Czytaj książkę: «Una vida cualquiera»




Herrera de Barth, Carmen Rosa, 1912-2000
Una vida de cualquiera / Carmen Rosa de Barth. – Medellín: Editorial EAFIT, 2020
262 p.; 21 cm. -- (Rescates).
Nota: Obra publicada originalmente por la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, 1995
ISBN 978-958-720-679-1
ISBN: 978-958-720-680-7 (versión EPUB)
1. Novela colombiana. I. Morales Henao, Jairo, pról. II. Tít. III. Serie
C863 cd 23 ed.
H565
Universidad EAFIT – Centro Cultural Biblioteca Luis Echavarría Villegas
UNA VIDA DE CUALQUIERA
Primera edición: Biblioteca Pública Piloto de Medellín (1995)
COLECCIÓN RESCATES
Primera edición en la colección Rescates
© HEREDEROS DE CARMEN ROSA HERRERA DE BARTH
© EDITORIAL EAFIT
CARRERA 49 no. 7 SUR - 50 tel. 261 95 23, MEDELLÍN
http://www.eafit.edu.co/editorial
Correo electrónico: fonedit@eafit.edu.co
EDICIÓN: Claudia Ivonne Giraldo G.
CORRECCIÓN DE PRUEBA: Carmiña Cadavid Cano
DISEÑO DE COLECCIÓN: Alina Giraldo Yepes
ILUSTRACIÓN DE CARÁTULA: William J. Giraldo G.
ISBN: 978-958-720-679-1
ISBN: 978-958-720-680-7 (versión EPUB)
Universidad EAFIT | Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad. Decreto Número 759, del 6 de mayo de 1971, de la Presidencia de la República de Colombia. Reconocimiento personería jurídica: Número 75, del 28 de junio de 1960, expedida por la Gobernación de Antioquia. Acreditada institucionalmente por el Ministerio de Educación Nacional hasta el 2026, mediante Resolución 2158, emitida el 13 de febrero de 2018.
Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de la editorial.
Diseño epub:
Hipertexto – Netizen Digital Solutions
CONTENIDO
PRESENTACIÓN
Jairo Morales
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO 1.
DESCRIPCIÓN
CAPÍTULO 2.
LA AURORA
CAPÍTULO 3.
LOS HIJOS DEL MÍSTER
CAPÍTULO 4.
EL COLEGIO
CAPÍTULO 5.
CRUEL JUGADA DEL DESTINO
CAPÍTULO 6.
LA FUERZA DEL DESTINO
CAPÍTULO 7.
SEGOVIA
CAPÍTULO 8.
INDECISIONES
CAPÍTULO 9.
UNA LINDA AMISTAD
CAPÍTULO 10.
INESPERADO ENCUENTRO
CAPÍTULO 11.
INCIDENCIAS
CAPÍTULO 12.
DESPEDIDA DOLOROSA
CAPÍTULO 13.
REGRESO A LA AURORA
CAPÍTULO 14.
CRUEL DESPEDIDA
CAPÍTULO 15.
MINA BERLÍN
CAPÍTULO 16.
LA SIBERIA
CAPÍTULO 17.
TRES ESQUINAS
CAPÍTULO 18.
REGRESO AL CHOCÓ
CAPÍTULO 19.
TRASLADO A SAN ANDRÉS
CAPÍTULO 20.
DESAFORTUNADO TRASLADO
CAPÍTULO 21.
MI FAMILIA
CAPÍTULO 22.
ÚLTIMO ACCIDENTE
NOTAS AL PIE
PRESENTACIÓN
UNA VIDA DE CUALQUIERA: RIQUEZA TESTIMONIAL
“Al declinar la existencia es indispensable tratar de reunir la mayor parte de las sensaciones que han atravesado nuestro organismo. Pocos conseguirán realizar así una obra maestra (Rousseau, Stendhal, Proust), pero todos serían capaces de preservar de tal manera algo que sin este pequeño esfuerzo se perdería para siempre. Llevar un diario o escribir a una cierta edad las propias memorias debería ser una obligación ‘impuesta por el Estado’; el material que de tal forma se habría reunido después de tres o cuatro generaciones tendría un valor inestimable […] no hay memorias que no encierren en sí mismas valores sociales y pintorescos de gran importancia”. Estas palabras, escritas por el estupendo narrador italiano Guiseppe Tomasi di Lampedusa en la Introducción a sus Recuerdos de infancia, sirven con mucha propiedad para resumir algunos de los mejores valores del libro de Carmen Rosa de Barth, Una vida de cualquiera.
Gracias al esfuerzo de la autora por dejar testimonio de los momentos y circunstancias más decisivos de su vida, algunas cosas de la historia del país no se han “perdido para siempre”. Al rescatar buena parte de su crónica, colateralmente lo ha hecho de una franja de la experiencia nacional y regional en las primeras décadas del siglo XX, de manera específica lo que fue la vida de los ingenieros extranjeros que arrimaron el hombro a la modernización de Colombia en materia vial, minera, petrolera, aeroportuaria, etc. Por supuesto, no es la primera vez que se habla de ellos, que se les reconoce lo que hicieron, tanto en estudios socioeconómicos como en obras biográficas, pero todo lo que se acopie de material inédito tiene un valor incuestionable. La recuperación de todo anecdotario de esas existencias vividas bajo los signos del riesgo, el azar y la provisionalidad, de la envidia y los olvidos, y, sobre todo, de una ingratitud de rasgos atávicos, amplía el conocimiento de nuestro propio pasado, nos completa.
Como muchos libros de memorias escritos cuando sus autores tienen ya una edad avanzada, estas páginas de Carmen Rosa de Barth retozan en un territorio donde no interesa tanto el género literario al que suelen adscribirse otros proyectos, como la fidelidad evocadora de la palabra, donde la pulsión autobiográfica se impone a cualquier camisa de fuerza literaria, donde, en una palabra, el anhelo del testimonio hace valer su linaje primario sobre la ficción y la preocupación por una composición sólida cede ante un recordar espontáneo.
Como resultado de ese viaje de la memoria que desovilla una vida, equilibrando el interés documental con el estético, se logra en la fragmentariedad agrupada establecer lo que fue un destino personal y, de contera, los valores que lo alimentaron y la atmósfera general de unos años. Mucho de esto lo consigue Carmen Rosa de Barth en su libro Una vida de cualquiera. Todo libro de memorias naturalmente aspira a la totalidad. Ninguno lo consigue, por supuesto. Y no solo por las limitaciones universales y particulares que constriñen a todo autor, sino porque no tendría valor, amén del tedio que significaría la reconstrucción exhaustiva del anecdotario de una existencia: de lo que se trata es de ofrecer la intensidad significativa de esta –sus epifanías y desgarramientos determinantes– a través de una obligada selección, es decir, de una construcción.
Y son la sinceridad y limpieza evocadoras que animan el libro la savia que provoca su lectura interesada, ante todo en su primera parte. No quiere esto decir que la segunda haga agua, que no ofrezca sabrosos bocados al apetito lector. No. Sin tratarse de un gran libro, sostiene de principio a fin un similar nivel de escritura –exceptuando ese momento en que no reprime el impulso de sermonear a la juventud de hoy–. Solo que el ritmo pausado de la primera favorece su degustación en mucho mayor medida que el desenvolvimiento acelerado y nervioso de la segunda. No se trata, aclaramos, de una separación formal, sino de un diferente tratamiento del material impuesto porque su resonancia en la memoria de la autora no es el mismo: niñez y juventud quieren volver con todas las paladeadas lentitudes de lo que es ensueño o paraíso perdido; la vida adulta parece querer escabullirse pronto entre las líneas de la página. Sobre la dicha recordada, se camina; sobre el dolor y las bregas, se cabalga raudo.
La infancia en El Zancudo (Titiribí, Antioquia) y la prolongada cantata de amor, donde se cuenta el nacimiento de ese idilio pastoril entre dos niños y su final realización adulta luego de años de espera, desencuentros y dificultades, como en cualquier novela convencional de amor que se respete, es la parte que mejor entrega, tanto lo que fue el signo de ese amor como las conductas generales y los valores que las alimentaban, el horizonte de vida de ciertos hombres y capas sociales de una época. Todo ello surgiendo en la luz indirecta que le proporciona esa historia de amor en un lugar y un tiempo con nombres propios, porque en ningún momento la autora se ha propuesto pintar el fresco de una época. Lo que le quema las manos es el tejido de lo que fue su vida hasta el comienzo de la vejez, lo demás es accesorio, derivado o circunstancial.
El idilio pastoril es precipitado por el matrimonio en el acezante torbellino desgastador de las imposiciones de la responsabilidad adulta. El rosario de traslados del esposo-ingeniero (si se lee el libro se verá que no es indiferente la unión que hacemos de estos dos sustantivos) a lugares apartados y selváticos, no siempre con aceptación de la esposa, y su secuela de separaciones; la convivencia familiar en medio de la precariedad de los campamentos y de su inveterado aislamiento de los centros urbanos desarrollados; en suma, una vida difícil, en ocasiones tocada por una fortuna modesta, y en otras, por su reverso, herida por la cuota normal de pena de toda vida humana (léase muerte, enfermedad, sufrimiento moral), concluyen por hacer del agua pura de ese amor de infancia una verdadera, rota, chamuscada, fragmentada pero enhiesta “bandera de Palonegro”.
Pero esa fidelidad a la “prosa de la vida” favorece en fuerza y credibilidad la extensa secuencia del romance y la infancia, y afirma la condición testimonial de estas memorias, con las cuales Carmen Rosa de Barth ha cumplido con esa “obligación” ideal propuesta por Lampedusa para todo ciudadano entrado en años. Memorias que, dentro de su inevitable fragmentariedad, dadas las limitaciones de toda vida humana y la obligada selección del total de material biográfico, encierran “en sí mismas valores sociales y pintorescos de gran importancia”.
Jairo Morales Henao
Tomado de Lecturas, Biblioteca Pública Piloto, 1995
INTRODUCCIÓN
Una vida de cualquiera es un relato común acerca de personas que por fuerza del destino tuvieron que vivir al margen de toda comunidad y diversión según la clase social a la que pertenecían, por circunstancias especiales; las minas y las vías de comunicación fueron su lucha.
La Nena compartió su niñez con el pequeño Albert, y vivían cual dos pajarillos al cuidado de sus padres Alfredo Fernández y el doctor Richard Ribert, quienes trabajaban como técnicos en la mina de El Zancudo.
Creo que es provechoso mirar a través de estos relatos, casi inverosímiles, cómo se puede vivir un amor imposible y la forma corriente en que se desenvolvió: desengaños, trabajos, luchas espirituales implacables, encuentros prodigiosos, lugares desérticos, inconformidades y, al fin de la lucha, la unión y un decidido enfrentarse a la naturaleza virgen, cerrada y desafiante. Y dentro de ella, la felicidad perseguida por dos seres que al final creen haberla encontrado, ignorando los azares que les tenía reservado el destino para probar la fuerza vital de sus voluntades.
Estos relatos se refieren solo al trabajo tenaz de un ingeniero en los campos más inhóspitos de Colombia, siempre en busca del progreso y las comunicaciones. Y al terminar de la ruta… la derrota, lo inexorable.
Y al final va la Nena, sola, luchando por la cultura y ofreciendo sus obras literarias como un desafío espiritual a su nostalgia.
CAPÍTULO 1
DESCRIPCIÓN
Las empinadas crestas de los Farallones del Citará lucían despejadas, ¡majestuosas! Y en todo su fulgor se divisaban los contornos de las altas lomas, esas estribaciones que se extienden perezosamente hasta quedar dormidas en las extensas llanuras o planicies que lentamente riega el Cauca.
En su extensa carrera no pretende detenerse y va ofreciendo en su profundo serpentear, inmensas riquezas en terrenos laborables donde lucen los cacaotales, sombríos inmensos de búcaros y carboneros que cubren el oro verde. Minas de carbón de hulla y de oro, que en intrincadas redes llevan las cordilleras en sus entrañas rocosas y que se perfilan desafiantes ante la naturaleza. Grandes extensiones de potreros y cafetales que de los valles van empinándose hasta las más increíbles pendientes entre el amarillo o verde de las inmensas dehesas de ganado, y las huertas que adornan las valiosas fincas que son la despensa de poblaciones y ciudades.
Cuando empezó la fiebre de trabajar las minas en las postrimerías del siglo pasado, los trabajadores lo hacían en formas muy rústicas, como la razón les indicaba: con pequeños taladros, martillos y pólvora rompían los nudos de las cordilleras. En Marmato y Supía fueron las primeras experiencias de extraer el oro en condiciones comerciales. Con almadanas quebraban las piedras y lavaban las arenas en las bateas en que se lavaba el oro corrido de los ríos. Ese era el método utilizado por los indígenas. Por esos ensayos los propietarios supieron que las minas eran muy ricas, resolviendo conseguir expertos y formar sociedades con técnicos de otras naciones para hacer los montajes en la forma moderna de otros países. Alemania e Inglaterra fueron los que cambiaron las carretas de madera, los taladros de mano, las almádanas, las picas y las palas.
Anteriormente, de Estados Unidos habían enviado técnicos en minería, pero en el campo no sabían ni cómo manejar la brújula, ni aun los rústicos aparatos con que trabajaban los mineros nacionales. Los primeros ingenieros fueron alemanes: el Dr. Carlos Gartner, Dr. Carlos de la Cuesta, don Luis Felipe Henker y don Julio Rister, quienes hicieron una bella amistad con los trabajadores de las minas.
Los primeros técnicos que enviaron fueron Mr. Boussingault y Mr. Maulle, quienes elogiaban la fidelidad y el trabajo del personal que laboraba en esa dura faena, sin técnica alguna, y también la belleza bucólica de sus pueblitos. Y así se lo decían a los demás ingenieros que llegaban.
En cuanto llegaron a Marmato se hicieron muy amigos de los otros ingenieros de El Zancudo, sociedad que se había fundado en 1877 con Mr. Tyrell Moore, quien en las innovaciones realizadas en la mina solo había instalado una pequeña Pelton. Con esta mejora se formó la Sociedad de La Unión, cuyo dueño inicial fue don Coroliano Amador.
El general don Marceliano Vélez desde 1865 había hecho una reorganización del departamento de Antioquia. En ese tiempo Titiribí era la capital de la Provincia del Cauca, siendo esta apenas una pequeña aldea. Desde entonces todo lo jurídico pasó a la jurisdicción de Medellín en esa nueva organización.
La comisión de estudios de El Zancudo contrató a los doctores Carlos Garner y Carlos de la Cuesta como ingenieros destacados en esa especialidad, y estos se trasladaron a El Zancudo con su equipo de colaboradores.
Como persona de confianza venía con ellos don Alfredo Fernández, casado con una bella joven, doña Laura Escovar, y su familia. Él también vino a trabajar en ese equipo a Titiribí. El señor Fernández, de familia caldense, persona muy bien preparada y amable; doña Laura, inteligente, muy culta y humanitaria, de origen antioqueño (suroeste). Cuando llegaron a la mina se situaron en una linda casita rodeada de jardines, con amplios corredores, donde se mecían antiguas melenas y begonias de diferentes colores, que alegraban distintos lugares de la casa.
Allí se reunían en las tardes ingenieros y amigos con los trabajadores, a comentar los problemas del trabajo en una amable camaradería, y el amor, en las tardes, se mecía tranquilo y sosegado en agradables tertulias hogareñas. Tranquilo pasaba el tiempo y como no había casi qué leer, ni diversiones, las gentes se sometían a esa apacible soledad, que solo alegraba cada año la llegada de un nuevo retoño.
Los ingenieros eran el doctor Carlos Gartner, el doctor Carlos de la Cuesta y el doctor Richard Ribert, quien llegó con otras personas que se instalaron en diferentes partes del país: las familias Cock, Eastman, Willis, Rister, Wolff. El doctor Ribert llegó a Titiribí con su familia, contratado como los otros dos, Gartner y De la Cuesta. La familia del doctor Ribert se componía de su señora, Frau Lenny, y su pequeño hijo; vivían al frente de la casa de doña Laura y por esa circunstancia se hicieron muy amigas las dos familias, que fueron líderes en todos los aspectos en cuanto a mejoramiento social y cultural de la región. Frau Lenny era de carácter suave, muy colaboradora, por lo que los trabajadores la respetaban y querían igual que a doña Laura, que era la de las ideas, pues el idioma de Frau Lenny era muy deficiente. Ella enseñaba a bordar y a tejer a las señoras y niñas de la región. Y en la escuelita eran ellas las que proponían con las madres qué era lo que se debía hacer para el mejoramiento en cuanto a educación y cultura de los niños de esas veredas.
Ahora vamos a ocuparnos de los niños pequeños de las dos familias: Albert era un niño de seis años, muy blanco, de ojos azules, que hacía honor a su raza aria. Los hijos mayores de la familia Fernández ya se habían casado o estudiaban en la ciudad y con ellos solo quedaba una pequeña de cuatro años, blanca, sonrosada, con sus cabellos rizados, que caían graciosamente ensortijados sobre sus hombros; era dos años menor que su amigo Albert. La llamaban la Nena.
Los ingenieros europeos que llegaron al país en ese tiempo eran felices en los pueblitos por la apacibilidad que se disfrutaba. Ellos venían huyendo de los horrores que les habían dejado las guerras que acababan de terminar.
CAPÍTULO 2
LA AURORA
La Aurora era una bella finca que quedaba dentro de los predios de la mina; era tan provocativa la casa, que los Ribert y Fernández vivían deseando comprarla, hasta que un día supieron que la vendían y el Dr. Richards propuso a Fernández que la compraran en compañía, y así lo hicieron. La partieron y cada uno quedó con su casa cerca a la otra, y a su gusto, incrementaron las siembras de caña, café, cacao y además finas bestias y ganado, ya que ese era el patrón económico de los señores de ese tiempo.
Las dos familias disfrutaban de todo como si fuera una sola heredad. Albert, el niño de los Ribert, como no tenía con quién jugar, pues fue hijo único, pasaba a las casas vecinas para jugar con los hijos de los trabajadores; La Nena, hija de los Fernández, era la mejor amiga de Albert y su compañera inseparable. Sus padres se juntaban por las tardes en caminadas, juegos y veladas con la comunidad, mientras los chicos se divertían de lo lindo en las diferentes actividades de los pequeños, todos según su edad: unos en los patios, otros en los corredores, cada cual con sus juguetes y su bullanguería.
Todos los padres, cuando el reloj daba las siete, llamaban al orden, después de rezar un interminable rosario en cualquiera de los ángulos de la casa. Luego a dormir. Esas eran órdenes de autoridad que no se podían alterar, ni refutar. Los padres continuaban hasta un poco más tarde; como no había luz eléctrica, las veladas muy pocas veces pasaban de las ocho de la noche.
En La Aurora, yo, la Nena, era como la mascota, una avecilla alegre que crecía vagando por todos los contornos de las fincas. Me levantaba muy temprano y salía a las huertas y jardines a coger cuantos avechuchos raros encontraba a mi paso y les hacía maldades. Todos los vecinos y los mozos gozaban al verme retozando en los potreros y pantanos, espiando los pichones de los pajaritos a la espera de que los padres los echaran a su primer vuelo; recogiendo flores en los rastrojos o haciendo aspavientos al ver la salida del sol tras los altos cerros, que con sus destellos doraba las cimas de las lomas. Cuidaba de los animales, aunque a veces mataba los polluelos recién nacidos, pues al cogerlos los apretaba tanto que los destripaba y lloraba inconsolable. Era feliz al ver cómo las gallinas con su clu, clu llamaban a los pollitos ofreciéndoles una frugal comida de un mojojoy o una larga lombriz; corría tras la clueca y los pollitos por todo el patio en graciosa bullería. Las excursiones las hice con el perro y mi inseparable amiguito de juegos y diabluras, Albert.
Nos metíamos por todos los rincones de las huertas y potreros en busca de animalitos raros y flores del rastrojo, amarrando cucarrones y chicharras para llevarlos a casa y ofrecerles a nuestros padres la cacería del día.
En las tardes de lluvia los juegos eran otros. Mientras los padres hablaban de política, de economía, de sucesos mundiales y de progresos o urgencias en los trabajos, nosotros jugábamos al escondite, a la gallina ciega en las piezas, con almohadas y cojines en plena guerra, o a toreros con las cobijas, lo que a veces nos costó estrujones o pellizcos de nuestros padres. Esos casos eran sucesos comunes en cualquiera de las casas.
Albert y yo nos levantábamos al salir el sol; cuando los capataces salían con los trabajadores a las minas, ya estábamos jugando con los sapos en los charcos que se hacían en los caminos del ordeñadero; hostigábamos en todas partes, nos llamaban “la parejita del míster”; no había rincón, ni monte espeso donde no nos metiéramos. Los padres nos reconvenían muchas veces por el peligro de las culebras venenosas que abundaban en la región, pero no entendíamos de esos peligros; la pesca en las quebradas era cotidiana, pasábamos horas enteras en el agua tratando de coger los pequeños pececillos con una totuma o con las manos, sin tener en cuenta el tiempo.
En los ordeñaderos y la pesebrera, con el paso de los animales a los alrededores, se formaban gredales de tierra roja donde nos gozábamos a los peones soltando terneros y ordeñando vacas sin atar, aunque a veces teníamos percances; las vacas trataban de patearnos o embestimos, cosa que asustaba a los peones encargados. Pero a nosotros se nos perdonaba todo. Algunas veces me llevaron a la casa, revolcada en el pantano por los terneros que quería torear, igual que lo hacía con la lorita en las tardes, toreándola con las toallas por los corredores de la casa, enseñándole a renegar. Algunas veces Albert recogía flores del rastrojo y me llevaba a la casa coronada como una reina, o como una novia, adornada de batatillas y bejucos del campo.
Cuando llegué a mi primer año de escuela, ya Albert había asistido a ella dos años; yo tenía seis y Albert ocho. La señorita se llamaba Rosmery y vivía en mi casa, era muy culta, joven, como de veinte años, cordial, y se encargaba de ayudar a doña Laura en cuanto a mi cuidado. Me enseñaba a elaborar mis tareas; doña Laura, a cambio, le ayudaba a ella, pues había sido maestra; por eso se trataban como dos amigas. La señorita en las mañanas colaboraba en preparar las cosas y luego salía para la escuela con los hijos del míster.
La escuela era una casa abandonada, de alguien que ya no trabajaba en la mina, quien la vendió a la empresa con ese fin. Era mixta, con capacidad para treinta niños; un salón, unos corredores y los patios, y una pequeña quebradita que servía para la limpieza de los cuarticos o excusados. En el patio había lugar para el pequeño jardín de la escuela; en un ángulo del salón estaba instalada la mesa de la señorita; al frente, en la pared, colgaba una imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro, a la que invariablemente todos los días los niños le ofrecían florecillas, rezándole siempre las oraciones que enseñaba la maestra.
En las tardes, después de terminar tareas, volvíamos a casa los tres; pero en ocasiones, cuando la señorita se distraía, nos volábamos a coger frutas y nos escondíamos en la arboleda para asustarla cuando pasara. Muchísimas veces nos perdíamos por los desechos y nos lanzábamos a nuestras travesuras; llegábamos a la casa tan tarde, que nuestros padres nos castigaban.
Una tarde nos disfrazamos de espantos, con las chamizas y hojas del monte, y en un recodo montañoso, cuando estaba medio oscureciendo, le salimos a la maestra a la que casi le da un síncope; por eso nos encerraron por varias horas en la pieza del diablo o de los avíos (¡lástima que se haya extraviado ese lugar que ayudaba tanto a los padres en cuanto a la obediencia de los hijos!). Allá sí fue cierto que casi acabamos con el cuarto y lo que había en él. Pero el diablo por ninguna parte. Lo que le hicimos a la pobre señorita no está todo escrito, ¡pero ella nos adoraba!…
Las funciones de la escuela se desarrollaban más o menos en esta forma: de siete a once (en la mañana) y de una y media a las cuatro de la tarde. Los sábados eran las reuniones de evaluación de las tareas y el buen comportamiento de la semana. Sacaba los niños al patio en filas impecables y en silencio absoluto. Empezaba a llamar por lista y a hacer las observaciones sobre por qué se había faltado a clases en la semana; luego, se dedicaba a contar los papelitos que daban el equivalente de la conducta y rendimiento de cada alumno, ya que en ellos se basaban los padres para saber cómo iban los niños en la escuela. Nos daba una clase de urbanidad a pleno sol; en ella se recalcaba ante todo el respeto, la obediencia y sumisión a los superiores en cualquier campo, y sobre todo en lo referente al cumplimiento del deber. Ahora, decía la profesora, los deberes de ustedes son muy pequeñitos, pero a medida que los seres crecen, también los deberes son mayores y más difíciles de cumplir. Cuando uno aprende a cumplir bien con ellos, ya no se le hace difícil, porque la responsabilidad debe aprenderse desde pequeño. Examinaba los dientes, las uñas, la ropa interior, y si alguien tenía piojos y niguas, porque muchos iban descalzos, la señorita se las sacaba y mataba los piojos con Polvorrojo.
Hacía el reconocimiento a los aplicados; al que más papelitos había conseguido en la semana le cambiaba por un vale de mayor valor, que le daba derecho a subir al Cuadro de Honor cada mes, y a los desaplicados que le debían faltas, los arrodillaba en el patio mientras terminaba la clase de urbanidad. Para los más pequeños, la clase se terminaba rápido, pero nos mandaba a coger las ramas para las escobas de la semana, porque las escobas viejas eran para lavar los cuarticos; estos eran un encierrito de orillos de madera parada, llenos de rendijas; por la mitad corría la quebradita y en el medio ponían el cajón con un hueco redondo sobre el tablado, que también era de orillos o cáscaras de los trozos de madera que les sacan a los palos para cuadrar las trozas, cuando asierran para sacar las tablas. Uno era para los niños y otro para las niñas.
Con la dirección de una alumna de las más grandes, mandaba a los chicos a cargar agua; la limpieza de los cuarticos se hacía con escobas, totumas y tarrados de agua tirada; otros con escobas empujaban la suciedad que se había recogido en la semana, porque la quebradita era muy pequeña. Con las escobas se iban haciendo cañaditas, y de arriba se tiraba el agua, hasta darle corriente de nuevo. Cuando todo estaba muy limpio, la quebrada y los cuarticos, entonces llamaban a la señorita para que calificara el trabajo, y lo pagaba con vales. Esto servía para calificar la conducta, porque a más vales, mejor conducta, que era la base para subir al Cuadro de Honor y ocupar la primera banca, la de los más aplicados y que la Nena nunca ocupó; en cambio Albert, por su espíritu de servir y ayudar a la señorita en todo, la ocupaba casi siempre. Por estas pequeñas diferencias los padres podían medir el adelanto y conducta de los hijos.
La enseñanza más recalcada por la señorita era la de aprender a cumplir con el deber, porque daba en vida mayores satisfacciones no solo a los padres, sino también a los superiores y luego a la sociedad; allí es donde más se puede apreciar y estimar a las personas. Porque la responsabilidad en la corriente de la vida cimenta la estabilidad, que es lo que ofrecen las personas cuando aportan todo lo mejor que poseen en beneficio de la humanidad. Los lunes la señorita recogía las tareas y ¡ay de quien no las tuviera al día!, pues se ponía furiosa, dejaba media hora arrestados a los incumplidos estudiando la materia, y se paseaba sacudiendo una pretina de cuatro rejos retorcidos que le habían regalado los padres, haciendo pensar que de verdad la asestaría en las piernas de alguien, diciendo:
—Me la regalaron los padres para que les enseñe a obedecer y a estudiar, y estoy dispuesta a hacerme sentir, porque no podemos permitir que ninguno pierda el año.
Recalcaba mucho el servicio a los demás, la hermandad, la humanidad y el respeto mutuo. Infundía algo tan sano y moral en sus palabras y en su ejemplo; los que recibimos de ella la primera educación comprendimos que preparó tan profundamente los espíritus, que esa fuerza se refleja hoy en las actividades de la vida en quienes fuimos sus discípulos, sobre todo en los hijos del míster, que éramos los que estábamos en contacto más íntimo con la señorita.
Los años pasaron. Los señores vivían del trabajo de la mina y además en las labores de las fincas, actividades corrientes de los hombres de esos tiempos; ellos se esmeraban en mantener bellas bestias, cuidar a sus familias y embellecer sus fincas, desafiando la naturaleza y los diferentes accidentes que rigen las cosechas en todos los productos agrícolas. Quienes se dedicaban de lleno a esas actividades tenían que someterse a esos accidentes y reconocer en todos sus detalles la mano prodigiosa y omnipotente del Creador. Quien no ve la mano de Dios en la fuerza de la naturaleza es incrédulo e insensible al desconocer la grandeza, la sabiduría y amor con que Él ha creado todas las cosas.
CAPÍTULO 3
LOS HIJOS DEL MÍSTER
“Los hijos del míster” nos decían y de ellos nos ocuparemos especialmente de ahora en adelante. Yo terminé primaria en la escuela del pueblo y Albert ya iba en segundo de bachillerato. Mientras, los adultos ya no querían trabajar en la mina, los Ribert alistaban viaje para Alemania por los estudios de Albert. Alfredo Fernández había sido nombrado alcalde para la población de Yolombó, y por esto deberíamos trasladarnos a la ciudad de Medellín, lo que afectó muchísimo a mi madre, pues ella era feliz en La Aurora y ahora debería separarse de mi padre para establecerse en la ciudad, donde yo empezaría mis estudios de bachillerato.
Una tarde salimos Albert y yo como siempre a uno de nuestros paseos al río; nos sentamos en el hueco de un viejo búcaro, en donde descansábamos después de nuestras excursiones; estábamos rendidos por la pesca y la caminada y mirábamos cómo un par de pichones saltaban cerca de nosotros, tratando de alzar sus primeros vuelos, mientras escribíamos bobadas en la arena con la punta de palos que nos servían de bordones unas veces, y otras, de caballitos de palo.
Fuimos dos chiquillos levantados en un ambiente de inocencia, sin más compañía que el uno para el otro, y todas las casas de las fincas eran como nuestras. Nuestras casas eran de quienes las necesitaran, ya que la convivencia en ellas era como de una familia grande. Todo lo que pasaba en la comunidad era sentido y auxiliado por todos; por eso nosotros vagábamos por todo el territorio de la mina sin Dios y sin ley, porque cada trabajador y sus hijos cuidaban de nosotros como si fuéramos de su propia casa.
Nosotros, la parejita del míster, salíamos a paseos cotidianos esa tarde; estábamos recordando cómo peleábamos cuando salíamos a coger mariposas o animales para los álbumes; cómo nos agarrábamos del pelo, nos dábamos de trompadas y nos insultábamos; muchas veces también en las pesquerías peleábamos en el río, y nos íbamos a las manos, a veces nos caíamos al agua y teníamos que llegar a la casa a escondidas de los viejos, para cambiarnos de ropa. Esto sucedía cuando el uno no quería cederle al otro lo que pedía; llegábamos a la casa furiosos, jurando no volvernos a juntar nunca; pero al otro día, el uno salía en busca del otro, como si no hubiera pasado nada. Habíamos repasado ya los años anteriores de nuestras maldades, y esa tarde, cuando nos dimos cuenta de que era pasada la hora, nos alistamos para regresar a la casa, y me dijo Albert:
—Nena, ¿tú no estás muy aburrida con ese viaje para la capital?
Yo no sabía nada del viaje; había oído hablar a mis padres algo de eso, pero estaba en esa edad en la que a uno no le importaba nada de lo que lo rodea, solamente los sucesos que directamente le golpeen. Albert y yo éramos un par de pichones a los que iban a lanzar a dar sus primeros vuelos.
—Yo no sé nada –le dije–; y ¿cuándo será?
—Creo que en estos días, porque nosotros salimos al fin de esta semana; mi padre dijo que saldríamos para Alemania la otra semana, y creo que ustedes también salen por esos mismos días. Estoy muy triste –lo dijo en voz muy baja–; duele dejar todo esto que ha sido tan nuestro; cómo me iré a sentir de solo, sobre todo cuando piense en esta tierra, en nuestras casas, en todo esto que lo hemos hecho nuestro desde pequeñitos, y saber que no podemos rebelarnos, hay que continuar estudios; ya la vida será otra para nosotros. De nada serviría decir que no queremos ese cambio porque para nuestros padres también la vida va a ser muy distinta, pero yo presiento que voy a extrañar muchísimo todas estas cosas que han conformado nuestra vida…, nuestra niñez…, ¿y tú no?
Estábamos a punto de llorar, cuando Albert sacó del bolsillo una navaja y se puso a hacer un círculo grande en la corteza del árbol, al tiempo que decía:
—Tú puedes volver aquí con tu padre cuando quieran, pero yo no podré volver sino con el pensamiento, porque eso es lo que llevo de Colombia: esta finca y estas casas; pero vamos a hacer un pacto: el que venga primero escribe en este pelado que hice en el árbol; solo nosotros sabemos para qué lo hicimos; no importa lo que se escriba, el asunto es que el último que venga sepa que se cumplió la promesa, ¿oyes?
Nos llamaron, y sin decirnos nada, corrimos a internarnos en nuestras casas sin un adiós; pero estábamos seguros de que ya jamás nos podríamos olvidar de estos lugares ni de esas cosas que estaban tan metidas en lo profundo del alma y de nuestras vidas; esos serían recuerdos que morirían con nosotros, aunque no volviéramos a vernos nunca.
Al entrar en la casa vi que en verdad mis padres estaban empacando; me pusieron a recoger cosas, a limpiar y organizar otras que quedarían en la casa. Mientras iba poniendo las cosas en los sitios que indicaba mi madre, yo estaba muy lejos, pensando en los nidos, en la quebrada, en las culebras que toreábamos en los rastrojos, en los sapos del ordeñadero, en los terneritos, en eso que ya no serían nuestros ideales al levantarnos por las mañanas, y de lo que no volveríamos a gozar nunca.
Dos días pasamos organizando viaje, y efectivamente, a la madrugada de un jueves, salimos con rumbo a la capital. El tren solamente llegaba a Amagá. Los Ribert saldrían al lunes siguiente.
Como mi padre tenía criadero de bestias finas en la finca, durante todo el viaje iba concentrada recordando cómo nos divertimos montando las bestias en pelo, es decir, sin riendas. Nosotros teníamos dos amigos íntimos: la Paloma (la yegua) y un sapito verde, con unas patas largas, al que llamábamos Pepe. Cuando llamábamos a la Paloma y cuando le tocábamos la cabeza, arrimaba los belfos a nuestras caras, ella relinchaba y resoplaba como queriéndonos besar; y el sapito, que nos esperaba en los charquitos cerca al ordeñadero y a veces nos perreaba, se escondía en el rastrojo de la orilla, y cuando lo llamábamos golpeando en la yerba, él saltaba de adelante hacia atrás, croando de charco en charco. Él sabía que le hacíamos saltar de uno al otro, chuzándolo muy suavemente con la punta de una varita, y luego nos acompañaba hasta la quebrada. Los peones se burlaban de nosotros y nos decían: “Saludos al sapito Pepe”. En las bestias sin riendas recorríamos las fincas y las casas de los agregados, donde nos ofrecían mazamorra con leche y blanquiado hecho en los días de molienda. Nos querían muchísimo.
Llevaba aglutinados todos esos recuerdos en mi mente; no hablé ni una palabra en el viaje, porque me embargó una gran nostalgia. Todos teníamos nuestra bestia señalada; la mía era la Paloma. Recuerdo que esperábamos ansiosos un potrico que nos regalaría, pero se cayó en un zanjón cuando iba a criar, no pudo salir, se murió allí, y quedó desnucada en tal forma que el potrico pudo mamar y se salvó. Como estábamos esperando la valiosa cría, todos los días salíamos a mirarla; cuando notamos su falta en el potrero empezaron a buscarla. Volví a sentir la tristeza que me acosó en los días de ese suceso; se demoraron tres días para encontrarla, y eso porque los gallinazos revoloteaban en torno del potrico y llevaron a los peones al sitio donde ya los animales se daban su opípara comida. Se me empañaron los ojos por las lágrimas al ver de frente otra vez ese cuadro tan terrible; los animales le habían sacado los ojos, y unos comían de las heridas que le habían hecho por todos lados y peleaban encima de ella, y cuando llegué, al ver la pelea de los gallinazos sobre mi Paloma, me desmayé y pasé tres días gritando: “No, no, no se coman a mi Paloma”, presa de una fiebre nerviosa. Al potrico lo criaron con tetero y viajaba con nosotros. Todos íbamos muy tristes, los unos por unas cosas, los otros por otras. Mi madre presumió al mirarme que por mí pasaba algo y me recostó a ella, diciéndome:
—A que sé qué estás pensando; apostaría que en Albert.
Y casi llorosa le respondí:
—Ya ve que no, mamá.
En eso llegamos a una parada del tren y al ver un horizonte diferente me entretuve mirando un paisaje más amplio que los de los pueblos anteriores, y empecé a pensar en cómo sería la nueva vida, en la ciudad. Tendría tres meses libres para conocer a Medellín, las vecinas, las que de ahora en adelante, algunas de ellas, irían a ser mis compañeras de colegio. Casi sin darme cuenta sentí el pito del tren que anunciaba su llegada.
Empezó el movimiento de la gente en busca de sus objetos de mano; yo seguía como una autómata los pasos de mis padres al salir de la estación, cuando esta apenas era un rancho grande. Tomamos un carro y nos dirigimos a nuestra casa; eran ya como las ocho y media; allí nos esperaba Lucía, mi hermana mayor, maestra en una escuela cerca a la casa. Nuestra casa estaba situada en Ayacucho, media cuadra más abajo de la iglesia de Buenos Aires. El ruido, las casas, la gente, el ajetreo en las calles y organizar nuestra casa me distraían. Ya me tocaba más directamente porque mi hermana tenía su trabajo. También mi padre preparaba viaje para Yolombó a la alcaldía, lo que tenía a mi madre muy preocupada, porque ella no consentía estar separada de él.
Por esas razones yo no tenía mucho tiempo de volver a pensar en las cosas pasadas, desde que nos vinimos.
Cuando los peones de la finca se alistaron para regresar a ella, mi padre les dio la dirección de la casa para que la entregaran a míster Ribert, pidiéndoles que la guardaran bien, pues la necesitarían, ya que tendrían que estar viniendo a Medellín con frecuencia.
Los Ribert deberían llegar a mi casa de paso por Medellín. Los esperamos y no llegaron, lo que extrañarnos muchísimo, pues habían convenido con mis padres que pasaríamos juntos esos días antes de su viaje para Alemania, pero no se volvió a saber de ellos.
CAPÍTULO 4
EL COLEGIO
Ya en la ciudad no volví a preocuparme por esas cosas; mi padre desde su trabajo atendía las urgencias de la casa y la finca. La ciudad me parecía muy bonita; los carros y la gente tan bien vestida me deslumbraban; así, conociendo el medio y gustando a mi edad de lo que se me permitía, pasé el tiempo hasta el día de ingresar al colegio: colegio nuevo, bachillerato, nuevas profesoras y nuevas tareas, uniforme lindo, de seda cruda. Colegio La Enseñanza, con nuevas amistades; la felicidad cuando me decían las compañeras: “¡Cómo te ves de linda con ese uniforme!”. Todo, todo me deslumbraba: las monjas, a quienes comparaba con nuestra señorita, por lo amables; todo eso era nuevo para mí, y me distraía.
Todo era motivo de alegría; ver el séquito de pelados de nuestra misma edad haciendo corrillo en la esquina del colegio a la salida, por las tardes; era maravilloso, por los piropos, aunque nadie osaba acercarse a nosotras, pues estábamos estrechamente vigiladas. Cosas estas que nunca imaginé antes.
Entre esa corriente yo estudiaba, admiraba, no pensaba ni en los Ribert, ni en la finca, ni en Albert, ni en nada de lo de atrás; solo trataba de amoldarme a un medio de vida distinto, pero amable.
Ya tenía tres años de bachillerato bien conseguidos; pero fuera de eso, nada que cambiara la vida de una muchacha retozona y alegre, aunque retraída. Tenía amistades de colegio, vecinas bulliciosas, chicas y chicos con los que jugábamos en las tardes al pipo y cuarta, la gallina ciega, casitas de corozos, o en la puerta de la casa aunque fuera picingaña, y donde estuviéramos bajo las miradas de los padres, pues cada uno vigilaba lo suyo.
Todas muchachitas de trece años, y niños de once y doce que eran los amigos del vecindario, con quienes nos permitían jugar y estudiar a ratos en la casa de alguno de ellos, pero sin mediar otro aspecto que el del estudio; igualmente había vivido en la finca, en forma limpia y sencilla entre todos los condiscípulos.
Naturalmente el ambiente aquí era más austero, más exigente dentro de las reglas de la cultura y la moral. Las pláticas de las hermanas en el colegio no eran muy diferentes a las de la señorita en la escuelita de la mina, pues se había educado en el mismo establecimiento; ellas decían que la moral era ley que se desprende de los mandamientos; la urbanidad, la cultura y el buen comportamiento, vienen de la educación familiar, de lo que se ve y se oye en nuestro hogar. La luz de la conciencia, la sumisión, vienen del mutuo respeto de los seres que tienen que vivir en íntima convivencia, y que el bien y el mal lo maneja cada ser según su fuero interno.
Lo puede apreciar la persona desde el estudio, ve cómo unos son calmados, amables o atrevidos, y otros de malas condiciones, que hostigan y mortifican sin importarles que los señalen como tales. Eso lo sufrimos todos los estudiantes y a todos los niveles.
Empecé entusiasmada el último año de bachillerato, muy estudiosa, y al mismo tiempo hice algunas materias de La Enseñanza para la Educación, que luego terminé y salí con el grado de maestra, ya que mis otras hermanas también ejercían la misma profesión. En el estudio para la enseñanza lo que me dio un poco de trabajo fue el español, por lo que el profesor del colegio ofreció darme algunas clases adicionales en la casa, y mi madre y yo aceptamos encantadas. Empezó a presentarse a las siete hasta las ocho que era la clase, y luego las fue alargando, porque quería que fuera la mejor de su clase, pero a mí no me gustaba el tipo, ni su presentación, era un poco descuidado con sus zapatos y en su vestido. En las despedidas de mi madre se le iba casi otra hora. A mí eso no me gustaba; fue cierto que me ayudó muchísimo en matemáticas y castellano; era cumplido y serio en las clases; mis padres sabían que yo le gustaba, pero yo ni me había dado la menor cuenta. Cuando me echaba un piropo yo no me daba por aludida; nunca les presté atención a sus bobadas. Mamá a veces me decía:
—Mija, ¿usted por qué es tan descortés con el profesor?
Yo le contestaba:
—Como él viene a dar una clase, qué más quiere que yo haga, si me parece tan perezosito. Yo creo que no sirve sino para profesor y así es como lo veo y lo aprecio.
Ya hacía mucho que venía a la casa, hasta en días en que no tenía que dar clase. Yo veía imposible otra relación distinta a la de profesor y discípula. Un día me propuso que hiciéramos las relaciones un poco más amistosas, ya que hacía tanto tiempo que nos conocíamos y que visitaba la casa. Yo le contesté:
—Si las relaciones que tenemos tan buenas no le son satisfactorias, usted está en el derecho de suspenderlas cuando quiera, o cuando lo estime conveniente.
No volvió a comentar nada. Yo ya tenía catorce años y mi madre me preguntó:
—¿Es que no te gusta el profesor?
Yo le contesté:
—Sí me gusta y lo quiero, pero como profesor; ¿de qué otro modo podría quererlo?
Ella se quedó callada y no adelantó ni una palabra más. Él era culto, muy buen conversador, con mis padres se extendía para resolver los problemas del mundo, pero yo no encontraba más que conjugaciones para hablar con él; había veces en que me dormía oyéndolo. Era tan descuidado en su traje, y yo estaba tan mal acostumbrada en mi casa por la pulcritud de los Ribert. Los señores de ese tiempo que eran unos gentleman; correctos en su traje y en sus modales. Andrés era correcto conmigo y se preocupaba muchísimo por ayudarme en todo, por lo que mis estudios fueron de buen rendimiento en general. Pero fuera de las clases yo no quería nada con él. Una noche después de un examen, elogiándome tomó mi mano y me besó, como quien se roba una caja fuerte. Yo me puse furiosa y le exigí que se fuera y no volviera, que no lo recibiría nunca más. Él se quedó mirándome y me rogó en una forma tan suplicante que no le tratara así que no volvería a suceder, que se cuidaría en adelante de esos arrebatos. Yo le dije:
—No hay razón para ellos, pues lo que necesito es rendir: no bobadas.
Él se rio y me dijo:
—Ah, bueno, dejémonos de bobadas y sigamos las clases.
Pero yo ya sabía que debería estar en guardia y poco a poco fui buscando el modo de suspender sus clases.
Esa fue una experiencia que empezó a abrirme los ojos a la vida. Cuando sentí ese beso me ruboricé sin saber por qué; pero en ese instante pensé: ¿por qué nunca lo había intentado Albert? Si hubiera sido él, me hubiera sentido muy feliz. A mi edad yo no sabía, ni alcanzaba a comprender el porqué de esas emociones en los seres humanos.
Al profesor lo cambiaron para un pueblo y se acabó esa bobada tan simplemente vivida. Aunque al despedirse me dijo que él sabía que yo algún día acabaría queriéndolo, a lo que le contesté:
—Como lo quiero ahora lo querré siempre, porque su recuerdo será muy grato para mí.
En el último año de magisterio, mi padre insinuó viajar a la finca, porque había una propuesta de compra, y antes tendría que hacer algunas reparaciones, y quería que todos pasáramos en ella las vacaciones de fin de año.
Mi padre había sido trasladado de Yolombó para Segovia. Y mientras se hacía el traslado, mi madre y yo empezamos a soñar con el viaje; nos dolía mucho la venta de la finca, pero mi padre ya no la estaba atendiendo bien y no le interesaba; decía que era mejor vendérsela a otros que la necesitaran para cultivarla y vivir ahí.
Compramos anzuelos, piolas y los implementos que acostumbrábamos, pues hacía ya mucho tiempo que deseábamos volver a ver cómo se encontraban las cosas manejadas por los agregados. Mi madre decía que la felicidad de su vida la había gozado allá; que cuando se retiró de las minas ya la finca no producía lo suficiente, y que esa fue la razón para venirnos a Medellín y acercarse más a los hijos que estaban luchando en diferentes partes, y a los que les quedaba más difícil ver y saber de ellos.
Ella, en los ratos que teníamos de lectura y conversación, era feliz recordando a los compañeros de trabajo en las minas, con las señoras haciendo los ajuares de los niños que esperaban, y los pañales los pulían a mano, pues todas las esposas de los empleados parían sus hijos en sus casas, sin más preocupación que por la comadrona y por el médico que hacía visitas mensuales. Ellas bordaban y tejían constantemente; no vi nunca a mi madre haciendo otra cosa y además dar las órdenes a la criada para una organización perfecta de la casa. Siempre cuando hablaba de la vida en La Aurora se transportaba recordando gentes y detalles. Por ejemplo, yo la vi llorar cuando recordaba la muerte del primogénito de doña Cristina Wolff, recién venida al país. A ella le había tocado ayudarle a conseguir las cositas para hacer el ajuar y acompañarla en todo, y cuando se le murió el niño, esa calamidad fue terrible para todos los compañeros. También lloró en una enfermedad de la señora de don Julio Henker, a la que le dio un tifo y duró cuarenta días entre la vida y la muerte. Las compañeras de los empleados la atendían, a pesar del contagio, ya que de tifo y neumonía nadie se salvaba. Por eso para mi madre, volver a la finca, era volver a vivir esos intensos años de matrimonio y mil cosas agradables de su vida, en el paso por las minas de Marmato y Supía primero, y luego en las de El Zancudo. Era el recuerdo de muchos años ya vividos.
Los preparativos para el viaje estaban listos; mi padre estaba en la finca, organizando lo necesario para nuestra estadía y a fines del mes vendría por nosotros para pasar allí todos reunidos la Nochebuena. Quería que nos preparáramos para los tres últimos meses de vacaciones, allí en ese lugar, el que más quería toda la familia.
CAPÍTULO 5
CRUEL JUGADA DEL DESTINO
Sueña, sueña en el presente, porque mañana quizás no veas los primeros destellos de la aurora
C. R. B.
Llenos de ilusiones todos estábamos ansiosos y en un día brillante, con la brisa que refrescaba el ambiente, felices emprendimos el viaje. El tren llegaba ya hasta Camilo C., y luego seguíamos en bestia; de allí llegaríamos a Bolombolo que era la posada obligada; íbamos despacio, cogiendo frutas silvestres, ciruelas y algarrobas, descansando a la sombra de los frondosos árboles, por una trocha estrecha, por donde escasamente cabía la bestia, a veces apartando las ramas con las manos, para evitar que golpearan el rostro del jinete. El viaje era fatigante por lo malo de las trochas, los fangales y a ratos debido al sol candente en las riberas del río Cauca.
Por momentos reposábamos esperando que el calor cediera un poco aunque llegáramos tarde a la posada y dejando descansar los animales para que no se les hiciera muy dura la jornada, ya que en Bolombolo los viajeros siempre dejaban descansar las bestias siquiera medio día; pero mi padre tenía urgencia de llegar y por eso tratamos de hacer el viaje en los tres días. De Bolombolo, el viaje fue trepando la bravía cordillera y atravesando por entre el monte y las pocas aberturas que se iban perfilando a medida que los trabajos del ferrocarril avanzaban, ofreciendo posibilidades a la agricultura y al desarrollo general de la región.
De Bolombolo salimos temprano, y al atardecer del tercer día llegamos medio muertas a La Aurora, descuidada y triste, sin flores en los corredores, distinta de como la habíamos dejado cinco años atrás. Por el tiempo que hacía que no montábamos, estábamos rendidas y maltratadas. Arreglamos lo más importante y nos acostamos a dormir.
Eso creíamos, pero no fue sino a descansar. Yo oía a mis padres en sus comentarios de lo que era dejar las cosas en manos extrañas, que la finca ya no era la misma; oí a mi padre decir que siquiera ya la iba a vender, ya que no podía volver a ella como antes y administrarla de cerca. Mientras yo, desde que supe que volveríamos a la finca me entusiasmé mucho, empecé de nuevo a pensar en los rinconcitos de nuestros escondrijos, en la quebrada, en nuestro charco preferido, en el sapito Pepe, en los cafetales y los caminos a la escuelita, es decir, en los lugares que fueron centros de mi diversión en la niñez.
Esa noche, especialmente, recordé las palabras de despedida de Albert: “Tú puedes volver pronto y yo desde allá te acompañaré por todos los lugares”. Pensaba esa noche en lo que habría sido de ellos; si ahí encontraríamos noticias o tal vez jamás volveríamos a saber nada, pues la distancia era muy grande, aunque la casa de ellos aún estaba ahí. ¿Pero sería de ellos todavía?
Yo quería saber de todos, pero en especial de Albert. Y pensaba: si ya vendieron, nunca tendré la oportunidad de volver a tener noticias de ellos. Pasaban las horas sin poderme dormir, pero me consolaba que al menos tenía esos recuerdos tan hermosos; y poco a poco me fui durmiendo hasta muy avanzada la mañana.
Al despertar, en lo primero que pensé fue en salir a la quebrada y me dije: si vinieron a la finca, veré si recordó la promesa y la cumplió. El bramar de los terneros, la bulla de los peones y el ajetreo del ordeñadero, los arrieros con las cargas de caña para la máquina –pues se acercaban los días de la molienda–, el alegre cacarear de las gallinas me recordaron cómo Albert y yo salíamos, con los aspavientos de ellas, a cazarles los nidos llenos de huevos, y algunas veces, de polluelos.
Desperté como de un sueño; me parecía imposible estar ahí de nuevo y poder sentir aquellas impresiones; volvía a sentir la felicidad que imaginaba sería igual al encontrar esas cosas que nos habían hecho tan felices en la infancia, y creí gozar al recorrer de nuevo uno a uno cada lugar, sin pensar que ahora no sería lo mismo, porque yo ya no era niña, tenía ya diecisiete años y, por consiguiente, ya no corría por las mangas, no jugaba como antes, ni podía irme al establo a ponerles pereque a los mozos; y al salir al patio y ver la casa de los Ribert, sentí un hondo vacío al no ver a Albert a la espera, como siempre, para las cacerías.
Desde ahí empecé a pensar que ya la estadía no sería lo que yo esperaba, pero a pesar de eso salí a la quebrada y en el trayecto volví a revivir aquellas cosas que tenía casi muertas en mi memoria: veía las bestias, casi ninguna era de las nuestras; a los peones no los conocía y las vacas las habían cambiado o habían muerto; los rastrojitos donde nos escondíamos ya eran montes; lo único que corría igual era el agua que nos arrulló en las tardes y en nuestros juegos.
Me desvestí y me fui caminando lentamente por la orilla. Sentía más fría el agua y más lento su murmullo; como que ella extrañaba al ser que faltaba en ese concierto y me sentía tan triste, que me provocaba llorar al unísono con el murmullo de la quebrada. Me bañé rápido y salí del agua, como si alguien me dijera: “Vete de ahí!”, y eso me hacía comprender que todo había cambiado en mi vida, al dejar de ser niña, y que las cosas también habían sido cambiadas por el paso del tiempo; los lugares eran los mismos y las cosas serían iguales, pero solo en la mente, porque en verdad eran recuerdos que llevaría en el alma como un relicario para poder acariciarlos, como pajas de un tibio nido que hacía tiempo había quedado vacío, pero que quería guardar en el cristal de mi imaginación, para que no se deslustrasen y que mientras viviera estarían siempre presentes en mis añoranzas.
Al pasar por el establo y ver todo distinto, caras desconocidas, sentí amargura al solo pensar cómo cambian las cosas en tan corto tiempo. Era yo, iba con los míos, era la misma finca, con las mismas cosas; pero ¡qué distinto todo lo que me rodeaba! Todo giraba sobre mi cabeza como unas mariposas que aleteaban sobre mí sin lograr atraparlas.
Llegué sin pensarlo a la casa. Me senté a mirar el pasado, cuando llegó la criada a decirme que si ya quería pasar al comedor. No la conocía; era una hija de un agregado; seguro no era de las de la escuelita porque la hubiera reconocido al instante. Cuando llegó mi madre me dijo:
—¿Qué tal, hija? ¿Cómo te encuentras? Me imagino que tan desconcertada como yo. ¿No te parece todo como abandonado? Tenemos que ponernos a arreglar nuestras cosas temprano, porque por la tarde se vuelve el trabajo muy perezoso y seguro querrás salir a recorrer los predios que recorriste de niña, o a la escuela, o a bañarte.
En el comedor hicimos el mismo comentario que en la mente ya me había hecho en mi pequeña correría: decíamos que nada estaba igual. Nos dedicamos a trabajar organizando nuestras cosas y algo de los enseres de la casa que estaban muy descuidados, y así se nos fue el día. Ya eran las cinco de la tarde.
—Bueno; hoy no hacemos más, me voy al baño –le dije a mi madre.
Pero yo en el día, mientras trabajaba vagaba por todas partes, recorría con la imaginación todos los sitios que nos eran comunes y viajé a todos con Albert: recorrí con él de la mano las mangas, el monte y la máquina de moler caña; era viernes de molienda; recorrí las gabelas pidiendo miel para los blanquiados y peleando con los mozos; ordeñando las vacas en la manga. ¡Cómo tomábamos leche en nuestras totumitas! Todo, todo lo recorrí con él, luego salí para el baño a pasar un ratico con el recuerdo en el arroyo y a pasar por el árbol para saber si los Ribert habían llegado antes que nosotros, y Albert había cumplido la promesa que habíamos hecho el día de la despedida.
Yo iba por los senderos extrañándolo todo: los potreros estaban descuidados; las cercas de matarratón las habían cambiado por los fríos estacones de alambre de púas; no se veía ni una flor en los cercados; los ciruelos los habían dejado morir o los habían cortado; los carboneros de los caminos, que vivían florecidos, los habían quitado para reemplazarlos por los estacones de las alambradas; en el camino al arroyo, que tenía acacias a la orilla, estas no estaban. Pero yo iba al arroyo llena de esperanza; me bañé y puedo jurar que retocé en la mente con Albert en el charquito donde jugábamos o nos peleábamos; salí despacio del baño y me enruté al árbol en el que muy pocas veces yo había pensado, aunque estaba muy ligado a nuestra niñez, pues todos los accidentes de la finca los llevábamos tan dentro que no tenía sino que cerrar los ojos y podía revivir todos los detalles como en una cinta fotográfica.
Caminando y pensando llegué al árbol, y a distancia vi caracteres muy claros con tinta roja; aceleré el paso, me acerqué a él y vi en letras muy bien trazadas y pulidas, dentro del círculo, que Albert había tallado años atrás, una leyenda, que leí llena de emoción: “A pesar de las distancias, recordando y soñando, volvemos a vivir”; no firmaba; esa era la consigna, pero yo recordé que la letra de Albert era muy mala y enredada; pensaba que esa letra no podía ser de él, pues no guardaba ni un solo rasgo de los que yo ampliamente conocía en ella y esa no se parecía en nada. Al principio me alegré muchísimo al pensar que Albert había cumplido su promesa, pero dudaba de que esa fuera su letra y eso me confundía; me hacía la ilusión de que era de él y que me gritaba: “Estuve aquí, te recordé, te extrañé”, pero pensaba: ¿si fuera de otro o de otra esa letra? ¿Quién me aseguraba que fuera de él esa leyenda?… Seguí caminando como un ente que no le encuentra respuesta a nada; solo sentí deseos de llorar. Regresé a la casa por la puerta del jardín y pude comprobar que el sarro que había sobre el estanque había caído; el estanque estaba lleno de musgo. Los ladrillos estaban cubiertos por el lodo y los rosales se habían muerto; no había sino chamizas, y sentí en el alma que ese sueño del regreso se iba convirtiendo en pesadilla. Mi padre en sus asuntos de negocios, mi madre en las casas de los agregados tomando nota de las cosas y yo con mi tristeza; ya veía que el regreso no me dejaría sino un gran desengaño.
Esa noche casi no dormí, vagué con Albert por todos los rincones de la finca; me esforzaba en pensar cómo estaría en esos momentos: me lo imaginaba largucho, muy estudioso, pero juguetón y de amplia sonrisa. Pensando, pensando, me quedé dormida.
El sol de la mañana siguiente me despertó con el cacarear de las gallinas, el bramar de los terneros y el retozar de los pajaritos que aleteaban frente a mi ventana.
Mis padres habían salido temprano al arroyo y a inspeccionar diferentes aspectos de importancia para ellos; ya estaban de regreso, en casa de los Ribert, seguro averiguando qué había sido de ellos. Ya para el almuerzo llegaron felices, pues habían visitado las casas, saludando a toda la gente; venían eufóricos y alegres comentando los sucesos y los adelantos de algunos de los hijos de los agregados, que ya eran profesionales muchos de ellos, compañeritos de la escuela, que trabajaban en altos puestos, en diferentes industrias y en varias partes; que algunos de los viejos ya habían muerto y otros estaban mal de salud; comentaban de todo: que los hijos de los agregados casi todos estaban casados, y las hijas eran maestras en el lugar o en el pueblo; de la belleza de todos los nietecitos. Esos fueron los comentarios durante el almuerzo; luego nos recostamos para la siesta y me perdí pensando en lo distinto que se perfilaba el sueño del regreso a la finca. No había sino vacío y, desafortunadamente, una gran duda.
Al caer de la tarde salí al arroyo, me bañé y anduve por muchos de los rincones donde después de nuestras travesuras solíamos reposar y resguardarnos del sol; y sin rumbo fijo, llegué al estanque de los patos en casa de los Ribert. La casa era como un pequeño castillo, toda blanca, rodeada de altos pinos, de dos pisos, balcón de anchos corredores; en la parte alta estaba la pieza de Albert y un amplio estudio; de ahí se divisaba mi casa y la mayor parte de las fincas.
Sin darme cuenta me puse a jugar con los patitos, donde jugábamos con ellos, y a veces los matábamos al tratar de recogerlos, pues son demasiado frágiles. En ese momento los patos y gansos empezaron una enorme algarabía: yo estaba inclinada en la pileta jugando con el agua que salía abierta en regadera: había lotos, y con el agua hacía nadar las matas florecidas y estaba chapuceando con la mano cuando sentí detrás de mí una solemne carcajada de alguien que decía:
—¡Mira quién está por aquí! ¡Hola, Nena!, ¿cómo estás? ¿Desde cuándo por aquí?… ¡Cómo estás de hermosa! ¿Cuándo llegaron? ¿Qué hay de los tuyos? –me acosaba con preguntas y admiraciones–. Pero ¡cómo quedaste de preciosa! ¿Y se demoran? Hablaba como si le dieran cuerda, para averiguar todo lo mío, de mi vida y de mis cosas. Yo lo miraba también sorprendida del cambio que se había obrado en él; era casi un milagro de hombre; me negaba a creer que fuera el mismo muchachito langaruto y feo que ayudaba a su padre en las faenas de la finca, al verlo hoy convertido en un joven tan bien parecido y culto. Yo en mi admiración le dije:
—¡Hola, Jorge! ¡Pero estás inconocible! ¡Cómo quedaste de guapo! ¡Cuéntame, qué hay de los tuyos, de tus viejos, de tus tres hermanas, de tu vida!
Él no se cansaba de admirarme; me contó que su padre había estado grave en Medellín, pero que ya aunque no muy bien, le ayudaba en los trabajos, pues él era el administrador de los bienes de los Ribert; que ya las hermanas se habían casado, eran maestras en otras poblaciones, y que él estaba viviendo con los dos viejos solos. Conversamos de todo lo de la finca, de lo abandonada que estaba la nuestra, de los agregados, de los amiguitos de la escuela, y de muchas tonterías de nuestra niñez.
Ese fue como un recuento de la vida, de esa comunidad que formó una etapa especial de la nuestra. Él era un poco mayor que Albert; no era muy compañero nuestro porque el padre lo mantenía siempre muy ocupado en ayudar a los trabajos de la finca. Seguíamos la conversación a ritmo acelerado. El me preguntó:
—Y ustedes, ¿por qué no habían vuelto?
—Pues, porque desde que nuestro padre se metió a ser alcalde, ya casi ni nosotros lo vemos. Tú sabes lo que son los puestos públicos, con la cantidad de ojos mirando actuaciones, para levantar los gritos cuando hay razón o no.
—Esa es la política –me contestó.
—A mi madre le provocaba siempre volver, pero solas y por estos caminos, era imposible.
—¡Qué lástima! –dijo él–; no te imaginas cómo extrañaron los Ribert la ausencia de ustedes en el tiempo que estuvieron aquí, y cómo lamentaban no tener ninguna noticia, ni dónde poder averiguar por ustedes en Medellín.
—¿Cómo así? Si los trabajadores tenían las direcciones de mi padre y la nuestra en la ciudad.
—Ellos pensaban averiguar en Medellín, pero no figuraban en ninguna parte.
—¡Claro!, el teléfono figuraba con el nombre de quien era el dueño anterior de la casa –le respondí.
—Ellos esperaban que de un momento a otro ustedes podían volver; decían que ese era el compromiso.
—Raro que los encargados de la finca no tuvieran la dirección, si mi padre se las dio muy clara para entregarla a los Ribert, desde cuando nos fuimos. ¿Cuándo estuvieron ellos aquí? –le pregunté.
—Hace dos años y se estuvieron en las reparaciones de la casa más de dos meses –y prosiguió–: Nena, no puedes imaginarte cómo los extrañamos y sobre todo Albert a ti; salíamos siempre juntos y a todas partes te llevaba presente; cómo jugaban en el arroyo, y en cada rincón que descansaba, te recordaba esperando se obrara un milagro de fuerza mental y se aparecieran ustedes aquí, aunque fuera por pocos días. Albert se preguntaba cómo estarías (ahora) y cuántos compañeros de estudio andarían tras de ti. Ellos estuvieron en Medellín diez días y nadie supo darles noticias de ustedes. Albert te extrañaba muchísimo, a pesar de que estaba con Hilda, una compañera de la universidad. Se paseaban por el pueblo montando a caballo y por el arroyo, aunque muchas veces él prefería ir conmigo cuando quería dar vuelta a la finca, donde te recordaba y decía: “No te imaginas cómo quiero estos lugares, es que los llevo dentro de mí”.
—Ya ves cómo se olvidan de rápido las cosas. Albert venía con deseos de verme, pero se vino con su novia, a recorrer los lugares donde jugó conmigo, por todos los rincones que me son tan queridos y que él decía eran nuestros. ¡Claro!, él creería que me quedaría chiquita, o tal vez pensaría que no nos volveríamos a encontrar para recorrerlos juntos otra vez, y trajo con quién hacerlo, aunque yo estuviera aquí, y me tocara verlo recorriéndolos con otra.
Me dolía que hubiera estado con otra en los mismos lugares. Nunca, después de nuestra despedida, en esa tarde en que no nos dijimos adiós, yo me había detenido a pensar en él, ni en eso. Las circunstancias habían cambiado: era Medellín, mi estudio y otras gentes. Pero ahora, esto me dolía y, sobre todo, saberlo tan bien acompañado, ¿qué se iba a preocupar de extrañarme?
—Jorge, ¿crees que solo una amiga se viene con ellos desde Hamburgo?
—No, Nena, no lo juzgues mal; estudian en la misma universidad y están haciendo un trabajo referente a su carrera, y por eso resolvieron venirse juntos, pasaron muy distraídos trabajando y gozando del pueblito, de las bestias, en los paseos a los diferentes lugares; estudiando sobre lo que venían a investigar de los trabajos y cambios en las minas de Colombia. Pero estoy seguro de que él pensaba en ti, porque cuando quería salir conmigo me hacía recordarte, por los comentarios en cada lugar donde descansaba y pienso que para poder recordarte, salía conmigo a los sitios que él quería recordar, por donde ustedes andaregueaban; para recorrer con Hilda siempre salían a caballo a las casas, al pueblo y a las minas.
—Sí, Jorge, pero de todos modos a mí me duele que haya venido acompañado.
—Ellos –dijo Jorge– deben venir dentro de tres semanas, pues Albert ya está terminando su carrera de Ingeniería Civil; va a demorarse porque viene a hacer su tesis sobre la minería en el país y los señores piensan hacer algunas reparaciones mientras Albert hace su trabajo para graduarse.
Yo no le demostré mi emoción a Jorge, pero me sentía feliz, aunque sabía que si venía con Hilda me sentiría en segundo plano ante él, pero me alegraría solo el volver a verle, o mejor, el reconocerle, sin saber cómo resistiría el encontrarnos y no echarme a sus brazos y llorar con él todos aquellos recuerdos, todo aquello que llevábamos tan adentro, en presencia de otra que jamás entendería las expresiones de unos sentimientos que eran únicamente nuestros. Esa amistad con la francesita me dolía; me dolía saber que desde que llegó a Alemania, la francesita estaría siempre a su lado, y que en forma distinta ella estaba ocupando mi lugar. Yo no tenía razón para reprochárselo, pues sería la fuerza de la ruta que el destino nos demarcaba. Ella estaba allí, lo acompañaría a todas partes, como lo había hecho yo, pero en condiciones muy distintas. Las relaciones de ellos nunca serían como las nuestras tan inocentes y limpias; esas ideas revoloteaban en mi mente desde ese momento, mientras Jorge decía:
—Y sabes, Nena: me duele que Albert se gradúe porque ya no lo volveremos a ver por estas tierras; cuando sea un profesional ya no se acordará de nosotros, y ¿a qué va a volver a este país si su trabajo, diversiones y su propia vida no se lo permitirán? Todo en su profesión será muy distinto.
De pronto me di cuenta de que casi oscurecía, y dije:
—Jorge, mañana nos vemos.
—Y todos los días –respondió-–; si no vienes, yo iré a buscarte, preciosa, y gracias por el ratico.
—Gracias por la flor, señor galante –le contesté, mientras caminaba a mi casa, pensando en el extraordinario cambio que se había obrado en su fisonomía de hombre; era un joven alto, en su trato se podía apreciar la influencia del roce con la familia de los Ribert, por su porte, su cultura y todos los ademanes.
Al entrar a la casa, mi madre, que se mecía en una silla del corredor, me dijo:
—Te pasaste toda la tarde en casa de los Ribert, ¿y qué supiste de ellos?
—No, no pasé del estanque; hablé con Jorge únicamente; ¡pero no te imaginas el cambio tan tremendo de su figura! ¿Te acuerdas del flacuchento que nos traía la leche? Es todo un milagro: alto, rozagante, ¡y si vieras qué porte! No entré en la casa, ni Jorge me invitó, yo no quería hacerlo. Pensaba que si pasaba el umbral de esa casa vacía, tendría que hacerlo con lágrimas en los ojos. Mamá, ¿a ti no te daría pesar entrar a verla tan sola?
—Claro que sí, hija –me contestó–, por eso no lo he intentado. Para mí, Mr. Richard y Frau Lenny, como los llamábamos, eran tan queridos casi como mis padres: tan cultos, amables y serviciales. Frau Lenny, una dama alta, robusta, humanitaria y querida en toda la región por sus modales y la forma de atender a todo el mundo, sobre todo a aquellas personas con quienes ellos tenían por cualquier circunstancia que tratar. Su hijo Albert era el complemento de la familia, era su vida y su razón de ser. Albert era blanco, de ojos muy azules que enmarcaban bien en una frente amplia; muy bien formado, de cabello claro; desde su niñez era muy amable y cordial con todos los que le rodeaban; muy responsable, pues estaba educado con esa estricta disciplina de la raza germana. Cuando le recomendaban algo, él, aunque pequeño, sabía responder.
Esa tarde, al llegar a la mesa, dijo mi madre:
—¿Ya viste la correspondencia?
—No –respondí.
—Te llegó una carta y ¡a que no te imaginas de quién!
—No. No puedo imaginarme quién tenga esa osadía de escribirme hasta aquí. –Me paré y fui a darme cuenta de quién podía ser, quién sabría que estábamos en la finca.
Efectivamente. Abrí el sobre y, qué desilusión al leer y comprobar que era del profe de inglés y español, que había ido a Medellín y en la casa le habían dado la dirección de nosotros en la finca. Decía que venía a pasar unos días de vacaciones con nosotros, y que, si hubiera tenido que ir al infierno para verme, gustoso lo habría hecho.
—¿De quién?… –me preguntó mi madre.
—Se nos dañó la fiesta –le dije–, pues el adorado profesor Andrés dice que se viene a pasar unos días de vacaciones con nosotros. ¡Qué te parece! Dizque tiene que hablar conmigo en serio, y que al saber que estábamos en la finca le pareció de perlas. ¡Cómo soy de demalas!
Lo menos que yo podía pensar era eso: ¡qué pereza esto, con ese sujeto andando detrás de mí a todas partes donde siempre prefería estar sola! Eso era tremendo para mí, pues se declaraba como un enamorado loco desde hacía mucho tiempo. Yo supuse que a mis padres no les desagradaba la noticia, mientras que yo pensaba que sería mejor así, pues lo despacharía de una vez, con sus aspiraciones infundadas, porque yo jamás alimenté sus pretensiones. Él, en sí, como novio me aterraba, aunque debía de todos modos atenderlo, porque tenía una deuda de gratitud desde el colegio. Para mis padres él era muy buen conversador y, en efecto, sí era muy ilustrado, pero yo me dormía oyéndoles sus largas polémicas mundiales.
Y después de un viaje desde la población de Venecia, tan pesado, no sería justo recibirlo con cajas destempladas desde su llegada; debería ser afable con él, como lo fui siempre, para hacerle la estadía, si no feliz, sí amable, pero haciéndole entender que en la forma en que él pensaba pasar feliz, no se iba a poder, ya que yo en este momento solo pensaba en contar los días que faltaban para las vacaciones de Albert allí, conmigo, si no venía con su amiguita.
Puse la carta sobre la mesa. ¡Qué angustia la que sentía al pensar que Albert regresara con ella!, pero a pesar de todo creía que no pasaba el tiempo para su llegada. Eran tres semanas para soñar dentro de la duda de la sorpresa que tendría él al encontrarnos ahí. Y me di cuenta de las diferencias que ofrece la vida en los distintos aspectos, a veces despiadada y cruel.
Nosotros pensábamos pasar muy felices en ese pedacito de tierra que nos deparó tanta felicidad en otros tiempos, y veníamos a buscar ese mismo calor que había prodigado a nuestras familias y del que habíamos disfrutado juntos. Pero como los designios de la vida nos reservan grandes sorpresas, pasamos dos semanas esperando a nuestro visitante y gozando del agua del arroyo, de las mieles y las moliendas. Mi padre ya había cerrado el negocio de la finca y nos quedaríamos ahí las vacaciones mientras arreglaban algunas cosas y llegaba el resto de la familia para Navidad.
CAPÍTULO 6
LA FUERZA DEL DESTINO
Faltaba una semana para la llegada de Albert, cuando se le presentó a mi madre una neumonía infecciosa y nos vimos en la urgencia de salir con ella en camilla; los caminos eran tremendos, las bestias se atascaban a cada momento, la gravedad de mi madre urgía pronta atención.
Esto se presentó intempestivamente, como a la una de la mañana; había que fabricar la camilla, de modo que mamá no se mojara; salimos mi padre y yo, angustiadísimos, pues creíamos que no llegaba con vida al pueblo, para recibir atención médica.
Al amanecer llegamos al hospital; no nos dejaron pasar de la puerta porque no podían atender casos de neumonía allí. Eran solo dos piezas y estaban ocupadas; y, aunque no lo estuvieran, no la podían atender porque se infectaba el hospital. La dejaron en la puerta, con atención médica hasta que amaneció. Nosotros teníamos una de las mejores casas del pueblo y mi padre fue a pedir a la familia que vivía allí que le facilitara una pieza para atender a mi madre. Le respondieron que ellos tenían niños y que no se atrevían a exponerlos a ese contagio. Mi padre desesperado fue donde un amigo y le expuso la tremenda situación en que se encontraba con mi madre; él le dijo que estaba acondicionando un apartamentico que solo tenía una pieza y servicios, que aún no estaba terminado del todo, pero que la lleváramos allá mientras se podía conseguir algo mejor. Así fue; la llevamos allí y los médicos se pusieron al frente de ella para tratar de salvarle la vida, pero el mal era muy grave. Pidieron a Medellín con un peón las últimas drogas que habían inventado para esa infección pulmonar mortal, con la esperanza de que, con las medicinas que le aplicaron al llegar, pudiera resistir hasta que le trajeran las especiales. Sabiendo la dificultad para obtenerlas pronto por lo malo de las vías de comunicación, mi padre pensó en transportarla a Medellín pero el médico dijo que en las condiciones en que se encontraba, era exponerla más, y otros dos médicos determinaron lo mismo.
Así pasamos el día y la noche con ella en esa camilla; el amigo y otras personas nos prestaron una cama y tendidos para poderla atender mejor; pero todo esfuerzo fue inútil: a las cinco de la tarde murió. ¡Qué desesperación!: en esa incomodidad, desprovistos de todo, donde no teníamos amigos de confianza, solo las personas con quienes mi padre había tenido algunos tratos comerciales. A mi madre le parecía terriblemente feo el pueblecito, y por eso iba muy pocas veces a visitarlo. Mi padre quiso trasladarla a Medellín, pero las autoridades no podían dar permiso para sacar a una persona que hubiese muerto de esa enfermedad; había que pasar la noche allí y había que enterrarla lo más pronto posible.
Nunca podrá el ser humano conocer el porqué de esos designios tan extraños. Vivir en Medellín, con toda comodidad, entre todos los recursos y, sin saber por qué lanzarnos a esas circunstancias, a esas condiciones de imposibilidad; de soledad, de angustiosa desolación y carencia de todo.
Tenían que elaborar la caja mortuoria, para hacerla había que tomar las medidas a la persona fallecida. Tener que dejarla allí donde ella menos pensó, pues lo más terrible que le parecía del pueblo era el terreno colorado y faldudo del cementerio. Ella decía que los muertos de arriba bañaban a los de abajo, por los ríos que corrían cuando llovía; sus aguas bajaban hasta con pedazos de huesos al pueblo. Eso era lo que más nos angustiaba saber que ahora sería su morada definitiva. Más aún, porque ya habíamos vendido lo que teníamos allá y solo volveríamos a visitarla. Pasamos esa noche con tres señoras del pueblo, desconocidas para mí, mi padre, tres amigos y las cuatro velas junto al cadáver; no había luz eléctrica. Le pusimos como adorno una corona que mandamos a hacer, con todas las flores del pueblo. Al día siguiente, en la mañana, se le dijo la misa con la asistencia de diez personas, y luego de terminar el entierro volvimos a la pieza a recoger las cosas y hacerlas incinerar. Mi padre pagó al amigo el valor de la desinfección de la pieza. Papá no quiso que volviéramos a la finca y nos trasladamos a Medellín, pues él tenía que estar el lunes como había convenido con el comprador, para hacer la escritura, y además, no quería volver por allá él solo y en esas circunstancias.
Él estaba destrozado, pero a pesar de eso sabía que tenía un compromiso que cumplir, pues la palabra de los señores de ese tiempo valía más que los papeles que se iban a firmar, o que cualquier documento. Así que regresamos a los tres días a la ciudad, cargados de amargura. La finca había sido vendida con todo lo que contenía en muebles, y mi padre ordenó al mayordomo que recogiera las cosas personales de nosotros y las llevara a la casa en Medellín. El mayordomo había recibido la finca minuciosamente y seguiría trabajando con el otro dueño que no tuve oportunidad de conocer.
Con la venta de la finca se terminaba la historia de ellos dos, de su amor, y de la casa donde se levantaron la mayoría de sus hijos al calor de la comprensión y del respeto mutuo. Ya no éramos sino los dos; había un hijo soltero, pero vivía lejos también. A la llegada de nosotros a Medellín se reunió la familia completa para comentar los sucesos y cómo pasó toda esa tragedia tan inesperada, pues todos soñaban con que íbamos a pasar la Nochebuena reunidos en la finca antes de salir de ella, pues muy pocas veces nos veíamos todos juntos, siempre estaban dispersos en diferentes lugares del país, cumpliendo cada cual su destino. Los mayores para mí eran casi extraños. Solo estábamos los dos solteros, los más pequeños. Eran todos muy buenos, pero yo había llevado una vida muy independiente de ellos, solo veía por los ojos de mis padres y mi hermano menor, pero ya trabajaba en otros lugares. Por eso, cuando ellos propusieron que nos fuéramos a vivir con alguno de ellos, donde quisiéramos, yo me aterré y les dije que no quería salir de Medellín, ni de la casa por ningún motivo; que yo sentía a mi madre en toda la casa, y mi padre accedió a mi resolución y seguimos viviendo juntos.
La vida solitaria y amargada se fue normalizando. El tiempo se encargó de ello. Mi padre volvió a sus trabajos, mientras yo esperaba en vano alguna noticia de La Aurora. Me extrañaba que no hubiera una nota siquiera de duelo, ya que yo misma le había encargado al peón que nos trajo las cosas de allá, con una notica para Jorge, pidiéndole que nos avisara de alguna forma la llegada de los Ribert.
Yo pensaba que habían llegado con la amiga, y que él pensaría que era mejor no contestar nada, para no tener que dar esa noticia. Del señor dueño de la finca no se volvió a saber, pues era de otro departamento y ninguno de los mozos de La Aurora volvió a aparecer por nuestra casa. Ya esa etapa de la vida se veía para todos terminada, a pesar de que siempre esperaba que en cualquier momento los Ribert vendrían a visitarnos al regreso de Alemania, pero eso no sucedió.
Para mí los días pasaban soñando y esperando, mientras mi padre vivía sumido en la soledad, el trabajo y gracias a él pudo sobrevivir solo, con su gran tristeza; venía con frecuencia a Medellín y un día de esos me dijo:
—Hija, me siento muy cansado; a ratos me dan deseos de retirarme.
A lo que yo le respondí:
—Me parece magnífico; tú ya has trabajado lo que te tocaba. Ahora descansa, no tendremos apuros, y en caso tal, los muchachos nos ayudarán.
Pidió una licencia y a los pocos días cayó gravemente enfermo de un derrame cerebral que lo dejó paralizado, en silla de ruedas, y recluido en casa ya para siempre. No éramos sino los dos y la hija de un agregado que vivió desde pequeña con nosotros. Ella se entendía con todas las cosas de la casa y para nosotros era una compañía muy querida, como una más en la familia. Lía era especialísima en los cuidados con mi padre.
Así vivíamos los tres; yo salía para resolver nuestros problemas comunes, leíamos, dormíamos y charlábamos. Sentíamos el mismo frío interior, la misma rebeldía ante los hechos, las circunstancias en que la vida nos había sumido de repente en ese tremendo abandono, y la imposibilidad de cambiar el rumbo ya fijado por el destino.
Darmowy fragment się skończył.