Czytaj książkę: «El bautismo del diablo»

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El bautismo del diablo
La evolución y la seducción del cristianismo

Clifford Goldstein


Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

El bautismo del diablo

La Evolución y la seducción del cristianismo

Clifford Goldstein

Título del original: Baptizing the Devil. Evolution and the Seduction of Christianity, Pacific Press Publishing Association, Nampa, ID, EE.UU., 2017.

Dirección: Martha Bibiana Claverie

Traducción: Rocío Macena

Diseño del interior: Carlos Schefer

Diseño de tapa: Gerald Lee Monks

Ilustración: iStock, Bliznetsov

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición, e-Book

MMXIX

Es propiedad. Copyright de la edición en inglés © 2017 Pacific Press® Publishing Association, Nampa, Idaho, USA. Todos los derechos reservados. Esta edición en castellano se publica con permiso del dueño del Copyright.

© 2018 Asociación Casa Editora Sudamericana.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-701-963-6

Goldstein, Clifford

El bautismo del diablo : La Evolución y la seducción del cristianismo / Clifford Goldstein / Dirigido por Martha Bibiana Claverie. – 1ª ed. – Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2019.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: online

Traducción de: Rocío Macena.

ISBN 978-987-701-963-6

1. Cristianismo. I. Claverie, Martha Bibiana, dir. II. Macena, Rocío, trad. III. Título.

CDD 230

Publicado el 08 de julio de 2019 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (Opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

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Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

"EN MI COMIENZO ESTÁ MI FINAL"

Capítulo 1
Todo el asunto de Newton

Apolo 13 es la recreación cinematográfica de la tercera misión de la NASA a la Luna. Dos días después del lanzamiento, ocurrido el 11 de abril de 1970, explota un tanque de oxígeno, mutilando al Apolo 13 a más de 300.000 kilómetros de casa. En vez de llegar a la Luna, ahora la única misión es traer nuevamente a Tierra la nave con los tres astronautas todavía metabolizando proteínas. Tom Hanks, Kevin Bacon y Ed Harris, entre otros, dramatizan esos esfuerzos.

Una gran escena es la que se desarrolla cuando el director de vuelo Gene Kranz (interpretado por Ed Harris, con un corte militar) se para delante de una sala llena de científicos y técnicos de la NASA durante el comienzo de la crisis. Detrás de él hay una pizarra con un dibujo simple de la Tierra y la Luna, y la nave en medio de ellas.

Los científicos y los ingenieros debaten sobre dos opciones. Una de ellas es hacer que la nave dé la vuelta inmediatamente, prenda los motores y se dirija a la Tierra. Otros argumentan que este “aborto directo” consumirá demasiada energía y que la nave y los hombres en ella morirían en el espacio. La segunda opción, una “trayectoria libre”, es que la nave orbite la Luna y así, cuando llegue al otro lado, según lo que dice Kranz, la gravedad de la Luna ejercería una “asistencia gravitatoria” que traería la nave espacial de regreso a la Tierra. Esta excursión por detrás de la Luna, junto con un impulso del motor del módulo Lunar, proporcionaría la energía necesaria.

La NASA opta por la segunda opción: usar la gravedad de la Luna para catapultar a los hombres en dirección a la Tierra.

¡Y adivinen qué!

Funcionó. Funcionó, aunque la ciencia detrás del rescate había sido formulada antes de que Wilbur y Orville Wright volaran; de que los médicos se lavaran las manos para las cirugías; de que se inventaran la pluma estilográfica, la bombilla incandescente de luz y las estampillas postales. La ciencia es la física, específicamente la ley de la gravedad que Isaac Newton desarrolló en su obra Philosophic naturalis principia mathematics (Principios matemáticos de la filosofía natural), publicada en 1687.1 Luego de orbitar alrededor de la Luna, Tom Hanks, quien interpreta al comandante Jim Lovell, dice: “Acabamos de poner al señor Isaac Newton en el asiento del conductor”. Si la NASA pudiera haber transportado a Newton hasta 1970, si lo hubieran sentado en una sala y le hubieran dado una hoja en blanco, un lápiz y algunas variables, él les habría dicho qué hacer basado en lo que escribió en su obra.

Sin lugar a dudas, la obra de Newton ha sido considerada no solamente uno de los logros científicos más grandes de la historia de la humanidad, sino también uno de los mayores logros intelectuales. Su trabajo se infiltró en casi todas las demás ramas del pensamiento occidental. La historia, la economía, la filosofía, la biología, la teología, la psicología, la sociología: todas han sido recalibradas a partir de las implicancias de la física newtoniana, y es una influencia que alcanza al siglo XXI (a pesar de que a principios del siglo XX esa influencia se debilitó como resultado de postulados de Einstein y la física cuántica).

El logro de Newton fue tan magnífico que el poeta Alexander Pope escribió este epitafio: “La naturaleza y sus leyes yacían escondidas en la noche. Dios dijo ‘¡Que exista Newton!’ y hubo luz”.2

Todo el asunto de Newton

Un esfuerzo tan exitoso como el de Newton ayuda a mostrar por qué muchos creen que la ciencia es el mejor camino, si no el único, para descubrir la verdad; en especial si uno cree que el mundo es completamente materialista. Esta creencia, llamada “cientifismo” es la que prevalece hoy en día en nuestra cultura.

“Tanto en el trabajo de filósofos profesionales como en los escritos populares de científicos naturales”, escribió el biólogo Austin L. Hughes, “con frecuencia se declara que la ciencia natural constituye, o pronto lo hará, el dominio completo de la verdad”.3

Alex Rosenberg definió el cientifismo como “la convicción de que los métodos de la ciencia son la única manera confiable de asegurar el conocimiento de cualquier cosa”.4

Como el erudito Bertrand Russell lo había dicho en el siglo anterior: “Lo que la ciencia no puede decirnos, la humanidad no puede saberlo”.5

O como escribió John Loftus: “Lo único en lo que deberíamos y podemos confiar es la ciencia. La ciencia por sí sola produce excelentes resultados consistentes, que no se pueden negar y que continuamente pasan por nuevas pruebas para su validación”.6

El Principia fue, sin dudas, un logro fenomenal de la “filosofía natural” (philosophic naturalis), o de lo que desde mediados del 1800 se denomina “ciencia”.

Pero ¿acaso el éxito de la física de Newton prueba que la ciencia es la mejor manera de encontrar la verdad? Esa conclusión puede sonar razonable, en especial a la luz de los muchos logros científicos, pero no es necesariamente verdadera, y la formulación de la Ley de la Gravedad de Newton ejemplifica por qué.

Para comenzar, Isaac Newton no tenía idea de lo que era la gravedad. Pudo describir con increíble precisión cómo la gravedad hacía mover la materia, pero no tenía idea de por qué la gravedad movía la materia de esa manera. En lo que respecta a la gravedad en sí misma, él escribió en una cita famosa: “Hypotheses non fingo” (no compongo ninguna hipótesis).7 Él no sabía por qué cada punto de masa en el universo atrae a todos los demás puntos de masa con una fuerza que es directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia entre ellos. Él solo sabía que esto sucedía, aunque llamó a la idea de que la gravedad actuaba a cierta distancia a través del espacio vacío “un absurdo tan grande que ningún hombre que tenga alguna facultad competente de pensamiento en materia filosófica podrá creerlo alguna vez”.8 Este es Newton, reflexionando sobre su propia teoría.

En segundo lugar, Newton desarrolló su teoría sobre la base de dos suposiciones falsas: espacio absoluto y tiempo absoluto. Esto es, las dos premisas a partir de las cuales él desarrolló su ley de atracción gravitacional ahora se cree que son falsas.

En tercer lugar, la Ley de la Gravedad de Newton solo funciona con objetos que se mueven lentamente. Con los objetos que se mueven cerca de la velocidad de la luz, su teoría se desmorona y ahí es donde la reemplaza la teoría de Einstein de la relatividad general en el siglo XX. Alexander Bird escribió: “Se puede haber pensado que el éxito de la mecánica de Newton demostraba su verdad, pero ahora se sabe que es falsa y ha sido sustituida por la mecánica relativista de Einstein”.9

¿Esto es encontrar la verdad? Todo lo que la teoría lograba era hacer predicciones. Si eso es todo lo que crees que puede hacer la ciencia (y muchos creen que es así), entonces, bien. La Ley de la Gravedad de Newton fue un ejemplo de un éxito científico demoledor (al menos, bajo ciertas condiciones). Pero si crees que la ciencia revela la verdad sobre el mundo real, entonces la teoría de Newton fracasó.

¿Por qué? Después de todo, Newton creó una notable descripción matemática de ciertos aspectos de la realidad. Pero una descripción no es una explicación. Describir un evento es radicalmente diferente de explicarlo. Describir cómo se ve un hombre que cae muerto al suelo es bastante diferente a explicar qué sucedió dentro de su pecho cuando tuvo el ataque cardíaco que lo mató. Con el equipo, las teorías y la matemática adecuada, los científicos pueden describir mucho del mundo natural (desde el movimiento de las galaxias a la interacción de la fuerza de color en los cuarks). Incluso la famosa fórmula de Albert Einstein, e=mc2, solo describe la relación entre la materia y la energía, pero no explica nada sobre por qué esa relación existe, así como la fórmula de Newton para la gravedad no explicaba nada sobre por qué los objetos parecían atraerse unos a otros a través del espacio.

Descripción y explicación

La historia de Newton y su “descubrimiento” (¿es la descripción realmente un descubrimiento?) revela temas cruciales no solo en la historia de la ciencia, sino en la ciencia misma. Para todo lo que Newton logró, subsisten numerosas preguntas, no solo sobre la gravedad, sino también sobre el tema más amplio, lo que puede y lo que no puede hacer la ciencia.

En los 2.400 años desde que Demócrito argumentó que la materia estaba compuesta de pequeñas partículas llamadas “átomos”, o incluso desde 2015, cuando investigadores del MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts, por sus siglas en inglés) “construyeron una variedad de detectores de luz lo suficientemente sensibles para registrar la llegada de partículas individuales de luz, o fotones, y las montaron en un chip óptico de silicona”,10 existe el debate sobre qué realmente es la ciencia, qué hace, o puede hacer o debería hacer, o cuán correctamente logra lo que supuestamente hace.

¿Será que la ciencia revela la naturaleza como realmente es (ejemplo, la verdad), o simplemente nos dice cómo actúa bajo ciertas condiciones, lo que luego nos permite (entre otras cosas maravillosas) construir reactores nucleares, generar granos modificados genéticamente, producir smartphones y traer de nuevo a la Tierra naves arruinadas? W. T. Stace escribió: “Las leyes científicas, adecuadamente formuladas, nunca ‘explican’ nada. Simplemente describen, de forma general y abreviada, lo que sucede”.11 O, como algunos sugieren, “no se puede decir que las teorías científicas ‘explican el mundo’. Solo explican los fenómenos que se observan en el mundo”.12

Algunos sugieren que la ciencia no describe ni explica cómo es o actúa la naturaleza, sino solo cómo nos parece que es o actúa. La ciencia, según este argumento, nunca nos lleva más allá de la experiencia humana subjetiva. Sabemos, escribió Arthur Shopenhauer, que “no hay un Sol, ni hay una tierra. Solamente hay ojos que ven un Sol y una mano que siente una tierra”.13 Claro, creamos artefactos magníficos, de microscopios a telescopios espaciales y aceleradores de partículas, que nos muestran aspectos de la realidad que nuestros sentidos limitados de otra manera nunca podrían hacer entrar en nuestra mente. Pero ¿nos muestran estos artefactos lo que realmente existe en el mundo o solamente nos muestran cómo lo que existe se muestra a través de esos artefactos?

Según expresó Ian G. Barbour: “El astrónomo Arthur Eddington una vez contó una parábola encantadora sobre un hombre que estaba estudiando la vida marina en aguas profundas con una red de malla de 7 centímetros. Luego de extraer muestras repetidas, el hombre concluyó que no había peces de menos de 7 centímetros de longitud. Nuestros métodos de pesca, sugiere Eddington, determinan lo que podemos pescar”.14 ¿Acaso los diferentes tipos de artefactos que creamos revelan solamente los tipos de realidad que buscamos? Y, si creáramos un artefacto diferente, ¿cuán diferente nos parecería allí la realidad? Y ¿cómo la apariencia que da el artefacto a nuestros sentidos difiere de la realidad en sí?

Por otro lado (argumentan algunos), si usted necesita el artefacto solo para describir lo que está observando, y si lo hace, al menos de acuerdo con los parámetros que permite su artefacto, ¿qué más quiere, entonces? Si desea crear algo útil y el artefacto lo permite, ¡voilà! ¿A quién le interesa cuán distorsionada o torcida pueda parecerle la realidad a través de filtros, lupas y suposiciones construidas de tuercas, arandelas, barras, sensores y software del artefacto? Si el dispositivo extrae de la realidad, al menos en un cierto grado, lo que se ha colocado bajo el artefacto, y si de eso se pueden hacer predicciones, crear nuevos remedios, construir nuevos puentes, lo que sea, entonces la ciencia está haciendo lo que hace, y lo que mejor hace, y nada más.

Sin embargo, si la ciencia se trata de encontrar la verdad, de revelarnos el mundo real, entonces estas preguntas continúan siendo problemáticas.

Preguntas científicas

Incluso luego de todos los logros de la ciencia, desde mostrarnos que la Tierra sí se mueve hasta la creación del Gran Colisionador de Hadrones (LHC, por sus siglas en inglés), no se ha llegado a un acuerdo en cuanto a una definición de “ciencia”. ¿Qué es la ciencia? ¿Cómo podemos diferenciar entre ciencia buena, ciencia mala y pseudociencia? “La filosofía de la ciencia natural es básicamente el estudio de lo que es la ciencia natural, lo que hace y cómo funciona, por qué funciona y cuánto funciona”, escribió Del Ratzsch. “Un lugar razonable para comenzar sería con una definición de ciencia natural. Sin embargo, el término no tiene una definición aceptada, estándar”.15 Aquí estamos, más de cuatrocientos años después de las observaciones astronómicas de Galileo y los desafíos que le presentaron a casi dos mil años de ortodoxia “científica”, ¿y todavía no tenemos una definición sólida de “ciencia”?

Luego aparece el aclamado “método científico”, con su estatus epistemológico mítico. Si aplicamos el “método científico” a cualquier pregunta, ¿acaso no está garantizada la verdad al final? ¿No es este método el “oráculo de Delphi” de la Edad Moderna? Cuando el “método científico” revela algo, ¿qué mortal se atreve a desafiarlo?

De todas formas, existe debate sobre lo que es el método científico, cómo actúa, qué revela, o incluso si realmente existe. Paul Feyerabend habló en contra de la noción entera del método científico. “Este libro propone una tesis”, escribió, “y extrae consecuencias de ella. La tesis es: los eventos, procedimientos y resultados que constituyen las ciencias no tienen una estructura común; no hay elementos que ocurran en todas las investigaciones pero que no aparezcan en otras partes”.16 De acuerdo con Feyerabend y otros, no existe el “método científico”. Es un mito, similar a Pie Grande o el monstruo del Lago Ness.

Además, si alguien cree que la ciencia sí explica la realidad, ¿qué implicaría una explicación apropiada? ¿Hasta dónde tiene que ir la ciencia antes de que podamos tener una explicación completa de “el revestimiento del mundo”?17 Debido a que todo en el mundo natural está compuesto de entidades atómicas y subatómicas ¿no nos quedamos cortos al entender la biología, la astronomía, la psicología o cualquier cosa hasta que podamos analizar, predecir y extrapolar las acciones del leptón, los mesones y los cuarks en todo lo que estudiamos, ya sean cuásares o neuronas?

Según escribió el químico Michael Polanyi, “la biología actual se basa en la suposición de que se pueden explicar los procesos de la vida en términos de la física y la química, y por supuesto que la física y la química pueden ser representadas en términos de las fuerzas que actúan entre las partículas atómicas. Entonces, toda la vida, los seres humanos y todas las obras del hombre, incluyendo los sonetos de Shakespeare y Crítica de la razón pura de Kant, también se representan allí. El ideal de la ciencia [es] reemplazar todo el conocimiento humano por un conocimiento completo de átomos en movimiento”.18

Leon Wieseltier expresó: “Imagina la explicación científica de un cuadro (un desglose de las cerezas de Chardin en los pigmentos que lo componen) y un análisis químico de cómo su mezcla produce las tonalidades sutiles y resonantes por las cuales son admiradas. Dicho análisis explicará todo, excepto lo que más necesita explicación: la calidad de belleza, que es la razón en nuestra contemplación del cuadro”.19

Además, si la ciencia es tan buena para llegar a la verdad, ¿por qué la verdad cambia tan a menudo? “Si el paisaje histórico es desechado con las ideas teológicas que se descartan, también es desechado con las científicas”,20 escribió Gary Ferngren. ¿Por qué los descubrimientos de la ciencia, los resultados del “método científico”, a menudo se contradicen entre sí? No estamos hablando solo de especulaciones contradictorias sobre los 1 x 10-43 segundos luego del Big Bang, sino de las cosas sujetas a experimentación y observación de tiempo real. ¿Por qué los científicos, usando el mismo “método científico”, mirando la misma realidad, a veces usando los mismos instrumentos, llegan a diferentes conclusiones sobre lo que observan?

Hay miles de otras preguntas que permanecen sin respuesta. ¿Cómo sabemos si una teoría científica es correcta, en especial cuando algunas teorías enseñadas como dogma luego han sido descartadas? ¿Por qué las certezas científicas del pasado no son las mismas que las del presente? Y ¿podrá ser que alguna de las actuales verdades científicas ex cátedra no serán algún día ridiculizadas y tomadas como mitos, como lo son hoy algunas de las verdades ex cátedra del pasado?

Incluso un aficionado a la ciencia pura como Michael Shermer admite: “Todos los hechos en la ciencia son temporales y están sujetos a los desafíos y el cambio; como consecuencia, la ciencia no es una ‘cosa’ per se, sino un método de descubrimiento que conduce a conclusiones temporales”.21

Después de todo, ¿cómo se obtienen estas conclusiones temporales? ¿Cómo hacen los científicos para probar o refutar una teoría? ¿Qué es una teoría científica en oposición a una pseudocientífica? ¿Por qué teorías opuestas, muchas veces, pueden llegar a predicciones precisas, o por qué teorías que se creen erróneas, sin embargo, pueden lograr predicciones correctas? ¿Qué suposiciones deben expresarse para hacer ciencia, y cómo sabemos que esas suposiciones son correctas? ¿Qué otros factores (personales, políticos, sociales y monetarios) ejercen influencia sobre esas suposiciones y, por consiguiente, sobre las teorías que las forman? Hay un refrán popular que expresa: “Dime quién pagó la investigación y te diré cuáles son los resultados”. Se trata de una broma pero, como todas las bromas, lleva algo de verdad. Además, ¿cómo es posible que la tecnología exitosa se pueda basar en teorías científicas que ahora se cree que son erróneas?

La ciencia ha creado material increíble, y ¿quién puede discutir que la ciencia ha dado a los seres humanos nuevas visiones deslumbrantes del mundo (o al menos, de lo que vemos del mundo)? ¿Quién puede dudar del progreso, la utilidad y el éxito de la ciencia en tantos aspectos prácticos de la vida humana? Y la tecnología que ha surgido a partir de la ciencia, que sigue surgiendo y que continuará surgiendo, ha deslumbrado, deslumbra y continuará deslumbrando en el futuro. A cierto nivel, podemos entender fácilmente la declaración de que la ciencia es el mayor logro intelectual de la humanidad.

Sin embargo, aun así, la ciencia es, de manera inevitable y necesaria, un esfuerzo humano influenciado, inclinado y distorsionado por las influencias, las inclinaciones y las distorsiones que califican a todas las creencias. Hay una idea permanente de que la ciencia se encuentra en un lugar de Arquímides, lo que Thomas Nagel ha llamado “la vista desde ningún lado”22 y que, como resultado, nos da una ventana objetiva sobre lo real. Eso es un mito, tanto como que Rómulo y Remo fueron alimentados por una loba.

La ciencia es una empresa histórica. Se desarrolla en el tiempo y a lo largo de la historia, y como tal, se ve afectada por la cultura y la sociedad en la que se la practica. Los conceptos, las teorías y las suposiciones científicos están inseparablemente unidos a la cultura, la historia y el lenguaje, porque los científicos también se encuentran inseparablemente unidos a la cultura, la historia y el lenguaje. Terry Eagleton expresó, en un seminario en la Universidad Yale: “La ciencia, al igual que cualquier otra empresa humana, está impregnada de prejuicios y parcialidad, sin mencionar las suposiciones injustificadas, las inclinaciones inconscientes, las verdades que se dan por sentado y las creencias demasiado cercanas como para ser objetivas. Al igual que la religión, la ciencia es una cultura, no solo una serie de procedimientos e hipótesis”.23 Por consiguiente, todo lo que los científicos experimenten, o piensen que experimenten, viene filtrado por todas las cosas que filtran el conocimiento humano.

“Lo que la ciencia dice que es el mundo, en cierto punto, se ve afectado por las ideas, elecciones, expectativas, prejuicios, creencias y suposiciones que se presentan en ese momento”, escribieron los filósofos de la ciencia Peter Machamer, Marcello Pera y Aristides Baltas.24

Ciencia y fe

Las preguntas sobre cuán precisamente la ciencia puede expresar la verdad, o incluso si puede hacerlo, o qué significa expresar “la verdad”, se hacen especialmente pertinentes en el tema de la fe y la ciencia. Una gran cantidad de libros de los “nuevos ateos”25 retratan la relación entre la fe y la ciencia como enemigos irreconciliables: uno de ellos, la ciencia, es la búsqueda objetiva de la verdad; la otra, la fe, es la promulgación de la superstición y la ignorancia. Sin embargo, esta dicotomía es una distorsión, casi una caricatura. La filosofía natural, o “ciencia”, rara vez ha entrado en conflicto con la fe. Muchos de los primeros gigantes científicos (Copérnico, Kepler, Galileo, Newton) creían en Dios y no vieron su trabajo como algo que negara su fe. “El principal objetivo de todos los investigadores del mundo externo debería ser descubrir el orden racional y la armonía que Dios ha impuesto y que nos ha revelado en el lenguaje de las matemáticas”26, escribió Johannes Kepler.

Ian G. Barbour también expresó: “Los ‘virtuosos’, así como se hacían llamar los científicos de la segunda mitad del siglo XVII, eran hombres religiosos, principalmente de trasfondo puritano. La Carta de la Sociedad Real instruía a sus colegas a dirigir sus estudios ‘para la gloria de Dios y en beneficio de la raza humana’. Robert Boyle dijo que la ciencia es una tarea religiosa, ‘el descubrimiento de la obra que Dios ha desplegado en el Universo’. Newton creía que el Universo da testimonio de un Creador Todopoderoso”.27

Aunque se han peleado algunas batallas (ver capítulo 2), la visión común de la ciencia en constante conflicto ha sido bastante exagerada. Colin A Russel escribió: “La noción de hostilidad mutua [entre la ciencia y la religión] ha sido empleada en la cotidianeidad en los escritos de la ciencia popular, por los medios de comunicación y en algunas otras pocas historias de la ciencia. Profundamente arraigada en la cultura de Occidente, ha sido difícil de quitar. Recién en los últimos treinta años del siglo XX los historiadores de la ciencia lanzaron un ataque sostenido a la tesis, y gradualmente un público más amplio comenzó a reconocer sus deficiencias”.28

Sin embargo, existe un área de conexión crucial, y tiene que ver con los orígenes. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Por qué existimos? ¿Hacia dónde vamos? Aquí estamos a nivel del sótano; la base sobre la cual yace toda la existencia y todo el conocimiento humano de nuestros orígenes. Todo lo que los seres humanos han escrito, dicho, o incluso pensado, surge de nuestros orígenes. El conflicto aquí no es sobre los evidentes beneficios del resveratrol en el vino tinto o los hábitos de copulación del Megascops hoyi. El conflicto es sobre la identidad humana, que surge tan directamente de nuestros orígenes como lo hacen las notas musicales de las cuerdas rasgueadas de un arpa.

A pesar de los infinitos intentos desde casi todo ángulo posible, la evolución y la Biblia no se pueden entremezclar en ningún informe coherente de los orígenes, al menos no sin censurar un poco a ambos. Se requieren las contorsiones más improbables (ver capítulo 10) para tratar de insertar la “síntesis neodarwiniana” (básicamente, la última encarnación de Newton) en el relato bíblico de los orígenes.

Solamente los nombres de los dos grandes mecanismos en el esquema de Darwin, mutación al azar y selección natural, revelan su incompatibilidad con el relato de Génesis. Aunque la lectura sea lo más amplia posible, la Creación de Génesis es un evento sobrenatural, en oposición a uno meramente natural. Además, la creación de Génesis no da indicios de algo al azar, y mucho menos mutacional. El lenguaje utilizado para expresar la evolución excluye cualquier cosa relacionada con la Biblia y su creación sobrenatural con propósito determinado. Sin embargo, estas verdades “inconvenientes” no han desviado a los cristianos del dudoso esfuerzo de tratar de mezclar a Charles Darwin con Jesucristo.

“Entonces, si alguien agrega una intervención sobrenatural al relato de la evolución por selección natural, digamos por ejemplo permitiendo que un Dios se entrometa en el proceso evolutivo, ya no es selección natural. Ya no se está tomando en serio a la ciencia natural y la teoría evolutiva. En resumen, tomar en serio la ciencia natural significa que un relato del desarrollo evolutivo que recibe importante influencia de un ser sobrenatural no es una opción intelectualmente honesta”29, escribió el evolucionista Richard Dewitt.

El compromiso

¿Por qué, entonces, existe una irresistible atracción por parte de muchos cristianos de “bautizar al diablo” por medio de la búsqueda de una armonía entre la Evolución y las Escrituras? A pesar de que no podemos conocer los motivos individuales, la respuesta dominante está unida a la creencia contemporánea global de que la Evolución debe ser verdad, porque la ciencia lo dice. Después de todo, ¡la ciencia es la ciencia!

Además, cuando los más grandes pensadores mundiales, los mejores y más brillantes, los más aclamados expertos, los ganadores de premios de Nobel en Biología, Química, Economía, Física, Literatura y Medicina; los más educados, reconocidos e informados entre nosotros; los doctores, los colegas, los posgraduados, los eruditos de Rodas, los renombrados, los famosos, los brillantes; cuando todos esos creen en la Evolución, muchos cristianos creen que deben hacer lo mismo. Cuando cada disciplina (biología, astronomía, medicina, teoría política, psicología, crítica literaria, historia, química, ética, economía, geología, sociología, e incluso teología) de manera abierta promueve una cosmovisión neo darwiniana, estos cristianos sienten la presión de seguirla. Cuando “nuestro mundo interpretado”, como lo llama Rilke,30 es interpretado a través de las suposiciones de la Evolución, cuando cada aspecto de la vida de la Tierra (de la placenta del antílope a los pepinos, a la invención de las matemáticas), se filtra, analiza y explica en términos de la Teoría Evolutiva, no es de extrañar que muchas personas, incluso los cristianos, se vean arrastrados en ese fervor. Es psicología de multitudes, que rebalsa desde las calles y se filtra hasta el púlpito.

El bautismo del diablo busca mostrar que esta rendición no es solo innecesaria, sino también equivocada. Es solo un ejemplo más de cristianos bien intencionados que comprometen su fe ante la cultura impuesta;31 el ethos de nuestra era, que es la ciencia vestida con los trajes filosóficos del cientifismo. Y no solo la ciencia del experimento, las pruebas y la verificación (que nos ha dado muchísimo), sino además una rama especulativa de la ciencia que tiene sus raíces en capas y capas de suposiciones, retrodicciones e intuiciones de la fe epistemológica a lo largo de millones, e incluso miles de millones, de años hipotéticos. Si miramos las preguntas (y otros) sobre la ciencia que propusimos anteriormente en este capítulo, El bautismo del diablo anhela liberar a las personas de la acción automática de que la única reacción lógica y racional a la frase “¡Es ciencia!” es renunciar a sus creencias, incluso las religiosas. En algunos casos, eso puede ser prudente (la ciencia de la meteorología, en oposición a la hechicería, para explicar las fallas en los cultivos es un caso poderoso en este punto), pero no en todos los casos, y menos aun cuando se trata de reemplazar el relato del Génesis con la última encarnación de la síntesis neo darwiniana, o lo que es peor, tratar de amalgamarlas.

La ciencia ha brindado a la humanidad poderosos métodos y herramientas para convertir la materia en maravillas prácticas: de vacunas a smartphones y submarinos nucleares. Sus éxitos tecnológicos hablan por sí solos. Pero eso no es lo mismo que encontrar la verdad; incluso, hasta puede no llegar a tener nada que ver con la verdad; excepto en ámbitos muy estrechos como los que se necesitan para crear vacunas, smartphones y submarinos nucleares. Y aunque todavía hay una discusión con respecto a si la ciencia revela la realidad tal como es o solo como se nos muestra, no es solo una feliz coincidencia que la gravedad de la Luna le diera al dañado Apolo 13 algo del empuje que necesitaba para volver a casa. La ciencia de Newton dijo que lo lograría, y lo logró; lo que significa que había algo de verdad en el medio, más allá de todo lo desconocido, de los errores y las suposiciones falsas que importunaban a la teoría en sí misma.

La ciencia, entonces, sí revela conocimientos sobre la realidad misma, sin importar lo limitados o distorsionados que puedan ser esos conocimientos. Y ese es el punto principal de este libro: mostrar cuán limitados son esos conocimientos y cuán influenciados están por la subjetividad ineludible que inclina todo el pensamiento humano, razón por la cual precisamente los cristianos no deberían comprometer una creencia tan fundamental como lo es la de los orígenes solo porque la ciencia, o mejor dicho, las apreciaciones de algunos científicos, enseñen algo contrario.

Un ateo, en Italia, plasmó las siguientes palabras en una pared: “Dios no existe, y María es su madre”. Si bien es ridícula, esta inscripción revela algo primordial sobre la búsqueda de la humanidad por la verdad. Somos subjetivos sin remedio. Lo que buscamos y cómo lo buscamos es solo a través de íconos, axiomas y presupuestos de nuestra cultura, genética y educación; lo que a su vez investigamos, observamos, interpretamos y expresamos en los resultados de nuestras indagaciones. No podemos escapar a estos filtros, así como no podemos escapar a nuestro pensamiento, porque a través de estos filtros pensamos y, de hecho, también hacemos ciencia.

1 Isaac Newton, Mathematical Principles of Natural Philosophy, trad. I. Bernard Cohen y Anne Whitman, asistidos por Julia Budenz (Berkeley: University of California Press, 1999).

2 Sir Isaac Newton, Abadía de Westminster, https://www.westminster-abbey.org/our-history/people/sir-isaac-newton. El Papa había esperado que este epitafio se pusiera en el monumento a Newton, pero no se permitió. En vez de eso, lo siguiente, que fue inscrito aquí, aunque no era tan elocuente como las líneas del Papa, de todas formas, cumple con el propósito: “Aquí yace enterrado Isaac Newton, Caballero, quien gracias a una fuerza mental casi divina, y principios matemáticos peculiarmente propios, exploró el curso y los números de los planetas, los senderos de los cometas, las olas del mar, las diferencias en los rayos de luz y, lo que ningún otro erudito había imaginado: las propiedades de los colores así producidos. Diligente, sagaz y fiel en sus exposiciones de la naturaleza, la antigüedad y las Sagradas Escrituras, vindicó a través de su filosofía la majestuosidad del poder y la bondad de Dios, y expresó la simplicidad del evangelio en sus modales. Los mortales se regocijan en que haya existido tal adorno de la raza humana. Nació el 25 de diciembre de 1642 y murió el 20 de marzo de 1726 (Ibíd.).

3 Austin L. Hughes, “The Folly of Scientism”, The New Atlantis, Nº 37 (Otoño 2012), p. 32. Para una crítica poderosa reciente al cientificismo, ver Richard N. Williams y Daniel N. Robinson, eds., Scientism: The New Orthodoxy (London: Bloomsbury Academic, 2015).

4 Alex Rosenberg, The Atheist’s Guide to Reality: Enjoying Life Without Illusions (Nueva York: W. W. Norton, 2011), edición Kindle, cap. 1.

5 Atribuido a Russell en Ted Peters, Cosmos as Creation: Theology and Science in Consonance (Nashville: Abingdon Press, 1989), p. 14, con una nota de que fue “dicho en una audiencia de la BBC [hace un tiempo en este siglo]” (Ibíd.). La otra versión de la cita atribuida a él es “Lo que la ciencia no puede descubrir, la humanidad no puede saberlo”.

6 John W. Loftus, ed., The Christian Delusion: Why Faith Fails (Nueva York: Prometheus Books, 2010), edición Kindle, cap. 4.

7 Newton, Principia, 943. “Todavía no he sido capaz de deducir a partir de los fenómenos la razón para estas propiedades de la gravedad, y no compongo ninguna hipótesis. Porque lo que no se deduzca de los fenómenos debe ser llamado hipótesis; y las hipótesis, ya sean metafísicas o físicas, o basadas en cualidades ocultas, o mecánicas, no tienen lugar en la filosofía experimental. En esta filosofía exprimental, las proposiciones se deducen a partir de los fenómenos y generalmente se hacen por inducción” (Ibíd.).

8 Newton a Richard Bentley, 189.R.4.47, ff. 7, 8, Trinity College Library, Cambridge, RU, publicado en octubre de 2007, http://www.newtonproject.sussex.ac.uk/view/texts/normalized/THEM00258

9 Alexander Bird, Philosophy of Science, Fundamentals of Philosophy (Routledge, 2006), edición Kindle, cap. 4. Algunos argumentan que llamarlo “falso” es demasiado fuerte; sería mejor decir que estaba incompleto, o viable solo bajo ciertas condiciones.

10 Massachusetts Institute ofTechnology, “Toward Quantum Chips: Packing Single-Photon Detectors on an Optical Chip Is Crucial for Quantum-Computational Circuits”, Science Daily, 9 de enero de 2015, https://www.sciencedaily.com/releases/2015/01/150109101047.htm

11 W. T. Stace, “Science and the Physical World”, en Introductory Readings in the Philosophy of Science, ed. E. D. Klemke, Robert Hollinger y David Wyss Rudge, con A. David Kline (Amherst, Nueva York: Prometheus Books, 1998), p. 355 (cursiva en el original).

12 Alister McGrath y Joanna Collicutt McGrath, The Dawkins Delusion? Atheist Fundamentalism and the Denial of the Divine (Downers Grove, Illinois: IVP Books, 2007), p. 38 (cursiva en el original).

13 Arthur Schopenhauer, The World as Will and Representation, t. 2 (Londres: J. M. Dent, 2001), p. 3.

14 Ian G. Barbour, When Science Meets Religion: Enemies, Strangers, or Partners? (Nueva York: HarperSanFrancisco, 2000), p. 14 (cursiva en el original).

15 Del Ratzsch, Science and Its Limits: The Natural Sciences in Christian Perspective (Downers Grove, Illinois: IVP Academic, 2000), p. 11 (cursiva en el original).

16 Paul VeyetafoenA., Against Method, 3rd ed. (Londres: Verso, 1993), p. 1; (cursiva en el original).

17 Czeslaw Milosz, “Meaning”, New and Collected Poems, 1931-2001 (Nueva York: Harper-Collins, 2003), p. 569.

18 Michael Polanyi y Harry Prosch, Meaning (Chicago: University of Chicago Press, 1977), p. 25 (cursiva en el original).

19 Leon Wieseltier, “Crimes Against Humanities”, New Republic, 3 de septiembre de 2013, https://newrepublic.com/article/114548/leon-wieseltier-responds-steven-pinkers-scientism?a&utm_campaign=tnr-daily-newsletter&utm_source=hs_.

20 Gary B. Ferngren, ed., Science and Religion: A Historical Introduction (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 2002), p. xiii.

21 Michael Shermer, The Moral Arc: How Science and Reason Lead Humanity Toward Truth, Justice, and Freedom (Nueva York: Henry Holt, 2015), p. 15 (cursiva en el original).

22 Thomas Nagel, The View From Nowhere (Nueva York: Oxford University Press, 1986), edición Kindle, cap. 5, sec. 1. La cita completa, en contexto, vale la pena leer, porque también se aplica a los desafíos de la ciencia: “La pregunta es cómo seres limitados como nosotros pueden alterar su concepción del mundo para que ya no sea la visión desde dónde están sino, en un sentido, una visión desde ningún lado, que incluya y comprenda el hecho de que el mundo contiene seres que lo poseen, explique porqué el mundo les parece como lo hace antes de la formación de esa concepción y explica cómo pueden llegar a la concepción en sí misma” (Ibíd.).

23 Terry Eagleton, Reason, Faith, and Revolution: Reflections on the God Debate (New Haven, Connecticut: Yale University Press, 2009), p. 132.

24 Peter Machamer, Marcello Pera y Aristides Baltas, eds., Scientific Controversies: Philosophical and Historical Perspectives (Nueva York: Oxford University Press, 2000), p. 6.

25 Algunos títulos conocidos son: The God Delusion (2006); Daniel C. Dennett, Breaking the Spell: Religion as a Natural Phenomenon (2006); Sam Harris, The End of Faith: Religion, Terror, and the Future of Reason (2004); y Christopher Hitchens, God Is Not Great: How Religion Poisons Everything (2007).

26 Citado en Noson S. Yanofsky, The Outer Limits of Reason: What Science, Mathematics, and Logic Cannot Tell Us (Cambridge, Massachusetts: MIT Press, 2013), p. 262.

27 Ian Barbour, Issues in Science and Religion (Nueva York: Harper Torchbooks, 1966), p. 37 (cursiva en el original).

28 Colin A. Russell, “The Conflict of Science and Religion”, in Ferngren, Science and Religion, p. 4. Dos de los libros más populares en el pasado que presionaban esta idea de guerra fueron Andrew Dickson White, A History of the Warfare of Science With Theology in Christendom (Nueva York, 1896) y John William Draper, History of the Conflict Between Religion and Science (Nueva York, 1874).

29 Richard DeWitt, Worldviews: An Introduction to the History and Philosophy of Science, 2nd ed. (West Sussex, Reino Unido: Wiley-Blackwell, 2010), pp. 312, 313.

30 Rainer Maria Rilke, “The First Elegy,” en The Selected Poetry of Rainer Maria Rilke, trad. y ed. Stephen Mitchell (Nueva York: Vintage International, 1989), p. 151.

31 Un argumento, se ha dicho, se rompe ni bien alguien menciona a los nazis o a Hitler. Quizá. Pero tenemos el ejemplo trágico de cuán rápido la iglesia cristiana en el período del Tercer Reih se comprometió con el socialismo nacional. Nadie está haciendo un paralelismo entre la evolución y el nacismo; el siguiente paralelismo simplemente revela con cuánta presteza los cristianos se pueden comprometer con el Zeitgeist predominante, incluso con algo tan horroroso como el régimen Nazi: “Los cristianos alemanes siempre retrataron a Jesús como no judío, y a menudo como un cruel antisemita. Como Hitler lo había llamado ‘nuestro mayor héroe ario’, esto no era un gran avance. Antes de que los cristianos alemanes acabaran con él, el Rabí nazareno sería un hijo con una marcha militar y amante del strudel del Reich Alemán”. Eric Metaxas, Bonhoeffer: Pastor, Martyr, Prophet, Spy (Nashville, Tennessee: Thomas Nelson, 2010), p. 172.

Capitulo 2
La herejía de Galileo

Casi todos los niños escolares de Occidente luego de la Ilustración han aprendido sobre el juicio por herejía a Galileo Galilei, a manos de la Inquisición romana en el siglo XVII. Aunque es presentada como un ejemplo paradigmático de religiosos ignorantes y dogmáticos que luchan contra el progreso racional y lógico de la ciencia, esta historia es una ilustración de lo que sucede cuando la ciencia dogmática se convierte en la corriente principal . Y lo que es peor, lo que sucede cuando los creyentes religiosos incorporan dogmatismo a su fe.

Albert Einstein escribió, en el prólogo de una publicación del siglo XX sobre la obra de Galileo: “El leitmotiv que reconozco en la obra de Galileo es la lucha pasional contra cualquier tipo de dogma basado en la autoridad”.32

Einstein tenía razón. La obra de Galileo era una lucha contra el “dogma basado en la autoridad”. Pero el dogma estaba basado en la autoridad de la ciencia; un dogma que fue tan intolerante en el siglo XVII como lo es hoy. Lejos de revelar los peligros de la religión en contra de la ciencia, el juicio de Galileo revela los peligros de la religión que sucumbe ante la ciencia. La iglesia no estaba defendiendo la Biblia, sino su falsa interpretación, creada por una desafortunada fusión de la fe y la ciencia. Si fueran astutos, los evolucionistas teístas evitarían la controversia de Galileo y no la presentarían como el ejemplo arquetípico de por qué los cristianos deben amalgamar la evolución con las Escrituras.

Sin embargo, existe una diferencia crucial entre lo que la iglesia hizo en ese momento con el cosmos ptolemaico-aristotélico, del cual la Tierra era el centro, y lo que los evolucionistas teístas hacen hoy. La visión en la que la Tierra era el centro del cosmos no se presenta en la Biblia, por lo que ese modelo podría haber sido correcto sin contradecir las Escrituras. Pero la evolución contradice en todo a la Biblia. El error que cometen los evolucionistas cristianos hoy, con respecto a la Evolución, es cualitativamente peor que lo que sus ancestros espirituales e intelectuales hicieron en la Inquisición romana con la “herejía” de Galileo.

Con “fe genuina”

Como todo en la vida, es complicado. Sin importar el sesgo de positivismo de alguien, numerosos factores desde múltiples direcciones se solidificaron en el episodio de Galileo. Además de los cuestionamientos de la corte del Vaticano, otros aspectos incluían tensiones políticas entre Roma y las ciudades-estado italianas, y entre Roma y España; peleas internas en el clero (los dominicanos contra los jesuitas, los jesuitas contra los jesuitas); rivalidades intelectuales entre Galileo y otros científicos; los dogmatismos de la iglesia; la influencia de la filosofía en la fe; y las tensiones de la batalla con la Reforma, que ejercía gran presión para que Roma mantuviera la “ortodoxia bíblica”. No ayudaba el hecho de que algunos de los argumentos de Galileo no fueran tan fuertes (de hecho, algunos eran erróneos), y sus defectos de carácter tampoco ayudaban (no era justamente un santo). Además, aparte de los aspectos bíblicos, existían algunas razones lógicas y empíricas para cuestionar la postura de Galileo. Todos estos factores llevaron a algunas de las palabras más infames en la historia intelectual, científica y religiosa: la retractación de Galileo.

En parte, dice:

“Yo, Galileo Galilei, hijo de Vincenzio de Florencia, de setenta años de edad, juzgado por esta corte, y arrodillado ante ustedes, los más eminentes y reverendos señores Cardinales, generales de Inquisición a lo largo de la República Cristiana contra la depravación herética, teniendo ante mis ojos el más santo Evangelio, y con mis manos sobre él; juro que siempre he creído, que creo ahora y que, con la ayuda de Dios, en el futuro creeré todo lo que la Santa Iglesia Católica Apostólica sostiene, predica y enseña.

“Pero dado que yo, luego de haber sido amonestado por este Santo Oficio a abandonar la falsa opinión de que el Sol es el centro de la Tierra y es inamovible, y que la Tierra no es el centro del Universo y que se mueve, y a no sustentar, defender ni enseñar de cualquier manera, ya sea oralmente o por escrito, la mencionada falsa doctrina; y luego de haber recibido la notificación de que la mencionada doctrina es contraria a los Santos Escritos, escribí e hice imprimir un libro en el cual trato la doctrina condenada y presento argumentos muy eficaces en su favor, sin llegar a ninguna solución: he sido juzgado con vehemencia como sospechoso de herejía, es decir, de haber sostenido y creído que el Sol es el centro del Universo e inmóvil y que la Tierra no es el centro de ese Universo y que sí se mueve.

“Sin embargo, con el deseo de quitar de las mentes de sus Eminencias y de todos los cristianos fieles esta vehemente sospecha concebida razonablemente contra mí, renuncio con corazón sincero y fe genuina, maldigo y aborrezco los mencionados errores y herejías, y en general todos y cada uno de los errores y sectas contrarias a la Santa Iglesia Católica [...].

“Yo, Galileo Galilei, me he retractado, he jurado y prometido, y me mantengo sujeto a lo que antecede, y en nombre de la verdad, con mis propias manos he suscrito el presente esquema de mi retractación, y la he recitado palabra por palabra. En Roma, en el Convento della Minerva, a los veintidós días del mes de junio de 1633.

“YO, GALILEO GALILEI, he renunciado a lo mencionado, con mi puño y letra”.33

Luego de esta abjuración, Galileo supuestamente dijo entre susurros “Eppur si muove” (“Y, sin embargo, se mueve”) aunque muchos historiadores cuestionan que esto realmente haya sucedido.34

De cualquier manera, su retractación vino a manera de respuesta directa a los cargos formales presentados por la Santa Inquisición.

Una parte expresa lo siguiente:

“Por cuanto tú, Galileo, hijo de Vincenzio Galilei, de Florencia, de setenta años, has sido denunciado en 1615 a este Santo Oficio por sostener como verdadera una doctrina falsa enseñada por muchos de que el Sol permanece inmóvil en el centro del mundo (el Universo), y que la Tierra se mueve, y también con un movimiento diario [...] y por cuanto luego se produjo la copia de un escrito, en forma de carta abiertamente escrita por usted a una persona que había sido su alumno, en la cual, siguiendo la hipótesis de Copérnico, usted incluye varias proposiciones contrarias al sentido y la autoridad verdaderos de las Santas Escrituras; por consiguiente (este Santo Tribunal, con el deseo de prevenirse contra el desorden y el mal comportamiento que se encontraban en desarrollo y aumento en detrimento de la Santa Fe), por deseo de Su Santidad y los más Eminentes Señores, Cardenales de esta Suprema y Universal Inquisición, las dos proposiciones de la estabilidad del Sol y el movimiento de la Tierra fueron calificadas por los Calificadores Teológicos de la siguiente manera:

1.La proposición de que el Sol está en el centro del mundo y que no se mueve de su lugar es absurda, filosóficamente falsa y formalmente herética, pues es expresamente contraria a las Santas Escrituras.

2.La proposición de que la Tierra no es el centro del mundo y no se mueve, sino que se mueve, y además con acción diaria, también es absurda, filosóficamente falsa y considerada teológicamente, por lo menos, errónea en la fe.

“Por consiguiente [...], evocando el santísimo nombre de nuestro Señor Jesucristo y de su gloriosa Madre María, pronunciamos nuestra sentencia: pronunciamos, juzgamos y declaramos que usted, el nombrado Galileo [...], se ha expuesto con vehemencia sospechado de herejía por este Santo Oficio, esto es, de haber creído y sostenido la doctrina (que es falsa y contraria a las Santas y Divinas Escrituras) de que el Sol está en el centro del mundo, y que no se mueve de Este a Oeste, y que la Tierra sí se mueve y no es el centro del Universo. También ha declarado que una opinión puede ser sostenida y apoyada como probable luego de que ya ha sido declarada y decretada oficialmente como contraria a las Sagradas Escrituras y, consecuentemente, de que ha incurrido en todas las censuras y penalidades ordenadas y promulgadas en los cánones sagrados y otras asambleas particulares sobre los delincuentes de esta descripción. Por tal motivo, es nuestro placer otorgarle la absolución, siempre y cuando, con corazón sincero y fe genuina, en Nuestra presencia, abjure, maldiga y aborrezca el mencionado error y las herejías, y cualquier otro error y herejía contrario a la Iglesia Católica Apostólica de Roma.35

No es de extrañar, entonces, que Galileo, con “fe genuina”, maldijera, aborreciera y abjurara “el mencionado error y las herejías”. La Inquisición le advirtió que sería torturado si no lo hacía, y (para un hombre de su edad y salud frágil) la tortura hubiera significado la muerte. Algunos siglos después, Albert Camus escribió: “Galileo, quien sostenía una verdad científica de gran importancia, la abjuró con gran tranquilidad en cuanto puso su vida en peligro. En cierto sentido, hizo bien”.36

La facilidad con la que abjuró de esa verdad, o si hizo bien en hacerlo, es debatible. Lo que no es debatible es de qué lo acusaron y de qué se retractó. O quizás eso sea debatible. La herejía de Galileo no era, de hecho, “contraria a las Santas y Divinas Escrituras”, sino contraria a un filósofo griego pagano fallecido hacía más de 19 siglos, un punto crucial a menudo extinguido de los relatos populares.

El Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo

Los problemas de Galileo, en especial con algunos jesuitas y dominicanos, comenzaron décadas antes de la abjuración, cuando apuntó su telescopio a los cielos y vio cosas que, de acuerdo con la ciencia honorable y establecida a lo largo del tiempo, no debían estar allí. Aunque Galileo había estado bajo sospecha por años, lo que incitó el odio de Roma fue su libro Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo, publicado por primera vez en 1632. Habiendo sido advertido sobre la enseñanza de algunos de sus puntos de vista (un amigo preocupado le dijo que Roma no era el lugar para hablar sobre cosas de la Luna37), Galileo esperaba eludir los golpes si escribía el libro como un debate intelectual audaz entre tres protagonistas: Salvatori, Sagredo y Simplicio.

A continuación, se encuentran algunos extractos de Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo:

Esta [un movimiento circular es más perfecto que derecho] es la piedra angular y la base de toda la estructura del Universo Aristotélico, sobre la cual se superponen todas las demás propiedades celestiales: libertad de la gravedad y levedad, ingenerabilidad, incorruptibilidad, exención de todas las mutaciones menos las locales, etc.38

Debo agregar que ni Aristóteles ni ustedes podrán probar nunca que la Tierra es de facto el centro del Universo; si hemos de asignarle un centro al Universo, es probable que el Sol esté en ese lugar, como lo entenderán a su debido tiempo.39

Pero viendo, por otro lado, la gran autoridad que ha ganado Aristóteles universalmente; considerando el número de famosos intérpretes que se han esforzado para explicar sus significados; y observando que las otras ciencias, tan útiles y necesarias para la humanidad, basan gran parte de su valor y reputación en el crédito de Aristóteles; Simplicio está confundido y perplejo, y parece que lo escucho decir ‘¿Quién resolvería nuestras controversias si se despojara a Aristóteles de ese crédito?’40

No quiero decir que una persona no debería escuchar a Aristóteles. De hecho, aplaudo la lectura y el estudio cuidadoso de sus obras, y reprocho solo a aquellos que se entregan como esclavos a él de tal manera que suscriben ciegamente a todo lo que él dice y lo toman como decreto inviolable, sin prestar atención a otras razones.41

Ustedes están enfadados porque Aristóteles no puede hablar; pero les digo que si Aristóteles estuviera aquí, nosotros lo convenceríamos o él destrozaría nuestros argumentos y nos persuadiría con otros mejores.42

¿Quién es el centro del diálogo? ¿Moisés? ¿Jesús? ¿Pablo? No; el énfasis es Aristóteles, cuyas enseñanzas (y la refutación de Galileo a esas enseñanzas) son un componente clave del Diálogo. Nunca se menciona a Moisés, Jesús o a Pablo. La frase “Santas Escrituras” aparece solo dos veces en el libro, a diferencia de “Aristóteles”, que aparece en el escrito un centenar de veces.

El Darwin de esos días

Galileo no estaba luchando contra la Biblia, sino contra una interpretación de la Biblia, dominada por el dogma científico predominante, que por siglos había sido el aristotelianismo. No se puede sobreestimar la importancia de este punto. Aristóteles (384-322 a.C.) fue el Darwin de esa era, y fue endiosado de maneras en las que ni siquiera Darwin lo es hoy. Muchos intelectuales, sin importar cuánto puedan permanecer bajo el hechizo del científico inglés, criticarán su obra. Incluso un yihadista darwiniano como Richard Dawkins pudo escribir: “Mucho de lo que Darwin dijo está, en detalle, equivocado”.43

En contraste, en la era de Galileo las personas estaban menos listas para contradecir a Aristóteles, cuyos escritos saquearon y desmantelaron intelectualmente la cultura del momento. Los estudiantes que entraban en las universidades de la Edad Media recibían la instrucción de descartar cualquier enseñanza que fuera en contra del “Filósofo”, como había llegado a ser conocido Aristóteles. William R. Shea escribió: “Los escritos de Aristóteles que han estimulado discusiones avivadas fueron de manera creciente convertidos en un dogma rígido y en criterios mecánicos de la verdad. A los otros sistemas filosóficos se los trataba con desconfianza”.44

Al igual que la manía de hoy de interpretar todo en un contexto darwiniano (desde la forma de la oreja de los perros a nuestra “tendencia natural a ser amables con nuestras relaciones genéticas y, sin embargo, ser xenofóbicos, desconfiados e incluso agresivos con personas de otras tribus”),45 en ese entonces, la enseñanza de Aristóteles era el filtro a través del cual se debía entender todo, desde el movimiento de las estrellas hasta la naturaleza del pan y el vino en la Eucaristía.

En 1600, cerca de dos mil años después de Aristóteles, René Descartes se pudo quejar de él: “¡Qué afortunado fue ese hombre! Cualquier cosa que escribía, ya sea que pensara mucho en ello o no, es estimado por la mayoría de la gente hoy como si tuviera autoridad profética”.46

Los árabes introdujeron los escritos de Aristóteles en Europa en los siglos XI y XII. Sin embargo, para el siglo XIII, Aristóteles perdió popularidad, en especial con el clero. Después de todo, este griego pagano enseñaba que el universo siempre había existido, que Dios no se interesaba por la humanidad y que no tenía conocimiento de ella, y que las causas naturales solas podían explicar los sucesos en la Tierra. Esas creencias lo hicieron sospechoso frente a los eruditos y clérigos de mente más tradicional; se emitieron prohibiciones a sus obras “científicas” en 1210 y 1215, incluyendo también un intento en 1231 de erradicarlas. Edward Gran escribió: “Todos esos intentos fueron en vano, y para 1255 las obras de Aristóteles no solo fueron aprobadas oficialmente, sino que constituyeron la columna vertebral del currículo de artes”.47

Sin embargo, los eruditos medievales tuvieron que torcer, doblar, distorsionar y ofuscar para amalgamar la ciencia, la filosofía y la cosmología de Aristóteles con la doctrina bíblica, más o menos como lo hacen hoy algunas personas cuando tratan de armonizar a Jesús con Darwin. Nadie se dedicó a esto más “exitosamente” que el fraile y sacerdote ítalo dominicano Tomás de Aquino (1225-1274)... que casi convierte al pagano Aristóteles en un católico romano que asistía a misa, daba indulgencias y adoraba a María. Aunque en tiempos de Galileo existía algo de oposición (y en crecimiento)48 en contra de la cosmovisión aristotélica, los escritos de Aristóteles todavía eran el filtro a través del cual se veían las obras de Dios en la naturaleza. Richard Tarnas expresó: “Con la aceptación gradual de esa obra por parte de la iglesia, el corpus aristotélico fue virtualmente elevado al estatus de dogma cristiano”.49

El universo de Aristóteles

Otros elementos de las enseñanzas de Aristóteles resonaron durante la saga de Galileo, pero su cosmología, su comprensión del universo, se convirtió en el punto de partida. Algunas de esas enseñanzas fueron anteriores a Aristóteles y se podían encontrar entre los babilonios, los egipcios y los pitagóricos, quienes sin duda influenciaron el pensamiento de Galileo, pero Aristóteles había desarrollado su propia comprensión sistemática de la estructura del universo, que la iglesia había adaptado y luego adoptado (al menos en parte) durante siglos.

Aristóteles dividía la creación en dos regiones distintas: la terrestre y la celestial. Enseñaba que la terrestre, todo lo que está debajo de la Luna, está compuesta por cuatro elementos básicos: tierra, aire, fuego y agua. Este ámbito sufrió cambios, decadencia, nacimiento, generación y corrupción. En contraste, el ámbito celestial, la Luna y más allá, permanecía eterno, sin cambios y perfecto. Las estrellas y los planetas estaban compuestos por un quinto elemento (del que obtenemos la palabra quintaesencia), conocido como éter. A diferencia de la tierra, el aire, el fuego y el agua, el éter era puro, eterno e inmutable.

Y aunque un grupo de leyes y principios gobernaban la esfera celestial y otro la terrenal, la celestial influenciaba en gran manera los eventos de la Tierra. El filósofo de ciencia Thomas Kuhn dijo, al describir la visión de Aristóteles: “La sustancia y el movimiento de la esfera celeste son los únicos compatibles con la inmutabilidad y la majestuosidad de los cielos, y son los cielos los que producen y controlan toda la variedad y los cambios en la Tierra”.50

En el sistema de Aristóteles, las estrellas orbitaban en círculos la Tierra, considerada la más perfecta de todas las formas geométricas. Visualizaba el universo mismo como 55 esferas cristalinas concéntricas, una anidada dentro de la otra, desde la más pequeña y cercana a la Tierra, a la más grande y lejana. Cada esfera cristalina, en la cual se hallaban los diferentes planetas y estrellas, rotaba a su propia velocidad constante alrededor de la Tierra, que estaba inmovible en el centro, como un punto en medio de tres anillos.

La centralidad e inmovilidad de la Tierra fue crucial para el cosmos de Aristóteles, y en su obra En los cielos debatía sobre la Tierra como el centro inamovible del universo. Aunque usó diferentes razones, un argumento fue que la Tierra debía estar en el centro de todo lo que existe, porque si arrojas algo al aire, esto automáticamente cae a la tierra.

Entonces Aristóteles escribió: “Es claro, entonces, que la Tierra debe estar en el centro y ser inmóvil, no solo por las razones ya mencionadas, sino también porque los cuerpos pesados arrojados con fuerza hacia arriba y en dirección recta, regresan al punto en el cual empezaron, incluso aunque sean arrojados a una distancia infinita. A partir de estas consideraciones, entonces, es claro que la Tierra no se mueve y no se encuentra en otro lugar que no sea el centro”.51

Ptolomeo, Dante y Copérnico

Aparte de los problemas obvios que vemos hoy con este sistema, las personas en los días de Aristóteles miraban al cielo de noche y veían, con bastante facilidad, que las estrellas no se movían como deberían según este modelo. Las creencias y las suposiciones sobre las cuales se construyó esta visión no coincidían con el fenómeno. Era como si el mismo cielo no hubiera leído En los cielos. Por ejemplo, si las estrellas y los planetas orbitan la Tierra a velocidad constante y en círculos perfectos, ¿por qué algunos planetas en ciertos momentos detienen su movimiento, vuelven atrás y luego van hacia adelante nuevamente? La teoría de Aristóteles no explica fácilmente el movimiento retrógrado que se ve en el cielo de noche.

Sin embargo, con varias alteraciones y modificaciones, ese modelo geocéntrico de planetas y estrellas que orbitan en esferas perfectas a velocidades uniformes alrededor de una Tierra quieta existió hasta el siglo XVII (aunque a Roma le tomó hasta 1992 –359 años después de la condenación de Galileo–, cuando el Vaticano, bajo la conducción de Juan Pablo II, admitiera formalmente su error).52 La longevidad de esta teoría revela el poder propagandista de la tradición y el dogma científicos, incluso frente a poderosas evidencias contrarias.

Al mismo tiempo, pensadores de todas las épocas trataron de hacer que el modelo se ajustara a los hechos. En otras palabras: “Aquí está la teoría. Ahora logren que lo que vemos, los fenómenos, se ajusten a ellas”. Hoy, en especial en la biología evolucionaria, poco ha cambiado.

En el siglo II a.C., el astrónomo greco-egipcio Claudio Ptolomeo escribió un tratado de trece partes, el Almagesto, en el cual trató de describir mejor el movimiento del cosmos en un universo aristotélico con la Tierra como centro. Aunque revestía cierta complejidad, el sistema de Ptolomeo era una descripción matemática precisa (basada en el modelo de los cuerpos celestes que se movían en esferas perfectas alrededor de una Tierra inmóvil) de lo que los ojos de la tierra veían en los cielos. Y, hasta cierto punto, funcionó. Esto es, se podían hacer predicciones precisas basadas en la ciencia falsa que apoyaba el Almagesto, que ponía una Tierra inmóvil como el centro del universo. Si bien el libro se escribió alrededor del año 150 d.C., la influencia del Almagesto duró hasta los años 1600.

Anthony Gottlieb escribió “Ptolomeo fue el astrónomo más influyente hasta la revolución científica: su versión del universo de Aristóteles con la Tierra como centro permaneció sin ser cuestionada por 1.200 años”.53

Otro de los textos cruciales ni siquiera era científico, sino un poema: La divina comedia, de Dante Alighieri, escrita a principios del año 1300. Una narrativa épica extensa, el poema describe el tour de Dante por el infierno, el purgatorio y el cielo. Dante comienza en la superficie de la Tierra y luego desciende por los nueve círculos del infierno que están debajo de la Tierra, donde encontró escritas las famosas palabras “ABANDONA LA ESPERANZA SI ENTRAS AQUÍ”.54 Dante vuelve a la superficie, al monte del purgatorio (Purgatorio), cuya base está en la Tierra, pero su cima llega hasta el cielo. Finalmente, asciende al ámbito celestial (paraíso) de su universo aristotélico.

Con La divina comedia, Dante hizo con la poesía lo que Tomás de Aquino hizo con la filosofía: integró el cosmos de Aristóteles con la teología cristiana, poniendo a la Tierra inmóvil y a la humanidad en el centro de la Creación de Dios.

Richard Tarnas escribió: “El uso que hizo Dante de la cosmología Ptolemaico-aristotélica como base estructural para la cosmovisión cristiana se estableció en el imaginario colectivo, con todos los aspectos del esquema científico griego ahora imbuido de importancia religiosa. En las mentes de Dante y sus contemporáneos, la astronomía y la teología indivisiblemente unidas, y las ramificaciones culturales de esta síntesis cosmológica, eran profundas: porque si futuros astrónomos introducían cualquier cambio físico a ese sistema (por ejemplo, decir que la Tierra se mueve), el efecto de una innovación puramente científica amenazaría la integridad de toda la cosmología cristiana”.55

Y una Tierra que se mueve es, precisamente, lo que Nicolás Copérnico, en 1543, postuló con su De revolutionibus orbium coelestium [Sobre las revoluciones de las orbes celestes]. En esta obra de seis secciones (“libros”), Copérnico argumentaba sobre el movimiento circular de la Tierra alrededor de un Sol sin movimiento en el centro del universo. Aunque otros, como Aristarco de Samos (siglo III a.C.), habían debatido sobre una cosmología similar, Copérnico sabía que, debido a las implicancias teológicas de esta posición, podía estar apresurándose a entrar en un terreno en el que nadie había entrado antes. En la primera línea de su dedicación del libro al papa Pablo III escribió: “Fácilmente puedo pensar, Santísimo Padre, que tan pronto como ciertas personas se enteren de que, en estos libros míos, en los que he escrito sobre las revoluciones de las esferas del mundo, le atribuyo ciertos movimientos al globo terráqueo, inmediatamente alzarán su voz para quitarnos a mí y a mi opinión del escenario”.56

Si bien Copérnico no fue exactamente quitado del escenario (se hallaba en su lecho de muerte cuando su libro salió de la imprenta), en 1616 este tratado fue puesto en el Índice Católico de Libros Prohibidos; a pesar de su intento de apaciguar a las autoridades dedicando el material a nadie más que al mismísimo “vicario de Cristo”. Dieciséis años después de la prohibición, Galileo fue condenado por Roma por “haber creído y sostenido la doctrina (falsa y contraria a las Santas y Divinas Escrituras) de que el Sol es el centro del Universo y que no se mueve de Este a Oeste, y que la Tierra sí se mueve y no es el centro del Universo”; en otras palabras, la cosmología de Copérnico.

El artefacto del diablo

Lo que sea que haya estado sucediendo en los cielos, esta era la atmósfera científica e intelectual en la cual se desató la tormenta de Galileo en la tierra. Para la mente medieval, el universo era una jerarquía estricta en la cual el cielo, comenzando por la Luna que se movía hacia afuera, era perfecto y armonioso. Todos los cuerpos celestes (Sol, Luna, planetas, estrellas), esferas perfectas en sí, orbitaban la Tierra en círculos perfectos, la forma geométrica suprema, el único movimiento digno del cosmos de Yahweh. En medio de todo esto, en el centro inamovible, se asentaba la Tierra. Aquí estaba el modelo científico que dominó el pensamiento intelectual occidental por más de 1.500 años, el que la iglesia también había luchado tanto por incorporar a su teología.

Después de todo, ¡es ciencia!

Sin embargo, cuando Galileo comenzó a apuntar su telescopio al cielo nocturno, la gente pudo ver que lo que pasaba en los cielos no coincidía con lo que la ciencia decía aquí, en la Tierra. De repente, el fenómeno y la ciencia que explicaba el fenómeno se hicieron irreconciliables. Como lo expresó Shakespeare en Hamlet: “Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que han sido soñadas en tu filosofía”.57 No solo había más cosas (por lo menos, en el cielo), sino también había cosas que, de acuerdo con la mejor ciencia, para empezar, no deberían haber estado allí.

Con su telescopio, Galileo pudo ver manchas solares que, de acuerdo con Aristóteles, no deberían existir en un cosmos perfecto e inmutable. El biógrafo de Galileo, David Wootton, escribió: “Su prueba de que las manchas solares estaban sobre la superficie del Sol, y que consecuentemente la doctrina aristotélica de la inmutabilidad de los cielos era falsa, creía él sería decisiva. Este sería el funeral, como él lo expresa (quiso decir el tiro de gracia), para la ‘pseudofilosofía’ de sus adversarios”.58

El descubrimiento de Galileo de montañas, valles y planicies en la Luna asestó otro golpe al cosmos aristotélico, cuyas orbes celestiales estaban compuestas, supuestamente, solo de esferas perfectas. Galileo escribió en 1610 Mensajero sideral, obra en la que expresaba: “La superficie de la Luna está manchada por todas partes con protuberancias y cavidades; solo me resta hablar de su tamaño y mostrar que las asperezas de la superficie de la Tierra son mucho más pequeñas que las de la Luna”.59

Galileo luego apuntó sus “ojos con aumento” a Venus. Para su gran sorpresa, vio que este pasaba por fases, tal como lo hace la Luna. “Pero, la naturaleza de esas fases solo se podía explicar si Venus daba vueltas alrededor del Sol y no de la Tierra. Galileo concluyó que Venus debía viajar alrededor del Sol, que a veces pasaba por detrás y más allá de él, en vez de dar vueltas alrededor de la Tierra”.60

Aún más asombroso e inesperado, considerando el dogma científico de la época, fueron los cuatro “planetas” que orbitaban a Júpiter que antes no se conocían. Galileo escribió: “Pero lo que estimula el mayor asombro por lejos, y lo que de hecho me movió a llamar la atención de todos los astrónomos y filósofos, es, a saber, que he descubierto cuatro planetas, ni conocidos ni observados por ninguno de los astrónomos anteriores a mi época, que tienen sus órbitas alrededor de cierta estrella brillante, una de las previamente conocidas como Venus y Mercurio alrededor del Sol, que a veces están frente a ella, a veces detrás, pero que nunca se separan de ella más allá de ciertos límites”.61

De acuerdo con el pensamiento científico establecido, eso no podía ser verdad. Después de todo, más de trescientos años antes de Cristo, Aristóteles había dicho que los cuerpos en el cielo orbitaban solo a la Tierra y a nada más. Citando a un famoso físico del siglo XX que se refería al descubrimiento de una partícula subatómica no conocida hasta entonces: “¿Quién ordenó eso?”.

Incluso antes de que Galileo apuntara su telescopio a los cielos, algunos temían que fuera demoníaco. Un texto de 1575 advertía que, cuando el diablo llevó a Jesús a una montaña alta y le mostró todos los reinos del mundo, pudo haber sido una referencia a algo como el telescopio recién inventado. John Heilbron escribió: “Ningún cristiano se atrevió a desarrollar el artefacto del diablo por otros treinta años”.62

Pero, una vez que el “artefacto del diablo” se desarrolló y se lo apuntó hacia arriba, la luz que brilló expuso como falsos siglos de dogmas y suposiciones científicas. Al principio, los científicos y los teólogos se mostraban escépticos, incluso hostiles, hacia lo que Galileo estaba descubriendo. Stillman Drake declaró: “Entre el público general culto, crearon gran entusiasmo, mientras que los filósofos y astrónomos, en su mayoría, las definieron como ilusiones ópticas y ridiculizaron a Galileo o lo acusaron de fraude”.63 Qué ironía que incluso hoy “el público culto en general” permanece mucho más escéptico a la evolución que los biólogos y los filósofos. Algunos expertos, incluso los astrónomos jesuitas, fueron convencidos. Otros no; o al menos, no por completo. Y aunque hubo acusaciones, argumentos y condenaciones cruzadas de ida y vuelta durante años, Galileo fue capaz de promover sus ideas con libertad; esto es, hasta 1632 y la publicación de Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo.

La herejía de Galileo

Entre los cargos que la Inquisición le impuso a Galileo por causa de su libro estaba este: “La proposición de que el Sol está en el centro del mundo [el universo] y no se mueve de su lugar es absurda, filosóficamente falsa y formalmente hereje, pues es expresamente contraria a las Santas Escrituras”.

Técnicamente, la Inquisición tenía razón y Galileo estaba equivocado. El Sol no es el centro del universo, sino solo de nuestro Sistema Solar, que a su vez está suspendido en los suburbios exteriores de la Vía Láctea, una de los miles de millones de galaxias que recorren el universo. Y lejos de ser “inamovible de su lugar”, el Sol viaja por el cosmos a velocidades fantásticas junto al resto de las estrellas y planetas en nuestra galaxia. El Sol no se mueve de la manera en la que la iglesia, en servidumbre de la ciencia, decía que se movía. Y esa era la visión que Galileo rechazó. Por consiguiente, sus opiniones, tanto sobre la ubicación como sobre la inmovilidad del Sol, fueron condenadas como “formalmente herejes” y “expresamente contrarias a las Santas Escrituras”.

¿El único problema? ¿Dónde manifiestan las Escrituras la ubicación del Sol con relación al cosmos? ¿Qué palabras inspiradas dicen que el Sol es, o no es, el centro de algo, menos aun del universo? Y aunque Galileo haya tenido razón (y en el contexto inmediato la tenía), ¿cómo algo que nunca se trata en las Escrituras puede ser condenado como herejía?

La respuesta es fácil: la herejía de Galileo no era contra la Biblia, sino contra una interpretación de la Biblia basada en Aristóteles. No importaba que la Biblia nunca dijera que el Sol no es el centro del universo. Aristóteles sí lo había dicho. Y como la Biblia era interpretada a través de la teoría científica predominante, una idea astronómica que no aparece en la Biblia se había convertido en una posición teológica tan central que la Inquisición amenazaba con torturar a un anciano por enseñar lo contrario a ella.

¿Y qué hay del Sol “inmóvil”? Aquí, por lo menos, la iglesia tenía textos con los que trabajar. Pero ¿acaso estos textos enseñan que el Sol orbita la Tierra, como la iglesia enseñaba que dicen?

Los cielos cuentan la gloria de Dios,

y el firmamento anuncia la obra de sus manos.

Un día emite palabra a otro día,

y una noche a otra noche declara sabiduría.

No hay lenguaje, ni palabras,

ni es oída su voz.

Por toda la tierra salió su voz,

y hasta el extremo del mundo sus palabras.

En ellos puso tabernáculo para el Sol;

y este, como esposo que sale de su tálamo,

se alegra cual gigante para correr el camino.

De un extremo de los cielos es su salida,

y su curso hasta el término de ellos;

y nada hay que se esconda de su calor (Sal. 19:1-6).

¿No prueban estos versículos el movimiento del Sol a través del cielo, como un esposo que “sale de su tálamo”, o un hombre fuerte listo para correr una carrera? Estas metáforas no significan otra cosa que movimiento. Entonces, la Biblia enseña que el Sol, no la Tierra, se está moviendo, ¿verdad?

Para comenzar, estamos tratando con metáforas en un poema. ¿Cuán cercana y literalmente podemos tomar las metáforas en la poesía? El salmista también escribió: “Un día emite palabra a otro día” y “No hay lenguaje, ni palabras, ni es oída su voz”. El día ¿habla en todos los idiomas humanos? ¿Y entonces escuchamos ese hablar del cielo en nuestra propia lengua? O el mundo en los tiempos del rey David era radicalmente diferente de lo que es hoy o el poeta estaba usando imaginería poética para expresar verdades más profundas que la imaginería en sí misma.

El Salmo 19 es una expresión poética del poder de Dios según se lo revela en los cielos. Esto es teología, no cosmología. Y usar estos textos para promover una cosmovisión aristotélica es querer extraer de ellos lo que nunca se puso allí en un principio.

¿Qué sucede con textos como estos?: “Sale el Sol, y se pone el Sol, y se apresura a volver al lugar de donde se levanta” (Ecl. 1:5). O “El sol salía sobre la tierra, cuando Lot llegó a Zoar” (Gén. 19:23). O “Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos de diversas enfermedades los traían a él; y él, poniendo las manos sobre cada uno de ellos, los sanaba” (Luc. 4:40).

¿Qué hay de ellos? Nuestro uso actual de los términos “salida del Sol” y “puesta del Sol” ¿refleja la realidad de lo que está sucediendo (la rotación diaria de la Tierra sobre su eje, lo que causa que el Sol aparezca en el cielo por la mañana y que parezca moverse por el cielo durante todo el día y que más tarde desaparezca en el horizonte)? Esa realidad con certeza no es lo que nuestras palabras quieren decir. Pero estamos expresando lo que parece suceder. “Salida del Sol” y “puesta del Sol” son maneras fáciles y rápidas de expresar lo que los seres humanos vemos, y no lo que causa estas observaciones en sí.

De otra manera, ¿cómo deberían expresarse las salidas y las puestas del Sol? Supongamos que en vez de decir “¡Qué hermosa salida del Sol!”, dijéramos: “¡Qué bello giro el de la Tierra sobre su eje, que hace parecer que el Sol se hunde en el horizonte de una manera tan colorida!”

¿Deberían haber escrito Eclesiastés 1:5 de esa manera: “La rotación de la Tierra sobre su eje también nos trae el Sol hasta nuestros ojos y luego lo esconde de nuestra vista. Y al otro día, la rotación de la Tierra sobre su eje vuelve a poner al Sol frente a nuestros ojos”? ¿No hubiera sido esa una descripción más precisa de esos fenómenos celestiales, ya que de hecho era eso lo que la Palabra de Dios intentaba expresar?

¿Y qué hay de Josué 10:12, 13?

Entonces Josué habló a Jehová el día en que Jehová entregó al amorreo delante de los hijos de Israel, y dijo en presencia de los israelitas: ‘Sol, detente en Gabaón; y tú, Luna, en el valle de Ajalón’. Y el Sol se detuvo y la Luna se paró, hasta que la gente se hubo vengado de sus enemigos. ¿No está escrito esto en el libro de Jaser? Y el Sol se paró en medio del cielo, y no se apresuró a ponerse casi un día entero.

No es sencillo explicar este pasaje, incluso con nuestro conocimiento actual de cosmología. Sin embargo, el tema no es cómo Dios lo hizo, pero sí que lo hizo, sin importar los medios que haya utilizado. Aquí, también, la Biblia se sirve del lenguaje humano para explicar cosas aparentes. Si el Señor hubiera querido que entendiéramos la cosmología a partir de estos textos, ¿no debiera haber dicho algo como: “Oh, Tierra, detén tu rotación sobre tu eje para que el Sol se mantenga sobre Gibón”?

¿Por qué no es contrario a las Sagradas Escrituras enseñar que el cerebro es el asiento de nuestros pensamientos? Después de todo, el Evangelio registra: “Jesús entonces, conociendo los pensamientos de ellos, respondiendo les dijo: ¿Qué caviláis en vuestros corazones?” (Luc. 5:22, cursiva añadida). Jesús sabía que no pensamos con nuestros corazones. La idea de Jesús era teológica, no fisiológica, tal como la idea en Josué (y Eclesiastés y Salmos) era teológica o histórica, y no cosmológica.

El lenguaje de “salida del Sol” y “puesta del Sol” tomó la importancia que tomó solamente debido a la incorporación de falsa ciencia en la teología. Si la iglesia no hubiera adoptado la cosmología de Aristóteles y no hubiera convertido en tema teológico algo que la Biblia nunca mencionó, se habría ahorrado la vergüenza del asunto de Galileo.

Además de condenar las ideas de Galileo sobre el movimiento y la posición del Sol, la iglesia argumentó que su “proposición de que la Tierra no es el centro del Universo también es absurda, filosóficamente falsa y teológicamente considerada, como mínimo, falsa”.

Pero ¿dónde sitúan a la Tierra las Escrituras en relación con el cosmos y, aun más, la colocan en el centro? Esa era la posición de Aristóteles, no la de las Escrituras. ¡Qué irónico! Supuestamente para defender la fe, la iglesia acusó a un hombre por oponerse a una teoría científica antigua, una teoría que no solo no se menciona en las Escrituras, sino también se probó que es falsa.

¿Y qué hay del movimiento de la Tierra? ¿No muestran los siguientes textos que, de hecho, no se está moviendo?

Jehová reina; se vistió de magnificencia;

Jehová se vistió, se ciñó de poder.

Afirmó también el mundo, y no se moverá (Sal. 93:1).

Temed en su presencia, toda la tierra;

el mundo será aún establecido, para que no se conmueva

(1 Crón. 16:30).

Decid entre las naciones: Jehová reina.

También afirmó el mundo, no será conmovido;

‘Juzgará a los pueblos en justicia’ (Sal. 96:10).

Incluso los reformadores protestantes Lutero y Calvino entendieron estos textos como prueba de una Tierra inmóvil; ninguno de los dos tenía mucho tiempo para la nueva astronomía. Sin embargo, ¿qué hacemos con textos como los siguientes?

Y temblarán los cimientos de la tierra. Será quebrantada del todo la tierra, enteramente desmenuzada será la tierra, en gran manera será la tierra conmovida. Temblará la tierra como un ebrio, y será removida como una choza; y se agravará sobre ella su pecado, y caerá, y nunca más se levantará (Isa. 24:18-20).

Haré estremecer los cielos, y la tierra se moverá de su lugar (Isa. 13:13).

Y Jehová rugirá desde Sion, y dará su voz desde Jerusalén, y temblarán los cielos y la tierra (Joel 3:16).

Porque he hablado en mi celo, y en el fuego de mi ira: Que en aquel tiempo habrá gran temblor sobre la tierra de Israel (Eze. 38:19).

Las palabras de Amós, que fue uno de los pastores de Tecoa, que profetizó acerca de Israel en días de Uzías rey de Judá y en días de Jeroboam hijo de Joás, rey de Israel, dos años antes del terremoto (Amós 1:1).

Y huiréis al valle de los montes, porque el valle de los montes llegará hasta Azal; huiréis de la manera que huisteis por causa del terremoto (Zac. 14:5).

Y habrá grandes terremotos, y en diferentes lugares hambres y pestilencias; y habrá terror y grandes señales del cielo”(Luc. 21:11).

El remueve la tierra de su lugar,

y hace temblar sus columnas (Job 9:6).

Obviamente, la Tierra no es inamovible. Los terremotos que existían en el tiempo de los escritores bíblicos, por sí solos, prueban esto. Sin importar lo que signifiquen estos textos, no significan que la Tierra no se mueve en absoluto.

El movimiento descrito en estos textos, sobre que la Tierra tambalea “como ebrio”, se bambolea y se conmueve, no se refiere al movimiento de la órbita de la Tierra o de la rotación sobre su eje. Pero tampoco lo hacen los textos que dicen que Dios estableció la Tierra “para que no se mueva”, como referencia a la órbita terrestre o la rotación sobre su propio eje. Estos versículos hablan sobre el poder y la majestuosidad de Dios como Creador y Juez; no son textos sobre cosmología, así como las palabras de Pedro a Ananías no son sobre anatomía y fisiología: “Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo?” (Hech. 5:3).

Objeciones teológicas

Aunque la ciencia aristotélica era el trasfondo o el formato original sobre el cual se desarrolló la saga de Galileo, la iglesia tenía otras razones, teológicas y científicas, para rechazar la defensa de Galilei sobre la hipótesis de Copérnico.

En primer lugar, muchos temían lo que el universo Copérnico pudiera ocasionarle al evangelio. Si la Tierra y, por consiguiente, la humanidad fueran el centro del cosmos, en oposición a una órbita lejana de los suburbios del cosmos, tendría mucho más sentido que Dios hubiese enviado a su Hijo a morir aquí, a la cima de su creación. Si la Tierra era solo un pequeñito planeta entre otros millones, la idea de que el Creador vino a salvar a la humanidad se hace menos creíble.

Se podría argumentar, así como lo hicieron algunas personas en ese momento, que nuestra pequeñez en medio del “silencio eterno” y los “espacios infinitos”64 de la creación no hacen más que ensalzar al evangelio. El amor de Dios fue tan inmenso que, en la persona de Jesucristo, viajó por esos “espacios infinitos” hasta nosotros, que estábamos tan lejos, en los suburbios del cosmos.

Imagina que durante toda tu vida te hayan enseñado (y siendo consciente de que a muchas generaciones antes de ti les enseñaron lo mismo) que la Tierra se asentaba en el centro del cosmos, ¡y ahora resulta que te dicen que eso estaba equivocado! No estamos en el centro del estadio; ni siquiera estamos en el estadio. Estamos en las afueras del estacionamiento. Lejos del centro de todo. De repente descubrimos que no solamente somos uno más de un número de varios planetas que orbitan alrededor del Sol, sino también que ese Sol es uno entre miles de millones de otros soles en nuestra galaxia, que a su vez es una entre otros millones de galaxias... En lo que se refiere a geografía cósmica, Copérnico nos sacó del centro del círculo donde nos había puesto Aristóteles desde la antigüedad, y nos exilió a vaya uno a saber dónde.

Aunque escribió cerca de una era después de Galileo, Richard Tarnas capturó lo que esos padres primitivos de la iglesia temían de las implicancias de Copérnico. “La mera improbabilidad de todo el nexo de eventos se estaba volviendo dolorosamente obvia. Que un Dios eterno de repente se haya convertido en un ser humano particular, en un momento y lugar histórico específico, solo para ser ejecutado con ignominia; que una sola vida, relativamente breve, hace dos mil años, en una nación primitiva oscura, en un planeta que ahora se sabe que es un pedazo relativamente insignificante de materia que gira alrededor de una estrella entre miles de millones de otras, en un universo inconcebiblemente vasto e impersonal; que dicho evento con poca distinción podría tener algún significado cósmico o eterno avasallante podría ya no ser creíble para hombres razonables”.65 Aunque estaban equivocados sobre la teoría de Copérnico, los inquisidores tenían razón sobre sus potenciales implicancias.

Otro temor: ¿Qué habría de hacer el universo copernicano en la ascensión de Cristo? Con la Tierra inmóvil en el centro de todo y el cielo desparramado por encima de ella en todas las direcciones, la ascensión de Cristo parecía fácil de visualizar, al menos geográficamente. William R. Shea escribió: “La base fáctica de la ascensión de Cristo también parecía correr peligro por el movimiento de la Tierra. Aquí también la representación diagramática de la teoría que ponía al Sol en el centro del Universo y a la Tierra por encima o por debajo de él, aumentaba la dificultad de visualizar a Cristo en su ascensión a la región más alta de los cielos”.66

Objeciones científicas

Hoy en día es fácil burlarse de la ignorancia de los “antiguos” (en este caso, “antiguos” son los medievales), en especial sobre algo tan rudimentario como el movimiento de la Tierra. Después de todo, ¿qué es más obvio y de sentido común que la órbita anual de la Tierra alrededor del Sol y la rotación diaria sobre su eje? Pero desde la perspectiva de las personas en la Edad Media, el movimiento de la Tierra no era tan obvio como lo es para nosotros, a quienes nos han enseñado eso desde la niñez.

El filósofo Ludwig Wittgenstein (1889-1951), según cuenta la historia, preguntó a un alumno en los pasillos de la Universidad de Cambridge:

–Dime, ¿por qué las personas siempre dicen que era natural asumir que el Sol giraba alrededor de la Tierra, en vez de pensar que era la Tierra la que rotaba?

–Bueno, obviamente, porque parece como si el Sol girara alrededor de la Tierra –respondió el estudiante.

A eso, Wittgenstein siguió:

–Muy bien. ¿Cómo parecería, entonces, si la Tierra fuera la que girara?

El argumento de Wittgenstein revela una verdad importante, no solo sobre el asunto de Galileo, sino sobre la ciencia en general: la ciencia puede presentar buenas razones para creer teorías falsas. Mucha de la ciencia establecida fue luego desestimada, incluso a pesar de los años de datos de confirmación y pruebas de validación meticulosamente acumuladas por expertos que utilizaron las herramientas más avanzadas y las metodologías más aclamadas.

De hecho, las personas inteligentes y educadas en tiempos de Galileo tenían buenas razones “científicas” para rechazar las hipótesis de Copérnico. No se trataba solamente de religión o de Aristóteles, sino de ciencias y de las herramientas de la ciencia que ayudaban a justificar el rechazo inicial de la obra de Galileo, Diálogo sobre los dos máximos sistemas mundiales.

Para comenzar, ¿qué tiene la Tierra que sugiera que no solo gira sobre su eje, sino también orbita alrededor del Sol, así como que también viaja a través de la Vía Láctea a 792.000 kilómetros por hora? ¿Quién sintió alguna vez estos movimientos? Si la Tierra gira, ¿por qué las aves no son arrebatadas en la dirección opuesta a ese giro? O ¿por qué los objetos arrojados desde una altura caen en dirección lineal a un punto debajo, en vez de hacerlo a otro lugar dependiendo de la dirección de la rotación de la Tierra? Aunque incluso en tiempos de Aristóteles las personas tenían respuestas a estas preguntas, la idea de que la Tierra se movía parecía ilógica, irracional y contraria al sentido común para las personas de ese tiempo, tanto como hoy lo es la postura científica de que la realidad física está hecha, no de partículas subatómicas, sino de campos cuánticos.67

Otra poderosa evidencia científica en contra de Copérnico tenía que ver con la falta de paralaje estelar. Si la Tierra estuviera en una órbita vasta alrededor del Sol, su posición relativa a las estrellas cambiaría. Un ejemplo sencillo es poner el pulgar a unos 10 centímetros frente a la nariz y mirarlo con un ojo. Luego, cerrar ese ojo y mirar el pulgar con el otro. El pulgar parecerá haberse movido de donde estaba cuando se lo miró con el primer ojo. El cambio no tiene que ver con la ubicación del pulgar y sí con el lugar desde donde se lo vio. El argumento de Galileo era que, si la Tierra se movía, como lo decía Copérnico, la posición de las estrellas en un punto durante la órbita de la Tierra alrededor del Sol debería ser otra, seis meses después en esa órbita. A eso se lo llamó paralaje estelar y nunca fue observado. Esto sugería que la Tierra no se movía; pues si lo hiciera, la ubicación de las estrellas en el cielo debería ser diferente según los diferentes momentos del año.

Según escribió Marcelo Gleiser: “El problema es que las estrellas están tan lejos que la variación angular en la posición de la estrella más cercana es mínima, imposible de medir a ojo. El paralaje estelar, la prueba definitiva de que orbitamos alrededor del Sol, sería detectada recién en 1838 por Friedrich Bessel. Si la hubieran detectado los griegos, posiblemente toda la historia de la astronomía y la ciencia hubiera sido diferente”.68

La ironía de todo

Qué fácil es hoy, a posteriori, ridiculizar a la Iglesia Romana, no solo por haber condenado a Galileo, sino también por haberse equivocado en los resultados durante siglos. No fue hasta el 1800 que Diálogo sobre los máximos sistemas del mundo fue quitado de la lista de libros prohibidos y que los católicos pudieron enseñar a Copérnico con libertad. Y no fue hasta casi dos siglos después que Roma formal y públicamente (y por fin) admitió su error.

Y aunque la historia ha sido transformada con alegría en un ejemplo arquetípico de religiosos ignorantes que peleaban contra el progreso intelectual, la realidad es más complicada. No fue solo el binario crudo de la religión versus la ciencia. El desastre de Galileo es un ejemplo de la tiranía de la ciencia dogmática y la tradición científica por sobre todos los medios de adquisición de conocimientos.

Gerhard y Michael Hasel escribieron: “Los asuntos innobles asociados con el famoso juicio a Galileo en el siglo XVII se podrían haber evitado si los consultores teológicos de la iglesia hubieran reconocido que su interpretación de ciertos textos bíblicos estuvo condicionada por la tradición, basada en la cosmología del geógrafo-matemático pagano Ptolomeo”.69 No era solo tradición, sino una tradición que surgió de la aceptación del dogma científico predominante.

“No debemos olvidar que el nacimiento de la física y la cosmología fue logrado por Galileo, Kepler y Newton, quienes se liberaron no de la prisión confinada de la fe (los tres eran cristianos creyentes, de una u otra manera) sino de la enorme carga de la autoridad milenaria de la ciencia aristotélica”, 70 escribió David Bentley.

“Debemos recordar que la rigidez del esquema aristotélico no yacía en ella misma sino en la interpretación que se le daba, en especial en la Edad Media. Al unir las teorías de Aristóteles con sus propias visiones religiosas, los hombres de esa época introdujeron dureza al debate relacionado con la validez del esquema de Aristóteles que no tenía nada que ver con su valor filosófico o científico”,71 escribió Charles Singer.

En su Diálogo, Galileo buscaba liberar a la noosfera de su época de los patrones neutrales que siglos de Aristóteles (el Darwin de su tiempo) y su ciencia habían tejido en las mentes de la Edad Media. Galileo escribió: “No es mi intención decir que una persona no debería escuchar a Aristóteles; de hecho, aplaudo la lectura y el estudio meticuloso de sus obras, pero repudio solamente a quienes se entregan como esclavos a él de tal manera que se suscriben ciegamente a todo lo que dice y lo toman como decreto inviolable sin buscar otras razones”.72

Galileo luchaba contra una devoción esclavista a textos antiguos escritos por un hombre que, en el núcleo de su filosofía, creía en estudiar el mundo en sus propios términos. En contraste con su gran maestro, Platón, quien creía que la verdad existía solo en un mundo no material idealista de ideas y formas, Aristóteles creía que debemos usar nuestros sentidos aquí, en la Tierra, para estudiar el mundo en sí. “Todos los hombres por naturaleza desean saber”, escribió él. “Una indicación de esto es el placer que nos producen nuestros sentidos; porque incluso aparte de su utilidad, son estimados por sí mismos; y por encima de todo, el sentido de la vista”.73

No deberíamos pasar por alto la ironía. Un hombre en la antigüedad que promovía el estudio del mundo en sí, eventualmente se codificó y canonizó como autoridad por derecho propio. Tanto así que, como lo descubrió Galileo, si alguien tenía evidencias experimentales (del estudio del mundo) que lo contradecían, o que parecían contradecirlo, debía descartar el experimento e ir con Aristóteles, la vieja autoridad. Todo debía ser filtrado a través de las lentes del aristoteleanismo; casi como sucede hoy, que todo es interpretado a través de la lente de quienquiera que sea la última encarnación de Darwin, sin importar la evidencia que lo desafíe.

Duendes que viven en el estómago

La saga de Galileo, incluso siglos después, está llena de lecciones sobre la fe y la ciencia, pero también sobre la búsqueda humana de la verdad, del conocimiento, en especial sobre el mundo natural. El mundo, el cosmos, el territorio disputado en la saga de Galileo, es complicado. La naturaleza no revela sus secretos tan fácilmente, al menos a nosotros, los humanos, quienes salimos del vientre pre empaquetados con limitaciones (que parecen empeorar a medida que envejecemos) con respecto a cuán bien podemos discernir la realidad en la que nos encontramos inmersos. Somos como un hombre “constantemente atrapado entre el mundo y su idea del mundo”.74 Y en la mayoría de la historia ha sido así: nuestras ideas del mundo han tenido el mal hábito de estar equivocadas.

El comediante Steve Martin retrató a Theodoric de York, un barbero medieval que también practicaba la medicina. Theodoric le dice a la madre de una paciente que no se preocupe; que aunque la medicina no es una ciencia exacta, “estamos aprendiendo todo el tiempo. Hace escasos cincuenta años se pensaba que una enfermedad como la de su hija era causada por una posesión demoníaca o un hechizo. Pero hoy en día sabemos que Isabelle sufre de un desequilibrio de humores corporales, quizá causado por un sapo o un duende que vive en su estómago”.75

Como creemos que hemos sido esculpidos de material más fino y más avanzado que las generaciones previas, nos burlamos de su ignorancia. Pero la vasta grieta entre lo que sabemos y lo que puede saberse debería ayudarnos a percibir que incluso con el Gran Colisionador de Hadrones, el proyecto Genoma Humano y el telescopio espacial Hubble, estamos solo unos escalones por encima en la cadena alimentaria intelectual de Theodoric o de los inquisidores de Galileo.

Si hay una lección que puede extraerse de la “herejía” de Galileo, debería ser que la ciencia nunca se desarrolla en el vacío, sino siempre en un contexto que, por necesidad, influencia sus conclusiones. Ya sea que estén buscando el bosón de Higgs o criticando el Diálogo de Galileo, los científicos trabajan sobre la base de presupuestos y suposiciones. De manera ideal, con el tiempo, asumen que sus suposiciones más nuevas están más cerca de la realidad de lo que lo estaban las anteriores (quizá con buenas razones), pero son tan solo eso: suposiciones. La historia de la ciencia, en los días de Galileo y en los nuestros, está plagada de científicos que han tenido buenas razones para formular sus teorías y las suposiciones detrás de esas teorías, que hoy son consideradas erróneas.

32 Galileo Galilei, Dialogue Concerning the Two Chief World Systems: Ptolemaic and Copernican, trad. Stillman Drake (Nueva York: Modern Library, 2001), p. XXVIII (cursiva en el original).

33 The Crime of Galileo: Indictment and Abjuration of 1633, Modern History Sourcebook, Fordham University, modificado por última vez en enero de 1999, http://legacy.fordham.edu/halsalI/mod/l630galileo.asp (cursiva agregada).

34 J. L. Heilbron, Galileo (Oxford: Oxford University Press, 2010), p. 317.

35 Crime of Galileo.

36 Albert Camus, The Myth of Sisyphus, and Other Essays, trad. Justin O’Brien (Nueva York: Vintage International, 1991), p. 3.

37 William R. Shea, “Galileo and the Church”, en God and Nature: Historical Essays on the Encounter Between Christianity and Science, ed. David C. Lindberg y Ronald L. Numbers (Berkeley: University of California Press, 1986), p. 127.

38 Galilei, Dialogue, p. 20.

39 Ibíd., pp. 37, 38 (cursiva original).

40 Ibíd., p. 64.

41 Ibíd., p. 131.

42 Ibíd., p. 152.

43 Richard Dawkins, The Selfish Gene (Oxford: Oxford University Press, 2006), p. 195.

44 Shea, “Galileo and the Church”, p. 115.

45 Shermer, Moral Arc, p. 25.

46 Citado en Anthony Gottlieb, The Dream of Reason: A History of Western Philosophy From the Greeks to the Renaissance (Nueva York: W. W. Norton, 2000), p. 222.

47 Edward Grant, “Science and Theology in the Middle Ages” en Lindberg y Numbers, God and Nature, p. 53.

48 “Entre 1605 y 1644 apareció una serie de libros de rápida circulación en Inglaterra, Italia y Francia que arrasó con la filosofía natural aristotélica de las universidades. Los autores fueron Francis Bacon, Galileo y Rene Descartes. El único asunto llamativo de acuerdo entre ellos fue que la filosofía natural de Aristóteles no era buena ciencia”, Stillman Drake, Galileo: A Very Short Introduction, Very Short Introductions (Oxford: Oxford University Press, 2001), p. 3.

49 Richard Tarnas, The Passion of the Western Mind: Understanding the Ideas That Have Shaped Our World View (Nueva York: Ballantine Books, 1991), p. 193.

50 Thomas S. Kuhn, The Copernican Revolution: Planetary Astronomy in the Development of Western Thought (Cambridge, Massachusetts: Harvard University Press, 1985), p. 91.

51 Aristotle, On the Heavens, trad. J. L. Stocks, en Daniel C. Stevenson, Internet Classics Archive, http://classics.mit.edu/Aristotle/heavens.html; t. 2, parte 14, parr. 2.

52 “Este error subjetivo de juicio, tan claro para nosotros hoy, llevó a una medida disciplinaria en la que Galileo ‘sufrió muchísimo’. Estos errores deben ser reconocidos con franqueza, como usted, Santo Padre, lo ha solicitado, le dijo el presidente de la comisión, el Cardinal Paul Poupard al Papa”. William D. Montalbano, “Earth Moves for Vatican in Galileo Case”, Los Angeles Times, 1º de noviembre de 1992, http://articles.latimes.com/1992-ll-01/news/mn-1827_l_galileo-galilei.

Mientras tanto, recién en 1820 la Iglesia Católica permitió formalmente la enseñanza de Copérnico, aunque las restricciones en la discusión de su obra se habían estado cayendo con los años. Y no fue hasta 1835 que Copérnico y Galileo fueron quitados del Índice de Libros Prohibidos.

53 Gottlieb, Dream of Reason, p. 363.

54 Dante Alighieri, Inferno, trad. John Ciardi (Nueva York: Modern Library / W. W. Norton, 1996), p. 20.

55 Tarnas, Western Mind, pp. 195, 196.

56 Nicolaus Copernicus, On the Revolutions of Heavenly Spheres, trad. Charles Glenn Wallis, Great Minds Series (Nueva York: Prometheus Books, 1995), p. 4.

57 William Shakespeare, Hamlet, acto 1, escena 5.

58 David Wootton, Galileo: Watcher of the Skies (New Haven, Connecticut: Yale University Press, 2010), p. 190 (cursiva en el original).

59 Galileo Galilei y Johannes Kepler, The Sidereal Messenger of Galileo Galilei, trad. Edward Stafford Carlos (Londres: Rivingtons, 1880), p. 28.

60 Stanford Solar Center, “Galileo Challenge” http://solar-center.stanford.edu/gal-challenge/gquiz6c.html

61 Galilei y Kepler, Sidereal Messenger, p. 9.

62 Heilbron, Galileo, p. 148.

63 Drake, Galileo: A Very Short Introduction, p. 48.

64 Blaise Pascal, Pensees, trad. A. J. Krailsheimer (London: Penguin Classics, 1995), p. 66.

65 Tarnas, Western Mind, p. 305.

66 Shea, “Galileo and the Church” p. 125.

67 Sean Carroll, “El bosón de Higgs y más allá“, The Great Courses, http://www.thegreatcourses.com/courses/the-higgs-boson-and-beyond.html

68 Marcelo Gleiser, The Dancing Universe: From Creation Myths to the Big Bang (Hanover, Nuevo Hampshire: Dartmouth College Press, 2005), p. 52.

69 Gerhard F. Hasel y Michael G. Hasel, “The Unique Cosmology of Genesis 1 Against Ancient Near Eastern and Egyptian Parallels”, en The Genesis Creation Account and Its Reverberations in the Old Testament, ed. Gerald A. Klingbeil (Berrien Springs, Michigan: Andrews University Press, 2015), p. 15

70 David Bentley Hart, Atheist Delusions: The Christian Revolution and Its Fashionable Enemies (New Haven, Connecticut: Yale University Press, 2009), p. 68.

71 Charles Singer, A Short History of Science to the Nineteenth Century (Mineola, Nueva York: Dover Publications, 1997), p. 50

72. Galilei, Dialogue, p. 131.

73 Aristotle, Metaphysics, trad. W D. Ross, en Daniel C. Stevenson, Internet Classics Archive, http://classics.mit.edu/Aristotle/metaphysics.html; t. 1, parte 1, parr. 1.

74 Stephen Dobyns, “Spiritual Chickens” Cemetery Nights (Nueva York: Viking, 1987), p. 37.

75 Citado en Shermer, Moral Arc, p. 103.

Capítulo 3
Mente y cosmos

En el Museo Hirshhorn, en Washington, DC, entré en una exhibición, un cuartito tan oscuro que una acomodadora tuvo que guiarme. La única luz que había era una pared tenuemente iluminada del lado opuesto a mi asiento. Aunque siempre apelo a la fe cuando se trata del “arte moderno”, esa fe comenzó a flaquear al estar sentado, viendo la pared. En cuestión de minutos, la pared comenzó a brillar más y, de manera fascinante, comenzó a emerger luz desde la parte baja de la pared hasta una especie de estante que estaba aproximadamente a un metro del suelo y a mitad de la sala.

Mientras estaba allí, y me preguntaba qué sería todo aquello, la acomodadora llevó a otro hombre hasta una silla, como lo había hecho conmigo. Pero ¿por qué? Había bastante luz ahora.

Luego me di cuenta: la habitación, para mi mente que se había ajustado a la luz, parecía lo suficientemente iluminada. Pero para el hombre que recién había ingresado, en su mente, la sala estaba tan oscura que necesitó de la acomodadora. En otras palabras, la realidad de la habitación era una para mí y otra para el señor.

Había solo una habitación con solo una luz. Entonces, ¿la visión sobre la sala y la luz de cuál de los dos (la mía o la suya) era la verdadera, la que correspondía de manera más precisa al ambiente inmediato a nuestro alrededor?76

Si bien podemos extraer varias cosas de esta anécdota sobre la cultura en general o el arte moderno en particular, lo que no deberíamos dejar pasar es lo que plantea sobre los límites inherentes en todos los intentos humanos por entender el mundo. No se nos ha dado acceso sin mediación a la realidad. Somos parte de la realidad que queremos investigar; estamos hechos (en los niveles más profundos) de los mismos campos cuánticos, y estamos existiendo en las mismas dimensiones en que está lo que estamos estudiando. Quizá, como el narrador de Flatland, la obra de 1884 de Edwin Abbot, nuestras mentes “han sido abiertas a visiones más elevadas de las cosas”,77 pero no podemos introducirnos a esa “visión más elevada” y mirar hacia abajo desde allí a lo que vemos aquí. O quizás esta “vista más elevada” sea otro ángulo de la misma realidad en la que ya estamos. Hablando sobre los límites inherentes en el estudio del mundo, Paul Feyerabend escribió que “no podemos descubrirlo desde adentro [...]. Necesitamos un mundo de ensueño para descubrir las características del mundo real que creemos que habitamos”.78 Podemos conocer el mundo a través de nuestras mentes, que al ser parte de la realidad que estudian están entretejidas de manera inseparable con esa realidad y, por consiguiente, son irremediablemente subjetivas al respecto.

Thomas Nagel escribió: “Pero ya que somos lo que somos, no podemos salir completamente de nosotros mismos. En cualquier cosa que hagamos, seguimos siendo subpartes del mundo con acceso limitado a la naturaleza real del resto de él y de nosotros. No hay manera de decir cuánta realidad hay detrás del alcance de la objetividad presente o futura o de cualquier otra forma de comprensión humana concebible”.79 En otras palabras, las paradojas y los límites, inevitablemente, restringirán lo que sea que podamos conocer sobre la realidad. Estas restricciones incluyen los esfuerzos científicos, que explican por qué tan a menudo la ciencia (al igual que todos los intentos humanos de llegar al conocimiento) entiende mal las cosas.

¿Perdiendo la verdad?

Y la ciencia se equivoca más a menudo de lo que la gente se da cuenta. En 2013, la revista The Economist publicó un artículo titulado: “Cómo se equivoca la ciencia”,80 una mirada franca a algunos de los secretos de la ciencia de los que no deberían estar al tanto los simples mortales.

El artículo dice: “Muchos de los hallazgos que habitan el éter académico son el resultado de experimentos mal conducidos o de análisis deficientes. Un cálculo estimativo entre los capitalistas emprendedores de la biotecnología es que la mitad de las investigaciones publicadas se basan en experimentos que no pueden repetirse. Incluso eso puede ser optimista. El año pasado, los investigadores de una compañía de biotecnología, Amgen, descubrieron que podían repetir solo seis de 53 estudios fundamentales en la investigación del cáncer. Anteriormente, un grupo en Bayer, una empresa farmacéutica, se las arregló para repetir solo un cuarto de 67 documentos importantes similares. Un científico informático destacado está preocupado porque tres cuartos de los documentos en su sub área son mentira”.81

¿Esto es lo que sucede en la ciencia, la explicación objetiva e imparcial de la realidad?82

¿Y la comprobación de solo seis de 53 estudios relevantes? ¿Cómo puede ser eso? La repetición, o replicación, de los experimentos es la base de la verificación científica. Alguien hace algún reclamo sobre los resultados en un experimento o un estudio, y ¿qué mejor manera de verificar los resultados que repetir el experimento o estudio y, de manera ideal, los resultados?

Sin embargo, muchos hallazgos supuestamente bien establecidos y reconfirmados se muestran, de manera creciente, inciertos. Sobre un tema similar, un artículo en The New Yorker decía: “Es como si los hechos estuvieran perdiendo su verdad”. “Las afirmaciones que habían sido enarboladas en los libros, de repente, se vuelven improbables. Este fenómeno aún no tiene nombre oficial, pero está ocurriendo a lo largo de una amplia gama de campos, desde la psicología hasta la ecología”.83 John Ioannidis, epistemólogo de Stanford, estaba tan preocupado por este problema que escribió un documento frecuentemente citado: “Por qué la mayoría de los resultados de investigaciones publicadas son falsos”.84

El artículo de The Economist continuaba, diciendo: “Entre 2000 y 2010, cerca de 80 mil pacientes participaron en pruebas clínicas basadas en investigaciones que luego fueron desestimadas debido a errores e inexactitudes”.85

¡Qué consuelo!

¿Qué hay de la revisión cruzada de pares? ¿No se supone que eso protege contra la falsa ciencia? Nuevamente, The Economist expresa: “El proceso superficial de la revisión cruzada de pares tampoco llega a ser todo lo que se esperaba que fuera. Cuando una revista médica prominente condujo una investigación después de otros expertos en el campo, encontró que la mayoría de los revisores no lograron encontrar los errores que se habían introducido a propósito en los documentos, incluso después de decirles que estaban siendo probados”.86

Además, si un colega experto comparte dogmáticamente el mismo paradigma científico, el mismo modelo, las mismas suposiciones que el autor, ¿qué otra cosa hace la revisión de pares, más que asegurarse de que el autor se mantenga fiel a la línea partidaria, sin importar si esa línea es correcta? Esta revisión de pares garantiza (supuestamente) la validez del trabajo dentro de una serie de suposiciones; no dice nada sobre la validación de las suposiciones mismas (ver capítulo 7).

Al escribir en el Atlantic, la autora Bourree Lam habló sobre un reciente aluvión de hallazgos científicos que se han rectificado porque se ha probado que son incorrectos. Aparentemente, el problema está más extendido de lo que mucha gente puede percibir. La mencionada autora escribió: “Un estudio en Proceedings of the National Academy of Ciencies revisó 2.047 retractaciones de artículos biomédicos y de ciencias de la vida y descubrió que solamente el 21,3 % se originaba directamente del error, mientras que el 67,4 % resultaba de la falta de ética, incluyendo fraude o sospecha de fraude (43,4 %) y plagio (9,8 %)”.87

Además, si existen graves problemas en la ciencia experimental, que se hace sobre lo que está vivito y coleando ahora (como esos 80 mil pacientes), ¿se supone que deberíamos hacer reverencia con obsecuencia cuando la ciencia hace pronunciamientos osados sobre lo que supuestamente sucedió hace 250 millones de años, cuando el Coelurosauravus (según se nos ha dicho) desarrolló alas antes de desaparecer en el ozono paleozoico?

¿Qué hay de esta pista en un artículo en el New York Times? “Los estudios, ¿demuestran que las gaseosas o refrescos promueven la obesidad y la diabetes tipo II? Depende de quién pague el estudio”.88

El artículo debatía sobre cómo los resultados de la investigación científica sobre los peligros de las gaseosas para la salud variaban, y cómo los estudios científicos financiados por la industria de las gaseosas minimizan los peligros sobre la salud, en contraste con las investigaciones independientes. Sin embargo, la industria de las gaseosas declara que están haciendo lo mejor en ciencia. “La investigación que hicimos adhiere a los más altos estándares de integridad de los estudios científicos, basados en estándares reconocidos por las instituciones prominentes de investigación”,89 manifestó la industria. De hecho, la industria acusó que quienes financiaron la investigación que apuntaba a los peligros de las gaseosas habían sido pagados por quienes tenían determinado interés en hacer que esos productos parecieran peores de lo que en realidad eran.

No estamos hablando de críticas literarias sobre Cormac MacCarthy o críticas musicales sobre Max Richter. Estos son investigadores científicos, que se supone que adhieren “a los más altos estándares de integridad para la investigación científica”, que miran la misma realidad objetiva pero que llegan a diferentes conclusiones científicas.

¿Cómo puede ser? Después de todo, ¡es ciencia! ¿Puede realmente haber tendencias entre los científicos que afecten sus conclusiones, no solo en las investigaciones sobre las cosas que existen ahora (gaseosas y diabetes) sino también en el estudio de formas de vida que, supuestamente, existieron hace millones, o incluso miles de millones de años?

Esta no es una pregunta nueva. Al escribir sobre la relación entre la iglesia primitiva y la ciencia, David Lindberg expresó lo siguiente: “La verdadera ciencia, puede sostener [un crítico], no debe ser la sirvienta de nadie, sino que debe poseer total autonomía. Por consiguiente, la ciencia ‘disciplinada’ que buscaba Agustín no es ciencia en absoluto. De hecho, este reclamo se equivoca: la ciencia totalmente anónima es un ideal atractivo, pero no vivimos en un mundo ideal. Y gran parte de los desarrollos más importantes en la historia de la ciencia han sido producidos por personas comprometidas no a la ciencia autónoma, sino a la ciencia en servicio de alguna ideología, programa social o fin práctico. Durante la mayoría de su historia, la pregunta no ha sido si la ciencia funcionará como sirvienta, sino a cuál de las señoras servirá”.90

Hay múltiples razones para estos problemas en la investigación científica: información elegida cuidadosamente, competencia por dinero, intereses comprometidos en los resultados, la influencia de grandes empresas, rivalidades entre investigadores, y más. Pero estas razones suenan a lo que uno esperaría en teología, crítica literaria, estudios sobre el feminismo o la teoría política. Pero ¿deberíamos encontrar estos problemas en la ciencia, que se supone que es la forma más pura y objetiva de encontrar la verdad sobre la realidad?91

Sin embargo, las razones van mucho más allá de las informaciones o las subvenciones. Llegan hasta el problema de cómo los seres humanos (inclusive los científicos), seres subjetivos atrapados dentro de receptores limitados que permiten solo perspectivas estrechas sobre lo que está fuera de ellos, pueden explicar de manera precisa la “realidad altamente compleja, multifacética y de múltiples capas”92 que no solo los rodea, sino además de la cual también forman parte.

Mente y cosmos

Imaginemos nuestro universo de la manera en que muchos científicos contemporáneos insisten que era antes: solo electrones, positrones, neutrinos, fotones, y luego helio e hidrógeno, que “bajo la influencia de la gravitación para agruparse [...] eventualmente se condensarían para formar las galaxias y las estrellas del presente universo”.93

Pero supongamos que este universo tampoco tenga un Dios (como muchos creen que es), sin consciencia, sin vida en absoluto. Nada más que energía, gases, estrellas y rocas compuestas de entidades subatómicas que en la actualidad se cree que forman toda la materia y la energía.

Supongamos que todo continúa siendo de esa manera.

En ese universo, ¿podría existir el conocimiento? Fotones, electrones, estrellas, rayos cósmicos sí. ¿Pero conocimiento? La idea de “conocimiento” en sí demanda no solo consciencia (después de todo, un murciélago frugívoro de Egipto tiene “consciencia”), sino un nivel más elevado de consciencia, una mente capaz de contener pensamiento racional. El conocimiento sin mente es tan imposible como el pensamiento sin la mente, pues ¿qué es el conocimiento, sino una forma de pensamiento? Si no existiera Dios, o no existieran dioses ni vida inteligente en ningún otro lugar del cosmos más que en los humanos, entonces el único conocimiento en toda la creación sería lo que está en las mentes de los seres humanos. Y si todos los humanos murieran, todo el conocimiento moriría con ellos.

Tenemos conocimiento solo porque tenemos mentes; sin mentes, no hay pensamientos ni conocimientos. Y dado que tenemos mentes humanas, todo el conocimiento humano está limitado por el tipo de pensamiento que pueden tener las mentes humanas. Cualquier cosa que nosotros, como humanos, sabemos, o pensamos que sabemos, incluyendo el conocimiento científico, solo lo sabemos o conocemos como pensamiento humano.

Eso nos lleva, probablemente, a la pregunta más funcional que podemos hacer: ¿Cómo sabemos que nuestros pensamientos son correctos? ¿Cómo podemos estar seguros de que lo que sabemos, o creemos que sabemos, es verdad? Lo que sea que sepamos (o creamos que sepamos), lo sabemos (o creemos que sabemos) solo a través de procesos que crean conocimiento en nuestras mentes. Entonces, preguntar cómo sabemos si los procesos que usamos para obtener conocimiento son correctos es lanzarse a un laberinto autorreferencial, el equivalente intelectual a una ilustración de Escher. ¿Cómo sabemos que nuestros métodos de obtener conocimientos son correctos cuando necesitamos algún método de obtención de conocimiento para juzgar esos métodos? Pero, si lo que estamos cuestionando desde el principio es el tema de cómo obtenemos conocimiento, entonces, ¿cómo podemos confiar en nuestro juicio de ese método en sí mismo? Debemos asumir lo mismo que estamos cuestionando. Este es otro ejemplo de los límites del conocimiento humano. No solo sobre lo que sabemos (o creemos que sabemos), sino sobre el proceso de conocer en sí mismo. Este proceso se denomina epistemología.

Epistemología

Cualquier persona interesada en el debate de creación-evolución debe entender el concepto detrás de la palabra epistemología. Al igual que la biología, la geología o la teología, la palabra epistemología contiene su propio significado. Pero en vez de tratarse sobre el estudio de la vida (bios), de la Tierra (geo) o de Dios (theos), la epistemología es el estudio del episteme, del conocimiento en sí mismo. Es la “rama de la filosofía que se interesa por investigar la naturaleza, los recursos y la validación del conocimiento”.94

La epistemología no es el estudio del conocimiento, en el sentido de aquello que sabemos –al menos, no directamente–, así como dos más dos es igual a cuatro, o que Jesús murió por la humanidad, o que la sangre lleva oxígeno a nuestras células, o que tienes dolor de muelas o que François Mitterrand fue presidente de Francia. En verdad, la epistemología es el estudio de cómo llegamos a construir las declaraciones que hacemos sobre dos más dos, Jesús, el oxígeno en la sangre, un dolor de muelas o sobre François Mitterrand, o sobre cualquier cosa que declaremos que sepamos.

Decimos: “Yo sé que dos más dos es igual a cuatro”; “Yo sé que Jesús murió por mis pecados”; “Sé que François Mitterrand fue presidente de Francia”; “Sé que tengo dolor de muelas”. En todos estos casos, el verbo saber es usado de manera similar; se está seguro de la veracidad de cada oración.

Sin embargo, llegamos a ese conocimiento y al uso del verbo saber a través de diferentes métodos. La manera en que sabemos que tenemos un dolor de muelas es bastante diferente de la manera en que sabemos que dos más dos es igual a cuatro o sabemos que Jesús murió por nuestros pecados. No sentimos en la boca la sensación dos más dos es igual a cuatro, así como no aprendimos que tenemos dolor de muelas leyendo a Pablo u otros pasajes de las Escrituras. Puede que sepamos estas cosas, como sabemos que el sol saldrá mañana, que John F. Kennedy fue asesinado o que Dios ama al mundo. Pero, nuevamente, accedemos a ese saber, a ese conocimiento, a través de diferentes métodos.

La epistemología observa esos métodos.

Empirismo

Uno de esos métodos, de central importancia en el debate creación-evolución, es el empirismo, la teoría de que obtenemos conocimiento de nuestros sentidos. En las declaraciones que anteceden, la que hablaba de saber que tenemos dolor de muelas (en oposición a saber que dos más dos es cuatro) se consideraría conocimiento empírico. Nuestros sentidos, en este caso, el sentido del dolor, nos dan el conocimiento que tenemos de nuestras muelas.

Si alguien dice: “Hay diez personas en la habitación”, una respuesta natural sería: “Bien. Iré a verlo por mí mismo”. Uno se levanta, va a la habitación, y con sus propios ojos, sus receptores sensoriales, arriba a una conclusión con respecto a la veracidad o la falsedad de la declaración sobre el número de personas que había en la habitación. Eso es empirismo.

Ahora, supongamos que alguien nos dice: “Si hay diez personas en la habitación, entonces, hay tres personas más de las que habría si hubiera solo siete personas en la habitación”. Si respondemos: “Bien, pero permíteme entrar y verlo por mí mismo”, la respuesta sería rara. La racionalidad por sí misma revela que cuando hay diez personas en la habitación, hay tres personas más que cuando hay siete. No hay necesidad, como sí la había en el primer ejemplo, de ir a la habitación y contar las personas que hay allí. La declaración en sí misma, en sus propios términos, muestra su veracidad. No necesitamos salirnos de la declaración hacia nuestros sentidos, la historia o a la Revelación para saber que es verdad.

Epistemología empirista

El punto crucial es este: la ciencia, incluyendo todas las ramas que enseñan la Evolución, es una epistemología empirista. Con todo lo que conlleva, la ciencia en su esencia es un intento humano, a través del uso de nuestros sentidos, de entender, interpretar, describir y, de manera ideal, explicar el mundo. Ya sea que se trate de Aristóteles observando insectos hace 2.300 años, Darwin en Galápagos estudiando aves, químicos trabajando para la empresa de tabaco Philip Morris, astrónomos usando el telescopio Hubble para explorar las estrellas, o biólogos que afirman que la vida en la Tierra comenzó hace entre 3,8 y 4 miles de millones de años, la ciencia es un esfuerzo empírico. Se trata de seres humanos, a veces con la ayuda de diferentes instrumentos, que usan sus sentidos para explorar el mundo natural.

Lo cual está bien. ¿De qué otra manera los científicos podrían estudiar el mundo? Después de todo, aprendemos mucho a través de nuestros sentidos. Alguien podría debatir que la mayoría de lo que sabemos, al menos sobre el mundo natural, lo sabemos solamente a través de nuestros sentidos. Incluso el conocimiento que se nos revela, cosas que no sabríamos de otra manera, como el día de nuestro cumpleaños, lo sabemos a través de nuestros sentidos, nuestros oídos (pues nos lo contaron) o nuestros ojos (lo leímos). Y si sabemos que John F. Kennedy fue asesinado o que Julio César tenía el título de Pontifex Máximus, ¿cómo sabemos estas cosas, de otra manera que no sea, otra vez, a través de nuestros ojos, oídos o ambos?

Carencia sensorial

Sin embargo, durante miles de años las personas han luchado con la difícil pregunta sobre cuán precisamente, o sin precisión, nuestros sentidos nos presentan el mundo. ¿Cuál es la diferencia entre la realidad que está fuera de nuestros cerebros y cómo esa realidad nos parece en nuestros cerebros? Cuando miramos un árbol, por ejemplo, lo que vemos no es el árbol en sí mismo, sino una imagen del árbol que existe en nuestra mente. Si nuestra mente dejara de funcionar, la imagen del árbol dejaría de existir: no el árbol en sí. Esta es la prueba de que se trata de dos cosas diferentes. Lo que haya en nuestra mente, que nos parezca un árbol, no es el árbol en sí.

¿Qué transformación, entonces, sucede cuando nuestros sentidos captan lo externo y lo convierten en los impulsos químico-eléctricos en nuestros cuerpos y cerebros, que forman la base de toda nuestra experiencia? En resumen, ¿cuál es la diferencia entre la imagen del árbol que existe en nuestra cabeza y el árbol en sí? Mucha diferencia. Porque lo que hay en nuestra mente, sin dudas, no es la corteza, las hojas y la madera real.

Como mostraba el ejemplo del museo, nuestros sentidos pueden darnos visiones opuestas de lo que existe. A una persona la habitación puede parecerle bien iluminada, y a otra puede parecerle oscura. Si la ciencia estudiara lo que realmente existe allá afuera, no debería preocuparse por cómo parece frente a las diferentes personas. El tema es la realidad de la habitación en sí. ¿Por qué a un geólogo que está estudiando un acantilado de esquisto le importaría cómo se ve el acantilado a los ojos de un murciélago, en la lente de una cámara Cannon o para un daltónico? De la misma manera, a la ciencia le interesa cómo es realmente la habitación en sí misma y de sí misma, sin importar el tamaño de los alumnos que la miran o lo que sucede en el cerebro de los seres dotados de sentidos en la habitación.

Si la ciencia fuera la psicología o la fisiología, el foco principal serían las sensaciones subjetivas de los seres en cuestión.95 Pero si la ciencia trata con cosas como la presión del aire o la estructura de la Galaxia Renacuajo o las primeras floraciones de plantas en el período Cretácico, hace entre 146 y 65 millones de años, entonces la brecha entre cómo nos parecen las cosas en nuestro cerebro y la manera en que realmente son en sí mismas se hace crucial.

¿Por qué? Porque esta pregunta llega a una de las varias limitaciones de la ciencia, una limitación que se hace exponencialmente más problemática cuando la ciencia trata no solo con lo que está ahora delante de nosotros, sino con lo que se dice que le sucedió hace miles de millones de años a cosas que ya existían, supuestamente, mucho antes de que existieran nuestros sentidos.

Volvamos al ejemplo sobre cuántas personas hay en la habitación. Algunos dicen que hay diez personas. Entonces entramos a la habitación y contamos. Sí, hay diez personas en la habitación. ¿No es esa una conclusión sólida y certera? ¿No puede alguien estar tan seguro de eso como sobre la declaración de que si hay diez personas en la habitación, entonces hay tres personas más de las que habría si hubiera solamente siete personas?

Sin embargo, supongamos que había una mujer escondida debajo de la mesa y no la contamos. O supongamos que había tres personas más en las vigas del techo y fuera de la vista. O supongamos que para alguien la definición de la palabra habitación incluye el armario, donde había dos personas más escondidas. O supongamos que eres un estadounidense que vivió durante La Confederación, cuando se consideraba que los esclavos eran solo dos tercios de persona, y cuatro de las personas en la habitación eran esclavos.

Entonces, no se puede estar totalmente seguro sobre cuántas personas había en la habitación como sí se puede tener certeza en cuanto a la afirmación de que cuando hay diez personas en la habitación, entonces eso significa que hay tres más de las que habría cuando hay siete.

“El meollo de la cuestión es que si estamos familiarizados solo con nuestras percepciones, y nunca con las cosas que se supone que hay detrás de ellas, ¿qué podemos esperar del conocimiento de esas cosas, o incluso recibir justificación al afirmar su existencia?”,96 declaró A. C. Grayling.

Iris Murdoch escribió: “Es una tarea llegar a ver el mundo como es”.97 Sin embargo, es más fácil decirlo que hacerlo; si es que fuera posible siquiera.98

Otra vez, si esta limitación epistemológica fundacional es verdad para las cosas que creemos que existen hoy (como el número de personas en una habitación), ¿cuánto más grande sería el problema con aquellas cosas que no existen ahora, como los miles de millones de años de la historia de la evolución que nos precedieron a nosotros y nuestros sentidos?

Sir James Jeans escribió hace algunas décadas: “Nuestros estudios nunca pueden ponernos en contacto con la realidad; no podemos penetrar más allá de las impresiones que las que la realidad implanta en nuestra mente”.99

Al escribir sobre el sentido de la visión, el ganador de premio Nobel Francis Crick argumentó que “el cerebro combina la información proporcionada por las diferentes características de la escena visual (aspectos de forma, color, movimiento, etc.) y la establece en la interpretación más plausible de todas estas claves visuales juntas”.100 Y continuó diciendo: “Lo que usted ve no es realmente lo que hay; es lo que su cerebro cree que hay [...]. Su cerebro hace la mejor interpretación que puede, de acuerdo con su experiencia pasada y la información limitada y ambigua proporcionada por sus ojos”.101

Entonces, ¿diferentes cerebros, diferentes realidades?

William Butler Yeats escribió: “Busca la realidad, deja las cosas que aparentan”.102 Bien, pero ¿cómo lo hacemos, si es que se puede lograr?

Hilary Putnam escribió que “los esfuerzos por proporcionar una base para el Ser y el Saber [...] son esfuerzos que han fracasado de manera desastrosa, y no podríamos haberlo visto hasta que se les dio tiempo para probar su inutilidad”.103

La cueva

El contraste entre lo que es real y cómo nos parecen estas cosas no es nada nuevo. Hace 2.400 años, Platón, en La república, usó una metáfora para describir este problema.

“Imagine una cámara subterránea, como una cueva, con una extensa entrada abierta a la luz del día, de la anchura de la cueva. En esta cámara hay hombres que han estado prisioneros allí desde que eran niños. Sus piernas y cuellos han estado tan ajustados que solo pueden mirar hacia adelante y no pueden girar las cabezas”.104

Luego dice que afuera de la cueva hay un incendio, y entre la cueva y el incendio hay un camino por el que pasan varios objetos. De acuerdo con su metáfora, todo lo que verán las personas de la cueva serían sombras en la pared de la cueva de las cosas en el camino que pasa detrás de ellas. Confundirían a las sombras, que es todo lo que les revelan sus percepciones sensoriales, con la realidad. “¿No asumirían que las sombras que vieron eran cosas reales?”.105

Aunque solo se trata de una metáfora, la cueva de Platón expresa esta diferencia entre lo que percibimos con nuestros sentidos y lo que realmente existe; esto es, la diferencia entre un árbol y la imagen del árbol en nuestra mente. En los 2.400 años desde Platón, esta pregunta aún obsesiona a quienes se la hacen. Y lo sigue haciendo, con aun más ferocidad que nunca, porque en los últimos cien años nos hemos enterado de la existencia de aspectos de la realidad (gérmenes, partículas subatómicas, el campo Higgs, ondas de radio, etc.) completamente más allá de nuestros sentidos sin ayuda. Ya es bastante malo no poder estar seguros sobre la naturaleza o la existencia de lo que captamos con nuestros sentidos, pero ¿qué hay de todas esas cosas que creemos que existen pero que nuestros sentidos no pueden captar en absoluto, al menos no sin la ayuda de máquinas, lo que a su vez levanta toda una multitud de otras preguntas?

Lentes rojos o azules

A lo largo del milenio, las personas han llegado a diferentes conclusiones con respecto al empirismo y el conocimiento en general (recuerde que el conocimiento solo existe si existe la mente). Algunas personas niegan “la posibilidad de todo y cualquier conocimiento, e incluso justificaron esa creencia”.106 Otros reconocen la brecha que hemos estado discutiendo, pero parece no importarles. Según lo que saben, el mundo real es el mundo de nuestras experiencias, y es inútil pensar de otra manera.

Cerca de unos dos mil años después de Platón, el filósofo alemán Immamuel Kant argumentó que nuestras mentes solas analizan la realidad que experimentamos. Nuestras mentes no son receptores pasivos de información sensorial, como la cera caliente que siente las impresiones y las moldea a su propia imagen. En vez de eso, nuestras mentes son complicados filtros que categorizan, organizan y hasta crean la realidad que vemos, escuchamos, olemos, gustamos y tocamos. No es que nuestras mentes creen el mundo, sino solo la manera en que el mundo se nos presenta.

Conocemos una metáfora cruda y popular: imagina que usas anteojos rojos. Todo lo que ves, por supuesto, estará teñido de rojo a causa de los lentes que llevas puestos. Si los anteojos fueran azules, aquella misma realidad se vería azul. De manera similar,solo conocemos el mundo que nuestra mente nos permite conocer. Esto es lo que Kant llamó mundo “fenomenológico” (o del “fenómeno”): la imagen del árbol en nuestra mente o la habitación en el museo como les parecía a los que estaban en ella. Estas imágenes son el fenómeno en nuestras mentes, en contraste con el árbol en sí y la sala del museo, que existen fuera de nuestras mentes. Ahora, si nuestras mentes estuvieran constituidas de manera diferente, tanto el árbol como la sala del museo también parecerían diferentes ante nuestra vista.

Esta distinción nos lleva nuevamente a una debilidad fundamental en todos los esfuerzos empíricos, incluida (y quizá de manera especial) la ciencia. A menos que los objetos de estudio sean la mente y la cognición en sí mismas, la ciencia no se interesa por cómo el mundo se muestra frente a seres subjetivos como los humanos, los chimpancés o las langostas mantis (que tienen cuatro veces más fotorreceptores que los humanos), sino por cómo es el mundo en sí mismo independientemente de cómo se nos presente a nosotros. Un paleontólogo que estudia un fósil se interesa por el fósil en sí mismo y lo que él cree que ese fósil revela, no por cómo parece el fósil a la mente humana.

Pero, de acuerdo con Kant, el verdadero conocimiento del mundo en sí mismo y de sí mismo, el árbol, la habitación, el fósil, es imposible. “La pregunta ‘¿Qué objetos se consideran cosas en sí mismos?’ continúa sin respuesta incluso después de minucioso examen del mundo fenomenal”.107 Esto es, sin importar cuánto estudiemos el mundo de nuestras experiencias, nunca podemos ir más allá de esas experiencias al mundo como es en sí mismo.

Alfred North Whitehead escribió: “Por consiguiente, la naturaleza obtiene crédito que, en realidad, debería estar reservado para nosotros mismos: la rosa para su aroma, el ruiseñor para su canto, y el sol para su brillo. Los poetas están totalmente equivocados. Deberían dirigir sus letras a ellos mismos y deberían convertirlas en odas de autoalabanza por la excelencia de la mente humana. La naturaleza es un asunto aburrido, sin sonido, sin aroma, sin color; meramente la circulación de material, infinitamente, sin sentido”.108

Aun así, permanece la pregunta: ¿Cómo nos retiramos de nuestros ojos u oídos o piel o boca o nariz para experimentar estímulos fuera de la manera en que estos tejidos –con sus diversas células, químicos y terminaciones nerviosas– responden a estímulos externos? En un nivel, todo lo que experimentamos es simplemente biología; incluso cuando los científicos hacen ciencia, es la biología trabajando. “Me gustaría señalar”, escribió Bas C. van Fraassen, “que la ciencia es un fenómeno biológico, una actividad por un tipo de organismo que facilita su interacción con el ambiente”.109

Nuestro único contacto con el mundo exterior es a través de los tejidos que forman nuestros receptores sensoriales y la biología que funciona en ellos. No es razonable asumir que, si estos tejidos estuvieran construidos de manera diferente y si su funcionamiento biológico fuera diferente, entonces, la manera en que interactúan con el mundo también sería diferente. Eso significa que nos darían una concepción del mundo diferente de la que nos dan ahora (piense en los anteojos rojos y azules).

Es por eso que, incluso hoy en día, este tema continúa siendo uno de los varios problemas no resueltos en relación con la diferencia entre lo que la gente cree que la ciencia nos revela y lo que realmente revela. Se supone que la ciencia nos debe decir lo que realmente existe, en contraste con cómo parece eso que existe frente a nosotros.

¿Puede?

Thomas Nagel escribió: “La ciencia física es, después de todo, solo una operación de nuestras mentes, y no tenemos razón para asumir que sus capacidades, destacables como lo son, se correlacionan plenamente con la realidad”.110

En un libro sobre el gran debate que aún no tiene solución sobre qué es realmente el color, M. Chirimuuta escribió: “Ser un realista del color es sostener que los colores son propiedades independientes del receptor, que son exhibidos en la superficie de las cosas, ya sea que haya alguien allí para verlo o no. Lo que el realista niega es que el color es de alguna forma un resultado de la actividad neuronal [...]. Los científicos de la visión han declarado que el color es identificable con estados del cerebro, o que se crea o construye en el cerebro”.111

¿Existe realmente el color o será que el color es simplemente un producto de la mente que responde a lo que ve? Para aquellos a quienes les interesa este asunto, permanece sin respuesta; al igual que muchas preguntas sobre qué puede o no revelarnos la ciencia sobre la realidad. Y si aún hay una multitud de preguntas sobre el color rojo, por ejemplo, ¿cuán dogmáticamente deberíamos aceptar lo que la ciencia nos dice sobre cómo se supone que evolucionaron las tortugas sus caparazones hace millones de años? Y si somos limitados en lo que podemos saber sobre el color rojo o sobre los caparazones de tortugas que existen hoy, ¿con cuánta seriedad deberíamos tomar lo que declaran los evolucionistas sobre cómo se supone que eran los caparazones de las tortugas hace millones de años?

Objeto X

Al contrario de la opinión popular, las controversias en la ciencia no son solamente sobre la veracidad o la falsedad de declaraciones científicas específicas: ¿La luz es una onda o una partícula? ¿Las vacunas causan autismo? La grasa, ¿es buena o mala para nosotros? ¿Existen los universos paralelos? ¿Fue un meteorito lo que mató a los dinosaurios? Estos asuntos van mucho más allá de una teoría; llegan hasta el concepto de teoría en sí mismo. La pregunta no es tanto sobre si una teoría específica es verdadera o falsa (aunque esto sí entra en juego), sino sobre lo que significa decir que una teoría científica es verdadera o falsa, o si siquiera es posible saber con algo de certeza si una teoría es o no es verdad.

“Uno de los debates más vivos y persistentes de la filosofía de la ciencia del siglo XX es el que hay entre empiristas y realistas con respecto al estado de las teorías científicas. ¿Debemos entender las teorías científicas como algo que ofrece (o, al menos, intenta ofrecer) un informe verdadero del mundo? Y, si aceptamos las teorías científicas como verdaderas, ¿deberíamos creer que las entidades que parecen postular realmente existen?”,112 escribieron Martin Curd y J. A. Cover.

Las teorías científicas ¿son entendidas como algo que ofrece “un relato verdadero del mundo?”. ¿Qué tipo de pregunta es esta? ¿No se supone que el verdadero punto de las teorías científicas es ofrecer un relato verdadero del mundo? ¿Cuál es el propósito de la ciencia, si hiciera otra cosa? ¿Qué tan buena es una teoría científica que ofrece un falso relato del mundo?

Y si aceptamos una teoría como verdadera, “¿deberíamos creer que las entidades que parecen postular realmente existen?” ¿Qué clase de pregunta es esa? Si se cree que una teoría sobre un objeto X es verdadera, ¿no se asume automáticamente que ese objeto X existe? ¿Cuál es el sentido de siquiera hablar sobre un objeto X, si no creemos que ese objeto X exista?

Las teorías científicas aceptadas ¿son verdaderas? ¿Existirán realmente las entidades que la ciencia dice que existen?

Temas básicos como estos continúan siendo ampliamente debatidos y no tienen respuestas fáciles.

Por esta razón, entre otras (las cuales El bautismo del diablo explorará), los cristianos no deberían estar tan listos para arrojar sus armas y levantar sus brazos en señal de rendición ante cualquier declaración que formule la ciencia; en especial con respecto a los orígenes, donde las declaraciones de la ciencia sobre una realidad, que solo suponen que existe, claramente contradice lo manifestado en la Palabra de Dios.

76 Clifford Goldstein, “The Room and the Light”, Adventist Review, 15 de septiembre de 2011, p. 17.

77 Edwin A. Abbott, Flatland: A Romance of Many Dimensions (Mineola, Nueva York: Dover, 1992), p. 3.

78 Feyerabend, Against Method, p. 22 (cursiva original).

79 Nagel, The View From Nowhere, edición Kindle, cap. 1.

80 “How Science Goes Wrong” The Economist, 21 de octubre de 2013, https://www.economist.com/news/leaders/21588069-scientiflc-research-has-changed-world-now-it-needs-change-itself-how-science-goes-wrong.

81 Ibíd.

82 Por ejemplo, cuando la industria del tabaco contrató científicos para estudiar los efectos del tabaco, estos científicos ¿estaban trabajando con ciencia real, en especial cuando por años nos dijeron que sus estudios científicos mostraban que fumar tabaco no era perjudicial? ¿Y qué hay de los científicos de la industria de la carne que estudiaban los efectos en la salud del consumo de carne y vez tras vez concluyeron que consumir carne era bueno para las personas? Y tenían evidencia científica que lo corroboraba. ¿Era ciencia real, ciencia mala o pseudociencia? Un año nos dicen que es bueno beber vino. Cuentan con evidencia científica de que es bueno. Dos años después, tienen evidencia científica de que es malo. La ciencia nos dice una cosa, y luego nos dice lo contrario. Esto no significa que la ciencia sea mala, pero queda claro que lo que es, no es concluyente.

83 Jonah Lehrer, “The Truth Wears Off”, The New Yorker, 13 de diciembre de 2010, http://www.newyorker.com/magazine/2010/12/13/the-truth-wears-off

84 John P. A. Ioannidis, “Why Most Published Research Findings Are False” 30 de Agosto de 2005, http://journals.plos.org/plosmedicine/article?id=10.137l/journal.pmed.0020124; ver también su artículo “An Epidemic of False Claims”, Scientific American, 1º de junio de 2011, http://www.scientificamerican.com/article/an-epidemic-of-false-claims/.

85 “How Science Goes Wrong”.

86 Ibíd.

87 Bourree Lam, “A Scientific Look at Bad Science” The Atlantic, septiembre de 2015, https://www.theatlantic.com/magazine/archive/2015/09/a-scientific-look-at-bad-science/399371/ (cursiva original).

88 Anahad O’Connor, “Studies Linked to Soda Industry Mask Health Risks”, New York Times, 31 de octubre de 2016, http://www.nytimes.com/20l6/ll/01/well/eat/studies-linked-to-soda-industry-mask-health-risks.html?_r=0

89 Ibíd.

90 David C. Lindberg, The Beginnings of Western Science: The European Scientific Tradition in Philosophical, Religious, and Institutional Context, Prehistory to A.D. 1450, 2 ed. (Chicago: University of Chicago Press, 2007), p. 150.

91 El Centro para la Integridad Científica tiene un sitio web, retractionwatch.com, que muestra las retractaciones científicas. “La misión del Centro para la Integridad Científica, la organización madre de Retraction Watch, es promover la transparencia y la integridad en la ciencia y las publicaciones científicas, diseminar las mejores prácticas y aumentar la eficiencia de la ciencia “ (http://retractionwatch.com/the-center-for-scientific-integrity/).

92 McGrath y McGrath, The Dawkins Delusion? Atheist Fundamentalism and the Denial of the Divine (Downers Grove, Illinois: IVP Books, 2007), p. 34.

93 Steven Weinberg, The First Three Minutes: A Modem View of the Origin of the Universe, ed. actualizada (Nueva York: Basic Books, 1993), p. 8.

94 A. C. Grayling, “Epistemology”, in The Blackwell Companion to Philosophy, ed. Nicholas Bunnin y E. P. Tsui-James, 2 ed. (Oxford: Blackwell, 2003), p. 37.

95 Por supuesto, ciertas interpretaciones de la teoría cuántica desafían esta distinción sujeto-objeto.

96 A. C. Grayling, Skepticism and the Possibility of Knowledge (Londres: Continuum, 2008), p. 5.

97 Iris Murdoch, The Sovereignty of Good (Londres: Routledge Great Minds, 2014), p. 89 (cursiva original).

98 Y no solo con la vista sino con cualquiera de nuestros sentidos. El físico cuántico Erwin Schrodinger escribió sobre el sonido y expresó: “Podemos seguir los cambios de presión en el aire porque producen vibraciones en el tímpano, podemos ver cómo su movimiento es transferido por una cadena de huesitos a otra membrana y, eventualmente, a partes de la membrana dentro de la cóclea, compuesta de fibras de longitud variada, que se describen anteriormente. Podemos llegar a una comprensión de cómo una fibra que vibra prepara un proceso de conducción eléctrica y química en la fibra nerviosa con la que está en contacto. Podemos seguir esta vibración hasta la corteza cerebral, e incluso podemos obtener algún conocimiento objetivo de algunas de las cosas que suceden allí. Pero en ningún lado llegaremos a este ‘registro como sonido’, que simplemente no se encuentra contenido en nuestro cuadro científico, sino solo en la mente de la persona de cuyo oído y cerebro estamos hablando” Erwin Schrodinger, What Is Life? (Cambridge, Reino Unido: Cambridge University Press, 2012), pp. 157, 158.

99 Sir James Jeans, Physics and Philosophy (Nueva York: Dover Publications, 1981), p. 15.

100 Francis Crick, The Astonishing Hypothesis: The Scientific Search for the Soul (Nueva York: Touchstone, 1995), p. 30.

101 Ibíd., p. 31 (cursiva original).

102 William Butler Yeats, The Collected Poems of WB. Yeats, ed. Richard J. Finneran, rev. 2 ed. (Nueva York: Scribner, 1996), p. 252.

103 Hilary Putnam, Realism With a Human Face, ed. James Conant (Cambridge, Massachusetts: Harvard University Press, 1992), p. 19 (cursiva original).

104 Plato, The Republic, trad. Desmond Lee (Londres: Penguin Books, 2003), p. 241.

105 Ibíd.

106 Charles Landesman, Skepticism: The Central Issues (Oxford: Blackwell, 2002), p. 4.

107 Immanuel Kant, Critique of Pure Reason, trad. J. M. D. Meiklejohn (Mineola, Nueva York: Dover, 2003), p. 36.

108 Alfred North Whitehead, Science and the Modern World (Cambridge, Reino Unido: Cambridge University Press, 1953), pp. 68, 69.

109 Bas C. van Fraassen, The Scientific Image (Oxford: Clarendon Press, 1980), p. 39.

110 Nagel, The View From Nowhere, edición Kindle, cap. 2, sec. 2.

111 M. Chirimuuta, Outside Color: Perceptual Science and the Puzzle of Color in Philosophy (Cambridge, Massachusetts: MIT Press, 2015), p. 102.

112 Martin Curd y J. A. Cover, Philosophy of Science: The Central Issues (Nueva York: W. W. Norton, 1998), p. 1049.

Capitulo 4
Bueno, pero no real

Imagina la audacia: ¿asegurar que se podía revertir miles de años de sabiduría recibida, incluso la sabiduría científica de las mentes más grandes del mundo, antiguas y modernas? ¿Atreverse a refutar al mismísimo filósofo Aristóteles? ¿Atreverse a cuestionar lo que los sentidos enseñaban de manera innegable?

En un libro lleno de gráficos, figuras geométricas, tablas y números, este presuntuoso agitó las bases científicas que las civilizaciones más avanzadas habían creído y usado en sus vidas cotidianas por milenios; desde discernir cuándo plantar granos hasta cuándo ir a la guerra. Él golpeó fuerte la estructura sobre la cual la mayoría del mundo, por la mayor parte de la historia humana conocida, había construido su sentido de identidad y lugar en el cosmos. Este hombre, un simple empleado público en una iglesia local de Polonia, ¿tuvo la osadía de desafiar los pilares, las suposiciones, las creencias científicas aceptadas, que sostenían “los más grandes pensadores del mundo; los mejores y más brillantes, los más aclamados expertos [...] los más educados, reconocidos e informados [...] los renombrados, los famosos, los brillantes”?113

Sus movimientos fueron tan radicales como heréticos y peligrosos, tanto como si un científico hoy refutara a Darwin públicamente.

El hombre era Nicolás Copérnico, y su libro Sobre las revoluciones de los orbes celestes, publicado en 1543, fue uno de los primeros y más fuertes golpes en el rostro de Aristóteles y la cosmovisión basada en su ciencia, y las creencias que de ella emanaban. A pesar de que Copérnico no fue el primero en sostener la idea de que la Tierra orbitaba al Sol, y aunque su libro contenía varios errores (por ejemplo, creía que el Sol permanecía inmóvil en el centro del universo y que las órbitas de los planetas eran círculos perfectos), nada como Sobre las revoluciones... había desafiado de manera tan completa y convincente los consensos científicos predominantes. Cuando, en el siguiente siglo, Galileo fue condenado intelectualmente por la Inquisición romana, fue porque estaba “siguiendo la hipótesis de Copérnico”.114

Copérnico, sin embargo, nunca enfrentó a la Inquisición ni a ningún otro tribunal por desafiar lo establecido cultural, científica e intelectualmente. ¿Por qué? ¿Vivió en una época en la que las discrepancias científicas eran más toleradas que en la época de Galileo o en nuestros días?

Difícilmente. Escapó a esos problemas simplemente porque murió el 24 de mayo de 1543, casi al mismo momento en el que su libro estaba saliendo de las imprentas.

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Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
22 października 2025
Objętość:
461 str. 2 ilustracji
ISBN:
9789877019636
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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