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Aprende a amar el plástico

Carlos Velázquez



Aprende a amar el plástico

Sé que nadie me quiere por cabrón. Pero soy un cabrón sensible. Y aunque les cueste creerlo, en ocasiones he querido hacer las cosas bien. Pero siempre que un hombre desea enderezar su destino aparece un téibol para conducirlo por el camino del mal. Me encontraba en Monterrey. Y ahí está uno de mis lugares favoritos del mundo: El Matehuala. La capital del table dance del noreste de México. Visitar Monterrey y no pisar El Mate es como ir al Vaticano y no besarle la mano al Papa. Meses atrás habría acampado sin miramientos en la pista con una cubeta de Indio. Pero trataba de enmendarme. Tenía morra. Presumo que me quería. Sí, a este cabrón que nadie quiere. Y ese día era su cumple. Mi plan consistía en comer en La Nacional y después treparme a un autobús que me llevara a Torreón para asistir a la fiesta de cumpleaños de mi chica.

Sufro de un mal extremo, soy incapaz de negarme a acudir a un téibol. Un par de compas me rogaron, literalmente, para que los acompañara a uno. Te mamas un par de chelas, pides un taxi, pasas por tus chivas al hotel y te tiendes hacia la central camionera. El plan sonaba bastante inofensivo. Honestamente, no se me antojaba. Mi corazón me dictaba otra cosa. Pero me derrotó el mal consejo. Total, qué podía pasar. Estaba convencido de que no me dejaría tentar. Podía huir a medio cubetazo. La clásica: voy al baño (desaparezca aquí). Salí de La Nacional embarazado de mollejas, atropellado y chicharrón de Rib Eye. No es el mejor estado para entrar al téibol, de acuerdo, pero la necedad es como el deporte. Siempre hay que exigirle más al cuerpo. Llevarlo a sus límites.

Dios estaba de mi lado. Caminé por Madero acompañado por dos matalotes, cuya identidad protegeré para no afectarlos en su relación sentimental, pero por no dejar agregaré que me sacan más de quince centímetros de altura y como cuarenta y cinco de cintura. A unas calles divisamos el letrero del Mango, nuestra primera parada.

Existió un tiempo en que la sola mención de Monterrey me inducía visiones. Cada vez que yo escuchaba a alguien pronunciarlo me veía a mí mismo sentado en la pista del Infinito con los billetes apretujados en ambas manos, algunos cayéndoseme al piso, con una morra encajada en mis piernas. Ocurrió durante la era paleolítica. Traducción: antes de la guerra vs. el narco. Cuando MonteHell era el paraíso de la tabla. El Infinito siempre fue mi animal de poder. Mi animal fantástico. Pero tenía mi puti tour. Entre mis preferidos también destacaba el Givenchy. Qué tiempos, Señor del Rincón. Mi juventud la repartí entre la lectura y el deambulaje por la calle Villagrán. Cómo extraño ese Monterrey.

En el Mango nos aplastamos alejados del tubo. Pero así nos hubiéramos sentado en la pista, estaba a salvo. Nada me quebraría. Era un hombre enamorado. Los dos matalotes se sentaron viejas en las piernas. Típico. Cuándo se ha visto que la vaca no lama el terrón de sal. Entonces comenzó el desfile de gordas. Con todo respeto, pero qué gachas estaba las bailarinas en el Mango. Mejor para mí, así me mantendría a salvo. Me mandaban una, otra, y otra, y otra, y a todas, caballeroso, las mandé de papirrol. No sólo estaba decidido a largarme en unos minutos, sino que mi propósito era no gastar un solo peso en carne. Sólo en chelas. Pa que me arrullaran y jetearme en el bus.

Comencé a bostezar de aburrimiento. Los matalotes intentaron disuadirme. Siéntate una morra. Pero no cedí. Era una película que me sabía de memoria. Pagarle tragos caros a teiborrucas sedientas. No miento, en compañía de El Cabrito, Luis Valdés, recorrí todos los téiboles de la ciudad. Desde el más cutre al más caro. Desde El Rancho Loco, donde vi por primera vez el show de sexo en vivo, hasta el Poison o el Obsession.

Ese Carlos ya quedó atrás, me dije sereno mientras le daba un trago a mi cerveza. Me perfilaba para abandonar la expedición. Los matalotes se percataron, así que hicieron un movimiento que, considerado a la distancia, fue maestro. Soltaron la combinación de la caja fuerte. Vamos al Matehuala. Chíngales. El culo se me hizo chiquito y tragué saliva. El Mate es uno de los antros sobrevivientes de aquel Monterrey que me conquistó. Se me removieron las tripas. Y por supuesto no me negué.

Dicen que no existe mejor ablandador de carne que el alcohol, creo que es cierto porque acepté ir al Mate. Yo me consideraba un hombre íntegro. Y era sin duda una prueba de fuego. Si en el Mango me mantuve firme, qué me impedía repetir la hazaña en el Mate. Caminamos hasta Bernardo Reyes. En secreto albergaba la esperanza de que estuviera clausurado. Cada rato lo clausuran. Por todo tipo de pedos. Y, a güevo, por asuntos relacionados con la violencia. Porque madrearon a un güey, porque balacearon a otro. En 2012 masacraron a nueve. Y desde ese atentado muchos de mis compas dejaron de acudir. Yo también. Pero la calentura es más poderosa que el miedo. Sabiendo lo peligroso que resulta, un día volví. Qué sexual es exponerse, ¿no? Aquel día a nadie se le ocurrió pensar en la seguridad.

En el Mate nos acomodamos en la pista principal. Se repitió la historia. Me quedé petrificado, dándole sorbitos a mi Indio bien caliente. Sí, guachaba al par de matalotes manoseando morras. Parecía videojuego, se sentaban a una y a otra. Se largaban al privado con una y otra. Y la padecía, pero poquito. Sabía la recompensa que me esperaba en casa. Una novia bien riqui ricón. Que no le pedía nada a ninguna de las teiboleras del Mate. Y como si la hubiera invocado, madres, sonó mi celular. Salí corriendo a la calle a contestar. Hola, Chiqui Baby, sí, ya acabé, me estoy despidiendo. Un par de chelas más y me trepo al bus. Claro que yes. Cómo crees que no voy a ir a tu cumple. Llegaré a tiempo. Antes de que empiece a tocar el conjunto norteño.

Me arrané en mi silla e informé a Matalote 1, ya me voy, güey, Matalote 2 andaba en un privado. Ai me despides de aquél. Oh, pérate tantito, pinche Marrana. Aviéntate de jodido un privadito. Yo te lo picho. Están dos rolas por cincuenta varos. Ni madre, respondí. Me puse de pie y entonces subió a la pista la güera operada. Santo guacamole. Fue como ver la imagen de la virgen en una tamal de rojo. Sus tetas me recordaron al Hombre Elástico (Stretch Armstrong), un juguete que tuve de morro. Un hombre en calzones que podías estirar hasta lo indecible. Qué tubo, yoga, ni qué la chingada. Ese cabrón sí podía contorsionarse. Recordé entonces una frase de Lou Reed: “Aprende a amar el plástico”. Pinche Lou, con esa frase me jodió la vida. Entonces valió madre todo. Tengo que tocar esas tetas, pronuncié en voz alta. Necesitaba que mis manos hicieran contacto con esa textura.

Nunca he sido fan de las chichotas de utilería, pero aquello no se debía a la calentura. Era pura nostalgia. Pst, pst, cuando acabe de bailar esa morra me la trais, le dije al mesero mientras le untaba uno de a cincuenta en la bolsa de la camisa. La mona se contorsionó por dos rolas. Guaché embelesado sus tetas. Y comencé a pensar en el fomi que usa mi hija para los trabajos escolares. No no no, no pienses en eso, Carlos, me dije. Y mi mente regresó al Hombre Elástico. Neta parecía que habían destripado al mono para hacerle las tetas a la vieja. He visto miles de chichis operadas, ya casi todas las morras del Mate están cirujeadas, pero nunca había visto unas como las de la güera. Me comenzaron a sudar las manos. Pedí otro cubetazo. Era oficial. Había caído en la trampa. Pinches matalotes. Apagué mi celular.

La güera stretch se me montó a horcajadas. Empecé a masajearle las tetas. Me sentía cirujano plástico. Era un asunto más científico que erótico. Pidió una bebida y se la chupó en menos de dos minutos. Luego otra. ¿Se le estirarán como al muñeco?, me preguntaba. Me sacó del embeleso con una petición. Vamos al privado. No, pérate, mija, me defendí. Tas viendo que el niño es puto y le pones peluca. Continuaba en mis auscultaciones. Lo acepto. Me causaba un inmenso placer. Por unos instantes volví a ser el niño que estiraba al Hombre Elástico. También tuve al enemigo, el Monstruo Elástico. Un pandroso que también se estiraba parecido al monstruo de la laguna verde. Y recordé también al Hulk que tuve. Uno que con una bombita que echaba aire se le inflaba el pecho y desgarraba su camisa. Ya saben, los privilegios de tener un padre fayuquero.

Como ven, era más cuestión de nostalgia que de sexo. Ni el pito parado traía. Qué harían ustedes si un juguete les hablara. Como Ted, el oso que cobró vida para convertirse en compañero de juegos de su dueño. Vamos al privado se volvió una petición del Hombre Elástico. No le pude decir que no. La güera y yo bajamos unas escaleras. Pagué un par de privados por adelantado y nos metimos en un cubículo diminuto. Sólo había una silla. La morra se desnudó y se me montó encima. Vamos a coger, me ordenó. No traigo condones, respondí. Y sacó uno de no sé dónde, sólo traía la tanga y los tacones, abrió el empaque con los dientes e intentó ponérmelo. Aguarda, aguarda, le dije. No, no puedo. Tengo novia. Soltó una carcajada y se puso de pie. Tiempo, gritó uno de los guarros y subimos las escaleras.

Los matalotes no estaban en sus lugares. Andan abajo, me chismeó un mesero. Salí del Mate y prendí mi celular. Usted tiene un mensaje de buzón. Mi amor, dónde estás. Te marco y me manda a buzón. Seguro porque vienes en camino y no hay señal. Te estamos esperando. Ya comenzó el festejo.

Verga. Lo volví a apagar y retaché al téibol. Las tetas operadas me despertaron la sed de más. Vi a una morena en la pista, buenísima. Y también cirujeada. Mesero, cuando acabe, échamela para acá. Sí la armo, me dije. Todavía hasta alcanzo a ir por el regalo. Y si llego con mariachis me va a perdonar la tardanza. Con eso desarmo a todos. A mi vieja y a los criticones de mis suegros. Llegó la morena y me perdí otra vez en las llanuras del silicón.

Vamos al privado. Fries, le respondí. Bajando las escaleras me topé a Matalote 1. ¿No que no, cabrón? Cállate el pinche hocico. Todo se complicó en el cubículo. Es un decir. Porque era un pinche cuartito improvisado que delimitaba a derecha e izquierda por unas sábanas que fingían ser unas cortinas, y al fondo por el muro. Podías ver al paisa de enfrente batallando para que se le parara. Se complicó porque yo le dije a la morra que no iba a coger. Pero mi rey, sólo así me sale, los privados no son ganancia. Eso es pal lugar. Pero si cojo el dinero es para mí. Mira, le expliqué, mi morra me está esperando. Estoy chido con ella y no quiero cagarla. Pues por la boca no es infidelidad, me dijo. Y me la comenzó a mamar.

No sé por qué Dios no me otorgó la habilidad de venirme de pie. Pinche desconsiderado. La morra traía unos taconzotes y no quería estar en cuclillas. Así que se aplastó en la silla. Me la sopló como cuatro rolas y nada. Ya me cansé, chilló. Ai muere, le dije, no vamos a completar la misión. Y subimos hacia el congal. Los matalotes se estaban tomando un descanso. Quiobo, güey, te hacíamos en la central. Pinches mal amigos. Burlándose. Estaba en peligro mi relación. Hacía siglos que nadie quería andar conmigo por cabrón. Saben qué, putos, ya me voy, dije y me puse de pie. Y valiendo verga y llamando al Santo. Se subió a la pista una mujer, uff, que tenía unas tetas bien lindas, y no estaban operadas. Eran naturalitas. ¿Cómo lo sé? Ya soy un experto. He magreado tanta tecla cirujeada que las distingo a varios kilómetros.

Ya me largo, puños, pero antes, me voy a sentar un ratito a esa nenorra. En lo que terminaba de bailar salí a la calle. Prendí mi celular. Usted tiene un mensaje en el buzón. Amor, dónde estás, sí vas a llegar, ¿verdad? Mira, Carlos Manuel, si no te apareces en mi fiesta olvídate de mí. Hasta aquí la dejamos. Seguro andas en un putero. Pobre de ti que no vengas.

De lo perdido lo hallado. Orita me la contento, me dije. Le marqué y, chíngales, se me descargó el puto teléfono. Fuck. Préstame tu fon, le dije a Matalote 1. Le tengo que hablar a mi vieja. En eso llegó la bailarina y me escuchó. ¿Vas a pedir permiso?, tan grandecito que te ves. Destapé una cheve, me la trepé en las piernas y procedí a babearle las teclas.

Vamos al privado. Oh, chingao, no sé qué tengo que a todas se les antoja meterse al privado conmigo, le dije. Me pasa lo mismo con las morras con las que ando. Primero no quieren nada serio y pasado un chico rato empiezan a joderme con que quieren que les haga una bendición. Tas feo pero seguro tienes buenos genes, me dijo. Las mujeres olemos eso. Y que nos vamos al privado. Y lo que no consiguió el plástico lo obtuvo la carne: mi semen. Cogimos como por veinticuatro canciones hasta que me vine.

Cuatro condones después me dijo: eres un pinche burgués. ¿Moi? Eres de los que no te vienes si no es en una cama. He cogido en la calle, me defendí. Pos nomás por farol, me dijo. Pero seguro ni lo disfrutas. Y me acordé de la ocasión en que cogí de pie en una cochera a un lado de la Pirámide. Era cierto, no fue memorable. No fue como retar al peligro. Ni la posibilidad de que me atrapara la poli logró excitarme.

¿Te confieso algo?, consulté. A ver, me dijo. Mi novia me está esperando. Hoy es su cumpleaños. Y no voy a llegar a la fiesta. Ah, por eso no podías venirte. Tiempo, gritaron, y volví a subir las escaleras. Las había subido más de doce veces en la noche. Pidan otra cubeta, les espeté a los matalotes. Me voy hasta mañana.

No, carnal, me dijo uno bien preocupado. Tu vieja te va a mandar a la chingada. Vamos a llevarte a la central. Y aunque la oferta era tentadora, ya no llegaba. Saldría más caro el caldo que las albóndigas. Aparecer a las cinco de la madrugada, bien pedo y oliendo a téibol no era negocio.

Pensaste que ibas a salir ileso del Mate, ¿no, Marranita?, me dijo Matalote 2. Fui al baño y revisé mi cartera. Me había gastado 2 mil 800 pesos en dos horas y media. Me dolió, pero no tanto como que había vuelto a la friendzone. No me lo perdonarían por andar aprendiendo a amar el plástico. Porque detrás del plástico no hay nada.

Pinche Lili Ledy, por su culpa le fallé a mi novia.

Abril de 2017

Darks de boutique

Sabía que ir a The Cure era una necedad. Pero para mí la música es como unas nalgas, apenas se mueven encantadoramente, valgo lo que se le unta al queso. Y no puedo objetar que no se me advirtió. En un texto publicado en Página 12, el periodista Nicolás Artusi había declarado que no iba al show de The Cure en Argentina porque iba a estar “más largo que El lago de los cisnes”. Sin embargo, atenté contra algo que es muy común que arremeta el asistente a conciertos en este país: la supervivencia. Me había mentalizado para cualquier cosa, estaba preparado para cualquier ballet, para ver a Robert Smith en puntas de pie, desnudo o para ver a la banda entera en tutú, excepto para lo que sucedió: más de cuatro horas de concierto. Ni siquiera La última tentación de Cristo de Martin Scorsese en dos vhs duraba tanto.

Los presagios de que las cosas podían salir del nabo se asomaron días antes. El más impoluto de todos: el llamado de los fans en Facebook a cantarle las mañanitas a Robert Smith durante el primer encore. Ahí empezó la raíz de todo mal, el día de la presentación de The Cure coincidía con el cumpleaños de su líder y vocalista. Y como dice la canción: era mentira, nomás nos fue tanteando. Tanto habían presumido que el festejado se deprimía en esta fecha que no esperábamos que, pese a su inaccesibilidad, aquel día luciera contento. Bad mistake. Porque entonces una parte que no entiendo del ego del público se sintió resarcida. Y se perdió toda capacidad crítica para discernir lo que sucedería arriba del escenario.

Había decidido no pararme en The Cure porque temía enfrentarme a un remake de Where the Wild Things Are. Robert Smith como el émulo de Carol destruyéndose emocionalmente. Los dioses comenzaron a confabularse en mi contra para que asistiera. Alguien me ofreció un boleto de gradas. Como yo me encontraba lesionado de una pierna, lo acepté. Y un sentimiento de culpa parecido al que ataca al Alcohólico Anónimo durante una de sus recaídas comenzó a carcomerme el poco espíritu que me quedaba. ¿Iría a The Cure lesionado como me encontraba? ¿Sacrificaría mi salud por un jodido concierto? Nimiedades. Para incapacidades, las de tres personas que vi en el Foro Sol enyesados y en muletas.

Lo que estaba en peligro no eran mis problemas físicos, sino mi salud mental. Pero no lo advertí. Nadie pudo haber pronosticado que esa lluvia se prologaría por más de cuatro horas. Sin contar los días que haría eco en mi interior.

El día del concierto, como siempre pasa, uno de esos acymbalados fans que compran boletos en preventa me avisó que le sobraba una entrada para General a. El destino se empeñaba en salvarme del desprestigio de las localidades populares. Así que me pegué a él con el dinamismo de una mosca golosa que se posa sobre el suadero de un puesto afuera de metro Balderas. Podría decirse de mí cualquier cosa, menos que era un marginal. Hasta podían gritarme “Maldita lisiada” si les apetecía, pero nadie se atrevería a exentarme de la categoría de dark de boutique.

Además de The Cure, a quienes las horas de tedio de la peli Titanic no les pueden hacer sombra, se presentarían tres teloneros. Aquello parecía un día del Vive Latino. Las puertas se abrirían a las 5. No me atrevería a llegar a esa hora. Como dice Lupita D’Alessio: “ni que estuviera loca”. Así que llegué a las 8:10. Minutos antes de que saliera la banda “estelar”.

Lo primero que me aguijoneó al llegar al Foro Sol fueron los puestos de souvenirs. Pero qué pinches playeras tan horribles. No exagero si afirmo que eran las más feas que he visto en mi vida. Qué pésimo gusto. Quién demonios producía esa basura. Abigarradas. Con plastas de serigrafía por ambos lados. Con la impresión de la regordeta cara de Robert por el frente, ocupando toda la tela. Imagínense una prenda de esas en un cuerpo gordo como el mío: parecería el rostro de un Smith acuciado por el hipotiroidismo. Nadie pensaría en ella como una playera de The Cure, sino en una con la foto de la Beba Galván.

Lo segundo que me paró los pelos fue la ausencia de darks. Había algunos cuantos, pero no tantos como era de suponerse. Algo había pasado. O se convirtieron en emos y perecieron junto a My Chemical Romance, o nomás salen los sábados al Chopo.

El público estaba compuesto mayormente por cuarentones. Había algunos que incluso le pegaban más arriba. Seguro que ya hasta con tarjeta del inapam cargaban. Por primera vez en muchos eventos a los que había acudido, las huestes juveniles eran casi minoría. Pululaban por ahí varios niños. Un as bajo la manga, ir con un infante. Así lo reveló el momento en que la fuga de capital humano comenzó. Algunos no tuvimos pretexto para quedarnos hasta el final. Pero otros sí gozaron de una tabla de salvación para poder renunciar y marcharse. “El niño tenía sueño”.

Momentos antes de comenzar el concierto, se presentó otra premonición. Tembló. Una sacudida de 6.5 marambeó el Foro Sol. Muchos interpretaron el momento como una buena señal. Ah, The Cure cimbraba a la capital. Pero yo no. Para mí fue un signo más de truculencia. Ese sismo era una nota de rechazo. Los dioses estaban tratando de comunicarse con Smith. Era una señal. Un aviso. De que reconsiderara lo que iba a perpetrar esa noche. Pero el ego de Robert es como un cuerpo hinchado por la cortisona, o una cabeza asediada por la alopecia, te mata lenta pero seguramente.

El espectáculo arrancó veinte minutos después de lo acordado. No voy a negar que el temblor y otros aspectos le estaban imprimiendo a la noche un toque especial. Aunque no sabíamos con certeza qué tocarían, los setlists de la gira nos daban pistas, yo estaba esperando algo parecido al video Trilogy. Que en algún instante The Cure se arrancara a interpretar un álbum completo. Pornography o Desintegration. Lo hubiera preferido a lo que hizo. Mi vaticinio era que no tocaría más de dos horas y media. Tiempo suficiente para salir de ahí extáticos. Con un recuerdo vívido. Y sí, con ganas de más. Pero no hastiados.

El pretexto para mi autoinmolación había sido que deseaba ver a Reeves Gabrels, un guitarrista que admiro. Pero al final fue una panacea. Si bien Gabrels estuvo ahí, fue sólo un músico de relleno. Sólo en dos o tres pasajes pudo requintear a placer. Otro pin más que colgarle al ego de Smith. Como si su humanidad permitiera que alguien le robara cámara. Imposible.

Lo único rescatable de esa noche fue que no se aperró como de costumbre. La gente no se empujaba. Podías disfrutar del show de manera holgada. Había meseros. Y los baños tenían tanto papel de baño como servilletas para secarte las manos. Nada que ver con la inmundicia de nuestro querido foro Alicia. Seguro Smith, ante la comitiva de darks de boutique que se apersonarían, solicitó condiciones propicias. Si ya iba a deprimirnos, de jodido que fuera de manera higiénica.

La primera hora del concierto la disfruté. Todo se desarrollaba de acuerdo a mi mapa mental. Un campechaneadito de la producción robertsmithsiana. Confieso que durante todo ese tiempo pensé que el líder de la banda era una figura de cera. Un holograma no, porque está cabrón, tanta grasa no puede digitalizarse. La tecnología todavía no da para esas dimensiones. Hasta que se movió. Dizque bailó. Entonces sí es ballet, me dije. Conté las ocasiones en que se retorció. Fueron tres. Seguro rompió su propio récord. El que no paraba de saltar era el bajista, Simon Gallup. Y al principio contagiaba su buena fortuna, pero al final terminó por caer gordo. Parecía robot. A qué hora se le va a acabar la pila a este cabrón, me preguntaba.

Y aunque gozaba de una buena ubicación, casi hasta adelante, la maldita grúa que grababa el concierto me impedía una visión plena del escenario, yo me encontraba del lado izquierdo. Pinche cacharro. Vino a suplantar a los celulares, cámaras, iPods y iPads que se había pronosticado iban a impedir que se disfrutara el show a pelo. Excepto unas tres o cuatro personas, nadie estaba con el gadget en alto. Si sí son ordenaditos estos darks de boutique. Y eso me jodió el concierto. Porque a pesar de que veía a la banda a unos veinte metros, prefiero verlos en el escenario que reproducidos en las pantallas de los costados. No importa que los vea del tamaño de un juguete de Kinder Sorpresa. Es mejor presenciarlos así, de manera orgánica, que pagar para verlos en una pantalla. En todo caso me quedo en mi casa a ver el blu-ray.

Los que sí la padecieron fueron los de gradas. Porque esta ocasión las pantallas no estaban lo convenientemente grandes. Así que allá atrás debió estar tan aburrido como un San Luis-Querétaro. Y aunque yo escuché a toda madre, en General b la raza se quejó de que unas bocinas estaban apagadas y no se oía ni madre.

La segunda y tercera horas fueron un suplicio. La pierna me comenzó a doler. La gente se comenzó a largar. Atrás de General a muchos se echaron en el piso. Y ese movimiento resume para mí todo lo acontecido aquella noche. Que muchos estábamos ahí más por nuestra necedad que procurando nuestro deleite. Algo que no podía entender es por qué Robert Smith estaba tan gordo si sudaba tanto.

Muchos se preguntarán por qué no me largaba. Ganas no me faltaban. Pero me agarró desprevenido. Cuando se produjo el primer encore las cosas pintaban bien. Hasta ese momento sólo habían tocado 25 canciones. Un regresito de tres rolas y se chingó. Además, el frustrado intento de cantarle las mañanitas a Robert Smith me insufló de la seguridad que requería para continuar en el recinto.

Entonces se produjo una tormenta de encores. Y aquí sí que Robert Smith no tuvo madre. Porque estaba faltando a un principio fundamental del rock. El encore es una petición del público. No una imposición del grupo. Vamos, si hasta Vicente Fernández lo sabe. No deja de cantar mientras el público no pare de aplaudir. Pero nosotros nunca pedimos a The Cure que volviera tantas veces al escenario. El encore tiene una función dentro del espectáculo. Es la cereza del pastel. Y el último duró once canciones. Háganme el chingado favor. Y en la recta final se vio a un Robert Smith sonriente. Yo no creo que estuviera contento, más bien se burlaba torturándonos.

¿Qué deseaba demostrar el cantante de The Cure? ¿Que posee uno de los mejores songbooks del rock? No me parece la manera correcta de enfatizarlo. Hubo un momento en que me dije “quiero de las drogas que usa ese cabrón”. No se cansaba de cantar. Lo que no entendía era como Reeves Gabrels se había aprendido todas aquellas patrañas. En total fueron 50 canciones. Después de aburrir a todos, propiciar la huida de unos cuantos y regodearse en sí mismo como si amasara la masa para los tamales, despertó al público con algunos hits. Los que algunos estaban esperando desde hacía tres horas. Pero todos estaban ya tan destruidos que no disfrutaron con la misma intensidad.

Al segundo encore yo ya había proclamado: “si es verdad que Dios existe que venga y detenga esto”. Pero Ocesa no hizo nada por nosotros. Al tercer encore comprendí todo. Llegó a mí como una revelación. El puto de Robert Smith estaba retrasando nuestra salida para que no alcanzáramos nada abierto y no encontráramos dónde cenar. Era venganza por el puto sobrepeso que lo acongoja. Sabía que era domingo y que todo estaría cerrado, el cabrón.

Cuando terminó el cuarto encore con “Killing an Arab”, y ya no hizo el amague de retornar por un quinto, mi alma descansó. Me encaminé a la salida decepcionado. Después de haber sido testigo de una de las muestras de onanismo más burdas, absurdas y sin sentido que he presenciado en mi existencia. El colmo fue lo que oí de algunas personas: “no mames, no tocó ‘Just Say Yes’”. No llenaban. Lo que le faltó cantar fue “Mis tontos fanáticos”.

Ojalá el amor durara tanto como un concierto de The Cure. A partir de esa experiencia sólo cuento con una certeza: no quiero volver a escuchar una puta canción de The Cure en mi vida.

Abril de 2013

El amor, la coca y el tráfico son cosas incompartidas

Amigo consumidor, amiga consumidora, permítame darle un consejo: que nunca se le antoje conectar coca en Ciudad Godínez si está lloviendo. Menos se le ocurra intentarlo con su pareja sentimental en el asiento del copiloto.

El pasado fin de semana se me ocurrió jugar a Hunter S. Thompson y la ciudad defecó sobre mí. No, no me vendieron aspirinas molidas a precio de cocaína como si fuera joven creador del fonca; no, tampoco me resultó bato la sextuitera; ni me tuve que agarrar a putazos con un travesti de Nuevo León (si creen que su mayor talento reside en inyectarse aceite Capullo en las tetas, con eso de que es bueno para el corazón, dense un tiro con alguno). Mi tragedia sólo es comparable a que una paloma se cague en tu cabeza.

Me quedé atrapado en Insurgentes. Y con el estéreo del carro descompuesto. Estiré mi relación hasta un nivel en que ni el mal sexo, la infidelidad o la disfunción eréctil resultarían tan nocivos. Una sola satisfacción preservo de aquel infierno: si mi vieja y yo sobrevivimos a esa pesadilla, somos capaces de resistir cualquier catástrofe. Incluida su madre.

El que nace para godín no pasa de Insurgentes. Pinche karma. La onda comenzó con el principal enemigo de las relaciones en Ciudad Godínez: el puto tráfico. Es como el mal aliento. Ya curaron con trasplante de células madre el vih, van a descubrir la cura contra el cáncer, pero jamás van a encontrar un remedio para el apeste de hocico ni van a idear una solución para la congestión vial de la Ciudad de México. Pensar que vas a llegar a tiempo a algún lado en Ciudad Godínez es como creer en el amor. El único sitio al que puedes arribar puntual es Twitter.

Pero no escarmienta uno. Mi chica y yo concebimos un plan fantasioso. Asistir al cine, comer, después comprar cocaína y cerrar nuestra idílica jornada en su bar favorito. La vida está repleta de citas fallidas, de plazos que no se cumplen, de tarjetas que no se pagan, de planes que se desmoronan. Cualquier habitante de la Ciudad de México ha padecido la desgracia de lo que significa vivir en la capital. La novedad en la historia es la batalla emprendida entre mi necedad de conseguir cocaína y el fenómeno meteorológico denominado lluvia.

Llévame al cine de la mano, me pidió mi chica días antes. Y me comprometí pese a que nada me atraía de la cartelera. Me sentí como un monstruo. La exigencia conllevaba cierto reproche a la insensibilidad de mi parte. Pero ya entendí que es doblemente monstruoso invitarle a la persona que me soporta una mala película. No obstante, si soy el más aferrado del mundo a la hora de conseguir cocaína, por qué no me armaría a pagar por ver basura.

Quedamos a las tres de la tarde en Cinemex de Plaza Insurgentes, pero el tráfico le impidió llegar a tiempo. Y todavía no empezaba a llover. Pocas cosas me cagan más que entrar a la sala cuando ha iniciado la cinta. No porque sea fan de los comerciales de Coca-Cola, pero me gusta disponer del tiempo necesario para comprar las palomitas y el refresco que contribuyan con el paro cardíaco que me aguarda en el futuro. Y no perderme los créditos. Menos mal que no compré los boletos desde antes. Es uno de los peores errores que puedes cometer, junto a venirte adentro. Pero cuando no es el caldo son las albóndigas. En las benditas ocasiones en que arribas puntual a la función sueles toparte con que se acabaron los asientos.

Como el puto universo siempre se confabula en mi contra, la próxima función era hasta las seis. Y ni de pendejo me fleto las Tortugas Ninja. Mi estómago puede soportar la mamada ésa basada en el cuento de Oscar Wilde, pero ¿tortugas mutantes? Cabrones, si me subo todos los días al metrobús. Redujimos el plan a: vamos a comer, me muero un chingo de hambre (¿qué será lo opuesto a un chingo?, ¿morirse poco?), le marcamos al díler y luego nos largamos a empedar. Okey maguey. Okey corral.

Decidimos dejar el coche en la plaza para no batallar por estacionamiento en la Roma. Fue el peor día de mi vida, sin duda. Pero al menos tuvo un rato rescatable. Compartir los alimentos con mi chica. No me la pasé nada mal. Bebimos cerveza y me drogué hasta la sobredosis de salsa habanera como es mi maldita costumbre. Porque si no me lacero con picante hasta el paroxismo la comida me resulta un desayuno continental. Insólito, pero me divertí. Nos reímos bastante. Fue una especie de déjà vu de nuestros primeros días. Cuando existía cierta complicidad entre nosotros. Y albergábamos cierta esperanza de construir un futuro promisorio. Cuando era yo un tipo con sentido del humor, de urbanidad y de humanidad, y no este amargado en que me he convertido ahora y que se empecina en ser un antagonista de tiempo completo.

Puedo presumir que todavía cuando pagué la cuenta estaba contento. Pero enseguida vino uno de los performances que hacen famosa a la bestia que llevo dentro. Uno de esos por los que las mujeres que me han amado hasta la médula me abandonan irremediablemente. Después de visitar su bar favorito nos refugiaríamos en uno que yo propusiera. Me va a dar güeva desvelarme, me dijo mi morra. Mejor vamos al bar que tú prefieras y nos acostamos temprano. Me ofendí. Profundamente. Como si mi vecino del departamento de abajo no hubiera pagado el internet y por su culpa no pudiera ver pornografía, que tanto me desestresa. O como si el vecino del depa de al lado hubiera cambiado su contraseña de Netflix. Vámonos a la casa, le dije.

Ni porque me acababa de tragar más tacos de los que le cabían en el estómago a Vitorino me pude controlar. Ella todavía la quiso barajar despacio. Compramos la coca, unas películas piratas y cervezas. Pero mi neurosis hacía minutos que había abandonado la estación.

Con ella al volante dejamos el parking de Plaza Insurgentes. Mi chica y yo ya estamos lo suficientemente grandes para destrozarnos la vida. No peleamos. No gritamos. Cuando existe una inconformidad de mi parte guardo silencio. De mí no se puede obtener otra cosa que no sea silencio. Siempre que me molesto opto por la ley del hielo. Por lo regular el hielo tarda en derretirse varias horas. A veces días. Incluso semanas. A uno de mis mejores amigos se la llevo aplicando más de ocho años. Pero las ganas de cocaína se impusieron.

Circulábamos por Insurgentes, o como les dicen los godínez en un baño de cosmolingüismo: Insurpipol. Todavía faltaba un considerable tramo para llegar a casa. A la altura de la Del Valle le pedí a mi nena que nos detuviéramos en un bar y nos echáramos un trago en lo que citaba al dylan para comprarle un par de gramos. Chingue su madre las películas y el alcohol. El señorito quería cocaína.

Nos internamos en una cantinita rascuache para enfermos terminales a la altura del metrobús Nápoles. Sólo vendían megas. Con lo que me repatean las caguamas. Ya no tengo diecisiete ni me gustan las putipobres. No importa que pese 116 kilos, tiendo a ser más estilizado. Sólo bebo jugo de naranja natural. Consumo güevos orgánicos. Si utilizo sal tiene que ser sal de mar de Cuyutlán marca Mónica Patiño. No permito que en mi mesa descanse un refresco de dos litros. Me parece repugnante. Si bebo Coca es en lata mini, la presentación de 250 mililitros. Bebo cervezas importadas y vino tinto.

Tuve que bajarme el mal rato con una Victoria, que para colmo estaba caliente. En la Ciudad de México nunca solucionarán el problema del tráfico, tampoco el de la cerveza templada. Llamé a mi dylan para encargarle un par de “litros de leche”. Me contestó que andaba por el Parque Delta y que me veía en una hora. Me pareció una eternidad. Qué pendejo. Como si una caguama por delante y la paciencia casi nula de una mujer no fueran suficiente entretenimiento. Soy una bestia idiota. Le dije que en un rato le devolvía la llamada.

Regresé a la cantinucha y me aplasté. Todo te vale pito, me dijo mi morra. Todo lo que te cuento te vale pito. Desde las teorías de Darwin hasta mi familia. No respondí nada. Me quedé callado diez minutos. Mi psiquiatra afirma que guardo silencio porque tiendo hacia la autoagresión. Dónde quedó aquella bestia violenta que solía agarrarse a golpes a la menor provocación. En qué me he convertido. Bueno, tampoco le levantaría la mano a mi vieja. Soy un cretino, pero no un abusón. Y no soy don Juan de Marco, pero en el pasado Corona Capital casi me agarro a madrazos con un pinche ñero por maltratar a una morrita. Me contuve porque quería disfrutar de Grimes. Pero sí lo empujé y le advertí que o se calmaba o le partía su madre.

Por qué, Carlos, me injurió mi chica. Por qué me hiciste sacar el carro del estacionamiento. Yo sí quería agarrar la peda, pero temprano. Porque soy un estúpido, confesé. Maldita sea, pensé, necesito cocaína. Y entonces ocurrió lo peor que le puede suceder a un adicto como yo: se desató una tromba.

En Ciudad Godínez la lluvia, como el tráfico, no puede ser moderada. Si creen que el fenómeno de la naturaleza más inmanejable es la gente tratando de entrar al metro se equivocan, es el agua que cae del cielo. No existe lluvia inofensiva. Ni el chipi chipi. Pero cuando diluvia no puedes hacer otra cosa que el ridículo. De nada te sirven el impermeable y el paraguas. Te vas a mojar el culo anyway, anyhow, anywhere.

Salí de la cantina y llamé al díler. Y me bateó. No le regresé la llamada a tiempo. Porque todo me vale pito, lo dejó claro mi vieja. Se dirigía a la Portales. Como soy un clientazo me haría el paro. Me esperaría a la misma altura pero en Cuauhtémoc. Afuera de la Chrysler. Volví al bar con la malilla en la cara. Si ustedes son adictos o lo han sido sabrán que cuando el cerebro recibe la noticia de que se meterá coca se predispone o programa para el evento. Las manos te sudan, sientes mariposas en el estómago y te mojas aunque veas un calzón de abuelita. Y si no te metes, si le fallas, te premia con un dolorón de cabeza.

Pagamos la caguama y apresurados nos tendimos al cajero. Sí, porque el cuadro no estaría completo si no resultara un idiota de tiempo completo. No traía efectivo. Perdí veinte minutos en sacar varo. Después nos lanzamos al carro sólo para toparnos con una larga fila de carros a vuelta de rueda.

Ignoro si era la malilla, pero casi podía palpar la desesperación de mi chica. Sus deseos irrefrenables de decirme bájate a la chingada de mi carro. Sus ganas de mandarme a la mierda. Traspiraba un a poco crees que no puedo encontrar a alguien que coja mejor, pendejo. Si siempre te pones pedo y te quedas dormido. O no se te para por tanta coca. Y me comencé a sentir solo. Solo contra el mundo. Solo contra ella. Y cuando me siento así, recurro a una figura. Sí, adivinaron. El díler.

Le volví a llamar y se lo pasé para que le diera indicaciones de dónde nos encontrábamos. El dylan se inventó una ruta para coincidir en otro punto. Y torcimos en una calle lateral. Sintiéndonos muy chingones. Adiós, pobres jodidos. Pero las señas estaban mal. Sí, exacto. Porque el díler andaba hasta el culo de cocaína. Y el dizque atajo nos sacó hacia San Francisco. Y, oh no, vimos que estaba atascada. Una nube de decepción descendió sobre nosotros. Y sin estéreo. Sin música incidental. Vi cómo la frustración se apoderaba de mi chica. Cómo los cincuenta centavos de paciencia que le quedaban se consumían como el tiempo en un taxímetro. Adiós a todos los planes juntos. Al temazcal que pensábamos montar para que lo administrara mientras me consagraba a escribir.

El díler me llamó para apresurarme. Ya se encontraba en el sitio acordado. Le respondí que me había quedado atorado. No te hago perder más tiempo. Mañana te busco. Por primera vez me preocupaba más mi morra que la coca. Estaba a punto de tronar la canija. Si de algo sirve la paranoia es para alertarte en tales encrucijadas. Échate en reversa, le indiqué. No voy a manejar en reversa, me dijo. Podía con mi mal humor, mi impertinencia, mi petulancia, pero no conducir en reversa. Dame chanza, le pedí antes de que se agotara su paciencia.

Le di marcha hacia atrás y no faltó el par de avorazados que te ven venir, están a más de media cuadra, y te echan el carro encima. Pero se la pelaron. Siempre se la pelan. Como yo me la estaba pelando con la coca. Regresé a la calle por donde veníamos. Y entonces sí proferí convencido, vámonos a la casa. El tráfico y la lluvia apagaron mi sed de cocaína.

Retomamos Insurgentes para dirigirnos a casa. No a recriminarnos. Ni a insultarnos. A quedarnos callados. Aislados. Sin coger. Con frío pero cada uno en su lado de la cama, sin atreverse a entrar en contacto con el otro. Pero a poco piensan que las medallas de oro se ganan tan fácil. Que te vas a zafar del abrazo de Cthulhu. Nos aguardaba el tráfico para contarnos la historia de terror que nos espantaría el sueño. Nos tragó el alma vernos atrapados una vez más en el embotellamiento. Nos íbamos a morir y entrar al infierno antes de que pudiéramos llegar a la casa.

Yo conducía. Mi chica viajaba engarruñada en el asiento del copiloto. Con cara de nunca te voy a perdonar esto, pinche pendejo. Pero lo peor estaba por venir. No tenía sentido que nos resignáramos a avanzar a 0.2 kilómetros por hora. Vamos a meternos a un bar a echar un trago. Y cuando se termine el tráfico nos largamos. Mi morra no soportaba más. Estaba hastiada. De la situación, pero sobre todo de mi egoísmo. Sabía que era inútil luchar contra la marea de coches. Era preferible verme la jeta frente a una cerveza que consumir lo poco que quedaba de la relación encerrados en el Jetta.

Me estacioné en una calle aledaña. Divisamos un Sanborns. Era la hora feliz. En cualquier otra circunstancia no lo elegiríamos. Ni en ésa. Nos asomamos por morbo. Estaba repleto de miembros de la tercera edad. Un animador cantaba canciones de José José. Amiga, hay que ver cómo es el amor, que vuelve a quien lo toma gavilán o paloma. Pobre tonto, ingenuo, charlatán. Que fui paloma por querer ser gavilán. Aburridos, los ancianos hacían lo que tuvieran a la mano para ignorarlo. Dormitar o ver porno en su celular. Huimos.

Enfrente, en una plaza, como si se tratara de un oasis en el desierto, divisamos una Chopería. Al menos me voy a beber una buena cerveza, me imaginé. Pero qué estúpido soy. Si todas las pendejadas que había cometido hasta el momento parecían graves, ésta fue la peor de todas. Y yo que desprecié a los viejitos del Sanborns.

Pasé tres horas rodeado de la casta de godínez más auténtica posible. La de denominación de origen. Puta, pensé, no me vuelvo a quejar de los hipsters de Álvaro Obregón. El volumen de la música te impedía platicar. Sonaba Enrique Iglesias. Sé que es naco usar la palabra naco, pero estaba repleto de ídem. Al menos la cerveza estaba bien helada. Continuaba lloviendo. En la mesa de al lado alguien cumplía años. Y atravesamos por ese bochorno, esa pena ajena, que nos invade a todos cuando alguien cumple años en un Applebee’s o un Chili’s y todo el personal se congrega alrededor del festejado para cantarle las mañanitas. Y los amigos del cumpleañero beben tequila de hidalgo. Como si estuvieran en un spring break. Las mujeres vestidas con animal print.

Sé que sueno a profesional del resentimiento. Pero a aquella hora en un día cualquiera yo ya me estaría untando mis cremas contra el envejecimiento. Me colocaría dos rebanadas de pepino en los ojos, me pondría mi piyama de Ricky Ricón y me dormiría. El colmo fue la mesera. Obvio que teníamos el estómago clausurado de la rabia, la frustración, el despecho. Y no teníamos hambre. Pero después de seis cervezas se nos antojó una botana. Como la comida lucía asquerosa, pedimos unas papas a la francesa y la mesera nos informó que había dos modalidades: normales o gruesas. Pero les advierto que las gruesas son más caras. Costaban 49 pesos.

Salimos de la Chopería y le dije a mi chica, Pera, le voy a marcar al díler. Me vio con una cara, no de odio, ni de que me comprendiera, ni de que me aceptara, era una mirada más allá del bien y del mal. Un ya lo he vivido todo hoy como para volverme a enojar por las conductas pendejas de este cabrón. Parecía que con su actitud dócil se estuviera despidiendo de mí. Que en silencio me dijera mañana es el último día que me verás, cabrón.

El díler me respondió que andaba en la Condesa, pero que tenía diez encargos por delante. Me valió madres, después de haber resistido al tráfico, a la lluvia y a la Chopería. Conduje hacia la Condechi. Qué haces, me preguntó mi morra. El díler me acaba de citar, le mentí. Y no sé si lo sabía, que la engañaba, pero no dijo nada. Se preparaba para dejarse vencer por el cansancio.

Cuando llegué a la Condesa le llamé al díler para ver por dónde andaba. Te veo en la Roma en veinte minutos me indicó. Y me quedé esperando el doble a que cayera al lugar de la cita. Mientras yo aguardaba, mi chica se había quedado dormida.

Por fin apareció y le compré la merca. Me trepé al coche y me metí un par de puntazos infames con un taponcito de pluma Bic. Qué mamada, me quejé. Me ardía la nariz bien culero. La coca era una mierda. Sí, me había salido con la mía. Tenía coca. Mala, pero coca. Eran las 12:45 de la madrugada. Ya no iría a un bar. En la casa no tenía ni un trago. Perdí todo el día en el tráfico. Sin oír música. Enemistado con mi morra. Pero no se me podía acusar de no ser perseverante.

Encendí el coche, me metí más coca y puse música en mi celular. Usé un tubo de papel higiénico como bocina, para amplificar el sonido. Como cuando echas el cel o el iPod en un vaso. Supe lo que pasaría. Ya no me metería más coca. No tenía con qué bajármela. Además, estaba tan cansado que al llegar al home sweet home caería hundido.

Conduje rumbo a la casa. El trafico había menguado. Me detuve a mear en una gasolinera. Pero el baño estaba cerrado. Meé sentado en el carro, con la puerta abierta. Y justo en ese momento pasaba una patrulla. Pero no me descubrieron. Porque aunque sea un pendejo conservo ciertas habilidades. Me equivocaba; cuando se fueron me percaté de que me había orinado el pantalón. Lo que confirmaba la teoría de mi psiquiatra de que tiendo a la autoagresión.

En el asiento del copiloto dormía mi chica. No le compartiría coca. Mal movimiento. Todavía no me perdonaba lo que le rebatí cuando me acusó de tener el temperamento de Cate Blanchet en Blue Jasmine, la película de Woody Allen. Me defendí diciéndole que entonces ella era la hermana. No me dirigió la palabra en tres días. Cógeme aunque no me hables, le rogué. Pero me mandó a la banca. Tuve que sacarme el veneno yo mismo calentándome con videos de Remy LaCroix. Y, como si no hubiera sumado ya demasiados puntos negativos, mi desconsideración la había sometido a ese viernes maldito.

Ya lo dicen Los Tigres del Norte: el amor, la coca y el tráfico son cosas incompartidas. Pero no, no me la aplicaría esa noche. No se desquitaría pidiéndome las llaves de su departamento. Ni me arrojaría mi ropa por la ventana. Ni tiraría a la basura la fortuna que poseo en cajas de té. Todavía no me mandaría a la chingada. Aún no defenestraba su paciencia por completo. No saldría de su vida. No esta vez. Pero ya tendría otras oportunidades y otros embotellamientos para conseguirlo.

Enero de 2016

Iggy Pop en Elei

La créme de la crème de Los Ángeles (en la cola se encontraban Keanu Reeves y Jessica Paré), celebridades, fans y mortales eran atraídos hacia el Greek Theatre por un motivo especial: el concierto que ofrecía Iggy Pop en la ciudad como parte de la promoción del disco Post Pop Depression. Una gira caprichosa que después de esa noche se trasladaría a Europa y no regresaría a Estados Unidos hasta después de agosto (si es que volvía).

El Greek Theatre es un teatro pequeño, con capacidad para 8 mil 500 personas, se ubica en una zona fresa, a espaldas del escenario se observan las montañas de Vermont Canyon. La fecha estaba sold out, no había reventa, todo mundo deseaba estar ahí. Deambulaba por la fila un desahuciado pregonando si a alguien le sobraba un boleto extra.

A las nueve de la noche aproximadamente (no hubo grupo telonero, se presumía que Eagles of Death Metal abriría la actuación pero nel) sonaron los acordes de “Lust for Life” e Iggy Pop apareció con un saco oscuro. Recorrió el escenario de lado a lado con esa actitud tan suya de perro encabronado que acaba de zafarse de la cadena. La vitalidad que derrocha desde sus inicios se mantiene intacta. A sus espaldas, vestidos con sacos rojos y pantalones negros, como una big band, Josh Homme, Dean Fertita, Matt Helders y dos músicos extras.

Una escenografía casi inexistente. Con dos pantallas a los costados. El alarido de la ruquiza se confundía con los coros de la canción. El público joven era reducido. Una explicación podría ser el precio de los boletos. El más barato costaba cincuenta dólares.

Después de la canción más famosa se aventó un clavado por lo más representativo de su carrera como solista. Con “Sister Midnight” y “American Valhalla” terminó de calentar motores. Se deshizo del saco y se mostró la imagen perpetua de Iggy Pop. En pantalones pero con el torso desnudo. Antes de “Sixteen”, perteneciente al Lust for Life, saludó a la audiencia. Hello expensive people, hello cheap people, se burló en alusión al barrio. El jet set y los advenedizos festejaron la broma con un aplauso. Fucking things, llamó Iggy al público. Y así, como gente cogible, trató a los asistentes. A los caros y a los baratos. Se golpeó el pecho con los puños como un gorila, un movimiento que ha hecho clásico y que en esta ocasión significaba que estábamos ante la mejor versión posible de Iggy.

Desde hacía décadas Iggy no sonaba tan contundente. Si bien los arreglos de Homme están un tanto alejados del punk, es cuando más se asemeja a su etapa alemana. Homme tampoco es Bowie, pero consiguió exiliar a Iggy del formato en que se había estacionado desde hacía más de veinte años. Su último disco interesante, Beat’Em Up, data de 2001. También hace tiempo que no lo respaldaba una banda tan sólida. E Iggy lo sabe. Y si los rumores de su retiro son ciertos, la energía que despliega en escena es la de alguien que se está despidiendo.

Iggy lleva algunos años coqueteando con la idea del retiro. En 2012 confesó al suplemento no del diario Página 12 que ya no era capaz de escribir buenas canciones. Porque se había convertido en un viejo decrépito. Pero todas las declaraciones de este tipo y sus malos discos anteriores han sido eclipsados por el surgimiento de Post Pop Depression.

Fuck, fuck, fuck, repetía Iggy entre canción y canción. Una versión aún más sintética (si es posible) de “Funtime” tarda en ser reconocida por los fans. Pero apenas es identificada el Greek Theatre entero se pone a bailar. “Sunday” es aclamada como si se tratara de uno de sus viejos éxitos. Y como es en vivo le extirpan el epílogo de la versión en estudio. Lo que le otorga a la canción una fuerza que le resta el adorno que aparece en el disco. Tanto que hace pensar por qué no fue publicada una sin epílogo. Ese es uno de los defectos de Post Pop Depression, que por momentos suena sobreproducido. El afán de Homme por que suene a Like Clockwork, el último álbum de Queens of the Stone Age, lo entorpece en ciertos pasajes.

“German Days” fue el preámbulo de “Mass Production”. Una canción que jamás esperé oír en vivo. Por su carácter anticomercial y su aspereza. Pero que es una cúspide dentro de la obra popsiana. Y que radicalizó su actuación. No estaba ahí para hacer concesiones. En todo el show no tocó una sola rola de su etapa con The Stooges. Y podrá sonar extraño, pero nadie extrañó “I Wanna Be Your Dog”. El hipnotismo inducido por “Mass Production” no dio oportunidad de desear otra canción. “Nightclubbing” hacía pensar que era 1977 y estaba presentando The Idiot, su primer disco. El repertorio consistió en tocar casi completo The Idiot (a excepción de “Dum Dum Boys”) y Post Pop Depression, un guiño que bien podría interpretarse como el principio y el fin.

“Gardenia” puso melancólico al Greek Theatre. Fuck me, fuck me, fuck me, gritaba Iggy. ¿Quieren oír “The Passenger” o qué? Y con esa rola y “China Girl”, un homenaje no lacrimoso a Bowie, se despidió. Habían transcurrido quince canciones pero parecía que no había durado ni media hora retorciéndose. Regresó tras una pausa de unos cuantos minutos con “Break Into Your Heart”. Un nuevo comienzo. Y se siguió con “Fall in Love With Me”. Una elección que tampoco se esperaba. Que cierra Lust for Life. No es la canción de Iggy más popular. Pero es un monumento de canción. Y es el pretexto para que bajara del escenario y el público se arracimara alrededor de él. Y Homme y compañía por primera vez en la noche sonaron a puro rock & roll. Con el atuendo que llevaban bien podrían pasar por una banda de covers de Bill Haley.

“Baby” se podría interpretar como el momento romántico de la noche. Un idilio que se rompe de inmediato cuando Iggy menciona que existió un escritor yonqui. A veces los yonquis pueden ser buenos escritores, bromea. Pero no les recomiendo meterse en la heroína, es un pedo. Todo ese preámbulo para anunciar que escribió “Chocolate Drops” en honor a William Burroughs. La rola sumió en el letargo el Greek Theatre: es el track que resume a la perfección el sonido actual de Iggy Pop: hipergenérico, intermusical, falsamente referencial. Por el exceso de maquillaje en la música por parte de Homme este es un regreso de Pop a la altura del de Bowie, cada uno en su estilo, obviamente. Tanto “Chocolate Drops” como “Paraguay” suenan mejor en vivo que en Post Pop Depression. Cerró la noche con “Success”. Y la amenaza se cumplió. Fuck todo. Incluidos los Stogges. Ni “I Wanna Be Your Dog”, ni “No Fun”. Puro Iggy Pop.

Después de dos horas de comportarse como si se quisiera coger a la audiencia, desapareció. Sin dejar rastro. Ni de una gota de sudor. Uno de los misterios más grandes del rock es ése. Cómo es que Iggy Pop no suda con tanto brinco. Aquella noche Los Ángeles no lo descubrió.

Mayo de 2016

Darmowy fragment się skończył.

Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
29 stycznia 2026
Objętość:
141 str. 2 ilustracji
ISBN:
9786078564385
Wydawca:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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