Czytaj książkę: «Pirómano»
Título original: The Arsonist.
© Chloe Hooper, 2018.
© de la traducción: Jorge Rizzo Tortuero, 2020.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2020.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO688
ISBN: 9788491876366
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
PORTADA
CRÉDITOS
DEDICATORIA
MAPAS
PRIMERA PARTE. LOS INVESTIGADORES
SEGUNDA PARTE. LOS ABOGADOS
TERCERA PARTE. EL JUICIO
EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
NOTAS
PARA DON


PRIMERA PARTE
Imaginémonos el grabado de un cuento de hadas. Árboles negros y rectos que se elevan en perfecta simetría con su punto de fuga, el suelo cubierto de un espeso manto de nieve blanca. En esos cuentos los bosques son lugares peligrosos, las cosas no son lo que parecen. Aquí, en esta plantación maderera, también hay una amenaza en el ambiente. Los árboles, tiznados, arden. El humo se eleva por los troncos carbonizados y las hojas chamuscadas. La nieve, manchada de un gris pálido, es ceniza. Si apoyas mal el pie puedes hundirte en ella y quemarte. Estos bosques están señalizados con una cinta policial como escenario de un delito y vigilados por dos agentes uniformados.
En el cruce de dos carreteras cualesquiera, el agente Adam Henry está sentado en su coche, intentando comprender el misterio. A un lado de Glendonald Road, la plantación maderera está intacta: espléndidos pinos de California, todos sembrados al mismo tiempo, creciendo en impecables líneas verdes. En el otro lado, cerca de donde la carretera forma una T con una pista llamada Jellef ’s Outlet, se alzan filas de Eucalyptus globulus, el clásico eucalipto azul cultivado en todo el mundo para hacer papel de impresora. Hasta donde alcanza la vista, todos negros. En algún lugar cerca de allí, el sábado 7 de febrero de 2009, hacia las 13.30, se inició un incendio, y a media tarde del domingo sigue activo a varios kilómetros de distancia.
El agente Henry acababa de tener una niña. La primera, y había salido del hospital hacía apenas una semana. La noche antes había tenido que abandonar su baja por paternidad para acudir a una reunión a las seis de la mañana. Había llamado a todo el mundo de la Patrulla de Incendios y Explosivos de la Policía de Victoria. Los últimos días había hecho un calor increíble, y el sábado había sido el peor día, con temperaturas de unos 45 ºC y un viento asesino del norte de cien kilómetros por hora. Esa tarde, y toda la noche, el fuego había asolado grandes extensiones del norte, el noroeste, el noreste, el sureste y el suroeste del estado. A Henry lo habían enviado al este, a dos horas de Melbourne, para supervisar la investigación de un fuego iniciado a cuatro kilómetros del pueblo de Churchill, de cuatro mil habitantes. Como no podía ser de otro modo, la investigación se llamó Operación Winston.
Con un compañero, recorrieron la M1 hasta el valle de Latrobe. A las dificultades de conducir por entre el humo se le añadía el sopor por el madrugón. Por la radio iban actualizando la cifra de muertos: primero cincuenta, luego cien. Hablaban de pueblos enteros arrasados. Cuando llevaban una hora de camino, los policías se encontraron con el primer control de carretera. El denso bosque del Parque Estatal Bunyip estaba en llamas, pero la policía de tráfico los dejó pasar a una carretera desierta. La siguiente hora viajaron solos por una vía que solía estar llena de tráfico.
En el exterior vieron una serie de pueblos entre los vastos campos de cultivo de Gippsland; luego llegaron a una región de extracción de carbón. Al acercarse a la fuente de energía, las torres de alta tensión eran cada vez más frecuentes, y sus cables formaban olas sobre las montañas. Al trazar una curva más allá de Moe, Henry vio las torres de refrigeración y las nubes de vapor de la primera central eléctrica y luego, pasada otra curva, un valle dominado por las ocho enormes chimeneas de otra central, la de Hazelwood. La carretera lindaba con una gran mina de carbón abierta. Una serie de caminos descendían hasta las profundidades de su negro núcleo —los restos carbonizados de un pantano de treinta millones de años— donde las excavadoras, que en comparación con la veta parecían de juguete, escarbaban sin descanso la tierra.
Unos kilómetros al sur de la autopista, tomaron la salida a Churchill. El pueblo había sido construido a finales de los años sesenta como barrio dormitorio para los trabajadores de la compañía eléctrica. Trazaron anchas calles en los prados azotados por el viento, y erigieron una esbelta estatua anodizada que seguía siendo el único monumento público. Era como un estilizado puro dorado, de treinta metros de altura, un homenaje al gran hombre de Estado que había dado nombre a la población.
Los agentes no se detuvieron. Sobre las negras colinas se veía el humo que amenazaba al pueblo, y antes de que el peligro aumentara, querían llegar al lugar donde suponían que se localizaría el origen del incendio. Si este había sido provocado, la policía necesitaba demostrar la conexión entre el punto de ignición y las víctimas, algunas de las cuales tal vez estarían a kilómetros de distancia, en lugares a los que aún resultaría peligroso acceder.
Una vez superado el último control de carretera, Henry aparcó y se quedó observando: a un lado de la carretera, una especie de paisaje nórdico idílico; al otro, una extensión negra. Estaban en el eje que separaba ambos mundos.
Salieron del coche y se encontraron con un silencio inquietante. No se oía el canto de los pájaros, ni el zumbido uniforme de los insectos. El aire era fresco, cargado de un penetrante humo de eucalipto. No era un olor desagradable. Al otro lado de la cinta policial, Henry vio al químico de la policía especialista en incendios.
Quizá por efecto de los muchos años pasados buscando pistas entre la ceniza y los escombros, George Xydias tenía los hombros caídos y el cuello algo curvado. Había investigado fuegos accidentales y fuegos provocados; explosiones en coches, barcos, camiones, aviones; y, tras los atentados de 2002, en clubes nocturnos de Bali. Había estado en tantos escenarios calcinados que por el olor podía distinguir el tipo de vegetación o de material de construcción que se había quemado, y —para exasperación de los miembros de su laboratorio, a los que ponía en evidencia con su meticulosidad— a veces incluso el porcentaje de combustible que había quedado sin quemar.
Ataviados con uniformes blancos de un solo uso, Xydias y su ayudante hablaban con Ross Pridgeon, un hombre tímido y sarcástico con gafas y una desgreñada melena de cabello castaño. Aquella mañana, Pridgeon, investigador local de incendios forestales del Departamento de Sostenibilidad y Medio Ambiente, había sido el primero en examinar el escenario. A ambos lados de la pista Jellef ’s Outlet, entre las rectas hileras de llameantes eucaliptos azules, había encontrado dos fuegos provocados separados entre sí cien metros.
Pridgeon le mostró al equipo policial congregado cómo había llegado hasta el lugar donde se unían ambos incendios. Siguiendo la Jellef ’s Outlet trescientos metros más allá, las llamas habían pasado del lado este al oeste, elevándose por las copas de los árboles. Ahí era donde había aparecido la cabeza del fuego, que además tenía dos frentes en expansión. Las copas de los eucaliptos habían quedado arrasadas, y las hojas negras restantes estaban secas, tiesas en dirección al viento del sábado. Flexibles hasta cierta temperatura, las hojas de eucalipto eran como miles de dedos inmóviles que señalaban la dirección que había seguido el fuego, lo cual dejaba claro que si los agentes entraban en la zona quemada y retrocedían en dirección opuesta, podrían llegar al lugar de origen. El suelo calcinado crujía bajo los pies. Henry pisó con cuidado para evitar alterar las pruebas. Era un hombre atractivo, de treinta y seis años, complexión atlética y paso decidido. Había sido seleccionado para jugar en la liga profesional de fútbol australiano pero una lesión le había hecho cambiar de planes. Un día, cuando trabajaba en la división de transporte urbano, investigando casos de violaciones y agresiones en el transporte público, tuvo que acudir a una estación de tren a la que habían prendido fuego. Mientras contemplaba la escena, aún con rescoldos, Henry se quedó impresionado al ver el método racional que aplicaba la Unidad Antiincendios para analizar las cenizas. Pidió el traslado y pasó los años siguientes aprendiendo lo que podía llegar a hacer el fuego, y las respuestas que se podían encontrar entre sus restos.
Este fuego había sido tan intenso que era como introducirse en un libro de texto sobre investigación de incendios forestales. Los árboles quemados desprendían calor, y en torno a las ramas el humo flotaba bajo. Siguiendo las pistas más sutiles, Henry y sus compañeros se abrieron paso por entre el humo.
El fuego es un extraño artesano. Puede biselar ramas, limando la madera por el lado del origen y afilando la parte de atrás a medida que avanza; puede dejar las ramas de un árbol como la piel de un cocodrilo, cubriéndolas de escamas negras en el punto del impacto. La ceniza blanca es señal de una combustión completa, y los objetos afectados directamente pueden parecer más claros; los hombres dieron con una valla que tenía una mayor cantidad de ese hollín pálido en un lado, y siguieron por allí. Las rocas y las ramas más grandes suelen proteger material combustible más fino, como las pajitas: sabían que en los lugares donde estas últimas no estaban quemadas, debían moverse en dirección opuesta. Los investigadores analizaron la profundidad de la capa quemada de la madera, y también el ángulo de llama, otro indicador de la dirección del fuego: el patrón de calcinamiento de la parte de un tronco orientada hacia el origen del fuego era bajo, mientras que en los lados y la parte trasera del tronco la marca de quemadura de las llamas presentaba un ángulo marcado.
Echaron a caminar en perpendicular al avance de la cabeza del fuego hasta que encontraron rastros del flanco del incendio. Aquí, en la periferia del fuego, los árboles no estaban tan quemados: en algunos puntos, el material combustible, que en el centro del incendio habría quedado destruido, aparecía intacto. Los hombres cruzaron al otro lado y encontraron el otro flanco del incendio. Avanzando en zigzag, adelante y atrás, acercándose con lentitud, resiguieron una forma en V hasta la punta y llegaron hasta lo que se conoce como área de confianza. Paradójicamente, aquí las señales eran más desconcertantes. Las hojas no apuntaban todas en la misma dirección: en su fase incipiente, el fuego aún no había establecido su trayectoria. Los daños estaban más cerca del suelo. Los objetos habían ardido de forma desordenada. El fuego había nacido muy cerca de allí.
Más allá había indicios claros de un frente de retroceso, en el que las primeras llamas habían retrocedido, intentando extenderse hasta quedar acorraladas por el viento. Las señales de combustión eran menores: todavía quedaba material de combustión fino, y el ángulo quemado era regular y horizontal. Los investigadores empezaron a poner banderas para marcar el perfil del lugar donde se había encendido el fuego.
Ya habían ardido 26.000 hectáreas; sin embargo, tras una hora estudiando y fotografiando los indicios, podían limitar con sus banderas una zona de ocho metros cuadrados, a cuatro metros del camino de la plantación. No había restos de ningún mecanismo incendiario —a veces los investigadores encuentran restos de artilugios hechos con cerillas o bengalas de fiesta atadas a un lastre—, pero con las explosivas condiciones del día anterior, es probable que al pirómano le haya bastado un encendedor. Un pequeño movimiento con un dedo y habría saltado la chispa que desencadenaría todo aquel terror.
Y como en tantos otros casos, el segundo incendio se había iniciado a un paseo del primero.
Unas horas antes, un agente de policía local se había encontrado con Ross Pridgeon y le dijo que el equipo que había acudido en un primer momento a luchar contra las llamas había visto dos incendios ardiendo en paralelo. Pridgeon condujo a Henry y a los otros investigadores a una zona a unos metros de Glendonald Road, en el lado este de la Jellef ’s Outlet. Allí también identificaron la cabeza del fuego y luego siguieron los flancos, marcando la periferia y retrocediendo hasta el lugar de origen. Resultó que el segundo incendio había nacido justo detrás de un cartel que prohíbe arrojar basuras, considerado en la zona como una invitación para descargar la basura allí mismo. Había tres bicicletas, o los restos retorcidos de sus cuadros, junto a los restos quemados de un montón de neumáticos viejos y otras piezas de coches, televisores, colchones, sofás, un cochecito de bebé, juguetes..., los excedentes domésticos de la gente que no puede o no quiere pagar por dejar su basura en los depósitos de chatarra. Nada de aquello podía encenderse de forma espontánea. Los investigadores buscaron restos de botellas de cristal, que, actuando como una lupa, podrían haber encendido la hierba seca: no había ni rastro. No había recipientes de comida basura, ni porno, ni latas de pintura de las que usan los chavales para esnifar —a veces después de colocarse van haciendo el payaso con cerillas por el bosque—. No habían caído rayos, en las inmediaciones no había maquinaria pesada; no habían caído líneas eléctricas, y nadie habría acampado en aquel lugar.
¿Podía ser que una brasa del primer incendio hubiera creado el segundo? Xydias creía que en los primeros quince o veinte minutos de ignición esa «salpicadura» era casi imposible. Para ello, una brasa habría tenido que viajar hacia atrás, contra un viento abrasador, y luego de lado hasta llegar al lugar del segundo incendio. Las pruebas hacían pensar que impulsados por el intenso viento caliente de noroeste dos frentes de alta intensidad habían avanzado con rapidez hacia el sureste. Se habían encendido por separado, en unas condiciones ideales para crear un incendio monstruoso.
Doce años de sequía habían convertido en combustible los troncos del sotobosque de la plantación, las hojas caídas e incluso la materia orgánica del suelo. El pirómano no tuvo necesidad de echar ningún combustible entre los eucaliptos. Cada árbol había creado su propia pira. Cada verano sueltan corteza, ramas y hojas, y cada año que no hay incendios, los montones van aumentando de tamaño, liberando toxinas que impiden el crecimiento de nuevas plantas que pongan en peligro sus reservas de combustible. No hay ninguna otra planta en el planeta a la que le guste el fuego como al eucalipto: para vivir necesita arder. En Estados Unidos llaman «árboles de gasolina» a los Globulus. Las llamas liberan gases que actúan como propulsor, haciendo que estas se extiendan por las copas. Y la corteza, que se desprende como una cinta, crea ríos de fuego que viajan kilómetros y kilómetros arrastrados por el viento.
Los indígenas australianos gestionaban en su favor esta tendencia pirófila del árbol. Entre los ganaderos europeos apareció una subcomunidad de incendiarios destructores. Durante generaciones, eso ha sido un secreto a voces. En muchas poblaciones rurales, cada verano, justo cuando llegan los vientos del norte procedentes del desierto, había alguien que parecía lanzarse a una campaña desenfrenada. No fue hasta hace relativamente poco que declararon el valle de Latrobe «zona caliente» debido al alto índice de incendios provocados. Era como si en este lugar el gusto por las llamas estuviera tanto en el ADN de determinados lugareños como en las plantas.
Ross Pridgeon también había pasado gran parte del fin de semana anterior persiguiendo a un pirómano. Durante aquellos dos días, cada vez que la policía y los expertos en incendios llegaban a un foco, lo hacían media hora después de que lo hiciera el pirómano. Y nada más llegar, Pridgeon recibía un mensaje sobre el siguiente. La temperatura había alcanzado los 45 ºC. Muy pronto tuvieron ocho incendios ardiendo en torno a los matojos de la zona de Delburn, veinte kilómetros al oeste de Churchill. Tres de los focos se habían unido creando un gran incendio, que había destruido cuarenta y cuatro casas y quemado 6.500 hectáreas de bosque, sobre todo público.
En vista de la terrible previsión meteorológica para el 7 de febrero, la HVP —la empresa maderera propietaria de aquella franja de bosque— ya tenía a sus agentes patrullando por la zona, y la policía había estado vigilando los movimientos de los pirómanos más conocidos de la región. A pesar de ello, una vez más, Pridgeon y Xydias se encontraban tomando fotografías del escenario, de la orientación de las hojas y los patrones de carbonización. Escrutaron el suelo buscando, por ejemplo, la cabeza quemada de una cerilla asomando por entre la ceniza. Los expertos en incendios no iban a especular sobre quién había provocado aquel incendio. Cuando se les presentaba un trabajo, no querían saber los rumores del lugar sobre el incendiario X o Y. Solo les interesaban las pruebas, implacables y reveladoras.
Henry, por su parte, no había hecho más que empezar. Se calcula que solo se atrapa al 1 % de los pirómanos. A medida que iba acercándose al lugar de origen de la primera llama, sentía como si se alejara cada vez más. El caos repentino que muestran los indicadores es lo que hace que el área de confianza también sea denominada área de confusión. En ese punto, donde tienen lugar los primeros momentos de ignición, las pruebas revelan el poder transformador de lo que está a punto de suceder.
La media hora siguiente, Henry iba a recorrer un kilómetro en coche con Xydias por Glendonald Road, y en los escombros de lo que había sido una casa encontraría los restos calcinados de dos hermanos. «Porque cenizas he comido por pan, y con lágrimas he mezclado mi bebida». El salmo 102 era una de esas cosas que los maristas no habían conseguido enseñarle. Pondría vigilancia policial hasta que llegara el resto del equipo forense el lunes por la mañana. Aunque aún faltaban un par de horas para anochecer, ahora mismo era muy peligroso adentrarse demasiado en aquel caos. A los lados de la carretera aún había árboles en llamas, con las ramas a punto de caer.
En lugar de eso, Henry decidió ir a informar a la comisaría central de la región, en Morwell, y después se iría a dormir al motel del pueblo, situado en una casa de ladrillo marrón, donde viviría los meses siguientes. Pequeñas pastillas de jabón envueltas en plástico, leche en tetrabrik en el minibar, una fotografía de su recién nacida guardada en el teléfono... Su mundo en miniatura, ordenado y predecible.
Cien años antes, Henry Lawson había escrito que un incendio provocado es la expresión de una maldad «aterradora para todos los que han visto de qué es capaz. Nunca sabes cuándo estás a salvo».1
Mientras los científicos inspeccionaban el terreno en busca de rastros de lo que hubiera podido usar el pirómano para iniciar el fuego, Henry se quedó en el área de confusión y se preguntó por qué. Le habían enseñado a buscar en primer lugar el motivo. Luego al responsable. ¿De qué se trataba? ¿Era un acto de venganza? ¿Algo hecho al azar? ¿El incendiario viviría cerca? ¿O alguien contra quien iba lanzado el ataque? Muchos defensores del medio ambiente habían protestado por la muerte lenta del bosque; con la privatización de los montes Strzelecki, gran parte de los eucaliptos de montaña y las acacias negras restantes habían sido eliminados para plantar en su lugar monocultivos de pinos y eucaliptos azules.2 ¿Sería por la emoción, por una sensación de poder? ¿Sería una psicosis?
Quien hubiera hecho aquello, ¿era consciente de que en un día así el incendio lo arrasaría todo hasta donde alcanza la vista? ¿O lo había hecho precisamente por ese motivo?
Los científicos no son dados a antropomorfizar. Sin embargo lo hicieron, sin proponérselo estaban describiendo a una bestia: «costado», «cabeza», «espalda» o «trasero», «brazos de fuego», «lengua», «cola». El humo bajo aún flotaba en torno a los árboles quemados. Era como si un duende hubiera visitado el bosque y hubiera dejado una chispa minúscula, una llamita que había engendrado ese monstruo, que había desarrollado una lengua, una cabeza, unos costados y unos brazos de fuego, extendiéndose kilómetros y kilómetros, haciéndose con todo lo que se le antojaba.
¿Quién, y por qué?
El paciente llevaba doce días en coma. Lo único que recordaba eran sus extraños sueños. Había soñado que estaba en una sala roja, luego en una sala verde, y cuando por fin se despertó, las paredes eran de color naranja. Había llamas incluso en la pintura de la pared, y sin necesidad de que se lo dijeran sabía que su esposa había muerto. Se miró las manos y, pese a las vendas, le sorprendió observar que había salvado los dedos.
A su lado estaban sus hijos, y un joven agente de policía había colocado su silla algo más allá, al fondo de la habitación. Todos estaban esperando que les contara lo sucedido.
El agente Paul Bertoncello ya había venido a verle antes. La primera vez, Rodney Leatham tenía puesta una máscara de oxígeno y no podía hablar. Tenía quemaduras en el 40 % del cuerpo y estaba cubierto con varias capas de vendas. El agente le había tocado con cuidado una mano vendada. Hacía casi diez años que estaba en el cuerpo, pero tenía la sensación de que ningún caso, por grave que fuera, podía prepararle para el siguiente. Rodney lloraba, asentía, comunicaba con los ojos. Iba dos semanas por detrás de los demás: los otros, aunque fuera poco a poco, iban asimilando la realidad del fuego, pero él seguía en la línea de salida.
—Sé que es duro —dijo el agente, sin pensarlo demasiado—, pero tendré que volver para que hablemos un poco.
Una y otra vez, pasaba junto a los globos y las flores del vestíbulo y tomaba el ascensor de la unidad de quemados, en la que había diecinueve supervivientes de los incendios. Se habían sumergido en cualquier líquido que encontraran, en embalses o en abrevaderos, y eso les había salvado la vida pero les había infectado las quemaduras.
Cuando Rodney consiguió hablar, Bertoncello le dijo que era probable que no tuviera que testificar ante un tribunal, que solo necesitarían una declaración. Rodney accedió, pero solo si podía contárselo a sus hijos al mismo tiempo.
—¿Está seguro de que quiere que esté presente? —preguntó Bertoncello. Le daba la impresión de que, más que una intrusión, sería una tortura.
—Solo voy a contarlo una vez —respondió Rodney.
El día de la declaración, el dolor flotaba en el aire como un elemento químico; costaba respirar o tragar saliva. Los hijos de Rodney se sentaron a su lado; Bertoncello puso en marcha la grabadora y se retiró a la pared, deseando poder desaparecer.
Ya sabía cómo iba la historia:
Leatham, carpintero, está trabajando en su casa de Morwell cuando ve una columna de humo elevándose, como si fuera un rascacielos, por encima de Churchill, a diez kilómetros de distancia. Le preocupa que pueda avanzar hasta la minúscula aldea de Callignee (367 habitantes), donde vive su hija, en una casa aislada con su pareja y sus niños pequeños. Rodney y su mujer, Annette, se acercan en coche por si hay focos secundarios. Annette es una mujer frágil con una enfermedad autoinmune. Se queda en casa ayudando a su hija, mientras en el exterior su marido y su yerno conectan un generador que ha traído Rodney por si se quedan sin electricidad. Luego los dos hombres llenan cubos y depósitos con agua. Durante toda la tarde, la familia escucha la radio y consulta los sitios webs del Servicio Nacional Antiincendios y del Departamento de Sostenibilidad y Medio Ambiente. Hay fuegos por todo el estado, aunque no se han emitido alertas para esa zona. Está oscureciendo. El humo tapa el sol y el cielo brilla con una luz roja. Se quedan sin electricidad: las luces y la radio se apagan, el teléfono e internet dejan de funcionar. Rodney y su yerno creen que si cambia el viento la larga lengua de fuego girará como una serpiente y no afectará a la casa. Se han preparado para el fuego, pero confiando en que no llegará. No obstante, para muchos australianos, quedarse a defender la propia casa es una prueba de determinación: es la demostración de que mereces vivir en plena naturaleza.
Haciendo un esfuerzo por controlar los nervios, deciden preparar la cena.
A lo lejos oyen el crepitar del fuego, constante como un océano. Al estar rodeados de escarpados barrancos, no ven las llamas. No saben dónde está el fuego, hasta que de pronto se dan cuenta de su proximidad. La familia discute si quedarse o marcharse, si quedarse o marcharse, y de pronto queda claro que apenas tienen tiempo para huir.
La hija y el yerno de Leatham se van primero en coches separados. Pero la bestia los pilla: nada más salir del camino de la finca, en el prado aparece un fuego satélite. Entonces, de pronto, empiezan a caer por todas partes objetos en llamas —no simples brasas arrastradas por el viento, sino ramas enteras— acompañados de gruesos goterones de lluvia negra. El fuego está creando su propio sistema meteorológico. La hija de Leatham está pasando con el coche por debajo de un pirocúmulo, una enorme nube gris que se ha formado en lo alto de la columna de humo. El aire caliente ha ascendido creando una columna de convección, y a medida que la nube se vuelve más densa, llueve, pero son unas gotas inútiles y paradójicas.
Unos goterones negros de hollín líquido embadurnan los cristales del coche, y los limpiaparabrisas van abriendo ventanas por las que se ve el fuego, que está por todas partes. Los animales salen a la carretera, huyendo de una reserva natural en llamas. El yerno de Leatham, que va en el primer coche, atropella a un canguro; también la hija impacta con el animal. En el caos reinante, se da cuenta de que sus padres no la siguen y le hace luces a su marido. Pero él interpreta que le pide que corra más. En lo alto de la colina ella se para, debatiéndose entre volver atrás con sus padres o seguir adelante con sus hijos. Opta por alejarse del incendio...
Ahora, en esta habitación llena de equipo médico, Rodney les está contando lo sucedido en la casa. Salta del pasado al presente, como si aún estuviera viviendo cada momento. Sus hijos no hacen preguntas. Lloran al oírle describir cómo va a desconectar el generador y cómo se meten en el coche. Entonces se dan cuenta de que están rodeados por las llamas. La grabadora de Bertoncello deja de funcionar y se pone a transcribir todo lo rápido que puede en su cuaderno las palabras de Leatham:
Ahí es donde todo se convierte en milésimas de segundo.3 Todo pasa lento. En menos de medio minuto, un cuarto de minuto, empiezan a caer balas incandescentes, cilindros que caen por todas partes. Encendí la camioneta, me alejé de la casa, rodeando un muro de contención, y me encontré con un enorme incendio justo delante, en el prado... El calor y el viento eran tremendos. Retrocedí hacia la hierba para atravesar otro tramo de hierba cubierto de unas llamas enloquecidas. Caían balas de fuego rojo por todas partes, algunas impactaron en la camioneta, caían por todas partes.
Estaba intentando localizar la salida de la finca, volver al camino. Apenas veía por el parabrisas; la camioneta estaba cubierta de hollín, cenizas y todo tipo de mierda. Tenía que parar. Tuve que frenar y parar. Creo que la camioneta se caló, no lo sé. Todo pasó en milésimas de segundo. En una milésima de segundo decidí retroceder hacia el embalse; eso quizá sería una solución... El fuego..., el fuego estaba acercándose por la colina. Una milésima de segundo después, en cuanto se paró la camioneta, Annette me dice: «Corramos a la casa». Abre la puerta. No hay tiempo para decir sí o no. Lo hacemos, sin más. Salió de la camioneta por la puerta del acompañante y se cayó. La oí gritar. Salí, rodeé el vehículo a toda prisa y me la encontré prácticamente en llamas. Intenté tirar de ella, pero no podía agarrarla. El calor era terrible. No podía hacer nada. Miré alrededor. Los arbustos eran como esas fuentes de fuego que la gente enciende en las verbenas. Quería ayudarla..., pero no podía hacer nada.
Sabía que tenía que moverme, correr a la casa. Las llamas se alzaban casi dos metros del suelo. No sé cómo llegué... Llené de agua el arenero de los niños, me senté dentro y maldije todo lo que había sobre la faz de la Tierra.
Bertoncello escribió aquello con lágrimas en los ojos. Había visto las fotografías aéreas del escenario. Curiosamente, la casa había quedado intacta, rodeada de tierra quemada, y la camioneta hundida en una ceniza posnuclear. Cerca de allí estaba el embalse, minúsculo visto desde el cielo, al que había corrido Rodney desde el arenero de plástico para sumergirse. Agazapado, en un estado de alucinación y consumido por el dolor, había visto los eucaliptos:
... brillando como árboles de Navidad, como si alguien les hubiera colocado una cantidad enorme de lucecitas a esos árboles de treinta metros de altura. No sé qué pasó con el coche. No sé si se caló o no. Lo único que podía hacer era trazar planes..., del plan A al plan Z, y si uno falla, pasas al siguiente. El plan A, fuera. El plan B, fuera. El plan C: salvar a Annette... Estaba en llamas. Yo también estaba en llamas. El plan siguiente..., todo en milésimas de segundo.
Más tarde, mucho más tarde, el agente entregará las declaraciones de más de seiscientos testigos y poco a poco irá confrontando sus historias. Poco después de las 13.30 de aquel sábado 7 de febrero, un grupo de bomberos voluntarios estaban de pie frente al parque de bomberos de Churchill, fumando y bostezando, soportando aquel tremendo calor seco. En un lugar donde no solía haber mucho que hacer, aquel edificio era más un club social que un parque de bomberos, y algunos llevaban esperando toda la mañana, conscientes de que podían ser necesarios.
Todo el mundo había oído los avisos meteorológicos que se repetían una y otra vez. («No salgan..., no viajen..., quédense en casa», había advertido John Brumby, el primer ministro). Entonces vieron llegar por el brillante asfalto un todoterreno blanco conducido por una mujer, con los niños en el asiento de atrás. Les señaló una columna de humo negro que se elevaba sobre las colinas que tenían detrás. Un momento antes, el equipo había estado mirando en aquella misma dirección, maldiciendo aquel calor que no les dejaba ni pensar, sintiendo el sudor bajo los pesados uniformes. Si aquello era un sueño —sin apenas personajes, y los que había se movían con lentitud por aquel aire como de horno—, de pronto se había convertido en una pesadilla, y el humo se elevaba cada vez más, y cada vez más negro. Era el incendio que prácticamente se esperaban. El incendio que todo el día veían venir.
Los voluntarios corrieron al único coche de bomberos disponible —un camión bomba, diseñado para incendios urbanos— y se dirigieron a toda prisa hacia el origen del humo, que recordaba el de una hoguera a la que hubieran echado neumáticos, un fuego que llevara horas ardiendo, no un par de minutos. Y cuando llegaron a la intersección de Glendonald Road y la Jellef ’s Outlet, se dieron cuenta de que en la plantación de eucaliptos había dos fuegos independientes. Fuegos nuevos, rabiosos, que gimoteaban y azotaban los árboles a ambos lados de la pista. Los del camión de bomberos sospecharon de inmediato sobre el origen de aquellos gigantes gemelos. El de la derecha estaba un poco menos avanzado, y el de la izquierda se alzaba con fuerza por entre las copas de los árboles de treinta metros de altura, alimentado por la madera seca y la infinita provisión de aceite de eucalipto.
Más tarde, uno de los voluntarios contaría a la policía: «Las llamas eran horizontales porque el viento soplaba con fuerza». Unas llamas horizontales amarillas y rojas, tan feroces que parecía que iban a subir por la ladera. En aquellas cadenas de montañas bajas, por cada diez grados que aumenta la inclinación de la ladera, el fuego duplica su velocidad, precalentando el combustible de más arriba, lo que hace que las llamas alcancen con mayor rapidez las hojas y las ramas.
Incluso en el interior del camión, los voluntarios sentían el calor que irradiaba el fuego. Ninguno de ellos había visto nunca un incendio forestal que creciera a tal velocidad. Era imposible calcular hasta qué punto de la plantación habría penetrado. Estaban rodeando el costado del fuego y ya se habían dado cuenta de que era demasiado grande como para poder atajarlo con un solo camión.
Así que siguieron por Glendonald Road, sinuosa carretera semirrural que atraviesa una zona conocida como Hazelwood North, haciendo sonar la sirena y el claxon y avisando a la gente para que evacuaran.
El capitán del Servicio Nacional Antiincendios llamó por radio, preguntando cuál era la situación. Viendo por el retrovisor lateral del camión el fuego acercándose, un teniente voluntario le dijo: «¿Sabe esa palabra de cuatro letras que no podemos usar por radio?».
Era «SHIT», acrónimo de Send Help! It’s Terrible.* El teniente solicitó apoyo aéreo y veinte camiones de bomberos. Muy pronto un helicóptero del Servicio Antiincendios empezó a lanzar agua desde el cielo. El fuego avanzó hacia el sureste, con un frente muy estrecho debido a su gran velocidad, pero durante la tarde los flancos crecieron hasta alcanzar una anchura de quince kilómetros. Los bomberos se concentraron en aquellos muros de fuego, lanzando agua, abriendo cortafuegos, desviando agua embalsada y rociando con ella los rescoldos tras el paso del incendio.
Hacia las seis de la tarde de ese sábado, el viento cambió de dirección. Tal como aprendería el agente Bertoncello, eso era lo que había ocurrido en los incendios más devastadores de la historia australiana: el viento seco del noroeste chocaba con una corriente de suroeste que podía alcanzar los setenta kilómetros por hora. El frente frío alimentaba el fuego con una nueva provisión de oxígeno al golpear por el lado este, convirtiendo este flanco en un enorme frente, gracias también al terreno montañoso. El frente, que lanzaba brasas encendidas a kilómetros de distancia, avanzó hacia el noreste en dirección a los minúsculos pueblecitos de Koornalla, Callignee, Callignee North y Callignee South.
En otro tiempo, los lugareños llamaban a aquella región pobre y agreste «The Heartbreak Hills».4 A finales del siglo xix
se concedió permiso para que los colonos europeos se asentaran en el extremo sureste de los montes Strzelecki. Durante años fueron talándose grandes bosques; muchos colonos ya habían huido de los inviernos húmedos y sin sol, de los conejos, de las malas hierbas y de las terribles carreteras, de unas tierras donde no tenían ni una tienda cerca. La maleza volvió a crecer en torno a estas comunidades despobladas, y ahora el fuego, impulsado por el viento, intenso y caprichoso, se adentraba en los montes. Más tarde el agente Bertoncello conocería a los que habían dejado otros modos de vida para asentarse en la zona, se trataba de gente que había vivido con lo justo durante generaciones y que ya tenían bastante con conseguir dar de comer a sus hijos, y para los que asegurar las propiedades no era una prioridad.
Más temprano, a las 13.45, el centro regional de control de incidentes del Servicio Nacional Antiincendios había emitido una alerta urgente sobre un inminente cambio de viento, pero tenían graves problemas de comunicación. Cincuenta camiones de bomberos usaban un único canal de tierra y un canal de mando y ambos se bloqueaban con la enorme cantidad de llamadas; además, el humo producía electricidad estática. En las montañas las radios y los teléfonos móviles tenían poca cobertura, y los mensajes enviados por sistemas de paginación o SMS demoraban horas. Había información vital que no conseguía transmitirse. Los jefes no sabían dónde estaban situados los camiones de bomberos. La mayoría de las brigadas tampoco tenían idea del momento previsto ni de las consecuencias del cambio de viento, y muchas comunidades situadas justo en la trayectoria del incendio no habían recibido las advertencias necesarias.
La gente tenía que confiar en informativos de televisión o radio redactados horas antes, sin darse cuenta del infierno que se les venía encima. Así fue como se lo describieron a los agentes de la Unidad Antiincendios quienes se encontraron de pronto con el incendio de Churchill: «De repente todos oímos un ruido, que fue haciéndose cada vez más intenso. Era como una turbina. Nunca había oído nada igual, y de pronto caímos: era el fuego que se acercaba»; «No podíamos verlo, pero sí oíamos un ruido que era como un trueno incesante», «un rugido terrible, ensordecedor»; «como un 747 en pista, con los motores en marcha»; «como si siete jumbos aterrizaran en el tejado»; «como diecisiete trenes de mercancías»; «un rugido brutal, constante», «aún llevo dentro el ruido. Iba aumentando progresivamente de volumen, hasta hacerte estallar los oídos».
«Era como si alguien hubiera encendido una cerilla». Al cabo de un momento, «el viento cambió de dirección y de pronto ese rugido salvaje»; «era como un huracán. Los árboles perdían las ramas y caían al suelo». Bandadas de pájaros salieron volando, y los ualabíes y los canguros huyeron del fuego. «Al acercarse el frente, todo empezó a temblar... Salí volando medio metro por los aires».
De pronto «no podías abrir bien los ojos por el humo y las cenizas»; «oscureció con tanta rapidez que no tuvo ninguna gracia»; «era de día, y de pronto..., ¡bum!»; «más negro que la noche»; «en un momento dado estaba a solo cincuenta metros de mi casa, apagando un fuego satélite, y dejé de ver mi casa»; «el cielo se puso negro»; «y entonces, al ir acercándose el frente principal del incendio, volvió la luz, los colores empezaron a cambiar y pasaron de un amarillo oscuro a un color rojizo»; «cuando llegó el frente del incendio, fue como si amaneciera. Hacia el oeste todo el cielo, hasta donde alcanzaba la vista, estaba en llamas».
«Estábamos en una zona elevada, y por encima de las copas de los árboles veíamos las llamas que se acercaban»; «moviéndose muy rápido, como si alguien hubiera vertido gasolina en el suelo»; «A los veinte o treinta segundos todo empezó a explotar a nuestro alrededor»; «Era como si lloviera fuego»; «una nieve roja»; «pequeñas brasas arrastradas por el viento como si fueran copos de nieve»; «pequeñas chispas que me caían sobre la piel».
«El viento se movía en todas direcciones y empezaron a llegar brasas de todas partes [...] de todos los tamaños, y a veces incluso trozos de madera arrastrados por el aire: ramas, hojas y objetos pequeños»; «Empezaron a caerme encima semillas de eucalipto en llamas»; «Prácticamente era como si granizara fuego».
«Las brasas que caían se convirtieron en una lluvia de flechas encendidas del tamaño de pelotas de tenis, que chocaban con todo y estallaban en llamas...»; «Caían brasas del tamaño de platos de cocina»; «brasas del tamaño de cojines»; «al caer explotaban, incendiándose y rebotando más de dos metros». Un hombre vio cómo explotaban sus colmenas por el tremendo calor. «Los árboles se incendiaban desde el suelo, de golpe, como si explotaran». Caían pájaros en llamas de las ramas, prendiendo fuego al suelo al caer. «Todo estaba en llamas, plantas, vallas, tocones de árboles, mantillo de astillas, la piscina hinchable. Le eché agua, pero se fundió hasta desaparecer». La bandeja de aluminio de una ranchera «caía, fundida, dejando regueros por el suelo».
«Hacía tanto calor que el respirador de plástico del centro de mi máscara se fundió y el plástico líquido me quemó los labios. Cogí las gafas de sol, y se me deshicieron en las manos». Esa noche, ese hombre durmió derecho para evitar el doloroso contacto de los párpados contra los ojos.
La gente se resguardaba en el interior de las casas, pero «el calor que entraba por las ventanas era increíble». «Era como estar en el interior de un Coonara [una estufa de leña], mirando al exterior desde el interior del fuego»; «solo se veía rojo, y pequeños palitos negros volando por el aire»; «todo era de un color rojo sangre, y era imposible saber hasta dónde llegaba ese rojo sangre»; «Era como si el aire fuera rojo. No había aire en el aire»; «Era como aspirar el aire de un secador de pelo»; «Sentías que la piel se te fundía del calor». Desde sus casas, la gente veía las bolas de fuego acercándose. Un hombre salió al exterior con una pistola y mató a sus caballos.
Otro hombre confesó: «Cuando vi el fuego, al principio me quedé hipnotizado ante aquella imagen. Nuestra casa tenía ventanales del suelo al techo y yo veía las llamas en toda su enormidad. A ojo, diría que tendrían unos treinta metros de altura, se movían en horizontal, rozando el lateral de la casa y rodeándola. Era como si alguien hubiera cogido la casa y la hubiera tirado a un mar de fuego. [...] En ese momento me di cuenta de que la bomba de agua se había estropeado y de que estábamos en el “escenario Z”: en otras palabras, que no deberíamos estar allí». Las ventanas estallaban, el fuego prendía en las cortinas; las claraboyas se fundían y goteaban; el fuego se colaba por debajo de las puertas, por debajo del suelo o por el techo. Los cubos y bidones de plástico que la gente había llenado de agua parecían algo absurdo. Un hombre salió al exterior a ver si estaba despejado y volvió con las botas en llamas. Otro salió corriendo de las llamas y se dio cuenta de que tenía fuego en los vaqueros. La gente se protegía respirando a través de toallas mojadas, o echándose a los embalses o a los ríos. Un hombre se quedó todo el rato en un estanque de peces con un trapo sobre la cabeza.
Otro hombre y su hijo sobrevivieron en un embalse, «cogiendo nenúfares y envolviéndonos la cara y la cabeza con ellos, nenúfares a puñados; hasta la pasta verde de las plantas descompuestas nos ayudó»: cada pelo o cada centímetro de piel que quedaba al descubierto se quemaba. Cuando el frente principal del fuego pasó por allí, los canguros se echaron al agua con ellos. «Llegó un momento —declaró este hombre— en que levanté la vista y vi un manto de fuego que iba de una hilera de árboles a la siguiente. Era como si alguien estuviera tejiendo una colcha de color naranja por encima de nuestras cabezas... Casi se podía tocar».
Una brigada de bomberos atrapados en pleno ojo del huracán de fuego tuvieron que meterse en el camión y aplicarse retardante sobre la piel mientras dos de ellos usaban las mangueras para rociar «agua pulverizada», creando una capa de rocío. Uno de los que sostenía una manguera intentaba respirar a través de los guantes húmedos. Cuando se atrevió a mirar al exterior, «era como mirar el interior de un horno de cremación»; un infierno, «de hecho, el infierno estaría mejor». Oyeron la alarma que indicaba un bajo nivel de agua.
—¡Mayday. Mayday. Mayday! —dijo el que estaba sentado en el asiento del conductor, usando la radio—. Estamos atrapados, y bajo un intenso ataque.
—Entendido —respondió una voz—. No podemos hacer nada por vosotros.
—Entendido.
Y alguien preguntó: —¿Alguien va a misa?
—No creo.
Acercaron el camión a la casa que estaban defendiendo de las llamas y corrieron al interior. Cayeron al suelo, llorando. Ninguno de ellos se explicaba que aquella casa siguiera en pie. Pero el fuego —voluble, caprichoso— les permitió vivir.
El fragor de los edificios envueltos en llamas era tal que una mujer seguía oyéndolo en sus pesadillas: «Era como si gritaran. Era fortísimo».
Otro grupo de bomberos entraron en una casa con piscina interior y sobrevivieron en el agua, mientras alrededor las mangueras de la piscina ardían, con la alarma de incendios disparada y a todo volumen, como si fuera una broma macabra.
Dos hermanos, Colin Gibson, de cuarenta y nueve años, y David, año y medio más joven, habían sido voluntarios en brigadas antiincendios.
Aquella tarde estaban en la cabaña de sus padres ancianos, en Glendonald Road, a un kilómetro del lugar en que se había iniciado el incendio. Para preparar su defensa, bloquearon los desagües de la casa, llenaron las canaletas de agua, rociaron las paredes y dejaron cubos de basura llenos de agua y cojines empapados en el balcón. La familia les llamaba continuamente para informarse.
De pronto dejaron de responder al teléfono. En plena noche, la hija de David sorteó la barricada de la policía conduciendo por las pistas de servicio de la plantación. Embocó el camino de acceso a la casa de sus abuelos y, a oscuras, supuso que se había equivocado al girar. La casa había desaparecido; solo quedaban escombros.
Al ver que el fuego se acercaba a toda velocidad a su granja, en las escarpadas laderas de Jeeralang North, Erich Martin, de setenta y siete años, llenó una carretilla con sus posesiones más preciadas. Poco después salía de la casa en llamas con su esposa, Trudi, de ochenta años. Pero entonces Erich observó que el fuego estaba llegando a la carretilla. La trasladó al campo de los frutales, que ya estaba calcinado, y al volver se encontró a su esposa en el suelo, tendida, como «estirada en la playa», tal como contaría a la policía. Se la veía tan serena que al principio pensó que estaría descansando. Había sufrido un infarto y había muerto.
Ocho kilómetros al este del punto de inicio del fuego, en Koornalla, Alan y Miros Jacobs, de cincuenta y dos y cincuenta y cinco años, se habían pasado la tarde preparando la casa para defenderse del fuego. Con ellos estaba Luke, su hijo de veintidós años, que llamó a un amigo para que viniera a ayudarles. El amigo, que estaba en la fiesta de un amigo que cumplía dieciocho, reclutó a un grupito para que les ayudaran. En las pausas, mientras preparaban la casa, los jóvenes amigos se refrescaban en la piscina. En el exterior, el aire era abrasador.
Los Jacobs eran propietarios de una empresa de maquinaria, y en el camino de acceso a la casa había una carretilla elevadora. Un amigo levantó a otro para ver si veía las llamas, pero solo había humo, grandes nubes de humo. Cuando empezaron a caer brasas, la mayoría de los que habían acudido a ayudar decidieron marcharse. Solo se quedaron los Jacobs y Nathan Charles, de veintiún años, que trabajaba a tiempo parcial montando andamios. Combatieron el fuego, que no tardó en llegar, todo lo que pudieron, hasta que tuvieron que refugiarse en el búnker casero construido bajo la casa.
Hacia las seis y media de la tarde, Charles llamó a su padre, camionero, que en aquel momento regresaba al valle de Latrobe después de un largo viaje, y al que le pareció que Charles se estaba despidiendo. La llamada se cortó. El padre llamó a emergencias, y esperó una eternidad. Luego fue hasta el parque de bomberos de Hazelwood North y les rogó que ayudaran a su hijo. Los bomberos de servicio le dijeron que llamara a la central. Sintió que le fallaban las rodillas, que iba a morirse allí mismo. Llamó a su pareja y le dijo: «Creo que estoy a punto de enterrar a mi hijo».
Enseguida le llegó un mensaje de texto:
«Papá, estoy muerto, te quiero».
Más al este, en Old Callignee Road, había otro padre y otro hijo. Alfred y Scott Frendo, de cincuenta y ocho y veintisiete años, habían dejado la casa familiar que habían estado intentando defender y huían en sus coches. Los dos vehículos aparecieron más tarde con las ruedas quemadas, cubiertos de ceniza, a kilómetro y medio de la casa, que no había sufrido daños.
El coche de Martin Schultz, de treinta y tres años, fue hallado una semana más tarde por un granjero de Callignee que estaba arrastrando por el campo calcinado los cadáveres de su ganado hasta una fosa. El granjero había perdido la casa, los animales, los cobertizos, el cercado, los pastos. Lo único que pudo salvar fueron tres cajas de fotografías. Vio la estructura de acero del coche asomando en el lecho de un arroyo. El metal plateado del chasis se había fundido y se había solidificado en el suelo. Schultz, que trabajaba en una fábrica de ladrillos de la zona, también estaba huyendo con sus fotos, las de su hijo cuando era bebé. Había llamado a su suegro, que estaba cuidando al pequeño, para decirle que el coche se le había incendiado. La llamada se cortó.
En Callignee, a quince kilómetros del lugar de origen del fuego, el Sábado Negro, un hombre y una mujer, la hija de ella y el novio de esta última sobrevivieron al incendio tendiéndose en el suelo de su casa, que traqueteaba con los embates del fuego, poniéndose toallas húmedas sobre la cara. Aprovechando los claros, el hombre salía a apagar fuegos satélites en los alrededores de la casa. Durante una de esas salidas, se le aceró una figura.
—¡Enhorabuena! ¡Has resistido! —dijo, pensando que era su vecino.
Era el suegro del vecino:
—¡He perdido a mi esposa y estoy quemado!
El primero fue corriendo a agarrarlo y le ayudó a subir al porche. En la oscuridad, la hija vio que el visitante tenía la ropa encendida y olió a carne quemada. Les dijo que tenía fuego en los pantalones. De hecho, estaba mojado porque se había refugiado en el embalse, pero de todos modos se los quitaron. No sentía las piernas, cubiertas de quemaduras.
La familia puso toallas húmedas sobre una silla en el porche y le ayudaron a sentarse. Llenaron una carretilla con agua y le metieron los pies dentro, envueltos en más toallas. La hija sumergió esponjas en el agua de la carretilla y le fue refrescando todo el cuerpo.
—Mi esposa —repetía él, entre lágrimas—. Mi esposa.
Les dijo que la tenía cogida de la mano, pero que no había tenido la fuerza suficiente como para retenerla. Tenía la sensación de estar en el interior de un volcán. Las llamas le abrasaban, notaba que la piel se le separaba del cuerpo, y tuvo que soltarla.
Ahora tenía las dos manos muy quemadas. Un dedo meñique se le había convertido en gelatina; a la luz se veía traslúcido. Con cuidado, la hija le sacó la alianza del dedo antes de que el dedo se le hinchara más.
Les dijo el tiempo que habían estado casados y luego:
—¿Por qué no ha podido pasarme a mí? Yo solo quiero abrazarla una vez más.
No vendría ninguna ambulancia. Era demasiado peligroso. Los árboles quemados bloqueaban las carreteras; aún había casas en llamas.
El hombre empezó a alucinar. Cada vez que le daban agua les decía que también le dieran a su mujer. Muy pronto empezó a pensar que aquella familia era su familia. Echaba miradas a las llamas cercanas, mandándolas al diablo y diciéndoles que les dejaran en paz. El fuego que veía era para él una bestia, un demonio. Estaba vivo.
Empezó a aullar de dolor.
Tres horas después de su llegada, dos voluntarios del Servicio Nacional Antiincendios atravesaron las peligrosas carreteras que llegaban hasta la casa. En el exterior estaba oscuro, pero aún ardían árboles y cobertizos, y a la luz que emitían pudieron ver un vehículo cubierto de ceniza —con el motor encendido para salir a toda prisa— con un remolque para caballos, aunque en los establos los caballos ya estaban muertos.
Atravesaron el jardín quemado, y en el porche, bajo un techo de plástico fundido, encontraron a un hombre sentado, tiritando, cubierto de toallas mojadas de la cabeza a los pies. Lo envolvieron con una manta ignífuga y lo llevaron al asiento trasero de la camioneta. Se lo llevaron, pasando por entre paredes de llamas y dejando atrás los chasis de muchos coches quemados. En uno de ellos había un esqueleto sentado al volante.
En el parque de bomberos de Traralgon South les esperaba una ambulancia. Los paramédicos le pidieron al hombre que cuantificara su dolor y respondió: «Cien sobre diez». Al preguntarle más tarde diría que no recordaba haber sentido nada, que el dolor físico no importaba.
Le dieron morfina y no se enteró de nada más hasta que despertó, dos semanas más tarde, en una habitación de hospital de color naranja.
Para entonces, la Unidad Antiincendios ya había detenido a alguien, pero a Rodney Leatham le costaba aceptar la noticia. Aún no se había recuperado de días y noches de sueños extraños. Había salido del coma sabiendo qué parte de esos sueños era verdad. El agente Bertoncello lo oyó decir a sus hijos: «Lo más fácil del mundo habría sido abrazarme a mi mujer... Pero no... Tenía que ser fuerte, y lo fui».
La Unidad Antiincendios había establecido una base en la comisaría de policía de Morwell. El edificio, gris y moderno, más grande de lo que cabría esperar a tenor de la población de la región, estaba junto a la calle principal. Al igual que desde prácticamente cualquier otro punto de la población carbonera, desde las ventanas se veían las chimeneas de Hazelwood. En otros tiempos, la campana de la central eléctrica sonaba a las 7.30 y a las 16.30, y al oírla los hombres iban o volvían del trabajo. La mayoría de aquellos puestos de trabajo ya habían desaparecido. En el mejor de los casos, la central se encontraba ahora en una situación de crisis trepidante, y tras el incendio estaba rodeada por un paisaje extraterrestre. Cuando en aquellos baños impecables tiraban de la cadena, caía agua negra. Acostumbrados a enfrentarse a delitos de violencia familiar y abusos, los agentes de la policía local se encontraban ahora con personas que habían perdido sus casas y con los familiares de los desaparecidos, que aún no habían asimilado el golpe.
Una norma básica de la policía es que si sigues una cadena de pistas y no llegas a ninguna respuesta, vuelves al inicio. Cuatro días después del inicio del incendio, el miércoles 11 de febrero, con la esperanza de que se le hubiera pasado por alto algún indicio, el agente Adam Henry decidió visitar de nuevo la zona donde se había originado. El día antes se había subido a un helicóptero de la policía y había sobrevolado el valle para observar el recorrido del fuego. Ver que el suelo se le acercaba le provocaba una especie de vértigo, ya que apenas veinticuatro horas antes, el lunes, acompañado por el equipo forense, había estado visitando los lugares donde había muerto la gente. Había visto de cerca lo que había provocado el fuego. Ahora quería echar otro vistazo a la plantación.
Paul Bertoncello iba con él, y en el Land Cruiser sin marcas, pasando por una serie de turbinas de gas, plantas de manipulación de carbón, cables eléctricos y chimeneas, retrocedieron el camino hacia Churchill. Al acercarse a la población encontraron un cartel que indicaba el camino a la Universidad de Monash; había unas cuantas tiendas y un supermercado. No había mucho que ver; solo las casas, todas uniformes, tiznadas de gris por la ceniza y el humo.
En la plantación se encontraron con Ross Pridgeon, el investigador del Departamento de Sostenibilidad y Medio Ambiente. Henry les llevó más allá de la cinta policial, por entre los eucaliptos calcinados. La peste a humo llegaba a todas partes. Los hombres avanzaron por entre aquel paisaje negro, observando las dos zonas de ignición señalizadas. Las banderitas brillantes punteaban el hollín a modo de guirnalda festiva. En casi setenta y dos horas, era la primera vez que Bertoncello salía de la comisaría de Morwell, aparte de para dormir. El domingo anterior, mientras Henry se había dirigido directamente a aquella zona en coche, Bertoncello había recibido la orden de poner a punto la oficina para la Operación Winston en la sala de incidencias de la comisaría. Resultaba difícil no sentirse sobrecogido ante la dimensión de la devastación. Muy pronto aquel día acabaría siendo conocido como «Sábado Negro»: en el estado de Victoria habían ardido cuatrocientos incendios diferentes, produciendo el equivalente a 80.000 kilovatios de calor, o quinientas bombas atómicas.5 Enseguida Bertoncello fue aprendiendo todos los acrónimos relacionados con la gestión de emergencias. Contactando con el Centro de Control de Incidencias conoció al Equipo de Gestión de Emergencias y a otros doce departamentos con otras tantas iniciales, e intentó ir descubriendo quién hacía qué, para que la Unidad Antiincendios pudiera centrarse solo en la investigación criminal.
Ahora caminaba por entre los árboles calcinados, observando el suelo quemado, intentando pensar, solo pensar. Había un único camino de llegada y uno de salida. La primera línea de investigación, la más obvia, era localizar testigos, ir llamando a todas las puertas de la zona. Los que vivían cerca quizá tuvieran información sobre personas o coches desconocidos que hubieran podido ver el sábado. O quizá la primera dotación de bomberos hubiera visto algo. Ya estaba pensando en el próximo movimiento.
Bertoncello era un hombre alto y delgado de treinta y pocos años, absolutamente calvo, lo que acentuaba sus rasgos faciales y le daba —con razón— un aspecto de tipo cerebral. En su tiempo libre resolvía rompecabezas, sudokus y otros juegos de lógica. A veces se quedaba mirando fijamente durante dos o tres días uno de aquellos acertijos —algún problema tan inexplicable como aquel terreno calcinado— y no escribía nada; luego, en un momento dado, se le iluminaba la bombilla y encajaba las piezas. Todo cobraba sentido. No obstante, en este caso no podía ver en toda su magnitud los daños sufridos por las colinas circundantes: la topografía le limitaba la visión de toda aquella destrucción.
Mientras el helicóptero sobrevolaba aquel trozo de terreno, Adam Henry se había sentado junto al fotógrafo forense. Sobrevolando las zonas de origen de los incendios, Henry vio dos profundas zonas en V donde habían nacido los fuegos, y la ceniza alejándose hasta el horizonte. Unas formas extrañamente sensuales se desplegaban bajo sus pies cuando volaban bajo sobre barrancos, hendiduras y salientes, dejando a la vista casas arrasadas, animales salvajes y de granja, las carcasas de los tractores y demás equipo de granja, vallas quemadas y ganado libre por las carreteras cubiertas de escombros, comiéndose los últimos vestigios de verde.
El agente le indicó al fotógrafo cada rectángulo de tierra quemada que había que documentar. Viendo las escenas de muerte que había investigado veinticuatro horas antes, era un ejercicio de omnipresencia, pero sin ningún poder divino para intervenir.
Desde el aire, algunas casas parecían como si les hubieran pelado su capa más externa. En una, el tejado había desaparecido, dejando un patrón de huellas de ceniza. Los espacios en los que la familia había dormido, comido o donde se había lavado estaban delineados en blanco y negro. Vistas desde arriba, las habitaciones eran como las cavidades de un corazón. Había que hacer un gran esfuerzo mental para presenciar todo aquel horror y no preguntarse una y otra vez, casi como un reflejo: ¿Por qué? ¿Quién?
Pese a todo lo que pudiera decir la ciencia, Adam Henry sabía que la piromanía era un delito del que la Unidad Antiincendios —como cualquiera— sabía muy poco. A mediados del siglo xix, se consideraba que era «una propensión morbosa al incendiarismo, en la que la mente, por lo demás sana, siente un impulso intangible para cometer este delito que hoy en día es reconocido por el público en general como una clara forma de locura».6
A lo largo de los setenta y cinco años de historia de la Biblia de la salud mental, el famoso Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, la clasificación de la piromanía ha ido adquiriendo o perdiendo reconocimiento, y entrando y saliendo de las páginas de las diferentes ediciones. En la actualidad, de la multitud de personas que provocan incendios de manera deliberada, solo unos cuantos sienten «fascinación, curiosidad y atracción por el fuego», acompañadas de «placer y alivio al prender fuego». Hoy en día se cree que esta conducta tiene más que ver con la sección del Manual... sobre disrupción en el control de los impulsos y trastornos de conducta. La tendencia de un individuo hacia lo antisocial y la tremenda falta de control. A lo largo de los años, diversas entidades han intentado establecer criterios para clasificar a los pirómanos. Pero la mayoría de los estudios internacionales se centran en el acto de incendiar a propósito casas, coches y edificios más que en los incendios forestales, una forma de incendio provocado que pese a no ser exclusiva de Australia, parece ser una especialidad en el país. De los incendios forestales declarados en este país, el 37 % se clasifican como sospechosos, y el 13 % como provocados (frente al 35 % de incendios accidentales, el 5% de incendios debidos a causas naturales y otro 5% debido a reigniciones o incendios satélites. El resto quedan englobados en la categoría «otras causas»).7
Adam Henry conocía las hipótesis básicas del FBI y de otros sistemas de clasificación, y era consciente de que algunas eran más complicadas que otras. Un modelo reconocido usaba esta ecuación para explicar la conducta: incendiarismo = g1 + g2 + e, donde [e = c + cf + d1 + d2 +d3 + f1 + f2 + f3 + rex+ rin].8
Lo que solía dar esta suma era que con mayor frecuencia los incendiarios eran varones; que la mayoría estaban sin empleo o tenían una historia laboral complicada; que en muchos casos procedían de entornos sociales marginales, algunos con historias familiares de patologías, adicciones o abuso físico; y muchos presentaban una baja capacidad de interacción social o interpersonal. Era un perfil plausible, pero no muy diferente del de muchos delincuentes no pirómanos. En otras palabras, prácticamente inútil.
La Unidad Antiincendios era consciente de que en los territorios de frontera entre el entorno urbano y rural había más incendios provocados: lugares en los que el alto desempleo juvenil, los casos de abuso infantil, abandono y dependencia intergeneracional y el escaso transporte público coincidían con los límites del monte, de los eucaliptos. Y eso describía bastante bien gran parte de las poblaciones del valle de Latrobe.
Si vives en Morwell, tienes el triple de posibilidades de convertirte en un parado de larga duración con respecto a la media del estado (el 22 % de los niños viven en familias de desempleados). El índice de niños en residencias de acogida es el más alto del estado de Victoria, igual que el índice de delitos cometidos en presencia de niños. La probabilidad de ser víctima de violencia doméstica es 2,6 veces mayor, y el índice de abusos a menores es el triple de la media. Todas ellas, estadísticas que ocultan tanto como lo que revelan.9
Tres días después del viaje en helicóptero de Henry, la policía local arrestó a un hombre que encontraron sucio, con el pelo desgreñado, acusado de 83 delitos de incesto. Las pruebas de ADN demostraron que había tenido cuatro hijos con su propia hija.
La zona que había sobrevolado Henry estaba llena de lo que parecían haber sido casas de campo con relativa tranquilidad. Así era la vida allí: un remanso de paz donde vivía gente feliz a poca distancia de personas atormentadas. El helicóptero giró, y los árboles se convirtieron en diagonales calcinadas, y a cada viraje las montañas iban mostrando los daños sufridos para su inspección.
Henry se había criado en el campo. Conocía el cosquilleo que se siente cuando se está a solas en el monte. Sin testigos que puedan dar cuenta de lo bueno o lo malo que hagas: la soledad te da licencia. En un camino de montaña solitario, ¿qué puede impedir que alguien tire una cerilla encendida al suelo, o que se asome por la ventanilla del coche con un encendedor de barbacoa? Henry observó la extensión negra bajo sus pies y pensó que el pirómano podía haber sido cualquiera.
Desde el aire, en las proximidades de los puntos de origen de los incendios, el agente había observado algo raro en el patrón que reflejaba la tierra quemada. Aunque al principio el fuego se había extendido desde la plantación de eucaliptos hacia el sureste, en el helicóptero se había dado cuenta de que también había zonas calcinadas al norte de los puntos de ignición, más allá de aquellos pinos de California intactos, y se había preguntado si podía haber un tercer incendio provocado, si después de prender los dos primeros, el pirómano había seguido adelante.
Ahora él, Bertoncello y Pridgeon iban a poner a prueba la teoría. Recorrieron una pista de acceso que atravesaba la plantación de pinos y aparcaron cerca del lecho seco de un arroyo. Desde allí caminaron hacia la zona que Henry había observado. Los árboles aún humeaban, tanto los caídos como los que seguían de pie. El sotobosque, compuesto de maleza, hierbas altas y zarzas, estaba teñido de negro o desprovisto de su color natural; las hojas estaban acartonadas y se rompían al tacto. Los hombres volvieron a buscar señales de la cabeza del incendio para ver si conseguían determinar el camino que había seguido el pirómano.
Pridgeon escribió en su cuaderno: «No puede haber demasiados puntos de ignición, ya que el comportamiento del fuego sería extremo. Es decir, habría que salir con rapidez de la zona». El sábado había sido un día de alerta tan elevada que tal vez el pirómano sabía que los trabajadores de la plantación estarían haciendo rondas de vigilancia, y que el Servicio Nacional Antiincendios acudiría muy pronto. En el límite del bosque de eucaliptos flotaría el intenso olor del aceite de los árboles. Si en ese ambiente explosivo lo que se olía era gasolina, uno habría echado a correr. Quizá eso fuera parte de la emoción, pero tratándose de un fuego tan peligroso, de haber encendido múltiples focos, el maníaco corría el riesgo de quedar atrapado.
Allí de pie, rodeado de pinos quemados, Bertoncello había observado una granja en lo alto de una colina, hacia el este. La casa parecía intacta, como si hubiera aterrizado en un planeta negro.
Mientras Henry y Pridgeon seguían buscando señales de un fuego de costado o de uno frontal, él decidió hacer una visita a los dueños de la casa. Quería preguntarles si habían estado en casa el sábado hacia la una y media de la tarde y si la zona sospechosa se había incendiado entonces, o si el fuego había llegado al cambiar de rumbo, con el cambio de viento de las seis.
Mientras ascendía por la escarpada ladera, percibió un olor diferente. No a madera quemada; algo acre. El olor de material de construcción quemado. Lo había olido con anterioridad, en sus primeros años como policía, cuando tenía que acudir a incendios domésticos, y muchas veces más en los seis meses que llevaba en la Unidad Antiincendios.
La semana anterior, Bertoncello había estado trabajando en Morwell, asistiendo al Grupo Ignis en la investigación del reciente incendio de Delburn, una serie de ocho incendios provocados, tres de los cuales se habían unido y habían ardido sin control. Aquello se había convertido en un incendio enorme: hasta el sábado, el peor del estado en muchos años. Habían ofrecido 100.000 dólares australianos de recompensa —una gran cantidad para la zona— por cualquier información que propiciara una detención. Los agentes del Grupo Ignis habían encontrado un sospechoso en las proximidades de seis de los fuegos de Delburn. Sabían que ese hombre no era el responsable del incendio de Churchill porque ese sábado había estado vigilado. Eso suponía un sospechoso menos, pero en la comisaría de Morwell el teléfono no había parado de sonar, con llamadas de los lugareños dando indicios sobre otros posibles candidatos.
La policía de Victoria no tenía una base de datos centralizada con los datos de pirómanos conocidos o sospechosos. La policía regional tenía sus propios apuntes sobre vecinos que les preocupaban, pero en muchos casos esa información era improvisada, inconexa. Como parte de la investigación de Delburn, Bertoncello había estado estudiando los nombres de más de treinta personas sospechosas de haber provocado con anterioridad incendios por el valle. La semana siguiente dio con un pequeño artículo en los periódicos sobre una mujer de la lista. Los bomberos de Gippsland se habían concentrado en Morwell para protestar por la sentencia de tres años a la que había sido condenada Rosemary Harris, que dos veranos antes, en la cercana Driffield, había sido sorprendida prendiendo fuego al monte con su hijo. Los que habían luchado contra el fuego —algunos de los cuales aún se despertaban por las noches entre lágrimas, después del Sábado Negro— consideraban que se merecía una pena más larga. En el momento de aquellos incendios, ella tenía veintinueve años y su hijo quince. Había dejado a sus otros seis hijos esperando en el coche. Cuando llegó la sentencia estaba embarazada de su octavo hijo, y ya le habían retirado la custodia del resto.
Bertoncello llegó a lo alto de la escarpada colina y se acercó a la granja, una casa de madera sobre pilones. Solo unas puertas más allá, los hermanos Gibson habían muerto defendiendo la casa de sus padres. Bertoncello supuso que en una comunidad así la gente conocería a sus vecinos, y que estarían en estado de shock. Cuando llamó a la puerta era poco antes de las once de la mañana.
Le abrió Liam Ferguson, un estudiante de poco más de veinte años. Aún se estaba acostumbrando al paisaje que veía ahora al abrir la puerta. Y también cada ventana tenía una nueva panorámica.
Le dijo a Bertoncello que el sábado hacia la una y media de la tarde había estado en su casa —una casa que ya no era la de antes—, con sus padres y sus hermanas. De pronto había oído los helicópteros, que apenas a un kilómetro rociaban agua sobre el fuego. Su madre y sus hermanas habían huido. Liam; Tony, su padre; Peter Moretti, su cuñado; y Ray, el padre de Peter, se habían quedado a trabajar toda la tarde en aquel ambiente abrasador, remojando la casa, llenando bidones de agua y bloqueando los desagües, por si el fuego se abría paso por ahí. Y lo hizo: el cambio de viento de las seis de la tarde llevó el fuego a las puertas de la casa. Los hombres consiguieron salvar la estructura con su trabajo, pero todo lo demás quedó calcinado.
Así que había sido el cambio de viento. No había un tercer foco provocado de forma deliberada. Bertoncello le dio las gracias a Liam y se dispuso a marcharse, pero el joven tenía algo más que decir.
Había pensado en ir a comisaría, reconoció, porque aquella tarde, aparte del terrorífico avance del fuego, había pasado otra cosa rara.
Había sido más o menos a la hora del cambio de viento. Hacia las 18.20, el impetuoso viento del norte que había soplado toda la tarde se paró de pronto y el cielo se quedó inmóvil, en silencio. Liam, que estaba defendiendo solo un trozo de la propiedad, paró, esperando. Pasaron lo que le parecieron minutos. Y de repente llegó del sur una nueva corriente de viento «muy, muy intensa, y con un ruido muy, muy fuerte» que impulsó el fuego hacia ellos. El humo tapaba el sol. Las brasas volaban en la oscuridad. Con una mísera manguera de jardín en la mano, mientras las salpicaduras iban encendiendo fuegos satélite a su alrededor, Liam se quedó sin saber qué hacer.
Por entre el humo vio una silueta andando por el camino de acceso a la casa. Al principio pensó, aliviado, que sería su padre. «¡Necesitamos ayuda!», gritó Liam, pero con el fragor del viento apenas se oía él mismo. La figura se le acercó, pasó junto a los fuegos satélite y mostró su verdadero rostro: el de un desconocido de poco menos de cuarenta años, corpulento y con una cara rolliza e infantil. Iba vestido con ropa de camuflaje —camiseta, pantalones cortos, sombrero— y pesadas botas de trabajo. Llevaba un perro.
Liam supuso que el hombre intentaba escapar del fuego, y que lo único que iba a conseguir era meterse aún más entre las llamas. Pero en aquel momento la manguera se quedó sin presión. Tenía que encontrar refugio de inmediato, y salió corriendo a través del humo cegador. No se dio cuenta de que el extraño le seguía hasta que ambos llegaron al interior de la casa. El hombre se quedó allí de pie, en el salón, con el terrier marrón en brazos, como si fuera un bebé, con el vientre hacia arriba.
Con el rugido de las llamas de fondo le contó a Liam, con una voz muy suave y característica, que se le había averiado el coche allí cerca. En aquel momento Liam estaba demasiado nervioso como para poner objeciones. Le dio un teléfono y le dijo que llamara a emergencias, mientras él iba a buscar a su padre. Estaban rodeados de llamas, por lo que era difícil ver algo, pero también respirar o imaginarse que alguien pudiera sobrevivir en aquel infierno.
Más tarde, Ray Moretti contaría a la policía que había vuelto a refugiarse en la casa justo después de que saliera Liam. Una bola de fuego se acercaba a gran velocidad, y él estaba cada vez más desesperado. En el porche trasero se encontró a un tipo que no conocía con un perro en brazos. «Básicamente le dije: “¡Entra, joder!”». Ray cerró la puerta tras ellos, atrancándola con la manguera que llevaba en la mano. Cuando le pareció que el frente del incendio había pasado y que ya no había peligro, se atrevieron a salir. La bomba funcionaba, y Ray le dijo al hombre que le ayudara a bombear agua hasta la manguera. El extraño ató a su perro e hizo lo que Ray le decía.
Dijo que se llamaba Brendan. El coche se le había averiado a poca distancia de allí. No podía comprarse un coche nuevo, y temía que si se quemaba la compañía de seguros no le diera más que 500 dólares. Ray pensó que tenía un aspecto «disperso». Parecía apagado y no hablaba a menos que se le preguntara. Pero este tal Brendan siguió a Ray arriba y abajo, por entre los rosales del jardín, bajo la lluvia de tizones encendidos, desenredando la manguera para ir apagando fuegos satélites. En realidad, fue de gran ayuda.
Cuando por fin Liam encontró a su padre y tuvieron un momento para hablar de algo que no fuera el fuego, le habló del visitante. Resultaba raro que alguien apareciera en medio de un incendio, y Tony fue a ver al extraño.
Después Tony contaría a la policía que había ido por la casa diciendo: «Hola, ¿hay alguien ahí?». En el exterior, bajo el porche, estaba Brendan. Dijo que era amigo del vecino, Peter Townsend; en su día habían trabajado juntos como jardineros en la universidad local. Tony Ferguson agradeció tener un par de manos más para defender la propiedad, pero incluso en aquel momento tan surrealista —con su casa aún en pie, rodeada de un mundo calcinado—, la presencia de su invitado resultaba rara.
La casa estaba oculta tras la colina, así que Brendan había tenido que seguir un camino de grava desconocido mientras los helicópteros lanzaban agua a su alrededor; tenía el monte quemado a un lado, las llamas persiguiéndole, y también cabía la posibilidad de que se las encontrara de frente. Había pasado junto a los bomberos del Servicio Nacional Antiincendios, que habían decidido que el camino era demasiado peligroso como para acercarse a la propiedad.
«Joder, tío, te la has jugado —exclamó Tony, cuando Brendan le contó la historia—. Yo no lo hubiese hecho». Aquello había sido prácticamente un suicidio, más tarde Ferguson se preguntó si había sido intencionado, si había llegado allí a propósito.
Hacia la una de la madrugada, tras una tormenta de brasas de cinco horas, por fin un camión del Servicio Nacional Antiincendios se aventuró por el camino. Tony Ferguson pidió a los bomberos que llevaran a Brendan a su casa. Aquel hombre vestido de camuflaje le ponía nervioso. «Ya hemos tenido bastante de lo que ocuparnos —le dijo a la policía—, y hemos tenido que contar con todo el que estuviera a mano, así que me sentía incómodo».
Liam Ferguson entregó al agente Bertoncello una bolsa de plástico que contenía un sombrero de lona con estampado de camuflaje. Brendan lo había usado como bebedero para su perro, y luego se lo había olvidado.
En aquel momento llegaron a la granja en coche Adam Henry y Ross Pridgeon. Bertoncello les informó de que no había habido un tercer punto de ignición, y le dejó su tarjeta a Liam.
Pridgeon se fue y los agentes fueron a examinar la propiedad de los Gibson, algo más allá. Encontraron los escombros de la casa entre un bosque de altos palos negros, con una chimenea aún en pie, como en actitud desafiante.
A Bertoncello le sonó el teléfono. Era Liam Ferguson. Había recordado otra cosa. El sábado, había un sedán azul marino aparcado en un ángulo extraño en Glendonald Road, junto a la hierba. Daba la impresión de que el coche se había parado de pronto. La madre de Liam también lo había visto al evacuar el lugar, hacia las dos de la tarde. Con el cambio de viento, el coche había quedado calcinado. Al día siguiente vinieron a remolcarlo.
Los agentes dejaron la propiedad de los Gibson y quedaron con Liam para ir juntos a ver el punto donde había estado el coche. Allí cerca, sobre el terreno calcinado, había unos restos de metal quemado. Si pertenecían al coche del visitante de los Ferguson, era evidente que se había averiado cuatro horas antes de que se presentara ante su puerta. Así que a media hora de su inicio, podía situársele cerca del punto de origen del fuego.
Los agentes tenían práctica en mostrarse fríos, pero tanto ellos como Liam sabían qué significaba. Ya se hablaba por todas partes de que el fuego había sido provocado. Desde su porche, justo antes de marcharse con su madre, la hermana menor de Liam había visto arder dos fuegos diferentes. Henry y Bertoncello notaron que la sorpresa reinante iba transformándose en rabia. Observaron los restos del coche e intentaron no mostrarse demasiado interesados.
Cuando Liam volvió a su casa, los agentes iniciaron un estudio de los vecinos de Glendonald Road. En otro tiempo, aquellas casas de Hazelwood South eran tranquilos refugios en plena naturaleza, pero lo que ahora se encontraban por aquellos caminos eran casitas de juguete y camas elásticas calcinadas en los jardines de las casas quemadas, con las paredes y las ventanas cubiertas de hollín. Llamaron a muchas puertas preguntando si alguien más recordaba haber visto aquel coche azul.
Encontraron a pocos vecinos en sus casas. La carretera aún estaba cortada. Los lugareños no podían acceder para comprobar los daños sufridos en sus propiedades, o si se habían quedado, para salir a conseguir alimentos. Los que se habían quedado se preguntaban dónde estaban: todas sus referencias —árboles y casas— habían quedado arrasadas. Estas personas seguían tosiendo esputos negros, tenían la piel quemada y los ojos irritados. Sus hijos, que habían enviado a casas de amigos y parientes, no querían volver (ni querrían, más adelante, quedarse los días de calor). Aquello ya no era su casa.
Los que les abrieron la puerta a los agentes les dijeron que habían visto el coche azul. Era un sedán Holden con ruedas de aleación, aparcado en un ángulo extraño, parecía abandonado.
Más tarde, Geoffrey Wright, que trabajaba con metal laminado en la planta de procesamiento de gas cercana, le contaría a la policía que había salido a buscar el caballo de su esposa cuando oyó de pronto el distintivo murmullo del motor del coche azul. Ya había oído aquel sonido antes, y había visto pasar el coche arriba y abajo por la calle tantas veces que había pensado que sería un vecino. Aquel murmullo cesó, y Wright observó que el coche azul había quedado aparcado algo de lado, como si se hubiera averiado.
«Vi al conductor corriendo hacia el coche. Se puso a cuatro patas y echó un vistazo debajo del vehículo. Iba con prisa. Se puso en pie, rodeó el coche a la carrera e intentó ponerlo en marcha de nuevo. Me dio pena el pobre desgraciado. De no haber estado intentando atrapar al caballo, habría ido a ofrecerme para remolcarlo o para llevarlo a algún sitio. Pensé que sería un vecino, aterrado por no poder llegar junto a su familia».
Cuando por la tarde el viento cambió, Wright aún no había conseguido meter al asustado animal en el establo. A final intentó arrastrarlo hacia la casa, pero los brazos le ardían de tanto sol, y tuvo que dejarlo. Después los bomberos encontrarían el cadáver del caballo, pero con las carreteras cortadas, pasaría aún otra semana más antes de que pudieran enterrar al pobre animal.
La mayoría de los vecinos tenían alguna historia parecida, sobre mascotas o ganado. Por ello les sorprendió, tal como contaron a los agentes, que en solo veinticuatro horas —mientras aún había árboles y cercas ardiendo y el Servicio Nacional Antiincendios estaba apagando un incendio dos casas más allá— llegara una grúa naranja para llevarse los restos del coche azul. De la grúa salieron el conductor y el dueño del coche, tan tranquilo.
Darmowy fragment się skończył.