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¡ES LA GUERRA, CAMARADA!

MEMORIAS DE UN BRIGADISTA SEFARDÍ

¡ES LA GUERRA, CAMARADA!

MEMORIAS DE UN BRIGADISTA SEFARDÍ

César Covo

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA


Título original: La guerre, camarade! (Atlantica, 2005)

© Del texto original en francés: César Covo

© De las traducciones: Lucía Bermúdez Carballo, Cristina Cubría Falla, Cristina Giner Leal, Cristina López Jiménez, Marcos Molina Fernández y Armando Molina Martinez

Coordinación y revisión de las traducciones: Cristina López Jiménez, Salomé Vicente Santa Cruz y Severiano Montero Barrado (AABI)

© De esta edición: Universitat de València, 2018

Coordinación editorial: Maite Simón

Corrección, fotocomposición y maquetación: Letras y Píxeles, S. L.

Cubierta:

Imagen: Trincheras franquistas y republicanas (Madrid, Moncloa y zona universitaria)

Detalle de la cubierta posterior: César Covo, dibujo de Erell Covée Vicente

Diseño: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-9134-410-0

A Thomas, mi nieto,por haberme trasmitido el virus de la informática,contribuyendo así a la publicación de este libro

ÍNDICE

PRESENTACIÓN, por Salomé Vicente Santa Cruz

INTRODUCCIÓN, por Severiano Montero Barrado

¡ES LA GUERRA, CAMARADA!

1. LA SALIDA

2. ALBACETE

3. CHINCHÓN

4. LOS ÁNGELES, EL BAUTISMO

5. CASA DE CAMPO

6. LAS ROZAS

7. EL ESCORIAL

8. GUADALAJARA. ENERO DE 1937

9. EL CAMPESINO

10. JARAMA

11. GUADALAJARA. MARZO DE 1937

12. HOTEL PALACE

13. MURCIA

14. MATARÓ

15. S’AGARÓ

16. VIVIRÁ

PRESENTACIÓN

César Covo (Sofía, 1912-Rennes, 2015), de origen judío sefardí pero también de nacionalidad francesa, pasó su niñez y juventud vinculado a la cultura búlgara, a la francesa y también a la sefardí, y en consecuencia a la lengua española.

En su libro ¡Es la guerra, camarada! César narra su implicación en la Guerra Civil española. Como muchos judíos de la época fue un comunista convencido. Se enroló rápidamente en las Brigadas Internacionales, en esos momentos de la historia de Europa tan turbulentos. Su conocimiento del español, francés y búlgaro hizo que fuera un valioso intérprete entre los asesores rusos y los republicanos españoles.

Escribió otro libro en francés, Guerre à la guerre, en el que relata su infancia en Bulgaria y la instalación de su familia en Francia después de la Primera Guerra Mundial. Narra también su experiencia durante la Segunda Guerra Mundial, su breve movilización durante la «drôle de guerre», a pesar de que casi había perdido una pierna durante la Guerra Civil en España. En ese libro también rememora su papel en la Resistencia, en la liberación de París, su trabajo en la embajada de Bulgaria en esta ciudad, su instalación como padre de familia –lo que le aleja del activismo político– y el comienzo de una nueva vida profesional en una imprenta.

César vivió casi toda su vida en París, pero como se casó con una bretona una de sus hijas lo incitó al final de su vida a instalarse en una casa de jubilados en Rennes (Bretaña francesa). Los últimos años de su vida fueron bastante solitarios para él, ya que se sentía desarraigado en una ciudad en la que la edad dificultaba una vida social que a él le hubiera gustado más activa.

La publicación de sus memorias permitió que el Centro Cultural Español de Rennes estableciera un primer contacto con César. En 2013 le ayudamos a tramitar papeles para obtener la nacionalidad española. Desde el primer momento en que el Estado español concedió esta posibilidad César la solicitó; desgraciadamente su expediente desapareció en los meandros burocráticos. Gracias a Los Amigos de las Brigadas Internacionales (AABI) y a Margarita Temprano Payá (responsable de la Oficina para las Víctimas de la Guerra Civil y la Dictadura) César consiguió la nacionalidad española que tanto anhelaba.

Con motivo de la celebración de sus cien años, nos pareció muy interesante dar a conocer las memorias de César al público hispanohablante y publicarlas en España. Gracias otra vez a Los Amigos de las Brigadas Internacionales (AABI) y a la Universidad de Valencia este proyecto se ha concretado.

César escribió sus memorias cuando tenía ochenta años. Durante su vida había tomado notas de sus recuerdos pero fue en los primeros años de este siglo cuando publicó sus escritos.

Los traductores estamos muy contentos de presentar al lector español estas memorias. Además del valor histórico que se suma a otros testimonios de quienes combatieron en España, esta edición es más completa que la original en francés, ya que hemos añadido notas a pie de página cuando hemos considerado que podía ser interesante para el lector. También hay que mencionar que algunos pasajes en el libro original son un poco confusos. La mayoría de las veces César nos pudo ayudar a comprender mejor el texto. Hemos incluido asimismo algunas imágenes. Les damos las gracias a la Asociación de los Brigadistas Franceses y en particular a Claire Rol-Tanguy, presidente de la asociación Amis des Combattants en Espagne Républicaine (ACER), que nos ha proporcionado las fotos de César y de su amigo Théo Rol, el famoso camarade de César en la Guerra Civil.

Para facilitar la lectura en español hemos adoptado algunos cambios gramaticales del texto original. Los diálogos son numerosos en estas memorias y César tiene tendencia a narrar los hechos cambiando constantemente del presente al pasado, lo que termina por complicar la atención del lector. Es por ello que hemos tomado la decisión de emplear principalmente el tiempo presente en la narración, que es el tiempo verbal que utiliza más a menudo César durante su narración.

Por último, cabe señalar que en estas memorias el lector podrá comprobar el cariño que César siempre sintió por los españoles. César Covo, en el albor de sus 100 años, seguía conservando una gran sociabilidad y siempre recibía con mucho placer a las personas que acudían a hablar con él.

***

Agradecimientos

Ante todo, dar las gracias al Centro Cultural Español de Rennes (Bretaña) y a su Consejo de Administración, que han financiado y apoyado la traducción de las memorias de César Covo del francés al castellano.

Un agradecimiento muy especial a la Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales (Madrid), que ha respaldado este proyecto y ha desarrollado los contactos necesarios para su publicación en España.

Agradecer también las informaciones sobre César Covo, así como las fotos, que nos ha procurado Claire Rol-Tanguy, secretaria general de la Asociación Les Amis de Combattants de l’Espagne Républicaine (París).

Dar las gracias asimismo a Sanela Balic (Rennes), que ha traducido del idioma serbocroata al francés algunas frases que quedaban sin traducir en la obra original.

Por último, dar las gracias a Iván Couée (Rennes) y a Carmen García Hiraldo (Rennes), por sus comentarios y sus correcciones siempre muy pertinentes.

SALOMÉ VICENTE SANTA CRUZ

Presidenta del Centro Cultural Español de Rennes (2011-2016)

INTRODUCCIÓN

César Covo nació en Sofía, Bulgaria, en 1912, cuatro años después de que Bulgaria se independizara del Imperio turco. Su padre, impresor, era miembro de la comunidad judío-sefardí cuyos antepasados habían sido expulsados de España en 1492 y tuvieron que refugiarse en Salónica. La familia había obtenido la nacionalidad francesa desde los tiempos de Napoleón, lo que hizo que César estudiara en el Colegio La Salle francés, de los Hermanos de las Escuelas Cristianas.

Cuando la crisis económica de 1929 –acompañada por una grave situación política– azota a Bulgaria, la familia decide trasladarse a París. César tiene 18 años y hace el servicio militar en la Caballería. Poco después se implica en los movimientos huelguísticos y manifestaciones frecuentes de aquellos años; es la escuela social que le conduce a ingresar en el Partido Comunista Francés (PCF). Cuando en julio de 1936 se produce el golpe de Estado de los generales españoles César decide ir a España a luchar con los republicanos. No lo conseguirá hasta que el Partido Comunista Francés promueva el alistamiento de voluntarios que formarán, en octubre, las Brigadas Internacionales.

César está entre los primeros en acudir y se integrará en la Compañía Balcánica de la XII BI, comandada por el búlgaro Cristo Cristoff (o Jristov). Inicialmente esta compañía pertenece al batallón Thaelmann, pero desde diciembre pasará al batallón Dombrowski, donde participará en las operaciones de Boadilla (diciembre) y de Mirabueno-Almadrones (enero de 1937).

Poco después, debido a sus conocimientos de idiomas, es reclamado como intérprete del asesor ruso de la brigada del Campesino. Es precisamente con esta unidad con la que afronta las batallas del Jarama y Guadalajara, en la que resulta herido (marzo de 1937). Esto inaugura un largo periplo por los hospitales republicanos hasta ser repatriado a finales de 1938. Su lesión le impedirá estar activo para acciones de primera línea.

Tras la derrota francesa ante el ejército nazi, César pasa a la Resistencia y se integra en un grupo del MOI (Mano de Obra Inmigrante). Su principal trabajo es proporcionar papeles falsos a los miembros clandestinos de la Resistencia, aunque también colabora en los preparativos de las acciones de sabotaje. Cuando se produce el levantamiento en París contra las autoridades nazis (agosto de 1944) César estaba en las barricadas.

Al finalizar la guerra participa en la creación de una agencia de prensa y de la revista París-Sofía, y durante unos años trabaja en la embajada de Bulgaria en París. Poco a poco se va desencantando con el mundo burocrático que le rodea, lejos de sus ideales de comunismo igualitario y, casi, libertario. Paralelamente comienza a reflexionar sobre su compromiso en el PCF y sobre el papel desempeñado por la URSS al comienzo de la guerra, cuando firmó el pacto nazi-soviético. «En Francia estábamos convencidos de que la lucha contra el fascismo debía continuar. Más tarde nos dimos cuenta de que los soviéticos no eran verdaderos comunistas y de que el cambio de mundo no se podía hacer con ellos». César Covo dejó el PCF en 1955.

Por esos años, trabajando en la embajada de Bulgaria en París, conoce a una joven mecanógrafa que se convertirá en su esposa. «Ella era creyente, iba a misa todos los domingos y el Partido no lo veía con buenos ojos». Esa fue la gota que colma el vaso; envía a paseo a la embajada y al Partido y monta una imprenta. El resto de su vida no cesa de reivindicar y difundir la gesta solidaria de las Brigadas Internacionales, no sin ocultar sus agudas críticas a ciertos aspectos con los que no comulgaba. Fruto de esta lucha por la memoria fue la publicación de este libro que ahora tenéis en vuestras manos: La guerre, camarade! Publicado en francés en 2005 y pronto agotado.

Hace unos años Salomé Santa Cruz propuso editar el libro en español y nos pusimos a trabajar con ilusión. Diferentes circunstancias retrasaron la culminación del proyecto, que, finalmente, ha llegado a buen puerto.

ALGUNAS PALABRAS SOBRE ESTE LIBRO

César pertenece a esa categoría de personas que se caracterizan por su rabioso amor a la libertad. Como heredero de la cultura sefardí, mantuvo una querencia especial por el Sefarad de sus ancestros, lo que no fue ajeno a ese impulso que le llevó a España en 1936. Pero su formación fue más compleja: al judaísmo «laico» de su familia se unió la veneración por la Francia napoleónica (a la que agradecieron el otorgamiento de la nacionalidad francesa) y una educación formal en el colegio católico francés de La Salle. Todo ello constituyó el bagaje cultural de partida que se iría tamizando a lo largo de su prolongada vida (102 años).

Estas memorias de guerra parten de un leitmotiv que César repite machaconamente y da título a su libro: «¡Es la guerra, camarada!». Es decir, lo que le ocurre a él, como a los miles de internacionales y a los combatientes republicanos, no es sino la consecuencia fatal del hecho dramático y traumático de la guerra de agresión que los generales sublevados, con el apoyo de Hitler y Mussolini, imponen al pueblo español. Siendo la guerra el mal radical, a César no le toca otra que asumirla con todas sus consecuencias, unas más gloriosas, otras más absurdas o indeseables. Por eso deja claro desde el principio a qué ha ido a España: «Vamos a contribuir al derrumbamiento de este mundo podrido y al nacimiento de un mundo justo y en paz. La justicia que nunca reinó aquí abajo será desde ahora la regla para todos, para todos los ilegales, para todos los expulsados, para todos los perseguidos, para todos los reprobados».

Es un planteamiento radical, revolucionario. Pocas veces habla César de la defensa de la República; las más de las veces habla de la ayuda al pueblo español en su lucha contra el poder establecido. Como comunista hecho a sí mismo, pero conociendo el mundo del que proviene, entiende que el comunismo es la solución al guirigay de religiones e injusticias:

En conclusión, como las religiones antiguas resultaban irreconciliables, la única solución aceptable y satisfactoria parecía ser la que clama el advenimiento de un hombre nuevo en un mundo de justicia. Un mundo en el que ya no seríamos judíos, cristianos, musulmanes o budistas, sino ciudadanos del mundo de pleno derecho, con oportunidades iguales.

Pero en la guerra no cuentan solo los fines sino los medios, y ahí es donde se notan más las divergencias de este joven comunista que podríamos etiquetar en cierta manera de «libertario», ya que no acabó de aceptar la lógica de una guerra convencional:

Para luchar contra un ejército regular, nosotros también debemos contar con un ejército estructurado, disciplinado, unificado. Esta creencia nos la machacan muy a menudo, tal vez demasiadas veces; y es que a la larga nos fastidia saber que somos un ejército como los demás, cuando nosotros nos consideramos combatientes revolucionarios.

Esta es la razón por la que a lo largo del libro se mofa con frecuencia del papel jugado por los que él llama «mexicanos», los militantes de la Internacional Comunista (Comintern) que vienen a España para estructurar las unidades internacionales, que tenían unos componentes lingüísticos, políticos y culturales bien dispares. Aunque hay que valorar la positiva aportación de los «mexicanos» al proceso de formación y consolidación de las Brigadas Internacionales, tampoco hay que ignorar u ocultar los casos de prepotencia y abusos que a veces produjeron:

Hay uno que viene de Moscú, uno de aquellos que habíamos recibido como si fuesen superhombres, los líderes que debían conducirnos a la victoria. El «mexicano» en cuestión, rebosante de seguridad, locuaz y rodeado por algunos jóvenes yugoslavos, mantiene a su público subyugado con el relato de sus «hazañas».

Uno de esos abusos eran las diferencias salariales entre el simple soldado y los oficiales, diferencias que escandalizaban a César y otros muchos. Ya al final de su estancia en España se encuentra con un grupo de estos:

Todos son oficiales, están bien vestidos, bien alimentados, y bien ociosos; todos «mexicanos» con buen aspecto. Con curiosidad acogen al recién llegado, que, andando con dificultad y ayudándose de dos bastones, les informa de que no tiene nada que ver con ellos. Con sus preguntas intentan «desmenuzar» al intruso, a sopesarlo, a evaluarlo. Al final descubren que es un franco-búlgaro, entonces viene la pregunta test, que consideran pregunta trampa: «¿Has visto?, tus franceses han puesto objeciones al sueldo de los oficiales» (este es tres o cuatro veces el de los soldados). Esta diferencia de sueldo había sido muy mal recibida por el conjunto de los internacionales, pero son los franceses los que más se habían resistido, y durante más tiempo.

De manera parecida habla César de los rusos, los tovaritchs. En una conversación que mantiene con uno de esos asesores, el asignado a la brigada del Campesino, se atreve a decirle: «Otra cosa, soy miembro del Partido desde hace varios años y, como TÚ bien sabes, en el Partido nos tuteamos». Y prosigue:

Ahora sí que el tovaritch se siente incómodo; queda claro que el mundo capitalista es muy complicado: el subordinado no se subordina y –resulta evidente– no aprecia la suerte que tiene de estar supeditado a un oficial del ejército soviético. No solo se dirige a él de igual a igual, sino que se expresa sin el comedimiento obligado a la jerarquía.

Pero no son estos aspectos los principales de su experiencia española, aunque la empañen en parte. César tiene claro a qué ha venido y sabe que tiene que arrostrar todas las inclemencias de la guerra. Así, cuando recuerda los duros combates de la Casa de Labor en noviembre de 1936 (capítulo 5. Casa de Campo) escribe:

Lo que nos hace resistir es el hecho de estar aquí por voluntad propia. Sí, somos voluntarios. Nosotros decidimos venir. Y sin embargo, en nuestro fuero interno, cada uno de nosotros intenta desesperadamente acallar al ángel malo que no deja de recordarnos la vida apacible y tranquila, incluso feliz, que llevábamos del otro lado de los Pirineos hace tan solo unos días […] Con esos desvaríos insidiosos y el miedo en las tripas, hay que aguantar de pie o tumbado, según el caso, con el fusil en la mano. Sí, hay que resistir cueste lo que cueste y evitar contagiarles el miedo a los demás. Si bien es cierto que los demás no necesitan que nadie les contagie nada, pues cada uno ya padece lo suyo.

Y de todas las vivencias, claro, la peor es la muerte del compañero, que se repite con una cadencia infernal:

Ha llegado el momento de asistir a la ceremonia fúnebre de los primeros caídos. Qué duro es, a los veinte años, contemplar un objeto inerte, ya tieso, con las manos ensangrentadas y crispadas sobre el pecho, como si quisiera, desde el más allá, impedir el estallido de un shrapnel que le ha socavado las costillas. Desde luego que vengaremos su muerte; pero, mientras tanto, lo tendemos en el hoyo que él mismo cavó, profundizado, claro está, por sus camaradas.

Pero todo ello tiene un sentido; han venido a echar una mano y ya no hay marcha atrás. Por el contrario, existe el orgullo del papel jugado en esos primeros meses de resistencia a las embestidas fascistas:

Resulta inimaginable que el ser humano pueda seguir un ritmo de vida semejante. Y sin embargo, esa ha sido nuestra realidad cotidiana durante días, semanas y meses, con algunos intervalos de descanso. Así hicimos creer a los franquistas desde 1936 que éramos decenas de miles. Estábamos por todas partes. Nuestros ataques sorpresa los desconcertaban; su radio informaba con rabia de los estragos de aquellos «rufianes internacionales» que desplegaban ataques simultáneos por doquier. Y eso que solo éramos tres batallones. Nos enorgullecía ser tan temidos.

En cuanto a sus relaciones con la gente de España, cabe destacar una escena –que presenta en el capítulo 7– que refleja la prudencia de los internacionales y la mutua admiración que existe entre estos y la gente del pueblo. Se produce tras la batalla de Boadilla, cuando el batallón se retira a un pueblito cercano a El Escorial:

Hemos llegado sin bombo ni platillo, pero también sin intendencia […] Pero aquí no hay tiendas abiertas, bueno, ni abiertas ni cerradas, y estos campesinos apenas tienen para sobrevivir ellos, y nosotros somos una caterva de hambrientos. Y además no nos sentimos con ánimo para pedirles nada. Sin embargo, ellos se dan cuenta que llevamos ahí desde por la mañana, que el tiempo pasa, y que algunos de nosotros, más previsores, han sacado de su mochila un mendrugo de pan.

Uno de los chicos se aleja, el otro se queda para mantener la conversación, tan contento de codearse con franceses. Al cabo de un rato, su compañero vuelve, la cara resplandeciente y, discretamente, susurra algo al mayor. Este, reticente, explica que no son ricos. Que su casa no es muy grande. Que no pueden invitar a todo el mundo. Pero que para nosotros cuatro sería un gran placer. Y sin esperar la respuesta nos arrastran hasta la entrada de su casucha. En su interior, necesitamos un tiempo para acostumbrarnos a la penumbra, ya que solo una escasa llama de la chimenea alumbra la habitación. Nos invitan a sentarnos alrededor de la mesa, solo nosotros cuatro; mientras que los dos chicos, la «madre» y alguien más… se quedan de pie detrás de nosotros.

Para finalizar, en un relato como este no podían faltar las referencias a los judíos, un colectivo excepcional que sumó cerca de nueve mil voluntarios procedentes de casi todos los países y con mentalidades muy diversas. Ya al comienzo del libro, al narrar el viaje a España, mantiene César una conversación en la que un compañero le espeta: «Algunos camaradas militan muy bien hasta que surge el peligro y se apartan. Pero no se debe generalizar, tú, por ejemplo, has venido. Aunque también es verdad que algunos camaradas judíos solo son revolucionarios de boquilla. Por eso nos alegramos de que estés aquí». Y César reflexiona: «Así que era eso… El condenado asunto de ser judío».

Pero será en el capítulo 7 cuando César confronte su mentalidad «laica» con el judaísmo más hermético de otros grupos:

De todas las unidades de la brigada, solo la sección judía de los polacos se empeña en tener una actividad autónoma, o al menos mantenerse en un grupo distinto, sin dejar de pertenecer a la formación polaca, pero como unidad independiente, con un comandante judío. Esto sorprende bastante en las otras formaciones donde también hay judíos internacionales en el conjunto de los efectivos, sin que por eso se cree el menor litigio. Hay hasta judíos y árabes de Palestina combatiendo codo a codo. Esto resulta incomprensible para los judíos polacos, que no se imaginan poder convivir y actuar con los demás polacos. No conciben, lo que es evidente, que en las otras formaciones haya judíos, sin que ello resulte problemático. Porque en el grupo de polacos, con ese aislamiento, y a pesar de la vigilancia de los responsables políticos, siempre suele haber enfrentamientos, litigios que degeneran en peleas, con insultos como «judíos asquerosos».

Sin embargo, la sección judía pone un punto de honor al presentarse voluntaria para todos los golpes duros, y les da mucha rabia no poder igualar a los otros polacos en la acción, arrastrándose hacia las posiciones enemigas sin producir alarma o, cuando se aborta una operación, poder correr tan deprisa y durante tanto tiempo como ellos.

En definitiva, César sabe bien por qué lucha, y eso le lleva a mantener una coherencia indudable, una positiva adaptación al medio ambiente bélico. Por ello confesará:

La guerra es una cosa inhumana y contra natura. Pero es ahí donde me he descubierto a mí mismo y me he encontrado, donde me he conocido y reconocido. He constatado con asombro que me gustaba, me sentía vivir libre al contacto con la naturaleza. Vivir libre y despreocupado, solo había que caminar y esconderse frente al enemigo. Los días eran desmesuradamente largos y variados. Quiero decir que en un día pasaban tantas cosas que parecía multiplicarse. Los camaradas eran auténticos, cualquiera de ellos; a pesar de sus defectos, sus carencias y a pesar de la relativa distancia intelectual entre unos y otros, el ambiente estaba impregnado de un sentimiento de camaradería.

Coherencia que no le induce a ocultar aquello que a él le parecía injusto. Esto es precisamente el mayor mérito de este libro: su sinceridad y su tono. Un tono narrativo de gran plasticidad, veteado por comentarios llenos de una ironía generalmente compasiva, no mordaz. Todo esto permite mantener muy vivo el interés de la lectura. Son muchos los aspectos humanos de la guerra los que César desvela. Sus memorias no contribuyen tanto a completar el relato cronológico-militar de la guerra, cuanto a mostrar el lado más escondido de su trastienda, así como las complejas interacciones humanas que a su calor se desarrollaron. Esta es su principal aportación al conocimiento y valoración de aquellos «Voluntarios de la Libertad», aunque él, probablemente, hubiese preferido ser llamado «luchador por la justicia y la igualdad».

SEVERIANO MONTERO BARRADO

Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales

¡ES LA GUERRA, CAMARADA!

Capítulo 1

LA SALIDA

Y si tuviera que ir de nuevo, seguiría el mismo camino.

La estación de Austerlitz, como todas las estaciones, es un lugar público por excelencia. Los taxis se agolpan en la entrada, las taquillas en el hall, la gente en la sala de espera, muchos trenes llegan, muchos se van… pero ni rastro del nuestro.

Hemos llegado demasiado pronto, por lo que tenemos que buscar un restaurante para cenar. En otras circunstancias, y por precaución, habríamos evitado ir a ese restaurante y en su lugar habríamos escogido un bistró barato y discreto, pero esta no es una noche normal sino una muy especial. Esta noche, el dinero no tiene ningún valor, o mejor dicho, no tiene el mismo valor para ese grupillo de jóvenes de ojos brillantes y aire misterioso que llevan como único equipaje un maletín.

Esa falta de interés comenzó en el metro de Miromesnil, en la primera cita. Mientras esperábamos en la calle, impacientes y en silencio, a los que llegan tarde, o nos parábamos a tomar un café de vez en cuando. Nos lo bebíamos callados y, antes de salir en aparente calma, dejábamos, con filosofía, que pagara otro. Si no le llegaba para pagar, alguien le daba calderilla. Y volvíamos a salir al frío a pasear, en aquella famosa tarde tan señalada de finales de octubre de 1936.

Finalmente, en la entrada del metro, se juntan varias sombras, indicando que ha llegado el momento de agruparse. Alrededor de una silueta alta y tiesa, en corro, el grupo escucha con atención las instrucciones precisas.

Un grupillo de mujeres jóvenes se mantiene al margen, sin mostrar ningún interés por esos tejemanejes. Recibidas las instrucciones, todo el grupo se dispersa en silencio menos las mujeres, pues tienen que preguntar:

–Es en Austerlitz, ¿verdad?

A esta única pregunta, una sola respuesta por parte de los hombres:

–¡Mujeres! ¡Qué calamidad! ¡Que no… que es en la estación de Lyon!

Es una sutil estratagema del responsable, que ha decidido deshacerse de ellas ante las quejas del máximo responsable por no haber respetado la consigna «Nada de mujeres». Pero ellas desaparecen escaleras abajo entre risas.

–Sí, sí… no te lo crees ni tú.

Y así desaparecen en la oscuridad, cotorreando. Nosotros nos quedamos de una pieza:

–Ya verás, irán a la estación de Lyon por si acaso y luego irán a Austerlitz, así que bastará con ser más rápidos que ellas.

Y así nos vamos, en pelotón.

–¿Hay que hacer trasbordo en la plaza de la Concordia?

–No, va directo.

A nadie se le ha ocurrido consultar el plano. Como buenos parisinos, no hace falta. Y de nuevo todos nos quedamos pensativos. Por suerte y para nuestro agrado, el ruido del metro cubre el silencio. Por fin nos hemos deshecho de ellas, aunque la separación sea por mucho tiempo, tal vez muchísimo tiempo. ¿Quién sabe? Tal vez para siempre.

–Es la próxima. Pásalo.

Una vez en el andén del metro de Austerlitz, vuelven las inevitables peleas:

–Por aquí, ¡por ese lado!

–No, ¡por ahí!

–No… mira el cartel, ¡está bien claro!

–¡Que no, por allí!

Por fin salimos al hall de la estación, a la altura de la consigna, aunque no tenemos nada que consignar. ¿Maletas? ¡Qué va! Parece que nos hemos escapado de algún sitio, o que acabábamos de bajar del tren, cuando en realidad venimos a lo contrario. Nos perdemos en los sinuosos pasillos.

–Mira, es por ahí.

–No, por aquí.

–Así no vamos a ninguna parte, hay que preguntar.

–¡Silencio! –zanja el responsable–. Recordad la consigna: prohibido llamar la atención. Ya nos pillaron una vez por culpa de las mujeres.

Seguimos buscando con más ahínco cuando, al doblar la esquina, oímos unas voces femeninas:

–¡Por aquí, por aquí! –nos gritan.

¡Qué pájaras! Han llegado antes. A estas no se les escapa ni una. La escena ha provocado gran alboroto y risas, a pesar de la aparente seriedad del responsable.

–Pero bueno, ¿ya estáis aquí?

–Pues claro. Como nos habéis mentido, hemos tenido que darnos prisa.

Aunque teníamos que haberos acompañado, para que no os perdierais.

Verdad eterna, los que no saben intentan informarse, aún más si se trata de mujeres. Los demás obedecen y siguen al que sabe.

–¡Bueno, pues aquí nos despedimos!

–¡No, aquí no! ¡Arriba, en el andén!

–No, nada de eso. Está terminantemente prohibido, ya hemos infringido las normas en el metro. Ya basta.

Un grupo de chicos, maleta en mano, pasa en silencio, sin prestar atención a la disputa y se aleja con indiferencia. Su responsable, que es el gran responsable, lanza una breve mirada de reproche al subresponsable, que naturalmente le responde también en silencio:

–Mensaje recibido, pero qué quieres que haga yo, las mujeres son así….

–Vamos, chicas, un poco de disciplina. ¿Habéis visto a los demás? No se quejan y van sin sus mujeres. Nos vais a meter en un lío. Las instrucciones son muy claras: nos reunimos en grupos pequeños para no llamar la atención. Ya sabéis que hemos de pasar desapercibidos para no tener problemas en la frontera. Incluso en el tren, viajaremos dispersos por precaución.

–Pero vuestro tren sale dentro de una hora. ¿Qué vais a hacer hasta entonces?

–Increíble. ¡También saben a qué hora salimos!

–Escúchame… ¿No lo entiendes? Yo confiaba en ti y resulta que eres tú la que peor ejemplo está dando.

El argumento no cae en saco roto, o eso parece. Pero el grupo es muy solidario. Viendo que una de las suyas baja la guardia, incluso sin saber de qué va la historia, todas vuelven a la carga, sin orden pero con brío. Aprovechando el alboroto general, Andrée se mete también, como queriendo que todo el mundo se ponga de acuerdo.

–¿Y si perdéis el tren, por ejemplo?

Hice esto con la serenidad de la inconsciencia, como si fuera una idea de cajón, que no se le había ocurrido a nadie. Nada puede resultar más absurdo. Los chicos, estupefactos, se quedan mudos. Pero ella, creyendo que ha captado la atención, se pierde en explicaciones…

–Claro, tomáis otro tren, otro día, y se acabó.

–¿Qué? ¿Perder el tren? ¿Volver otro día? ¿Te falta un tornillo?

–Anda, por favor. Un día más, un día menos, qué más da, idos mañana o pasado mañana.

Un día o dos o tres.

–Pero bueno, Dedé, que no hemos venido hasta aquí para perder el tren.

¿Qué mosca te ha picado?

–Qué más da, por un día… llegaréis a tiempo de todas formas.

–¿Llegar a tiempo? Para empezar, no es seguro, y además, ¿qué estás tramando? Ya sea hoy o mañana, de todas formas nos vamos, ¿qué diferencia hay?

Pero Dedé no duda en su empeño y sigue insistiendo:

–Pues eso, hoy o mañana, ¿qué diferencia hay?

El responsable se da cuenta en ese momento de que algo se trama. Esa «niña bien» de provincias, llegada a París para estudiar, por mucho que diga que es apolítica, no ha dudado en desafiar la voluntad de su familia, de sus seres queridos, de la opinión de todo Angers, su ciudad natal, para seguir a nuestro Kolia, pese a que este, desprovisto de todo, incluso de papeles en regla, no pueda legalizar su relación.

–Pero bueno, Andrée, ¿qué mosca te ha picado? ¿Qué quieres decir con eso de «hoy no»?

–¿Qué pasa hoy? Mañana será igual. ¿Qué diferencia hay?

–¡No! No es lo mismo, no es lo mismo.

Y ante la curiosidad general, con cierta indecisión, termina soltándolo:

–Estamos a finales de octubre…

–¿Y qué…?

–Pronto es el día de Todos los Santos…

–Ah… –le responde una explosión general de reprobación.

Pero hace falta mucho más para desarmar a Andrée. Ella se endereza sola ante la tormenta que se avecina, y enseguida otras chicas, de vuelta de la sorpresa, vienen a ayudarla.

El responsable, con superioridad, gruñe. Pero ellas no se dan por vencidas y recurren a su arma secreta: sacan los pañuelos del bolso, los ojos llenos de reproches se cubren de lágrimas. Se junta la tragedia y la seducción. El responsable se queda de piedra y, en medio del alboroto, intenta convencerlas:

–A ver, que no os enteráis, puede que solo sea cuestión de unos días; imaginad que llegamos allí después de la batalla, como aquellos caballeros de no sé quién.

Ante la oposición persistente, él saca también su arma secreta y se lleva a Kolia a un lado:

–Oye, habla con Andrée, intenta convencerla.

–Pero ya sabes que esta no es…

–Ah sí, es verdad. Pues tú, Ángel, vete a hablar con la tuya. Paula es una camarada, es más disciplinada y podrá convencer a las demás.

Así, con aquel jaque mate, las rebeldes baten retirada hasta la rendición absoluta. ¡Qué alivio! Tristemente, ellas se retiran cabizbajas, derrotadas. Las vemos alejarse a marchas forzadas; alguna se da la vuelta un instante para despedirse con la mano. Es la separación que queríamos evitar, en el andén habría sido aún peor.

En realidad, nuestro tren no sale hasta dentro de una hora. Dos horas de margen, si sumamos la espera en el metro, para los que puedan llegar retrasados. Nadie dice nada, pero da lo mismo, todos estamos pensando en los que se han «olvidado» de venir. Vamos a esperar cenando y así no nos bebemos las dos botellas de coñac que nos han regalado, por si hubiera que viajar en barco. Contra el mareo, no hay nada mejor. Sobre todo cuando ninguno ha navegado nunca, salvo en el Sena, obviamente, o en el Marne, de campin. Y el coñac que nos sirven en la cena no es malo, aunque es mejor el de la botella. Qué nos importa el dinero, pronto no nos servirá para nada. Por lo menos durante un tiempo, puede que mucho, puede que para siempre. Siempre, nunca: dos palabras que se repiten en la conciencia de todos en este día de vísperas de Todos los Santos.

¡Uf! Ahora que las chicas se han marchado, nos quedamos entre hombres, sentados en torno a una minúscula mesa redonda, apretados por el gentío, bebiendo despacio, esforzándonos por reírnos todo lo que podemos, como unos amigos que se están divirtiendo, carentes de preocupaciones.

Andrée llorará esta noche, y los días siguientes. Paula también, y todas las demás. Pobre Liouba. A estas horas estará en su casa esperando. Ella no vino con las demás, cuestión de disciplina. Él también tiene que ser disciplinado. Como responsable, tiene que dar ejemplo. Y sin embargo, seguro que ella sigue esperando. Él le prometió que pasaría por su casa esta noche antes de irse. Pensó que le iba dar tiempo. Pero por culpa del idiota de Athanase, que no sabe coger el metro solo…

Seguro que ella está todavía esperando, atenta a los pasos que oye en las escaleras. La última vez que se despidieron en el rellano le pareció que ella tuvo un presentimiento. Le metió en el bolsillo un monedero que había traído de Bruselas. Un monederito con dos lados, uno para las monedas, otro para los billetes. Para que se acordase de ella hasta su regreso, un mes después… un año después…

Alguien tendrá que ir a ver cuánto queda para que salga el tren, no sea que al final lo perdamos. En nuestro andén está Kurt, el gran responsable, errando como un alma en pena, aplastado bajo el peso de la responsabilidad. A lo lejos se ve un tren que avanza a duras penas, aparece entre las vías muy despacio, con cuidado, como si temiera quedarse atascado, atrapado en las vías sin poder salir. Al final, con un largo quejido, se calma y se queda inmóvil. Los empleados de la estación se agitan.

Kurt nos hace una señal, por fin… En marcha, tenemos que ir hasta allí, en silencio, y montar en el vagón cuya puerta está sujetando. Pero siempre en grupos pequeños. Nos acercamos a Kurt, que sigue sujetando la puerta con mucha clase, como lo haría un chófer.

–Venga, arriba…

–No –alerta alguien–, este pasa por Orleans, ¡hay un tren más directo! –No importa, montad.

–De eso nada, vamos a perder mucho tiempo si cogemos este…

El guardia del tren nos observa y se acerca al grupo que está discutiendo acaloradamente en el andén. El hombre, mayor, interviene amablemente.

–No es este tren, amigos. Es el siguiente, el que sale dentro de veinte minutos. Vuestros colegas también van a coger ese.

Entonces, Ilia el Gordo, a quien sus compatriotas llaman el Parisino, haciendo honor a su apodo, se cree autorizado para infringir la disciplina y oponerse al jefe, al que le hace respetuosamente de intérprete:

–Tienen razón. El guardia lo acaba de decir también, este no es el tren que debemos coger. Kurt, tenso, seco y cabezota, farfulla entre dientes:

–¡Qué montéis, porque lo digo yo!

Una vez sentados, escuchamos el sermón del gran responsable:

–Si lo digo yo, no tenéis nada que replicar. El responsable soy yo y sé lo que hay que hacer. No hay que llamar la atención, debemos pasar desapercibidos. ¿Y en lugar de eso? Todo el mundo está viendo cómo nos peleamos como verduleros. Tengo órdenes expresas: los demás se van en el otro tren, dentro de veinte minutos. Hay que dispersarse, intentaremos incluso coger trenes pequeños para evitar cualquier sospecha. Además estamos ocupando la mayor parte del vagón, es mucho, demasiado.

Kurt quiere dispersarnos por los otros vagones. Pero ante la resistencia silenciosa, y más que evidente, no insiste. Hasta entonces nos han repartido en grupos pequeños, con la amenaza constante de un enemigo imaginario omnipresente, esperando permanentemente a que ocurra lo peor. Por fin estamos juntos, con otros como nosotros. Por fin juntos, apretados unos contra otros.

Él quiere separarnos, que nos mezclemos con otras personas que ni siquiera son de los nuestros. Mientras que nosotros, en grupo, nos sentimos más seguros, por fin podemos aflojar la mandíbula, intercambiar unas palabras sin tapujos, mirar cara a cara al prójimo, con franqueza, sin desconfianza; conocer al fin a los que forman este grupo de amigos desconocidos, de camaradas, compañeros, socios. Todos elegidos por el mismo destino: la vida o la muerte.

El tren chirría ligeramente, parece que empieza a moverse, con esfuerzo intenta arrancar, el movimiento imperceptible del principio se precisa poco a poco, ya es obvio, el tren se mueve, avanza, las ruedas giran, las oímos golpear las crucetas de las vías de tanto en tanto, pluf… pluf… Aparentemente, las ruedas buscan su camino en el laberinto formado por los travesaños que se presenta ante el tren. No debe equivocarse, como creía nuestro amigo Ilia, ha de encontrar el camino, el recorrido adecuado.

Ya es un hecho: nos vamos, nos hemos ido, hemos pasado página, hemos quemado las naves, roto los puentes, la suerte está echada, nada volverá a ser lo que era. Las ruedas giran, gira la rueda y girará siempre en el mismo sentido, en el sentido correcto. Nos vamos, iremos allí, a donde se decide el destino de la Humanidad. Vamos a participar en la metamorfosis, ya no con discursos y panfletos, sino como testigos activos. Vamos a contribuir al derrumbamiento de este mundo podrido y al nacimiento de un mundo justo y en paz. La justicia que nunca reinó aquí abajo será desde ahora la regla para todos, para todos los ilegales, para todos los expulsados, para todos los perseguidos, para todos los reprobados.

El tren ha salido al fin de su caparazón, circula al aire libre con la soltura de una nube, acelera pero no es suficiente, no va lo bastante rápido. Deprisa, deprisa, nos están esperando, allí están solos, no pueden más, vamos a ayudarlos, a respaldarles, el mundo entero empujará la rueda para acelerar el movimiento de esta lucha final, que alumbrará la era de un hombre nuevo. Los explotados recibirán su recompensa, los proscritos volverán a ocupar su lugar, los perseguidos podrán dejar de preguntarse si peligra su vida.

Por turnos, cada uno de nosotros va tambaleándose hasta el fondo del vagón y vuelve aliviado. Me toca a mí, y al regresar, me da la impresión de haber estropeado la tranquilidad; me miran de una manera extraña. Es evidente que al entrar he interrumpido la conversación, no es menos evidente que hablaban de mí aprovechando mi ausencia, qué raro… ¿Un motín?

–No, responsable, ¡la revolución!

Mi reacción no les sorprende, están dispuestos a poner las cartas sobre la mesa.

–Ven, ven a sentarte con nosotros.

Me hacen un sitio entre Ángel y Kolia, los más habladores.

–Mira, aquí todos somos camaradas, no hay diferencias entre nosotros. Estallan las muestras de simpatía y amistad de unos a otros. Es evidente que nadie se atreve a ir al grano. Entonces, convencidos de que hay que decirse las cosas a la cara, dadas las circunstancias y acontecimientos que nos esperan, y pensando que «a este se le puede decir todo porque no es como los demás», se lanzan:

–¿Sabes?, has hecho bien en venir con nosotros…

Vaya, vaya, ¿cómo que he hecho bien en ir con ellos? Siendo el responsable, se supone que estoy yo al mando del grupo. De hecho, soy el único miembro del Partido, en activo y de cierto nivel, a quien el secretario le ha confiado el deber de acompañar a este primer grupo de voluntarios.

–Algunos camaradas militan muy bien hasta que surge el peligro y se apartan. Pero no se debe generalizar; tú, por ejemplo, has venido. Aunque también es verdad que algunos camaradas judíos solo son revolucionarios de boquilla. Por eso nos alegramos de que estés aquí.

Así que era eso… El condenado asunto de ser judío. En el grupo solo hay un judío y precisamente es él, el responsable. Y entonces, soy un buen comunista, pese a ser judío, y sin embargo, entre los ausentes abundan los que no son judíos.

¿Será posible? ¿Será verdad? Incluso en este viaje, camino de la «lucha final» entre camaradas, para dejarnos la vida en los campos de España, donde mis antepasados sufrieron la Inquisición y la intolerancia. ¿Qué hacer? Así funciona el mundo desde hace largo tiempo, se diría que desde siempre, aunque solo desde hace veinte siglos. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo? Habría que cambiar. ¿Pero cambiar el qué? ¿A quién? ¿Deben cambiar los judíos o los demás? ¿Y cómo cambiarlo? Un cambio a mejor, por supuesto. ¿Pero quién? ¿Qué?

–A pesar de la Inquisición, tú no dudas en ir, sin contemplaciones, mientras que los tuyos fueron torturados allí en otros tiempos. ¿Tal vez vas con intención de vengarte?

–En primer lugar, yo voy como antifascista, que sería razón suficiente.

En cuanto a la Inquisición, es verdad que aún queda cierto rencor, pero examinemos bien el problema de aquella época, ¿quiénes fueron los artífices de la Inquisición? Aquello no lo causó el pueblo español ni tampoco la burguesía. Por el contrario, se sabe que en aquella época el pueblo llano animó a los perseguidos a aceptar el bautizo, considerando que aquella solución era preferible al destierro y a la persecución. La burguesía y parte de la nobleza, acudiendo en auxilio de los perseguidos, en muchos casos, les prestaron sus apellidos españoles para salvarlos de la Inquisición. Hoy en día, un buen número de aquellos judíos sefardíes conserva los nombres y apellidos que los españoles ofrecieron a sus antepasados.

El alto clero y la realeza, y parte de la nobleza, castigaron primero a los «infieles» musulmanes, para después, a falta de enemigos musulmanes, arremeter contra los «infieles» judíos. Pero cuando no hay ni musulmanes ni judíos no quedan más que los de siempre, los «enemigos» del interior, es decir, los hambrientos, los marginados. El día que estos últimos tomaron la descabellada decisión de declinar la «solicitud» de los primeros los poseedores recurrieron a la solución que habían aplicado siempre a los infieles de cualquier bando.

Entre nosotros, llegados de distintos horizontes, hay un grupo de balcánicos emigrados en Occidente por distintas razones y reunidos ahora por casualidad. Se alegran de poder hablar por fin en búlgaro, serbio, turco, griego o armenio, sus idiomas natales. Además, conocen alguna palabra en turco, ya que en otros tiempos sus países formaban parte del Imperio otomano.

Durante siglos, el ocupante intentó, por todos los medios a su alcance, dominar a aquellos pueblos, asimilarlos a la cultura y la lengua turcos, por las buenas o por las malas. Desde entonces, el vocabulario de aquellos pueblos abunda en vocablos turcos.

Los únicos dos turcos que había en el grupo no solían mezclarse con los demás, a pesar de que todos les hicieran la pelota y se obstinasen en emplear en la conversación el escaso vocabulario turco que conocían.

Ilia, el yugoslavo, zapatero de profesión, compatriota del responsable general, conocedor del francés y de Francia, por lo menos, según decía, vive en París desde hace algunos años, y acaba de ser designado ayudante de Kurt. Este último, con una libreta en la mano, anota los acontecimientos de la jornada, con una letra fina y apretada. Es un muchacho serio y reservado, al que le gusta el orden. Chapurrea algo de francés, algo de búlgaro, habla bien el alemán y demasiado bien el ruso, y soporta mal la dejadez de los latinos.

También esta Pelosa, el buen forjador croata, de cara risueña, carácter abierto, botas de cuero, con pantalón bombacho que le cubre las botas, algo que revela su trayectoria… aunque es mejor callarse y no advertir esas cosas. Y también está un joven rubio, con botas del mismo cuero, pantalón de montar, chaqueta de paño bien ajustada a los pectorales y manga larga, cuello de camisa bien estirado, peinado hacia atrás, en definitiva, un pura sangre fabricado en Deutschland pero… que habla ruso, no sabemos cómo ni por qué habla ruso, pero mejor no saberlo, pues es un secreto de polichinela.

Kurt, el que se toma las cosas en serio, es la discreción personificada. Su eterna libreta y el bolígrafo en la mano le otorgan un aspecto de intelectual que no hay que recordarle, para no sacarle de sus casillas.

Entre los búlgaros, se encuentra Ángel, joven sin profesión. Después de sobrevivir con trabajillos y confeccionando zapatos trenzados, como la mayor parte de los inmigrantes balcánicos, terminó encontrando trabajo en una clínica médica, en la cual, con inteligencia y ambición, consiguió quedarse como enfermero. Kolia nació en Besarabia, provincia fronteriza bajo administración rumana desde que acabó la Primera Guerra Mundial. En Besarabia, donde la población de habla rusa espera su anexión a la Madre Patria. Él también ha sobrevivido gracias a la confección de zapatos trenzados y a diversos trabajos de poca monta, y se emparejó con una joven estudiante de Angers, quien para poder prescindir de los subsidios familiares acortó sus estudios y obtuvo un título de ayudante de laboratorio que le permitió quedarse definitivamente en París, con su adorado Kolia, para desesperación de sus padres. Athanase, sastre de profesión, llegó de Bulgaria con una recomendación del Partido búlgaro para combatir en España. Como otros tantos que jamás habían militado.

El responsable de todos ellos nació en Bulgaria, en el seno de una familia de judíos sefardíes, es decir, de judíos perseguidos y expulsados de España durante el reinado de Isabel la muy Católica. Después de haber atravesado los Pirineos, seguir las costas del norte del Mediterráneo, a merced de la tolerancia o de las persecuciones, y sin dejar de hablar español en casa, aquellos judíos se asentaron finalmente en la península balcánica, entonces ocupada por el Imperio otomano. Dado que algunos de ellos adquirieron la nacionalidad del país que habían atravesado, conservaron celosamente dicha nacionalidad, esperando utilizarla en caso de necesidad futura. De esta manera, la familia en cuestión se trasmitía de generación en generación, como un legado, un pergamino que atestiguaba su nacionalidad francesa. Al ser escolarizadas, las niñas no suponían ningún problema, pues bastaba la escuela local –que era búlgara–, mientras que el varón debía estudiar en la escuela francesa. Y dado que en el país la escuela francesa resultaba ser la escuela católica de los hermanos de San Juan Bautista de La Salle, el varón no tenía más salida que acudir a una escuela cristiana. Para ponerle remedio, su madre, que era hija de un rabino, se encargó de inculcarle la verdadera, la única religión que cuenta, la de Abraham, Isaac y Jacob.

Así fue como, desde su más tierna infancia, se encontró en una encrucijada de nacionalidades y religiones que proclamaban un único Dios, pues eran monoteístas. En casa, el único Dios verdadero era Adonai; en la escuela, el Cristo católico; con los amigos, el Cristo ortodoxo. Entre ciertos amigos, ante todo y sobre todo, se creía en Alá.

En conclusión, como las religiones antiguas resultaban irreconciliables, la única solución aceptable y satisfactoria parecía ser la que clama el advenimiento de un hombre nuevo en un mundo de justicia. Un mundo en el que ya no seríamos judíos, cristianos, musulmanes o budistas, sino ciudadanos del mundo de pleno derecho, con oportunidades iguales.

El tren, sin contemplaciones, sigue avanzando, alejándose de París y acercándose a los Pirineos. Con la noche llega la calma, se calman los ardores y se sacia la curiosidad. Estando por fin todos sentados, hay quien juega a las cartas y quien charla sobre cuestiones filosóficas o morales. No, eso no nos divierte en absoluto. Las historias para no dormir, o mejor aún, los chistes de guardias, eso gusta más y anima el ambiente… ambiente de guerreros. Aunque enseguida nos cansamos y volvemos a las conversaciones.

–El caso es que yo te quería decir algo y se me ha olvidado… Ah, sí, ya lo recuerdo, ¿eres tú el de las dos botellas de coñac?

–Sí, pero si cogemos el barco, nos vendrán muy bien…

–Sí, eso es cierto, pero déjame que te diga que yo ya estoy mareado… y además, el aguardiente se puede comprar en todas partes.

–Hombre, sí, en todas partes, pero ya has visto al «ayudante», que quiere que todo vaya a paso firme, de principio a fin. Del metro al tren, del tren al barco…

–¿Y qué barco? No te vayas a creer que será un trasatlántico.

–Sí, eso me pregunto, ¿qué barco? Porque seguro que seremos un montón y no será posible hacerse los indiferentes, los inocentes que se van a dar un paseo en barco.

–Por cierto, no sabemos si iremos en barco…

–Exacto, pero además hay otra cuestión, entre nosotros el vino está mal visto, así que no te cuento el alcohol…

–Ah, pero es lo mismo, es contra el mareo, y como a Ángel le duele el estómago, hemos decidido abrir una.

–Vale, vale, pero con una botella no habrá para todos, somos un condenado ejército.

–No hace falta gritarlo a los cuatro vientos; esta es la zona de influencia búlgara, hemos hecho bien en sentarnos juntos.

–Me estáis empezando a fastidiar, hemos dicho que era para el barco. Dejadme en paz de una vez.

–¡Ya está! El subresponsable del subgrupo del grupo balcánico haciéndose de rogar. ¿Por lo menos será de cuatro estrellas?

–No sé cuántas estrellas tiene, y si son cinco, ¿qué más da?

–Nada, es por saber, déjame ver…

–Sí, eso, verlo y mirarlo…

–¡Oh! Pues quédate tu botella… ¿Alguien tiene agua, por lo menos? Ah, vaya, si es de cuatro estrellas ha tenido que ser caro… Mira, bonita etiqueta.

Acabamos pasándonos la botella de mano en mano, para admirar las estrellas, la etiqueta, acariciar el tapón plateado.

–El condenado corcho está flojo, mira, ya se ha roto. Vaya caraduras, le pusieron un tapón estropeado, está casi podrido. Ah, sí, no hay que dejarlo así, si no se va a estropear…

–¡Pues por muy malo que sea el corcho, necesitamos un abrebotellas para sacarlo! ¿Alguien tiene un sacacorchos? Pues nada, mala suerte, si no hay sacacorchos aquí no se bebe.

–Que sí, alguien tendrá uno, en los demás compartimentos. Espera, voy a preguntar. Pero no puedo pedirles un sacacorchos, ¿qué van a pensar de mí?

–¿Qué quieres que piensen? Nada, además han visto que llevas material sanitario en tu maletín, así que di que tienes que abrir un medicamento para un enfermo, pensarán que eres médico.

–Escucha, tú eres el responsable, tendrán que creerte, no podrán decir que no es verdad, no se atreverán.

–Tiene razón. El responsable se encarga de las misiones delicadas, nosotros de las faenas, los trabajos pesados; yo, por ejemplo, voy a encargarme de sacar el corcho. Y no hagas historias, votamos a mano alzada, por mayoría, sin historias, hay que acatar lo que diga la mayoría, ¡disciplina, camarada!

–De acuerdo, pero con una condición. Me llevaré la botella, la abriré allí y le echaré un poco al que me preste su sacacorchos y al de al lado. Así estarán implicados, y no podrán delatarnos.

Algunos instantes después, el responsable volvió con la botella abierta… y casi vacía.

–Qué queréis que os diga… eran muchos, es lo único que podía hacer.

–No digas nada, eres un tío legal, y por eso te has tomado la molestia. No merecía la pena, teníamos que haberla dejado donde estaba, por lo menos habríamos tenido la esperanza de degustarla un día. Bueno, pues abramos la otra.

–¡Ah, no, yo paso! Ahora le toca a otro, el que quiera beber que la abra.

–Entendido, dame la pócima, yo me sacrificaré por la causa, la causa común.

Ángel toma la botella y de un golpe seco en el canto de la mesa, rompe el cuello de la botella salpicando a su alrededor y salvando casi todo el contenido.

–Así no habrá más historias. Es lo mismo, teníamos que haber empezado por aquí.

Cambiamos de tren. En nuestro compartimento hay otros pasajeros, y un cura. Aquello no impide que, estando por fin relajados, nos dejemos llevar por nuestras chácharas. Pronto las charlas cesan, alguien susurra una melodía de nuestra tierra, otro se une, y luego otros, la canción se propaga, se amplifica, y al final, por contagio, se produce una explosión improvisada de cantos folclóricos, para sorpresa de los «extranjeros», los cuales se sorprenden y luego se rinden al entusiasmo y la espontaneidad. Pensábamos haber ocultado a la asistencia la finalidad de nuestro viaje. El cura, perspicaz y sonriente, explica a sus vecinos perplejos:

–Son partidarios de los republicanos españoles a los que van a prestar su ayuda.

Kurt se precipita, como loco, pero ante la evidencia, impotente, se da por vencido.

El tren atraviesa los campos por la noche. Algunos consiguen adormilarse pero enseguida la claridad se cuela por las ventanas: se hace de día y la intranquilidad se apodera de nosotros de nuevo. Conocemos bien las instrucciones, mil veces nos las han repetido: mantener la calma, la seriedad, no hacer ruido, no llamar la atención. Pero al acercarnos a los Pirineos ya no podemos estarnos quietos.

La velocidad del tren disminuye, primero imperceptiblemente, luego, progresivamente desaparece el efecto de tracción, pero por inercia continúa moviéndose a gran velocidad, sin trabas, ligero, libre; sí, esa es la palabra: libre.

Hace ya rato que Kurt, en voz baja, ha dado sus instrucciones:

–Al bajar del tren, nos separamos en grupos pequeños, dando la impresión de que no nos conocemos, hablamos en voz baja, o mejor aún, nos callamos.

Una vez más la misma canción: no hay que llamar la atención, sed discretos, pasad desapercibidos, especialmente allí, en Perpiñán. Al pie de los Pirineos, tan cerca de la frontera.

Por fin llega la hora. En el andén, todos fingimos indiferencia y despreocupación, mientras avanzamos, con los ojos puestos en el gran Kurt. Menos mal que es alto y se le ve de lejos. Está hablando con alguien que nos estaba esperando, informado de nuestra llegada. Enseguida nos pasamos la consigna:

–Seguirse sin perderse de vista y sin formar tampoco grupos.

La columna se estira por las calles de la ciudad. Al doblar la esquina de un callejón, Kurt y el guía entran en una puerta cochera. ¡Uf! Por fin vamos a poder relajarnos. Dentro, en un gran patio, nos explican: no será posible pasar la frontera hoy; según parece habrá que hacerlo por la noche. Mientras tanto, habrá que descansar y prepararse, el paso será difícil y tal vez a pie.

Por lo menos podemos salir, pasear en grupos pequeños… (etcétera), pero no hay que alejarse. Después de haber recorrido mil kilómetros metidos en el compartimento de un tren, no tenemos ganas de descansar. Como es natural, algunos no conocen la región o la conocen un poco, no quieren exhibirse, pero a los parisinos no habrá forma de encerrarlos en el corral. Además, la ocasión de visitar Perpiñán no se presenta a menudo. A lo mejor es una ciudad bonita, con chicas de buen ver. Eso, eso, no nos alejaremos, nos quedamos cerca, dando una vuelta por el barrio. El paseo por las calles de Perpiñán, con los brazos sueltos como los marineros de Tulón,1 es bien recibido.

¡Vaya! Ese restaurante tiene muy buena pinta. En el tren solo hemos comido bocadillos, y en la granja, con un poco de suerte, encontraremos ratas. Estamos mejor aquí. Además, cuando crucemos al otro lado, habrá menos ocasiones como esta.

–¡Buen provecho, caballeros! –nos dice el dueño al servirnos en la terraza de su establecimiento.

El pobre no sabe nada. Él no ve lo mismo que nosotros. A lo lejos, el valiente Ilia nos mira con ojos desorbitados y se acerca tan rápido como su tosco cuerpo le permitía, mientras intenta disimular haciendo que pasea.

–¡Rápido! ¡Contraorden! Nos vamos inmediatamente. Reuníos en la casa que ya conocéis.

Efectivamente, delante de la puerta cochera de la casa en cuestión esperan dos autocares, ocultando todo lo posible el interior del porche y del patio. Reina la agitación, nos vuelven a poner en grupos, nos cuentan para que los autocares no vayan demasiado cargados, para que parezcamos turistas… ¡Seguro…! La primera tanda sube al autocar. Los asientos son mejores que los del tren; se va mejor en todos los aspectos; se puede mirar por la ventanilla y parece verdaderamente un paseo.

Qué bonitos son los Pirineos. Nos recuerda al monte Vitocha al pie del cual se encuentra Sofía, nuestra ciudad natal. Pero en Sofía no había autocares ni carreteras. Por la mañana temprano tomábamos el tranvía hasta Boyana o Dragalevtzi, y desde allí, por caminos de cabras, escalábamos la cima hasta el refugio Aleko. Y al llegar arriba, qué espléndidas vistas de Sofía. Qué ganas de saltar con los pies juntos y aterrizar sobre las cúpulas doradas de la catedral Alexandre Nevsky. Por la noche, imposible encontrar sitio en el refugio, más aún los domingos, así que dormíamos al fresco, muy pegados unos contra otros. Al principio las luces de la ciudad nos fascinaban: los faroles bien alineados en cada calle parecían un plano, un mapa geográfico luminoso. Entonces, calle por calle, barrio por barrio, las luces desaparecían. Intentábamos adivinar los distintos barrios hasta que casi todas las luces se apagaban. Ante nuestros ojos solo quedaba una amplia cortina de niebla semejante a unas olas gigantescas y desmesuradas. Entonces nuestros jóvenes pulmones adolescentes, rebosantes de aire fresco de la noche, se embriagaban de pureza. Y diminutos bajo la inmensidad de la bóveda brillante nos sumíamos en la nada.

Aquí, en pleno día, hace un sol resplandeciente. La montaña parece domesticada, atada por una carretera lisa y nítida, que juega a esconderse en el recodo de cada colina. Pero después de cada giro la carretera reaparece, jugando después de una travesura. Y se estira hacia lo lejos, hasta la siguiente curva.

Al doblar una colina, algo insólito interrumpe el juego. Algo descabellado. En plena naturaleza atormentada y salvaje, donde la carretera es de por sí indeseable, hay algo aún más retorcido. En plena montaña, atravesando la carretera, aparece un poste abigarrado, flanqueado por una cabaña tan abigarrada como el primero. Entre ambos, un hombre con un buen barrigón, con la guerrera abotonada hasta el cuello, y en lo alto de la cabeza, un quepí.2 Verdaderamente es el colmo de lo grotesco. Peor aún, qué contrariedad. El autocar se detiene dócilmente ante el esmirriado obstáculo.

Nuestro guía se gira hacia los pasajeros del autocar y pregunta:

–Entendéis el francés, ¿verdad?

Un entusiasta: «¡Sí! ¡Sí!» –le responde.

–Bien –continúa con una mezcla de severidad e ingenuidad–. Cuando vuelva, si os digo algo, haced como si no entendierais. ¿De acuerdo? Que nadie meta la pata. ¿Entendido? Bien.

Se baja y se pone a charlar alegremente con el de la panza. Pronto regresa enfadado, fuera de sí, seguido de cerca por el gordinflón, que hace gestos con los brazos y no quiere saber nada más. Es la negación personificada. Entonces el guía, furioso, abre la puerta del autocar y con un tono seco nos grita:

–Dadme una maleta, la que sea… ¡Venga, dadme una maleta, cualquiera, da lo mismo!

Aunque estamos avisados, el asombro nos deja helados en nuestros asientos. Basta muy poco para meter la pata debido a la naturalidad con la que finge el guía. Pero disciplina, camaradas, ¿verdad? Nos hemos formado en la mejor escuela. Pese a que cada cual se inclina hacia su maleta, interrogando al otro con la mirada. Y es que la repentina improvisación nos sorprende a todos, pero exceptuando algún «Eh…» acallado el plan funciona y no hace aguas. Lo de no hacer aguas es una forma de hablar, porque nuestras camisas estaban empapadas.

–¡Lo ve usted! –exclama el guía triunfante dirigiéndose al guardia–. Nadie habla francés. No son de aquí, son españoles que vuelven a su casa.

Al final, la ira del gordo, fingida o no, se calma, y nuestro guía le lleva otra vez hasta la garita, donde se ponen a tramar algo misteriosamente. Enseguida vuelve relajado, se pone al volante tranquilamente y suelta: «¡En marcha!».

Se abre la barrera y el autocar entra en el «No man’s land». En ese momento, el guía, medio girado hacia sus protegidos, les ordena callar en voz baja, con un largo «Shhhhhh».

El silencio colectivo le responde: mensaje recibido. Pero el corazón nos late como si fuera a estallar. ¿Será verdad? ¿Es real lo que está pasando? Es tan increíble, totalmente inesperado. En lugar de escalar picos vertiginosos, o bien de ser azotados por las aguas embravecidas en una barca de pesca decrépita, cruzamos la frontera cual turistas, bien sentaditos en nuestros mullidos asientos. No nos lo podemos creer.

A pesar de lo cómodos que son los asientos, estamos con el alma en vilo, sintiendo la tensión en la nuca y sin atrevernos a mirar atrás, por si aquel hombre cambiaba de idea. El «Shhhhh» del guía nos mortifica, ¿y ahora qué pasa?

La carretera, ajena a nuestros tormentos, se estira de nuevo a través de la montaña. Poco después la maldita barrera desaparece, al tiempo que a lo lejos, ante nosotros, se divisa otra. Pero esta no nos asusta, todo lo contrario. Entre la asistencia se propaga el bullicio.

El guía, como siempre impasible, nos vuelve a echar un jarro de agua fría:

–¡Silencio! Ahora también hay que callarse.

–Pero si ya estamos en España; son españoles.

–Sí, pero estos son anarquistas, y como saben que nosotros somos más o menos comunistas, pues mejor no arriesgarse. ¡Así que a callar! ¿Estamos?

El autocar se para de nuevo delante de un poste abigarrado. Esta vez con los colores españoles. Más allá, unos hombres jóvenes, armados con fusiles, cubiertos con una especie de capota extraña. Es como si fuera una manta con un agujero en el centro para sacar la cabeza. La manta cuelga por delante y por detrás como si fuera una túnica.

Los hombres nos miran con simpatía, sonriendo con timidez. ¿Acaso es la influencia del guía lo que nos condiciona? Son reservados, eso es verdad. ¡Pero estamos en España! ¡Son españoles!

El autocar atraviesa la barrera y avanza perezosamente. ¡Por fin hemos entrado! Una sensación eléctrica nos invade hasta la punta de los dedos, hasta el cuero cabelludo. El corazón late como si se fuera a salir del pecho; la garganta, atenazada por el esfuerzo de tener que callar. Pero es demasiado: disciplina, razón y órdenes vuelan en pedazos por la espontaneidad que caracteriza los grandes momentos. En una especie de trance colectivo (el responsable incluido), las válvulas ceden y dejan escapar un alboroto estrepitoso; las gargantas liberadas al fin dejan que brote el himno de la venganza y la esperanza.

Seguimos el viaje, pero esta vez en territorio español. El autocar circula por una carretera mal empedrada, pero española. Ya hemos llegado. Nos lo repetimos unos a otros, como para convencernos. Es tan lejano, tan increíble. Y sin embargo estamos en tierra española. Los árboles, inmóviles al borde de la carretera, tontamente nos miran pasar. Pero ahora son árboles españoles. La gente nos mira con avidez. A nuestro paso esperan que les hagamos una señal. En cuanto levantamos el puño se produce la exuberancia: los rostros se iluminan, los puños en alto, se desgañitan: «¡Salud, salud, salud hombres!».3

Llegamos a una población española con su plaza a lo lejos, rodeada de árboles, y la gente, viejos, jóvenes, muchachas, deambulando alrededor. Parece una representación del teatro de Châtelet. Solo falta la orquesta. ¿Vamos a interrumpir un espectáculo tan bien organizado? No, el autocar gira a la derecha por un camino que conduce a la salida del pueblo. A lo lejos, divisamos los muros de un fuerte de estilo medieval, con su foso y su pasarela. En la entrada, un joven carabinero y otros que no llevan uniforme juegan al tejo. A nuestro paso, se apartan y nos saludan con la mano con simpatía y sencillez, como si nos conociésemos de toda la vida. Y nosotros, como viejos amigos, nos adentramos en el Fuerte de Figueras, punto de encuentro y primera etapa de todos los «internacionales».

En el patio inmenso, algunos edificios de otra época ya han sido ocupados por los que llegaron antes que nosotros. El dueño del lugar, vestido de civil, nos conduce a nuestro local, un inmenso dormitorio alargado, con camas y lineales de estanterías. Henos aquí convertidos en soldados, aunque solo aceptemos el título de combatientes. Todo esto me recuerda al cuartel de la Barolière en Lunéville, dominio del 8.° Regimiento de Dragones, donde un antimilitarista nacido en Bulgaria se doblega de mala gana a los ejercicios del tercer escuadrón. Tras haber recibido, a disgusto, la instrucción en el pelotón de suboficiales, y haber sido ascendido a brigadier del cuerpo de fusileros, termina subyugado por la estrategia militar y la perspectiva de que habría que utilizarla para la lucha de clases durante la revolución.

Da lo mismo, me recuerda al cuartel de Lunéville, pero solo estamos de paso, y además, esta vez no solo habrá maniobras de tiro al blanco, sino la verdadera, el inicio de la verdadera lucha final. Se acabaron las «corridas» de las noches parisinas, con las manos desnudas contra las porras de la policía y las cargas de la guardia móvil. Ya no recibiremos golpes de culatas o de porras sino de balas mortales. Esta vez nosotros también tendremos fusiles y balas reales, y podremos batirnos con armas iguales o casi iguales. Ya veremos quién cede el primero. No seremos nosotros.

El responsable del fuerte, con una amplia sonrisa de compromiso, se acerca a avisarnos de que podemos instalarnos, descansar y dormir. Como no nos iremos hasta pasados unos días, nos presenta este intervalo como si de un favor se tratase. Contra toda previsión, estalla una protesta general ensordecedora: ¿Qué? ¿Esperar, dormir aquí, otro día más? Pues no hemos recorrido todo este camino para esperar y dormir… De tanto esperar, a lo mejor llegamos al frente después de la batalla… En cambio los fascistas no esperan. Ellos tiran y avanzan, y están a las puertas de Madrid. Mientras nosotros dormimos aquí.

Sin inmutarse, con gran amabilidad, nos explica que para luchar con armas más o menos iguales a las de los facciosos habrá que enfrentarse a ellos con un verdadero ejército estructurado y disciplinado y no con combatientes en orden disperso.

–Entended, camaradas. ¡Es la guerra!

Precisamente. ¿Para qué se supone que hemos venido si no?

1. En referencia a una canción popular.

2. El quepis o quepí es un gorro cilíndrico, con visera horizontal, usado como prenda de uniforme por militares o gendarmes franceses o de otros países.

3. En castellano en el original.

Capítulo 2

ALBACETE

Voluntarios de la libertad o ejército estructurado.

Volvemos a subir a un tren, pero esta vez no tenemos por qué estar callados, al contrario. Este inmenso tren con innumerables vagones solo va cargado de amigos. El exterior de los vagones está pintarrajeado con todo tipo de palabras relacionadas con la República española y su ejército republicano. En el interior se arma un gran alboroto, aunque nos parece que el tren no va bastante rápido.

Al poco, el tren disminuye la marcha, se adentra en una estación y se detiene. Estamos en Barcelona, todo el mundo se baja. En filas, bien apretados, nos conducen hacia un cuartel rebautizado con el nombre de Carlos Marx.

Nos están esperando. A pesar de los innumerables milicianos1 españoles que se agolpan en el patio cansados de esperar, a nosotros nos invitan a entrar en un agradable salón donde varias mesas están ya preparadas con cubiertos y un plato humeante para cada uno. De menú: tomates rellenos. ¡Delicioso! Ningún tomate relleno del mundo, ni de lejos, puede competir con estos tomates.

Una vez acabada la comida, para hacer la digestión, vamos paseando hasta la estación, donde de nuevo el convoy emprende la marcha. Dejamos atrás el Mediterráneo y nos adentramos en la árida campiña aragonesa.2 Los campesinos3 nos saludan al pasar. ¡Más deprisa! ¡Más deprisa! Este tren no va nada rápido.

En el tren nos enteramos de que a partir de ahora formamos parte del batallón Thaelmann. Este grupo ya ha participado en varios combates de forma autónoma, siguiendo el mismo funcionamiento que las demás formaciones combatientes. Nos cuentan sus hazañas. Los efectivos son en su mayoría alemanes, pero también checos, rumanos, húngaros y polacos. Entre ellos hablan alemán. En nuestro grupo solo Kurt puede comunicarse con ellos.

El tren llega, jadeante, a la estación de Albacete. También allí nos estaban esperando. En filas nos conducen hasta la plaza de toros,4 donde nos darán de comer. Quién sabe, tal vez algún toro de la última corrida. Somos muchos los que esperamos. Algunos están ya en la mesa; nosotros nos impacientamos fuera. Después de una larga espera, llega nuestro turno, nos sentamos a la mesa. La mesa está puesta, pero… Pero los platos están vacíos. Aun así nos sentimos afortunados, ya que los que vienen detrás no han tenido tanta suerte, todavía siguen fuera. Nosotros, los dichosos, estamos a la mesa, sentados o de pie, qué importa, con tal de poder llenarnos la panza. Pero por el momento seguimos esperando, prudente, tranquila y pacientemente, esperamos.

Algunos responsables circulan, se chocan, se cruzan, se adelantan a toda velocidad. Parece ser que uno tiene más prisa que el resto. Los otros, sus subordinados, intentan abordarle, pero es imposible, va con prisa, se aparta del asedio, se apresura. Quién sabe, tal vez haya un incendio en su casa. Entonces uno de los subresponsables consigue arrinconarlo y, bien juntitos uno contra el otro, intercambian secretos altamente importantes. El primero se aleja pero el segundo le vuelve a alcanzar, tiene prisa, pero no tiene escapatoria, el segundo insiste, intercambian conciliábulos terribles a juzgar por las miradas furibundas que lanzan en todas direcciones.

Finalmente, el subresponsable, lentamente y con aire de solemnidad, se sube a una mesa, y con los brazos en cruz, en medio de un silencio religioso, predica (la escena me recuerda a una similar, al borde del lago Tiberíades, hace dos mil años):

–Camaradas, es la guerra, debéis entender que hacemos todo lo posible pero…

Después de larguísimas explicaciones, concluye:

–No queda nada de comer.

Y las puertas del templo vuelven a abrirse. Al ver la cara de los que salen, los que entran se dan por enterados, y en un silencio impregnado de serenidad, dos columnas de hombres se cruzan con dignidad. Los que salen están decepcionados, los otros entran aunque solo sea para echar un vistazo, nunca se sabe, pero se confirman sus sospechas, no era una equivocación. Fuera nos partimos de risa: «A ver, el subresponsable del responsable de la subsección de la sección balcánica, ¿es así como cuidas de tus hombres?».

El susodicho se defiende de los reproches, se escabulle, atraviesa la calle, se mete en una especie de colmado, con la mirada pasa revista a toda la tienda, ve unos salchichones colgados del techo.

–¿Qué desea usted? –pregunta la vendedora.

El responsable podría haber contestado en su judeo-español natal. Más expeditivo, señala con el índice hacia el cielo. «¿Cuántos quiere?», le pregunta ella. Con la misma actitud expeditiva, le mete una moneda en la mano y recibe dos salchichones enteros. Visto lo visto, le da algunas monedas más y se encuentra en la calle con una ristra de chorizos.5 Los hombres le reciben con los brazos abiertos, solo falta encontrar pan, pero no hay pan a la vista. El buen humor va ganando terreno: «¡No tendremos pan, pero tenemos un responsable con salchichón!».

Con los carrillos llenos, nos dirigimos hacia la gran plaza situada a la salida de la ciudad. Todos vamos comiendo, a excepción de Kurt, que «sin salchichón y sin reproche» dirige a sus hombres a la vez que reprende al subresponsable:

–Pero tú que eres el responsable, en vez de dar ejemplo, en vez de instruir a los demás, te largas del cuartel a comprar, sin órdenes de ningún tipo.

Estamos en la gran plaza, es casi tan grande como los campos de maniobras de Lunéville. Allí estamos todos organizados formando cuadros, como es debido. Están los alemanes del batallón Thaelmann, los italianos «garibaldini», los franco-belgas y los polacos, naturalmente, junto a los balcánicos. Estamos todos, perfectamente alineados. Él también está allí, justo en el medio, como es debido. Grande, seco, vestido de azul oscuro, el bajo de los pantalones bombachos ajustado a sus borceguís bien encerados, una chaqueta corta ajustada ceñida por un talabarte sin arma. Tiene la expresión seria, pálido, una nariz larga aguileña calzada por unas gafas redondas, una mirada de águila… o casi.

La orden resuena a la redonda: «¡Atención! ¡Firmes!».

Y el universo se paraliza mientras el gran jefe grita: «¡Los comandantes de grupo, preséntense aquí!». Con serenidad, los comandantes se precipitan desde todos los horizontes y se colocan firmes a su alrededor a una distancia oportuna.

En las filas se oyen diferentes lenguas:

–Pero ¿qué dice? ¿De qué está hablando?

El momento es solemne y, desde luego, poco propicio para dar explicaciones. El gran jefe ha dicho alguna cosa que no hemos entendido, y los interesados, como flechas, deshacen el camino, como si un director de cine hubiese anunciado que la toma ha salido mal, y hay que volver a empezar. Y vuelve a empezar.

–¡Los comandantes de grupo, preséntense aquí!

Y las flechas se lanzan de nuevo hacia el sol… y vuelven bruscamente.

Pero esta vez, es el sol en persona el que se desplaza, a grandes zancadas se dirige hacia nosotros, se acerca, está allí, nos deslumbra. Lanza sus rayos por encima de nuestras cabecitas:

–¿Qué tenemos por aquí?

Kurt, compungido, farfulla:

–Yugoslavos, búlgaros, turcos, griegos, armenios…

–Bueno, está bien. ¿Quién ha sido oficial en su país?

–Teníamos uno, pero lo han destinado como motorista.

–Claro, los responsables se mantienen en la dirección política. Bueno, ¿y los suboficiales?

Le responde un clamor de incomprensión. Hay que traducir. Algunos valientes salen de la fila y se sitúan, inmóviles, a los seis pasos reglamentarios del jefe.

–Bueno, a ver, que salgan también los cabos, y los soldados rasos. ¿Y los demás? ¿No habéis servido nunca en el ejército? ¡Madre mía!

Con altanería, vuelve a su lugar en el centro. A partir de ahora no habrá centurias, acabamos de formar la primera, es decir, la XI Brigada Internacional.6 Ahora somos combatientes, soldados del embrión del nuevo Ejército de la República Española.

Eso quiere decir que somos parte integrante de este ejército. Hasta la fecha, los diversos grupos combatían de forma dispersa, cada uno a su manera, según las directrices de sus sindicatos o partidos respectivos, lo cual creaba muchas confusiones, malentendidos e incluso rivalidades. Además, gran parte del antiguo ejército español escogió o se encontró en el bando contrario. Para luchar contra un ejército regular, nosotros también debemos contar con un ejército estructurado, disciplinado, unificado.

Esta creencia nos la machacan muy a menudo, tal vez demasiadas veces; y es que a la larga nos fastidia saber que somos un ejército como los demás, cuando nosotros nos consideramos combatientes revolucionarios.

Algo en nuestro interior nos dice que efectivamente el ejército tiene sus exigencias y que… «¡Es la guerra, camaradas!» es una realidad que hay que tomarse en serio. Sí, pero ¿qué ejército? ¿Y qué guerra?

Volvemos a estar de nuevo en el patio del cuartel de Albacete. ¡Qué fastidio, la palabra cuartel resuena constantemente en nuestros oídos! Allí estamos, en el cuartel, divididos en unidades estructuradas: batallones, compañías, secciones, escuadras. Con cabos, sargentos, tenientes, capitanes, etc.

Aquí está nuestro general.7 Tirando a pequeño, barrigudo, aunque dinámico, incluso ágil. Le vemos circular nerviosamente por el patio. Los iniciados saben que viene de «allá arriba», ¡pero chitón! Digamos que viene de México,8 que es de origen húngaro y que participó en la Comuna de Budapest con Bela Kun.

Así pues, somos soldados, y el soldado es en gran parte el uniforme. Los jefes de sección con dos hombres van a recoger los uniformes nuevos y la impedimenta. Vestidos con uniformes nuevos, con cartucheras pero sin cartuchos, morral y manta. En un rincón del patio, hay una pila de cajas de madera, cajas más bien largas, como ataúdes.

Pasamos en fila india por delante de las cajas que los funcionarios van destripando y, poco a poco, a medida que las vacían, nos hacen un regalo deslumbrante, un fusil nuevo o casi nuevo, de los que disparaban los soldados ingleses durante la Primera Guerra Mundial, que por aquel entonces se consideraba como la guerra que pondría fin a todas las guerras. Fusiles del periodo de 1914 a 1918, respetuosamente conservados con grasa, y que van a ser desengrasados y limpiados por el camino por jóvenes, algunos de los cuales no han tocado jamás un arma.

Una vez vestidos y armados, con un pequeño maletín con nuestros efectos civiles en la mano, retomamos la marcha en fila india hasta el montículo de maletines. Por turnos, con un extenso gesto de agricultor en plena siembra, cada cual lanza su maletín al montón. Por supuesto, volveremos a recogerlos a la vuelta…

De nuevo estamos en los bancos de madera del tren interminable, con numerosos vagones, tirados por dos locomotoras; atravesamos innumerables estaciones haciendo paradas de duración indeterminada. Por más que las locomotoras intentan no perder el resuello, el tren avanza a duras penas a través de la árida campiña.


Voluntarios internacionales en el Cuartel de la Guardia Nacional Republicana de Albacete.

El sol calienta la piel bronceada de los paisanos que nos saludan al pasar. En todas las estaciones, los andenes están abarrotados. Por suerte nadie se monta en el tren. La gente simplemente chismorrea e intenta ver de cerca a quienes, desde el interior de los vagones, cantan, gritan y saludan en una lengua extranjera y extraña, que aun así resulta cercana, cálida e incluso familiar.

Evidentemente, estos españoles no están aquí por casualidad, no. Han venido a ver y a sacar en claro alguna cosa sobre los comentarios, quizá contradictorios, que han oído, y como gente que se toma las cosas en serio han venido a ver con sus propios ojos. El sol, las canciones y la calurosa amabilidad se conjugan para resecarnos la boca. «¡Algo de beber! ¡Por favor, algo de beber! ¡Nuestras cantimploras están vacías!».

Está vez es Ángel el encargado de ir a por agua. Las cantimploras del grupo cuelgan de sus hombros, y en la primera parada salta al andén. Al cabo de un buen rato vuelve desconcertado y con las manos vacías.

–No entiendo nada. He dicho lo que tú me has dicho, que dijera «agua, agua»,9 y no me han dejado pasar, diciéndome: «Chinchilla, Chinchilla». Así que no se pide como tú me has dicho, se dice «Chinchilla». ¡A ver si aprendes español antes de hacerte el listillo!

El tren emprende la marcha con más ahínco, mientras los combatientes balcánicos, prudentes y aplicados, repiten a cual mejor «Chinchilla, Chinchilla», para no olvidarlo antes de llegar a la siguiente estación. Rápidamente perfeccionan el sistema, por turnos, uno a uno, toman el relevo repitiendo la palabra mágica, y así uno detrás de otro hasta la siguiente parada, para no volver con las manos vacías esta vez.

El tren reduce la marcha, pronto se detendrá en una nueva estación. Antes de que el tren haya parado del todo, Ángel se lanza al andén. Por seguridad, el responsable le sigue. Los mismos españoles de piel bronceada siguen allí. Los dos combatientes sedientos gritan «¡Chinchilla!, ¡Chinchilla!». Los españoles, al unísono, les dan la razón: «Sí, sí, Chinchilla, Chinchilla».

Pero bueno, ¿qué es esto? No puede ser, lo están haciendo adrede, se están riendo de nosotros, quieren que nos muramos de sed.

Los españoles rodean a los dos hombres, y se les acercan cada vez más, dándoles un golpecito en el hombro repiten sonriendo: «Bien, bien, camarada, bien».10 Pero los dos hombres no ríen, tienen sed. Exasperados, chillan con desesperación: «¡Chinchilla, Chinchilla!». Uno de los españoles se separa del grupo y, como para calmar el nerviosismo de unos niños impacientes, señala con el índice la fachada del edificio de la estación, y repite: «Sí, sí, Chinchilla, Chinchilla».

Es eso, pues, la gente nos ha dicho que abrevásemos en la siguiente estación, Chinchilla, donde la parada es más larga. Está muy bien saberlo, pero seguimos teniendo sed. Les enseñamos nuestras cantimploras vacías: por favor. El grupo de españoles se moviliza: «¿Agua? Bien, hombre, bien, venga».11 Nos empujan al interior de un edificio. ¡Eh! Pero no hace falta que vayamos los dos, con que entre Ángel bastará. El responsable, en su calidad de jefe que conoce las argucias de los conspiradores, espera en el andén, se mantiene en guardia. Desde que Ángel ha sido engullido por la multitud que entra en el edificio, el responsable vigila y se impacienta. La locomotora silba con insistencia, también ella se impacienta; pronto va a partir el tren y Ángel no da señales de vida, ni rastro de él en el horizonte. ¿Será posible? ¿Le habrá pasado algo al compañero? Kurt nos había advertido de que no todos los españoles eran republicanos, también hay franquistas que se esconden, que merodean, hay que ir con cuidado, ser prudentes. Por lo visto Kurt tenía razón. Tenemos que advertirle. Habrá que detener el tren, este tren inmenso con innumerables vagones, con dos locomotoras. Tenemos que registrar la estación y encontrar a nuestro compañero, vivo o muerto. Pero en el momento de mayor desesperación vemos el cielo abierto, Ángel aparece en lo alto de la escalera de entrada. Ni vivo ni muerto: parece que las cantimploras que cuelgan de sus hombros pesan toneladas. Va dando tumbos hacia la derecha, hacia la izquierda. A su alrededor los «franquistas» le ayudan a avanzar, tomándole el pelo. El responsable estalla:

–¡Ya estás aquí, por fin! ¿Tanto tiempo has necesitado para rellenar las cantimploras de agua?

–¿De agua? No hay agua, farfulla Ángel con la lengua pastosa, y explica: ¡No han querido!

–¿Cómo que no han querido?

–No han querido darme agua y ellos me han rellenado las cantimploras. Y mientras las llenaban, estábamos todos en la barra, y no podía decir que no, me iban rellenando el vaso, ya me entiendes…

No es tan difícil de entender, está muy claro. Esperemos que Kurt no esté en los alrededores, y los otros tampoco, habrá que pasar desapercibidos, no llamar la atención… y ayudar a avanzar a un Ángel vacilante con sus cantimploras repletas de vinazo, salpicando al chocar unas contra otras.

–¿Te das cuenta? ¡Nosotros, combatientes responsables, que queremos cambiar el mundo, mejorar el género humano, vamos al combate con cantimploras llenas de vino que nos mantienen alejados de nuestra misión!

–Pero, oye, ya sabes que el vino es bueno para el dolor de barriga…

–Sí, sí, claro, ya sé, ya sé, lo mismo me dijiste del coñac…, pero no te das cuenta, es la guerra, camarada…

Ahora que el vino ya está en las cantimploras, habrá que bebérselo, ¿no? He ahí el dilema, como combatientes lúcidos y consecuentes que somos, deberíamos tirarlo. ¿Entonces qué hay que hacer, vaciar las cantimploras en el váter? De entrada no tenemos agua para beber, y además sería una falta de consideración hacia los españoles. El responsable recuerda la lección de la escuela del Partido en París sobre los conceptos marxistas-leninistas: Todo producto o herramienta de producción que procede de la labor de los trabajadores es digno de respeto, no debe ser menospreciado. Dado que el vino es el producto de los trabajadores de los viñedos, continuamos el viaje haciendo honor al producto de la labor del proletariado español.

La siguiente parada es Chinchón; todo el mundo se baja. Aquí nos dan la munición. Morrales de tela ligera, compartimentados, con dos cargadores de cinco cartuchos en cada compartimiento. Todo ello sujeto por una cinta en bandolera. Es fácil de llevar y de utilizar. Así, con las cartucheras rellenas y un pequeño morral a cada lado, ya estamos preparados para luchar como verdaderos combatientes.

Ahora, que se aparte el enemigo, pero ojo con sus contraataques, y sobre todo con aquellos de los nuestros que por primera vez en su vida van a cargar un cartucho en un fusil. Habrá que enseñarles a desarmar el percutor por seguridad. Y enseñarles todo sobre la marcha…

En formación militar, como es debido, desfilamos por la calle hasta la salida del pueblo, donde nos esperan camiones nuevos. Camiones nuevos pero de marca desconocida. Encima del radiador hay tres letras en cirílico, que algunos de nosotros conocemos bien, ¡pero chitón! Vienen de por allí arriba… «de México»…

Los camiones, abarrotados de hombres de uniforme, se ponen en marcha por las últimas calles del pueblo. Ya por fin nos ponemos en ruta. A partir de este momento y de ahora en adelante somos verdaderos combatientes, o casi, porque en los camiones en marcha, a pesar del traqueteo y el movimiento, hay que explicarles a los jóvenes inocentes cómo desmontar un fusil, limpiarles la grasa y cargarlos con cartuchos antes de enfrentarse al enemigo.

Entre nosotros están Tonev y Christov, dos viejos veteranos que han luchado en otras guerras y que vienen de «allá arriba». También hay un fulano, un tipo curioso, que resulta un tanto sospechoso. Con los búlgaros habla y se hace pasar por búlgaro. Con los yugoslavos lo mismo. Hasta aquí nada extraño, puesto que a menudo los macedonios de la zona fronteriza suelen actuar así. Pero lo más sorprendente es que hace lo mismo con los turcos y los griegos. Habla con fluidez todas estas lenguas, y también español y francés. Cuenta que, como ha sido marinero toda su vida, ha tenido que alternar con marineros de diferentes orígenes. Parece lógico, pero es que este charlatán tiene una actitud extraña. De hecho, a partir de Chinchón, donde nos han dado las municiones, deduce que nos acercamos al frente. En el camión, se sitúa siempre en el mismo sitio, delante, justo detrás de la cabina del conductor, siempre de pie, y lo más desconcertante es que le ha cortado el ala a su sombrero de fieltro, de forma que solo lleva puesto el casquete, y alrededor lleva anudado un pañuelo blanco. Es curioso, no pasa desapercibido. Después de todo, quizá simplemente sea una persona original.

En un alto, en un pueblucho, nos paramos a estirar un poco las piernas, y nos distraemos por el pueblo. En el bar de la esquina, Ángel entra en una trifulca con uno de los griegos. Se desencadena una pelea; tan pronto empieza, con una espontaneidad sorprendente, se forman dos grupos: en un lado Ángel y algunos yugoslavos, y en el otro los griegos, los turcos y, sobre todo, el más violento de todos, el hombre del sombrero sin ala y pañuelo blanco.

A pesar de su edad, es el más vivaz, violento y agresivo. Salta de unos a otros injuriando a «los que han acaparado la dirección de la compañía»; incita constantemente al odio, al descontento de aquellos a los que califica como subalternos, hace que buena parte del efectivo le siga, aduciendo que no quieren seguir soportando la dictadura de los «jefecillos».

Así estan las cosas hasta que llega Kurt. Kurt el discreto, Kurt el silencioso, Kurt con su eterna libreta y el bolígrafo en la mano, Kurt el invisible, el reservado. Kurt siempre está cuando se le necesita. Él lo ha visto todo desde el principio, ha oído todo, ha comprendido todo y ha anotado todo en su libreta; a diferencia del resto, a él no le sorprende. Sabe muy bien cómo poner las cosas en su sitio, empezando por el principio. Reúne a los comunistas yugoslavos y búlgaros para ponerlos al corriente. Cuenta con los miembros del Partido y en el peor de los casos con los simpatizantes. Le echa un rapapolvo a Ángel, que con el enfado pasado, avergonzado, se encorva al recibir el rapapolvo propinado por el comisario político.

–No sé quién ha empezado ni quién tiene la culpa. Pero lo que sí sé es que un comunista le ha levantado la mano a un antifascista que ha venido aquí libremente para combatir con el pueblo español. Ahora bien, el comunista debe dar ejemplo, buen ejemplo, demostrando tanto su valentía como su camaradería, siempre y en todo lugar.

Acto seguido, ante toda la compañía, y después de una breve alocución, le da la palabra a Ángel, mientras que el protagonista griego, con las piernas arqueadas, los puños cerrados en los bolsillos, apenas contiene el genio, preparado para la pelea como una fiera antes del ataque. Ángel habla:

–Como comunista, considero que he reaccionado mal dejándome llevar por la ira, en perjuicio del buen nombre del partido al cual pertenezco. Espero que el Partido me perdone. Siento también haberle levantado la mano a mi camarada, le pido perdón, porque no estamos aquí para esto…

El final de la frase se ahoga entre un guirigay provocado por las muestras de cordialidad de su antagonista, cuya cólera, contenida durante largo rato, se ha fundido súbitamente como un pedazo de hielo al sol, y, con gestos desordenados por la excitación, rodeado de sus partidarios, se precipita hacia Ángel exclamando: «¡No, no, por supuesto que estás perdonado, somos camaradas, ha sido también culpa mía!».

Los dos adversarios se abrazan. Entre la concurrencia, las caras, tensas hasta hace un instante, se iluminan y se tornan felices, todos contentos se congratulan unos a otros. Todos, salvo uno, el viejo marinero charlatán que de repente ha perdido su seguridad; viéndose abandonado por aquellos a los que consideraba suyos, se ve obligado a mendigar la simpatía de todos. Esgrimiendo una vaga sonrisa, camina sin cesar ofreciendo cigarrillos a todos. Al verse finalmente desamparado, y para disimular su orgullo herido, coge una especie de escoba que estorbaba por allí y se pone a barrer con fervor y torpeza la tierra del local, que tampoco lo necesitaba.

La alegría es generalizada. Todos están felices de constatar que comparten el mismo objetivo, que están aquí por el mismo motivo, que tienen un único enemigo: los otros, los de Franco. El incidente queda zanjado. Para todos, salvo Kurt. A él no le ha sorprendido la disputa. Tampoco la reconciliación. Sabe que todavía no se ha dicho la última palabra. Desde que estamos en España, le hemos ido dando a Kurt las cartas para nuestros allegados en Francia. Convinimos en que, en toda la guerra, la correspondencia debía pasar por la censura y pensábamos que no podría verificar todo el correo. Pero Kurt es ingenioso: ha localizado las cartas del famoso marinero. En el sobre la dirección estaba redactada con letra de primaria, casi de analfabeto, pero dentro el texto estaba escrito con una letra normal, aunque misteriosa. Va siendo hora de que el personaje se explique. Sin duda tendrá muchas cosas que contar. A pesar de sus visibles muestras de fidelidad, se lo llevan al puesto de mando para investigarle. Y como el batallón está a punto de partir, la compañía emprende la marcha sin esperar el desenlace.

1. En castellano en el original.

2. El tren hacía el viaje a Valencia por la costa, por lo que no se adentró en tierras aragonesas.

3. En castellano en el original.

4. En castellano en el original.

5. En castellano en el original.

6. En realidad se trataba de la XII Brigada Internacional.

7. Se trata de Máté Zalka, que en España fue conocido como el general Lukacs. En la Primera Guerra Mundial luchó como suboficial en las filas del ejército austro-húngaro y fue capturado por los rusos. En 1919 se escapó del campo de prisioneros y se integró en las filas del ejército bolchevique, donde prosiguió su carrera militar, que compaginó con su vocación de escritor.

8. La expresión ser mexicano es un eufemismo; se empleaba para denominar a los rusos presentes en el ejército de la República.

9. En castellano en el original.

10. En castellano en el original.

11. En castellano en el original.

Capítulo 3

CHINCHÓN

Que empiece la fiesta.

Los camiones bajan prudentemente las estrechas calles tortuosas y mal pavimentadas de la pequeña población situada en la ladera del cerro. Una vez en la plaza mayor, el convoy se abre paso con dificultad a través de las casitas que lo rodean, y llega hasta la carretera de montaña que se aleja del pueblo.

En ese punto, a la salida del pueblo, aunque el camino sube tanto como baja, el convoy, liberado de todos los obstáculos, comienza a remontar la cuesta que lleva a la cumbre. Los potentes motores rugen con rabia, los tubos de escape petardean sobre el polvo, las ruedas danzan sobre la carretera empedrada como los cascos de un semental en libertad, despidiendo a lo lejos las piedras vagabundas.

Por fin nos alejamos de ese pueblo donde se respira el olor de la leña humeante de los braseros. Nos alejamos de aquella plaza donde las tiendas apestan a fruta fermentada. Aquí el aire puro nos golpea la cara, el frescor de la noche nos arranca unos suspiros.

Detrás de nosotros, el valle queda sepultado en las tinieblas, a lo lejos el horizonte nos promete la luz. La noche nos pisa los talones y los camiones galopan por la montaña como animales bien alimentados. Con los rostros bañados en luz, llegamos al horizonte para asistir a la puesta del astro que, a lo lejos, clava sobre las nubes de fuego sus monstruosas flechas de esperanza.

La carretera sigue su curso sin la menor emoción. La planicie del lugar nos permite ir más deprisa, pero de repente un silbido, como el grito de un animal en plena noche, nos deja clavados en el sitio. Oímos la voz del comandante:

–Todos abajo. En marcha. Carguen fusiles.

Al bajar caemos sobre unas piedras desiguales que nos hacen perder el equilibrio. Un atisbo de claridad basta para guiarnos por la pálida carretera, mientras que, a ambos lados, la sombra de la noche difumina el paisaje. Avanzamos en silencio, a empujones y respirando en la oscuridad el aire fresco, impregnado de angustia en la inmensa soledad. Muy de vez en cuando se escuchan órdenes en voz baja:

–Alto. A la derecha. Suban al talud junto a la carretera.

Para llegar al talud debemos bajar a la cuneta. Las zarzas nos reciben con un quejido ahogado y nos aprisionan los pies. Nos libramos de ellas con miedo y rabia, nuestras rodillas chocan unas con otras en medio de una agitación lamentable… Con la ayuda de las zarzas que nos arañan la piel, remontamos la tapia vegetal. Nuestros esfuerzos dan resultado. Con los codos clavados en lo más alto del talud, nos parece estar asomados a una muralla.

Ante nosotros se extiende una gran pantalla negra sin fondo. Con ayuda de las bayonetas cavamos un hueco para colocar las rodillas. En la noche sombría, nos llega desde la lejanía, como una ondulación en el aire, un rugido de motores. ¿Qué será? ¿Quién viene? La incertidumbre se apodera de nosotros y nos aterra. Los motores se acercan, casi podemos oír cómo las ruedas aplastan las piedras. Es nuestro convoy. «¡En marcha!».

Recibimos órdenes desde la oscuridad fantasmal. Nos encontramos apiñados como borregos sobre las ruedas recauchutadas, cuyo movimiento nos causa un ligero escalofrío en las tripas. Seguimos comentando lo ocurrido con frases cortas y en voz baja.

–Un gallina que ha dado la alerta… Una falsa alarma para coger el tranquillo… Hay algunos que nunca han hecho el servicio militar, ¿sabes? Tengo las piernas en carne viva… Nada mejor que esto para aprender el oficio.

En el fondo, todos estamos felices de que solo haya sido un susto, porque por muy impacientes que estemos por entrar en combate, el primer contacto con la realidad no deja indiferente a nadie. El bautismo de fuego sacude el carácter de los más aguerridos, y con más razón el de aquellos jóvenes que no han recibido ni una mínima instrucción militar. En el momento de iniciar el combate, a todo novato le sale instintivamente un movimiento de retirada.

El camión, brincando sobre las piedras, nos lleva hacia la noche. Las ruedas, liberadas de la tracción del motor, circulan en silencio durante el descenso. En algún lugar debajo de la carretera, el agua a borbotones lucha contra las piedras. El motor vuelve a rugir, las ruedas trepan despidiendo piedras hacia el guardabarros. El movimiento nos adormece, las sacudidas nos arrullan, la consciencia se nubla. Agarrados al fusil, la niebla hace las veces de sueño, de sueños…

Una brusca sacudida. Nos paramos en seco. Levantamos el mentón que reposa sobre nuestro pecho. Qué frío hace fuera. Los motores rugen delante de nosotros y se alejan. Otros llegan desde atrás, nos adelantan con precaución y nos dejan solos. Hace mucho frío. El conductor mete mano en el capó del motor maldiciendo. Sentimos el frío en la espalda.

–No queda agua en el radiador, pasad los bidones.

Por fin volvemos a ponernos en marcha. Qué divertidas son estas sacudidas: más rápido, más rápido, estamos solos. El motor debe resentirse igualmente; tose, se desgañita, también él está enfermo. A lo lejos, advertimos un destello rojo. Nos acercamos al convoy que nos espera y retomamos nuestro sitio. Buff… Por suerte tenemos una manta para hacer una cabañita alrededor del fusil: la manta nos rasca la nariz, pero al menos respiramos al calor. Está muy oscuro. El conductor, apoyado sobre su volante, abre bien los ojos para no perder al convoy; él también sufre, pero no podemos hacer nada, tendrá que apañárselas…

El aire nos pellizca los párpados y la frente, todo lo que llevamos al descubierto. Parece que hace más frío. Pero no, es el aire que sopla con más intensidad. Un viento suave nos acaricia en la noche, avanzamos al mismo ritmo monótono. Subimos. A la derecha, la noche profunda sin fondo. Lo que se ve a lo lejos debe de ser el valle. A la izquierda, un bulto oscuro muy alto parece descender para unirse con la carretera. En efecto, tras una leve curva, allá arriba, delante de nosotros, el bulto oscuro se une a la carretera, un resplandor pálido se tiende encima. ¿Es el día? ¡No! ¿La luna? No hay luna. ¿Quién sabe…? Una ilusión…

De repente el camión se detiene, las ruedas se bloquean brutalmente, la carrocería sorprendida por la frenada se inclina hacia delante, los sólidos amortiguadores la recolocan hacia atrás, la carga sigue automáticamente el vaivén amplificándolo. Los pulmones han hecho lo propio, un retortijón en el estómago se hace eco. Un murmullo en la noche, ensordecido por la distancia, desciende por la carretera. Pronto se convierte en una avalancha de sombras que irrumpen y gesticulan señalando a lo alto de la carretera. Mil bocas repiten angustiadas:

–Los moros, los moros, los moros…

Nuestro conductor, contagiado por el pánico, da un violento volantazo y empotra la parte delantera del camión en la cuneta. A golpe de acelerador, saca el coche hacia el lado opuesto. Y mientras nos preparamos para salir volando por donde hemos venido, la voz del comandante acalla el tumulto en plena oscuridad:

–Todos al suelo: una ametralladora aquí, aquí la otra ametralladora…

En cuanto da la orden, todo el mundo salta del camión en un santiamén y se dispersa desordenadamente por la ladera que domina la carretera, justo enfrente de esta. En un abrir y cerrar de ojos el lugar se vacía, los camiones desaparecen, la pendiente de la colina queda sembrada de hombres tumbados boca abajo con la mejilla contra la culata, inquietos, ateridos, decididos. La menor sombra de sospecha desencadenaría una ráfaga infernal. Tumbados en el suelo, nos percatamos de la situación estratégica favorable y de la eficacia de la dispersión; nos sentimos fuertes, recobramos la confianza, el coraje.

–No pasarán.1 Los minutos suceden a los segundos, ni una sombra, ni un ruido, nada, silencio. Un ligero murmullo, la orden se va transmitiendo poco a poco:

–Quédense donde están. Compañía balcánica: a patrullar la carretera.

La compañía se va rehaciendo como buenamente puede. Faltan dos hombres, qué se le va a hacer. Avanzamos en columnas de a uno, a ambos lados de la carretera, con el arma empuñada, los ojos y las orejas al acecho. Nos seguimos a ojo. A la cabeza del grupo, el viejo capitán marca el paso. Llegamos al final de la carretera, la noche recubre la superficie de una luminosidad engañosa y delante percibimos un paisaje, más bien lo intuimos. La carretera gira a la izquierda y es engullida por lo desconocido.

El informe de la patrulla apacigua los ánimos, no hay peligro inminente. Se le ordena ir un poco más lejos y vuelve alarmada: la carretera que sale hacia la izquierda da un giro en forma de herradura y, tras un terraplén, llega justo enfrente del lugar donde estamos. Allí, a la izquierda de la carretera, sobre un cerro, hay hombres, sin duda muchos hombres. Están enfrente, separados por un barranco, en una colina que domina nuestra posición.

Tras haber debatido una y otra vez, los estrategas del destacamento deciden analizar la situación, pero no es fácil. Tumbados en el suelo y con una manta por encima de la cabeza, los especialistas de guerra se ponen a estudiar el mapa con ayuda de una linterna. Parece que sus conjeturas no dan resultado, pues finalmente se decide pasar la noche allí. Para más seguridad se enviará a la colina que circunda la carretera, frente al cerro amenazador, una compañía que tome las medidas necesarias para atajar cualquier contingencia. Los centinelas patrullan de un lado a otro de la carretera, hasta la famosa curva, con la consigna de disparar a todo aquel que no responda a la primera advertencia.

En la retaguardia, los hombres tumbados, más bien estirados, con los pies en la cuneta, un codo sobre la grava y la culata entre las piernas, luchan contra el frío de esa noche de noviembre, juntándose lo más posible unos a otros y cubriéndose con todas sus mantas. Pero como la noche es larga y la angustia inmensa, decidimos finalmente enviar una escuadra. Así que la primera escuadra de la primera sección de la primera compañía subirá la pendiente de enfrente y hará averiguaciones sobre el destacamento que está acampado, puesto que la primera patrulla no ha encontrado ningún centinela.

La escuadra en cuestión se pone en marcha bajo la dirección de un jefe de sección, pero de repente el cabo recuerda que los zapatos le hacen daño, y que esto le impediría correr en caso de necesidad. De hecho, él es uno de los dos hombres que faltaban cuando se dio la voz de alarma en el momento de pánico. Creyó que sería útil proteger la retaguardia del convoy. El cabo de segunda ocupa su lugar y nos ponemos a subir la cuesta. El resto de la compañía avanza, cubriendo a la misma altura, por la carretera.

Un pálido resplandor se refleja sobre el polvo del camino; es suficiente para guiar los pasos de los caminantes, pero en lo alto las tinieblas enturbian el paisaje. Avanzamos a tientas, tropezándonos en el más mínimo relieve del terreno, arañándonos en cada matorral. Por suerte no perdemos la dirección: el grupo avanza en silencio, consciente de que cada paso le lleva hacia lo desconocido. El teniente se devana los sesos pensando en las decisiones que tomará ante una u otra situación, pero no consigue despejar la incógnita: ¿En qué situación nos encontraremos?

Al cabo le viene a la cabeza, muy oportunamente, un recuerdo del regimiento. El oficial, tras haber expuesto varios casos de resistencia heroica durante la Gran Guerra,2 explicó cómo defender una posición cueste lo que cueste. Al final, como intentando averiguar el grado de conocimiento de sus hombres, interrogó a uno de ellos. El interpelado, intimidado, quiso explicar su visión, pero antes quería saber si cuando se acerca el enemigo es mejor huir o entregarse. Naturalmente ahora no se trataba de rendirse o de huir, sino de saber a qué atenerse, de lo contrario, toda la columna permanecería alerta.

Tras subir y subir durante largo rato, pasa un periodo de tiempo inconmensurable. El destacamento llega a una meseta ligeramente iluminada. A lo lejos se vislumbra un bulto compacto. ¿Un bosque? ¿Unos matorrales? ¿Hombres? Más allá, el vacío. No nos queda otra elección, vamos directos hacia esa dirección. A medida que nos acercamos, vamos descubriendo que se trata de personas, pronto oímos el eco de sus voces. Un zumbido de abejas que deja escapar algunas voces, en grupos o aisladas. Aprovechando que somos un grupito pequeño, conseguimos acercarnos sin levantar la liebre, nos acercamos aún más sin peligro inminente, sabiendo que cada paso nos aleja de los nuestros. Pasará lo tenga que pasar, pronto lo sabremos.

El bosquecillo se convierte en un bosque de matorrales, matorrales que esconden innumerables cabezas, de las que sobresalen los cañones de los fusiles. Sin duda son hombres, muchos hombres, hombres armados. Acercándonos más, distinguimos formas sueltas que, apartadas del grupo, orinan de pie. Se oyen algunas exhortaciones, órdenes, ahogadas en un guirigay que demuestra la poca disciplina y espíritu militar. Rápidamente aquel bulto oscuro se apretuja, se encoge y se llena de puntos claros por arriba. No hay duda, nos han visto, nos hacen frente, las voces se vuelven más estridentes, más nerviosas. No hay otra salida, hay que ir de frente, sin equívoco.

Es un solo grupo formado por miles de hombres, de indumentaria desaliñada, sin ninguna instrucción militar y claramente sin ninguna disciplina. He ahí el mayor infortunio que le podría sobrevenir al enemigo que surge de la nada. ¿Quién de entre ellos podrá y querrá parlamentar? Y sobre todo, decidir. ¿Quién podrá hacerse entender, hacer que le obedezcan? ¿Quién podrá gobernar a esa muchedumbre variopinta de hombres armados y abandonados a su suerte como salvajes? Suponiendo que sean de los nuestros, cómo estar seguros, cómo averiguarlo y convencerles de ello. Confianza y lealtad… Por desgracia, no son términos que suelan abundar por aquí.

Un pájaro, sobrevolando desde las alturas, los habría percibido como un puñado de gusanos desplazándose sin orden ni concierto en un espacio limitado. Ese es el aspecto que debe de tener este ejército desvaído. Constantemente en movimiento pero sin llegar a desplazarse nunca.

–¿Quién va?

Un vago ruido, como el murmullo de un monstruo, nos responde. El escuadrón boquiabierto espera a pocos metros de la multitud inquieta, agitada y vocinglera, como moldeada por unas manos gigantes invisibles. Imposible sacar algo en claro, hay que acercarse más. Ahí están como estrellas fugaces, como cometas, como astros vagabundos. Calzados con alpargatas, vestidos con harapos, acicalados sin ningún tipo de esmero, con la escudilla colgando del cinturón, una manta al hombro, con la cabeza cubierta con alguna prenda y bajo el tocado, la tez negra como el betún, los dientes como una fila de teclas de piano y en vez de ojos dos brasas encendidas. El fusil al hombro, en bandolera o empuñado, el cañón al aire o en tierra, o incluso en horizontal. Dan la impresión de ser marroquíes, pero hablan español, así que podemos intentar conversar. Pero cómo hacernos entender; a la que avanzamos, se forma un vacío constante delante de nosotros. La muchedumbre errática nos rehúye. Nos adentramos en su territorio como si fuese manteca, manteca negra.

Parecen atónitos y asustados de ver acercarse un puñado de hombres, venidos de quién sabe dónde, amigos o enemigos. La escuadrilla, contando con sus camaradas que se desplazan en camiones por la carretera, se acerca tranquilamente sin correr, ni gesticular ni gritar, pronunciando a duras penas algunas palabras de resonancia española. Nos rodean por completo, no vemos más que sus rostros sombríos y el cielo. Se interpelan entre ellos, dándose empujones unos a otros consiguen empujar hacia delante a alguien que acepte parlamentar:

–¿Quiénes sois?

–Y vosotros, ¿quiénes sois?

–¿Sois republicanos?

–¿Y vosotros? –con picardía–, ¿sois de Madrid?

–¿Y vosotros?

Podríamos continuar un buen rato con esta cantinela, pero los más débiles siempre acaban siendo vencidos. Cuando uno se mete en la boca del lobo más vale ir a por todas. Más vale una catástrofe con fin que una polémica interminable.

–Somos internacionales que venimos a ayudaros, venimos de Albacete por Chinchón. Somos republicanos antifascistas.

La suerte está echada, no va más. Los segundos parecen horas y ellos siguen sin soltar una palabra. ¿Qué más quieren? No es que guarden silencio, pues el murmullo continúa, pero no pillamos nada de su jerga entrecortada intencionadamente. De repente surge una voz autoritaria:

–¿Quiénes sois? ¿De dónde venís? ¿A dónde vais?

La agitación de la multitud, que se va apartando, deja paso a un hombre de voz austera, con un habla cortante. Cuando toma la palabra, los demás milagrosamente se callan; se percibe que la individualidad de cada uno se repliega, empequeñece, una sensación de alivio envuelve a nuestros anfitriones. Ahora, que se las apañen –parecen decirse a sí mismos–; pues que así sea, arreglémonoslas.

–Sí, comprendo, comprendo.3 Pero ¿cómo estamos seguros de que lo que decís es cierto?

Menos mal… Son de los nuestros. En cuanto a la confianza, eso siempre tiene arreglo, a menos que se enfaden. Nunca se sabe con este maldito ejército. Aunque este hombre parece equilibrado y enérgico. A menos que estén disimulando.

–Y nosotros, ¿cómo sabremos quiénes sois?

Un hombre se acerca a nuestro interlocutor y le dice algo; aunque lo dice en voz alta es incomprensible.

–¡A ver, venid por aquí!

Es una invitación, no una orden, pero pronunciada de forma que no hay escapatoria. ¿De qué nos serviría escapar? De nuevo nos encontramos en mitad del campo, acompañados por el mismo hombre. Otros, a distancia, forman un semicírculo y nos siguen con desenvoltura, como por simple curiosidad. Poco a poco se hace el silencio, la distancia que nos separa del grupo ahoga el guirigay de la muchedumbre. La noche es negra, la noche es fría. Seguimos a nuestro guía y llegamos a una hondonada, o a un lugar rodeado de alta vegetación. Allí nos esperan algunos hombres, de pie, separados entre sí. Al acercarnos nos rodean en silencio.

–¿Dónde está el Gallo?, pregunta nuestro guía.4 –No está –responde una voz hostil, como si estuviese esperando la pregunta y la oportunidad de iniciar una disputa–. ¿Qué pasa? –prosigue.

–Ven.

–No, yo no pienso ir. Ven tú.

Claramente es el más malo de todos, y también el de menor tamaño, el más ancho y rechoncho. Nuestro guía se acerca dócilmente y le habla en voz baja. El hombre, aparentemente sin hacerle caso, se acerca hacia nosotros. De nuevo empezamos con el interrogatorio: ¿Quiénes sois? ¿De dónde venís? Y luego, ¿cómo podemos estar seguros? Como último recurso, les sugerimos que envíen una delegación a nuestro campamento. Aceptan la propuesta inmediatamente, así que nos ponemos en marcha. Partimos con ese hombre y con algunas de las sombras que ha elegido. Antes de alejarse, le suelta a uno de los tenientes:

–Esos de ahí son unos desconfiados, diles a los hombres que descansen sus armas apuntando al enemigo –dice señalando con el dedo en dirección opuesta a la nuestra.

¿Utilizan un lenguaje en clave? En todo caso, se trata de un hombre que no da su brazo a torcer. No es una escuadra cualquiera, está compuesta por él mismo con parte de su Estado Mayor y nosotros al completo. ¡Hay que tener confianza en uno mismo para arriesgar tanto! ¡Vaya carácter! Solo un hombre de su talla puede dirigir un ejército así.

Siguiendo la leve pendiente que lleva a la carretera, la escuadra armada con fusiles parece más bien un destacamento de prisioneros, si no fuese por la formación demasiado dispersa y sobre todo por el paso desenvuelto de nuestros anfitriones. Tras pasar por una elevación, llegamos a la carretera, a la altura de los nuestros, siguiendo a nuestro guía.

Uno de nuestros camiones realiza una maniobra cortando la carretera y, durante un segundo, enciende las luces. Los destellos nos ciegan. Como fantasmas sorprendidos por la claridad, las sombras vuelven al campo sin hacer el menor ruido con una simultaneidad mecánica. Los ojos eléctricos barren la montaña y se pierden en silencio. ¡Vaya panorama para alguien que desde la carretera haya seguido nuestra trayectoria! Pero, ocupados en otros menesteres, nos esperan en el camino del cual habíamos partido.

Henos aquí en la carretera polvorienta, junto al camión desesperado al cual el jefe del destacamento da órdenes antes de que emprenda el camino de vuelta.

–Qué sorpresa, empezábamos a preocuparnos. Pero ¿por dónde habéis venido?

Acto seguido, dirigiéndose al sargento más cercano, le dice:

–Ve a avisar a la patrulla que está más arriba, en la carretera, de que han vuelto. ¿Así que sois vosotros los que venís de allí arriba? Venid, tenemos que hablar.

Algunos de los hombres se meten bajo la cubierta de lona clavada al suelo, y allí, a la luz de una linterna empiezan a tramarse intrigas diabólicas.

La falta de confianza de la formación española se debe a que nosotros íbamos uniformados, con idénticas cartucheras y fusiles. Lo propio de un ejército regular. Los milicianos formaban una pandilla variopinta con armas y uniformes desacordes.

La carretera está silenciosa y desierta. El cielo color de tinta nos envuelve de humedad. Las cunetas rebosan de cabezas oscuras. Los hombres apretujados aprovechan el calor colectivo bajo la techumbre de las mantas cada vez más pesadas debido a la fina lluvia. Unos pasos prudentes y solitarios despiertan a los que duermen. Una sección se despereza y se aleja. Un camión la alcanza. Es el rancho. El rancho es bien recibido, unos minutos más y nos hubiésemos quedado sin nada. Rápido, sacad las escudillas. Una mezcla espesa y humeante se vierte en cada una de ellas y la degustamos en silencio mientras andamos. Qué bien sienta la sopa caliente cuando hace frío.

–Creo que son patatas con ragú y garbanzos, también hay carne y huesos… Está bueno.

–¿Quién conoce el camino?

–El centinela nos lo indicará. Mira, allí está.

El centinela viene a nuestro encuentro sigilosamente, nos explica el camino en voz baja, apuntando con el brazo a la colina. La sección abandona la carretera en dirección de la nada. Qué desagradable resulta andar en la oscuridad, por suerte ha dejado de llover. El penoso camino que sube por la pendiente escarpada, atestada de matorrales invisibles, hace entrar en calor nuestros miembros entumecidos por el frío y la inactividad. La sombra circundante siembra la intranquilidad. A lo lejos, en algún lugar de la noche misteriosa, intuimos la presencia de alguien.

En la llanura se vislumbra el horizonte nítidamente marcado sobre un fondo negro que se extiende como un manto a nuestros pies y se despliega hasta el fin del mundo. Encima, el cielo. Esa bóveda de humo, sobre la cual se perfilan algunas siluetas que parecen cavar en la oscuridad. Distanciados, ocupando la amplitud del lugar, mueven sus abrazos arriba y abajo en el silencio de la noche, como lúgubres enterradores. Trabajadores de la muerte. Al acercarnos a esos fantasmas de mal agüero, un matorral tiembla y nos susurra:

–¿Quiénes sois? Seguidme.

Bordeamos a los excavadores de asfalto y nos tumbamos sobre una pendiente, pocos metros detrás de ellos. Desde allí el espectáculo es aún más dantesco. Estos sepultureros espantosos, alargados desmesuradamente por la luz nocturna, parecen clavar sus picos en las nubes antes de cavar el abismo sobre la corteza terrestre, sin la menor conmoción. El menor ruido es devorado por la noche. Pronto cesan de trabajar y, silenciosamente, se alejan en fila india, con las herramientas al hombro, el fusil empuñado, y sin hacer ruido desaparecen bajo tierra. Avanzamos hasta el lugar donde estaban picando. A duras penas distinguimos en el suelo sombrío un lugar más oscuro aún. Tanteamos el terreno con la culata del fusil, que toca fondo apenas a unos veinte centímetros. De modo que esto era lo que estaban haciendo. Tumbados boca abajo cada uno en su agujero, lo suficientemente grande como para cobijarnos, desaparecemos completamente de la superficie, y más tarde, cuando la luna creciente ilumine el follaje, no se apreciará más que la llanura desierta.

Por el momento la noche es cerrada, las tinieblas nos rodean. Intuimos los pasos del jefe del destacamento recorriendo el sector. Se detiene en cada hoyo para intercambiar algunas palabras a la sordina, para asegurarse de que no estamos dormidos. Tanta precaución no resulta inútil.

Tras la fatiga, el sol de la mañana, el viaje agitado en la noche fría, y tras tantas emociones, dormiríamos como niños. Con frecuencia el mentón se apoya sobre la culata del fusil. El contacto con el acero frío, el peligro amenazante, y una voluntad de hierro consiguen que permanezcamos despiertos. Pero a ratos el cansancio nos puede, todavía no estamos acostumbrados a estar de guardia durante la noche en estas condiciones. El sueño nos arrolla. La inmovilidad hace que perdamos la noción de las cosas, para recobrarla segundos después. A la pesadilla eterna, le sigue un despertar sobresaltado.

Alguien me llama. Alguien pronuncia mi nombre a lo lejos. ¿Es un sueño? Claro, me acabo de despertar. Y sin embargo, unos pasos rozan la hierba cerca de mis talones.

–¿Estás dormido, camarada?

–Claro que no, estaba pensando.

–No hay que dormirse, ya sabes la consigna: abrir fuego sin previo aviso.

Pero hay que estar seguro de disparar contra alguien.

El frufrú de los pasos se aleja como una lagartija. ¡Caramba! Me he quedado dormido. ¿Qué debo hacer para no dormirme? Prohibido fumar, prohibido levantarse, prohibido hablar. Por cierto, ¿dónde está Christov? ¿No vendrá ya el relevo? Tengo que preguntárselo, así nos damos un poco de cháchara. Ni rastro de Christov. También él debe de estar cansado de tanto andar. ¿Estaremos demasiado separados el uno del otro? Podríamos hablar susurrando. Pero a mi izquierda no hay nadie, debo de ser el último de la fila. Y a mi derecha tampoco, no se ven ni los hoyos. Tal vez los han vuelto a tapar. ¿Se habrán ido? Se han olvidado de mí, puede que no me hayan visto. Seguramente estaba un poco alejado del resto, tal vez me hayan llamado mientras dormía como un tronco.

Sí, ahora los veo, tal vez se hayan adelantado para el ataque. Claro, eso es, por allí hay sombras, veo el destello de las bayonetas –las bayonetas que brillan son una imprudencia–. Deben de desfilar uno detrás de otro y cada vez que pasan por un sitio concreto, probablemente una curva, la bayoneta lanza un destello. Deben de estar entrando en un bosque y, al girar por ese mismo sitio, las bayonetas brillan una tras otra y luego se apagan.

No, no son de los nuestros, son los de enfrente, que nos atacan. Se dispersan por la llanura, con la cabeza gacha, encorvados, como ovillos de humo. Siguen marchando. Sus bayonetas brillan a intervalos regulares como los latidos del corazón, y los ovillos de humo ruedan por todos lados como las olas del mar. Algunos, los fusileros, ya están bien avanzados. Ya los distingo reptando como sapos y reteniendo el aliento, que a pesar de todo, me llega al oído. Dios mío, pero si estoy solo. Deben de haberse replegado, no podíamos hacer frente, son demasiados. Está claro, quieren capturarnos vivos. Voy a disparar, así doy la alerta… eso si no estoy solo. En todo caso, el disparo sembrará el caos en el campo enemigo y así podré huir. En el camión habíamos cargado cinco balas en el fusil, pero voy a comprobar que efectivamente el fusil esté bien cargado. Puedo hacer cinco disparos y luego salir corriendo. Pero si manipulo la culata haré ruido. Y ¿luego qué? ¿Disparo aquí cerca?, solo hay uno o dos fusileros.

A lo lejos van en grupos compactos y allí arriba las bayonetas siguen desfilando. Estoy seguro de que al menos hay un fusilero delante de mí, sigue reptando y a veces se para, oigo su respiración. Estira los brazos y luego las rodillas, oigo la hierba aplastada. Dios mío, me ha visto, me acecha, se ha parado como un sapo inmóvil. En un momento me saltará encima y tendré la desventaja de estar debajo de él. Si tuviese la bayoneta calada en el fusil, podría recibirle. Sigue arrastrándose. Pero no, no es él. Ha debido de hacer alguna señal a alguien para que se una a él. Me han rodeado, estoy perdido… Oigo murmurar detrás de mí, hacia la derecha. Han debido de descubrir los otros agujeros.

Toco el gatillo de mi fusil. Está frío pero se adapta bien a la curva de mi dedo. Agarro con fuerza la culata, el gatillo cede y retrocede hasta el primer tope. Lo fuerzo y esta vez llega al segundo tope, se resiste. Si lo forzase un poco más acabaría por disparar. Aprieto, fuerzo un poco más… y no pasa nada. El gatillo ya no retrocede más, ha llegado al final de su recorrido. Claro, había desarmado el percutor en el camión, por seguridad. ¿Qué debo hacer? No tengo tiempo de armar. Oigo el roce de los pasos contra la hierba detrás de mí. Si me doy la vuelta, perderé de vista al de delante que me acecha. ¿Qué debo hacer? De un momento al otro…

–¡Estás dormido, camarada! ¡No hay que dormirse!

La voz es sosegada, el timbre conocido. ¿Es posible? No estoy solo, es Christov, los ha visto y ha venido hasta mí. Me giro lentamente para hacerle una señal. Detrás de mí veo a Christov de pie, impasible sobre sus cortas piernas. La silueta gruesa me mira sin llegar a entenderme.

–¿No lo ves?

–¿El qué? ¿Has visto algo?

–Aquí, delante de mí…

–¿Qué has visto?

–Hay alguien ahí enfrente.

–¿De veras? ¿Dónde?

–Por ahí cerca, y allá a lo lejos, ¿no ves las bayonetas? Voy a disparar para ver.

–¡Ni hablar! Pero ¿qué vas a hacer?

Por primera vez levanta la voz. ¡Está loco! Lo van a oír desde todos lados.

Enseguida se calma.

–Ven, anda, levántate. ¿No tienes ganas de mear? Ven conmigo… Después de tanto tiempo haciéndome el muerto, mis movimientos son pesados. Intento llevar la rodilla hacia el vientre. ¡Qué difícil! Cuando por fin consigo ponerme en pie, sentir la cercanía del jefe me tranquiliza. A la izquierda y la derecha veo manchas oscuras: son los camaradas. Delante nuestro, la nada. El líquido golpea la tierra y se convierte en espuma haciendo un ruido agradable. Me relajo aliviado. La sensación de bienestar me invade…

–Y bien, ¿qué ha pasado entonces?

–Bueno, es verdad que ahí delante no había nadie, pero allí a lo lejos sí, estoy seguro de haber visto el destello de las bayonetas.

–Es la luna, tarugo. Venga, vete a tu sitio y estate atento. Y sobre todo, ni se te ocurra disparar sin estar seguro de haber visto a alguien.

Estar seguro de ver a alguien, pero ¿qué más quiere?

–¿No van a reemplazarnos pronto?

–Sí, eso espero… Ya veremos.

Y seguimos en las mismas. Entonces me relajo, bajo la guardia de nuevo y el sueño vuelve a visitarme. ¡Con lo bien que estábamos en el campamento a orillas del Marne! Por las mañanas, nos despertaba el canto de los pájaros y acto seguido, recién levantados, nos sumergíamos en el agua tibia.5 Al final del verano una bruma blanca flotaba sobre la hierba, pero los primeros rayos de sol la disipaban. Esa niebla, con un aire melancólico, se iba con pesar para volver con más persistencia a la mañana siguiente. Al cerrar los ojos vuelvo a verla vagar perezosamente colándose en cada hueco. Al abrir los ojos sigo viéndola. La veo tan nítidamente que me da escalofríos.

Tengo frío, las cartucheras se me clavan en las costillas. No tenía que haber cargado tanto la cartuchera que llevo a la espalda, ¡cómo me pesa en los riñones! El impermeable que me protege del frío me procura una tibieza húmeda que se me adhiere a la espalda. ¡Qué frío tengo en los pies! Es cierto que hay niebla blanca a ras de suelo. Es como si pudiese cogerla con las manos. Una mata de hierba teñida de blanco, brrrr… Está tan fría como la nieve. Es que es nieve. Se podrían hacer bolas de nieve, y si fuese recogiendo de todos los lados incluso podría hacer un muñeco. Todo está blanco… Pero esto no es nieve, esto es… ¿Cómo se llama? Es rocío helado. Escarcha. Ya es de día. Toda esta capa blanca parece fluir desde el horizonte, como si manase del cielo lejano.

Nace el día. Por fin se ha acabado esta noche de pesadilla. Menos mal. Ahora lo veré todo más claro. Ahí vienen algunos, ya era hora. ¿Es el relevo? Mejor aún, es el tentempié: café caliente, pan y jamón. De pie allí en medio, con nuestro café, somos los más felices del mundo.

Qué placer, el café caliente. Nos calentamos las manos, las mejillas, la nariz. Correr un poco, moverse, evacuar, vivir. Pero persiste la palidez en nuestras caras, solo brillan los ojos, los ojos con los párpados hinchados, los ojos legañosos. El frío intenso nos irrita la nariz pero pronto subirá la temperatura. El astro rey se levanta; percibimos su corona de oro. Viene a sembrar vida, a espantar a los vampiros, las pesadillas y los sapos de la noche.

–Recoged los bártulos y en marcha.

Sí, en marcha. Los camiones nos esperan en la carretera. Venga, todos arriba y en marcha. El aire es puro, la carretera ancha. Por desgracia el cielo está claro; esperemos que la aviación… Qué imprudencia viajar de día, sobre todo en una zona tan desierta. No hay más que piedras, colinas peladas, y ni un árbol.

Anda, una casa. Y otra. Sin duda nos acercamos a un pueblo. Ojalá haya chicas guapas… Los camiones tuercen delante de la iglesia y se detienen. El Ayuntamiento no debe de estar lejos. Los jefes salen a hacer averiguaciones. Los soldados, como todos los soldados del mundo, inspeccionan con la mirada las calles tortuosas y desiertas.


Llegada de las unidades de la XII BI a Chinchón. Noviembre de 1936.

Algunas mujeres van a buscar agua. No están mal, no están nada mal. Jóvenes, bien hechas, más bien delgadas, ágiles. Con un trapo atado a las caderas, la jarra apoyada encima, abrazada con amor por un brazo fino y enérgico. Se marchan, meneando sus faldas al compás. Se marchan en silencio, sin alegría ni tristeza. No están mal estas chicas, nada mal, incluso están de buen ver. ¿Cómo acercarnos a ellas?

–Señorita, eh… Señorita. ¿Está buena el agua de aquí?

Una leve agitación indecisa nos autoriza a esperar algún acercamiento, pero siguen circulando como si nada. Ahora son las madres las que salen de las casas para presenciar el acontecimiento, sin duda único en los anales del país.

Algunas de las chicas que llevaban agua a sus hogares han tenido que correr la voz. Y hacen como si no nos vieran, aunque estemos allí, bien presentes. Dispuestos en racimos en los camiones, implorando una sonrisa, una mirada amiga. Las amas de casa se parecen a todas las amas de casa del mundo, con las manos entrecruzadas sobre el vientre, atareadas en sus quehaceres, pero la casualidad les acaba acercando alrededor de los camiones.

Y la charla continúa. Charlotean entre ellas o para los que las entienden. Deberíamos entenderlas. Es una lengua latina, pero la jactancia de las mujeres españolas no es fácil de entender. Al final, se aborda el tema de la guerra.

–¿Sabéis? Ayer por la noche, allá en el monte, pensábamos que eran moros, pero afortunadamente eran españoles.

–¿Españoles? ¿Cómo que españoles?

–Pues sí, españoles del Frente Popular.

–¿Y qué pasó?

De repente la cháchara se interrumpe, sus ojos quedan suspendidos a nuestros labios, la inquietud endurece sus rostros.

–Pues al final acabamos confraternizando, somos camaradas.

Como en una olla a presión, estalla el júbilo. Un remolino de gente nos envuelve con aspavientos y gritos. La noticia, que se ha extendido como un reguero de pólvora, trae nuevos refuerzos.

–¡Anda! Traed vino para estos hombres.

Esta vez el sexo masculino se halla dignamente representado. Un viejecito venerable con la cara quemada y reseca del sol nos sonríe con su boca flácida y oscura. Subidos en el camión, nos sentimos como en un estrado, aclamados como héroes:

–¿Cómo estáis? Bien, hombre, bien. No pasarán, no podemos dejar que pasen. Anda,6 María, Juanita, traed vino para estos hombres, corriendo.

Cientos de manos tendidas nos ofrecen el preciado elixir. De puntillas, empujándose unas a otras para ver quién va primero. ¡Es como una competición! Una vez calmados los ánimos, las madres observan cómo nos marchamos. Se sostienen la cara con las dos manos y mueven la cabeza de un lado a otro con los ojos bañados en lágrimas.

–Tanta juventud… Yo tengo tres… Se han ido, se han ido todos y no tenemos noticias. Tal vez estén bien, tengan buena salud… Sí, salud, hombre, salud…7

El convoy se detiene definitivamente a la salida del pueblo. Pasaremos allí el día y viajaremos de noche. Mientras esperamos, aprovechamos para hacer ejercicios. ¡Es la guerra, camaradas! La campiña árida e irregular, completamente desierta, nos ofrece un magnífico campo de maniobras. Como no podía ser de otra forma, empezamos por la marcha al paso. Luego, el manejo del arma en dos tiempos y tres movimientos. Entre nosotros hay gente que nunca ha tocado un arma. Por fin llegan las tan esperadas maniobras del servicio de campaña. Lo demás se parece demasiado al tan combatido militarismo, autoritario y brutal.

Afortunadamente no se ha insistido en las muestras de respeto. Mil veces mejor es una formación de guerrillas. Ahí al menos se intuye el tumulto, pero el tumulto inteligente, científico, con una disciplina libremente consentida.

Funciona así, si el enemigo ocupa este alto, un grupo ataca por la izquierda y el otro por la derecha. E incluso eso tiene un tufo a jerarquía y a estiércol de cuartel. Pero bueno, hay que saber salir al paso en esta guerra moderna, ya que somos un ejército moderno.

Está claro que la guerrilla sería más divertida. Nos sentiríamos más camaradas, luchando codo con codo, pero no es posible en un país extranjero… Ayer mismo, como bien se ha visto, no sabíamos siquiera si eran de los nuestros o no. El general lo dijo bien claro en el cuartel de la Guardia Civil de Albacete:

–Contra un ejército moderno, hay que hacer frente con un ejército moderno. Así que nada de guerrilla, nada de centurias, a partir de ahora brigadas, batallones, compañías, etc. Con generales, comandantes, capitanes, etc. Las unidades deben ser formadas y dotadas de mandos y armas. Las municiones las cogeréis en Chinchón, y a por la victoria. ¡Viva la primera Brigada Internacional!

–Así pues, la primera sección ataca desde la izquierda, la segunda combate a la derecha y la tercera en reserva.

Pelosa, el herrero, antiguo suboficial, se deja la piel instruyendo a su primera sección.

–¡Bien! ¿Y qué más? –reclama Christov, a quien le cuesta hacerse a la idea de no dirigir más que una sola sección de la compañía.

–Una vez dentro de las trincheras enemigas, la sección debe ocuparse de la limpieza.

–Eso es –conviene Pelosa impasible–, pero cuidado, primero hay que estudiar el terreno, antes de salir al campo, sobre todo hay que saber ponerse a cubierto. Hay que saber echarse sobre el suelo, así… –dice, mientras se tumba boca abajo, con el fusil en posición apuntando hacia el horizonte a un enemigo imaginario.

Y, como por arte de magia, el enemigo aparece unos pasos por delante de él. Es un hombrecillo achaparrado, harapiento.

–¿Qué haces ahí? ¡No ves que estamos trabajando! Vuelve a tu casa, al pueblo.

Saliendo de su asombro, el hombrecillo nos cuenta que no vive en el pueblo. Allí viven los ricos, los pobres como él viven aquí…

–¿Cómo que por aquí? Aquí no hay casas por ningún lado…

–Sí, hombre, sí, aquí mismo. Esos son mis hijos.

En efecto, casi detrás de nosotros algunos niños se divierten peleando. No muy lejos de allí, una mujer lleva una vasija. El hombrecillo no es rico, se nota, más bien lo contrario; no se ve ni de qué color va vestido. Va cubierto de retales cosidos. Retales que no llegan a un palmo. Los niños, que no pueden aspirar a esa opulencia, van vestidos con su propia piel bronceada y mugrienta. La mujer, menos original, no lleva más que un camisón sucio y rasgado. Los rotos dejan al descubierto los recovecos más sombríos de su pobre cuerpo demacrado. Pero nada de aquello es extraño, es la tónica general. Todo aquel campo se llena de hombres y mujeres semejantes. Los niños juegan por todos lados.

Pero ¿de dónde sale esta cuadrilla famélica? ¿Dónde viven? Sigámosle la pista a la mujer. Se acerca a una especie de termitera completamente blanca. Da unos pasos más y desaparece bajo la tierra. En efecto, esa termitera, como todas las que tapizan este terreno ingrato, es la chimenea del hogar familiar. Unos pasos más allá, hay un rectángulo cavado en la tierra formando peldaños, como una boca de metro. Debajo, una parcelita conforma la entrada; a la izquierda, unas cortinas que hay que apartar con la mano para entrar en un espacio subterráneo oscuro y húmedo, mal ventilado y maloliente; es el dormitorio, el comedor, la cocina, la bodega y el granero. La chimenea sirve también de ventana. Todo encalado. Deben de dormir en esterillas, probablemente.

Aire… Atrás, tristes recuerdos. Atrás quedaron los castillos en el aire, los castillos hechizados; estos pordioseros apocalípticos… Que el sol brille para todos o que se apague; que mañana se haga la luz o el mundo se extinga.

1. En castellano en el original.

2. Nombre que se le dio a la Primera Guerra Mundial.

3. En castellano en el original.

4. El ataque al Cerro de los Ángeles (o Cerro Rojo), se hizo con la XII BI y dos brigadas españolas que atacarían por el sector sur del cerro y hacia Getafe. Miguel Gallo era el comandante de la 6.ª BM, que quizá intervino en esta operación.

5. En 1936, durante el Gobierno del Front Populaire los trabajadores obtienen las primeras vacaciones pagadas en Francia.

6. En castellano en el original.

7. En castellano en el original.

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377 str. 13 ilustracji
ISBN:
9788491344100
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