Czytaj książkę: «Pichón de diablo»

Czcionka:




Guzmán, David Eufrasio

Pichón de diablo / David Eufrasio Guzmán. – Medellín: Editorial EAFIT, 2021

220 p.; 24 cm. -- (Letra x letra)

ISBN: 978-958-720-720-0

ISBN: 978-958-720-721-7 (versión EPUB)

1. Novela colombiana – Siglo XX. I. Tít. II. Serie

C863 cd 23 ed.

G993

Universidad EAFIT – Centro Cultural Biblioteca Luis Echavarría Villegas

Pichón de diablo

Primera edición: julio de 2021

© David Eufrasio Guzmán

© Editorial EAFIT

Carrera 49 # 7 Sur - 50, Medellín. Tel. 261 95 23

Portal de libros: https://editorial.eafit.edu.co/index.php/editorial

http://www.eafit.edu.co/fondo

Correo electrónico: fonedit@eafit.edu.co

ISBN: 978-958-720-720-0

ISBN: 978-958-720-721-7 (versión EPUB)

Edición: Cristian Suárez Giraldo

Diseño y diagramación: Alina Giraldo Yepes

Imagen de carátula: Pausa, Camila López Correa, 2019. Medellín.

Fotografía del autor en la solapa: Juan Fernando Ospina.

Universidad EAFIT | Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad. Decreto Número 759, del 6 de mayo de 1971, de la Presidencia de la República de Colombia. Reconocimiento personería jurídica: Número 75, del 28 de junio de 1960, expedida por la Gobernación de Antioquia. Acreditada institucionalmente por el Ministerio de Educación Nacional hasta el 2026, mediante Resolución 2158, emitida el 13 de febrero de 2018.

Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de la editorial.

Editado en Medellín, Colombia

Diseño epub: Hipertexto–Netizen Digital Solutions

A Sapuca, un gato negro que durmió a pierna suelta sobre mi escritorio mientras escribía esta novela

La oficina solo tiene esta parte inocente de culpa: que si yo no tuviera que ir, podría vivir tranquilamente para mi trabajo y no perdería esas seis horas diarias, que me han hecho sufrir hasta un punto que usted no puede imaginarse, sobre todo el viernes y el sábado, cuando estaba tan absorto en mis propias cosas. Mirándolo bien, lo sé perfectamente, esto es pura conversación, la culpa es mía y todas las exigencias de la oficina son claras y justificadas. Pero esto representa para mí una espantosa doble vida, que probablemente no tenga otra vía de escape que la locura.

Franz Kafka, Diarios

Contenido

EL CUENTICO DE LOS VOTOS

PRIMERA PARTE

EL ASALTO DEL ALMA

SEGUNDA PARTE

CONTROLÍN, SEMBRAR EL FUTURO

TERCERA PARTE

EPÍLOGO

EL CUENTICO DE LOS VOTOS

Que había una vez una casa de vicio donde les dio por convocar a elecciones para presidente en medio de la loquera y la alucinación y lo mal que andaba el país. Que listo, que campaña exprés y el viernes a las urnas. Llegado el día de la democracia votaron, a las cuatro hicieron el conteo, y a las cuatro y veinte leyeron los resultados. Algunos sacaron dos, cinco, máximo ocho votos, hasta que anunciaron:

—Doctor culebra, quinientos mil votos –los malevos llenaron la caverna de aplausos y gritos de victoria y subieron a la víbora a un catre para que pronunciara su primer discurso.

—Ey, doctor culebra, ¿cómo va’cer pa sacar tantos votos si aquí apenas somos como treinta y cinco?

—Herencia, hija mía, herencia, ¡que me enfunden la banda!

PRIMERA PARTE

1

Esa noche cuando sonó el teléfono estaba entregado a la rutina del baúl. Lo había creado de madera, repujado con estoperoles de bronce, tal vez era un viejo baúl de su vida que ahora aparecía renovado gracias a una mezcla de memoria y creatividad. Mediante el ejercicio, el aspirante a actor buscaba reconocer su cuerpo, sentirlo en cada músculo, trabajarlo, de modo que de ese baúl sin fondo, porque el fondo era su imaginación, sacaba objetos que lo llevaran a crear posturas, como un arco y una flecha que disparó hacia la calle San Juan, o que lo retaran a evocar texturas y olores, como un peluche de mico traído de su infancia que apretó contra su pecho al recordar que una vez le chamuscó la cola con un encendedor de su mamá. Según el maestro, su problema era que se concentraba en la concentración y no en los objetos, por eso hacía un esfuerzo verdadero por ver el baúl y palpar las cosas consciente de la fuerza y la forma que debía imprimir a su manipulación. El actor debe explorar sus sentidos, uno por uno, El cuerpo es el instrumento del actor, decía en sus notas del taller. También sabía que si dividía la concentración, perdía la fuerza. Che, el actor debe tener un círculo de concentración, elasticidad en el grado de concentración; en medio de esa lucha, cuando iba a girar las hileras de un cubo Rubik con sus dedos dispuestos como garras, lo volvió a interrumpir el timbre del teléfono, Pero quién diablos, maldijo con la leve sensación de que podía ser importante, ¿Quién insiste en llamar una tercera vez después de dejar repicar por toda la eternidad los intentos anteriores?

Por esos días andaba desesperado, necesitaba encontrar trabajo urgente y no lo llamaban de los canales de televisión ni de las productoras donde había presentado castings. A un año y medio de haberse graduado de la universidad, su peor angustia era acumular tres meses sin pagar la cuota del sanguinario instituto de crédito, ¿Cómo es posible que deba tanta plata, señor, si no me desembolsaron ni la mitad de lo que me están cobrando?, Los intereses, señor Castañeda, recuerde que también le giramos para los derechos de grado y tuvo un año de gracia, Yo ahora no tengo cómo pagar ese dineral (¡traicioneros de ilusiones, ladrones del estudiantado, son un banco más!), Si no paga las cuotas, embargamos a los codeudores, ¿los va a perjudicar? ¿Aló?, ¡Quihubo pues!, Mauricio, ¡casi que no contesta, mijo! Era la voz rasgada de Mercedes, Ve, necesito que me traigás pues la hoja de vida, una vieja del concejo nos va ayudar a colocarte, ¿Colocarme dónde, tía?, Yo qué voy a saber, güevón, en el municipio, en la personería, donde se pueda. Mauro carraspeó, por temor no era capaz de contradecirla, Listo, en estos días te la llevo, No jodás, Pichón, ¡mañana mismo!, chilló la irrefutable voz de payaso ardido y fumador.

Colgó con cierto amargor y se tiró en el puf de la sala a pensar en sus posibilidades. No podía negar que su presente difícil y su futuro nublado se conectaban bien con la opción que se abría ante la llamada de Mercedes. Sus esperanzas se movían contradictorias entre la posibilidad de que el puesto no resultara y la oportunidad por fin de tener un sueldo fijo. Lo cierto es que siempre se había rebelado contra las imposiciones, pero la culebra hambrienta del instituto de crédito superaba su campo de acción y se tragaba su energía. Nadie la iba a cazar a su nombre, si la dejaba viva, los iba a devorar a todos, en especial al tío Argiro y a la misma Mercedes, sus codeudores. No les podía fallar. Su panorama, una oficina fría y ajena al mundo de actuación que quería construirse, lo llevó a una serie de sollozos apanados en fracaso que le brotaba las venas del cuello como si unas manos salidas del baúl lo estuvieran ahorcando. Cuando las lágrimas ya congestionaban sus ojos escuchó voces, pasos que se acercaban, movimiento de llaves detrás de la puerta del dúplex. Kike, el amigo con el que vivía, había llegado con otro amigo y dos o tres mujeres risueñas que no reconocía, entonces, para que no lo vieran como un pez martillo, que era como lucía después del llanto, se encerró de un salto en su habitación, apagó la luz de un manotazo y se tiró en la cama. Esa semana cumplía dos meses en el dúplex con la promesa pendiente de ponerse al día en gastos de arriendo y servicios.

Los amigos entraron con las chicas, ¡Hola!, ¿hay alguien en casa?, gritó Kike a propósito, como en un doblaje de película gringa, ¡Oe, Mauro!, gritó el otro amigo. Las mujeres hablaban y se reían de sus cosas. Kike acercó el oído a la puerta del cuarto, Mauri, ¿estás ahí?, vamos a tomarnos unas polas... Pst, Mauri... No, este man parece que no está, dijo Kike y giró el pomo: la puerta se abrió con violencia y Mauro quedó expuesto en posición fetal, vulnerado en la penumbra, metido a la brava en el complicado papel de un tipo dormidísimo que no despierta con semejante interrupción. Sus amigos se tragaron la risa ante la desolada imagen, y aunque habrían podido traer a las peladas para que lo vieran, él agradeció en silencio el regreso de la oscuridad y el vacío del encierro sin darse cuenta de que la escena era una metáfora de su momento: no le quería abrir a la vida.

El vozarrón de Tom Waits y la conversación animada en el segundo piso resonaban en su pieza. A oscuras, con las manos entrelazadas en el pecho, escuchaba los desplazamientos, el tintineo de botellas, el chasquido de las tapas y el liberarse del gas, los brindis, las risas, las carcajadas, ¿Qué pitos tocan estas güevas con esas viejas?, ¿quiénes serán? No podía saberlo. Deducía que eran modelos o actrices que trabajaban en el canal con Kike, un premiado publicista que dirigía programas de televisión. Prendió la lámpara y se sentó en el escritorio a tirar línea de la hoja de vida pero no tenía nada interesante qué poner, Ojalá tuviera un baúl para sacar experiencias, pensó. Lo que lo mortificaba, más allá de entrar al sector público con la rosca de sus tíos, los famosos Roldán Builes, era que no había logrado labrar un camino en la creación que lo blindara de estos peligros. Después de rechazar y despotricar de la politiquería y el nepotismo, creyendo que se iba a salir con la suya como oveja negra de la familia, se iba a tener que tragar sus palabras y aceptar el empujón de los caciques. Acongojado recordó cuando a sus once años lo pusieron a preparar sánduches de quesito y mortadela para las primeras elecciones de alcalde por votación popular. El sánduche hacía parte del refrigerio para los votantes, a quienes el día de elecciones transportaron en buses y taxis desde los barrios. En Los Ruiseñores, el centro de operaciones de la campaña, celebró como una pieza más del engranaje el triunfo en las urnas, Vea pues, se dijo entre resignado e irónico, me van a pagar el voleo de los sánduches con un puesto, ¿será que pongo esta actividad en el ítem de experiencia política?

Fap fap fap fap prt prt prt. En cama, después de recaer en su círculo vicioso como para al menos tener un placer en esa noche aciaga, pensó en que la única manera de vivir como empleado público era haciéndolo bien, ganarse esa plata con la conciencia tranquila. Si una de las cosas que más aborrecía en la vida era el zángano que vegeta y azacanea como un autómata, devengando un platal por hacer poco o por hacer mucho mal hecho, que era como él veía a los empleados públicos, lo que tenía que hacer era encarnar un tipo de funcionario que no sacara provecho de su posición, que se entregara a su trabajo, que sirviera en lugar de servirse. Sí, solo la dignidad podía salvarlo.

2

Una secretaria lo depositó en la soledad de la sala de juntas del octavo piso. Era un sitio tapizado y solemne, con una mesa ovalada para treinta personas y un amplio ventanal al que Mauro se privó de ir, no era un espacio ni una situación que lo invitaran a moverse con libertad. A cambio de divisar el centro y sus cúpulas sobresalientes, o en el horizonte las fieras montañas que contenían el valle de Aburrá, se contentó con echarle una mirada a los retratos de los funcionarios que habían dirigido el organismo a lo largo de su historia. Eran hombres maduros, la mayoría de gafas, cortados con la misma tijera, de corbata y sonrisa estéril, una mezcla que le sugería lo inútiles que podían llegar a ser los políticos llamados a presidir los entes de control, ¿O acaso alguno se ha destacado como verdadero enemigo de la corrupción o defensor de los derechos humanos? En eso pensaba cuando se armó un alboroto en Tejelo, una callecita peatonal, aledaña al edificio, con bares, toldos de fruta, verdura y pescado. Desde el ventanal vio cómo un tipo rastrilló su machete contra el piso frente a un borracho que manoteaba y se tambaleaba; las gentes gritaban y la barahúnda ascendía dramática a sus oídos. Una carretilla estaba volcada de lado y decenas de tomates rodaban por la calle en distintas direcciones.

La gresca, abrasada por la modorra de la tarde, le calmó la ansiedad de la espera. Estar a punto de entrar al despacho del doctor, a pesar de la rosca, no había sido fácil. Primero, por recomendación de Mercedes, que desgarraba con un tono autoritario y positivo que le quedaba imposible rebatir, se tuvo que cortar el pelo, un antirritual que lo sumió en una pequeña crisis de identidad: sacrificar la melena significaba clausurar sus mundos rebeldes de creación para yacer en las garras del sector público. Segundo, por exigencia de la misma Mercedes, tuvo que repetir su moderna hoja de vida, en la que había incluido algunos cortos y crónicas urbanas, Quite todo eso y haga una cosa más seria, le dijo y él entendió que el lenguaje de la creatividad era opuesto al de la burocracia y ahora tendría que librar una dura batalla en la que era un simple papel dentro del gran papel del Estado. Tercero, como la entidad donde la concejala tenía maniobra se iba a reestructurar y el nombramiento estaba demorado, los caciques tuvieron que mover influencias pesadas para que al menos el doctor lo citara y lo pusiera al tanto. Y mientras él aguardaba esa forzada cita, el pueblo en la calle paraba la carretilla y recogía los tomates. Dos tipos de bluyines y camisas a cuadros, motilados al rape, habían llegado a restablecer el orden. La avenida era una lenta caravana de taxis, carros, motos; los mofles encapotados de los buses expulsaban ráfagas de vapor negro y los transeúntes cruzaban entre los vehículos detenidos aun con el semáforo en verde. En ese momento otra carreta pasó en zigzag, ¡Aaaguaaacate, aaaguaaacate!, y Mauro regresó a la silla de buen ánimo, alimentado con una ración de realidad cruda y con la idea de que trabajar en el centro, más allá del caos, tendría sus ventajas.

Antes de terminar el tercer vaso de agua, el doctor lo hizo pasar. Mauro vestía un cachaco que conservaba desde los inicios de la universidad, con el que había ido a Bogotá a pedir sin éxito la visa americana: gris ratón con camisa blanca de rayas azules delgaditas y corbata vinotinto. Un par de veces le había mandado bajar el ruedo al pantalón y a punta de trucos caseros con plancha y vinagre logró borrar las huellas de los dobleces. Con el nuevo corte se sentía despejado y nítido y sus indisciplinados pelos frontales sobresalían, pero era preferible que se notara ese remolino y no el que llevaba por dentro, ¿Entonces vos sos el sobrino de Mario?, lo saludó el doctor y algo en el tono le dijo que su presencia lo había decepcionado, quizás esperaba a alguien más adulto y mejor caracterizado, pero Mauro no se amilanó, su respaldo era cosa seria, el doctor era una mosca muerta al lado de sus tíos, ¿Cómo le va, doctor?, dijo con soltura y luego se expresó con falsa cercanía cuando mencionó al tío Mario Roldán Builes, Poderosísimo imperatore, ¡astuti senatore! ¡Caciqui! Cuando voy a Bogotá me quedo en la casa de él, en Chapinero, nos la llevamos muy bien.

El doctor brotó manso de su escritorio y aplastó su cuadrada nalga en el borde del frontispicio, con las manos en los bolsillos y los pies cruzados en una posición descuajaringada que hizo sentir a Mauro en confianza, ¿Qué profesión tenés vos?, Soy comunicador social, respondió sin sentir la vergüenza de otras veces y empezó a hablar de su vida y de gustos y pasatiempos que no tenían nada que ver con lo que probablemente sería su trabajo en el organismo, como si quisiera regarse y decirle, Vea, caredoctor, en últimas yo vengo a trabajar un par de años para pagar una puta deuda y luego me largo a hacer mi arte, así que por favor me coloca pronto en un buen puesto, con un buen sueldo, que yo voy a aportar, no a lagartear. El doctor lo escuchaba callado y a veces se rascaba la barbilla o tiraba la cabeza para un lado en un tic brusco y violento para sus vértebras; luego, sin sacar las manos de los bolsillos como para no desacomodar ni un músculo, le dijo lo que ya se sabía: que el organismo estaba en reestructuración, que paciencia, que ya tenía el compromiso con la concejala, Lo más probable es que te nombre como provisional, en cualquier momento te llaman para que empecés el proceso de vinculación, dijo y lo despidió con un escamoso apretón de manos, Estoy untado, pensó Mauro y se dirigió al puesto de la secretaria para dejar sus datos, como si ya no estuvieran incluidos en el currículum, pero mientras ella los anotaba, pensó que tal vez lo normal en este sector era que las hojas de vida estuvieran en manos de los políticos.

Salió del despacho principal con ganas de dar un vistazo a las instalaciones y caminó por el piso ocho, donde también estaban el área jurídica, el área financiera y Control Interno, Holi, ¿estás como perdido o me parece?, le dijo una funcionaria de ojos negros y labios rojos y carnosos, era voluptuosa, de piel sana y trigueña, una belleza como medieval que lo dejó alelado, ¿Perdido?, eh, no, yo, Mauro gagueó y explicó que tal vez entraría a trabajar allí. Con un gesto de extrañeza que no tenía que ver directamente con él, la funcionaria le dijo que el organismo estaba en reestructuración, Si te llegas a posesionar, vienes a saludar y te muestro las dependencias, le dijo con un cartapacio en la mano y le contó que al fondo del pasillo funcionaba el departamento de comunicaciones y la tesorería, y entre el piso siete y cuatro, las subdirecciones técnicas y operativas. Feliz de tener este acercamiento que luego podría profundizar, se fue a pistiar a comunicaciones, donde seguramente lo asignarían, y allí vio a dos mujeres con tijeras y recortes de revista sobre un buen pedazo de cartulina; la funcionaria madura, maquillada y cepillada, hacía sonar sus pulseras como un sonajero cada vez que movía la mano mientras que la más joven parecía haber salido de afán en la mañana, con la cara lavada y el pelo recogido en una moña. Le encantó porque se veía contemporánea, descomplicada y limpia, con la escarapela del organismo en el cinto y no alrededor del cuello como la mayoría, ¿Y yo cómo me la voy a poner?, se preguntó como si fuera un gran dilema.

En el ascensor quiso conversar con la ascensorista, una mujer alta y acuerpada de rasgos felinos que hundía botones y activaba palancas sin despegar los ojos de su libro. Hasta pronto, nos seguiremos viendo por aquí, le dijo al bajarse en el quinto piso y ella lo escrutó con un ojo mientras el otro continuaba con la lectura. En el carrito de comidas, donde algunos funcionarios charlaban y tomaban café, curioso por ese nuevo mundo que iba a habitar, compró una almojábana y un jugo de caja. Esta cotidianidad sería más adelante el caldo de cultivo para la llegada del amor, la intimidad, la amistad y sus opuestos, y con esa lupa la analizaba. Aunque el personal se le hacía antiguo, pensó que podía encontrar gente más joven que él, sabía por sus primos que en este sector se movía mucho niño envejecido.

Terminó de bajar por las escalas y en uno de los descansos se encontró con unas mujeres jóvenes que comían fruta picada con cereal. En los pasillos de los primeros pisos circulaban empleadas con sacos y pantalones de paño dócil. Mauro creyó que eran secretarias pero luego supo que allí funcionaban los call center de varias empresas. Tanta mujer alegre y sana, tanta juventud, mejoró su ánimo de cara al futuro y lo llevó a pensar en el gamín de una novela que había leído por esos días, que iba pisoteado en un tren atiborrado sin poder respirar, y decía, Esto no está tan mal, amigos, esto no está tan mal. Conocer la sede del organismo y ver a la gente metida en sus cosas le transmitió la idea de que no estaba solo, la fuerza de la humanidad ardía donde hubiera humanos conviviendo y eso era lo que había visto en ese edificio rebosado de carne viva. Al tocar la calle, un hombre de ropas andrajosas con grumos plomizos en el pelo recuperaba un tomate que había quedado herido sobre la alcantarilla del museo. La escena lo atrapó, Jueputa, cada quien muerde lo que puede, se dijo cuando el tipo ya devoraba el fruto como el Saturno de Goya a su hijo.

3

Dos semanas después de su encuentro con el doctor y en función de su nuevo empleo fue a recoger a casa de su abuela tres pares de zapatos, dos piyamas, un atado de camisas y pantalones y cuatro trajes con sus corbatas. La ropa, herencia de un tío que había fallecido hacía poco y un primo recién casado que había renovado su clóset, le servía para el día a día laboral, la mayoría de sus prendas todavía eran deportivas, trajinadas, con historia, como si negarse al vestido formal le garantizara la juventud y la gracia eterna. En la sala, cuando varios familiares se terminaban de repartir el botín, Mauro se encerró en el cuarto de huéspedes para medirse sus nuevas vestimentas, pero ante la presión de Mercedes y otras tías para que desfilara tuvo que salir cada vez que se cambiaba de muda, Hay que mandarle coger el ruedo, Las mangas del saco le quedan grandes, Se va a lucir, Se nota que es prestada, Qué papacito, Con una camisa clarita le combina bien, Hay que cogerle de cintura, fueron las expresiones que tuvo que escuchar de sus variopintos familiares. Tiene que ir bien vestido, siempre de corbata, insistían, y entre todos recogieron trescientos mil pesos para que completara la herencia con ropa de empleado serio, Vaya a Everfit Indulana, mi amor, allá venden cachacos muy buenos. Pero Mauri, los viernes podés ir sin corbata, más sport, le dijo una prima mayor ya curtida en las aguas del sector público como para darle una buena noticia.

La mamá de Mauro observó al modelo medirse la ropa y se limitó a aprobar los comentarios, Sí, Ajam, Bien, Sí. Sabía que su hijo estaba achicopalado, que odiaba vestirse así, que el nuevo trabajo lo atormentaba. Sin embargo, con la crueldad que nos asiste para los seres más amados, y también para estar a tono con la sensación que flotaba en el ambiente, le dijo a hurtadillas a su hermana Mercedes, ¡Se ve hermoso con esa ropa!, asegurándose de que Mauro oyera. Él conocía bien estas agresiones y en venganza se despidió antes de tiempo con un pico de alacrán, sin tomarse la tradicional sopa de arroz con la excusa de tener que ir a hacer vueltas para poder posesionarse.

Salió a pie de El Poblado y caminó hasta Barrio Antioquia con botas de siete leguas, Qué luquiada tan hijueputa, pensaba durante el trayecto y cada tanto palpaba el bultico de billetes que llevaba encaletado en el resorte del calzoncillo. En el barrio, en la misma cuadra legendaria donde el tío Gabriel mercaba pacos de marihuana envueltos en tubos de papel periódico, compró un proveedor con diez baretos de cripi, una variedad más potente que estaba desplazando el moño de toda la vida. Mauro había visto desde su infancia que el barrio era la plaza oficial de la ciudad con la venia de las autoridades y cuando iba de niño a acompañar al tío, que trabajaba en el F2, se sentía seguro, pero ahora no solo le parecía un lugar tranquilo sino que le encantaba pasearse por la avenida principal, sembrada de negocios, ver las caras de las gentes, sentir cierta vitalidad tensa pero pacífica. A sus compras añadió una cajita de cueros quitacalzones, como los llamaba un amigo, papel de arroz para liar con sabores a uva, coco y piña muy propicios para endulzar las trabas amorosas. Antes de continuar su camino entró a El montañero, un granero de paredes naranjadas que tenía dibujado en su fachada un campesino altanero de poncho, sombrero y carriel, machete arriba, listo para decapitar al que se atravesara. Sediento se bogó una cerveza y compró un encendedor y dos frascos de aceitunas criollas que nunca hubiera esperado encontrar allí.

Durante los días siguientes el futuro funcionario estuvo a media caña o borracho, dedicado a la fiesta y al esparcimiento con diferentes amistades. Metió pérez hasta que los cornetes se le irritaron y a partir de ahí pidió a sus amigos que le dieran escopetazos, una modalidad inspirada en indígenas ancestrales para absorber el pase a través de las mucosidades bucales después de que alguno soplara con fuerza. El sábado a mediodía, cuando trataba de calmar la tembladera con un caldo de pescado que cocinó Kike, volvió a pensar en el organismo y quedó con la mirada perdida, dilatada, frente al consomé lechoso y humeante. Estás trapiao, dijo con voz cremosa otro pana que había amanecido en la casa. Y lo que falta, contestó Mauro afónico, con los ojos en el plato. Se estaba dando duro, como si quisiera matar ese Mauro rumbero que no había pelechado a tiempo como hombre de creación. Pero esto no lo comentaba con sus amigos, ellos no estaban ahí para eso, ni eran un muro de las lamentaciones, ellos seguirían ahí pasara lo que pasara y eso era lo que importaba, ofrecían energía pura y honesta, un mundo cerrado que ellos mismos se habían encargado de construir desde el colegio y que era tan fuerte que funcionaba como una salvación, como un antídoto a los demás mundos agrestes y mezquinos que componían sus vidas. Más que analizar el panorama que se le abría, lo que buscaba era evadir la realidad, anularla, desfallecer en la farra alucinante y resucitar el lunes como un hombre nuevo. Sin embargo, en la noche del sábado en plena rumba en el dúplex sus pensamientos se le adelantaron.

La fiesta estaba en su cenit, la gente bailaba “La tortuga” del Joe Arroyo y de repente comenzó a vibrar, desmadejado en el puf; recibió unos plones que le ofreció alguien y su boca o lo que respiró le supo a flores amargas. De una mesita agarró un cuadro que conservaba de su infancia enmarcado en vidrio y bordes de aluminio con una de sus primeras obras de arte, el Cuatrocaballo, un dibujo infantil grabado sobre un fondo negro de yeso. El cuadro, por su cómodo tamaño de veinte por veinte centímetros, y también por su valor, por ser un objeto personalizado que había sobrevivido a más de dos décadas, era el preferido de sus amigos para meter perico; ociosos delineaban el Cuatrocaballo o hacían rayas cortas o largas o curvas que desaparecían con el paso de las narices, fuaa, fuaa, se mandó otro trago y en un estado de borrachera total, con todos los efectos mezclados en su cerebro, empezó a ver cómo ondulaba sobre las luces y oscuridades de su rumba el revoltijo de cosas vivientes que había tenido que digerir a la brava: el baúl abandonado, sus intentos por escribir poemas, la ropa heredada que no había mandado a arreglar, la que no había comprado y para la que ya no tenía plata, los mechones de pelo en el piso de la peluquería, el casting reciente en el que olvidó su parlamento, los aciertos en clase de actuación con el maestro, y de tanto en tanto, como estaba en medio de la juerga, se colaba en el trencito de pensados la tortuga del Joe emergiendo bajoelagua bajoelagua, y luego el doctor en su posición desparramada, Te ves hermoso con esa ropa de muerto, el lunes, ¡el lunes! Mañana me muero, le dijo a Kike en el balcón, ¿Ah?, El lunes entro a trabajar, marica, dijo y soltó una risa malvada pero falsa. Kike dijo cualquier bobada, relacionada o no con lo que había dicho, no importaba, estaban en una frecuencia en la que iban a mil. De pronto su amigo le dio un palmadón eufórico en el hombro, Ah, güevón, verdad, ¿cuándo empezás a trabajar? Mauro respondió parco y desinteresado, con el bareto humeándole los dedos, como para no perder tiempo en pendejadas y disfrutar el segundo aire de la noche.

Salieron a la calle, había llovido y Mauro miraba al suelo y tomaba a pico de botella sin que le llamaran la atención los poéticos charcos de la calle húmeda, iluminados por las inocentes luces de la ciudad mortífera, ni los árboles que a esa hora adoptaban siluetas de animales prehistóricos, ni la luna empañada por el aliento cósmico. No sabía si empezaba a ver superiores a sus amigos o si ellos ya lo veían como alguien inferior, sin valentía ni carácter por haber sucumbido a la fácil, aprovechar la rosca de los tíos sin ser capaz de desviar esa naturaleza sino aferrándose a ella. No lo juzgaban pero de lo que sí estaba seguro era de que gozarían con su desgracia, no en lo profundo de las cosas sino en lo superficial, en lo cotidiano: cumplir horario, encorbatarse a diario, mantener una imagen seria, relacionarse con oficinistas. Disfrutar la desgracia ajena y regodearse en ella era un acto revitalizante del que sus amigos no se podían privar, y eso era legítimo dentro de los códigos del humor. El mundo de los amigos también tenía crueldad y su situación servía además para que ellos se consolaran con su ejemplo. Igual podía sobrevivir en el fracaso y hasta realizarse, como si la última aceituna del frasco, anegada en salmuera, germinara de repente para dar vida al olivo de la fuerza renovada.

4

El espejo del baño reflejó un improvisado vendedor de biblias. Todo iba mal con el largo de la camisa, no tan grave era pisar la bota del pantalón. El dúplex, después de dos días de rumba y gente, lucía como si acabaran de abandonar la fiesta, como si los enfiestados de repente, hace un segundo, se hubieran lanzado al vacío desde el onceavo piso en homenaje a Los buques suicidantes; la escenografía estaba intacta, con ceniceros rebosados de cuscas, cascos de limón exprimidos en el piso, colillas, botellas, huesos de aceitunas, copas, cunchos, chicharras, regueros, huellas de tenis que pisaron regueros, cidís, prendas de quién sabe quién, el Cuatrocaballo en el puf. Mauro miraba con asco y desprecio este cementerio silencioso de piltrafas que apenas se interrumpía por el rugido de los vehículos que subían y bajaban por San Juan. A pesar de un dolor de cabeza tipo picahielo tenía la actitud para sobrevivir a este día que pintaba eterno. En el reblujo de su habitación buscó un rollo de cinta masking que guardaba desde la época de universidad y le pegó dos lorzas a las mangas de la camisa. Las botas del pantalón las dobló hacia adentro y las aseguró con un par de cintas enroscadas. La cirugía quedó perfecta en las botas, pero pensó que lo mejor sería tener el saco puesto durante toda la jornada. O si hace mucho calor me lo quito y me remango la camisa, recapacitó. No manejaba la versatilidad del traje y se sentía raro con los zapatos, caminó por la sala, salió al balcón, recorrió el camposanto de la rumba, colgó el Cuatrocaballo en su lugar. Me van a salir ampollas, vida cagada, pensó con una fuerte presión en los dedos de los pies. Se quitó los zapatos y descubrió una bola arrugada de papel periódico en cada punta, Este sí es güevón, se dijo y salió del dúplex.

Un bus de San Javier lo llevó a La Alpujarra en un par de minutos. Podía tomar otro bus pero prefirió caminar por Carabobo con las gentes que iban y venían. Era un peatón por naturaleza. Los locales subían sus rejas y ese ruido de arrastre metálico le confirmaba que el día estaba decidido a comenzar. El pueblo pasaba recién bañado hacia sus destinos, los gamines y los locos soñolientos buscaban desayuno en las canecas, obreros de andar ágil, con sus tulas a la espalda, se dirigían a los paraderos de bus. Él se sentía un empleado responsable y moderno por llegar a pie al trabajo y disfrutar del centro en sus horas tempranas, cuando se puede apreciar por separado antes de que se convierta en una sola amalgama urbana de bochorno, pitos, motores, multitud y ventas.

Llegó serio al edificio, algo inseguro, no tanto por haberse masturbado en la mañana como porque se notaba a simple vista que esa ropa no era suya y temía perder el respeto en caso de que descubrieran sus remiendos. Se subió al ascensor y la ascensorista le regaló una mirada, ¿Para qué piso va, joven?, Talento Humano, respondió y bajó la cabeza en lugar de mantener el contacto visual para darle chances de que lo reconociera. La diosa de nariz felina hundió el botón del piso siete, giró la palanca del viejo pero bien mantenido aparato y volvió sus ojos egipcios al libro que sostenía en el regazo: La Elección, de Og Mandino.

En Talento Humano se sorprendió cuando supo que no iba a trabajar en el edificio, Participación Ciudadana es la única dependencia que no funciona aquí, le dijo Vanegas, un calvo cejón y lengüisopa que lo miraba fascinado, Ah, ¿cómo así?, Preséntese donde el jefe de Participación para que usted mismo lo notifique, aquí está la carta de nombramiento, después se pone a hacer las vueltas que le faltan, tiene que traer el certificado médico, el certificado de antecedentes penales, el registro civil, Vanegas escribía en un papelito los ítems, ¿Y dónde queda la oficina de Participación Ciudadana?, la pregunta contenía curiosidad y algo de resignación, En la antigua estación del ferrocarril, respondió Vanegas y volvió a sacar la lengua trémula entre las muelas para seguir anotando, su letra era despegada pero tan acostada y junta que parecía pegada, como una letra infantil que quiso volverse adulta a la fuerza y quedó truncada en el camino. Bienestar Laboral está organizando el torneo interno de microfútbol, ¿vos jugás?, a Mauro se le abrieron los ojos, Sí juego, claro, dijo con la emoción contenida.

Subió al octavo piso y buscó a la funcionaria del cartapacio pero las áreas administrativas eran un desierto de cubículos, con los computadores apagados y las sillas organizadas, Están en capacitación, le informó la señora del aseo. En comunicaciones tampoco estaban y se quedó con las ganas de ver la oficina para la que ya no iba y a la chica de la escarapela en el cinto. La suya se demoraba, primero tenía que reunir la documentación, la noticia era que ya había firmado y estaba posesionado como provisional, grado profesional universitario, con un generoso e inédito sueldo que lo tenía absorto.

Al salir del edificio, con la presión de haber encarnado ya un funcionario, se debatió entre desayunar con calma o presentarse de inmediato en su nueva oficina para ponerse al servicio de su jefe, el doctor Alberto Quinchía, a quien estaba dirigido el oficio que lo adscribía a la oficina de Participación. El hambre voraz que lo asaltó, tras días de mala alimentación, le ayudó a tomar una decisión. Pidió dos empanadas de carne y papa y dos presas apanadas de pollo con gaseosa en un local frente a la iglesia de La Veracruz. Desde allí vio cómo una puta robusta de pocas prendas dejó hablando solo a un borracho que parecía pedir una rebaja. Mauro miraba y comía despacio, disfrutando el gas explosivo de la Coca-Cola fría en su garganta. Era un empleado público enguayabado desayunando fuera de la oficina en horas laborales, pero tenía razones para considerarlo circunstancial, Algo tengo que comer, pensó atenazando el pollo con extremo cuidado de no engrasar el saco. Los espejos del local le mostraron lo ojeroso y machacado de su rostro, pero se sentía bien del estómago y eso lo animaba. Para bajar el desayuno, decidió caminar hasta el sector de La Alpujarra, la mañana ya había madurado, lo sabía por el vapor sofocante y dulce que emanaba del suelo. Bluyines, bluyines, ¿qué tallita buscaba? Joven, ¿va a comprar tenis? Mauro recordó que tenía que resolver lo de su ropa, Con el primer sueldo compro unos cachacos, pensó con una estructura económica mental distinta, contando por primera vez en su vida con plata que no se había ganado.

5

El fortín del sector público, la selva artificial de los tiranosaurios con corbata, el epicentro de las vueltas y las decisiones, santuario de los necesitados, mina de los tramitadores, palacio de los Césares, cuna del orgullo y la vanidad. ¡Dios mío, qué es esto! Mauro era una hormiga más en medio del hormiguero que cruzaba en distintas direcciones por la inmensa plaza encementada y bañada de sol. Le parecía un privilegio que su futuro lugar de trabajo quedara al lado, en la antigua estación del ferrocarril, y no en una de las moles que emergían del descampado gris: las colmenas gigantescas de alcaldía y gobernación, cientos de oficinas atarugadas hacia arriba y hacia los lados, Qué pereza ese par de paquidermos encallados con sus crías gordas y sedentarias del concejo y la asamblea. En cambio la restaurada estación del ferrocarril, rodeada de jardineras, bancas y cafeterías con mesas al aire libre, se levantaba apenas dos pisos y en su plazoleta exhibía un viejo vagón que invitaba a la contemplación del pasado. También se erigía una estatua de Francisco Javier Cisneros, el cerebro del ferrocarril, y pensó si ya reencarnaría, ¿O qué tal que las almas de los hombres inmortalizados en estatuas permanezcan atrapadas como fósiles en resina? Mauro alargaba los minutos con tal de demorar el último paso.

La oficina de Participación quedaba en el segundo nivel. Se desabrochó el saco para subir las escalas y desde el rellano vio una fila de hombres bucólicos con documentos y sobres de manila, mujeres ojerosas con bebés en llanto o pegados de una teta, campesinos de sombrero con escapularios en el pecho y las camisas manchadas de plátano. Creyó que eran ciudadanos que esperaban ser atendidos en Participación, pero luego supo que se trataba de clientes del Banco de los Pobres, ¿Será que me hacen un préstamo para mi pobreza de espíritu, para mi falta de carácter? Bien podría hacer fila con estas nobles y pacientes personas que todavía creían en los créditos del Estado. Bordeó la hilera de pobres, que era infinita, y a medida que avanzaba invocaba un agujero negro, el dedo que aprieta el botón, el fin del mundo, una abducción, la muerte súbita del escritor escribiendo esta línea, ¡un milagro que lo salvara!, pero un pendón del organismo le indicaba su destino.

Bienvenido a Participación, joven, le dijo la secretaria, una mujer menuda envuelta en un saquito de lana, de cabeza redondita y valonada, anteojos y nariz en forma de pico, una presencia que lo llevó a pensar en un tierno perico australiano, ¿Viene a poner una queja o a pedir asesoría?, Busco al doctor Alberto Quinchía, Mauro blandió el oficio, Siga, está en el despacho, la pequeña ave señaló con su lanudo brazo el despacho del jefe y bebió del pitillo de su termo. Mauro echó un vistazo a los cubículos de los funcionarios, a quienes imaginó trabajando tras los paneles, y una vez llegó a la puerta entreabierta del despacho se asomó y se sobresaltó al encontrarse de frente con la calva morena del doctor Quinchía, que estaba de espaldas con la prensa desplegada. Por un instante contempló la calva, las canas lacias caían débiles sobre la piel lisa de la coronilla, con dos o tres cicatrices que podrían ser pedradas recibidas en la infancia.

El doctor percibió una sombra energética que no provenía de sus súbditos, pues giró del todo la silla y se asomó agresivo por un borde del periódico: no entendía por qué un ciudadano venía directo a su oficina a interrumpirlo, para eso estaba la secretaria y los funcionarios en los módulos, para atender sus quejas, sus denuncias o lo que fuera. Él era el último eslabón, el que manda y firma, Usted debe ser el doctor Alberto Quinchía, buenos días. El doctor lo observó ahí parado y Mauro sintió que lo veía como un vendedor o un aprendiz de juzgado que venía a hacer alguna averiguación y se le había colado a la secretaria, ¿No están los funcionarios para que lo atiendan?, ¿cómo entró hasta acá? El doctor sentía vulnerada su privacidad, su sistema de seguridad le había fallado.

Mauro le estiró el oficio y el doctor lo empezó a leer sentado pero sin hacer contacto con el espaldar de la silla, a punto de pararse. Era delgado y bajito como un pigmeo, con la cabeza más grande que el resto del cuerpo. Si bien ni lo conocía, ya sentía un respeto extraño hacia él, una compasión fraterna, una conexión humana; contemplar su calva tal vez le había generado una nueva consciencia de la fragilidad de la especie. Además, los unía algo muy fuerte: ambos eran retrognáticos, Hacemos parte del mundo de los cumbambipequeños, de los sufridos retrógnatas, pensó mientras el doctor se acomodaba los anteojos incrédulo ante lo que leía. De repente se puso de pie y desenfundó su brazo de niño con la palma abierta, ¡Felicitaciones!, acaba de llegar a una gran entidad, le dijo y se estrecharon las manos; la de Mauro, que tenía porte de escultor y dedos de pianista, engulló de un bocado la manita de Quinchía, Si jalo le disloco la muñeca, pensó el nuevo funcionario en medio del cortés apretón.

El doctor convocó con gran entusiasmo a la gente de la oficina, era claro que estos trabajos le gustaban, vainas sencillas, a la mano, como presentar al nuevo servidor. De la zona de módulos salieron tres personas con paso de tortuga asoleada: un cuarentón alto y carón con aspecto de centauro por sus largas piernas y alta correa; una señora morena de caderas anchas y trapecio estrecho con el pelo picado como una futbolista de los ochenta y una mujer más joven, de falda, piel muy blanca y cabello negro azabache, malacarosa, tal vez fastidiada por haber tenido que suspender lo que sea que estuviera haciendo para atender el repentino llamado, Los he reunido aquí, en este preciso momento, porque tengo una noticia para ustedes, una noticia que nos va a poner muy contentos, Quinchía hablaba con ambages y una emoción fuera de lugar, Se trata, señoras y señores, de un muy nuevo amigo, señor aquí presente él, señor Mauricio Castañeda Roldán, nombrado como provisional él, comunicador social y periodista él, ¿no cierto?

Dicha la palabra periodista, la de níveas pantorrillas arrugó la nariz en un gesto inequívoco de desprecio y miró de reojo a sus dos compañeros como si ser periodista fuera sinónimo de traicionero y hubiera que estar alertas. Aunque logró amilanarlo, Mauro hallaba complacencia en mirarla, su rostro le despertaba un deseo enquistado, quizás el aparato dental con cauchos que la hacía ver como una bachiller, su capul, su blancura exótica, su sonrisa agria, sí, porque cuando él saludó y agradeció, Luisa sonrió sin mostrar los dientes, dio media vuelta y se fue a su módulo. Quinchía pareció incomodarse con el desplante y le dio un palmoteo amigable en la espalda, Hay dos puestos libres, escoja el que más le guste, le dijo y encargó a Rober, el funcionario que más tiempo llevaba en Participación, la tarea de contarle a la nueva adquisición lo que hacían en la oficina.

Marta se dio cuenta de que Mauro se iba a inclinar por el módulo con vista a Carabobo, entonces se le acercó y le habló al oído, como marcándolo a presión en un tiro de esquina, Aquí no, este puesto es de Osvaldo, él no está pero este es de él, Ah, bueno, bueno, Mauro se apartó intimidado y eligió un puesto al fondo, frente a Rober. Cada módulo tenía un amplio escritorio en ele con una batería de cajones y un compartimento horizontal en la parte de arriba con llave. Los paneles y el piso estaban tapizados de un gris sobrio combinado con franjas aguamarinas. Eran cubículos diseñados para oficinistas activos, empapelados, que rayan, hablan por teléfono, atienden a alguien en persona y sobre el escritorio tienen su café, el del ciudadano y mil cosas más. El suyo se veía desolado como un apartamento días antes del trasteo y por ahora lo único que tenía para guardar era un sobre con documentos de su posesión. De pronto apareció Marta para darle un saludo más personal, Cualquier cosa a la orden, le dijo con la boca torcida y le dejó la mano impregnada de un fuerte aroma almibarado y limonudo de origen confuso.

Voy a orinar, ya vengo, anunció Rober y le mató el ojo a Mauro, que entendió el gesto como que a su regreso le iba a dar la charla informativa. Salió revoleando las llaves del baño con un meneado de pelvis hacia adelante y una parsimonia digna de alguien que ha pasado sentado la mayor parte de su vida. A su regreso efectivamente lo invitó a su módulo y le contó sobre la participación de la comunidad en los asuntos públicos, Hay que sembrar la semilla de la participación en los colegios, fortalecer las veedurías ciudadanas, Sí, ajá, muy importante, La gente no puede seguir dormida mientras se roban la plata de sus impuestos, Ajámñ, sí, a Mauro lo fue agarrando un sueño pesado y por instantes se iba y volvía y no sabía si había dormido una milésima de segundo o un segundo y como podía se tragaba los bostezos. Lagrimeado miraba la cara de Rober, que modulaba con su nariz enorme, porosa y triangular, derretida como la de un cuadro de Dalí, con las manos más grandes que las suyas mostrándole las cartillas con las que educaban al pueblo, Damos charlas en los colegios, recibimos quejas y denuncias, capacitamos los líderes, Ajámñm, excelente, qué bueno, y así, en esa batalla contra el tedio se acercó la hora de almuerzo.

Mauro salió a las doce y media y se dedicó a hacer vueltas pero el tiempo no rindió y volvió sudado y colorado, con el saco todavía puesto, pasados treinta minutos de la hora de entrada, ¡Tranquilo, hombre!, váyase ya y tómese el día de mañana para que termine de hacer sus vueltas, le dijo Quinchía y le dio una palmadita en la espalda. Él quiso darle un abrazo, Yo le agradezco mucho doctor, dijo y se despidió avergonzado con los compañeros, pues no regresaría hasta el miércoles. Una vez afuera sintió caer en su estómago la angustia por la obligación latente de tener que dar charlas y hablar en público. El recibimiento seco de algunos en la oficina tampoco ayudaba. Cabizbajo agarró un bus para la casa, se encerró en su pieza, cerró las cortinas haciendo del día una penumbra, como un licnobio invertido, y durmió tieso y parejo el sueño de los justos. Su cuerpo lo imploraba.

6

Era un vozarrón de ogro enamorado, una caja de música que iluminaba sus días. Aplicá la teoría del código, poh huevó, el narrador intuye un código, ¿cuál es la forma en que querés estar allá?, hay muchas, che, pero solo una es la tuya, ¿eh?, si lo lográs vas a estar en capacidad de proponer un mundo específico que tus compañeros y tu jefe van a aceptar como verdadero. Mauro estaba bajito de nota a pesar de que sus cachetes palpitaban rozagantes por haber hecho vueltas toda la mañana. No sé, maestro, no es fácil llegar a poner condiciones, Insisto en el código, joven, si hay una única manera de narrar esa película, solo hay una manera posible de que estés allá, creá tu código como empleado, reducí el infinito abarcable a un mundo que podás manejar, si te lo creés, te creen, poh huevó, un código ideal provoca esa convicción, es la realidad, es la verdad, es la totalidad. Su sabiduría y acento único entre argentino, chileno y colombiano, con un atomizado especial de la erre, A versh, señorsh, cautivaban a Mauro.

La conversa fue interrumpida por la llegada de las sopas de fríjol, ¿Y el ají, señorsh?, otra vez lo olvidó, refunfuñó el maestro y negó con la cabeza, no empezaba ninguna sopa si no tenía a la mano un frasco de encurtido, Che, Rafa debería capacitar los meseros de esta ciudad, huevó, no son profesionales del servicio, ponen a cualquier tipo que no tiene idea de su trabajo, dijo y cuchareó la superficie de la sopa como lo haría una madre para enfriar la colada de su bebé. Mauro estaba acostumbrado a esta escena y era testigo de que casi nunca le traían el encurtido en el momento oportuno: antes de la sopa, con la canasta de cubiertos y las arepitas gordas. Solían almorzar en un restaurante ejecutivo a unas cuadras de la pontificia, La universidad de los putos curas, una franquicia del Vaticano, donde va a parar nuestra plata, decía Mauro sin constatar que eso fuera cierto, pero lo creía, o lo quería creer, y eso bastaba para detestarla. Entre el Icetex y la Iglesia me jodieron, era otra de sus frases a modo de epílogo después de contar los pormenores de su deuda. Pero no era culpa del Estado, nadie lo había obligado a pedir un préstamo, ni de la pontificia, nadie lo había obligado a matricularse ni a dejarse robar una millonada cada semestre, ni a perder el tiempo cinco años en lugar de aprovecharlo con los dos o tres profesores con los que tuvo conexión.

El maestro habría podido ser uno de ellos, pero cuando Mauro entró a primer semestre ya solo dictaba cátedra en su casa, Maestro, a vos como te caen de gordos esos curas, ¿por qué diste clase allá?, le preguntó un día y la caja de música respondió, Las ganas de enseñar, joven. No se conocían mucho pero había una fuerza superior que los unía, como si hubieran sido padre e hijo en otra vida y ahora se volvieran a encontrar en circunstancias más favorables, sin la carga de educar, sin la presión de prolongar el apellido, apartados de la trilogía Padre, Patria, Patrón que sirve de base a los patriarcas, a los fascistas, sin el vínculo que pesa y obstruye, que predispone a la condescendencia, a la mediocridad, al alegato, a la disculpa, a la pelea cruel, porque es en la familia donde el diablo ve el óvulo fértil para eyacular su semilla cornuda. El camino de la verdad y la luz va en sentido contrario al de la consanguinidad, y es el del amor perruno, la amistad profunda, destinada, escrita en polvo desde antes de que se descomprimiera el punto cero.

Que el maestro y Mauro hayan coincidido en el mismo momento de la humanidad, en la misma trenza de tiempo y espacio, era ya un evento extraordinario, pero que además llegaran a tratarse en persona era ya un capricho de los dioses. La historia comenzó en los años setenta. Mientras el maestro huía de Chile, porque su forma de no poder escapar de la vida era escapando de la dictadura, él regresaba a Colombia en brazos de sus padres después de que su abuelo paterno emigrara a Venezuela años atrás huyendo de los azules asesinos. Las violencias de la humanidad también dejan sus tesoros porque detrás de cada historia de amistad y amor hay una de guerra, de exilio o de inmigrantes. Y aunque el maestro aterrizó en Bogotá, otro vericueto más del destino lo llevaría a Medellín, la ciudad donde Mauro había nacido, la que había abandonado y la que siempre lo haría regresar. Y mientras el niño ignoraba que la vida lo iba a herir tan pronto con la destrucción de su pequeño paraíso, el adulto, despojado de su país natal, insistía en lo vital: su arte, la búsqueda de su código, su patria era hacer cine, contar historias con el dedo en la llaga. Llegaron a destiempo a la pontificia pero Mauro buscaba prepararse para unos castings y lo encontró gracias a una azarosa cadena de conocidos de la facultad. El maestro lo acogió, lo veía tan simpático, tan pueril, tan perdido, tan inquieto... Sus energías casaron como gases siderales que se funden por una fuerza superior sin importar los elementos que los componen.

Unos días después de haberlo conocido en su casa, un sótano en La Floresta que había sido el taller de un grupo de teatro, se lo encontró en un Circular Coonatra. Estaba al fondo, entre los pasajeros apeñuscados y zangoloteados, cerca de la puerta trasera; era tan alto que su cabeza sobresalía de las demás y debía agacharla para no golpear el techo de la buseta, cosa que era factible por la velocidad y los brincos que alcanzaba el vehículo en algunos tramos disputados con otros conatras. El maestro se agarraba del tubo horizontal con ambas manos y su generosa nariz, romana e imponente, se dejaba ver con cada curva o frenazo. De rapidez cualquiera podría pensar que era un bromista que se había puesto las gafas locas que traen la nariz, el bozo y las cejas incorporadas, pero eran sus genes europeos, de donde era su padre. A sus setenta conservaba porte de gentleman, aún quedaba bastante de ese dandi que había sido en sus años más productivos, llevaba una camisa púrpura de chalís, su tela preferida para sentirse fresco, abotonada hasta el último ojal del cuello.

Mauro era tímido y por lo general evitaba oxigenar esos encuentros fortuitos pero el gentío lo escurrió hacia atrás hasta que quedaron a dos cuerpos. Lo miró para saludarlo pero estaba concentrado en lo que veía por la ventanilla. Observó su mano velluda empuñando el pasamanos. Su reloj de delgada manilla. El cabello pelicano, bien peinado, como si lo despachara la mamá antes de salir. El bozo bien motilado. ¿Qué llevará en el maletín?, guiones, guiones como un hijueputa, pensó cuando ya había decidido actuar como si no lo hubiera visto. El maestro se bajó en la Universidad de Antioquia y Mauro lo siguió con la mirada, con un dejo de nostalgia que se convirtió en entusiasmo cuando recordó que al día siguiente lo vería en el taller de actuación. Era místico el maestro. Lo rodeaba un aura de misterio, él mismo se había encargado de congelar sus pasados y adonde llegaba empezaba de cero. En los últimos años no le había ido bien con sus películas, contaban que unos productores españoles lo habían dejado con un rodaje listo. Algunas de sus películas, censuradas en el país, incomodaban al poder y llamaban a la movilización, quizás ese era su código, desnudar el establecimiento. A diferencia del bombo que suelen darse los cineastas, el sedicioso maestro se movía en un ambiente de bajo perfil, alejado de la vida social. Su familia en Medellín eran sus viejos alumnos, sus huérfanos adoptivos como los llamaba él.

El mesero trajo el ají y cuando ambos ladeaban el plato para recuperar las últimas cucharadas, llegaron los secos: arroz blanco, carne de res, tajada de maduro y ensalada de repollo, cebolla, tomate y zanahoria. Jugo de mora, leche, guandolo o mazamorra con bocadillo. ¿Aromática o tinto?, Dos tinticos. Lo que me tiene estresado, máster, es no saber cuánto tiempo voy a estar allá metido, además esa parte de las charlas, hablar en público, yo me nublo, Actuá, poh huevó, usá las herramientas del actor, tus compañeros de trabajo son el público, creá un personaje y así los llevás al mundo que vos decidás, aprendete los temas como si fueran parlamentos, pensá en la manera, esa única manera, en que Maurito puede ser funcionario. Era extraño que lo tratara en tercera persona pero así le calaba mejor la idea.

Che, ¿qué hacés ahora?, acompañame al banco. Mauro tragó saliva como si lo hubieran invitado a invadir Rusia en invierno, Claro, maestro, vamos, dijo a sabiendas de que el viejo no tenía que consignar ni cambiar un cheque, ni retirar, ni pagar una factura. Una de sus costumbres era hacer cola en bancos congestionados y empezarse a quejar, cada vez en un tono más airado, por haber solo una o dos cajas para el público; enardecido como un caudillo, echaba discursos contra el sistema, contra la banca, insultaba a Rockefeller, a la familia Rothschild y no quedaba contento hasta que algún cliente se sumara al motín. Cuando alborotaba el avispero lo sacaban o abortaba la falsa diligencia y salía digno y satisfecho de haber dicho sus verdades, pero sobre todo de haber despertado a la gente por unos minutos.

7

Su reloj Cassio F91w marcaba las 7:20 a. m. y la oficina estaba cerrada. Atraído por la ceiba majestuosa que se levantaba en la plazuela de la antigua estación, se acodó en el muro de la baranda, donde también apoyó una caja con pertenencias que consideraba iban a darle personalidad a su puesto de trabajo. Pensaba poner los libros en una esquina del módulo, el cactus, con sus púas amenazantes, encima del cajón superior, los mugs, los portavasos y el portalápices sobre el escritorio, cuando aterrizó Euri con su plumaje aún húmedo y su corto vuelo ornamental, ¡Eh, mijo, madrugó!, dijo y hurgó en su bolso las llaves de la oficina. Una vez entraron rodeó el pitillo de su termo con su boquita roja y sus cachetes se contrajeron, Ahhh, exclamó hidratada y miró al retrógnata, Vos debés tener tremenda palanca, ¿Qué?, Que debés tener una rosca muy buena, no a cualquiera lo colocan en este momento. Mauro sabía lo de la reestructuración pero ahora comprendía lo que eso significaba: zozobra, rumores, traslados, fin de provisionalidades, Vos sabés que en año de elecciones esto se despelota. Euri asumía que Mauro trabajaba con algún político y conocía el tejemaneje, pero esta cruza de delfín con trucha ni siquiera tenía incorporado que en cinco meses había elecciones de alcaldes y gobernadores.

Minutos después, cuando organizaba su lugar con el placer de poner cada cosa donde lo había planeado, llegaron en seguidilla Rober, Marta y Luisa. Buenodz díadz, saludó Luisa con su hablado palatino, Muy buenos días, le respondió Mauro desde el fondo con una dosis extra de vitalidad. Era su primer día en serio y más allá de que aún no sabía cuáles eran las funciones del cargo estaba mentalizado para asumir cualquier labor y aprender lo necesario de los compañeros. Tal vez en algún momento Rober vendría y le diría, Bueno, pelao, sus funciones son estas y estas, pero el funcionario se reunió a cuchichear con las compañeras. De no haber sabido lo que pasaba en el organismo habría pensado que era una oficina de orates: salían y entraban de los cubículos, murmuraban por teléfono, hacían corrillo en el corredor. Mauro, que no conocía la gente ni los cargos que mencionaban, acomodó la Constitución del 91, el Concilio Vaticano II (un libro tipo biblia que le habían pedido en los útiles del bachillerato y nunca había usado), una edición pirata de los diálogos de Platón, un librito delgado con dos cuentos de García Márquez y un diccionario Larousse con el lomo desmadejado.

Temprano en la mañana se despertó un olor a pollo. Mauro salió de su módulo y con pasos gatunos fue al dispensador a prepararse un café. Su desayuno iba a ser un sobrado de arroz chino que había traído de la casa. Rober, solitario, le entraba a una arepa con carne y aguacate; Luisa, en el puesto de Marta, integraba a su cuerpo cucharadas de una pasta blanca, tal vez avena con leche, mientras la anfitriona agarraba con ambas manos un fenomenal pastel frito. Euri, que ya había comido y ofrecido fruta picada con linaza y alpiste, salió a desayunar a las cafeterías con otras secretarias del sector. Quinchía no estaba y él sintió deseos de salir, cambiar de aire, soltar la presión, pero se contuvo dominado por su personaje responsable.

De repente, cuando vertía agua caliente en su amado mug del DIM, apareció Marta por detrás, le tocó la espalda con su mano apanelada y lo cuñó contra la máquina, Mauricio, ahí está el café y las aromáticas para que prepare sus bebidas, Sí, Marta, eso estoy haciendo, muchas gracias. Rober se acercó con la arepa en las manos y dijo que entre todos hacían vaca para comprar el azúcar en cubitos, los saquitos de azúcar dietética, el Instacrem, el café instantáneo, dos o tres sabores de aromática, la galletería. Ah, bueno, yo les doy mi cuota, Mauro se sintió avergonzado porque, como un niño, no se había preguntado de dónde salían las cosas o de quién eran. Cuando echó una cucharada de café, Luisa flanqueó el lado libre y quedó cercado revolviendo su asquerosa bebida instantánea, una imagen que resumía sus primeras horas como funcionario, Ve, ¿vodz pedidzte que te adzignaran a Partidzipadzión?, ¿Yo?, eh, no no, para nada, balbuceó intimidado por la atracción que sentía hacia esa Blancanieves de flequillo que lo trataba con dureza. Parecía inyectada con alguna materia lívida, su palidez era tal que las arterias y las venas del pecho y los cachetes dejaban ver la caprichosa ramificación de su sistema circulatorio, ¿Udzted edz cuota de quién? Tontín no quería mencionar a los tíos ni el nombre de la concejala y gagueó sin decir nada, una torpeza que la hizo reír con ganas; aunque él agradeció ver el alambre y los cauchos que le cruzaban la dientamenta, porque esa era la primera forma de ella entregarse, se sintió incapaz de tramitar bien sus relaciones y como pudo salió de la encerrona.

En la tarde los segundos caían a gotas como si tuvieran que llenar requisitos y pasar por un complejo engranaje antes de sumarse al conteo universal. Para no dejarse tragar por la arena movediza de la inanición, Euri se paró y le llevó a Mauro varias copias del formato donde se tomaban las quejas y las denuncias. Él las metió a uno de los cajones complacido por utilizar el equipamento y pensó que el lujo no tenía que ver con el derroche o la suntuosidad sino con darle uso correcto y pleno a las cosas para las que fueron creadas. Abrió de nuevo el cajón, extrajo un formato y se puso a mirar los campos que debía llenar sin sospechar que esa misma tarde tendría un bautizo que marcaría su paso por la burocracia.

A una hora de la salida apareció una ciudadana. Por la forma como se saludó con Euri supo que era conocida en la oficina y supuso que la haría pasar donde Rober, Marta o Luisa, que eran los expertos, así él arrimaría una silla para ver cómo tomaban la queja y cómo procedían, pero el piar de Euri resonó en su cabeza, Bien pueda pase, doña Fabiola, un nuevo funcionario la va a atender. Mauro sufrió los pasos que se arrastraban cada vez más cerca. Era una mujer rolliza de unos cincuenta años, con el pelo crespo reblujado y un ojo tapado con gasas y esparadrapos. El funcionario la invitó a tomar asiento y ella se sentó brusca e indignada, con la misma mirada flamígera que podría tener una india ciclópea testigo de la destrucción de la naturaleza a manos de la civilización y el supuesto progreso. Antes de modular palabra, se mordió la lengua con la boca abierta, tal vez un tic, y él notó que carecía de varios dientes, Ya le he dicho a sus compañeros, me tienen amenazada, dijo y se lamió las encías.

Mauro sacó un formato y le pidió los datos personales, Aquí ya tienen mis datos, refunfuñó la ciudadana, Es que soy nuevo, dijo Mauro con un sonrisa que pedía compasión pero el efecto fue el contrario, como si en él recayera el odio acumulado y la frustración de años de reclamar sus derechos, al fin y al cabo representaba el modelo de funcionario que entra desde joven a mamar de la teta del Estado. O tal vez el cachaco prestado y la inexperiencia que proyectaba le dieron la buena idea de tratarlo con dureza y devorarlo vivo. Después de negarse a dar sus datos, le empezó a echar una carreta larguísima y él se vio a gatas para tomar nota, tuvo que usar tres formatos y la letra le temblaba porque lo primero que supo fue que hacía dos años la habían intentado asesinar por sus actividades sociales, era líder del barrio Granizal y además de la denuncia de amenaza traía quejas por múltiples casos, por ejemplo, que a un colegio del barrio se le estaba cayendo un muro y parte del techo, que la comunidad sabía que ya tenían asignado presupuesto pero el rector decía no saber nada, que había un material abandonado, un cerro de arena y triturado que la gente se estaba robando porque no empezaba la obra.

Para Mauro lo importante era atenderla bien y dejar que se desahogara así lo hiciera sentir culpable. Su ojo en llamas lo oprimía y sudó tanto que tuvo que quitarse el saco y remangarse la camisa. Con el impulso latente de ofrecerle aromática o café, soportó otra media hora de puyas por los posibles errores o fallas que a ojo de la mujer pudo cometer algún día algún empleado público, hasta que a las seis pasadas, media hora después de la salida, irrumpió Euri con su saquito de plumas sobre los hombros, ¿Se amañaron mucho?, mañana viene más temprano, doña Fabiola. Mauro sonrió de medio lado, Sí, mañana la esperamos por aquí. La líder se paró de la silla y él pudo sentir sus ronroneos rabiosos y su mirada única como un túnel de iris denegrido que parecía vaticinar su futuro.

8

Al día siguiente, poseído por la ardiente disposición del empleado que se estrena y quiere ser eficiente, sacó del cajón los formatos de quejas sin contar con que su letra era una melcocha, arabescos apeñuscados, separados, ladeados, frases muecas unidas por trazos chicludos y largos como un débil electrocardiograma, Es imposible escribir presionado y con miedo, pensó al descifrar las primeras líneas. La urgencia que traía le dio paso al análisis minucioso, casi paleográfico, de su propia escritura. Ensimismado en su módulo despertó la curiosidad de Marta y Luisa, que hacían viajes innecesarios al dispensador para verlo trabajar. Él mordía el bolígrafo, se esforzaba, pensaba, traducía, se sentía observado sin poder ocultar el chicharrón que él mismo se había freído.

En la soporífera inducción, Rober le había dicho que las quejas se dirigían a las subdirecciones técnicas del organismo según la secretaría o la entidad involucrada, pero había olvidado cómo se procedía con las denuncias de amenazas o desplazados por la violencia, No, no, no, hombre, ¿ahora qué va a hacer con esas quejas?, eso no es competencia nuestra, Rober abrió los ojos y Mauro los cerró con humildad, culpable por haber olvidado que solo se tramitaban las QPC, sigla de Quejas Participación Ciudadana, ¿Qué es lo que hacemos con las demás denuncias?, Nada, se debe redireccionar al ciudadano para que vaya y se queje donde corresponde. Redireccionar. Qué fácil hubiera sido decirle a Fabiola, Mire, doña señora, váyase para la policía, adiós pues. Así no perdía tiempo él ni se lo hacía perder a ella. Ahora estaba encartado sin poderle tramitar todas las denuncias. Bajo las miradas socarronas de Luisa y Marta, que habían vuelto a salir para averiguar bien el chisme de su metida de patas, le alargó a Euri dos formatos y ella los recibió gustosa con sus finas garras: mecanografiar veloz en cautiverio era una de sus destrezas.

A media mañana recibió un telefonazo de Vanegas, Mañana es la inauguración del Lenis Castro, te voy a meter a mi equipo, ¿Inauguración del qué?, El torneo interno de microfútbol Lenis Castro. Según entendió se llamaba así en homenaje a un histórico funcionario que había muerto hacía poco de una enfermedad lenta y agresiva. Aunque colgó entusiasmado, pensó luego en los aires fraudulentos de su inscripción a última hora y cayó en cuenta de que sería un intruso si disputaba un torneo consagrado a un funcionario que no había conocido. Al mismo tiempo sentía la sensación, algo abrumadora, de que el organismo era el único mundo de los funcionarios de carrera administrativa, ¡Su único mundo! En medio de las jugadas que ya recreaba en su mente, el doctor Quinchía lo mandó llamar y en privado lo felicitó porque los oficios estaban muy bien redactados, Impecables, ¡no les vi ni un error!, ¡ni uno! Una queja iba para la subdirección que vigilaba obras públicas y otra para la encargada de educación. Mientras firmaba, Mauro le confió que había recibido la denuncia de amenaza de muerte, No, Mauricio, la manda para la fiscalía, para la personería, para la defensoría del pueblo, hay cosas que se salen de nuestro resorte. Fue la primera vez que escuchó la palabra resorte como sinónimo de alcance. Cuando se iba a despedir el doctor lo retuvo, La niña me va perdiendo el año y estoy muy preocupado, dejate la llamo y te la paso, está en primero de bachillerato. Quinchía marcó del fijo y de pronto Mauro se vio hablando con una niña que pronunciaba las consonantes aspiradas, acompañadas por una tenue eñe que le resonaba por la nariz. Necesitaba unir las palabras de una lista a sus respectivos significados, situados en la columna del frente. Mauro, que dudó en un par de términos, tuvo que acudir a su roído diccionario para hacer bien la tarea. La niña ni agradeció, Páñeme a mñi piapiá, le dijo. El doctor, tapando la bocina, lo despidió, No sabe cuánto le agradezco, Es con gusto, doctor.

En sus primeros estudios del ambiente en la oficina dedujo que la única persona que se llevaba bien con todos era Euri. Rober, Marta y Luisa despreciaban a Quinchía, por algún motivo no le creían ni les merecía respeto, como si para ellos tuviera más presencia un pelo. En contraste, Rober, que vivía con sus padres y cuidaba de ellos, era visto como el sabio de Participación. Mauro no entendía por qué no usaba traje y corbata, tal vez su cargo o sus contactos políticos no se lo exigían. Entre Marta y Luisa, que a simple vista parecían entonar, percibía una tensión cortés, la primera era una madre soltera, guerrera, liberal y estrecha, de piel ajada, mientras que la de níveas pantorrillas era más joven, de familia acomodada y a sus treinta y pico todavía vivía con sus padres, funcionarios jubilados. Él estaba muy nuevo, se sentía respaldado por el jefe y el solo hecho de haber llegado hasta allí le otorgaba cierto respeto; sin embargo su personaje le exigía ganárselo por sus propios medios y su primer grupo primario era una oportunidad que no podía desaprovechar.

A las cuatro de la tarde, los funcionarios, incluido Quinchía, agarraron de a silla y formaron un patético círculo. ¿Y Osvaldo?, preguntó Mauro, Haciendo política será, contestó Rober sin mirar a nadie, como si hubiera aprovechado la pregunta, no para responder, sino para salpicar al compañero ausente. Marta se frotó las manos y se despertó un olor bravo a panela con limón, era como si tuviera un humor adherido a las manos de tanto manejar panela, para el desayuno, para los frijoles, para bañarse, para lavar el carro, para bautizarse, para subir Los Alpes, Qué rico algo bien frío para este calor, Mauro trató de desvanecer sus ociosos pensamientos pero nadie reaccionó, solo el doctor sonrío ruborizado como una madre que se disculpa con la visita por la antipatía de sus hijos. Luego tomó la palabra y dijo que para nadie era un secreto la situación del organismo, No han aprobado presupuesto para imprimir más cartillas y hacer eventos con la comunidad, esto no nos permite dar charlas en los colegios ni programar capacitaciones, Es que es muy berraco ir a capacitar sin llevarle un pastel con gaseosa a la comunidad, dijo Marta, Dzí, lodz líderedz dziempre edzperan refrigeriodz, añadió Luisa. Cada intervención, así fuera de escasos segundos, estaba encaminada a justificar la inactividad y el espíritu remolón.

Mauro pidió la palabra. A juzgar por las caras de los funcionarios fue como si en una delicada reunión de adultos un insolente niño interrumpiera sin conocimiento. Rober abrió los ojos, Marta se cruzó de brazos, Luisa lo miró como a un soberano culo. Sé que llegué hace poco, pero quisiera decir que para dar una capacitación solo se necesita el don de la palabra, diría que los líderes no van a dejar de ir y no van a abandonar la charla porque no llevemos refrigerios, ni nos van a crucificar por eso, pensar así es subestimarlos, ellos sabrán entender que el organismo está en ajustes, que la administración está terminando, lo que esperan es la información, las herramientas, no un pastel y un fresco, igual, digo yo, unos pasteles y unas gaseosas los podemos comprar nosotros.

Dicho esto, Rober simuló una carraspera que rechazaba su intervención mientras Luisa balbuceaba una frase negativa que Mauro tradujo como un “A este cómo se le ocurre”. Marta miró por el rabillo del ojo a Rober haciendo visera, como rogándole en secreto, “Callá a este hijueputa”. Igual en los colegios, si no llevamos cartillas, podemos contarles a los pelaos qué hacemos, después les llevamos las cartillas y los muñequitos. Luisa lo miraba ahora con ojos chispeantes, sus labios temblaban de la ira y al fin, como si tuvieran vida propia, modularon entre dientes la expresión, “Hijueputa lambón” o “Hijueputa cabrón”. Euri tomaba nota con los ojos clavados en la agenda y Quinchía escuchaba como si le estuvieran mostrando un mundo nuevo. Para rematar, y porque era un tema que lo asustaba, dijo que había recibido la denuncia de la amenaza de muerte, que le parecía muy grave no poder darle trámite, que así como se mandaba un oficio a una subdirección del organismo, podían oficiar a otras entidades, Todas esas oficinas quedan por aquí en La Alpujarra, así nos curamos en salud y al menos remitimos las denuncias graves y los casos que no sean de “nuestro resorte”, dijo a propósito: si se apropiaba del lenguaje era más fácil que lo vieran y respetaran como funcionario.

La oficina tiene autonomía, hombre, dijo Rober y explicó que en Participación habían decidido no recibir asuntos ajenos para educar al ciudadano y remitirlo al organismo de control o entidad correspondiente. Ya que solo tenía que firmar, Quinchía apoyó la iniciativa de Mauro, A partir de ahora se pueden recibir todo tipo de denuncias, dijo y miró a Euri y luego a su agenda como forma de decirle, Que quede en el acta. En ese ambiente de miradas iracundas se podían percibir con más nitidez las tensiones que herían el grupo. Justamente, quizá para provocarlos, y como no era el que tenía que ir a donde los líderes ni a los colegios, el doctor dejó abierta la posibilidad de adelantar alguna capacitación, A las veedurías que la han solicitado, por favor. La actitud de Mauro le había calado porque a fin de cuentas eso no le generaba más trabajo pero sí más gestión, quedaría como un príncipe si mostraba resultados en este periodo de incertidumbre y transición, de campañas políticas y elecciones, cuando los funcionarios están pendientes de chismes y rumores, o metidos en la arena, como Osvaldo, aceitando la maquinaria.

Con cierta petulancia que podría confundirse con displicencia, Rober puso las palmas abiertas sobre sus rodillas, tomó una buena porción de aire como para inflarse de autocontrol y dijo que la capacitación siempre había funcionado así, que los líderes en estas épocas también hacían política y que sin refrigerios él no iba a dictar absolutamente nada, Para educar hay que llenar el buche primero, eso es elemental, dijo y se paró dando por terminado el grupo primario. El doctor quedó como un pigmeo estupefacto. Mientras llevaba la silla a su módulo, Rober dijo sobre Fabiola que era una líder muy intensa, que ya había denunciado las amenazas varias veces y que el caso estaba en manos de la fiscalía. En el trasfondo, el mensaje de Rober era: Ustedes –Quinchía y Mauricio– son unos güevones aparecidos. Para darle la razón, Luisa arrastró su silla y produjo una estridencia rabiosa que llevó a Quinchía a rascarse la cabeza con impaciencia. Marta, con la suya agarrada por el espaldar, pasó por el lado de Mauro y le asestó un fuerte golpe en la espinilla, Perdón, Tranquila. Mauro le creyó aunque también lo sintió como un reclamo, era ella quien manejaba las carpetas QPC. Esta gente lo que no quiere es trabajar, pensó salvaguardado en su módulo. El resto de la tarde lo ignoraron, salvo Luisa, que hacía viajes al dispensador para hacerle mala cara y mascullarle gérmenes de insultos que parecían haber estado reservados para él desde antes de su llegada, ¿Pero por qué tan bravita?, Mauro le sostenía la mirada, incluso el chichón en la espinilla lo hacía sentir más vivo, su personaje había actuado por sí solo.

9

El Lenis Castro se iba a disputar en el último piso de un centro comercial cerca del parque Bolívar. Era una construcción reciente que compartía cuadra con varios negocios, en especial dos estriptisiaderos que a la una de la tarde captaban sus primeros clientes, Solo peluche, solo peluche, le susurró un tipo que custodiaba una de las entradas; Mauro le recibió por educación la tarjetica de una vieja en bola pero su único interés en ese momento era debutar ante la gente del organismo y demostrar que si era bueno para algo en la vida, apasionado y entregado en cuerpo y alma, era para el show del balón. Iba expectante porque no conocía cancha alguna dentro de un mall comercial y menos en el centro de la ciudad. Al llegar se sorprendió con las instalaciones, cafetería, bar, pista de baile, mesas de ping pong, ajedrez y billar. La cancha, digna de coliseo, tenía la superficie verde y lisa y la demarcación blanca; para el público, a lo largo de una de las laterales, se levantaban tres amplios escalones a modo de tribuna.

Pasó entre los funcionarios de ceño fruncido, con la mirada de un gran crack antes de su faena y el caminado entre gareta y desparpajado que adoptaba cuando iba a jugar fútbol. Buscó a Vanegas volteando la cabeza como si todavía tuviera el pelo largo y lo vio vendándose un tobillo en una esquina de la grada. Se sentía realizado por la posibilidad de jugar en horario de oficina y pensó, sin dejar de sentirse ridículo, que lo que albergaba era el bienestar que le producía Bienestar Laboral, dependencia del organismo que al parecer sí tenía presupuesto para cumplir sus funciones con creces: doce equipos uniformados, árbitros y planilleros de la liga antioqueña de fútbol sala, trofeos, premios, Mijo, un campeonatico con todas las de la ley, programación los viernes, Qué maravilla. Vanegas le presentó a los jugadores del equipo, Este es Mauricio, de Participación Ciudadana, Mauro saludaba y daba la mano sin saber de qué dependencias eran los simpáticos colegas.

Sentado en una banca que fungía de camerino rasgó la bolsa que contenía las prendas del uniforme: camiseta naranja, calzón azul y medias a rayas azules y naranjas, ¡Eh, avemaría, qué bocadillo!, pensó y censuró el comentario para no parecer criticón. Luego se llevó la camiseta a la nariz y aspiró hondo el olor a satín sintético, la levantó abierta contra la luz y la giró para ver su dorsal: de entrada lo sintió lejano, defensivo, pero recordó que no era el número lo que hacía al jugador, sino que era este el que le daba la dimensión al número, cuatros que parecían ochos por su despliegue, cuatros que se proyectaban a sietes y ganaban la raya, cuatros que se desdoblaban a nueves para inflar las piolas, cuatros que se convertían en dieces como por arte de magia, Como Zinedine en el Real, sí señor. Una algarabía lo sacó de sus reflexiones, cinco personas acababan de subir a alguien en silla de ruedas y la gente les daba la bienvenida con aplausos y vítores. Entre la multitud vio a un negro calvo y sonriente en la silla de ruedas, Venga para que conozca a Lenis, le dijo Vanegas, ¿Qué, Lenis Castro?

Hasta donde había entendido el hombre estaba muerto y por eso el torneo llevaba su nombre, pero algún error hubo en la comunicación porque ahí estaba pelando sus enormes y blancos dientes a pesar de estar desahuciado, radiante por ese homenaje en vida que le brindaba el organismo, Mucho gusto, Lenis, campeón, le dijo Mauro con firmeza, ¿Qué pasa, mi muchacho?, divina juventud, respondió Lenis y trató de reír: primero movió su caja torácica y luego emitió la risa porque no podía hacer ambas cosas a la vez. Su rostro se le parecía al del actor negro de Depredador, ojos saltones y redondos, cabeza grande y brillante, párpados tristes, ¡Dios mío, Lenis Castro está vivo! Mauro agradeció el milagro como si Lenis hubiera resucitado para alcanzar a verlo jugar. Su actitud positiva aun cuando la muerte le echaba su gélido aliento en la cara lo llenó de buena energía, esa que había escaseado en la oficina en su primera semana, Ey, equipo, ¡vamos a ganarnos esto pues!, aplaudió y azuzó a sus compañeros mientras tecniquiaban.

El fútbol representaba un campo de la vida donde se desempeñaba a otro nivel. Si allá afuera era individualista y retraído, en la cancha, con las gónadas bien puestas, encarnaba el núcleo de lo colectivo. En el baloncesto, el voleibol, el ciclismo, pensaba Mauro, la superioridad deportiva inclinaba siempre la balanza y honraba el significado y el valor del deporte, mientras que en el fútbol no siempre ganaba el mejor equipo y eso a sus ojos era lo más parecido a la magia; no era un deporte sino un lienzo, un templo para buscar la redención. Como la suerte de los héroes, el fútbol también es manejado por los dioses del Olimpo con sus vicios y sus mañas, por eso un equipo de troncos unido y solidario comandado por un solo crack tocado por el rayo divino derrota en la guerra a un atlético ejército troyano abandonado por su deidad el día del juicio. Por eso jugaba con las vísceras, mentalizado, sacrificado, así desfogaba presiones y vencía miedos, y solo así su tensión y su frustración se convertían en sudor y sangre, los materiales del artista.

Desde el primer minuto demostró su técnica y descrestó a la grada con su despliegue. Todavía estaba el partido en sus albores cuando de un cargazo tumbó al suelo a un rival, enfrentó al arquero y gol. De la misma forma que un actor de doblaje, cuya materia prima es la voz, acude a posturas para lograr los matices de cada parlamento, Mauro utilizaba cada parte de su cuerpo al máximo y la ponía al servicio de su juego: era una sola danza imparable que defendía, recuperaba el balón, lo cubría con los brazos abiertos, atacaba, ganaba los rebotes, habilitaba los compañeros, proponía paredes, remataba y hasta le cuchicheaba al árbitro, ¡No se deje manejar!, le gritaban al de negro.

En el segundo tiempo vino el mejor gol que verían los funcionarios. Atrás se paraba un gordito que conducía uno de los vehículos del organismo. Tenía unos muslos esplendorosos, carne pulpa que casi no le cabía en la pantaloneta. Si se arrodillaba de lado sellaba la portería y su jugada preferida era sacar de meta con un pase aéreo y esponjado: clavaba la punta del botín debajo del balón para que este saliera en globito buscando algún compañero. Como era un chute en el que debía controlar la fuerza, los muslos se contraían y temblaban como gelatina dura. Y así vino el gol soñado, Mauro se desmarcó de su rival y corrió por la banda izquierda, pegado a la lateral donde estaba la hinchada funcionaria. Los muslos del cancerbero se sacudieron en cámara lenta, el balón surcó los aires, Mauro redujo la velocidad del pique, recibió el balón de pecho y sin dejarla caer sacó un sablazo diagonal directo al arco; sin saber por dónde había entrado la bola, la tribuna se levantó y gritó como si fuera un gol decisivo: Mauro sintió tocar el cielo, el llamado divino de la red, con ese golazo. ¡Golazo, Artista! ¡Qué artista!, gritaba Lenis emocionado desde la silla de ruedas. En otro contexto el artillero se habría quitado la camiseta para celebrarlo a rabiar, pero simplemente una vez se sintió flotar en las nubes del paraíso levantó el puño derecho y corrió hacia el tiro de esquina para recibir allí a sus compañeros como el ángel ungido. Lo abrazaron y él los cubrió con sus alas, ¡Qué golazo tan hijueputa!, ¡Eh, avemaría, qué golazo!, decía la gente y aplaudía de pie, anonadada porque había sido un gol de mundial en cancha de futbolito y eso lo hacía heroico y surreal.

Mauro miró extasiado a la grada con la mano empuñada como si tuviera un grillo adentro, Lenis le volvió a gritar, ¡Artista, qué golazo! Como aterrizando apenas del vuelo, el Artista liberó el índice del puño y señaló a Lenis agitando la mano. El gesto se entendió como si le estuviera dedicando el gol, pero había sido algo improvisado y natural, ¡Qué golazo!, repetía el desahuciado y a él le gustaba escucharlo, la sensación de hacer gol era enviciadora, si inventaran una sustancia que reemplazara el orgasmo en el alma que produce hacer un gol, un golazo, sería la droga más dura, ¿Cómo será vivir a toda hora con la sensación de haber acabado de hacer el gol de la vida? Lo más parecido podría ser un chute de heroína al travesaño de las venas.

Otra de sus características era que jugaba con vehemencia, al borde del reglamento; para él, el fútbol tangible era democracia e igualdad, por eso se fue ganando el respeto de funcionarios rasos que eran condescendientes en el juego con los jefes o los compañeros de más alto rango. Como el Artista no trabajaba en el edificio, después se enteraría de que en ese primer partido le había entrado durísimo y había borrado al prestigioso doctor Jaime Gaviria, o que al segundo partido se había manoteado con el doctor Botero, que era el que manejaba Control Interno; que había tumbado de un cargazo al doctor Alejandro Tobón, que tenía cuerpo de torta de matrimonio; que había alegado maluco en una calentura de juego con el doctor Pineda, que era del mismo partido político del tío Mario y mano derecha de la concejala, Ah, qué va, que coman mierda, así es el fútbol y el que juega apasionado lo sabe, lo que pasa en el templo del sacrificio, allá queda, luego recogemos juntos los muertos.

Molido y prendo bajó las escaleras del centro comercial. Se había tomado varios aguardientes con funcionarios que casi lo obligaron, ¡Salud, Artista!, ¡Un guarito con el Artista!, ¡Dele pa dentro!, ¡Tómese el último!, y así brindó con Lenis, con Vanegas, con el arquero muslón y otras personas desconocidas. La embriaguez por el triunfo 4-0 le duró todo el fin de semana y a cada instante se sorprendía recreando la repetición de ese gol alunado en su pantalla mental, los muslos templados sacando la bola, esos muslos que transpiraban oro y en los cuales podría apoyarse el universo entero, fuerza pura, perfectos dinamizadores del cuerpo, soporte e inspiración egipcia. De esos muslos había salido el sol, la energía de la jugada; luego cómo amortiguó la bola y la empalmó con el empeine para fusilar, y la celebración de Lenis, ¡Golazo, Artista! ¡Artista!, le retumbaba el eco de esa palabra en la cabeza. A él le placía, era acertada para definir su espíritu rebelde, libre y creativo que no combatía en la vida pero sí en la cancha.

10

Las semanas siguientes a su debut, con el golpe anímico que significó compartir con otros funcionarios, se dejó llevar por su personaje oficinista. Con la primera catorcena (en el organismo pagaban cada catorce días para completar un pago más en diciembre) compró dos trajes combinados, tres camisas, dos corbatas y varias prendas menores. Con ropa nueva y la que había llevado al sastre, más la escarapela alrededor del cuello, ganó en garbo y seguridad. El manual de funciones de su cargo estaba pendiente de aprobación en Planeación pero eso no era obstáculo para ejecutar algunas labores como la atención al público.

Por esos días, Fabiola frecuentaba la oficina, ¿Qué me ha llegado?, le preguntaba con sequedad y Mauro, a falta de respuestas, le mostraba acusos de recibo o anuncios de investigación, Recuerde los quince días hábiles, hay que esperar, ya programaron la visita a la obra, ¿Y qué pasó con lo que le dije de las amenazas?, Doña Fabiola, aquí me dicen que el caso ya está en manos de la fiscalía... Cualquier respuesta que el funcionario ofreciera a sus preguntas la hacía renegar y en venganza instauraba otra larga e intrincada denuncia de malversación de fondos en otro colegio o de lo que fuera, Los líderes siempre tienen una queja a la mano, decían en la oficina. Poco a poco, esa mujer ciclópea, de cabello crespo reblujado, saco de lana amarrado a la cintura y baguis cafés, se convirtió en su obcecada bestia negra. Siempre se la chutaban a él y ella nunca perdía la oportunidad de atormentarlo. Al final se despedía con la mirada torva y lo dejaba fatigado, enchicharronado y culpable. Entonces, para inyectarle tranquilidad a su ánimo, atendía lo mejor que podía a los demás ciudadanos, tramitaba todo a tiempo y advertía que el organismo estaba en transición, Usted sabe cómo es esto cuando hay elecciones, Las respuestas pueden tardar, Prometo que haré lo que esté a mi alcance. Era poco, pero honesto y suficiente para que confiaran en él.

Una tarde, cuando se disponía a estudiar la ley de veedurías ciudadanas, se presentó en su módulo un señor alto y moreno, peinado hacia atrás como su abuelo paterno. El ciudadano tomó asiento y Mauro creyó que lloraba, pero al mirarlo bien se dio cuenta de que dos carnosidades casi le colgaban de los ojos, entre la esclerótica y el iris, como diminutos callos sangrantes, Buenas tardes, soy Ignacio Alzate, del barrio Esfuerzos de Paz, el líder estiró su mano sarmentosa con los dedos hacia abajo y él sintió estrechar una pata de gallina recién cocinada. Más que poner una denuncia, el macilento hombre quería tramitar un permiso con el municipio, dueño de un terreno en las laderas del cerro Pan de Azúcar, para construir una escuela que a juicio de la comunidad hacía falta en el sector. Con pesadumbre le explicó que las escuelas asignadas al barrio quedaban muy lejos, Mire, doctor, nuestros niños y nuestras niñas tienen que recorrer trochas y caminos muy largos para ir a estudiar, y de un tiempo para acá que llegó una gente rara al barrio se están exponiendo a acosos, violaciones, atracos, imagínese que a los pelaos de quinto de primaria ya los quieren poner a trabajar con ellos, Ignacio trataba de contener el dolor y la indignación para entregar bien el mensaje. Mauro apretó los labios en un gesto de impotencia, ¿Qué sabe del terreno?, Es del municipio, doctor, secretaría de hacienda y bienes inmuebles son los que tienen que dar el permiso o ceder el terreno, No me diga doctor... El funcionario se quedó pensativo tocándose la barbilla, Los que tienen el poder no colaboran pero ¡ay donde fueran sus hijos!, dijo el líder permitiéndose un desahogo. Mauro miró sus ojos encarnados y comprometido por fuera de su resorte le prometió que iba a oficiar a hacienda con copia a bienes inmuebles, Esperemos que nos ayuden, dijo. Al parecer involucrarse desde el lenguaje le dio el impulso a Ignacio de invitarlo al barrio, a las laderas del Pan de Azúcar, y Mauro, instigado por la culpa que anidó en sus desencuentros con Fabiola, aceptó la invitación.

Al sábado siguiente se encontraron en la iglesia de Buenos Aires, Para evitar problemas con los muchachos lo mejor es que llegue y ande conmigo, le había dicho el líder. En Ayacucho desayunaron palito de queso con café con leche y luego se montaron a un bus de Enciso. A medida que devoraban lomas y lomas más se sorprendía Mauro de lo poblada que estaba la montaña, atiborrada de ranchos con techos de hojalata calcinados por los rayos del sol, Me imagino que usted no había venido por aquí, le dijo Ignacio, Sí, señor, vine cuando era pelao, Mauro frenó en seco como si fuera a meter la pata, ni de fundas quería contarle que había venido a ensuciar estos barrios con afiches de los Roldán Builes, ni mucho menos que era sobrino y cuota de ellos, políticos que tal vez representaban para él la clase dirigente incapaz de construir un país justo, ¿Y a qué vino por acá, doctor Mauricio?, Hombre, un tío me trajo a ver de cerquita las letras gigantes del Coltejer, yo veía ese letrero desde mi casa y era como el de Hollywood, pero con las letras verdes y encendidas como si fueran de kriptonita, ¿Kriptonita, doctor?, Sí, esa roca verde que doblegaba a Supermán, y que no me diga doctor, hombre, tranquilo.

Se bajaron del bus y Mauro solo reconocía el Pan de Azúcar. Todo ha cambiado mucho por acá, comentó Ignacio, ha llegado mucha gente nueva. Subieron a pie a Esfuerzos de Paz y allí conoció la gente afectada por la falta de la escuela; las niñas lo miraban como si viniera de otro planeta y se burlaban con timidez; las madres lo trataban con pleitesía y él intentaba desenvolverse lo más natural posible, respetuoso pero con cierto desparpajo al hablar para demostrar que era como ellos, que por cosas del destino trabajaba en el organismo. Las callejuelas eran de barro y en la caminada los tenis y las botas del bluyín se le ensuciaron. Es que aquí la mayoría somos desplazados de la violencia, venimos del campo, le dijo alguien cuando alabó las huertas que florecían en cualquier pedacito de tierra. La gente le rogaba que ojalá pudieran hacer la escuela y algunos pensaron que había ido a mirar el terreno para aprobar la construcción. Pero muy bien sabía él que lo único que podía hacer ya lo había hecho, y para evitar que se esperanzaran les tuvo que explicar que no era empleado del municipio, al contrario, trabajaba en un organismo que lo vigilaba, ¿Si lo vigilan por qué se siguen robando la plata?, le preguntó una señora, Son muchos recursos, muchos contratos, se hace lo que se puede, respondió Mauro incómodo, a ciencia cierta no sabía por qué los organismos de control no funcionaban como debían.

En la caminada le mostraron una empresa casera de arepas hechas a mano, tomó aguapanela con arepa y quesito, y como estaba comiendo solo como un embajador, para no ser el centro de atención, se le ocurrió pedir una hoja en blanco para que la gente firmara, Por si de pronto enviamos otro oficio, Ignacio, para que vaya con firmas. Antes de despedirse algunas madres le contaron de necesidades puntuales, entonces le pidió al líder que fuera a la oficina martes o miércoles que iba a donar unos guayos para un pelao que jugaba fútbol en la liga antioqueña y ropa en buen estado. Al mediodía salieron del barrio bajo algunas miradas vigilantes y Mauro se montó a un bus rumbo al centro. A bordo lo asaltó la imagen de las niñas sonrientes, los niños que lo habían despedido entre el barro, como un ídolo, pero entre más lomas bajaba, más se preguntaba si había hecho lo correcto, o si este teatro, cuyo escenario había sido la vida misma, era un producto de su improvisación y poco carácter.

A mitad de semana apareció Ignacio con dos paquetes de arepas que la comunidad le había enviado de regalo. No era un canje planeado pero el funcionario le tenía a su vez dos bolsas de ropa que había recogido el fin de semana en casas de amigos; también había incluido prendas suyas y un par de guayos casi nuevos, Mi dios le pague, Ignacio tenía los ojos palpitantes de colorada felicidad, el Artista lo invitó a sentarse y preparó dos cafés para acompañar unas galletas. A la gente de la oficina le pareció rara esa cercanía y por el diálogo que sostuvieron se dieron cuenta de que Mauro conocía o había ido a Esfuerzos de Paz, ¿Ya tenemos algo?, preguntó el líder en voz alta y él le explicó en un tono más bajo que las entidades tenían quince días hábiles para responder, Seamos pacientes, le dijo.

Ignacio salió de la oficina con suficiencia, sin determinar a los demás funcionarios, un comportamiento que hirió egos y motivó a Rober a retar a Mauro, que para no entrar en los terrenos de la mentira declaró que el sábado había visitado Esfuerzos de Paz por invitación del líder, ¿Usted sabe que por eso le pueden hacer un proceso disciplinario?, eso es a lo menos irresponsable, ¿de cuándo acá los funcionarios de Participación tenemos la obligación de aceptar invitaciones personales de la comunidad? Quinchía se sumó a la reprenda, Si a usted le pasa algo por allá, nos jodemos, usted no estaba autorizado para hacer esa visita, pilas con eso, el jefe levantó las cejas como diciéndole, Ojo pues, hermano, no me haga quedar mal. Euri, que hacía poco se le había quejado porque estaba escribiendo oficios muy largos, negaba con la cabeza mientras Luisa y Marta se miraban con una satisfacción retorcida, cada vez más felices por la decepción que les causaba La flor del trabajo, como le habían empezado a decir en secreto al nuevo compañero, a quien no le importaba esa repulsa a sus labores, el jefe lo apoyaba y se llevaban bien. Quinchía, sin embargo, representaba el tiranosaurio inactivo que él quería combatir, pero tal vez el menosprecio de los funcionarios hacia ellos los había unido en lo humano y fundamental.

Darmowy fragment się skończył.

Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
23 października 2025
Objętość:
284 str. 7 ilustracji
ISBN:
9789587207217
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

Podobne książki