Czytaj książkę: «Huellas del pasado»

Czcionka:



Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1999 Catherine George

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Huellas del pasado, n.º 1080 - agosto 2020

Título original: Luc’s Revenge

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-685-7

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

EL TELÉFONO sonó el viernes por la noche, cuando todos los demás ya se habían ido a casa. Portia lo oyó al salir y casi dejó que el contestador grabara la llamada, pero con un suspiro de impaciencia se volvió a responderla.

–Agencia Inmobiliaria Whitefriars. Buenas noches.

–Buenas noches. Mañana vuelo desde París a ver una de sus propiedades.

–¿Su nombre, por favor?

La voz era masculina, francesa e imperiosa.

–Señorita Grant –dijo Portia eficiente–. ¿Quiere darme los detalles?

–Antes que nada, debo decirle que la cita tiene que ser mañana por la tarde. A las cinco. Ya quedé con el señor Parrish.

–Nos avisa con poca antelación, Monsieur… –dijo Portia.

–Brissac. Pero lo he avisado con tiempo. El señor Parrish me informó la semana pasada que uno de los socios de la agencia siempre estaba disponible los fines de semana para mostrar las propiedades. Dijo que sólo era cuestión de confirmarlo. ¿Es usted socio? –preguntó en tono peyorativo.

–Sí, Monsieur Brissac –Portia entrecerró los ojos con rabia. Ben Parrish, uno de los socios más antiguos, se acababa de ir a esquiar a Gstaad sin siquiera mencionar a este exigente francés–. Si es tan amable de decirme a qué propiedad se refiere, haré lo posible por organizarlo.

–Deseo inspeccionar Turret House –le informó, y Portia se quedó de piedra.

La propiedad no estaba en Londres, sino en la costa, a tres horas de camino. No sólo eso, sino que además había jurado no pisar nunca más esa casa. Hacía mucho que la tenían en venta y Ben Parrish siempre había llevado a los posibles compradores a verla. Tampoco es que hubiese habido demasiados, y ninguno recientemente. La propiedad era difícil de vender. Pero no podía permitir que sus sentimientos le hicieran perder una venta.

–¿Sigue ahí, mademoiselle?

–Sí, monsieur Brissac. Es con poca antelación, pero trataré de hacer un hueco en mi agenda para acompañarlo.

–Vendrá usted misma, supongo.

–Por supuesto. Mi ayudante me acompañará –dijo Portia, cuyos ojos brillaban peligrosamente. No vio razón para decirle que Biddy estaba en casa con gripe.

–Como a usted le parezca. No tendrá que volver a Londres el mismo día –le informó–. El Hotel Ravenswood queda cerca de allí. He hecho una reserva a nombre de la Agencia Whitefriars. Por favor, disponga de ella.

–No será necesario –respondió enseguida.

–Au contraire. Necesitaré una segunda visita a Turret House a la mañana siguiente temprano.

–Me temo que no será posible.

–Pero eso es lo que acordamos con el señor Parrish, mademoiselle. Quedó claro que alguien me acompañaría a inspeccionar la propiedad.

–Como le dije, cancelaré mis planes particulares y me encontraré con usted en Turret House, Monsieur Brissac –le aseguró Portia–, pero la habitación no es necesaria. Estoy acostumbrada a conducir –aunque Ben Parrish fuese uno de los socios fundadores, se las tendría que ver con ella cuando volviese de esquiar.

–No creo que sea sensato en este caso. Tendrá que estar disponible el domingo por la mañana temprano. Me vuelvo a París esa misma mañana.

–Como usted lo desee, Monsieur Brissac –no tuvo más remedio que acceder, aunque juró vengarse de Ben.

–Gracias, mademoiselle. ¿Me repite su nombre, por favor?

–Grant.

–A demain, señorita Grant.

Hasta mañana. Un mañana que amenazaba ser muy distinto a los planes que había hecho. Portia colgó, se aseguró que la oficina estuviese cerrada y se fue a casa.

Su casa era un piso en un edificio en Chiswick, con una fabulosa vista del Támesis y una hipoteca igual de fabulosa. El apartamento, una reciente adquisición con grandes habitaciones que todavía no había acabado de amueblar, tenía una vista panorámica. Portia lo adoraba. Toda su vida, de alguna forma u otra, había vivido con gente. Pero en cuanto se mudó al piso vacío, Portia experimentó una sensación de libertad tan fantástica, que no le molestaba ni un minuto pasado o futuro de los años de duro trabajo que hacían posible disfrutar de su caro refugio.

A pesar de sus protestas al exigente Monsieur Brissac, Portia no tenía nada que cancelar. Sus planes eran alquilarse unos vídeos, pedir su comida favorita y no hacer nada en todo el fin de semana. Sola. Algo que los hombres de la oficina consideraban extremadamente excéntrico.

–Una mujer como tú –le había informado Ben Parrish una vez–, tendría que estar alegrándole la vida a algún tipo con suerte.

Una opinión que Portia consideraba típicamente machista. Le gustaba su vida tal como era y la parte social generalmente era bastante activa. Pero, como Ben Parrish sabía perfectamente, le tocaba estar de guardia ese fin de semana por si a algún cliente rico se le ocurría ver una de las caras propiedades que Whitefriars vendía. Lo único que le molestaba era que la propiedad en cuestión fuese Turret House.

–Eres rara –se había quejado su amiga Marianne una vez. Trabajaba para una revista de modas, salía con unos y con otros y recurría a Portia para llorar en su hombro cada vez que alguno le rompía el corazón–. Lo único que te importa es tu trabajo y este piso. Sólo te falta un gato para convertirte en una solterona empedernida.

–No me gustan los gatos. Y la palabra «solterona», señorita Taylor, no se considera políticamente correcta.

–¡Tampoco es aplicable a ti, querida, pero podría serlo si no tienes cuidado!

Portia se fue a casa, tomó un baño, comió algo y luego abrió su portafolio y, a desgana se sentó a leer el folleto sobre Turret House. Los últimos dueños la habían renovado totalmente, pero le sorprendía que el francés tuviese interés en ella. Turret House estaba en perfectas condiciones, según Ben Parrish, pero era grande, cara, mal situada y tampoco era un edificio atractivo, a menos que a uno le gustase el gótico. La habían construido para la suegra del dueño de Ravenswood y su arquitectura era típicamente victoriana. Ravenswood se había convertido en un elegante hotel y Turret House en una propiedad separada, demasiado grande para una familia. Portia miró el folleto con una opresión en el pecho. El día siguiente sería una penosa prueba para ella y además una perfecta pérdida de tiempo. El hombre echaría una mirada a la casa, se encogería de hombros al estilo francés y saldría corriendo a tomar el avión a París al día siguiente. Se alegró al pensarlo, porque así ella podría despedirse de Turret House para siempre y seguir con su fin de semana tal como lo había planeado.

Era una soleada tarde de febrero cuando tomó la autopista al día siguiente para dirigirse al oeste. Hizo una buena media y llegó al cruce que llevaba a Ravenswood y Turret House con tiempo para la cita. Al tomar la curva hacia Turret House, que conocía tan bien, Portia se sintió peor aún. Pero cuando bajó la velocidad para entrar en la avenida de la casa, controló su aprensión. Su ojo profesional notó el renovado esplendor de los portones y el aspecto cuidado de los jardines mientras conducía por el empinado camino lleno de curvas. Por fin, aunque quería retrasar el encuentro, se encontró cara a cara con la casa.

Portia apagó el motor, pero se quedó en el coche un rato. Tenía tiempo hasta que llegase el cliente e intentó olvidarse de sus sentimientos y mirar con ojos de comprador a la casa, cuyas ventanas ojivales relucían con los últimos rayos del sol poniente, que también encendía en fuego el rojo ladrillo. Era un típico edificio de la época, reflejando el mal gusto del rico industrial que compró el elegante palacio de Ravenswood para su aristocrática mujer y rápidamente hizo construir Turret House a tres millas de distancia para quitarse a su suegra del medio.

Ya que no podía retrasarlo más, Portia se bajó del coche temblando más de aprehensión que de frío. Se ajustó el cinturón del largo abrigo blanco y se caló el gorro de cosaco sobre los ojos antes de agarrar el portafolio y cruzar la terraza hacia la puerta de entrada. Hizo una profunda inspiración, abrió la puerta con la llave y dio la luz, aunque la sorpresa la detuvo en el umbral. Había visto las fotos, pero le resultó extraño que faltase la vieja alfombra roja y que las baldosas blancas y negras luciesen toda su austera belleza. También la escalera había recuperado su antiguo esplendor, ya que la madera, despojada de la oscura capa de pintura, mostraba su artística talla en la cálida luz que se filtraba por la ventana del rellano. El vestíbulo resultaba mucho más pequeño de lo que ella recordaba. Pero, lo más importante era que estaba vacío. No había fantasmas.

Casi borracha de alivio, Portia recorrió el resto de las habitaciones, encendiendo luces y apreciando la calidad de las alfombras y los cortinajes. Era una pena que no estuviese amueblada, ya que así hubiese sido más fácil de vender. En la planta superior todo era tan distinto que parecía otra casa. Habían convertido las habitaciones más pequeñas en cuartos de baño conectados a las estancias más grandes y una luminosa pintura había reemplazado la lúgubre oscuridad anterior. Portia miró la hora antes de bajar. El cliente se había retrasado una hora. Y no le gustaba la idea de quedarse sola en Turret House una vez anochecido.

Tampoco podía mirar sola las habitaciones de la torre. Sólo pensarlo le dio un escalofrío. Se dirigió a la alegre cocina. Ojalá que Monsieur Brissac trajese a su mujer. La hermosa habitación completamente amueblada, que parecía sacada de una revista de decoración, sería un buen gancho para una mujer. Una moderna cocina de gas había reemplazado a la anterior. Antes había una a carbón, con el esmalte claro rayado por el uso. Portia se quedó mirándola muy quieta. Había sido un trabajo ímprobo cargarla y limpiarla.

Una voz la sacó de su ensoñación. Salió de la cocina para encontrarse a un hombre en el vestíbulo mirando hacia arriba, irradiando impaciencia.

–¿Monsieur Brissac?

Se giró de golpe, y la impaciencia desapareció al verla. Se inclinó levemente.

–Pardon. La puerta estaba abierta, así es que entré. Se retrasó mi avión. Lamento haberla hecho esperar.

–Mucho gusto –dijo Portia con corrección.

Él no habló durante unos momentos mientras la miraba de arriba abajo.

–¿Es usted la señorita Grant, de la agencia Whitefriars?

–Sí. Mi ayudante está con catarro y no ha podido venir –dijo y le devolvió la mirada con interés. Vestía traje y un elegante abrigo oscuro por encima, y era más joven de lo que ella esperaba, con pelo negro, piel cetrina y nariz recta. Pero su boca tenía una sensual curva que contrastaba con la firme mandíbula.

Y había algo en él que le hizo sentir la misma incomodidad que su voz le causó al hablar con él por teléfono.

–Esperaba alguien mayor, mademoiselle –dijo finalmente.

Portia también. «Pero esto es lo que hay», pensó. Su cuerpo se envaró al darse cuenta de que le había adivinado el pensamiento. Pero como su misión era vender la casa, hizo todo lo posible por resultar amable, mostrándole la planta baja y alabando las cualidades de espacio y magníficas vistas al mar durante el día.

–Es una pena que haya venido tan tarde –dijo amablemente–, la vista es uno de los mayores atractivos de Turret House.

–Es lo que me han dicho –arqueó una ceja–. ¿Es tan buena que compensa la arquitectura? Debe usted admitir que el exterior es poco atractivo.

–Es verdad. Pero es una casa construida para durar –respondió, llevándolo arriba y mostrándole las bondades de la exquisita decoración, la calefacción, las alfombras y las cortinas incluidas en el precio. Bajaron a la cocina, donde señaló las virtudes prácticas y estéticas, y finalmente sólo quedó la torre por ver. Portia precedió a su cliente hacia el vestíbulo con el corazón latiéndole y las manos húmedas al tocar un botón en la pared bajo el hueco de la escalera. Una puerta corrediza se abrió, mostrando un ascensor–. Está en la misma torre. Lleva al dormitorio y luego sigue hasta la última habitación de la torre.

–¡Ah! –sonrió–. Se guardó el plato fuerte para el final, señorita Grant. ¿Está en buenas condiciones?

–Sí –dijo, rogando porque así lo fuera–. Para mostrársela, podemos inspeccionar los tres pisos de la torre a pie y luego llamar al ascensor para bajar.

Deseando haberse forzado a inspeccionar la torre antes de que él llegase, Portia precedió a su cliente a la habitación de abajo, una estancia llena de luz, con ventanas en las tres paredes exteriores. Y vacía, como el vestíbulo. Se tranquilizó un poco.

–Creo que la dueña de la casa usaba esta habitación durante la mañana cuando se construyó la casa. Esta puerta abre al ascensor y la de al lado esconde una escalera caracol al piso siguiente– con la espalda rígida, Portia lo guió hasta la segunda planta, similar a la anterior, y luego, con el pulso alterado, subió corriendo el último tramo hasta el último piso de la torre. Dio la luz y se quedó junto a la puerta apoyándose contra la pared, porque se sentía mareada del alivio.

–La vista desde aquí es maravillosa durante el día –dijo, casi sin aliento.

–Está usted muy pálida. ¿Se siente mal, mademoiselle?

–No, estoy bien –logró sonreír–. Estoy un poco fuera de forma, tengo que hacer más ejercicio.

No pareció convencerlo.

–Pero ahora no. ¿Es éste el botón del ascensor? Probemos si funciona.

En el claustrofóbico espacio reducido del ascensor, Portia se sintió mareada por la proximidad de su cliente, consciente de que la observaba mientas se deslizaban silenciosamente hacia abajo.

–Muy impresionante –comentó, cuando salieron al vestíbulo.

–Lo instalaron a principio de siglo, cuando pusieron la electricidad –dijo Portia escuetamente, sintiendo que la sangre le comenzaba a circular normalmente por las venas una vez que salieron de la torre–. ¿Ha visto todo lo que deseaba, Monsieur Brissat?

–Por el momento, sí. Mañana, con luz natural, haré una inspección más detallada. ¿Creo que hay un sendero que lleva a la cala privada?

–Pero no está en muy buenas condiciones –asintió Portia–. No sé si es seguro.

–Si el tiempo lo permite, lo averiguaremos mañana –frunció el ceño levemente–. ¿No le ha mostrado Turret House a nadie más?

–Oh, sí. Bastantes –lo contradijo de inmediato–. La propiedad atrae mucho interés.

–Quiero decir usted personalmente, señorita Grant.

–Yo misma, no. Mi colega el señor Parrish tiene una casa de fin de semana en la proximidades y se ocupa él –sonrió amablemente–. ¿Alguna otra pregunta?

–Muchas más, por supuesto. Pero se las haré mañana –miró el reloj–. Pronto será hora de que cenemos. Vayamos al hotel.

–¿Cenemos?

–He invitado a unos clientes a cenar a Ravenswood –le leyó el pensamiento otra vez–. ¿Le gustaría comer con nosotros?

–Muy amable, pero no, gracias. Mañana hay que madrugar, así que prefiero comer algo en mi habitación e irme a la cama pronto.

–Un plan aburrido –comentó él, mientras Portia apagaba las luces.

–Pero muy interesante para mí, después de una semana muy ocupada –le aseguró con una sonrisa amable.

–Entonces, espero que lo disfrute. Alors, vaya usted adelante, así me aseguro que llega a Ravenswood a salvo.

Sin ninguna intención de decirle que conocía la zona como la palma de su mano, Portia lo saludó, se metió en el coche y condujo velozmente por la tortuosa avenida, luego aceleró al llegar al camino, decidida a llegar a Ravenswood antes que él. Una vez que aparcó el coche y sacó el bolso del maletero, su cliente estaba a su lado, dispuesto a llevarle el equipaje y acompañarla al hotel.

–Ésta es la señorita Grant de la Agencia Inmobiliaria Whitefriars –le dijo a la bonita recepcionista. La joven lo saludó calurosamente, consultó el ordenador y le dio a Portia una llave.

–¿Veintidós? –preguntó extrañado–. ¿Es lo mejor que hay? ¿Qué otras habitaciones libres hay hoy?

–Me temo que ninguna, Monsieur Brissac –lo miró indecisa–. Algunos de los huéspedes no han llegado todavía. ¿Hago algún cambio?

–No, deme a mí la veintidós y a la señorita Grant mi habitación. Le gustan las vistas.

–Todas las habitaciones tienen vistas –sonrió la amable Frances.

–Pero algunas son más hermosas que otras –la contradijo devolviéndole la sonrisa. Frances se ruborizó y le dio otra llave a Portia, que se quedó intrigada por la expresión en sus ojos.

Más tarde, al ver la hermosa habitación con su vista al parque iluminado, se dio cuenta de que la mirada de la recepcionista había sido de envidia. Y con razón. Monsieur Brissac era un hombre increíblemente atractivo, con un encanto al que ella no se consideraba inmune tampoco, aunque le resultaba extrañamente familiar. Sin embargo, estaba segura de que no lo conocía de antes. Su cliente era el tipo de hombre que no se olvida fácilmente.

Portia desempacó su bolso pensativa. Era evidente que la sonriente Frances conocía al señor Brissac muy bien. ¿Sería el gerente del hotel? Quizás era un cliente habitual y suficientemente respetado como para pedir un favor. En tal caso, ¿cuál era el favor exactamente? Quizás su habitación era la contigua y ése era el motivo de la envidia. Portia inspeccionó el cuarto rápidamente, pero no había puerta de comunicación, lo cual la hizo enfadarse consigo misma por sus sospechas. El comportamiento de Monsieur Brissac había sido impecable todo el tiempo. Enseguida se había dado cuenta de su incomodidad en Turret House, lo cual no era sorprendente, ya que su reticencia había sido difícil de disimular cuando entraron en la torre y su alivio al abandonarla demasiado evidente. Una vez superado el mal trago inicial, le resultaría más fácil al día siguiente.

Portia había traído poca ropa. Como no tenía intención de bajar al comedor, no había sido necesario un vestido adecuado. Un par de novelas y el servicio de habitaciones completaban su plan para una agradable velada. La habitación era maravillosa, con lujosos sofás y doradas lámparas de bronce. En una mesita baja había revistas, una bandeja de plata con un botellón de cristal con jerez, copas, frutos secos y diminutos bizcochos. Y una cómoda antigua escondía un refrigerador con gaseosas y varios licores y vinos, incluido champán.

Portia miró el menú y luego pidió por teléfono un té hasta que le trajeran la ensalada de langosta que había pedido para más tarde. Cuando la bandeja con el té llegó, le dio una propina al agradable camarero y echó el cerrojo cuando éste se fue.

Se quitó el sombrero y se soltó el cabello, dejando que sus rizos de bronce se le desparramaran sobre los hombros, como si estuvieran deseando escaparse. Luego se quitó el traje de chaqueta y la camisa de seda y los colgó, se quitó las largas botas de ante y las medias y se puso el albornoz blanco del hotel. Con un suspiro de placer se hundió en el sofá con una taza de té y mordisqueó uno de los bocaditos que venían en la bandeja y miró por la ventana al parque, cuya iluminación estaba tan bien lograda que parecía bañado por la luna. Cuando era joven su sueño dorado era parar en el Ravenswood. Bastante distinto a los hoteles que frecuentaba cuando viajaba por trabajo. Así es que ahora podía retomar sus planes de fin de semana. Podía leer, ver la tele o pedir uno de los vídeos de la lista. La única diferencia era que después de un tranquilo baño se acostaría en una cama de lujo, leería hasta dormirse y por la mañana alguien le traería el desayuno. Maravilloso. Cuando los golpes en la puerta anunciaron la llegada de su cena, puntual al segundo, Portia se ajustó el cinturón d la bata y fue descalza a abrirle la puerta al camarero. Abrió y se encontró cara a cara con Monsieur Bissac.

Se quedaron mirándose sorprendidos por un instante, luego él la miró desde los pies desnudos hasta la revuelta cabellera, que Portia se echó hacia atrás, ruborizándose. Era evidente que el francés se acababa de duchar y afeitar. Vestía un traje distinto, aunque igual de elegante.

–¿Le gusta la habitación, señorita Grant? –preguntó, acercándose.

–Sí, gracias –retrocedió Portia instintivamente–. Muy cómoda. Pero estoy esperando la cena, así que, si me disculpa…

–Mis invitados me han dicho que están cansados del viaje y quieren retirarse temprano –la interrumpió suavemente–. Ya que usted no quiere comer con nosotros, quizás quiera reunirse conmigo en el bar después, señorita Grant. Deseo discutir ciertos aspectos de la venta de Turret House antes de que volvamos a verla por la mañana.

Portia pensó rápidamente. Sus socios estaban a punto de sugerirles a los dueños que rebajasen el precio. Si lograba hacer la venta al precio actual, se anotaría un tanto. Al ser una de los socios más jóvenes, y además mujer, sentía que tenía que competir con los hombres en Whitefriars.

–¿Después de cenar en el bar? –propuso, divertido por sus dudas.

–Por supuesto –asintió Portia–. Si cree que será útil hablar antes de ver la casa otra vez. ¿Puede usted llamarme cuando termine? –ni pensaba esperarlo en el bar hasta que terminase de comer.

–Desde luego, señorita Grant. Que disfrute de su cena.

Portia sonrió y cerró la puerta, quedándose un momento de pie hasta que se le calmó un poco el corazón. Aunque fuese el encanto personificado, Monsieur Brissac era sólo un cliente, se dijo con seriedad. Y ella estaba allí únicamente para venderle la casa.

La llegada de la ensalada de langosta la dejó de una pieza. No sólo era una perfecta obra de arte, sino que venía acompañada de media botella de vino borgoña, una cucharada de caviar y un helado para acabar el festín.

–No ha habido ningún error, señorita Grant –dijo la recepcionista cuando llamó para preguntar–, es una atención de Monsieur Brissac.

Portia agradeció a la chica, se encogió de hombros y luego comenzó a servirse el caviar en las delicadas tostadas. Se preguntaba por qué tendría tantos detalles con ella. Al fin y al cabo, era ella la que estaba interesada en el negocio. Había algo en él que la inquietaba, pero como no podía identificar qué era, se terminó el caviar y comenzó a comer la ensalada de langosta, un plato que pocas veces se podía permitir. Era la recompensa por un día que la había turbado mucho. Pero el señor Brissac había mostrado especial interés en invitarla a la comida. Sin embargo, si Ben Parrish hubiese sido quien le mostrara la casa, habría pagado la cuenta del cliente también.

Pero ella era una mujer atractiva, lo sabía. Sus amigas envidiaban el perfecto óvalo de su rostro, su hermosa cabellera y su bonita figura. Hacía un momento, había en los ojos de Monsieur Brissac un brillo inconfundible.

Estaba segura de que era un hombre demasiado mundano y sofisticado como para mezclar los negocios con el placer. Esa noche la había tomado por sorpresa, pero de ahora en adelante, estaría en guardia. Y mientras tanto, no permitiría que nada le arruinase la cena.

Capítulo 2

CUANDO el teléfono sonó poco después de las diez, Portia decidió que por más que Monsieur Brissac llamase, no acudiría como un perrillo.

–¿Podría esperar unos quince minutos? –preguntó amablemente.

–Por supuesto. Todo el tiempo que desee –le aseguró él.

Portia se había tomado su tiempo en bañarse y arreglarse el pelo. Lamentó haber traído tan poca ropa. Solo contaba con una camiseta de seda limpia para usar con el traje que llevaba más temprano. Se hizo un apretado moño con el pelo recién lavado y lo sujetó en su sitio con horquillas. Se volvió a poner los pendientes de ámbar y tomando la llave y el bolso, bajó a venderle Turret House a Monsieur Brissac.

Cuando llegó al concurrido bar, su cliente se levantó de una pequeña mesa en un rincón.

–Lamento haberlo hecho esperar –dijo, mientras él le sujetaba la silla para que se sentase.

–No es nada. Ha sido puntual –le aseguró su cliente sonriendo–. ¿Le puedo ofrecer un brandy con el café?

De ninguna manera, pensó Portia. Necesitaba estar totalmente alerta ya que a pesar de haberse conocido por negocios, Monsieur Brissac daba claras señas de disfrutar de su compañía femenina.

–No, gracias –le sonrió–. Sólo café.

La camarera apareció como por arte de magia con una bandeja que dejó sobre la mesa. Su acompañante sirvió el café y le alargó una taza a Portia, que le agregó un chorrito de nata, rechazó un bombón y lo miró, esperando sus preguntas.

Pero él permaneció callado y le estudió los rasgos de una forma que a Portia le resultó enervante.

–Pues bien, Monsieur Brissac, ¿qué le puedo contar de Turret House?

Él se inclinó para ponerle azúcar al café y Portia notó sus delgadas y fuertes manos, el anillo de sello de oro en su dedo meñique, el suave vello oscuro en la muñeca, contrastando con el blanco puño de la camisa que sujetaba un gemelo de oro de igual diseño que la sortija.

–Primero –dijo–, dígame por qué los dueños quieren vender. ¿Tiene alguna pega la casa que no se aprecie a simple vista?

–No –le aseguró–. Le garantizo que la casa es buena y las cañerías y la electricidad están en perfectas condiciones. El tejado es nuevo y, a menos que sea por una cuestión de gustos, ni el interior ni el exterior necesitan arreglos o decoración.

–¿Entonces por qué quieren los dueños vender una casa en la que han invertido tanto?

–Es una lástima, pero por un motivo muy común. El divorcio.

–Comprendo. Una pena. Turret House está diseñada para una familia grande.

–¿Por eso está interesado en ella?

–No. Soy soltero –se encogió de hombros con un gesto muy francés–. Al menos por ahora. Y como usted es la señorita Grant, supongo que tampoco está casada.

–Supone bien –cambió de tema–. Entonces, ¿qué más desea saber?

–Su nombre de pila –dijo, tomándola por sorpresa.

–Portia –respondió, después de una pausa.

–¡Ajá! Así que a sus padres les gustaba Shakespeare.

–Mi nombre no tiene nada que ver con Shakespeare, Monsieur Brissac –respondió con el pulso alterado–. A mi padre le encantaban los coches.

–¿Comment?

–Le encantaban los deportivos, el Porsche en particular. Por eso me puso este nombre. Pero como las dos palabras suenan igual en inglés, mi madre insistió en escribirlo P–O–R–T–I–A, como el personaje de Shakespeare.

–Su padre era un visionario –lanzó una carcajada ronca y divertida.

–¿En qué sentido?

–El Porsche es pequeño, elegante y muy eficiente. Es una descripción perfecta de usted. Me gusta mucho su nombre. ¿Me permite que la tutee?

–Por supuesto, si lo desea –si compraba Turret House, podía dirigirse a ella como quisiese.

–Entonces, usted debe hacerlo también –el francés se incorporó para hacer una ligera reverencia y se volvió a sentar–. Permítame que me presente. Jean–Christophe Lucien Brissac.

–Muchos nombres –dijo, alzando las cejas.

–Me llaman Luc –le informó.

–No suelo tutear a los clientes –negó con la cabeza.

–Pero en este caso, si compro Turret House, tendremos que estar en contacto en el futuro, Portia –señaló.

–¿Va a comprar, entonces?

–Quizás. Mañana, si mi segunda impresión es tan buena como la primera y si llegamos a un acuerdo con respecto al precio, es probable que hagamos negocios, Portia.

–Suena muy alentador –hizo un esfuerzo por que no se notara su excitación.

–Pero hay otra condición para que se haga la venta.

–¿Condición? –se envaró.

–Debes decirme la verdad. ¿Tiene Turret House una pega? ¿Un fantasma, Portia? –la miró fijamente un momento y ella descubrió que sus ojos eran de un tono de verde tan oscuro que era difícil distinguirlo del negro de la pupila.

–Que yo sepa, no –dijo, sin inflexión en la voz–. La casa no es tan antigua como ésta, recuerde. Es más probable que haya fantasmas en Ravenswood que en Turret House.

–Sin embargo, durante un instante, en la torre creí que te ibas a desmayar –prosiguió–. Y no me digas que te habías quedado sin aliento o que no estabas en forma. La tensión era evidente.

Portia miró hacia otro lado, luchando con el temor indescifrable que la asaltaba con la mera mención de la torre. Eficiente y profesional, eso era lo que debía ser, recordó y lo miró directamente.

–Monsieur Brissac…

–Luc.

–Vale, Luc. Si compras la propiedad, te garantizo que ni tú ni nadie que viva en la propiedad será molestado por un fantasma. Turret House no está encantada.

–Alors –dijo lentamente, los ojos fijos en los de ella–. Si me decido a comprarla, ¿me dirás que te alteró tanto hoy?

–¿Es esa una condición para la venta?

–No. Pero estoy… interesado. Me di cuenta de tu ansiedad. Me preocupó mucho.

–Vale. Si te decides a comprar, te lo diré –lo miró, bastante turbada.

Luc Brissac alargó la mano para estrechar la de ella formalmente.

–Trato hecho, señorita Portia.

–Trato hecho –aceptó, y miró las manos entrelazadas, sin querer retirar la suya, pero consciente de que sus dedos le tocaban el pulso que reaccionaba de forma tan traidora a su contacto.

–Buenas noches, Portia –dijo en voz muy baja y se llevó la mano a los labios antes de soltarla.

–Si es todo por el momento –se levantó con precipitación–, es hora de retirarme.

–Que descanses –caminó con ella por el bar casi vacío.

–Seguro. La habitación es hermosa –dudó, pero luego lo miró a los ojos–. Gracias por cedérmela. Y por la cena. No era necesaria que me invitases, pero me encantó.

–Pero te dije que tenía habitaciones reservadas, Portia. Es normal que también te invite a cenar y al desayuno.

–Si es a mí a quien le interesa que cerremos el trato, ¿no tendría que ser yo quien te invitase? –hizo una pausa al pie de la ancha escalera.

–Quizás cuando vuelva a Londres para cerrar el trato puedas hacerlo –sonrió.

Portia sintió que el corazón le daba un vuelco.

–Por supuesto –dijo rápidamente–. A la agencia le encantará agasajarte.

–Me refería a ti, Portia –se puso serio–. ¿Es el trato el precio que debo pagar para disfrutar de tu compañía?

–Dadas las circunstancias, no puedo pensar en una respuesta que no te ofenda –sonrió para suavizar sus palabras–. Y, como intento no ofender a los clientes, sólo te diré buenas noches.

–Mañana a las ocho. El desayuno estará listo a las siete y media –le devolvió la sonrisa y se inclinó levemente.

Portia se despertó a la mañana siguiente con tiempo más que suficiente para ducharse, vestirse y hacer la maleta antes del desayuno. Según Ben Parrish, otros clientes no habían mostrado interés en bajar a la cala. Pero algo en la voz de Luc Brissac le había advertido que este cliente sería diferente y había venido preparada con un grueso jersey de lana color crema, pantalones marrones de lana, zapatos bajos y un chaquetón de piel vuelta. Cuando estuvo lista, disfrutó del zumo de naranja recién exprimido y los delicados croissants, ligeros como una pluma, y bajó a la hora estipulada con el bolso en una mano y el abrigo en el otro brazo. Al ver a Luc Brissac, el corazón le dio el salto en el pecho al que ya se estaba acostumbrando.

–Puntualidad británica –dijo, acercándose a recibirla–. Bonjour, Portia. ¿Has dormido bien?

–Buen día. Muy bien, gracias –respondió.

Consciente de la discreta curiosidad que causaban en la recepción, Portia le entregó el bolso a Luc, que esa mañana vestía algo más informal: un grueso jersey de cuello cisne y cómodos pantalones de pana rayada.

Cuando salieron Portia se alegró de la límpida mañana invernal. Turret House daría una mejor impresión con sol.

Luc guardó el bolso en el maletero del coche de Portia y luego le informó que irían en el Renault que había alquilado.

–Anoche condujiste demasiado rápido por ese camino estrecho, Portia –dijo, mirándola a los ojos–. ¿Es porque lo conoces bien?

–Sí –afirmó, y se metió en el coche.

Cuando llegaron a Turret House, Luc Brissac aparcó el coche en la explanada de grava frente a la casa, agarró una chaqueta de ante de la parte de atrás, y salió para abrirle la puerta a Portia.

–Parece más bonita que anoche –comentó, mirando la fachada de ladrillo–. La luz diurna es más amable con ella que…. ¿como se dice, crepúsculo?

Portia abrió la puerta de entrada y lo hizo pasar. La luz reflejaba los cristales de colores de la ventana emplomada en el suelo, un efecto que pareció gustarle a su cliente.

–De lo más pintoresco –sonrió–. Pero no debo hacer comentarios favorables. Tengo que poner cara seria y desagradable así me bajas el precio.

Portia sonrió y lo acompañó por las habitaciones de la planta baja, contenta de ver que la luz no mostraba nada que la tensión de la noche anterior le hubiera impedido notar. Luc hizo una pausa en cada habitación para hacer notas, manteniendo a Portia alerta con preguntas hasta el momento en que llegaron a la torre y ella no pudo evitar el conocido temor cuando abrió la puerta de la habitación de abajo.

–Si no quieres subir hasta la habitación de arriba, Portia, no es necesario –le dijo rápidamente. Los verdes ojos la miraron interrogantes.

–Estoy bien, en serio –sacudió la cabeza, ejerciendo un control de hierro sobre sus reacciones. Y para demostrárselo, subió la escalera caracol rápidamente y cruzó la habitación hacia las ventanas–. Como he dicho, la vista desde aquí quita el aliento.

Luc Brissac le estudió el perfil durante un momento y luego miró por la ventana hacia los jardines con sus paseos y setos, el bosque y, más abajo, el borde del acantilado y la franja de arena de la cala junto al mar centelleante bajo el azul cielo invernal. Asintió con la cabeza.

–Tenías razón, Portia, en un día como hoy se puede perdonar los excesos del arquitecto que construyó Turret House.

–Mencionaste que querías ve la cala. ¿Tienes tiempo?

–¿No te lo he dicho? Conseguí retrasar mi viaje hasta mañana. Podemos explorar la cala con calma y luego comeremos juntos para discutir la transacción.

Portia abrió la puerta del ascensor y entró, no demasiado contenta con su decisión. Luc la siguió, frunciendo el ceño cuando apretó el botón.

–¿Sientes que te estoy robando demasiado tiempo? –preguntó.

–No –es el cliente, se dijo–. Si quieres discutir el precio durante la comida, desde luego que retrasaré mi vuelta a Londres. Pero yo pagaré la comida –salió del ascensor en el vestíbulo y se dirigió a la puerta.

–Ya que fue mi idea, pagaré yo –dijo altanero, siguiéndola.

–Lo cargaré a mi cuenta de gastos –respondió, meneando la cabeza–. Y sugiero que comamos en un pub por ahí, no en el hotel –añadió con énfasis.

–¿No te gusta la comida del hotel? –preguntó Luc, esperando cruzado de brazos mientras ella echaba el cerrojo.

–Claro que sí. Es fantástica –lo guió hasta el fondeo del jardín–. Pero Ben Parrish dice que se come muy bien en el Wheatsheaf, así que pensé que te gustaría probar la cocina inglesa para variar.

Portia se rió al ver el gesto de horror.

–Deberías reírte más veces, Portia –dijo Luc, mientras llegaban al sendero que llevaba hacia el acantilado.

–Ten cuidado, es bastante empinado –respondió ella comenzando a descender el acantilado. Llegó a la playa con la velocidad que da la práctica.

Cuando Luc Brissac se unió a ella unos minutos más tarde, tenía la respiración agitada y una mirada de acusación en los ojos.

–¡Ese paso era una locura, Portia! ¡Ni que fueras una cabra montesa! –y luego añadió deliberadamente–: A menos que lo conozcas muy bien –esperó un poco, pero al ver que ella no respondía, miró a su alrededor–. Es encantadora. ¿Hay algún otro acceso?

–No. El sendero es propiedad de Turret House.

–En verano ha de ser delicioso. Un valor añadido a la casa.

–Habría que arreglar el sendero –admitió Portia–, pero se le pueden poner unos escalones y una barandilla en las partes más peligrosas. No todas las casas tienen una cala privada.

–Es verdad –Luc echó una mirada a las nubes que comenzaban a formarse en el horizonte–. Vamos, Portia, volvamos antes de que comience a llover.

La subida fue más difícil que el descenso.

–Como te dije ayer –jadeó Portia– no estoy en forma.

–Me pareces en perfecta forma. Es un poco temprano para comer, pero quizás tu pub inglés pueda darnos un café.

–Si hubiera sabido que no te volvías hoy, te habría pedido levantarnos más tarde –dijo Portia según volvían por el jardín.

–No fue fácil cambiar los planes –se encogió de hombros–, no lo supe hasta hoy por la mañana.

–¿Por qué cambiaste de idea? –preguntó con curiosidad mientras se metían en el coche.

–No hubiese tenido tiempo de ver la cala después de volver a inspeccionar la casa. Y era necesario antes de tomar una decisión –se concentró en las cerradas curvas de la avenida–. Además, quería pasar más tiempo contigo. Ahora, dame instrucciones, por favor, ¿dónde está esa posada tuya?

En el Wheatsheaf les sirvieron un excelente café y más tarde una comida sencilla pero muy bien hecha. Muy diferente a la comida del Ravenswood, pero de muy buena calidad.

–¡Pero esto está muy bueno! –dijo Luc, comiendo el cordero con anchoas y ajos.

–El cumplido sonaría mucho mejor sin ese tono sorprendido –rió Portia.

–Nos tomamos la comida más en serio que vosotros los ingleses –sonrió Luc.

–Y sufrís menos del corazón. Aunque bebéis un poco más –añadió ella, aunque se arrepintió al ver la cara de Luc.

–Es verdad –dijo él en voz baja.

–No me refería a ti, por supuesto –dijo apresuradamente Portia.

–Ya lo sé –sonrió, aunque sus ojos permanecieron serios– ¿Quieres postre?

Ella meneó la cabeza.

–Entonces, volvamos al bar a hablar de negocios. Discúlpame. Iré a pedir el café –Luc la acomodó ante una mesita y fue a la barra.

Portia se dio cuenta de que había dicho algo que no debía, así es que resolvió morderse la lengua de ahora en adelante. Luc había rehusado hablar de negocios durante la comida y ahora era el momento, antes de volver a Londres. Afuera llovía a cántaros, notó apesadumbrada.

–Estás pensativa –dijo Luc al volver.

–Estaba mirando cómo llueve. Me temo que tenemos poco tiempo. Es un viaje considerable hasta Londres.

–Ya sé –le cubrió la mano con la suya–. Pasa la noche en Ravenswood, Portia, y parte mañana a la mañana.

Conque Jean Christophe Lucien Brissac no era diferente del resto de los hombres. Portia retiró la mano abruptamente, completamente sorprendida por el descubrimiento de que sentía la enorme tentación de decir que sí.

–No, no puedo –dijo–. Estoy acostumbrada a conducir con cualquier tiempo. ¿te parece que discutamos Turret House o ya has tomado la decisión?

–No le pedía que compartieras mi habitación, señorita Grant –dijo con frialdad–. Mi interés era su seguridad, nada más.

–Por supuesto –mortificadísima, Portia comenzó a recoger sus documentos y meterlos en el portafolio–. De todas maneras, no esperaba una respuesta en firme hoy. Si fuera tan amable de ponerse en contacto conmigo cuanto antes para informarme de su decisión. Mientras tanto…

–Mientras tanto, siéntate y toma el café –dijo Luc, en tono serio –. Te confundes conmigo. Y me insultas.

–¿Que te insulto? –lo miró interrogante.

–Sí. No suelo meterme en la cama de las mujeres a la fuerza. Ni siquiera mujeres tan atractivas e interesantes como tú.

–Disculpa –dijo Portia rígidamente, calmándose un poco.

Durante un momento, reinó el silencio.

–Desde ahora, intentaré ser cuidadoso.

–¿Por qué?

–Cuidadoso para no ofenderte.

–No me puedo permitir ofenderme. Eres el cliente –dijo sencillamente.

–Y quieres que compre una propiedad que llevas tiempo sin poder vender –su sonrisa se hizo maliciosa.

Adiós a sus esperanzas de vender Turret House sin reducir el precio.

–Por supuesto –dijo resignada.

Luc se entretuvo un rato más comparando sus notas con la información que ella tenía.

–Consideraré mis opciones –dijo finalmente, elevando un poco la voz sobre el ruido del concurrido bar–, luego, esta noche, cuando llegues a Londres, te llamaré por teléfono y te comunicaré mi decisión.

–Si piensas pasar la noche aquí, no es tan urgente –respondió, reprimiendo un salto de alegría. Estaba segura de que iba a comprar–. Me puedes llamar a la oficina por la mañana.

–Dame tu teléfono –negó con la cabeza–. Te llamaré esta noche.

Portia dudó un instante, luego garabateó un número en una hoja de su agenda y se lo dio.

–Gracias –dijo él y lo metió en su cartera– Y ahora, te llevaré a Ravenswood.

Afuera, echaron una carrera hasta el coche.

–¡Mon Dieu, qué tiempo! –exclamó Luc, al ajustarse el cinturón de seguridad.

–No siempre está así –le aseguró sin aliento–. El clima de aquí es el mejor del Reino Unido.

–¡No parece una buena recomendación!

Portia sonrió, deseando que le dijera algo sobre su decisión, pero la prudencia la hizo callarse. Si se daba cuenta de que estaba desesperada por vender, querría un buen descuento, suponiendo que quería la casa. Le escrutó el perfil, pero no pudo adivinar nada.

Cuando llegaron al aparcamiento de Ravenswood, Portia rehusó su invitación a entrar antes de partir a Londres.

–Prefiero irme ahora y llegar cuanto antes.

–¿Cuánto se tarda? –preguntó Luc, mirando la lluvia con el ceño fruncido.

–No lo sé. Con este tiempo, me temo que más de lo habitual.

–Te llamaré a las diez. ¿Habrás llegado para entonces?

–Espero que sí –Portia alargó la mano–. Gracias por la habitación y mi cena. Y también por la comida. Cuando traté de pagar me dijeron que ya lo habías hecho.

–Nunca permito que una mujer pague –le estrechó la mano.

–Una actitud que te trae problemas a veces, supongo.

–Nunca, hasta ahora –se llevó la mano a los labios–. Au ‘voir, Portia Grant. Te llamaré más tarde. Conduce con cuidado.

–Como siempre. Adiós.

Al alejarse, miró por el retrovisor, pero notó con desilusión que no se quedaba fuera a verla partir. No había ningún motivo para que lo hiciera, se dijo con severidad. Y además, sólo un tonto se quedaría empapándose en la lluvia.

Aunque conociese poco a Jean–Christophe Lucien Brissac, algo estaba muy claro. No era ningún tonto.

Capítulo 3

EL VIAJE de vuelta a Londres fue terrible. Después del lento trayecto hasta la autopista, el resto fue una pesadilla de lluvia y atascos hasta llegar a Chiswick.

Portia llegó agotada. Aparcó en el garaje, subió en el ascensor, entró, sacó el móvil del bolso y lanzó un suspiro de alivio.

Por fin había llegado a casa sana y salva. Todavía faltaba una hora para que el interesante y turbador Monsieur Brissac la llamase. Si confirmaba que iba a comprar Turret House, quizás fuera mejor que Ben Parrish siguiese con las negociaciones.

Un minuto o dos antes de las diez sonó el móvil y Portia respondió, presa de una súbita excitación.

–Portia Grant –dijo, con voz resuelta.

–Ah, bon, has llegado bien –dijo Luc Brissac, con alivio–. Estaba preocupado, Portia.

–Muy amable de tu parte, pero no era necesario. Llevo un rato en casa.

–¡Entonces has conducido demasiado rápido!

–No he podido. En cuanto me metí en la autopista, no me pude mover del carril central hasta llegar a Londres.

–Bien. Entonces has llegado bien. Vayamos a los negocios.

–¡Has tomado la decisión! –intentó no sonar demasiado entusiasmada.

–Sí. He decidido comprar Turret House. Pero –añadió con énfasis–, con ciertas condiciones.

–¿Qué condiciones? –el entusiasmo de Portia se aplacó un poquito.

–Primero, el precio –dijo una cifra menor que la que ella esperaba, pero mayor que la rebaja que Whitefriars le iba a proponer a los dueños.

–Tengo que consultar con mis socios, por supuesto, pero estoy segura de que podemos llegar a un acuerdo –dijo Portia, secretamente encantada.

–También –continuó él–, deseo que tú lleves todas las negociaciones.

–Pero… es el señor Parrish quien…

–Quiero que seas tú, Portia –remarcó con énfasis.

O no la compraría. No lo dijo, pero Portia, que podía imaginárselo encogiéndose de hombros, no dudó que fuese capaz de ello.

–Como quieras.

–El fin de semana que viene voy a Londres. Mientras tanto, haré que te envíen por fax los datos de mis abogados y un número de teléfono donde me puedas llamar hasta que nos volvemos a ver.

–Gracias –dijo, encantada de haberse deshecho de una propiedad que ni Ben Parrish había podido vender.

–Por favor, deja el fin de semana que viene libre –prosiguió Luc Brissac.

–Oh, pero…

–Quiero mirar la finca otra vez. No puedo tomar posesión de la llave hasta que la propiedad sea legalmente mía, Portia. Tendrás que venir conmigo. Te llevaré en el coche a Turret House el sábado por la mañana.

Durante una fracción de segundo Portia estuvo tentada de decirle lo que podía hacer con sus condiciones, pero pudo más el sentido común.

–Monsieur Brissac. Como usted quiera. Pero yo también pondré una condición. Iré en mi coche hasta Turret House y me encontraré con usted ahí.

Hubo un segundo de silencio y luego suspiró impaciente.

–Muy bien, si insistes. Pero por favor, no más tarde de media mañana.

–Por supuesto.

–Hasta el sábado entonces, Portia.

A la mañana siguiente, las noticias de la venta de Turret House fueron recibidas con bromas sorprendidas por parte de los socios de la agencia y sumo respeto por Biddy, que aunque todavía tenía la nariz roja y los ojos llorosos, se recuperaba lentamente de su catarro.

–¡Pensé que nunca nos íbamos a librar de esa casa! –Biddy llevaba varios años en la empresa y consideraba cada venta un triunfo personal. Le dio a Portia un café y se quedó esperando. Obviamente, quería saber los detalles antes de enfrascarse en su trabajo diario de responder las cartas y pasar en limpio lo que Portia había hecho con ella el viernes cuando la mandó a la cama.

Antes de saber nada de Luc Brissac, pensó Portia.

–El cliente quiere que vaya con él a Turret House este fin de semana.

–¿Viene con su mujer?

–No, no es casado.

–Entonces, será mejor que vaya contigo.

–No es necesario –dijo Portia rápidamente–. Pero gracias por la oferta.

–De todos modos, creía que era Ben Parrish quien se ocupaba de esa casa.

–Monsieur Brissac insiste en que sea yo –y, por motivos que prefirió callarse, ella también quería ocuparse del cliente sola–. ¡Dios santo! ¿Es esa hora? ¡Me esperan en Belgravia en diez minutos para una venta!

Ben Parrish también se sorprendió por la venta al volver de las vacaciones en la nieve.

–Aunque supongo que no tendría que estar sorprendido. Seguro que, en cuanto te vio, Luc Brissac accedió a todo lo que le dijiste.

–¿Lo conoces, entonces?

–Le vendí un sitio en Hampstead hace poco –asintió con la cabeza–. Sabe que siempre hay un socio de guardia los fines de semana.

–¿Entonces, por qué no me dijiste que venía?

–Creía que me había dicho el fin de semana que viene –consultó su agenda–. Es cierto. Iba a venir el domingo que viene, en cuyo caso yo se la habría mostrado, como siempre.

–Sí, ya sé –Portia se ablandó un poco–. El caso es que vino el fin de semana pasado e insiste en mi presencia el próximo también. Me debes una, señor Parrish.

La especialidad de la Agencia Inmobiliaria Whitefriars era las propiedades de lujo y sus clientes eran gente famosa. La semana de Portia pasó rápida y sin problemas, salvo un inconveniente con el coche. Cuando lo llevó al mecánico le dijeron que no estaría listo hasta el lunes.

Portia tomó el metro, excepto la noche en que salió con Joe Marcus, a quien había conocido cuando estudió el Máster en Administración de Empresas. A Joe le gustaba la buena vida, era inteligente, tenía un excelente sentido del humor y estaba decidido a evitar el matrimonio hasta al menos cumplir los cuarenta. Salía con Portia con frecuencia, tranquilo porque sabía que ella tampoco tenía intenciones de casarse.

Como Marianne estaba ocupada con una incipiente relación, Portia no salió con nadie más esa semana y se encontró ilusionada pensando en volver a ver a Luc Brissac.

El viernes se quedó en la oficina al mediodía y se hallaba comiendo un sándwich y mirando el diseño de un folleto que Biddy le había preparado cuando sonó su teléfono móvil. Lo miró un segundo. Probablemente el nuevo ídolo de Marianne tenía pies de barro. Otra vez. Con un suspiro, apretó el botón.

–¿Portia? –dijo una voz con inconfundible acento francés–. Luc Brissac.

–Hola. ¿Cómo estás? –el corazón le dio un vuelco y se puso tensa, segura de que quería cancelar la venta.

–Muy bien. Quería confirmar nuestra cita.

Portia lanzó un silencioso suspiro de alivio.

–Bien. En realidad, me alegro de que llamases. No podré llegar hasta mediodía. ¿Te parece bien?

–Me parecería mejor llevarte en el coche, Mademoiselle Portia.

Lo más práctico sería aceptar, se dijo Portia, ya que su coche estaba en el taller. La alternativa era tomar el tren al amanecer y luego un taxi hasta Turret House, lo cual sería una idiotez, cuando podía disfrutar del viaje en compañía de Luc Brissac.

–¿Hola, Portia? Si tienes una cita mañana por la noche, no te preocupes. Te llevaré de vuelta a tiempo. ¿O sólo estás satisfecha cuando conduces tú misma?

–Por supuesto que no. Gracias. ¿A qué hora quieres partir?

–Te recogeré a las nueve. ¿Dónde vives?

–No es necesario. Yo puedo ir a donde sea.

–Insisto en pasarte a buscar, Portia. Tu dirección, por favor.

Dudó, un instante, luego le dijo dónde pasarla a buscar.

–Estaré lista a las nueve, entonces.

–Me causará mucho placer volverte a ver. A demain, Portia.

Como supuso que Luc querría volver a bajar a la cala, Portia se vistió con zapatos cómodos, un jersey negro de punto, pantalones negros de pana rayada y el chaquetón de piel color ámbar. Temblaba un poquito de frío y antelación mientras lo esperaba en la acera unos minutos antes de las nueve.

Un Renault se detuvo y Luc Brissac salió de él sonriente.

–Portia. No deberías estar esperando en la calle con este tiempo.

–Buen día –sonrió–. Pensé que así adelantaríamos un poco.

Luc también vestía ropa cómoda: chaqueta de ante, jersey de cachemira y pantalones de pana. En nada se diferenciaba a los demás hombres que conocía, salvo en la nacionalidad y ese aire de suprema confianza.

–Estás guapísima, Portia –comentó cuando partieron–. ¿Qué tal la semana?

–Social y profesionalmente, muy bien –sonrió Portia con ironía–. El único problema fue el coche. Necesita un arreglo más serio de lo que pensaba.

–Ah –Luc le lanzó una mirada antes de dar la vuelta a una rotonda llena de tráfico–. ¿Por eso es que has aceptado tan dócilmente ir en mi coche?

–Sí –dijo gravemente, y él se rió.

–Eres muy dañina para mi autoestima, Portia Grant. ¿No podías simular que venías conmigo por el placer de disfrutar de mi compañía?

–No es mi estilo. Pero debo admitir que te estoy muy agradecida. No disfruté nada del viaje a casa el domingo pasado.

–Estaba de lo más preocupado. Se me hizo larguísima la tarde hasta que pude llamar para asegurarme que estabas bien –dijo.

–¡Qué amable! –exclamó Portia, mirándolo sorprendida.

–¿Amable? –sacudió la cabeza divertido–. Dime, Portia, ¿qué propiedades vendiste esta semana? ¿Va bien el negocio?

Durante el resto del viaje charlaron tranquilamente del mercado inmobiliario y de temas de actualidad, por lo cual Portia se sintió bastante intrigada. Generalmente los hombres con quienes salía estaban dispuestos a hablar de sí mismos todo el tiempo. El viaje resultó más corto de lo usual, demasiado corto para el gusto de Portia.

El día estaba gris y frío. Sin el sol de la semana anterior la casa parecía incluso menos agradable al aparcar Luc el coche frente al arco gótico de la entrada.

–Necesita grandes tiestos con árboles y flores para suavizar el efecto del ladrillo –dijo Portia, saliendo del coche.

Esta vez, con la compañía de Luc, le resultó más fácil abrir la puerta y entrar. Portia dio la luz rápidamente, pero antes de seguirla Luc volvió al coche y sacó del maletero dos sillas plegables de lona y una cesta de picnic.

–Esta vez tomaremos el café aquí –anunció.

–Eso es demasiado grande para café nada más –dijo, mirando la cesta con sorpresa.

–También hay un picnic para más tarde, en caso de que no apruebes la comida del Ravenswood. Ya que la cocina es la única habitación amueblada, sugiero que nos instalemos ahí –hizo una pausa con la cesta en una mano y las sillas en la otra– ¿A menos que no puedas soportar quedarte tanto tiempo?

–Pero pensaba que la idea de traerme aquí era para poder entrar a la casa –dijo, confusa.

–Solamente parte de la idea, Portia –los ojos verdes la miraron directamente.

Portia se sorprendió de no sentirse incómoda en lo más mínimo en compañía de Luc. Y con él tampoco le molestaba estar en Turret House.

Darmowy fragment się skończył.