Czytaj książkę: «El vínculo primordial»
EL VÍNCULO PRIMORDIAL es un viaje apasionante desde los orígenes del Universo hasta los dramas y maravillas de los encuentros y desencuentros humanos. Y en todo su recorrido se entreteje el tema central, del libro y de la vida, las vicisitudes del hombre y la mujer de nuestros días en su búsqueda del sentido y el amor. Todo lo que existe en el Universo como parte separada añora la unidad. En nosotros esa búsqueda se llama necesidad de encuentro.
Daniel Taroppio propone una mirada del ser humano contemporáneo como heredero de una cultura que ha perdido la conciencia de sus raíces cósmicas. Como respuesta a esta situación, brinda herramientas concretas para recuperar el sentido de pertenencia universal de un modo vital, experiencial, no meramente conceptual. Sólo desde esta unidad interior podemos lanzarnos al encuentro sano con el otro.
Junto a su rigor expositivo, ofrece métodos prácticos (Psicoterapia, Danza Primal, Comunicación Primordial, Meditación) para sanar la alienación y la soledad existencial, recuperando el vínculo con la vida. Invita al lector a recobrar su memoria ancestral, su “cuerpo cósmico”, sus raíces vitales, su pasión, su savia universal.
El Vínculo Primordial es una invitación provocativa y fascinante a renacer a una nueva dimensión de vida, plena de intensidad, encuentro con el otro y trascendencia.

Daniel Taroppio es psicólogo clínico, egresado con Diploma de Honor y Medalla de Oro, magíster en Desarrollo Personal e Interpersonal, escritor y profesor universitario de grado y posgrado. Inició sus investigaciones en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de la República Argentina, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo. En su búsqueda por integrar las visiones científicas y espirituales, se especializó en el Esalen Institute de Estados Unidos (cuna de la Psicología Humanística y Transpersonal), la Findhorn Foundation y el Clunny Hill College de Gran Bretaña, en el Grof Transpersonal Training del Dr. Stanislav Grof (USA) y en el Integral Institute de Ken Wilber (USA), entre otros. Conoció, estudió y/o trabajó con maestros tales como Stanislav Grof, Ken Wilber, Viktor Frankl, Stanley Kripner, Karl Pribram, Eileen Caddy, David Spangler, William Bloom, Steve Andreas y Norberto Levy, entre otros.
Es presidente de la Fundación Universitaria de Estudios Integrales, con sede central en Argentina, presidente Honorario de la Corporación Latinoamericana de Pensamiento Integral, con sede en Ecuador, cofundador de la Fundación Tierra del Encuentro en Chile, y miembro de la Association for Transpersonal Psychology (USA).
Es autor de numerosos artículos y libros, entre ellos, Meditación Primordial y Danza Primal, publicados por Ediciones Continente, y Coaching Primordial, publicado por Ediciones Eleusis.
En la actualidad, dirige la Formación en Coaching, Terapia Primordial y Danza Primal en Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, México, Perú, Uruguay, España y Estados Unidos, y recorre el mundo brindando capacitación y trabajando por el pleno desarrollo humano y la expansión de la consciencia.
Su sitio web es www.transpersonals.com; en Twitter, Facebook e Instagram @DanielTaroppio.
Daniel Taroppio
El vínculo primordial Un camino hacia el corazón de la Evolución Universal, el Desarrollo Personal y las Relaciones Humanas

Índice
Cubierta
Contratapa
Biografía del autor
Portada
Dedicatoria
Agradecimientos de la 4ta edición
Agradecimientos de la 5ta edición
Prólogo I
Prólogo II
Prefacio
Introducción
Primera parte. La nueva concepción del Universo y el Desarrollo Humano La experiencia de unidad ¿Qué es un enfoque integral? La justificación de los estudios sobre la consciencia ante la crisis actual La herida básica del ser humano contemporáneo: el síndrome de inconsciencia cósmica El camino científico y el camino religioso ¿Cómo acercarnos a la Dimensión Primordial? Las actitudes humanas básicas frente a la incertidumbre ontológica Integración conceptual e integración personal Física, biología, crecimiento personal y espiritualidad ¿Es necesaria una nueva mirada del Universo? Algunas distinciones previas Espiritualidad no es dogmatismo religioso La física moderna no puede demostrar la existencia de Dios No es posible extrapolar modelos de la física y la biología directamente al campo del crecimiento personal y la espiritualidad Pautas y principios universales no implican concebir un Universo inmutable El nuevo Universo Intuiciones provenientes de la física y la biología 1. El Universo proviene de un misterio insondable 2. El Universo constituye un flujo orgánico y consciente 3. El Uno se convierte en los muchos mediante una danza de polaridades 4. El Universo es una configuración que crea configuraciones, transformándose permanentemente 5. El Universo es interactivo Conexiones entre la física, la biología, el crecimiento personal y la espiritualidad 1. Nuestra primera intuición sostenía que el Universo proviene de un misterio insondable 2. La segunda intuición postulaba que podemos concebir el Universo como un Flujo Primordial 3. La tercera intuición describía al Universo como el despliegue de una danza de polaridades: Trama Integradora y Movimiento Diferenciador 4. Nuestra cuarta intuición afirmaba que todo lo que existe está sostenido en pautas universales, en patrones, en configuraciones que contienen la información fundamental para su crecimiento y despliegue 5. Nuestra quinta intuición nos sugería que el Universo es interactivo El Flujo Primordial El Universo orgánico y consciente Las manifestaciones del Flujo Primordial
Segunda parte. El modelo de las interacciones primordiales Una mirada del desarrollo humano con raíces universales Flujo Primordial, Inconsciente y Corporalidad El Flujo Primordial en el cuerpo El Flujo Primordial en las relaciones interpersonales La Trama Integradora y el Movimiento Diferenciador Cuadro comparativo entre el Movimiento Diferenciador y la Trama Integradora Lo femenino y lo masculino. La danza de Shiva y Shakti Riesgos potenciales en la exacerbación de cada principio La Trama Integradora y el Movimiento Diferenciador manifestados Manifestaciones de la polaridad en diversos ámbitos El Núcleo Primordial La noción de Núcleo Primordial desde las tradiciones energéticas orientales La dinámica del Núcleo Primordial Planos de manifestación del Núcleo Primordial Las siete capacidades básicas de la persona plenamente viva El devenir de las capacidades básicas El Flujo Primordial y las experiencias traumáticas infantiles Configuraciones Emotivo-Cognitivas (CEC) Los pilares de la dinámica de una CEC Relación con la familia primaria: madre, padre y hermanos El bloqueo del Flujo Primordial. Los enlaces CEC El temor al Flujo Primordial y las disociaciones corporal, lingüística y espiritual Mandala del Sí mismo: El Núcleo Primordial (Perfección Original), las siete capacidades básicas, las polaridades funcionales y las disociaciones Las emociones básicas y las experiencias tempranas La tendencia evolutiva de los temas no resueltos El temor como factor disociativo fundamental Este modelo no constituye una tipología La conducta humana es paradójica Las energías de “abajo” y las energías de “arriba” El punto de equilibrio está en el corazón Las capacidades básicas y los chakras Capacidad de Confianza Básica Capacidad de Gozo o Extática Capacidad Emotiva y Poder Personal Capacidad Afectiva Capacidad de Inteligencia Creadora y Existencial Capacidad Intuitiva Las sincronías El trabajo vivencial arquetípico Capacidad de Trascendencia La meditación y el ego La Magia del Instante El esclavo del espacio-tiempo y el lenguaje Meditación, Núcleo Primordial, energías sutiles y sanación
Tercera parte. El Ser y el Ego El Ser y el Ego El proceso de particularización y la consciencia de sí Los impulsos básicos: la respiración y el hambre El Ser Experienciación, conceptualización e identificación Emergencia y evolución del ego. La mirada desde la psicología y desde las tradiciones espirituales La Tríada Paradojal Formas del egotismo El egotismo de disociación El egotismo de fusión El Fluir El ego, el self y la sombra La evolución del ego en su relación con el Flujo Primordial La esfera egótica El Estado de Pérdida y el Estado Compensatorio Las etapas de la evolución del ego en función de su “relación” con el Flujo Primordial 1. Fusión inconsciente-indiferenciada prepersonal. El Flujo Primordial en el cuerpo 2. Integración egoíca e ingreso al mundo 3. Alienación personal y pérdida del mundo 4. Reintegración consciente transpersonal 5. El Regreso al Mundo El Inter-ser: el Ser, el ego y el tú La polaridad y el vacío entre las partes Interacciones Primordiales manifiestas. Vivir en el amor
Apéndices Apéndice 1. Metodología de las Interacciones Primordiales El Proceso Primordial Síntesis de estas tres metodologías Apéndice 2. Paralelismos e integración entre las Interacciones Primordiales y el modelo de la Dinámica Espiral de Beck y Cowan Pensamiento de segundo grado Dinámica Espiral e Interacciones Primordiales Apéndice 3. Las cosmovisiones de las físicas clásica y contemporánea La física del siglo XX Notas finales
Créditos
Otros títulos de esta editorial
A la memoria de mi padre y de mi madre
Agradecimientos de la 4ta edición
Este ensayo es el resultado de más de treinta años de trabajo e investigación. Fue desarrollándose en varios libros que se fueron integrando uno a otro hasta completarse en esta edición definitiva. En todo este tiempo, muchas personas han honrado y enriquecido mi vida con su apoyo, afecto y conocimientos.
En primer lugar mi familia, y especialmente mis hijos e hijas, que han sostenido este proceso con su infinita paciencia y tolerancia ante mis ausencias por mis viajes de trabajo y por mis retiros de escritor. Para ellos, mi gratitud y amor eternos. Confío en que, como retribución, este trabajo les sirva en su camino por la vida.
Mis pacientes y alumnos han sido los grandes testigos y cuestionadores de todo lo que aquí he escrito; sin ellos, este libro contendría tan sólo ocurrencias. Gracias a ellos, contiene experiencias vividas y fundadas en la práctica. Su entrega y confianza jamás podrán ser lo suficientemente valoradas. Esta obra es mi homenaje y muestra de gratitud a todos ellos.
Mis colaboradores cercanos en Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, México, Perú, Venezuela, Uruguay y España han constituido un pilar que me ha sostenido durante todos estos años, y especialmente en aquellos momentos en que tantos viajes y seminarios hacían muy difícil dedicarle el tiempo necesario a la tarea de escribir. A los actuales y los anteriores, a todos ellos sin excepción, y muy especialmente, por su amor y comprensión, a mis muy queridos Bernadette Arnold, María Gabriela Solís, Nicolás Uribe, María Teresa Amador Borja, Alexander Sastoque, Louisa Mayhew, Juan Carlos León, Nicole Babat, Marcela Rivera, Regina y Quim, Claudia Saviñon, Andrea Franco, Beatriz García, Blanca y Rafael Calbet.
Los grandes maestros del pensamiento contemporáneo, con quienes tuve el privilegio y el honor de compartir momentos inolvidables, merecen una mención especial, son ellos: Viktor Frankl, Norberto Levy, Stanislav Grof, Ken Wilber, Rolando Toro y Eileen Caddy.
Ana María González Garza y Eduardo Grecco me han honrado con sus generosos prólogos y con su profunda comprensión de mi trabajo. Ana María es una pionera en la inclusión de la Psicología Transpersonal-Integral, y especialmente el pensamiento de Ken Wilber, en Hispanoamérica. Sus libros constituyen hitos en la noble tarea de traer el pensamiento integral a los países de habla hispana. Eduardo Grecco es un profundo conocedor de la obra de Carl Jung, a la que integra su inspirada e inspiradora pluma, rica en metáforas, profundidad y poesía. Sus prólogos engalanan esta obra más allá de sus merecimientos. Toda mi gratitud para con ellos.
Muchos otros hombres y mujeres de ciencia, pensadore/as, investigadore/as, así como contemplativo/as de todas las épocas, me han aportado sus intuiciones a través de sus obras. Me resultaría imposible nombrarlos a todos, por lo que voy a representarlos en los siguientes: Patanjali, Lao Tse, Heráclito, san Juan de la Cruz, santa Teresa de Ávila, Wilhelm Reich, Carl G. Jung, Teilhard de Chardin, Jiddu Krishnamurti, Thomas Merton, D. T. Suzuki, Alan Watts, Fritz Perls, R. D. Laing, Erich Fromm, Rollo May, Aldous Huxley, Rupert Sheldrake, David Bohm, Abraham Maslow y Michael Washburn. A todos y todas, mis honras y gratitud.
Agradecimientos de la 5ta edición
La publicación de esta 5ta edición se ha visto demorada por un evento profundamente transformador, de naturaleza global, y ha terminado coincidiendo con otro, de carácter personal. El de naturaleza global ha sido el que, con el tiempo, será recordado como un evento histórico sin precedentes en cuanto a su alcance planetario: la pandemia de covid-19 del año 2020.
Muchos teóricos afirman que los efectos de este acontecimiento marcarán un punto de inflexión en la historia de la especie humana y del planeta. Algunos afirman que saldremos de esto renovados y mejores de lo que fuimos. Otros auguran un futuro menos promisorio y sostienen que esta situación puede activar lo más oscuro de la sombra humana. Por mi parte, considero que una línea muy delgada separa estas dos opciones, y que es tan probable que ocurra lo primero como lo segundo. Las fuerzas regresivas y transformadoras se encuentran en un punto de equilibrio tal que de las decisiones de cada individuo puede depender el futuro de la humanidad. Cada persona que elija el camino del trabajo personal, el compromiso socioambiental y el despertar espiritual puede inclinar la balanza para que de esta experiencia emerjamos como una nueva humanidad, o terminemos de despertar los poderes oscuros que amenazan con acabar el delicado equilibrio ecológico y social que aún mínimamente perdura, pero gravemente amenazado.
Agradezco entonces a todas las mujeres y todos los hombres que se comprometan a trabajar desde su propio interior hacia el exterior, para llevar esta balanza hacia la sanación de nuestra especie y del planeta.
El acontecimiento personal ha sido el nacimiento de mi quinta hija mujer y la séptima en total. Mecer a esta pequeña en mis brazos me ha conmovido con un nivel de profundidad que jamás podré describir en palabras. Recibir la bendición de un nacimiento en la edad madura, y en medio de esta crisis planetaria, ha consistido para mí en una renovación de todos mis votos a favor de la vida. Lucía, fuente de luz, hago de esta 5ta edición un homenaje a tu nacimiento y a tu madre, Liliana Carolina, mi compañera de camino, la que siempre hace emerger lo mejor del corazón que late en mí.
Por último, agradezco profundamente los aportes de Naroa Argoitia por sus valiosas contribuciones en mi comprensión del tema de género.
“La partícula cósmica que navega en mi sangre
es un mundo infinito de fuerzas siderales.
Vino a mí tras un largo camino de milenios
cuando tal vez fui arena, para los pies del aire.
Luego fui la madera, raíz desesperada,
hundida en el silencio de un desierto sin agua.
Después fui caracol quién sabe dónde,
y los mares me dieron su primera palabra.
Después la forma humana desplegó sobre el mundo
la universal bandera del músculo y la lágrima.
Y creció la blasfemia sobre la vieja tierra,
y el azafrán... y el tilo, la copla y la plegaria.
Entonces vine a América para nacer en hombre,
y en mí junté la pampa, la selva y la montaña.
Si un abuelo llanero galopó hasta mi cuna,
otro me dijo historias en su flauta de caña.
Yo no estudio las cosas, ni pretendo entenderlas,
las reconozco, es cierto, pues antes viví en ellas.
Converso con las hojas en medio de los montes
y me dan sus mensajes las raíces secretas.
Y así voy por el mundo, sin edad ni destino,
al amparo de un Cosmos que camina conmigo.
Amo la luz... y el río... y el silencio... y la estrella,
y florezco en guitarras porque fui la madera”.
Tiempo del Hombre, Atahualpa Yupanqui
Homenaje a don Randolfo López Barbosa, quien, a sus 93 años, me recitaba este poema bajo la luna del verano.
Prólogo I
“En el mundo de los símbolos nada es ni puede ser casual.
Las figuras ancestrales se hacen presentes, lo desunido se une, lo incoherente adquiere sentido”.
Mario Satz
Uno puede imaginar el tejido de las relaciones como un proceso que cincela la personalidad hasta hacerla vivir en el cobijo del alma. De tal modo que los frutos de la coexistencia no son ociosos y ni siquiera casuales, sino que escenifican, en la dramática de la vida, el mito personal que nace en cada uno de nosotros desde las profundidades de la memoria inconsciente. Mito que es el mapa de la senda por la cual nos corresponde caminar en la escuela de la Tierra para realizar el trabajo del alma.
Cuando este mito se hace carne en la conciencia, se transforma en una poderosa herramienta mediante la cual el Ego alcanza la posibilidad de indagar su sombra, buscando respuestas, formulando preguntas, advirtiendo misterios. Así, se convierte en puente que permite el tránsito, de una orilla a la otra, del río de lo anímico.
Pero no sólo eso, ya que, del mismo modo que el mito articula el Yo con lo Otro, crea el espacio y el tiempo de todo encuentro para que, así, los vínculos ocurran.
Es cierto que los mitos son argumentos relacionales pero, también, que los vínculos son ritos. Ritos que recrean condiciones ancestrales, primordiales, pero que, en especial, permiten que la personalidad se entregue al abrazo del alma. El rito es, en esa dirección, una llave que abre las puertas de la personalidad a la luz del alma.
Y un libro, en ocasiones, reedita un mito y da forma a un rito. En suma, se hace vínculo, tejido que entreteje, en el telar de su propuesta, hilos que, hasta su nacimiento, vagaban dispersos. Cuando así acontece, las páginas de ese libro no están a la intemperie del alma, sino que, por el contrario, están tan llenas de ella que arrojan al lector a ese instante conmovedor que los griegos llamaban “estado de gracia”, la certidumbre de la esperanza cumplida: una revelación. Ese texto es, entonces, una epifanía.
A medida que el tiempo pasa y las lecturas abundan, me resulta cada día más raro acercarme a un libro que me produzca asombro y que me invite a dialogar con él. Y éste es el caso, un bello y profundo libro, que fascina no sólo por el tema que emprende, sino por la mirada con la cual lo hace.
En muchos sentidos los héroes mitológicos Jasón y Ulises representan arquetipos contrapuestos. El primero, durante la navegación del Argos, parece un hombre confundido, dubitativo y hasta por momentos incapaz de liderar el viaje. Pero, al llegar a tierra, la confusión se disipa y se convierte en un audaz y efectivo buscador de su meta: el vellocino de oro.
Por su parte, Ulises es, en todo el tránsito de su itinerario por el mar, un hábil timonel, capaz de evitar los peligros y los cantos de las sirenas que pretenden alejarlo del regreso a su hogar. Pero su vida es navegar. No permanece en Ítaca con la encantadora Penélope, al volver de Troya, sino que sigue navegando y, al final, muere en el mar, realizando el destino de todo peregrino: peregrinar.
Hay libros en los que, como Jasón, se disfruta el punto al cual arriba y en otros, como Ulises, su recorrido. Pero hay algunos más en los que el gozo radica tanto en descubrir su propósito como transitar el proceso de su construcción. Hay libros que invitan a quedarse y otros a seguir buscando. Y otros, los menos, conjugan ambas vertientes. Éste es un libro de tal naturaleza.
En él se une la sabiduría permanente y el lenguaje conceptual contemporáneo, pero no sólo como una síntesis armoniosa, sino que, a partir de ella, se crea una nueva cosmovisión, provocativa, apasionada y concreta, para comprender el sentido de las relaciones en la vida, que parte de la comprensión de que la pertenencia no es un accidente sino la esencia, la sal de la existencia. Que existir es coexistir y que no hay auténtica coexistencia que esté fuera del amor. Punto crucial en donde cuerpo, psique y alma se unen en una totalidad y donde cada totalidad se hermana con el universo de totalidades en la experiencia trascendente del aquí y ahora.
DR. EDUARDO H. GRECCO
Prólogo II
Hace muy poco tiempo tuve la fortuna de conocer personalmente a Daniel y de pasar un muy buen rato compartiendo experiencias, conocimientos, silencios y saberes. Fue uno de esos momentos mágicos en los que la corriente de energía fluye en ese milagro misterioso del encuentro, en el que las diferencias individuales se complementan, se diluyen, se celebran y las semejanzas se disfrutan enormemente. En este encuentro, la sincronización del alma fue prácticamente instantánea. La sensación de contacto con el flujo primordial –al que Daniel se refiere cuando nos habla de ese fluir en las relaciones interpersonales– nos llevó a danzar al ritmo de la Sinfonía Universal, como integrantes de la coreografía Kósmica, esa Totalidad ordenada de la existencia que incluye los reinos biológico, mental, emocional, social y espiritual.
Al irme adentrando en las páginas de El Vínculo Primordial, que hoy tengo la distinción y gozo de prologar, no pude más que vibrar ante la coincidencia y concordancia de nuestro pensamiento. Daniel se refiere a “lo Primordial” como la Fuente inagotable, Fundamento Único de todo lo que existe, Totalidad que nos contiene y que aparece ante nuestros ojos a través de infinidad de formas y manifestaciones. Esta trama sutil, ese espíritu integrador que todo lo contiene y todo lo trasciende, ha recibido infinidad de nombres a lo largo de la historia. Sin embargo –nos dice Daniel–, el nombre importa poco cuando se refiere a “lo innombrable”. Aquello que se encuentra presente en toda tradición espiritual, aquello que los místicos han denominado “lo inefable” por tratarse de la dimensión primordial, de la Fuente, del Origen, del Omega que incluye y va más allá de todo lo existente.
A lo largo de esta obra, Daniel nos va llevando de la mano a través de la historia de la evolución –de nuestra propia historia– por un viaje fantástico, una aventura de la conciencia que parte de los orígenes del Universo hasta nuestros días. En esta apasionante travesía se van integrando diversos caminos, desde la escuela de Tales de Mileto (siglo IV a. C), cuyo principal objetivo era llegar a la comprensión de la naturaleza esencial de todo lo existente, hasta la teoría cuántica de la física contemporánea. Esta última abre ante nuestros ojos un nuevo paradigma que trasciende la visión dualista de la física clásica, para adentrarse en los misterios insondables de la cosmovisión cuántica de un Kosmos como unidad indisoluble.
Algo que me ha llamado poderosamente la atención y que me ha atrapado desde el primer momento en la lectura de esta obra es el profundo conocimiento y experiencia de vida con los que Daniel aborda temas tan controversiales y polémicos como apasionantes y misteriosos. Sin duda, se requiere de valentía para plantear y responder a preguntas fundamentales que han aparecido en todas las épocas, todas las culturas y tradiciones a lo largo de la historia de la humanidad. Se requiere de un acervo cultural y espiritual, de un cúmulo de conocimientos de diversas disciplinas y ciencias, así como de experiencias de vida que se pueden tocar a través de la lectura.
Pero esta obra va más allá de las teorías, los conceptos, las disciplinas y experiencias que se van saboreando página a página, cuando Daniel plantea el Modelo de las Interacciones Primordiales. En este apartado describe paso a paso el proceso de desarrollo humano y de las relaciones interpersonales, que van del yo al tú, del tú al nosotros, del nosotros a los otros y de los otros a la Otredad, a través del reconocimiento, aceptación e integración de las polaridades aparentemente opuestas.
El Vínculo Primordial, como ese camino hacia el corazón de la evolución cósmica, el desarrollo personal y las relaciones humanas, nos conduce a contemplar nuestro proceso evolutivo como una espiral en la que en cada giro la conciencia transita de la sombra a la Luz, del sueño al Despertar, del ego al Ser.
Al final de esta obra, en un primer apéndice, Daniel nos ofrece una visión panorámica del conjunto de métodos que promueven y facilitan el proceso integral de desarrollo humano en su “Metodología de las Interacciones Primordiales” que integran el Movimiento y la Danza Primal, la Comunicación Primordial y la Meditación. Esta metodología no se basa en un conjunto de métodos mezclados y utilizados sin una conexión que los ensamble en un todo orgánico, sino que consiste en un sistema integrado de métodos, prácticas y técnicas que como instrumentos, medios o herramientas diversas surgen de un enfoque único que favorece y promueve el proceso evolutivo de la conciencia hacia el vínculo primordial.
Leer a Daniel no sólo ha sido para mí un placer, sino que me ha conducido a ratificar y confirmar: (a) que existe, en todo ser humano, la posibilidad de vivir una vida plena tanto personal y profesional y, a la vez, experimentar el contacto pleno con el Ser Esencial: la Dimensión Primordial; (b) que es un hecho innegable que la Conciencia de Unidad se encuentra siempre presente en nuestra consciencia individual: el Núcleo Primordial; (c) que toda persona es un místico en potencia, capaz de vivir la experiencia unitiva o Conciencia de Unidad: el Vínculo Primordial, y (d) que la ciencia y el espíritu son las dos caras de una misma moneda.
Encuentro en este libro un precioso regalo dirigido a favorecer y facilitar el desarrollo humano integral que conduce a una verdadera transformación personal dirigida hacia el despertar espiritual. Es por esto y mucho más que hay que aprovechar la existencia de esta obra y aceptar el regalo que nos brinda.
Quiero aprovechar la oportunidad que me ofrece de prologar este libro para expresarle a Daniel mi profunda gratitud por haberme invitado a escribirlo. Hacerlo ha significado para mí no sólo un aprendizaje, sino un hermoso reencuentro con la Fuente Primal.
DRA. ANA MARÍA GONZÁLEZ GARZA
Prefacio
Estamos viviendo tiempos muy turbulentos. Todo cambia a una velocidad vertiginosa. Ya no quedan modelos, teorías ni mucho menos dogmas que no se estén resquebrajando. ¿Dónde podemos encontrar un punto de anclaje, una base sobre la cual ponernos de pie frente a esta realidad cada vez más desafiante?
La crisis de estos tiempos afecta todos los planos de nuestra vida: lo emotivo, lo afectivo, lo financiero, lo laboral, lo sociocultural, por citar sólo unos pocos ejemplos. Pero detrás de todos estos problemas puntuales se despliega un tema central: la situación del mundo actual nos está llevando a preguntarnos cada vez con más seriedad y profundidad quiénes somos en realidad. Y vivimos en una cultura que, por lo general y lamentablemente, se ha desentendido de esta pregunta, llegando incluso a considerar como un enfermo a quien se la realiza. Somos la primera civilización en la historia de la humanidad que ha perdido el sentido de tener raíces universales, de formar parte de un proyecto cósmico que le dé sentido. Formamos parte de una civilización que flota en un abismo que le resulta insoportable y que no sabe cómo llenar.
Sin embargo, mientras las filosofías y los dogmas caen, el más sabio y sagrado de los libros sigue estando a nuestra disposición para que aprendamos de él minuto a minuto. Esta obra magna, la mayor de las revelaciones, es el Universo mismo, la naturaleza, nuestro organismo, y en él nuestro mundo interno, nuestro corazón, nuestra mente, nuestros sueños.
No necesitamos ir más lejos, nuestro cuerpo está colmado de información universal. Millones de años de evolución se sintetizan en cada ser humano conjugando una sabiduría extraordinaria. Y está aquí, a nuestra disposición. Emergimos de la tierra como las montañas emergen de las llanuras, como las manzanas emergen del manzano, como las olas se elevan desde lo profundo del mar. Y lo hicimos de una tierra que se formó por la condensación de gases que provenían de explosiones solares. Es decir que estamos hechos de energía solar, somos seres cósmicos por naturaleza. Somos hijos de la luz. Y esta no es una frase poética, sino una afirmación literal. Esta es nuestra identidad cósmica, tal como lo afirma la ciencia moderna. Y, curiosamente, es lo mismo que nos repiten las tradiciones espirituales de la humanidad desde hace milenios.
La historia de la evolución cósmica recorre nuestras venas. Somos portadores de una información más antigua aún que nuestro planeta. El sagrado pulso del Universo late en cada una de nuestras células. Pero en la mayoría de los casos hemos perdido el acceso a este saber primordial.
Necesitamos entonces remover los bloqueos que nos han hecho perder la memoria y comenzar a recordar nuestros orígenes, nuestra naturaleza original, nuestra identidad cósmica: el Vínculo Primordial. Es preciso que nos liberemos de los elementos artificiales, dogmáticos y neuróticos de nuestra personalidad, permitiendo que nuestra identidad se vaya asentando cada vez más en nuestra realidad interior, en nuestra naturaleza vital, en nuestro origen universal. Esto no resolverá mágicamente todos los problemas de nuestra vida, pero nos permitirá pararnos desde un lugar donde el panorama completo de la existencia se transforme radicalmente, y donde las potencias del Universo, que todos encarnamos, vuelvan a estar a nuestra disposición.
Cuando recuperamos la memoria, cuando podemos sentir en nuestro corazón que somos vibración universal manifestada y que el Cosmos entero pulsa dentro nuestro, en ese momento, somos uno con la totalidad de la vida y entonces el éxtasis es la consecuencia natural.
El principio fundamental que desarrollaremos a lo largo de este libro es que el gran secreto de la existencia no es algo que se aprende sino que se recuerda.
Esta búsqueda del recuerdo primordial ha estado presente en todas las tradiciones espirituales de la antigüedad. Pero, salvando honrosas excepciones, lo hizo basándose en una metafísica que hoy nos resulta muy difícil de aceptar.
En la antigüedad, por lo general, el universo fue concebido como la obra de un ser inmutable cuya creación era inmutable también. Todo estaba preestablecido, meticulosamente planeado desde el comienzo al fin. No había entonces espacio para la libertad y mucho menos para la creatividad. Vivir una vida espiritual consistía en parecerse a ese ser inmutable que había dejado en nosotros una huella preestablecida, que sólo era cuestión de seguir. Recordar, entonces, implicaba recuperar nuestra esencia, la cual, por supuesto, había sido definida por otro ser humano que se atribuía la capacidad y el derecho de definir lo que era ser un ser humano. El curso del universo estaba definido y también nuestra propia vida. Aquellos que definían la esencia del hombre se suponían fuera de toda cadena de lenguaje, de todo condicionamiento sociocultural; ellos simplemente expresaban la “verdad”. Toda idea de espiritualidad quedaba anclada a la obediencia. Un ser espiritual era aquel que aceptaba este destino y lo seguía ciegamente.
La aparición del pensamiento científico puso fin a este modelo autoritario de espiritualidad y despojó a todo ser humano de la pretensión de definir lo que eran los otros seres humanos.
Esto produjo una de las más grandes revoluciones en la aventura de la evolución humana. Sin embargo, con el tiempo, esta poderosa fuerza revolucionaria derivó en un materialismo positivista, estrecho y enemigo de la imaginación, que terminó sumiendo a la humanidad en la pesadilla del nihilismo.
Es tiempo entonces de intentar trascender la brecha aparentemente insalvable entre religión dogmática, fundamentalista y autoritaria y ciencia materialista, positivista y nihilista.
Cuando hablo entonces de recordar, me estoy refiriendo a algo mucho más profundo que intentar parecernos a lo que otros han definido como nuestra esencia. Estoy invitando a contemplar el universo como una realidad orgánica, viviente, dinámica, creativa e impredecible, y a nosotros mismos como expresión viva de su naturaleza indefinible. Estoy proponiendo un regreso a la Fuente que de ninguna manera consiste en depositar la propia libertad en manos de otros sino, por el contrario, en asumir que somos la manifestación de un poder abismal en permanente transformación, donde nada está predefinido. Se trata de una dimensión que sólo podemos abrazar si estamos dispuestos a asumir el vértigo de la libertad, la responsabilidad y la creatividad permanentes.
Si algo pudiéramos intentar “definir” como la “naturaleza humana” sería quizás esta cualidad abismal, vertiginosa, inefable, inasible e indeterminada que compartimos con la totalidad del Cosmos. El recordar, en la forma en que aquí lo concibo, consiste entonces en respirar esta libertad mientras latimos al unísono con la libertad del universo, con el cambio eterno.
Esto nos brinda como seres humanos un poder de transformación antes inimaginable. Liberados de toda definición previa que nos imponga una esencia predefinida por otros y pudiendo al mismo tiempo armonizarnos con un proceso creativo de dimensiones cósmicas, que a su vez late en nuestro propio corazón, estamos a las puertas de una aventura existencial verdaderamente apasionante.
Al recordar desde esta perspectiva, comprendemos visceralmente qué es Lo Primordial, lo primario, lo original, y percibimos que no se trata de algo inmutable sino de una Fuente Viva, dinámica, en permanente transformación y despliegue. Y redescubrimos que nuestro origen hunde sus raíces en una dimensión que va más allá de lo biológico: es nuestra naturaleza cósmica. Antes de ser seres vivos fuimos polvo de estrellas; antes de ser estrellas somos vibración cósmica y somos un vacío rezumante de ser aun antes de ser vibración.
Cuando realizamos esta plena consciencia de nuestros orígenes universales, en ese instante milagroso, somos vacío, tierra, fuego, agua, viento, árbol, primate, hombre, mujer, silencio. Nos recorre la lava de los volcanes, la sal de los mares, la savia de la jungla. En ese instante recuperamos la memoria de nuestro origen universal y volvemos a sentirnos parte de un movimiento evolutivo de millones de años del que somos cocreadores. Desde este lugar, nuestros problemas cotidianos adquieren su verdadera perspectiva y el poder del Universo está en nuestras manos para transformar nuestra vida. Y no desde una teoría, desde una creencia o dogma, sino desde la vivencia inmediata, íntima e incuestionable de nuestras raíces cósmicas.
Este libro está basado en una comprensión ancestral del ser humano que honra las últimas concepciones de la ciencia contemporánea, y describe un camino simple, vivencial y profundo que puede llevarnos de vuelta a casa, a nuestro verdadero hogar: la experiencia de unidad.
Al vivir esta experiencia unitiva, transracional, el Cosmos entero se completa en nosotros, libres ya de la mirada disociativa que apenas ve piezas sueltas donde sólo hay unidad, flujo, armonía sin fin. Desde esta visión unitaria, comprendemos con súbita claridad que el punto de síntesis y autoconsciencia del Universo es nuestro propio corazón, y que esto sólo se revela en toda su belleza en el encuentro humano.
El Vínculo Primordial es el encuentro del ser humano con la totalidad de la vida y el Cosmos, lo que sólo se consuma en el sencillo encuentro con sus semejantes. De lo infinito a lo inmediato, de la eternidad al instante presente, del poder universal al amor interpersonal.
Al abrirnos a esta dimensión no llegamos al éxtasis, somos éxtasis, expresado en corazones jubilosos de celebrar la magia del encuentro humano, con nuestros semejantes y con la totalidad de la existencia.
Más allá de todas las dificultades, pesares y desafíos que podamos atravesar en la vida, hay una alegría infinita y sencilla latiendo en lo profundo de nuestros corazones. Es la dicha inefable y humilde que sólo se alcanza al recuperar nuestra unidad. Le invito a que exploremos juntos el camino que lleva a ella.
Introducción
En el encuentro humano,
el Universo se encuentra
consigo mismo,
se reconoce y se celebra.
Desde las profundidades insondables del tiempo, desde todos los rincones de la tierra, adoptando la forma en que cada cultura y época histórica la han moldeado, seguimos escuchando el eco incesante de una voz silenciosa que “sin palabras” repite una y otra vez la promesa más inspiradora que la humanidad haya escuchado: todo ser humano está dotado de la capacidad potencial de re-unirse con la totalidad del Cosmos1, de recuperar sus raíces universales, de volver a sentir que por sus venas fluye la misma energía sideral que estalla en los soles, mueve los mares y sostiene la vida de todo lo que existe2. Todo ser humano puede, a partir de recuperar su unidad original, encontrarse con sus semejantes en el amor. Sin embargo, esta promesa es paradójica. La palabra promesa suele evocarnos la idea de algo que está afuera, en el futuro y lejos. Lo que aquí compartiremos, por el contrario, es tan cercano, tan íntimo, que por lo general pasa desapercibido. No hablaremos entonces de un método y menos de una teoría que habrá de darnos un resultado allá, en el futuro lejano, sino de un recordar aquí y ahora nuestra naturaleza fundamental.
La profunda e ineludible necesidad de sentirnos uno/a con la totalidad de la vida constituye una experiencia humana universal que trasciende a toda religión, filosofía, concepción social o política.
Es probable que todos los seres humanos hayamos experimentado alguna vez esa inexplicable nostalgia, esa sutil sensación de vacío y ausencia que la falta de esta experiencia nos produce. Pero, afortunadamente, también es universal nuestra posibilidad de recuperar la memoria, de religarnos con la Fuente de la existencia.
Infinidad de hombres y mujeres especialmente sensibles, inspirados e inspiradores, a lo largo de toda la historia y la geografía, pertenecientes a los más diversos grupos sociales, teístas o no teístas, han accedido a la experiencia de sentirse súbitamente reunidos con la totalidad, más allá del espacio y el tiempo. Desde esta profunda unidad han experimentado la inefable belleza y la indescriptible dicha de trascender la alienación, el aislamiento y la soledad del ego centrado en sí mismo, bañándose en las aguas de la unidad esencial.
Estos breves fragmentos de un poema de Whitman dan cuenta de esta vivencia:
“La inspiración mana y mana de mí,
me recorren la corriente y el índice.
Pronuncio la contraseña primordial…
Voces desde hace largo tiempo
enmudecidas me recorren,
voces de interminables generaciones,
voces de ciclos de gestación
y de crecimiento,
y de los hilos que conectan las estrellas,
y de los úteros y de la savia paterna,
y de los derechos de los pisoteados,
de los deformes, vulgares, simples,
tontos, desdeñados.
Creo en la carne y en los apetitos,
y cada parte, cada pizca de mí
es un milagro.
Divino soy por dentro y por fuera, y
santifico todo lo que toco o me toca…”.
Innumerables testimonios nos muestran que el acceso a esta experiencia de unidad constituye la condición de posibilidad para despertar la capacidad de reconocernos en todo lo que existe. A partir de este despertar nacen la compasión, la solidaridad, la posibilidad de ponernos en el lugar del otro, comprender sus necesidades, honrar su individualidad irrepetible y, en definitiva, amarlo.
Estas capacidades constituyen los elementos esenciales sobre los cuales puede construirse el entendimiento entre los seres humanos y, por lo tanto, son la condición fundamental para el desarrollo de la paz en el mundo. Es decir, entonces, que el acceso a la experiencia de unidad, lejos de tratarse de un tema abstracto reservado a pequeñas elites de intelectuales, idealistas o esotéricas, pone en juego la opción básica de supervivencia de nuestra especie. Por ende, todo modelo que procure brindar herramientas conceptuales y prácticas para que este retorno a la Fuente se haga posible constituye una medicina fundamental para la crisis que atraviesa la humanidad.
Cada uno de nosotros es portador de esta promesa. La moderna neurobiología está cada vez más interesada en las potencialidades inexploradas de nuestros cerebros, y nos informa que están dotados de las estructuras anatomofisiológicas que brindan soporte físico a esta experiencia.
La psicología ortodoxa descubrió hace mucho tiempo, acertadamente, que las experiencias de unidad podían esconder muchos procesos patológicos y constituir una regresión a etapas muy tempranas del desarrollo infantil. Pero desde una postura etnocéntrica cometió el grave error de considerar que todas las experiencias unitivas consistían en fenómenos patológicos y regresivos y no supo distinguir las formas saludables de esta experiencia ancestral y universal, que ha existido a lo largo de toda la historia humana y en todas las culturas.
Afortunadamente, la psicología actual está trascendiendo estos antiguos prejuicios acerca de la experiencia espiritual. Cada día más centros de investigación en el mundo están explorando los confines de la mente humana y las potencialidades integradoras y curativas de prácticas tales como la meditación, el yoga, el chi kung o el tai chi chuan, por citar sólo unos pocos ejemplos. Todas las culturas poseen formas de atesorar y transmitir el conocimiento que las hace posibles. En el centro más íntimo de todas las religiones se guarda esta promesa como el bien más preciado. Son sus custodios las tradiciones contemplativas cristianas, el sufismo en el islam, la kabalah en el judaísmo, el tantra en India, el taoísmo profundo en China, muchas formas del budismo y el chamanismo en Siberia, América, África y Oceanía.
Lamentablemente, por su parte, muchos representantes de estas tradiciones han negado el valor de la psicología. Cometiendo el error opuesto al anterior, han considerado toda experiencia unitiva como saludable, sin saber distinguir sus manifestaciones patológicas, que las hay y muchas.
Afortunadamente, esto también está cambiando, y cada vez más líderes religiosos se están abriendo a investigar seriamente los posibles desarrollos patológicos de la seudorreligiosidad.
Pero, más allá de estos errores históricos, son sobre todo nuestros corazones los que guardan tanto esa nostalgia cósmica imposible de evadir como el anhelo de trascenderla y recuperar nuestra memoria de integridad.
Sin embargo, aunque todo parecería indicar que, en tanto hijos del Universo que somos, podríamos vivir en plena consciencia de nuestra pertenencia y de nuestra unidad esencial, lo cierto es que, si miramos a nuestro alrededor, la experiencia cotidiana en nuestras ciudades suele devolvernos una imagen muy distinta. Si nos detenemos a contemplar lo que nos rodea cada madrugada en cualquier vagón de tren, subterráneo o bus, es probable que nos encontremos con una interminable caravana de rostros que expresan alienación, soledad, carencia de sentido y profunda incomunicación de cada uno consigo mismo, con sus semejantes y mucho más aún con la vida en su totalidad. Sólo esporádicamente recibimos el regalo de una sonrisa que realmente brilla, de una mirada que trasunta vida y entusiasmo, de un rostro que contagia alegría.
El contacto con la naturaleza, la sensibilidad hacia el propio mundo interno, el aprecio y respeto por la vida en todas sus formas, la expresión genuina de las emociones y el encuentro auténtico con el prójimo, lejos de ser la norma, se están convirtiendo cada vez más en las excepciones de nuestra cotidianeidad. Poco a poco vamos cayendo en la trampa de una sociedad que se asienta cada vez más en el desprecio por los otros, la indiferencia, la insensibilidad, la competencia salvaje entre las personas y los pueblos, el trabajo compulsivo y alienante, la búsqueda incesante y a la larga siempre frustrante de satisfacciones materiales inmediatas, el descuido de la naturaleza y la desvalorización sistemática de todo lo que esté relacionado con la sensibilidad, con lo sutil y lo íntimo.
¿Qué ocurre durante el proceso evolutivo de casi la absoluta mayoría de las personas para que aquel contacto original y pleno con la existencia se pierda?
Estamos enfrentándonos a dos observaciones científicamente reconocidas y, sin embargo, profundamente paradójicas:
1. Todo lo que vemos a nuestro alrededor, desde lo que podemos tocar hasta lo que existe a millones de años luz, provino de un mismo origen, conocido científicamente como el Big Bang. Todo está constituido por los átomos básicos conocidos hasta el presente, y todos ellos surgieron de los dos iniciales: hidrógeno y helio. Estos, a su vez, se formaron en las estrellas gracias a la gravedad, y cuando éstas estallaron salieron hacia el exterior en forma de nubes de polvo cósmico que al concentrarse formaron todos los planetas, entre ellos la Tierra y todo lo que existe en ella, incluidos nosotros. Decir, como Carl Sagan, que somos “polvo de estrellas” constituye una verdad literal. Cada uno de nosotros es el Cosmos adoptando una forma individual, somos Universo humanizado. Sin embargo, desde una peculiar forma de interpretar la realidad, los seres humanos pasamos a sentirnos separados de este origen común.
2. Simultáneamente, pese a toda la evidencia científica que nos muestra que provenimos de un mismo y único origen, la experiencia subjetiva de la mayoría de los seres humanos no se condice con estos datos. Por el contrario, nuestro paso por la vida suele estar marcado por una profunda experiencia de alienación, de separación del Universo, de soledad cósmica y en muchos casos también humana. Todo aquello que se extiende más allá de nuestra limitada identidad nos atemoriza profundamente. Somos algo así como manzanas que se sienten distintas del árbol del cual provienen; como montañas que miran con recelo la tierra de la que han emergido. La experiencia humana podría graficarse en la siguiente metáfora: imaginemos que alguien arroja al mar una botella vacía que poco a poco comienza a llenarse de agua. Si el agua de mar que quedó en el interior de esta botella tuviera cualidades humanas, al poco tiempo comenzaría a preguntarse: “¿qué es esta extraña sustancia líquida que me rodea? ¿qué me pasaría si esta sustancia me invade o si mi envase se rompe y me diluyo en ella?”. Poco a poco, el terror de volver a ser lo que, en realidad, siempre fue haría de la “vida” del agua en esa botella una experiencia muy amarga.
Sostener que somos uno con el Universo no es metafísica. Es una afirmación basada en una enorme cantidad de evidencias y no hay ningún dato de la ciencia que pueda refutarla. Por lo tanto, no estamos aquí ante un problema filosófico sino metodológico: ¿Cómo podemos ayudar a las personas a darse cuenta de esta realidad?
Interacciones Primordiales constituye un modelo de desarrollo humano que procura comprender la naturaleza del estado de unidad original de la mente, el proceso en que éste es perdido y el camino por el cual puede ser recuperado. Y lo hace mediante una metodología vivencial, práctica y sencilla que es completamente compatible con cualquier camino cultural, social, político o religioso que uno ya esté transitando.
Como lo afirmaba en el prólogo, no estoy hablando aquí de la promesa de un mundo perfecto, de un estado idílico al que todos llegaremos algún día. No es éste un “gran relato” que apunta hacia una promesa vaga, allá en el futuro, puesto que entonces se tornaría en otro motivo de disociación del momento presente. Lo que intento es señalar la posibilidad concreta de abrirnos a un estado de percepción y vivencia, aquí y ahora, que nos devuelva la unidad que tanto añoramos.
Este libro está dedicado a ese viaje del que todos somos protagonistas, del que usted es protagonista: el emerger de la totalidad de la vida como individuos que habrán de expresarse y realizarse como tales, sufrir la experiencia de la alienación y la soledad sin escapismos, para luego reconocer su origen y retornar a la unidad primigenia aquí y ahora, en plena vida. Semejante aventura puede ser experimentada con plena consciencia o de una manera mecánica e inconsciente. Pero en todos los casos habremos de transitar el mismo camino. Este trabajo constituye una invitación a realizar esta odisea de la consciencia plenamente despiertos, honrando el infinito misterio del que provenimos en la apertura a los pequeños gestos cotidianos. Procura brindar una descripción clara de todos los procesos mentales que inhiben nuestra capacidad de experimentar el éxtasis de la unidad, así como de todas las potencialidades psicoespirituales que nos permiten trascender estos límites, sanarnos y volver al único camino en el que el alma brilla: el amor.
1 Ken Wilber prefiere utilizar el término Kosmos, que describe la forma en que los griegos concebían el Universo, antes de que el materialismo cientificista lo convirtiera en “cosmos”, es decir, mera materia sin sentido ni finalidad. Este “Kosmos” es a su vez considerado como el entretejido global, consciente y transfinito que todo lo contiene. Yo he decidido utilizar los términos Cosmos y Universo, con mayúsculas, para significar lo mismo.
2 Soy consciente de que con esta primera frase estoy mal predisponiendo a todos aquellos que se sienten afines con el pensamiento posmoderno. Desde que Lyotard decretó la muerte de los “grandes relatos”, toda idea de una promesa es vista por ellos con muy mala cara. Por ello considero oportuno señalar que la promesa de la que hablo aquí es muy distinta de aquellas que Lyotard criticaba (religiosas, marxistas, iluministas o capitalistas).
No es éste otro “gran relato” acerca de un mundo perfecto. No me refiero aquí a ninguna promesa que hable de un futuro idealizado y que nos proyecte hacia metas tanto inalcanzables como idílicas, sino de una cualidad perceptiva, cognoscitiva y vivencial que transforma la experiencia inmediata de quien la realiza, aquí y ahora.
PRIMERA PARTE LA NUEVA CONCEPCIÓN DEL UNIVERSO Y EL DESARROLLO HUMANO
La experiencia de unidad
Concibo la experiencia de unidad
como el fundamento mismo de la mente humana
y, por lo tanto, como algo accesible a toda persona
dispuesta a comprometerse en un trabajo de comprensión
de su naturaleza más profunda.
Compartiremos aquí una concepción de la experiencia cósmica que no se basa en descripciones idealizadas, como las que tradicionalmente rodean a aquello que ha sido denominado la “iluminación”.
La idea tradicional del “iluminado” es la de un ser poco menos que sobrehumano, que ha trascendido por completo toda necesidad terrenal y que vive más allá del cuerpo y de la mente, en un espacio inaccesible para los simples mortales. Este mito del “iluminado” se ha terminado convirtiendo en un factor más de alienación para la humanidad, con dos consecuencias muy graves que se potencian entre sí. Por un lado, ha conseguido que la experiencia cósmica aparezca como algo tan elevado, tan lejano a la vida misma, que ni siquiera vale la pena intentar alcanzarla. Por otro, ha ubicado a los supuestos “iluminados” en un trono celestial tan ultramundano que la sola demostración de un rasgo humano, de una simple necesidad o de cualquier forma de defecto personal por parte de un “maestro”, se convierte en argumento de los cínicos nihilistas. O suele ser razón suficiente para que los idealistas discípulos huyan a buscar un nuevo gurú en quien poder depositar nuevamente sus proyecciones idealizadas. Pero, tarde o temprano, el nuevo gurú evidenciará su lado humano, vendrá una nueva decepción y la búsqueda empezará otra vez. En esta carrera de un gurú a otro, de una religión a otra, infinidades de personas suelen pasarse la vida entera, sin que puedan encontrar jamás esa perfección idealista que proyectan afuera, en lugar de buscar la belleza irrepetible que albergan en su interior.
La mirada de las Interacciones Primordiales es radicalmente distinta. Concibo la experiencia de unidad como el fundamento mismo de la mente humana y, por lo tanto, como algo accesible a toda persona dispuesta a comprometerse en un trabajo de comprensión de su naturaleza más profunda y en la realización de una sencilla práctica cotidiana, para la cual no es preciso abandonar el mundo, el trabajo, la familia, el servicio social o la propia religión sino, muy por el contrario, colmar de intensidad y pasión cada uno de estos espacios cotidianos.
Vivir el aquí y ahora desde la consciencia de unidad no implica nada extraordinario. Por el contrario, encarna la mayor simpleza. Sentir que somos Universo humanizado no implica lograr algo especial, sino simplemente percatarnos de lo que siempre ha sido así. Esto lo han reconocido las tradiciones contemplativas de todas las religiones.
Procuraré demostrar a lo largo de estas páginas, basándome en evidencias verificables, que la consciencia unitiva, lejos de implicar una idea romántica, un concepto idealista o un fenómeno esotérico, constituye la percepción más precisa que podemos tener de nosotros mismos. Somos seres cósmicos, estamos hechos de mar, de sol, de montaña, de viento. Éstas no son metáforas poéticas, sino descripciones de fenómenos observables y comprobables incluso desde la física y la astrobiología modernas.
En una oportunidad, un joven discípulo visiblemente exaltado se acercó a su maestro sin poder contener sus emociones y casi sin respirar le dijo: “¡Maestro, Maestro, lo he logrado! ¡Estaba en medio de mi meditación cuando de pronto comencé a levitar! Mientras me despegaba del piso, súbitamente mi mente estalló en miles de colores. Coros celestiales sonaron en mi cabeza. Los sublimes sabores del néctar del espíritu se derramaron generosamente sobre mi boca y todos los secretos se revelaron ante mi mirada. ¡Maestro, lo veo todo, lo entiendo todo, lo sé todo!”. El maestro respiró profundo y con gran compasión le susurró al oído: “No se preocupe, hijo, ya se le va a pasar…”.
Asentar nuestra vida cotidiana en la consciencia de unidad no nos llevará a vivir nada extraordinario, simplemente nos brindará esa paz serena, sencilla y profunda que emerge naturalmente cuando comprendemos que todo lo verdaderamente importante de nuestra vida, lo esencial, lo indispensable, ya nos ha sido dado en forma gratuita y generosamente. Sabernos y sentirnos como el fruto de millones de años de evolución universal nos permite tomar contacto con la maravillosa sabiduría de nuestro cuerpo, percibir que no sabemos cómo, pero nuestro corazón late, nuestros pulmones absorben oxígeno, nuestro sistema digestivo convierte los alimentos en energía y esta a su vez se convierte en acciones, sentimientos y pensamientos. Nuestras glándulas sexuales están colmadas de millones de seres humanos en potencia, nos habita toda una humanidad. Nuestro sistema inmune nos protege y nuestro cerebro, junto al sistema endocrino, coordina todas estas acciones. Es tanta la sabiduría acumulada en cada una de estas pequeñas y simples funciones que no existe una sola computadora en el mundo que pueda realizarlas por nosotros, ni ciencia alguna que pueda comprenderlas. Nos desesperamos por no tener el dinero suficiente para comprar algún artículo de moda, mientras somos poseedores de una auténtica tecnología, fruto de millones de años de sabiduría manifestada en nuestro propio organismo, un milagro evolutivo que no podría ser comprado por todo el dinero del mundo.
Recordemos nuevamente al querido Whitman:
“Para mí, una brizna de hierba no vale menos que la tarea diurna de las estrellas,
e igualmente perfecta es la hormiga, y así un grano de arena y el huevo del reyezuelo,
y la rana arbórea es una obra maestra, digna de egregias personas,
y la mora pudiera adornar los aposentos del cielo,
y en mi mano la articulación más menuda hace burla de todas las máquinas,
y la vaca, rumiando con inclinado testuz, es más bella que cualquier escultura;
y un ratón es milagro capaz de asombrar a millones de infieles”.
Recuperar la conciencia3 primordial implica simplemente relajarnos y descansar, meciéndonos sobre el infinito océano de sabiduría que constituye la evolución universal y de la que somos simplemente una ola más. Reconocer el milagro de la respiración, la bendición de la piel y la magia del sentimiento nos permite mansamente abandonar el trajín, la carrera, la incesante búsqueda de objetivos que jamás nos satisfacen. Descansar en la conciencia de nuestro Ser4 original implica simplemente liberarnos de la gran confusión social. Y debo decirlo: la idea de la iluminación como algo extraordinario que se vende en cuotas es también parte de esa confusión, es otro artículo de mercado.
La sabiduría ancestral del Universo palpita en cada una de nuestras células. Eones de evolución cósmica se sintetizan en lo más profundo de nuestro Ser. Nuestro propio ADN constituye un código universal que es evocado hasta en la forma espiral de las galaxias. La misma energía que estalla en el trueno mueve los mares o susurra en la flor más delicada, es la que late en cada una de nuestras moléculas. La física moderna está penetrando cada vez más en la estructura de la materia, y lo que encuentra es siempre una danza más y más sutil de energía, un vacío inconmensurable lleno de vida. Este vacío, aparentemente caótico, contiene la información, la memoria que misteriosamente da forma y organiza la materia. En su infinita creatividad genera todo lo que existe en infinidad de formas, texturas y colores. Información, memoria, creatividad. En lo profundo de la materia se oculta el mayor de los misterios: la conciencia. Esta Conciencia Universal que todo lo interpenetra y lo organiza se ha desplegado desde antes del mismo Big Bang, del espacio y del tiempo, para llegar a nosotros y adoptar nuestra forma humana. Somos la manifestación viva de la evolución universal. Somos una obra de arte del Universo, no menos que las estrellas, los océanos, los árboles o las mariposas. Podemos asumirnos como parte de una maravillosa danza de conciencia, capaz de adoptar todas las formas, colores y vibraciones que podamos imaginar y mucho más. Considero que esta inaprensible Sabiduría Primordial constituye nuestra naturaleza original. Ningún iluminado puede darnos esta sabiduría y mucho menos vendérnosla. La majestuosidad del Universo juega a convertirse en galaxias, planetas, montañas, lagos y especies vivientes, adoptando también nuestra forma. Se manifiesta en nosotros no sólo en innumerables procesos orgánicos, sino también bajo el aspecto de emociones: delicadeza, ternura, furia, coraje, determinación, nostalgia, devoción o pasión. Por eso mismo nadie puede darnos esta sabiduría, pues a nadie pertenece. Fluye por el Universo más allá del espacio y del tiempo, trascendiendo toda noción humana de pertenencia. Constituye nuestra naturaleza original, nuestra belleza primigenia. Cuando alguien recuerda la Sabiduría Primordial, lo primero que anhela es compartirla. Pero no puede dárnosla. Sólo puede mostrar señales para que cada uno la vea con sus propios ojos. Podemos crear espacios internos y externos donde otros recuerden. Podemos dejar señales, mostrar puentes, alumbrar caminos, brindar apoyo y sentido de comunidad durante la práctica. Pero el recuerdo íntimo de la Fuente y el despertar le pertenecen a cada uno. Liberar la Sabiduría Primordial y la energía cósmica que nos habitan, recuperar nuestro Vínculo Primordial, constituyen nuestra responsabilidad y derecho inalienables. Aunque todo parezca decirnos lo contrario, nunca hemos estado fuera de la verdad inicial, de la riqueza primigenia, de la belleza primordial. En lo más profundo, la soledad es sólo una ilusión. Por ello precisamos de espacios donde reencontrarnos. No existe mayor dicha en esta vida que recuperar nuestra unidad original. Y esta unidad descansa en lo profundo de nuestro cuerpo, en nuestra respiración, en el latido de nuestro corazón, en esa sabiduría silenciosa y sagrada que trasciende a la mente conceptual. No podemos volver a la naturaleza, pues nunca nos hemos ido de ella. Sólo necesitamos un espacio donde recordar. Y no existe espacio más simple y profundo para recuperar la memoria que el encuentro con el otro en el amor.
Sin embargo, como iremos descubriendo a lo largo de todo este libro, podemos olvidar nuestro Vínculo Primordial.
Desde mi mirada, la pérdida de esta sencilla y humilde consciencia de unidad cósmica constituye la herida básica alrededor de la cual se desarrollan todos los desequilibrios y trastornos mentales y sociales.
Cuando el ser humano pierde esta conexión inmediata con la vida comienza a desarrollar una profunda sensación de desarraigo y desamparo. Tan desoladora es esta experiencia que la inmensa mayoría de las personas necesita evitarla, por todos los medios a su alcance, a fin de sostener su existencia en el mundo cotidiano. Comienza así una desenfrenada carrera de evasión, y una búsqueda incesante de compensaciones materiales y sensoriales que jamás satisfacen esta sed esencial.
Este desequilibrio fundamental puede manifestarse en infinidad de formas y trastornos: comunicacionales, alimenticios, relacionales, laborales, sexuales, y en toda forma de adicciones y compulsiones. Por supuesto, cada uno de estos desequilibrios debe ser abordado con una metodología específica. Sin embargo, si en algún momento del proceso de sanación, y por supuesto, sólo cuando el consultante lo requiere, el terapeuta5 no se atreve a abordar el tema básico que subyace a todas estas formas disfuncionales, la terapia se convierte en una interminable tarea de poner parches sobre parches, sin alcanzar nunca la raíz del mal que se pretende curar.
El principio fundamental del modelo de las Interacciones Primordiales sostiene que son muchos los medios y los caminos mediante los cuales podemos recuperar nuestra unidad. El sistema práctico de este modelo incorpora muchas opciones de trabajo que permiten sanar nuestra herida básica, tales como la psicoterapia profunda, el trabajo corporal, las técnicas respiratorias, las prácticas meditativas, los cantos y danzas sagrados, el retorno a la naturaleza, etc. Pero remarca que, entre todos ellos, los más poderosos y necesarios para este momento de la humanidad son al mismo tiempo los más simples y accesibles: recuperar nuestra corporalidad sentida y nuestra capacidad de mantener vínculos significativos.
Recuperar la corporalidad implica descubrir que nuestro cuerpo constituye una síntesis del Universo, encarnada en los infinitos misterios que la sabiduría de nuestros propios organismos esconden. La consciencia de unidad con el Universo no se recupera realizando un viaje a las galaxias lejanas a bordo de una nave espacial, sino cerrando los ojos, armonizando la respiración y sintiendo el pulso cósmico latiendo en nuestro corazón. Nuestra cultura parece estar muy centrada en la corporalidad, pero esto es sólo en apariencia. El cuerpo que a nuestra cultura le preocupa es el cuerpo funcional, el cuerpo como cosa, el que se usa (y del que se abusa). Es un cuerpo no amado, y por lo tanto des-almado. Este cuerpo entendido como instrumento para obtener placer, o como una máquina sobre la que hay que trabajar para lucirlo esbelto, o al que hay que cuidar de vez en cuando sólo para que dure mucho, tiene muy poco que ver con el cuerpo sentido, vivido desde adentro. El cuerpo que nos reconecta con el Universo es el cuerpo de la sensibilidad, el cuerpo interior, profundo, con todos sus abismales misterios y sus poderes aún inexplorados. Es el cuerpo de la introspección, la meditación, la respiración, la caricia, el abrazo, la pasión, los flujos de energía, el pulso que resuena con el latido de la tierra, la danza y el vuelo.
Al mismo tiempo, en el encuentro humano, el Universo se encuentra consigo mismo, se reconoce y se celebra. Desde este modelo, toda relación humana (en realidad, toda actividad humana), aun la más primitiva, constituye un intento de trascender la alienación y recuperar nuestra condición original.
El cuerpo y el encuentro, la sensibilidad y el amor. Respirar, latir, vibrar, danzar, pulsar y amar en el eterno aquí y ahora. Podemos pasarnos toda la existencia procurando develar misterios que creemos guardados en distantes lugares, mientras no percibimos que la savia de la vida, el mayor de los misterios, nos transita por dentro y se devela en el encuentro con el otro. El Universo ha trabajado durante millones de años para deleitarse en esta magia. Hemos sido concebidos desde y para esto. Como ocurre con todo lo que existe en el Cosmos, el encuentro es nuestro origen y nuestro destino.
Aun en la mayor inconsciencia, estamos siempre viviendo nuestra corporalidad y buscando la completud en el encuentro humano. Sin embargo, estos intentos pueden ser a veces tan disfuncionales que sólo terminan produciendo mayor aislamiento y soledad.
Como afirmábamos más arriba, esta búsqueda de completud se esconde en lo profundo de todas las formas de relaciones humanas, pero probablemente en ninguna se expresa con tanta claridad como en la relación de pareja. La intensidad, la complejidad y la cualidad tormentosa que suelen caracterizar a este tipo de relación humana se deben a que en ninguna otra forma de vínculo ponemos tantas expectativas relacionadas con la necesidad de completarnos. La búsqueda de pareja es siempre, de uno u otro modo, una búsqueda de completud. Sin embargo, esta unidad nunca puede sernos dada por otro, sino que, por el contrario, es sólo cuando la realizamos en nuestro interior que podemos compartirla. Por ello, la relación de pareja, que en principio constituiría un espacio óptimo para el despertar espiritual, suele terminar convirtiéndose en un espacio de batalla, en el cual la frustración por no alcanzar la tan añorada completud se revierte sobre el otro en las infinitas formas de violencia (sutil o grosera) que los seres humanos podemos desplegar. Así como las relaciones humanas constituyen la “vía regia” para la expansión de la consciencia, también implican un enorme riesgo y están llenas de dificultades.
Cuando la búsqueda de completud es correctamente interpretada como un proceso interno, que implica, en primer lugar, experimentar y trascender la soledad y la alienación, el resultado consiste en una profunda e íntima experiencia de encuentro y compasión hacia todo lo que existe, y sus manifestaciones inmediatas son el amor y el servicio. Por el contrario, cuando una persona o grupo proyectan sobre algo o alguien sus posibilidades de completarse, la búsqueda de este objeto idealizado se torna compulsiva. En estos casos, en lugar de primar la necesidad auténticamente espiritual de trascender los límites del ego y expandir la consciencia en el amor, predominan impulsos primitivos, necesidades infantiles no satisfechas, frustraciones y agresividad no asumidas, y la búsqueda se vuelve entonces patológica y dañina, tanto para el sí mismo como para el entorno. Ya sea que se trate del alcohol, las drogas, el sexo, el dinero, el poder o hasta el mismo conocimiento, nada puede detener el impulso a obtenerlo, sin importar el costo, a menos que un profundo trabajo interior permita comprender que la completud nunca se logra alcanzando logros o poseyendo objetos externos. Y cuando algo se interpone en el camino entre un individuo o grupo y aquello que consideran que va a completarlos, los seres humanos somos capaces de cualquier cosa para superarlo. Y cuando digo cualquier cosa, lo hago en forma literal: podemos ir desde la maravilla hasta el horror. Cuando los cristianos consideraron que lo único que los separaba de Dios eran los leones hambrientos del circo romano, caminaron hacia esa horrenda muerte cantando alabanzas. Cuando el pueblo alemán fue siniestramente convencido de que su completud sólo sería alcanzada mediante la conquista de Europa y que su mayor obstáculo era el pueblo judío, todos sabemos lo que ocurrió. Por ello, un camino de crecimiento personal centrado en la cotidianeidad6, en la simpleza y en los vínculos, debe necesariamente incluir una comprensión profunda, práctica y sencilla de la naturaleza misma de la búsqueda de completud. Y es preciso reconocer desde el primer momento que los componentes primitivos y patológicos estarán siempre entremezclados con los auténticamente espirituales. Esta complejidad es parte de nuestra naturaleza, y cuando un camino de crecimiento no la reconoce, sus resultados son siempre frágiles e inestables, cuando no explícitamente negativos.
La sed del alma es una sed vital. Ningún sistema de creencias, ningún dogma, ninguna filosofía por sí solos pueden calmarla. Nuestra necesidad básica no pasa por aprender nuevos conceptos, sino por reencontrarnos con nuestras raíces universales desde un nivel molecular, de un modo práctico, vital, orgánico.
A lo largo de este libro procuraremos comprender tanto la naturaleza de esta conexión como la forma en que la perdemos, para introducirnos luego en la descripción de un camino que nos permitirá recuperar nuestra conexión esencial con todo lo que existe. Todo concepto que aquí desarrollemos tendrá como objetivo servir como mapa, como guía práctica de autoexploración. Procuraremos evitar en todo momento el despliegue de la teoría por la teoría misma.
Sacar la experiencia de unidad del ámbito de lo esotérico y traerla al espacio de la vida cotidiana y la educación no es una empresa fácil. Por ello, habremos de abordarla con consciencia de nuestras limitaciones, es decir, con humildad. La consciencia de los propios límites va acompañada de la necesidad de contar con principios orientadores que sirvan de guía a lo largo del camino. Dada la magnitud de este objetivo, un principio habrá de orientarnos desde el mismo comienzo: no es posible emprender esta tarea desde una concepción parcial y reduccionista de la naturaleza humana. Tanto nuestra concepción de la mujer y el hombre como de los métodos con que favorecer su pleno desarrollo habrán de ser integrales. Debemos comenzar entonces por comprender qué es lo integral desde nuestra mirada.
¿QUÉ ES UN ENFOQUE INTEGRAL?
Pretender abordar en forma acabada lo que es la mirada integral en nuestra época constituiría una tarea que excede por completo el proyecto de este libro. Por lo tanto, sólo dedicaré aquí un pequeño espacio a la reflexión acerca de cuándo un modelo puede ser considerado efectivamente integral. Quienes se interesen en este tema pueden consultar, entre otros, los aportes de Ken Wilber, así como los de sus críticos7.
Nuestra principal dedicación al concebir este modelo ha estado dirigida a aportar una mirada auténticamente integral a todo proceso de desarrollo humano en el que podamos intervenir. Por lo tanto, considero oportuno, desde el comienzo de este trabajo, establecer la diferencia entre este enfoque y todo modelo que conciba la integralidad como una mera colección de técnicas o métodos, por el solo hecho de que cada uno de ellos aborda un aspecto de la realidad que nos parece importante.
Existe un acuerdo bastante generalizado en el ámbito del desarrollo humano, el coaching y la psicoterapia acerca de que todo modelo que procure ser efectivo a la hora de buscar una transformación debe contemplar, como mínimo, la dimensión corporal, la emocionalidad, el lenguaje hablado, lo cognitivo, lo social y alguna forma de abordar la necesidad de trascendencia.
Sin embargo, una comprensión superficial del tema de la integralidad puede llevarnos a creer que basta con tomar de distintos lugares una metodología lingüística, otra corporal, otra emocional y alguna mirada espiritual para con eso construir un abordaje integral.
La situación es mucho más profunda y compleja. Para comprender esta problemática es preciso diferenciar dos concepciones de integralidad que a mi juicio terminan, paradójicamente, siendo parciales. Podríamos llamarlas la integralidad vertical y la integralidad horizontal.
La integralidad vertical es característica del pensamiento new age, y establece la típica integración jerárquica: cuerpo, mente y espíritu. Desde esta mirada, un enfoque integral debe considerar estas tres dimensiones escalonadas.
La integralidad horizontal se basa en la amplitud, en lo ancho, y es característica del pensamiento sistémico (que no se ocupa de las profundidades). Concibe que un enfoque integral debe ser abarcativo, abrazador, inclusivo, pero se refiere únicamente a las variables que se dan en el plano material-energético de la existencia: la familia, la sociedad, el ecosistema, etc.
La integralidad que aquí concibo, inspirada profundamente por el pensamiento de Wilber, es una integralidad que podríamos llamar (como mínimo) pentadimensional8, en cuanto abraza por igual la amplitud, la altitud y la profundidad, en el gran marco de la evolución de la consciencia, tanto en el tiempo como en el eterno ahora.
La característica fundamental de esta forma de entender la integralidad, es que trasciende la idea de que basta con juntar técnicas o aun métodos diversos para crear un modelo integral.
La integralidad así entendida no depende de cuántas metodologías o ámbitos de la realidad pretendamos abarcar (“cuantos más ámbitos y dimensiones mejor”), sino de la coherencia interna del modelo que construyamos y de que sus metodologías estén profundamente integradas entre sí, respondiendo a una mirada abarcativa, profunda, sistemática y coherente de la naturaleza humana.
Para que un conjunto de métodos y técnicas sea realmente efectivo no basta con que tome en cuenta todas las dimensiones de lo humano. Es preciso también que lo haga desde un núcleo conceptual ojalá único, y si no, por lo menos, de diversos marcos que sean realmente factibles de ser integrados en una síntesis coherente.
Hablar de integralidad implica hablar de poder. Siempre que intentemos iniciar un proceso de transformación en ámbitos en los que esto pueda resultar complejo, es fundamental tener presente que un enfoque que puede entrar en la situación por muchas puertas y comprender mayor cantidad de variables tiene muchas más posibilidades de éxito que un modelo parcial, que sólo aborde un ámbito de la problemática y se despliegue con un solo tipo de metodologías y técnicas. Pero ocurre que cuando simplemente juntamos metodologías sin preocuparnos por observar en qué modelos del ser humano, en qué filosofías y en qué epistemologías se basan, en lugar de ofrecer un trabajo integral, estamos brindando simplemente una reunión inconexa de aportes, que pueden incluso terminar siendo contradictorios y, por lo tanto, perjudiciales para las personas que confían en nosotros. En este punto no podemos ser simplistas e ingenuamente “empíricos”. Yuxtaponer una metodología que proviene de una cosmovisión mítica con otra que lo hace desde una mirada posmoderna, por sólo citar un ejemplo de posibles combinaciones, terminará produciendo una disonancia cognoscitiva y generando contradicciones, tanto en la práctica como en la autocomprensión que los protagonistas del proceso de transformación puedan alcanzar. Construir un modelo de Desarrollo Humano, Coaching y Psicoterapia Integrales requiere mucho más que una mezcla.
Como se aprecia en las Figuras 1 y 8, el Modelo de las Interacciones Primordiales constituye un intento de respuesta a este difícil desafío, pues aporta un conjunto de métodos que provienen todos de un marco conceptual único, lo que torna la aplicación empírica de cada uno mucho más profunda, efectiva y coherente.
Este libro contiene precisamente ese núcleo conceptual, a partir del cual se han desarrollado los métodos que he descrito en los libros siguientes: Danza Primal, Comunicación Primordial y Meditación Primordial, cada uno de los cuales se enfoca, respectivamente, en el trabajo corporal energético, en el trabajo lingüístico cognitivo y en la práctica contemplativa. En la Figura 1 podemos apreciar un cuadro sinóptico que incluye todos los ámbitos de la experiencia humana, todos los tipos de trabajo necesarios para abordarlos, los 3 métodos y las 3 disciplinas que hemos desarrollado para ello.
Estas metodologías se han nutrido en su concepción con los aportes de grandes sistemas y autores, con los que mantiene una eterna deuda9. Pero de ninguna manera constituye una mera suma de todos ellos, sino una integración que los incluye y los honra profundamente en un enfoque diferente, novedoso y dotado de coherencia interna.
Los métodos del Modelo de las Interacciones Primordiales son la Lingüística, el Movimiento y la Meditación Primordiales. La aplicación integrada de estas metodologías despliega el poder del trabajo corporal-emocional-energético, las conversaciones y la meditación en los procesos de transformación personal, interpersonal, organizacional y comunitaria.
Veamos una breve descripción de las tres, que luego se describen con más detalle en el Apéndice 1.
La Lingüística Primordial constituye una integración de la psiconeuroinmunoendocrinología, el estudio del lenguaje y el trabajo cognitivo. Brinda la posibilidad de trabajar directamente sobre nuestros paradigmas y modelos de pensamiento, a través de la relación entre nuestros diálogos internos e interpersonales, nuestra bioquímica y nuestra relación con los otros. Trabaja sobre la forma en que la palabra determina los estados corporal-emocionales, las relaciones interpersonales y viceversa.
Se ha demostrado repetidamente que nuestros diálogos internos e interpersonales afectan directamente nuestra salud celular, nuestro estado mental, nuestros vínculos y, por ende, la salud de todo grupo humano, desde familias hasta organizaciones. La capacidad de desarrollar diálogos sabios, comprensivos y afectuosos con nosotros mismos y con los demás constituye una fuente de salud física, emocional y vincular, así como la clave del éxito profesional y organizacional. La Lingüística Primordial opera sobre el núcleo biopsicolingüístico que determina nuestra salud físico-emocional, la de nuestras relaciones interpersonales y el éxito en nuestras carreras profesionales.
Simultáneamente brinda un abordaje lingüístico que procura detectar y esclarecer los patrones manipulativos de nuestra comunicación interna y con otros, a fin de que nuestro hablar se torne transparente, genuino y poderosamente efectivo. Esto es lo que denominamos “hablar desde el cuerpo”, como opuesto a hablar desde una mente disociada, desconectada de la emoción y sin presencia. De este modo, se favorece el encuentro profundo entre los seres humanos aun en los ámbitos que suelen ser más despersonalizantes10.
El trabajo con la Lingüística Primordial se centra en los siguientes objetivos fundamentales:
– Desarrollar modalidades de comunicación intrapersonal que generen estados internos de equilibrio, armonía y salud psicofísica.
– Integrar lenguaje-pensamiento y corporalidad-energía-emocionalidad.
– Comprender y desarticular todas las formas de manipulación verbal que caracterizan la forma de comunicación entre las personas no integradas, afectando sensiblemente la capacidad de encuentro interpersonal y efectividad en las tareas compartidas.
– Favorecer las formas de comunicación auténticas, que propician el encuentro humano y el desarrollo de organizaciones efectivas.
– Detectar, comprender y deconstruir los sistemas de interpretaciones, juicios, creencias y mapas mentales disfuncionales que restringen nuestras posibilidades de desarrollo.
– Fortalecer los sistemas de interpretaciones, juicios y creencias motivantes y expansivos, que viabilizan el pleno desarrollo de las personas y los grupos humanos.
El Movimiento Primordial es un sistema de trabajo corporal-energético-emocional que permite trabajar con nuestra corporalidad, estado emocional, afectividad y creatividad, activando la energía vital, el sistema neuroinmunoendocrino y la capacidad de encuentro con los otros. Constituye un profundo método de liberación y expresión corporal-energético-emocional mediante la reivindicación de la motricidad natural y de las expresiones emocionales, recuperando el cuerpo original, sensible y libre que todos recibimos al nacer.
Movimiento Primordial consiste en un método que nos permite recuperar nuestras posturas, movimientos, gestos y patrones respiratorios primigenios, poniendo a nuestra disposición profundas energías universales que hemos olvidado en los procesos de socialización disfuncionales.
La Meditación Primordial es una disciplina de trabajo respiratorio, relajación y aquietamiento mental. Permite trabajar con nuestro estado vibracional y la conexión con la totalidad de la vida. No incluye ningún contenido de tipo religioso, sino un simple método para alcanzar descanso, paz interior y conexión con la vida, basado en un contacto profundo con la sabiduría ancestral de nuestro organismo.
La Meditación Primordial permite el acceso a una profunda experiencia de arraigo, relajación, descanso y expansión de la conciencia en el presente continuo de la corporalidad energética, vibracional y trascendente.
Permite, además, una comprensión profunda y trascendente de las experiencias cotidianas y de los descubrimiento alcanzados en los procesos de crecimiento personal, coaching y psicoterapia.
La práctica contemplativa no sólo brinda resultados vinculados con la trascendencia en términos estrictamente espirituales. Es también fundamental en los temas psicológico-existenciales.
Meditar permite desplegar la capacidad de objetivar los propios procesos mentales, de manera que, en lugar de funcionar a través de patrones inconscientes, podemos, mediante ejercicios específicos, convertir estos patrones en objetos de nuestra percepción, y de este modo tomar distancia y desidentificarnos de ellos. Los seres humanos contemplamos la “realidad” a través de nuestros sistemas de interpretaciones, juicios y creencias11, muchas veces determinados por nuestros patrones emocionales inconscientes; pero raras veces y en condiciones muy especiales sólo nos dedicamos a contemplar estos patrones, a autoobservar nuestros sistemas de interpretación. Es decir que nuestros patrones de percepción e interpretación nos resultan transparentes, vemos a través de ellos, pero no los vemos a ellos. Durante la meditación, estos patrones comienzan a tornarse visibles para nosotros.
Estas metodologías son llevadas a la práctica mediante tres disciplinas auténticamente integrales que han sido diferenciadas para favorecer su aplicación en distintos ámbitos: el Coaching Primordial, para ser implementado con personas sanas y en organizaciones; la Psicoterapia Primordial12, para ser aplicada en el ámbito de la clínica por parte de profesionales de la salud (quienes obviamente también pueden trabajar con personas sanas que buscan su propio desarrollo); y la Danza Primal, que permite trabajar con grandes grupos mediante un trabajo corporal-energético-vivencial. Estas tres disciplinas son también descritas en el Apéndice 1.
La integración de estas tres metodologías en tres disciplinas que llegan a distintos ámbitos posibilita el despliegue de profundos procesos de crecimiento y transformación personal, grupal y organizacional.
Lejos entonces de sólo presentar un mero modelo psicológico, este libro nos invita empíricamente a un retorno al cuerpo vivido, a la naturaleza sentida, a los vínculos, las emociones, la pasión, la intensidad de la vida aquí y ahora. Seremos invitados a recuperar el contacto con el latido de nuestro corazón, el ritmo de nuestra respiración, nuestros sentidos, los ciclos de la naturaleza, la piel, los aromas, los sabores, las tonalidades de la luz, el encanto de la música y la libertad de la danza. Recordaremos la maravilla de perdernos en el infinito de una noche estrellada, en la seducción del mar, en la magia del abrazo con el ser amado, en la risa de los niños, en los misterios insondables de la existencia y, por último, en el inefable y fecundo vacío cósmico, del que todo proviene y al que todo retorna. Y recordaremos una y otra vez que, a lo largo de todo este camino por la vida, encontraremos siempre una constante que, enhebrándose día tras día, le va dando sentido a todos los pesares y a todas las alegrías: el encuentro con el otro, la reunión en el amor y, como consecuencia directa, el servicio.
Sin embargo, un estudio y un camino hacia todas estas maravillas que nos depara la vida serían incompletos y absolutamente inefectivos si no pudiéramos, al mismo tiempo, contemplar la oscuridad y el dolor de la existencia, así como nuestra propia sombra. En ningún otro lugar se manifiesta con más claridad el aspecto sombrío de la naturaleza humana que en la estructura de nuestras sociedades y en nuestra relación con el medio ambiente. Si no queremos que este modelo de trabajo empírico y vivencial se convierta en otro juego new age para burgueses sino, por el contrario, en una auténtica herramienta de transformación interna e interpersonal, es preciso que nuestra mirada incluya también la dimensión social. Ahora bien, frente a la gravísima crisis socioeconómico-política que recorre nuestro planeta y a la imperiosa necesidad de soluciones materiales ante el avance del hambre, las enfermedades, la violencia, la injusticia, la corrupción y el desequilibrio ecológico, ¿son legítimos los estudios sobre la consciencia?
LA JUSTIFICACIÓN DE LOS ESTUDIOS SOBRE LA CONSCIENCIA ANTE LA CRISIS ACTUAL
Hace algunos años fui invitado a dictar una conferencia sobre la evolución de la consciencia en la Universidad de Barcelona, en el mismo día en que en todas las grandes ciudades del mundo se realizaban marchas contra la inminente invasión de Irak por parte de las tropas de George Bush. Antes de comenzar dicha conferencia, un estudiante se me acercó para preguntarme si, ante todo el horror que estaba a punto de desencadenarse, era correcto que yo me pusiera a disertar sobre algo tan abstracto y subjetivo como la consciencia.
Sincrónicamente, la mañana anterior, en un hotel de Ecuador, había encontrado un periódico con la imagen de un cómic más elocuente que todo lo que yo pudiera decir, y la había conservado para incluirla en mi presentación. Por aquellos días, los inspectores de la ONU se afanaban por encontrar las supuestas armas químicas que justificaban la invasión de Irak, pero no encontraban nada. En esta imagen, se observa a dos inspectores que, cansados de buscar por fuera, se habían decidido a buscar dentro de las cabezas de George Bush hijo y de Saddam Husein, y ambos se asomaban por arriba diciéndose uno al otro: “… Nada aquí”, “… Nada acá”.
La guerra del Golfo constituyó claramente un acontecimiento socioeconómico-político de carácter global, y por cierto uno de los más dramáticos del siglo. Sin embargo, todo el espanto que sobrevino en esos meses estuvo supeditado a las decisiones de dos personas que, a pesar de haber estado inmersas en contextos socioeconómico-políticos y culturales y más allá de todas las presiones y manipulaciones externas que hayan recibido, tuvieron que enfrentarse a sus consciencias para hacer lo que hicieron: enviar a decenas de miles de personas (la absoluta mayoría civiles inocentes, como en todas las guerras) a una muerte segura.
Atravesamos una época plagada de conflictos sociales, enfrentamientos bélicos, hambrunas, terrorismo de todo tipo y desde todos los frentes, enfermedades desconocidas y una crisis ecológica que subyace a todo este caos amenazando con borrarnos del mapa universal en cualquier momento.
Es ciertamente difícil escribir acerca de la importancia de llevar la mirada hacia adentro, hacia nuestra propia conciencia, en medio de tanto dolor social. Fácilmente podría interpretarse este planteo como otra forma de evasión de los “verdaderos problemas”, de los “asuntos reales”. Aunque no la comparto, debo asumir que comprendo esta objeción, pero es obvio que esto puede llevarnos a una discusión bizantina. Todo planteo interior que evita el compromiso con la realidad social termina siendo reaccionario. Y al mismo tiempo, todo planteo social que evita la necesidad de contactarse con la transformación interna, con la evolución de la conciencia en lo más profundo de cada ser humano como individuo, termina siendo un proyecto panfletario, sin esencia, sin mística, y no tarda en derrumbarse como un árbol sin savia. No hace falta que relate yo aquí la cantidad de revoluciones que nacieron con la promesa de un mundo mejor y más justo, para terminar siendo el feudo de poder de un gobierno dictatorial y elitista. El poder en manos de personas no evolucionadas y sin desarrollo interior es siempre peligroso. Más allá del signo político o la ideología, el tema central termina pasando por las personas y su conciencia (la que obviamente está influenciada por lo ambiental, lo sociocultural y lo político-económico, en un feed back permanente).
Nuestra época está constituyéndose poco a poco en una oportunidad inédita para la evolución de la conciencia humana. Nadie puede continuar negando que, tras haber superado casi milagrosamente el peligro de una hecatombe nuclear, se ciernen ahora sobre todos nosotros las posibilidades concretas de una deflagración ambiental globalizada; de la generalización de la exclusión social, con sus secuelas de miseria y violencia; del avance de la drogadicción (tanto la legalizada, bajo su disfraz de medicamento, bebidas alcohólicas o cigarrillos, como la ilegal), o las consecuencias impredecibles de la escandalosa corrupción política, jurídica y financiera que recorre el planeta.
Sin embargo, y simultáneamente, es también innegable la espectacular profusión de teorías, métodos y prácticas para la evolución de la persona y los grupos humanos que podemos contemplar en nuestros días.
Más allá de la seriedad o solidez teórica y práctica que muchos de estos caminos de crecimiento puedan evidenciar, y de las extravagancias (y a veces delirios) de algunos de sus mentores y gurúes new agers, lo cierto es que nuestra época constituye una ocasión nunca antes presentada ante la humanidad como conjunto.
Todos los pueblos, de todos los tiempos y de todos los rincones del planeta, han contado con alguna u otra forma de filosofía, psicología, metodología y tecnología específica, destinadas a la evolución de sus miembros en cuanto personas. Desde las más rudimentarias hasta las más sofisticadas; desde las más humanistas hasta las más trascendentalistas; desde las más ascéticas hasta las más sensuales, infinidad de concepciones han ido surgiendo y creciendo a lo largo de la historia, en todas las geografías y siempre con el mismo objetivo: la evolución de la conciencia humana. Pero nuestra época posee un signo distintivo: el carácter global de las oportunidades de crecimiento interior.
Si bien los métodos de crecimiento han existido en todos los tiempos, por lo general han estado reservados, sobre todo en sus aspectos más profundos, a pequeñas elites.
Los chamanes, los sacerdotes, los monjes, los místicos, los artistas, casi siempre han conformado pequeñas minorías para las cuales existía un saber especial, “esotérico”, “oculto”, “superior”.
Muy por el contrario, nuestros días están signados por la apertura, por la grandiosa posibilidad de recibir y entregar el conocimiento, de compartir las vivencias y de crecer comunitariamente. La evolución de la conciencia ha dejado de ser un tema secreto propio de doctos e iluminados y ha pasado a ser un tema de supervivencia, tan importante como la educación, la salud, la alimentación o la vivienda.
Sin embargo, pese a que ya no podemos hablar de pequeñas elites propietarias del saber, siguen existiendo multitudes de seres humanos sin acceso a muchas formas de conocimiento. Las mismas masas que son excluidas del acceso a los bienes materiales, la salud o la educación son también privadas de las posibilidades de un trabajo interior sistemático. De allí que todo abordaje acerca de la naturaleza humana y su posible evolución enfrente hoy un desafío difícil de imaginar hace apenas algunas décadas atrás.
Todo enfoque sobre la evolución de la conciencia ha dejado de ser un divertimento intelectual o una cuestión de vocaciones sofisticadas, para pasar a constituirse en un tema de supervivencia para la especie.
El desencadenamiento incontrolable de todos los graves riesgos para las posibilidades de vida en esta tierra, que mencionaba más arriba, depende, en la mayoría de los casos, de las decisiones de seres que no se han desarrollado íntegramente como personas. Seres perturbados, violentos, paranoicos, de escasa sensibilidad; verdaderos enfermos mentales que en lugar de trabajar por dentro han elegido actuar su locura hacia afuera, llegan, muchas veces merced a su misma locura y la de quienes los rodean, a ocupar cargos que les brindan acceso a un poder escalofriante. Hoy nos resulta muy simple hacer este diagnóstico cuando recordamos a personajes como Stalin, Hitler, Mussolini o Franco; pero ¿qué ocurre con tantos seres perturbados que dirigen nuestros destinos sociales aquí y ahora? ¿Quiénes ocuparán estos lugares históricos para los estudiosos del 2050?
A los seres humanos no nos ha sido dada la posibilidad de ser inocuos. Me atrevería a decir que como personas adultas sólo tenemos tres grandes opciones: 1) crecer, desarrollarnos, actualizar nuestras potencialidades y dejar emerger nuestra sabiduría, nuestra solidaridad, nuestra “humanidad”; 2) ir en contra de nuestra necesidad de desarrollo interior, truncarnos, pervertirnos y convertir nuestra frustración interior en odio, competencia y necesidad de dominación, o 3) ser tibios dependientes de los primeros o cómplices silenciosos de los segundos.
Obviamente, nadie elige uno u otro camino con absoluta libertad y consciencia de lo que hace. Un dictador empieza a construirse desde la más temprana edad. Un vándalo es alguien que ha sido vandalizado mucho antes de llegar a agredir a otros. Nadie viola sin haberse sentido de alguna forma violado. Todo torturador ha conocido la tortura en alguna de sus expresiones.
Partiendo de este duro diagnóstico, tenemos que asumir que todo abordaje de la problemática de la conciencia humana como fenómeno evolutivo debería incluir el compromiso de sanar la profunda enfermedad existencial que corroe a nuestra cultura, que nos corroe a todos. Los nuevos enfoques sobre la consciencia que pretendan ser significativos tendrán que incluir una dimensión práctica, educativa y de amplio alcance social.
Así las cosas, difícilmente podríamos hablar de lo personal sin incluir también lo social; y mucho más difícilmente de evolución sin incluir la sanación. La evolución de la conciencia, por definición, abarca todas estas dimensiones (lo físico, lo biológico, lo psicológico, lo cultural y lo social) en una sola expresión. Evolucionar lleva implícito sanar, y viceversa; tanto en lo personal como en lo social.
Integrando la mirada interior y exterior, personal y social, científica y espiritual, el modelo que aquí comparto constituye un espacio de encuentro e intercambio para todos aquellos que comprenden que cualquier actividad humana, ya sea en el campo de la salud, la educación, las artes, la política o las empresas, sólo adquiere auténtico significado si forma parte de un proceso destinado al crecimiento integral de la persona.
Para quien esté auténticamente interesado en el crecimiento de sus empleados, alumnos o hijos, la pregunta fundamental ha de ser siempre si cada propuesta de trabajo o de aprendizaje que brinda le está sirviendo a esta persona específica, en este momento concreto de su vida, para ser y sentirse mejor; descubrirse y apreciarse tal como es, cambiar en la dirección que ella lo desea, tener encuentros más significativos con los demás e ir descubriendo día a día un sentido más profundo y trascendente en la vida.
El corazón del Flujo Primordial del Universo13, de esta corriente de vida que recorre el Cosmos, radica en su infinita creatividad y expresividad. Todo lo que vemos a nuestro alrededor es manifestación de este poder universal que se expresa en la diversidad más inabarcable. Cada galaxia, sistema solar, planeta, medio ambiente y ser vivo es Universo expresado, hecho realidad manifiesta e individualizada. De la misma manera, todo lo creado está preñado de este impulso original a la realización, a la expresión. Desde el volcán que erupciona hasta el poeta que crea, desde la estrella que estalla hasta los amantes que explotan y se fusionan, todos somos eternos bigs bangs en permanente explosión y contracción. Es por esta razón que la cosmología y la psicología, en esencia, estudian lo mismo, la misma realidad en sus infinitos campos de expresión, más allá de las leyes peculiares que las ordenan y de las diferentes formas de “caorden” en que ocurren.
Por esta razón todos los seres humanos, sin excepción, necesitamos conocer y expresar nuestras emociones y afectos. Necesitamos espacios para el juego y el regocijo. Nuestras capacidades creativas, que están presentes en todos y cada uno de nosotros, requieren de herramientas y métodos para aflorar sin juicios ni críticas. Nuestra inteligencia, muy superior en todos los casos a lo que creemos, precisa de estímulo y procedimientos eficaces para su desarrollo y expresión. Como veremos más adelante, no hay espacio donde el Flujo Primordial del Universo se nos exprese con más evidencia que el que existe entre dos seres humanos que se encuentran, que en el “entre”. Por ello, nuestra necesidad de tener encuentros significativos con el prójimo es tan profunda que no podemos frustrarla sin pagar un alto precio físico, mental y espiritual. Y nuestra necesidad trascendente de encontrarle un sentido al trabajo, a nuestras relaciones, a nuestros pesares, requiere de un entorno en el que el encuentro espiritual y la reflexión compartida sean habituales y profundos. Desde esta perspectiva, el ser humano es concebido como una fuente infinita de recursos y potencialidades (corporales, afectivas, intelectuales, espirituales) que buscan expresarse en realizaciones concretas.
Cuando las condiciones alienantes de la vida contemporánea limitan nuestro espacio expresivo, nuestras potencialidades naturales comienzan a frustrarse y la enfermedad (tanto individual como social) empieza a gestarse en el núcleo de nuestro ser.
Una de las primeras objeciones que suele aparecer frente a este tipo de propuestas es la de tipo económico. ¿Por qué habría de interesarle a un empresario el desarrollo personal de sus empleados? Frente a tantas urgencias materiales, ¿a quién podría preocuparle el crecimiento personal de la comunidad? La estrechez de miras de estos planteos es muy preocupante, pues impide apreciar que, aun desde una perspectiva estrictamente económica, el bienestar interno de las personas es uno de los pilares también del crecimiento material, tanto de las empresas e instituciones como de la sociedad en su conjunto. Ninguna agrupación de personas infelices o maltratadas puede llevar al progreso sostenido. Hasta los más poderosos imperios de la historia han caído bajo al peso del dolor que produjeron.
Es mucho más sencillo, rápido y económico brindarles a las personas espacios para su libre expresión y realización que tener los hospitales llenos de enfermos, las cárceles y las calles llenas de delincuentes, las escuelas llenas de alumnos repetidores y las empresas llenas de personas frustradas e insatisfechas.
Es muy lamentable que nuestra sociedad no haya aprendido aún a evaluar el enorme costo social de la desdicha. Detrás de cada enfermo que sufre, de cada mujer golpeada, de cada persona asaltada y de cada asaltante abatido; de cada corrupto, de cada niña violada, de cada alcohólico o drogadicto; en definitiva, detrás de cada persona que sufre y hace sufrir, hubo alguna vez un proyecto vital que fue truncado, un sueño que se derrumbó, una pérdida de contacto con el Flujo Primordial que nos constituye y renueva segundo a segundo.
Y éste no es un planteo naíf. No estamos hablando de llevar flores a las cárceles para iluminar y sensibilizar a los asesinos múltiples con un gesto de amor; estamos hablando de educar desde la raíz de la vida. De tomar consciencia del enorme beneficio para la sociedad que traería aparejado el garantizar condiciones dignas en cada etapa de la existencia humana. El bebé recién nacido, que hoy es arrojado a un tarro de basura por una adolescente heroinómana, puede ser el hombre que dentro de veinte años viola y asesina a la hija de un acaudalado empresario, que hoy da vuelta la cara ante esta realidad. Todo nos toca a todos, estamos en el mismo barco y vamos hacia el mismo puerto.
A todos nos interesa aprender disciplinas nuevas, saber más, desarrollar habilidades y competencias. Nos encanta la idea de “empoderizarnos” y actualizarnos, pero muy frecuentemente nos olvidamos de que mucho más importante que el hacer es el ser. Por esta razón, si bien es absolutamente respetable el impulso al desarrollo de capacidades y el deseo de alcanzar el mejor nivel posible en todas las disciplinas que practicamos, es preciso no olvidarnos de poner siempre el acento en la persona, en el Ser. Si esto no es así, ¿qué sentido tienen una empresa, una escuela o un hospital? ¿El mero lucro? ¿la mera adaptación de los alumnos? ¿la curación de “enfermedades”? ¿O el brindar un espacio vital y significativo a la gente que trabaja, los niños que aprenden y las personas que se enferman?
Para alcanzar este importantísimo bien personal y social, es preciso formar individuos capaces de crear climas humanizados y motivadores en cualquier espacio en el que les toque actuar. Y para aquellos que no están interesados en una formación sistemática, lo importante es detenerse un minuto al día, reflexionar acerca de todas las dimensiones que nos constituyen como personas y luego preguntarse: ¿estoy haciendo algo para desarrollarme en toda la rica gama de aspectos que poseo? ¿Qué estoy haciendo por mi cuerpo, por mis afectos, por mi desarrollo intelectual, por mi necesidad de expresarme artísticamente, por mi voluntad de servir, por los seres que amo y por mi vida espiritual? Pero claro, dado el trajín de nuestras vidas, ¿es posible siquiera sentarnos a pensar en todo esto? Esta es quizás la mayor trampa de nuestra vida moderna. Nuestra preocupación permanente por lo urgente no nos deja tiempo para lo importante.
Cuando logramos salir de la trampa de la urgencia, comprendemos que disponer de tiempo y energía para lo esencial es la “inversión” más sabia y “redituable” de nuestras vidas, aun en términos económicos y tanto para el individuo como para las organizaciones o sociedades.
La salud y el crecimiento personal han dejado de ser responsabilidad exclusiva de los profesionales. Todos podemos ser agentes de sanación y desarrollo desde nuestro humilde lugar, a partir del momento en que decidimos prepararnos para ello, ya sea de manera profesional o simplemente aprendiendo a servir y a cuidarnos un poco mejor cada día.
Esto puede resultar extraño en una época obsesionada por la especialización, en la que casi todos sabemos practicar bien al menos una disciplina u oficio; pero hemos olvidado dos conceptos que han sido fundamentales en el desarrollo de casi todas las grandes culturas de la historia.
El primero es el del ser humano integral; es decir, el de aquel que, en lugar de destacarse por realizar sólo una actividad ultraespecializada (convirtiéndose muchas veces en un analfabeto existencial), se ha desarrollado como persona total en la mayoría de los aspectos que constituyen su humanidad. Los resultados prácticos de vivir en una cultura de especialistas son devastadores para nuestra sociedad: la explotación de recursos sin ecología, la política sin ética, la economía sin humanismo, la medicina sin encuentro y la ciencia sin valores son sólo algunos ejemplos. Nos preocupamos más por desarrollar niños robots (aunque tengan el aspecto de genios) que por formar futuros hombres y mujeres felices, integrados, creativos, honestos y sabios.
Y el segundo concepto que hemos olvidado es el de que no importa cuál sea nuestra actividad, siempre va a estar dirigida a las personas, y si no agregamos a nuestra especialidad la capacidad de comunicarnos de un modo enriquecedor con ellas, nuestra efectividad se verá seriamente comprometida.
Obviamente, serán muy distintos los contenidos que yo deberé aprender si deseo ser docente, abogado, gerente de una empresa, médico o comunicador social. Pero, en todos los casos, el fin último de mi servicio deben ser las personas concretas que recibirán mi trabajo y con las cuales deberé necesariamente relacionarme, comprenderlas y hacerme comprender; y mucho más aún si mi relación es con grupos. Muchos individuos, instituciones y empresas sumamente capaces en “lo suyo” fracasan debido a su inoperancia en el momento de relacionarse. Desde ya que esto es especialmente válido con aquellos con los que convivimos, tanto en el hogar como en el trabajo.
También estamos obsesionados con el rendimiento y la productividad, y olvidamos que estos sólo se alcanzan genuinamente cuando la excelencia en el desempeño surge de forma espontánea, en un medio humanizado, respetuoso y estimulante.
Todos queremos que nuestros alumnos sean genios, que los empleados sean dedicados, que los clientes vuelvan, que nuestros seres queridos nos entiendan o que los ciudadanos nos voten. Es decir, esperamos de los demás resultados que nos satisfagan. Pero olvidamos que en todos los casos estamos hablando de personas, y que estas necesitan ser comprendidas y apreciadas para poder expresarse. La cultura que decía que el maltrato producía buenos hijos, mejores alumnos y excelentes empleados, después de haber enfermado a mucha gente, está llevando al derrumbe estrepitoso a muchas familias, instituciones, empresas y hasta sistemas políticos. Nada promueve más la salud y el rendimiento que un clima de humanidad, entusiasmo y motivación positiva.
El libro La inteligencia emocional, de Daniel Goleman, ha demostrado esto con profusión de datos y pruebas: la excelencia en el desempeño no es la consecuencia forzada de la mera capacitación, sino el fruto natural de aquellos que crecen, aprenden y trabajan en un medio humanizado, respetuoso y creativo. Entonces la pregunta obvia es: ¿cómo hacemos para crear estos ambientes estimulantes en la familia, la escuela, la empresa...?
Esta búsqueda es nuestro máximo compromiso con las generaciones futuras.
Asumir este inmenso desafío implica, en lo inmediato, hacernos responsables de nuestra propia evolución en todos los aspectos cotidianos que hemos nombrado hasta aquí.
En lo que respecta a estudios sistemáticos, debemos asumir la responsabilidad comunitaria de formar profesionales que puedan convertirse en amorosos trabajadores en el arte de activar las potencialidades humanas, detectar y resolver los conflictos relacionales, y promover el desarrollo humano en instituciones empresariales, educativas, asistenciales y grupos en general.
Al integrar los aportes de Beck y Cowan sobre las Dinámicas Espirales14, somos conscientes de que a cada segmento de la sociedad habrá que llegar con intentos de solución acordes a sus problemas más apremiantes, pero en todos los casos, o en todos los “memes” como ellos los denominan, habremos de tener presente el aspecto esencial, universal del sufrimiento humano.
Esperando haber justificado el derecho social al trabajo y la comprensión internos, este libro está dirigido a arrojar algo de luz sobre la naturaleza más íntima del dolor de la humanidad, en un intento de aportar esclarecimiento al núcleo de todos los desafíos planteados hasta aquí. Esta dimensión última del sufrimiento humano se asienta en lo que he denominado el síndrome de inconsciencia cósmica, la herida básica, la alienación fundamental de los seres humanos contemporáneos.
LA HERIDA BÁSICA DEL SER HUMANO CONTEMPORÁNEO: EL SÍNDROME DE INCONSCIENCIA CÓSMICA
A lo largo de este libro intentaré esclarecer la forma en que los seres humanos nos relacionamos con la trama esencial de la existencia, que circula tanto por las galaxias más lejanas del Cosmos como por nuestro organismo, nuestros sueños y nuestros vínculos. Y procuraré demostrar que, de todos los ámbitos de la experiencia existencial, no hay ninguno más propicio para acceder al conocimiento del Ser que el encuentro humano, la interrelación, el inter-ser.
Afirmábamos que la interacción primordial es aquella en la que los seres humanos se perciben a sí mismos y a su encuentro mutuo como manifestación de un acto de carácter sagrado. Esta dimensión de las relaciones humanas está presente siempre y en todo tipo de encuentro, pero la mayoría de las veces pasa desapercibida, mientras nos debatimos en la oscuridad de nuestras limitaciones neuróticas. La única experiencia que nos permite contemplar al otro en su profundidad, misterio y belleza es la del amor, en todas sus formas y manifestaciones. Exploraremos aquí un camino de sanación de aquellos patrones corporales, mentales y socioculturales que nos impiden la bendición de dar y recibir amor en abundancia y trascender en plenitud. Pero, antes de iniciar un camino de sanación, es preciso comprender la enfermedad misma que queremos sanar.
Las condiciones alienantes de la vida contemporánea afectan todos los planos de nuestra existencia: nuestra salud física, la de nuestras relaciones, profesiones, sociedades y ecosistemas. Si pudiéramos integrar en un solo trabajo todos los estudios contemporáneos sobre los desencadenantes del sufrimiento humano, terminaríamos construyendo una interminable lista de causas generadoras de dolor y patología que podrían ser analizadas desde una mirada psicológica, social, lingüística, cultural, económica, ecológica o geopolítica.
Todas estas causantes poseen su grado de relevancia y cada mirada y estudio específico destinados a resolverlas una por una posee significado y valor. Sin embargo, es también necesario que procuremos, entre tantas variables, acercarnos a algún elemento que podamos considerar fundamental, que esté en la raíz del asunto, que evidencie cierto grado de universalidad.
En mi humilde entender, existe una dimensión central que constituye y determina nuestro estado presente como civilización: lo que define a nuestra crisis actual y la convierte en la más profunda y peligrosa de toda nuestra historia es, en primer lugar, su carácter global, puesto que abarca todas las áreas de la vida humana y todos los rincones del planeta. Y en todos los casos, vamos a encontrar un elemento nuclear en el fondo de las diversas formas que esta crisis adopta: la vivencia de orfandad que nuestra civilización siente con respecto al Cosmos.
Ante la gravedad de la crisis planetaria actual, habremos de armarnos de la voluntad necesaria e intentar integrar (como veremos en el próximo apartado) el pensamiento científico y el religioso, para desde allí revisar todos nuestros conceptos y fundamentalmente los de salud y enfermedad.
Es preciso comprender que nuestra época nos ha deparado una nueva patología que aparece aun en aquellos que reúnen todos nuestros antiguos requisitos de normalidad: es lo que llamo el síndrome de inconsciencia cósmica.
Un individuo indiferente al hecho de que el 10 % de la comunidad mundial consume el 50 % de la producción del planeta; al hecho de que las hambrunas recorren el mundo y que se asesina del modo más cruel a millones de animales para elaborar frivolidades de moda; que se arrasan los pocos espacios verdes que quedan en la tierra en forma indiscriminada; que estamos desangrando en sus reinos humano, animal, vegetal y mineral a un pequeño cuerpo que vaga en un rincón del Cosmos y del que no tendremos probablemente a dónde mudarnos cuando se agote; un individuo indiferente a todo esto, por más que alcance todos los estándares de normalidad de nuestros manuales de diagnóstico, es un individuo gravemente enfermo, y esta grave enfermedad que padece, para colmo, es pandémica.
Como ya he afirmado, formamos parte de una cultura que ha perdido sus raíces universales, que está desarraigada, que no tiene fundamentos en un pasado que le resulte coherente y creíble; que ha perdido el contacto con el presente vital, con el cuerpo, con la naturaleza, y que no puede atisbar ningún futuro trascendente compartido por todos.
Es cierto que en nuestros días existen muchos grupos y subculturas que mantienen vivas antiguas tradiciones más arraigadas a la tierra. Pero de ninguna manera podemos considerar que esto refleja la totalidad de nuestra cultura contemporánea. Precisamente un rasgo fundamental que nos caracteriza es el de haber perdido la homogeneidad en nuestras concepciones de la existencia. En las culturas antiguas, la absoluta mayoría de las personas creía en lo mismo. Esta homogeneidad cultural brindaba una profunda sensación de arraigo y coherencia interna y externa. Hoy no podemos aspirar al retorno a modelos culturales tan simples. La diversidad es una característica fundamental de nuestros días, y constituye por cierto un gran avance de nuestra especie. Sin embargo, nos lleva también a la imperiosa necesidad de encontrar caminos alternativos que, al mismo tiempo que honren el derecho a la diversidad, nos permitan arraigarnos en alguna forma de concepción amplia, tolerante e integradora sobre la cual podamos sustentar el respeto por las diferencias.
Somos una civilización en la que la mayoría de las personas flota sobre un vacío que le resulta insoportable y que ya no puede llenar con antiguos dogmas y sistemas de creencias meramente mágicas y míticas. La mayoría de los miembros de esta cultura está desesperada por creer en algo, pero no puede creer en nada. La entronización de la ciencia como única fuente de verdad nos ha liberado del yugo de la mente primitiva, pero nos ha dejado sin raíces y sin magia, en un mundo insulso, yermo y descolorido. La diversidad cultural nos atraviesa. En lo profundo de todos nosotros late la añoranza del pensamiento mítico y su fusión ingenua con la naturaleza. Al mismo tiempo, la duda metódica, característica del pensamiento científico, se desliza insidiosamente por debajo de todas nuestras creencias.
En esta disociación interior hemos perdido el sentido de pertenencia cósmica. Huérfanos del Universo, no sabemos cómo recuperar el contacto con la Gran Madre. Por el contrario, caemos en el grave error de considerar la búsqueda misma como un rasgo de patología, creyendo que todo camino que procure el reencuentro con los orígenes constituye una forma primitiva y neurótica de intento de regreso al útero materno en sentido literal. Por supuesto que existen formas regresivas, involutivas y enfermizas de buscar el reencuentro. Esto lo vemos manifestado claramente en ciertos rituales primitivos, en las adicciones, la promiscuidad o el fundamentalismo; pero de allí a catalogar toda búsqueda de re-unión universal como un rasgo patológico, existe una enorme distancia que no se puede saltar tan livianamente.
Todas las culturas en la historia de la humanidad contaron con alguna forma de mito que les brindaba sentido de origen y trascendencia, y ese mito estaba siempre ligado al Cosmos, provenía de él y a él regresaba en un círculo eterno. La nuestra no. Y no se trata, por supuesto, de retornar al pensamiento mítico y volver a vivir en las cavernas. Nuestro retorno debe honrar la evolución humana y estar a la altura de nuestras capacidades y conocimientos actuales. No se trata de regresar al origen yendo hacia el pasado, sino hacia adentro, en el aquí y ahora. Se trata de recuperar el contacto vital con la totalidad de la existencia; de sentirnos parte de un Universo vivo, orgánico y dinámico en el que podamos sentir que las circunstancias cotidianas forman parte de un proceso milenario que les otorga un sentido intrínseco, inmediato. Y no como resultado de creencias colectivas, sino como fruto de una experiencia directa, celular, de nuestra condición universal, de nuestra vitalidad cósmica.
La herida básica, la alienación fundamental de nuestra cultura, es el origen de la profunda sensación de sinsentido, absurdo y tedio que recorre insidiosamente la mayoría de los espacios de nuestras sociedades. Y en esta percepción de que nada posee un sentido intrínseco florecen la apatía, la indiferencia, la indolencia, la falta de compasión y, por ende, la crueldad y la falta de respeto por la vida del otro.
En el intento de desarrollar un modelo que nos ayude a comprender y sanar esta herida desde sus mismas raíces, brindando herramientas que nos permitan recuperar nuestra natural capacidad de encuentro y trascendencia, nos apoyaremos, por una parte, en los grandes descubrimientos de las escuelas psicológicas contemporáneas, a fin de liberarnos de los patrones neuróticos que nos alejan de la vida, de la alegría y del encuentro. Al mismo tiempo, recuperaremos y reavivaremos la promesa ancestral de las antiguas tradiciones espirituales, del corazón mismo de todas las religiones, que nos invitan a asumir el más maravilloso de los viajes: el retorno a casa, a la inefable dicha del encuentro con nuestro Ser Original, con nuestra Naturaleza Primordial.
Alcanzar la plena unidad interior, la dicha inefable que acompaña a este despertar y la armonía en las relaciones interpersonales no es en apariencia una tarea sencilla. Para lograr este objetivo, es preciso comenzar trascendiendo una disociación que ha afectado la libre investigación sobre este tema y que ha causado mucho daño en nuestra cultura: el enfrentamiento entre la ciencia materialista (y dentro de ella la psicología mecanicista) y la religiosidad mítica, fundamentalista y dogmática. De este primer paso, como requisito previo a la integración, trata el próximo capítulo.
3 En el castellano se confunde con mucha frecuencia los términos consciencia (con s), que hace referencia al simple darse cuenta de la realidad en el estado de vigilia, y conciencia, que se relaciona con la capacidad moral y ética. Además, no existe un término específico para determinar a la conciencia de unidad con el Universo, que encierra aspectos que pueden incluirse en ambos términos, pero a la vez los trasciende. Por lo tanto, pese a no ser lo mismo, me tomaré la licencia de asimilar el término conciencia (sin s) a la noción de conciencia espiritual y distinguirlo del mero percatarse de la realidad (consciencia con s). A lo largo de este trabajo se encontrará este término en ambas acepciones, aunque en algunos casos no es simple determinar cuál es la más apropiada.
4 Escribo Ser con mayúsculas para designarlo como el Fundamento de la Existencia, así como la instancia superior del individuo.
5 Así como el médico, profesor, coach, counselor, facilitador o quien sea que realice una tarea asistencial.
6 Considero importante aclarar desde el comienzo que cuando me refiero aquí a la cotidianeidad no estoy hablando de lo cotidiano en el sentido de lo rutinario, de la existencia inauténtica que describe Heidegger sino de todo lo contrario, es decir, no de una cotidianeidad mecánica utilizada para escapar de la angustia sino de una cotidianeidad plenamente consciente y vital (ver nota final XI).
7 En los últimos tiempos se ha desatado una polémica acerca de si Wilber e Integralidad son sinónimos. Considero que nadie ha trabajado en pos de la integralidad con más dedicación que Wilber, sin embargo, esto no debería llevarnos a considerar que la discusión sobre el enfoque integral se agota con su obra. Existen muchos autores preocupados por esta temática que están haciendo aportes valiosísimos y que merecen ser tenidos en cuenta. En algunas ocasiones, algunos de ellos parecen estar más preocupados en expresar su enojo contra Wilber que en hacer aportes novedosos, pero en otras brindan contribuciones que, a mi criterio, son pertinentes. Quienes tengan interés pueden encontrar ambos tipos en la página web de Frank Visser: www.integralworld.net
8 La teoría M en física está planteando la existencia de un universo de once dimensiones.
9 Ver Apéndice 1, en el que menciono a la mayoría de ellos y desarrollo con algo más de espacio el tema de la metodología.
Puede hallarse una descripción más detallada de estos métodos en Danza Primal, Daniel Taroppio, Ed. FUDEI, 2003, 2010, y Ed. Continente, 2012; Comunicación Primordial, Daniel Taroppio, Ediciones FUDEI, 2006; Interacciones Primordiales, Daniel Taroppio, Ediciones FUDEI, 2007; Meditación Orgánica, Daniel Taroppio, Ediciones FUDEI, 2010; Meditación Primordial. El Arte de Vivir en la Presencia, Daniel Taroppio, Ediciones Continente, 2020.
10 Ver Comunicación Primordial, Daniel Taroppio, Ed. Eleusis, 2007.
11 Veremos más adelante que denominamos a estos sistemas de patrones perceptivos Configuraciones Emotivo-Cognitivas o CEC.
12 Me he referido a la diferencia entre coaching y psicoterapia, que considero fundamental tener muy en cuenta y con claridad, en mi artículo “Coaching y Psicoterapia Primordial”, al que se puede acceder en www.transpersonals.com y en mi libro Comunicación Primordial, op. cit.
13 Ver Primera Parte, Sección V.
14 Ver Apéndice 2.
El camino científico y el camino religioso
Dos hemisferios cerebrales, derecho e izquierdo.
Dos géneros, masculino y femenino.
Dos formas de conocer, la razón y el sentimiento.
Dos dogmas absolutistas, la religión medieval
y el cientificismo materialista.
Y todas estas polaridades entendidas
como opuestas e irreconciliables.
Parece demasiado para cualquier cultura.
Nuestro camino habrá de consistir en la
búsqueda de la integración,
o nuestro destino será la lucha estéril y eterna.
Es nuestro objetivo desarrollar mapas profundos y al mismo tiempo simples de la naturaleza humana, que brinden una guía de autoexploración a toda persona honestamente comprometida con su propia evolución y con honrar sus vínculos. Por este motivo, procuraré expresarme en la forma más sencilla que me sea posible, e intentaré evitar, sistemáticamente, toda terminología científica que resulte inaccesible al público en general. Sin embargo, por más simple y claro que pretenda ser, el mapa no es el territorio. “La verdad es una tierra sin caminos”, nos recordaba Krishnamurti. Nadie satisface su hambre leyendo un menú. Por más claridad que podamos alcanzar en nuestros mapas, estos nunca reemplazarán la vivencia inmediata. El objetivo último de este libro es provocar la búsqueda de tal vivencia, invitar a la experiencia directa.
En todos nosotros subyacen una dimensión interior desde la que necesitamos entender y otra que simplemente quiere experimentar. Las proporciones de ambas varían en cada individuo. Muchas personas no pueden iniciar una práctica si antes no han conocido los fundamentos que la sostienen. En otras, sólo se trata de saltar al abismo. Ambas partes internas deben ser honradas en las proporciones en que cada uno las experimente. En este trabajo he procurado considerarlas a ambas. Por ello, los dos capítulos que siguen brindan los fundamentos filosóficos y procuran además encontrar sustento en intuiciones provenientes de las ciencias empíricas, para un método de trabajo que es fundamentalmente experiencial. Pero es muy importante que usted tenga siempre presente que cuando hablemos de teoría apenas estaremos señalando aquello que es innombrable. Le invito entonces a no detenerse demasiado en el dedo, cuando éste señale el brillo incomparable de la luna llena. Así como no necesitamos comprender la composición del aire para que éste nos mantenga vivos, las Interacciones Primordiales y su disciplina más poderosa, la Danza Primal, no necesitan ser entendidos para desplegar su poder transformador. Sin embargo, para aquellos que en primer lugar requieren comprensión, han sido escritos los dos capítulos siguientes. Como decía, me he esforzado sinceramente en escribir ambos en la terminología más simple y accesible que me fue posible, a fin de que resulten accesibles tanto a profesionales como a público en general. Sin embargo, si usted sólo busca elementos prácticos para su crecimiento y autoconocimiento, y no tiene interés en los sustentos filosóficos o en los aportes de la física y la biología modernas que sostienen a este modelo, puede pasar directamente a la última sección de esta Primera Parte, titulada El Flujo Primordial, y posteriormente continuar con la Segunda Parte.
Por último, a fin de simplificar la lectura, sin por eso dejar de abordar temas que pudieran resultar de interés para los especialistas, he decidido incluir toda referencia técnica o teórica en notas al final del libro y apéndices (cuando sea muy extensa). La totalidad de esta obra puede ser leída y comprendida sin necesidad de recurrir a ellos. Si, aun así, en algún momento la lectura se torna complicada, lo invito a sostener un poco más su esfuerzo, en la convicción de que aquello que pueda no entenderse en un capítulo, con certeza podrá ser comprendido más adelante. Y desde ya le agradezco su empeño y dedicación.
¿CÓMO ACERCARNOS A LA DIMENSIÓN PRIMORDIAL?
Desde hace milenios, los seres humanos venimos intuyendo una dimensión que consideramos el sustrato de la existencia. Por su misma naturaleza, este fundamento ontológico nos resulta al mismo tiempo evidente e inasible. Por ello ha sido denominado como lo innombrable, el misterio, lo inefable, lo absoluto e indescriptible, lo que no admite predicados: el Ser con mayúsculas.
Existen infinidades de abordajes para acercarnos a esta dimensión al parecer inabordable en la que, paradójicamente, siempre estamos y que todo lo incluye, y cada una responde a estilos culturales, personales y de época.
Desde la religión dogmática hasta el misticismo; desde el mito hasta la antropología; desde la magia hasta la ciencia, todas estas formas de conocer se desarrollan en distintos planos de evolución de la consciencia, pero responden a un impulso común: relacionarnos conscientemente con el Misterio, develar toda la verdad que podamos, desde nuestras limitaciones humanas.
Algunos de estos abordajes se acercan al Misterio con actitud de adoración, otros lo hacen con el ánimo de analizarlo, otros pretenden explicarlo. Pero en todos los casos nos mueve lo mismo: la a veces insoportable y la siempre bendita sed de totalidad, de sentido, de completud, de raíces. Como veremos más adelante, lo que distingue en esencia a los grandes buscadores de la verdad no es el carácter teísta o materialista, trascendentalista15 o inmanentista16 de su enfoque, sino si en su búsqueda honran o no lo desconocido. Pese a que responden a un impulso común y sólo en una segunda instancia se ven modeladas por las idiosincrasias, las épocas y las capacidades y limitaciones personales, estas diversas formas de abordar el Misterio se han enfrentado durante siglos procurando descalificarse y hasta eliminarse mutuamente, olvidando que en lo profundo de todas las diferencias reside una pauta común: el amor a la verdad, la necesidad inalienable de comprender nuestra más profunda naturaleza y la del Cosmos.
Si, tal como planteaba en la introducción, somos el Universo mismo expresándose, es imprescindible respetar todas estas formas de expresión acorde con las posibilidades y limitaciones biológicas, personales y socioculturales de cada época.
Al parecer, al Universo “le gusta expresarse y reconocerse” de dos formas básicas. Como iremos aclarando, la ciencia constituye la exploración externa de las partes y de la relación que mantienen entre sí, mientras que la espiritualidad constituye la exploración interna que procura brindarnos la captación inmediata de la totalidad. ¿Qué relación tienen la presión atmosférica y la temperatura con el comportamiento de los vientos?, se pregunta el meteorólogo. ¿En qué se relacionan estos síntomas con este virus?, se pregunta el médico. ¿Cómo se relaciona la consciencia con el inconsciente?, se pregunta el psicólogo. ¿Cómo puedo encontrar la quietud y el silencio necesarios para percibir la totalidad más allá de mi alienación como parte?, se pregunta el místico.
Por esta razón, cuando la ciencia descalifica las percepciones internas, por el mero hecho de que no pueden ser medidas ni pesadas, o cuando la religión procura legislar sobre la naturaleza material, se traicionan a sí mismas y pierden su camino.
Desde esta mirada, una persona no es religiosa por el mero hecho de “creer” en un dios por el cual es capaz de salir a matar o morir. La religiosidad no pasa por el mero cumplimiento de un código, la aceptación de un dogma o la práctica repetitiva y desvitalizada de un ritual que muchas veces ni siquiera se comprende. Considero que la religiosidad humana se manifiesta en dos ámbitos fundamentales: la cualidad de la relación que una persona mantiene con sus semejantes y con las dimensiones inconmensurables de la realidad en que vive, es decir, con el Misterio.
Es muy poco importante el nombre que yo le atribuyo a lo que no puedo explicar, a lo que me trasciende, me arroba y me supera inevitablemente. Lo importante es cómo me relaciono con Aquello que trasciende todo nombre, simbolismo o dogma, y con sus manifestaciones particulares: mis semejantes, las otras especies, la naturaleza, el planeta. “Quien no me encuentre en mis hermanos no me encontrará en ningún lugar…”.
El Misterio puede ser honrado, negado, odiado, despreciado, respetado, investigado o adorado. Y es esta relación que mantengo con lo inefable, con lo que está siempre más allá de lo que puedo contener en mi mente y que al mismo tiempo me constituye, lo que determina mi religiosidad o mi falta de ella.
La religiosidad no es cuestión de teísmo o ateísmo; ese es un problema mítico, no espiritual. Si lo inexplicable me produce arrobamiento, me inspira un respeto reverencial y me incita a explorarlo hasta las últimas consecuencias, entonces soy una persona religiosa. No importa si esa dimensión se encuentra en los confines de mi ciencia empírica, de mi labor de servicio, de mi relación con mis seres amados o de mi camino espiritual. Si concibo una realidad que me trasciende y a la que quiero comprender, pese a que acepto que nunca la podré abarcar por completo, entonces mi vida es religiosa. Si creo ciegamente en un dios por el cual envío a miles de jóvenes a la muerte cada día, entonces no soy una persona religiosa, aunque participe de ritos y me declare así públicamente.
Cuando el gran epistemólogo Karl Popper (un llamado positivista) afirmaba que la búsqueda de la verdad describe una curva asintótica, es decir, una curva que está cada vez más cerca de aquello a lo que pretende alcanzar, pero que nunca lo alcanza, estaba realizando, a mi criterio, una afirmación religiosa. Es decir, es la afirmación de un hombre que buscó incansablemente re-ligarse con la verdad, con el sentido de las cosas, con la naturaleza del Universo y del pensamiento humano. Puede ser considerada una declaración atea o teísta, espiritual o materialista, pero en todo caso, desde mi mirada, es religiosa, pues se ocupa de la necesidad de re-ligar lo que parece estar separado.
En este espíritu integrador, que trasciende categorías que sólo disocian y alienan, se basa este trabajo. Con este espíritu iniciaremos una búsqueda “asintótica”, pero firmemente determinada, que nos lleve a una descripción simple y práctica de la Dimensión Primordial y de su presencia en nuestra vida cotidiana y, especialmente, en nuestras interacciones personales. Muy poco importa el nombre con que lo llamemos, esencialmente seguirá siendo “Lo innombrable”. Por ello, a fin de no encasillarme dentro de ninguna mitología y, al mismo tiempo, para no dejar fuera otras, me referiré a Aquello como Lo Primordial, asumiendo todas las limitaciones y contradicciones que cualquier palabra conlleva a la hora de acercarnos a esta dimensión. Y considero oportuno aclarar que al escribir Primordial con mayúscula (tal como lo hago con las palabras Cosmos, Fuente, Universo y Ser) no estoy afirmando ni negando que se trate de una realidad de carácter personal, sino simplemente evidenciando el profundo respeto que siento ante el Fundamento de la existencia.
En tanto fuente inagotable de todo lo que existe, Lo Primordial puede aparecer ante nuestros ojos en infinidad de manifestaciones, dependiendo de nuestra mirada en cuál de ellas nos resulte más accesible percibirlo. Pero ya sea que hagamos hincapié en alguno de estos ámbitos o en otros, siempre estaremos hablando de una misma realidad subyacente, cuya capacidad expresiva y creativa es ilimitada. Estos ámbitos pueden ser de naturaleza material, energética, biológica, psicológica, social, etc.17.
En tanto fuente de toda creatividad, de todo cambio, Lo Primordial se evidencia en ámbitos pre-lingüísticos, para-lingüísticos, lingüísticos y trans-lingüísticos. Es decir que se manifiesta dentro, al costado, mediante, más acá y más allá de las palabras. Por ello, el discurso exclusivamente racional y el intercambio exclusivamente verbal no alcanzan para abordar esta dimensión. Obviamente, aquello que está más allá de las palabras está, por ende, más allá de nosotros, en cuanto seres lingüísticos. Si no podemos nombrarlo, no podemos pensarlo. Por esta misma razón, los místicos de todos los tiempos lo han denominado “lo inefable” y han respondido a la pregunta sobre Dios con la elocuencia del silencio.
Debido a su inefabilidad, y a su multimanifestación en tal diversidad de ámbitos, para acceder a un mínimo conocimiento de esta dimensión, es preciso recurrir a concepciones y metodologías de autoconocimiento e intercambio que trasciendan lo meramente lingüístico, conceptual y racional, sin por esto excluirlo. Es decir, es preciso acceder a la transracionalidad18, como dimensión que supera al pensamiento racional sin negarlo ni caer en la irracionalidad, sino integrándolo en una instancia superior que permite acceder a los ámbitos interiores.
Para decirlo de otro modo, es preciso integrar, a nuestro habitual modelo de conocer, la que denomino una epistemología femenina, en la cual, además de preguntarle a la realidad e investigarla invasivamente, podamos abrirnos a ella, dejarla que nos cuente sus misterios y nos impregne de su aroma esencial. Sólo en una cultura alienada como la nuestra pueden entrar en conflicto el discurso y la escucha, el análisis y la meditación.
Ante una mirada inocente es muy difícil no atribuir significados a todo lo que ocurre a nuestro alrededor. El Universo parece estar colmado de sentido. Todo parece estar conectado con todo y evolucionar con algún sentido intrínseco, con un propósito. Sin embargo, la observación de las infinitas pautas de significado y finalidad que observamos a nuestro alrededor no es prueba contundente de la existencia de ningún ser antropomórfico que un buen día se sentó a inventar el Universo y ahora lo contempla desde “arriba”, señalando con un dedo acusador a los malos y ayudando a los buenos a que todo les salga bien si hacen méritos. Si bien esta concepción teísta tiene su propia lógica interna, es comprensible que rechine en los oídos de los científicos. Sabemos que la realidad no funciona tan simplistamente, ni para un lado ni para el otro.
Este trabajo no está destinado a probar la existencia de un dios extramundano que vigila nuestra vida para juzgarnos algún día como lo hacían nuestros padres. Tampoco intentaremos demostrar que esta concepción teísta está equivocada, nada de eso. Lo que procuraremos es acercarnos a una mirada simple y directa de la realidad, en la cual ésta nos mostrará sus aspectos externos, materiales y detectables por medio de las herramientas de la observación empírica del exterior de las cosas (todo lo que puede investigarse en los laboratorios que estudian la materia a través de microscopios, telescopios, tubos de ensayo y demás métodos de medición). Al mismo tiempo, intentaremos reconocer la existencia de una dimensión interior del Universo, la dimensión del sentido, del darse cuenta, del significado, de aquello que ninguna herramienta material puede detectar ni evaluar: la dimensión de la conciencia, los valores, la intuición, la unidad, el amor.
Obviamente, ambas dimensiones están ligadas inextricablemente. Toda transformación en la materia produce un cambio en la consciencia, y en ningún campo se hace esto más evidente que en la psicología y la neurología. La ingesta de sustancias químicas altera la consciencia; el amor se expresa en cambios hormonales; la memoria parece radicarse en proteínas y la risa transforma la composición de nuestra sangre. Pero ningún experimento que podamos hacer sobre estos temas nos permitirá afirmar que “el amor es un conjunto de cambios físico-químicos en el organismo” y que la mera descripción de estos procesos implica que por fin hemos agotado la explicación de la pasión, la experiencia mística o la tristeza. En todo caso, podemos describir los procesos físicos que acompañan la experiencia subjetiva del amor o la devoción, pero constituye una ignorancia supina pretender que con esto se agota el asunto, pues el tema tiene otro lado, el interno, el subjetivo, y este lado le corresponde a la conciencia, al mundo interior que tanto asusta a los empiristas externos. Sin embargo, este otro lado también puede y debe ser explorado, como lo han hecho todas las culturas humanas a lo largo de la historia.
Por esta razón, todo estudio sobre la naturaleza de Lo Primordial es simultáneamente un estudio físico, matemático, biológico, psicológico, antropológico, sociológico, y espiritual19. En síntesis, es un estudio sobre la conciencia en todos sus planos de manifestación20.
El gran desafío de los tiempos actuales requiere indispensablemente honrar la totalidad de lo que implica ser humanos. Esta integración no es posible si vemos la realidad desde una religiosidad fundamentalista que reniega de la psicología; que no se atreve a mirar la sombra21 humana y que no brinda ningún tipo de acercamiento experimental y vivencial a las realidades espirituales. En la medida en que esta forma de religión sólo se sostiene en dogmas que deben ser aceptados sin más fundamento que el autoritarismo, la ciencia nunca podrá ponerse de acuerdo con ella.
La religión dogmática es en sí misma una contradicción, pues termina renegando de su propia esencia contemplativa. Todas las grandes religiones de la humanidad nacieron en la pura experiencia de unidad cósmica de su fundador. Es decir, todas han surgido de una vivencia, de un contacto directo e inmediato con la fuente de la vida. Sólo con el tiempo este encuentro vital fue deviniendo en complejos dogmas y en intrincadas teologías. Sin embargo, como ya lo hemos afirmado, el corazón de todas las religiones mantiene viva esta promesa, y lo hace a través de una práctica concreta, no de meras creencias.
Del mismo modo, la integración es imposible desde una ciencia y una psicología materialistas, mecanicistas y reduccionistas que consideran toda experiencia espiritual como una manifestación de rasgos patológicos y primitivos de la mente humana. Para alcanzar esta integración, vamos a necesitar valernos de una nueva concepción de la ciencia, de una nueva mirada del Universo.
Afortunadamente, grandes religiosos y científicos han allanado nuestro camino, haciendo mucho más sencillo lo que queda por delante. Desde líderes religiosos como el Dalai Lama y sus famosos encuentros con científicos, entre los que se destacó el neurobiólogo chileno Dr. Francisco Varela; pasando por pensadores como Jiddu Krishnamurti y sus célebres diálogos con el físico Dr. David Bohm, hasta psicólogos transpersonales como Stan Grof o el ya mencionado Ken Wilber, muchas voces se han alzado en los últimos años reclamando este ya indispensable acercamiento.
Los críticos de la religión señalan, no sin fundamentos ni datos históricos, el modo en que la religión ha sido utilizada como instrumento de control de los pueblos, como herramienta de opresión, como una forma obtusa y a veces hasta infantil (pero no por eso menos dañina) de negar el avance científico y como incomprensible justificación de todo tipo de injusticias, discriminaciones, persecuciones y aun de actos de la más abyecta barbarie. En nombre de la religión se han justificado y se siguen justificando encarcelamientos, torturas, guerras y holocaustos a lo largo de toda la historia y a lo ancho de todo el planeta.
Y si bien en occidente estamos acostumbrados a culpar a la Iglesia católica de todos estos males, es preciso reconocer que esto se debe no sólo a importantes razones históricas, sino también a que es simplemente la que tenemos más cerca. En realidad, casi todas las religiones han tenido algún tipo de participación activa en la justificación de hechos de lesa humanidad. No puede ser casualidad que uno de los países más religiosos del mundo, como lo es la India, sea a su vez el que sostiene las estructuras sociales más injustas y aberrantes del planeta. Es decir que, mucho más allá de una iglesia, hay una realidad problemática en la religión misma como tal. Todo intento de integrar ciencia y religión debe asumir este hecho.
Y si en lugar de observar los fenómenos socioculturales nos ocupamos de los casos individuales, nuevamente descubrimos que, bajo la llamada religiosidad, suele ocultarse todo tipo de estructuras psicopatológicas disfrazadas. Quienes sostienen que la religiosidad no es más que una forma de neurosis encubierta, una forma primitiva de ocultar nuestros temores ante lo desconocido y sobre todo ante la muerte, en muchos casos, debemos reconocerlo, tienen razón.
Ahora bien, que muchas de estas críticas antirreligiosas se asienten en datos fidedignos no nos permite concluir que con una descripción de este tipo estemos agotando el tema de la religiosidad humana. Desde mi punto de vista, considero humildemente que este tema no se abarca con una sola mirada, por más válida que ésta sea. La religiosidad es mucho más que sus manifestaciones patológicas y aberrantes.
Si nos quedamos en el plano de los mitos, las creencias, los dogmas y los fundamentalismos, nos resulta evidente que la religión y la ciencia tienen muy poco que aportarse mutuamente, y escasas posibilidades de llegar a cualquier forma de acuerdo acerca de la naturaleza del ser humano y la vida. Pero, si procuramos trascender este plano superficial y observar detenidamente la necesidad humana de encontrarle un sentido a la existencia y de preguntarse por el origen y el destino del Universo, podemos llegar a sorprendernos.
Para empezar, hay una pregunta que sintetiza por igual los desvelos de todos los científicos y buscadores espirituales de la historia humana: ¿qué existía antes del Big Bang? Como todo hombre de ciencia sabe muy bien, la teoría del Big Bang no resuelve en absoluto el misterio acerca del origen del Universo. En todo caso, de ser cierta, sólo describiría su primer momento (lo que no es poco), pero esto en modo alguno implica una explicación acerca de su procedencia. Es decir que existe una dimensión de la existencia frente a la cual tanto la ciencia como la religión comparten y deben asumir tanto su ignorancia como su fascinación.
Lo interesante de esta observación es que, en última instancia, la diferencia fundamental entre el buscador espiritual y el científico está dada por los diferentes sentimientos que este inescrutable misterio inspira en uno y en el otro. Mientras que el científico siente una insaciable, sana e incuestionable curiosidad por develarlo, el buscador espiritual se intuye a sí mismo como parte de este misterio. No lo puede entender ni mucho menos explicar, pero siente ante Él/Ella un profundo arrobamiento y una encendida devoción, pues simplemente lo concibe como su propio origen. ¿Es cuestionable alguna de estas dos actitudes? Considero que ambos sentimientos son legítimos y nobles, además de cognoscitivamente válidos. Sin embargo, no ocurre lo mismo con los intentos de convertir estas experiencias en explicaciones facilistas que devienen en dogmas supuestamente incuestionables.
Sabemos que, cuando esta experiencia comienza a ser rellenada con adornos y explicaciones que pretenden develar lo indevelable, nacen los dogmas y los fundamentalismos con los cuales la ciencia nunca se entenderá. Pero los fundamentalismos no pertenecen sólo al ámbito de la religión. Existe también, aunque parezca paradójico, el fundamentalismo cientificista. Todo intento de reprimir la pregunta acerca de qué había antes del Big Bang implica caer en la afirmación o la negación de hechos y realidades que simplemente no conocemos, y esto es metafísica. Es decir que junto a la metafísica religiosa existe también una “metafísica materialista”, si se me permite la paradoja. Mientras que la primera es una metafísica positiva: afirma algo de lo que en realidad no tiene evidencias, la segunda es una metafísica negativa: niega algo cuya inexistencia tampoco puede probar. Como muy bien afirman los positivistas, la falta de pruebas de la inexistencia de algo no constituye una prueba de su existencia. Pero el problema aparece cuando esta falta de pruebas determina actitudes y prejuicios que reniegan de la búsqueda misma. El científico busca la verdad en el mundo material y externo, y esto es absolutamente legítimo. El buscador espiritual la busca en su mundo interior, y por supuesto esto también lo es. La diferencia aparentemente insalvable sólo se presenta cuando la experiencia deviene en mitos, y luego los mitos en dogmas, sean estos materialistas o espiritualistas, positivistas o metafísicos.
El núcleo de la espiritualidad humana consiste en la profunda necesidad de encontrar una experiencia de arraigo en el origen del Universo y de pertenencia a él como totalidad. Cuando esta experiencia es rellenada con estructuras patriarcales de dominación y jerarquías de opresión social, o cuando se convierte en emocionalismo new age, comienza a desarrollarse la sombra de la espiritualidad o su lado patológico; pero de ninguna manera puede esto ser achacado a la búsqueda humana de un sentido espiritual de la existencia. Esta forma de pensar sería similar a la de pretender eliminar el hígado para prevenir la cirrosis. Confundir cualquier realidad con sus manifestaciones patológicas constituye una postura altamente peligrosa.
Cuando la ciencia fundamentalista elimina la posibilidad de la búsqueda interior por considerarla inútil, está cayendo en un dogma. La ciencia exige empirismo y esto es comprensible. Se nos dice que no podemos afirmar nada que no pueda ser experimentado. El error lógico aparece cuando se afirma que sólo se puede tener “experiencias” del mundo externo y material, con lo cual se niega la validez de la exploración interior y hasta del mismo mundo internoI. Podemos tener experiencias válidas tanto de la realidad material externa como de la realidad interior. Y nuestras experiencias internas pueden perfectamente ser sistematizadas, compartidas con otros y de esta forma verificadas empíricamente. Las tradiciones contemplativas llevan siglos realizando este minucioso trabajo de autoconocimiento sistemático.
Francisco Varela coordinó un encuentro de una semana de duración entre el Dalai Lama y un selecto grupo de investigadores occidentales, especializados en medicina, neurobiología y psicología. Al concluir el mismo, arribaba a las siguientes conclusiones acerca de los niveles sutiles de la mente (al leerlas es fundamental tener presente que provienen de un riguroso científico mundialmente reconocido): “Es importante señalar que esos niveles de la mente sutil no son teóricos; en realidad se han delineado con bastante precisión sobre la base de la experiencia real (aunque sea interna), y merecen una respetuosa atención por parte de cualquiera que afirme confiar en la ciencia empírica… En mi opinión este asunto es aún más profundo, pues para comprender estos niveles de la mente sutil se requiere una práctica de meditación constante, disciplinada y bien informada. En cierto sentido, estos fenómenos están abiertos sólo a aquellas personas dispuestas a llevar a cabo los experimentos. No resulta sorprendente que se requiera alguna forma de entrenamiento especial para obtener una experiencia de primera mano de los nuevos reinos de los fenómenos”22. Y esto es exactamente lo que ocurre con la ciencia. Quien quiera explorar un fenómeno deberá realizar algún tipo de experimento y comprobarlo de primera mano.
Por otra parte, la búsqueda interior, que no sólo no requiere dogmas sino que necesita despojarse de ellos para ser efectiva, constituye el núcleo central y vivo de los orígenes de todas las religiones, que sólo en un momento posterior se ve revestido con sistemas de creencias. Lejos de lo que afirman los materialistas, esta búsqueda no tiene como objetivo la evasión de la realidad sino, por el contrario, el encuentro con la realidad fundamental, nuestros orígenes cósmicos, nuestra Fuente común, o lo que aquí denomino Lo Primordial.
Sabemos muy bien que la falta de un sentido de pertenencia cósmica está produciendo estragos en nuestra cultura. Esta experiencia que muchos filósofos han definido como “el desencantamiento del mundo de la modernidad”, o “la tierra baldía” de la que hablaba Elliot, es el amargo fruto de una cultura que convirtió a la ciencia en su ídolo y que ha terminado heredando un mundo entendido como resultado de puras casualidades. El Universo de la ciencia materialista dogmática es un universo con minúsculas, mecánico, vacío, sin sentido ni finalidad alguna, producido únicamente por casualidades. De tanto juntarse átomos con átomos, un día terminaron apareciendo las estrellas, los planetas, los ecosistemas, las especies, y entre ellas una cuyos ejemplares pudieron producir la matemática, la Misa en Si menor, la lógica, Hamlet, el viaje a la luna, La Gioconda y la investigación del Universo mismo del cual proviene. Pero todo ello por pura casualidad. No hay ningún significado intrínseco detrás de todo esto, sólo una gran sopa cuántica de la cual emergen cosas sin sentido alguno y a la cual, por supuesto, no queremos pertenecer. De este modo, nos quedamos sin origen ni destino.
La religiosidad dogmática y medieval sigue enfrentándose a esta situación mediante el mito de un Dios que literalmente creó el Universo en siete días, que tiene todo planeado para nosotros, que es vengativo e iracundo, por el cual hay que ir a la guerra a fin de demostrar que es el único verdadero y al que, por lo tanto, sólo hay que obedecer (como a todo padre) para ser felices.
No es de extrañar que, ante semejantes opciones, nuestro mundo esté cada día más enfermo. Dos hemisferios cerebrales, derecho e izquierdo. Dos géneros, masculino y femenino. Dos formas de conocer, la razón y el sentimiento. Dos dogmas absolutistas, la religión medieval y el cientificismo materialista. Y todas estas polaridades entendidas como opuestas e irreconciliables. Parece demasiado para cualquier cultura. Nuestro camino habrá de consistir en la búsqueda de la unidad, o nuestro destino será la lucha eterna.
Afortunadamente, la existencia humana cuenta con otra alternativa. Estamos dotados biológica, psicológica y culturalmente para comenzar a integrar el legítimo intento de pretender entender el mundo material científicamente (en la búsqueda de explicaciones) y el intento igualmente legítimo de procurar comprenderlo mediante la exploración interior (en la búsqueda del sentido y la experiencia de unidad). Estamos comenzando a establecer puentes entre ambas miradas que pueden resultar apasionantes a la hora de develar nuestros orígenes universales. Cuando podamos atravesar los cuarenta años de peregrinaje en el desierto (es decir, absteniéndonos de ídolos, dogmas y explicaciones facilistas23 y enfrentándonos a la inmensidad del misterio sin escapismos), podremos regresar a nuestra religión y a nuestra ciencia libres de fundamentalismos, sin necesidad de matar a nadie para confirmar la existencia de nuestro dios; sin necesidad de perseguir ni reprimir a los científicos o a los buscadores espirituales; sin sentirnos dueños de ninguna verdad que tengamos que imponer a otros por la fuerza; sin creernos superiores o con más derechos que ninguna otra persona o grupo. Entonces podremos honrar los símbolos y las creencias como simples vehículos culturales de realidades mucho más profundas, y ya no habrá ningún Santo Grial que justifique una guerra, ningún científico hereje que merezca la hoguera y ningún místico auténtico que deba ser encerrado en un chaleco de fuerza químico. Es decir, habremos establecido un contacto vital con nuestra propia Fuente cósmica, aquella que, tal como la misma ciencia nos asegura, es la misma y única de la que todos provenimos.
Este sentido de pertenencia a una Fuente universal común, no importa cómo la llamemos ni la pretendamos explicar, es el Fundamento sobre el cual puede desarrollarse una ética que esté más allá de toda religión y aun de la polaridad teísmo versus ateísmo. Pero, para que tal ética pueda desplegarse en nuestra vida concreta, la experiencia cósmica no podrá pasar por la adhesión ciega a un dogma, sino que habrá de ser inmediata, encarnada, compartida y celebrada; es decir, deberá ser una realidad vivida. Sólo el acceso a esta experiencia viva nos permitirá comprender que reconocernos a todos como provenientes de un mismo y único origen es mucho más importante que el nombre, las leyendas o los mitos que creemos alrededor de esta Fuente. Somos todos hermanos, de eso nadie duda. Podemos creernos hijos de un Dios, de una Diosa, de múltiples dioses, de la naturaleza o de un Universo meramente material, pero en cualquier caso todos somos hermanos, todos podemos tener acceso a la experiencia de reunión con aquello de lo que creemos que provenimos y todos merecemos ser respetados en nuestra búsqueda, sea esta científica, espiritual o agnóstica. Esto nos brindará como especie muchas más posibilidades de supervivencia que seguir matándonos unos a otros para demostrar cuál dios es más poderoso y verdadero.
Si el camino de re-integración personal que hemos elegido pasa por la re-unión vital, íntima y experiencial con nuestros orígenes cósmicos, será preciso que desde el mismo comienzo nos hagamos varias preguntas básicas, tales como:
1. ¿Qué es el Universo, una masa de materia absurda y carente de todo significado, que proviene de la nada y se dirige inexorablemente hacia la nada? ¿Es tan sólo un paréntesis sin finalidad ni propósito en el abismo del sinsentido?
2. ¿O es acaso un proceso orgánico, viviente, que en su asombrosa magnitud nos resulta incomprensible e inexplicable, pero que quizás esté dotado de alguna forma de inteligencia y sentido?
3. Si estamos de acuerdo en que somos manifestaciones de esta magnificencia universal, ¿es demasiado osado suponer que, a la hora de intentar comprenderlo, nuestra exploración interior pueda brindarnos pistas tan valiosas como la exploración del mundo material?
Quizás para algunos estas preguntas puedan parecer muy abstractas y metafísicas; otros quizás las considerarán demasiado científicas. Sin embargo, con mayor o menor nivel de sofisticación, se repiten y se han repetido incansablemente en las profundidades de las mentes de la mayoría de los seres humanos a lo largo de los siglos. Pero nuestra cultura no sólo es la primera que no asume en forma global el desafío de responderlas (sólo lo hacen algunos grupos aislados), sino que es también la primera que ha intentado descalificar a quienes se atreven a formularlas. Pero no existe forma de acallar estas preguntas. Podemos desarrollar muchas estrategias para eludirlas pero, hagamos lo que hagamos, estarán siempre allí, agudizando la profunda sensación de incertidumbre cósmica y existencial. Todos conocemos la experiencia de despertarnos en medio de la noche preguntándonos: ¿qué sentido tiene todo esto? ¿de dónde se supone que vengo y hacia dónde estaré yendo? Incluso (y con frecuencia, sobre todo) los niños realizan estos planteos.
Afirmo que esta soledad cósmica es la mayor causa de estrés y angustia existencial de nuestra época, y que se despliega por debajo de todas las formas puntuales de patología personal y social que podamos estudiar. Sin embargo, es tan profunda esta herida que por lo general ni siquiera reconocemos su existencia, mientras nos seguimos debatiendo en análisis parciales que sólo nos llevan a seudosoluciones limitadas, sin abordar nunca el tema de fondo. Y sostengo que esta herida básica nos priva de la más importante experiencia a la que podemos tener acceso los seres humanos: el reencuentro entre nosotros y con nuestra Fuente Original.
En los últimos tiempos nos hemos ido acostumbrando a afirmaciones tales como: “nuestra civilización está atravesando la más profunda de sus crisis y existen muchas posibilidades de que ésta sea terminal”. Semejante información debería realmente alarmarnos y llevarnos a adoptar todo tipo de medidas que nos ayuden a evitar tal destino. Sin embargo, pese a que las pruebas del peligro son cada vez más contundentes, la absoluta mayoría de los seres humanos escucha esto con toda naturalidad y se desentiende rápidamente del significado que contiene, continuando con sus vidas como si nada ocurriera. ¿A qué puede deberse que ante algo tan grave la respuesta más común sea la indiferencia? Pues simplemente a que los seres humanos tendemos a desentendernos de todo aquello frente a lo cual nos sentimos impotentes. Cuando algo se nos aparece como tan enorme que creemos que no podemos hacer nada al respecto, la reacción más básica es hacer de cuenta que no ocurre. El costo de esta conducta no está dado solamente porque de ser cierta aquella afirmación no estamos haciendo nada al respecto. Aun en el caso de que tal pronóstico esté equivocado, las consecuencias de nuestra actitud son muy graves, pues para evitar el contacto con este riesgo debemos estar permanentemente aturdidos, alienados, fuera de nosotros mismos y de la clara consciencia del aquí y ahora. No ha sido fácil para ninguna cultura enfrentar la inseguridad existencial. Por ello son numerosas las formas que hemos ido desplegando para hacer frente a esta desafiante situación.
LAS ACTITUDES HUMANAS BÁSICAS FRENTE A LA INCERTIDUMBRE ONTOLÓGICA
La incertidumbre ontológica es esa difusa sensación de inquietud existencial, producida por la toma de consciencia del carácter inasible del Ser, por el misterio de nuestros orígenes y nuestro destino, por la falta de certezas absolutas acerca de los aspectos más profundos de la vida. No existe ninguna respuesta definitiva y aceptada por todos acerca de quiénes somos, de dónde venimos ni hacia dónde vamos. La vida humana transita sobre este inquietante trasfondo.
Los seres humanos podemos convivir, enfrentar o intentar eludir esta inquietud por medio de varios recursos que a lo largo del tiempo se han ido sistematizando e incluso institucionalizando24. Veamos algunos de estos:
El fundamentalismo. Esta opción, a diferencia de la auténtica religiosidad, consiste en abrazar alguna forma de dogma que nos “explique” el misterio de la vida en pocas palabras y nos alivie de la angustiosa sensación de estar colgados del vacío.
Desde el momento en que esta modalidad constituye una forma de defendernos de la angustia existencial, como toda conducta defensiva, suele tornarse muy rígida y hasta agresiva. Por provenir del miedo, el fundamentalismo es realmente peligroso. En su necesidad compulsiva de exaltar una sola verdad, declara abiertamente la guerra a las diferencias, a lo múltiple, a la variedad, a lo complejo, a lo inasible. La famosa frase de un tristemente célebre presidente de los Estados Unidos: “Dios no es neutral”, encarna esta mirada fanática y violenta en toda su intensidad.
En tanto pretende constituirse en una garantía para protegernos de la sensación de vacío y absurdo, es fundamental que “nuestro” dios sea el verdadero, pues si no, estamos perdidos. Por lo tanto, todo otro dios, y por supuesto sus seguidores, son para nosotros una amenaza. Ésta es la raíz del fundamentalismo, una de las principales causas de la mayoría de las atrocidades cometidas por la especie humana.
El fundamentalismo es una psicosis colectiva disfrazada de religiosidad, y es precisamente este disfraz y su arraigo en temores tan profundos e inconscientes lo que lo torna tan peligroso.
A diferencia del pasado, en nuestros días la mayoría de los fundamentalismos cuenta con armamento nuclear. Es preciso entonces tomar muy en serio los peligros asociados a esta forma de ver el mundo. Por esta razón insisto tanto en que lo que aquí estamos tratando no es un tema abstracto o místico. Se trata de nuestra supervivencia.
El cinismo, que en muchos casos constituye una reacción comprensible al fundamentalismo, consiste en quitarle sentido a la pregunta misma y afirmar que el solo hecho de formularla es un rasgo neurótico proveniente de mentes primitivas, inseguras e infantiles.
Esta opción, por lo general cargada de intelectualismo, suele terminar propiciando una actitud negadora que no hace más que ocultar y aumentar en lo profundo la intensidad de lo que pretende negar.
Cuando el cinismo se organiza como discurso suele terminar en su forma extrema: el nihilismo25.
El cientificismo mecanicista-materialista. La opción cientificista, a diferencia de la auténtica actitud científica, consiste en elevar la ciencia a la categoría de ídolo, y fantasear con la hipótesis de que la razón humana, idealizada hasta la omnipotencia, podrá en algún momento comprender y explicar la totalidad de los procesos universales, su origen, su devenir y su destino último. Esta forma de cientificismo sueña con un momento en el que todo será predecible en términos causales y mecánicos. Esta opción aborrece el misterio y más aún el caos y la complejidad. Descalifica con la misma actitud del fundamentalismo toda forma de conocimiento que no se ajuste a sus rígidos parámetros. Carece de la humildad que caracteriza al auténtico pensamiento científico y su lento pero inexorable avance hacia la comprensión de la realidad.
El esoterismo new age y la seudociencia. La Nueva Era no es ninguna organización, ni una secta, ni una religión; ni siquiera es una escuela filosófica como tal. Quizás sólo se la podría calificar como un movimiento; pero como tal es tan amplio, tan rico y en algunos casos tan contradictorio que resulta muy difícil, por no decir imposible, definirlo. Salvando y respetando esta limitación, podría decirse que este movimiento, en sus mejores expresiones, afirma que la humanidad está siendo afectada por grandes procesos de cambio que determinarán, en más o menos tiempo, la emergencia de un nuevo sistema de convivencia, basado en la justicia, la fraternidad, la equidad, el respeto de la individualidad, la libertad, el cuidado del medio ambiente, el desarrollo de nuevas potencialidades personales y el resurgimiento de la espiritualidad como motor de la evolución humana.
En sus aspectos menos prometedores, la Nueva Era ha sido también vinculada con el auge del uso indiscriminado de drogas; con diversas sectas rayanas en el delirio o decididamente delirantes; con el ataque desmesurado e inconsistente hacia ciertas instituciones científicas y religiosas; con la apología del ejercicio ilegal de la medicina y la psicología; con diversas formas de pensamiento mágico y con la comercialización de productos y métodos absolutamente inocuos (en el mejor de los casos) como supuestos elixires de salud, belleza, riqueza, juventud eterna y realización espiritual instantánea.
Dada la amplitud de este movimiento y la falta de una estructura orgánica única con la cual se lo pueda identificar, sólo pueden ser conocidas sus expresiones a través de la impresionante cantidad de pequeñas, medianas y grandes organizaciones que lo constituyen, las cuales van desde pequeños grupos de autogestión hasta grandes fundaciones internacionales u organizaciones de bien común, solidaridad, ecología, ciencia, espiritualidad, etc. Sólo en cada caso particular puede determinarse cuándo una organización, una secta, un método de meditación o lo que fuere es un producto serio o mera charlatanería.
Las manifestaciones más saludables de la filosofía new age han ayudado a muchas personas a recuperar el cuidado de su salud, a mejorar su dieta o a buscar alguna forma de desarrollo espiritual. Las formas menos felices de este movimiento, por su parte, se caracterizan por recurrir a la formulación de concepciones aparentemente profundas que ocultan sus carencias de fundamentos empíricos detrás de una jerga seudocientífica. A diferencia del cientificismo, esta opción no plantea que la razón humana alcanzará la comprensión absoluta del Universo en un futuro predecible, sino que esta comprensión ya ha sido alcanzada por mentes privilegiadas del pasado, pero que sólo puede ser accesible a aquellos elegidos que están capacitados para aceptar y comprender sus formulaciones (por lo general, sin juicio crítico alguno).
La ciencia. El pensamiento científico, a diferencia del cientificismo, no eleva la razón a dimensiones omnipotentes ni hace de la ciencia un ídolo que reemplaza a Dios. Por el contrario, la auténtica ciencia consiste en un avance lento, humilde y despojado de todo prejuicio hacia el infinito espacio de la realidad.
El reclamo de verificación y comprobación que realiza la ciencia no implica, necesariamente, la descalificación de formas alternativas de exploración que vayan más allá del empirismo materialista. Hasta el mismo Karl Popper, quizás el más famoso de los positivistas del siglo pasado, se alejó críticamente de los círculos positivistas extremos. La auténtica ciencia está genuinamente abierta a toda forma de exploración honesta, cuyos métodos sean explícitos y cuyos resultados sean reproducibles. Constituye una de las formas más nobles de servicio; por lo tanto, nunca puede estar despojada de valores, amor y sensibilidad. La ciencia auténtica danza con el misterio y sabe que esta danza no tiene fin.
La contemplación. La actitud contemplativa, por su parte, invita a una simple apertura experiencial a la existencia y, fundamentalmente, a la propia interioridad. Lejos de formular modelos rígidos, sostenidos en el fundamentalismo religioso o científico, ajena a los dogmas y a las verdades absolutas, la contemplación se asienta en la percepción permanente del aquí y ahora y del flujo de la vida como la mayor fuente de conocimiento.
En lugar de perderse en discusiones teológicas tantas veces estériles, la contemplación permite el florecer de la compasión, el servicio y la entrega al prójimo.
Estas dos últimas, ciencia y contemplación, son precisamente las modalidades que he intentado honrar en este libro, al tiempo de respetar las antiguas intuiciones provenientes del pensamiento mágico-mítico ubicadas en su justo contexto.
Las tradiciones contemplativas, que se encuentran en el corazón mismo de las grandes religiones, afirman que todos los seres humanos, sin excepción, tenemos la capacidad potencial de acceder a la más maravillosa experiencia que podamos concebir: la de sumergirnos en la Fuente Primigenia de la vida, la energía y la conciencia; la posibilidad de reintegrarnos a nuestro propio Ser original y sanar la más profunda de nuestras heridas: la disociación existencial, la ruptura con nuestras raíces universales. Es decir, la posibilidad de volver a bañarnos en el Océano Original de la Existencia, de acceder al éxtasis primigenio, a la dicha suprema. Como ya lo he afirmado, esta es la más bella promesa que los seres humanos podamos recibir, y puedo afirmar que constituye una promesa veraz.
Sin embargo, estas tradiciones no han logrado explicarnos los dinamismos psicológicos que determinan la pérdida de esta unidad, y por lo tanto, en muchos casos, terminan siendo ingenuas, pues buscan llegar a lo esencial sin enfrentar las capas de patología que nos impiden recontactarnos con la vida. Tal forma de encarar este desafío suele terminar produciendo miradas seudoespirituales que ocultan, detrás de su jerga trascendentalista, profundas dudas nunca enfrentadas. Sin embargo, es importante saber que es totalmente posible aprender a integrar ambas miradas y alcanzar un estado de mayor armonía y completud.
Es preciso reconocer que, en muchos casos, lo que suele llamarse “experiencia mística” es en realidad un fenómeno regresivo y patológico, en el que, en lugar de retornar al origen, estamos retrocediendo a estadios infantiles mediante delirios y alucinaciones. Afortunadamente, existen caminos para corregir esta distorsión.
Por su parte, la mayoría de las escuelas psicológicas, pese a haber desarrollado una profunda comprensión de la mente, se ha cerrado a investigar sin prejuicios sus dimensiones trascendentes, movidas por un rechazo a lo anticientífico que, después de tantos siglos de oscurantismo, por cierto es comprensible. Sin embargo, esta actitud ha empobrecido enormemente a la psicología, que no ha empezado a comprender, sino hasta hace muy poco tiempo, que para investigar las profundidades trascedentes del ser humano no es preciso recurrir a teorías fundamentalistas ni a dogmatismos seudorreligiosos.
Como afirmábamos más arriba, muchas experiencias llamadas místicas son en realidad episodios psicóticos (los tristemente célebres suicidios en masa de tantas sectas seudoespirituales son un dramático ejemplo de esto). Pero no toda experiencia espiritual responde a una psicosis, e incluso en toda experiencia psicótica podemos llegar a encontrar algún atisbo de espiritualidad. Es decir que esta realidad es mucho más compleja de lo que parece a primera instancia, y las posturas radicales y negadoras de opciones intermedias, matices y posibilidades de integración nunca nos llevarán a ensanchar nuestra comprensión.
Es tiempo entonces de profundizar y sistematizar el abrazo ya anunciado entre las tradiciones espirituales y la psicología moderna. Es preciso crear métodos prácticos y efectivos de trabajo terapéutico y educativo para llevar este abrazo a la vida cotidiana, a los hogares, las escuelas, los hospitales y las empresas. Pero esta tarea sólo será posible si empezamos por asumir el enorme desafío de recuperar el diálogo entre la ciencia empírica y la contemplación interior, la psicología y la espiritualidad, la terapia y la meditación26.
Hemos visto que una de las opciones que el mundo actual ofrece para evitar esta situación consiste en participar de subculturas que se mantienen aferradas a mitos y dogmas que les aportan una cierta sensación de pertenencia y tranquilidad. Pero todos estos grupos pertenecen al conjunto de la sociedad, y por lo tanto, en algún plano de su consciencia, sus miembros saben que la ciencia ha asestado golpes muy duros al pensamiento mítico-religioso fundamentalista. Esto hace de esa sensación de pertenencia algo tan frágil que jamás podrá compararse a la experiencia de quienes vivían en las antiguas sociedades hegemónicas, donde todo el mundo participaba de un mito central e incuestionable. Aquellos tiempos han quedado muy lejos de nuestro acceso y la solución a nuestros males no consiste en volver hacia atrás. Nuestras conquistas como librepensadores jamás nos perdonarían el regreso a modelos culturales cerrados, donde todo el mundo debía pensar y sentir lo mismo. Sin embargo, es también muy difícil asumirnos como herederos de una cultura a la cual la ciencia materialista ha casi convencido de que habita un Universo carente de todo sentido, descripto como un reloj gigantesco, regido por leyes mecánicas e inamovibles donde sólo somos una pieza más. Nadie quiere concebirse a sí mismo como el resultado de una máquina ciega y absurda, sin origen ni sentido.
Frente a tales descripciones del Universo, es comprensible que tanta gente en nuestras sociedades prefiera sentir que no proviene de, ni se dirige a ninguna parte.
INTEGRACIÓN CONCEPTUAL E INTEGRACIÓN PERSONAL
Como hijo que soy de aquella ciencia (y cultura) dualista, materialista y disociativa en la cual me formé, el proceso de escribir este libro me llevó a un verdadero debate interior que se ha extendido por casi treinta años. En mi caso, integrar ciencia y religión no constituyó simplemente un tema intelectual sino un verdadero desafío de integración personal. La realización y aparición en público de este libro no son sólo el resultado de mis diálogos con la realidad de la ciencia en general, la psicología y la espiritualidad, en mi trabajo cotidiano, y de la discusión con otros autores y alumnos, sino también del diálogo entre diversos aspectos de mi propio interior y mis intuiciones espontáneas. Muchas de las ideas e hipótesis que he procurado formular y fundamentar tan claramente como me ha sido posible en este trabajo provienen de estados meditativos.
Como todo científico y meditador sabe, una tarea es abrirse a los espacios internos y desarrollar la intuición y la sensibilidad hacia estas dimensiones, y otra muy distinta es intentar llevar lo que allí se percibe al plano de las hipótesis y desarrollos empíricos y racionales. Sin embargo, estoy convencido de que la enormidad de este desafío no debería arrastrarnos nuevamente al empirismo materialista que reniega de las intuiciones interiores, ni al facilismo new age que busca convertir cualquier experiencia personal en verdad científica universal.
Ocurre que en ocasiones el Universo se me aparece como algo tan intrínsecamente profundo, vasto e inescrutable que todo intento de escribir acerca de sus misterios me suena arrogante y presuntuoso.
Sin embargo, en otros momentos, algo muy profundo me dice que no hay un Universo allí afuera, distinto de mí y esperando que yo lo estudie como a la “cosa en sí”. Por el contrario, en esos momentos, me percibo a mí y a todos los seres sensibles como el Universo mismo en expresión, y a nuestra percepción, sensibilidad e inteligencias como sus propios sentidos de autoobservación.
Por momentos percibo (no como una idea, que como tal es muy simple de entender, sino como una vivencia inmediata y prístina) que somos el Universo hablando de Sí mismo, la realidad comprendiéndose a Sí misma. En esos momentos de profunda conexión confío ciertamente en mis intuiciones, pues considero que al menos en parte ya no son mías en un sentido estrictamente personal. Estos escritos procuran honrar lo que entonces aparece. Confío en que, más allá de los filtros de mis propias limitaciones neurológicas, personales, lingüísticas, culturales y sociales, algo de Lo inefable llegue paradójicamente a las palabras que escribo.
Por la misma razón, este libro no tiene pretensiones científicas en el sentido que tradicionalmente le da la academia. Si bien se refiere a muchas disciplinas científicas, no lo hace con el espíritu de quien practica la llamada ciencia objetiva, basada, como hemos visto, en un empirismo limitado al mundo material.
Sin embargo, a lo largo de todos los capítulos de este libro podrá advertirse un sincero esfuerzo por no recurrir a mitologías que procuren erguirse como verdades materiales, ni a seres sobrenaturales ni a explicaciones esotéricas. Pero todo este esfuerzo no convierte a estos escritos en un aporte científico en el sentido tradicional.
Aunque procura esclarecer la naturaleza de la mente y las relaciones humanas, éste no es un libro de psicología. Aunque procura acercarse a la naturaleza del amor a la verdad, no es un libro de filosofía. Y no es un libro de cosmología, aunque procura aproximarse a comprender la naturaleza del Universo. Antes bien, lo que sigue es un ensayo, un relato de mis propias experiencias personales y profesionales en la búsqueda de la comprensión de algunos de los infinitos espacios de la existencia y, en especial, del despertar espiritual y las relaciones humanas.
Por ello, otra de las fuentes básicas de este libro la constituyen las relaciones personales que he mantenido a lo largo de mi vida. Más allá de mis experiencias como profesional, como científico y como explorador espiritual, sencillamente he vivido. Los seres humanos podemos recorrer infinidad de caminos: la filialidad, la hermandad, la amistad, el amor de pareja, la paternidad, entre muchos otros. Somos bendecidos con la experiencia del encuentro y nos templamos en el dolor de la separación. Cometemos errores con la mayoría de las personas que amamos en esta vida, incluyendo a aquellos por los que más nos desvelamos: padres, hermanos, parejas, hijos, ahijados, amigos, pacientes, alumnos, y sufrimos por los errores de los que más nos aman. Algunos hemos tenido la bendición de recibir niños en nuestros brazos cuando emergieron al mundo y respiraron por vez primera, y en estos mismos brazos hemos visto extinguirse el último aliento de seres amados. Conocemos la inefable dicha del éxtasis espiritual y transitamos con pies cansados por las noches oscuras del alma. Simplemente bebemos de la copa de la humanidad en su majestuoso despliegue de luces y sombras, internas y externas. Compartimos la misma caldera, en la que nos fundimos y purificamos. Es en esta fragua inexorable de la vida de relación donde mis conocimientos científicos y mi experiencia meditativa han sido llevados a los máximos extremos, a las pruebas más intensas y también a las comprobaciones más contundentes. Este libro es el resultado alquímico de todo este proceso. Esta es quizás la razón principal por la cual, habiendo sido escrito hace tantos años, recién ahora puede ver la luz.
Integrar ciencia y religión consiste en un proceso mucho más profundo y existencial que la mera actividad intelectual. Mucho más allá de la integración de dos disciplinas o incluso de dos modalidades cognoscitivas, constituye un proceso interno de sanación y armonización de nuestras propias polaridades personales. Lo masculino y lo femenino, la razón y la sensibilidad, el análisis y la emotividad, el cuerpo y la mente, lo objetivo y lo subjetivo, y por sobre todo, nuestra luz y nuestra sombra. Todo este material ha de formar parte de un genuino proceso de integración.
Asumiendo el intento de realizar al menos un humilde aporte a este desafío de integrar ciencia, espiritualidad y existencia cotidiana: ¿será posible desarrollar una nueva mirada del ser humano que nos permita trascender la imagen mecánica que heredamos de la ciencia materialista y el dogmatismo de la religiosidad fundamentalista? Este proyecto debe incluir necesariamente un intento de integración entre física, biología, psicología y espiritualidad, comenzando por el acercamiento a una nueva imagen del Universo. De esto trata el próximo capítulo.
15 Postura filosófica que concibe una realidad superior a la accesible mediante los sentidos o un tipo de conocimiento superior que el que se obtiene por la razón.
16 Postura filosófica que afirma la primacía (o incluso la exclusividad) de la experiencia interna como criterio de verdad en general, y especialmente en el caso de la verdad religiosa.
17 Desde el momento en que este trabajo está destinado al desarrollo personal, lo cual lo hace ya suficientemente extenso, no considero oportuno extenderme aún más abordando un análisis más profundo de la relación entre materia, energía y conciencia. Sólo quiero aclarar aquí que la concepción de una instancia que subyace a todo lo que existe no implica una confusión entre todos los ámbitos de la existencia, tal como suele aparecer en mucha literatura new age, en la que los términos energía y conciencia se usan indiscriminadamente como sinónimos. A quienes sientan interés en profundizar esta temática les recomiendo el excelente artículo de Ken Wilber “Towards a comprehensive theory of subtle energies” (“Hacia una teoría comprehensiva de las energías sutiles”).
18 Más adelante me extenderé sobre la relación entre prerracionalidad, racionalidad, racionalismo y transracionalidad.
19 Curiosidades de las ciencias exactas, como por ejemplo la sucesión Fibonacci –la cual se encuentra en la estructura de las plantas, los tornados, las galaxias, la constitución del cuerpo humano y de infinidad de seres vivos–, nos llevan a preguntarnos si las matemáticas son una creación humana o un descubrimiento del orden intrínseco del universo.
20 La concepción de los cuatro cuadrantes, de Ken Wilber, constituye una sintética y clara exposición de este tema. Puede ser consultada en varias de sus obras pero, en relación con el tema que aquí nos ocupa, recomiendo la lectura de su libro Ciencia y Religión, de Editorial Kairós.
21 Jung desarrolló el concepto de sombra en contraposición al de persona. La palabra persona proviene del griego y designa a la máscara a través de la cual hablaban los actores en las obras de teatro (persona: por donde suena). Es decir que “la persona” es aquello a través de lo cual nos mostramos, y está constituida por todo aquello que nos gusta de nosotros y que queremos que los otros perciban. Por el contrario, “la sombra” contiene todo aquello que rechazamos de nosotros mismos y que no queremos percibir ni que sea percibido desde el exterior. Sin embargo, como muy bien lo señaló Freud, todo aquello que sepultamos en nuestro inconsciente se las ingenia para reaparecer de una u otra forma. Esto determina la permanente tensión dinámica entre la persona y su sombra.
22 Varela, Francisco J. Dormir, soñar y morir: Una exploración de la consciencia con el Dalai Lama, Ed. Gaia, Madrid, 2006. Las cursivas son mías.
23 Entiendo por explicaciones facilistas aquellas que sólo se sostienen en una formulación mental, conceptual, sin participación emocional, sin experiencia vivida. Es decir, en la pura retórica. Las metáforas de los cuarenta años en el desierto del pueblo judío, el ayuno de Jesús, el dramático dilema de Arjuna en el Bhagavad Gita o el tiempo que Buda permaneció mortificándose con los ascetas son todas metáforas del valor de permanecer conscientes de la ignorancia sin taparla con seudoexplicaciones, para que desde la misma desesperación emerja el conocimiento vivido. Las explicaciones facilistas son características del pensamiento mítico, fundamentalista (esto es así porque lo dice la autoridad), y en la actualidad, de las concepciones new age (“Esto es así porque yo lo siento y si no estás de acuerdo es porque eres cerrado e insensible”).
24 He tratado este tema en mi artículo “Ciencia, Religión y Nueva Era”, disponible en el sitio: www.transpersonals.com
25 Del latín nihil (nada) e ismus (doctrina). Plantea que toda la realidad, y en especial la vida humana, carece de todo significado o sentido.
26 En Meditación Primordial, op. cit., trato con mucha más profundidad el tema de la meditación y sus potencialidades terapéuticas.
Física, biología, crecimiento personal y espiritualidad
“Uno en Todo, Todo en Uno,
Uno en Uno, Todo en Todo”.
Tradición Kegón, Japón
“Un ser humano es parte de un todo, al que llamamos Universo, es una parte limitada en tiempo y espacio.
Experimenta sus pensamientos como algo separado del resto, una especie de ilusión óptica de su consciencia.
La ilusión es para nosotros una especie de prisión, que nos limita a nuestros deseos personales y al afecto por unas pocas personas que tenemos cerca.
Nuestra tarea debe consistir en liberarnos de esa prisión, ampliando nuestro círculo de compasión hasta llegar a abrazar a todas las criaturas vivientes y a la totalidad de la naturaleza en su belleza. Nadie es capaz de lograrlo completamente, pero la búsqueda de tal logro es en sí misma parte de la liberación y base de la seguridad interior”.
Albert Einstein
Considerando que el objetivo fundamental del modelo de las Interacciones Primordiales es desplegar una aplicación práctica y concreta, a fin de llevar desarrollo y bienestar a todo tipo de ámbitos psicosociales, podrá usted preguntarse, legítimamente, cuál es el sentido de comenzar este trabajo dedicando un esfuerzo a comprender la naturaleza del Universo. Entiendo esta inquietud, y le pido por favor que tenga paciencia y siga avanzando en la lectura; le aseguro que a lo largo de este trabajo comprenderá usted la importancia fundamental de procurar entender la naturaleza del Universo para poder comprender a las criaturas que de él han emergido, entre las cuales, por supuesto, estamos nosotros, los seres humanos. En mis otros libros, escritos después de la primera edición de éste, y dedicados al trabajo corporal y a la meditación, he llevado todas estas intuiciones acerca de la forma en que las pautas universales se manifiestan en nosotros, y las he convertido en intuiciones teóricas, metodologías y técnicas específicas para abordar el desafío del desarrollo personal y social. Sin una comprensión previa del Universo, todos estos métodos y técnicas carecerían del fundamento teórico y de la mirada integrativa que les brindan sentido y potencia operativa.
Hemos visto hasta aquí que la herida básica de la cultura y el ser humano contemporáneos se asienta en la dificultad de percibirnos como parte del Universo. Señalamos también que, en la medida en que sigamos cargando con la herencia de una visión del Universo como algo mecánico y sin sentido, esta integración se torna muy difícil, por no decir imposible. En este capítulo daremos un paso más allá, al afirmar que el modelo que aquí presento se asienta en la intuición de que, si todo lo que existe proviene de una Fuente común, debe ser posible entonces encontrar patrones, pautas, configuraciones y quizás estructuras semejantes en todos los planos del Cosmos. Es decir que, si el Universo, el reino mineral, los sistemas biológicos y la mente provienen todos del mismo origen, todos ellos deben responder a determinadas pautas básicas de funcionamiento y desarrollo. Por lo tanto, comprender mejor el Cosmos implicaría poder comprender mejor la mente, y viceversa.
Del mismo modo, hemos visto la necesidad de integrar las observaciones del mundo material que nos aporta la ciencia tradicional, con aquellas del mundo interno que nos aportan las tradiciones espirituales.
Para desarrollar una mirada del ser humano con raíces universales, es preciso entonces estar abiertos a la posibilidad de integrar conocimientos de la psicología académica tradicional con aportes de tres campos del conocimiento: la física, la biología27 y la sabiduría de las antiguas tradiciones espirituales de la humanidad, entendidas estas últimas no como conjuntos de dogmas y creencias, sino como psicologías que brindan auténticos mapas del alma humana.
Hemos afirmado que somos Universo adoptando forma humana. Exploraremos ahora las pautas comunes entre el Universo como tal y esta forma peculiar que suele adoptar: nosotros mismos.
¿ES NECESARIA UNA NUEVA MIRADA DEL UNIVERSO?
Desde una mirada mecanicista, el Universo es descripto, obviamente, como una máquina gigantesca. ¿Y qué problema hay con esto? ¿qué inconveniente existe en concebir el Universo como un enorme reloj? Pues bien, un aspecto fundamental de las máquinas es que están constituidas por piezas, las que a su vez son fácilmente reproducibles, intercambiables y no pueden trascender nunca su función específica y por cierto limitada. En el ámbito de las partes que componen una máquina es inconcebible la vida, y mucho más aún la creatividad y la libertad. Un sistema holístico, en cambio, no se compone de partes aisladas.
La característica fundamental de cualquier sistema orgánico-holístico es que cada una de sus partes contiene la información del todoII. Una sola de nuestras pestañas, si contáramos con la tecnología adecuada, sería suficiente para producir un clon de nuestro cuerpo. Cada una de nuestras células sintetiza la sabiduría de millones de años de evolución universal.
Por otra parte, en un sistema mecánico, todas sus partes pertenecen al mismo nivel de desarrollo. Es decir que en una máquina no hay profundidad. Ninguna pieza de un auto es más consciente que otra. Por su parte, en un sistema orgánico y evolutivo existen niveles de profundidad. Una planta es más “profunda” que una piedra, en cuanto contiene en sí al mundo mineral pero lo trasciende en un nivel mayor de complejidad. Del mismo modo, un animal es más complejo que una planta y una persona lo es más que un animal, sin que esto implique sostener un planteo jerárquico en términos de derechos exclusivos, discriminación o dominación28.
Una nueva mirada del Universo, que abrace los aportes de la psicología, la física y la biología modernas con la profunda sabiduría de las tradiciones espirituales, puede devolvernos el recuerdo de nuestro origen y de nuestra naturaleza primigenios. De allí la importancia de acercarnos a esta nueva perspectiva del Cosmos, una perspectiva desde la cual sentirnos uno con la totalidad de la vida en el tiempo, en el espacio y más allá. Una mirada que deje de ser considerada como un tema romántico, una nostalgia primitiva o una regresión infantil y pase a ser comprendida como una realidad concreta, empíricamente verificable y absolutamente necesaria, tanto para la evolución del ser humano como de su sociedad.
ALGUNAS DISTINCIONES PREVIAS
Antes de trabajar en pos de esta integración, debemos ser muy cautelosos de no caer en ciertos errores que podrían tergiversar nuestro trabajo. Para ello es preciso establecer algunas distinciones previas, evitando confusiones que se han generalizado acerca de la espiritualidad, la física y la relación siempre problemática entre ciencia y religión.
Procuraré aquí diferenciarme tanto de las visiones románticas que le hacen decir a la física lo que no dice, forzando sus planteos, como de las cientificistas, que la limitan y empobrecen.
ESPIRITUALIDAD NO ES DOGMATISMO RELIGIOSO
Como ya hemos visto, la ciencia lleva mucho tiempo enfrentada con el dogmatismo religioso y, al menos por ahora, parece no haber solución para este conflicto. En tanto el dogmatismo religioso siga reclamando la aceptación de sus afirmaciones sólo por considerarse la autoridad en la materia, no habrá posibilidades de un acercamiento entre ciencia y religión. Sin embargo, algo muy distinto ocurre con la espiritualidad, en cuanto búsqueda de la verdad interior mediante la actividad contemplativa. Como afirmamos anteriormente, nuestra búsqueda se dirige hacia el espacio de la contemplación, no del dogma. Por lo tanto, nuestra inclusión de las tradiciones espirituales en este enfoque lo hace desde la perspectiva de considerarlas descripciones respetables del mundo interno, por cuanto llevan siglos de comprobación en la práctica de la mayoría de los linajes contemplativos de la humanidad.
LA FÍSICA MODERNA NO PUEDE DEMOSTRAR LA EXISTENCIA DE DIOS
Afirmar que la física puede brindarnos evidencias de la existencia de los planos espirituales y pruebas “materiales” de la existencia de Dios se ha convertido en un lugar común en nuestros días. Se suele sostener que la física podrá aportarnos una comprensión acabada de nuestras experiencias espirituales junto con evidencias verificables en el plano material, y se afirma que las teorías de grandes autores que han procurado acercar la física a la espiritualidad están totalmente demostradas, verificadas y aceptadas por el establishment científico actual.
Por más que muchos libros y películas que circulan en estos días lo aseveren, estas dos afirmaciones son falsas o, cuando menos, parciales.
En primer lugar, la espiritualidad constituye una experiencia interior que puede tener correlatos en el mundo material estudiado por la ciencia, pero no puede ser demostrada por medios científicos. Como ya hemos visto, hoy sabemos que el amor, la compasión y hasta la experiencia mística están sustentados en procesos neuroendocrinos que pueden ser estudiados y descritos muy claramente, lo cual es muy importante para comprender su lado material. Pero esto no constituye una prueba de la existencia material de las realidades a las que accedemos en estos estados. La validez de las experiencias interiores es interior y su naturaleza esencial sólo es accesible por medios también interiores. El sustrato neuroendocrino de las experiencias místicas ni invalida (como pretenden los materialistas) ni demuestra (como pretenden los religiosos) la existencia de Dios. Sólo demuestra que lo biológico, lo psicológico y lo espiritual operan en forma integrada, lo que no es poco.
El intento de pretender dar validez a las realidades psicológicas y espirituales mediante pruebas materiales equivale a sostener, por ejemplo, que el valor del mensaje cristiano está supeditado a que algún día se encuentre el Santo Grial o los restos del Arca de Noé. El mensaje de Jesús no necesita de ninguna prueba material para ser validado, pues su valor es interior, moral y espiritual. La búsqueda de pruebas materiales que “demuestren” las realidades espirituales tiene más que ver con la inseguridad, el temor y la falta de fe que con la auténtica experiencia espiritual. Quien vive en el espíritu no necesita demostrarlo. Y algo parecido ocurre, desde el lado de los cientificistas, con la búsqueda de pruebas materiales que demuestren lo contrario. Estos proyectos esconden también motivaciones y aversiones inconscientes que se ocultan tras un manto de aparente rigor científico. En ambos casos, un buen proceso terapéutico brindaría a estas personas resultados mucho más saludables que encarar una cruzada, sea esta religiosa, seudocientífica o materialista.
Y en segundo lugar, la física moderna cuenta con grandes autores que están haciendo enormes esfuerzos para acercar los estudios físicos a la búsqueda espiritual, pero aunque mi propio trabajo se inspira en parte en el de ellos, no puedo afirmar que sus teorías han sido demostradas y aceptadas por el mundo académico. Es decir que estamos caminando en un terreno absolutamente novedoso e incierto.
No debemos presumir de haber encontrado lo que apenas estamos empezando a buscar. Sin embargo, esto no le quita méritos ni valor a nuestra búsqueda, por el contrario, la hace más apasionante aún. En este sentido, hay una afirmación que voy a repetir insistentemente en este trabajo: los modelos que voy a tomar de la física y la biología son teóricos, no cuentan aún con una comprobación empírica, pero es fundamental tener en cuenta que han sido concebidos por muchas de las mentes más brillantes de la ciencia contemporánea. Si bien estos modelos no cuentan con comprobación experimental, poseen sí una sólida consistencia interior y, en muchos casos, han sido demostrados matemáticamente. Es decir que, si bien no estamos tratando con datos completamente verificados, tampoco estamos jugando con ideas alocadas provenientes de mentes febriles, fantasiosas o poco serias.
Pero debemos considerar algo mucho más importante aún. Los modelos físicos a los que voy a recurrir no demuestran absolutamente nada acerca del espíritu en términos positivistas. No constituyen ni pretenden constituir pruebas positivas de la existencia de los reinos espirituales. Con seguridad, en poco tiempo, todas las teorías físicas que presentaré en este libro serán superadas o incluso refutadas. Sin embargo, eso no afectará en absoluto lo que aquí intento demostrar, pues no se trata de usarlas como pruebas empíricas (que no lo son) sino como modelos de pensamiento que, en cuanto han sido creados por mentes humanas, encarnan principios cósmicos, pues del mismo cosmos que intentamos comprender surgen estas mentes. Esta es precisamente la intención de este trabajo: mucho más allá de las pruebas positivas puntuales, intentaremos comprender la consciencia que las busca, a fin de observar si podemos encontrar patrones, principios básicos que nos hablen de la relación entre esta consciencia y el supuesto “mundo externo” que busca comprender. Aun a costo de ser reiterativo, quiero ser muy claro y explícito en este punto, pues hace al fundamento de este trabajo: todos los modelos biológicos, físicos y psicológicos que aquí compartiremos serán seguramente superados en pocas décadas. Descubriremos principios biológicos y sobre todo formas de comunicación entre los seres vivos que aún ni imaginamos; con nuevas tecnologías aparecerán ante nosotros realidades mucho más pequeñas que las hoy inconcebiblemente pequeñas supercuerdas de las que habla la física; el inconsciente humano irá revelando dimensiones más y más profundas, y de este modo todas nuestras teorías serán, tarde o temprano, refutadas. Sin embargo, ninguna de estas refutaciones afectará al núcleo, al corazón de nuestro planteo; por el contrario, lo fortalecerán, pues no estamos buscando pruebas materiales de lo espiritual sino procurando develar pautas, “hábitos cósmicos”, memorias universales que se despliegan en formas siempre nuevas de concebir la realidad. Todo cambio en las ciencias biológicas, físicas y psicosociales no hará más que desplegar en forma siempre nueva la búsqueda del Universo por comprenderse a sí mismo.
NO ES POSIBLE EXTRAPOLAR MODELOS DE LA FÍSICA Y LA BIOLOGÍA DIRECTAMENTE AL CAMPO DEL CRECIMIENTO PERSONAL Y LA ESPIRITUALIDAD
Es muy tentador pretender que, con sólo extrapolar modelos de la física y la biología a las ciencias humanas y sociales, bastará para comprender el fenómeno de la conciencia. Considero que esto sería caer en un grave error. Sin embargo, podemos extraer tanto de la física como de la biología modernas importantes intuiciones, metáforas e inspiraciones que iluminen nuestra búsqueda.
Estamos empeñados en comprender un Universo compuesto por dimensiones que son infinitamente diversas en su complejidad y que, por lo tanto, no pueden ser confundidas las unas con las otras (como las dimensiones física, biológica, psicológica y espiritual). Pero intuimos, también, que más allá de esta maravillosa diversidad existen pautas, principios y configuraciones de carácter universal que, de ser comprendidos, pueden arrojar luz sobre todas estas dimensiones y su entramado con la conciencia. Es decir que, al igual que Hermes, seguimos intuyendo que “como es arriba es abajo”.
Las referencias a observaciones provenientes del campo de la física son instrumentadas en este enfoque como uno de los recursos para intentar dar soporte a nuestras intuiciones. Sin embargo, este no es un libro de física aplicada a las relaciones humanas, sino un libro sobre las relaciones humanas que, en algunos aspectos y pasajes, busca inspirarse y sostenerse en observaciones provenientes de la física y la biología modernas. Lo único que pretendemos de estas disciplinas es que nos brinden inspiración, a la hora de ensanchar la mirada de los fenómenos humanos para ubicarlos en una dimensión universal, y que nos aporten algunos fundamentos básicos para sostener este enfoque.
Estamos muy lejos de pretender asimilar la psicología y la espiritualidad a la física y la biología. Lo que afirmaremos aquí es que, si bien la interacción constituye un fenómeno universal que se despliega en cada uno de los ámbitos del Cosmos (físico, biológico, psicológico, cultural y social) manifestando configuraciones comunes a todos ellos, existen también patrones específicos de cada nivel que exigen una mirada adecuada al plano particular que estemos abordando. Ninguna mirada integral de la ciencia puede terminar eliminando las disciplinas que la componen y sus respectivas miradas peculiares. Por el contrario, la nueva ciencia irá hilvanando todas ellas en un marco más amplio y profundo que, antes de integrar, comience por honrar sus respectivos aportes y diferencias.
Sintetizando, afirmo que para comprender el modelo de las Interacciones Primordiales es preciso sostener en todo momento una mirada que integre estas dos consideraciones:
1) El Universo se despliega constituyendo ámbitos de complejidad y profundidad variables (físico, biológico, psicológico, cultural y social). Cada uno de estos reinos responde a leyes específicas que, en muchos casos, determinan realidades que no pueden ser comprendidas extrapolando las leyes, las distinciones y los criterios que permiten la comprensión de otros reinos. Por lo tanto, la física no puede convertirse en fundamento de la biología, la psicología, la sociología ni mucho menos la teología.
2) Todos los ámbitos del Universo emanan de una Fuente única y reproducen configuraciones comunes a todos ellos. Esta Fuente (“lo anterior al Big Bang”) no constituye un reino más (que en la lista anterior vendría después del social) sino el Fundamento Único de todo lo que existe, es decir, lo que hemos denominado como Lo Primordial. Explorar y procurar comprender estas pautas universales puede brindarnos un sustento que nos permita esclarecer fenómenos pertenecientes a todos los reinos, siempre y cuando no perdamos de vista las leyes particulares que le corresponden a cada uno.
Es decir que lo que estaremos buscando aquí será la forma en que lo universal se manifiesta en lo particular, el modo en que los principios cósmicos se evidencian, tanto en el comportamiento de las galaxias como en las relaciones humanas. Lo infinitesimalmente pequeño y lo inconmensurablemente grande. Unidad y diversidad desplegándose a nuestro alrededor en su eterna danza.
Descubrir pautas de carácter universal nos permite percibir la naturaleza compartida de todo lo que existe, más allá de la profundidad o el ámbito en el que cada cosa se despliega.
Descubrir las leyes particulares de cada ámbito nos habilita a operar en el mismo, honrando sus cualidades propias e irrepetibles, lo que incrementa la efectividad de nuestras acciones.
Y por sobre todo, buscaremos profundizar al menos un poco nuestra comprensión del más profundo e inabarcable de los misterios: la relación entre la conciencia y el Cosmos, basándonos en la observación del funcionamiento de esta conciencia en nuestra vida cotidiana y sobre todo en nuestras relaciones interpersonales.
PAUTAS Y PRINCIPIOS UNIVERSALES NO IMPLICAN CONCEBIR UN UNIVERSO INMUTABLE
En esta búsqueda de pautas y principios universales que nos permitan integrar la experiencia humana a la evolución cósmica y recuperar nuestro sentido de pertenencia a un origen común, no estoy aludiendo a la idea de un Universo inmutable, estático; ni a principios dados completamente a priori, que puedan regir la evolución de un modo determinista; ni a una definición previa y esencialista de lo que es el ser humano, a la cual debamos ajustarnos para realizarnos como tales. Al hablar de principios universales, no estoy pretendiendo demostrar la existencia de patrones inmutables que terminen llevando esta concepción a un determinismo fatalista o a un esencialismo. De hecho, una de las polaridades más importantes mediante las cuales se despliega la creación es la del orden y el caos, comprendidos como las dos caras de una misma moneda. Los principios universales a los que aquí me refiero constituyen el orden en el caos y el caos en el orden. La realidad fundamental sobre la que se asienta la totalidad del Universo se manifiesta en cada punto del espacio y el tiempo en una forma única e irrepetible, en un despliegue de creatividad apabullante. Se trata de la dinámica fundamental a partir de la cual se posibilitan la libertad y la creatividad humanas. Por lo tanto, no estoy postulando un esencialismo a partir del cual todo está predefinido, sino explorando la conexión y los elementos comunes entre el Todo y las partes. Y estos elementos comunes constituyen un espacio abierto, un campo de probabilidades.
Ilya Prigogine ha sostenido que la distinción entre ciencias duras (entendidas como aquellas que se dedican a explorar “lo cierto”) y ciencias blandas (es decir, aquellas que se dedican a explorar lo incierto, las posibilidades) constituye una falacia. En la actualidad, todas las ciencias hablan de probabilidades. Asimilar la razón a las certezas constituye una visión muy limitada de la realidad y de la ciencia.
Concibo entonces los principios universales como campos probabilísticos, “ordenadamente caóticos”, abiertos, indefinidos e impredecibles.
Mi concepción de estas pautas universales guarda también relación con conceptos tales como los arquetipos en Jung, los hábitos cósmicos en Wilber o la resonancia mórfica en Sheldrake, y se vincula con la discusión entre esencialismo y existencialismo. Si usted está interesado en una discusión más profunda sobre la relación entre el enfoque primordial y todos estos conceptos, puede consultar la nota III al final del libroIII y el Apéndice 3 (lo que recomiendo hacer antes de continuar con estos capítulos), en el que presento una apretada síntesis de algunas de las sugerencias más revolucionarias que han seguido a la emergencia de la física cuántica, y reitero el riesgo de considerarla livianamente como el sustento de las Tradiciones Espirituales29.
Con estas distinciones medianamente esclarecidas, podemos internarnos ahora en la exploración de una nueva mirada del Universo, recordando siempre que nuestra búsqueda será práctica, no meramente teórica: nuestro Santo Grial es la experiencia de unidad, no el desarrollo de una nueva teoría.
27 A fin de no extender aún más este ya extenso libro, he decidido no incluir también a la matemática, la química, la geometría y muchas otras disciplinas que, en la misma búsqueda de comprender al Universo, pueden aportarnos profundas intuiciones acerca de su naturaleza más profunda. Pero esto no significa que no las considere igualmente importantes.
28 Ver Wilber, Espiritualidad Integral, Editorial Kairós.
29 A partir de la publicación de la primera edición de esta obra me he encontrado con dos grupos de personas muy diferentes en cuanto a su forma de abordarla. Algunas me han cuestionado por qué en un libro sobre psicoterapia, crecimiento personal y espiritualidad tuve que incluir tanto material sobre física. Otros, por el contrario, me han planteado por qué no me explayé más al presentar los aportes de esta disciplina. A fin de honrar las inquietudes de ambos grupos, decidí, en la tercera edición, incluir una descripción más general de la física cuántica, aunque aun así seguirá siendo muy sintética. Y lo he hecho en un apéndice, a fin de no extender demasiado este capítulo.
El nuevo Universo
“El Universo entero está condensado en el cuerpo,
y todo el cuerpo, en el corazón.
Así el corazón es el núcleo de todo el Universo”.
Sri Ramana Maharshi
Habíamos comenzado esta exploración haciéndonos varias preguntas básicas, tales como ¿qué es el Universo, una masa de materia absurda y carente de todo significado, que proviene de la nada y se dirige inexorablemente hacia la nada? ¿Es tan sólo un paréntesis sin finalidad ni propósito en el abismo del sinsentido? ¿O es acaso un proceso orgánico, viviente, dotado de alguna forma de inteligencia y sentido, que en su asombrosa magnitud nos resulta incomprensible e inexplicable?
En una maravillosa muestra del sentido evolutivo de los tiempos, la misma ciencia que derrumbó todos nuestros mitos y nos arrojó a existir en un universo “desencantado”, mecánico, seco, carente de sentido y vitalidad (un universo con minúsculas), está comenzando a hablarnos de un Universo radicalmente diferente. El nuevo Cosmos que muchos científicos contemporáneos están comenzando a intuir se nos aparece como una realidad viviente, y hasta quizás consciente, de la cual podemos sentirnos parte fundamental e incluso cocreadores. A este Universo vivo lo concibo como la manifestación de un principio básico, al que denomino el Flujo Primordial: una corriente infinita de información, energía, materia y vida que se despliega de manera creativa en cada átomo del Cosmos y en cada una de sus innumerables e inconmensurables galaxias.
Utilizo la palabra Flujo para acentuar su carácter dinámico, su transformación permanente. El Universo no es una cosa estática y mucho menos un mecanismo ciego. Es más bien un movimiento eterno e inconmensurable que despliega en su dinámica una creatividad que nos resulta sobrecogedora. El Universo genera sistemas y seres inteligentes (que también son sistemas), algo que una máquina jamás puede hacer. ¿Cómo podría una máquina inerte generar seres conscientes? Para intentar al menos acercarnos a una comprensión del Cosmos debemos estar también en movimiento. Ninguna estructura de conocimiento rígida y estática puede pretender ni siquiera atisbar la magnificencia de la danza universal. Lo denomino Flujo porque está vivo, porque se transforma a Sí mismo. Creando se recrea, cambiando se sostiene, muriendo renace.
Y lo llamo Primordial porque constituye el origen compartido por todo lo que existe, mas no un origen que existía allá a lo lejos, en tiempos o lugares remotos, sino un fondo vivo del cual, aquí y ahora, emerge la totalidad de los mundos.
Cuando la física moderna describe lo que denomina campos se acerca a esta concepción. No existe un lugar del cual provino el Universo. El Cosmos emerge en cada punto del espacio instante a instante. A esta aparente nada, a este vacío que lo contiene todo y que existe como el mayor de los misterios en cada segmento infinitesimal del Universo, lo concibo como la Fuente Primigenia, el Flujo Primordial. A nivel subatómico, no emergimos en el momento de nuestra concepción, sino que estamos emergiendo aquí y ahora, segundo a segundo (Ver Apéndice 3).
Esto implica que los seres humanos no provenimos del Flujo Primordial, sino que somos Flujo Primordial adoptando nuestra forma. Este flujo no consiste en una energía que nos recorre, como si fuéramos un envase por el cual esto transita, sino, lo que es muy distinto, de lo que estamos constituidos, estamos hechos, somos su manifestación humana. En su inconmensurable creatividad, el Flujo Primordial va adoptando todas las formas imaginables y mucho más. En su cambio permanente de cualidades vibratorias y densidades, se convierte en energía, partículas, gases, líquidos, sólidos y así en cuerpos celestes, sistemas solares y galaxias. Y esto ocurre instante a instante, desplegando la magnificencia del Universo. En una de sus infinitas manifestaciones, en una muestra más de su magnificente creatividad, el Flujo Primordial se humaniza, se convierte en nosotros: somos Flujo Primordial. Sin embargo, poco importa el nombre que le asignemos a este majestuoso movimiento creativo. Perfectamente podríamos decir que somos Universo o Cosmos humanizado, las palabras son lo de menos. Con esta terminología sólo estoy buscando alcanzar dos objetivos fundamentales: en primer lugar, encontrar una denominación que, en lugar de ser mágica o mítica, sea descriptiva para que, por lo tanto, pueda ser aceptada desde cualquier mirada religiosa sin entrar en conflicto con ningún sistema de creencias. Quien, desde una mirada cristiana, considere que este Flujo Primordial tiene las cualidades de un Dios personal puede estar en lo correcto. Quien, desde una perspectiva budista, considere que no es necesario recurrir a un Dios personal está en todo su derecho. Quien prefiera mantener esta descripción en un plano completamente no teísta, igualmente, podrá sacar provecho de este modelo. Lo verdaderamente importante aquí es procurar comprender el origen común y la naturaleza única, creativa y dinámica de toda forma de vida. Las extraordinarias posibilidades transformadoras y terapéuticas de esta concepción se irán haciendo evidentes a medida que avancemos en este trabajo. En esto radica su importancia. Sería lamentable que estas posibilidades se malograran por una simple diferencia de términos.
Recuperar la percepción experiencial e inmediata, no meramente conceptual, de formar parte de un Universo vivo y significativo, es decir, recuperar la conciencia de que somos Flujo Primordial, constituye el camino fundamental para sanar la herida básica de nuestra civilización y reencontrarnos en el amor. Acceder a esta experiencia implica comprender e integrar conscientemente esta verdad científicamente comprobada: todos somos uno, estamos hechos de lo mismo, nos constituyen los mismos materiales y energías, provenimos de un mismo origen y compartimos el mismo destino y la misma necesidad fundamental: recuperar la unidad perdida. Todos nuestros dramas, nuestras diferencias y nuestras absurdas luchas provienen de la falta de consciencia de esa necesidad básica, así como de las innumerables formas disfuncionales mediante las cuales buscamos reintegrarnos.
Cuando caemos en el error de creer que la unidad se alcanza cuando el yo llega a expandirse tanto que termina por abarcar al Universo, comienza la carrera demencial por querer más, más y más. Más poder, más placer, más control, más relaciones, más posesiones, más conocimientos… y la lista es interminable. En ese preciso instante, nuestra búsqueda común, nuestra necesidad compartida, nuestro anhelo más profundo y el que nos hace a todos iguales se convierte, paradójicamente, en la fuente de desesperación que nos lleva a enfrentarnos unos contra otros, en la ignorante creencia de que la unidad llega como consecuencia de la expansión. El encuentro con nuestro origen no se alcanza expandiéndonos, sino disolviéndonos en Aquello de lo que provenimos, lo que ya somos y siempre hemos sido. Comprender este secreto, trascender esa ilusión de separatividad (con todas sus terribles consecuencias) y descansar en la unidad puede llevarnos la vida, y sin embargo, constituye algo tan simple como respirar.
Interacciones Primordiales es una invitación a terminar con esta agonía en forma inmediata, no en un futuro, sino aquí y ahora, mediante la simple y súbita comprobación del profundo absurdo, de la enorme ignorancia que sustenta a toda persona cuya vida se base en una carrera centrada en la expansión del ego. “La vida es eso que nos pasa mientras estamos ocupados haciendo otra cosa”, afirmaba John Lennon. No permitamos que la muerte nos sorprenda distraídos, “perdidos en las cosas”, como nos advertía Heidegger; preocupados, alienados, desperdiciando la maravillosa oportunidad de respirar el éxtasis del aquí y ahora. Tal cual lo recordaba el Buda, caminemos “instante a instante, hasta la eternidad”.
Como ya hemos visto, esto no se logra mediante teorías, creencias o dogmas, sino mediante la vivencia directa. Nuestro cuerpo, nuestro corazón –como decía Ramana– es el Universo concentrado. En él podemos encontrar todos los fenómenos cósmicos y recuperar nuestras energías más profundas. En esto consiste específicamente la práctica de la Meditación Primordial. Y nuestra mente, cuando está armonizada, puede abrirse al espacio infinito que constituye su naturaleza esencial, y allí podemos recuperar la unidad original con la totalidad de la existencia. Pero esto no es posible dentro de una existencia neurótica, y menos aún en una cultura que niega la dimensión cósmica del ser humano. Sanar a la persona liberándola de sus patrones de sentimiento y pensamiento restrictivos, y sanar a la sociedad liberándola de paradigmas obsoletos que restringen la trascendencia, constituye una única tarea. Veremos ahora la forma en que la física y la biología modernas pueden resultar una fuente de inspiración en nuestra búsqueda, al mostrarnos que cuando afirmamos que somos Flujo Primordial humanizado no estamos recurriendo a una licencia poética, sino intentando describir un proceso accesible a la experiencia inmediata.
Intuiciones provenientes de la física y la biología
“El Tao que puede conocerse no es el Tao.
La sustancia del Mundo es sólo un nombre para el Tao.
Tao es todo lo que existe y puede existir;
el Mundo es sólo un mapa de lo que existe y puede existir.
Las experiencias externas sirven para sentir el Mundo,y las experiencias internas, para comprenderlo.Los dos tipos de experiencia son lo mismo dentro del Tao.Son diferentes sólo entre los hombres. Ninguna experiencia puede contener al Tao, el cual es infinitamente más grande y más sutil que el Mundo”.
Del “Tao Te King” de Lao Tse
Manteniendo siempre en mente los recaudos acerca de forzar la integración entre física y espiritualidad que expuse en el capítulo anterior, me he inspirado en y he procurado integrar una serie de intuiciones que considero apasionantes, y que están presentes de uno u otro modo en el pensamiento de varios científicos contemporáneos. Todos ellos se caracterizan tanto por su rigor científico como por su apertura a integrar la ciencia con la espiritualidad. Son ellos, entre otros, David Bohm, Rupert Sheldrake y Vincent Vuillemin, un físico del CERN (el más grande y uno de los más prestigiosos laboratorios de estudios físicos del mundo, perteneciente a la Comunidad Europea) que es además monje zen.
No voy a sobrecargar a quien lee haciendo una exposición detallada de estas teorías, pues, como decía anteriormente, éste no es un libro sobre física. Simplemente compartiré las intuiciones que los aportes de estos autores han despertado en mí. Quienes sientan interés en profundizar en estos temas pueden recurrir a las fuentes30 o consultar cada vez que lo consideren necesario el Apéndice 3.
Estas intuiciones nos servirán para ir acercándonos al descubrimiento de principios de carácter universal, conscientes de que, si logramos encontrarlos, nuestra capacidad de armonizarnos con el Universo se verá enormemente facilitada y expandida.
Veamos estas intuiciones:
1. EL UNIVERSO PROVIENE DE UN MISTERIO INSONDABLE
La teoría acerca del origen del Universo más aceptada en la actualidad ha aportado impresionantes evidencias y ha motivado extraordinarias intuiciones acerca de la madre de todas las preguntas: ¿de dónde proviene todo lo que existe? Me estoy refiriendo a la teoría del Big Bang. Sin embargo, pese a este extraordinario avance, el origen del Cosmos sigue constituyendo el más profundo de los misterios. La teoría del Big Bang sostiene que todo lo que existe, en su inconmensurable magnitud y complejidad, estaba contenido en lo que se ha dado en llamar “la singularidad”, algo así como un pequeñísimo punto primordial, una extraordinaria concentración de masa tan difícil de concebir que, al estallar y comenzar a diferenciarse y complejizarse, terminó produciendo la totalidad del Universo. Tan impresionante fue este evento que se afirma que, en sólo segundos, la masa primordial se había diferenciado ya en incontables millones de átomos que interactuaban entre sí generando más y más diversidad y complejidad. Es decir que esta increíble concentración de masa contenía de alguna forma todas las galaxias conocidas y desconocidas; todos los soles, los planetas y los sistemas ecológicos que puedan existir en el Universo; y dentro de ellos todas las especies; los individuos y todo lo que ellos puedan albergar en su interior y expresar. En esa “nada” se escondía “todo”. De alguna forma, desde el Gran Cañón del Colorado hasta las pirámides de Egipto estaban contenidos allí potencialmente. Y lo más extraordinario: de alguna forma que aún no podemos comprender, la mente humana y lo que concebimos como consciencia existían potencialmente en ese “vacío” primordial.
Como la mayoría de los aportes que tomaremos de la física, la teoría del Big Bang es simplemente eso, una teoría. Existe mucha evidencia que la soporta, pero no ha sido demostrada. De lo contrario, no sería una teoría sino una leyIV. Sin embargo, aun en el caso de que esta extraordinaria concepción sea exacta, no logra explicar el origen de esta misma masa originaria de la que todo emergió. La sola idea de que el Universo entero, con todos sus planos de profundidad, provenga de algo tan pequeño como una cabeza de alfiler suena tan extraordinaria como cualquier antiguo mito sobre la creación.
¿Qué existía antes del Big Bang? Recordemos nuevamente a Karl Popper, cuando afirmaba que el acercamiento a la verdad describe una curva asintótica, es decir, una curva que está siempre acercándose a su destino pero que nunca lo toca. El origen primordial del Universo sigue siendo el más profundo de los misterios.
2. EL UNIVERSO CONSTITUYE UN FLUJO ORGÁNICO Y CONSCIENTE
Como ya lo he explicitado, el elemento central del modelo que estoy presentando aquí es que tanto la sanación e integración personal y social, así como nuestras posibilidades de trascendencia, dependen de que podamos recuperar nuestras raíces universales. Al afirmar esto, me estoy poniendo a mí mismo en el compromiso de expresar cómo concibo el Universo, puesto que frente a ciertos modelos del Cosmos esta integración es imposible. Si el Universo es una máquina regida por leyes deterministas, no hay ninguna posibilidad de que los seres humanos encontremos allí nuestras raíces vitales y nuestra libertad. Las piezas de una máquina no pueden acceder a la experiencia de la unidad orgánica y jamás tendrán libertad para operar creativamente sobre su entorno. Esto no implica, obviamente, que debamos “inventar” una concepción del Universo que sí nos permita proyectar nuestros anhelos de libertad. Si queremos avanzar con cierto sentido de “realidad”, habremos de procurar ser coherentes con la información que la ciencia actual nos brinda.
Tanto la física moderna como muchas tradiciones espirituales asumen que la totalidad del Universo emergió de una Fuente, que para ambas formas de mirar la realidad constituye un misterio aún inexplicable. La pregunta más importante no es entonces si Dios existe o no existe, y menos aún si Dios existe en la forma en que cada uno lo concibe. Ya demasiadas guerras se han producido al enfrentar una concepción de Dios contra otra. A mi entender, la pregunta fundamental es cómo podemos intentar concebir la existencia de esa Fuente. Para algunas tradiciones, se trató de un vacío que, paradójicamente, lo contenía todo. Para la física, se trató de una masa absolutamente oscura e indiferenciada de la cual, paradójicamente, emergieron todas las diferencias que constituyen el Universo. Se me ocurre entonces que, como ese vacío-masa-indiferenciado nos resulta inaccesible, sólo podemos intentar intuirlo contemplando aquello que de Él/Ella emergió, es decir, el Universo tal como lo conocemos. Contemplemos la majestuosidad universal, las infinitas galaxias, sistemas solares, planetas. Dentro del que más conocemos hasta ahora –nuestra Tierra– observemos los sistemas ecológicos, las innumerables especies y cada una de las criaturas que lo recorren. Percatémonos de cómo estas especies han aparecido y han evolucionado hasta llegar al punto de que una de ellas comenzó a explorar el Cosmos del cual proviene, tanto a través de viajes en el Universo material como de la exploración de las profundidades de la conciencia. Y veremos que es muy difícil suponer que aquel vacío del que todo esto proviene no contenía en sí mismo alguna forma de conciencia, de inteligencia, de tendencia a la configuración y la evolución. Cuando intentamos dejar de lado todo fundamentalismo religioso o cientificista, cuando procuramos que ya no haya ninguna imagen particular de Dios ni ninguna teoría que tengamos que defender (por más que nunca logremos esto completamente), lo que aparece ante la mirada relativamente limpia y abierta es un maravilloso despliegue de configuraciones que se manifiestan por doquier, adoptando todas las formas, colores, sonidos, aromas y dinámicas que podamos imaginar y muchísimas más. Al menos para mí, pues de ninguna forma haré de esto una verdad absoluta, es muy difícil contemplar la realidad sin intuir alguna forma de principio consciente, de sensibilidad, de tendencia evolutiva y sentido, en todo lo que existe.
Esto no significa adherir a la teoría del “principio inteligente”, según la cual se pretende unir la religión con la ciencia. Esta teoría termina encarnando todas las características del Dios mítico, en cuanto diseñador a priori de un Universo que luego se despliega siguiendo sus leyes inmutables. Por el contrario, lo que pretendo afirmar aquí es que la observación de la realidad nos muestra información, creatividad, cambio, movimiento y dinamismos por doquier, algo que al menos en mí no inspira en absoluto la impresión de que esto constituya un proceso absurdo y sin sentido alguno. De hecho, considero que llegar a esa conclusión me obligaría a forzar mi percepción e interpretación de las cosas. Nada en el mundo en que vivo me lleva a esa interpretación. Pero, claro, estoy hablando de mí mismo, no de “verdades científicas”.
Incluso en nuestra era centrada en la mirada de la ciencia, podemos rescatar a numerosos investigadores, cuyos postulados insinúan o se refieren explícitamente a una realidad inmanente. Desde Von Leibniz en 1714 hasta David Bohm en los años 80, pasando por la visión de Whitehead, la mecánica cuántica del gran físico y místico Erwin Schrödinger, los campos morfogenéticos de Rupert Sheldrake, el pensamiento sistémico de Gregory Bateson, las “estructuras disipativas” de Ilya Prigogine, la teoría de las cuerdas, las Supercuerdas y la teoría M, y muchos otros, vemos emerger una concepción del Universo entendido como una unidad indisoluble, entretejida a partir de una matriz que trasciende los dualismos, el espacio, el tiempo y la disociación entre consciencia, materia y energía. Esta concepción emergente está muy lejos de convertirse en un modelo reconocido por la totalidad de la comunidad científica. Es muy importante que esto sea asumido por todos aquellos que nos dedicamos a la exploración de los mundos internos. Pero su crecimiento sostenido y la profundidad de sus construcciones conceptuales ameritan que sea, cuando menos, reconocida y respetada.
No es éste el lugar para extendernos en la explicación de todos estos modelos de pensamiento, que están al alcance en sus propias fuentes. Sin embargo, en la introducción de este libro afirmé que el modelo de las Interacciones Primordiales apunta a una concepción integrada de la materia, la vida y la mente. Para ello, sólo a modo de ejemplo, podemos citar la tesis central de dos autores separados por tres siglos de evolución de la física y la filosofía: G. W. Von Leibniz y David Bohm.
El pensamiento de Leibniz, filósofo y matemático alemán a quien debemos el desarrollo del cálculo infinitesimal (pese a que nunca pudo demostrarse con certeza si este descubrimiento le corresponde a él o a Newton), sostiene la idea de un Universo constituido por mónadas, que se distinguen entre sí por el grado de perfección con el que reflejan la universalidad de las cosas. Las mónadas, para Leibniz, no pueden influir las unas sobre las otras, de ahí la idea de una armonía universal preestablecida, elemento central de su pensamiento que hace referencia a aquello que integra la existencia de las partes aisladas.
Si bien la tesis central de este libro se aleja profundamente de este modelo de relojes armonizados bajo un orden preestablecido, es importante, justamente por estas diferencias, señalar una similitud: la búsqueda de una realidad inmanente que se expresa en las partes separadas.
Muchos siglos después, numerosos estudiosos de la física cuántica y relativista se han acercado a formular afirmaciones acerca de aspectos de la realidad que aún no están al alcance de la observación empírica externa y, por lo tanto, de la comprobación sistemática en el laboratorio. Por citar sólo un par de ejemplos más, cabe mencionar a Niels Bohr y al mismo Einstein.
Una importante fuente de sustento para nuestras afirmaciones proviene de la obra del prominente físico Dr. David Bohm, quien trabajó junto a Einstein y produjo textos fundamentales en la teorías de la relatividad y cuántica.
David Bohm desarrolló el concepto del holomovimiento, que describe al Universo como un proceso ininterrumpido y omnipresente de cambio. Tal como Heráclito lo afirmó veinticinco siglos antes, para Bohm “nadie se baña dos veces en el mismo río”. Toda estructura estable o estática con la que se pretenda explicar la realidad no es más que una pura abstracción de la mente humana. Nada hay en la realidad que pueda concebirse en términos de cosas fijas con existencia propia. Aquello que aparece como cosa, parte o evento aislado es, en realidad, manifestación de una unidad indivisible, indefinible e inabarcable. Todo es movimiento y cambio.
Bohm concibe la existencia de lo que podríamos llamar una dimensión interior del Universo, a la que llama el orden implicado, en cuanto fuente o matriz de toda la realidad manifiesta. Todo lo que la ciencia concibe como su objeto de estudio es sólo una parte de la realidad, la realidad expresada, manifiesta, pero dentro de ésta se despliega aquello de donde todo lo que existe emerge: el orden oculto.
En la dimensión implicada, aquello que a nivel manifiesto puede aparecer alejado o inconexo se nos muestra como expresión de una única realidad que todo lo abraza y que a todo le otorga un nuevo significado. Del mismo modo, conceptos como los de espacio y tiempo, de tanto peso a la hora de establecer conexiones causales entre las cosas y los fenómenos, pierden en parte su importancia relativa. Es decir que las cosas, los seres vivos y los acontecimientos pueden verse conectados más allá de sus contactos de proximidad temporoespacial y sólo adquieren sentido como partes de una totalidad mayor que los integra y organiza. Por lo tanto, dentro de esta concepción, el tiempo y el espacio pierden su rol protagónico en cuanto factores determinantes en la interacción de las partes. En este modelo, los diversos elementos que componen la totalidad interactúan trascendiendo las limitaciones temporoespaciales en función de un orden intrínseco y de un telos, una meta final a la que se dirigen orgánicamente. Traducido a términos muy simplificados, estas observaciones apuntarían a poder afirmar que las cosas y los eventos podrían estar “conectados”, aunque no sea posible apreciar entre ellos una relación en el tiempo y el espacio. Como veremos en otros ejemplos más adelante, dos cosas pueden influenciarse mutuamente sin que sea posible establecer entre ellas ninguna conexión local, es decir, sin que estén en contacto en el espacio y el tiempo tal como los conocemos.
Estos planteos tienen consecuencias extraordinarias en la búsqueda de una comprensión de fenómenos tales como la vida y la consciencia, y es fundamental en nuestra concepción de la mente y la comunicación humana.
Para Bohm, lo biológico ya no puede ser comprendido como un simple derivado de la materia inorgánica o incluso de su simple complejización. Dentro del holomovimiento, lo orgánico y lo inorgánico se tornan incluso indistinguibles, convirtiéndose en recortes en gran parte arbitrarios de una única realidad, emergente en su totalidad indivisible de una misma Fuente primigenia. En la materia inorgánica la vida estaría implicada, aunque aún no manifestada.
Desde la perspectiva de Bohm, la materia y la mente emergen por igual del orden implicado, y por lo tanto consisten en una unidad que sólo puede ser separada mediante abstracciones.
De esta manera, Bohm parece estar describiendo un Universo sugestivamente similar a un organismo vivo y consciente que, por lo tanto, jamás podría ser comprendido mediante la mera aplicación de las leyes de la mecánica tradicional, o del estudio analítico de las partes como entidades separadas del resto del sistema. Hasta el mismo estudio de la materia inanimada, como supuesto origen y fundamento de la vida sin conexión con forma alguna de principio integrador, comienza a perder el atractivo que hipnotizó a la ciencia materialista durante tanto tiempo. La distinción tajante entre materia inanimada y vida sólo es posible en el plano de las abstracciones, que detienen el flujo universal como una foto que, por más sofisticada que sea, estará siempre muy lejos de acercarse a la realidad. En el holomovimiento, materia y vida constituyen sólo matices difícilmente discriminables de una única realidad universal.
Evidenciando claramente la influencia que ejerció sobre su obra el haber conocido al gran sabio hindú Jiddu Krishnamurti, Bohm considera que, en la absoluta mayoría de los casos, el pensamiento constituye una actividad mecánica sostenida fundamentalmente por la memoria. Desde esta mirada, lo que ampulosamente solemos llamar “trabajo reflexivo” no suele ser más que mera asociación de contenidos del pasado a los que simplemente les cambiamos el orden para que parezcan novedosos. Por el contrario, afirma Bohm, la inteligencia centrada en el aquí y ahora, lo que quizás sea otra forma de denominar a la meditación, puede contactarnos directamente con el orden implicado (del cual proviene) y de esta manera posibilitar la auténtica creatividad. De este modo, el arte y la ciencia dejan de aparecer como actividades esencialmente distintas en sus métodos y finalidades. Toda captación inteligente e inmediata de la realidad, centrada en el aquí y ahora, constituye un proceso creativo que puede manifestarse en la producción de obras (científicas, literarias, plásticas, etc.). Estas producciones en ningún caso constituirán el mero reflejo de una supuesta realidad objetiva, externa e independiente del observador. El mismo observador es siempre una manifestación más del holomovimiento que pretende captar y expresar.
Dado su evidente compromiso con la evolución de la humanidad y honrando sus intuiciones, David Bohm no dudó a la hora de incluir la conciencia no como uno, sino como el elemento esencial del Universo. De este modo, no sólo reivindicó el rol crucial de los estudios sobre la realidad interior en el marco de la ciencia sino que, además, extendió la responsabilidad de la ciencia al marco de los fenómenos personales, sociales y globales. Afirmó que el pensamiento analítico exacerbado, que sólo busca comprender la realidad mediante el estudio de las partes, estaba llevando a un callejón sin salida no sólo a la ciencia, sino a la humanidad en su conjunto. El mundo escindido, partido en piezas desvinculadas de todo principio interno ordenador y de todo fin trascendente, no sólo puede terminar llevando a la ciencia a una grave disociación conceptual, sino que puede terminar llevando a todo este mundo a una esquizofrenia pandémica. Cualquier periódico brinda día a día pruebas contundentes de este lamentable proceso.
Como lo insinuábamos en el apartado “La justificación de los estudios sobre la consciencia ante la crisis actual”, sólo en el plano de las abstracciones podemos distinguir la crisis psicológica de la crisis social; la crisis económica de la ecológica y la crisis geopolítica de la religiosa, pero en todo análisis último terminaremos por descubrir que la crisis fundamental es la de la conciencia fragmentada. Afirma Bohm que esta fragmentación conceptual se sostiene en nuestro lenguaje, también fragmentado por su excesivo acento en las distinciones y en separaciones tales como sujeto, verbo y predicado. Ante esto propone un intento de desarrollo de un nuevo lenguaje: el reo-modo. Esta forma de comunicación procura trascender la descripción de una realidad mecánica y estática, concebida como algo que existe allí afuera, con prescindencia del observador, para percibirla como un proceso viviente, dinámico y fluido del que todo emerge y forma parte indivisiblemente. Por ello, todo trabajo destinado a rescatar el sentido de la unidad intrínseca del Universo adquiere enorme relevancia social en los tiempos que correnV.
Al abordar la quinta intuición, expondré un experimento de la física cuántica que podría brindar alguna evidencia empírica a esta intuición sobre la conciencia inherente del Universo. Sin embargo, es justo reconocer que el pensamiento de Bohm, así como el de todos los autores que iremos citando, es fundamentalmente teórico y carece por el momento de comprobación experimental, aunque también es justo tener en mente que estos postulados teóricos provienen de brillantes investigadores científicos, mundialmente reconocidos por la profundidad y la seriedad de su pensamiento. Es decir que, aunque estemos tratando con teorías, dado su origen, estas merecen nuestra mayor atención y respeto.
Poco tiempo después de la publicación de la primera edición de este libro, el físico de origen serbio y profesor de la Universidad de Oxford, Vlatko Vedral, publicó su obra Decoding Reality, the universe as quantum information31, en la que afirma que el constituyente fundamental del Cosmos es la información. En este libro aborda temas fundamentales, como, por ejemplo, el entrelazamiento cuántico, que consideraremos más adelante, la computación cuántica, la entropía y muchos más. Su conclusión más importante es que las preguntas más acuciantes de la física sólo podrán ser respondidas si se concibe el Universo como un fenómeno informático. Rescato su obra desde nuestra mirada, pues confirma nuestra tesis de que el Universo va siendo comprendido mediante elementos cada vez más sutiles. Lo comenzamos a investigar como materia, luego lo comprendimos como energía y ya nos estamos planteando que deberemos empezar a concebirlo como información. ¿Cuál será el próximo paso?
3. EL UNO SE CONVIERTE EN LOS MUCHOS MEDIANTE UNA DANZA DE POLARIDADES
Según la teoría del Big Bang, lo primero que ocurrió al estallar el vacío-masa primordial fue la aparición de la polaridad. Lo que era uno, o quizás deberíamos decir ceroVI, súbita e inexplicablemente para nuestros conocimientos actuales se convirtió en dos. Este 2 se convirtió en 4, el 4 en 8, y en sólo milésimas de segundo la unidad primigenia se había convertido en incontables partículas, y todas ellas manifestaban una cualidad en común: poseían una carga polar. Mediante la dinámica de esta polaridad la unidad original se convirtió en la multiplicidad; el Cosmos se particularizó, se convirtió en los muchos. Todo lo que existe en el Universo conocido constituye la manifestación de esta polaridad primigenia y la sigue expresando.
Dado que esta polaridad existía en el comienzo y no ha dejado de manifestarse hasta el presente, podemos inferir que constituye la manifestación de dos principios originales, opuestos, interactuantes y complementarios.
A estos dos principios mediante los que se expresa el Flujo Primordial los he denominado la Trama Integradora y el Movimiento Diferenciador.
La Trama Integradora se manifiesta como la pauta que conecta, la red de la vida, la malla sutil que todo lo integra, lo comunica, lo acerca, lo vincula. Constituye la red invisible que se despliega entre las partes manifestadas y sostiene su interacción. Se manifiesta en la fuerza de gravedad, el electromagnetismo, la cualidad integrativa de los organismos, los sistemas ecológicos, la sexualidad y muy probablemente en lo que la física moderna denomina materia oscura, sobre la que volveremos muy pronto. La Trama Integradora constituye la urdimbre interior del Cosmos.
El Movimiento Diferenciador constituye la esencia de la variedad, del colorido, de las infinitas formas, del devenir, de la mutación, la expansión y la diferenciación. Su característica fundamental está dada por su dirección hacia el desarrollo de individualidades. Mediante este principio, la energía universal se convierte en partículas, en individuos aparentemente separados los unos de los otros. La inconmensurable potencialidad de la Fuente Primordial se convierte aquí en separación, manifestación, diversidad, cambio.
La danza de estos dos principios determina la aparición de todo lo que existe y, por lo tanto, podemos descubrirlos en todos los planos del Universo. En lo físico aparecen como la carga polar (positiva y negativa) de las partículas subatómicas o en la polaridad del electromagnetismo; en lo biológico aparecen como el catabolismo y el anabolismo; en lo neurológico, como los hemisferios derecho e izquierdo del cerebro; en la humanidad, como los géneros femenino y masculino; en la comunicación, como lo digital y lo analógico; en lo social, como la dialéctica individuo-sociedad; en la filosofía, como tesis y antítesis; en la teología, como la Diosa Madre y el Dios Padre.
Comencé a formular mis concepciones sobre estos dos principios en la década de los 80, inspirado por tres órdenes de observaciones, provenientes de los tres campos del saber que nos interesan aquí: la práctica clínica y el desarrollo humano; la física y la biología, y finalmente las tradiciones espirituales.
Mientras desarrollaba estos conceptos, en la práctica clínica me llamaba siempre la atención el carácter polar de los fenómenos mentales. Observaba la estructura de la mayoría de los conflictos psicológicos, desplegándose en torno a las polaridades razón-sentimiento, individuo-grupo, necesidades del yo-necesidades de la especie, instintos de conservación-instintos sexuales, placer-deber, mente-cuerpo, razón-corazón.
En las antiguas tradiciones espirituales las veía aparecer, por ejemplo, en el taoísmo de Lao Tse (con sus principios Yin y Yang) y en el tantra, con sus deidades Shiva y Shakti. En occidente las encontré en Heráclito y su filosofía del perpetuo movimiento. “Panta rhei”, afirmaba el olvidado filósofo de Éfeso; todo fluye, todo es proceso, eterno devenir. Su concepción de los opuestos como fuerzas no antagónicas, interactuando permanentemente en una danza de construcción y destrucción; así como su Logos, unidad trascendente de todos los opuestos, muestra la profunda similitud de la sabiduría jónica con las antiguas tradiciones filosóficas orientales y sus concepciones del Yin y el Yang y la unidad en el Tao. Es probable incluso que Heráclito y Lao Tse fueran contemporáneos.
Pero fue hace sólo unos pocos años cuando encontré una nueva fuente de posible comprobación en el ámbito de la física: me refiero a los conceptos de materia y energía oscuras.
Según recientes observaciones, se ha inferido que el Universo en su totalidad estaría conformado por dos constituyentes antes desconocidos y hasta el momento imposibles de detectar, por cuanto son invisibles y al parecer no emitirían forma alguna de radiación.
Al no ser posible detectarlos en forma directa, la existencia de estos constituyentes, que han sido denominados como la materia oscura y la energía oscura, se propone a partir de sus efectos gravitatorios sobre la materia y la energía comunes.
A fin de no sobrecargar la lectura, daré una muy breve reseña acerca de por qué y cómo se dedujo la existencia de estos constituyentes.
Todo comenzó en 1998, con las observaciones del Telescopio Espacial Hubble. La observación de supernovas muy distantes evidenció que millones de años en el pasado el Universo se expandía más lentamente que en la actualidad. Esta observación fue asombrosa para los físicos, pues hasta ese momento todo el mundo estaba convencido de que el Universo había estado reduciendo su velocidad de expansión debido a la gravedad (la fuerza gravitatoria de los cuerpos celestes, atrayéndose entre sí, se suponía que debía ir enlenteciendo el proceso expansivo del Universo). Las observaciones del Hubble dieron por tierra con estos supuestos y demostraron que, en realidad, la velocidad de expansión del Universo se ha ido incrementando.
Esto resultó asombroso. Hasta ese momento, existía amplio consenso acerca de que la fuerza de gravedad de todos los cuerpos celestes era suficiente como para mantener al Universo cohesionado e ir reduciendo su velocidad de expansión.
A partir de estas observaciones y muchas que les siguieron, se comprobó que la totalidad de la materia existente en todas las galaxias era absolutamente insuficiente para generar la fuerza gravitatoria necesaria para mantener al Universo cohesionado.
Surgieron entonces nuevos interrogantes: ¿qué es lo que hace que el Universo se siga expandiendo y cada vez a mayor velocidad? Y, al mismo tiempo, ¿qué es lo que mantiene al Universo relativamente unido?
Una de las respuestas más aceptadas hasta el momento a esta pregunta la constituye la formulación de la existencia de la materia y la energía oscuras. Según ésta, todo lo que conocemos del Universo (la llamada materia normal) ¡no es más que un 5 % de su constitución! El 95 % restante está conformado por materia y energía oscuras.
Se denomina, entonces, materia oscura a una sustancia que existiría en el espacio, pero que es invisible para nosotros, y que es la responsable de mantener al Universo integrado. Mientras que la energía oscura consistiría en una suerte de fuerza repulsiva, antigravedad o presión negativa, cuyo efecto estaría empujando o expandiendo el CosmosVII.
La similitud entre las cualidades atribuidas a estos misteriosos constituyentes del Universo con lo que yo había denominado como Trama Integradora y Movimiento Diferenciador me pareció evidente y asombrosa.
En los próximos capítulos trataremos las consecuencias de estas observaciones en el ámbito del crecimiento personal y las relaciones humanas con mucho más detalle.
4. EL UNIVERSO ES UNA CONFIGURACIÓN QUE CREA CONFIGURACIONES, TRANSFORMÁNDOSE PERMANENTEMENTE
En íntima conexión con la cualidad orgánica y presuntamente consciente del Universo mencionada en el apartado anterior, veremos ahora que, en cuanto Flujo Primordial, el Cosmos no es una cosa sino una dinámica de materia-energía-información-consciencia. Esta dinámica se expresa adoptando formas que en un nivel subatómico no son en absoluto estáticas, no son precisamente cosas, sino configuraciones. Sólo ante nuestra mirada, estas configuraciones adoptan el aspecto de cosas sólidas. Veamos de dónde provienen estas afirmaciones.
Los importantes cambios acaecidos en nuestra concepción de la realidad durante el siglo pasado encuentran en la física su máxima expresión a través de dos teorías fundamentales: la de la relatividad y la cuántica.
La teoría de la relatividad vino a revolucionar nuestros conceptos en cuanto a la cantidad de dimensiones que conforman nuestro espacio, y a su relación con el tiempo. Hasta hace pocas décadas estábamos convencidos de vivir en un espacio de sólo tres dimensiones y separado del tiempo. En la actualidad, sabemos que el espacio es tretradimensional y que su relación con el tiempo es indisoluble. Ya no podemos hablar del tiempo y el espacio sino de lo temporoespacial.
Otro aporte fundamental de la teoría de la relatividad consiste en la concepción de la materia que de ella se deriva. Obviamente, un cambio en la concepción de dos elementos esenciales como el espacio y el tiempo no podía dejar de influenciar toda nuestra descripción del mundo. De ahí el hecho de que uno de los descubrimientos más notables que le siguen es el de que la masa no es sino una forma de energía.
De este modo, se ha dejado de considerar a la masa como una cosa tan sólida como antes la concebíamos. Las partículas no son otra cosa que energía, y la energía es dinámica, actividad, proceso; o sea, algo esencialmente distinto del mundo mecánico que veíamos en el siglo antepasado.
Las partículas subatómicas son, entonces, formas dinámicas de carácter temporoespacial. Su lado espacial nos las muestra como manojos de energía que tienen el aspecto de cuerpos sólidos y hasta a veces estáticos; su aspecto temporal las evidencia como procesos dinámicos; pero ambos no constituyen sino una sola configuración tetradimensional en el espacio-tiempo.
Estos descubrimientos de ninguna manera implican que las cosas sólidas no existen ni mucho menos que la física newtoniana es falsa. Lo cierto es que a un nivel macroscópico ésta sigue funcionando correctamente, pero no así a un nivel microscópico. Las cosas se componen de materia, la materia de átomos, los átomos de partículas y las partículas… de nada que podamos considerar materia sólida. Al microscopio sólo pueden observarse procesos, configuraciones dinámicas de energía en permanente cambio, nada que pueda tomarse con las manos. Una metáfora que puede ayudarnos a entender por qué percibimos las cosas como si fueran pura materia sólida, y no como energía vibratoria, es la de un ventilador con aspas. Cuando este artefacto está detenido, podemos introducir nuestra mano por los espacios que hay entre un aspa y la otra sin ningún inconveniente, sin embargo, al encenderlo, la velocidad del movimiento hace parecer que el espacio ya no existe y no podemos atravesarlo sin graves consecuencias para nuestra integridad física.
Pero esta danza de energía no es completamente caótica. Las formas en que la energía se organiza adoptando un aspecto material responden a patrones, a pautas originarias, a memorias universales que le brindan una estructura siempre dinámica32.
Por cierto, constituye un enorme desafío intelectual dejar de imaginar las partículas cuánticas como “cosas” corrientes, sólo que muy pequeñitas. Incluso los físicos piensan en ellas como si fueran cosas muy diminutas, pero no porque en realidad las consideren así, sino simplemente para poder tratar con ellas de una manera más convencional.
Sin embargo, las partículas cuánticas no están hechas de materiales, como una casa está hecha de ladrillos. Las formas tradicionales de tratar con la realidad se tornan muy poco efectivas al enfrentarnos a las dimensiones cuánticas. ¿Cómo hacen entonces los físicos para operar con estas realidades y describir sus descubrimientos?
Uno de los elementos fundamentales de que disponen es el lenguaje de las matemáticas, y más específicamente, el concepto de simetrías.
A nivel cuántico, lo que tradicionalmente consideramos materia no posee estructura. Es decir que las partículas cuánticas no están hechas de cosas más simples, de partecitas más pequeñas aún. Sin embargo, describen algo que puede denominarse simetría. Para intentar comprender el concepto de simetría, podemos imaginarnos la forma en que se constituyen los cristales. Esto nos lleva a situaciones muy paradójicas. Las partículas subatómicas no tienen estructura, pero, aunque se reduzcan a tamaños infinitesimales, siguen siendo simétricas y, lo más interesante, las interacciones entre ellas parecen asimismo describir simetrías.
Las partículas subatómicas entonces no sólo son inimaginablemente pequeñas, sino que guardan otra cualidad extraordinaria: en esta pequeñez, en este “no espacio”, conservan de algún modo la memoria de las moléculas y éstas de los átomos, y éstos de las estructuras que constituyen (planetas, piedras, plantas, animales, personas). Es decir que, de algún modo, en la estructura misma del mundo material podemos concebir la existencia de algo no físico, no espacial, que sin embargo conserva información. A este sustrato lo podríamos llamar información, y con una pequeña licencia, nos atreveríamos a denominarlo memoria, darse cuenta o consciencia.
Para decirlo en un lenguaje más simple, podríamos afirmar que todo lo que existe está sostenido en pautas universales, en patrones, en configuraciones que contienen la información fundamental para su crecimiento y despliegue en libertad, y por más que intentemos encontrar la estructura material última en la que esta información se asienta, hasta el momento, nunca ha sido hallada. Lo único que los científicos han encontrado son configuraciones de energía. Por lo tanto, afirmar que esta memoria está contenida en el ADN, y que éste es su sustrato material último, si bien no es falso, constituye una verdad parcial, puesto que, si logramos entrar en su estructura subatómica, el ADN no está hecho de ninguna “cosa material”.
Ya sea que hablemos de un cristal, de una rosa, de un tigre o de una persona, todo constituye un despliegue de pautas dinámicas de información universal que se expresan en cada individuo de una manera siempre nueva e irrepetible. En la primera edición de este libro planteé exactamente este mismo postulado. La obra del ya mencionado Vedral no existía en aquel momento. En esta quinta edición puedo apoyarme en su trabajo y afirmar que los seres humanos somos configuraciones transitorias de información, y que transmitimos éstas a las generaciones futuras a través de un código al que llamamos ADN.
El Dr. Rupert Sheldrake, controvertido biólogo de la Universidad de Cambridge, ha desarrollado la hipótesis de los campos morfogenéticos, los cuales, a diferencia de los campos tradicionales estudiados por la física clásica, constituirían espacios de información, no sólo de energía y menos aún de materia, que se desplegarían más allá del espacio y del tiempo entendidos en términos newtonianos, sin perder intensidad desde el momento de su creación. Es decir entonces que constituyen campos no físicos que influencian a todo sistema organizado y que (al igual que la materia y la energía oscuras de las que hablábamos anteriormente) no pueden ser detectados por nuestra tecnología actual.
Su teoría de la causación formativa estudia el modo en que las cosas toman sus formas o sus patrones de organización. Por lo tanto, “cubre la formación de galaxias, átomos, cristales, moléculas, plantas, animales, células, sociedades. Cubre todas las cosas que tienen formas, patrones, estructuras o propiedades autoorganizativas”.
Si intentáramos traducir esto en preguntas muy simples acerca de la realidad cotidiana, podríamos preguntarnos, por ejemplo: ¿por qué los tigres tienen forma de tigre y las rosas de rosa? En apariencia la respuesta es muy simple: “los tigres tienen forma de tigre porque son hijos de tigres”. Es decir que la respuesta (si aceptamos su tautología) estaría dada por la genética. Pero esto no explica cómo los tigres antiguos adoptaron la forma que adoptaron. Ni siquiera explica el procedimiento íntimo mediante el cual el ADN puede transportar y entregar la impresionante cantidad de información que constituye a un ser vivo.
Entonces recurrimos a la teoría de la evolución: “los tigres tienen forma de tigres porque en su proceso evolutivo de adaptación fueron desarrollando funciones y estructuras que les terminaron dando su aspecto actual”. Pero esta respuesta, por cierto muy plausible (sobre todo en la época de Darwin), no termina de explicar el cómo, la forma interna mediante la cual los organismos cambian de forma. Responder que simplemente los cambios son casuales y que se instalan en la medida que funcionan (ensayo y error, selección natural) no es una respuesta muy adecuada en todos los casos y no se asienta en datos incontrastables, sino que muchas veces constituye una inferencia. Los hechos observables nos permitirían afirmar que las especies han evolucionado y que, por lo tanto, la intuición básica de Darwin fue genial. Pero esto no nos explica el cómo, la estructura íntima de los procesos evolutivos y de la transmisión de información entre los miembros de una especie. La teoría de la evolución no brinda ninguna prueba definitiva que permita refutar la existencia de alguna forma de consciencia que brinde ciertas pautas a la evolución del Universo material33.
Por citar sólo un ejemplo, cuando los primeros organismos acuáticos comenzaron a emerger desde el mar hacia la tierra, ciertamente tuvieron que empezar a desarrollar órganos y extremidades que en un principio no eran ni acuáticos ni terrestres. El estadio intermedio entre una aleta y una pata no debe haber sido algo muy útil ni adaptativo en el momento en que comenzó a surgir. ¿Qué motivó entonces este cambio desde el inicio? ¿Cómo se organizó? ¿Cómo se transmitió al resto de los organismos de la misma especie? ¿Puede explicarse todo mediante casualidades y azar?
Sheldrake plantea que si una función es desarrollada por un número significativo de miembros de una especie, inmediatamente, sin mediar contactos físicos, puede ser adquirida por el resto de la misma. Entre las muchas observaciones que le permiten llegar a esta declaración, este osado biólogo se refiere al famoso caso de los monos de la isla de Koshima, relatado por Lyall Watson. Ocurrió que los monos salvajes de un grupo de islas del Japón comenzaron a ser alimentados en forma asistida por humanos. El método elegido fue el de arrojarles papas en las playas pero, dado que estas quedaban incrustadas de arena, los monos no las comían. Un buen día, una sola mona (burlándose de los prejuicios machistas acerca de la inteligencia femenina) descubrió que las papas podían ser lavadas en el mar, con lo cual no sólo se les retiraba la desagradable arena, sino que probablemente quedaban más sabrosas. No fue curioso que por simple imitación todos los monos que la rodeaban comenzaran a hacer lo mismo. Pero sí lo fue que, a partir de que un número considerable de individuos de la especie comenzó a practicar esta conducta, todos los demás monos de la isla comenzaron a realizar lo mismo, aun aquellos que se encontraban a distancia. Y mucho más curioso aún fue que los monos de otras islas circundantes, evidentemente sin ningún contacto físico con los primeros monos limpiapapas, comenzaron a desarrollar el mismo comportamiento. ¿Qué clase de conexión no espacial y no casual en sentido tradicional se produjo entre estos animales? ¿Fue sólo casualidad, tal como prefiere interpretar el materialismo todo lo que no puede explicar? Este caso no ha sido totalmente verificado, pese a ser uno de los ejemplos más famosos de esta hipotética conexión. Sin embargo, existen muchos otros ejemplos basados en la capacidad de determinados animales de transmitir aprendizajes a otros (delfines, ratas de laboratorio) sin que medie la imitación, lo que sugiere que estamos ante un hilo de investigación sumamente interesante.
Veamos este relato extraído de la revista National Geographic:
“La jefa de adiestradores Teri Turner Bolton contempla a dos jóvenes delfines machos llamados Héctor y Han, cuyos hocicos asoman del agua mientras esperan con atención la siguiente orden. Los delfines mulares del Instituto de Ciencias Marinas de Roatán (RIMS), un centro turístico y de investigación situado en la isla hondureña homónima, son veteranos de los espectáculos. Han sido entrenados para obedecer la orden de describir tirabuzones en el aire, deslizarse por la superficie del agua manteniendo el equilibrio sobre la cola y saludar con las aletas pectorales a los turistas que varias veces por semana llegan al complejo en cruceros.
Pero a los científicos del RIMS les interesa más estudiar su mente que admirar sus actuaciones. Cuando con la mano se les hace la señal de «innovar», Héctor y Han saben que deben sumergirse y expulsar una burbuja de aire, o salir del agua con un salto parabólico, o descender hasta el fondo, o efectuar cualquiera de los otros diez o doce ejercicios que completan su repertorio, pero sin repetir ninguno de los que ya hayan exhibido en esa sesión. Lo más increíble es que suelen entender que en cada sesión deben intentar algún ejercicio nuevo. Bolton aprieta las palmas de las manos sobre la cabeza –la señal de innovar– y acto seguido junta los puños –la señal de «tándem»–. Con esos dos gestos ha indicado a los delfines que hagan un ejercicio que ella aún no haya visto en esa sesión y que además lo efectúen simultáneamente.
Héctor y Han desaparecen bajo el agua. Con ellos está un psicólogo comparativo llamado Stan Kuczaj, equipado con traje de neopreno, tubo de buceo y una gran videocámara sumergible provista de hidrófonos. Kuczaj graba varios segundos de gorjeos audibles entre Héctor y Han y a continuación su cámara los inmortaliza girando despacio y al unísono, y agitando la aleta caudal tres veces simultáneamente.
Fuera del agua Bolton junta los pulgares y los dedos corazón, lo que indica a los delfines que perseveren en esa innovación cooperativa. Y así lo hacen. Los dos mamíferos de 180 kilos de peso cada uno se sumergen de nuevo, vuelven a intercambiar varios silbidos agudos y expulsan al mismo tiempo una burbuja de aire. Luego describen una pirueta a dúo. Y se yerguen sobre la cola. La sesión concluye tras ocho secuencias de sincronización prácticamente perfecta. Hay dos explicaciones posibles a este extraordinario comportamiento. O bien uno de los delfines imita al otro con tanta celeridad y exactitud que crea la ilusión de estar coordinados. O bien no se trata de una ilusión en absoluto: cuando intercambian silbidos bajo el agua, están literalmente debatiendo un plan”. El concepto de resonancia mórfica podría aportarnos una tercera explicación.
Pero, yendo más allá de la transmisión biogenética, ¿qué es lo que determina que todos los cristales de cuarzo respondan a ciertos patrones similares? ¿Por qué los copos de nieve tienen formas geométricas? ¿Por qué el silicio, que no es un buen conductor de la electricidad, al estar expuesto a los rayos solares la conduce mejor? Los físicos nos dirán que al estar expuestos al sol los átomos del silicio “se comportan” distinto (por eso es un semiconductor), y podrán describir de qué manera sus electrones operan para conducir mejor la electricidad. Pero no pueden explicarnos de dónde surge la información que los hace comportarse así en forma regular y sistemática, al igual que los átomos de todos los elementos conocidos. Si existe la tabla periódica de los elementos es porque los átomos de cada uno de ellos conserva alguna forma de memoria34 que los hace comportarse de tal manera que siempre constituyen ese elemento y no otro35. La física puede describir y atestiguar que estas cosas ocurren, pero hasta el presente no ha podido explicar en profundidad cómo ni por qué lo hacen.
Veíamos que la teoría de la causación formativa cubre la formación de galaxias, átomos, cristales, moléculas, plantas, animales, células, sociedades. Como afirma Sheldrake: “Cubre todas las cosas que tienen formas, patrones o estructuras o propiedades autoorganizativas.
Todas estas cosas se organizan por sí mismas. Un átomo no tiene que ser creado por algún agente externo, se organiza solo. Una molécula y un cristal no son organizados por los seres humanos pieza por pieza sino que cristalizan por su propia cuenta. Los animales crecen espontáneamente. Todas estas cosas son diferentes de las máquinas, que son artificialmente ensambladas por seres humanos.
Esta teoría trata sistemas naturales autoorganizados y el origen de las formas. Y asume que la causa de las formas es la influencia de campos organizativos, campos formativos, que llamo campos mórficos. El rasgo principal es que la forma de las sociedades, ideas, cristales y moléculas depende de la manera en que tipos similares han sido organizados en el pasado. Hay una especie de memoria integrada en los campos mórficos de cada cosa autoorganizada. Concibo las regularidades de la naturaleza como hábitos más que como cosas gobernadas por leyes matemáticas eternas que existen de alguna forma fuera de la naturaleza”. Vladko Vedral se acerca a esta idea al afirmar que postulando un “universo informático” ya no es preciso recurrir a un agente externo para explicar su creación. Y, en este sentido, ambos se acercan a las tradiciones espirituales no duales, que no conciben un dios ajeno al Universo y por encima de él, sino un Fundamento intrínseco que se despliega a través de las formas, de manera creativa e indeterminada. Algo muy cercano a lo que describo como el Flujo Primordial. Y es precisamente esta noción de un Principio que se manifiesta en todas las formas existentes, lo que torna al estudio del Universo como algo fundamental para el desarrollo de un modelo de psicoterapia, coaching y desarrollo personal. Desde esta mirada, el nivel más profundo de sanación y crecimiento consiste en liberarnos de toda forma artificial de comportamiento e identidad, para descubrir y realizar nuestra naturaleza más profunda, en la cual somos precisamente sabiduría universal bajo forma humana.. Existen enormes implicancias, en términos psicológicos e incluso psicopatológicos, al concebir a un supuesto dios que está por encima del universo (considerándolo como un cosmos con minúsculas, puramente material y por lo tanto inferior, como al cuerpo mismo), que lo rige mediante leyes inmutables, deterministas y que nos observa desde arriba para juzgarnos, y eventualmente castigarnos. Esta concepción puede, en muchos casos, llevar a un modo paranoide de experimentar la vida y constituirse en el origen del fundamentalismo, pues la paranoia lleva casi siempre a la violencia. Muy diferente es la experiencia de sentirnos como una manifestación más, entre millares, de este Principio Fundamental que todo lo impregna, y en virtud del cual todos somos uno, lo que cultiva la confianza y la compasión, rasgos fundamentales de toda personalidad y sociedad sanas.
La teoría de los campos mórficos es simplemente una teoría, tampoco constituye una ley, y por cierto puede ser criticada en muchos puntos, sobre todo si es analizada desde la perspectiva mecanicista. Sin embargo, está sustentada en una gran cantidad de observaciones y merece, por lo menos, ser considerada a la hora de empezar a describir una nueva imagen del Universo y, por ende, del ser humano.
En las últimas décadas, otra nueva y apasionante mirada ha emergido en el campo de la física. Se trata de las teorías de las cuerdas, las supercuerdas y la teoría M. En un intento ultrasimplificado de presentar estas teorías36, podríamos decir que, desde los primeros físicos griegos hasta hace pocas décadas, los científicos habían descrito la realidad como compuesta básicamente de átomos (y luego como partículas subatómicas), a los que concebían como pequeñas esferas o puntos. La teoría de las cuerdas sostiene que en lo más íntimo de estas partículas no nos encontraremos con pequeñísimas esferas sino con una suerte de “hilos vibrantes de energía” a los que se ha denominado precisamente cuerdas (de ahí su nombre) y luego membranas (teoría M)37.
La forma en que las cuerdas vibran brinda a las diferentes clases de partículas sus características y propiedades específicas, como la masa y la carga. Nuevamente, debemos aclarar aquí que se trata de una teoría, la que como tal tiene adeptos y detractores. Y nuevamente debemos remarcar que entre los primeros se encuentran muchos de los físicos más notables de nuestro tiempo. Pero es muy importante tener en cuenta que, si bien la teoría de las cuerdas no ha podido ser verificada en el laboratorio, sí cuenta con una importante fuente de verificación, que es la matemática. En efecto, en muchos aspectos, esta teoría es matemáticamente coherente. Según los autores que la apoyan no puede ser verificada experimentalmente debido a que trabaja con dimensiones de la realidad tan pequeñas que no contamos aún con ninguna forma de tecnología que nos permita acceder a ella en forma material. Una famosa metáfora que intenta darnos una medida comparativa de las dimensiones de las que estamos hablando nos dice que, si se agrandase un átomo hasta el tamaño del sistema solar, las cuerdas que lo componen tendrían el tamaño de un árbol.
Si a partir de lo promisoria que esta teoría, o cualquiera que la suceda, se presenta nos permitiéramos ir un poquito más allá, surge una pregunta sumamente interesante: si la estructura del átomo estuviera realmente constituida por estos hilos vibratorios, ¿qué es lo que determina las diferentes formas en que estos hilos vibran para producir los átomos de cada uno de los elementos de la tabla periódica, o simplemente, de una piedra, una manzana, un conejo o un niño? Podríamos decir, por ejemplo, que cada especie y cada individuo dentro de ella consistiría en un patrón vibratorio peculiar, es decir que cada uno tendría su “nota” o conjunto de notas (su acorde). Podríamos aventurar que, desde esta mirada, nuestra personalidad, lo que para la mayoría de las personas constituye algo sólido y casi inamovible (“yo soy así y no puedo cambiar…”), es simplemente una partitura, es decir, una forma de ordenar notas, y que quien aprende a componer música con la vida puede comenzar a cambiarla poniendo estas notas en otro orden, con nuevas armonías y arreglos.
Trascender los modelos mentales que sólo se asientan en la noción de cosas y comenzar a pensar en términos de sistemas orgánicos centrados en la interacción constituyó un enorme paso en la evolución humana. Pero comenzar a concebir la realidad en términos de campos, desde los cuales emergen partículas que no están hechas de materia sino de interacciones energético-informáticas, puede constituir el comienzo de una revolución en todo lo que implique tecnologías para la transformación personal. La noción de cosas sólidas hechas de una vez y para siempre inhibe las posibilidades de cambio. La idea de campos cuánticos y cuerdas vibratorias que generan realidades aparentemente sólidas abre un universo de opciones inéditas en la historia de la evolución humana.
Cuando llevemos estas observaciones al campo de la psicología, el crecimiento personal y la espiritualidad, comprobaremos que pueden tener consecuencias de largo alcance. Al profundizar el estudio de nuestro método de trabajo corporal-energético, el Movimiento Primordial, y su principal disciplina de aplicación, la Danza Primal, veremos que su práctica se asienta en el despliegue de posturas, movimientos, patrones respiratorios, imágenes y sonidos primales, que nos permiten evocar en nuestra corporalidad profunda la información ancestral del universo. Este recurso técnico se asienta en una concepción similar a la de esta teoría física.
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