Czytaj książkę: «Déjame quererte»
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2011 Harlequin Books S.A. Todos los derechos reservados.
DÉJAME QUERERTE, Nº 70 - octubre 2012
Título original: The Hard-to-Get Cowboy
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
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I.S.B.N.: 978-84-687-1107-2
Editor responsable: Luis Pugni
ePub: Publidisa
Prólogo
TODO el público aplaudió a Laila Cates, que saludó con una sonrisa desde el escenario. Llevaba un elegante traje de noche blanco y una banda azul cruzada que la acreditaba como ganadora del concurso. Acababa de recibir un ramo de flores.
—¡Todo un récord, queridos amigos! —exclamó el maestro de ceremonias, bajo la carpa donde se estaba celebrando el espectáculo—. Es ya la quinta vez que Laila Cates resulta elegida Miss Frontier Days.
Laila se ajustó la corona de miss. Habían pasado siete años desde la última vez que había ganado el concurso. Miró a la multitud que la vitoreaba. Eran las caras felices de sus amigos y de los compañeros del banco local de la ciudad donde trabajaba. Vio también a Dana, su mejor amiga. Había sido la que la había inscrito en el concurso sin que ella lo supiera y la aplaudía ahora con más fuerza que nadie. Laila había aceptado el reto, atreviéndose incluso a cantar una canción en el concurso de nuevos talentos, dando la imagen de una mujer moderna e independiente.
Había habido una gran unanimidad entre los miembros del jurado que la habían elegido miss Frontier Days. Habían llegado a la conclusión de que, lejos de perder atractivo con los años, había ganado en belleza tanto física como interior.
Laila tomó el micrófono cuando los aplausos y aclamaciones del público cesaron.
—Tengo veintinueve años. Me queda poco, por tanto, para cumplir los treinta. El cambio de década suele crear un cierto trauma a la mayoría de las mujeres. Parece como si dejáramos atrás nuestra juventud y los mejores años de nuestra vida. La verdad es que yo también me he sentido angustiada estas últimas semanas preguntándome cuándo empezarían a salirme las primeras arrugas y bolsas en los ojos. Por esa razón me decidí a participar en el certamen de este año, para averiguar si eso era lo único que contaba en la vida o si, por el contrario, había otras cosas más importantes. Todos me han demostrado esta noche que la experiencia y la sensatez que se gana con los años son algo muy importante en la vida, tanto de cara a nosotros mismos como hacia los demás. Aunque esta sea la última vez que me presento a este concurso, espero conseguir una nueva victoria el año próximo, pero no sobre un escenario sino sobre la vida real, con sus alegrías y sus sinsabores.
Hubo una nueva explosión de aplausos. Laila saludó al público con una sonrisa, dispuesta a bajar del escenario y pasar el micrófono a las demás mujeres que habían participado en el certamen.
Fue entonces cuando un hombre rubio y ancho de espaldas se abrió paso entre el público.
En un primer momento, Laila pensó que sería alguien que querría felicitarla, pero en seguida se dio cuenta de que se trataba de Hollis Cade Pritchett con el que había salido algunas veces en los últimos años. Laila siempre le había dicho que el matrimonio era algo que no estaba hecho para ella y él siempre había respetado su forma de pensar.
Hasta ese día.
—Cásate conmigo, Laila —dijo Cade en voz alta delante del micrófono, de forma que su inesperada declaración pudiera ser oída por todo el mundo.
Se hizo un gran silencio entre los asistentes.
Debía tratarse de alguna broma, se dijo ella. Aquello no era propio de Cade. Vio que tenía la cara bastante colorada. Tal vez hubiese tomado algunas cervezas de más. Eso lo explicaría todo. Pero no. Cade no bebía apenas.
Entonces, ¿qué significaba todo aquello?
Dean, el hermano de Cade, salió de entre la multitud y subió también al escenario. Se acercó a Cade, con una sonrisa, y le dio una palmada afectuosa en la espalda.
—No le hagas caso, Laila —dijo el más joven de los Pritchett—. Con quien debes casarte es conmigo.
Bueno, aquello tenía que tener alguna explicación. Dean, igual que su hermano Cade, era un tipo sensato y reservado, no muy dado precisamente a ese tipo de payasadas.
La gente se había puesto a reír y parecía divertirse mucho con la disputa de los hermanos Pritchett. Laila trató de mantener la compostura y el sentido del humor. Aquello estaba empezando a convertirse en un circo. Un circo que tal vez ella había propiciado, participando a su edad en un certamen reservado en principio a las más jovencitas.
Resultaba irónico. De alguna manera, ella había utilizado el concurso como un medio para hacer su discurso particular, no exento de cierta ironía, sobre la importancia de la belleza interior. Sin duda, algunos no lo habían entendido.
Justo en ese momento, otro hombre se acercó al escenario. No le era tan familiar como los hermanos Pritchett, pero sabía de sobra quién era.
Alto, delgado y con mirada pícara, llevaba unos pantalones vaqueros, unas botas y una camiseta negra. Jackson Traub era nuevo en la ciudad. Como otros miembros más de su familia, había llegado a Thunder Canyon para montar un negocio de explotación de petróleo por destilación de la pizarra bituminosa muy abundante en la región.
Se había ganado fama de pendenciero en poco tiempo. Especialmente tras el alboroto que había protagonizado en el banquete de boda de su hermano Corey Traub, unos meses atrás.
¿Pensaría organizar un nuevo escándalo, allí mismo?
Laila debería haberle enviado un mensaje de reprobación con la mirada, advirtiéndole que no montara allí ningún altercado, pero se quedó mirándole, como embobada, mientras subía muy sonriente y con paso decidido al escenario.
Ya podía rezar al cielo. Aquel hombre, con su mala reputación, se acercaba cada vez más a ella, la chica más responsable y sensata de todo Thunder Canyon.
Al llegar a su lado, se quitó el sombrero muy respetuosamente, se lo llevó al corazón y se acercó al micrófono.
—Ninguno de estos dos es digno de la encantadora Laila. ¡Yo me casaré con ella!
Laila sintió de repente un extraño vacío en el estómago. Miró al hombre de pelo largo castaño, ahora revuelto al quitarse el sombrero, y vio un brillo diabólico en su mirada. Ella le devolvió una sonrisa cargada de ironía. No estaba dispuesta a que nadie se burlase de ella en una noche tan especial. Ni siquiera aquel apuesto y arrogante texano.
Jackson Traub arqueó una ceja y la miró fijamente con una mirada de desafío.
Ella hizo un esfuerzo por apartar los ojos de él, que parecían atraerla de una forma irresistible, y se dirigió de nuevo a la audiencia que no había parado de reír todo el tiempo.
—¿Lo ven? Aquí está la prueba de que la vida no termina para una mujer a los treinta años. Todo mejora con la edad, incluyendo la admiración que los hombres nos dedican —hizo una breve pausa hasta que se apagaron los aplausos entusiastas del público—. En todo caso, como todos saben, mi corazón pertenece por entero a Thunder Canyon. A estos tres hombres que me han hecho estas proposiciones tan galantes, tengo que decirles que las aprecio en lo que valen, pero que una vez más debo manifestar lo que he dicho muchas otras veces. Nunca me casaré, la vida es demasiado corta y hay que aprovecharla.
Laila saludó a la multitud que volvió a aplaudir de forma enfervorizada y luego dedicó una sonrisa de circunstancias a los hermanos Pritchett, como queriéndoles decir que no se había tomado en serio sus palabras.
Dean, desconcertado, miró a su hermano, tratando de buscar en él alguna explicación.
Laila se fijó entonces en la expresión de Cade. Tenía el rostro contraído y los puños apretados como si hubiera recibido un golpe en la boca del estómago.
Se sintió angustiada. ¿Habría sido sincera su proposición?
No. No era posible. Le conocía desde hacía años y, aunque habían salido juntos varias veces, jamás le había hablado de matrimonio. Era un hombre con los pies en el suelo y nunca se habría atrevido a declararse en público ante tanta gente.
Sin decir una palabra, Cade abandonó cabizbajo el escenario, seguido de su hermano, dejando solo al tercer pretendiente con Laila.
Jackson Traub se puso el sombrero de nuevo y se tocó el ala con gesto sonriente y victorioso. Era el gesto de un soltero empedernido que aceptaba con elegancia el rechazo de su proposición. Todos recordaban la escena que había montado durante la boda de su hermano Corey, en la que, al final, con unas cuantas copas de más, había afirmado su voluntad de permanecer soltero. Era el único que quedaba soltero de todos los hermanos.
Antes de bajar del escenario dirigió a Laila una última sonrisa maliciosa, sembrando en ella el deseo de volver a verlo. Ya fuera para bien… o para mal.
Capítulo 1
CASI una semana después, Laila estaba sentada en una mesa, en un rincón del Hitching Post. Tenía la mirada fija en la entrada del bar, mientras daba vueltas entre las manos al vaso de limonada que apenas había probado.
Tras numerosas tentativas, había conseguido hablar finalmente por teléfono con Cade y habían quedado allí esa noche para aclarar algunas cosas. Era la hora feliz, se servían bebidas a mitad de precio, y el bar estaba abarrotado de gente. En otro tiempo había sido un local de mala nota, pero ahora era simplemente un bar con un asador de carne.
Trató de ignorar las miradas que le dirigían los hombres, en su mayoría peones que acababan de terminar su trabajo.
Uno en particular, Duncan Brooks, que trabajaba en la hacienda del alcalde, Bo Clifton, no dejaba de mirarla. Era un hombre bastante corpulento, con bigote y aspecto de cowboy.
Ella estaba ya acostumbrada a esas miradas, aunque no le gustaban nada.
Miró a Duncan un segundo e inclinó levemente la cabeza para no parecer descortés, pero con un gesto lo bastante serio como para no darle a entender lo que no era.
Probó luego un sorbo de la limonada y observó el cuadro que había en la entrada. Era de la mismísima Shady Lady, la divina Lily, con un vaporoso y sugestivo vestido y una sonrisa tan misteriosa como la de la Gioconda. Mucho antes de que Thunder Canyon hubiera experimentado su boom turístico y hubiera pasado de ser un punto perdido en el mapa a convertirse en uno de los lugares más codiciados por el turismo, Lily había trabajado en aquel establecimiento, otrora de dudosa moral. Según los más viejos, había sido una mujer fatal, rompecorazones.
¿Sería eso mismo lo que Cade pensaría ahora de ella, después del desplante que le había dado la noche del certamen ante media ciudad?
¿Sería por eso por lo que había estado rehuyendo sus llamadas?
Pronto saldría de dudas: Cade Pritchett acababa de entrar en ese preciso momento y miraba a un lado y a otro tratando de localizarla.
Ella le hizo un señal con la mano y él se dirigió a ella, cabizbajo y con las manos caídas, tal como la noche del concurso de miss Frontier Days. Llevaba un chaquetón de piel de mouton, muy apropiado para el frío que estaba haciendo esos días de octubre.
Laila lo observó con un sentimiento de culpabilidad. Cade Pritchett era un hombre fuerte pero humilde, un héroe local que había colaborado activamente en el rescate de una niña que había estado a punto de ahogarse en el lago Silver Stallion el año anterior. Él, sin embargo, había declinado todo tipo de honores y medallas.
Era un gran tipo, una buena persona y un gran amigo. Al menos, hasta ahora.
Cade se quitó el chaquetón, lo dejó en el respaldo de la silla y se sentó. Ella, que ya le había pedido un refresco, le acercó el vaso en señal de paz.
—No estaba segura de que vinieras esta noche.
Cade permaneció callado, sin decir una palabra. Ella sabía, después de varios años de haber estado saliendo con él, que se pensaba muy bien las cosas antes de decirlas.
Sabía también que tenía una voz grave y profunda que haría estremecer a la mayoría de las mujeres y se preguntó por qué a ella no le había afectado nunca.
En realidad, solo había habido dos hombres en su vida por los que se había sentido realmente atraída. Le habían parecido, en un principio, muy interesantes, pero luego habían resultado ser vacíos e insulsos.
Le vino entonces a la memoria la figura de Jackson Traub, con sus ojos castaños tan seductores y su sonrisa igualmente devastadora.
Pero no era su tipo. Al menos, eso era lo que se había estado diciendo a lo largo de toda la semana.
—Últimamente he estado pensando mucho en nosotros dos —comenzó diciendo Cade—. Lo que voy a decirte no es fruto de la improvisación ni de un impulso del momento. Tenía pensado habértelo dicho antes incluso de la noche del certamen.
A Laila no le gustó mucho el cariz que estaba tomando la conversación.
—Creo que no entiendo bien de qué me estás hablando.
—Del futuro, Laila, del futuro. Tú no eres la única que ha entrado en una nueva fase de su vida. Cuando una persona llega a una cierta edad, tiende a replantearse lo que ha sido su vida y cómo le gustaría que fuera la que le queda por vivir —dijo Cade, mirándola fijamente con sus profundos ojos azules—. Laila, no estaba bromeando la otra noche cuando te pedí que te casaras conmigo.
Ella, a pesar de que esperaba esas palabras, se sintió algo desconcertada.
—Cade, no era mi intención avergonzarte en público rechazando abiertamente tu amable proposición, pero ya sabes mi opinión sobre el matrimonio.
—Sí, ya sé cuál ha sido tu opinión hasta ahora —replicó él.
Laila estaba realmente confusa. ¿Habría dicho o hecho algo que le hubiera inducido a pensar que había cambiado su forma de ver las cosas? Siempre había dejado muy clara su intención de quedarse soltera.
—Cade…
—Escucha un momento… Sé muy bien que no estás enamorada de mí, pero tenemos muchas cosas en común que ofrecernos el uno al otro…
Cade hizo una pausa que ella aprovechó para tratar de leer sus pensamientos. Había una expresión triste en los ojos de aquel hombre. Tal vez tuviera algo que ver con el dolor que podía sentir por la pérdida de la mujer con la había estado a punto de casarse unos años atrás.
Quizá por eso, después de aquel desgraciado suceso, Laila había sido para él como una amiga, más que otra cosa. Tras la muerte de su prometida, él se había cerrado emocionalmente y había visto en ella a la persona ideal con la que podría conversar sin involucrarse sentimentalmente.
No era que ella no pudiera enamorarse de nadie, pero había luchado siempre por mantener su independencia y llegar a ocupar un puesto directivo en el banco local de la ciudad.
Cade se enderezó en su silla, expectante, como si pensara que ella estaba tomando muy en cuenta sus palabras. De hecho parecía estar mucho más seguro que al entrar.
—Justo antes del concurso de miss Frontier Days, había tenido una larga charla con mis hermanos —dijo Cade.
—¿Y supongo que también con tu otro amigo, Jack Daniels?
Cade se puso colorado como un tomate.
—Está bien, lo admito. Pensé que un poco de whisky no me vendría mal si con ello conseguía, de una vez por todas, una respuesta tuya sobre nuestro futuro. No me arrepiento de nada, Laila, ni siquiera de haber hecho el ridículo delante de tanta gente. Mi propio hermano se apiadó de mí y tuvo la nobleza de pedirte también en matrimonio para provocar las risas de la gente y hacer que mi acto de locura pasara así como una broma.
Leila deseó poder escapar en aquel momento por algún agujero secreto que hubiera en el suelo para no verse obligada a responder a aquellas cuestiones tan delicadas.
—Yo…
—Espera, necesito terminar lo que he venido a decirte.
Cade había levantado la voz. Ella vio a Duncan Brooks con el rabillo del ojo. Parecía estar muy atento a la conversación que estaban teniendo y había fruncido el ceño, receloso del tono de voz de Cade. Laila le sonrió de forma tranquilizadora para hacerle ver que todo iba bien.
Duncan se volvió de nuevo hacia la barra y echó un trago de su jarra de cerveza.
—Estoy cansado de estar solo —dijo Cade—. ¿No te pasa a ti igual?
—No —replicó ella, frunciendo el ceño, disgustada por la pregunta—. Sabes que me gusta la vida que llevo. Me encanta regresar a mi apartamento por la noche después del trabajo, comer cuando me apetece y ver la televisión si me interesa. Hacer, en suma, lo que quiero, sin depender de nadie.
—¿No te sientes nunca sola? ¿No te despiertas nunca por la noche y te preguntas, al ver tu cama vacía, si no te gustaría tener a alguien a tu lado?
Ella no supo qué contestar, porque, en efecto, había veces que sentía la casa vacía y le hubiera gustado encontrar a alguien esperándola al volver del trabajo.
Sin embargo, tenía buenas razones para no pensar en el matrimonio. Y la principal de todas era la frustración que había visto en su madre. Había sido una madre ejemplar con sus seis hijos, pero ella la había visto más de una vez ojeando, con nostalgia, los catálogos de la universidad a la que le hubiera gustado ir cuando creía que todos estaban durmiendo en sus camas. Su madre le había dicho también en más de una ocasión que para una mujer, igual que para un hombre, era más importante desarrollar el cerebro que el físico.
Tal vez su madre se había casado demasiado joven.
Por eso, ella se había prometido tratar de conseguir una posición sólida en la vida antes de tener una relación seria con un hombre.
Apartó a un lado el vaso de limonada y apoyó los codos en la mesa.
—La soledad no es una razón suficiente para casarse, Cade.
—Con el tiempo, podríamos llegar a amarnos el uno al otro… y tener hijos antes de que sea demasiado tarde.
¡Uf! Esas palabras le llegaron al fondo del alma.
Se preguntó si su discurso la noche del certamen de miss Frontier Days había sido realmente sincero. Si más allá de las arrugas y las bolsas en los ojos, no había algo más profundo que ella trataba de ocultarse a sí misma… Si no habría participado en el concurso de belleza por última vez, porque necesitaba la confirmación de que aún era lo suficientemente joven como para seguir siendo deseable a los ojos de un hombre y que aún no tenía necesidad de cambiar su estilo de vida casándose y teniendo hijos.
Sintió un nudo en la garganta. No le gustaba el giro que estaba tomando aquella conversación. Pero, ¿cómo podía decirle que ella no sentía por él más que una buena amistad?
Justo cuando estaba deseando de nuevo tener un agujero cerca por el que poder desaparecer, vio a Jackson Traub entrando en la zona del bar con aire parsimonioso. Llevaba un chaquetón de algodón de entretiempo y un sombrero Stetson calado hasta las cejas.
Sintió un fuego intenso abrasándole todo el cuerpo. Algo que desde luego no sentía ni había sentido nunca por Cade.
Jackson debió de darse cuenta de la forma en que lo miraba porque, tras pedir una copa al camarero, se echó hacia atrás el sombrero y clavó los ojos en ella.
Laila esperó que le dedicara una de sus irresistibles sonrisas y le hiciera un guiño en recuerdo de la proposición que tan alegremente le había hecho aquella noche.
Pero él se volvió tranquilamente y tomó el vaso de whisky sin agua y sin hielo que acababa de servirle el camarero. Se lo bebió de un solo trago y pidió otro, sin siquiera mirarla.
Ella bajó la vista, avergonzada y desconcertada.
¿Por qué se estaría comportando así con ella?
Sin duda, era un seductor que estaba jugando sus cartas. Ella no era ninguna ingenua. Había estado saliendo con chicos desde los dieciséis años y sabía cuando un hombre estaba interesado en ella.
Alzó la vista para ver si Jackson Traub se había vuelto para mirarla. Pero no, seguía en la barra saboreando su segundo whisky.
—¿Laila? —exclamó Cade, claramente ofendido de que ella no prestara atención a sus palabras.
Laila miró a Cade y deseó más que nunca tener a su disposición aquel agujero secreto por el que escapar sin ser vista, librándose así de todas las grandes verdades que él, sin duda, iba a revelarle.
Jackson era un hombre paciente, pero a la vez bastante perspicaz. Sabía muy bien cuando una mujer, aunque fuese una reina de la belleza como Laila Cates, estaba pendiente de él.
Mientras apuraba su segundo whisky, saludó con la cabeza al hombre que estaba en el otro extremo de la barra. Era Woody Paulson, el dueño del LipSmackin’ Ribs, el restaurante de costillas a la barbacoa, rival del Rib Shack de DJ, el primo de Jackson.
Woody le devolvió el saludo, pero Jackson tenía toda la atención puesta en Laila. Se preguntó si seguiría mirándolo, aunque se abstuvo de volver la cabeza para comprobarlo. Se la imaginó con su traje largo blanco, tal como la había visto aquella noche en el escenario como reina de la belleza de Thunder Canyon, con su pelo rubio largo y sedoso bajo la corona de miss Frontier Days, sus brillantes ojos azules y su cara de porcelana.
Era un verdadero reto para un hombre como él. La deseaba con todas sus fuerzas.
La primera vez que había ido a Thunder Canyon había sido con motivo de la boda de su hermano Corey. Había organizado un buen escándalo durante el banquete y luego había regresado a su lujoso rancho de Midland, Texas, donde trabajaba en la empresa petrolífera de su familia y pasaba los fines de semana en su suite de la ciudad.
Durante los últimos meses había estado pensando en el alboroto que había causado en Montana durante la boda de Corey. Había llegado a la conclusión de que tal vez hubiera tenido un mal día, propiciado por algunas copas de champán de más, al ver cómo sus hermanos habían ido cayendo uno tras otro en las redes del matrimonio. Unas redes en las que él no estaba dispuesto a dejarse atrapar.
Había dicho en público, ante todos los invitados de la boda, que el matrimonio era la mejor forma de arruinar una relación. Y, como si no hubiera tenido bastante con eso, había calificado luego a sus dos hermanos casados de gallinas y calzonazos y había jurado solemnemente que él nunca sacrificaría su libertad por una mujer.
Huelga decir que sus hermanos no recibieron sus insultos con mucha cordialidad y que tuvo que abandonar Thunder Canyon al día siguiente con la cara señalada por algún que otro puñetazo. Había tratado durante todo ese tiempo de hallar la forma de reconciliarse con su familia y conseguir que olvidaran aquel desgraciado incidente. Y no solo eso, había pasado revista a lo que había sido su vida a lo largo de sus treinta y cuatro años y no le había gustado demasiado.
Por eso, cuando su hermano Ethan le contó su proyecto de abrir unas nuevas oficinas en Thunder Canyon para llevar a cabo un novedoso sistema de explotación petrolífera, Jackson vio en ello no solo una oportunidad de entrar a formar parte del negocio sino también de congraciarse con sus hermanos.
A pesar de sus defectos, él amaba a su familia más que a nada y quería demostrar a todos que era algo más que un camorrista que iba provocando peleas en las bodas.
Por eso había vuelto a Thunder Canyon, para poner su talento al servicio de la nueva agencia que la empresa de su familia, la Traub Oil Industries, había abierto allí para poner en práctica un nuevo método de explotación petrolífera más respetuoso con el medio ambiente. Y había convencido a su hermano Ethan para que le encargase de tratar con los rancheros y propietarios a los que la compañía había comprado los derechos de explotación de sus tierras.
Jackson estaba dispuesto a dejar constancia de su responsabilidad en el trabajo, pero eso no quitaba para que buscara un poco de diversión en sus ratos libres.
Miró de soslayo a Laila Cates y vio que se había puesto a hablar de nuevo con Cade Pritchett. Sentía una cierta simpatía por aquel hombre que había tenido el valor de declararse ante cientos de personas. Recordaba cómo había llegado después su hermano en su ayuda, haciendo a Laila una nueva oferta de matrimonio y cómo luego él había irrumpido en el escenario para echarle un cable, no a Cade Pritchett, sino a ella. Porque, tras aquella fachada de sonrisas, había adivinado que estaba pasando un mal trago, y él tendría sus defectos, pero no podía ver sufrir a una mujer sin acudir en su ayuda. Y Laila Cates estaba pasando sin duda un mal rato con aquellas declaraciones inesperadas, hechas en público ante tanta gente.
Estaba convencido de que una mujer como ella estaría acostumbrada a que los hombres se enamorasen de ella, pero tal vez no a que se lo demostrasen de aquella manera.
Pero él no iba a ser como los demás.
Mirándola ahora, sentada frente a Cade Pritchett, le pareció verla tan incómoda como aquella noche. Podría asegurar que estaba pidiendo al cielo que le enviara algún ángel salvador para rescatarla y para interrumpir aquella conversación tan incómoda.
Pero él no hubiera hecho lo que hizo después, si ella no le hubiera dado con la mirada una prueba de que necesitaba su ayuda. Si la hubiera visto hablando acaramelada con un hombre no se le habría ocurrido ni acercarse a ella.
Dejó la copa de whisky en la barra y se dirigió, con el corazón acelerado, a la mesa donde ella estaba con Cade Pritchett.
Iba vestida como si acabara de salir del trabajo. Llevaba un elegante traje gris oscuro de raya diplomática, y un peinado que hacía que los mechones de su espléndido pelo rubio le cayeran por alrededor del óvalo de la cara. Tenía un aspecto tan sedoso que uno tenía que resistirse para no acercarse a tocarlo con las manos. Y la cara…
Era, sin duda, la de una auténtica reina de la belleza: pómulos altos, labios rojos y carnosos, pestañas largas y negras, cejas suavemente delineadas…
Ahora era algo más que el corazón lo que parecía vibrar en su cuerpo.
Ella le miró como si hubiera sabido de antemano que iba a ir a su mesa aun antes de que él lo hubiera decidido.
—¡Vaya! ¡Qué casualidad! —exclamó Jackson, antes de que ella dijera nada, dispuesto a marcharse inmediatamente de allí si ella le daba la menor indicación de que la estaba molestando—. No me gustaría interrumpir…
Laila y Cade, como si se hubieran puesto de acuerdo, respondieron al mismo tiempo.
—Pues lo está haciendo —dijo Cade.
—No, no interrumpe nada —dijo ella.
Jackson sonrió, consciente de que había dado en el clavo con sus suposiciones. Y muy especialmente, cuando vio a Laila apartar con el pie la silla de al lado para que se sentase con ellos.
Tal vez, Cade Pritchett estuviera reiterando su proposición de matrimonio a aquella mujer que había manifestado en público su deseo de no casarse nunca.
¿Era eso por lo que parecía un cervatillo asustado?
Cade había visto también cómo ella había empujado la silla disimuladamente con el pie.
Jackson se quitó el sombrero e hizo con él un gesto de saludo a los dos. Luego tomó asiento, sonrió cordialmente e hizo una señal a la camarera para que se acercara a la mesa.
—¿Qué desea? —preguntó la chica.
—Una ronda de cervezas —dijo Jackson—. Yo pago.
Cuando la camarera se fue a por las cervezas, Jackson echó una ojeada al bar y vio que la mayoría de los hombres lo estaban mirando con cara de envidia al verle junto a Laila. Muy en particular uno con bigotes y aspecto de cowboy, que lucía una gruesa hebilla de plata en el cinturón de sus pantalones vaqueros.
—Esta noche no, Traub —dijo Cade con voz solemne.
Jackson miró a Laila, que sonreía de manera forzada, y creyó leer en sus ojos el deseo de que no se marchara de allí, pasase lo que pasase. Luego observó a Cade. El hombre parecía estar muy tenso, con los puños apretados sobre la mesa. Era el momento de calmar la situación.
—Me presentaré primero —dijo él, extendiendo la mano a modo de saludo—. Soy Jackson.
—Sé muy bien quién eres —replicó Cade mirando luego a Laila con una expresión que parecía decir: «¿Vas a hacer algo para que se vaya o tendré que irme yo?».
Pero Laila se limitó a tomar un sorbo de su vaso de limonada. Entonces Cade se levantó, sacó unos billetes de la cartera y los dejó sobre la mesa.
—Piensa en lo que te he dicho —dijo Cade inclinándose hacia Leila, en un tono de voz bastante más reposado del que Jackson hubiera pensado.
Luego abandonó el local mientras unos hombres tarareaban las canciones country de Merle Haggard que sonaban en la máquina de discos.
La camarera se acercó con las cervezas y Jackson pensó que si Cade no estaba allí para beberse la suya, él se encargaría de dar buena cuenta de ella.
La chica le dirigió una mirada atrevida al servirle, pero él echó un trago de la jarra, se reclinó luego hacia atrás en la silla y sonrió a Laila.
Ella tenía un pequeño lunar en la comisura de los labios, y él sintió deseos de verla sonreír de la misma forma tan encantadora como lo había hecho aquella noche en el escenario. Pero no tuvo esa suerte, ella se limitó a pasar el dedo por la gota de limonada que se había caído en la mesa.
—Creo que me equivoqué al venir a sentarme aquí —afirmó Jackson.
—No, todo lo contrario. Te agradezco que lo hicieras. Estaba en medio de una de esas conversaciones que una nunca querría tener en un bar como este.
—Me alegra haberte servido de ayuda —dijo él, mientras ella seguía dibujando con el dedo unas figuras invisibles en la mesa—. Si vuelve a molestarte, no tienes más que avisarme. Ese Cade es bastante corpulento pero creo que sabré hacerme con él. Sé como manejar a esos tipos —añadió él, complacido al verla por fin sonreír—. Además, tengo un hermano gemelo que está siempre dispuesto a salir también en defensa de una mujer.
—¡No me digas! No me puedo creer que exista otro hombre igual que tú.
—Me temo que sí —replicó él con una sonrisa, apoyando la bota del pie derecho sobre la rodilla izquierda—. Pero Jason es bastante más sensato que yo. Al menos, eso es lo que dice todo el mundo.
—Ya había oído hablar de tus hazañas, antes incluso de que subieras la otra noche al escenario a organizar ese revuelo. Thunder Canyon es como un pueblo y aquí se entera uno de todo aunque no quiera.
—Lo sé. Por eso te hice esa proposición de matrimonio. Había oído que eras la mujer perfecta para mí —dijo Jackson, y luego añadió al ver su radiante sonrisa—. No, no tienes que volver a repetirme eso de que nunca te casarás. Lo dejaste bien claro la noche del certamen.
Ella suspiró aliviada, como si se hubiera quitado un peso de encima. Sin embargo, pensó que tal vez la declaración de Cade de aquella noche podía haber sido algo más que un impulso del momento y lamentó haberle despreciado en público.
¿Estaba realmente decidida a quedarse sola toda la vida?
—Pienso exactamente lo mismo que tú sobre el matrimonio —prosiguió diciendo Jackson—. No acierto a comprender que clase de atractivos puede ver la gente en él.
—Pregunta a tus hermanos, Corey y Dillon. Estoy segura de que ellos podrán aclarártelo.
—No, gracias. Ya tengo bastante con que Ethan acabe de comprometerse también. Nunca pensé verlo atado a una bola de acero con una cadena. La única esperanza que me queda es que Jason y mi hermana, Rose, sigan mis pasos y no se contagien de sus otros hermanos.
—Hablas como si el resto de tu familia te hubiera abandonado o algo parecido.
Jackson se quedó pensativo. Nunca había visto las cosas de ese modo, pero, en realidad, eso era lo que había sentido durante la boda de Corey. Había tenido la sensación de haberse quedado en una estación, como un pasmarote, viendo cómo sus hermanos y el resto de los viajeros se marchaban en un tren que les conduciría hacia una vida más feliz y plena.
Ella pareció darse cuenta de que había llegado con sus palabras a un lugar muy profundo de su corazón, aunque él tratara de disimularlo.
—O tal vez seas un rebelde innato —añadió ella ante su silencio—. Me pareció advertir algo así en cuanto te vi subir al escenario esa noche.
—Solo estaba tratando de relajar un poco la tensión del momento. Me pareció que estabas en una situación comprometida y que vendría bien una nota de humor.
—Está bien, demos el caso por cerrado.
Jackson alzó su jarra de cerveza y brindó por ello.
Laila se quedó mirándolo con sus maravillosos ojos lapislázuli, ahora entornados, tratando de encontrar respuesta a los cientos de preguntas que le daban vueltas por la cabeza.
Él, desde luego, no estaba dispuesto a facilitarle esas respuestas. Lo único que deseaba era seguir flirteando con ella. No había conocido a nadie en Thunder Canyon que le hubiera despejado aquellas dudas que le habían asaltado después de la boda de su hermano Corey y tampoco quería iniciar con ella una conversación que les llevase por esos derroteros.
Apoyó los codos en la mesa y dirigió a Laila una de sus irresistibles sonrisas.
—Si estás pensando en hacerme preguntas, por favor, no lo hagas.
—¿A qué preguntas te refieres? —preguntó ella.
—Sobre cosas serias. Ya sabes, ese tipo de preguntas que vienen después de la primera cita.
Ella se echó a reír. Parecía como si él tuviese una línea trazada que no estuviese dispuesto a atravesar.
—¿Pretendes decirme que esto es una cita?
—No —dijo él en voz baja—, pero quiero dejar bien claras algunas reglas básicas para cuando tengamos nuestra primera cita. No quiero que hagas ninguna de esas preguntas profundas mientras me miras con los ojos entornados.
Ella pareció nerviosa. Él nunca lo hubiera imaginado de una mujer tan segura de sí como Laila Cates.
—¿Cuando tengamos…?
—Nuestra primera cita —apostilló él con un gesto de satisfacción.
Jackson Traub siempre conseguía lo que quería con las mujeres, y Cates Laila no iba a ser una excepción.
—No recuerdo haber dicho nada sobre eso.
—No hacía falta. Sabes tan bien como yo que acabaremos saliendo juntos —dijo él arqueando una ceja, con aire arrogante—. Es solo cuestión de tiempo.
Capítulo 2
ERA un hombre muy engreído, se dijo Laila, con el pulso tan acelerado como si estuviera corriendo un maratón.
Sí. Jackson Traub era un tipo arrogante y muy seguro de sí mismo.
Y estaba hablándole de una cita.
Podía imaginarse lo que sus padres y la ciudad entera dirían si se enteraran de aquella conversación. Laila Cates, la directora del banco local de Thunder Canyon, la mujer sensata y responsable que se mantenía siempre fiel a sus reglas, estaba dispuesta a salir con un forastero. Un texano pendenciero, por más señas.
Pero entonces una idea comenzó a fraguarse en su mente.
Salir con un hombre de tan dudosa reputación como Traub Jackson podría convencer a Cade Pritchett de que ella no deseaba mantener una relación estable y menos aún casarse.
Empezó a gustarle el plan. Después de todo, según había oído, Jackson estaba allí solo de paso para poner en marcha un nuevo método de explotación petrolífera. De modo que tampoco tenía que temer que las cosas pudieran ir demasiado lejos entre ellos.
Se marcharía por el mismo lugar por el que había venido.
El plan tenía además sus atractivos. Jackson era un hombre muy apuesto, todo lo contrario que Cade. No había más que verle sentado allí frente a ella, con su sonrisa irónica de cowboy seductor. ¿Qué de malo podía tener salir con él un día?
—Vamos, Laila —dijo Jackson, con ese brillo especial en sus ojos castaños que ella había visto ya antes—. Solo estamos hablando de una cita, no te estoy proponiendo que te cases conmigo.
Laila se quedó pensativa. Después de todo, él era una buena carta a jugar dentro de su plan. Incluso, tal vez, fuera un comodín.
—Muy gracioso —replicó ella.
—No me digas que eres una de esas mujeres inaccesibles incapaz de dar una oportunidad a un hombre. ¿O acaso hay algo más? —dijo él, mirando significativamente por encima del hombro hacia la puerta por donde Cade había salido hacía unos instantes—. Tal vez, haya realmente algo entre ese Pritchett y tú, a pesar de que hace solo cinco minutos estabas deseando desembarazarte de él —añadió Jackson en tono burlón, como si tal posibilidad le pareciese algo descabellado.
Ella tuvo la sensación de que él quería llevar la conversación a un terreno que a ella no le gustaba. Parecía como si aquel texano fuera capaz de leerle el pensamiento.
Se cruzó de brazos y permaneció callada, considerando que la pregunta no era lo bastante digna como para responderla. Intuía que él solo estaba tratando de provocarla.
Jackson se rió entre dientes, al tiempo que la máquina de discos dejó de sonar. Solo se escuchaban las risas de los clientes del bar.
—Ese Pritchett es un tipo muy agradable, pero los dos sabemos que no tiene ninguna posibilidad contigo —dijo Jackson, echando otro trago de cerveza.
Laila no podía apartar los ojos de él. Miraba cómo le subía y bajaba la nuez de la garganta mientras bebía, y se imaginaba lo que sería poder besarle en el cuello y en sus mejillas tan varoniles con aquella ligera barba incipiente.
Pero se las arregló para desviar la mirada y no dejar evidencia de que se sentía más atraída por aquel texano arrogante de mala reputación que por el bueno de Cade Pritchett.
—Puede que no acabe con Cade —dijo ella finalmente—, pero eso no quiere decir que tenga que acabar necesariamente con alguien como tú.
Jackson dejó la jarra en la mesa y la miró fijamente.
—Un disparo certero. Directo al corazón. Tienes una puntería excelente.
—Y tú no sabes nada sobre mí, como para predecir quién puede ser mi tipo y quién no.
—Creo que puedo adivinarlo fácilmente —replicó él, echándose de nuevo hacia atrás en la silla.
Una mujer sensata se habría levantado inmediatamente de la mesa y se habría ido. Pero ella prefirió seguir allí coqueteando con él.
—Supongo que los hombres con los que has salido hasta ahora eran todos personas serias y responsables, para los que la idea de vivir peligrosamente sería sobrepasar en diez kilómetros el límite de velocidad de una autopista.
Él ni siquiera pareció esperar una respuesta suya, a juzgar por la forma en que se quedó mirándola, consciente de que ella debía estar imaginándose cosas subidas de tono con él.
Y no se equivocaba. Ella nunca se había sentido antes así con ningún hombre.
¿Era solo la curiosidad lo que la retenía allí? ¿O eran aquellos famosos treinta años de edad que planeaban sobre ella, listos para envolverla y llevarla hacia lo desconocido?
—¿Y qué cosa especial podría ofrecerme un hombre como tú si aceptara salir contigo? —se atrevió ella a decir finalmente.
Jackson bajó al suelo el pie que había tenido apoyado en la rodilla.
—Para empezar, conduzco mucho más de prisa de lo que marcan los límites de velocidad.
—Y supongo que te irás igual de rápido de esta ciudad en cuanto concluyas los negocios que te han traído aquí, ¿no es verdad?
—Sí, supongo que sí. Pero no creo que a una mujer como tú pueda preocuparle eso. Los dos compartimos la misma filosofía sobre ese punto.
¿Estaba diciendo que ellos tenían algo en común? ¿Pretendía decir acaso que porque ella no tuviese intención de casarse eso la hacía igual que él?
Tal idea debería haberla molestado, pero en vez de ello, sintió un torrente de adrenalina corriéndole por las venas.
—Vamos, Laila —dijo él, inclinándose un poco más hacia ella—. Una cita. Eso es todo lo que estoy pidiendo.
—¿Eso es todo? —repitió ella, con un nudo en la garganta, sin saber qué decir.
—Por ahora, sí —dijo él poniéndose de pie ante ella, y luego le susurró al oído, inclinándose hasta hacerle sentir el calor de su aliento—: Pero estoy seguro de que te sabrá a poco y querrás más.
Y así, tan arrogante y seductor como había entrado, salió del bar sin molestarse siquiera en pedirle el número de teléfono, ni acordar una hora para pasar a recogerla.
—¿Lo dices en serio? —dijo Dana Hanson, la mejor amiga de Laila, sentándose a su lado en la mesa del despacho—. ¿Piensas salir de verdad con ese púgil?
Laila cerró la puerta de cristal que separaba su despacho del resto de las dependencias del banco, que estaba abarrotado de gente a esa hora del almuerzo.
Dana, que llevaba el pelo rubio echado hacia atrás, ocultando ingeniosamente el mechón púrpura que se había puesto ese fin de semana, se puso sobre la cabeza, a modo de diadema, las gafas decorativas de estilo Clark Kent, asombrada de lo que Laila acababa de decirle.
—Pues sí, creo que tengo una cita con el púgil —replicó Laila, quedándose junto a la puerta para poder controlar mejor lo que pasase.
—¿Y cómo es que no estás segura?
—Bueno, él me invitó a salir y luego… me dejó colgada.
—Una tomadura de pelo muy hábil. Me parece que ese tipo no es trigo limpio —dijo Dana arqueando las cejas—. Me gustaría salir con él, solo por curiosidad.
—Yo, en cambio, no sé si debería salir con él. Me tiene confundida.
—Por eso te sientes atraída por él. Porque es diferente. Es el tipo de hombre que hace que una chica decente y sensata sienta el deseo de dejar de serlo. Es extraño que te sientas interesada así por él, cuando siempre has tenido que quitarte a los hombres de encima —dijo Dana.
—Técnicamente, no se puede decir que aceptara la cita.
—Pero tampoco la rechazaste, ¿no es verdad?
—Debería haberlo hecho.
—¿Por qué?
Laila desistió de buscar una explicación razonable a todo aquello y se señaló el traje sastre blanco y negro que llevaba puesto. Un atuendo muy elegante y formal y sin duda muy adecuado para su trabajo como directora del banco.
—Por esto, Dane. Así vestida, puedo parecerle un poco…
—¿Aburrida?
Laila asintió con la cabeza, apoyándola luego en el marco de la puerta. Miró alrededor de su despacho. Lo encontró insulso y anodino, con sus cromados, sus macetas con flores artificiales colocadas en los lugares estratégicos. Unas flores frescas habrían quedado mejor, pero habría tenido que preocuparse de cuidarlas y regarlas todos los días.
—Llevas una vida muy dura —dijo Dana—. Todos los hombres te desean. Eres la reina de la ciudad, miss Frontier Days. Debe ser un gran sacrificio para ti tener que ir apartando a los hombres por la calle —dijo Dana con ironía.
—No te burles de mí. Sabes muy bien lo que quiero decir.
—Sí. Y hasta te tendría un poco de compasión si no fueras quien eres.
Laila sabía que no había ninguna mala intención en las palabras de su amiga. Ella nunca había intentado presumir del físico que Dios le había dado, sino trabajar y esforzarse por perfeccionar sus cualidades como persona.
—Tengo que confesar, sin embargo —dijo Dana—, que cuando te vi allí en el escenario con tu corona de miss Frontier Days, y subieron los Pritchett y luego ese otro texano y te propusieron, uno tras otro, casarse contigo, sentí cierta lástima por ti. De hecho, casi me arrepentí de haberte inscrito en el concurso… Pero solo me duró un par de minutos.
—No tenías que haberte preocupado por mí. No fue nada grave.
—Bueno y ¿adónde crees que te va a llevar ese texano si al final decides salir con él? —preguntó Dana, muy interesada en no perder el hilo del tema—. ¿A una bolera o a derribar vacas con el lazo?
—Muy graciosa.
—Vamos, Laila, no te hagas la tonta conmigo. Sé que has estado pensando en esto desde que ese hombre se sentó ayer en tu mesa. Nunca te había visto tan nerviosa desde que saliste con aquel chico, Gary Scott, si mal no recuerdo, cuando estábamos en el primer año del instituto.
¿Nerviosa ella? ¿Por un hombre como Jackson?, se dijo Laila para sí.
Abrió la puerta y sonrió con sarcasmo a su amiga Dana.
—Creo que ya es hora de que vuelvas a tu mesa de concesión de préstamos.
—Te veo muy afectada, Laila. Muy afectada —dijo ella con una sonrisa, alisándose la falda roja que llevaba y saliendo luego por la puerta.
Laila intentó volver a revisar los numerosos expedientes que tenía sobre la mesa, pero no pudo concentrarse en su trabajo. Por eso, respiró aliviada cuando vio llegar a Mike Trudeau, el presidente del banco, a través de la ventana del despacho.
Había estado esperando a su jefe desde hacía horas. Marcó con un pósit la página del expediente que estaba examinando y cerró la carpeta. Se levantó del asiento y se dirigió despacio hacia el despacho del señor Trudeau, que estaba decorado en un estilo bastante kitsch, con diversas escenas de caza, un reloj de cuco y un cuadro mural con una manada de búfalos pastando en una pradera.
El señor Trudeau estaba detrás de su escritorio, encendiendo el ordenador, cuando ella entró en su despacho.
—Buenos días, Laila.
Mike Trudeau, un hombre ya de cierta edad, con el pelo canoso, iba vestido de manera informal, como era habitual en él. Llevaba unos pantalones vaqueros y un jersey grueso. Parecía tan tranquilo y despreocupado como de costumbre.
—Buenos días, señor Trudeau. ¿Tiene un minuto?
—¡Cómo no voy a tenerlo para nuestra miss Frontier Days!
Trudeau hizo un gesto para que se sentara en la silla que había al otro lado de su escritorio de madera de nogal.
Laila tomó asiento, cruzó las piernas y le alargó la carpeta que llevaba en la mano.
—¡Vaya! —exclamó él—. Veo que tenemos hoy una nueva idea, ¿no?
Ella estaba acostumbrada a aquel tono de condescendencia bienintencionada de su jefe y sonrió cordialmente, a pesar de que suponía que su proyecto acabaría donde los demás: en la papelera o en algún agujero oculto que debía haber debajo del cajón donde el señor Trudeau ponía todas sus ideas sin molestarse en leerlas.
Pero eso no le impedía seguir intentándolo. Especialmente ahora, que su idea le llegaba al corazón de forma directa más que en ocasiones anteriores.
—Sí, señor —dijo ella, apoyando las manos en el regazo.
Él no hizo el menor ademán de abrir la carpeta, por lo que ella pensó que al menos tendría que escucharla.
—No es ningún secreto que la mayoría de las personas de Thunder Canyon están atravesando una situación económica difícil —dijo ella, consciente de que el propio Mike Trudeau, como presidente del banco, estaría al tanto mejor que nadie de ello.
—Es cierto —replicó él, sin levantar la vista del ordenador.
—Sé muy bien el interés que ha demostrado por tratar de devolver a esta ciudad la prosperidad de antes. Se ha reunido con el alcalde y con los miembros más destacados de esta comunidad. No sé cuántas ideas habrá sacado de esas reuniones, pero si echa un vistazo a las cifras que figuran en ese estudio, verá que ellas apoyan la idea que tengo en mente…
El señor Trudeau se decidió por fin a abrir la carpeta, con gesto impasible.
Laila se aclaró la garganta y prosiguió con su exposición.
—Creo que el banco está en condiciones de facilitar más préstamos a los comerciantes y a las pequeñas y medianas empresas de Thunder Canyon. Como podrá ver, he propuesto algunas alternativas para llevar ello a cabo, estimando, cómo no, los beneficios que esta idea podría proporcionar a nuestro banco a largo plazo.
—Muy interesante —dijo Trudeau, ojeando la carpeta.
Laila miró muy atentamente cada expresión de su jefe mientras se retorcía el borde de la falda con los dedos, sin darse cuenta.
—Parece que aprovechó muy bien sus estudios en la escuela de negocios —dijo Trudeau, cerrando la carpeta.
—Gracias, señor.
—No se dedicó a buscar marido como hacían las mujeres en mis tiempos.
Laila prefirió no contestar a ese comentario. Estaba muy satisfecha de lo que había logrado estudiando.
Su jefe se revolvió en la silla como dando a entender que daba por finalizada la entrevista.
—Analizaré más tarde los detalles, Laila. Gracias por tu trabajo.
Era lo mismo que le había dicho otras veces.
Tenía la sensación de que cuando hablaba con él, su jefe la consideraba un ser inferior con el que no valía la pena perder el tiempo. Había confiado en que aquella vez las cosas podrían haber sido distintas. Lo había intentado, pero había vuelto a fracasar.
Se levantó de la silla, con gesto de decepción. Dio las gracias a su jefe por el tiempo que le había dedicado y se dirigió a la puerta. La cerró tras de sí y adoptó una expresión sonriente de cara a los clientes que se dirigían hacia las ventanillas del banco.
A pesar de lo sucedido, estaba dispuesta a seguir presentando sus ideas al señor Trudeau sin dejarse abatir por su indiferencia.
Al cruzar el vestíbulo, donde estaba el patio de operaciones, se detuvo al oír la voz familiar de una mujer.
—¡Laila!
Al darse la vuelta vio a Jacey Weidemeyer, una de sus grandes amigas del instituto y cliente habitual del banco. Llevaba unos vaqueros y un suéter largo que disimulaba su vientre aún abultado tras su reciente embarazo. Llevaba un bebé en los brazos.
Laila sintió una extraña emoción al ver a aquel recién nacido en brazos de su amiga. Iba envuelto en una mantilla rosa y llevaba un pequeño gorro de lana en la cabeza. Estaba dormido y tenía una piel muy lisa y suave de color rosado.
—¡Qué niña tan encantadora! —susurró Laila.
Jacey acarició la mejilla de su hija.
—Se llama Hannah. Es la primera vez que la he sacado a la calle desde que nació.
Laila tocó la manita de la niña. Tenía unos dedos muy pequeños y unas uñas casi imperceptibles. No pudo reprimir la emoción.
—Vamos a dar una fiesta en su honor dentro de unas semanas —dijo Jacey—. Por supuesto, contamos contigo. Te mandaré la invitación por correo electrónico.
—Iré encantada.
Jacey se dirigió con su hija hacia una de las ventanillas, mientras Laila se quedaba mirando a la madre y a la hija con una extraña sensación de nostalgia.
¿Era, tal vez, por lo que Cade le había dicho la noche anterior acerca de que podrían tener hijos juntos antes de que fuera demasiado tarde?
Laila volvió a su despacho. Entró y dejó la puerta entreabierta.
Hacía una noche fría. El cielo de Thunder Canyon estaba raso y tachonado de estrellas.
Jackson salió de las oficinas de la Traub Oil Montana que su hermano Ethan había levantado en la ciudad y se dirigió hacia el complejo turístico para cenar en el restaurante Rib Shack de DJ con gran parte de los miembros de su familia.
Dejó el chaquetón y el sombrero en la entrada y pasó al interior del restaurante. Estaba abarrotado de clientes. Las paredes estaban decoradas con fotos de cowboys en color sepia y había también unas pinturas murales con imágenes de los primeros colonos de Thunder Canyon, que constituía una verdadera historia gráfica de la ciudad.
No habían pasado ni dos segundos cuando Ethan se acercó a él.
—Por lo que he oído, has estado muy ocupado todo este tiempo —dijo su hermano mayor.
Jackson tenía una buena estatura, pero Ethan era unos cinco centímetros más alto que él. Acababa de regresar de supervisar unas prospecciones en Bakken Shale y llevaba unas botas y unos pantalones vaqueros. Por sus palabras podría parecer que estaba hablando a Jackson de cuestiones de trabajo, pero nada más lejos de ello.
Jackson ignoró la ironía de su hermano y se dirigió a la salita que DJ les había reservado esa noche para la cena. Era una reunión familiar que el propio DJ había convocado sin que nadie, salvo él, conociera aún el motivo.
—¿No dijiste que estarías en Thunder Canyon solo el tiempo necesario para poner en marcha el proyecto y que luego regresarías de nuevo a Midland?
—Sí, eso fue lo que dije.
—Bueno, me agradaría mucho si al final decidieras establecerte en este lugar tan maravilloso. Creo que estás saliendo con una chica de aquí, ¿no?
Jackson se sentó en uno de los bancos de la salita. El aroma de la famosa salsa de las costillas a la barbacoa del restaurante de DJ le despertó el apetito.
—Se trata solo de una simple cita —dijo él, tratando de restar importancia al asunto—. Laila Cates es plenamente consciente de que no va a haber nada entre nosotros. Además, quiero que sepas que mis relaciones sociales no van a afectar para nada al rendimiento de mi trabajo.
Ethan se sentó frente a él.
—No estaría preocupado si no tuvieras esa fama de donjuán y rompecorazones. Pero ten cuidado. Por lo que he oído, Laila Cates es la novia de la ciudad: si te metes con ella, te metes con todos los hombres que la adoran. Y Traub Oil Montana no necesita ese tipo de propaganda, sería muy perjudicial para nuestros intereses. Además, te recuerdo que conseguir tener a esta ciudad de nuestro lado es algo que forma parte de tu trabajo.
Era obvio que Jackson tenía aún que esforzarse mucho para conseguir ganarse la confianza de su familia, pero estaba dispuesto a lograrlo. Su difunto padre así lo hubiera querido. Y Pete, su padrastro, se sentiría orgulloso de él. Toda la familia le debía mucho a Pete y el hombre se merecía el respeto y la consideración de todos.
Afortunadamente, casi todos los miembros de la familia iban a reunirse esa noche en aquel restaurante y podrían mostrarle su agradecimiento, después de la recuperación que Pete había tenido tras su infarto.
—No es mi intención crear ningún tipo de problema —dijo Jackson a su hermano.
Ethan pareció dar por buenas sus explicaciones y decidió dar por zanjado el asunto.
Pronto comenzaron a llegar sus hermanos Dillon y Corey, y sus primos DJ y Dax. Una vez sentados en la mesa, la camarera se acercó a tomarles la nota y luego se pusieron a charlar animadamente sobre cosas del trabajo y de la familia. En un momento dado, salió a colación el nombre de Arthur Swinton, un antiguo alcalde del ayuntamiento que había sido acusado de malversación de fondos públicos y que había muerto recientemente en la cárcel de un ataque al corazón.
Jackson pidió una tónica, para demostrar a sus hermanos que él no era hombre que necesitase tener una copa en la mano a todas horas. Quería hacer olvidar las copas de champán de más que se había tomado en la boda de Corey y que tan mala fama le habían creado.
Cuando les sirvieron los platos, todos se pusieron a comer en buena concordia.
Hasta que DJ, con gesto serio, les comunicó el motivo de la cena.
—En los negocios todo vale —dijo con aire enigmático.
DJ era un hombre amable y tranquilo al que le gustaba vestir de manera sencilla. Solía ir casi siempre con pantalones vaqueros, camisas de franela y un sombrero de cowboy. Tenía esos ojos oscuros y ese pelo castaño que parecía ser el sello de identidad de la familia Traub.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Ethan con gesto de sorpresa.
DJ dejó el tenedor en la mesa y se limpió la boca con la servilleta.
—Quiero decir que el LipSmackin’ Ribs está tratando de hacerse con todo el negocio de restauración de la ciudad.
Se oyó un rumor general en apoyo de DJ. Todo el mundo sabía que sus costillas eran todo un símbolo tanto en Thunder Canyon como en otros muchos lugares del país. No tenían parangón con las que servía aquel advenedizo que había abierto recientemente un restaurante en la parte nueva de la ciudad.
Jackson estaba tratando aún de asimilar las palabras de su primo. Recordó las dos ocasiones en que había estado hablando en el Hitching Post con Woody Paulson, el dueño del LipSmackin’ Ribs. El hombre, que sabía de sobra que él era un Traub, se había guardado muy bien de hacerle el menor comentario sobre las estratagemas que tenía en marcha para hacerse con el control del negocio.
Tal vez, Woody se hubiera estado riendo de él todo el tiempo, pensando en cómo se estaba aprovechando de su familia delante de sus propias narices.
DJ trató de disimular su preocupación, pero había algo en su mirada que lo desmentía.
—De alguna manera, el LipSmackin’ Ribs ha conseguido un acuerdo exclusivo con el Hitching Post y, en este momento, es su proveedor oficial.
Jackson negó con la cabeza con gesto disgustado. Sentía simpatía por su primo. DJ era una persona decente y noble, incapaz de hacerle una mala jugada a un competidor de su negocio.
—Vamos a ver si lo entiendo —dijo Dax, el hermano de DJ, que era el verdadero rebelde de la familia y que, por su aspecto y maneras, recordaba en cierta forma a James Dean—. ¿Quieres decir que un establecimiento como el Hitching Post, que lleva varias generaciones instalado en Thunder Canyon, le ha vuelto la espalda a uno de los ciudadanos más ejemplares de esta ciudad en favor de un grupo de desconocidos?
Jackson vio que Dax estaba tratando de controlarse, pero se veía por el color de su cara que estaba lleno de indignación por lo que le estaban haciendo a su hermano.
—Eso es lo que me han dicho —replicó DJ, doblando cuidadosamente la servilleta sobre la mesa—. Yo tenía un contrato en exclusiva con el Hitching Post y ahora… Francamente, no os puedo engañar, esta situación está afectando gravemente al negocio del Rib Shack no solo en Thunder Canyon sino también en toda la cadena de restaurantes del estado.
DJ estaba muy afectado. Al margen de las pérdidas económicas que estaba sufriendo, se le veía humillado por aquel advenedizo que pretendía hundir su negocio, usando malas artes.
Jackson, con la mandíbula contraída y los puños apretados, pensó que los Traub debían formar una piña para ayudar a DJ.
—No me puedo creer que el Hitching Post haya podido hacer una cosa así —dijo Dax.
—Tal vez haya una explicación para todo esto —dijo Dillon, el miembro de la familia que, además de ser médico, tenía fama de ser el más sensato de todos.
—La hay —dijo el DJ, con aire solemne—. El LipSmackin’ Ribs ha ofrecido unos precios tan bajos al Hitching Post que no han podido rechazar. Máxime en estos tiempos tan difíciles por los que todos atravesamos. No puedo culparles por ello. Así son los negocios.
—Es un gesto de deslealtad —exclamó Corey.
—Llámalo como quieras —replicó DJ, encogiéndose de hombros—. En todo caso, por lo que tengo entendido, el LipSmackin’ Ribs está teniendo pérdidas con este contrato.
—Entonces, ¿por qué demonios ha hecho una cosa así? —preguntó Dax.
Nadie consiguió dar una respuesta a esa pregunta.
Pero Jackson había sacado una cosa en clara: su primo DJ había sufrido una afrenta y cuando se ofendía a alguien de la familia, se ofendía a todos los Traub.
Acabada la cena, Jackson salió del restaurante de DJ y se encaminó al casco viejo de la ciudad con intención de pasarse por el Hitching Post antes de volver a casa. Sabía que Woody Paulson solía pasarse por allí a esa hora para tomar una copa.
Si quería comprender mejor la situación que había descrito su primo DJ, lo más sencillo sería ir a hablar en persona, de manera cordial y civilizada, con el dueño de LipSmackin’ Ribs. Afortunadamente, había cruzado algunas palabras con él en un par de ocasiones.
Además, ¿quién mejor que él para hacerlo, siendo el jefe de relaciones públicas de la Traub Oil Montana?
Trataría de comportarse de forma diplomática. Sería lo mejor.
Con la imagen aún viva de su primo DJ humillado, entró en el Hitching Post. Vio en seguida a Woody en un extremo de la barra con una jarra de cerveza en la mano.
La máquina de discos no tocaba en ese momento ninguna canción.
Jackson se acercó al hombre. Era un refugiado de Las Vegas, de unos cuarenta años, que aún conservaba un aire de la vieja escuela, con sus pantalones caqui arrugados y su camisa de seda de manga larga que, sin duda, había visto tiempos mejores.
Cuando vio a Jackson, levantó su jarra a modo de saludo.
—Buenas noches, Traub.
Jackson se acercó a la barra y le hizo un gesto al camarero indicándole que no quería tomar nada. Luego le devolvió el saludo a Woody, que echó un trago de cerveza sin prestarle demasiada atención. Se le ocurrió pensar entonces, que aquel hombre que planeaba arruinar el negocio de su primo, frecuentaba tanto el Hitching Post por los pedidos que conseguía de él.
—He oído que ha conseguido un contrato con el Hitching Post —dijo Jackson en un tono distendido y cordial—. Enhorabuena.
Woody se quedó sorprendido por un instante y luego le dio las gracias entre dientes con un susurro apenas inteligible y sin mirarle siquiera.
Eso no le gustó nada a Jackson. A él, le gustaban los hombres que decían las cosas cara a cara y no las comadrejas.
—Lo único lamentable —añadió Jackson, tratando de mantener la compostura— es que lo haya conseguido a costa de alguien de mi familia.
—El mundo de los negocios es así de cruel, Traub. Usted como ejecutivo de una gran empresa debería saberlo.
—Tiene razón. Pero si mi memoria no me falla, ni nadie de mi familia ni yo hemos tratado nunca de conseguir beneficios a costa de la ruina de los demás.
Woody miró a Jackson con gesto adusto y ojos extraviados. Probablemente estuviera ebrio.
Luego se apartó de la barra y se dirigió hacia la puerta.
Jackson, a pesar del desprecio que sentía por aquel hombre, pensó que sería más prudente dejarlo marchar. Al menos por el momento.
Pero entonces, Woody volvió la cabeza y miró a Jackson por encima del hombro con gesto arrogante e irónico.
—Dígale a DJ que no se asuste tanto. La competencia es siempre algo saludable que nos ayuda a superarnos.
Dígale que sea más hombre.
Todos los clientes que había en el bar se quedaron callados mirando a Jackson, esperando que saliera en defensa de su primo.
Él pensó que podría resolver aquello de forma civilizada y acompañó a Woody a la calle hasta el lugar donde estaba aún el poste que usaban los cowboys en otro tiempo para amarrar los caballos, de donde provenía precisamente el nombre de Hitching Post.
—Escucha, Woody —dijo Jackson en tono conciliador—. No hay necesidad de…
—Andas buscando pelea, ¿verdad? —dijo Woody, arrastrando las palabras.
—No, en absoluto. Pero…
Jackson no pudo terminar la frase. Recibió un golpe certero en la mandíbula que le dejó un par de segundos aturdido, pasados los cuales, reaccionó de forma instintiva asestando a Woody un fuerte puñetazo en un ojo que le tiró al suelo.
Se frotó los nudillos de la mano, lamentando haberse visto involucrado de nuevo en una riña contra su voluntad y que su familia volviera a verle como un irresponsable y un pendenciero.
—¡Maldita sea, Woody! ¿Por qué tuviste que obligarme a hacer esto?
Woody se tapó el ojo con la mano y se quedó en el suelo quejándose mientras Jackson se alejaba de allí.
Capítulo 3
Y BIEN, ¿cómo se siente uno siendo el terror de Thunder Canyon? —preguntó Jason Traub, en tono de broma, desde el otro lado de la línea telefónica.
Jackson se cambió el móvil a la otra oreja y tomó el vaso de café. Estaba en un quisco de la Plaza Mayor de la ciudad. Hacía una mañana bastante fría. Dejó unas monedas en el bote y saludó al vendedor que le dio las gracias. Luego se puso a andar tranquilamente por la plaza, sintiendo aún el dolor del puñetazo recibido en la mandíbula la noche anterior.
—En ese sentido, Thunder Canyon no es muy diferente de cualquier otro sitio —le dijo a su hermano gemelo, que le había llamado desde Texas tras enterarse de la reyerta que había tenido con Woody Paulson.
—Has tenido mucha suerte de que ese hombre no haya ido a denunciarte a la policía. Eso no le habría hecho nada bien a Traub Oil Industries.
—Lo sé.
Jackson lamentaba no haber sido capaz de controlarse y haberse enredado con Woody, en vez de dejarle en paz. Ya había tenido también unas palabras con su hermano Ethan al llegar a la oficina, a primera hora de la mañana. Tras contarle lo sucedido, Ethan le había mirado la mandíbula y, al no verle el menor rasguño, le había dicho que se merecía tener un buen moratón para que se acordara así de su hazaña.
—Te aseguro que no fue mi intención buscar pelea con ese tipo —dijo Jackson a Jason—. Créeme, no volverá a suceder.
—¿No fue eso mismo lo que dijiste después de la boda de Corey?
Jackson se dirigió avergonzado hacia un banco de hierro forjado que había en un rincón de la plaza, bajo un roble con las hojas medio secas por el otoño. Se sentó allí y contempló los escaparates de las tiendas y las fachadas de los viejos edificios.
—Te lo juro, Jason. Voy a empezar a ser otro hombre.
—¿A partir de cuándo?
—De ahora.
Jackson no era muy dado a juramentos y promesas. Tal vez ese fuera el primero que había hecho en su vida. Realmente, había tenido suerte de que Woody Paulson no hubiera montado un escándalo la noche anterior. Claro que, después de todo, él había sido quien había iniciado la pelea. Pero eso no era una excusa.
Jason se despidió de su hermano Jackson, deseándole suerte y colgó. A buen seguro, tendría muchas cosas que hacer en las oficinas de TOI en Midland.
Jackson se guardó el móvil en el bolsillo de la chaqueta, echó un trago de café y miró hacia una bocacalle que salía de la esquina de la plaza.
Sabía muy bien lo que podía encontrar allí. Tal vez un poco de consuelo.
Allí era donde estaba el banco en el que Laila estaba trabajando en ese momento.
Sonrió imaginándosela: rubia, con los ojos azules, elegante, bellísima.
El mundo le pareció maravilloso. Las mujeres le hacían sentirse mejor. Laila no era diferente de las demás.
Tomó el móvil de nuevo y marcó su número de teléfono. Lo había conseguido a través de un amigo de una amiga suya, después de no haber querido pedírselo a ella la otra noche. Cosa que hubiera sido más fácil.
Pero, ¿qué mérito habría tenido eso? Ese tipo de indagaciones formaba parte importante del excitante juego de la seducción.
—¿Hola? —respondió Laila, con cierto tono de sorpresa.
—Buenos días, sol mío —saludó él, confiando en que le reconociera por la voz, dado que ella no podía tener su número en la agenda de contactos del móvil.
Ella tardó en responder. Jackson se preguntó angustiado si no se acordaría ya de él. Una mujer como ella, recibiría seguramente muchas llamadas de hombres todos los días, diciéndole todo tipo de piropos.
—¿Jackson? —exclamó ella finalmente.
Él creyó advertir un brillo especial en su voz al pronunciar su nombre. Pero su ilusión de enfrió en seguida al oír el tono con que se dirigió a él.
—¿Puedo ayudarte en algo?
—Creo que teníamos una cita pendiente —replicó él con una sonrisa.
—¿Ah, sí?
—¿Creías acaso que se me había olvidado?
—Bueno, pensé que tenías otras cosas más importantes que hacer. Tengo entendido que estuviste ayer muy atareado.
Jackson puso un pie encima del banco y se pasó la mano por la barbilla.
—Así que estás enterada de lo de anoche.
—Ya te dije que, en estas ciudades pequeñas, las noticias vuelan.
Jackson miró de nuevo hacia el majestuoso edificio del banco y se imaginó a Laila en su despacho, toda elegante con su traje de ejecutiva.
Sintió un vuelco en el corazón. Ardía en deseos de volver a verla.
—¿Te has parado a pensar que si estuviera más ocupado, no me metería en tantos problemas?
—No me cabe duda. Hay muchas cosas que se pueden hacer en Thunder Canyon. Puedo sugerirte salir de excursión, ir por la montaña en un todoterreno, ir de compras al complejo turístico…
—Creo que me aburriría si fuera solo.
Jackson creyó oír un ruido de papeles a través del teléfono. Volvió a imaginarse a Laila con su traje de chaqueta y pantalón, muy seria y formal, examinando los expedientes del día.
Sentía debilidad por las mujeres serias y formales. Consideraba un reto, a la vez que una diversión, tratar de conseguir que lo fueran un poco menos.
—¿Tú que preferirías hacer? —preguntó él.
—¿Contigo? —exclamó ella, haciéndose la sorprendida—. Ninguna de ellas.
—¿Estás enfadada conmigo porque no te he llamado antes?
—En absoluto.
—Te creo. Debes estar acostumbrada a que los hombres te acosen y quieran salir contigo. Pero yo no soy de esos —dijo él con cierta arrogancia—. ¿Sabes lo que me gustaría? Ir de picnic. Pasar una tarde en el campo junto al lago, como se hacía en los viejos tiempos. Yo me encargaré de llevarlo todo. Pasaré a recogerte mañana a mediodía.
—Pero…
—Mañana es sábado. El mejor día de la semana.
—Iba a decirte que han anunciado riesgo de chubascos para mañana.
Jackson alzó la vista. Nunca había visto un cielo tan claro y limpio, exceptuando el de su Texas natal.
—Estoy dispuesto a arriesgarme contigo —dijo él—. ¿Y tú?
Era obvio que él no se estaba refiriendo al tiempo y ella lo captó en seguida.
Por un momento, él pensó que ella iba a darle calabazas y sintió una sensación de angustia y frustración como nunca había sentido antes.
Pero por eso la había elegido a ella, porque sabía que no era una mujer fácil. Y porque le subía la libido y la adrenalina con solo pensar en ella.
—Está bien. A mediodía —respondió ella finalmente.
—Hasta mañana, entonces, Laila.
Cuando Jackson colgó, sonrió de forma enigmática. Le había prometido a su hermano Jason, que se comportaría bien de ahora en adelante.
Pero eso no incluía necesariamente portarse como un buen chico con una mujer de bandera como Laila, que había accedido a pasar el sábado con él en el campo.
El Silver Stallion Lake estaba ubicado en un lugar apartado de la montaña, rodeado de pinos. En el mes de octubre apenas iba nadie al lago, pero en verano estaba lleno de bañistas y en invierno había multitud de aficionados al patinaje sobre hielo.
Laila miró al cielo antes de extender la manta azul en el suelo. Había algunas nubes.
Se sentó, tapándose las piernas con la falda de lana que llevaba, y sintió en el acto un par de pinchazos de las hojas de los pinos.
—No hay que preocuparse —dijo Jackson, sacando una bolsa isotérmica y unos paquetes de comida del todoterreno que había alquilado—. No hay peligro de que llueva en las próximas horas.
Ella le miró discretamente. Llevaba una chaqueta de sarga, unos pantalones vaqueros que realzaban sus piernas largas y atléticas, y unas botas algo desgastadas. Se había quitado el sombrero. Su largo pelo castaño oscuro ondeaba ligeramente con la suave brisa de la tarde.
Sintió una extraña desazón en la boca del estómago, pero se tranquilizó pensando que esa sería la primera y última vez que saliese con él. Tenía la esperanza de que esa cita fuera suficiente para convencer a Cade de que ella no estaba interesada en el matrimonio, tal como le había dicho.
—¿Te crees tan persuasivo como para que el tiempo pueda doblegarse a tu voluntad? —preguntó ella a Jackson, mientras él regresaba de nuevo del todoterreno con una nevera de camping.
Jackson la miró con una sonrisa parecida a la del gato a punto de comerse al canario.
Ella desvió la mirada e hizo un esfuerzo para no ponerse colorada.
—Si me lo propongo, puedo ser bastante convincente —dijo él, sentándose a su lado.
Tan cerca, que ella podía oler un aroma seductor. Sabía muy bien que no provenía solo de los pinos sino también del hombre que tenía al lado.
Laila sacó de la bolsa un pan francés que Jackson debía haber comprado en el mercado con la botella de Beaujolais que estaba sacando en ese momento de la nevera.
Mientras él descorchaba la botella, ella fue poniendo en un par de platos de plástico los quesos, las manzanas y las demás cosas, junto con un par de cuchillos.
—Desde luego, tengo que reconocer que sabes cómo preparar un picnic —dijo ella, acercándole los vasos para que sirviera el vino.
—Ya sabes el dicho: «En algún lugar del mundo están ahora en la hora feliz» —dijo él muy sonriente, con un brillo seductor en la mirada.
—Es posible que tengas razón, aunque no creo que sea aquí.
Ella trató de disimular su nerviosismo abriendo un paquete de queso Havarti.
—Te veo muy a la defensiva. Hasta cierto punto, lo comprendo. Hace muy poco que nos conocemos. ¿No será por las cosas que has oído decir de mí?
—¿Son falsas todas?
—Probablemente, no.
Ella cortó el queso, procurando no mirarle a los ojos. Su corazón le latía con tanta fuerza que pensó que podría ocurrir algo allí en cualquier momento, si se dejaba llevar por…
Trató de apartar esos pensamientos de la cabeza, cambiando de conversación.
—Es curioso. Me parece que eres diferente del resto de tu familia. De tus hermanos, al menos.
—Somos seis en total. Ser diferente de los demás no tiene por qué ser algo malo.
Ella levantó al fin la vista. Jackson dobló una pierna, apoyó el brazo en la rodilla y se quedó mirando a un punto lejano de la montaña como si estuviera en ese momento en otra parte. Luego tomó el cuchillo con una mano y una manzana con la otra y se puso a pelarla.
—Mi madre me decía a menudo que me parecía a mi padre —dijo Jackson—. Me refiero a mi padre verdadero, no a Pete Wexler, mi padrastro.
Por la forma en que hablaba, ella dedujo que debía de haber querido mucho a su padre. Mucho más de lo que él quería dar a entender.
—¿Qué pasó? ¿Se divorciaron? —preguntó ella.
—No, mi padre murió cuando Jason y yo teníamos solo seis años. Fue un accidente en una plataforma petrolífera.
—Lo siento, Jackson.
Él se quedó callado unos instantes, pero ella se dio cuenta de que estaba pelando la manzana con unos cortes muy desiguales.
—Dos años después de aquello, mi madre se casó con Pete. La mayoría de nosotros pensamos que había sido una decisión algo precipitada. Ninguno de los hermanos le aceptamos al principio. No le hicimos la vida nada fácil al bueno de Pete. Y yo tal vez fui el peor de todos.
—Así fue como empezó a forjarse tu fama de rebelde, ¿no? —dijo ella, hilvanando lo que acababa de contarle con lo que recordaba de su conversación en el Hitching Post.
—Creo que puse a prueba la paciencia de Pete —dijo Jackson—. Pero me di cuenta en seguida de que era un hombre muy templado y consiguió ganarse mi respeto, aunque yo tardé aún mucho tiempo en demostrárselo. Seguía considerando a mis hermanos mayores los verdaderos líderes de la familia, pero había algo en Pete que emanaba autoridad. Lo creas o no, yo fui el primero en aceptarlo y mostrarle mi aprecio. Eso fue algo que le complació mucho a mi madre.
Laila pensó que Jackson estaba a punto a abrirle el corazón, pero entonces vio que dejó de mirar a aquel punto invisible del horizonte y adivinó que ya no iba a contarle más cosas de su vida. Tal vez prefería dejarlo para otro día.
Pensó que era un verdadero maestro dosificando los relatos de su vida con cuentagotas.
—Ahora te toca a ti —dijo él con una sonrisa maliciosa.
—No sé si sabré contar mi historia por entregas como veo que sabes hacer tú.
Jackson pareció sorprendido. Dejó la manzana y el cuchillo en el plato y aprovechó para sacar la botella de vino y un par de vasos de la nevera.
—Eres muy perspicaz, Laila —replicó él con una sonrisa.
Jackson sirvió el vino. Chocaron los vasos y bebieron. Laila estaba feliz. El paisaje era maravilloso y se sentía muy a gusto a su lado. Pensó si no sería también efecto del vino que estuviera empezando a subírsele a la cabeza.
Jackson trató de que le contara algo de su vida, buscando algún punto en común con ella.
—Tengo entendido que sois también seis hermanos en la familia, ¿no?
—Sí, cinco chicas y un chico. Mis padres no pararon hasta que consiguieron el niño. Brody, es el benjamín de la familia. Mi padre estaba loco por tener un hombre en la familia y mi madre accedió como siempre a sus deseos.
Laila se imaginó, una vez más, a su madre sentada sola en la mesa de la cocina, ojeando los catálogos de la universidad con cara de nostalgia y frustración.
—Tu casa debe parecer un harén —afirmó Jackson muy sonriente.
—No te atrevas a acercarte a ninguna de mis hermanas —dijo Laila mirándolo fijamente, y luego añadió al ver la sonrisa de malicia en sus labios—: Hablo en serio.
—No necesito a ninguna otra mujer teniendo ahora a la preciosa miss Frontier Days a mi lado.
Ella se ruborizó. Pero no supo decir si porque le había gustado el cumplido o, por el contrario, porque él había utilizado la palabra «preciosa».
Podría haberla llamado inteligente, ingeniosa, simpática, atractiva…
No le desagradaban los piropos, pero hubiera preferido que él hubiera visto en ella algo más que su simple aspecto físico.
Por alguna razón, la conversación parecía haber llegado a un punto muerto. Jackson pensó que debía haber sido por algo que él había dicho que a ella no le había gustado.
Fuera lo que fuese, vio una oscura sombra en la mirada de Laila. Y no era por las nubes que empezaban a cubrir el cielo.
Ella tomó una loncha de queso y se la llevó a la boca. Jackson hizo un esfuerzo para desviar la mirada y no ver la sensualidad de los movimientos de aquellos labios carnosos que estaba deseando besar.
Pensó que sería mejor tratar de reprimirse hasta encontrar una ocasión más propicia.
—Mira, Laila, ya te dije en el Hitching Post que este tipo de conversación no era el más adecuado para una primera cita.
Lo cierto, sin embargo, era que él le había contado muchas más cosas de su vida de las que le había dicho nunca a una mujer.
A Laila le hizo gracia su forma de expresarse y esbozó una leve sonrisa.
Jackson, animado por esa reacción, trató de buscar otro tema de conversación más distendido.
—Bueno, ¿y qué me dices de los deportes que tenéis aquí en Montana?
—Esta ciudad no es muy aficionada a los deportes. Nadie sigue aquí los torneos profesionales de football o baloncesto, solo las competiciones de los equipos del instituto y la universidad. Eso sí, en otoño, celebramos los domingos el Football Day por todo lo alto. Nos reunimos la familia en el rancho de mis padres. Yo me levanto ese día muy temprano para ir a comprar comida y chucherías al Stop & Shop. Es todo un acontecimiento.
—Está bien, ya que no sois muy aficionados al deporte, hablemos de otra cosa. ¿Cómo te fue ayer en el trabajo, cariño?
—Igual que cualquier otro día, mi amor —replicó ella, siguiéndole el juego.
Bueno, parecía que la cosa empezaba a ir por buen camino, se dijo Jackson.
—He oído que eres toda una autoridad en ese banco.
—Es gracioso. A veces, me pregunto si de verdad tengo la autoridad que por mi cargo debería tener. No es que esté descontenta con mi trabajo, pero…
Jackson intuyó que estaba a punto de hacerle una nueva confidencia. Se sintió desconcertado. Él acostumbraba a hablar de cosas más frívolas con las mujeres con las que salía.
Se llevó un trozo de manzana a la boca y la miró fijamente.
Sí, Laila Cates podría ser la mujer ideal para darle el equilibrio que necesitaba.
—Pero, ¿qué?
Ella clavó los ojos en él, tratando de calibrar si era una pregunta de cortesía o si de verdad estaba interesado en conocer sus problemas. Se decidió por lo segundo.
—Me siento frustrada con mi jefe. Le presenté ayer una propuesta y estoy segura de que ni siquiera se habrá molestado en mirarla. Ya estoy acostumbrada. No es la primera vez. La verdad es que él me apoyó muy activamente para que entrara a formar parte de la dirección del banco pero, a veces, me da la impresión de que no quiere que llegue más lejos. Yo diría que es de esos hombres chapados a la antigua que piensan que donde una mujer debe estar siempre es…. debajo de un hombre.
Jackson creyó ver de nuevo en sus ojos esas mismas sombras que había visto antes en su mirada cuando la había llamado preciosa. No parecía la misma mujer que había ganado de forma tan brillante el concurso de belleza de miss Frontier Days.
Pero entonces, ¿para qué se había presentado a ese certamen si no para conseguir la corona?
Recordó su discurso en el escenario: «Todos me habéis demostrado esta noche que la experiencia y la sensatez que se gana con los años son algo muy importante en la vida, tanto de cara a nosotros mismos como hacia los demás».
Estaba claro que Laila quería ser algo más que la reina de la belleza de Thunder Canyon.
Comprendió lo superficial que él era a su lado. Era el hombre menos indicado para estar sentado allí con ella, pasando una tarde en el campo.
—Creo que deberías ser más agresiva en el trabajo —dijo él, sacando de la bolsa isotérmica la comida caliente que había comprado en el supermercado—. Deberías presentarte en el despacho de tu jefe y preguntarle si se ha leído tu propuesta. Y decirle, si es preciso, un par de cosas bien dichas, sin andarte con tantas delicadezas.
—Es así como acostumbras a solucionar tus problemas, ¿verdad? —preguntó ella con una sonrisa.
Jackson volvió a quedarse extasiado mirando con deseo el movimiento de sus labios.
«Calma, Jackson», le dijo una voz interior, mientras servía en los platos unas albóndigas caseras.
—Sé por donde vas, Laila. Pero tengo que decirte que si me peleé la otra noche con Woody Paulson fue porque él empezó.
Él sabía que esa no era razón suficiente para tratar de resolver a puñetazos sus diferencias con un hombre.
—¿Sabes lo que tendrías que hacer? —dijo ella.
—No. Pero intuyo que tú me lo vas a decir.
Ella le miró impasible y alzó el vaso de vino.
—Deberías probar a hacer más uso de la delicadeza que de la rudeza.
Delicadeza. ¿Qué concepto tendría ella de la delicadeza?, se preguntó él. ¿Tal vez ir andando de puntillas por un campo de tulipanes? Su orgullo de texano se vino abajo solo de pensarlo. Pero sabía que Laila tenía en parte razón.
Volvió a mirarla embelesado, mientras ella se apartaba el pelo de la cara, con una sonrisa. Estaba disfrutando de aquel día en el campo.
Jackson pensó que necesitaría verla y hablar con ella más a menudo, mientras estuviese en Thunder Canyon. Ella podía darle ese equilibrio que necesitaba para ganarse la confianza de su familia y convertirse en el hombre sensato que había prometido a sus hermanos.
Pero, ¿cómo podía conseguir eso sin tener una relación formal con ella?
Se pusieron a comer las albóndigas con una guarnición de puré de patatas, brócoli y salsa holandesa. Apenas hablaron de nada. Ella le contó algunas historias de Thunder Canyon. Le habló de la fiebre del oro de años atrás, del auge de la ciudad a raíz de la construcción del complejo turístico y de las luchas internas que había habido.
Él no dejaba de mirarla todo el rato. A cada minuto que pasaba, la deseaba más.
Se prometió que no se despediría de ella esa tarde sin haberla besado.
Cuando terminaron de comer, echaron los restos en una bolsa y lo guardaron todo, junto con la nevera, en la parte de atrás del todoterreno.
Jackson miró al cielo. Seguía nublado.
Pero ¿cuándo le habían impedido las nubes hacer lo que quería?
—¿Qué te parece si damos un paseo por este lugar tan maravilloso? —preguntó él—. Así haremos mejor la digestión y quemaremos algunas calorías.
Laila se pasó la mano por detrás de la nuca y se echó hacia arriba la melena, dejándola caer luego con un movimiento de cabeza. Estaba algo acalorada. Sin duda, por el Beaujolais.
—Sí, creo que es una buena idea. Esos brownies con nueces del postre estaban deliciosos, pero deben ser una bomba de calorías —replicó ella.
Se dirigieron hacia la zona del lago, gozando de la brisa de la tarde, del maravilloso paisaje y del silencio de la montaña.
Un ciervo de cola blanca, que salía de la parte de atrás del cobertizo del embarcadero, se cruzó en su camino. Sus pezuñas produjeron un sonido sordo al correr por entre el lecho mullido de las hojas caídas de los pinos.
Poco después, vieron a un conejo corriendo tras las huellas del venado, como si estuviera echando una carrera con él y quisiera alcanzarle.
—Bambi y Tambor —dijo ella, echándose a reír.
Él también se rió. Se cruzaron sus miradas.
Los ojos azules de Laila eran tan grandes y cautelosos como los del propio Bambi.
Él volvió a fijarse en sus labios, rojos y exuberantes.
Se inclinó hacia ella hasta sentir la fragancia de su piel y el calor de su cuerpo.
Pero entonces, un relámpago iluminó el cielo y apenas unos segundos después comenzó a llover. Se agarraron de la mano y se dirigieron corriendo hacia el cobertizo del embarcadero.
Entraron precipitadamente, dejando la puerta abierta, mientras comenzaba a arreciar la tormenta.
—¿No dijiste ayer que iba a hacer un día formidable y que no iba a haber riesgo de chubascos? —dijo ella con la cara y el pelo mojados.
Él le acarició las mejillas, se inclinó hacia ella e hizo lo que había estado deseando hacer toda la tarde: besarla.
Darmowy fragment się skończył.