Czytaj książkę: «García Márquez»

Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia
Bianchi Ross, Ciro, 1948-
García Márquez : pasaje a la Habana / Ciro Bianchi Ross. -- 1a. ed. -- Santa Marta : Universidad del Magdalena, 2019.
-- (Humanidades y artes. Literatura y estudios literarios)
Incluye referencias bibliográficas.
ISBN 978-958-746-192-3 -- 978-958-746-193-0 (pdf) -- 978-958-746-194-7 (epub)
1. García Márquez, Gabriel, 1927-2014 - Crítica e interpretación 2. García Márquez, Gabriel, 1927-2014 - Pensamiento político 3. García Márquez, Gabriel, 1927-2014 - Trabajos periodísticos 4. Cuba - Política y gobierno - Revolución, 1959 I. Título II. Serie
CDD: 928.61 ed. 23
CO-BoBN– a1038662
Primera edición, marzo de 2019
Primera reimpresión, noviembre de 2019
© UNIVERSIDAD DEL MAGDALENA
Editorial Unimagdalena
Carrera 32 No. 22 - 08
(57 - 5) 4217940 Ext. 1888 / bloque 8 - segundo piso
Santa Marta D.T.C.H. - Colombia
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Colección Humanidades y Artes, serie: Literatura y Estudios Literarios
Rector: Pablo Vera Salazar
Vicerrector de Investigación: Ernesto Amarú Galvis Lista
Coordinador de Publicaciones y Fomento Editorial: Jorge Enrique Elías-Caro
Diseño editorial: Luis Felipe Márquez Lora
Diagramación: Mauricio Rafael Torres Barbas
Diseño de portada: Andrés Felipe Moreno Toro
Editor literario: Clinton Ramírez C.
Corrección de estilo: Gran Caribe, Pensamiento, Cultura, Literatura
Santa Marta, Colombia, 2019
ISBN: 978-958-746-192-3 (impreso)
ISBN: 978-958-746-193-0 (pdf)
ISBN: 978-958-746-194-7 (epub)
DOI: 10.21676/9789587461923
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Contenido
La entrevista posible
La historia de esta historia
¡Se cayó el hombre!
Complicidad sin disimulo
A La Habana sin pasaporte
Un bimotor destartalado y sin alma
«Operación Verdad»
Encañonado por la espalda
Prensa Latina S.A.
Los zapatos de muerto de Sosa Blanco
Se estructura la agencia
«Objetivos, pero no imparciales»
Se descubre la invasión
Molesta, luego existe
Al pie del teletipo
Corresponsal errátil
Lo encañonan de nuevo
Dos coberturas
Masetti acosado
Tres directores para una agencia
Nueva York
Fantasma para el progreso
Vigilado
De cabo a rabo
Viejo y seguro servidor
Un hombre muy viejo
Negros nubarrones
El niño terrible
Ya es hora de que vayas a Cuba
Operación Carlota
¿Por qué Mercedes tiene esa cara?
Una solidaridad descarada y terca
La fundación de la fundación
A ese cine hay que darle vuelo
Los Loynaz
Los pies en la tierra
El director que nunca fui
Escuela de Tres mundos
Cómo escribir un cuento
Siete años después
Último encuentro
Don Ambrosio, el editor
El gran sibarita
Nuestro hombre en La Habana
La hora de Londres
Una burla cordial
La ruleta rusa
Su estimativa cubana
Ídolos antiguos y tenaces
Boleros mojados en whisky
Amigos cercanos
Una tarea colosal
Hexámetros herméticos de Lezama Lima
Alejandro El Grande
Agente secreto
Comienza la crisis
Responden con más bloqueo
Carter, mediador
Aparece García Márquez
Cena en Martha’s Vineyard
Otra vez agente secreto
Surge la idea
Retrato hablado
Viejas historias caribes
Visitaré mucho esta casa
No recuerdo cuándo nos vimos
La ancha sonrisa bajo el bigote
Boleros
Su enorme cultura
No tuve esa intuición
Fumar daña su salud
Su secretario postal
El camino del cine
La ofrenda del coronel
Un ballet
Conversaciones
Ostras, mejillones, almejas y gambas
Una vocación incontenible
Arrogante y poco simpático
La mejor edad del mundo
23 ediciones en un año
Aquí siempre fue García
Llegó y ya no se iría
Regresa el hijo pródigo
Escribía temprano en las mañanas
Cuarenta kilogramos de cera
No la desilusiones, ¡por Dios!
La lección de Fidel
A mil años luz de Europa
Colombiano de la costa
Ámbito de una amistad
Dos solitarios
Visto por Fidel
El hombre de la máquina de escribir
Última imagen
En el jardín de rosa
Grandeza y señorío
La cultura y el tiempo
Referencias bibliográficas
Anexos
Para Mayra
La entrevista posible
—Cómo jodes —me dijo Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura, 1982, impaciente ya y visiblemente molesto ante mi asedio constante de aquella noche en que me convertí en su sombra. Esquivo y distante, el autor de Cien años de soledad semejaba un dios ofendido.
—Usted también fue periodista y sabe cómo son estas cosas
—Le respondí.
—Sí, yo también lo fui, pero si tú revisas los seis volúmenes en que se recogió mi obra periodística no encontrarás una sola entrevista. Nunca entrevisté a nadie: preferí siempre reconstruir ambientes.
No quise entrar a discutir. Sin romperme mucho la cabeza recordaba por lo menos la entrevista que García Márquez hizo al sacerdote que vio caer la bomba atómica en Hiroshima y que está recogida en uno de esos libros a los que aludía. ¿Y qué otra cosa podría ser Relato de un náufrago (1970) sino el fruto de una larga entrevista? ¿Y La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile (1986)? Pero nada de esto le dije. Estábamos en La Maison, uno de los lugares emblemáticos de La Habana de noche y me le había acercado en el intermedio de un desfile de modas que él seguía junto a su esposa Mercedes y la gran novelista brasileña Nélida Piñón. Fue precisamente con el pretexto de saludar a la autora de Sala de armas que me acerqué a su mesa.
— Si yo tuviera que reconstruir el ambiente de hoy, tendría que hablar sobre un hombre que se pasó toda la noche hurgándose con un palillo en la boca
—Expresé sin meditarlo mucho.
García Márquez, Comendador de la Legión de Honor de Francia, me miró fijo a los ojos y su silencio me hizo pensar que nuestra posible conversación se iría definitivamente al diablo. Por eso apenas pude reprimir mi asombro cuando me invitó a que ocupara el único asiento libre de la mesa.
—Te advierto que yo me comprometí con la cantante a hacer un dúo con ella al final del desfile, pero creo que es mejor que salgamos de esto de una vez… Repíteme lo que tú quieres saber.
Corría el año de 1986. Así comenzó mi entrevista con Gabriel García Márquez. Para llegar a ella recorrí un camino de casi cinco años.
La historia de esta historia
Corría el mes de septiembre de 1981 y el día de la sesión de clausura del I Encuentro de Intelectuales por la Soberanía de los Pueblos de Nuestra América, en el Palacio de las Convenciones de La Habana, le hablé al escritor de la posibilidad de esta entrevista. Vestía un overol que lo hacía parecer un mecánico o un camionero. Sin vacilar ante mi petición ni rehuirla, me dio el nombre y el número de la habitación del hotel en que se alojaba entonces y me pidió que lo llamara sin falta. Fueron inútiles mis esfuerzos por localizarlo.
Casi un año después se repetiría, más o menos, la misma historia, solo que en esta ocasión logré hablarle por teléfono.
—Lo siento —manifestó—. En estos momentos hago las maletas pues estoy a punto de partir. Vuelvo a comienzos del año entrante. Búscame entonces sin falta.
Pocas semanas después los teletipos de todo el mundo repetían que la Academia Sueca concedía a García Márquez el Premio Nobel.
Horas antes de conocerse esa noticia, el gobierno mexicano lo condecoraba con el Águila Azteca, y el Consejo de Estado de la República de Cuba tomaba la decisión de conferirle la Orden Félix Varela, la más alta distinción cultural cubana.
Cuando en enero de 1983 volvió a La Habana recordé sus palabras. García Márquez, como es de suponer, no guardaba de ellas la más remota memoria.
Un día le monté una guardia de horas a la entrada de la Casa de las Américas y, para abordarlo, cuando llegó, tuve que correr detrás de él por el vestíbulo de la institución hasta que al fin pude capturarlo en el interior del ascensor.
—Este es mi teléfono. Llámame uno de estos días.
Lo hice y alguien me informó que el escritor no se encontraba. Hice otro intento y me dijeron que había salido. Volví a hacerlo y se había retirado a descansar. Repetí la llamada, pero estaba atendiendo a una visita. Otro intento más y García Márquez en persona acudió al teléfono.
—Mira, dame tu número y no te muevas de ahí; telefonearé dentro de un rato.
Y no sé por qué recordé la famosa frase de Kierkegaard, aquella que afirma que todo lo que no es enseguida es demoníaco. Y tuve razón porque García Márquez jamás llamó. Cuando volví a telefonearle ya había vuelto a México. Transcurrieron entonces más de dos años de soledad en los que el afamado narrador y periodista retornó a Cuba varias veces.
En noviembre de 1985, durante el II Encuentro de Intelectuales, me lo topé en uno de los pasillos del Palacio de las Convenciones de La Habana, donde sesionaba la importante reunión. Iba solo, pero de prisa porque, dijo, debía reunirse con alguien para el almuerzo. Le recordé mi deseo de entrevistarlo, pareció interesarse, pareció acceder, y, enseguida, muy ceremoniosamente, sacó del bolsillo un papelito arrugado donde estaba escrito un número de teléfono.
—Llámame sin falta —dijo.
De nuevo comenzaba a tejerse la misma historia y yo necesitaba armarme de toda la paciencia del mundo porque en definitiva era a mí, y no a él, a quien le interesaba la entrevista.
—Desde ahora quedo obligado a robarle el menor tiempo posible. Me conformo con dos respuestas…
—De acuerdo, llámame.
No lo llamé esa vez, pero la suerte estuvo de mi lado. La casualidad quiso que me lo encontrara esa misma noche en La Maison.
—¡Ah! El hombre de las dos preguntas —dijo al verme—¿Cuáles son?
Se las dije y preguntó si tenía la grabadora conmigo. No, no la tenía; nunca la utilizo, y saberlo pareció quitar interés al creador de Macondo. Volví a acercármele cuando concluyó el desfile de modas. Pudo evadirme y no lo hizo. Su último pretexto para desentenderse del asunto fue casi infantil.
—Voy al sanitario y si tiene otra salida no te empatas conmigo otra vez.
Entré con él al cuarto de baño.
—Déjame mear —me dijo.
Lo dejé solo. El mingitorio tenía, por suerte, una sola puerta y yo esperé frente a ella durante unos minutos que me parecieron toda la eternidad.
—Cómo jodes —dijo al volver a verme.
Total, yo solo quería preguntarle sobre sus proyectos e inquirir su opinión sobre su obra publicada. Un periodista no hace siempre la entrevista que quiere. Hace, mejor o peor, la entrevista posible. Y yo haría, en este caso, la que me permitían sus evasivas y su desgano. No imaginaba entonces, no podía imaginar, que treinta y dos años después yo escribiría esta crónica.
¡Se cayó el hombre!
El propio Gabriel García Márquez confesó que antes del triunfo de la Revolución Cubana, en 1959, no mostró nunca curiosidad de conocer Cuba. Como para otros latinoamericanos de su generación, concebía La Habana
como un escandaloso burdel de gringos donde la pornografía había alcanzado su más alta categoría de espectáculo público mucho antes de que se pusiera de moda en el resto del mundo cristiano: por el precio de un dólar era posible ver a una mujer y un hombre de carne y hueso haciendo el amor de veras en una cama de teatro. Aquel paraíso de la pachanga exhalaba una música diabólica, un lenguaje secreto de la vida dulce, un modo de caminar y de vestir, toda una cultura del relajo que ejercía una influencia de júbilo en la vida cotidiana del ámbito del Caribe (García-Márquez, 2000, p. 115).
Los mejor informados, sin embargo, sabían bien que Cuba había sido la colonia más culta de España, que junto a revistas escandalosas se publicaban las más sofisticadas revistas de artes y letras de todo el continente, y que los culebrones radiales interminables habían nacido junto «al incendio de girasoles de delirio de Amelia Pélaez y los hexámetros de mercurio hermético de José Lezama Lima».
Ciertamente había otra Habana, más allá de la de los marineros yanquis que orinaban en las estatuas de los héroes y de pandillas de gánsteres que operaban a las órdenes de los políticos. «Aquellos contrastes brutales contribuían a confundir mucho más que a comprender la realidad de un país casi mítico cuya azarosa guerra de independencia aún no había terminado, y cuya edad política, en 1955, era todavía un enigma imprevisible» (García-Márquez, 2000, p. 116).
Nicolás Guillén fue el primer escritor cubano que conoció Gabriel García Márquez. El encuentro tuvo lugar en París, en 1955. Vivía el poeta de El son entero en el Gran Hotel Saint Michel, «el menos sórdido de una calle de hoteles baratos donde una pandilla de latinoamericanos y argelinos esperábamos pasaje de regreso comiendo queso rancio y coliflores hervidas», al decir del colombiano. Era la suya, como todas las del Barrio Latino, una habitación con cuatro paredes de colgaduras descoloridas, provista de dos poltronas de peluche gastado, con un lavamanos y un bidet portátil y una cama de soltero para dos personas donde habían sido felices y se habían suicidado dos amantes de Senegal.
Veinte años después, al escribir la crónica sobre su encuentro con el cubano, no conseguía el cronista evocar la imagen del poeta en aquella habitación real, pero sí en una circunstancia en la que no lo vio nunca: abanicándose en una mecedora de mimbre en la terraza de uno de esos caserones de ingenio azucarero de la espléndida pintura cubana del siglo XIX.
Aun en el más crudo invierno parisino, Nicolás mantenía la costumbre de levantarse sin gallo con los primeros gallos y leer los periódicos del día «junto a la lumbre del café arrullado por el viento de maleza de los trapiches y el punteo de guitarras de los amaneceres fragosos de Camagüey», la región natal del poeta en la porción oriental de la Isla. Luego, abría la ventana de su cuarto y despertaba a la calle entera gritando las nuevas noticias de la América Latina traducidas del francés a la jerga cubana.
Escribe García Márquez (2000):
La situación del continente en aquella época estaba muy bien expresada en el retrato oficial de la conferencia de jefes de Estado que se había reunido el año anterior [1956. Nota de CBR] en Panamá: apenas si se vislumbra un civil escuálido en medio de un estruendo de uniformes y medallas de guerra. Incluso el general Dwight Eisenhower, que en la presidencia de los Estados Unidos solía disimular el olor a pólvora de su corazón con los vestidos más caros de Bond Street, se había puesto para aquella histórica sus estoperoles de guerrero en reposo (pp. 116-117).
Una mañana, Guillén gritó desde su ventana una noticia única:
—¡Se cayó el hombre!
«Fue una conmoción en la calle dormida porque cada uno de nosotros creyó que el hombre caído era el suyo», dice García Márquez. Los argentinos pensaron en Juan Domingo Perón; los paraguayos, en Alfredo Stroessner; los peruanos, en Manuel Odría; los colombianos, en Gustavo Rojas Pinilla; los nicaragüenses, en Anastasio Somoza; los venezolanos, en Marcos Pérez Jiménez; los guatemaltecos pensaron que era Castillo Armas; los dominicanos, Rafael Leónidas Trujillo; y los cubanos pensaron que era Fulgencio Batista. Era Perón, en realidad, pero su derrocamiento propició que ambos escritores conversaran sobre Cuba. Guillén pintó un panorama desolador de la situación cubana. «Lo único que veo en el porvenir, concluyó, es un muchacho que se está moviendo mucho por los lados de México». Hizo una pausa y remarcó:
—Se llama Fidel Castro.
Complicidad sin disimulo
Cuando al fin triunfa la Revolución cubana, el 1 de enero de 1959, Guillén está en Buenos Aires, y a García Márquez, que trabaja como periodista en Caracas, le parece imposible que en apenas tres años Fidel se hubiera abierto paso «hasta el primer plano de la atención continental».
Desde que Nicolás Guillén le había dado en París el nombre de «un muchacho que se está moviendo mucho por los lados de México», el escritor había seguido con interés creciente la trayectoria de Fidel Castro, y Cuba se había ido particularizando en su horizonte. Un hito significativo resulta, en ese proceso, su entrevista a Emma Castro, publicada en la revista Momento, de Caracas, el 18 de abril de 1958 con el título «Mi hermano Fidel». Por primera vez en su larga carrera de periodista, escribe su biógrafo Gerald Martin, el autor de Relato de un náufrago «se sentía capaz de mostrar un entusiasmo sin freno por un político y un optimismo evidente hacia su cruzada revolucionaria» (Martin, 2009, p. 284). Añade Martin que a partir de la publicación de ese reportaje, ciertos miembros del Movimiento 26 de Julio suministraban información al periodista, información que este introducía en las publicaciones para las que trabajaba.
Pero aún entonces nadie hubiera pensado que en la Sierra Maestra se estaba gestando la primera revolución socialista de la América Latina. En cambio, estábamos convencidos de que se empezaba a gestar en Venezuela, donde una inmensa conspiración popular había desbaratado en veinticuatro horas el tremendo aparato de represión del general [coronel. Nota de CBR] Marcos Pérez Jiménez (García-Márquez, 2000, p. 118).
El 23 de enero de 1958, en efecto, Pérez Jiménez, perseguido de cerca por una pandilla de taxis que no le dieron alcance de puro milagro, logró llegar al aeropuerto de La Carlota, a pocos kilómetros del Palacio Presidencial de Miraflores, donde lo esperaba un avión militar con los motores encendidos. A nadie se le ocurrió arrimar una escalerilla al aparato y el fugitivo, que «parecía un nene grandote con lentes de carey», debió ser izado a duras penas con una cuerda hasta la cabina del avión. Para asirse a la soga debió poner en el suelo un maletín ordinario de cuero negro. En vano, desde la aeronave, pidió a gritos que le hicieran llegar la maleta. Nadie pareció escucharlo o nadie quiso oírlo, y el dictador no tuvo otra alternativa que la de emprender su viaje hacia el Santo Domingo de Rafael Leónidas Trujillo sin los trece millones de dólares que había reservado para sus gastos de bolsillo.
Una nueva etapa se abrió para Venezuela. Durante todo el año de 1958 fue el país más libre de todo el mundo. «Parecía una revolución de verdad», escribe García Márquez (2000, p. 119) en la crónica citada. Ante cada peligro inminente, el Gobierno acudía directamente al pueblo y el pueblo se echaba a la calle ante cualquier tentativa de regresión. Las decisiones oficiales más delicadas eran de dominio público y los partidos políticos, con el comunista incluido, participaban en los asuntos de Estado. Afirma el escritor: «Si aquella no fue la primera revolución socialista de la América Latina debió de ser por malas artes de cubileteros, pero en ningún caso porque las condiciones sociales no hubieran sido las más propicias» (García-Márquez, 2000, p. 119).
Una complicidad sin disimulo se estableció entre el Gobierno venezolano y las guerrillas fidelistas. Los hombres del Movimiento 26 de Julio se movían sin estorbo en Caracas; hacían propaganda por todos los medios posibles, organizaban colectas masivas y enviaban ayuda a los insurgentes cubanos, y la prensa del país, más por la presión de las circunstancias que por la voluntad de sus propietarios, era la prensa de la Sierra Maestra. «Daba la impresión que Cuba no era otro país, sino un pedazo de Venezuela libre que aún estaba por liberar» (García-Márquez, 2000. p. 120) dice el futuro autor de Cien años de soledad.
Llegó así el Año Nuevo de 1959, uno de los pocos de la historia que Venezuela celebraba sin dictadura. Gabriel y Mercedes, que habían contraído matrimonio por aquellos meses de júbilo, esperaron el año en la residencia de uno de los Capriles y regresaron a su apartamento en el sexto piso de un edificio en el barrio de San Bernardino con las primeras luces del amanecer. El ascensor estaba roto y emprendieron la penosa subida con necesarios descansos en los rellanos y «apenas habíamos entrado en el apartamento cuando nos estremeció la sensación absurda de que se estaba repitiendo un instante que ya habíamos vivido el año anterior: un grito de muchedumbres desaforadas se había alzado de pronto en las calles dormidas, y se desataron las campanadas de las iglesias y las sirenas de las fábricas y las bocinas de los automóviles, y por todas las ventanas salió el torrente de arpas y cuatros y voces entorchadas de los joropos de gloria de las victorias populares. Era como si el tiempo se hubiera vuelto a la inversa y Marcos Pérez Jiménez hubiera sido derribado por segunda vez» (García-Márquez, 2000, pp. 120-121).
Carecía el matrimonio de teléfono y de radiorreceptor, de manera que Gabriel y Mercedes debían salir a la calle para enterarse de lo que estaba sucediendo. Bajaron las escaleras a zancadas, inquietos por el alcohol que les dispensaron en la fiesta y que podía haberlos alucinado. Pero no. Salieron de dudas cuando un transeúnte les aseguró que el general Fulgencio Batista, derrocado, volaba en esos momentos hacia el Santo Domingo de Trujillo.
A La Habana sin pasaporte
Pronto se le presentaría la ocasión de visitar La Habana. El 18 de enero, cuando al final de la jornada ordenaba su escritorio para irse a la casa, un hombre del Movimiento 26 de Julio entró en la desierta oficina de la revista Venezuela Gráfica, para la que García Márquez trabajaba, en busca de periodistas que quisieran viajar a Cuba esa misma noche. Plinio Apuleyo Mendoza y él, partidarios resueltos de la Revolución cubana, fueron los primeros escogidos. Apenas tuvieron tiempo de pasar por la casa a recoger lo imprescindible para el viaje y García Márquez olvidó el pasaporte, acostumbrado como estaba a creer que Cuba y Venezuela eran un solo país. No le haría falta el documento. En el aeropuerto de Maiquetía, el agente venezolano de inmigración, «más cubanista que un cubano», le pidió cualquier documento de identificación que llevara encima. El único papel que se encontró en los bolsillos fue un recibo de la lavandería que el agente selló muerto de risa deseándole un feliz viaje.
No demoró en presentarse un inconveniente mayor cuando el piloto de la aeronave cubana constató que había más pasajeros que asientos y que el peso de los equipos y de los equipajes estaba por encima del límite aceptable. Nadie parecía dispuesto a renunciar al viaje ni a dejar en tierra sus pertenencias. El funcionario del aeropuerto se mostraba dispuesto a despachar el avión sobrecargado, pero el piloto no entraba en razones. Uno de los viajeros esgrimió un argumento mortal:
—No sea cobarde, capitán. También el Granma iba sobrecargado.
La respuesta no se hizo esperar.
—La diferencia —dijo— es que ninguno de nosotros es Fidel Castro.
Cedió al fin el piloto. Arrancó del talonario la orden de vuelo y la hizo una pelota que se metió en un bolsillo; no dejaría constancia de que tripularía un avión sobrecargado. Enseguida hizo señas a los viajeros de que lo siguieran. Mientras caminaban hacia el avión, García Márquez, atrapado entre su miedo congénito a volar y sus deseos de conocer Cuba, preguntó al piloto si llegarían a su destino.
—Puede que sí. —respondió—. Con la ayuda de la Virgen de la Caridad del Cobre.
Un bimotor destartalado y sin alma
Era un bimotor deteriorado, con la cabina estrecha y mal ventilada, los asientos rotos y un insoportable olor a orines viejos. Cada uno de aquellos periodistas «suicidas» se acomodó como pudo; algunos de ellos en el suelo del pasillo entre sacos de viaje y equipos de radio y televisión. García Márquez se sentía sin aire, arrinconado como estaba contra una ventanilla de la cola, pero lo confortaba el aplomo de sus compañeros hasta que intuyó que todos estaban tan asustados como él, lo que, al igual que él, disimulaban con una cara tan impávida como la suya. En vano buscó, para calmarse, la estrellita huérfana que acompaña a los aviones a través de los océanos solitarios y que lo sumía en un estado de gracia que lo alejaba del miedo a la muerte, pero no la encontró en aquella mala noche del Caribe. Mientras tanto, el bimotor sin alma atravesaba nubarrones pedregosos, vientos cruzados, abismos de relámpagos volando a tientas con el solo aliento de los corazones asustados de sus pasajeros. Al amanecer, llegó la lluvia y el avión se volteó de costado con un crujido interminable de velero al garete. Tuvo que hacer en Camagüey un aterrizaje de emergencia, pero tan pronto cesó la lluvia reventó un día primaveral que permitió un vuelo sin contratiempos hasta el aeropuerto de la Ciudad Militar de Columbia, bautizada poco después como Ciudad Escolar Libertad.
Era la mañana del 19 de enero y estaba por fin en La Habana. Batista había hecho de ella una ciudad irreal, con rascacielos, hoteles lujosos, cabarets rutilantes, mulatas barrocas y establecimientos comerciales con veinte kilómetros de vidrieras. Más de 180 mil automóviles rodaban por las calles de la Isla, lo que hacía de Cuba el sexto país del mundo en el promedio de automóviles por habitantes. La superaban, en este orden, EE. UU., Canadá, Gran Bretaña, Venezuela y Alemania Occidental.
En la puerta principal del Hotel Habana Hilton, un gigante rubio con uniforme de alamares y casco con penacho de plumas de mariscal inventado, y que hablaba una jerga de cubano cruzado con inglés de Miami, que cumplía sin el menor escrúpulo su triste papel de cancerbero, tomó por las solapas a uno de los periodistas de la delegación venezolana, negro, y lo tiró en medio de la calle cuando se disponía a entrar en el establecimiento hotelero, lo que provocó la protesta de periodistas cubanos ante la gerencia del hotel.
Aquella primera noche de Gabriel García Márquez en La Habana, varios soldados rebeldes muertos de sed entraron por la primera puerta que encontraron, que era la de uno de los bares del Hotel Habana Riviera. Solo querían un vaso de agua, pero el encargado del negocio, con los mejores modos de los que fue capaz, los puso de patitas en la calle. Miembros de la delegación venezolana que siguieron la escena los hicieron entrar de nuevo y en un gesto, que entonces pareció demagógico, los sentaron a su mesa.
—Esto no se arregla sino con una revolución de verdad —dijo a los visitantes el periodista cubano Mario Kuchilán, columnista del vespertino Prensa Libre, enterado del incidente.— Y les juro que la vamos a hacer.
«Operación Verdad»
¿A qué vino García Márquez a Cuba en aquel ya lejano mes de enero de 1959?
Es uno de los 380 periodistas extranjeros invitados por el Gobierno cubano a conocer la realidad de la isla y presenciar los procesos judiciales que se seguían a los esbirros de la dictadura batistiana. Era la llamada «Operación Verdad».
Había sido una idea de Fidel. Un equipo conformado por Celia Sánchez, ayudante del Comandante en Jefe desde los días de la Sierra Maestra, y los periodistas Jorge Ricardo Masetti, de Argentina; Carlos María Gutiérrez, de Uruguay; y Mario Kuchilán, de Cuba, se habían encargado de las invitaciones. También Jorge Quintana, decano del Colegio de Periodistas de La Habana, y Santiago Riera, por el Movimiento 26 de Julio.
El periodista cubano Gabriel Molina, también fundador de Prensa Latina, recuerda que las embajadas de Cuba en el exterior y la Compañía Cubana de Aviación hicieron posible que tan elevada cantidad de periodistas pudieran, en corto tiempo, darse cita en La Habana. La mayoría se hospedó en el hotel Habana Riviera, con 240 habitaciones entonces. Cada uno de los invitados recibía a su llegada una carpeta con fotos de los asesinatos y torturas cometidos durante la dictadura, así como ediciones especiales de la revista Bohemia con materiales que la censura del régimen depuesto impidió publicar. Es en ese establecimiento hotelero donde tienen lugar casi todo el encuentro.
Otro periodista cubano ya fallecido, Juan Marrero, apuntaba por su parte, que el grupo más numeroso provino de los Estados Unidos. Se invitó a Jules Dubois, vocero de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), aunque ya se sospechaba de sus vínculos con los servicios secretos de su país. Fueron invitados además los congresistas demócratas Adam Clayton Powell y Charles O. Porter.
Una encuesta de la revista Bohemia, de La Habana, encaminada a conocer el sentir popular durante los días iniciales de la Revolución puso de manifiesto que más del 90 por ciento de los encuestados creía que el gobierno revolucionario «lo está haciendo todo perfectamente bien». Entre las medidas consideradas como mejores, estaba precisamente la de la justicia revolucionaria. Si algún descontento hay ante ella, se dice en el análisis de los resultados de la indagación, «está en un porcentaje que quiere que continúe y se completa».
El 13 de enero de 1959, el periódico estadounidense Chicago Tribune publicaba una caricatura política. En el cuadro, Bolívar ponía su mano sobre el hombro de Fidel y decía: Estamos en presencia de un gran libertador. Siete días más tarde, en el mismo periódico el mismo caricaturista mostraba en su cartón a Fidel con una ametralladora en las manos y a una mujer que corría despavorida. El mensaje era claro: la democracia huía de la Isla.
En Cuba se está fusilando por decreto, decía en su exilio dominicano el expresidente Batista. La revista Times volcaba una apreciable dosis de veneno al aludir al gobierno revolucionario; detrás de cada elogio dejaba asomar la sombra de la duda y se regodeaba en la descripción de los castigos que imponían a los criminales los tribunales cubanos. Prensa norteamericana desfiguraba los hechos, tergiversaba la verdad y se hacía cómplice de la patraña. Se pretendía hacer creer a la opinión pública que Cuba chapoteaba en un baño de sangre, que la envolvía un frenesí de odio y venganza en el que policías y soldados, funcionarios civiles y simples simpatizantes de Batista eran llevados ante los pelotones de fusilamiento sin juicio previo, sin investigaciones de ningún tipo, sin posibilidades de defensa.
El país aceptó el reto y auspició la «Operación Verdad». No se replegó asustado ni balbuceó excusas: abrió de par en par sus puertas a todo el que quisiera ver de cerca lo que aquí realmente pasaba. La prensa internacional podría reportar a su antojo el acontecer de la nación. Los periodistas que llegaron a La Habana serían testigos de la magna concentración popular frente al Palacio Presidencial y del juicio que se le seguía al excomandante Jesús Sosa Blanco, un esbirro tristemente célebre y al que el juicio al que fue sometido le daría connotación internacional en virtud de los reportes de los periodistas que lo «cubrieron».
Encañonado por la espalda
Logran García Márquez y su amigo y compañero, el también periodista colombiano Plinio Apuleyo Mendoza venido asimismo para la ocasión, penetrar en el Palacio, ascienden la imponente escalera de mármol, se detienen para apreciar el busto de José Martí esculpido por Juan José Sicre que se halla en el rellano, y llegan, en el segundo piso, al fastuoso Salón de los Espejos. Cerca se halla el despacho oficial del Presidente de la República. Por allí andan Che Guevara y Camilo Cienfuegos, los dos legendarios comandantes guerrilleros que se batieron duro contra el ejército enemigo en la zona central de la Isla, luego de haberlo hecho en la zona oriental del país. García Márquez entrevista a Alberto Bayo, un coronel de la República española que entrenó en México a los futuros expedicionarios del yate Granma y a quien Fidel da trato invariable de General, cuando escucha el helicóptero de Fidel que llegaba a la mansión del ejecutivo y minutos después ve al joven líder penetrar en el atestado salón. Interrumpe su entrevista con Bayo y camina hacia Fidel. Está ya a menos de un metro del Comandante cuando siente que un objeto contundente es apretado con dureza contra su espalda. Uno de los guardaespaldas de Fidel lo toma por un infiltrado y lo encañona. Por suerte, puede el periodista salir del paso.
Fuera, el pueblo desborda la explanada del lado norte de Palacio. Se expande por Malecón, San Lázaro, Zulueta, Trocadero. Por el Paseo del Prado, la multitud pasa frente al Capitolio y llega hasta la Plaza de la Fraternidad y la Calzada de Reina. El resto de La Habana parece una ciudad muerta, con las calles desiertas. Llegan personas de otras provincias incluso, a veces a pie por carecer de medios de transporte. En un momento dado los manifestantes desbordan el cordón de la fuerza pública, rompen las barreras de madera y llegan al borde mismo de la tribuna presidencial. Algunos periodistas extranjeros no pueden ocupar su sitio en las tribunas laterales porque la ciudadanía las rebasa. La plataforma donde se instalaron las cámaras de la TV se estremece ante el empuje popular. Escribe el periodista Enrique de la Osa (1959): «Había emoción, gratitud, asombro en el semblante de Fidel. Era evidente que ni aún en su inquebrantable fe en el pueblo, esperó una respuesta de tal naturaleza» (p. 96).
Se coloca Fidel ante los micrófonos. Dice en su discurso verdades como puños: mientras Batista estuvo en el poder ningún coro de voces indignadas condenó el saqueo y el crimen. Ahora difaman al pueblo de Cuba porque quiere ser libre, porque Cuba se convierte en un ejemplo para América. Este es el pueblo más noble y sensible de todos. Si aquí se comete una injusticia, el pueblo estaría contra esa injusticia. Si todos han estado de acuerdo con el castigo a los grandes culpables, ha sido porque el castigo ha sido justo y merecido.
Decide luego poner a votación la política del Gobierno. Pide que levanten la mano los que aprueben la forma en la que se comporta la justicia en Cuba. Comenta el periodista Enrique de la Osa (1959): «Antes de que terminara la frase ya se alzaba, como un resorte, la respuesta afirmativa. Eran cientos de miles de manos, no solo dentro del cuadro visual de la terraza norte [del Palacio Presidencial], sino por Malecón y Prado, en el parque Zayas, en el Parque Central, frente al Capitolio. A lo largo de la Isla, frente a las pantallas de televisión o junto a la radio, otros cinco millones de cubanos, simbólicamente, también dijeron ¡sí!» (p. 96).
Prensa Latina S.A.
Esa misma noche, en el hotel Habana Libre, Fidel se reúne con los periodistas invitados. «Conocemos la mecánica mediante la cual determinados intereses influyen en las decisiones del gobierno de los Estados Unidos, preparando primero a la opinión pública de modo hostil a la Revolución Cubana, y luego demandando la actuación de aquel Gobierno», dice.
Afirma después:
Como no había por dónde atacarnos, tenían que inventar esa calumnia. Había que aplastar la Revolución cubana y frustrarla. Nosotros no tenemos cables internacionales. A ustedes, los periodistas latinoamericanos, no les queda más remedio que aceptar lo que les diga el cable, que no es latinoamericano. La prensa de América Latina debiera estar en posesión de los medios que le permitan conocer la verdad y no ser víctimas de la mentira (Castro, 1959, p. 103).
Entre los periodistas que siguen las palabras de Fidel Castro están Jorge Ricardo Masetti y Carlos María Gutiérrez. Ambos son conocidos por los revolucionarios cubanos. Gutiérrez fue el primer periodista latinoamericano que subió a la Sierra Maestra en los días de la guerrilla. Masetti también lo hizo y a partir de sus observaciones y vivencias escribió su libro Los que luchan y los que lloran, calificado, en su momento, como la mayor hazaña individual del periodismo argentino. Está también García Márquez.
Cuando la intervención inicial de Fidel en la conferencia de prensa da paso a las preguntas, alguien, presumiblemente Masetti, inquiere su opinión sobre la conveniencia de crear un servicio latinoamericano de noticias. Por mi parte, personalmente estoy dispuesto a hacer todo lo que sea necesario para la buena información de los pueblos de América Latina, asegura el jefe de la Revolución.
No era la primera vez que Fidel manejaba esa idea. Molina precisa que una noche de 1956, en Nueva York, Fidel que recorría entonces los Estados Unidos recabando ayuda para la lucha, preguntó a Vicente Cubillas, corresponsal de la revista Bohemia y encargado de cubrir profesionalmente el recorrido, cuántos periodistas había en la ciudad. No sabía, eran muchos sin duda, pero para qué quieres saber eso. Respuesta de Fidel: «Para invitarlos a Cuba cuando triunfe la Revolución; voy a necesitarlos» (Molina, 2012, p. 132-133). Cubillas sonrió incrédulo. Se supone que algo sobre la proyectada agencia noticiosa hablaron Masetti y el Che en plena Sierra Maestra, y quizás no es erróneo decir que el nombre se deriva de la llamada Agencia Latina que funcionó en la Argentina en los días de Perón.
Ese es el origen de Prensa Latina, Agencia Informativa Latinoamericana S. A., en los días de la «Operación Verdad». Ya en el siguiente mes de febrero, Masetti estuvo enfrascado en la creación de la nueva empresa que comenzó sus trasmisiones el 16 de junio del propio año y que tuvo a Gabriel García Márquez y que tendrá a García Márquez entre sus fundadores. Desde tiempo antes el autor de Relato de un náufrago creía en la conveniencia de un servicio latinoamericano de noticias.
Los zapatos de muerto de Sosa Blanco
Al día siguiente del acto de Palacio, García Márquez visita la Ciudad Deportiva, obra notable por su diseño, dimensiones y funcionabilidad que se había inaugurado, sin concluir, el 26 de febrero de 1958, a un costo de más de diez millones de pesos equivalentes a dólares. Allí se juzga al excomandante Jesús Sosa Blanco, un juicio sumarísimo que se prolongó durante doce horas. Fue precisamente el sujeto quien dio al edificio el sobrenombre de coliseo porque dijo sentirse en el Coliseo romano.
Su llegada motivó una explosión de cólera, pero el hombre alto y ancho, de rostro cuadrado y pómulos salientes, cejas negras y espesas y cabellos escasos que blanqueaban ya en las sienes, sonríe provocativamente mientras camina hacia el estrado, una especie de ring de boxeo iluminado, donde, esposado, permaneció de pie durante el juicio. Cuando el presidente del tribunal pronuncia su nombre, se inclina y levanta las manos en señal de saludo. Hay burla y arrogancia en su actitud.
Son varios y muy graves los cargos que se le imputan. Se le acusa de incendiario, de ladrón, de torturador, de asesino. La geografía del oriente de la Isla conoce de su saña. «Qué pasa si Sosa pasa?», repetía él mismo, como un eslogan, en sus días de «gloria». Cuenta de su paso dieron, como testigos en el juicio, campesinos de Levisa, Nicaro, Mayarí, Guisa, Sagua de Tánamo, Baracoa, Manzanillo, Guantánamo… donde el carnicero con uniforme de militar sembró el terror, la destrucción y la muerte. Son 108 los asesinatos que se le comprobaron.
«Me asesinó a mi familia y a mi esposo», dijo una testigo. Y otro: «Quemó cien casas en Levisa. En Minas de Ocujal mató a 19 trabajadores». Y otra: «Me mató a mi marido y a mis tres hijos». Y otro más: «Quemó mi casa y arrasó mis sembrados». Comparece un niño de 12 años de edad: «Mató a mi papá; me «arreguindé» de su brazo cuando se lo llevaba». Pregunta el fiscal: «¿Pertenecía tu padre al Ejército Rebelde?». Respuesta del niño: «Papá era carpintero».
Las pruebas son apabullantes. Los testimonios, palpitantes y vivos, van acompañados de las lágrimas de las viudas, los sollozos de los huérfanos, las imprecaciones de los que sobrevivieron no se sabe cómo. Sosa Blanco parece una fiera acosada, pero no pierde la altivez. «Yo cumplía órdenes», dice fríamente, con aplomo. El abogado de la defensa, Arístides D’Acosta, capitán del ejército derrocado, luciendo todavía su uniforme, asume su tarea con brillantez, pero apenas puede defender lo indefendible. Luego de una larga deliberación, el tribunal dicta sentencia; pena de muerte por fusilamiento, sentencia que se apela de oficio ante el Consejo Superior de Guerra.
García Márquez y Plinio Apuleyo Mendoza ocupan asientos en la primera fila, cerca del espacio destinado al acusado. Conocida ya la sentencia, Plinio quiere tomarle una declaración, pero Sosa Blanco rehúsa hacer cualquier comentario. Algunos periodistas insisten en visitar al condenado en su celda, en la prisión militar de la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, al otro lado de la bahía, pero los colombianos se niegan a sumarse al grupo. A la mañana siguiente. Amelia, la esposa del ex oficial, junto con sus hijas gemelas de 12 años de edad— visitan el hotel donde se alojan los periodistas invitados. Quiere la señora que los reporteros firmen una petición de clemencia, y lo logra. La firman todos, sin excepción, también García Márquez impulsado más por lástima hacia la familia y por su aversión insuperable hacia la pena de muerte, dicen los que lo conocieron, que porque le preocupara la justicia del proceso pues tanto para él como para Mendoza se trató de una sentencia justa.
«Con posterioridad García Márquez comentó que este acontecimiento cambió su idea para El otoño del patriarca, que ahora concebía como el juicio a un dictador recientemente derrocado, narrado a través de monólogos alrededor de un cadáver», (Martin 2009, p. 287) en su biografía del novelista.
Sosa Blanco había hecho que le llevaran de su casa el par de zapatos que había adquirido para la celebración del fin de año y que no llegó a estrenarse. Pide al sacerdote franciscano Javier Arzuaga, que oficia como párroco en Casa Blanca y como capellán de La Cabaña, que lo inhumaran con ellos puestos. Llegado el momento, su último deseo fue el de bañarse, afeitarse y vestirse de limpio. Fue conducido al paredón con los zapatos nuevos. Pero ya allí pidió al sacerdote que se los quitara una vez muerto y se los diera a algún necesitado, pero «que tenga el pie grande, padre, pero grande», pues Sosa calzaba una talla de campeonato.
Se estructura la agencia
Muy pocos de aquellos periodistas invitados pudieron difundir lo que vieron en Cuba al regresar a sus países de origen. No pocos de ellos quedaron cesantes cuando insistieron en hacerlo, y un escritor como Carlos Martínez Moreno, de Uruguay, que vertió en una novela, El paredón (1963), una aproximación a la realidad cubana escrita a partir de sus vivencias en los días de la «Operación Verdad», vio su libro censurado en España, donde se publicó.
Tres días pasó entonces Gabriel García Márquez en La Habana. Coincidía con Masetti en la idea de la necesidad de una agencia que difundiera la verdad de los pueblos latinoamericanos y la defendiera. De cualquier manera, antes de regresar a Caracas, dejaba claro a sus amigos cubanos su disposición de trabajar para la Revolución. «Prensa Latina era un proyecto importantísimo, muy necesario en ese momento histórico, una agencia de noticias latinoamericana», diría García Márquez (Molina, 2012, p. 155), años después, a Gabriel Molina.
Mientras tanto, en La Habana se trabaja a paso forzado en la estructuración de la agencia. Gabriel Molina (2012) expone que Ernesto Che Guevara y Enrique Oltuski, ministro de Comunicaciones, impulsaron, junto con Masetti, la nueva empresa. Añade Molina: «En general, el Che condujo el trabajo de organización de la agencia, en tanto Carlos María Gutiérrez tuvo a su cargo la elaboración de los estatutos y reglamentos de Prensa Latina» (p. 151)
En abril está lista, con carácter provisional, la primera sede de PL, en el edificio N, en la calle N entre 21 y 23, en el Vedado. Una vez oficializada, pasa al quinto piso del edificio de 23 esquina a N, un inmueble que es propiedad del Colegio Médico, institución que preside entonces el comandante (médico) Óscar Fernández Mell, uno de los ayudantes del Che, que les renta el espacio.
Se instalan allí la redacción y el departamento de comunicaciones —teleimpresoras y equipos trasmisores—. Allí están los redactores, un pequeño equipo de traductores y el plantel técnico. También el archivo y el departamento fotográfico. Esto es lo que se considera suficiente para hacer andar una empresa que se convertía, dice Molina, en «un desafío al monopolio de la información internacional» (Molina, 2012).
Gutiérrez confecciona la relación de los posibles periodistas que trabajarán en la agencia; sobrepasa apenas la veintena, sugiere los nombres de los que a su juicio podrían dirigir las futuras corresponsalías y asume la tarea de constituir las oficinas de Montevideo y Buenos Aires, así como de otras ciudades latinoamericanas. Entre las primeras que quedan listas están las de México, Venezuela y Argentina. El 13 de mayo abre la oficina de Bogotá y poco después la de Lima. Le siguen las corresponsalías de Chile, Panamá, Paraguay, Bolivia, Brasil y Ecuador.
Además de los ya mencionados son fundadores de la agencia Rogelio («Pajarito») García Lupo; Ernesto Gianchetti; Lenka Framulie, que abriría la corresponsalía de Santiago de Chile; Alfredo («Chango») Muñoz Unsaín; Jorge Timossi; Rodolfo Walsh, el autor de Operación Masacre (1957), muy cercano a García Márquez. Cubanos con experiencia en la profesión, como el poeta y ensayista Ángel Augier y Francisco V. Portela, que llevaba entonces más de dos décadas de residencia en Estados Unidos, están entre los iniciadores, y se llama a trabajar a un grupo de jóvenes y prometedores periodistas nacionales, como Ángel Boán, Gabriel Molina, José Bodes Gómez, Juan Marrero, Ricardo Sáenz, José Prado, Francisco Urisarri, Alfredo Viñas… Sobresalen entre sus colaboradores el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, Premio Nobel de Literatura, el argentino Gregorio Selser, los norteamericanos Waldo Frank y Carleton Beals, el musicólogo Argeliers León, Lisandro Otero, Heberto Padilla y Alejo Carpentier, entre otros que conformaron el staff de Grandes Firmas.
«Objetivos, pero no imparciales»
Dice Molina que Masetti pedía a sus periodistas rapidez, claridad, sencillez, veracidad, precisión y sobre todo objetividad, que no quiere decir imparcialidad. «Somos objetivos, pero no imparciales, repetía el director de Prensa Latina. Consideramos que es una cobardía ser imparcial entre el bien y el mal». Las agencias de noticias rivales no son para él la competencia, sino la «incompetencia».
Prensa Latina da cobertura excepcional al primer intento de golpe de Estado contra Frondizi, en Argentina, a la rebelión de Castro León, en Venezuela, y a la infiltración, desde Argentina, de un grupo de patriotas paraguayos, asesinados luego por Stroessner. Son los días en que Ángel Boán logra penetrar en la celda 2455 de la prisión norteamericana de San Quintín, para hacer una entrevista patética y sensacional a Caryl Chessman, pocas horas antes de que lo condujeran a la cámara de gas, y en los que el propio Boán somete por teléfono a un cuestionario burlesco al sátrapa dominicano Rafael Leónidas Trujillo.
Hito notable en el decursar informativo de la agencia latinoamericana es la entrevista que Janio Quadros, como presidente electo de Brasil, concede a Masetti, con la que PL le dio «palo» a la prensa mundial.
Un día, como a las dos de la mañana, suena el teléfono en la casa neoyorquina de Francisco V. Portela. El corresponsal reconoce la voz del director de la agencia.
—Che, maestro, averigüe con sus amigos nefastos qué pasa en la frontera entre El Salvador y Honduras. Parece que hay despelote y necesitamos confirmarlo.
De inmediato, Portela telefonea a unos de sus amigos de la AP, que en cinco minutos se encarga de evacuar la consulta. Su agencia tiene la noticia, pero como no abre el cast para la América Latina hasta las cuatro de la mañana, el hombre dice que la utilice. Así PL da el scoop a la AP con su propia información.
Se descubre la invasión
Dice Rodolfo Walsh (1969):
Algunas veces excedimos los límites habituales del periodismo. Fue Prensa Latina la que señaló con meses de anticipación el lugar exacto de Guatemala —la hacienda de Retalhuleu— donde la CIA preparaba la invasión a Cuba, y la islita de Swan donde los norteamericanos habían centralizado la propaganda radial por cuenta de los exilados.
García Márquez tiene una crónica formidable sobre ese incidente que es, dice, uno de sus mejores recuerdos de periodista, y en el que fue uno de los protagonistas, junto con Walsh y el propio Masetti, que se empeñaba en hacer de Prensa Latina una agencia mejor que todas las demás.
Masetti había instalado en Prensa Latina una sala especial de teletipos para captar el material diario de los servicios de prensa del mundo entero y luego analizarlos en junta de redacción. Dedica muchas horas a escudriñar los largos rollos de noticias que se acumulan sin cesar en su mesa de trabajo, valora el torrente de información repetido desde diferentes intereses y puntos de vista y al final los compara con los servicios de su propia agencia. Una noche se encuentra con un rollo que no es de noticias, sino del tráfico internacional de la Tropical Cable, filial de la All American Cable en Guatemala.
Precisa el autor de La hojarasca:
En medio de los mensajes personales había uno muy largo y denso, y escrito en una clave intrincada. Rodolfo Walsh, quien además de ser muy buen periodista había publicado varios libros de cuentos policiacos excelentes, se empeñó en descifrar aquel cable con la ayuda de unos manuales de criptografía que compró en alguna librería de viejo de La Habana. Lo consiguió al cabo de muchas noches insomnes, y lo que encontró dentro no solo fue emocionante como noticia, sino un informe providencial para el gobierno revolucionario. El cable estaba dirigido a Washington por un funcionario de la CIA adscrito al personal de la embajada de Estados Unidos en Guatemala, y era un informe minucioso de los preparativos de un desembarco armado en Cuba por cuenta del gobierno norteamericano. Se revelaba, inclusive, el lugar donde iban a prepararse los reclutas: la hacienda de Retalhuleu, un antiguo cafetal en el norte de Guatemala (García-Márquez, 1999, p. 239).
Escribe García Márquez en su crónica que un hombre con el temperamento de Masetti no podía dormir tranquilo si no iba más allá de aquel descubrimiento accidental. Como revolucionario y periodista que era se empeñó en infiltrar un enviado en la hacienda. Durante muchas noches en claro, mientras estaban reunidos en su oficina, el colombiano tuvo la impresión de que su director no pensaba en otra cosa. Por fin, tal vez cuando menos lo esperaba, concibió la idea magistral.
La concibió de pronto, viendo a Rodolfo Walsh que se acercaba por el estrecho vestíbulo de las oficinas con su andadura un poco rígida y sus pasos cortos y rápidos. Tenía los ojos claros y risueños detrás de los cristales de miope con monturas gruesas de carey, tenía una calvicie incipiente con mechones flotantes y pálidos y su piel era dura y con viejas grietas solares, como la piel de un cazador en reposo. Aquella noche, como casi siempre en La Habana, llevaba un pantalón de paño muy oscuro y una camisa blanca, sin corbata, con las mangas enrolladas hasta los codos. Masetti me preguntó: “¿De qué tiene cara Rodolfo?” No tuve que pensar la respuesta porque era demasiado evidente. “De pastor protestante”, contesté. Masetti replicó radiante: “Exacto, pero de pastor protestante que vende biblias en Guatemala”. Había llegado, por fin, al final de sus intensas elucubraciones de los últimos días (García-Márquez, 1999, p. 240).
Como descendiente directo de irlandeses, Walsh es un bilingüe perfecto y conoce de memoria los desastres del apocalipsis. Basta con vestirlo de negro con un cuello blanco volteado. El plan no puede fallar. El periodista viajaría al día siguiente a Panamá y de allí pasaría a Nicaragua y Guatemala predicando y vendiendo biblias de puerta en puerta hasta encontrar el lugar exacto del campo de instrucción. Si logra hacerse de la confianza de algún recluta podría escribir un reportaje sensacional. No puede ser. Walsh es detenido en Panamá por un error de información del Gobierno panameño y su identidad queda entonces tan bien establecida que no se atrevió a insistir en su farsa de vendedor de biblias.
Masetti no se resigna a que la «incompetencia» tenga quizás corresponsales propios en Retalhuleu mientras que PL tiene que conformarse con el descifrado de cables secretos. Deben viajar García Márquez y Masetti a Lima, donde hay problemas en la oficina de Prensa Latina, y la travesía pasa por México e incluye una escala imprevista en Ciudad de Guatemala. Allí, en el aeropuerto de La Aurora, sofocante y sucio, beben cervezas heladas bajo ventiladores de aspas oxidadas que no logran espantar las moscas ni alejar los repugnantes efluvios del aceite que se usa una y otra vez en la elaboración de las frituras. El director de Prensa Latina no tiene un instante de reposo. Se empeña en que se escapen de la terminal aérea y vayan a escribir el reportaje grande de Retalhuleu.
Ya entonces le conocía bastante para saber que era un hombre de inspiraciones brillantes e impulsos audaces, pero que, al mismo tiempo, era muy sensible a la crítica razonable. Aquella vez, como en algunas otras, logré disuadirle. «Está bien, che», me dijo, convencido a la fuerza. «Ya me volviste a joder con tu sentido común». Y luego, respirando por la herida, me dijo por milésima vez: —Eres un liberalito tranquilo (García-Márquez, 1999, p. 241).
El avión demora y García Márquez propone a Masetti una aventura de consolación que el argentino acepta encantado. Escribir a cuatro manos un relato pormenorizado basado en las verdades que conocen por los mensajes cifrados, pero haciendo creer que la información era fruto de un largo viaje clandestino por todo el país. Masetti se muere de risa mientras escribe: a lo que conoce por la lectura de los cifrados añade elementos que saca de su imaginación. Cerca de los periodistas, junto al buzón de correos, cabecea un soldado indio. Va descalzo, luce desnutrido; se toca con un casco alemán y porta un fusil de la guerra mundial. Entre pestañazo y pestañazo clava su mirada abismal en García Márquez y su compañero como queriendo adivinar en qué andan aquellos sujetos. Fuera, con su cámara de cajón y manga negra —una Polaroid del subdesarrollo antes del invento de la Polaroid— un fotógrafo minutero toma fotos y las revela e imprime en un abrir y cerrar de ojos. Al final, García Márquez y Masetti añaden al texto cuantas diatribas les salen del alma y firman con sus nombres y añaden sus títulos de prensa. Enseguida se hacen fotografiar y posan teniendo como fondo el volcán acezante e inconfundible que domina el paisaje a fin de que nadie dude del sitio donde se tomó la instantánea. La meten con el escrito en un sobre y lo depositan en el buzón en un momento en que el soldado se deja vencer por el sueño. El envío va dirigido al general Miguel Ydígoras Fuentes, presidente de la República de Guatemala.
Masetti estaba radiante. Yo lo estaba menos, y cada vez menos porque el aire se estaba saturando de un vapor húmedo y helado y unos nubarrones nocturnos habían empezado a concentrarse sobre el volcán. Entonces me pregunté espantado qué sería de nosotros si se desataba una tormenta imprevista y se cancelaba el vuelo hasta el día siguiente, y el general Ydígoras Fuentes recibía la carta con nuestros retratos antes de que nosotros hubiéramos salido de Guatemala. Masetti se indignó con su imaginación diabólica. Pero dos horas después, volando hacia Panamá, y a salvo de los riesgos de aquella travesura pueril, terminó por admitir que los liberalitos tranquilos teníamos a veces una vida más larga, porque tomábamos en cuenta los fenómenos menos previsibles de la naturaleza (García-Márquez, 1999, p. 242).
Al fin García Márquez no viaja a Lima con el director general de Prensa Latina. Ya en Panamá, Masetti lo escucha tratando de comunicarse por teléfono con Mercedes y le dice que viaje a Barranquilla y pase las Navidades con los suyos. El colombiano cambia entonces su billete de avión y sale del país luego de que la policía panameña lo retuviera por breve tiempo.
Molesta, luego existe
Porque las cosas no van bien para Prensa Latina. Molesta desde temprano a las agencias rivales y a algunos Gobiernos latinoamericanos. Rodolfo Walsh, en mayo de 1959, hace en Río de Janeiro una escala prevista para cuarenta y ocho horas y debe permanecer allí cuarenta y ocho días. Debía abrir en la ciudad la oficina de PL, arrendar un canal de teletipos y designar al corresponsal jefe, tres cosas sencillas para las que encuentra, sin embargo, uno y mil obstáculos. Walsh, citado por Molina (2012) diría:
Las dificultades que surgieron eran tan absurdas que no tenían explicación dentro del marco idílico de la libertad de prensa, la libre competencia y otras fantasías. La burocracia brasileña es la más imaginativa que he conocido: siempre faltaba algo, una coma, un «carimbo», hasta un análisis de orina y una muestra de sangre. La maquinaria gubernamental chorreaba corrupción y demora en proporciones kafkianas (p. 160).
Se ataca a la joven entidad en las asambleas generales de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). En Ecuador, el jefe de la oficina de PL en Quito es conducido, esposado, a una unidad de Policía donde se le acusa de residir ilegalmente en el país por lo que se le forma expediente de expulsión. En Guatemala, el presidente Miguel Ydígoras Fuentes cancela, por decreto de 3 de mayo de 1960 la licencia concedida a Prensa Latina por resultar dicha agencia, se lee en el documento redactado con un despiste total de la realidad, «una cobertura de la red de espionaje del ejército de China comunista, organizada a mediados de los años 50 para difundir la propaganda comunista originada en Moscú».
El 14 de agosto del propio año, en San José de Costa Rica, a la salida del teatro donde sesiona la conferencia de cancilleres de la OEA, Masetti es detenido para ser conducido, primero, a una dependencia de la Seguridad y luego a una instalación militar. El embajador de Cuba en Costa Rica, por instrucciones expresas del canciller Raúl Roa, se persona en el cuartel a fin de interesarse por el detenido y el jefe de la unidad jura por su honor que no se encuentra en el lugar. Queda en libertad horas después.
Jules Dubois, presidente de la SIP, ataca a Prensa Latina de manera desaforada y al llamar a no reconocerla como agencia noticiosa, busca impedir su funcionamiento. El 20 de octubre de 1960, la Sociedad Interamericana de Prensa, en su XVI Asamblea Anual, adopta una resolución contra PL. Hace además un llamado a la OEA para que adopte medidas contra Cuba.
Escribe Gabriel Molina (2012): «Paso a paso los gobiernos irán clausurando las corresponsalías y persiguiendo a sus periodistas, anticipándose con ello a la ruptura de relaciones diplomáticas» (p. 172). En el curso de pocos años todas las naciones latinoamericanas, con excepción de México, rompieron sus vínculos diplomáticos con Cuba.
El llamado de Dubois obra como un ucase, dice Walsh. El 2 de diciembre es asaltada y clausurada por agentes de la policía la corresponsalía de Buenos Aires y detenido su personal, que es liberado al día siguiente. Se afirma en el decreto de clausura que atenta contra el prestigio y la paz de la nación. Dos individuos golpean al corresponsal jefe. En Brasil, el gobierno de Jucelino Kubitschek inicia expediente de expulsión contra el corresponsal jefe, proceso interrumpido después por el presidente Quadros. El 21 de marzo de 1961, la policía asalta la oficina de Ciudad de México en busca de armas. El 17 de diciembre la policía política asalta las oficinas de Caracas y secuestra sus archivos. El 27 se cierran, por decreto del presidente Manuel Prado, las oficinas de Lima, y el 30 Perú rompe relaciones con la Isla.
Al pie del teletipo
En abril de 1959 el mexicano Armando Rodríguez Suárez llega a Colombia y propone que Plinio Apuleyo Mendoza, que trabaja allí como periodista independiente, y Gabriel García Márquez, todavía en Caracas, abran la oficina de Prensa Latina en Bogotá. Días más tarde, el Royal Bank of Canada notifica a Mendoza el recibo de diez mil dólares a su nombre para la nueva empresa. Telegrafía enseguida a su amigo para pedirle que se le reúna de inmediato. Su deseo de trabajar por Cuba venció en García Márquez su renuencia a regresar a la capital de su país. Llegó, con Mercedes, a comienzos de mayo todavía sin saber bien con qué propósito. Pronto la oficina se convirtió en lugar de reunión de la izquierda colombiana y no pocos actos a favor de Cuba se convocaron en sus alrededores.
A mediados de 1960, Masetti visita a García Márquez en su casa de Bogotá. Conversa asimismo con Mendoza. No puede permitirse el lujo de tener dos hombres de confianza en una misma plaza. Quiere que solo uno de ellos quede en la capital colombiana y que el otro asuma un nuevo destino. Mendoza insiste en permanecer en Bogotá, mientras que García Márquez acepta pasar unos meses viajando a La Habana con frecuencia a fin de familiarizarse con los nuevos métodos de trabajo de la agencia y adiestrar a jóvenes periodistas antes de que se le asigne una misión específica. Ya había nacido su primer hijo, Rodrigo, y el niño y Mercedes quedan en Barranquilla.
Prensa Latina, como se dijo antes, ocupa todo un piso, el quinto, en el edificio del Colegio Médico, en la mítica Rampa habanera, a unos trescientos metros del Malecón, el lugar más cosmopolita de la ciudad. Se trata de un inmueble inaugurado en 1957 a un costo de más de un millón y medio de pesos equivalentes a dólares. Ocupa un área de dos mil metros cuadrados y dispone de tres sótanos para parqueo y servicios propios del predio, espacios para comercios en la planta baja, una torre de oficinas de cinco pisos y otra de 19 niveles con cuatro apartamentos cada uno. La agencia mantiene rentados varios de ellos, dotados de dos habitaciones, un salón y una terraza que regala una vista espectacular de La Habana. Renta asimismo otros apartamentos en el cercano edificio FOCSA, solo superado en altura en la ciudad por el del hotel Habana Hilton, hoy Habana Libre. En ellos se alojan los periodistas que se contratan en el exterior. Si son solteros o viajan sin sus esposas, dos periodistas comparten un apartamento, y el apartamento se asigna íntegro al periodista que arriba con su compañera o viene para una larga estancia. En el piso 20 del edifico de 23 y N, García Márquez comparte apartamento con el brasileño Aroldo Wall, quien contaría después que su compañero de piso pasaba horas en la terraza, en total silencio, metido en sí mismo, contemplando el paisaje, pensado ya quizás la gran novela que escribiría algún día.
Se devengan buenos salarios en Prensa Latina, pero el trabajo es absorbente. Como agencia de noticias al fin está en funciones las veinticuatro horas del día, en turnos de seis u ocho horas. «Vivíamos, puede decirse, al pie del teletipo, pero no recuerdo un trabajo que se hiciera con tanta felicidad…» escribe Rodolfo Walsh (citado por Molina, 2012, p. 171). No es raro que cuando todo parece estar en calma, sobrevenga una crisis. A veces, luego de una jornada larga y agitadora, García Márquez se escapa al cine o a alguno de los bares del hotel Capri, a menos de cien metros de la oficina, y al regresar ve luz en el despacho de Masetti, que trabaja solo con la lámpara del escritorio, mientras mantiene el resto de la habitación a oscuras. Entra y vuelve a sumirse en el trabajo hasta bien entrada la madrugada. Se retira a descansar, pero Masetti lo procura a las nueve de la mañana. Masetti no dormía, decía el cubano Francisco V. Portela, y si lo hacía soñaba con la noticia.
Dirá a Gabriel Molina:
Con Masetti desde el primer momento hicimos una liga así […] —explica Molina que al pronunciar esas palabras, entrelazó los dedos de las manos y los hizo girar unidos, como para expresar: «Éramos uña y carne». —Fue una relación muy especial. Conversábamos mucho, de política, de literatura. Íbamos también a su casa, que era cerca de la oficina, creo que en el edificio FOCSA […]
Casi al mismo tiempo que Masetti y Conchita pasamos nuestra luna de miel. Éramos un equipo, como una pandilla. Conversábamos de noche en la agencia, tarde, al terminar el trabajo, pues había muchos acontecimientos, nos sentábamos a veces en el suelo y a veces venía el Che y ellos tomaban mate. También nos reuníamos en alguna casa, con algún trago de ron o de whisky…
Masetti era muy buen periodista, inteligente, cariñoso. Yo empezaba, pero él ya había hecho carrera en Argentina (Molina, 2012, p. 151).
Añade:
A veces estábamos solos Masetti y yo. Teníamos plata, porque nos pagaban bien. Los salarios que comenzó a pagar Prensa Latina desde el principio eran muy decorosos, te alcanzaba para vivir con cierto desahogo, en nuestros países y aun en Nueva York, lo cual no era muy frecuente en el periodismo de América Latina en esa época. Che menciona que estuvo trabajando en México para la argentina Agencia Latina, aunque sufrió dificultades para cobrar sus salarios. Masetti nos contaba la participación de Guevara con Fidel en la asunción de Radio Rebelde. Ellos dos siempre tuvieron exacta medida de la necesidad de comunicarse con el pueblo a través de los medios masivos (Molina, 2012, p. 152).
Viviendo en el mismo edificio donde se ubica la oficina, no es mucho lo que puede conocer de La Habana. Para colmo, quedan cerca los restaurantes que frecuenta, esos establecimientos tipo norteamericano, muy limpios, de aluminio y cristal que quieren suplir la fonda y el viejo café español de mesas con tapas de mármol y sillas de Viena, y que, con sus menús internacionales, cada vez más disminuidos, empezaron a proliferar en la ciudad, y sobre todo en la barriada del Vedado, en los años 50: Maracas, Wakamba, Karabali. Una oferta atendible de emparedados y café con leche y tostadas con mantequilla asegura, aunque no siempre, La Cibeles, en los bajos de la oficina de PL.
De esa etapa, recuerda García Márquez (citado por Esteban y Panichelli, 2004)
A los quince días de triunfar la Revolución yo estaba en Cuba. Estuve en la «Operación Verdad». Después fui para Bogotá, a la oficina de Prensa Latina. A mediados de los sesenta [debe decir: mediados de 1960] regresé a La Habana, estuve trabajando seis meses y te voy a decir lo que conocí de Cuba: conocí el quinto piso del edificio del Retiro Médico, donde están las oficinas de Prensa Latina, conocí el ascensor del edificio del Retiro Médico, una vista reducida de la Rampa, la tienda Indochina, que está en la esquina; conocí otro ascensor que me llevaba por otra calle al piso veinte, del edificio del Retiro Médico, donde vivía con Aroldo Wall. ¡Ah! Y conocí el restaurante Maracas, donde comíamos a una cuadra y media de allí. Trabajábamos todos los minutos del día y de la noche. Yo le decía a Masetti: «Si algo va a hundir esta Revolución, es el gasto de la luz» (p. 41).
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