Czytaj książkę: «Las dos caras del deseo»

CARMEN OLLÉ nació en Lima en 1947. Estudió literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En 1981 publicó el poemario Noches de adrenalina, al que siguieron el conjunto de poemas y relatos Todo orgullo humea la noche (1988), el relato ¿Por qué hacen tanto ruido? (1992), y las novelas Las dos caras del deseo (1994), Pista falsa (1999), Una muchacha bajo su paraguas (2002), Retrato de mujer sin familia ante una copa (2007), Halcones en el parque (2012), Monólogos de Lima (2015), Halo de la luna (2017) y Amores líquidos (2019). Fue profesora de Literatura en la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle y actualmente conduce un Taller de Escritura Creativa en el Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar.

LAS DOS CARAS DEL DESEO
© Carmen Ollé, 1994
© Grupo Editorial PEISA S.A.C., 2018
Jr. Emilio Althaus 460, of. 202, Lince
Lima 27, Perú
Diseño y diagramación: PEISA
Carátula: Renzo Rabanal / PEISA
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com info@ebookspatagonia.com
Primera edición, 1994
Segunda edición, julio de 2018
ISBN edición impresa: 978-612-305-124-2
ISBN edición digital: 978-612-305-157-0
Registro de Proyecto Editorial N.º 31501311800691
Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú N.º 2018-09791
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No tengo principios:
lo único que tengo son nervios.
AKUTAGAWA RYUNOSUKE
El hada verde que vive en el ajenjo
quiere tu alma.
PRÍNCIPE VLAD TEPES


Apoyada en la baranda de la terraza, Ada se detuvo a observar a la gente que descendía de autos lujosos. Las parejas maduras iban tomadas del brazo, las más jóvenes se mantenían a distancia. Las ropas domingueras consistían en blusas y faldas floreadas según los dictados de la moda; otras mujeres llevaban el negro habitual.
Se sentía a gusto en el cementerio de La Planicie, contemplando el verde liso e intenso del campo de equitación que se extendía delante de ella. El bosque de La Molina aparecía frondoso. A lo lejos los techos de San Borja se apretujaban sinuosamente.
En el campo de equitación, una amazona rodeó con habilidad la primera valla de troncos, dudó en saltarla, y se perdió por el lado izquierdo, detrás de unos cipreses. Volvió a verla aparecer después de unos minutos con su chaquetón blanco, a paso lento, sin atreverse a librar ningún obstáculo, como una principiante.
Le gustaba hacer el viaje desde Lince hasta el cementerio, un viaje largo que le daba la impresión de asistir a alguna cita interesante. Además, se llenaba los ojos con el verdor de La Molina, olvidando su barrio y sus calles infestadas de basura.
Una niña a su costado la miró y corrió luego a ver cómo su madre daba una limosna a un viejo paralítico. La imagen coincidía de alguna manera con la neblina de la mañana, iluminada por una insípida resolana.
El cementerio, por ser el de moda, era el más lujoso: un panal de nichos en espiral sobre una pequeña colina. Hasta la Flor Pucarina, una famosa cantante folclórica, había querido reposar en la Cripta de la Resurrección.
No tenía deseos de regresar y encontrarse con Ladieli, la tarapotina con la que compartía el departamento, aunque, probablemente, a esa hora, su amiga había salido a dar un paseo. Desde que tenía novio desaparecía los domingos muy temprano.
Cuando Ladieli llegó para alquilar la habitación, aún vivía la anciana dueña del departamento, quien le ofreció la pieza más pequeña a cambio de su compañía. Era un cuarto húmedo que daba a un patio adornado con macetas. El humo de la cocina del primer piso se filtraba por la claraboya y hacía irrespirable el ambiente. Las primeras semanas Ladieli no salía por quedarse acompañando a la anciana. Al mes, empezó a vender productos de belleza de puerta en puerta. Caminaba muchas cuadras para ahorrarse pasajes, y se vestía con la ropa usada de Ada.
Para Ada, Lima era una ciudad religiosa y aburrida. Quiroga no volvería a llamarla por teléfono; ya lo había hecho el sábado por la noche para enviarle un beso.
Pasó la tarde acostada, leyendo. Saul Bellow le parecía fascinante, un escritor a quien podía leer sin hastiarse. En uno de los relatos, un hombre maduro –que Ada descubrió como el álter ego del autor– tenía amores con una divorciada diletante, capaz de tomar un avión a cualquier hora para sorprenderlo en una ciudad lejana. El personaje era un hombre tolerante y adinerado. La combinación le pareció realmente tonta, pero envidiable. No conocía a nadie que tuviera las dos cualidades al mismo tiempo. Pensó en Carlos Millares, pero su tolerancia tenía límites precisos, de carácter político; además, era un profesor jubilado. Fue él quien le consiguió el trabajo de profesora en la universidad, librándola de la desagradable experiencia de enseñar en un colegio. Ada detestaba el magisterio: las clases exigían preparación y sufría exponiendo ante un auditorio, pero al fin y al cabo a otros les iba peor.
Desde su adolescencia la acompañaba una sensación de hastío. Al principio creyó que Quiroga era diferente, tenía humor y eso hacía soportables las horas en la universidad. Pero su filosofía acerca de la duda metódica le pareció simplona, y no quería pensar en cómo hacía el amor, como si sintiera asco de besarlo. Se reprochó su disposición para brindar placer sin obtenerlo a cambio. A veces pensaba que no debió divorciarse de Luis; si algo sabía Luis era lograr que una mujer jugara en la cama hasta quedar satisfecha.
Ada meneó la cabeza al recordar su megalomanía, el principal motivo de la ruptura. Ahora él se encontraba en Austin siguiendo el inevitable doctorado en filosofía. Un megalómano podía llegar a ser un artista en la cama, pero no tenía sentido soportarlo fuera de ella.
Al bajar a la bodega para comprar algo para cenar, encontró a Ladieli conversando con la vendedora.
–Pues, sí... cada uno de esos yates debe costar una fortuna.
–¿Fueron al club que les recomendé, en La Punta? –interrumpió Ada.
–Ah, Ada, ¿estabas ahí? Le decía a la señora Wong lo apetitoso que estuvo el menú. Además, de entrada nos sirvieron unos aperitivos deliciosos.
Ada sabía que Ladieli mentía. A ese club en decadencia podía entrar cualquiera. La Punta misma era un balneario trasnochado y, en cuanto al menú, estaba segura de que no la había satisfecho.
Salieron juntas de la bodega y subieron las escaleras. Ladieli le comentó lo maravilloso que había sido el domingo al lado de su novio, luego le preguntó si la había llamado Quiroga. Ada negó con la cabeza.
–Cielo, ya te he dicho que ese hombre no vale lo que crees –chilló Ladieli.
–¿Y ustedes, fijaron la fecha de la boda?
–Por supuesto, nos casaremos dentro de un mes, en mi pueblo. Entonces, ¿qué hiciste durante el día? Ya sé –dijo Ladieli, alzando las manos para impedir que Ada respondiera–, fuiste al cementerio.
Ada mintió: había ido al cine a ver una película de ciencia ficción, que no pudo terminar porque la proyección era más grande que la pantalla. Siempre sucedía algo incómodo en los cine clubes.
–Cielo, no hay agua –volvió a chillar Ladieli después de entrar a la casa y enrollarse la cabeza con una toalla para tomar un baño.
–Me olvidé de advertirte que la cortaron desde la tarde, hay un poco en el balde.
La muchacha le envió un beso volado. Tenía cierta gracia infantil con su porte menudo, razón suficiente, pensó Ada, para conseguir novio. Celebró que se casara pronto, aunque la iba a extrañar.

Habían transcurrido tres meses desde que Ladieli se marchó de la casa. Para Ada, el aburrimiento era una sensación misteriosa y acaso un estado del ser que hacía que los cuerpos a su alrededor perdieran su perfil y hasta su peso, sumiéndola en una sensación de infinitud. Personas con las que había hablado una semana atrás, con las que se había enredado en un abrazo apasionado, parecían etéreas, como si las hubiera imaginado. La permanencia de esos sueños era siempre efímera. Estaba convencida de que ella había inventado esas pasiones.
En esos tres meses sintió que se iba diluyendo en el sopor y la monotonía. Sin duda, la embargaba una terrible soledad desde la partida de Ladieli a su pueblo. La muchacha era la que había puesto un toque de alegría y movimiento a la casa durante los últimos dos años. Ahora Ada estaba sola, sus palabras no tenían eco y extrañaba la voz aguda y chillona de Ladieli.
No fue sino hasta el Viernes Santo, cuando esperaba en el baño que su estómago funcionara, que sintió de pronto el júbilo de estar viva. Los símbolos permanecen latentes, aun para el no creyente, se dijo. Luego de bañarse, hojeó los titulares del periódico que yacía sobre la mesa del comedor: la muerte reinaba en ellos como un trofeo.
Al salir al pasillo del edificio, se encontró con Evangelina, la anciana que ocupaba el departamento de enfrente. Evangelina había preparado el típico plato de Semana Santa y la invitó a almorzar. Ada aceptó, prometiéndole volver a eso de la una.
A la hora del almuerzo, Evangelina colocó el bacalao en una fuente de loza inglesa. Guisaba con gusto, abusando tal vez de los condimentos. Ada celebró el esmero que había puesto en servirlo. En los modales de la anciana se notaba a la vieja limeña educada en algún colegio exclusivo dirigido seguramente por religiosas. Evangelina incluso recitaba el Padrenuestro en francés, con un acento peruano en el que se insinuaba cierto orgullo familiar.
Volvió a asaltarle el recuerdo de su matrimonio disuelto. Luis había pretendido conducirlo con la misma disciplina y orden con que se manejan las instituciones académicas. La naturaleza era superior a todo lo inventado por el hombre. Pero la naturaleza y el cuerpo no podían ser controlados por las ideas sin liquidar su esencia poética. La oscuridad de la noche, la penumbra de la naturaleza, que en los últimos días le gustaba observar desde el balcón, no era comparable con la oscuridad del ser. Aquella era natural; la otra, forzada por la ignorancia o la vanidad. El sentido común había guiado a Luis al separarse de ella, y el sentido común era el enemigo número uno de la imaginación. Había reflexionado sobre eso la noche anterior, y había sido la noche más sugerente del final del verano: un cielo encapotado ocultaba y descubría intermitentemente una luna llena.
Frente a ella, Evangelina tomaba un consomé de verduras. Su soltería no la había amargado, su cuerpo había envejecido, pero ella seguía siendo joven. Tampoco parecía que hubiera exigido grandes oportunidades a la vida. Solo había ambicionado aquello que pudo obtener: tranquilidad, refugio para su vejez y una pensión de jubilada que Ada pensaba no iba a cubrir sus gastos futuros si seguía viviendo varios años más.
Evangelina vivía rodeada por los recuerdos de sus pasados amoríos. Le había contado en una oportunidad el más importante de ellos, que tuvo lugar en Jauja. Un pueblo serrano había sido el escenario del romance entre una antigua dama limeña y un joven periodista. A principios de siglo, Jauja era una especie de ciudad-sanatorio, adonde iba lo mejor de la sociedad limeña para cicatrizar sus lesiones pulmonares. El Flaco –así llamaba la anciana cariñosamente al periodista– era un ángel de bondad. Alto, delgado, peinado a lo Valentino, en una foto tenía abrazada a una joven esbelta, de prominente nariz: Evangelina, quien vestía elegante a su lado, con un traje sastre, una corbatita y zapatos de taco alto. El Flaco había dejado sus noches de bohemia limeña para descansar poco tiempo en los brazos de Evangelina, hasta su muerte, que lo sorprendió al año de haberse comprometido con ella.
La anciana se puso melancólica al recordarlo. Sus ojos se pasearon por la habitación hasta posarse en el cuadro de una Magdalena tendida entre divanes y gatos persas.
–Oh, Ada, siempre que me pides esta foto recuerdo a ese muchacho.
–¿Le da pena hacerlo?
–¡Qué va! A mi edad la pena se parece a la felicidad. Pero come, el bacalao frío puede hacerte daño.
–La ayudaré con los platos.
–De ningún modo. Tú eres mi invitada. ¿Sabes qué pienso? Que cada vez te veo más solitaria; deberías tener novio.
La anciana se dirigió a la cocina con los platos.
–Volveré en la noche, Evangelina.
–Está bien, pero piensa en lo que te dije. Necesitas una compañía seria –gritó desde el interior.
Ada la vio recogiendo unos secadores de los cordeles y le hizo adiós con la mano.
Para Ada ese fin de semana fue largo y tedioso. Había llenado las horas leyendo un par de novelas que compró el jueves por la mañana. La literatura le servía de evasión, algo que según algunos críticos no era justo sino despreciable. Ellos negaban que el buen lector debiera identificarse con los personajes. Sin embargo, Ada no se identificaba con ninguno, pero la mala suerte de los demás la entretenía. Lo que más apreciaba en las novelas japonesas, por ejemplo, era su delicadeza y la violencia oculta detrás de los gestos o inclinaciones reverentes. Kawabata le gustaba más que Mishima, que era cruel e inflexible con las mujeres.
El domingo por la tarde, cuando preparaba en su cartera lo que llevaría a clases, pensó en cómo enfrentar una situación que desde hacía algún tiempo la inquietaba: la gente que conocía hacía preparativos para marcharse del país. Solo ella vacilaba por desidia o porque era incapaz de tomar una decisión. No se trataba tan solo de que no tenía el dinero disponible para hacer un viaje al exterior; había, además, algo que no tenía claro, si era o no el amor. Sin duda era agradable inspirar deseo en un profesor joven y dinámico como Quiroga, pero nada más. La universidad no era estimulante, pero era preferible estar en contacto con los estudiantes a encerrarse en una oficina. Luis, además, le había contado en una carta cómo transcurría la vida de los inmigrantes en los Estados Unidos: una vida de perros, se dijo. Pero no sabía a ciencia cierta qué era lo que la mantenía inmóvil, incapaz de hacer una gestión para conseguir una beca en el extranjero.

Cerró su cartera con fastidio. A esa hora el transporte en la ciudad iba a ser doblemente difícil a causa de una procesión. Le era imposible ubicar a Quiroga, que vivía en una zona peligrosa en la que los drogadictos asaltaban a los visitantes. Tampoco tenía ganas de ver a sus parientes, ocupados en hablar de dinero. Los domingos se prolongaban siempre inútilmente.
Salió a caminar y entró a un café, donde los mozos la recibieron con desdén. Uno de ellos destapó una bebida helada que colocó en una esquina de la mesa sin servírsela.
No quería pensar en sus clases, cada vez más insulsas. Incluso estar en un café fumando un cigarrillo la impacientó. Terminó la bebida y cambió de establecimiento. En el restaurante de enfrente se concentró en las personas que hacían cola para entrar a la vermú.
La voz que escuchó a su costado le resultó conocida. En la mesa contigua vio a Martha acompañada por una joven de ascendencia japonesa. Su antigua compañera de estudios no había envejecido, pero su semblante tenía una expresión adusta, aumentada por la delicadeza de la chica oriental que fumaba a su lado y que al saludarla le había hecho una venia ceremoniosa.
Martha la invitó a sentarse con ellas. Las dos tomaban cerveza desde las cinco de la tarde y la habían divisado al entrar al local. ¿Cuánto tiempo hacía que no se veían?, preguntó Martha.
–Probablemente un año –reflexionó Ada, incómoda. Lo que menos esperaba esa tarde era encontrarla. La relación que unía a Martha con Eiko excluía a las demás personas, pero esta vez Martha sonreía como si le alegrara verla.
–Eiko escribe poesía –comentó Martha afablemente.
–Qué bien, ¿ha publicado algún libro?
–Todavía no se anima, ¿verdad, Eiko? –Martha miró a la japonesa como esperando que dijera algo, pero esta se limitó a sonreír.
–Tienes seguramente un libro en preparación, ¿cómo se titula? –Ada había dirigido la pregunta directamente a Eiko para evitar que Martha contestara por ella. Sin embargo, esta volvió a intervenir:
–Claro que lo tiene y pienso editárselo próximamente.
–Signos de ausencia... –murmuró Eiko, devolviendo la mirada a Ada.
–El título lo escogí yo porque me pareció interesante –interrumpió Martha.
Ada pensó que era el típico título de una principiante. La mayoría de ellos se parecían sin dejar entrever nada sugerente, pues eran demasiado abstractos.
–Creo que es demasiado abstracto... pero Martha no quiere entender –agregó la muchacha adivinando su pensamiento.
A Ada su voz le pareció lánguida como si la hubiera extraído del fondo de su estómago.
–El título es lo de menos –añadió Martha–. Lo importante es la producción. Un libro es un crédito en el currículo.
–Es poco –exclamó Ada–. Debería sumar más.
–Oh, Ada, un crédito es un crédito; además, estamos hablando de un poemario, que no cuenta mucho para el puntaje.
–¿Y qué es entonces lo que cuenta para ti?
–No hablo de mí sino de la evaluación universitaria. Lo que más vale, por supuesto, son los títulos y diplomas de cursos y seminarios.
Eiko miraba alternativamente a Ada y a Martha, sosteniendo su barbilla con la mano izquierda mientras que con la derecha mantenía un cigarrillo encendido. La joven bebió un largo sorbo de cerveza y apagó el cigarrillo a medio fumar.
–La poesía no cuenta –murmuró con tristeza.
Ada hizo un gesto afirmativo con la cabeza, pero no tuvo deseos de añadir nada a fin de no prolongar la conversación.
Martha no aprobó el comentario de Eiko, sobre todo porque consideraba una niñería rebelarse de ese modo.
–Lo que pasa contigo, Eiko, es que eres muy tímida, tus poemas también lo son; creo que tenemos alguno en mi cartera, déjame buscarlo.
Eiko agarró súbitamente la mano de Martha, que hacía en ese momento el ademán de abrir el bolso.
–No hagas eso, por favor –suplicó.
–Déjalo para otra oportunidad, Martha –sugirió Ada, comprendiendo el embarazo de Eiko–. Ya habrá tiempo para leerlo cuando se haya publicado; ahora tengo que irme.
Y de inmediato se levantó y se despidió de las dos. Luego cruzó la calle tan rápidamente como pudo para esquivar la mirada de la pareja. No se había vestido para salir, llevaba un pantalón de dril y una chompa bastante usada.
Cuando caminaba rumbo a la panadería con el propósito de comprar algo para cenar, pensó en el poema que Martha no llegara a enseñarle. Probablemente se trataba de uno de esos textos que hablan de la naturaleza o del paso del tiempo con delicadeza, pero sin aportar nada nuevo. Estaba pagando una pizza en la caja, cuando al voltear se encontró de nuevo con las dos mujeres, que, al parecer, la habían seguido.
–Volvemos a encontrarnos –dijo Martha sonriendo. Eiko examinaba una de las vitrinas donde exhibían dulces de mazapán en forma de animales y figuras humanas muy pequeñas.
Esta vez fue Eiko la que, haciendo un esfuerzo por aparentar naturalidad, se dirigió a Ada para invitarla a comer en un chifa de Magdalena, un rincón discreto que Martha y ella frecuentaban y donde la comida era exclusivamente oriental. Ada aceptó, aunque dijo que no podía trasnochar, por si después se les ocurría invitarla a otra parte.
Por esa ruta, con dirección al mar, el tráfico fluía libremente, ya que la procesión congestionaba solo el centro de la ciudad. El local del chifa era bastante reducido; afuera, los vendedores de ropa y cosméticos se alumbraban con lamparines o linternas.
En efecto, la comida la sorprendió gratamente. Habían pedido una variedad de salsas que Eiko llamó eróticas por su mixtura y colorido. Martha las saboreaba mirando a Eiko y a Ada con expresión soñolienta.
De pronto Eiko deslizó una mano debajo de la mesa. Martha y ella se rieron, y luego de una breve pausa, asomaron de nuevo sus pequeñísimos dedos maniobrando con delicadeza un encendedor que, Ada advirtió, era una pieza costosa.
–Ella me lo regaló –dijo Eiko.
Martha asintió orgullosa.
–¿Sigues siempre con la idea de viajar al extranjero? –preguntó Martha con cierta ironía mal disimulada en los ojos.
–¿Por qué lo preguntas?
–Oh, Ada, ya no recuerdas la última vez que nos vimos. Fue en verdad hace tanto tiempo, pero me sé de memoria tus palabras. Entonces me dijiste que estabas harta de la universidad y yo te comenté que la mía no era diferente, no mucho, aunque sí algo más prestigiosa, debes reconocerlo. Pero este no era motivo para escapar. Me explico, las universidades nacionales están en crisis, pagan muy poco, pero es un asunto digno y sacrificado eso de entregar tus energías al pueblo.
–No lo sé –musitó Ada, avergonzada.
–Siempre soñaste con viajar. Recuerdo que cuando estudiábamos juntas te atraían África, Oriente y también París. Sobre todo creo que eran sueños literarios, propios de personas que se toman demasiado en serio la literatura. Me refiero a París, ya sabes, la literatura maldita, etcétera. Pero ¿África? Eso sí era una extravagancia, ja, ja, ¿tú qué dices, Eiko?
Eiko se encogió de hombros. Ada sintió el roce de un zapato en su pierna y luego la voz gangosa de la japonesa disculpándose. Eiko se inclinó sobre una de las fuentes para tomar un langostino y colocarlo entre los labios de Ada, quien cerró instintivamente los ojos.
Después de pagar la cuenta, caminaron por un laberinto de vendedores ambulantes para tomar el ómnibus de regreso, y prometieron volver a encontrarse uno de estos días, lo que significaba que probablemente nunca más se verían, pensó Ada con alivio.

Ada dio la espalda a la pizarra y se enfrentó a la clase. Un auditorio conformado por más de treinta personas le provocaba siempre ganas de correr. Al revisar de nuevo lo escrito en la pizarra cuarteada por el uso, se dio de cara con las anotaciones que había hecho sobre el Romanticismo. Miró su reloj, aún debía sostener unos tres cuartos de hora de clase. No supo si pedirles a ellos que explicaran lo que entendían por héroe romántico. Titubeó durante breves segundos y empezó a disertar sobre la influencia de Satán en la poesía.
–El mal y lo demoníaco configuran el aura del héroe romántico –dijo. Pero cuando llegó a la figura mítica de Prometeo, una duda la hizo mantenerse en silencio, y luego, vacilante, continuó sin precisar el acto heroico del célebre personaje griego.
–Profesora –la voz de una alumna interrumpió la clase haciéndose un vacío alrededor de Ada. La chica la miró fijamente y preguntó:
–¿Por qué ha dicho que Prometeo intentó robar el fuego? ¿Acaso no lo robó en verdad?
–Efectivamente –contestó Ada–. Prometeo robó el fuego, disculpen... ¿pero acaso alcanzó el conocimiento, la libertad para los hombres? –se defendió.
–El hombre transforma la naturaleza, por lo tanto es libre y posee el conocimiento –continuó la alumna. Sus ojos pardos y rasgados la miraron con ironía satisfecha. Los demás alumnos aprovecharon el momento para hacer preguntas sobre si en realidad los románticos habían sido revolucionarios o hasta qué punto reivindicaban los ideales del pueblo.
–El hombre domina, perdón, transforma –corrigió Ada– la naturaleza, como usted bien dice, señorita. ¿Pero esa transformación no lo ha llevado a amenazar la integridad del planeta? Misiles destructores, industrialización de productos altamente tóxicos...
La joven de los ojos rasgados escrutó a Ada inquisitivamente, asintiendo con la cabeza, y esta creyó que había salvado la situación, pero terminada la clase se sintió avergonzada y confundida. ¿Por qué demonios había vacilado? ¿O no estaba segura de que el tal Prometeo había robado el fuego y por eso había merecido el castigo de los dioses? No, ella no estaba segura de nada, esa maldita duda de siempre, la inseguridad y su falta de memoria iban a comprometer su autoridad. ¿No eran los marxistas precisamente los que elevaban la figura de Prometeo a la de un ídolo inmortal? Debió recordarlo.
A la hora del refrigerio se lo contó a Quiroga.
–No es grave si no lo escribiste en la pizarra –dijo este, con la sonrisa de un juez altamente experimentado en errores de contenido–. ¿Cómo es la muchacha que hizo la pregunta?
Ada describió a una joven pequeña, medio blanca y de pelo ondulado.
–Se trata de Nancy. Su novio es estudiante de filosofía y hace poco estuvo detenido por subversivo. Cuídate de ella, es una chica dura.
Después de almorzar, caminaron juntos hacia el decanato sorteando la basura y el mal olor de los servicios higiénicos, abandonados por la huelga de los empleados. En la oficina, Ada se sentó en el sillón de cuero del decano. No se imaginaba en el cargo, eso estaba fuera de sus planes. En cambio Quiroga parecía moverse en esa dirección, ambicionando alcanzar un puesto importante. Ada examinó su rostro lampiño y rubicundo, típico rostro de la sierra del norte. Quiroga no le atraía; sin embargo, su abrazo la turbó y le devolvió el beso con placer. Le estaba acariciando los senos cuando un ruido en el pasillo hizo que se detuviera. Una idea cruzó por la mente de Ada. ¿Y si Quiroga hubiera hecho una apuesta con otros profesores para hacerla definitivamente su amante? ¿Cuánto tiempo podría mantenerlo lejos de un compromiso serio?
El trayecto a su casa se vio perturbado por el incidente en clase. Una falla más y podría ser cuestionada. Temió que en lo sucesivo aquella alumna la dominara con su mirada.
Decidió caminar un poco para despejarse, pero no había mucho que ver en la ciudad. Los únicos que parecían animados eran los escolares con sus uniformes manchados de grasa y sus mochilas llenas de frases alusivas a conjuntos de rock. Se llamaban a gritos y lanzaban insultos a la gente que pasaba. Ada temió a un grupo de adolescentes apostados en una esquina y subió a un colectivo. Al llegar a su casa encontró una nota de Martha donde anunciaba que vendría a conversar por la noche.
A eso de las siete vio el rostro solemne de su amiga y le extrañó que la japonesa no viniera con ella. Martha le dijo que Eiko vendría a buscarla en una hora. Tomaron café y charlaron de asuntos burocráticos.
–¿Sigues fumando cigarrillos negros? –preguntó Ada, al ver que Martha encendía un Imperio.
–Yo los prefiero, aunque a Eiko le desagrada el olor. Solo fumo cuando estoy nerviosa.
Martha le contó que estaba preocupada por Eiko. Una amiga suya insistía en buscarla a menudo. Se trataba de una persona poco discreta a quien no le importaba lastimar la relación llevándose a Eiko cada vez que podía. También le dijo que la amiga estudiaba Derecho, que estaba a punto de graduarse igual que Eiko, y que la veía todos los días en la universidad.
–¿Temes que Eiko pueda escoger entre ella y tú?
–No exactamente, tenemos una relación muy sólida, pero a sus invitaciones solo asisten japoneses; la chica es sensei, y como te imaginarás, se trata de encuentros de los que me siento excluida, lo cual me parece una trampa. No creo que esa amiga sienta verdadero interés por Eiko, quizá lo que más la inquieta sea mi amistad con ella y por eso desea apartarla de mi lado.
–Eres egoísta al negarte a que Eiko salga con muchachos de su edad. Deberías examinar este asunto con más calma.
Martha no respondió. Apagó el cigarrillo, esparciendo la ceniza por el contorno del cenicero de vidrio.
–No lo entiendes, Ada. Eiko es muy sugestionable, y esa chica puede estar metiéndole ideas falsas en la cabeza. Estoy pensando seriamente en suspender sus clases de francés. Quizá pueda parecerte mezquino, pero Eiko es muy práctica y me obedecerá si la amenazo con eso.
–Eiko se irá algún día –le dijo–. Aprovecha esta ocasión para soltar el nudo. ¿Por qué no haces un viaje? A tu regreso examinarás mejor la situación, y si la relación continúa, podrían incluso vivir juntas.
Martha no la escuchó, preocupada en atisbar por la ventana. Ada intentó calmarla. No debía alterarse y mucho menos llamar a casa de la muchacha pues tanto asedio era inconveniente. Se sintió aburrida ante la perspectiva de una inminente crisis de celos.
De pronto, las dos vieron asomar la cara redonda de Eiko por el vidrio de la ventana. Se la veía pálida y despeinada. Al entrar, Martha le preguntó quién la había traído y Eiko respondió que Susana.
–La chica de la que te hablé –exclamó Martha con el ceño fruncido. Y empezó a recriminar a Eiko. Esta confesó que había estado bebiendo cerveza con su amiga en un restaurante japonés.
Cuando Eiko vio a Martha más calmada, abrió su cartera y extrajo un libro con caracteres en japonés para mostrárselo a Ada.
–País de nieve, de Kawabata –dijo.
–¿Lees japonés?
Eiko asintió.
–Es un espléndido libro –dijo Ada.
Eiko no lo había empezado a leer porque se lo acababan de prestar. Ada elogió la delicadeza de la narración que, según dijo, era como pinceladas de acuarela.
–Todo lo japonés es intenso –apuntó–. Aunque las pasiones se ocultan tras los gestos delicados de sus personajes. Deberías leer La casa de las bellas durmientes.
–También es sórdido –dijo Eiko, a quien le había vuelto el rosa a las mejillas.
La idea sorprendió a Ada por el tono adusto en el que se había expresado. Martha intervino aprobándola.
–Sí..., pues la delicadeza de la que hablas, Ada, se convierte en algo violento y primitivo en el amor. Una geisha desnuda no es lo mismo que una muñeca de cuerda, ja, ja.
–Puede ser, aunque no siempre. Sigo pensando en La casa de las bellas durmientes, por ejemplo. No hay sordidez en las escenas del anciano que va a la casa de las geishas para dormir junto a ellas –dijo Ada, a quien le molestó la falta de pudor de Martha, ya que sus palabras escondían una intención erótica–. En otras novelas de Kawabata hay aspectos sórdidos, es verdad, pero en general la violencia y lo sórdido contrastan con los modales de los protagonistas y el paisaje, que son presentados artísticamente.
Les recordó dos novelas de Mishima: El marino que perdió la gracia del mar y El pabellón de oro.
–Mishima es sórdido –agregó Martha en un tono agresivo.
–Mishima es un poeta –rectificó Ada.
Martha usaba un moño apretado. Ada se fijó en sus hermosos pero contraídos ojos negros y en su traje azul marino, y en que mantenía los brazos muy juntos como con temor a despegarlos del tronco.
Ya era tarde para que las dos mujeres se atrevieran a tomar un taxi, por lo que Martha insinuó pasar la noche en la casa, y le preguntó a Ada si eso no la molestaba.
–En el cuarto de Ladieli hay sitio –contestó Ada.
–¿Quién es Ladieli?
–La chica con la que compartía el departamento. Se casó y se marchó a su pueblo. Quizá deseen una copa de oporto, creo que todavía hay un poco.
Ada se dirigió a la cocina y regresó con tres copas recién lavadas que eran del juego que su madre usaba en las grandes ocasiones, y que habían dividido entre ella y su hermana a la muerte del padre. Las copas tenían peanas altas y estaban labradas con hojas y flores.
–No será igual que el sake, pero es dulce y reconstituyente –dijo Ada, dirigiéndose a Eiko.
–El sake me hace pensar siempre en mi infancia –reflexionó Eiko.
–¿Tiene esas características? –preguntó Ada.
–No sé –dijo Martha, encogiéndose de hombros– si el sake obliga a pensar en los traumas infantiles...
–Eiko no se refería a ningún trauma, ella mencionó que le recordaba sus años infantiles.
–Hmm... pero la infancia en general es una etapa complicada –recalcó Martha y rio tímidamente mientras apuraba su copa–. Mi infancia fue extraña, no recuerdo bien a mi padre; mi madre siempre estaba rodeada de mujeres bien vestidas que me hablaban y acariciaban como a un bicho raro.
Martha hizo una mueca de disgusto y se arrinconó en el sillón, que empequeñecía su figura.
A Ada la conversación le pareció tediosa. Se levantó con el pretexto de acomodar la habitación donde pasarían la noche.
Cuando por fin se fueron a dormir, respiró aliviada, pero no pudo conciliar el sueño. De la habitación de Ladieli llegaba un ruido extraño, como si arrastraran la cómoda que estaba junto a la ventana y la trasladaran a otra parte del cuarto. Cuando por fin parecía que iba a dormirse, empezó de nuevo el mismo ruido. Esta vez oyó un murmullo seguido de una carcajada. De nuevo arrastraban algo, probablemente la cama, de un lado a otro. Estuvo tentada de pedirles que se callaran, pero no se atrevió. Nunca se atrevía a reclamar. Esa era la razón de sus continuos mareos y vómitos, de la sensación de asfixia que a veces la asaltaba de noche o cuando iba en un colectivo lleno de gente.
El ruido se prolongó hasta el amanecer. Cuando se levantó para preparar café, la puerta del dormitorio de Ladieli estaba entreabierta. Las dos mujeres dormían plácidamente boca abajo y no quiso despertarlas. Pensó que llegaría tarde a clases por culpa de ellas.
Se había tomado ya dos tazas de café en la cocina. Salió en puntas de pie; esta vez encontró a Martha en el comedor, peinada y arreglada como para marcharse.
–Eiko duerme todavía –dijo–. Le fue imposible conciliar el sueño durante la noche.
Ada tuvo deseos de preguntarle el motivo de esos ruidos nocturnos, pero se contuvo. Las dos hablaban en voz baja, sentadas en el comedor.
–Sigues siendo la misma muchachita tímida y perpleja que conocí en la universidad, incapaz de matar una mosca –susurró Martha, acariciándole el dedo meñique.
–En cambio a mí me pareces otra mujer, más recia, menos vulnerable –dijo Ada, ocultando mecánicamente las manos debajo de la mesa.
–Hmm, Eiko tarda siempre en levantarse –Martha señaló a la muchacha que estaba sentada sobre la cama observando la pared. Se dirigió hacia la joven y, arrodillándose junto a ella, le tomó las manos. Parecía como si le pidiera disculpas, pero Eiko seguía sin reaccionar. De pronto, la joven volvió la cabeza para mirar a Ada, que le estaba ofreciendo una taza de café desde el comedor. Eiko se levantó como sonámbula.
Cuando se marcharon después de desayunar, Ada corrió a la habitación de Ladieli, pero no halló ninguna huella de desorden; todo estaba en su sitio.

El tema religioso que acababa de explicar en clase no era de su agrado. Los alumnos habían elegido la existencia de Dios debido, seguramente, a una noticia reciente que había conmocionado a la comunidad católica: de una imagen de la Virgen de Fátima habían brotado lágrimas. «Dios es un asunto de la clase media: o se rinden ante él o se atormentan en la duda de su existencia», les había dicho, sin atreverse a agregar que ella ya había dejado de pensar en él. La mayoría de los alumnos eran creyentes a pesar de las ideologías comunistas y anarquistas que imperaban en la universidad, gracias a los profesores que llevaban a Marx bajo el brazo como a una Biblia, y según el cual la religión era el opio del pueblo. Después de Dios, la Virgen y todos los santos, la gente solía venerar la imagen materna, una especie de doble de María, y aquellas, las madres, reverenciaban a su vez a sus maridos.
–Lo cierto es que uno puede pasarse arrodillado por el resto de sus días –agregó.
El tono poco respetuoso con el que se había dirigido a la clase fue recibido fríamente por los estudiantes. Ada vio que una alumna levantaba la mano pidiendo la palabra.
–La fe del pueblo es manipulada por los gobiernos reaccionarios con fines maquiavélicos; explicar el asunto desde otro ángulo es caer en el nihilismo pequeño burgués –dijo la muchacha con la aprobación de los alumnos que, en seguida, la aplaudieron.
Cuando terminó la clase, Ada pensó que tenía que cuidarse de su propia ironía. Generalmente los estudiantes no se identificaban con el profesor, la posición de la autoridad era siempre cuestionada. Se sintió cansada de enfrentar esa situación.
Al llegar a casa encontró a Martha esperándola. Al verla, tuvo la sensación de que ya nunca podría desembarazarse de ella. ¿Pretendía acaso convertirla en juez al participarle las quejas sobre la conducta de Eiko? Martha le dijo que hacía quince minutos que la esperaba. Ada la invitó a pasar y le ofreció una taza de té.
–¿Qué pasa ahora con Eiko? –preguntó desde la cocina.
–En realidad, nada. Eiko está estudiando en su casa, la veré esta noche en el cine.
–¿Alguna película que me puedas recomendar? –preguntó Ada, acercándose con las tazas.
–Creo que ninguna. Tenemos la costumbre de ir al cine juntas –contestó Martha sonriendo.
Era el primer gesto cordial que vio Ada en su amiga desde que se encontraran en el café de Lince. Martha tenía hermosas pestañas y grandes ojos negros. Además, su pequeña nariz no hacía honor al origen judío de su madre.
–Pobre Eiko –exclamó Martha, poniéndose repentinamente seria–. Sufre de los nervios a causa de sus exámenes finales. El problema es Susana que no la deja en paz. Esa chica es demasiado sociable; invitó a Eiko el fin de semana a un campamento sabiendo que está por graduarse. Susana es realmente impertinente.
Martha se expresaba con desagrado de la joven. Ada pensó que Eiko se había quedado en casa porque Martha se lo había ordenado, celosa de que se divirtiera con jóvenes de su edad, algo que no quería aceptar.
Almorzaron juntas en un restaurante del barrio y luego enrumbaron hacia Miraflores. En el Parque Central se exhibían cuadros con motivos andinos y en una especie de rotonda se arremolinaban algunas personas para comprar la bisutería de los hippies. Pasearon un poco y entraron a una galería de arte donde exponía un pintor argentino. Cuadros abstractos. A Ada le pareció que la pintura moderna era muy experimental. Como Martha quería ir al baño, aprovecharon para sentarse en un café que hacía esquina con la avenida principal y pidieron dos capuchinos. Ada se entretuvo un rato mirando pasar a la gente por la vereda, gozando de unos minutos de soledad hasta que Martha volvió a sentarse junto a ella.
–Del lado de Eiko no tengo quejas todavía –dijo Martha después de beber un sorbo de café–. Pero tengo que pensar en el modo de contener a Susana o lo pondrá todo de cabeza.
–¿No sería mejor para ustedes vivir juntas? –preguntó Ada, presintiendo que el tema se prolongaría hasta la hora de la despedida.
–Te olvidas de mi madre, ella no lo comprendería.
–Siempre dijiste que tu madre era una mujer de mundo. Una vez me contaste que en su juventud había dirigido una casa de diversiones y que perdió su fortuna en el juego.
–¡Qué estupidez! ¿Yo te he contado eso? –exclamó Martha negando con la cabeza.
–Claro que sí, ¿lo olvidaste? Por ese motivo tuvieron también que vender la parte alta de la casa a la Sociedad Hebraica.
–Mi madre hace tiempo que me reprocha que no le dé un nieto. Y en cuanto a la casa de diversiones, es mejor que no vuelvas a mencionarla; no creo habértelo comentado.
Ada no quiso insistir en el tema; sabía que Martha era consciente de habérselo confiado cierta vez. Incluso le había dicho que muchas judías argentinas se reunían en esa casa. Hasta le presentó a una de ellas en una tienda de artículos musicales en el centro. Una anciana que lucía un pañuelo de colores en la cabeza fue la que esa vez las atendió muy solícita. Ada la recordaba perfectamente.
Fue entonces que vieron aparecer a Eiko, que se acercaba por la vereda, vestida con pantalón y polo negros. Iba acompañada de una chica alta y delgada de cabellos cortos con la que conversaba animadamente. Al verla, Martha apretó los labios.
–Ahí va Eiko con Susana. Así que esa es su manera de estudiar –murmuró enfadada e intentó levantarse para ir al encuentro de las muchachas que habían pasado de largo sin mirar hacia el interior de la cafetería.
–Déjate de cosas, Martha, y termina tu café –sugirió Ada en vano.
Martha dejó un billete sobre la mesa y se alejó con prisa.

Al día siguiente, después de recibir la llamada de Martha citándola en el Museo de Oro, Ada se dirigió a Surco. Los cerros en ese distrito se veían tan áridos como todos los de la costa, pero tenían la particularidad de que en sus faldas se levantaba un barrio residencial que lucía salpicado de bosques de un verde oscuro y sucio. Bajó del colectivo con la sensación de seguir apretujada por la gente que se apiñaba en el interior y caminó por el puente. Cientos de vehículos lo atravesaban a esa hora de la mañana haciendo un ruido atronador. No vio a Martha en los jardines del museo y decidió entrar a la sala donde estaban las colecciones de oro antiguo. Vio a Martha que, en una de las salas, aparentaba interesarse por las momias peinadas con trenzas y adornadas con cuentas de colores. Martha le hizo una señal para subir. En el jardín se paseaba una llama solitaria. Martha hizo un comentario sobre las expoliadas riquezas, lo que impacientó a Ada.
–Eiko es una engreída –dijo Martha, entretenida en acariciar unas chompas de alpaca que se exhibían en un quiosco. ¿Para eso la había citado?, pensó Ada con disgusto. Una mujer rubia trató de acercarse a la llama pero esta retrocedió y se alejó hacia otro lado del pequeño bosque.
–A veces siento deseos de abandonarla –agregó Martha.
Estaban sentadas en un café al aire libre, en el jardín.
–¿Por qué no lo haces? –preguntó Ada, imaginando que de nada serviría el comentario.
–¿Crees que no sería capaz? Pero ¿qué haría Eiko sin mí?
Ada hizo una mueca de fastidio.
–Supongo que seguir su rumbo –contestó. Pero Martha no parecía escucharla; miraba nerviosamente su reloj pulsera y de pronto exclamó que tenía que marcharse a dictar una clase por la tarde. Ada tuvo deseos de mandarla al diablo; había perdido la mañana inútilmente pensando que sería importante el encuentro, y ahí estaba esa mujer diciendo que debía irse porque tenía una clase en la universidad. ¿Y ella no había perdido la suya por su culpa? Caminaron en silencio hasta el puente. Al despedirse, Martha subió por las escaleras para tomar un colectivo y Ada notó que su amiga cojeaba ligeramente.
A eso de las tres de la tarde, Ada recibió una llamada de Susana. La chica le avisó que Eiko había desaparecido desde la noche anterior y no la hallaba por ningún lado. Ada y Susana se citaron en un café de Miraflores.
No sabía bien por qué se dejaba arrastrar por los problemas que ocasionaba Eiko. Probablemente la misma Eiko le había dado el teléfono a su amiga para que la localizara en su casa en algún momento. La voz de Susana había sonado angustiada.
Cuando llegó al café, reconoció a la chica oriental que había pasado con Eiko el día anterior frente al local de Miraflores. Después de saludarla y presentarse, Susana le dijo que no podían perder tiempo, primero tenían que ir a casa de Martha.
–Vi a Martha esta mañana y no creo que esté en su casa; tenía una clase por la tarde en la universidad –le dijo Ada.
Susana pensaba que Eiko podía estar escondida ahí, pero Ada no lo creyó y le pidió que pensara en otro lugar donde hubiera podido pasar la noche.
–Eiko tiene unas amigas en Pueblo Libre; a veces se queda con ellas a estudiar.
Cruzaron Miraflores y Lince en un colectivo rumbo a Pueblo Libre. Susana no hacía otra cosa que protestar por la irresponsabilidad de Martha, que tiranizaba a Eiko con su amistad.
–Martha le ha hecho creer que sin ella no llegará a nada.
–¿En verdad piensas eso?
Susana asintió, señalando un pequeño chalet con dinteles de madera. Se dirigieron hacia allí y tocaron el timbre. Una señora les aseguró que ninguna japonesa había pasado la noche en su casa. A Susana se le iluminó el rostro: seguramente Eiko estaba en el Centro Cultural Peruano-Japonés; la bibliotecaria era muy amiga de ella, exclamó. ¿Era posible que Eiko le pidiera a una extraña pasar la noche en su casa?, preguntó Ada.
–No se trata de una extraña; me parece que ella y Eiko se conocen bastante bien.
En la biblioteca del centro cultural las atendió un viejo japonés que no conocía a Eiko. Les dijo también que la antigua bibliotecaria estaba de vacaciones y no sabía su dirección, pero si querían podían averiguarla con la encargada de la cafetería.
–Creo que estamos perdiendo el tiempo –dijo Ada–. Puede que Eiko haya regresado a su casa.
Susana no lo creyó así. Ada vio su reloj: eran casi las siete. Lo mejor era regresar a casa por si alguien llamaba. Susana decidió seguir buscando por su cuenta.
Cuando Ada llegó a su departamento encontró a Eiko en la sala leyendo un libro.
–¿Cómo entraste? –preguntó alarmada.
–Ada, qué bueno que llegaste. La señora Evangelina me abrió.
Evangelina tenía un duplicado de la llave de Ada por si la puerta se le cerraba con ella adentro.
Ada se molestó porque habían estado buscándola toda la tarde y ahora la encontraba tranquila, leyendo en casa.
–Oh, Ada, discúlpame, no pensé que...
–¿Dónde pasaste la noche? Susana y yo te buscamos por todas partes, incluso tu abuela no sabía nada de ti. ¿Ya la llamaste?
Eiko asintió y le contó que había estado en casa de Martha durante la noche. Ada contempló a Eiko; no parecía haber pasado la noche en vela, pero un arañón en su mano derecha le llamó la atención y automáticamente recordó la cojera de Martha. Probablemente esta la había citado en el museo para contarle algún incidente ocurrido esa noche entre ella y Eiko, pero se desanimaría después.
Eiko le contó que esa noche, en un arranque de cólera, había arañado el muslo de Martha con la afeitadora, precisamente cuando esta iba a darse un baño.
–Martha se está volviendo muy paranoica, está llena de celos, piensa que Susana y yo... en fin, no sé qué decirte, Ada.
–¿Y la madre de Martha no lo notó?
–La señora está muy enferma y toma pastillas para dormir.
Ada no quiso insistir en el asunto; no le agradaba la idea de verse envuelta en una pelea íntima. El hecho de que Eiko hubiera venido a verla podría ocasionarle problemas con Martha. Incluso había dejado de ir a trabajar por la llamada de esta, y luego porque Susana le había pedido que la acompañara a buscar a Eiko. No había notado nada extraño en la actitud de Susana, salvo la preocupación común y corriente de una amiga por otra. Quizá la actitud tiránica de Martha en querer impedir que Eiko se reuniera con amigas de su edad había exaltado a la muchacha hasta el punto de cortarle el muslo con la afeitadora. No sabía por qué, pero ese hecho despertó su simpatía por la joven y en cierto modo se sintió de su lado. Martha le recordó a Luis, su exmarido, con sus rabietas y celos.
Eiko tenía entre las manos una novela de Mishima que, según dijo, le había prestado Martha.
–La corrupción de un ángel, la última novela de Mishima –dijo Ada, melancólica–. La terminó el mismo día de su suicidio.
–Es espléndida, aunque difícil de entender. No comprendo, por ejemplo, cómo pudo terminarla sabiendo que iba a morir. Martha dice que por eso su sentido del bien y del mal no es muy real.
–Pienso que nadie sabe dónde está el final de una obra. Todo lector es, además, sugestionable... sí, eso es... creo que Martha se equivoca.
–Escucha esto –Eiko abrió el libro y leyó:
–¿Has pensado alguna vez en el suicidio?
–No –replicó Tôru, sorprendido.
–No me mires así. Tampoco yo he pensado en eso seriamente. No me gustan esos tipos débiles y enfermos que se suicidan.
–¿Curioso, verdad? –exclamó Eiko.
Ada no contestó. Recordó en ese instante a algunos poetas que se habían suicidado: Lugones, Esenin, Maiakovski. Este último había renegado también del suicidio.
Ada sirvió té y galletas y no se atrevió a preguntar por qué la había buscado. La idea de que Martha pudiera llegar de improviso la irritó. Tampoco le gustaba mucho que Eiko repitiera las ideas de Martha, aunque a veces la muchacha la sorprendía con una afirmación audaz que la hacía parecer impulsiva, diferente de la joven triste y lejana que era cuando estaba con Martha. Al cabo de un rato, se dio cuenta de que esta no llegaría y respiró tranquila. Luego de comer invitó a Eiko a pasar la noche en casa.
–Debes llamar antes a tu abuela para avisarle. No es bueno que estés de un lado para el otro.
Después de acostarse, Ada se puso a leer una novela. Era una novela sin importancia. Heribert –así se llamaba el protagonista– era un pintor fracasado que había dejado la pintura por aburrimiento y deambulaba por las calles de una gran ciudad que podía ser Nueva York o París. Ada cerró el libro y se dirigió a la cocina por un vaso de agua. Al pasar por el cuarto vio que Eiko había dejado la puerta entornada y se había olvidado de apagar la luz. Se asomó evitando hacer ruido. La joven estaba tendida boca abajo y solo llevaba puesta una trusa de algodón azul. Sus piernas, no muy largas, estaban semiabiertas. Le llamó la atención la blancura de sus muslos. En uno de ellos sobresalía una mancha violácea que tuvo el impulso de tocar, pero se contuvo. La cubrió con la manta de cuadros que estaba doblada a los pies de la cama y apagó la luz. Cerró la puerta con cuidado y se dirigió por fin a la cocina. Aquel cuerpo blanco, tendido sobre la cama, tenía en su laxitud una belleza dúctil, como si estuviera hecho de alguna materia plástica que invitara a tocar, de la misma manera que las esculturas modernas. La mancha violácea sobre la superficie de la piel era el único signo humano que la diferenciaba de una figura creada por un artista. Casi hundió el dedo en ella. De haberlo hecho, ¿qué habría pensado Martha?
Por la mañana, Eiko estaba tomando una taza de café en el comedor y preguntó como al desgaire:
–¿Te gusta mucho la literatura japonesa?
–Creo que sí.
–¿Por qué crees?
–Siempre dudo –respondió Ada, untando un pan con mantequilla–. Pero tienes razón, no debería hacerlo. La literatura japonesa se conoce poco aquí y algunos autores resultan siendo más exóticos que otros. La perversidad de Mishima, por ejemplo, es más occidental, aunque hay otros que lo son de un modo más sutil, como Tanizaki. ¿Lo has leído?
–No sé mucho de eso. En realidad Martha es la que me presta algunas novelas.
–Comprendo, ella es la que orienta tus gustos.
–No tanto como eso, pero tiene buen gusto. ¿Y Tanizaki?
–Leí Hay quien prefiere las ortigas, una obra sobre un matrimonio mayor. Me pareció buena.
–¿Y si una novela no te gusta, la dejas o continúas?
–Debo hacerlo a veces, por mis clases.
–¿Y si no es por eso?
–Entonces simplemente la abandono, soy una lectora caprichosa y voluble.
–¿Cómo se entiende que seas profesora? Se contradice.
–Es verdad, lo mismo me digo todo el tiempo. Una lee por placer. ¿Qué obligación tengo de terminar un libro que me aburre?
–Martha dice que el lector no sabe lo que quiere y debe obligarse a terminar una obra que le es difícil o pesada, solo así aprende. Ella ha leído muchas novelas desconocidas, que no son consideradas obras maestras, por ejemplo.
–A veces basta con leer una página, aunque creo que estoy siendo un poco arbitraria.
–Sí, Martha sabría qué responderte.
–¿Y tú? ¿Por qué no respondes tú?
Eiko sonrió, avergonzada.
–Anoche me pareció oírte entrar a mi cuarto.
–Dejaste la luz encendida.
Eiko volvió a sonreír y se limpió los labios con la mano para no ensuciar una servilleta de lino que había en la mesa.
–Siempre me olvido de apagar la luz. Mi abuela lo hace por mí. Detesto la oscuridad. Martha dice... te vas a burlar de mí...
–¿Siempre hablas de Martha?
–Ella es muy inteligente; además, me conoce bien. Mis padres la estiman; en cambio, mi abuela cree que es hipócrita y que por ella no me he casado todavía. Mi abuela se casó muy joven, la trajeron del Japón para mi abuelo y aquí se casaron. También dice que si una mujer pasa de los treinta y está soltera no es digna de Buda. ¡Perdón!
–Me parece que tu abuela tiene razón.
–Yo no lo creo.
–Deberías leer El sol que declina de Dazai Osamu. En esa novela hay una relación tormentosa entre una mujer joven y un escritor mayor, una relación dependiente. Me parece que podría identificar a Martha con ese escritor. Lástima que no la tenga aquí, la presté hace mucho tiempo.
–Le diré a Martha que la compre.
–¿Harías algo sin que ella lo sepa?
Eiko la miró sorprendida, luego bajó la cabeza y se disculpó.
–Tengo que irme –dijo. Se puso de pie y le agradeció sus atenciones. Luego hizo una venia al estilo oriental y salió de la casa.
–¡Vuelve cuando quieras! –gritó Ada antes de cerrar la puerta.

Le gustaba la foto de su exesposo, de pie, en el andén de una estación. Lo imaginaba esperando el tren que lo llevaría a un lugar maravilloso. Aún recordaba los días de recién casados. Entonces, conversaban hasta el amanecer, bebían licor, fumaban cigarrillos y hacían el amor como adolescentes tumbados en el sofá de la sala. A Luis le gustaba que Ada lo maquillara, que le pusiera sus ropas de mujer, transformándose ambos en travestis, como en las comedias de Shakespeare que tanto elogiaba; incluso solía citar pasajes de sus obras en el momento culminante y a ella le provocaban siempre ganas de reír. Sonrió al evocar aquellos tiempos, que recordaba como un jardín iluminado que se apagó de pronto.
No tenía ganas de asistir a la universidad y decidió vagabundear por Miraflores. Caminó por las calles menos concurridas, por aquellas que aún conservan una imagen antigua, donde las casas aún tienen enredaderas, eludiendo la parte comercial donde, en cambio, predominan los edificios de diez o quince pisos.
Entró a un café y pidió un cortado. Se sintió como el protagonista de una novela policial, donde las acciones suceden en una ciudad del África, muy lejana: el personaje, agobiado por el calor, entra al bar de un hotel a tomar una copa luego de haber matado a un árabe. Ella también llevaba un peso parecido por no haber conseguido nada razonable de la vida. En definitiva, ¿qué era lo más valioso? ¿Una casa, un automóvil o un hijo? La invadió esa nostalgia que asalta a algunas mujeres maduras y que carcome lo que les resta de juventud. El personaje de la novela se convertía en un asesino involuntario y eso decidía su destino.
Desde una librería llamó por teléfono a una amiga que dirigía un centro feminista. Le dijeron que estaba ocupada en una reunión de negocios. Comer sola en un restaurante era desairado, según Evangelina. Ada le dio la razón.
Recordó que Martha regresaba a su casa al mediodía y decidió visitarla. En casa de Martha no había nadie. Una vecina le dijo que estaba cerrada desde hacía una semana. Ada se asomó por una rendija de la ventana y vio los muebles cubiertos con sábanas blancas. La mujer le comentó que la madre de Martha había fallecido, pero la vecina no sabía nada de la profesora, que se había ido sin despedirse. Una niña de ocho años, que hacía buen rato quería llamar su atención asiéndola por el bolso, le dijo:
–¿Busca a la profesora? Se fue con su amiga china.
–¿Adónde?
La niña se encogió de hombros y salió corriendo.
–Parece que se fueron de viaje –agregó la mujer. Ada quiso insistir, pero la vecina estaba ocupada gritando a alguien en el interior de la casa. El perro poodle de Martha se asomó por la puerta. La mujer le dijo que la profesora había olvidado llevarse al animal y que ella se lo había encontrado en la calle. Ada se extrañó de la explicación porque Martha amaba a los animales, en especial a los perros; normalmente no habría dejado al poodle abandonado. Debió encargarlo a la vecina y pedirle que no le dijera nada a nadie sobre su paradero. ¿Y si Martha hubiera decidido vivir con Eiko después de la muerte de su madre? Era demasiado pronto para eso, pensó. En todo caso lo habrían hecho en la casa abandonada. ¿Se habrían ido de viaje juntas para superar el momento? Quizá Martha había obligado a Eiko a seguirla.
Llamó a casa de Eiko desde un teléfono público. Su abuela le dijo que la muchacha se había ido de paseo al sur, con unas compañeras de la universidad. Pensó con desagrado en Martha imponiendo su tristeza a la pobre Eiko. ¿Dónde podrían estar? Muerta su madre, se encontraba libre para disponer de la casa a su antojo. Seguramente esperaría un tiempo prudencial para proponerle a Eiko que se mudara con ella. «Al fin y al cabo qué me importa», murmuró. Trató de pensar en otra cosa. Hacía tiempo que no le escribía una carta a Luis. Tampoco él lo hacía. ¿Se habría adaptado a otra forma de vida, a una cultura tan diferente como la norteamericana? A los sociólogos les preocupaba mucho el problema de la identidad. Alguien había dicho que las clases medias eran socialmente muy fluctuantes. La idea le pareció poco interesante. Los peruanos de clase media eran los menos identificados con un ideal común. Lo que los une es una mezcla de pasado español, cultura europea enlatada y nostalgia del confort americano. ¿Se interesaría Luis por todo eso? El amor podía significar una salida de la frustración. «El mundo es de los audaces más que de los capaces», ¿dónde había escuchado eso? Probablemente en la cafetería de la universidad, ahí se acuña ese tipo de ideas.
La noche iba a ser demasiado apacible. En su última clase se había referido a la noche romántica, pero ahora no sabía en qué consistía, quizá solo en un inmenso paréntesis sin cerrar. Había llegado de la calle y se había acostado de inmediato a esperar que el día por fin terminara, que ese estúpido sol cayera por fin bajo el horizonte. Sus alumnos decían que la noche era propicia para hacer un inventario. Aunque no les faltaba razón, eso no pasaba de ser una especie de subterfugio para evitar emociones más fuertes, otro defecto de la educación. ¿Se estaría convirtiendo en una maestra de verdad? En todo caso, la noche romántica no era noche de inventarios, sino de diálogos misteriosos con imaginarios álter egos. Un golpe en la ventana la despertó. Se había quedado dormida con la luz encendida. El rostro de Evangelina detrás del vidrio la asustó. La anciana acostumbraba espiarla. A veces solo pretendía comprobar si estaba aún despierta. Ada le envió un beso volado. Evangelina le retribuyó con otro igual.

Por la mañana empezó a llover en el preciso momento en que salía al trabajo y Ada tuvo que sortear los charcos inmundos de las veredas. Tuvo tiempo de comprar el periódico. En el trayecto leyó que Martha disertaría sobre literatura femenina en un instituto de Miraflores y decidió ir.
Por la tarde se encaminó al instituto. En la sala de conferencias había poca gente. Vio a Martha sentada ante una mesa sobre un estrado dirigiéndose al público en ese instante. Al parecer, acababa de comenzar la charla porque la escuchó referirse al tema en general. Se ubicó en la parte de atrás, al lado de unas señoras vestidas como para asistir a un cóctel. A ese tipo de citas culturales concurrían personas de los alrededores y algunos estudiantes.
Martha mencionaba a las primeras narradoras peruanas y gesticulaba como si se tratara de un mitin político, sobre todo cuando intentó destacar la marginalidad de la literatura femenina en la historia literaria. Citó algunos nombres desconocidos, autoras de novelas policiales de títulos insólitos como El inspector de los guantes color patito, y otras que había descubierto en algún fichero olvidado de la Biblioteca Nacional. Los estudiantes tomaban apuntes, y a la hora de las preguntas, uno de ellos indagó, preocupado, por la calidad literaria de los productos que la conferencista había desenterrado. Martha argumentó, un poco excitada, que en la actualidad la semiótica destacaba la importancia de la literatura trivial, subrayando la palabra trivial y descartando la de subliteratura, por lo que consideraba obligación de la crítica tomarla en cuenta. Otro estudiante replicó descontento, defendiendo la tesis de que solo existía literatura popular y literatura elitista, pero Martha despachó al participante con un aire doctoral y autoritario, invitándolo a leer el libro de una estudiosa alemana, a la que consideraba su maestra. Luego pidió disculpas por no atender a más preguntas dado lo avanzado de la hora.
Ada esperó a Martha en el vestíbulo de la casona. Esta se acercó conversando con un anciano calvo. Al verla, Martha se despidió del hombre y se dirigió a saludarla.
–No esperaba verte, Ada. Qué agradable sorpresa.
–Vine especialmente para darte el pésame por la muerte de tu madre. Estuve en tu casa y tu vecina me dijo que ya no vivías ahí.
–Gracias. Mi madre era muy anciana, su muerte iba a ocurrir en cualquier momento. Por ahora estoy viviendo con unos parientes.
–No sabía que tuvieras familia, nunca me lo comentaste.
–En realidad los conocí poco antes de que mi mamá muriera. No son parientes de la rama materna, sino de la de mi padre, pues como tú sabías, ella era europea. Uno de ellos vino a visitarnos hace un mes y se presentó como mi primo. Estuvieron luego en el entierro y me invitaron a pasar un tiempo con ellos. Pensé que era lo mejor, ya sabes, eso de vivir sola en una casa puede ser un problema.
El guardián del local les pidió que se retiraran porque iba a cerrarlo. Ada y Martha caminaron por una calle lateral que estaba casi en penumbra debido a los focos de luz ocultos entre las copas de los árboles.
–Los padres de Eiko la enviaron al sur, donde unos parientes –dijo Martha.
–¿Adónde?
–No tengo la menor idea, solo sé que estará lejos un buen tiempo.
Un resplandor iluminó la frente de Martha cuando salieron a la avenida principal. Le pareció que hacía una mueca de fastidio. Ada rechazó la invitación a tomar café y se despidió sin indagar por su nueva dirección.
No creyó que Eiko hubiera viajado al sur estando a punto de graduarse. Probablemente ambas vivían juntas en un cuarto alquilado y Martha no quería confiárselo.
¿Por qué tenía que preocuparse tanto por Eiko? Al fin y al cabo no existía entre ellas una amistad antigua, sino reciente, aunque la habían pasado bien ese día en su casa, cuando Eiko se quedó a dormir en el cuarto de Ladieli.
El teléfono sonó a eso de las once. Era Susana que quería saber si no estaba acostada aún, porque alguien quería ir a visitarla en diez o quince minutos. No quiso decir de quién se trataba. Ada pensó que era una broma; quizá la misma Susana vendría a indagar por Eiko. Su voz no había sonado misteriosa, sino alegre y burlona. Pero no creyó que tuviera nada importante que decirle respecto a Eiko.
Por fin timbraron a la puerta. Aguaitó por la ventana y vio a Eiko en el pasillo. Se había cortado el pelo a la moda, con un mechón que caía sobre la frente y que lucía húmedo, como si se hubiera aplicado esa sustancia pegajosa que usan las modelos en los avisos publicitarios.
Le abrió y después de que Eiko le pidiera disculpas por venir a esa hora de la noche, la muchacha se sentó en el sofá de la sala, se quitó la chaqueta de dril y colocó su maletín de cuero en el suelo.
–Le pedí a Susana que te llamara.
–Lo hizo hace media hora.
–Quería darte una sorpresa. Hace un rato estuve con Martha en el chifa de Magdalena, ¿recuerdas? Ella me contó que fuiste a su conferencia y que te dijo que yo había viajado al sur. Estoy muy molesta porque te mintió. ¿Por qué lo hizo?
–No era necesario que vinieras, podías haberme llamado. Si te hubieras marchado sin despedirte no te lo habría reprochado, pues al fin y al cabo no tienes por qué ser tan amable conmigo. ¿Sabe Martha que estás acá?
–Hemos discutido por eso.
–Lo siento.
–Necesitaba separarme de Martha.
Ada temió que Martha se presentara de improviso para armar una escena de celos, por eso vaciló cuando Eiko le pidió pasar la noche en su casa, aunque no pudo negarse. La presencia de la joven la subyugaba. Eiko se veía tan entusiasmada poniendo casetes de rock en una pequeña grabadora que había traído en su maletín. Escucharon algunos grupos musicales de moda durante un buen rato. Eiko estaba encantada con el rock. Ada la observó con placer; pensó que le hubiese gustado tener una hija de su edad.
Cuando se acostó, le fue difícil conciliar el sueño imaginando los motivos que había tenido Martha para ocultar a Eiko. Tampoco tuvo valor esa noche para preguntarle a la muchacha si había compartido la habitación con Martha durante ese tiempo. Sea como fuere, sintió esa seguridad que da la presencia de otra persona en casa.

Eiko volvió a visitar a Ada el siguiente fin de semana. Fueron juntas a ver una película en el cine club. Luego salieron a dar un paseo por el barrio y al regreso se sentaron frente al televisor para mirar y escuchar las noticias.
Ada creía que la amistad entre Martha y Eiko se había enfriado, ya que Martha no la llamó en ningún momento para preguntar por la joven.
Le gustaba tener cerca a Eiko. En las dos ocasiones en que se quedó a dormir, Ada había velado porque ningún ruido interrumpiera su sueño. Se preocupaba de que cerrara la puerta y apagara la luz. Temía que se repitiera la escena en que la sorprendió semidesnuda, cuando la blandura de su cuerpo la había perturbado hasta el extremo de querer tocarlo. Aunque ese sábado la vio de nuevo desnuda, cuando Eiko salió del baño cubierta con una toalla demasiado pequeña. Pero entonces, su figura despierta, su aroma fresco después del baño, la conmovieron como la visión de una adolescente frágil, vulnerable.
Eiko fumaba mucho y Ada no se atrevía a impedírselo. Encendía un cigarrillo tras otro, señal de que se aburría.
Ese viernes encontraron a Martha en una de las primeras filas del cine. Su cabeza asomaba de la butaca como si estuviera espiándolas. Le disgustó coincidir con Martha en la función, aunque le asaltó la duda de que Eiko se hubiera puesto de acuerdo con ella para encontrarse. En ese caso, Martha les había dado el alcance para sorprenderlas. Creyó que había sido una tonta al pensar que Martha iba a quedarse tranquila compartiendo a Eiko. Ada obligó a la muchacha a salir antes de que terminara la película. Esta se rio de su astucia, como una adolescente engreída. Tenía su abrigo negro abierto que dejaba ver una camiseta con un símbolo macabro.
La siguiente semana Ada esperó en vano a Eiko. La chica no la había llamado por teléfono ni siquiera para avisarle que no llegaría y Ada decidió visitar a Martha, quien, según pudo saber por la misma Eiko, ya había regresado a su casa. No creyó que todo ese tiempo (un mes) lo hubiera pasado con sus nuevos parientes, ni que hubiera alquilado una habitación, porque la sabía avara. Probablemente una amiga le había cedido su cuarto durante ese período. Sospechaba que ella y Eiko habían convivido en alguna parte, o por lo menos esta había pasado varias noches en compañía de Martha sin querer confesarlo.
En el trayecto a la casa de Martha, la idea de ir tras los pasos de Eiko le pareció impropia. No se veía bien que a su edad se preocupara tanto por una joven que ni siquiera era su pariente. Bajó del colectivo en un parque cerca de la casa de Martha y caminó en dirección contraria con la intención de visitar las librerías del centro o contemplar los escaparates de las tiendas. Con la creciente inflación, el sueldo no le alcanzaba para adquirir cosas nuevas. Echó un billete en el maletín de un músico callejero y, sin querer, retornó hacia un cine de barrio. Detrás de este, junto a una gasolinera, vivía Martha. Un perro ladró al acercarse a la puerta. Era el perro que su amiga había dejado afuera. Tocó el timbre. Por la ventanilla asomó un rostro soñoliento.
–Disculpa, Martha, ¿estabas durmiendo?
–No te preocupes, pasa y no te fijes en el desorden.
–Solo estaré un rato.
–Está bien. Eiko está conmigo –dijo, al ver que Ada miraba hacia la otra habitación.
La casa de Martha era pequeña. Una puerta vidriera separaba la sala del dormitorio principal, y la escalera que comunicaba con la parte alta estaba clausurada, ya que su madre la había vendido a la Sociedad Hebraica y esta la había alquilado a un dentista.
–Eiko está durmiendo ahora. Tuvimos una pequeña reunión anoche para celebrar su graduación.
–¿Eiko se graduó?
–¿No te avisó? Fue algo improvisado. Solo vinieron algunos compañeros de la universidad. Quizá no tuvo tiempo de llamarte por teléfono... Ah, mira, ahí está.
Eiko apareció en la puerta vidriera, sonriente. Lucía despeinada. Al verla, Ada intuyó que su visita no era oportuna, pero se sintió sin fuerzas para desprenderse del sofá.
–Voy a preparar un poco de té –dijo Martha, y entró a la cocina.
–Felicitaciones por el grado, Eiko –murmuró Ada sin mucha convicción. Eiko sonrió en silencio y luego abrió la puerta de la calle para hacer entrar a Bobby, que estaba gimiendo afuera.
–Los perros son excelentes –exclamó, acariciándole el lomo cubierto de un pelo pardusco, medio sucio.
–¿Se divirtieron mucho en la reunión?
–¿Te refieres a la de anoche? Estuvimos despiertas hasta las seis o siete de la mañana.
Ada advirtió el adjetivo femenino que acababa de usar.
–¿Vinieron tus compañeros a la fiesta?
Eiko la miró sorprendida. Se levantó del sofá y pasó a sentarse en una silla del comedor, ya que en ese momento Martha, que había regresado de la cocina, servía el té en la mesa. Ada pensó que Eiko había querido poner al descubierto la mentira de Martha. Esta había servido unas galletas de centeno para acompañar el té.
–El centeno es magnífico para la digestión –dijo, mordiendo una y mirando a Eiko complacida.
Ada no quiso probarlas.
–Ahora que te graduaste, viajarás al extranjero, seguramente –musitó para romper el silencio.
–¿Al extranjero? –la voz de Eiko sonó aguda, lejana.
–Supongo que querrás proseguir tus estudios –insistió.
–No irá a ninguna parte –contestó Martha, partiendo con la mano una galleta que se despedazó sobre el mantel–. Es decir, por ahora –agregó, suavizando el tono de voz.
Eiko dijo que iría a vestirse porque en la noche tenía una reunión con sus amigos japoneses. Se despidió de Ada y entró al dormitorio. A Ada le sorprendió que Martha no hubiera protestado esta vez, aunque antes de marcharse le confesó en voz baja que no permitiría que Eiko fuera a esa fiesta.

Ada no había dormido bien durante la noche, por eso en la mañana le costó trabajo ir a la universidad. Tampoco se había preparado lo suficiente para dictar la clase. Ese día le tocaba el simbolismo en la literatura francesa del siglo XIX, asunto un poco retorcido por las leyendas sobre algunos poetas, como Rimbaud. Había adelantado a sus alumnos algo sobre el tema en la clase anterior sin percibir ninguna reacción, ni un gesto de asombro en los rostros que la seguían atentamente. Ada los creía impermeables a sus palabras. Nada surtía efecto en los muchachos. Hasta les había leído en francés la «Canción de otoño» de Verlaine para que apreciaran su teoría de la musicalidad, y dos chicas sentadas adelante habían soltado una risita nerviosa y estúpida. Quizá lo mejor era hacer ese viaje del que tanto le hablaba su madre para reunirse con Luis, no con el afán de reconciliarse como le recomendaba ella, sino para tratar de probar suerte en otro sitio. Pero ni siquiera sabía si a él le interesaba ayudarla.
Regresó a su casa pensando que había hecho el ridículo en clase. Se preparó un sándwich y se sentó en la sala. Cenar sola era como asistir a un elegante restaurante y esperar en vano a la persona citada. Todo lo que comía de noche eran esos sándwiches de atún. Se quedaba saboreándolos mientras contemplaba por la ventana el pasillo del edificio por si a alguien se le ocurría aparecer sin aviso.
Unas estrellas lejanas titilaron en el cielo. La naturaleza carecía de vigor; hubiera querido presenciar una tormenta o algo parecido. Se decidió: partiría a los Estados Unidos para reunirse con Luis. La solución era llamarlo por teléfono con cobro revertido y proponerle que le enviara los pasajes, tal vez hasta le entusiasmara la idea.
Cuando despertó al día siguiente recordó su decisión con pereza. Durante el baño pensó que siempre había obrado por impulsos, pero esos impulsos se debilitaban en el camino. De pronto le pareció un disparate llamar a su exmarido para pedirle el importe de los pasajes.
–Aunque sea un disparate –se dijo, dándose fuertes masajes a los muslos hasta dejarlos rosados–, esta vez haré lo que tengo que hacer y todo será diferente.
Iría hasta el fondo del asunto.
–Después de todo, ese dinero ha de sobrarle a él –se dijo. Haría la llamada al regresar de la universidad. La idea incluso le dio valor para entrar de nuevo al salón y enfrentarse a la clase.
Escribió el tema de la clase en la pizarra y luego lo leyó en voz alta: «Interpretación de un soneto de Mallarmé». Sintió un desánimo familiar ante lo que emprendía. Hubiera querido decirles a los muchachos lo iluso de dictar en la actualidad una clase sobre un soneto simbolista, pero ya tenía experiencia en el asunto. Ellos replicarían que no pretendían cuestionar el contenido del curso y que estaban de acuerdo con el sílabo. Le había sucedido en una clase sobre Novalis. A ella le pareció que Novalis los subyugaba porque sucumbían ante paisajes lejanos, completamente desconocidos.
«Abanico» era un poema que le gustaba mucho, pero no para ser analizado, nada más ridículo que andar explicando esos rarísimos sonetos.
Las paredes del salón estaban llenas de pintas de los distintos partidos políticos y el mobiliario era de lo más elemental, además de viejo y destruido. Los chicos y chicas se sentaban tan juntos que sus hombros se tocaban. Un detalle que jamás escapaba a su vista era el de los zapatos que traían; algunos llevaban zapatillas, otros mocasines empolvados, muy viejos. Los rostros de sus alumnos también parecían viejos y cansados. Le hubiera gustado emprender en ese momento la carrera hasta la salida, pero todavía le faltaba una hora de clase, una hora de su vida desperdiciada.
No supo cómo transcurrió esa hora. Dejó que ellos interpretaran solos el texto y describieran sus emociones. Que hicieran lo que quisieran, les dijo, y salió a fumar al pasillo. De lejos vio a Quiroga con terno gris, que salía de un salón y entraba a otro contiguo. Quiroga era uno de los pocos profesores que vestía formalmente. Al verla le hizo un saludo con la mota en la mano.
Llamar a Luis para pedirle dinero era un recurso absurdo y poco digno. Luis era un hombre práctico, tenía que reconocerlo. Si no, se habría quedado, como ella, analizando poemas ante un auditorio imperturbable. Sus alumnos también querían partir al extranjero, para eso necesitaban de un pase oficial: becas, certificados de estudios, recomendaciones. Se sacudió la tiza de la ropa y volvió al salón para recoger las pruebas; luego se dirigió a la sala de profesores y las guardó en su escritorio. No tenía ganas de revisarlas en ese momento.
Quiroga entró a la sala seguido de dos alumnas. Una vez que estas se retiraron, cerró la puerta de la oficina y se le acercó. Ada dejó que la besara, un beso largo y cálido era solo un beso largo y cálido en una mañana aburrida. La sorprendió el repentino apasionamiento de Quiroga, que por lo general era un hombre circunspecto, solemne.
–¿Vamos a almorzar? –murmuró Quiroga con una vocecita gastada por las horas de clase. Ada salió con él rumbo al comedor.
En la cafetería la aturdió el bullicio de los platos y las voces ahogadas, a su vez, por la radio. Quiroga quiso averiguar qué había hecho todo ese tiempo. Ada sonrió:
–Conocí a una japonesita que escribe poesía –dijo–; nada del otro mundo.
El mozo les sirvió el menú. Una grasosa salsa de cebollas y tomates untaba el pescado. Ada la apartó con el tenedor.
–¿Me acompañas al centro, Ada?
No supo qué contestar; estaba segura de que si iba le propondría ir a un hotel para hacer el amor y no estaba de humor para eso. Pensar en desvestirse le daba pereza. Solo se interesaba en el viaje a los Estados Unidos. Además, si se descuidaba, Quiroga podría dejarla encinta y el viaje se iría al diablo.
–Paranoica –le susurró este al oído, como si hubiese adivinado sus pensamientos–. Imagino lo que estás pensando, crees que te obligaré, ¿verdad?
De la universidad se dirigieron al centro para encontrarse con un alumno de Quiroga que vendía dólares en la calle. Luego, después de caminar un rato, llegaron hasta el viejo hotel de fachada rosada que Ada conocía bien. No supo en qué momento accedió a entrar al hotel, y ahora estaba frente a él, sintiendo su aliento cálido y contemplando cómo la observaba con sus ojos irritados por la tiza y la lectura. Rechazar su invitación hubiera sido como darle la espalda a la realidad y sumergirse en lo abstracto de una vida sin ningún contacto físico, sin ninguna emoción. Quiroga continuó besándola y Ada se abandonó al silencio de esos movimientos. Luego permanecieron quietos, fumando. Ada no quiso seguir observando la habitación barata y empezó a vestirse. Él la besó nuevamente. Parecía un niño que acariciaba su juguete. Era como un sentimiento tardío, como si amara en ella a la adolescente citadina acomodada.
Por la noche pidió a la telefonista que la comunicara con Austin. Después de lo ocurrido en el hotel, se sentía demasiado liviana, como si flotara. No era el mejor estado de ánimo para hablar con Luis, por eso se alegró cuando la voz soñolienta de la operadora le dijo que nadie contestaba al otro lado de la línea.
–¿Desea esperar? –preguntó la mujer.
–No, gracias, lo intentaré luego.
Dejó pasar más de una hora y volvió a marcar el número del servicio internacional, solo para demostrarse a sí misma que ni su desidia ni su negligencia la doblegarían esta vez. De nuevo la misma voz de la operadora le comunicó que nadie respondía en ese número. Ada canceló la llamada y sintió alivio por no haber hecho contacto con Luis. Lo que menos deseaba esa noche era escuchar su voz nasal con ese dejo anglosajón que tenía probablemente por los años vividos en el extranjero. Solo quería descansar y repasar las escenas del hotel. Esta vez Quiroga no se había comportado con la rigidez acostumbrada.
En la mañana, cuando se disponía a salir hacia la universidad, tocaron el timbre de la puerta. Era Eiko, que estaba en la entrada con un maletín de cuero, un poco más grande que el de las veces anteriores.
–Hola, Ada. ¿Podría pasar unos días en tu casa? Si no te molesta, claro. Estoy harta del malhumor de Martha. Qué bueno que te encuentro temprano.
–En realidad iba a la universidad, pero no importa. Entra, por favor.
–Te descontarán por mi culpa.
–En estos días no hay mucho que hacer allá –mintió. Con esta ya eran dos o tres faltas consecutivas que tendría que justificar en la oficina de personal.
Ada preparó café para Eiko.
–¿Qué pensarán en tu casa? No conviene que estés de un lado para el otro.
–Hace un mes que no vivo en mi casa.
Eiko le confesó que todo ese tiempo había compartido el dormitorio con Martha en casa de esta, porque en la suya no tenía suficiente libertad, ya que su abuela era muy anticuada y le impedía salir por las noches.
–¿Y Martha no lo hace?
–A veces viene con nosotras, cuando Susana y yo salimos a pasear.
–¿Salen solas?
–Vamos a bailar con unos amigos o salimos por ahí. Martha odia a Susana, no sé por qué.
Ada no supo qué decir. Eiko le parecía egoísta.
–Sería mejor que llamaras a tu abuela para avisarle que te quedarás acá.
–Ya lo hice. Al principio me amenazó con un escándalo familiar, pero, como mis padres están de viaje... además le dije que quiero escribir y que en mi casa hay mucha gente.
–¿Y Martha?
Eiko se encogió de hombros. Ada dejó que la chica se instalara en el dormitorio y salió a hacer unas compras. A su vuelta la encontró hablando por teléfono. No se atrevió a interrumpirla para pedirle que la ayudara en la cocina. Todo el resto de la mañana la muchacha estuvo ocupada en hacer otras llamadas. Por la tarde se encerró en la habitación a dormir una siesta y no despertó sino a las seis.
–¿Te gustaría dar una vuelta, Eiko? Pareces aburrida.
–Mejor no, ven, siéntate acá.
Nunca había sido excelente anfitriona, se dijo. Temía que la muchacha se aburriera a su lado, por eso pensó que lo mejor sería dar una vuelta por ahí.
–¿De qué quieres hablar?
–Cuando saliste a comprar, en la mañana, hablé con Martha por teléfono. Contesté sin pensar que era ella. En realidad, ella fue la que habló porque, apenas reconocí su voz, me quedé muda. Martha se desesperó y empezó a gritarme, diciendo que era una ingrata, una malagradecida. ¿Crees que lo soy?
–¿Te importaría mucho disgustarte con Martha?
–Por supuesto. Nos conocemos desde hace mucho tiempo. Además, ella prometió publicar mi libro –Eiko se interrumpió–. He escrito un par de poemas que me gustaría incluir. Quiero enseñártelos. Espera, voy a traerlos.
Se dirigió a su dormitorio. Ada la vio revolver unos papeles y luego regresar con ellos en la mano, sonriente.
–También he pensado cambiar de título. Lo llamaré Comuna sexual.
–¿Comuna sexual?
–¿No te gusta?
–Claro, ¿pero tiene algo que ver con el tema?
–Quizá sí, quizá no. Martha dice que el título es lo de menos; el lector siempre encuentra alguna relación.
–Es verdad. Hay poetas que ponen títulos insólitos a sus libros o a sus poemas y a nadie le preocupa.
–¿Puedo leértelos? –Eiko se puso de pie y se trasladó del comedor a la sala–. Siéntate acá, Ada.
Ada tomó asiento en el sillón y Eiko se arrodilló junto a ella. Su voz sonó lánguida al principio y luego fue subiendo de tono hasta convertirse en un sonido áspero y monocorde. Ada percibió el sabor salobre del paisaje marino que describía Eiko en sus versos, y luego las siluetas de dos mujeres abrazadas en la neblina.
–¿Qué te parece? Puedes decirme lo que quieras, no me molestaré.
–¿Estás segura? Me parece que es un buen poema, Eiko. Pero me gustaría que cuidaras más las metáforas, no es bueno juntar cosas concretas con abstractas.
–¿Como cuáles, por ejemplo?
–«Calles de histeria»... me parece que no agrega nada, o «graneros de la muerte», tampoco, creo que no le va...
–¿Estás segura?
Ada asintió.
–Es posible. A Martha le encanta ese tipo de imágenes, a ella le gustaron mucho las figuras, sobre todo «graneros de la muerte». Dice que es impactante.
–Deja que los periodistas se equivoquen de ese modo.
–Me gustaría leer tus poemas, Ada.
Eiko se sentó a su lado y rodeó el cuello de Ada con sus brazos. Esta la apartó suavemente.
–No vale la pena. No escribo en serio como tú. Pero no desconfíes de mi gusto, ¿ah? Soy una buena lectora.
–Cambiando de tema, ¿qué hiciste ayer en la universidad?
–No mucho, solo analizamos en clase el poema «I» de Trilce. Es un poema, según dicen, sobre la defecación.
–¿Sobre qué? –Eiko hizo una mueca de disgusto–. ¿Te gustan esos textos? Quiero decir si a tus alumnos... no sé... ¿crees que la poesía sirva para eso? Perdón, creo que estoy diciendo tonterías, ¿verdad?
–A los chicos les sorprende siempre, sonríen, tienen vergüenza de tocar el tema, pero luego lo superan sin problemas. Creo que no hay por qué reprimirse. En poesía hay libertad para elegir el tema.
–Martha dice que el tema elige al autor.
–Sí, es una teoría marxista. Es posible. ¿No vas a salir hoy?
–No tengo ganas de salir. –Eiko se puso de pie y conectó el tocacasete–. ¿Te gusta Laurie Anderson, Ada?
–Tiene una voz hermosa, no la había escuchado antes.
–Tengo una sorpresa para ti. Espera. –Eiko adelantó la cinta. Una voz de hombre empezó a recitar en inglés. Eiko miró a Ada con curiosidad infantil, luego rio, juguetona–. ¡William Burroughs! Martha me dijo que es uno de tus escritores favoritos.
–Lo fue. A Luis le gustaba más que a mí. En realidad, fue él quien me prestó Naked Lunch.
–Nunca hablas de Luis. ¿Por qué?
–¿Por qué qué?
–Disculpa, me estoy metiendo en lo que no me importa.
–No tengo ningún secreto. A veces se tiene la impresión de que uno evita un tema porque le disgusta o mortifica, pero no es mi caso. Si no hablo mucho de Luis es porque a veces se me olvida que estuve casada con él, que forma parte de mi pasado. ¡Qué palabra: «pasado»! Suena demasiado importante, ¿no? Tú aún no tienes pasado.
–Claro que sí. Mis ancestros, mis padres, mi infancia, todo eso es parte de mi vida, de mi pasado. Japón, por ejemplo, aunque a veces también olvido que provengo de ahí.
–¿Cómo aprendiste el japonés?
–En el instituto japonés. El libro que te mostré la otra vez, de Kawabata, es de la biblioteca. Me gustaría conocer Japón. Martha siempre me promete que haremos el viaje algún día. Pero así como están las cosas...
–¿Por qué no vuelves con ella? Te has puesto nerviosa.
Eiko se encogió de hombros y pestañeó.
–Me gusta estar contigo –dijo.
–¿Te gustaría acompañarme mañana a la universidad?
–Claro.
Antes de acostarse, Eiko le dijo que lo había pensado mejor: se quedaría corrigiendo su libro. Ada la escuchó escribir a máquina hasta entrada la madrugada. Envidió su energía y su esfuerzo. A ella le costaba mucho trabajo hacer lo mismo, sobre todo porque no confiaba en sí misma. Le faltaba esa arrogancia o esa pedantería, gracias a la cual los escritores escribían y publicaban sin importarles la crítica o aburrir a los demás. De otro lado, también estaban su desidia, su inercia. Algún día, se dijo, algún día lo haría. Total, al mundo le era indiferente.

Eiko no había salido en todo el día. Ada la encontró en su cuarto, rodeada de papeles. La cama estaba llena de ellos, arrugados y tachados. La muchacha parecía agotada, como si no hubiera descansado lo suficiente durante la noche. Cuando Ada salió para la universidad, creyó que aún dormía, pero al parecer había estado entregada a la corrección de su libro y había escrito nuevos poemas, que no quiso enseñárselos porque todavía no estaban maduros, dijo.
–¿Martha telefoneó?
–El teléfono no ha sonado para nada –respondió Eiko.
–Me alegro, así pudiste trabajar con tranquilidad. ¿Comiste algo? Dejé una presa de pollo en la refrigeradora.
–Gracias. Cuando escribo prefiero no comer. No hay nada menos interesante que la comida cuando una está excitada.
–¿A qué te refieres?
Eiko la miró, animada.
–Ven, siéntate acá –La muchacha arregló el desorden que reinaba en su habitación, apartando las hojas de papel que había sobre la cama para hacerle un lugar a Ada–. Con el estómago vacío funciona mejor la inspiración, ¿no lo sabías? Aquí, en tu casa, hay un ambiente excelente, muy diferente al de la casa de Martha. Allá se siente el ruido de los autos, los chicos del vecindario siempre chillan y tocan a la puerta por gusto. Además, Bobby, su perro, tiene la manía de olfatearlo todo.
Ada estaba sentada sobre la cama observando a Eiko, que acomodaba su ropa en el ropero. Cuando terminó de colgarla, se tendió a su lado.
–Échate junto a mí –suplicó Eiko–. Me gusta tu olor –la joven acercó su rostro a la cabellera de Ada y la levantó con las manos para oler su cuello–. Hmm... la transpiración en ti tiene un olor natural.
–¿Qué haces, Eiko? Me da vergüenza que lo digas. Hoy correteé un poco en la universidad, debo haber transpirado mucho.
–Huele a nogal.
Eiko pegó su nariz y la frotó sobre la piel del cuello. Ada se levantó sobresaltada al oír el timbre de la puerta y casi salió corriendo de la habitación para abrirla.
Martha entró como un rayo, vociferando. Ada intentó detenerla sin conseguirlo. Martha se detuvo frente a la cama de Eiko.
–¡Ajá, ajá! ¡Eres una ingrata, una perversa, una ingrata! –gritó. La muchacha se tapó los oídos y cerró los ojos–. No te hagas la que no ves ni oyes. Estuve llamando toda la mañana y nadie contestaba. Mira, tú estabas aquí y no respondías. Ayer, cuando telefoneé, te hiciste la que no me conocías, ¿qué te propones?, ¿qué se proponen, ah? –exclamó mirando alternativamente a Eiko y a Ada–. ¿Piensan burlarse de mí? Ada, dime, tú que eres una mujer mayor y una persona responsable, ¿es lógico que esta chiquilla se esconda de mí, de mí que soy la persona que más ha hecho por ella?
–Martha, deja de gritar –suplicó Ada–. La chica solo está tratando de trabajar un poco en su libro. No tiene nada de malo.
–¿Que no tiene nada de malo? ¿Qué nuevo cuento es ese? Ese libro está terminado. Yo lo leí y no hay nada más que hacer. ¿O tú quieres rehacerlo a tu modo? –dijo, dirigiéndose a Ada.
–Sabes muy bien que no me gusta inmiscuirme en asuntos ajenos...
–Entonces, por qué demonios no le aconsejas que vuelva a su casa, si es que no quiere regresar a la mía, que sería lo mejor para ella.
–Eiko me dijo que tú la botaste...
–¿Que yo qué? ¡Qué estupidez! ¡Eiko, arregla tus cosas y ven conmigo ahora!
–Eiko no quiere marcharse, ¿verdad, Eiko?
–Cállate, Ada. Haz el favor de callarte. ¿Eiko? ¿Oíste? ¿Vas a venir conmigo?
Eiko meneó la cabeza. Martha salió de la habitación gritando que se arrepentirían y se marchó dando un portazo.
–¡Qué carácter! ¿Es siempre así?
–Siempre no, solo cuando le llevas la contraria. Pero no le hagas caso –murmuró Eiko–. Ya se le pasará. Gracias por ayudarme, yo no sabía qué decir ni qué hacer. Quiero mucho a Martha, pero a veces no la soporto. Tanto la familia como los amigos y en especial Martha son... ¿cómo decirlo?... un poco alienantes. En cambio, tú tienes un aire indiferente, me gusta ese aire, me encanta...
–Trata de descansar un poco –le recomendó Ada–. Te ves agotada. Voy a preparar algo para comer.
Durante la cena Eiko estuvo silenciosa, como enfurruñada. Resultaron vanos los esfuerzos de Ada por animarla. Por fin la muchacha pareció interesarse por la poesía.
–¿Y esos últimos poemas que escribiste, de qué tratan? ¿Son como los otros? Creo que la mayoría tocan temas sentimentales, aunque debo reconocer que de un modo delicado, natural.
–No estoy muy contenta con lo último que escribí. Quise pasar a otra cosa, tú sabes, la tendencia ahora es tocar temas urbanos con cierta fuerza. Y con respecto a lo sentimental, como tú lo llamas, de preferencia el cuerpo y el amor. Pensé relacionar las dos cosas, pero no lo consigo.
–¿No te gustaría enseñármelos ahora?
Eiko sacudió negativamente la cabeza.
–Disculpa, creo que no están listos. Me parecen muy confusos: sensaciones, imágenes... no sé, el resultado es caótico.
–Casi toda la poesía que he leído en estos últimos años es caótica, acumulación de versos, fragmentos de realidad... no me convence...
–¿Ves? Me das la razón. Con un poco de tiempo los corregiré. ¿Crees que Martha regrese?
Ada se encogió de hombros, le sirvió más ensalada y dijo:
–Martha es imprevisible, siempre lo fue, pero ahora parece más neurótica.
–¿Cómo era cuando la conociste? Ustedes estudiaron juntas en la universidad.
–Era un chiquilla muy nerviosa, llena de inquietudes literarias. No sé cómo no se dedicó a la literatura. Hubiera tenido éxito. Pero prefirió la carrera académica.
Ada recordó las veces en que ambas caminaban a la salida de la biblioteca por las calles del centro, comentando las obras que leían. Por ese tiempo, Martha admiraba a Simone de Beauvoir: Los mandarines, una novela sobre las élites intelectuales francesas, que la impactó mucho. ¿En qué momento aquellas charlas se convirtieron en algo íntimo? Le vino a la memoria cierta vez que entraron a un edificio viejo. Las oficinas estaban cerradas a esa hora y no había nadie en los pasillos. Martha le pidió entonces que le diera un beso y Ada se resistió al principio, luego las dos se abrazaron en la puerta de una de esas oficinas. Martha se había echado una colonia grasosa en el pelo.
–Éramos buenas amigas –musitó.
–Martha dice que tú y ella... en fin... fueron algo más que amigas íntimas, ¿es verdad?
Ada sintió una ola de calor en las mejillas. Se levantó de la mesa para llevar los platos a la cocina.
–Deja, yo los lavaré –intervino Eiko.
Las dos se dirigieron a la cocina. Eiko lavó los platos y Ada los secó pensativa. Después de unos minutos, Eiko volvió a preguntar.
–¿No quieres contestar, verdad?
–Anda a acostarte, Eiko, y no pienses más en eso. Yo haré lo mismo, estoy muy cansada.
Ada se dirigió a su dormitorio con la impresión de no haber resuelto las dudas de la muchacha, sino todo lo contrario. Pero no tenía sentido hurgar en el pasado. A ella le molestaba recordar algunas escenas que ya no parecían formar parte de su vida, sino del pasado de otra mujer, una Ada impulsiva, un poco ridícula. Desde su dormitorio escuchó que Eiko tecleaba en la máquina de escribir. Era admirable su tenacidad. Estuvo trabajando hasta cerca de las once de la noche. A esa hora interrumpió su trabajo.
Cuando estaba por quedarse dormida, oyó que alguien arañaba la puerta de entrada. Al cabo de unos segundos volvió a oírlo. Sí, alguien arañaba la puerta de la calle. Ada se levantó. El ruido continuó más fuerte. Tuvo miedo de abrir y pensó en llamar a Eiko. Escuchó unos sollozos detrás de la puerta y abrió violentamente. El cuerpo de Martha cayó en el umbral.
–¿Qué haces ahí tirada, Martha?
–Por favor, Ada, déjame entrar, estoy acá desde hace horas...
–Estás loca, verdaderamente loca, ¿estuviste arrodillada ante esta puerta desde que te fuiste?
–Déjame entrar, te lo suplico. No te molestaré, dormiré con Eiko y mañana temprano nos iremos.
Martha hablaba entre sollozos. Tenía la falda arrugada y los ojos despintados.
–Eiko está acostada. Puedes echarte en el sofá, así no la despertarás.
–Iré a verla. A ella no le importará que la despierte. Estoy segura, ¿sabes? Hoy es un día muy especial, Eiko debe recordarlo. Un día como hoy... un día como hoy...
Martha volvió a sollozar. Ada la ayudó a ponerse de pie y cerró la puerta. Martha se dirigió de puntillas al dormitorio de Eiko.
Las dos veces que Ada pasó a la cocina durante la noche escuchó sollozos mezclados con algunas risitas ahogadas en el dormitorio de Eiko. A eso de las cinco de la mañana la despertaron los gritos de Martha, que discutía con Eiko. Pensó en llamarles la atención y pedirles que se callaran, pero la discusión cesó repentinamente. Cuando se levantó para darse un baño, la puerta del dormitorio de Eiko estaba abierta y esta dormía plácidamente. Martha no estaba. La puerta de la calle no tenía el seguro puesto. Por lo visto, se había marchado muy temprano, sin Eiko.
Dejó a la muchacha descansando y se fue a la universidad.
A su regreso encontró a Eiko lista para salir. Se había puesto un pantalón deshilachado, muy ceñido, y una casaca negra de cuero. El cerquillo caía sobre su mejilla derecha.
Ninguna de las dos mencionó el incidente de la mañana. Para Ada, Martha se había marchado disgustada porque Eiko no había querido acompañarla. La muchacha, en cambio, parecía tranquila.
–Iré primero a la peluquería, luego esperaré abajo a mis amigos, no les di el número del departamento –dijo Eiko.
Se despidió con una venia. Nunca le daba un beso al salir.
–Espera, Eiko –la detuvo Ada, tomándola del brazo–. Llévate la llave.
La chica la guardó en el bolsillo de su casaca. Hizo otra venia y salió.
Ada preparó unos sándwiches y los guardó en la refrigeradora, por si tenía hambre a su vuelta. También escribió en un papel algunas recomendaciones, como que no se olvidara de apagar la luz y cerrara bien la puerta de la calle.
Al día siguiente, la muchacha dormía tranquila en el dormitorio. El papel de las recomendaciones seguía en el mismo lugar, como si no lo hubiera tocado, y los sándwiches estaban intactos en la refrigeradora.
Por la tarde, Eiko había insistido en dar un paseo y Ada no pudo negarse. Fueron a una librería donde tuvo que pagar el libro que Eiko escogió: una novela de un yuppie norteamericano, que Ada no conocía. En el parque Salazar se detuvieron a contemplar el mar. Solo había un par de vendedores de globos, de esos que abundan los domingos. Eiko compró tres y los echó al barranco. Los globos se dispersaron y desaparecieron en la niebla del despeñadero. Luego encendió un cigarrillo y se alejó hacia la baranda del otro extremo del parque. No corría brisa y la niebla parecía empozar el viento. Ada hojeó el libro de Eiko: violencia, drogas, locura juvenil. ¿Cómo estaba al tanto de ese tipo de literatura? Se sintió mayor frente a la muchacha que en ese preciso instante se acercaba.
–Eres una joven decidida –le dijo al verla de otro ánimo, más alegre.
Eiko no agradeció el cumplido.
Por la avenida principal, los cambistas de dólares corrían persiguiendo a los automóviles.
Atravesaron un parque donde se exponían cuadros de pintura naif a los pocos turistas. Eiko quiso tomar una cerveza. Ada vaciló, no le quedaba mucho dinero. Se sentaron a una mesa, cerca de la entrada. Eiko pidió un vaso de cerveza y Ada se decidió por un café cortado. De rato en rato, Eiko controlaba su reloj.
Un joven, con botas militares, se aproximó a la mesa y saludó a Eiko sin dignarse mirar hacia Ada. El muchacho permaneció de pie conversando con Eiko.
Según pudo entender, se habían conocido la noche anterior en una fiesta. Su llegada no le pareció casual; probablemente Eiko lo había citado en el café. No supo por qué pero sintió una desazón extraña cuando Eiko dijo que iría con Pedro –así llamó al muchacho– a dar una vuelta. Su actitud le resultó chocante, pues ni siquiera le había presentado a su amigo.
Al entrar a su casa, se dio con las cosas de Eiko regadas en el comedor: una chompa de alpaca sobre una silla, una escobilla y la toalla en otra. Las acomodó cuidadosamente en su dormitorio. La cama tampoco estaba tendida.

Había tenido un día tedioso en la universidad. Los alumnos se resistieron a responder un cuestionario, aducían que estaban sobrecargados de tareas. Y para colmo, al regresar a casa encontró a Martha esperándola en el pasillo. Percibió un olor extraño al saludarla, como si no se hubiera bañado. Martha estaba nerviosa a juzgar por el gesto adusto con el que la recibió.
–¿Dónde está Eiko? –casi gritó y entró directamente al comedor escudriñándolo todo.
–No sé nada de Eiko.
Con seguridad, la chica no estaba en casa. Ada dedujo que no había regresado todavía.
–¡Estupendo! ¡Pretendes que crea que Eiko desaparece y que tú no sabes nada!
–¿Por qué habría de saberlo?
Temió que la muchacha regresara de improviso y abriera la puerta con el duplicado de la llave.
–Eiko me dijo que volvería a mi casa y no lo hizo. Incluso me llamó por teléfono hace dos días para asegurármelo.
–¿Te llamó?
–Solo quiero que me digas dónde está. Y no me salgas con el cuento de que no lo sabes, porque no te creo.
–Tendrás que conformarte porque no sé nada de ella.
Rogó que Eiko no apareciera en ese instante. Martha sería capaz de armar un escándalo en el edificio. El timbre del teléfono sonó. Ambas corrieron a contestar. Ada le arrebató el fono y lo ocultó con las manos. Martha retrocedió y se quedó de pie en la puerta del dormitorio. Era Eiko que llamaba desde la casa de un amigo de Pedro. Le dijo que no la esperara a dormir. Ada colgó sin responder.
–Número equivocado –mintió.
Martha se puso a gemir.
No tuvo noticias de Eiko en varios días. Sus cosas seguían en el dormitorio. Martha, por su parte, no dejaba de llamar por teléfono para averiguar sobre su paradero. Hasta había llegado a amenazarla con avisar a los padres de la muchacha de que la estaba ocultando.
Un día Martha se apareció temprano, en la mañana, preguntando a gritos por Eiko. Evangelina, que había escuchado el alboroto, aconsejó a Ada que localizara a la japonesa y la obligara a llevarse sus pertenencias. La anciana le aseguró que la había visto llegar en varias oportunidades a la casa acompañada de un joven alto con botas militares y con apariencia de hippie.
Una tarde Ada regresó del trabajo antes de la hora acostumbrada y encontró a Eiko en el dormitorio arreglando sus cosas en un maletín.
–¿Dónde te habías metido? –preguntó, procurando no alzar la voz.
–Discúlpame, Ada, pero cada vez que te llamaba por teléfono nadie respondía. Pedro y yo estamos en casa de un amigo. Bueno, no se trata de una casa, sino de una habitación que tiene alquilada en una pensión.
–¿Por qué no me dejaste una nota para avisarme?
–Tienes razón, discúlpame otra vez. Quería decírtelo por teléfono. Solo vine un par de veces a darme un baño y a cambiarme de ropa.
Ada no le creyó, su actitud la decepcionó, pero no se atrevió a encararla. Eiko terminó de guardar sus cosas en el maletín y dijo que se iba con Pedro.
–Nos vamos al norte. Allá Pedro tiene un departamento que está vacío. Su familia lo ocupa en verano. Estaremos un tiempo en Huanchaco.
–Huanchaco es un balneario solitario en invierno.
–Por eso nos parece excelente. Por favor, ni una palabra de esto a Martha –suplicó–. ¿Puedo confiar en ti?
Ada asintió con la cabeza. Quizás Eiko estaba enamorada de Pedro. La muchacha cerró su maletín y se acercó a Ada para hacerle una caricia en la mejilla con el dedo. Luego hizo una venia y salió sin cerrar la puerta de la calle. Ada la vio caminar con prisa hacia las escaleras.

Se acercaba la primavera. Si Luis no daba señales de vida –y no las daría hasta que no lo llamara por teléfono o le escribiera contándole sus planes– el viaje no se realizaría nunca. En ese caso, tendría que pasar otro verano dictando clases en la universidad. El sueldo le alcanzaba ajustadamente y no quería ni imaginar la miseria. Estaba harta de que en los noticieros solo se ocuparan del alza de los alimentos.
Diariamente escribía en un cuaderno su opinión de los libros leídos o algunas impresiones callejeras. Las frases se acuñaban con facilidad, aunque saltaba de un asunto a otro sin concluir ninguno. El diario reemplazaba a Quiroga, que había dejado de buscarla, al sexo, a la nostalgia.
Eiko le había enviado una postal de Huanchaco en la que le comentaba que había conocido a una pareja de actores que hacían una gira por el interior. No hablaba de Pedro. Le rogaba, en cambio, que no contara nada a Martha. Ada contempló la postal: unos caballitos de totora se apoyaban sobre el muro del malecón de un balneario desolado.
–Eres una tonta –le dijo Evangelina un día– si sigues creyendo en la bondad de la japonesa. No es sino una abusiva.
Eiko no volvió a escribirle. La ciudad parecía dormida debido a un reciente reajuste económico que había dejado a la gente sin recursos. Su sueldo se había reducido tanto que no le alcanzaba para comprarse un par de zapatos nuevos. A veces tampoco podía ocultar su ansiedad y salía a caminar de noche con la intención de internarse en el parque, pero el miedo la hacía retroceder.
Ese viernes llegó cerca de un bosque en Lince donde solían ir las parejas. Las luces de la calle oscilaron, la aturdieron las voces de unos borrachos en un bar y se desanimó. Se detuvo detrás de una pareja que hacía cola para entrar al cine. La película que anunciaban era de corte fantástico: fantasía del horror, un nuevo género en boga. Estaba observando los afiches cuando le pareció ver entrar a Eiko acompañada de Martha. Tuvo la intención de comprar una entrada para espiarlas, pero ¿y si se hubiera equivocado? Perdería el dinero. Aunque estaba segura de haberlas reconocido.
Evangelina, que estaba esperándola en el corredor, le dijo que la japonesa y la otra mujer habían venido a buscarla. Evangelina tenía razón. Eiko era una egoísta a quien solo le interesaba que Martha asumiera sus gastos.
Al día siguiente, Ada esperó toda la mañana que el teléfono sonara. Estaba segura de que Martha no dejaría pasar la oportunidad de restregarle en la cara su pequeño triunfo.
El teléfono empezó a timbrar. Era Martha, que quería verla esa misma tarde. El anuncio de su visita no le hizo ninguna gracia. Aún no había tomado un baño y no tenía forma de hacerlo, ya que habían cortado el agua. Solo había una jarra llena para lavarse los dientes y desprenderse de ese sabor metálico que tenía al despertar. Por la luz del patio dedujo que serían las once o doce de la mañana. Se alegró de no haber entrado al cine la noche anterior. Pensó que hubiera sido de mal gusto que ambas la vieran ahí sola, sobre todo si tanto Eiko como Martha se sentían felices de la reconciliación. ¿Qué había pasado con Pedro? Eiko era voluble, tuvo que reconocerlo. Pero eso era propio de su edad, aunque le disgustó que hubiera vuelto con Martha, quien no tenía nada bueno que ofrecerle salvo la publicación de su libro. ¿Era Eiko una poeta de verdad, o solo se trataba de una inclinación pasajera? ¿Quién era ella para juzgarla? Toda su vida había querido escribir y ni siquiera empezaba un libro en serio. Por lo menos Eiko lo intentaba, ¿o habría desistido de terminarlo? No creyó que Martha la estimulara en esa dirección; solo se aferraba a la idea de financiarle la edición como un chantaje vulgar. Eiko a veces le parecía tonta.
Martha llegó a las cuatro con un pan baguette para el lonche. Dijo que Eiko se había quedado comprando cigarrillos en la bodega. Ada contempló el baguette sin ánimo. En la jarra había agua suficiente para preparar el té y en la cocina podía encontrar un par de tazas limpias.
–Tenemos problemas con el agua –explicó.
Cuando Eiko llegó, se alegró de que no le apeteciera el té, así no tendría que servirse en un vaso, lo que le parecía de mal gusto.
Eiko y Martha estaban sentadas en el sofá. La primera exhalaba el humo de su cigarrillo levantando la mandíbula. Martha tenía puesta una blusa extravagante, con una gigantesca flor pintada en la pechera.
El té le pareció estupendo mientras ingresaba caliente por su garganta. Eiko y Martha hablaban de Pedro.
–Te prometo que no volveremos a hacerlo en tu casa –dijo Eiko, dirigiéndose a Martha.
–No quiero ser fastidiosa, pero ese muchacho necesita que alguien lo ponga en su sitio –protestó Martha.
–Tal vez tengas razón, aunque preferiría que no te metieras esta vez; él dice que eres una persona culta, pero un poco severa.
–¿Severa yo? ¿Qué quiere decir con eso?
Eiko, que estaba sentada sobre el brazo del sillón, balanceaba un pie cubierto con un botín de gamuza muy estrecho. Ada se fijó en su pequeñez. Por lo visto, Eiko defendía a Pedro por haber hecho algo incorrecto. Sin embargo, no tuvo intención de averiguarlo y, mucho menos, de intervenir.
–¿Le podrías advertir que no estoy dispuesta a tolerar que toque a la puerta de mi casa después de las diez?
–Pero, Martha, las diez no es tan tarde. Todo el mundo está despierto a esa hora. Tú misma te acuestas después del noticiero de las once –replicó Eiko.
–¿Por qué demonios tiene que venir a buscarte a esa hora? Deberías prohibirle que lo haga cuando estás conmigo. Creo que es lo menos que puedo pedir, ¿no?
–Es el mismo tema de siempre. ¿Crees que es el momento para...?
–Ah, Ada –dijo Martha, como si acabara de advertir su presencia–, ¿podríamos pasar la noche acá?
Ada intentó protestar sin conseguirlo. No pudo resistir la idea de que Martha se quedara a dormir esa noche, como acababa de insinuar. Pensó que lo hacía para evitar al tal Pedro. Les recordó que no tenía nada que comer.
–Eiko no come de noche y yo me las arreglaré con un pedazo de pan –dijo Martha, sonriente.
Ada quiso decirles que todavía era temprano para conseguir un colectivo, pero en ese preciso momento Eiko se dirigió a la puerta y salió sin despedirse.
–¿Te das cuenta de lo mal que se porta? ¡Se ha vuelto tan grosera! –exclamó Martha.
Ada notó que pestañeaba de una manera extraña. A los pocos minutos Eiko regresó y les pidió disculpas. Lo había pensado mejor. Pasaría la noche en casa de Ada con una condición: que accedieran a que Pedro viniera. Había quedado en llamarlo a casa de un amigo para avisarle dónde podía encontrarla.
Martha estuvo a punto de estallar en sollozos pero se contuvo y le hizo una señal con la mano para que lo llamara.
–Mientras esperamos a Pedro podemos dar una vuelta –sugirió Eiko, contenta. Ahora parecía realmente una jovencita enamorada.
Después de que Eiko se comunicara con Pedro salieron a caminar. Avanzaron un trecho hacia un centro comercial y Ada sintió deseos de regresar, pero Eiko insistió en dar un paseo para bordear el parque. A esa hora era un peligro, protestó Martha, por lo que continuaron caminando por la avenida principal. Las lámparas de los emolienteros daban un toque pueblerino al paisaje de la calle, como en un cuadro de Sabogal.
Se oyó el ruido de una sirena; la Unidad de Desactivación de Explosivos les cerró el paso y se estacionó a unos metros. Las tres retrocedieron hasta la entrada de una tienda de pájaros exóticos y observaron cómo los uniformados abrían un paquete envuelto en periódicos, abandonado en la vereda. Los policías apartaron a los curiosos y después de sacar los restos de comida que contenía el envoltorio, lo abandonaron también al borde del sardinel. El coche de desactivación de explosivos desapareció haciendo ulular una sirena. Al fondo del parque, las sombras de los árboles parecían medusas amenazantes. Pese a ello, una pareja se apresuró en esa dirección.
Pedro llegó al departamento al borde de las once. Tenía puestas las mismas botas militares de siempre. Besó a Eiko en la nariz y se sentó a su lado después de hacer una venia a las dos mujeres. De inmediato, y sin pedirles permiso, lió un troncho y, después de encenderlo y aspirar largamente, se lo ofreció a Eiko. Ada y Martha se abstuvieron de fumar. Eiko se reía en silencio mirándolas a hurtadillas. Con el aroma de la hierba parecía más vulnerable, pensó Ada, quien empezaba a fastidiarse con la actitud de la pareja. ¿Qué querían demostrar fumando? ¿Eran acaso más liberales? Eiko y Pedro se pusieron a bailar sin música, aparentando escucharla. Se movían al ritmo de los conjuntos de rock que aparecen en la televisión. Pedro era el que más estiraba las piernas y una de sus botas casi rozó la cara de Martha. Esta se levantó y se retiró al dormitorio. Ada la encontró sentada en el filo de la cama, cabizbaja.
–Ha sido inútil, Ada. Todo ha sido inútil.
–¿De qué hablas?
–Pensé que esa muchacha era diferente, o lo sería si yo me hacía cargo de su educación, bueno, es decir de orientarla un poco; pero mírala, se comporta igual que esos jóvenes que andan sueltos por ahí fumando, escuchando esa música estridente. Ah, y esa ropa deshilachada, ¿no te parece una ofensa a la pobreza de este país? Ni qué decir de los símbolos que usan: macabros, fascistas. Son unos irresponsables. ¡Basura! –Martha acentuó el tono de voz. Gritaba enloquecida que se largaran, que estaban perdidos para la lucha por una sociedad nueva.
Pedro y Eiko se asomaron a la puerta para ver qué pasaba. Ada les dijo que Martha sufría un ataque nervioso. Le pidió a Eiko que le trajera un vaso con agua.
–¡Por favor! –protestó Martha–. ¡De ella no quiero nada!
Eiko se encogió de hombros y siguió conversando con Pedro en la sala. De pronto, se escuchó la música del tocacasete de Eiko. Un rock metalero, histérico, ahogó los quejidos de Martha.
–¿Viste? ¿Los ves? No les importa que me muera.
–Por Dios, Martha, tú misma los botaste, ¿qué esperabas?
–¿Que qué esperaba? ¿Te parece justo que pague sus clases de francés, le dé de comer casi todo el mes, la proteja en mi casa, además de prometerle la publicación de su libro, y ella sea incapaz de alcanzarme un vaso con agua?
Martha gimió como un gato debajo de la mesa, un gato atrapado en una casa extraña, pero se calmó repentinamente.
–Voy a decirles que no estoy dispuesta a...
–Cálmate, Martha. Volvamos a la sala. Será mejor para todos.
Se sentaron en el sofá aparentando que no había sucedido nada. Pedro les ofreció un troncho. Esta vez Ada aceptó, aspirando ligeramente, sin retener el humo en los pulmones.
–Así no, Ada –protestó Eiko–. Debes chuparlo con fuerza para que te haga efecto.
Martha la observó resentida.
Pedro y Eiko se sentaron en el sofá. El muchacho pasó una pierna sobre la falda de Eiko y la besó en el cuello. Luego empezó a hurgarle con la lengua las orejas. Eiko se abandonó en sus brazos, inocente y obscena a la vez, igual que una adolescente en un cuadro de Balthus.
Ada respiró con dificultad, sintió que su cabeza se inflaba y un zumbido en los oídos la aturdió. Sorpresiva, violenta, escuchó su propia voz como a lo lejos:
–¡Basta! ¡Basta! Fuera de aquí, ¿entendieron? ¡Fuera de aquí, ahora!
Las botas militares de Pedro fueron las que primero cruzaron el umbral, luego salieron Eiko y Martha. Una mano intentó cerrar la puerta desde fuera, logró tirarla y le dio a Ada en la nariz.
Después que se marcharon sintió el desesperante olor de la hierba. Sobre la mesa habían dejado el pan baguette. Permaneció quieta en la silla durante un rato. Su cuerpo había perdido flexibilidad. A lo lejos escuchó unas campanadas. Bajó a la calle para ver si aún seguían ahí. En la vereda un grupo de niños jugaba a los naipes; a un costado habían arrumado billetes de poco valor.
–¿Por qué tocan las campanas? –les preguntó.
–¿Qué dice, señora?
Oyó sus risas sordas y se dio media vuelta. Las campanas dejaron de sonar.

El timbre de la puerta la sobresaltó. Era la vecina del primer piso que traía un sobre largo con ribetes rojiazules. La mujer le dijo que lo habían echado el día anterior debajo de su puerta por equivocación. La vecina se fue refunfuñando contra los hijos del portero que estaban jugando en el corredor.
La carta era de Luis. Ada no tuvo ganas de abrirla de inmediato. La escena la había dejado exhausta. Casi no podía creerlo, ¿de dónde había sacado el valor para echarlos de su casa? De pronto recordó todo perfectamente: su dolor de cabeza, su voz alzándose como un eco lejano que devolvieran las montañas, y a Eiko, sí, a Eiko entre los brazos de ese joven pedante, mal vestido, dejándose acariciar delante de Martha y de ella.
Se fijó en el sobre que le había alcanzado la vecina, lo rasgó lentamente y leyó:
Querida Ada, te escribo antes de partir a México, donde dictaré una conferencia sobre el libro de ensayos que acabo de terminar dedicado a Spinoza y a Kierkegaard, y también a los románticos alemanes, porque me interesa todo lo romántico, un libro que apenas publique te enviaré porque quiero tu opinión de lectora. Estoy seguro de que marcará una época y será un hito en la filosofía moderna. Alguien me dijo que las cosas no te iban bien y pensé –por qué no– que yo podía tenderte una mano. Al fin y al cabo me resulta agradable la idea. Los beneficios que se pueden obtener en los Estados Unidos con una beca son cuantiosos.
Sé que siempre quisiste ser escritora, por eso pienso que lo mejor para ti es que viajes a este país y dejes esa pobre universidad donde trabajas actualmente, solo aquí podrás serlo de verdad. Espero tu respuesta. ¡Este es un país fabuloso!
Luis había estampado su firma a mano junto a un te quiere en letras enormes. Y como si hubiera adivinado sus intenciones la invitaba a viajar para reunirse con él, pero olvidaba mencionar lo de los pasajes. En la parte lateral había una posdata con letra menuda: Sé juiciosa, no serlo es propio de gente vulgar.
La sorprendió el tono con el que Luis la invitaba a viajar. Seguía siendo autosuficiente y autoritario. Su manera de ver las cosas giraba en torno a un supervalorado ego, incapaz de considerar las caídas del otro como algo normal si ellas ofendían su amor propio. ¿Qué había querido decir si no con eso de que fuera juiciosa? Casi agradeció que no mencionara lo de los pasajes. La alusión a su deseo de ser escritora hizo que se sintiera más desvalida, sobre todo porque él se adjudicaba la parte disciplinaria, él iba a ser su mentor. No era necesario que lo dijera en su carta, lo conocía bien. Luis era un juez implacable. De otro lado, su romanticismo le pareció pasado de moda. ¿Debía contestarle y hablarle del desastre económico por el que atravesaba el Perú? ¿Qué había hecho él todos esos años sin ella? Luis se refería a sus éxitos. Le hubiera gustado escribirle acerca de su extrema pobreza mientras él viajaba a México, o ya estaba en esa ciudad dictando conferencias sobre Spinoza. Todavía había gente en el mundo para la que Spinoza y Kierkegaard eran más importantes que el precio de un kilo de huevos. Felicitó interiormente a Luis por el esfuerzo de mantenerse romántico en esta época. Claro que en Austin no era necesario morderse la lengua para serlo. Una ciudad universitaria como esa, con salas bien equipadas, con computadoras, en las que podían registrarse todos los desmayos románticos de cualquier momento histórico, inspiraba ese tipo de inclinaciones. De todos modos era meritorio ya que la tentación de hacer dinero en esos lugares era contagiante. Pero si Luis podía publicar sus ensayos significaba que la fama también le era concedida, además del dinero. Eso era lo que ella jamás tendría. Si escribía en su diario era por puro placer, un placer medio cursi. Pertenecía a ese tipo de personas que no ambicionaba nada a cambio en un mundo dirigido por empresarios y ejecutivos.
Cerca ya de la madrugada permaneció en silencio ante su máquina de escribir, luchando contra el viejo armatoste.
El lunes fue un día difícil en la universidad. Los estudiantes corrían de un lado a otro protestando contra las autoridades corruptas. Un grupo llegó a tomar el local de la Facultad y ella se quedó encerrada por espacio de una hora oyendo los gritos destemplados, los aplausos, las voces histéricas de los dirigentes que arengaban contra todo el mundo. Durante ese tiempo creyó que se quedaría toda la vida en aquel pasillo oscuro, lleno de pintas políticas.
En casa encontró un sobre debajo de la puerta, con la estampilla de George Washington. El remitente decía: «Luis, tu salvador y amigo fiel».
No tuvo ganas de abrirlo. No había podido cobrar el cheque del mes. De nuevo las autoridades universitarias se burlaban de la plana docente haciéndoles aguardar inútilmente por los cheques, que llegaron al cabo de varias horas de espera. Precisamente cuando faltaban cinco personas para alcanzar la ventanilla, la empleada del banco anunció que se había acabado el dinero. Tuvo que correr a otra agencia, a la que también llegó tarde. La mañana estaba perdida, los zapatos empolvados, el cabello grasoso y, para colmo, ese remitente pedante que no sabía si la conmovía o la irritaba. Después de tantos años, a Luis le daba por mostrar un espíritu redentor, que la salvaría del naufragio. ¿No era eso acaso lo que esperaba? Se sintió inerme ante él, llena de polvo. Un baño antes le sentaría bien, luego abriría la carta y se zambulliría en su retórica nostálgica. Tuvo suerte, un chorro de agua golpeó su espalda con dureza, el servicio de agua potable no había fallado esta vez, lo que era casi un milagro.
Cuando abrió el sobre, el recorte de una revista cayó al suelo: un tacón de mujer acariciando un pubis femenino.
La carta decía:
Querida Ada:
Sal de la abulia en la que imagino te encuentras, como todos los que se quedaron en ese país, un lugar de fracasos y ruinas por lo que me entero. Acaso, si vienes a los Estados Unidos podemos intentarlo de nuevo y tener un hijo que será tan grande como Swedenborg, a quien acabo de leer.
En seguida enumeraba los múltiples elogios que había recibido en su última conferencia y las ventajas de ser profesor en una universidad norteamericana, los recursos a la mano para ser un buen investigador y las editoriales al alcance. Remataba con un lugar común impropio para un filósofo: todo el que siembra, cosecha excelentes frutos. Y firmaba con una frase que le pareció exagerada: Luis, tu lector. Ella no había publicado nada aún para que la llamara escritora. Además, ¿no se habían divorciado porque la idea era que sus caminos señalaban direcciones contrarias? ¿No eran la avaricia o el poder el nuevo horizonte de las naciones modernas? ¿Qué tenía que ver Swedenborg con eso? Luis lo invocaba porque él mismo era el filósofo salvador que clamaba al otro lado del continente por su antigua esposa del Tercer Mundo, capaz de darle todavía un heredero sin contaminarlo con el sida.
Darmowy fragment się skończył.