Czytaj książkę: «Posmodernidad»

Posmodernidad. Una breve introducción se publicó originalmente en inglés en el año 2002. Esta traducción es publicada en acuerdo con Oxford University Press. Ediciones UC es responsable de la traducción de la obra original y Oxford University Press no es responsable por ningún error, omisión, imprecisión o ambigüedad en esta traducción o por cualquier daño causado por la dependencia al respecto.
EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE
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Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile
www.ediciones.uc.cl
POSMODERNIDAD
Una breve introducción
Christopher Butler
© Inscripción Nº 2020-A-10773
Derechos reservados
Diciembre 2020
ISBN 978-956-14-2492-0
ISBN digital 978-956-14-2493-7
Traducción: English UC Language Center
Ilustración de portada: Antonia Daiber
Diseño y diagramación: versión productora gráfica SpA
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com
CIP – Pontificia Universidad Católica de Chile
Butler, Christopher, autor.
Posmodernidad : una breve introducción / Christopher Butler.
Incluye bibliografía.
1. Postmodernismo.
I. t.
2020 149.97 + DDC23 RDA

Contenido
Capítulo 1: El auge de la posmodernidad
Capítulo 2: Nuevas formas de ver el mundo
Capítulo 3: Política e identidad
Capítulo 4: La cultura de la posmodernidad
Capítulo 5: La “condición posmoderna”
Lista de ilustraciones
Referencias
Lecturas complementarias (en inglés)
CAPÍTULO 1
EL AUGE DE LA POSMODERNIDAD
En 1976, mucha gente en la Tate Gallery de Londres se molestó debido a la obra de Carl Andre, Equivalent VIII (1966), una pila rectangular de ladrillos; es un objeto típicamente posmoderna. Ahora que está instalada en la galería Tate Modern, no coincide mucho con el canon de la escultura modernista; no es formalmente compleja o expresiva, ni particularmente atractiva cuando se le mira, podríamos incluso decir que rápidamente llega a ser aburrida y fácil de repetir. Dado que carece de toda característica que la pudiera hacer interesante (a menos que se siga la mística de los números pitagóricos), nos provoca pensar en su contexto más que en su contenido: ¿qué sentido tiene? ¿por qué está en un museo? Otra cosa relativamente común es que se hace necesario generar una teoría con respecto a la obra que llene el vacío del interés. Tal vez provocar preguntarse, ¿es realmente arte o es solo una pila de ladrillos que pretende ser arte? Sin embargo, esta pregunta no tiene mucho sentido en la era posmoderna, en la que parecemos aceptar generalmente que es la institución de la galería, más que otra cosa, lo que la ha convertido, en la práctica, en una “obra de arte”. Las artes visuales son básicamente lo que los curadores de los museos desean mostrarnos, ya sean obras de Picasso o vacas cortadas en trozos, y depende de nosotros estar al tanto de las ideas que rodean a estas obras.
Muchos posmodernos (y, obviamente, los directores de los museos que los apoyan) quieren que dediquemos tiempo a pensar con respecto a las ideas que rodean a este “arte minimalista”. Una pila de ladrillos es intencionalmente básica; confronta y niega las cualidades emocionalmente expresivas del movimiento anterior, el modernismo. Tal y como el famoso Urinal de Duchamp o la rueda de bicicleta que montó en un banquillo, la obra pone a prueba nuestra respuesta intelectual y nuestra tolerancia ante los trabajos que una galería pone a disposición del público; aborda puntos bastante críticos que se convierten en presunciones sobre el arte bastante negatorias de sí mismas. André señala: “Lo que intento encontrar son conjuntos de partículas y reglas que se combinen de la forma más sencilla” e indica que sus equivalentes son “comunistas, ya que su forma es igualmente accesible para todos”.
Sin importar lo políticamente correcta que pueda ser la interpretación de esta escultura, no es tan atractiva como El beso de Rodin o como las estructuras abstractas mucho más complejas de escultores como Anthony Caro. El avant-gardismo teórico de Andre, que pone a prueba nuestra respuesta intelectual, sugiere que el placer que sentimos con el arte más antiguo es algo dudoso. Objetos como este están profundamente relacionados con el puritanismo, con la forma en que abordamos ciertos temas y con hacer que el público se sienta culpable o perturbado.
Estas son actitudes típicas de la gran mayoría del arte posmoderno y generalmente tienen una dimensión política. La obra que le valió el premio Turner en 2001 a Martin Creed sigue esa tradición. Es una habitación vacía, en que las luces se encienden y apagan.
A continuación, escribiré sobre artistas posmodernos, gurús intelectuales, críticos académicos, filósofos y sociólogos, como si todos fueran parte de un partido político extrañamente constituido y combativo entre sus miembros. Este partido es fundamentalmente internacionalista y “progresivo”. Es más de izquierda que de derecha y tiende a verlo todo, desde la pintura abstracta hasta las relaciones personales, como instancias políticas; no está demasiado unificado en cuanto a su doctrina, e incluso aquellos que más han contribuido a sus ideas y manifiestos reniegan indignados de su pertenencia, pero de todos modos el partido posmoderno considera que su momento ha llegado. Está seguro de su inseguridad y frecuentemente indica que ha logrado ir más allá de las ilusiones de otros y ha llegado a la naturaleza “real” de las instituciones políticas y culturales que nos rodean.
Debido a esto, los posmodernos generalmente siguen a Marx. Señalan que están muy al tanto del estado único de la sociedad contemporánea, imbuida en lo que denominan la “condición posmoderna”.
Por lo tanto, los posmodernos no solo apoyan los “ismos” estéticos o los movimientos de avant-garde, como el minimalismo o el conceptualismo (desde el que surgieron trabajos como el de André). Tienen una forma diferente de ver el mundo en sí, y usan un conjunto de ideas filosóficas que no solo impulsan una estética, sino que también analizan la condición de “capitalismo tardío” de la posmodernidad. Esta condición supuestamente nos afecta a todos, no solo a través del arte de avant-garde, sino que en niveles más fundamentales, a través de la influencia del enorme crecimiento de la comunicación por medios electrónicos que Marshall McLuhan denominó la “aldea electrónica” en los sesenta. Sin embargo, en nuestra “sociedad de la información” se desconfía de la mayor parte de ella, ya que contribuye más a la confección de la imagen de aquellos en el poder que al avance del conocimiento. En consecuencia, la actitud posmoderna es de sospecha, incluso llegando a la paranoia (como se puede ver, por ejemplo, en las novelas conspiranoides de Thomas Pynchon y Don DeLillo, y en las películas de Oliver Stone).
Frederic Jameson, un importante comentador marxista de la posmodernidad, cree que el Hotel Westin Bonaventura de Jon Portman en Los Ángeles es un claro ejemplo de esta condición. La extraordinaria complejidad de sus entradas, su aspiración de ser “un mundo completo, una suerte de ciudad miniatura” y sus ascensores en movimiento permanente lo convierten en una “mutación” hacia un “hiperespacio posmoderno” que trasciende las capacidades humanas de posicionarse, de encontrar un lugar en el mundo físico. Según Jameson, “la gran confusión” es un dilema, un “símbolo y un análogo” de la incapacidad de nuestras mentes. de mapear la gran red comunicacional mundial y descentralizada en que estamos insertos como individuos. Muchos hemos sentido algo parecido en el Barbican Centre de Londres.
Esta perspectiva de “perdido en un gran hotel” muestra que la posmodernidad es una doctrina para la metrópolis, en que un nuevo ambiente de ideas ha surgido con una nueva sensibilidad. Sin embargo, estas ideas y actitudes siempre se han debatido, y en las siguientes páginas combatiré el escepticismo posmoderno con el mío. De hecho, negaré que las perspectivas políticas y filosóficas, y las formas artísticas sean tan dominantes como podría sugerir la proclamación de una nueva era “posmoderna”.
De todos modos, incluso si nos restringimos a la corriente de ideas dentro del avant-garde artístico desde el año 1945, es obvio en estos momentos que podemos percibir un punto de quiebre con respecto a las del periodo modernista. El trabajo de James Joyce difiere mucho del de Alain Robbe-Grillet; el de Igor Stravinsky del de Karlheinz Stockhausen; el de Henri Matisse del de Robert Rauschenberg: el de Jean Renoir del de Jean-Luc Godard; el de Jacob Epstein del de Carl Andre; y el de Mies van der Rohe del de Robert Venturi. Cómo interpretar el contraste entre el modernismo y la posmodernidad depende principalmente de los valores propios; no existe solo una línea de desarrollo.
Figura 1. Interior del Hotel Westin Bonaventure por Portman. “Hiperespacio posmoderno”.

Muchas de estas diferencias se originaron en la sensibilidad de los artistas al cambio en el ambiente de las ideas. A mediados de los sesenta, los críticos como Susan Sontag y Ihab Hassan habían empezado a señalar algunas características, en Europa y los Estados Unidos, de lo que denominamos posmodernidad. Expresaron que el trabajo de los posmodernas era intencionalmente menos unificado, menos virtuoso y más divertido o anárquico; más preocupado de los procesos de nuestra comprensión que de los placeres de las terminaciones artísticas o su unidad; menos inclinado a tener una narrativa conjunta y ciertamente más renuente a una interpretación determinada que el movimiento que le antecedió. Veremos algunos ejemplos de esto más adelante.
El auge de la teoría
Algo después del periodo en el que los artistas antes mencionados se establecieron, ocurrieron acontecimientos posmodernos más profundos: “el auge de la teoría” entre los intelectuales y los académicos. Los trabajadores de todos los campos desarrollaron un sentido excesivamente crítico de consciencia de sí mismos. Los posmodernos reprochaban a los modernistas (y a sus presuntamente “ingenuos” lectores, espectadores o auditores) por su creencia en que una obra de arte podría, de algún modo. ser atractiva para toda la humanidad y estar libre de elementos políticos divisivos.
El auge de los grandes artistas innovadores de posguerra (Stockhausen, Boulez, Robbe-Grillet, Becket, Coover, Rauschenberg y Beuys) antecedió (y muchos podrían decir que complementó y explicó) a un enorme crecimiento en la influencia de varios intelectuales franceses, en particular el teórico social marxista Louis Althusser, el crítico cultural Roland Barthes, el filósofo Jacques Derrida y el historiador Michel Foucault, quienes empezaron su trabajo al pensar sobre las consecuencias del modernismo y extrañamente extendieron su relación al avant-garde contemporáneo. Althusser estaba preocupado de Brecht; Barthes de Flaubert y Proust; Derrida de Nietzsche, Heidegger y Mallarmé; y Foucault de Nietzsche y Bataille. A mediados de los años setenta se hacía complejo saber qué preocupaba a la mayoría de los posmodernos: la creación de un tipo específico de experiencia artística (perturbadora) o las nuevas oportunidades de interpretación filosófica y política que ofrecía. Muchos dirían ahora que para los posmodernos más comprometidos, las implicancias interpretativas siempre se privilegiaron (de forma desastrosa) por sobre las formas artísticas agradables y la sofisticación formal que tantos habían aprendido a apreciar en el arte modernista.
Este marco de ideas totalmente nuevo se exportó desde Francia hacia Inglaterra, Alemania y los Estados Unidos a fines de los sesenta y principios de los setenta. Para las protestas estudiantiles de 1968, el pensamiento filosófico más avanzado se había apartado del existencialismo fuertemente ético e individualista que era típico de la era de posguerra (Sartre y Camus eran sus exponentes más publicitados), acercándose a actitudes más escépticas y antihumanistas. Las nuevas creencias se expresaban en lo que ahora conocemos como teoría deconstructivista y posestructuralista. que revisaremos posteriormente. Los “nuevos novelistas” franceses también se alejaron del interés en los estados filosófico-emocionales de angustia y absurdo y del compromiso con los atractivos mímicos de una novela narrada de forma tradicional como La Nausea, de Sartre, o La peste y El extranjero, y abordaron formas antinarrativas mucho más frías y llenas de contradicciones, como los textos de Alain Robbe-Grillet, Philippe Sollers y otros quienes no estaban interesados en los personajes individuales o en un suspenso e interés narrativos coherentes, sino en cómo se desarrollaba su propio lenguaje de autoría.
Las nuevas ideas, si bien inspiraron literatura y dominaron su interpretación en los círculos académicos, echaron raíces fuera de las artes. Barthes estaba interesado principalmente en la aplicación de modelos lingüísticos a la interpretación del texto; el trabajo filosófico de Derrida comenzó como crítica de la lingüística; y el de Foucault estaba enfocado en las ciencias sociales y la historia. También estaban relativamente guiados por la relectura o redención de Marx, cuyo dominio en lugares como la Unión Soviética, antes de 1989, se explicaba de forma liviana debido a un socialismo burocrático mal aplicado. La mayoría de los intelectuales franceses responsables de la inspiración teórica de la posmodernidad trabajaron con un paradigma ampliamente marxista.
Por lo tanto, las doctrinas posmodernas abordaban gran parte del pensamiento filosófico, político y sociológico que se diseminó hacia el avant-garde artístico (particularmente en las artes visuales) y hacia las facultades de humanidades de las universidades en Europa y Estados Unidos como “teoría”; en el periodo posmoderno existió un dominio extraordinario del trabajo de los académicos sobre los artistas.
Esto no era “teoría”, según se puede entender en el marco de la filosofía de la ciencia (donde las teorías se prueban y pueden resultar comprobables o falsas) o de la filosofía angloamericana, ampliamente empírica. Era un discurso mucho más egoísta y escéptico, que adaptaba los conceptos generales derivados de la filosofía tradicional a materiales literarios, sociológicos y otros, a los que se dio un giro posmoderno.
¿Perdido en la traducción?
Muchos expositores académicos de la teoría posmoderna en Inglaterra y los Estados Unidos se concentraron en la traducción del pensamiento continental. Esto llevó a varios cuestionamientos culturales trasplantados interesantemente y a un quiebre drástico con tradiciones existentes. Por ejemplo, la teoría posmoderna heredó la preocupación por las funciones del lenguaje del estructuralismo, pero cuando Jacques Derrida se centró en los problemas referenciales (del lenguaje a la realidad no lingüística externa) volvió a la teoría del lingüista Ferdinand de Saussure. Derrida tuvo algunas dificultades con esto (en De la grammatologie) debido a su ignorancia de que muchos de los problemas que él trataba y la (extremadamente compleja) posición en la que se puso, según gran parte de la comunidad filosófica, habían sido mejor planteados y más rigurosamente revisados por Ludwig Wittgenstein. Sin embargo, Derrida no menciona a Wittgenstein en sus trabajos anteriores. Muchos teóricos literarios derridanos ignoraban totalmente la historia de los problemas filosóficos y no conocían algunas de las soluciones normales que se les aplicaban en la tradición filosófica angloamericana. Esto llevó a una división intelectual, incomprensión mutua y a divisiones en muchas facultades universitarias que persisten hasta hoy.
Los posmodernos, quienes justificadamente sentían mucho entusiasmo por las doctrinas éticas y políticas de liberación, a la vez dependían enormemente del prestigio extraordinario de estas nuevas autoridades intelectuales, cuya influencia era ampliamente dependiente de una jerga neologizante, que hacía que sus ideas parecieran tremendamente complejas y profundas y que provocaba enormes problemas a quienes los traducían: Según el filósofo estadounidense John Searle:
Una vez, Michel Foucault señaló que el estilo de prosa de Derrida era “obscurantisme terroriste”. El texto está escrito de forma tan opaca que no se puede entender cuál es su idea principal (de ahí “obscurantisme”) y el autor responde a quién critica esto: Vous m’avez mal compris; vous êtes idiot’ (de ahí, “terroriste”).
New York Review of Books, 27 de octubre de 1983.
Las figuras del habla opacas, por no decir ofuscadoras, de estos intelectuales incluso buscaban ser un desafío a la claridad “cartesiana” de las explicaciones, la que señalaban provenía de una dependencia sospechosa en las certezas “burguesas” con respecto al orden mundial. Roland Barthes, al discutir sobre literatura francesa del siglo XVII, señala:
Sin duda, existió cierto universalismo al escribir que se extendió a las elites europeas que vivían el mismo estilo de vida privilegiado, sin embargo, esta comunicabilidad del francés, tan valorada, solo ha sido horizontal. Nunca fue vertical, pues nunca llego a las profundidades en que estaban las masas.
Roland Barthes, Oeuvres Complètes vol. I (1942-1965).
Se prefería utilizar juegos de palabras que sonaran curiosos en lugar de una lógica correcta y políticamente sospechosa, lo que desembocó en una teoría que era más literaria que filosófica y que rara vez, si es que alguna vez lo logró, pudo llegar a conclusiones empíricamente verificables, pues era extremadamente complejo saber qué significaban. Para los seguidores de los maestros de la teoría, esto se convirtió en una carga muy placentera de exposición y defensa de la traducción. Los maestros franceses escribieron de forma totalmente avant-gardista, en desmedro de la claridad de su propia tradición nacional; son los miles de ecos, adaptaciones y esperables malentendidos de sus oscuros escritos los que han formado la frecuentemente confundida y pretenciosa psique colectiva de los posmodernos.
A continuación tenemos un ejemplo de una oración bastante común, que obtuvo el segundo lugar en el concurso anual de mala escritura realizado por la revista académica Philosophy and Literature. El extracto proviene del muy citado “The Location of Culture” (1994) de Homi Bhabba y puede que al final de este libro se entienda con mayor claridad.
Si, por un momento, las argucias del deseo se hacen ponderables en su uso dentro de una disciplina, prontamente la repetición de la culpa, la justificación, las teorías pseudocientíficas, la superstición, las autoridades espurias y la clasificación deben considerarse como esfuerzos desesperados de “normalizar” de manera normal la perturbación de un discurso divisorio, que viola las ilustradas afirmaciones racionales de su modalidad de enunciación.
En consecuencia, existe mucho contraste y tensión entre la posmodernidad que derivó de los intelectuales franceses y la corriente más popular de pensamiento filosófico liberal angloamericano de la época. La tradición existente había sido muy cauta, en un sentido postorwelliano, de las jergas, de las síntesis grandilocuentes y de la ideología relacionada con el marxismo. En los sesenta y principios de los setenta estaba muy comprometida con métodos bastante diferentes, y más específicamente, con la idea de que la filosofía debía funcionar dentro de un “lenguaje ordinario” que fuera accesible a todos; incluso cuando fuera técnico, debía propender hacia la claridad máxima. El trabajo clásico de la filosofía en inglés, desde El concepto de lo mental (1949) de Gilbert Ryle hasta Teoría de la justicia (1971) de John Rawls, utilizaba estas formas para llegar a un método esencialmente colaborativo y consensuado y para tener una mayor claridad y una corrección progresiva de parte de los filósofos en su conjunto (a los que, de hecho, la autoridad original podría responder, al igual que lo hizo Rawlins en su obra posterior, Liberalismo político, 1993). En ese sentido, estuvo influenciado tanto por el modelo de cooperación científica como por el modelo socrático. Sin embargo, las ideas posmodernas, a pesar de sus relaciones con el marxismo y sus aspiraciones políticas, nunca tuvieron la intención de calzar en esta suerte de marco de trabajo consensuado y colaborativo. Muchos posmodernos consideraban que esto sólo habría reproducido una visión burguesa del mundo y que habría apuntado a una aceptación universal injustificable. En cierto sentido, el posmoderno francés es un verdadero sucesor del movimiento surrealista, el que también intentó alterar una forma supuestamente “normal” de ver las cosas.
El peligro, y también el punto de todo, para muchos modernistas, de llenar una retórica literaria de argumentos filosóficos y teóricos es que esto conduce a que el texto quede sujeto a todo tipo de interpretación. Como podremos ver, existe un profundo irracionalismo en el alma de la posmodernidad, una suerte de desesperanza sobre las funciones públicas de la razón, derivadas de la ilustración, la que no se encuentra en ninguna de las otras disciplinas intelectuales de fines del siglo veinte (por ejemplo, en la influencia de las ciencias cognitivas sobre la lingüística o en el uso de modelos darwinianos para explicar el desarrollo mental). Los editores promocionan los libros persuasivos de los posmodernas no en base a sus desafiantes hipótesis o argumentos, sino en base a su “uso de la teoría”, sus “reflexiones”, sus “intervenciones” y su “forma de abordar” (en lugar de responder) las preguntas.
Algunas distinciones más amplias entre la filosofía y la ética, la estética y la sociología política de la posmodernidad estructuran el relato que mostramos a continuación. En estas tres áreas, los criterios de la posmodernidad varían bastante: el término “posmoderno” en sí mismo apunta a una mezcla de implicancias ideológicas y del periodo histórico. Por lo tanto, la aspiración de cualquier obra de arte, pensador o práctica social que busque tipificar las doctrinas posmodernas o diagnosticar con precisión “la condición social de la posmodernidad” dependerá de los criterios extremadamente diversos que han dominado las mentes de la mayoría de los comentadores del tema, entre los que me incluyo. De todos modos, espero captar una visión ampliamente consensuada de la posmodernidad.
Presentaré aquellas ideas más importantes dentro de esta familia, sin embargo, en el espacio que tengo disponible no puedo prestar demasiada atención a las intrigantes disputas entre ellas. Me concentro en las que considero como las ideas posmodernas más viables y de larga data, y especialmente en aquellas que nos ayudan a caracterizar y entender el arte y las prácticas culturales innovadoras del periodo a partir de mediados de los años sesenta.
Debemos prepararnos para considerar muchas ideas posmodernas como muy interesantes e influyentes, y como elementos componenciales de un arte experimental, pero, en el mejor de los casos, confusas, y en el peor, falsas. Esto es algo relativamente frecuente, las ideas principales esenciales de muchas épocas culturales están sujetas a la crítica. Una vez redescubiertas, estas ideas se reinterpretan (como la idea romántica de la imaginación) o se condenan a la obsolescencia (como el mesmerismo en la medicina). Todos los movimientos intelectuales extremistas en la historia, entre los que se encuentra la posmodernidad, han tenido estas características. Hoy en día, nadie comparte la totalidad de la visión romántica de la imaginación, aunque sus funciones siguen siendo una preocupación central y permanente. Por otra parte, el mesmerismo del siglo dieciocho y el hipnotismo del siglo veinte distan mucho entre sí. El surgimiento de ideas radicales (y de partidos políticos radicales) en el siglo veinte generalmente llevó a la desilusión y posteriormente a la modificación, destino que parece compartir la posmodernidad entre los años sesenta y los noventa. Después de todo, ya había durado tanto como el alto modernismo del periodo preguerra (del cual, para aquellos a su favor, fue un reemplazo políticamente progresivo, y para quienes se oponían, su último aliento decadente).
CAPÍTULO 2
NUEVAS FORMAS DE VER EL MUNDO
Resistencia a las grandes narrativas
Una gran parte de la teoría posmoderna depende de la mantención de una actitud de escepticismo, con una contribución esencial de parte del filósofo Jean-François Lyotard. El señalaba en La condición postmoderna (publicado en francés en 1979 y en inglés en 1984) que vivimos actualmente en una era en que la legitimización de las “narrativas maestras” está en crisis y va en declive. Estas narrativas se pueden apreciar o detectar en las grandes filosofías, como las de Kant, Hegel y Marx, quienes plantean que la historia es progresiva, que el conocimiento puede liberarnos y que existe una integridad secreta dentro del conocimiento. Las dos narrativas principales que ataca Lyotard son aquellas que pregonan la emancipación progresiva de la humanidad, desde la redención cristiana a la utopía marxista, y el triunfo de la ciencia; considera que estas doctrinas “han perdido credibilidad” desde la segunda guerra mundial. “En una simplificación extrema, definiría a la posmodernidad como la incredulidad hacia las metanarrativas”.
Tradicionalmente, estas metanarrativas han servido para, de cierto modo, legitimar o autorizar las prácticas culturales (por lo tanto, la legitimación de las teorías de Marx o Freud provendría de su afirmación, actualmente no tan expandida, de que están basadas en los principios de la metanarrativa de la ciencia). Otro ejemplo de esto son los libros de historia sobre la redacción de la constitución de los Estados Unidos por parte de los próceres de ese país, junto con sus sucesivas modificaciones legislativas. Hasta hoy, esta gran narrativa histórica, con sus “principios fundacionales” constitucionales, es un tema muy debatido, en cuanto a los límites de la libertad de expresión, el derecho al aborto y el derecho de los privados a tener y portar armas. Otro ejemplo sencillo de metanarrativa es la creencia marxista en la función predeterminada y privilegiada del proletariado, con el partido como su aliado, en el establecimiento de la revolución y en la supuesta utopía posterior, en la que “el estado se ha marchitado”. Desde 1945, los gobiernos de muchos territorios que previamente eran colonias han desarrollado narrativas políticas supuestamente magistrales similares con respecto a su historia de lucha nacionalista. Es complejo evitar estas narrativas, que prácticamente todas las naciones-estado poseen.
Si bien existen buenas razones liberales para estar en contra de estas “narrativas grandilocuentes” (no permiten diferencias con respecto a su valor y generalmente llevan a una persecución totalitaria), la plausibilidad de la afirmación de Lyotard con respecto a la caída de las metanarrativas a fines del siglo veinte depende finalmente de su atractivo para la condición cultural de una minoría intelectual. La afirmación sociológica general de que estas narrativas van en caída en nuestra época no luce muy firme, incluso después de la caída del marxismo estatal en occidente, ya que las lealtades a las creencias religiosas y nacionalistas totalitarias y de gran escala son responsables en la actualidad de gran parte de la represión, violencia y guerras en Irlanda del Norte, Serbia, Medio Oriente, etc. (Los posmodernos frecuentemente no están muy bien informados de las prácticas más actuales en la ciencia y religión). Es obvio para cualquier lector de un diario que los seres humanos aún se están matando en nombre de grandes narrativas, por ejemplo, la fatwa contra Salman Rushdie. De hecho, la razón por la que los posmodernos académicos parecían tan seguros con respecto a sus análisis hostiles de las sociedades estadounidense y europea en los setentas probablemente es que estas no estaban despedazadas por ideologías contrarias. Algunas ideas sobre las afirmaciones en disputa de islamistas y judíos en Medio Oriente y el proceso democrático en Europa oriental podrían haber llevado a conclusiones diferentes. Sin embargo, el escepticismo sobre el compromiso con las narrativas magistrales promovido por Lyotard y reproducido por Derrida y muchos otros posmodernos era atractivo para una generación criada en las democracias occidentales. Hasta cierto punto, eran libres de la ideología del existencialismo, estaban impresionados por la resistencia contra el capitalismo y el complejo industrial-militar en 1968, sospechaban de las pretensiones “imperialistas” de los estadounidenses y, probablemente lo más importante, necesitaban escapar de los lugares comunes mortalmente maniqueístas planteados por la guerra fría.
El resultado fue que la actitud básica de los posmodernos era el escepticismo con respecto a las afirmaciones de todo tipo que buscaran generalizar y totalizar la explicación. Lyotard no era el único que consideraba que la tarea del intelectual era la “resistencia”, incluso “al consenso”, el que se ha “transformado en un valor anticuado y sospechoso”. Los posmodernos respondieron a esta perspectiva, parcialmente porque al hacerlo se podrían poner del lado de aquellos que no “calzan” en las grandes historias, los subordinados y marginados, contra aquellos con el poder de diseminar estas narrativas magistrales. Muchos intelectuales posmodernos se veían a sí mismos como avant-gardistas y valientemente disidentes. Esto presagió una era de pluralismo, en la que, como veremos, incluso los argumentos de científicos e historiadores no se consideraban más que cuasinarrativas que competían con otras para ser aceptadas. No tienen una forma única o fiable de calzar en el mundo, ni una correspondencia con la realidad; no son más que otra forma de ficción.
Por supuesto, la oposición a estas narrativas (sobre todo a las holísticas o totalitarias) es un asunto absolutamente tradicional de los liberales. Mucha de la literatura significativa de la posmodernidad se ha vertido en articular este escepticismo para fines esencialmente liberales, por ejemplo, el trabajo de Edward Said, quien en Orientalismo (1978) intentó mostrar los efectos distorsionantes de la proyección de las narrativas grandilocuentes de occidente en las sociedades orientales; el imperialista se ve a sí mismo como representante de un entorno racional, ordenado, pacífico y respetuoso de la ley, y define al oriente como el opuesto de estas características (como la “confusión” que Forster encontró en Pasaje a la India); confía en que su representación de ellos (su narrativa del “orientalismo”) prevalecería. La gran historia imperial de desarrollo progresivo se superpuso a una práctica oriental meramente local (y además, “aberrante”) En esto, Said sigue a Foucault y al euhemerismo de los griegos y Nietzsche al creer que estas grandes narrativas políticas tan imponentes son, cuanto mucho, intentos mistificadores de mantener a algunos grupos sociales en el poder y a otros fuera de él. Como Said menciona, después de dormir con una cortesana egipcia, Kuchuk Hanem, Flaubert escribió a Louise Colet que “las mujeres orientales no son sino máquinas; no distinguen entre uno u otro hombre”. Con esto (y con sus novelas posteriores) “creó un modelo profundamente influyente de la mujer oriental”. Sin embargo, dentro de esta narrativa influyente “nunca habló de ella misma ni expresó sus emociones, presencia o historia”. Podemos imaginar qué tan distinto habría sido su relato, pero los dos contextos narrativos (de Flaubert y Kuchuk Hanem) parecen culturalmente inabordables, por lo que llegamos a una conclusión clásicamente posmoderna: la verdad universal no existe, por lo que estamos condenados al relativismo.
Deconstrucción
La confianza con la que se hicieron estas afirmaciones estuvo enormemente influenciada por la filosofía de Jacques Derrida; es en su extensa obra que encontramos la versión más elaborada de la actitud “deconstructivista”.
El argumento central para la deconstrucción depende del relativismo, es decir, la visión de que la verdad misma siempre es relativa a los distintos puntos de vista y predispone los límites intelectuales de quien juzga. Por lo tanto, es difícil decir que los deconstructivistas están comprometidos con algo tan definitivo como una tesis filosófica; es más, intentar definir la deconstrucción es desafiar otro de sus principios fundamentales: negar que es posible definir de forma definitiva, ya que incluso los candidatos más plausibles siempre invitarán a una definición o “juego” más acabado con el lenguaje. Para el deconstructivista, la relación entre lenguaje y realidad no es definitiva ni fiable, pues todos los sistemas de lenguaje son constructos culturales no fiables.
Sin embargo, Derrida y sus seguidores parecen comprometidos con una propuesta histórica bastante clara de que la filosofía y la literatura en el mundo occidental por mucho tiempo han supuesto que la relación entre lenguaje y mundo estaba bien establecida y era confiable. (incluso, en el caso de algunas religiones, era protegida por dios). Esta confianza “logocéntrica” espuria en que el lenguaje es el espejo de la naturaleza es la ilusión de que el significado de una palabra se origina en la estructura de la realidad misma y, por lo tanto, refleja mentalmente y de forma directa la verdad sobre esa estructura. Todo esto da como resultado una falsa “metafísica de la presencia”. Todo esto forma la gran metanarrativa de Derrida, quien asume muy erróneamente que ningún elemento de la tradición metafísica occidental ponía en duda la relación del lenguaje y el mundo, sin embargo, el nominalismo y el esencialismo siempre han estado en oposición. (De hecho, Wittgenstein notablemente intentó establecer una relación completamente estable y confiable entre lenguaje y mundo en su Tractatus Logico-Philosophicus (1922) para luego repudiar totalmente su postura en favor de una teoría relativista de juegos lingüísticos con la publicación (póstuma) de Investigaciones filosóficas en 1953).
De todos modos, debido a la caracterización poco afortunada de una cultura que cada vez dependía más de su “adecuación” a la ciencia y de la omnipresente tecnología capitalista, desde las que se supone que proviene y que justifica, el escepticismo de Derrida era políticamente atractivo; les permitió a sus seguidores atacar a quienes creían que la filosofía, la ciencia o la novela realmente describían al mundo de forma adecuada o que las narrativas históricas podían ser ciertas.
Los derridanos acusaban a los literatos, en particular, de una confianza ingenua en la verdad, lo que denominaban irónicamente “texto realista clásico”. Estas personas no lograban apreciar la naturaleza de la lengua que les daba su falsa confianza.
Por ejemplo, al leer Middlemarch, de George Eliot (1882), podemos creer (algo que no compartía el mismo Eliot) que sencillamente abre una puerta a la realidad, a la que su discurso se adecúa. Nuestra confianza en la narrativa y el uso del lenguaje de Eliot nos pone en una posición dominante, casi divina, sobre todo si nos fiamos de las generalizaciones que realiza. Creemos saber la verdad sobre Dorothea Brooke, pero solo conocemos la descripción que hace Eliot. ¿Qué pasa con las metáforas utilizadas?, ¿son ciertas? Por ejemplo, Dorothea, alterada y confundida por la insatisfacción que sentía con respecto a su marido Casaubon, siente que su vida “parecía una mascarada con vestuarios enigmáticos”. Además de los problemas de interpretación que conlleva la metáfora, esta solo funciona dentro de una cultura en que se entienden las mascaradas y sus funciones de una forma específica. La descripción de Dorothea solo mantiene su validez siempre y cuando se encuentre dentro del discurso de apreciación de las mascaradas dentro de un grupo determinado.
El deconstructivista posmoderno desea mostrarles cómo las relaciones de confianza, como la que existen entre lenguaje y mundo, es errónea. Decimos, “es solo una metáfora semánticamente engañosa sobre una mascarada”. Sin embargo, es obvio que no es posible demostrar que siempre el lenguaje “es erróneo” sin tener una confianza secreta y contradictoria en su naturaleza. Sin una noción bastante certera de la verdad, ¿cómo podemos demostrar que algún aspecto del lenguaje “es erróneo” o contradictorio? Es un misterio invalidante para aquellos que atacan la deconstrucción, y revitalizante para sus más fervientes defensores.
¿Por qué los deconstructivistas deberían poner en duda nuestra confianza en autores como Eliot, y con ello, gran parte de la tradición filosófica que les antecede?
Signos como sistemas
Los derridanos insisten en afirmar que las palabras solo se explican dentro de su relación con los diversos sistemas de los que forman parte.
De esto, se deduce que, cuanto mucho, somos relativistas atrapados dentro de un (inconmensurable) sistema conceptual. Solo podemos “saber” lo que ellos quieren que sepamos de la realidad. Sin importar lo que digamos, estamos atrapados en un sistema lingüístico que no se correlaciona con la realidad externa como debería, pues cada término dentro del sistema también hace referencia, o más bien depende, de la existencia (o la “traza”, como lo denomina Derrida) de otros términos ausentes del sistema. Por ejemplo, el español cuenta con una serie de palabras para expresar diferentes grados de enojo, desde “molesto” hasta “iracundo”, mientras que el inglés tiene su propio conjunto de palabras para estas experiencias. Los términos del campo léxico de cada lengua se relacionan entre sí para que los nativos puedan categorizar la “furia”. Sin embargo ni el español ni el inglés, sin importar las diferencias que estas lenguas tengan, es capaz de mostrar la “verdad” sobre los estados de ira en el mundo. Esto también aplica a Eliot, quien tampoco puede afirmar que muestra de forma auténtica la desilusión de Dorothea. Los derridanos solo ven el lenguaje como algo que parece marcar diferencias acentuadas entre los conceptos; solo los “posterga” o aleja por un tiempo. Por lo tanto, para los derridanos, nuestros conceptos marcan una “differance”, o postergación, y una “diferencia” (el neologismo forma un juego de palabras entre ambos). El significado se escapa eternamente de cada palabra dentro del sistema lingüístico
Derrida se mueve desde una forma venerable de relativismo conceptual a la sugerencia de que todos los marcos conceptuales, después de analizados de esta forma, se pueden criticar. Esto es clave en su contribución a la actitud posmoderna y no depende demasiado de su “corrección” ni de su posición filosófica. Derrida considera que todos los sistemas conceptuales son susceptibles a la falsificación, a la distorsión, a su jerarquización. No solo sucede que nuestro conocimiento del mundo no es tan directo como esperaríamos, debido a la metaforización y a que depende totalmente del alcance de nuestros sistemas conceptuales, sino que también hemos confiado demasiado en las formas en que funcionan esas categorías principales al momento de organizar nuestras experiencias. Por ejemplo, George Eliot, en el pasaje que cité, se basa en la distinción obvia entre “apariencia” y “realidad” y entre “ser sí mismos” y “actuar” (como en una mascarada o al usar un disfraz).
Generalmente privilegiamos o nos basamos en lo que Derrida denomina significantes trascendentales, como “Dios”, “realidad” o “concepto de hombre” para organizar nuestro discurso. Las oposiciones conceptuales que empleamos frecuentemente para esta organización (escritura y habla; cuerpo y alma; literal y metafórico; natural y cultural; masculino y femenino, nos hacen malentender, o al menos entender de forma demasiado rígida, las relaciones fundamentales existentes. Específicamente, tendemos a poner uno de los términos por sobre el otro, por lo que, por ejemplo, se considera que “mujer” es inferior a “hombre (“oriental” inferior a “occidental”). Desde un marco conceptual más realista, podemos ver que efectivamente “dependen” uno del otro para su definición. De hecho, los derridanos tenían una obsesión freudiana con respecto a que los aparentes opuestos se necesitaban y que se connotaban entre sí. Solo me puedo ver como un imperialista justiciero y racional (Como Ronnie Fielding, en la obra de Forster) si a ti se te considera, a la vez, un oriental bribón, astuto y de mal origen (como Aziz en la misma obra). El aspecto innovador y liberador de esta forma de deconstrucción de los opuestos funciona de la siguiente forma: cuando analizamos un sistema específico, como el nuestro, que tiene por objetivo describir el mundo de manera adecuada, podemos ver que los conceptos que privilegian o a los que dan importancia, junto con sus jerarquías, no están en un orden totalmente adecuado y que son mucho más interdependientes de lo que podríamos pensar.
De hecho, para los derridanos, la revelación de esta interdependencia oculta los “deconstruye”. Esto puede tener un efecto desbaratador o incluso de inversión, y generar efectos paradójicos; la verdad es, en realidad, un tipo de ficción; interpretar es malinterpretar; la comprensión siempre es una forma de incomprensión, pues nunca es directa, sino que forma parte de una interpretación parcial y generalmente usa metáforas cuando se cree que es literal. Este uso fundamental de la deconstrucción, es decir, alterar nuestra confianza en los elementos lógicos, éticos y políticos comunes, es lo que ha sido más revolucionario y común de la posmodernidad.
La afirmación relativista es que una vez que vemos de esta manera nuestros sistemas conceptuales, también podemos ver que el mundo, sus sistemas sociales e incluso la identidad del ser humano no son elementos establecidos en la realidad, garantizados por un lenguaje que se corresponde con la realidad, sino que son constructos que generamos en nuestro lenguaje, de formas que no es posible justificar afirmando que es la manera en que las cosas son en realidad. No vivimos en la realidad, sino en nuestra representación de ella. (Algo notablemente derridano: no existe nada fuera del texto, solo más texto que utilizamos para describir o analizar qué textos deseamos utilizar como referencia).
Esto nos puede dar la confianza de liberarnos de cualquier lealtad a algún sistema determinado y creer que la forma en que vemos el mundo puede y debe cambiar. Se podría decir que los deconstructivistas, liberales y marxistas pueden aliarse en la negación de que alguna ideología dominante o algún lenguaje posilustración, kantiano o universalista puede describir la realidad con certeza.
Jugar con el texto
La deconstrucción (sobre todo la realizada por los críticos literarios) tuvo una influencia cultural mayor cuando se rehusó a permitir que su actividad intelectual, su literatura y su interpretación se organizaran de acuerdo a una jerarquía acostumbrada de conceptos, especialmente aquellos ejemplificados anteriormente. Al llevar a cabo estas tareas, la deconstrucción alteró la organización del texto y desafió lo que consideraba como delimitaciones meramente arbitrarias de su significado. Esto, a raíz de que la “differance”, o dependencia semioculta de un concepto con respecto a otros en su campo léxico, no es limitable. Podemos movernos en el diccionario gracias a las rutas abiertas por una palabra. La noción de un campo léxico que estuviera dinámicamente interrelacionado y que fuera potencialmente ilimitado ayudó a aliar la teoría deconstructivista con las actitudes de muchos escritores avant-gardistas y posmodernos. Estas ideas influenciaron a los “nuevos novelistas” en Francia y a un conjunto de escritores experimentales estadounidenses como Walter Abish, Donald Barthelme, Robert Coover y Ray Federman El lenguaje y las convenciones de los textos (las pinturas y la música) se convirtieron en algo con lo que jugar; Ellos solo eran difusores de “significados”.
Figura 2. De Ray Federman, Take It or Leave It: A Novel (1976). El juego de la teoría posmoderna con la ficción se aprecia mejor cuando está en forma cómica.

La muerte del autor
Más importante aún, el lector/auditor/espectador involucrado en la articulación o interpretación de este juego del lenguaje debería actuar de forma independiente de cualquier supuesta intención del autor. La atención al autor privilegiaría algo incorrecto, pues lo veríamos como el origen o autoridad limitadora; el significado del texto es un ejemplo obvio del privilegio (logocéntrico) de un conjunto particular de significados. ¿Por qué estos significados no pueden originarse en el lector como se originan en el autor? No deberíamos confiar más en la intención de autoría (o histórica) que en el realismo. A partir de esto nació una nueva noción del texto, una que lo entiende como “un juego libre de los signos y el lenguaje”. La proclama de “la muerte del autor”, especialmente por parte de Barthes y Foucault también tenía la ventaja política de posicionarlo como el burgués, capitalista, dueño y comerciante de sus propios significados.
En palabras de Barthes:
Sabemos ahora que el texto no es una línea de palabras con un solo significado “teológico” (mensaje del “autor-dios”), sino un espacio multidimensional en que varios escritos, ninguno de ellos original, impactan y mezclan… la literatura… al negarse a darle un significado “secreto” o final al texto (y al mundo textual), realizan lo que podría considerarse una actividad antiteológica, una que es realmente revolucionaria, pues negarse al significado es negar a dios y su hipostasis: la ciencia, la razón y la ley.
Roland Barthes, “The Death of the Author”, en Image-Music-Text (1977).
El texto, como construcción por parte del lector, se libera y democratiza, con lo que puede haber un juego libre de la imaginación. Los significados son propiedad del intérprete, quien tiene la libertad de jugar deconstructivamente con ellos. Se consideraba que intentar determinar el significado de un texto, o de cualquier sistema semiótico, de acuerdo a un fin particular era filosóficamente erróneo y políticamente retrogresivo. Todos los textos, junto con sus complementos lingüísticos, literarios o genéricos, ahora podían navegar en un mar de intertextualidad, en el que las distinciones previamente aceptadas entre ellos ya no importaban, y parecer formas traviesas de retórica diseminadora (como los de Derrida, que se transformaron en monólogos más desorganizados, caóticos y largos). Se consideraba que las implicancias de la búsqueda de certezas textuales en la interpretación eran tan reaccionarias como el consenso prefabricado del orden político establecido.
Metáfora
La plausibilidad de considerar al texto como formas de juego retórico (deconstruible), sin importar lo verídica que fuera su intención, se veía reforzada por la tesis, herencia de Nietzsche y entendida de Platón, de que, en el lenguaje, lo aparentemente literal (incluso las partes más realistas de George Eliot) es en verdad metafórico. La filosofía y la historia (que ya no deben privilegiarse como discursos verídicos o literales) pueden leerse como si fueran literatura y viceversa. Ya no es necesario creer en la literalidad (como un tipo de lenguaje que hace referencia inequívoca a la realidad), ya que todos los elementos posiblemente literales pueden mostrarse como metafóricos al analizarlos más detenidamente.
Esta visión del lenguaje en general tiene cada vez más aceptación entre los lingüistas, particularmente (y controversialmente) George Lakoff y Mark Johnson, quienes reconocen la influencia de Derrida en la organización del lenguaje diario en metáforas y se inclinan a comentar que una perspectiva filosóficamente objetivista del mundo no es posible. Estos trabajos lingüísticos han intentado demostrar que, en realidad, el pensamiento se da a través de sistemas conceptuales interrelacionados que se basan en metáforas que podemos reducir a un lenguaje más literal, por lo que es muy poco probable que sean simple o sistemáticamente compatibles entre sí.
En general, los posmodernos estaban interesados en las consecuencias políticas y éticas de este tipo de análisis, pues los deconstructivistas afirmaban que todo sistema cognitivo, una vez visto desde la metáfora, llevaría a contradicciones, paradojas, problemas o aporías, si deseamos usar el término derridano (término retórico para una cuestión dubitativa). Esto se debe a que, para los Derridanos, las características metafóricas de los sistemas lingüísticos garantizan su fracaso al momento de dominar (o subyugar) la materia que desean explicar.
Estos argumentos fascinaron a una gran cantidad de críticos literarios en los años setenta y ochenta, y lo siguen haciendo hasta el día de hoy, pues estos tipos de deconstrucción eran una estrategia de avant-garde, escepticismo y revelación de contradicciones que podía sabotear, subvertir, exponer, deshacer y transgredir cualquier texto. Más aún, tenían implicancias políticas emocionantes, pues mostraban la superioridad indudable del pensamiento deconstructivista sobre la “ceguera” inconsciente del texto en cuanto a las contradicciones que contenía. Deconstruir un poema, texto o discurso es mostrar cómo (en realidad) sabotea la filosofía que (supuestamente) apoya o las oposiciones jerárquicas en las que se basa en exceso. La deconstrucción era más efectiva cuando las contradicciones que revelaba eran de relevancia política o moral.
Aquí podemos ver un ejemplo de un enfoque deconstructivista, basado en parte de un poema de Tennyson, quien escribe:
Reverendísima Isabel, Reina y regente,
Majestuosa flor de fortaleza femenil,
Esposa perfecta de humilde semblante;
II
De intuitiva decisión y aguda inteligencia,
Distingue el crimen y el error, con virtuosa prudencia;
La ley del matrimonio, con letras doradas,
Grabada en su corazón, en tablas blanqueadas;
Un amor incandescente, que esas leyes permite ver;
De poca lisonja al hablar y consejo sabio y sutil
Que penetra alma y razón sin hacerse notar;
Abriéndose camino, con paso en extremo gentil
A través de las fortalezas de un orgullo suspicaz;
Con coraje al resistir y obedecer;
Por el chisme y el control siente aversión;
Toda una vida, ella ha sido coronada,
La reina del matrimonio, la esposa perfecta.
El texto tiene por intención ensalzar de forma empalagosamente religiosa, sin embargo, los temas escogidos para reforzar dichas estrategias pueden parecer, de acuerdo a nuestro contexto histórico, objetables. El deconstructivista puede afirmar que su impropiedad para nuestro sentido de realidad (o de corrección política) proviene del hecho de que en realidad se basa en la fantasía, en una relación inestable entre la literalidad y la metáfora del poema. Estos elementos revelan, si observamos con cuidado, una intranquilidad con respecto a las distinciones en que se basan y que provocan la desarticulación del poema.
En consecuencia, esto implica un dominio bastante cuestionable del hombre sobre la mujer, disfrazado (y considerado aceptable, al menos, para el hombre) bajo el pretexto de que ella puede “reinar” sobre ellos (aunque solo de formas moralmente aceptables). Ellas son virtuosas, nosotros tenemos el poder. No obstante, la virtud, especialmente aquella abnegada, alabada por Tennyson, no es poder en lo absoluto. Solo puede asomar en un sentido estrictamente metafórico (en lugar de un matrimonio real), en el que las mujeres están desamparadas, figura de la que proviene la combinación desafortunada de “Esposa perfecta de humilde semblante”. Además, Isabel solo puede utilizar su inteligencia intuitivamente al distinguir el error y el crimen (lo que refuerza el estereotipo de que las mujeres funcionan por intuición y los hombres por razón). En caso de que su intuición le falle, lleva consigo la “ley del matrimonio”, como las tablas de la ley de Moisés, como ayuda memoria, “representadas” incluso por las “tablas blanqueadas”. Incluso su corazón es blanco, vacío y sin sangre; es una tabula rasa para la fantasía masculina. Incluso el amor que ella siente apenas puede entregar “incandescencia/ para entender esas leyes”. Sus únicas armas, en casos de peligro, son su gentileza y su coraje, bastante templado por la obediencia. Ella no quiere poder, aunque tiene características divinas, pues no hay daño en una adoración que no confronta las diferencias de género. Paradójicamente, el poema de Tennyson (y su deconstrucción) subordina a Isabel a la vez que la eleva a los cielos.
Al argumentar que el lenguaje nos puede llevar al error y que la realidad nunca se podrá dominar de forma certera o verídica, los deconstructivistas se niegan a aceptar algún tipo de “realismo” sostenido en los textos que critican. Este ataque al realismo es central a toda actividad posmoderna. Sin embargo, al rehusarse al encuadramiento en un sistema existente o a mostrar alguno propio de una forma que no sea evasiva o satírica, también han dejado de lado la posibilidad de proponer un sistema propio sin traicionar sus principios. Esto lleva frecuentemente a la crítica de que los posmodernos son solo escépticos que no pueden realizar compromisos morales o políticos significativos. Los deconstructivistas, de forma extremadamente frecuente y con fidelidad a sus propias premisas, se ven envueltos en una regresión perpetua de cualificación. Gran parte de la crítica deconstructivista (por ejemplo, Glas, de Geoffrey Hartman, y gran parte de la obra de Paul de Man y Hillis Miller) hoy en día se percibe como hedonista y ensimismada, sin ningún compromiso con algo relevante.
Los ejemplos de interpretación constructivista más convincentes, de hecho restringen este retroceso para apoyar a una tesis que no sea criticada (al menos de forma inmediata). En resumen, los deconstructivistas no pueden escapar de la acusación de que su trabajo, cómo máximo, es una forma de crítica pragmática de nuestras creencias y que, al fin y al cabo, siguen con la tradición de la filosofía: no afirman que al contradecirse en realidad no se dice nada (para ellos, esto sería una lógica demasiado tradicionalista y veraz), sino, más bien, que al contradecirse, se abren muchas rutas que explorar. Después de todo, para ellos, todos hacemos esto, y la única respuesta posible es hacer otro movimiento, en lugar de ser osado y decir que algunos movimientos no son legítimos. El deconstruccionismo tradicional no es una teoría comprobable, sino, más bien, un proyecto “en curso”.
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