Czytaj książkę: «Un compromiso anunciado»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1999 Carole Mortimer

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un compromiso anunciado, n.º 1520 - noviembre 2020

Título original: Their Engagement is Announced

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-879-0

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

LA CAMPANILLA de la puerta tintineó con la alegría acostumbrada, anunciando la llegada de un cliente. Pero aquel inocente sonido no podía avisarla de que Griffin Sinclair estaba a punto de irrumpir en su vida de nuevo.

–¿Izzy? ¡Izzy! Solo pasaba para… ¡Santo cielo, chica! ¿Qué demonios te has hecho? Tu prometido, mi querido hermano Charles, lleva casi un año muerto. ¿Es que nadie te ha explicado que los allegados a una persona fallecida ya no tienen que vestir de luto tanto tiempo?

La personalidad y franqueza de aquel hombre siempre la hacían sentirse incómoda, a pesar de que no lo veía desde el funeral de Charles, diez meses atrás.

–¿Izzy, estás enferma? –le preguntó, frunciendo el ceño–. ¿Izzy? –repitió con impaciencia.

–Dora –dijo finalmente en tono suave.

–¿Cómo? –Griffin estaba cada vez más enojado.

–Me llamo Dora –le repitió con firmeza, algo más recuperada de la impresión que le había causado el volverlo a ver–. ¡Y cierra la puerta si te vas a quedar! ¡Hay corriente!

Cerró la puerta y se acercó a ella.

–En primer lugar, nunca me ha gustado el nombre de Dora –dijo, desestimando con arrogancia su primera afirmación.

A Dora se le ocurrió que Griffin Sinclair parecía totalmente fuera de lugar en su librería. Llevaba unos tejanos tan viejos y descoloridos como las botas marrones que calzaba, una camiseta negra y una cazadora de cuero marrón. Pero, a pesar de la indiferencia que parecía mostrar hacia la ropa que vestía, la fuerza y el dinamismo de su cuerpo eran patentes, como un león que estuviera a punto de saltar sobre su presa.

Dora decidió que era el tipo menos ortodoxo que había visto en su vida. Tenía el pelo castaño dorado y mucho más largo de lo que lo llevaba la última vez que lo había visto. El largo de aquellos cabellos contrastaba con un rostro de facciones duras, que parecían talladas en piedra: el mentón cuadrado, los labios carnosos, la nariz recta y arrogante, y unos maravillosos ojos verdes.

En realidad siempre le había costado creer que Griffin fuera el hermano pequeño de Charles.

–No me parece que tenga importancia si te gusta o no mi nombre, Griffin.

–Bueno, me encanta el nombre de Izzy –dijo deliberadamente despacio–. E Isadora me gusta bastante; el único que no soporto es Dora –hizo una mueca de asco–. ¡Es nombre de heroína de Dickens!

Griffin se dio una vuelta por la tienda con una expresión burlona en el rostro, que demostraba lo que pensaba acerca de los clásicos que los rodeaban.

–Dora es nombre de solterona y de mujer anticuada –añadió, después de mirarle la ropa que llevaba puesta–. Isadora es más elegante –Griffin continuó diciendo–. Pero Izzy… Bueno, Izzy ya es otra cosa –murmuró con admiración.

Dora se sonrojó de tal modo que el color de sus mejillas semejaba al de su cabello.

–Creí que habíamos acordado no volver a referirnos a eso nunca más –le soltó con aspereza.

Él se encogió de hombros quitándole importancia al asunto.

–Eso era antes. Ahora las cosas han cambiado.

–No para mí –lo interrumpió Dora.

Sus ojos verdes la miraron de nuevo de arriba abajo.

–Eso está claro –se burló, sacudiendo la cabeza con gesto reprobador–. Charles era mi hermano, Izzy, y como tal lo amaba pero también conocía sus fallos. Y hay algo de lo que estoy totalmente seguro… No era el tipo de hombre que inspiraría un amor tal que a su muerte provocara un duelo de por vida.

Dora lanzó una exclamación entrecortada.

–Eres tan…

–¡Por Dios, mujer! –continuó diciendo Griffin–. Incluso mi madre se ha recuperado del golpe que la muerte de Charles supuso en sus planes para perpetuar la fama de nuestro apellido. Y ambos conocemos su empeño en que Charles hiciera una buena boda; y en que siguiera los pasos de nuestro padre en la política y, al final, recibiera un título de sir –dijo Griffin haciendo una mueca de burla.

Pero Griffin no mentía. Dora siempre había sabido lo que Margaret Sinclair ambicionaba para su hijo mayor: que siguiera la carrera política que su padre había abandonado a su muerte veinte años antes. Y Dora Baxter, hija de un famoso catedrático de universidad hasta su jubilación hacía diez años, había sido la elección perfecta para Charles.

Desgraciadamente, Charles había muerto en un accidente de tráfico hacía diez meses y con él todos los planes de Margaret. Y aunque a Griffin Sinclair le hubiera interesado la política, que no era el caso, no era de los que se dejaban moldear por las ambiciones de otra persona, y menos aún por las de su madre.

–Y además, estoy seguro de otra cosa –continuó diciendo Griffin–. Si en lugar de conducir él hubieras conducido tú y hubieras sido tú la muerta, él no te estaría guardando luto diez meses después. Pasado el tiempo de rigor habría empezado a buscarte una sustituta; y si no, lo habría hecho mi madre, para que Charles pudiera continuar con su carrera.

Dora sabía que en eso tampoco mentía y la crueldad de aquellas palabras acentuó la palidez natural de su rostro.

–¿Y tú, qué? –la provocó Griffin–. ¿Aún no te ha buscado tu padre un buen partido para poder moldearlo a su gusto?

Dora pensó en Sam, un médico con quien había salido varias veces durante aquellos últimos meses, y supo que no coincidía en absoluto con la descripción de Griffin. Sam estaba completamente dedicado a su trabajo; pero ocurría que Dora no sentía por él nada especial. Y sabía que a su padre, que tan solo lo había visto en una ocasión, no lo había impresionado demasiado.

–Sabes, estando tu padre y mi madre viudos los dos y siendo tan parecidos, no sé por qué no se casan; ambos son crueles, maquinadores…

–Mi padre murió la semana pasada, Griffin –Dora lo interrumpió en tono seco–. Por eso estoy de luto.

Por un instante se quedó perplejo y luego hizo una mueca irónica.

–¿Estás segura? ¿Lo comprobaste antes de que…?

–¡Griffin! –exclamó, sin poder dar crédito a la falta de consideración hacia su dolor.

Había pensado muchas cosas de Griffin, pero no que fuera una persona insensible…

–No entiendo por qué has odiado siempre a mi padre. ¿Qué te hizo, Griffin?

Que ella supiera, lo único que su padre había hecho era mostrarse contrario al estilo de vida del hermano de Charles.

Griffin representaba todo lo que su padre despreciaba en un hombre: no tenía un hogar fijo y trabajaba cuando le daba la gana. Y en cuanto a ese pelo… No, jamás le había gustado Griffin. Pero lo que no lograba entender era por qué este sentía lo mismo hacia su padre… Fuera lo que fuera, ambos hombres se habían odiado desde el día en que se conocieron.

–Griffin, al entrar has dicho que habías venido a hacer algo –le recordó con firmeza–. Quizás te decidas a decirme de qué se trata y así podré seguir trabajando –lo miró fijamente con sus ojos grises.

Él echó una significativa mirada a su alrededor, hacia las estanterías que almacenaban principalmente libros encuadernados en piel.

–La tienda no está que se diga llena de clientes –dijo en tono seco–. ¿Qué vas a hacer con ella ahora que tu padre no está? Venderla, me imagino –asintió como respuesta a su propia pregunta.

–No tengo la intención de vender esta tienda –Dora saltó indignada–. Yo… tengo mis propios planes; quiero hacer cambios –añadió con cautela.

Aún le parecía algo irrespetuoso el hecho de hablar de hacer cambios en la tienda que había sido de su padre durante diez años, dado que tan solo llevaba diez días muerto.

Su padre había sido un hombre bastante difícil. Desde la muerte de su madre hacía diez años, cuando Dora, que entonces tenía dieciséis, estaba haciendo los exámenes finales del bachillerato superior, habían vivido solos los dos. Tras superar los exámenes, Dora se había dedicado a llevar la casa y a ayudar a su padre en la tienda, aplazando sus propios planes para ir a la universidad.

Así, con veintiséis años, Dora era finalmente libre para poder continuar con sus antiguos planes. Sin embargo, después de tanto tiempo le daba la impresión de que ya era demasiado tarde. Tenía la casa, y aquella tienda, y la intención de disfrutar de la vida. ¡A pesar de las burlas de Griffin Sinclair!

Verdaderamente era un hombre increíble. No parecía seguir ninguna de las convenciones por las que se guiaban la mayoría de las personas. Su comentario acerca de la muerte de su padre, por ejemplo, había sido tremendo.

–¿Qué tipo de planes? –Griffin la observaba con los ojos entrecerrados–. ¿No me digas que estás pensando en convertir este lugar en un establecimiento del siglo XX?

Podía burlarse cuanto quisiera, pero sus planes eran solo asunto de ella y no pensaba discutirlos con él.

–Escucha Griffin, sé que esto te resulta difícil de creer –le dijo en tono provocador–, pero no toda la gente desea viajar por el mundo, sin un hogar, con una maleta de un lado a otro… Por cierto, ¿qué asunto tan importante te trae por aquí esta vez? –le preguntó.

Por la cara que puso, parecía que aquellas palabras lo habían molestado. Además, en realidad no estaba siendo demasiado justa con él. Lo último que había oído era que tenía un apartamento en Londres. Además, viajar era parte del trabajo de Griffin y siempre iba a hoteles de primera clase. Las guías de viaje que escribía tenían mucho éxito, y resultaban divertidas a la vez que informativas.

Claro que, en la tienda, no había ni un solo ejemplar de esos libros; su padre siempre había pensado que tales publicaciones estaban escritas en un estilo demasiado ligero y frívolo como para tomarlas en serio.

–Una crisis familiar –contestó con brusquedad–. Que por cierto me recuerda que… Oye –murmuró en voz baja al oír sonar la campanilla que había sobre la puerta–, me pondré a mirar los libros como si fuera otro cliente; así parecerá que tienes la tienda llena.

La señora que entró, de alrededor de sesenta años, miró a Griffin cuando este empezó a sacar un montón de libros de varios estantes.

La señora, que estaba hojeando unos volúmenes, empezó a mirar en dirección a Griffin cada vez con más curiosidad. Griffin no prestó ninguna atención a esas miradas, y siguió curioseando en una estantería donde había libros sobre animales prehistóricos.

Cuando le guiñó un ojo a Dora sin que la otra mujer lo viera, a ella casi le dio un síncope.

¡Qué hombre tan insoportable!, pensaba mientras lo miraba con cara de pocos amigos.

–Oiga, señorita –la señora se acercó a ella y le habló en susurros–. Ese joven que está ahí… –movió la cabeza en dirección a Griffin.

¡Joven! ¡Pero si ya tenía treinta y cuatro años!

–¿Sí? –Dora respondió atentamente.

–Se parece mucho a Griffin Sinclair –le dijo con emoción–. Ya sabe, el que hace esos programas de viajes en la tele –añadió al ver la expresión perdida de Dora–. ¿Cree que podría ser él? –añadió emocionada, y se ruborizó de la turbación que le producía el pensar que pudiera ser Griffin Sinclair.

Hasta ese momento, Dora no sabía que Griffin trabajara en un programa de televisión. Claro que no le sorprendía; en casa no tenía televisión. A su padre nunca le había parecido una buena manera de entretenerse y, de hacer algo, prefería escuchar la radio. Claro que ya…

–¿Por qué no va y se lo pregunta? –le sugirió Dora con naturalidad, mirando a Griffin con otros ojos.

En realidad tenía un físico y una presencia muy adecuados para aparecer en televisión. Y si la reacción de la señora era indicador de algo, seguramente tendría un montón de seguidoras.

–¿Cree que debería? –la mujer miró a Griffin con una mezcla de ansiedad y timidez.

–Pues claro que sí –le dijo Dora, deseando presenciar la reacción de Griffin hacia la obvia admiración que aquella mujer le profesaba.

–¿Pero, y si no fuera él?

–Estoy segura que se trata de él –le aseguró Dora, poniéndole la mano en el brazo–. Además –añadió con malicia–, dudo que haya algún hombre que pueda parecerse a él.

La mujer lo miró con adoración.

–Es único, ¿verdad? –suspiró con añoranza.

Único era una definición perfecta para Griffin; al menos Dora jamás había visto a nadie como él, ni parecido, ni en el físico ni en su manera de ser.

–Supongo que le pareceré tonta; eso es lo que me dice mi marido –reconoció la señora con pesar–. Pero la verdad es que adoro las novelas de piratas, aventureros y bribones, y Griffin Sinclair me parece como una versión actual de esos héroes.

–Venga –dijo Dora agarrando a la mujer del brazo–. Nos enfrentaremos juntas a este pirata tan especial.

Dora estaba segura de que Griffin se había dado cuenta que las dos mujeres se aproximaban a él, pero siguió fingiendo interés por los libros que tenía delante.

–¿Señor Sinclair? –Dora ladeó la cabeza–. Esta señora es una admiradora suya y le gustaría saludarlo.

Él se volvió con amabilidad para recibir el saludo de su seguidora y Dora los dejó charlando.

Griffin sabía perfectamente que en casa de los Baxter no había televisión por la aversión del padre de Dora y que a esta difícilmente le habría dado tiempo a comprar una desde la muerte del señor Baxter. Por eso era consciente de que, hasta que la mujer no se lo había comentado, ella no sabía nada de la aparición de Griffin en la televisión.

–… es tan amable por su parte, señor Sinclair –oyó decir a la mujer–. Lo guardaré siempre como oro en paño –añadió emocionada.

La señora se refería a un libro que Sinclair había insistido en comprarle; un par de minutos más tarde, cuando la mujer se disponía a salir, le abrió la puerta con galantería.

–Mira la cara que tienes, Izzy Baxter –le dijo Griffin mientras se sentaba sobre un extremo del mostrador–. Te conozco demasiado bien como para que puedas engañarme con esa calma aparente reflejada en tus ojos grises.

Dora bajó la vista inmediatamente.

–Lo cierto es, Griffin, que no me conoces en absoluto.

–Siento diferir contigo, Izzy –arqueó una ceja rubia significativamente–. Pero dejemos eso –dijo con ligereza mientras ella seguía mirándolo con frialdad–. Apuesto que es la primera biografía de Dickens que vendes con un autógrafo de Griffin Sinclair.

¿Eso era lo que había hecho? ¡Imposible!

–Dudo que eso haya aumentado su valor –le dijo en tono mordaz.

–¡Ay! –murmuró sin dejar de mirarla–. Al menos me alegro de que entre Charles y tu padre no consiguieran acallar del todo tu naturaleza divertida y resuelta –dijo con gravedad.

–Ni Charles ni mi padre me levantaron jamás la mano –se defendió indignada.

–No hizo falta –se burló Griffin–. Las continuas humillaciones pueden tener el mismo efecto que un golpe.

Dora lo miró perpleja durante varios segundos. Pero al ver que no tenía intención de disculparse por lo que acababa de decirle, se volvió y se puso de pie, ya que de repente sintió la necesidad de apartarse de aquel hombre.

–No haces más que decir tonterías –dijo con impaciencia–. Ahora me gustaría que me contaras a qué has venido y que te marcharas –como ocurría siempre que lo veía, Griffin la estaba sacando de sus casillas–. Y estoy seguro de que a tu madre no le haría mucha gracia si se enterara de que has venido a visitar a la prometida de tu difunto hermano.

Margaret siempre había estado en contra de la aparente familiaridad que Griffin había mostrado hacia Dora en el pasado y esta pensaba que la mujer seguiría pensando lo mismo al respecto, aun cuando Charles estuviera muerto.

Griffin se relajó.

–Sé de sobra que la opinión de mi madre no me interesa en absoluto.

Eso era algo que siempre le había llamado la atención en el pasado. Margaret Sinclair era una mujer alta y autocrática. Enviudó cuando sus hijos eran aún pequeños y adoptó el papel de cabeza de familia nada más morir su esposo.

Charles, el hijo mayor, había sido educado para seguir los pasos de su padre en la política y recuperar la antigua posición social de los Sinclair. Charlotte, como era la pequeña y la única hija, había sido educada para ser madre y esposa, aunque todavía no había hecho ninguna de las dos cosas, que Dora supiera. Griffin, el hijo mediano, era muy distinto a sus hermanos, tanto físicamente como en su forma de ser. Había sido el rebelde de la familia y no había encajado en ninguna de las carreras que a Margaret le hubieran gustado para él.

Y tras estar un tiempo tratando con la familia, Dora se había dado cuenta de que el de rebelde era un papel que Griffin adoraba.

–¿Y qué le ha parecido a tu madre lo de la televisión?

Él la miró de reojo, con sorna.

–¿A ti que te parece?

–Oh, no –Dora se echó a reír.

Se imaginaba perfectamente cuál habría sido la reacción de Margaret al ver a su hijo en un programa de televisión que, conociendo a Griffin, no sería demasiado serio. Pero, tal y como había hecho en el pasado, Dora tenía la intención de mantenerse al margen de la contienda que existía entre Griffin y su madre.

–Está horrorizada –le confirmó Griffin alegremente–. En realidad –siguió diciendo–, se enfadó tanto conmigo cuando se retransmitió el primer programa que se pasó un mes sin dirigirme la palabra. ¡Fue el mes más tranquilo de mi vida! –añadió con vehemencia.

Dora se echó a reír otra vez. La verdad era que hacía tiempo que no se reía…

–Y a pesar de eso, es a ti a quien recurre cuando hay una crisis familiar –eso último lo dijo a modo de pregunta. Margaret siempre había sido tan dueña de sí misma, tan capaz…

Griffin se encogió de hombros.

–Mamá no ha vuelto a ser la misma desde la muerte de Charles –frunció el ceño–. En realidad, fue eso lo que provocó la pelea entre Charlotte y ella.

–¿La muerte de Charles? –Dora lo miró con interés.

Los dos hermanos no siempre se habían llevado bien, siendo tan distintos en todos los sentidos, pero tanto Margaret como Charlotte siempre habían adorado a Charles; Dora no podía imaginar a las dos mujeres peleándose por él.

–Ha sido por culpa de una fecha –Griffin asintió sombríamente–. ¿Recuerdas a Stuart, el prometido de Charlotte? Pues bin, le han ofrecido un empleo en Estados Unidos y tiene que incorporarse dentro de un par de meses. Charlotte, naturalmente, desea marcharse con él.

–Y a tu madre no le hace gracia que los dos vivan juntos, ¿no? –Dora asintió, aunque no entendía aún qué tenía eso que ver con Charles.

Griffin soltó una carcajada.

–Desde luego que no le gustaría nada si ese fuera el caso –dijo con sorna–. Aunque creo que a sus veintiocho años Charlotte es lo suficientemente mayor para decidir lo que hacer su vida. Pero no, Charlotte y Stuart van a hacerlo como Dios manda y se van a casar. Fue la fecha que Charlotte puso para la ceremonia lo que provocó el problema. Dentro de cuatro semanas, contando a partir de este sábado –le explicó–. Así podrán marcharse de luna de miel antes de que Stuart se incorpore al nuevo trabajo.

–Deduzco que tu madre piensa que la fecha de la boda es una falta de respeto a la memoria de Charles –adivinó.

–No me digas que estás de acuerdo con ella… –dijo, mirándola otra vez de soslayo.

–No, por supuesto que no –contestó con impaciencia–. Tienes unas opiniones muy extrañas acerca de mí, Griffin –frunció el ceño, recordando uno de sus comentarios anteriores–. Me alegro mucho por Charlotte y Stuart –dijo Dora, que siempre había sentido cariño hacia la pareja; en realidad Charlotte era el único miembro de la familia con el que se había seguido viendo de vez en cuando tras la muerte de Charles.

–¿Porque se van a casar, o porque van a perder de vista a mi madre? –murmuró Griffin sombríamente.

Dora meneó la cabeza. Griffin era la persona más irrespetuosa del mundo.

–Estoy segura de que la intención de tu madre es buena, Griffin –razonó evasivamente; durante su corto compromiso con Charles, Dora se había dado cuenta de que Margaret sería una suegra imponente.

–¿Ah, sí? –Griffin la miró con los ojos entrecerrados–. Ojalá confiaras en mí –añadió con indignación–. Sea como sea, la boda sigue en pie y se celebrará dentro de cuatro semanas.

–¿Cómo lo has conseguido? –se preguntó Dora con curiosidad.

–Con chantaje –Griffin dijo en tono grave–. Pero ahora ya está hecho y, bueno, por eso estoy aquí hoy –se metió la mano en los bolsillos de la cazadora–. Para traerte en mano tu invitación de boda. Lo siento –hizo una pausa–. Parece que se ha arrugado un poco –le pasó un sobre algo doblado.

Dora miró el sobre con perplejidad. ¿Su invitación?

–No te va a morder –se burló Griffin al ver que no reaccionaba.

Charlotte había sido muy amable al invitarla a la boda, pero Dora sentía que su compromiso con la familia Sinclair había terminado con la muerte de Charles.

Sacudió la cabeza.

–Dudo que pueda ir.

–¿Y por qué?

Dora miró a Griffin con irritación.

–Después de la reacción inicial de tu madre ante la fecha de la boda, y la razón para ello, imagino que yo sería la última persona a la que esperaría ver allí.

Él arqueó las cejas.

–¿Tienes miedo, Izzy? –se burló.

–No seas ridículo, Griffin –saltó–. Solo intentaba ser delicada con los sentimientos de tu madre.

–Sabiendo que ella jamás piensa en los sentimientos de los demás, yo no me molestaría –se dio la vuelta–. Además, ahora que hemos vencido sus recelos iniciales, se ha volcado en los preparativos de la boda para vengarse. La discreta boda que deseaba Charlotte se ha convertido en un circo social –explicó con desagrado.

Razón de más, pensaba Dora, para no ir. Desde luego seguía teniendo todas las cualidades que tanto Charles como su madre habían encontrado tan convenientes para representar el papel de futura esposa: conversaba con facilidad con todo tipo de personas, era atractiva, aunque de una belleza discreta y serena, y su nombre estaba limpio de escándalos.

Sencillamente no le hacía ni pizca de gracia ser la «pobre prometida de Charles», objeto de lástima y curiosidad. La muerte reciente de su padre sería una buena excusa para no aceptar.

–Como ningún miembro de mi familia estaba enterado de la muerte de tu padre, él está, por supuesto, incluido en la invitación –Griffin parecía haberle adivinado el pensamiento–. Pero ni se te ocurra pensar en no ir; asistirás a la boda como mi pareja.

Dora se lo quedó mirando. ¿Su pareja?

–No lo creo, Griffin…

–Bueno, pues yo sí –le contestó en un tono que no admitía réplica–. ¿Podrías cobrarme estos libros? –indicó el montón sobre el mostrador que había elegido mientras la señora estaba en la tienda–. Tengo otra cita dentro de una hora.

Dora arrugó el entrecejo.

–No querrás llevarte todos estos libros, ¿verdad?

Él hizo una mueca.

–Además de no hablar conmigo durante un mes, mi madre decidió hacer limpieza en la que solía ser mi antigua habitación. La limpieza incluyó tirar una colección de clásicos que yo tenía desde niño –le dijo con tristeza–. Estoy intentando reponerlos.

Dora sabía que la madre y el hijo nunca se habían llevado bien, pero hasta ese punto…

–Si recuerdas los demás títulos que te faltan, quizá pueda conseguírtelos –se ofreció.

Los libros siempre habían sido importantes en su vida y nada se le antojaba más horrible que perder alguna de las colecciones que había reunido durante años, y que aún seguía leyendo una y otra vez.

–Gracias –asintió–. Haré una lista y te la daré.

Dora deseó que no la mirara con la intensidad con que lo hacía mientras hacía la cuenta; la ponía nerviosa y no era capaz de concentrarse.

Pero él no dejó de mirarla de aquel modo tan especial, como si entendiera lo que ella estaba sintiendo.

–Debías de tener una biblioteca considerable –le dijo mientras metía los libros en bolsas; algunos de ellos también los tenía ella en la biblioteca de casa.

–¡Y tú pensando que no sabía leer!

–Ya estás diciendo tonterías otra vez –alzó la cabeza y lo miró con sus tranquilos ojos grises, más tranquila sabiendo que él estaba a punto de marcharse–. Soy consciente de que has escrito varios libros.

Torció la boca con gesto burlón.

–Apuesto a que aquí no hay ninguno de ellos –miró a su alrededor de forma harto significativa. Ella se puso tensa como reacción a su burla deliberada.

–Tenemos, por supuesto, libros de viajes…

–Pero no de Griffin Sinclair –dijo con certeza–. Tu padre no me quería más que yo a él.

–Te he dicho que tengo intención de introducir algunos cambios –contestó bruscamente–. Y los libros escritos por personajes conocidos de la televisión serán seguramente éxitos de venta –añadió para pincharlo.

–¡Qué graciosa! –Griffin hizo una mueca mientras agarraba una bolsa de libros con cada mano–. Te veré dentro de cuatro semanas –fue hacia la puerta de la tienda–. La boda es a las tres de la tarde, así que iré a buscarte a tu casa sobre las dos.

Entonces lo acompañaría a la boda de su hermana, sería su acompañante…

–Ah, Izzy… –se detuvo ante la puerta.

Ella lo miró con recelo.

–¿Sí?

Sonrió al notar su mala gana.

–No te vistas de negro, ¿de acuerdo? Para empezar, no es el color apropiado para una boda –continuó antes de que ella pudiera decir nada–. Y, además –añadió en tono burlón–, no te queda bien.

Cuando Griffin salió, Dora se volvió a sentar despacio. Griffin Sinclair, decidió, era el hombre más escandaloso que había tenido la desgracia de conocer.

Pero qué extraño que la señora mayor lo hubiera comparado con un pirata contemporáneo, porque cuando Dora lo conoció, también a ella le había parecido un hombre de otro tiempo.

Claro que, el lugar había contribuido a crear esa ilusión. O al menos esa fue la excusa que se dio a sí misma para explicar su comportamiento. Fuera cual fuera la razón, se había dejado hechizar. Al menos durante un breve período de tiempo…

Capítulo 2

EL POSIBLE vendedor, un hombre que poseía un libro que su padre quería comprar, le había parecido por teléfono un tipo bastante excéntrico; pero cuando Dora vio el hotel de Devon que le había recomendado para que pasara la noche, supo que aquella visita de negocios iba a ser memorable.

Al cruzar las enormes puertas de roble del vestíbulo, sintió como si hubiera entrado en otra época. La minuciosa restauración le había devuelto a Dungelly Court su antiguo esplendor, al menos eso decía el folleto que había leído al entrar. Cuadros antiguos y tapices adornaban las paredes, pintadas en un color morado oscuro, de donde además colgaban ornamentales espejos. En las dos habitaciones que daban al vestíbulo había sendas y enormes chimeneas que, al estar encendidas, creaban un ambiente acogedor.

El lugar era ciertamente surrealista.

–Dentro de un momento vendrá alguien a atenderla.

A Dora estuvo a punto de caérsele la bolsa de viaje que llevaba en la mano al oír aquella voz de hombre, profunda y bien modulada. Miró con cautela hacia la habitación que había a la derecha de la puerta principal, pensando que estaba desierta.

De pie junto a la chimenea había un hombre vestido de negro; tan solo el tono dorado de sus largos cabellos aliviaba en cierto modo la oscuridad de su atuendo. Dora no sabía de dónde había salido, pero estaba segura de que, al mirar hacia la habitación momentos antes, no estaba allí.

Lo miró con inquietud.

–¿Dónde están los demás huéspedes? –preguntó Dora con voz apagada.

Y no era para menos. No solo había retrocedido en el tiempo, sino que lo había hecho con aquel gigante rubio que la miraba con esos ojos verdes de mirada serena.

–No sabría decirle –el hombre se encogió de hombros, quitándole importancia–. ¿Ha reservado habitación? No parece que tengan demasiados huéspedes en estos momentos, con lo cual no importará si no lo ha hecho, pero…

–La reservé –se apresuró a decir Dora–. Soy la señorita Baxter.

El hombre se fue tras el mostrador y hojeó el enorme libro encuadernado en cuero rojo que yacía abierto sobre la mesa.

–Sí –asintió con la cabeza–. Señorita I. Baxter –alzó la cabeza y la miró con esos ojos tan persuasivos–. ¿La I es inicial de qué nombre?

–Isadora –reconoció de mala gana–. Pero mi familia siempre me ha llamado…

–Izzy –añadió el hombre con satisfacción mientras salía de detrás del mostrador, saboreando aquel nombre al pronunciarlo–. Me gusta –asintió, ladeó la cabeza y la miró pensativo–. Le va bien –murmuró finalmente.

Menos mal, porque sin darse cuenta Dora había estado aguantando la respiración hasta escuchar su comentario siguiente. Nadie la había llamado nunca Izzy… Siempre había sido Isadora si sus padres estaban disgustados con ella, y Dora si no lo estaban. Pero, cosa rara, sintió que le gustaba el apelativo de Izzy. La hacía sentirse distinta, más en sintonía con el carácter surrealista de aquella posada campestre.

–Griffin Sinclair –Dora le tendió la mano y él la estrechó con firmeza–. Mi madre me llamó así en recuerdo de su tío menos favorito –añadió como explicación, al tiempo que hacía una mueca–. El que menos le gustaba, pero el que más dinero tenía –añadió en tono seco–. ¿Le traigo algo de beber mientras espera? –le ofreció.

–Lo siento mucho –Dora le sonrió–. No pensaba que trabajaba aquí.

–No lo hago –le aseguró alegremente–. Yo también soy un huésped, pero me encantaría traerle algo de beber.

Dora frunció el entrecejo. ¡Qué hombre más peculiar! Pero desde luego no le hacía falta tomar nada; de hecho ya se sentía ligeramente mareada, como si hubiera bebido.

–Esperaré y tomaré un café después, gracias –contestó algo aturdida mientras miraba a su alrededor–. ¿No le parece algo… extraño que no haya nadie aquí en recepción? –murmuró.

–Es parte del encanto del hostal –Griffin se encogió de hombros de nuevo y se sentó en uno de los taburetes que había delante del mostrador–. Descubrirá que eso es algo que sobra en este lugar –añadió con satisfacción–. Incluso hay un pasadizo secreto que lleva directamente a la playa. Para los contrabandistas –añadió al ver que lo miraba con perplejidad–. Solía ser un negocio bastante lucrativo por esta zona.

¿Pasadizo secreto…?

–La entrada no estará en esta habitación, ¿verdad?

Dora tenía sus dudas; después de todo aquel hombre tenía que haber salido de algún sitio.

Griffin sonrió, seguramente adivinando la razón de su desasosiego inicial.

–Detrás de la armadura –dijo y señaló con la cabeza hacia una hornacina que había en un rincón de la habitación, donde estaba colocada una armadura–. Uno de los paneles es movible. Se bajan unas escaleras y luego se recorre un pasillo que lleva hasta una cueva por donde se sale a la playa, a unos cuatrocientos metros.

Como no era muy amante de los sitios oscuros y cerrados, Dora no se imaginó a sí misma haciendo esa excursión en particular. Además, solo estaba allí para pasar la noche. Tenía que ver al vendedor ese mismo día, horas más tarde, y a la mañana siguiente conduciría de vuelta a Hampshire, donde vivía.

–No creo… ¡Santo cielo! –exclamó Dora al ver uno de los perros más grandes que había visto en su vida, sentado tranquilamente junto a la puerta–. ¡Griffin! –se echó a sus brazos lo más rápido que su miedo le permitió.

¡Desde luego Griffin era muy real! Dora sintió el calor de su torso musculoso bajo la mejilla y aspiró el aroma masculino de su cuerpo.

Griffin la rodeó con sus brazos con toda naturalidad al tiempo que se echaba a reír con una risa ronca y aterciopelada que le retumbó por el pecho.

–Pero si no es más que Derry –dijo–. Reconozco que tiene una pinta muy fiera, pero en realidad es de lo más gentil. Más que un perro, es una gatita.

A pesar de que Dora, horrorizada, no le quitaba ojo, el perro caminó hasta la chimenea y se dejó caer delante de ella; apoyó la cabeza entre las patas delanteras y se puso a mirar hacia las llamas, despreocupándose totalmente de los humanos.

Pero a Dora le dio la impresión de que el perro no se quedaría tan tranquilo si alguno de los dos decidiera moverse. ¿Qué clase de hotel era aquel?

Sin embargo, mucho se temía que iba a tener que moverse en algún momento. Seguía aún entre los protectores brazos de Griffin Sinclair, tremendamente consciente de la calidez de su cuerpo.

Pero antes de que le diera tiempo a apartarse de él, una mujer alta y rubia de unos cuarenta años entró tranquilamente en la habitación. Vaya, parecía que todo el mundo hacía todo con calma en aquel hotel; la eficiencia del servicio dejaba mucho que desear. Pero, a pesar de ello, todo estaba limpio y a punto, desde las chimeneas hasta los jardines que rodeaban la posada.

Aun así, a Dora no le hizo ninguna gracia el comentario que hizo la mujer al verlos.

–Al final has encontrado una amiga para compartir tu cama con dosel, Griffin –dijo en tono agradable, mientras sonreía a Dora, deteniéndose a acariciarle la cabeza al perro antes de meterse tras el mostrador.

–¿Os apetece tomar algo? Invita la casa, por supuesto.

Dora se apartó de él con indignación y a Griffin le dio la risa.

–Esta es la señorita Izzy Baxter… tu nueva huésped –añadió, claramente divertido con el malentendido que se había producido–. Y ya ha rechazado mi invitación a tomar algo. Izzy, esta es la dueña de Dungelly Court, Fiona Madison.

Ambas mujeres se miraron ya con otros ojos; Fiona Madison adoptó una expresión más formal, y Dora puso cara de pocos amigos. Griffin había dicho que también estaba allí hospedado, pero él y Fiona Madison parecían tener bastante confianza…

–Siento lo de antes, Izzy –dijo Fiona, echándose a reír desdeñosamente–. Pensé… Bueno, da lo mismo –dijo enérgicamente mientras Dora no dejaba de mirarla con serenidad–. ¿Quiere firmar en el registro? Luego le enseñaré su habitación. ¿Ha hecho un viaje muy largo? –continuó charlando mientras Dora firmaba.

¿Un viaje muy largo? Estando allí, parecía que había retrocedido cientos de años en el tiempo.

Fiona se echó a reír de nuevo al observar la expresión atolondrada de Dora.

–Este lugar es especial, ¿verdad? –dijo con cariño–. Mi difunto esposo se pasó los últimos cinco años de su vida restaurándolo al detalle –añadió con añoranza.

¿Difunto? ¿Aquella bella mujer, de tan solo cuarenta y tres o cuarenta y cuatro años, estaba viuda?

Dora se volvió a mirar a Griffin Sinclair pensativa. ¿Por qué le habría preguntado Fiona Madison a Griffin si había encontrado una amiga para compartir su cama… ?

–Hizo un trabajo estupendo –le dijo Dora a Fiona cortésmente.

–Sí –comentó Fiona en un tono que no dejaba duda en cuanto a sus prioridades: hubiera preferido tener a su marido aún junto a ella antes que el visible encanto que le había devuelto a Dungelly Court–. Te acompaño a tu dormitorio –añadió Fiona mientras abandonaba el mostrador.

–Hasta luego, Izzy –dijo Griffin Sinclair en tono burlón, como si hubiera adivinado los pensamientos de Dora acerca de él y Fiona Madison, y eso lo divirtiera.

¡Pues vaya! ¡Aquel hombre se reía de todo, sobre todo de ella!

Y teniendo en cuenta que ella se tomaba la vida tan en serio, no permitiéndose jamás adoptar el aire de frivolidad que parecía poseer Griffin Sinclair, encontraba el hecho de lo más irritante, por no decir más.

–¿Qué le parece si comemos juntos? –le preguntó en tono afable, cuando Dora estaba ya junto a la puerta.

Se volvió pausadamente, sin saber si hablaba con ella o con Fiona Madison. Pero Griffin la miraba a ella con aquellos deslumbrantes ojos verdes.

Dora aspiró profundamente.

–Me temo que ya he quedado para comer –dijo sin mentir y, desde luego, aliviada.

El hotel no estaba nada concurrido y se veía que Griffin estaba aburrido allí solo; pero Dora no pensaba entretenerlo.

Su negativa lo dejó impertérrito.

–Nos veremos más tarde entonces –dijo, quitándole importancia, pero no le quitó la vista de encima mientras salía de la habitación.

Para desgracia de Dora, el perro lobo irlandés se levantó y las siguió.

–Derry es totalmente inofensivo –le aseguró Fiona al ver que Dora lo miraba de soslayo–. No le haría daño a una mosca, ¿verdad, chico? –añadió, entonces se volvió hacia el perro y le acarició la enorme cabeza con afecto–. Debería verlo con los niños –Fiona sacudió la cabeza con pesar–. Se tumba de espaldas para que le hagan cosquillas en la barriga.

–Qué tierno –murmuró débilmente.

Subieron un corto tramo de escaleras y Fiona descorrió el cerrojo de una puerta, que seguidamente abrió de par en par para que Dora le echara un buen vistazo a la habitación.

Aquel dormitorio no se parecía en nada a ninguno de los dormitorios de hotel que había visto en su vida. Las paredes estaban pintadas de amarillo, y el suelo cubierto por una gran alfombra roja, similar a la del vestíbulo; también había tapices por las paredes, y una chimenea donde habían colocado un enorme jarrón con flores secas. En la pared del fondo había una cama con dosel.

Dora se puso colorada al recordar el comentario de Fiona sobre la cama de Griffin…

–Solo tenemos diez habitaciones –le dijo Fiona en tono conversacional–. El restaurante, un asador, es nuestra principal atracción –añadió–. ¿Quiere que le reserve una mesa para la cena de esta noche? –le preguntó en tono afable.

Dora seguía algo desorientada, y aquella habitación no hacía más que aumentar su confusión.

–Desde luego –aceptó agradecida mientras observaba con atención el tapiz que colgaba sobre la chimenea apagada. Había representados un león y un unicornio… ¡Qué apropiado!

–Yo colecciono libros y figuras de unicornios –le dijo a Fiona Madison con timidez, al ver que la mujer observaba su fascinación por el tapiz.

Aquel era un tema en el que Dora y su padre jamás se ponían de acuerdo; el señor Baxter sostenía que la bestia era simplemente mítica, y por lo tanto ridícula. Así que los dos habían acordado no hablar de ese tema y Dora tenía su colección en su dormitorio, donde solo ella la veía.

–Entonces esta es la habitación adecuada para usted –la mujer le dio una apretón en el brazo, como si la entendiera–. Póngase cómoda, está en su casa –añadió con simpatía–. Y si necesita algo, no dude en bajar a pedírmelo… Le prometo que habrá alguien en la recepción –añadió–. No hay teléfono en las habitaciones, me temo; alterarían la paz deseada por nuestros clientes.

Dora se dejó caer sobre la cama cuando la mujer se marchó, pensando que no le importaba en absoluto el hecho de que no hubiera teléfono allí. El silencio de la habitación, tan solo turbado por el canto de los pájaros del jardín, no hacía sino contribuir a la aureola de misterio que rodeaba Dungelly Court.

En realidad, la paz, la tranquilidad y la ausencia de formalidad por parte de la dueña del hotel le produjeron un extraño letargo, y se resistía a salir de nuevo al mundo real.

Pero tenía una cita para comer con el vendedor. Estaba segura de que una vez se hubiera tomado el café que había pensado antes, se sentiría mejor. Una ducha y ropa limpia completarían la trasformación, y quizá después sería capaz de contemplar aquel lugar con la objetividad que se le antojaba necesaria.

También debía mirar a Griffin Sinclair con objetividad, desde luego. Tendría unos treinta y pocos años y aquella melena por los hombros estaba de lo más pasada de moda, la verdad. Sin embargo, el aire confiado de aquel hombre parecía demostrar que la moda le importaba muy poco. Desde luego esa era la impresión que le había causado a Dora. Por poner un ejemplo, bastaba el hecho de que la hubiera invitado al poco de conocerla.

Dora se puso colorada al recordar cómo la había mirado el señor Sinclair. Jamás se había hecho ilusiones en cuanto a su aspecto: un poco más del metro cincuenta, delgada, de piel blanca y pelirroja. Griffin Sinclair debía de estar o muy aburrido o tomándole el pelo; y ninguna de las dos posibles explicaciones le hizo demasiada gracia.

«Olvídate de Griffin Sinclair», se dijo para sus adentros media hora después mientras iba conduciendo camino de su cita. Con un poco de suerte, quizá cuando volviera al hotel se habría marchado.

Pero Griffin no había abandonado el hotel. ¡Todo lo contrario!

Cuando Dora bajó esa noche, poco antes de las ocho, vio que el bar estaba lleno de gente; tanta que ni siquiera fue capaz de encontrar un asiento. La chimenea había calentado el ambiente de la habitación y Dora se alegró de haberse puesto una blusa de seda color crema y una falda negra por la pantorrilla.

–Tenemos mesa reservada.

Dora se volvió y vio a Griffin Sinclair detrás de ella, pero antes de que pudiera decir nada él la agarró del brazo con firmeza y la condujo a través de los comedores que parecían componer la planta baja: salas acogedoras con tan solo tres o cuatro mesas en cada una, pero en las que no faltaban las correspondientes chimeneas.

–Como ve, esta noche hay mucha gente –Griffin se detuvo junto a una mesa, retirando una de las sillas para que Dora se sentase–. Le aseguré a Fiona que no nos importaría en absoluto compartir una mesa en lugar de ocupar dos.

Dora lo miró con cara de pocos amigos. ¡Qué desparpajo tenía ese hombre!

Pero lo cierto era que el restaurante estaba abarrotado; la mayoría de los que habían estado bebiendo en el bar, empezaban a ocupar sus asientos.

–¿También vamos a compartir la factura? –preguntó Dora cuando finalmente se sentó.

La habitación estaba iluminada por el fuego de la chimenea, además de una docena de velas. ¡Muy romántico!

–Eso sería muy poco galante por mi parte –Griffin se sentó frente a ella y le sirvió una copa de vino de una botella que debía de haber pedido para su mesa–. Y aunque mi madre crea que fracasó conmigo –añadió con dureza–, sí que me educó para ser un caballero.

Al hablar de su madre lo hizo con cierta aspereza, el mismo tono que había empleado antes al hablar del tío de su madre que se había llamado igual que él. Dora pensó en su propia madre. Llevaba ya ocho años muerta, pero Dora seguía añorando su serenidad y su sentido del humor.

–En ese caso, le doy las gracias por la cena –dijo, aceptando su invitación con una sonrisa.

Griffin se recostó en el respaldo y la observó.

–Encajas bien en este lugar, ¿sabes, Izzy? –murmuró finalmente.

A Dora no se le había pasado por alto su manera de mirarla, y al oír aquel comentario se ruborizó. Jamás había vestido demasiado a la moda, anteponiendo siempre la comodidad a la elegancia.

Después de volver de la cita con el vendedor, se había lavado el pelo y maquillado discretamente: los labios en un tono melocotón y un toque de máscara en las pestañas para realzar el gris de sus ojos.

En realidad se había encontrado bien al mirarse al espejo del armario hacía unos minutos, pero era consciente de que seguramente no era lo suficientemente sofisticada y bella para Griffin Sinclair.

–Te lo he dicho como un halago, Izzy –dijo con su voz ronca y sensual–. Yo me he enamorado del encanto de este lugar –miró a su alrededor–. Mi intención inicial era quedarme tan solo una noche, pero llevo aquí casi una semana.

–¿Estás aquí por negocios, Griffin? –decidió pasar por alto lo que él había llamado halago y también el hecho de que insistiera en llamarla Izzy.

Aquella visita estaba adoptando un tinte de ensueño, con lo cual Griffin Sinclair podría convertirse en parte de aquella irrealidad. ¡Qué emocionante poder dejar de ser Dora durante unas horas!

Pero no porque su vida fuera mala. Se ocupaba de la casa y ayudaba a su padre en la librería durante la semana. Se trataba de que el simple hecho de que ese hombre la llamara Izzy hacía que se sintiera distinta; ya no era la cauta y tímida de Dora. O quizá, como decía Griffin, fuera el efecto de aquel lugar.

Él se echó a reír.

–Izzy, este es mi trabajo. Me dedico a escribir guías de viaje y reseñas sobre lugares de interés turístico –le explicó al ver la curiosidad reflejada en su rostro.

–¿Para suplementos dominicales y cosas así?

–Más o menos –contesto en tono seco.

–Qué interesante –dijo y dio un sorbo de vino, que resultó ser del tipo que a ella le gustaba: blanco y seco.

Griffin se echó a reír a carcajadas, sin importarle las personas que se volvieron para mirarlo.

–Sigue mi consejo, Izzy, y nunca te dediques a la interpretación… ¡No es lo tuyo!

–Pero claro que me parece interesante –se apresuró a rectificar lo que seguramente había parecido un insulto–. Siempre he querido viajar –añadió con anhelo, sabiendo que mientras trabajara para su padre no lo haría, a no ser que fuera en viaje de negocios, como en esa ocasión. Y solo lo había hecho porque su padre se sentía ya demasiado mayor para conducir hasta tan lejos.

Dora solía pasar las vacaciones en casa porque la mayoría de sus amistades se habían marchado a vivir a otras zonas o se habían casado, y no le apetecía viajar sola.

–Puede resultar interesante –Griffin se encogió de hombros–. Aunque mi familia no hace más que preguntarme cuándo voy a tener un trabajo como Dios manda.

Por lo que Griffin había dicho de su familia, en particular de su madre, a Dora le daba la sensación de que se sentía feliz de seguir como estaba, si con ello molestaba a su familia, aparte de que aquello le proporcionaba un medio de vida.

Dora no podía imaginar vivir con esa tensión entre ella y su padre, el único pariente que le quedaba vivo. Prefería llevar una vida tranquila y cómoda, y no estar en conflicto constante con las personas que la rodeaban. Griffin le dio la impresión de ser una persona a la que no le importaba molestar a los demás.

–Estoy segura de que están orgullosos de ti –dijo, haciendo una mueca.

–Y yo estoy seguro de que no lo están –contestó como si no le importara.

Dora bebió un poco de vino; en realidad no dejó de beber durante las dos horas siguientes, mientras disfrutaba de la comida, y Griffin pidió otra botella cuando iban por el segundo plato.

Dora no estaba segura de si resultaba prudente o no beber más, pero como no iba a conducir y se lo estaba pasando bien, decidió que no era tan importante. Griffin amenizó la cena contándole algunas historias de sus viajes. Incluso Derry, que entró en el restaurante, no le pareció tan grande y fiero como por la mañana. Al contrario, el perro debió de decidir que Dora le gustaba y se tumbó a sus pies sobre la alfombra.

–Apenas sobrepasas el metro cincuenta y en cambio pareces tener una especie de poder sobre un macho tan solitario como Derry –Griffin murmuró pensativo.

Dora lo miró fijamente, buscando algún significado oculto tras el comentario. Griffin sin duda era muy masculino, eso lo había notado en el nerviosismo que le había hecho sentir durante toda la velada; en cuanto a solitario… ¡Desde luego era el hombre más extraño que había conocido jamás! No se había vestido de gala para cenar: llevaba puestos los mismos vaqueros de por la mañana aunque la camiseta negra se la había cambiado por una verde, que acentuaba el color de sus ojos. Pero quizá no fuera eso a lo que él se había referido.

–Eso es exactamente a lo que he querido referirme, Izzy –le dijo mientras se inclinaba hacia delante y le tomaba de la mano de pronto, mirándola con intensidad–. ¿De dónde diablos has salido? –murmuró con tristeza.

Ella tragó saliva. Estaba jugando con ella, no podía ser de otra manera. En realidad, llevaba toda la noche preguntándose por qué un hombre como aquel se molestaba en cenar con alguien tan ordinario como ella. Al final decidió que el motivo era que no había nadie más con quien cenar.

–De Hampshire –le contestó, aunque sabía que no le había preguntado eso.

Dios mío, qué tentación… ¿Qué mujer no se sentiría tentada a seguirle el juego, a continuar con aquel coqueteo, al menos por una vez en la vida…

¡Ni hablar! Ella era Isadora Baxter, nunca había tenido una relación seria en toda su vida y no pensaba ponerse a flirtear con un hombre que había conocido esa misma mañana; y que era la antítesis de todo lo que ella deseaba en un hombre. Quería a alguien serio, trabajador, un yerno que fuera el orgullo de su padre.

Su padre la quería, lo sabía bien, pero siempre había deseado tener un hijo varón; pero, después de nacer Dora, su madre no había podido tener más hijos. Por esa razón Dora siempre había deseado darle a su padre el yerno ideal; para que él se sintiera orgulloso de su hija. ¡Sin embargo, estaba segura de que la atracción que sentía hacia Griffin lo horrorizaría!

–¿Te apetece tomar café ahora o esperamos hasta después del paseo?

¿Paseo? ¿Qué paseo?

–Yo…

–Hace una noche maravillosa, Izzy –añadió Griffin con ánimo mientras se ponía de pie para retirarle la silla.

Dora se levantó. Se sentía demasiado afable, a causa del buen vino, eso lo sabía, como para ponerse a discutir. Además, la brisa nocturna la ayudaría a despejarse un poco.

Al salir, se estremeció ligeramente.

–Creí que habías dicho que hacía una noche maravillosa –dijo con pesar.

–Maravillosa no tiene por qué implicar que haga buen tiempo –se echó a reír–. Toma –se quitó la chaqueta y se la echó por los hombros, agarrándola de los brazos suavemente mientras cruzaban el patio en dirección a los jardines.

Dora intentó desesperadamente no reaccionar a la delicadeza de aquel gesto, cosa que no le resultaba fácil con la cazadora de Griffin sobre los hombros; el cuero olía a él, a una mezcla de hombre y loción para después del afeitado.

Dora se sentó a una de las mesas que había desperdigadas por el jardín, iluminado este por algunas farolas colocadas estratégicamente para realzar los macizos de flores y los arbustos, podados con formas geométricas. Desgraciadamente, Griffin eligió sentarse a su lado; y lo hizo tan cerca que el calor de su aliento le acarició los cabellos.

Aun así, no fue capaz de apartarse. Ese hombre la tenía hechizada con su presencia y su mirada.

–Supongo que vas a escribir una buena reseña sobre el hotel –dijo, para romper el hielo.

–¿Qué quieres decir con eso exactamente? –le preguntó en tono suave, fingiendo confusión.

Dora se ruborizó.

–Bueno, pensé que siendo tan amigo de Fiona… –farfulló con torpeza.

–Entiendo lo que quieres decir, Izzy –dijo divertido–. ¡Solo quería saber si tenías el descaro suficiente para expresarlo en voz alta!

Ella lo miró con rabia.

–No juegues conmigo, Griffin…

–Y tú no saques conclusiones erróneas, Izzy –le contestó con dureza–. Fiona es una mujer muy agradable; quizá yo merezca tu sarcasmo, pero ella no.

Maravilloso. ¡Qué mal se sentía de repente! Pero él no tenía razón. Su sarcasmo no había sido dirigido hacia la dueña del hotel, sino hacía él.

–Además, te has equivocado –murmuró Griffin en tono apacible–. Fiona estaba muy enamorada de su marido.

Pero su marido estaba muerto…

Además, esa explicación no excluía que Griffin se sintiera atraído por la bella viuda. Y Griffin era un hombre muy atractivo, a pesar de dar la impresión de no importarle nada ni nadie.

Ella tragó saliva.

–Griffin…

–Izzy… –murmuró con voz ronca antes de besarla.

¡Y lo hizo con una intensidad desconocida para Dora!

De estar sentados en un banco, pasaron a ponerse de pie. La cazadora que llevaba sobre los hombros se le resbaló al suelo mientras él la abrazaba y besaba con pasión.

No hubo delicadas caricias, ni esperó la reacción de Dora; simplemente tomó su boca por asalto, como si todo el tiempo hubiera sido consciente de su conformidad.

¿Tan clara había sido la atracción que había sentido hacia ese hombre? ¿O peor aún, se habría aprovechado de que era una joven soltera de veinticuatro años, que sin ser una belleza tampoco era fea, y habría decidido que podía conquistarla con facilidad?

Dora se apartó de él.

–¡Ya basta, Griffin! –le dijo con frialdad.

–Pero si apenas hemos empezado, Izzy –le aseguró en tono sensual.

Dora tragó saliva con dificultad y lo miró. Sabía que hacer el amor con aquel hombre sería algo bello y salvaje, todo lo que ella siempre había soñado. Pero era un desconocido, un hombre que quería una aventura.

–Estás equivocado, Griffin. Se acabó –le dijo con dureza, apartándose de él totalmente–. Ha sido un interludio encantador…

Su expresión se volvió pétrea y su mirada glacial.

–No me despidas como si fuera un acompañante para pasar la noche.

–Entonces no me trates tú a mí como tal –le contestó indignada, con las mejillas ardiendo de humillación–. La cena ha sido agradable, la conversación animada, hasta cierto punto. Pero por la mañana debo regresar a mi vida de siempre y tú a la tuya. ¡No te engañes pensando que este lugar es la realidad, Griffin! –miró a su alrededor significativamente.

Griffin entrecerró los ojos y la miró.

–¿Y cuál es tu realidad, Izzy? –dijo con aspereza–. ¿Hay algún hombre en tu vida?

Tan solo su padre. De momento, no parecía tener demasiado tiempo para otros hombres. Hacía más de un año que no tenía una cita con uno y recordó que la última no había sido demasiado productiva.

Pero eso no significaba que hubiera descartado la posibilidad de enamorarse, de casarse o de tener hijos. Solo tenía veinticuatro años, y sentía todos esos deseos tan naturales; lo único era que aún no había conocido al hombre adecuado. ¡Y desde luego no había sitio en su vida, aunque fuera brevemente, para un hombre como Griffin Sinclair!

Alzó la vista para toparse con el furioso desafío de su mirada.

–Sí, hay un hombre en mi vida –le dijo en tono cortante–. ¡Y estoy segura que hay docenas de mujeres en la tuya! –añadió de modo insultante.

–No estábamos hablando de mí –se apresuró a contestar Griffin .

–Por supuesto que no –dijo con brusquedad–. Estoy segura de que nunca respondes a ese tipo de preguntas acerca de ti mismo –estaba tan enfadada que tenía ganas de llorar; lágrimas de rabia hacia sí misma por haber permitido que Griffin la besara.

Sin duda volvería a su vida de siempre y se olvidaría de que un día había conocido a alguien llamado Isadora Baxter.

Sin embargo, no estaba segura de si ella podría olvidarlo con la misma facilidad.

–Debo volver al hotel –dijo con voz entrecortada.

–¿Debes? –estaba enfadado–. ¿Y por qué?

Pues porque ese hombre la ponía nerviosa y turbaba la paz de su vida. Jamás debería haber accedido a cenar con él.

–Porque tengo que levantarme temprano mañana –le soltó y se dio medio vuelta.

Y con cada paso que daba esperaba que Griffin la agarrara del brazo y la obligara a volverse. Pero eso no ocurrió.

Cuando Dora alcanzó la tranquilidad de su habitación, temblaba tanto que tuvo que sentarse un momento en la cama. Qué tonta había sido. Griffin Sinclair solamente había jugado con ella.

¿Pero hasta dónde hubiera sido capaz de llegar?

Hasta donde ella le hubiera permitido, pensó Dora con pesar.

Cuanto antes saliera de aquel hotel y olvidara que había conocido a un hombre llamado Griffin Sinclair, mejor. Al menos para ella.

¿Cómo podía haber imaginado en aquel momento que seis meses después de aquella breve estancia en Dungelly Court conocería al hombre ideal para ella; al hombre con quien se prometería en matrimonio? ¿Y, sobre todo, cómo podía haber adivinado que ese hombre resultaría ser Charles Sinclair, el hermano mayor de Griffin Sinclair?

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Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
23 października 2024
Objętość:
161 str. 3 ilustracji
ISBN:
9788413488790
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

Podobne książki