Czytaj książkę: «Una pareja de tres»

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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Catherine George
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Una pareja de tres, n.º 1096 - noviembre 2020
Título original: The Baby Claim
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-896-7
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
CUANDO estuvo segura de que no había nadie en el balcón, Joscelyn Hunter se escondió detrás de una de sus columnas y dejó escapar una sonrisa. Había tenido la sensación de haber reído y conversado amenamente como una perfecta invitada durante horas. Ya estaba bien. Había sido una dura prueba el ir sola a la fiesta aquella noche. Pero con Anna tenía una gran amistad desde hacía años, y no podía faltar a la celebración de su compromiso.
El aire era fresco. Joss tembló y se cubrió los brazos con las manos. Pronto, podría inventar una excusa y marcharse. ¿Dónde? ¿A su piso vacío? Se quedó mirando alrededor, inmersa en sus pensamientos, hasta que una tos a su espalda la alertó de que no estaba sola. Joss se dio la vuelta disgustada y descubrió un hombre alto con una copa en cada mano.
–Te he observado apartarte de la fiesta –el extraño le alcanzó una de las copas–. Algo me sugirió que te apetecería una copa.
No podía dar un bofetón a uno de los invitados de Anna y decirle que se perdiera, así que no tuvo más remedio que agradecérselo de mala gana y aceptar la copa.
–¿Prefieres que te deje sola? –dijo el hombre, después de un largo silencio.
Joss alzó la mirada y lo miró a la cara.
–Tienes tanto derecho a mirar Hyde Park como yo –dijo ella encogiéndose de hombros.
–Tomaré eso como un «no» –el hombre chocó su vaso con el de ella y agregó–: ¿Por qué brindamos?
–¿Por la feliz pareja?
El hombre asintió y brindó, pero apenas probó la copa.
–¿No te gusta el champán? –le preguntó ella con cortesía.
–No. ¿Y a ti?
–Lo odio en secreto.
–Tu secreto está a salvo conmigo –le aseguró él.
Joss se relajó apoyada en la columna, sorprendida por encontrar casi agradable la compañía del extraño. Era preferible a estar a solas consigo misma.
–¿Eres amigo de Hugh?
–No. Soy amigo de un amigo, quien me arrastró hasta aquí.
Ella lo miró de arriba abajo, divertida.
–Eres un poco grande como para que te arrastren. ¿Por qué no querías venir?
–No me gustan las fiestas. Pero mi amigo desaprueba mi vida social. O mi falta de ella –se apoyó cómodamente en la otra parte de la columna–. Me dice que no es bueno tanto trabajo y tan poca diversión en mi vida. Me lo repite monótonamente. Así que cada tanto me rindo y le doy el gusto. No bebas eso si prefieres no hacerlo –agregó.
–He estado bebiendo agua mineral hasta ahora. Tal vez una dosis de champán me levante el ánimo –Joss bebió la copa como si se tratase de una medicina.
El hombre asintió lentamente.
–Ya veo…
Ella lo miró y dijo:
–¿Qué es lo que ves?
–Te he estado observando durante un rato y viendo el lenguaje de tu cuerpo.
Ella alzó la vista y exclamó burlonamente:
–¿Qué dice?
–Que algo no anda bien en tu vida.
–Así que has venido en mi ayuda con la medicina del champán –Joss agitó la cabeza en señal de admiración–. ¿Sueles representar el papel de buen samaritano muy a menudo?
–No. Nunca.
–Y entonces, ¿por qué ahora sí?
Él se apoyó más cerca de ella.
–Por varias razones. Pero sobre todo porque… soy curioso.
–¿Qué te resulta curioso exactamente?
–El estado de ánimo que se esconde detrás de las sonrisas.
–Pensaba que lo había logrado –dijo Joss y desvió la mirada hacia el parque.
–Nadie más se ha dado cuenta.
–Espero que tengas razón. Lo que menos necesita Anna es un espectro en la fiesta.
–¿Anna es amiga tuya?
–Una amiga íntima. Pero esta noche está demasiado eufórica como para darse cuenta de nada.
El desconocido se movió y le rozó el brazo con la manga negra de la chaqueta. Para su sorpresa, Joss descubrió una reacción eléctrica al sentir su tacto, como si de verdad la hubiera tocado.
–¿Vives con Anna? –le preguntó él.
–No.
–Tienes frío –dijo él súbitamente–. Tal vez debieras entrar.
–Todavía no. Pero tú puedes ir, si quieres.
–¿Quieres que entre?
–No, si prefieres quedarte –dijo ella con indiferencia, pero deseó que él quisiera quedarse. En la luz tenue, lo único que podía distinguir era una figura impresionantemente alta, una cara de rasgos pronunciados y un pelo oscuro y espeso. Pero lo que podía ver le gustaba.
–Toma esto –él se quitó la chaqueta y la puso por encima de los hombros de Joss. Ella se sintió envuelta en un masculino perfume, a cítrico y especias–. Si no, pillarás una neumonía con ese vestido.
Joss se rió incómoda por la intimidad del gesto.
–¿No te gusta mi vestido?
–No.
–¿Por qué no?
–Si fueras mi novia, no te dejaría que lo llevases puesto.
–¿De verdad? –exclamó ella.
–No soy conocido por mi tacto. Tú me has hecho una pregunta y yo te la he contestado.
–Es verdad. El vestido ha costado muy caro, en honor a la ocasión. A mí me gusta.
–¡A mí también!
Era un vestido negro, ceñido al cuerpo y largo hasta los tobillos. En el bajo llevaba un encaje, el mismo que llevaba en el escote por encima de sus pechos. Se sostenía por un par de finísimos tirantes y a un lado tenía una abertura hasta las rodillas. Joss se miró; luego, dirigió la mirada a su acompañante con una sonrisa.
–¿Pero no te parece bien que lo lleve?
–No.
–Yo que estaba tan segura de que me quedaba bien… –dijo ella con una burlona cara de tristeza.
–Todos los hombres de la fiesta piensan que estás sensacional –le dijo él.
–Menos tú.
–Sobre todo yo. Pero es un vestido muy ambiguo.
Joss descubrió que se estaba divirtiendo.
–Una palabra muy extraña para describir un vestido.
La risa de él vibró y ella sintió un estremecimiento que le recorrió la columna vertebral.
–Tal vez sea un vestido de fiesta para ti –siguió él–. Pero a mí me recuerda el dormitorio.
–Te aseguro que no es un camisón. Yo no duermo con algo así.
–Lo que me despierta más aún la curiosidad acerca de lo que usas para dormir –dijo él suavemente, lo que hizo que ella se volviera a estremecer.
–No deberíamos estar hablando de esto –dijo ella repentinamente.
–¿Por qué?
–Nos acabamos de conocer.
–Entonces, presentémonos –él le tomó la mano–. Dime tu nombre.
Joss miró sus manos, asombrada del escalofrío que le producía su tacto.
–Mejor dejemos los nombres. No quiero ser yo esta noche. Simplemente… llámame… Eva.
–Entonces yo seré Adán –le dio la mano formalmente–. La fiesta prácticamente ha terminado. Apiádese de un extraño solitario, señorita Eva, y venga a cenar conmigo.
Joss lo miró.
–Creí que habías venido con un amigo.
–Sí, es cierto. Pero a él no le importará –bajó la cabeza para mirarla a los ojos–. ¿Cuál era tu plan original para esta noche?
Joss apartó la mirada.
–Tenía una cita esta noche. Pero se estropeó. Por eso no tenía ánimo de fiesta. Por lo tanto, Adán, no estoy de ánimo para un restaurante.
–Entonces pediré que me manden la comida a la habitación que tengo aquí –sonrió él pícaramente al ver la cara de asombro de ella–. Lo único que te ofrezco, y espero, es una cena, Eva.
–Si acepto una cena en tu habitación, es posible que esperes algo más que eso.
–Te he estado observando bastante tiempo antes de que te escondieras aquí –le recordó él–. Sé que no eres la típica chica frívola con quien pasárselo bien.
–¿Sí? –Joss le dio la chaqueta–. Pero tú tienes una ventaja, Adán. Si me has estado observando antes, evidentemente sabes qué aspecto tengo. Yo ni siquiera te he visto bien la cara.
Él se puso la chaqueta, luego se movió hacia el centro del balcón. La luz de dentro iluminó una cara de rasgos pronunciados, una nariz aguileña, y una boca firmemente apretada. Los huesos de sus mejillas eran altos, los ojos rasgados, una ceja se alzaba hacia su pelo mientras la miraba con curiosidad.
–¿Y?
–De acuerdo, Adán. Me gustaría cenar contigo –dijo ella rápidamente, antes de que pudiera cambiar de opinión–. Pero no en tu habitación.
Él sonrió pícaramente.
–Entonces dime en qué restaurante para que lo arregle.
«Así de simple», pensó Joss. Lo miró con curiosidad. Sin duda a un hombre así no lo rechazaría ningún restaurante, aunque estuviera muy solicitado.
Ella lo pensó un momento, luego lo miró directamente.
–Como te imaginas, no tengo ánimo de fiesta. Pero podemos cenar en mi casa, si quieres.
–¿Sabes cocinar? –preguntó él con la boca torcida.
–Te he ofrecido una cena, no alta cocina –respondió ella.
Él se rió. Luego, se acercó al rincón en sombras donde estaba ella y tomó su mano.
–Acepto gustoso su invitación, señorita Eva.
Nuevamente su tacto le produjo una violenta reacción. Pero ella prefirió ignorarla dado su estado de ánimo.
–Vayámonos entonces –dijo Joss–. Pero no juntos. Tú primero.
Él asintió.
–Permíteme unos minutos para darles las gracias a tus amigos. En veinte minutos, tendré el coche en la entrada principal.
Cuando estuvo sola, Joss se apoyó en el balcón un momento, casi convencida de que había soñado aquel encuentro. Pero una mirada furtiva por las cortinas le mostró a su acompañante rodeado del grupo que estaba con Anna y a Hugh. Era un hombre demasiado alto, seguro y apuesto para ser fruto de su imaginación. Ella esperó hasta que él se marchó. Luego, emergió de su escondite y se unió a Anna y a Hugh.
–Estábamos a punto de enviar un equipo de rescate para encontrarte, Joss –dijo Anna, indignada–. ¿Dónde diablos estabas?
–Disfrutando de la naturaleza desde un discreto balcón –contestó ella.
–¿Sola? –sonrió Hugh, con picardía.
–Por supuesto que no. De todos modos, debo darme marcharme. Me espera una cena. Gracias por esta maravillosa fiesta. Hasta pronto –Joss abrazó a Anna, dio un beso en la mejilla a Hugh, se despidió de todos, y luego fue al aseo a arreglarse. Finalmente, tomó el ascensor hasta la entrada al edificio, donde un hombre con uniforme del hotel la llevó hasta un coche que la esperaba afuera.
–Llegas tarde –le dijo una voz impaciente cuando ella se sentó.
–Lo siento. Me entretuvieron –Joss le dio su dirección de mala gana, deseando que aquello no fuera un error colosal.
–Había empezado a pensar que habías cambiado de opinión –dijo Adán mientras se alejaba con el coche.
No estaba lejos de la verdad.
–Si hubiera sido así, te habría enviado un mensaje.
–¡Ah! ¡Una mujer de principios!
–Intento serlo.
–Lo consigues, Eva.
–Bien. Por cierto, ¿qué pasó con tu amigo?
–Al decirle que iba a cenar con una hermosa mujer, me dio su bendición.
Joss se rió.
–Evidentemente, sois viejos amigos.
–Nos conocemos de toda la vida.
–Como Anna y yo –ella suspiró–. Espero que Hugh la haga feliz.
–¿Hay alguna razón por la que no pueda hacerlo?
–Ninguna que yo conozca. Me gusta mucho Hugh.
–Entonces, ¿no confías en el matrimonio en sí mismo?
–No exactamente. Pero Anna está muy segura de que serán felices toda la vida, y como muchas veces no es así…
–Deja a tu amiga en manos de su enamorado y concéntrate en ti misma, Eva.
–Gracias por el consejo –dijo ella. Y luego habló de cosas sin importancia hasta que llegaron a su moderno apartamento, sorprendentemente en armonía con sus vecinos del victoriano Notting Hill.
Adán aparcó el coche, luego siguió a Joss y entró con ella en el ascensor de su casa.
–Vivo en el sexto piso –dijo ella, un poco incómoda al cerrarse las puertas y verse en un espacio tan pequeño con un extraño.
Adán frunció el ceño.
–No te sientes cómoda con esto, ¿verdad?
–No del todo –admitió ella.
Él se encogió de hombros.
–En ese caso, te acompañaré hasta la puerta y desapareceré en la noche.
Joss sintió remordimientos.
–No. Te he invitado a cenar, y lo cumpliré –lo miró–. ¿Realmente me habrías despedido en la puerta?
–Si hubieras querido, sí. Pero con pesar –él le presionó la mano en un gesto amistoso–. Yo cumplo con mi palabra, Eva.
–Si no hubiera creído eso, no te habría invitado aquí –le dijo ella.
Cuando llegaron al piso, Joss hizo entrar a su acompañante, pasó de largo por la puerta cerrada de su dormitorio y encendió las luces. Luego, lo hizo pasar a un salón con grandes ventanas que daban a unos jardines comunitarios. El salón era grande, con estanterías con libros, y un par de lámparas de bronce apoyadas precariamente en el estante de arriba. Había un solo sofá y un enorme cojín en el suelo.
–Por favor, siéntate –dijo Joss–. No hay problema con la cena, ya que he hecho compra hoy. Pero no sabía que tendría invitados, así que todo lo que puedo ofrecerte de beber es vino tinto, o un whisky.
–Un vino está bien –Adán se sentó en el sofá, y estiró sus interminables piernas–. Si es tinto, debería airearse, así que esperaré a la cena. ¿Puedo ayudarte en algo?
Joss negó con la cabeza.
–No hay sitio para gigantes en mi cocina. Abriré el vino primero, luego haré la cena. No tardará.
Mientras preparaba la cena, Joss pensó que le gustaba el aspecto de su inesperado visitante. No era apuesto exactamente, pero sus facciones, su cabello oscuro y sus ojos azules le resultaban atractivos. También le gustaba ese aire de seguridad que demostraba de forma tan natural.
Joss preparó una ensalada mixta, cortó lonchas de pollo frío, y puso queso en un plato. Sirvió la ensalada en dos platos, los colocó en una bandeja junto a unas servilletas y unas copas, agregó el pan, el queso y el vino, un cuenco de fruta, y volvió al salón.
Su invitado estaba absorto mirando los libros de una estantería. Se dio la vuelta y le sonrió.
–Una gran variedad de literatura –comentó.
–Es mi mayor capricho. Siéntate –sonrió ella a modo de disculpa mientras le servía vino–. Va a ser una cena fría. Te lamentarás de no haber cenado en tu hotel.
–Lo dudo –Adán recibió el plato agradecido–. ¿Qué cena sería mejor que ésta? –alzó la mirada y se la sostuvo–. Gracias, Eva.
–Es un placer –dijo ella. Luego se acurrucó en el cojín del suelo.
Después de haber tenido en perspectiva una noche solitaria, en la que seguramente no se habría molestado en comer siquiera, aquello era sin lugar a dudas algo mejor.
–Para mí sí que es un placer –dijo Adán–. Y un privilegio que jamás hubiera anticipado cuando te vi por primera vez esta noche.
–¿Cuándo fue eso?
–Cuando llegué. Sobresalías entre la gente.
–Porque soy alta. Pero, ¿cómo es posible que me perdiera a alguien de tus dimensiones?
–Llegamos tarde. Y fue tu cabello lo que me llamó la atención, no tu altura. Estabas de espaldas a mí, pero tenías un espejo enfrente. Pude ver ese fino rostro enmarcado en él, y me preguntaba por qué esos ojos no hacían juego con aquella sonrisa. Eso me intrigó: la contradicción.
–Me alegro de no haberlo sabido –dijo Joss con sentimiento–. Ha sido como una especie de cámara indiscreta. Espero haberme comportado bien.
–Por supuesto que sí. Como la perfecta invitada –Adán se sirvió más pan–. Pero yo sabía que no estabas con espíritu festivo. Me sorprendió, y me impresionó, que pudieras fingirlo durante tanto tiempo.
–O sea que me has visto desaparecer –dijo Joss pensativa.
Él asintió.
–En ese momento, me vino la inspiración. En el peor de los casos, me habrías mandado a paseo.
–¿Y en el mejor?
–Podría tener el privilegio de hablar contigo –él hizo una pausa y la miró–. Mi imaginación no ha llegado tan lejos como lo que insinúas.
–¿Te refieres a la ensalada de pollo y al vino?
–Exactamente. Y ahora dime por qué me has invitado aquí esta noche.
Joss le dedicó una mirada de advertencia.
–Ciertamente no para compartir mi cama.
–Creí que ya habíamos descartado ese tema –dijo él impacientemente–. Escucha, Eva, te juro que no me echaré encima de ti en cuanto terminemos de cenar, ni en ningún otro momento. ¿Te queda claro ahora?
Había sido claro y directo, pensó Joss.
–Sí, gracias.
Él la miró detenidamente.
–Evidentemente has tenido malas experiencias en el pasado en este tipo de situación, ¿verdad?
Ella agitó la cabeza negativamente.
–Jamás invito a hombres a cenar aquí –era cierto.
–¿Nunca? –él frunció el ceño.
–Nunca.
–¿Y por qué a mí?
–Porque has estado en el sitio y el momento justo –dijo ella–. Esta noche necesitaba compañía, y tú me has ofrecido la tuya.
Adán se echó hacia adelante, alzando una ceja.
–¿Quieres decir que he estado más cerca que cualquier otro hombre?
–No. Has sido amable. Eso me gustó. Pero lo más importante de todo: eres muy alto.
Él la miró divertido.
–¿La altura es un requisito indispensable?
–No. Pero para mí es importante. Yo soy muy alta, y me encantan los tacones.
Adán se rió y volvió a llenar las copas. Ella le ofreció terminarse el queso y el pan; no tuvo que insistir demasiado para que él lo hiciera. Luego, Joss le ofreció la fruta.
–Toma una fruta de éstas.
–Muy apropiada, Eva –le dijo tomando una manzana roja–. ¿Cambiará mi vida después de probarla?
–Prueba y verás –sonrió Joss. Y volvió a hundirse en su cojín mientras él mordía la fruta.
–Lo siento, pero no tengo postre.
–No puedo pedir más. Incluida la compañía. ¿Te sientes mejor ahora?
–Sí. No he comido bien últimamente.
–No me refería a la comida.
–Lo sé. Y ya que me preguntas, sí, me siento mejor.
–Bien –Adán terminó la comida de su plato y lo puso en la bandeja–. ¿Me permites que lleve esto a la cocina?
–Déjalo. Yo lo haré más tarde.
–Mucho más tarde –la miró firmemente–. No tengo intención de marcharme todavía.
Joss se alegró. No le apetecía quedarse sola.
–He respetado el veto de los nombres, pero, ¿es mucho pedir preguntarte a qué te dedicas? –preguntó él.
Joss no quería decirle que era periodista. Eso era decirle demasiado. Aquella noche sería la romántica, la misteriosa Eva.
–Trabajo… en una publicación.
–¿De ficción?
–No, no es de ficción. ¿Y tú?
–Trabajo en la construcción.
A la mente de Joss acudió una imagen de unos músculos bronceados y un pesado cargamento de ladrillos.
–Evidentemente te pagan bien –dijo ella, mirando su ropa.
–Si te refieres al traje, se trata del que uso para fiestas y funerales. Es mi traje de domingo.
–¿De verdad?
–Absolutamente –él le miró el pelo rubio, los ojos grandes, la nariz respingona. Se detuvo un momento en la curva de su boca, luego siguió hacia abajo hasta llegar al vestido negro–. Tampoco tú has comprado eso en un supermercado.
–Es cierto. Pensé que la fiesta de compromiso de Anna merecía algo especial –sus ojos se nublaron–. Y cuando me lo compré, estaba con otro ánimo.
–¿Se trata de la cita que se malogró?
Joss sonrió.
–En cierto modo.
–Pero hay más.
–¡Oh, sí! –dijo Joss. Sus ojos brillaron con rabia–. Mucho más.
–¿Te ayudaría que me lo contases?
Joss frunció el ceño.
–Es fácil confiar en extraños –señaló él.
–Ya veo. Te cuento mi patética historia, tú me ofreces un hombro donde llorar, luego te sumerges en la noche y jamás volvemos a vernos –ella sonrió–. Ya he visto esa película.
–Prefiero alterar un poco el guión –dijo él sonriendo–. Pero sea lo que sea lo que me cuentes, será estrictamente confidencial.
–¿Como la confesión a un cura?
Adán agitó negativamente la cabeza.
–No serviría para ese papel.
–Tienes razón.
–Pero sé escuchar a la gente –le aseguró él.
–¿Y eres curioso?
–Estoy interesado, ciertamente.
Joss lo miró un momento. Se sentía débil por su necesidad de hablar con alguien. Anna tendría que haber sido la persona que la escuchase, pero eso no había sido posible. Al menos hasta que pasara su compromiso.
–¿Estás seguro de que quieres escuchar?
Adán asintió.
–Quiero saber qué había detrás de una representación tan buena esta noche.
Joss sonrió pícaramente.
–Compartía este piso con mi prometido. Hace escasas semanas me dejó.
Capítulo 2
JOSS había hecho un gran esfuerzo por llegar temprano a casa al menos una vez en su vida. Había entrado cargada de bolsas de la compra para la celebración de una cena. Y casi se había caído encima del equipaje que había en el vestíbulo.
Se había quedado mirando estupefacta. En ese momento, Peter Sadler había salido del dormitorio con cara de culpabilidad.
–¡Llegas temprano a casa!
–Y tú no te alegras de verme. ¿Hay algún problema?
–Sí, algo así –Peter le había quitado la bolsa de la compra–. Llevaré esto a la cocina. ¿Quieres un té?
Joss se quedó esperando nerviosa a que Peter llenara la tetera.
–Bueno, ¿cuál es el problema? ¿Y por qué las maletas? ¿Te vas en viaje de negocios?
–No –se había girado para mirarla.
–He dejado el trabajo.
–¿Por qué?
–Me anticipé, antes de que me echaran del trabajo.
–¡Es demasiado precipitado, Peter! Si estabas tan preocupado de que te echasen, ¿por qué no me lo has comentado?
–¿Cuándo? –le dijo él enojado–. Tú no estás nunca aquí.
–¡Eres un exagerado! Compartimos la cama, ¿no te acuerdas? Podrías haberme dado una pista en una de las raras ocasiones en que no te has quedado dormido inmediatamente.
–Sabes que necesito dormir –había dicho Peter, un poco molesto–. Y últimamente no ha habido nada por lo que valiera la pena quedarse despierto. Hace semanas que no hacemos el amor. Siempre has deseado más tu trabajo que a mí.
Joss había sentido que su vida se desintegraba.
–Evidentemente, llevas mucho tiempo planeando esto. He sido ciega para no verlo. Sé que has estado un poco callado últimamente, pero pensaba que era por otras razones.
–¿Por qué otras razones? –había preguntado él, agregando más leña al fuego–. En lo único en lo que podía pensar en los últimos tiempos era en el trabajo del complejo a orillas del río. Por si te interesa saberlo, Athena lo ha rechazado.
Joss lo miró apenada.
–¡Cuánto lo siento! Sé cuánto has trabajado por ello –frunció el ceño–. Pero no es el fin del mundo, ¿no es cierto?
–Del mío, sí, con esta empresa de arquitectos al menos –Peter se encogió de hombros–. Pero da igual. Nunca he querido trabajar en una gran empresa, Joss. Acepté el trabajo porque tú me presionaste. Voy a volver a trabajar con la empresa de mi familia. Que es donde está mi lugar –agregó para redondear el tema. Miró su reloj, luego vio que ella lo estaba mirando y se ruborizó–. No tengo prisa, Joss. Puedo tomar el siguiente tren.
–¡No cambies tus planes por mí! –exclamó Joss con los brazos cruzados–. Debo suponer que lo nuestro ha terminado, ¿no es verdad?
Peter tragó saliva.
–Supongo –dijo.
–¿Lo supones?
–Te he dejado una carta, Joss. En ella te lo explico todo.
–¡Qué considerado! –ella lo miró con desprecio–. O sea que, si hubiera llegado a casa a la hora de siempre, me habría encontrado con los hechos consumados.
–Pensé que sería más fácil de ese modo –murmuró Peter, y le ofreció una taza de té.
Joss la apoyó violentamente en un estante.
–Más fácil para ti, ciertamente, Peter.
–De acuerdo. Más fácil para mí. Mira, Joss, las cosas no están bien entre nosotros desde hace tiempo. Si quieres que te diga la verdad, ya no soy feliz contigo. Eres mayor que yo, más ambiciosa, ganas más dinero, ¡caramba!, ¡hasta más alta que yo! Tú… tú me haces sentir inferior, Joss. Ya no puedo aguantarlo.
–Ya veo –Joss lo miró furiosa–. Así que… ¿eso es todo? El año que pasamos juntos no significa nada para ti, ¿verdad?
–¿Ha sido sólo un año? –dijo Peter con crueldad–. Creí que había sido más tiempo. De todos modos, siento que tenga que terminar de este modo. Es una pena que hayas vuelto a casa antes de que pudiera…
–¿Escapar como un delincuente? –preguntó ella.
–¡No, Joss! Separémonos como amigos… por favor –le imploró y le puso una mano en el brazo.
Ella se lo quitó violentamente. De pronto, no aguantó su contacto.
–Recoge tus cosas y vete, Peter. Es una pena que haya vuelto antes. Podrías haberte marchado impunemente.
–Entonces, ¿por qué viniste temprano? –dijo él, ofendido.
–Simplemente, me apeteció. Adiós, Peter.
Él se acercó a ella, con los brazos extendidos, pero se echó atrás al ver la expresión en el rostro de Joss.
–Adiós, Joss. Yo… Hubiera querido que las cosas fueran de otro modo. Si hubiera conseguido el trabajo de Athena…
–Yo habría seguido siendo mayor que tú… y más alta –ella torció la boca–. Nunca me hubiera imaginado que eso podía ser tan importante.
–Al principio no lo fue.
Joss lo miró fijamente y dijo:
–Peter, dime la verdad. Creo que me merezco eso por lo menos.
Él frunció el ceño.
–Te he dicho la verdad. ¡Maldita sea! Incluso he pensado que me había pasado al decírtelo. No había tenido intención de sacar a relucir lo de tu edad, la altura y todo eso…
Joss lo miró impacientemente.
–Eso no tiene importancia. Simplemente dime si hay otra persona.
–¿Otra mujer? ¡Oh, Dios santo! ¡No! –exclamó Peter con candor–. Tú siempre has sido más mujer de lo que yo he sido capaz de manejar, Joss. Jamás he tenido tiempo, ni energía, para nadie más.
Joss miró a Adán, agradecida a la expresión de disgusto en sus ojos.
–Aquél fue el último día que lo vi. Hice una escena terrible, le tiré el anillo y lo eché con sus maletas. Luego, llamé a una empresa de mudanzas y arreglé para que le enviaran el resto de sus pertenencias a sus padres –torció la boca–. Es el motivo por el que no tengo demasiadas comodidades en mi casa. Todos los muebles eran de Peter, pero me quedé con el sofá y la cama hasta… Hasta que compre otros.
Adán la miró extrañado.
–¿Y has mantenido todo esto en secreto?
–Sí. Nadie lo sabe aún, excepto tú.
–¿Ni siquiera tus padres?.
–Ya no tengo padres. Y no era justo que estropeara la felicidad de Anna en este día. Le he dicho que Peter estaba de viaje, haciendo un curso, y que no podía venir. Ella vive en Warwickshire, así que fue fácil ocultárselo.
–No me extraña que no estuvieras de humor para fiestas –dijo él secamente.
–Ha sido un verdadero esfuerzo sonreír para mí. Por eso me fui a ese balcón.
–En esas circunstancias, me sorprende que hayas podido ser tan cortés conmigo cuando te encontré.
Joss sonrió.
–Mi primera reacción fue quejarme y mandarte al diablo. Pero después de un rato, me alegré de tu compañía. Me sirvió para no seguir compadeciéndome. Ha sido muy galante por tu parte venir a rescatarme.
Adán agitó la cabeza.
–No soy un caballero que viene a salvar a la dama, Eva. Si la dama en apuros hubiera sido menos guapa, habría sentido la misma comprensión por ella, pero dudo que hubiera hecho algo al respecto.
–¡Un hombre sincero!
–Intento serlo. Te observé desde que llegué. Vi cuando te separaste del resto, tomé dos copas de champán y te seguí.
–¿Qué habrías hecho si un esposo vengativo hubiera seguido tus pasos?
–Me habría batido en retirada. No me gusta intervenir donde hay maridos, sean vengativos o no. Prefiero que mis mujeres no estén comprometidas.
–¿Tus mujeres?
–Es un modo de hablar.
–Por cierto, ¿eres un hombre sin compromiso?
–Sí. Si no, no habría ocurrido esto.
–¿Te apetece un café?
–¿Es una forma amable de decirme que me tengo que marchar? –preguntó él.
–No, si te apetece quedarte un rato.
–Sabes que sí. Y no quiero más café –dijo él deliberadamente–. ¿Puedo decirte qué quiero?
–No… por favor. Antes de que Peter y yo empezáramos a vivir juntos, habíamos pasado mucho tiempo saliendo juntos. No tengo práctica en este tipo de cosas.
–¿Qué tipo de cosa crees que es ésta?
–¿Y qué piensas tú?
–Un sencillo deseo de conocerte. ¿Qué piensas tú?
Joss se quedó pensando.
–Te he invitado a cenar porque estaba deprimida y enfadada. Y tú habías sido amable conmigo y…
–Era bastante más alto que tú –dijo él.
Joss se rió. De pronto se sintió más relajada.
–¡Eres más alto que la mayoría de la gente!
–Nunca me he alegrado más de serlo que en esta ocasión. Así que, misteriosa Eva, ven, siéntate a mi lado y tómame la mano.
–¡Ah! Pero si te doy mi mano, ¿no querrás más luego?
–Sí. Soy un hombre normal. Pero, en lo concerniente a las mujeres, no suelo tomar lo que no me ofrecen. Sólo acepto lo que me dan.
–En ese caso… –Joss se movió de su cojín para sentarse al lado de él. Debido al tamaño de Adán, apenas le quedó sitio para acomodarse.
–No queda sitio casi…
Adán le hizo sitio levemente y le tomó la mano.
–Tenías razón. Tu mano no es suficiente. Vuelve a tu cojín.
–¿Qué más tienes en mente? –le preguntó Joss.
Como respuesta Adán la rodeó con su brazo.
–Sólo esto.
Ella apoyó su cabeza en el hombro de Adán. Era extraño sentirse pequeña y frágil al lado de un hombre. Se apoyó en él. Allí se sintió segura y a salvo. Aquella calidez entibiaba su rabia y el daño que le había hecho Peter con su marcha.
–¿Por qué suspiras? –preguntó él.
–Estaba pensando en lo extraño que es sentirse así con un hombre que he conocido hace unas horas.
–Pero ya no tienes miedo de mí –comentó.
–No te tenía miedo.
–¿Estabas nerviosa, entonces?
–Sí –sonrió ella.
–¿Estás nerviosa ahora?
–No.
–Entonces, ¿cómo te sientes?
–Cómoda.
Él se rió.
–No es muy halagüeño.
–Es lo más parecido a un cumplido que puedo decirte esta noche.
Él alzó la mano de Joss y le dio un beso.
–Si te sirve de consuelo, pienso que tu prometido es un auténtico idiota. Pero se lo agradezco.
–¿Por qué?
–Si él no se hubiera marchado, yo no estaría aquí.
–Cierto –Joss bostezó de repente–. Lo siento. Últimamente no he dormido mucho.
Adán le acarició la cabeza y le dijo al oído:
–Relájate.
Joss cerró los ojos, y se acurrucó contra él.
Se despertó de una breve siesta en brazos de Adán, camino del dormitorio. Él se agachó levemente para abrir la puerta, y entonces la dejó en la cama y se quedó mirándola.
–Buenas noches, Eva –susurró, y se inclinó para darle un beso en la mejilla.
Joss movió la cabeza deliberadamente, de manera que el beso fuera a dar directamente en su boca, y de pronto sintió nuevamente la abrumadora necesidad de sentirse bien, normal, deseable.
–No me dejes. Sólo por esta noche, ¿de acuerdo? Por favor… –dijo ella con voz trémula.
Notó que él cerraba los ojos, apretaba los puños un instante y luego exhalaba profundamente el aire. Se sentó en la cama, la puso en su regazo y apoyó su frente en la de ella.
–Esto no estaba en los planes, Eva.
–¿No me deseas? –preguntó ella desolada.
–¡Sabes muy bien que sí! –se quejó él.
–Entonces, demuéstramelo.
Él la abrazó y le dio suaves besos en las comisuras de los labios, pero aquel contacto encendió un calor entre ellos que hizo que los besos se hicieran más apasionados, demostrándole cuánto la deseaba. Ella lo besó también, deleitándose en el deseo que expresaba el cuerpo de Adán mientras la apretaba contra sí.
Los besos se hicieron más salvajes, con la boca más abierta, las lenguas juguetonas. Él buscó los pechos erguidos y los acarició. Adán tenía la respiración agitada. Se quitó la chaqueta y se aflojó la corbata. Joss hundió su cara en su pecho viril y desabrochó con sus dedos los botones de la camisa en busca de su cálida piel. Se acaloró cuando lo notó duro y listo debajo de sus piernas. Entonces, él la puso en pie y Joss dio un paso atrás, mirándolo en la penumbra. Ella se bajó el vestido lentamente, emergió de la laguna de encajes y seda, y se agachó para desabrocharse el liguero negro. Adán la estrechó en sus brazos y la besó apasionadamente mientras se deshacía de la ropa que les quedaba. Finalmente, la levantó en brazos mientras fijaba sus ardientes ojos en ella. Joss se estremeció de excitación, y escondió su cara roja en el cuello de Adán. Entonces, él la dejó en la cama.
–¿Estás segura? –le preguntó él un momento antes de que fuera tarde.
Joss asintió vehementemente y extendió los brazos tirando de él. Adán se echó al lado de ella y la abrazó, acariciándole la espalda. Sus corazones latían al unísono. Joss hizo un sonido de protesta cuando él la apartó un poco, y luego gimió de placer cuando empezó a besar todo su cuerpo. Las caricias suaves y controladas empezaron a enviar un fuego a cada una de sus terminaciones nerviosas de Joss hasta que se sintió en tal estado de excitación, que él abandonó el control y la volvió loca de placer. Ella respondió acariciando su pecho musculoso, sus anchos hombros. Él se alzó con sus manos. Hizo una pregunta breve, urgente, y ella agitó la cabeza salvajemente. Finalmente, el cuerpo de Adán tomó posesión del de ella con un empuje de puro placer. Ella gimió, sobrecogida por aquel furioso y rítmico placer que aumentaba sin parar. Hasta que la intensidad llegó su punto máximo y estallaron de goce.
–¿Qué tiene que decir uno en una circunstancia como ésta? –preguntó ella luego.
–¿Qué dices tú habitualmente?
–Buenas noches, supongo.
Él alzó la cabeza para mirarla a los ojos.
–¿Es eso lo que quieres que diga?
–No –ella bajó los ojos–. A no ser que quieras irte.
Él la besó profundamente.
–No, no quiero irme. Quiero quedarme aquí, estrechándote en mis brazos toda la noche, y tal vez pellizcándome cada tanto para convencerme de que esto es real.
–Yo siento lo mismo. Estoy en estado de shock también.
–¿En estado de shock por lo que hemos hecho?
–No.
–¿Entonces por qué?
–Por haberte rogado prácticamente que me hicieras el amor. No lo he hecho jamás.
–Estoy segura de que no lo has hecho –él se rió.
–¡Me alegro de que te resulte gracioso!
–Extraordinario, no gracioso –le dijo con voz ronca–. Si no me hubieras rogado que te hiciera el amor, tal vez hubiera tenido la valentía de besarte, decirte «buenas noches» y marcharme. Pero sinceramente lo dudo. Te he deseado desde el mismo momento en que te vi en el espejo.
–¿Me lo dices para hacerme sentir mejor?
Adán sonrió y la miró a los ojos.
–No. Es la verdad.
Joss suspiró satisfecha y luego sonrió. Él se agachó para besarla. Cuando ella pudo hablar por fin, dijo:
–Has conseguido algo maravilloso esta noche.
–¡No lo sabía!
–No me refiero a eso. Bueno, a eso también, porque ha sido maravilloso. Pero el modo en que me has hecho el amor, ha sanado mi pobre y maltrecho ego.
–¿De qué manera?
–Fue como si yo fuera una comida y tú un hombre hambriento –Joss se sonrojó en la oscuridad.
Él se rió y le acarició las caderas.
–Ha habido algo de eso. Para mí toda la noche ha sido un maravilloso juego preliminar. Antes de haber podido besarte, de haber podido acariciar tus pechos, no pensaba más que en esto.
Adán la acarició con tanto deseo, que los dos volvieron a entregarse a la pasión, perdiendo el aliento en el camino del placer hacia el éxtasis.
Capítulo 3
DURANTE la noche, Joss sintió unas manos que la tapaban con la colcha, una boca cálida en la suya y un susurro de buenas noches al oído. Luego, se durmió hasta que la luz del día la devolvió a la tierra de golpe.
Por un momento, se preguntó si había soñado aquella sensual fantasía.
Pero una sola mirada al desorden de la cama le indicó que había sido real. Se estremeció al pensarlo.
Respiró profundamente, echó hacia atrás la colcha y se levantó. Se apartó un mechón de pelo de la cara, colocó las almohadas en su sitio, se puso una bata y fue hacia el vestíbulo para asegurarse de que Adán se había marchado. Al ver que estaba sola en el piso, Joss respiró profunda y trémulamente. Se rodeó con los brazos y recordó ruborizada el modo en que se había abandonado. Conocía gente que disfrutaba despreocupadamente de relaciones de una sola noche. Pero no era su estilo. Para ella había sido la primera vez. El haber vivido y dormido con el hombre con quien esperaba compartir su vida entera no la había preparado para la gloria experimentada en brazos de un absoluto extraño.
Se sintió culpable por ello. Se había comportado como una mujerzuela.
Abrió el grifo para darse un baño caliente. Se quedó en la bañera un largo rato, pensativa, agradeciendo que nadie la hubiera visto con Adán. Con suerte, la pasada noche sería un secreto. No era muy probable que se encontrase con su misterioso amante nuevamente, quienquiera que fuese. Pero daba igual su identidad. Aunque fuera extremadamente atractivo, no pensaba volver a sucumbir a la tentación ahora que había logrado escapar de ella.
Salió del baño. Sintió un dolor muscular que le recordó lo que había pasado por la noche y se volvió a ruborizar. Se vistió apresuradamente y fue a la cocina. Entonces vio una nota:
Eva, es muy duro separarme de ti, pero es posible que prefieras estar sola cuando te despiertes. Estaré fuera del país unos días. Te llamaré cuando vuelva.
Adán.
Sintió calor en su interior. Luchó contra la tentación. Se dijo que lo que había pasado aquella noche había ocurrido simplemente porque Peter la había dejado destrozada. Y Adán le había devuelto milagrosamente su confianza en sí misma. Pero si lo volvía a ver, perdería el misterio. Tendrían que decirse los nombres y las profesiones. Así que, si llamaba, ella no estaría allí. La pasada noche había tenido mucha magia. Pero la magia no duraría; ni siquiera se repetiría una vez más.
Joss suspiró. Adán era un hombre con carisma, y en el estado vulnerable en el que se encontraba ella, su apasionada forma de hacer el amor había sido una cura maravillosa para su maltrecha autoestima.
La parte de Eva que había en ella quería volver a verlo. Pero la realista Joss sabía que lo que parecía algo irresistiblemente romántico durante la noche podría parecer muy diferente si se encontraban a la luz del día.
Joss estaba lista cuando llegó la empresa de mudanzas a la mañana siguiente. Uno de los editores del Post había estado buscando un piso en Notting Hill durante meses. Después de la marcha de Peter Joss, no había querido ni había podido costearse vivir en el piso sola, y entonces le había preguntado a Nick Holt si él y Carrie no deseaban cambiar su piso en Acton por el de ella. Los Holt habían aceptado sin pensárselo dos veces, y habían decidido hacerlo enseguida. El nuevo barrio era menos elegante, pero el piso estaba bien, era más barato, y no tenía recuerdos de Peter ni de Adán.
Los hombres de la mudanza acababan de cargar sus pertenencias en el montacargas y Joss estaba a punto de salir cuando un joven se apresuró hasta ella con una caja de una florería.
–¿Señorita Eva? –preguntó.
Joss estuvo a punto de decir que no. Luego se sonrojó y dijo «sí».
–Son para usted. Deberían haber llegado más temprano, pero hubo problemas con el reparto.
Joss le agradeció el paquete y le dio una propina.
La caja contenía rosas amarillas dispuestas encima de hojas de higuera. En la tarjeta ponía: «De Adán».
Joss olió las flores y recordó el cuerpo posesivo de la pasada noche con deseo de sentir aquellas manos expertas en su piel, los hambrientos besos… Se estremeció. Luego, intentó no pensar en ello y cerró la puerta de su apartamento, y de todo un año de su vida.
Su nueva casa ocupaba la última planta de una casa de estilo eduardiano en un barrio lleno de casas restauradas. Era mucho más pequeña que el piso de Notting Hill, pero necesitaría menos muebles, tenía una puerta de entrada individual con una escalera, una explanada para aparcar el coche, y lo mejor de todo, se ahorraba bastante dinero. Parte de él se lo daría a Peter para pagarle la entrada del caro apartamento de Notting Hill que él había querido comprar, debido a su arquitectura y su modernidad. Pero ella había pagado casi toda la hipoteca.
Cuando se fueron los hombres de la mudanza, Joss telefoneó para pedir una pizza, luego llamó a Anna para darle el nuevo número de teléfono.
–Me gustaría estar allí para poder echarte una mano. ¿Se ha tomado algún día libre Peter para poder ayudarte?
–No –contestó Joss–. Mira, Anna, ¿estás ocupada? Tengo algo que decirte.
Joss colgó un rato más tarde, exhausta. Anna le había dicho un montón de cosas desagradables de Peter, se había alegrado de que se hubiera deshecho de semejante rata, luego se había ofrecido a ir a Londres inmediatamente para que tuviera el hombro de una amiga en el que llorar.
Joss había rechazado su propuesta cariñosamente.
–No tardaré en acostumbrarme a estar sola nuevamente. Todo irá bien. No te preocupes, Anna.
–Sí, me preocupo. Por cierto, ¿quién era ese hombre alto con el que te vi cuando se estaba marchando la gente?
–¿Cuál? No he conocido ni a la mitad de los amigos de Hugh.
–Creo que ése era un amigo de un amigo. ¿Quieres que le pregunte a Hugh?
–No, no te molestes. De todos modos, debo marcharme. Ha llegado mi almuerzo.
Después de comer la pizza, Joss cerró la casa y se marchó a comprar muebles. Compró un cómodo sofá y un par de mesas donde poner sus lámparas, eligió una cama de bronce restaurada y pidió que se la enviaran. Luego, se ocupó de comprar comida. Su inesperado visitante había acabado con todas las provisiones que había comprado en previsión de la mudanza, lo que no era de extrañar con ese gran cuerpo que tenía. Joss metió verdura y fruta en una cesta e intentó controlar un estremecimiento al recordar el cuerpo desnudo de Adán. Intentó engañarse con el pensamiento de que había hecho el amor con él exclusivamente porque lo había conocido en un momento en que ella necesitaba desesperadamente sentirse deseada nuevamente. Y aunque Adán hubiera satisfecho aquella necesidad con un éxito tan arrollador que ensombrecía cualquier experiencia compartida con Peter, ella no tenía intención de verlo otra vez.
Cuando volvió al piso, puso la comida en el frigorífico nuevo, sacó algunas herramientas y empezó a poner estanterías. Mientras, reflexionó acerca de la vida amorosa con Peter, y tuvo que admitir que no había gozado de buena salud en los últimos tiempos, e incluso que desde hacía tiempo era inexistente en el terreno físico. El fracaso de haber perdido el contrato con Athena simplemente le había dado la excusa para romper su compromiso con ella. Pero ni siquiera se había atrevido a decírselo a la cara.
Al principio Joss se había sentido terriblemente herida y furiosa. Luego, había agradecido tener un trabajo que le llenase la vida. Trabajaba muchas horas y de forma muy irregular como periodista free-lance. En las vacaciones reemplazaba al personal de plantilla regularmente, y también en las bajas por enfermedad, o por cualquier otra causa. Su tiempo libre rara vez coincidía con el de Peter, algo que a él le disgustaba mucho. Y también había estado el tema de formar una familia. Ella se había mostrado inflexible en relación a esperar a que él ganase suficiente dinero para que ella pudiera trabajar menos y desde casa. Y aunque él había dicho que estaba de acuerdo, había mentido. Ella tendría que haberse dado cuenta. Cuando Peter quería algo, tenía que conseguirlo en ese mismo momento.
Si alguna vez volvía a tener una relación con un hombre, se aseguraría de compartir los mismos objetivos. Su experiencia con Peter le había enseñado una lección. Cualquier hombre en el futuro debía de cumplir ciertos requisitos. Tendría que ser mayor que ella, para empezar, ser igual de ambicioso que ella, y tener suficiente éxito en su profesión como para no molestarse por el de ella. Joss sonrió cínicamente. Si existía semejante prodigio, seguramente estaría casado con una mujer deslumbrante, esposa ideal y una madre perfecta, eficiente mujer de negocios que ayudaría a los niños a hacer los deberes y prepararía cordon bleu para un montón de invitados.
El interés de Joscelyn Hunter en el periodismo había empezado cuando había editado por primera vez una revista para el colegio, algo que la había entusiasmado tanto, que había encontrado un trabajo para los fines de semana y vacaciones en el periódico local. Había empezado como mensajera, luego había pasado a investigadora, y al poco tiempo había bombardeado al editor con tantos artículos que éste había aceptado uno de ellos y así había seguido. Se había sentido en su elemento mezclándose con los periodistas, y había estado interesada en todos los aspectos del trabajo con los que había tenido contacto, lo que le había hecho acreedora de un trabajo fijo en el mismo periódico, después de graduarse en periodismo.
Al principio, le había encantado su trabajo, y había cubierto con el mismo entusiasmo las noticias sobre los tribunales de justicia, sobre el ayuntamiento o sobre arte. Había entrevistado a una gran cantidad de gente, desde miembros del parlamento, concejales del condado, hombres de negocios, víctimas de tragedias, hasta niños y celebridades de todo tipo. Pero después de tres años aproximadamente, se había empezado a sentir inhibida por la parcialidad de sus parroquianos. Había empezado a añorar un trabajo en un periódico nacional, y en sus ratos libres había enviado artículos a los periódicos de Londres. Cuando habían empezado a aceptarlos se había marchado a la capital, donde su experiencia, unida a sus cualificaciones y su deseo de trabajar sin tregua, le había hecho conseguir trabajos como freelance.
Se había marchado a Londres con la bendición de su padre y una pequeña herencia de su madre. Pero poco después el reverendo George Hunter había muerto, poco antes de su jubilación, dejando desconsolada a Joss, quien no sólo había perdido a su padre, sino un sitio en su Warwickshire natal. Sólo le había quedado la casa de su amiga Anna y de su familia. Pero las visitas a su amiga habían empezado a hacerse menos frecuentes desde que había aparecido Peter en su vida, quien jamás había encajado bien en casa de los Herrick. Ahora que él se había marchado, ella podía darse el gusto de Glebe House cualquier día para almorzar con Anna y su familia, pensó Joss. Seguramente iría algún domingo.
Una vez que estuvo establecida en la casa, Joss decidió olvidarse de Peter y de Adán, y pronto descubrió que disfrutaba viviendo sola. Su trabajo le absorbía la mayor parte del tiempo, como siempre, pero ahora podía trabajar hasta la hora que le viniera bien, sin recibir reproches al llegar a casa, tarde y cansada, de alguien que aspiraba a que le preparase la cena y planchase las camisas. Indudablemente el vivir sola tenía ventajas.
Un día el editor del periódico le pidió que buscase información acerca de mansiones antiguas alquiladas por sus dueños para entretenimientos y congresos y que pasara algún tiempo consultando en la biblioteca del Daily Post y en su base de datos para descubrir qué propiedades y personalidades aristocráticas podrían ser noticia.
–Hay correo para ti –le dijo Carrie Holt cuando Joss estaba estudiando los datos que había encontrado mientras comía un sandwich en la hora del almuerzo–. Y un mensaje en el contestador cuando llegamos a casa anoche –le dio un manojo de propaganda y una hoja de papel–. ¿Qué tal te estás adaptando al piso?
–Muy bien –dijo Joss con satisfacción–. ¿Qué tal vosotros en Notting Hill?
–Me encanta. No sé cómo has podido marcharte de allí, Joss –Carrie se mordió el labio–. Lo siento. He tenido poco tacto. Supongo que te sentías mal allí sin Peter.
El mensaje que le dio Carrie era muy breve: Estoy de vuelta. Llámame a este número de teléfono. Adán.
Joss tenía muchas ganas de hacerlo. Pero si lo llamaba, Adán, o cualquier hombre en su lugar, querría retomar lo que había dejado. Una parte de ella, se moría por hacerlo. Pero la otra se decía que meterse en una nueva relación en aquel momento en que se encontraba tan vulnerable sería una locura. Se había encontrado muy receptiva emocionalmente aquella mágica noche con Adán, pero ahora había vuelto a la normalidad. Y la normalidad no incluía hacer el amor apasionadamente con extraños.
Pero cuando el teléfono sonó tarde aquella noche, Joss se sintió decepcionada al ver que era Anna, que quería saber cómo se encontraba.
–¿Estás deprimida, Joss?
–En absoluto. Estoy demasiado ocupada.
–¿Has colocado todo en la nueva casa?
–¡No! Acaban de enviarme los muebles que compré, así que tengo todo revuelto. ¿Quién te crees que soy? ¿Una superwoman?
–Deja todo como está, y ven a pasar el día con nosotros.
Joss se sintió muy tentada.
–Me encantaría, pero realmente debo ordenar un poco –dijo con pesar–. Iré en cuanto lo haya hecho.
–Seguiré insistiendo hasta que vengas –amenazó Anna.
Luego, siguió hablando de sus planes de boda, y le preguntó a Joss en qué estaba trabajando en aquel momento. Al escuchar que estaba escribiendo un artículo acerca de mansiones antiguas Anna se interesó por ello.
–Un amigo de Hugh de la época del colegio alquila su mansión para eventos y esas cosas. Estaba en la fiesta. Se llama Francis noséqué. Le diré a Hugh que lo llame.
Al día siguiente, Joss se pasó la mañana haciendo llamadas para hacer entrevistas a los dueños de varias propiedades que estimó interesantes para el artículo. Luego, siguió con otras tareas más mundanas del periodismo, y empezó a examinar una pila de periódicos regionales, buscando noticias que pudieran interesar a nivel nacional.
Cuando sonó el teléfono, se alegró de que la interrumpiesen.
–¿Señorita Hunter? –preguntó una seductora voz masculina–. Mi nombre es Francis Legh. Hugh Wakefield me llamó anoche y me pidió que me pusiera en contacto con usted. ¿En qué puedo servirla?
Al parecer, el viejo amigo de Hugh estaba amablemente dispuesto a colaborar en su artículo.
–La buena publicidad nunca está de más –le aseguró.
–¿Sería posible vernos este fin de semana? –preguntó Joss esperanzada–. ¿Dónde vive exactamente?
–En los bosques de Dorset. ¿Conoce la zona?
–No muy bien. Pero si me da la dirección, lo encontraré.
–¿Sería posible que viniese el domingo, señorita Hunter? Estamos instalando equipos electrónicos durante la semana. Por otro lado, comprendo que es una osadía por mi parte pedirle que me ceda su tiempo libre del fin de semana…
Darmowy fragment się skończył.