Czytaj książkę: «El ganador de almas»

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Publicaciones Faro de Gracia

P.O. Box 1043

Graham, NC 27253

www.farodegracia.org ISBN 978-1-629462-74-5

The five sermons that follow were not part of Spurgeon’s original lecture series. They were Sunday messages, excerpted from Spurgeon’s published sermons and added by Spurgeon’s publishers, Passmore & Alabaster, to the 1903 edition of The Soul Winner.). Spanish edition © 2021 by Publicaciones Faro de Gracia

©2021 Publicaciones Faro de Gracia. Traducción al español realizada por Julio Caro Alonso; diseño de la portada y las páginas por Juan Diego Chaves Moreno. Todos los Derechos Reservados.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada en un sistema de recuperación de datos o transmitida en cualquier forma o por cualquier medio —electrónico, mecánico, fotocopiado, grabación o cualquier otro— excepto por breves citas en revistas impresas, sin permiso previo del editor.

©Las citas bíblicas son tomadas de la Versión Reina–Valera ©1960, Sociedades Bíblicas en América Latina. © renovada 1988, Sociedades Bíblicas Unidas, a menos que sea notado como otra versión. Utilizado con permiso.



Contenido

Nota preliminar

¿Qué es ganar un alma?

Requisitos personales para ganar almas: con relación a Dios

Requisitos para ganar almas: con relación a los hombres

Sermones propensos a ganar almas

Obstáculos para ganar almas

Cómo estimular a nuestra gente a ganar almas

Cómo levantar a los muertos

Cómo ganar almas para Cristo

El costo de ganar almas

La recompensa del ganador de almas

Vida y obra del ganador de almas

Un análisis de lo que es ganar almas

Ganar almas: nuestra gran responsabilidad

Pescadores de hombres

Aliento para los ganadores de almas

“La salvación de un alma es más valiosa que la redacción de las constituciones de mil mundos”

―Keble.

NOTA PRELIMINAR

Este volumen se publica según un plan ideado por el sr. Spurgeon. De hecho, él ya había preparado la mayor parte del material aquí publicado y el resto de sus manuscritos han sido insertados luego de una revisión que solo fue somera. Su intención era impartir una serie breve de discursos sobre lo que él llamaba “esa ocupación nobilísima” ―GANAR ALMAS― a los estudiantes del seminario para formar pastores. Luego de completar la serie, se propuso recopilar los discursos que ya había dado previamente a otras audiencias sobre este mismo tema a fin de publicar el conjunto resultante como una guía para todos los que desearan convertirse en ganadores de almas y también con la esperanza de inducir a muchos más cristianos profesantes a involucrarse en este servicio para el Salvador, que es una verdadera bendición.

Esta explicación aclara las razones que subyacen a la forma de abordar el tema en la presente obra. Los primeros seis capítulos contienen clases de seminario. Luego vienen cuatro discursos dirigidos a maestros de escuela dominical, predicadores callejeros y amigos que se reunían en el Tabernáculo para participar en los cultos de oración de los lunes por la tarde. El resto del volumen consiste en sermones que recomiendan fervientemente la obra de ganar almas como objeto de atención para cada creyente en el Señor Jesucristo1.

Durante más de cuarenta años, el sr. Spurgeon fue uno de los ganadores de almas más notables a través de sus predicaciones y escritos. Con sus obras impresas, continúa siendo el instrumento usado para convertir a muchas personas en todos los rincones del mundo. Por lo tanto, creemos que serán miles los que se gozarán al leer lo que él dijo y escribió sobre lo que denominó “el trabajo principal del ministro cristiano”.

Queridos hermanos, tengo el propósito de impartirles, si Dios me lo permite, una breve serie de lecciones bajo el título general de “EL GANADOR DE ALMAS”. Ganar almas es el trabajo principal del ministro cristiano; de hecho, debería ser el objetivo principal de todo creyente genuino. Cada uno de nosotros debería decir “Voy a pescar” junto a Simón Pedro, y nuestro propósito debiera ser el mismo de Pablo: “que de todos modos salve a algunos”.

Comenzaremos nuestros discursos sobre este asunto considerando la siguiente pregunta:

¿QUÉ ES GANAR UN ALMA?

Una forma pedagógica de responderla es describir lo que no es. No consideramos que sea ganar almas robar miembros de iglesias ya establecidas y enseñarles a articular nuestras propias creencias distintivas. Nuestro objetivo es más bien llevar almas a Cristo antes que hacer convertidos para nuestra sinagoga. Allá afuera hay ladrones de ovejas de los que solo diré que no son “hermanos” o, al menos, no actúan de forma hermanable. Para su propio Señor deben estar en pie o caer. Consideramos que es una total bajeza construir nuestra propia casa con las ruinas de las mansiones de nuestros vecinos; preferimos por lejos trabajar nosotros mismos. Espero que todos simpaticemos con el espíritu generoso del Dr. Chalmers, quien, cuando se le dijo que tal o cual esfuerzo no sería beneficioso para los intereses particulares de la Iglesia Libre de Escocia, aunque sí podría promover la religión general de la nación, señaló: “¿Qué es la Iglesia Libre comparada con el bienestar cristiano del pueblo de Escocia?”.2 En verdad, ¿qué es cualquier iglesia o qué son todas las iglesias en conjunto como meras organizaciones si están en conflicto con el bienestar moral y espiritual de la nación o si obstruyen el Reino de Cristo? Es porque Dios bendice a los hombres mediante las iglesias que deseamos verlas prosperar, y no por la sola causa de las iglesias mismas. ¡Existe egoísmo en nuestro entusiasmo por el crecimiento de nuestro propio partido: que la gracia nos libre de ese espíritu malo! El crecimiento del Reino es más digno de deseo que el crecimiento de un clan. Estaríamos dispuestos a hacer mucho por transformar a un hermano paidobautista en bautista, pues valoramos las ordenanzas de nuestro Señor; trabajaríamos arduamente para lograr que alguien que cree en la salvación por libre albedrío ahora creyera en la salvación por gracia, pues anhelamos ver toda enseñanza religiosa basada en la roca sólida de la verdad y no en la arena de la imaginación. Sin embargo, al mismo tiempo, nuestro gran fin no es el cambio de las opiniones, sino la regeneración de las naturalezas. Queremos llevar a los hombres a Cristo, y no a nuestras propias concepciones peculiares del cristianismo. Nuestra primera preocupación debe ser que las ovejas se reúnan en torno al gran Pastor; ya habrá tiempo suficiente en el futuro para asegurarlas en nuestros diversos rediles. Hacer prosélitos es una tarea adecuada para los fariseos; engendrar a los hombres para Dios es el fin honorable de los ministros de Cristo.

En segundo lugar, no consideramos que se logre ganar almas al escribir con apuro más nombres en la lista de miembros de nuestra iglesia para poder reportar un buen aumento a fin de año.

Eso es fácil de hacer, y hay hermanos que realizan un gran esfuerzo (por no decir que emplean artes) para conseguirlo. Sin embargo, si es considerado el principio y el fin de todos los esfuerzos del ministro, el resultado será deplorable. Desde luego, introduzcamos a los verdaderos convertidos a la iglesia, pues parte de nuestra labor es enseñarles a observar todas las cosas que Cristo les ha ordenado, pero eso debe hacerse con los discípulos, no con los meros profesantes. Si no empleamos la prudencia, es posible que hagamos más mal que bien en este asunto. Introducir personas inconversas a la iglesia es debilitarla y degradarla; por lo tanto, una aparente ganancia puede terminar siendo una verdadera pérdida. Yo no soy de las personas que condenan las estadísticas ni considero que produzcan toda clase de males, pues hacen mucho bien si son precisas y se usan legítimamente. Es bueno que el pueblo vea la miseria del país cuando hay estadísticas de disminución para que se vea impulsado a buscar la prosperidad de rodillas ante el Señor. Por el otro lado, no es para nada malo que los obreros sean animados al contemplar un registro de los resultados. Lamentaría mucho que la práctica de sumar, restar y calcular el resultado neto fuera abandonada, pues debe ser bueno conocer nuestra condición numérica. Algunos han notado que los que objetan el proceso a menudo son hermanos cuyos informes insatisfactorios debieran producir en ellos un cierto grado de humillación. No siempre ocurre eso, pero sí es sospechosamente frecuente. El otro día oí del informe de una iglesia cuyo ministro, que era bien conocido por haber reducido su congregación a cero, escribió con algo de ingenio: “Nuestra iglesia está mirando hacia arriba”. Cuando le preguntaron sobre esa afirmación, respondió: “Todos saben que la iglesia está de espaldas y lo único que puede hacer es mirar hacia arriba”. Cuando las iglesias están mirando hacia arriba en ese sentido, sus pastores por lo general dicen que las estadísticas son muy engañosas y que no podemos tabular la obra del Espíritu ni calcular la prosperidad de una iglesia en cifras. La realidad es que sí podemos hacer un cálculo muy acertado si las cifras son honestas y si tomamos en consideración todas las circunstancias. Cuando no hay crecimiento, podemos calcular con bastante precisión que no se está haciendo mucho. Y si hay una clara reducción de la iglesia en una población creciente, podemos concluir que las oraciones de la gente y la predicación del ministro no son de lo más poderosas.

Aun así, la prisa por introducir miembros a la iglesia es sumamente dañina, tanto para la iglesia como para los supuestos conversos. Recuerdo muy bien el caso de varios jóvenes de buen carácter moral y religiosamente prometedores. En vez de examinar sus corazones y procurar su verdadera conversión, su pastor no les dio descanso hasta persuadirlos a hacer una profesión de fe. Pensaba que tendrían más obligaciones con las cosas santas si profesaban la religión, y se sentía bastante seguro al presionarlos, pues “eran muy prometedores”. Se imaginó que si los desanimaba examinándolos con cuidado, podría apartarlos, así que para asegurarlos, los transformó en hipócritas. Esos jóvenes ahora están mucho más lejos de la Iglesia de Dios que lo que habrían estado si hubieran sufrido la afrenta de ser dejados en el lugar que les correspondía y se les hubiera advertido que no se habían convertido a Dios. Recibir a una persona en el número de los fieles es una grave injuria contra ella a menos que haya buenas razones para creer que en verdad ha sido regenerada. Estoy seguro de ello, pues hablo luego de haber observado con mucho cuidado. Algunos de los pecadores más flagrantes que conozco fueron una vez miembros de una iglesia, y creo que fueron guiados a hacer una profesión de fe mediante el ejercicio de una presión indebida, bien intencionada pero imprudente. Por lo tanto, no piensen que ganar almas equivale a multiplicar el número de bautismos y agrandar el tamaño de la iglesia o que esas cosas son garantías de que están ganando almas. ¿Qué significan los siguientes reportes del campo de batalla?: “Ayer en la noche, catorce almas experimentaron convicción, quince fueron justificadas y ocho recibieron la santificación completa”. Estoy harto de ese alarde público, de ese conteo de gallinas no empolladas, de esa exhibición de despojos dudosos. Abandonen esas formas de contar del pueblo, esa vana pretensión de certificar en medio minuto lo que requiere la evaluación de toda una vida. Esperen lo mejor, pero sean razonables en sus mayores entusiasmos. Tener lugares destinados para atender a los que tienen inquietudes espirituales es muy bueno, pero si producen alardes vanos, contristarán al Espíritu Santo y ocasionarán gran daño.

Queridos amigos, ganar almas tampoco es solo crear entusiasmo. El entusiasmo acompaña todo gran movimiento. Podríamos cuestionarnos con razón la sinceridad y el poder de un movimiento si fue tan tranquilo como es leer la biblia en el salón de la casa. No es posible hacer estallar rocas grandes sin producir el sonido de las explosiones ni pelear una batalla manteniendo a todos callados como momia. En un día seco, el carruaje no se está moviendo mucho por el camino si no deja ruido y polvo a su paso; la fricción y la agitación son resultados naturales de la fuerza en movimiento. Del mismo modo, cuando el Espíritu de Dios está en movimiento y las mentes de los hombres son agitadas, debe haber y habrá ciertas señales visibles del movimiento, pero ellas nunca deben confundirse con el movimiento mismo. Si alguien se imagina que levantar polvo es el propósito del paso de un carruaje, puede tomar la escoba y muy pronto alzará tanto polvo como cincuenta carruajes, pero en vez de producir un beneficio causará un fastidio. El entusiasmo es tan incidental como el polvo, pero jamás debe ser nuestro objetivo. Cuando la mujer barrió su casa, lo hizo para encontrar la moneda, no para levantar una nube de polvo.

No tengan por objetivo la sensación y el “efecto”. Es posible que veamos torrentes de lágrimas, ojos llorosos, sollozos, clamores, multitudes de personas que se quedan en el recinto después de la reunión y toda clase de confusión, y podemos tolerar esas cosas como acompañantes del sentimiento genuino, pero les ruego que no planifiquen su producción.

Con mucha frecuencia ocurre que los conversos que nacen en el entusiasmo mueren cuando este se acaba. Son como ciertos insectos que surgen en los días extremadamente calurosos y mueren a la puesta del sol. Algunos conversos viven en el fuego como las salamandras, pero mueren a una temperatura razonable. No me gusta la religión que requiere o crea una cabeza caliente. Denme la piedad que florece en el Calvario, no en el monte Vesubio.3 El celo más apasionado por Cristo es consistente con el sentido común y la razón: el delirio, el griterío y el fanatismo son productos de otro celo, de uno que no es conforme a ciencia. Queremos preparar a los hombres para la recámara de la comunión, no para el manicomio de Bedlam. Nadie lamenta más que yo que estas advertencias sean necesarias, pero cuando recuerdo las extravagancias de ciertos revivalistas salvajes, no puedo decir nada menos y podría decir mucho más.

¿Qué es ganar verdaderamente un alma para Dios? En cuanto eso ocurre mediante instrumentos, ¿cuáles son los procesos por los que el alma es guiada a Dios y a la salvación? Considero que una de las principales operaciones consiste en instruir al hombre para que conozca la verdad de Dios. La instrucción mediante el evangelio es el comienzo de toda obra genuina en la mente de los hombres. “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. La enseñanza comienza la obra y también la corona.

Según Isaías, el evangelio es “Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma”. En consecuencia, a nosotros nos corresponde darles a los hombres algo digno de escuchar; de hecho, nos corresponde instruirlos. Hemos sido enviados a evangelizar o predicar el evangelio a toda criatura, y eso no puede realizarse a menos que les enseñemos las grandes verdades de la revelación. El evangelio es buenas noticias. Cuando oímos a algunos predicadores, pareciera que el evangelio es una droga santa que nos altera o una botella de licor fuerte que estimula el cerebro. No es nada así; es una noticia: en él hay información, instrucción sobre asuntos que los hombres necesitan saber y afirmaciones diseñadas para bendecir a los que las oyen. No es un conjuro mágico ni un encanto cuya fuerza consiste en un conjunto de sonidos; es una revelación de hechos y verdades que requieren conocimiento y fe. El evangelio es un sistema razonable que apela a la comprensión del hombre; es materia de pensamiento y consideración que apela a la conciencia y a la capacidad de reflexión. Por eso, si no les enseñamos nada a las personas, podemos gritar “¡Crean! ¡Crean! ¡Crean!”, pero ¿qué deben creer? Toda exhortación requiere su correspondiente instrucción, de lo contrario, no significa nada. “¡Escapen!”: ¿de qué? Para responder esa pregunta es necesaria la doctrina del castigo del pecado. “¡Huyan!”, pero ¿adónde? Deben predicar a Cristo y Sus llagas; sí, también la clara doctrina de la expiación mediante un sacrificio. “¡Arrepiéntanse!”: ¿de qué? Aquí deben responder preguntas como ¿qué es el pecado?, ¿cuál es la maldad del pecado?, ¿cuáles son las consecuencias del pecado? “¡Conviértanse!”, pero ¿qué es convertirse? ¿Por qué poder podemos convertirnos? ¿De qué debemos convertirnos? ¿En qué debemos convertirnos? El campo de instrucción es amplio si los hombres han de aprender la verdad que salva. “El alma sin ciencia no es buena”, y nuestro papel como instrumentos del Señor es hacer que los hombres conozcan la verdad de modo que puedan creerla y sentir su poder. No debemos intentar salvar a los hombres en las tinieblas, sino que debemos procurar hacerlos pasar de las tinieblas a la luz en el poder del Espíritu Santo.

Y no crean, queridos amigos, que cuando asisten a reuniones de avivamiento o a cultos evangelísticos deben omitir las doctrinas del evangelio, pues entonces deben proclamar aún más las doctrinas de la gracia, no menos. Enseñen las doctrinas del evangelio con claridad, afecto, simplicidad y sencillez, en especial las verdades que dicen relación directa y práctica con la condición del hombre y la gracia de Dios. Algunos entusiastas parecen haber adoptado la noción de que, apenas el ministro se dirige a los inconversos, debe contradecir deliberadamente sus discursos doctrinales comunes, ya que suponen que no habrá conversiones si predica todo el consejo de Dios. Todo se reduce a esto, hermanos: suponen que debemos ocultar la verdad y contar mentiras a medias para salvar a las almas. Debemos hablarle la verdad al pueblo de Dios porque ellos no oirán nada más, pero debemos llevar engañados a los pecadores a la fe exagerando un aspecto de la verdad y escondiendo el resto hasta que llegue una ocasión más conveniente. Esa teoría es extraña, pero muchos la apoyan. Según ellos, podemos predicar la redención de un número elegido de personas al pueblo de Dios, pero nuestra doctrina debe ser la de la redención universal cuando hablamos con los de afuera; debemos decirles a los creyentes que la salvación es por pura gracia, pero a los pecadores hay que hablarles como si tuvieran que salvarse a sí mismos; debemos informar a los cristianos que solo Dios el Espíritu Santo es quien puede convertir, pero cuando nos dirigimos a los incrédulos, a duras penas hay que hacer mención del Espíritu Santo. Nosotros no hemos aprendido así a Cristo. Así han obrado otros: que nos sean por señal de advertencia, no por ejemplo. El que nos mandó a ganar almas no nos permite inventar falsedades ni suprimir la verdad. Su obra puede realizarse sin esa clase de métodos sospechosos.

Quizá alguien de ustedes responderá: “Pero aun así, Dios ha bendecido verdades a medias y declaraciones extravagantes”. No estén tan seguros. Me atreveré a afirmar que Dios no bendice la falsedad. Puede que bendiga la verdad que está mezclada con el error, pero habría habido mucha más bendición si la predicación hubiera sido más acorde a Su propia Palabra. No puedo admitir que el Señor bendiga el laxismo evangelístico, y la supresión de la verdad no recibe un nombre demasiado duro cuando la denomino así. La omisión de la doctrina de la depravación total del hombre ha producido daños serios en muchas personas que han escuchado una cierta clase de predicación. Estas personas no reciben verdadera sanación porque no conocen la enfermedad bajo la cual están sufriendo. Nunca son vestidas de verdad porque no se hace nada por desnudarlas. En muchos ministerios, no se sondea suficientemente el corazón ni se despierta la conciencia revelando lo distanciado que el hombre está de Dios y declarando lo egoísta e impío que es tal estado. Los hombres necesitan oír que, a menos que la gracia divina los rescate de su enemistad con Dios, deben perecer eternamente. Necesitan que se les recuerde de la soberanía de Dios, que Él no está obligado a sacarlos de ese estado, que Él sería justo y recto si los dejara en dicha condición, que ellos no tienen ningún mérito al que apelar ante Él, nada que demandarle a Él; por el contrario, si han de ser salvos, debe ser por gracia y solo por gracia. La labor del predicador es derribar a los pecadores en desesperación absoluta para que se vean forzados a elevar la mirada al Único que puede ayudarlos.

Intentar ganar un alma para Cristo manteniéndola en ignorancia respecto a cualquier verdad es contrario a la mente del Espíritu, e intentar salvar a los hombres a través de meros disparates, emociones o exhibiciones de oratoria es tan necio como querer sujetar un ángel con pegamento para atrapar aves o seducir una estrella con música. La mejor atracción es el evangelio en su pureza. El arma con que el Señor conquista a los hombres es la verdad que está en Jesús. El evangelio demostrará ser igual de útil para cada emergencia, una flecha que puede traspasar el corazón más duro, un bálsamo que puede sanar la herida más mortífera. Predíquenlo, y no prediquen nada más. Descansen ciegamente en el antiguo evangelio. No necesitan otras redes para pescar hombres; las que les dio su Maestro son lo bastante fuertes para capturar los peces grandes y tienen agujeros bastante pequeños para atrapar a los chicos. Echen estas redes, no otras, y no necesitarán temer el cumplimiento de Su Palabra: “Os haré pescadores de hombres”.

En segundo lugar, para ganar un alma no solo es necesario instruir a nuestro oyente y darle a conocer la verdad, sino también impresionarlo de modo que la sienta.

Un ministerio puramente didáctico, que siempre apela al entendimiento y deja las emociones inafectadas, ciertamente sería un ministerio cojo. “Las piernas del lisiado no son parejas”, dice Salomón, y las piernas disparejas de algunos ministerios los paralizan. Hemos visto a personas que cojean con una pierna doctrinal muy larga y una pierna emocional muy corta. Es horrible que el hombre sea tan doctrinal que llegue a poder hablar calmadamente de la condenación del impío, de modo que, si de hecho no alaba a Dios por ella, no le causa ninguna angustia de corazón pensar en la ruina de millones de miembros de nuestra raza. ¡Eso es horrible! Odio escuchar los terrores del Señor proclamados por hombres cuyo semblantes duros, tonos ásperos y espíritus insensibles delatan una suerte de desecación doctrinal: toda la leche de la gentileza humana se les ha secado. Como él mismo no tiene sentimientos, tal predicador no los crea, y la gente se sienta a escucharlo pronunciar afirmaciones secas y muertas hasta que llegan a apreciarlo por ser “sano” y ellos mismos llegan a ser igualmente sanos y ―no necesito mencionarlo― también a dormirse profundamente. La vida que tienen la ocupan en rastrear y eliminar la herejía o en condenar a hombres sinceros como ofensores por una sola palabra. ¡Que nunca seamos bautizados en ese espíritu! Más allá de lo que yo crea o deje de creer, el mandamiento de amar a mi prójimo como a mí mismo sigue siendo obligatorio para mí, ¡y Dios me guarde de que cualquier postura u opinión estreche mi alma y me endurezca el corazón al punto de hacerme olvidar esta ley del amor! El amor a Dios es lo primero, pero de ninguna manera mitiga la obligación de amar al hombre. De hecho, el primer mandamiento incluye el segundo. Debemos procurar la conversión de nuestro prójimo porque lo amamos, y debemos hablarle en términos amorosos del evangelio amoroso de Dios porque nuestro corazón desea su bienestar eterno.

El pecador tiene cabeza, pero también corazón; el pecador tiene pensamientos, pero también emociones, y debemos apelar a ambos. El pecador nunca será convertido a menos que sus emociones se conmuevan. A menos que sienta dolor por el pecado y a menos que tenga una cierta medida de gozo en la recepción de la Palabra, no es posible tener mucha esperanza con respecto a él. La verdad debe empapar el alma y teñirla con su propio color. La Palabra debe ser como un viento poderoso que sopla sobre todo el corazón y agita todo el hombre, así como el maíz en maduración ondea con la brisa del verano. La religión sin emociones es una religión sin vida.

Sin embargo, de todas formas debe importarnos cómo se producen estas emociones. No jueguen con la mente suscitando sentimientos que no son espirituales. Algunos predicadores son muy dados a mencionar funerales y niños moribundos en sus discursos, y hacen que la gente llore por puro afecto natural. Puede que eso lleve a algo mejor, pero, en sí mismo, ¿qué valor tiene? ¿Qué tiene de bueno abrir las heridas una madre o revivir el dolor de una viuda? No creo que nuestro Señor misericordioso nos haya enviado a hacer que las personas lloren por sus familiares fallecidos cavando nuevamente sus tumbas y recordando viejas escenas de duelo y aflicción. ¿Por qué habría de hacerlo? Admito que es posible que sea útil usar el lecho de muerte de un cristiano pronto a partir y de un pecador moribundo para demostrar el descanso de la fe en un caso y el terror de la conciencia en el otro, pero es del hecho demostrado y no de la ilustración en sí misma que el bien debe brotar. El dolor natural no tiene ninguna utilidad en sí mismo; de hecho, lo consideramos una distracción para los pensamientos más elevados y un precio demasiado alto para los corazones tiernos a no ser que podamos recompensarlos injertando impresiones espirituales duraderas en el tallo del afecto natural. “Fue un discurso muy espléndido, lleno de vehemencia”, dice alguien que lo oyó. Sí, pero ¿cuál es el resultado práctico de esa vehemencia? Un predicador joven preguntó una vez: “¿No te afectó enormemente ver llorar a una congregación tan grande?”. “Sí”, dijo su amigo sensato, “pero me afectó más pensar que probablemente habrían llorado más en el teatro”. Así es, y el lloro en ambos casos puede ser igual de inservible. Un día vi una niña en un barco de vapor leyendo un libro y llorando como si se le fuera a partir el corazón, pero cuando observé el volumen, noté que solo era una de esas novelas tontas de tapa amarilla que atiborran las librerías de las estaciones de ferrocarril. Sus lágrimas eran un puro desperdicio de agua, y lo mismo son las producidas por meras historias y relatos de lechos de muerte narrados desde el púlpito.

Si nuestros oyentes van a llorar por sus pecados y porque anhelan a Jesús, que las lágrimas fluyan como un río, pero si el objeto de su dolor es puramente natural y nada espiritual, ¿qué tiene de bueno hacerlos llorar? Puede que haya algo de virtud en darle alegría a la gente, pues hay suficiente dolor en el mundo y mientras más podamos promover la felicidad, mejor, pero ¿qué provecho tiene crear miseria innecesaria? ¿Qué derecho tienen a recorrer el mundo punzando a todos con sus bisturíes solo para exhibir su habilidad en la cirugía? Un verdadero médico solo hace incisiones para realizar curas, y un ministro sabio solo provoca emociones dolorosas en las mentes de las personas con el objetivo específico de bendecir sus almas. Ustedes y yo debemos seguir embistiendo los corazones de los hombres hasta que se quebranten, y entonces debemos seguir predicando a Cristo crucificado hasta que sus corazones sean vendados. Cuando eso se consiga, debemos seguir proclamando el evangelio hasta que toda su naturaleza sea puesta en sujeción al evangelio de Cristo. Incluso en estos pasos preliminares, sentirán lo necesario que es que el Espíritu Santo obre con ustedes y mediante ustedes, pero tal necesidad será aún más evidente cuando avancemos un paso más y hablemos del nuevo nacimiento mismo, en que el Espíritu Santo obra de una manera eminentemente divina.

Ya he insistido en que la instrucción y la impresión son sumamente necesarias para ganar almas, pero no lo son todo; de hecho, solo son medios para conseguir el objetivo deseado. Antes de que el hombre pueda ser salvo, debe realizarse una obra mucho mayor. Debe efectuarse un prodigio de la gracia divina en el alma que trasciende por lejos todo lo que puede conseguir el poder del hombre. De todas las personas que queremos ganar para Jesús es cierta la siguiente afirmación: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”. El Espíritu Santo debe obrar la regeneración en los objetos de nuestro amor, de lo contrario, nunca podrán llegar a poseer la felicidad eterna. Deben ser resucitados a novedad de vida y deben ser hechos nuevas criaturas en Cristo Jesús. La misma energía que operó en la resurrección y la creación debe derramar todo su poder sobre ellos, pues nada menos bastará para producir el efecto. Deben nacer de nuevo de lo alto. A primera vista, podría parecer que esto es sacar por completo la instrumentalidad humana de la ecuación, pero al volcarnos a las Escrituras no encontramos nada que justifique tal inferencia y hallamos mucho que tiene la tendencia opuesta. Allí ciertamente encontramos que el Señor es todo en todos, pero no hallamos ningún indicio de que, en virtud de ello, el uso de los medios deba ser desechado. La majestad suprema y el poder del Señor se aprecian con más gloria porque Él obra a través de medios. Él es tan grandioso que no teme dar honor a los instrumentos que Él emplea, hablando de ellos en términos elevados y adjudicándoles una gran influencia. Lamentablemente, es posible hablar demasiado poco del Espíritu Santo ―de hecho, me temo que ese es uno de los pecados estrepitosos de nuestra época―, pero esa Palabra infalible que siempre balancea la verdad de forma adecuada, aunque magnifica al Espíritu Santo, no habla con ligereza de los hombres por los que Él obra. Dios no piensa que Su propio honor es tan cuestionable que solo puede mantenerlo eliminando la agencia humana. Hay dos pasajes en las epístolas que, en conjunto, me han asombrado muchas veces. Pablo se compara tanto con un padre como con una madre en lo que respecta al nuevo nacimiento. Dice de un convertido: “a quien engendré en mis prisiones”, y de toda una iglesia dice: “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros”. Esto es ir muy lejos ―por cierto, demasiado lejos― para lo que la ortodoxia moderna le permitiría aventurarse a decir al ministro más útil, pero es un lenguaje sancionado ―sí, dictado― por el mismísimo Espíritu de Dios, por lo que no debe ser criticado. El poder misterioso que Dios infunde en los instrumentos que Él ordena es tal que somos llamados “colaboradores de Dios”, y esa es tanto la razón de nuestra responsabilidad como el fundamento de nuestra esperanza.

La regeneración o el nuevo nacimiento obra un cambio en toda la naturaleza del hombre, y, hasta donde podemos juzgar, su esencia radica en la implantación y creación de un principio nuevo dentro del hombre. El Espíritu Santo crea en nosotros una naturaleza nueva, celestial e inmortal que en la Escritura se conoce como “el espíritu” en distinción del alma. Nuestra teoría de la regeneración es que el hombre en su naturaleza caída consiste solo de cuerpo y alma y que, cuando es regenerado, una nueva naturaleza más elevada ―”el espíritu”― es creada en él, que es una chispa del fuego eterno de la vida y el amor de Dios. Esta naturaleza llega al corazón y permanece allí, haciendo a su receptor “participante de la naturaleza divina”. A partir de entonces, el hombre consiste en tres partes ―cuerpo, alma y espíritu―, y el espíritu es la potencia dominante de las tres. Todos ustedes recordarán aquel memorable capítulo sobre la resurrección, 1 Corintios 15, donde la distinción es bien resaltada en el idioma original e incluso puede percibirse en nuestra versión. El pasaje traducido como “Se siembra cuerpo animal”, etc. podría decir: “Se siembra cuerpo de alma, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo de alma, y hay cuerpo espiritual. Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante. Mas lo espiritual no es primero, sino lo del alma; luego lo espiritual”. Primero estamos en el estado natural de nuestro ser (o estado de alma) al igual que el primer Adán y luego, en la regeneración, pasamos a una nueva condición y nos transformamos en poseedores del “espíritu” vivificante. Sin este espíritu, nadie puede ver ni entrar al Reino de los cielos. Por lo tanto, nuestro deseo intenso debe ser que el Espíritu Santo visite a nuestros oyentes y los cree de nuevo, que descienda sobre estos huesos secos y sople vida eterna en los muertos en pecado. Hasta que ocurra eso, nunca podrán recibir la verdad, pues “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”. “Los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden”. La omnipotencia debe crear una mente nueva y celestial, de lo contrario, el hombre debe permanecer en la muerte. Ya ven, pues, que tenemos una obra poderosa ante nosotros, para la cual somos totalmente incapaces en nosotros mismos. Ningún ministro vivo puede salvar un alma; ni siquiera todos los ministros juntos ni todos los santos en la tierra y en el cielo podemos obrar la regeneración en una sola persona. En lo que compete a nosotros, todo este asunto es el colmo del absurdo a no ser que nos consideremos personas usadas por el Espíritu Santo y llenas de Su poder. Por el otro lado, las maravillas de la regeneración que acompañan nuestro ministerio son los mejores sellos y testigos de nuestra comisión. Los apóstoles podían apelar a los milagros de Cristo y a los que ellos hicieron en Su nombre, pero nosotros apelamos a los milagros del Espíritu Santo, que son tan divinos y reales como los de nuestro mismísimo Señor. Esos milagros son la creación de una nueva vida en el seno humano y el cambio completo de todo el ser de aquellos sobre los que desciende el Espíritu Santo.

Como esta vida espiritual creada por Dios en el hombre es un misterio, hablaremos de un modo más práctico si nos centramos en las señales que la siguen y la acompañan, pues esas son las cosas a las que debemos apuntar. En primer lugar, la regeneración se manifiesta en la convicción de pecado. Creemos que esta es una marca indispensable de la obra del Espíritu. Cuando la vida nueva entra al corazón, uno de sus primeros efectos es que causa un intenso dolor interno. Aunque en la actualidad oímos de personas que son sanadas antes de ser heridas, y llegan a la certeza de la justificación sin nunca haber lamentado su condenación, dudamos mucho del valor de tal sanidad y justificación. Ese estado de las cosas no es acorde a la verdad. Dios nunca viste a los hombres antes de haberlos desvestido ni los vivifica por el evangelio antes de haberlos matando mediante la ley. Cuando se encuentren con personas en las que no hay trazas de convicción de pecado, pueden estar muy seguros de que no han sido objetos de la obra del Espíritu Santo, pues “cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio”. Cuando el Espíritu del Señor sopla sobre nosotros, marchita toda la gloria del hombre, que es como la flor de la hierba, y luego revela una gloria más elevada y permanente. No se asombren si encuentran que esta convicción de pecado es muy aguda y alarmante, pero, por el otro lado, no condenen a aquellos en los que es menos intensa, pues siempre y cuando haya lloro por el pecado y este sea confesado, abandonado y aborrecido, están frente a un fruto evidente del Espíritu. Gran parte del horror y la incredulidad que acompañan a la convicción no es del Espíritu de Dios, sino que proviene de Satanás o de la naturaleza corrupta. No obstante, debe haber convicción de pecado genuina y profunda, y el predicador debe esforzarse por producirla, ya que donde ella no ha sido experimentada, el nuevo nacimiento no ha tenido lugar.

Igual de cierto es que la verdadera conversión puede identificarse por la presencia de una fe sencilla en Jesucristo. Ustedes no necesitan que yo les hable de esto, pues están plenamente persuadidos de ello. La producción de la fe es el centro mismo del blanco al que están apuntando. No hay nada que pueda demostrarles que han ganado el alma de un hombre para Jesús hasta que la persona ha renunciado a sí misma y a sus propios méritos para refugiarse en Cristo. Debemos ser cuidadosos para asegurarnos de que esta fe en Cristo diga relación con la salvación completa y no con parte de ella. Muchas personas piensan que el Señor Jesús está disponible para perdonar los pecados pasados, pero no pueden confiar en Él para ser preservados en el futuro. Confían en que han sido perdonados por los años pasados, pero no por los años futuros. Sin embargo, en la Escritura nunca se habla de esta subdivisión de la salvación como la obra de Cristo. O bien Él llevó todos nuestros pecados o no llevó ninguno. O bien Él nos salva de una vez para siempre o no nos salva en absoluto. Su muerte nunca puede repetirse y debe haber expiado los pecados futuros de los creyentes, de lo contrario, están perdidos, pues no podemos suponer que vaya a haber otra expiación y de seguro van a cometer pecados en el futuro. Bendito sea Su nombre: “De todo […] en él es justificado todo aquel que cree”. La salvación por gracia es salvación eterna. Los pecadores deben encomendar sus almas al cuidado de Cristo por toda la eternidad; ¿cómo más podría decirse que son salvos? Pero ¡qué pena!: algunos enseñan que los creyentes solo son salvos en parte y que el resto depende de sus propios esfuerzos futuros. ¿Es eso el evangelio? Yo creo que no. La fe genuina confía en un Cristo completo para la salvación completa. ¿Debería sorprendernos que muchos convertidos apostaten siendo que, de hecho, nunca se les enseñó a ejercer fe en Jesús para la salvación eterna, sino solo para una conversión temporal? Una exposición inadecuada de Cristo engendra una fe inadecuada, y cuando esta última se desgasta por su propia debilidad, ¿de quién es la culpa? Conforme a su fe les es hecho: el predicador y el que posee una fe parcial deben asumir en conjunto la culpa por el fracaso cuando su confianza pobre y mutilada llega al colapso. Quiero insistir en esto con más ahínco porque creer de una manera semilegal es algo muy común. Debemos instar al pecador tembloroso a confiar completa y exclusivamente en el Señor Jesús para siempre, de lo contrario, haremos que infiera que debe comenzar en el Espíritu para luego perfeccionarse por la carne. De seguro caminará por la fe en relación al pasado y luego por las obras en relación al futuro, y eso será fatal. La verdadera fe en Jesús recibe la vida eterna y contempla la salvación perfecta en Aquel cuyo único sacrificio ha santificado al pueblo de Dios una vez para siempre. El sentido de que uno es salvo, completamente salvo en Cristo Jesús, no es, como algunos suponen, la fuente de la seguridad carnal y el enemigo del celo santo, sino todo lo contrario. Libertado del temor que hace de la salvación propia un objeto más presente que la salvación de la propia maldad e inspirado por una santa gratitud a su Redentor, el hombre regenerado llega a ser capaz de practicar la virtud y está lleno de entusiasmo por la gloria de Dios. Mientras el hombre tiembla por su sentido de inseguridad, piensa principalmente en sus propios intereses, pero cuando está plantado firmemente en la Roca de la eternidad, tiene el tiempo y la disposición para entonar el nuevo canto que el Señor ha puesto en su boca, y entonces su salvación moral está completa, pues el “yo” ya no es el señor de su ser. No descansen ni se den por satisfechos hasta que vean en sus conversos evidencias claras de la existencia de una fe sencilla, sincera y decidida en el Señor Jesús.

Además de una fe no dividida en Jesucristo, también debe haber un arrepentimiento no fingido del pecado. La palabra arrepentimiento es anticuada, no es muy utilizada por los revivalistas modernos. “¡Oh!”, me dijo un día un pastor, “solo significa un cambio de opinión”. Esa observación pretendía ser profunda. “Solo un cambio de opinión”, ¡pero qué cambio! ¡Un cambio de opinión con respecto a todo! En lugar de decir “Es solo un cambio de opinión”, me parece más veraz decir que es un cambio grandioso y profundo, un cambio de la mente misma. Pero más allá del significado literal de la palabra griega, el arrepentimiento no es una nimiedad. No hay una mejor definición del arrepentimiento que la que se entrega en el siguiente himno infantil:

Arrepentirme es

Dejar el mal que amé

Mostrando que lloro en verdad

Al no volverlo a hacer.

En todas las personas, la conversión verdadera va acompañada de un sentido de pecado, del cual hemos hablado bajo el nombre de convicción; de dolor por el pecado o un santo pesar por haberlo cometido; de un odio por el pecado, que demuestra que su dominio ha terminado, y de un abandono práctico del pecado, que demuestra que la vida interior del alma está influyendo en la vida exterior. La fe verdadera y el arrepentimiento verdadero son mellizos: sería vano intentar decir cuál nace primero. Todos los rayos de la rueda se mueven a la vez cuando esta se mueve, así también todas las gracias entran en acción cuando el Espíritu Santo obra la regeneración. Sin embargo, debe haber arrepentimiento. Ningún pecador mira al Salvador con los ojos secos o el corazón duro. Por lo tanto, apunten a quebrantar el corazón, a hacer que la conciencia comprenda la condenación y a destetar la mente del pecado; no se den por satisfechos hasta que toda la mente sea cambiada de manera profunda y vital en su relación con el pecado.

Otra prueba de que el alma ha sido conquistada para Cristo se halla en el cambio verdadero de la vida. Si el hombre no vive diferente a cómo vivía antes, tanto en el hogar como fuera de él, necesita arrepentirse de su arrepentimiento, y su conversión es ficticia. No solo deben cambiar las acciones y el lenguaje, sino también el espíritu y el temperamento. “Pero”, dirá alguien, “muchas veces la gracia es injertada en árboles torcidos”. Sé eso, pero ¿cuál es el fruto del injerto? El fruto será como la planta injertada, no acorde a la naturaleza del tronco original. “Pero”, dice otro, “yo tengo un temperamento horrible, y de repente me supera. Mi enojo se acaba pronto, y me siento muy penitente. Aunque no puedo controlarme, estoy bastante seguro de que soy cristiano”. No vayas tan rápido, amigo mío, o yo podría responder que estoy bastante seguro de lo contrario. ¿De qué sirve que te calmes pronto si en unos pocos momentos quemas todo a tu alrededor? Si alguien me apuñala en un ataque de furia, mi herida no se sanará por verlo llorar por su locura. Debe haber victoria sobre el temperamento precipitado y todo el hombre debe ser renovado, de lo contrario, la conversión será cuestionable. No debemos presentarle una santidad modificada a nuestra gente y decirles: “Todo estará bien si alcanzan este estándar”. La Escritura dice: “El que practica el pecado es del diablo”. Permanecer bajo el poder de cualquier pecado conocido es una señal de que somos esclavos del pecado, pues “sois esclavos de aquel a quien obedecéis”. Vanas son las jactancias de todo aquel que abriga en su seno el amor a cualquier transgresión. Podrá sentir lo que quiera sentir y creer lo que quiera creer, pero aún está en hiel de amargura y prisión de maldad si un pecado específico gobierna su corazón y su vida. La regeneración verdadera implanta un odio por toda maldad, y donde hay deleite en un pecado, la evidencia resulta fatal para la esperanza sana. No es necesario que el hombre beba doce venenos para destruir su vida, uno es más que suficiente.

Debe haber armonía entre la vida y la profesión. El cristiano profesa renunciar al pecado y si no lo hace, su mismo nombre es una farsa. Una vez, un borracho se acercó a Rowland Hill y le dijo: “Soy uno de sus conversos, señor Hill”. “Supongo que lo eres”, replicó aquel predicador sagaz y sensato, “pero no eres un converso del Señor. Si lo fueras, no estarías borracho”. Debemos someter toda nuestra obra a esta prueba práctica.

En nuestros conversos también debemos ver oración genuina, que es el aliento vital de la piedad. Si no hay oración, pueden estar muy seguros de que el alma está muerta. No debemos instar a la gente a orar como si ese fuera el gran deber del evangelio y la única vía prescrita para la salvación, pues nuestro mensaje principal es “Cree en el Señor Jesucristo”. Es fácil colocar la oración en un lugar incorrecto, y transformarla en una especie de obra que da vida a los hombres, pero ustedes ―espero― evitarán eso con sumo cuidado. La fe es la gran gracia del evangelio; aun así, no podemos olvidar que la fe verdadera siempre ora, y cuando un hombre profesa fe en el Señor Jesús, pero no invoca al Señor todos los días, no osamos creer en su fe ni en su conversión. La evidencia con que el Espíritu Santo convenció a Ananías de la conversión de Pablo no fue “He aquí, él habla a viva voz de sus gozos y sentimientos”, sino “He aquí, él ora”, y esa oración era una confesión y súplica sincera de corazón quebrantado. ¡Oh, si pudiéramos ver esa evidencia certera en todos los que profesan ser nuestros conversos!

También debe haber una disposición a obedecer al Señor en todos Sus mandamientos. Es vergonzoso que alguien profese ser discípulo y al mismo tiempo rehúse aprender la voluntad de Dios para ciertas áreas de su vida o incluso se niegue a obedecerla cuando sí sabe cuál es esa voluntad. ¿Cómo puede alguien ser discípulo de Cristo cuando vive en abierta desobediencia a Él?

Si quien profesa haberse convertido señala clara y directamente que conoce la voluntad de su Señor, pero no tiene la intención de someterse a ella, ustedes no deben consentir su presunción, sino que tienen el deber de asegurarle que no es salvo. ¿No ha dicho el Señor: “el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo”? Los errores en torno a lo que puede ser la voluntad del Señor deben corregirse con ternura, pero todo lo que se asemeja a la desobediencia voluntaria es fatal. Tolerarlo sería traicionar a Aquel que nos envió. Jesús debe ser recibido como Rey y no solo como Sacerdote, y donde hay dudas al respecto, aún no se han sentado los cimientos de la piedad.

“La fe tiene que obedecer

Y no solo confiar:

Quien nos perdona es celador

De Su gran santidad”.

Como ven, mis hermanos, las señales que demuestran que un alma ha sido ganada están muy lejos de ser triviales, y no debemos hablar con ligereza de la obra que debe realizarse antes de que tales señales puedan existir. El ganador de almas no puede hacer nada sin Dios. Debe arrojarse sobre el Invisible si no quiere convertirse en el hazmerreír del diablo, que mira con total desdén a todos los que pretender subyugar la naturaleza humana solo con palabras y argumentos. A todos los que esperan tener éxito en tal labor por sus propias fuerzas, quisiera dirigirles las Palabras del Señor a Job: “¿Sacarás tú al leviatán con anzuelo, o con cuerda que le eches en su lengua? ¿Jugarás con él como con pájaro, o lo atarás para tus niñas? Pon tu mano sobre él; te acordarás de la batalla, y nunca más volverás. He aquí que la esperanza acerca de él será burlada, porque aun a su sola vista se desmayarán”. La dependencia de Dios es nuestra fortaleza y nuestro gozo: avancemos en esa dependencia y procuremos ganar almas para Él.

Ahora, en el curso de nuestro ministerio, nos encontraremos con muchos fracasos en esta tarea de ganar almas. Hay muchas aves que pensé haber atrapado, a las que incluso logré ponerles sal en la cola, pero después de todo se arrancaron volando. Recuerdo a un hombre al que llamaré Pedrito Descuidado. Era el terror del pueblo donde vivía. Había habido muchos incendios en esa región y la mayoría de la gente se los atribuía a él. A veces se emborrachaba dos o tres semanas de corrido y después deliraba y hacía estragos como un loco. Ese hombre vino a escucharme; recuerdo la sensación que recorrió la pequeña iglesia cuando ingresó. Se sentó allí y se enamoró de mí; creo que esa fue la única conversión que experimentó, pero profesó haber sido convertido. Parecía haber sido objeto de un arrepentimiento genuino y externamente se transformó en un personaje muy cambiado: dejó de beber y maldecir, y en muchos aspectos se convirtió en un individuo ejemplar. Recuerdo que lo vi tirar una barcaza con alrededor de cien personas a bordo, a las que llevaba al lugar donde yo iba a predicar. Se gloriaba en el trabajo y cantaba con tanta alegría como cualquiera de las personas a bordo. Si alguien pronunciaba una sola palabra contra el Señor o contra Su siervo, no dudaba ni un momento en tumbarlo. Antes de abandonar el distrito, ya me temía que no hubiera habido una obra genuina de la gracia en él: era como un piel roja salvaje. Escuché que una vez agarró un pájaro, lo desplumó y se lo comió crudo en el campo. Esa no es una acción digna de un cristiano, no es algo amable ni de buen nombre. Después de salir del pueblo, pregunté por él y no escuché nada bueno. El espíritu que lo había refrenado externamente se había ido, y él se volvió peor que antes, si eso es posible ―de seguro no era mejor, ahora era imposible de alcanzar por medio alguno―. Como ven, esa obra mía no soportó el fuego, ni siquiera toleró la tentación ordinaria luego de la partida de la persona que ejercía la influencia sobre el hombre. Cuando ustedes se vayan del pueblo o la ciudad donde han estado predicando, es muy probable que algunos que corrían bien retrocedan. Esas personas sienten afecto por ustedes, y sus palabras ejercen una suerte de influencia hipnótica sobre ellas. Pero cuando se hayan ido, el perro volverá a su vómito, y la puerca lavada, a revolcarse en el cieno. No tengan prisa por contar a estos supuestos convertidos; no los introduzcan a la iglesia demasiado pronto; no estén demasiado orgullosos de su entusiasmo si no está acompañado de un cierto grado de suavidad y ternura que muestre que el Espíritu Santo en verdad ha estado obrando en su interior.

Recuerdo otro caso de un tipo muy diferente. Llamaré a esta persona señorita María Superficial, pues era una jovencita que, aunque nunca recibió la bendición de tener un gran intelecto, vivía en la misma casa con varias jovencitas cristianas y también profesó haber sido convertida. Cuando conversé con ella, parecía estar todo lo que uno querría encontrar. Pensé en proponerle su membresía a la iglesia, pero se juzgó que sería mejor darle un breve período de prueba primero. Luego de un tiempo, dejó las compañías del lugar donde vivía y fue a un lugar donde no había mucho que la ayudara. Nunca volví a escuchar nada más de ella excepto que pasaba todo el tiempo vistiéndose con tanta elegancia como podía y frecuentando reuniones sociales. Ella es un ejemplo de las personas que no tienen mucho mobiliario mental, y si la gracia de Dios no toma posesión del espacio vacío, muy pronto regresan al mundo.

He conocido a muchas personas como el joven al que llamaré Carlitos Inteligente, gente extraordinariamente lista en todo lo que hace, muy lista para falsificar la religión cuando se lo propone. Oraban con gran fluidez, intentaban predicar y lo hacían muy bien: todo lo que hacían, lo hacían con gran facilidad; les era tan fácil como besarse la mano. No se apuren por admitir a esa gente en la iglesia: no han conocido la humillación por el pecado ni el quebranto de corazón, tampoco han sentido la gracia divina. Gritan “¡Todo está sereno!” y parten, pero ustedes ya verán que ellos nunca los recompensarán por sus trabajos y molestias. Serán capaces de usar el lenguaje del pueblo de Dios tan bien como el mejor de Sus santos, incluso hablarán de sus dudas y temores y lograrán producir una experiencia profunda en cinco minutos. Son un poco demasiado inteligentes, y están diseñados para causar grandes daños cuando ingresan a la iglesia, así que manténganlos fuera en la medida de lo posible.

Recuerdo a uno que era muy piadoso en su hablar. Lo llamaré Juanito Palabras Lindas. ¡Oh, qué astuto era para la hipocresía! ¡Se mezclaba entre nuestros jóvenes, los guiaba a cometer toda clase de pecado e iniquidad, pero aun así me visitaba para conversar media hora de cosas espirituales! Era un granuja abominable que vivía en pecado abierto y al mismo tiempo procuraba acudir a la mesa del Señor, se unía a nuestra compañía y se mostraba ansioso por liderar toda buena obra. ¡Mantengan los ojos bien abiertos, hermanos! ¡Irán a ustedes con dinero en las manos como el pescado de Pedro con la plata en la boca y serán muy útiles en la obra! Hablan con tanta delicadeza, ¡son caballeros perfectos! Sí, creo que Judas era un hombre de esta misma clase, muy inteligente para engañar a los que lo rodeaban. Debemos asegurarnos de no permitir que ninguno de ellos entre a la iglesia si hay alguna forma de mantenerlos fuera. Puede que al final de un culto se digan a ustedes mismos: “¡Esa captura de peces fue espléndida!”. Esperen un poco y recuerden las palabras de nuestro Salvador: “Asimismo el reino de los cielos es semejante a una red, que echada en el mar, recoge de toda clase de peces; y una vez llena, la sacan a la orilla; y sentados, recogen lo bueno en cestas, y lo malo echan fuera”. No cuenten los pescados antes de asarlos ni cuenten los conversos antes de probarlos y testearlos. Este proceso puede enlentecer un poco su trabajo, pero entonces, hermanos, será seguro. Hagan su trabajo bien y constantemente, de modo que los que los sucedan no tengan que decir que les fue mucho más complicado limpiar la iglesia de los que nunca debieron haber sido admitidos en ella que lo que fue para ustedes admitirlos. Si Dios les permite añadir tres mil ladrillos a Su templo espiritual en un solo día, pueden hacerlo. Sin embargo, Pedro ha sido el único constructor que ha logrado esa hazaña hasta este día. No pinten la pared de madera para que parezca ser de piedra sólida, sino que edifiquen solo construcciones genuinas, sustanciales y verdaderas, pues solamente esa clase de obra vale la pena el esfuerzo. Que todo lo que construyan para Dios sea como la construcción del apóstol Pablo: “Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego”.

Hermanos, nuestra responsabilidad principal es ganar almas. Al igual que los herreros, debemos saber muchas cosas: así como el herrero debe saber sobre caballos y sobre cómo hacer herraduras para ellos, también nosotros debemos saber sobre almas y sobre cómo ganarlas para Dios. La parte del asunto sobre la que les hablaré esta tarde es

LOS REQUISITOS PARA GANAR ALMAS.

Me restringiré a un solo grupo de esos requisitos, que son los que dicen relación con Dios, e Intentaré tratar el asunto con algo de sentido común, pidiéndoles a ustedes que juzguen por sí mismos cuáles serían los requisitos que Dios naturalmente esperaría en Sus siervos, cuáles serían los que Él aprobaría y utilizaría con más probabilidad. Ustedes deben saber que todo trabajador, si es sabio, usa una herramienta que probablemente le servirá para conseguir el propósito que tiene en mente. Hay algunos artistas que nunca han podido tocar música si no es en su propio violín ni han podido pintar si no es con sus pinceles y paletas favoritos. De seguro, al gran Dios, el trabajador más poderoso de todos, le encanta usar Sus propias herramientas especiales en Su gran obra de arte que es ganar almas. En la antigua creación solo utilizó Sus instrumentos propios ―”Él dijo, y fue hecho”―, y en la nueva creación, el agente eficaz sigue siendo Su Palabra poderosa. Él habla a través del ministerio de Sus siervos, y, por lo tanto, ellos deben ser trompetas adecuadas para que Él hable mediante ellas, instrumentos aptos para que Él los use con el propósito de comunicar Su palabra a los oídos y corazones de los hombres. Entonces juzguen, mis hermanos, si Dios los usará a ustedes; imaginen que están en Su lugar y piensen qué clase de hombres serían los que más probablemente usarían si estuvieran en la posición del Dios Altísimo.

En primer lugar, estoy seguro de que dirían que quien ha de ser ganador de almas debe tener un carácter santo. ¡Ah, cuán pocos hombres que pretenden predicar piensan lo suficiente en esto! Si lo hicieran, los impactaría el hecho de que el Eterno nunca usaría herramientas sucias, que el Jehová tres veces santo solo seleccionaría instrumentos santos para llevar a cabo Su obra. Ninguna persona sabia vertería su vino en botellas inmundas, ningún padre bueno y bondadoso permitiría que sus hijos fueran a ver una obra inmoral, y Dios no empleará instrumentos que podrían hablar mal de Su propio carácter. Supongan que fuera de conocimiento público que si los hombres tan solo fueran listos, Dios los usaría sin importar su carácter ni su conducta. Supongan que fuera sabido que es tan fácil progresar en la obra de Dios mediante triquiñuelas y falsedades como mediante la honestidad y la rectitud, ¿qué persona con una pizca de sentimientos rectos no se sentiría avergonzada de tal estado de las cosas? Pero, hermanos, no es así. Hoy en día hay muchos que nos dicen que el teatro es una gran escuela de moralidad. Debe ser bien rara la escuela donde los profesores nunca aprenden sus propias lecciones. En la escuela de Dios, los profesores deben ser maestros del arte de la santidad. Si enseñamos una cosa con los labios y otra con la vida, los que nos escuchan dirán: “Médico, cúrate a ti mismo”. “Dices: “¡arrepiéntanse!”, pero ¿dónde está tu propio arrepentimiento? Dices: “Sirvan a Dios y sean obedientes a Su voluntad”, ¿lo sirves tú? ¿Eres obediente a Su voluntad?”. Un ministerio sin santidad sería el hazmerreír del mundo y una deshonra para Dios. “Purificaos los que lleváis los utensilios de Jehová”. Dios puede hablar a través de un necio si tan solo es un hombre santo. Por supuesto, no estoy tratando de decir que Dios escoge a los necios para que sean Sus ministros, pero si un hombre se vuelve verdaderamente santo, incluso si tiene la menor habilidad posible, será un instrumento más apto para los usos del Señor que aquel que tiene capacidades enormes, pero no es obediente a la voluntad divina ni tampoco es limpio y puro ante los ojos del Señor Dios Todopoderoso.

Queridos hermanos, en verdad les imploro que den suma importancia a su propia santidad personal: vivan de verdad para Dios. Si no lo hacen, su Señor no estará con ustedes. Dirá de ustedes lo que dijo de los falsos profetas de antiguo: “Yo no los envié ni les mandé; y ningún provecho hicieron a este pueblo, dice Jehová”. Pueden predicar sermones muy buenos, pero si no son santos personalmente, no habrá almas salvadas. Lo más probable es que no lleguen a la conclusión de que su falta de santidad es la razón por la que no tienen éxito: culparán a la gente, culparán la época en que viven, culparán todo menos a ustedes mismos. No obstante, esa será la raíz de todo el mal. ¿Acaso no conozco yo mismo a hombres de gran capacidad y diligencia que ven pasar año tras año sin ningún crecimiento en sus iglesias? La razón es que no están viviendo delante de Dios como deberían vivir. A veces, la maldad está en la familia del ministro: sus hijos e hijas son rebeldes contra Dios, el pastor permite que incluso sus propios hijos empleen lenguaje impropio, y sus reprensiones solo son como la pregunta suave de Elí a sus hijos impíos: “¿Por qué hacéis cosas semejantes?”. A veces, el ministro es mundano, codicioso de ganancias y negligente en su labor. Eso no es acorde a la mente de Dios, y Él no bendecirá a un hombre así. Cuando escuché predicar a George Müller en Menton, su sermón fue como un discurso simple que podría haber impartido cualquier maestro de escuela dominical, pero nunca he oído un sermón que me beneficiara más o fuera de mayor provecho para mi alma. Lo que hizo que fuera tan provechoso es que George Müller estaba en él. En un sentido, no había nada de George Müller en el sermón, pues no se predicó a sí mismo, sino a Jesucristo el Señor. Müller estaba presente solo en su personalidad como testigo de la verdad, pero dio ese testimonio de una forma tal que era imposible evitar decir: “Este hombre no solo predica lo que cree, sino también lo que vive”. En cada palabra que articulaba, su gloriosa vida de fe parecía caer sobre el oído y el corazón. Fue un deleite sentarme a escucharlo, pero en todo el discurso no hubo ni una traza de ideas nuevas o complejas. La santidad era la fuerza del predicador, y ustedes pueden tener por seguro que si Dios ha de bendecirnos, nuestra fortaleza debe radicar ahí mismo.

Esta santidad debe manifestarse en la comunión con Dios. Si un hombre transmite su propio mensaje, este tendrá la fuerza que le otorgue su propio carácter, pero si transmite el mensaje de su Amo, el que oyó de los labios de su Amo, eso será muy diferente; y si puede absorber algo del espíritu que tuvo su Amo cuando lo miró y le dio el mensaje, si puede reproducir la expresión del rostro de su Amo y el tono de voz de su Amo, eso también será muy diferente. Lean la vida de McCheyne, léanla completa. No puedo hacerles ningún favor más grande que recomendarles que la lean. No contiene pensamientos muy frescos, no hay nada muy nuevo ni impactante en ella, pero cuando uno la lee, no puede evitar sacar cosas buenas de ahí, pues uno es consciente de que se trata de la historia de vida de un hombre que caminó con Dios. Moody nunca habría hablado con la fuerza con que lo hizo si no hubiera vivido una vida de comunión con el Padre y con Su Hijo Jesucristo. La fuerza máxima del sermón radica en lo que ha ocurrido antes de él. Deben prepararse para todo el culto mediante la comunión privada con Dios y un verdadero carácter santo.

Todos ustedes confesarán que si un hombre ha de ser usado como ganador de almas, debe tener una vida espiritual elevada. Como verán, hermanos, nuestro trabajo es transmitir vida a otros con la ayuda de Dios. Sería bueno que imitáramos a Eliseo cuando se estiró sobre el niño muerto y lo revivió. La vara del profeta no bastaba porque no tenía vida: la vida debe transmitirse a través de un instrumento vivo, y el hombre que ha de transmitir la vida debe tener una buena medida de vida él mismo. Recuerden las palabras de Cristo: “El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva”. Es decir, después que el Espíritu Santo viene a morar dentro de un hijo vivo de Dios, salta desde el interior de ese hijo como una fuente o un río para que otros puedan venir a participar de Sus influencias de gracia. No creo que ninguno de ustedes quiera ser un ministro muerto. Dios no usa herramientas muertas para hacer milagros vivos; debe tener hombres vivos, y hombres que estén totalmente vivos. Hay muchos que están vivos, pero no están totalmente vivos. Recuerdo que una vez vi un cuadro de la resurrección, una de las imágenes más raras que he visto. El artista intentó plasmar el momento en que la obra aún estaba a medias: había algunas personas que solamente estaban vivas de la cabeza a la cintura; otras tenían vivo un brazo; otras, parte de la cabeza. Eso es muy posible en nuestros días. Hay algunos que solo están vivos a medias: tienen viva la mandíbula, pero no el corazón. Otros tienen vivo el corazón, pero no el cerebro. Otros tienen vivos los ojos ―pueden ver las cosas con mucha claridad―, pero sus corazones no están vivos: pueden describir bien lo que ven, pero no tienen la calidez del amor. Hay algunos pastores que son mitad ángel, mitad… digamos que gusano. Es un contraste horrible, pero hay muchos ejemplos de él. ¿Habrá alguien así aquí? Predican bien y cuando escuchamos a alguno de ellos, decimos: “Ese es un buen hombre”. Sentimos que es un buen hombre y cuando escuchamos que va a asistir a la casa de tal o cual persona para comer, deseamos ir a comer allá para escuchar las palabras de gracia que caerán de sus labios. Sin embargo, al verlo comer, ¡ahí vienen los gusanos! Era un ángel en el púlpito, ¡ahora vienen las larvas! Es algo muy frecuente, pero nunca debería ocurrir. Si queremos ser testigos verdaderos de Dios, debemos ser cien por ciento ángeles y cero por ciento gusanos. ¡Dios nos libre de ese estado de muerte parcial! ¡Quiera Él que todos estemos vivos desde la mollera hasta la punta de los pies! Conozco a algunos pastores así. Es imposible entrar en contacto con ellos sin sentir el poder de la vida espiritual que tienen. No es solo mientras están hablando de asuntos religiosos, sino incluso cuando hacen las cosas comunes del mundo que uno es consciente de que hay algo en esos hombres que señala que están vivos por completo para Dios. Los hombres así son usados por Dios para darles vida a otros.

Imagínense que ustedes pudieran ser exaltados al lugar de Dios, ¿no piensan que emplearían a un hombre que pensara poco de sí mismo, un hombre de espíritu humilde? Si vieran a alguien muy orgulloso, ¿sería probable que lo usaran como siervo? De seguro, el gran Dios tiene una predilección por los que son humildes. “Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados”. Él aborrece a los orgullosos, y cuando observa a los altivos y poderosos, los pasa por alto, pero cuando encuentra a los humildes de corazón, se deleita en exaltarlos. Se deleita especialmente en la humildad de Sus ministros. Es horrible ver a un pastor orgulloso. Pocas cosas pueden darle más gozo al diablo cuando anda por la tierra. Eso es algo que lo deleita y, cuando lo ve, se dice a él mismo: “Aquí se han hecho todos los preparativos para que haya una caída grande antes de mucho tiempo”. Algunos ministros muestran su orgullo en el estilo que usan en el púlpito. Uno nunca puede olvidar la forma en que anunciaron su texto: “Yo soy; no temáis”. Otros lo manifiestan en su atuendo, en la tonta vanidad de su vestimenta, o en su habla común, en la que todo el tiempo magnifican las deficiencias de los demás y se explayan en sus propias excelencias descomunales. Hay dos tipos de personas orgullosas y a ratos se hace difícil decir cuál es peor. En primer lugar, están las personas llenas de la vanidad que habla sobre sí misma e invita también a los demás a hablar sobre ellas, a sobarles la espalda y acariciar sus plumas en la dirección correcta. Todo lo que hacen tiene un bocadito del “yo”, y andan por todos los lugares pavoneándose y diciendo: “Haláguenme, por favor, haláguenme: eso es lo que quiero” como una niña pequeña que va a todas las personas de la habitación para decirles: “Mira mi vestido nuevo, ¿no es bonito?”. Posiblemente ustedes han visto a muchas de estas queridas personas; yo he conocido a muchas. La otra clase de orgullo es demasiado grande para esa clase de cosas. No le importan para nada; menosprecia tanto a las personas que no condesciende a desear sus halagos. Está tan supremamente satisfecho consigo mismo que no se inclina a considerar lo que los demás piensan de él. A veces he pensado que esta clase de orgullo es la más peligrosa espiritualmente hablando, pero es por lejos la más respetable de las dos. Después de todo, hay algo muy noble en ser demasiado orgulloso como para ser orgulloso. Supón que esos burros enormes te rebuznan al pasar, no cometas la burrada de prestarles atención. Por otro lado, la otra alma pobre y diminuta dice: “Bueno, todos los halagos tienen su valor”, así que prepara las ratoneras e intentar atrapar los ratoncitos del halago para desayunárselos. Tiene un gran apetito por esas cosas. Hermanos, despójense de las dos clases de orgullo si en ustedes hay algo de ellas. Tanto el orgullo enano como el orgullo ogro son abominaciones ante los ojos del Señor. Nunca olviden que son discípulos del que dijo: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”.

La humildad no es tener una mala opinión de uno mismo. Si un hombre tiene una baja opinión de sí mismo, es muy posible que su estimación sea correcta. He conocido a algunas personas cuya opinión de ellas mismas, según lo que decían, era en verdad muy baja. Miraban tan en menos sus propias facultades que nunca se atrevían a hacer nada bueno; decían que no tenían autoconfianza. He conocido a algunos que son tan maravillosamente humildes que siempre les gusta asumir una posición fácil para sí mismos. Eran demasiado humildes para hacer cualquier cosa que les pudiera acarrear culpa. Decían que era humildad, pero a mí parecer un mejor nombre para su conducta habría sido “amor pecaminoso a la comodidad”. La verdadera humildad los llevará a pensar correctamente sobre ustedes mismos, a pensar la verdad sobre ustedes mismos.

Cuando se trata de ganar almas, la humildad los hará sentir que no son nada ni nadie, y si Dios les concede éxito en la obra, los impulsará a atribuirle toda la gloria a Él, pues en verdad nada del crédito podría corresponderles a ustedes. Si no son exitosos, la humildad los llevará a culpar su propia necedad y debilidad, no la soberanía de Dios. ¿Por qué Dios habría de darles bendiciones y luego dejarlos arrancarse con la gloria? La gloria de la salvación de las almas le pertenece a Él y solamente a Él. Entonces, ¿por qué habrían de intentar robársela? Ya saben cuántos son los que intentan cometer ese robo. “Cuando prediqué en tal o cual lugar, quince personas fueron a la sala pastoral luego del culto para agradecerme por el sermón que había predicado”. ¡Que te cuelguen a ti y a tu bendito sermón! Podría haber usado palabras más fuertes si hubiera querido, pues en verdad mereces ser condenado cuando tomas para ti el honor que solo le pertenece a Dios. Ustedes recordarán la historia del príncipe joven que ingresó al cuarto donde ―pensaba él― su padre moribundo estaba durmiendo y se puso la corona real en la cabeza para ver cómo le quedaría. El rey, que lo estaba observando, dijo: “Espera un poco, hijo mío; espera hasta que esté muerto”. Así también ustedes, cuando sientan cualquier inclinación a colocarse la corona de la gloria en la cabeza, solo imagínense que oyen a Dios diciéndoles: “Espera hasta que esté muerto antes de probarte Mi corona”. Como eso no ocurrirá nunca, más vale que dejen la corona en paz y permitan que la use Aquel a quien le pertenece legítimamente. Nuestro cántico siempre debe ser: “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad”.

Algunos hombres que no han tenido humildad han sido echados del ministerio, quedando así a la deriva, pues el Señor no usará a quienes no le atribuyen todo el honor a Él. La humildad es uno de los principales requisitos para poder ser útil; muchos han sido borrados de la lista de hombres útiles porque se han elevado con orgullo y han caído así en el lazo del diablo. Quizá ustedes sentirán que como solo son estudiantes pobres no hay peligro de que caigan en este pecado, pero es bastante posible que algunos de ustedes estén en un peligro aun mayor por esa misma razón si Dios llega a bendecirlos y a colocarlos en una posición prominente. El hombre que ha crecido en la clase alta de la sociedad no siente tanto el cambio cuando llega una posición que causaría gran altivez en otros. Siempre pienso que se ha cometido un grave error en el caso de algunos hombres a los que podría nombrar. Apenas se convirtieron fueron apartados de sus antiguas compañías y colocados ante el público como predicadores populares. Es una verdadera lástima que muchas personas los hayan transformado en pequeños reyes, pues prepararon así el camino para su caída porque no pudieron tolerar el cambio repentino. Para ellos habría sido bueno que todos los hubieran picaneado y abusado por diez o veinte años, pues probablemente eso les habría ahorrado mucha miseria posterior. Siempre estoy muy agradecido por el trato duro que recibí de distintas clases de personas en mis años de juventud. Apenas yo hacía cualquier cosa que fuera buena, esa gente era para mí como una jauría de perros. No tuve tiempo para sentarme y hacer alarde de lo que había hecho porque estaban despotricando y rugiendo contra mí todo el tiempo. Si hubiera sido elevado de golpe y colocado donde estoy ahora, lo más probable es que habría vuelto a caer igual de rápido. Cuando egresen del seminario, sería bueno que los trataran como me trataron a mí. Si gozan de gran éxito, eso les nublará la cabeza a menos que Dios permita que sean afligidos de una manera u otra. Si alguna vez son tentados a decir “¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué?”, solo recuerden que Nabucodonosor fue “echado de entre los hombres; y comía hierba como los bueyes, y su cuerpo se mojaba con el rocío del cielo, hasta que su pelo creció como plumas de águila, y sus uñas como las de las aves”. Dios tiene muchas maneras de abatir a los nabucodonosores orgullosos, y puede humillarlos fácilmente a ustedes también si llegan a elevarse con arrogancia. Este asunto de la necesidad de que el ganador de almas sea profundamente humilde no necesita demostración alguna. Todos pueden ver, incluso con la mitad de un ojo, que es improbable que Dios bendiga mucho a un hombre que no es verdaderamente humilde.

El siguiente requisito esencial para el éxito en la obra del Señor ―y este es vital― es una fe viva. Ustedes saben, hermanos, que el Señor Jesucristo no pudo hacer muchas maravillas en Su propio país debido a la incredulidad de la gente, y es igualmente cierto que Dios no puede hacer muchas maravillas con algunas personas debido a su incredulidad. Si no creen, tampoco serán usados por Dios. Una de las leyes inalterables de Su Reino es “Conforme a vuestra fe os sea hecho”. “Si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible”. Sin embargo, si hay que hacerles la pregunta “¿Dónde está vuestra fe?”, los montes no se moverán ante ustedes y ni siquiera un mísero sicómoro cambiará de lugar.

Hermanos, deben tener fe en cuanto a su llamado al ministerio. Deben creer más allá de toda duda que en verdad han sido escogidos por Dios para ser ministros del evangelio de Cristo. Si creen firmemente que Dios los ha llamado a predicar el evangelio, lo predicarán con valor y confianza, y sentirán que ejercen su labor porque tienen el derecho a hacerlo. Si tienen la idea de que es posible que solo sean intrusos, no harán nada de valor: simplemente serán predicadores pobres, cojos, tímidos y medio compungidos cuyo mensaje no le importará a nadie. Más vale que no comiencen a predicar hasta que estén bien seguros de que Dios los ha llamado a esa obra. Una vez un hombre me escribió para preguntarme si debía predicar o no. Cuando no sé qué responderle a alguien, siempre trato de darle la respuesta más sabia que pueda. Por eso, le escribí a esa persona: “Querido amigo: Si el Señor te ha abierto la boca, el diablo no puede cerrarla, pero si el diablo te la ha abierto, ¡que el Señor la cierre!”. Seis meses después, me encontré con ese hombre y me agradeció por la carta, que, dijo él, lo animó mucho a seguir predicando. Yo le dije “¿Cómo pasó eso?”. Me respondió: “Usted dijo: “Si el Señor te ha abierto la boca, el diablo no puede cerrarla””. Yo repliqué: “Sí, eso es lo que dije, pero también hablé de la otra cara del asunto”. “¡Oh!”, dijo él de inmediato, “esa parte no tenía relación conmigo”. Siempre podemos hacer que los oráculos se adecúen a nuestras propias ideas si sabemos cómo interpretarlos. Si tienen fe genuina en su llamado al ministerio, estarán listos, junto a Lutero, para predicar el evangelio incluso si se hallan en las mandíbulas del leviatán, entre sus enormes dientes.

También deben creer que el mensaje que tienen que entregar es la Palabra de Dios. Preferiría que creyeran una media docena de verdades de forma intensa que cien verdades de forma débil. Si no tienen manos lo bastante grandes como para sostener muchas cosas, sostengan con firmeza lo que sí pueden sostener, pues si nos viéramos en una trifulca a mano limpia y todos estuviéramos autorizados a sacar todo el oro que pudiéramos de una pila, no serviría de mucho tener una bolsa grande, sino que el que mejor saldría de la refriega sería el que apretara las manos con firmeza para coger la mayor cantidad de oro que pudiera maniobrar sin problemas y no lo dejara escapar. A veces puede ser bueno imitar al niño mencionado en la fábula antigua. Cuando metió la mano por la boca de un jarrón y agarró todas las nueces que pudo, ni siquiera logró sacar una de ellas, pero cuando soltó la mitad, el resto salió con facilidad. Lo mismo debemos hacer nosotros; no podemos agarrarlo todo, es imposible porque nuestras manos no son lo suficientemente grandes. Sin embargo, cuando sí agarremos algo, sostengámoslo con tesón y agarrémoslo con firmeza. Crean lo que en verdad creen, de lo contrario, nunca lograrán persuadir a nadie más para que lo haga. Si adoptan el siguiente estilo: “Pienso que esto es verdad, y como joven que soy les ruego que presten amable atención a lo que voy a decir; es solo una sugerencia…”, si esa es su forma de predicar, su predicación será la manera más sencilla de crear dudas en la gente. Preferiría escucharlos decir: “Joven como soy, lo que tengo que decir viene de Dios, y la Palabra de Dios dice esto y esto otro. Aquí está, y deben creer lo que Dios dice, de lo contrario, se perderán”. La gente que los oiga dirá “Ese joven en verdad cree algo” y es muy probable que algunos de ellos también sean guiados a creer. Dios usa la fe de Sus ministros para engendrar fe en otras personas. Pueden tener por seguro que las almas no son salvadas a través de un ministro que duda, y es imposible que la predicación de sus dudas y sus preguntas alguna vez decida a un alma para Cristo. Deben tener una gran fe en la Palabra de Dios si han de ser ganadores de almas para los que los escuchen.

Además, deben creer en el poder de ese mensaje para salvar a las personas. Quizá hayan oído la historia de uno de nuestros primeros estudiantes, que se me acercó y me dijo: “Ahora ya he estado predicando por algunos meses, y no creo haber tenido una sola conversión”. Le dije: “¿Y acaso esperas que el Señor te bendiga y salve almas cada vez que abres la boca?”. “No, señor”, me respondió. “Bueno, entonces”, le dije, “por eso no recibes almas salvadas. Si hubieras creído, el Señor habría dado la bendición”. Lo atrapé de forma muy bonita, pero muchos otros me habrían respondido exactamente de la misma manera en que él lo hizo. Tiemblan y creen que es posible que mediante algún método extraño y misterioso en uno de cada cien sermones Dios gane la cuarta parte de un alma. Apenas tienen suficiente fe para mantenerse de pie, ¿cómo pueden esperar que Dios los bendiga? A mí me gusta ir al púlpito sintiendo “Lo que voy a entregar en el nombre de Dios es Su Palabra; no puede volver a Él vacía. He pedido Su bendición sobre ella, y Él se ha comprometido a otorgarla, y Sus propósitos se cumplirán, ya sea mi mensaje olor de vida para vida u olor de muerte para muerte a los que lo oigan”.

Ahora, si ese es su sentir, ¿qué pasará si no hay almas salvadas? Convocarán reuniones de oración especiales para saber cuál es la razón por la que la gente no está acudiendo a Cristo, tendrán reuniones especiales para los que tienen inquietudes espirituales, abordarán a la gente con un rostro gozoso para que vean que están esperando una bendición, pero al mismo tiempo les harán saber que estarán terriblemente decepcionados si el Señor no les da conversiones. Pero ¿qué ocurre en muchos sitios? Nadie ora mucho sobre el asunto, no hay reuniones para clamar a Dios por la bendición, el ministro nunca fomenta que la gente vaya y le cuente de la obra de la gracia en sus almas. De cierto, de cierto os digo, tiene su recompensa; recibe lo que ha pedido; recibe lo que ha esperado; su Señor le da su centavo, pero nada más que eso. El mandamiento es “Abre tu boca, y yo la llenaré”, pero aquí estamos, sentados con la boca cerrada, esperando la bendición. Abre la boca, hermano, con plena expectación, con firme confianza, y te será hecho según tu fe.

Este es el punto esencial: deben creer en Dios y en Su evangelio si van a ser ganadores de almas. Otras cosas pueden omitirse, pero nunca este asunto de la fe. Es cierto que Dios no siempre mide Su misericordia por nuestra incredulidad porque tiene que pensar en otra gente además de nosotros, pero viendo el asunto con sentido común en verdad parece que el instrumento con más probabilidades de ser usado para llevar a cabo la obra del Señor es el hombre que espera que Dios lo use y que trabaja en la fuerza de esa convicción. Cuando viene el éxito, no está sorprendido, pues lo estaba buscando. Sembró una semilla viva, y esperaba cosechar fruto de ella; echó su pan sobre las aguas y pretende buscar y velar hasta que vuelva a encontrarlo.

Además, si un hombre ha de tener éxito y ganar muchas almas en su ministerio, debe caracterizarse por un fervor cabal. ¿Acaso no conocemos a ciertos hombres que predican de una forma tan inerte que es sumamente improbable que alguien llegue a verse afectado por lo que dicen? Una vez vi a un buen hombre pedirle al Señor que bendijera el sermón que iba a predicar para convertir a los pecadores. No quiero limitar la omnipotencia, pero no creo que Dios haya podido bendecir el sermón que fue predicado después para salvar a un pecador sin hacer que el oyente malentendiera lo que el ministro dijo. Fue un sermón del tipo “atizador brillante”, como yo les digo. Como sabrán, hay atizadores que se colocan en el salón para que la gente los observe, pero nunca se usan. Si alguna vez tratan de atizar el fuego con ellos, ¿no es cierto que la señora de la casa los regañaría? Estos sermones son iguales a esos atizadores: pulidos, brillantes y fríos. Pareciera que tienen alguna relación con la gente que está en las estrellas; ciertamente no tienen ninguna conexión con las personas este mundo. Nadie sabe qué cosa buena podría venir de tales discursos, pero estoy bastante seguro de que no tienen suficiente poder para matar una cucaracha o una araña. Por cierto, no tienen poder para darle vida a un alma muerta. Hay algunos sermones de los que es muy cierto que mientras más uno piensa en ellos, menos los valora, y si un pobre pecador va a escucharlos con la esperanza de ser salvo, solo podemos decir que es más probable que el ministro sea un obstáculo para que vaya al cielo que que le apunte el sendero correcto.

Pueden estar totalmente seguros de que podrán hacer que los hombres entiendan la verdad si en verdad lo desean, pero si no actúan en serio, eso es improbable. Si alguien golpeara mi puerta en medio de la noche y, cuando yo sacara la cabeza por la ventana para ver qué está ocurriendo, me dijera con mucha calma y despreocupación “Hay un incendio en la parte trasera de su casa”, me importaría muy poco el supuesto incendio y me sentiría inclinado a arrojarle un jarro de agua a esa persona. Si fuera caminando por la calle y un hombre se me acercara para decirme en un tono alegre “Buenas tardes, caballero, ¿sabía usted que estoy muerto de hambre? No he comido ni un bocado en mucho tiempo, en verdad no lo he hecho”, le respondería “Mi buen amigo, pareces tomarlo con mucha calma. No creo que tengas tanta necesidad o no estarías tan despreocupado al respecto”. Algunos hombres parecen predicar de esta manera: “Mis queridos amigos, hoy es domingo, así que aquí estoy. He pasado el tiempo en mi oficina toda la semana y ahora espero que escuchen lo que tengo que decirles. No creo que haya nada en ello que los afecte particularmente. Podría tener alguna conexión con el hombre que está en la luna, pero, según entiendo, algunos de ustedes están en peligro de ir a un cierto lugar que no quisiera mencionar, solo que he escuchado que no es un sitio agradable ni siquiera para alojarse allí temporalmente. En especial, debo predicarles que Jesucristo hizo una u otra cosa que, de una cierta manera, tiene algo que ver con la salvación, y si les importara lo que hacen… es posible que deseen, etc., etc.”. Esa es, en resumen, la sinopsis completa de muchos discursos. En esa clase de lenguaje no hay nada que pueda hacerle bien a nadie, y cuando el hombre ha seguido hablando en ese estilo por tres cuartos de hora, concluye diciendo “Ahora es el momento de ir a casa”, y espera que los diáconos le den un par de monedas por sus servicios. Pues bien, hermanos, esa clase de cosas no bastará. No hemos venido al mundo para desperdiciar el tiempo propio y el de los demás de esa manera.

Espero que hayamos nacido para algo mejor que para no tener sabor ni olor como el hombre que acabo de describir. Tan solo imagínense que Dios enviara a un hombre al mundo para tratar de ganar almas, y ese fuera el estilo de su mente y todo el tenor de su vida. Hay algunos pastores que siempre están agotados por no hacer nada. Predican dos sermones de algún tipo el domingo y dicen que el esfuerzo por poco les desgasta la vida. Hacen pequeñas visitas pastorales que consisten en tomarse un té y cotillear un poco, pero no hay una agonía vehemente por las almas, no existe un “¡Ay!, ¡ay!” en sus corazones y labios, no hay una consagración perfecta, no hay celo en el servicio a Dios. Bien, si el Señor los barre, si los corta como estorbos de la tierra, no será sorprendente. El Señor Jesucristo lloró por Jerusalén, y ustedes tendrán que llorar por los pecadores si han de ser salvados a través de ustedes. Queridos hermanos, sean en verdad fervorosos, pongan toda el alma en la obra, y si no, abandónenla.

Otro requisito esencial para ganar almas es una gran sencillez de corazón. No sé si puedo explicar a cabalidad a qué me refiero con esto, pero trataré de clarificarlo contrastándolo con otra cosa. Ustedes conocen a algunos hombres demasiado sabios como para ser meros creyentes sencillos. Saben tanto que no creen nada que sea simple y claro. Sus almas han comido platillos tan finos que no pueden alimentarse de nada que no sean nidos de pájaros chinos u otros lujos por el estilo. No hay leche recién sacada de la vaca que sea lo bastante buena para ellos; son demasiado, demasiado finos como para consumir tal brebaje. Todo lo que tienen debe ser incomparable. Ahora, Dios no bendice a estos dandis celestiales exquisitos, a estos aristócratas espirituales. No, no; apenas los vemos nos sentimos inclinados a decir: “Pueden ser siervos buenos de tal o cual señor, pero no son los hombres indicados para realizar la obra de Dios. Es improbable que Él emplee caballeros tan magníficos como ellos”. Cuando estas personas seleccionan un texto, nunca explican su significado verdadero, sino que dan vueltas hasta encontrar algo que el Espíritu Santo nunca quiso transmitir por medio de él, y cuando han atrapado una de sus “ideas nuevas” tan preciadas ―¡oh, vaya!―, ¡qué alboroto hacen al respecto! ¡Aquí alguien encontró un pescado rancio! ¡Qué delicia! ¡Es tan aromático! Ahora vamos a escuchar sobre ese pescado rancio los próximos seis meses hasta que alguien más encuentre otro. ¡Cómo gritan! “¡Gloria!, ¡gloria!, ¡gloria! ¡Una idea nueva!”. Alguien lanza un libro nuevo sobre esa idea, y todos estos grandes hombres van a husmearlo para demostrar que son pensadores muy profundos y hombres muy maravillosos. Dios no bendice esa clase de sabiduría.

Lo que quiero decir con sencillez de corazón es que es evidente que el hombre que ingresa al ministerio lo hace para promover la gloria de Dios y ganar almas, y para nada más. Hay ciertos hombres que quisieran ganar almas y glorificar a Dios si pudieran hacerlo con la debida consideración a sus propios intereses. Les encantaría, ¡sí!, en verdad les gustaría extender el Reino de Cristo si el Reino de Cristo sacara el máximo provecho de sus capacidades asombrosas. Se ocuparían en ganar almas si eso indujera a la gente a sacar los caballos de sus carruajes y pasearlos por las calles en señal de triunfo. Deben ser alguien, deben ser famosos, deben ser temas de conversación, deben escuchar a la gente decir: “¡Qué espléndido es ese hombre!”. Desde luego, le dan la gloria a Dios luego de haberle sacado el jugo, pero ellos deben exprimir la naranja primero. Bien, como sabrán, esa clase de espíritu existe incluso en los ministros, y Dios no puede tolerarlo. Él no se queda con las sobras de nadie: debe tener toda la gloria o nada de ella. Si un hombre procura servirse a sí mismo, conseguir honor para sí mismo, en lugar de buscar servir a Dios y honrarlo solo a Él, el Señor Jehová no lo usará. El hombre que ha de ser usado por Dios solo debe creer que lo que va a hacer es para la gloria de Dios, y no debe trabajar por ningún otro motivo. Cuando los incrédulos van a escuchar a algunos predicadores, todo lo que pueden recordar es que eran actores magistrales, pero también existen hombres de un tipo muy distinto. Luego de escuchar predicar a uno de ellos, la gente no piensa en cómo se veía ni en cómo hablaba, sino en las verdades solemnes que pronunció. Otros predicadores le dan tantos rodeos a lo que tienen que decir que los que los escuchan se dicen entre ellos: “¿Acaso no ves que vive por su predicación? Se gana la vida predicando”. Preferiría escucharlos decir: “Ese hombre dijo algo en su sermón que hizo que mucha gente lo mirara en menos, expresó sentimientos muy desagradables, lo único que hizo fue embestirnos con la Palabra del Señor durante toda la predicación, su único objetivo era llevarnos al arrepentimiento y a la fe en Cristo”. Ese es el tipo de hombres que el Señor se deleita en bendecir.

Me gusta ver hombres, como algunos que están aquí frente a mí, a los que les he dicho “Aquí estás, ganando un buen salario, con buenas probabilidades de ascender a una posición de influencia en el mundo. Si dejas tus negocios e ingresas al seminario, lo más probable es que seas un pastor bautista pobre toda la vida”, y han levantado la mirada para decir: “Preferiría morirme de hambre y ganar almas antes que gastar mi vida en cualquier otro llamado”. La mayoría de ustedes son hombres de esa clase, creo que todos lo son. La mirada nunca debe estar puesta en la gloria de Dios y las ovejas gordas. Nunca debe estar en la gloria de Dios y en el honor y la estima de los hombres. Eso no servirá; no, ni siquiera si predican para complacer a Dios ya Jemima. Debe ser solo para la gloria de Dios, para nada más ni nada menos, ni siquiera para Jemima. Jemima es para el ministro lo que la lapa es para la piedra, pero ni siquiera servirá que el pastor piense en complacerla a ella. Con verdadera sencillez de corazón, debe buscar agradar a Dios, estén o no complacidos los hombres y las mujeres.

Por último, deben rendirse por completo a Dios en el sentido de que a partir de este momento no desearán pensar sus propios pensamientos, sino los de Dios; no determinarán predicar nada que hayan inventado ustedes, sino solo la Palabra de Dios, y ni siquiera querrán comunicar esa verdad a su propia manera, sino a la manera de Dios. Supongamos que leen sus sermones (lo que no es muy probable): no desearán escribir nada que no esté en total conformidad a la mente del Señor. Cuando tengan una palabra bonita y elocuente, se preguntarán si es probable que sea de bendición espiritual para su gente, y si piensan que no lo será, la descartarán. Luego tienen ese poema grandioso que no pudieron entender, sienten que no pueden dejarlo fuera, pero al preguntarse si es probable es que resulte de instrucción para las personas comunes de su congregación, se verán forzados a rechazarlo. Deben poner en la corona de su discurso esas joyas que encontraron en un vertedero literario si quieren mostrarle a la gente cuán laboriosos han sido ustedes, pero si desean ponerse por completo en las manos de Dios, es probable que sean guiados a hacer afirmaciones muy sencillas, comentarios muy trillados, cosas con que todas las personas de la congregación están familiarizadas. Si se sienten movidos a colocar eso en el sermón, pónganlo a toda costa, incluso si tienen que dejar afuera las palabras grandiosas, la poesía y las joyas, pues es posible que el Señor bendiga esa declaración simple del evangelio para un pobre pecador que está en busca del Salvador.

Si se rinden así, sin reservas, a la mente y a la voluntad de Dios, una vez que egresen y estén en el ministerio de cuando en cuando se verán impulsados a usar una expresión extraña o a elevar una oración rara, que en el momento puede incluso parecerles inusual a ustedes mismos, pero todo se les aclarará después, cuando alguien se les acerque para decirles que nunca había entendido la verdad hasta que la plasmaron ese día de esa forma tan inusual. Será más probable que sientan esa influencia si se han preparado cabalmente con estudio y oración para su labor en el púlpito, así que los insto a siempre hacer todos los preparativos debidos e incluso a escribir por completo lo que creen que deberían decir, pero no lo trasmitan de memoria como un loro que repite lo que se le ha enseñado, pues si hacen eso, ciertamente no se estarán entregando a la guía del Espíritu Santo.

Sin duda alguna, en ocasiones sentirán que deben insertar una cita, una frase buena de un poeta británico o un extracto seleccionado de algún escritor clásico. Supongo que no querrían que nadie lo supiera, pero se la leyeron a un amigo del seminario. Por supuesto, no le pidieron que la elogie porque estaban seguros de que no podría evitar hacerlo. Hay una parte de ella que rara vez han oído igualada. Están seguros de que ni Punshon ni el Dr. Parker4 podrían haberlo dicho mejor. Están bastante seguros de que cuando la gente escuche ese sermón, se verá obligada a sentir que hay algo en él. Sin embargo, es posible que el Señor considere que es demasiado bueno para ser bendecido, pues hay demasiado en él. Es como el ejército que estaba con Gedeón, eran muchos para el Señor y Él no podía entregar a los madianitas en sus manos para evitar que se jactaran contra Él diciendo: “Nuestro propio poder nos dio la victoria”. Luego de enviar a casa a veintidós mil de ellos, el Señor le dijo a Gedeón: “Aún es mucho el pueblo”, y todos tuvieron que volver a sus hogares salvo los trescientos hombres que lamieron el agua; entonces el Señor le dijo a Gedeón: “Levántate, y desciende al campamento; porque yo lo he entregado en tus manos”. Lo mismo dice el Señor de algunos de sus sermones: “No puedo hacer nada bueno con ellos, son muy grandes”. Hay uno que tiene catorce subdivisiones; dejen fuera siete, y tal vez el Señor lo bendecirá. Puede que algún día, cuando estén en medio del discurso, se les cruce un pensamiento por la mente y se digan a ustedes mismos: “Bien, si digo eso, el diácono anciano me va a dar problemas. También acaba de entrar un caballero que tiene una escuela: es un crítico, y de seguro no le agradará que lo diga. Además, aquí hay un remanente según la elección de gracia, y el hípercalvinista en la galería me va a dar una de esas miradas celestiales llenas de significado”. Ahora, hermanos, siéntanse libres de decir lo que sea que Dios les dé para decir, sin importar las consecuencias y sin la menor preocupación por lo que los “híper”, los “infra” o cualquier otra persona piense o haga.

Una de las cualidades principales del pincel de un gran artista es que se somete de tal manera al pintor que este puede hacer lo que quiera con él. Al arpista le encanta tocar un arpa en particular porque conoce el instrumento y casi parece que el instrumento lo conoce a él. Así también, cuando Dios pone Su mano sobre las cuerdas de tu ser y todas tus facultades parecen responder a los movimientos de Su mano, eres un instrumento que Él puede usar. No es fácil mantenerse en esa condición, estar en un estado tan sensible que uno es capaz de recibir la impresión que el Espíritu Santo desea transmitir y es influenciado por Él de inmediato. Si hay un barco grande en el mar y surge una onda pequeña en el agua, no se mueve en lo más mínimo. Si viene una ola moderada, la embarcación no la siente: el Great Eastern sigue sereno sobre el seno del abismo.5 Pero miren más allá de la amurada y encontrarán unos corchos en el mar: si cae al agua una sola mosca, sienten el movimiento y bailan sobre la ola diminuta. ¡Que ustedes sean tan móviles bajo el poder de Dios como lo es el corcho sobre la superficie del mar! Estoy seguro de que esta rendición es uno de los requisitos esenciales del predicador que ha de ser ganador de almas. Hay algo que debe decirse si van a ser instrumentos para la salvación del hombre en el rincón: ¡ay de ustedes si no están listos para decirlo!, ¡ay de ustedes si tienen miedo de decirlo!, ¡ay de ustedes si les da vergüenza decirlo!, ¡ay de ustedes si no se atreven a decirlo porque alguien en lo alto de la galería podría decir que son demasiado fervientes, demasiado entusiastas, demasiado celosos!

Pienso que estas siete cosas son los requisitos con relación a Dios que impactarían la mente de cualquiera de ustedes si intentaran ponerse en el lugar del Altísimo y consideraran lo que querrían encontrar en aquellos a los que han de usar para ganar almas. ¡Que Dios nos conceda a todos cumplir con estos requisitos por causa de Cristo! Amén.

Recordarán, hermanos, que la última vez que les di una lección sobre ganar almas, hablé de los requisitos con relación a Dios que capacitarían a un hombre para ser ganador de almas e intenté describirles la clase de personas con más probabilidades de ser usadas por el Señor para ganar almas. Esta tarde, pretendo que mi tema sea

LAS CARACTERÍSTICAS DEL GANADOR DE ALMAS CON RELACIÓN A LOS HOMBRES.

Por poco podría decir que los mismos puntos que enumeré antes son los mejores con relación a los hombres, pues en verdad creo que las cualidades que Dios considera más adecuadas para el fin que Él desea producir también son las más propensas a ser aprobadas por el objeto de la actividad, es decir, el alma del hombre.

En el mundo ha habido muchos hombres para nada adecuados para esta labor. En primer lugar, permítanme decir que es improbable que un ignorante se transforme en ganador de almas. El hombre que solo sabe que es pecador y que Cristo es el Salvador puede ser muy útil para otros que están en su misma condición, y su deber es hacer lo mejor posible con ese poco conocimiento que tiene. Sin embargo, por lo general, no espero que una persona así sea utilizada grandemente en el servicio de Dios. Si hubiera gozado de una experiencia más amplia y profunda de las cosas de Dios, si hubiera sido erudita en el mejor sentido del término porque aprendió de Dios, podría haber usado su conocimiento para el bien de los demás. No obstante, como en buena medida ella mismo es ignorante de las cosas de Dios, no veo cómo puede darlas a conocer a otras personas. Ciertamente, la vela que ha de alumbrar las tinieblas de los hombres debe poseer algo de luz, y el hombre que ha de ser maestro de sus prójimos debe poseer cierta información. La persona que es casi o totalmente ignorante, por mucho que tenga la voluntad de hacer lo bueno, debe quedar fuera de la raza de los grandes ganadores de almas; está descualificada incluso para ingresar a las filas. Por lo tanto, hermanos, hagamos preguntas para que estemos bien instruidos en la verdad de Dios y podamos también enseñar a otros.

Dando por sentado que ustedes no son ignorantes como los hombres de los que he estado hablando, y suponiendo que están bien instruidos en la sabiduría suprema, ¿cuáles son las cualidades que deben tener con respecto a los hombres si han de ganarlos para el Señor? Debo decir que nos debe caracterizar una sinceridad evidente. No solo una sinceridad, sino una sinceridad se manifiesta de inmediato a todo aquel que la busca con honestidad. Debe ser muy claro para sus oyentes que ustedes creen firmemente en las verdades que están predicando; de lo contrario, nunca los harán creerlas. A menos que estén convencidos más allá de toda duda de que ustedes mismos creen esas verdades, su predicación carecerá de eficacia y fuerza. Nadie debe sospechar que les proclaman a otros lo que ustedes mismos no creen plenamente. Si eso llega a pasar, su labor será infructuosa. Todos los que los escuchen deberían estar conscientes de que están ejerciendo uno de los oficios más nobles y ejecutando una de las funciones más sagradas que han caído en la herencia del hombre. Si solo aprecian débilmente el evangelio que profesan comunicar, es imposible que los que los oyen proclamarlo sean fuertemente influenciados. El otro día, escuché a alguien preguntar sobre un cierto ministro: “¿Predicó un buen sermón?”. La respuesta a la consulta fue: “Lo que dijo fue muy bueno”. “Pero ¿el sermón no te fue de provecho?”. “No, para nada”. “¿No fue bueno el sermón?”. Se volvió a escuchar la primera respuesta: “Lo que dijo fue muy bueno”. “¿Qué quieres decir? ¿Por qué el sermón no te fue de provecho si lo que dijo el predicador fue muy bueno?”. Esta fue la explicación que dio el oyente: “El discurso no me fue de provecho porque no le creí al hombre que lo impartió. Era un mero actor desempeñando su papel. No creí que sintiera lo que predicó ni que le importara si nosotros lo sentíamos y lo creíamos o no”.

Cuando así son las cosas, no se puede esperar que los oyentes saquen provecho del sermón, no importa lo que diga el predicador. Pueden tratar de imaginarse que las verdades que transmite son preciosas, pueden tratar de decidir que comerán el alimento sin importar quién les presenta el plato, pero es en vano: no pueden hacerlo, no pueden separar al orador insensible del mensaje que entrega con tanto descuido. Apenas el hombre permite que su labor se transforme en una mera fórmula o rutina, todo se ve reducido a un espectáculo en que el predicador es solo un actor. Solo está interpretando un personaje como podría hacerlo en una obra teatral, y no está hablando desde lo más profundo del alma como un hombre enviado por Dios. Les imploro encarecidamente, hermanos, que hablen del corazón o no hablen en lo más mínimo. Si pueden quedarse callados, quédense callados, pero si deben hablar por Dios, sean totalmente sinceros al respecto. Sería mejor que volvieran a sus negocios, que pesaran mantequilla, que vendieran tambores y algodón o que hicieran cualquier otra cosa antes que pretender ser ministros del evangelio a menos que Dios los haya llamado a la obra. Creo que lo más condenable que un hombre puede hacer es predicar el evangelio como un mero actor y transformar la adoración de Dios en una suerte de espectáculo teatral. Esa caricatura es más digna del diablo que de Dios. La verdad divina es demasiado preciosa como para convertirse en el objeto de burla semejante. Pueden estar totalmente seguros de que una vez que la gente sospeche que son insinceros, solo los escucharán con disgusto y será sumamente improbable que crean su mensaje si les dan razones para pensar que ustedes mismos no lo creen.

Espero no equivocarme al suponer que todos nosotros somos totalmente sinceros en el servicio de nuestro Maestro, así que continuaré con lo que me parece el segundo requisito para ganar almas en lo que compete a nuestra relación con los hombres, que es el fervor evidente. El mandamiento para el hombre que quiere ser un siervo verdadero del Señor Jesucristo es: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu fuerza, y con toda tu mente”. El hombre que ha de ser ganador de almas debe tener una emoción intensa y sinceridad de corazón. Es posible que predicar las advertencias más solemnes y las amenazas más horribles de un modo tan indiferente y descuidado que nadie se ve afectado por ellas ni en lo más mínimo. También es posible que repitan las exhortaciones más afectuosas de un modo tan tibio que nadie se ve inclinado a amar ni a temer. Creo, hermanos, que cuando se trata de ganar almas, este asunto del fervor es más importante que casi todo lo demás. He visto y escuchado a algunos predicadores que eran muy malos, pero aun así han llevado a muchas almas al Salvador por el fervor con que transmitían su mensaje. Sus sermones no tenían absolutamente nada (hasta que el vendedor los usaba para envolver la mantequilla), pero esas predicaciones débiles llevaron a muchos a Cristo. No era tanto lo que los predicadores decían como la forma en que lo decían la que produjo convicción en los corazones de sus oyentes. La verdad más sencilla fue enfatizada de tal forma por la intensidad de las palabras y la emoción del hombre que la transmitía que halló resultados sorprendentes. Si cualquiera de los caballeros aquí presentes me ofreciera una bala de cañón ―digamos de entre 20 y 40 kilos― y me permitiera hacerla rodar por el cuarto, y otro me ofreciera una bala de rifle y un rifle con el cual dispararla, sé cuál de las dos sería más efectiva. Que nadie menosprecie la bala pequeña, pues muchas veces esa es la que mata el pecado y también al pecador. Así que, hermanos, no es la grandeza de las palabras que pronuncian, sino la fuerza con que las transmiten la que decide qué ocurrirá con el discurso. Escuché una vez que le dispararon a un barco con cañones desde un fuerte, pero no le pasó nada hasta que el general al mando dio la orden de que las bolas fueran puestas al rojo vivo; entonces el navío fue enviado al fondo del mar en tres minutos. Eso es lo que deben hacer con sus sermones: pónganlos al rojo vivo, no importa si los hombres dicen que son demasiado entusiastas o incluso demasiado fanáticos. Dispárenles con balas al rojo vivo; nada más puede ser ni la mitad de efectivo para el fin que tienen en mente. No arrojamos bolas de nieve los domingos, sino bolas de fuego. Debemos arrojar granadas a las filas del enemigo.

¡Cuánta seriedad merece nuestro tema! Tenemos que hablar de un Salvador serio, de un cielo serio y de un infierno serio. ¡Cuán fervientes debiéramos ser al recordar que en nuestro trabajo debemos tratar con almas que son inmortales, con pecados que tienen consecuencias eternas, con un perdón que es infinito y con terrores y gozos que durarán por los siglos de los siglos! El hombre que no es ferviente cuando tiene un tema así, ¿puede siquiera tener corazón? ¿Podremos encontrar ese órgano vital, aunque sea microscópico? Si lo diseccionáramos, probablemente lo único que encontraríamos sería una piedra, un corazón de piedra o alguna otra sustancia igualmente incapaz de experimentar emociones. Confío en que cuando Dios nos dio corazones de carne, nos dio también corazones que pueden empatizar con otra gente.

Dando estas cosas por sentadas, quisiera decir, en siguiente lugar, que el hombre que ha de ser ganador de almas debe tener un amor evidente por sus oyentes. No puedo imaginar que un hombre sea un ganador de almas si pasa la mayor parte de su tiempo maltratando a su congregación y hablando como si odiara el solo hecho de verlos. Esos hombres parecen ser felices solo cuando están vaciando copas de ira sobre los que tienen la desdicha de oírlos. Escuché que una vez un hermano predicó sobre el siguiente texto: “Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones”. Comenzó así su discurso: “No digo que este hombre haya venido al lugar donde estamos, pero conozco a otro que sí vino a este lugar y cayó en manos de ladrones”. Les será fácil adivinar cuál puede ser el resultado de semejante desparramo de veneno. Sé de alguien que predicó del pasaje que dice “Y Aarón calló”. Una de las personas que lo oyó dijo que la diferencia entre el predicador y Aarón era que Aarón calló, pero el ministro no; por el contrario, despotricó contra el pueblo con toda su fuerza.

Deben tener un deseo genuino por el bien de las personas si han de ejercer mucha influencia sobre ellas. Es que incluso los perros y los gatos aman a la gente que los ama, y los seres humanos somos bastante similares a esos animales bobos. La gente muy pronto percibe cuando un hombre frío, uno de esos que parece haber sido tallado de un bloque de mármol, se sube al púlpito. Ha habido uno o dos hermanos así entre nuestros egresados, y nunca han tenido éxito en ningún lugar. Cuando he indagado en la razón de su fracaso, la respuesta siempre ha sido: “Es un buen hombre, un muy buen hombre. Predica bien, muy bien, pero aun así no nos llevamos bien con él”. He preguntado: “¿Por qué no les gusta?”. La respuesta ha sido: “Nunca le gustó a nadie”. “¿Es belicoso?”. “¡Oh, claro que no! Ojalá provocara una pelea”. Trato de seguir profundizando en la causa del inconveniente, pues estoy muy ansioso por saberlo, y al final alguien dice: “Bueno, señor, me parece que no tiene corazón. Al menos, no predica ni actúa como si lo tuviera”.

Es muy triste cuando el fracaso de un ministerio es provocado por la falta de corazón. Ustedes deberían tener un corazón enorme y masivo como el puerto de Portsmouth o Plymouth, de modo todas las personas de su congregación puedan ir, anclar en él y sentir que están bajo el abrigo de una gran roca. ¿Acaso no han notado que el éxito que los hombres tienen en el ministerio y ganando almas para Cristo es proporcional a la grandeza de sus corazones? Piensen, por ejemplo, en el Dr. Brock.6 Ese hombre era una mole que tenía entrañas de compasión. ¿Y de qué sirve el ministro que no las tiene? No estoy diciendo que deban procurar que crezca su corazón físico, pero sí digo que deben tener corazones grandes si han de ganar hombres para Jesús. Deben ser grandes corazones si van a guiar a muchos peregrinos a la ciudad celestial. He visto a algunos hombres muy flacos que me han dicho que son perfectamente santos. Por poco les creí que no podían pecar, pues eran como trozos de cuero viejo y no parecían tener nada capaz de pecar. Una vez conocí a uno de esos hermanos “perfectos”, y era igual a un trozo de alga: no había humanidad en él. Me gusta ver que hay trazas de humanidad en la persona por aquí o por allá, y a la gente en general también le gusta. Se llevan mejor con quienes tienen algo de naturaleza humana. La naturaleza humana, en ciertos aspectos, es horrible, pero cuando el Señor Jesucristo la asumió y la unió a Su propia naturaleza divina, la convirtió en algo grandioso, y la naturaleza humana es noble cuando está unida al Señor Jesucristo. Los hombres que se reservan para sí mismos como ermitaños y viven una vida supuestamente santificada de absorción en sí mismos no tienen muchas probabilidades de ejercer influencia alguna en el mundo ni de hacer bien a las demás criaturas. Deben amar a la gente y mezclarse con ella si van a serles útiles. Hay algunos pastores que en verdad son hombres mucho mejores que otros, pero no consiguen hacer tanto bien como otros que son más humanos, que van y se sientan con las personas e intentan sentirse tan cómodos como sea posible con ellas. Hermanos, ustedes saben que es posible que parezcan ser ligeramente demasiado buenos y, por eso, que la gente sienta que son seres totalmente trascendentales, más adecuados para predicarles a los ángeles, querubines y serafines que a los hijos caídos de Adán. Tan solo sean hombres entre los hombres y manténganse limpios de todas sus faltas y vicios, pero mézclense con ellos en amor perfecto y simpatía, sintiendo que harían cualquier cosa que pudieran hacer para llevarlos a Cristo, de modo que puedan incluso decir con el apóstol Pablo: “Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número. Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley; a los que están sin ley, como si yo estuviera sin ley (no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo), para ganar a los que están sin ley. Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos”.

El siguiente requisito para ganar almas en lo que respecta a los hombres es una abnegación evidente. Tan pronto el predicador adquiere la fama de ser un hombre egoísta deja de llevar hombres a Cristo. El egoísmo parece estar arraigado en ciertas personas; lo podemos ver en la mesa hogareña, en la casa de Dios, en todos lados. Cuando tales individuos llegan a tratar con una iglesia y una congregación, su egoísmo queda pronto en evidencia. Procuran ganar todo lo que puedan, aunque en el ministerio bautista no es frecuente que ganen mucho. Espero que cada uno de ustedes, hermanos, esté dispuesto a decir: “Permítanme tener qué comer y con qué cubrirme, y estaré satisfecho con eso”. Si tratan de evitar totalmente pensar en el dinero, muchas veces el dinero regresará a ustedes duplicado, pero si intentan coger y agarrarlo todo, es muy probable que no encuentren nada de dinero. Los que son egoístas en cuanto al salario lo son en todo lo demás. No quieren que su gente conozca a nadie que pueda predicar mejor que ellos ni pueden tolerar oír de ninguna buena obra que esté ocurriendo en ningún lugar que no sea su propia capilla. Si hay un avivamiento en otro lugar y las almas están siendo salvadas, dicen con desdén: “¡Oh, sí! Hay muchos convertidos, pero ¿qué son? ¿Dónde estarán en unos pocos meses?”. Tienen un concepto mucho más alto de su propio incremento de un miembro al año que del hecho de que su vecino gane cien almas de una sola vez. Si su congregación ve esa clase de egoísmo en ustedes, pronto perderán su influencia sobre ella. Si resuelven que serán grandiosos sin importar a quién tengan que echar a un lado, es tan seguro que irán a la ruina como que están vivos. ¿Qué eres tú, mi querido hermano, para que la gente se postre ante ti y te adore creyendo que no hay nadie más que tú en todo el mundo? Les diré cómo funcionan las cosas: mientras menor sea el concepto que tienen de ustedes mismos, mayor será el concepto de ustedes que tendrá la gente, y mientras mayor concepto tengan de ustedes mismos, menor concepto tendrá de ustedes la gente. Si hay cualquier traza de egoísmo en ustedes, oren y desháganse inmediatamente de ella; de lo contrario, nunca serán instrumentos adecuados para ganar almas para el Señor Jesucristo.

Otra cosa que, estoy seguro, es necesaria para un ganador de almas es un carácter santo. No sirve de nada hablar de la “vida superior” los domingos para luego vivir la vida inferior durante la semana. El ministro cristiano debe ser muy cuidadoso, no solo para no hacer mal directamente, sino también para no ser motivo de ofensa para los débiles del rebaño. Todas las cosas son lícitas, pero no todo conviene. Nunca deberíamos hacer nada que juzguemos erróneo, pero también debemos estar dispuestos a abstenernos de ciertas cosas que posiblemente no son malas en sí mismas, pero pueden ser ocasión de tropiezo para otros. Cuando la gente vea que no solo predicamos sobre la santidad, sino que de hecho somos santos, se verá atraída a las cosas santas tanto por nuestro carácter como por nuestra predicación.

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330 str. 18 ilustracji
ISBN:
9781629462745
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