Czytaj książkę: «Construyendo mundos»
© Cecilia Hoffman, 2016.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: GEBO504
ISBN: 9788424938178
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
DEDICATORIA
PRÓLOGO
AGRADECIMIENTOS
PRIMERA PARTE: INTRODUCCIÓN GENERAL
1. ESTÁNDAR O IMPREVISTO,
SEGUNDA PARTE: CASO DÍDAC
2. ENTRADA EN EL DISPOSITIVO Y PRIMEROS EFECTOS
3. REPETICIÓN, CAMBIO Y LENGUAJE
4. LA CONSTRUCCIÓN DEL BORDE AUTÍSTICO
5. UN MOMENTO CONSTITUYENTE
6. PACIFICACIÓN, VIVIFICACIÓN, DEMANDA
7. LA INVENCIÓN DE DÍDAC
8. NUEVOS ENCUENTROS, NUEVOS OBJETOS
TERCERA PARTE: ANEXOS
I. LECTURA DE «LA NEGACIÓN», DE SIGMUND FREUD…
II. SOBRE LA CLÍNICA PSIQUIÁTRICA CLÁSICA…
III. ATENCIÓN PRECOZ, PSICOANÁLISIS Y TRABAJO EN EQUIPO…
IV. EL CUERPO NARCISISTA
V. EL RUIDO Y LA RISA
VI. ¿QUÉ USO DE LA ESCUELA POR EL AUTISTA PARA SU INVENCIÓN?
BIBLIOGRAFÍA
NOTAS
A MIS HIJOS, MARÍA Y MARTÍ
PRÓLOGO
por
ENRIC BERENGUER
He tenido la oportunidad de compartir con Cecilia Hoffman muchas experiencias en el campo de la clínica psicoanalítica de orientación lacaniana con niños. Y, más específicamente, en el de la atención precoz a niños con una diversidad de problemáticas, entre las cuales el autismo ha tenido un lugar considerable. A lo largo de este camino nos hemos enfrentado, cada uno por su lado, y también a veces conjuntamente, con la pregunta acuciante que cada caso de autismo plantea.
En efecto, por muy experimentado que uno sea o se crea, en cada nuevo encuentro vuelve a reproducirse el enigma insondable del destino de un niño pequeño, que está ahí frente a nosotros y que nos plantea una pregunta acompañada ineludiblemente de cierta angustia: ¿qué podremos hacer, por él y con él, que le permita construir su mundo de la mejor manera dentro de la gama de posibilidades, o sea, de incertidumbres, propias de los primeros años de una vida? ¿Podremos ayudarlo a saltar ese inmenso abismo de silencio que sentimos que nos separa de su persona? ¿Podrá ocurrir esto de un modo tal que él pueda quererlo y vivirlo, más allá de cierto vértigo inevitable, como algo bueno?
Y es que cada uno de estos encuentros es el primero, es inédito. Cuando ocurre, como ya hace muchos años aconsejó Freud, debemos tener presente lo que sabemos —la teoría, la experiencia— sobre todo, no olvidar que lo más decisivo nunca lo sabemos de antemano. Incluso que lo que surja puede poner en cuestión la teoría, obligarnos a modificarla. Jacques Lacan, en años que nos son algo más cercanos, lo precisó: lo que el analista debe saber es ignorar lo que sabe. Así, vamos siempre a tientas, aunque por supuesto no sin una orientación.
Cuando trabajamos con niños con autismo tenemos cada vez más la impresión de que el destino del tratamiento depende de contingencias. A veces asistimos a pequeños milagros. Algo que hemos dicho o hecho, un silencio que hemos sabido mantener, un acto que hemos llevado a cabo, algo que, hablando con otros, hemos dicho delante del niño, una respuesta inesperada ante lo ocurrido en un momento de apariencia intrascendente, etc., produce un efecto del que pronto verificamos que ha sido decisivo, ha abierto nuevas puertas, ha dado una nueva orientación a los esfuerzos del niño por salir de su laberinto y se hace para él una nueva luz. Esos momentos son sobrecogedores, porque tenemos la impresión de que igual que han ocurrido hubieran podido no ocurrir y entonces quizá todo hubiera permanecido entre tinieblas.
De modo que nuestra tarea es al mismo tiempo humilde, casi nimia en sus detalles a veces interminablemente repetidos, y también deslumbrante en algunos momentos inesperados que tienen algo de grandeza porque entendemos que son decisivos en una vida que empieza.
He tenido el privilegio de ser de las personas a quienes Cecilia ha contado, casi en el momento en que se producían, algunos de esos milagros. He compartido su entusiasmo y alguna vez me he podido asociar a su reflexión sobre lo que acababa de ocurrir, acerca de cómo aquello confirmaba, desmentía o matizaba lo que se esperaba a partir de unas coordenadas teóricas compartidas.
Por eso, tras leer el texto que el lector tiene en sus manos y que ella me ha pedido prologar, he podido reconocer en estas páginas un estilo, una forma suya de desear y de llevar a cabo esa tarea que ya Freud llamó imposible: psicoanalizar. Y creo que puedo destacar en Cecilia un rasgo que siempre me llamó la atención. Me refiero al máximo cuidado por el detalle. Un cuidado paciente, basado en saber que lo más decisivo siempre pasa por cosas que desde el punto de vista corriente pueden pasar por nimiedades.
La columna vertebral de este libro, que contiene una serie amplia de reflexiones sobre el autismo, es el encuentro con un niño y el recorrido que ese pequeño ser hizo de la mano de Cecilia, guiándola y al mismo tiempo dejándose guiar por ella. Pero si Cecilia fue en este caso una buena guía es porque supo leer lo que estaba en juego en el instante fugaz en que debía hacerlo, en esa pequeña ventana de oportunidad que, una vez cerrada, desaparece para siempre.
El modo en que a lo largo de los capítulos que componen el libro se va pasando de la experiencia del tratamiento a la exposición de puntos de la teoría y a reflexiones generales puede sorprender. Pero reproduce el modo exacto en que la experiencia clínica y el saber del psicoanálisis se van entretejiendo para cada psicoanalista en particular. Este tejido de la teoría y la práctica es una forma muy genuina de trasmitir lo que está en juego en lo que llamamos «psicoanálisis»: un saber que nunca está del todo en los libros, sino que acontece, sobre todo, en los encuentros entre un analista y las personas que acuden a él, encuentros que a su vez exigen la teoría para orientarse, pero de un modo tal que esta última también se va construyendo y volviendo real a medida que la hacemos responder de lo que ocurre en cada caso, en cada sesión.
De modo que este libro es una excelente introducción a lo que es el tratamiento psicoanalítico de orientación lacaniana del autismo. Hay que decir, en este sentido, que lo que ha animado a Cecilia a escribirlo ha sido un deseo de transmisión de esa experiencia tan peculiar que es el psicoanálisis con niños. Y más en general, un deseo de transmisión del psicoanálisis del que ella ha dado muchas pruebas, siempre de acuerdo con un estilo propio. Su forma de hablar, siempre asequible y cercana, ha hecho que no pocas personas se interesen y se hayan decidido a iniciar su propia experiencia analítica.
Pero, ante todo, lo que el lector tiene entre sus manos es la historia de un encuentro que tuvo felices consecuencias para un niño. Porque el de un niño con un psicoanalista es, ante todo, un encuentro imprevisto. Nadie puede forzarlo, tampoco se puede predecir. Como mucho, se pueden facilitar las condiciones para que sea posible. Pero cuando ocurre cambia las cosas para bien y decisivamente. Sin duda.
AGRADECIMIENTOS
La decisión de escribir este libro surgió a partir de una invitación de Vicente Palomera. Él sabe cuánto le he agradecido no solo su propuesta, sino la interlocución que hemos mantenido durante los casi dos años que ha durado la redacción del libro.
A Estela Pavskan le agradezco la orientación, la ética, la perseverancia, el compromiso. Y la proximidad, en momentos difíciles vividos durante esa etapa.
El caso que sirve de hilo conductor al conjunto del texto, así como la mayoría de los que son mencionados de manera más breve —en viñetas o fragmentos clínicos—, fueron atendidos por mí en el Centro de Desarrollo Infantil y Atención Precoz de Sant Boi, durante un intenso período de más de diez años de trabajo clínico, investigación y formación. Por ello, quiero expresar también mi agradecimiento y mi afecto a todos mis compañeras y compañeros del CDIAP.
Asimismo, le agradezco muy sinceramente a Enric Berenguer el amable prólogo que ha escrito para este libro, así como también su contribución al estudio, la elucidación y el conocimiento de la clínica del autismo.
Por último, quiero agradecer a Josep Maria Panés —mi esposo, y también colega en el ámbito del psicoanálisis— su apoyo durante todo el proceso de redacción de este libro. Circunstancias personales adversas hicieron que en no pocas ocasiones me viera tentada de abandonar el trabajo: siempre que eso sucedió, él estuvo a mi lado —consciente de la importancia que tenía para mí este proyecto— para darme ánimos, para escuchar y comentar mis dudas, para hacerme sugerencias... Sin su ayuda incondicional, este libro no habría visto la luz.
Barcelona,
Diciembre de 2015
PRIMERA PARTE
1
ESTÁNDAR O IMPREVISTO
NO PODER HABLAR ES HUMANO
A menudo, las familias que consultan a profesionales por indicios en sus hijos de lo que se ha venido en llamar «trastorno del espectro autista» (TEA) se encuentran muy confundidas y desconcertadas por las grandes diferencias en las propuestas existentes sobre el diagnóstico y el tratamiento. Es lógico. En la actualidad hay diferentes saberes —teóricos, prácticos— que muestran autoridad para diagnosticar, explicar, tratar, educar o terapeutizar el TEA. Y, efectivamente, hay grandes contradicciones entre ellos. Es una situación inevitable: la unanimidad es imposible.
Eso no obsta para que podamos desplegarnos un poco y explicar a los lectores cuál es nuestra opción, que es elegir un tratamiento orientado por el psicoanálisis y no las terapias cognitivo conductuales (TCC), de base biologista, como modo de entender y tratar el autismo.
En primer lugar, hay que ampliar el espectro. Porque lo que está en juego no es cómo entendemos y tratamos el autismo, sino cómo entendemos y tratamos lo humano. Porque vemos que, para el psicoanálisis y para las TCC, lo esencial, lo más importante, son cosas diferentes. Para el psicoanálisis, lo cognitivo, el pensamiento, no es lo esencial en la subjetividad. Constituye un aspecto parcial de lo psíquico.
Para aproximarnos a lo específicamente humano desde el punto de vista psicoanalítico diremos, aunque parezca extraño, que hay algo en cada uno de nosotros mismos que cada uno no puede pensar ni decir.
El lenguaje, que parece tan a nuestro alcance, a veces es insuficiente para pensar o expresar algunas cosas. Cosas importantes, que nos tocan.
Y eso es tan general, y tan poco exclusivo del autismo, que la primera investigación psicoanalítica sobre dificultades con la expresión verbal no fue sobre autismo. Freud1 estudió magistralmente el olvido temporal de nombres propios como fenómeno cotidiano. Y descubrió algo sin precedentes que atañe al mismo punto al que nos estamos aproximando sobre la especificidad de lo humano: la relación del ser humano con el lenguaje no es meramente natural, instrumental, como se pensaría desde una perspectiva adaptativa o darwinista. La perspectiva adaptativa supondría una finalidad de nuestra existencia —la adaptación al medio para sobrevivir como especie— y el lenguaje estaría allí, como un instrumento a nuestro servicio para comunicar pensamientos nuestros que conoceríamos bien, o para preguntar las cosas que desconocemos a los que sí las saben y nos las podrían enseñar.
Pero no siempre sabemos lo que queremos decir, ni siempre lo decimos... Y también en las respuestas de los otros siempre falta algo que tal vez sería lo que resolvería nuestra duda. Sucede también, en ocasiones, que es en nuestro propio discurso donde, de golpe, falta una palabra que, inexplicablemente, no conseguimos recordar.
Por otro lado, para nuestro tema es importante tener en cuenta otra perspectiva sobre el lenguaje: las palabras pueden alegrarnos, entristecernos, consolarnos, sorprendernos, asustarnos, dejarnos indiferentes... Es decir, las palabras nos impactan, pueden golpearnos. Algunas se quedan, adheridas, no se van.
RECHAZAR PENSAR
Lo que Freud descubre en su investigación sobre la psicopatología de la vida cotidiana es que esas palabras que le faltan temporalmente al hablante son palabras rechazadas, activamente rechazadas, porque tienen que ver, siempre, en último término, con la sexualidad o con la muerte. Estas constituyen aquello que el ser hablante no quiere pensar, rechaza pensar. Hay algo impensable e indecible para cada uno sobre su propia sexualidad y su propia muerte, lo cual no es trivial. Si es impensable es porque es insoportable. Pero eso que rechazamos, siempre vuelve de maneras diversas. Es insoportable, pero no podemos deshacernos de ello. Una forma de retorno2 es ese olvido, que se convierte así en un modo especial e intenso de recuerdo, aunque no se pueda reconocer como tal.3
Aproximarnos a la problemática del lenguaje desde el psicoanálisis supone alejarnos de cualquier perspectiva naturalista en la que el lenguaje, el psiquismo, la sexualidad, simplemente se desarrollarían, madurarían. Lejos de eso, en el ser hablante el proceso se revela como extremadamente delicado, donde diferentes elementos en un principio separados (el cuerpo, el lenguaje) van uniéndose, separándose y, así, constituyéndose como tales en la subjetividad del ser hablante, generando nuevas realidades.
Es un proceso en el que muchos de esos momentos, si uno está lo bastante cerca y atento, se pueden situar con mucha precisión. A partir del próximo capítulo podremos, por ejemplo, seguir el cambio fructífero que se produjo en el mundo de un niño autista de veintidós meses, con ocasión de una palabra.
SENTIR DECIR
El proceso tiene que ver con un concepto que nombra, por decirlo de algún modo, la fuerza que nos mueve.
La primera expresión que utilizó Freud4 para empezar a elaborar lo que luego llamó «pulsión» fue «carga» o «catexia». Ocurría que algunas palabras que le faltaban al paciente que narraba su propia historia podían hallarse siguiendo de un modo muy especial los síntomas por los que había consultado. Podemos tomar como ejemplo el caso de una mujer que sufría una neuralgia facial sin explicación de base orgánica. En el tratamiento con Freud, explicó que, tiempo atrás, en el contexto de una discusión con su marido, este le había dicho una frase ofensiva, a lo que añadió, ella misma sorprendida: «Fue como si me hubiera dado una bofetada».5
Este «sentir» una palabra en el cuerpo es muy importante. Es una sensación, y la concebimos como satisfacción, teniendo en cuenta que el ser hablante puede vivir como placentera y displacentera una misma situación en el mismo momento.
El ejemplo más claro es, tal vez, el de la persona adicta a una droga, que quiere dejar de consumirla y no puede. Siente el placer y el displacer en el mismo acto, quiere y rechaza lo mismo. De modo que no entenderemos «satisfacción» necesariamente como «placer». Puede ser un placer que incluya el displacer. Más tarde, el psicoanalista francés Jacques Lacan lo denominó «goce».6 Por ahora, entenderemos la satisfacción vivida en el cuerpo como algo que puede ser al mismo tiempo placentero y displacentero. Esto que se siente es esencial en el proceso de constitución del ser hablante como sujeto, tomando como eje la cuestión de la elección.
Es un proceso en el que, apoyado en sus interlocutores primordiales, fraguarán para él las palabras fundamentales. Pero no se trata solo de palabras y personas. Se trata de cómo va a quedar unido o separado, o de cómo va a poder unirse y separarse cada uno, precisamente, de las palabras, los objetos, las personas..., del mundo. Es un proceso complejo, en el que cada uno de estos aspectos no es independiente. Lo que ocurre en un campo tiene consecuencias en el otro. A lo largo de los próximos capítulos nos dedicaremos a estudiarlo desde diversas perspectivas.
ELEGIR NUESTRO MODO DE SER
Desde las TCC se afirma que el TEA tiene causas genéticas.7 Para el psicoanálisis no es así. Precisamente, lo específicamente humano es que nuestro modo de ser no está determinado ni por la genética ni por el instinto. Nuestro modo de ser, cada uno, se va construyendo en un proceso que dura toda la vida, aunque en la primera infancia ya se constituye lo esencial.
En los seres humanos, la predeterminación genética solo puede encontrarse en aquello que concierne a lo orgánico y a sus efectos, pero no en la subjetividad. En la subjetividad hay elección, y esta es muy temprana: de ahí el enorme valor de la atención precoz.8 Pero no se puede elegir cualquier cosa. Estamos tal vez habituados a una idea de elección muy impregnada por el consumo capitalista, donde parece que se pudiera ir al centro comercial y comprar todo lo que nos puede satisfacer.
Hay varias cuestiones importantes para aproximarnos al tipo de elección en juego. En otro gran texto, Freud,9 precisamente, estudia cómo algunas zonas corporales —la boca, la zona anal— serán zonas especiales del cuerpo del bebé, fuentes de excitación, de localización de la libido —otro nombre de la energía psíquica, que tiene que ver con la sexualidad—, ligadas de algún modo tanto al cuerpo como a las palabras de sus cuidadores.
Fue Lacan quien, en su primera época, remarcó la importancia del lenguaje en este proceso.10 Esto ocurre en el marco de las oportunidades de encuentro de un cuerpo y otro, el del bebé y el de la persona que lo cuida —a través de la voz, la piel, las miradas, la alimentación, la higiene— que van marcando el cuerpo del sujeto, construyéndolo, en realidad; haciendo de ese cuerpo el cuerpo de ese bebé, único.11
En los últimos años, la conceptualización en psicoanálisis ha dado giros muy importantes, gracias a los cursos de Jacques-Alain Miller12 quien, desplegando la última enseñanza de Lacan, está realizando una reelaboración de gran trascendencia.
Si bien Freud introdujo y conservó el término «elección», es en el contexto de la última enseñanza de Lacan donde encontramos el concepto elaborado y puesto en relación con otras grandes cuestiones del edificio psicoanalítico, lo que nos permite desbrozar el tipo de elección que hay en juego en este momento precoz y crucial de la vida subjetiva.
Hay varios registros para analizar la apropiación del cuerpo por parte del sujeto. El tipo de apropiación al que nos referimos ahora es aquel en el que, habiendo sentido algo en el cuerpo, el sujeto es capaz de aceptarlo y vivirlo como propio. Como venimos viendo respecto a todo lo humano, esta apropiación no se da de forma natural, simplemente madurativa. En atención precoz vemos a menudo a niños insensibles al dolor físico, por ejemplo, de modo que cuando se dan un golpe que les daña visiblemente la piel no se dan cuenta, o no perciben su debilidad o cansancio cuando tienen fiebre. Por lo demás, esto está descrito en la literatura psiquiátrica para algunos casos de psicosis.
HACER. FRAGMENTO CLÍNICO
Volviendo a la cuestión de elegir apropiarse: en realidad, a lo largo de un período prolongado, la actividad psíquica de la cría humana consiste básicamente en aceptar como propios y rechazar como ajenos diferentes aspectos de su experiencia, en un mundo que al mismo tiempo va construyendo.
Es muy importante saber que el mundo «exterior» y el «interior» en condiciones normales no quedan separados de forma tajante. Hay zonas comunes. Y hay zonas muy difíciles de situar. Citaremos, por ejemplo, los bordes: bordes de orificios corporales que biológicamente conectan el «interior» con el «exterior», sirviendo para incorporar o desechar. El texto en el que Freud elabora este importantísimo hallazgo, de enorme valor y vigencia para la clínica y para el día a día con los niños que han sufrido alteraciones en este proceso, se titula La negación.13
Estos momentos de elección no son momentos deliberativos. No se piensa; se hace. Uno mismo encuentra que ya lo ha hecho; se siente involucrado, ha dicho que sí o que no. Es un acto. El acto transforma al sujeto. No hay vuelta atrás. Ha ocurrido y tendrá consecuencias.
Para desplegar esta cuestión expondré, brevemente, un fragmento clínico:
Es un niño de dos años y medio. Habla mucho, con voz alta, aguda y despersonalizada. Su mirada es huidiza. De sus padres y familia extensa, menciona siempre el coche que posee cada uno. Se nombra a sí mismo en tercera persona, por su nombre. Es asustadizo. Los ruidos, especialmente en la oscuridad, como en el aparcamiento de su casa, lo sobresaltan.
En las sesiones juega con coches en un aparcamiento con recorridos interiores, rampas móviles, ascensores. A menudo se oyen ruidos provenientes del exterior del despacho, próximo a la sala de espera. Él se sobresalta. Entonces, abro la puerta, me asomo y pregunto jugando, sin hacerme oír realmente por la gente de la sala: «¿Quién ha hecho ese ruido?». Luego cierro la puerta y le digo a él: «Ha sido un nene», y voy variando de respuesta cuando vuelve a ocurrir. Cada vez más, la secuencia se va convirtiendo en un juego y él espera mi participación. Se percibe claramente una satisfacción lúdica en ello.
Un día, al escapársele una de las rampas interiores del aparcamiento y golpear esta un coche metálico, con el aparcamiento convertido en caja de resonancia, el ruido se amplifica produciendo un estrépito. Su sobresalto es mayúsculo. Su mirada se pierde, perpleja, unos instantes, tras los cuales dice, sin dar lugar a mi participación: «He sido yo». Su voz al decirlo no tiene el tono agudo, monótono, que usa normalmente. Esta vez es una voz grave y poco articulada. Da la sensación de que la voz, como viento, ha salido de su cuerpo.
Momentos como este son muy delicados en el autismo. Una frase así, en este caso, tiene una gran carga subjetiva.14 Vemos que él ha evitado hasta entonces nombrarse en primera persona, lo que testimonia su gran dificultad para reconocerse en lo que dice. Es, por eso, un momento de riesgo. Él podría simplemente haber retrocedido y volver a las marcas de los coches. Pero es lo que llamamos un momento constituyente. Por eso decimos que son momentos delicados. Hay un riesgo, pero al mismo tiempo constituyen una oportunidad preciosa. Él hace algo. Por lo tanto, no estamos en la dimensión del pensamiento sino del acto. Da un paso con el que atraviesa algo que nunca había atravesado.
El «He sido yo» vale para el ruido que se le escapa de las manos, pero especialmente para el ruido que se le escapa por la boca, y que él elige reconocer como su voz, su palabra. Se reconoce en esa voz, en esa frase. Así se constituye, en ese instante, él mismo. Antes de eso, de algún modo él no estaba allí.
Decimos, pues, que el tiempo verbal, para el sujeto del que hablamos en psicoanálisis, es siempre el pasado. Porque no podíamos prever que eso ocurriera. Ocurrió y podría no haber ocurrido. Ese es el enorme valor de este pequeño gran acontecimiento.
Las cosas cambian desde entonces para este niño. Inmediatamente después, durante un tiempo, narra de manera reiterada, dirigiéndose a interlocutores adultos, que algo lo ha hecho él. Con esa reiteración está haciendo suya una satisfacción elegida, que suma a la satisfacción de compartirla, de querer que los otros le reconozcan ese logro. Es muy importante que pueda permitirse desear ese reconocimiento, que lo acerca a los demás de un modo muy diferente al hecho de clasificarlos por sus coches.
Nos aproximamos, pues, un poco, a la diferencia de consideración que el psicoanálisis y las TCC tienen por los procesos constitutivos del sujeto y por el pensamiento. Estas diferencias son tan importantes que están plagadas de consecuencias. No vamos a dedicar el libro a compararlas. Pero hay otras cuestiones que comentaremos, al tiempo que vamos entrando en materia.
ESTÁNDAR O IMPREVISTO
Las TCC preconizan y utilizan, para el diagnóstico de TEA, escalas y manuales con entrevistas pautadas, pruebas deliberadamente estandarizadas para así evitar el juicio clínico, al que desechan por no ser objetivable. Su aspiración es que un día no sean necesarias ni siquiera las entrevistas o escalas, y que baste con marcadores biológicos que se obtengan con una muestra de sangre.15
Vemos, así, cómo la clínica se degrada. El afán pseudocientífico16 pretende una clínica y técnicas terapéuticas puras, de manera que, manual en mano, haya vía directa al diagnóstico, pasando por encima del clínico... y del sujeto. No hay lugar para ninguno de los dos en el cuadro. No solo se pretende despojar a la clínica de teoría y subjetividad, sino también de los matices que fueron enriqueciendo las descripciones y evidenciando sus contradicciones, desde que grandes psiquiatras europeos del siglo pasado y del anterior construyeron la nosología psiquiátrica, descubriendo las constantes en las que el padecimiento subjetivo se organiza.17
La clínica estandarizada crea la ilusión de eficacia y seguridad, y deja al clínico en una posición de mero burócrata que aplica un formulario. Su propio saber, y en especial su propio no saber, no se pone en juego. Tampoco su juicio. En esta estandarización las cosas transcurren tranquilamente según lo previsto: se leen las preguntas ya escritas en el test, se apuntan las respuestas, luego se suman los puntos y se obtiene el diagnóstico, que se comunica a la familia, a la que se le propone el tratamiento ya previsto. El sujeto se queda solo con su padecimiento.
Desde nuestra perspectiva, en cambio, en cada tratamiento hay algo de descubrimiento, de sorpresa, algo inesperado; no previsto por el saber ya constituido, e imposible de prever. Y eso que ocurre de manera sorpresiva constituye la palanca del tratamiento. En el caso del que hemos comentado un pequeño fragmento, se puede observar que ocurre así. Ni apuntábamos a que eso ocurriera ni lo esperábamos. Se había iniciado una relación terapéutica, en la que los sustos —importantes para ese niño— pudieron empezar a tratarse de un modo nuevo para él. Él había consentido en que esos sobresaltos entraran en un juego con un interlocutor, modificándolos así y obteniendo cierta pacificación. En el marco de esa relación y del nuevo lugar que ocupan para él los ruidos repentinos, ocurre ese imprevisto. Él ya tiene otras herramientas para tratarlo pero, sobre todo, decide usarlas y reconocerse allí.
Por otro lado, haremos hincapié en que, a diferencia de la posición de burócrata en las TCC, el psicoanalista, o el terapeuta que aplica el psicoanálisis, está en otra posición. A propósito de esto, comentaremos un caso muy especial.
En una clase de su Seminario,18 Lacan había cedido la palabra a la hoy célebre Rosine Lefort, para que narrara el tratamiento de un niño, al que ella llamó Roberto.19
Rosine y Robert Lefort fueron psicoanalistas en Francia y dedicaron toda su vida profesional al estudio y tratamiento de niños; con especial entrega a las psicosis infantiles y el autismo.
FRAGMENTO CLÍNICO: EL CASO ROBERTO
Roberto es un niño de tres años y nueve meses cuando empieza el tratamiento en la institución donde estaba ingresado por abandono. Ha estado al cargo de su madre, diagnosticada de paranoia, que vivía con intermitencias en la calle y en instituciones hospitalarias, hasta que es abandonado legalmente a los once meses. Desde entonces hasta los tres años, pasa por numerosos cambios de residencia, hospitales...
Ha sufrido experiencias extremas de abandono, inanición, con graves problemas orgánicos que requieren intervenciones en extremo cruentas y dolorosas.
Su desarrollo, en todos los aspectos —orgánico, cognitivo, psicoafectivo, motriz—, está gravemente afectado, es caótico. Roberto tiene tendencias autodestructivas muy acentuadas, y es necesaria la posición de Rosine Lefort, orientada por la enseñanza de Jacques Lacan y alentada por él en una época en que nadie trata a niños autistas, para que el niño la vaya aceptando, en un mar de contradicciones, avances y retrocesos. A lo largo de un año, siguiendo el tratamiento con la señora Lefort, conquista de forma asombrosa numerosos hitos con relación a todos y cada uno de los ítems de cualquier escala de desarrollo, lo que aporta una enseñanza valiosísima una y otra vez.
En un momento relativamente avanzado del tratamiento, ocurre lo siguiente, según narra Rosine Lefort:
«Roberto, desnudo frente a mí, recoge con sus dos manos unidas agua, la eleva a la altura de sus hombros y la hace correr a lo largo de su cuerpo. Lo repite de este modo varias veces, y me dice entonces, muy bajito: “Roberto, Roberto”».20
Lacan, al respecto, dirá:
Comienza luego esa elaboración extraordinaria que culmina con el conmovedor autobautismo, cuando pronuncia su propio nombre. Palpamos aquí en su forma más reducida la relación fundamental del hombre con el lenguaje. Es extraordinariamente conmovedor.21
Lacan reitera «extraordinario» y «conmovedor», como si lo enfático de esos calificativos no alcanzara a tocar la enormidad de aquello de lo que se trata.
En efecto, el bucle entre lo singular y lo universal se da en cada cura de cualquier sujeto. Pero los sujetos autistas, así como los afectados por otros trastornos afines de edades muy tempranas, hacen presente en la cura la encrucijada ante la cual cada uno de los seres que componen la humanidad se habrá encontrado: contarse o no entre los demás, incluirse o no en el lenguaje común, apropiarse a su modo de él, instrumentalizarlo, o estar a su merced.
Hoy es importante enfatizar esto. La dignidad del sujeto autista está amenazada por las TCC, que no tienen en cuenta activamente la grandeza de lo que hay en juego en la cura. Y también lo está la dignidad humana en general.
En el encuentro del practicante del psicoanálisis con el sujeto autista, como en toda experiencia humana, las cosas no están predefinidas. No se sabe qué ocurrirá. No hay test, ni manuales, ni garantías.
Asumimos el compromiso de un tiempo de oferta, sabedores de que quien pide ser acompañado en un trayecto orientado por el psicoanálisis, sea cual sea su diagnóstico, está atrapado en un modo de satisfacción que él mismo desconoce y que desearía cambiar. Asumimos así exponernos a la conmoción, contando con nuestro deseo como impureza que fecunda el proceso.
SEGUNDA PARTE
2
ENTRADA EN EL DISPOSITIVO Y PRIMEROS EFECTOS
En este y en los siguientes capítulos centraremos nuestra atención en un caso, al hilo del cual iremos intercalando comentarios y digresiones, que conciernen al caso en particular y a cuestiones generales sobre el autismo y sobre la subjetividad en general.
El caso es el de un niño, Dídac, que inició su tratamiento siendo muy pequeño: un año y siete meses, edad frecuente de inicio en atención precoz.
Su presentación era muy aparatosa y grave, invadido por la angustia y la agitación. A pesar de eso, desde el principio hubo por su parte una docilidad al dispositivo de tratamiento, que daba cuenta de su deseo de alivio y de cambio. El tratamiento de Dídac conmigo duró dos años y medio.
CUESTIONES PREVIAS
Sus padres consultan porque el niño es «muy nervioso» y «no hace caso». Ellos, dicen, «no saben cómo educarlo»; él «no presta atención», «se enfada si le insistes, te da un empujón». Respecto al lenguaje, según los padres, dice «palabras sueltas», pero no queda claro en la entrevista inicial cuáles ni cuántas. Respecto a la motricidad, está empezando la marcha autónoma, hace menos de un mes en el momento de la entrevista. «Aletea si está contento».
Los padres se sienten desbordados por la situación. Creen que no pueden educarlo. Proceden de otro país, se sienten solos aquí, sin apoyo de familiares. La madre tiene otro hijo, mucho mayor, que «no le trajo este tipo de problemas» y que ya no vive con ellos. Hasta que el pediatra no lo mencionó «derivando a Dídac a nuestro centro por retraso del desarrollo global», ellos no se habían preguntado por una posible alteración en el desarrollo del niño. Atribuían sus problemas a su dificultad para obedecer.
TRANSCURSO DE LA PRIMERA SESIÓN
La primera vez que lo vi estaba atrozmente angustiado. Apresado por una agitación desenfrenada, gritaba de forma estridente e inarticulada, escondía los ojos dejándolos en blanco mientras torcía la cabeza hacia atrás, agitándola, se golpeaba contra la pared, huía si las personas se le acercaban a dos metros. Avanzaba caminando o corriendo con los brazos abiertos, torpemente, dando la sensación de que podía perder el equilibrio y caer.
En la primera sesión, sin embargo, tras un tiempo de errancia en la situación descrita, pudo entrar en el despacho, aunque con dificultad, y se aferró a sus padres, que se sentaron a un lado de la mesa. Dídac estaba allí, agarrado a ellos, gritando, moviendo todo su cuerpo aunque sin desplazarse.
En esa circunstancia, pasado un breve tiempo, permanecí ostensiblemente inmóvil al otro lado de la mesa y dije con suavidad, sin mirarlo y en tercera persona, que él quería estar con sus padres.
Entonces, pasados unos segundos, se separó de ellos y se dirigió a un juguete que había en una estantería baja, detrás de mí, y se me acercó mucho. Lo tocó de manera fugaz y volvió junto a sus padres, moviéndose y asustado. Tras unos momentos, le dije, quieta y en tercera persona, que le gustaba el coche rojo.
Inició así una breve alternancia entre estar junto a sus padres y acercarse a rozar el coche rojo detrás de mí y cerca.
De pronto, en vez de venir hacia mí desde el lugar junto a sus padres, se acercó a la puerta, gritando y asustado, como queriendo huir. Dije que quería salir y di por hecho que autorizaba su deseo, lo acompañé a distancia por las salas del local. En el recorrido, no se detenía mucho tiempo en ninguna de ellas, pero sí lo suficiente para ir señalando algunos objetos. Era una errancia en la que podía captarse algún pequeño amago de lo que luego fue una repetición ordenada, apaciguándose él levemente.
Cuando llegó el momento de terminar la sesión, volvió a angustiarse; se aferraba a puertas y muebles, gritaba. Le dije que le gustaba estar aquí y que vendría otros días. Ese día se marchó en el mismo estado tremendo en que llegó, sin aceptar ninguno de los objetos que le ofrecí para que se llevara.
PRIMER MOMENTO. OBSERVACIÓN E HIPÓTESIS
De su situación general en el primer momento, observamos el estado de agitación y angustia extremadamente acentuadas; percibimos desorientación, que es paradójica, pues en realidad tiene una orientación que consiste en huir de la proximidad de las personas.
Se observa la descoordinación motriz también acentuada, coherente con el dato de que ha iniciado recientemente la marcha autónoma.
El aleteo «cuando está contento» que mencionan los padres es una estereotipia, uno de los signos característicos de personas con TEA u otros desórdenes afines. Tiene que ver con la regulación o, más bien, con los escasos recursos simbólicos e imaginarios para regular lo que afecta a su cuerpo en esa «alegría»: un estado de excitación muy difícil de localizar en su cuerpo, y que por eso resulta excesivo. El suyo es un cuerpo que, si bien desde el punto de vista biológico está ahí y «funciona» en el sentido de la salud fisiológica, subjetivamente no está constituido como tal ni como propio. Los fenómenos clínicos que dan cuenta del cuerpo —en el campo de la motricidad gruesa e inmediatamente observables— son el retraso en la adquisición de la marcha autónoma y la dificultad motriz que aún arrastra bajo la forma de la inestabilidad.
En la misma línea, observamos en sus gritos inarticulados y en su ocultación de los ojos que la voz y la mirada son ámbitos pulsionales especialmente difíciles de soportar para Dídac. En este momento son muy invasivas para él. Podremos constatar en el transcurso del caso cómo van tomando un nuevo lugar.
SOBRE LA ENTRADA. ALGO QUE DECIRLE
A veces hay niños que tardan meses en realizar la sesión entera en el despacho y, algunos, muy pocos, que incluso no llegan a realizarla. Dídac es uno de ellos. Durante todo su tratamiento, excepto una temporada, en algún momento de la sesión acudíamos a otras salas a buscar asuntos de su interés que ya comentaremos.
En situaciones así, lo importante no es la permanencia o no en el despacho, sino mantener las condiciones para poder poner en acto el tipo de trabajo que proponemos y para que el sujeto pueda hacer su elección.
Así, yo procuraba evitar cualquier gesto, acento o declinación que connotara demanda o invasión, tanto con mi cuerpo, mi presencia, como con mis palabras. Permanecía ostensiblemente inmóvil por su mencionado horror a la proximidad de las personas, para transmitirle en acto que he entendido sus condiciones, las acepto y las respeto.
También sabía que Dídac aún no hablaba, salvo esas hipotéticas «palabras sueltas». Gritaba inarticuladamente. Sin embargo, hablo. Hablo con él, de él.
Cuando intervenimos en sesión, tal como dijimos en el primer capítulo, no lo hacemos según un protocolo, sino según lo que ocurre allí mismo, en ese encuentro. Lo que hacemos o decimos no está planificado.
Después de cada sesión, desde el primer día se hacen hipótesis y se revisan. Se establece así una dirección para el trabajo, siempre revisable y modificable, pues acaecen cambios que lo hacen necesario. Pero, en esos primeros momentos solo tenemos los signos del sujeto y lo que hayan podido transmitirnos quienes lo trajeron y quienes lo derivaron.
SABER Y NO SABER EN LA INTERVENCIÓN
Apoyándonos en la teoría, en la experiencia clínica, asumiendo nuestra subjetividad, es decir, en este caso, nuestro deseo, nuestra posición es, al mismo tiempo, la de ignorar lo que «sabemos» sobre el autismo o sobre la clínica para dejarnos sorprender y dejar abierta la posibilidad de un encuentro. Desde ese lugar realizamos nuestro acto, asumiendo siempre un riesgo.1
En este caso concreto había un contraste entre la aparatosidad de su rechazo a la proximidad y el hecho de que entró al despacho en respuesta a nuestra invitación.
La intervención verbal se debe a que entendemos que, si lo hemos invitado, hemos de decir para qué, en especial si él ha aceptado entrar. Las cosas se juegan en esa sesión y las sucesivas. Hemos de definir o, al menos, dar una orientación sobre cuál será nuestro lugar, nuestra oferta, qué puede esperar.
Optamos por hacerlo hablando, un hablar que es una puesta en acto. En esta puesta en acto, hablamos con él, de él, sin dirigirnos a él. No decimos «a ti te gusta...». Ni nos dirigimos a sus padres para hablar de él en su presencia, lo que lo dejaría en posición de objeto. Hablamos con él dirigiéndonos a un tercero que está ausente, apuntando a introducir un tercero entre él y la terapeuta.
Hablar es, entre otras cosas, pedir: pedir ser escuchado, ser entendido, pedir reconocimiento, en fin. Este pedido implícito, esta demanda, puede ser un abismo para un niño autista que no tiene el andamiaje simbólico e imaginario para situarlo y tratarlo. Con esta maniobra de evitar el «tú», la comunicación se vacía en alguna medida de esa demanda y de la espiral de goce que podría desencadenar.
En las frases que le han sido dichas en sesión, se ha mencionado algo de lo que, suponemos, a Dídac le gusta o quiere. Eso es arriesgado, pues podría resultar invasivo si partiera de una posición de que sabemos lo que él quiere. Pero no es así, no solo porque nuestra posición es calculadamente otra, sino porque él mismo la capta tal cual, según podemos ver por los efectos. Lo que se le dice no es un saber previo, sino una glosa sobre las cosas que hace, como si él hiciera declaraciones a través de lo que hace, declaraciones que deduzco y traduzco. El modo en que se le dice es respetuoso con su subjetividad, al formularlo en tercera persona, y hay cierto tono de interrogación en nuestra enunciación, dejando margen para que pueda ser un error.
Nuestra suposición, ante su aceptación de entrar al despacho, fue que lo habitaba algo de una expectación y que allí podía habitar también el deseo.
Si hemos hablado de deseo bajo la forma del gustar o querer, lo hacemos apuntando a velar su horror. Nombrando algo de su deseo, de la posibilidad misma y legítima de desear, podemos tomar apoyo en esa brizna para potenciarlo con nuestra palabra.
SOBRE EL RECORRIDO
Va y viene varias veces, atolondrado. Eso le satisface. Pero las condiciones para regular sus satisfacciones no están aún creadas en su subjetividad. Se angustia ante la proximidad de ese objeto —coche rojo— que, efectivamente, le gusta mucho, y ante nuestra proximidad. Y quiere huir. Como decíamos, hay un exceso de satisfacción que no puede regular.
Lacan decía que la angustia no engaña; que cuando hay angustia es señal de que el objeto de goce se presenta fuera de lo simbólico. Demasiado real, en el sentido de que el objeto queda desprovisto de lo que lo humaniza, dignifica, embellece2 como objeto de satisfacción. Introducir el sentido de deseo en esos momentos, apunta precisamente a producir ese velo de humanidad, a que Dídac se engañe un poco con nosotros, con los que creemos y compartimos una realidad común.
Él está tenso, agitado, vacilante, siempre amenazado por la posible irrupción de la angustia. En el recorrido por el local, oscila entre momentos de gran agitación y gritos, que acompañan todos los movimientos de su cuerpo descritos al inicio, y momentos en los que se puede detener un poco en alguno de los objetos que encuentra. Lo que espontáneamente hace es tocarlos, agitarlos un poco y dejarlos caer sin volverse. Con algunos de esos objetos se entretiene un poquito más antes de dejarlos caer: en una de las salas, con las cortinas de un gran ventanal; también con el teléfono y el ordenador. En la sala de fisioterapia le interesa una pelota más grande que él, que intenta abrazar y que hace botar, asustándose en extremo.
En el pasillo hay cuatro salas más, idénticas al despacho que ocupamos nosotros, y que están ocupadas por terapeutas con niños o familias; hay también una pequeña habitación con estanterías, armarios y juguetes, sin objetos de despacho. Al final del pasillo, a la derecha, hay dos cuartos de aseo, y una zona de recepción y sala de espera.
Su recorrido, sin embargo, se limita a nuestra sala y las dos que he mencionado, que están en el extremo izquierdo. Es decir, Dídac, en posición activa, elige por dónde transita. Incluye y excluye diferentes zonas del espacio, prefiriendo el extremo interior, ya en la primera sesión.
La crisis de la hora de la salida merece un comentario específico. Aparentemente similar a una rabieta infantil, no debemos confundirla con eso. Es un tema importante, porque para muchos niños autistas este punto es un auténtico problema. Entendemos que en ese momento para Dídac se abre un abismo de separación radical, separación que hay que contextualizar en relación con el Otro como instancia subjetiva. Lo tomaremos como pregunta. Intentaremos ser breves, simplificando en una pequeña digresión algo que es pura complejidad.
EL SUJETO Y EL OTRO: ¿QUÉ ARTICULACIÓN EN EL AUTISMO?
En el capítulo anterior nombrábamos como «exterior» e «interior» los campos en los que el sujeto organiza su experiencia, aceptando como propios o rechazando como ajenos los objetos del mundo. En efecto, es así, pero mucho más complejo.
La clínica del rechazo y del retorno de lo rechazado atraviesa toda la historia del psicoanálisis, desde los primeros textos de Freud (incluso su correspondencia con el doctor Fliess), pasando por Lacan —sus escritos y seminarios— hasta los más recientes cursos y conferencias de Miller.
La clínica nos interroga sobre estos términos, «interior» y «exterior», de muy diversas maneras:
1. Por ejemplo, cuando hay algo muy íntimo que escapa al saber del sujeto, como en el caso citado en el primer capítulo: la paciente de Freud3 que padecía neuralgia facial y evocó en el dispositivo analítico una ofensa verbal que había sentido como una bofetada. En este caso, vemos que el recuerdo como tal, que es «interior», no está al alcance de la mujer. Solo desplegando una narración, dirigida a Otro que la escucha, ha podido acceder a ese recuerdo. Freud situó ese lugar de lo rechazado en el interior, un interior inaccesible para el propio sujeto. Lo rechazado, en este caso, decimos que está reprimido y que retorna en forma del síntoma que, si usamos terminología lingüística —puesto que el lenguaje está implicado—, podemos decir que es una metáfora encarnada.
Una metáfora porque hay una sustitución, aparece «bofetada» en lugar de «ofensa»; y encarnada porque aparece como dolor en la carne, en la cara.
Lacan llamó «éxtimo» a ese lugar tan íntimo y tan ajeno. Porque vemos que no es solo que sea inaccesible, sino que es desplegándolo al dirigirse al Otro cuando puede formularse como un saber que, de algún modo, es nuevo.
2. Otra cuestión clínica que nos intriga: la alucinación auditiva y el delirio. Citaremos brevemente un fragmento: una joven de unos veinte años se escapa de la institución donde está ingresada en horario diurno, porque los elefantes le dicen que tiene que ir al zoo. En este caso, evidentemente grave, el retorno de lo rechazado no proviene, para ella, de su interior. Precisamente, ella atribuye al exterior y a una voz que realmente oye aquello que los que estamos en la realidad común atribuiríamos a un pensamiento suyo, procedente de su interior. Pero lo que cuenta es cómo lo vive ella. Para ella no son sus pensamientos, ni se le ocurre entenderlo así, ni afirmarlo ni negarlo. Directamente, con absoluta certeza y tranquilidad, los elefantes le hablan, le dan órdenes, ella obedece.
Lo rechazado en este caso retorna, pues, no como metáfora, sino como real. Ella no dice «es como si hubiera algo que me empujara a ir al zoo», o no evoca un recuerdo infantil ligado a los elefantes..., sino que oye la cadena de sus pensamientos, hecha de lenguaje, como voz. El Otro le habla y es él quien goza. Ella, como si no tuviera nada que ver con la satisfacción en juego, solo obedece. Sin embargo, entendemos que ella, por algún motivo, desea ir allí, aunque no puede asumir ese deseo como propio.
Este ejemplo hace problemática la cuestión de situar al Otro. Vemos que el Otro no es simplemente una persona diferente. Hay una instancia subjetiva que es el Otro, y es ahí donde, para el sujeto del inconsciente, se juega la partida. Cuando lo rechazado retorna de este modo, en lo real, ya no hablamos de represión, sino de un modo de rechazo más radical: la forclusión. Es un rechazo por mor del cual la huella que habría quedado como inscripción no se inscribe. Queda como ajena. En este caso —un caso de paranoia— lo rechazado retorna sobre el lugar del Otro.
3. Aún otra cuestión: la fragmentación —malformación, ruptura, etc.— delirante del cuerpo. Citaremos otro ejemplo de la misma institución donde tuve ocasión de trabajar hace tiempo. Una jovencita de unos dieciocho años se había sometido a lo largo de su adolescencia a numerosas operaciones de cirugía estética, tanto en el rostro como en el cuerpo. Pero la cuestión viró a otra cosa un día que, con desesperación, no veía reflejada en su imagen en el espejo la imagen de su boca, deduciendo de allí que no la tenía. En este ejemplo nos preguntamos cómo una parte de su cuerpo, algo que se daría tal vez por obvio y natural que sería propio, le resulta tan extraña que incluso cree que no la tiene. Lo rechazado, en este caso de esquizofrenia, retorna sobre el cuerpo.
A lo largo del libro iremos mostrando ejemplos de cómo lo rechazado puede retornar, en el autismo, sobre lo que el psicoanalista francés Eric Laurent situó como un «borde». Podemos decir, incluso, que el eje de este libro gira sobre esta cuestión. Por ahora solo la mencionamos.4
Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos del Otro? Es el interlocutor fundamental del sujeto. Es también el lugar donde reside el lenguaje, que está ya en el mundo cuando el sujeto nace. Es el lugar de lo simbólico, de la ley.
Es necesario que alguien encarne a ese Otro. El lenguaje no atrapará al sujeto si no hay alguien encarnando, transmitiendo, a partir de su propio deseo, de sus propios modos de satisfacción, su versión sobre el mundo, de manera que, tomando eso, el sujeto pueda hacer su propia versión.
En el acto de constitución, el ser hablante propiamente se parte, queda dividido entre sí mismo y el Otro. En esa partición hay pérdida, pues un trozo de sí mismo se va al campo del Otro, y hay ganancia, en tanto un trozo del Otro es suyo.
Este «trozo» que se pierde y que se gana en esta operación es algo que tiene que ver, cómo no, con la libido, tanto propia como ajena, con el deseo, la satisfacción. Es el objeto.
El sujeto queda así alienado al Otro del lenguaje, identificado en él a un nombre, a una palabra, un significante, que buscará a otro (en el lenguaje, en el Otro) para acceder al sentido. Así, la pregunta «¿Quién soy?», en realidad se hallaría, en nuestra subjetividad, referida al deseo del Otro: «¿Quién soy para ti?».
Esto es precisado por Lacan con una pregunta, que se abre en cuanto el ser hablante entra en contacto con el lenguaje, con frases y palabras del Otro: «Dice eso, pero ¿qué quiere?». O también, simplemente: «¿Qué me quiere?».
En estos ejemplos, la intrincación del sujeto y el Otro está clara, aunque en cada caso es diferente. Para el caso del autismo, después de años de seguir las enseñanzas de Rosine y Robert Lefort sobre clínica infantil, Laurent propuso la tesis de que esta intrincación no sería tal: por el rechazo, precisamente, a esta pregunta que, de diferentes modos, acabamos de presentar.
Algo en la constitución subjetiva del sujeto autista —por su respuesta al encuentro con el lenguaje— ha tomado otro camino, de modo que el sujeto y el Otro quedan radicalmente excluidos el uno del otro.5
Es una tesis muy radical, pero realmente muy útil para explicar un sinfín de fenómenos clínicos y procesos terapéuticos.
VOLVIENDO AL CASO
Precisamente antes de iniciar esta digresión, estábamos comentando el momento de la salida de Dídac después de la primera sesión. En este caso y en este momento, para el sujeto la separación es total y absoluta, al no haber podido él recortar un objeto en el campo del Otro. Ese momento de separación es radical; él no puede llevarse nada del centro, nada que represente en ausencia al Otro que me toca encarnar.
La operación, por decirlo de algún modo, de «obtención» de un objeto del Otro no ha sido realizada por Dídac. Son cuestiones que no tienen que ver con la conciencia ni con el pensamiento, sino que se producen inconscientemente, no sin responsabilidad del sujeto. Es posible que, tal como dejaba caer los objetos que apenas manipulaba, se sintiera caído él; fuera del Otro, fuera de sí.
Tenemos que hacerle esperar necesariamente hasta la siguiente sesión, y solo podemos decírselo, con firmeza y tranquilidad, intentando transmitir que confiamos en eso. Confiamos, y así ocurrió, en que la continuidad de las sesiones se constituya en una rutina tranquilizadora.
De la primera sesión con Dídac podemos decir que:
• Ha podido separarse de sus padres y calmarse un poco, intermitentemente.
• Deducimos que espera algo de su asistencia al centro.
• En esta primera sesión aún no sabíamos qué objetos de los que le han llamado la atención se decantarían como elegidos.
Sí sabemos que ha sido selectivo en el recorrido.
TRANSCURSO Y COMENTARIO DE LAS SESIONES SIGUIENTES. REALIDAD ESPACIAL
La espera para la entrada a la sesión le resultaba muy difícil. En cuanto llegaba al centro, se acercaba a mi puerta y la golpeaba gritando para entrar. Para evitarle ese malestar, acordamos los horarios con la familia para que no acudieran con mucha antelación.
Pronto, Dídac se apaciguó significativamente, de modo episódico. Permanecía más tiempo en el despacho y en cada sala. En cada una había objetos que jalonaban el recorrido y que iban tomando relevancia. De alguna manera, iba ligando algunos objetos elegidos a una realidad espacial.
Su constitución no es solo perceptiva. Es especialmente libidinal. El sujeto, en edades muy tempranas, comprueba si aquello que él imagina existe en la realidad o es solo imaginado, y realiza esas comprobaciones a través de objetos en tanto, para él, estos tienen relación con el placer o el displacer. Estas posibilidades se sienten, claro, en el cuerpo, en las zonas corporales que «se cargan», se erogenizan.
La realidad espacial, pues —en este caso, más allá de un mero paisaje—, es la precaria e incipiente construcción de un campo donde él mismo, con su cuerpo y su subjetividad, encontraría su lugar. O incluso, podemos decir, el espacio es lo que rodea el cuerpo.
En este momento inicial que comentamos, los objetos del mundo están muy confusos para él. No los ha situado fuera o dentro de sí; especialmente, no están inscritos en su subjetividad, no han captado su libido lo suficiente para cobrar entidad, diferenciación. No parece haber ningún objeto especial. Así es como él coge todo lo que ve y lo deja caer y, en ese acto, es como si los objetos desaparecieran. Eso es lo que quiere decir, también, «radical exterioridad del Otro». No hay palabra ni representación interna para evocar lo que quedó fuera. El «fuera» no existe, no hay ese lugar para que queden allí algunas cosas, para rechazarlas, y diferenciar estas de las aceptadas y deseadas, para las que tampoco existe un dentro.
Poco a poco, tras varias sesiones en las que los circuitos más o menos se repetían, algunas cosas sí lo detenían unos momentos. En una de las salas eran las cortinas mencionadas, el ordenador y otros objetos que luego dejaron de interesarle.
Él tocaba y agitaba las cortinas; la terapeuta las subía y luego las bajaba poco a poco con un mecanismo manual que él miraba sucesivamente. Le cantaba, con voz muy baja, canciones populares catalanas relativas al sol y a la luna, alternativamente, acompañando los cambios de iluminación que se producían en la sala al abrir o cerrar las cortinas. Todo esto al principio era fugaz, fragmentario e intermitente. Él esboza en estos juegos alguna tenue sonrisa. No se puede decir que esté tranquilo; hay inquietud; no permanece en un lugar y, ciertamente, de pronto todo puede estallar imprevisiblemente en crisis de angustia que lo desbordan, y vuelve a gritar, a agitarse, a esconder los ojos, a huir.
Nuestra posición es de oferta cautelosa, con la marca de un deseo para él. Por ejemplo, la lentitud al bajar y subir las cortinas imprime una temporalidad menos agitada, apaciguada.
Ya no es necesaria la quietud pétrea de la primera sesión. Él soporta y hasta disfruta de una proximidad con esta condición tranquila, atenta con él pero también atenta a otros objetos que a él le interesan, lo que hace que no esté atenta directamente a él, y le producen alivio. Se contagia un poco de este nuevo tempo aunque él es quien marca verdaderamente el ritmo, sobre todo cuando, súbitamente, nos vamos a otra sala.
En este desplazarnos de a dos por el local y sus objetos, algo de lo imaginario se ha puesto en juego, en el sentido de lo especular, del cuerpo como globalidad, a modo de un «contagio» con la imagen de mi cuerpo que, así, no es tan real. Si ha ocurrido esto, pues, el suyo también está un poquito menos presente para él, menos real.
EFECTO DE UNA OPOSICIÓN SIGNIFICANTE
El juego con las canciones y las cortinas cumple una doble función. Por un lado, aporta una experiencia placentera y apacible —en el orden del principio del placer, del deseo— con ese objeto que él apenas toca, sacude y deja. Por otro lado, con la oposición luz/sombra usando las cortinas que le interesan; emparejándola a la otra oposición, sol/luna, apuntamos a transmitir algo de lo simbólico, que se caracteriza por ser un sistema de oposiciones y diferencias.
Apuntamos, también, a transmitirle algo de la belleza humanizadora, una belleza ingenua, infantil, apropiada a su edad. Intentamos transmitir, en tanto encarnamos a un Otro, algo de la cultura común. Hay allí algo de nuestro deseo, pues son canciones que tienen una carga subjetiva para la terapeuta misma. Es una invitación a formar parte de la pequeña comunidad que canta o ha cantado las canciones Sol, solet y La lluna, la pruna.
Sol, solet,
vine’m a veure, vine’m a veure.
Sol, solet,
vine’m a veure que tinc fred.6
La lluna, la pruna,
vestida de dol,
son pare la crida, sa mare no vol.
La lluna, la pruna i el sol matiner,
son pare la crida, sa mare també.7
Es sorprendente cómo localiza por momentos la mirada, antes enloquecida: espera la sombra o la luz y, por un instante, me mira fugazmente, esbozando una sonrisa.
Localizar la mirada, objeto libidinal,8 por muy brevemente que sea en este momento inicial, tiene un gran valor en este caso, si nos atenemos a cómo esconde los ojos cuando está angustiado. Ante las cortinas y las canciones, el sujeto realiza una incipiente operación de localización de goce en la mirada. En un encuentro con la mirada del Otro, él ha podido consentir.9
Este incipiente cambio se podría entender como efecto de un vaciamiento de goce. En efecto, Dídac ha consentido antes al juego de alternancias con las cortinas, que entraña las oposiciones simbólicas mencionadas. Ese goce vaciado se localiza en la mirada (él contempla la luz, sin moverse, expectante), y decimos que, así, el objeto mirada se recorta, en el sentido de que toma entidad como tal, diferenciado en el cuerpo; de alguna manera, la mirada ha sido extraída, produciendo un borde, en tanto Dídac puede consentir a «dármela» cuando me mira y obtiene la mía.
OBJETO PRESENTE/AUSENTE EN LA REALIDAD
Vamos a centrar un poco el comentario en el coche rojo, el objeto que Dídac usó en la primera sesión. Es un aparato con mecanismos y diversas posibilidades manipulativas. En el despacho, su lugar está detrás de una puertecita, en la misma estantería baja en la que él lo encontró el primer día (la primera vez estaba a la vista y a su alcance).
En las sesiones que siguieron a la primera, Dídac iba a buscarlo siempre al llegar, excitado, sin mirarme, sin pedir. Como hemos mencionado, hay una relación muy compleja entre el hablar y el pedir. Para que hablar-pedir sea posible, es necesario todo un soporte simbólico e imaginario que en el caso de Dídac aún está en construcción. El propio coche y otros objetos, precisamente, servirán para ir elaborando y construyendo ese andamiaje.
Dídac cogía el coche e iniciaba lanzamientos sin un rumbo definido, o giraba con una manivela un tambor interior que producía un ruido, llevándose las manos a los oídos, asustado, pero disfrutando de la actividad. O lo vaciaba, extrayendo piezas geométricas del interior, arrojándolas sin recogerlas.
Los lanzamientos del coche se fueron organizando como lanzamientos de ida y vuelta, entre él y la terapeuta. A veces, yo lo escondía, sustrayéndolo de la escena con la intención de provocar su extrañeza y de que captara su desaparición, en aras de promover lo simbólico.
A estas alturas, la regularidad de los encuentros ha instaurado un nuevo lugar en su mundo en construcción, al que él acude con interés.
Hay algo nuevo en su modo de hacer, algo incipiente. Ya no se trata del caos invasivo en el que la única referencia era la huida de la proximidad de las personas, en aquel goce atroz que lo atormentaba y que entendemos como un exceso de presencia.
Hay algo que ha cambiado para el sujeto, que se mueve en el espacio y usa los objetos de otro modo. En efecto, en el espacio hay unos itinerarios definidos, que incluso algún día pueden variar en orden o no completarse; pero hay lugares incluidos y lugares excluidos del recorrido. Es un espacio señalado, localizado, donde hay cosas que él vuelve a reencontrar una y otra vez.
MATRIZ DE UN BORDE
Lo que caracteriza lo simbólico es nombrar la ausencia; en cambio, en lo real todo está presente, sin el menos que introduce la simbolización. El lenguaje —una dimensión fundamental de lo simbólico— es un sistema de términos que, ordenados según leyes también simbólicas, forma palabras y frases. En lo imaginario, situamos las representaciones en imágenes.10 Si Dídac busca el coche detrás de la puerta es porque ha podido representárselo sin verlo y confía en encontrarlo en la realidad.
¿Cómo ocurrió? Fue necesaria la continuidad en el tiempo y la regularidad para desplegarlo y constituirlo efectivamente, pero nuestra tesis es que ya en la primera sesión se instauró de forma incipiente lo que hizo posible el despliegue posterior. En esa primera sesión se había constituido una matriz: un objeto —el coche rojo— entre él y el Otro; la matriz de un borde.
No se podía saber, en aquel momento, qué grado de estabilidad tendría eso que se reveló con el tiempo como recorte de un objeto de la realidad. Retroactivamente, sabemos que lo que vino después fue ampliación y enriquecimiento de esa matriz inicial. El sujeto pudo ausentarse del lado de sus padres —recortarse él mismo, separarse— en aquel instante en que, sostenido por el dispositivo al que accedía, recortaba un objeto del mundo entre los demás;11 un objeto cualquiera, que dejará de ser cualquiera y será central, necesario, en el día a día de su tratamiento.
La matriz empezará a repetirse. De esta manera se ampliará, incluirá otros objetos y elementos, tal vez ya presentes de algún modo en su mundo, pero sin lugar: el coche, las cortinas, la lavadora, el ordenador, la pelota. Ganará y perderá cosas, cambiará, y seguirá repitiéndose, y dejará cosas atrás...
Es importante para Dídac, sin embargo, que el coche siempre esté allí. Si bien es cierto que se puede decir, retroactivamente, que ha habido efectos de ordenamiento por la incidencia de lo simbólico, la certeza sobre ese objeto, que está siempre en el lugar donde él sabe que está, tiene que ver con la fijeza de un orden que él necesita introducir, a falta precisamente del orden simbólico, que puede ser móvil y equívoco.
La repetición, en la que él busca encontrar cada vez la satisfacción que encontró antes, como en todo juego de niños, es un trabajo del sujeto.
La operación en juego en esos primeros momentos del tratamiento tiene que ver, pues, con el recorte y la fijación del goce, la localización en zonas corporales, iniciando un trazado en el cuerpo que delimitará unas condiciones de satisfacción. Tenemos, en efecto, que con ocasión de los juegos de luz y sombra asociados a canciones, algo de la mirada y de la voz se ha recortado en el orden del placer, distanciándolo del goce invasivo, displacentero.
Por otro lado, con el coche rojo, que es suyo pero está fuera de él, también se opera una extracción de goce, que él redobla cuando lo vacía de piezas.
La libido se acota, ya no es aquel derrame de exceso que desbordaba al sujeto, invadiéndolo todo indiferenciadamente.
En el curso de estas primeras sesiones, Dídac articuló sus primeros fonemas (pa-pa) al regresar en dirección hacia sus padres. Concretamente, ocurrió en la cuarta sesión. Era una conquista importantísima. En los capítulos siguientes comentaremos varios aspectos sobre el desarrollo del lenguaje en este caso.
3
REPETICIÓN, CAMBIO Y LENGUAJE
REPETICIÓN Y VARIACIÓN
La repetición fija los modos, y las condiciones de goce las escribe.
En atención precoz, los tiempos y modos de evolución a lo largo de un tratamiento orientado por el psicoanálisis son muy variables, por supuesto. Se puede observar, por ejemplo, que el sujeto realice un gran cambio en determinado momento, y luego quedarse así un largo tiempo, como en una meseta, explorando ese modo de ser y estar en el mundo: repitiendo, a veces de forma estereotipada, los juegos, las frases y las acciones que ha «conquistado». En otras ocasiones, ocurre que, a través del juego narrativo, el sujeto logra construir una suerte de ficción alrededor de un núcleo de repetición; ello permite toda una serie de operaciones y simulacros que, de algún modo, recrean y transforman su propia realidad subjetiva, le satisfacen y se relanzan cada vez en una repetición que al mismo tiempo es enriquecimiento.
En el ejercicio de construir la realidad, el sujeto vuelve a los objetos ligados a experiencias satisfactorias, comprobando que aún existen (o no) y puede poseerlos. La realidad clínica de la repetición tiene infinitas versiones posibles.
SIEMPRE LO MISMO
Citaré un ejemplo extremo de lo que Lacan llama la idiocia del goce cuando se refiere a situaciones en las que el sujeto queda tan atrapado en él que no puede hacer otra cosa que eso.
Tuve ocasión de ver, en otro país y hace muchos años —en el caótico jardín de una institución psiquiátrica en la que los pacientes no estaban bien atendidos ni tratados—, a una joven que encarnaría, tal vez, la imagen de un goce sin pérdida: sucia, desharrapada, con secreciones nasales en la cara, sentada en el bordillo de un primoroso parterre, con expresión alucinada, se balanceaba incesantemente hacia atrás y hacia delante, babeando, por completa ajena a cualquier cosa que ocurriera a su alrededor; durante todo el día, ajena también al tiempo.
Seguro que algo que deseara podría haber ayudado a esa joven a salir de allí, de ese ensimismamiento. El deseo, del orden del placer, siempre se inicia en el Otro y es un límite al goce. También es cierto que esa mujer parecía entregada. No había indicios de que hubiera algo en ella que se rebelara.
Citamos estos diversos y breves comentarios sobre la repetición y su diversidad de formas para poder contextualizar un poco, en el caso de Dídac, cómo ocurrió; para poder apreciar mejor que se trata de un estilo propio.
LA REPETICIÓN EN EL CASO DÍDAC
Su evolución siguió un modo de repetición visiblemente enriquecida y cambiante a lo largo del tiempo. Los itinerarios que hemos descrito no tenían tendencia a estereotiparse, a ser siempre iguales. Su instauración era un despliegue en el que se combinaban la repetición y una ampliación y enriquecimiento, como en un abanico.
Hay algo, creemos, del tono agitado de Dídac al inicio que, apaciguado en poco tiempo, imprimía sin embargo un sello de prisa e impaciencia en su motricidad, de avidez en sus juegos, de velocidad en sus progresos.1
En esta etapa, aún no permanecía en el despacho mucho tiempo, y su juego, su trabajo, constituía un itinerario. Lo iniciaba con el coche rojo, tal como hemos descrito. Este juego se mezclaba con aproximarse y alejarse alternativamente de sus padres y de mí. Luego salíamos al recorrido por el local. Sus padres al principio nos acompañaban. Para ellos también resultaba difícil separarse de él. Las cortinas, con las canciones asociadas en una de las salas, y la pelota grande en la sala de fisioterapia eran las «paradas» importantes.
Habíamos podido saber, por preguntas que habían hecho los padres, que había un objeto que llamaba poderosamente la atención de Dídac: la lavadora de su casa. Era uno de los objetos que los padres temían que fuera peligroso y por eso le impedían que se acercase a ella.
Más tarde fueron descubriendo, acompañados por el tratamiento, modos de permitirle cierto «juego», —lo comentaremos más adelante, en un apartado especial—, dada la importancia de la trayectoria de este objeto en estos primeros años de su vida.
PRIMERAS PALABRAS. LA DOBLE CARA DE UN «NO»
Los circuitos que transitaba Dídac en el local se enriquecieron enseguida con el inicio del lenguaje: en la cuarta sesión, como habíamos mencionado, dijo «pa-pa» mientras regresaba hacia sus padres.
Según ellos, era la primera vez que lo decía. Por lo que contaban ahora, las «palabras sueltas» que habían mencionado en la acogida era una sola: «no», en forma de grito paroxístico, al rechazar, alejándose, algo o a alguien.
En este caso, ese «no» de Dídac como única palabra a lo largo del tiempo —cuando había cumplido un año y siete meses— es coherente con la clínica que presenta. Tiene que ver con su modalidad tan radical de rechazo. Es un «no» que da cuenta de su enorme dificultad para consentir a cualquier cosa que venga del Otro.
De todos modos, queremos enfatizar que el «no» es una palabra primordial en la constitución subjetiva. Es la que da cuenta de que, si bien en este caso no hay un «yo» construido, hay una posición activa que rechaza, una posición de sujeto y no de objeto; muy diferente de la posición de la joven del hospital psiquiátrico mencionada en el ejemplo.
MALENTENDIDO
Y ahora añadía el «pa-pa» que, una vez dicho, quedaría en su acervo. Al principio, solo lo decía al volver hacia los padres, en una actitud típica de los bebés cuando empiezan a dar sus primeros pasos y se desplazan, inestables, entre los brazos tendidos de sus familiares. Recordemos que, a pesar de sus diecinueve meses, Dídac estaba aún en proceso de conquista de la marcha autónoma, que había iniciado recientemente.
Cuando el niño empezó a decir estos fonemas formando una palabra, surgieron equívocos.2 La madre lo vivía como un rechazo porque entendía que no la nombraba a ella, y así lo manifestaba: «¿Ves? Me rechaza. A mí no me busca». Intenté trivializar eso, quitar dramatismo. No podía negar algo así, pues era algo vivido por ella con mucha intensidad y convicción. Era inútil contradecirla. Pero un día en que el padre no los acompañaba, Dídac dijo «pa-pa» yendo claramente hacia ella. Se lo señalé, añadiendo que él aún no disponía de los fonemas para nombrarla «correctamente»; que esa era la forma que él tenía entonces a su alcance para nombrarla.
Eso me dio ocasión para charlar con ella sobre el lenguaje en la primera infancia. En ese contexto, salió el tema del «no» que —según habían mencionado en la primera entrevista— Dídac «desobedece» aunque «entiende». Ella, por su parte, se refiere al «no» con el que quiere evitar que el niño coja algún objeto que pudiera ser peligroso. En esas ocasiones, Dídac reacciona con angustia y grita, huyendo, dejando los ojos en blanco, volviendo al objeto que se le negó sin dejar de gritar.
Sobre este tema le decía que como él no tiene acceso al uso del sistema del lenguaje, sino solo de forma fragmentaria, era posible que el «no» así separado y aislado pudiera ser mal entendido por él e interpretado como un rechazo.
Esto produjo un efecto visible e inmediato de perplejidad en la madre y un nuevo saber sobre el uso del «no» en la relación con su hijo, marcado por el alivio que siguió a la perplejidad, lo que se tradujo en una apertura, a partir de entonces, hacia la flexibilización.
Vemos, pues, que tomar la palabra tiene consecuencias. Es el Otro quien dará sentido a nuestro mensaje. No dominamos lo que el Otro entiende de lo que decimos. Las palabras, los significantes, no tienen el sentido en su interior, sino, por decirlo de algún modo, en su exterior. Para que una palabra adquiera sentido es necesaria la movilización de otras palabras que entren en relación con ella, como se comprueba inmediatamente en el uso del diccionario. En este caso, con «pa-pa», no podemos afirmar con rotundidad que para Dídac no signifique lo que teme la madre. En rigor, no sabemos qué significa. El sentido es supuesto por nosotros, y así suponemos un sujeto. Hay siempre un margen de no saber en el sentido que damos a lo escuchado.
En este caso, el rechazo radical de Dídac del que hemos hablado hay que tomarlo en serio, es eso. Y es seguro que tanto el padre como la madre y, en general, las personas próximas a Dídac lo han sentido. Es algo muy difícil de soportar y no digamos de aceptar.
Es posible, y suele ocurrir, que se cree así una espiral de rechazos mutuos basada en la convicción recíproca de ser rechazado, algo que puede llegar a ser infernal. Cuando ella habla de la desobediencia del niño, entendemos que no está sino traduciendo su impotencia y, digámoslo, su desesperación por el rechazo de su hijo a todo. Un rechazo que se captaba perfectamente en las huidas y gritos del niño. Con la trivialización que aporté primero y con la oportunidad que brinda Dídac al usar esta palabra para ir hacia ella, nos da ocasión de introducir algo del deseo como límite a esa espiral de goce en la que, de algún modo, estaban sumidos.
¿QUÉ ESCUCHAMOS EN SUS PALABRAS?
Las etapas tan iniciales del lenguaje son valiosísimas como indicadores del sujeto. Al ser escasas las palabras, nos muestran lo que impacta en la vida subjetiva del niño, cuál es su preocupación, cuáles son sus temas de interés.
En este caso, podemos oponer el «no» radical inicial con el «pa-pa». Ambos dan cuenta, en cada momento, de la posición del sujeto ante el mundo. En el primero escuchamos un rechazo radical. El «pa-pa», en cambio, habla de un momento nuevo, en el que, después de haber partido, regresa... para volver a partir, repitiendo esto, trazando un surco en el ancho mundo.
Lo que se observa con mucha claridad es que tanto en el primer momento —como excluido— como en el segundo —en tanto incluyéndose— es él mismo el que está afectado por esos significantes.
El primer tiempo, de rechazo, es el que hemos conocido al inicio del tratamiento, y el segundo es el que se está desplegando en estos pocos meses. En efecto, Dídac amplió su vocabulario.
NOMBRAR Y COMUNICAR
El despliegue de sus itinerarios ligados a objetos y, enseguida, a objetos nombrados se concreta, por ejemplo, en el abanico de nombres que da a un objeto especialísimo: la pelota, más grande que él, de la sala de fisioterapia. Dirigiendo sus pasos hacia ella y señalándola, contento si la veía desde lejos, la nombraba «alelapá». El tono de excitación y alegría era inestable. Mientras la abrazaba sin alcanzar a rodearla con los brazos, con expresión amorosa, dirigiéndose a mí con la mirada, o a sus padres que a veces nos acompañaban, repetía «alelapá» en un nuevo uso del lenguaje; no ya solo para nombrar un objeto del mundo, sino para comunicarse, con deseo de contar a sus interlocutores que allí estaba ese que le gustaba tanto.
Pero su excitación crecía, de modo que él hacía más movimientos, daba empujones, golpes a la pelota, que botaba escapando a su control y por momentos se le iba encima, como si lo persiguiera. Así, a veces terminaba huyendo asustado.
Consentíamos esta actividad, introduciendo pequeños gestos con el propósito de que él se apaciguara y de frenar la pelota.
SIMBOLIZACIÓN, IMAGINARIZACIÓN, REALIZACIÓN DE LOS OBJETOS PLACER/DISPLACER/ANGUSTIA
Dídac procede como señala Freud en un texto que hemos mencionado sobre la denegación:3 vuelve a encontrar en la realidad un objeto elegido y evocado, fantaseado, y puede nombrarlo como existente, «alelapá». Es una comprobación, un «juicio de existencia». Este objeto existente en la realidad tiene en su caso una clara eficacia, pues es claramente apreciable que capta su libido, que se diferencia de los demás, que él lo busca sin haberlo visto recientemente, etc.
En su caso, este objeto, al mismo tiempo que despierta su ternura y lo calma, lo aterroriza. ¿Por qué ocurre esto?
Los objetos que unen y separan al sujeto con el mundo cumplen efectivamente una función identitaria si han sido simbolizados (recortados) e imaginarizados (envueltos por la imagen corporal narcisizada, yoica).
Marie-Hélène Brousse4 comenta la diferencia, por ejemplo, entre el cabello que pertenece a nuestra imagen, que cuidamos y nos identifica, y el que queda en la bañera o formando un tapón en el sumidero. Es de esa degradación de lo que se trata. Pero en el caso de Dídac, como su proceso de simbolización e imaginarización del mundo es precario, no es necesario que la pelota esté deformada ni tirada en un basurero para que aparezca en su otra dimensión. Las redes que la sostienen en un mundo en proceso de construcción son frágiles.
No obstante, nadie está a salvo de la angustia, pues a cualquiera nos puede pasar, en determinadas circunstancias, que algo muy familiar —una cosa, una persona, incluso nuestra propia imagen— se nos aparezca, más o menos fugaz y abruptamente, como extraño, ajeno e invasivo.5
Esto puede ocurrir cuando el objeto pierde por alguna circunstancia su dimensión simbólica, cuando se realiza,6 desaparece su dimensión de objeto del mundo humano, se desviste de lo que puede hacerlo amable.
Esto nos sitúa en la problemática del exceso y de la falta. La falta y la pérdida son estructuralmente necesarias. Como ya hemos mencionado, Miller nombra esta necesidad, que es una necesidad en tanto somos humanos, como «necesidad de simbólico» o «necesidad de –1».7 La nombra respecto al caso Roberto, el «niño del lobo» atendido por Rosine Lefort, que en determinado momento cogió unas tijeras de plástico para cortarse el pene. Como Roberto no puede inscribir una falta simbólica, no puede ausentar un poco a través del lenguaje ese órgano, ni vaciar un poco su cuerpo de goce, intenta proceder a producir su «ausentificación» en lo real.
FORT-DA: FALTA DE OBJETO
Hay un ejemplo clásico en psicoanálisis que siempre se estudia cuando se aborda este tema y donde la simbolización sí cumple su función. Se puede decir que es el caso de simbolización por antonomasia.
Se trata de la observación realizada por Freud de un niño de dieciocho meses que jugaba con una bobina de hilo que tenía sujeta por un cordel.8 En ausencia de su madre (su Otro primordial) jugaba a lanzar la bobina a través de los barrotes de la cuna, sujetando el extremo del cordel mientras decía «o-o-o-o», que Freud interpreta como fort en alemán, lo que se traduce como «fuera».
El segundo tiempo de ese juego era la recuperación de la bobina, con un alegre «a-a-a», que equivale a da en alemán y se traduce por «aquí».
El niño, dice Freud, tenía la «perturbadora costumbre de arrojar lejos de sí, a un rincón del cuarto, bajo una cama o sitios análogos, todos aquellos pequeños objetos de que podía apoderarse, de manera que el hallazgo de sus juguetes no resultaba a veces nada fácil». Dicha costumbre se aclara como actividad lúdica, en serie con la del carrete de hilo, en la que el niño juega a que los juguetes están fuera. Más tarde, se confirmó esta interpretación al jugar el niño a aparecer y desaparecer ante el espejo, y luego narrarle a su madre que «nene o-o-o-o»,9 que el nene estaba fuera.
A través de estas actividades lúdicas, el sujeto elabora psíquicamente la cuestión de la ausencia, tanto de los objetos como de sí mismo. Siempre se trata del sujeto y del objeto. Los juegos de los niños siempre tienen que ver con su subjetividad, con algo que necesitan elaborar. En el niño de la bobina vemos cómo hay una repetición, en la que las distintas versiones y perspectivas son usadas por el sujeto para elaborar la cuestión de la ausencia de los otros y de sí mismo. Nombra la ausencia, es cierto, pero —Lacan lo señala—10 puede hacerlo porque tiene la bobina de hilo, ese objeto (reserva de libido) como soporte. De modo que al mismo tiempo que ensaya, por decirlo así, la ausencia, se afirma en su pertenencia. Esta pertenencia es la suya, de algún modo. El objeto le pertenece, pero así él pertenece (un poco) al Otro. Llamamos alienación a esta pertenencia que entraña un menos de libertad, en tanto la presencia/ausencia del Otro es fundamental para la existencia del sujeto.
El Fort-Da es un clásico del psicoanálisis infantil, mencionado tantas veces porque tantas veces emerge en la clínica; o bien porque su ausencia en la vida del niño despierta preocupación y hace necesaria una observación más detallada para apreciar ponderadamente y en el contexto de la historia del niño qué ocurre, qué tropiezo lo ha impedido.
OBJETO EN EL FORT-DA/OBJETO AUTÍSTICO
Dídac, en cambio, en su trabajo con la pelota Bobath (es el nombre con el que se conoce a estas pelotas en fisioterapia) nombra el objeto y no su falta, lo cual es característico del objeto autístico a diferencia del objeto del Fort-Da, según lo desarrolla Maleval.11 Los golpes y empujones que le da los entendemos como intentos de ausentarla, de ponerla lejos real-mente, de introducir algo de la negatividad.
En su caso, pues, el trabajo no es un Fort-Da, un trabajo de simbolización sobre lo que no está y el sujeto desearía que estuviera, sino un intento de producir una ausencia en un objeto que está excesivamente presente.
Es frecuente que niños pequeños con autismo, u otras alteraciones en la constitución de la subjetividad, jueguen a repetir secuencias de dos tiempos, como apagar y encender la luz,12 o abrir y cerrar una ventanita tras la que aparece y desaparece un personaje. Son juegos que hay que alentar, según las circunstancias, aunque no tienen la misma estructura ni eficacia que el Fort-Da y pueden ser, a veces, muy contraproducentes. Tienen el sentido que mencionábamos de intentar producir la ausencia y, en cierta medida, casi siempre lo consiguen. Para valorarlo, hay que hacerlo por sus efectos, observando si el juego contribuye a la tranquilidad y bienestar del sujeto, a abrirlo al mundo, o si, por el contrario, lo excita, lo angustia, lo aísla. A veces, aunque es un juego, es una experiencia de goce tan intensa que resulta invasiva y es preferible desalentarla, lo cual puede no ser fácil.
VIÑETA CLÍNICA SOBRE LA REPETICIÓN DISPLACENTERA
Hugo, de dos años y tres meses, inició su tratamiento así, muy invadido por la compulsión de «jugar» con el interruptor de la luz. Pongo entre comillas ese «jugar», porque en estas situaciones podemos decir que el propio niño (objetalizado) es el juguete de su compulsión, de ese empuje que él mismo no puede detener. Le ofrecimos juegos y artefactos con mecanismos similares, apuntando a que pudiera desplazar y, así, poner en circulación algo del goce que lo invadía. Pero no prestó ninguna atención. Lo acompañamos un par de sesiones, mostrando una expresión de preocupación por esa actividad que él no podía detener.
Al final de la segunda sesión, dije que creía que Hugo no podía parar de hacer eso, y que tal vez el próximo día podíamos probar de inventar algo para intentar parar.
En la sesión siguiente le propuse contar las veces que movía el interruptor e intentar parar en la número diez. Sorprendentemente, aceptó. Al finalizar, se detuvo. De inmediato se creó un vacío, no sabíamos qué hacer. No fue fácil encontrar objetos o actividades que le gustaran.
Esta actividad desenfrenada se convirtió en un ritual más apaciguado, al ritmo —cada día al empezar— de lo que íbamos contando con cierta parsimonia, de modo que, a veces, de tres on-off contábamos uno. Al finalizar, yo proponía: «Ya está, pasamos a otra cosa», frase que él repetía, accediendo, aunque no era obvio que hubiera «otra cosa» inmediatamente.
Ese vacío, en el que estaba acompañado por alguien que lo soportaba junto a él, fue un importante punto de anclaje del tratamiento, que versó durante meses sobre los agujeros en unas casas de juguete: puertas, chimeneas, ventanas. Llenarlas de personajes, amontonados, vaciarlas.
Mucho más tarde, este niño disfrutaba de mirar por la gran ventana abierta13 del despacho hacia un pasillo exterior, amplio y luminoso, en el que, a la hora en que él miraba, no había nadie. Contemplaba ese vacío, el cielo. Intentaba construir una representación del espacio porque oía los coches y no los veía... en fin.
En resumen, básicamente la operación de este niño fue pasar de un demasiado lleno, imparable, a poder producir una oposición lleno/vacío; y a poder concebir el espacio como habitado por objetos separados.
Así, cuando un «juego», sea o no de repetición, excita en demasía a un niño, o lo aísla, etc., la prudencia es muy importante. A pesar de que resulte algo negativo para él, en tanto es goce desregulado, hay que tratarlo con todo respeto puesto que es la solución que ha encontrado el sujeto hasta ese momento, el modo de intentar una regulación, de tratar lo insoportable. En situaciones así es ineludible, como siempre, inventar maniobras que apunten a su consentimiento. Para respetarlo, es necesario tener paciencia; y para tener paciencia es necesario no perder la orientación. No queremos enseñarle cómo se hace, porque no lo sabemos; no queremos adiestrarlo, porque es indigno. Queremos acompañarlo a que encuentre una salida a algo que suponemos que desearía dejar pero no puede. Y sí, sabemos que eso, a veces, incluso en momentos tan precoces de la infancia, requiere tiempo. Ese es uno de los ejes fundamentales del psicoanálisis: tener en cuenta siempre el tiempo subjetivo, en este caso, del niño y de sus padres. Poner límite a eso será necesario, pero las formas en que eso se haga son fundamentales para que el límite sea tal y no un relanzamiento del goce.
A veces ocurre que, intentando poner un límite, el adulto cae en una espiral de goce con el niño, tanto si el niño es autista como si no, pero tal vez de modo más radical en el autismo. Por ejemplo, yendo frontalmente a quitar el objeto al que el niño se ha pegado, o insistiendo en una prohibición ineficaz, etc.
LOS OBJETOS, LOS NOMBRES, LAS PALABRAS DE DÍDAC
Vamos a señalar un detalle muy interesante sobre los objetos y el lenguaje de Dídac. Dijimos más arriba que a la pelota le puso de nombre «alelapá», y a la lavadora, «alela».
En esta construcción, que avanza a partir de un «no» fundante, son especialmente interesantes las repeticiones. Nos referiremos a la limitada serie de primeras palabras de Dídac, en la que cada una funciona como generadora de una nueva palabra.
En el primer tiempo, como decimos, hay un intento generalizado de negativización o des-real-ización, con ese «no» fundacional de la subjetividad. A continuación, en un trabajo de construcción, aparecen:
1. «Pa-pa»: Repite una sílaba, pa, y eso tiene sentido para él y para los demás. Ha tomado una nueva palabra del lenguaje común.
2. «Alelapá» (pelota): Para formar esta nueva palabra, antepone un trisílabo «alela» a la sílaba pa que repetía para formar la palabra anterior. Tiene sentido para él, no en la lengua común, pero él sabe transmitirlo.
3. «Alela» (lavadora): El trisílabo «alela» de la formación anterior se separa del pa. Es una nueva palabra —aunque similar a la anterior— en cuanto al sentido.
Ha formado, pues, tres palabras diferentes haciendo uso de cuatro sílabas, combinándolas y repitiéndolas: pa, a, le, la.
En un análisis más detallado, podemos localizar las similitudes con la lengua común y las iteraciones de algunas letras.
En p e l o t a y a l e l a p á (nombre de la pelota en «su» lengua) si leemos solo las letras marcadas en negrita, encontramos ela como común. También ela es común con la terminación de a l e l a, nombre de la lavadora.
Nos parece interesante señalar que ha construido un mínimo sistema lingüístico usando leyes propias de formación de palabras. Es un sistema propio que, por ahora, no toma, excepto «pa-pa», las palabras de la lengua común. Eso está rechazado, pero ha conseguido, por una vía alternativa, empezar a hacer uso del lenguaje no solo como vocabulario, sino también como comunicación y, nos atrevemos a decir, como algo de la ley que ordena su mundo en construcción, de modo peculiar.
También resulta llamativo que entre todas las palabras que Dídac oye a su alrededor desde que nació, él ha recortado, tardíamente, estas sílabas para empezar a poner orden en su mundo. Ha procedido con pocos elementos, excluyendo el sistema amplio del lenguaje común —sin poder acceder al vacío necesario para que este sea eficaz en sus funciones— y su libido se ha adherido, fijado, a esos pocos fonemas. Hay un goce en la emisión misma. La reiteración de su pronunciación y la excitación que la acompañan son clara muestra de ello.
De gran trascendencia también, en su pequeña vida, es el hecho de dirigirse a otros para narrar con una sola palabra, acompañada de un gesto, sonrisa y mirada elocuentes, el bienestar y el cariño que siente cuando abraza la pelota.
Por otra parte, observemos que, curiosamente, Dídac no pone en juego un nombre para el coche rojo. Es un objeto que queda fuera de la serie que ha podido nombrar inicialmente. No tenemos una hipótesis muy rotunda sobre ese punto. Buscando una explicación, nos damos cuenta de que ese coche es, entre sus objetos preferidos hasta el momento, el que tiene más relación con la ausencia. Aunque todos los otros están ausentes en algún momento para él, pues no ha elegido objetos que pueda llevar consigo, respecto del coche coinciden varias circunstancias:
Está guardado (ausente) hasta que él, después de abrir la puertecita, lo ve y lo coge. Dispone de él como quiere: con su juego lo aleja (ausenta) y lo vacía, al quitar las piezas interiores y arrojarlas.
En el juego conmigo, a veces lo escondo diciendo en broma que no está.
Estas coincidencias parecen indicar que el coche le sirve para elaborar algo en relación con la presencia y la ausencia, aunque no sabemos en ese momento cómo evolucionará.
Darmowy fragment się skończył.