Czytaj książkę: «Cartas»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 255

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO.
Según las normas de las B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JESÚS ASPA CEREZA.
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 1998.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO346
ISBN 9788424932756.
NOTA EDITORIAL
Hace ya algunos años que la Editorial Gredos encargó la traducción de las Cartas de Cipriano de Cartago al profesor D. José María Romeo Pallás, quien manifestó poco después su deseo de compartir esta labor con su alumna la Dr.a García Sanchidrián. Desgraciadamente, tras el fallecimiento, en abril de 1994, del profesor Romeo, no fue posible encontrar la parte de la traducción que ya había realizado, por lo que se le debió encomendar la totalidad de la misma a la profesora García Sanchidrián. Sirva, pues, esta nota de aclaración y, sobre todo, de póstumo y emotivo recuerdo del profesor Romeo.
José Javier Iso Echegoyen
Septiembre de 1998
INTRODUCCIÓN
1. Ambientación histórica
Durante una treintena de años el cristianismo disfrutó también de la paz que el gobierno romano otorgó al pueblo judío, no porque la libertad se hubiese concedido de una manera consciente, sino porque ni el gobierno ni el pueblo distinguían entre el cristianismo y el judaísmo. Al principio los adeptos continuaron observando la ley judía en Jerusalén; pero la Iglesia, según los Hechos de los Apóstoles, aumentó rápidamente, pues muchos judíos que visitaban Jerusalén por Pascua se convertían al cristianismo. Al ser perseguidos por los judíos, los dirigentes cristianos enseguida fueron arrojados de Jerusalén a las sinagogas de Samaría y Siria, adonde los siguieron varios de sus perseguidores, entre ellos Saulo1. Pronto se predicaría el Evangelio a los gentiles, y los conversos quedarían en libertad para abandonar la práctica del judaísmo. El apóstol de los gentiles podía ya predicar un Evangelio emancipado del judaísmo2, aunque la hostilidad de los «judaizantes» le entorpeciese todos los pasos.
Pablo viajaba por los caminos del comercio y las comunicaciones a los que la paz romana había dado seguridad. Visitaba primero las comunidades judías y después predicaba a los gentiles3, en el griego de aquel tiempo. Sus conversos pertenecían, por lo general, a las clases humildes4. Cuando su predicación promovía desórdenes, eran los judíos los que los provocaban5. Los funcionarios romanos lo protegían como a un sectario judío6.
Pero, si por entonces el gobierno de Roma no distinguía entre el judaísmo y el cristianismo, el pueblo no tardó en hacerlo, pues comprendió que había surgido algo más insolente y algo más peligroso que el judaísmo. Hacia el año 64 d. C., la fecha de la persecución de Nerón7, el gobierno se había al fin dado cuenta de esto, ya que, según sus enemigos, el cristianismo mereció que se le prestara vigilancia oficial, porque no satisfacía las condiciones en que Roma concedía la tolerancia8.
A algunos romanos de la época les parecía que los cristianos odiaban al género humano; esperaban el próximo advenimiento de Cristo cuando todos, salvo ellos mismos, serían destruidos. A partir del siglo II este modo de pensar se manifestó de una manera diferente; a los cristianos no les importaba provocar la enemistad con el fin de ganar la corona del martirio. Con la negativa a cooperar en los festivales religiosos, juegos de anfiteatro, espectáculos de teatro y circo, a manifestar los gestos de culto que impregnaban la vida ordinaria, ponían en tela de juicio la legislación y las instituciones de la ciudad. Defendían unos valores que no se identificaban con el Imperio romano. El mensaje de los cristianos es más vasto y más duradero que los imperios y las civilizaciones, que se construyen y se destruyen: esta actitud será calificada de indiferencia y de falta de civismo, porque la religión oficial forma una sola cosa con la ciudad9. De modo que una parte pensaba en términos políticos, la otra en términos religiosos; y, como la religión cristiana era absolutamente distinta de todas las demás por su rechazo de la consigna «vivir y dejar vivir», el conflicto fue inevitable. Ya desde la primera persecución, es decir, la de Nerón10, llevar el «nombre» de cristiano, que equivalía a ser cómplice en prácticas subversivas, fue suficiente para poder ser perseguido11. Por otra parte parece que en los dos primeros siglos no hubo un edicto «general» contra el cristianismo. La persecución era esporádica y local. Se producía principalmente como resultado de disturbios que hacían que el asunto llegase a oídos del magistrado provincial.
De todos modos, en el año 112 d. C., Plinio, gobernador de Bitinia, escribió al emperador Trajano, pidiéndole consejo: «¿Es punible el nombre o sólo los crímenes atribuidos al nombre?». Plinio ya había establecido la prueba del culto. Trajano contestó que no podía aplicarse una regla universal. No hay que andar a la caza de cristianos. Si se comprueba que alguien es cristiano, deberá ser castigado. No deben tenerse en consideración las denuncias anónimas12. Parece ser que Trajano, a pesar del gran número de cristianos que según Plinio había en Bitinia, no los consideraba como activamente peligrosos. Durante los reinados de Antonino Pío y de Marco Aurelio, la persecución era iniciada generalmente por la furia del populacho más que por iniciativa oficial13.
En los siglos III y IV la relación entre la Iglesia y el Estado sufrió cambios que estaban ligados a los vuelcos de circunstancias que ambos habían experimentado. La persecución ahora se hacía por edicto general del Emperador y no por el ejercicio local de la iniciativa judicial. La Iglesia había aumentado en número, poder y prestigio. «Apenas somos de ayer —dice Tertuliano a fines del siglo II en un famoso pasaje14—, y ya hemos llenado el orbe y todas vuestras cosas: ciudades, islas, poblados, villas, aldeas, y también los campamentos, vuestras tribus, vuestros departamentos electorales, el palacio, el senado, los tribunales; lo único que os hemos dejado han sido vuestros templos». Además, el cristianismo se había definido tanto en su organización externa como en su doctrina con relación a los problemas de la vida humana en el Imperio. Era ya la religión de algunos de los hombres más competentes y cultos de la época.
Pero en este tiempo lo que más desesperadamente le importaba al Estado era la unidad. Esta nueva fase se caracteriza como una batalla abierta y general contra el cristianismo, con el objeto de destruirlo, por creerlo un peligro para el Estado. Se ve más claramente el cambio que se produjo en las relaciones entre el cristianismo y el gobierno, examinando las razones que provocaron la persecución. Septimio Severo, al principio, no se mostró hostil, y se sabe que entregó a su hijo Caracalla al cuidado de una nodriza cristiana, según escribe Tertuliano en su Apologeticum, 1615. Pero le alarmó el rápido aumento en el número de cristianos y prohibió el bautismo de los paganos, aunque esta prohibición caducó después de su muerte.
Las medidas de Decio, hombre de grandes cualidades como guerrero y gobernante, fueron más drásticas, y motivadas por los indicios cada vez más numerosos de que la Iglesia se estaba organizando como una sección exclusiva de la sociedad, por su pacifismo y la consecuente amenaza para la eficacia militar del Imperio, y por el deseo del Emperador de mantener buenas relaciones con el Senado. Por todo esto juzgó Decio al cristianismo, ya muy desarrollado, un obstáculo para sus planes, por lo cual se ordenó, mediante un edicto general contra ellos16, que todos los ciudadanos se presentaran ante el magistrado, hiciesen sacrificios a los dioses paganos y recibiesen un certificado acreditativo de haberlos efectuado. Durante un breve tiempo hubo una feroz persecución, con la intención original de hacer que se renunciase a la fe en masa. El edicto tuvo éxito porque, aunque hubo muchos mártires, también fueron muchos los lapsos, por el miedo ante el nuevo método y también, según Cipriano (De lapsis 5, 6), por la laxitud de muchos cristianos. Pero los propósitos imperiales fracasaron porque casi todos los lapsos, algunos incluso durante la misma persecución, pidieron ser admitidos nuevamente en la Iglesia. La admisión a la Iglesia de éstos provocó disputas, toda la llamada controversia de los lapsos, sobre la disciplina penitencial y sus fundamentos dogmáticos con ocasión de aquel conflicto: de ella hablamos más adelante.
En el año 257 d. C., Valeriano intentó imponer la tolerancia del cristianismo, que había sido negada durante dos siglos, ordenando que el alto clero hiciese sacrificios, pero permitiendo que en la vida privada se siguiese siendo cristiano17. En el Oriente se castigó a seglares y clérigos por profesar la fe cristiana, prescribiéndose castigos especialmente severos a los senadores y a los caballeros. De este modo se atacaba a la Iglesia como organización. En el año 257 publicó un edicto contra los clérigos y poco después otro contra todos los cristianos, aduciendo, al parecer, peligro político.
Pero fue bajo Diocleciano cuando se desencadenó la persecución más sangrienta. El emperador se había propuesto dar a Roma un esplendor extraordinario. En su esfuerzo desesperado para unir el Imperio, le preocuparon especialmente las influencias que tendían al separatismo, y, aunque al principio despreció la fuerza de los cristianos, hacia el año 303 d. C., bajo la presión de César Galerio, su asociado en el gobierno, había llegado a la conclusión de que en efecto existía otro Estado dentro del Estado. Las medidas que tomó fueron sin precedentes, puesto que ningún cristiano podría disfrutar de ciudadanía romana ni, por tanto, desempeñar puestos en los servicios imperial ni municipal y tampoco podía recurrir a la apelación en los veredictos judiciales. Ningún esclavo cristiano podría ser libre y se destruirían las iglesias y los libros sagrados; se encarcelaría al clero y se le obligaría a sacrificar a los dioses mediante la tortura. El propósito era privar a los fieles de sus dirigentes y a la organización de la Iglesia de sus principales defensores. Finalmente, este edicto fue aplicado a todos los cristianos18. El rigor con que se aplicaron estos edictos fue muy distinto en unas y otras zonas del Imperio. Hubo algunos lapsos —se llamó traditores a los que entregaron libros sagrados para que fueran destruidos— pero en número muy inferior a los que hubo en la persecución de Decio, y fueron muchos los mártires y confesores. Era la última batalla de la Iglesia con la Roma pagana, pues estaba ya próxima la libertad definitiva del cristianismo promulgada por Constantino en el Edicto de Milán, a principios del 313.
2. Vida de San Cipriano
San Jerónimo19 compendia así la vida del Obispo de Cartago: «Cipriano, nacido en África, fue primeramente un insigne maestro de retórica. Después, convertido al cristianismo por los buenos consejos del presbítero Cecilio20 de quien tomó el nombre, invirtió en la ayuda de los pobres toda su fortuna21. No mucho tiempo después fue ordenado presbítero y consagrado obispo de Cartago, sufriendo el martirio en tiempo de los emperadores Valeriano y Galieno, en la octava persecución, en el mismo día aunque no en el mismo año que el obispo Cornelio en Roma».
Esta breve noticia tiene para nosotros un gran valor porque es el único documento que habla de su vida anterior a la conversión. Las otras fuentes biográficas de san Cipriano son las siguientes:
1. La Vita Cypriani22, escrita por su diácono Poncio poco tiempo después de la muerte del gran obispo; su mérito literario ha sido exagerado por Harnack23; más un elogio que una historia, tiene todos los defectos de las primeras biografías y su autor más que explicar las obras del santo quiere mostrar la acción de la Providencia sobre él; por esta razón falta el estudio psicológico y el autor omite períodos enteros de la vida de Cipriano que considera poco interesantes, tales como su juventud y la polémica sobre la práctica de rebautizar a los herejes. Sobre todo tiene valor por ser prácticamente contemporánea y de un testigo ocular.
2. Los Acta proconsularia Cypriani son fuente segura para las circunstancias de su martirio. Narración sencilla y sin pretensiones literarias, pero detallada y precisa, escrita por un testigo presencial de los hechos que relata, consta de tres partes: a) el proceso del interrogatorio delante del procónsul Aspasio Paterno y la condena al exilio a Cúrubis, el día 10 de agosto del año 257; b) el proceso de su segundo interrogatorio, ante el procónsul Galerio Máximo y la condena a muerte, en el mes de septiembre del año 258; y c) la relación del martirio, llevado a término el día 14 de septiembre del mismo año, en Villa Sexti, cerca de Cartago24.
3. Sus obras constituyen el principal medio o fuente de que podemos servirnos para deducir los hechos de su vida y adivinar sus rasgos psicológicos: su prudencia, su gran caridad, su firmeza de carácter. Su fecunda producción literaria se limita a una serie de opúsculos, tratados más o menos extensos de apologética, polémica o moral, y a las cartas que escribió siendo ya obispo. Estas cartas no tienen indicación de la fecha, pero, gracias a su contenido, de casi todas ellas se puede deducir el año en que fueron escritas.
Desde los primeros opúsculos, que probablemente son anteriores a todas las cartas, especialmente desde el Ad Donatum, donde canta las maravillas de la gracia en el alma del novel cristiano y la felicidad de la que se siente poseído con las nuevas prácticas, hasta la carta 81, dirigida en el año 258 a su clero y pueblo para hacerles sabedores de su próximo martirio, todas sus obras forman una rica hilera de notas que, además de constituir una parte considerable de la historia eclesiástica de su siglo, tienen un extraordinario valor autobiográfico.
Cecilio Cipriano25, de sobrenombre Tascio26, era de la provincia proconsular de Africa27, quizás de la misma ciudad de Cartago28. La fecha de su nacimiento no se puede fijar exactamente: probablemente oscila entre el 200 y el 21029.
Tampoco sabemos nada de la fecha ni de las circunstancias de su conversión, si bien Monceaux supone que la época de su conversión debió de ser hacia el 245 o el 246. Poncio, que podía conocer bien la vida de su obispo, no dice nada de esta primera etapa de su vida. El hecho es que en la época vigorosa de su edad, alrededor de los cuarenta años, se sintió atraído hacia el cristianismo, siendo imponderable la actividad apostólica que entonces se despertó en aquel temperamento vivísimo, educado en la escuela del impetuoso Tertuliano, a quien él llamaba continuamente «el maestro»30.
Todavía era catecúmeno cuando ya hizo voto de continencia y vendió sus fincas para distribuir su importe entre los pobres; hacía poco que había sido bautizado cuando fue ordenado sacerdote y pronto, por aclamación de todo el pueblo, recibió la consagración episcopal que le llevaba a la metrópoli de África proconsular. Podemos deducir el año de su ascensión a la dignidad episcopal a través del contenido de la carta 59, escrita al papa Cornelio en el año 252, en la cual dice que éste es el año cuarto de su pontificado.
Una mezcla de energía —que, cuando se creía bien orientado, le hacía intransigente frente a cualquiera, por alto que fuese— y de dulce humildad —que le llevaba a consultar la opinión de sus subordinados, los obispos africanos y los clérigos e incluso de los fieles laicos— le hizo triunfar en la tarea nada fácil de regir la primera de las sedes episcopales de África31 en una época en que —como él mismo dice32— la antigua disciplina se había relajado hasta tal extremo que era general el afán de acumular riquezas, faltaba el celo y la pureza de fe en los ministros de Dios, no se practicaban las obras de misericordia, hombres y mujeres desfiguraban en sus cuerpos la obra de Dios con tintes postizos y artificios de toda clase, se engañaban los unos a los otros, se casaban cristianos con infieles, juraban sin necesidad y hasta con falsedad, menospreciaban soberbiamente la autoridad, maldecían y se odiaban, e incluso los obispos, quienes habrían tenido que dar buen ejemplo a los fieles con sus virtudes, vagabundeaban lejos de sus diócesis y de las almas que les habían sido encomendadas, convertidos en negociantes y acaparadores de caudales mal adquiridos33.
Muy pronto un nuevo estado de cosas vino a hacer todavía más difícil la actuación de san Cipriano: con la ascensión de Decio al trono imperial, vino la reacción romana contra el extranjerismo, que lo había invadido todo con los anteriores emperadores forasteros, y estalló una persecución furiosa de los cristianos a principios del año 250, cuando justamente hacía uno que Cipriano era obispo. Solamente huyendo pudo librarse de la muerte, que reclamaba tumultuosamente el pueblo gentil gritando que fuese tirado a los leones del circo34.
No era todavía la hora —dice su biógrafo— de que llegase a la cima de la gloria con el martirio; había de subir a ella por todos los escalones, de uno en uno, y los fieles necesitaban sus consejos y su auxilio en la horrible persecución que acababa de desatarse.
El clero romano, encargado del gobierno de la Iglesia por la vacante que dejó el martirio de san Fabián35, no aprobó la fuga del Obispo de Cartago36 y fue necesario que éste escribiese la carta 20 a fin de justificarse. En esta carta nos deja un bello fragmento de autobiografía, demostrando, con la simple elocuencia de una narración de hechos, que en nada fue negligente su celo apostólico en aquel refugio, que nos es desconocido —si bien no podía estar lejos de Cartago—, pues desde allí iba siguiendo el curso de los acontecimientos.
De esos quince meses de exilio son las cartas 5 a 8 y 10 a 19, a las que alude en la referida carta 20. También pertenecen a esta época la 9 y muchas de las posteriores hasta la 43.
La persecución de Decio37, aunque breve en el tiempo, trajo como consecuencia un gran número de apostasías. Todo el mundo era llamado a comparecer delante de los magistrados y obligado a sacrificar a los dioses de la religión oficial. Los que se sujetaban a estas condiciones recibían un certificado de cumplimiento y no eran molestados ya más.
Fueron muchos los cristianos que no resistieron. Unos cayeron ejecutando un sacrificio propiamente dicho —sacrificati— u ofreciendo unos granos de incienso sobre el altar —thurificati— mientras que otros fingieron una apostasía que no existía en realidad. La larga paz había producido cierta flojedad en muchos cristianos, y por esta razón algunos se procuraban de los empleados públicos un certificado con el testimonio de haber sacrificado a los dioses, y otros se hacían inscribir simplemente en las listas públicas y recibían el libellus en que esto constaba, por lo cual se les llamó libellatici. Todos ellos eran considerados por la Iglesia como lapsos o caídos, y obligados a la penitencia canónica si solicitaban su reintegración a la comunión de los fieles.
El respeto que se tenía a los santos confesores aprisionados y próximos al martirio hacía que los lapsos fuesen a pedirles cédulas de recomendación para las autoridades eclesiásticas, con la presentación de las cuales, llamadas libelli pacis, les era concedida la abreviación de los trámites penitenciales y muy a menudo el perdón total.
En esta ocasión, el Obispo de Cartago tuvo que mostrar toda su energía, su firmeza y su rectitud a fin de evitar que se hiciese un abuso de la benevolencia de los mártires para con los lapsos; a tal fin, Cipriano escribió desde su refugio las cartas 15, 16 y 18 dirigidas a los confesores, a los clérigos y al pueblo, respectivamente.
Las órdenes del obispo invitando a los lapsos a la penitencia y a la paciencia no fueron bien recibidas por todo el mundo, puesto que de entre los propios confesores aprisionados hubo quienes no quisieron aceptarlas. Luciano, un hombre de «fe intrépida y de virtud robusta, pero de pocos fundamentos teológicos»38, que había sido condenado a morir de hambre y de sed en la prisión, en nombre de otros confesores aprisionados dirigió a Cipriano una breve carta39 en la que le decía: «Debes saber que todos nosotros hemos otorgado la paz a aquellos que te hayan dado cuenta de su conducta después del pecado». El obispo se mantuvo inflexible. En una carta dirigida a sus clérigos40 les felicita por haber excomulgado al presbítero Gayo de Dida, quien admitía a los lapsos a la comunión, y les exhorta a obrar igualmente con todo el que siga la misma conducta, sea clérigo o laico.
Hacia principios del año 251, se apaciguó la persecución y Cipriano pensó volver a su iglesia; pero se lo impidió una nueva complicación. En efecto, el presbítero Novato y el laico Felicísimo, ya adversarios de san Cipriano desde que, en contra de su parecer, había sido promovido a la dignidad episcopal, secundados por otros ocho presbíteros, levantaron una tempestad de odio en contra de su obispo, tomando como pretexto la severidad, que ellos calificaban de excesiva intransigencia, con que eran tratados los apóstatas que se querían reconciliar.
San Cipriano excomulgó a los insubordinados41 y volvió a su metrópoli hacia los últimos días de marzo o primeros de abril del año 251, dispuesto a solucionar en un concilio el asunto de los lapsos, que había ocasionado estos lamentables acontecimientos. Como preparación de este concilio había escrito el opúsculo o tratado De lapsis, en donde se lamentaba de la defección de tantos hermanos y exhortaba a todos los caídos a penitencia. Fue entonces cuando se reunió el concilio de primavera del año 251, que aprobó toda la actuación del Obispo de Cartago. En él se decide recibir en la comunión eclesial sin previa penitencia pública a los libellatici. Los sacrificati y los thurificati debían hacer penitencia pública durante largo tiempo (diu).
Mientras tanto, otro cisma más serio amenazaba a la Iglesia. Tras el martirio del papa Fabián estuvo vacante la sede de Roma catorce meses. Al frente de la iglesia romana quedó el presbiterium; Cornelio y Novaciano42 eran los personajes más influyentes dentro del clero romano. En el 251 fue elegido Cornelio. Novaciano, herido, acusó a Cornelio de laxista por su benignidad con los apóstatas y se hizo consagrar por tres obispos rurales de Italia a toda prisa y con engaños, habiéndolos embriagado43. Desde ese momento, rodeado de un grupo de presbíteros, diáconos y admiradores, se declaró jefe frente a Cornelio. Aunque parece que el cisma se produjo por motivos personales más que dogmáticos o doctrinales, esta contra-iglesia sigue adelante —el sínodo romano excomulga a Novaciano el 251 — y sabemos por Cipriano44 que a la muerte de este hombre45 contaba con jerarquía, buena organización y florecientes comunidades, sobre todo en oriente. Después se fundirían los novacianistas con otras sectas rigoristas, como los montanistas.
San Cipriano actúa frente a este cisma enérgica y abundantemente, enviando primero delegados a Roma para cerciorarse de los hechos referentes a la ordenación de Cornelio y a la de Novaciano; escribe a Cornelio relatándole lo que sucede en África con motivo del cisma46; hace leer públicamente las cartas de Cornelio47 y expulsa a los emisarios que Novaciano había enviado a Cartago48; escribe a continuación a los confesores de Roma que habían seguido a Novaciano y los retorna a la Iglesia49; escribe también al obispo Antoniano que dudaba de la legalidad del Obispo de Roma y de la puridad de su fe50; vuelve a escribir a Cornelio y a los confesores de Roma51 y publica el breve pero admirable tratado De catholicae Ecclesiae unitate. Ahora bien, con todo eso se había agravado la situación de la Iglesia africana, puesto que a principios del año 252 Novato y los suyos nombraban obispo de Cartago a un tal Máximo y más tarde los secuaces de Felicísimo reunieron cuatro obispos depuestos en concilios anteriores e hicieron consagrar obispo de Cartago a Fortunato, uno de los más grandes enemigos del legítimo obispo, Cipriano. En la carta 59 resume toda la problemática para informar al obispo Cornelio, por lo que nos aporta un testimonio valioso para el conocimiento interno de la iglesia de África a mitades del siglo III.
El biógrafo Poncio no dice nada respecto a todos estos acontecimientos: desde el principio de la persecución de Decio —a principios del año 250— pasa a los días luctuosos de la epidemia del 252. Los estragos que causó esta epidemia fueron terribles: los enfermos eran abandonados por sus familiares, que huían del contagio; los muertos eran amontonados en medio de la calle y eran expoliados despiadadamente. El obispo cartaginés congregó al pueblo y le instruyó sobre el valor de las obras de misericordia y la práctica de la caridad cristiana. Fue entonces cuando publicó sus tratados De oratione dominica, bellísimo comentario del Padrenuestro; De opere et eleemosynis, motivación a la caridad; De mortalitate, sobre la esperanza en una vida futura; y Ad Demetrianum, magnífica apología del cristianismo dirigida a un gentil que se había hecho eco de la voz pública, que culpaba de la epidemia a los cristianos.
Otro triste acontecimiento dio todavía ocasión al obispo Cipriano de Cartago para manifestar su generosidad. Unas cuantas tribus de bárbaros, aprovechando la oportunidad de haber sido licenciada la legión III Augusta, hicieron irrupción en la Numidia y redujeron a cautividad a muchos cristianos, entre los cuales había algunas vírgenes consagradas al Señor. Los obispos númidas escribieron al de Cartago haciéndole saber la desgracia, y éste, haciendo inmediatamente una colecta para contribuir al rescate de los cautivos, les respondió con una carta52 a la vez que remitía lo recaudado.
Mientras tanto Cipriano había llegado a ser el más acreditado consejero no sólo de la iglesia africana, a la que presidía, sino incluso de todas las iglesias vecinas. Y así vemos que en el año 253 escribe a Cecilio, probablemente obispo de Bilta, una extensa carta, en la que combate la práctica, usual en algunas iglesias africanas, de consagrar agua en lugar de vino en la Eucaristía53; al año siguiente interviene en el asunto de los obispos españoles Basílides y Marcial54, quienes querían volver a la dignidad episcopal después de haber adquirido certificados de apostasía; en el mismo año escribe al obispo de Roma, Esteban55, para pedirle la excomunión de Marcial, obispo de Arlés, que seguía siendo novacianista.
Desde el año 255 al 257 se suscita la cuestión de la práctica de rebautizar a los herejes, a la cual se refieren las cartas que van de la 69 a la 75; en la iglesia africana así como en la del Asia Menor era costumbre volver a bautizar a quienes habían recibido este sacramento de manos de los herejes, cuando eran admitidos en la Iglesia católica. En Roma, en cambio, no se seguía esta práctica, limitándose a la imposición de las manos. Cipriano, obispo de Cartago, basándose en que los herejes y cismáticos al no tener la gracia no podían conferirla, desplegó una actividad extraordinaria en defensa de la aceptada doctrina africana; remitió cartas, respondiendo las consultas de Magno56, de Quinto, obispo de Mauritania57, de Jovino58 y de Pompeyo59; congregó en concilio a treinta y un obispos en el año 255, setenta y uno en el año 256 y ochenta y siete el primero de septiembre del mismo año, a fin de comunicar a los otros obispos y al mismo obispo de Roma60 su firme determinación de seguir la práctica tradicional. El obispo de Roma se mostró inflexible y amenazó con la excomunión a los obispos africanos; pero éstos se mantuvieron firmes apoyando el prestigio del metropolitano de Cartago y otros obispos ejemplares como Firmiliano de Capadocia. Nadie ha sabido nunca cuál fue el final de esta controversia. El hecho es que entonces empezó la persecución de Valeriano; los cristianos debieron de unirse todos en aquellos momentos de angustia y cada iglesia debió de seguir sus costumbres; por lo menos la de África parece que seguía la práctica de rebautizar hasta que en el año 314, en el concilio de Arlés, renunció a ella por propia voluntad. A la época de esta persecución pertenecen las últimas cartas, desde la 66.
El obispo de Cartago fue llamado el día 30 de agosto del año 257 ante la presencia del procónsul Aspasio Paterno y condenado al exilio en un pueblecito de la costa llamado Cúrubis61. En este refugio empezó el obispo Cipriano a prepararse para el martirio que veía inminente; desde allí escribió el tratado Ad Fortunatum, animando a los cristianos a sufrir la persecución, y también la carta 76, que escribió a quienes por su fe habían sido condenados a trabajar en las minas y en las canteras.
Las últimas epístolas de Cipriano, una dirigida al obispo Suceso62 y otra a los clérigos y seglares de su obispado63, nos dan a conocer casi todos los acontecimientos de su vida hasta la hora del apresamiento y del martirio, del que nos han dejado una detallada relación la Vita Cypriani y los Acta proconsularia.
El nuevo procónsul Galerio Máximo —dicen las Actas—dispuso que Cipriano volviese a Cartago, cuando hacía un año que estaba en el exilio. El procónsul, que entonces estaba en Útica, le envió a buscar, mas él, creyendo que el deber de un obispo era morir entre sus fieles, se escondió y no se dejó encontrar hasta que supo que Galerio Máximo estaba en Cartago.
El día 14 de septiembre del año 258 fue llevado al tribunal del procónsul y condenado a ser decapitado. Inmediatamente se cumplió la sentencia. Cipriano conservó hasta el último instante el mismo temple de espíritu que había mantenido en sus difíciles deberes como cabeza de la iglesia africana en aquellos tiempos calamitosos.
3. Producción literaria y estilo
El estilo literario del obispo Cipriano de Cartago está muy bien resumido en el elogio que de él hace Lactancio: «Tenía —dice— un ingenio fácil, abundante, suave y claro, y esto es la mejor cualidad de un escritor; no se podía decir qué era lo que más descollaba en él, si la elegancia del habla, la claridad de la explicación o la fuerza de la persuasión»64.
Labriolle65 compara estas palabras con las de san Jerónimo: «El bienaventurado Cipriano como una fuente purísima avanza suave y plácido»66, y con las de Casiodoro: «mana como el aceite con toda suavidad»67, y hace notar cómo los tres coinciden en la apreciación de esta suave elocuencia que se expande.
Por otro lado, es innegable la influencia que en él ejerció Tertuliano; hay fragmentos en sus obras que parecen literalmente inspirados en el impulsivo personaje cartaginés. Pero, sin embargo, las diferencias entre uno y otro son muy notables. Tertuliano es vehemente y agresivo hasta el punto de pasar a menudo los límites de la caridad e incluso los de la prudencia; Cipriano, al contrario, es mesurado y justo, no se deja doblegar, pero en su firmeza hay siempre una gran suavidad; en cuanto al lenguaje son también muy distintos: el de Tertuliano es más expresivo, más rico de imaginación, más original, de un léxico más abundante y de una propiedad tan grande que demuestra un perfecto dominio de la lengua; el de san Cipriano tiene más elegancia y distinción, incluso es gramaticalmente más correcto, pero menos brillante.
Muy lejos de ser Cipriano un imitador servil de su maestro venerado, tiene una manera tan característicamente propia de escribir que, por medio de ella —según San Agustín68—, se puede reconocer la autenticidad de sus obras.
Su estilo es ampuloso, redundante, casi siempre cargado de figuras retóricas; pero esta ornamentación excesiva no empaña nada la transparencia de su pensamiento, no entorpece en modo alguno la claridad de sus explicaciones ni la fuerza de su persuasión69.
Las cartas ponen de manifiesto el amplio y profundo conocimiento que tenía san Cipriano de la Biblia, que queda reflejado unas veces en citas directas y otras en paráfrasis, alusiones y referencias a textos bíblicos.
Respecto a la versión de la Biblia utilizada por el obispo de Cartago, parece claro que maneja al menos otra Vetus diferente de la Vulgata. En algunos pasajes el texto bíblico transmitido en las citas de san Cipriano contiene respecto al de la Vulgata diferencias muy notorias.
En la primitiva Iglesia occidental tuvieron que circular muchas versiones latinas de la Biblia. Las antiguas traducciones, anteriores a la que llevó a cabo san Jerónimo, conocida como Vulgata, reciben el nombre de Vetus. De ellas tenemos documentación, a la vez abundante y fragmentaria, pues se conocen especialmente a través de las citas bíblicas de autores latinos cristianos. Por los estudios realizados cabe decir que, al menos, hubo una antigua versión en el norte de África. Tertuliano (160-220) atestigua la existencia de un texto bíblico latino —en dos ocasiones se refiere a traducciones incorrectas70— y en los escritos de Cipriano aparece una versión de la Biblia ya tipificada, con texto fijo y uniforme, a la que se suele llamar Vetus Afra. Por otro lado, diferentes estudios muestran que en Roma se empleó un texto latino de la Biblia que no coincide con el africano: por ejemplo, en la traducción de la Epístola de san Clemente Romano, hecha probablemente en la primera mitad del siglo II, o en el texto bíblico contenido en los escritos de Novaciano, contemporáneo de san Cipriano. Se trataría de la Vetus Itala. También se puede hablar de una Vetus Hispana, como grupo de traducciones suficientemente caracterizadas71.
Estas primitivas versiones, denominadas Vetus —es decir «vieja», «antigua»— son traducciones hechas sobre el texto griego de los Setenta, y sobre buenos códices de la llamada forma occidental (o versión B). En cuanto a la traducción se caracterizan por ser extremadamente literales, resintiéndose constantemente, así las construcciones como el mismo vocabulario, del influjo griego. Este literalismo ha tenido la ventaja de hacer fácilmente legible el texto griego subyacente, con lo cual estas Vetus se han convertido en un elemento importante para la crítica textual griega de la Biblia. En cuanto a la lengua, usan un latín vulgar, pues los traductores se preocuparon, sobre todo, de hacer inteligible el texto bíblico al pueblo.
La multiplicidad de variantes textuales, debidas a las continuas correcciones, produjeron una gran confusión que hizo sentir la necesidad de una traducción nueva y uniforme de la Biblia para todo el Occidente cristiano. El Papa san Dámaso (366-384) encargó en el año 382 a san Jerónimo la revisión del texto latino de los Evangelios: así comenzó la larga tarea —primero, de revisión de las versiones latinas de textos griegos, y después, de traducción directa del hebreo al latín— que culminó en el año 404. A todo este trabajo de traducción al latín del texto bíblico es a lo que se denomina Biblia Vulgata.
La aparición de la Vulgata de san Jerónimo señaló el principio del ocaso de las antiguas traducciones, que siguieron, sin embargo, utilizándose simultáneamente hasta el siglo IX.
La producción literaria de san Cipriano, tal y como nos ha llegado, consta de trece opúsculos y de cincuenta y nueve cartas. De las veintidós cartas que quedan para completar las ochenta y una que forman el epistolario completo, dieciséis son dirigidas a él o relacionadas con los asuntos de su ministerio episcopal y las otras seis son sinodales colectivas de las cuales fue el principal o quizás el único redactor.
Los opúsculos son:
Quod idola dii non sint: Obra de los primeros años de su vida de cristiano, hacia el 246 probablemente, en la cual pone de manifiesto los errores mitológicos, prueba la existencia de un Dios único y se extiende en consideraciones sobre la vida, pasión y muerte de Jesucristo por quien son salvados los creyentes. Es notoria la brevedad, el dominio de toda la historia, la brillantez de estilo y de concepto con que Cipriano prueba la falsedad de los ídolos.
Testimoniorum libri tres aduersus Iudaeos: Recopilación de textos de la Sagrada Escritura para probar al destinatario del libro, Quirino, que el pueblo judío fue reprobado y el cristiano elegido, y ofrecerle una breve cristología y un salvoconducto de buen cristiano. Se cree que es del año 248.
Ad Donatum: Aunque este tratado, por su forma epistolar, pudiera parecer dirigido a esa persona concreta —ignoramos quién es ese Donato, ya que en el epistolario de Cipriano encontramos al menos cinco del mismo nombre— se admite más bien que tiene un carácter general. Cipriano, en efecto, quiere testimoniar el maravilloso cambio que se ha operado en él mediante el bautismo y con ello animar a los catecúmenos y paganos hacia la conversión. Incluso podría haber pretendido el obispo de Cartago apartar, con sus escritos, de la lectura de las obras de Tertuliano, un tanto peligrosas para sus lectores. Ahora bien, su originalidad consiste en que Cipriano expone sus estados de alma e inaugura con ello un género literario, en que se distinguirá como la máxima figura otro africano, Agustín de Hipona, en sus Confesiones. Corresponde al año 249.
De habitu uirginum: De finales del mismo año 249. Se trata de una exhortación contra el lujo de las mujeres y de un elogio de la virginidad. Es éste uno de los libros en que más se descubre la influencia literaria de Tertuliano, autor de las obras De cultu feminarum, De uelandis uirginibus y De habitu muliebri, de todas las cuales se valió Cipriano para este tratado.
De Catholicae Ecclesiae unitate: Escrito para combatir el cisma y recomendar a los fieles la perseverancia en la unidad de la Iglesia. Es el que ha dado más nombre a su autor, y fue escrito el año 251.
De lapsis: Este tratado del mismo año 251 se centra en el problema de los que habían apostatado durante la persecución.
De dominica oratione: Del año 252, cuando la epidemia que había invadido aquellas tierras hacía tan necesario el consuelo de levantar la mirada hacia lo alto, hacia el cielo. Es un tratado de la oración en general y, en especial, del Padrenuestro.
De opere et eleemosynis: Del mismo año 252 y para la misma ocasión de la peste, intentando estimular la caridad de los fieles para con los afectados.
De mortalitate: También escrito con ocasión de la peste del 252 a fin de animar a los fieles a esperar y desear la verdadera vida al otro lado del sepulcro.
Ad Demetrianum: Trata aún sobre la peste de aquel año 252, la cual el destinatario atribuía a la indignación de los dioses contra los cristianos y en contra de los que los toleraban. El autor aprovecha la oportunidad para hacer una apología muy viva de la religión cristiana.
De bono patientiae: Parece haber sido compuesto este tratado con ocasión de violentas discusiones, surgidas entre los cristianos de África, a propósito del bautismo de los herejes. Sin hablar explícitamente, el obispo quiere mantener a sus fieles en la unidad y en la caridad, predicando la paciencia, fuente de la unión y de la paz. Es del año 256.
Con Tertuliano y Agustín, Cipriano ha sido uno de los maestros del pensamiento y del estilo en la iglesia de África, y al mismo tiempo sus escritos son un testimonio del celo y de la caridad del pastor que conoció muchas pruebas: la persecución de Decio, la división de sus fieles, los ataques de los herejes, la terrible peste que asoló el Imperio romano, entre 252 y 254, y finalmente el martirio.
De zelo et liuore: Complemento del anterior y escrito poco tiempo después contra la envidia y la celosía, que son los vicios causantes de los cismas.
Ad Fortunatum: Colección de sentencias extraídas de las Sagradas Escrituras, con la intención de infundir valor a los cristianos en la nueva persecución promulgada por Valeriano. Este tratado es del 257.
Además han sido atribuidos a nuestro autor muchos otros opúsculos que hoy ya todo el mundo reconoce como espurios, entre los cuales son notables éstos:
De laude martyrii: Se encuentra en el catálogo anónimo del 35972 donde se recogen los libros canónicos de la Sagrada Escritura y las obras de san Cipriano; pero su estilo hinchado es evidentemente impropio del santo obispo de Cartago. Alguien lo atribuyó a Novaciano, pero parece que tampoco es suyo.
Aduersus Iudaeos: También figura en el catálogo del 359, pero tampoco se aviene con el estilo ciprianeo; anteriormente fue tenido por una traducción del griego, probándose posteriormente que tal opinión no es exacta. Este sí que podría ser de Novaciano.
De montibus Sina et Sion: De autor todavía no conocido, pero probablemente del tiempo de san Cipriano.
De spectaculis: Quizás de Novaciano.
De bono pudicitiae: Del mismo autor probablemente.
Ad Nouatianum: Alguien lo ha creído del papa Sixto II, mas del contenido y análisis del mismo texto parece deducirse que fue escrito unos cuantos años antes.
Aduersus aleatores: Harnack lo tomó por obra del papa Víctor II, pero ha de ser posterior, pues quien lo escribió tenía que conocer las obras de san Cipriano y de una forma especial el opúsculo Testimoniorum libri tres aduersus Iudaeos.
De baptismate: Es, efectivamente, del tiempo de san Cipriano y obra de un obispo, pero no de Cartago, sino de Mauritania o quizás de Italia. Está en relación con el bautismo conferido por los herejes.
4. El epistolario: manuscritos y ediciones
El corpus epistolar de Cipriano de Cartago, además de ser una fuente importante para la historia de la Iglesia y del Derecho canónico, es un monumento extraordinario del latín cristiano. Efectivamente, mientras sus tratados acusan la influencia de procedimientos estilísticos, sus cartas reproducen el latín hablado de los cristianos cultos del siglo III. Para encontrar al escritor eclesiástico y al antiguo profesor de retórica, familiarizado con la frase de Cicerón, tenemos que acudir a sus libros, donde le encontramos con el brillo de su estilo.
Pero las cartas de Cipriano constituyen, además, una fuente inagotable para el estudio de un período interesantísimo de la historia de la Iglesia, puesto que reflejan los problemas y las controversias con que tuvo que enfrentarse la administración eclesiástica a mediados del siglo III: nos traen el eco de las palabras de eminentes personalidades de la época, como el propio Cipriano, Novaciano, Cornelio, Esteban, Firmiliano de Cesarea y otros; nos revelan las esperanzas y los temores, la vida y la muerte de los cristianos en una de las provincias más importantes entonces de la cristiandad.
La colección de las cartas —tal como la poseemos hoy— se ha formado poco a poco. San Cipriano guardaba copia de las cartas que enviaba y les adjuntaba las respuestas a las que hacían referencia: así tenía siempre a mano, para poderlo comunicar a quienquiera que fuese, lo que había escrito a los otros. En diversas ocasiones él mismo dice en sus cartas que a ellas les adjunta otras, bien suyas, bien de las que había recibido. Junto con la carta 20 envió al clero de Roma, a fin de justificar su huida, las copias de trece cartas que había dirigido a los clérigos de Cartago, a los confesores, a los exiliados y a todos los fieles; con la 25 envió cinco a Caldonio explicando su actuación en el asunto de los lapsos; juntamente con la 32 envió a los clérigos de Cartago copias de las cartas dirigidas por él a los clérigos y a los confesores de Roma y de las respuestas que ellos le habían hecho.
De esta manera empezó él mismo a formar pequeñas colecciones parciales de cartas referentes al mismo tema73. Después de su muerte, sus discípulos fueron ampliando estas colecciones y las destinaron a la edificación e instrucción de los fieles74. De las ochenta y una piezas que comprende el corpus epistolar en las ediciones modernas, dieciséis fueron escritas a Cipriano o al clero de Cartago: este último grupo contiene cartas del clero de Roma, de Novaciano, del obispo Cornelio de Roma y otros.
La colección completa de las cartas no aparece conservada en manuscrito alguno, y casi todos ellos difieren en cuanto al número y orden de las mismas cartas. Han sido dos los sistemas fundamentales de agrupar las cartas: se basa el primero en la analogía de los sujetos, en tanto que el segundo reúne las cartas dirigidas a los mismos destinatarios. Curiosamente, algunos copistas han combinado los dos sistemas en las piezas de un mismo período, originando un sistema mixto que, en general, siguen nuestras ediciones modernas.
Si tenemos en cuenta el contenido de los manuscritos, la mayor parte de los grupos de cartas del obispo Cipriano debieron circular aisladamente durante el medioevo, siendo incluidos con frecuencia muchos de éstos a continuación de los tratados. Ahora bien, de la comparación de los manuscritos se deduce la no existencia, es decir, la falta de una edición completa antes de los tiempos modernos, puesto que ninguno de los manuscritos contiene la correspondencia toda ni concuerdan ellos en cuanto al orden ni en cuanto al número de cartas.
A Hartel75, que es, como veremos, el editor cuya obra sigue hoy siendo fundamental, los distintos investigadores y estudiosos le atribuyen en su edición de las obras ciprianeas el uso de pocos manuscritos —en realidad más de cuarenta—, el preferir una parte de la tradición manuscrita debida a una inadecuada valoración del material y sus relaciones, el no valorar excesivamente el codex Veronensis y algunos recentiores que proceden de una tradición antigua y el descuidar las variantes en las citas bíblicas que más se separan de la Vulgata. No obstante, mérito fundamental de Hartel es haberse planteado la cuestión y problema de la tradición manuscrita ciprianea sobre unas nuevas bases críticas, el reconocimiento de la contaminación y la individualización de algunos códices, considerados los mejores dentro de cada familia.
4.1. Manuscritos
Von Soden76 ha advertido en los manuscritos cuatro grupos de cartas que quizás corresponden a cuatro colecciones comenzadas a formar por el mismo autor: a) cartas en forma de tratado: 55, 63; b) cartas en donde habla de la profesión de fe y del martirio: 6, 10, 28, 37, 11, 38 y 39; c) cartas a Cornelio: 44, 45, 47, 48, 51, 52, 57, 59 y 60; y d) cartas referentes a la cuestión bautismal: 2, 64, 67, 69, 70, 71, 73 y 74.
Estos grupos se encuentran diversamente ordenados en los manuscritos. Basándose en eso, Von Soden ha podido establecer un principio de clasificación por familias de los manuscritos más importantes. El número de manuscritos que poseemos es muy grande. Hartel usó más de cuarenta para su colección; Von Soden examinó ciento cincuenta y siete de ellos y citó veintiuno más. Se deben añadir, además los índices de manuscritos perdidos, que se encuentran en los catálogos de las bibliotecas medievales y algunas colaciones hechas por humanistas en ediciones antiguas, como por ejemplo la de Latino Latini del Codex Veronensis y del Beneuentanus.
Los manuscritos más antiguos son los fragmentos del Codex Bobiensis (F) del siglo V-VI, parte del cual se encuentra en Turín77 y otra parte en Milán78, y el Codex Seguierianus (S) del siglo VI-VII, actualmente en la Biblioteca Nacional de París, núm. 1059279. Tanto uno como otro contienen sólo un número muy pequeño de cartas, pero, aún así, son utilísimos para la fijación del texto.
Hay que mencionar también entre los más importantes manuscritos el Codex Laureshamensis (L), del siglo IX, actualmente en Viena, núm. 962; el Parisinus (P), del siglo IX-X, en la nacional de París, núm. 1656 A; y el Casinas (N), del siglo X, que pertenecen a una misma familia80.
El Monacensis (M), del siglo IX, en Múnich, núm. 208, y el Trecensis (Q), del siglo VIII-IX, en Troyes, núm. 581. Estos dos manuscritos coinciden casi siempre: evidentemente son copias de un mismo arquetipo.
Otro Monacensis (M), en Múnich, núm. 18203; este manuscrito, aunque muy reciente —pues es del siglo XV—, representa sin embargo una tradición antiquísima, como lo prueban sus coincidencias con los perdidos Veronensis (V) y Beneuentanus, que conocemos por las colaciones que hizo Latini para la edición de Manucio de 1563 en Roma. El Reginensis (T), del siglo x, en Roma, interesante por haber conservado todos los errores de las cartas 8, 21, 22, 23 y 24, que están llenas de faltas de gramática. El Bambergensis (B), del siglo XI, el Sangermanensis (C), del siglo IX, y el Reginensis (R), también del IX.
Hartel había creído poder asignar estos manuscritos a tres familias de valor desigual. La primera estaría constituida por L, N y P, la segunda por M, Q y T; y la tercera por C y R.
Von Soden, estudiando el orden de las cartas en los manuscritos, ha podido llegar a conclusiones más seguras. Pueden formarse cuatro grupos de manuscritos, dos de origen africano y dos de origen romano. El manuscrito más importante del primer grupo es L y a esta familia pertenecen también N y P; el segundo grupo está representado por M; el tercero por M y Q, y el cuarto por T.
4.2. Ediciones
De las muchas ediciones antiguas de san Cipriano mencionaremos solamente las que representan hitos en la historia de la fijación del texto del Epistolario.
La primera edición apareció en Roma el año 1471. Se trata de una edición basada en el ms. Parisinus y, por eso, incompleta, realizada por J. Andreas, obispo de Aleria81.
Un gran paso en la mejora del texto representa la edición de Erasmo, Basilea, 152082, hecha después del estudio de nuevos manuscritos.
La de Manucio83, preparada por Latino Latini, reproduce la de Erasmo mejorada con las colaciones de otros buenos manuscritos, y contiene un número mayor de cartas que las anteriores.
Es preciso citar también la edición J. de Pamèle84, que contiene ya todas las cartas e intenta establecer un orden cronológico; la de Rigault85, las de Fell y Pearson86, dando esta última un orden cronológico casi exacto.
La edición fundamental es todavía actualmente la de G. von Hartel87, que contiene los opúsculos, las cartas y los escritos apócrifos. El texto está, en general, bien establecido: el autor trabajó sobre un gran número de manuscritos, y pudo, consiguientemente, dar una obra cuidada y completa, casi perfecta en lo que se refiere a las cartas del santo; en cambio, él mismo confiesa haber prácticamente ignorado aquellas que, al haber sido escritas por iletrados, están llenas de errores de sintaxis.
La edición de Bayard88 llena los vacíos de la anterior; teniendo a la vista los trabajos de Mercati89, de Miodonski90, de P. Capelle91 y de Von Soden92, ha podido en muchos casos mejorar el texto de Hartel; ha dado algunas lecturas de V ignoradas por el editor vienés, ha restablecido el latín bárbaro de las cartas de los corresponsales de san Cipriano y ha fijado el texto de las citas de la Biblia africana. Esta edición va acompañada de un breve aparato crítico, tan breve que no puede ser usado si no es como complemento del de Hartel.
En la presente traducción de las cartas del obispo de Cartago hemos seguido la edición de Bayard.
De entre los datos que aportan los diferentes estudios ciprianeos basados en la investigación de manuscritos, cabe destacar:
Bévenot93, aunque sigue la línea de investigación de Von Soden, establece nuevos criterios de clasificación de manuscritos en familias, a partir del estudio del tratado ciprianeo De catholicae Ecclesiae unitate. Las cartas han ido uniéndose al corpus por separado o en pequeños grupos, y no existe, por consiguiente, uniformidad en la transmisión; por el contrario, los tratados aparecen en la mayoría de manuscritos que contienen colecciones de Cipriano, y generalmente agrupados desde el comienzo, como formando una unidad. Por lo cual Bévenot llega a decir que los manuscritos seleccionados como «mejores» para un tratado, también lo serán para los otros; y que dicho estudio puede aportar resultados orientativos para las cartas ciprianeas o, por lo menos, para buen número de ellas.
Dada la gran contaminación que invade la tradición manuscrita del obispo de Cartago, Bévenot encuentra dificultades en la plasmación de un stemma general de los manuscritos. Ahora bien, logra clasificar los más recientes y consigue asimismo aislar los más importantes, de cuya combinación obtendrá como resultado el mejor y más completo texto, rectificando la datación y la valoración de los manuscritos realizada por Von Soden.
Las ediciones sucesivas de las obras de san Cipriano, auténticas o espurias, aparecidas en el Corpus Christianorum Latinorum se mueven en la revalorización del Codex Veronensis efectuada por Mercati y Petitmengin, y la utilización de los manuscritos señalados como «mejores» por Von Soden y Bévenot. Los eruditos de la Contrarreforma se sirvieron, para la edición romana de Cipriano del año 1563, de un antiguo manuscrito de Verona, luego desaparecido.
Hay que decir también que la valoración del Codex Veronensis resulta muy desigual entre los estudiosos: Von Soden le reserva el núm. 1 de su lista cronológica; P. Capelle lo considera muy bueno; Pasquali presenta la colación de Latino como típico del principio recentiores non deteriores; Hartel lo tiene por muy antiguo, afirmando Bayard que el texto de V ha sufrido la acción de un corrector; Bévenot sigue V con reservas, por lo que un escaso número de lecciones, consideradas como seguras, figuran en su aparato crítico. Y, porque ofrece poco material, lo elimina definitivamente en su selección final de manuscritos.
Los diferentes editores del obispo Cipriano en el Corpas Christianorum Latinorum recogen la lista de los «mejores» manuscritos dada por Bévenot, alargando de esta forma la lista restringida de Hartel. Simonetti establece algunos criterios que afectan al corpus completo de san Cipriano, aceptando de Bévenot la imposibilidad de reconstruir un stemma codicum, a la vez que demuestra que algunas lecciones erróneas derivan de un único ejemplar en el que se ha producido la corrupción. Este arquetipo común quizá se encuentre en las primeras ediciones de un corpus ciprianeo, realizadas entre finales del siglo III y principios del IV, tal como lo indica la importancia conseguida por los escritos de nuestro obispo ya en tiempos de las controversias donatista y pelagiana, y el testimonio de la lista de Cheltenham. La presencia de errores antiguos, en una tradición manuscrita tan amplia y complicada por la contaminación horizontal y transversal, invita al editor a seleccionar los manuscritos, escogiendo los representativos de las ramas tradicionales más importantes y considerados independientes.
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1 Act 7, 58.
2 Conversión y primeros trabajos de Saulo, Act 9, 1-30.
3 Act 13, 46.
4 Act 9, 39 ss; Act 16, 13.
5 Act 16, 14; 18, 23 s.; 21, 17 s.
6 Act 25, 10 s. Dos años duró esta cautividad (58-60) en la cárcel de Cesarea, pues Félix, aunque convencido de su inocencia, no se atrevía a indisponerse con los judíos. Por esto mismo Pablo gozaba de relativa libertad. Mas como el procónsul Festo, sucesor de Félix, insistiera en que debía ser juzgado por el Sanedrín, Pablo apeló al César, por lo cual fue remitido a Roma. En la costa de Italia lo recibieron los cristianos de Puzzuoli con grandes muestras de cariño (Act 28, 13); luego fue conducido a Roma, en donde los cristianos le salieron al encuentro. Fue retenido allí, en prisión, durante dos años con la sola vigilancia de un soldado, pudiendo así mantener frecuente trato con los cristianos y continuar su apostolado con los demás.
7 G. BOISSIER, «L’incendie de Rome et la première persécution chrétienne», en Journ. Sav. (1902) 558 ss.; A. PROFUMO, Le fonti ed i tempi dello incendio neroniano, Roma, 1905.
8 P. ALLARD, Histoire des persécutions pendant les deux premiers siècles, 3.a ed., 2 vols., París, 1903-1905; Id., Le Christianisme et l’Empire romain de Néron à Théodose., 7.a ed., París, 1908.
9 Cf. A. G. HAMMAN, La vida cotidiana de los primeros cristianos, Madrid, 1985.
10 TÁCITO, An. 15, 44. Véase también SUETONIO, Claud. 25.
11 H. LECLERCQ, «Accussations contre les chrétiens», en Dict. Arch; A. BOUCHÉ-H. LECLERCQ, La intolérance religieuse et la politique, París, 1911; L. HOMO, Les empereurs romains et le christianisme, París, 1931.
12 La posición que tomó Trajano frente a los cristianos queda bien clara en el asunto de Plinio el Joven, gobernador de Bitinia. La respuesta que dio el Emperador a su pregunta sobre el modo de tratar a los que eran acusados de cristianos, marca la nueva línea de conducta: conquirendi non sunt; si deferantur et arguantur, puniendi («no hay que buscarlos; si se les acusa y se demuestra, hay que castigarlos»; PLINIO, Epíst. 10, 96, 97). J. BENEYTO, Trajano, el mejor príncipe, Madrid, 1949.
13 EUSEBIO, Historia eclesiástica 5, 1-4. La persecución comenzó con un levantamiento popular en agosto del 177 d. C. A la pregunta del gobernador respondió Marco Aurelio: confitentes quidem gladio caederentur; hi uero qui negarent dimitterentur («los que lo admitan serán castigados, pero aquellos que lo nieguen serán perdonados»), y, en general, que se cumpliese el rescripto de Trajano.
14 Apologético 37.
15 A pesar de la mejora de la situación de los cristianos en el reinado de Septimio Severo, en África siguió la persecución, debida al procónsul Escápula. De ella habla largamente TERTULIANO, en Ad Scapulam 4, que afirma también que Caracalla fue lacte christiano educatus. Hay algunas actas de mártires de este tiempo, pero tienen poco valor.
16 P. ALLARD, Histoire des persécutions pendant la première moitié du troisième siècle, París, 1908; E. CICCOTTI, Il problema religioso nel mondo antico, Milán, 1933; P. MONCEAUX, Histoire littéraire de l’Afrique chrétienne, II: St. Cyprien et son temps, París, 1902.
17 P. J. HEALY, Valerian’s persecution, Boston, 1905.
18 P. ALLARD, La persécution de Dioclétien et le triomphe de l’Église, 2 vols., 1908; WICKERT, s. v. Licinius, Galienus, etc., en PAULY-WISSOWA, RE.
19 JERÓN., De uiris illustribus 67.
20 En la Vita Cypriani IV, este clérigo es llamado «Ceciliano».
21 HARTEL cree que aquí hay un error y que se debería leer: «una gran parte de su fortuna», cf. Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum (CSEL), vol. III, pars III, Viena, 1868-1871, págs. 90-110. De las Cartas 7, 17 y 81 se deduce que mucho después de su conversión san Cipriano poseía todavía bienes propios.
22 W. HARTEL, «Vita Cypriani», Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum (CSEL), vol. III, Viena, 1872, págs. 90-110.
23 A. VON HARNACK, Das Leben Cyprians von Pontius, die erste christliche Biographie unters., Leipzig, 1913 (Texte und Unters., XXXIX 3).
24 W. HARTEL, op. cit., págs. CX-CXIV.
25 San Jerónimo dice que Cipriano tomó el nombre del presbítero que le llevó al cristianismo. MONCEAUX (Hist. Littéraire de l’Afrique Chrétienne, II, pág. 203) no lo cree probable: Caecilius Cyprianus debe ser el verdadero nombre del santo. Hay que tener en cuenta que, según la Vita Cypriani, el nombre de su maestro era Caecilianus.
26 Thascius no es su praenomen, como se había creído; es un sobrenombre que quizás ya llevaba cuando era pagano, pues así, por lo menos, le llamaban siempre los paganos. La fórmula Caecilius Cyprianus qui et Thascius de la carta 66 indica muy bien que se trata de un sobrenombre (cf. R. CAGNAT, Cours d’épigraphie latine, París, 1898, pág. 57, y Glotta, IV, 1912, núm. 1-2).
27 JERÓN., loc. cit. La provincia romana de África correspondía aproximadamente a la actual Túnez.
28 Parece poderse deducir así de la Vita Cypriani, XV, que habla de los jardines y de la casa que poseía en Cartago sin decir que fuesen de adquisición reciente ni que tuviese fincas en ningún otro lado.
29 Cf. J. CAMPOS, Obras de san Cipriano, Madrid, B. A. C., 1964, págs. 3-4.
30 JERÓN., De uir. ill. 53.
31 La provincia de África constaba de más de ciento cincuenta obispados que, al menos de hecho, reconocían una cierta primacía de Cartago (H. F. VON SODEN, Die Prosopographie des Afrikanischen Episkopats zur Zeit Cyprians, pág. 20).
32 CIPR., De lapsis 6.
33 En esta época, seguramente, hay que poner las cuatro primeras cartas, que tratan de cuestiones disciplinarias, y quizás, también, la carta 63.
34 Cf. cartas 14, 20, 59 y 67; Vit. Cypr.
35 Murió el día 20 de enero del año 250.
36 Carta 8.
37 Carta 15.
38 Carta 27.
39 Carta 23.
40 Carta 34.
41 Carta 41.
42 Fue Novaciano quien escribió en nombre de la clerecía romana la carta 30 y quizás también la 36.
43 Cf. EUSEBIO, Hist. ecles. VI, 43, 8-9.
44 Carta 55, 24.
45 Alrededor del 257.
46 Cartas 44, 45 y 47.
47 Carta 45.
48 Carta 44.
49 Carta 46.
50 Carta 55.
51 Cartas 48, 51 y 54.
52 Carta 62.
53 Carta 63.
54 Carta 67.
55 Carta 68.
56 Carta 69.
57 Carta 71.
58 Carta 73.
59 Carta 74.
60 Cartas 70 y 72.
61 Acta proconsularia y Vita Cypriani 11-12.
62 Carta 80.
63 Carta 81.
64 LACTANCIO, Instituciones divinas V 1.
65 P. DE LABRIOLLE, Hist. de la Littérature Chrétienne, París, 1920, pág. 181.
66 JERÓN., Ep. LVIII 10.
67 CAS., Instituciones I 19.
68 AUG., Ad Vincentium Rogatianum epistula (XCIII 39)
69 LACT., loc. cit.
70 Adv. Marcionem II, IX 1-2 y De monogamia XI 11.
71 Cf. T. AYUSO, La Vetus Latina Hispana, I, Madrid, 1953.
72 Descubierto por Mommsen en un manuscrito del siglo X de la biblioteca de Felipe de Cheltenham (cf. Hermes 21 [1886], y Gesamm. Schriften 7 [1909], 282).
73 P. MONCEAUX, Saint Cyprien, Évêque de Carthage, París, 1914, págs. 322-324.
74 L. BAYARD, Saint Cyprien, Correspondance, París, 1925, pág. 46.
75 «Sancti Thascii Caecilii Cypriani opera omnia». Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum (CSEL), edit. W. HARTEL, vol. III, Viena, 1872; ibíd., «Vita Cypriani», págs. 90-110; ibíd., «Acta Proconsularia Cypriani», págs. 110-114.
76 H. F. VON SODEN, Die Cyprianische Briefsammlung, Leipzig, 1904, XXV 3.
77 PEYRON, Ciceronis orationum fragmenta, págs. 156 ss.
78 C. H. TURNER, «A newly discovered leaf of a Fifth-Century Ms. of St. Cyprian, The Turin and Milan fragments», The Journal of Theol. Studies 2 (1901), 276-288.
79 C. H. TURNER, «The original order and contents of our oldest Ms. of St. Cyprian», The Journal of Theol. Studies 3 (1902), 282-285.
80 RAMSAY, «The contents and order of the manuscripts LNP», The Journal of Theol. Studies 3 (1902), 585-594.
81 Fue reimpresa en Venecia, en 1471 y 1483, en Memmingen en 1477, en Deventer el mismo año y en París en 1500 y 1512.
82 Sus principales reimpresiones son: Lyón, 1537; Amberes, 1541; Colonia, 1544; y Venecia, 1547.
83 Roma, 1563.
84 Amberes, 1568.
85 París, 1648.
86 Oxford, 1682.
87 «Sancti Thascii Caecilii Cypriani opera omnia», Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum (CSEL), edit. W. HARTEL, vol. III, Viena, 1872.
88 L. BAYARD, Saint Cyprien, Correspondance, 2 vols., Collection des Universités de France, París, 1925.
89 G. MERCATI, D’alcuni nuovi sussidi per la critica del testo di S. Cipriano, París, 1899.
90 A. MIODONSKI, Anonymus aduersus aleatores und die Briefe an Cyprian, Lucian, Celerinus, und an den Karthaginiensischen Klerus, Erlagen, 1889.
91 P. CAPELLE, Le psautier latin en Afrique, Roma, 1913.
92 H. F. VON SODEN, «Das neue Test, in Afrika zur Zeit Cyprians», Text und Unters., 38 (1909).
93 M. BÉVENOT, «Cyprian», New Catholic Encyclopedia, New York... Londres, Sydney, 1967, vol. IV; The tradition of manuscripts. A study in the transmision of St. Cyprian’s treatises, Oxford University Press, 1961; St. Cyprian’s De unitate chp. 4 in the light of the manuscripts, Universidad Gregoriana de Roma, Roma, 1939, pág. LXXXVI.
11
Cipriano a los presbíteros, diáconos y pueblo de Furni
Cipriano está sorprendido de que, contra lo acordado en un concilio, Geminio Víctor ha designado tutor al presbítero Faustino, por disposición testamentaria y en trance de muerte; exige que se observe la resolución establecida.
Cipriano saluda a los presbíteros2, diáconos3 y pueblo de Furni4.
[1] Vivamente nos afectó, tanto a mí como a mis colegas que estaban presentes, hermanos carísimos, y a todos nuestros presbíteros que nos aconsejaban, saber que nuestro hermano Geminio Víctor había hecho, a la hora de la muerte, un testamento en el cual nombraba tutor al presbítero Geminio Faustino5, estando como está decretado ya hace tiempo en un concilio episcopal6 que nadie nombre en su testamento como tutor o curador a ningún clérigo ni ministro de Dios, ya que quienes han recibido el honor del sacerdocio divino y han sido constituidos miembros del clero, no han de servir sino al altar y a los sacrificios, y se han de ocupar de sus plegarias y oraciones. Pues está escrito: «Un soldado de Dios no se compromete con negocios seculares si quiere [2] complacer a aquel que le ha tomado a su servicio»7. Y si eso se ha dicho de todos en general, ¿con cuánta más razón no deben implicarse en las preocupaciones molestas y en los entorpecimientos de las cosas del mundo aquellos que, estando consagrados a las de Dios y del espíritu, no pueden alejarse de la Iglesia para ocuparse de asuntos terrenos y seculares? Esta disciplina y esta religión tuvieron los levitas de la antigua ley, de modo que, dividiendo once tribus la tierra y repartiéndose su posesión, la de Leví, dedicada al servicio del templo, del altar y de los ministerios divinos, no recibió nada de aquella distribución, sino que se ocupó únicamente del culto de Dios mientras las restantes se dedicaban al cultivo de la tierra, y recibía de las otras once para su subsistencia el diezmo de los frutos que la tierra producía. Eso se hacía así entonces por disposición del mismo Dios, para que quienes se ocupaban en obras divinas no se distrajesen con ninguna otra cosa ni se viesen apremiados a pensar o a meterse en negocios seculares. Hoy rige para los clérigos la misma disciplina: quienes en la Iglesia del Señor son promovidos a la ordenación clerical, no deben ser desviados bajo ningún concepto de la administración de las cosas divinas, con el fin de que no se sientan atraídos por los cuidados molestos y los negocios del siglo, sino que, recibiendo con honor parte de los frutos que sus hermanos les ofrecen en sustitución de los antiguos diezmos, no se aparten del altar ni de los sacrificios y vivan día y noche ocupados en las cosas del cielo y del espíritu.
Teniendo escrupulosamente eso presente y mostrando [2] una providencia saludable los obispos antecesores nuestros, determinaron mandar que ningún fiel moribundo nombrase a un clérigo como tutor o curador y que, si alguien lo hacía, no se ofrecieran sufragios por él ni se celebrase el sacrificio por su descanso. Pues no merece ser nombrado ante el altar de Dios en la oración de los sacerdotes quien quiso que se alejasen del altar los sacerdotes y ministros. Por este motivo [2] Víctor, que se atrevió a nombrar tutor al presbítero Geminio Faustino, contra la disposición dada no hace mucho por los obispos8 reunidos en concilio, no ha de recibir nuestra oblación por su descanso, ni habéis de hacer ninguna plegaria por él dentro de la Iglesia, a fin de que se cumpla por todos nosotros el decreto que los obispos piadosa y obligatoriamente promulgaron y al mismo tiempo aprendan los otros fieles a no desviar hacia las ocupaciones seculares a los sacerdotes y ministros de Dios ocupados en el servicio del altar y de la Iglesia. Pues, si ahora se castiga la falta cometida, será más fácil evitar que se repita respecto de los clérigos. Deseo, hermanos carísimos, que tengáis siempre buena salud.
2
Cipriano a Eucracio
Documento epistolar de contenido eminentemente pastoral en la historia del cristianismo primitivo, por medio del cual da respuesta doctrinal aclaratoria a la consulta del obispo de Tina, en Bizacena.
Cipriano a su hermano9 Eucracio10, salud.
[1] Por tu afecto y por el respeto que nos tenemos creíste que debías consultarme, hermano carísimo, sobre un histrión que hay ahí entre vosotros que todavía persevera en el ejercicio vergonzoso de su arte y que, hecho instructor y maestro, no para enseñar a los jóvenes sino para corromperlos, va inculcando a los otros lo que desgraciadamente él [2] aprendió: si un sujeto así debe tener parte con nosotros. Yo creo que no está conforme ni con la majestad de Dios ni con la doctrina del Evangelio que la pureza y el honor de la Iglesia sean manchados con un contacto tan vergonzoso y tan infamante. Pues, estando como está prohibido en la Ley11 vestirse de mujer los hombres y considerándose malditos los que lo hacen, ¿no es mayor crimen no sólo ponerse vestidos femeninos, sino, bajo el magisterio de un arte impúdico imitar incluso con el gesto a los indecentes, libertinos y afeminados?
Y que nadie se excuse con que él ya ha cesado en las representaciones [2] teatrales, cuando las enseña a los otros. Pues nadie, en efecto, creerá que ha cesado quien ha puesto en su lugar a otros actores y muchos sustitutos en vez de uno solo, dando a conocer y enseñando, contra el mandato divino, el modo de trocar a un hombre en mujer y el arte de cambiar de sexo y de dar gozo al diablo que profana la obra de Dios, sirviéndose de la perversidad de gente corrompida y viciosa. Si tal individuo alega su penuria y la necesidad en que le [2] puso la pobreza, puede su indigencia ser aliviada entre los otros que son alimentados por la Iglesia, mientras se contente con alimentos frugales y sanos, y no crea que le damos un sueldo a fin de que no peque, por cuanto esto le interesa a él y no a nosotros. Por otro lado, suponiendo que saque de eso todo el provecho que quiera, ¿qué clase de provecho es el que arranca a los hombres del banquete de Abraham, de Isaac y de Jacob y, atiborrados miserable y perniciosamente en este siglo, los conduce a los suplicios eternos del hambre y de la sed? Por eso, haz todo lo que puedas por retornarlo de [3] su mal vivir y de su deshonra al camino de la inocencia y a la esperanza de su vida, de manera que se contente con los alimentos de la Iglesia, más frugales, es cierto, pero saludables. Y si acaso vuestra Iglesia no tiene medios suficientes para alimentar a los indigentes, que venga a la nuestra, y aquí recibirá lo que necesite para comer y vestir, y no enseñará mortíferas doctrinas a los otros fuera de la Iglesia, sino que aprenderá él mismo dentro de la Iglesia doctrinas saludables. Deseo, hijo carísimo, que sigas bien de salud.
3
Cipriano a Rogaciano
Desde el profundo pesar que Cipriano siente al conocer la actitud de un diácono rebelde respecto a su obispo Rogaciano, se solidariza con éste y le anima a emplear los poderes de la dignidad episcopal contra ese diácono.
Cipriano saluda a su hermano Rogaciano12.
[1] Tanto yo como mis colegas presentes, carísimo hermano, nos hemos sentido afectados grave y dolorosamente por el contenido de tu carta en la cual te quejabas de tu diácono que, sin parar mientes en tu dignidad episcopal13 ni acordarse de las obligaciones de su ministerio, se ha revuelto contra ti, difamándote e injuriándote. Y tú te has portado realmente de un modo que es a la vez una honra para mí y una prueba más de tu usual humildad, ya que preferiste dirigirme tus quejas cuando podías castigarlo inmediatamente, como te autorizan tus facultades episcopales y la autoridad de tu cátedra, seguro de que todos tus colegas habríamos visto bien todo lo que hubieses hecho, en uso de tu potestad de obispo, contra este insolente diácono tuyo. Contra hombres como éste tienes la legislación divina, ya que el Señor Dios se expresa así en el Deuteronomio: «Todo hombre que cometiera la insolencia de no obedecer al sacerdote o al juez, quien quiera que sea en aquellos días, será condenado a muerte, y al saberlo el pueblo tendrá miedo, y ya no obrará impíamente en el futuro»14. Y para que comprendamos que estas palabras [2] proceden realmente de la soberana majestad de Dios para honor y defensa de sus sacerdotes, cuando tres de sus ministros, Coré, Datán y Abirón, osaron enorgullecerse y levantar la cerviz contra el sacerdote Aarón15, se los tragó y devoró la tierra, que se abrió bajo sus pies, pagando con ello el castigo de su audacia sacrílega. Y no sólo ellos, sino que los otros doscientos cincuenta que les secundaron en su rebelión fueron consumidos por el fuego que hizo brotar el Señor, para demostrar que los sacerdotes de Dios son vengados por aquel que hace a los sacerdotes. Asimismo en el libro de los Reyes, cuando el sacerdote Samuel fue despreciado por el pueblo judío a causa de su ancianidad, como tú ahora, el Señor airado exclamó: «No te han despreciado a ti, sino a mí»16. Y para que se vengase esto, les dio como rey a Saúl, con el fin de que les doblegase con duros trabajos, y abatiese bajo sus pies y oprimiera con toda clase de ultrajes y aflicciones al pueblo orgulloso, y el sacerdote despreciado por el pueblo altivo quedase vengado con un castigo divino.
[2] También Salomón, inspirado por el Espíritu Santo, nos atestigua y manifiesta cuáles son la dignidad y el poder sacerdotal diciendo: «Teme a Dios con toda tu alma y respeta religiosamente a sus sacerdotes». Y en otro lugar: «Honra al Señor con toda el alma y reverencia a los sacerdotes»17. El santo Apóstol recuerda estos preceptos, según leemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles, cuando le increparon: «¿Así ultrajas al sacerdote de Dios con imprecaciones?», respondió diciendo: «No sabía, hermanos, que fuese el pontífice. Pues está escrito: No injuriarás al príncipe de tu pueblo»18. [2] El mismo Jesucristo, nuestro Señor, rey, juez y Dios nuestro, guardó hasta el día de su pasión el respeto debido a pontífices y sacerdotes, a pesar de no haber temido ellos a Dios ni reconocido a Cristo. En efecto, después de haber curado al leproso, le dijo: «Vete y preséntate al sacerdote y haz la ofrenda»19. Con la misma humildad con que nos enseñó a ser humildes, aún llamaba sacerdote al que sabía que era sacrílego. De la misma manera, en el momento de la pasión, después de recibir la bofetada e increpándosele: «¿Así respondes al pontífice?», nada injurioso dijo él contra la persona del pontífice, sino que se limitó a defender su inocencia con estas palabras: «Si he dicho algo mal, repréndeme por lo malo, pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?»20. Todo lo cual hizo él humilde y pacientemente para ofrecemos un ejemplo de humildad y paciencia. Nos enseñó que los sacerdotes verdaderos han de ser honrados legítima y plenamente al comportarse él así con los sacerdotes falsos.
Y no deben olvidar los diáconos que a los apóstoles, es [3] decir, que a los obispos21 y jefes los eligió el Señor, mientras que los diáconos fueron elegidos por los apóstoles después de la subida del Señor a los cielos, como ministros de su episcopado y de la Iglesia. Por lo que si nosotros no podemos rebelarnos contra Dios, que hace a los obispos, tampoco los diáconos se pueden rebelar contra nosotros por quienes son hechos diáconos. Y por ello es necesario que el [2] diácono, de quien nos escribes, haga penitencia por su insolencia, para que reconozca el honor que se debe al sacerdote, y que dé una satisfacción con toda humildad al obispo, que es su jefe. Así es como comienzan las herejías, así es como los cismáticos dan principio a sus maquinaciones, presumiendo de sí, menospreciando a su superior, hinchados de soberbia. Así se separa uno de la Iglesia y se edifica un altar profano fuera de ella y se subleva contra la paz de Cristo y el orden y unidad de Dios. Por lo que, si sigue exacerbando [3] y provocando con vituperios, emplearás contra él los poderes que tu dignidad te da, hasta deponerlo o excomulgarlo. Pues si el apóstol Pablo escribiendo a Timoteo dijo: «Nadie desdeñe tu juventud»22, con más motivo deben decirte tus colegas: «Nadie menosprecie tu ancianidad». Y [4] ya que nos dices que hay otro sujeto asociado a dicho diácono que participa de su orgullo y audacia, también a este tal y a otros que pudiere haber como él, y actuaren contra el obispo de Dios, les puedes o castigar o excomulgar. Ahora bien, les exhortamos a que reconozcan su pecado y hagan por él penitencia y no se opongan a la realización de nuestros propósitos. En efecto, nos es más grato, más deseable, vencer con indulgente paciencia los agravios y las injurias particulares que castigarlos con poderes episcopales. Deseo, hermano carísimo, que sigas bien de salud.
4
Cipriano a Pomponio
En su respuesta a Pomponio llama Cipriano la atención respecto a las tradiciones de velar por los hermanos y mantener la disciplina eclesiástica a los que después de haberse consagrado a Dios se olvidan de sus mandamientos.
Cipriano, Cecilio, Víctor, Sedato, Tértulo y los presbíteros presentes saludan a su hermano Pomponio23.
[1] Hemos leído, carísimo hermano, la carta que nos hiciste llegar por medio de nuestro hermano Pacomio, solicitando y deseando que te respondamos qué nos parece respecto de esas vírgenes de las cuales, una vez que habían decidido con firmeza mantener su estado de continencia, se ha sabido después que habían dormido en el mismo lecho con hombres, de los cuales dices que uno era diácono; que ellas mismas, después de confesar que realmente habían pernoctado [2] con varones, aseguran permanecer íntegras. Como quiera que has solicitado nuestro consejo en este asunto, has de saber que nosotros no queremos apartamos de las tradiciones evangélicas y apostólicas, omitiendo que se cuide vigorosa y constantemente de nuestros hermanos y hermanas y se observe la disciplina eclesiástica por todas las vías útiles y saludables, ya que el Señor habla y dice: «Yo os daré pastores según mi corazón, que os apacentarán con disciplina»24, y también está escrito en otro lugar: «Desdichado es el que desecha la sabiduría»25, y en los Salmos nos adoctrina el mismo Espíritu Santo con estas palabras: «Conservad la sabiduría, no sea caso que el Señor se enoje y os desviéis del buen camino al encenderse de pronto su ira sobre vosotros»26.
Por eso, carísimo hermano, en primer lugar hemos de [2] procurar, tanto los gobernantes como el pueblo, que los que tememos a Dios mantengamos los preceptos divinos con la observancia total de la disciplina y no consintamos que nuestros hermanos anden errados y vivan según su voluntad y capricho, sino que atiendan fielmente a la salud de cada uno, y no consientan que las vírgenes cohabiten con los hombres, no hablo ya de dormir juntos, sino ni siquiera convivir, por cuanto la debilidad del sexo y la edad todavía lasciva debe por todos los medios ser frenada y regida por nosotros, para que no se dé al diablo, que está acechando y anhelando ensañarse, ocasión de perjudicar, pues también el Apóstol dice: «No deis ocasión al diablo»27. La embarcación [2] ha de ser apartada con todo cuidado de los lugares peligrosos para evitar que se estrelle contra los escollos y rocas. Se ha de salvar a toda prisa del incendio el equipaje, antes de que se abrase alcanzado por las llamas. Nadie está seguro mucho tiempo, si está próximo al peligro. Tampoco podrá liberarse del diablo el siervo de Dios que se haya enredado en los lazos del diablo. Se debe salir al paso de éstos rápidamente, a fin de que se separen ahora que todavía pueden hacerlo inocentes, porque no podrán ser apartados después con nuestra intervención, una vez que estén atados por un [3] pecado gravísimo. En fin, cuán graves caídas de muchos vemos ocurrir por este motivo, a la vez que observamos con el más grande dolor de nuestro ánimo, que muchísimas vírgenes se pervierten por causa de estas ilícitas y peligrosas uniones. Pues si se han consagrado a Cristo con lealtad, deben perseverar púdicas y castas sin dar lugar a posible murmuración alguna, esperando así, fuertes y constantes, el premio de la virginidad; pero si no quieren o no pueden perseverar, más vale que se casen que caer en el fuego por sus pecados. Al menos que no den escándalo alguno a los hermanos y hermanas, puesto que se ha escrito: «Si este alimento escandaliza a mi hermano, no comeré carne en mi vida, para no escandalizar yo a mi hermano»28.
[3] Y no crea alguna de ellas que puede justificarse por el hecho de poder ser examinada y comprobarse si es o no virgen, porque no sólo las manos sino también los ojos de las comadronas se engañan a menudo, de manera que siendo hallada materialmente virgen donde puede serlo la mujer, no obstante pudo haber pecado en otra parte del cuerpo que puede perder el pudor y, con todo, no puede reconocerse. Ciertamente, el mismo concúbito, los propios abrazos, la misma conversación, el besarse, y el torpe y feo dormir de los dos que yacen juntos, ¡cuánta indecencia y delito suponen! [2] Si un marido, viniendo de improviso, sorprende a su esposa yaciendo con otro, ¿no se indigna acaso y se estremece de ira, y quizás incluso, aguijoneado por sus celos, echa mano a la espada? ¿Qué hará Cristo, señor y juez nuestro, al ver a su virgen, que se le entregó y a Él solo destinada, dormir con otro?; ¡cómo se indigna e irrita, y con qué penas amenaza a estas uniones sacrílegas! Hemos de hacer [3] todo lo que nos sea posible para evitar que cada uno de nuestros hermanos evite el golpe de la espada espiritual y el día del juicio que ha de venir. Y cuánto más es preciso que cuiden esto los sacerdotes y los diáconos, de modo que aparezcan como ejemplo y testimonio en su conducta y en sus costumbres para los demás. ¿Cómo pueden, por tanto, representar ellos la integridad y la continencia, si de ellos parten las enseñanzas de la corrupción y de los vicios?
Así pues, has obrado con previsión y energía, hermano [4] carísimo, excomulgando al diácono que permaneció bastantes veces con una virgen, así como a los demás que solían dormir con vírgenes. Si se arrepienten de esa cohabitación ilícita y se separan el uno de la otra, de momento sean reconocidas las vírgenes por las comadronas con toda diligencia y, si son encontradas vírgenes, se las admitirá, una vez recibida la comunión, entre los fieles, pero con la amenaza de que si vuelven con los mismos hombres o si viven con ellos en una sola casa y bajo el mismo techo, se les echará con una pena más grave y ya después no se les volverá a admitir con facilidad en la Iglesia. Pero si se encontrara que alguna de ellas ha perdido la virginidad, que haga penitencia plena, porque la que cometió este crimen es una adúltera no para con su marido sino con Cristo, y, por tanto, prefijado un tiempo, después, cumplida la penitencia pública29, que vuelva a la Iglesia. Mas, si perseveran obstinadamente y no se [2] separan mutuamente, sepan que jamás podrán ser admitidos en la Iglesia por esa su impúdica obstinación, para que no comiencen a establecer con sus pecados un ejemplo para ruina de los demás. Ni piensen que hay para ellos razón de vida y salvación, si no quieren someterse a los obispos y sacerdotes, porque en el Deuteronomio el Señor Dios dice: «Todo el que en su soberbia no quiere obedecer al sacerdote o al juez, quienquiera que sea éste a la sazón, morirá, y todo el pueblo al saberlo tendrá temor, y no obrarán en adelante impíamente»30. Dios mandó que fuesen ajusticiados los que no se sometían a sus sacerdotes y estableció tiempo del juicio [3] para los desobedientes. Y entonces ciertamente se mataba con la espada, cuando todavía existía la circuncisión corporal; pero ahora que ha empezado la circuncisión espiritual para los fieles servidores de Dios, los soberbios y contumaces son ajusticiados con la espada espiritual, siendo arrojados de la Iglesia. Por consiguiente, tampoco pueden tener vida fuera, porque la casa de Dios es única, y para nadie hay salvación sino en la Iglesia. Que los indisciplinados perecerán, al no escuchar ni obedecer los preceptos saludables, lo testifica la divina Escritura, que dice: «El indisciplinado no quiere al que le corrige. Los que aborrecen las reprensiones perecerán ignominiosamente»31.
[5] Así pues, hermano carísimo, esfuérzate para que no sean destruidos y perezcan los indisciplinados, de modo que, en cuanto tú puedas, dirijas con saludables consejos a la comunidad y mires por la salvación de todos. La senda por la que caminamos hacia la vida es penosa y estrecha, pero el fruto es espléndido y grande cuando llegamos a la gloria. Los que se castraron una vez por el reino de los cielos, agraden a Dios en todo y no dejen de obedecer a los sacerdotes de Dios ni se conviertan en la Iglesia en escándalo para sus hermanos. Y, aunque de momento les parezca que los molestamos [2] nosotros, sin embargo, amonestémosles con saludable persuasión, sabiendo además que el Apóstol dijo: «¿Me he convertido, pues, en enemigo al predicaros la verdad?32. Y si se atuvieran a estas consideraciones, nos sería gratísimo; si se mantienen en el camino de la salvación, los habremos instruido con nuestra palabra. Mas, si algunos de los pervertidos no quisieren someterse, según la palabras del mismo apóstol: «Si complaciere a los hombres, no sería servidor de Cristo»33, si no podemos persuadir a algunos para que agraden a Cristo, nosotros al menos, como es nuestro deber, complazcamos a Cristo, Señor y Dios nuestro, cumpliendo sus preceptos. Deseo, hermano carísimo y muy añorado, que sigas con buena salud en el Señor.
5
Cipriano a los presbíteros y diáconos
Cipriano, escondido a causa de la persecución del edicto de Decio a finales del 249, se preocupa por sus fieles y pide al clero que atiendan a los confesores encarcelados —con prudencia al visitar las cárceles— y a los pobres.
Cipriano saluda a los presbíteros y diáconos, sus hermanos carísimos.
Estoy bien por la gracia de Dios, hermanos queridísimos, [1] y os transmito mi saludo muy contento sabiendo que es también buena vuestra salud. Y ya que las circunstancias locales no me permiten estar ahora con vosotros, os pido, por vuestra fe y vuestra religiosidad, que cumpláis ahí por vosotros y por mí, de manera que nada falte ni a la disciplina [2] ni a la diligencia. En cuanto a la distribución del dinero, tanto a los que están en la prisión por haber confesado gloriosamente al Señor, como a los que perseveran constantes en el Señor a pesar de su pobreza e indigencia, ruego que no les falte nada, pues la pequeña cantidad que se recogió fue distribuida ahí entre los clérigos para casos así, para que fuesen más quienes tuviesen de dónde sacar para acudir a las necesidades y apuros particulares.
[2] También os pido que pongáis en juego vuestra habilidad y vuestro cuidado solícito para procurar la calma. Pues por mucho que los hermanos, movidos por el amor, se sientan anhelosos de reunirse y visitar a los buenos confesores a quienes la divina bondad ya hizo ilustres con unos inicios gloriosos, entiendo que eso hay que hacerlo con cautela y no aglomeradamente ni reuniéndose a la vez en una gran multitud, para evitar que eso mismo provoque la aversión y se niegue el permiso de entrar, y que al pretender, insaciables, demasiadas cosas, lo perdamos todo. Atended, pues, y proveed a fin de que mediante una sabia moderación eso pueda hacerse de una manera más segura, de tal modo que incluso los presbíteros que acuden allí a ofrecer el sacrificio delante de los confesores, vayan de uno en uno con un diácono distinto cada vez, porque el cambio de personas y la variedad de visitantes disminuye el odio. Hemos de ser dulces y humildes en todas las cosas tal y como corresponde a siervos de Dios y, acomodándonos a las circunstancias actuales, procurar la paz y atender al pueblo. Deseo, carísimos hermanos y muy añorados, que disfrutéis siempre de buena salud y os acordéis de mí. Saludad a toda la comunidad de hermanos. Os saluda el diácono y también todos los que están conmigo. Adiós.
6
Cipriano a Sergio y a Rogaciano y demás confesores
Cipriano exhorta vivamente a los confesores reagrupados con Sergio y Rogaciano, mediante los motivos más elevados de la fe, animándolos a la perseverancia y a ser fieles en la confesión del Señor.
Cipriano a Sergio y a Rogaciano34, y a todos los demás confesores35, les desea salud perpetua en Dios.
Os saludo, carísimos hermanos, deseando también disfrutar [1] de vuestra presencia, si la situación del lugar en donde me encuentro me permitiera acercarme hasta vosotros36. Porque ¿qué podría haber más deseable y más agradable para mí, que encontrarme ahora entre vosotros para que me abrazaseis con aquellas manos que, puras e inocentes y fieles al Señor, rechazaron las ofrendas sacrílegas?; ¿qué más gozoso y más sublime que poder ahora besar vuestros labios, que confesaron gloriosamente al Señor, y poder ser mirado por vuestros ojos que, habiendo despreciado al mundo, [2] se hicieron dignos de contemplar a Dios? Pero como no se me da la opción a tal dicha, os envío estas líneas que vosotros leeréis y escucharéis en mi lugar, a fin de que perseveréis fuertes y firmes en la confesión de la gloria celestial e, iniciados en el camino de los favores del Señor, lleguéis a recibir la corona con fortaleza espiritual teniendo como protector y guía al Señor, que dijo: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación del mundo»37. ¡Oh dichosa cárcel que se ha iluminado con vuestra presencia! ¡Oh dichosa cárcel que envía al cielo hombres de Dios! ¡Oh tinieblas, más resplandecientes que el mismo sol y más claras que esta luz del mundo, en donde ahora están levantados los templos de Dios y vuestros miembros santificados por las confesiones de su divino nombre!
Ninguna otra cosa ocupe ahora vuestros corazones y [2] vuestras almas más que los preceptos divinos y los avisos del cielo, con los cuales nos ha impulsado siempre el Espíritu Santo para aguantar los tormentos del martirio. Que nadie piense en la muerte sino en la inmortalidad, ni en los dolores temporales sino en la gloria eterna, porque está escrito: «Es preciosa delante de Dios la muerte de sus justos»38. Y en otro lugar: «El sacrificio que Dios quiere es un espíritu atribulado; Dios no desprecia el corazón afligido y humillado»39. Y todavía en otro lugar, en donde la divina Escritura habla de los tormentos que consagran a los mártires de Dios y les santifican con la misma prueba de los padecimientos, dice: «Aunque han sido atormentados a la vista de los hombres, su esperanza está llena de inmortalidad. Y, maltratados en poca cosa, serán colmados de gran dicha, porque Dios los probó y los encontró dignos de sí. Los probó como al oro en el crisol y los aceptó como víctima de holocausto. Y a su tiempo se ocupará de ellos. Juzgarán a las naciones y dominarán sobre los pueblos, y su Señor reinará por siempre»40. Por consiguiente, si pensáis que habéis de juzgar y reinar con Cristo Señor, preciso es que por el regocijo del futuro despreciéis los suplicios presentes, sabiendo que desde el principio del mundo está ordenado que en las luchas seculares sufra aquí la justicia, pues ya al principio el justo Abel fue asesinado y desde entonces todos los justos, los profetas y los apóstoles. A todos ellos también les dejó el Señor un ejemplo en sí mismo, enseñando que no pueden llegar a su reino sino los que siguen su camino, diciendo: «Quien ama su vida en este mundo, la perderá, y el que aborrece a su vida en este mundo la salvará para la vida eterna»41. Y en otro pasaje: «No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Temed más bien a quien puede matar alma y cuerpo, y arrojaros a la gehenna»42. San Pablo nos exhorta también a que, si queremos participar de las promesas del Señor, debemos imitar en todo al Señor; «Somos —dice— hijos de Dios, y, si somos hijos, también herederos de Dios y coherederos de Cristo, si compartimos sus sufrimientos, para participar de su glorificación»43. Añade incluso una comparación entre el tiempo presente y la glorificación futura, diciendo: «No pueden compararse los padecimientos del tiempo presente con la gloria venidera que se pondrá de manifiesto en nosotros»44. Si pensamos en esta gloria, sentiremos la necesidad de soportar todos los trabajos y persecuciones, porque, aunque son numerosas las pruebas de los justos, de todas ellas son liberados los que confían en Dios.
[3] Dichosas también las mujeres que participan de la gloria de vuestra confesión y se mantienen fieles al Señor y, mostrándose más fuertes de lo que suele creerse de su sexo, no sólo están próximas a recibir la corona ellas mismas, sino que han dado además a las otras mujeres ejemplo con su constancia. Y para que nada faltase a la gloria de vuestro grupo, para que toda edad y sexo tuviese el mismo honor que vosotros, la divina bondad asoció incluso niños a la gloria de vuestra confesión: representándonos algo parecido a lo que en otro tiempo realizaron los ilustres jóvenes Ananías, Azarías y Misael, pues, encerrados en el horno, cedió el fuego y las llamas proporcionaron un lugar de refrigerio, estando presente con ellos el Señor y manifestando que nada podía contra sus confesores y sus mártires el fuego de la gehenna45 y que los que creían en Dios permanecían siempre invulnerables y salvos en todo. También os pido que consideréis atentamente, de acuerdo con vuestra piedad, qué fe hubo en aquellos jóvenes, que pudiera ser tan meritoria ante Dios. En efecto, dispuestos a todo, como debemos estarlo todos, dicen al rey: «Rey Nabucodonosor, no tenemos por qué contestaros a esto, puesto que el Dios, a quien nosotros servimos, puede librarnos del horno encendido, y nos librará de tus manos, oh rey. Y, si no, puedes estar seguro de que no servimos a tus dioses, ni adoramos la estatua de oro que has levantado»46. Aunque creían y, en razón de su fe, sabían que podía librarlos del suplicio presente, con todo no quisieron jactarse de ello y reclamarlo para sí, añadiendo: «Y si no quiere», a fin de que el valor de su confesión no fuera menor sin el testimonio de los sufrimientos. Añadieron que Dios lo puede hacer todo, pero que su fe no se fundaba en pretender verse libres al presente, sino en pensar en la liberación y seguridad eterna de la gloria.
También nosotros, manteniendo esa misma fe y meditando [4] en ella día y noche, dispuestos con toda el alma hacia Dios, despreciando las cosas presentes, pensemos sólo en las futuras, en el gozo del reino eterno, en el abrazo y ósculo del Señor, en la contemplación de Dios; de modo que sigáis en todo al presbítero Rogaciano47, glorioso anciano que, en virtud de la gracia divina y de su valor religioso, os muestra el camino que honra a nuestro tiempo; que junto con Felicísimo, nuestro hermano, siempre sosegado y sobrio, esquivando el ataque de un pueblo furioso, primeramente os preparó un lugar en la cárcel, y os precede ahora como si fuera vuestro hospedero48. Suplicamos al Señor con frecuentes súplicas que esta obra se cumpla en vosotros, de manera que, consumándose lo que ha empezado, aquellos a quienes hizo confesar, haga también que sean coronados. Os deseo, carísimos hermanos y muy dichosos, que os conservéis siempre bien en el Señor y alcancéis la gloria de la corona celestial.
7
Cipriano a los presbíteros y diáconos
Cipriano, que está deseando volver a su Iglesia pero teme provocar a los paganos con su presencia, se vuelve a manifestar solícito por su grey recordando el socorro de las viudas, de los enfermos y de todos los necesitados: por el acólito Nárico remite dinero a Rogaciano.
Cipriano saluda a los presbíteros y diáconos, hermanos carísimos.
[1] Os saludo, carísimos hermanos; estoy bien por la gracia de Dios y anhelo irme enseguida a vosotros, para satisfacer mi deseo, que es el vuestro y el de todos los hermanos. Es necesario, con todo, que miremos por la paz común y que, a pesar del sentimiento de nuestro corazón, provisionalmente permanezcamos ausentes de vosotros, a fin de que nuestra presencia no provoque el odio y violencias de los gentiles y seamos responsables de la ruptura de la paz, precisamente quienes hemos de procurar más la tranquilidad de todos. Por tanto, cuando me escribáis que todo está ya arreglado y puedo volver, o si el Señor se digna manifestármelo antes, entonces me uniré a vosotros. Pues ¿en dónde podría encontrarme mejor y más contento que allí donde quiso Dios concederme la fe y el crecimiento en ella?49 Os ruego que tengáis solícito cuidado de las viudas, de los enfermos y de todos los pobres. También a los forasteros, si algunos de ellos estuvieren necesitados, dadles socorro de la cantidad de mi peculio particular que dejé en manos de Rogaciano, nuestro copresbítero. Ante el temor de que esta cantidad esté totalmente agotada, le he enviado otra por medio del acólito Nárico, para que con más abundancia y rapidez se haga la distribución entre los necesitados. Deseo, carísimos hermanos, que os encontréis siempre bien.
8
[El clero de Roma al de Cartago] 50
El clero de Roma, que se encuentra sin pastor por el reciente martirio del papa Fabián, manifiesta al de Cartago su extrañeza por la retirada y aislamiento del obispo Cipriano, a la vez que con lenguaje popular le exhorta a mantenerse firme en la fe cuidando del rebaño como buen pastor.
Hemos sabido por el subdiácono51 Cremencio, quien por [1] motivos particulares ha venido de ahí, que el beatísimo papa52 Cipriano se ha retirado, y ha obrado perfectamente al esconderse, porque es una persona insigne. Y dado que se acerca el combate que Dios ha permitido en el mundo para que se pelee contra el enemigo, a la vez que con su siervo53, queriendo que tenga lugar en presencia de los ángeles y de los hombres, para que sea coronado el vencedor y recaiga sobre el vencido la sentencia, que nos ha sido revelada; y como nos incumbe a nosotros, que nos mostramos al frente de la Iglesia como pastores, vigilar ahora el rebaño, si somos negligentes, se nos achacará lo que se dijo a nuestros antecesores, que eran superiores tan desidiosos, porque «no buscamos al perdido, ni enderezamos al descarriado y no curamos al cojo, y nos bebimos su leche y nos vestimos con [2] su lana»54. El mismo Señor, en definitiva, realizando lo que estaba escrito en la Ley y los profetas, nos adoctrina diciendo: «Yo soy el buen pastor, que doy mi vida por mis ovejas. Pero el mercenario, a quien no pertenecen las ovejas, si ve al lobo que viene, las abandona y huye, y el lobo las dispersa»55. También dice a Simón: «¿Me amas?» y él responde: «Te amo». Le dice: «Apacienta mis ovejas»56. Sabemos que este mandato se cumplió por el hecho mismo de su muerte; los demás discípulos actuaron de manera similar.
[2] No queremos, por tanto, hermanos dilectísimos, que aparezcáis como mercenarios, sino como buenos pastores, pues no ignoráis el grave peligro que hay, si no exhortáis a nuestros hermanos a mantenerse inconmovibles en la fe, no sea que, al caer en la idolatría, se destruya profundamente la comunidad de hermanos. Y no os exhortamos a esto tan [2] sólo con palabras, sino que podréis informaros por los muchos que van llegando hasta vosotros desde aquí; porque con la ayuda de Dios hemos hecho y seguimos practicando tales cosas con el mayor cuidado, aun exponiéndonos a los peligros materiales del siglo, poniendo los ojos más en el temor de Dios y en las penas eternas que no en el temor de los hombres y en unos atropellos pasajeros, sin abandonar a los hermanos, y animándolos a permanecer constantes en la fe y a estar dispuestos, como es su deber, a ir con el Señor. Pero incluso hemos hecho volver atrás a los que ascendían a [3] cumplir algo a lo que les forzaban57. La Iglesia se mantiene en pie, firme en la fe, a pesar de que algunos sobrecogidos de terror, o porque eran personas de posición, o porque al ser apresados cedieron por la debilidad humana, han caído: a éstos, ciertamente, aun separados de nosotros, no los hemos abandonado, sino que los hemos exhortado y los seguimos exhortando a hacer penitencia, por si pueden conseguir el perdón de Aquel que puede otorgarlo, no sea que, si nosotros los abandonamos, se vuelvan peores.
Por consiguiente, veis, hermanos, que también vosotros [3] debéis hacer esto, para que los que han caído, arrepentidos gracias a vuestras exhortaciones, si vuelven a ser apresados, confiesen y para poder reparar su pasado error; también os incumben otras cosas, que igualmente os recordamos aquí: si los que cayeron en la persecución, fueren atacados por la enfermedad e hicieren penitencia de su delito, y pidieren la comunión, ciertamente se les debe suministrar: tanto las viudas como los oprimidos58 que no pueden mantenerse a sí mismos, los que están en las cárceles como los que fueron arrojados de sus casas, deben tener quien los socorra; mas tampoco los catecúmenos que estén afectados por la enfermedad deberán sentirse decepcionados en sus esperanzas [2] de ser socorridos. Por encima de todo eso, si no se entierran los cuerpos de los mártires y de los demás, recae una grave responsabilidad sobre aquellos a quienes incumbe este oficio. Estamos seguros, pues, de que todo aquel de entre vosotros que, según se presente la ocasión, se comporte así, será tenido por buen servidor, de manera que por haber sido fiel en lo muy pequeño, será puesto al frente de diez ciudades59. Haga Dios, que todo lo da a los que esperan en él, [3] que todos nos ocupemos en estas obras. Os saludan los hermanos que están encarcelados, los presbíteros y la Iglesia toda, que está velando con la mayor diligencia por todos los que invocan el nombre del Señor. Pero también nosotros [4] pedimos que por vuestra parte os acordéis de nosotros. Sabed que Basiano60 ha llegado aquí. Os suplicamos que, teniendo como tenéis el celo de Dios, transmitáis una copia de esta carta a todos cuantos pudiereis a la menor ocasión que tengáis, o que escribáis las vuestras, o bien enviéis algún mensajero, para que todos permanezcan fuertes e inquebrantables en la fe.
9
Cipriano a los presbíteros y diáconos de Roma
Conocedor Cipriano de la muerte del papa Fabián, le dedica palabras elogiosas. Respecto a la carta anterior, que llegó sin firma ni destinatario claro, devuelve el original para que ratifiquen su legitimidad.
Cipriano saluda a los hermanos presbíteros y diáconos de Roma.
Habiéndome llegado, carísimos hermanos, el rumor incierto [1] de la muerte de mi colega61, hombre bueno, y, estando yo dudoso, recibí de vosotros la carta que me enviasteis por el subdiácono Cremencio; por ella me informé con todo detalle de su muerte gloriosa, y tuve un grandísimo gozo porque a la integridad de su administración le haya correspondido igualmente un coronamiento tan honroso. A este [2] respecto os felicito también sinceramente porque ensalzáis su memoria con un testimonio tan general y espléndido, haciendo que por vuestro medio conozcamos nosotros lo que para vosotros, recordando a vuestro Obispo, es una gran gloria, y a nosotros además nos ofrece un ejemplo de fe y de virtud. Pues así como la caída de un jefe influye de manera perniciosa en la caída de quienes le siguen, de la misma manera, por el contrario, la firmeza en la fe, por la que el obispo se presta a ser imitado por los hermanos, es beneficiosa y saludable.
[2] He leído también otra carta, en la que no se indica de una manera explícita ni quién la ha escrito ni a quiénes va dirigida. Y como el modo de escribir y el sentido y hasta el mismo soporte material de la carta me han hecho temer que se haya suprimido o cambiado algo respecto de la verdad, os he remitido la misma carta original, a fin de que reconozcáis si es la misma que disteis al subdiácono Cremencio [2] para que la trajera. Sería, efectivamente, muy grave que el texto verdadero de una carta del clero fuese alterado por fraude o engaño. Examinad, pues, para que podamos saberlo, si la escritura y la firma es vuestra, y escribidnos lo que haya de verdad. Deseo, carísimos hermanos, que estéis siempre bien.
10
Cipriano a los mártires y confesores
Cipriano ensalza el valor y constancia de Mapálico y de un grupo de colegas suyos armados, como soldados de Cristo, con las armas de la fe en los tormentos de la persecución de Decio.
Cipriano desea a los mártires y confesores de Jesucristo, señor nuestro, salud eterna en Dios Padre62.
[1] Exulto de alegría, hermanos valerosísimos y muy dichosos, y os felicito una vez sabidas vuestra fidelidad y valentía, de las que se gloría la madre Iglesia, ella que hace poco, ciertamente, estaba también orgullosa de la pena que, por vuestra persistente confesión, convirtió en desterrados a los confesores de Cristo. Pero la confesión actual es tanto más gloriosa y honorífica cuanto más fuerte es la tribulación: se ha intensificado el combate, también se ha engrandecido la gloria de los combatientes. Y no os habéis alejado de la lucha por miedo a los tormentos, sino que por los mismos tormentos os habéis sentido más impelidos al campo de combate, y fuertes y valerosos, volvisteis a la lucha con generosa valentía para la más grande de las pruebas. He sabido [2] que algunos de entre vosotros han sido ya coronados, que algunos, asimismo, se hallan próximos a la corona de la victoria, y que todos, en fin, los que, formando un escuadrón glorioso, sufrieron la estrechez de la cárcel, están animados por el calor de la misma valentía a librar el combate como han de estar en el campamento divino los soldados de Cristo, de modo que ni los halagos seduzcan la firmeza inquebrantable de la fe, ni les asusten las amenazas, ni les venzan los suplicios y tormentos, porque es más el que está dentro de nosotros que el que está en este mundo, y no tiene mayor fuerza para abatir el castigo terreno que la protección divina para reanimar. Los hechos se han demostrado en el combate glorioso de los hermanos; ellos, convertidos en guías de los demás en el arte de superar los tormentos, dieron un ejemplo de valentía y fidelidad, batiéndose en el combate hasta que sucumbió vencido el enemigo.
Por consiguiente, ¿con qué elogios os ensalzaré, valerosísimos [2] hermanos? ¿con qué palabras elocuentes exaltaré la fortaleza de vuestros sentimientos y la perseverancia de vuestra fe? Habéis tolerado hasta alcanzar el ápice de la gloria la más dura tortura, y no os doblegasteis a los suplicios, sino que más bien los tormentos cedieron ante vosotros. Las coronas de la victoria proporcionaron a vuestros sufrimientos el final que no les daban los instrumentos de tortura. Una carnicería más cruel se prolongó, no para doblegar la fidelidad constante, sino para enviar más deprisa a [2] los hombres de Dios hasta el Señor. La multitud de los presentes pudo ver, sorprendida, la prueba celestial por Dios y el combate espiritual por Cristo; cómo sus servidores se mantuvieron con libre expresión, con ánimo incorruptible, con valor sobrehumano; desprovistos ciertamente de armas de este mundo, pero armados con las de la fe. Se mostraron fuertes en los tormentos, más que quienes los atormentaban, y sus miembros golpeados y destrozados vencieron a los garfios que los golpeaban y desgarraban. La cruel herida, una y otra vez abierta, no pudo superar la fe inexpugnable, aun cuando, desgarradas las entrañas, eran torturados no ya los miembros, sino las propias llagas de los siervos de Dios. Fluía la sangre para extinguir el incendio de la persecución, para ahogar en su gloriosa corriente las llamas y fuegos del [3] infierno. ¡Oh, qué digno del Señor fue aquel espectáculo, qué sublime, qué grande, qué agradable a los ojos de Dios por la fidelidad y devoción de sus soldados, como está escrito en los Salmos, por la voz del Espíritu Santo, que a la vez nos advierte: «Preciosa es a los ojos de Dios la muerte de sus justos»!63. Es preciosa esta muerte que compró la inmortalidad al precio de la propia sangre, que recibió la corona a costa de la consumación de su valor.
[3] ¡Qué gozoso estuvo allí Cristo, qué a gusto luchó y venció en estos servidores suyos, protegiendo su fe, y dando a los creyentes tanto cuanto el que recibe cree recibir! Estuvo presente en aquel combate en su honor; alentó, sostuvo y robusteció a los que luchaban y glorificaban su nombre. Y quien venció una vez a la muerte por nosotros, siempre sale triunfante en nosotros. «Cuando os entregaren —dice— no penséis qué vais a decir. Puesto que no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre quien habla en vosotros»64.
El combate presente nos ha dado un testimonio de los [4] hechos. Una voz llena del Espíritu Santo brotó de labios del mártir, cuando el bienaventurado Mapálico dijo al procónsul en medio de sus tormentos: «Mañana presenciarás la lucha». Y el Señor cumplió lo que aquél dijo en testimonio de su valor y de su fe. Se celebró la prueba celestial y en la contienda del combate prometido fue coronado el siervo de Dios. A esta prueba se refería el profeta Isaías cuando dijo: [2] «No es una mezquina contienda de vosotros con los hombres, porque Dios dirige el combate»65. Y para demostrar cuál iba a ser este combate, añadió diciendo: «He aquí que una virgen concebirá y alumbrará un hijo, y le daréis el nombre de Emmanuel»66. Ésta es la prueba de nuestra fe, por la que combatimos, por la que vencemos y por la que somos coronados. Ésta es la prueba que nos mostró también [3] el apóstol san Pablo, en la que conviene que nosotros corramos y lleguemos a la gloria de la corona. «¿No sabéis — dice— que los competidores en el estadio, todos corren, pero solamente uno recibe la palma? Corred de modo que la consigáis. Y aquéllos, por cierto, para recibir una palma perecedera, pero nosotros incorruptible»67. Asimismo, indicando su combate y pronosticando que pronto será una víctima ofrecida al Señor, dice: «Yo estoy ya ofreciéndome en libación y se aproxima el tiempo de la partida. He peleado un buen combate, he concluido mi carrera, he guardado la fe. Ya sólo me falta la corona de la justicia que me entregará en aquel día el Señor, justo juez; mas no solamente a mí, sino a todos los que desearon su venida»68. En efecto, Mapálico, en nombre propio y en el de sus colegas, se comprometió de nuevo ante el procónsul a este combate, predicho antes por los profetas, encomendado por el Señor, llevado a cabo por los apóstoles. Y la palabra fiel no faltó a su promesa: libró el combate que prometió, y recibió la palma [4] que mereció. Deseo —y a ello os exhorto— que también vosotros sigáis a este mártir, ahora bienaventurado, y a los otros que participaron en el mismo combate y fueron sus compañeros en la firmeza de la fe, pacientes en el dolor, vencedores en las torturas: a fin de que a quienes juntó el vínculo de la confesión y la hospitalidad de la cárcel, los junte también la consumación del valor y la corona celestial; y vosotros con vuestra alegría enjuguéis las lágrimas de la madre Iglesia, que llora la caída y la muerte de tantos, y alentéis la constancia de los demás, que también siguen firmes con el estímulo de vuestro ejemplo. Si os llama el combate, si os llega el día de vuestra prueba, sed unos valientes soldados, luchad sin desmayo, sabiendo que os batís bajo la mirada del Señor a quien tenéis presente, que confesando su nombre llegáis a la gloria del mismo, y que no se contenta con observar a sus servidores, sino que él mismo lucha entre nosotros, él mismo combate, él mismo, al final de nuestro combate, da la corona y es coronado.
[5] Pero si, por la misericordia del Señor, la paz sobreviene antes del día de vuestro combate, no obstante permanece en vosotros una voluntad entera y una conciencia gloriosa. Y no se entristezca nadie de vosotros como inferior a aquellos que, habiendo soportado los tormentos antes que vosotros, y después de pisotear y vencer al mundo, por un camino triunfal llegaron a presencia del Señor. El Señor escruta lo íntimo del corazón, penetra los secretos y ve lo oculto. Para merecer la corona de sus manos basta el solo testimonio de Él, que es el que nos ha de juzgar. Ambos hechos son, pues, [2] carísimos hermanos, a la vez sublimes e ilustres: el uno, más seguro, ir deprisa ante el Señor, una vez consumada la victoria; el otro, más alegre, obtenida la liberación por la gloria del martirio, florecer en la estimación de la Iglesia. ¡Oh bienaventurada Iglesia nuestra, a la que así ilumina el esplendor de la bondad divina, a la que da lustre en nuestros tiempos la sangre gloriosa de los mártires! Antes se mostraba blanca en las obras de los hermanos; ahora se ha hecho purpúrea con la sangre de los mártires. No faltan entre sus flores ni los lirios ni las rosas. Luche ahora cada uno por conseguir la altísima dignidad de uno y otro honor. Que reciba su corona, ya blanca por sus obras, ya roja por su martirio. En el campamento del cielo, no sólo la paz sino también la lucha tienen sus flores, con las que es coronado el soldado de Cristo por su triunfo. Deseo, hermanos valerosísimos y muy dichosos, que permanezcáis siempre bien en el Señor y que os acordéis de mí. Adiós.
11
Cipriano a los presbíteros y diáconos
Larga carta, testimonio vivencial de los acontecimientos y circunstancias internas de la comunidad eclesial de Cartago. Cipriano denuncia la falta de unión y concordia que tiene como consecuencia la debilidad del poder de la oración y la escasa sobriedad de vida.
Cipriano saluda a los hermanos presbíteros y diáconos.
[1] Aunque sé, hermanos carísimos, que por el temor que todos debemos a Dios, os ocupáis ahí también vosotros en oraciones asiduas y en plegarias insistentes, con todo, exhorto a vuestra religiosa solicitud a apaciguar a Dios y suplicarle lamentándonos no sólo de palabra, sino también con ayunos, con lágrimas y con toda clase de ruegos insistentes. [2] Porque hemos de comprender y admitir que una tribulación tan devastadora como la de esta persecución, que ha arrasado nuestro rebaño en su mayor parte y sigue todavía asolándolo, ha sido consecuencia de nuestros pecados, porque no seguimos los caminos del Señor ni cumplimos los preceptos celestiales que se nos han dado para nuestra salvación. Nuestro Señor cumplió la voluntad del Padre, y nosotros no cumplimos la voluntad de Dios, pues nos entregamos al lucro de los bienes temporales, abrigamos sentimientos de soberbia, nos entretenemos en rivalidades y en disensiones; descuidamos la sencillez y la fidelidad, renunciamos de palabra solamente, pero no de obra, al mundo; somos indulgentes cada uno consigo mismo y severos para con todos los demás. Y así somos vapuleados, como lo merecemos, conforme está escrito: «Pero el siervo que conoce la voluntad de su señor y no la obedece, será muy vapuleado»69. [3] ¿Qué golpes, en efecto, qué azotes no merecemos, cuando ni los confesores, que deberían dar ejemplo de buenas costumbres a los otros, guardan la disciplina? Por eso, mientras a algunos los ensoberbece insolentemente la jactancia hinchada y descarada de su confesión, han venido los tormentos, y unos tormentos en que el verdugo no tiene un fin, ni la condena promulgación, ni la muerte un consuelo; unos tormentos que no conducen fácilmente a recibir la corona, sino que atormentan hasta hacer apostatar, a no ser que alguien saque provecho por haberle librado la bondad divina en el mismo instante del tormento, consiguiendo la gloria no porque se haya puesto fin al tormento, sino porque la muerte llegó velozmente.
Padecemos todo esto merecidamente por nuestra culpa, [2] tal como nos lo previno la advertencia divina, diciendo: «Si abandonan mi ley, y no andan según mis juicios, si profanan mis preceptos y no guardan mis mandamientos, castigaré con la vara sus maldades y con azotes sus delitos»70. Por consiguiente, sentimos las varas y los látigos ya que no agradamos a Dios con buenas obras ni le satisfacemos por los pecados. Imploremos desde lo íntimo del corazón y con toda [2] el alma la misericordia de Dios, porque también él añadió, diciendo: «Pero yo no apartaré de ellos mi piedad»71. Pidamos y recibiremos, y si hubiere demora y tardanza en recibir, porque le hemos ofendido gravemente, demos golpes, pues se abre a quien llama72, siempre que quienes llamen a la puerta sean nuestras plegarias, nuestros gemidos y lágrimas, en las que conviene insistir y mantenerse, y siempre que la oración sea unánime.
Ahora bien, lo que más me ha animado y movido a dirigiros [3] esta carta debéis saber que ha sido, tal como el Señor se digna manifestar y revelar, que se dijo en una visión: «Pedid y alcanzaréis»; que entonces se mandó al pueblo presente que pidiese por algunas personas determinadas, mas al pedir fueron disonantes las voces y dispares las voluntades, y que le disgustó sobremanera al que había dicho «pedid y alcanzaréis» el hecho de que discrepase el pueblo inconstante y no existiese una sencilla e íntima unión y concordia entre los hermanos, cuando está escrito: «Dios que hace habitar en una misma casa a los que están en concordia»73, y se lee en los Hechos de los Apóstoles: «La multitud de los creyentes obraban con un solo espíritu y corazón»74; y el Señor recomendó con su propia palabra: «Éste es mi mandato, que os améis mutuamente»75, y nuevamente: «Yo os digo a vosotros que si hubiere conformidad entre dos de vosotros en la tierra, respecto de cualquier cosa que pidiereis, os será concedida por mi Padre, que está en los cielos»76. Si, pues, dos unidos en espíritu pueden tanto, qué sería si la unanimidad estuviese en todos. Por eso, si de acuerdo con la paz que el Señor nos dio, coincidiesen todos los hermanos, ya hubiésemos alcanzado hace tiempo de la misericordia divina lo que pedimos, y no fluctuaríamos durante tiempo en este peligro de nuestra salvación y de nuestra fe; es más, no habrían venido estos males sobre nuestros hermanos, si a todos les hubiese animado un solo espíritu.
[4] Ahora bien, igualmente ha sido mostrado que un padre de familia se sentaba teniendo sentado a su derecha un joven algo triste, con inquietud y con cierta indignación, se estaba en su asiento con la mano en la mejilla y con la tristeza pintada en el rostro. Otro a su vez, de pie en la parte izquierda, llevaba una red, y amenazaba lanzarla a fin de capturar a la gente circunstante. Y, como el que lo vio se preguntase maravillado qué podía significar esto, se le dijo que el joven que permanecía así a la derecha, se entristecía y dolía porque no se observaban sus preceptos; que, al contrario, el de la izquierda disfrutaba, porque se le daba ocasión de obtener del padre de familia permiso para mostrarse cruel. Esto se [2] manifestó mucho antes de que estallase esta tempestad devastadora. Y vemos cumplido lo que había sido mostrado, de modo que, en tanto que menospreciamos los preceptos del Señor, mientras no cumplimos las prescripciones saludables de la ley que se nos dio, el enemigo ha obtenido el permiso de hacer daño, de echar la red y prender en ella a los menos armados y menos prevenidos para rechazarlo.
Roguemos insistentemente y gimamos en medio de continuas [5] plegarias. Pues también debéis saber, carísimos hermanos, que no hace mucho tiempo se nos ha reprobado en visión que nos adormecemos en nuestras plegarias, y no oramos con atención. Y, ciertamente, Dios, que ama a quien reprende, cuando reprende lo hace para corregir y corrige para salvar. Así, pues, despabilémonos y rompamos las ataduras del sueño, y oremos insistente y atentamente, como prescribe el apóstol Pablo, cuando dice: «Insistid en la oración y con espíritu vigilante»77. Los apóstoles, en efecto, no cesaron de orar día y noche, y el mismo Señor, nuestro maestro en la doctrina y guía para nosotros y ejemplo, oró frecuentemente y con diligencia, según leemos en el evangelio: «Salió al monte a orar y estuvo durante la noche en oración con Dios»78. Y, realmente, lo que pedía en la oración, lo pedía por nosotros, puesto que él no era pecador, sino que cargaba con nuestros pecados. Y de tal modo rogaba él por nuestros pecados, que leemos en otro lugar: «Dijo el Señor a Pedro: He aquí que Satanás ha solicitado cribaros como se criba el trigo. Mas yo he rogado por ti para que no decaiga tu fe»79. Por lo que, si él sufre, vela y suplica por nosotros y por nuestros delitos, ¡cuánto más hemos de insistir nosotros con plegarias, y orar rogando en primer lugar al mismo Señor, y después satisfaciendo a Dios Padre por su [3] mediación! Tenemos un abogado e intercesor por nuestros pecados en Jesucristo, Señor y Dios nuestro, con tal que nos arrepintamos de nuestros pecados pasados y, reconociendo y confesando ahora que hemos ofendido al Señor con nuestros pecados, prometamos ir por sus caminos en lo venidero y respetar sus preceptos. Nuestro Padre nos corrige y nos protege si nos mantenemos firmes en la fe, y nos adherimos tenazmente a Cristo aun en medio de las tribulaciones y persecuciones, como está escrito: «¿Quién podrá separarnos del amor a Cristo: la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la pobreza, los peligros, la espada?»80. Nada de todo esto puede separar a los creyentes, nada puede desgarrar a los que están unidos a su cuerpo y a su sangre. La presente persecución es una prueba y un sondeo de nuestra disposición. Dios ha querido que fuéramos sacudidos y probados, de la misma manera que siempre ha probado a los suyos, pero en sus pruebas nunca ha faltado auxilio a los creyentes.
[6] Por último él, por su bondad para con nosotros, se dignó encomendarme a mí, el último de sus siervos, aunque cargado de abundantes pecados e indigno de su consideración: «Dile, dijo, que esté tranquilo, porque la paz ha de venir, pero hay todavía una pequeña dilación, porque quedan aún [2] algunos por probar». Pero también somos amonestados por la divina bondad sobre la frugalidad en el comer y la sobriedad en el beber, a fin de que el corazón, elevado ya con gran vigor celestial, no sea enervado por los hechizos del mundo, o la mente, embotada por la abundancia de alimentos, se vuelva menos apta para velar en la oración.
No debí yo disimular ni conservar para mí solo en mi [7] interior ninguna de estas visiones, con las que cada uno de nosotros puede no sólo instruirse sino también regirse. En fin, no tengáis tampoco vosotros oculta esta carta, antes bien aconsejad a los hermanos que la lean. Pues interceptar aquello con lo que el Señor se digna advertirnos e instruirnos es no querer que sea instruido y amonestado su hermano. Que sepan que estamos siendo probados por nuestro Señor, [2] y que no desfallezcan, por la violencia de la presente tribulación, en la fe por la cual creímos una vez en él. Reconociendo cada uno sus pecados, al momento «dejen las obras del hombre viejo»81. «Nadie, en efecto, que pone la mano sobre el arado y vuelve la mirada atrás, es apto para el reino de Dios»82. La mujer de Lot, en fin, que había sido liberada y miró hacia atrás en contra de lo mandado, perdió lo que había salvado83. Miremos no a lo que está detrás de nosotros, a donde nos llama el diablo, sino a lo que tenemos delante, a donde nos llama Cristo. Alcemos los ojos al cielo para que no nos engañe la tierra con sus atractivos y halagos. Ruegue cada uno a Dios, no tan sólo por sí mismo, sino [3] en favor de todos los hermanos, como nos enseñó a rogar el Señor, en aquel pasaje en donde no recomienda la oración privada de cada uno, sino que mandó orar por todos, haciéndolo con una plegaria común y una súplica concorde. Si el Señor nos ve humildes y pacíficos, bien unidos unos con otros, temerosos de su cólera, no sólo corregidos sino también convertidos con la presente tribulación, nos hará invulnerables a los ataques del enemigo. Precedió el castigo, seguirá también la benevolencia.
[8] A nosotros nos basta suplicar el perdón al Señor con sencillez y unanimidad, sin cesar en las súplicas y con la fe de alcanzar lo que pedimos, rogando con lamentos y lágrimas, como corresponde rogar a quienes están puestos entre los caídos que se lamentan y el resto de los que temen caer, entre la multitud de enfermos tendidos por el suelo y los muy pocos que se sostienen en pie. Pidamos que la paz nos sea devuelta rápidamente, que pronto se nos socorra en nuestros escondrijos y peligros, que se cumpla lo que el Señor se digna anunciar a sus servidores: el restablecimiento de su Iglesia, la seguridad de que estamos a salvo, la serenidad tras la tormenta, la luz tras las tinieblas, la dulce calma después de las borrascas y huracanes, los compasivos auxilios de su amor paternal, las conocidas maravillas del poder divino; con todo lo cual quede rebatida la blasfemia de los perseguidores, se restaure la penitencia de los caídos y sea glorificada la firme e inmutable fidelidad de los perseverantes. Deseo, carísimos hermanos, que sigáis con buena salud y que os acordéis de mí. En mi nombre, saludad a la comunidad, y encargadles que conserven el recuerdo de nosotros. Adiós.
12
Cipriano a los presbíteros y diáconos
Se preocupa por los que se mueren gloriosamente en la cárcel; sin ser atormentados, su valor y gloria no son nada despreciables; pueden ser considerados entre los mártires bienaventurados: por ello advierte a Tértulo que anote el día en que mueren.
Cipriano saluda a los hermanos presbíteros y diáconos.
Si bien sé, carísimos hermanos, que habéis sido advertidos [1] frecuentemente en mis cartas para que se atienda con toda diligencia a los que han confesado con voz gloriosa al Señor y están encarcelados, no obstante, otra vez os encargo que nada falte en solicitud a quienes nada falta en gloria. Y ojalá la condición de mi puesto y dignidad84 me permitiese poder estar ahora personalmente presente: con prontitud y de buena gana en un servicio ordinario, cumpliría para con nuestros valerosos hermanos, todos los deberes de la caridad. Pero que vuestro celo supla mi deber y haga todo lo que es preciso por aquellos a los que la gracia divina ha ensalzado con tales méritos de fidelidad y valor. Póngase [2] también mucho interés y un gran cuidado en los cuerpos de todos los que, a pesar de no haber sido torturados, con una muerte gloriosa acaban en la cárcel. Por cuanto ni su valor ni su gloria son tan pequeños que no puedan también ellos ser incluidos entre los mártires bienaventurados. En cuanto a ellos, sufrieron todo aquello que estaban dispuestos y decididos a padecer. Quien bajo la mirada de Dios se ofreció a los tormentos y a la muerte, sufrió cuanto en su voluntad aceptó padecer. Porque no fue él mismo quien les falló a los tormentos, sino los tormentos los que le fallaron a él. «A [3] quien me confesare ante los hombres, también yo lo confesaré delante de mi Padre»85, dice el Señor; ellos han confesado. «El que resistiere hasta el fin, éste se salvará»86, añade el Señor; ellos resistieron y conservaron hasta el fin íntegros e inmaculados los merecimientos de sus virtudes. Y está también escrito: «Sé fiel hasta la muerte, y te daré la corona de la vida»87: ellos perseveraron fieles hasta la muerte, constantes e invencibles. Cuando se añade a nuestro deseo y a nuestra confesión la muerte en la cárcel y entre cadenas, se ha consumado la gloria del martirio.
[2] Finalmente, anotad también los días en que mueren, para que podamos celebrar su conmemoración entre los mártires; aunque Tértulo, nuestro hermano fidelísimo y devotísimo, en medio de sus ocupaciones, con el celo y cuidado que pone en toda clase de servicios a los hermanos y que no falta tampoco en lo que se refiere a los cuerpos, me ha escrito y sigue escribiéndome señalando los días en que, hallándose en prisión, nuestros bienaventurados hermanos salen de este mundo con gloriosa muerte hacia la eternidad; y que nosotros celebremos también aquí oblaciones y sacrificios en su conmemoración, que muy pronto, con la ayuda de [2] Dios, celebraremos en vuestra compañía. Que vuestro celo diligente no les falte tampoco a los pobres, como ya diferentes veces he escrito; a aquellos, se entiende, que, siendo constantes en la fe y luchando a nuestro lado con arrojo, no han abandonado el campamento de Cristo. A éstos, por cierto, en tales circunstancias, les hemos de prestar mayores muestras de afecto y atención, ya que, ni abatidos por la pobreza ni derribados por la fuerza de la persecución, sirviendo fielmente al Señor, han dado ejemplo de fidelidad a los pobres restantes. Os deseo, carísimos hermanos y muy añorados, que sigáis bien de salud y os acordéis de mí. Saludad a los hermanos en mi nombre. Adiós88.
13
Cipriano al presbítero Rogaciano y a los demás
El objetivo fundamental de esta carta, magnífico testimonio histórico del cristianismo primitivo, es amonestar severamente a quienes abandonan la práctica de las verdades cristianas, bien de palabra, bien de obra.
Cipriano saluda al presbítero Rogaciano y a los demás hermanos confesores.
Hace ya tiempo, hermanos carísimos y muy valerosos, [1] os dirigí una carta para felicitaros con palabras alentadoras por vuestra fe y virtud89, y ahora no tienen mis palabras otro objeto capital que proclamar gozosamente una vez más y sin cesar la gloria de vuestro nombre. Porque, ¿puedo desear algo más grande o mejor que ver a la grey de Cristo iluminada con la hermosura de vuestra confesión? Pues si de esto se han de alegrar todos los hermanos, le corresponde al obispo una mayor parte del gozo común, puesto que el honor de la Iglesia es el honor de su jefe. Cuanto nos afligimos por aquellos a quienes derribó la tempestad funesta, otro tanto nos alegramos por vosotros, a los que no pudo derrocar el diablo.
Os exhortamos, pues, por nuestra fe común, por el amor [2] sincero y puro de nuestro corazón hacia vosotros, a que, quienes habéis vencido al enemigo en el primer combate, conservéis vuestra gloria con un valor firme y perseverante. Estamos todavía en el mundo, todavía en el campo de batalla, luchamos día a día a vida o muerte. Se ha de procurar que después de estos inicios se adquiera también el crecimiento y se consume en vosotros lo que comenzasteis a ser con unos felices principios. Poco es haber podido alcanzar algo; es más poder conservar lo que se ha alcanzado, a la manera como ni la fe en sí misma ni el nacimiento a la salvación vivifican porque se han recibido, sino porque se han conservado, tampoco es la consecución la que salva enseguida [2] al hombre para Dios, sino el haber llegado al final. El Señor nos enseñó esto con su magisterio diciendo: «He aquí que ya estás curado, ya no quieras pecar, no te suceda algo peor»90. Considera que esto se lo dice también al que le ha confesado: «Mira que te has convertido en un confesor, ya no quieras pecar, no te suceda algo peor». Finalmente, Salomón, Saúl y muchos otros, cuando no anduvieron por los caminos del Señor, no pudieron mantener la gracia que les había sido dada: al abandonar ellos la disciplina del Señor, también la gracia los abandonó a ellos.
[3] Debemos perseverar en el difícil y estrecho camino por el que nos vienen la alabanza y la gloria, y, si a todos los cristianos convienen la calma y la humildad, y la tranquilidad que dan las buenas costumbres, según la palabra de Dios que a ningún otro hace caso sino al humilde, al pacífico y al que reverencia con temor sus enseñanzas, entonces con mayor razón conviene que observéis y cumpláis esto los confesores, que habéis sido propuestos para los demás hermanos como un ejemplo, y conforme a cuyas costumbres [2] todos los demás deben ordenar su vida y costumbres. Pues así como los judíos quedaron apartados de Dios, porque por ellos el nombre de Dios se blasfema entre los gentiles, así, por el contrario, son gratos a Dios los que con su ejemplo dan un loable testimonio del nombre del Señor. Así advierte y dice el Señor, según está escrito: «Brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos»91. También el apóstol Pablo dice: «Brillad como faros en el mundo»92. Y Pedro exhorta similarmente: «Como extraños y viajeros absteneos de los deseos carnales que luchan contra el alma, llevando una conducta intachable entre los gentiles, para que, si hablan mal de vosotros, como de malvados, viendo vuestras buenas obras, ensalcen al Señor»93. De eso, ciertamente, se preocupan muchísimos de vosotros con gozo por mi parte, a la vez que, hechos mejores gracias al mérito de su propia confesión, guardan y conservan su gloria con una conducta pacífica y recta.
Ahora bien, oigo que algunos deshonran vuestro grupo y [4] destruyen con su comportamiento depravado el honor de la mayoría. A éstos, aun vosotros mismos, como celosos custodios de vuestro buen nombre, debéis reprenderlos, contenerlos y corregirlos. Pues, ¡con qué vergüenza para vuestro nombre se delinque cuando alguno de ellos hace allá vida de embriagado y disoluto, otro regresa a la patria de donde fue desterrado para acabar encarcelado, no como cristiano sino como delincuente! Oigo decir que algunos se hinchan [2] de orgullo y se envanecen, cuando está escrito: «No te envanezcas, sino teme. Pues si el Señor no perdonó a las ramas naturales, quizás ni a ti te perdone»94. Nuestro Señor «fue conducido como oveja al sacrificio, y como un cordero que no bala ante el esquilador, del mismo modo él no abrió su boca»95. «No soy —dice— contumaz, ni contradigo. Ofrecí mi espalda a los azotes y mi rostro a las bofetadas. [3] No volví mi faz ante el asco de los salivazos»96. Y uno que ahora vive en Él y por Él, ¿se atreve a ensalzarse y ensoberbecerse, olvidándose de lo que Él hizo y de los mandamientos que nos dio, bien por sí mismo, bien por sus apóstoles? Y si «el esclavo no está por encima de su amo»97, que quienes siguen al Señor imiten humildes, pacíficos y en silencio sus pasos, puesto que el que fue inferior será superior, como dice el Señor: «El que sea el más pequeño entre vosotros, éste será grande»98.
[5] ¿Qué decir, además, —cuán execrable os debe parecer a vosotros— de algo que nosotros hemos sabido con sumo dolor y con lágrimas, que no faltan quienes profanan con su infame y torpe promiscuidad los templos de Dios y los miembros santificados y, después de la confesión, más ennoblecidos, poniendo sus camas juntas con las de las mujeres, pues aun cuando en la conciencia de ellos falte lujuria, el simple hecho es ya un grave pecado, porque con su escándalo es posible que se produzcan ejemplos que hagan [2] caer a otros? Tampoco conviene que haya entre vosotros pugnas y rivalidades, cuando el Señor nos dejó su paz y está escrito: «Amarás al prójimo como a ti. Mas si os mordéis y os inculpáis los unos a los otros, mirad no vayáis a destruiros unos a otros»99. Os ruego que os abstengáis también de ultrajes y ofensas, porque tampoco los maldicientes conseguirán el reino de Dios100, además de que una lengua que ha confesado a Cristo se ha de conservar intacta y pura guardando su honor. Efectivamente, quien habla palabras pacíficas, buenas y justas, según el mandato de Cristo, confiesa a Cristo todos los días. Habíamos renunciado al siglo cuando [3] fuimos bautizados: mas es ahora cuando renunciamos verdaderamente al siglo, cuando tentados y probados por Dios, abandonando todas nuestras cosas, seguimos al Señor y nos mantenemos firmes y vivimos gracias a la fe en Él y en su temor.
Fortalezcámonos con mutuas exhortaciones y avancemos [6] más y más en la presencia del Señor, para que cuando, en su misericordia, nos traiga la paz que muchas veces promete traernos, nos reintegremos a la Iglesia renovados y casi cambiados en otros, y tanto nuestros hermanos como los gentiles nos contemplen corregidos y mejorados en todo, y los que habían admirado antes en nuestros actos de valor la gloria, admiren ahora el ejemplo de nuestra conducta.
Y aunque he escrito a nuestro clero hace poco, cuando [7] aún estábais detenidos en la cárcel —y ahora de nuevo le he escrito muy extensamente— para que se os proporcione lo que sea necesario bien para vuestro vestido, bien para vuestro alimento; no obstante, yo mismo os he enviado de mis propios ahorrillos, que llevaba conmigo, doscientos cincuenta sestercios, y últimamente otros doscientos cincuenta. También Víctor, que ha pasado de lector a diácono y está a mi lado, os ha enviado ciento setenta y cinco. Me emociono cuando conozco que muchos hermanos nuestros, espoleados por la caridad, acuden a cual más y alivian vuestras necesidades con sus aportaciones. Deseo, carísimo hermano, que estés siempre bien de salud.
14
Cipriano a los presbíteros y diáconos
Conocedor Cipriano del quebranto que ha ocasionado al pueblo la persecución, la cual ha diezmado asimismo a una parte del clero, cree preferible permanecer aún escondido. Les pide ayuda para atender a los confesores de la fe.
Cipriano saluda a sus hermanos presbíteros y diáconos.
[1] Deseaba, carísimos hermanos, poder saludar con mi carta a todo nuestro clero intacto y a salvo. Pero como la tempestad adversa, que ha abatido en su mayor parte a nuestro pueblo, añadió también, para colmo de nuestros dolores, que con su estrago incluso una parte del clero quedara diezmada, rogamos al Señor que, sabiendo que permanecéis firmes en la fe y en la virtud, os podamos saludar viéndoos tan constantes [2] en lo sucesivo gracias a la misericordia divina. Y, aunque había un motivo que me impulsaba, como si fuera un deber, a reunirme pronto yo mismo con vosotros, primero el ansia y las ganas de veros —deseo éste de la mayor importancia para mí—, en segundo lugar poder tratar en común aquellos asuntos acerca del gobierno de la Iglesia que exige el bien común y, una vez examinados éstos con el parecer de muchos, regularlos; con todo me ha parecido preferible mantenerme todavía escondido y quieto algún tiempo con miras a otras conveniencias que afectan a la paz y al bienestar de todos nosotros, de lo cual os dará explicación nuestro queridísimo hermano Tértulo101. Él, con el gran cuidado que pone en todas las obras divinas, ha sido igualmente quien me dio este consejo, que fuera cauto y moderado y que no me dejara ver temerariamente en público, y menos en el lugar donde tantas veces había sido reclamado y buscado.
Confiando, por tanto, no sólo en vuestro afecto sino [2] también en vuestro espíritu religioso, el cual tengo sobradamente conocido, os aconsejo y encargo por la presente que seáis vosotros, cuya presencia ahí no hace recelar ni es excesivamente peligrosa, quienes me supláis en todo lo que exige el gobierno de nuestra religión. Téngase en este tiempo, en cuanto se pueda y como se pueda, cuidado de los pobres que tal vez resistiendo firmes en la fe no dejaron el rebaño de Cristo, de modo que, mediante vuestra solicitud, se les proporcionen medios con que soportar la penuria, no sea que lo que la tempestad no consiguió de los creyentes, lo consiga la necesidad de los que viven en apuro. Que se [2] atienda también con solicitud a los gloriosos confesores. Y aunque sé que muchísimos de éstos han sido acogidos por la buena voluntad y el amor de los hermanos, sin embargo, si hay algunos faltos de vestido o de dinero, procuradles todo lo que sea necesario, como ya os lo escribí tiempo atrás cuando todavía estaban en la prisión; ahora bien, que sepan por vosotros, que oigan y aprendan qué es lo que requiere la disciplina eclesiástica según la enseñanza de las Escrituras: que sean humildes, modestos y pacíficos, con el fin de salvaguardar el honor de su nombre y, habiendo sido gloriosos por la confesión de su fe y siéndolo también por sus costumbres, se hagan dignos, mereciendo el favor del Señor en todo, de alcanzar en el colmo de su gloria, la corona celestial. Porque queda por cumplir más de lo que al parecer ya se ha cumplido, pues está escrito: «No loes a ningún hombre antes de que muera»102. Y en otro lugar: «Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida»103. Y el Señor también dice: «Quien persevere hasta el fin se salvará»104. [3] Que imiten al Señor, que en el tiempo de su pasión no fue más altanero sino más humilde. Pues fue entonces cuando lavó los pies de sus discípulos diciendo: «Si yo, que soy vuestro maestro y señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavar los pies de los otros. Yo os he dado ejemplo para que hagáis a los demás lo que yo he hecho»105. Que sigan, igualmente, los ejemplos del apóstol Pablo que, después de pasar por la cárcel repetidas veces, por azotes, por fieras, perseveró manso y humilde en todo; ni siquiera después de la visión del tercer cielo y del paraíso presumió de nada con arrogancia, sino que dijo: «Y no he comido gratis el pan de otro, sino trabajando con esfuerzo y fatiga de día y de noche, para no ser gravoso a ninguno de vosotros»106.
[3] Os pido que instruyáis sobre cada una de estos temas a nuestros hermanos. Y puesto que será ensalzado el que se humille, es ahora cuando más deben temer al adversario insidioso, que ataca más al más fuerte y, habiéndose vuelto más fiero con la derrota, procura vencer al que le venció. El Señor hará que me sea posible también a mí verlos pronto y disponer sus mentes con exhortaciones saludables a salvaguardar [2] la gloria que han adquirido. Pues me duelo cuando me decís que algunos se portan mal y disolutamente; que hay entre ellos discordias y que pierden el tiempo con insensateces; que unos miembros de Cristo, que ya lo han confesado se manchan con uniones ilícitas, y que no se dejan gobernar por los diáconos107 o por los presbíteros, sino que lo que consiguen es que la intachable gloria de muchos confesores buenos se manche con las costumbres malas y depravadas de unos pocos; a éstos deberían temer, esto es verse arrojados de su compañía después de ser condenados por su testimonio y juicio. Pues al fin y al cabo solamente es glorioso y auténtico confesor aquel de quien después la Iglesia no se ruboriza, sino que se gloría.
En cuanto a lo que me han escrito mis hermanos en el [4] sacerdocio Donato, Fortunato, Novato y Gordio, no he podido responder nada yo solo, ya que desde el comienzo de mi episcopado decidí no gestionar nada por mi cuenta sin vuestro consejo y el consentimiento de mi pueblo. Pero cuando con la gracia de Dios vaya a vosotros, entonces trataremos en común de lo que se ha hecho o ha de hacerse, tal como el respeto mutuo exige. Os deseo, hermanos queridísimos y muy añorados, que sigáis con completa salud y os acordéis de mí. Saludad a los hermanos que estén con vosotros y encargadles que se acuerden de mí. Adiós.
15
Cipriano a los mártires y confesores
Ésta es la primera carta que trata de la cuestión dificultosa de los lapsos108. En ella advierte a la vez nuestro obispo a los mártires y confesores que cumplan lo establecido en cuanto a los libelos en favor de los lapsos. Le preocupa asimismo el hecho de que algunos presbíteros ponen dificultades al cumplimiento de la disciplina eclesiástica.
Cipriano saluda a sus mártires y confesores, hermanos carísimos.
[1] La solicitud de nuestro cargo y el temor de Dios nos apremian, valerosísimos y muy felices mártires, a amonestaros con nuestra carta para que quienes tan devota y generosamente guardáis la fe del Señor, observéis también su ley y disciplina. Pues, si es un deber que todos los soldados de Cristo cumplan los preceptos de su general, mucho más debéis acatarlos vosotros, que os habéis convertido en modelos [2] de virtud y de temor de Dios para los otros. Por cierto que yo creía que los presbíteros y diáconos que viven ahí con vosotros os advertían e instruían plenamente acerca de la ley del evangelio, como se ha hecho siempre en tiempos de nuestros predecesores, cuando los diáconos, acudiendo a la cárcel, encauzaban con sus consejos y con los mandatos de las Escrituras las aspiraciones de los mártires. Pero ahora me entero, con grandísimo dolor de mi alma, de que allí no solamente no se os recuerdan los mandatos divinos sino que, más bien, se dificulta su cumplimiento, de modo que lo que vosotros mismos hacéis —con respecto a Dios con prudencia y con respecto al pontífice por deferencia— es anulado por algunos presbíteros; ellos, sin reflexionar en el temor de Dios ni en el honor del obispo, cuando vosotros me habéis escrito pidiéndome que se examinen vuestros deseos y que se conceda la paz a algunos lapsos en el momento en que, acabada la persecución, podamos reunirnos con el clero y juntamos todos, contra la ley del Evangelio, incluso contra vuestra laudable petición, antes de que se haya hecho penitencia, antes del cumplimiento de la exomológesis109 por el más grave y mayor pecado, antes de la imposición de manos por el obispo y el clero en orden a la reconciliación, se atreven a ofrecer el sacrificio por ellos y a darles la eucaristía, es decir, a profanar el sagrado cuerpo del Señor, cuando está escrito: «El que comiere el pan y bebiere el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y sangre del Señor»110.
Es cierto que aun a los lapsos puede concedérseles en [2] eso el perdón. ¿Quién, estando muerto, no se apresurará a recibir la vida? ¿Quién no correrá a recobrar la salud? Pero los pastores deben mantener la ley e instruir tanto a los impacientes como a los ignorantes, para que no se conviertan quienes deben ser pastores de las ovejas en sus carniceros. Pues conceder lo que termina en perdición es engañar; y tampoco se levanta así a un lapso, sino que, por la ofensa que se hace a Dios se le empuja más a su ruina. Así que por [2] lo menos aprendan de vosotros, aun cuando debían haberos enseñado. Que reserven para la decisión del obispo vuestras peticiones y demandas y que esperen un tiempo de paz oportuno para conceder la reconciliación que vosotros pedís, de modo que primero reciba del Señor la paz la madre, y entonces, como es vuestro deseo, podrá tratarse de la paz de los hijos111.
[3] Y porque oigo, valerosísimos y muy añorados hermanos, que os sentís presionados por la desvergüenza de algunos y que vuestra modestia padece violencia, os ruego con la mayor insistencia que puedo que, recordando el Evangelio y considerando qué clase de cosas concedieron en el pasado vuestros antecesores mártires y cuán solícitos fueron en todo, examinéis también vosotros atenta y cautamente las demandas de peticionarios, que —como amigos que sois del Señor y que un día habréis de juzgar con Él—, pongáis atención en la conducta, obras y méritos de cada uno, que consideréis asimismo los tipos y características de sus delitos no sea que, si vosotros hubiéseis prometido o nosotros hubiésemos hecho algo precipitada e indignamente, se haya de avergonzar nuestra Iglesia incluso ante los mismos gentiles. [2] Pues a menudo somos visitados y castigados, y somos advertidos a fin de que los mandamientos del Señor permanezcan intactos e inviolados. Bien sé que tampoco ahí entre vosotros cesa el castigo divino de instruir a muchos en la disciplina eclesiástica. Pero todo esto puede conseguirse si moderáis con una religiosa reflexión lo que se os pide, descubriendo y reprimiendo a esos que, haciendo acepción de personas al distribuir vuestras limosnas, o bien miran de complacer o buscan el tráfico de un negocio ilícito.
Sobre esto ya he escrito al clero y al pueblo dos cartas112 [4] y he mandado que os sean leídas ambas. Pero hay otra cosa que debéis ordenar y corregir conforme a vuestra diligencia: designar nominalmente a los que queréis que se les conceda la reconciliación. Pues oigo que en favor de algunos se confeccionan libelos en los que se dice: «Que vuelva a la comunión él con los suyos» Eso nunca lo hicieron los mártires, de modo que una petición vaga y ambigua acumulara en lo sucesivo antipatía contra nosotros. Pues es evidente que cuando se dice «él con los suyos» lo mismo se nos pueden presentar veinte que treinta e incluso más que aseguren que son parientes y afines, libertos, esclavos del que recibió el libelo. Y por eso os pido que designéis nominalmente en el libelo a quienes vosotros mismos veáis y conozcáis, a aquellos cuya penitencia consideréis que está próxima a la satisfacción; así nos mandaréis cartas que estén conformes a la fe y a la disciplina. Deseo, hermanos valerosos y dilectísimos, que sigáis con buena salud en el Señor y que os acordéis de mí.
16
Cipriano a los presbíteros y diáconos
Esta carta está íntimamente relacionada con la anterior por su tema. Cipriano insiste en el hecho de que algunos clérigos, arrogándose todos los derechos y buscando hacerse populares, imponen las manos a los lapsos, con lo cual a éstos les causan más bien daño espiritual y, a su vez, ellos desobedecen.
Cipriano saluda a los hermanos presbíteros y diáconos.
[1] He tenido paciencia durante bastante tiempo, carísimos hermanos, como si nuestro silencio discreto fuese útil para la paz; pero, como la inmoderada y loca presunción de algunos intenta perturbar temerariamente el honor de los mártires, la modestia de los confesores y la tranquilidad de todo el pueblo, no debo callar por más tiempo, no sea que el silencio exagerado se vuelva un peligro para el pueblo y para [2] nosotros. Pues, ¿qué peligro podemos dejar de temer de que sobrevenga la ira de Dios cuando algunos presbíteros, olvidándose del Evangelio y de su dignidad, más aún, sin pensar en el juicio futuro del Señor ni en el obispo que ahora tienen de superior, reclaman para sí todos los derechos con injuria y menosprecio de su prelado, cosa que nunca ocurrió en tiempos de nuestros antecesores?
[2] ¡Y ojalá reivindicasen para ellos todos los derechos sin que se viniera abajo la salvación de nuestros hermanos! Yo podría disimular y sufrir el agravio que se hace a mi episcopado, como lo he disimulado y lo he sufrido siempre. Pero no se puede disimular ahora, cuando nuestra comunidad fraterna es engañada por algunos de vosotros que, queriendo hacerse agradables sin tener en cuenta la conversión, perjudican [2] aún más a los lapsos. Pues ya saben incluso los mismos apóstatas que el pecado que la persecución les hizo cometer es gravísimo, ya que dijo nuestro Señor y juez: «A quien me confesare ante los hombres, también lo confesaré yo ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me negare, también lo negaré yo a él»113. Y dijo también: «Se perdonarán todos los pecados a los hijos de los hombres, incluso las blasfemias; pero quien blasfemare contra el Espíritu Santo no tiene perdón sino que es reo de pecado eterno»114. Y todavía el bienaventurado Apóstol añadió: «No podéis beber del cáliz del Señor y del de los demonios. No podéis tener parte en la mesa del Señor y en la mesa de los demonios»115. Quien esconde estas verdades a nuestros hermanos, los engaña como miserables hasta tal punto que, pudiendo satisfacer con sus obras y oraciones a Dios —que es Padre y misericordioso— si hiciesen verdadera penitencia, son seducidos para perderse más; y, pudiendo levantarse, caen aún más bajo. Pues cuando se trata de pecados menores, los pecadores hacen penitencia todo el tiempo señalado, practican la exomológesis según está ordenado, y recuperan el derecho de la comunión por la imposición de las manos del obispo y del clero; ahora, en el tiempo adverso, cuando dura todavía la persecución, cuando todavía no goza de paz la Iglesia, son admitidos a la comunión, se ofrece el sacrificio en nombre de ellos, y sin haber hecho penitencia ni exomológesis, sin imposición de manos ni del obispo ni de los clérigos, se les da la eucaristía a pesar de que está escrito: «Quien comiere el pan o bebiere el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor»116.
Pero ahora los reos no son ellos, porque no conocen [3] bien la ley de la Escritura. Lo serán, más bien, los que presiden y no enseñan esos preceptos a los hermanos para que, instruídos por quienes están al frente, lo hagan todo con temor de Dios y observando todas las prescripciones ordenadas por Él. Además excitan la envidia contra los santos [2] mártires y enfrentan a los gloriosos siervos de Dios con el pontífice, pues ellos reconociendo mi dignidad me han escrito cartas y me han pedido que se examinen sus peticiones y se les conceda la paz después que ella misma, nuestra madre, la haya obtenido de la misericordia del Señor, cuando a nosotros la protección divina nos haya devuelto a su Iglesia; éstos, suprimiendo el honor que me rinden los mártires y los confesores y despreciando la ley del Señor y la norma a la que los mismos confesores y mártires mandan atenerse, antes de haberse pasado el miedo de la persecución, antes de mi retomo, y casi antes de la muerte misma de los mártires, ya comunican con los lapsos y ofrecen el sacrificio y les dan la eucaristía; cuando, aun en el caso de que los mártires, teniendo, en el fervor de su triunfo, en poco la Escritura, se excedieran contra la ley del Señor en algunos de sus deseos, deberían ser advertidos a propuesta de los presbíteros y de los diáconos, tal como se hizo siempre en tiempos pasados.
[4] Por eso no deja la justicia divina de castigarnos día y noche. Además de las visiones nocturnas, también de día los niños inocentes se sienten llenos del Espíritu Santo y en éxtasis ven con sus ojos, oyen y dicen todas las cosas con las que se digna el Señor avisarnos y enseñamos. Cuando el Señor, que me mandó alejarme de vosotros, se digne hacerme [2] volver, ya os lo contaré todo. Mientras tanto, que algunos temerarios, incautos y soberbios que hay entre vosotros, los cuales no hacen caso de los hombres, teman por lo menos a Dios y sepan que, si en adelante continúan en la misma actitud, me valdré de la admonición que Dios me manda emplear; por ahora se les debe prohibir ofrecer el sacrificio hasta que ante mí y los confesores y todo el pueblo den razón de su conducta, cuando permita el Señor que volvamos a reunimos en el seno de la madre Iglesia. Sobre esto he escrito cartas a los mártires y confesores y al pueblo117, las cuales he encargado que os sean leídas ambas. Deseo, hermanos queridísimos y añorados, que sigáis bien de salud y que os acordéis de mí. Adiós.
17
Cipriano a los hermanos del pueblo
Sigue el obispo de Cartago doliéndose de que algunos presbíteros, sin respetar las prescripciones, reconcilian a los lapsos con excesiva facilidad, según ya les ha advertido en las dos cartas anteriores.
Cipriano saluda a sus hermanos que viven entre el pueblo.
Que vosotros, carísimos hermanos, gemís y os atribuláis [1] por las caídas de nuestros hermanos, lo sé por mí, que también yo personalmente gimo con vosotros por cada uno, y me duelo y sufro, y siento lo que dice el santo Apóstol: «¿Quién enferma —dice— y no enfermo yo? ¿Quién se escandaliza, y no me abraso?»118. Y también dijo en una epístola: «Si sufre un solo miembro, sufren a la vez los demás miembros; y, si goza un solo miembro, se alegran con él los demás»119. Yo sufro y me compadezco de mis hermanos, que caídos y postrados por el estrago de la persecución, arrastrando consigo parte de nuestras entrañas, nos han producido un dolor tan grande como el de sus heridas; la divina misericordia es poderosa para curarlas. Con todo, entiendo [2] que no hay que precipitarse, ni ha de hacerse nada de forma incauta y con prisas, a fin de que, mientras se usa sin discreción la paz, no se provoque más gravemente la ira de la indignación divina. Unos bienaventurados mártires me han enviado una carta respecto de algunos, pidiendo que sus solicitudes sean examinadas. Cuando, una vez concedida a todos la paz por el Señor, volvamos a la Iglesia, será examinado cada caso, estando presentes y juzgando vosotros.
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