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PARADIGMA

Primera edición: abril 2021

ISBN: 978-607-8773-09-1

© Cristina Harari

© Gilda Consuelo Salinas Quiñones

(Trópico de Escorpio)

Empresa 34 B-203, Col. San Juan

CDMX, 03730

www.gildasalinasescritora.com Trópico de Escorpio

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Distribución: Trópico de Escorpio

www.tropicodeescorpio.com.mx Trópico de Escorpio

Diseño editorial: Karina Flores

Ilustración de portada: Alexandra Haynak en Pixabay

HECHO EN MÉXICO

Quizá todos nuestros amores no sean más que

simples ilusiones y símbolos…

Quizá tú y yo no seamos más que meros paradigmas,

y esta tristeza que a veces nos envuelve nazca

de la desilusión de nuestra búsqueda,

cada uno a través y más allá del otro,

vislumbrando momentáneamente, y de vez en cuando,

la sombra que dobla la esquina

un paso o dos antes que nosotros.

Evelyn Waugh

Preámbulo

Llegar primero es lo único que importa, y en esa carrera loca de cientos de miles que lo intentan, el instinto, ese rasgo primitivo de sobrevivencia, es lo que guía el trayecto.

Desde un principio se establece el reto, una batalla, la naturaleza débil superada por el más fuerte. Salen al unísono, en estampida y, aunque todos se encaminan a la misma meta, solo uno tendrá éxito. La movilidad está regida por el ímpetu de seguir adelante, una fuerza involuntaria que arrastra hacia la fecundación.

La primera manifestación del gen egoísta, un vestigio arcaico que faculta la subsistencia, manifestado a veces de manera visible, presente como una sombra no reconocida.

En ese líquido viscoso, el instinto de preservación lo catapulta hacia el objetivo para fundirse y permanecer en esa oscuridad creadora. Después de penetrar la membrana surgirá el proceso de replicación: atcg… ttga… cgat… gatc… y así hasta completar el patrón.

1. En la oscuridad

Aún duda si ese bebé debe nacer, las condiciones no se prestan. El médico de guardia dijo que el embarazo podía seguir su curso normal. ¿Normal? y, cómo sabe si esto puede llamarse así. Un crío sin padre, y las implicaciones legales que tendrá en un futuro, ¿quién en su sano juicio querría traer hijos a este mundo?

Grecia mira a su hija en esa cama, parece como si solo estuviera dormida. Trata de adivinar lo que podría estar pensando si tuviera conciencia de lo que sucede y el accidente no hubiera ocurrido.

El episodio del secuestro de la Rusita fue el detonador. Ella intentó hacer algo, se había involucrado de más, de otra manera no se explica la angustia que vio reflejada en el rostro de su hija, como si se hubiera tratado de alguien de su familia o una amiga cercana.

Y por si fuera poco, la situación comienza a complicarse con la noticia del embarazo. Si de ella dependiera, la joven se libraría de la carga que representa traer a un hijo que no fue planeado, porque de seguro ese ser en formación era producto de un acto irreflexivo o de una violación. Y lo que debe significar ser ultrajada de esa manera. Decide ir en busca del neurocirujano, no quiere poner en riesgo la vida de su hija.

—Gracias por recibirme, ¿doctor?

—García Cisneros, ¿en qué puedo ayudarla?

—Soy mamá de la joven hospitalizada en el cuarto 201. No sé bien cómo empezar, pero apelo a su buen juicio y asumo que comprenderá que, como responsable de mi hija, no puedo permitir que sufra una situación que puede y debe controlarse ya, de inmediato.

—El coma inducido es la mejor manera de prevenir que la inflamación dañe algunas partes del cerebro, aunque tengo entendido que ya se ha ido reduciendo el sedativo y es posible que su hija despierte por sí misma, pero debemos tener cuidado debido al traumatismo craneal que sufrió y esta es la única forma de observar y controlar un daño permanente, algo que no hemos descartado.

—No me refiero a eso, doctor García. El médico que nos atendió primero, no recuerdo su nombre, dijo que está embarazada y como apenas regresó del extranjero, sabrá Dios si alguien abusó de ella y lo que quiero decirle, pedirle, es que como usted comprenderá, resulta necesario detener ese embarazo sin peligro para ella.

—Eso no es posible, señora Quiroga…

—Cáceres, soy divorciada.

—De acuerdo, como le decía, creo que en primer lugar eso debe platicarlo con ella, después de todo ya es mayor de edad y sería imprudente y falto de ética suspender la gestación que está algo avanzada.

—¿Cómo?

—Después del primer trimestre es riesgoso un aborto y solo si la vida de la madre peligra es posible contemplar el procedimiento que, desde luego, no sería factible, no a menos de que un médico lo dictaminara así y no es el caso.

De modo intempestivo, Grecia se levanta al tiempo que entre dientes deja escapar un “gracias” sin mucho convencimiento y sale al pasillo que ahora le parece un laberinto. ¿Hacia dónde está la habitación?

Entonces ella lo sabía desde antes y dejó que continuara. Luego desecha el pensamiento. No, se dice, ella siempre ha sido muy cuidadosa, aunque su ingenuidad pudo haberla llevado a cometer un acto de supuesto amor. Tal vez Azucena no ha pensado siquiera en la posibilidad de un aborto… La mujer ignora la realidad. Soy la única persona que está a su lado, podría persuadirla si tan solo pudiera escuchar, y si encontrara las palabras correctas.

Grecia trata de convencerse a sí misma de que ese “problema” tiene solución, porque la verdad resulta demasiado cruda; ella entenderá razones, lo único que desea es ahorrarle sufrimiento, no es tarde para subsanar errores. No puede esconder la verdad, en sus manos estuvo que llevaran una mejor relación, ahora no es tiempo de mentiras, la falsedad nunca ha sido un recurso para ella por graves que sean las circunstancias, pero ¿no será demasiado tarde?

Cuidar de ella, aconsejarla, ¿le habría hecho caso? Siempre fue una chiquilla rebelde, aun cuando formaban una familia, a partir de la separación todo se fue a pique. De adolescente ni lo intentó, todo las separaba: el internado y la maestría que ella misma tomó en derecho internacional. El alejamiento de Julián, la beca en el extranjero, brechas que se fueron abriendo y que nadie pudo revertir, aunque sí, lo admite, gran parte de la culpa es suya.

El trato entre ellas se volvió aún más hostil cuando fue de visita al internado, ya tenía varios años lejos y tratar de convencerla de que regresara a vivir con ella fue un intento fallido. La forma de pensar, de conducirse era tan distinta que hizo imposible un acercamiento. La vida sigue adelante y nadie puede cambiar el pasado. Recuperar a su niña de esa pesadilla es lo único que importa, no es demasiado tarde, no puede serlo. El amor de una madre debe ser recibido, valorado. No, se dice, no hay pretextos, no estuve cerca y el resultado lo tengo frente a mí. Pero no soy la única culpable, ¿o sí?

Da con la habitación. Se detiene junto a la cama. Observa a su hija como si lo hiciera por primera vez; estudia su rostro ahora pálido, tendida ahí, como muerta. Entonces se acerca para decirle al oído: “Hija, despierta, aquí estoy contigo, vuelve, por favor”.

La enfermera interrumpe para revisar los signos vitales de la paciente.

—Señora, váyase a descansar un poco a su casa, aquí estamos al tanto.

—Lo sé, pero no podría, ella se va a despertar en cualquier momento, eso dijo el médico, y no se preocupe, no estoy sola, afuera está una amiga de mi hija, gracias.

—Como usted diga, me llamo Aurora, por si necesita algo.

—Espere, no he tomado nada. Aprovecho que está aquí, voy por algo para beber de la máquina del piso, no tardo.

Elige el número 8 letra C que indica un café sin azúcar; una pequeña luz verde se enciende, el vaso desechable es colocado bajo el dispensador. Grecia espera para abrir la pequeña portezuela de plástico transparente, retirar el envase que apenas podrá sostener, de lo caliente que está, para luego dirigirse como malabarista por el pasillo. Al dar el primer sorbo se da cuenta de que pudo haber presionado cualquier botón porque la máquina, como si tuviera decisión propia, endulzó la bebida. No importa, necesitaba sentir algo en el estómago. Con todo y como odia estar en un hospital, no quiere apartarse de ahí.

Apenas se ha despegado del cuarto de Azucena, hospitalizada quién sabe hasta cuándo, y los nervios por regresar a su lado la hacen caminar más de prisa de lo que debería, tomando en cuenta el vaso caliente. Imagina el instante en que la joven regrese del coma y quiere, necesita estar a su lado.

Conforme va por el corredor tratando de apaciguar el líquido caliente que amenaza con desparramarse en cualquier momento, repasa el relámpago fatal, cuando Emilio Cervantes la llamó.

—Su hija no pasó la noche con la familia del señor Quiroga; sí fue de visita, pero un par de días antes. Que la vieron un tanto alterada. Luego salió porque tenía una cita, por cierto, con usted, doctora. Dijo que en un restorán y que se verían a las ocho.

Grecia siente que le cae encima todo el peso de los años que no estuvo a su lado. No se había percatado de hasta qué punto su hija necesitó tener una familia. A partir del internado empezó a gestarse la tragedia que ahora viven, es una herida abierta y no sabe de qué manera manejar el dolor; imagina fichas de dominó colocadas con estrategia: al impulsar la primera se desploman todas por inercia, una tras otra, mientras el abandono empieza a estrujarle el pecho.

No termina de entender las motivaciones que la llevaron a buscar a Julián, pero y él, ¿por qué no se ha comunicado? Claro, no sabe lo ocurrido, y quizás él sea responsable de esta tragedia.

No, se dijo reconociendo su parte, todo esto es resultado de las decisiones que tomamos; nunca creí que la vida me fuera a enfrentar a lo mismo que a mí me sucedió. Justicia divina, alguien podría decir.

Mientras, la mente de Azucena es un arroyo que no encuentra cauce. El canto de un río que la llama, ese sonido hipnótico, el fluir del agua, la tiene cautiva en un sitio de oscuridad, no hay imágenes, solo palabras dispersas que vienen y van, un murmullo constante y adormecedor. No hay necesidad de volver, así se está bien, todo queda en el olvido, porque en lo más profundo de su ser ella no desea recordar.

2. La espía

En la tierra antes considerada territorio romano, el reino de Hispania se encuentra debilitado por las continuas guerras, la peste, la hambruna y el asedio de las huestes inconformes con el reinado. Numerosos concilios pretenden limar las diferencias religiosas y la capital, Toledo, se ha convertido en un sitio que alberga la urbe episcopal y civil.

A modo de paliar el abatido gobierno, el consenso fue unánime, y aunque por heredad no le toca ser rey, el nominado se prepara para ser ungido con la corona real. Corre el año 710 d.C., los romanos han sido desterrados y los visigodos que llegaron desde el Mar Negro al sur de ese territorio, con miras a conquistar la Galia, pronto fueron expulsados por los francos. La estirpe de origen germánico se instaló entonces más al sur, en la península, donde desde hace varios cientos de años gobiernan y modifican leyes a su antojo.

Pasarán décadas para que los vikingos logren la hazaña que los visigodos no lograron: invadir la gran isla con su ejército denominado pagano y masacrar a todos los religiosos del monasterio de Lindisfarne, y con ello dar inicio a la gran época danesa.

El conde Olián, gobernador de Ceuta, última posesión bizantina del Norte de África y aliado del depuesto Akhila, es uno de los nobles cercanos a la corte. Hasta el momento y por motivos de conveniencia, ha mantenido su adhesión a la corte visigoda, pero sabe que, en caso de necesitar apoyo, no dudará en solicitar ayuda de la milicia musulmana para derrocar a quien será propuesto como rey de las Hispanias y en quien tiene, como muchos, muy poca confianza.

Sin embargo, el noble comanda una de las huestes encargadas de combatir a los moros en la frontera y sabe que debe lealtad al reinado, sea o no de su agrado quien ocupe el trono.

Muerto Wikita, el penúltimo rey visigodo, su hijo Akhila ii es quien debería ser ungido con el cetro real por la línea de sucesión patriarcal; sin embargo, debido al temor de que Akhila pudiera continuar con la política suave de su antecesor y por el peligro inminente de una invasión, después de interminables discusiones los fidelis regis o leales a la casa real, junto con el senado, y presionados por la imperiosa necesidad de conservar la tierra y la vida, eligen a Roderico, a quien tienen por el más apto dirigente y quien puede solucionar los constantes problemas de la zona. Consideran que por haberse formado en un castrum, su valentía lo avala, una cualidad garante para lograr la unidad de las distintas facciones en que se encuentra dividido el reino. Pensando en abolir el continuo asedio de los moros, el Concilio lo propone sin saber que esa supuesta valentía oculta un temple proclive al asesinato y a la crueldad.

Convidado a la coronación, el viudo conde Olián pide a su hija lo acompañe con el fin de que preste oídos a lo que puedan comentar los esbirros del nuevo rey; debe pasar inadvertida, pero estar atenta a cualquier indiscreción. Si como imagina, por vanagloriarse de su poder Roderico ha ventilado su estrategia, Flora bien puede servirle de espía.

Contrario a los planes del conde, tan pronto entran, las miradas se adhieren en la estampa de la joven; a sus dieciocho años muestra el porte de quien se sabe hermosa, camina con la seguridad de que a su paso el recinto se ilumina.

Por tratarse de un hombre mayor, el noble es conducido a una mesa aparte y Flora debe acompañar a las demás jóvenes que la reciben desplegando envidia.

La coronación se lleva a cabo en un clima de festejo por parte de pocos y de disgusto por la mayoría. La fiesta se prolonga durante varias horas en las que hay dispendio de licores y surtidas viandas para los convidados, el vino corre sin medida, mientras que las sobras son repartidas entre la tropa y los desperdicios lanzados a la calle donde los menesterosos aprovechan las miserias.

La tertulia aburre a la joven, departir con las insulsas damas de la corte la fastidia. Lo único que en verdad le pareció trascendente fue algo que comentaban los guardias apostados a la entrada del salón; se había aproximado con el pretexto de acariciar al galgo de pelaje oscuro echado muy cerca. Uno de ellos aseguraba la veracidad de la historia de la cueva o casa cerrada, un recinto tapiado por los romanos, quienes pusieron el primer cerrojo, nadie debe atreverse a abrirlo, está prohibido y quien lo hiciere también quedará expuesto a la maldición que inevitablemente caerá sobre el profanador. Cómo le gustaría a ella ver el tesoro que contiene ese espacio que algunos llaman sagrado. Con seguridad cientos de collares de perlas y tiaras con gemas preciosas, ocultos de la mirada ajena, resplandecen en la oscuridad iluminando rincones. Cualquier joven luciría aún más su belleza ataviada con una de esas alhajas; ella, por ejemplo; además, podría solucionar varios de los problemas que tienen a su padre tan agobiado y enfermo. Quiere saber más de la gruta, pero en ese momento el galgo se levanta atendiendo el llamado de su amo y ella desvía la vista hacia el trono donde se topa con una presencia que destila masculinidad, no puede negar la atracción que le ha provocado Roderico.

En ese instante Olián, que ha estado atento de los movimientos de su hija, nota el intercambio de miradas y muy a su pesar se da cuenta de lo mucho que en silencio se dicen esos ojos.

—Es tiempo de irnos, hija mía. No hace falta ninguna reverencia, sígueme hacia la puerta.

—¿Tan pronto, padre?

Están por salir cuando se forma un remolino de trovadores y bufones convocados para amenizar el convivio. Entre esa turba va un tullido, es obvio que se vio arrastrado por el grupo de animadores en su paso hacia la salida del palacio. Camina con dificultad apoyándose en una estaca, intenta no ser visto, pero uno de los guardias denuncia su presencia al notar su desconcierto. Alertado por el barullo, el nuevo monarca se interesa por lo que sucede y, en lugar de ordenar que lo lancen al fango de donde proviene, le manda bailar sin el soporte al ritmo de los tambores que ya se escuchan, de no hacerlo enfrentará el garrote.

Ante las burlas de los asistentes, el hombre es despojado de lo que lo mantiene en pie, apenas puede sostenerse sobre la pierna sana y los aspavientos que hace para lograrlo aumentan la risa de quienes vuelcan en ese ser indefenso el miedo que reprimen y que solo pueden liberar de esa manera.

—¡Ahora salta y diviérteme si no quieres terminar como alimento de los buitres!

—¡No! —Flora se arrepiente al instante y trata de enmendarse—. No sé cómo ha sucedido, majestad, este hombre es nuestro esclavo, con seguridad desobedeció a mi padre y nos siguió hasta aquí.

Olián reacciona tarde, va a intervenir cuando Roderico se incorpora y va hasta la muchacha. La música que apenas comenzaba ha cesado y todos enmudecen en espera de lo que va a suceder.

Como si midiera el efecto que tiene su caminar lento, con una mano golpea una fusta sobre la palma de la otra, su túnica oro va ceñida a la cintura por un grueso cinto labrado, la capa roja echada sobre un hombro y las calzas anudadas marcan sus musculosas pantorrillas. Llega hasta plantarse a centímetros de la atrevida. La expectación de todos los concurrentes va en aumento.

—Y ¿será posible que esta mitad de hombre sirva para algo?

En lugar de contestar, Flora hace una reverencia, sabe que su irreflexión ha ido más allá de los límites y que no solo ella se expone, entonces con la vista baja responde:

—Perdónele, usted, y a mí también. Me aseguraré de reprenderle como se merece.

—¿A quién deberé la reprimenda?

—Con la venia, majestad, me presento, soy Olián, conde y gobernador en el estrecho desde Ceuta hasta Algeciras, y uno de sus generales que comandan una tropa para salvaguarda de nuestra nación, y ella es Flora, mi única hija. Le ofrezco una disculpa por…

—Asegúrese de vigilar que este remedo de esclavo reciba su merecido.

Con la corona sobre las sienes brillando igual que el destello virulento en sus ojos, el monarca levanta la fusta y lanza un golpe que derriba al mendigo. Ayudado por el conde y su hija, los tres se dirigen a la salida mientras las panderetas retoman el compás.

Roderico, duque de Bética, es ahora soberano de los visigodos, y tiemble quien no obedezca su palabra; la paz será impuesta y no habrá insubordinados; quien ose discrepar sobre sus mandatos probará la muerte, ya que él se siente bendecido por la mano de Dios para llevar a cabo tan insigne tarea. Pocos saben que en un futuro no muy lejano su elección provocará una guerra civil, y que la nación fijará su destino.

3. Un futuro brillante

No imaginó cuál sería su destino cuando aceptó casarse con Julián, Grecia era una estudiante que estaba por graduarse de una licenciatura en leyes, un título que recibió al mismo tiempo que el análisis del laboratorio que confirmaba sus sospechas: estaba embarazada. El error no era haberse involucrado con su compañero de la universidad, sino haberle confiado la noticia. Ella no estaba convencida de continuar con la gestación, pero él se impuso, era lo mejor que podría haberles sucedido, dijo, y, ¿dónde quedaba lo que ella tenía planeado?

Desde que ingresó a la carrera se dijo que no iba a contentarse hasta lograr una maestría y, si fuera posible, cursar un doctorado en el extranjero. Bastante esfuerzo había hecho, debido a que era huérfana, para costearse la carrera; cuántas horas de desvelo trabajando como capturista de documentación legal y administrativa, demandas y sentencias judiciales. Desde luego que en el proceso aprendió mucho, pero también sacrificó mucho. Su vida social se limitó a salidas esporádicas a tomar una cerveza con sus amigas y en cuanto ella y Julián se conocieron ya solo él fue su acompañante.

De esas noches en idilio y madrugadas con intercambio de pasiones había surgido el dilema. La aterraba enfrentarse a situaciones desconocidas y esa era una de proporciones mayores; además, se dijo, soy dueña de mi cuerpo y tengo la facultad de elegir, nadie lo va a hacer por mí. Sin embargo, también sabía lo que era crecer sola, sentirse apartada como si le hubieran extirpado un brazo o una pierna, así había caminado por la vida, igual que una lisiada por no tener el apoyo de una familia. Hizo a un lado el temor que tampoco supo reconocer y la gestación siguió su curso.

—Desde antes de casarnos sabías que yo deseada seguir preparándome, no me salgas ahora con que, ¿cómo dijiste? Que debo ocuparme de mis verdaderas responsabilidades. ¿Acaso no cumplo con mi papel de esposa, de madre, incluso de asesora? Porque somos colegas, no lo olvides. No puedo hacer a un lado la oportunidad que ahora se me presenta. La niña puede ingresar al internado y tú tendrás todo el tiempo para tus…

—Déjate de argumentos vacíos, Grecia, no estás litigando. Y no vuelvas a acusarme de infidelidades que nunca han ocurrido. Haz lo que se te pegue la gana, al fin siempre es así. Mi palabra nada vale, solo que cuando regreses ya no me encontrarás.

Satisfecha como si hubiera ganado una ponencia, la abogada de antemano y sin tomar en cuenta más que sus intereses, ya tiene comprado el boleto de avión a Nueva York, alquilado el cuarto en la residencia junto a la Saint John’s University School of Law y apartado su lugar para la maestría.

—Sin amenazas, Julián, que ya sabes que no funcionan conmigo. El tiempo se pasará volando y cuando menos lo pienses estaré de regreso. Dos semestres es poco tiempo, ya verás. No seas intransigente, amor.

—Ahora tratas de utilizar tus estrategias de conciliación. Olvídalo, y no te estoy amenazando sino advirtiendo.

El autobús de la escuela se detiene frente a la casa de avenida Homero, en Polanco. Julián se asoma desde la ventana del segundo piso de la mansión estilo barroco, ve a su pequeña correr hacia el interior donde la nana ya la espera con la puerta abierta.

—Llegó Azucena. ¿Has pensado cómo lo va a tomar? Por cierto, ¿dónde queda ese internado?

—¡Papá, papi! ¡Me dieron un premio en la escuela!

En los cálculos de la joven abogada no había lugar para lo que su hija pensara. Si iba o no a estar de acuerdo era lo de menos, a los siete años resultaba absurdo pedir su opinión, y al final saldría ganando. Eligió el mejor colegio de Canadá para estudiantes extranjeros, una institución educativa exclusiva para niñas donde el francés era obligatorio y donde también perfeccionaría el deficiente inglés que le enseñaban en la escuela. Además, sus compañeras serían hijas de la élite europea, vaya que se había informado. Equitación, esgrima y otros deportes serían el complemento perfecto para la formación de Azucena.

—¡Papaaá!

Julián se había quedado esperando la respuesta de Grecia, al ver que nada diría salió del cuarto reprimiendo su enojo. Desengáñate, se dijo, ella no va a cambiar su decisión.

—A ver, por qué tanto grito, mi preciosa.

—Es que mira este papel, es mi recon, recon…

—Recompensa, me imagino que quieres decir.

—Sí, papi, eso. Como hice todas las tareas en un mes y no falté ni un día, este es el boleto para ir por un gatito. Yo quiero uno así de chiquito, con ojos verdes y su pelito muy blanco.

—¿De qué se trata tanto alboroto, hija?

—Es que mami, mira lo que me gané.

Lo que tenía en las manos y Julián revisaba con detenimiento y bastante sorpresa era una especie de certificado para recoger una mascota de un albergue, con una explicación sobre los beneficios de adoptar animales rescatados para destacar los valores de humanidad y civismo en los pequeños. Cuando se lo dio a leer a su mujer la protesta no se hizo esperar, pero dominando sus impulsos empleó la táctica del convencimiento.

—Bueno, ya no saben ni qué inventar para evadir impuestos porque el colegio debe generar buenas utilidades. Azu, mi amor, ¿has pensado quién va a cuidar de ese gato cuando tú no estés?

—Cata, ella puede ayudar —la muchacha de servicio esperaba todavía en el recibidor y estaba a punto de confirmar la petición de Azucena, cuando la niña volvió a insistir—. ¿Verdad, Cata, que sí?

Julián midió bien lo que estaba por suceder y no dio tiempo a que la chica contestara.

—Claro que sí, hijita, y yo también lo cuido, porque difícil no ha de ser. Estoy seguro de que tu mamá estará de acuerdo conmigo, ¿no es así, querida?

La habían desarmado. De nuevo consintiéndola, pensó, y de paso se venga de mí haciéndome rabiar. En ese momento ya nada podía discutir, pero lo ocurrido fortalecía su convicción de que lo mejor para todos era que la niña fuera a estudiar donde no hubiera falta de disciplina. Un futuro brillante, según creía, no se construye sin algo de sufrimiento y su hija debía ser fuerte, esforzarse; contaría con todas las ventajas para lograrlo.

—Cata, ayúdale a la niña a que se cambie el uniforme.

Todavía emocionada, Azucena se dejó conducir sin reproches, pero a media escalera volvió al tema: iba a ser muy importante ir a la casita donde vivían los animales que ya nadie quería, pobrecitos, ya hasta tenía un nombre elegido.

—Julián, no te vayas, necesito hablar contigo.

—Ahora no, Grecia, por favor, pero sigo en lo dicho: si insistes en irte y mandar a mi hija a no sé dónde, puedes dar por terminado lo nuestro.

Ya no quiso esperarse a que respondiera, conocía de antemano lo obstinada que era su mujer, tal vez estando a solas podría recapacitar, y para no dar espacio a más altercados salió dando un portazo.

Al principio la reacción de quien se suponía que era el jefe de esa casa la violentó, pero no podía negar que empezaba a sentirse libre como pájaro, atrás quedaba la jaula en que se había convertido su matrimonio.

Ahora, se dijo, debo elegir el momento oportuno para explicar a Azucena por qué va a cambiar de colegio, comprenderá que es por su bien, y lo divertido que es conocer otro país, otro idioma y a personas con distintas costumbres.

4. Ante el rey

Había sido igual que ir a otro país, escuchar un lenguaje desconocido, ver distintas costumbres, vestigios de la dominación romana, todo en un acto para reverenciar al rey Roderico, una figura recia que le inspiró temor y veneración y que no puede alejar de su mente. Esa primera vez en la corte es ya una huella definitiva; Flora anticipaba el boato, el derroche, pero no con tal petulancia:

Apenas traspusieron el portón del palacio, el menesteroso se tendió en el suelo para besar el ruedo de la zaya de su bienhechora.

—¡Quita de aquí, bellaco!

—No, padre, déjele usted. ¿No ve que el pobre hombre no pretende hacernos daño? Mejor socórrale con unas monedas.

El conde dio un paso atrás, Flora extendió la mano a su padre para recibir el dinero que a su vez entregó al hombre envuelto en su pañuelo; él, en gratitud, volvió a apoyar sus labios sobre la orilla de su vestido y se alejó para unirse a la muchedumbre. Varios campesinos, despojados de sus tierras, aguardaban audiencia, cándidamente pensaban que serían restituidos. Más allá se encontraban algunos ex combatientes esperando que la servidumbre arrojara las sobras del banquete, como leprosos cubrían con vendas aquellas partes de su cuerpo que habían perdido en batalla. Extraviada la fe en ser recompensados por su lealtad, esos guerreros, antes parte de las huestes reales, ya no podían emplearse en la milicia y sin otro oficio que no fuera guerrear, pasaron a la categoría de limosneros. Algunos rufianes se aproximaban para intentar despojar, a veces con éxito, a ciertos nobles más interesados en comentar la chapuza del nuevo rey, que en cuidar sus pertenencias; incluso se atrevían a afirmar que Roderico había mandado asesinar a Wikita y desterró a su descendiente con tal de apoderarse del trono.

Flora alcanzó a escuchar lo que iban diciendo. Cómo era posible que un caballero con esa galanura fuera un usurpador, con seguridad su padre no pensaba igual.

—Padre, ¿advirtió el agravio? Sé la rectitud con que usted se conduce y quisiera que me explicara si es eso es verdad.

—Esa misma rectitud exijo yo de ti, por eso no debes prestar atención a asuntos que no nos competen.

—Es grave lo que iban comentando.

—Por lo mismo no debes inmiscuirte, menos aún por ser una doncella de noble cuna, de sobra sabes que tu conducta debe ser impecable —y para que no insistiera agregó—. A esos incautos no les falta razón, aunque deberían cuidar sus palabras, es lo único que me harás decir.

Siguió al conde pensando en lo último que había dicho, varias conjeturas se arremolinaban en su cabeza.

Pronto se distrajo con el olor insoportable de las verduras descompuestas y la mugre acumulada en esos cuerpos, por costumbre buscó su pañuelo y, al no encontrarlo, mejor apresuró el paso para alejarse cuanto antes, aunque más penoso le resultó darse cuenta del gran contraste entre los dos escenarios: tras las murallas imperaba la abundancia y ahí, la inopia.

Antes de salir de casa, pide al aya discreción si su padre pregunta por ella, pueden decirle que está descansando. La verdad es que no ve la razón de ir acompañada apenas pone un pie fuera, ya no es una niña y, además, no necesita que alguien la cuide. Le gusta ir cerca de la ribera de la afluente donde siendo apenas una niña alguna vez la llevó Cenci, su madre, a quien extraña, apenas tenía siete años cuando enfermó de una rara dolencia que la consumió en días. Como su padre supuso que podría tratarse de la peste que en esos momentos estaba reduciendo a la población, le prohibió acercarse. Ya no trenzaría su cabello ni le haría figuritas con la miga del pan, quedaba huérfana de madre y nunca se repuso de esa pérdida. Varias veces ha soñado que Cenci regresa, y en la frente siente el beso que le planta mientras le dice que es hora de dormir. Al despertar no halla consuelo, nadie puede parar su llanto, hasta que el aya va por ella y la conduce en brazos hasta la fuente, el sonido del agua al caer funciona como bálsamo.

Se queda observando el serpenteo del torrente. En esos momentos y por mucho que lo desea, no es bien visto que se despoje de sus ropas para entrar en ese arroyo, entonces solo se descalza para sentir la frescura del agua. Vuelve a pensar en Roderico y trata de justificarlo imaginando que su actitud despótica y poco sensible se debe a una niñez amarga. De inmediato piensa en la suya y se dice que, de no haber perdido a su madre, seguiría siendo inmensamente feliz. Y no puede sino reconocer que también a partir de su deceso, la salud de su padre comenzó a deteriorarse. El siseo del agua que corre libre siempre la hace divagar, la lleva a ensoñaciones donde muchas veces pierde la noción del tiempo.

Debe darse prisa antes de que el conde Olián pregunte por ella. Decide cruzar por el mercado, ese viernes resulta el mejor día para encontrar de todo, aunque ella nada necesita. Entre la cerámica de los alfareros y el cobre de los herreros, Flora se siente atraída por una harapienta en un puesto de hierbas medicinales; con una voz que parece llegar desde el fondo de su entraña oferta el alucinante ajenjo y la venenosa atropa, la inofensiva camomila y el diente de león; se anuncia como sanadora y promete curar las dolencias de cualquier enfermo, sean los males del corazón o un simple estreñimiento. Sintiendo lástima, la joven se acerca para darle una moneda, limosna que la curandera rechaza; el contacto de esas manos ásperas la hace pensar en lo desafortunada que es esa chica de ojos negros, como los suyos y, en cambio, lo afortunada que es ella. La harapienta se le queda viendo con tanta fijeza, que no puede apartar la mirada. Por un instante brevísimo, su imagen queda fija en esas pupilas: ella y esa mujer son la misma persona. Se ve recogiendo las raíces torcidas de la mandrágora, evitando tocar las hojas, en la punta de los dedos percibe la suavidad de la salvia y los garfios de la bardana, escucha muy de cerca el piar de las garzas y solo sale del trance con el murmullo del río. Continúa su camino hasta que, sin saber cómo, llega a su casa.

—¿Le ha sucedido algo, mi niña? Tiene un semblante sombrío, si no le conociera diría que se me está presentando un espectro.

Flora tarda en reaccionar, cuando lo hace siente que llega de un lugar muy lejano.

—Nada. Creo que tomé demasiado el sol —engaña al aya para no ser descubierta y porque su padre entra al salón en ese momento.

—¿Qué ocurre? Estás pálida, anda a reposar, siempre has sido muy delicada, no quiero ni pensar que algo malo pudiera pasarte.

Recostada en su camastro, todavía con escalofríos, intenta explicarse lo ocurrido, pero no halla la causa, aunque tal vez, se dice, la hierbera me lanzó un hechizo. Se contenta con pensarlo así y se queda dormida.

Cuando despierta no recuerda siquiera haberse sentido mal. Comienza a idear lo que debe hacer: después de la cena hablará del tema que sí le interesa, con astucia, eligiendo bien las palabras, para convencer a su padre.

—¿Recuerda la plática que sostenían los guardianes en palacio? Decían que en la cueva de Hércules existen tesoros inimaginables, que nadie, o muy pocos, se han atrevido a violar la cerradura —el silencio del conde la hizo pensar que daba su permiso para que siguiera adelante—. Esa fortuna, padre, en manos equivocadas podría ser una catástrofe, pero en las adecuadas, imagine usted cuánto bien traería.

—Hija mía, es sabido que la leyenda también habla de una amenaza ante quien ose abrir ese recinto. Además, solo el soberano en turno tiene la facultad de probar suerte y nadie más.

Guarda silencio, no es oportuno que insista, había escuchado lo que deseaba saber. Entonces el único que puede desentrañar el misterio de la casa cerrada es Roderico. Midiendo bien lo que va a pedir a Olián, se atreve a añadir.

—El nuevo monarca ha ascendido al trono hace pocos días y, tomando en cuenta que puede haber represalias para quienes estén en su contra, me parece que es conveniente rendirle pleitesía, ¿no es así, padre?

—¿A qué vas con eso ahora?

—Nada, no me haga usted caso, pensé que era conveniente, debe perdonar mi atrevimiento.

—Es posible que tengas razón.

Aunque poco convencido, el conde recapacita en la estrategia de mostrar obediencia, eso le ganaría tiempo y desviaría la atención a su verdadero propósito.

El conde Olián acepta que, fuera o no de su agrado, debía respeto al soberano, de manera que pronto irían los dos. Sin saberlo, su propia hija había dado con el pretexto idóneo para que sus planes no levantaran sospechas.

A partir de ese momento, la joven planea con entusiasmo hasta el último detalle para lograr su objetivo. En el arcón con las prendas de su madre hay varias túnicas de gran belleza, sobre todo una con ribetes dorados sobre un fondo blanco; las guardaba para una ocasión especial, y el momento ha llegado.

Imagina la manera en que va a seducir al nuevo rey, lo demás será fácil. En el reino se sabe que Roderico es un conquistador no solo de tierras, sino de mujeres, incluso las prohibidas por ajenas, y ella es libre, tan libre como el viento.

Lo que Flora ignora es que muy pronto tendrá frente a sí al motivo de su impaciencia, pero no de la manera en que pretende.

5. Lejos

Lo que Grecia ignoraba era que muy pronto tendría frente ante sí al motivo de su impaciencia, pero no de la manera en que pretendía. La reacción de Azucena superó sus expectativas, veía el dolor que experimentaba y deseó que ese no fuera el inicio de una ruptura porque, aunque estaba decidida, la angustia empezaba a instalársele en el corazón. Su hija era a quien más quería, nunca nadie había ocupado el lugar que en seguida conquistó después de nacer. Jamás maginó que sería así, bastante había luchado para hacerse la fuerte, la ecuánime, armarse de valor en incontables ocasiones y decidir lo que creyera conveniente, resoluciones extremas cuyo último objetivo, se decía, eran obtener bienestar, alcanzar el éxito, aunque casi siempre sus acuerdos fueran unilaterales; tampoco tenía en cuenta su propia conciencia.

—Es para tu bien, aunque no lo veas así, y deja de llorar, mi vida, que nos vamos a separar solo por un tiempo. Ya verás que pronto te vas a sentir muy bien en ese colegio.

—¿Papá también va a ir? Y, ¿qué va a pasar con Peluso?

—Tu papá ahora tiene mucho trabajo y tu gatito estará bien cuidado. Además, si allá te portas como debe ser, podrás tener uno.

Mentira sobre mentira, todo con tal de consolarla y no flaquear en sus propósitos. Imposible deshacer los planes que le costó organizar porque ella también saldría de viaje y no por corto tiempo.

Despedirse de Cata fue doloroso, la muchacha acompañaba el llanto de la niña con el suyo, pero la animó diciéndole que cuando regresara iban a preparar montones de pasteles de todos los sabores; jugarían cuantas veces quisiera a las escondidas y, sí, también la iba a enseñar a hablar zapoteco, como ella. A Peluso no pudo darle el beso del adiós porque el animalito no apareció por ningún lado. De seguro se fue a dormir debajo de algún sillón, no te preocupes, mi niña, ya verás que cuando vuelvas va estar rete chulo y grandote.

Salieron al aeropuerto, Azucena imaginaba que se iba al último lugar del mundo, el más remoto e inaccesible y Grecia, con la incertidumbre pisándole los talones, pero sin demostrar alguna emoción. Es lo mejor, se repetía mentalmente, es lo mejor.

—Debes ser valiente, mi vida, y yo sé bien que lo serás porque no eres una niña debilucha.

Prometió ir a verla tan pronto como tuviera un fin de semana de licencia, porque ella también iba a estudiar; podrían, incluso, viajar a Disneylandia, lo que fuera para que su hija dejara de llorar, intentaba acallar una conciencia, que empezaba a echarle en cara su proceder egoísta.

No soy debilucha, pensaba la niña y así se daba ánimos. Sus compañeras fueron como un bálsamo, en especial a la hora del recreo, aunque durante la noche el desconsuelo tomaba dimensiones exageradas.

Encontró ordenada la habitación con cuatro camas donde iba a vivir a partir de ese momento, como si Cata anduviera por ahí haciendo la limpieza, el color menta de las paredes y el amarillo claro de las sobrecamas también le gustó, aunque se sentía rara de tener que compartir ese espacio con otras niñas porque, según entendía, ninguna iba en el mismo salón de clases.

Los días pasaban y seguía sin querer comunicarse con sus compañeras de cuarto, se mantenía alejada de todas, aún no se acostumbraba a estar lejos de las personas con quienes había convivido toda su vida. En la oscuridad cerraba los ojos con fuerza y pedía con fervor que, al abrirlos, todo fuera una pesadilla y estuviera de nuevo en su cama, en la de ella y no en una de un dormitorio con dos niñas más. Reprimía el llanto no por valiente, sino porque le daba vergüenza hacerlo y que las demás la escucharan. Una de esas noches, apenas habían apagado la luz, oyó que alguien la llamaba por su nombre.

Se trataba de Berenice Covarrubias, la niña que se sentaba cerca de ella en clase de Grammar. La habían cambiado de dormitorio porque donde estaba, las camas ya eran insuficientes.

Desde el momento en que se hicieron amigas, la vida en el internado empezó a cambiar, ya no se sentía tan fuera de lugar, tampoco sufría para darse a entender y el buen humor de su nueva amiga que, para colmo de buena suerte también era mexicana, facilitó que se adaptara antes de lo que cualquiera hubiera calculado.

Se volvió cómplice de travesuras y confidencias, igual planeaban una broma para las niñas del dormitorio que hacían competencias a ver quién se llenaba más la boca con los panqueques bañados con miel de maple que les servían en la merienda. Entonces, sin terminar de tragar, se enseñaba una a la otra el bocado, ante la cara de asco de sus compañeras, y si se descuidaba, enseguida Berenice se hacía con lo que aún quedaba en el plato de su vecina.

—Es que si no como bien, luego mi panza me despierta y no te rías.

—Qué chistosa, Bere. ¿Esos son los ruidos que se oyen en la noche? Porque como que también empieza a oler feo.

—Ay sí, cómo no. Si la pedorra eres tú.

Por más que intentaron explicar lo que significaba aquello que Bere había dicho, sus compañeras se quedaron sin entender, pero ellas rieron hasta que en verdad y por una razón muy distinta les dolió la panza.

Durante el día y con las actividades escolares, poco a poco el sentimiento de abandono iba quedando un tanto adormecido; las maestras, sobre todo la de inglés, la trataba con cariño intentando atenuar la tristeza que a veces asomaba por los ojitos siempre muy abiertos de la nueva alumna.

A Grecia le ofrecieron cursar un doctorado con media beca en la Universidad Nacional de Rosario, en Argentina, una oportunidad que no podía, no debía desaprovechar y así su estancia en el extranjero se prolongó más de lo calculado.

Después de escuchar lo que su madre había decidido, la joven se negó a recibir más llamadas suyas. Para qué, si ya sé lo que va a decirme. Un par de años atrás habría actuado con docilidad volviendo a sentir la puñalada del abandono, pero ya no era la debilucha, como su mamá la catalogaba. Con seguridad pondría miles de pretextos para no ir a su graduación de primaria, de antemano lo suponía, pero lo que no aún no superaba era que su papá tampoco pudiera acompañarla. Lo supo en el instante en que sus correos empezaron a escasear y si recibía algún mensaje de él solo decía cuánto la extrañaba y cómo le gustaría ir a verla, aunque el trabajo, siempre el trabajo lo retenía.

Cuando la recién titulada doctora Cáceres regresó a México, Julián Quiroga había solicitado el divorcio, ella aceptó sin protestar, de todos modos, esa relación tenía mucho de haberse enfriado, ni siquiera aplicaba el dicho de “donde hubo fuego, cenizas quedan”, porque todo, desde el noviazgo, había sido un encuentro más que tibio. Así fue cómo dejó el apellido de casada y se reacomodó a su vida de soltera.

Cada triunfo de Grecia significaba apartarse un poco más. Por su parte Julián iniciaba una relación que acaparó todo su interés y su tiempo, canceló el viaje que tenía planeado a Canadá, un nuevo matrimonio significaba compromiso y toda su atención si no quería volver a fracasar y así también quedó anulada la posibilidad de mantener el vínculo con su hija.

Azucena continuó sus estudios y entró al bachillerato, rechazó los boletos que su papá le enviaba cada época de vacaciones, ella no encontraba la razón para formar parte de un núcleo familiar que no conocía y la distancia, pese a que deseaba lo contrario, jugó a favor del desapego.

Por si fuera poca su frustración, antes de que concluyera el último año escolar, Berenice tuvo que regresar de urgencia: por motivos de salud, su papá debía dejar de trabajar. La mudanza al interior del país era imperativa. La economía de su familia estaba cambiando y ella debía de adaptarse. De nuevo la pérdida, solo le quedaba el cariño y la compañía de Ahmed Assani, quien en esos momentos se convertía en la única razón para permanecer ahí.

Pronto iba a recibir su título como bachiller del Bodwell High School en Vancouver y su regreso definitivo sería en pocos días; Ahmed la seguiría en un corto tiempo, debía hacer un viaje a su patria para informar a sus padres y de paso ventilar sus intenciones con la chica mexicana, pero le aseguró, tomaría el primer vuelo para un reencuentro.

6. En la corte

¿Cómo hacer para un reencuentro? Flora se engañaba

pensando que la razón para volver a la corte era solo la curiosidad de saber más del recinto cerrado por los romanos o los árabes, lo mismo le daba, la casa, como también la llamaban, donde varios años atrás habían puesto el primer cerrojo. Y, si era cierto que únicamente el rey tenía la facultad de abrirlo, lo más seguro era que el audaz y portentoso Roderico sin dificultad lo hiciera. Aunque, también pensó, existía la maldición que caería sobre el profanador, una posibilidad que la hacía flaquear en sus intenciones.

Trataba de ocultar su verdadero interés, aunque su inquietud la ponía en evidencia. Pronto dejarían la mansión en Toledo, era imperativo partir hacia Ceuta donde su padre, al mando de la tropa, reprimiría la invasión de los árabes. La muchacha ignoraba que el objeto de su deseo tampoco había logrado desprenderse de la fascinación que despertó en él y que por cualquier medio pretendería tenerla cerca.

Flora no pudo convencer a su padre para que desistiera de emprender el viaje que le anunció, veía que sus planes se desmoronaban y el pretexto para presentarse en la corte iba a esfumarse.

—No insistas ya habrá tiempo de sobra. Y no está de más recordarte que una doncella debe observar las buenas costumbres porque, aunque pretendes ocultarlo, estoy al tanto de que tus ausencias cada vez son más frecuentes y te las ingenias para salir sin escolta.

Sin embargo, el conde se quedó rumiando la posibilidad que se le presentaba para enderezar a su hija y tampoco decepcionarla del todo; no podía negar que le sobraba razón. No bastaba haberse presentado a la coronación y el suceso con el lisiado no había sido de ayuda, sino al contrario; no acudir personalmente como uno de los nobles a mostrar el respeto al nuevo dirigente constituía una afrenta, creaba desconfianza y podría tomarse como un gesto de inconformidad; y considerando el temperamento de Roderico, de hecho, era tanto como declararse su enemigo, algo que no le convenía y, aunque no lo expresó, la idea se le quedó rondando igual que los insectos que ya se arremolinaban acercándose demasiado a la llama de la vela.

—He recapacitado. Sé de sobra que, si no accedo a tu petición, esos ojitos se llenarán de tristeza, bien que te conozco, hija mía, siempre haces tu voluntad y sé que es mi culpa, quizás no he sabido educarte como lo habría hecho tu madre. Cumpliré tus deseos, pero con una condición — ante el mutismo de su hija, prosiguió— ya que tanto interés tienes en la realeza, y como no quiero que te expongas a ningún peligro, solicitaré a las damas de la corte que acepten instruirte. Está visto que pulir los modales de una joven nunca ha sido labor de un hombre solo, como yo.

La repentina alegría que Flora siente no pasa inadvertida para el conde, que lo atribuye a la impresión que de seguro es producto de la fastuosidad exhibida durante la fiesta.

—Está bien, dile al aya que prepare tu equipaje. Hoy mismo iremos a palacio.

Más rápido que un torbellino la chica corre a su habitación mientras llama a gritos a Segismunda para no olvidar detalle.

—Llevaré también ese baúl que está allá.

—Mi ama, a saber en qué condiciones esté lo que guarda. ¿No es suficiente con las zayas de diario y las de gala? Puse también sus zapatillas y sus capas.

—Empaca mis afeites y no te olvides de las cintas para el cabello.

La mujer acerca las valijas al quicio de la puerta según las indicaciones de su señora, y a su vez el lacayo las acomoda en el carruaje. Recibe el talego con monedas de su padre y, de nuevo, las recomendaciones para conducirse con recato y obediencia ante quienes estarán a cargo de su instrucción.

Después de hacer las debidas presentaciones en palacio, Benicia, quien se encarga de educar a las jóvenes que pretenden formar parte de la corte real y que apenas es mayor que Flora por dos años, hace la caravana habitual y toma a la nueva discípula del brazo para conducirla a la habitación que compartirá con ella.

Una vez que la hubo dejar instalada, Olián advierte al aya que deja en sus manos la supervisión y el bienestar de la joven, con su vida responderá si algo malo le sucede.

Sube al carruaje que lo llevará frente al magno concilio, insta al cochero para que, de ser necesario, vaya por atajos, debe llegar cuanto antes a la antigua provincia romana.

Una empresa de mayor importancia lo reclama y debe acudir. Él había solicitado al Aula Regia convocar a quienes estuvieran dispuestos a dar todo por el todo, la vida si fuera necesario con tal de frenar la invasión que ya se cernía como una amenaza difícil de contener si no actuaban de inmediato. De muchos era conocido que en gran parte del territorio, muy cerca de Algeciras, las milicias de Tariq Ibn Aziz se apertrechaban a pocas leguas de distancia. La nación visigoda peligraba, y pocos tenían conciencia de esa amenaza.

Hasta el momento él, conde y gobernador de Ceuta, última posesión bizantina del Norte de África y aliado del depuesto Akhila, se había propuesto guardar obediencia y respeto al rey de la península, aunque solo por motivos de conveniencia. Igual que otros nobles, había mantenido la calma a ojos de la corte visigoda. Las huestes de los suevos, los vándalos y los alanos que cruzaron los Pirineos y se asentaron en la península ibérica en el pasado sin encontrar resistencia era un episodio ácido, uno que nadie debía olvidar.

La tierra significa el sustento, y si los religiosos igual que los campesinos libres y ellos mismos, los aristócratas, pretenden recuperar las tierras que les fueron tomadas, alguna acción merece ser considerada, aunque eso hubiera ocurrido varias decenas de años atrás. Y peor aún, el asedio no ha terminado, también en el norte los francos constituyen una advertencia, ya que han sido avistados algunos campamentos muy cerca de esa frontera.

Va rumiando lo que expondrá ante el consejo de ancianos, él tiene derecho de voz, no por nada se ostenta como uno de los terratenientes y también uno de los más altos funcionarios de la corte del monarca anterior, aunque su título de conde no significa contar con la seguridad adecuada a su linaje; varios de los duques y condes que gobiernan territorios cercanos deben considerarse vasallos del rey, como él, sin privilegios de ningún tipo. Y por más que intenta, no puede borrar la idea de que el nuevo monarca ha sido electo de manera arbitraria causando la indignación de gran parte de la élite de los nobles, tal circunstancia no promete buen futuro.

Es evidente la superficialidad con que el recién electo negocia asuntos delicados, de eso se habla y el comentario va más allá: su crueldad y prepotencia están adquiriendo cada vez más relevancia.

En el Aula Regia lo escucharán y, asistido por esa junta, convocará a un Tomus Regio para tratar el delicado tema. Si eso no funciona, aconsejará al obispo para que, de ser necesario, concierte un nuevo Concilio.

Desde luego comprende que, sin una cabeza al frente, la nación visigoda va a perder el territorio conquistado siglos antes. Ahora pretende convocar a un juramento de fidelidad de los próceres cualificados con atribuciones especiales de carácter judicial que, como él, sean miembros del Tribunal de Justicia.

Una vez hecha la convocatoria para reunir los votos necesarios, podrá incluir a los privates, a los curiales y a los seniores, hombres libres todos.

El viaje representa un verdadero esfuerzo, la edad avanzada de Olián y la rigidez de sus articulaciones lo limitan y ese endurecimiento no solo es físico, sino que, con la edad, también el carácter se le endurece y cada vez más se nota el deterioro, pero así sea la última encomienda de su vida, no va a dejar de hacer lo que su conciencia le dicta.

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171 str. 3 ilustracji
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9786078773091
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