Czytaj książkę: «Discursos VIII»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 407

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO Y JOSÉ LUIS MORALEJO .

Según las normas de la B. C. G., las traducciones de este volumen han sido revisadas por JUAN LORENZO LORENZO .

© EDITORIAL GREDOS, S. A., 2013.

López de Hoyos, 141, 28002-Madrid.

www.editorialgredos.com

Primera edición: marzo de 2013.

Segunda edición: octubre de 2013.

REF.: GBCC407

ISBN 84-249-1422-8. Obra completa.

ISBN 978-84-2493-670-9. Tomo VIII.

Depósito legal: M. 3.721-2013

EN DEFENSA DE
GAYO CORNELIO


INTRODUCCIÓN

En el año 65, cuando todavía era pretor, Cicerón pronunció los dos discursos en defensa de Gayo Cornelio, tribuno de la plebe del 67, acusado de traición al amparo de la ley Cornelia. En el año 67, durante el consulado de Manio Acilio Glabrión y Gayo Calpurnio Pisón, un año muy complicado desde el punto de vista político, Gayo Pisón, un noble romano del partido de los optimates, se convirtió en el defensor de los privilegios políticos del grupo senatorial y se enfrentó con vehemencia a cuantas medidas populares propusieron diferentes tribunos de la plebe de ese año. Así, lideró la oposición al proyecto de ley del tribuno Gabinio, que proponía dotar de poderes extraordinarios a Pompeyo para su lucha contra la piratería; pero, a pesar de que la oposición de Pisón fue muy violenta, la ley Gabinia salió adelante. Pisón se opuso también a todos los proyectos de ley dirigidos a frenar los abusos de poder del partido senatorial presentados por Gayo Cornelio, otro tribuno del 67, que había sido cuestor con Pompeyo.

Cornelio, al comienzo de su tribunado, presentó un proyecto de ley para evitar que los senadores prestasen dinero a interés a los embajadores extranjeros en Roma, pues esto generaba escandalosos beneficios que se utilizaban posteriormente para sobornos electorales; como el senado, por decencia, no podía negarse a apoyar la supresión de estas prácticas corruptas, se limitó a considerar el proyecto como excesivamente severo y, con la excusa de adaptar mejor este proyecto a las necesidades del momento, logró que los cónsules tramitaran una ley menos restrictiva, la ley Acilia Calpurnia, que establecía una multa para los condenados por soborno, los inhabilitaba a perpetuidad para ejercer magistraturas y concedía recompensas a los acusadores.

Otra de las propuestas de Cornelio fue una ley encaminada a evitar la parcialidad de los edictos ocasionales que los pretores emitían para favorecer sus propios intereses o los intereses de partido. Cuando un pretor iniciaba el desempeño de su cargo, promulgaba un edicto y éste era el programa que prometía cumplir durante el año de su mandato. Este edicto estaba formado por un cuerpo de ley resultado de las normas de pretores anteriores y por una parte nueva que él dictaba y que contenía normas particulares para situaciones imprevistas. La ley de Gayo Cornelio sobre los edictos de los pretores cambió la situación y eliminó la arbitrariedad de algunos pretores en el desempeño de sus funciones.

Pero hubo otro proyecto de ley defendido por Cornelio que fue la causa inmediata de la acusación por traición; se trataba de una ley que buscaba terminar con la parcialidad y el poder que ejercía el senado en la aplicación de exenciones legales a personas concretas. Cornelio proponía que nadie pudiera obtener el privilegio de ser eximido del cumplimiento de la ley sin la aprobación del pueblo. El senado no quería perder este poder y convenció al tribuno Servilio Glóbulo para que interpusiera su veto y así evitar que el pregonero leyera ante el pueblo la proposición de ley presentada por Cornelio; pero Cornelio, incumpliendo los procedimientos habituales, leyó él mismo la propuesta y se originó un gran tumulto; poco después, Cornelio dio muestra de su moderación al darse por satisfecho con la aprobación de una ley que establecía el requisito de que fueran necesarios un mínimo de doscientos senadores para validar un decreto del senado en este sentido.

Cornelio se había convertido en un serio enemigo para el senado al haber propuesto leyes que limitaban su poder y sus abusos y esta actitud provocó su procesamiento un año después de haber dejado su cargo de tribuno. Hubo varios senadores, de los más influyentes, que incitaron y apoyaron la acusación contra Cornelio (Quinto Cátulo, Quinto Hortensio, Quinto Metelo Pío, Marco Lúculo y Manio Emilio Lèpido) y que actuaron como testigos de la acusación, pero fueron los hermanos Publio y Gayo 1 Cominio quienes firmaron, finalmente, la acusación por un delito de traición.

La definición del delito de traición incluye la noción de violencia y la intención de fomentar una sedición. La majestad del pueblo romano era el poder soberano del pueblo y del Estado y perjudicar este poder era considerado un delito de Estado. Con anterioridad, la acusación de alta traición incluía todas las ofensas de esta naturaleza, pero en el año 103 la ley Apuleya diferenció entre traición y alta traición y la traición al Estado se definió con mayor claridad: poner obstáculos a los tribunos e incitar a la sedición. Esta idea de traición fue desarrollada después por la ley Cornelia 2 del 81, que concretó en qué consistía la incitación a la sedición: entorpecer a un magistrado en el cumplimiento de sus funciones y actuar de manera perjudicial para el prestigio de Roma o más allá de los límites fijados; se establecía, además, un jurado especial que controlara este tipo de delitos y se fijaba el exilio, como castigo, para el infractor. Los cargos contra Cornelio se presentaron al amparo de la ley Cornelia del 81 y la acusación se concretaba en que el tribuno había leído en voz alta su propuesta de ley sobre los privilegios después de que el tribuno Servilio Glóbulo 3 hubiera interpuesto su veto.

El proceso comenzó en el año 66, pero tuvo que interrumpirse debido a la intervención de bandas armadas, supuestamente organizadas por Gayo Manilio, tribuno de la plebe del 66 4 . Cuando, al día siguiente, se reanudó el proceso, no se pudo encontrar a los acusadores y se canceló todo el procedimiento; hubo rumores de que los acusadores habían recibido sobornos para que no se presentaran en el proceso e interrumpir, así, el procedimiento legal. Al año siguiente y después de que Gayo Manilio hubiera sido condenado 5 por la misma ley Cornelia (y posiblemente bajo los mismos cargos que se le habían imputado a Cornelio), se retomó la acusación contra Cornelio y volvieron a presentarse los Cominios como acusadores. Cicerón asumió de nuevo la defensa del acusado y el pretor al frente del tribunal fue Quinto Galio, quien, con anterioridad, había sido acusado de cohecho por Calidio y, defendido por Cicerón, había sido absuelto y había obtenido el cargo de pretor que desempeñaba en esos momentos 6 . El juicio se desarrolló a lo largo de cuatro días y Cicerón pronunció dos discursos.

Cicerón conocía bien a los hermanos Cominio pues, en la acusación que presentaron en el 74 contra Estayeno 7 , los describe como hombres de gran carácter y de aceptable capacidad oratoria. Al parecer, el discurso que pronunció Publio Cominio contra Cornelio tenía calidad literaria y el propio Asconio en su comentario recomienda su lectura.

El orador apoyó y defendió a Cornelio porque el tribuno era un protegido de Pompeyo y porque Cicerón, personalmente, estaba a favor de las iniciativas legislativas propuestas por el tribuno. La defensa del acusado no resultaba sencilla, ya que era cierto que Cornelio había leído en voz alta su propuesta sobre la ley de privilegios después de que Glóbulo hubiera interpuesto el veto, y esto lo sabían todos, pues se hizo públicamente y en presencia de numerosos testigos. Por eso, Cicerón basó su defensa en la indefinición del crimen de traición planteando al jurado hasta qué punto era una ofensa contra la grandeza de Roma y del pueblo romano que un tribuno leyera en voz alta su propia propuesta de ley. La acusación alegaba que Cornelio había hecho caso omiso del veto del otro tribuno y que había leído el texto de su propuesta él mismo, en voz alta, mostrando así un desprecio absoluto hacia la autoridad y poder tribunicios. Cicerón replicó que con este comportamiento Cornelio no había violado la ley, por lo demás, muy ambigua, que, por el contrario, sí había atendido al veto de Glóbulo, pues había disuelto la asamblea inmediatamente después de haber re-leído en voz alta su ley 8 y que este hecho no había supuesto en modo alguno una merma del poder del otro tribuno ni causado ningún daño a la dignidad del pueblo romano. El proceso se desarrolló en medio de discusiones sobre el procedimiento empleado y no sobre el hecho en sí.

Cornelio contaba con el apoyo de Pompeyo, bajo quien había servido en Hispania como cuestor por el año 71 y, aunque el general se encontraba en estos momentos en el este, desde allí seguía ejerciendo su influencia. También lo apoyaron los cónsules del 66 9 y el mismo tribuno cuyo veto, según la acusación, había despreciado: Gayo Servilio Glóbulo; el testimonio favorable de este último fue de gran peso en el desarrollo del proceso. La mayor parte del jurado también apoyaba a Cornelio, pues los caballeros y los tribunos le favorecían abiertamente y a ellos se añadían miembros del grupo senatorial que no estaban emparentados familiarmente con los enemigos personales del tribuno. Además, el acusado contaba, aunque no de forma explícita, con el favor de César.

Estructura del discurso

No resulta fácil establecer una estructura clara con los fragmentos que se conservan de este discurso, pero Kumaniecki 10 y Crawford 11 sí lo han hecho, y su planteamiento ha ayudado a esbozar las líneas generales de los dos discursos que tienen como base el texto proporcionado por Asconio, por ser el más extenso y, cuando se trate de fragmentos muy claros, se incluirá también su referencia 12 .

Exordium : I fr. 30 y fr. 48 y II fr. 16 y fr. 17.

Narratio : I 55-58, I fr. 32b, fr. 44, fr. 47, fr. 49, fr. 50, fr. 51, y fr. 3.

Argumentatio : I 58, 59, 60, 61, 62, 63, 64, 65, 66, 67 fr. 31, fr. 32, fr. 34, fr. 38, fr. 39, fr. 40, fr. 46, fr. 52.

Peroratio : I 68, 69, 70 y el resto de los fragmentos.

Tanto el exordio como la peroración son breves, escuetos y sin el patetismo y la emoción que suele caracterizar estas partes del discurso; la narración es también sucinta, pues se trata de hechos conocidos por todos; Cicerón desarrolla su fuerza oratoria en la argumentación pero, como no tiene excesivos argumentos, reproduce la acusación y responde a cada uno de los cargos simplemente negándolos y presentando ejemplos de comportamientos similares y beneficiosos para Roma en épocas pasadas.

El orador adapta el exordio del discurso, como en otras ocasiones, a sus necesidades concretas; se espera en el exordio una apertura emocionada y brillante destinada a despertar en los miembros del jurado un sentimiento de compasión y una disposición favorable hacia el acusado, contrarrestando los efectos del acusador que termina de hablar; pero, en este caso, Cicerón se limita a avisar al jurado de que tiene ante sí una defensa compleja, insiste en su posible falta de recursos para tratar un tema tan espinoso y apela, por ello, a la simpatía del jurado. Es un exordio breve, quizá porque Cicerón habla inmediatamente después del acusador y prevé que el jurado pueda estar cansado.

La narración también parece que era breve y consiste, básicamente, en una definición de la ley en la que se basa la acusación y en el planteamiento claro de los cargos que presenta Cominio. Es lógico que Cicerón no se extienda en la narración de unos hechos que todos conocen bien, que el propio acusado reconoce y sobre los que el defensor no puede arrojar ninguna sombra de duda; en la parte final de esta narración abre una digresión en la que, por un lado, quiere ridiculizar a Cominio (insiste en el tema de su huída vergonzosa por las escaleras) y, por otro, marcar diferencias claras entre Manilio, un tribuno al que defendió previamente en circunstancias semejantes y que resultó condenado, y Cornelio, un hombre diferente que no merece el mismo final.

La parte fundamental del discurso es la argumentación; es en ella en donde Cicerón basa la defensa de Cornelio y, por lo tanto, presenta una estructura sumamente cuidada, que inicia con una enumeración limpia de los temas que va a tratar y señala las tres acciones delictivas de las que Cominio acusa a Cornelio para responder, después, a cada una de ellas: el carácter pernicioso para el Estado de la ley que propuso, la violación del derecho de veto del poder tribunicio y la sedición. A continuación, contesta Cicerón siguiendo el mismo orden: respecto a la primera acusación, alega que las leyes pueden mejorarse (como hizo el propio Cornelio con la ley sobre los privilegios); respecto a la principal acusación, la violación del derecho de veto, Cicerón defiende que Cornelio, con su lectura, sólo quería que se conociera y quedara claro el contenido de su propuesta, pues inmediatamente después de la lectura, disolvió la asamblea; respecto al último cargo. Cicerón aleja toda sospecha de complicidad del tribuno en el asalto al cónsul Pisón y defiende el carácter benéfico de las medidas propuestas por Cornelio, lo que, según la defensa, prueba que Cornelio no sólo no es culpable de sedición sino que es un benefactor del Estado. Todas estas alegaciones están salpicadas de ejemplos que quizá busquen «oscurecer» una defensa poco sólida, aunque, en apariencia, su función sea reforzar los argumentos utilizados.

La peroración no es, como sucedía en el exordio, una llamada patética al jurado para que absuelva a su defendido, sino un resumen esquemático de lo tratado en la argumentación. El defensor sólo se permite una licencia, y no muy extensa: presentar la institución del tribunado como un elemento básico de la tradición romana que merece la pena preservar.

En cuanto al segundo discurso, hay serias dudas sobre su naturaleza y las circunstancias en las que se pronunció. Humbert opina que no se trata de un discurso real de defensa y que Asconio no lo interpreta adecuadamente, pues es muy probable que se trate de una adaptación literaria del interrogatorio de los testigos que acompañaban los discursos de defensa y acusación. El discurso que conocemos como Cornelio II puede ser, sin más, una reflexión crítica del defensor sobre el testimonio presentado por los testigos de la acusación en una secuencia que reproduciría el interrogatorio real. La elevada frecuencia de interrogativas en los fragmentos que se conservan parece apoyar esta interpretación.

Bibliografía

a) Edición

Los textos sobre los que hemos realizado la traducción han sido los siguientes:

– Para el texto de Asconio, el fijado por A. C. Clark en su edición Q. Asconii Pediani Orationum Ciceronis Quinque Enarratio , Oxford Classical Texts, 1907.

– Para los fragmentos, el texto fijado por C. L. Kayser y J. G. Baiter de 1869, M. Tulli Ciceronis Orationum Fragmenta et Orationum Suppositiciae . Ed. C. L. Kayser; M. Tulli Ciceronis Ceterorum librorum Fragmenta. Index Nominum. Index Librorum Tullianorum . Comp. J. G. Baiter, ex officina Bernhardi Tauchnitz, Lipsiae, 1869.

b) Estudios y comentarios

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1 Asconio habla de Gayo, pero Cicerón llama a este mismo personaje Lucio (En defensa de Aulo cluencio 100).

2 Escolios de Bobbio 78 (Stangl, Viena-Leipzig, 1912).

3 Tribuno de la plebe en el 67 que obtuvo el cargo de pretor en Asia Menor en el 65.

4 Las medidas y leyes propuestas por Manilio también eran contrarias a los intereses del senado.

5 Gayo Manilio, pocos días después de iniciar su tribunado, había presentado un proyecto de ley de voto para los libertos que provocó una fuerte oposición en el senado y su posterior encausamiento, igual que había sucedido con Cornelio, nada más abandonar su cargo de tribuno. Cicerón defendió a Manilio por encargo de Pompeyo —necesitaba su apoyo para conseguir el consulado— pero, a pesar de sus esfuerzos, fue condenado.

6 Cartas a Ático 10.15.4.

7 Estayeno era uno de los jueces en el proceso contra Opiánico y, al parecer, había aceptado un doble soborno: primero del acusado para que lo absolviera y después del acusador para condenarlo (En defensa de Aulio cluencio 36).

8 Contra P. Vatinio 5 .

9 Marco Emilio Lépido y Lucio Volcacio Tulo.

10 Les Discours égarés , 1970.

11 M. Tullius Cicero, The Fragmentary Speeches , 1994.

12 Las citas de los fragmentos siguen la numeración de Baiter.


Este discurso lo pronunció Cicerón durante el consulado de Lucio [50] Cota y Lucio Torcuato, un año después que los anteriores 1 .

Argumento de Quinto Asconio Pediano

Gayo Cornelio fue considerado por su trayectoria vital como un hombre no malvado. Había sido cuestor de Gneo Pompeyo, después tribuno de la plebe en el consulado de Gayo Pisón y Manio Glabrión 2 , dos años antes de que se pronunciara este discurso. En el desempeño de esta magistratura se comportó de modo que parecía más un hombre terco que justo.

Fue apartado del senado por haber presentado la siguiente moción: como a los legados de las naciones extranjeras se les solía prestar gran cantidad de dinero a un interés muy elevado y los beneficios que se obtenían de ello eran escandalosos y bien conocidos por todos, había propuesto al senado que se redactara una regulación que impidiera prestar a los legados dinero a interés. El senado rechazó su propuesta 3 y decretó que, en relación con este tema, parecía bastante prudente el decreto del senado que se había emitido años antes, en el consulado de Lucio Domicio y Gayo Celio 4 , cuando el senado, poco antes de aquella decisión, había ordenado que no se prestara dinero a los cretenses.

Cornelio, descontento por esta respuesta del senado, se quejó después en una asamblea 5 alegando que las provincias se esstaban [51] arruinando debido a la usura; que había que procurar que los legados tuvieran recursos a los que recurrir en el día a día y promulgó una ley por la que mermaba la autoridad del senado de manera que nadie, sino a través del pueblo, pudiera obtener exenciones legales 6 . Esta salvaguarda también se había tenido en cuenta en la antigua legislación y así, en todos los decretos del senado en los que se acordaba eximir a alguien de sus deberes legales, se solía añadir que, en relación con este asunto, se consultara al pueblo. Pero, poco a poco, se había dejado de consultar al pueblo y la situación ya había llevado a la costumbre de que, finalmente, no se añadiera en los decretos del senado ninguna mención a que se tuvieran que llevar ante el pueblo los asuntos sobre la rogación; y estos mismos decretos del senado se aprobaban con la presencia de un número especialmente reducido de senadores.

Los senadores más poderosos, cuya influencia se reducía en gran medida, habían recibido aquella petición de Cornelio con absoluta indignación; y así, se había encontrado a un tribuno de la plebe, Publio Servilio Glóbulo 7 , para que pusiera obstáculos a Cornelio; éste, cuando llegó el día de la presentación de la ley y el pregonero 8 , una vez que el escriba le entregó el documento, iba a empezar a recitar ante el pueblo el contenido de la ley, no permitió ni que éste se aproximara, ni que el heraldo comenzara su lectura. Entonces Cornelio en persona leyó el documento. Como el cónsul Gayo Pisón se quejara vehementemente de que esto se hubiera hecho sin ajustarse a las normas y declarara que con esta intervención se estaba anulando el derecho a veto del tribuno 9 , el pueblo lo rechazó con intensa desaprobación; y cuando ordenó al lictor el arresto de los que lo amenazaban, rompieron las fasces y lanzaron piedras contra el cónsul, incluso desde la parte más alejada de la asamblea. En medio de este tumulto Cornelio, muy conmocionado, disolvió inmediatamente la asamblea 10 .

Se trató después este mismo asunto en el senado en medio de grandes tensiones. Entonces Cornelio comenzó de nuevo a promover que nadie obtuviera exenciones legales por mediación del senado sin la presencia de doscientos miembros y que, en el caso de que se concedieran exenciones, nadie interpusiera su veto cuando se presentara esta concesión ante el pueblo para su debate 11 . [52] Esta propuesta se trató sin tumulto, pues nadie podía negar que la ley favorecía la autoridad del senado; sin embargo, se promulgó con la oposición de los optimates, que se habían acostumbrado a valerse de minorías para hacer favores a sus amigos.

Después, Cornelio promulgó otra ley que, aunque nadie se atrevió a oponerse, iba contra los deseos de una gran mayoría: que los pretores sentaran jurisprudecia a partir de sus edictos perpetuos 12 ; esta medida quitó la parcialidad e influencia a los pretores ambiciosos que se habían acostumbrado a dictar leyes de forma poco regular. Cornelio promulgó también otras muchas leyes 13 , a la mayor parte de las cuales sus colegas opusieron el veto; y en medio de tensas discusiones transcurrió casi la totalidad de su tribunado.

Al año siguiente 14 , durante el consulado de Manio Lépido y Lucio Volcacio, año en el que Cicerón fue pretor 15 , los dos hermanos Cominio acusaron a Cornelio de traición 16 al amparo de la ley Cornelia 17 . Lo acusó Publio, lo suscribió Gayo. Y como el pretor Publio Casio 18 había ordenado que se presentaran al décimo día, según es costumbre, y como él mismo no se había presentado —bien porque estaba ocupado en la administración del trigo público o por hacerle un favor al acusado—, conocidos cabecillas de bandas armadas rodearon a los acusadores ante el tribunal amenazándoles de muerte, si de forma inmediata no desistían de su empeño. Apenas evitó esta calamidad la intervención de los cónsules quienes, como defensores, habían bajado junto al acusado. Los Cominios, que se habían escapado por unas escaleras, se ocultaron allí, encerrados, hasta la noche; luego, por los tejados de las casas vecinas, huyeron de la ciudad. Al día siguiente, una vez que Publio Casio ya había ocupado su puesto como juez 19 y como se diera la circunstancia de que los acusadores, al ser llamados, no se presentaran, el nombre de Cornelio fue borrado de la lista de los pendientes de juicio. En cambio, los Cominios se cubrieron de enorme infamia por haber vendido su silencio a cambio de mucho dinero.

Más tarde, al año siguiente, durante el consulado de Lucio [53] Cota y Lucio Torcuato 20 , año en el que Cicerón pronunció este discurso inmediatamente después de haber concluido su pretura, como se había dado el caso de que Manilio se había presentado ante el juez la primera vez que se celebró su juicio y se había interrumpido el procedimiento con la intervención de los cabecillas de bandas armadas y después, porque de acuerdo con un decreto del senado los dos cónsules […] presidían este juicio, al haber sido condenado por no haberse presentado en la reanudación del procedimiento 21 , Cominio se recuperó y para sobrellevar la infamia de haber aceptado dinero, retomó su acusación contra Cornelio al amparo de la ley de traición. El asunto se trató en medio de la mayor expectación. Cornelio, completamente aterrado por la muerte política de Manilio, presentó en el proceso […] a pocos compañeros para que ni siquiera un mínimo clamor pudiera surgir de sus abogados 22 .

Declararon en su contra los principales políticos de la ciudad, enemigos suyos que tenían el máximo poder en el senado: Quinto Hortensio, Quinto Cátulo, Quinto Metelo Pío, Marco Lúculo, Manio Lépido 23 . Dijeron que ellos habían visto cómo el propio Cornelio había leído el documento en la tribuna, ante los Rostra 24 , una situación que según parecía, antes de Cornelio, nadie había provocado. Querían dar la impresión de que ellos pensaban que esta conducta tenía suma importancia en la acusación de haber mermado el poder tribunicio; pues la interposición del veto casi se suprimía, si se permitía eso a los tribunos 25 .

Cicerón, como no podía negar que esto había sucedido, recurrió al argumento de que, por el hecho de que el tribuno hubiera leído en voz alta el documento, no por eso había resultado mermado el poder tribunicio 26 . La misma lectura del discurso mostrará con claridad de qué habilidad y de qué grado de conocimiento del arte oratorio hizo gala para no violar la dignidad de varones sumamente insignes contra los que hablaba 27 y, sin embargo, para no permitir que el acusado resultara perjudicado por su peso político. Recalcará también con cuánta moderación trató un tema tan complicado para otros. Con todo, le ayudó en [54] gran medida el hecho de que, como dijimos, Cornelio, además del riguroso propósito de su conciencia de enfrentarse a la voluntad de los poderosos, no había hecho nada más en su vida que fuera especialmente reprobable; también le ayudó la circunstancia de que el mismo Glóbulo, que había presentado el veto, apoyara a Cornelio. Todavía más le ayudó que Cornelio hubiera sido cuestor de Pompeyo el Grande, pues esta circunstancia habló en su favor para conseguir el apoyo de dos tercios del jurado, es decir, el de los caballeros romanos y los tribunos del tesoro; en cuanto a la tercera parte 28 , contó también con apoyo de la mayoría de senadores, a excepción de aquellos que mantenían estrechos lazos de parentesco con los líderes políticos. El proceso se celebró ante mucha gente y con gran expectación sobre cuál sería su desenlace; […] se daban cuenta de que eran hombres sumamente importantes los que prestaban declaración y que lo que decían, lo confesaba el acusado. Se conserva el discurso de acusación de Cominio, que merece la pena leerlo, no sólo por los discursos conservados de Cicerón en defensa de Cornelio, sino también por este mismo discurso. Cicerón, según da a entender, defendió a Cornelio durante cuatro días. Es evidente que reunió estas intervenciones en dos discursos 29 . Presidió este proceso el pretor Quinto Galio.

[En esta causa hay tres cuestiones: en primer lugar, dado que Cornelio está acusado de traición al amparo de la ley Cornelia, hay que valorar si existen actuaciones claras que sustenten por sí mismas el cargo de traición (tal y como alega la defensa), o si el tribunal tiene libertad para interpretar la ley, como propone el [55] acusador. En segundo lugar está la cuestión de si lo que hizo Cornelio puede considerarse traición según esta ley; y en tercer lugar, si tenía intención de menoscabar la soberanía del Estado.]

EN DEFENSA DE GAYO CORNELIO 30 (I)

En primer lugar, fue conducido ante mí, como pretor, bajo el cargo de extorsión 31 . Cominio, evidentemente, escudriña qué sucede 32 : ve hombres de paja 33 empujados al frente para sondear el riesgo.

¿Y qué? ¿Es que Metelo, un hombre del más alto rango y de la más pura virtud 34 , como hubiera prestado juramento dos veces —en una ocasión en un tema privado, en defensa de su padre, y una vez más como representante público para cumplir con la ley […] fue apartado? ¿Por persuasión o por la fuerza? Pero en ambas situaciones toda sospecha la alejan no ya la dignidad y el valor de Gayo Curión sino también la juventud prometedora de Quinto Metelo, adornada con todos los recursos para alcanzar la más alta alabanza 35 .

Cornelio —dice él— le «dio» a Gayo Manilio una ley sobre [56] el derecho a voto de los libertos 36 . ¿Qué significa «dio»? ¿Le [57] presentó un proyecto de ley, la propuso, o habló a favor de ella? Es ridículo decir que presentó un proyecto, como si se tratara de una pieza de legislación de difícil redacción o comprensión: esta ley, en estos pocos años, no sólo ha sido redactada, sino que además se ha promulgado.

En esto, muchas críticas se hicieron y en especial, la de celeridad de esta actuación 37 .

El pretor 38 me suplicó, con la mayor insistencia, que defendiera la causa de Manilio 39 .

Pues este tribuno de la plebe promulgó, en el desempeño de su cargo, dos leyes —una de ellas perniciosa, la otra [58] admirable 40 —; este mismo tribuno apartó el daño que podría haber causado al Estado y, en cambio, el bien que los intereses vitales del Estado demandaban permanece 41 y […] fue… para los dioses.

Ése fue instigado hacia aquella locura por el empuje de hombres de gran influencia 42 que desearon crear el más perverso precedente para alterar la situación de los procedimientos judiciales 43 ; un precedente muy adecuado a sus necesidades en ese momento, pero profundamente alejado de mis ideas de gobierno.

Puedo afirmar que este hombre bien conocido por su buen juicio, Gayo Cota 44 , él en persona, ante el senado presentó una moción para la derogación de sus propias leyes.

Puedo incluso añadir que la ley de este mismo Cota sobre los [59] procesos privados fue derogada por su propio hermano un año después de que fuera promulgada.

Veo que hay un acuerdo general al considerar que la ley Licinia Mucia 45 sobre el derecho de ciudadanía, a pesar de haberla promulgado dos cónsules, los más juiciosos de todos los que hemos conocido, no sólo resultó inútil, sino también perniciosa para el Estado.

Ciertamente hay cuatro procedimientos, jueces, gracias a los [60] cuales el senado puede, de acuerdo con la tradición, adoptar una decisión sobre las leyes 46 ; uno de ellos es plantear una propuesta de derogación de la ley, como se derogaron las leyes que menoscababan la eficacia militar durante el consulado de Quinto Cecilio y Marco Junio 47 .

Otro procedimiento consiste en llegar al acuerdo de que, aunque una ley se haya promulgado, no por eso el pueblo esté obligado a su cumplimiento, como sucedió con las leyes Livias 48 en el consulado de Lucio Marcio y Sexto Julio.

[61] La tercera opción es la derogación de las leyes, un asunto que, a menudo, es objeto de decretos del senado, como recientemente se hizo sobre la misma ley Calpurnia 49 que fue derogada.

Cuentan 50 que los hombres más juiciosos del momento —e incluso él mismo a menudo se culpaba de ello— llevaron a juicio a Publio Africano el Viejo 51 por haber permitido que, por primera vez y mientras fue cónsul con Tito Longo, los asientos del senado se separaran de aquellos en los que se sentaba el pueblo.

[62] ¿Y qué voy a decir yo de aquellos juegos que nuestros antepasados decidieron que se establecieran y se celebrasen ante el templo de la Gran Madre? Fue en el transcurso de estos juegos cuando el famoso Publio Africano el Viejo, durante su segundo consulado, por primera vez reservó al senado un lugar delante de los asientos del pueblo.

Es posible siempre el derecho a veto, cuando una ley se está presentando, mientras […] están siendo tramitados; esto es […] [63] la ley, mientras los particulares hablan, mientras […], mientras se pasa la urna, mientras se igualan los lotes, mientras se hace el sorteo y en cualquier otro contexto de esta naturaleza 52 .

Sin embargo, hay algo que sucedió mientras éste 53 era tribuno de la plebe y que no parece que haya que pasar por alto 54 . Pues no es más trascendente leer el documento desafiando el veto a que él en persona retire la urna en presencia del mismo que pone el veto; ni más grave empezar a presentar una ley que completar su promulgación; ni más violento mostrarse uno mismo dispuesto a legislar en contra de los deseos de un colega que anular el cargo de ese colega 55 ; ni es más criminal animar a las tribus a votar para ratificar una ley que reducir a un colega a la condición de ciudadano privado. Todas estas acciones, un hombre fuerte, colega de mi defendido, Aulo Gabinio, las llevó a cabo en una excelente causa 56 ; y como su objetivo era la salvación del pueblo romano y el fin de una continua vergüenza y esclavitud de todos los pueblos, no permitió que prevaleciera la voz de un único colega suyo sobre la voz y la voluntad de todo el Estado.

[64] Pero, en efecto, hicieron una moción para corregir la ley 57 .

Estos mismos, si la ley que Gayo Cornelio presentó no lo hubiera impedido, habrían decretado lo mismo que públicamente habían propugnado los así llamados «defensores de los juicios»: a saber, que el senado no estaba de acuerdo con que se celebrase este proceso sobre las posesiones de Sila 58 . Yo, como pretor, defendí esta causa de una forma muy distinta en una asamblea, cuando dije lo mismo que después los jueces decidieron: que debería celebrarse un proceso, pero en un momento más adecuado 59 .

Sin embargo, no voy a hablar de cuántas audiencias, antes [65] de ahora, sobre diferentes temas no llegaron a juicio; y omito este comentario porque lo sabéis bien y, sobre todo, para que no parezca que mi discurso llama a alguien de nuevo a un proceso 60 .

Gneo Dolabela no hubiera privado de un derecho común y cotidiano a Gayo Volcacio, un hombre de lo más honesto 61 .

Y para terminar, un hombre muy diferente a aquellos en su [66] forma de vida y en su prudencia, aunque quizás excesivamente dispuesto a hacer favores legales, Lucio Sisena 62 , no habría entregado, con su edicto, la posesión de los bienes de Gneo Cornelio a Publio Escipión, un joven de suma nobleza y dotado de extraordinarias cualidades.

Por este motivo, cuando el pueblo romano se dio cuenta de esto y cuando los tribunos de la plebe le informaron de que, si no se imponía un castigo a los distribuidores de sobornos, no se podría poner fin a la corrupción electoral, este pueblo clamaba pidiendo la ley de Cornelio y repudiaba la que procedía de una resolución del senado; y lo hacía con razón, según se demostró con la destitución de los dos cónsules designados 63 ; para que contemplásemos aquel espectáculo saludable y necesario por el tema y el momento y, sin embargo, mísero y funesto por la forma que adoptó y por el ejemplo que establecía.

[67] Ahora yo, ¿por qué voy a responderte con argumentos que prueben que puede suceder que haya algún otro Cornelio que tenga un esclavo llamado Fileros 64 , que el nombre de Fileros es muy común y además Cornelios hay tantos que ya incluso se ha formado un colegio?

Pero, en fin, Gayo Cornelio, forzaste al cónsul a pronunciar aquellas palabras en un momento extremo y muy difícil 65 : que quienes quisieran la salvación del Estado, deberían presentarse para sancionar la ley.

Dicen 66 que, a causa de la temeridad de aquel tribuno de la plebe 67 , vuestros corazones podrían ser llevados a detestar incluso la mención de aquella potestad 68 ; quienes restituyeron aquella potestad 69 , uno 70 no puede hacer nada contra muchos y el otro 71 está demasiado lejos.

Así pues, tanto coraje hubo en aquellos 72 que en el décimo [68] sexto año después de la expulsión de los reyes 73 y a causa de la excesiva tiranía de los poderosos, se apartaron, restituyeron las leyes sagradas, nombraron dos tribunos y aquel monte al otro lado del Anio, que hoy se denomina Monte Sacro, donde se habían sentado armados, lo consagraron para un recuerdo eterno; y así, al año siguiente, se nombraron, con la debida ceremonia, tribunos de la plebe en los comicios curiados.

Luego 74 , una vez interpuesto el juramento, por medio de tres [69] legados 75 , hombres sumamente ilustres, regresaron armados a Roma. Se asentaron en el Aventino; desde allí vinieron, armados, al Capitolio; nombraron a diez tribunos de la plebe, por medio del pontífice 76 , porque no había ningún magistrado.

Incluso paso por alto 77 estos casos más recientes: la ley Porcia 78 , fundamento de la libertad basada en la más pura justicia; la ley Casia, una ley por la que se reafirmaron el derecho y la potestad de los sufragios; y la segunda ley Casia, que ratificó los juicios del pueblo 79 .

Quienes siempre, no sólo con Sila, sino también después de su muerte, pensaron que tenían que mantenerse aferrados a este privilegio con todas sus fuerzas, fueron los mayores enemigos de Gayo Cota porque éste, como cónsul, añadió a los tribunos de la plebe, no sólo algo de poder sino también de dignidad 80 .

[70] En efecto, que siempre se mantenga hacia vosotros aquella plebe con este ánimo con el que demostró estar, cuando no sólo aceptó, sino incluso demandó las leyes Aurelia 81 y Roscia 82 .

Recuerdo bien que, cuando por primera vez participaron en los procesos los senadores con los caballeros romanos al amparo de la ley Plocia 83 , un hombre detestado por los dioses y por la nobleza, Gneo Pompeyo 84 , fue juzgado por alta traición según los procedimientos de la ley Varia 85 .

Fragmentos en Defensa de Gayo Cornelio 86 (I)

30. Que yo a Júpiter Óptimo Máximo y a todos los demás dioses y diosas pida apoyo y ayuda 87 . (Prisciano, Instituciones en GL 8.3.11.)

31. Que Cornelio nada había arrebatado al senado. (Arusiano Mesio, Ejemplos de Elocuciones en GL 7.466.10.)

32. En virtud de la promulgación de una fecha para el tercer día de mercado, la facultad de hacer la propuesta se había materializado 88 . (Prisciano, Instituciones en GL 7.3.9.)

32b. Cornelio menguó la soberanía del Estado; pues él en persona, como tribuno de la plebe, leyó el documento ante la asamblea 89 . (Quintiliano, Instituciones 4.4.8; Julio Víctor, Arte Retórica en GL 417.19.)

33. Tocó el códice. (Quintiliano, Instituciones 5.13.25; 4.4.8.)

34. Que se quisiera atacar con la ley sobre el cohecho 90 a los divisores 91 , quienes había querido que fueran defensores de su honor. (Marciano Capela, Sobre el Arte de la Retórica 5.492.)

35. Estos asuntos interrumpidos durante muchísimos años. (Prisciano, Instituciones en GL 7.17.86.)

36. ¿Acaso favorecía a alguien 92 ? ¿a un hombre 93 o a un orden 94 ? (Prisciano, Instituciones en GL 7.15.22.)

37. Así pues, lo empezado por quienes querían que se tratara, lo terminó éste que murió. (Prisciano, Instituciones en GL 10.7.40 y 9.55.)

38. Después de rodear los Rostra, echaban a los hombres a pedradas 95 . (Prisciano, Instituciones en GL 8.15.82.)

39. Ellos mismos saben por quiénes ha sido vaciado lo consignado por las leyes tribunicias. (Aquila Romano, Sobre las Figuras retóricas en RL 26.31.)

40. Quien en elocuencia aventaja a los demás. (Prisciano, Instituciones en GL 10.6.36.)

41. Pero estuvieron alejados de la ciudad muchos días de camino. (Arusiano Mesio, Ejemplos de Elocuciones en GL 7.455.26.)

42. Pues ¿qué tengo con el acusador: un combate o una rivalidad? en Arusiano Mesio, Ejemplos de Elocuciones en GL 7.459.9.

43. Pongo por testigo al dios de la verdad 96 , que preferiría que se sustrajera una gran parte de estos adornos 97 . (Arusiano Mesio, Ejemplos de Elocuciones en GL 7.468.25.)

44. Pues me das la facultad de nombrar a los que en esos momentos apoyaron a Cornelio 98 . (Arusiano Mesio, Ejemplos de Elocuciones en GL 7.453.18.)

45. Actuad, como actuáis, quienes presidís esta causa. (Arusiano Mesio, Ejemplos de Elocuciones en GL 7.453.20.)

46. ¿Por qué van a regresar ahora, si en aquel momento habían cedido al perdón? (Arusiano Mesio, Ejemplos de Elocuciones en GL 7.462.1.)

47. ¿Qué, porque ni siquiera hiciste valer tu derecho contra quienes dijiste que habían sido cabecillas de las bandas] 99 ? (Arusiano Mesio, Ejemplos de Elocuciones en GL 7.469.6.)

48. De tal modo en este proceso se me han preparado dos lazos, que si me librara de uno, el otro me mantendría atado 100 . (Arusiano Mesio, Ejemplos de Elocuciones en GL 7.471.3.)

49. Abrió la puerta de las escaleras 101 … (Pseudo-Acro, Comentarios a Horacio 1.2.67.)

50. Se deslizó furtivamente hacia las escaleras. (Comentarios a Juvenal 7.118.)

51. Cominio se oculta en las tenebrosas escaleras. (Fortunaciano, Retórica en RL 123.18.)

52. Desplegad de nuevo el manuscrito 102 , son las mismas acusaciones de traición, leed como leíais: así entenderéis que Cornelio es descrito o representado sin la más tenue sospecha. (Mario Victorino, Sobre las definiciones 41.26St.)

53. La majestad radica en el poder y en toda la dignidad del nombre del pueblo romano 103 . (Quintiliano, Instituciones 7.3.35.)

54. En cambio, Cominio —aunque, perdonadme, jueces—. (Quintiliano, Instituciones 9.2.55.)

EN DEFENSA DE GAYO CORNELIO 104 (II)

1. ¿Voy a enfrentarme abiertamente a las voluntades de los hombres más nobles? (Aquila Romano, Sobre las Figuras retóricas en RL 25.15.)

2. ¡Hombres astutos! ¡asunto ingenioso! ¡temibles ingenios!… dijimos… queremos presentar testigos… a ver, ¿a quién de nosotros se le escapó que vosotros fueseis a actuar así? (Cicerón, El Orador 225; Quintiliano, Instituciones 9.4.123.)

3. ¿Es que tenéis dudas en este proceso sobre la identidad de estos testigos? Yo os lo mostraré. Quedaron dos que fueron cónsules 105 , hostiles al poder tribunicio. Además los siguen unos cuantos aduladores y secuaces. (Asconio 79.16C.)

4. Pero si de manera amistosa quisiera preguntar 106 a Quinto Cátulo 107 , un hombre de lo más instruido y humano: «¿Qué tribunado de los dos encuentras menos aceptable: el de Gayo Cornelio, o (no diré el de Publio Sulpicio, ni el de Saturnino, ni el de Gayo Graco, ni el de Tiberio —no nombraré a nadie a quien estos consideren sedicioso 108 —) o el de tu tío, Quinto Cátulo, un hombre muy ilustre y que amaba con pasión a su patria?». ¿Qué pensáis que me respondería 109 ? (Asconio 80.7C.)

5. ¿Qué? Tu tío 110 , un hombre sumamente ilustre, descendiente de un ilustrísimo padre, abuelo y antepasados, en silencio, con el apoyo de los nobles y cuando nadie estaba dispuesto a interponer su veto, le dio al pueblo romano el poder de elegir sacerdotes 111 quitándoselo a los colegios de los hombres más poderosos. (Asconio 79.25C.)

6. ¿Y qué más? ¿No atacó el mismo Domicio a Marco Silano, un hombre de rango consular, con todo el poder inherente a un tribuno de la plebe 112 ? (Asconio 80.16C.)

7. Esta controversia es de tal naturaleza que un tribuno de la plebe como Gneo Domicio [tiene mi aprobación], Marco Terpolio la de Cátulo 113 . (Asconio 81.1C.)

8. No me conmueven las riquezas con las que muchos comerciantes de esclavos y mercaderes superaron a todos los Africanos y Celios 114 , ni los tapices o el oro cincelado, ni la plata con la que muchos eunucos de Siria y Egipto vencieron a nuestros antiguos Marcelos y Máximos; ni, en verdad, estos ornamentos de las villas, con los que veo que algún Deliaco o Siro habrían podido superar muy fácilmente a Lucio Paulo y Lucio Mumio 115 —quienes colmaron con ellos Roma y toda Italia 116 —. (Cicerón, El Orador 232; Quintiliano, Instituciones 9.4.14.)

9. ¿Quién tan rico en recursos? (Prisciano, Instituciones en GL 18.2.19; Arusiano Mesio, Ejemplos de Elocuciones en GL 7.449.6.)

10. a. Si vosotros las fortunas de éste por el odio de unos pocos habéis adjudicado. (Arusiano Mesio, Ejemplos de Elocuciones en GL 7.456.20.)

10. b. Mejor que un hombre mísero e inocente le sea arrebatado al pueblo romano, expulsado de su patria, apartado de los suyos 117 . (Arusiano Mesio, Ejemplos de Elocuciones en GL 7.470.9.)

11. Permitamos que sea entregado a un misérrimo y sumamente cruel poder absoluto. (Arusiano Mesio, Ejemplos de Elocuciones en GL 7.465.17.)

12. Cuán celosos de la libertad conviene que seáis vosotros. (Arusiano Mesio, Ejemplos de Elocuciones en GL 7.468.21.)

13. Quien con la palabra, al menos, y con su voluntad ha velado por los intereses del pueblo romano. (Arusiano Mesio, Ejemplos de Elocuciones en GL 7.468.23.)

14. Expulsara de los que administran. (Arusiano Mesio, Ejemplos de Elocuciones en GL 7.470.12.)

15. b. ¿Qué decían de que yo ante los caballeros romanos había cometido una ofensa? (Arusiano Mesio, Ejemplos de Elocuciones en GL 7.497.11.)

16. Para que ningún perjuicio sufra quien haya convocado al pueblo a una asamblea. (Servio, Comentarios a la Eneida 11.708.)

17. Si alguna vez hubo una causa, jueces, en la que, al comienzo del discurso …pues, antes de nada, nos hacemos cargo de una causa en el momento más hostil. (Grilio, Comentario del libro I de Cicerón sobre la invención en RL 602.13.)

18. ¿Desde dónde voy a empezar a hablar? ¿desde la misma ley 118 ? (Grilio, Comentario del libro I de Cicerón sobre la invención en RL 604.18.)

19. Esta costumbre —la de perseguir a los populares— ya existió entre los hombres de otro tiempo y entre los barbados. (Grilio, Comentario del libro I de Cicerón sobre la invención en RL 598.33.)

20. Por lo que no dejan de refutar a un hombre, hasta que se hayan retirado los asesores. (Valerio Probo, Selección de textos sobre el nombre en GL 7.449.6.)


1 En el año 65; los discursos a los que se refiere, pronunciados en el 66, son: «En defensa de la ley Manilia», «En defensa de Cluencio», «En defensa de Fundanio», «En defensa de Manilio»y «En defensa de Mucio».

2 En el 67.

3 El rechazo se debió a que muchos senadores se beneficiaban de esta práctica que permitía vergonzosos excesos, como sobornos electorales y extorsiones.

4 En el 94.

5 Pero, al parecer, abandonó su propuesta de ley. En el 50 ya estaba vigente la ley Gabinia, que prohibía demandas para recuperar los créditos hechos a provinciales (Cartas a Ático 5.21.12; 6.2.7).

6 El senado tenía, desde hacía mucho tiempo, el poder de eximir a individuos concretos del cumplimiento de determinadas leyes.

7 A pesar de esto, Glóbulo, por razones que se desconocen, apoyó a Cornelio en este juicio.

8 Este personaje intervenía en las asambleas públicas ordenando silencio o recitando en voz alta los documentos.

9 Cornelio, al actuar así, seguía el precedente establecido por Tiberio Graco en el 133.

10 Con esta actitud, Cornelio parece una persona moderada y respetuosa con la ley, que busca métodos alternativos para lograr sus propósitos; es la línea de defensa que sigue Cicerón, ya que no puede negar ni justificar plenamente la acción de Cornelio.

11 Cornelio modifica y suaviza su propuesta anterior: mantiene la autoridad del senado, pero con control suficiente como para evitar abusos.

12 El edicto perpetuo era la legislación base que proponían los magistrados al acceder a su cargo. El magistrado solía adoptar los edictos de sus predecesores y estos edictos se convirtieron en un cuerpo de ley importante.

13 Sólo se tiene noticia de otra ley propuesta por Cornelio sobre el soborno electoral.

14 En el 66.

15 De concusión.

16 Fue la primera acusación.

17 La ley Cornelia del 81, promulgada por Sila y todavía en vigor, regulaba el procedimiento penal en el delito de traición y en cualquier delito grave contra la autoridad del Estado.

18 En la edición que utilizamos aparece el nombre de Publio Casio, pero quizá se trate de Lucio Casio Longino, pretor del 66.

19 El pretor, cuando administraba justicia, se sentaba en la silla curul sobre una plataforma elevada junto a sus asesores y amigos.

20 En el 65.

21 Gayo Manilio, tribuno de la plebe del 66, al término de su tribunado fue acusado de concusión y el pretor de ese año, Cicerón, amigo suyo, intentó acelerar los procedimientos legales para juzgarlo bajo su pretura: pero la presión del pueblo le obligó a posponer el juicio hasta el año siguiente y Cicerón asumió la defensa del tribuno. Cuando se estaba celebrando el juicio, bandas armadas lo interrumpieron y los cónsules, apoyados por un decreto del senado, dieron protección al proceso; al reanudarse, Manilio no se presentó y, condenado en ausencia, se exiló.

22 Cornelio quería mostrar un comportamiento estrictamente legal en contraste con el intento de Manilio de interrumpir su juicio de forma violenta.

23 Todos ellos habían sido cónsules y pertenecían al partido aristocrático; además, los cuatro primeros eran antiguos partidarios de Sila; Metelo Pío y Lúculo eran enemigos de Pompeyo.

24 Los Rostra, situados en el foro romano, eran la plataforma próxima a la Curia desde la que los oradores se dirigían a la asamblea.

25 Esta postura era poco sincera, pues los personajes citados no eran defensores ni partidarios del poder tribunicio, e incluso algunos de ellos quizá colaboraron con Sila para derogar este poder en los años 70.

26 Cicerón defiende a Cornelio alegando que un tribuno tiene derecho a oponerse al veto de un colega, tal y como hizo Tiberio Graco en el 133 y Manilio en el 66.

27 Cicerón no estaba tan seguro de esto, pues, meses más tarde, se mostraba preocupado pensando en qué medida su intervención en este juicio podría perjudicar sus aspiraciones al consulado (Cartas a Ático 1.2.2.).

28 Se refiere al jurado cuya composición había establecido la ley Aurelia del 70: tres partes iguales de caballeros, tribunos y senadores.

29 Se pronunciaron en dos días diferentes, después de los discursos de la acusación, pues el proceso duró cuatro días.

30 Sigue el orden y la numeración del texto de Asconio.

31 Quizá sea una referencia al proceso contra Manilio que se presentó, en un primer momento, ante Cicerón mientras éste era todavía pretor.

32 Cicerón muestra a Cominio como un oportunista que aprovecha la atmósfera creada por la acusación contra Manilio en el 66 para acusar a Cornelio.

33 Asconio explica que se trataba de muñecos de paja que se ponían delante de los toros bravos para incitarlos y comprobar así su carácter; estos hombres de paja, en el contexto del discurso, buscarían probar hasta qué punto la opinión era favorable para retomar la acusación contra Gayo Cornelio.

34 Cicerón utiliza este ejemplo para convencer a Cominio de que ponga fin a la denuncia contra Cornelio siguiendo el ejemplo de Quinto Metelo Nepote, cónsul del 58, que había dejado de perseguir judicialmente a Gayo Escribonio Curión, cónsul del 76. Cicerón, en realidad, con esta referencia quería halagar a la familia de los Metelos, uno de cuyos integrantes era testigo de la acusación.

35 Los motivos que impulsaron a Metelo a acusar a Curión derivan de la práctica de la acusación recíproca que se asumía para defender el honor familiar o como venganza contra acusaciones judiciales previas motivadas por razones políticas y personales. En este caso, el padre de Metelo, cónsul en el 98, cuando estaba en su lecho de muerte pidió a su hijo que acusara a Curión, porque éste le había acusado a él, posiblemente en el 97.

36 Cicerón va a atacar el argumento presentado por Cominio de que Cornelio había apoyado la ley propuesta por Manilio que concedía a los libertos el derecho a voto en todas las tribus; esta ley revivía la ley propuesta por Publio Sulpicio, tribuno del 88, que se anuló tras su muerte; la distribución por tribus del voto de los libertos se había discutido con anterioridad en numerosas ocasiones.

37 Se refiere a la casi inmediatez con la que Manilio presentó su ley sobre el derecho a voto de los libertos nada más acceder a su cargo de tribuno en diciembre del 67; una excesiva celeridad que pudo ser el motivo de la posterior derogación de la ley alegando defectos de forma.

38 Gayo Atio Celso.

39 Cicerón empieza a explicar su relación con Manilio y su intervención como abogado defensor en un juicio previo; trata de justificarse y de establecer diferencias entre sus dos defendidos.

40 Se trataba de la ley sobre el derecho de voto para los libertos, derogada después por un decreto del senado y a la que Cicerón califica de «perniciosa», y de la ley «admirable» que otorgaba a Pompeyo el mando en la guerra contra Mitrídates.

41 La ley Manilia seguía vigente.

42 Asconio cree que se refiere a Catilina y a Pisón. Cicerón muestra a Manilio como un juguete en manos de gente más poderosa que pro los altercados violentos que obligaron al propio Cicerón a abandonar el eso antes de la condena de Manilio.

43 La interrupción del primer juicio contra Manilio.

44 Gayo Cota, durante su consulado del 75, se ganó la enemistad de los optimates con dos leyes: una que pretendía restablecer la fuerza de los tribunos que Sila había menoscabado; la otra era una ley sobre los juicios de carácter privado, que fue abolida en el 74 por su hermano Marco Aurelio Cota. La elección de los hermanos Cota, como ejemplo, no es casual, pues Lucio Cota, el cónsul del 65, había promulgado durante su pretura, en el 70, la ley Aurelia sobre la composición de tribunales que se estaba aplicando en este juicio.

45 La ley Licinia Mucia, promulgada en el 95 durante el consulado de Lucio Licinio Craso y Quinto Mucio Escévola, establecía una estricta regulación del derecho de ciudadanía y privaba del ejercicio de los derechos civiles a los itálicos y a los latinos ociosos de Roma. Era técnicamente impecable, pero resultó ser un fracaso político.

46 Cicerón plantea los procedimientos por los que el senado tiene poder para derogar aquellas leyes que, a su juicio, pueden ser perjudiciales para el Estado.

47 Quinto Cecilio Metelo Numídico y Marco Junio Silano, cónsules del 109, estuvieron, respectivamente, al frente de dos guerras: la guerra de Yugurta y la guerra contra los cimbrios. La elección de este ejemplo está muy estudiada, pues Quinto Cecilio Metelo Numídico, un hombre de Estado que reacciona ante las necesidades de su patria, era el padre del cónsul del 80, Quinto Metelo Pío, uno de los eminentes testigos de la acusación.

48 Las leyes Livias promulgadas en el 91 por el tribuno de la plebe Marco Livio Druso y anuladas por los cónsules de ese mismo año, Lucio Marcio Filipo y Sexto Julio César, eran, al parecer, favorables al partido aristocrático; Filipo se opuso a ellas y convenció al senado para que las derogara.

49 La ley Calpurnia del 67 sobre el cohecho, promulgada por Pisón dos años antes, incluía, entre otras sanciones, la imposición de multas y penas para los que admitían sobornos (En defensa de Lucio Murena 47).

50 Este ejemplo muestra la prudencia de un eminente hombre de Estado que, al darse cuenta de que su propuesta legal era equivocada, tuvo el valor de retirarla. Cicerón quiere que el jurado ponga en la misma situación a Cornelio, que demostró estar dispuesto a asumir los riesgos derivados de una propuesta legal que él creía que beneficiaría al Estado.

51 Publio Cornelio Escipión Africano, cónsul del 194, había decretado la reserva de asientos para los senadores durante los Juegos Romanos, pero cambió de idea y retiró la ley cuando se dio cuenta de que no era justa.

52 Cicerón hace un listado de todos los momentos en los que es posible interponer el veto a una ley en el transcurso de una asamblea para dejar claro que no existía un momento concreto fijado y que, en el caso de Cornelio, la aceptación del veto todavía no había tenido lugar, ni Cornelio se había opuesto a que hubiera una votación y, precisamente por ese motivo, su comportamiento fue legal y responsable.

53 Cornelio.

54 En contra de la oposición conservadora (Cátulo, Hortensio, Pisón) Gabinio, tribuno de la plebe con Cornelio, había ido mucho más allá y, con absoluta impunidad, había conseguido aprobar la ley que otorgaba a Pompeyo el mando absoluto en la lucha contra los piratas; esta propuesta, muy del gusto del pueblo pero contraria a los senadores, generó una intensa polémica y Gabinio tuvo que enfrentarse a Trebelio, otro tribuno que intentó detener el proceso de aprobación de la medida presentando su veto; Gabinio propuso entonces que se destituyera a Trebelio de su cargo de tribuno y, cuando diecisiete de las treinta y cinco tribus ya habían votado a favor de la propuesta de Gabinio, Trebelio retiró el veto.

55 En un primer momento, cuando un miembro del colegio de los tribunos se oponía a una resolución de sus colegas, no se podía hacer nada más que desestimar la resolución o propuesta; pero, con el ejemplo de Tiberio Graco, se sentó un precedente que alteró la normativa inicial: cuando un tribuno se oponía de forma obstinada a una propuesta y persistía en su veto, era posible privarlo de su cargo (Las leyes 3.10).

56 Cicerón no condena totalmente la actuación de Gabinio sino que la compara con la de Cornelio, menos violenta y más moderada, pero ambas encaminadas a lograr el beneficio del Estado.

57 En este breve fragmento Cicerón vuelve a retomar la discusión sobre cómo Cornelio había estado dispuesto a corregir su proposición de ley sobre los casos de exención y cómo la modificación de su propuesta inicial benefició al propio senado. Cicerón quiere resaltar la actitud de cooperación y prudencia de Cornelio en su actuación sobre esta propuesta de ley.

58 Los enemigos de Sila, una vez muerto éste, persiguieron judicialmente a su hijo para que devolviera el dinero que su padre había robado o recibido del tesoro público, pero el senado siempre se había opuesto a esta medida. Fausto Sila fue acusado en el 66 por varios tribunos de la plebe y Cicerón, que entonces era pretor, lo defendió (En defensa de Aulo cluencio 34).

59 Cicerón propuso en una asamblea que se pospusiera el proceso contra el joven Sila argumentando que la presión popular podría influir en el voto del senado.

60 Posiblemente esta alusión hace referencia al proceso que amenazaba al tribuno del 90, Gayo Escribonio Curión, que podría ser uno de los testigos de la acusación en este proceso.

61 Cicerón defiende ahora la proposición de ley de Cornelio sobre los edictos de los pretores argumentando que si esta ley hubiera estado vigente en el proceso de Dolabela contra Volcacio, Dolabela no habría podido acusar injustamente a Volcacio.

62 Gneo Cornelio había nombrado heredero al joven Publio Escipión, pero el edicto de Lucio Cornelio Sisena, pretor del 78, se modificó para que Escipión no pudiera heredar. El desheredado había sido adoptado por el principal testigo de la acusación. Quinto Metelo Pío; la alabanza que dirige Cicerón a este joven Escipión seguro que fue del agrado de Metelo.

63 Cicerón defiende que, si la severa ley de Cornelio hubiera estado vigente, no habrían tenido que contemplar el vergonzoso espectáculo de los dos cónsules designados del 65, Publio Cornelio Sila y Publio Autronio Peto, condenados por soborno y reemplazados por sus acusadores victoriosos, Lucio Aurelio Cota y Lucio Manlio Torcuato (En defensa de P. Sila 49-50).

64 A la acusación contra Cornelio de haber incitado la revuelta contra la propuesta de Pisón a través de un esclavo de su propiedad llamado Fileros, Cicerón responde con ironía y sentido del humor aludiendo a la frecuencia de los dos nombres en Roma.

65 Cicerón, una vez que ya ha demostrado que Cornelio no estuvo implicado en la revuelta contra Pisón, añade la idea de que incluso colaboró con el cónsul por el bien del Estado, pues la ley de Pisón no habría salido adelante sin el apoyo decidido de Cornelio.

66 Aquí comienza la exposición sobre el tribunado y sus poderes. No está claro el sujeto de «dicen»: se puede referir o a los acusadores o a los cinco mandatarios de la ciudad implicados en la acusación contra Cornelio: Hortensio. Cátulo, Metelo Pío, Marco Lúculo y Lépido.

67 Se refiere al tribuno Manilio.

68 Cicerón defiende el poder tribunicio para generar confianza en el jurado ante un acusado que también es tribuno de la plebe.

69 Posiblemente se refiere a Pompeyo y Craso, pues ambos fueron responsables de la restauración del poder tribunicio en el 70, cuando promulgaron la ley Pompeya del poder tribunicio.

70 Craso formaba parte del jurado en este proceso.

71 Pompeyo estaba en estos momentos en Asia, en la guerra contra Mitrídates.

72 Cicerón va a repasar ahora la historia del poder tribunicio para enfatizar la importancia que tiene para el Estado contar con tribunos responsables, mesurados y competentes como Cornelio.

73 En el 494.

74 Al parecer, entre estos dos fragmentos, se ha perdido la narración de la historia de Apio Claudio y Virginia, que provocó esta nueva secesión de la plebe.

75 El cónsul del 482, Gayo Julio Julo, el del 461, Servio Sulpicio Camerino Cornuto, y el del 454, Espurio Tarpeyo Montano Capitolino.

76 El pontífice máximo fue uno de los cónsules del 441.

77 Cicerón enumera varios incidentes y leyes que generaron enfrentamientos entre nobles y tribunos de la plebe, entre senatoriales y populares. Comienza con tres leyes que garantizaron derechos al pueblo: la ley Porcia y las dos leyes Casias.

78 La ley Porcia, promulgada posiblemente por el tribuno Publio Porcio Leca en el 199.

79 Hay constancia de dos leyes Casias: la primera del 137, promulgada por el tribuno Lucio Casio Longuino Ravilla. que aseguraba el voto secreto en los tribunales: la otra ley es del 104, propuesta por Lucio Longino, que no permitía mantener el cargo de senador a quien hubiera resultado condenado en un proceso; esta ley iba dirigida contra Quinto Servilio Cepión y le supuso la expulsión del senado.

80 Gayo Aurelio Cota, cónsul del 75, restauró el poder tribunicio contra el deseo de los optimates y propuso una ley que permitía a quienes habían desempeñado el cargo de tribuno de la plebe optar a otros cargos electos.

81 La ley Aurelia del 70.

82 La ley Roscia del teatro, propuesta en el 67 por el tribuno Lucio Roscio Otón, concedía un asiento reservado a los caballeros en los espectáculos públicos, fue causa de altercados en la época de Cicerón (Cartas a Ático 2.1).

83 Se refiere a la ley Plocia Judiciaria, posiblemente del 89. que establecía que quince personas, cada año, eran elegidas de cada una de las tribus para formar parte del jurado en un litigio.

84 Se trata del juicio contra Gneo Pompeyo Estrabón. Cicerón recuerda este caso por las similitudes que presenta con el caso de Cornelio: el jurado estaba formado por senadores y caballeros y el cargo era también de alta traición: Estrabón, a pesar de ser una persona odiosa, fue absuelto y Cicerón sugiere que un jurado similar, una idéntica acusación y un hombre afable y prudente como Cornelio deberían llevar también a la absolución de su defendido.

85 Es una de las numerosas leyes que se promulgaron en Roma sobre el delito de traición; la primera fue, posiblemente, la ley Apuleya, promulgada en el quinto consulado de Mario (Sobre el orador 2.25.49); la ley Varia se promulgó en el 90 (Bruto 89); la ley Cornelia en el 81.

86 Sigue el texto y la numeración fijados por la edición de C. L. Kayser y J. G. Baiter de 1869.

87 No es habitual la apertura de un discurso de Cicerón con una invocación solicitando la ayuda de los dioses; este motivo sólo aparece en tres ocasiones más en su oratoria (En defensa de Gayo Rabirio 5; En defensa de Lucio Murena 1; En agradecimiento al pueblo l).

88 Es un texto poco claro, pero parece que se refiere a que se requería que hubieran transcurrido tres nundinas entre la propuesta de una ley y su votación.

89 Se trata de un momento muy importante del discurso en el que Cicerón debe dejar claro que su defendido no cometió ningún acto que pueda ser considerado traición: se limitó a leer el documento en voz alta ante la asamblea, pero no hubo violencia, ni un comportamiento sedicioso, ni incitación a la revolución. Cicerón reconoce que, en efecto, Cornelio leyó ante la asamblea el documento.

90 La ley que proponía Cornelio era más estricta que la propuesta por Gayo Calpurnio Pisón, cónsul del 67. porque incluía castigos para los divisores, los repartidores del dinero.

91 Los divisores eran una figura legal; se encargaban de distribuir regalos del patrono entre los miembros de las tribus. Cuando alguien se convertía en candidato a unas elecciones, ya no era un patrono regular, pero podía seguir haciendo uso de esos divisores para que entregaran en su nombre sobornos electorales, una práctica totalmente ilegal.

92 A Cornelio.

93 A Pompeyo.

94 Los senadores.

95 Parece que el fragmento hace referencia a las revueltas que se produjeron cuando la propuesta de ley contra el soborno de Pisón se aprobó por un voto de diferencia; según Asconio, la revuelta la provocaron los divisores, enfadados y contrarios a la ley; Pisón tuvo que marcharse del foro y volvió a promulgar su ley defendido por guardaespaldas.

96 Es una expresión coloquial.

97 Parece que Cicerón quiere animar al jurado a que olvide toda la complejidad y los adornos del proceso y se centre en lo fundamental: la inocencia del acusado y su honestidad vital.

98 Va a nombrar a los cónsules del 66 que habían estado en el proceso previo y que habían apoyado a su defendido: Manio Emilio Lépido y Lucio Volcacio Tulo. Cicerón quiere recordar a sus oyentes que Cominio fue sólo un muñeco manejado por los optimates en el anterior proceso, igual que en el actual.

99 Cicerón insiste en que Cominio no se querelló después contra la masa o los responsables de los disturbios del 66 que interrumpieron el proceso previo contra Cornelio.

100 La utilización del término «lazo» no es muy frecuente en la oratoria ciceroniana (En defensa de Celio 71; Verrinas 2.2.102) y en este contexto parece tener un sentido bastante neutro, ya que Cicerón asume y plantea ante el auditorio las asechanzas y peligros que le supone la defensa y, al mismo tiempo, se muestra seguro de poderlas superar con la ayuda de su benevolencia; el fragmento podría pertenecer al exordio del discurso.

101 Este fragmento y los dos siguientes se refieren a la huída vergonzosa de los Cominios en el juicio previo contra Cornelio, pues tuvieron que escapar presionados por las turbas.

102 Cicerón parece animar a que se relean los documentos oficiales que relataban lo que sucedió en la revuelta de la que Cominio acusa a Cornelio.

103 El fragmento posiblemente pertenece a la narración, muy breve en este discurso, pues todos sabían bien lo que había sucedido y al orador no le pareció conveniente repetir todo el relato de los hechos.

104 Sigue el texto y la numeración fijados por la edición de C. L. Kayser y J. G. Baiter de 1869.

105 Según el comentario de Asconio, se refiere a Marco Lúculo y Mamerco Emilio Lépido, testigos de la acusación. Cicerón sugiere que su testimonio carece de valor, porque la defensa ya ha admitido todos los datos relevantes y la trayectoria política e ideológica de estos testigos les impide ser imparciales. La escasez de seguidores parece reforzar la imagen de falta de confianza en el testimonio que ofrecen.

106 Cicerón comienza a interrogar, uno a uno, a los testigos.

107 Fue uno de los líderes de la aristocracia romana y cónsul con Emilio Lépido en el 78.

108 Cicerón cita a los tribunos de la plebe más revolucionarios y odiados por los senadores para contraponerlos a la figura de Cornelio y retrasa al máximo el nombre del tío del testigo, el tribuno de la plebe Gneo Domicio Enobarbo, cuya magistratura, en el 104, se desarrolló sin un excesivo tinte revolucionario.

109 La pregunta es muy inteligente, ya que impide a Quinto Cátulo responder con dignidad: no puede contestar que es más apreciable la labor de su tío que la de Cornelio, porque eso le llevaría a mostrar de forma favorable los actos que, como tribuno, llevó a cabo su tío, actuaciones contrarias, en muchos casos, a los intereses senatoriales; pero, si responde que se ha de valorar más el de Cornelio, degrada la consideración pública de su familia.

110 Con este comentario, Cicerón compara a Domicio Enobarbo con Cornelio y busca que el jurado se plantee por qué Cátulo declara contra Cornelio cuando su tío actuó de forma muy semejante a la del acusado al favorecer con sus medidas, como tribuno de la plebe, la causa popular.

111 Cuando el colegio de los pontífices no eligió a Enobarbo, éste presentó la ley Domicia, que quitaba el poder de elección a los pontífices y se lo daba al pueblo que, agradecido, lo nombró pontífice.

112 Enobarbo acusó al cónsul del 109, Marco Junio Silano, de haber luchado en la guerra contra los cimbrios sin mandato del pueblo romano y de ser, con su derrota, responsable de las calamidades que Roma había sufrido en esta guerra. En realidad la acusación contra Silano era un asunto privado, pues el tribuno quería vengarse de una ofensa que Silano había cometido contra un amigo del tribuno.

113 Cicerón continúa comparando a Enobarbo con tribunos anteriores como Marco Terpolio, tribuno de la plebe en el 77, durante el consulado de Décimo Bruto y Mamerco Emilio Lépido.

114 Familias romanas de glorioso pasado y grandes riquezas.

115 Posiblemente con el primer nombre se refiera a Lucio Emilio Paulo Macedónico, uno de los más preclaros representantes de la nobleza romana y defensor de sus tradiciones, que llegó a ser cónsul en dos ocasiones y obtuvo un triunfo por su victoria sobre los ligures; Lucio Mumio Aqueo fue cónsul y obtuvo un triunfo tras haber destruido Corinto.

116 Ambos entregaron al tesoro público los inmensos botines de guerra que obtuvieron militarmente y pasaron sus vidas casi en la pobreza. La eficacia del ejemplo de estos dos personajes se basa en que, frente a su innegable semejanza (sus vidas son paralelas en honorabilidad, victorias militares, cargos políticos, generosidad hacia el Estado y desprecio personal hacia las riquezas), presentan una peculiaridad que los diferencia: una tendencia política distinta, pues Paulo era conservador y Mumio popular.

117 Posiblemente Cicerón se refiere a una improbable condena de Cornelio, un patriota romano, cuyo exilio sería, para él, la pena más terrible e injusta.

118 El uso de la dubitatio crea una atmósfera de expectación y sorpresa en el público; también es posible que Cicerón quiera que el acusador baje la guardia ante su indecisión y falta de claridad.

DISCURSO COMO CANDIDATO EN EL SENADO CONTRA SUS ADVERSARIOS GAYO ANTONIO Y LUCIO CATILINA


INTRODUCCIÓN

Este discurso, cuyo título completo, tal y como aparece en el texto de Asconio, es «Discurso como candidato pronunciado ante el senado contra sus adversarios Gayo Antonio y Lucio Catilina», es una invectiva pronunciada por Cicerón en el senado durante su candidatura a las elecciones consulares del 64. El discurso tiene como destinatarios a los dos principales competidores en la carrera electoral de Cicerón, Catilina y Antonio, pero, si los fragmentos que se conservan son un indicador fiable, el ataque se dirige, principalmente, contra Catilina. El aparente desequilibrio temático puede deberse a que Cicerón intuía que Antonio podía ser su colega o, simplemente, a que el orador valoraba la trayectoria política y vital de Catilina como un cúmulo de crímenes y horrores de extraordinaria gravedad para la estabilidad del Estado romano. En una invectiva tienen cabida todo tipo de descalificaciones, pero, en este discurso, la sucesión de horrores que se describen son especialmente detallados y numerosos. Cicerón tenía varias cuentas pendientes con Catilina y, en especial, dos sucesos que le afectaban personalmente: el adulterio de la vestal Fabia y el asesinato de Gratidiano.

Es posible que se tratara, en su origen, de un discurso poco extenso pues, una vez estudiado, parece que, a pesar de su carácter fragmentario, se ha conservado la mayor parte del texto; es como si sólo faltaran las partes que hilaban el discurso, que enlazaban los fragmentos que conocemos. La parte de la que tenemos menos texto corresponde a la peroración. Asconio no da información sobre la fuente de la que extrae los fragmentos que comenta, como hace en otras ocasiones, y quizás eso corrobore la hipótesis de que no se trataba de un texto tan extenso como para perderse en él.

Todos los fragmentos que se conservan de este discurso los proporciona el comentario de Asconio y, en la traducción y comentario, se seguirá el orden en el que él los presenta 1 . Quizás Asconio pudo alterar el orden en la presentación del discurso porque su objetivo, al hacer el comentario, era demostrar que Fenestella no tenía razón al decir que Cicerón había defendido a Catilina en el 65 cuando fue juzgado por extorsión, pero, en líneas generales, la sucesión de textos presentada por Asconio parece lógica y ordenada según las técnicas compositivas habituales en otros discursos de Cicerón.

El discurso se pronunció en el año 64, pocos días antes de que tuvieran lugar las elecciones consulares para el 63. La causa inmediata que lo provocó fue el veto del tribuno de la plebe Quinto Mucio Orestino a un decreto del senado que trataba de imponer castigos más severos que los que establecía la ley Acilia Calpurnia del 67 en los procesos de cohecho.

Los esfuerzos para luchar contra la corrupción electoral se habían ido sucediendo en los últimos años: la ley de Sila del 81, la iniciativa de Cornelio en el 67 y la ley del cónsul Pisón del 67, la ley Acilia Calpurnia, que establecía, como castigo para los infractores, multas, la expulsión del senado y la inhabilitación para ejercer un cargo público; el decreto senatorial del 65, al que se refiere este discurso, es un intento más que tampoco dio los resultados esperados. Ya durante el consulado de Cicerón la ley Tulia 2 endureció las penas de la ley Acilia, pues el castigo eran diez años de exilio y, además, prohibía a los candidatos a cargos públicos sufragar espectáculos en los dos años anteriores a la candidatura. En el desarrollo de la asamblea en la que se debatía la propuesta del senado, el tribuno Quinto Mucio Orestino, además de vetar el decreto, declaró que Cicerón no era un candidato digno al consulado y cuando al día siguiente se le preguntó a Cicerón qué opinaba de esa declaración del tribuno, el orador respondió con este discurso, probablemente improvisado, que más tarde puso por escrito y que dirigió contra sus dos principales adversarios en la carrera electoral. Catilina y Antonio respondieron a la invectiva con insultantes y violentas diatribas en las que atacaban, sobre todo, su condición de homo novus .

Cicerón tenía cuarenta y tres años y contaba con el masivo apoyo de toda la sociedad romana gracias a su exitosa carrera como abogado. Había sabido urdir una trama de importantes contactos y lazos de amistad entre caballeros y aliados, y tenía poderosos y acaudalados amigos (Pompeyo o Ático) en los puestos más importantes de la vida pública. Había superado los estadios previos de su carrera política con gran energía y entusiasmo, y en el desempeño de todos los cargos había demostrado una gran capacidad de gestión y honradez. Pero, a pesar de sus apoyos y de su demostrada capacidad, Cicerón era un homo novus y eso suponía una barrera importante, casi infranqueable, para conseguir el consulado. Que obtuviera el primer puesto en las elecciones se debió, quizás, en gran medida, a este discurso, en el que dejó clara la peligrosa naturaleza de sus competidores y planteó al senado el evidente peligro que supondría para Roma que fueran sus competidores, y no él, quienes ganaran esas elecciones. Además, Cicerón era considerado un hombre equilibrado, no un extremista, y toda la sociedad romana buscaba sosiego tras años de luchas civiles.

Lucio Sergio Catilina, el principal destinatario del discurso, era miembro de una aristocrática y arruinada familia de la nobleza romana que no había dado un cónsul a Roma durante los últimos trescientos años (el último Sergio que llegó a cónsul fue Gneo Sergio Fidenas en el 380) y uno de los objetivos de Catilina, cuando empezó su carrera, era restaurar la herencia política de su familia junto con su antigua situación económica. Comenzó desempeñando el cargo de tribuno o prefecto de las tropas auxiliares durante la guerra social a las órdenes del cónsul Gneo Pompeyo Estrabón en el 89. Apoyó a Lucio Cornelio Sila en la guerra civil entre los años 84 y 81 y, durante el gobierno de Cinna, permaneció en una segura situación política que le permitió, una vez que Sila regresó a Italia, renovar su apoyo al dictador sirviendo en su ejército con el cargo de cuestor. Se convirtió en un destacado miembro de la oligarquía y se benefició de las proscripciones.

Desde el 78 hasta el 74 sirvió con Publio Servilio Vatia en Cilicia y en el año 73 fue llevado a juicio acusado de adulterio con la vestal Fabia, que era medio hermana de la esposa de Cicerón. En esta ocasión, Quinto Lutacio Cátulo, líder de los optimates y cónsul del 78, testificó a favor de Catilina y obtuvo la absolución. En el 68 fue pretor y consiguió el gobierno de la provincia de África como propretor para los dos años siguientes. De vuelta en Roma, en el 66, intentó presentarse como candidato en las elecciones consulares. No se sabe con seguridad si su candidatura la presentó a los comicios ordinarios o a los extraordinarios que se convocaron después de que los cónsules electos fueran condenados 3 , pero el cónsul Lucio Volcacio Tulo se lo impidió alegando defectos de forma y Catilina abandonó, por ese año, sus aspiraciones.

Y es ahora cuando, según numerosas fuentes históricas, tuvo lugar la llamada «primera conjuración de Catilina»; pero, a pesar de las frecuentes referencias a este hecho, parece que todas ellas tienen como único origen los datos que proporciona el discurso que presentamos. Al parecer, Catilina, ofendido por no permitírsele el acceso al consulado, conspiró con Gneo Calpurnio Pisón y con los candidatos derrotados ese año para organizar una matanza de senadores y de los nuevos cónsules el mismo día en el que tomaran posesión de sus cargos; después, ellos mismos se nombrarían cónsules y Pisón sería enviado a Hispania para organizar la provincia. En esta conspiración Catilina actuaría como agente de Craso, quien, de haber triunfado el complot, habría sido nombrado dictador con Julio César como lugarteniente. No está claro del todo quién participó en la conjuración que, en cualquier caso, fracasó.

Ya en el 65, llegó a Roma una delegación de la provincia de África que denunció a Catilina en el senado por abuso de poder mientras ejercía su cargo de gobernador 4 y Catilina fue llevado de nuevo a juicio y recibió el apoyo de muchos de los hombres más distinguidos de Roma (incluso Cicerón consideró asumir su defensa). Una vez más, Catilina fue absuelto, pero su absolución no fue suficiente para borrar la sospecha de los crímenes y delitos que todos temían que hubiera podido cometer; la oligarquía decidió retirarle su apoyo y Catilina tuvo que pasar a la oposición con la protección de Craso. En esa ocasión fueron nombrados cónsules para el 64 Lucio Julio César y Gayo Marcio Fígulo; Catilina veía cómo el consulado se le escapaba de nuevo, y en las dos ocasiones por no admitirse formalmente su candidatura; por eso, esperaba las elecciones del 64 como la oportunidad que no podía dejar pasar.

En el verano del 64 Catilina era, junto con Antonio y Cicerón, uno de los tres candidatos con más posibilidades de triunfo. Pero a Catilina le amenazaba un nuevo proceso: ahora se trataba de una acusación por su intervención en las proscripciones silanas, aunque todavía no se había instruido el procedimiento y la acusación no era formal 5 ; por esta razón se admitió su candidatura y Cicerón, otro de los candidatos, esperaba que colaboraría con él en su campaña electoral. Había, además, otros cinco candidatos, de los cuales Gayo Antonio Híbrida (el tío de Marco Antonio) era el único rival serio. Se decía que Catilina y Antonio habían recibido el apoyo de César y Craso, que se habían unido para derrotar a Cicerón y que basaban gran parte de su campaña en el soborno.

Por su parte, el senado, para poner freno a los gastos incontrolables que la campaña electoral estaba ocasionando y a la clara ilegalidad de muchas de las actividades de los candidatos, propuso en ese momento que la ley vigente, la ley Acilia del 67, debería reforzarse con nuevas penas más severas para castigar el delito del soborno electoral; pero el decreto fue vetado por el tribuno Quinto Mucio Orestino. Cicerón se aprovechó de la indignación que había provocado el veto y pronunció este discurso en el que atacaba a sus dos rivales. Los optimates se asustaron porque la aristocracia romana temía los planes económicos de Catilina, que favorecían las reivindicaciones de la plebe y la cancelación completa de las deudas, y, a falta de un candidato más adecuado, apoyaron a Cicerón, a pesar de que era un homo novus , de quien se sabía que contaba con el apoyo de Pompeyo, y a pesar de las conexiones con el orden de los caballeros.

Pero después de las elecciones y a instancias del cuestor Marco Porcio Catón, los hombres que se habían beneficiado con las proscripciones de Sila fueron acusados de asesinato y su número era tan grande que los ediles se vieron obligados a ayudar a los pretores en su cargo y presidir parte de los juicios. Catilina fue acusado de asesinar a Marco Mario Gratidiano, un tribuno del 87, pariente de Cicerón, y de haber paseado la cabeza de éste por las calles de Roma; lo acusaban también de haber asesinado a muchos otros hombres notables de la ciudad como Quinto Cecilio, Marco Volumnio y Lucio Tanusio; lo acusaban además de haberse casado incestuosamente con su hija, después de deshacerse de su anterior esposa, de haber matado a un hijo de un matrimonio anterior e, incluso, de haber asesinado a su propio cuñado y de haber pedido su proscripción posteriormente a Sila para hacer de su muerte un acto legítimo. Entre los jueces estaba César, que presidió el tribunal; finalmente, el acusado fue absuelto y, aunque, como presidente del tribunal, César no era responsable del veredicto del jurado, sí es una prueba de que había hombres influyentes que trataban de preservar a Catilina como candidato. Libre, una vez más, para presentarse como candidato consular, en el año 63 volvió a sufrir una contundente derrota, esta vez a manos de Décimo Junio Silano y Lucio Licinio Murena. Catilina se dio cuenta entonces de que no iba a poder alcanzar por medios constitucionales la más alta magistratura del Estado, cumbre de sus ambiciones políticas.

El otro competidor en la carrera electoral era Marco Antonio Híbrida, segundo hijo de Marco Antonio, el orador, y tío del triunviro. Acompañó a Sila en la guerra contra Mitrídates y, cuando Sila regresó a Roma en el 83, él se quedó en Grecia con parte de la caballería y expolió Acaya; por ello fue llevado en el 76 ante el pretor Marco Terencio Varrón Lúculo y Gayo César, muy joven, actuó como defensor de los demandantes griegos. Cuando el pretor les dio la razón, Antonio llamó a los tribunos y alegó que se retiraba del caso porque no se le estaba tratando conforme a derecho. Antonio fue expulsado del senado en el 70 por los censores Lucio Gelio Publicóla y Gneo Cornelio Léntulo Clodiano, que esgrimían los abusos que Antonio había cometido contra los aliados, el haber despreciado el proceso del 76 y sus numerosas deudas; pero, a pesar de todo, al poco tiempo fue readmitido. Celebró su cargo de edil con muchísimo esplendor y en su pretura (en el 65) tuvo a Cicerón como colega quien, si hacemos caso a lo que nos dice en este discurso, lo apoyó para que ascendiera desde los últimos puestos al tercero. Durante su candidatura al consulado, al parecer, se alió con Catilina para, valiéndose del soborno, desbancar la candidatura de Cicerón.

Pocos días después de que se pronunciara este discurso se celebraron las elecciones y Cicerón resultó elegido en primer lugar y Antonio en segundo, como colega de Cicerón en el consulado. Catilina, una vez más, veía cómo se le escapaba el consulado y decidió que no lo volvería a intentar con medios legales: en ese momento comenzó la verdadera conjura de Catilina.

Estructura del discurso

El discurso no es un texto elaborado y cuidadosamente organizado en el gabinete de un orador, pero tampoco responde, como se verá en el análisis de su estructura, a una improvisación nacida al calor de un enfrentamiento personal en medio de unas elecciones. Mucio Orestino brindó al orador una oportunidad de oro para atacar a sus más peligrosos competidores en sus aspiraciones al consulado; el orador, con una sólida experiencia forense, supo aprovechar muy bien la ocasión que se le presentaba, pues el discurso convenció hasta tal punto a los senadores, que pudo ser el factor determinante en la obtención del primer puesto en la contienda electoral.

La exquisita estructura, basada en un aparente desorden, es un componente básico en la eficacia de la diatriba. Algunos comentaristas sugieren un orden diferente de los fragmentos del texto apoyándolo en una estructura quizás excesivamente marcada y clara 6 , poco adecuada para un discurso de las características de esta breve invectiva y que quizá no se ajuste a las necesidades oratorias impuestas por el momento complejo en el que se pronunció. En plena campaña electoral, con dos competidores con grandes posibilidades de éxito y posiblemente aliados en su contra, ante un senado receloso y con un tribuno que insiste en su condición de homo novus como serio impedimento para ser nombrado cónsul, Cicerón tiene que reaccionar con inteligencia: no puede contestar al tribuno con un discurso ordenado, bien estructurado, lógico y perfecto pero frío, sino con una respuesta que le permita desembarazarse de, al menos, uno de sus dos contrincantes y, además, asegurar su posición de candidato como hombre íntegro, capaz, con un pasado irreprochable, respetuoso con la tradición y defensor de los valores puramente romanos; por eso necesitaba un discurso rápido y de apariencia inocente: una invectiva encendida, pero medida, intensa pero ajustada, cuidadosamente organizada pero con aire de improvisación. Y Cicerón diseñó una red hábilmente tejida en la que cayeron, como en tantas ocasiones, sus presas codiciadas: Catilina y Antonio. El discurso logra atrapar la voluntad de los senadores, les infunde un miedo inespecífico y general, y les presenta la figura del salvador sereno, ordenado, tenaz, equilibrado y conciliador: su propia imagen, la que debía tener el perfecto candidato como cónsul de Roma.

La invectiva se abre con una primera parte —los seis primeros fragmentos— que presenta de forma rápida el tema que va a tratar y el orden que va a seguir; el segundo momento, el más extenso, llega hasta el antepenúltimo fragmento; consiste en el desarrollo sistemático de lo planteado y se articula en dos intervalos idénticos; el final —los dos últimos textos— está incompleto y sin datos suficientes para un estudio detallado.

Cicerón comienza el discurso afirmando con rotundidad que Catilina y Antonio están organizando sobornos para ganar las elecciones del 64. Si el texto empezaba realmente con estas palabras, se puede afirmar que Cicerón plantea a los oyentes una entrada brusca, in medias res , muy adecuada para una invectiva. La idea del soborno está utilizada con habilidad, pues todos recordaban el veto de Mucio a la propuesta del senado del día anterior: transmite la confusión y la falta de control del sistema electoral y refuerza la necesidad de una propuesta que mejore esta realidad. A continuación plantea los cargos contra Catilina y Antonio, sin mencionar sus nombres, utilizando una interrogativa retórica. El siguiente paso es atacar directamente a Catilina acusándole de no tener respeto alguno ni por el senado ni por los tribunales; vuelve entonces la vista a Antonio y lo acusa de ingratitud recordándole los favores que le hizo en su candidatura a pretor. El orador cierra la primera parte con una interpelación directa a Mucio, en la que reitera su honorabilidad y sus excelentes aptitudes para aspirar al consulado.

La segunda parte —el desarrollo de las acusaciones— se articula en dos momentos que tienen una estructura paralela y un contenido muy similar: comienza atacando a Catilina, en un texto amplio, y termina con un breve ataque a Antonio; después, vuelve a atacar a Catilina y se cierra con una alusión breve a Antonio. En el ataque inicial a Catilina lo acusa de estupro, asesinatos, expolios y violación de leyes y tribunales en una rápida sucesión que desarrolla con minuciosidad en la segunda parte de la ofensiva. A Antonio lo acusa primero de bandido, gladiador y auriga y, después, de desagradecido y de relacionarse con aurigas.

Los dos fragmentos finales, que posiblemente formaban parte de la peroración, insisten en la imagen de violencia oculta contra los fundamentos del Estado y en los posibles juicios y acusaciones que se están preparando contra amigos y apoyos de Catilina.

El discurso subraya tres temas: por un lado la participación de Catilina en el asesinato de ciudadanos durante las proscripciones silanas; el orador quiere recordar al senado la relación entre Catilina y Sila, y los horrores de las proscripciones en las que participó Catilina, que todos habían vivido y que todavía tenían en su memoria; la insistencia en esta cuestión es muy intensa y adopta formas variadas (alusiones a futuros juicios, imágenes de un asesinato concreto, referencias continuas a matanzas…). El segundo tema de la acusación, mucho menos recurrente y tratado con mayor sutileza y menor concreción, es el depravado comportamiento sexual de Catilina. Y como conclusión de estos ataques contra Catilina (y Antonio en menor medida) Cicerón insiste en que semejantes ciudadanos no pueden ni deben tener esperanza alguna de alcanzar el consulado por medios legítimos, aunque —insinúa— pueden valerse de una guerra de esclavos o gladiadores, de una conjura contra el Estado o pagar más al tribuno que interpuso el veto.

La utilización de interrogativas retóricas, la repetición e insistencia en los delitos de los que se acusa, el aparente desorden de la exposición son recursos formales que contribuyen a generar en el auditorio la sensación de desorden, de locura, de violencia, de falta de respeto a la paz y a la legalidad establecidas, de miedo ante la repetición de horrores que todos recordaban bien y ante los que se erguía la serenidad y la mesura de un candidato que, a pesar de ser un homo novus , podía enfrentarse a todos sus temores.

Bibliografía

a) Edición

El texto sobre el que hemos realizado nuestra traducción ha sido el fijado por A. C. Clark en su edición Q. Asconii Pediani Orationum Ciceronis Quinque Enarratio , Oxford Classical Texts, 1907.

b) Estudios y comentarios

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1 Igual que hacen editores como Baiter-Halm. Mueller y Schoell.

2 En defensa de Lucio Murena 46.

3 En el 65 los candidatos al consulado, Publio Antonio Paeto y Publio Cornelio Sila, no obtuvieron al magistratura debido a la corrupción del sistema electoral y, así, los otros dos principales candidatos, Lucio Manlio Torcuato y Lucio Aurelio Cota, fueron nombrados cónsules para el 65.

4 En la carta que Cicerón envía a Ático en la segunda quincena de julio del 65 (Cartas a Ático 1.2.1) le comenta que el jurado del proceso contra Catilina ya se había nombrado.

5 El proceso tuvo lugar unos meses después de las elecciones y el presidente del tribunal fue Julio César, de quien todos sabían que apoyaba al acusado (otros dos acusados juzgados con anterioridad y a los que en este discurso se hace referencia eran Lucio Luscio y Lucio Belieno, que resultaron condenados).

6 Sigonio, Kumaniecki, Crawford. La estructura que proponen es: un proemio, tres colloquia —basados en interrogativas retóricas directas— y una peroración.


Cicerón pronunció este discurso en el consulado de Lucio César y Gayo Fígulo 1 , un año después del que pronunció en defensa de Cornelio.

Argumento de Quinto Asconio Pediano

Cicerón tuvo seis competidores en su candidatura al consulado 2 : [73] dos patricios (Publio Sulpicio Galba 3 y Lucio Sergio Catilina); cuatro plebeyos, de los que dos eran nobles, Gayo Antonio, hijo del orador Marco Antonio, y Lucio Casio Longino 4 ; los otros dos, Quinto Cornificio y Gayo Licinio Sacerdote 5 , no habían sido los primeros en sus familias en ser candidatos a un cargo público. Cicerón era el único de todos los candidatos que procedía del orden ecuestre; durante su candidatura perdió a su padre. Los demás candidatos se comportaron de una forma razonable: Quinto Cornificio y Galba dieron la impresión de ser hombres respetables y decentes y de Sacerdote no se conocía maldad alguna; Casio, aunque en aquel momento parecía estúpido más que peligroso, pocos meses después, durante la conjura de Catilina se comprobó que había sido el autor de las más terribles proposiciones 6 . Así pues, estos cuatro estaban casi descartados. En cambio, Catilina y Antonio, aunque sus vidas eran, con mucho, las más escandalosas de todas, tenían [74] mucho poder. En efecto, los dos habían acordado impedir la elección de Cicerón como cónsul, puesto que contaban con el firme apoyo de Marco Craso y Gayo César 7 . Así pues, este discurso se pronunció únicamente contra Catilina y Antonio. La causa de que se le presentara a Cicerón la posibilidad de pronunciar un discurso de estas características en el senado fue la siguiente: como aumentara de día en día el soborno con fines electorales a causa de la osadía evidente de Catialina y Antonio, el senado había acordado que la ley contra el soborno 8 se endureciera con penas más severas; y a esta propuesta había interpuesto su veto el tribuno de la plebe Quinto Mucio Orestino. Entonces Cicerón, en medio de un senado profundamente disgustado por el veto, se puso en pie y arremetió contra el acuerdo establecido entre Antonio y Catilina pocos días antes de los comicios.

DISCURSO COMO CANDIDATO EN EL SENADO CONTRA SUS ADVERSARIOS GAYO ANTONIO Y LUCIO CATILINA 9

Afirmo, senadores, que Catilina y Antonio acudieron la pasada noche, junto con sus agentes 10 , a la casa de cierto noble bien conocido y habituado a las ganancias derivadas de este tipo de liberalidad.

Pues ¿a quién puede tener como amigo quien masacró a tantos ciudadanos romanos 11 , o como cliente quien dijo que él en su propia ciudad no podría enfrentarse con un extranjero en un juicio justo 12 ?

[75] Y no atendió al senado cuando, estando ausente, fue censurado con vuestras gravísimas imputaciones 13 .

[76] Cuán fuerte es el poder de los tribunales de justicia, lo aprendió cuando fue absuelto: si es que aquel proceso puede llamarse juicio o a ese veredicto, absolución 14 .

¿No sabes que yo fui nombrado primer pretor 15 y que a ti se te subió del último al tercer puesto gracias a la concesión de los demás aspirantes, a la unión de las centurias y, sobre todo, gracias a mi apoyo 16 ?

[77] Con dificultad entiendo, Quinto Mucio 17 , que tuvieses una opinión del pueblo romano tan negativa como para que ayer dijeras que yo no era digno del consulado 18 . ¿Por qué? ¿Es que el pueblo romano elegiría un defensor para él con menos esmero que tú para ti mismo? Pues, al acusarte de hurto Lucio Caleno, quisiste que, preferentemente, fuera yo el defensor de tus fortunas. ¿Puede el pueblo romano, llevado por tu consejo, rechazar como defensor de los más honestos asuntos al hombre, a cuya opinión tú recurriste en tu infame proceso? A menos que vayas a alegar que en esa circunstancia, cuando fuiste acusado de hurto por Lucio Caleno, te diste cuenta de que te fui de poca ayuda.

Se enlodó con todo tipo de estupros y delitos; se manchó de sangre con un asesinato nefario; expolió a los aliados; violó leyes, procesos, tribunales 19 .

¿Qué decir sobre cómo ultrajaste a la provincia? Pues no me atrevo a explicar cómo te comportaste allí, porque fuiste absuelto. Imagino que mintieron los caballeros romanos, que fue falsa la evidencia documental de la ciudad más honesta 20 , que mintió Quinto Metelo Pío, que mintió África. Supongo que aquellos jueces que te declararon inocente vieron algo en tu favor 21 . ¡Desgraciado que no te das cuenta de que en aquel juicio no se te absolvió sino que se te reservó para otro proceso más severo y un castigo aún mayor!

Dejó claro cuánto le importaba el pueblo, cuando, a la vista [78] del pueblo, cortó el cuello de un hombre especialmente popular 22 .

No puedo entender qué locura le empujó a despreciarme 23 . ¿Acaso pensó que yo lo iba a tolerar con serenidad? ¿No vio en el caso de su propio amigo, su más íntimo amigo, que yo ni siquiera pude tolerar con calma las afrentas hechas a otros 24 ?

El uno 25 , una vez vendido todo el ganado y habiendo asignado casi la totalidad de los pastos, retiene a los pastores con los que afirma que él, cuando lo desee, puede provocar una guerra de esclavos fugitivos de forma súbita.

El otro 26 indujo al que pudo para que prometiera inmediatamente al pueblo gladiadores aunque no estaba obligado a proporcionarlos; él, en persona, como candidato al consulado, los supervisó y no sólo los eligió, sino que, además, los compró y esto se hizo en presencia del pueblo romano 27 .

[79] Por lo tanto, incrementad, si os parece, el salario 28 de Quinto Mucio 29 para que continúe impidiendo la ley, como ha comenzado ya a obstruir la resolución del senado; pero lo que es yo, estoy satisfecho con esta ley 30 , gracias a la que hemos visto que dos cónsules designados 31 fueron condenados al mismo tiempo.

(14) Y por no hablar de ese hombre, un bandido cuando estaba en el ejército de Sila, un gladiador al entrar en la ciudad, un auriga en su triunfo 32 .

(15) ¿No es un prodigio y un portento que alguien como tú, Catilina, espere conseguir el consulado o tan siquiera piense en ello? ¿A quiénes se lo pides? ¿A los líderes de la ciudad, estos que, cuando Lucio Volcacio convocó una asamblea, ni siquiera quisieron que tuvieses la posibilidad de aspirar al consulado?

¿A los senadores, quienes, por su propia autoridad, te [80] habían arrancado todos tus honores y casi te entregaron, encadenado, a los africanos 33 ? ¿Al orden equestre, al que masacraste 34 ? ¿A la plebe, a la que tu crueldad le proporcionó un espectáculo de tal naturaleza que nadie te podría mirar sin un gemido o sin un recuerdo lleno de dolor 35 ?

Él en persona, en sus propias manos, esa cabeza 36 que todavía en aquellos momentos estaba llena de vida y de hálito la llevó ante Sila desde el Janículo hasta el templo de Apolo 37 . [81] ¿Qué puedes alegar en tu defensa que ellos no hayan dicho ya en la suya? Y con todo, aquellos dijeron muchas cosas que a ti no se te permitirá decir 38 .

Finalmente, aquellos pudieron negar y negaron; tú, ni siquiera dejaste la posibilidad de negar tu desvergüenza. Por esta razón, se podrá decir que se han celebrado juicios memorables si después de haber condenado a Luscio 39 mientras lo negaba todo, van a absolver a Catilina, aunque confesara 40 .

¿Es que posees la suficiente autoridad política como para [82] despreciarme y humillarme o se trata de esa otra reputación que te ganaste con tu comportamiento en el pasado, cuando has vivido de tal modo que no hubo lugar, por inviolable que fuera, en el que tu llegada no aportara un sacrilegio, incluso aunque no hubiera ningún delito 41 ?

Cada vez que se te sorprendía en adulterios, cada vez que tú mismo sorprendías a adúlteros, cuando en un mismo estupro te encontraste no sólo una esposa, sino también una hija 42 .

¿Qué voy a decir yo sobre cómo asolaste la provincia aunque todo el pueblo romano elevó un clamor contra ti y te ofreció resistencia? Pues no me atrevo a decir cómo te comportaste allí, porque has sido absuelto 43 .

Paso por alto aquel monstruoso intento tuyo 44 y aquel día tan amargo y luctuoso para el Estado cuando quisiste organizar la matanza de los optimates con Gneo Pisón 45 como cómplice (por no nombrar a ningún otro).

[83] ¿Es que has olvidado que tú, cuando éramos los dos candidatos a la pretura, me pediste que te cediera el primer lugar 46 ? Como suplicabas esto con mucha frecuencia y me lo exigías con la mayor desvergüenza ¿recuerdas que yo te contestaba que te comportabas de manera desvergonzada porque me pedías aquello que a ti nunca Bóculo 47 te había pedido?

Quienes, después de que no fueron capaces de cortar los nervios de ciudadanos romanos con el puñalito hispano 48 con el que lo habían intentado, están intentando clavar al mismo tiempo dos puñales 49 contra el Estado.

Sabed que este gladiador Licinio 50 ya se ha dejado crecer el cabello 51 debido a la información presentada en contra de Catilina… Quinto Curión 52 , un hombre con la dignidad de cuestor.


1 Lucio Julio César y Gayo Marcio Fígulo, en el 64.

2 Cicerón nombra a otros cuatro candidatos más que en el momento de pronunciar este discurso ya no estaban en las listas electorales: Cesonio, Aquilio Galo, Tito Aufidio y Lolio Palicano (Cartas a Ático 1.1.1).

3 Era un patricio del que Cicerón tenía una buena opinión, pero que carecía de la iniciativa personal necesaria para ser un buen cónsul (Verrinas 1.7.10; Sobre la respuesta de los arúspices 6).

4 Gayo Antonio era el segundo hijo del orador y tío de Marco Antonio, el tribuno; Lucio Casio Longino era pretor en el 66 y tuvo un comportamiento bastante vergonzoso al no presentarse en el primer proceso contra Cornelio.

5 Cornificio, uno de los jueces en el proceso contra Verres, siempre estuvo al lado de Cicerón y le ayudó a sofocar la conjura de Catilina. Licino Sacerdote, pretor del 75 que, cuando estuvo en Sicilia, realizó una gestión impecable y honrada a la que alude Cicerón en varias ocasiones poniéndolo como ejemplo ante Verres, que le sucedió en el gobierno de la isla.

6 Meses después de este discurso, se descubrió que era uno de los seguidores de Catilina que tenía como encargo prender fuego a Roma y negociar con los alóbroges; huyó de Roma y fue condenado a muerte sin estar presente (En defensa de P. Sila 13).

7 En el 64, a pesar de la buena gestión en el desempeño de su cargo de edil del año anterior, César era todavía muy joven y tenía deudas importantes: posiblemente Craso, en estos momentos, ya estaba intercambiando favores con Catilina, pero no en la medida que sugiere Asconio.

8 La ley Acilia Calpurnia del 67.

9 Sigue el orden y la numeración del texto de Asconio.

10 Era el agente o depositario a quien se confiaba el dinero para el soborno. Parece que Cicerón sugiere que Catilina y Antonio ya han depositado el dinero para los sobornos en manos de estos agentes y esperan el resultado de las elecciones para ver si deben pagar o no los sobornos acordados.

11 Catilina, durante las proscripciones, asesinó a ciudadanos romanos como Quinto Cecilio, Volumnio, Tantasio o Marco Mario Gratidiano.

12 Antonio, durante su estancia en Grecia como oficial de caballería con Sila en el 84, extorsionó a numerosos ciudadanos y fue acusado en el 76 ante el pretor Terencio Varrón Lúculo; cuando el pretor dio la razón a los demandantes griegos, Antonio reclamó diciendo que la resolución había sido injusta y que había que anular la pena que se le había impuesto; no se sabe qué se le respondió, pero en el 70 fue expulsado del senado por este motivo, por haber hecho caso omiso del proceso del 76 y por sus numerosas deudas.

13 Catilina parece haber despreciado las notas de censura que, en su ausencia, el senado romano había emitido contra él por su comportamiento en África como propretor en los años 67 y 66.

14 Cuando Catilina volvió de África, fue acusado de extorsión por Publio Clodio, pero resultó absuelto. Cicerón ironiza sobre este proceso, en el que se detectaron irregularidades, debidas —posiblemente— al soborno de los jueces.

15 El pretor urbano era el primero en rango y es el cargo que consiguió Cicerón.

16 Cicerón se queja de la ingratitud de Antonio.

17 Quinto Mucio Orestino era un tribuno de la plebe al que Cicerón defendió en algún momento de su carrera (quizás en el 65) y al que considera también ingrato.

18 Es posible que Cicerón cite frases concretas pronunciadas por el tribuno el día anterior y las reproduzca en estilo indirecto.

19 Cicerón hace una enumeración rápida de los puntos que va a tratar a continuación (aunque los desarrolla después en orden inverso): estupro, actos vergonzosos, asesinato, expolio, violación de los procedimientos legales.

20 Útica.

21 El orador intensifica la ironía para reforzar el argumento de que es imposible que un jurado pueda haber encontrado a Catilina inocente; la única explicación posible es que el jurado entendiera que mintieron los caballeros, la documentación presentada, Metelo y la propia África.

22 Se refiere a Marco Gratidiano, asesinado de forma brutal durante las proscripciones silanas por Catilina, que llevó su cabeza por toda la ciudad. Es un comentario breve pero muy cuidado: el políptoton —populum…populo…popularis — acentúa el contraste entre esta acción de Catilina y su candidatura a la más alta magistratura del pueblo romano.

23 Hay testimonio de los insultos que lanzó Catilina contra Cicerón en Salustio (Contra Catilina 31.7).

24 Posiblemente se refiere al caso de Verres y sus ofensas a los sicilianos.

25 No parece probable que en este comentario se refiera a Antonio, pues tenía grandes deudas y no podía mantener a una cuadrilla de pastores como ejército personal; se trataría, igual que en el fragmento que sigue, de un ejemplo genérico sobre cómo se podía amenazar soterradamente a un grupo político para influir en su votación. El efecto que, con esta alusión, pudo causar Cicerón en la audiencia era importante, pues todos tenían en la memoria la revuelta de Espartaco.

26 Quizá se refiere a Quinto Galio, candidato a la pretura en el 64 y acusado de cohecho por Calidio, que fue defendido por Cicerón y absuelto, ya que obtuvo el cargo de pretor para el 63, y, como pretor, presidió el proceso contra Cornelio (Bruto 80).

27 Es posible que, mientras preparaba su candidatura a pretor, Galio organizase este espectáculo de gladiadores (algo totalmente prohibido por la ley Calpurnia) alegando que lo hacía en honor a su padre recientemente fallecido.

28 Cicerón, con amargo sarcasmo y de forma directa, muestra a sus rivales el único camino que les queda: pagarle más a Mucio para que mantenga su veto a la propuesta de endurecimiento de las penas por soborno que establecía la ley Calpurnia; y a la ironía se une también una velada amenaza: la ley vigente es suficiente para condenar a quien practique el soborno electoral.

29 Quinto Mucio Orestilo pudo haber sido, para Catilina, pariente además de apoyo político, ya que su hermana Aurelia fue la mujer de Catilina. Los rumores decían que Aurelia al principio no quería casarse con Catilina porque éste tenía un hijo ya mayor de su anterior matrimonio y que el propio Catilina lo mató para poder casarse con ella (Cartas a los familiares 9.22).

30 La ley Acilia Calpurnia del 67.

31 Los dos cónsules fueron Publio Cornelio Sila y Publio Autronio Peto, quienes, antes de asumir su cargo, fueron acusados de soborno electoral por Lucio Aurelio Cota y Lucio Manlio Torcuato y, condenados, perdieron su nombramiento y sus acusadores fueron nombrados cónsules.

32 Se refiere a Antonio, al que califica de ladrón, porque, como oficial de la caballería silana, expolió Grecia; de gladiador, por el comportamiento que tuvo durante las proscripciones silanas, tras la victoria del dictador en el 82; de auriga, porque participó en una carrera de carros que tuvo lugar en los Juegos de la Victoria de Sila en el 82. Estos ataques breves y directos contra Antonio dejaban en la mente del auditorio la imagen de un hombre despreciable que, moralmente, lo inhabilitaba como candidato al consulado.

33 Catilina, durante sus dos años —67 y 66— como propretor en África, extorsionó la provincia de tal modo que en el año 65 los africanos enviaron embajadores para quejarse ante el senado de Roma de la conducta de Catilina; cuando anunció que iba a presentar su candidatura al consulado del 64, el cónsul Lucio Volcacio Tulo convocó una asamblea para decidir si debía ser admitida su candidatura; como en ese momento estaba acusado de concusión por los africanos, no se le permitió presentar la candidatura. Al término del proceso resultó absuelto, porque, aunque la mayoría de los senadores votaron en su contra, los votos de los caballeros y tribunos lo salvaron.

34 El orden ecuestre, en su mayor parte, había tomado partido por Cina frente a Sila; muchos fueron asesinados tras la victoria silana.

35 El orador, después de recorrer todos los escalones de la sociedad romana desde el cónsul hasta la plebe mostrando que Catilina no cuenta con apoyos en ninguno de ellos por sus deleznables acciones pasadas, se centra en el asesinato de Gratidiano, un crimen impropio del hombre que aspira a regir los destinos de Roma.

36 Cicerón dibuja el espectáculo de Catilina llevando en su mano la cabeza ensangrentada de Gratidiano desde el Janículo, cruzando la ciudad, hasta donde se encontraba Sila; la especificación de los lugares de partida y llegada que dibujaban el trayecto que siguió Catilina hasta llegar a su destino acentúa el dramatismo.

37 Es el templo de Apolo que estaba próximo a la puerta Carmenta, fuera del pomerio, entre el mercado de verdura y el Circo Flaminio.

38 Catilina se enfrentaba a la posibilidad de ser encausado por los asesinatos que había cometido durante las proscripciones silanas, igual que estaba sucediendo con otros sicarios silanos, y Cicerón afirma que Catilina no podría alegar nada en su defensa (como habían hecho otros) y que, inevitablemente, sería condenado.

39 Se trata del juicio contra un seguidor de Sila, Lucio Luscio, un centurión famoso por sus crímenes y por la riqueza que adquirió con ellos, que fue acusado y condenado en el 64.

40 Cicerón insiste en que Catilina no podría salir absuelto de un proceso criminal, pues su culpa es bien conocida y sólo podría indultarle un tribunal corrupto («memorable»).

41 Quizá se trate de una velada alusión al juicio por adulterio al que fue sometida la vestal Fabia, familiar de Terencia, la esposa de Cicerón, en el que estaba implicado Catilina; el acusador fue Clodio pero, tras la intervención de Quinto Cátulo, se retiraron los cargos; la absolución de Fabia fue resultado de los esfuerzos de Cicerón y, aunque en el texto no nombra a la vestal, insiste en su inocencia.

42 Se trata del rumor de que Catilina había cometido adulterio con una mujer que, después, fue su suegra, pues se casó con la hija.

43 Nuevamente hace referencia al expolio sistemático de Catilina en África y a su posterior proceso.

44 Cicerón espera hasta casi el final del discurso para asestar el golpe definitivo contra Catilina: lo acusa de haber organizado una trama para asesinar a senadores romanos; es posible que esta situación de tensión pueda relacionarse con los disturbios que rodearon la acusación y el juicio condenatorio de Gayo Manilio, tribuno de la plebe en el 66; incluir a Pisón, muerto en circunstancias sospechosas cuando se pronunció este discurso, intensifica el clima de tensión y miedo en la audiencia, pues corría el rumor de que Catilina y Pisón habían planeado asesinar a miembros del senado y algunos creen que, en esta conjura fallida, César y Craso también participaban.

45 Era un joven noble, derrochador y extravagante que se unió a Catilina y a quien el senado, para alejarlo de Roma, lo envió, como cuestor, a España, donde fue asesinado quizá por instigación de Pompeyo y Craso.

46 Cicerón recuerda, una vez más, que él fue el primer pretor y que Antonio le suplicó ayuda, un hecho conocido por todos y al que Cicerón alude sólo para abochornar a Antonio, pues en la petición no hay nada ilegal.

47 Bóculo era un auriga famoso del circo de Roma.

48 Se refiere a Gneo Pisón; el diminutivo intensifica la idea de que este joven disoluto era un elemento débil e incapaz manejado por quienes buscaban la perdición del Estado.

49 El término latino es sica , un puñal pequeño que utilizaban los alborotadores en Roma para amenazar la seguridad de los buenos ciudadanos; la simple mención de este tipo de arma generaba inquietud. De forma velada Cicerón identifica esos dos característicos puñales con los aspirantes al consulado: Catilina y Antonio.

50 No se sabe con seguridad quién era este Licinio: quizás el acusador de Catilina en el juicio del 73 o uno de los jueces corrompidos por Catilina en el 65 que facilitaron su absolución.

51 En Roma los acusados se dejaban crecer el pelo como señal de dolor para generar simpatía en el jurado. Parece que Cicerón quiere decir que un tal Licinio espera verse pronto implicado, de alguna manera, en un juicio contra Catilina para el que ya se habían presentado (o se iba a hacer pronto) datos e información.

52 Quinto Curión es posiblemente el seguidor y colaborador de Catilina, que fue expulsado del senado en el 70 por dilapidar su fortuna en el juego.

EN DEFENSA DE AULO LICINIO ARQUIAS


INTRODUCCIÓN

El defendido por Cicerón en este discurso era un griego que había nacido por el año 120 en Antioquía, la ciudad más importante de Siria, en el seno de una familia acomodada, por lo que recibió una esmerada educación 1 que le permitió, apoyado en sus habilidades naturales, crearse ya desde muy joven una fama como poeta que sobrepasaba los límites de su ciudad natal. Una de sus principales habilidades era la improvisación 2 y en esta capacidad Cicerón lo iguala con el poeta Antípater de Sidón, que podía con absoluta facilidad crear cuatro versos en cualquier metro sobre un tema dado en un momento concreto. Según Cicerón, sus contemporáneos consideraban los poemas escritos por Arquias como merecedores de la misma gloria que las obras de los antiguos poetas griegos.

En el 103 y, posiblemente debido a la complicada situación política del momento, Arquias, todavía muy joven, inició un largo viaje que lo apartó de su patria. Pasó por diversas ciudades de Asia, luego por Grecia y desde Grecia marchó a la zona de la Magna Grecia y llegó a Roma en el 102 en el consulado de Mario y Cátulo. Si creemos lo que nos cuenta Cicerón, el viaje de Arquias fue algo así como un paseo triunfal, pues en todas partes se le recibía con el mayor entusiasmo, especialmente en la Magna Grecia, en donde había un sustrato latino importante y su capacidad de improvisación se valoraba de forma especial 3 . La intensa actividad intelectual de esta zona de Italia aseguraba una cálida acogida a los hombres de letras, y los de Tarento, Regio, Nápoles y Locrio 4 concedieron a Arquias la ciudadanía y le rindieron honores públicos. Cuando Arquias llegó a Roma, su fama le precedía.

Roma disfrutaba, en esos momentos, de una confortable paz y las artes y las ciencias florecían por doquier. El gran impulso que el círculo de los Escipiones había dado a la cultura griega seguía vivo, y el mecenazgo de hombres de letras y artistas, en especial de griegos, estaba de moda entre las familias de la aristocracia. Muchos poetas, retóricos y filósofos griegos encontraron cobijo en las casas más nobles, y Arquias, en muy poco tiempo, intimó con las mejores familias de la aristocracia romana 5 : fue huésped de Cátulo, el cónsul del 102, y compuso un poema en su honor cantando el triunfo que él y su colega Mario habían conseguido sobre los cimbrios y los teutones. Pero sus patrones definitivos fueron los Lúculos, una familia a la que estuvo, durante toda su vida, muy unido.

Lucio Licinio Lúculo, el cabeza de familia, estaba ausente de Roma en el año 102, pues era propretor de Sicilia. Uno de sus hijos, Lucio, el vencedor sobre Mitrídates, fue un enamorado del mundo griego durante toda su vida y su otro hijo, Marco, también fue un hombre muy cercano al mundo cultural del momento. Cuando Lucio Licinio Lúculo, el padre, regresó de su propretura en Sicilia, fue juzgado y condenado por su falta de honradez en el desempeño de sus deberes. El caso fue tan escandaloso que, incluso Quinto Metelo Numídico, pariente suyo, se negó a presentarse como testigo de la defensa en su proceso. Sus hijos, llevados por el honorable sentimiento de deber filial, hicieron todo lo que estaba en sus manos para vengar la afrenta que su padre había sufrido y, por ello, iniciaron un proceso judicial contra el que había acusado a su padre: Servilio; posiblemente fuera para recoger testimonios para este proceso por lo que Marco Lúculo viajó a Sicilia, y en su viaje le acompañó Arquias. Cuando regresaron de Sicilia, se detuvieron en Heraclea 6 , una ciudad griega en el golfo de Tarento donde probablemente vivía exiliado el padre de Marco. Las ciudades romanas solían contar con un líder político romano como patrono oficial y es posible que hubiera una relación especial entre Heraclea y la familia de los Lúculos; quizá por eso la ciudad de Heraclea nombró ciudadano suyo a Arquias, como una prueba de respeto hacia sus protectores, los Lúculos, y aunque Arquias ya tenía el rango de ciudadano libre que le habían concedido varias ciudades italogriegas (algunas más importantes que Heraclea), él siempre se declaraba ciudadano de Heraclea para dejar claro el patronazgo de los Lúculos 7 .

A lo largo de su historia, Roma siempre estuvo bien dispuesta a conceder el derecho de ciudadanía a comunidades enteras, pero resultaba extraordinariamente difícil que un extranjero consiguiera la ciudadanía de forma individual. Al finalizar la guerra itálica, Roma concedió el derecho de ciudadanía a todos los itálicos. En el 90, Lucio Julio César 8 presentó una ley que concedía el derecho de ciudadanía a todas las ciudades de Italia con excepción de las que habían apoyado la rebelión contra Roma, siempre que estas comunidades dieran su consentimiento a que se les incorporara al grupo de ciudadanos romanos 9 . Arquias podía haber obtenido la ciudadanía por esta ley, pues él era ciudadano de Nápoles, Heraclea, Tarento y Regio. En el año 89 los tribunos Marco Plaucio Silvano y Gayo Papirio Carbón promulgaron la ley Plaucia Papiria, que concedía la ciudadanía a todos los que pudieran probar que sus nombres estaban inscritos en el censo de los ciudadanos de cualquier ciudad de Italia cuyas relaciones con Roma estuvieran reguladas por un tratado formal (foedus ), que los ciudadanos tuvieran domicilio en Italia y que, dentro de los sesenta días posteriores a la promulgación de la ley, hubieran inscrito sus nombres en los libros de uno de los pretores del año 10 . Arquias aseguraba que era ciudadano romano gracias a esta ley, pues se había presentado ante su buen amigo Quinto Metelo Pio 11 , uno de los pretores del 89, y éste había admitido su solicitud porque era ya un ciudadano de Heraclea y porque tenía un domicilio fijo en Roma. Arquias toma ahora el nombre de Aulo Licinio Arquias, porque era el nomen de la gens a la que pertenecían los Lúculos, y el poeta lo adoptó como hacían los esclavos, que solían adoptar el nombre de sus antiguos dueños y nuevos patronos, cuando sus amos les concedían la libertad.

Arquias estaba en Roma en el 89, pero desde el 86 al 70 estuvo fuera de Roma en el séquito de Lucio Lúculo 12 cuando el general partió para el este y estuvo con él hasta su muerte en el 59. Los nuevos ciudadanos no iban a aparecer en las listas del censo antes del 86, y en esos momentos Archias estaba en Asia con Lucio Lúculo, que era cuestor de Sila. En el 70 Archias todavía no había entrado en las listas del censo porque seguía en Asia con Lúculo, y en el 65 y en el 64 no hubo censo. Lo último que sabemos sobre Arquias es que estaba vivo en el 44 y que era ya un anciano.

Aunque Cicerón nos asegura que ni siquiera puede recordar el momento en el que conoció a Arquias y que desde su más tierna infancia el poeta fue para él un acicate para su dedicación a los estudios literarios, esta referencia es un mero recurso oratorio, pues desde el año 102 hasta el 88, Arquias vivió en medio del círculo de los optimates y es muy poco probable que Cicerón pudiera tener una relación muy cercana con el poeta. Lucio Lúculo estuvo en Roma en el 79 como edil, en el 78, como pretor y en el 74, como cónsul y, entre Lucio Lúculo y Cicerón nunca hubo una gran amistad, pues sus relaciones fueron siempre distantes, frías, educadas y fruto de sus intereses políticos.

Antes de que Cicerón pronunciara este discurso, Arquias había empezado un poema sobre un asunto que Cicerón consideraba de lo más noble y útil para el Estado: la represión de la conjura de Catilina 13 . Sin lugar a dudas, las causas que llevaron a Cicerón a asumir la defensa de Arquias fueron principalmente razones políticas, pero, al mismo tiempo, podemos entender con facilidad que Cicerón estuviera más que satisfecho de que se le presentara esta oportunidad de hacer al poeta deudor de su elocuencia, para poder forzarle así a completar con mayor rapidez el poema. Sabemos que Cicerón estaba disgustado con Arquias por la lentitud con la que avanzaba este poema, pues el poeta había dedicado su tiempo a cantar las hazañas de Lúculo en el este 14 y en escribir un poema en honor de los Metelos, sus grandes amigos. Y así, a finales del 62, después de que Cicerón le hubiera defendido en este proceso, el poema de Arquias sobre el consulado del orador no había avanzado nada. Cicerón ya había escrito él mismo un poema sobre su consulado; en este momento lo traduce al griego y se lo envía a Arquias, quien, según opina Cicerón, seguramente se desanimó y no completó su propio poema por la envidia que le produjo el poema que el orador había escrito 15 .

Durante veintisiete años después de la promulgación de la ley Plaucia Papiria (desde el 89 hasta el 62), Arquias disfrutó de los privilegios de la ciudadanía romana sin ningún problema, e hizo su testamento según lo estipulado por el derecho romano y seguro de que los tribunales lo reconocerían como tal; además, sólo los ciudadanos romanos con plenos derechos podían recibir herencias de ciudadanos romanos y Arquias las había recibido a lo largo de esos años. Lucio Lúculo también lo había reconocido como ciudadano romano al proponer al tesoro de Roma recompensas en favor de Arquias por los servicios que éste había prestado a Roma al acompañarle en su campaña militar por el este 16 .

Sin lugar a dudas, la acusación contra Arquias tenía una finalidad claramente política y se dirigía contra Lucio Lúculo, pues existía una intensa rivalidad entre los dos mejores generales del momento: Lucio Lúculo y Gneo Pompeyo. Esta rivalidad había nacido de su interés por conseguir, cada uno de ellos en exclusiva, el favor de Sila y se había acentuado tras la brillante carrera de Lúculo en el este; cuando Lúculo regresó a Roma, una gran parte del senado vio en él a la persona adecuada para que les librara de la tiranía que Pompeyo estaba ejerciendo sobre ellos. Los seguidores de cada uno de los dos líderes se enfrentaron muy a menudo y, aunque Lucio Lúculo no intervenía mucho en política, el miedo que le suscitaba a Pompeyo pudo ser la causa de que el general se arrojara a los brazos de César y Craso.

Es probable que la acusación contra Arquias fuera una escaramuza más de esta lucha sorda entre Pompeyo y Lúculo por el triunfo. En la Roma de estos momentos, uno de los recursos favoritos para molestar a un adversario político era iniciar acusaciones y procesos contra sus amigos, pues los enfrentamientos políticos se dirimían tanto en el senado o los comicios como en los tribunales. Había muchas asociaciones con grupos de espías perfectamente organizados y delatores que tenían conexiones, más o menos claras, con grupos políticos y vivían de los procesos judiciales de los que obtenían sustanciosas ganancias 17 .

Los enemigos de Lúculo utilizaron como arma arrojadiza contra Arquias la ley Papia; antes de esta ley, hubo otra, presentada por el tribuno Marco Junio Peno, que prohibía que los extranjeros se quedasen en Roma 18 . Este tipo de legislación era poco habitual en Roma, en donde los extranjeros normalmente recibían una buena acogida; en ocasiones, el senado, y por razones de Estado, solicitaba a sus magistrados la expulsión de Roma de algunos extranjeros y es en este ámbito en el que debemos entender este tipo de leyes. En el caso de la ley Papia, se buscaba expulsar de Roma al grupo de extranjeros liderado por Catilina y sus seguidores, que se había apoderado de las calles y del foro y que estaba haciendo muy difícil el control de Roma. La ley Papia era, en realidad, consecuencia de un importante movimiento contra la corrupción electoral que dio lugar a numerosas leyes y medidas contra el soborno.

En este proceso el acusador era un tal Gracio, un personaje al que sólo conocemos por este discurso. El papel de acusador en un proceso se consideraba en Roma inadecuado para un hombre con cierta distinción y categoría social. El abogado defensor, por el discurso que tenemos, no se tomó muy en serio la acusación. Lucio Lúculo y sus poderosas amistades podrían haber recurrido a los servicios de los más eminentes defensores, de haberlo considerado necesario. En una circunstancia similar, como fue el proceso contra Balbo, hombres como Pompeyo, Craso y Cicerón participaron en su defensa. En este juicio sólo estaba Cicerón, y que éste aceptara este encargo podía leerse como un signo claro de que el orador apoyaba y se adhería al grupo de Lúculo en el senado y que disentía de los partidarios de Pompeyo, quienes, a pesar de declararse conservadores y miembros del orden aristocrático, recurrían a las bandas organizadas y a la demagogia, recurso no muy del gusto del orador.

El partido aristocrático se ajustaba al orden y al gobierno institucionalmente establecidos y estaba representado en estos momentos por Lúculo y su grupo de senadores. Además de su inclinación personal por esta opción política, Cicerón tenía razones personales para asumir la defensa de Arquias, pues, desde que dejó su cargo de cónsul, se había visto atacado con fiereza por amigos y seguidores de Pompeyo, que mostraban su desacuerdo por el modo con el que Cicerón se había enfrentado a la conjura de Catilina. Habían intentado presentar a Pompeyo como dictador para castigar a Cicerón y al senado, un intento al que se puso fin gracias a las medidas extremas adoptadas por el senado.

La base de la acusación de Gracio se articulaba en dos principios: en primer lugar en que Arquias no podía presentar evidencia documental completa que probara su ciudadanía, y, en segundo lugar, en que Arquias nunca se había inscrito como ciudadano. Al parecer, Gracio no negaba que Arquias hubiera cumplido con las tres condiciones que establecía la ley Papia, pues tenía un domicilio en Roma, había dado su nombre al pretor en los sesenta días siguientes a la promulgación de la ley y su nombre estaba inscrito en los libros de registro de Metelo 19 , pero los archivos de Heraclea se habían perdido en un incendio durante las guerras sociales y Gracio afirmaba que la admisión de Arquias como ciudadano de Heraclea no podía probarse. Este cargo lo refutaron con facilidad los testimonios de la corporación de Heraclea y el testimonio del propio Marco Lúculo, que había sido testigo y había participado en las formalidades.

La otra objeción de Gracio se refería al censo, pero resultaba muy confusa, ya que Gracio no podía afirmar que aquel cuyo nombre no estuviera en el censo no fuera un ciudadano romano; si se admitía esto, entonces deberían haber sido despojados de sus derechos ciudadanos un gran número de romanos, pues entre el 86 y el 61 el censo sólo se revisó en una ocasión, en el 70. Posiblemente lo que Gracio quería decir era que había sólo dos caminos por los que Arquias podía haber alcanzado la ciudadanía romana como ciudadano de Heraclea: o bien al amparo de la ley Plaucia Papiria, o bien que hubiera pasado a formar parte de los ciudadanos romanos con el resto de los ciudadanos de Heraclea cuando ésta dejó de ser una ciudad federada y se convirtió en municipio con la ley Julia. Como Arquias no podía probar uno de los supuestos de la ley Plaucia Papiria, si adquirió la ciudadanía bajo la ley Julia, su nombre debería aparecer inscrito, pues cuando se concedía la ciudadanía a una ciudad entera, los censores acostumbraban a añadir toda la nueva población de ciudadanos al grupo de ciudadanos romanos, y el nombre de Arquias no figuraba inscrito en ninguna parte en la lista de los censores.

A esto Cicerón responde con soltura y claridad: Publio Licinio Craso y Lucio Julio César, los censores del 89, habían propuesto distribuir a los nuevos ciudadanos nombrados bajo la ley Julia en ocho tribus, pero estos censores dejaron su cargo sin ni siquiera haber comenzado su trabajo. La distribución la llevaron a cabo Lucio Marcio Filipo y Marco Perpena en el 86, pero en esta fecha Arquias estaba en el este con Lúculo. El siguiente censo se hizo en el 70 y Lúculo y Arquias estaban de nuevo en el este 20 . Cicerón no cree que merezca la pena mencionar que, aunque hubo censores en el 65 y el 64, no se hizo nada respecto al censo.

El caso contra Arquias no era grave, sino más bien molesto, engorroso y con escaso fundamento. En el caso de que Arquias hubiera resultado condenado, habría podido restablecer su condición de ciudadano con facilidad. Al parecer, Gracio no buscaba en su acusación que se condenara a Arquias por haber actuado como un ciudadano, sin serlo; lo que realmente buscaba era una declaración del jurado que exiliara al acusado de Roma y que obligara a Lúculo a separarse, aunque fuera de manera temporal, de su gran amigo Arquias.

No sabemos bien ante qué jurado se desarrolló este proceso. Si la ley no establecía un jurado especial para tratar temas de extranjería, es posible que el caso se presentara ante un jurado de maiestate , una calificación que cubría la traición, la sedición y la oposición al orden establecido. Quizás el proceso lo presidió Quinto Tulio Cicerón, hermano del orador. Quinto escribía poesía y admiraba el mundo cultural griego del que era un buen conocedor y, por lo tanto, seguramente fue un presidente proclive a admitir y disfrutar del discurso de su hermano sobre la literatura, un tema escasamente adecuado para tratarlo ante un tribunal, como el propio orador reconoce. Los miembros de este tribunal serían, por la ley de Cota 21 , senadores, caballeros y tribunos del tesoro.

En cuanto a la fecha en la que se pronunció el discurso, es probable que se trate del año 62, ya que en este año Quinto Tulio Cicerón fue pretor; el discurso deja claro que el consulado de Cicerón ya había terminado 22 , y si los censores del año 61 hubieran sido nombrados, se les habría mencionado. El elogio de Lucio Lúculo 23 , que parece eludir intencionadamente cualquier alusión a la carrera militar de Pompeyo en el este, quizás indica que se trata del año 62, pues en el 61 Cicerón intentaba ya reconciliarse con Pompeyo. El proceso posiblemente terminó con la absolución de Arquias, pero no tenemos noticias claras sobre ello. Un año más tarde, Cicerón, en una de sus cartas, se refiere con afecto al poeta y habla de que reside en Roma.

Este proceso, cualquiera que fuera su resultado, ha preservado el nombre del poeta Arquias aunque no nos hayan llegado sus obras; sabemos que escribió un poema dedicado a Gayo Mario sobre la guerra contra los cimbrios y que compuso otro a su patrono Lucio Lúculo sobre la guerra contra Mitrídates. Sabemos que también dedicó una obra —posiblemente un epigrama— al actor Quinto Roscio, a quien su nodriza encontró, cuando era un bebé y estaba en su cuna, con una serpiente enrollada en su cuerpo, un evento que se interpretó como una señal favorable de su posterior fama 24 .

El lector, tras la lectura de este discurso de Cicerón, percibe que se trata de un discurso «extraño», poco habitual en el estilo y la temática de otros discursos, pues la mayor parte tiene poco o nada que ver con el aspecto legal de la causa. Sin embargo, no debemos olvidar que un buen orador romano, en su discurso de defensa, para inclinar la voluntad de los jueces a favor de su cliente, tiene que utilizar todos los recursos, se ajusten o no de manera estricta al tema del proceso o a la costumbre y rutina judicial. Cuando Cicerón alude a los servicios que al Estado puede prestar un hombre de letras y los servicios que Arquias había prestado a Roma y qué pérdida supondría para la comunidad si se abandonara el estudio de las letras, si Arquias fuera expulsado de Roma, es un argumento que encaja perfectamente con las ideas romanas de la patria, del bien común, de la defensa de los principios que hacen grande al Estado. El patriotismo de un jurado romano era quizás uno de los puntos más sensibles que un buen abogado defensor podía tocar en favor de su defendido y, de hecho, la mayor parte de las digresiones de Cicerón, a veces irrelevantes en apariencia, en éste y en otros discursos, buscan apelar ante el jurado al sentido de la patria y de colectividad del pueblo romano.

Además, hay que tener en cuenta otra circunstancia: el discurso no es, casi con toda seguridad, el que Cicerón pronunció en realidad, sino una versión revisada y corregida años más tarde para ser publicada. Pues Cicerón, en los casos menos importantes, antes de pronunciar un discurso, elaboraba con gran cuidado y detenimiento el exordio y la peroración. Se aprendía estas dos partes de memoria y el resto del discurso (hechos, argumentos, contrargumentos…), simplemente lo organizaba en un esquema que luego completaba improvisando mientras transcurría la causa. Cuando preparaba sus discursos para la publicación, dejaba de lado parte de la argumentación más somera y básica, y elaboraba y expandía otras partes en las que trataba aspectos más generales.

El caso de Arquias es excepcional, pues los hechos eran claros y simples, y podría parecer que daban poco juego para introducir argumentos elaborados o dar paso a la erudición. Es como si Cicerón hubiera pensado que para que un asunto tan simple pudiera interesar de alguna manera a la posteridad, debería mostrar habilidad y maestría en tratar este tema de una manera extraordinaria; y el resultado es este discurso, tan especial y diferente, en defensa del poeta Arquias.

Estructura del discurso

La estructura del discurso se organiza en las siguientes partes:

a. Exordium : 1-3. Cicerón explica las causas por las que ha asumido la defensa de Arquias y se excusa de utilizar un estilo un poco apartado de la costumbre de los tribunales, pero ajustado a la defensa que va a realizar.

b. Propositio : 4. Es el planteamiento teórico de su defensa: Arquias sí es un ciudadano romano, pero es que si no lo fuera, tendría que haberse incluido en el censo de ciudadanos, dado su prestigio y autoridad.

c. Narratio : 5-7. Cicerón detalla la biografía del poeta.

d. Confirmatio : 8-11. Arquias había cumplido los requisitos legales para ser un ciudadano romano y se había inscrito en Heraclea, tenía domicilio en Roma y se presentó ante el pretor dentro del plazo marcado por la ley.

e. Refutatio : 12-30. Es la parte más extensa del discurso y en ella Cicerón defiende que, si Arquias no fuese un ciudadano romano, merecería serlo; a continuación va exponiendo todas las razones que justificarían la ciudadanía de Arquias.

f. Peroratio : 31-32. Vuelve a repetir los argumentos utilizados a lo largo del discurso, suplica a los jueces comprensión por el género oratorio que ha utilizado y solicita la protección para su defendido.

Nuestra edición

El texto sobre el que hemos realizado nuestra traducción ha sido el establecido por A. C. Clark en su edición M. Tulli Ciceronis Orationes de la colección Oxford Classical Texts :

CICERONIS , Pro Tullio, Pro Fonteio, Pro Sulla, Pro Archia, Pro Plancio, Pro Scauro , ed. A. C. Clark, vol. 6, 1911.

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1 En defensa de Aulo Licinio Arquias 4.

2 En defensa de Aulo Licinio Arquias 18.

3 Fruto de la capacidad del pueblo itálico para la improvisación son las formas literarias más propiamente latinas como los versos fesceninos, las sátiras, los mimos y las fábulas atelanas.

4 En defensa de Aulo Licinio Arquias 5 y 10.

5 En defensa de Aulo Licinio Arquias 6.

6 Agri en la actualidad; era una ciudad federada, pues sus habitantes tenían un pacto de igualdad (foedere aequo) con Roma, lo que les confería casi los mismos derechos (aequo iure) de los que disfrutaban los romanos.

7 En defensa de Aulo Licinio Arquias 10.

8 Padre del dictador.

9 En defensa de Lucio Cornelio Balbo 21.

10 En defensa de Aulo Licinio Arquias 7.

11 En defensa de Aulo Licinio Arquias 7 y 26.

12 En defensa de Aulo Licinio Arquias 11.

13 En defensa de Aulo Licinio Arquias 28.

14 En defensa de Aulo Licinio Arquias 21; Cartas a Ático 1.16.15.

15 Cartas a Ático 1.20.6.

16 En defensa de Aulo Licinio Arquias 11.

17 En defensa de P. Sila 70; En defensa de Lucio Murena 49.

18 Se trataba de la ley de Escévola y Craso (Sobre los deberes 3.47), que sólo afectaba a aquellos extranjeros que se hubieran inscrito erróneamente en el censo de ciudadanos.

19 En defensa de Aulo Licinio Arquias 9.

20 En defensa de Aulo Licinio Arquias 8.

21 Del año 70.

22 En defensa de Aulo Licinio Arquias 28.

23 En defensa de Aulo Licinio Arquias 21.

24 De la adivinación 1.79.


EN DEFENSA DE AULO LICINIO ARQUIAS

Si algún talento poseo, jueces, cuyos límites bien conozco, [1] [1 ] o si tengo cierta práctica oratoria en la que no niego que estoy un poco versado, o si sobre este asunto tengo algún conocimiento 1 adquirido con el estudio y el aprendizaje constante de las artes liberales (de las que, confieso, no me he apartado en ningún momento de mi vida) quizá sea este Aulo Licinio 2 quien con más derecho debe reclamarme el fruto de esto.

Pues hasta donde mi memoria puede remontarse en el pasado y evocar el último recuerdo de mi niñez, cuando rememoro desde ese momento hasta el día de hoy, veo que es él quien se alza como mi guía, para emprender e incluso para profundizar en estos estudios. Y si esta voz, adiestrada por sus exhortaciones y preceptos, supuso la salvación para algunos, es justamente a aquel que me mostró la forma de ayudar a los demás y de salvar a muchos, a quien debo, en la medida de mis posibilidades, ayudar y salvar.

[2] Y para que nadie se extrañe de que yo me exprese en estos términos 3 porque crea que en Arquias se manifiesta otro tipo de talento distinto a la oratoria, debo decir que yo tampoco me he dedicado nunca, de forma exclusiva, a estos estudios 4 , pues todas las artes que atañen a la formación integral del hombre poseen una especie de vínculo común y se encuentran ligadas entre sí como por un parentesco. [2 ] [3] Pero para que a ninguno de vosotros os cause extrañeza que en un tribunal legal y en un proceso público, cuando la vista tiene lugar ante un hombre tan sumamente distinguido como lo es un pretor del pueblo romano, ante tan justos jueces y en presencia de tan nutrida concurrencia, yo emplee un estilo oratorio que se aparta no sólo de las costumbres judiciales, sino incluso de la oratoria forense 5 , os ruego que, en este proceso, me concedáis una venia en consonancia con este acusado, venia que, así lo espero, no os ha de resultar desagradable; que cuando hable en defensa de tan eximio poeta y eruditísimo varón, ante esta audiencia tan sumamente culta, ante vosotros, jueces tan cultivados y, finalmente, ante este pretor que preside el proceso 6 , se me permita hablar con mayor extensión de lo habitual sobre la cultura y las letras y que, al tratarse de un hombre cuya vida tranquila y estudiosa lo mantuvo por entero alejado de los peligros de los pleitos, pueda yo utilizar un estilo oratorio en cierto modo nuevo e inusual. Y si veo que me otorgáis y concedéis [4] esta licencia, conseguiré, sin duda, que admitáis que este Aulo Licinio no sólo no debe ser excluido de las listas de ciudadanos, pues legalmente es un ciudadano, sino que, incluso, si no lo fuera, deberíais incluirlo en ellas.

Pues Arquias, tan pronto como salió de la infancia y, tras [3 ] terminar aquellos estudios en los que se instruye a los niños para lograr su formación integral, se entregó a su afición por la escritura; primero lo hizo en Antioquía 7 (pues había nacido allí en una ilustre familia), una ciudad, en otros tiempos, populosa y rica, centro de los hombres más instruidos y de numerosos estudios literarios, donde muy pronto empezó a aventajar a todos por la fama de su talento; después, en los demás lugares de Asia y en toda Grecia, su llegada se celebraba con tal entusiasmo que la curiosidad por verlo superaba la fama de su talento, y la admiración que suscitaba su persona cuando llegaba superaba la expectación inicial.

Estaba Italia, en esos momentos, invadida por las artes y [5] disciplinas griegas 8 y, aunque estos estudios se seguían entonces en el Lacio con mayor entusiasmo del que sienten estas mismas ciudades en la actualidad, tampoco se descuidaban aquí, en Roma, debido a la tranquilidad de la que disfrutaba el Estado. Y así, los habitantes de Tarento, los de Lócrida, los de Regio y Nápoles 9 concedieron a Arquias el derecho de ciudadanía y las demás distinciones; y todos cuantos, de algún modo, podían apreciar su talento, lo consideraron digno de su reconocimiento y hospitalidad. Cuando tan gran celebridad de su fama logró que lo conocieran incluso quienes nunca lo habían visto, vino a Roma durante el consulado de Mario y Cátulo 10 . En primer lugar, encontró unos cónsules que podían ofrecerle el uno, grandes hazañas para su pluma 11 y el otro, no sólo empresas gloriosas, sino también, una opinión fundada y buen gusto 12 . Inmediatamente después, aunque Arquias era todavía un joven de toga pretexta 13 , los Lúculos lo acogieron en su casa. No sólo era prueba de su talento y erudición, sino también de su honradez y virtud el que la casa que primero lo acogió en su juventud seguía siendo para él la más querida y cercana en su vejez.

En aquellos tiempos resultaba especialmente agradable al [6] famoso Quinto Metelo Numídico y a su hijo Pío; escuchaba sus obras Marco Emilio 14 ; las puertas de la casa de Quinto Cátulo y las de su hijo estaban siempre abiertas para él; Lucio Craso 15 cultivaba su amistad y, como los Lúculos, además de Druso 16 y los Octavios 17 , Catón y toda la familia de los Hortensio estuvieron fuertemente ligados a él por lazos de amistad. Gozaba de la máxima consideración, pues no sólo lo estimaban quienes deseaban aprender y escucharle 18 , sino también quienes quizá lo aparentaban.

Tras un prolongado lapso de tiempo, Arquias marchó a [4 ] Sicilia con Marco Lúculo y, cuando regresó con él de esa misma provincia, se dirigió a Heraclea 19 . Como esta ciudad gozaba de grandes privilegios y estaba federada a Roma, quiso inscribirse en ella como ciudadano y lo consiguió ante los de Heraclea, no sólo porque sus cualidades personales le hicieron merecedor de ello, sino también por el prestigio y la influencia de Lúculo.

El derecho de ciudadanía se le concedió al amparo de la ley [7] de Silvano y Carbón 20 : «Se les otorgará el derecho de ciudadanía a quienes se encuentren inscritos en ciudades aliadas siempre que, en el momento de promulgarse la ley, tuvieran domicilio en Italia y en el plazo de sesenta días se hubieran presentado ante el pretor». Como Arquias estaba domiciliado en Roma desde hacía ya muchos años, se presentó ante el pretor Quinto Metelo, íntimo amigo suyo.

[8] Nada más tengo que decir, si sólo se trata del derecho de ciudadanía y del cumplimiento de la ley: mi defensa ha terminado. Pues ¿qué puede refutar Gracio de todo esto? ¿Es que vas a negar que en ese momento estuviera inscrito en Heraclea? Aquí está Marco Lúculo, un hombre de la máxima solvencia, escrupulosidad y rectitud 21 que afirma no que lo supone, sino que lo sabe, no que lo había oído, sino que lo había visto, no que había estado simplemente presente, sino que él mismo lo había llevado a cabo. Están aquí los legados de Heraclea, hombres muy distinguidos que han venido expresamente para este proceso con el encargo de testificar públicamente que Arquias había sido inscrito como ciudadano de Heraclea. Y en esta situación ¿tú solicitas los registros públicos de los heraclenses, unos registros que, como todos sabemos, desaparecieron en el incendio del archivo que tuvo lugar durante la guerra itálica 22 ?

Es ridículo no decir nada ante las pruebas que tenemos y pedir las que no podemos tener; enmudecer ante el testimonio de personas y reclamar el testimonio de los escritos y, para terminar, cuando se cuenta con la garantía de un hombre tan sumamente notable, con el juramento y la declaración de un municipio tan irreprochable, rechazar unas pruebas que, en modo alguno, pueden falsearse y reclamar unos registros que, como tú mismo reconoces, suelen estar falsificados.

[9] ¿Es que no tuvo domicilio en Roma quien, tantos años antes de que se le concediera el derecho de ciudadanía, fijó en Roma el asiento de todos sus negocios y fortuna? ¿Es que no hizo la declaración? Ya lo creo que la hizo y, de todas las declaraciones presentadas en ese momento ante el colegio de pretores, la suya fue la única apoyada por una documentación que poseía todo el peso de la ratificación oficial.

En efecto, se decía que los registros de Apio 23 se llevaban [5 ] con bastante negligencia, y que los de Gabinio 24 habían quedado privados de toda autoridad por la imprudencia con la que desempeñó su cargo y por el descrédito que sufrió tras la condena; Metelo, en cambio, una persona escrupulosa y mesurada en extremo, procedió tan solícitamente que se presentó ante el pretor Lucio Léntulo y ante los jueces y les comunicó que estaba profundamente consternado por la raspadura de un solo nombre. Pues bien, no veis en estos registros ninguna raspadura en el nombre de Aulo Licinio.

Y siendo así, ¿qué motivo hay que os haga dudar sobre su [10] derecho de ciudadanía, sobre todo cuando también estuvo adscrito en otras ciudades? Cuando en la Magna Grecia concedían fácilmente el derecho de ciudadanía a muchos mediocres sin ocupación o de muy bajo oficio, ¿es creíble que los de Regio, Lócrida, Nápoles o Tarento hayan negado a Arquias, dotado de la mayor gloria del talento, aquello que acostumbraban a regalar a los cómicos 25 ? ¿Y qué? Mientras los demás consiguieron, de algún modo, inscribirse en los registros de esos municipios, no sólo tras la concesión de la ciudadanía, sino incluso una vez promulgada la ley Papia 26 ¿éste, que ni siquiera recurre a esos registros en los que fue inscrito porque siempre quiso ser heraclense, va a ser rechazado?

[11] Investigas nuestros censos. Naturalmente 27 . Es todo un secreto que en el último censo él estaba en el ejército acompañando al famosísimo general Lucio Lúculo; que en los anteriores estuvo en Asia con el mismo Lúculo que era entonces cuestor; que en la época de los primeros censores, Julio y Craso 28 , no se llevó a cabo censo alguno en el pueblo romano 29 . Pero ya que el censo no garantiza el derecho de ciudadanía y sólo es indicio de que quien está en él ya se ha comportado como un ciudadano, en esos momentos, éste a quien tú acusas de que, ni siquiera en su propio entender, estaba incluido en el derecho de los ciudadanos romanos, no sólo otorgó testamento en repetidas ocasiones según nuestras leyes y aceptó herencias de ciudadanos romanos, sino que también Lucio Lúculo, entonces procónsul, lo incluyó en el erario como merecedor de gratificaciones 30 . Busca argumentos, si es que puedes; pues Arquias jamás quedará convicto ni por confesión propia, ni por la de sus amigos.

Me preguntas, Gracio, por qué me agrada tanto este hombre. [12] [6 ] Porque le ofrece a mi espíritu la posibilidad de reponerse del bullicio del foro y a mis oídos, fatigados por los debates, el descanso que necesitan; ¿o es que piensas que podría bastarnos lo que diariamente decimos en asuntos tan dispares, si no cultivásemos nuestras almas con el estudio, o que nuestras almas soportarían un esfuerzo tan grande si no las relajásemos con este estudio? Por lo que a mí respecta, confieso que yo sí me he entregado a estos estudios. Que se avergüencen los demás si se encerraron en las letras de tal manera que no pueden aportar ventaja alguna al bien común o exponerlo a la luz pública. Pero lo que es yo, ¿de qué me voy a avergonzar si, desde hace tantos años, llevo una vida tal que en ella jamás ni el descanso me ha apartado o mi placer me ha distraído, o, en fin, el sueño me ha retrasado de las causas que implicaban riesgo o defensa de alguien?

Por lo tanto ¿quién podrá censurarme o quién me va a reprochar [13] con motivo, si, para entregarme a estos estudios, he utilizado el mismo tiempo que se concede a los demás para atender sus negocios, para dedicarse al juego en los días de fiesta o para otros placeres y para el descanso del espíritu y del cuerpo o el tiempo, en fin, que los demás gastan en interminables banquetes o en jugar a los dados 31 o a la pelota? Y esto se me debe conceder tanto más cuanto que con tales estudios se incrementan mis dotes oratorias que, en la medida en que las tengo, jamás han faltado a mis amigos en los momentos de peligro. Si a alguien le parecen de escaso valor, bien sé yo en qué fuente bebo cuanto de insigne hay en ellas.

Pues si desde mi juventud los preceptos y la multitud de [14] obras de numerosos autores 32 no me hubieran convencido de que no hay que ambicionar intensamente en la vida nada que no sea la gloria y el honor y de que, para alcanzarlos, deben estimarse en poco todos los tormentos físicos y todos los riesgos de muerte y exilio, jamás, por salvaros, me habría expuesto yo a tantos y tan terribles enfrentamientos y a estos cotidianos ataques de personas tan perversas. Pero todos los libros, los consejos de los sabios y la antigüedad están llenos de ejemplos; ejemplos que quedarían en la oscuridad si la luz de las letras no los iluminara. ¡Cuántos semblantes de nobilísimos personajes escritores griegos, e incluso latinos, nos dejaron modelados no ya para admirarlos, sino, sobre todo, para imitarlos! Teniéndolos en todo momento en mi mente en el desempeño de mis funciones públicas, moldeaba yo mis sentimientos e ideas precisamente con la reflexión que me sugerían hombres tan insignes.

[7 ] [15] Y alguien preguntará: «¿Cómo? ¿Es que esos mismos hombres tan ilustres, cuyos valores han relatado los libros, se formaron en esa doctrina que tú tanto ensalzas?». Es difícil asegurar esto de todos, pero, no obstante, lo que voy a responder es indudable. Reconozco que ha habido muchos hombres sin instrucción y con una disposición y unos valores excelentes y que ha habido hombres que, por sí mismos, fueron moderados e incluso firmes, gracias a un instinto natural, casi divino. Es más, añado que, para alcanzar la gloria y la virtud, con más frecuencia ha servido la buena disposición natural sin instrucción, que la instrucción sin la disposición natural. Y, cuando el método y la formación constantes se añaden a una disposición natural distinguida y brillante, entonces yo, personalmente, sostengo que suele producirse un no sé qué grandioso y especial.

En este grupo de personajes se encontraba un hombre divino, [16] el Africano 33 , a quien nuestros antepasados llegaron a conocer. En este grupo estaban igualmente Gayo Lelio y Lucio Furio 34 , hombres sumamente moderados y prudentes; en este grupo también estaba Marco Catón el Viejo 35 , el hombre más valiente y sabio de su momento; y en verdad, si en nada les hubieran ayudado las letras para el conocimiento y la práctica de la virtud, todos ellos jamás se habrían dedicado a su estudio. Y si este fruto tan importante no se manifestase externamente y si sólo se buscara en tales estudios el placer espiritual, a pesar de ello, creo yo, deberíais considerar este recreo del espíritu como el más propio del hombre y de un ciudadano libre. Pues otros placeres no son adecuados a todas las épocas, ni a todas las edades y lugares; en cambio, estos estudios educan la juventud, deleitan la madurez, realzan los momentos felices, ofrecen refugio y consuelo en la adversidad, satisfacen en casa, no estorban fuera, velan y viajan con nosotros, nos acompañan en el campo.

Y aunque personalmente no pudiéramos abordar estos estudios [17] [8 ] ni saborearlos para nuestro deleite, sin embargo, deberíamos admirarlos, incluso, cuando los vemos en otros. ¿Quién de nosotros es tan rudo e insensible en su corazón que no se haya conmovido con la reciente muerte de Roscio 36 ? Éste, aunque ha muerto anciano, sin embargo, debido a su extraordinario talento artístico y a su encanto, parecía que, de ninguna manera, tendría que morir. Si él, sólo con sus ademanes corporales había conseguido el afecto de todos nosotros, ¿vamos a desdeñar los increíbles movimientos espirituales y la agilidad intelectual?

[18] ¡Cuántas veces he visto yo a este Arquias, jueces, (pues voy a aprovechar vuestra buena disposición, ya que me estáis escuchando con tanta atención en este discurso de inusitado estilo), cuántas veces, repito, lo he visto improvisar, sin haber escrito una sola letra, un gran número de excelentes versos sobre temas que en esos momentos se estaban tratando! ¡Cuántas veces, al rogarle que repitiese, lo he visto repetir lo mismo cambiando las palabras y las ideas! En cuanto a las composiciones que realmente había escrito con esmero y reflexión he comprobado que se elogiaban con tal ardor que se ponían al nivel de la estima que generaban las de los autores clásicos. ¿No voy a apreciar yo a éste, no lo voy a admirar, no voy a pensar que tengo la obligación de defenderlo por todos los medios posibles? Y así hemos aprendido de hombres muy eminentes y sumamente eruditos que el estudio de lo demás requiere conocimiento, preceptos y método y que, en cambio, el poeta destaca por su propia naturaleza, lo impulsa la fuerza de su inteligencia y lo inspira un espíritu casi divino. Por eso, nuestro famoso Ennio 37 , con toda la razón, llama «sagrados» a los poetas, porque, en cierto modo, parece que se nos han concedido como una dádiva y un favor de los dioses.

Sea pues, jueces, sagrado para vosotros, hombres sumamente [19] cultivados, este nombre de «poeta» que ningún pueblo bárbaro profanó jamás. Rocas y desiertos responden a su voz; a menudo, las feroces bestias se amansan y se detienen con su canto 38 . ¿Es que a nosotros, instruidos en lo más selecto, no nos va a conmover la voz de los poetas? Los de Colofón afirman que Homero es conciudadano suyo, los de Quíos lo reivindican como suyo, los de Salamina lo reclaman, los de Esmirna 39 prueban que les pertenece y hasta le han erigido un templo en su ciudad. Y además, muchos otros discuten y pelean entre ellos.

De manera que aquellos reclaman a un extranjero, incluso [9 ] después de muerto, porque fue poeta 40 y nosotros a éste, que está vivo, que tanto por voluntad propia como por las leyes, es de los nuestros, ¿vamos a repudiarlo y, sobre todo, después de que, desde hace tiempo, Arquias ha dedicado todo su afán y talento a divulgar la gloria y las hazañas del pueblo romano? En su juventud abordó el tema de las guerras de los cimbrios e incluso consiguió agradar al mismo Mario, que parecía poco aficionado a estos estudios.

Pues no hay nadie, en verdad, tan hostil a las musas que no [20] permita con agrado que se encomiende a unos versos el elogio inmortal de sus hazañas. Se dice que el famoso Temístocles 41 , el más excelso varón de Atenas, cuando le preguntaron qué canto o qué voz escucharía con más agrado, había respondido «que la de quien mejor elogiase su valor». También el mismo Mario estimó en gran medida a Lucio Plocio 42 con cuyo talento creía que podían celebrarse sus hazañas.

[21] Pues bien, Arquias ha cantado en su totalidad la guerra de Mitrídates, tan larga y tan difícil, con tan variada fortuna en su desarrollo por mar y por tierra. Estos libros no se limitan a enaltecer a Lucio Lúculo, hombre de enorme valor y sumamente notable, sino que, de forma especial, al nombre del pueblo romano. En efecto, el pueblo romano a las órdenes de Lúculo abrió el Ponto, cerrado hasta ese momento por las defensas de los reyes y por las condiciones naturales del terreno; el ejército del pueblo romano, con este mismo general, derrotó a las innumerables huestes de los armenios con un reducido número de soldados; es gloria del pueblo romano que la ciudad de Cízico 43 , nuestra fidelísima aliada, gracias a la prudencia del mismo Lúculo, se salvó y se preservó de los ataques del rey y de las fauces abiertas de la guerra; como nuestra será también cantada y elogiada aquella increíble batalla naval junto a Ténedos 44 , cuando a las órdenes del propio Lúculo, fue hundida la flota enemiga tras la muerte de sus generales. Son nuestros los trofeos, nuestros los monumentos, nuestros los triunfos; los genios que cantan estas hazañas celebran la gloria del pueblo romano.

El primer Escipión Africano apreció a nuestro Ennio hasta [22] el punto de que, incluso, se cree que en el sepulcro de los Escipiones 45 figuraba una estatua suya de mármol. Pero, en verdad, con tales alabanzas, no sólo se enaltece al elogiado, sino también el propio nombre del pueblo romano. Al poner por las nubes a Catón, bisabuelo de éste, rinde los mayores honores a las hazañas del pueblo romano; y para terminar, todos aquellos Máximos, Marcelos, Fulvios 46 son elogiados y, con ellos, en una alabanza común, todos nosotros.

Entonces, si nuestros antepasados otorgaron la ciudadanía a [10 ] este Ennio, aunque era de Rudias, porque había hecho esto ¿es que nosotros vamos a privar del derecho de ciudadanía a éste, un heraclense, solicitado por muchas ciudades y establecido en ésta conforme a las leyes? Pues quien crea que el fruto de la gloria [23] que aportan los versos griegos es menor que el de los latinos está muy equivocado, porque las obras griegas se leen en casi todos los países y las latinas se reducen a sus, en realidad, exiguas fronteras. Por lo tanto, si el límite de nuestras hazañas es el orbe de la tierra, debemos desear que nuestra gloria y fama lleguen allí donde llegaron las armas de nuestros hombres, porque, si estas hazañas son honrosas para los mismos pueblos cuyas gestas se escriben, también, sin duda, constituyen el máximo estímulo en sus peligros y fatigas para los que arriesgan su vida por la gloria.

[24] ¡Cuán numerosos escritores de sus grandes hazañas cuentan que había tenido consigo aquel Alejandro Magno 47 ! Y, sin embargo, cuando se detuvo en el Sigeo 48 , junto a la tumba de Aquiles 49 , exclamó: «¡Oh afortunado joven que encontraste un Homero como pregonero de tu valor!» Y dijo bien, pues de no haber existido aquella Ilíada el mismo túmulo que cubría su cuerpo habría sepultado también su nombre. ¿Y qué? Este contemporáneo nuestro, el Magno 50 , cuya fortuna igualó a su valor ¿acaso no recompensó con el derecho de ciudadanía durante una asamblea de soldados a Teófanes de Mitilene 51 , escritor de sus hazañas? ¿Y no aprobaron con clamoroso entusiasmo aquella concesión nuestros valerosos soldados, a pesar de su militar rudeza, conmovidos por la atracción de gloria, casi como partícipes de la misma alabanza?

[25] Creo, entonces, que, si por nuestras leyes Arquias no fuera ciudadano romano, no hubiera podido conseguir que un general le recompensara con la ciudadanía. En mi opinión, Sila 52 , que se la concedió a hispanos y galos ¿se la habría negado a Arquias si se la hubiera solicitado? Nosotros sabemos que Sila, durante una subasta, habiéndole entregado un mal poeta, de esos del montón, un librito con el pretexto de que había compuesto un epigrama en su honor únicamente en versos alternados unos más largos que otros 53 , había ordenado que, de inmediato, se le entregara una recompensa de los bienes de la subasta que en esos momentos se ponían a la venta, con la condición de que, en adelante, no volviera a escribir nada más. Quien, a pesar de todo, estimó digna de una recompensa la buena voluntad de un mal poeta ¿no hubiera buscado el talento, el mérito literario y la habilidad de éste?

¿Qué? ¿No hubiera podido obtener la ciudadanía por sí mismo [26] o por la mediación de los Lúculos 54 , o por la de su íntimo amigo Metelo Pío, que se la concedió a otros muchos 55 ? Sobre todo cuando Metelo deseaba de tal modo que se narrasen sus hazañas que hasta prestaba oído a los poetas originarios de Córdoba, a pesar de su acento gangoso y extraño.

Pues no hay que disimular lo que no se puede ocultar, sino [11 ] que debemos confesarlo abiertamente: a todos nos arrastra el deseo de alabanza y los mejores se sienten especialmente atraídos por el deseo de gloria. Incluso los mismos filósofos ponen sus nombres en la portada de los libros que escriben defendiendo el desprecio a la gloria y en lo mismo en lo que menosprecian la alabanza y la celebridad, quieren que se hable de ella y se les mencione. Incluso Décimo Bruto 56 , un hombre y un general excelente, [27] adornó el acceso a los templos y a los monumentos erigidos por él con versos de su íntimo amigo Accio 57 ; y aquel Fulvio que luchó contra los etolios en compañía de Ennio no dudó en consagrar a las musas los despojos de Marte 58 . Y así, en una ciudad en la que los generales, casi con las armas en la mano, honraron el nombre de los poetas y los santuarios de las musas, en esa misma ciudad, los jueces, vestidos con la toga, no deben oponerse a que se honre a los dioses y se salve a los poetas.

[28] Y para que lo hagáis con mayor agrado, jueces, en este momento me acusaré yo mismo ante vosotros y os confesaré mi anhelo de gloria, quizá demasiado vehemente, pero, sin embargo, honrado. Pues las medidas que con vuestra colaboración llevé a cabo durante mi consulado por la salvación de esta ciudad y de su poder, por la vida de los ciudadanos y por el conjunto del Estado, este Arquias las tomó como tema para iniciar un poema. Cuando escuché estos versos, le animé a que lo terminara porque su empeño me pareció notable e interesante. Pues la virtud no desea otra recompensa a sus trabajos y peligros que los elogios y la gloria y si se le niega esto, jueces, ¿por qué nos afanamos en tan grandes penalidades en este camino vital de tan exigua brevedad?

[29] En verdad, si nuestro espíritu no presintiera el futuro y si todas sus aspiraciones las limitara a los mismos confines en los que se circunscribe la duración de la vida, ni se agotaría con trabajos tan duros, ni se angustiaría con tantas preocupaciones y desvelos, ni expondría tantas veces su propia vida. Ahora bien, en todo hombre de bien reside un sentimiento interior que día y noche le aguijonea el alma con la idea de la gloria y que le advierte de que no hay que dejar extinguir, al mismo tiempo que la vida, el recuerdo de nuestro nombre, sino perpetuarlo hasta la más lejana posteridad.

¿Acaso parece que todos los que nos dedicamos a la política [30] [12 ] y a estos peligros y fatigas de la vida somos de espíritu tan mezquino como para creer que, al llegar al término de ésta, sin haber podido respirar ni un momento con tranquilidad y sosiego, todo ha de terminar al mismo tiempo que nosotros? Si bien es cierto que muchos hombres excelsos nos han dejado con sumo celo esculturas y retratos, representaciones no de sus almas, sino de sus cuerpos, ¿no hemos de preferir con mayor empeño dejar la imagen de nuestras obras y valores escrita y bruñida por los más excelsos talentos? En cuanto a mí, todo lo que iba haciendo, creía que, al hacerlo, lo extendía y divulgaba para que todo el orbe guardase un recuerdo mío sempiterno. No obstante, este recuerdo, tanto si ha de escapar a mi percepción tras mi muerte, como si, como creyeron hombres muy sabios 59 , se hará perceptible para alguna parte de mi alma, lo cierto es que, por ahora, me deleito con esta idea y esta esperanza.

Por lo tanto, jueces, proteged a un hombre de cuya honradez [31] dan testimonio no sólo la dignidad, sino también la duración de sus amistades; cuyo gran talento podéis valorar a partir del hecho manifiesto de que los hombres de mayor talento lo han buscado; y cuya causa es de tal naturaleza que está garantizada por el beneficio de una ley, la autoridad de un municipio, el testimonio de Lúculo y los registros de Metelo. Siendo esto así, jueces, si debe haber alguna recomendación no ya humana sino incluso divina para tan grandes talentos, os suplicamos que toméis bajo vuestra protección a este hombre que siempre os enalteció a vosotros, a vuestros generales, a las hazañas del pueblo romano; que incluso promete dar testimonio eterno de alabanza a los peligros internos que vosotros y yo recientemente hemos padecido y que pertenece al número de quienes, siempre y en todos los pueblos, han sido llamados y casi considerados sagrados; que lo toméis bajo vuestra protección de manera que más bien parezca salvado por vuestra humanidad que abrumado por vuestro rigor.

[32] Lo que con brevedad y sencillez he expuesto en esta causa, jueces, según mi costumbre, confío en que todos lo aprobarán; lo que he añadido tanto sobre el talento de éste, como, en general, sobre su profesión, aunque resulte extraño al foro y a las costumbres judiciales, jueces, confío en que vosotros lo hayáis tomado en el buen sentido; respecto a quien preside el tribunal, lo sé con toda seguridad.


1 Es interesante la sucesión que abre el discurso: ingenium, exercitatio, ratio ; el talento (habilidad natural), la práctica (experiencia adquirida), conocimiento (comprensión de los principios teóricos) son los tres requisitos para el perfecto orador (Sobre el orador 1.14).

2 El nombre completo del poeta es Aulo Licinio Arquias, pero cuando Cicerón lo cita por primera vez, teniendo en cuenta el tema del discurso y para predisponer favorablemente a los oyentes, lo nombra sólo con el praenomen y el nomen que había tomado el poeta al adoptar la ciudadanía romana; el praenomen , Aulo, quizá de la familia Murena o de los Nerva y el nomen de Licinio, de los Lúculos, sus grandes amigos y protectores. Evita, en cambio, llamarlo Arquias, su nombre griego, y así trata de predisponer el ánimo de los jueces a favor de un hombre cuya designación es plenamente romana.

3 Se trata de un discurso «diferente» y, para prevenir posibles objeciones, él mismo avisa de que no va a ser un discurso habitual. Quiere evitar que se le acuse de divagar sobre las letras y las artes en un proceso judicial.

4 El orador quiere dejar claro que, incluso él, el modelo de orador en Roma, no se ha ceñido sólo al estudio de la oratoria, sino que ha cultivado también otros géneros literarios, como poemas, y, sobre todo, traducciones del griego.

5 El estilo que se dispone a utilizar Cicerón en este discurso es diferente al habitual en los debates forenses y, ante posibles futuras objeciones, con una marcada prolepsis, avisa de que va a hablar sobre las bellas artes o las letras.

6 Quinto Tulio Cicerón, hermano pequeño del orador, casado con Pomponia. hermana de Ático, uno de sus mejores amigos, fue un hombre muy culto y amante de las letras, aunque no dejó de lado su carrera política y militar.

7 La capital de Siria y lugar de nacimiento de Arquias.

8 Se refiere a la Magna Grecia. La influencia griega en las artes y en las letras sigue la trayectoria de sur a norte y Cicerón la reproduce en este pasaje, pues las ciudades del sur del Lacio reciben y aceptan la influencia griega antes que Roma.

9 Son ciudades de la Magna Grecia. Entre los griegos se podía pertenecer como ciudadano a varias ciudades, pero no entre los romanos. Las recompensas a las que se alude solían ser coronas de oro.

10 En el 102. Utiliza la expresión Mario consule et Catulo (en vez de la esperada y tradicional Mario et Catulo consulibus) para resaltar la figura de Mario.

11 El cónsul Gayo Mario se había distinguido por su valor militar en las campañas contra los cimbrios y teutones y en la guerra de Yugurta.

12 Quinto Lutacio Cátulo era un buen soldado que se había distinguido en la guerra contra los cimbrios, pero también dedicaba su tiempo a escribir poemas eróticos y era considerado un historiador de un estilo depurado y un buen orador (Bruto 132).

13 La toga pretexta la vestían los jóvenes a partir de los diecisiete años; Cicerón habla de Arquias como de un auténtico romano que sigue todas las costumbres tradicionales. Es un recurso más para atraer la simpatía de los jueces hacia el poeta al presentarlo como un romano real, con nombre y costumbres típicamente romanas.

14 Marco Emilio Escauro, cónsul del 115 y del 108, y un buen orador.

15 El orador, contemporáneo de Marco Antonio.

16 Marco Livio Druso, el censor.

17 Había varios Octavios vivos en este momento: Gneo Octavio, el que fue cónsul con Cina en el 87 y su hijo Lucio, cónsul del 75.

18 En latín percipere atque audire , un hísteron próteron que se mantiene en la traducción.

19 Una ciudad griega en Lucania.

20 Se refiere a la ley Plaucia Papiria, promulgada en el 89 por los tribunos Marco Plaucio Silvano y Gayo Papirio Carbón.

21 En latín auctoritate, religione, fide : solvencia (social), escrupulosidad (en sus juramentos), rectitud (veracidad y honorabilidad); una sucesión circular que se intensifica en cada elemento y que se centra en el prestigio social logrado por la rectitud en la conducta.

22 Se refiere a la guerra social del 90 al 88.

23 Como propretor en el 87 su ejército fue derrotado y desertó; al año siguiente un sobrino suyo, que era censor, omitió su nombre en la lista de senadores. Era el padre de Publio Clodio.

24 Publio Gabinio Capitón, pretor del 89, fue condenado por malversación y, tras su condena, el desprestigio que le siguió afectó a la credibilidad de sus registros.

25 En la época republicana se consideraba la profesión de actor por debajo de la dignidad romana.

26 La ley Papia de peregrinis se promulgó en el 65 para tratar los casos de usurpación del derecho de ciudadanía. Después de su puesta en vigor se incluyeron ilegalmente algunos nombres en los registros para acogerse a un derecho de ciudadanía otorgado por la ley Plaucia Papiria del 89.

27 Irónico.

28 Cicerón no da el nomen de Craso (Licinio) porque, al haber varias ramas en la gens , podría resultar ambiguo, pero quizá se refiera a Publio Licinio Craso Dives, censor del 89 con Lucio Julio César.

29 Se refiere al censo del 70; los censores del 65 dimitieron antes de llevar a cabo el censo; tampoco hubo censo en el 64; el «censo anterior» es el que tuvo lugar en el 86. En ese año Arquias estaba con Lúculo en la guerra contra Mitrídates.

30 Cicerón acumula argumentos: Arquias ha realizado una serie de actos legales —otorgar testamento, recibir herencias, recibir gratificaciones públicas— para los que es preciso ser ciudadano romano con plenos derechos.

31 El juego de dados estaba mal visto socialmente y además la ley lo prohibía.

32 Las ideas que recoge este pasaje son los principios estoicos asumidos por Cicerón. El círculo de los Escipiones y el propio Cicerón introducen en Roma el estoicismo, siguiendo especialmente las ideas de Panecio, fundador de la Estoa Media y de su discípulo Posidonio; éste llegó a Roma en el 68 y se hizo amigo de Cicerón quien, además de reconocerlo como maestro, lo llama a menudo «amigo muy querido».

33 El Joven, el hombre que lideró el famoso círculo de los Escipiones y el principal promotor de la cultura griega en Roma en la segunda mitad del s. II a. C.

34 Gayo Lelio el Sabio, amigo personal de Escipión, y Lucio Furio Filón, ambos pertenecientes al círculo de los Escipiones, amantes de la cultura griega y hombres importantes en la vida pública romana, pues fueron cónsules en el 140 y en el 136, respectivamente.

35 Marco Porcio Catón el censor, apodado también El Viejo porque fue muy longevo; cultivó la oratoria, la historia y la didáctica, y fue cónsul en el 195.

36 Un actor importante de la escena romana cuyas interpretaciones eran tan buenas que llegó a prescindir de la máscara. Fue amigo de Cicerón y quizá maestro de declamación. Cicerón lo defendió en un proceso contra Gayo Fanio Querea en el 76.

37 Es considerado el padre de la poesía romana y había nacido en Rudias, la actual Rusce, en Calabria, en el 239. En Roma enseñó griego y oseo, las lenguas que se hablaban en su tierra natal, entró en el círculo de los Escipiones y consiguió la ciudadanía romana. Su obra más conocida. Annales , nos ha llegado fragmentariamente y le valió el título de padre de la poesía latina; también escribió tragedias, comedias y sátiras. A su muerte, se le levantó una estatua en la propia tumba de los Escipiones.

38 Es una doble referencia a Anfión, el hijo de Zeus y Antíope, al sonido de cuya lira se elevaban las rocas que formaban los muros de Tebas, y a Orfeo, que con su música amansaba las fieras.

39 Varias ciudades se disputaban en la antigüedad ser la patria de Homero: Colofón, Quíos, Salamina, Esmirna, Argos, Atenas, Cumas, Ítaca, Rodas. Esmirna, efectivamente, poseía un santuario dedicado a Homero.

40 Cicerón presenta a Homero como un simple poeta ya muerto, mientras que Arquias, además de poeta y de estar con vida, va a inmortalizar las hazañas de Roma.

41 Famoso general ateniense, vencedor en Salamina contra los persas; le obsesionaba su afán de notoriedad hasta el punto que confesaba que el éxito de Milcíades en Maratón le quitaba el sueño.

42 Lucio Plocio Galo, procedente de la Galia Cisalpina, fue el primero que puso una escuela en Roma para enseñar latín y retórica en el año 88.

43 Isla de la costa de Asia Menor a la que Alejandro Magno convirtió en península al unirle un istmo artificial. Fue sitiada por Mitrídates, pero se mantuvo fiel a Roma y fue liberada por Lúculo en el 75. Tras su liberación y en recompensa a su lealtad fue convertida en una ciudad libre.

44 Isla de Asia Menor frente a Troya. La batalla a la que alude Cicerón tuvo lugar en el año 73.

45 Todavía es posible encontrar restos del sepulcro en la Vía Apia, pero no de la estatua de Ennio.

46 Son generales famosos de la segunda guerra púnica: Quinto Fabio Máximo, que derrotó a Aníbal; Marco Claudio Marcelo, conquistador de Siracusa en el 212, y Quinto Fulvio Flaco, vencedor de Hanón y conquistador de Capua.

47 Es cierto, pues llevaba en su séquito a Nearco, que le escribía crónicas; a Querilo, un poeta épico; a Calístenes de Olinto, un discípulo de Aristóteles; a Aristóbulo de Cesarea; a Anaxímenes de Lámpsaco, uno de sus biógrafos y a Onesícrito, un historiador.

48 Zona montañosa al noroeste de Troya donde la tradición sitúa las tumbas de varios héroes de la Ilíada (Cartas a los familiares 5.12.7).

49 Era un promontorio a la entrada del Helesponto en el que la tradición sitúa el campamento griego durante el asedio a Troya; en este lugar estaba la tumba de Aquiles y un templo erigido en su honor.

50 Se refiere a Pompeyo, frente a aquel Alejandro, también Magno. Los aduladores de Pompeyo comparaban sus victorias en el este con las de Alejandro.

51 Es un historiador griego protegido por Pompeyo que escribió una historia sobre la trayectoria militar de su protector de la que nos han llegado fragmentos en las obras de Estrabón y Plutarco.

52 Lucio Cornelio Sila, el dictador romano vencedor en Grecia y Asia, y jefe del partido aristocrático, concedió la ciudadanía a unos gaditanos y a Aristón de Marsella (En defensa de Lucio Cornelio Balbo 50).

53 Un epigrama en dísticos. Cicerón quiere decir que estos dísticos no tenían más mérito que el combinar hexámetros y pentámetros.

54 Su madre era hermana de Metelo Numídico, el padre de Metelo Pío.

55 La madre de Lucio y Marco Lúculo era Cecilia, y Metelo pertenecía también a la familia de los Cecilios; Cecilio Pío concedió la ciudadanía a Quinto Fabio de Sagunto (En defensa de Lucio Cornelio Balbo 22).

56 Décimo Junio Bruto Galaico, cónsul en el 138, conquistador de Lusitania y Galicia, era un orador culto y amante de las letras que, con el botín que obtuvo en Hispania, construyó templos y edificios públicos para los que el poeta le escribió el texto de inscripciones en verso.

57 Lucio Accio, poeta trágico romano de cuya obra nos quedan fragmentos.

58 Marco Fulvio Nobilior, cónsul en el 189, vencedor de los etolios, se trajo de Ambracia las estatuas de las Musas para adornar con ellas el templo que mandó construir con el botín, dedicado a Hércules y a las Musas.

59 Se refiere a filósofos como Pitágoras, Sócrates, Platón o Posidonio, que creían en la inmortalidad del alma, doctrina de la que es partidario Cicerón.

CONTRA PUBLIO CLODIO Y GAYO CURIÓN


INTRODUCCIÓN

La mayor parte de los fragmentos de este discurso se conservaron en el manuscrito de Bobbio, descubierto por Angelo Mai en la Biblioteca Ambrosiana de Milán y publicado en 1817 1 ; unos años después, A. Peyron descubrió en la biblioteca de Turín 2 un palimpsesto de un folio que contenía más material de este discurso; a los dos manuscritos se les conoce como A (= Ambrosianus) y T (= Taurinensis), aunque este último fue destruido por el fuego en 1904. El manuscrito de Turín sugiere una fusión, hecha por Cicerón o por algún otro editor, de la altercatio y la versión escrita del discurso. Otros fragmentos se encontraron en Nonio, Rufiniano y Quintiliano; finalmente, un fragmento lo proporciona el propio Cicerón en una carta 3 a su amigo Ático que recoge lo sucedido el 15 de mayo del 61: describe la reunión del senado de ese día, el intercambio de insultos —altercatio — con Clodio, y el discurso —oratio perpetua — contra Clodio.

Este discurso se pronunció en el senado —al menos una parte de él— durante los idus de mayo del 61 y las circunstancias que rodearon el discurso son bien conocidas: Clodio había sido acusado de haber estado presente —aunque a los hombres les estaba rigurosamente prohibido—, en diciembre del año anterior, en los ritos sagrados de la Bona Dea.

Para celebrar la fiesta de la Bona Dea, diosa romana de la fertilidad, anualmente, a comienzos del mes de diciembre, las vírgenes vestales en compañía de un grupo de mujeres patricias realizaban por la noche unas ceremonias secretas. La tradición exigía que estas ceremonias tuviesen lugar en la residencia del pontífice máximo. En el año 62, un año después del consulado de Cicerón y de la conjuración de Catilina, esta ceremonia se ofició en la casa de Julio César, el pontífice máximo; como no se permitía que ningún hombre estuviera presente, César se marchó de casa y la ceremonia la presidió su entonces esposa, Pompeya; pero como Pompeya no era una mujer excesivamente responsable, fue la madre de Julio César, Aurelia, la que se hizo cargo del evento. También fue ella quien se dio cuenta de que había en el grupo una mujer alta, excesivamente tapada y con un tono de voz extraño, a la que no conocía. Le pidió a una esclava que la vigilase y, cuando su voz la delató, se descubrió que era un hombre disfrazado que pudo escapar de la casa sin ser definitivamente identificado. Cuando se supo lo que había sucedido, Roma se llenó de rumores y todos coincidían en que el hombre disfrazado era Publio Clodio Pulcro, pues era propio de él gastar este tipo de bromas. Se añadía también el rumor de que Clodio y Pompeya eran amantes y que había sido la misma Pompeya quien lo había metido en casa. César se divorció inmediatamente de su esposa 4 , a pesar de que no había prueba alguna que justificara los rumores, pero posiblemente César vio la oportunidad de librarse de un matrimonio acordado por razones políticas que ya no le interesaban.

La profanación de los sagrados ritos provocó una gran agitación en la sociedad romana y se organizó un juicio extraordinario contra Clodio, a quien, si no hubiera sido absuelto, se le habría condenado a la pena de muerte. Este juicio, a pesar de que el asunto tenía más bien matices religiosos, lo aprovecharon sus adversarios políticos (Lucio Licinio Lúculo, Hortensio, Gayo Calpurnio Pisón y Quinto Lutacio Cátulo) y la acusación la asumieron miembros de la familia Cornelia: el acusador fue Lucio Cornelio Léntulo Crus apoyado por Gneo Cornelio Léntulo Marcelino y Lucio Cornelio Léntulo Niger. Publio Cornelio Léntulo Espínter formaba parte del jurado y votó contra Clodio. El juicio finalizó, para sorpresa de todos, con la absolución de Clodio, posiblemente porque utilizó el soborno para ganarse a los jueces.

El mejor testimonio de cómo se fraguó y se desarrolló el proceso contra Clodio lo proporciona el mismo Cicerón 5 , que declaró como testigo de la acusación desmontando la coartada presentada por Clodio de que ese día se encontraba en Interamna, pues el orador afirmó que había estado con él en Roma sólo tres horas antes de que tuvieran lugar los hechos. Tras el veredicto, el senado temía la reacción de los seguidores de Clodio, pero Cicerón, con su discurso, ayudó a recomponer el ánimo de los senadores y denunció con vehemencia a los jueces, al cónsul Pisón y al propio Clodio. Los fragmentos de estas acusaciones, pronunciadas ante el senado por Cicerón y publicadas después sin su consentimiento, constituyen parte del corpus de este peculiar discurso, al que se añadieron fragmentos de una altercatio que había tenido lugar entre Clodio y Cicerón.

Se trata de una invectiva dirigida casi exclusivamente contra Clodio pero, como en la mayor parte de las fuentes se alude a este documento con el título «Contra Clodio y Curión», debemos admitir que el otro destinatario de esta invectiva era Curión. ¿Por qué aparece Curión también como objetivo y por qué Cicerón no lo ataca en la misma medida que a Clodio? Gayo Escribonio Curión fue un hombre inmerso siempre en la vida pública romana: primero como militar de éxito, luego como político. En el año 100, cuando el tribuno Saturnino fue asesinado, Curión se mantuvo al lado de los cónsules; en el 90, fue tribuno de la plebe, después sirvió en el ejército de Sila donde realizó importantes hazañas (luchó contra Arquelao, general de Mitrídates, y asedió al tirano Aristión en la Acrópolis); en el 82 consiguió la pretura y en el 76 fue cónsul con Gneo Octavio. Tras su consulado, obtuvo la provincia de Macedonia, en donde se enfrentó militarmente a los dárdanos y a otros pueblos del norte y se convirtió en el primer general romano que llegó hasta el Danubio, por lo que celebró un triunfo al regresar a Roma en el 71. Desde ese momento se queda en Roma y participa activamente en la vida política oponiéndose a Julio César y apoyando a Cicerón, por ejemplo, en las drásticas medidas que éste adoptó tras el descubrimiento de la conjura de Catilina.

Durante el proceso contra Clodio por la violación de los sagrados misterios de la Bona Dea, Curión habló a favor de Clodio, pero como no era muy buen orador, su intervención no resultó excesivamente eficaz. Al parecer, Cicerón lo incluye en la invectiva por su declaración favorable al acusado, pero no lo ataca, en realidad, porque era amigo suyo y porque la posición de Curión a favor de Clodio durante el proceso no suponía un apoyo real a este personaje, sino que había que entenderla como una muestra más de la animadversión que sentía hacia César. Cicerón siguió siendo amigo de Curión, tras este juicio, y de él afirma en muchas ocasiones que era uno de los hombres buenos de su tiempo y que siempre estuvo en contra de los malos ciudadanos.

El objetivo real de esta invectiva es Publio Clodio Pulcro, un notable aristócrata romano, un demagogo enemigo de Cicerón. Las primeras noticias que se tienen de él lo presentan como oficial de Lúculo en Asia en el 70; en el 69 fue uno de los que acusaron a Catilina de extorsión en la provincia de África, pero admitió el soborno del acusado y abandonó la acusación; en el 62 protagoniza la profanación de los ritos de la Bona Dea. La enemistad entre Clodio y Cicerón era muy profunda y sus raíces bien pudieran encontrarse en este proceso, ya que, desde ese momento, Clodio decidió arruinar la carrera política de Cicerón: se hizo adoptar por una familia plebeya para poder optar al cargo de tribuno de la plebe y, como tribuno y apoyado por los triunviros César, Pompeyo y Craso, logró que Cicerón partiera al exilio; sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, no pudo evitar el regreso del orador a Roma al año siguiente. En el 56, como edil, buscó el enfrentamiento directo con Milón, otro gran enemigo personal y político suyo y buen amigo de Cicerón; en el 52, cuando era candidato a la pretura y Milón al consulado, Clodio fue asesinado por los hombres de Milón.

El origen de la enemistad personal entre Cicerón y Clodio quizá se remonta al año 73, cuando Clodio acusó a Catilina de incesto con una vestal llamada Fabia, que era medio hermana de la esposa de Cicerón, Terencia; aunque Fabia salió absuelta del proceso (parece ser que Cicerón recurrió a todas sus influencias), la infamia manchó a toda la familia y Terencia, indignada y dolida por esta afrenta, inflamó el odio de Cicerón contra Clodio y lo animó a testificar en su contra. Cicerón declaró contra Clodio pero con cierta suavidad y reserva (algunos pensaban que era porque Cicerón tenía, en aquellos momentos, una amante llamada Clodia, hermana menor de Clodio), fue moderando la violencia de su testimonio durante el proceso y se limitó a declarar en conciencia, es decir, se limitó a contestar con veracidad en calidad de testigo y a reforzar la evidencia de lo que todos ya sabían. Por las cartas que Cicerón dirige en estos momentos a Ático, se sabe que no estaba muy de acuerdo con las tácticas de la acusación y que llegó un momento en el que le hubiera gustado no haber intervenido en el proceso. Después del juicio, el clima político en Roma se enrareció y Cicerón se vio obligado a adoptar una postura clara a favor del senado.

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