Czytaj książkę: «Juánide. Panegírico de Justino II»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 243

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por ANTONIO RAMÍREZ DE VERGER .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1997.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO337
ISBN 9788424932664.
JUÁNIDE

INTRODUCCIÓN
1. El autor
Poco sabemos de la vida y personalidad de Flavio Cresconio Coripo, cuyos datos biográficos proceden casi exclusivamente de sus obras 1 . Los manuscritos nos han transmitido su nombre completo, Flavius Cresconius Corippus , que no debe ser confundido con el de Cresconio, obispo de finales del siglo VII d. C. 2 . El praenomen Flavius está difundido por varias regiones del imperio desde Constantino. El nomen Cresconius , derivado del verbo crescere y relacionado con la idea de «crecimiento», es bien conocido y lo encontramos en África en época tardía; mientras que el cognomen Corippus , del que no existe ningún otro ejemplo y es probablemente no latino, quizá pueda tratarse de un nombre beréber; la etimología propuesta por Mazzucchelli, primer editor de La Juánide , que hace derivar dicho cognomen del griego «kóros» (puer o niger) y «híppos» (equus) , no parece tener seguro fundamento 3 .
Se ignora el lugar exacto de su nacimiento y la región en que pasó los primeros años de su vida, aunque debió de haber nacido en África a comienzos del siglo VI d. C., pues en el Panegírico de Justino II —la segunda de sus obras que ha llegado hasta nosotros y que escribió tras la muerte del emperador Justiniano en el 565— el autor hace alusión a su avanzada edad: fessae miserere senectae (Pan. Anas . 48); senio dextram, pie, porrige fesso (Praef . 37). Por el Matritensis 10029 , códice en el que se conserva el Panegírico , se sabe que debió de haber ejercido la profesión de grammaticus en África y en la Praefatio de La Juánide , su primera obra conservada, se nos informa sobre la lectura de la misma ante los próceres de Cartago. Es el mismo prefacio el que nos revela el gusto de Coripo por la Musa rustica (v. 28), con lo que suponemos que el autor había escrito con anterioridad poemas de tipo bucólico que no han llegado hasta nosotros 4 .
La lectura de La Juánide nos revela no sólo su dominio de los clásicos latinos y de la poesía cristiana, sino su profundo conocimiento de la geografía y etnología africanas. Es probable, por otra parte, que Coripo fuera testigo de los hechos que cuenta en sus versos, como la guerra de los vándalos y la revuelta de los moros 5 y que incluso sufriera las consecuencias de las mismas, como parecen afirmar las palabras del propio poeta en el prefacio del Panegírico de Justino II (v. 43): nudatus propriis et plurima vulnera passus («privado de mis bienes y con el sufrimiento de muchas heridas»).
De África, Coripo se traslada más tarde a Constantinopla donde debió de haber estado al servicio del cuestor Anastasio 6 , al que dedica un pequeño panegírico que introduce su obra dedicada al emperador Justino II. Es probable que su muerte se produjera poco tiempo después de la composición del Panegírico , que debió de escribir en tomo a los setenta años.
2. Presentación y clasificación como género literario de «La Juánide»
La Iohannis seu de bellis Libycis es un poema épico de carácter celebrativo, basado en hechos históricos, que canta las campañas en el norte de África a mediados del siglo VI d. C. de Juan Troglita, general al servicio del emperador Justiniano. El poema, al que precede un prefacio en dísticos elegíacos de cuarenta versos, se compone de 4.671 hexámetros desarrollados en ocho libros.
La temática de la obra se dispone del modo siguiente: el primer libro narra el desembarco de la flota bizantina en Caput Vadorum y la marcha del ejército hacia Cartago y Antonia Castra ; en este lugar una embajada enemiga es recibida por el general. El libro segundo comienza con un catálogo de las tribus moras. Se produce a continuación una emboscada de los moros a un grupo de exploradores romanos que son finalmente liberados por Juan y el resto del ejército. Durante la noche Juan envía un mensaje al jefe moro. El libro tercero (desde el v. 52) y cuarto (hasta el v. 246) comprenden el discurso, in medias res , del tribuno Liberato en el que narra, a petición de Juan, las causas de la guerra de África y los últimos acontecimientos del reino vándalo (años 530-543). El relato termina con el regreso del mensajero enviado por Juan y la noticia de la resistencia mora frente a los romanos. El resto del libro cuarto y la totalidad del quinto describen la batalla que se desata a continuación entre romanos y moros. El libro termina con la descripción de la toma del campamento enemigo y la huida de los moros. En el libro sexto se describe la entrada triunfal de Juan y su ejército en Cartago y la persecución posterior de los moros, que se adentran en el desierto y son finalmente derrotados por los romanos. Los libros séptimo y octavo narran el reagrupamiento de tropas romanas y su victoria frente a los últimos ataques de los moros. Aunque el final del poema está perdido, el último fragmento parece ser una descripción del ejército romano que persigue al último de los fugitivos moros 7 .
La datación del poema suele establecerse en torno al decenio del 550, tras el cese de las hostilidades en el norte de África con la victoria de Juan Troglita sobre los moros en el 548 y cuando aún permanecía vivo el recuerdo de las campañas del general 8 .
La clasificación como género literario de las obras de Coripo ha sido en ocasiones objeto de discusión por parte de algunos estudiosos 9 . La diversidad y complejidad de elementos que las constituyen, así como la consideración de su contexto histórico y literario, nos impiden aplicar los mismos criterios de clasificación válidos para las obras clásicas, siendo por otra parte obligado considerar la evolución sufrida por los géneros literarios y las influencias mutuas que puedan existir entre ellos mismos. En lo que concierne a la Juánide , no he dudado en llamarla «poema épico», compartiendo la opinión de otros autores 10 , pues considero que es éste el carácter fundamental del poema, debido no sólo a la abundancia de elementos de dicho género literario que en él se manifiestan, sino a su intencionalidad, pues Coripo se siente continuador de Virgilio y con la creación de su Juánide pretende ofrecer un nuevo poema nacional romano que ensalce y apoye la nueva era de prosperidad para el Imperio representada por Justiniano. Así, son propios del género épico los siguientes elementos que encontramos en el poema de Coripo: tópicos como el de la falta de palabras para describir tan grandes empresas (I 23-25), el de las aristeíai o descripciones de batallas en las que además destaca el carácter realista y preciso de la narración (IV 173-76; V 421-92 o el final del libro VIII, entre otros), la topozesía o descripción de lugares (IV 191-92), el tópico de la salida del sol para anunciar un nuevo día (III 225-26; IV 256-59; VI 21-22, 459; VIII 227-28, 279, 318); los epítetos heroicos (I 397; IV 505, 610); símiles (II 216-23, 255-58; IV 462-64; VII 446-51, entre otros); catálogos de tropas (libro II), descripción de batallas, discursos pronunciados por distintos personajes (arengas, plegarias, increpaciones...); elementos maravillosos como la aparición infernal y celestial ante Juan (I 243-58; 258-69) o la consulta de Güenfan al oráculo de Amón y el éxtasis de la sacerdotisa (III 81-105); además de numerosos paralelos homéricos y virgilianos.
Pero si es indudable el carácter épico de la Juánide , también es indiscutible su particularidad, dado la intervención de elementos pertenecientes a otros géneros literarios que en ella se observan. Por lo que bien puede decirse que es además un poema de inspiración histórica, y en este sentido, no puede ser considerado como la Farsalia de Lucano, en cuanto a su fidelidad a la historia, ni del carácter de la Eneida , pues no se basa, como ésta, en hechos míticos, sino reales. Coripo es, ante todo, un poeta y no un historiador; su fin es escribir poesía, pero para ello se sirve de una base histórica y de personajes reales, tomando episodios como la dominación de los vándalos en África y las revueltas de los moros contra el imperio bizantino, temas tratados al mismo tiempo por el historiador Procopio. Su gusto por «las normas solemnizantes y artísticas de la narración épica tradicional» 11 y una clara intención celebrativa explican su particular veracidad y la personal interpretación de los hechos que a veces nos ofrece y en la que manifiestamente se aleja de Procopio. Aunque no olvidemos que Coripo es en otras ocasiones una buena fuente de información de la que se han servido historiadores contemporáneos como Diehl, Bury, Stein y otros; y, si bien, los hechos históricos que narra no siempre merecen credibilidad por las razones aducidas, sus datos geográficos o etnológicos no admiten duda 12 .
En el poema de Coripo se observan también toda una serie de características propias de la composición de panegíricos: el prefacio en dísticos elegíacos, al igual que en muchos panegíricos de Claudiano; la superioridad del héroe, Juan Troglita, sobre los héroes del pasado (Praef . 15); la disculpa de impericia por parte del autor (Praef . 22-28); las alabanzas al general Juan o al emperador 13 . Pero no me parecen datos suficientes para clasificar el poema como panegírico, pues dichas características son simplemente fruto de una época en que la poesía histórica manifiesta una orientación hacia el panegírico 14 .
Por lo tanto, creo que en la Juánide se dan los requisitos necesarios para que pueda ser calificada de epopeya con base histórica y de carácter celebrativo.
3. Fuentes literarias
La obra que Coripo toma como base para la composición de su Juánide es la Eneida ; en ella se inspira, no sólo en cuanto a la forma, sino en cuanto a la intencionalidad, ya que la epopeya virgiliana respondía a la perfección a su necesidad de exaltación del poder bizantino como heredero y continuador del imperio romano, pues no en vano fue para el Occidente latino, hasta el Medievo, el poema nacional romano que había expresado la eternidad del Imperio y de su poder 15 . La influencia de Virgilio, cuyo nombre cita Coripo en su prefacio (vv. 12, 16), se manifiesta de modo evidente a lo largo de todo el poema. Así, los títulos de ambas obras, Aeneis, Iohannis , reflejan el nombre de los héroes cuyas hazañas se cantan. El protagonista, Juan Troglita, el héroe que encarna los valores típicamente romanos, resulta ser una reproducción de Eneas; su mismo hijo, Pedro, se siente identificado con Ascanio, hijo del héroe virgiliano (I 201-203). Y observamos, por otra parte, reminiscencias virgilianas en la narración de Coripo, como la salida de la flota desde Bizancio (I 159-170), que recuerda la marcha de Eneas de Cartago (Eneida IV 581 y ss.); o el paso de las naves de Juan junto a la costa de Troya (I 170-207) y el recuerdo de los sucesos allí acaecidos, en especial la huida de Eneas, que es considerado como antepasado de los bizantinos. O la primera escala de la armada bizantina en Sicilia (I 210) y la alusión a los monstruos Escila y Caribdis que aparece en Virgilio en la misma situación (Eneida III 420-32); los catálogos de beréberes en los libros II y IV, tomados de los catálogos virgilianos 16 .
Coripo se aleja, no obstante, de Virgilio, y de su predecesor, Homero, en algunas ocasiones, mostrando rasgos que le son propios. El elemento divino, por ejemplo, está menos presente en la Juánide que en la Ilíada o en la Eneida , y presenta además un carácter diferente. El aparato divino de la Juánide está constituido por un solo Dios, el Dios cristiano que no interviene de modo directo en el desarrollo de los acontecimientos (aunque en el libro III la peste es considerada como un castigo divino), como los dioses homéricos y virgilianos, pero concede su protección a los romanos, sus seguidores, frente a los moros infieles. Se trata de un Dios más propio del Antiguo Testamento, que ejerce su poder sobre el universo y, de acuerdo con la concepción bizantina del poder, desata su cólera contra los enemigos del Imperio. Este Dios posee además ciertas reminiscencias de Zeus-Júpiter, de modo que Coripo llega a describirlo lanzando rayos (IV 280); por otra parte, la combinación de elementos pertenecientes a la tradición clásica con otros propios del cristianismo constituye una de las características más sobresalientes del estilo del poeta africano.
Es curiosa, al mismo tiempo, y paralela a la función de la divinidad, la intervención en el poema, del Destino que Coripo designa con los nombres de fatum, stamina, Fortuna y cuya actuación en la Juánide como responsable en el desarrollo de los acontecimientos resulta más evidente que la intervención divina; característica que hace a Coripo más próximo de un autor como Lucano.
Por lo que respecta a los personajes, los de la Juánide , carecen de la humanidad que se observa en los de Homero o Virgilio y si en ocasiones —como en el largo discurso del tribuno Liberato que abarca parte de los libros III y IV— Coripo llega a mostrar los sentimientos del personaje, se trata más bien de un recurso formal que de una verdadera intención de expresar la psicología humana. Los personajes de Coripo, por otra parte, están trazados según una concepción maniquea, pues el poema se basa de modo evidente en la oposición romanos (buenos)-moros (malos). El enemigo no es considerado con respeto o admiración, como en la épica homérica o virgiliana, sino con claro desprecio, como un pueblo bárbaro que nada tiene en común con los civilizados bizantinos y cuyo sometimiento está ampliamente justificado por su infidelidad al emperador y, por consiguiente, a Dios. En este sentido, y ante la clara toma de posición de Coripo, el poema carece del dramatismo existente en los enfrentamientos entre personajes de la Ilíada o la Eneida . El mismo Juan Troglita, en su papel de héroe al servicio de la causa, dibujado según el modelo de Eneas, resulta más un estereotipo que un personaje con vida propia.
Pero también se observa en el poema de Coripo una clara influencia de otros autores: Ovidio (Metamorfosis) , Lucano (algunos pasajes de la Farsalia tienen como escenario África); Lucrecio, del que Coripo toma algunos préstamos, Ennio, Catulo y Horacio constituyen fuentes ocasionales. Se encuentran algunos ecos de Valerio Flaco, Silio Itálico y Estacio y, entre los escritores tardíos, Claudiano es el modelo más frecuente 17 . Y no es menos importante la influencia de la literatura cristiana en la obra de Coripo y las frecuentes analogías con el lenguaje poético de Draconcio o Sedulio 18 . De todos los autores citados Coripo copia términos, sintagmas y tópicos literarios. No obstante, nuestro poeta no debe ser juzgado por su originalidad —la Antigüedad daba a este concepto un significado muy distinto al que se le otorga en nuestros días—, sino más bien como un autor que poseía, dada su condición de grammaticus , un profundo conocimiento de la preceptiva clásica y cuya labor consistió en aplicarla a su obra. De hecho, cabe pensar si muchas de sus imitaciones no se habrían producido de modo espontáneo y como fruto de su buen conocimiento de la literatura. No es, pues, en la originalidad de Coripo donde reside su importancia, sino en su labor como continuador y último representante de la épica latina, así como en la fusión de la tradición clásica con los elementos y nuevos esquemas narrativos de la literatura cristiana que supone su poema la Juánide 19 .
4. Funcionalidad y valoración de la «Juánide»
El renacimiento del epos histórico en el siglo VI d. C. no es fruto de la casualidad, sino el resultado de un determinado ambiente político y cultural. La creación de la Juánide tiene, pues, su origen en un clima de sentimiento nacional y romano, de inflamado patriotismo y no debe ser considerada exclusivamente como el poema que exalta a Juan Troglita, vencedor de los moros, sino, sobre todo, como el carmen Romanum y el nuevo poema nacional que canta, como la Eneida virgiliana, el retorno a la pax romana 20 y los nuevos destinos del Imperio 21 .
En este sentido, el poema tiene un carácter político, de afirmación de los valores morales, religiosos y estatales vigentes en la época de Justiniano. Así, la victoria de Juan sobre los moros recreaba el espíritu triunfador de las hazañas del general Belisario, que en los años 533 y 534 reconquistó la provincia de África, dominada por los vándalos, restableciendo la autoridad imperial y dando comienzo con ello a una nueva era; pues Justiniano no había sido solamente el vencedor de los bárbaros, sino también el elegido por la Providencia para liberar a los pueblos 22 .
La importancia de una obra como la Juánide reside no sólo en el aspecto textual o literario, sino también en el histórico, pues los acontecimientos reales constituyen la base en la que Coripo se apoya para la construcción de su poema. Sobre los hechos que en la obra se tratan, sólo Procopio (Guerra contra los Vándalos II 28, 45-52) y algunos otros autores como Marcelino Comes (Chronicon , en Patrologiae Latinae Cursus , ed. Migne, v. 57, pág. 945), Paulo Diácono (Historia Langobardorum , pág. 62) y Jordanes (Romana , ed. Mommsen, en M. G. H. Auct. Antiquis V, pars prior , págs. 51-52) hacen una breve mención, pero ninguno de ellos ofrece mayores detalles. Coripo es además el único autor que nos proporciona una información detallada sobre las campañas de Juan Troglita 23 . A este respecto, el poeta africano se convierte en una fuente importante de información al ofrecernos una serie de datos históricos, geográficos y etnológicos indispensables para el conocimiento de la situación en el norte de África en época bizantina; y su poema, la Juánide , ocupa su puesto en la historia del epos histórico romano como último producto de una larga tradición literaria que había tenido ya en Nevio, Ennio, Lucano y Claudiano sus representantes más ilustres 24 .
5. La tradición manuscrita
La Juánide se transmitió en los siguientes códices: Casinensis, Budensis —ambos desaparecidos—, Excerpta Veronensia , de los que sólo se ha conservado un fragmento, y Trivultianus 686 (T), único que ha llegado hasta nosotros 25 .
Del Casinensis , el más antiguo, de mediados del siglo XI , y que hizo transcribir Desiderio, abad de Montecasino, sólo se conoce la palabra que introduce la praefatio del poema, Victoris ; sabemos, además, que este códice llevaba como título de la obra de bellis libycis . El Budensis , de datación incierta, fue descubierto por Cuspiniano en la célebre biblioteca de Buda, al comienzo del siglo XVI , y presentaba como título Iohannidos 26 .
La confrontación entre el Casinensis y el Budensis planteó un problema, ya que éste último no comenzaba, como el Casinensis , con la palabra Victoris ; el descubrimiento del tercer manuscrito, el Trivultianus , resolvió el misterio: el Casinensis incluía el prefacio del poema, mientras que el Budensis o bien no lo incluía o, en el caso contrario, Cuspiniano prefirió comenzar por los primeros versos del primer libro 27 .
Veintidós versos del poema han sobrevivido en los Excerpta Veronensia , manuscrito del inicio del siglo XIV . Este manuscrito resuelve el problema del número de libros del poema. El Trivultianus está dividido en siete y parece ser que el Budensis comprendía ocho libros. Gracias a los Excerpta Veronensia sabemos que el cuarto libro del Trivultianus fue dividido en dos libros a partir del verso 644 28 .
El Trivultianus , códice del siglo XIV , toma su nombre del marqués Trivulzio, en cuya biblioteca, en Milán, fue descubierto por Pietro Mazzucchelli a principios del siglo XIX . Allí se conserva en la actualidad. La ignorancia de la existencia de este manuscrito hasta fecha tan tardía es debida al hecho de que fue erróneamente atribuido a un autor italiano del siglo XIV , Giovanni De Bonis di Arezzo 29 , copista del poema de Coripo, que se encontraba agrupado con el resto de sus obras 30 .
Los libros que componen la Juánide no están separados por ninguna numeración en el Trivultianus , sino sólo por un espacio en la escritura que indica el final de un libro y el inicio del siguiente. El texto presenta algunas anotaciones marginales de De Bonis de tipo retórico o descriptivo 31 . El códice carece de título, aunque aparece el nombre Crestonius en letras borrosas, y se han perdido el final del libro octavo al igual que algunos fragmentos, como IV 200; VI 585-591; VIII 369, 622-626, 650-656 32 . En época más reciente ha podido determinarse la caída del segundo y séptimo folio que corresponden a dos amplias lagunas sucesivas en Juánide I 22 y 270 33 .
En el Trivultianus preceden a la Juánide las periochae — llamadas de este modo por Mazzucchelli— del poema, escritas por la misma mano del códice y que comprenden las anotaciones relativas a hechos históricos del siglo XIV y tienen un paralelo con los acontecimientos de la Juánide 34 .
El códice, escrito en minúscula, con caracteres semigóticos presenta numerosos errores ortográficos, debidos a la negligencia del copista por una parte 35 , y al influjo de la pronunciación vulgar por otra 36 . Son frecuentes y aún más graves las faltas de comprensión del texto antiguo, especialmente las que hacen alusión a lugares o nombres de personajes, problemas que sólo en parte la filología moderna ha podido resolver valiéndose de investigaciones histórico-topográficas. Pero es probable que ya el antígrafo de T estuviese deteriorado en este sentido y a esto habría que imputar la existencia de las numerosas lagunas del poema 37 . Su condición de codex unicus no ha hecho más que añadir dificultades a la labor de los editores en su interpretación del texto latino.
6. Ediciones críticas
La primera edición de la Juánide fue publicada en Milán, en 1820, a cargo de Pietro Mazzucchelli, personaje de sólida cultura e intereses variados, desde Dante a la literatura del 700, y que desempeñó el cargo de director de la biblioteca Ambrosiana de Milán 38 . En un largo prefacio de setenta y dos páginas Mazzucchelli nos habla de la personalidad de Coripo, de los distintos códices de la Juánide , de su argumento y su utilidad para ilustrar y llenar las lagunas de la historia de África en el siglo VI , y realiza finalmente una serie de consideraciones sobre su edición. El texto de la Juánide comprende el poema en siete libros, ya que el cuarto y el quinto aparecen unidos en uno solo. Son interesantes las anotaciones al texto que aparecen al final del mismo, y que incluyen comentarios históricos y geográficos —en los que Mazzucchelli toma como fuente a Procopio, utilizando sus propias palabras—, paralelos de Coripo con otros autores clásicos como Lucano, Claudiano y, sobre todo, Virgilio, autores que Mazzucchelli toma como punto de referencia para realizar sus correcciones. Mazzucchelli alude, por otra parte, a los versos de De Bonis cuando éstos se basan en la obra de Coripo. Termina con un índice de algunas palabras y de todos los nombres propios que aparecen en la Juánide y con las Periochae donde establece la estructura del poema según su contenido. El valor de esta edición reside en haber hecho legible un texto corrupto y haberlo enmendado, especialmente en el aspecto toponímico y onomástico, recurriendo para ello a una escrupulosa confrontación con las fuentes historiográficas, especialmente Procopio 39 . Pero el mismo Mazzucchelli reconoce en su prefacio que no pudo «sanar todas las úlceras» del Trivultianus y deja esa labor para los editores posteriores 40 .
En 1836 Immanuel Bekker, editor infatigable, publica en Bonn las obras de Coripo y Merobaudes en el Corpus Scriptorum Historiae Byzantinae . Aunque no manejó el códice, se sirvió sin embargo del texto de Mazzucchelli para la Juánide . 41 La edición de Bekker comienza con un breve prefacio del autor seguido del largo prefacio de Mazzucchelli. El poema, al igual que en Mazzucchelli, aparece dividido en siete libros. La edición termina con las notas de Mazzucchelli y un índice de nombres propios y de algunas palabras y expresiones particulares a las obras de Coripo. Dotado de gran experiencia editorial, Bekker supo mejorar en ciertos casos la distinctio del texto y proporcionar algunas conjeturas acertadas como Nabedes (nec habet T) en I 62; Abydenis en I 172 o e primis en I 417, aunque las intervenciones de mayor relieve, como el mismo Bekker reconoce, son debidas al auxilio de K. Lachmann 42 .
La edición de las obras de Coripo en 1879, en los Monumento Germaniae Historica , a cargo de Joseph Partsch, representa un gran paso adelante. Partsch introduce su edición con un extenso proemium en el que además de tratar sobre la tradición manuscrita y ediciones de las obras de Coripo realiza un importante estudio histórico-geográfico de África desde el período vándalo a la dominación bizantina, fruto de sus confrontaciones con las fuentes contemporáneas de Coripo y de testimonios geográficos antiguos y recientes. Es útil destacar en su introducción la lista de errores en la escritura del Trivultianus , resultado de sus estudios del códice 43 . La Juánide aparece dividida en ocho libros y al final de la edición Partsch incluye tres índices: uno geográfico; otro histórico y mitológico; y un tercero de palabras y expresiones. Partsch investigó con mayor rigor científico que el empleado por Mazzucchelli, dando una reconstrucción válida del período y lugares históricos. Restableció en el texto buena parte de la toponimia exacta y los nombres reales de las tribus y guerreros beréberes. Coripo se convertía así en una fuente de primera importancia para los usos y costumbres de los pueblos indígenas de la provincia de África en el período comprendido entre el reino vándalo y la reconquista bizantina 44 .
Algunos años más tarde, en 1886, Michael Petschenig edita en Berlín las obras de Coripo. Esta edición estuvo precedida de una serie de estudios y aportaciones textuales que revelan un interés por el aspecto lingüístico y sintáctico del poema 45 .
Petschenig, siguiendo a Gustav Lowe, dividió el libro cuarto de la Juánide , a partir del verso 644, en dos, «pues el Budensis testimonia que Coripo dividió las hazañas de Juan en ocho libros» 46 . No manejó el códice de la Juánide pero, buen conocedor del latín tardío, intenta interpretar el texto antes que enmendarlo. En muchos casos restablece la lectura del manuscrito contra las intervenciones normalizantes de los editores precedentes, basándose en analogías expresivas con la lengua latina de la época, especialmente con autores del mismo ambiente de Coripo. Concluye su edición crítica con un índice de particularidades léxicas, sintácticas y prosódicas de gran ayuda para el conocimiento de la lengua del latín épico tardío. A este respecto, el mismo Petschenig especifica que en su índice sólo se preocupó de las palabras y expresiones más excepcionales, particularidades propias de Coripo o de los africanos que Partsch y los editores anteriores habían olvidado 47 .
En Cambridge vio la luz en 1970 la edición de la Juánide de J. Diggle —libros impares— y F. R. D. Goodyear —libros pares— que supuso un considerable progreso en la constitución del texto 48 . Una breve praefatio introduce esta edición en la que se mencionan las diferentes ediciones de la Juánide y se exponen una serie de consideraciones sobre la edición. Es digno de mencionar el denso aparato crítico donde se demuestra al lector la dificultad de lectura y de interpretación. Se concluye la edición con un índice histórico y geográfico. La lectura del códice, que los editores han manejado en microfilm, se ve mejorada, aunque se nota una excesiva tendencia a la conjetura brillante y parece tenerse más en cuenta la tradición clásica que el latín tardío de Coripo. Pero la importancia de esta edición reside en haber proporcionado una puntuación más moderna y racional, además de haber reavivado el interés por el último poeta épico latino 49 .
Más reciente es la edición del libro primero de la Juánide a cargo de María Assunta Vinchesi, publicada en Nápoles, en 1983. Aunque no abarque el poema completo de Coripo, la riqueza de esta edición crítica reside en su extensa y completa introducción, la traducción del libro primero y su comentario. En la introducción se nos hace un detallado recorrido a través de la tradición manuscrita y distintas ediciones del poema de Coripo, datos biográficos del autor y el contenido y forma narrativa del primer libro de la Juánide . La edición dispone igualmente de un extenso aparato crítico. Vinchesi intenta completar las lagunas del manuscrito, al que tuvo acceso directo, a partir del verso 22 y 270, mediante la confrontación de las obras de Giovanni De Bonis, copista de la Juánide , cuyos poemas recibieron el influjo de Coripo. En el comentario no sólo se tratan los aspectos lingüísticos, sintácticos o estilísticos, sino también todos aquellos detalles relativos a la historia o geografía, con objeto de facilitar la comprensión del texto, proporcionándosenos de este modo una información importante sobre el contexto histórico-político del momento. Al final de la edición se incluye un índice de nombres propios y de particularidades lingüísticas.
7. Traducciones españolas de la «Juánide»
Hasta el momento no existía ninguna traducción al español de la epopeya de Coripo. En nuestra Memoria de Licenciatura, Estudio literario sobre la «Iohannis» de Coripo (los discursos) , adelantamos la traducción y el comentario de los siguientes discursos de la Juánide: I 390-410 (discurso fúnebre); VII 167-194 (lamentatio) ; VII 88-103 (plegaria); VI 30-52 (arenga del caudillo romano); VI 107-126 (arenga del jefe moro); VIII 115-126 (increpaciones del caudillo romano); V 166-182 (increpaciones del jefe moro). Posteriormente, en nuestra Tesis Doctoral La «Iohannis» de Coripo (libro IV): introducción, edición crítica, traducción y comentario realizamos un estudio parcial de la Juánide en el que incluimos la traducción del libro IV. Tanto los primeros fragmentos traducidos, como la traducción del libro IV han sido revisados y corregidos en esta traducción completa de la Juánide que hemos realizado.
8. Nota textual
Hemos tomado como base para nuestra traducción española la edición crítica de J. Diggle y F. R. D. Goodyear. No obstante, nos apartamos de ella y aceptamos otra en los siguientes pasajes:




BIBLIOGRAFÍA
a) Ediciones
Citaremos únicamente las dos últimas ediciones de la Juánide —a las ediciones antiguas ya aludimos en la introducción, págs. 23-27— por parecemos las más interesantes y asequibles para el lector:
J. DIGGLE - F. R. D. GOODYEAR , Flavii Cresconii Corippi lohannidos seu de bellis Libycis libri VIII , Cambridge Univ. Press, Cambridge, 1970.
M. A. VINCHESI , Flavii Cresconii Corippi lohannidos Liber primus. Introduzione, testo critico, traduzione e commento , M. D’Auria Editore, Nápoles, 1983.
b) Traducciones
Existe sólo una traducción completa de la Juánide en inglés que, a nuestro juicio, podría ser ampliamente mejorada, pues hemos observado en ella numerosos errores en la interpretación del texto:
G. W. SHEA , The Iohannis of Flavius Cresconius Corippus; Prolegomena and Translation , Nueva York, Columbia University, 1980 (= 1966).
c) Historia bizantina
L. BRÉHIER , Le Monde Byzantin. Les institutions de l’empire Byzantin I-II , París, 1949.
R. BROWNING , Justinian and Theodora , Londres, 1971.
CH. DIEHL , L’Afrique Byzantine. Histoire de la domination byzantine en Afrique (533-709) I-II , París, 1896.
—, Byzantium: Greatness and Decline , Nueva Jersey, 1957.
—, Justinien et la civilisation byzantine au VI siècle I-II , Nueva York, 1969.
G. E. DUCKWORTH , Procopius and the sixth century , Londres, 1985.
E. STEIN , Histoire du Bas-Empire l-ll , Amsterdam, 1968.
A. A. VASILIEV , Histoire de L’Empire Byzantin , París, 1932.
d) Estudios de conjunto
E. BICKEL , Lehrbuch der Geschischte der römischen Literatur = Historia de la Literatura Romana [trad. J. M. DÍAZ -REGAÑÓN LÓPEZ ], Madrid, Gredos, 1982.
E. CAMACHO GUIZADO , La elegía funeral en la poesía española , Madrid, 1969.
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1 J. PARTSCH , Corippi Africani Grammatici Libri qui supersunt. Recensuit Iosephus Partsch («Monumento Germaniae Historica, Auct. Ant .», III 2), Berlín, 1879, págs. XLIII-XLVI; G. W. SHEA , The Iohannis of Flavius Cresconius Corippus; Prolegomena and Translation , Columbia University, 1980 (= 1966), págs. 6-11; Av. CAMERON , «The career of Corippus again», Class. Quart . 30 (1980), 534-539; S. ANTÈS , Corippe (Flavius Cresconius Corippus). Éloge de l’empereur Justin II , París, 1981, págs. XI-XII; M. A. VINCHESI , Flavii Cresconii Corippi lohannidos Liber primus. Introduzione, testo critico, traduzione e commento , Napoli, 1983, págs. 23-26; A. RAMÍREZ DE VERGER , Flavio Cresconio Coripo. El Panegírico de Justino II. Introducción, Edición crítica y Traducción , Publicaciones de la Universidad de Sevilla, Sevilla, 1985, págs. 11-12.
2 SHEA , The Iohannis ..., pág. 10; S. ANTÈS , Éloge ..., pág. XVI, nota 2; VINCHESI , Liber primus ..., pág. 24; RAMÍREZ DE VERGER , El Panegírico ..., pág. 11.
3 Cf. P. MAZZUCCHELLI , Flavii Cresconii Corippi Iohannidos seu de bellis Libycis libri VII. Editi ex codice Mediolanensi musei Trivultii opera et studio Petri Mazzucchelli , Milán, 1820. pág. X; VINCHESI . Liber primus ..., pág. 24, nota 55; J. M. LASSÈRE , «La Byzacène méridionale au milieu du VIe S. p. C. d’après la Iohannide de Corippus», Pallas 31 (1984), 171.
4 VINCHESI , Liber primus ..., págs. 23-24; RAMÍREZ DE VERGER , El Panegírico ..., pág. 11. Para S. ANTÈS (Éloge ..., pág. XII. nota 2), Coripo haría alusión a su vida en el campo en el prefacio de la Juánide (v. 25, quondam per rura locutus) , y dada su proximidad, considera la expresión Rustica... Musa , como «poesía campesina», lo que no significa que fuera de inspiración bucólica.
5 VINCHESI , Liber primus ..., pág. 25; J. M. LASSÈRE , «La Bizacène...», pág. 164; RAMÍREZ DE VERGER , El Panegírico ..., pág. 11.
6 Sobre la naturaleza de esta función, cf. VINCHESI , Liber primus ..., págs. 25-26; RAMÍREZ DE VERGER , El Panegírico ..., pág. 12.
7 SHEA , The Iohannis .... págs. 35-42; RAMÍREZ DE VERGER , El Panegírico .... págs. 11-12.
8 VINCHESI , Liber primus .... pág. 24, nota 56; J. M. LASSÈRE , «La Byzacène...». pág. 164; RAMÍREZ DE VERGER , El Panegírico .... pág. 11.
9 M. D. N. ESTEFANÍA ÁLVAREZ , Los Panegíricos de Flavio Cresconio Coripo , Santiago de Compostela, 1972; «Epopeya heroica, poema histórico, panegírico poético: un intento de definición», Actes del VII simposi d’estudis Clàssics 21-24 de Març de 1983 , 55-72; «Precisiones a Iohannidos seu de Bellis Libycis libri VIII de Coripo», Bivium (Homenaje al Profesor Manuel C. Díaz y Díaz) , Madrid, Gredos, 1983, págs. 63-66.
10 SHEA , The Iohannis ..., pág. 1; D. KNECHT , «Remarques critiques sur la Iohannis de Corippe», L’Ant. Class . 40 (1971), 675; VINCHESI , «Note testuali all’epos di Corippo», Stud. Class. Orient . 30 (1980), 143-158; W. EHLERS , «Epische Kunst in Coripps Iohannis», Philologus 124 (1980), 109-135; S. ANTÈS , Éloge ..., pág. XIII; Av. CAMERON , «Corippus’s Iohannis; epic of Byzantine Africa», Papers of the Liverpool Latin Seminar 4 (1983), 167-180; J. M. LASSÈRE , «La Byzacène...», pág. 163; V. TANDOI , «Corippo», EV 1 (1984), pág. 890; RAMÍREZ DE VERGER , El Panegírico ..., pág. 12.
11 Cf. VINCHESI , Liber primus ..., pág. 27, nota 64.
12 SHEA , The Iohannis ..., pág. 43.
13 ESTEFANÍA ÁLVAREZ , «Epopeya histórica...», pág. 68.
14 E. BICKEL , Lehrbuch der Geschischte der römischen Literatur = Historia de la Literatura Romana [trad. J. M.a DÍAZ -REGAÑÓN LÓPEZ ], Madrid, 1982, pág. 485.
15 VINCHESI , Liber primus ..., pág. 28.
16 VINCHESI , Liber primus ..., págs. 28-31; A. CAMERON , «Corippus’s Iohannis...», pág. 175.
17 SHEA , The Iohannis ..., pág. 152.
18 VINCHESI , Liber Primus ..., págs. 31, 33.
19 VINCHESI , Liber Primus ..., pág. 31.
20 J. L. VIDAL , Introducción General , págs. 78-79, en P. VIRGILIO MARÓN , Bucólicas. Geórgicas. Apéndice Virgiliano [trad. T. A. RECIO GARCÍA , A. SOLER RUIZ ], B. C. G. 141, Madrid, Gredos, 1990.
21 D. ROMANO , «L’ultimo epos latino. Interpretazione della Iohannis», Letteratura e Storia nell’età tardorromana , Palermo, 1968, págs. 258-259.
22 VINCHESI , Liber Primus ..., pág. 27.
23 SHEA , The Iohannis ..., pág. 42.
24 ROMANO , «L’ultimo epos...», pág. 272.
25 PARTSCH , Corippi Africani ..., pág. XLVII.
26 SHEA , The Iohannis ..., págs. 11-12; VINCHESI , Liber primus ..., pág. 9.
27 SHEA , The Iohannis ..., pág. 12.
28 SHEA , The Iohannis ..., pág. 13.
29 Sobre su vida y obras, cf. VINCHESI , Liber Primus ..., págs. 12-18.
30 SHEA , The Iohannis ..., pág. 13; VINCHESI , Liber Primus ..., pág. 10.
31 VINCHESI , Liber Primus ..., pág. 11.
32 PARTSCH , Corippi Africani ..., págs. XLVII-XLVIII.
33 VINCHESI , Liber Primus ..., pág. 11.
34 VINCHESI , Liber Primus ..., págs. 10, 12.
35 PARTSCH , Corippi Africani ..., págs. XLVIII-L, nos ofrece numerosos ejemplos.
36 TANDOI , «Note alla Iohannis di Corippo», Slud. It. di Fil. Class . 52 (1980), 52, 79.
37 VINCHESI . Liber Primus ..., págs. 10-11.
38 VINCHESI , Liber Primus ..., pág. 20.
39 VINCHESI , Liber Primus ..., pág. 20.
40 Cf. MAZZUCCHELLI , Flavii Creseonii ..., pág. LIII.
41 I. BEKKER , Merobaudes el Corippus. Recognovit Immanuel Bekker («Corpus Scriptorum Historiae Byzantinae») , Bonn. 1836; cf. VINCHESI , Liber Primus ..., págs. 20-21.
42 VINCHESI , Liber Primus ..., pág. 21.
43 VINCHESI , Liber Primus ..., págs. 21-22.
44 VINCHESI , Liber Primus ..., pág. 22.
45 M. PETSCHENIG , Flavii Cresconii Corippi Africani grammatici quae supersunt. Recensuit Michael Petschenig («Berliner Studien», IV) , Berlín, 1886; cf. VINCHESI , Liber Primus ..., pág. 22.
46 Cf. PETSCHENIG , Flavii Cresconii ..., págs. XI-XII.
47 Cf. PETSCHENIG , Flavii Cresconii ..., pág. XII; VINCHESI , Liber Primus ..., pág. 22.
48 VINCHESI , Liber Primus ..., pág. 23.
49 VINCHESI , Liber Primus ..., pág. 23.

PREFACIO A LOS NOBLES DE CARTAGO 1
Presentación del tema e importancia de la poesía
Me he atrevido, nobles, a cantar los triunfos de un vencedor: entonaré cantos de alegría en tiempo de paz. He querido escribir sobre la grandeza de Juan 2 en la guerra, las empresas del héroe que leerán las generaciones venideras. La poesía da a conocer [5] a todo el longevo mundo, al recordar todas las batallas de los antiguos dirigentes.
Homero y Virgilio nos dieron a conocer a los héroes antiguos. Juan Troglita les supera en sus empresas
¿Quién al gran Eneas, quién al feroz Aquiles hubiera conocido, quién al valeroso Héctor, quién los caballos de Diomedes, quién los ejércitos de Palamedes, quién a Ulises hubiera conocido si la poesía no evocara sus antiguas hazañas? El poeta de [10] Esmirna 3 describió al valiente Aquiles, Virgilio, versado en la composición de poemas, a Eneas: pero las hazañas de Juan me instruyeron para describir sus campañas y referir todos sus hechos [15] a los hombres del futuro. Juan es superior a Eneas, es más grande su valor, mi verso sin embargo no es digno de Virgilio. Las ilustres hazañas del general, las cualidades del hombre y las batallas ganadas están gritando a voces mi atrevimiento. La suerte incierta del poeta vacila en una situación crítica: por una [20] parte, el reconocimiento victorioso, por otra, el temor que hace palidecer.
Actitud humilde del poeta ante su auditorio. Petición del favor del público
Me estimula a cantar el argumento fidelísimo de los hechos: siendo frío de talento, me enardecí con estas hazañas. Canto en un verso tosco a un general ilustre y la torpeza retiene la lengua en [25] mi boca. ¡Y decir 〈que yo〉, ignorante, que en otro tiempo canté por lo campos, voy a enviar públicamente mis poemas a la población de la ciudad! Tal vez, lo confieso, ponga una sílaba en verso cojo: pues mi musa es campesina 4 . [30] Sin duda, la gloria de cantar las alabanzas debe ser reconocida: ¿voy a ser yo solo engañado al escribir sin recompensa alguna? El miedo expulsado de mi pecho me estimula más que mi boca: que sea mi boca reconocida por las alabanzas que ha pronunciado. La victoria concede los versos que niega [35] la erudición y me reconforta una gran satisfacción, cansado de escribir poemas. Si Cartago así se alegra en sus triunfos, tenga yo el reconocimiento merecido, que tenga, os lo ruego, vuestro afecto.
El poeta se dispone a recitar su obra
Mientras mi musa campestre rivaliza con las camenas 5 romanas, la fama eleva a nuestro general hasta las estrellas. Si os agrada que recite mis palabras [40] del libro primero, entonces cantaré la primera parte de mi poema, obedeciendo vuestras órdenes.

1 Debemos suponer, según el título del prefacio y las propias palabras del poeta, que Coripo llevó a cabo una lectura de su poema ante la nobleza de Cartago.
2 El general en jefe (magister militum) Juan Troglita, héroe del poema, era un antiguo oficial del ejército de África que había tomado parte en la expedición del 533 y bajo las órdenes de Belisario, se encargó del mando de una parte de las tropas. Más tarde, durante el primer gobierno de Solomón, defendió la frontera de Tripolitania.
3 Homero.
4 El término tiene diversas interpretaciones: bien se refiere a la composición, por parte de Coripo, de poemas bucólicos que no han llegado hasta nosotros, bien alude al origen campesino del poeta o bien, podíamos pensar, con TANDOI («Corippo», pág. 890), en una captatio benevolentiae y en este caso rustica equivaldría a «rudimentaria».
5 Son, en Roma, las ninfas de las fuentes que no tardaron en ser asimiladas a las Musas.

LIBRO PRIMERO
Presentación del tema: guerra en África, empresas de Juan Troglita y restauración de los valores romanos
Canto las enseñas, los caudillos, los pueblos feroces y las destrucciones de la guerra, las insidias y matanzas de hombres y las duras empresas, los desastres de Libia y los enemigos doblegados en sus fuerzas, el hambre impuesta a los hombres y la escasez de agua que golpeaban ambos ejércitos con mortífera confusión; canto a los pueblos [5] amotinados, abatidos y sometidos, canto al general que marcó su empresa con un gran triunfo: las musas desean volver a cantar a los descendientes de Eneas. La paz se devuelve a Libia [10] tras el cese de la guerra. Más segura resplandece la Victoria con sus dos alas; ya la Piedad mira atenta a la tierra desde el alto cielo; junto con la Justicia, también la Concordia, favorable y propicia, restablece el universo rodeándolo con sus dos brazos. Grandioso en medio de éstas, Justiniano, levántate de tu [15] alto trono complacido en tus triunfos, emperador, y como vencedor, proporciona leyes a los tiranos que no han sido abatidos: pues tus nobles plantas pisan a todos los reyes sin excepción y la púrpura 6 se dispone ya a servir al imperio romano. Bajo tus [20] pies se prosterna el enemigo vencido, duras cadenas atan a los pueblos y con fuerte nudo aprietan las manos atadas a la espalda, los cuellos soberbios se doblan con el peso de las cadenas [25] 〈***〉 7 aunque mi pecho hiciera salir mi canto por cien bocas, no me bastaría a mí, poeta, la inteligencia ni el talento 8 que despliega su vuelo por los solitarios senderos del ancho mundo. A grandes rasgos cantaría aquello: esto 9 es digno de las mayores alabanzas.
Situación de África antes de la llegada del ejército
África vacilaba, agotada, bajo un gran peligro. Pues se había inflamado en las armas bárbaras una fiera locura, soberbia por sus insidias, espadas, incendios y hombres, que prendía fuego [30] a todas las ciudades de la tierra saqueada y se llevaba, arrastrados de todas partes, prisioneros a los africanos. Ya no se hacía distinción alguna: a nadie fue posible respetar a los sacerdotes ni proporcionar a los viejos cansados la honra, cualquiera que fuese, de la pira. Quedó entonces tirado en el suelo todo cadáver, [35] atravesado de puñaladas. A ningún hijo fue lícito poner bajo un túmulo de tierra los cuerpos asesinados de sus padres ni fue permitido derramar sobre las heridas las debidas lágrimas: mientras el padre es aniquilado, se arrastra a los hijos y a la esposa y se saquean las riquezas, todo lo aplasta la malvada fuerza de la guerra y se abandonan los debidos funerales a la tierra desierta. El noble y el pobre mueren con un mismo destino 10 , [40] por todas partes se deja oír el llanto y a todos inunda el terror y el funesto miedo y todo se trastorna con horribles peligros. ¿Quién podría describir las lágrimas, las matanzas, los botines, [45] los incendios, las muertes, las insidias, los llantos, las torturas, las cadenas, los pillajes, quién enumerar los desgraciados sufrimientos? África, la tercera parte del mundo 11 , perece humeante en llamas.
Justiniano elige a Juan Troglita como salvador de África, recuerda sus campañas anteriores y le ordena venir
Y entonces el misericordioso emperador [50] examinaba una y otra vez las preocupaciones en su corazón, sopesándolas y meditando qué general en jefe y caudillo supremo del ejército 12 debía enviar a nuestras tierras, con la intención de reparar tanto destrozo. Y al reflexionar sobre todo esto, sólo le agrada Juan por su valor e inteligencia [55] y le parece digno por su valentía y su capacidad de decisión. Sólo él es capaz de atacar a los pueblos feroces y abatir, enérgico, a las tropas enemigas. Es más, la gloria del héroe y las pruebas de una empresa insigne y las durísimas guerras vencidas a un reino soberbio le son gratas: cómo expulsó a los [60] persas, con qué golpe abatió a los partos, confiados en hacer frente con una multitud de hombres y apiñadas flechas; en la época en que los anchos campos de Nísibe 13 manaron sangre de los persas, Nabedes, el primero después del rey parto, entablando [65] el combate, confiado en su fiero valor, perdió las tropas aliadas, sobreviviendo él mismo, y al huir, llevado por su temor, apenas pudo cerrar las puertas y ya irrumpía en la ciudadela de Nísibe el jinete romano y Juan victorioso golpeaba con su venablo las altas puertas de los persas.
Ante los ojos del emperador desfilan una tras otra todas las [70] valerosas hazañas del fiel varón. Sopesa y examina sus empresas: cómo una concentración de enemigos había cercado Teodosiópolis 14 con un difícil asedio; cómo él, atravesando veloz las sombras de la noche, vino a socorrer las murallas de la ciudad vacilante, entrando en las puertas amigas a través de los [75] enemigos; cómo, aterrorizado, el poderoso Merméroes 15 se alejó de aquellas murallas y cómo, más fiero por sus armas numerosas, se atrevió después a invadir Daras 16 —cuya escarpada ciudadela rodea una muralla que se eleva hasta las estrellas y que gobernaba el general Juan con sus enseñas— y atacar las falanges latinas. Pero después que el general, vigilante, arrebató [80] al enemigo la primera ciudad, persiguiendo a continuación a los que huían, toma primero posesión de los caminos y defiende todos los campos, para que el atroz enemigo no los devastara o dañara a alguien, y ocupa el primero la fortificación de elevada muralla. No soportó esperar más: pues inmediatamente, [85] osando, más fuerte, atacar al enemigo en campo abierto, abatió en afortunado combate innumerables batallones, ilustres jefes y pueblos aliados. Puso en fuga a Merméroes, señor de los partos, que huía, vencido, por los campos. Entonces cada persa, temiendo [90] al romano que le perseguía, arrojó de su mano en mitad de los campos sus espadas y adornos resplandecientes. La espada oriental brilla sobre el campo de batalla y las ligeras vainas y las lanzas y escudos y penachos y los caballos yacen confundidos con los cuerpos y los escuderos del general persa, soberbios con sus armas. Y también él hubiera estado postrado en el [95] campo de batalla si el magnánimo general no hubiera querido cogerlo vivo. Así pues, vencido, Merméroes vio la escarpada ciudadela cuando entró en ella en compañía de unos pocos hombres. Entonces de pie en medio del campo, bendijo al Señor el sabio Urbicio 17 , al que la corona imperial más poderosa [100] del orbe tuvo entonces como primer súbdito y leal al imperio y que había enviado, elegido, a muchos territorios para conocer cuáles habían sido las causas de la cruel guerra. Éste, al ver a [105] los vencedores romanos excitados y a los enemigos temerosos huir por los anchos campos, extendiendo las manos y levantando sus ojos al cielo, así dice complacido: «Gloria a ti siempre, Dios poderoso, porque finalmente merecí, después de tanto tiempo, ver a los persas vencidos por el valor de nuestro Juan». [110] Mientras reflexionaba entonces el emperador en su ánimo una y otra vez sobre estas hazañas, juzga que sólo éste, por su probada lealtad, puede defender a la oprimida Libia. Y sin más demora ordenó hacer venir al general desde los confines del mundo. [115] Éste, sereno, abandona las tierras enemigas para dirigirse a las aguas occidentales y en el breve espacio de un día obedeció las órdenes de su señor y volviendo al instante victorioso pisó inmediatamente los umbrales de la dorada puerta romana 18 . Complacido, permaneció ante los pies del emperador. Él con rostro sereno se volvió a mirar a su súbdito que se apresuró [120] a dar besos solícitos a los bondadosos pies 19 . Le ordena referir en pocas palabras los hechos de Oriente. Como se le ha ordenado, notifica a los inalterables oídos las guerras que ha llevado a cabo. La corona imperial, complacida en su pupilo, desea que así venza siempre. Al instante lo envía a socorrer a Libia.
Preparativos para la flota
[125] Por orden del emperador se cargan las naves de soldados, bagajes y armas y se envía al recluta inexperto que debe aprender a luchar bajo las órdenes del gran general que ganará la guerra. Ya un viento leve que soplaba sobre las velas hacía navegables las [130] aguas en una época segura y Tetis 20 , propicia para los marineros, aconsejaba la navegación.
Instrucciones del emperador a Juan antes de partir y despedida de ambos
Entonces el egregio emperador instruyó con inmensa benevolencia a su general, dirigiéndole estas palabras: «Nuestro estado recompensa con premios dignos del esfuerzo demostrado 21 , mientras sea yo el emperador, y ayuda [135] a todos sin excepción y hace subir de puesto a cualquier hombre que siente acudir presuroso en defensa de sus tierras y sus pueblos. Ahora escucha mis palabras y conoce los asuntos de buen grado, reteniéndolos en tu mente. Llegó a nuestros oídos bajo cuántos peligros yace África, digna de compasión. La misericordia [140] empuja a socorrerla, en su agotamiento. Decidimos, y así pareció a nuestro ánimo, que tú, valerosísimo, podías velar por Libia. Pon en marcha tus enseñas y sube veloz a las altas naves; alivia a los desgraciados africanos con tu acostumbrada valentía y abate con tus armas los ejércitos rebeldes de [145] los laguantan y doblega el cuello colocado bajo nuestros pies 22 , oprimido por tu valor. Conserva las antiguas leyes de los padres, levanta a quienes están agobiados, derriba a los rebeldes. Éste es el afán de nuestra clemencia: perdonar a los que se someten; ésta la honra de nuestro valor: dominar a los pueblos [150] soberbios. Estos preceptos míos, consérvalos en tu mente, fidelísimo general. Que el resto esté en manos de Cristo, Señor y Dios nuestro, que todo restablece mejorándolo y que te guíe en todo con su favor. Que nosotros veamos tu honor aumentado justamente por tus méritos con mejores títulos».
[155] Cae ante sus pies y cubre de besos afectuosos las divinas plantas, regándolas con lágrimas. Paternal, el mismo emperador se entristeció al ver partir al general y el afecto conmovió el ánimo imperial.
Últimos preparativos de los marineros y partida de la flota
[160] A continuación, dirigiéndose a la flota, el noble general exhorta a los marineros que dan gritos de alegría. Traen las naves de la playa; el primer tramo de mar es barrido por los remos que golpean una y otra vez las aguas; levan anclas rápidamente; se apresuran en medio de grandes gritos; aflojan las pesadas [165] amarras con terrible rechinamiento y despliegan las velas. Y el aire mueve las naves, impulsándolas con soplo suave. Los barcos cubren el profundo mar y la superficie se oculta, ceñida por cientos de naves. Se intensifican los soplos favorables del coro 23 propicio que empujan las naves: veloces, rasgan las aguas [170] con sus broncíneas proas, surcan la superficie los espolones, el agua espumosa murmura bajo las largas quillas.
Paso por Troya y recuerdo de los héroes homéricos
La flota atraviesa el estrecho de Tracia por una costa estrecha, allí por donde el mar separa Sesto de las llanuras de Abidos; vuela segura empujada por los vientos sobre las aguas del Sigeo y recorre la costa de la antigua y deplorable Troya. Entonces [175] recitan los famosos versos del poeta de Esmirna 24 y reconocen desde la alta nave los lugares de sus antepasados: aquí el palacio de Príamo, allí la casa de Eneas, que está retirada y rodeada de árboles. Aquí el cruel Aquiles arrastró el cadáver de [180] Héctor en su carro veloz. En esta playa al gran Demóleo abatió, vencedor, nuestro antepasado Eneas con el que resplandecen las altas murallas de Roma y el excelso nombre del imperio y mantiene al ancho universo bajo el dominio del emperador. Y cantan todas las batallas de la guerra de Argos: cómo cayó Patroclo [185] atravesado por la lanza de Héctor y el negro Memnón fue vencido por el golpe del Pelida 25 y cómo lloró la Aurora la digna muerte de su poderoso hijo; cómo se desplomó la virgen guerrera Pentesilea 26 en medio de sus tropas y en qué noche pereció Reso 27 ; cómo el joven Troilo se enfrentó con el fuerte [190] Aquiles; conforme a qué ley cayó el vencedor herido por la flecha de Apolo y con qué herida murió atravesado el raptor Paris. Y evocan después el último incendio de la exhausta Troya y la huida de Eneas: cómo entonces, tras perder a su esposa, se llevó [195] con él en su barco, surcando veloz tantos mares azules, a su hijo, llamado con el ilustre nombre de Julo, y a su padre.
El hijo de Juan, se identifica con Julo, hijo de Eneas
Escucha el noble Pedro 28 a los que narran las batallas. Al oír el ilustre [200] nombre del niño Julo, su pecho infantil arde en un nuevo deseo de leer con la intención de conocer las guerras. Un profundo respeto le conmueve: se considera Ascanio, cree que su madre es Creúsa 29 . Ésta era hija de rey: también su madre es hija de rey; entonces Eneas era el padre: y ahora es su padre el [205] mismo Juan. Esto medita lleno de gozo, la alegría inunda su corazón; esto decía él mismo a su padre, esto decía a sus esclavos, esto a todos por el mar cubierto de velas, Pedro, única satisfacción de su ilustre progenitor, la otra esperanza para el Imperio romano.
La falta de viento obliga a la flota a atracar en la costa de Sicilia
Se desliza la flota segura por el mar Egeo así como por las aguas del Adriático y gracias a los vientos favorables [210] surca más rápida alta mar. Apenas toca las costas sicilianas, el aire abandona las naves, el viento permanece callado y todo el mar se extiende con aguas inmóviles; ni la más leve ola golpea la orilla. Se calló entonces la biforme Escila 30 , se callaron los ladridos de [215] los perros, el agua no obligó a las rocas a devolver, con un estremecimiento, los aullidos de los lobos. Aunque se unan aquí los extremos de una y otra tierra y ambas costas se agiten en un angosto estrecho, Caribdis, que nunca se aplaca, retuvo, inmóviles, sus olas y no sorbió las claras aguas para volver a escupirlas. [220] Caen las velas aflojadas y sin viento alguno que las hinche, se ataron a sus palos. Entonces, ordenando soltar los cables a sus aliados, les dice el general: «Entrad en el puerto tranquilo». Ante tales órdenes, rápidamente acuden volando los [225] marineros sobre todos los aparejos: éste corre a soltar las velas, aquél recoge los pliegues; otro exhorta con agradables cantos a sus compañeros, alentándolos con su aguda voz. Los hombres se dan ánimos con sus gritos: la voz misma ayuda al esfuerzo, dando fuerzas y alegría a los marineros.
Se levanta el viento y la flota se pone en marcha de nuevo
Junto a las llanuras del siciliano Paquino se extiende Caucana 31 , de curvada [230] costa, cuyo puerto hirió el ancla de la flota romana con corvo mordisco. Y ya el Héspero 32 encrespa las aguas del mar llenas de estrellas, llevando a la tierra la noche negra de sombras. Dormía entonces en su barco el noble general Juan, libre de preocupación, cuando el mismo timonel de su nave, vigilante, [235] siente levantarse un suave viento. Corren aquí y allí los jóvenes veloces por todas las naves preparando los aparejos y desatan los cables que los unían a la costa, sin esperar las órdenes del general. Los marineros alzan todas las velas, desplegándolas [240] al viento.
Juan tiene dos apariciones
Ya la flota, empujada por los vientos, ganaba el mar abierto y surgía del lejano cielo la Aurora bañada de rocío, haciendo salir el día, cuando una siniestra aparición, procedente de las tinieblas, surgió ante los pies del general. Parecía su rostro, espantoso [245] por su negro color y sus ojos que daban vueltas cubiertos de llamas, el de un moro 33 . Entonces comenzó a hablar así: «¿A qué costas diriges tu flota? ¿Crees que vas a atravesar el mar hasta Libia?». Como respuesta dice el general: «¿Estás viendo atravesar el mar a nuestras naves y me lo preguntas?». [250] Entonces la siniestra aparición con rostro amenazante, retorciendo los ojos espantosos por las apariciones infernales, «no atravesarás», le dice. Comprendió Juan que era el ángel maligno que fue precipitado del alto Olimpo. Y no temió, sin embargo, el rostro que imitaba fieros rasgos de hombre; lo [255] sigue mientras huye e intenta darle alcance. Aquél delante, esparciendo con su mano espesas tinieblas, impedía el paso al general con una negra nube de polvo. Pero por segunda vez baja del alto cielo un anciano de rostro sereno que vestía una túnica [260] blanca y un manto resplandeciente y permaneció ante los ojos de Juan que buscaba sus armas; sujetó su mano y 〈esto〉 le dijo con santas palabras: «Que el arrebato no instigue tu corazón a una cólera tan grande; rechaza el mal con tu bondad; evita la [265] disputa violenta con el maligno y no lo temas». A éste dijo el general: «Venerable padre y hombre de Dios, tú estás viendo al que se esfuerza y se empeña en cerrarme el paso». Entonces esto dice el anciano de bondadoso espíritu: «¡Oh, afortunado! Sigue [270] nuestros pasos y camina teniéndome como guía». Hablando así, levantó sereno el resplandeciente fuego de su lámpara derramando una gran luz 〈***〉 34 .
Se desata una tempestad: desánimo de los marineros ante el peligro
Es más, todos los tifnoneles entonces permanecen inactivos y con ánimos dudosos; huyendo, da la espalda al viento y reconoce que el auxilio de la técnica está vencido, sin saber adónde dirigir su barco. Las velas con sus pliegues [275] desgarrados no soportan el soplo del viento; nadie las necesita: los marineros recogen todas las velas y abandonan al mismo tiempo las naves a los vientos y a las olas. En distintas direcciones se dispersan por diversos puntos del mar, adonde los arrastra el azar y la fuerza del viento, errantes en la noche. La fortuna amenaza a los desgraciados con un duro naufragio. Creen que no queda salvación alguna y pierden la esperanza de [280] vivir ante los inminentes peligros.
Plegaria del general
Gimió el general y entristecido elevó su pensamiento a los cielos; guiado por su devoción, como el mismo miedo le dictaba, busca, con lágrimas que brotan de sus ojos, la ayuda de Dios y postrado comienza, suplicante, su oración con estas palabras: [285] «Todopoderoso padre del Verbo y creador de las cosas, principio sin fin, Dios, todo te reconoce como autor y señor y tiemblan los elementos ante ti, su hacedor; los vientos y las nubes te [290] temen, el aire te sirve y por orden tuya truena ahora el alto éter y se mueve la enorme maquinaria del universo sacudido. Tú eres sabio, padre venerable, Tú conoces todo de antemano: ni con deseo de riquezas, ni con afán alguno de lucro me veo obligado a venir a Libia, sino para poner fin a la guerra y salvar vidas desgraciadas. Éste es mi único objetivo, ésta toda la aspiración [295] de mi corazón. Aquí sólo me trae la sagrada voluntad del emperador. Nuestro emperador gobierna con tu beneplácito. Él mismo reconoce que te debe justa servidumbre, como está establecido; Tú a él nos sometes a todos y nos ordenas servirle; yo [300] he cumplido tus preceptos. Propicio, vuélvete a mirar, padre santo, nuestro infortunio y socorre, aplacado y bondadoso, tan gran calamidad. Pero si sus faltas condenan, sometido a tu juicio, al pecador Juan, aplástame con cualquier otra muerte, pero [305] perdóname ahora por mi querido Pedro». Al pronunciar este nombre se le ahogó la voz en la garganta, tembló su corazón de padre, más frías que el hielo desfallecieron sus piernas y sus manos; todos sus miembros vacilaron. Derrama entonces lágrimas como las aguas de un río, elevando hasta los cielos grandes gemidos.
Dios escucha la plegaria y aplaca la tormenta
[310] Acoge el Señor el llanto y las palabras del que así ora: ordena aplacarse a los fuertes vientos y a la tormenta retirarse a la gruta de un monte. Huyen las [315] nubes de ligero vellón. Vuelve el sol y el sagrado día resplandece en el claro cielo con una brillante luz. La firme voluntad divina aplaca la superficie del agua: soplaron vientos favorables. Alegres, se ponen en movimiento los marineros, llenándolo todo con sus voces; despliegan las velas quietas [320] en sus mástiles y se hinchan los pliegues. Acogen entonces de todas partes a las naves aliadas y resplandecen por todo el mar las velas. Ya vuelan más y más veloces y los soplos favorables empujan a las naves que surcan el azul en su carrera.
Juan divisa la costa de la tierra africana y ordena desembarcar
Al fin divisó el general a lo lejos la costa de la tierra abrasada, reconociendo las indomables riendas de Marte y no se trataba de una incierta visión —pues [325] los incendios dicen la verdad—: los vientos revolvían las llamas, encrespándolas en un torbellino y el humo y la pavesa, volando más allá de las estrellas, esparcían por el alto cielo pequeñas chispas. Se eleva y ya hierve la llama [330] en medio del cielo, envolviendo todos los árboles de la tierra incendiada. Una mies abundante se quema, madura en los campos cultivados. Y todos los árboles sirven al fuego de alimento, que crece con el follaje, y se deshace consumido en cenizas. [335] Desgraciadas ciudades se destruyen con sus habitantes asesinados y todos los edificios con sus techos arrancados son pasto de las llamas. No de otro modo lo hubiera incendiado todo Faetonte 35 por todas las regiones del mundo con el carro que le fue injustamente concedido, arrastrado por caballos que vomitaban llamas, si el padre todopoderoso, compadecido de la tierra, no [340] hubiera desuncido los caballos jadeantes con su extraordinario rayo, sofocando el fuego con el fuego.
El general ardió en deseos de socorrer a la desgraciada tierra, encolerizado, con más compasión que de costumbre, y regó con lluvia abundante sus mejillas. Ardió su valor con el habitual [345] deseo de luchar y la ira le empujaba a dirigir sus pasos precipitados en medio de las olas. Pero a su afán se opone su naturaleza y el valor unido a la moderación que, dirigiéndolo todo y equilibrando lo glorioso con lo pequeño, gobierna las empresas de los hombres. Rápidamente ordena volver las naves hacia la costa y penetró gozoso en la conocida arena.
Descripción del lugar del desembarco
El mar no baña con aguas uniformes [350] la costa de Bizacio 36 , pues la tierra opone resistencia. Una parte, más lisa por la suavidad de la marea, se ofrece como abrigo a las curvas naves: los fondos marinos forman un puerto tranquilo en extremo. Aquí no hay fuerza del noto 37 capaz de encrespar las suaves olas ni [355] el viento hace temblar la clara superficie del agua. A la otra parte la golpean las aguas y el mar al retirarse de la orilla ruge estrellándose contra los escollos: resuena el agua penetrando en las rocas, aquí y allá derramándose sobre las negras algas. Allí el hinchado bóreas y el euro más violento por sus tormentas revuelven [360] el mar desde su fondo profundo. Entonces perecen las desdichadas naves con el cable roto por la fuerza del mar: a menudo se extendieron sobre los escarpados campos las tablas de la nave junto a las proas putrefactas que yacen sobre la hierba. [365] Por esto temen el lugar los marineros y huyen de los horribles peligros para dirigirse a las aguas seguras de una zona tranquila.
Se recuerda una expedición de Belisario al mismo lugar en la que perdió la vida el hermano de Juan
En aquella costa había fondeado la flota romana en la época en que Belisario 38 pisó el suelo de Libia para dominar el poder vándalo: los antiguos marineros llamaron a este puerto Punta de los Vados, por la distinta naturaleza [370] de sus partes. Al venir aquí también soltó sus velas el noble general Juan, de idéntico valor. ¡Afortunado aquel lugar que fue abrigo seguro y propicio para la flota latina! Entonces el ancla, sujeta por su bocado, mantuvo a las naves seguras en la costa. [375] Reconoció aquel puerto el valerosísimo general y, complaciéndose en el lugar, lo mostró con el dedo desde el mar, diciendo así a sus compañeros de buen grado: «Mientras las naves vengadoras ocupaban por primera vez estas tierras, yo mismo fui el primero en pisar la arena de esta playa, confiado en mis armas [380] juveniles: pues yo era uno de los capitanes. Cuando el pérfido tirano Géilamir 39 ostentaba el poder en los territorios de Libia, esta arena la pisó por vez primera la tropa romana y aquí bebió el agua de Libia; en esta orilla estableció entonces su campamento el ejército que venía con sus primeras armas. [385] Aquel cerro a lo lejos, cerca de las aguas del mar, ¿lo véis cómo crece y es aumentado por la fina arena que transporta el noto? Allí en lo alto colocó el general Belisario su tienda con todas las enseñas; en torno a él se establecieron los capitanes junto con los oficiales. Yo acampé en este lugar acompañado de mi [390] difunto hermano. ¡Ay, durísimo destino, enemigo de los gozos humanos! ¡Ay, cuántas alegrías de los hermanos que se aman arrebata la muerte brutal que llega de repente! ¡Con qué valor derribó encolerizado al enemigo aquel hermano mío! ¡Con qué [395] prudencia, al ejercer el mando, conservó, benévolo, a sus aliados! ¡A qué gran hombre lloró el Estado! No arrebató el destino de la guerra a mi valeroso hermano que volviera tantas veces vencedor del cruel enemigo. ¡Ay, muerte atroz, tú vences a los justos! Tú eras, Papo 40 , para mí la imagen de mi padre y de [400] mi hijo... el único consuelo digno de tanta desventura es que desprecias, victorioso, el agua de la Estigia 41 . Estos lugares me han hecho recordar a mi difunto hermano, provocando mis lágrimas. ¡Qué guerras llevó a cabo en el pasado aquel héroe! Que Dios mismo me secunde en mejores empresas. Sea venturoso [405] este lugar, más que en aquel año, con la benevolencia divina. Pero mientras permanece inacabado este campamento, ante tanta amenaza de guerra, ¡a cuántos pueblos se les quita la posibilidad de salvación! Si la Victoria favorece a mis enseñas en la guerra, yo terminaré la fortificación iniciada en este lugar, [410] reforzándola con dura piedra».
El ejército bizantino se traslada desde Cartago a los campos de Bizacio
Hablando así se compadeció de las ciudades desiertas de habitantes y de las casas vacías y lloró apiadándose de los desastres de Libia; ordenó desatar los cables de la playa y abandonó [415] las velas al viento deseado. El tercer día ofreció ante la vista, después de tanto tiempo, las murallas de Cartago, devolviendo al general a la exhausta ciudad. Apenas había dejado la huella de su pie en la playa, ordenaba al ejército salir en dirección al campo y da orden a los capitanes de formar las tropas en apiñadas [420] filas y avanzar en formación. Un profundo dolor provoca su ira: más aún, el sufrimiento ante la destrucción de la tierra que él mismo había conocido lo empuja a levantar el campamento. Obedeciendo a sus órdenes la tropa, despertando del sueño, va y viene agitada y todos los soldados, volviendo a coger [425] las espadas, reclaman la batalla. Entonces los cantos roncos del retorcido bronce provocan el ardiente deseo de combatir. Y ya nueve escuadrones irrumpen en las anchas puertas y todas las murallas derraman tropas cubiertas de hierro: aquí avanza la caballería, una parte de la infantería se mueve lenta por mil direcciones y gime la seca tierra, golpeada por los pies.
[430] Como el dueño de una hermosa parcela, cuando cambia de sitio las colmenas, ordena a la apretada multitud de abejas salirde los panales y avanzar en formación ante sus doradas tierras o si, provocada su ira casualmente por un jefe enemigo, prepara batallas o se apresura en alejar a los mezquinos zánganos y la [435] tropa presurosa, obedeciendo a sus órdenes, deja las colmenas por numerosas entradas y salidas y con roncos chillidos llama al enemigo: no de otro modo salen los soldados a la llanura por toda Cartago, contentos de avanzar con los estandartes en alto. [440] De aquí se encrespa una mies compacta de manípulos cubiertos de bronce: unos llevan aljabas y arcos, a otros les resuenan en sus anchos hombros las armas resplandecientes; brillan lanzas y escudos y las pesadas corazas y los penachos erguidos sobre la punta de los cascos. A continuación un extraño torbellino de oscuro polvo se levanta; la pezuña remueve la tierra pisoteándola continuamente y el polvo de la arena sometida arremolina [445] el aire.
Entre los primeros, el general mismo va a caballo exhortando a sus filas e inflama, como de costumbre, a sus capitanes deseosos de luchar recordando los antiguos combates llevados a cabo en Persia. No podría de otro modo excitar los espíritus de [450] sus soldados sin alabar las empresas de la guerra. Así el mismo Júpiter, según dicen los antiguos poetas en versos paganos, mientras Flegra era ocupada por la cruel rebelión de los gigantes 42 , daba a conocer la voluntad de los hados a la multitud de dioses: cómo podría derribar a los nacidos de la tierra con su rayo fulminante, con qué lanza desgarraría Marte las articulaciones (del enemigo), a quiénes transformaría Palas en piedra, después de ver a Górgona; a quién daría muerte el arquero con abundantes flechas, a quiénes atravesaría la veloz Delia con su dardo 43 .
Los romanos establecen su campamento en Antonia Castra. Discurso del moro Macco y respuesta de Juan
[460] Y ya el ejército, apresurándose por las anchas llanuras de Bizacio, emprendía el camino del lugar que llamaron los antepasados Campamento de Antonio 44 . Aquí, apenas asentó Juan su campamento, vinieron los embajadores del tirano. Hace llamar a éstos a su tienda el ilustre general para [465] que le transmitan las disposiciones del cruel tirano. Entonces Macco, que hablaba la lengua latina, dice, obedeciendo a su orden: «El noble jefe del aguerrido pueblo de los laguantan, el héroe Antalas 45 , hijo de Güenfan, nos ordena decirte esto. Así que tú, Juan, a quien conoció la tropa masila 46 en tiempos del [470] cruel Solomón 47 , que fuiste general cerca de nuestros territorios y en otro tiempo protegiste la costa lindante con el mar, ¿no oíste que cayeron los escuadrones de Solomon, todos por igual, en dura batalla y cómo llenó el río de muerte el ejército [475] romano y cuántos hombres vuestros cubrieron, muertos, los campos y la gran derrota en la guerra de tu general? ¿Tú vas a [480] atreverte a atacar a pueblos invencibles? ¿No conoces el valor en el combate del pueblo de los ilaguas, que tanto celebra la antigua fama eterna? Cuyos antepasados ya conoció en la guerra Maximiano 48 , emperador que poseía el cetro de Roma sobre el orbe. Tú, con unos pocos soldados, tú que ya vas a morir, ¿te [485] atreves a mirar mis escuadrones? ¿Vas a poder resistir nuestro ataque y mirar a la cara de mis hombres, general romano, en el campo de batalla? Mejor, date la vuelta, coge tus estandartes, emprende la retirada y guárdate de la muerte. Pero si piensas que puedes entablar batalla conmigo, si te agrada morir y ya te llama el día último, ¿por qué cansas a tus hombres? Contéstame [490] cuál es tu decisión y vendré a donde quiera que desees, para no hacer esperar al destino. Estas órdenes me dio nuestro jefe valerosísimo, tú da la respuesta que quieras».
Entonces sereno en su firmeza de carácter, sin encolerizarse contra el enemigo, dice el general: «No es necesario responder ahora al cruel enemigo. Debo meditar durante algunos días las [495] instrucciones del feroz tirano y después os daré las mías». Hablando de este modo, ordenó tenerlos bajo vigilancia mientras preparaba valerosas empresas. ¿Quién pudo esperar que quedaba [500] una salvación para aquellos hombres? ¡Cuánta tolerancia la del gran general! ¡Cuánta su bondad y su moralidad en el mando! Los corazones bárbaros se hinchan, inflamados por una cólera desmesurada: éste actúa con clemencia, gobernando con dignidad romana. No quiso castigar a los soberbios con una [505] muerte inmediata, sino salvar a los humillados y aliviar a los sometidos. Así permanece y permanecerá siempre la virtud romana: reprime y salva, promete el perdón desde la ira.
Se levanta el campamento de los romanos que avanzan hacia el enemigo. Discurso de Juan
[510] Cuando Lucífero 49 extendió sus rayos resplandecientes saliendo de las aguas del Océano, entonces el general da orden de levantar todo el campamento y de salir a las falanges en apiñadas filas. Dando la señal, gime terrible, con espantoso canto, la trompeta de hueco bronce, arrojando del pecho el dulce sueño. Se dan ánimos los soldados —el clamor llena las tiendas— [515] y exhortan al compañero; entonces los escuderos arrancan la tela de las tiendas, fijada al suelo, traen de las altas caballerizas a los caballos adornados con placas de metal y recogen todas las armas. Pero cuando el ejército empieza a avanzar, formados [520] los escuadrones, y a mostrar por la llanura las águilas victoriosas, poniendo así orden a las preocupaciones en su corazón, siempre atento, advierte él mismo a sus capitanes, refiriéndoles y mostrándoles la situación: «¡Oh, ejército romano, oh, fidelísima esperanza del Estado, oh, valor y honra del mundo, el más [525] sólido sostén y lealtad del Imperio y recompensa a nuestras empresas, aunque bien conocéis la confianza que debemos poner en este pueblo, yo mismo os recordaré, sin embargo, las insidias, los engaños y las traiciones pronosticando lo que hay que temer y exponiendo lo que hay que hacer. Las duras batallas nunca carecieron de malvadas traiciones: el ejército moro [530] siempre combatió mediante insidias 50 y acechó, confiado en dudosas armas; sólo el engaño mantiene a las fuerzas masilas y hace luchar a los cobardes, mientras las rocas ofrezcan escondrijos [535] en los más altos montes o los ríos de extensas orillas o el campo donde se extiende la verde oliva o los árboles de frondosa copa permiten al ejército permanecer escondido en el campo. Con estas astucias provoca el moro la lucha, de modo que, al aparecer de repente con rapidez, atemorice al enemigo desprevenido y lo asedie, inseguro, confiado en su número, en el terreno y en los caballos domados; entonces se envían maliciosamente [540] unos pocos guerreros a los llanos campos para provocar el combate y huyen al ser vistos para atraer a más enemigos. El moro blande lanzas con punta de hierro y no cesa de dar [545] vueltas con su caballo domado; pero cuando se acerca el enemigo, huye con habilidad para dispersar, astuto, las filas ordenadas mientras lo persigue una tropa numerosa que se cree vencedora, extendiéndose en los campos en todas direcciones. Con estas estratagemas actúa el moro cobarde simulando la lucha, hasta conducir al ejército contrario en medio de los enemigos y lo encierra en valles sitiados. Entonces cuando se descubre el [550] engaño, afloja las duras riendas y hace venir de todas partes a las bandas que permanecían ocultas. Él, que es presa de un miedo atroz, huye en el primer tumulto: a éste, que el mismo miedo [555] hace temeroso, abate el moro con duro golpe. Pero si valerosamente los soldados les hacen frente con firmeza, ninguna tropa perseguirá a quienes se atreven a luchar, sino que huirán volviendo los suaves cuellos de sus caballos: de este modo abandonan el combate. Así cae el ejército que huye, así resiste el [560] firme. Pues la fortuna abatirá a los cobardes y ayudará a los prudentes y valerosos 51 : pues con frecuencia volvió a ver a muchos y ¡cuántos obtuvieron la victoria de esos mismos peligros! Como deben ser los capitanes, prudentes, fuertes y fieros, que [565] demuestre cada uno sus fuerzas en el momento crítico de la batalla. Que ésa sea la empresa digna de vuestro valor. Disponed las tropas en escuadrones y que avancen todas las enseñas en manípulos ordenados. Que se actúe sobre todo con la mayor prudencia, seguid, vigilantes, estas recomendaciones: de este [570] modo venceréis a los enemigos. Que precedan los oficiales, cada uno en su orden, a la tropa y que mientras vayan los capitanes a explorar los valles sospechosos y a preparar caminos accesibles. Todo el ejército estará seguro con estas disposiciones: y el enemigo no vendrá por sorpresa al que es prudente y permanece [575] rodeado de los suyos. Pero si el ejército moro, acostumbrado a las oscuras trampas, ataca, antes un veloz mensajero a caballo lo traéra hasta mis oídos y hará apresurarse a las cohortes con cautela. Recordad esto, capitanes: confiad en la justa salvación».
[580] Esto dijo el general y el ejército lo acepta con palabras de aprobación: lo alaban, le aplauden y lo aprueban, se regocijan en su corazón y, alegres, ejecutan sus órdenes con solicitud.

6 Se refiere a la paz impuesta a Persia en 546.
7 La laguna que presenta el manuscrito es interpretada por VINCHESI (Liber Primus ..., págs. 12-17, 41) con la introducción de unos versos de Giovanni De Bonis, poeta y copista de la Juánide que vivió entre 1340 y 1404 aproximadamente y que acusa una fuerte influencia de Coripo en sus composiciones:
Te pavet Euphrates, iterum te saevus Hydaspes
fortia bella movens; formidant Caspia claustra ,
extremus Tanais septem pigrique Triones ,
Herculeae Gades Libyaeque ardentis harenae
et Bacchi fines Maeotidis atque paludes
*** te Nilus adhuc. ***
et niger extremo pallescens Indus in orbe .
***
***
*** per centum linguas ***
8 Tópico de la falsa modestia (Cf. CURTIUS , I, págs. 127-131).
9 «Esto» (haec) alude a las hazañas de Juan Troglita en África, mientras que el anterior «aquello» (illa) , en el mismo verso, representa las empresas de Justiniano que se acaban de citar.
10 La frase es un tópico literario (cf. III 447-48) y evoca a HORACIO (Odas I 4, 13-14): pallida Mors aequo pulsat pede pauperum tabernas / regumque turris («la lívida Muerte de igual modo golpea con su pie las cabañas de los pobres que los palacios de los reyes»).
11 La subdivisión del mundo en tres partes es usual en la geografía antigua, al menos desde Heródoto.
12 Los magistri militum representaban la máxima autoridad en el ejército. En la época de Justiniano eran cinco: m. equitum et peditum in praesenti duo con sede en Constantinopla; m. per Orientem; m. per Thraciam; m. per Illyricum; m. per Armeniam .
13 La ciudad, importante centro militar, se encontraba en el norte de Mesopotamia. El hecho narrado tuvo lugar en el 451.
14 Ciudad situada en Mesopotamia, a poca distancia de Daras.
15 General persa que es recordado por PROCOPIO en Guerra contra los Pers . I 15 21; II 29-30.
16 Sede del cuartel general bizantino en Mesopotamia, célebre por la victoria de Belisario en 530.
17 El personaje fue un cierto alto funcionario de la corte encargado en Bizancio de controlar la situación en Persia.
18 Coripo se refiere a la Puerta Dorada, situada no lejos del puerto de Constantinopla y donde se iniciaba la principal arteria de la ciudad que llegaba hasta el palacio imperial. Era además el recorrido obligatorio del vencedor.
19 Se trata de la osculario pedum , que formaba parte del ceremonial de la corte.
20 La diosa Tetis, madre del héroe Aquiles, era una de las nereidas y, por lo tanto, una divinidad marina e inmortal. Coripo utiliza su nombre como sinécdoque para referirse al mar.
21 La frase alude al concepto cristiano de Dios que distribuye la recompensa según los méritos y que aparece ya en el Antiguo Testamento.
22 Laguantan es la tribu beréber, llamada Ilaguas por Coripo en otras ocasiones, que habitaba entre la Tripolitania del Sudoeste y el Sahara. El gesto al que alude Coripo, que consistía en pisar el cuello del enemigo vencido, era de origen oriental y formaba parte del ritual bizantino (cf. Panegírico de Justino II II 107-108).
23 Viento frío del Norte.
24 Se alude a una serie de héroes y episodios de la guerra de Troya cantados por Homero.
25 Memnón era hijo de Eos (la Aurora) y de Titono, uno de los hijos de Laomedonte y, por consiguiente, hermano de Príamo.
26 Amazona, hija de Ares y Otrere. A la muerte de Héctor, acudió en auxilio de Príamo y sucumbió a manos de Aquiles que la hirió en el seno derecho.
27 Héroe tracio que luchó al lado de los troyanos, célebre por sus caballos, blancos como la nieve y rápidos como el viento. Fue muerto por Ulises y Diomedes que lo sorprendieron dormido y se llevaron sus caballos.
28 Coripo es la única fuente antigua que cita el nombre del hijo de Juan Troglita.
29 Ascanio es otro nombre con el que se designa a Julo, el hijo de Eneas. Creúsa, primera esposa de Eneas y madre de Ascanio, murió en el incendio de Troya.
30 Monstruo marino emboscado en el estrecho de Mesina; su aspecto es el de una mujer cuyo cuerpo, en su parte inferior, está rodeado de perros, seis animales feroces que devoran cuanto pasa a su alcance. Aparece con frecuencia asociado a Caribdis, monstruo situado en el mismo lugar que tres veces al día absorbía agua de mar, tragándose todo lo que flotaba, y luego devolvía el agua absorbida.
31 El promontorio del Paquino (cf. Eneida III 429, 699; VII 289) estaba situado al Nordeste con respecto a la punta sur de Sicilia, y la costa se extendía llana hacia el Sudoeste, doblándose luego en dirección al Noroeste: en este punto debía encontrarse Caucana .
32 El genio de la estrella vespertina que, cada atardecer, trae el descanso de la Noche.
33 La identificación del diablo con el moro enemigo legitima aún más las empresas del liberador.
34 Pasaje lagunoso.
35 Hijo del Sol y de la Oceánide Clímene, fue criado por su madre sin saber quién era su padre, pero se lo reveló al llegar a la adolescencia. Entonces el muchacho reclamó un signo de su nacimiento y pidió al Sol que le dejase conducir su carro. Faetonte partió siguiendo el camino trazado en la bóveda celeste, pero pronto, atemorizado, descendió demasiado y estuvo a punto de incendiar la Tierra. Zeus lo fulminó para evitar una conflagración universal.
36 Provincia situada entre Numidia y Tripolitania.
37 El Noto es el dios del viento Sur, cálido y cargado de humedad. El Bóreas es el dios del viento del Norte. El euro es el viento del Sudoeste.
38 El general Belisario desempeñó un importante papel en la política expansionista de Justiniano. Su carrera comenzó en el 529 al ser nombrado magister militum per Orientem . Reconquistó la provincia de África a los vándalos (533-534) e intervino en la conquista de Italia en dos campañas (535-540 y 544-548). Aunque cayó varias veces en desgracia, hizo siempre prueba al emperador de su lealtad ejemplar.
39 Último rey de los vándalos que fue vencido por Belisario y llevado prisionero a Constantinopla donde desfiló en el cortejo del general.
40 Según PROCOPIO (Guerra contra los Vánd . I 11, 7), era comandante de caballería con Belisario; este autor lo nombra sólo como hermano de Juan (Guerra contra los Vánd . II 28, 45). Es probable que su muerte se produjera entre el 533 y 537.
41 Laguna, o río, según otras versiones, de los infiernos. Coripo la utiliza en este caso como sinécdoque para referirse al mundo subterráneo, al Infierno.
42 Los gigantes, hijos de la Tierra y Urano, nacieron en Flegra, en la península de Palene, Tracia. Son seres enormes, de fuerza invencible y terrorífico aspecto. Apenas nacidos ya amenazaron al cielo contra el cual lanzaron árboles encendidos y rocas enormes. Esta actitud provocó el enfrentamiento con los dioses al que alude Coripo.
43 La diosa Palas Atenea había colocado en su escudo la cabeza de Medusa (Górgona), monstruo degollado por Perseo, de modo que sus enemigos se convertían en piedra con sólo mirarla. «El arquero» es el dios Apolo, uno de cuyos emblemas es el arco y «Delia» alude a la diosa Ártemis —Diana, para los romanos—, nacida en Delos.
44 No se sabe con precisión de qué lugar se trata.
45 Jefe, como sucesor de su padre Güenfan, de la tribu de los frexes —en este caso, Coripo utiliza el adjetivo laguantan con el sentido genérico de «moros»— y uno de los reyes principales de Bizacena. Ya bajo el dominio vándalo comienza a realizar saqueos y pillajes, hasta que consigue hacerse con el poder y para ello, unas veces permanecerá fiel a los romanos, otras se les enfrentará, según su conveniencia.
46 Coripo utiliza tres términos generales para referirse a los moros: Mauri, Massyli (en este caso lo utiliza como adjetivo, modificando a «tropa») y Mazax . El segundo aparece en la Eneida VI 60, y el tercero en Farsalia IV 681.
47 El ex-cónsul Solomón, jefe de estado mayor de Belisario, fue nombrado por Justiniano sucesor del mismo y prefecto del pretorio de África. Por PROCOPIO (Guerra contra los Vánd . III, 11, 16) sabemos que era un eunuco y, según el mismo autor (Guerra contra los Vánd . IV 19, 3-4), gobernó con moderación y aseguró una completa seguridad en África.
48 Marco Aurelio Maximiano compartió el poder con el emperador Diocleciano, instaurador de la Tetrarquía, durante los años 286 a 304 d. C. y tuvo que enfrentarse a las tribus de moros y beréberes que se rebelaron en África.
49 Es el nombre latino de Fósforo, la estrella matutina, también llamada Heósforo. Frecuentemente es personificado en poesía como el astro que anuncia la Aurora y trae la luz del día.
50 Es característico de la estrategia de los moros el sorprender al enemigo desprevenido e indefenso mediante estratagemas y emboscadas. La técnica de los moros que detalla en este caso Coripo y que consistía en acorralar al enemigo en un valle, provocando después una emboscada, ya la explica LUCANO en la Farsalia IV 736-748.
51 La sententia recuerda el virgiliano audentes fortuna iuvat (Eneida X 284).

LIBRO SEGUNDO
Huida de los moros ante el avance de los romanos. Invocación del poeta a Justiniano y a las musas
Mientras tanto, se expulsa al moro destructor de regiones enteras y el enemigo adverso lo aplasta en su agitación. Al huir, abandona aterrorizado [5] las ciudades sitiadas y agobiado por el miedo acude corriendo a los altos montes para montar y proteger sus funestas tiendas en los bosques. Los profundos valles y las inclinadas colinas se llenan de innumerables tribus que cubren los anchos campos y los ríos sinuosos. Apiñados escuadrones impiden ver la tierra limítrofe y la choza colgante oculta las copas de los árboles en los altos bosques. Huye de aquí todo tipo de animales [10] temiendo los venablos del moro sanguinario; pero sin poder escapar, desgraciados, a tamaña destrucción, sino que yacen en el suelo con los dardos clavados en el pecho. No pudo el tierno [15] pájaro colgar su querido nido de las altas ramas o entre el follaje; pues los moros atan sus tiendas a todos los árboles para levantar un techo y en ningún monte queda ya una cima vacía: igual que se oculta la tierra, cubierta por una nube cargada de [20] nieve, y los campos, los montes y todos los árboles están blancos y el mismo movimiento del aire es limitado; las abundantes lluvias arrebatan la apariencia evidentísima de las cosas y no se reconocen los astros en ninguna constelación. ¿Qué poeta con una nueva técnica me pondrá en orden tantos pueblos, tribus y [25] batallas 52 ? Tú, Justiniano, enséñamelo todo, con tu ayuda: pero haz partícipe a la musa de delicioso encanto. Que ella disponga mis versos que vacilan entre insólitas palabras: tan salvajes son los nombres vociferantes en la lengua bárbara.
Enumeración de las tribus y los jefes que participan en el combate
Va el primero a la guerra, obligado por la muerte fraterna, Antalas 53 príncipe [30] de los moros, que en otro tiempo fue súbdito de los emperadores romanos, grato a los capitanes y fiel a nuestros dirigentes: provocando al combate, furiosamente encolerizado, levantó su temible diestra con la que empujó con violencia a todos sus pueblos, cubiertos de bronce, hacia las recompensas de la guerra. Fue fiel a la paz establecida en las [35] fronteras libias y la mantuvo durante diez años enteros. ¡Ay, qué indiscreción de un jefe ignorante provocó la lucha, haciendo reavivarse las llamas apagadas! La locura sembró entonces las semillas de la peligrosa guerra; la cólera facilitó el crimen de la perfidia y el germen de tanta muerte. Con más dureza [40] provocó a las rudas tribus de Libia, promoviendo matanzas en todo el orbe.
Con escuadrones de la misma raza lo siguen los frexes 54 en apretadísima formación; con cuello altivo alaban a su dirigente, pueblo fuerte, de hombres duros y fiero en el peligro de la guerra, [45] tanto si va a pie, anticipándose por la llanura a través del enemigo, como si espolea los ijares de su caballo relinchante. Por una parte, empuñan sus armas los veloces escuadrones de caballería que acompañan a Sidifan 55 . Él vuela impetuoso en medio de la formación, confiado en su caballo, y, enérgico, pone en movimiento a las falanges armadas, provocándolas, corriendo, indómito, aquí y allá por los anchos campos. Por otra, [50] las cohortes de Sinusdisa se extienden rápidamente por el campo de batalla y los silvacas amenazadores y los naffur, de crueles armas y el feroz Silcádenit 56 , que en los caminos apartados de los elevados bosques prepara batallas temibles por sus emboscadas, amedrenta a los enemigos con la confusión del lugar [55] y es descubierto, fuera de sí, en sombríos crímenes 57 . A continuación avanzan los que habitan las montañas de Gúrubi y los valles estériles, las colinas de Mercurio e Ífera 58 de frondosos bosques; con ellos marchaba el imponente Autíliten 59 que no le iba a la zaga en las atrevidas empresas de su padre, prefecto y [60] aliado en la guerra y que a nadie era fiel; daba rienda suelta a sus crímenes incendiando, robando con crueldad, matando y llevándoselo todo por la fuerza. Iban los silvaizan y los nómadas mácares 60 que en los altos montes escarpados y en los espesos bosques levantan sus erizadas tiendas, protegiéndose tras la sombra de una roca; los silzactas y los veloces caunes 61 , entre quienes derrama su corriente el Vádara a su paso por los llanos [65] y mezcla las fuentes con sus aguas, por donde dirige su curso, desde la cima de un monte, sobre la hierba de sus curvadas [70] orillas. Acudieron a combatir los pueblos que alimenta el Agalumno, al que puede verse alzar su elevada cima en medio de las nubes, y el Macubio 62 que sostiene los astros del vasto firmamento; y los pueblos a los que 〈***〉 alimenta atando la escasísima cebada cargada de paja de la tierra llena de maleza. [75] Sascar acude también a la llamada desde territorios lejanos y los ástrices, Anacutasur, Celiano e imadas 63 . Y los pueblos que poseyeron la encrespada Zérsilis de reducidos campos. La deshonrosa Gálica manda en seguida sus siniestros hombres; y no cesan los funestos campos de enviar a los pueblos que la nutricia Tilíbaris recibió de las tierras de Talante, por donde Marta 64 , creadora del mal, prolonga al mar sus arenas mezcladas. [80] La tropa romana hubiera evitado ver estos funestos campos, si el destino, a menudo enemigo de los buenos, hubiera permitido romper los hilos de la muerte: así tú lo dispusiste, Padre eminentísimo, así lo exigían tus órdenes.
Un mensajero, atravesando hasta los más remotos territorios [85] de Libia, convoca a las tribus indómitas para luchar contra los extranjeros. El ilaguas 65 , que nunca fue vencido, acude con numerosos soldados y aterroriza al orbe entero corriendo de un lado a otro. Lo sigue el salvaje áustur 66 con las riendas de sus [90] caballos aflojadas, confiado en sus fuerzas, valeroso en armas y superior sólo en número. Pues el áustur guerrero, ansioso por entablar equívocas batallas en los campos, levanta muros amarrando los camellos y cava fosas y coloca ganado de distinta [95] clase, rodeándose de un apretado círculo para impedir con obstáculos el ataque de los enemigos y cerrarles el paso en su confusión 67 . Corre entonces el cruel ilaguas a abatir a los escuadrones entre los estrechos muros y se dirige con seguridad a los campos persiguiendo y cerrando el paso y con inaudita matanza [100] se enfurece, destructor, contra el desgraciado ejército. Tienen el ariete, arma monstruosa de guerra, y levantan sus tiendas de manera ordenada con las enseñas colocadas en diversos sitios, raza espantosa de hombres aguerridos, audaz por sus innumerables victorias, que no deja nunca de luchar, impía y cruel; no teme destrucción alguna, aunque pudo haber temido o le será [105] permitido merecidamente: que se arrepienta durante largo tiempo de haber sido cruel. Pues el poderoso Ilaguas, postrado en otro tiempo con una herida por los anchos campos, entregó [110] sus terribles lanzas, poniendo fin a los botines y batallas. El feroz Yerna 68 era su jefe y sacerdote del dios Gúrzil 69 . Dice el pueblo que su padre es el cornífero Amón 70 y una brava becerra su madre: ¡tan grande es la locura de las mentes ciegas! ¡Ay, así engañan los dioses a sus desgraciados pueblos! Acuden los ifúraces 71 , expertos en armas hostiles: su infantería se distingue por los escudos y armas resonantes, poderosa en el manejo de la espada cuando ataca al cruel enemigo. La tropa muctuniana 72 que habita la desierta Trípoli baja desde las tierras [115] cálidas; la malvada Gádabis envía hombres desde su ciudadela y la pérfida Dígdiga 73 , erizada de terribles murallas, proporcionó una formación a las tierras vecinas. Entonces acuden [120] los pueblos que barren los estanques con sus chalupas velanides 74 y corren con habilidad por la superficie del agua, arrojando sus curvados anzuelos a los peces temblorosos.
Los barceos 75 rivalizan en su cólera con acostumbrado furor, comienzan a abandonar sus tierras y a tratar de obtener las [125] nuestras. La ira y la guerra proporcionan armas y una raza dura a estos hombres. No llevan los escudos y las espadas amenazadoras ceñidas al costado, como de costumbre, sino que con una cuerda que los rodea, ligeramente ajustada, sujetan las vainas colgando de sus brazos desnudos. Y no adornan los moros sus [130] brazos con mangas de túnica ni se ciñen con cinturones incrustados de ninguna clase de cuentas, sino que, desceñidos, excitan a sus fieros escuadrones al combate llevando dos lanzas de hierro muy pesado. Un tosco manto acolchado 76 que cuelga, [135] anudado, de los miembros les cae bajando desde los hombros; después, un manto de tela, atado con un fuerte nudo, les cubre la negra cabeza y bajo la negra planta pisa el áspero pie moro.
A tantos pueblos moros soportó África en la guerra. ¿Quién [140] podría pensar que ha sobrevivido la desdichada? Pero no fue esto suficiente, ¡oh, dioses! Al instante se levanta, audaz, desde uno y otro territorio, el jefe enemigo indignado por la destrucción que la tropa romana le causó antes a él con los estragos de [145] la guerra: por eso, terrible, acumula ahora tanta ira. Le acompañan innumerables tribus: los que viven en Gémini Petra 77 y en los campos de Zérquilis cubiertos de maleza y los que habitan los infames montes del funesto Navuso y los lugares desiertos y los que alimenta la seca tierra de la execrable Árzugis [150] —así la llaman los antiguos—. La tropa aurasitana 78 baja de las tierras altas; sus líneas de infantería no pueden venir a combatir, pero su caballería lucha con valor. Llevan entonces dos lanzas de duro enebro y aguda punta de hierro y a menudo un ligero escudo tosco pende de la dura espalda o les cae suspendido [155] del costado y la espada misma, fulminante, les cuelga, atada, del hombro izquierdo. El moro labrador, que siega dos veces al año las mieses de la cálida Vadis 79 atando la cebada en pacas bien apretadas, es presa de delirio, ¡ay!, sobre la seca arena del [160] candente Febo. ¡Qué grande es el afán de botín! Se hace frente al ardiente calor, se soporta la sequía, el ardor del estío y la sed por el afán de una guerra salvaje y el deseo del indigno dinero.
Primer enfrentamiento sin importancia entre romanos y moros
El valeroso ejército, apresurándose, veía ya a los enemigos apiñados en las cimas de los montes y colinas y los lugares humeantes de llamas y los bosques [165] que cubría el compacto ejército no dejaban ver ninguna cumbre. Todas las viviendas permanecen ocultas. Por todas partes suena una voz cruel confundida en el aire. Se creería que, un fuerte temporal, al desatarse, sacude los bosques y las selvas sonoras y que se estrellan en la costa las aguas entrechocadas del mar. Se agudiza, por una parte, el [170] griterío de los jóvenes, el relincho enloquecido de los caballos, por otra. Golpean el aire las madres con temblorosos gemidos. La tierra hierve entonces en agitado tumulto. Viene entonces un grupo de pastores huyendo de los valles ante la llegada del enemigo. El balido del ganado resuena por los prados y brota [175] de la arena un polvo denso. Ya corría el caballo por los campos con las riendas aflojadas y era el primero en arrebatar la presa entre los rebaños ahuyentados. Entonces les salen al paso, desde un peligroso desfiladero, unos pocos enemigos pero no se les ve avanzar ordenados en escuadrón alguno ni amenazar impetuosos a los enemigos que se encuentran en frente, sino que sólo se enfurecen con un griterío. La tropa entonces busca desde [180] los bosques los mantos agitados por frecuentes movimientos, llamando en su ayuda, según la costumbre, a las multitudes de moros. Así pues, los veloces frexes acuden volando al primer enfrentamiento en un combate sin importancia y aseguran sólo los ganados: pues la implacable formación no lleva arma [185] alguna.
Una patrulla romana se adelanta para espiar al enemigo y es descubierta por los moros
No se inició, sin embargo, la batalla con derramamiento de sangre. Pues Géisirit, jefe valeroso, se había adelantado a la formación por orden del general, acompañado del sabio Amancio 80 , [190] para explorar los territorios enemigos, sondear los valles y allanar los caminos, según la costumbre. Los ejércitos romanos se asientan ahora en un elevado montículo y contemplan con sus ojos a los pueblos impíos; en su [195] pensamiento dudan qué han de referir a su ilustre general. No pueden soportar aquel tumulto ni observan con detalle aquellos parajes atestados. ¿Quién podría ver tantos miles de hombres? Tantos como la langosta que cae cuando sopla el austro 81 y se extiende bajo las estrellas sobre los campos de Libia al acabar la primavera o cuando el noto le ordena precipitarse desde el [200] alto cielo al mar y un enorme torbellino la arrastra: el corazón de los campesinos vacilantes se estremece ante el temor de que la terrible plaga triture las cosechas, devaste los tiernos frutos y los huertos que empiezan a verdear o dañe la oliva que florece en tiernas ramas.
[205] Y ya iba a volverse la tropa romana con los informes para su general, cuando el enemigo, que se encontraba cerca, rápidamente los rodea. Y avanzaban ahora las filas de endurecidos hombres. Acuden los enemigos apiñados desde los montes y de todos los desfiladeros, derramándose por todos los campos: el áustur y la tropa mutuniana que se pone en movimiento, ardorosa, con armas indómitas. Les sigue el valeroso ilaguas. Y el ejército, trasladándose cerca de la muchedumbre enemiga, corría [210] ya con innumerables caballos; crea la confusión y los hostiga y se concentra más y más en apretada formación, dominando a los soldados. Las lanzas mismas estrechan el campo de batalla [215] y un enorme estrépito golpea la tierra. Como cuando el viento empuja con fuerte silbido a las nubes que corren; entonces se inflama un nubarrón con frecuentes relámpagos y la tormenta, que llega por el frente contrario, se desata, arrojando un terrible granizo de enorme peso: el viajero, sometido por las [220] lluvias y vientos, inclinando entonces su apenado rostro, tirita de frío con un castañetear de dientes; así encorva la espalda, vencido, y encaminándose a lugares seguros, corre hacia los bosques y viviendas. Del mismo modo se retiraba vencido el jinete [225] romano, ante el ataque del poderoso enemigo. Aunque su insigne valor se despierta para perseguir valerosas hazañas, cae, sin embargo, sobre él el enemigo que acude numeroso en exceso. Los soldados no pueden arrojar con la mano los dardos ni flexibles saetas; sólo apenas les basta la espada para defenderse en el combate, apenas les bastan los escudos para resistir los golpes. Golpea entonces el aire un siniestro griterío: los escudos [230] de los hombres que hacen frente a los dardos recibidos les responden con gemidos. La vida es zarandeada por horribles peligros. Entonces el ejército romano intenta poco a poco retirarse de la lucha, debatiéndose por alcanzar las colinas de enfrente.
Un mensajero informa sobre la situación crítica de la patrulla . El general acude en su ayuda
Entretanto un veloz mensajero había [235] violentado los tranquilos oídos y sembró la agitación en el campamento con enorme estrépito, diciendo que los feroces enemigos habían bajado, innumerables, de los bosques y los montes y que abominables ejércitos habían llenado los campos, que los [240] lugares eran ocupados por pueblos de armas resplandecientes y que ya podían sucumbir los capitanes ante tan gran batalla.
Al instante todos los jinetes se precipitan en campo abierto: pues a todos impulsaba el patriotismo, la pasión y el miedo a su general que, temible, empuja las espaldas de los suyos, conduciéndolos con su voz: y golpea a veces con su lanza a los que [245] ve detenerse. Ordena a las tropas que salgan del campamento y les manda ir en ayuda de sus compañeros.
Tras conducir a los veloces escuadrones de caballería a campo abierto y adelantarse a los capitanes, increpa a los que se demoran en el campamento, atemorizándolos con el sonido [250] del ronco bronce. La trompeta, llamándolos con insistencia, gime, terrible, con tembloroso canto. Les sigue una formación compuesta por numerosos manípulos. La pezuña ensombrece de polvo las llanuras resplandecientes, el sol en su esplendor palidece, al contraerse sus brillantes rayos y el cielo es enturbiado por la arena que sube hasta él. Así como el euro se precipita [255] desde los montes de Éolo, soplando potente cuando las tormentas barren la arenosa costa y enturbia el aire entonces con soplo amenazador, rasgando las nubes con hostiles soplidos: del mismo modo siembra de confusión las llanuras el ejército [260] romano en compacta multitud. Y el polvo ya se cierne sobre los enemigos a lo lejos. Melango, receloso, los ve venir desde una roca situada en frente y da la señal bárbara, alborotando a sus cohortes con un enorme grito. La formación empieza a abandonar poco a poco los campos para ponerse a salvo en el campamento.
El general regresa con sus hombres indemnes y ordena montar el campamento cerca del enemigo
[265] Al llegar el valeroso general rodeado por su tropa, ve a los enemigos asentados en la cima de los montes y recibe con alegría a sus hombres indemnes y gozosos. Cuentan entonces las feroces y terribles batallas que había llevado a cabo la tropa en medio de crueles peligros y hablan de los perniciosos [270] desfiladeros. El general mismo ordena a sus hombres cavar los fosos y montar el campamento, no lejos del enemigo, cuyo campamento estaba situado en frente, sino muy cerca. Llevan a cabo rápidamente sus instrucciones y fijan en seguida por la llanura las blancas tiendas de níveos toldos. Entonces la valerosísima tropa romana, tras levantar el campamento, corre de un lado a otro con diferentes ocupaciones. Una parte coloca [275] de nuevo en su lugar las poderosas armas, examina las aljabas, vuelve a tensar los arcos y sujeta los pesados toldos en las altas columnas. Clavan en orden las lanzas sobre los tiernos prados apoyando, según la costumbre, los escudos sobre las lanzas y [280] ajustan las pesadas corazas y los cascos con pieles superpuestas y guardan las hondas y el resto de las armas. Otra parte bien dispuesta reúne los caballos que han prestado sus servicios, llevándolos a pastos seguros. Vuela uno, experto en la preparación de la comida, coloca el caldero sobre las llamas y sirve las viandas. Otro saca agua helada de un pozo y otro prepara los lechos [285] curvados sobre la hierba y coloca todos los platos en sus lugares, preparándolos para el banquete y lavándolos con agua corriente.
Juan comparte sus preocupaciones con el fiel Ricinario
Mientras tanto el ilustre general daba vueltas en su mente a sus preocupaciones, considerando los distintos asuntos: las tribus y los territorios, los [290] cautivos africanos que mezcló la guerra con las tribus y los sometió, desgraciados, con la captura de un botín. Se consume el general y da vueltas una y otra vez en su mente a estas preocupaciones, sin saber qué debe hacer. Y su destacado valor ya prepara entablar el combate. Sólo su clemencia le dicta el perdón para no destruir sin distinción alguna [295] a los ciudadanos cautivos por aquellos que se habían levantado en armas. Insomne, su pensamiento se debate, volando de una a otra posibilidad: cuando su voluntad toma una decisión, se opone luego a ella. Una lucha interna enloquece su corazón: la benevolencia y la cólera se enfrentan. Y como un campesino al ver que sus tierras dan frutos mezclados con zarzas, con apenado [300] corazón se preocupa, solícito, de arrancar de sus campos las funestas zarzas, pero —la misma Ceres 82 lo provoca— teme y calcula la pérdida si los abrojos mal dispersados arruinaran la cebada o murieran los frutos con las malas hierbas; así sopesadba [305] el padre en su corazón las preocupaciones, una tras otra, juzgándolo todo en la balanza: a qué lado va a inclinarse su voluntad y qué deberá hacer. Y ni le agrada estar de pie ni sentado en agradable conversación: los suspiros se multiplican de su callada [310] lengua. Agobiado por las preocupaciones y respirando con dificultad, se levanta y en medio del campamento decide luchar y va y viene por los caminos, fatigando su mente y su cuerpo. Lo acompaña en su caminar, excitado por las mismas preocupaciones, la gloria del ilustre general, su honorable consejero y [315] en extremo benévolo, Ricinario 83 pegado a su costado. Lo tiene como fiel aliado en los crueles peligros, hombre de valor, que le sirve de consuelo por su buen juicio. Se alegra el general de que éste, vencida la batalla con los mayores triunfos, haya soportado con él tan grandes empresas en la guerra, obteniendo [320] igualmente la mayor recompensa. Así pues, iba entonces como compañero, capaz de soportar las fatigosas preocupaciones y le reconfortaba, en su tranquilidad, con su conversación.
Juan pide consejo a Ricinario
«Mi pensamiento vacila ante las amenazas que nos acosan por doquier», dice el general, «y jadea mi pecho al dudar cuál será nuestra oportunidad de salvación en estos momentos críticos. [325] No habrá victoria si se ocasionan grandes pérdidas: pues si se destruyen las cosas por las que vine a luchar ¿qué beneficio habrá para el vencedor? Pues estoy cansado de toda esta situación llena de calamidades. Por una parte, nos amenazan con una funesta destrucción, por otra, quieren negar la gloria y quitar de [330] nuestras manos los triunfos obtenidos por nuestro exigido deber. Si decidimos luchar, los cautivos africanos perecerán confundidos con las tribus. ¿Qué gloria la de nuestra hazaña, si entregamos a los desgraciados? Ningún enemigo será vencido en este momento. Piensa qué debo decidir ante el riesgo de la cruel guerra y dime qué debo hacer». [335]
Respuesta de Ricinario
Esto dijo con calma el héroe Ricinario, hablando brevemente y con voz clara: «El valor que lo sopesa todo con moderación, éste es el más importante, éste sólo me parece bien, éste es capaz de vencer y apaciguar a los pueblos. Más vale, noble general, [340] que domines tu indómito valor con una santa benevolencia; con cualquier cosa que hagas después, la victoria será nuestra: así lo muestran el orden establecido y todas las cosas. Sólo es necesario enviar embajadores al duro tirano, prometiéndole la paz; que reclamen a los prisioneros y que se retire de nuestros territorios el impetuoso áustur y el cruel pueblo de los ilaguas. Que éste mismo, acostumbrado a soportar con frecuencia el yugo [345] del emperador, someta su cuello. Si se retira, todo estará salvado; perdonarás a las tribus y se concederá sin violencia la victoria a nuestro imperio. Pero si, por casualidad, el rebelde [350] mantiene altivo su cuello, entonces deberá ser vencido por las armas. Y no habrá en ningún momento arrepentimiento en favor de los desdichados: si caen en combate, Juan estará libre de todo pecado. Tu probada bondad permanecerá intacta en tu corazón». Agradaron al general los justos consejos del fiel varón; aunque liberado el padre de aquellas preocupaciones, no descansa, [355] sin embargo, pues otras preocupaciones fatigan su corazón sucesivamente.
Instrucciones del general al mensajero que irá hasta el jefe moro
Inmediatamente pone en práctica el plan y ordena a un veloz escudero que lleve sus proposiciones al soberbio tirano, instruyéndole de este modo: «Lleva mis palabras al rebelde; golpea [360] los soberbios oídos con estos consejos nuestros. Mientras pecan las tribus, la clemencia romana perdona, olvidando todos los delitos. No tenemos prisa en destruir cualquier tribu en el [365] combate si renuncian finalmente a la guerra, retirándose, si sometidos piden para sí mismos tratados, perdón y paz. El emperador prefiere que todo le pertenezca para salvar a todos y gobernarlos como su señor, perdonando a los sometidos y doblegando [370] con su fuerza a los soberbios 84 . Que el agobiante temor no se adueñe de tu corazón, esclavizado por tus pecados. Pues todo te será ventajoso si te retiras y te daremos por añadidura el perdón y la paz de buen grado. Tantos pueblos aprenderán cuál es el poder romano y cuál su clemencia y fuerza de gobierno. [375] ¿Qué fatalidad te domina? ¿No nos fuiste siempre fiel y acostumbrabas a alegrarte con nuestros triunfos, entonces como buen súbdito? ¿Qué malos hados te arrastran, soberbio, hacia crueles guerras? Deja ya de una vez las terribles acciones que llevas a cabo, trastornado, contra las desdichadas tierras. ¿De [380] qué te sirve, infeliz, provocar a las enseñas romanas? ¿Por qué te dispones a precipitar a los desgraciados en tamaña destrucción? ¿Acaso piensas que cualquier tribu a través de los siglos ha podido vencer a las tropas romanas? Nosotros dominamos al imperio persa, nosotros a los lazos, los hunos, los francos y los [390] getas 85 . Y los feroces pueblos que bajo la bóveda celeste se extienden por el ancho mundo sirven como esclavos en nuestros palacios y bajo el mando del virtuoso emperador, tras haber renunciado a la lucha, se disponen a aceptar sus órdenes, doblegando sus cuellos al grato yugo. Acepta mis palabras sin dilación para salvar a las tribus y a los tuyos. No os enviamos la propuesta como cobardes, pensando en nuestra salvación, ni huimos de la lucha al pedir la paz. La clemencia 86 que mantiene el universo y vela por los desgraciados cautivos y por vosotros, teme por vuestra salvación. Ésta, en su grandeza, me ordena perdonar a vuestras fuerzas que están a punto de sucumbir: por los cautivos me será permitido conceder el perdón.
Pero si, en tu dureza, te atreves a ir en contra de mis palabras, [395] prepara la guerra mañana: dispersa el ganado, según tu costumbre, en torno a los fosos para protegerlos 87 ; levanta murallas que han de ser derribadas; reúne los rebaños de ovejas y las cabras preñadas y los chivos que balan en el centro con mirada amenazadora. No necesitamos derrumbar las huecas torres [400] apuntando con el ariete. Mejor despojaremos a los enemigos sin él y entre tus ovejas todo carnero será robado y serviremos un buen almuerzo sobre las murallas destruidas. El esculpido [405] Gúrzil, bajo cuya protección dicen que se concede prosperidad a tu ejército, será partido en dos, desparramada su madera y enviado al fuego ardiente ante la vista de todos. Vuestras tribus dispersadas lo buscarán en la llanura y por todos los montes. Cualquier crimen cometido por la inmoralidad mora lo vengará [410] en justo combate nuestra tropa, derribando en la llanura los calientes troncos, una vez cortadas sus cabezas. Aprenderás lo mucho que pueden nuestras batallas mientras la espada venga a los desdichados africanos y los ejércitos moribundos caen desparramados por los fosos».
Marcha del mensajero. Descripciones del campamento romano y moro durante la noche
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