Jack no estaba dispuesto a asumir.

—Lo cual es comprensible —dijo Parlow.

—Puede —dijo Mike—. Pero piensa en la alternativa. No sé. ¿Yo haría lo mismo? Ni idea.

—¿Y qué haces con la poli?

—Venga, hombre. Disparas a los matones con el Winchester. Luego coges el arma que seguro que llevan en la funda sobaquera, acribillas la barra, rompes el espejo, les pones la pistola en las manos, ahora inertes, y alegas defensa propia.

—¿Y por qué disparas a Teitelbaum?

—Teitelbaum es el lameculos de Weiss y el títere de O’Banion. Le pegas un tiro a Teitelbaum, lo incluyes en el tableau vivant y ¿qué tienes? Un culpable. Cuando entraron los matones fue Teitelbaum quien cogió la pistola, porque era el que debía dinero. Por tanto, queda demostrado que Weiss es un testigo inocente.

—¿Y ahora...?

—¿Y ahora? Todo va sobre ruedas. Esa excreción maloliente, ese ladrón confeso que es Teitelbaum, ha sido eliminado.

—¿Y la policía?

—A la policía le da igual.

—Es fascinante —dijo Parlow—. Guárdatelo para el Sally Port. Además, ¿quién sabe que Jackie Weiss se había retrasado en el pago de intereses?

—Entonces ¿por qué lo mataron? —preguntó Mike.

—Por liberadoras que sean, limitemos las conjeturas al terreno de la filosofía y sometámonos a la tiranía de los hechos —dijo Parlow.

Mike suspiró y volvió a bajar los pies. Abrió el cajón superior derecho del escritorio y sacó dos hojas de papel. Sin cerrar el cajón, alineó las hojas y las introdujo en la máquina de escribir.

—¿«Jackie Weiss falleció ayer noche en una lluvia de disparos»?

—Muy gracioso —dijo Parlow.

5

«Ayer noche, Jackie Weiss cometió el fatídico error de confundir su posición con sus intereses», decía la columna. «Su posición era la de restaurador de los aficionados al juego en el North Side y su derecho divino a seguir siéndolo era la roca sobre la cual se encontraba y murió; la conocida devoción por los principios del mercado libre se vio sustituida, en su cabeza, por dos balas del calibre cuarenta y cinco. Deja a la que fue su mujer durante veintidós años, cuyo nombre de soltera es Margaret O’Neil. Pueden enviar ofrendas florales a la congregación...».

Pero a Lita Grey, de nombre real Berenice Mancuso, no le interesaban ni la dirección donde mandar las ofrendas florales ni la muerte de Jackie Weiss, que para ella no era noticia desde que había recibido la llamada telefónica la noche anterior, justo después del tiroteo. A ella interesaba determinar los pasos inmediatos más necesarios para sobrevivir en un mundo que el fallecimiento de su protector había dejado económicamente estéril.

La valoración que hizo de sus activos fue breve y, a su parecer, tristemente completa. Podría vivir en su apartamento hasta final de mes, para lo cual faltaban unos diez días; tenía sus joyas, con un valor que estimaba entre diez y quince mil dólares; tenía un armario lleno de ropa cuyos cuidados, por el momento, no podía permitirse; y tenía la cara y la forma de una concubina circasiana: piel blanca como el marfil, ojos violáceos y, a lo sumo, media década más para explotarlos.

—Cuidado con esa tinta de periódico que llevas en los dedos —dijo Ruth Watkins.

Lita asintió y cogió un pañuelo de la caja que había encima de la mesita. Luego se limpió las manos y tiró el pañuelo de papel y el periódico al suelo.

—¿Quieres que traiga el café? —preguntó Ruth, y Lita asintió de nuevo.

Ruth sacudió la cabeza ante el precario estado de un mundo gobernado por los antojos de los hombres y un Dios que, sin duda, era del mismo sexo.

—Ya podría haberse muerto en un mes que no fuera febrero, joder —dijo Lita.

—Y a principios de mes —gritó Ruth desde la cocina.

—No hay verdad más grande.

—¿Y qué pasa con el coche? —preguntó Ruth, que llegó con la pequeña bandeja y la dejó en la mesita.

Luego se sentó en el borde de la silla que había enfrente del diván. Lita le hizo un gesto y ella asintió a modo de agradecimiento, cogió un cigarrillo de la caja de plata que había en la bandeja, lo encendió y cruzó las piernas.

—¿El coche? —dijo Lita—. Todo está a su nombre y no sé si la puta vaca de su mujer tiene derecho a mandar a alguien a recoger los vestidos y los zapatos.

—Sí, es una pena, cariño —dijo Ruth.

—Desde luego —respondió Lita, que removió una gota de nata en el café con una cucharilla de plata diminuta. Después miró a Ruth, que negó con la cabeza—. Putos hombres —añadió.

Por lo visto, aquel resumen la liberó de la autocompasión, cuyo rechazo proclamó enderezando los hombros y adoptando una sonrisa «complaciente».

—Bueno —dijo.

A modo de respuesta, Ruth se irguió un poco, dio una calada rápida al cigarrillo y observó a Lita levantarse del diván y dirigirse a las ventanas.

Lita contempló East Lake Shore Drive, ahora cubierta de hielo, y los pocos coches que daban bandazos y avanzaban con el viento en contra.

—¿Cantarás esta noche, cariño? —preguntó Ruth.

—Lo haré. Tengo que hacerlo... —dijo.

Las dos entendían que, fuera cual fuera la decisión de Lita, su destino estaría como siempre en manos de un hombre, si bien la peculiaridad de aquella emergencia era que ignoraba la identidad de dicho hombre.

Sabían que la situación se basaba en el control del Chez, que tras la muerte de Jackie y a corto plazo podía significar Jimmy Flynn, el subgerente. Pero el corto plazo probablemente no se prolongaría más allá de aquella tarde, cuando reunirían fuerzas para el espectáculo nocturno, momento en el cual se posicionarían los varios poderes, el favorito de los cuales era Teitelbaum por su demostrada maleabilidad, pero todavía estaba en el aire la posibilidad remota de la viuda.

El Chez Montmartre permaneció cerrado la semana del asesinato, la investigación y el funeral. Lo llamaban club gastronómico, que como todo el mundo sabía significaba bar clandestino. Servían platos comestibles y un licor que, aun no siendo importado tal como publicitaban, estaba lo suficientemente exento de venenos como para no provocar demencia o ceguera. La propiedad absoluta del Chez fue ampliada a su gerente (el difunto Jackie Weiss) por el North Side, es decir, por Dion O’Banion. Dicho mandato garantizaba al propietario la licencia para gestionar chicas y droga, amén de los ya mencionados alimentos, y para ofrecer, después de la cena, diversión con juegos de azar razonablemente honestos.

Jimmy Flynn se apoyó en la mesa de la cocina del Chez. Llevaba unos pantalones de tela de gabardina, una fina camisa de lana amarilla con el primer botón desabrochado y un abrigo de cachemir gris. Sus seis esmóquines estaban colgados en el armario de su despacho y sus preocupaciones iban desde pensar si alguna vez volvería a lucirlos profesionalmente hasta preguntarse si llegaría vivo a aquella noche. Porque no entendía de qué era culpable Jackie ni cuál era el alcance de esa culpa.

Había sopesado la idea de llevar una pistola al trabajo, huir o hacer una visita preventiva a O’Banion para ofrecerle fidelidad o una salida rápida e irreversible si así lo deseaba.

Pero decidió esperar y dejó en suspenso los preparativos del club para la noche como muestra de respeto a los deseos de su nuevo propietario.

—Si reabrimos el local —dijo el maître—, se llenará hasta la bandera. El teléfono lleva sonando desde mediodía, aunque no sé qué creen que van a ver...

—El aura de Jackie Weiss —dijo Jimmy—. Tienes que estar más atento a las revistas.

El último ayudante de camarero entró en la cocina por la puerta que daba al callejón. Jimmy consultó su reloj con aire meditabundo y luego miró al chico, que agachó la cabeza. En los rincones de la cocina había ocho personas.

—A la mierda —dijo Jimmy, que echó a andar y abrió las puertas del restaurante.

Se percató de los susurros e intuyó el tema de conversación de los tres ayudantes de camarero, que estaban sentados fumando en las escaleras del vestíbulo. Cuando Jimmy entró, se levantaron y empezaron a bajar las sillas, que habían pasado la noche encima de las mesas. Jimmy les indicó que esperaran, así que dejaron lo que tenían entre manos.

Jimmy miró hacia la barra, frente a la cual Jackie Weiss había encontrado su final, e imaginó una línea que discurría desde el vestíbulo, donde se hallaban los matones, hasta el último lugar que había ocupado el difunto. Luego seguía hasta un punto situado justo a la izquierda de las puertas de la cocina, donde tres agujeros en el yeso testimoniaban el viejo lugar de reposo de las balas. La policía había extraído los casquillos y los había guardado a buen recaudo en el armario de pruebas de la comisaría, donde nunca más sufrirían molestia alguna.

—¿Dónde coño está Teitelbaum? —dijo a los allí presentes, pero no obtuvo respuesta, y tampoco la esperaba—. El puto judío está escondido. —Jimmy negó con la cabeza—. A Jackie le dispararon dos veces con un arma del cuarenta y cinco. Las balas lo atravesaron y quedaron incrustadas en la pared. Con lo gordo que estaba. —Sus pensamientos derivaron hacia la desagradable imagen de aquel hombre rollizo encima de Lita Grey—. Bueno, está muerto —zanjó.

Pops era empleado de mantenimiento y vigilante de la entrada de artistas. Era un negro sexagenario enfundado en un mono azul. Jimmy Flynn levantó la cabeza y lo vio.

—¿Qué? —dijo.

—¿Abrimos esta noche, señor Flynn? —preguntó Pops.

—¿Qué pasa? ¿Tienes algún interés personal en que abramos?

En ese momento sonó el teléfono. Los ayudantes de camarero volvieron la cabeza hacia el atril del maître. El teléfono sonó de nuevo y alguien lo cogió en la cocina. Al cabo de unos instantes se abrieron las puertas batientes y Alan, el maître, se asomó para indicar que tenía trabajo dentro.

—Ha llamado el «abogado» de la señora Weiss. Le gustaría que el club permaneciera cerrado esta noche en memoria de...

—A tomar por culo —dijo Jimmy—. Y, que yo sepa, no hay nada a nombre de ella. Ni de él. Un caballo que participó en la quinta carrera de Washington Park en los últimos veinte años, Lita, la Cantante Romántica, la anterior a ella, un asiento en primera fila en el Club Everleigh... ¿Yo qué cojones sé?

—¿Y Teitelbaum? —aventuró Alan.

—Teitelbaum se suena la nariz con los calzoncillos. ¿Alguien lo vio en el funeral? Porque yo no. Tengo que ponerme en contacto con O’Banion.

—... Pero ¿y si el control lo tiene la señora Weiss?

—No tiene el control. Si en algún momento fuera así, tendría que vender a Teitelbaum por orden de O’Banion o regalarle el club como oferta de paz para que no mate a sus hijos.

—Yo creo que resistirá como gesto de desafío.

—No cabe duda —dijo Jimmy—. O como homenaje a esa excelente educación conservadora que recibió en las chabolas de Cracovia.

»Que venga esta noche y me diga que ella y sus abogados quieren cerrar el local, que podemos plantear objeciones y situarnos del lado racional de la discusión. Ella odiaba a ese hijo de puta. Si quiere llorarlo, que se haga cortes en la piel. Llamad a la chica y decidle que esta noche actúa. Y llamad al grupo también. Que alguien enmasille esa pared. A tomar por saco, vamos a abrir. Si el señor O’Banion dice lo contrario, os echaré la culpa a vosotros.

6

El principio de los trabajadores de la sección local era: «La noticia es un limón. Exprímela hasta que no quede ni una gota».

Ese principio regía todos los aspectos del trabajo. Los editores y los anunciantes marcaban la pauta: canjear ingresos publicitarios por promociones disfrazadas de noticias. Los periodistas también se sentían autorizados a redactar cualquier texto que pudieran convertir en trato preferente, en sexo o en dinero en efectivo.

En sus comienzos, Mike había escrito alguna media columna sobre «maravillas de la ciencia», a saber, una nueva radio o nevera, que pasaban como noticias que obviamente eran un soborno.

Los periodistas extorsionaban a los propietarios de estadios, intercambiando una cobertura favorable de los equipos locales por entradas e intercambiando a su vez las entradas por dinero. Asimismo, al periodista le resultaba beneficioso explotar y ser explotado por los artistas de la ciudad. Una reseña alentadora, o la promesa de la misma, siempre era buena, no solo para conseguir más entradas para el espectáculo, sino también para acceder a las coristas entre bastidores.

Pero lo más fungible eran los reportajes elogiosos: publicidad camuflada de noticia sobre el flamante coche de alguna estrella, un consejo de belleza o su plato favorito. Esos masajes, como los denominaban, no solo eran buenos como trueque o influencia sexual, sino que, en caso de ser explotados correctamente, podían ser canjeados por dinero.

El neófito discutía con el relaciones públicas fingiendo ser virgen; el veterano preguntaba cuánto y entablaba una dura negociación. La norma a respetar era: «Si preguntan, tienen que pagar». A los periodistas les encantaba la corrupción. No solo era la regla del juego, sino el manual de estrategia.

Todos habían oído hablar de un compañero del American que se había acostado con una Estrella de Cine Muy Famosa durante el viaje de esta al oeste.

Estaba dando un paseo y pidió un cigarrillo al botones del Hotel Drake, que estaba en la acera. El botones le deslizó el nombre de la famosa que acababa de llegar; el periodista llamó a la suite e improvisó un discurso.

Dijo que estaba escribiendo un artículo sobre pobres que se habían hecho ricos. El gancho, hasta qué punto la disciplina y las virtudes que la estrella había aprendido en la granja la habían ayudado a cosechar éxitos en el mundo del cine. Sabía que era un planteamiento endeble, pero se lo había inventado sobre la marcha, y tenía hambre.

Una voz de mujer le indicó que subiera. Supuso que se trataba de la sirvienta, pero era la estrella de cine, borracha como una cuba y lasciva como nunca había visto a una mujer pese a su dilatada experiencia.

Había vuelto en sí, con una resaca insufrible, en el compartimento de la actriz cuando el Super Chief se detuvo en Ashton, Wyoming. Se despertó cuando lo zarandearon dos agentes ferroviarios que seguían indicaciones del mánager de la estrella. Lo echaron del tren y le advirtieron que si la prensa mencionaba aquel escarceo, moriría. Pero había conservado sus recuerdos, el derecho a fanfarronear y la prueba que constituían dos bragas de encaje con monograma.

Todos suponían que las llevaba permanentemente en el bolsillo delantero del abrigo. Pero no necesitaba enseñárselas a nadie. Lo había hecho en una ocasión y, desde su regreso, el respeto de la comunidad fue constante y sincero.

Había sido invitado a la habitación de la actriz por un fallo de seguridad. Su mánager, un drogadicto, se encontraba en la habitación contigua consumiendo y, por tanto, era incapaz de proteger a su clienta de sus propias inclinaciones sexuales. El mánager perdió el tren y los dos días posteriores, así que alquiló un avión y dio alcance a la pareja en Wyoming.

En el Sally Port todos coincidían en que lo del avión había sido juego sucio. Parlow se lamentaba de una civilización que, amén de sus indudables ventajas, se cimentaba en el parsimonioso corazón del pasado.

El compañero del American poseía un estatus ilimitado y, como dijo Parlow, era igual que quienes, gloriosos en la batalla, ven al hablar que todos los hombres deben morderse la lengua. Mike lo reprendió.

—Esa es la cita de Shakespeare que todo el mundo conoce —dijo—. Y ni siquiera viene al caso. Me decepcionas.

—La usaba irónicamente —repuso Parlow.

En el Sally Port, el estatus se conseguía por la hazaña, por la ocurrencia, por la transgresión impune de la ley o la política, por la extorsión y, en ocasiones, por un escrito.

El premio a la escritura no se concedía por el reportaje, que llevaba por titular la intuición, el esfuerzo, la intrepidez o la suerte. Los Hombres sobre el Terreno lo enviaban y luego sus textos eran estructurados y reescritos por ese grupo conocido normalmente como «oportunistas insensibles y herramientas de los ricos», siendo los primeros los correctores y los segundos los editores.

La labor diaria de los periodistas era ser valientes e impasibles, robar de la cómoda de la madre el retrato del niño asesinado, provocar al cónyuge homicida hasta que sufriera un arrebato interesante o reprimir la compasión por los jóvenes condenados a muerte. No bastaba con que fueran osados; debían ser temerarios cuando informaran del tiroteo, del incendio en la escuela, de la inundación o del accidente ferroviario.

La ética era cosa de Francia. Allí, los pilotos solo contaban las historias que reflejaban un descrédito hacia ellos mismos, su destreza y su valor. Todas las huidas se achacaban a la suerte; la maniobra bien ejecutada, el derribo o el aterrizaje, según su confesión, se había conseguido con los ojos cerrados.

En el Sally Port, igual que en Francia, no se otorgaban méritos por las hazañas, sino por el valor de la historia que las acompañaba. Pero el estatus más elevado —como el del Ladrón de Bragas, ese era su apelativo— recaía solo en quien supiera escribir de verdad.

Mike había cubierto el incendio de la escuela católica All Saints. Habían fallecido veintidós colegialas, que gritaban desde las ventanas con barrotes del segundo piso. Dos bomberos habían muerto abrasados mientras intentaban romper la mampostería con sus hachas. Mike lo había visto todo y entró en la sección local con los ojos rojos y apestando a humo. Cuando llegó a su mesa, se bebió media botella de whisky. Poochy había dejado la película en el laboratorio fotográfico y subió a la oficina, ya que necesitaba la compañía de alguien que hubiera estado allí.

Mike había metido una hoja en la máquina de escribir y estaba mirándola fijamente. Poochy todavía llevaba puesto el abrigo, empapado de agua y con el dobladillo quemado. Miró a Mike y sacudió la cabeza. Mike le tendió la botella y empezó a teclear.

A la mañana siguiente, el artículo fue publicado a su nombre y en primera plana.

El trayecto hasta su puesto atravesaba la sala de tipógrafos. Aquel día, todos cesaron su actividad cuando pasó por allí y empezaron a golpetear la mesa con el componedor.

Mike se dirigió a su mesa en medio del silencio aturdido de la sección local. Luego se quedó sentado un cuarto de hora sin mediar palabra y se fue a casa.

Los periódicos ya habían salido a la calle y los repartidores estaban anunciando el titular del incendio a grito pelado. Mike abrió la puerta principal y subió los dos pisos que lo separaban de su habitación. Annie lo esperaba en el descansillo.

7

Peekaboo era de ese color que la época conocía como amarillo chillón. En algún momento había ascendido de prostituta a madame y desde el Armisticio había regentado su casa, el Ace of Spades, situada en South Michigan Avenue. En sus días de fulana errante le parecía rentable y apropiado ejercer de ratera.

Había abandonado la profesión cuando se instaló en Chicago durante la guerra y ahora se consideraba una mujer honesta que ofrecía un servicio de calidad. Tenía cuarenta y ocho años y llevaba, como de costumbre, un sencillo vestido gris de cachemir.

Salió de la cocina y recorrió el estrecho pasillo, que, como el resto de la casa, estaba cubierto de un papel rojo aterciopelado.

Miró en dirección al vestíbulo.

Allí había dos hombres blancos, como todos sus clientes, probablemente oriundos del alto sur, tal vez de Missouri, riéndose con excesivo entusiasmo de algún comentario o gesto femenino, pues habían decidido que el tema de la noche sería la ingenuidad de las chicas negras.

Le pareció que las tres candidatas a las que había enviado al piso de abajo estaban haciéndolo muy bien, como era normal, pues las habían seleccionado por su afabilidad.

«Perfecto», pensó, y enfiló el pasillo hacia la parte trasera de la casa. En ese momento sonó el timbre de la puerta principal y dio media vuelta.

Marcus, el mayordomo, la miró como diciendo «¿Estás aquí?» y ella levantó un hombro y una mano para indicar: «¿Cómo quieres que lo sepa hasta que averigüe quién es?».

Marcus se tomó bien el reproche. Se levantó de la silla, franqueó las puertas, entró en el vestíbulo y las cerró de nuevo. El timbre volvió a sonar.

El mayordomo se situó a la izquierda de la puerta y extendió la mano derecha para abrir la mirilla, que le permitía ver la entrada desde un lateral.

Protegido así de un posible disparo admonitorio en la cabeza, vio al otro lado de la mirilla a un joven con abrigo que daba pisotones para entrar en calor.

Marcus cerró el panel de madera y se acercó a la puerta.

—Espere un segundo —dijo.

Después abrió la puerta del vestíbulo y anunció a Peekaboo:

—Es Mike Hodge.

—Estoy en la cocina —respondió ella.

En la estancia había cuatro chicas. Una estaba enferma de verdad y otra fingía, pero Peekaboo le permitió escabullirse para evitar las ineludibles lágrimas y acusaciones de maltrato que hubiera provocado obligarla a trabajar. La chica tendría que marcharse, y pronto, pero Peekaboo no quería despedirla cuando estaba enferma, aunque fuera solo a efectos prácticos: la amenaza tácita de apelaciones a una indignada hermandad de mujeres contenía la mano de Peekaboo, y la chica lo sabía.

«De acuerdo —pensó Peekaboo—. Las dos salimos ganando. Se mantiene el orden, y qué coño...».

Las otras dos chicas llevaban ropa de trabajo. Apoyadas delicadamente en la barra de desayuno, estaban tomando café en unas tazas descascarilladas de color azul marino, procurando no mancharse el vestido.

—¿Cuántas veces tendré que repetir que no os sentéis en la cocina? —dijo Peekaboo.

—Queríamos una taza de café —respondió la más joven.

—Si queríais una taza de café, solo teníais que pedirla —dijo Peekaboo.

—No queríamos darle más trabajo a Marcus.

«¿Por qué las putas son incapaces de decir la verdad, aunque solo sea por una vez...?», pensó Peekaboo.

Mike entró en la cocina.

—Hola, veterana —dijo a Peekaboo.

Las dos chicas que estaban de servicio asintieron ligeramente y, taza en mano, se dirigieron a la puerta que daba a la sala trasera. Las dos enfermas bajaron la mirada y su holgazanería hizo que el cuello del camisón de Peekaboo le atenazara la garganta.

«Por el amor de Dios», pensó.

—¿Sabéis qué necesitáis vosotras, par de zorras? —dijo. El remordimiento por haber roto el juramento de imperturbabilidad acrecentó su ira—. Necesitáis, como antaño, un jefe negro que os atice con un palo hasta que mostréis algo de gratitud y alabéis a Dios por el techo que os cobija, inútiles... —Se recompuso—. Largaos de aquí y lavaos el pelo —dijo.

Las dos chicas salieron de la cocina.

—Nunca critiques delante de un desconocido —dijo Mike.

—Y a ti más te vale alejarte de esa irlandesa —repuso Peekaboo—. Porque, si yo lo sé, el mundo entero está esperando acontecimientos.

—El mundo está esperando el amanecer —dijo Mike.

—Sí, ya. Lo he oído en la radio. ¿En qué andas últimamente?

—Estoy buscando pistas sobre quién mató a Jackie Weiss.

—Vaya, otra gran idea —dijo Peekaboo—. ¿Qué te parece esto? Dos judíos de Detroit, y añadiré la guía telefónica a la lista.

—Claro —respondió Mike.

—En ese caso, ¿sobre qué necesitas una pista? ¿Sobre quién dirigirá el Chez?

—No.

—¿Entonces?

—Quiero saber por qué no se enfrentó a la situación.

—¿Por qué no se enfrentó a la situación? —meditó Peekaboo—. A lo mejor se sentía seguro en su guarida natal o algo parecido, se sentía... protegido. Mike, tú ya conoces el mecanismo protector de... ¿Cómo os llaman? ¿«Varones»? Llevo toda la vida oyendo hablar de él, salvo cuando es una chica de la que os habéis cansado, o una esposa que ya no os hace felices, o que ha hablado más de la cuenta o se ha puesto bizca al miraros por encima de las gachas y le habéis dado una paliza.

Marcus entró en la cocina, cargado con un voluminoso abrigo de pelo de camello y una camisa blanca con el cuello sin almidonar, y abrió el armario de la limpieza.

—Amoníaco —dijo.

—¿Qué es eso, pintalabios? —preguntó Peekaboo.

—Exacto.

Peekaboo suspiró.

—Te juro por Dios que voy a tener que pegarle un tiro a esa furcia descerebrada para que se acuerde: «¿Te ha pagado? ¿Se ha vestido? Pues ha terminado contigo y tú con él. No le des un beso de despedida».

Peekaboo cogió el abrigo y lo examinó. Era una prenda gruesa y cara de color gris, recién comprada para el invierno. Llevaba en la solapa una pequeña insignia esmaltada en forma de trébol. En el cuello se apreciaba una delgada pero visible mancha de pintalabios rojo. Peekaboo asintió y Marcus le mostró la camisa, que tenía una mancha parecida.

—Para el abrigo, amoníaco —dijo la madame—. Para el cuello, prueba primero con alcohol. ¿Tenemos tiempo de lavarlo antes de mandarlo a su casa?

Marcus negó con la cabeza.

—Ya va tarde.

—Bonito abrigo —comentó Mike mirando la etiqueta—. Marshall Field’s —añadió—. Pelo de camello. Lord Raglan.

—Son las mangas —dijo Marcus señalando su corte en diagonal.

—¿Tenemos alguna camisa de sobra o ya no nos quedan? —preguntó Peekaboo.

Marcus negó con la cabeza. Luego cogió un trapo, lo impregnó de amoníaco y lo extendió sobre la mesa de la cocina. Entonces colocó sobre él el cuello del abrigo y miró las ollas colgadas encima de la mesa. Peekaboo asintió. Cogió una cacerola y la utilizó para ejercer presión sobre el abrigo.

—Esto apestará —dijo.

—Sí, sí, el abrigo apestará —añadió Peekaboo—. Si quiere quedarse tranquilo, lo más inteligente es quemarlo con un puro. Mientras charlaba en el club, alguien le quemó el abrigo.

—¿Y la camisa? —terció Mike.

—De acuerdo —dijo Peekaboo, que levantó la cacerola y cogió el abrigo—. El hombre hizo lo siguiente: volvía de los baños turcos porque quería estar aseado para su mujer. ¿Y qué hizo?

—Se afeitó —dijo Mike.

—Michael —dijo Peekaboo—, para ser blanco no eres tan tonto como cabría esperar. Marcus, coge la cuchilla...

—No me dejará —respondió este.

—Dile que, si no te deja, no volverá a entrar. Hazle un corte en... —dijo, mientras miraba el abrigo—. El lado derecho de la cara. El lado derecho, ¿entendido? —Marcus empezaba a sentirse ofendido por el insulto—. Hay mentes más brillantes que la tuya —sentenció Peekaboo—. Escucha y aprende: el lado derecho. Luego dejas caer un poco de sangre encima de la mancha de pintalabios, en el cuello de la camisa y en el abrigo. Échale alcohol en el corte y sécalo con una toalla limpia. Utiliza el lápiz hemostático, seca la herida y cúbrela con una tirita.

—El abrigo seguirá apestando a amoníaco —dijo Marcus.

—Lo han utilizado en los baños para intentar eliminar la sangre —repuso Peekaboo. Mike se disponía a hacer una sugerencia que obviamente consideraba inteligente, pero Peekaboo levantó un dedo para impedírselo—: ¿Qué baños frecuenta?

—Probablemente el Kedzie —respondió Marcus—. Es donde van casi todos.

—Averígualo —dijo Peekaboo—. ¿Conocemos al hombre del Kedzie?

—Sí, lo conozco.

—¿Quién es?

—George White —dijo Marcus.

—Sí, eso es —dijo Peekaboo—. Llama y cuéntale lo ocurrido. Si te pregunta qué gana él con todo esto, dile que le debo cinco dólares por el baño de sangre que ha presenciado.

—Sí, señora —respondió Marcus, que se llevó la ropa de la cocina.

—¿Quién va allí? —preguntó Mike.

—¿Qué?

—Marcus ha dicho que casi todos van allí, a los baños Kedzie...

—Los irlandeses —dijo Peekaboo. Luego señaló la insignia esmaltada de la solapa, como si pretendiera explicar una obviedad a un niño pequeño—. Sí, los irlandeses. Todos van allí.

—¿La mujer llamaría? —preguntó Mike.

—¿La mujer del cliente? ¿Que si llamaría a los baños?

—Sí.

—¿Su mujer? —dijo Peekaboo—. Es posible. ¿Qué cuesta estar preparado?

—A ti cinco dólares —contestó Mike.

—Se los cargaré a otro —dijo Peekaboo—. Además, si una cosa debes evitar es acostumbrarte a ser chapucero.

—Sí, pero no puedes prolongarlo hasta el fin de los tiempos —replicó Mike.

—Tienes que llevarlo al límite —dijo Peekaboo—. Es la mentalidad de tu oponente. Esa zorra sospechará de su marido, de eso puedes estar seguro, y él le contará que se ha cortado afeitándose en los baños. Ella llamará y hablará con alguien, en su opinión un pobre negro de Alabama demasiado tonto para mentir... Quedará satisfecha. No irá más allá. ¿Por qué iba a hacerlo?

—¿Para saber la verdad? —aventuró Mike.

—La verdad ya la sabe —dijo Peekaboo—. Ella solo quiere asegurarse de que su marido guarda el decoro.

Mike conoció a Peekaboo el día del Armisticio de 1925. Parlow había recibido una pequeña herencia y Mike aceptó ayudarlo a despilfarrarla. Estaban celebrándolo sentados a una mesa esquinera en el pequeño comedor del Ace of Spades. Frente a la mesa había un camarero. Los grandes portones situados al otro lado del comedor daban al salón, donde varios hombres blancos, en su mayoría de mediana edad y en su mayoría rechonchos, algunos famosos y todos pudientes, estaban hablando con las chicas.

Era costumbre de la casa, señaló Parlow, confiar a la madame la elección de compañía. Más bien se trataba de una cortesía, puntualizó, como pedir al chef que escogiera el menú. Peekaboo había salido de la cocina y estaba paseándose por el salón, sonriendo a todo el mundo.

—Empezaremos con una botella de vino de la casa y dos bistecs, por favor —dijo Parlow.

—¿Cómo los quieren, señor? —preguntó el camarero.

—Negros por fuera y rosas por dentro —respondió Parlow—. Como el coño de Bessie Coleman.

Mike vio que la hospitalaria sonrisa de Peekaboo adquiría un barniz de falsedad mientras se retiraba de nuevo a la cocina. El rostro del camarero quedó petrificado. Parlow, borracho y distraído, siguió pidiendo. Mike asintió para mostrar su conformidad con los platos y después se disculpó.

Llamó a la puerta de la cocina y entró. Peekaboo estaba sentada a su mesa. Delante tenía abierto un libro de contabilidad y estaba apurando un vaso de whisky y sacudiendo la cabeza. Cuando vio a Mike se puso en pie.

—Señor, tendrá que disculparme —dijo—, pero el estado de las zonas de servicio no contribuirá al que espero es, sin duda, el tono de su velada.

—Señora, me llamo Mike Hodge —dijo él—. Mi amigo está borracho y ha hablado grosera e irrespetuosamente de las mujeres y también de una de su raza que es especialmente honorable. Le pido que acepte mis disculpas por su vulgar comentario y solo puedo ofrecerle esta excusa: se encuentra más ebrio de lo habitual por tratarse del día del Armisticio. Si les dice a sus empleados que me indiquen cuánto se adeuda, pagaremos y saldremos de aquí.

—¿Qué interés tiene usted en Bessie Coleman?

—La vi pilotar. Fui aviador en la guerra. Sabía qué estaba viendo. Era increíble —dijo Mike, que se encogió de hombros, hizo una reverencia para disculparse y dio media vuelta.

—¿Cómo se llama? —preguntó Peekaboo, y Mike se lo dijo de nuevo—. Siéntese, por favor.

Mike cogió una silla y se sentó con ella junto al escritorio de tapa rodadera. Peekaboo alzó una mano y un hombre negro uniformado trajo un segundo vaso de la cómoda, donde había varias copas de cristal de Bohemia tallado y tres fotografías enmarcadas. La más grande era de Marcus Garvey. El marco era de gutapercha prensada y en la parte inferior llevaba impresas las palabras: «Arriba, raza poderosa, raza de reyes. Poneos en pie; podéis conseguir cuanto os propongáis».

La segunda era una imagen promocional de una chica blanca con un vestido sin mangas. En la tercera aparecía Bessie Cole-

man con su chaqueta de aviadora, una mano apoyada en el ala del

avión y el autógrafo: «Para Elizabeth —Reina Bess, el Gorrión Negro».

Peekaboo se dio cuenta de que Mike estaba curioseando. Miró primero las fotografías y después a él.

—Tómese una puñetera copa —dijo.

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