Czytaj książkę: «Lola, memorias de una perra»
LOLA
memorias
de una
perra

Título original: Lola, memorias de una perra
© Daniel Carazo Sebastián
© Edición electrónica: Petit Camagroc S.L.U., 2020
© Diseño de la cubierta: Underthecoconut (info@underthecoconut.com)
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ISBN: 978-84-12122-2-0
www.loslibrosdelola.es
A todas las mascotas,
por ser un ejemplo constante
de amor incondicional.
Y por supuesto a Lola,
gracias a quien aprendí
a mirar la vida con otros ojos.
Prólogo
Este libro pretende ser la historia de mi perra, Lola, la primera que tuve y que, como toda primera experiencia, me marcó para siempre.
Lola llegó a nuestra vida y nos lo dio todo: amor, cariño y fidelidad sin límites. Lola nos enseñó unos valores que nosotros, las personas —o humanos, como ella nos llama—, nos vemos incapacitados para ofrecer, con esa constancia, durante toda nuestra vida.
Lola se merecía un homenaje, y eso he pretendido hacer otorgándole el protagonismo de estos recuerdos. Pero no solo ella se lo ha ganado. A lo largo de mi ya dilatada experiencia profesional como veterinario, he podido comprobar que, el cien por cien de las mascotas aportan un beneficio tal a sus propietarios que jamás, y por mucho que lo intentemos, se podrán ver del todo correspondidas. Nosotros, los humanos, somos variables, tenemos poca capacidad para impedir que nuestro estado anímico influya en la relación con los que nos rodean; inevitablemente, nuestras alegrías, penas, enfados, éxitos o fracasos alteran nuestra convivencia diaria, y son nuestros seres queridos y cercanos los que más sufren esos cambios. Curiosamente, podemos disimular y mostrarnos estables con personas ajenas a nuestra rutina diaria y, sin embargo, pagamos esos vaivenes emocionales con quien compartimos nuestra vida, para bien o para mal.
Las mascotas también tienen estados anímicos. Sus mismas alegrías, penas, enfados, éxitos o fracasos son estados similares a los nuestros… Aunque nunca permitirán que esos sentimientos, positivos o negativos, eclipsen el amor incondicional que nos profesan. Para nuestras mascotas prima por encima de todo el cultivar la relación con nosotros: sus propietarios, a quienes ellas consideran su familia.
Precisamente porque he podido comprobar que la virtud que yo atribuyo a Lola —que me ha animado a rendirle este homenaje— es común para todas las mascotas es por lo que finalmente decidí novelar estos recuerdos y abrirlos así a cualquier otro animal de compañía, no solo a mi querida compañera.
En estos recuerdos novelados dejo de ser veterinario y paso a ser uno más de la familia de Lola; en concreto, su padre humano. Con este giro quiero darle todo el protagonismo a ella y que sean sus experiencias las que dirijan el libro, incluso en sus visitas a mi lugar de trabajo diario: la clínica veterinaria.
Espero haber conseguido transmitir cómo ve la vida un perro. He elegido esta especie por Lola, pero podría haber elegido cualquier otra. Todo el que convive, o ha convivido, con una mascota entenderá a lo que me refiero.
Me parece importante que nos paremos a reflexionar y que, entendiendo mejor la vida a través de la de Lola, analicemos nuestra propia existencia, valoremos lo realmente importante, aprendamos de ella —y del resto de mascotas— para que podamos mejorar como personas.
Disfrutad de la lectura.
Daniel Carazo Sebastián
Capítulo 1
Lola
Parece mentira que aún tenga recuerdos de mi nacimiento. Por lo que tengo entendido, vosotros, los humanos, no podéis tenerlos; nosotros, los perros, sí. No sé por qué, pero es así; quizá porque nuestra vida es más corta y la aprovechamos mejor, quizá porque nacemos más desarrollados y conscientes, quizá porque no malgastamos tanto la mente como vosotros… por lo que sea.
El caso es que yo recuerdo que nací, para mí, un día cualquiera; para vosotros los humanos, un 25 de enero de 1997. Lo hice en el seno de una familia humilde. Mi madre vivía en Coslada, una población cercana a Madrid; en concreto, en el patio de una casa baja, cerca de la denominada Cañada Real. Para ella, aquel era su mundo.
Mi madre fue una perra excepcional, o al menos eso decía Ramón, su humano. Por lo visto, cuando era joven la sacaba del patio para que corriera con otros animales —creo que realmente los perseguía— y debía de ser una de las mejores. También creo que, antes de que naciéramos mis hermanos y yo, fue profesora. Reconozco nunca lo he sabido a ciencia cierta, lo deduzco porque a menudo oía a Ramón comentarlo con otros humanos.
—Esta perra ha sido de puta madre. ¡Cómo corría tras los conejos! La envidia de todos. Anda que no me la han pedido veces para que enseñe a otros… Si lo hubiera cobrado, hoy sería rico, ¡ja, ja, ja!
Cuando nacimos nosotros debía de estar retirada, porque casi nunca la vimos salir del patio, y Ramón exclamaba continuamente:
—Ya estás vieja, perra, no vales para nada, solo para comer… ¡Con lo que has sido! A ver si al menos saco unos cuartos de estos cachorros antes de que te vayas.
Por aquel entonces yo no entendía aquellos comentarios, pero con el tiempo —y la experiencia adquirida— sí que los he ido comprendiendo, y eso me ha hecho admirar todavía más a mi madre. En la poca vida que compartí con ella, jamás la escuché quejarse, sino todo lo contrario: a pesar de que Ramón no le expresaba prácticamente cariño, yo creo que ella le quería y sentía admiración por él. Se intuye que debieron pasar unos años muy buenos juntos y que aquello la dejó marcada. Cuando Ramón aparecía por el patio, ella se alegraba: le movía efusivamente el rabo, intentaba por todos los medios agradarle y siempre se mostraba contenta. Daba igual que hubiera venido para —por fin— llenarle el plato de comida, o para cambiarle la raída manta de la caseta por otra igualmente vieja, aunque seca. En las pocas ocasiones en que Ramón la sacó del patio, ella volvía más feliz todavía, y se pasaba las horas posteriores rememorando aquellos días de carreras en el campo y excusando a Ramón porque, seguramente, ya no tenía tiempo de salir tanto como antes.
El caso es que los escasos dos meses que pasé en el patio, con ella y mis hermanos, para mí fueron estupendos.
De mi llegada a la vida recuerdo vagamente un suelo frío e incómodo, el charco sucio donde caí, el calor agradable de la lengua de mi madre aliviando la fría espera mientras salían mis hermanos, y las paredes sucias y desconchadas que limitaban nuestro primer espacio vital. Más tarde me percaté de que eran parte de la caseta de madera descascarillada donde nos guarecíamos los días fríos o lluviosos.
También recuerdo una sensación que experimenté a los pocos minutos de mi nacimiento. ¡Impresionante! Es una pena que vosotros no podáis recordar esos primeros momentos. Yo estaba tumbada en aquel charco producido por las secreciones de mi madre previas a mi salida, me estaba quedando helada y dormida, apagándome. Fue entonces cuando tomé consciencia de que era yo misma la que tenía que reaccionar para poder vivir; era como si me hubieran quitado la cubierta protectora que me envolvía, y había pasado de estar calentita, acolchada y protegida dentro de mi madre a encontrarme expuesta al mundo exterior, tumbada en aquel suelo frío y rugoso. En aquel momento, lo que me hizo no dejarme llevar —y detectar esa necesidad de reacción— fue algo áspero y húmedo que empezó a frotarme. Después, supe que era la lengua de mi madre, que me lavaba y estimulaba para despertarme, porque en aquellos instantes yo ni veía ni oía nada. Sus lamidos evitaron que me durmiera, lo que me habría conducido a una muerte segura. Tanto insistía mi madre en estimularme que chillé para que me dejara en paz, y cuanto más chillaba yo, más insistía ella: me volteaba, me lamía por todos los rincones de mi cuerpo y ponía todo su empeño en empujarme para acurrucarme a su lado. Insistió hasta que cedí y me tumbé pegada su abdomen. Solo entonces me dejó tranquila y pudo concentrarse en la salida de mis hermanos, que esperaban su turno. Reconozco que en aquel momento me asusté un poco, ya que empecé a sentir cómo mi madre gemía y ponía tenso ese abdomen que me daba calor, cada vez más a menudo y con más fuerza. Me daba miedo que me aplastara o que me impidiera respirar el aire que llevaba tan poco tiempo dándome la vida, pero no pasó nada, siempre tuvo cuidado de mí. Y, gracias a aquellas crisis de gemidos y tensiones, fueron llegando mis hermanos, a los que iba reanimando y colocando a mi lado con el mismo mimo que había tenido conmigo.
En definitiva, soy la mayor de cuatro hermanos: dos perras y dos perros. Mi madre, exhausta cuando nos había parido a todos, no se paró a descansar, y siguió ocupándose de nosotros enseñándonos a mamar. Otro gran recuerdo. Estábamos los cuatro aletargados debajo de ella, volvíamos a estar a gusto, calentitos y relajados, y una vez más se dedicó a incomodarnos para que reaccionáramos. Se tumbó de lado y hábilmente nos acorraló para colocarnos esta vez delante de su tripa. No sé lo que me llevó a hacerlo, quizá fue el olor o la búsqueda de su calor corporal. No lo sé a ciencia cierta. El caso es que, inconscientemente, me fui acercando a su piel hasta que descubrí un pezón. Empecé a explorarlo, a olisquearlo y finalmente —por puro instinto— me lo metí en la boca. Inmediatamente, se desencadenaron en mi cuerpo toda una serie de actos reflejos que me llevaron a rodearlo por completo con la lengua y succionar sin saber qué iba a obtener. ¡Qué rico! Un líquido espeso y templado me llenó la boca y, cuando lo tragué, pude notar que me aportaba una espléndida energía. Posteriormente, muchas veces mamé de mi madre —casi hasta que me fui de su lado—, pero ninguna de ellas fue comparable con aquella primera vez, nunca volví a saborear una leche tan espesa y sabrosa como la que se convirtió en mi primera comida. Satisfecha y llena, volvía a quedarme dormida, esta vez con el pezón dentro de la boca, cuando recibí un empujón que me separó de él: uno de mis hermanos me había desplazado para colocarse y comer del mismo. Aquel fue el momento en que, sin ver ni oír nada, se iniciaba mi verdadera relación con ellos. Empecé a percibir sus movimientos, sus golpes, su calor… y supe que, aunque éramos familia, si quería comer, tenía que luchar por ello, por supuesto. Si quería el mejor pezón, el que más leche daba, tenía que ser más rápida que ellos.
Así —entre sueños, golpes y comidas— pasamos nuestra primera noche; porque, como por lo visto hacen la mayoría de los perros, nacimos de noche. Me han contado después que es por un instinto de supervivencia, que es un comportamiento aprendido de cuando vivíamos en libertad y estábamos expuestos a depredadores. No lo tengo muy claro y, además, jamás he tenido un problema de depredadores, por lo que es mejor que deje pasar el tema.
Ya entrado el nuevo día, estaba dormida entre mi hermana menor y mi madre cuando palpé la existencia de Ramón por primera vez en mi vida. Lógicamente, no pude escucharlo, pero puedo imaginar —por lo que le conocí después— cómo fue aquel momento. Mi madre también debía de estar dormida, intentando recuperarse de la larga madrugada. Seguramente, se levantó bruscamente el plástico que hacía de puerta en la caseta que nos vio nacer —dejando entrar el frío de la helada nocturna— y se asomó por el hueco la cara de Ramón.
—¡Joder, si has parido!, ya pensaba que te había pasado algo.
Estoy segura de que mi madre estaba tan cansada del parto que debió de ser de las pocas veces que no permanecía ya sentada en la puerta del patio esperando a su humano, antes de que él saliera de la casa; y eso es lo que debió de preocupar a Ramón.
—Has tenido cuatro —diría él—. Yo pensaba que traerías solo uno o dos. A ver qué hago yo ahora con todos estos, porque aquí la parienta no los quiere.
Entonces —y ahora vuelvo a recordar por mí misma— experimenté otra sensación nueva e inolvidable que, a diferencia de las acontecidas con mi madre, esta sí ha mejorado mucho con el tiempo: tuve mi primer contacto directo con un humano. Sentí que algo me cogía, algo caliente y blando. Mi primer instinto ante aquella amenaza fue escabullirme, no dejarme atrapar, pero lo que me asía tenía la fuerza y la destreza de no dejarme casi capacidad de movimiento voluntario. Y me vi prisionera; noté cómo me separaban del calor de mi madre y mis hermanos, me tumbaban boca arriba y me separaban las piernas; e imagino que Ramón dijo:
—Una hembrita…
La experiencia duró poco. Ramón volvió a colocarme al lado de mi madre, y supongo que manoseó a mis hermanos:
—Un macho… otro macho… ¡Joder, este qué grande!… Y otra hembra.
Ya está. Se acabó. Lo más probable es que echara el plástico tapando la entrada a la caseta de nuevo y nos volviera a dejar en la intimidad familiar. Mi madre, en aquel momento, debió de sentirse muy sola. Era tanto lo que cuidaba ella a Ramón que habría agradecido que él la ayudara a limpiar la caseta y, sobre todo, que le hubiera puesto unas mantas secas que nos permitieran mantener el calor corporal. Ella jamás se lo echó en cara, siempre defendió a su humano y justificó sus actos alegando que se hacía mayor.
Es imposible olvidar aquel primer contacto con la piel humana. La mano de Ramón estaba seca y agrietada, ni siquiera olía bien; aun así, me gustó sentirla y se me impregnó tanto aquel contacto que —aunque por suerte he recibido caricias mucho más agradables en mi vida— siempre recordaré la mano de Ramón.
Capítulo 2
Sensaciones
Mis primeros días de vida siguen siendo algo confusos. En mis recuerdos se entremezclan las horas destinadas a dormir y las dedicadas a luchar con mis hermanos para hacerme con el mejor sitio para comer. En general, fueron jornadas dominadas por un estado de letargo parcial en el que no teníamos que preocuparnos de nada; mi madre se encargaba de que quien perdiera la batalla de la comida una vez tuviera mejor suerte en la siguiente toma o incluso, si nos daba pereza despertarnos, ella misma nos zarandeaba para que no nos saltáramos ninguna comida. Nosotros solo nos dejábamos hacer.
Todo mi mundo durante aquellos primeros días transcurrió dentro de la caseta donde nací. No salí de allí en ningún momento; ni yo, ni mis hermanos. Solo mi madre —y en intervalos muy cortos— se ausentaba de vez en cuando. Lo recuerdo porque luego volvía helada, y parecía que, en vez de darnos ella el calor que necesitábamos, se acurrucaba a nuestro lado para recuperarlo. Yo, por aquel entonces, seguía sin ver ni oír nada, solo sentía sus breves ausencias. Recuerdo que ya me dolían, y entonces lloraba débilmente —es verdad— porque no tenía fuerzas para chillar mucho, pero reclamaba su presencia en cuanto se iba, y mis hermanos aprendieron pronto a hacer lo mismo. No le dábamos ni un minuto de tregua. Al final, ella siempre volvía —paciente, sin mostrar el más mínimo enfado por nuestras exigencias— y nos colocaba en el mejor sitio de la caseta, nos lavaba y se tumbaba nuevamente con nosotros.
Ramón no apareció en varios días, al menos no nos cogió. Posteriormente, me enteré de que las ausencias de mi madre tenían algo que ver con él: la llamaba, y ella salía obediente. No sé lo que harían fuera, seguro que no tenía nada que ver con nosotros porque él, desde luego, jamás mostró interés alguno por nuestra existencia.
De aquellos días sí recuerdo con mucho detalle los olores: una mezcla de leche materna mezclada con orina y heces que, aunque nuestra madre se esforzaba constantemente en limpiar, por la falta de recambio en las mantas donde estábamos acostados era imposible de eliminar. Las pocas veces en que ella salía, y levantaba para ello el plástico que hacía de puerta en la caseta, entraba una bocanada de aire fresco que permitía la ventilación de nuestro pequeño hogar; el frío que venía del exterior no recomendaba que la apertura durara mucho, y rápidamente dejaba que se cerrara de nuevo la entrada a nuestra morada.
Todo empezó a cambiar cuando, pasado un tiempo, empecé a vivir una sensación extraña. Al principio me asustó, ya que no sabía qué era: algo se metía dentro de mi cabeza sin que yo pudiera dominarlo, más tarde comprendí que lo que me pasaba es que estaba oyendo. Debía de tener casi los quince días de vida cuando mis oídos se abrieron y dieron paso a este nuevo sentido. Escuché a mis hermanos, sus gemidos y movimientos, la respiración y los ronquidos de mi madre —roncaba, ¡vaya si roncaba!—, pero aquellos sonidos iban llegando progresivamente y, poco a poco, me fui familiarizando con ellos. Todo lo contrario de la primera vez que escuché la voz de Ramón:
—¡Vamos, perra! Sal de ahí un rato, coño, que te vas a poner gorda.
La fuerza de su voz me asustó, era fuerte y ronca, brusca, algo desagradable. Rápidamente relacioné que, cuando escuchábamos la voz de Ramón, mi madre se ponía atenta, movía el rabo y salía veloz de la caseta, por eso deduje que sus salidas los días previos estaban relacionadas con él. Siempre fue fiel a su humano.
Para mayor sorpresa mía y cuando ya me estaba acostumbrando a escuchar, algo muy brillante volvió a sorprenderme. Esa nueva sensación no entraba por los oídos, ni fue progresiva; fue diferente, no dolía y, cuando me iba adaptando a ella, me empecé a estimular para disfrutarla y querer saber más de su origen. El motivo de este nuevo cambio no fue otro que el inicio de un nuevo sentido en mi cuerpo: la vista. Por primera vez, mis ojos, cerrados por completo hasta ese momento, se habían abierto.
Recuerdo que, una vez superado el destello inicial que me había deslumbrado al despegar por primera vez mis párpados, lo primero que vi con algo de claridad fueron los ojos de mi madre, fijos en mí, como si ella supiera lo que iba a pasar. Yo no tenía la capacidad de enfocar, ni por supuesto la agudeza visual que he adquirido posteriormente con la edad, pero recuerdo su mirada como si la estuviera viendo ahora mismo. Mi madre tenía los ojos marrones, circundados por unas manchas oscuras —consecuencia de la falta de condiciones higiénicas— que no les impedían transmitir ternura y amor. Aquellos ojos expresaban perfectamente lo que sentía mi madre hacia mí, y aquella primera impresión me marcó también de por vida. A partir de aquel momento, y durante el poco tiempo posterior que estuvimos juntas, bastaba una mirada entre las dos para que nos lo expresáramos todo, desde el cariño hasta la autoridad.
A partir del oído y la vista —dos grandes cambios— quise explorar y conocerlo todo. Por ejemplo, pude ser consciente de que dentro de la caseta teníamos zonas oscuras, y por lo general más calentitas, y zonas más luminosas, también más frías; lo que me permitió mejorar algo mi bienestar. También descubrí a mis hermanos, a aquellos cuerpos peludos con los que me podía relacionar de manera más consciente.
Estos dos sentidos me permitieron ser más independiente, y el hecho de querer verlo todo fue el trampolín que necesitaba para dar un salto progresivo en cuanto a mi actividad motora. Hasta aquel momento me limitaba a arrastrarme por el suelo de la caseta, pero era tanto el esfuerzo que me requería hacerlo —y lo tenía todo tan a mano— que no me esforzaba casi nada. Con el nuevo afán exploratorio quería llegar a todos los rincones, y eso me obligó a usar las patas, a intentar plantarlas para levantar mi pesado cuerpecito y poder desplazarme con más efectividad. Evolucioné de forma progresiva y, para desgracia de mi madre, rápida, además de hacerlo casi al mismo tiempo que mis hermanos. Digo «para desgracia» porque pasamos de ser un grupo fácilmente controlable a ser una banda desorganizada en constante movimiento y revolución. Ya os podéis imaginar el descontrol cuando decidimos que nuestra caseta se nos había quedado pequeña y nos planteamos conocer el mundo exterior.
El primero que salió fue mi hermano menor, siempre fue el más avanzado, pese a tener unas horas menos que nosotros. Una mañana lo busqué para arrimarme a él, y no lo encontré. No estaba en ninguna de las esquinas de nuestro pequeño mundo. Mi madre parecía no darse cuenta de su ausencia, pues se limitaba a descansar —agotada como estaba— tras habernos alimentado, limpiado y recogido. No sabía qué hacer. Empecé a gimotear y a incomodar a mi madre intentando que ella lo buscara, pero lo que me gané fue una reprimenda por su parte y una orden de callar y dejarla en paz. Me quedé tumbada, pensando, y entonces observé de que el plástico que nos separaba del exterior no estaba colocado como siempre: una pequeña esquina se había quedado levantada y dejaba pasar una corriente de aire fresco. Armándome de valor me acerqué, olisqueé y, cuando ya estaba decidida a asomarme, la voz de Ramón me hizo retroceder:
—¿Esto qué es? Hay que joderse, que te vas a cagar por todos los lados. ¡Anda para dentro!
Su gran manaza lanzó dentro de la caseta a mi hermano, que cayó dando varias vueltas de campana sobre sí mismo hasta toparse con la pared del fondo. Me acerqué rápidamente hasta él. Estaba frío a la vez que excitado y nervioso; de hecho, su primer impulso tras recuperarse del revolcón fue volver a la entrada de la caseta. Preocupada por él, intenté evitar que lo hiciera, quería impedir que se llevara otro golpe como el que acababa de sufrir, pero finalmente no hizo falta porque fue mi madre quien, molesta con él por haber interrumpido su descanso, le cogió del pescuezo y le obligó a que se tumbara a su lado sin rechistar. Aquella no fue más que la primera vez que mi hermano accedió al exterior de la caseta… y el desencadenante para que todos nosotros quisiéramos imitarlo.
La primera vez que salí yo fue una tarde en la que no entraba demasiado frío del exterior. Ya hacía unos días que me asomaba y estudiaba el mundo de fuera de mi entorno. Recuerdo perfectamente aquella luz: una claridad que contrastaba con la penumbra de la caseta y que, hasta que me acostumbré, me hacía daño en los ojos. Tenía tal sensación de inmensidad que no acertaba a ver los límites del patio donde nos habíamos criado. Por fin, un día, sin un motivo especial más que asistir a las cada vez más frecuentes salidas de mi hermano, me atreví y salté fuera de la caseta. Cuando toqué el suelo, lo percibí frío, húmedo y resbaladizo. Inmediatamente se acercó mi hermano, feliz de que alguien se uniera por fin a sus expediciones, y me animó a que le siguiera por todos los lados, orgulloso de ser mi guía en la exploración del nuevo mundo. Me enseñó la esquina donde se almacenaba la basura de varios días, la zona de la vieja barbacoa donde mi madre ocasionalmente disfrutaba con Ramón de agradables tardes compartiendo filetes, el almacén de maderas viejas —prácticamente podridas— mezcladas con hierros y una multitud más de utensilios que yo no conocía. Lo que más me gustó de todo lo que vi fue el único trozo de terreno que parecía estar cuidado y limpio: el huerto de Ramón, donde luego supe que mi humano pasaba las horas muertas por allí. Estaba vallado —seguramente, para evitar nuestro paso—, aunque mi hermano ya había descubierto un agujero en la alambrada que le permitía acceder al interior sin problemas. Entré con él y jugamos, corrimos y mordisqueamos las plantas. Hicimos todo lo que puede hacer un cachorro de apenas mes y medio de edad, entre lo que se incluía —cómo no— dejar nuestras deposiciones sin ningún orden ni cuidado.
Con el paso de los días y el aumento en la frecuencia de nuestras salidas de la caseta —a las que también se unieron nuestros otros hermanos—, aquel huerto fue nuestro lugar predilecto de estancia y juegos. Nosotros estábamos encantados, pero Ramón empezó desesperarse al darse cuenta de que, en cuanto él se despistaba, allí que nos plantábamos. Era en su huerto donde más nos divertíamos, y donde a él más le enfadaba encontrarnos.
—¡Me cago en todo, con los perros estos!… ¿No tendréis otro sitio dónde ir a estorbar?
Y nos cogía de muy malas formas para meternos en la caseta e increpar a nuestra madre.
—¡Hazte cargo de ellos, perra, que los quito de en medio rápido, eh!
Y nuestra madre, preocupada, se esforzaba —sin ningún éxito— para que no volviéramos al famoso huerto.
Capítulo 3
Separación
Lógicamente, a medida que íbamos creciendo, nuestra madre fue perdiendo la batalla por nuestro control y, al mismo tiempo, Ramón se cansó de pisar nuestras cacas esparcidas por todo el patio y de tener que estar cada vez más a menudo pendiente de nosotros. Fue entonces cuando, desesperado, decidió empezar a disgregar a nuestra pequeña familia.
El primero en desaparecer de nuestro lado fue mi hermano menor —será porque seguía siendo el más espabilado—. Recuerdo la tarde en que, a pesar de que no estábamos alborotando —pues estábamos tranquilamente sesteando encima de una vieja colchoneta—, Ramón apareció en el patio extrañamente feliz. A nosotros seguía sin mostrarnos excesivo afecto; aun así, nos alegramos una vez más de verle, nos espabilamos y empezamos a rodearle los pies moviendo a la vez el culo y nuestro pequeño rabo. Intentábamos llamar su atención al mismo tiempo que teníamos cuidado para que no nos diera una patada. Al contrario que otras veces —normalmente nos evitaba—, en esa ocasión Ramón fue directo hacia nosotros. Me cogió primero a mí; lo cual me hizo sentirme orgullosa, era un honor que me dedicara ese privilegio por delante de mis hermanos.
—Tú eres perra. Serás la siguiente, que hoy no te toca.
Y me tiró a la colchoneta. Me hice algo de daño al caer pero, como mis hermanos seguían llamando la atención de Ramón, volví corriendo hacía él. Entonces prendió a mi hermano menor, sonrió al verle la tripa y, sin soltarlo, se dio la vuelta para salir del patio dispuesto a entrar de nuevo en su casa. Mi madre se colocó hábilmente delante de él, estorbándole el paso. Ramón la miró un momento, se volvió a fijar en mi hermano —que intentaba zafarse de su manaza— y dijo:
—Quita de en medio, ¿qué pensabas, que ibas a vivir siempre con ellos? Voy a ver si gano al menos lo que comes, cosa que veo difícil.
Mi madre, veterana en aquellas lides, esquivó con audacia la patada que lanzó Ramón, y no tuvo más remedio que dejarle ir. Recuerdo que nosotros nos quedamos al pie de la puerta por donde había desaparecido Ramón, intentando llamar su atención con nuestros débiles ladridos. Él ya no volvió con nosotros. Lo que más nos extrañó fue que mi madre no nos reprendiera por el escándalo; muy al contrario: se metió sin decir nada en la caseta y no salió en toda la tarde. Cuando me cansé de corretear por allí, esperando a que volviera mi hermano y deseando que me contara la aventura que había vivido, entré en la caseta para arrimarme un rato al calor materno. Mi madre no me esquivó, tampoco me hizo mucho caso. Me tumbé a su lado y —lo creáis o no— la sentí llorar. Era un lloro silencioso, interno, que intentó disimular para no preocuparme, pero a mí no me engañó: estaba triste, muy triste. Y, sin saber muy bien por qué, empecé yo también a llorar. Gimoteé todo lo alto que pude. Eso llamó la atención del resto de mis hermanos y les hizo venir veloces a ver qué pasaba e, inconscientemente, se fueron contagiando del sentimiento de tristeza. En poco rato estábamos los tres agotados y acurrucados al lado de mi madre, ya medio dormidos, mientras ella continuaba con su particular duelo.
Mi hermano nunca volvió y, aunque yo notaba que mi madre no abandonó del todo su tristeza, al cabo de los días volvió a actuar con Ramón como si nada hubiera pasado. Volvía a seguirlo fielmente cada vez que la llamaba y le mostraba la fidelidad acostumbrada. También continuaba con su empeño en controlarnos para evitar que nos metiéramos en problemas, siempre con el objetivo de que Ramón se fijara lo menos posible en nosotros. Mis hermanos y yo no entendíamos lo que había pasado y, a pesar de echar de menos a nuestro hermano menor —que había sido nuestro principal inductor a la juerga y a la exploración de nuevas experiencias—, volvimos rápidamente a escabullirnos de aquel control y a trastear por todo el patio… y enfadando con ello todavía más a Ramón.
Hasta que me tocó irme a mí.
Fue otra tarde, en la que relucía un sol espléndido que, sin embargo, no llegaba a calentar. Aquella vez estábamos escarbando cerca de unas plantas a las que Ramón solía llamar «mis lechugas» cuando, al no darme cuenta de su llegada, fui consciente de su presencia demasiado tarde. Nada más sentirlo detrás nuestro intentamos salir todos corriendo —sin olvidar el modo en que había desaparecido nuestro hermano—, pero fue inútil, al menos para mí. Me cogió con su manaza y me levantó del suelo sin darme opción a protestar.
—Ya te dije que tú serías la siguiente. Esta vez quieren una perrita.
Se dio la vuelta y, esquivando a mi madre —que, por supuesto, intentó cerrarle el paso—, me sacó del patio.
Aquella fue la última vez que vi a mi madre. De esa manera tan simple tuve que separarme de ella, de quien había sido mi referencia en la vida hasta ese momento. Ni con el paso de los años he conseguido olvidar la última mirada que me dirigió: anhelante, triste, extrañamente húmeda y, a pesar de ello, transmitiéndome una vez más fuerza y serenidad. No puedo dejar pasar esta oportunidad de decirte que te quiero, madre, allí donde estés —si es que sigues en el patio o en cualquier otro lugar— quiero que sepas que te he recordado constantemente, y que espero que el poco tiempo que pudimos compartir me haya sido suficiente para aprender lo mejor de ti y para que tú hayas podido sentirte siempre orgullosa de tu hija mayor.
Aquella tarde, por primera y última vez en mi corta vida, atravesé la puerta que abandonaba el patio y daba acceso a la casa de Ramón. Intenté mirarlo todo con atención, sin perder la esperanza de encontrarme con mi hermano menor; me fue imposible, ya que Ramón me impedía cualquier movimiento y, inmediatamente, me introdujo en una caja de cartón, cerró la tapa y me dejó a oscuras. No entendí nada. Allí metida me asusté y chillé todo lo que pude llamando a mi madre, pero no sirvió de nada. Recuerdo el miedo que sentí en aquella oscuridad y cómo se acrecentó cuando noté que la caja que me contenía empezaba a moverse. Chillé más fuerte y, cuando me cansé de chillar, intenté escuchar algo que me tranquilizara, algún sonido conocido, pero lo único que conseguí oír fue a Ramón protestando por mi escándalo.
El trayecto hasta donde me llevaba se me hizo eterno. La caja no dejaba de moverse, y empecé a experimentar una sensación nueva: la cabeza me daba vueltas y más vueltas, me estaba mareando. Pensé que iba a morirme allí mismo. Vomité y —reconozco que me da vergüenza decirlo— me hice de todo encima: pis y caca. No pude evitarlo. El suelo de la caja no estaba protegido y lo empapé. Me atemoricé más al pensar en la reacción que tendría Ramón cuando descubriera mi pequeño desastre. En nuestro patio, cada vez que pisaba una de nuestras cacas, chillaba muy enfadado y nos buscaba para regañarnos, pero allí ya estábamos preparados y nos escondíamos en los sitios más inaccesibles para que no pudiera cogernos. Sin embargo, dentro de aquella caja, no tenía escapatoria. Con mucho asco lamí todo lo que pude el suelo para que quedara lo más limpio posible; lógicamente, eso me provocó más náuseas y acabé vomitando todavía más, por lo que finalmente opté por tumbarme en la esquina menos sucia y dejarlo estar. Ya afrontaría la regañina como pudiera.
Pasado un buen rato la caja dejó de moverse, y noté que Ramón la cogía de nuevo. Me espabilé todo lo que pude y puse mi mejor cara. Quería estar preparada para su reacción. Al fin, la tapa se abrió y asomó la cabeza de Ramón. En su gesto pude apreciar claramente asco y enfado, aunque sorprendentemente no lo manifestó, sino todo lo contrario. De su boca salió una voz agradable que yo nunca le había escuchado:
—¡Pobrecita!, si te has hecho cacota. ¿Te has mareado bonita?
Yo no daba crédito a lo que estaba escuchando y —recordando cómo solía actuar mi madre con él— me animé y empecé a moverle el rabito en señal de buena voluntad. Él volvió a hablar, esta vez dirigiéndose a alguien que debía de estar detrás:
—Si es que nunca ha montado en coche, la traigo directamente de su madre. Nos vais a perdonar que esté un poco sucia. En casa está siempre perfecta, se conoce que la pobre se ha manchado al venir en la caja.
Mientras yo procesaba tal falta a la realidad, Ramón metió su manaza en la caja y me levantó, con tan mala suerte que justo su dedo más pequeño me apretó un poco el culete y expulsé la poca caca que me debía de quedar en el cuerpo. Me encogí y cerré los ojos esperando un golpe que nunca llegó. Por contra, me presentó a alguien:
—Esta es Duquesa. Todo un ejemplar. Ya os digo: no quería deshacerme de ella, pero como me has insistido tanto, me has convencido.
¿A quién se dirigía? Me empezó a corroer la curiosidad y, a riesgo de molestar a Ramón y llevarme la bronca, decidí abrir los ojos. Entonces lo vi por primera vez. Unos ojos verdes me miraban fijamente, me transmitieron tranquilidad y cariño; algo que jamás me faltó junto a él. Me quedé prendada de su mirada, y no reaccioné hasta que noté cómo Ramón aflojaba sus manos y me entregaba a otras desconocidas. No sé por qué no lo evité. Y enseguida me vi asida por unas manos mucho más suaves que las de Ramón, y no solo en el tacto, sino también en la manera de sujetarme. Me quedé quieta, como hipnotizada por el cambio, y tuve claro que ya no quería volver con Ramón, solo me apetecía sentir aquel calor nuevo y volver a mirar aquellos ojos verdes.
—Qué chiquitina. ¿Te gusta? —dijo el humano de ojos verdes.
Me pregunté si habría alguien más allí y, efectivamente, el humano de ojos verdes me mostró a otro humano que tenía unos ojos marrones mucho más vivos y tiernos que los suyos. Me pasó a sus manos: más pequeñas, aunque igual de suaves y acogedoras.
—Es preciosa —contestó el humano de ojos marrones.
Por el tono y la melodía de su voz deduje que era una humana, que la de ojos marrones tenía que ser una humana. Nunca había visto a ninguna. Además, al escucharla, me inundó una sensación de bienestar que me recordó a mi madre, y eso solo podía conseguirlo otra hembra.
—Nos la quedamos —dijo Ojos Verdes dirigiéndose a Ramón—. ¿Diecisiete mil pesetas, entonces?
—Eso es —contestó Ramón.
—No es de raza, ¿no? —preguntó Ojos Verdes—. Usted decía que era un schnauzer.
—Y lo es —contestó Ramón—. Ahora es que, al ser pequeña, no se le nota, pero es de pura raza. La madre fue campeona de España.
—Ya…
Creo que hasta yo noté que Ojos Verdes no se estaba creyendo nada. Me miró nuevamente y me acarició, cruzó luego una mirada con Ojos Marrones y suspiró.
—Venga, no le demos más vueltas. Tenga su dinero, y nos la quedamos.
Y así es cómo cambié de familia. En un mismo día me despedí para siempre de toda mi vida anterior; primero de mi madre, y en aquel momento de Ramón. Sin dirigirse a mí, él cogió algo que le daba Ojos Verdes, simplemente se dio la vuelta y ya nunca más volví a verlo. Es verdad que, a diferencia de a mi madre, a él no he vuelto a echarlo demasiado de menos.
Capítulo 4
Nombres
Agotada de tanto cambio —y a gusto como estaba en las manos de Ojos Marrones— me dispuse a descansar un poco cuando oí una tercera voz que exclamó:
—¿Esta es la perrita?… Pero así no te la puedes llevar a tu casa.
Era otra humana, parecida a Ojos Marrones, aunque más mayor. Se acercó a mí, me miró con curiosidad y, cuando estuvo a una distancia prudencial, retrocedió un poco arrugando la nariz.
—¡Cómo huele!, pobrecita —inmediatamente se dio la vuelta muy resuelta a cumplir su siguiente intención—. Hay que echarle un agua.
—¿Bañarla? —preguntó Ojos Verdes—. Si todavía es un cachorro, y no sabemos si está vacunada… que, por otra parte, no tiene ninguna pinta.
—¿Y qué? —intervino Ojos Marrones—. Si la secamos bien, no pasa nada. Y es verdad que así no la puedes llevar a casa de tus padres. Venga, Dani, vamos a lavarla un poco antes de que te vayas.
«Dani», así se llamaba Ojos Verdes, mi nuevo humano, y mi primer padre a falta de haber conocido al biológico. Escuché su nombre por primera vez en aquel momento en el que estaban decidiendo darme la primera sesión de higiene de mi vida. Dani era alto, delgado, de gesto serio, pelo rizado, claro, incluso tirando a blanco y cuidadosamente despeinado. Su voz grave, lejos de asustarme, era serena y tranquilizadora.
Entre él y la mujer más mayor prepararon un barreño de plástico azul, lo llenaron de agua y, sin darme opción a evitarlo, Ojos Marrones inició el movimiento para introducirme en él. Cuando fui consciente de que todo aquello era para mí y me vi a punto de entrar en el agua, intenté escabullirme y salir corriendo para esconderme en cualquier rincón. Una vez más resultó ser una misión imposible: volví a sentir la firmeza de las manos humanas; a pesar del pequeño tamaño de las de Ojos Marrones, me tenían atrapado. Lloré y pataleé al mismo tiempo que la mujer seguía acercándome a la improvisada bañera. Cuando consiguió sumergirme, me preparé para un choque térmico que no llegó. Las únicas veces que había tenido —hasta ese momento— contacto con el agua habían sido en el patio de Ramón, y siempre estaba helada, era agua de charcos del suelo, agua que él echaba en lo que él llamaba «mi huerto» o agua que se empeñaba en echarnos por encima proveniente de un fino tubo que sostenía entre sus manos. El agua donde me había introducido Ojos Marrones estaba calentita, y hasta tuve una sensación de bienestar. Poco a poco me fui relajando y pude disfrutar del momento. Ojos Marrones dejó que me sujetara Dani, y ella empezó a frotarme suavemente con algo que olía muy bien. ¡Qué gusto me dio aquel masaje! No dejó recodo de mi cuerpo sin acariciar, nunca me habían tocado así. Comprobé además cómo se me desprendía la suciedad acumulada en el pelo y quedaba mucho más suave.
Por desgracia, llegó el momento de terminar el baño y salir del agua. Lógicamente, entonces decidí yo que no quería hacerlo. Tenía muy claro que —cuando estaba en el patio de Ramón— después de mojarme me tocaba permanecer empapada un buen rato, tiritando y helada de frío, hasta que me conseguía secar frotándome contra las viejas y raídas mantas de la caseta. En ese baño que me habían obligado a tomar mis nuevos humanos, estaba tan a gusto que no quería terminarlo y pasar aquel frío, ni por supuesto que Ojos Marrones dejara de frotarme, aunque no tuve mucha opción de rebeldía. Fue ella misma quien me sacó del agua y, en vez de dejarme por el suelo para que me preocupara yo sola de entrar en calor, me puso encima de una mesa, cogió unas mantas de mucho mejor aspecto que las de Ramón y nuevamente empezó a frotarme con ellas por todo el cuerpo, despacio, sin hacerme daño. Aquellas mantas que había traído la humana más mayor eran muy suaves, y además absorbían el agua de mi pelo. Nunca me había restregado contra una manta de ese tipo, y lo agradecí casi más que el baño. Aprendí —escuchando a los humanos— que aquellas mantas se llamaban toallas; no me imaginaba que pudieran ser tan suaves, ni que olieran tan bien, ¡y además eran mullidas! Por supuesto, una vez verificado lo bueno del momento, me volví a dejar hacer sin protestar, disfrutando; pero, una vez más, el placer se interrumpió cuando apareció la humana más mayor con un artilugio en las manos que entregó a Ojos Marrones.
—Toma, hija, no vaya a coger frío.
Ojos Marrones entonces apuntó hacia mí con aquel aparato que empezó a hacer un ruido terrible. Me asusté mucho. Había disfrutado tanto del baño y de las mantas nuevas que no entendí la finalidad de aquella acción. El ruido me aturdía y me provocaba dolor de oídos; parecía que aquel aparato iba a acabar conmigo. Pensé que no podía ser todo tan bueno con los nuevos humanos y que había llegado el momento de escabullirme. Aproveché un despiste de Ojos Marrones para dar un salto y escapar de aquel ruido antes de que me pasara algo.
—¡Cuidado! —chilló Dani.
Después de saltar me di cuenta de que no había suelo cerca para caer, que me habían colocado a una altura considerable. Por suerte, antes de llegar a darme el golpe, agradecí que me apresaran las grandes manos de Dani y me colocara una vez más en la mesa.
—Puf… casi se cae —suspiró—. Venga, Bea, termina que te ayudo a sujetarla.
Aquella fue la primera vez que escuché el nombre propio de Ojos Marrones: Bea. Ella se convirtió en mi nueva madre, la que me daba tanto gusto cuando me sujetaba, me frotaba o acariciaba; más viva que Dani, más decidida en sus movimientos, con un gesto feliz y una sonrisa contagiosa que alegraba su rostro. Bea destiló toda la vida un cariño hacia mí que se me hizo evidente desde el principio, incluso sin que me dijera nada.
Bea me devolvió a la realidad cuando de nuevo puso en marcha aquel ruido infernal, y con mucha paciencia —para que me acostumbrara a ello mientras Dani me sujetaba con cuidado— terminó de secarme por completo. Aprendí así otra cosa más: aguantando aquel estruendo podía disfrutar del aire calentito que expelía tan extraño aparato.
Cuando finalizó todo ese proceso, reconozco que me quedé como nueva, tuve una sensación de limpieza muy agradable que jamás había sentido antes, y dudo mucho que mi madre la conociera. Pobrecita. Ahora, desde mis recuerdos, soy consciente de que aquel baño fue uno de los primeros lujos de los que posteriormente he disfrutado en mi vida y a los que ella nunca tuvo acceso.
Mientras acababan la tarea y recogían el barreño, las mantas y el aparato del ruido infernal, escuché hablar a mis nuevos humanos.
—¿Nos ha dicho su nombre? —preguntó Bea.
—Duquesa —respondió Dani—. Al menos, es lo que ponía en el anuncio. ¿Te gusta?
—¿Duquesa?… No mucho, la verdad. Mejor que elijamos otro nosotros… —Y, tras un momento de reflexión, en el que aprovechó para secarme un poco más el interior del muslo, prosiguió—: ¿Qué te parece Lola?
—¡Qué chulo! ¡Me gusta!… Lola. Así te llamarás —me dijo Dani mirándome a los ojos.
Aquel fue el tercer nombre que escuché por primera vez ese día: Lola, mi propio nombre. Unos padres no pueden ofrecer un bautizo más bonito y original que el que me dieron a mí los míos.
Finalizada la tarea de la higiene me sentí tan cansada y relajada que ya solo me quedaron fuerzas para buscar un sitio tranquilo y dormirme por fin un rato. Limpia, calentita, masajeada, mimada… ¿Qué más podía pedir?
Tampoco fue posible. Dani se despidió de Bea y de la otra humana; que, por cierto, había dejado de arrugar la nariz. Aquella mujer se acercó para plantarme un par de sonoros besos y dijo:
—¡Qué cosita, por Dios! Ahora sí que da gusto tocarla.
Entonces, Dani me cogió en brazos y me metió en una extraña caseta, muy diferente y bastante más grande de la que teníamos en el patio de Ramón. Me depositó en el suelo, encima de una alfombra suave, seca y algo vieja, me acarició y cerró la puerta por la que me había introducido. No me dio tiempo a pensar dónde estaba cuando le vi aparecer por otra pared de la caseta, en la que había otra puerta. Entró y se sentó a mi lado, en un sitio más alto, no en el suelo. Ya me iba a levantar para intentar subirme encima de él cuando escuché un ruido extraño y, de repente, aquella caseta empezó a moverse. ¡Qué susto! No entendía qué estaba pasando. El instinto me hizo aplacarme contra el suelo para no caerme, no quise ni mirar a mi alrededor. Por segunda vez durante ese día, empecé a sentir un horrible de mareo; prácticamente igual al que había tenido cuando Ramón movió tanto la caja de cartón en la que me había metido al salir de su patio y me trajo a casa de Bea. Me daba pánico vomitar y mancharme otra vez; sobre todo, estando tan limpia como me habían dejado. Menos mal que, con mucho esfuerzo, conseguí controlarme y evitar el desastre. Al no estar a oscuras como dentro de la caja, pude fijar la vista en uno de los cristales de la extraña y móvil caseta y concentrarme en observar cómo pasaban por allí los árboles y las nubes del cielo. Eso debió de ser lo que me dio algo de tranquilidad, y por eso no me descompuse. Aun así, no me moví en todo el rato en el que la caseta lo hacía por mí. Llegué a pensar que era el propio Dani quien la movía, porque vi que él se agarraba a una cosa redonda y movía los brazos a un ritmo parecido al bamboleo del habitáculo. De vez en cuando, Dani me miraba y me hablaba, o me acariciaba rápidamente; lo cual me tranquilizaba un poco. Además, el hecho de que él estuviera allí dentro conmigo me hacía pensar que no nos podía pasar nada malo: él, al contrario que yo, se había metido dentro de aquella caseta voluntariamente.
Seguramente aquel sufrimiento no duró mucho, aunque a mí se me hiciera una eternidad. La caseta se movía y se paraba constantemente. Cada vez que se detenía, yo pensaba que ya iba a ser la definitiva; pero, cuando me quería despegar de la alfombra para levantarme, reanudaba el movimiento y me veía obligada a retornar a mi efectiva posición para evitar el mareo. Por eso, cuando por fin se paró por última vez, no me fie del todo y me mantuve muy quieta. Dani me miró y sonrió. Soltó la cosa redonda a la que se agarraba tanto y me acarició una vez más.
—Pobrecita, ¿te has mareado? Ya te acostumbrarás, no te preocupes.
Salió de la caseta por su puerta y reapareció por la puerta de mi lado. Yo seguía tumbada. Me cogió en brazos y, silbando tranquilamente, echó a andar como si no hubiera pasado nada.
—Ahora vas a conocer a todos… pórtate bien —me dijo—, que nunca hemos tenido perro en casa.
Darmowy fragment się skończył.