Czytaj książkę: «Emprender con equilibrio»

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En Gentera buscamos generar valor humano, confiamos en la persona, en su disposición para crecer, autorrealizarse y ser mejor. Somos una empresa que, durante más de treinta años, hemos llevado oportunidades financieras e impulsado los sueños de las personas. A lo largo de nuestra historia, la mayoría de nuestros clientes han sido millones de mujeres que han mostrado su grandeza con un gran trabajo y con el entusiasmo de buscar lo mejor para ellas y sus familias. Creemos en su fortaleza y perseverancia para crear y sacar adelante sus negocios o actividades productivas. ¡Y las admiramos muchísimo!

Cuando las mujeres creen y se comprometen con un emprendimiento ponen todo su corazón para hacerlo crecer, para generar empleos, contribuir al desarrollo económico inclusivo de nuestro país y, lo más importante, para fortalecer a sus familias.

En Fundación Compartamos estamos comprometidos con acercar oportunidades para que las mujeres puedan adquirir cada vez más conocimientos que las ayuden a impulsar sus negocios. Deseamos que este libro sume a cada lectora para identificar las etapas de su emprendimiento, para reflexionar sobre los cambios que necesita hacer y para visualizar las oportunidades que tienen para cumplir sus sueños.

Ayleen Cortés

Directora

Fundación Compartamos

En FUNDACIÓN ADO® tenemos el compromiso de lograr que la sostenibilidad de las comunidades sea una realidad en México y de que, a través de ella, se rompa la brecha de desigualdad que afecta a millones de personas. Durante más de quince años, hemos acompañado la transformación del papel de las mujeres en las comunidades del país como principal motor de la inversión social que realiza MOBILITY ADO®.

Estamos convencidos de que las mujeres son agentes de cambio y líderes sociales con gran consciencia de su entorno, capaces de hacer posible cualquier proyecto. Su fuerza radica en un espíritu colectivo, una fortaleza que reconfigura realidades y una visión humana enfocada en la participación y el bienestar común. Para FUNDACIÓN ADO®, las mujeres tienen el poder de transformar no solo a sus familias, sino a sus comunidades.

Creemos que el camino es impulsarlas para que consoliden emprendimientos productivos, fortalecerlas en sus capacidades, facilitar su acceso a recursos básicos y dotarlas de herramientas útiles para dirigir, con consciencia y creatividad, sus empresas sociales.

Invertir en las mujeres es invertir en transformaciones sostenibles, promoviendo con ello un entorno más justo, sano y equitativo.

Carmina Galicia Fuentes

Jefa de Inversión Social y Proyectos

FUNDACIÓN ADO®

Agradecimientos

Siempre que pienso en mi pasado y en todo lo que he recibido y logrado aparecen muchas mujeres que han sido mi sustento, mis mentoras y mi compañía en esta travesía: a ellas les debo la experiencia que he podido plasmar en este libro. Sería imposible nombrar a cada una, pero espero que ellas puedan reconocer su contribución a mi vida y en estas páginas.

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También me han acompañado muchos hombres que me han enseñado esa otra manera de ver el mundo, con sus fortalezas y vulnerabilidades. Algunos de ellos me apoyaron en este proceso de reflexión porque creen en la visión femenina y en la aportación de las mujeres a la sociedad, pero también reconocen los retos de estas nuevas relaciones.

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Muy en especial quiero agradecer a quienes más cerca han estado de esta aventura, pues comenzaron escuchando mis anhelos, mis primeras ideas y me ayudaron a concretar todo lo que quería expresar: a Diana Vitte, mi socia por más de dieciocho años, quien creyó en mí desde que nos conocimos y entregó su vida para acompañarme en lo que primero fue una idea, un sueño incierto y después se convirtió en nuestra profesión. Con ella recorrí miles de kilómetros por las sierras de diferentes estados del país, haciendo posible el trabajo con las mujeres indígenas, con comunidades de artesanas y con diversos grupos de productores con quienes trabajamos de la mano. Sin ella, todo este sueño no habría sucedido, por lo que le estoy infinitamente agradecida y la llevo en mi corazón.

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A Ximena Silva, nuestra joven socia diseñadora, que llegó después con la frescura y la entrega que nos ayudó a cambiar nuestra mirada. Gracias a ella pudimos expandir nuestro trabajo con bellísimos diseños de productos y grandes ideas para la vinculación de las mujeres al mercado. Su compromiso con el proyecto me enseñó la importancia de repensarnos e innovar constantemente.

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A Andrés Pérez Peña, director de la FUNDACIÓN ADO®, por creer en nosotras siempre y apoyarnos para que nuestro trabajo fuese posible. Agradezco su confianza porque apostar por un libro que no se ha escrito es un riesgo que solo corre quien de verdad confía. Gracias a él y a Carmina Galicia fue posible este proyecto, al que se sumaron Cecilia Hernández y Alejandra Suárez de Fundación Compartamos, quienes no solo me apoyaron con el financiamiento, sino con retroalimentación y recomendaciones.

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Agradezco infinitamente a Ashoka, la organización internacional que me ha impulsado como emprendedora social, guiándome en mi crecimiento personal y profesional hacia mayores retos. Ashoka me abrió miles de puertas a lo largo de dieciocho años y hoy me permite seguir expandiendo mis capacidades para trabajar por un mundo en el que todos podamos ser agentes de cambio.

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Este libro también contiene experiencias de muchos años en los que compartí grandes momentos con mis tres hijos. Katina, quien viajó conmigo hasta la sierra de Puebla para filmar mi trabajo con las mujeres, combinando su pasión por el cine con mi pasión social, una experiencia que guardo en mi corazón. Ella es mi ejemplo, mi inspiración y una gran mentora para todo lo que aquí escribí. Raúl, quien continuamente me enseña a modernizarme, a entender la tecnología y el futuro, a desenredar mis confusiones y dudas, siempre con su estilo sencillo y paciente para guiarme en todo lo que necesito en este mundo digitalizado. Y Alejandro, quien en múltiples ocasiones apoyó de manera solidaria y generosa mis proyectos en las comunidades. Él tiene ese espíritu que me alienta todos los días a dar los siguientes pasos para crecer, cuestionándome, invitándome a reflexionar y ayudándome a defender mis derechos y a ver por mí misma.

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A Karen y Claudia, por ser dos mujeres que me inspiran y me entusiasman, que me muestran que es posible el equilibrio entre la vida personal y la profesional. Con ellas he transitado esta nueva etapa de ser abuela en la que, al igual que ellas, sigo aprendiendo a equilibrar lo laboral con lo familiar. Y a Martha, mi alma gemela y siempre mi conciencia, con quien pude reflexionar e ir y venir hasta definir lo que quería expresar.

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Por último, dedico este libro a Valentina, Victoria, Luisa y Gala, mis nietas, que serán las mujeres del futuro, deseo que sus vidas estén llenas de consciencia, de libertad para seguir sus sueños, de emprendimientos que las hagan felices y que contribuyan al bien de todos.

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A todas las mujeres que buscan vivir satisfechas y felices con sus vidas les deseo que estas letras contribuyan a ello. Que se atrevan a emprender lo que más desean y que, juntas, rompamos los mitos que nos impiden una total libertad.

Índice

Portada

Contraportada

En Gentera...

En Fundación ADO...

Agradecimientos

Índice

Mi propósito

Introducción

¿Por qué hablar sobre las creencias de las mujeres?

Capítulo 1. «El emprendimiento no es lo mío» versus las mujeres emprendemos en tres espacios: el empresarial, el social y el político

El emprendimiento

El aprendizaje

Capítulo 2. «Las emociones nos debilitan» versus las habilidades emocionales nos dan ventajas para emprender

Habilidades técnicas

Habilidades organizacionales

Habilidades emocionales

¿Cómo pararse frente a la vida?

Capítulo 3. «El éxito se basa en la idea» versus las actitudes y emociones son las que sostienen el emprendimiento

¿Qué genera una actitud positiva o negativa?

¿De dónde surgen estas actitudes?

Actitudes que afectan el emprendimiento

Capítulo 4. «Primero están los otros» versus debemos ver por nosotras mismas, tener sueños y establecer una brecha que nos guíe

Las posturas frente al futuro

¿Cómo logramos cambiar?

Capítulo 5. «Lo difícil es comenzar» versus lo difícil es sostenerse y cumplir para tener éxito

Construir la confianza

La confianza en mí misma

Capítulo 6. «Trabajar de sol a sombra para tener éxito» versus equilibrar la vida personal y familiar con la profesional para vivir satisfechas

¿Somos más felices ahora?

¿Qué cualidades nos hacen valiosas?

Capítulo 7. «El éxito es ser la primera y más grande» versus grande o pequeña, la mujer mide el éxito de otra manera

El equilibrio siempre es importante

Capítulo 8. «El mundo que veo es la realidad» versus salir del «cascarón» para ampliar el horizonte y conocer otros mundos que cambien mi perspectiva

Un mundo demasiado pequeño

La percepción del mundo se construye desde la infancia

La tecnología: un mundo de posibilidades

Capítulo 9. «Hay que mirar dentro de nosotras mismas» versus escuchar y entender a los otros para ofrecer lo mejor de mí

Lo que hacemos por los demás nos da sentido de vida

Saber escuchar a los demás es una habilidad muy importante

Capítulo 10. «La innovación es solo para personas creativas» versus la creatividad se aprende para ofrecer lo que no hay

Pensar e innovar

¿Qué necesitamos para mantenernos innovando?

Capítulo 11. «Lo que ofrezco solo se vende si es barato» versus reconocer el valor de lo que doy a otros para cobrarlo bien

¿Cómo ponerle valor a lo que hacemos?

¿Qué considerar en los costos?

Capítulo. «Vender no es lo mío» versus en todo lo que hacemos vendemos posibilidades 12

Saber vender es una gran habilidad

Conclusiones:

Ser una inspiración y un ejemplo

Enamorar a otros

Ser una jardinera

La comunidad y los valores éticos

Tejer comunidad

Autora

Página legal

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Mi propósito

No todas las mujeres nacemos con las mismas oportunidades para enfrentar el mundo cambiante y los retos para crear nuestros sueños, pero todas podemos apoyarnos en otras personas para aprender lo que es necesario.

Para tener éxito en los negocios se requiere de muchas habilidades que no necesariamente se aprenden en la escuela, sino que más bien se heredan cuando crecemos en familias en las que el trabajo, el negocio y las actividades productivas son parte de la vida cotidiana; pero en mi familia no había negocios y nadie me enseñó a vender o a administrar una empresa.

No fui a la universidad cuando correspondía porque quería ser artista, me gustaba pintar y crear con las manos. Estudié una carrera técnica mientras me casaba solo porque mi madre insistió, y cedí al entender que ella no había tenido esa oportunidad y yo sí. Tiempo después, cuando ya tenía a mis tres hijos y regresé al trabajo, pensé que sería bueno estudiar de nuevo y me inscribí a la preparatoria abierta, a mis cuarenta años. Mis hijos estudiaban lo mismo que yo, así que aproveché para que me ayudaran. Siempre sentí que había hecho todo al revés.

Tuve varias oportunidades que cambiaron mi vida, una de ellas fue la de encontrarme con dos grandes maestros que guiaron mi camino; el primero fue el doctor Fernando Flores, con quien me formé profesional y personalmente. Gracias a él inicié mi experiencia como consultora de empresas —que hoy he trasladado a los emprendimientos de mujeres— y estudié cinco años llevando sus enseñanzas y disciplina como la base de todo lo que he construido profesionalmente. Toda mi gratitud por la fortuna de haberlo encontrado en mi vida.

Años después me crucé con Guadalupe Maldonado, una gran maestra de vida que me enseñó a vivir en equilibrio, a fluir con serenidad, con aceptación, siempre entendiendo que «lo que viene, conviene». A ella le agradezco mi paz y mi camino espiritual, además de la fortaleza para enfrentar las diversas situaciones difíciles que me han tocado vivir.

Gracias a ambos, a estas alturas de la vida he aprendido a encontrar alegría y profunda satisfacción en lo que hago en todos los espacios de mi vida: con mis hijos y mis nietos, con mis amigas y amigos, con mis colaboradores y compañeros de viaje, en el trabajo diario y los proyectos, en mi tiempo libre y mi espacio espiritual. Todo ello a pesar de los momentos de pérdidas, de tristeza, de dolores inevitables y necesarios que he experimentado para poder vivir la vida profundamente.

Así que esta tercera década en mi vida laboral es un gran regalo para ofrecer lo mejor de mí, mi experiencia y aprendizaje dirigiendo a otros y enseñando todo lo que he logrado. También incluye aprender a vivir este proceso con paz y equilibrio, compartiendo mi creatividad y pasión por la vida. Más importante aún es poder escribir todo lo que quiero decir a otras mujeres.

Durante muchos años, mis compañeras me animaron para que escribiera lo que enseñaba a las mujeres, porque constatábamos su transformación cuando descubrían oportunidades y desarrollaban nuevas habilidades para alcanzarlas. Con frecuencia hablamos de esos momentos trascendentales en donde hubo un maestro que nos abrió el panorama o nos enamoró de su materia; de aquella persona que nos guio hacia un camino determinado. Escuché a varias decir que cuando supieron lo que costaba su hora de trabajo comenzaron a valorarse a sí mismas, y eso es lo que hoy me invita a escribir.

Pertenezco a una época en la que las mujeres prácticamente trabajábamos entre hombres. Por muchos años impartí talleres a grupos de ejecutivos y funcionarios en los que nunca participaba una mujer, lo que representaba un reto enorme. Con frecuencia sentía actitudes de descalificación y de rechazo, incluso comentarios sobre lo «incómoda» que resultaba para ellos mi presencia. Era perfectamente «aceptable» que los hombres no nos quisieran en su espacio.

Aprendí entonces a validarme como mujer y a pelear mis espacios mientras atendía a mi familia, entre la satisfacción de ser madre y la culpa de ser profesionista. Estaba convencida de lo que deseaba y del compromiso con mi carrera, pero mi madre y el entorno social no agradecían que trabajara y «descuidara a mis hijos», como ella decía. Mamá era una mujer de casa que valoraba el rol de madre y esposa. En ese tiempo las mujeres apenas comenzaban a participar en otras áreas que no fueran el hogar y la familia, y los hombres tenían que acostumbrarse poco a poco. Y también las mujeres como mi madre.

Afortunadamente, tuve la suerte de contar con una pare-ja que creyó en mí y me impulsó sin condiciones, y también con muchas otras mujeres que ya habían dado el paso pa-ra construir su vida profesional y son mi ejemplo.

Años después de esta etapa de tanto estrés y exigencia conmigo misma descubrí el trabajo con mujeres, y no dudé ni un momento en darle un giro a mi vida para dedicarme a ellas. Comencé participando en una red llamada Mujeres y Punto, en donde aprendí del mundo social, ciudadano y político, desarrollando proyectos de capacitación para el liderazgo, de cómo construir la confianza, sobre temas de autovaloración, crecimiento personal y todo aquello que las ayudara a salir de casa para participar en la vida de sus comunidades. Definitivamente esta experiencia cambió mi vida.

Así surgió todamujer.com, un sitio virtual donde pudieran aprender y compartir sobre sus temas de interés: desde el hogar, la pareja y los hijos, hasta la profesión, el emprendimiento y la equidad de género. Este fue uno de mis grandes proyectos y lo disfruté hasta el final. Lo arranqué sin tener idea de internet, pero me lancé junto con una socia, iniciando un proyecto completamente nuevo, desconocido, con alto riesgo y con un gran potencial.

Esa fue tal vez la experiencia profesional más intensa en mi vida porque no solo retó mis capacidades, sino porque me expuso a la inequidad de género cuando tuve que solicitar recursos para una empresa manejada por mujeres. La discriminación que viví entonces fue una de las razones que me impulsó a trabajar en el tema del emprendimiento femenino, buscando siempre abrir nuevas oportunidades en un mundo dominado por los hombres.

Me fue muy útil para adentrarme en las diferencias de género cuando se trata de comenzar un proyecto, pues al escribir al respecto en una sección llamada «Atrévete a emprender» conocí las preocupaciones, los intereses y los propósitos que llevan a las mujeres a iniciar su propio negocio. Ahí constaté, al conversar con muchas de ellas, que sin autonomía económica no hay libertad para decidir nuestra vida, pero también que el dinero no es el móvil más importante, aunque lo parezca.

Fue en estas conversaciones que surgió la idea de conectar a mujeres de distintas ciudades: a las que estaban más orientadas al servicio y los negocios de venta de productos con aquellas que eran productoras (generalmente ubicadas en zonas aisladas y vulnerables). Estaba convencida de que si unía estas dos necesidades lograría una cadena de valor con gran impacto para ambos lados. Sin embargo, en la primera experiencia se hizo evidente que lo que se producía en las comunidades no era atractivo para el mercado en la ciudad, y que había que hacer un gran trabajo de diseño, de calidad y de cumplimiento en tiempo y forma. Decidí entonces que mi labor tenía que centrarse en desarrollar las capacidades de las mujeres productoras para poder incluirlas en el mercado y también, de pasada, de las emprendedoras que buscaban desarrollar su negocio.

Poco a poco trasladé mis actividades al mundo social, a zonas rurales y a proyectos con mujeres vulnerables que recibían lo que yo daba con el corazón abierto y con una mente ávida de conocimiento. Mi vida cambió radicalmente cuando «toqué» la realidad de mujeres tan distintas, pobres económicamente, pero ricas en sabiduría, en tradiciones y en hermosos espacios naturales: artesanas, indígenas y mestizas que trabajan con las manos o en el campo; que me mostraron la profunda conexión que compartimos porque tenemos los mismos anhelos, necesidades e inquietudes a pesar de las diferencias en nuestro estilo de vida, en nuestra economía, en nuestros valores o creencias. Todas, de mundos tan diversos y desiguales, nos parecíamos cuando hablábamos de la familia, de los hijos, de la pareja, de los padres.

Me convencí entonces de que lo que creemos, lo que nos gusta, lo que deseamos para nosotras y para los demás, es válido, es inspirador y podría transformar al mundo. Nuestra mirada y nuestros propósitos revelan otra manera de elegir prioridades, de tomar decisiones que afectan a otros, de dar importancia a lo que parece irrelevante. No tengo duda de que nuestra contribución puede cambiar profundamente muchas de las creencias del mundo actual.

Es por ello que lo que escribo hoy se centra en esas ideas que nos hacen diferentes cuando emprendemos, ya que plantean valores importantes que se han dejado de lado por considerarse irrelevantes. Tener el regalo y la oportunidad de «dar vida» y de cuidar a otros nos da otros ojos para mirar lo que es importante y prioritario; es una perspectiva en donde el afecto, las emociones, el cuidado, la nutrición del alma y el cuerpo están por encima de todo.

La vida profesional es importante para nosotras, sin duda, pero cuando tenemos que elegir entre la vida familiar y la laboral generalmente nuestra naturaleza pesa al buscar el equilibrio. También he encontrado que no hay diferencia entre lo que vivimos en diferentes contextos, entre las mujeres que tienen más oportunidades y las que no; lo único que cambia es el nivel de aprendizaje y de retos.

En mi trayectoria he constatado que así como algunas mujeres tienen que aprender a no depender del gobierno para lograr sus propios ingresos, otras tienen que moverse, salir de sus comunidades y buscar ayuda con el cuidado de los hijos para poder viajar. La mayoría luchan por la libertad en la vida de pareja, por la no discriminación en sus propias comunidades y, desde luego, por no ser excluidas del mercado laboral y del mundo.

He conocido mujeres que trabajan en casa y cuidan de los hijos, que se enfrentan al reto de no dejar de lado sus ilusiones y sus proyectos de vida, de no volcar todo lo que les da sentido en los otros. Su propósito es maravilloso y contribuye de manera importante a la construcción de nuestra sociedad, pero también estoy segura de que desean una vida propia que las haga felices.

Todas las mujeres que emprenden aprenden que no pueden hacerlo solas, se dan cuenta de que el propósito y el sentido de lo que desean hacer es suyo y de nadie más. Es por ello que en este libro hablo de creencias importantes para mí, porque mi camino no ha sido muy distinto del de tantas otras. Mi propósito de vida ha surgido del aprendizaje con mujeres, de experimentar juntas un mismo proceso: el de estar alerta para nunca dejar de soñar, nunca dejar de lado mi proyecto y equilibrar el sentido de mi vida personal con mis hijos, mi pareja y todas las exigencias del entorno.

Mi propósito hoy, y hacia el futuro, es ayudar a que cada mujer pueda confiar en sus deseos más profundos y que juntas podamos construir un mundo mejor, más justo, más equitativo, más amoroso, más equilibrado. Un mundo en el que los niños puedan jugar y disfrutar, sin violencia, sin inseguridad. En el que todos vivamos con esperanza, con confianza, sabiendo que el estudio y el trabajo son la mejor herencia; donde podamos emprender y contribuir con la misma fuerza y con el mismo compromiso, aceptando las diferencias de oportunidades, pero luchando para que todos las tengan.

En estas páginas no hablo desde la academia, las estadísticas o los estudios; solo expreso lo que la vida me ha enseñado gracias a mi trabajo profesional, que es donde he aprendido quien soy, y también desde mi experiencia como madre de una mujer y dos varones con quienes he constatado estas vivencias al emprender, al ser profesionistas y al tomar decisiones de vida.

Deseo que todas las mujeres que hoy dudan de sus decisiones sepan que no están solas, que las que han perdido sus sueños los recuperen a costa de lo que sea, que aquellas que viven en desesperanza puedan despertar y ver que el futuro es posible y está sus manos: que ninguna más viva en la soledad, en la depresión o con esa sensación de que la vida la decide alguien más, no su corazón.

A todas estas mujeres, y a las que sí están inspiradas, a las que han emprendido, a las que tienen grandes sueños y ambiciones, a todas las invito a ser parte de este camino acompañado y solidario. Desearía hacer realidad el «hoy por ti, mañana por mí» y que algunas de nosotras pudiéramos ser el bastón de otras para poder seguir juntas, siempre hacia adelante.

En esta trayectoria social, lo que he dado a cada mujer que se ha cruzado en mi camino me ha regresado en altas dosis de gratitud, de alegría y de solidaridad; porque con cada momento que paso en una comunidad, en contacto con la sencillez de la vida, con el bosque, la tierra y el sol brillante, encuentro que mi vida en la ciudad no es mejor. Cada vez que comparto con una mujer que vive el día a día y es feliz con lo poco que tiene, me pregunto si teniendo un poco más soy también más feliz que ella, y descubro que esa felicidad es relativa y que no podemos decirle a nadie cómo tiene que vivir para alcanzarla.

Contribuir a la vida de otras mujeres ha sido mi camino, pero ahora reflexionando sobre lo que las hace felices. Cada una tiene su propio viaje, y cada elección es respetable, por lo que debemos aceptar que no siempre el nuestro es el mejor. Pero lo verdaderamente importante es que exista esa brecha que recorrer, un anhelo, un sueño que nos guíe hacia una vida plena, alegre, llena de satisfacciones, en lugar de vivir en la desesperanza y el sufrimiento que, desafortunadamente, abaten a muchas mujeres de nuestra sociedad hoy en día. Este es mi propósito: ayudar a que cada mujer construya un camino propio. Espero que este libro te ayude a descubrir el tuyo.

Introducción

Mira a tu alrededor: a tu familia, a tu comunidad, a la escuela de tus hijos y pregúntate ¿somos iguales las mujeres y los hombres? ¿Nos interesa lo mismo? ¿Actuamos de la misma forma? ¿Atendemos a la familia y a los hijos con la misma responsabilidad? ¿Podemos trabajar con la misma libertad? ¿Hay igualdad en todo lo que hacemos?

No dudo que algunas de nosotras podamos decir que sí, que contamos con una pareja responsable que también se encarga de los hijos, de la casa o que trabajamos a la par. Incluso, hay mujeres que dicen que se entienden perfecto con hombres que piensan igual que ellas, y que sienten la misma libertad para hacer todo lo que ellos hacen. Siempre hay casos que nos pueden sorprender.

Sin embargo, aún vivimos haciendo fuertes distinciones entre niños y niñas, entre hombres y mujeres. ¿Qué estudian los niños y qué las niñas? ¿Qué permisos das a tus hijos y cuáles a tus hijas? ¿Quién lava los trastes en la casa? ¿Quién cuida al bebé? ¿Quién trabaja fuera de casa y quién controla el dinero? ¿Quién toma las decisiones importantes?

Estas son solo algunas de las diferencias que aún subsisten en la sociedad, y no son culpa de los hombres o de las mujeres, sino que son una herencia que ha pasado de generación en generación sin que podamos hacer mucho por evitarlo. Y todo esto que sucede dentro de la casa, en el trabajo, en la empresa y la comunidad es producto de lo que «creemos» que es lo correcto, de lo que se espera de nosotros, de lo que consideramos adecuado en cada situación.

Si «creemos» que solo las mujeres cuidan bien a los bebés, no damos oportunidad a los hombres de hacerlo. Si «creemos» que ellos son los proveedores y responsables de lo que hay en casa es porque no nos vemos a nosotras mismas como tales. Si «creemos» que los niños deben ir a la escuela y las niñas ayudar en las labores domésticas, ese será el patrón que enseñaremos sin cuestionar. Es muy importante reflexionar sobre estos aprendizajes heredados porque, definitivamente, tienen una gran influencia en las decisiones que tomamos y en las acciones que llevamos a cabo en nuestra vida.

¿Por qué hablar sobre las creencias de las mujeres?

Hace treinta años que trabajo con mujeres, y durante este tiempo he observado que estas y otras «ideas» son las que en realidad generan las diferencias y nos hacen tomar ciertas decisiones, algunas ventajosas y otras no. En particular, cuando se trata de emprender hay «creencias» que son determinantes: «lo haré yo porque nadie tendrá mi toque», «tiene que ser barato para vender», «solo los hombres son creativos en los negocios», «lo hago de ma-nera informal para no arriesgarme».

Es probable que al leer este libro algunas mujeres se identifiquen con más de una de las «creencias» que expondré; otras quizá sientan que las han transformado o habrá quien diga que ya no ve distinciones de género: todo dependerá de las oportunidades de cambio que cada una haya experimentado. Sin embargo, la cultura sigue siendo ese espacio en donde se refuerzan una gran cantidad de «creencias» que pasan desapercibidas y que, precisamente por ello, no consideramos como una posible fuente de fracaso. De ahí que sea importante observarlas.

Cuando miro a mi alrededor pienso que a pesar de todos los avances sociales y económicos, de la participación de las mujeres en la economía, de los avances en tecnología y de la modernidad en general, no veo un mundo mejor o más equilibrado. El nivel de estrés, de ansiedad, de pri-sa y agotamiento, de insatisfacción y desesperanza es preocupante, así como los niveles de depresión y de falta de sentido. En algunos casos, la doble o triple jornada de las mujeres las agota y desanima, al grado de llevarlas a abandonar su vida personal, sus sueños y hasta su propósito de vida.

¿Existe una mayor equidad hoy en día? Creo que sí, sobre todo si miramos cómo la mujer se ha sumado a los espacios políticos, económicos y sociales. No hay duda de que hemos ganando terreno en diversos ámbitos, en posiciones laborales dentro del gobierno, en las empresas y en todos los espacios públicos, de manera lenta, pero segura. No hay duda, hay avances.

Ciertamente también hay progreso cuando las mujeres crecen profesionalmente a la par de hombres que las acompañan e impulsan en su empresa o en la actividad comunitaria. Antes era impensable que una mujer exitosa pudiera tener pareja porque era imposible que un hombre aceptara vivir con una pareja más valorada que él o que tuviera mayores ingresos. Hoy es una posibilidad y una realidad que vemos con más frecuencia, por lo menos en las sociedades avanzadas. En algunas comunidades las mujeres ya no tienen conflicto al trabajar porque sus parejas lo han aceptado sin problema.

Creo que hay cambios importantes cuando observo algunas relaciones de pareja, pocas aún, en las que ha sido posible intercambiar roles y generar acuerdos para el cuidado de la familia. Al trabajar con jóvenes —y a través de mis propios hijos— percibo transformaciones importantes en los papeles que desempeñan. Me encanta ver cómo mi hijo se levanta a preparar a sus niñas para ir al colegio, mientras su esposa trabaja desde temprano; aprendió a peinarlas a capricho y se organiza para preparar el desayuno, mochilas y uniformes.

También me ha tocado ver a padres que se quedan en casa mientras su esposa sale a trabajar, o a parejas que se turnan las responsabilidades para lograr ese equilibrio que dé seguridad a sus hijos. Esto era impensable en mi época, salvo por los casos en los que el papá se quedara viudo o la mamá abandonara a los hijos, pero aun en esas circunstancias, generalmente las abuelas o las tías daban un paso adelante para asumir la responsabilidad.

Aún no se puede decir que este sea ya un comportamiento común y generalizado, o que esta «ayuda» que ahora recibimos distribuya la responsabilidad equitativamente en todos los casos. Me parece que se requieren muchos cambios sociales más para que hombres y mujeres participen por igual en el hogar, con el mismo nivel de responsabilidad respecto al cuidado de la casa y de los hijos. Todavía hace falta transformar muchas realidades: madres solteras, mujeres que viven con violencia, mujeres en comunidades aisladas o en pequeños pueblos, mujeres que no han tenido oportunidad de educarse, de acceder a otros recursos, de pelear por sus derechos. Miles que aún viven en condiciones de profunda desigualdad, incluso abusadas y explotadas sin que nadie lo note (o le importe).

Cuando hablamos de emprendimiento de mujeres las diferencias importantes surgen con la llegada de los hijos porque, si bien existen relaciones más equitativas que aún hoy son «garbanzos de a libra», la mayoría enfrenta la responsabilidad completa en el cuidado de los hijos y los padres, perpetuando esta doble y hasta triple jornada. Hay muchas mujeres que tienen que cumplir con un horario laboral completo y dejan a sus niños en una guardería o a cargo de otra persona; terminando su jornada llegan a casa a cocinar, a limpiar, atender tareas y todas las responsabilidades de la familia.

Esta situación es muy difícil, sobre todo si se considera que las mujeres que participan en áreas profesionales tienen que ajustarse a las normas, horarios y exigencias de un mundo laboral masculino que difícilmente entiende las necesidades de las madres y padres. Esto genera un tremendo estrés para quienes «malabarean» entre una vida familiar responsable y una vida profesional que no da opción para ello. Poco a poco se revelan los problemas de hijos no atendidos, de padres y madres ausentes, de chicos educados por terceras personas que no necesariamente les dan el afecto y la educación que requieren, detonando problemas sociales imposibles de resolver fuera de casa.

No se trata solo de hablar de mujeres o de hombres y sus diferencias, ni de quién actúa bien y quién no lo hace, se trata de reflexionar sobre cómo construir una sociedad que priorice a la familia, la educación, el cuidado de los hijos, la alimentación, la protección de los padres mayores y una vida cotidiana segura y equilibrada. Se trata de hablar del mundo que tendrán las siguientes generaciones, que son quienes vivirán las problemáticas que hoy se generan. Si no cambiamos la mirada será difícil transformar una realidad que va dejándonos insatisfechos, con más violencia e inseguridad y sin esperanza en el futuro.

Paradójicamente, esta realidad ha sido una gran oportunidad para que las mujeres decidan emprender su propio negocio, uno que les permita libertad de horarios, flexibilidad para atender a los hijos y la posibilidad de una vida personal y profesional equilibrada. Esta es, quizá, la primera razón por la que las mujeres emprenden y también una característica de su manera de hacerlo: quieren lograr un equilibrio y buscan estructuras que lo permitan.

No es nada fácil desarrollar un negocio y lograr que genere ingresos, pero al menos es posible diseñar la manera en que cada una de nosotras desea trabajar. Estas preocupaciones, deseos y «creencias» sobre la vida y el trabajo son la base para entender por qué las mujeres emprendemos con ciertas particularidades y elegimos desde otros lugares.

Al trabajar con mujeres he descubierto que los valores femeninos abren una perspectiva diferente porque hemos sido, tradicionalmente, quienes creamos vida, cuidamos de ella, protegemos y nutrimos para que otros crezcan. Esta cualidad nos proporciona una mirada diferente al enfrentarnos al futuro por varias razones:

• Valoramos el cuidado de la gente por encima de todo. La creación de bienestar para los trabajadores y sus familias, el equilibrio entre el trabajo y la salud, entre la profesión y el hogar, siempre bajo una visión que da especial importancia a la educación, la salud y el desarrollo personal.

• Damos importancia a la protección de los espacios comunitarios, de las escuelas, de todo lo que contiene, protege y cuida de la vida de otros. Por encima de la tecnología y de la modernidad, los valores familiares y comunitarios son prioridad en nuestra vida cotidiana.

• Imaginamos negocios que den lo suficiente para vivir bien, no para producir riquezas desmedidas que generan grandes brechas en la distribución del ingreso. Lo pequeño es suficiente si da para vivir bien, ¿por qué hacerlo, entonces, tan grande y exitoso si desequilibra la vida personal y familiar?

• Buscamos trabajar más desde casa y tener tiempo libre para atender los momentos importantes con los hijos. No hace mucho comenzamos a escuchar el término home office en las grandes empresas, sobre todo a raíz de la pandemia por la COVID-19, sin pensar que las mujeres lo hemos practicado como una manera natural de trabajar. Hombres y mujeres podríamos apoyar el trabajo en el hogar gracias a políticas flexibles que ayuden a mantener una sociedad más sana.

• Pensamos en el uso de la tecnología como medio para comunicarnos, para trabajar, para lograr mayor eficiencia, no como un fin sin propósito particular. Preocupa el exceso de tecnología en la educación de los hijos, los riesgos que conllevan las redes sociales, la falta de convivencia en el hogar y muchos otros temas que vamos constatando cuando se trata de nuestros hijos y de las familias. Por ello preferimos ver la tecnología como una herramienta al servicio del mejoramiento de la vida.

Y así podría seguir con más ejemplos en muchas áreas en las que es urgente incorporar una visión de lo femenino y lo masculino, de lo macro y lo micro, de lo global y lo cotidiano, de la eficiencia y la calidad de vida, del progreso y los límites.

Mi deseo al escribir este libro es provocar reflexiones en torno a estas diferencias, que son precisamente los valores para construir una sociedad distinta, y no tanto para cambiarlas o descartarlas. Se trata de una reflexión para redefinir el éxito e imaginar escenarios más equilibrados que pueden traer otro tipo de «éxito» al juego. Con una visión femenina incorporada en todos los espacios, el mundo daría la vuelta para cuidar esa generación de vida que comienza en la familia y que crece en el entorno social.

No busco generalizar ni hablar con la verdad sobre la inequidad de género, tampoco deseo hacer una disertación académica sobre el tema. En este libro abordo los temas de inequidad que, en mi experiencia, afectan el emprendimiento de mujeres, así como las creencias femeninas que son valiosas y pueden contribuir a la construcción de una sociedad diferente. Considero que hablaré por muchas mujeres que, como yo, quieren realizar sus anhelos y sueños sin dejar de lado su contribución como madres, hijas, parejas, amigas y su equilibrio para vivir bien.

A ellas dedico este texto, y también a los hombres que deseen aprender sobre ellas, sobre esta mirada y sobre las ventajas de desarrollar habilidades femeninas para vivir mejor.

Capítulo 1

«El emprendimiento no es lo mío» versus las mujeres emprendemos en tres espacios: el empresarial, el social y el político

Creemos que el emprendimiento es para seres creativos, atrevidos y con recursos que se lanzan a la aventura arriesgándolo todo. Nos han enseñado que emprender es difícil, que requiere de mucho dinero y supone un gran esfuerzo de catorce horas de trabajo al día.

En el diccionario encontré la siguiente definición: «Emprender significa acometer y comenzar una obra, un negocio, un empeño, especialmente si encierran dificultad o peligro». No se imaginan cuánto puede influir una afirmación planteada de esta manera en nuestra decisión de iniciar un negocio.

Por ello, este primer capítulo nos preparará para cambiar la percepción que tenemos del aprendizaje y así perderle el miedo a iniciar lo que deseamos. Soy una apasionada de este tema porque estoy convencida de que es la principal habilidad para crecer, y porque sin ella, no es posible emprender. Sin embargo, hay creencias que frenan y limitan nuestro aprendizaje, al igual que nuestra capacidad para iniciar un proyecto.

El emprendimiento

Comenzaré por plantear los tres elementos que se necesitan para emprender, que normalmente no nos enseñan, pero que a mí me han guiado durante mi vida profesional:

1. Tenemos que ofrecer un producto o servicio único, diferente y atractivo para que sea bien recibido y la gente quiera tenerlo o experimentarlo: para que lo prefiera por encima de otros parecidos.

2. Tenemos que cumplir lo que ofrecemos de manera impecable para que nuestros clientes obtengan lo que esperan y confíen no solo en el producto o servicio, sino en nosotras.

3. Tenemos que conservar el propósito original que nos llevó a emprender para no defraudar a las personas: mantener la calidad, la idea, las condiciones que ofrecemos, lo que el cliente espera. No dar «gato por liebre», como dice el refrán.

Cada uno de estos elementos ha dado origen a varios capítulos de este libro, espero que puedan ser una guía para ayudar a las mujeres a crear un maravilloso emprendimiento, y también a los hombres ¿por qué no?, muchos de ellos también pasan por estas mismas reflexiones. Así que te invito a continuar leyendo para que conozcas más de estos elementos tan importantes.

Se suele pensar que emprender significa iniciar una empresa porque ambas palabras tienen la misma raíz, «empresa»/«emprender»; sin embargo, el emprendimiento puede darse en tres ámbitos diferentes:

• El empresarial

• El social

• El político

Distinguir estos tres espacios permitirá identificar aquel donde nos sentimos más cómodas o para el que tenemos más habilidades. Algunas mujeres tienen más clara su vocación empresarial y deciden ofrecer un producto o servicio que les genere ganancias. Esto no quiere decir que no puedan tener un propósito social, como sucede ahora con muchas empresas que también buscan dar un bien común a la sociedad, pero es claro que el propósito principal de estas es obtener beneficio a través de utilidades para las socias.

Otras mujeres hemos optado por el camino social a través de organizaciones civiles sin fines de lucro, en donde el objetivo es resolver una problemática. Estos organismos han ido cambiado para demostrar que pueden ser un modo de vida económicamente viable, sin dejar por ello de tener como prioridad su causa. Es un sector que agrupa a una gran cantidad de mujeres, quizá como evidencia de la vocación heredada de servir a los demás.

Hay quienes optan por la vida política desempeñándose como diputadas o senadoras, o como activistas que impulsan la transformación de políticas públicas para generar un bien común y un mundo mejor. Me ha tocado compartir el proceso de mujeres en comunidades que, después de la experiencia empresarial, decidieron ser «mayordomas» para dirigir eventos grandes e importantes; también de aquellas que participan en el Cabildo de su municipio para ser parte de las decisiones locales. Con ellas he aprendido que, en la base, su trabajo no es diferente al de una empresa o una organización civil, ya que también ofrecen un beneficio que tiene que ser atractivo a quienes lo reciban, de otra manera no tiene éxito.


Sin la capacidad para aprender, es imposible emprender.

Sin importar la opción que cada una elija, los tres elementos son indispensables. Sea un producto o servicio, un proyecto social o una iniciativa política, lo que se ofrece es algo valioso que debe entregarse de manera impecable y mantenerse de manera congruente a través del tiempo para que la gente lo acepte y confíe en lo que se ofrece. Parece simple, pero a lo largo de estos capítulos descubriremos las ventajas y las dificultades que las mujeres enfrentamos para lograrlo.

Estoy convencida de que aprender y emprender son dos procesos que van de la mano. Primero porque involucran los mismos estados emocionales: temor, incertidumbre, inseguridad, entusiasmo y pasión. Cuando desarrollamos una nueva habilidad pasamos por todos ellos, y de eso depende nuestro aprendizaje y emprendimiento.

El aprendizaje

Aprender es una habilidad que se pierde poco a poco con la edad. Cuando somos niños podemos abrirnos fácilmente a que alguien nos enseñe prácticamente todo lo que necesitamos para subsistir y crecer. Paulatinamente, la escuela y la familia nos enseñan que hay que «poder solos», sin que nadie nos diga lo que tenemos que hacer... Así, paso a paso, vamos creciendo con la fantasía de que podemos solas y que, además, tenemos que saberlo todo porque «no saber» es sinónimo de debilidad.

Recuerdo momentos con mis hijos, todavía en la primaria, en los que llegaban a pedir ayuda para alguna tarea. Cuando comenzaba a explicarles me descalificaban diciendo: «No, así no es como me dijo la maestra» o «tú no sabes, yo puedo solo». ¿De dónde viene esta arrogancia a los ocho años? ¿Cómo es que vamos perdiendo la apertura para que otros nos enseñen? ¿Qué transmitimos como actitud frente a la vida y al aprendizaje?

Solo se aprende cuando reconocemos que «no sabemos», y es precisamente por ello que buscamos quien nos enseñe. Suena obvio lo que digo, pero es asombroso ver lo difícil que resulta dejarnos enseñar. Nos cuesta traba-jo que alguien nos señale lo que hacemos mal, no nos gusta que nos cuestionen, no es cómodo que nos digan cosas negativas sobre lo que vamos aprendiendo, ni tampoco es fácil reconocer que la otra persona sepa más. Incluso, creo que las nuevas generaciones de jóvenes tienen mucha dificultad con el reconocimiento de la autoridad, lo que hace más difícil que se dejen enseñar.

Por eso me gusta la palabra «emprendizaje», porque expresa precisamente estos dos procesos mostrando que, sin la capacidad para aprender, es imposible emprender. Así que lo primero que necesitamos para iniciar esta experiencia es mirarnos a nosotras mismas, analizar nuestra apertura para escuchar y ser guiadas, para tomar decisiones y dejarnos enseñar. ¿Qué implica esto?

• Reconocer lo que no sabemos, lo que no entendemos bien, lo que no podemos ver.

• Decir «no sé» sin miedo, sin vergüenza, sin temor a parecer débiles.

• Buscar y elegir a quien pueda enseñarnos.

• Dejar que nos enseñen sin respingos, obedeciendo y siguiendo instrucciones, haciendo la tarea.

De nuevo parece sencillo lo que digo, pero recuerdo bien muchos momentos en los que enseñábamos a mujeres bordadoras expertas que habían aprendido desde niñas su labor con alta calidad. Cuando les pedíamos cambios para modernizar el bordado o para cambiar los colores que usaban, encontrábamos una fuerte resistencia: ellas sabían cómo tenía que ser el bordado, nadie podía decirles cómo hacerlo. La resistencia es natural, creemos que sabemos y nos molesta que nos muevan de ese lugar cómodo.

Y no es distinto en otros lugares. Cuando enseñaba a cocineras a cambiar sus ingredientes o recetas para responder a un nuevo cliente que pedía algo diferente, enfrentaba la misma incomodidad y obstinación, pues no entendían que alguien quisiera algo distinto porque siempre les había funcionado su estilo de cocina.

Entre mujeres nos cuesta mucho aceptar que alguien más nos diga cómo educar a los hijos, quizá porque sentimos que nos cuestionan, que nos juzgan y esto nos hace sentir incapaces cuando, en realidad, es simplemente una persona que trata de ayudarnos a identificar un problema; pero suele suceder porque pensamos que es un espacio en el que «deberíamos ser buenas» y nos cuesta trabajo aceptar no serlo, y de eso se trata saber aprender: de abrirnos a «no saber», a «no entender» y de tratar de «cambiar lo que tenemos seguro», de dar el paso a una nueva acción.

Así es el emprendimiento y nunca será exitoso por el camino solitario. Emprender implica abrirse a escucharlo todo, lo que nos gusta y disgusta, lo que nos cuestiona y amenaza, así como lo que puede entusiasmarnos y guiarnos al éxito. Aprender y emprender provocan emociones gratas y desagradables, por lo que tenemos que estar dispuestas a vivirlas y a tomar decisiones a partir de ellas.

La experiencia me ha hecho constatar que las mujeres tenemos grandes ventajas para aprender. Por ejemplo, asumimos fácilmente nuestras emociones, las vivimos, las expresamos sin miedo a ser juzgadas; tenemos una mayor facilidad para perder el temor a lo desconocido, nos dejamos enseñar y guiar por otros cuando se trata de áreas profesionales, reconocemos a la autoridad sin problema cuando se trata de estructuras jerárquicas.

Sin embargo, tenemos que vencer otro tipo de emociones, las que frenan la acción. Cuando vivimos emociones negativas con frecuencia nos quedamos atoradas en el sentimiento, en culpar a otros, en victimizarnos sin poder dar el siguiente paso, ese que nos permita salir de ese estado emocional; tendemos a dar mayor valor a las emociones que a los hechos, por lo que perdemos la oportunidad de percibir lo que sucede de otras maneras que pueden llevarnos a tomar mejores decisiones.

Por ello, nuestro éxito dependerá de cómo enfrentemos nuestras experiencias en el «emprendizaje»:

• Ser humildes para reconocer lo que sí sabemos hacer y lo que no hemos aprendido, aun cuando esto sea muy incómodo.

Martha, de Xalpalcingo, Puebla, tiene grandísimas habilidades para bordar, pero sentía pánico de participar en un grupo dedicado a bordar vestidos de novia en telas finas porque, para ella, no era lo mismo que hacerlo en telas tradicionales. Un día se animó y, junto con otras compañeras, logró un trabajo único, exquisito, con la calidad esperada para realizar este tipo de labor.

• Buscar ayuda para aprender e iniciar las acciones necesarias. Esta actitud será la base de lo que logremos, de la eficiencia y la productividad. Quitarse la pena, perder el miedo y dar el paso.

Celia había prometido un pedido grande de conservas a un cliente nuevo, pero tuvo problemas con la fruta y no entregaría a tiempo. Se atrevió entonces a llamarle al cliente para expresarle su problema y pedirle un poco más de tiempo. El cliente la ayudó a contactar a un proveedor que, de ahí en adelante, le surtió de todo lo que necesitaba.

• Vencer el temor a comenzar a sabiendas de que siempre podemos equivocarnos, de que es posible que otros nos ayuden y que podemos aprender.

Tere me había dicho miles de veces que quería poner una tienda de regalos porque en su zona no había nada parecido. Pasó años imaginando todos los riesgos que enfrentaría y con un tremendo temor a equivocarse, hasta que un día buscó a una persona de la localidad que tenía recursos y le pidió que se asociaran; fue entonces que pudo dar ese paso y hoy está aprendiendo como mejorar y crecer.

• Confiar en nuestra capacidad para aprender sobre la marcha, a cambiar el rumbo constantemente y a saber identificar lo que resulta bien y lo que tiene que modificarse.

En la esquina de mi casa hay una papelería que comenzó hace unos años, era muy pequeñita. Cada vez que les pedía algo que no tenían me decían que regresara al día siguiente a recogerlo. Lo que hacían era escuchar y sumar el producto faltante a su inventario, así respondían a la demanda del vecindario. Hoy tienen una papelería tres veces más grande que cuando iniciaron y venden lo que nunca imaginaron.

Cuando vemos un gran proyecto o una gran empresa con recursos, con muchas personas, con muchos clientes, tenemos que pensar que seguramente inició siendo chiquita, que atravesó por años de batallas con pocos recursos, por dudas e incertidumbres y, quizá, momentos de crisis. Lo que vemos ahora es el resultado del tiempo, pero no vemos todo el esfuerzo que hubo detrás ni todo lo que implicó llegar ahí.

Siempre es mejor comenzar y arriesgar que quedarnos detenidos solo por la duda. Es mejor fracasar y aprender que no hacer y no aprender. Todo comienza con pequeños pasos en los que mucha gente puede ayudarte. ¡No te detengas!

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Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
22 października 2025
Objętość:
133 str. 6 ilustracji
ISBN:
9786078704439
Wydawca:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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