Czytaj książkę: «¿Determinismo o indeterminismo?»
El presente volumen es el resultado de un esfuerzo conjunto de tres años, durante los cuales físicos, biólogos, neurocientíficos y filósofos estudiaron el tema del determinismo con una mirada interdisciplinar. Los capítulos están escritos en coautoría por científicos y filósofos, y giran en torno a preguntas sobre problemas epistemológicos, ontológicos o filosófico-teológicos.
¿De qué se predica el determinismo, de las teorías o de la naturaleza? ¿Qué se entiende por determinismo genético? ¿El concepto de libertad personal es compatible con la investigación neurocientífica? ¿Exige el origen de la vida una intervención divina? Estos son algunos de los interrogantes abordados en la obra, que representa un esfuerzo interdisciplinar con escasos precedentes en la academia de lengua española.


Colección Razón Abierta
Comité Científico Asesor
Daniel Sada (Universidad Francisco de Vitoria)
Federico Lombardi S. J. (Fundación Joseph Ratzinger)
Alister McGrath (Universidad de Oxford)
Gianfranco Basti (Pontificia Università Lateranense)
Olegario González de Cardenal (Universidad de Salamanca)
Stefano Zamagni (Universidad de Bolonia. Johns Hopkins University)
Francesc Torralba (Universidad Ramón Llull)
© 2018 Claudia E. Vanney y Juan F. Franck de la edición
© 2018 Los autores de sus textos
© 2018 Editorial UFV
Universidad Francisco de Vitoria
Ctra. Pozuelo-Majadahonda, km 1,800
28223 Pozuelo de Alarcón (Madrid)
Diseño de portada: Cruz más Cruz
Segunda edición: noviembre de 2018
ISBN edición impresa: 978-84-16552-95-5
ISBN edición digital: 978-84-18360-03-9
Depósito legal: M-33338-2018
La primera edición fue publicada por el Instituto de Filosofía de la Universidad Austral en Ediciones Logos de Argentina.
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Impreso en España – Printed in Spain
Índice
INTRODUCCIÓN
Claudia E. Vanney - Juan F. Franck
PARTE PRIMERA
INTERROGANTES EPISTEMOLÓGICOS
1. ¿A QUÉ SE LLAMA DETERMINISMO EN FÍSICA?
Santiago Collado - Héctor Velázquez
2. ¿DE QUÉ SE PREDICA EL DETERMINISMO?
Alan Heiblum - Claudia E. Vanney
3. ¿POR QUÉ EL REDUCCIONISMO ES UN PROBLEMA RECURRENTE EN BIOLOGÍA?
Mariano Asla - Valeria Cantó-Soler
4. ¿QUÉ SE ENTIENDE POR DETERMINISMO GENÉTICO?
Christian Francese - Guillermo Folguera
5. ¿CÓMO SE RELACIONAN ENTRE SÍ LOS NIVELES EPISTEMOLÓGICOS DE LAS CIENCIAS QUE ESTUDIAN A LA PERSONA HUMANA?
Ivana Anton Mlinar - Martín López Vicchi
6. ¿ES VIABLE UN DUALISMO EPISTEMOLÓGICO O SEMÁNTICO DE LO MENTAL Y LO NEURAL SIN ALGUNA CLASE DE DUALIDAD ONTOLÓGICA?
Juan F. Franck - Luis Echarte
PARTE SEGUNDA
INTERROGANTES ONTOLÓGICOS
7. ¿ADMITEN LOS FENÓMENOS CAÓTICOS LA COEXISTENCIA DE DETERMINISMO E INDETERMINISMO?
Olimpia Lombardi - Rafael A. Martínez
8. ¿FAVORECE LA MECÁNICA CUÁNTICA UN INDETERMINISMO EPISTEMOLÓGICO U ONTOLÓGICO?
Leonardo Vanni - Sebastian Fortin
9. ¿CUÁL ES EL PAPEL DE LOS GENES EN LA CONSTITUCIÓN DEL FENOTIPO?
María Cerezo - Ángela M. Suburo
10. ¿REQUIERE LA COMPLEJIDAD BIOLÓGICA UN MARCO INDETERMINISTA?
Marta Bertolaso - Francisco Güell
11. ¿PUEDE EL CEREBRO SER ASIENTO DE UNA CAUSACIÓN MENTAL NO-REDUCCIONISTA?
Miguel García-Valdecasas - Pablo Rodolfo Brumovsky
12. CEREBRO E INTENCIONES: ¿AUTODETERMINACIÓN O DETERMINISMO NEURAL?
José Ignacio Murillo - Ángela M. Suburo
13. ¿ES COMPATIBLE EL CONCEPTO DE LIBERTAD PERSONAL CON LA INVESTIGACIÓN NEUROCIENTÍFICA?
Carlos Blanco - Juan Pablo Roldán
PARTE TERCERA
INTERROGANTES FILOSÓFICO-TEOLÓGICOS
14. ¿TENDRÍA QUE EXISTIR NECESARIAMENTE EL UNIVERSO?
Alejandro González Sánchez - Francisco José Soler Gil
15. LA EXPLICACIÓN DEL ORIGEN DE LA VIDA, ¿EXIGE UNA INTERVENCIÓN DIVINA?
Rafael Vicuña - Rafael A. Martínez
16. LA ACCIÓN PROVIDENTE DE DIOS EN EL MUNDO, ¿REQUIERE UNA NATURALEZA INDETERMINADA?
Alejandro Clausse - Ignacio Silva
17. UNA EVOLUCIÓN CONTINGENTE QUE INCLUYA ELEMENTOS DE AZAR, ¿PUEDE REFERIR A UN DIOS CREADOR?
Jorge B. Aquino - Ignacio Silva
18. ¿ES POSIBLE HABLAR DE ALMA O ESPÍRITU EN EL CONTEXTO DE LA NEUROCIENCIA?
Juan José Sanguineti - Marcelo José Villar
SOBRE LOS AUTORES

CLAUDIA E. VANNEY - JUAN F. FRANCK
La situación cultural en la que nos encontramos es rica y compleja. De una parte, la experiencia acumulada durante el intenso siglo XX ha llevado al hombre a profundizar nuevamente en el sentido de su existencia. De otra, los avances científicos y tecnológicos han alcanzado un desarrollo y unas dimensiones insospechadas. Mientras la ciencia contemporánea exige cada vez una mayor especialización, una comprensión profunda de la realidad invita a encontrar vías para una integración de saberes que se encuentran actualmente fragmentados. Muchos de los grandes interrogantes que siempre han estado presentes en la reflexión filosófica hoy también son abordados por la ciencia contemporánea desde perspectivas nuevas. Uno de estos grandes temas es el debate sobre el determinismo de la naturaleza.
El presente volumen es el resultado de un esfuerzo conjunto de tres años, durante los cuales físicos, biólogos, neurocientíficos y filósofos estudiaron el tema del determinismo con una mirada interdisciplinar. Conscientes de la necesidad de reconocer los límites propios de cada disciplina para hallar una respuesta satisfactoria, los investigadores buscaron cubrir un amplio espectro de cuestiones epistemológicas, ontológicas y filosófico-teológicas. Las preguntas seleccionadas actuaron como disparadores para que, en cada caso, un científico y un filósofo propusieran respuestas desde visiones complementarias, pero buscando el encuentro interdisciplinar. Las presentaciones, seguidas de intensas discusiones, tuvieron lugar en tres workshops realizados a lo largo de los tres años de duración del proyecto Determinismo e indeterminismo: de la ciencia a la filosofía, coordinado por el Instituto de Filosofía de la Universidad Austral. Sin embargo, el intercambio entre los especialistas se extendió por un tiempo más prolongado y fruto de dicho intercambio es este libro, compuesto por dieciocho capítulos escritos en coautoría interdisciplinar.
Los primeros seis capítulos son de carácter epistemológico. En ellos se busca clarificar en primer término qué se entiende por determinismo, indagando tanto en la evolución histórica de esta noción como en los diversos contextos en los que se lo utiliza. La discusión en torno al determinismo deriva lógicamente en el problema del reduccionismo, como se analiza en algunos de estos capítulos. Los capítulos 7 a 13 abordan diferentes aspectos de la problemática ontológica del determinismo, tal como se presenta en la física, la biología y la neurociencia. Los cinco capítulos finales se preguntan por las consecuencias de este debate en la teología natural, abordando cuestiones relativas al origen y la finalidad del cosmos, la vida y el hombre.
INTERROGANTES EPISTEMOLÓGICOS
A lo largo de la historia, diversos conceptos fueron utilizados en el debate sobre el determinismo de la naturaleza. Por un lado, los términos contingencia, aleatoriedad, emergencia, incertidumbre, libre albedrío o libertad asumen una visión indeterminista de la realidad. Por otro, las nociones de necesidad, causalidad, legalidad, predictibilidad y fatalismo sugieren un enfoque determinista. Puesto que la física moderna y contemporánea se ha visto en la urgencia de distinguir estas nociones, cabe preguntarse cómo lo ha hecho y si la filosofía ha contribuido a elucidar estas distinciones.
Santiago Collado y Héctor Velázquez, autores del capítulo 1, sostienen que, si se sigue el rastro a las nociones de causa y de ley en la historia del pensamiento, se puede constatar que, en diferentes periodos históricos, una de ellas ha tenido una consideración prioritaria respecto de la otra, descansando la comprensión del determinismo en la noción que asumió un mayor protagonismo. Los autores sugieren así distinguir tres modos diversos de entender el determinismo. En el periodo clásico, la comprensión del determinismo se apoyó en una consideración prioritaria de la causalidad, mientras que en la modernidad asumió un papel preponderante la predictibilidad asociada a las leyes de la naturaleza. El siglo XX, por su parte, introdujo una nueva perspectiva epistemológica, al señalar que se requiere una interpretación del formalismo teórico para poder afirmar si una teoría física particular propone o no una cosmovisión determinista.
En el capítulo 2, Alan Heiblum y Claudia Vanney se preguntan si es más adecuado aplicar el predicado determinista a las teorías científicas, a nuestro conocimiento de los sistemas físicos o a la naturaleza. Los autores señalan en este capítulo la importancia de reconocer que existen diversas perspectivas en este debate. Al admitir así una pluralidad de abordajes, concluyen que no conviene hablar de determinismo o de indeterminismo, sino de determinismos o indeterminismos. Analizan con especial detalle el determinismo de las teorías científicas, para concluir que este tipo de determinismo se predica de las objetivaciones peculiares del conocimiento científico, de manera que no tiene como sujeto ni a nuestro conocimiento (como el determinismo cognoscitivo), ni a la naturaleza (como el determinismo ontológico).
Durante la segunda mitad del siglo XX estuvo en auge el programa reduccionista, que aspiró a reducir todas las teorías científicas a una única considerada como fundamental. Los reduccionismos en el seno de la física se centraron en las reducciones interteóricas, reforzando el ideal de una unificación de la ciencia basado en una organización jerárquica de las teorías científicas. Se aspiró así a encontrar una teoría fundamental desde la que se pudieran deducir las leyes de las otras teorías científicas. Pero las propuestas reduccionistas no se circunscribieron solo al ámbito de la filosofía de la ciencia, sino que también adquirieron alcances ontológicos. El fisicalismo, por ejemplo, es una tesis metafísica según la cual las propiedades físicas determinan por completo toda la realidad, incluyendo los vivientes (Neurath 1931). Ahora bien, como los procesos biológicos, a diferencia de los procesos mecánicos, no se encuentran completamente determinados cuando se conocen únicamente las ecuaciones dinámicas y sus condiciones iniciales, las leyes dinámicas que describen la evolución temporal de un sistema físico brindan una comprensión insuficiente del viviente.
Los avances de la biología molecular, sin embargo, condujeron a nuevos planteamientos reduccionistas, que aspiraron a reducir todas las explicaciones biológicas al ámbito de la biología molecular. El reduccionismo genético clásico, como el de Monod, abrió las puertas a perspectivas indeterministas en la biología al introducir el azar en sus diferentes instancias, como generador de variedad, como mecanismo evolutivo, etc. (Monod 1970). Pero, para el determinismo genético posterior, los genes determinan por completo la morfología y el comportamiento de los fenotipos. Se originaron de este modo una serie de discusiones acerca de la relación que existe entre la microevolución y la macroevolución biológica, pero, así como no existen leyes de la biología que puedan ser reducidas a leyes de la biología molecular, tampoco los genes y el ADN logran satisfacer los criterios de reducción de un modo adecuado.
A pesar del fuerte impulso que el programa reduccionista tuvo en las últimas décadas del siglo pasado, muchos científicos y filósofos de la biología hoy piensan que no es posible reducir las explicaciones de la biología a las de la física (Dupré 2010, Keller 2010). Tampoco faltan biólogos antirreduccionistas que consideran las explicaciones de la macrobiología apropiadas y lo suficientemente autónomas como para no requerir ser corregidas, completadas o sustentadas por explicaciones a nivel molecular. Así, a diferencia de quienes sostienen que las disciplinas que estudian los niveles elementales de la materia son las más fundamentales, otros autores afirman que se requiere una combinación de disciplinas y de aproximaciones teóricas diversas para abordar los problemas que ofrece la complejidad biológica (Folguera 2011). Otra respuesta al reduccionismo genético provino del emergentismo, que reconoce la existencia de propiedades holísticas no deducibles desde las partes del organismo. Las consideraciones emergentistas utilizan la noción de causalidad hacia abajo (top-down o downward) para indicar la capacidad selectiva de los organismos complejos respecto a algunas propiedades de sus partes constitutivas (Van Gulick 2003).
En el capítulo 3, Mariano Asla y Valeria Cantó-Soler presentan las razones del perenne debate en torno al reduccionismo en biología. Al carácter esencialmente interdisciplinar y transteorético de muchos problemas de la biología, se añaden también la naturaleza esencialmente limitada del conocimiento humano y la gravedad de las consecuencias teóricas y prácticas de la cuestión abordada. Por otra parte, los términos de la discusión son frecuentemente problemáticos, puesto que lo que para unos sería reduccionista para otros avalaría una postura justamente contraria. La tesis de los autores es que el reduccionismo ontológico es una tentación natural, debida en buena medida a que el conocimiento científico avanza identificando y desmontando los procesos complejos en legalidades más elementales. El peligro que hay que evitar es desconocer la existencia de realidades de suyo irreductibles, entre las cuales la vida parece ser uno de los mejores ejemplos.
Por otra parte, Guillermo Folguera y Christian Francese abordan en el capítulo 4 las dificultades epistemológicas y ontológicas que debe enfrentar el determinismo genético en la biología contemporánea. Resaltan que actualmente la biología presenta numerosas subdisciplinas (biología molecular, biología genética, biología del desarrollo, biología funcional…), cada una con objetos de estudio, metodologías y marcos teóricos diversos. El determinismo genético, adoptado como marco teórico hegemónico de la biología durante gran parte del siglo pasado, se presenta en las distintas subdisciplinas con matices propios, aun cuando ese marco se fue modificando de manera sustancial. Esa pluralidad de enfoques indica, para los autores, la coexistencia de diversos significados del determinismo genético, cada uno de ellos expuesto a diferentes objeciones.
Si la discusión en torno a una naturaleza determinista o indeterminista se presenta ya aguda en el nivel de la física, y se intensifica cuando toca la cuestión de la vida y la evolución de sus formas, el debate revela su mayor trascendencia cuando se refiere a la conciencia y a la libertad del ser humano. Con el enorme desarrollo de las neurociencias, pareció tanto más tentador, y probable, reducir la conciencia a fenómenos neurobiológicos. El aumento en el grado de complejidad que esa reducción requeriría disparó nueva discusiones epistemológicas y ontológicas, retomando de una forma u otra las disputas de la filosofía de la mente. En las discusiones recientes se han propuesto algunos argumentos en defensa de una versión no reduccionista de lo mental, como el de la realización múltiple de los estados psicológicos, los argumentos funcionalistas y la existencia de qualia.
No obstante, las caracterizaciones sistemáticas de los distintos niveles explicativos de las ciencias cognitivas y del cerebro son infrecuentes, y en esos intentos las consideraciones ontológicas y epistemológicas suelen aparecer entremezcladas. Hoy resulta todavía un desafío alcanzar un modelo que dé cuenta de la conexión entre los distintos niveles epistemológicos. En el capítulo 5, Ivana Anton Mlinar y Martín López Vicchi proponen comprender la diferenciación de niveles desde la unidad personal, a fin de no concebir esos niveles como partes materiales o inmateriales que, aunque formando parte de un todo, pudieran también concebirse aisladamente. Los autores de este capítulo entienden que, para hacer justicia a la unidad y, en consecuencia, a la identidad del individuo, es necesario tomar precisamente esa unidad como definitoria, esto es, como principio ontológico distintivo.
Las discusiones epistemológicas abren de un modo natural el camino a las preguntas ontológicas sobre los fundamentos filosóficos de las neurociencias, en particular acerca de la naturaleza de la mente y del alma. Con pocas excepciones, la mayoría de los autores está de acuerdo en rechazar toda forma de dualismo cartesiano. Luego de que Gilbert Ryle caracterizara el alma cartesiana como un «fantasma en la máquina», muchos han adoptado una posición materialista o reduccionista (Churchland 1968, Changeux 1983, Dennett 1991). Sin embargo, no faltan quienes sostienen una dualidad lingüística o semántica sin compromisos ontológicos. Como ejemplos de esta postura tenemos a Paul Ricoeur (Ricoeur y Changeux 2000) y a quienes buscan una alternativa al reduccionismo recurriendo a la «falacia mereológica» (Bennett y Hacker 2003). Según estos últimos, no es posible atribuir a las partes (ej. el cerebro o cualquier otro órgano) lo que pertenece al todo (el ser humano, la persona). Pero la dificultad que presenta este enfoque es que separa de un modo muy estricto los campos de significado de la ciencia y de la filosofía (o del lenguaje ordinario), haciendo casi impracticable el diálogo interdisciplinar.
La original pretensión de la fenomenología de reservar para la filosofía un ámbito propio de estudio de la conciencia y el espíritu, cedió ante la afirmación de que la conciencia siempre refiere a un polo objetivo —el mundo— a través de la mediación de nuestro cuerpo. De esa forma, solo se podría entender el mundo como corpóreo y la conciencia como el correlato necesario de la manifestación del mundo (Merleau-Ponty 1945, 1964). Esta ambigüedad facilitó el trabajo al llamado «proyecto de naturalización de la conciencia humana», que agrupó a neurocientíficos, filósofos y psicólogos tras el objetivo de mostrar que toda propiedad de lo mental resulta aceptable solo si está en continuidad con las propiedades estudiadas por las ciencias naturales (Petitot et al. 1999). Pero esto implicaba desandar los pasos de la misma fenomenología, al reservar solo al discurso científico la racionalidad en el estudio de lo humano. Desde la fenomenología se procuró nuevamente reafirmar lo espiritual, aunque evitando las afirmaciones de tipo ontológico, para no caer en un dualismo. Se buscó entonces rescatar el sentido del discurso en términos de la primera persona, para diferenciarse de la ciencia que discurriría en términos de la tercera persona. Searle también resaltó la irreductibilidad del discurso de la primera persona y la fiabilidad, hasta cierto punto, de la psicología popular (folk psychology), pero por rechazo al dualismo se orientó hacia una ontología naturalista (Searle 1992). Un punto en discusión actual es si cabe una postura no reduccionista que prescinda a la vez de afirmaciones ontológicas.
Otros autores sostienen una dualidad no substancial, distanciándose de Descartes y recurriendo a la tradición atistotélica (Sanguineti 2007) o adoptando una posición epifenomenalista (Chalmers 2002). Finalmente, algunos proponen teorías no reduccionistas pero que conservan un fondo más o menos materialista, como el monismo anómalo (Davidson 1980) y algunos tipos de emergentismo (Searle 1992). Frente a tal variedad de posiciones, no sorprende que aún permanezca abierta la discusión sobre cuál es el marco más adecuado para entender la naturaleza de la mente.
En el capítulo 6, Luis Echarte y Juan Francisco Franck examinan aportes recientes de la filosofía de la neurociencia en los que se expresa el deseo de evitar simultáneamente el reduccionismo neural y todo dualismo sustancial, aunque estos aportes tampoco brindan una posición ontológica clara. Analizan además otras contribuciones que recogen la preocupación dualista, las cuales ofrecen una interpretación de corte eliminativista, reduciendo la subjetividad a una ilusión, a una conveniencia práctica o a una estrategia evolutiva. El interrogante que guía el capítulo es si estos intentos son suficientes para dar cuenta de las razones del dualismo o si el recurso a alguna ontología no sería ineludible para comprender lo mental.
INTERROGANTES ONTOLÓGICOS
El dilema del determinismo como una cuestión metafísica tuvo su origen en la antigüedad clásica asociada a la noción de destino inexorable o fatalidad. Sin embargo, la cosmovisión determinista con fundamentos teóricos en la ciencia es una comprensión moderna, concebida a partir de los éxitos predictivos de la física de Newton y de la mecánica racional. El mecanicismo de los siglos XVIII y XIX comprendió el mundo como un gran sistema de relojería, cuyos estados evolucionan a partir de un estado inicial de un modo inexorable. Un representante característico del determinismo mecanicista fue Laplace, quien formuló hipotéticamente la existencia de una superinteligencia capaz de calcular con la misma precisión lo acaecido y el futuro a partir de una información exhaustiva del universo en un instante cualquiera de su transcurso (Laplace 1951).
El determinismo mecanicista prevaleció en la física sin cuestionamientos hasta fines del siglo XIX, cuando los trabajos de Poincaré manifestaron limitaciones intrínsecas en la predicción de la evolución temporal de algunos sistemas mecánicos (Poincaré 1982). Así, durante el siglo XX, la cosmovisión de la ciencia se alejó considerablemente de la imagen determinista del mundo-reloj, asumiendo nuevas modalidades. Por un lado, el desarrollo de la física del caos resultó un obstáculo insalvable para quienes pretendían una predicción unívoca de todo estado futuro en todos los sistemas reales. Por otro, la consolidación de la mecánica cuántica exigió una revisión del determinismo clásico al introducir la aleatoriedad en el estrato fundamental de la realidad.
El desarrollo de las ciencias de la complejidad durante el siglo XX puso fuertemente a prueba el determinismo mecanicista. La coexistencia —en los sistemas caóticos— de leyes deterministas no lineales, junto con establecimientos inciertos de las condiciones iniciales del sistema físico, ha hecho imposible la predicción unívoca de la evolución temporal de cada una de las muchas partículas de los sistemas reales. Debido a que en estos sistemas el movimiento de las partículas está regido por ecuaciones muy sensibles a las condiciones iniciales, las trayectorias que siguen dos puntos inicialmente muy cercanos divergen exponencialmente (y no de forma lineal) con el transcurso del tiempo, de manera que pequeñas incertidumbres iniciales son amplificadas exponencialmente en los sistemas caóticos. Si bien sigue siendo posible sostener un determinismo en la dinámica de los sistemas caóticos, esta exige una interpretación peculiar. Como en los sistemas complejos, se pueden predecir estadísticamente de un modo holístico los estados futuros, los procesos que parecen aleatorios macroscópicamente pueden interpretarse como respuestas de leyes deterministas microscópicas subyacentes, responsables estas últimas de restaurar la dependencia temporal unívoca entre los estados del sistema. Si se considera que la estadística tiene la exclusiva función de permitir el tratamiento de sistemas muy complejos con un número enorme de grados de libertad, la probabilidad podría concebirse como la expresión de nuestra ignorancia acerca de los procesos perfectamente deterministas que siguen un sinnúmero de elementos inobservables. Pero ¿admiten entonces los fenómenos caóticos la coexistencia de un determinismo y de un indeterminismo en diferentes niveles o estratos de la realidad? Si así fuera, ¿cómo debería explicarse esta coexistencia?
En el capítulo 7, Olimpia Lombardi y Rafael Martínez exploran las nuevas perspectivas abiertas por el estudio de los sistemas altamente inestables. Señalan que la teoría del caos y la teoría ergódica parecen conducir a conclusiones contradictorias acerca del carácter determinista o indeterminista de la realidad. Los autores muestran que, para resolver este aparente conflicto, caben dos alternativas. La primera consiste en asumir una objetividad estratificada que permita hablar de determinismo e indeterminismo igualmente objetivos, pero relativos al nivel ontológico que se considere en cada caso. La segunda interpreta tal dualidad como fundamentalmente epistemológica, pues reconoce el pluralismo a nivel de descripción teórica, pero distingue entre la dinámica determinista del sistema y su no-determinación ontológica o contingencia.
Una disyuntiva similar se encuentra al abordar el estudio de los fenómenos cuánticos. A pesar de sus enormes éxitos predictivos, la mecánica cuántica continúa presentando grandes desafíos a la hora de su interpretación, cuestión singularmente relevante para el tema que nos ocupa, pues la respuesta sobre el carácter determinista o indeterminista de la mecánica cuántica depende fuertemente de la interpretación de la teoría adoptada. Si bien la mayoría de las interpretaciones favorecen un marco indeterminista, tampoco han faltado nuevos formalismos cuánticos, como el de Bohm, que restituyen el determinismo (Bohm 1952a, b). Ahora bien, las más recientes interpretaciones de la mecánica cuántica, ¿favorecen un indeterminismo epistemológico u ontológico? Más específicamente, ¿introducen estas interpretaciones un indeterminismo ontológico en la microfísica o las probabilidades de la mecánica cuántica son un mero signo de nuestra ignorancia? En el capítulo 8, Sebastian Fortin y Leonardo Vanni eligen dos interpretaciones diversas de la mecánica cuántica —la mecánica bohmiana y las interpretaciones modales— para mostrar que la mecánica cuántica no brinda una respuesta conclusiva respecto al indeterminismo de la naturaleza.
Si en el ámbito más restringido de la física no existe una formulación única para el determinismo, la situación es aún más difícil en el estudio de los seres vivos. En las explicaciones biológicas, el indeterminismo fue introducido dentro del contexto de los fenómenos complejos y de los procesos de autoorganización. Pero cabe preguntarse si la complejidad biológica exige necesariamente una visión indeterminista. La contingencia del mundo biológico, cuyos fenómenos poseen tanto un componente estocástico como uno causal, involucra una diversidad de niveles de complejidad. Así, en la actualidad, una de las cuestiones con mayor relevancia para la filosofía de la biología es comprender la determinación e indeterminación que caracterizan la organización de los seres vivos dentro del contexto de la complejidad.
En la biología contemporánea en general, y en la genética en particular, el concepto de información desempeña un importante papel (Godfrey-Smith y Kim 2008). Los científicos han descubierto que la información almacenada en el genoma está regulada en gran medida por factores epigenéticos (Latchman 2010). Ante esto cabría preguntarse si los factores epigenéticos abren nuevamente un espacio a la indeterminación, dentro del contexto del determinismo genético. Las aproximaciones epigenéticas no ignoran los componentes genéticos de la innovación —como las variaciones genéticas o el gen regulador de la evolución—, pero las asumen como consideraciones siempre presentes en el contexto de trabajo, a la vez que se concentran en intentar explicar los mecanismos que subyacen en la generación de novedades (Müller 2010). Actualmente, el paradigma epigenético es mayoritariamente aceptado, aunque persisten discusiones acerca de su alcance. A pesar de esto, aún no se tiene un modelo explicativo que pueda dar cuenta de la dinámica del sistema como un todo de un modo preciso.
El capítulo 9, escrito por María Cerezo y Ángela Suburo, subraya que la complejidad de la genética fuerza a relativizar la oposición determinismo-indeterminismo en el desarrollo de los organismos biológicos. Los diferentes mecanismos de expresión de los genes indican que estos últimos ciertamente son un factor primordial en la determinación de las características del fenotipo, pero de ninguna manera el único. Este punto, que cuenta con abundante evidencia empírica, conduce a la pregunta por cuál sería la noción y el modelo de causalidad que refleja mejor la relación entre los rasgos biológicos de los individuos y sus genes.
Además de reabrir las cuestiones relativas a la evolución y a la estructura de los sistemas biológicos, la biología contemporánea se interesó también por el desarrollo biológico. Las consideraciones evolutivas (Arp 2007), sistémicas (Craver 2001) y organizacionales (Artiga 2011) de la complejidad biológica ofrecieron así nuevas perspectivas para el estudio de las funciones orgánicas. Estos enfoques permiten considerar las teorías evolutivas no solo a la luz de la biología molecular, sino que ponen también de manifiesto la necesidad de considerar los mecanismos involucrados en el desarrollo y la autoorganización de los vivientes (Bertolaso 2009).
La consideración de una dimensión estocástica a nivel microscópico, junto con una determinación funcional de las partes y del sistema a nivel macroscópico, abrió el camino al surgimiento de las perspectivas sistémicas, que aplicaron la teoría de sistemas al estudio de los vivientes (Von Bertalanffy 1986). El desarrollo se produce a través de la selección de ciclos autocatalíticos en ciertas configuraciones de procesos, los cuales organizan de forma competitiva el sistema cuando los recursos se vuelven limitados. El desarrollo biológico coordina así la diferenciación de las partes constitutivas del sistema y su contribución al funcionamiento del organismo de un modo peculiar. Como la biología del desarrollo considera minuciosamente las redes de flujo y las relaciones jerárquicas que definen un sistema, así como su contexto, toda la causalidad no aleatoria resulta del desarrollo. Desde este punto de vista, una causalidad hacia abajo —bajo la forma de restricciones organizacionales o informacionales— parecería predominar en los sistemas maduros, pues en ellos el funcionamiento depende en menor medida de las partes constitutivas de los niveles inferiores. En el capítulo 10, Marta Bertolaso y Francisco Güell presentan un valioso aporte a la filosofía de la biología. Para entender qué es un ser vivo, proponen un paradigma constitucional, en el cual el principio de autoestructuración sea suficientemente flexible al entorno y a las circunstancias como para permitir espacios de indeterminación en el desarrollo del viviente.
La investigación neurocientífica actual también abre un nuevo capítulo en el problema del determinismo. La asociación que hoy podemos establecer, cada vez con mayor detalle, entre funciones neurales y actos mentales, lleva a plantearse el nada despreciable problema de la naturaleza de la conciencia y de aquellos actos de los que nos consideramos autores. ¿Cómo incide el determinismo o indeterminismo de los eventos neurales en la posibilidad de una auténtica libertad? Las posiciones clásicas se dividen entre compatibilistas e incompatibilistas (Fischer et al. 2007, Kane 2005). Mientras que varios compatibilistas afirman que un sistema determinista deja espacio al libre albedrío, los incompatibilistas lo niegan. Entre estos, los libertarios dicen que el libre albedrío es real, pero presupone el indeterminismo del mundo físico. Otros adoptan una posición determinista dura, según la cual el determinismo es verdadero y esto excluye la posibilidad de actos libres. Sin embargo, no es verdad que toda posición indeterminista asegure el libre albedrío. Si, por ejemplo, la fijación de las indeterminaciones cuánticas respondiera a movimientos aleatorios, la acción humana tampoco estaría originada en una decisión genuinamente libre.
Los experimentos de Libet y otros similares (Libet 1985, Haggard y Eimer 1999, Soon 2008) forzaron a examinar nuevamente el problema del libre albedrío. Si bien Libet fue bastante cauteloso acerca del alcance de sus investigaciones, ciertamente estas han desatado un intenso debate. Un punto central en discusión es si los procesos neurológicos son compatibles con el establecimiento de metas por parte de un agente voluntario. Algunos autores consideran que la conciencia que se tiene de ser uno mismo quien elige llevar a cabo una determinada acción es solo una ilusión, aunque también muchos otros afirman lo contrario utilizando argumentos diversos (Mele 2000, Murphy y Brown 2007, Sanguineti 2011).
Pablo Brumovski y Miguel García Valdecasas acometen en el capítulo 11 la difícil discusión sobre si el cerebro puede ser asiento de una causación mental no-reduccionista. Lo hacen siguiendo de cerca la teoría emergentista de Michael Gazzaniga, quien afirma que el yo es un producto de un sistema dinámico localizado en el hemisferio izquierdo del cerebro, al que denominó «sistema intérprete». Debido a su autonomía respecto de los niveles inferiores, los sistemas dinámicos parecerían ser un correlato físico adecuado, aunque aún están lejos de explicar suficientemente la subjetividad del yo. Por esto, si bien Gazzaniga es partidario de conjugar un determinismo suave con la libertad de la persona, los autores señalan que la inclinación hacia una posición eliminativista del yo introduce tensiones innecesarias en su teoría.
En el capítulo 12, Ángela Suburo y José Ignacio Murillo se preguntan qué relación existe entre los procesos neurobiológicos y el establecimiento de fines por parte de la persona. Para responder, recuerdan que el problema mente-cerebro no es algo que pueda considerarse resuelto. Consideran en particular la formación de las intenciones, que parecen poner en entredicho el determinismo neural, pues implican la anticipación de un fin. En efecto, sin dejar de ser requerido para la acción, por definición el fin no es algo que pueda actuar eficientemente, es decir al modo en que un acontecimiento, cerebral o no, desencadena un estado neural o mental, o una conducta.
Juan Pablo Roldán y Carlos Blanco abordan en el capítulo 13 un aspecto importante del debate acerca de la libertad humana en el contexto de la neurociencia. La negación de la libertad es un lugar común en ciertas reflexiones que interpretan los descubrimientos neurocientíficos. Ante esto, los autores no solo ofrecen una posible vía de solución en sintonía con el curso actual de la investigación neurobiológica, sino que también proponen una dilucidación histórica de la idea filosófica de libertad para aclarar algunos presupuestos que gravitan en el debate, pero que el debate mismo no es capaz de hacer aflorar.
INTERROGANTES FILOSÓFICO-TEOLÓGICOS
La discusión sobre el determinismo de la naturaleza tuvo también fuertes implicaciones en la teología natural. En los estudios referidos al origen del universo y de la vida, a la acción providente de Dios en el mundo o a las explicaciones de la unidad de mente y cerebro humano, siempre subyace una cosmovisión determinista o indeterminista, explícita o implícitamente asumida.
El estudio del origen del universo siempre fue un tema especialmente abierto a la investigación de las ciencias y de la teología. Por un lado, las explicaciones de la cosmología científica intentan reconstruir las distintas etapas evolutivas de nuestro universo desde su inicio. Por otro lado, cada tradición religiosa ofrece una doctrina sobre estos orígenes. La cosmología contemporánea propone diversos modelos cosmológicos, pero ¿son todos ellos compatibles con la creación divina o algunos la excluyen? Stephen Hawking, por ejemplo, sostiene que no es necesario acudir a Dios para explicar el origen del universo, pues para él tanto el big bang como la posibilidad de un multiverso serían una mera consecuencia de las leyes de la física (Hawking y Mlodinow 2010). Otros autores, con una visión metafísica más profunda, argumentan en cambio que el origen del universo implica una relación causal que trasciende a la naturaleza y al método científico (Carroll 2008, Tanzella-Nitti 2005). Asumiendo una perspectiva más amplia, Alejandro González Sánchez y Francisco José Soler Gil buscan —en el capítulo 14— establecer puentes de diálogo entre la teología natural y la cosmología científica actual, destacando que los rasgos de objetualidad, racionalidad y orientación a fines se encuentran tanto en los modelos cosmológicos actuales como en la doctrina de la creación.
Los estudios sobre el origen de la vida y la biología evolutiva también abrieron desafíos nuevos a la reflexión teológica, como explican Rafael Vicuña y Rafael Martínez en el capítulo 15. Sin embargo, el origen de la vida continúa siendo un misterio para la ciencia actual, pues existe una diversidad de teorías que aspiran a explicarla, junto con una gran divergencia de opiniones entre los científicos. La mayor dificultad que afrontan estas explicaciones es la tremenda complejidad de los vivientes, incluso la de aquellos más simples. Los autores sostienen que, para comprender cómo puede aparecer la vida, es necesario conocer mejor los mecanismos físicos, químico-moleculares y biológicos que la hacen posible. Aunque también señalan que el problema del origen no refiere solamente a un inicio temporal, entendido como la determinación del primer evento en una cadena de organismos vivientes. Es decir, la perspectiva ‘naturalista’, irrenunciable para la ciencia, no se opone a la reflexión filosófica, cuando esta se pregunta por el sentido de la realidad viva para ahondar en la comprensión del problema del origen. Cuando la ciencia nos revela una inteligibilidad en la naturaleza, da a entender que el mundo debe poseer una causa radical que es no solo inteligible, sino también fuente de inteligibilidad.
Pero no es la pregunta sobre el origen el único tema con consecuencias teológicas que surge al cuestionar el determinismo de la naturaleza. En tiempos recientes, el programa de investigación llamado «Perspectivas científicas sobre la acción divina» ha estudiado los diversos modos en los que la ciencia contemporánea ha abierto algún tipo de espacio metafísico para dar cabida a una acción divina en el mundo sin necesidad de violar las leyes de la naturaleza (Russell, Stoeger y Murphy 2009). Para algunos investigadores de este programa, Dios eligió unas leyes muy específicas, con propiedades notables, al seleccionar las leyes de la naturaleza. Son ellas las que permiten el surgimiento de eventos no por azar, sino mediante una genuina emergencia de la complejidad en la naturaleza. Una emergencia que requiere leyes especiales, pero va más allá del mero despliegue de sus consecuencias.
Entre las diversas teorías científicas actualmente vigentes, la física cuántica, por un lado, ofrece un marco teórico muy promisorio, pues introduce la aleatoriedad en los estratos más fundamentales de la realidad (Russell 2001). Pero ¿es necesario que la física asuma un indeterminismo ontológico para admitir la posibilidad de una acción divina en la naturaleza? Por otro lado, diversas nociones de la biología contemporánea —como la autoorganización, la indeterminación, la causalidad hacia abajo y la comunicación de la información— también podrían abrir diversas posibilidades a una actuación divina no intervencionista en la historia evolutiva (Russell 1998, de Asúa 2014). Pero incluso aceptando una providencia divina, ¿en qué medida los procesos evolutivos contingentes refieren a un Dios creador y providente?
Ignacio Silva y Alejandro Clausse abordan en el capítulo 16 la primera de estas preguntas. Sostienen que la propuesta de exigir una indeterminación ontológica en la naturaleza para abrir un espacio a la acción de la providencia lleva implícita una comprensión unívoca de la causalidad. Por esta razón, para conciliar nuestro entendimiento de la acción de Dios en el mundo tanto desde la ciencia como desde la teología, sugieren utilizar la vía de la analogía. Los autores además muestran que, dentro de la misma física, también existen formulaciones que destacan el valor del conocimiento por analogía.
La segunda pregunta es analizada por Jorge Aquino e Ignacio Silva en el capítulo 17. La visión metafísica de Tomás de Aquino concibe a Dios obrando constantemente en y a través de los agentes naturales en el universo creado, guiando providencialmente su desarrollo. En cuanto que causa primera, Dios no interfiere con la causalidad de las causas segundas, sino que es la fuente de sus poderes causales, aun de aquellos que obran azarosa y contingentemente. En esta concepción del mundo natural y de su relación con el Creador no se rechaza ni la contingencia ni la aleatoriedad de las posibles mutaciones. Los autores sostienen además que la existencia tanto de leyes de la naturaleza —que permiten su propia organización y diversificación— como de ámbitos de indeterminación y de azar natural, lejos de contrariar las perfecciones divinas, las exaltan aún más, pues permiten reflejar más patentemente el poder de Dios en las creaturas mismas.
La perenne cuestión de la unidad mente-cerebro es otro ámbito con grandes implicaciones teológicas. Tanto la filosofía de la mente como las neurociencias se han visto confrontadas con el antiguo problema del alma. Aunque el uso de los términos es aún un tema bajo disputa, cuando se emplean al mismo tiempo, el término mente suele referir a la conciencia y a las operaciones mentales tomadas en general, mientras que el término alma refiere a un principio de naturaleza no física, implicando la posibilidad de una connotación religiosa. Si bien los debates en la ciencia y en la filosofía tienden comprensiblemente a evitar este último término, la teología no puede rehuir el tema. Surgen así preguntas tales como si la mente humana es una propiedad emergente de sistemas neurales supercomplejos, o también, si es posible hablar de un alma humana en un discurso neurobiológico.
En el último capítulo del libro, Juan José Sanguineti y Marcelo Villar afrontan este problema. Reconocen una variedad complementaria de enfoques epistémicos, y la proponen para abordar la dualidad psíquico/neural. Aunque sostienen que no se puede argumentar la existencia del alma desde la pura biología y que la neurociencia no necesita acudir a la noción de alma para sus explicaciones, justifican también la legitimidad de la afirmación de la existencia de algo no-corpóreo en el hombre, y de su compatibilidad con los conocimientos neurocientíficos. Con respecto a la religiosidad, los autores sostienen que no es posible convencer a los científicos, ni a las personas en general, de la autenticidad de las experiencias espirituales si esas mismas personas no las han vivido. Si bien sería posible evaluar, en algunos casos, ciertos aspectos de la autenticidad de las experiencias místicas y espirituales desde el plano neurobiológico, consideran prácticamente imposible un tratamiento puramente objetivo de ellas.
* * *
Al concluir la preparación de este libro queremos, como editores, expresar nuestra mayor gratitud a los autores de los diversos capítulos, por su amable e incondicional disposición para participar en esta publicación. Su interés, trabajo y esfuerzo hicieron posible que pudiéramos contar con las sugerentes colaboraciones que aquí se presentan. Confiamos en que el lector también las encontrará interesantes y científicamente enriquecedoras. Nuestro agradecimiento se extiende asimismo a la Universidad Austral (Argentina), a la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica (FONCYT) y a la John Templeton Foundation, quienes han alentado y colaborado generosamente con el desarrollo de diversos proyectos de investigación cuyos frutos aquí se muestran.
Buenos Aires, abril de 2016
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SANTIAGO COLLADO - HÉCTOR VELÁZQUEZ
A lo largo de la historia diversas nociones fueron asociadas al determinismo. Términos como fatalismo, causalidad, legalidad o predictibilidad condujeron a una visión determinista del mundo natural, convirtiendo el determinismo en una noción polifacética, pues cada una de estas caracterizaciones enfatiza aspectos diversos. El interés por el determinismo es anterior a la aparición de la ciencia moderna y, en particular, precede al nacimiento de la física experimental. En su dimensión más profunda, manifiesta el contraste que percibimos entre nuestra experiencia interior y la experiencia que tenemos de los fenómenos físicos. En definitiva, lo que está en juego en el debate sobre el determinismo no es otra cosa que la existencia misma de nuestra libertad (Loewer 2008, 328).
Fue un planteamiento más bien moderno el que dividió la realidad en dos mundos: el de la libertad y el de la necesidad (como propusieron Descartes y Euler), frente a cuya oposición algunos intentaron una reconciliación al convertir la libertad en otra cara de la necesidad (Spinoza y Leibniz); y otros más consideraron la causalidad física de la naturaleza como una mera proyección mental que al final implicaba la negación total de la libertad (como en Hobbes y Hume) (Arana 2005). Bajo este principio, las acciones humanas también serían el resultado de causas perfectamente determinadas que condicionarían a tal grado los sucesos futuros que estos serían tan fijos e inamovibles como los pasados.
Pareciera que el indeterminismo o el determinismo es la noción que nos autoriza o nos prohíbe hablar de libertad desde la ciencia. Estas cuestiones han sido, y parece que serán siempre, un desafío para nuestra razón. Encierran una tensión que se manifiesta en la aporía de una libertad que quiere ser conquistada gracias al ejercicio de un control completo sobre el mundo físico, para descubrir luego —cuando pareciera que estamos en condiciones de alcanzarlo— que este logro nos arrebata precisamente la libertad.
El fatalismo comparece en la historia del pensamiento como una manifestación del anhelo de una libertad que es reconocida, pero que contrasta con otros factores que la dejan fuera de nuestro alcance, como el destino trágico en el pensamiento griego, o el reconocimiento de la existencia de unas regularidades que quizá podemos predecir, pero que se nos imponen desde una instancia inevitable, haciendo de nuestra libertad una simple apariencia. El fatalismo expresa el pesimismo que se cierne sobre nosotros cuando descubrimos que nuestra libertad resulta ilusoria. Tan fatalista es una libertad arrebatada por un destino escrito por los dioses y que, por tanto, escapa a nuestro control, como concluir que nuestras decisiones y creencias son dictadas por la misma naturaleza que aspirábamos a controlar.
El conocimiento previo de los acontecimientos futuros (por ejemplo, como resultado de la omnisciencia divina) haría de los sucesos presentes situaciones tan determinadas y necesarias que difícilmente podría diferenciarse entre el pasado, el presente y el futuro. Esta fue una preocupación presente lo mismo en el pensamiento antiguo (los hados homéricos eran descritos como seres con poderes sobre el futuro), que en el medieval y moderno. Actualmente, hay quienes pretenden fundamentar en la indeterminación de la mecánica cuántica la existencia de la libertad, de modo que la ausencia del determinismo físico sería un ejemplo de la posibilidad de la indeterminación propia de la libertad. Leibniz ya se había opuesto a la concepción de lo indiferente como condición de posibilidad para la libertad (que entendía como la acción exenta de coacción), pues creía que no era necesario postular la ausencia de razón en la elección entre una opción y otra para que el alma fuera libre, ya que siempre habría una razón suficiente que nos inclinaría en las decisiones. A diferencia de la necesidad absoluta (aquella en la que lo opuesto implica contradicción, como en las matemáticas, la metafísica o la lógica), Leibniz reconocía una necesidad hipotética propia de la moral (Leibniz 1990). De cualquier modo, la pretensión de que la indeterminación física sea la base de la indeterminación de la libertad reduce la noción de causalidad a su sentido cuantificable, heredera del mecanicismo; además de que confunde la libertad o el libre arbitrio con las opciones que se presentan a elección.
Abrazar o no hoy un cierto neofatalismo dependerá, en gran medida, de las averiguaciones que hagamos sobre el alcance del determinismo. Según la Real Academia de la Lengua Española, el determinismo cuenta con dos acepciones. La primera dice así: «Teoría que supone que el desarrollo de los fenómenos naturales está necesariamente determinado por las condiciones iniciales» (RAE, 23.ª edición). En la segunda, el Diccionario afirma que se trata de una «doctrina filosófica según la cual todos los acontecimientos, y en particular las acciones humanas, están unidos y determinados por la cadena de acontecimientos anteriores» (RAE, 23.ª edición). Obviamente, ambas acepciones proponen una doble perspectiva del determinismo: la científica y la filosófica.
Lo cierto es que ambas disciplinas utilizan metodologías diversas, aportando al conocimiento de las cada vez más ricas experiencias que tenemos de la realidad. Así, el análisis sobre qué dice la física y qué dice la filosofía sobre el determinismo, nos brinda una nueva oportunidad para discernir aquello que es metódicamente congruente con cada una de estas disciplinas. Pero también nos exige subrayar la estrecha relación e interdependencia que existe entre ambas perspectivas, pues ambos tipos de conocimientos provienen y nos hablan de la misma y única realidad que, en su plural comparecencia como verdad a nuestra experiencia, nos obliga a lanzar diferentes redes para atraparla.
1. NOCIONES EN PUGNA. ¿QUIÉN LLAMÓ PRIMERO?
La determinación, la estabilidad y la regularidad naturales han sido tradicionalmente objeto de la investigación filosófica. El pensamiento aristotélico describía los fenómenos naturales como una mezcla entre procesos necesarios (que no podían ser de otra manera), regulares (que mantenían una estructura y regularidad constante en el tiempo), y azarosos (difícilmente explicables o predecibles porque su suceder dependía de una combinación de circunstancias del todo irregular). Esta triple descripción ha sido recogida con diferentes matices a lo largo de las diversas escuelas de pensamiento occidental, pero con una constante: dar cuenta de la estructuración y la regularidad.
Una primera dificultad con la que nos encontramos, y no pequeña, en la caracterización del determinismo es discernir los matices que añaden otras nociones a las que se lo suele asociar, como son las de causalidad, legalidad o predictibilidad. Algunas de ellas fueron empleadas desde el mismo nacimiento de la filosofía y, a lo largo de la historia, también han ido cambiando su significado o, al menos, han incorporado nuevas perspectivas relevantes. Basta con asomarse a las páginas de Los sótanos del universo (cfr. Arana 2012, 61 y ss.) para darse cuenta de las dificultades que encierra, por ejemplo, intentar comprender la evolución que experimentó la noción de causa. Para sortear esta dificultad, al menos en parte, vamos a hacer una reflexión sobre estas nociones en tres contextos que, según nuestra opinión, han supuesto un verdadero cambio de perspectiva a lo largo del tiempo.
Es interesante observar que, en la filosofía de la ciencia contemporánea, el interés por el determinismo (o por el indeterminismo) ha cobrado una importancia especial. Además de las razones con resonancias antropológicas ya aducidas, o quizás más bien en conexión con ellas, dicho interés procede de los nuevos escenarios indeterministas propuestos por la física a inicios del siglo XX, que se opusieron a los previamente dominantes. Si bien nuestro interés en este capítulo se centra en el estudio del determinismo, veremos que su comprensión no es independiente de otras nociones como las de causa, ley y predicción. Más aún, veremos que la suerte del determinismo depende de la del resto de sus compañeras de viaje.
Es patente que varios siglos de ciencia, y bastantes más de filosofía, han dejado una impronta en el lenguaje que empleamos ordinariamente y que configura la cosmovisión imperante en cada tiempo. También la sensibilidad de cada época, y los problemas propios de cada generación, orientan la reflexión sobre qué han aportado a la historia del pensamiento ambas perspectivas. Al seguir el rastro en la historia del pensamiento a las nociones de causa, de ley y de predicción, se puede constatar que no todas han tenido siempre la misma importancia. En los diferentes periodos históricos unas nociones han sido prioritarias respecto de otras; la prioridad, además, ha ido cambiado a lo largo del tiempo; y las explicaciones de la realidad física y, en particular, la comprensión de la determinación y del determinismo, descansan principalmente sobre las nociones que en cada momento han asumido un protagonismo mayor.
En nuestra opinión, son dos las nociones especialmente relevantes, que se han disputado la prioridad en la afirmación o en la negación del determinismo: la noción de causa y la noción de ley. La respuesta a la cuestión del determinismo depende en gran medida de si son las causas las que dan razón de las leyes, o de si son las leyes las que explican las causas. Concretamente, veremos cómo, en función de la prioridad otorgada a estas dos nociones, y de cómo se las caracteriza, es posible distinguir tres periodos en la historia del pensamiento. Además, si bien estos periodos no tienen unos límites totalmente definidos, también es posible encontrar personajes que encarnan de una manera paradigmática la cosmovisión reinante en ellos. Así, aunque no son los únicos ni incluso quizás los más importantes, consideramos dignos representantes de cada uno de ellos a Aristóteles, a Newton y a Heisenberg.
El paso de Aristóteles a Newton está marcado por un cambio de prioridad, que se desplaza de la noción de causa a la noción de ley. Ese cambio de prioridad llega en algunos autores al extremo de entender que son las leyes las verdaderas causas que determinan el comportamiento del mundo físico. En los términos empleados por el profesor Arana, causa y ley son categorías de determinación (Arana 2012, 66). Cada una de ellas es propuesta para explicar los movimientos de la realidad física en contextos intelectuales diferentes. Esto hace perfectamente razonable que se pueda poner la prioridad en una u otra y, aunque quizás esto ya no sea tan fácil de percibir, que dicha alternativa introduzca un cambio en la consideración de la determinación en la naturaleza.
La prioridad de la noción de ley para dar cuenta de los fenómenos físicos quedó bien establecida a partir de Newton. De manera que el paso de Newton a Heisenberg no implica un cambio de prioridades entre las nociones de causa o de ley, sino un cambio en las características de las leyes físicas, pues las nuevas leyes no permiten predecir con certeza, sino dentro de un rango de probabilidad. Este nuevo paso es introducido por la necesidad de explicar fenómenos antes desconocidos, para los que las leyes de la mecánica clásica se mostraron insuficientes. Son necesarias nuevas leyes, y ellas imponen una nueva visión de los problemas vinculados al determinismo. Si las leyes de la mecánica newtoniana estaban formuladas para explicar los fenómenos al alcance de nuestra experiencia directa de la realidad, los fenómenos estudiados por la mecánica cuántica escapan a esa observación directa, e incluso parecen desafiar el sentido común o las conclusiones que provienen de una observación inmediata de la realidad.
En este nuevo periodo, en nuestra opinión, se consuma la sustitución de la prioridad de la noción de causa por la de ley, pues parecería que para dar cuenta racional de los fenómenos solo se requieren las leyes físicas. Así, para alcanzar una comprensión mayor sobre el determinismo de la naturaleza es necesario interrogar a las leyes de las nuevas teorías físicas, cuyos formalismos requieren, además, una interpretación.
El hecho de que las leyes de la ciencia sean ahora las protagonistas, asumiendo el papel de darnos razón de la realidad, tiene importantes consecuencias también para la filosofía. Posiblemente sea esta una de las razones por las que la filosofía de la naturaleza perdió peso dentro de la filosofía a favor de la filosofía de la ciencia durante el siglo XX, centrando la investigación filosófica en el análisis de las leyes utilizadas por la ciencia para describir la naturaleza.
Resumiendo lo expuesto hasta el momento, podríamos decir que el estudio del determinismo permite una mayor comprensión del mundo físico y de nuestra relación con él. Hay tres nociones de las que dependen principalmente las diversas respuestas que se suelen dar a la cuestión del determinismo: la noción de causa, la de ley y la de predicción. Finalmente, afirmamos que las nociones de causa y de ley se disputaron a lo largo de la historia la prioridad respecto a la comprensión de la realidad física; y que el hecho de otorgar la prioridad a una u otra ha dado lugar a un cambio de escenario en el que podemos distinguir tres etapas históricas relevantes en la consideración del determinismo. Las hemos etiquetado con nombres de tres personajes representativos: Aristóteles (primacía de la causalidad), Newton (primacía de las leyes de la naturaleza) y Heisenberg (la interpretación del formalismo).
2. ARISTÓTELES. PRIMACÍA DE LA CAUSALIDAD
Las nociones que verdaderamente tocan el nervio de la realidad física son, para Aristóteles, las nociones de sustancia, esencia y causalidad. Entre ellas hay una estrecha relación en la que, lógicamente, no nos podemos detener en este trabajo. La gran advertencia del esquema causal que Grecia legó a Occidente radica en que la determinación no se explica unívocamente. Nos permite preguntarnos tanto sobre lo que ocurre como sobre lo que simplemente existe, ya sea en un sentido temporal, de orden o de secuencia, sin dejar fuera los factores cualitativos o cuantitativos que rodean a los fenómenos y su determinación.
En el esquema tetracausal aristotélico, las causas material, formal, eficiente y final son principios y, por tanto, no son categorías que puedan reducirse entre sí. En particular, si la causa formal es en la filosofía aristotélica una categoría de determinación, la causa material es un principio de indeterminación. Así, los movimientos físicos son para Aristóteles el resultado de una dualidad acto-potencia, que conjuga determinación e indeterminación.
Aristóteles abordó la noción de la materia prima o causa material en diferentes lugares de su obra. Cuando la describe, queda manifiesta la lucha que sostiene contra el lenguaje de su época, insuficiente para expresar lo que él piensa sobre dicho principio causal. Entre algunas de sus descripciones de la materia incluso parece no haber demasiada relación. En lo que sigue reproducimos tres fragmentos de su obra en los que se puede adivinar esta dura pugna (las traducciones están tomadas de Cencillo 1958):
Llamo materia al sujeto primero de cada ser, elemento inmanente y no accidental de la generación y en el que, en caso de corromperse, se resuelve últimamente. (Física I, 192 a 31-33)
Llamo materia a lo que en sí mismo no se conceptúa como algo determinado, ni cuánto, ni [afectado] por ninguna de las demás [categorías] por las que se determina el ser. (Metafísica Z 3, 1029 a 20)
La posibilidad de ser y de no ser cada uno [de los seres generables], esto es la materia en cada uno. (Metafísica Z 7, 1032 a 21-22)
Es decir, para Aristóteles la materia prima es la causa de un modo de ser al que llamamos por esto material. Se trata, por tanto, de pensar en la materia no como una cosa propiamente dicha sino como un principio. Esto queda especialmente manifiesto en la tercera caracterización, en la que se explica la materia como «la posibilidad de ser y de no ser». El pensar dicha posibilidad como una de las causas en las que se resuelve nuestra comprensión última del movimiento físico resulta clave para nuestro discurso. En esta posibilidad o potencialidad intrínseca consiste el modo de ser que conocemos como material.
Por otra parte, la determinación fue descrita y estudiada durante siglos bajo el concreto de causa formal, es decir, forma entendida como una cierta proporción entre las partes de un todo que se mantiene como tal en el tiempo; capaz incluso de perder o incorporar elementos sin colapsar la configuración estable que le dio origen y mantiene su permanencia. El eidos griego o la forma latina, buscaban expresar, desde tiempos del pensamiento antiguo y medieval, tanto el tipo de existencia de las partes integradas en un todo en clave de unidad, como los principios de interacción entre ellas. La noción de causa formal o determinación formal permitió comprender por qué realidades disímbolas, aparentemente inconexas, podían mantener relación, sincronía, homogeneidad y estabilidad en el tiempo.
La forma se constituyó, así, en una noción verdaderamente afortunada, pues una vez que la presencia de partes en interacción dentro de un todo mostraba estabilidad en el tiempo, esa forma o causa formal exigía para una mejor comprensión asociarse con los otros factores causales: la composición (causa material), los factores que lo produjeron (causa eficiente) y las tendencias desprendidas a partir de su existencia y determinación (causa final).
Aristóteles reconoció en la realidad física del mundo que nos rodea (el mundo sublunar en su cosmovisión) y en sus movimientos el influjo de la causa material y, por recibir esta última la consideración de principio, la realidad material se encuentra intrínsecamente indeterminada. Es decir, se podría decir que la realidad física es ontológicamente indeterminista, significando que posee indeterminación o potencialidad real, y no solamente lógica. Dicho con otras palabras, las cosas pueden llegar a ser esto, pero también pueden llegar a ser una cosa distinta: ser (esto) o no ser. En el ámbito físico no habría, por tanto, necesidad.
Para Aristóteles, la necesidad se encuentra en el pensamiento y, más en concreto, en los axiomas propios del pensar. La necesidad pertenece propiamente a los primeros principios del pensar, como el principio de no contradicción. Este aspecto del pensamiento aristotélico es muy destacable, pues delimita bien el ámbito de lo necesario y de lo contingente. Todo lo que está sometido al influjo de la causa material escapa a la necesidad. La geometría, en cambio, con la perfección de sus formas y su necesidad, no parece ser la descripción más adecuada de lo que posee la imperfección y la potencialidad propia de la materia. Así, ninguna de las cuatro causas, en cuanto que son principios, se deja atrapar ni por la perfección de las figuras geométricas ni por la exactitud de los números. Los cuerpos del mundo celeste admiten la necesidad y, por tanto, la predicción de sus trayectorias, descritas mediante movimientos circulares. La predicción, en el mundo griego, es posible en la región del cosmos cuya sustancia es el éter. Es el movimiento del mundo celeste, por su proximidad con el movimiento propio del motor inmóvil, el que puede ser descrito numérica y geométricamente y el que, consiguientemente, admite la predicción. En el mundo griego, las matemáticas se utilizan donde se descubre regularidad y necesidad.
Por otra parte, en la Grecia antigua la ciencia no se distinguía claramente de la filosofía, de la que formaban parte, a su vez, tanto la física como la biología o la metafísica. La física era por tanto un saber filosófico, aunque también incluía ámbitos temáticos que podríamos hoy calificar de científicos. Aristóteles dedicó una especial atención a la biología: la observación de los seres vivos fue una de sus principales fuentes de inspiración. Algunas de sus experimentaciones —como los estudios de la embriología del polluelo (Harré 1981: 25-31)— son modelos en su género también para el científico de hoy.
Para Aristóteles, los movimientos más interesantes no eran los de los seres inanimados, sino los movimientos de los seres vivos (seres que poseían alma): nacer, crecer, alimentarse, morir… Pero la distinción aristotélica entre lo cualitativo (perteneciente al accidente cualidad) y lo cuantitativo (perteneciente al accidente cantidad) impidió la pretensión de expresarlos en términos matemáticos, pues hubiera implicado renunciar al «verdadero» conocimiento de la realidad. Las matemáticas, y en particular la aritmética, son un conocimiento que se refiere a una de las categorías aristotélicas: al accidente cantidad. La categoría aristotélica de sustancia, por ejemplo, no puede expresarse matemáticamente.
Así, en su investigación sobre el movimiento y sobre el fundamento de lo real, Aristóteles no privilegió el lenguaje matemático, ni buscó formular matemáticamente leyes de la naturaleza, como haría luego la modernidad. Para los aristotélicos, la ley es la norma que debe guiar la acción humana. Su cumplimiento mejora al ser humano, mientras que su rechazo e incumplimiento lo degrada. Está claro que la noción de ley, tal como la entendemos hoy, no se aplicaba entonces al ámbito de la física. Menos aún si se considera que las leyes físicas formuladas matemáticamente solo pueden expresar aspectos de la realidad relacionados con la extensión y la cantidad, en tanto que son accidentes de la sustancia.
Sin embargo, para el estudio de algunos temas, la aproximación metódica del pensamiento griego se acercó a la ciencia moderna. Por ejemplo, la distinción griega entre astronomía y filosofía —aunque también hubo pensadores que unieron ambos oficios— guarda una cierta semejanza, a nivel metódico, con la distinción actual entre filosofía y ciencia, y más en particular con la ciencia física.
Según Artigas, los objetivos intrínsecos e inseparables de la ciencia experimental son dos (Artigas 1999, 15): uno teórico, que es el conocimiento de la naturaleza. El otro práctico, que es su dominio controlado. La aspiración a ejercer algún tipo de control es lo que vincula el conocimiento científico con el experimento. El experimento alcanza así su mayor eficacia, y se convierte en un elemento clave de la ciencia al permitir contrastar sus resultados de una manera precisa. Pero esto es facilitado por la formulación matemática de las leyes. En el pensamiento griego, la matemática tiene su hogar principalmente en la astronomía. Las razones están ya apuntadas. Con la modernidad, las matemáticas se convierten en el invitado de honor de cualquier ciencia, aunque no todas hayan conseguido acomodarlo de una manera satisfactoria. En la física newtoniana, y podríamos decir que más aún en nuestros días, la matemática no es un huésped cualquiera, sino que, sin lugar a dudas, es el dueño de la casa. El uso metódico de las matemáticas, presente tanto en la astronomía antigua como en la ciencia moderna, nos permite dar ahora un salto hasta nuestro siguiente personaje: Newton.
3. NEWTON. PRIMACÍA DE LAS LEYES DE LA NATURALEZA
No podemos detenernos en el proceso histórico, muy complejo y articulado, que lleva a que la noción de causa pierda su lugar destacado, y ceda su primacía a la noción de ley (Olson 2004: 25-56; Shapin 2000: 66 y ss., Carroll 2011). Por ejemplo, la crisis de la filosofía escolástica, que desembocó en el nominalismo de Ockham, fue uno de los resortes que condujo a los pensadores del Renacimiento a buscar alternativas a los planteamientos clásicos. El nuevo contexto favoreció la experimentación, el descubrimiento de regularidades naturales y su formulación en términos matemáticos, abriendo paso a un nuevo modo de conocer que, por fin, gozaba de una anhelada certeza. La modernidad aspiró así a recuperar la confianza en la razón, y las leyes de la ciencia —nuevas categorías de determinación—, junto con la experimentación, fueron la llave que abrió la puerta de una nueva racionalidad.
Newton logró cuantificar el mundo sublunar de manera semejante a como los griegos lo habían hecho con el mundo celeste, y esta cuantificación fue la clave del éxito de un proceso que culminó con la formulación de la mecánica, desapareciendo para siempre la distinción entre ambos mundos. Gracias al uso de las matemáticas, Newton pudo vincular las leyes naturales físicas con los resultados experimentales de una manera extraordinariamente exitosa (Collado 2007). Pero todo éxito tiene su precio, y en este caso el precio fue el importante cambio de perspectiva de constituir a la ley natural en una categoría de determinación prioritaria. Se pusieron así las bases para que las leyes de la naturaleza asumieran el papel que habían ocupado las causas en la perspectiva aristotélica.
La obra de Newton ha sido objeto de numerosos trabajos de investigación, en los que queda patente la complejidad de su personalidad y pensamiento. Abordó una pluralidad de temas, destacándose sus escritos científicos, como el monumental Principios Matemáticos de Filosofía Natural. Si bien algunos autores destacan la separación de los diferentes ámbitos que Newton abordó (filosofía natural, matemáticas, alquimia, teología natural, sagrada escritura…), otros ven un interés común a todos ellos y tratan de establecer su relación e influencia mutua. John Henry, por ejemplo, sostiene que el interés principal de Newton es teológico, y que es su física —su filosofía natural— la que da forma a su particular teología (Henry 2008, 69-101; Velázquez 2007). El aspecto que nos interesa destacar ahora es la importancia que Newton otorgó al método que desplegó en su filosofía natural. En continuidad con Galileo, él pensó que las matemáticas no son ya solo un lenguaje más para expresar las regularidades naturales, sino que nos revelan el verdadero ser de la realidad. Más aún, nos dan acceso incluso al mismo Dios, que es el creador de la naturaleza y a través de la cual se nos da a conocer.
Esta perspectiva se manifiesta en el modo en el que Newton expresa su comprensión del espacio y el tiempo en los Principios. En el primer escolio, después de definir «las palabras menos conocidas» que va a emplear en su obra, se ve en la obligación de precisar el sentido de las palabras que son más conocidas, distinguiendo en la comprensión de ellas «entre lo absoluto y lo relativo, lo verdadero y lo aparente, lo matemático y lo vulgar» (Newton 2011, 32). Se ve con claridad en este pasaje cómo Newton asocia la comprensión matemática a la comprensión verdadera y absoluta. Respecto a la comprensión que pretende alcanzar del espacio y el tiempo, afirma: «El tiempo absoluto, verdadero y matemático en sí y por su naturaleza, y sin relación a algo externo, fluye uniformemente […] El espacio absoluto, tomado en su naturaleza, sin relación a nada externo, permanece siempre similar e inmóvil» (Newton 2011, 32-33).
Newton no pretendió agotar el conocimiento de la realidad con su filosofía natural, pero no porque consideró insuficiente a su método, sino porque, para él, la misma realidad —que nos da a conocer su mecánica— exige el concurso de la divinidad para conservar el orden y la armonía que observamos en el Universo. Es decir, hay en su física implicaciones que son propias de la teología natural. La mecánica newtoniana no solo es una teoría física en el sentido moderno de la palabra, sino que, por su pretensión de verdad y globalidad (tiempo y espacio absolutos), también ofrece los elementos de una filosofía natural, conocida más tarde como filosofía mecánica.
En la filosofía natural newtoniana, las magnitudes medidas, las leyes formuladas matemáticamente y la experimentación aspiraron a conocer la realidad tal cual es. Si bien no pudieron abarcar el conocimiento de toda la realidad, abrieron paso a la idea de que conseguirlo era solo una cuestión de tiempo. Así, como la filosofía natural newtoniana le atribuyó un alcance ontológico a la teoría física, la pregunta por el determinismo de la naturaleza se tradujo pronto en la averiguación de si las leyes que rigen los movimientos de los cuerpos físicos eran deterministas o no.
El pensador que encarnó de manera paradigmática la defensa del determinismo de la naturaleza fue Laplace. Uno de los textos más reproducidos de sus trabajos que refieren al problema del determinismo se encuentra en el libro Essai philosophique sur les probabilités, publicado en 1840. No deja de ser paradójico, aunque es perfectamente coherente, que Laplace formule el determinismo físico más estricto en un ensayo sobre probabilidades. El texto tan citado es el siguiente:
Así pues, hemos de considerar el estado actual del universo como el efecto de su estado anterior y como la causa del que ha de seguirle. Una inteligencia que en un momento determinado conociera todas las fuerzas que animan a la naturaleza, así como la situación respectiva de los seres que la componen, si además fuera lo suficientemente amplia como para someter a análisis tales datos, podría abarcar en una sola fórmula los movimientos de los cuerpos más grandes del universo y los del átomo más ligero; nada le resultaría incierto y tanto el futuro como el pasado estarían presentes ante sus ojos. (Laplace 1985, 25)
El pensamiento laplaciano, tal como se presenta en este conocido texto, es abiertamente determinista. Las ecuaciones dinámicas imponen la necesidad en la evolución de un sistema físico, pues su evolución está determinada por las leyes de Newton y condicionada necesariamente por los estados anteriores. Es importante mencionar que, en la época de Laplace, por un lado, la mecánica newtoniana no tenía rival como racionalidad para conocer la verdad sobre la naturaleza y, por otro, las leyes mecánicas no estaban separadas de la ontología propia de la filosofía mecánica.
En este contexto, las causas de los movimientos son las interacciones y los estados de los movimientos anteriores de cada uno de los cuerpos: fuerzas, masas, velocidades. Pero si bien Laplace utiliza la palabra causa, la noción de causa que emplea ya no es obviamente la clásica. Se trata ahora de una causa que solo refiere a la dinámica del sistema. Es decir, la identificamos como causa solo en tanto que es expresión de una regularidad, que se puede expresar mediante una ley matemática y que se puede contrastar experimentalmente. Vemos así que se ha consumado en la práctica la subversión en el orden de prioridades: la ley natural es ahora la categoría de determinación prioritaria.
También resultan iluminadoras las afirmaciones de Laplace sobre nuestra capacidad de predicción a continuación del texto anteriormente citado:
El espíritu humano ofrece, en la perfección que ha sabido dar a la astronomía, un débil esbozo de esta inteligencia. Sus descubrimientos en mecánica y geometría, junto con el de la gravitación universal, le han puesto en condiciones de abarcar en las mismas expresiones analíticas los estados pasados y futuros del sistema del mundo. Aplicando el mismo método a algunos otros objetos de su conocimiento, ha logrado reducir a leyes generales los fenómenos observados y a prever aquellos otros que deben producirse en ciertas circunstancias. Todos sus esfuerzos por buscar la verdad tienden a aproximarlo continuamente a la inteligencia que acabamos de imaginar, pero de la que siempre permanecerá infinitamente alejado. Esta tendencia, propia de la especie humana, es la que la hace superior a los animales, y sus progresos en este ámbito, lo que distingue a las naciones y los siglos y cimenta su verdadera gloria. (Laplace 1985, 25-26)
Como autor representativo de la filosofía mecánica, Laplace sostiene un determinismo ontológico. Sin embargo, desde un punto de vista práctico, también admite un indeterminismo gnoseológico, pues indica que, debido a la limitación de nuestro conocimiento, no podemos conocer completamente la evolución del sistema. En coherencia con la práctica y experiencia de la mecánica de la época, Laplace considera que entre nuestro conocimiento y el necesario para una predicción absoluta media una distancia infinita, pues es imposible precisar por completo el estado inicial de un sistema dinámico, que siempre se determina con un margen de error. Para conocer de manera completa el estado del sistema en un tiempo determinado se requiere una superinteligencia.
Un caso paradigmático se encuentra en la mecánica de los fluidos, donde solo es posible una estimación estadística del rango de posición en que se encontrarían sus partículas después de un cierto tiempo, por lo que posición y tiempo tienen incertidumbre estadística. Sin embargo, esa indeterminación de los valores de los elementos de un sistema podría interpretarse como una imposibilidad técnica de medios para calcularlos, no como una indeterminación ontológica de esos valores. Si la indeterminación fuera solo cognoscitiva, seguiría siendo válido el determinismo como característica esencial de los sistemas naturales.
Bishop señala las dos fuentes de error que conducen a un indeterminismo en la predicción. «La primera fuente de error es debida a las limitaciones en la precisión de las medidas […] Una segunda fuente de error es debida a las limitaciones en la representación de los valores iniciales de una variable (ej.: velocidad) para conseguir una precisión completa cuando el valor es un número irracional» (Bishop 2003, 181-183). Es importante destacar aquí que la imprecisión no se considera una propiedad de la naturaleza, sino que es debida a la limitación de nuestro conocimiento.
En resumen, el determinismo mecanicista asume que, cuando se conocen las condiciones iniciales del sistema físico, las leyes que rigen su evolución dinámica le imponen una evolución determinada. Este es el núcleo del determinismo laplaciano (Bishop 2006, 30). Sin embargo, como las condiciones iniciales solo pueden establecerse con cierto margen de error, no es posible predecir dicha evolución con total exactitud. Esta dicotomía da lugar a una situación incómoda. Se acepta una ontología que se apoya en una física que, a su vez, no puede justificar dicha ontología: la mecánica no puede superar el indeterminismo en la predicción, que sería la confirmación experimental del determinismo. En estricta lógica, la aserción de determinismo no resulta entonces una conclusión de carácter científico, sino que responde a la ontología propuesta por el marco teórico de la mecánica clásica. En particular, el determinismo mecanicista descansa sobre el determinismo de las leyes newtonianas. Mientras la mecánica de Newton fue la teoría física dominante, esta manera de ver el mundo físico no implicó dificultades serias. Cuando la ley impone su hegemonía como categoría de determinación, la ontología correspondiente es la propia de la ley y, en este caso, se trata de una ontología cerrada: instalados en Newton, difícilmente se podría llegar a otro puerto distinto al mismo Newton. El éxito predictivo de la mecánica y la cercanía de sus explicaciones a nuestra experiencia ordinaria reforzaron la aceptación de una ontología mecanicista hasta fines del siglo XIX, pero el panorama cambió a inicios del siglo pasado, cuando nuevos resultados experimentales desafiaron las interpretaciones de nuestro sentido común.
4. HEISENBERG. INTERPRETACIÓN DEL FORMALISMO
A comienzos del siglo XX, la ontología propuesta por la mecánica clásica (la filosofía mecánica) sufrió una herida profunda, tal vez incluso mortal, con el desarrollo de la física del caos y, sobre todo, con la irrupción de la mecánica cuántica (paradigmáticamente representada por Heisenberg), dando origen a una nueva racionalidad científica.
Con el estudio del caos determinista se inició una visión nueva y holística del mundo en donde ya no es posible sostener una propuesta reduccionista. Según Prigogine la ciencia del caos es una ciencia «de los procesos», más que de los «estados»; una ciencia «del devenir», más que una ciencia «del ser». El desorden controlado y el caos determinista son creativos y portadores de novedad. Las formas bellas y variadas que la naturaleza hace surgir ya no son representadas por líneas rectas o sencillas figuras geométricas. Curvas familiares como la elipse y el círculo engendran estructuras complejas (fractales), que muestran cómo la materia se autoorganiza según los principios de la complejidad, y adquiere propiedades emergentes que no se pueden deducir del estudio de sus componentes. A partir del estudio complejo del caos, las ciencias de la naturaleza se liberaron —según Prigogine— de la anquilosada concepción mecanicista y determinista en la que se negaban la novedad y la diversidad, en nombre de las leyes inmutables (Prigogine 1996). Por otra parte, algunas leyes de la mecánica cuántica —como el principio de indeterminación de Heisenberg— afirmaron un indeterminismo del que no solo es responsable nuestra falta de conocimiento, sino la misma naturaleza (Foster 2008).
La crisis de la cosmovisión determinista afectó a la racionalidad en su conjunto, dando lugar a lo que Thomas Kuhn llamó un «cambio de paradigma» (Kuhn 1971). Las repercusiones de esta «revolución científica» fueron tales que condujeron a la aparición de una nueva disciplina académica: la filosofía de la ciencia. Cuando hablamos en la actualidad de filosofía de la ciencia, por ejemplo, nos referimos a una suerte de metaciencia (una reflexión sobre la misma ciencia) acerca del método (nociones varias no ordenadas), de la lógica (procedimientos lógicos), la teoría, el modelo, la demostración, la contrafactualidad, los mundos posibles, el espacio de estados o las fases, la probabilidad, la superveniencia, la emergencia, la ley, la predicción, el azar, la causación, etc. Todas ellas son nociones clave en el método de la filosofía de la ciencia. En este nuevo contexto, la relación entre la ciencia y la realidad se volvió a cuestionar, buscando establecer el valor veritativo y el alcance ontológico del conocimiento científico.
En la última centuria se reflexionó mucho sobre los conceptos de ley de la naturaleza, causación y determinismo. El concepto de ley —entendido como categoría de determinación del mundo físico— no perdió su hegemonía en la nueva perspectiva, pues las preguntas últimas sobre la realidad natural continuaron dirigiéndose, de una manera directa o indirecta, hacia él. Pero, a diferencia de épocas anteriores, el concepto mismo de ley pasó a convertirse en objeto de estudio. Si bien se reconoció a las leyes de la naturaleza como la noción más significativa para caracterizar el determinismo, también comenzó una amplia reflexión sobre los tipos de generalización utilizados en las explicaciones científicas, pues no todas las generalizaciones verdaderas son o están asociadas a una ley (Loewer 2008, 327).
Algunos autores, como Butterfield, consideraron que los conceptos de causación y predicción resultan insuficientes para tratar el problema del determinismo, e intentaron especificarlo sin acudir a ellos. Para indagar en el determinismo, han propuesto así utilizar conceptos más cercanos a las teorías físicas actuales y estrechamente vinculados al tratamiento lógico de las leyes —como los de sistema, estado, modelo o teoría científica—, sugiriendo evitar las posiciones clásicas que pueden resultar ambiguas y no han podido arrojar mucha luz sobre el problema hasta ahora (Butterfield 2005). Pero, paradójicamente, esta propuesta se encontró con problemas semejantes a los que se quería evitar. La noción de estado, por ejemplo, resultó particularmente problemática, pues para poder utilizarla con esta finalidad se le debe de exigir una serie de condiciones que la vuelven menos precisa de lo que se pretendía inicialmente.
El estudio de la causación que hace Hitchcock es un interesante ejemplo de las diversas maneras en que se puede entender la noción de causa y los problemas que presenta cada una de ellas (Hitchcock 2008). Se trata de un estudio bastante exhaustivo, pero no demasiado conclusivo, salvo por el hecho de reconocer que la noción de causa no es tan inútil y no se encuentra tan caducada como sostenía Russell (Russell 1913). Los mayores problemas que encuentra este autor se presentan al pretender precisar la noción de causa y dar razón de la misma en función de una dinámica temporal expresable, en último término, por leyes y formalizaciones lógicas. En esta situación, resulta obligado el recurso a la probabilidad.
La física contemporánea no resulta concluyente en su averiguación sobre el determinismo de la naturaleza, pues, para dar cuenta de los mismos resultados empíricos, muchas veces utiliza teorías diversas, irreductibles entre sí. El escenario se ha complicado notablemente en la actualidad. Así, «es muy probable que si hubiera una propuesta de una teoría completa que sea empíricamente adecuada cuyas leyes dinámicas sean probabilísticas, habría también una explicación empíricamente equivalente en la que las leyes serían deterministas. El resultado es que probablemente nunca sepamos si el determinismo es o no verdad; pero lo cierto es que, si fuera verdad, entonces no podríamos hacer predicciones sobre el futuro con certeza» (Loewer 2008, 335-336).
Algunos autores reclaman ampliar el marco teórico para salir de esta situación, abriendo nuevamente el juego a la filosofía. Un ejemplo reciente se encuentra en Nagel, quien señala a Aristóteles como un pensador al que habría que mirar para encontrar «nuevas» inspiraciones (Nagel 2014). Nagel defiende la necesidad de conjugar las leyes de la física de partículas actual, con unas supuestas leyes teleológicas que habría que formular y que serían solo sostenibles si las leyes de la física básica fueran indeterministas, aunque aclara que desconoce qué tipo de leyes serían esas. La propuesta de Nagel es sugerente, pero no parece que haya sido capaz de trascender la prioridad de la ley.
5. LA CIENCIA Y LA FILOSOFÍA ANTE EL PROBLEMA DE LA INTERPRETACIÓN
Parece necesario aceptar que la ciencia contemporánea no brinda un conocimiento exhaustivo de la realidad, sino que sus teorías requieren una interpretación. Cuando hablamos de interpretar, en general, nos referimos al acto de establecer una relación entre dos niveles cognoscitivos diversos. Al interpretar, tratamos de explicar (o a veces pensamos que explicamos) desde un nivel de conocimiento que nos resulta más inmediato, o más controlable, aquello que nos aparece o de lo que tenemos experiencia en un cierto nivel de conocimiento diverso. La correspondencia se consigue cuando lo que ocurre en el nivel interpretado se explica mediante lo que sucede en el nivel que damos por conocido o que podemos controlar mejor desde el punto de vista operativo y de cálculo, es decir, de la predicción.
Un ejemplo muy claro de esto se ve en el intento de comprender lo que pasa en la microfísica (pues se trata de un conocimiento de los experimentos interpretado mediante teorías matemáticas). Una interpretación, por ejemplo, la dieron los atomistas, aunque también se podría citar la teoría de los cuatro elementos de Empédocles. En ella se trataba de dar cuenta de la composición íntima de la materia con base en cuatro elementos conocidos por la experiencia ordinaria, y que poseían propiedades bien conocidas. Con esta interpretación se explicaban cosas con base en la teoría, pero hoy sabemos que se trataba de una interpretación que después se ha manifestado errónea. Hoy poseemos mejores interpretaciones, pero las actuales siguen el mismo esquema cambiando el nivel en el que se interpreta, pues conocen muchos más fenómenos, además de incorporar la capacidad de calcular. Esto es un paso clave en relación con el control experimental.
Es más, podríamos decir que una ciencia es tanto más interpretativa cuanto más teórica es. La física teórica actual es profundamente interpretativa. ¿Cuáles son los planos entre los que se establece la relación? El de los fenómenos observados en los experimentos, y los modelos de carácter matemático. La relación entre los planos es, en un sentido, más distante que las antiguas interpretaciones, pero desde otro punto de vista es más «fiel» a la realidad porque permiten controlar mejor. Esto abre más interrogantes.
La interpretación es completamente ineludible en la ciencia moderna. Este es el motivo, o al menos uno de los motivos por los que dicha ciencia moderna está en continua revisión. Algunos autores juzgan el momento presente con un cierto pesimismo epistemológico, considerando que la interpretación implica introducir un cierto grado de arbitrariedad, o mejor de convencionalidad. Hemos de revisar nuestras interpretaciones, y es fácil comprender que nunca podremos alcanzar una interpretación definitiva. Pues eso significaría una relación entre los dos niveles implicados en la interpretación, que se podría calificar de identidad. ¿Se puede hablar de verdad en estas condiciones? Mariano Artigas hablaba de una «verdad contextual» (Artigas 1999, 260-295). En dicha noción se acoge, precisamente, el hecho de que el conocimiento científico es interpretativo.
Pero podemos dar un paso más y preguntarnos si hay algún tipo de conocimiento que no sea interpretativo o representativo. Los sensibles propios en el ámbito de la sensibilidad, por ejemplo, parecen tener esta característica. Pero en el ámbito intelectual poseemos conocimientos que claramente no son interpretativos: es el caso del número. El tres como puro objeto numérico no es una interpretación. ¿Cuál es la ventaja de ejercer un conocimiento que no es representativo? El tres que pensó Platón es el mismo tres que pienso yo. No tenemos que interpretar los números que pensaron hace dos mil años. No podría haber interpretación si no hubiera conocimiento no interpretado.
Una de las cuestiones importantes es aclarar entonces si las nociones que usa la física son interpretaciones o no. El hecho de que las nociones físicas sean interpretaciones implica que lo que se dice de la realidad a la que nos referimos pueda ser una propiedad del nivel cognoscitivo con el que interpretamos. Podemos precisar matemáticamente lo que significa determinismo, legalidad, causación, pero ¿qué relación guarda esto con la realidad? Es aquí donde conviene atender al método que estamos empleando. Y no es frecuente hacer explícita esta distinción.
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ALAN HEIBLUM1 - CLAUDIA E. VANNEY2
En el capítulo 1 se ha señalado que el determinismo fue asociado a diferentes nociones en diversos periodos de la historia, como las de causalidad, ley de la naturaleza o predicción. Para ahondar en la comprensión del determinismo y del indeterminismo, en este capítulo asumiremos un enfoque complementario, que consistirá en examinar a qué se aplica el predicado determinismo. Es decir, nos preguntaremos si el determinismo es una característica de las teorías científicas, de nuestro conocimiento de los sistemas físicos o de la naturaleza. Veremos que esta nueva perspectiva conduce a reconocer la existencia de diversos tipos de (in)determinismos.
Ante la pregunta sobre cuál es el sujeto del determinismo, la respuesta más inmediata habitualmente consiste en afirmar que el determinismo se predica de la naturaleza. En este sentido, sostener que «la naturaleza es determinista» equivale a decir que las únicas posibilidades son las que, de hecho, ya se han actualizado, se están actualizando o se actualizarán. William James, por ejemplo, explica: «¿Qué sostiene el determinismo? Sostiene que aquellas partes del universo ya establecidas fijan y sentencian absolutamente lo que serán las demás partes. El futuro no tiene posibilidades ocultas en su seno: la parte que llamamos presente es compatible solo con una totalidad. Es imposible cualquier otro complemento futuro al fijado desde la eternidad» (James 1897, 150).
Pero considerar un determinismo de la naturaleza también alimenta una gran paradoja. Por un lado, como hemos señalado, en una naturaleza determinista todo está ya dado según un devenir inexorable. Por otro, importantes cuestiones de la experiencia humana —como la libertad— encuentran una mejor explicación en un contexto indeterminista.
Ahora bien, si la experiencia de libertad es tan propia del ser humano, ¿por qué las teorías científicas presentan tan a menudo una comprensión determinista del universo? Esta primera pregunta conduce, además, a una segunda: ¿es el determinismo una característica de la naturaleza o es una consecuencia de la peculiar manera de objetivar la realidad según el método científico?
En sentido propio, determinismo no indica una propiedad de la realidad, sino que describe una actitud intelectual (como liberalismo, socialismo o chauvinismo) por la que se atribuye a los eventos reales la característica de estar necesariamente determinados. En otras palabras, el determinismo sostiene que la evolución de los estados físicos del universo, considerada en su totalidad, no posee grado alguno de libertad: el mundo, como sistema dinámico, posee una única solución. La posición indeterminista, en cambio, resulta más difícil de precisar. El indeterminista podría aceptar que la solución del mundo sea única, pero negando que sea necesaria (propiedad que la filosofía clásica llama contingencia). Sin embargo, en las discusiones recientes lo más frecuente es identificar el indeterminismo con la simple negación del determinismo (Butterfield 2005).
En este capítulo propondremos que el dilema «determinismo vs. indeterminismo» se esclarece cuando se admite que las afirmaciones sobre el determinismo tienen un alcance diverso dependiendo del contexto en el que se formulan. Es decir, el reconocimiento de esta diversidad conduce a distinguir diversas perspectivas en este debate, destacando la importancia de no hablar de determinismo o de indeterminismo, sino de determinismos o indeterminismos. Entre los diversos determinismos que distinguiremos, trataremos con especial detalle el determinismo de las teorías científicas, y señalaremos que este tipo de determinismo no tiene como sujeto ni a nuestro conocimiento (como el determinismo cognoscitivo), ni a la naturaleza (como el determinismo ontológico), ya que el determinismo de las teorías científicas se predica de las objetivaciones peculiares del conocimiento científico.
1. EL DETERMINISMO DE LAS TEORÍAS FÍSICAS
A comienzos del siglo XX fue bastante habitual considerar a las teorías físicas como un conjunto de enunciados articulados deductivamente, que constituyen un sistema axiomático. Desde esta perspectiva sintáctica, los elementos primitivos y las hipótesis de partida (leyes) de la teoría se adoptan sin demostración, y a partir de ellos es posible deducir un conjunto de enunciados singulares —consecuencias observacionales— que permiten el testeo empírico de la teoría (Klimovsky 1994). Por ejemplo: las nociones de espacio, tiempo, masa y fuerza son los elementos primitivos de la mecánica clásica, y las tres ecuaciones de Newton son sus leyes fundamentales; la teoría electromagnética añade a los elementos primitivos de la mecánica clásica la noción de carga eléctrica, siendo las cuatro ecuaciones de Maxwell, junto con la fuerza de Lorentz, las leyes fundamentales de la teoría; la termodinámica también asume los elementos primitivos de la mecánica clásica, pero añade a estos la noción de calor en lugar de la de carga, adoptando como leyes fundamentales los dos principios de la termodinámica; etc.
Sin embargo, al asumir que las teorías físicas son sistemas axiomáticos es conveniente distinguir las dimensiones sintáctica y semántica. La dimensión sintáctica es el resultado de las relaciones formales entre los símbolos del sistema. La dimensión semántica, en cambio, se manifiesta en la interpretación del sistema axiomático mediante una correspondencia de cada símbolo con su referente.
Los autores que adoptan una concepción sintáctica de las teorías científicas consideran que el determinismo es una característica del lenguaje científico, intentando deducirlo desde la estructura proposicional de las teorías físicas. Ernst Nagel, por ejemplo, sostiene que una teoría es determinista si y solo si el conjunto de proposiciones que especifican el estado del mundo en un instante t, junto con una serie de proposiciones nomológicas (leyes) obtenidas en la teoría, permiten obtener deductivamente proposiciones que caracterizan el estado del mundo en otro instante t’ (Nagel 1953). Es decir, para la concepción sintáctica, el determinismo no sería una característica de la realidad física, sino una consecuencia de la estructura del lenguaje teórico de la ciencia.
La concepción semántica de las teorías científicas, en cambio, sostiene que ni las teorías son entidades lingüísticas, ni los recursos de un determinado lenguaje son instrumentos apropiados para individuar las teorías. Para los autores que defienden esta posición, la identidad de una teoría científica no depende de su particular presentación formal, sino que está dada por una colección de modelos que representan a los fenómenos (Suppe 1989). Así, una misma teoría puede utilizar diferentes formalismos, siempre que estos definan una misma clase de modelos. Desde esta perspectiva, Richard Montague propone una acepción semántica del determinismo: una teoría T es determinista si y solo si dos modelos cualesquiera de T que coinciden en un instante t0, coinciden para todo instante t (Montague 1974).
En ambos casos, el determinismo de las teorías físicas se aplica a las ecuaciones dinámicas que rigen la evolución del estado del sistema físico. John Earman propuso clasificar las diversas teorías físicas en deterministas o indeterministas a partir del análisis de sus ecuaciones dinámicas (Earman 1986). Para llevar a cabo esta clasificación, consideró que un sistema es determinista si, dado el valor de las variables dependientes en un cierto instante, las ecuaciones dinámicas fijan de un modo unívoco el valor de dichas variables para todo instante. Es decir, el carácter determinista de una teoría científica particular se asocia a la existencia de soluciones únicas para las ecuaciones dinámicas. Cuando las soluciones posibles son únicas hay determinismo, pues la evolución del sistema resulta establecida. Pero, aunque la propuesta de Earman es clara, no es trivial clasificar las teorías físicas siguiendo este criterio, pues algunas nociones importantes —como la de sistema o la de estado— no se encuentran definidas con la precisión que sería necesaria. Así, incluso dentro de una misma teoría, suele quedar abierta la posibilidad de formular legítimamente el determinismo de maneras diversas, requiriendo de un juicio interpretativo para elegir la mejor formulación (Lombardi 2002, Bishop 2005). En la mecánica cuántica puede encontrarse un ejemplo paradigmático de la importancia de la interpretación del formalismo teórico (Lombardi y López 2015).
2. UN CONOCIMIENTO INDETERMINISTA DE LOS SISTEMAS FÍSICOS
El determinismo se predica no solo de las teorías científicas, sino también del conocimiento que se tiene de la evolución de los sistemas físicos. Para este tipo de determinismo, también llamado determinismo gnoseológico, el conocimiento del estado de un sistema en un instante dado permite conocer su estado en cualquier otro instante unívocamente. Es decir, el determinismo gnoseológico se encuentra fuertemente asociado a la noción de predictibilidad. Según la clásica formulación de Laplace, si una inteligencia pudiera conocer todas las fuerzas y posiciones de los cuerpos del universo en un instante dado, conocería la evolución del universo hasta sus últimos detalles: «nada le sería incierto, y tanto el futuro como el pasado estarían presentes a sus ojos» (Laplace 1814 [1985], 25).
La diferencia entre el determinismo de las teorías físicas y el determinismo gnoseológico radica principalmente en que para el primero el determinismo es solo una característica de las leyes de la teoría (de sus ecuaciones dinámicas), mientras que el segundo también exige poder determinar las condiciones iniciales del sistema empíricamente. Pero esta exigencia resulta demasiado restrictiva, pues, en la práctica científica, para cada variable de estado existe no solo un valor dado, sino un inevitable error que depende de la precisión del instrumento de medición utilizado y que, además, se propaga en el tiempo (Bishop 2003). Por esta razón, se ha sugerido matizar la definición del determinismo gnoseológico de la siguiente manera: se dice que poseemos un conocimiento determinista acerca de un sistema cuando el conocimiento de su estado en un instante dado permite conocer unívocamente sus estados en los instantes posteriores dentro de un margen de error acotado por el interés particular que mueve la investigación (Lombardi 1998b, 72).
El estudio de los sistemas físicos altamente inestables puso fuertemente a prueba esta posibilidad (Lombardi y López 2015), pues si bien en los sistemas mecánicos siempre es posible calcular la evolución temporal de las imprecisiones iniciales de las diversas variables, las incertidumbres finales dependen en gran medida de las características de las ecuaciones de movimiento. Cuando las ecuaciones que rigen la evolución temporal de un sistema físico son lineales, las predicciones de su evolución posterior se mantienen dentro de un rango de error acotado. Pero el desconocimiento del estado inicial exacto del sistema hace imposible predecir la evolución temporal de cada una de las partículas que componen ciertos sistemas complejos. Debido a que en estos sistemas el movimiento de las partículas está regido por ecuaciones muy sensibles a las condiciones iniciales, las trayectorias que siguen dos puntos inicialmente muy cercanos entre sí divergen de forma exponencial (y no linealmente) con el transcurso del tiempo, de manera que las pequeñas incertidumbres iniciales son amplificadas de forma exponencial en los sistemas caóticos (Bishop 2015).
Es decir, el estudio de los sistemas caóticos ha dado lugar a un tipo de indeterminismo —un indeterminismo gnoseológico— que es diferente al que presentamos en la sección anterior. Este nuevo tipo de indeterminismo tiene su origen en la imposibilidad de conocer el valor de ciertas magnitudes con una precisión absoluta, y no en la existencia de distintas trayectorias posibles para el sistema. Es decir, cuando el indeterminismo se predica del conocimiento de los sistemas físicos, simplemente se afirma que se ignora una información que resulta relevante.
Aunque un determinismo gnoseológico resulta difícilmente sostenible aplicado al conocimiento humano, no es un argumento incuestionable a favor del indeterminismo. El indeterminismo gnoseológico, por ejemplo, es compatible con un determinismo de las teorías científicas. El siguiente texto de Laplace ejemplifica esta afirmación: «la curva descrita por una simple molécula de aire o de vapor está determinada de una forma tan exacta como las órbitas de los planetas. Entre ellos no hay más diferencia que la derivada de nuestra ignorancia. La probabilidad es relativa en parte a esta ignorancia y en parte a nuestros conocimientos» (Laplace 1814 [1985], 27). Así también este texto de Darwin: «Hasta aquí he hablado a veces como si las variaciones […] fuesen debidas a la casualidad. Esto, por supuesto, es una expresión completamente incorrecta, pero sirve para reconocer llanamente nuestra ignorancia de la causa de cada variación particular» (Darwin 1859 [1983], 189).
3. ¿ES LA NATURALEZA DETERMINISTA O INDETERMINISTA?
Aunque hay autores que argumentaron de manera sólida en contra del determinismo gnoseológico (Popper 1982), la negación del determinismo gnoseológico no resulta un argumento concluyente para afirmar el indeterminismo en general, pues reconocer que nuestro conocimiento es insuficiente para predecir una evolución futura no invalida, por una parte, la posibilidad de que el determinismo se predique de las teorías científicas —como hemos visto en la sección anterior—; ni por otra parte, la de predicarlo de la naturaleza —como veremos en los párrafos siguientes (Earman 1986).
Cuando el predicado determinismo se predica de la naturaleza («la naturaleza es determinista»), entendiendo por naturaleza al conjunto del universo, nos encontramos ante un determinismo ontológico. Para esta comprensión del determinismo, las nociones de necesidad e imposibilidad aplicadas a un universo-bloque adquieren una particular relevancia. Así, William James afirma: el determinismo «profesa que aquellas partes del universo ya establecidas señalan y decretan de un modo absoluto lo que serán las otras partes […] Cualquier otro futuro distinto de aquel que fue fijado desde la eternidad es imposible. El todo se halla en todas y cada una de las partes, engarzándose con el resto en una unidad absoluta, un bloque de hierro en que no puede haber error, sombra, o vuelta atrás» (James 1897, 150). Es decir, predicar el determinismo de la naturaleza lleva consigo afirmar que el universo en su conjunto se rige por cadenas causales inscritas en el plano ontológico.
Pero ¿cómo probar que una evolución del sistema distinta de la que actualmente se observa resulta imposible? ¿Cómo decidir si la evolución del universo es «físicamente necesaria», si no es a través de las ecuaciones dinámicas que nos permiten predecir su evolución futura?
Estas preguntas incitan a establecer una identidad entre la objetivación científica de los procesos naturales (las ecuaciones dinámicas que rigen la evolución de un sistema físico) y la realidad misma, pero esta identidad no es tal: los modelos científicos no son la naturaleza misma. Las teorías científicas aspiran a representar de un modo adecuado los procesos naturales, pero siempre contienen una cierta dosis de construcción y de conjetura. «Si creemos en la física moderna, ¿el mundo es determinista o no? No hay una respuesta limpia y simple. Las teorías de la física moderna pintan muchas diferentes y aparentemente inconmensurables imágenes del mundo; no solo no hay una teoría unificada de la física, no hay ni siquiera un acuerdo sobre el mejor camino para alcanzarla. Además, incluso dentro de una teoría particular —por ejemplo, la teoría cuántica o la teoría de la relatividad general— no existe un veredicto claro» (Earman 2004, 43).
A pesar de que con frecuencia se confía excesivamente en los productos científicos, la distinción entre la realidad natural y su objetivación científica es, a nuestro juicio, una distinción clave. Cuando Nancy Cartwright argumenta a favor del indeterminismo sugiere lo siguiente: «En la metafísica tratamos de dar modelos generales de la naturaleza. La describimos como simple o compleja, gobernada por leyes o azarosa, unificada o diversificada. ¿Qué razones tenemos para nuestras elecciones? Nuestras intuiciones a priori y nuestros argumentos abstractos no son lo suficientemente buenos. Vemos mejor lo que la naturaleza es cuando miramos nuestro conocimiento de ella. Si nuestras mejores teorías ahora son probabilísticas, no debemos insistir en el determinismo» (Cartwright 2002, 13). Sin embargo, este tipo de argumentación no resulta concluyente. Si, por ejemplo, aceptamos la meta—inducción pesimista—, sabemos que en el futuro habrá nuevas teorías; y en este escenario futuro podríamos incluso considerar nuevamente la posibilidad del determinismo, porque, aunque nuestras mejores teorías científicas hoy no sugieran una visión determinista, nuestras mejores teorías de mañana sí que podrían hacerlo.
Las consideraciones precedentes parecen sugerir que el determinismo ontológico no solo se distingue del determinismo gnoseológico, como señaló acertadamente Popper, sino también se distingue del determinismo de las teorías científicas. Ahondaremos en esta afirmación en las secciones siguientes.
4. RELACIONES INTERTEÓRICAS Y REDUCCIONISMO
Si, como sugiere Galileo, el mundo fuera un libro escrito con caracteres matemáticos, una formulación científica que contuviera la estructura matemática del mundo respondería a la pregunta por el determinismo. Pero esta aspiración —presente, por ejemplo, en quienes han pretendido desarrollar una teoría del todo (Hooft et al. 2005)— encuentra como primer escollo el hecho de que las diversas teorías científicas utilizan objetivaciones matemáticas diferentes.
Con la pretensión de alcanzar una descripción matemática del mundo unificada, durante la segunda mitad del siglo XX el programa reduccionista recibió un gran impulso. Este programa aspiró a reducir todas las teorías científicas a una única considerada como fundamental. Sin embargo, dentro de este programa también es posible distinguir reduccionismos diversos: el reduccionismo semántico (el lenguaje del campo científico reducido se traduce al lenguaje del reductor), el reduccionismo interteórico (las leyes de la teoría reducida de deducen de la teoría reductora), el reduccionismo metodológico (el método privilegiado es el de la teoría reductora) (Sklar 2000). Estos reduccionismos, además, pueden sustentarse desde un reduccionismo ontológico (la teoría reductora contiene el dominio de la realidad de la teoría reducida).
Debido a algunos casos «exitosos» de reducción, en diversas ocasiones el reduccionismo fue asumido de manera acrítica. La reducción de la termodinámica a la mecánica estadística es un caso paradigmático (Nagel 1961). Sin embargo, aun estos casos «exitosos» siguen presentando problemas abiertos: la termodinámica contiene leyes fundamentales que no son t-invariantes, mientras que las leyes fundamentales de la mecánica estadística son t-invariantes: ¿cómo recuperar la irreversibilidad con teorías reversibles o cómo adecuar la imagen de un mundo irreversible dentro de un mundo reversible? (Prigogine 1980). La mecánica cuántica es otro caso ejemplar: la complejidad del problema de decoherencia muestra que recuperar la mecánica clásica desde la mecánica cuántica implica algo más que la mera aplicación de un límite matemático (Castagnino, Laura y Lombardi 2007). Los vínculos entre las teorías físicomatemáticas suelen involucrar procedimientos de paso al límite o, inversamente, de introducción de grano grueso (Rohrlich 1990). Pero aún hoy determinar el modo preciso en el que se relacionan las diversas teorías científicas entre sí no resulta trivial.
Por otra parte, en contraposición al reduccionismo, en la actualidad también ha empezado a aceptarse cada vez con mayor fuerza la coexistencia simultánea de diferentes formulaciones teóricas, sin prioridades ni dependencias mutuas entre ellas. Pero este reconocimiento implica admitir que las diversas teorías científicas no brindan hoy una imagen unitaria del mundo (Cartwright 1999). Así, en las últimas décadas han comenzado a surgir nuevas disciplinas filosóficas, como subdivisiones de la filosofía de la ciencia: la filosofía de la física (Butterfield y Earman 2007), la filosofía de la química (Lombardi y Labarca 2005) y la filosofía de la biología (Dupré 2010), entre otras. Estas nuevas disciplinas filosóficas no suelen evadir la pregunta acerca de la visiones de mundo sugeridas por las distintas teorías científicas, que muchas también coexisten en el interior de una disciplina específica.
5. ¿PLURALISMO ONTOLÓGICO O PLURALISMO COGNOSCITIVO?
Muchos de los autores que se oponen al reduccionismo han enfatizado en numerosas oportunidades que la imagen del mundo ofrecida por la ciencia contemporánea no proporciona una convicción última acerca de cómo es el universo. «No es que no tengamos una buena física, ni que se hayan paralizado las investigaciones en este campo. Es que nuestra física y los datos obtenidos en la investigación no nos proporcionan una imagen del universo que sea inequívoca. No podemos lograr una visión unitaria; es decir, no podemos alcanzar lo que los griegos llamaron Cosmos» (Polo 1993, 130). Ante esta realidad, tampoco han faltado quienes pusieron en duda la unidad misma del universo. «Nuestro conocimiento de la naturaleza […] está altamente compartimentado. ¿Por qué pensamos que la naturaleza en sí misma está unificada?» (Cartwright 2002, 13).
Pero ¿corresponde trasladar a la naturaleza una característica de nuestro conocimiento de ella? Para responder a esta cuestión, conviene resaltar que, por ejemplo, cuando estudiamos a los seres vivos, lo hacemos de manera distinta que cuando estudiamos a las estrellas. Incluso si se comparten instrumentos (ej. rayos x) o técnicas (ej. estadística), se parte de conceptualizaciones diferentes (ej. seres animados e inanimados). Por esta razón, el hecho de que nuestro conocimiento luzca compartimentado no habilitaría a inferir a partir de él que la naturaleza está compartimentada.
La ciencia busca estudiar el comportamiento de los sistemas reales y estos involucran una multitud de factores. Como la complejidad de los sistemas reales impide tratar todas sus características simultáneamente de un modo pormenorizado, la práctica científica suele acudir a sistemas simplificados e idealizados o modelos (Bailer Jones 2009). Los modelos científicos son entidades abstractas que incorporan como variables solo aquellos factores que inciden de un modo significativo en la concurrencia del fenómeno que se pretende estudiar. Así, para un sistema real dado, puede existir una multiplicidad de modelos, sin que exista uno que sea mejor que los otros de un modo absoluto: un modelo solo es mejor que otro con relación a los objetivos específicos de una investigación particular. Los modelos suelen representar ciertos elementos del sistema real mediante entidades abstractas, habitualmente de carácter matemático o geométrico (ej. masas puntuales). A veces también postulan la existencia de objetos inobservables del sistema, determinando incluso sus características precisas (ej. su estructura interna).
Aunque los modelos así construidos distan mucho de ofrecer una imagen pictórica del sistema real, también brindan información verdadera sobre algún aspecto específico de ella. Entre el sistema simplificado y el sistema real «se establece una relación compleja, de sistema a sistema, donde algunas variables del sistema real pueden no aparecer en el modelo […] y, a su vez, algunas variables del modelo pueden no poseer su correlato en el sistema real» (Lombardi 1998a, 11). Solo cuando las variables adquieren un valor a través de una medición se puede mantener una correspondencia biunívoca entre las variables del modelo y las variables del sistema real. En estos casos, la determinación empírica de tales variables es una condición necesaria, aunque no suficiente, para evaluar la pertinencia de modelo respecto al aspecto del sistema real que pretende describir.
Como la pluralidad de descripciones que ofrecen las ciencias contemporáneas se encuentra en el plano cognoscitivo, no es un requisito necesario transpolar esta pluralidad al plano ontológico, a menos que ser y pensar se identifiquen. Pero si no se asume a priori esta identificación, el pluralismo cognoscitivo no implica necesariamente un pluralismo ontológico. La pluralidad de descripciones científicas puede explicarse por razones diversas a la existencia de una naturaleza fragmentada, como, por ejemplo, reconocer que el enfoque parcial de las objetivaciones científicas implican necesariamente resignar al conocer con él la unidad. La unidad profunda del mundo, en cambio, se alcanza por razones de índole filosófica. Es el mundo, el único y el mismo, para decirlo con palabras de Husserl, donde se encuentran todos los otros mundos.
Es decir, el panorama contemporáneo nos pone ante la siguiente disyuntiva: ¿adoptamos un pluralismo ontológico o un pluralismo cognoscitivo? Si se asume a priori un monismo cognoscitivo (el único tipo de conocimiento posible o válido es el de las objetivaciones científicas), se alcanzan, en el mejor de los casos, múltiples descripciones ontológicas o visiones de mundo. En cambio, si se asume un pluralismo cognoscitivo, es posible admitir también la existencia de un conocimiento filosófico de lo real, diverso a los conocimientos científicos y sin las limitaciones propias de la objetivación científica. Pero adoptar un pluralismo cognoscitivo —que admita tanto el conocimiento científico como el conocimiento metafísico— exige contar con una teoría del conocimiento apropiada (Vanney 2008).
6. DISCUSIÓN FINAL
Confundir la parte con el todo y decir, por ejemplo, «supongamos que el mundo es como la mecánica clásica dice que es», resulta un buen ejercicio que arroja luz en múltiples direcciones. Por una parte, permite ver mejor qué dice la teoría misma. Por otra, permite determinar mejor su rango de aplicación. Por último, también sugiere posibles falseadores. Es decir, el ejercicio de explorar una teoría en forma radical, como si fuese una teoría acabada del mundo, resulta un ejercicio formidable para ir más allá de la teoría misma. En este sentido, la pregunta de Earman anteriormente mencionada —«Si creemos en la física moderna, ¿el mundo es determinista o no?» (Earman 1986,43)— tiene una destacada importancia heurística. Pero, tal como expusimos a lo largo del capítulo, al indagar en su respuesta conviene no olvidar que, a diferencia del determinismo ontológico, el sujeto del determinismo de las teorías científicas no es la naturaleza, sino objetivaciones propias del conocimiento científico, que brindan un cierto conocimiento verdadero de los procesos naturales, pero que no son la naturaleza misma.
Existen pocos recuentos del determinismo científico de la física tan completos como el de Earman y, por esta razón, en las conclusiones, «uno podría haber esperado que este recuento proporcionaría una respuesta a la pregunta: Si creemos en la física moderna, ¿el mundo es determinista o no?». Pero no es así: «no hay una respuesta simple y limpia». Y es que ni la ciencia en general ni la ciencias particulares tienen unidad. «Las teorías de la física moderna pintan muchas diferentes y aparentemente inconmensurables imágenes del mundo; no solo no hay una teoría unificada de la física, no hay ni siquiera un acuerdo acerca del mejor camino para alcanzarla». Entonces, ¿a qué teoría científica deberíamos dirigir la pregunta? Pero el problema es aún más agudo, porque «incluso dentro de una teoría particular, digamos QM o GTR, no hay un veredicto claro».
Podemos entonces ir aún más lejos: ¿acaso puede una ciencia particular responder a una pregunta general como la pregunta acerca de si el mundo es (in)determinista? Las teorías científicas se abocan a un tema, circunscribiéndose y abordando aquello que estudian de una forma peculiar. No suele ser de esperar que algún científico utilice con seriedad la noción de una teoría del todo, ni tampoco que la ciencia dé respuestas de la naturaleza como un todo. Entonces, el condicional «Si el mundo fuera como tal teoría (in)determinista dice que es, el mundo sería (in)determinista», encuentra una rápida respuesta en la afirmación de que el mundo nunca es lo que la teoría dice que es.
En el mejor de los casos, solo se podría decir: los sistemas que estudia tal teoría son, al parecer, (in)deterministas. Pero queda por delante la difícil tarea de reconciliar con el mundo el recorte y la idealización que la teoría hizo del mundo. Debido a la dificultad de la empresa, podemos esperar que se obtengan respuestas múltiples e incluso contradictorias, de manera que posiblemente se avanzará poco por este camino si el objetivo que se persigue es dilucidar si el mundo natural es determinista o no. Concluimos así junto con Earman: «El determinismo se encuentra ligado a algunos de los problemas fundacionales más importantes de las teorías aún sin resolver. Si bien si se pretende una respuesta rápida y ordenada de la pregunta anterior esta vinculación implica una frustración, también hace que el determinismo sea un tema apasionante para la filosofía de la ciencia».
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1 Universidad Nacional de Tres de Febrero / Universidad Austral, Argentina.
2 Universidad Austral, Argentina.

MARIANO ASLA1 - VALERIA CANTÓ-SOLER2
Puestos a explicar la vigencia del problema filosófico del reduccionismo, proponemos seis notas que lo envuelven como un «aire de familia» (Wittgenstein 1953, § 66-67) y que lo sitúan entre aquellas cuestiones que parecen derivar necesariamente de la reflexión del hombre sobre el conocimiento. Estas características, diferentes pero estrechamente relacionadas, son: 1) antigüedad de la disputa; 2) problematicidad de los términos en discusión; 3) fortalecimiento polémico de las posiciones; 4) carácter esencialmente interdisciplinar y transteorético del asunto; 5) gravedad de las consecuencias teóricas y prácticas de la cuestión de fondo y 6) naturaleza esencialmente limitada y limitante del conocimiento humano.
1. ANTIGÜEDAD DEL DEBATE EN TORNO AL REDUCCIONISMO
Desde que el hombre es hombre se ha preguntado por la naturaleza de las cosas y, en su intento por descubrir qué son, también se ha interrogado por su composición y su funcionamiento. Así, desde que hay registro histórico, estos tres interrogantes se presentan entrelazados, en una relación que ha hecho posible el desarrollo del conocimiento y el progreso de la cultura.
Ya en el campo específico de la filosofía, no resulta exagerado afirmar que la cuestión del reduccionismo (R) está entrelazada con la mayoría de las discusiones que le dieron origen. De este modo, el problema del arché, la cuestión del cambio y la permanencia, el tema de la unidad y la multiplicidad (Strauss 2012, 85-88), la especulación en torno a la causalidad, y todas las preguntas relativas a la constitución esencial del hombre y al valor del conocimiento implican, en algún punto, una toma de posición dentro de este marco fundamental. En cada uno de estos casos, como un telón de fondo, se cierne la cuestión de si existe una única realidad de la que todas las cosas se componen, o una única y última legalidad que pudiera explicar, en definitiva, cada fenómeno singular.
Sin embargo, fue Aristóteles, a partir de su polémica contra el reduccionismo materialista de algunos presocráticos, el primero en ofrecer una exposición sistemática de los argumentos antirreduccionistas (AR). En efecto, Aristóteles fue AR en prácticamente todos los sentidos que actualmente se le confieren a este término. Así, si se entiende AR en un sentido ontológico, Aristóteles es AR, pues postula explícitamente una dualidad constitutiva de la realidad. Recuérdese que: «Para Aristóteles, la región supralunar o celestial no es reducible en un sentido ontológico a la terrestre o sublunar […] El elemento que constituye la esfera celestial, el éter, es fundamentalmente diferente de los cuatro elementos sublunares» (Hoyningen-Huene 1992, 295). De igual modo, si se hace hincapié en el holismo que el AR implica, el Estagirita constituye nuevamente un buen ejemplo, ya que reconoce con claridad la relevancia de la causalidad que el entorno ejerce sobre los procesos físicos, ya sea provocándolos, permitiéndolos o impidiéndolos. Esta relevancia causal del entorno se traduce en su correlativa relevancia explicativa (Vigo 2010, 603-605). Por último, ya en el ámbito de la filosofía del viviente —expresión que resulta quizá menos anacrónica que filosofía de la biología—, Aristóteles es AR pues, como señala Alfredo Marcos, concede un lugar prioritario a las «explicaciones funcionales» (que requieren del concurso de una causalidad final) como las únicas que permiten entender tanto la génesis y composición del viviente cuanto su interacción con el medio (Marcos 2007).
2. PROBLEMATICIDAD Y CORRELATIVIDAD DE LOS TÉRMINOS EN DISCUSIÓN
Como sucede en la mayor parte de las discusiones filosóficas relevantes, los propios términos que designan a las posiciones enfrentadas (en este caso: R y AR) son ya en sí mismos todo un problema teórico. Esta falta de consenso en el plano semántico obedece a varias razones. En primer lugar, el término R no designa hoy a una doctrina filosófica homogénea y unitaria, sino que se aplica más bien a un espectro de realidades cualitativamente diversas, que incluye: actitudes, tesis, metodologías y teorías propiamente dichas. Lo mismo acontece con el AR, en tanto que se trata, evidentemente, de una noción correlativa a la primera (Polger 2007, 51-52). Luego, considerando al R específicamente como la explicitación de una dinámica inherente al conocimiento humano, sus connotaciones resultan parcialmente diferentes según su ámbito de aplicación, ya sea que se circunscriba estrictamente a la filosofía, a las ciencias o a la teología. También sería pertinente precisar si el R se aplica en cada una de estas disciplinas ad intra o si, por el contrario, designa la forma en que deben relacionarse entre sí dos o más disciplinas diversas. Por último, un capítulo aparte, sumamente interesante pero imposible de abordar en este contexto, lo constituyen las formas más sofisticadas de R, que podríamos calificar como suavizadas o impuras (tomando este término en su sentido más aséptico en materia emotiva y moral). Así, se han ofrecido alternativas al R robusto como el R composicional (Gillett 2007) o, en términos más generales, los fisicalismos no R (Gillett 2002). Como se ve, R y AR se dicen de muchas maneras.
A raíz de esta vaguedad y de la correlatividad de las nociones en contrapunto, no es ilógico advertir que una misma tesis puede ser considerada R o AR, dependiendo del significado que se adjudique a los términos. Así, sostener que para explicar el funcionamiento de un todo basta con desmontar sus mecanismos internos de funcionamiento puede implicar R en algunos contextos y no en otros. Esta situación se hace patente en la dificultad, aceptada explícitamente por Dupré, que se presenta a la hora de precisar el núcleo fundamental de los desacuerdos entre R y AR (Dupré 2010, 32) y, todavía más curioso, en que uno mismo se encuentra en ocasiones situado de un lado o del otro de la discusión, dependiendo de la forma en que se van planteando los términos (Keller 2010, 19). De hecho, es experiencia común entre los que se dedican a la investigación científica en medicina o en biología que el hábito los lleve a identificar una buena explicación con la que es capaz de vincular causalmente el funcionamiento de un todo con el de sus partes constitutivas. De ese modo, se sienten identificados, al menos a primera vista, con la postura R. Sin embargo, un buen investigador reconoce rápidamente que el fenómeno total que desea explicar no se reduce a lo que puede saberse a partir de sus componentes, sino que es necesario analizar la influencia del contexto, inclinándose esta vez hacia una posición más holista y AR. Finalmente, esta oscilación en las posiciones está manifestando que la misma definición semántica de R implica, las más de las veces, un compromiso teórico previamente asumido.
Para minimizar estas dificultades, dejaremos claro que en el presente trabajo, aunque reconocemos que ha sido discutida (Needham 2010), asumimos la definición general de R que propone Thomas Nagel. En sus propias palabras, la tesis fundamental del R implica que:
Todas y cada una de las complejas, variadas y aparentemente dispares cosas y procesos que observamos en el mundo pueden ser explicadas en términos de principios universales. […] [Principios] que gobiernan los componentes últimos a partir de los cuales se componen, en múltiples diferentes combinaciones, aquellos diversos fenómenos. La idea es que existe, en principio, una teoría del todo, bajo la forma de una teoría que gobierna aquella cosa o aquellas pocas cosas de las que todo lo demás se compone. (Nagel 1998, 3)
Esta definición tiene el mérito de señalar el supuesto fundamental del R, que consiste en otorgar prioridad ontológica y, por lo tanto, epistemológica y explicativa, al único o a los múltiples componentes elementales de la realidad, sean estos del orden que fueren. A nuestros propósitos, esta es, aunque muy general, una formulación suficiente, puesto que expone un núcleo racional a partir del cual puede originarse un desacuerdo genuino entre R y AR, más allá de las divergencias espurias que son fruto muchas veces de una mala interpretación de los términos.
Asumida esta definición, se hace necesario a estas alturas introducir las clasificaciones más usuales de los distintos tipos de R y AR. Así, en primer lugar, suele realizarse una división fundamental, que atiende a los planos en los que el R se aplica, a saber: el plano ontológico, el epistemológico y el metodológico.
El R ontológico, utilizando las palabras de John Dupré, es la posición teórica más fuerte, aquella cuyo postulado fundamental es que: «No hay otras cosas en el mundo que las descriptas por la física y la química. No existen mentes inmateriales, fuerzas vitales o deidades extratemporales» (Dupré 2010, 33). En el ámbito concreto de la biología, este tipo de R fisicalista, que mantiene un compromiso radical con la inmanencia, supone que «cada organismo se compone por nada más que moléculas y sus interacciones» (Brigandt-Love 2012). Correlativamente, cuando se hace referencia a los AR ontológicos, habitualmente se traen a colación posiciones pluralistas, que acentúan la diversidad interna de la ciencia biológica (Mitchell 2003), o alternativas filosóficas más generales como el dualismo cartesiano o vitalismos, al estilo de Bergson o de Driesch. En esencia, las posiciones AR postularían la presencia de algún tipo de realidades o de explicaciones irreductibles a un nivel meramente físicoquímico.
A este respecto, consideramos pertinente aclarar que, aunque la división expuesta resulta hoy en cierta forma canónica, nos suscita algunos reparos. Baste simplemente en este contexto con señalar dos. En primer lugar, que se trata de una disyunción incompleta, puesto que en ella no se consideran algunos AR interesantes. Así, por ejemplo, el hilemorfismo y la doctrina aristotélica de las cuatro causas podrían constituir una alternativa racional relevante frente al R fisicalista a la hora de explicar la estructura ontológica del viviente (Arana 2009, 24-28). En segundo término, que no hace un análisis explícito del R en el plano que la tradición filosófica clásica denomina gnoseológico, por lo que no pone en discusión al empirismo que, las más de las veces, es un marco común tanto de los R como de algunos AR.
Ya en el ámbito epistemológico, el sentido más específico del término reducción alude a una relación de unificación o derivación que puede establecerse entre teorías formalizadas. Sin embargo, esta palabra cuenta también con una acepción más general. Según Ingo Brigandt y Alan Love, el núcleo de las posiciones R radica en la
[…] idea de que el conocimiento de un ámbito científico (típicamente de un nivel superior de organización) puede ser reducido a otro cuerpo de conocimiento científico (típicamente concerniente a un nivel más bajo). (Brigandt-Love 2015)
En este caso, la reducción no implicaría el mero establecimiento de correlaciones causales entre ámbitos de diferente nivel de complejidad, sino la pretensión de que los niveles superiores sean explicados suficientemente a partir de causalidades de nivel inferior. De este modo, las explicaciones de mayor jerarquía deberían ser reemplazadas, una a una, por las de niveles más elementales. Un ejemplo extremo de esta postura fue el R eliminativista de algunos neurocientíficos como Patricia Churchland, que postulaba que el progresivo conocimiento del funcionamiento cerebral provocaría inexorablemente la erosión de principios psicológicos de sentido común como la existencia de un yo sustancial capaz de obrar por razones (Churchland 1986, 69). El AR, por su parte, argumenta de dos formas diferentes que no es posible operar la mencionada reducción de los niveles superiores a los inferiores. En su versión más débil, sostiene que esta imposibilidad no obedece a una cuestión esencial sino fáctica, que es la limitación de nuestras capacidades cognitivas en su estado actual. La reducción es imposible aquí y ahora, pero no sería impensable que esta situación tendiera a revertirse en el futuro con el progreso del conocimiento. El AR más robusto, por su parte, supone que la imposibilidad de reducción no es relativa, sino que se desprende de la naturaleza misma de las cosas que no pueden ser explicadas suficientemente a partir de sus partes. Así, el núcleo de la disputa entre R y AR radicaría, según Dupré, en si se reconoce o no la existencia de factores que hagan imposible de suyo la mentada reducción, y en la naturaleza que se conceda a estos «obstáculos» (Dupré 2010, 34).
Por último, habría que considerar al R metodológico, que constituye la versión más moderada en esta línea y, por lo tanto, menos problemática. Es el R inherente a la dinámica natural del método científico, que muchas veces solo accede a explicaciones satisfactorias analizando los fenómenos, despojándolos de sus aspectos accidentales y descomponiendo los procesos complejos en causalidades de tipo elemental (Ayala 1984, 7). Un claro ejemplo de este tipo de R metodológico se observa en el desarrollo actual de la denominada perspectiva molecular en el ámbito de la medicina. Resulta interesante señalar, en este sentido, que muchos de los científicos que contribuyeron al desarrollo de esta área provenían de las ciencias físicas, lo que contribuyó de modo significativo a profundizar el marco conceptual R de la biología. Siguiendo esta lógica, los sistemas biológicos serían explicados a partir de las propiedades físicas y químicas de sus componentes, y el proceso de la vida se entendería como un simple proceso molecular directa y linealmente regulado por la información genética. En palabras de Crick: «Casi todos los aspectos de la vida están diseñados a nivel molecular, y sin un conocimiento molecular solo podemos alcanzar un conocimiento muy limitado de la vida» (Crick 1988, 61). Sin embargo, la misma biología molecular, y las ciencias biológicas en general, han suavizado estas pretensiones reconociendo que, a pesar de la gran fertilidad heurística del abordaje R, no es posible reducir de hecho un fenómeno biológico a sus causas físicoquímicas siguiendo esquemas lineales (Mazzocchi 2011).
3. FORTALECIMIENTO POLÉMICO DE LAS POSICIONES
Resulta habitual en el ámbito de la filosofía que los debates se vuelvan más nítidos a medida que las posiciones antagónicas se radicalizan, profundizándose y fortaleciéndose mediante la tensión dialéctica. En este proceso, que acentúa la polarización, se observa un robustecimiento en la presentación de las propias tesis y una explicitación de las consecuencias últimas de los planteamientos. De este modo, los extremos opuestos muchas veces ganan en consistencia interna, ya que queda más claro qué quieren decir y a qué se oponen. Sin embargo, estas posturas fortalecidas pagan parejamente un costo teórico, que consiste en cierto repliegue de su capacidad explicativa.
En pocas palabras, frente a la necesidad inexcusable de salvar los fenómenos que enfrenta toda teoría, el R o el AR «duros» parecen sumamente apropiados para dar razón de algunos tipos de fenómenos en los que naturalmente se apoyan, al tiempo que, a causa de sus extrapolaciones, se muestran absolutamente insuficientes para explicar otros. Así, por ejemplo, la unificación de los fenómenos magnéticos y eléctricos en «una estructura unitaria subyacente maravillosamente más sencilla (la fuerza electromagnética)» fue considerada como un gran aliciente para las pretensiones del programa R (Sanguineti 2010, 195), mientras que, en otro orden, la explicación reduccionista de la conciencia sigue siendo a día de hoy el paradigma de un «problema duro» para este tipo de proyectos.
A causa del animus pugnandi que vivifica toda la discusión sobre el R, y aun suponiendo la buena voluntad de los interlocutores, también es posible que en ocasiones pasen desapercibidos los matices más razonables de cada una de las posiciones. De este modo, se puede cometer el error de asimilar acríticamente cualquier tesis antagónica a las propias a su forma más robusta y, por ejemplo, pretender que todo R, aun el metodológico, implica o deriva en un R eliminativista o, por el contrario, que todo AR desconoce ingenuamente cualquier relevancia a las causalidades direccionadas desde la parte hacia el todo (Rosenberg-McShea 2008, 97-99). Un debate inteligente, sin desconocer el núcleo fundamental y real de las divergencias, está llamado, a nuestro juicio, a explorar y explicitar esa zona gris en que las posiciones en disputa se solapan y se hacen mutuamente concesiones teóricas relevantes.
4. CARÁCTER ESENCIALMENTE INTERDISCIPLINAR Y TRANSTEORÉTICO DE LA DISCUSIÓN
Sin duda, una de las notas más salientes de un debate que trasciende el tiempo es su capacidad de mantener vigente su atractivo. En este caso, si bien el término R recién se populariza a partir de la segunda mitad del siglo XX, cuando se incorpora como una discusión interna en algunas disciplinas científicas, la cuestión de fondo contaba ya con una interesante historia de controversias (Stöckler 1991). En este sentido, desde hace por lo menos 200 años, el R y la posibilidad de una unificación de las teorías forman parte de los problemas habituales en el ámbito de la física (Rohrlich 1990; Anderson 1995; Weinberg 1995; Chibbaro et al. 2014). De igual modo, hoy es claramente un problema vivo: en la biología (Mazzocchi 2012), en la psicología (Putnam 1973; Block 1980) y en las ciencias sociales, donde como bien señala Hodgson, las explicaciones requieren por fuerza una metodología especialmente «sensible» frente a las propiedades emergentes (Hodgson 2000, 75). Un tratamiento particular merecerían, como ya se ha sugerido, las consecuencias antropológicas de la cuestión del R, a través del desarrollo de las neurociencias, en la explicación de la conciencia y en la reedición del problema del libre arbitrio.
Esta particular situación ha transformado el problema del R en un asunto evidentemente interdisciplinar, ya que hoy no parece lógico abordar la cuestión filosófica de fondo sin tratar, aunque sea de un modo sumario, algunas de sus consecuencias en el ámbito de las ciencias particulares. El horizonte de la discusión se ha ampliado, quizás en forma definitiva. La interdisciplinariedad no es entonces en este punto una mera concesión a la moda —con todos los riesgos de superficialidad y banalización que esto implicaría—, sino que responde a una necesidad legítima. Es la complejidad misma de la realidad la que requiere de abordajes y perspectivas diversas.
Así, el desafío teórico en el ámbito de la biología implica, según Ingo Brigandt (Brigandt 2013), que se trabaje para alcanzar una adecuada «integración» de los diversos saberes y metodologías que la componen. Y, aunque todavía no hay consenso sobre la forma específica en que puede lograrse esa integración, su propósito sí está claro. Se hace necesario superar las ostensibles limitaciones del paradigma R en los que se corre el riesgo de perder de vista el individuo real existente, sin pagar por ello el costo de un pluralismo incompensado (Brigandt 2010), que terminaría fragmentando a cada disciplina en compartimentos estancos, casi como dimensiones inconmensurables (Dupré 1993; Rosenberg 1994).
Pero a este carácter interdisciplinar debe añadirse que el R no puede ser un problema solo para las ciencias, ni siquiera para la filosofía de las ciencias, sino que involucra necesariamente también otros saberes, con sus propios y diversos contextos de sentido. No se trata solo de relacionar entre sí ciencias particulares o subdisciplinas científicas que, de alguna manera, responden a un marco epistemológico común. Esta discusión tiene derivaciones que competen a la filosofía entera y que, en ocasiones, interpelan incluso a la teología y a las convicciones fundamentales del saber ordinario. A esta peculiar característica de la discusión, que implica la esencial correlación de tipos heterogéneos de conocimiento, podríamos llamarla, a falta de un mejor término y si se nos permite el neologismo, transteoreticidad. El problema del R atraviesa formas heterogéneas del saber humano.
Así el problema del R se agregaría a las naturales y acostumbradas dificultades de los debates filosóficos que es, además, una cuestión interdisciplinar y transteorética. Todos estos factores hacen pensar en una discusión que, lejos de simplificarse, gana complejidad con el tiempo.
5. GRAVEDAD DE LAS CONSECUENCIAS TEÓRICAS Y PRÁCTICAS DE LA CUESTIÓN DE FONDO
A pesar de que el marco de discusión dentro de la filosofía de la ciencia, dominado hoy mayormente por la tendencia analítica, impone en alguna medida restricciones a los cuestionamientos metafísicos —un autor llega incluso a sugerir que en la discusión sobre el R se practique una cierta «abstinencia metafísica» (Ruphy 2005)—, nadie ignora la naturaleza de las cuestiones últimas que están en juego. En este contexto, los asuntos de fondo son siempre y necesariamente demasiado relevantes como para que las discusiones no involucren algún grado de apasionamiento. Luego, como la psicología humana reconoce algunos patrones inevitables, y entre ellos la dificultad que experimentan las discusiones para conservar claridad a medida que la temperatura se eleva, en el debate sobre el R debe intentar evitarse los riesgos de la pendiente resbaladiza que representa toda disputa enfervorizada.
Estas consecuencias últimas a las que nos referimos se hacen particularmente manifiestas en el hecho de que las líneas argumentales básicas del debate R-AR, tanto de una posición como de su antagonista, se replican muy frecuentemente en distintas áreas de discusión filosófica. En este mismo sentido, afirma Charles T. Wolfe:
Curiosamente, si se mapean estas posiciones en biología teórica (holismo y R) estas manifiestan una asombrosa semejanza con el paisaje de la filosofía moral contemporánea, especialmente respecto de la libertad frente al determinismo. (Wolfe 2012, 3)
Considerando esta misma cuestión de los argumentos R y AR, aunque desde una perspectiva de fondo quizás opuesta, Alexander Rosenberg y Daniel McShea realizan una concesión análoga:
Los fundamentos filosóficos de la disputa giran alrededor de dos conceptos: la superveniencia y la múltiple realizabilidad que son recurrentes en tres tipos de discusiones. Discusiones sobre el R en biología, sobre la identidad de los estados mentales y los estados cerebrales en filosofía de la psicología y sobre el individualismo metodológico en las ciencias sociales. (Rosenberg-McShea 2008, 96)
Se hace evidente, a este respecto, que si, se extiende la discusión en torno al R al plano de la correlación entre fenómenos de conciencia y estados cerebrales, lo que se termina poniendo en tela de juicio es, en última instancia, la cuestión del libre arbitrio y de la capacidad moral. De este modo, no pareciera posible evitar una tensión constitutiva, por la que un progresivo robustecimiento de las explicaciones R redunda necesariamente en una mayor dificultad para sostener posiciones compatibilistas. Así, a medida que el R se profundiza, la compatibilidad, si es posible, involucra una libertad cada vez más devaluada.
Hasta aquí nos hemos referido a las consecuencias de la discusión sobre el R en el ámbito antropológico-psicológico y, más específicamente, hemos considerado el duro golpe que un triunfo del R representaría para la forma en que habitualmente entendemos la conciencia y, con ella, al mundo y a nosotros mismos. Ya Fodor, en su momento, trató con claridad suficiente las dificultades que supondría el avance del R eliminativista para la psicología del sentido común (Fodor 1988). Sin embargo, y aunque esto resulta hoy muy infrecuente, no es absurdo plantearse si, parejamente, un robustecimiento en las posiciones AR en la filosofía de la mente no podría tener consecuencias análogas en todos los otros niveles en los que esta discusión se presenta.
Nuevamente en este punto, Thomas Nagel se anima a lanzar un cuestionamiento radical, que todavía hoy puede resultar inquietante para un sector importante de la comunidad científica:
Si se duda de la reductibilidad de lo mental a lo físico y de todas aquellas cosas que acompañan a lo mental como el valor o el significado, entonces hay razones para dudar que el materialismo reductivo se pueda aplicar en biología y, por lo tanto, también habría razones para dudar que el materialismo pueda dar una explicación adecuada incluso del mundo físico. (Nagel 2012, 14)
Se trata, evidentemente, de una tesis de una profundidad tal que excede con creces las posibilidades de nuestro análisis en este contexto. Baste con decir aquí que el cuestionamiento de Nagel al naturalismo R nos resulta, cuanto menos, digno de consideración desde un punto de vista filosófico y, además, llamativo, toda vez que no se desprende de un compromiso teórico con el teísmo —al que, por cierto, desestima como cosmovisión alternativa por razones cuestionables (Rodríguez Valls 2015)—. En todo caso, el planteamiento de este autor nos sirve para ilustrar nuestra tesis, que es la relevancia de las cuestiones que, de un modo directo o indirecto, estarían involucradas en un debate de fondo sobre el R. Estas consecuencias hacen al interés, a nuestro juicio, perenne que este problema no puede dejar de suscitar.
6. CARÁCTER ESENCIALMENTE LIMITADO Y LIMITANTE DEL CONOCIMIENTO HUMANO
Ya nos hemos referido a la fascinación humana por la búsqueda de la composición elemental de las cosas como una de las claves para entender la vigencia del problema del R. Esta fascinación está emparentada, a su vez, con el carácter reductivo, que es una de las condiciones estructurantes del conocimiento humano, y con la aspiración psicológica, con el anhelo profundo, de lograr una visión unitaria que integre los diversos ámbitos de la existencia en un único contexto de sentido. Estos factores sostienen al hombre en la indagación de lo que está más y más adentro de la materia, aunque, como señala Sergio Chibbaro, esta investigación tenga algo de paradójico. Resulta en algún sentido paradójico, a su juicio, el esfuerzo que supone asomarse a lo microscópico, cuando gran parte de la realidad macroscópica nos resulta todavía desconocida y cuando no sabemos a ciencia cierta cómo, si acaso, se trasladan los efectos de un ámbito al otro (Chibbaro et al. 2014, xii).
Sea como fuere, si se atiende al primero de los factores que hacen a la vigencia de la tentación R, que es el carácter esencialmente limitante del conocimiento humano, el R al igual que el antropomorfismo resultan, cada uno en su ámbito, errores contra los que es necesario estar prevenido, pero que, en rigor, no es posible superar de un modo absoluto. Esto se debe a que ambos derivan de los límites constitutivos y, por lo tanto, posibilitantes del conocimiento humano en cuanto tal.
De este modo, dejándonos llevar por cierto pathos heracliteano, advertimos algunos constreñimientos cognoscitivos fundamentales. Así, resulta evidente que conocer implica muchas veces abstraer lo que existe «en otro», como es el caso de los accidentes, o separar lo que existe «en relación con otros» como es propio de un viviente y de sus órganos. De igual modo, conocer requiere frecuentemente analizar y descomponer en partes lo que es un todo o un sistema, o detener y secuenciar en instantes discretos lo que es un proceso continuo. Finalmente, el apresuramiento en la difícil tarea del conocimiento puede conducir a hacer extrapolaciones a partir de lo que es único, o a no clarificar suficientemente los límites de la analogía cuando uno se aproxima a una realidad sui generis.
De algunas de estas limitaciones del conocimiento que, muchas veces inadvertidas o menospreciadas, no son debidamente corregidas, reciben las posiciones R toda su fuerza y su permanente atractivo. Héctor Velázquez señala este hecho con gran claridad:
El reduccionismo parece tener en su riqueza su gran pobreza. Su atractivo es indiscutible, y su rentabilidad no se puede regatear. Da cuenta de una realidad sencilla, coherente, analizable e intersubjetiva. Una suerte de zona franca con la que los intelectos suelen avenirse con facilidad. El reduccionismo deja a un lado las distinciones cualitativas que bajo su óptica falsamente parecen tener un asidero ontológico, y pretende quedarse con lo esencial, lo central, aquello que aparece como real después de un «esto no es más que…». (Velázquez 2013, 253)
A pesar de este atractivo, se hace evidente que cada una de las señaladas limitaciones, de las que puede desprenderse un abordaje R, se acentúa y agrava a medida que el conocimiento se aplica a realidades más complejas, alcanzando por ello un grado superlativo en el caso de la ciencia del viviente. Y, aunque no nos es posible desarrollar aquí esta cuestión en forma exhaustiva, sugeriremos, como en grandes pinceladas, las insuficiencias, en nuestra consideración más relevantes, del esquema R frente al fenómeno de la vida.
Así, frente al carácter analítico del conocimiento que explica dividiendo, el viviente se manifiesta esencialmente como un todo. Un todo que, según Dupré, se desarrolla como un sistema abierto, autorregulado y flexible, pero al mismo tiempo teleológico. Esto es, un proceso dinámico que, sin ser determinista, reconoce y logra mediante mecanismos a veces diversos algunos estados prevalentes. El viviente se comporta como un sistema en el que las múltiples interacciones causales involucradas, tanto ad intra como ad extra, alcanzan un nivel de complejidad tal, que no es posible desmontarlas mediante una reducción total a las formas más elementales de una explicación mecanicista (Dupré 2013). Para dar solo un ejemplo sencillo de lo que se quiere afirmar, en el viviente las propiedades que lo definen no están en su «adentro», en sus elementos constitutivos, como pretendería un R ingenuo, sino que son «propiedades relacionales» que emergen y se configuran como una respuesta al ambiente (Dupré 2010, 45). De modo que, más allá de las limitaciones propias de nuestras capacidades cognitivas, es posible que existan limitaciones inherentes a la complejidad de los sistemas biológicos que no se desprendan directamente de simples fenómenos fisicoquímicos.
En este mismo sentido, el viviente se presenta como una realidad en la que nociones de innegable relevancia ontológica como las de unidad e identidad adquieren un significado totalmente nuevo. Así, la unidad del ser vivo se define, en relación con el espacio, con una peculiar y original dinámica de las categorías de interioridad y exterioridad. El viviente, a diferencia de todo lo demás, es uno «en» pero también «frente a» su mundo (Plessner 2006 [1928], 105-159). Pero se trata, además, de un todo que mantiene su identidad en el tiempo, deviniendo en un proceso que implica una permanente renovación de su sustrato material, lo que confiere a la relación partes-todo una realidad también inédita. No se trata, utilizando el ejemplo de Edgar Morin, de la mera complejidad de un estado estacionario pero dinámico, como el que un flujo permanente produce en un torbellino. La vida es más que eso, es un proceso de autoproducción del viviente (Morin 2004, 4-5).
En consonancia con estas tesis, es oportuno recordar las reflexiones de Hans Jonas, que señalaban la peculiar relación del viviente con la materia que lo compone. Relación que es simultáneamente de necesidad y de libertad. De necesidad, porque es evidente que no hay vida orgánica sin un sustrato material, pero con una relativa libertad, porque estas partículas actuales que lo componen, numéricamente consideradas, no permanecen idénticas en el tiempo. Esto es consecuencia de un modo de ser radicalmente nuevo, que Jonas denomina «existencia en riesgo». En sus propias palabras:
Al privilegio de la libertad está unido el peso de la necesidad, esto significa: existencia en riesgo. En efecto, las condiciones fundamentales de este privilegio consisten en el hecho paradójico de que la sustancia viviente, a través de un acto originario de separación, se ha desprendido de la integración universal de las cosas en la totalidad de la naturaleza, se ha contrapuesto al mundo, y así ha introducido en la indiferente seguridad de la posesión de la existencia la tensión entre ser y no ser. […] Así, suspendido entre el ser y el no ser, el organismo está en posesión del ser solo de manera precaria y revocable. (Jonas 2006, 338)
Bien advierte Jonas que, con la vida, aparece sobre la tierra una nueva forma de ser, que paga el precio de su perfección con su fragilidad, con la necesidad permanente de realizarse a sí misma. De este modo, cuando la materia alcanza en el viviente la forma más perfecta de su realización ontológica, se introduce al mismo tiempo en el mundo la inédita posibilidad de no-ser, la posibilidad (a la larga inevitable) de perder ese modo de ser que es la vida. Por ello, aunque resulte en cierto sentido paradójico, en la consideración de la posibilidad de la muerte, se hace manifiesta también la particularidad de la vida. La muerte, como la vida, son fenómenos tan especiales que no parecen tener analogados demasiado interesantes. ¿A qué se asemeja el morir? ¿A romperse? ¿A dejar de funcionar? ¿A apagarse? Toda comparación recoge algún aspecto, pero parece en última instancia reductiva, insuficiente.
De este carácter único se sigue que la vida, tanto en la biología como en el saber ordinario, sea una noción primitiva. Por lo tanto, siguiendo un planteamiento de Daniel Strauss, cualquier intento de explicación reductiva implicaría una «confusión intermodal», y derivaría necesariamente en antinomias teóricas, como las que se siguen, por ejemplo, en las paradojas de Zenón, cuando se pretende explicar el movimiento a partir de estados discretos en el espacio (Strauss 2012, 95-99). En definitiva, la vida es una realidad sui generis, en cierto sentido incomparable y obviamente irreducible.
7. CONCLUSIÓN
Como se ha visto, la discusión en torno al R es una de las más antiguas en la historia de la filosofía y, aunque se ha renovado en sus formas, mantiene su núcleo teórico esencial y su vitalidad. Nuestra tesis es, pues, que se trata de una discusión permanente, porque el R es como una tentación natural, que deriva de un modo casi necesario del carácter limitante, que es condición de posibilidad del conocimiento humano, y de un legítimo anhelo de sentido.
A esto debe agregarse que el conocimiento científico avanza muchas veces identificando y desmontando los procesos complejos en legalidades más elementales, todo lo cual resulta lógico y loable. El peligro que hay que evitar es que el entusiasmo que tales logros suscitan conduzca, en un afán supersimplificador, a desconocer que existen realidades de suyo irreductibles, entre las cuales la vida es uno de los mejores ejemplos.
Finalmente, si conocer es por fuerza reducir, no hay que olvidar que reducir algo puede llevar a falsearlo o a perderse en generalidades insulsas. Así, cuando le comenté a un amigo que un estudioso se había propuesto catalogar, reducidas a su forma esencial, todas las tramas literarias hasta el momento (Polty 1924), me contestó con sorna: «¡Es verdad! Reducidas a su expresión más minimalista no hay novela que no se reduzca a: “Nació, le sucedieron cosas, murió”». Una afirmación indiscutible pero vacuamente verdadera, algo irrelevantemente cierto.
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1 Universidad Austral, Argentina.
2 Johns Hopkins University, EE. UU.

CHRISTIAN FRANCESE1 - GUILLERMO FOLGUERA2
La biología contemporánea presenta un sinnúmero de subdisciplinas con objetos de estudio, metodologías y marcos teóricos diversos. No obstante, a pesar de dicha pluralidad de enfoques, es posible reconocer algunos ítems comunes entre diferentes campos del saber asociados a las ciencias de la vida. Así pues, uno de los puntos de vista con mayor presencia en la comunidad de las ciencias biológicas ha sido el denominado determinismo genético, el cual se ha desarrollado a partir del predominio de la genética3 como marco teórico hegemónico de la biología durante gran parte del siglo XX, tanto en la biología evolutiva (Keller 2000; Moss 2003), como en la biología funcional (Mayr 1961). En efecto, en la biología evolutiva —para el caso particular de la versión presentada por la genética de poblaciones— ha prevalecido la visión de que los organismos deben su diversidad a la variación genotípica, otorgándole a dicho ámbito un rol fundamental en el proceso evolutivo. A su vez, cabe reconocer el advenimiento a mediados del siglo pasado de la «visión molecular», dirigiendo su atención a los aspectos fisicoquímicos de la genética, redefiniendo de esta manera conceptos y objetivos de la propia biología, e introduciendo tecnologías novedosas (Keller 1990).
Sin embargo, tanto desde la postulación de la síntesis moderna como desde la consolidación de la biología molecular, los marcos teóricos de la disciplina se han ido modificando sustancialmente, poniendo en discusión la vigencia del determinismo genético en distintas áreas de la biología. Al respecto, resulta interesante mencionar que gran parte de las críticas al determinismo genético se han desarrollado por su aplicación al caso de los humanos, ya que «lo que el determinismo biológico tiene que decir acerca de las sociedades humanas es más erróneo que lo que dice acerca de otros aspectos de la biología» (Rose, Lewontin y Kamin 1984, 10). En otras palabras, una de las preocupaciones centrales ha radicado en las consecuencias sociopolíticas del discurso determinista en tanto legitimador de posiciones conservadoras. En consecuencia, la estrategia argumentativa desarrollada por diversos biólogos ha consistido en cuestionar aquellos supuestos que han dado sustento al determinismo biológico, mostrando que tal determinismo no es aceptable en términos de las teorías científicas vigentes. Es decir, dado que el determinismo biológico pretende sostenerse bajo un pretendido manto de legitimidad científica, la crítica se ha dirigido a poner en duda algunas de sus bases teóricas biológicas. Así pues, la idea de que los genes determinan de alguna manera los rasgos fenotípicos ha sido criticada en diversos campos asociados a las ciencias biológicas, tal como el caso de la biología del desarrollo y la genética molecular, entre otros (ver por ejemplo Gould 1977b; Gould y Lewontin 1979; Lewontin, Rose y Kamin 1984; Oyama et al. 2000; Jablonka y Lamb 2005). No obstante, pese a este conjunto de cuestionamientos, el determinismo genético ha logrado permanecer con cierta vigencia dentro de la matriz teórica de la biología contemporánea.
A partir de lo desarrollado, cabe señalar que nuestro trabajo busca realizar un aporte acerca de la discusión en relación con el determinismo genético actual en la biología. Para ello, la pregunta general que nos guía es: ¿qué es se entiende por determinismo genético en la biología contemporánea y cuáles son sus principales objeciones? Con el fin de acercarnos a una posible respuesta, intentaremos dar cuenta de algunas de las características definitorias del determinismo en general y del determinismo genético en particular en diferentes campos de la biología. A su vez, desarrollaremos algunas de las principales objeciones, tratando de reconocer si efectivamente el determinismo genético presenta algún sustento en la biología contemporánea. Comenzaremos pues el recorrido preguntándonos qué es el determinismo.
1. ACERCA DEL DETERMINISMO EN BIOLOGÍA
1.1. DEL DETERMINISMO…
Una de las primeras distinciones necesarias para abordar la problemática en cuestión refiere al reconocimiento de, al menos, dos acepciones diferentes de la determinación (Bunge 1997). La primera de ellas es la determinación en tanto propiedad, sentido que se le otorga a la palabra cuando se dice que algo está determinado en tanto presenta características definidas. La segunda, y la cual resulta de mayor relevancia para nuestro objetivo, es aquella que se presenta como conexión necesaria, constante y unívoca, entre acontecimientos o cosas. Así, por ejemplo, las máquinas que tienen un movimiento regular y predecible se dice que tienen estados determinados, ya que sus estados sucesivos se siguen uno a otro conectados necesariamente con exclusión de otros nuevos, inesperados. Esta última acepción de la determinación resulta especialmente relevante en las explicaciones sobre los fenómenos naturales, dando lugar a numerosas controversias, por ejemplo, al intentar precisar científicamente cuáles son los eventos y las condiciones para que ocurra tal determinación. En efecto, dichas discusiones hacen del determinismo un ámbito de profundo debate filosófico y científico (Roberts 2005).
Así pues, para abordar la cuestión del determinismo, resulta conveniente recordar una de las tesis históricamente más relevantes, propuesta por el físico y matemático Pierre Laplace:
Debemos considerar el estado presente del universo como el efecto de su estado antecedente y como la causa del estado que sigue. Una inteligencia que conozca todas las fuerzas actuando en la naturaleza en un instante dado, así como las posiciones momentáneas de todas las cosas del universo, sería capaz de comprender en una sola fórmula los movimientos de los cuerpos más largos así como los de los átomos más livianos, siempre y cuando su intelecto sea lo suficientemente poderoso para someter todos los datos bajo análisis; para ella nada será incierto, el futuro así como su pasado estará presente en sus ojos.[…] Todos los esfuerzos de la mente en la búsqueda de la verdad tienden a aproximarse a la inteligencia que recién imaginamos, aunque permanecerán siempre infinitamente lejos de tal inteligencia. (Laplace 1814 [1951], 282)
Es menester mencionar que la «inteligencia» de Laplace no es una referencia divina, sino que más bien debiera ser entendida como especie de «supercientífico» (Popper 1982). Pero más allá de esta cuestión, es importante destacar el vínculo que esta visión establece entre su concepción acerca de la naturaleza del mundo —acerca de que el estado presente del mundo es causa determinante del futuro y consecuencia ineludible del pasado— y la propuesta de una inteligencia «superior» capaz de predecir (o retrodecir) el estado del mundo en cualquier tiempo, conociendo las fuerzas de la naturaleza en un instante dado. En otras palabras, la perspectiva de Laplace consiste en relacionar fuertemente una visión acerca del aspecto ontológico del mundo con los aspectos epistémicos, en la medida en que dichas características puedan ser predichas (o retrodichas). El determinismo así planteado resulta íntimamente ligado a la capacidad de predicción de un determinado sistema.
La postura de Laplace ha sido ampliamente discutida en tanto relaciona de manera directa los aspectos ontológicos y epistemológicos de la problemática. Sin embargo, aunque Karl Popper haya defendido la posición de Laplace al involucrar predicción con determinismo (Popper 1982), actualmente se ha llegado a cierto acuerdo en distinguir ambos aspectos, circunscribiendo para algunos autores la definición de determinismo solo al aspecto ontológico (Earman 1986; Roberts 2005; Hoefer 2015). Tal decisión se sustenta en que se puede pensar que el mundo actual es una consecuencia ineludible del pasado, siendo la capacidad de predecirlo una problemática diferente, aunque evidentemente relacionada.
A su vez, además de la distinción entre aspectos epistemológicos y ontológicos del determinismo, resulta relevante poder distinguir entre otros dos sentidos diferentes del determinismo. El primero surge cuando se propone que la disposición de un sistema depende necesariamente del estado de su microestructura, de sus propiedades y de su orden. Esta acepción del determinismo hace referencia a la conexión entre niveles de organización de la materia, propuesta con vínculos estrechos al reduccionismo. El segundo sentido del determinismo es el que, a grandes rasgos, sugiere que, dadas ciertas condiciones iniciales, en un tiempo dado se encuentran ineludiblemente precisados ciertos fenómenos del futuro. Esta perspectiva presenta nexos con la visión de Laplace al incorporar la variable temporal. Así pues, es rescatable la nomenclatura de Achim Stephan (1999), quien denomina a la primera acepción como sincrónica (en tanto presenta un carácter atemporal), y a la segunda como diacrónica (en la medida en que incorpora la temporalidad como eje central). En efecto, las distinciones realizadas resultan sumamente relevantes para entender el determinismo genético dentro de la disciplina biológica.
1.2…. AL DETERMINISMO GENÉTICO
Así como el término determinismo no resulta unívoco, la noción de determinismo genético también suele ser empleada con sentidos diferentes. No obstante, a partir de lo explicitado en el apartado anterior, podríamos presentar el determinismo como la visión que propone que los rasgos fenotípicos de los organismos —sean estos características comportamentales o morfológicas— dependen necesariamente del ámbito genético. Esta es, a grandes rasgos, la posición que sostiene que, por ejemplo, el comportamiento de un grupo de personas se encuentra determinado genéticamente o bien que un individuo presenta determinadas características físicas debido a su herencia genética.
Ciertamente, esta primera aproximación del determinismo como conexión necesaria y unívoca entre el ámbito genético y el fenotípico logra incluir gran parte de los tipos de determinismo genético de la bibliografía especializada relativa a la biología. Sin embargo, resulta relevante reconocer que en el marco de la biología contemporánea podemos encontrar diferentes usos de la noción en cuestión. En efecto, tendremos que considerar con cierto cuidado tanto los aspectos epistemológicos como los ontológicos de la problemática, y a su vez distinguir entre las diferentes temporalidades que surgen en la determinación genética. A su vez, resulta fundamental observar que la noción de determinación genética varía según la subdisciplina biológica. De tal forma, intentando exponer los diferentes empleos de la noción de «determinismo genético» presentaremos en la siguiente sección tres acepciones diferentes que hemos podido reconocer dentro de la biología.
2. LA DIVERSIDAD DEL DETERMINISMO GENÉTICO EN LA BIOLOGÍA CONTEMPORÁNEA
Pese a lo que se suele considerar en muchas de las aproximaciones filosóficas y científicas, actualmente el determinismo genético en la biología encuentra una gran diversidad entre áreas y líneas de investigación. Es muy interesante reconocer que, al menos para este caso, los diversos tipos de determinismo se generan a partir de la inclusión de diferentes tipos de temporalidades asociados a lo viviente, atravesando cada uno diferentes trayectorias históricas disciplinares, así como siendo objeto también de críticas de diferentes tipos.
El primer sentido del determinismo genético que analizaremos se reconoce en la postura de la biología funcional. Según este punto de vista, las características fenotípicas de un grupo de individuos o de una población se encuentran precisadas a nivel genético. Es muy interesante, pues la diferencia aquí de temporalidades entre lo que determina y lo determinado es nula o, en todo caso, irrelevante en términos epistémicos y simplemente asumida en términos ontológicos, por lo que hemos decidido entenderla como sincrónica, la cual presenta algunas diferencias con la acepción presentada en la sección anterior. En términos teóricos, esta visión se fundamenta en el análisis de datos siguiendo una metodología estadística, dado que en general las conclusiones son obtenidas a partir de estudios a nivel poblacional. Su uso es muy frecuente en aquellas subdisciplinas propias de la biología funcional que indagan en los niveles de organización de lo viviente entre el ámbito genético molecular al del organismo, tales como la biología celular y la fisiología, entre otras. A su vez, es importante destacar que el determinismo genético sincrónico es una de las posiciones más empleadas por quienes sostienen visiones deterministas en humanos, al proponer, por ejemplo, que ciertas poblaciones son «inferiores» naturalmente o presentan de manera nata rasgos positivos o negativos. Es, en efecto, la posición sostenida desde muchas de las posiciones racistas, la cual ha tenido gran presencia en la biología del siglo XX, como es el caso de las visiones eugenésicas (Adams 1990; Paul y Spencer 1995). Por otra parte, es necesario mencionar que este determinismo «elimina» la distinción entre el nivel individual y el poblacional bajo diversas estrategias. Una de ellas responde a la siguiente estrategia argumentativa: si cierto grupo de individuos o población presenta una característica x determinada genéticamente, entonces x es heredable, y por lo tanto, en el caso del aspecto ontológico existe un gen o grupo de genes que tienen la información para que cada individuo presente dicha característica (Keller 2010). Otra forma bajo la cual se presenta el determinismo genético sincrónico consiste simplemente en soslayar las variables ambientales en las que se encuentra un grupo de individuos para luego centrarse en el ámbito genético (Lewontin 1998).
Un segundo sentido del determinismo genético lo podemos hallar en la biología evolutiva. A grandes rasgos, se puede conceptualizar como el punto de vista que sostiene que, dada cierta frecuencia genética en una población en un tiempo determinado (t1), queda establecida la frecuencia de fenotipos posibles de la misma población en cierto tiempo evolutivo (t2). Dado que en este caso, t2 >> t1, llamaremos a este sentido del determinismo diacrónico (Palitto, Massarini y Folguera 2015). En términos teóricos, esta visión del determinismo se ha sostenido principalmente bajo las formulaciones matemáticas de la genética de poblaciones (Schlichting y Pigliucci 1998), uno de los pilares del marco evolutivo predominante durante gran parte del siglo XX, la síntesis moderna (Falk 2009). Cabe señalar que, dentro de la propia historia de las ciencias de la vida, aquellos que impulsaban el determinismo genético diacrónico pretendían no solo dar cuenta de las variaciones fenoménicas de los cambios evolutivos de las poblaciones de organismos, sino que también la propia ocurrida a través de los millones de años, esto es, de la denominada macroevolución. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XX y, en particular a partir de la década de 1970, diferentes tipos de cuestionamientos (provenientes principalmente de la paleontología) señalaron numerosas dificultades de dicha posición, aspecto que desarrollaremos en la siguiente sección.
La tercera y última de las conceptualizaciones que analizaremos se centra en la determinación genética de un organismo al nacer (t1), sobre sus características fenotípicas como adulto (t2). Desde este punto de vista, aquellas características fenotípicas de un ser vivo, sea su apariencia o su comportamiento, es consecuencia inevitable de los genes que posee desde su nacimiento, por lo que nos referiremos a esta visión como el sentido ontogenético del determinismo genético. A nivel conceptual, el determinismo genético ontogenético se basa en la idea de que en los genes reside la información necesaria y suficiente para construir un organismo, asumiendo un vínculo directo entre la secuencia nucleotídica del ADN y los rasgos fenotípicos (ver Oyama 1985; De Jong 2000; Kitcher 2001; Noble 2006; Gilbert 2012). En términos históricos, la determinación genética de tipo ontogenética hace un ingreso «tardío» dentro de la biología contemporánea, a partir de no haber ocupado un lugar significativo dentro de la síntesis moderna. En este sentido, debemos rastrear su consideración y lugar preponderante a partir del origen y consolidación dentro de la denominada genética del desarrollo, que ocupa actualmente un lugar central dentro del campo de investigación denominado Evo-Devo (biología evolutiva del desarrollo). Ahora bien, presentados brevemente los tres tipos de determinismo genético que consideramos de mayor relevancia en la biología contemporánea, en la próxima sección mostraremos algunas de las objeciones más importantes que se han presentado en cada caso.
3. LOS DETERMINISMOS GENÉTICOS Y SUS CUESTIONAMIENTOS
En las últimas décadas, diversos autores asociados al pensamiento biológico se han dedicado a argumentar en contra de diferentes aspectos asociados al determinismo genético (Gould 1977a; Lewontin, Rose y Kamin 1984; Oyama 1985; Lewontin 1996; Keller 2000; Noble 2006; entre otros). Sin embargo, a partir de lo expuesto anteriormente, conviene preguntarnos si acaso los tres sentidos del determinismo han recibido los mismos tipos de cuestionamientos.
Una de las principales críticas realizadas al determinismo sincrónico refiere a que las propias teorías de la genética imposibilitaron un vínculo directo entre el genotipo y el fenotipo a escala poblacional, estrategia elegida por este tipo de determinismo, tal como presentamos en la sección anterior. Así, conforme avanzó la primera parte del siglo XX, se ha pasado de explicar la varianza fenotípica poblacional solo como la suma de la varianza genotípica poblacional aditiva y cierto componente ambiental, incluyendo otros componentes, tales como la varianza genotípica epistática y la dominante —dadas por las interacciones génicas— y la interacción genotipo-ambiente (Pallitto, Massarini y Folguera 2015). Sin embargo, a pesar de la introducción de dichos componentes, la estrategia determinista fue aceptada sin mayores dificultades hasta la década de 1960 inclusive.
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