Czytaj książkę: «Un soltero difícil»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1999 Charlotte Lobb

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un soltero difícil, n.º 1492 - enero 2021

Título original: Expecting at Christmas

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1375-137-5

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

CONSEGUIR un trabajo siempre era difícil, pero conseguirlo embarazada de ocho meses era casi un milagro.

Loretta Santana se mesó los cabellos al escuchar el potente coche de su nuevo jefe cruzar el estrecho puente de madera, al final de la carretera del cañón de Topanga, y recorrer el paseo de coches circular hasta el frente de la casa.

Ella nunca había sido mayordomo antes, aunque había dado un curso acelerado en la Academia de mayordomos de Westside solo para poder acceder a aquel puesto. Y, ciertamente, podría ser un poco raro encargar un traje negro de premamá con una pajarita. Pero estaba decidida a conservar aquel trabajo hasta conseguir ser beneficiaria del seguro con la agencia temporal que la había contratado. Solo necesitaba ciento veinte horas más, tres semanas, y podría renunciar. El bebé no llegaría hasta después de cuatro semanas y un día, la semana después de Navidad.

Por instinto, deslizó la mano por su vientre dilatado. Tanto ella como el bebé de Isabella necesitarían del seguro médico.

La ansiedad le hizo morderse el labio inferior al abrir la puerta principal y retirarse para que Griffin Jones pudiera mirarla de arriba abajo. Tenía los nervios a flor de piel. Cuando pasara aquella prueba, tomaría una dosis extra de vitamina E para estabilizar sus iones y conseguir equilibrar el yin y el yang.

Con los pasos gráciles de un atleta, Griffin subió los escalones de dos en dos. Tenía la americana desabrochada y la corbata suelta alrededor del cuello. Se detuvo de forma brusca frente a la puerta.

–Bueno, bueno, bueno –masculló con una sonrisa sensual en los labios–. ¿Qué es lo que tenemos aquí?

–Loretta Santana, señor. Su mayordomo temporal.

Él la miró al pasar al recibidor de estilo rústico, con paneles de madera y luz tenue.

–¿Qué has hecho con Rodgers, dulzura?

–Creo que está de camino a Londres, señor.

–¡Ah, me olvidé de que tenía algún tipo de crisis familiar allí! –frunciendo el ceño, ladeó la cabeza hacia la derecha haciendo que su flequillo castaño del color del tabaco se deslizara por su frente–. Y tú eres la idea de alguien de un mayordomo en broma, ¿verdad?

Loretta se sonrojó.

–No señor. Estoy plenamente cualificada para…

–Estoy seguro de que sí –cruzó el recibidor deslizando la mirada por ella con masculino interés hasta posarla en la mitad de su figura–. ¡Dios mío, si estás embarazada!

Empezó a toser y se atragantó.

–¡Pobrecito! ¡Debe de haber pillado un resfriado terrible! –automáticamente Loretta posó el dorso de la mano en su frente–. Y un poco de fiebre también. Será mejor que entre. Le prepararé una agradable infusión de hierbas y le daré algunas de mis píldoras hidratantes rejuvenecedoras. Estará tan lustroso como la lluvia en un abrir y cerrar de ojos, señor –entrelazando el brazo en el de él, Loretta intentó conducirlo a la habitación principal para que obtuviera el descanso que tan claramente necesitaba y se olvidara de que tenía a una mayordomo embarazada trabajando para él–. Los resfriados invernales pueden ser terribles. ¿Quiere que le prepare un baño caliente, señor? ¿O prefiere hacerlo usted mismo?

Griffin puso el freno.

–No tengo ningún resfriado, solo un poco de picor en la garganta y no me gusta que mis amigos me gasten bromas. Ellos saben condenadamente bien que nunca me acostaría con una mujer embarazada.

La conmoción la hizo apoyarse contra la pared que tenía detrás.

–¿Acostarse? Yo no… Eso no es para lo que… La agencia no me haría…

¡Dios santo! ¿En qué se había metido?

–De eso se trata esta broma, ¿verdad? El viejo Brainerd te ha enviado, ¿no? Aunque sería divertido…

–Me ha enviado la agencia de empleo. Yo necesitaba el trabajo y no me dijeron que intentaría violarme.

–Yo no voy a hacer tal…

Sin esperar una explicación, Loretta corrió apresurada a la cocina que comunicaba con las dependencias de servicio. Se encerraría allí, llamaría a la policía y…

–¡Espera! ¿Qué diablos…?

Ella no se detuvo, pero dado su estado, su carrera no era más rápida que la de un pato. Él la atrapó en la barra del mayordomo en mitad de la cocina y la asió por el brazo.

–¡No haga daño al bebé! Por favor, no…

–¡Por Dios bendito, no voy a hacerte daño! Solo quería saber qué estaba pasando.

A ella le temblaba la barbilla. Griffin era un hombre realmente corpulento, de hombros anchos bajo la americana y sus ojos penetrantes eran tan claros que una sombra azul destelleó como una daga de plata. A Loretta no le hubiera gustado estar en una mesa de negociaciones enfrentada a Griffin Jones. Aquel hombre intimidaría hasta al mismísimo presidente.

–Mira, no llores –suplicó él aflojando la mano–. No puedo soportar ver llorar a una mujer.

–No estoy llorando.

–¿Estás diciendo que te envió la agencia de empleo?

Ella asintió.

–¿Estás segura de que no has visto el artículo del Inside Bussines acerca de que yo era el soltero más codiciado en el mundo empresarial y pensaste que podrías reclamarme la paternidad de tu hijo?

–Yo nunca haría una cosa así –gimió ella–. Isabella nunca hubiera querido tener un bebé suyo.

Él pestañeó.

–¿Quién es Isabella? Pensé que te llamabas Loretta.

–Es mi tía. O lo era. La hermana pequeña de mi madre. Yo estoy embarazada de su bebé.

Con una sacudida de su cabeza, Griffin dio un paso atrás. Quizá tuviera fiebre, después de todo. Lo que decía aquella mujer no tenía ningún sentido.

–¿Dónde está tu marido?

–Yo no tengo exactamente marido.

–De acuerdo. Entonces tu novio.

–Tampoco tengo exactamente uno. O al menos no desde que me quedé embarazada.

–Pensaste que si te quedabas embarazada tu novio se casaría contigo, ¿verdad?

Una mujer le había intentado hacer aquello a él no mucho tiempo atrás. Él había querido hacer lo correcto. Tenía que hacerlo. La muerte de la madre de Griffin al dar a luz siempre lo había acosado. Él había estado insistiendo a sus padres que quería tener un hermanito y cuando había resultado que su madre estaba embarazada de una niña, no la había querido. Entonces, de repente su madre se había ido y también su hermana. Desde entonces se había sentido culpable y de alguna manera responsable.

Así que, años más tarde, naturalmente se sintió responsable por la mujer con la que se había acostado, Amanda Cook, hasta que descubrió que ni siquiera estaba embarazada. No era más que una busca fortunas, ansiosa por poner las manos encima del dinero que él había ganado dirigiendo una de las cadenas de electrónica más importantes del país. Él no caería en una treta como aquella de nuevo y desde entonces había despachado cualquier relación que siquiera supusiera un compromiso.

–¡Oh, no. Este no es el bebé de Rudy! Es el de Wayne.

–¿Wayne? –definitivamente aquella mujer tenía una intensa vida sexual, más de la que había conseguido mantener él últimamente–. ¿Y por qué no se casó contigo?

–Ya estaba casado con Isabella.

Ya entendía Griffin exactamente lo que había ocurrido.

–O sea que Isabella te pilló con su marido.

–No, por supuesto que no –Loretta pareció seriamente ofendida de que él hubiera sugerido siquiera aquella posibilidad–. Yo no haría una cosa así. Yo quería a Wayne como lo que era, mi tío carnal.

–¿Y por eso estás embarazada de su bebé?

Griffin había perdido el hilo de la historia en algún momento.

–Bueno, Isabella no podía tenerlo y alguien tenía que ayudarlos, así que me ofrecí yo. A Rudy no le gustó. Dijo que sentía que yo fuera una mercancía usada por estar embarazada de su bebé –le empezó a temblar la barbilla de nuevo y sus ojos de gacela se empañaron de lágrimas. No fue una cosa muy agradable de oír, ¿no cree?

Griffin no estaba seguro.

–Y es por eso por lo que de verdad necesitaba este trabajo, señor Jones. Pero de ninguna manera pienso irme a la cama con usted, así que ya puede olvidarse de esa idea desde ahora mismo.

–No ha sido idea mía. Pensaba… –maldición, no sabía en qué había estado pensando–. Mira, ¿por qué no nos sentamos un minuto y hablamos? Podemos empezar por el principio, tomar una taza de café y…

–Un té de hierbas sería mucho más beneficioso para su resfriado.

–Yo no tengo ningún resfriado.

–Por supuesto que lo tiene. Todo el mundo pilla resfriados en invierno, sobre todo durante las vacaciones. No es nada de lo que avergonzarse, pero podrá poner sus iones en forma en poco tiempo si me da la oportunidad de…

¿Cómo podía un hombre discutir con una mujer cuyos ojos le recordaban al chocolate caliente? Sobre todo con una mujer embarazada.

–De acuerdo, tomaremos ese té y me contarás todo acerca de Isabella y Rudy.

–No quiero hablar más de Rudy. No me casaría con él ni aunque me lo pidiera de rodillas.

Loretta se fue al otro lado de la encimera, abrió el armario y sacó una lata de lo que Griffin supuso sería su té mágico. Solo esperaba poder tragárselo. Sospechaba que Loretta Santana pondría aquella mirada de cierva herida en sus enormes ojos si no lo bebía hasta el final. Y para su eterno desmayo, siempre se había sentido perdido con las mujeres con lágrimas en los ojos. Algún día aprendería la lección.

–Bueno, podrías empezar por Wayne e Isabella –sugirió.

Con sorprendente eficacia, ella llenó un recipiente con agua caliente y lo colocó al fuego antes de sacar las tazas y los platitos de otro armario. No era una mujer alta, comprendió Griffin, quizá de un metro sesenta y cinco. Sus rasgos eran delicados y sus mejillas preciosamente esculpidas. Él había oído que las mujeres embarazadas adquirían un brillo especial. Curiosamente, no quería pensar en el proceso que la había dejado embarazada ni en el hombre que había tenido aquel privilegio. O en los riesgos que una mujer pequeña como ella podría correr, los mismos riesgos que habían matado a su madre.

–Le he preparado un guiso de pollo por si tiene hambre. Rodgers no estaba seguro de que viniera a cenar.

–¿Has hablado con Rodgers?

–Sí, me ha dado una orientación completa del trabajo. A la hora que se levanta por las mañanas, lo que le gusta para desayunar, ese tipo de cosas.

–¿Sabía él que eras mujer?

Ella lo miró por encima del hombro.

–Creo que probablemente lo notara.

Él sonrió.

«¡Vaya pregunta más tonta, Jonesy! Normalmente eres más fino con las damas».

–Solo pensaba que era raro que Rodgers estuviera de acuerdo en que su sustituto fuera una mujer.

–Le dije que sabía escribir a máquina.

–¿Y por qué le iba a importar a Rodgers que supieras escribir a máquina?

Dándose la vuelta, ella plantó las manos donde solía estar su cintura.

–Me dejó muy claro que no solo sería su mayordomo, sino su secretaria personal, para filtrar llamadas de teléfono, mantener su agenda al día y ese tipo de cosas. Yo le aseguré que estaba más que capacitada para las tareas de secretaria.

Entre toses, Griffin se atragantó de nuevo. Como parte de su trabajo, Rodgers se aseguraba de que Griffin no fuera interrumpido cuando estaba en compañía de una mujer manteniendo a raya las llamadas de teléfono, sobre todo cuando eran de otra mujer.

–¡Oh, Dios! Ese resfriado suyo es horrible. Creo que será mejor que le prepare un caldo de pollo. ¿Sabe? No hay nada mejor que…

–No –contestó él.

–La verdad, señor Jones, creo…

–¡Siéntate!

Loretta se sentó en la silla más cercana a la mesa de nogal con los ojos abiertos como platos.

–No voy a hacerte daño –aseguró él.

Ella asintió vigorosamente como una de esas muñecas chinas cabeceantes.

–Solo voy a explicarte por qué esto no va a salir bien, el que seas mi mayordomo, me refiero. No es nada personal, espero que lo entiendas. Es simplemente que eres una mujer.

«Y embarazada», añadió para sus adentros.

Intentando componerse, Griffin se metió las manos en los bolsillos del pantalón. Las mangas de la americana se tensaron contra sus músculos y decidió quitársela.

–Señora Santana, hay ocasiones en que me visitan jóvenes señoras. Jóvenes atractivas con las que a veces tengo relaciones íntimas.

Un fuerte sonrojo ascendió por el cuello femenino y tiñó sus mejillas dramáticamente esculpidas.

–Yo no soy quién para juzgar los actos de los demás, señor Jones.

–Sí, bueno… –se aclaró la garganta–. A esas jóvenes puede que no les haga gracia que tenga a una adorable joven como usted como mi… empleada.

Y mucho menos a una sexy mujer embarazada, sospechaba. Y de lo que sí estaba seguro era de que a él no le gustaba la idea. Él no quería ser responsable. ¿Y si se caía… o entraba en un parto prematuro? Podían pasar miles de cosas.

–No se me ocurriría interferir en su vida personal, señor Jones. Ni siquiera me verán, si eso es lo que usted quiere. Seré más silenciosa que un ratón –el color de sus mejillas pasó del rosa al escarlata al alzar la barbilla con un gesto de obstinación–. Además, no puede discriminarme porque sea mujer. El gobierno no lo permite. Una mujer tiene ciertos recursos en la actualidad.

Él frunció el ceño. Había tenido un día muy largo, la competencia le estaba ganando terreno y ahora tenía a una mujer embarazada lanzando una velada amenaza de denuncia. ¡No le gustaba nada!

–Además, si considera discriminarme por estar embarazada, debería saber que cuarenta y dos de los cincuenta estados tienen leyes en contra de dicha discriminación. Y California es uno de ellos.

Griffin tardó un momento en comprender que el silbido que oía era el de la tetera. Frunciendo el ceño hizo un gesto para que ella fuera a apagar el fuego.

Loretta saltó de la silla como si la hubieran pinchado. En la encimera, se apresuró con las bolsas de té mientras Griffin sopesaba sus opciones. Desde luego, sacar a la fuerza a Loretta Santana de la casa no era una de ellas, aunque era lo que le hubiera gustado. Pero nunca le haría eso a ninguna mujer y mucho menos a una embarazada.

Maldición. ¿Por qué la anciana madre de Rodgers había tenido que empeorar? Siempre había estado al borde de la muerte, por lo que Griffin podía recordar.

La única razón por la que él tenía mayordomo era porque Rodgers había estado con su padre toda la vida. Cuando su padre había muerto hacía un par de años, Griffin había heredado al mayordomo junto con una empresa multimillonaria. Una herencia que ningún hombre podría rechazar.

Loretta colocó una taza frente a él. Para asombro suyo, olía de maravilla, a una mezcla de pino de bosque y de rosas de primavera. Griffin se sentó y dio un sorbo. Quizá le aliviara el picor de garganta que le había estado molestando todo el día.

–Entonces dime por qué quieres ser mi mayordomo.

Ella se reclinó contra el asiento enfrente de él. En un mundo de sirenas, ella sería una ganadora: frágil y vulnerable. Y sin embargo, había algo en la forma en que mantenía la cabeza erguida que sugería una obstinación que sería mejor no provocar.

–Fue el único trabajo que me ofreció la agencia –sus frágiles hombros se encogieron un poco–. Es difícil encontrar mayordomos en la actualidad. El salario no es especialmente bueno, ¿sabe? Y yo necesitaba el trabajo de verdad para poder obtener el seguro médico para mí y para el hijo de Isabella.

La mirada de él se deslizó hacia su vientre, oculto por la mesa.

–¿Vas a tener el hijo de otra persona?

–Mi tía había intentado muchos años quedarse embarazada y cuando llegó a los cuarenta empezó a desesperarse. Decidieron probar con una madre de alquiler y yo me ofrecí.

Ah, Isabella y Wayne. El té de hierbas definitivamente le estaba despejando la cabeza.

–Entonces… ¿no te quedaste… de la forma habitual?

–¡Oh, no! Eso es algo horrible de pensar acerca de mi tío Wayne.

–¿Y no había otra persona que pudiera hacer el trabajo?

–Mis otras tías son demasiado mayores y mis primas ya tienen niños, aparte de que sus maridos eran muy reacios a la idea. Además, la mayoría de ellas no tuvieron embarazos fáciles.

Griffin apretó los dientes. Quizá los embarazos difíciles fueran genéticos en su familia; embarazos con riesgos incluso.

–¿Y no pudo Wayne contratar a otra persona? No le hubiera costado mucho más que…

–Somos una familia, señor Jones. Cuando la familia tiene problemas, uno hace lo que tenga que hacer.

–Yo no le dedicaría a mi tío ni un minuto y mucho menos me quedaría embarazado por él –masculló Griffin.

Además, su tío Matt era la competencia, el director de la compañía electrónica que tenía a su empresa de cabeza.

Loretta lanzó una carcajada musical.

–No creo que su tío le pida que se quede embarazado.

–Probablemente no –acordó él con una sonrisa. Ni tampoco podía imaginarse a su tía, que parecía más seca que un cardo, pidiéndole que la fecundara. Se estremeció ante la idea–. Entonces, ¿para qué necesitas el seguro médico? Yo diría que lo lógico es que tus tíos corrieran con los gastos.

–Mis tíos murieron en un accidente de coche.

–¿Qué? Lo siento. ¿Pero no te dejaron algo con lo que…?

–No eran ricos, señor Jones. No como usted. Y estoy segura de que ni siquiera pensaron nunca en hacer testamento. E incluso aunque lo hubieran hecho, después del doble funeral no hubiera quedado suficiente para pagar mis facturas de médicos… o las del niño.

¡Dios, cómo odiaba aquellas historias dramáticas, sobre todo cuando parecían reales!

–¿Te ha estado viendo algún médico?

–¡Claro! Ellos pagaron por adelantado mis cuidados prenatales y el doctor ha sido lo bastante bueno como para no cobrarme ningún extra. Pero el parto no entra en ellos, ni del hospital o el pediatra.

Los ojos empezaron a brillarle de nuevo como diamantes en un lago de chocolate.

–Incluso si te dejara trabajar para mí, que no te he dicho que lo haga –añadió con rapidez al ver el brillo de sus ojos–, ¿no diría el seguro que había unas condiciones preexistentes? No cubrirán…

–Eso funciona diferente por completo en las agencias de trabajo temporal. Si duro lo suficiente, estoy cubierta desde el día en que empecé a trabajar para ellos. Es la zanahoria que extienden para mantener a los empleados trabajando más tiempo.

–Entonces, ¿ya has trabajado para esa gente antes?

Asintiendo, Loretta dio un sorbo a su té.

–Muchas veces. Trabajo con ellos desde que empecé la universidad.

–¿Universidad?

Ella alzó la barbilla con determinación.

En algún momento, el pelo largo que se había recogido en una coleta se le había soltado y los mechones sedosos besaban la fina columna de su cuello.

–Voy a ser la primera persona de toda mi familia que se gradúe en la universidad. He completado 136 unidades en la Universidad de California de Los Angeles.

–Esas son muchas unidades.

Más de las que Griffin tenía y él ya había conseguido su graduación.

–Me hubiera graduado ya, pero he cambiado varias veces de especialidad. Y ellos no dejan de cambiar los requisitos.

–Sí, eso te puede retrasar.

–Así que todavía me falta un año o así para acabar y ahora con lo del bebé… –se encogió de hombros–, puede que tarde un poco más.

Quizá debería haber pensado en ello antes de aceptar tener el hijo de otra mujer. Griffin no quería tener nada que ver con Loretta y su historia melodramática. Desde luego, no la quería como su mayordomo.

Pero no podía precisamente echarla a la calle en mitad de la noche.

–Mire, señorita Santana…

–Puede llamarme Loretta si quiere. En las clases aceleradas para mayordomo me dijeron que estaba bien si a mi jefe le resultaba más cómodo.

–Sí, bueno… –Maldición, ya le costaba bastante despedir a la gente incluso aunque fuera incompetente y, hasta el momento, Loretta no había hecho nada mal–. La verdad es que actualmente no necesito ningún mayordomo.

–¡Por supuesto que lo necesita! Rodgers me aseguró, en confianza, que usted lo entendería, que había días en los que no conseguía arreglárselas sin él. Supongo que no será usted terriblemente organizado.

Griffin frunció el ceño.

–¿Ha dicho eso Rodgers?

–¡Oh, sí! Pero no debe preocuparse de que lo decepcione. Yo soy la persona más organizada que conozco.

Parecía muy segura de sí misma, pero Griffin no estaba seguro.

–Sigo pensando que no creo…

Entonces sonó el timbre de la puerta.

–Yo abriré –Loretta se levantó tropezando contra la mesa con la enorme tripa y tirando la taza de té–. ¡Oh, Dios! Lo limpiaré en un minuto. No lo toque.

–¿Por qué no abro yo la puerta mientras tú…?

–No, no, abrir la puerta es mi trabajo. Me han enseñado bien lo que tengo que hacer.

¿Enseñarle a abrir la puerta? ¿Era eso lo que aprendía en las clases aceleradas? Griffin apenas podía imaginarse lo que podría incluir un curso tan corto.

Oyó a Loretta abrir la puerta y recibir al visitante.

–Siento terriblemente que no haya llamado antes, señorita. El señor Jones tiene un fuerte resfriado y sería más prudente para él no tener visitas esta tarde.

Una voz femenina que Griffin no pudo reconocer del todo contestó:

–No, espera un minuto –murmuró él dirigiéndose a la puerta principal.

Tampoco tenía un resfriado tan fuerte.

–Estoy segura de que entenderá que el señor Jones solo piensa en su bienestar. No quiere exponerla a un virus al que su sistema inmunológico tardaría semanas en combatir.

Griffin divisó a una pelirroja en la puerta, una actriz de opereta que estaba causando gran atención en la escena social. Griffin llevaba semanas intentando salir con ella.

–Hola, Aileen. Me alegro de verte. Pasa.

Intentó apartar a Loretta a un lado, pero esta no se movió de su puesto en la puerta.

Aileen lo miró con desdén aristocrático antes de dirigirle a Loretta una mirada cortante como una cuchilla.

–No recuerdo que me hayan despedido nunca de una forma tan interesante, Griffin.

–No, no lo entiendes. Es mi mayordomo.

–¿De verdad? ¡Qué conveniente para ti!

Dándose la vuelta, bajó airosa los escalones desapareciendo de la escena como una artista.

Griffin maldijo para sus adentros y la siguió hasta el brillante Porsche. Intentó hablar con Aileen y hacerla entender, pero solo recibió una fría respuesta:

–Llámame cuando tu mayordomo vuelva de Inglaterra. Si es que lo hace alguna vez.

El coche arrancó con un rugido y cruzó con estruendo las planchas del puente de madera hasta llegar al pie de la colina.

Griffin volvió enfurecido a las escaleras y miró a Loretta con irritación.

–¿Sabes lo que acabas de hacer? Llevo semanas intentando conseguir una cita con esa mujer.

–Bueno, desde luego no querrá darle una mala impresión contagiándole el resfriado. Eso sería terrible. Se sentiría atacada por esos desagradables antioxidantes, su yin y su yang tendrían una batalla terrible, y ¿cómo quedaría usted?

Griffin no encontró una buena respuesta para aquello mientras ella se apresuraba a ir a la cocina para limpiar el té.

Definitivamente, tener a Loretta Santana como mayordomo iba a ser duro para su vida amorosa.

Maldición, se había jurado años atrás, en el funeral de su madre, que nunca pondría en riesgo la vida de una mujer dejándola embarazada. Por muy irracional que le pudiera parecer a todo el mundo, así era como se sentía él. Y había sido especialmente cuidadoso. Siempre había dejado muy claro a las mujeres que él no era de tipo de los que buscan matrimonio e hijos.

Y ahora, para su desmayo, tenía a una mujer embarazada en sus manos. Griffin no quería aquella responsabilidad, pero que lo ahorcaran si sabía cómo quitársela de encima.

Capítulo 2

GRIFFIN se estiró y se desembarazó de las sábanas revueltas. Para su sorpresa, se sentía muchísimo mejor que la noche anterior. El dolor de la garganta había desaparecido y tenía la cabeza mucho más despejada. Ni por un minuto atribuyó el milagro al té de hierbas o a la sopa de pollo que había tomado por la noche.

Frunció el ceño al recordar la escena en la puerta principal y cómo su nueva mayordomo había despedido a Aileen Roquette. Si no hubiera sido por Loretta Santana, esa mañana no se habría despertado solo.

Poniéndose en pie, se acercó a la ventana. El sol del sur de California dibujaba unas sombras matinales entre los robles y los pinos que rodeaban su propiedad tiñendo el césped agostado de un brillo dorado. Aunque estaba a menos de una hora del centro de Los Angeles, el Cañón de Tapanga tenía cierto aire rural. A lo largo de la serpenteante carretera de montaña se alineaban casas que variaban desde modestos hogares hasta opulentas mansiones de hasta mil metros de planta. La suya estaba en lo alto de la escala.

Se pasó los dedos por el pelo revuelto y bajó la vista hacia la terraza de madera que rodeaba tres cuartas partes de la casa y se cernía sobre el cañón. En una columna de fría luz invernal, vio a Loretta cruzada de piernas mirando hacia las colinas en la distancia.

Los labios de Griffin se arquearon en un atisbo de sonrisa. Bajo aquella luz, parecía un cruce entre una delicada ninfa de los bosques y una rechoncha imagen de Buda. Sombrío, recordó que tendría que buscar la forma de devolverla de donde había llegado.

Agarró un par de pantalones cortos, se los puso y salió a la terraza. El suave aire le acarició las piernas y el pecho desnudos con la promesa de un día mucho más cálido aunque el calendario indicaba que estaban sólo en diciembre.

Apoyándose contra la barandilla, se cruzó los brazos contra el pecho.

–¿Meditas todas las mañanas?

Ella abrió los ojos lentamente y esbozó una débil sonrisa. «Unos labios que apetecía besar», pensó él pillado por sorpresa ante su actitud serena.

–Aprendí a meditar cuando estuve trabajando temporalmente para la Asociación Psíquica Trascendental. La técnica es realmente eficaz para evitar que se libren los radicales –frunció el ceño y se encogió de hombros–. O quizá se supone que deben escapar. Me he olvidado de lo que es, pero de todas formas, la meditación sienta bien.

Griffin tenía la clara impresión de que Loretta hablaba en un lenguaje enteramente diferente del suyo.

–¿Es en esa sociedad en la que aprendiste lo de los iones y oxidantes?

–No, lo aprendí cuando estuve trabajando en un herbolario.

Loretta intentó levantarse, pero no consiguió el impulso adecuado y Griffin la asió por el brazo para ayudarla. Sus huesos eran muy delicados. ¿Cómo podría aguantar el peso extra del niño? Se sorprendió de nuevo de su fuerza oculta y se sintió un poco asustado por los riesgos que pudiera conllevar el embarazo.

¿Por qué diablos habría aparecido a la puerta de su casa?

–Gracias –dijo ella sonrojándose levemente antes de apartar la vista y sacudirse las mallas–. Probablemente habría aprendido más, pero me despidieron hace dos semanas.

–¿Del herbolario?

Asintiendo, ella sonrió sin vergüenza.

–Me pillaron comiendo patatas de una hamburguesería en la trastienda.

Él lanzó una carcajada.

–Eso parece un poco sacrílego para ellos.

–Sin embargo, deberían haberme dado una segunda oportunidad –prosiguió ella con seriedad–. Solo llevaba allí dos semanas y no pueden esperar que una persona abandone la comida basura si está acostumbrada a ella en tan poco tiempo. ¡Si hasta prohibían el chocolate!

–Probablemente tendrían que mantener sus normas.

–Eso es lo que me dijeron –se encogió de hombros inconsciente de cómo el gesto hacía balancearse sus senos de una forma intrigante–. Le prepararé el desayuno ahora. He exprimido a mano naranjas y he salido pronto a comprar papayas y fresas para mezclarlas. Eso le pondrá las encimas de nuevo en forma.

–Me encuentro bien esta mañana –aunque tuvo una extraña reacción ante su referencia a exprimir a mano que no tenía nada que ver con el zumo de naranjas–. ¿Por qué no me traes solo una taza de café y charlamos aquí un minuto?

–¿Café?

Loretta enarcó las cejas con gesto de censura.

–Sí, café y con cafeína por favor. Si te ofende que te lo pida, me lo puedo preparar yo mismo.

–¡Por supuesto que no me ofende! Me enseñaron…

–En tus clases aceleradas de mayordomo. Café, Loretta. Ahora.

Loretta se apresuró a ir a la cocina. Toda la calma que había conseguido a través de la meditación había volado al ver aparecer a Griffin en la terraza.

Un hombre debería ser más consciente como para presentarse ante una mujer a primera hora de la mañana casi desnudo. Y después empezar a dar órdenes. ¡Por Dios bendito! ¿Cómo iba a concentrarse mientras miraba aquel ancho torso con sus fascinantes regueros de vello rizado? ¿O cuando había mirado de reojo sus musculosas piernas cubiertas por el mismo vello castaño? Ella no era una santa. Por Dios, aquel hombre le daba ideas que no debería siquiera considerar en su avanzado estado de embarazo. De ninguna manera, se recordó mientras intentaba olvidar la cálida sensación de sus manos en su codo para enderezarla.

Ella sabía que su jefe era un multimillonario, lo que no la preocupaba de ninguna manera. El hecho de que todas las revistas estuvieran plagadas de fotos suyas definiéndolo como un donjuán, eso sí la preocupaba. Quizá no hubiera reconocido su nombre o su cara al instante, pero lo había sabido cuando la señorita pelirroja con cara de muñeca había aparecido a su puerta.

Algún impulso protector le había hecho desear darle a aquella mujer con la puerta en las narices. Él se merecía algo mejor que una actriz mediocre. Griffin Jones tendría que discriminar más a las mujeres con las que saliera mientras Loretta fuera su empleada. Sin duda con el tiempo le daría las gracias.

Lo que no tendría oportunidad de hacer si no le preparaba el desayuno en el acto y la despedía antes de conseguir su dosis de cafeína diaria. Rodgers le había indicado que su jefe podía ser un poco gruñón hasta tomar su café. Loretta no quería arriesgarse.

Unos minutos más tarde, salió con la bandeja cargada con una generosa cafetera de café negro, zumo y muffins integrales caseros. Ya era el momento de impresionar a su jefe.

–Aquí tiene, señor. El comienzo perfecto para su día. Cincuenta y dos por ciento de sus necesidades diarias de vitaminas A, C, E y B.

–Tiene un aspecto delicioso –Griffin le hizo un gesto para que se sentara. El desayuno tenía muy buen aspecto y olía aún mejor. Dio un sorbo a su café. La cafeína lo despertó en seco y se relajó de momento para contemplar el paisaje incluyendo a su mayordomo de ojos castaños–. ¿No vas a comer?

–Ya he desayunado hace siglos. Normalmente soy muy madrugadora.

–Ya veo –dio un mordisco a uno de los muffin y observó salir el vapor. Loretta podría no ser aceptable para una tienda de comida naturista, pero se le daba de maravilla hornear pan–. ¿Vives en alguna parte, Loretta? Quiero decir, ¿tienes un apartamento cuando estás… bueno, cuando no estás aquí?

–Tenía uno. Después de la muerte de Isabella lo dejé porque sabía que necesitaría el dinero extra. Me volví a vivir con mi madre.

–Entonces tenía un sitio donde ir si él la despedía.

–Por supuesto, cuando me enteré de que tendría este trabajo y que viviría aquí, le dejé la habitación a mi sobrina Patrice y a su marido. Tienen tres niños más uno en camino y necesitaban un sitio mientras les remodelaban la casa. Tenían que hacer más habitaciones, ¿comprende?

–Entonces la casa de tu madre debe estar bastante invadida si han ido cinco personas más.

–No está tan mal. Aunque por supuesto, tiene a Enrico allí. Enrico es mi hermano pequeño y todavía está en el colegio. Y a la tía Luisa, que ha vivido con nosotros toda la vida. Es mi tía abuela. Una mujer maravillosa que hace preciosos bolillos.

–¿Bolillos?

–Es como el encaje pero más fuerte. Nos ha hecho el ajuar a todas las hermanas.

Él asintió como si entendiera, aunque no entendía nada.

–O sea que si te fueras a casa ahora…

–Tendría que dormir en el sofá.

Griffin cerró los ojos. Una mujer embarazada no debería dormir en un sofá. No podía ser saludable. Apuró el resto del café con desesperación.

–¿Quiere un poco más?

–Sí, por favor.

Fue más un gemido que una respuesta. ¡Maldición! Él era un ejecutivo que dirigía una corporación multimillonaria con tiendas de minoristas en diez estados. Aquella pequeña mujer abandonada no debería desequilibrarlo tanto con sus historias fantasmagóricas, sus radicales libres y la sensación de sentirse responsable de ella. Quizá debería contratarla en una de sus tiendas. Así al menos no la tendría delante.

–Dime, Loretta. ¿Sabes algo de ordenadores?

Ella sirvió el café.

–¡Oh, claro! Bastante ¿Qué quiere saber?

Griffin sintió una oleada de alivio. Había una forma de deshacerse del lío en que estaba metido.

–Juego al Nintendo con mi sobrino todo el tiempo –continuó ella animada–. Por supuesto, me gana la mayoría de las veces, pero voy mejorando.

Miró a Griffin con tanto entusiasmo que él no quiso estropear su ánimo. Pero, ¿en qué diablos iba a graduarse con ciento treinta y tantas unidades sin saber nada de ordenadores? A menos que lo estuviera inventando.

–¿Cuándo esperas el bebé? –preguntó con sensación de impotencia.

No había forma de librarse de aquella mujer.

–Dentro de cuatro semanas. Y solo me quedan tres semanas para conseguir el seguro que necesito. ¿Ve lo bien que salen las cosas cuando Dios se pone de tu lado?

El dolor de cabeza que había sido solo una leve amenaza la noche anterior empezaba a ser insoportable.

–Tienes razón –se levantó de la mesa–. Me voy a la oficina.

–¿En sábado?

–Sí, en sábado.

Aunque hubiera sido el día de Navidad hubiera ido a trabajar para librarse de la locura que había invadido su casa. Sospechaba que su tío Matt y su empresa estaban desviando envíos de Compuware a sus tiendas Compuworks. Necesitaba revisar los pedidos y comprobar la posibilidad de tener un espía en su propia empresa. Las vacaciones eran la estación de más trabajo y las ventas del mes anterior a la Navidad un importante porcentaje de las ganancias anuales. Las pérdidas en esa época no podrían compensarse después. La industria cambiaba demasiado aprisa para segundas oportunidades.

Loretta se levantó con torpeza debido a su abultado abdomen.

–Metí su coche en el garaje anoche. Rodgers me dijo que no debía dejarlo fuera. Por los ladrones y vándalos, ya sabe.

–Sí, gracias. Esta noche llegaré tarde. No te molestes en prepararme la cena.

Con un poco de suerte podría recuperar la oportunidad con Aileen.

Una vez arriba se duchó, afeitó y vistió de forma desenfadada. Odiaba los trajes, pero su trabajo los requería para tratar con los suministradores. Pero no en sábado.

Con sensación de refresco, bajó las escaleras, apretó el botón del garaje y se quedó mirando con desmayo la abolladura en el guardabarros y el faro roto de su lujoso Mercedes 450SL.

–¡Loretta! –gritó.

Loretta parpadeó. Ya sabía que iba a gritarle, pero no tenía por qué gustarle.

–¡Voy! –apresuró su paso balanceante hasta casi una carrera al garaje.

No podía recordar haber visto a un hombre chispear antes, todas las líneas y hendiduras de su cara se habían convertido en una máscara de furia.

–¿Te importaría contarme lo que le ha pasado a mi coche? ¿A mi coche clásico? –añadió con tensión.

–No quiero que se preocupe por nada, señor Jones. Mi hermano me ha prometido que lo arreglará…

–¿Por qué no me has contado que prácticamente has destrozado mi coche?

–Ahora, si se calma, señor Jones. Sus electrolitos se van a poner por las nubes…

–¡Señorita Santana!

Ella tragó con fuerza.

–Sí, señor.

–Quiero saber cómo ha conseguido hacer tanto daño a mi coche solo por moverlo unos metros para meterlo en el garaje.

–No conseguí encontrar el interruptor.

Él la miró si entender.

–¿Qué interruptor?

–El de los faros, por supuesto. Nunca había conducido un Mercedes antes y cuando intenté meterlo en el garaje, según las instrucciones claras de Rodgers, se me enganchó el pie en el dobladillo del camisón. Estaba intentando desengancharlo cuando tropecé con el pedal del acelerador con el otro pie. Entonces fue cuando esa palmera del tiesto casi cayó encima del coche.

Griffin cerró los ojos e inspiró con intensidad. No iba a perder los nervios. Ni iba a pensar en Loretta correteando en mitad de la noche en camisón.

–De verdad que no tiene que preocuparse por nada –le aseguró ella–. Roberto llegará en cualquier minuto para recoger su coche.

–¿Roberto?

–Mi hermano. Hace maravillas en reparaciones de coches. Su Mercedes quedará como nuevo en un abrir y cerrar de ojos.

–Creo que preferiría llevarlo al vendedor de coches clásicos. Gracias, de todas formas.

–Ah, pero Roberto solo le cobrará la mitad que esos vendedores de lujo.

–Tengo seguro.

–Mayor motivo para dejar que Roberto le haga el trabajo. Una tienda de esas le cobrará una buena factura y le subirían la póliza del seguro. Acabará pagando dos o tres veces lo que le pagaría a Roberto.

Griffin sabía que había algún punto débil en aquel razonamiento suyo, pero en el momento no se le ocurría cuál era. La imagen de ella danzando por el garaje con un camisón transparente era como una cinta de vídeo que se repetía en su cerebro.

–Además, Roberto es de la familia –dijo con la misma finalidad con que un arqueólogo hubiera anunciado que acababa de descubrir los papiros del Mar Muerto.

Griffin contempló de nuevo el parachoques abollado y el faro.

–¿Cuándo llegará tu hermano?

–En cualquier momento. Tenía que arreglar primero su grúa.

De alguna manera aquello no le inspiraba mucha confianza, pero no tenía ni la energía ni el tiempo de quedarse toda la mañana discutiendo con su mayordomo embarazada acerca de quién iba a reparar su coche, el único que tenía en el momento.

–Mira, tengo que ir a la oficina. Llamaré a un taxi.

–No sea tonto. Puede usar mi coche. No voy a salir a ninguna parte hoy.

Él siguió su mirada hacia el extremo del garaje de cuatro plazas. Un utilitario ruinoso estaba aparcado ante la última puerta. Por lo que podía ver, el vehículo había sido ensamblado con piezas de un desguace. Los laterales eran de diferentes colores y hasta la puerta del maletero estaba atada con una cuerda. No debería haber vendido nunca su Rolls…

–¿Funciona?

–¡Oh, claro! Como un bólido. Roberto me lo revisa cada poco.

Ella sacó una llave de su bolsillo justo cuando una grúa avanzaba rugiendo por el sendero con un humo muy oscuro tras ella. El conductor dio marcha atrás para dejar la parte trasera mirando al frente del vehículo dañado.

Griffin tosió por los humos.

–Quizá deberíamos pasar al plan B.

–Le hará un trabajo maravilloso. Ya lo verá.

Acercándose apresurada a la grúa, Loretta dio un fuerte abrazo a su hermano cuando saltó.

–Hola, hermanita. ¿Es este el tipo con el que estás viviendo?

–No estoy viviendo con él, al menos no en el sentido en que tú dices –protestó ella.

–Sí, bueno, mamá no está muy contenta de que te hayas venido a vivir con un extraño. Deberías estar en casa para que pueda echarte un vistazo.

–No hay sitio ahora que Patrice está viviendo en casa. Además, necesito el dinero.

–Da igual, no me parece bien que estés enganchada con un hombre al que nadie conoce.

–No estoy enganchada con él. Soy su mayordomo. Además, él tiene tantas novias que no tenía tiempo para mí, incluso aunque yo estuviera interesada, que no lo estoy.

De ninguna manera podría competir Loretta con una mujer como aquella pelirroja. Y tampoco era que quisiera. Y dado su avanzado estado no pensaba que ningún hombre, y mucho menos un play boy multimillonario, se fijara en ella. Incluso aunque a ella le hubiera gustado, que no era el caso.

–Cualquier tipo tendría suerte de conseguirte, hermanita. Todo el mundo en la familia lo dice –Roberto saludó con la mano a Griffin y lo llamó–. Engancharé sus ruedas y saldré de aquí en un minuto.

–Bien –dijo Griffin–. Pero tenga cuidado. No quiero que le haga más daño del que ya ha recibido.

–No hay problema. Ya que es amigo de Lori, le haré una revisión gratuita. Con otro saludo se metió bajo el Mercedes para enganchar el cable de la grúa dejando solo los pantalones azules del mono a la vista.

Griffin se acercó más.

–Mire, todavía creo que sería más prudente llamar a la casa que me lo vendió. No quisiera…

–Se preocupa demasiado, señor Jones. Roberto es prácticamente un genio con los coches.

Su jefe no parecía convencido.

Roberto emergió de debajo del Mercedes y se puso en pie.

–Es un pastelito –dijo con una pícara sonrisa.

Apretó el interruptor del ascensor hidráulico y se apartó para mirar. Lentamente la parte trasera del coche empezó a elevarse hacia la grúa. Era un precioso deportivo, de color azul metalizado con muchos cromados, un color que hacía juego con los atractivos ojos de su dueño, no pudo evitar pensar Loretta.

La tensión de Griffin era más palpable con cada centímetro que el coche se elevaba. Debería aumentar su dosis de vitamina E, concluyó Loretta. O quizá fuera la B la que necesitara. Se aseguraría de suministrarle abundante ración de ambas. Era evidente que sufría demasiada tensión en su vida.

En el instante en que se le ocurrió la idea, algo falló con el ascensor hidráulico. Con un siseo, el aceite se derramó por encima del reluciente capó del Mercedes hasta caer al cemento. El coche tembló de forma precaria un momento antes de caer con un crujido y su parte trasera chocó con el parachoques industrial de la grúa.

El metal crujió y el parachoques del Mercedes se retorció soltándose y doblándose en un extraño ángulo. Estremeciéndose, Loretta deseó que se la tragara la tierra, aunque por la furiosa mirada de Griffin, el agujero tendría que ser tan profundo como para llegar hasta China para escapar de su furia.

Capítulo 3

GRIFFIN no podía creer haberse dejado convencer para que no denunciara a Roberto por asalto y destrucción de su coche. O al menos por negligencia profesional.

Y lo peor era que había permitido que aquel incompetente se llevara su costoso coche. Probablemente al desguace más cercano, pensó sombrío.

Habían sido las lágrimas de Loretta las que lo habían conseguido. Eso y su loca insistencia de que estaba disgustado porque tenía alterado el equilibrio entre su yin y su yang. Lo que necesitaba era una mega dosis de vitaminas B y E, le aseguró con los labios temblorosos.

Pero, ¿cómo iba cualquier hombre razonable a discutir una combinación como esa? Sobre todo cuando Griffin tenía terror de que se disgustara demasiado y pudiera tener al bebé allí mismo, en su garaje.

Entró en el aparcamiento de la oficina principal de Compuware y la antigua reliquia de Loretta se detuvo. Quitó la llave de contacto y, después de varios estornudos, el viejo Datsun se murió. Sonriendo, esperaba que nadie lo hubiera reconocido en aquel coche. Si hubiera tenido algo de sentido común, hubiera aparcado a una manzana de distancia con la esperanza de que algún loco robara aquel maldito cacharro. No le vendría bien a su imagen de millonario play boy que lo vieran conduciendo aquella ruina.

Y no era que le importara demasiado, pensó con una sonrisa al pensar en su mayordomo. No podía recordar a ninguna mujer menos impresionada que ella por su fortuna y aún menos porque él fuera su jefe. La familia era lo único que contaba para ella, en ese caso su hermano, su sufriente tía Luisa y otra media docena de familiares que contaban con Roberto y su taller para mantenerse. Un ejército virtual de seres queridos con los que Griffin no había podido luchar.

Él no creía tener tantos familiares en todo el planeta.

El único que tenía, el tío Matt, no estaba precisamente en lo alto de la lista de la gente a la que le debía favores. Diez años atrás, Matt y el padre de Griffin habían fundado el feudo pero su tío había acabado rompiendo su asociación con Compuware para crear su propia compañía. Y en el proceso había estado a punto de llevar la empresa a la bancarrota y la rivalidad seguía siendo amarga.

Incluso después de tanto tiempo de la ruptura, Griffin tenía sensación de traición. Matt había sido su tío favorito, el único que tenía por parte de su padre. Él había permanecido fiel a su padre, pero, maldición, ninguno de los dos había pensado un ápice en él. Y él los había querido a ambos.

Griffin usó su llave para entrar en el edificio principal de Compuware que daba al Boulevard de Washington por la fachada y tenía el almacén en la parte trasera. Sus pasos resonaron en el recibidor vacío y subió andando hasta el tercer piso.

En cuanto asomó la cabeza por su oficina apareció Ralph Brainerd.

–¿Has visto esto, Jonesy? –su vicepresidente ejecutivo le tiró una copia de la edición matutina del Saturday L.A. Times sobre la mesa de nogal. Estaba doblado en un anuncio a toda página de Compuworks, su competencia.

Griffin lo ojeó con rapidez.

–Están desbancando nuestros precios de veinte a cincuenta dólares menos casi en cada artículo. ¿Cómo pueden conseguirlo y ganar dinero?

–Hay peores noticias.

–¿En un día como este? –después de haber visto su Mercedes casi destrozado–. ¿Por qué será que no me sorprende?

–Uno de nuestros camiones de entrega se ha salido de la carretera en Simi Valley. Ha volcado con unos doscientos ordenadores, monitores e impresoras que han quedado destrozados.

Griffin maldijo para sus adentros.

–¿Cómo está el conductor?

–Magullado pero bien. Estará de baja un par de semanas. El camión ha resultado totalmente siniestrado. Ya he llamado al seguro.

–Bien –Griffin se sentó en su silla giratoria y se reclinó contra el respaldo. Los muelles crujieron–. Entonces, dime cómo puede Compuworks rebajar los precios más que nosotros todo el tiempo. No pueden comprar a los suministradores más barato que nosotros.

Un hombre nervudo con aspecto de corredor de maratón, Brainy Brainerd, apoyó una cadera en la mesa de Griffin. Habían ido al colegio juntos y Ralph había sido siempre el cerebro de los dos. Más tarde habían trabajado juntos en los almacenes de Compuware barriendo suelos y conduciendo los elevadores de cajas.

–Quizá al viejo ya no le interese ganar más dinero.

Una posibilidad muy remota, dado lo avaricioso que era Matt según decía su padre.

–Es probable que conozcan nuestros precios básicos y los rebajen para hundirnos.

–Eso parece.

–¿Y cómo los descubren, Brainy? ¿Quién se lo está contando?

Brainy se encogió de hombros.

–¿Crees que tenemos un espía?

–Es posible.

Griffin solo sabía con seguridad que él había cortado tantos gastos de Compuware como había sido capaz y, sin embargo, no conseguía alcanzar los precios de Matt. Más recortes y él y Brainy tendrían que volver a conducir los elevadores de palés en el almacén.

–¿Quieres que pongamos otro nuevo anuncio la próxima semana bajando nuestros precios?

–Ya sería demasiado tarde en la temporada como para servirnos de algo.

Inclinándose hacia adelante estudió el periódico que tenía abierto delante. En vez del despliegue de ordenadores y accesorios, solo vio la cara traviesa de Loretta y sus inocentes ojos castaños mirándolo. Su conocimiento de ordenadores se reducía a jugar con su sobrino al Nintendo. Incluso en esos tiempos, mucha gente no tenía los conocimientos básicos de informática. Ese pensamiento le dio una idea que haría que su compañía superara a la competencia.

–Compuware y Compuworks son como dos perros luchando por el mismo hueso. Lo que necesitamos es desarrollar un nuevo mercado, gente que nunca hubiera pensado en usar un ordenador. Que les asuste la tecnología y no tengan mucho dinero. Les venderemos los ordenadores sin que den una señal, extenderemos el crédito a más tiempo y les daremos un curso de aprendizaje. Si se les ha ocurrido por asomo regalar un ordenador, no podrán resistir nuestra oferta.

–Podríamos meternos hasta el cuello haciendo eso.

–O podría darnos una gran ventaja sobre tío Matt.

Ralph y él discutieron la idea un rato más y decidieron lanzar una campaña rápida. Con un poco de suerte, podrían quitarle clientes a la competencia y adquirir nuevos clientes al mismo tiempo.

–Bueno, ¿cómo te fue con Aileen anoche? –preguntó Ralph en cuanto dejaron de hablar de negocios batiendo las pestañas de forma sugerente–. Cuéntamelo todo, jefe. ¿Es tan buena en la cama como parece?

–No puedo saberlo –gruñó Griffin–. Mi mayordomo la desanimó a quedarse.

–¿Rodgers?

–No, mi nuevo mayordomo. No tendrás tú nada que ver con ello, ¿verdad?

A Griffin todavía le costaba creer que una agencia de empleo le hubiera enviado a Loretta, pero ya sabía que era una mujer muy difícil de desanimar.

–No, yo no. Ni siquiera sabía que Rodgers se había despedido.

–No se ha despedido. Está de vacaciones.

Ralph recogió los periódicos y las notas que habían tomado de encima de la mesa.

–¿Así que el nuevo echó a Aileen?

–No es nuevo, es nueva.

–¿Tu mayordomo?

–Sí.

–¡Estás de broma! –Ralph lanzó una carcajada–. Algunos hombres tenéis toda la suerte del mundo. ¿Está bien?

Griffin contempló la cuestión un momento. Desde luego Loretta no era tan deslumbrante como Aileen o la mayoría de las mujeres con las que él salía. Ni tan sofisticada. Probablemente nunca habría estado en ninguno de los elegantes clubes de moda y dudaba que hubiera ido a algún estreno de teatro o a alguna entrega de premios Emmy. Sin embargo, algo en sus sorprendentes rasgos, aquellos ojos acuosos oscuros y fácil sonrisa, sugerían una belleza única menos superficial que la de las otras.

Pero estaba embarazada del hijo de otro hombre. Maldición, del hijo de otra mujer. Y eso la ponía fuera de su alcance incluso aunque hubiera estado interesado.

Griffin Jones estaba muy lejos de desear atarse a una familia, y menos con una familia con tíos, sobrinos y hermanos que parecían multiplicarse con más rapidez que el virus de un ordenador.

–Digamos que pienso reparar algunas vallas con Aileen hoy –dijo–. Si puedo conseguir llevarla a mi casa de nuevo el resultado será muy diferente esta vez.

Ralph se rio con picardía.

–Buena suerte, jefe.

Cuando su socio se fue, Griffin descolgó el teléfono. Si pudiera convencer a Aileen de que cenara con él, consideraría que aquel día miserable se había convertido en uno memorable.

Loretta acababa de terminar de limpiar la cocina cuando sonó el teléfono. Secándose las manos en una toalla de papel, contestó con el tono más profesional que conocía.

–Residencia Jones. Habla su mayordomo.

–Hola, Lori. ¿Cómo te va?

–Ah, hola, Brenna –dijo con una sonrisa al reconocer la voz de su prima. Estiró el cordón por la cocina y abrió un armario bajo la encimera para tirar el papel a la basura–. ¿Cómo me has encontrado aquí?

–Tu madre me dijo que tenías un trabajo nuevo. ¿Es verdad lo que dicen de tu jefe?

–¿Y qué es lo que dicen?

Como si ella no lo supiera o pudiera adivinarlo.

–Que tiene una fila de mujeres de aquí a Nueva York. Actrices, modelos, etc. Toda esa fauna.

–A mí no me ha confiado nada de su vida amorosa –dijo Loretta con rigidez.

Aquel era un tema que definitivamente no quería discutir. La confidencialidad del jefe era la llave del éxito de un mayordomo.

–¿Crees que es tan bueno en la cama como parece?

–¡Brenna! ¿Cómo diablos se supone que voy a saberlo yo? –aunque si se ponía a pensarlo, suponía que sería fantástico. Tenía unas manos bonitas y dedos largos y finos. Su boca era particularmente tentadora y sus labios…–. ¿Me has llamado solo para preguntarme por la vida amorosa de mi jefe?

–No, por supuesto que no. Lo que no quiere decir que no sienta curiosidad, como comprenderás.

–Naturalmente.

–De todas formas, te he llamado porque tengo que pedirte un gran favor.

–Claro. ¿Qué es lo que necesitas? –preguntó Loretta aliviada por el cambio de tema. Brenna era una de sus primas favoritas. Como habían vivido solo a una manzana de distancia cuando eran pequeñas, solían jugar juntas aunque Brenna fuera unos años mayor que ella.

–¿Sabes que a Buck le vuelve loco el fútbol, ¿verdad?

–¿Cómo no voy a saberlo? Si le tiene pegado a la televisión todos los domingos y la mayoría de las vacaciones –contestó ella con un carcajada.

La peor época de la vida de Buck había sido cuando los Rams y los Raiders se habían ido de Los Angeles porque ya no había podido comprar los abonos de temporada para verlos en directo.

–Bueno, pues ha comprado unas entradas para ver a los 49 el domingo.

–¿En San Francisco?

–Sí. ¿No es maravilloso? El problema es que no podemos llevar a los niños. Me preguntaba si podrías cuidárnoslos.

Rodgers le había explicado a Loretta que el domingo sería su día libre y había esperado ponerse al día en cosas que tenía abandonadas, como hacer su colada y sus cuentas.

–No lo sé, Brenna. ¿No puede ayudarte mamá…?

–Ya tiene a Patrice y a los tres niños en la casa y creo que la están volviendo casi loca.

Era muy probable. Los niños de Patrice eran hiperactivos, aunque también lo eran los de Brenna. Pero a Loretta le gustaban. Generalmente se comportaban bien cuando ella se ponía seria. Y Brenna era una de sus primas favoritas. Que le pidiera ocasionalmente que cuidara de sus hijos era un pequeño favor que su prima le devolvería cuando naciera su niño. Con un poco de suerte, Griffin no necesitaría su coche al día siguiente.

Darmowy fragment się skończył.