Czytaj książkę: «Rendición ardiente»

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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1998 Charlotte Lamb
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Rendición ardiente, n.º 1066 - enero 2021
Título original: Hot Surrender
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-104-7
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
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Capítulo 1
A ZOE le gustaba conducir y, generalmente, le agradaba bastante hacerlo después de un largo día de trabajo. Le daba la oportunidad de desconectar de todo. Ponía el piloto automático y dejaba que su mente volara sola. Generalmente, se le ocurrían nuevas ideas mientras iba al volante.
Pero aquella noche estaba demasiado cansada, y pálida, una palidez que resultaba aún más exagerada en contraste con su pelo rojo intenso. Las ojeras dejaban también constancia de su agotamiento. Sus ojos verdes, generalmente expresivos, tenían una expresión mortecina.
Se había levantado a las cinco de la mañana y a las seis ya estaba en el lugar en que habrían de rodar, junto con el cámara, Will.
–¡Lo sabía! –había dicho Will nada más llegar–. El cielo rojo al amanecer, ¡un aviso claro! Ayer estaba muy húmedo el ambiente y estoy seguro de que esta noche habrá tormenta.
Will no solía equivocarse. Tenía un sexto sentido para saber qué tiempo tendrían en las próximas horas. Era como un animal cuyo olfato le indicara si había una tormenta en ciernes o si se aproximaba lluvia.
Habían aprovechado hasta las siete de la tarde, hora en que la lluvia había empezado a caer con fuerza, por si acaso al día siguiente no podían rodar exteriores.
–¿Te vienes a cenar conmigo? –le había preguntado Will, con una mirada de súplica.
A Zoe le gustaba Will, pero no del modo que él quería, sino sólo como amigo.
–Cenaremos todos juntos –respondió ella diplomáticamente y llamó la servicio de catering para que sirvieran algo caliente.
Will no había disimulado su descontento cuando todos se habían metido en la caravana, en la que Will dormía con su amada cámara.
Will era un tipo alto y fuerte, con una musculatura particularmente bien desarrollada. Siempre afirmaba que las cámaras eran féminas sin rival posible y que, por eso, nunca se había casado. De vez en cuando, salía con alguna de las chicas que trabajaban en las películas, pero sus relaciones nunca duraban. Sus novias siempre se aburrían de estar en segundo término.
Zoe tenía la esperanza de que si seguía diciéndole que no, acabaría por dejarla en paz. No se podía creer que Will fuera en serio. Lo único que buscaba era tener éxito en algo que otros habían fracasado. Zoe tenía reputación de ser bastante difícil, lo que la convertía en un trofeo para muchos hombres. La verdad es que aquello estaba empezando a resultarle bastante aburrido.
Les sirvieron chile con carne, la comida perfecta para un tiempo como aquel. Pero Zoe estaba a régimen y no había comido nada. Por eso, a aquellas horas de la noche, ya a punto de marcharse para casa, sintió un retortijón en el estómago. ¿Qué tendría en la nevera que se cocinara en dos minutos y no fuera muy calórico? ¿Huevos, sopa…?
Frenó el coche al llegar al cruce con la calle principal. Miró al reloj del salpicadero: eran casi las once. La verdad era que estaba agotada. ¿Qué necesitaba más dormir o comer? En realidad necesitaba las dos cosas. Bostezó y esperó a que pasaran dos camiones.
De pronto, un hombre apareció junto a la ventana del coche. Zoe se sobresaltó. ¿De dónde había salido aquel tipo?
Durante unos segundos pensó que se trataba de un espejismo conjurado por la climatología, hasta que él trató de abrir la puerta.
Zoe era una mujer dura y ya hecha, tenía treinta y dos años y se asustaba de muy pocas cosas. Pero, tal vez por cansancio, sintió pánico ante el gesto del extraño, hasta que recordó que había cerrado todas las puertas.
Al darse cuenta de que no podía entrar en el coche, golpeó el cristal, mientras decía algo ininteligible, con toda la lluvia cayendo por su cara.
Zoe abrió ligeramente el cristal.
–¿Qué quiere?
La voz del extraño era profunda y desgarrada.
–Mi coche tiene una avería. ¿Me podría acercar a un taller?
Era un hombre grande, con una espesa mata de pelo negro, con más aspecto de vagabundo que de alguien que pudiera ser el dueño de un coche. Llevaba unos vaqueros viejos y no demasiado limpios. De cualquier forma, no habría metido a nadie en su coche a aquellas horas de la noche. Zoe había oído demasiadas historias sobre mujeres que meten en sus coches a extraños.
–El taller más cercano cierra a las nueve de la noche. Hay una cabina de teléfonos enfrente de la iglesia. Puede llamar a un taxi desde ahí.
–¡No puede dejarme así, en mitad de la calle con lo que está cayendo! Estoy empapado. Ya he probado a llamar, pero la cabina está rota. No le costará nada llevarme a un pub que he visto abierto a un par de millas de aquí.
–Llamaré a un taxi desde mi móvil –dijo ella.
Agarró el bolso y sacó el teléfono. Se lo mostró al extraño.
–Bien. Llame y dígales que vengan cuanto antes, o me moriré de neumonía.
Zoe tecleó su número personal y el teléfono le avisó de que no tenía batería.
–Lo siento, pero no funciona.
El hombre estaba realmente empapado y la lluvia corría por su cara a raudales. Realmente su situación era lamentable. De haber sido una mujer no habría tenido ningún problema en ayudarlo, pero no se iba a arriesgar con un extraño.
–Mire, llamaré a un taxi en el momento que llegue a casa –le prometió–. Espere aquí.
El hombre sujetó el mango de la puerta y se inclinó sobre ella.
–¿Cómo sé yo que va a cumplir con su palabra?
Zoe empezó a impacientarse. Estaba cansada y tenía ganas de meterse en la cama.
–Tendrá que confiar en mí, no le queda más remedio. Ahora, por favor, apártese, si no quiere que me lo lleve enganchado en la puerta.
–¡Seguro que sería capaz de hacerlo! –dijo él con sarcasmo y trató de detener la ventana que se cerraba, pero no pudo hacer nada.
Zoe aceleró, con la certeza de que él no sería tan estúpido como para seguir agarrado a su puerta.
Así fue. La siguiente visión que tuvo de él fue a través del retrovisor.
Desde la distancia, parecía medir casi uno noventa. Era fuerte, con piernas largas y bien formadas, pues la tela mojada de los pantalones dejaba adivinar el contorno de su musculatura.
A pesar de las circunstancias, la oscuridad y lo extraño del encuentro, no podía negar que era un hombre muy atractivo. Sabía de muchas mujeres a las que les encantaba ese tipo de hombres. Ella no era una esas.
Le recordaba a alguien, pero estaba demasiado cansada como para poderse poner a dilucidar de quién se trataba.
Muy pronto, vio el tejado de su casa emerger entre los árboles.
Zoe se había comprado Ivydene porque estaba en un lugar tranquilo y había unas magníficas vistas del bosque y porque le daba cierta sensación de aislamiento. De hecho, había algunas casas escondidas entre los árboles, pero no tenía vecinos cerca.
Pero, el encuentro con aquel extraño hombre la había dejado algo confusa. Por primera vez, habría deseado no haber estado tan aislada.
Giró a la derecha y, por fin, llegó a la casa.
Dejó el coche, bajó a toda prisa y se metió en el porche. Desde allí cerró las puertas del vehículo con el mando a distancia.
Se quitó el chubasquero y lo dejó en la percha que había junto a la puerta. Luego, se quitó las botas y las dejó junto a la pared del porche.
Abrió la puerta y encendió la luz. Se quedó inmóvil durante unos segundos, escuchando el silencio sólo perturbado por el tic-tac del gran reloj. Ya llevaba tres años viviendo allí.
Cuando la compró, la casa estaba hecha un verdadero desastre. Había estado deshabitada durante un año. El techo estaba lleno de goteras, el papel pintado enmohecido y las ventanas habían sido rotas por piedras que tiraban los muchachos de la zona.
Zoe no tenía dinero para las reparaciones, pero poco a poco, trabajando en su tiempo libre, había conseguido hacer de aquel un lugar muy agradable.
La casa era de la época eduardiana, con grandes habitaciones y techos altos decorados con molduras de yeso.
Había una despensa y la casa tenía todo el aire de una mansión en miniatura.
Zoe se decidió por una expedición a la cocina y se dirigió hacia allí en calcetines.
Abrió la nevera. No había nada demasiado excitante. Estaba claro que tampoco podría dormir si se daba un gran banquete. Lo mejor sería una sopa de tomate y una tostada de pan.
Tardó sólo dos segundos en abrir la lata y en meter el contenido de la lata en un cazo, después lo puso todo al fuego. Cortó un par de rebanadas de pan y las metió en el tostador.
Pasó al cuarto de estar y encendió el contestador automático. La voz de su hermana llenó la habitación.
–Hola, soy yo. No te olvides de la barbacoa del sábado. Empezará a las seis. Tráete a alguien si quieres. ¿Quién es tu último ligue? ¡Ah, y una botella de algo! Limonada, vino, lo que te apetezca.
Al fondo de la grabación había un ruido reconocible.
–Canta un poco más bajito, cariño –dijo Sancha, dirigiéndose al pequeño monstruo de hija que tenía. Flora era su nombre. ¿Se suponía que ese horrible gemido era cantar?
Zoe encendió la imitación de fuego que había puesto en la chimenea. La calefacción central se encendía a las seis de la tarde todos los días. Pero en días como aquel necesitaba el apoyo moral del fuego, aunque no fuera real.
–Zoe, tengo noticias para ti… ¡No le hagas eso al gato! –dijo Sancha de pronto.
¿Qué le estaría haciendo al pobre animal? Los maullidos competían con lo que Sancha denominaba cantar en Flora.
–¡Me tengo que ir! Está intentado meter al gato a través de los barrotes de la cuna. Zoe, no olvides lo del sábado, y no llegues tarde. Nos vemos.
El mensaje terminó y dio paso a otro.
–Zoe, por favor, tengo que verte. Seguro que podemos hablar y aclarar las cosas.
Zoe adelantó la grabación. No quería oír nada más.
Había sido divertido salir con Larry durante una semana. Pero eso había sido todo. Era un buen tipo. Pero, en cuanto él había empezado a tomárselo en serio, ella había decidido que era mejor que dejaran de verse. Zoe no quería hacer daño a nadie, pero tampoco estaba dispuesta a seguir con alguien a quien no amaba.
Sin embargo, Larry no parecía dispuesto a dejar las cosas así. Desde que le había dicho que no quería volver a verlo, no hacía sino llamar varias veces al día y le escribía, continuamente, ese tipo de cartas abrasadoras, pero que te hacen sentir vergüenza si tú no compartes lo mismo.
Zoe empezaba a estar preocupada.
Ella no era la primera mujer de su vida. Ya había tenido otras novias. Él mismo había insistido en contarle todo sobre ellas, a pesar de que Zoe no tenía ningún interés en oír las historias.
Al principio, le había gustado Larry porque parecía un tipo divertido. Pero según había ido descubriendo la obsesión que tenía con sus relaciones pasadas, Zoe se había ido distanciando.
Zoe nunca le hablaba a un hombre de otros hombres. Odiaba que el pasado estuviera presente. Desconectaba los recuerdos como apagaba el televisor. La vida era el presente, el hoy. El futuro no era más que una incógnita y el pasado algo que se había quedado atrás, sin más. ¿Por qué perder el tiempo pensando en lo que se había ido y ya no volvería jamás?
Al decirlo todo aquello a Larry, él se había limitado a soltar una sonora carcajada triunfal. Acto seguido, le había asegurado que no tenía porqué estar celosa. Ninguna de sus novias habían significado tanto para él. Ella era todo lo que había estado buscando durante toda su vida y preferiría morir a perderla.
Había sido en ese preciso instante que Zoe había tomado la decisión de decir adiós. Las cosas se estaban poniendo demasiado serias para ella. De hecho, nunca habría salido con él de haber pensado que era tan obsesivo. Ese tipo de actitudes le parecían raras y le daba miedo la gente rara.
Ojalá no lo hubiera conocido nunca.
Pero, la realidad era que poco podía hacer deseando algo así, pues no había solución. Lo que tenía que encontrar era el modo de que la dejara en paz. Mañana mismo le escribiría una carta fría y distante y, si continuaba molestándola, tendría que recurrir a un abogado. Si ella no podía lograr que la dejara en paz, tendría que ver las armas legales que la protegían.
La siguiente llamada del contestador era una voz ya muy familiar.
–Zoe, no estoy en absoluto contento con el presupuesto de la película…
–¡Vaya, qué novedad! –se dijo Zoe con una sonrisa burlona en los labios, mientras se dirigía a la cocina. El contable de la productora le estaba haciendo una lista de todos los costes de producción. Zoe apagó la sopa y se puso una gruesa capa de mantequilla en las tostadas.
Philip Cross seguía hablando cuando Zoe se sentó en el sillón con su sopa y sus tostadas.
–Por favor, busca el modo de reducir costes como sea, Zoe. Las facturas de esta producción son excesivamente altas. Te envío una lista de sugerencias. Por ejemplo, los gastos de transporte son excesivos. Seguro que hay modos de reducir eso. Por favor, llámame en cuanto puedas y me dices lo que piensas.
El contestador cesó y Zoe le sacó la lengua.
–¡Maldita rata! Si quieres te digo lo que pienso, pero no te va a gustar nada.
Se acomodó en el sillón, dispuesta a disfrutar de su sopa y de su pan con mantequilla. No iba a preocuparse por nada en aquel preciso momento. El calor de la chimenea y la comida hacían que su cuerpo estuviera cada vez más cómodo y relajado.
Terminó de cenar y se quedó unos segundos allí medio tumbada.
Sin embargo, si no se movía, acabaría por entrarle sueño, se quedaría dormida y, a la mañana siguiente, se levantaría con unas agujetas terribles.
Se levantó y se estiró.
Menudo día había tenido, incluido el broche de oro que había puesto aquel hombre barbudo… ¡Oh, no! Se le había olvidado por completo llamar a un taxi. Zoe miró al reloj y se dio cuenta de que ya había pasado media hora desde que había llegado a casa. ¿Tendría sentido llamar a un taxi aún?
Bueno, le había dado su palabra y tendría que cumplirla. Agarró el teléfono y marcó el número de los taxis que ella siempre utilizaba. Respondió un hombre.
–Buenas noches, soy Zoe Collins –dijo y le explicó a su interlocutor lo del automovilista–. No sé si seguirá allí, pero, si no es así, yo correré con los gastos.
–De acuerdo, señorita Collins.
Zoe apagó las luces del salón y llevó los platos a la cocina. Los metió en el lavaplatos.
Subió a su habitación y pensó darse una ducha antes de meterse en la cama.
Había sido un día de intenso trabajo, con muchos problemas.
Era un trabajo duro, que exigía muchas horas y mucha dedicación. Le dolía todo el cuerpo y se sentía pegajosa de sudor. Necesitaba quitarse todo aquello de encima.
Se desnudó en su habitación y se metió en el baño.
Cuando el agua empezó a deslizarse por su cuerpo, ella comenzó a revivir. Se sentía más humana.
Después, se secó, se puso un pijama verde de algodón y se dispuso meterse en la cama. Pero, en ese instante, recordó que se había dejado el guión abajo.
Antes de dormir quería comprobar unas notas que había tomado.
Bajó y agarró el cuaderno. Pero, cuando se disponía a subir las escaleras, oyó algo en el recibidor. El suelo crujía. Se le puso la carne de gallina.
Rápidamente, buscó un arma. Podría agarrar un cuchillo de la cocina… No, demasiado agresivo… ¡La bandeja de madera! Con eso podría darle a quien fuera un buen golpe y podría salir a pedir ayuda.
Dejó él guión en la mesa y se fue a buscar la bandeja.
De puntillas, se dirigió a la entrada y esperó junto a la puerta.
En el momento en que la puerta se abría y una sombra comenzó a aparecer, ella levantó la bandeja y se lanzó sobre el bulto.
Pero lo mismo hizo el extraño, agarró la bandeja y se la arrancó de las manos. La lanzó contra el suelo.
Segundos después, Zoe reconoció al individuo. Era el mismo tipo del cruce.
–¡No se atreva a acercarse a mí! –Zoe agarró una silla–.
–¡Si piensa que quiero algo de usted, lo lleva claro! –dijo el individuo con tal desprecio que ella se ruborizó.
–¿Qué quiere? ¿Cómo ha llegado hasta aquí?
–Andando. Y estoy más mojado de lo que había estado nunca. Todo gracias a usted.
–¿Por qué es mi culpa? Yo no soy la que ha hecho que llueva.
–Me prometió que llamaría a un taxi.
–Lo hice. ¡Está claro que usted no esperó lo suficiente! –lo acusó ella. Pero su insistente mirada la obligó a confesar la verdad–. Está bien, se me olvidó al principio, pero luego me acordé y llamé. Puede llamar de nuevo para que le envíen el taxi aquí. Siéntase como en su casa.
–Eso es lo que pensaba hacer –dijo él con insolencia.
–¿Qué quiere decir con eso?
–Estoy calado hasta los huesos, tengo frío, estoy cansado y hambriento y no tengo intención alguna de esperar así a un taxi. Lo que necesito en estos momentos es una ducha caliente, ropa seca y algo de comer, en ese orden. Y puesto que no cumplió su palabra de mandarme un taxi, creo que tiene la obligación moral de darme lo que necesito.
–Escuche, siento mucho lo del taxi, pero yo no soy responsable de sus problemas. Ni he estropeado su coche, ni he hecho que llueva. Así que deje de culparme de todo. ¿Cómo demonios me ha seguido hasta aquí? ¿Cómo sabía que vivía aquí?
Zoe apreció un brillo evasivo en sus ojos que la alarmó. ¿Qué quería decir aquella mirada? De pronto, tuvo la sensación de que la conocía o, al menos, de que sabía dónde vivía. ¿Qué demonios era todo aquello? ¿Quién era aquel hombre?
–Es usted uno de mis vecinos –conocía a casi todo el mundo de vista y no lo relacionaba con la zona. Si lo hubiera visto por allí lo recordaría.
Lo miró fijamente.
«¡Un momento! Hace un rato me pareció reconocerlo». Zoe trató de recordar dónde lo había visto, si era cierto que lo había visto antes.
Pero no conseguía situarlo.
–No –el extraño se encogió de hombros–. Yo vivo en Londres.
Eso no explicaba cómo había llegado hasta allí y como la había localizado.
–Todavía no me ha dicho cómo ha llegado hasta aquí y cómo ha entrado en mi casa.
Él le lanzó una mirada hostil.
–Esperé bajo esa maldita lluvia torrencial durante veinte minutos antes de decidirme a andar. Seguí la carretera por la que había ido usted, pues pensé que encontraría alguna casa. Vi las luces de ésta y me acerqué. Al llegar, reconocí su coche. Llamé varias veces a la puerta, pero nadie respondió.
Debió de ser mientras estaba en la ducha. No lo había oído.
–Me di cuenta de que la puerta no estaba cerrada.
–¡Eso es una mentira! ¡La cerré!
–No, no lo hizo. Estaba abierta. Vaya y compruébelo si quiere –le dijo él.
La verdad era que no podía recordar si la había cerrado o no. Generalmente lo hacía. Pero estaba tan cansada y tan ansiosa por entrar en casa que, tal vez, no se había acordado de echar la llave.
Miró al extraño de arriba a abajo. Realmente, tenía un aspecto patético. No pudo evitar sentir cierta compasión por él.
–Puedo darle algo de comer y alguna bebida caliente, pero no tengo ropa de hombre. Sería estúpido que se diera un baño si no puede ponerse luego ropa limpia y seca. Llamaré al taxi. Podrá comer algo mientras llega.
–Hal tiene toda la razón. Es usted una verdadera arpía –dijo él con rabia.
–¿Hal?
–Mi primo, Hal Thaxford.
La luz se encendió.
–¿Es usted primo de Hal Thaxford?
Lo miró de arriba a abajo. ¡Claro, por eso le resultaba tan familiar! Se parecían mucho, el mismo color de pelo y de ojos, el mismo tipo de complexión, el mismo corte de cara, incluso el mismo tipo de mirada de ceño fruncido que había hecho a Hal la más famosa estrella de televisión del momento.
Zoe tenía en muy poca consideración a Hal como actor, pues se limitaba a hacer siempre papeles superficiales y se refugiaba en su imagen y su sex appeal. Por suerte para él, las mujeres se desmayaban cada vez que él aparecía en escena y trabajaba mucho y muy bien pagado. ¿Por qué iba a molestarse en trabajar la parte interpretativa?
–¿Es usted actor?
–No –respondió él–. No lo soy. No tengo nada que ver con el mundo del cine, pero lo conozco a la perfección. Hal me ha contado todo, y también me habló de usted.
Su mirada hostil la recorrió de arriba a abajo. De pronto, sintió el enorme pijama de algodón como un picardías que dejara adivinar la turgencia de sus pechos pequeños, sus caderas y sus piernas largas y delgadas.
Ella se ruborizó.
De acuerdo, a Hal no le gustaba nada ella. Era absolutamente mutuo. Ella no era una de sus fans. ¿Pero qué le habría contado a aquel hombre para que la mirara de aquel modo?
No tardó ni medio segundo en obtener la respuesta a esa pregunta.
–Sé cómo manipula a los hombres, con qué frialdad. Coquetea con ellos hasta conseguir que se enamoren de usted y luego se deshace de ellos en cuanto le cansan. Había visto fotos suyas y no podía creer que nadie con su físico pudiera ser realmente así. Pero ahora que la conozco, me ha demostrado que Hal no exageró en absoluto.
Se quedó tan anonadada que le llevó unos segundos reaccionar cuando él, sin pedir permiso, entró en su salón y se dirigió al teléfono.
–¿Qué se cree que está haciendo? –empezó a decir–. Deje ese teléfono ahora mismo.
Se acercó a ella y la agarró del brazo. Ella clavó los pies en el suelo y se resistió a moverse.
–Déjeme ir y márchese ahora mismo de mi casa.
–No tengo tiempo de discutir con usted –dijo.
Le rodeó la cintura con el brazo y la levantó como si fuera una niña.
–¡Bájeme, bájeme! ¿Qué demonios está haciendo?
Haciendo caso omiso de sus protestas, se la echó sobre el hombro.
–Me la llevo arriba –dijo él con absoluta frialdad.
Zoe sintió un escalofrío.
Capítulo 2
PARA cuando llegaron arriba, Zoe ya se había recobrado ligeramente del shock inicial y empezaba a ver con claridad lo que estaba sucediendo y lo que debía hacer.
De acuerdo, él era más grande y más musculoso, pero ella no se iba a dejar vencer.
En cuanto abrió la puerta del dormitorio de ella, Zoe lo agarró del pelo y comenzó a gritar.
–¡Bájeme!
La soltó encima de la cama. Ella rodó hacia el extremo más alejado y agarró lo primero que encontró y que le serviría como arma. Era una figurilla de bronce, el primer premio que había ganado en su vida por un documental de televisión. La tenía junto a su cama, pues haber ganado aquel premio la había hecho sentir tan orgullosa que había estado flotando durante varios días. Después de aquel, había habido más premios. Pero ninguno le había proporcionado tanto placer.
–No sea tan tonto como para pensar que no voy a ser capaz de utilizar esto. Si se acerca, lo golpearé con él y es muy pesado, puro bronce. Hace daño de verdad.
Él se dio media vuelta. Pero, lejos de marcharse, cerró la puerta y se metió la llave en el bolsillo.
Zoe sintió que la garganta se le secaba. La miraba con intensidad.
Zoe apretó la figurilla en su mano.
–Insisto en lo que he dicho. No se acerque o le abro la cabeza.
Él atravesó la habitación. Ella casi no podía respirar.
Se dirigió al baño y cerró la puerta, sin ni siquiera mirarla.
Se oyó el agua de la ducha correr y pronto se mezcló con el sonido de una conocida canción que no pudo identificar. ¡Lo tenía en la punta de la lengua! ¿Qué canción era?
De repente, Zoe se sintió tremendamente ridícula, agazapada en una esquina y con la figurilla en la mano.
La dejó de nuevo en la mesilla y rápidamente sustituyó el pijama por unos vaqueros y un enorme jersey que le había robado a uno de los tipos con los que había salido. ¡Pobre Jimmy! Era como el jersey: largo, delgado y gris, con los ojos grises, el pelo castaño y un aspecto algo deprimente. La verdad era que no recordaba por qué había empezado a salir con él.
Bueno, en aquel entonces no tenía más que veinte años. Él tenía cuarenta, era documentalista de televisión… Su trabajo la había impresionado. Por eso había aceptado la cita para cenar. Después de aquello había estado en su vida durante una temporada, como un fantasma, que aparecía de vez en cuando y la invitaba al teatro o la llevaba a pasear a la orilla del mar un domingo por la tarde.
Hasta que un día, Zoe se dio cuenta de que se estaba complicando demasiado con él, que podía acabar pidiéndole que se casara si no acababa con aquella relación.
Acabó con la relación. Jimmy le dijo que le había partido el corazón y que moriría de pena.
A los seis meses se casaba con una chica llamada Fifi que había conocido en París, la ciudad del amor. Según había oído, Jimmy había dejado la televisión y se había retirado a criar cerdos en Normandía con sus tres hijos y su esposa.
«Los corazones se curan rápido», pensó Zoe. «No están hechos de cristal, por mucho que diga la gente. No se parten en cachitos. En todo caso están hechos de goma, que rebota».
¡Danny Boy! ¡Ese era el nombre de la canción! Muy bien cantada, por cierto, no por un profesional, pero agradable al oído. Siempre le había encantado esa canción irlandesa, tan dulce, tan aguda. ¿Cómo no la había reconocido antes?
De pronto, se dio cuenta de que la voz había cesado y el ruido de la ducha también.
¿Qué estaría haciendo? Pues secarse, ¿qué otra cosa?
El picaporte del baño se movió y la puerta cedió. El extraño salió con un albornoz que le cubría sólo hasta las rodillas.
Era el albornoz de Zoe. Lo había visto en el armario del baño. Tenía un aspecto muy cómico. Zoe casi suelta una carcajada. Hasta que se dio cuenta de que no llevaba nada debajo del albornoz. Tenía las piernas aún mojadas, el pelo negro y mojado, los pies descalzos…. ¡Era muy sexy!
A Zoe le intimidaba la idea de estar tan cerca de un hombre así y que tenía tan poca ropa encima.
–Vístase –le ordenó.
–¿Qué dice? Toda mi ropa está empapada. ¿Seguro que no tiene nada?
–No, ya se lo he dicho.
–Seguro que tira sus cosas una vez que ha acabado una relación –dijo en un tono incisivo.
Zoe se sintió ofendida por el comentario. ¿Quién era Hal Thaxford para hablar así de ella?
–Mire, señor… ¿Cuál era su nombre?
–Hillier, Connel Hillier –le dijo, mientras recorría su habitación e iba abriendo sus armarios.
«Connel. Un nombre poco habitual», pensó Zoe. «Me gusta»
–Señor Hillier –de pronto se dio cuenta de lo que estaba sucediendo–. ¿Qué demonios cree que está haciendo? Se fue detrás de él. No tiene ningún sentido que siga buscando.
Él sacó un par de calcetines. Eran de Zoe, que usaba calcetines y botas para trabajar en invierno y cuando llovía, lo que ocurría con frecuencia.
–¡He dicho que ya está bien!
Se sentó en la cama y miró los calcetines.
–¿Qué talla son? Bueno, da igual porque se estiran.
Un minuto después ya estaba de pie con los calcetines puestos.
–Así me siento mejor. Se me estaban quedando los pies helados. Espero que tenga algo de comer, porque estoy realmente hambriento. Vamos a la cocina a ver si podemos cocinar algo.
Aquel desenfado tan descarado la dejó sin habla, cosa que a Zoe no le ocurría jamás.
Al principio el tipo no le había caído bien. A aquellas alturas sencillamente lo detestaba.
–Escuche, esta es mi casa. ¿Podría dejar de tratarme como si le debiera la vida?
–No.
–¡Esto es increíble!
Él la ignoró por completo.
Salió del baño con su ropa mojada en la mano. Sin inmutarse, sacó la llave del bolsillo y abrió la puerta de la habitación.
Sin volverse a comprobar si ella había salido o no, desapareció.
La llave estaba en la cerradura y, durante unos segundos, Zoe tuvo tentaciones de encerrarse dentro de su habitación. Pero recapacitó y se dio cuenta de que si lo hacía aquel tipo desvergonzado acabaría por hacerse con toda la casa.
Salió detrás de él sin dejar de preguntarse cómo demonios se libraría de aquel castigo que le había caído. Si al menos tuviera el móvil en marcha. Pero no, precisamente en ese momento necesitaba que lo cargara.
Tal vez mientras comía fuera capaz de agarrar el teléfono y llamar a la policía. Eso, si no la estrangulaba al bajar las escaleras.
«No seas melodramática. No es de ese tipo. Podría ser un caco. Incluso un gánster. Pero jamás lo elegiría para un papel de asesino en serie», pensó Zoe. Pero sí era alguien a quien no se debía perder de vista. Había algo electrizante y poderoso en él.
Al llegar a la cocina, vio que estaba colocando su ropa húmeda en la lavadora. La miró de reojo con esos ojos oscuros y amenazantes.
–¿Dónde está el jabón?
A punto estuvo ella de decir: «Deja, yo lo hago». Pero supo contener ese maldito impulso femenino. «Nos lo han impuesto desde pequeñas. ¿Por qué demonios debería yo lavarle la ropa a este individuo?», se dijo.
–En el armario que hay junto a la lavadora –le respondió. La miró con frialdad. Estaba claro que esperaba que ella se ofreciera a hacerlo por él. Ese era el maldito impulso masculino. Si alguna vez llegaba a tener un hijo le enseñaría a no ver a las mujeres como sirvientas.
En cuanto se agachó para meter la ropa, Zoe empezó a buscar posibles armas. El primer candidato podía ser un jarrón griego con flores secas que estaba colgado de la pared de la cocina. No, ese era un recuerdo de las mejores vacaciones que había tenido en su vida.
¿Una sartén? No. Eran de aluminio y no pesaban lo suficiente. «La cacerola de cobre», pensó, al mirar el hermoso recipiente que colgaba sobre la cocina.
La lavadora ya estaba en marcha, así que el intruso se dirigió a la nevera. Sacó algo del congelador y comenzó a leer las instrucciones.
–Hay sopas también –le informó ella.
–No quiero sopa. Esto tiene buen aspecto. Y veo que tienes microondas. ¿Quieres un poco?
Metió el pollo al curry en el horno y pulsó los botones para ponerlo en marcha. El plato de dentro comenzó a girar.
–Necesitaré que mi ropa antes de irme. También tienes secadora, eso es un alivio.
–Pero tardará horas en estar lista. En cuanto coma, se larga de aquí. Voy a llamar a un taxi.
Él hizo caso omiso de ella y continuó sacando cosas. Sacó el café y lo olió. Era café de filtro.
–Bueno, no es maravilloso, pero espero que sirva.
–¡Lo siento, sinceramente! ¡Qué voy a hacer con mi vida, mi café no está a su altura! Trataré de comprar algo mejor para la próxima vez que allane mi casa.
Su sarcasmo le resbaló sin hacer mella alguna.
–Me gusta más el café expreso. Su aroma es extraordinario. Y el café instantáneo es como una burla.
–Pues lo siento, pero esta maquinita de filtro es mucho más cómoda y más rápida. Igual que el microondas y la secadora, etc…
Él la miró con sorna y volvió a la nevera.
–Está a dieta, ¿verdad? No veo la nata por ningún lado –se dispuso a llenar de agua la cafetera–. Pues yo no estoy a dieta, así que espero que, al menos, tenga azúcar.
–Señor Hillier, yo no lo he invitado a mi casa. Pero, puesto que es mi huésped, deje de criticar mi modo de vida. ¿Quién se ha creído que es? –miró al reloj–. Mire, estoy agotada. He tenido un día muy duro y lo único que quiero es dormir antes de que amanezca. Por favor, cómase su comida y lárguese. Estoy segura de que al taxista le dará igual lo que lleve puesto.
De pronto, tuvo una idea.
En el recibidor había guardado un enorme chubasquero que había comprado en Australia hacía un par de años.
–Se puede poner esto. Nadie sabrá lo que lleva debajo.
–Muchas gracias. Tiene buen gusto. Pero, a pesar de todo, insisto en llevar puesta mi ropa debajo.
–Se las haré llegar mañana mismo.
–No. Esperaré.
Zoe quería librarse de él.
–Esta es mi casa y lo quiero fuera de ella.
Abrió la puerta del microondas e inhaló el aroma del curry.
–Huele estupendamente.
Apagó el grill y sacó el recipiente con un trapo de cocina. Se sirvió el pollo, la salsa y el arroz en un plato y se sentó a comer..
–¿Podría servirme un poco de café?
–¿Cómo murió su último esclavo?
–Delicioso –dijo él.
Zoe no pudo más, lo absurdo de la situación la hacía realmente cómica. Comenzó a reírse.
–¡Así que es usted humana!
–Humana y agotada –le dijo y sirvió café en dos tazas. Estaba claro que no iba a librarse de él fácilmente, así que, qué menos que un café.
–¿Cuántas horas ha trabajado hoy?
–Me levanté a las cinco y a las seis ya estábamos trabajando –le dijo y se sentó frente a él.
La estudió con detenimiento.
–Tiene los ojos rojos. Le hacen juego con el pelo.
–Muy glamouroso, gracias.
Continuó mirándola fijamente.
–Los vaqueros son realmente ancestrales. Pero tiene la capacidad de hacer que parezcan última moda. No sé muy bien cómo. Supongo que porque es preciosa. Debo de ser el hombre número un millón que le dice eso. Así que me merezco algún premio por ello.
Se levantó ligeramente, se inclinó sobre ella y le besó los labios, un beso rápido y ligero.
Zoe se quedó sin respiración unos segundos y, por fin, reaccionó.
–¡Se toma más libertades que ningún hombre de los que he conocido! ¿A qué se dedica? ¿Trabaja para los medios de comunicación? Sólo los reporteros tienen tanta cara como usted.
Él soltó una carcajada.
–No. Soy explorador.
Zoe parpadeó. Debía de haber entendido mal.
–¿Qué?
Quizás era el cansancio que hacía que se sintiera desorientada. Sus oídos le estaban empezando a jugar malas pasadas.
–Explorador –repitió él. Acabó la comida y apartó el plato–. Acabo de regresar de Sudamérica. Hemos estado en las montañas que van desde la Tierra del Fuego, por la costa, hasta Venezuela. Era una expedición para la creación de un mapa de la zona. He estado allí durante un año, escalando, filmando, dibujando.
Ella se quedó boquiabierta.
–¿Sólo?
Él se rió.
–No, gracias a Dios. Era parte de una expedición internacional, europeos todos. Éramos veinticuatro, todos especialistas: fotógrafos, dos médicos, científicos, biólogos, geólogos, biólogos. Pero todos éramos escaladores profesionales. Eso es muy importante. En esas montañas es necesario saber lo que se está haciendo. De otro modo, es muy fácil cometer un error que le cueste la vida a alguien –bostezó y se levantó–. Voy a adelantar el programa de la lavadora y, después de que centrifugue, meteré la ropa en la secadora.
–No está casado, ¿verdad? –dijo Zoe, pensativa, mientras lo veía manipular la máquina.
Él se volvió y la miró con cinismo.
–No me dirá que tiene escrúpulos con los hombres casados. Hal asegura que no.
–Hal sabe mucho menos de mí de lo que presume saber –respondió ella furiosa–. Realmente, no me conoce en absoluto. Nunca hemos sido… amigos.
–¿Qué quiere decir con «amigos»? ¿Se refiere a «amantes»?
–No. Por amigos, entiendo eso, amigos. Hal y yo hemos trabajado juntos…
–¿Y él nunca intentó nada? –preguntó Connel Hillier, incrédulo. Hal Thaxford era famoso por tratar de conquistar a cualquier mujer atractiva que se cruzara en su camino.
–Sí, lo intentó.
–¿Y le dio un duro golpe a su orgullo?
–Le dije que no estaba interesada. Pero no aceptaba un no por respuesta, hasta que se encontró con una bofetada en la cara. Se cree maravilloso, un dotado de Dios. Pero no es más que un actor mediocre de segunda. Cuando por fin asumió que no tenía nada que hacer conmigo, se puso furioso.
–Vaya. A mí me han contado la versión justamente a la inversa –dijo Connel.
Zoe se encogió de hombros. No le sorprendía.
–Bueno, puede creer a quien le apetezca. Y, por cierto, que quede claro que tampoco tengo intención alguna de liarme con usted, señor Hillier. Le he preguntado si estaba casado, sólo porque me llama la atención que sepa desenvolverse solo. Si estuviera casado, su mujer lo haría todo.
–Hoy en día hay muchos hombres que saben arreglárselas solos, casados o no.
–Algunos sí. La mayoría deja de preocuparse en cuanto se casan.
–Unos pocos. Mi hermano, por ejemplo, es capaz de cocinarle a su esposa unas opíparas comidas. Ella es una alta ejecutiva y llega a casa siempre a las doce de la noche.
–Supongo que no tienen niños.
–No, todavía no. Cherry no tiene intenciones de tener niños en varios años. Todavía tiene veintiséis años y mucho tiempo por delante.
–¿Y su marido qué opina?
–Quiere ser padre. Pero tampoco tiene prisa. Cherry y él se casaron hace sólo unos meses. Llevan una vida social muy agitada: fiestas, clubs,… Casi nunca están en casa, sólo cuando son los anfitriones de alguna fiesta.
Zoe escuchaba con interés, pero no podía evitar que los párpados se le cerraran y que la boca se le abriera.
La lavadora comenzó a centrifugar. Connel Hiller agarró la cesta de plástico y la puso sobre el suelo, de espaldas a Zoe. Pero no dejaba de hablar. Su voz sonaba continua y melodiosa.
–Declan todavía no está preparado para asumir responsabilidades. Está demasiado entusiasmado con el glamour de la vida social. A veces me pregunto por qué se han casado Cherry y él. Los dos son gente completamente independiente y tremendamente ocupada. Parecen más compañeros de piso que marido y mujer. Pero, después de todo, es difícil saber qué hay en el fondo de una relación. A veces creo…
El murmullo se convirtió en algo soporífero. A Zoe cada vez le pesaban más los párpados, más y más. Lentamente, apoyó la cabeza sobre la mesa….
No podría haber determinado con exactitud cuándo se quedó dormida, pero lo hizo.
Lo siguiente que vio fue la luz del día. Bostezó, se estiró y, de pronto, se dio cuenta de que era de día. ¿Qué hora era?
Generalmente se levantaba cuando todavía era de noche, empezaban a filmar con las primeras luces del día y terminaban al anochecer.
Volvió la cabeza para mirar el reloj. ¡Las ocho!
¿Las ocho?
Horrorizada se sentó. ¿Por qué no había sonado el reloj?
No podía no haberlo oído.
En ese instante, las imágenes de la noche anterior la asaltaron. Miró de un lado a otro de la habitación. ¿Cómo había llegado hasta allí?
Lo último que recordaba de la noche anterior era haber apoyado la cabeza sobre la mesa de la cocina, mientras Connel Hillier le hablaba de su hermana.
Debió de quedarse dormida entonces. Pero, ¿cómo había llegado hasta la cama? Sintió pánico. No podía respirar.
La noche anterior llevaba puestos unos vaqueros y un jersey. Levantó la sábana y se quedó lívida. Estaba en ropa interior.
–¡Dios santo! –exclamó. Seguramente la llevó hasta la habitación,la desnudó y … ¿Qué ocurriría después?
No quería pensar en nada de aquello.
Retiró el edredón y se levantó rápidamente. Abrió el armario y se puso lo primero que encontró.
Salió de la habitación y se detuvo unos segundos a escuchar si había alguien.
Silencio.
¿Dónde estaba aquel hombre?
La casa estaba en completo silencio, con la excepción del tic-tac del gran reloj. No había rastro de él y nada parecía haber desaparecido. El televisor, el vídeo, el estéreo, todo seguía en su sitio.
La cocina estaba impecable. Había lavado sus platos, había limpiado el fregadero, la encimera, la mesa. No había ni rastro de su ropa en la secadora. Debió de esperar a que se secara y después se marchó.
¡El coche! Corrió a la puerta. Allí estaba, intacto, con la superficie seca y brillante bajo el sol.
Cerró la puerta principal.
Se había ido sin dejar señal alguna de haber estado allí. Podría haberse imaginado todo, podría haber sido un extraño sueño. Ojalá hubiera podido creerse eso.
Subió las escaleras, se duchó y se vistió.
Pero no podía quitarse el encuentro de la cabeza.
La había llevado a la cama y la había desvestido. ¿Había sido eso todo?
¿Se habría acostado con ella? ¿Habría…?
«¡No!», se dijo a sí misma. No podía ser. Se habría despertado.
Sin embargo, no se había despertado cuando la había tomado en brazos, ni cuando había subido la escalera, ni cuando la había dejado sobre la cama… ni cuando la había desnudado.
Tal vez, sí se había despertado… Pero, entonces, recordaría lo sucedido y no había ni una sola imagen en su cabeza.
No quería pensar más en aquello.
Furiosa, bajó a la cocina y se preparó una taza de café. No comió nada. No tenía hambre. La verdad era que se sentía mareada.
Se quedó junto a la ventana, bebiendose el café cálido y reconfortante. Era una mañana brillante de otoño y le gustaba observar todo lo que ocurría fuera. Esa era una virtud que le resultaba muy útil en su trabajo y que le ayudaba a no pensar en lo que había ocurrido.
Después de la lluvia torrencial de la noche anterior, el sol brillaba aquella mañana con toda intensidad. Las hojas se dejaban arrastrar por una leve brisa. El primer día libre que tuviera las barrería todas.
Quedaban ya muy pocas flores en el jardín, pero el otoño traía otras diversiones. Se quedó mirando el complicado entramado de una tela de araña.
No obstante, por mucho que se empeñaba en pensar en otras cosas, no lo conseguía. ¿Cómo iba a poder trabajar? No podía concentrarse cuando en algún lugar había un vago recuerdo al que no podía darle forma concreta y que le perturbaba: cálidas manos acariciando su cuerpo…
Sacudió la cabeza. No, no recordaba aquello. Realmente, no recordaba nada.
Se sobresaltó al oír el timbre del teléfono.
Levantó el auricular lentamente.
–¿Diga? –le costó lograr que la voz no le temblara… Pero, después de todo, no podía ser él. ¿Para qué iba a llamar? A pesar de esa certeza, algo le decía que no sería la última vez que lo había visto.
–¿Zoe? –la voz sonó insegura pero muy familiar–. ¿Eres tú? ¿Estás bien?
Era la ayudante de producción, Barbara, una mujer activa, muy trabajadora de veintipocos años.
Zoe se recompuso como pudo.
–Sí, claro que soy yo.
–No sé, me suenas diferente, como si te hubieras quedado sin aliento. ¿Te he despertado? ¿Habías olvidado que empezábamos a las cinco y media? ¿Te has dormido?
–Sí, me he dormido. El despertador no sonó. Pero estoy ya a punto de salir –todo el mundo debía de estar lanzando improperios contra ella, por haberles hecho levantar tan pronto–. Llegaré en media hora. ¿Will ha empezado ya? ¿Ha colocado las cámaras?
–Sí. Creo que ya está casi listo. Acaba de irse a desayunar y hay un montón de extras por aquí devorando salchichas.
–Bien. Estaré allí lo antes posible.
Zoe colgó, dejó la taza, agarró sus cosas, cerró la puerta de la casa y se metió en el coche, tratando, continuamente, de librarse de los recuerdos que la agitada noche le había dejado.
Ya pensaría sobre ello más adelante. En aquel momento, no podía permitirse nada que no fuera pensar en la película.
Con un poco de suerte no volvería a ver a Connel Hillier nunca más en su vida.
Darmowy fragment się skończył.